Lo positivo
Comedia en tres actos
Manuel Tamayo y Baus
Advertencia
Esta comedia es una imitación de la que escribió en francés León Laya con el título de Le Duc Job, y la cual se estrenó en París a 4 de noviembre de 1859. El Duque Job tiene once personas, cuatro actos y cincuenta escenas. En Lo positivo está reducido a cuatro el número de personas, el de actos a tres y el de escenas a veinticuatro. Casi todo el diálogo puede pasar por original en esta última composición dramática; nueva es también la mayor parte de sus escenas; el desarrollo de la acción y de los caracteres difiere no poco en ambas producciones: la significación del pensamiento moral que entraña el asunto aparece tal vez más concreta, más clara y viva en la obra española que en la francesa.
El autor ha estimado conveniente hacer aquí estas ligeras observaciones, bien que sin dar a un trabajo tan baladí ni la más pequeña importancia.
| PERSONAJES | |
| Cecilia | |
| El Marqués | |
| Rafael | |
| Don Pablo |
Jardín. A la izquierda, la fachada de una casa con puerta abajo y con ventanas en el piso principal. Sillas rústicas y bancos de piedra. En el foro, una verja con puerta que da al campo.
Escena primera
RAFAEL sale por la derecha, tarareando el paso de ataque, con gabán de entretiempo y kepis puestos. Lleva una cinta en un ojal del gabán. En la frente tiene una cicatriz.
Tararí, tararí, tararí, tararí. ¡Oh fuerza de la costumbre, cuán invencible es tu poder! Acostumbrado al fementido catre del campamento, mi nueva cama me ha parecido mala, precisamente por lo que tenía de buena; y habiendo despertado al toque de diana, que oí en suenos clara y distintamente, no he logrado después volver a pegar los ojos. Vaya otro cigarrillo. (Saca un cigarro de papel y lo enciende.) ¡Muy linda está! ¡Mil veces más linda que antes! Pero, como siempre, tan aficionada a lucir y tan prendada del dinero. ¿Qué ha de suceder? Sigue las máximas de su padre, entusiasta adorador del becerro de oro. Maldito dinero, que así prostituye y envenena los más hidalgos corazones. ¡Qué lástima de muchacha! (Pausa, durante la cual vuelve a encender el cigarro, que se le había apagado.) Apenas pude decirle ayer cuatro palabras seguidas. Es gusto venirse a vivir a Carabanchel para estar recibiendo visitas todo el día, lo mismo que en Madrid. No me quiere... ¡No me querrá nunca! Un pariente que se ha criado con ella, como quien dice, no puede inspirarle amor, y menos aún un pariente pobre. Se casará con un millonario. ¡Casarse Cecilia con otro! ¡Esta idea me saca de tino! ¡Y yo que esperaba curarme con la ausencia, de tan insensata pasión!
Es amor en la ausencia como la sombra, que cuanto más se aleja más cuerpo toma. Ausencia es aire que apaga el fuego chico y aviva el grandeBien dice la copla, y yo fui un mentecato al suponer... No he debido volver a verla. Es preciso huir de nuevo: huir para siempre. Aquél es su cuarto. (Mirando hacia la ventana de la derecha.) Aún estará durmiendo. Soñará quizá con algún amante. No quiero pensarlo. ¡Cuánto mejor estaba allá, peleando con los marroquíes! Ea, ea, valor. Tararí, tararí, tararí, tararí. (Se sienta en una silla dando la espalda a la casa y tararea el paso de ataque.)
Escena II
RAFAEL y CECILIA.
CECILIA.-(Asomándose a la ventana.) ¿Lo aprendiste en viernes, primito?
RAFAEL.-Hola, ¿eres tú?
CECILIA.-Yo misma. Buenos días, Rafael.
RAFAEL.-Buenos días.
CECILIA.-No me mires.
RAFAEL.-¿Por qué?
CECILIA.-Aún no me he quitado la gorra de dormir.
RAFAEL.-¿Y Qué?
CECILIA.-Que debo estar horrorosa.
RAFAEL.-Coqueta. Tú de todos modos estás divina.
CECILIA.-¡Ay, qué galante es mi primo!
RAFAEL.-(Huir: no hay remedio.)
CECILIA.-Tenemos que hablar.
RAFAEL.-Di.
CECILIA.-No: se trata de una cosa muy importante.
RAFAEL.-¿De qué?
CECILIA.-¿Hay alguien por ahí?
RAFAEL.-Nadie.
CECILIA.-Es que quiero que nadie se entere...
RAFAEL.-Habla sin temor.
CECILIA.-A ti te lo digo porque se que me quieres mucho y que la noticia te ha de alegrar.
RAFAEL.-¿Sí, eh?
CECILIA.-Sí. Oye. Hay moros en campaña.
RAFAEL.-¿Cómo?
CECILIA.-Moros, no de los de por allá, sino de los de por aquí.
RAFAEL.-No te entiendo.
CECILIA.-¡Qué torpe! A ver si lo entiendes ahora. Que tengo un pretendiente.
RAFAEL.-(¡Dios mío!)
CECILIA.-Y papá quiere casarme
RAFAEL.-¿Y tú?
CECILIA.-(Con alegría.) ¡Es rico!
RAFAEL.-¡Ah, es rico!
CECILIA.-Por supuesto. ¿Había yo de casarme con un pobre?
MARQUÉS.-(Dentro, gritando.) ¡Rafael!, ¡Rafael!
CECILIA.-¡Ah! El tío Antonio.
MARQUÉS.-¿Dónde te has metido?
CECILIA.-(Retirándose de la ventana.) Luego hablaremos despacio. Adiós.
RAFAEL.-Lo que yo me temía. Se va a casar.
Escena III
RAFAEL y el MARQUÉS.
MARQUÉS.-Te has venido al jardín. (Saliendo por la puerta de la casa.) ¿Cómo te había de encontrar por ahí dentro?
RAFAEL.-Más de dos horas ha que estoy levantado.
MARQUÉS.-Pues yo creí que con las fatigas de viaje... ¿Y te sientes bien?
RAFAEL.-Perfectamente.
MARQUÉS.-No sabes cuánto me regocija verte a mi lado después de tan larga y penosa ausencia. Por supuesto que pasarás con nosotros unos días en Carabanchel.
RAFAEL.-No sé todavía.
MARQUÉS.-Yo no pensaba moverme de Madrid, pero tuve que ceder a las instancias de tu tío, y contaba con que tú, al regresar de África... Ya le oíste anoche exigirte formalmente que te quedes.
RAFAEL.-¡Son tan desiguales nuestros genios!
MARQUÉS.-¿Qué importa? No hay día en que él y yo no armemos una pelotera, y no por eso dejo de pasarlo bien en su compañía. Tiene graves defectos, es verdad, pero también muy buenas cualidades. Desde que murió mi pobre hermana, que en gloria esté, ya has visto con qué infatigable celo ha cuidado de sus hijos y cómo se ha desvivido por ellos.
RAFAEL.-Es, con efecto, un padre muy cariñoso; pero les ha imbuido ciertas ideas...
MARQUÉS.-Has de considerar que en el siglo en que vivimos todo el mundo ha dado en creer que la felicidad es cosa que se compra con el dinero. Pablo, que ha hecho su pingüe patrimonio a fuerza de constancia y laboriosidad, no puede menos de tributar adoración al ídolo a quien ha sacrificado su vida entera, y como buen negociante, lleva siempre metido en la cabeza el libro de caja. Nosotros, Rafael, tuvimos un noble modelo a quien imitar en el duque, tu padre y mi hermano mayor. Él nos transmitió las ideas y sentimientos de otras épocas que hoy se apellidan bárbaras, y por esta circunstancia, sin duda, no somos ahora lo mismo, o acaso peores, que tu pobre tío, arrastrado desde su juventud por la corriente de las opiniones vulgares.
RAFAEL.-¡Que odiosas opiniones! Vea usted a Cecilia, y por su aspecto le parecerá un ángel: estudie usted su corazón y le hallará seco, metalizado, muerto.
MARQUÉS.-El mal no es tanto como piensas. A veces un poco de broza basta a reprimir el impulso de bullidoras aguas. Ahondando en el corazón de tu prima, daríase pronto, quizá, con abundante manantial de sentimientos nobles y puros.
RAFAEL.-(Con vehemencia.) ¡Oh, si tal presunción fuese cierta!
MARQUÉS.-¿Y por qué no ha de serlo? Si Dios quisiera que esa chica se enamorase de un hombre... (Con intención.) De un hombre, así como tú, por ejemplo (RAFAEL se estremece. El MARQUÉS lo observa.), ya verías
qué pronto se curaba de sus manías.
RAFAEL.-¡Oh, si Cecilia fuese capaz de amar como su hermano Felipe, de fijo se salvaría como él!
MARQUÉS.-Durante tu ausencia, Felipe ha cambiado mucho. Era antes todo fuego; ahora es todo nieve: antes su cabeza estaba llena de ilusiones; ahora no más que de cálculos y guarismos.
RAFAEL.-¿Habla usted con formalidad? ¿Cómo ha podido verificarse un cambio de esa naturaleza en hombre tan sensible y tan vivamente enamorado?
MARQUÉS.-¿Enamorado? Ya no quiere a Matilde.
RAFAEL.-¿Cómo, que no, si anoche, antes de volverse a Madrid, estuvo hablando de su próximo casamiento?
MARQUÉS.-Va a casarse, pero no con Matilde, sino con otra.
RAFAEL.-¿Con otra? Eso no es creíble; aquel afecto había echado raíces en su corazón para toda la vida. Recuerdo que estuvo a punto de perder el juicio cuando Mendoza le negó la mano de su hija.
MARQUÉS.-Pues Mendoza insistió en que no quería yerno que sólo pudiera disponer de la miseria de un millón, que es lo que Pablo da a cada uno de sus hijos, y resolvió, con el fin de ver si lograba distraer a Matilde; que su madre se la llevara a viajar. Cuando Felipe supo que había partido, se desesperó a más no poder; pero poco a poco fue dando oído a los consejos de personas prudentes y muy entendidas en letras... de cambio, y acabó por hacerse un hombre de provecho, según ellos dicen. Ya no pudo considerar el matrimonio sino como una especulación, y tuvo la suerte de encontrar una novia a pedir de boca; esto es, una novia con cuatro millones de dote: la hija de ese banquero de los Estados Unidos que hará como cosa de dos años vino a establecerse a Madrid.
RAFAEL.-¡Quién lo hubiera dicho! Vamos, si parece mentira. ¿Y esa joven no tiene más atractivo que su dinero?
MARQUÉS.-Tuerce un poco la boca y un mucho los ojos; pero por lo demás es encantadora. Y sobre todo tiene mucho chic, y habla chapurrado, mitad en español y mitad en inglés, lo cual es de muy buen tono.
RAFAEL.-¿Y será posible que tal enlace se lleve a efecto?
MARQUÉS.-La semana próxima quieren casarse; pero a mí se me ha metido entre ceja y ceja que el banquero angloamericano es un solemne bribón, y si de aquí a entonces le descubro alguna maca...
RAFAEL.-¿No ha regresado aún Matilde de su viaje?
MARQUÉS.-Ayer debió llegar a Madrid.
RAFAEL.-En cuanto Felipe la vuelva a ver, es indudable que volverá a quererla.
MARQUÉS.-¿Quién sabe?
RAFAEL.-No lo dude usted.
Escena IV
Dichos y DON PABLO.
DON PABLO.-(Saliendo por la puerta de la casa con el sombrero puesto.) ¿Están ustedes filosofando?
MARQUÉS.-Estábamos murmurando de ti.
DON PABLO.-Que sea en hora buena.
RAFAEL.-¿Qué tal ha pasado usted la noche?
DON PABLO.-Malísimamente. He soñado que un moro te cortaba la cabeza, y ni un solo momento me ha dejado sosegar esta pesadilla. ¡Como me hizo tanta impresión verte con esa disforme cicatriz!
MARQUÉS.-Le sienta muy bien, ¿no es verdad?
DON PABLO.-¡Divinamente! Milagro de Dios fue que no le dejasen tuerto. Bien empleado le está por no haber querido hacerme caso.
RAFAEL.-Tío, era militar.
DON PABLO.-Sí, subteniente. Bonito grado para todo un señor duque.
RAFAEL.-En las filas del ejército no hay puesto ninguno que no sea honroso.
DON PABLO.-Pero si tú no eras tal militar; si nunca te habías vestido de uniforme; si tuviste que solicitar como gracia el que se te declarase en activo servicio...
MARQUÉS.-Tanto mejor para él.
DON PABLO.-¿Y qué ha ganado con semejante hazaña?
MARQUÉS.-(Señalando con íntimo gozo a la cinta que lleva RAFAEL en el pecho.) Con efecto: no ha ganado un solo maravedí. No ha ganado más que eso..., eso.
DON PABLO.-Sí, un cintajo.
MARQUÉS.-Sin duda que hubiera sido preferible el toisón de oro.
DON PABLO.-Porque no sabes qué decir, te me vienes con pullas. Nadie que tenga un poco de juicio...
MARQUÉS.-Nadie que tenga un poco de eso que ahora se llama juicio comprenderá jamás las nobles inspiraciones de un corazón recto y generoso.
RAFAEL.-Usted olvida, tío, que yo fui a pelear por mi religión, por mi patria y por mi reina.
DON PABLO.-Ta, ta, ta, ta.
MARQUÉS.-Pero en verdad que parecemos locos, disputando por cosa que ya no tiene remedio.
DON PABLO.-En eso no te falta razón. Y dígame usted, señor subteniente: supongo que, habiéndose acabado la guerra, pensará usted pedir su retiro.
MARQUÉS.-Hoy mismo escribirá a Madrid para arreglar ese asunto.
DON PABLO.-Pues vamos sin perder tiempo a otra cosa, que yo dentro de un rato he de verme con don Marcelino.
MARQUÉS.-También yo. Iremos juntos.
DON PABLO.-(A RAFAEL imperiosamente, presentándole una silla.) Siéntate.
RAFAEL.-¿De qué se trata?
DON PABLO.-(Bajo, al MARQUÉS, y siéntase a la derecha de RAFAEL.) Ya sabes que tenemos que reñirle.
MARQUÉS.-(Siéntase a la izquierda de RAFAEL.) (Ah, sí; había olvidado...)
RAFAEL.-Me dan ustedes en qué pensar.
DON PABLO.-Estamos muy enfadados contigo.
RAFAEL.-(Al MARQUÉS.) ¿De veras?
MARQUÉS.-(Aparentando severidad.) De veras.
RAFAEL.-(Con sentimiento.) ¿Pues qué he hecho yo que pueda, merecer la desaprobación de usted?
MARQUÉS.-¿Qué has hecho? Tu tío Pablo te lo dirá.
DON PABLO.-Escucha. Tu padre, que santa gloria haya, fue un calavera de marca mayor.
RAFAEL.-¡Un calavera mi padre!
DON PABLO.-Un calavera que derrochó su patrimonio.
RAFAEL.-Permítame usted que le diga que está hablando con poca propiedad. No se puede decir que derrocha su patrimonio el hombre que lo invierte, como Dios manda, en obras de misericordia.
DON PABLO.-No me vengas a mí con ésas. Si dar algo es bueno, dar a manos llenas no merece disculpa. Tú debías haber heredado...
RAFAEL.-Tío, ya he dicho a usted en varias ocasiones... (Con enfado.) Mi padre me dejó lo necesario para vivir.
DON PABLO.-A eso vamos. Con el reducido caudal que heredaste de tu padre, teniendo un poco de prudencia, hubieras podido vivir, si no con lujo, al menos con decoro. ¿Prudencia dijiste? Ni por pienso. Tu bolsillo, como el de tu padre, ha estado siempre abierto para todo el mundo.
RAFAEL.-Ve uno miserias, necesidades, y pudiendo remediarlas...
DON PABLO.-Como cosa de un mes antes de tu partida para la guerra, averigüé que ya tan sólo te quedaban unos treinta mil duros de capital; y habiéndote amonestado y reñido muy seriamente, me hiciste formal promesa de cambiar de conducta y de no gastar en lo sucesivo de tu capital ni un solo maravedí sin mi conocimiento. ¿Has cumplido tu promesa?
RAFAEL.-(Lo sabe.)
DON PABLO.-Responde.
MARQUÉS.-Vamos, habla. Tu tío lleva razón. Esto no puede continuar así.
DON PABLO.-A no ser que quieras ir a parar a San Bernardino.
RAFAEL.-Tío...
DON PABLO.-No hay tío que valga.
MARQUÉS.-¿Es o no verdad que pocos días antes de salir de Madrid gastaste doscientos mil reales?
RAFAEL.-Sí, señor; es cierto.
DON PABLO.-¿En qué?
MARQUÉS.-Dilo.
RAFAEL.-Es un secreto.
DON PABLO.-Alguna locura.
MARQUÉS.-Perdona. (Con sequedad, levantándose.) Dueño eres de disponer de lo tuyo como mejor te parezca, y nosotros hacemos mal en querer averiguar tus secretos.
RAFAEL.-No me hable usted así, por Dios. (Haciendo que el MARQUÉS se vuelva a sentar.) Todo se lo diré a ustedes. Solamente por delicadeza quería callar. Saben ustedes que don Gregorio Ibáñez, conocido en todo Madrid por su inmenso caudal y más aún por su increíble avaricia, quiso evitar el pactado casamiento de su hijo Eduardo con Enriqueta Salazar, porque esta desdichada joven se quedó huérfana y perdió sus bienes por un imprevisto golpe de la fortuna. Eduardo cumplió su palabra, y el inicuo avaro le negó todo auxilio. Cuando se encontraba más falto de recursos empezó a enfermar su mujer. Cerciorose al fin de que esta dolencia era una tisis incurable, y el dolor le trastornó el juicio. Cuanto los médicos ordenaban, cuanto oía decir que habían hecho enfermos del mismo mal, otro tanto puso en práctica, sin que le arredrase contraer deudas enormes. Al cabo de un año, y al día siguiente de regresar de un viaje a la isla de Madera, murió en sus brazos aquella infeliz, a quien amaba con delirio. Al entrar yo en su casa le hallé sentado junto al ataúd de su esposa, tan pálido y tan inmóvil como ella. No habían podido hacerle derramar ni siquiera una lágrima. Me acerqué a él, le llamé, volvió hacia mí los ojos, y, en viéndome, se arrojó en mis brazos y lloró como un niño. Poco después, su médico me llevó a otra habitación, y por él supe que Eduardo había firmado escrituras de depósito para obtener préstamos de usureros sin conciencia y que de un momento a otro debían prenderle. ¡Era mi mejor amigo! ¡Era tan desgraciado! No vacilé: eché a correr sin declarar a nadie mi pensamiento, pero delante de la puerta me encontré con Eduardo, el cual, vertiendo un mar de lágrimas, me dijo estas palabras, que desde entonces están grabadas en mi corazón: «Hazlo, Rafael, hazlo: tú lo has de hacer aunque yo no quiera. Dios permitirá que algún día te pueda pagar.» Salí a la calle, busqué inmediatamente el dinero...
MARQUÉS.-(Con satisfacción.) ¿Y pagaste la deuda?
RAFAEL.-Sí, señor.
DON PABLO.-¡Jesús, qué locura! (Levantándose.) ¡Dar dinero a un hombre que no tenía nada!
MARQUÉS.-(Levantándose). Pues por eso se lo dio.
DON PABLO.-¡Pues por eso hizo mal!
MARQUÉS.-¡Por eso hizo bien!
RAFAEL.-(Abrazándole.) ¡Tío de mi alma!
DON PABLO.-Tú tienes la culpa de todo: tú eres quien le pierde.
MARQUÉS.-¿Cómo he de reñirle por lo que no puedo menos de aprobar?
DON PABLO.-Buen par de majaderos estáis los dos con vuestra sensibilidad exquisita y vuestras ideas de caballerosidad y grandeza de alma. Seguid ambos por ese camino, y cuando no tengáis una sola peseta...
MARQUÉS.-Tendremos la estimación de los hombres de bien.
DON PABLO.-¡Bobería! Ya no estamos en los tiempos de Don Quijote.
MARQUÉS.-Con efecto, estamos en los de Sancho Panza.
DON PABLO.-(Dirigiéndose hacia el foro.) Sois locos de atar.
MARQUÉS.-(Siguiéndole.) Pero oye...
DON PABLO.-(Saliendo por la verja del foro.) Estoy sordo.
MARQUÉS.-(Saliendo también por el foro.) No te enfades. Aguarda.
Escena V
RAFAEL, y después CECILIA.
RAFAEL.-Se toma interés por mí: debo agradecérselo a pesar de todo. (Mirando al reloj.) Las diez. En Carabanchel, por lo visto, se sigue el mismo método de vida que en Madrid, y no almorzaremos hasta las doce o la una. (Sentándose.) No caí yo en ello, que si no en cuanto me levanté esta mañana me hubiera ido a Madrid a ver a Eduardo, y a la hora de almorzar podía haber estado de vuelta. ¡Pobre Eduardo! ¿Qué será de él? Mucho me compadecerá cuando sepa que Cecilia va a casarse con otro. Hay que convenir en que mi tío no merece perdón de Dios. ¡Haber metalizado un corazón tan generoso como el de Felipe! ¡Haber torcido las naturales inclinaciones de su hija, de una criatura tan hechicera, tan angelical! (CECILIA sale por la puerta de la casa y se acerca en puntillas a RAFAEL.)
CECILIA.-(Remedándole.) ¡Tan hechicera, tan angelical!
RAFAEL.-¡Ah! ¿Eres tú?
CECILIA.-¿Estabas pensando en tu novia?
RAFAEL.-(Levantándose).-Yo no tengo novia.
CECILIA.-(Hace ademán de contar dinero) Lo creo, porque como te falta cierta cualidad...
RAFAEL.-Ciertamente.
CECILIA.-Si no te hubieras empeñado en tirar el dinero... Según oí decir un día a papá, ya no te quedan más que unos treinta mil duros.
RAFAEL.-Eso es.
CECILIA.-Pues, hijo, la renta de treinta mil duros no es gran cosa...
RAFAEL.-No es nada.
CECILIA.-Y ahora las muchachas estamos en lo positivo, como dice papá.
RAFAEL.-(Anda por el escenario tarareando el paso de ataque.) Tararí, tararí, tararí, tararí.
CECILIA.-¡Qué poco amable eres, primo! No merecías que una te quisiera tanto.
RAFAEL.-(Acercándose a ella.) ¿Me quieres tú mucho?
CECILIA.-A cual más te queremos todos en casa. ¡Si supieras qué malos ratos hemos pasado durante esa maldita guerra! Papá, sobre todo, no cesaba un momento de pensar en ti. El tío Antonio la echaba de valiente; pero algunas veces se le saltaban las lágrimas a pesar suyo.
RAFAEL.-Y tú, Cecilia, ¿has llorado tú alguna vez por mí?
CECILIA.-¡Digo! Llorando a lágrima viva me he pasado días enteros.
RAFAEL.-¿Será verdad?
CECILIA.-Y todas las noches rezaba por ti, arrodillada delante de la Virgen que tengo en mi alcoba.
RAFAEL.-¡Cecilia!
CECILIA.-Y mira una cosa particular. Precisamente a la hora en que por milagro, según dices, no caíste en poder de los moros cuando te hicieron esa herida, estaba yo pidiendo a la Virgen que te amparase.
RAFAEL.-¡Oh Cecilia, de qué buena gana te daría un abrazo!
CECILIA.-Por poco lo dejas.
RAFAEL.-Es verdad. ¡Cecilia! (Va a abrazarla y se detiene.)
CECILIA.-(Quedándose con los brazos abiertos.) ¿A que aguardas?
RAFAEL.-No sé si debo...
CECILIA.-Pues ayer mismo, ¿no me abrazaste? ¿No somos primos?
RAFAEL.-Sí, tienes razón, y en prueba de ello... (Va de nuevo a abrazarla, y de nuevo se detiene confuso.) ¡Ah!
CECILIA.-¿Qué te sucede? (Quedándose otra vez con los brazos abiertos.) Ea, te abrazaré yo.
RAFAEL.-(Deteniéndola con un ademán.) ¡Cecilia!
CECILIA.-Corriente. Peor para ti. Vaya, hijo, que eres tonto de veras.
RAFAEL.-(Urge tomar una resolución.)
CECILIA.-¿Qué rezas entre dientes?
RAFAEL.-(Tarareando el paso de ataque.) Nada. Tararí, tararí, tararí, tararí.
CECILIA.-¿Vuelta al canticio?
RAFAEL.-(¿Por qué no me he de declarar? Que lo sepa al menos.)
CECILIA.-Mira: ahora que estamos solos es buena ocasión para que hablemos de aquello.
RAFAEL.-¡Ah, sí! (¡De su casamiento! ¡Qué necio soy!)
CECILIA.-Papá quiere casarme.
RAFAEL.-¿Con tu consentimiento, por supuesto?
CECILIA.-Yo no he dicho que si ni que no.
RAFAEL.-Pero querrás mucho, sin duda, a ese caballero que pretende tu mano.
CECILIA.-Ni le quiero ni le dejo de querer.
RAFAEL.-¿No le amas y estás resuelta a casarte con él.
CECILIA.-Papá dice que un matrimonio es ni más ni menos que una especulación como otra cualquiera, y el amor una tontería que no produce nada, y que inventó allá en los tiempos del oscurantismo la gente pobre y vagabunda.
RAFAEL.-(Ya me sabía yo que mi tío es un animal.) Y dime: ¿el novio te quiere como tú a él?
CECILIA.-Me quiere como puede querer un hombre de negocios, no como quieren los horteras, los poetas y demás gentecilla de poco más o menos.
RAFAEL.-¡Ya!
CECILIA.-Pero te advierto que si tu opinión fuese contraria a este enlace, en seguida buscaría yo medio para desbaratarlo.
RAFAEL.-¿Tanta confianza tienes en mí?
CECILIA.-Más que en mí propia. Siempre has sido mi oráculo.
RAFAEL.-Vamos a ver: ¿cómo se llama ese caballero?
CECILIA.-Rosendo Muñoz.
RAFAEL.-No le conozco. ¿Es persona estimable?
CECILIA.-Estimabilísima: ¡tiene dinero!
RAFAEL.-Pues no hay más que hablar.
CECILIA.-¿Qué más ha de pedírsele a un novio? Tiene dinero, y esto es lo positivo. No tiene mucho, mucho, que digamos: dos millones; yo tengo uno; con que ya ves que para mí no es una ganga. Pero se ha puesto de moda, y papá asegura que en media docena de años llegará a ser uno de los banqueros más fuertes de Madrid.
RAFAEL.-¡Ah!, pues entonces...
CECILIA.-Lo mismo digo yo. Aunque sólo sea por aumentar su crédito y darse tono, querrá que su esposar rivalice en lujo con las más encopetadas señoras de la aristocracia... Si vieras qué ganas les tengo... Porque, no lo niegues, los títulos sois muy vanidosos. Daré comidas, bailes... En fin, tiraré de largo, y viviré como una princesa.
RAFAEL.-(Rabia siento de oírla.)
CECILIA.-¿Estás mudo? Habla. ¿Me caso?
RAFAEL.-Nada puedo decirte mientras no conozca las cualidades de ese sujeto.
CECILIA.-¿No te he dicho ya que es rico?
RAFAEL.-Sí: me has dicho que es rico, y que es rico, y que es rico; pero nada más.
CECILIA.-¡Ah! ¿Quieres saber algo acerca de su persona?
RAFAEL.-Justo.
CECILIA.-Pues mira, la verdad; no tiene nada de Adonis. Ni a una persona de sus circunstancias le estaría bien ser un barbilindo. Hazte cargo: un banquero, para inspirar confianza, necesita...
RAFAEL.-Seguramente: cuanto más feo, mejor.
CECILIA.-Él, sin embargo, la echa de buen mozo, porque, eso sí, tiene muy buenos colores, demasiado buenos. Además, es un poco gordo..., bastante gordo..., muy gordo... Pero su misma obesidad le da cierto carácter de hombre de peso.
RAFAEL.-Pues claro está. Si es tan gordo, por fuerza ha de tener traza de pesar mucho.
CECILIA.-¿Te burlas?
RAFAEL.-No, sino que me hablas de su exterior, cuando lo que yo deseo conocer es su parte moral.
CECILIA.-(Señalando a la cabeza.) ¡Oh, tiene mucho de aquí! ¡Es un genio!
RAFAEL.-¡Hay ahora tantos genios en Madrid!
CECILIA.-Éste no es de pega. En poco más de dos años ha triplicado su caudal.
RAFAEL.-¡Oiga!
CECILIA.-Me parece que esto quiere decir algo.
RAFAEL.-¡Vaya!
CECILIA.-Un hombre así, bien merece que se le llame genio.
RAFAEL.-Merece una estatua.
CECILIA.-Por lo menos hemos de convenir en que no es rana, como dice papá.
RAFAEL.-¡Qué ha de ser rana! ¡Es pez!
CECILIA.-Y qué pez!
RAFAEL.-(Vamos, la pegaría.)
CECILIA.-¿Con que opinas que me conviene para esposo?
RAFAEL.-Opino, Cecilia, que vives engañada y que yo debo decirte la verdad. ¿Qué tráfico indigno es ése de que me hablas? ¡Casarte sin amor! ¡Casarte por codicia! ¡Dar tu mano por dos millones! En poco la has tasado, a fe mía. Vale más: créelo; mucho más. Con todo el oro del mundo no se puede pagar la mano de una mujer honrada. ¡Pobre Cecilia! No habías tú nacido para ser una de tantas señoritas mercaderes, en quienes el corazón es siervo humilde de la cabeza, en quienes la costumbre de calcular destruye y anonada la facultad de sentir. En ti vive un alma noble y generosa: rompe las cadenas con que la tienes aprisionada, y verás cómo vuela. Esa infame sed de oro que te domina es indisculpable en un corazón helado por la vejez; no hay mayor ignominia para un corazón animado por el fuego de la juventud. ¿Y que, Cecilia, por las ruines satisfacciones de la vanidad y el egoísmo, renunciarás a las delicias del amor por las vanas pompas de la sociedad, a los santos goces de la familia; por la vida de los sentidos, a la vida del alma? Y si ya hubieses logrado inspirar uno de esos afectos que purifican y ennoblecen al hombre, uno de esos afectos con que únicamente puede labrarse la ventura de la mujer, dime, Cecilia, dime, si deberías entonces dejar a quien te diese todo su corazón, toda su alma, toda su vida, por quien sólo te diese onzas de oro o billetes de Banco.
CECILIA.-(Turbada.) Hablas de un modo... Yo... Tú...
Escena VI
Dichos y DON PABLO.
DON PABLO.-Aquí está. (Saliendo por la puerta del foro muy sofocado.)
RAFAEL.-(Mi tío.) (Procurando serenarse.)
CECILIA.-(Quedase pensativa, vuelta de espaldas a DON PABLO y RAFAEL.) (No sé qué pensar.)
DON PABLO.-¡Buena la has hecho!
RAFAEL.-¿Qué me quiere usted decir?
DON PABLO.-Ya sabes que fui a casa de don Marcelino.
RAFAEL.-Sí.
DON PABLO.-Pues allí estaba Pepe Aguilar, y me ha contado que tu amigo Eduardo...
RAFAEL.-¡Eduardo!... ¿Qué? ¿Le ha sucedido alguna desgracia?
DON PABLO.-¡Friolera! Ya te dije yo que aquello fue una locura.
RAFAEL.-Tío, por favor. ¿Qué le ha sucedido a Eduardo?
DON PABLO.-Que se ha muerto.
RAFAEL.-¿Qué dice usted?
DON PABLO.-Lo que oyes. Que murió hace tres días.
RAFAEL.-¡Dios mío! ¡Pobre Eduardo! ¡Muerto!.. ¡Muerto!... (Dejándose caer en un banco y cubriéndose con las manos el rostro.)
CECILIA.-(Saliendo de su abstracción y acercándose a DON PABLO.) ¿Qué es eso? ¿Quién ha muerto?
DON PABLO.-Eduardo, un amigo de Rafael.
CECILIA.-(Acercándose a RAFAEL para consolarle.) Vamos, no te aflijas así.
DON PABLO.-Ay, hija, razón tiene para afligirse.
CECILIA.-Con efecto; la muerte de un amigo...
DON PABLO.-Si no fuera más que eso...
RAFAEL.-¡Morir tan joven..., acaso en la miseria..., solo, abandonado de todo el mundo! ¡Qué desgracia tan grande!
DON PABLO.-Sí, muy grande; pero no te limites a llorarla; hay que tomar una determinación.
RAFAEL.-(Con indignación, levantándose.) ¡Tío!
DON PABLO.-¿Vas ahora a perder el juicio? Así sois todos los que la echáis de desprendidos. En cuanto se os pone a la prueba...
RAFAEL.-¿Quiere usted callar?
DON PABLO.-No hay que desesperarse. Quizá el difunto haya dejado algo...
RAFAEL.-¡Oh, hará usted que me olvide de todo!
CECILIA.-Pero, ¿qué sucede?
DON PABLO.-Lo dicho; que está fuera de sí. Aguardaremos a que vuelva su tío Antonio. El lance no es para menos. ¡Diez mil duros! ¡Doscientos mil reales! (Dirigiéndose hacia la puerta de la casa y entrando por ella.)
Escena VII
RAFAEL y CECILIA
CECILIA.-¿Qué te decía papá? ¿Por qué te has enojado con él?
RAFAEL.-Perdóname, Cecilia. Tu padre es un hombre juicioso, y yo soy un soñador, un loco, un salvaje. Me volveré al África; no para hacer la guerra a los moros, sino para vivir con ellos.
CECILIA.-Tranquilízate.
RAFAEL.-Padezco mucho. He perdido a un amigo, a un hermano.
CECILIA.-¿Tanto le querías?
RAFAEL.-¡Oh!, no es fácil que nadie pueda comprender la intensidad del cariño que nos teníamos. Para él no hablaba yo en hebreo; para él no era yo un ser extravagante, digno sólo de desdén o de lástima. ¿Que si le quería, me preguntas? Parece que la Providencia había dispuesto enlazar con vínculos eternos nuestras almas, llevándonos en la vida por un mismo camino, y haciéndonos partícipes de unas mismas alegrías y unos mismos dolores. Teníamos igual edad: nos conocimos siendo niños: juntos gozamos de los primeros recreos de la infancia; juntos hicimos los primeros estudios; juntos recibimos la primera comunión. Acababa yo de perder a mi madre cuando él perdió a la suya; y nuestras lágrimas corrieron unidas, y unidas subieron al cielo nuestras oraciones. A un tiempo sentimos ambos nuestro primero y único amor, y el uno al otro nos confiábamos penas y gozos, temores y esperanzas. Él me hablaba de su Enriqueta, y yo, Cecilia..., ¡yo le hablaba de ti!
CECILIA.-¡De mí!
RAFAEL.-De ti, a quien ha consagrado mi corazón un afecto que durará tanto como mi vida. ¿Que importa que lo sepas? Con esta declaración no turbo la paz de tu alma. Ni tú me has de amar, ni yo puedo aspirar a la dicha de llamarte esposa. Pero ya sería insufrible para los dos seguir viviendo bajo un mismo techo y tratándonos con la confianza de primos. Además, necesito estar solo para llorar al amigo que he perdido, para encomendarle a Dios. ¡Oh, era muy bueno, y la infinita Misericordia le habrá dado ya la paz de los justos! Adiós, Cecilia. Discúlpame con los tíos. Diles que un negocio urgente... Volveré cuando estés casada. Adiós... ¿No quieres darme la mano? (CECILIA le alarga la mano muy turbada, y él se la estrecha muy conmovido.) Adiós, Cecilia... ¡Adiós para siempre! (Vase precipitadamente por el foro izquierdo.)
Escena VIII
CECILIA, luego el MARQUÉS, y después DON PABLO.
CECILIA.-Ha dicho que me ama... ¡Quién se había de imaginar!... Y se va. En ese estado... Con el calor que hace... ¿Qué dirá luego papá? ¿Qué dirá el tío Antonio?... No, no debo permitir que se vaya. (Corriendo hacia el foro, mirando por la izquierda y llamando a RAFAEL.) ¡Rafael! ¡Rafael! ¡Ah! Ya vuelve. No; se despide con la mano y echa a correr. (Mirando hacia la derecha.) ¡Oh! Por allí viene el tío Antonio. (Llamándole.) ¡Tío Antonio! ¡Tío Antonio!
MARQUÉS.-(Dentro.) ¿Qué es eso, muchacha?
CECILIA.-Venga usted corriendo. Ha vuelto a pararse. (Mirando otra vez por la izquierda.) Me ama desde hace mucho tiempo.
MARQUÉS.-(Saliendo precipitadamente por el foro derecho.) ¿Ocurre algo? ¿Por qué me llamas?
CECILIA.-¡Ay, tío! Rafael ha sabido la muerte de su amigo Eduardo, y, lleno de dolor, ha echado a correr, y dice que se va para siempre.
MARQUÉS.-¡Qué locura!
CECILIA.-Vaya usted a detenerle.
MARQUÉS.-Sí, voy corriendo...
CECILIA.-¡Y Si usted supiera!...
MARQUÉS.-¿Qué?
CECILIA.-Nada, nada... (Conteniéndose.) Corra usted.
MARQUÉS.-¡Rafael! ¡Rafael! (Vase por el foro izquierdo, gritando y haciendo señas con el pañuelo.)
CECILIA.-Vamos, si parece mentira...
DON PABLO.-(Asomándose a la ventana de la izquierda.) ¿Eras tú quien gritaba?
CECILIA.-Sí, papá; yo era.
DON PABLO.-¿Qué hay?
CECILIA.-Nada ya.
DON PABLO.-Muñoz me ha escrito. Acepta el convite, y vendrá mañana a comer con nosotros.
CECILIA.-(¡El demonio del hombre!)
DON PABLO.-Y mira: me ha enviado un retrato suyo de tarjeta.
CECILIA.-(Estará precioso.)
DON PABLO.-Sube y lo verás. (DON PABLO se retira de la ventana, y CECILIA va corriendo a la verja del foro.)
CECILIA.-Allá voy. Están juntos. Parece como que disputan... ¿Volverá?
DON PABLO.-(Asomándose otra vez a la ventana.) ¿No subes?
CECILIA.-Sí: ahora mismo. (Avanzando un poco hacia donde está DON PABLO, y después corriendo de nuevo al foro.) ¡Oh!, ya vuelven los dos.
DON PABLO.-Pero muchacha...
CECILIA.-(Con enfado.) ¡Dale; que voy en seguida! Me ama..., me ama... ¡Cosa más particular! (Dirigiéndose hacia la puerta de la casa.)
Sala. A la izquierda, en el primer término, una consola con espejo y una puerta en el segundo; un bastidor y una butaca. A la derecha, una puerta en el primer término y una ventana en el segundo; un velador y otra butaca. En el velador habrá tintero, papeles y un álbum de retratos. Otra puerta en el foro. Muebles de lujo.
Escena primera
El MARQUÉS y DON PABLO
MARQUÉS.-Ciertamente que es una desgracia, pero ¿qué quieres que haga el muchacho?
DON PABLO.-Nada: estarse con los brazos cruzados llorando al difunto.
MARQUÉS.-¿También te parece mal que sienta la muerte de un amigo?
DON PABLO.-Me parece mal que no tome una determinación.
MARQUÉS.-¿Cuál?
DON PABLO.-Irse ahora mismo a Madrid, ver si el difunto ha dejado algo y reclamar judicialmente el pago de la deuda.
MARQUÉS.-¿Estás en juicio? Eduardo ha muerto punto menos que en la miseria, y en ningún caso había de consentir Rafael en infamar su memoria.
DON PABLO.-Claro es: un caballero andante no puede tener sentido común. Pues si Eduardo ha muerto en la miseria, su padre es riquísimo; acúdase a él inmediatamente.
MARQUÉS.-El señor Ibáñez no está en España.
DON PABLO.-Correos hay.
MARQUÉS.-Ese hombre es un avaro.
DON PABLO.-Pero, ¿qué se pierde en probar?
MARQUÉS.-Mira, Pablo: el señor Ibáñez no debe nada a Rafael, y Rafael no puede pedirle nada. Tu sobrino tuvo un día la satisfacción y la honra de portarse como caballero, como hombre de bien, como buen amigo, a costa de doscientos mil reales. ¿Y quieres que te diga la verdad? Semejante satisfacción, semejante honra, no me parecen caras.
DON PABLO.-Perfectamente, señor marqués: estamos enterados, y no hay que hablar más del asunto. Beso a usted la mano.
MARQUÉS.-Escucha. Creo haberte oído decir que mañana vendrá a comer con nosotros el señor Muñoz.
DON PABLO.-¿Y qué?
MARQUÉS.-Que es preciso que mañana mismo le desengañes.
DON PABLO.-¿Cómo que le desengañe?
MARQUÉS.-¿No te ha pedido la mano de Cecilia?
DON PABLO.-Te he dicho ya que mi resolución es irrevocable. Quiero -escúchame bien- quiero que mi hija se case con Muñoz.
MARQUÉS.-Entendámonos, Pablo. ¿De qué se trata aquí? ¿De casar o de vender a Cecilia?
DON PABLO.-Esa pregunta...
MARQUÉS.-Dar una hija en matrimonio por la sola razón de que el hombre a quien se le da tiene dinero, más que casarla parece venderla.
DON PABLO.-Pero si ella no repugna este casamiento.
MARQUÉS.-Y he ahí el fruto de la educación que estás dando a tus hijos. Felipe quiere casarse con una mujer que tiene cuatro millones de dote, y Cecilia con un bolsista afortunado, de resultas de ser para entrambos axioma inconcuso que el dinero es la única felicidad que existe en la tierra, y que un enlace grato a Mercurio no necesita para nada la aprobación de Cupido.
DON PABLO.-¿Y por qué no han de estar de acuerdo en esta ocasión el amor y el interés?
MARQUÉS.-No hace todavía tres meses, Rosendo Muñoz era novio de Juana Wisley, tu hijo amaba ciegamente a Matilde, y Cecilia apenas conocía a Muñoz. Hoy, tu hijo aceptado para yerno, con preferencia al otro candidato, por el padre de Juana, va a casarse con ella, y Muñoz, sin duda porque a falta de pan buenas son tortas, va a casarse con Cecilia. ¿Es esto natural? ¿Cabe en lo posible que Felipe ame a Juana, ni Juana a Felipe, ni Muñoz a Cecilia, ni Cecilia a Muñoz?
DON PABLO.-Juana y Muñoz tienen mayor caudal que mis hijos. Si de éstos puedes suponer que abrigan miras interesadas, me parece que de los otros no podrás suponer lo mismo.
MARQUÉS.-Te equivocas: puedo suponer que Muñoz y el padre de esa señorita se llevan la mira de afirmar su crédito emparentando con un hombre como tú, cuya formalidad y honradez en los negocios son proverbiales en todo Madrid.
DON PABLO.-¿Para qué necesitan ellos mi sombra?
MARQUÉS.-¿Quién sabe si tendrán algo que tapar?
DON PABLO.-No te falta más sino decir que son unos bribones.
MARQUÉS.-Pues lo diré, para que nada me falte. Muñoz es un hombre sin conciencia, frío y egoísta, capaz de vender a Dios como Judas, bien que sacando de la venta el mejor partido. En cuanto a ese señor angloamericano que de la noche a la mañana se nos apareció en Madrid como pájaro de mal agüero, te haré notar únicamente que su historia es algo confusa, y que él aún no ha querido tomarse la molestia de ponerla en claro.
DON PABLO.-En materia de honra, no podrás negárlo, soy yo tan escrupuloso y delicado como tú mismo. Pruébame con hechos que esos caballeros no merecen nuestra estimación, y ya verás qué pronto les doy pasaporte. De lo contrario, la boda de Felipe se verificará dentro de unos días, y la de Cecilia el mes que viene a más tardar.
MARQUÉS.-No será con mi aprobación.
DON PABLO.-Pero, ¿qué manía es ésa que te ha entrado de que mis hijos se queden solteros?
MARQUÉS.-A mí no me ha entrado tal manía. Lo que yo quiero es que Felipe se case con Matilde, y Cecilia...
DON PABLO.-Lo que tú quieres es un disparate.
MARQUÉS.-Que fue siempre el sueño dorado de tu mujer. ¡Si ella viviera!
DON PABLO.-No me hables de eso, porque se me exalta la bilis. ¡Casar a mi hija con su dichoso primito! Ni siquiera me lo digas. Con un manirroto, con un soñador, con un hombre que arruinaría a su mujer por el gusto de hacer un favor a un amigo.
MARQUÉS.-El otro la arruinaría por el afán de desplumar al prójimo.
DON PABLO.-Lo cierto es que el otro tiene cada día más, y Rafael cada día menos.
MARQUÉS.-Compara el corazón de uno con el del otro.
DON PABLO.-Para el corazón no hay contraste; su valor es, por consiguiente, imaginario, y yo me atengo a lo positivo. Pero, ¿a qué nos cansamos en balde? ¿Rafael quiere a Cecilia?
MARQUÉS.-Sí.
DON PABLO.-No.
MARQUÉS.-Si.
DON PABLO.-¿Lo ha declarado él alguna vez?
MARQUÉS.-No.
DON PABLO.-Pues, entonces...
MARQUÉS.-Pues entonces la quiere.
DON PABLO.-Convenido. ¿Y Cecilia quiere a Rafael?
MARQUÉS.-Sí.
DON PABLO.-¡Pero hombre!...
MARQUÉS.-Te confesaré que le quiere sin saberlo ella misma.
DON PABLO.-¿Ella misma no lo sabe y tú sí?
MARQUÉS.-Ahí verás.
DON PABLO.-Abur. (Vase muy de prisa por el foro.)
Escena II
El MARQUÉS y RAFAEL.
MARQUÉS.-Durillo de pelar está todavía: ya se le irá amansando la cólera. Hola: ¿has consentido al fin en darte a luz? (A RAFAEL, que sale por la puerta de la derecha.)
RAFAEL.-Felipe, que volvió de Madrid hace un rato, se empeñó en verme, y por no reñir con él... (Dejándose caer con desaliento en la butaca que habrá al lado del velador.)
MARQUÉS.-¿Reñir?
RAFAEL.-No sabe usted cuánto le ha divertido mi aflicción. Llorar la muerte de un amigo debe ser cosa muy ridícula.
MARQUÉS.-Quizá haya sido su intento ver si lograba distraerte.
RAFAEL.-Quizá. (Pausa.)
MARQUÉS.-(Acercándose a él.) Cecilia me ha preguntado varias veces por ti.
RAFAEL.-(Animándose.) ¿De veras?
MARQUÉS.-Sí. ¡Como te quiere tanto!
RAFAEL.-(Con abatimiento.) Sí, mucho.
MARQUÉS.-¡Ah! ¿Sabes que va a tomar estado?
RAFAEL.-Ya lo sé.
MARQUÉS.-¿Quién te lo ha dicho?
RAFAEL.-Ella.
MARQUÉS.-El futuro es persona bastante vulgar, poco estimable. Lo siento. ¿Y tú?
RAFAEL.-Yo también.
MARQUÉS.-Lástima de que una muchacha tan linda... Porque es muy linda, ¿verdad?
RAFAEL.-(Fingiendo indiferencia.) Cierto, muy linda.
MARQUÉS.-Y tan graciosa, tan simpática..., ¿eh?
RAFAEL.-Sí.
MARQUÉS.-La pobre merecía mejor acomodo... ¿No?
RAFAEL.-Sí, señor, sí,
MARQUÉS.-(Poniéndole una mano en el hombro.) Rafael.
RAFAEL.-(Sobresaltado.) ¿Qué?
MARQUÉS.-Mírame a la cara.
RAFAEL.-(Mirándole muy turbado.) ¿Para qué?
MARQUÉS.-¿Amas a tu prima?
RAFAEL.-(Con abandono y levantándose.) Sí, señor; como un loco, con toda mi alma.
MARQUÉS.-No me cuentas nada nuevo.
RAFAEL.-¿Cómo ha podido usted adivinar...?
MARQUÉS.-Te conozco mucho porque te quiero mucho.
RAFAEL.-¡Como un padre!
MARQUÉS.-Ni más ni menos. ¿Y qué piensas hacer?
RAFAEL.-Irme de aquí.
MARQUÉS.-¿Le has dicho algo?
RAFAEL.-Sí, señor.
MARQUÉS.-¿Y qué?
RAFAEL.-Nada.
MARQUÉS.-¿Insiste en casarse con ese majadero?
RAFAEL.-Ese majadero ha sabido hacerse rico. Para ella es un Salomón.
MARQUÉS.-Hay que ponerla en cura inmediatamente.
RAFAEL.-No, señor. Déjela usted.
MARQUÉS.-¿Dejarla? ¡Que si quieres! Haremos que despida al señor don Rosendo Muñoz.
RAFAEL.-¡Bah!
MARQUÉS.-Y que te ame a ti...
RAFAEL.-Pero...
MARQUÉS.-Y que se case contigo.
RAFAEL.-¡Si usted supiera lo que me mortifica esa broma! MARQUÉS.-No es broma. Hablo con toda formalidad.
RAFAEL.-Pues ¿qué?, ¿formalmente, cree usted posible...?
MARQUÉS.-Y probable.
RAFAEL.-¡Ojalá pudiera yo creerlo también!
MARQUÉS.-Este matrimonio te conviene a ti, que la amas.
RAFAEL.-Lo que es a mi...
MARQUÉS.-Y a ella, que te amará y será feliz a tu lado.
RAFAEL.-Eso sí: a mi lado sería muy dichosa.
MARQUÉS.-Y a mí, que voy ya acercándome a Villavieja, y necesito una familia que me cuide y me haga partícipe de su felicidad.
RAFAEL.-¿A qué alimentar esperanzas irrealizables?
MARQUÉS.- Si es que tú no quieres casarte con Cecilia...
RAFAEL.-¿Yo?
MARQUÉS.-Si prefieres que se la lleve el otro...
RAFAEL.-¿Yo?
MARQUÉS.-Si te parece justo abandonar a esa pobre criatura para que tomen vuelo sus pícaras inclinacionesy acabe por ser vil idólatra del lujo y los placeres...
RAFAEL.-Eso hay que evitarlo a toda costa.
MARQUÉS.-Pues cásate con ella, aunque no sea más que por hacer una obra de caridad.
RAFAEL.-Usted sueña.
MARQUÉS.-Allá lo veremos. Prométeme quedarte en Carabanchel, y escribe ahora al general pidiéndole tu retiro.
RAFAEL.-¿Qué prisa corre?
MARQUÉS.-Ninguna, pero hazlo.
RAFAEL.-Como usted quiera... ¡Oh! (Va a dirigirse hacia el velador y se detiene.)
MARQUÉS.-¿Qué ocurre?
RAFAEL.-Han abierto la puerta de su habitación. (Mirando hacia la izquierda.) ¡Es ella! (Echando a correr hacia el foro.)
MARQUÉS.-(Deteniéndole.) Aguarda.
RAFAEL.-No me detenga usted.
MARQUÉS.-(Poniéndole una mano sobre el corazón.) ¡Chico, chico! Parece que tienes aquí dentro una herrería.
RAFAEL.-Déjeme usted, por Dios.
MARQUÉS.-Así se ama a los quince años.
RAFAEL.-Así se ama a todas las edades. No hay más que una manera de amar. (Vase por el foro.)
Escena III
El MARQUÉS y CECILIA. El MARQUÉS se sienta junto al velador y hojea el álbum de los retratos. CECILIA va a la puerta del foro, y mira hacia dentro.
CECILIA.-(Huye de mí.)
MARQUÉS.-(Parece que no le ha gustado que se vaya.)
CECILIA.-¿Está ya más consolado Rafael? (Sentándose en una butaca junto al bastidor.)
MARQUÉS.-Sí, ya se va consolando.
CECILIA.-Se conoce que ha sentido mucho la muerte de ese amigo suyo.
MARQUÉS.-Como tiene buen corazón y le quería entrañablemente...
CECILIA.-¡Luego papá le dio la noticia de un modo tan brusco!... ¿Estaba con usted?
MARQUÉS.-¿Quién, tu padre?
CECILIA.-No mi primo.
MARQUÉS.-Sí.
CECILIA.-¿Y adónde se ha ido? ¿A su habitación otra vez?
MARQUÉS.-Creo que sí.
CECILIA.-¿Pero ya no querrá marcharse?
MARQUÉS.-No sé. ¡Ja, ja ja! (Riéndose.)
CECILIA.-¿Por qué se ríe usted?
MARQUÉS.-Por nada.
CECILIA.-Por algo será.
MARQUÉS.-Me ha hecho gracia uno de estos retratos.
CECILIA.-(Riendo.) ¿El de don Marcelino, que parece un fideo?
MARQUÉS.-No; el de otro, que parece un tonel.
CECILIA.-(Con recelo.) ¿Cuál?
MARQUÉS.-No quiero decírtelo.
CECILIA.-(Corriendo al lado del MARQUÉS y mirando el álbum.) A ver, a ver.
MARQUÉS.-Si te empeñas...
CECILIA.-¡Ah!... (Enojada.)
MARQUÉS.-Sí, hija; tu futuro es quien me hace reír. Él será todo lo que se quiera, pero su facha... Hemos de convenir en que su facha no tiene nada de seductora. ¡Tan colorado..., tan gordinflón!... ¡Echándola siempre de ostentoso y magnífico! ¡Y mira, mira que buena idea ha tenido el picaruelo! Se ha hecho iluminar en el retrato las sortijas, la cadena del reloj, los botones del chaleco, el alfiler de corbata y los gemelos de las mangas de la camisa. Y ¡qué actitud tan interesante y tan mona! De veras que está hermoso y reluciente como un sol. Si podrá decirse de este caballerito: Pues lo mejor que tiene es la figura.
CECILIA.-Vaya, tío, que no me parece regular que se burle así de un hombre con quien papá quiere casarme.
MARQUÉS.-No te apures, tontuela. Esto no es más que una broma.
CECILIA.-Algo pesada.
MARQUÉS.-Ya sabes que me gusta hacerte rabiar. Y la verdad, necesitaba desahogarme con alguien, porque tu señor primo me está dando unos ratos...
CECILIA.-Pues ¿qué hace?
MARQUÉS.-Aburrirme de lo lindo con sus continuas lamentaciones.
CECILIA.-Como es tan bueno, y quería tanto al difunto, según usted mismo ha dicho...
MARQUÉS.-Si no hubiera más que eso...
CECILIA.-¿Qué más hay?
MARQUÉS.-Es un secreto.
CECILIA.-¿Un secreto de Rafael?
MARQUÉS.-Sí.
CECILIA.-¡Ay, tío, si usted me lo quisiera contar!
MARQUÉS.-Curiosilla.
CECILIA.-Al fin, mujer.
MARQUÉS.-No hay inconveniente en que lo sepas con tal que no te des por entendida con nadie.
CECILIA.-Descuide usted, yo soy muy callada.
MARQUÉS.-Pues bien: figúrate que ahora descubro que el señorito está enamorado.
CECILIA.-(Turbada.) ¡Ah!
MARQUÉS.-Enamorado a machamartillo. Creyó, al irse a la guerra, que las emociones de la vida de soldado bastarían a curarle de su insensato amor. ¡Vana esperanza! Exaltada su imaginación en la lucha, cada día fue tomando mayor incremento la pasión que le absorbe y domina. Me ha contado que durante la noche (Con mucha expresión.), cuando el campamento yacía sumergido en la más profunda oscuridad, le parecía ver cruzar por en medio de las tiendas de campaña al dulce objeto de su amor, como deidad dispensadora del sueño y de la paz; y que cuando entraba en combate invocando, como los antiguos héroes, a su Dios y a su dama, volvía a verla en los aires, convertida en ángel de la victoria.
CECILIA.-(¡Cómo me late el corazón!) Y usted, ¿sabe quién es ella?
MARQUÉS.-Ni a tiros ha querido decírmelo.
CECILIA.-¿Con que tanto la ama?
MARQUÉS.-Con frenesí. ¡Que aun los seres más nobles y más perfectos han de estar sujetos a vergonzosas debilidades!
CECILIA.-¿Es delito el amar?
MARQUÉS.-Sí, cuando se ama a una persona indigna de ser amada. Mira tú qué casta de pájaro será la niña cuando no hace caso de un hombre como Rafael, por la sola razón de que no tiene tanto dinero como ella quisiera.
CECILIA.-Seamos justos... Rafael tiene muy poco, y si esa señorita está bien acomodada...
MARQUÉS.-¡La muy trasto!... (CECILIA hace un movimiento.) Pues ¿qué más puede ella apetecer que ser esposa de un duque?
CECILIA.-Tío, usted vive muy atrasado de noticias, como dice papá. Hoy los títulos de nobleza...
MARQUÉS.-Sí, ya sé que no se cotizan en la Bolsa.
CECILIA.-Y como ahora estamos por lo positivo...
MARQUÉS.-No se os cae de la boca esa palabrilla ni a tu padre ni a ti. ¿Qué es lo positivo?
CECILIA.-Lo positivo es... lo que tiene cuenta.
MARQUÉS.-Y ¿qué es lo que tiene cuenta?
CECILIA.-Lo que tiene cuenta... es tener dinero...
MARQUÉS.-El dinero en un instante se puede perder, y antes acarrea males que bienes. La virtud es patrimonio más seguro y más positivo.
CECILIA.-Pero Rafael, ¿qué cuenta de esa señorita?
MARQUÉS.-¡Oh! El asegura que es un modelo de inocencia y candor, de hermosura y de gracia: que ninguna otra mujer tiene un talle más esbelto, ni unos ojos más seductores... De sus ojos dice cosas estupendas... Que son negros, rasgados, de largas y caídas pestañas... Así por el estilo de los tuyos... (CECILIA baja los ojos, ruborizada.) Que el hombre que al verlos no se turbe y suspire de amor, no puede tener alma... En fin, mil majaderías, a cual más hiperbólica y desatinada.
CECILIA.-(Muy turbada.) ¿Eso dice?
MARQUÉS.-Eso y más; pero yo de sus palabras he deducido que a esa octava maravilla debe sucederle lo que al busto de la fábula... ¿Recuerdas tú la fábula de la zorra y el busto?
CECILIA.-Sí.
MARQUÉS.-¿Cómo es?
MARQUÉS.-Continúa.
CECILIA.-(Con despecho.) No me acuerdo de más.
Yo lo recuerdo ahora:
CECILIA.-(¡Se estará burlando de mí!)
MARQUÉS.-El seso es lo que yo creo que ha de faltarle a esa preciosidad. De fijo, será una señorita muy callejera, muy danzarina, muy aficionada a dijes y moños...
CECILIA.-Pero, no conociéndola, ¿de dónde saca usted?...
MARQUÉS.-De esas que están por lo positivo, y sueñan con la dicha de pescar un marido millonario, a quien poder arruinar impunemente y sin escrúpulo.
CECILIA.-¡Qué lengua tiene usted, tío!
MARQUÉS.-Seguro estoy de que no le levanto ningún falso testimonio. ¿Quieres apostar algo a que es una chiquilla insustancial y casquivana?...
CECILIA.-¡Otra te pego!
MARQUÉS.-¿Una pollita a la última moda?...
CECILIA.-(¡Ay, qué sinapismo!)
MARQUÉS.-¿Una coquetuela de tres al cuarto?
CECILIA.-(Con ira, sin poderse contener.) ¡Vaya, tío, que esto no se puede sufrir!
MARQUÉS.-¿Y a ti qué te importa?... ¡Ah, ya caigo!... Sin duda conocerás a la ninfa: serás amiga suya.
CECILIA.-No, señor; no la conozco.
MARQUÉS.-Embusterilla. ¿A quién se parece por detrás?
CECILIA.-(Sentándose en la butaca de la izquierda.) ¡Dale, machaca! No lo sé.
MARQUÉS.-Perdona... Si me hubieras advertido que es amiga tuya... Cuando la veas dile que lo piense bien, que mire lo que hace, que un marido como Rafael no se encuentra todos los días. (Apoyándose en el respaldo de la butaca en que está sentada CECILIA.) Dile que con el dinero se puede fundar una casa espléndida, pero no una familia dichosa; que con el oro de su marido comprará una mujer galas para su cuerpo, no satisfacciones para su alma; que las riquezas no siempre tienen por compañera a la alegría. Dile que huya del peligro de parecerse a esas deidades de la moda, para quienes el único fin de la vida es lucir y gozar, y cuyo empedernido y encanallado corazón sólo ve en el amor de esposa un estorbo molesto, una traba odiosa en el amor de madre, un yugo insufrible en el amor de Dios. Dile que esos placeres por que anhela son flores venenosas, que, halagando los sentidos, estragan el alma; y que si, mientras sea joven y linda, el mundo tendrá para ella resplandores que la ofusquen y ruido que la aturda, luego, en la vejez, desterrada al hogar doméstico, cercada de silencio y oscuridad, sentirá frío en el corazón, y en vano buscará calor en otros corazones; en vano pedirá amor a su esposo y sus hijos, porque su esposo no la amará, y sus hijos tampoco la amarán. Dile, en fin, que buscando la dicha por tan errada senda sólo hallará cruel hastío, y acaso vergüenza, en esta vida, y en la otra... sábelo Dios. Pero ahora caigo en que he echado por los cerros de Úbeda y te estoy aburriendo con mi charla. Ya te dejo en paz. Voy a ver qué hace ese nuevo Calixto. ¡Mire usted! ¿Quién se había de imaginar que fueses tú amiga de su Melibea? Hasta luego, sobrinita, hasta luego. ¡Ja, ja, ja! (Vase riendo por el foro.)
Escena IV
CECILIA.
¡Y se ríe! Pues maldita la gracia que me ha hecho a mí. ¡Sabrá que la persona a quien ama Rafael!... No me hubiera dicho cosas tan fuertes. ¡Vaya un ratito! (Haciéndose aire con un abanico, que habrá tomado antes de encima del bastidor. Pausa.) Desde que sé que me quiere estoy inquieta..., desazonada. Cualquiera otra mujer que hubiese logrado inspirar a Rafael un amor tan grande, por fuerza tendría que envanecerse. ¿Por qué me querrá tanto? La verdad, yo no creo merecer... (Incorporándose un poco para mirarse en el espejo que hay sobre la consola, y componiéndose el peinado con la mano.) Y lo que es quererle..., también yo le quiero a él. Le quiero mucho... Quizá algo más de lo que se puede querer a un primo a secas. Y luego el predominio que ejerce sobre mí, el respeto que me infunde... ¡Ja, ja! (Riendo y levantándose.) Estoy haciendo una novela. (Andando de un lado a otro de la escena.) Y que, aun cuando le tuviese alguna inclinación, no por eso había de cometer la torpeza de darle mi mano. ¡Bonita vida iba yo a pasar! Bien presente tengo la distinta suerte que han corrido mis dos compañeras de colegio, Luisa y Elena. La una se casó por amor con un pobre, y vive oscurecida, padeciendo molestias y privaciones. La otra dio con un archimillonario, y no hay placer de que no disfrute, y está siendo la delicia de Madrid. No, pues si yo me caso con Muñoz, he de hacer ver a la presumida de Elena que no es ella sola quien puede lucir en el mundo. (Sentándose a la derecha.) Muñoz a todo dirá amén. Le gobernaré a mi antojo. Este sí que no me infunde ni pizca de respeto. Una casa magnífica, trajes riquísimos, coches, caballos, banquetes, bailes... ¡Si el tío Antonio me oyera, diría que soy una chiquilla insustancial y casquivana, una coquetuela de tres al cuarto!... ¡Uf! ¡Qué calor hace hoy tan insoportable! (Como desahogando su mal humor. Se levanta, abanicándose muy de prisa.) Esas voces... (Asomándose a la ventana.) Mi tío y Rafael, que están disputando en el jardín con mi padre y mi hermano. ¿Qué será? ¡Ah!... (Dando un grito y retirándose de la ventana.) ¡Me ha visto!... Y ¿qué tenemos con que me haya visto? ¡Pues no estoy temblando! ¡Es que me ha mirado de un modo! (Quédase meditabunda. Pausa.) Si tuviera algo más... ¡Ca! Con lo suyo y lo mío es imposible vivir ni medio decorosamente. (Se sienta cerca del velador y toma papel y pluma.) Rafael tiene treinta mil duros. Yo, un millón. Es inútil esperar que él especule con este dinero. Renta de su capital, al seis por ciento -treinta y seis mil reales-. Renta del millón -sesenta mil- (Va haciendo las operaciones y escribiendo en un papel las partidas que se indican en el diálogo. Las pausas se dan a entender con rayitas horizontales.) Ingresos -noventa y seis mil reales. Gastos. La casa... ¿Cuánto pondremos de casa? ¡Qué, si es un horror el precio que hoy tienen las casas en Madrid! Ya se ve: como llegan al cielo, están por las nubes. Casa con cuadra y cochera- veinticuatro mil. Ahora el plato. ¡El plato! Si uno pudiera reducirse a sota, caballo y rey... ¡Imposible! Para no ponerse en ridículo es preciso comer bien. Además, en casa no faltarían convidados. ¡Hay tanta gente aficionada a comer en casa ajena! En fin, calcularemos a ocho duros diarios, que al año hacen -cincuenta y ocho mil cuatrocientos reales. Suprimiré el pico. No quiero ser despilfarradora. Para vestirme necesitaré... ¡Miedo da pensar en este renglón! Por poco, por poco... ¡Un dineral! ¡Si ahora, con las malditas colas, hace falta para cada traje una pieza de tela! Y que forzosamente tendré que comprarme alguna alhaja de cuando en cuando. Para no ir hecha un pingo necesitaré por lo menos... Y es una miseria. Por lo menos -cuarenta mil reales. Rafael con poco tendrá bastante. Él es modesto, y un hombre, por mucho que quiera gastar en el adorno de su persona... Porque no diga, le pondré ocho mil reales; pero es demasiado. Coches... Yo no puedo vivir sin coche. ¡Qué se diría! Sostenimiento de un berlina... y una carretela -treinta mil reales.-Palco en el teatro Real. De esto sí que no se puede prescindir. ¡Y a fe que está barato el dichoso teatro Real! Pero. ¿qué remedio? El canto es lo que priva entre la gente comme il faut, y para ser persona decente hay que concurrir a la ópera, o en último extremo, a la zarzuela. donde, si se habla un poco, también se canta otro poco, y váyase una cosa por otra. De comedias, líbrenos Dios: porque, ya se ve, como en las comedias todo se vuelve hablar... Aunque la verdad es que al teatro Real nos lleva la moda más que la afición a la música. Oír la ópera es allí lo de menos: lo que allí importa es que nos vean en un palco pagado a peso de oro, saludando a fulanito y a menganito, con la falda del traje rebosando por encima del antepecho, luciendo blondas, flores y diamantes, y, sobre todo. ¡muy escotadas, muy escotadas! Palco en el teatro Real -veintiún mil. Por todos los demás gastos -veinte mil. Imprevistos. Después se ocurren tantas cosillas... Los baños en el verano... ¿Ya qué persona de buena educación deja de necesitar en el verano baños o aguas minerales? Un viajecillo al extranjero... Imprevistos -otros veinte mil reales. Me parece que no he podido estar más económica y ahorrativa. Ea, vamos a ver a cuánto asciende el total. Cero... y cero..., cero. Cuatro y ocho, doce, y ocho, veinte... (Sigue sumando entre dientes.) ¡Jesús! Doscientos veintiún mil de gastos, y de ingresos noventa y seis mil. ¡Qué horror! Un déficit de seis mil duros... ¡y pico! (Levantándose.) Pero buena tonta soy yo... Que tenga paciencia mí señor primo. ¡Pobrecillo! ¡Me da tanta lástima!... ¿Si se podrá rebajar algo? Valor. (Volviéndose a sentar, y haciendo enmiendas en el presupuesto con rapidez.) En la casa -seis mil. En el plato -doce. En mis gastos de tocador... No: lo que es en esto no puedo rebajar ni dos cuartos. En los gastos de Rafael -tres mil reales..., y es poco. Carruajes... Fuera la berlina .-Palco... Tomaré un tercer turno.-Aquí -seis.-Aquí ocho. Total de las rebajas -sesenta y un mil reales. Déficit -sesenta y cuatro mil. (Tirando la pluma con ira y levantándose.) Nada: no sale la cuenta... Y es el caso que cuanto más lo pienso... ¡Vamos, no sé qué hacer! ¡Estoy desesperada!
Escena V
CECILIA y DON PABLO.
DON PABLO.-(Entrando por el foro.) ¡Se salió con la suya!
CECILIA.-(¡Oh, papá!)
DON PABLO.-¡Esto es lo que me achicharra la sangre!
CECILIA.-¿Has recibido alguna mala noticia? ¿Qué papeles son ésos?
DON PABLO.-¿No lo ves? Un periódico.
CECILIA.-Y una carta.
DON PABLO.-(Dándole la carta.) ¡Ah! Toma. Es de tu amiga Luisa.
CECILIA.-¡Qué fastidio! (Echando la carta encima del velador.) Creí que esos papeles eran causa de tu mal humor.
DON PABLO.-Pues lo has acertado. ¿No sabes lo que ocurre?
CECILIA.-¿Qué?
DON PABLO.-Que tu hermano ya no se casa.
CECILIA.-¿Será posible?
DON PABLO.-Este periódico, que la había tomado con Wisley por una cuestión de ferrocarriles, asegura hoy, con muchos visos de verdad, que años atrás hizo bancarrota fraudulenta en los Estados Unidos, y que por tal razón emigró de aquel país.
CECILIA.-¿Y eso será cierto?
DON PABLO.-Parece que sí. Pero si este periódico no hubiera corrido... ¿Para cuándo son las recogidas, señor? ¿En qué piensa el Gobierno? (Tirando el periódico encima del velador.)
CECILIA.-Y tú, ¿qué has hecho?
DON PABLO.-Escribir a Wisley aplazando la boda hasta que el asunto se haya puesto en claro. Esto, como ves, equivale a un rompimiento formal. Así lo han querido mi bendito cuñado y mi adorable sobrinito. Felipe se ha vuelto a Madrid hecho una furia, jurando y perjurando que se casará sin mi consentimiento. ¡Buen caudal se le escapa de entre las manos! ¡Un dote de cuatro millones; de cuatro millones al contado!
CECILIA.-¿Y qué remedio? Si ese hombre es un bribón...
DON PABLO.-Lo mismo digo yo. Sólo que ya estoy harto de consejeros, y si no mirara que Antonio es hermano de aquella santa que está en el cielo... Pero si con él no me atrevo, lo que es a Rafaelito yo le aseguro...
CECILIA.-¡A Rafael!
DON PABLO.-¡Buenas cosas va a oír de mi boca!
CECILIA.-(Imperiosamente.) Me harás el favor de no decirle una palabra tan siquiera.
DON PABLO.-¿Que no? Ya verás.
CECILIA.-(Dirigiéndose hacia el foro.) Bueno, se lo contaré al tío Antonio.
DON PABLO.-Quieta aquí. ¿Sabes por qué se opone al casamiento de tu hermano? Por envidia.
CECILIA.-Por envidia..., sí, por envidia.
DON PABLO.-Claro está. ¿Quién ha de querer casarse con él?
CECILIA.-¿Quién?... (Estaba por decirle que yo.)
DON PABLO.-Seguramente no será una mujer que tenga cuatro millones de dote.
CECILIA.-Será otra que valga cuatro millones de veces más. ¡No parece sino que en el mundo no hay más Dios ni más Santa María que el dinero!
DON PABLO.-De resultas de estimarle él en tan poco, se ve como se ve. Y lo que es a otras dos o tres calaveradas como ésta...
CECILIA.-¿Qué calaverada?
DON PABLO.-Pocos días antes de salir para África prestó diez mil duros a su amigo Eduardo, y el amigo se ha muerto sin devolverselos.
CECILIA.-¿De veras?
DON PABLO.-Y tan de veras.
CECILIA.-(Muy alarmada.) ¿Con que ya no tiene treinta mil duros?
DON PABLO.-No tiene más que veinte mil, y a ese paso...
CECILIA.-¡Jesús! ¡Doscientos mil reales menos! ¡Lucidos estamos!
DON PABLO.-Acabará por pedir limosna.
CECILIA.-Pero se ve que ese hombre no tiene sentido común.
DON PABLO.-Es un maniático.
CECILIA.-Está dejado de la mano de Dios.
DON PABLO.-Y entre él y su tío Antonio...
CECILIA.-Ese es otro que bien baila.
DON PABLO.-¿Creerás que también repugna el que tú te cases con Muñoz?
CECILIA.-Ya lo sé; pero se llevará chasco.
DON PABLO.-¡Y tanto!
CECILIA.-No faltaba más sino que por fuerza nos hubiesen de imbuir sus ideas.
DON PABLO.-Allá, en los tiempos del rey que rabió, parecería muy bien su modo de pensar.
CECILIA.-Pero las modas cambian todos los días.
DON PABLO.-Y ahora...
CECILIA.-Ahora, pese a quien pese, estamos por lo positivo.
DON PABLO.-Calla. Hacia aquí vienen sus excelencias.
CECILIA.-Pues lo que es yo no quiero verlos.
DON PABLO.-Ni yo. (Yéndose por la puerta de la izquierda).
CECILIA.-Doscientos mil reales menos. Me alegro. Así no tengo que vacilar. (Yéndose por la misma puerta.)
Escena VI
El MARQUÉS y RAFAEL.
MARQUÉS.-(Desde la puerta del foro, por la cual entra con RAFAEL.) Se han ido. Pablo estará dado a Barrabás.
RAFAEL.-También ella se ha ido.
MARQUÉS.-Buena señal.
RAFAEL.-Sí, muy buena.
MARQUÉS.-Huye de ti como tú huyes de ella.
RAFAEL.-¿Y cree usted que eso prueba lo mismo en el uno que en el otro?
MARQUÉS.-Eso prueba que estáis jugando al escondite.
RAFAEL.-Usted no considera...
MARQUÉS.-Calla, y cúmpleme ahora mismo lo prometido.
RAFAEL.-¿Qué?
MARQUÉS.-Escribir al general pidiendo tu retiro. Yo firmaré también la carta. Aquí tienes papel... (Acercándose al velador y viendo la cuenta de CECILIA.) ¿Qué es esto? Letra de Cecilia... (Tomando el papel y leyéndolo.)
RAFAEL.-¿Letra de Cecilia?
MARQUÉS.-¡Ja, ja, ja! Acabo de descubrir un secreto de la mayor importancia.
RAFAEL.-¿Será quizá alguna carta para Muñoz?
MARQUÉS.-Quizá.
RAFAEL.-(Con ira.) Démelo usted.
MARQUÉS.-(Deteniéndole.) ¡Eh! Los secretos de una dama...
RAFAEL.-Tiene usted razón.
MARQUÉS.-¿Quieres que te diga una cosa?
RAFAEL.-Hable usted.
MARQUÉS.-Cecilia te ama.
RAFAEL.-Pruebas tengo dadas de que lo respeto a usted como a un padre, pero no puedo menos de advertirle que esas bromas...
MARQUÉS.-(Con severidad.) ¡Rafael!
RAFAEL.-Perdóneme usted. Soy un insensato.
MARQUÉS.-¿Sabes adivinar logogrifos?
RAFAEL.-¿Por qué me hace usted esa pregunta?
MARQUÉS.-(Enseñándole la cuenta hecha por CECILIA.)Mira.
RAFAEL.-¿Qué es eso?
MARQUÉS.-¡Esto es el amor de una hija del siglo XIX!
RAFAEL.-Cuentas hechas por Cecilia.
MARQUÉS.-Lee este guarismo.
RAFAEL.-Seiscientos mil.
MARQUÉS.-Es el capital que ella cree que tienes. Ahora éste.
RAFAEL.-Un millón.
MARQUÉS.-Es su dote. Aquí la renta de la primera cantidad.
RAFAEL.-Treinta y seis mil.
MARQUÉS.-Aquí la segunda.
RAFAEL.-Sesenta mil.
MARQUÉS.-Al seis por ciento. Aquí los ingresos; aquí los gastos. Esa chica está muy fuerte en partida doble.
RAFAEL.-(Con mucha ansiedad y alegría.) Pues no hay duda, tío. Es evidente que ha pensado en mí.
MARQUÉS.-Y ya lo ves: ha echado sus cuentas como persona juiciosa y formal.
RAFAEL.-No sé lo que me pasa. ¡El corazón se me hace pedazos en el pecho!
MARQUÉS.-¡Eh, poco a poco! Los ingresos, tenlo presente, no importan más que noventa mil reales.
RAFAEL.-(Con abatimiento.) Muy poco es.
MARQUÉS.-No es mucho para los humos de Cecilia; pero basta con eso para vivir muy decentemente.
RAFAEL.-(Animándose.) ¿Verdad que sí? ¡Cuántos quisieran!...
MARQUÉS.-Veamos los gastos.
RAFAEL.-(Con ansiedad, manifestando esperanza.) ¿Cuánto importan los gastos?
MARQUÉS.-No; los gastos no importan más que doscientos veintiún mil reales.
RAFAEL.-(Con desaliento.) ¡Válgame Dios!
MARQUÉS.-Me he llevado chasco.
RAFAEL.-¿Creyó usted que sería menos?
MARQUÉS.-No; creí que sería más.
RAFAEL.-¿Qué se le ha de hacer? Yo, de todos modos, le agradezco infinito... Tararí, tararí, tararí, tararí. (Sentándose muy abatido y tarareando el paso de ataque.)
MARQUÉS.-Calla, calla. Ha hecho rebajas en el presupuesto.
RAFAEL.-(Con alegría, levantándose y volviendo al lado del MARQUÉS.) ¿Sí, eh?
MARQUÉS.-En el alquiler de la casa.
RAFAEL.-¡Qué buena es!
MARQUÉS.-En el abono del teatro Real.
RAFAEL.-¡Qué lástima!
MARQUÉS.-En tus gastos particulares, tres mil reales.
RAFAEL.-No puede haber rebajado menos.
MARQUÉS.-En los suyos...
RAFAEL.-¿Cuánto?
MARQUÉS.-En los suyos no ha rebajado nada.
RAFAEL.-Me alegro.
MARQUÉS.-Para ella pone cuarenta mil reales...
RAFAEL.-¡Pobrecilla! Las mujeres necesitan un caudal para vestirse.
MARQUÉS.-A ti te destina cinco mil.
RAFAEL.-¡Qué disparate! Si yo no necesito nada.
MARQUÉS.-¡Cómo! ¿Tú vas a ir en cueros por esas calles?
RAFAEL.-¿Y qué, hay ya bastante con los noventa y seis mil reales de los ingresos?
MARQUÉS.-¡Estás fresco! Todavía resulta en los gastos un déficit de sesenta y cuatro mil.
RAFAEL.-No importa. Trabajaré, aumentaré mi caudal. ¿Quién sabe si el tío Pablo tendrá razón? He sido un despilfarrador, un manirroto... Ya es tiempo de variar de conducta. Imitaré a ese señor Muñoz, que tales prodigios sabe hacer... Seré amigo suyo, le pediré consejos...
MARQUÉS.-Déjate de pamplinas. Lo que se debe hacer aquí es obligar a esa señorita a que se mude a un cuarto de ocho o nueve mil reales.
RAFAEL.-Ni por pienso.
MARQUÉS.-A que venda la carretela.
RAFAEL.-Menos aún.
MARQUÉS.-A que deje el abono del teatro Real y se contente con la música que le den los organillos por la calle.
RAFAEL.-No, no: yo quiero que satisfaga sus menores caprichos. ¿No es ella la mujer más hermosa de todo Madrid? Pues que sea también la que más brille por su lujo. Otros se han enriquecido en un vuelo. ¿Por qué no he de tener yo igual fortuna? En dejándose de escrúpulos..., en echándose el alma atrás...
MARQUÉS.-No digas disparates.
RAFAEL.-Una de dos: o soy poderoso o me quedo sin un maravedí. ¿Para qué quiero yo la miseria de veinte mil duros? Mientras no tenga más no he de casarme con Cecilia.
MARQUÉS.-¿Te has vuelto loco?
RAFAEL.-Sí, señor: de alegría, porque ya no me parece imposible que me quiera. Voy a escribir a Madrid, avisando que mañana recogeré todo mi dinero. Especularé con él. Jugaré a la Bolsa. ¡Ay del infeliz que caiga en mis manos!
MARQUÉS.-Pero escucha.
RAFAEL.-Verá usted como todo sale a las mil maravillas. ¡Voy a ser muy dichoso! Tararí, tararí, tararí, tararí (Vase corriendo por la puerta de la derecha, tarareando el paso de ataque.)
Escena VII
El MARQUÉS y CECILIA.
MARQUÉS.-¡Oh amor! Bajo tu imperio todos los hombres son iguales: todos niños y ciegos, como tú.
CECILIA.-(Aún aquí. ¿Lo habrá visto?)
MARQUÉS.-(Vendrá a buscar su cuenta.)
CECILIA.-Un caballero, que acaba de llegar de Madrid, pregunta por usted.
MARQUÉS.-¿Quién es?
CECILIA.-Un notario.
MARQUÉS.-¡Un notario!
CECILIA.-Eso creo que ha dicho.
MARQUÉS.-¿Y dónde le hallaré?
CECILIA.-Hacia su cuarto de usted le lleva ahora un criado.
MARQUÉS.-¿Qué me querrá? (Vase por el foro.)
Escena VIII
CECILIA, y después RAFAEL, dentro.
CECILIA.-Aquí está. (Corriendo hacia el velador en cuanto desaparece el MARQUÉS y viendo la cuenta.) En el mismo sitio en que yo le dejé. ¡Qué mala cabeza tengo! Si este papel hubiera caído en manos de mi primo... Ya no veo el instante de casarme con Muñoz. Sí; debo casarme cuanto antes, no sea que le cobre ojeriza algún periodista y vaya a decir de él... (Tomando el periódico de encima del velador.) ¿Dónde está lo concerniente al señor Wisley? (Recorriendo con la vista el periódico.) «La señora de Álvarez.» (Leyendo.) Esta será Elena. ¿Si la habrán tomado también con ella? ¡Oh, no; al contrario... (Leyendo con la vista.) «La señora de Álvarez (Leyendo en voz alta.) dio anoche un baile verdaderamente asombroso. El domingo próximo publicaremos una extensa revista que con tan plausible motivo está escribiendo uno de nuestros primeros literatos. Hoy sólo diremos que la señora de Álvarez, elegante y resplandeciente de belleza como una diosa, hizo los honores de la casa con aquella gracia y exquisita finura que la colocan en la cúspide de la sociedad de buen tono.» ¡Vaya si está bien puesto! ¡Y qué gusto debe ser que la llamen a una elegante y hermosa en letras de molde! No; pues en cuanto yo sea señora de casa he de mimar mucho a los periodistas para que digan de mí cosas bonitas en los periódicos. Y esto, ¿qué es? (Soltando el periódico y viendo la carta de Luisa.) ¡Ah! La carta de Luisa. (Tomándola.) Se quejará de que no la escribo. Como si una no tuviera que hacer otra cosa. (Abriendo la carta.) ¡Los pobres son tan exigentes! «Mi querida Cecilia: (Leyendo.) Aunque tú ya te has olvidado de mí...» ¿No lo dije?... «No quiero dejar de participarte una cosa que quisiera poder decir no sólo a mis amigas, sino a todo el mundo. Dios me ha dado un hijo: ¡un niño muy hermoso, que tiene la misma cara de su padre! ¡Estoy tan contenta que muchas veces me pongo a saltar corno una loca! ¡Un hijo, Cecilia!... ¡Si tú supieras lo que es un hijo!... En verdad que os habéis lucido los que me aconsejabais que no me casase con Fernando porque era pobre. ¡Valientes majaderos estáis los ricos! Todo vuestro lujo no os hará gozar, ni por asomo seguramente, lo que a mi un vestidillo de lana comprado con los afanes y el sudor de mi marido de mi alma. Hasta las mismas privaciones, sufridas con resignación en cumplimiento de un deber, son otras tantas alegrías negadas a los ricos y concedidas a los pobres por la Divina Misericordia. Pregúntame si vendería mi pobreza por todos los millones del mundo, y verás qué pronto respondo que no. ¿En qué almacén de modas podría yo comprar con todos esos millones un corazón como el de mi Fernando? ¡Es tan bueno mi Fernando! Tan bueno como tu primo Rafael. (CECILIA se estremece.) Se me olvidaba decirte que el mismo día que nació el niño tuvo mi marido en su destino un ascenso de cuatro mil reales. ¡Mira tú si es cierto que cada hijo que Dios nos envía trae un pan debajo del brazo! Esta mancha que verás aquí es un lagrimón, tamaño como una avellana, que se me ha caído sobre el papel. (A CECILIA se le saltan las lágrimas.) No sabes tú qué lloriconas somos las madres: cuando no tenemos motivo para llorar de pena, lloramos de alegría. (Se enjuga los ojos con el pañuelo.) Perdóname si te he fastidiado mucho, y adiós. Recibe mil besos de tu amiga, Luisa.» ¡Qué feliz es!... Me ha hecho llorar... ¡Ah! Trae posdata. «Estaba cerrando esta carta (Leyendo.) cuando ha vuelto a casa mi marido y me ha contado una desgracia horrorosa. Elena dio anoche un baile magnífico. (Manifestando el más vivo interés.) De él salieron juntos, para batirse, el esposo de nuestra infeliz amiga y un joven de la alta sociedad que frecuentaba mucho su casa. Este joven, pocos instantes después, moría sin confesión, de un balazo que le saltó la tapa de los sesos.» ¡Qué horror! (CECILIA se levanta y sigue leyendo, muy conmovida y con gran ansiedad.) «Álvarez se ha separado de Elena, llevándose con él a sus hijos. Aquí tienes las consecuencias de casarse por el interés. ¡Maldito sea el dinero! ¡Ay, Cecilia mía! No te cases tú con hombre a quien no ames, y menos aún si sientes la más leve inclinación hacia otro. Te lo pido formalmente, por la memoria de tu madre, que tan buena era y tanto te quería. No dejes de rezar alguna vez por Elena. Sobre su conciencia pesa la muerte de un hombre. Se ve mujer sin honra, esposa sin esposo, madre sin hijos. Reza, reza mucho por ella, que bien lo necesita la desdichada.» ¡Jesús, qué cosa tan horrible! ¡Y yo la envidiaba, porque es rica! ¡Y compadecía a la otra, porque es pobre! «No te cases tú con hombre... (Leyendo.) a quien no ames.» No; yo no quiero a Muñoz. «Y menos aún si sientes la más leve inclinación hacia otro.» ¿Amaré a Rafael?... ¿Será éste un aviso del cielo? «Mujer sin honra, esposa sin esposo, madre sin hijos.» ¡Siento un malestar..., una angustia!... Parece que me falta aire... ¡Madre mía, madre de mi alma, no permitas que yo!... (Con voz ahogada por los sollozos, cubriéndose el rostro con el pañuelo y dejándose caer en la butaca.)
RAFAEL.-(Dentro, tarareando el paso de ataque.) Tararí, tararí, tararí, tararí.
CECILIA.-¡Rafael! Que no me vea así. (Levantándose y dirigiéndose precipitadamente hacia la puerta de la izquierda.) ¡Oh! Ya olvidaba otra vez... (Se detiene, corre hacia el velador, coge la cuenta, y fijando en él la vista, vuelve al comedio de la escena.)
RAFAEL.-(Dentro, más lejos que antes.) Tararí, tararí, tararí, tararí.
CECILIA.-Veinticuatro mil... Cincuenta y ocho mil... Cuarenta mil... (Leyendo estos guarismos en el papel.) ¡Qué tontería! (Rompiendo el papel y arrojándole al suelo.)
Acto tercero
La misma decoración del acto segundo
Escena primera
El MARQUÉS.
¡Qué buen negocio es obrar bien! Cuando lo sepan se van a quedar como viendo visiones. ¡Y qué trabajo me cuesta callar! Nunca sentí mayor desasosiego. Si pudiera ocultarlo algunos días más... Es preciso que en el corazón de Cecilia triunfe el amor del interés, y que Rafael se convenza de que es sinceramente amado antes de que se haga público ese testamento.
Escena II
El MARQUÉS y CECILIA.
CECILIA.-(Saliendo por la puerta de la izquierda.) (Solo está.)
MARQUÉS.-Gracias a Dios que se la ve a usted esta mañana. ¿Por qué no has querido almorzar?
CECILIA.-Porque me siento algo indispuesta. He pasado muy mala noche.
MARQUÉS.-Se te conoce en la cara. Y ¿a qué lo atribuyes?
CECILIA.-La desgracia que le ha ocurrido a mi amiga Elena, y que conté a usted ayer, me ha dejado en el alma una impresión tan dolorosa.
MARQUÉS.-Ahí tienes lo que yo te decía. Casarse por el interés no trae cuenta ninguna.
CECILIA.-Y aún es mayor disparate casarse con uno queriendo a otro.
MARQUÉS.-Esa es locura indisculpable. Pero ¿sabes lo que digo?
CECILIA.-¿Qué?
MARQUÉS.-Que has elegido mal día para estar pálida y ojerosa.
CECILIA.-¿Por qué?
MARQUÉS.-¿Quieres que te regalen el oído? Porque hoy viene Muñoz a comer con nosotros.
CECILIA.-El favor que podía hacerme era no venir.
MARQUÉS.-¿Ayer casi me confesaste que le amas, y ahora?...
CECILIA.-Tío, yo no confesé tal cosa.
MARQUÉS.-¿A qué disimular, cuando quizá dentro de unos días serás su mujer?
CECILIA.-¡Ca! No señor.
MARQUÉS.-Tu padre así lo cree.
CECILIA.-¡Papá cree a veces unas tonterías!...
MARQUÉS.-Así lo espera el mismo novio.
CECILIA.-¿Sí? Pues que espere sentado.
MARQUÉS.-Y Rafael me aseguraba hace poco...
CECILIA.-¿También Rafael piensa que yo quiero a Muñoz?
MARQUÉS.-Lo piensa y lo asegura.
CECILIA.-¡Digo, los hombres de talento!... No haga usted caso de Rafael, que es un tonto.
MARQUÉS.-¿Un tonto?
CECILIA.-¡Ay, no se puede usted figurar qué tonto es!
MARQUÉS.-Pues mira, tampoco te tiene él a ti por muy avisada.
CECILIA.-Es claro... ¿Si querrá que sea yo la primera que...?
MARQUÉS.-¿Eh?
CECILIA.-Nada; yo me entiendo.
MARQUÉS.-(Mejor va de lo que me esperaba.)
CECILIA.-Y a propósito... De Rafael quería hablar a usted.
MARQUÉS.-(¿Qué embajada será ésta?)
CECILIA.-He sabido casualmente que había prestado diez mil duros a ese amigo suyo que se ha muerto.
MARQUÉS.-Así es la verdad.
CECILIA.-¿Y ese dinero?...
MARQUÉS.-Voló, hija, voló.
CECILIA.-Tiene desgracia el infeliz. Y no hay que darle vueltas; con lo poquísimo que le queda no va a poder vivir como corresponde a una persona de su clase.
MARQUÉS.-Con efecto; ya está en la categoría de los títulos tronados.
CECILIA.-(Él me da pie.) Pues no hay remedio, tío, es preciso que haga usted algo por ese pobre.
MARQUÉS.-Y ¿qué se puede hacer?
CECILIA.-Podría usted buscarle una ocupación decorosa que le produjese..., así como treinta, o cuarenta, o cincuenta mil reales al año.
MARQUÉS.-(¡Malo! Aún no está bien curada.) ¿Crees tú que es fácil hallar ocupaciones que produzcan tanto dinero?
CECILIA.-Sí, señor. Empleos hay de cincuenta mil reales. Trabaje usted para que le den uno de director o de subsecretario. Mejor sería de subsecretario, para que tenga coche.
MARQUÉS.-(La carretela se le ha montado en las narices.) ¿Estás en tu juicio? Pues ahí es nada lo que pides.
CECILIA.-Ya nadie se contenta con menos. Con que, vamos, sáquele usted a Rafael un destino de cincuenta mil reales. Aunque sea de cuarenta mil.
MARQUÉS.-¿Te parece a ti que esos empleos no estarán ocupados por otras personas?
CECILIA.-Se quita a uno. Al que esté menos agarrado. Eso se ve todos los días, y así lo requiere el juego de las instituciones.
MARQUÉS.-¿Pero yo soy acaso ministro?
CECILIA.-Es usted persona de mucho viso y muy conocida por sus opiniones...
MARQUÉS.-Sí, por mis opiniones contrarias a las del Gobierno.
CECILIA.-Ahí quería yo venir a parar. Pide usted un buen empleo para su sobrino, y con hacer un cuarto de conversión...
MARQUÉS.-Chica, ¿piensas tú que un hombre de bien?...
CECILIA.-Como si la hombría de bien tuviera que ver algo con la política...
MARQUÉS.-No delires. Aun cuando tus conjeturas fuesen ciertas, Rafael preferiría pedir limosna a tomar un destino.
CECILIA.-¿Por qué razón?
MARQUÉS.-Porque es muy orgulloso.
CECILIA.-¿Y funda su orgullo en morirse de hambre?
MARQUÉS.-Manías suyas.
CECILIA.-¡Qué empeño en no salir de pobre! Pedir limosna... Poco menos, porque ya ve usted, con cuatrocientos mil reales de capital...
MARQUÉS.-¿Cuánto has dicho
CECILIA.-Cuatrocientos mil reales.
MARQUÉS.-Ayer los tenía, pero hoy...
CECILIA.-¡Qué! ¿Ha hecho algún favor a otro amigo?
MARQUÉS.-Peor aún.
CECILIA.-¿Peor?
MARQUÉS.-Ya te dije que está enamorado de una coqueta...
CECILIA.-(Interrumpiéndole con viveza.) Sí, sí; ya me lo dijo usted.
MARQUÉS.-Como ella es rica, se le ha puesto en la cabeza que él también ha de serlo. Porque no te puedes figurar cómo le tiene esa pícara chica.
CECILIA.-Bueno, bueno; adelante.
MARQUÉS.-Pues bien: ayer escribió a un amigo suyo de Madrid, muy calaverón, dándole el encargo de jugar por su cuenta hasta la cantidad de cien mil reales.
CECILIA.-¿Pero ese amigo?...
MARQUÉS.-Cumplió el encargo al pie de la letra.
CECILIA.-¿Y perdió?
MARQUÉS.-Ahora acabamos de recibir la noticia. Perdió los cinco mil duros.
CECILIA.-¡Ave María Purísima! ¡Otros cinco mil duros menos! (¿Qué va a ser de mí?)
MARQUÉS.-Está decidido a ganar el oro y el moro o a quedarse sin una peseta.
CECILIA.-Por Dios, tío: no le deje usted hacer semejante barbaridad.
MARQUÉS.-Al contrario. Lo que yo deseo es que acabe de arruinarse completamente.
CECILIA.-¿Para qué?
MARQUÉS.-Para que pierda la esperanza de ser amado por la susodicha señorita y poder casarle a mi gusto.
CECILIA.-¿Con quién?
MARQUÉS.-Con una excelente muchacha que le conoció en una de nuestras excursiones a Andalucía, y desde entonces le ama con delirio.
CECILIA.-¡Oiga! ¿Esas tenemos?
MARQUÉS.-¡Si vieras qué buena es! No, no se parece en nada a la...
CECILIA.-Sí, a la otra.
MARQUÉS.-¡Y tan bonita como buena!... (Contemplando con mucha atención a CECILIA.) Sí... Mucho más bonita que tú.
CECILIA.-Gracias. Usted me favorece demasiado.
MARQUÉS.-No vayas a creer que eres tú la mujer más bonita del mundo.
CECILIA.-No, si yo no creo...
MARQUÉS.-¡Es blanca, rubia!...
CECILIA.-Será muy sosa.
MARQUÉS.-Esta no le rechazará aunque pierda el último maravedí. Antes bien, celebrará poder darle una prueba de que le ama por él, exclusivamente por él.
CECILIA.-Pero, ¿ella tiene...?
MARQUÉS.-Poquísimo; casi nada.
CECILIA.-Y entonces, ¿cómo se habían de componer?...
MARQUÉS.-Viviríamos los tres en mi cortijo de Andalucía, sin pompa ni regalo, pero en paz y en gracia de Dios. Si logro realizar mi proyecto, desde luego quedas convidada a pasar una temporada con nosotros.
CECILIA.-Es usted muy amable. (¡Ni que lo hiciera adrede!)
MARQUÉS.-Aunque bien se me alcanza que a ti no te divertiría mucho aquel género de vida. Allí las damas, según el último figurín, no pueden usar más atavío que un traje de percal y un pañuelo a la cabeza, y todas sus diversiones están reducidas a pasear en burro. Tú tienes gustos muy diferentes: adoras el lujo y los ruidosos placeres de la corte, y ahora que te vas a casar con un banquero rico...
CECILIA.-¡Tío, tío, por Dios; mire usted que estoy muy nerviosa!
MARQUÉS.-Esto es lo que a ti te divierte: no hay que negarlo. Pero lo que es nosotros lo pasaremos divinamente olvidados del mundo y gozando de aquella inefable dicha que proporcionan la virtud y el amor.
CECILIA.-No haga usted castillos en el aire. Rafael no quiere a la andalucita.
MARQUÉS.-¡Oh! La querrá.
CECILIA.-¿Sí?
MARQUÉS.-Ya la quiso antes de prendarse de la otra tontuela, de la otra...
CECILIA.-¡Deje usted en paz a la otra, por la Virgen Santísima!
MARQUÉS.-Hoy al fin he logrado hacerle confessar que es indigna de su cariño.
CECILIA.-¡Cómo! ¿Rafael ha dicho eso?
MARQUÉS.-Y, ¡oh, qué feliz idea! ¿Te parece que me le lleve a Andalucía mañana mismo?
CECILIA.-¡Mañana! No, señor. De ningún modo. Él no querrá marcharse.
MARQUÉS.-Pidiéndoselo por favor... Diciéndole que necesito de su ayuda para salvar los bienes que allí tengo... Tú me ayudarás a engañarle.
CECILIA.-¡Yo!
MARQUÉS.-Por mucho que quieras a tu dichosa amiguita, no creo que te importará ella más que tu primo, y tratándose de su felicidad...
CECILIA.-¡De su felicidad!
MARQUÉS.-Le acercaré de nuevo a mi protegida...
CECILIA.-(Capaz es de hacerlo como lo dice.)
MARQUÉS.-Comparará a la mujer que tan noble y desinteresadamente le ama con la mercachifle que no le quiere porque es pobre...
CECILIA.-¡Mercachifle!
MARQUÉS.-Yo le haré notar la diferencia que hay entre un ángel y un demonio.
CECILIA.-¡Tío!
MARQUÉS.-Si no es de estuco, amará a esa niña encantadora...
CECILIA.-(¡Maldita mujer!)
MARQUÉS.-Y poco he de poder o le caso con ella.
CECILIA.-(¡Jesús, si fuera hombre!... Me voy.) (Dirígese llorando hacia la puerta de la izquierda.)
MARQUÉS.- (Deteniéndola) ¡Eh!, ¿adónde vas tan de prisa?
CECILIA.-A mi cuarto.
MARQUÉS.-¡Pues no te tomas tú mucho interés por una amiga! ¿Y lloras?
CECILIA.-(Enjugándose las lágrimas.) ¿Llorar?... Se equivoca usted. Será que me ha caído algo en los ojos.
MARQUÉS.-Que si quieres. Tú estás llorando.
CECILIA.-Pues sí, señor; estoy llorando. ¡Es fuerte apuro que en todo se ha de meter usted!
MARQUÉS.-Aquí tienes a tu padre, que, sin duda, querrá hablarte de ese asuntillo. (Se oye toser a DON PABLO.) Yo voy a dar otro avance a Rafael. No he de parar hasta que aborrezca a la de aquí y se case con la de allá.
CECILIA.-(¡Está usted fresco!) Aunque no fuera más que por darle en la cabeza...)
Escena III
Dichos y DON PABLO.
DON PABLO.-¿Sabes que Felipe no ha vuelto aún?
MARQUÉS.-¿Qué tiene eso de particular?
DON PABLO.-Nada, ciertamente; pero como se fue ayer tan irritado y tan... Si le sucede algo, tuya será la culpa.
MARQUÉS.-Ya se le habrá pasado el enojo. Desecha todo temor. (CECILIA, durante este diálogo, medita profundamente, hace números en un papel y se sienta y se levanta, dando señales de desasosiego y de varias emociones.)
DON PABLO.-Has desbaratado el matrimonio de uno de mis hijos; pero yo te aseguro que el de Cecilia... (Hablándole aparte sin que CECILIA se entere.)
MARQUÉS.-¿Qué?
DON PABLO.-Que se llevará a cabo.
MARQUÉS.-¿Quién lo duda?
DON PABLO.-Y muy pronto.
MARQUÉS.-Cuanto antes mejor.
DON PABLO.-Es que aunque tú te opongas...
MARQUÉS.-Pero si yo no me opondré.
DON PABLO.-Has de saber que le quiere.
MARQUÉS.-¿No te lo decía yo?
DON PABLO.-No; yo era quien te lo decía a ti.
MARQUÉS.-Al contrario, tú negabas.
DON PABLO.-El que negaba que quisiese a Muñoz eras tú.
MARQUÉS.-Eso, sí; y lo sigo negando.
DON PABLO.-Pues ¿con quién crees que se va a casar Cecilia?
MARQUÉS.-¡Toma! ¿Con quién ha de ser? Con su primo.
DON PABLO.-¡Caramba! Te has empeñado en que riñamos.
MARQUÉS.-Seré padrino de la boda.
DON PABLO.-El diablo que te lleve. (Vase el MARQUÉS por el foro.)
Escena IV
CECILIA y DON PABLO.
CECILIA.-(No hay remedio. Luisa tiene razón. Me ama, le amo... ¡Oh!, sí; no cabe duda: le amo. Él debe ser mi esposo.)
DON PABLO.-Quiero que hablemos un rato los dos solitos.
CECILIA.-Bien pensado. Siéntate ahí. (Con mucha dulzura, DON PABLO se sienta en una butaca y CECILIA a sus pies, en una banqueta.) Yo aquí. Y ahora, empieza. (Veremos si papá...)
DON PABLO.-Hoy comerá con nosotros Muñoz, y tengo que darle una contestación definitiva. Te he ofrecido no oponerme a que elijas esposo a tu gusto, y aunque ya me has dicho que Muñoz te parece bien, quiero que por una vez me repitas si estás decidida a casarte.
CECILIA.-Sí, señor, estoy decidida.
DON PABLO.-(¿De dónde habrá sacado ese necio?...)
CECILIA.-Dime, papá: ¿se podrá ya habitar la casa que acabas de hacer en la calle del Príncipe?
DON PABLO.-Sí. Pero ¿a qué viene ahora?...
CECILIA.-(Con zalamería.) Verás. Lo que más me aflige cuando pienso en que me he de casar, es la consideración de que tendré que separarme de ti.
DON PABLO.-Eso me gusta, tesoro mío. Figúrate si lo sentiré yo. Pero hay cosas que no tienen remedio.
CECILIA.-Es que si pudiera vivir, ya que no en tu misma casa, porque esto no parecería bien..., ¿eh? (Con segunda intención.)
DON PABLO.-Seguramente.
CECILIA.-Ya que no en tu misma casa, en otra que estuviera muy cerquita...
DON PABLO.-Buen pensamiento.
CECILIA.-¿Verdad que sí? De este modo nos veríamos muy a menudo, y a los dos se nos haría menos amarga la separación.
DON PABLO.-(Muy complacido.) Sí, hija de mi alma, sí.
CECILIA.-¿Tú piensas vivir en uno de los cuartos de la casa nueva?
DON PABLO.-Sí.
CECILIA.-Pues bien: resérvame otro.
DON PABLO.-Acaso no serán bastante buenos para ti, que piensas dar bailes, y...
CECILIA.-¡Bah! Tendré un poco de paciencia.
DON PABLO.-Entonces, elige el que más te agrade.
CECILIA.-Tú, que eres un señor mayor, puedes irte al cuarto segundo.
DON PABLO.-(Como sorprendido y con disgusto.) ¡Eh!
CECILIA.-Y yo tomaré el principal.
DON PABLO.-(Como resignándose.) Corriente: el principal.
CECILIA.-¿Qué precio piensas ponerle?
DON PABLO.-Eso ya lo arreglaré yo con tu marido.
CECILIA.-Bueno; pero me alegraría de saber...
DON PABLO.-Una persona extraña no me pagaría menos de dieciocho mil reales...
CECILIA.-¡Aprieta! Cuidado que los caseros no tienen ustedes ni pizca de consideración.
DON PABLO.-No te asustes, que a ti te lo daré por...
CECILIA.-(Interrumpiéndole.) ¿Por nada?
DON PABLO.-(Como sorprendido y poniendo mal gesto.) ¡Eh!
CECILIA.-(Haciéndole fiestas en una mano que le tiene cogida.) ¡Qué bueno es mi papá! Muchas gracias, papá mío, muchas gracias.
DON PABLO.-¡Pero chica!...
CECILIA.-Y vamos a ver: ¿no se podría abrir una puerta de comunicación entre una y otra casa?
DON PABLO.-Facilísimamente.
CECILIA.-¡Ay, qué gusto! Pues mándala abrir en seguida.
DON PABLO.-Lo que es en eso no hay dificultad.
CECILIA.-Así, a las horas de almorzar y comer podremos pasar a tu casa...
DON PABLO.-¿Para qué?
CECILIA.-¡Toma! Para comer contigo.
DON PABLO.-(¡Me gusta!)
CECILIA.-En la mesa es donde más se nota la ausencia de las personas queridas; y viviendo en una misma casa, ¿habíamos de comer separados? No, señor: yo quiero comer siempre con mi papá.
DON PABLO.-Pero oye, criatura: si tu mar, sobre mis costillas, ¿qué vais a hacer con vuestro dinero?
CECILIA.-¡Ay! Harto haremos con vestirnos y atender a las demás necesidades de la vida.
DON PABLO.-¡Qué atrocidad! Tú tienes un millón de dote...
CECILIA.-Sí, ya lo sé.
DON PABLO.-Y tu futuro tiene a estas horas más de dos, bien contados.
CECILIA.-No, señor: mal contados.
DON PABLO.-¿Si sabré yo lo que tiene Muñoz?
CECILIA.-(Con timidez.) Sí; pero como no es Muñoz con quien yo me quiero casar...
DON PABLO.-(Dando un salto en la butaca.) ¡Qué! ¿Que no es Muñoz?
CECILIA.-No, señor.
DON PABLO.-¿Pues quién es?
CECILIA.-Mi primo.
DON PABLO.-(Levantándose) ¡Tu primo!
CECILIA.-(Levantándose también.) Como me habías dicho que no te opondrías a que eligiese marido a mi gusto...
DON PABLO.-Pero ¿él te quiere?
CECILIA.-¡A rabiar! ¡Se muere por mí!
DON PABLO.-¿Y tú le quieres a él?
CECILIA.-Un poquillo.
DON PABLO.-¿Desde cuando?
CECILIA.-¡Jesús, desde hace muchísimo tiempo!
DON PABLO.-¡Con que tu tío tenía razón?
CECILIA.-Pues que, ¿mi tío sabe que la persona de quien Rafael está enamorado soy yo?
DON PABLO.-Así lo dice, por lo menos.
CECILIA.-¡Lo sabía! ¡Qué pícaro!
DON PABLO.-Pero, señor, ¿cómo es posible lo que ahora me cuentas, cuando ayer mismo te manifestabas dispuesta a enlazarte con otro?
CECILIA.-Ahí verás. Los amantes somos muy raros, mucho.
DON PABLO.-Y ¿cree usted, señorita, que yo he de tolerar que se juegue conmigo? De ninguna manera. Usted está obligada a casarse con el señor Muñoz.
CECILIA.-Yo, ni siquiera le he dado esperanzas.
DON PABLO.-Se las he dado yo. ¿Qué le digo ahora?
CECILIA.-Dile que quiero a mi primo.
DON PABLO.-¿Qué le has de querer?
CECILIA.-Sí, señor; que le quiero.
DON PABLO.-(Como tratando de convencerla.) No hay tal cosa. A quien tú quieres es a Muñoz.
CECILIA.-¡Eso sí que no lo paso! No tengo tan mal gusto.
DON PABLO.-Pues que le quieras que no, con él te has de casar.
CECILIA.-(Llorando.) ¡Bueno! ¡Te empeñas en hacerme infeliz!
DON PABLO.-Casándote con Rafael lo serías.
CECILIA.-¿Por qué, si me ama y es un hombre de bien?
DON PABLO.-Es un fatuo que desprecia la sociedad en que vive precisamente porque no delira como él. Recuerda que su caudal no pasa de veinte mil duros.
CECILIA.-De quince mil.
DON PABLO.-De veinte, muchacha.
CECILIA.-De quince.
DON PABLO.-Más en mi abono.
CECILIA.-Viviremos con economía, y en abriendo una puerta de comunicación...
DON PABLO.-Es que no se abrirá la puerta.
CECILIA.-¿Que no?
DON PABLO.-No, señora; ni te daré el cuarto principal, ni estarás a la sopa boba, como presumes.
CECILIA.-¡Pues en cuanto una quiere ser buena todo le sale mal!
Escena V
Dichos y el MARQUÉS.
MARQUÉS.-Ahí tienes ya a tu hijo.
DON PABLO.-¿Ha venido con él Muñoz?
MARQUÉS.-No; ahora te acaban de traer esta tarjeta.(Dándole una tarjeta con sobre.)
DON PABLO.-(Leyendo la tarjeta, después de haberla sacado del sobre.) «Rosendo Muñoz participa a usted que no puede ir hoy a comer en su compañía.»
CECILIA.-(Respiro.)
DON PABLO.-¿Sabe Felipe si está malo?
MARQUÉS.-No: lo que sabe es que el banquero angloamericano ha estimado conveniente parar el nuevo golpe que iba a recibir su crédito con el desaire que le acabas de hacer, tomando al par de ti una ruin venganza, y que Muñoz, por su parte, no ha juzgado prudente desperdiciar la ocasión que se le presentaba de pescar un dote de cuatro millones.
DON PABLO.-A ver, a ver: habla más claro. ¿Qué quiere decir eso?
MARQUÉS.-Que a estas horas está formalmente pactado el enlace del señor don Rosendo Muñoz con su antigua novia, la señorita Juana Wisley.
DON PABLO.-¿Cómo?
CECILIA.-¿Qué escucho?
DON PABLO.-¿Es verdad?
MARQUÉS.-Pregúntaselo a tu hijo, que por milagro no ha tenido un lance con él.
DON PABLO.-¿De modo que el tal Muñoz es un tunante?
CECILIA.-Claro.
DON PABLO.-¡Un canalla!
MARQUÉS.-No; es, simplemente, un hombre que está por lo positivo.
DON PABLO.-¿Se puede dar mayor vileza? ¿Y todo por qué? Todo por el dinero: por los miserables ochavos. ¡Qué perversión de ideas! ¡Qué falta de sentido moral!
CECILIA.-¿Ves, papá? (Bajo, a DON PABLO, lloriqueando.) Ahora Rafael se figurará que si le quiero es por despecho, porque no tengo otra cosa mejor.
DON PABLO.-¿Me vas tú a sacar el sol de la cabeza, chiquilla? Y el pobre Felipe, ¿qué dice? Estará desesperado.
MARQUÉS.-¡Ca! En estas pocas horas han sucedido cosas extraordinarias. Felipe encontró ayer en la calle a la señora de Mendoza y a su hija.
CECILIA.-¿A Matilde?
MARQUÉS.-Verle la pobre niña dar un grito y caer desmayada, todo fue uno. Felipe acudió a socorrerla, y habiéndola acompañado a su casa, habló allí largamente con esa desdichada madre, que ve morir de amor a su hija. Durante la ausencia de Matilde no ha sido posible distraerla un solo instante, ni apartar de su pensamiento la imagen de Felipe; y, dominada al fin por una pasión de ánimo que llegó a presentar síntomas alarmantes, tuvo su madre que volverse precipitadamente con ella a Madrid. Felipe está loco (Con mucho calor y rapidez en el decir): jura que la ama con todo su corazón, y deplora amargamente haber procurado olvidarla. Execra la bolsa y los negocios; execra la hora en que pensó unirse a otra mujer, y a Rafael y a mí -sépalo usted, señor mío-, a Rafael y a mí nos bendice, y nos llama sus bienhechores.
CECILIA.-¿Lo estás viendo, papá?
MARQUÉS.-(Con viva emoción.) Abrazados se quedaban ahora los primos, llorando a lágrima viva como dos criaturas.
CECILIA.-(Enjugándose las lágrimas.) ¡Qué gusto! Felipe me dará la razón.
DON PABLO.-¿Con que todavía se quieren? (Conmovido, pero sin querer aparentarlo.) Mire usted, ¿quién se había de imaginar?... Pero no veo que este asunto pueda arreglarse. Mendoza seguirá firme en sus trece... Querrá para Matilde un novio que tenga tanto como ella... ¡Qué padres, Dios mío, qué padres! ¡Sacrificar a una hija por el vil interés! (CECILIA le tira de la levita.) ¡Qué quieres! (Volviéndose hacia ella con enfado.) ¡Ah! Sí, consiento. Rafael tira el dinero, es verdad; pero no hace porquerías por adquirirlo.
MARQUÉS.-Eh, ¿qué significa?...
CECILIA.-(Bajando la cabeza como avergonzada.) (¡Delante de él!...)
DON PABLO.-En esta casa ha entrado una epidemia de amor. (Como aturdido y hablando muy deprisa hasta el fin de la escena.) Tú tenías razón y yo estaba en babia. Voy a ver al otro. (Se retira hacia el foro y vuelve al lado de CECILIA.) ¡Ah! Cuenta con el piso principal de la casa nueva. (Se retira de nuevo hacia el foro.)
CECILIA.-(Levantando la cabeza con expresión de gozo.) ¿Sí?
DON PABLO.-Y mira, recuérdame que mañana mismo (Volviendo otra vez) mande abrir la puerta de comunicación.
CECILIA.-No se me olvidará. (El MARQUÉS los contempla con íntima satisfacción.)
DON PABLO.-Pues, oye: también convendrá que hagamos otra reforma. (Repitiendo el mismo juego.) La casa no es muy grande...
CECILIA.-Vaya: para los dos solos...
DON PABLO.-Es que tú cuentas sin la huéspeda.
CECILIA.-¿Qué huéspeda?
DON PABLO.-Nada. (No sé lo que me digo.) Pero, en fin, la cocina había de estar de más, y en ella podremos hacer una hermosa habitación para el ama.
CECILIA.-¿Para quién?
DON PABLO.-Para nadie, hija, para nadie. (Estoy tocando el violón.) ¿Dónde quedaban esos chicos? (Al MARQUÉS.)
MARQUÉS.-En mi cuarto.
DON PABLO.-¡Es cosa de perder la cabeza! (Vase por el foro precipitadamente.)
Escena VI
CECILIA y el MARQUÉS.
MARQUÉS.-Con que dígame uste, señorita:d ¿ahora salimos con que está usted enamorada de su primo?
CECILIA.-¡Sí, bueno es usted! Bien se ha divertido a mi costa.
MARQUÉS.-¿Y me guardas rencor?
CECILIA.-¿Rencor? ¿Sabe usted el bien que me ha hecho? A no ser por usted, no hubiera yo conocido el amor que tenía a Rafael y me hubiera casado con el otro.
MARQUÉS.- ¿De veras amas a Rafael?
CECILIA.-Tanto como Matilde a mi hermano; tanto como Luisa a su marido. ¡Y si viera usted qué cosa tan buena es amar!
MARQUÉS.-No hay mayor delicia en la tierra.
CECILIA.-Parece como que una se hace mejor, como que el alma se engrandece y eleva. Desde que amo a Rafael se me figura que quiero más a mi padre y a mi hermano, y a usted, y al mundo entero.
MARQUÉS.-¡Pobre Cecilia!
CECILIA.-¿Pobre?
MARQUÉS.-Mira, hija: Rafael tiene también sus defectos; es orgulloso, y a pesar de mis súplicas y reconvenciones, jura que nunca se casará contigo.
CECILIA.-(Con sentimiento.) ¿por qué? ¿Me tiene en menos?
MARQUÉS.-No; pero le asusta la idea de recibir con tu mano un millón de dote.
CECILIA.-¿Y no es más que eso? Dígame usted: ¿con lo suyo y lo mío reuniría mi hermano lo bastante para poder casarse con Matilde?
MARQUÉS.-Seguramente.
CECILIA.-Ahora mismo voy a echarme a los pies de papá y a rogarle que me permita ceder mi dote a Felipe.
MARQUÉS.-¡Cómo! ¿hablas de formalidad?
CECILIA.-A ver si soy yo una chiquilla insubstancial y casquivana, una coquetuela de tres al cuarto, una mercachifle.
MARQUÉS.-¡Oh, no; eres un ángel!
CECILIA.-Quiero quedarme pobre para dar gusto a Rafael.
MARQUÉS.-Considera que con lo poco de que él ya dispone...
CECILIA.-Poseyendo su amor, ¿qué más necesito? Con menos cuenta mi amiga Luisa, y tiene un hijo, y es feliz. ¡Qué contenta se va a poner cuando lo sepa! Usted será el padrino de la boda, ¿verdad?
MARQUÉS.-¡Quién pregunta eso!
CECILIA.-Bien; pero ella ha de ser la madrina.
MARQUÉS.-Ni con candil que se la buscara, podría hallarse otra mejor.
CECILIA.-¡Qué bien me decía en su carta! ¡Si los ricos supieran lo que se pierden con no ser pobres!
MARQUÉS.-¿Con que renuncias al lujo, a los placeres? ¿Con que ya no estás por lo positivo?
CECILIA.-Sí señor; lo positivo es el amor y la virtud. Ea. ea, voy corriendo... Pero antes déme usted un abrazo.
MARQUÉS.-(Abrazándola.) ¡Mil, hija mía, mil!
CECILIA.-¡Qué bobada! Estoy llorando de alegría. Lo mismo que Luisa. Ahora siento yo impulsos de ponerme a brincar con ella. (Saltando de alegría.) ¡Qué feliz soy! Tararí, tararí, tararí, tararí (Tarareando el paso de ataque.) Mire usted, mire usted, cómo le he cogido ya su paso de ataque.
MARQUÉS.-¡Bendita seas, criatura!
CECILIA.-Papá, papá. (Echa a correr llamando a voces a su padre, y al llegar a la puerta del foro se encuentra con RAFAEL, que sale precipitadamente y con semblante demudado. Ambos se detienen al encontrarse.) ¡Oh! ¡Rafael!
RAFAEL.-¡Cecilia!
CECILIA.-¡Jesús! ¡Qué vergüenza me da! (Baja la cabeza, cúbrese la cara con una mano y vase corriendo.)
Escena VII
El MARQUÉS y RAFAEL.
RAFAEL.-(Acercándose al MARQUÉS.) ¡Tío!
MARQUÉS.-¿Qué te pasa, que vienes desencajado?
RAFAEL.-El tío Pablo me ha dicho: (Con mucha ansiedad) «Cecilia acaba de hablarme; lo sé todo, y ya puedes ir disponiendo la boda.» Explíqueme usted esto.
MARQUÉS.-Bien claro está. Que lo sabe todo y que ya puedes ir disponiendo la boda.
RAFAEL.-Pero, ¿qué boda?
MARQUÉS.-La tuya.
RAFAEL.-¿Con quién?
MARQUÉS.-¡Conmigo!
RAFAEL.-¡Que siempre ha de estar usted de broma! ¿Con quién? MARQUÉS.-¿Con quién ha de ser? Con Cecilia.
RAFAEL.-¿Me ama?
MARQUÉS.-Así parece.
RAFAEL.-¿Y el tío?
MARQUÉS.-Lo aprueba.
RAFAEL.-¡A mí me va a dar algo!
MARQUÉS.-Con razón te aseguraba que esa chica tiene buen fondo. RAFAEL.-Es una joya, es la bondad misma, es... ¡Tío de mi alma! (Abrazándole.)
MARQUÉS.-Pues no sabes lo mejor.
RAFAEL.-¿Qué?
MARQUÉS.-Habiéndole yo dicho que no querrías casarte con ella...
RAFAEL.-¿Cómo?
MARQUÉS.-Que no querrías casarte con ella...
RAFAEL.-Pero...
MARQUÉS.-Así no acabaremos nunca.
RAFAEL.-Pero, ¿por qué le ha dicho usted...?
MARQUÉS.-Le he dicho que tal vez el tener ella más que tú, sería un obstáculo...
RAFAEL.-¡Es verdad! No recordaba...
MARQUÉS.-Pues no bien lo ha oído, ha echado a correr en busca de su padre...
RAFAEL.-¿Para qué?
MARQUÉS.-Para manifestarle que no quiere dote y que se lo cede a Felipe.
RAFAEL.-¿Es eso un sueño? ¡Tío! (Abrazándole otra vez con vehemencia.)
MARQUÉS.-¡Hombre, que me ahogas! Ya es pobre. Ya estás servido a pedir de boca.
RAFAEL.-¡Se sacrifica por mí! ¿Debo yo aceptar su sacrificio? Ocasiones hay en que el dinero puede dar la felicidad.
MARQUÉS.-No llores por dinero, que nadie sabe en cuánto se habrá aumentado tu caudal a estas horas.
RAFAEL.-¿Por arte de magia?
MARQUÉS.-No, sino de la manera más natural del mundo. Sin conocerlo has hecho un gran negocio.
RAFAEL.-¿Qué negocio?
MARQUÉS.-Emplear tu dinero en acciones mucho mejores que las de minas y ferrocarriles, y ponerlas en manos de un banquero que paga réditos incalculables.
RAFAEL.-No comprendo
MARQUÉS.-Ese banquero, que se llama Dios, no abona jamás todas las ganancias sino en la otra vida; pero a veces suele conceder en ésta alguna recompensa por adelantado.
RAFAEL.-Explíquese usted.
MARQUÉS.-(Con gravedad y sentimiento.) Días antes de morir el noble joven que te debía un señalado favor...
RAFAEL.-¿Eduardo?
MARQUÉS.-Supo el fallecimiento de su padre, ocurrido en Italia.
RAFAEL.-¿Y qué?
MARQUÉS.-Eduardo no tenía herederos forzosos.
RAFAEL.-Acabe usted
MARQUÉS.-Y te ha legado todos sus bienes.
RAFAEL.-¡Dios mío!
MARQUÉS.-Soy uno de sus albaceas testamentarios. Ayer vino a comunicármelo el notario que hizo el testamento.
RAFAEL.-«Dios querrá que algún día te pueda pagar», me dijo. ¡No lo ha olvidado! ¡Eduardo, Eduardo! Bien sabía yo que eras capaz de hacer esto. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué no has sido más generoso? (Llorando.)
MARQUÉS.-He callado hasta ahora porque era preciso que Cecilia te amase pobre, que tú no tuvieses motivo para dudar de la sinceridad de su amor. Además, el excelentísimo señor don Dinero, que es el mayor fatuo del mundo, cree que sin él no puede hacerse nada, y a mí me está divirtiendo lo que no es decible ver en torno mío unos cuantos millones muy orondos y graves condenados a no servir para maldita de Dios la cosa.
RAFAEL.-Pero, ¿ya qué se logra con ocultar?... ¡Pobre Cecilia! ¡Es preciso que sepa!...
MARQUÉS.-¡Cobarde!
RAFAEL.-Para mí nada quiero. Eduardo lo sabe, que ve desde el cielo mi corazón. Para ella... No lo puedo remediar. Para ella todo me parece poco. ¡Qué dicha poder decirle: «¿Querías uno? Pues toma dos, cuatro, seis...» ¡Qué sé yo!... Venga usted conmigo.
MARQUÉS.-Vamos allá. (Dirigiéndose hacia el foro)
Escena VIII
Dichos, CECILIA y DON PABLO.
CECILIA.-(Saliendo por el foro con su padre, a quien trae asido de una mano.) Ven, papá, ven, y el tío Antonio te dirá, como yo...
DON PABLO.-Eh, poco a poco.
CECILIA.-(Sin ver a RAFAEL.) Se empeña en que no he de ceder mi dote a Felipe.
DON PABLO.-(Al MARQUÉS.) ¿Ves qué ocurrencia más singular?
CECILIA.-Pero si yo no quiero dote, ni... (Viendo a RAFAEL y turbándose.) ni Rafael tampoco, ¿verdad?
RAFAEL.-Tampoco.
MARQUÉS.-No hay inconveniente en que des gusto a Cecilia.
DON PABLO.-Esto no es cosa de chanza. Ya le ha dicho su hermano lo que hace al caso, y, por mi parte, repito...
CECILIA.-¡Cómo le convencería yo!
MARQUÉS.-(Le habla en voz baja) Oye: dile...
DON PABLO.-¡Pues no lo ha tornado con poco empeño!
RAFAEL.-Ni a ella ni a mí podía usted dispensarnos favor más grande.
DON PABLO.-Andad a paseo los dos.
CECILIA.-(Riendo.) ¡Ja, ja! No lo va a creer.
MARQUÉS.-Hagamos la prueba.
CECILIA.-Has de saber, papá, que Rafael es riquísimo.
DON PABLO.-Cuéntaselo a tu abuela.
MARQUÉS.-(Apuntando a CECILIA en voz baja.) Porque ha heredado...
CECILIA.-Porque ha heredado todos los bienes...
MARQUÉS.-De su amigo...
CECILIA.-De su amigo Eduardo.
MARQUÉS.-El cual primero...
CECILIA.-El cual, primero, había heredado...
MARQUÉS.-A su padre.
CECILIA.-A su hijo.
MARQUÉS.-A su padre.
CECILIA.-A su padre. (Lo mismo da.) (Bajo al MARQUÉS.)
DON PABLO.-Pero, ¿qué algarabía es ésa?
CECILIA.-¿Lo ve usted? El embuste era demasiado gordo. (Bajo, al MARQUÉS, en tanto que RAFAEL habla en secreto a DON PABLO)
DON PABLO.-(Muy asombrado, después de haber oído a RAFAEL.) ¿Qué? (Volviéndose hacia DON PABLO y RAFAEL.)
DON PABLO.-¿Con que Eduardo testó en su favor? (Al MARQUÉS, el cual le hace una seña afirmativa. DON PABLO se queda estupefacto.)
CECILIA.-¡Calla! ¡Y lo cree!
RAFAEL.-Cuando Cecilia lo asegura...
CECILIA.-¡Y él también! ¡Qué simpleza! (Riendo.)
MARQUÉS.-No te hubieras tú dejado engañar así, ¿eh?
CECILIA.-De fijo que no
MARQUÉS.-¿Y si fuese cierto?
CECILIA.-Lo sentiría.
RAFAEL.-¿De veras?
CECILIA.-Se me ha pegado tu modo de pensar.
RAFAEL.-¡Cecilia adorada!
CECILIA.-Y luego, como papá hará abrir una puerta...
DON PABLO.-No hay más: ha perdido el juicio.
CECILIA.-Y que si no, ahí tenemos el cortijo del tío Antonio. ¡Poquito que me gustará a mí pasear en burro!
DON PABLO.-Pero, ¿qué puerta, ni qué cortijo, ni qué burro? ¿No acabas de decirme tú misma que Rafael ha heredado?
CECILIA.-¡Qué papá! Si era una broma.
DON PABLO.-Si, broma: buena está la broma. Es la pura verdad.
CECILIA.-¡Cómo! ¿Es verdad? (Muy sorprendida.)
DON PABLO.-¿No oyes que sí?
CECILIA.-(Con pena.) ¿Es verdad, Rafael?
RAFAEL.-Cecilia, es verdad.
CECILIA.-¿Es verdad, tío?
MARQUÉS.-Sí, hija, verdad es. A veces la caridad y la gratitud suelen dar resultados muy positivos.
CECILIA.-Conque... ¿eres rico?
RAFAEL.-Sí.
CECILIA.-¡Dios mío! ¡Yo que me alegraba tanto de que fuese pobre! (Llorando y arrojándose en los brazos de su padre.)
MARQUÉS.-Vamos a ver: ¿ninguno de los dos tenéis empeño en tomar esos cuartos?
CECILIA y RAFAEL.-Ninguno.
MARQUÉS.-(A RAFAEL.) Tú no, ¿eh?
RAFAEL.-No, señor.
MARQUÉS.-(A CECILIA.) ¿Ni tú?
CECILIA.-Ni yo tampoco.
MARQUÉS.-(A los dos.) ¿Palabra de honor?
CECILIA y RAFAEL.-Palabra de honor. (El MARQUÉS queda colocado entre CECILIA y RAFAEL.)
MARQUÉS.-Pues entonces, tomadlos. Riquezas tan poco apetecidas serán de fijo bien empleadas.
CECILIA.-Pero, ¿qué vamos a hacer con tanto dinero?
DON PABLO.-Eso no te apure. Por mucho trigo...
MARQUÉS.-Mira. Rafael se encargará de gastar una parte.
CECILIA.-(Con vehemencia.) ¡Oh, sí!
RAFAEL.-(Con frialdad.) Bueno,
MARQUÉS.-Tú te encargarás de gastar otra.
RAFAEL.-(Con vehemencia.) ¡Oh, sí!
CECILIA.-(Con frialdad.) Bien.
MARQUÉS.-Otra será... para los chiquitines.
CECILIA.-(Ruborizándose.) ¡Tío!
RAFAEL.-¡Sí!
MARQUÉS.-Otra la invertiremos en sufragios por el alma de Eduardo.
RAFAEL y CECILIA.-¡Sí! ¡Sí!
MARQUÉS.-Y otra se la daremos a los pobres.
RAFAEL y CECILIA.-¡Sí tío, sí!
MARQUÉS.-¡Felices los que tienen dinero y le dan por el amor de Dios!