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Lobito

Alfonso Pérez Nieva



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- I -

El pobre animal salvó la vida casualmente; no la debió a la piedad, sino al cálculo. El titiritero que había venido al pueblo buscando la animación de las ferias y que en la plaza tenía establecido su tinglado de lona, era grande aficionado a la caza y un tirador de primera. Casi todas las mañanas se internaba en el monte con la escopeta al hombro, sin importarle un ardite las alpestres soledades y sin miedo a los lobos, a los que el hambre arrastraba hasta las aldeas en aquel invierno crudísimo en que, apenas entrado noviembre, se cubrieron de nieve cumbres y valles. Y un nuboso día en que regresaba por una trocha abierta para el ganado, entre la maleza, sucedió lo que no podía menos: se los encontró.

Iba abstraído, con el arma colgada del portafusil, acelerando lo posible el paso porque el chubasco se   —4→   le venía encima a la carrera, cuando oyó delante de él castañetear de dientes; alargó la cabeza por instinto y con la prontitud de un relámpago se puso a la defensa alzando el gatillo. Mirándole con sus grandes ojos ascuas, abierta la boca enseñando dos filas de colmillos capaces de triturar piedras, las orejas aguzadas, en punta, hallábase plantado cortando la trocha un lobo enorme; el hambre debía de acosarle porque en todo su continente, en su actitud resuelta, se adivinaba el propósito de acometer. No huía; sorprendido también aguardaba examinando la casta de enemigo que le deparaba la suerte. Detrás del animal, refugiándose entre sus patas, se distinguía otro de igual especie, jovenzuelo, inquieto, asustado, de pocos días; se trataba sin duda de una hembra con su cría, lo que aumentaba la gravedad del encuentro.

El cazador era hombre sereno y avezado a los peligros. No perdió su sangre fría ni vaciló un instante; echose el arma a la cara, apuntó con detenimiento y disparó. La fiera recibió el tiro a boca de jarro en mitad de la frente y cayó redonda al suelo donde quedó inmóvil, tendida. El titiritero, prudente siempre, armó el cuchillo de monte y se acercó cauteloso a la alimaña: estaba muerta y bien muerta. La bala le había destrozado el cráneo y la pobre cría, aterrada, comprendiendo con su instinto lo acontecido, acostada junto a su madre gemía plañideramente lamiendo la sangre que le brotaba de la herida.

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El primer impulso del acróbata fue ensartar al animalucho y acabar con él, pero era un animal tan lindo que se detuvo. A la verdad, poseía una estampa muy singular. ¡No parecía lobo, no! Piel tórtola, no muy peluda, suave, ojos como topacios, una buena cola y una cabeza fina con cierto donaire. De pronto la contemplación de la cría hizo surgir en la mente del cazador una idea, un punto de luz.

-¡No lo mato, no!, exclamó apartando el rifle. A lo sumo tendrá un mes. Le domesticaré.

Y véase cómo la cuadrilla de acróbatas que trabajaba en las ferias de aquel pueblo, se aumentó por casualidad con un compañero de cuatro patas, que seguramente no contaba al nacer con verse delante de un público que aplaudiese sus habilidades como si se tratara de una persona.




- II -

Formaban la cuadrilla de acróbatas en que había ingresado la fierecilla: un hércules melenudo, que su comía la estopa ardiendo y soltaba luego de la boca varas y varas de cinta; una saltadora a caballo, sobrina del empresario, que trabajaba en el único de la compañía, el percherón que tiraba del carricoche en que se transportaban de pueblo en pueblo los chirimbolos de la tienda de campaña, los ingredientes de guisar y, a veces, en los días perros de temporal   —7→   en que se ponen intransitables los caminos, hasta las personas y el director y empresario, un hombre feroz acostumbrado al látigo, a quien todos temían por su fuerza y por su bravura.

Pero me dejaba en el olvido un personaje: un niño blondo que parecía un ángel de retablo, un pastorcito blanco que estaba pidiendo las breñas de un peñasco de Navidad. El muchacho no tenía parentesco alguno con nadie de la compañía. El director se le encontró en una carretera, sólo, de viaje, sin dirección fija, como una hoja que arrastra el viento; acabado de morir su padre y conviniéndole el huérfano para criadito, se quedó con él; luego pensó en explotarle en calidad de acróbata; hallábase en la edad a propósito: diez años, los huesos tiernos. Y dicho y hecho, empezó a enseñarle la gimnasia, consiguiendo en poco tiempo, gracias a su docilidad, convertirle en un saltador que daba hasta el triple mortal. Buenas bofetadas le costó el aprenderlo, sin que en aquel grupo de seres, ligados por el hambre, se levantara una voz en defensa de la tierna criatura, al contrario: aún si se perdía algún puñetazo, se lo encontraba el infeliz rapaz por no desempeñar pronto tal o cual mandado de la ecuyere o del hércules.

El lobezno fue recibido, si no con hostilidad, con poca simpatía en el vagón ambulante de los acróbatas. La caballista hizo un remilgo y le llamó feo, el forzudo le pegó un capirotazo en una oreja; sólo el niño Miguel, compadecido del pobre animal, que   —8→   no cesaba de gemir llamando a su madre, le cogió en sus brazos y le acarició.

-¡Pobrecito!, exclamó el niño contemplándole. -¡Y no es feo!

El lobo, que daba muestras de gran terror, aumentado por el recibimiento, clavó en el muchacho sus ojos vivos y pareció darle las gracias con una mirada llena de gratitud. Una idea se le ocurrió al rapaz.

-¡Puede que tenga hambre!, pensó.

Cogió al animalito, se lo llevó al chiscón que le servía de alcoba y tomando un poco de leche de la preparada para el desayuno suyo, se la sirvió en una cazuela. El lobezno no vaciló, cesó en sus quejas y se puso a beber.

-¡Vaya una gazuza!, murmuró Miguel contemplando cómo el lobezno hundía su lengua más ancha que un bizcocho de soletilla en la leche de la cazuela, levantando un tropel de pompitas blancas.




- III -

La mancomunidad de la desgracia es un lazo que por sí mismo se anuda. La compañía errante tenía una cenicienta en la persona del niño; con la incorporación del lobezno tuvo dos y ya no fueron sólo para el rapaz las bofetadas. Esto les unió desde el principio. El diablo del animal demostraba un instinto finísimo y enseguida se percató de lo que acontecía, como enseguida advirtió que el muchacho

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era su protector, un protector que apenas protegía porque para sí hubiera querido la protección, pero que no dejaba de hacerle una caricia siempre que recibía una patada y llovían sobre sus lomos. Desde luego el empresario y director, firme en su propósito de convertir a la fiera en un artista, requirió el látigo y con la ayuda del hambre comenzó a darle lecciones empeñado en que aprendiera a saltar por los aros y a través de las ruedas de papel. El lobezno se daba poca maña, no revelaba gran afición. Fustazo y ayuno. Partía el alma oírle gemir y ver sus ojos implorantes que se detenían en la cara compungida del rapaz incapacitado de socorrerle. Sin embargo en tales trances no le faltaba a Lobito, que así le llamaban los acróbatas, el auxilio de su amigo, que a escondidas de sus colegas iba a llevarle parte de su alimento en los días de torpeza en que, después del ensayo, permanecía atado y castigado a no comer. La oculta generosidad concluyó por descubrirse y valió a su autor una regular cosecha de cachetes; al cabo y en el duro trance de morir o aprender Lobito, bien que mal o más mal que bien, apencó con el ejercicio hasta que un día en que, enfermo el empresario mandó al chico que le sustituyera, encontrose éste con que el animal respondía dócilmente al maestro. La dolencia duró una semana y el empresario hallose con un discípulo peludo distinto del que había dejado, gracias al niño y a su influencia, con lo que se constituyó un número delicioso. Lobito creció hasta hacerse todo un lobo   —11→   grandote y recio y el público de los pueblos abría una boca de a palmo al distinguir al formidable animal esclavo de la criatura en la pista.

Un día, fuera que se distrajese, fuera que no acabara de vencer su gran torpeza, ocurriole a Lobito un lance serio. El empresario de la cuadrilla ambulante, con objeto de dar gran aliciente al ejercicio del lobezno, había imaginado rodear el aro por donde saltaba de una serie de cuchillos de punta, por entre las que pasaba el animal con los pelos erizados. El riesgo de clavárselos daba al número inmenso atractivo, y como no podía menos, una vez se hizo una herida regular, con lo que las ferias más próximas se quedaron sin el emocionante espectáculo.

El animal perdió bastante sangre y quedose tan débil que hubo que renunciar por el momento a sus servicios, a regañadientes consintió el amo en que se atendiera a la curación de Lobito y a que se le arreglara un rincón en el carricoche, donde el niño, ejerciendo de veterinario y a fuerza de paños de sal y vinagre, consiguió que la rajadura no supurase y que concluyera por cerrarse. Pero en el interregno la aversión a la gimnasia, robustecida por la molicie, cobró tales vuelos en Lobito, que no hubo medio de que volviera a tomar parte en las tareas acrobáticas. Ni látigos ni ayunos consiguieron ahora nada, y al cabo el empresario determinó mandar noramala al animal y abandonarlo en mitad del camino. Como así sucedió.

Corría el invierno, un invierno rudo y áspero   —12→   que en aquel país de montaña llegaba hasta una dureza insoportable. Una tarde poco antes de obscurecer, iba la acrobática compañía por un sombrío camino abierto entre dos acantilados de rocas salvajes, cuando el empresario mandó tirar de las riendas al hércules, que ejercía de cochero, y cogiendo a Lobito, que dormitaba en un rincón sobre unos trapos, le echó fuera de un puntapié, pegándole dos latigazos que le hicieron lanzar un aullido. Había llegado el instante de cumplir la amenaza. En vano el chicuelo intervino llorando a favor de su Lobito, en vano habló del tiempo reinante, del vendaval que barría la garganta por donde avanzaban tiritando de frío. Dejar allí al animal era condenarlo a morir de hambre o de un tiro. El jefe de la compañía no se conmovió, arrimó un último fustazo a la fiera y sacudiendo dos trallazos al percherón, que arrancó al trote, con toda la cuadrilla dentro, quedose el pobre bicho plantado en mitad de la carretera, mirando con ojos muy tristes cómo se alejaba el carromato, en el que, si bien iban sus verdugos implacables, iba también aquel buenísimo niño que tan bien le trataba.




- IV -

La noche se entraba glacial, iluminándola a trechos una luna pálida que se asomaba de cuando en cuando por entre grandes desgarrones de nubes. El frío era tan intenso que, menos la saltadora, rebujada

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en un mantón y hecha un ovillo en el carromato, todos los demás acróbatas habíanse apeado buscando calor en el ejercicio y arropados con cuanto había a la mano, avanzaban pataleando alrededor del carricoche, conducido por el hércules que llevaba el caballo del diestro. Acababan de salir de la garganta donde se quedaba Lobito abandonado en medio del camino y ante ellos se ofrecía el campo abierto hundido en el silencio, sin otro límite que algunas manchas de cercano bosque.

-¿No habrá osos por aquí?, exclamó el hércules tiritando detrás de su bufanda.

-Osos no, repuso el empresario y director de la cuadrilla. Los osos están muy adentro del puerto. Si acaso algún lobo hambriento, que se despacha fácilmente de un tiro.

Y maquinalmente palpaba al decir esto, con su mano metida en un guante viejo de lana, la culata de su escopeta que llevaba colgada del hombro. El niño, el pobre chicuelo que caminaba el último, arrastrándose, muerto de fatiga a algunos pasos detrás de los restantes compañeros, al oír tales palabras sintiose invadido por un pánico enorme sacando fuerzas de flaqueza plantose delante de todos de cuatro brincos. El pobre muchacho iba aterido bajo la escarcha, pensando a veces en lo que sería del pobre animal abandonado en medio de la cruda noche.

De pronto... ¿Qué es eso? El hércules sintió estremecerse al caballo. Miró. A pocos pasos del convoy,   —15→   en un recodo de la carretera, uno, dos, tres, hasta siete bultos negros, grandes, confusos, en cada uno de los cuales parecían brillar dos linternas. ¡Los lobos! El empresario se echó la escopeta a la cara y disparó con tino, derribando uno, pero los demás, hambrientos sin duda, no se amedrentaron y se arrojaron sobre el que había hecho fuego y sobre el niño que estaba a su lado, mientras el hércules, aprovechando tal arremolinamiento y viendo el camino libre, subiose al carricoche y atizando al percherón, que no necesitaba mucho estímulo, escapó al galope.

El pobre muchacho vio llegada su última hora. ¿Cómo iba a defenderse en su debilidad del formidable ataque? De pronto sucedió una cosa inaudita. Los tres lobos que se le echaban encima, que le acometían y uno de los cuales habíale derribado al arrojarse sobre él, sin hacer presa por fortuna, viéronse furiosamente arremetidos por un cuarto lobo, que con bravura sin igual, dentellada por aquí, dentellada por acá, en un segundo puso en precipitada fuga a los asaltantes, asombrados de semejante envite de un colega. Luego que el extraño animal atisbó a sus congéneres huyendo, inclinose, olfateando al niño y se puso a lamerle la cara gimiendo. El gimnasta le conoció enseguida. ¡Lobito!, exclamó con una explosión de alegría, abrazándose a su cuello. Y Lobito era, sí, Lobito, que precisamente atraído por la dulzura del rapaz, no había tenido valor para internarse en la sierra y, siguiendo de cerca al convoy,   —16→   acababa de incorporarse a la cuadrilla en el crítico momento de peligrar la vida de su protector.

La pareja de la guardia civil llegaba al ruido del disparo. El empresario no había tenido tanta suerte y yacía en tierra malherido, junto al lobo derribado por él, vengado antes de huir por sus compañeros. El primer impulso de los guardias fue matar a Lobito. Si el muchacho no anda listo explicando que era un lobo domesticado, lo ensartan. Cargaron, pues, con el empresario y siguieron en busca del pueblo más próximo donde estaría de seguro el carricoche, sin separarse Lobito de su amo, al que acababa de librar de la muerte.

¡Cuán cierto es el proverbio: Haz bien sin saber a quién, y sabiéndolo hazlo siempre aunque sea a un lobo!




 
 
FIN
 
 


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