Liliana
Cuando me hallaba en California, fui una vez con mi gran amigo el capitán R... a visitar a nuestro compatriota G..., que vivía a la sazón en los solitarios montes de Santa Lucía. Como no le encontrásemos en casa, permanecimos cinco días en un agreste desfiladero de montañas, en compañía de un viejo sirviente indio, que en ausencia del dueño quedábase al cuidado de las abejas y de las cabras de Angora. Yo, siguiendo la costumbre del país, me pasaba la mayor parte del día durmiendo, y por la noche, sentado ante la hoguera, alimentada con zarzas y espinos, oía narrar al capitán sus andanzas y aventuras; andanzas y aventuras realmente extraordinarias, como sólo es posible vivirlas en los desiertos americanos.
Aquellas horas se nos esfumaban como por ensalmo. Las noches eran noches verdaderamente californianas: silenciosas, cálidas, estrelladas. Al resplandor de la hoguera, que de vez en cuando chisporroteaba, divisábase la enorme -pero bella y noble- silueta del veterano gastador, que, alzando la mirada hacia la bóveda celeste, iba evocando en su memoria los pasados acontecimientos y nombres y semblantes queridos, cuyo recuerdo cubría su frente de suave melancolía. Una de aquellas narraciones es la que voy a relatar ahora, tal como la oí de labios del capitán, esperando que ha de cautivar la atención del lector como cautivó en aquel tiempo la mía.
En setiembre del año 1849 -decía el capitán- desembarqué en Nueva Orleáns, que por aquel entonces era una ciudad semifrancesa, y de allí me trasladé al alto Misisipí, donde encontré trabajo y buen salario en una importante plantación de azúcar. Mas, joven y emprendedor como era, me aburría sobremanera aquel trabajo de oficina y aquella insoportable y forzosa estada en un mismo sitio. Así es que muy pronto dejé mi destino y empecé a vivir una vida indómita y selvática. Con algunos compañeros, y entre cocodrilos, serpientes y mosquitos, pasé unos años a orillas de los lagos de Luisiana, viviendo de la pesca y de la caza; de vez en cuando mandaba también grandes cargamentos de madera por la vía fluvial hasta Nueva Orleáns, donde me los pagaban a buen precio. Llegaban a menudo nuestras expediciones a países muy remotos, penetrando hasta el sangriento Arkansas -Bloody Arkansas-, país hoy todavía poco poblado y casi desierto en aquella época. Aquella vida, llena de penalidades, de peligros y de luchas sangrientas con los piratas del Misisipí y con los indios, que tan numerosos eran en Luisiana, Arkansas y Tennessee, fortaleció mi salud, dio vigoroso temple a mis nervios, ya de natural poco comunes, y me permitió adquirir un tan acabado conocimiento de la estepa, que sabía yo leer en aquel gran libro tan bien como cualquier guerrero rojo. Merced a tal conocimiento, una caravana de emigrantes de aquellas que casi diariamente salían de Boston, Nueva York, Filadelfia y otras ciudades orientales en dirección a California, atraídas por las minas de oro recientemente descubiertas, me propuso que la acompañara en calidad de guía explorador, o, como decimos nosotros, de capitán.
Las maravillas que se contaban de California habían despertado en mí, hacía ya mucho tiempo, el deseo de visitar aquel remoto Occidente, y, acicateado por este deseo, acepté la proposición de la caravana, por más que no se me ocultasen los peligros de la empresa. Hoy día, la distancia que hay entre Nueva York y San Francisco se salva en una semana de ferrocarril, y el verdadero desierto sólo empieza en Omak; pero en aquel tiempo era muy distinto. Las ciudades, villas y pueblos que, innumerables cual amapolas en campo de trigo, se extienden entre Nueva York y Chicago, no existían aún, y la misma Chicago, surgida más tarde como una seta después de la lluvia, era tan sólo una mísera e ignota pesquería que ni siquiera mencionaban los mapas. Era, pues, necesario atravesar con carros y mulas países del todo salvajes, habitados por terribles tribus indias: «pies negros», «sinksis», «arikaris», etc.; tribus que era imposible evitar, porque, movedizas como la arena, no tenían residencia fija, sino que constantemente recorrían la estepa entera, persiguiendo las manadas de búfalos y antílopes. Muchos y extraordinarios percances nos aguardaban; pero todo el que se decide a marchar al lejano Occidente debe darlos por descontados y aun estar dispuesto a dejar en ellos el pellejo. Lo que más me preocupaba era la responsabilidad que iba a asumir; pero en cuanto fue fijada la fecha de la marcha, no hubo más remedio que ocuparse de los preparativos para el viaje; preparativos que duraron bien dos meses, pues fue menester hacer venir los carros de Pensilvania y de Pittsburgo, comprar mulas, caballos y armas y acumular enormes provisiones de víveres. Sin embargo, hacia los últimos días del invierno estuvo todo preparado.
Quise partir en aquel tiempo para atravesar en primavera las dilatadas landas que se extienden entre el Misisipí y las Montañas Rocosas, pues sabía que en verano los ardores del sol en aquellos parajes descubiertos hacían enfermar a los viajeros y les hacían sucumbir a veces. Por esto mismo decidí no llevar la caravana por la carretera meridional que corre a lo largo de Saint-Louis, sino por la que se extiende a orillas del Gowa, de la Nebraska y del Colorado septentrional; mucho más peligrosa por lo que a los indios se refiere, pero evidentemente menos expuesta a los rigores de la estación. Este proceder mío encontró al principio cierta oposición entre la gente de la caravana; pero al declararles que si no se querían someter a mis condiciones no les quedaba otro recurso que buscarse otro capitán, acabaron por consentir en cuanto les propuse, después de reflexionarlo un poco, y en el comienzo de la primavera nos pusimos en camino.
Penosísimas fueron para mí las primeras jornadas; sobre todo hasta que la gente no estuvo acostumbrada a mi mando y a las condiciones del viaje. Es indudable que mi persona inspiraba confianza, ya que mis aventuradas expediciones por el Arkansas me habían dado cierta fama entre las inquietas poblaciones limítrofes, y que el nombre de Rig Ralf (Gran Ralf), con el que se me conocía en la estepa, había llegado más de una vez a oídos de la mayor parte de mis compañeros actuales. Pero generalmente un conductor de caravana, un «capitán», se encuentra con frecuencia, por la índole misma de su cometido, en desagradables condiciones frente a frente de los emigrantes. Yo estaba encargado de escoger el sitio de las paradas nocturnas, de vigilar la marcha durante el día, de no perder de vista a toda la caravana -que a veces se extendía una milla a lo largo de la estepa-, de poner en sus puestos a los guardias y de conceder descanso en los carros a los pelotones exploradores.
Los norteamericanos poseen en alto grado, hay que reconocerlo, el espíritu de organización; pero a medida que crecen las dificultades del viaje disminuye su energía, les asalta el desaliento -aun a los más animosos-, y entonces se niegan a obedecer, a montar a caballo durante el día, a hacer las guardias durante la noche, y cada cual pretende verse dispensado del servicio de turno y permanecer constantemente en los carros. Además de esto, en sus relaciones con los yankees, el capitán debe saber conciliar la disciplina con cierta familiaridad amistosa; cosa que no es fácil de lograr. Sucedía, pues, que en marcha y durante los acampamentos nocturnos era yo dueño absoluto de la voluntad de todos mis compañeros; pero durante los descansos diurnos, en los cortijos y en las colonias que al principio encontrábamos en nuestro camino, mis funciones de comandante quedaban interrumpidas. Cada cual era dueño de sí mismo. Algunas veces tuve que encararme con algún arrogante aventurero; pero cuando se percataron, después de algunos rings, de que mi puño mazoviano era más eficaz que el norteamericano -y con esto aumentó mi fama-, ya no tuve que recurrir más a tales luchas y pugilatos para hacerme obedecer. Por otra parte, conociendo ya a fondo el carácter norteamericano, sabía muy bien el modo de contenerme, y, además, me ayudaban a cobrar aliento y a tener perseverancia dos ojos azules que me miraban por debajo del toldo de un carro con singular interés. Aquellos ojos, asestados hacia mí bajo la combada blancura de una frente sombreada por abundosos cabellos de oro, pertenecían a una muchacha muy joven llamada Liliana Moris, de Boston, en el Massachusetts; criatura delicada, esbelta, de finísimas facciones y de rostro triste, a pesar de su tierna edad.
Aquella tristeza en una muchacha tan joven me impresionó ya desde el principio del viaje; pero las ocupaciones inherentes a mi cargo de capitán llevaron mi pensamiento y mi atención hacia otras cosas. Durante las primeras semanas, fuera del ritual good morning, apenas sí dirigí a aquella jovencita otras palabras; pero luego, compadecido de la juventud y de la soledad de Liliana, que no tenía ningún pariente en la caravana, me propuse prestar, en cuanto fuera preciso, algún pequeño servicio a la pobre muchacha. No era menester, ciertamente, que yo la protegiese con mi autoridad de capitán y con mis puños contra la impetuosidad de los compañeros de viaje más jóvenes, porque toda mujer, por joven que sea, encuentra siempre en los norteamericanos, si no la galante solicitud de los franceses, sí, cuando menos, la más completa seguridad. No obstante, teniendo en consideración la delicada salud de Liliana, logré acondicionarla en el mejor carro, que guiaba el experto Smith; aderecé por mí mismo la yacija, de suerte que pudiese dormir cómodamente durante la noche, y le presté una de mis mejores pieles de búfalo. Por insignificantes que fueran aquellas muestras de atención, Liliana se sentía extraordinariamente agradecida a ellas y no despreciaba ocasión de demostrármelo. Era, en verdad, una criatura bien tímida y bien dócil. Las dos mujeres que compartían con ella el mismo carro, la señora Grossvenor y la señora Atkins, sintieron muy pronto por Liliana -atraídas por la dulzura de su trato- un grandísimo cariño, y acabaron por darle el sobrenombre de Pajarillo, con lo cual fue en seguida llamada por toda la caravana. Y, sin embargo, mis relaciones con el Pajarillo continuaron siendo poco frecuentes, hasta el día en que observé que los ojos azules y casi angélicos de aquella muchacha me miraban con manifiesta simpatía y singular insistencia.
Semejante interés podía tener su explicación en el hecho de que era yo, entre todos aquellos emigrantes, la única persona que no estaba desprovista de cultura social, y, por consiguiente, Liliana, que demostraba poseer una educación esmeradísima, veía en mí a un ser más próximo a su nivel. Pero yo interpreté entonces todo aquello de muy distinto modo; el interés de la jovencita espoleó mi vanidad, y esa vanidad fue la que me hizo prestar mayor atención a sus encantos y mirar con más asiduidad sus bellos ojos. Más tarde yo no sabía explicarme por qué había podido aguardar tanto a colmar de atenciones a tan excelente criatura, que bien capaz era de inspirar inmediatamente los más tiernos sentimientos a toda persona que tuviera aunque no más fuera un adarme de corazón. Desde entonces sentí una singular complacencia en rondar, montado a caballo, por las inmediaciones de su carro. Durante la tarde, cuando el sol, a pesar de hallarnos aún en los primeros días de primavera, nos hería con sus ardientes rayos; cuando los mulos nos arrastraban perezosamente y se extendía la caravana por la estepa de tal modo que, estando junto al primer carro, apenas sí podía distinguirse el último, recorría yo muy a menudo y sin necesidad todo el tabor de una a otra extremidad, sólo para poder contemplar de paso aquella rubia cabeza y aquellos ojos que no se apartaban ni un instante de mi pensamiento.
En un principio, más interesada estaba mi fantasía que mi corazón, y, sin embargo, la idea de no ser completamente extraño a toda aquella gente, de tener entre ella a una tierna alma gentil que con tanta simpatía parecía interesarse por mí, me proporcionaba un gran consuelo y como una suave esperanza. Tales sentimientos acaso ya no tenían su origen en la sola vanidad, sino en el afán tal vez que en este mundo siente el hombre por no esparcir las propias ideas y sentimientos sobre cosas tan poco determinadas como son los bosques y las estepas, sino por resumirlos en una criatura viviente de carne y hueso y, en vez de perderse en la lejanía de las cosas y en los espacios infinitos, encontrarse asimismo en un corazón amado.
Me sentía entonces menos solo, y el viaje fue adquiriendo cada día para mí nuevos atractivos, hasta entonces ni siquiera sospechados. Antes, cuando se extendía la caravana, como ya he dicho, por la estepa, de tal modo que los últimos carros casi se perdían de vista, sólo sabía encontrar en ella la displicencia y el desorden, que me irritaban hasta lo infinito. Ahora, por el contrario, cuando, parado en alguna altura, contemplaba aquellos carros blancos y polvorientos, iluminados por el sol, moviéndose a manera de navíos en un mar de hierbas, y a aquellos hombres armados y a caballo, diseminados en pintoresco desorden a lo largo del convoy, sentía llenárseme el alma de beatitud y entusiasmo, y, sin saber de dónde me venían las comparaciones, parecíame que aquélla fuese una caravana bíblica que yo conducía, transformado en patriarca, a la tierra de promisión. Los cascabeles de los mulos y los melódicos Cheer up! lanzados por los carreteros, acompañaban, como una música, los pensamientos que despertaban en mí el corazón y la naturaleza.
Sin embargo, no me atrevía a pasar con Liliana de aquella conversación con los ojos a otra conversación cualquiera, cohibido por la presencia de las dos mujeres que con ella viajaban. Además, desde que me percaté de que existía entre nosotros una cosa que no sabía aún cómo calificar, pero que ciertamente existía, me asaltó una timidez bien singular. Muchas atenciones prodigaba a aquellas mujeres, y muy a menudo echaba una ojeada al interior del carro, preguntando por la salud de la señora Atkins y de la señora Grossvenor, a fin de justificar y contrabalancear de este modo los cuidados de que rodeaba a Liliana. Ésta, sin embargo, comprendía perfectamente mi táctica, y aquella inteligencia entre los dos, que los compañeros ignoraban, constituía para nosotros un inestimable secreto.
Pero muy pronto las miradas, las fugaces expresiones de cortesía y las tiernas atenciones no fueron suficientes para mí. Aquella muchacha, de cabellos brillantes como el oro y mirada suavísima, me atraía con una fuerza desconocida e invencible. Cuando, fatigado por las exploraciones a los apostaderos, con la voz enronquecida por el continuo gritar All right!, subía por fin a mi carro y, envolviéndome en mi piel de búfalo, cerraba los ojos para dormir, parecíame que los mosquitos y los cínifes zumbantes me cuchicheaban al oído su nombre: ¡Liliana!, ¡Liliana!, ¡Liliana! Su semblante se me aparecía en sueños, y al despertar, mi primer pensamiento, cual golondrina, volaba hacia ella. Sin embargo, ¡cosa extraña!, no me di cuenta en seguida de que este aliciente que a mis ojos iban tomando todas las cosas, de que el teñirse todos los objetos en mi espíritu con áureos colores, de que, en fin, el volar de mis pensamientos tras del carro de aquella muchacha, fuese debido, no a una amistad o inclinación por la huérfana, sino a un sentimiento mucho más avasallador, del que, una vez adueñado de nuestro ánimo, no nos es posible ya desprendernos.
Acaso me hubiera percatado de ello más pronto si no me hubiese creído hechizado sencillamente, como lo estaban los demás, por la fascinación que Liliana ejercía sobre todo el mundo, a causa de su carácter suavísimo. Todos la querían como se quiere a una hija, y cada día adquiría yo más convincentes pruebas de ello. Eran sus compañeras de carro unas mujeres sencillas y bastante pendencieras, y, sin embargo, muchas mañanas veía yo a la señora Atkins besar con materna ternura los cabellos de Liliana, mientras la estaba peinando, y a la señora Grossvenor estrechar entre las suyas las manos de la muchacha porque la noche se las había entumecido. También los hombres la colmaban de atenciones y agasajos. Había en la caravana un tal Henry Simpson, joven aventurero del Kansas, cazador intrépido, buen muchacho en el fondo, pero tan pagado de sí mismo, tan arrogante y tan zafio, que me fue preciso golpearle un par de veces, durante el primer mes, para convencerle de que había en la caravana una persona con puños más eficaces que los suyos y digna del mayor respeto. Era de ver, pues, cómo este Henry hablaba con Liliana. Aquel joven, que no se hubiera inmutado lo más mínimo en presencia del presidente de los Estados Unidos, perdía ante la muchacha toda su entereza y osadía, descubríase la cabeza y repetía a cada momento: I beg your pardon, miss Moris; parecía un perro alano encadenado, un perro dispuesto a obedecer al menor gesto de aquella manita casi infantil. En las paradas procuraba siempre instalarse junto a Liliana para poder prestarle con mayor facilidad diversos pequeños servicios. Encendía la lumbre, escogíale un sitio bien resguardado del humo, cubriéndolo antes de musgo y poniendo luego encima un caparazón; ofrecíale los mejores pedazos de carne, y todo lo hacía con una tímida solicitud que nadie hubiera podido presumir en él y que despertaba en mí cierta animosidad bastante parecida a los celos.
Pero no me quedaba otro recurso que rabiar. Henry, cuando no le tocaba estar de guardia, podía hacer cuanto le viniera en gana y estarse, por tanto, muchos ratos con Liliana, mientras que yo no gozaba en medio de mis ocupaciones de un momento de reposo. Cuando íbamos por la carretera seguíanse los carros unos a otros, mediando a veces entre ellos bastante distancia; pero al penetrar en las regiones desiertas quise, durante las paradas del mediodía, disponerlos, según el uso en las estepas, en una línea transversal, apretados de tal modo que entre las ruedas respectivas pudiese apenas pasar un hombre. No son fáciles de imaginar los esfuerzos que hice y las dificultades con que tropecé para obtener que semejante línea no se viese descompuesta. Los mulos, bestias de índole salvaje, no bien domados aún, en vez de estarse en línea recta, deteníanse obstinados, o no consentían en dejar el camino trillado, y mordían, relinchaban, coceaban. Los carros, al dar una vuelta repentina, volcaban con frecuencia, y se perdía mucho tiempo en levantar aquellas moles, verdaderas casas de madera y lona. El relinchar de los mulos, las blasfemias de los carreteros, el sonido de los cascabeles y los ladridos de los perros que nos seguían producían una zalagarda infernal. Luego, cuando, derrochando esfuerzos, había logrado un poco de orden, debía atender al desenganche de las bestias y disponer el trabajo de los conductores que habían de llevarlas al pasto y luego al río. Los que durante el día se habían internado en la estepa para cazar regresaban de todas partes con la caza capturada y asaltaban las hogueras. Apenas encontraba yo un momento para restaurar mi estómago y descansar un poco.
El cansancio era para mí casi doble cuando, después de los altos, se volvía a emprender la marcha, porque el enganchar los mulos producía más trastorno y alboroto que el desengancharlos. Los carreteros no querían moverse unos antes que otros por no tener que carretear luego de lado por un terreno con frecuencia desigual, de bruscas asperezas, y nacían de esto disputas, altercados, imprecaciones y retrasos fastidiosos. Todo había de vigilarlo yo, y cabalgar al mismo tiempo durante la marcha, inmediatamente después de los guías, para explorar el terreno y escoger lugares seguros, con agua abundante y que reunieran las mejores condiciones para las paradas nocturnas. Muy a menudo echaba pestes contra mis obligaciones de capitán; pero me sentía lleno de orgullo al pensar que era yo el dueño, el soberano de aquel desierto, de aquellos hombres, de Liliana, y que tenía en mis manos la suerte de toda aquella gente que erraba con los carros por las estepas.
Cuando hubimos pasado el Misisipí nos detuvimos una vez para pernoctar a la orilla del río Cedar, cuyas márgenes, cubiertas de algodoneros, nos prometían leña para toda la noche.
Al regresar al tabor, después de haber dejado en el bosque a varios de nuestros hombres con hachas, me encontré con que toda nuestra gente, aprovechando el buen tiempo y lo apacible de la tarde, se había esparcido por los ámbitos de la estepa. Era todavía muy temprano, porque, de ordinario, ya a las cinco nos deteníamos a pernoctar, a fin de emprender de nuevo la marcha al día siguiente antes del amanecer.
Muy pronto divisé a miss Moris; descabalgué y, tomando al caballo por la brida, me acerqué a Liliana, feliz de poder permanecer solo con ella, siquiera fuese no más que por un momento. Empecé preguntándole por qué, siendo tan joven y sola, se había atrevido a aventurarse en aquel viaje, capaz de acabar con las fuerzas de los hombres más robustos.
-Nunca hubiera consentido -díjela- en aceptarla a usted en nuestra caravana si no hubiese creído que era usted hija de la señora Atkins. Ahora ya no es posible retroceder; pero ¿tendrá usted suficientes fuerzas para continuar, niña mía? Ya puede prepararse, porque el viaje que nos queda por hacer no va a ser tan cómodo como hasta ahora.
-¡Sir! -contestó alzando hacia mí sus ojos azules, llenos de tristeza-, es muy cierto lo que usted dice; pero para mí es indispensable este viaje, y me siento casi feliz de no poder volverme atrás. Mi padre está en California, y por carta que me llegó del Cabo Horn supe que desde hace unos meses se encuentra enfermo de calenturas en Sacramento. ¡Pobre papá! Acostumbrado a una existencia desahogada y a mis cuidados, marchó a California sólo por mí. Ignoro si lo encontraré con vida; pero este viaje siento que es para mí el cumplimiento de un sagrado y dulce deber.
Estas palabras no tenían réplica alguna; todo cuanto hubiera podido yo decir contra semejante resolución habría resultado intempestivo. Así es que sólo me permití preguntar a Liliana algunos más amplios pormenores de su padre, que ella consintió de muy buena gana en darme. Supe que míster Moris era Gudje of the Supreme Court, o sea juez del Tribunal Supremo de Boston, y que, perdidos todos sus caudales, se había marchado a California con la esperanza de poder recuperar en las minas recientemente descubiertas su perdida fortuna y volver a reponer a su hija, que era la niña de sus ojos, en su antigua posición social. Había caído enfermo de fiebres en el valle malsano de Sacramento, y, creyéndose ya al término de su vida, había mandado su última bendición a Liliana, la cual, recogiendo cuanto le quedaba, había querido irse a reunir con su padre. En un principio decidiera hacer el viaje por mar; pero, habiendo casualmente trabado amistad con la señora Atkins dos días antes de que partiese nuestra caravana, cambió de improviso de resolución. La señora Atkins era del Tennessee, y como tuviese llenos los oídos de la fama que mis amigos de las riberas del Misisipí iban esparciendo en torno a mis arriesgadas expediciones al famoso Arkansas, haciendo una leyenda de mi pericia en cruzar los campos -y de la tutela y ayuda que prestaba a los débiles, cosa que consideraba yo como un elemental deber-, describió mi persona a Liliana con tan vivos colores, que la joven, sin reflexionarlo mucho, quiso unirse a nuestra caravana. A aquellos exagerados discursos de la señora Atkins, que no dejaba de hacer constar además mi calidad de knight -es decir, de hidalgo-, debíase atribuir, sin duda, el interés que miss Liliana sentía por mi persona.
-¡Querida y grácil criatura -exclamé así que hubo terminado su relato-, puede usted estar segura de que nadie ha de causarle daño, y que ya jamás habrá de faltarle ayuda! En cuanto a su padre, California es el país más sano del mundo; allí no se muere de tales calenturas, y, en todo caso, mientras yo viva no ha de quedar usted sola, y que Dios bendiga entretanto su rostro encantador.
-Gracias, capitán -contestó conmovida.
Y continuamos conversando, latiéndome el corazón a mí cada vez más fuerte. Poco a poco, nuestra charla se iba haciendo cada vez más íntima y alegre, sin que ni uno ni otro previese las nubes que iban bien pronto a empañar aquel sereno cielo que nos cobijaba.
-¿Verdad que todos se muestran bondadosos y solícitos con usted, Liliana? -pregunté sin sospechar siquiera que aquella pregunta iba a originar una disensión entre nosotros.
-¡Oh, sí -contestó-, todos!: la señora Atkins, la señora Grossvenor, Henry Simpson... También Henry Simpson es muy bueno para conmigo...
El recuerdo de Simpson me hirió como el mordisco de una víbora.
-Henry es un carretero -contesté secamente- y tiene que cuidarse de su carro...
Pero, absorta Liliana en sus pensamientos, no se percató del cambio de mi voz, y continuó cual si hablara consigo misma:
-Henry tiene muy buen corazón y le quedaré eternamente agradecida.
-¡Miss -prorrumpí entonces muy resentido-, podéis concederle hasta vuestra mano! Sólo me extraña que me hayáis escogido a mí como confidente de vuestros amores.
Al terminar estas palabras mirome Liliana con ojos asombrados, sin proferir palabra, y así, en silencio, proseguimos nuestro camino, uno junto al otro. Yo no sabía qué decirle: mi pecho estaba lleno de rencor contra ella y contra mí; sentíame, en verdad, humillado por aquellos celos que Simpson me inspiraba, sin acertar, por otra parte, a dominarlos; y aquella situación se hizo para mí tan insostenible, que con acento áspero y brusco díjele a la muchacha:
-¡Buenas noches, miss!
-¡Buenas noches! -contestome en voz baja, volviendo el semblante para ocultar dos lágrimas que le rodaban por las mejillas.
Monté a caballo y me alejé hacia el lugar de donde llegaba el ruido de las hachas, y en que, entre otros, hallábase Henry Simpson abatiendo con su segur un algodonero. Al cabo de un rato, empero, me sentí asaltado por una profunda pena, cual si aquellas dos lágrimas hubiesen caído en mi corazón. Hice dar media vuelta a mi caballo, y en un instante volví a encontrarme junto a la jovencita; salté de la silla y, atajándole el camino, le pregunté:
-¿Por qué lloras, Liliana?
-¡Oh, sir! -contestó-; sé que pertenece usted a una nobilísima familia, porque así me lo ha dicho la señora Atkins; pero tanta benevolencia para conmigo...
A pesar de un esfuerzo, no pudo contener las lágrimas, y el llanto le impidió terminar la frase. Mucho habían lastimado a la pobrecilla mis palabras, en que le había parecido notar cierto aristocrático desdén, del que ni remotamente era yo consciente. Sentíame dominado por los celos; pero al verla tan trastornada, hubiera querido poder cogerme por el cuello y darme a mí mismo unos zurriagazos. Le cogí una mano y le dije con vivacidad:
-¡Liliana, Liliana!, no comprendió usted mis palabras. Dios es testigo de que no fue el orgullo lo que las inspiró. Mire: fuera de estos dos brazos, nada tengo en el mundo; mi abolengo me importa un comino; otro sentimiento tormentoso me impulsó a separarme de usted; pero no puedo tolerar sus lágrimas. Las palabras que pronuncié -se lo juro-, más daño me hacen a mí que a usted. No es usted para mí una persona indiferente, Liliana. ¡Oh, no! Si así fuese, nada me importaría que pensara en Henry, que, por lo demás, es un excelente muchacho. ¡Ya ve usted, ya ve cuánto daño me hacen sus lágrimas; concédame, pues, su perdón con la misma sinceridad con que yo se lo pido!
Y así diciendo, acerqué a mis labios la mano que tenía apretada entre las mías, y esta alta prueba de estima, unida a la llaneza que se transparentaba en mis palabras, lograron tranquilizar un poco a la muchacha. Liliana no cesó en seguida de llorar; pero eran ya sus lágrimas muy distintas, porque entre ellas asomaba una sonrisa cual rayo de sol entre nieblas. También sentía yo un nudo en la garganta, y no acertaba a dominar mi emoción, al par que se iban adueñando de mí los más tiernos sentimientos.
Otra vez caminábamos en silencio; pero ahora éranos dulce y agradable el andar así uno junto al otro. Declinaba el día; el tiempo era espléndido, y en el ambiente crepuscular se difundía tanta luz, que toda la estepa, la espesura lejana de los algodonales, los carros del tabor y las bandadas de ocas silvestres que volaban hacia el Norte, atravesando el cielo, aparecían rosados, con reflejos de oro. Ni un ligero hálito movía las hierbas; oíase sólo en lontananza el rumor de las cascadas que forma en aquellos parajes el río Cedar y, mezclado con él, el relinchar de los caballos hacia la parte del campamento. El anochecer lleno de melancolía, aquellas tierras vírgenes, la proximidad de Liliana, todo me disponía de tal modo, que mi alma deseaba casi escapar de mi cuerpo para volar hacia el cielo. Antojábaseme vibrar cual una campana sacudida; asaltábame de vez en cuando el deseo de coger la mano de Liliana y de llevarla a mis labios para tenerla apretada contra ellos largo rato; pero temía que aquello la ofendiera. Y ella, mientras tanto, caminaba a mi lado apacible, dulce y pensativa. Sus lágrimas se habían secado ya, y, alzando de vez en cuando hacia mí sus ojos luminosos, llegamos en cariñosa charla hasta el campamento.
Aquel día, que tantas emociones había causado en mi alma, debía terminar alegremente. Regocijada la gente por la belleza del tiempo, había decidido celebrar un pic-nic, o sea una fiesta al aire libre. Después de la cena, más copiosa que de costumbre, encendiose una gran hoguera para bailar a su alrededor. Henry Simpson había segado para este objeto una extensión de hierba, equivalente a unas cuantas toesas cuadradas, y después de apisonarla convenientemente, a guisa de era, habíala cubierto con una capa de arena traída del Cedar. Cuando los espectadores estuvieron reunidos, aquel joven comenzó a bailar la jiga, acompañado por los caramillos de los negros, despertando la admiración de todo el mundo. Con los brazos pendientes y el cuerpo inmóvil, movía los pies batiendo el suelo, ora con el tacón, ora con los dedos, tan rápidamente, que no era posible seguir con la mirada aquellos movimientos. Sonaban los caramillos frenéticamente, y pronto se presentó un nuevo bailarín, y luego otro, y otro, cundiendo la alegría y la algazara por todas partes.
A los negros que tocaban los caramillos uniéronse también los espectadores, sacudiendo unos las escudillas de hoja de lata que se utilizan para limpiar la tierra aurífera, y llevando otros el compás sirviéndose de trozos de costillas de buey, que, puestos entre los dedos de ambas manos, dan un sonido muy parecido al de las castañuelas. De pronto resonaron por el campamento gritos de Minstrels! Minstrels!; abrieron los espectadores el ring -es decir, el círculo alrededor de la explanada- y aparecieron en el centro nuestros dos negros Dzim y Crow; el primero con un pequeño tamboril cubierto por una piel de serpiente, y el otro con unos trozos de costilla de buey, empuñados en la forma que hemos dicho ya. Miráronse ambos unos momentos, girando lo blanco de sus ojos, y empezaron luego una canción negra, ora triste, ora salvaje, interrumpida de vez en cuando por furiosos pataleos y violentos saltos y contorsiones. Las voces Dinah! Ah! Ah! con que terminaba cada estribillo convertíanse en gritos, en aullidos casi bestiales. A medida que los danzarines se iban entusiasmando e inflamando, más y más frenéticos iban siendo sus movimientos, hasta que, por último, pusiéronse a topetear lino contra otro con la cabeza, con tanta vehemencia, que unos cráneos europeos se hubieran espachurrado como cáscaras de nuez.
Aquellas formas negras, iluminadas por el chispeante resplandor de la hoguera, agitándose en cabriolas desenfrenadas, ofrecían una visión realmente fantástica. A los gritos que lanzaban, en medio de la zambra del tamboril, de los caramillos, de las escudillas de hoja de lata y del castañeteo de los huesos de buey, uníanse los gritos de los espectadores: Hurra for Dzim!, hurra for Crow!, y aun algunos disparos de pistola. Cuando los negros, rendidos de fatiga, cayeron por tierra jadeantes, híceles distribuir un poco de brandy, que inmediatamente les puso otra vez en pie. Pero en cuanto se empezó a exigir de mí un speach cesaron el ruido y la música como por ensalmo. Tuve que dejar el brazo de Liliana y subí en seguida al tablado de un carro para hablar a los presentes. Al contemplar desde allí arriba aquellas personas iluminadas por las llamas de la hoguera, altas, nervudas, de luengas barbas, con los cuchillos en el cinto, con sus enormes gorros adornados con plumas de milano, parecíame asistir a una escena histórica o me imaginaba ser el capitán de una cuadrilla de bandidos. Pero por más que la vida de muchas de aquellas personas fuese tumultuosa y aun semisalvaje, palpitaban, sin embargo, en aquellos pechos corazones honrados y generosos. Formábamos allí un mundo diminuto separado del resto de la sociedad, encerrado en sí mismo, entregado a una suerte común, amenazado por los mismos peligros; unos brazos debían ayudar a los otros; cada cual sentíase hermano de los demás, y aquellos parajes inaccesibles, aquellos desiertos sin fin que nos circundaban, imponían a aquellos mineros, endurecidos por el trabajo, un recíproco sentimiento de amistad. La visión de Liliana, de la pobre indefensa criatura, tranquila en medio de todos ellos, y segura como bajo el techo paterno, suscitó en mí semejantes pensamientos, y de ellos hablé sencillamente, tal como los sentía, y tal como era de esperar de un soldado conductor y hermano a la vez de aquellos emigrantes. A cada momento me interrumpían con aplausos y gritos de Hurra for Pole!, hurra for Captain!, hurra for Rig Ralf!; y lo que me colmaba de felicidad era distinguir entre aquellas manos bronceadas y vigorosas que palmoteaban dos manecitas coloreadas de rosa por las llamas de la hoguera, que se agitaban por los aires como dos palomas blancas.
Entonces sentí que era capaz de arrostrarlo todo: el desierto, los animales feroces, los indios y los outlawys. «Todo lo llevaré a cabo -exclamé, lleno de entusiasmo-; a quienquiera que se atraviese en mi camino lo mataré, conduciré al tabor, aunque fuera hasta el extremo límite de la Tierra; y si no es cierto lo que os digo, que Dios me quite la mano derecha.» Un hurra! todavía más imponente acogió mis palabras, y, entusiasmados, pusiéronse todos a entonar el himno de los emigrantes. I crossed Mississippi. I shall cross Missouri. Luego habló Smith, el más anciano de los emigrantes, minero de las cercanías de Pittsburgo, en Pensilvania, el cual me dio las gracias en nombre de todo el campamento y encomió mi pericia de capitán; después de él puede decirse que en cada carro se discurseaba. Decíanse algunas cosas bufas, sobre todo Henry Simpson, que a cada momento gritaba:
-¡Gentlemen, ya podéis ahorcarme si no digo la verdad!
Cuando, por fin, a fuerza de perorar, tuvieron todos la voz tomada, sonaron de nuevo los caramillos y las castañuelas y volviose a bailar la jiga. Mientras tanto, la noche había ido avanzando; la luna brillaba en lo alto del firmamento con tan vivos resplandores, que las llamas de la hoguera casi palidecían bajo su fulgor, y las gentes y los carros aparecían iluminados por la doble claridad rojiza y blanca. Era una noche espléndida, y la zambra del campamento ofrecía un singular y suave contraste en la quietud y la profunda soñolencia de la estepa. Dando el brazo a Liliana, recorrí con ella todo el campamento; nuestra mirada, desde los fuegos, vagaba a lo lejos, perdiéndose en la onda de los altos y delgados tallos de la estepa, plateados por los rayos de la luna y misteriosos cual espíritus.
Así errábamos uno junto al otro, cuando en una de las hogueras dos highlanders escoceses empezaron a tocar con sus gaitas su triste canción montañesa Ronia Dundee. Detuvímonos a distancia y permanecimos en silencio, escuchando unos instantes. De pronto miré a Liliana; ella bajó los ojos, y yo, sin saber por qué, estreché con fuerza y por largo tiempo sobre mi pecho la mano que la joven apoyaba en mi brazo. El pobre corazón de Liliana empezó entonces a latir tan violentamente, que lo sentía yo cual si lo tuviera en la mano. Ambos nos estremecimos, pues adivinamos que algo se estaba operando en nuestro interior; algo que hacía esfuerzos para exteriorizarse y nos decía sin ambages que ya no podríamos ser en lo sucesivo lo que hasta entonces habíamos sido el uno para el otro. Yo me dejé llevar por donde aquella onda me arrastraba; me olvidé de que la noche era luminosa, de que no lejos de allí estaba la gente alrededor de las hogueras, y quise dejarme caer inmediatamente a las plantas de Liliana, o, al menos, contemplarla fijamente en los ojos. Mas ella, si bien se apretujó todavía más contra mi brazo, volvió el semblante cual si quisiera ocultarse en la sombra. Quise hablar, pero no pude; parecíame que si abría la boca para decir «¡Te amo!», caería por tierra sin sentido. Era tímido porque era joven, y en la exaltación de mis sentidos y de mi alma entera sentía que una vez proferidas las palabras «¡Te amo!», se habría corrido un velo sobre mi pasado, se habría cerrado una puerta y abierto otra, por la cual hubiera penetrado en una insospechada región. Y por más que desde aquel umbral divisara yo la felicidad, me detuve en él, sin embargo, porque su resplandor me deslumbraba. Además, cuando el amor brota, no de los labios, sino del corazón, nada es tan difícil como expresarlo con palabras. Sólo me atreví, pues, a apretar contra mi pecho la mano de Liliana; quedé mudo, porque, no pudiendo hablarle de amor, ¿de qué otra cosa podía yo hablarle en aquel instante? Por fin, en silencio alzamos ambos la cabeza hacia el firmamento y contemplamos las estrellas como quien reza.
De repente, unas voces que venían de una de las principales hogueras me llamaron al campamento, al que regresamos en seguida.
Las diversiones se estaban terminando; pero para acabarlas dignamente quisieron los emigrantes antes de irse a descansar, entonar algunos salmos. Todos los hombres se descubrieron, y aunque entre ellos los había de diversas religiones, arrodilláronse todos sobre la verde alfombra de la estepa y entonaron el salmo Errando por el desierto. Durante las pausas, era el silencio tan grave, que se oía el chisporroteo de las centellas en las hogueras y el confuso rumor de las cascadas que desde el río llegaba. Arrodillado junto a Liliana, contemplela varias veces, y vi que tenía los ojos singularmente relucientes y alzados hacia el cielo, y que sus cabellos estaban en desorden. Y tan devotamente cantaba y con una actitud tan parecida a la de un ángel, que la oración de los emigrantes casi podía dirigirse a ella.
Terminado el rezo, dispersose la gente en dirección a los carros, y, como de ordinario, efectuada la inspección de los guardias, fuime yo también a descansar. Pero cuando los insectos nocturnos empezaron a zumbarme en los oídos, como hacían todas las noches, ¡Liliana!, ¡Liliana!, pensé que en su carro dormía la niña de mis ojos, el alma de mi alma, y que en el vasto universo no existía ni podía existir un ser para mí más querido que aquella preciosa criatura.
Al amanecer del día siguiente atravesamos felizmente el río Cedar y penetramos en la landa que se extiende entre aquel río y Winnebago y, torciendo ligeramente hacia el Mediodía, va acercándose a la cadena de bosques que bordea las márgenes inferiores del Gowa.
Liliana no se atrevía a mirarme a los ojos; pero observé que estaba pensativa y como si se avergonzara o se afligiera por algo. Y, sin embargo, Dios mío, ¿qué pecado habíamos cometido? No quiso bajar del carro, y la señora Atkins y la señora Grossvenor, creyendo que se sentía enferma, prodigáronle sus mayores caricias y cuidados. Yo sólo sabía el porqué de todo aquello; sabía que no se trataba de enfermedad ni de remordimiento, sino de la lucha de un ser inocente con el presentimiento de que una fuerza nueva e ignota iba a empujarla y a arrastrarla, como una hoja, lejos, lejos, quién sabe adónde. Era la clara visión de que todo esfuerzo habría de resultar inútil; de que tarde o temprano sería preciso ceder, rendirse al poder de aquella fuerza, y olvidarlo todo para no pensar más que en amar.
Un alma pura teme y vacila en el umbral del amor; pero, sintiendo que es inevitable traspasarlo, desfallece y desmaya. Hallábase Liliana como en un estado de soñolencia, y al percatarme de ello, la alegría estuvo a punto de cortarme el aliento. No sé si era aquél un sentimiento honrado; pero cuando al día siguiente fui corriendo a su carro, experimenté al verla así, tan abatida como una flor, algo parecido a lo que debe experimentar un ave de rapiña en presencia de la paloma condenada a morir en sus garras. Y, sin embargo, no hubiera sido capaz de hacer el menor daño a aquella paloma, que tanta lástima me inspiraba, ni por todos los tesoros del mundo. ¡Cosa singular! Todo el día aquel, a pesar de mis tiernos sentimientos para con Liliana, transcurrió como si entre nosotros existiera algún enfado o estuviésemos dominados por enorme confusión. Hice lo indecible para poder hallarme un momento a solas con Liliana, pero no lo conseguí. Afortunadamente, vino en mi socorro la señora Atkins, diciéndome que la muchacha necesitaba hacer ejercicio, y que la molestaba mucho permanecer encajonada en la angostura del carro.
Pensé entonces que le haría mucho bien ir a caballo, y mandé a Simpson que ensillara uno para ella. En la caravana no teníamos sillas de amazona; pero, a falta de éstas, podíase utilizar perfectamente una de aquellas sillas mejicanas tan altas, que generalmente usan las mujeres en las lindes de los desiertos. Prohibí a Liliana que se alejase de la caravana, a fin de no perderla de vista, por más que era muy difícil extraviarse en la estepa, uniforme y lisa. En efecto; los hombres que mandaba yo a cazar rondaban a notables distancias por todos los lados de la caravana, de suerte que siempre habría podido encontrarse Liliana con algún cazador. Por parte de los indios no podía correr todavía ningún peligro, porque aquella parte de la estepa, hasta Winnebago, sólo era recorrida por los Pawnis en tiempo de las grandes cacerías, que no habían empezado aún; pero el camino de la selva meridional estaba infestado de animales dañinos, y toda precaución era poca. Luego tenía la convicción de que Liliana permanecería prudentemente a mi lado, lo que nos permitiría estar solos con mucha frecuencia, pues de ordinario iba yo muy lejos durante la marcha, y sólo tenía delante de mí dos escoltas mestizas.
Mis esperanzas se vieron realizadas, y una alegría indecible sobrecogió mi espíritu al ver por vez primera a mi suavísima amazona cabalgar al galope ligero al lado de la caravana. El movimiento del caballo habíale desparramado los cabellos, y la lucha que sostenía con su falda, algo corta, que malamente la cubría, coloreaba su semblante de púdico rubor.
Al acercarse púsose como una amapola, y aun sabiendo que iba a caer en la red que le tendiera yo para estar solos, vino hacia mí con un aire confuso, pero que quería ser indiferente, como si realmente lo ignorase todo. Entonces el corazón se me puso a latir como el de un colegial, y al ponerse nuestros caballos aparejados, me irrité contra mí mismo por no saber encontrar ni una palabra que decirle. Embargado mi ánimo por nuevos y suaves sentimientos, impelido por una fuerza invisible, me incliné hacia Liliana cual si fuera a alisar las crines de su caballo, y puse mis labios sobre su mano, apoyada en lo alto de la silla mejicana. Una desconocida e inefable felicidad, mayor y más intensa que todas las hasta entonces sentidas, se difundió por todo mi cuerpo, y, teniendo apretada contra mi pecho aquella grácil manita, hablé a Liliana apasionadamente. Díjele que si me hubiese dado Dios en aquel momento todos los tesoros de la tierra, con placer los hubiera trocado por un solo rizo de sus cabellos, porque se había hecho dueña absoluta de mi alma y de mi cuerpo por toda la eternidad.
-¡Liliana!, ¡Liliana! -añadí después-, jamás he de abandonarte; te seguiré por montes y desiertos, besaré las huellas de tus plantas y rezaré por ti. Sólo te pido que me quieras un poco; dime, dime tan sólo que ocupo un lugar en tu corazón.
Y así diciendo, me parecía que mi pecho iba a estallar, y ella, conturbada y confundida, no cesaba de decirme:
-¡Ralf, bien lo sabes tú; tú lo sabes todo!
Lo que no sabía yo era si llorar o reír, si huir o permanecer a su lado. ¿Qué podría desear, qué podía apetecer, si me parecía que ya todo lo poseía en este mundo?
Desde aquel día estuvimos siempre juntos, cuando lo permitían mis ocupaciones de capitán, que hasta llegar al Misurí fueron disminuyendo de día en día. Ninguna caravana ha viajado nunca tan felizmente como la nuestra en el transcurso del primer mes. La gente y las bestias se habían acostumbrado del todo a las órdenes y habían ido adquiriendo la experiencia de los viajes. Ya no era menester de mi parte tanta vigilancia, y la confianza que en mí tenían mantenía una excelente disposición en todo el campamento; además, la abundancia de víveres y el espléndido tiempo primaveral suscitaban la alegría y reforzaban la salud. Cada día estaba más persuadido de que mi atrevida resolución de conducir la caravana, no por la vía ordinaria de Saint-Louis y el Kansas, sino por la del Gowa y del Nebraska, era excelente. Allí el calor era ya insoportable, y en el malsano territorio interpluvial que separa al Misisipí y al Misurí, las fiebres y otras enfermedades diezmaban las filas de los viajeros, mientras que aquí la templanza del clima disminuía la debilidad y mitigaba las molestias.
Realmente, la ruta de Saint-Louis era, en su primera etapa, más resguardada de los indios, pero mi caravana, compuesta de doscientos treinta hombres bien armados y dispuestos a la lucha, no debía inquietarse por los eventuales asaltos de los indios, sobre todo de las tribus establecidas en las riberas del Gowa, las cuales, habiendo ya medido varias veces sus fuerzas con los blancos, no era fácil que se atrevieran a echarse sobre una brigada tan numerosa. Sólo era menester precaverse contra los stampeads, es decir, contra las rapiñas nocturnas de mulos y caballos, que ponen a las caravanas, por la carencia subsiguiente de bestias de tiro, en situaciones desesperadas. Pero para ello contábamos con la diligencia y experiencia de los guardias, que conocían igual que yo los ardides de los indios.
Una vez organizada la marcha -lo que resultaba ya muy fácil, a causa de la práctica que en ello había adquirido mi gente-, tenía yo durante el día mucho menos trabajo que al principio, y podía dedicar más tiempo a los sentimientos que se habían adueñado de mi corazón. Por la noche me acostaba pensando: «Mañana verás a Liliana», y al amanecer decíame a mí mismo: «Hoy verás a Liliana». Y cada día me sentía más feliz y más enamorado. La caravana empezó a percatarse de nuestras relaciones; pero nadie decía nada malo, porque tanto Liliana como yo éramos queridos de todo el mundo. Una vez, el viejo Smith, que cabalgaba a nuestro lado, exclamó: God bless you Captain and you Lilian!, y aquella unión de nuestros nombres nos tuvo todo el día llenos de contento. La señora Grossvenor y la señora Atkins cuchicheaban muy a menudo algo al oído de Liliana, logrando que la muchacha se pusiese encendida como la aurora; pero jamás quiso decirme lo que aquellas mujeres le susurraban. Sólo Henry Simpson nos miraba con un aire hosco y huraño; tal vez en su alma tramaba algo contra nosotros; pero yo no hacía gran caso de él.
Todas las mañanas, a las cuatro, me hallaba ya a la cabeza de la caravana; venían detrás de mí, a algunos centenares de pasos, las escoltas, que iban cantando las canciones que les habían enseñado las madres indias, y más atrás, a igual distancia, extendíase el tabor cual blanca cinta sobre la estepa. Era para mí un momento emocionante cuando, cerca de las seis, oía de repente detrás de mí las pisadas del caballo y veía acercarse a la niña de mis ojos, a mi adorada Liliana. El aire matutino le desplegaba los cabellos por detrás, destrenzados por el movimiento, pero expresamente mal sujetos, pues muy bien sabía la muy coqueta que le estaban así divinamente, que a mí me gustaba mucho de aquel modo y que, cuando el viento esparcía alrededor de mi cabeza su dorada cabellera, cogía yo sus hebras y las apretaba contra mis labios. Así, tan dulcemente, empezaban nuestras mañanas.
Habíale enseñado a decir buenos días en polaco: Dzien dobry, y cuando la oía pronunciar aquellas palabras en el habla para mí tan querida, se me antojaba que todavía amaba más a Liliana, y los recuerdos de la patria, de la familia y de cuanto había pasado y sufrido atravesaban el desierto cual gaviotas el océano, y a duras penas podía contener los deseos de gritar, a duras penas podía retener bajo mis párpados las lágrimas, que a punto estaban de rodar por mis mejillas. Y ella, viendo que, a pesar de mis lágrimas, el corazón se me llenaba de alegría, repetía como un estornino enseñado: Dzien dobry!, dzien dobry!, dzien dobry! ¿Y cómo era posible no amar por encima de todas las cosas a aquel delicioso estornino?
Más adelante le enseñé otras expresiones; pero su boca inglesa difícilmente se adaptaba a nuestras voces dificultosas, y al reírme yo de su pronunciación incorrecta, juntaba ella, como una niña, los labios y los alargaba en forma de hociquillo, fingiendo que se enojaba y poniendo la cara mustia.
Nunca, sin embargo, tuvimos la más mínima discusión, y una sola vez se interpuso entre nosotros una ligera nubecilla.
Una mañana, con el pretexto de ajustarle los estribos, despertó en mí el díscolo ulano de otros tiempos y le besé el piececito, o, por mejor decir, el diminuto botín, ya deteriorado por las asperezas del desierto, pero que no hubiera yo trocado por un trono. Entonces Liliana, acercando el piececito a los ijares del caballo y repitiendo: «¡No, Ralf, no, no!», alejose rápidamente, y a pesar de mis súplicas y de haberle pedido perdón, no quiso caminar emparejada conmigo. Sin embargo, para no afligirme demasiado, no se separó mucho de mí; pero yo púseme a fingir una pena cien veces mayor de la que realmente sentía, y, encerrado en un mutismo absoluto, cabalgaba cual si todo el mundo no existiese ya para mí. Bien sabía yo que la compasión acabaría por vencer su resistencia, y, en efecto, al poco rato, inquieta por mi silencio, se me acercó y púsose a mirarme en los ojos, como un chiquillo que quiere adivinar si mamá está disgustada todavía, y yo entonces, a pesar de mis esfuerzos para conservar mi seriedad, tuve que volver la cabeza para no estallar en sonoras carcajadas.
Esta fue nuestra única rencilla. De ordinario estábamos alegres cual ardillas de estepa, y muy a menudo yo, el capitán de toda aquella caravana -Dios me lo perdone-, me comportaba estando junto a ella como un verdadero niño. Muchas veces, mientras cabalgábamos tranquilamente uno junto al otro, volvíame de improviso hacia Liliana, significándole que algo muy importante y urgente tenía que comunicarle; y cuando ella, llena de curiosidad, abría los oídos, decíale yo sencillamente: «¡Te quiero!», a lo que contestaba ella sonriente y ruborizada: Also, que quiere decir «también»... ¡Y así nos confiábamos nuestros secretos en la inmensidad del desierto, donde sólo el viento podía oírnos!
Tan rápidamente transcurrían de este modo los días, que la mañana y la noche me parecían como los eslabones de una cadena. Sólo de vez en cuando alguna peripecia de viaje venía a romper aquella venturosa uniformidad. Un domingo el mestizo Wichita cogió con el lazo un antílope hembra de gran tamaño, que en las estepas llaman dick, y con ella dejose también coger su pequeñuelo. Regalé éste a Liliana, que le puso al cuello un collar de cascabeles. Al cabo de una semana, el joven antílope, al que pusimos por nombre Katty, se había vuelto tan manso, que venía a comer en la mano lo que le dábamos, y durante la marcha cabalgaba yo teniendo a un lado a Liliana y al otro a Katty, que corría alzando hacia mí sus grandes ojos negros, pidiendo con sus balidos una caricia.
Pasado ya Winnebago, entramos en una landa lisa como una mesa, cubierta de herbazales lozanos y vírgenes. Los guías exploradores desaparecían a veces de nuestros ojos, ocultos por las hierbas y los arbustos; nuestros caballos chapoteaban como en el agua. Mostrábale yo a Liliana aquel mundo completamente nuevo para ella, y al verla entusiasmarse con todas sus bellezas, me sentía orgulloso de que aquel mundo mío le gustase. Reinaba por todas partes la primavera. Abril corría apenas hacia su término; era la época del lozano retoñar de la Naturaleza entera, y todo cuanto debía brotar en la estepa había brotado ya.
Durante la noche surgían de la estepa embriagadores perfumes como de millares y millares de incensarios, y de día, cuando soplaba el viento meciendo la florida alfombra, casi sufrían los ojos bajo el fulgor del rojo, del azul, del amarillo y de otros mil colores. De la llanura surgían hacia el cielo gráciles tallos de flores amarillas, parecidas a nuestro verbasco; en redor suyo se ceñían los hilos argentados de la plantita llamada tears (lágrimas), y cuyos racimos, formados de diáfanas esferitas, aseméjanse realmente a las lágrimas.
Mis ojos, acostumbrados a leer en la estepa, descubrían de vez en cuando plantas y flores conocidas: las grandes hojas de calumen, que curan las heridas; las sensitivas blancas y rojas, que cierran los cálices al acercarse un animal o un ser humano; las segures indias, cuyo olor hace caer de sueño y priva casi de todos los sentidos. Y enseñábale a Liliana a leer en aquel libro de Dios, diciéndole:
-Como habrás de vivir, amada mía, entre bosques y estepas, bueno es que ya empieces a conocerlos.
En algunos sitios de la llanura erigíanse, a manera de oasis, grupos de algodoneros y pinabetes epíceas, tan ceñidos de vides silvestres y de enredaderas, que apenas sí los podía reconocer bajo la espesura de las hebras y de las hojas. Por encima de las enredaderas retorcíanse las yedras, los alboholes y una especie de arbusto espinoso llamado wachtia, muy parecido a la rosa silvestre; por todos lados bajaban verdaderas cascadas de flores, y bajo aquellas bóvedas de verdor, y al través de aquel tupido velo de follaje, difundíase un misterioso claroscuro. Debajo de los troncos dormitaban grandes charcas de agua primaveral que no acertaba el sol a beber, y desde lo alto de las copas, y por entre la espesura de las flores, llegaban voces extrañas y gorjeos de pájaros. Cuando le mostré por primera vez a Liliana aquellos árboles y aquellas cascadas de flores quedóse inmóvil, llena de asombro, y, juntando las manos, no cesaba de exclamar:
-¡Ralf!, ¿Pero es verdad todo eso?
No se atrevía ella a penetrar en el interior de aquellas bóvedas; pero una tarde, sin embargo, en que el calor era bochornoso y corría por la estepa el cálido soplo del viento de Texas, entramos los dos acompañados de Katty. Una frescura, una penumbra, algo solemne como en una catedral gótica, y, al propio tiempo, un misterioso pavor reinaba allí dentro. La luz del día penetraba en aquel recinto tamizada por las hojas, de un verde diáfano; un pajarillo oculto bajo un haz de enredadera chilló: «¡No, no, no!», cual si nos prohibiera pasar adelante. Púsose Katty a temblar, arrimándose a los caballos, mientras Liliana y yo nos mirábamos uno a otro. Por vez primera se juntaron nuestros labios, sin poderlos desunir. Bebía ella mi alma, yo la suya, y ya nos faltaba a ambos el aliento, y, sin embargo, no se separaban nuestras bocas. Cubriéronse sus pupilas de niebla, y las manos, que apoyaba sobre mis brazos, pusiéronse a temblar como en la fiebre; un olvido de todo su ser la venció de tal suerte que, desfallecida y exánime, dejó caer su cabeza sobre mi pecho. Nos embriagaban a ambos la felicidad que de uno a otro se transfundía y la emoción que enajenaba nuestros ánimos. Inmóvil, con el alma rebosante del éxtasis, y sintiendo un amor cien veces más grande que lo que es posible expresar o imaginar, alcé los ojos a lo alto, buscando entre el follaje por donde poder contemplar el cielo.
Cuando despertamos de nuestro éxtasis salimos de la verde espesura a la landa despejada, donde nos vimos rodeados de vivísima luz, de aire caliente y del acostumbrado, amplio y risueño espectáculo de la estepa.
En unos montoncitos de tierra agujereados, formando como una red, veíase todo un ejército de ardillas de tierra que, apenas nos aproximamos, desaparecieron en sus escondrijos. Ante nosotros divisábase el tabor y los jinetes que corrían en torno a los carros.
Parecíame salir de una cámara oscura a un mundo deslumbrante, y esa impresión debía sentirla también Liliana; pero a mí el resplandor del día me llenaba de júbilo, mientras que a ella la superabundancia de áurea luz y el recuerdo de los extáticos besos, cuyas huellas eran todavía visibles en su semblante, llenábanla de confusión y de tristeza.
-¿Lo has tomado a mal quizá, Ralf? -me preguntó de improviso.
-¿Cómo es posible que pienses eso, amada mía? ¡Que el Señor me abandone si, fuera de un honrado y profundo amor, guarda mi pecho otro sentimiento por ti!
-¡Todo ha sido porque te quiero tanto! -exclamó, temblándole los finísimos labios.
Y prorrumpió en un llanto silencioso. Vanos fueron mis esfuerzos para tranquilizarla, pues en todo el día estuvo triste y taciturna.
Finalmente llegamos al Misurí. Los indios escogían de ordinario el momento de vadear este río para asaltar las caravanas, porque resultaba muy difícil en tal trance la defensa, ya que, hallándose una parte de los carros dentro del río y la otra en la ribera, y arreando a las bestias para entrar y salir del agua, se produce una enorme confusión.
Ya antes de llegar al río, hacía dos días, habíame dado cuenta de que unas bandas de indios nos seguían; pero había tomado mis medidas de prudencia, disponiendo que las caravanas acampasen en orden de batalla. Prohibí que los carros se desbandasen por la estepa, como hacían en las regiones orientales del Gowa, y mandé que todos los hombres se mantuvieran reunidos y dispuestos al combate. Llegado que hubimos al río y encontrado el vado, ordené a dos destacamentos de sesenta hombres cada uno que se atrincherasen en las dos orillas, de modo que pudieran defender eficazmente el paso con su fuego de fusilería. Los otros ciento diez emigrantes debían de encargarse de pasar los carros, pocos de cada vez, a fin de evitar confusiones, y con semejante táctica todo se llevó a cabo con el orden más completo. El ataque, era en realidad, casi imposible, porque antes de echarse sobre los que vadeaban el río, habrían tenido los asaltantes que apoderarse de una de las dos trincheras.
No eran por otra parte, excesivas tales precauciones; dos años después, cuatrocientos alemanes fueron asesinados, mientras vadeaban el Misurí, por la tribu Kiawatha, en el sitio donde hoy se eleva la ciudad de Omaha.
El éxito que coronó mi empresa me reportó otra ventaja, y fue que aquella gente, que en los países del Este habían oído contar los terribles peligros del tránsito por las amarillentas aguas del Misurí, al ver la seguridad y facilidades con que bajo mi dirección había salido de apuros, puso en mí una fe ciega y empezó a considerarme como el espíritu reinante de aquellos desiertos.
Las alabanzas y la entusiástica admiración de mis compañeros llegaba cada día a oídos de Liliana, a cuyos ojos enamorados aparecía yo como un héroe legendario. Decíale la señora Atkins:
-Mientras tu polaco esté a tu lado, hasta bajo la lluvia puedes dormir, pues ya se las arreglará él para que no te mojes.
Y el corazón de mi niña se ensanchaba oyendo tales alabanzas.
Sin embargo, durante el vado del Misurí no pude consagrarle ni un momento, y sólo me fue dado decirle con los ojos lo que no podía con los labios; todo el día permanecí montado a caballo, ora en una orilla, ora en la otra, ora en medio de la corriente. Era de gran urgencia para mí abandonar lo antes posible aquellas densas aguas amarillentas, que continuamente arrastraban consigo troncos de árboles carcomidos, montones de ramas, follaje y hierbas, y, con esto, gran cantidad de fétida marga del Dacota, que produce calenturas.
Además, los hombres estaban rendidos de cansancio por la continua vigilia y enfermos los caballos a causa del agua malsana, que nosotros no podíamos beber sino después de tenerla algunas horas decantándose al través de un filtro improvisado con carbón reducido a polvo. Pero, por fin, después de ocho días, nos encontramos todos en la orilla derecha, con los carros intactos y habiendo perdido tan sólo siete cabezas entre mulos y caballos.
Aquel día, sin embargo, habíanse visto las primeras flechas, porque mis hombres habían matado y luego, siguiendo las bárbaras costumbres del desierto, descuartizado a tres indios cuando intentaban introducirse en el recinto de los mulos.
Como consecuencia de aquel suceso, al día siguiente por la noche llegó hasta nosotros una embajada de seis viejos guerreros de la tribu de las Huellas Sangrientas, pertenecientes a la familia de los Pawnis. Acércaronse con amenazadora gravedad a nuestras hogueras, pretendiendo, en compensación, algunos mulos y caballos, y asegurando que, en caso de negarnos a ello, quinientos guerreros se arrojarían inmediatamente sobre nosotros.
Escasa impresión hizo en mi ánimo tal amenaza, y más hallándose ya instalado todo el tabor en la otra orilla y bien dispuestas las trincheras; además, sabía yo bien que aquella embajada había sido enviada por los indígenas con el único fin de regatear algún botín, sin pensar en agresión de ninguna clase, en las que menguadas esperanzas podían fundar. Inmediatamente me hubiera quitado de delante a aquellos indios si no hubiera querido ofrecer a Liliana con ellos uninteresante espectáculo. Mientras los viejos permanecían sentados, inmóviles alrededor de las hogueras del consejo, con los ojos fijos en las llamas, miraba Liliana, oculta detrás del carro, tímida y curiosa, sus vestidos con las costuras cosidas con cabellos humanos, las hachas con los mangos adornados de plumas y los rostros pintados de negro y rojo; colores que simbolizaban los propósitos belicosos de que estaban animados.
Negueme en absoluto a acceder a sus exigencias, y, pasando de mi actitud defensiva a una actitud ya algo agresiva, declaré solemnemente que si faltaba en el tabor uno solo de nuestros mulos, yo mismo iría al encuentro de sus quinientos guerreros y esparciría sus huesos por todos los ámbitos de la estepa. Partieron reprimiendo a duras penas la rabia y haciendo volar las hachas por encima de sus cabezas, en señal de guerra. Grabadas profundamente en la memoria debían de quedarles aquellas palabras mías, sin embargo; y cuando, en el momento de partir, doscientos hombres de los nuestros, preparados de antemano, se alzaron de improviso en ademán amenazador, haciendo ruido con las armas y lanzando gritos de guerra, bien clara se vio la profunda impresión que todo ello causó en el ánimo de aquellos guerreros salvajes.
Unas horas después, Henry Simpson, que por propia iniciativa había ido siguiendo a la embajada para espiarla, regresó todo jadeante con la noticia de que un importante destacamento indio se acercaba a nosotros. En toda la caravana era yo el único que conocía a fondo las costumbres indias, y, por consiguiente, estaba convencidísimo de que era aquélla una amenaza vana, porque no eran los indios en número suficiente para exponerse con sus arcos de madera de hickory al fuego de nuestros fusiles de Kentucky, de largo alcance.
Así se lo decía a Liliana mil y mil veces para tranquilizarla; pero la pobrecilla temblaba como una hoja, temiendo por mí; en cuanto a mis hombres, creían todos que íbamos a tener necesariamente un encuentro con los indígenas; lo que los más jóvenes y con mayor espíritu guerrero ardientemente deseaban.
Al cabo de pocos instantes oímos los aullidos de los pieles rojas; pero se mantuvieron a una distancia de algunos tiros de fusil, como si aguardasen un momento oportuno.
Toda la noche ardieron en nuestro campamento grandes hogueras, alimentadas con troncos de algodonero y haces de sauces del Misurí. Los hombres custodiaban los carros; las mujeres, llenas de pavor, entonaban salmos; los mulos, no ya en el recinto de los vivaques nocturnos, sino enchiquerados en los carros, relinchaban y mordían; los perros, oliendo la proximidad de los indios, ladraban furiosos; todo el campamento, en una palabra, era un hervidero de ruidos y amenazas. En los brevísimos instantes de silencio oíanse los fatídicos y plañideros gritos de los centinelas indios, que se llamaban con voz nasal, como si ladraran. Hacia media noche, los indígenas intentaron incendiar la estepa; pero las hierbas lozanas de primavera, húmedas, por más que muchos días antes no hubiese caído una gota de agua, no llegaron a arder.
Al amanecer, yendo a inspeccionar los apostaderos, hallé medio de acercarme por un instante a Liliana. Dormía, rendida de cansancio, con la cabeza apoyada sobre el regazo de la señora Atkins, que, armada con bows, juraba y perjuraba que exterminaría a toda la tribu de las Huellas Sangrientas antes de que uno de aquellos salvajes se atreviera a tocar un pelo de la ropa de su querida niña. Contemplaba yo a mi bella Liliana con amor, no sólo de hombre, sino casi de madre, y también sentía que hubiera hecho pedazos a quien se hubiera aventurado a amenazar a aquella prenda mía adorada. En ella residía mi alegría, mi felicidad; fuera de ella, vida errante y desventuras sin cuento. En efecto; en la estepa, en lontananza, esperábame el ruido de las armas, las noches a caballo, la lucha con los bandidos rapaces, y al lado de mi Liliana hallaba yo el plácido sueño de aquella dulce criatura, tan llena de confianza en mí, que había bastado una palabra mía para persuadirla de que no habría ningún combate y para que se durmiera resguardada de todo peligro, como bajo el techo paterno.
Cotejando esas dos imágenes, sentí por vez primera las fatigas de aquella vida aventurera sin tregua, y reconocí que sólo junto a Liliana habría de hallar paz y sosiego. «¡Con tal de que lleguemos a California!», pensaba entre mí. ¡Ay!, las penalidades del viaje, del que sólo hemos realizado la primera mitad y la más llevadera, aparecen bien visibles ya en este pálido semblante. Pero allí nos espera un país bello y exuberante, un cielo tibio, una eterna primavera.
Y embargado el ánimo por estos pensamientos, cubrí los pies de la durmiente con mi capote, para resguardarla del frío nocturno, y volví al extremo del campamento, porque empezaba a levantarse del río una niebla densísima, que los indios podían muy bien aprovechar para intentar un asalto. Los fuegos se iban velando cada vez más y se ponían pálidos, y una hora más tarde ya no nos podíamos ver uno a otro a una distancia de diez pasos. Ordené entonces a los centinelas que gritaran cada minuto, y ya no se oyó en el campamento otra cosa que un continuo All's well!, repetido como una letanía de boca en boca. En el campamento de los indios, en cambio, todo quedó en silencio, cual si aquella gente hubiese enmudecido de pronto; lo que me llenó de inquietud.
A los primeros albores del amanecer nos invadió un gran cansancio, porque la mayor parte habíamos pasado muchísimas noches sin dormir ni un momento, y además la niebla nos penetraba hasta los huesos, dándonos unos terribles escalofríos.
Entonces pensé que, en vez de estarnos parados, esperando a obrar cuando les viniera en gana a los indios, tal vez fuera mejor acometerlos, para dispersarlos por los cuatro vientos. No era ésta una valentonada de ulano, sino una medida de extrema necesidad, porque una afortunada acometida podría darnos gran renombre entre las numerosas tribus del país y asegurarnos así por largo tiempo un viaje tranquilo.
Después de dejar, pues, ciento treinta hombres en la trinchera, a las órdenes del experto lobo de la estepa, Smith, hice montar a caballo a otros ciento, y partimos casi a tientas, a causa de la niebla; pero con la mejor buena gana, porque el frío se hacía cada vez más molesto, y era aquél, al menos, un excelente medio para entrar en calor.
Al llegar a una distancia de dos tiros de fusil nos lanzamos gritando, al galope, y entre disparos nos arrojamos como un alud sobre el campamento de los indígenas. Una bala de uno de nuestros inexpertos tiradores silbó junto a mi oreja y se me llevó el sombrero. Pronto estuvimos a espaldas de los indios, que ni remotamente podían soñar en un ataque de nuestra parte, no habiéndose dado nunca el caso de que fueron los mismos viajeros en busca de los sitiadores. Un terror inmenso se apoderó de ellos, cegándolos de tal modo que se dispersaron por los cuatro costados, aullando espantados, cual bestias feroces, y sucumbiendo sin resistencia. Un pequeño destacamento, empero, apoyado en la orilla del río, viéndose acorralado, se defendió valerosamente y con tal tenacidad, que aquellos indómitos guerreros prefirieron arrojarse al agua antes que rendirse.
Sus picas, de agudos cuernos de ciervo, y sus tomahawks, de durísimo pedernal, no eran, ciertamente, armas muy temibles; pero aquellos salvajes se servían de ellas con singular destreza. Sin embargo, en un instante los redujimos también a la impotencia; y yo, por mi parte, hice prisionero a un corpulento gaznápiro, armado con una pequeña segur, y a quien, forcejeando por desarmarle, habíale cortado en redondo la mano.
Les cogimos muchos caballos; mas eran tan salvajes e indómitos, que no pudimos utilizarlos. Los prisioneros, comprendiendo a los heridos, fueron numerosos, y mandé que fueran asistidos con solícitos cuidados. Luego, a instancias de Liliana, después de regaralarles mantas, armas y caballos para los heridos más graves, los dejé en libertad.
Aquellos míseros, que, persuadidos de ser llevados al suplicio sin tardar, habían empezado a murmurar sus monótonos cantos funerarios, sintiéronse de momento casi espantados al ver lo que hacíamos con ellos, creyendo que les dejábamos marchar para darles caza en seguida, según la costumbre india. Pero al contestar que no los molestaríamos lo más mínimo, alejáronse satisfechos, celebrando nuestro valor y la bondad de la «Pálida Flor», nombre con el cual habían bautizado a Liliana.
El día aquel terminó con un triste acontecimiento, que vino a empañar nuestra alegría por una tan señalada victoria y por los efectos que de ella conjeturábamos. Entre los nuestros no hubo ningún muerto; pero varios fueron los heridos de más o menos cuidado. El más grave de todos era Henry Simpson, a quien su ardor bélico había llevado demasiado lejos en la lucha. Por la noche empeoró de tal modo su estado, que entró en la agonía. Veíase muy bien que deseaba hacerme una confidencia; pero el pobrecillo no podía hablar por tener destrozada la mandíbula de un hachazo. Tan sólo pudo gañir: Pardon, my Captain, y entráronle en seguida unas convulsiones. Supuse lo que quería decirme, al acordarme de la bala que por la mañana me había rozado la cabeza, y le perdoné cual procedía a un cristiano. También pensé que bajaba con él al sepulcro su sentimiento profundo por Liliana, aunque no declarado, y que tal vez habría buscado la muerte.
A media noche falleció, y le dimos sepultura bajo un gigantesco algodonero, en cuyo tronco grabé una cruz on mi cuchillo.
Al día siguiente proseguimos el viaje. Extendíase ante nosotros una landa todavía más dilatada, más llana y más agreste; una región que en aquel tiempo apenas había sido hollada por el pie de los blancos; en una palabra, nos hallábamos en la Nebraska.
Durante los primeros días avanzamos con bastante rapidez con los parajes despoblados de árboles; pero no sin dificultad, a causa de la carencia absoluta de leña. Las riberas del Platte, que corta en toda su longitud aquellas inmensas llanuras, están cubiertas por densos matorrales y sauces; pero veíamonos obligados a permanecer alejados del cauce plano de aquel río, que, como de costumbre en primavera, iba crecido. Pasábamos, pues, las noches alrededor de menguados fuegos de estiércol de búfalo, que, por no estar bien seco, más que quemar, ardía con tenue llama cerúlea.
De esta suerte avanzábamos con gran penuria hacia el Big Blue River, donde podríamos hallar combustible en abundancia. Tenía aquel país todos los caracteres de la tierra primitiva; de cuando en cuando, al pasar la caravana, que ahora avanzaba formando una cadena más compacta, huían piaras de antílopes de pelo bermejo con el vientre blanco, o a veces, por entre el oleaje de la hierba, aparecía una monstruosa y velluda cabeza de búfalo, de ojos sanguinosos y narices humeantes, y en las lejanías de la estepa surgían, cual puntos negros, numerosas bandadas de otros animales. A trechos hallábamos también por el camino, semejando pequeñas ciudades, unos montones de tierra, puestos unos junto a otros, formados por el trabajo de innumerables alimañas subterráneas.
Al principio ningún indio nos salió al paso, y sólo ocho días después apercibimos a tres jinetes indígenas, adornados con plumas, que inmediatamente, cual si fueran fantasmas, desaparecieron de nuestros ojos.
Supe más tarde que la sangrienta lección dada a los indios de las riberas del Misurí había hecho muy pronto famoso el nombre de Big-ar (que así habían transformado el de Rig Ralf) entre las tribus de bandidos de la estepa, y que, además, la magnanimidad de que habíamos dado prueba para con los prisioneros había conmovido a aquellos hombres nómadas y malvados, no desprovistos, sin embargo, de caballerescos sentimientos.
Llegados al Big Blue River, decidí detenernos durante ocho días en aquellas márgenes frondosas. Lo que aún nos faltaba de viaje constituía la parte más ardua y escabrosa, porque más allá de las estepas comenzaban las Montañas Rocosas, y tras de ellas las maléficas tierras del Utah y de la Nevada. A pesar de la abundancia de pastos, los mulos y los caballos estaban extenuados, enflaquecidos, y era menester un descanso más prolongado para hacerles recuperar fuerzas.
Nos situamos, pues, en el triángulo que forman el río Big Blue y el Beaver Creek, Torrente de los Castores. Aquella abigarrada posición, defendida por dos lados por las corrientes de los dos ríos, y por el otro por la mole de los carros, era casi inexpugnable, tanto más cuanto que había en aquel sitio agua y leña suficientes. Como no era menester una gran vigilancia, el trabajo en el campamento resultaba casi nulo; de suerte que podía la gente entregarse con entera libertad a los goces de aquel paraíso.
Fueron aquellos los días más venturosos de nuestro viaje; el cielo se mantuvo siempre sereno y las noches tan tibias, que se podía dormir al aire libre.
Salían los hombres de caza por la mañana y regresaban por la tarde cargados de antílopes y de aves de las estepas, que se encontraban a millones por las cercanías. El resto del día lo pasaban comiendo, durmiendo, cantando o tirando, por puro pasatiempo, a las ocas silvestres que en bandadas estrechas y larguísimas cruzaban el campamento.
Aquellos diez días fueron también los mejores y los más felices de toda mi vida. Desde por la mañana hasta el anochecer no me separaba un momento de Liliana, y de aquel constante trato que, empezando por fugaces entrevistas, había acabado por convertirse casi en verdadero consorcio de mi vida, adquirí el convencimiento absoluto de que mi amor por aquella suave y bondadosa niña había de ser eterno. Pude entonces conocerla más de cerca y a fondo. Muchas veces, durante la noche, en vez de dormir pensaba en qué fuese lo que me la hacía tan querida y tan necesaria a mi vida como el aire a mis pulmones. Dios lo sabe; estaba enamorado, enamoradísimo de su semblante encantador, de sus doradas trenzas, de sus ojos cerúleos, como el cielo de la Nebraska, y de su talle flexible y esbelto, que parecía decirme: «Ayúdame y protégeme siempre, porque sin ti no sabría vivir.» Dios lo sabe: amaba yo todo lo que le pertenecía, el más insignificante de sus pobres vestidos y adornos, y sentía hacia ella tan potente, tan fatal atracción, que todavía hoy no me sería posible, ni remotamente, explicarla.
Pero había en Liliana otro poderoso encanto: su suavidad y su ternura. Muchas mujeres había hallado yo en mi camino; pero un ángel semejante no lo encontré jamás, ni volveré nunca a encontrarlo, y cuando lo pienso me siento invadido por una tristeza infinita. Era su alma sensible, como la flor que cierra su corola cuando alguien se aproxima.
Conmovíanla fácilmente mis palabras y sabía asimilárselo todo; sabía reflejar todo pensamiento de igual manera que refleja el agua transparente lo que pasa junto a la orilla. Era el corazón de Liliana tan puro, era tanto su recato, que al abandonarse como lo hacía a mis caricias, comprendía yo muy bien la grandeza de su amor. Entonces, todo cuanto mi alma viril contenía de noble y honrado convertíase en gratitud hacia ella. Era Liliana mi consuelo y mi esperanza, la única persona, la que más quería yo en este mundo; y tan púdica, que yo había de esforzarme mucho para convencerla de que el amar no es un pecado.
Así, bajo tan suaves emociones, transcurrieron en las márgenes del río aquellos diez días inolvidables, en que, por fin, pude gozar de la mayor felicidad de mi vida.
Una vez, al amanecer, fuimos a pasear por la orilla del Beaver Creek; quería yo enseñarle a Liliana los castores que tenían sentados sus reales en un paraje distante apenas media milla de nuestro tabor. Andando con cautela por entre zarzas y matorrales, llegamos pronto al sitio aquel. Alrededor de una especie de golfo o lago formado por el torrente alzábanse dos corpulentos hickorys o nogales americanos, y en los bordes crecían numerosos sauces, con las ramas medio sumergidas en el agua. Un malecón, construido por los castores para contener la corriente, mantenía siempre en el mismo nivel el agua del pequeño lago, en cuya superficie surgían redondas, formando diminutas cúpulas, las moradas de aquellos industriosos animalitos.
El pie humano, ciertamente, jamás había hollado aquel paraje cubierto de árboles. Apartando cautamente las delgadas ramillas de los sauces, nos asomamos ambos al agua, que era azul y lisa como un espejo. Aún no estaban los castores en su trabajo; la ciudad acuática dormía aún tranquila, y tanta era la quietud que en el lago reinaba, que oía yo la respiración de Liliana, cuya cabecita dorada, asomada junto a la mía por entre el ramaje, rozaba mi frente. Rodeé el talle de mi niña con un brazo, a fin de sostenerla sobre el borde del declive, y pacientemente aguardamos, embriagándonos con lo que nuestros ojos descubrían. Avezado a vivir en los desiertos, amaba a la Naturaleza como a mi misma madre, y, aunque rudamente, sentía que hay en ella una felicidad divina para el mundo.
Era todavía muy temprano; la aurora, apenas nacida, coloreaba de rojo la copa de los corpulentos hickorys; las gotas del rocío resbalaban chorreando por las hojas de los sauces, y todo en derredor volvíase cada vez más luminoso. En la otra orilla, las gallinas silvestres, grises, con el cuello negro y la cabeza empenachada, bebían el agua levantando el pico.
-¡Oh, Ralf, y qué bien se está aquí! -cuchicheábame Liliana al oído.
Y yo estaba imaginando una cabaña en algún paraje apartado, con ella, viviendo una serie interminable de días apacibles, que nos llevarían a los dos suavemente hacia el último reposo, hacia la eternidad. Parecíanos a los dos contribuir a aquella alegría de la Naturaleza con nuestra propia alegría; a aquella quietud, con la quietud nuestra; a aquella aurora, con la aurora de felicidad que irradiaba de nuestras almas.
Mientras tanto, la lisa superficie comenzó a moverse en círculos concéntricos, y salió luego del agua, lentamente, una cabeza de castor, bigotuda, chorreante, coloreada por la luz matutina, y luego otra; y aquellos dos animalitos corrieron hacia el dique, hendiendo el puro cristal de las aguas con sus hociquillos y moviendo los labios. Subidos al malecón y sentados sobre sus patitas traseras, pusiéronse a chillar, y al chillido aquel empezaron a surgir, como por ensalmo, cabezas grandes y chicas, y por todo el lago cundió un gran vocerío. El pequeño ejército parecía al principio divertirse chapuzándose y lanzando extraños gritos de alegría; pero la primera pareja aquella, mirando desde el malecón, dio de repente con las narices un silbido prolongado, y en un santiamén la mitad del ejército estuvo sobre el dique, mientras la otra, dirigiéndose a la orilla, desaparecía bajo las ramas de los sauces, junto a los cuales empezó el agua a borbotar. Un ruido, como si aserraran un árbol, nos dio a entender que aquellos animalitos trabajaban en partir las ramas y la corteza.
Mucho tiempo estuvimos Liliana y yo contemplando el alegre tráfago de aquellas bestezuelas, que ni remotamente podían presumir nuestra presencia. Pero de pronto, al querer Liliana cambiar de postura, sacudió impensadamente las ramas, y en un abrir y cerrar de ojos todo desapareció; moviose todavía unos momentos el agua, alisóse luego, y otra vez todo quedó sumido en el mayor silencio, sólo interrumpido por el golpear de los picos sobre la dura corteza de los hickorys.
Entretanto, habíase levantado el sol por encima de los árboles y empezaba a caldear la atmósfera. Como Liliana no estaba cansada, decidimos continuar nuestro paseo costeando el pequeño lago; pero al poco rato otro torrente, que cruzaba el bosque y desembocaba allí, cortó nuestro camino. Liliana no podía pasarle, y entonces yo, cogiéndola en brazos, a pesar de su resistencia, entré en el agua. Era aquel, en verdad, un torrente de tentaciones.
Temía Liliana que me ahogase, y, rodeándome el torso con sus brazos, apretábase a mí con todas sus fuerzas y ocultaba el rostro contra mi hombro, mientras yo, apretando fuertemente mis labios, no cesaba de murmurarle:
-¡Liliana, Liliana mía!
Atravesado de este modo el torrente y llegados a la otra orilla, quise llevarla aún más lejos; mas ella desasiose casi con violencia de mis brazos. Entonces nos sobrecogió a ambos cierta zozobra, y empezó Liliana a mirar en derredor suyo, como si tuviera miedo, con el semblante, ora pálido, ora rojo como una amapola. Cogíle la mano y la estreché contra mi corazón: también sentía yo en aquel instante como un miedo de mí mismo.
La mañana se iba poniendo calurosísima; caía del cielo sobre la tierra verdadero fuego; no soplaba un hálito de viento; las hojas de los hickorys pendían inmóviles; sólo los picos continuaban escarbando en la corteza de los árboles; pero todo parecía sumido en profundo sueño y aletargado por el calor. Y yo me preguntaba si no habría algún hechizo difundido en el ambiente; pero pensaba luego que Liliana estaba junto a mí y que estábamos solos.
El cansancio la venció por fin, y su respiración se hizo cada vez más breve, más anhelosa, y su rostro, de ordinario pálido, púsose encendido como la grana. Preguntéle si estaba cansada y si deseaba descansar. «¡No, no!», contestó inmediatamente, cual si quisiera inclusive ahuyentar aquella idea; pero a los pocos pasos vaciló, susurrando:
-¡No; realmente, no puedo, no puedo más!
Entonces volví a tomarla en brazos, y con aquel dulce peso volví al borde del torrente, donde el ramaje de los sauces, bajando hasta tierra, formaba umbrosos pasadizos. En una de aquellas verdes alcobas, sobre el mullido césped, la coloqué, arrodillándome luego a su lado; pero al contemplarla, el corazón se me encogió: tenía la cara pálida como la cera, y sus ojos, desencajados, me miraban llenos de miedo.
-¡Liliana!, ¿qué tienes? -exclamé-. ¡Estoy a tu lado, niña mía!
Y así diciendo, me acerqué a sus pies y los cubrí de besos.
-¡Oh Liliana -continué-, predilecta, escogida entre todas, esposa mía!
Apenas hube pronunciado estas palabras, un estremecimiento la sacudió de los pies a la cabeza, y de improviso, como en el delirio de la fiebre, echome los brazos al cuello con fuerza inaudita y exclamó:
-My dear!, my dear!, my husband.
Luego todo desapareció ante mis ojos, y se me antojó que la esfera terrestre había volado con nosotros lejos, lejos...
Todavía hoy no podría explicar cómo fue que al despertar de aquella embriaguez y recobrar mis sentidos, entre las negras ramas de los hickorys, brillase otra vez la aurora; pero no la de la mañana, sino la vespertina. Los picos habían cesado de golpetear en la corteza; en el agua reflejábanse los rojos celajes del ocaso, y los moradores del lago habíanse ido a dormir; llegaba el anochecer, hermosísimo, apacible, impregnado de luz rojiza y cálida. Era ya tiempo de volver al campamento, y al salir del interior del laberinto que formaban los sauces llorones contemplé a Liliana. Nada había de triste ni de inquieto en su semblante; pero en sus ojos, alzados hacia el firmamento, ardía una dulce resignación, y su cabeza divina estaba como rodeada de una aureola de sacrificio. Al darle la mano apoyó dulcemente la cabecita sobre mi hombro y, sin apartar susojos del cielo, díjome:
-Ralf, repíteme que soy tu esposa; repítemelo a menudo.
En los desiertos y en las estepas no eran posibles otros desposorios que los del corazón; por tanto, me arrodillé en aquel bosque, y cuando la niña mía se hubo también arrodillado junto a mí, dije:
-En presencia del cielo, de la tierra y de Dios, declaro, Liliana Moris, que te tomo por esposa. Amén.
Y ella añadió:
-Soy tuya para siempre y hasta la muerte; soy tu mujer, Ralf.
Desde aquel instante éramos casados; ya no era Liliana mi amante, sino mi legítima esposa; y esta idea nos llenó a ambos de sosiego y de suavidad; suavidad y sosiego que penetraron en lo más hondo de mi corazón, donde surgió un nuevo sentimiento, un sentimiento de respeto santo hacia Liliana, y para conmigo mismo, una honradez y una seriedad grandísimas, bajo cuyo influjo se ennoblecía y santificaba mi amor.
Cogidos de la mano, alta la cabeza y serena la mirada, llegamos al tabor, donde la gente estaba inquieta por nosotros. Algunos de nuestros hombres habían partido por todos los lados para buscarnos, y con gran sorpresa supe más tarde que alguno había llegado hasta el pequeño lago; pero que no nos había visto ni habíamos oído nosotros sus voces. Y para evitar malévolas suposiciones llamé a los compañeros, y así que los tuve a todos reunidos formando círculo, entré en el centro con Liliana cogida de la mano, y dije con voz grave:
-Gentlemen! Sed testigos de que en vuestra presencia yo doy a la mujer que aquí veis el nombre de esposa, y sedme testigos ante los tribunales, ante la ley y ante quienquiera que en Oriente o en Occidente por ello os preguntara.
-All rigth!, and hurra for you both! -contestaron a coro.
Luego el viejo Smith, según era costumbre, preguntó a Liliana si consentía en tomarme por marido, y cuando ella hubo contestado «sí», fuimos considerados por toda aquella gente como legítimos esposos.
En las lejanas estepas del Occidente y en todas las regiones donde no existen ciudades, jueces e iglesias no se verifican nunca de otro modo los esponsales; y todavía hoy en los Estados Unidos, si alguien da a una mujer que vive bajo el mismo techo el nombre de esposa, tiene su declaración la misma fuerza legal que los documentos.
Ninguno, pues, de los emigrantes manifestó sorpresa alguna, ni consideró nuestras bodas desde otro aspecto que el de la seriedad que le daba la costumbre. Todos se mostraron regocijados, porque, a pesar de tenerlos yo, como ningún otro capitán, bajo una férrea disciplina, sabían que obraba siempre con franqueza, abiertamente, y cada día me tenían más cariño. En cuanto a mi mujer, amábanla como a las niñas de sus ojos.
Inmediatamente después empezó la algazara y los regocijos: encendieron hogueras, sacaron los escoceses de sus carros sus viejas gaitas, cuyos sones, despertando en Liliana y en mí dulces recuerdos, nos colmaban de placer y de melancolía; los norteamericanos tocaban las castañuelas, hechas con costillas de buey, y entre cantos y gritos y disparos pasamos una noche deliciosa.
La señora Atkins abrazaba a cada momento a Liliana, riendo, llorando, encendiendo de vez en cuando su pipa, que se le apagaba. Pero lo que más me emocionó fue la siguiente ceremonia, muy en uso entre las poblaciones nómadas de los Estados, que pasan la mayor parte de su vida en los carros. Cuando la Luna se hubo escondido detrás del horizonte, pusieron los hombres en las baquetas de los fusiles unos tizones de sauce encendidos, y, siguiendo en procesión al viejo Smith, que les servía de guía, nos llevaron de carro en carro, e hiciéronme preguntar delante de cada uno a Liliana:
-Is this your home?
A lo que mi adorada respondía:
-¡No!
Y proseguíamos la ronda. Al llegar junto al carro de la señora Atkins sintieron todos un gran enternecimiento, porque en él había viajado Liliana hasta entonces, y al contestar también aquí en voz baja «¡No!», rugió la señora Atkins como un búfalo y abrazada con furia a Liliana:
-My little, my sweet! -repetía a cada instante sollozando, llorando a lágrima viva.
También Liliana sollozaba, y al contemplarla, todos aquellos corazones endurecidos se sentían emocionados, y no había entre ellos ojos que no estuvieran arrasados de lágrimas. Cuando estuvimos junto a mi carro, apenas lo reconocí; tan cubierto estaba de follaje y adornado con flores. En aquel momento alzaron los hombres las ascuas encendidas, y Smith preguntó con voz alta y grave:
-Is this your home?
-That's it!, that's it! -contestó Liliana.
Entonces todos se descubrieron la cabeza, y se produjo un silencio tan profundo, que se oía el crepitar de los tizones y el ruido de los trozos inflamados al caer por tierra. Y el viejo emigrante de cabellos blancos extendió por encima de nosotros sus secos y robustos brazos, exclamando:
-¡Dios os colme de bendiciones y bendiga también vuestra casa! Amén.
Tres entusiásticos hurras contestaron a esta bendición, después de lo cual fuéronse todos, dejándome solo con mi mujercita.
Cuando la última persona estuvo ya lejana, apoyó Liliana su cabeza sobre mi pecho, exclamando:
-¡Por siempre, por siempre jamás!
Y en aquel instante había en nuestras almas más estrellas que en el cielo.