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Lola

Comedia en tres actos y en prosa

Enrique Gaspar

                     

PERSONAJES

ACTORES

LOLA DOÑA ELISA MENDOZA TENORIO.
CARMEN CLOTILDE LOMBÍA.
GUILLERMO DON EMILIO MARIO.
JUAN ENRIQUE SÁNCHEZ DE LEÓN.



AL DISTINGUIDO ARTISTA

DON JOSÉ TEXIDOR



Recuerdo de su amigo

ENRIQUE GASPAR.



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Acto Primero

Despacho lujoso en casa de GUILLERMO.



Escena I

LOLA sentada, GUILLERMO en pie a su lado, JUAN apareciendo.

     GUILLERMO. -Afortunadamente aquí está Juan.

     JUAN. -¿Qué ocurre?

     GUILLERMO. -Una indisposición repentina de Lola.

     LOLA. -Me siento muy mal.

     JUAN. -¿Pero qué tiene?

     GUILLERMO. -No lo sé; para eso te hemos llamado, para que tú, como médico, nos lo digas.

     JUAN. -¿Que te duele?

     LOLA. -Todo.

     JUAN. -Mucho es; pero no es bastante: A ver, más antecedentes. ¿Has almorzado?

     LOLA. -Apenas. (Simultáneamente.)

     GUILLERMO. -Copiosamente.

     JUAN. -¿En qué quedamos?

     LOLA. -Papá dirá.

     GUILLERMO. -Hija, lo que yo digo es que hoy no he almorzado en casa...

     LOLA. -Como de costumbre.

     JUAN. -Los negocios...

     GUILLERMO. -Sí, los negocios; pero en fin, como no me han tratado muy bien, he pedido al entrar que me sirviesen algo fiambre, y me han contestado que la señorita se lo había comido todo.

     JUAN. -¡Vamos!

     LOLA. -Embustes de los criados, me he sentado a la mesa por ceremonia. Os repito que estoy muy mal.

     GUILLERMO. -¿Quién lo duda, hija mía?

     JUAN. -Si te has almorzado la ración tuya y la de tu padre, con menos se pilla una indigestión.

     LOLA. -Pues... nada, estoy muy buena, hemos acabado.

     GUILLERMO. -No, Lola, Juan te dice eso por animarte, ¿había él de presumir que te quejas sin motivo?

     JUAN. -¡Vaya un pulso! (Tomándoselo.)

     GUILLERMO. -¿Frecuente? (Pulsándola a su vez.)

     JUAN. -Por Dios, don Guillermo, regular como un metrónomo. ¿La lengua?...

     GUILLERMO. -Pastosa.

     JUAN. -Limpia y sonrosada.

     GUILLERMO. -Pero mira esta piel; seca. (Frotando una mano de LOLA.)

     JUAN. -Señor, si la tiene flexible como un guante.

     GUILLERMO. -¡Ah! ¿Conque no está ardorosa esta mano?

     JUAN. -Esa tal vez. Y si se la sigue usted frotando de ese modo concluirá usted por sacar chispas de ella.

     LOLA. -No te canses, me quejo de vicio.

     GUILLERMO. -Valiente médico estás tú. Melón más completo...

     JUAN. -Convenido, pero soy un melón que no obliga a nadie a que se lo coma. Por lo tanto, absténgase usted de consultar conmigo, porque yo no sé curar el mimo crónico.

     LOLA. -¿Mimo?

     GUILLERMO. -¿Mimo ella? Es decir que ¿no puede un padre interesarse por la salud de su hija, complacerla en lo que presume que ha de serle grato, tratarla, en suma, con cariño, sin que todo el mundo se juzgue con derecho de tomar al padre por débil y a la hija por voluntariosa?

     LOLA. -No te esfuerces más.

     JUAN. -Todo eso está muy bien; pero si porque a la hija le duele una uña, el padre se empeña en que aquello es cáncer; si porque ella quiere que le cacen una mosca que vuela, él se pone a dar saltos para cogerle la luna que está más alta; si en vez, en fin, de mantener el afecto en sus justos límites se lo exagera, sucederá con el cariño lo que con el dibujo, que tratando de hacer un retrato resultará una caricatura.

     GUILLERMO. -Pues corriente: si eso es mimo, ni yo se lo pido prestado a nadie, ni me llevarán por él a la horca: si se me hunde una casa, aun me quedan seis o siete de reserva: si las cosechas van mal en Murcia, me dan el desquite los olivares de Andalucía: pero si pierdo a mi hija, no la puedo reponer, porque no tengo otra; y como se ha criado sin madre y hace apenas un año que salió del colegio y la quiero mucho, la dejo hacer su santa voluntad para no tener remordimientos de conciencia. Y en fin... ¿a ti, qué te importa?

     JUAN. -A mí verdaderamente nada; pero al que haya de casarse con ella...

     LOLA. -(Aparte.) (¡Pobre Juan!)

     GUILLERMO. -Ya lo elegiré yo a mi gusto.

     JUAN. -Querrá usted darle por marido un segundo padre.

     LOLA. -Adelante con la discusión, y yo muriéndome entre tanto.

     GUILLERMO. -¿Haces el favor de decirnos lo que puede tomar esta criatura?

     JUAN. -Sí, señor; un palo y rompérnoslo a usted y a mí en las costillas.

     GUILLERMO. -¡Vaya! No hay medio. Te voy a mandar hacer una taza de tila y verás cómo tu padre te cura.

     LOLA. -¡Qué bueno eres! Pero... ¿no saldrás esta tarde?

     GUILLERMO. -¡Cómo!

     LOLA. -¿Te quedarás en casa conmigo?

     GUILLERMO. -Hija... hoy tengo una junta general de accionistas de los ferrocarriles...

     JUAN. -(Aparte.) (Sí, una comida con el cuerpo de baile del teatro Real.)

     LOLA. -Los enfermos son antes.

     GUILLERMO. -Y como presidente del consejo de administración...

     LOLA. -Pero es que yo estoy muy malita...

     GUILLERMO. -Verás cómo te alivia la tila.

     LOLA. -¡Quia! Estoy segura de no ponerme Mejor. ¿Te estarás al lado mío?

     GUILLERMO. -Veremos, veremos. No quiero yo que Juan se deje decir después que desatiendo los intereses de los otros por mimar a mi hija...

     JUAN. -A mí me es indiferente; yo no tengo acciones en esa sociedad.

     GUILLERMO. -Hasta ahora mismo.

     LOLA. -No me quieres.

     GUILLERMO. -Ya sabes tú que eso no es verdad.

     LOLA. -Pues yo a ti no.

     GUILLERMO. -Tontuela. Vaya, te prometo levantar la sesión en el asado.

     LOLA. -¿En el asado?

     JUAN. -(Aparte.) (Adiós.)

     GUILLERMO. -Sí... Es... el nombre de un cortijo, cuya adquisición debía discutirse hoy, pero que dejaré para la junta próxima. Vuelvo en seguida. (Vase.)



Escena II

LOLA y JUAN.

     LOLA. -Conque caprichosa y mal criada; imponiéndome a todo el mundo, convirtiendo en víctimas a los que me rodean...

     JUAN. -Yo no he dicho eso.

     LOLA. -Las palabras serán diferentes, pero la intención es la misma.

     JUAN. -Y bien, Lola. ¿Crees que el hombre que aspira a hacer de ti su compañera puede mirar con indiferencia el que tu padre malee con su debilidad las excelentes condiciones que atesoras? Su misión concluye el día en que te cases; pero entonces empieza la de tu marido; y es en verdad muy duro para éste ver que cuando su mujer se matricula en la facultad mayor de la existencia, él se tiene que poner a enseñarle el abecedario de la vida.

     LOLA. -¡Qué bueno es mi Juan y con qué sinceridad me quiere! (Estrechándole las manos conmovida.)

     JUAN. -¿Por qué dices eso de ese modo?

     LOLA. -Porque se necesita tu grandeza de alma para que no se te marchiten las ilusiones al contacto de mi aparente frivolidad.

     JUAN. -¿Aparente?

     LOLA. -Sí; prefiero hacerte mi cómplice a desmerecer en el concepto tuyo. Todas las puerilidades, todas las ligerezas de que me acusas, son simplemente un plan preconcebido, un sistema que me he propuesto.

     JUAN. -¿Es posible? No en vano encontraba yo siempre dos criaturas en mi Lola.

     LOLA. -Mi padre tiene un delirio por mí, y yo lo exploto en beneficio suyo.

     JUAN. -¿Cómo?

     LOLA. -Joven aún y libre, la bondad de su carácter no excluye ciertas imperfecciones que yo quisiera desterrar.

     JUAN. -Perfecto no lo es. Para aspirar a santo aún le queda mucho camino que andar. ¿Pero cómo sabes tú esas cosas?

     LOLA. -Ese es mi secreto.

     JUAN. -No es mi propósito inquirir quién te las ha contado; me extraña sencillamente el que a tu edad poseas ya ese conocimiento del mundo.

     LOLA. -¡Ay, Juan! La que como yo no ha tenido una madre que se interponga entre su inocencia y la perversidad; la que ha pasado su niñez y parte de la juventud en un convento, donde sólo el cuerpo está recluso mientras al espíritu se lo deja vagar por los huecos de las celosías, adquiere esa experiencia prematura que tanto sorprende y es peculiar, no obstante, de los seres abandonados.

     JUAN. -¡Vaya! No te entristezcas ahora...

     LOLA. -Déjame esta expansión. Yo he entrado en mi casa y he sentido frío en mi hogar. Mi padre ha creído que llenaba todos sus deberes anteponiéndose a mis deseos y fomentando mis caprichos, y se ha llevado a otra parte ese constante y dulce calor de la familia que el infeliz, privado de una amante esposa, no ha conocido tampoco. Por eso yo, a falta de otra autoridad para atraérmelo, me he hecho fuerte en su flaqueza segura de que desde el cielo me lo ha de aplaudir mi bendita madre.

     JUAN. -¡Ea! Basta de lagrimitas, que al fin y al cabo lo que tu padre hace sin ser una obra meritoria, no es tampoco un crimen. El hombre se divierte un poco más de lo regular y santas pascuas. En fin, yo a esto no le encuentro más que una solución.

     LOLA. -¿Cuál?

     JUAN. -Dice el proverbio: que el que malas mañas ha, tarde o nunca se arrepiente; así pues, no es cosa de que pases una existencia de mártir a la espera de redención tan problemática. Los dos nos querernos, ello ha de ser... Conque casémonos en seguida y cortemos por lo sano.

     LOLA. -¿Abandonar yo a mi padre?

     JUAN. -No veo la necesidad, viviremos juntos; pero al menos entonces las consecuencias de sus veleidades ya no recaerán sobre su hija, sino sobre la mujer de su yerno. Que se corrige, tanto mejor. Que no se corrige, tanto peor; pero para él, para él solito. Este es mi plan. Ahora, si te desagrada...

     LOLA. -¿A mi? Yo haré lo que tu dispongas...

     JUAN. -Pues hoy te pido y, dentro de un mes, al altar.

     LOLA. -Juan de mi alma

     JUAN. -¡Vaya! ¿Estás contenta del cómplice?

     LOLA. -¿Lo dudas? Advierte, sin embargo, que la complicidad entraña varias condiciones.

     JUAN. -Sepamos.

     LOLA. -Ante todo reserva absoluta.

     JUAN. -Mi profesión me abona.

     LOLA. -Además has de obedecerme en todo sin restricción de ninguna clase.

     JUAN. -¿Cómo?

     LOLA. -Yo abrigo proyectos que ni puedes ni debes conocer. Son acaso fantasmas que persigo; pero me he propuesto consumar mi obra y no admito contradicciones.

     JUAN. -¿Y dices que no estás mimada?

     LOLA. -No, Juan, es que poseo una entereza de carácter que no ceja nunca ante el cumplimiento de su deber. ¿Estamos conformes?

     JUAN. -¿Qué me preguntas, si aquí nadie ve más que por tus ojos? Censuro al otro y no soy más que el diablo predicador.

     LOLA. -¡Ah! No olvides que hoy necesito estar muy enferma.

     JUAN. -¿Por qué?

     LOLA. -Quiero evitar que mi padre asista a cierta comida...

     JUAN. -Sí, ya sé; a esa junta de ferrocarriles con asado y todo.

     GUILLERMO. -(Dentro.) Se la llevaré yo mismo.

     LOLA. -Él viene.

     JUAN. -Pues siéntate allí y quéjate a tu gusto que en cuanto asomo te receto la unción. (LOLA se deja caer en una silla y JUAN de pie a su lado se pone a pulsarla con marcado interés.)



Escena III

DICHOS y GUILLERMO con una taza de tila en la mano.

     GUILLERMO. -¡Ea! Aquí te traigo la tila con unas gotitas de azahar. (JUAN le impone silencio.) ¿Qué es eso? ¿Está peor Lola?

     JUAN. -Ha tenido un acceso.

     GUILLERMO. -¿Pero no es cosa grave?

     JUAN. -Por ahora no; sin embargo, si esto se repite con frecuencia...

     GUILLERMO. -¿Cómo?

     JUAN. -Ya hablaremos.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Pues no nos faltaba más.) (Dejando la taza y acudiendo a LOLA.) Hija mía. ¿No te encuentras mejor?

     LOLA. -Cuando estás a mi lado parece que me reanimo.

     GUILLERMO. -¿Pero qué te sientes?

     LOLA. -Una dejadez, un desmadejamiento...

     GUILLERMO. -Tómate unas cucharaditas de...

     JUAN. -No la haga usted hablar mucho; lo que necesita por ahora es reposo.

     GUILLERMO. -¿Quieres echarte un poquito?

     LOLA. -Bueno.

     GUILLERMO. -Pues anda, dame el brazo, te acompañaré yo mismo.

     JUAN. -No, no, que vaya sola: necesita vigorizarse. Es muy malo dejarse caer.

     LOLA. -Adiós, papá; que no tardes.

     GUILLERMO. -¿Cómo que no tarde?

     LOLA. -En volver de la junta esa...

     JUAN. -De la discusión del cortijo...

     GUILLERMO. -¡Ah! Sí. Ya no voy.

     LOLA. -¿Por qué?

     JUAN. -(Aparte.) (¡Lo que saben las mujeres!)

     GUILLERMO. -¿Estando tú indispuesta? ¡Qué tontería!

     LOLA. -Se trata de intereses ajenos.

     GUILLERMO. -A ver cómo no se los lleva el demonio; primero eres tú. (Acompañándola a la puerta.)

     LOLA. -Luego dirá Juan que me mimas.

     GUILLERMO. -Pues que lo diga, y si quiere que lo ponga en los periódicos; yo le pago el anuncio. Abrígate bien; que me llames si quieres algo.

     LOLA. -(Aparte.) (Un peligro menos.) (Vase.)

     GUILLERMO. -¡Pobrecita de mi alma!



Escena IV

GUILLERMO y JUAN.

     GUILLERMO. -Ya estarás convencido de tu error; ya no pretenderás que son contemplaciones mías.

     JUAN. -Cualquiera se equivoca.

     GUILLERMO. -Y bien. ¿Qué debemos hacer con ella? Habla.

     JUAN. -No se alarme usted, el peligro no es inminente.

     GUILLERMO. -¿Pero en el porvenir?...

     JUAN. -Sí, el porvenir es grave si no acudimos a tiempo.

     GUILLERMO. -¿Y qué tiene?

     JUAN. -Nada.

     GUILLERMO. -¿Nada?

     JUAN. -Distingo, nada que pueda concretar la ciencia; pero noto en su estado general síntomas que me preocupan. Lola es una niña muy precoz.

     GUILLERMO. -Mucho.

     JUAN. -Han cultivado su inteligencia independientemente del desarrollo físico...

     GUILLERMO. -Es verdad. Y eso que yo no cesaba de escribir que aprendiese gimnasia; pero en los conventos tienen más preocupaciones...

     JUAN. -Así es que cuando el desenvolvimiento corporal ha adquirido su plenitud, como la revolución no se ha operado gradualmente todos los fenómenos que distribuidos en los diferentes periodos del crecimiento carecen de importancia, acumulados aquí en un esfuerzo repentino y brusco de la naturaleza, constituyen una verdadera enfermedad.

     GUILLERMO. -Pues doce mil reales al año me costaba la pensión; pero a las madres, en sacándolas del oratorio y del bordado de casullas... ¡Argollas, señor, argollas y paralelas! Y toda esa oposición porque no quieren que las chicas se presenten vestidas con pantalones.

     JUAN. -Aún no hay nada perdido.

     GUILLERMO. -Ya lo creo. Mañana mismo le compro unas pesas.

     JUAN. -No, no es la gimnasia lo que la conviene.

     GUILLERMO. -¿La equitación acaso?

     JUAN. -Tampoco.

     GUILLERMO. -Sin embargo, el movimiento ¿O prefieres algunas aguas minerales?

     JUAN. -No señor.

     GUILLERMO. -Vaya, hombre, recétale algo.

     JUAN. -Un marido.

     GUILLERMO. -¿Qué?

     JUAN. -Un marido.

     GUILLERMO. -Ya, ya estoy. ¡Casarla!

     JUAN. -Parece que no le seduce a usted la idea de ser abuelo tan pronto.

     GUILLERMO. -No me sonríe gran cosa, pero no hay sacrificio que yo no lleve a cabo por la salud de mi hija. En fin... Veremos si le sale por ahí algún novio... (Aparte.) (Cuando ellos no se me han confiado, yo no debo darme por entendido.)

     JUAN. -Si espera usted a que la salga un novio, así como si aguardara usted a que le saliera un orzuelo, tal vez tarde demasiado.

     GUILLERMO. -No es puñalada de pícaro.

     JUAN. -Permítame usted, la enfermedad puede tomar tales proporciones repentinamente, que resulte después ineficaz todo remedio.

     GUILLERMO. -Pero, hombre, yo no me he de poner en el arroyo con el sombrero en la mano a ofrecerle mi hija, al primero que pase.

     JUAN. -Es verdad.

     GUILLERMO. -Y tanto.

     JUAN. -Pues... nada, si usted quiere, yo me casaré con ella.

     GUILLERMO. -¿Tú?

     JUAN. -Nos hemos criado juntos desde pequeños.

     GUILLERMO. -Suprime el discurso y las sensiblerías. ¿Crees tú que esas cosas escapan a la penetración de un padre? ¿Si quiero? Pues ya se ve que quiero, de otra suerte no le hubiera dejado entrar y salir en mi casa como lo haces. (Abrazándolo.)

     JUAN. -De modo que...

     GUILLERMO. -Lola te gusta, ella te ama y yo la mimo, conque...

     JUAN. -El mes que viene la boda.

     GUILLERMO. -¿Eh? ¡Demonio! ¡Qué enferma debes encontrar a mi hija!

     JUAN. -Mucho.

     GUILLERMO. -¿Hablas en serio?

     JUAN. -Formalmente.

     GUILLERMO. -No te creo, pero por si acaso, que se dispensen las amonestaciones, porque Febrero no tiene más que veintiocho días. (Pausa.) Ahora permíteme que te ofrezca un cigarro. Vamos, como si dijéramos a tomar el café después de la comida.

     JUAN. -Gracias. (Tomando el puro que lo da GUILLERMO y presentándole un fósforo.)

     GUILLERMO. -Enciende y enciende, que yo estoy preparando mi discurso.

     JUAN. -Si me va usted a hablar de dote o cosa parecida...

     GUILLERMO. -Nada de eso. Ya sé que tú no tienes un cuarto, y a ti te consta que ella es rica por los dos; así pues, entre tu honradez y su fortuna, no hay más que poner un poco de cariño para que os chupéis los dedos de gusto. Pero debo hacerte un revelación que no sé si será un óbice para tus proyectos. (Confidencialmente.) Yo no soy viudo.

     JUAN. -¿Cómo?

     GUILLERMO. -La madre de Lola vive.

     JUAN. -¡Ah!

     GUILLERMO. -Ella cree que la perdió cuando apenas contaba dos años; pero la verdad es que media entre nosotros una separación amistosa.

     JUAN. -¡Pobre niña!

     GUILLERMO. -Sí, pobre niña; pero también pobre marido que no podía dar un paso sin que los celos de aquella mujer le amargasen la existencia.

     JUAN. -El amor es tan exclusivo...

     GUILLERMO. -Debo consignar en honor suyo, que como virtud siempre ha sido irreprochable: pero no congeniábamos, la casa era un infierno. Blanca o negra -estábamos entonces en Cuba- no había mujer a quien yo dirigiese la palabra que no tomase ella por algún devaneo de su marido.

     JUAN. -Y acaso con fundamento.

     GUILLERMO. -Con la mano en la conciencia, algunas veces no.

     JUAN. -¿Y las otras?

     GUILLERMO. -Pecados veniales. Yo pensé que con el nacimiento de Lola entraría la calma en nuestro hogar; pero nada de eso. Las escenas se fueron acentuando de tal modo, que al cabo un día, de común acuerdo, pusimos el Océano entre los dos.

     JUAN. -¿Y esa señora continúa en Cuba?

     GUILLERMO. -No; la ausencia de la niña alteró tanto su salud que yo, que no soy un desalmado, la permití que viniera a establecerse en Madrid bajo otro nombre, y desde entonces una vez al mes, so pretexto de cobrar la pensión que la he señalado -pues al fin es algo mío y no quiero que carezca de nada- ha tenido la satisfacción de ver a Lola antes en el colegio y ahora en casa; pero siempre en mi presencia y previo juramento de no darse nunca a conocer.

     JUAN.- ¿Luego es Carmen?

     GUILLERMO. -Sí, Carmen para el mundo; pero se llama Dolores, como su hija. Ahora tú, después de lo que has oído, harás de tu capa un sayo.

     JUAN. -Pues... el sayo que yo hago de mi capa es casarme con Lola.

     GUILLERMO. -Corriente.

     JUAN. -Y diga usted, don Guillermo: ¿No encuentra usted que este matrimonio sería una ocasión muy propicia para qua olvidando pasados errores, le diesen ustedes a esa pobre niña como regalo de boda la reconciliación de sus padres?

     GUILLERMO. -¡Ave María Purísima! ¿Para que se repitiesen los disgustos de la Habana? No, nuestros caracteres no pueden ir juntos.

     JUAN. -Aquí el clima es más benigno.

     GUILLERMO. -Ni pensarlo.

     JUAN. -En Madrid no hay negras.

     GUILLERMO. -Aunque nos fuéramos al imperio Amarillo; conozco a mi mujer y no quiero destruir la paz de que disfruto. Ya hemos hablado bastante. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. ¡Ah! Por supuesto que a Lola ni una frase que pueda orientarla...

     JUAN. -Es inútil que usted me lo recomiende.

     GUILLERMO. -Necesito que me des tu palabra de honor.

     JUAN. -Se la empeño a usted.

     GUILLERMO. -Pues voy a escribir a Carmen lo ocurrido y a hacer que venga para disponer su viaje.

     JUAN. -¿Su viaje?

     GUILLERMO. -Naturalmente. Si no puede asistir de oficio a la boda no le voy a procurar la tortura de que se pase llorando en un rincón el día en que su hija se case. Vale más que haga una excursión a París o a Londres, porque después de todo, ojos que no ven corazón que no siente.

     JUAN. -¡Qué poco quiere usted a Lola!

     GUILLERMO. -¿Poco? Ya te entiendo. Precisamente porque la quiero mucho, es por lo que trato de evitarle espectáculos que no habían de ser edificantes para ella.

     JUAN. -Cada cual tiene su modo de ver las cosas, y generalmente nadie las mira más que por el lado de la conveniencia.

     GUILLERMO. -Y hago muy bien. Es decir, que pudiendo seguir como estamos, voy por añadir un adornito más a la ceremonia, a labrar por mis manos el lazo con que he de ahorcarme. ¿Y todo, para qué? Para que una vez casado tú te lleves a tu mujer adonde te dé la gana, y yo me quede aquí sufriendo las impertinencias de la mía. ¡Pues hombre! Me parece que, si hay egoísmo, está todo de tu parte proclamando una ley de la paternidad que nunca la he visto más parecida a la ley del embudo: lo ancho para ti y lo estrecho para tu suegro.



Escena V

DICHOS y LOLA.

     LOLA. -Si reñís me marcho.

     JUAN. -No, es que discutimos

     GUILLERMO. -¿Tú aquí, alma mía? ¿Te sientes mejor?

     LOLA. -Un poco; pero es que allá dentro me aburro. Luego a tu lado me encuentro tan bien... (Sentándose.)

     GUILLERMO. -¡Mi vida! (Aparte a JUAN.) ¿No te parece que está más animada?

     JUAN. -(Aparte a GUILLERMO.) Yo hasta el mes que viene no respondo de la curación.

     LOLA. -Contadme algo, distraedme. ¡No tener lo amigas como otras muchachas!...

     GUILLERMO. -(A JUAN.) ¿No sabes tú algún cuento gracioso?

     JUAN. -Aquel de vellete, vellete, vellón.

     GUILLERMO. -Eso es una antigualla. Voy yo a contarte uno muy divertido. Pues, señor, era un padre que tenía una hija, y esta hija se enamoró de un médico sin decírselo a su padre; pero el médico cogió al padre y le dijo: «Yo me quiero casar con su hija de usted.» Entonces el padre, que adoraba en su hija, se fue a su hija y le preguntó: «¿El día en que la hija de tu padre se case con un médico, qué regalo preferirás que le haga tu padre a su hija?»

     LOLA. -¿Y qué más?

     GUILLERMO. -¿Cómo y qué más? Si eres tú la que debe responder.

     LOLA. -¿Yo?

     JUAN. -¡Vaya! Esto no es cuento.

     GUILLERMO. -No, es sucedido.

     LOLA. -¡Qué! ¿Tú?... (Interrogando a JUAN.)

     GUILLERMO. -Cabal.

     JUAN. -Justo.

     LOLA. -¡Padre de mi corazón! ¡Juan mío! (Abrazándolos.)

     GUILLERMO. -¡Picaruela! ¿Así me engañabas?...

     LOLA. -¿Iba yo a hablarte de esas cosas?...

     GUILLERMO. -Ahí tienes al bribón que viene con sus manos lavadas a arrancarte de mi lado. En fin, todos hemos hecho lo mismo. Conque... ¿ese regalo, en que ya a consistir?

     LOLA. -Tiempo hay.

     GUILLERMO. -Si quiere que os caséis el mes que viene.

     JUAN. -Ya está decidido.

     LOLA. -¡Jesús! ¡qué precipitación!

     GUILLERMO. -Mira, más vale así; porque el matrimonio es cosa que si se piensa mucho acaba por no hacerse.

     JUAN. -(Consultando el reloj.) Aún alcanzo el correo de hoy para darle la noticia a mi madre.

     GUILLERMO. -¡Pobre vieja! Se alegrará.

     LOLA. -¡Cuánto gozaría la que está en el cielo si pudiera ser testigo de mi dicha!

     GUILLERMO. -¡Ah!... Sí... (A JUAN cambiando de conversación.) Y vete encargando ya de algunos preparativos.

     LOLA. -(Aparte.) (Siempre rehuyendo el hablarme de ella...¡Oh! Me ocultan algo.)

     GUILLERMO. -Las alianzas no las mandes hacer hasta que se haya fijado la fecha.

     JUAN. -¿Las alianzas?

     GUILLERMO. -Los anillos de boda para los contrayentes.

     JUAN. -¿Y cómo son?

     GUILLERMO. -La verdad es que yo tampoco lo recuerdo. ¿Por dónde vi yo el mío estos días?

     LOLA. -Te lo he puesto aquí como remate del limpia-plumas, para que cada vez que escribas lo tengas presente. (Levantándose en su busca.)

     GUILLERMO. -Mira qué ligera va. Si no hay como el casorio para aliviar a las muchachas. Aún podré asistir yo a la junta de accionistas...

     LOLA. -Me has ofrecido quedarte... ¿Quieres que tenga un retroceso?

     GUILLERMO. -Jamás, lo prometido es deuda. (Aparte.) (¡Cuánto me costará el desenfadar a Terpsícore!)

     LOLA. -¿Ves? (Enseñando a JUAN el aro que sirve de remate al limpiaplumas.) Un aro redondo con la fecha grabada en el interior. (Leyendo la de la alianza.) Dos de Febrero de mil ochocientos sesenta y cinco...

     JUAN. -Entonces hoy es el aniversario. La Candelaria.

     LOLA. -¡Qué casualidad!

     GUILLERMO. -Sí... (Evitando el tema.) Y entérate también de lo de las amonestaciones...

     LOLA. -Pero di, papá: ¿Por qué no te pones tú este anillo?

     GUILLERMO. -¡Bah! Muerto el perro muerta la rabia.

     LOLA y JUAN. -¿Cómo?

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Qué barbaridad!) (Alto.) Quiero decir que desatado el nudo por la muerte, el símbolo ya no tiene razón de ser. (A JUAN.) Conque anda y fíjate en los escaparates por si hay algo de gusto así en telas como en joyas. Quiero echar la casa por la ventana.

     JUAN. -Hasta ahora mismo, Lola.

     LOLA. -No tardes.

     JUAN. -Adiós, papá político.

     GUILLERMO. -Un abrazo, truhán; y házmela muy feliz, porque si no... me moriría de pena. (Vase JUAN.)



Escena VI

LOLA y GUILLERMO.

     GUILLERMO. -(Sentándose al pupitre.) Ahora me vas a permitir que ponga unos renglones. Pronto concluyo.

     LOLA. -¿No te estorbo?

     GUILLERMO. -¿Estorbarme? Nunca. M día que tú me dejes no sé cómo me las voy a componer. (Deleitándose en la contemplación de la mesa.) Miren ustedes qué orden, qué aseo. Las plumas bruñidas, cada objeto en su sitio, el papel secante como acabado de salir de la tienda. (Se pone a escribir.)

     LOLA. -Te mudo una hoja todos los días, porque de lo contrario no embebe bastante... (Aparte.) (Y no podría leer yo lo que escribe mirándolo luego ante el espejo.)

     GUILLERMO. -Lo que me parece es que la tinta está cada vez más espesa.

     LOLA. -Acaso tenga mucha goma; pero es de un negro precioso.

     GUILLERMO. -Con piedra pómez me tuve que quitar ayer una mancha del dedo. Pero, hija, las plumas sí que las encuentro demasiado gordas.

     LOLA. -Lo hago a propósito para obligarte a cultivar tu bastarda española que no reconoce rival en gallardía, y que ibas olvidando por una letra inglesa secucha y perfilada como sus inventores.

     GUILLERMO. -¡Vamos! Quieres que tu padre la pinte. No he sido yo mal pendolista en mis mocedades. (Toca un timbre.) Aún me queda algo; mira. (Enseñándola la carta cerrada.)

     LOLA. -Cuando tú quieres todo lo haces bien.

     GUILLERMO. -(Al criado que aparece.) Que lleven esta carta ahí al lado. (Vase el criado.)

     LOLA. -¿Escribes a Carmen?

     GUILLERMO. -Sí, para un asunto propio.

     LOLA. -¡Qué simpática es!

     GUILLERMO. -Mucho. (Eludiendo siempre el asunto.)

     LOLA. -Y parece tan buena.

     GUILLERMO. -Excelente persona.

     LOLA. -Lo debe ser cuando tú te has resuelto a pasarle una pensión.

     GUILLERMO. -La pobre es viuda de un entrañable amigo mío que me la recomendó al morir en la Habana.

     LOLA. -¿No tiene bienes de fortuna?

     GUILLERMO. -El día y la noche y lo que yo le doy.

     LOLA. -¿Y parientes?

     GUILLERMO. -Ninguno.

     LOLA. -¡Infeliz! Debía querer mucho a su marido.

     GUILLERMO. -Demasiado.

     LOLA. -Porque siendo joven y guapa, ni se ha vuelto a casar ni se ha quitado el luto un solo día.

     GUILLERMO. -Es verdad.

     LOLA. -Y...

     GUILLERMO. -Un momento. Voy a prevenir a Perico que, avise a los señores del Consejo que no me esperen para la junta. (Aparte.) (Estas niñas suelen hacer unas observaciones que penetran en la conciencia como un tirabuzón.) (Vase GUILLERMO. LOLA, en cuanto le ve desaparecer, se dirige al pupitre.)



Escena VII

LOLA.

     Ya estoy sola; tiemblo como si fuese la primera vez. Y es que procedo mal; pero la intención es tan buena..., ¿Por qué escribirá a Carmen? Nunca lo ha hecho. A ver. (Arrancando de la cartera una hoja de papel secante y contemplándola.) ¡Ay, qué gusto! Hoy sí que no voy a perder ni una sílaba. Todo lo ha absorbido el secante; si algo falta lo podré reconstruir sin esfuerzo. (Se pone a leer la hoja del secante colocándola delante del espejo.) «Ven, me urge hablar contigo.» ¡Cómo! ¿La tutea? ¿Y por qué no hace lo mismo delante de la gente? ¿Qué es esto? «Acabo de conceder a Juan, la mano de Lola. Dios quiera que su matrimonio sea más feliz que el nuestro.» ¿Qué el nuestro? «Llora previamente la alegría en tu casa para no hacerte traición cuando vengas delante de nuestra hija.» ¡Qué! ¡Nuestra hija! ¡Ella mi madre! ¿Yo tengo una madre que vive, cuyas caricias me pertenecen, y pasa junto a mí y me habla sin darme nunca un beso? El corazón no me engañaba; bien presentía mi desventura. (Llorando.) Es decir que mis padres están separados, que hay una página sombría en su existencia que yo no he logrado teñir de rosa en mi niñez, y que me cubre también de luto en mi juventud... Y yo la rezaba cada noche cuando acaso por la mañana la había tenido a mi lado dirigiéndole frases sin cariño, asesinándola con mi indiferencia, posponiéndola tal vez al adorno de un vestido o a la visita de un extraño ¡Ah! Pero cómo voy a desquitarme en sus brazos ahora absorviendo en un minuto todo el calor que me deben desde la cuna. La llevaré siempre conmigo; iré gritando a las demás hijas: «Yo también poseo una madre como vosotras; pero más preciada aun, porque las vuestras os enseñan a sonreír y la mía me dice: -no llores.-» Aunque... no; desvarío, yo no puedo descubrirme a sus ojos. Si media una separación es porque la ha provocado una falta; y si falta existe tiene que haber un culpable. ¿Cuál es de los dos? ¡Oh! Ninguno. (Cerrando los ojos.) Pasa, sombra de su culpa; yo no te debo mirar de frente, soy su hija. He encontrado a mi madre, pero no me es posible rescatarla. Confesar que sé quien es equivaldría a echarles en cara su debilidad, y ambos tendrían que avergonzarse del abandono en que me han sumido: verían en mí a un juez, y sus caricias me llegarían heladas por la abdicación de su autoridad. Para besarme en la frente se encorvarían al peso del remordimiento, y yo no permitiré nunca que se empequeñezca lo más grande que conozco; porque el deber de un hijo es subir hasta sus padres y su mayor honra tener que levantar la cabeza para mirarlos. Callaré. Dios me dará fuerzas para luchar protegida por el escudo que hoy me manda. Sin embargo, verla y no pronunciar su nombre; sentir su aliento y dejarlo perder entre sus labios y los míos; hablar con ella sin que me vendan los latidos del corazón; no ahogar su frase con un beso cuando al entrar por esa puerta la oiga decirme...



Escena VIII

LOLA, CARMEN, y a poco GUILLERMO.

     CARMEN. -¿Molesto?

     LOLA. -¡Ah! Mad... (Sofocando un sollozo y rehaciéndose.) Mal puede usted molestar a sus amigos.

     CARMEN. -Siempre tan buena para mí... ¿Qué es eso? ¿Llora usted?

     LOLA. -No hay que hacer caso, es de alegría, soy tan dichosa... Sentémonos aquí las dos juntas. (Cogiéndole una mano que la acaricia y conduciéndola a un sofá.)

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Ángel mío!)

     LOLA. -(Aparte.) (Es su mano... su calor... su aliento.) (Incorporándose en su éxtasis para dar un beso a CARMEN en el momento que ésta, vuelta del otro lado, trata de recoger el pañuelo que se le ha caído, y conteniéndose al ver que su madre levanta la cabeza.)

     CARMEN. -Era de extrañar ese llanto en una niña tan jovial.

     LOLA. -A Dios gracias, ignoro lo que son penas; criatura más mimada que yo por la suerte...

     GUILLERMO. -(Entrando precipitadamente receloso de verlas solas.) He sabido que acababa usted de llegar...

     CARMEN. -En este momento.

     LOLA. -Todavía no he tenido tiempo de darle la noticia.

     GUILLERMO. -¡Ah! Sí. Participo a usted que mi hija se casa.

     LOLA. -Con Juan.

     CARMEN. -El cielo la colme a usted de beneficios.

     LOLA. -¡Cómo!... ¿Así me felicita? Usted no es una persona extraña para nosotros, y el afecto que le profesamos; bien merece una expansión más cariñosa.

     CARMEN. -¿Qué?

     LOLA. -Que no me satisfago sinó con un beso.

     CARMEN. -¿Yo... besarla a usted?

     LOLA. -Hoy siento comezón de acariciar a todo el mundo; es para mí un día tan hermoso...

     CARMEN. -Pero... (Como pidiendo venia a su marido.)

     GUILLERMO. -Ande usted; señora, participe usted del gozo general.

     CARMEN. -(Aparte abrazando a LOLA con efusión.) (¡Hija de mi alma!)

     LOLA. -(Aparte.) (El primero y tan corto.)

     GUILLERMO. -¿Lo ves, Lola? Te has emocionado y no estás buena.

     CARMEN. -¿De veras?

     LOLA. -Al contrarío, me encuentro mejor que nunca; pero por lo mismo que estoy radiante de júbilo, quisiera que no hubiese nadie triste a mi lado.

     GUILLERMO. -¿Y quién lo está?

     LOLA. -Anda; egoistón.

     GUILLERMO. -¿Yo egoísta?

     LOLA. -Sí, señor; porque mientras nosotros estamos pensando en galas y fiestas, tú no te apercibes de que esta pobre señora viene vestida de luto, y con nuestra alegría estamos evocando el recuerdo de sus desventuras.

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Ah!)

     GUILLERMO. -Te exageras las cosas; la viudez de Carmen no es tan reciente que no deba tomarse su luto más que por un signo de dolor, por una costumbre difícil de desterrar.

     CARMEN. -No se preocupe usted; es un tributo de respeto que consagro a mi marido.

     LOLA. -Y que él agradecerá en lo que vale; porque lo cierto es que con esa cara hay muchas que ya habrían dado reemplazante al difunto.

     GUILLERMO. -Te encargó Juan que hablases lo menos posible, y tú te estás ahí charlando como una cotorra. Creo que harías mejor en irte a recostar un poquito...

     LOLA. -¡Qué tiranía! Estoy perfectamente. Lo que yo necesito es distracción. Y luego, dejar a Carmen que no tiene más expansiones que el rato que viene a vernos. Porque... ¿creo que usted vive sola?

     CARMEN. -Sí.

     LOLA. -¿Sin parientes?

     CARMEN. -Los he perdido todos.

     LOLA. -Con un genio como el mío había para enfermar.

     CARMEN. -Y, sin embargo, míreme usted a mí; voy vendiendo salud.

     LOLA. -¡Cuánto debe usted aburrirse!

     CARMEN. -Eso sí; leo, bordo, trabajo, pero hay momentos en que la monotonía me consume...

     LOLA. -Y, naturalmente, se pondrá usted a pensar en sus cosas.

     CARMEN. -Mil veces hubiera solicitado una familia a quien acompañar, una niña a quien servir de institutriz... Pero don Guillermo al dispensarme su protección, me lo ha prohibido.

     GUILLERMO. -No hable usted de eso, señora. Yo no he hecho más que cumplir con un deber sagrado.

     LOLA. -Es verdad. ¿Tengo entendido que su esposo de usted era muy amigo de mi padre?

     GUILLERMO. -Íntimo.

     LOLA. -¿Y hace mucho tiempo que murió?

     GUILLERMO. -Diez y siete años.

     CARMEN. -El mismo día que usted perdió a su madre.

     LOLA. -¿Usted la ha conocido?

     CARMEN. -Y tanto.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Sudo tinta.) (Alto.) Vamos, aquí está Juan.



Escena IX

DICHOS y JUAN.

     JUAN. -He visto un aderezo de perlas y esmeraldas... (Saludando a CARMEN.) ¡Ah! Señora, usted dispense; preocupado con el gran acontecimiento de mi vida...

     CARMEN. -Reciba usted mi enhorabuena.

     JUAN. -Gracias. Pues, como decía; es una verdadera preciosidad.

     GUILLERMO. -Bueno, bueno; ya me lo explicarás más tarde. Si se entera Lola ya no hay sorpresa.

     LOLA. -¿Has escrito a tu madre?

     JUAN. -No. He perdido el correo; pero le he mandado un telegrama.

     LOLA. -Mejor.

     JUAN. -Por cierto que me he encontrado allí con mi tío, el Subinspector de telégrafos.

     GUILLERMO. -¿Don Ángel?

     JUAN. -Sí: lo han ascendido y está en Madrid.

     LOLA. -¡Cuánto me alegro!

     GUILLERMO. -Iré a verle y lo traeré a comer un día con nosotros.

     JUAN. -¡Ah!. También he estado a preguntar por las alianzas, y me han respondido que son todas iguales.

     CARMEN. -Sí, no hay ninguna diferencia. Un aro... (Enseñando la suya sin quitársela.)

     LOLA. -¡Cómo! ¿Usted conserva la suya?

     CARMEN. -¿Por qué no?

     LOLA. -(A GUILLERMO.) ¿Lo ves? Aprende.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Chiquilla de mis pecados.)

     LOLA. -Papá no se la pone ya porque dice que muerto el perro, muerta la rabia.

     GUILLERMO. -(Aparte levantándose para dar unos pasos.) Parece la Campana de la Queda.

     LOLA. -(Aprovechando la ausencia de su padre le saca a CARMEN la sortija del dedo, y después de mirar la fecha, vuelve a colocársela precipitadamente sin que GUILLERMO se aperciba.) Sin embargo, ésta es más doble, manda hacer las nuestras como la de Carmen. (Aparte.) (¡La misma fecha!)

     GUILLERMO. -(Volviendo temeroso de que LOLA haya podido leer la inscripción de la sortija, y tranquilizándose al vérsela puesta a CARMEN.) Pero... ¿no te han dicho que no hay más que un modelo? (Aparte.) (Respiro; no se la ha quitado. Cada visita de esta mujer me la paso yo convertido en agente de policía.)

     LOLA. -(A CARMEN.) Bien entendido que usted será de los nuestros.

     CARMEN. -¿Cómo?

     LOLA. -Que asistirá usted a mi boda.

     CARMEN. -¿A... su boda de usted?...

     JUAN. -(Aparte.) (Inocente.)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Otra te pego.)

     LOLA. -Ya cuidaré yo de que mi padre le pase a usted esquela de convite.

     GUILLERMO. -No se me había a mí de olvidar, y mi mayor placer sería el que esta señora nos honrase con su presencia. Pero... desgraciadamente Carmen tiene un viaje en proyecto...

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Me arroja de su lado!...)

     GUILLERMO. -Que durará algunos meses...

     JUAN. -(Aparte.) (¡Qué hombre!)

     LOLA. -(Aparte.) (¡Quiere separarla de mí!...)

     GUILLERMO. -Por consiguiente es inútil...

     LOLA. -(A CARMEN.) ¿Usted va a hacer un viaje? ¿Y con qué objeto?

     CARMEN. -Para...

     GUILLERMO. -Para cobrar los alquileres de ciertas fincas en París.

     LOLA. -Pues... ¿No nos acaba de decir ella misma que carece de bienes de fortuna?...

     GUILLERMO. -Sí, pero se trata de una cesión reciente que la ha hecho una tía carnal...

     LOLA. -Si Carmen no tiene parientes; está sola en el mundo.

     GUILLERMO. -Pues, ea, vapor su salud, ya que te empeñas en saberlo todo. (Aparte a JUAN.) (¡Cuidado si está preguntona!...)

     JUAN. -(Aparte a GUILLERMO.) (En poniéndosele una cosa entre ceja y ceja...

     GUILLERMO. -¡Y digo, con qué oportunidad!

     LOLA. -¡Ah! Tú crees que yo soy tonta, que se me engaña fácilmente? Pues te equivocas de medio a medio; adivino el plan.

     TODOS. -¡Eh!

     GUILLERMO. -¿Qué plan?

     LOLA. -El tuyo. Tú eres muy bueno; sabes que a esta señora no la gusta salir de su retiro, y le facilitas ese viaje para complacerla sin contrariar aparentemente mi propósito. Pero como yo soy muy terca y me he empeñado en que destierre su melancolía, o aplaza ella su viaje, o no me caso hasta que regrese. Carmen ha de asistir a mi boda: es un capricho muy justo. (A JUAN.) ¿No tengo razón? ¡Vamos, ayúdame tú a convencerla!

     JUAN. -Mujer... yo...

     GUILLERMO. -(Aparte a CARMEN.) (Mira, dila que sí; y con marcharte después sin despedirte, queda todo resuelto.)

     LOLA. -(Aparte a JUAN.) (Obediencia pasiva; lo has jurado.)

     JUAN. -(Aparte a LOLA.) (No se hable más.) (Alto.) Carmen, queda usted comprometida a bailar conmigo la primera mazucka el día de mi casamiento.)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¿Sabiendo lo que sabe también este zanguango, insta? Luego pretende que yo la mimo.)

     CARMEN. -Bailar no, pero, en fin; asistiré al acto.

     LOLA. -Gracias a Dios. ¿Te alegras, Papá?

     GUILLERMO. -Extraordinariamente.

     CARMEN. -¿Y cuándo es la boda?

     JUAN. -El mes que viene.

     CARMEN. -Compadezco a los enfermos que asista usted entretanto.

     JUAN. -Sí, pensaré más en Lola que en ellos.

     GUILLERMO. -Es claro, se te pasará el día en ir y venir como una lanzadera.

     LOLA. -¡Ay!

     TODOS. -¿Qué?

     LOLA. -Que no se nos ha ocurrido eso, y yo no quiero dejar de verte tan a menudo como antes.

     GUILLERMO. -Pero, en suma...

     LOLA. -Mientras nuestras relaciones no han revestido carácter oficial, Juan ha podido visitarnos a su antojo como médico de la familia; pero ahora, o se tiene que abstener de ello so pena de que murmure la gente, lo que maldito si me hace gracia, o ha de limitarse a venir a verme sino cuando tú estés delante; lo que tampoco me seduce, porque hay día que no te tengo en casa más que cinco minutos.

     CARMEN. -(Aparte.) (Mártir como yo.)

     JUAN. -No, pues eso hay que arreglarlo...

     GUILLERMO. -Naturalmente, de hoy en adelante ya procuraré yo salir menos...

     LOLA. -¿Tú? Imposible, con tus negocios... no hay que contar contigo.

     GUILLERMO. -Lo cierto es que yo estoy de quehaceres. Cuando no es la bolsa...

     JUAN. -Son los ferrocarriles.

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Si yo pudiese hablar!)

     LOLA. -Nada, no se me ocurre más que un medio.

     TODOS. -¿Cuál?

     LOLA. -Que me facilites una dama de compañía.

     CARMEN. -(Aparte.) (Parece que lee en mi alma.)

     JUAN. -Bien pensado.

     GUILLERMO. -Es verdad. (A JUAN.) Pues mira, desde hoy tú y yo nos vamos a ocupar del asunto.

     LOLA. -Por supuesto, no vayáis a traerme lo primero que os venga a mano, porque obligarme a vivir con una persona desconocida...

     GUILLERMO. -¡Bah! Nos informaremos antes, pues apenas si tu padre es exigente.

     LOLA. -¡Ah!

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Otra! Cada grito suyo me pone la carne de gallina.)

     LOLA. -¡Qué idea tan excelente! (A CARMEN.) Nadie mejor que usted, señora, para el caso.

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Bendita seas!)

     JUAN. -(Aparte.) (¡Demonio!)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Pues la idea es luminosa!) (Alto.) No, hija, no; yo no permito que Carmen descienda a...

     LOLA. -¿Acaso es humillante lo que le proponemos?

     CARMEN. -Al contrario, me honra sobremanera.

     GUILLERMO. -(Aparte a CARMEN.) Niégate. (Alto.) Pero esta señora tiene ocupaciones en su casa...

     LOLA. -Morirse de tedio, ella misma lo ha confesado, y creo que consolar al triste sea una obra de misericordia.

     GUILLERMO. -Pues vamos, no puede ser. Ya saldrá otra por ahí...

     LOLA. -(A CARMEN.) ¿Verdad que a usted la seduce mi proyecto?

     CARMEN. -Mucho... pero no me es posible. Ruego a usted que no insista.

     JUAN. -(Aparte.) (Infeliz madre.)

     LOLA. -Es claro; basta que yo manifieste deseo de una cosa para que la desaprueben todos.

     GUILLERMO. -No, Lola.

     LOLA. -Nadie me quiere.

     GUILLERMO. -Ya la tenemos.

     LOLA. -Buena manera de solemnizar el día.

     JUAN. -(Aparte.) (Si es fingido lo hace bien.)

     CARMEN. -Reflexione usted...

     GUILLERMO. -Pero, criatura...

     LOLA. -Dos de febrero. Decisión de mi matrimonio y aniversario del tuyo.

     TODOS. -¡Ah!

     LOLA. -Dios se debería llevar a la hija que se queda sin madre. (Se sienta llorando.)

     CARMEN. -¡Jesús!

     GUILLERMO. -¿Por qué te hice venir? (Aparte a CARMEN con quien se hablando.)

     JUAN. -Sé razonable, Lola; no te ha de faltar quien te acompañe hasta que nos casemos.

     LOLA. -Nada, o ella o ninguna Con que vete buscando otra novia, porque sin esa condición yo no soy tu mujer.

     JUAN. -¿Lo dices en serio?

     LOLA. -Con toda mi alma.

     JUAN. -(Alto a GUILLERMO en tono de reconvención.) ¡Hombre! También es obstinación la de usted en no concederle a su hija cosa tan justa.

     GUILLERMO. -(Atónito.) Pero... oye... ¿Quién es aquí el loco de los dos? Pues tú sí que me llenas el gorro de guijas.

     CARMEN. -(Acudiendo a LOLA.) No llore usted...

     LOLA. -¿No ve usted cómo me tratan?

     JUAN. -(Siguiendo su aparte con GUILLERMO.) ¿Qué más tiene que Carmen viva allá o aquí?

     GUILLERMO. -¡Ah! ¿Tú encuentras que es lo mismo?

     JUAN. -Ella se mete en sus habitaciones, y usted en las suyas que grande es la casa para ello, y, con tratarla con la misma indiferencia, Cristo con todos...

     GUILLERMO. -Y el demonio conmigo.

     JUAN. -Pues... mire usted: Lola está muy grave.

     GUILLERMO. -¿Sí?

     JUAN. -Y yo no respondo de que no se nos quede en uno de esos disgustos.

     GUILLERMO. -¿Qué dices?

     JUAN. -(Aparte.) (La consigna.)

     LOLA. -¡Ay! Yo me encuentro muy mal. Me voy a meter en cama.

     CARMEN. -Está fría.

     JUAN. -¡Lola!

     GUILLERMO. -¡Hija de mi corazón!

     LOLA. -Quita... No te quiero.

     GUILLERMO. -¿Que no me quieres? Pues... ea, se acabó. Que se quede esta señora contigo y salga el sol por Antequera.

     TODOS. -¡Ah!

     CARMEN. -(Aparte a él.) (Gracias, Guillermo.)

     LOLA. -¿Es posible? Ven acá, te como a besos. Si te adoro más que a mi vida. ¡Qué bueno eres! (Saltando de alegría.)

     GUILLERMO. -No hagas locuras, anda a acostarte.

     LOLA. -Ya se me ha pasado todo. No hay mejor médico que tú.

     GUILLERMO. -Voy convenciéndome de que te mimo.

     LOLA. -¿Te pesa? (Besándole.)

     GUILLERMO. -No.

     LOLA. -Pues, volando. Tú a disponer las habitaciones de Carmen: Usted A preparar su mudanza: Juan a recorrer tiendas: Y yo, después de abrazaros a los tres, a decirle a mi madre en una oración todo lo feliz que es su hija.

     JUAN. -Vamos.

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Qué alivio siento en el alma!)

     GUILLERMO. -Nos lleva al retortero.

     LOLA. -Andad, corred, os sigo. (Empujándolos para que salgan en medio de grandes transportes de alegría.) ¡Ya la tengo junto a mí! Dios mío, ayúdame a hacer lo que falta.



FIN DEL ACTO PRIMERO



ArribaAbajo

Acto Segundo

La misma decoración.



Escena I

GUILLERMO y JUAN.

     GUILLERMO. -Ya ves cómo mis vaticinios se van realizando, y quiera Dios que no salga profeta en todo.

     JUAN. -No sé que tenga nada de extraordinario lo que ocurre, en cualquiera otra circunstancia de la vida acontece lo mismo.

     GUILLERMO. -¡Ah!... ¿Conque el lance de hoy no está íntimamente relacionado con la venida de Carmen a esta casa? Hombre, negar eso es negar la evidencia.

     JUAN. -Coincide una cosa con otra; pero lo mismo hubiera podido insultarla ese quidam, viviendo usted en Madrid y ella en San Petersburgo.

     GUILLERMO. -No en la forma en que lo ha hecho, ni apoyándose en las razones que ha aducido.

     JUAN. -Eso bien.

     GUILLERMO. -Pues de eso se trata. Si yo no hubiera tenido la debilidad de acceder al capricho de Lola y a la insistencia con que tú defiendes todo lo que la niña tiene a bien disponer, Carmen hubiera permanecido ignorada como hasta aquí. Pero, naturalmente, ven a una mujer guapa... porque está llena de encantos, hay que ser justos.

     JUAN. -Ya lo creo que los posee. Pregúnteselo usted a mí tío Ángel.

     GUILLERMO. -Otro que bien baila. Pues, como decía; la ven asistir con nosotros al teatro, a los paseos, compartir nuestras diversiones -porque Lola la ha vuelto del revés en estos veinte días- y es claro, la maledicencia...

     JUAN. -Nada, vuelvo a mi tema; con cualquiera otra persona hubiera pasado lo mismo.

     GUILLERMO. -O no; porque ni Lola habría profesado a una extraña el afecto que profesa a Carmen, ni sobre tolerar yo tanta solicitud justificada por el cariño que el trato engendra, me hubiese puesto en evidencia acompañándola a todas partes y distrayéndola con mi conversación, temeroso de que el menor incidente la delate ante su hija.

     JUAN. -Harto conoce ella el secreto que la situación exige.

     GUILLERMO. -Pero es madre.

     JUAN. -Lo que ha de decir usted, es que con la fama de sus correrías y la reputación de Tenorio, que por cierto no ha usurpado usted...

     GUILLERMO. -¡Bah! Más es el ruido que las nueces.

     JUAN. -Una mona vestida de mujer que colocara usted en esas condiciones, había de pasar a los ojos del mundo por una aventurera que hubiese usted metido en su casa sin consideración al respeto que debe merecerle su hija.

     GUILLERMO. -Bueno, lo doy por sentado; pero convendrás conmigo en que, tratándote de una mona, como tú dices, o me hubiera hecho el distraído cuando ese badulaque, sin apercibirse de mi presencia, pronunció en el Club esas palabras, o tomándolo, a broma le hubiera respondido con una chanzoneta; porque, en fin, no se deja uno matar por un aya a quien se paga un salario. Pero con Carmen, no, su honra es la mía. Medie lo que medie entre nosotros, aunque el que la insulte lo ignore, yo no puedo olvidar que es mi mujer.

     JUAN. -Luego es la conciencia, don Guillermo, la que grita.

     GUILLERMO. -¿Y quién lo duda? ¿O te imaginas que porque, vivo como cualquiera, que no siendo un cartujo se halle en mí caso, he perdido la noción de la dignidad?

     JUAN. -No lo tome usted tan fuerte. Si yo lo hablo así, es por mi vehementísimo deseo de que regularice usted su situación.

     GUILLERMO. -Es inútil, conque abstente de insistir.

     JUAN. -Por lo demás, bien hecho está lo hecho, incluso el sablazo que le ha dado usted al otro en la cabeza. Quince días de cama no se los quita nadie.      GUILLERMO. -Pues figúrate si él me lo hubiese dado a mí, lo contento que estaría yo a estas horas.

     JUAN. -Es verdad.

     GUILLERMO. -Luego, si Carmen no hubiese venido excusábase todo.      JUAN. -Sin embargo, no tenemos por qué arrepentirnos.

     GUILLERMO. -¿No?

     JUAN. -En primer lugar parece como que le ha tomado usted gusto a la casa.

     GUILLERMO. -A la fuerza ahorcan.



     JUAN. -Apenas si una vez por semana se ocupa usted ya de ferrocarriles.

     GUILLERMO. -Tengo desatendidos mis negocios.

     JUAN. -Sale usted menos y le complace más la familia.

     GUILLERMO. -Lo mismo que antes, pero me quedo para estar ojo avizor a fin de que esa mujer no se deslice.

     JUAN. -¡Vamos! Lo que sea.

     GUILLERMO. -¿Qué?

     JUAN. -Confesemos que se han despertado en usted sentimientos que parecían apagados y no estaban más que dormidos.

     GUILLERMO. -¡Qué tontería! Me gusta, sí, el verme mimado, puesto entre algodón en rama; pero de ahí a lo otro...

     JUAN. -¡Vaya! Que también hay su tantico de escozor.

     GUILLERMO. -Escozor yo... ¿De qué?

     JUAN. -Pues de la corte asidua que mi tío le está haciendo a Carmen.

     GUILLERMO. -¡Ah!... No. Pero, en fin, es una nueva complicación que nos ha surgido, porque don Ángel está enamorado de ella como un bruto.

     JUAN. -Y saborea un casamiento inmediato si su pretensión no es desatendida.

     GUILLERMO. -¿Habrase visto majadero igual?

     JUAN. -Hombre, majadero no.

     GUILLERMO. -Verdad es que él ignora...

     JUAN. -Eso por un lado, y por otro que nada hay tan natural como el que un soltero aspire a la mano de una viuda guapa. Porque ya hemos convenido en que Carmen es hermosísima.

     GUILLERMO. -Sí, vestida de luto no llamaba la atención; pero ese demonio de chiquilla se ha empeñado en que se componga, en que aún es muy joven para privar a las gentes de sus atractivos. Y, amigo, como está tan bien hecha y tiene esos ojazos...

     JUAN. -Parece hermana de Lola.

     GUILLERMO. -Se casó muy niña. En suma, don Ángel ha perdido los estribos.

     JUAN. -¿Tan firme se halla usted en los suyos?

     GUILLERMO. -No digas sandeces. Le hago justicia y me gusta... a ratos; pero para siempre!... Lo grave ahora es disuadir a tu tío sin iniciarle...

     JUAN. -Difícil lo veo, con su vehemencia...

     GUILLERMO. -Pues ello ha de ser, porque yo no paso por ciertas cosas.

     JUAN. -Mientras se batía usted esta mañana, no cesaba de repetirme: ¡qué lento es mi ahijado! Si yo estuviera en lugar de don Guillermo, ya habría dividido en dos a ese zascandil.

     GUILLERMO. -Lo creo; con aquellas muñecas que tiene tan desarrolladas por la manipulación del telégrafo...



Escena II

DICHOS, LOLA, CARMEN, LACAYO, CRIADO y DONCELLA.

     LOLA. -¡Vamos? Aquí está ya.

     GUILLERMO. -¡Hola, hola! ¿De dónde bueno?

     CARMEN. -De tiendas.

     LOLA. -Felices días. (Besando a su padre.)

     GUILLERMO. -Felices nos los dé Dios.

     LOLA. -¿Y tú, Juan? (Tendiéndole una mano.) ¿Has almorzado con mi padre?

     JUAN. -Sí. (La Camarera, el ayuda de cámara y el lacayo aparecen cargados con cajas, sombrereras, piezas de seda, blondas y estuches en profusión, que colocan sobre mesas y sillas. CARMEN y LOLA entregan sus abrigos y sombreros a la doncella que desaparece con los demás criados.)

     LOLA. -Amigo, el amo de casa no ha querido acompañarnos hoy a la mesa.

     GUILLERMO. -Mis negocios...

     LOLA. -¿Negocios a las ocho de la mañana?

     CARMEN. -Ha tenido usted a Lola lo más impaciente.

     LOLA. -Y usted también lo ha estado. ¿Adónde habéis ido? Porque ya sé que tú viniste a buscarle. (A JUAN.)

     JUAN. -Pues hemos ido... a...

     GUILLERMO. -A recorrer almacenes y elegir objetos.

     LOLA. -¿Tan temprano?

     GUILLERMO. -Es la mejor hora.

     JUAN. -Hay poca gente.

     GUILLERMO. -Y... pasa uno a la trastienda.

     LOLA. -La trastienda es lo que me convence a mí. Pues cuidadito con malearme a Juan, porque le advierto a usted, señora, que tengo un padre lo más calaverón...

     GUILLERMO. -¡Vamos! Niña... (Reparando en los objetos que hay sobre las sillas.) Pero... ¿qué es esto? ¿Ponemos fábrica de tejidos o nos encargarnos de surtir alguna feria? ¡Qué tenderete!

     LOLA. -Con Carmen no hay elección posible; pues su última idea parece siempre la mejor. Convenimos en que tal tela se adorne con encajes; pero toma un terciopelo que hay sobre el mostrador, le da cuatro vueltas, y desechado el primer plan. Entonces deja caer los encajes sobre un raso que nos pareció horroroso al principio, y ya no hay medio de resistir aquella nueva tentación; y como otro tanto acontece con sombreros, bordados y joyas, me he dicho: «pues a casa con todo, y allí lo trataremos en familia.»

     GUILLERMO. -Muy bien hecho. Vamos a tomar el pulso a esas zarandajas.

     JUAN. -¿El pulso? Que nadie me usurpe mis atribuciones.

     LOLA. -Ahora no, más tarde. Venimos rendidas y ofuscadas de tanto escoger.

     GUILLERMO. -¿No habéis ido en coche?

     LOLA. -Sí, pero nos hemos apeado; los almacenes se tocan. Y luego, que cuando salgo con Carmen, me gusta andar.

     JUAN. -¿Para desquitarte de tu pasada reclusión?

     LOLA. -Y por egoísmo; siempre me alcanza alguno de los piropos que le dirigen.

     GUILLERMO. -¡Hola!

     LOLA. -No podemos dar un paso por la calle sin llamar la atención de las gentes. Verdad es que todo se lo merece el santo.

     CARMEN. -Conseguirá usted ruborizarme con sus bromas.

     JUAN. -Buenas están las bromas.

     LOLA. -Hasta nos regalan flores. Mira, mira, qué bonitas; las he guardado para ti. (Dando a GUILLERMO las que lleva prendidas.)

     GUILLERMO. -Veo por las trazas que en lo sucesivo tendréis que salir con escolta. ¿Y quién ha osado?...

     CARMEN. -Un amigo de usted.

     GUILLERMO. -Ya lo supongo.

     LOLA. -¿Quién ha de ser? Don Ángel.

     GUILLERMO. -¡Ah! ¿Le han encontrado ustedes?

     LOLA. -Como de costumbre; parece que nos acecha. Nos ha acompañado a compras.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Pues no lo ha tomado poco fuerte el mameluco.) (Destrozando las flores.)

     JUAN. -(Aparte.) (No le hace gracia mi tío.)

     LOLA. -¡Ay! ¡Pobres flores! ¿Por qué las deshojas?

     GUILLERMO. -No sé... inadvertidamente.

     CARMEN. -Tome usted estas si quiere usted ofrecérselas a su padre. (Brindando a LOLA con las suyas.)

     GUILLERMO. -Gracias, señora, haría lo mismo sin darme cuenta de ello.

     LOLA. -Además, usted no debe desprenderse de esas flores, su procedencia se lo veda.

     CARMEN. -¡Qué tontería!

     JUAN. -Sí... tontería.

     LOLA. -(A su padre.) ¿No sabes? El tío de Juan está perdidamente enamorado de Carmen.

     GUILLERMO. -Ya, ya he advertido yo...

     LOLA. -¿Y usted se ríe?...

     CARMEN. -¿Cómo quiere usted que lo tome?

     JUAN. -Como él, en serio.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Bonito papel el mío.)

     LOLA. -Ya ve usted, hasta papá ha notado...

     CARMEN. -Don Ángel es una persona muy bien educada, que está amable con todo el mundo.

     JUAN. -Nada, nada, no busque usted disculpas...

     GUILLERMO. -Nos visita con mucha frecuencia.

     LOLA. -No desperdicia ocasión de estrechar nuestras relaciones...

     JUAN. -Como que con ese solo objeto se ha brindado a servirle a usted de padrino esta mañana en su desafío.

     CARMEN y LOLA. -¿Qué?

     GUILLERMO. -Parlanchín.

     JUAN. -Habían de saberlo al fin y al cabo.

     CARMEN. -¡Un duelo!

     LOLA. -¿Te has batido?

     GUILLERMO. -Sí.

     CARMEN. -Pero...

     LOLA. -¿No estás herido?

     GUILLERMO. -No.

     JUAN. -Al otro es al que le debe doler un poco la cabeza.

     LOLA. -¡Jesús! Esto no es vivir. Desde mañana te retiras de los negocios.

     GUILLERMO. -¿Por qué?

     LOLA. -Porque estoy segura de que ese desafío reconoce por causa alguna cuestión de ferrocarriles.

     JUAN. -Poco a poco. Tu padre se ha batido porque han insultado a Carmen.

     LOLA. -¿A Carmen? (Con intensa satisfacción.)

     CARMEN. -¡Cómo!

     GUILLERMO. -(Colérico a JUAN.) Mira, hazme el favor de irte a ver a tus clientes, porque no dices más que desatinos.

     LOLA. -(Aparte.) (¡Por ella!)

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Pobre Guillermo!)

     JUAN. -Hombre, me parece que vuelvo por el buen concepto de usted.

     LOLA. -Tiene razón.

     GUILLERMO. -No importa... Vete... Refréscate un poco... (Echándole a empujones.)

     JUAN. -Es una ingratitud.

     GUILLERMO. -Sí, el mundo está lleno de ingratos y de habladores. Hasta la vuelta. (Poniéndolo en la puerta.)

     LOLA. -(Aparte.) (¡Ama todavía a mi madre! Dios me protege.)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Se le ha subido el café a la cabeza, y si no lo despido acaba por charlarlo todo.



Escena III

LOLA, CARMEN y GUILLERMO.

     CARMEN. -Don Guillermo...

     GUILLERMO. -Presumo lo que va usted a decirme; no tiene usted por qué darme las gracias. Se trataba de una señora, y cualquiera en mi caso hubiera procedido de igual suerte.

     CARMEN. -Con todo.

     LOLA. -Usted no tiene quién la defienda, y mi padre es harto caballero para olvidar los lazos que lo unían a su marido de usted.

     CARMEN. -¡Ah!

     GUILLERMO. -Eso es; yo no he hecho más que reemplazar al difunto.

     CARMEN. -No necesitaba usted nuevas pruebas para tener derecho a mi gratitud. Usted comprenderá, sin embargo, que con lo ocurrido, mi situación en esta casa se ha vuelto muy difícil.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Antes debió pensarlo.)

     LOLA. -¿Qué dice usted?

     CARMEN. -Ciertas cosas no las pueden entender las niñas.

     LOLA. -Las que se han criado al calor de su madre con uniformidad de costumbres y un ejemplo perenne que seguir. Pero la que ha vivido en un colegio donde cada educanda aporta un temperamento y una inclinación diferentes, aprende antes de tiempo el libro de la vida en aquellas páginas sueltas, tanto más fáciles de leer cuanto difíciles de prohibir: pues, formadas con caracteres movibles, nos siguen a la clase por la mañana, no nos abandonan por la tarde en la oración y en el juego, y hasta se reconstruyen por la noche en el silencio del dormitorio.

     GUILLERMO. -Sí... eso es verdad.

     CARMEN. -Pues bien, ya que usted posee por desgracia esa experiencia prematura, no querrá usted que el nombre de su padre sufra menoscabo, ni que mi reputación vaya en lenguas. Permítame usted, por lo tanto, volver a mi retiro, del que nunca debí salir.

     LOLA. -Poco a poco. Si mi precocidad me ha dado a conocer con antelación las miserias del mundo, mis inclinaciones -y aquí entra mi mérito- me han enseñado a remediarlas.

     LOS DOS. -¿Cómo?

     LOLA. -Nos habíamos propuesto sacar hoy mis armarios para escoger la ropa que debo llevarme. Hágame usted el favor de ir empezando, y luego iré yo a separar algunas cosas que tiraremos por inútiles. Necesito tener una conferencia con mi padre.

     GUILLERMO. -¿Conmigo?

     CARMEN. -Pero...

     LOLA. -Se lo suplico a usted.

     CARMEN. -Obedezco. (Vese acompañada por su hija hasta la puerta.)



Escena IV

LOLA y GUILLERMO.

     GUILLERMO. -(Aparte sentándose en una otomana.) Dios haga que esta conferencia no me levante algún nuevo chichón.

     LOLA. -(Aparte.) (Señor, inspírame.) (Se sienta junto a GUILLERMO.)

     GUILLERMO. -Vamos; ya está reunido el congreso.

     LOLA. -Pues... tilín, tilín; se abre la sesión. Papaíto, yo soy muy atolondrada, muy loquilla; pero cuando se trata de asuntos serios...

     GUILLERMO. -Lo eres más; ya me has dado algunas pruebas.

     LOLA. -¡Qué injusticia! En fin, no es esta ocasión de hablar de puerilidades. Vamos a ver, la manita en la conciencia: ¿No tienes ningún remordimiento?

     GUILLERMO. -¿Yo? ¿De qué?

     LOLA. -Del paso que acabas de dar.

     GUILLERMO. -No entiendo...

     LOLA. -Me explicaré. ¿Por qué te has batido?

     GUILLERMO. -Porque han insultado a Carmen.

     LOLA. -¿Y por qué han insultado a Carmen?

     GUILLERMO. -¡Toma! Porque han supuesto de ella cosas que no son verdad y que la ofenden.

     LOLA. -¿Y por qué han supuesto de ella cosas que no son verdad y que la ofenden?

     GUILLERMO. -¡Chiquilla! Esto parece el cuento de nunca acabar. Pues... porque la gente es murmuradora, porque la calumnia es ya un oficio, porque... ¿qué sé yo? Porque les ha dado la gana.

     LOLA. -No, señor; porque mi padre, que es muy bueno, podría ser mejor...

     GUILLERMO. -Lola.

     LOLA. -No me vengas con reconvenciones. He cumplido ya diez y nueve años, voy a casarme dentro de quince días, y he pagado harto cara mi experiencia para que se me niegue el derecho de utilizarla en beneficio de las personas que me son queridas. Lo dicho, dicho: Como tú no aspiras a ser canonizado, y el mundo no aguarda más que un átomo de verosimilitud para dar por hechas las cosas, ha visto instalarse en tu casa a una mujer bonita -porque Carmen es muy bonita- y no ha necesitado más para decir: «Si aciertas lo que traigo en el cuévano, te doy un racimo.»

     GUILLERMO. -Pues, pasas...

     LOLA. -No, uvas.

     GUILLERMO. -Digo que pasas la línea de las conveniencias dirigiéndome esos cargos. Por blando que me muestre contigo, soy tu padre.

     LOLA. -¿Te enfadas? Si todo es por tu bien; de sobra lo conoces. Vamos, dame un beso y mírame de frente para contestarme. ¿Te corregirás?

     GUILLERMO. -¿Y qué he de hacer yo para corregirme?

     LOLA. -Lo primero, reparar tu falta.

     GUILLERMO. -¿Mi falta?

     LOLA. -Has comprometido a una señora. La maledicencia se ceba en Carmen. aunque sin razón, y estás en el deber de reparar el daño que has inferido.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Demonio! ¿A que exige que me case con ella?)

     LOLA. -(Aparte.) (Hay que desorientarlo para que no trasluzca mi plan.)

     GUILLERMO. -¿Y cómo la indemnizo yo?...

     LOLA. -Dando un mentís al mundo.

     GUILLERMO. -Ya le he partido la cabeza al calumniador.

     LOLA. -No, el desafío no destruye lo hecho. Lo que aquí se necesita es un matrimonio.

     GUILLERMO. -Que se necesita... (Aparte.) (Cuando digo que esta niña me va a causar un disgusto...)

     LOLA. -Naturalmente. ¿Quién va a hacerla su mujer después del escándalo que has promovido? Por lo tanto, ya que las cosas vienen así... rodadas, aprovechemos la única coyuntura que se nos presenta de mejorar la suerte de esa infeliz.

     GUILLERMO. -Hija, yo no te entiendo. ¿Quién le destinas por marido?

     LOLA. -No es muy difícil de adivinar, don Ángel.

     GUILLERMO. -¿Don Ángel?

     LOLA. -(Aparte.) (Perdió la pista.)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (El tal don Ángel me tiene a mí dado a los demonios.)

     LOLA. -No será él quien dude de su virtud, y en las circunstancias de Carmen, el partido me parece que no es de despreciar.

     GUILLERMO. -Es... muy viejo para ella.

     LOLA. -Tu edad poco más o menos.

     GUILLERMO. -Quita allá, me lleva diez y siete meses.

     LOLA. -¡Vaya una diferencia! Es honrado.

     GUILLERMO. -Eso sí.

     LOLA. -La quiere mucho.

     GUILLERMO. -Así parece; pero falta saber si Carmen le corresponde.

     LOLA. -No creas que lo mira como costal de paja.

     GUILLERMO. -¡Ah! ¿Tú... has observado algo? (Con recelo creciente.)

     LOLA. -Sí, está muy amable con él.

     GUILLERMO. -Lo está con todos...

     LOLA. -Sin embargo, hay matices. Esta mañana, cuando nos regaló los ramos, ella le dio una florecita...

     GUILLERMO. -¡Hola!. Pero eso se hace siempre. No, no lo dudes, Carmen no se vuelve a casar.

     LOLA. -Pues eso es lo que yo pretendo de ti, que la induzcas a ello.

     GUILLERMO. -¿Yo? (Aparte.) (Tendría gracia. (Alto.) Pero si no quiere salir de su aislamiento y de su...)

     LOLA. -¡Bah, bah! Ríete de la misantropía de las mujeres.

     GUILLERMO. -¿Cómo?

     LOLA. -Que se mantienen muy firmes en sus propósitos mientras no se les interesa el corazón, pero entonces... proceden como los hombres. El que las ama, borra con la mano juramentos hechos sobre granito.

     GUILLERMO. -¡Ah! ¿Y tú opinas que don Ángel es en estas circunstancias el... picapedrero?

     LOLA. -Yo no sé dónde tienes los ojos.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (En el cogote por las trazas.)

     LOLA. -¿No has visto que de algunos días a esta parte ha colgado el luto?

     GUILLERMO. -Bien, pero ha sido porque tú se lo has aconsejado.

     LOLA. -¿Yo? Porque he comprendido que le gustaba componerse.

     GUILLERMO. -¿Para don Ángel?

     LOLA. -En cuanto se acerca la hora de la visita le falta el tiempo para añadirse un lazo, consultar el tocador...

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Y yo que lo tomaba todo eso por mí para hacerme morder el anzuelo; y era otro el pez.)

     LOLA. -Por supuesto, que no hay nada más natural. Con sus años y su cara no va a enterrar una mujer su juventud y su hermosura por el recuerdo de un marido que sabe Dios lo que sería.

     GUILLERMO. -Un santo varón.

     LOLA. -Pues mis noticias no son esas.

     GUILLERMO. -¡Qué! ¿Carmen te ha dicho?...

     LOLA. -No; nunca nos hemos ocupado de ese asunto; ni a mí me interesa ni ella es comunicativa. Pero incidentalmente ayer, hablando de mi matrimonio, dejó escapar un suspiro, y exclamó: «Dios la haga a usted más dichosa que a mí.»

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Imprudente!) (Alto.) Se referiría acaso a su viudez prematura.

     LOLA. -Eso imaginé al pronto; pero para cerciorarme le pregunté si su marido la había hecho desgraciada, y entonces, ahogando un sollozo, me respondió: «Sí, porque no ha sabido quererme como yo a él.»

     GUILLERMO. -Pues, hija, allá Carmen se las componga. Yo no me meto en sus negocios, que harto tengo con los míos.

     LOLA. -Es que también voy a ocuparme de los tuyos.

     GUILLERMO. -¿En qué concepto?

     LOLA. -En el de tu bienestar.

     GUILLERMO. -¿Alguna otra idea feliz?

     LOLA. -Mira, papaíto. Mi plan era que al casarnos nos quedáramos a vivir contigo; pero Juan, que tiene muy buen talento, ha logrado convencerme de que el casado casa quiere.

     GUILLERMO. -Egoistón.

     LOLA. -Así te dejamos en libertad de hacer lo que mejor te parezca, y... yo... no corro el riesgo de que se contagie mi marido.

     GUILLERMO. -¿Otra vez?

     LOLA. -No te enfades. Él no es libre como tú, que no tienes que dar cuenta a nadie de una conducta que tu viudez justifica.

     GUILLERMO. -Pero en fin, ¿ese plan?...

     LOLA. -Allá voy. Si tú te has mirado al espejo, te habrás persuadido de que todavía eres un arrogante mozo. Lo que es eso no hay quien te lo quite.

     GUILLERMO. -Vamos, adelante, aduladora.

     LOLA. -Pero el que aún seas joven y guapo no excluye el que a tu edad... ¿Son cuarenta y cuatro los que tienes?

     GUILLERMO. -No, cuarenta y tres y medio.

     LOLA. -Pues a los cuarenta y tres años y medio ya deben pesarse las cosas con cierta madurez. De modo que desde hoy te despides de la vida de club, de circos, de teatros, y...

     GUILLERMO. -¿Y qué?

     LOLA. -Y te casas.

     GUILLERMO. -¿Yo casarme? Pero tú tomas los matrimonios como los vestidos, por junto. ¡Qué locura!

     LOLA. -¿Locura? ¿Crees tú que te voy a permitir que vivas solo? Nada, nada; yo no me caso sin dejarte colocado antes a ti.

     GUILLERMO. -¡Colocado! Vaya un niño. Pero, criatura, si tu boda está fijada para dentro de quince días.

     LOLA. -¿Y qué importa eso?

     GUILLERMO. -¿He de poner yo un aviso en la puerta diciendo: «aquí se necesita una novia,» como en las camiserías donde se piden operarias?

     LOLA. -Aplazaremos mi matrimonio hasta que tú conciertes el tuyo.

     GUILLERMO. -Esto no tiene sentido común.

     LOLA. -Pues yo soy muy terca, y si me empeño en una cosa, hasta que la consigo no cejo.

     GUILLERMO. -¿No recapacitas?...

     LOLA. -Lo quiero y ha de hacerse, porque es justo. Voy a mandarte a Carmen para que la inicies en nuestros proyectos. Ella se decide por don Ángel, tú escoges una compañera digna de ti, y el mismo cura casa al padre, a la hija y...

     GUILLERMO. -Y al espíritu santo. Hablemos en serio, Lola.

     LOLA. -Chitito.

     GUILLERMO. -Vas a persuadirte de que lo que te propones...

     LOLA. -Silencio. (Dándole con la mano repetidos golpes en la boca para no dejarle hablar, al mismo tiempo que ella dice muy deprisa las últimas palabras para no escuchar las observaciones de su padre.) Aquí mando yo en jefe, y no se hace más que mi voluntad, porque estoy malita y necesito que me mimen. Adiós, adiós; verás qué felices vamos a ser. (Aparte.) (Adelante, siempre adelante.) (Vase.)



Escena V

GUILLERMO.

     Nos hemos lucido; porque a testaruda no la gana nadie, y en esta pretensión no hay manera de darle gusto. ¿Decirle la verdad? ¡Oh! Nunca. Nos vendría con mayores exigencias, y yo que soy tan débil, hasta llegaría a olvidar que esa mujer se compone por otro. ¡Qué decepción! Todas son lo mismo. ¿Cómo salir del atolladero? Lo de Carmen se arreglaría haciéndola desaparecer o confiándonos a don Ángel; pero ¿y lo mío? Ella no se casa sin dejarme colocado, y yo... no me puedo colocar.



Escena VI

GUILLERMO y JUAN.

     JUAN. -¿Me levanta usted el destierro?

     GUILLERMO. -¿Tú aquí, cotorra? ¿Por qué no estás visitando a tus clientes?

     JUAN. -Se me han muerto todos.

     GUILLERMO. -Pues no hablemos más de ellos. Ven acá. ¿No sabes? ¿Nos ha caído la lotería?

     JUAN. -¿Sí? Sea enhorabuena. ¿Y mucho?

     GUILLERMO. -El gordo.

     JUAN. -¡Qué suerte!

     GUILLERMO. -¡Majadero! ¿Crees tú que esta cara, es cara de premio grande?

     JUAN. -Entonces...

     GUILLERMO. -Lo que ocurre es que Lola se niega a ir al altar contigo si yo no me caso primero.

     JUAN. -¡Ah! Pues me parece muy bien.

     GUILLERMO. -¡Vamos! A ti hay que atarte.

     JUAN. -No, señor, porque supongo que es en Carmen en quien se ha fijado.

     GUILLERMO. -Pues supones muy mal. Carmen entra también en la danza, pero es con tu tío.

     JUAN. -¡Ya!... ¿Pues y usted?

     GUILLERMO. -Yo con lo que me salga; piensa sin duda que no tengo el paladar difícil.

     JUAN. -Como a usted lo gustan todas,

     GUILLERMO. -Conque ya te puedes despedir de planes de matrimonio, porque no sé qué remiendo echarle a esta situación.

     JUAN. -No hay más que uno.

     GUILLERMO. -¿Cuál?

     JUAN. -Complacer a Lola.

     GUILLERMO. -Acabaré por desvariar contigo. Pero, imbécil: ¿Voy a casar yo a don Ángel con mi mujer?

     JUAN. -Claro que no.

     GUILLERMO. -¿He de incurrir yo por mi parte en el delito de bigamia?

     JUAN. -Tampoco.

     GUILLERMO. -Pues entonces...

     JUAN. -Pero puede usted hacer lo siguiente: Salirse una mañana tempranito a dar una vuelta con Carmen mientras duerme Lola; volver a la hora del almuerzo, entre la tortilla y el beefiseack, decirle a su hija que vienen ustedes de casarse porque se querían mucho. La muchacha se queda tan contenta, a mí no se me condena al celibato y ustedes llevan a cabo una reconciliación que, sobre justa, se está haciendo de todo punto necesaria.

     GUILLERMO. -¿Y es eso lo que se te ha ocurrido? Pues, no puede ser; ni soñarlo. ¡Valiente egoísta!

     JUAN. -Hombre, me parece que, si alguien debe sacrificarse en este caso, es usted, que ya está harto del mundo, y no yo que principio, por decirlo así, mi carrera.

     GUILLERMO. -Matando a tus enfermos.

     JUAN. -Cuando me estorban, o viéndolos morir por no tomar las medicinas que les receto.

     GUILLERMO. -Pues, hijo, esa es muy amarga.

     JUAN. -Endúlcela usted con jarabe de resignación.

     GUILLERMO. -Silencio: Carmen.



Escena VII

DICHOS y CARMEN.

     CARMEN. -Me ha dicho Lola que preguntaba usted por mí...

     GUILLERMO. -Sí; pero puedes suprimir la ficción delante de Juan.

     CARMEN. -¡Ah! ¿Usted sabe?

     JUAN. -Todo, señora.

     GUILLERMO. -Naturalmente, no debía ocultarle nuestra situación al presunto marido de nuestra hija.

     CARMEN. -Es verdad.

     GUILLERMO. -Y bien: ¿Tienes ya noticia de esos absurdos proyectos?

     CARMEN. -No. ¿Qué sucede?

     JUAN. -Que se está jugando al tira y afloja con mi cariño por no acceder don Guillermo a avenirse a la razón.

     GUILLERMO. -Tú te callas Pues ahora salimos con que la niña no se quiere casar sin que yo también tome estado.

     CARMEN. -¡Inocente! Pero eso, con oponerle tu negativa...

     JUAN. -Me quedo yo sin novia.

     GUILLERMO. -Cuando ella dice blanca, aunque se trate de carbón...

     CARMEN. -Sin embargo, la autoridad de un padre...

     JUAN. -Eso es lo que falta aquí. Don Guillermo la ha acostumbrado a hacer su santísima voluntad.

     CARMEN. -Veo con dolor profundo que no soy yo sola a sufrir las consecuencias de la debilidad de tu carácter.

     GUILLERMO. -¡Y qué he de hacer yo con una criatura que está siempre enferma?

     JUAN. -De mimo.

     GUILLERMO. -En fin, a todos nos alcanza la responsabilidad.

     CARMEN. -No de su abandono, que bien me opuse a separarme de ella previendo este resultado.

     GUILLERMO. -No aludo a ayer; me refiero al presente. Si tú no hubieras sido tan blanda en aceptar la oferta de venirte a vivir con nosotros...

     CARMEN. -¿Yo?

     JUAN. -Pero, hombre de Dios, si fue usted el que lo echó a rodar todo al ver llorar a su hija.

     GUILLERMO. -Pues corriente; evitemos cuestiones, yo fui. Pero una vez Carmen en casa, harán ustedes la justicia de convenir conmigo en que no habré sido yo el que haya inspirado a Lola la idea de casar a don Ángel con mi mujer.

     CARMEN. -¡Cómo! ¿Eso pretende?

     GUILLERMO. -Y no sin fundamento.

     CARMEN. -¿Pero de dónde se saca que el buen señor?...

     JUAN. -No tiene vuelta de hoja; está hecho un cadete.

     GUILLERMO. -Y no será por culpa mía.

     CARMEN. -Ni mía.

     GUILLERMO. -En cuanto a eso...

     CARMEN. -¿Qué pretendes significar con tus reticencias?

     GUILLERMO. -Que ningún hombre se deja llevar de ese modo sin que se le dé pie para ello.

     JUAN. -(Aparte.) (Le entraron los azules.)

     CARMEN. -Guillermo, explícate.

     GUILLERMO. -No creas que voy a suponer que le haces la corte en mis barbas. Ni te lo permitirias tú ni yo había de tolerarlo; pero sí que extremas con él las manifestaciones de la cortesía, o por lo menos, que no lo mantienes a la distancia que la situación exige.

     CARMEN. -No alcanzo...

     GUILLERMO. -Mucho luto, extrema aflicción para con nosotros, y en cuanto asoma don Ángel por la puerta, allá van prendidos y galas como si tocasen a gloria cada vez que tira ese hombre del cordón de la campanilla.

     CARMEN. -Me haces reír sin querer.

     JUAN. -Estos maridos están ciegos.

     CARMEN. -Tiene usted razón. Lo hago porque Lola me obliga a pesar mío. Luego no es por don Ángel sino por... ella.

     JUAN. -(Aparte a GUILLERMO.) Es decir, por usted.

     GUILLERMO. -Sin embargo, tanta amabilidad...

     CARMEN. -La educación me la impone y el deber me la ordena. Se trata de un amigo tuyo, estoy en tu casa, y desgraciadamente tengo que ocultar a los ojos del mundo el secreto de nuestras desventuras.

     GUILLERMO. -Pero se puede guardar un secreto sin ofrecer florecitas en la calle al hombre que aspira a tu mano.

     CARMEN. -Guillermo, me humilla el contestar a esos reproches de tu amor propio. He subido mi Calvario con resignación, y he llorado mucho en mi soledad, para que tanta mansedumbre y tan acerbas lágrimas no me den siquiera derecho a que mi marido me respete como he sabido hacerme respetar de los extraños.

     JUAN. -(Aparte a GUILLERMO.) Mírela usted, ¡parece la estatua de la dignidad ofendida!

     GUILLERMO. -(Aparte a JUAN.) No me extraña que le haya sorbido el sorbido el seso a don Ángel.

     JUAN. -Vamos... que a usted también le gusta... la señá Frasquita.

     GUILLERMO. -Y lo que es guapa, es guapa.



Escena VIII

DICHOS y LOLA con una pequeña y elegante caja en la mano.

     LOLA. -¡Hola! ¿Los tres reunidos y tan silenciosos? Luego se medita. Qué, ¿has expuesto tu comisión?

     GUILLERMO. -La he apuntado; ya hablaremos de eso... ¿Qué traes ahí?

     LOLA. -Revolviendo armarios he encontrado una infinidid de cosas que quiero enseñar a Carmen, porque gozará viéndolas conmigo.

     GUILLERMO. -¿Y qué es ello?

     LOLA. -Recuerdos de mi niñez.

     CARMEN. -¡Ah!

     GUILLERMO. -Baratijas que no dejan sitio para poner una corbata en los estantes.

     JUAN. -Pero que duele separarse de ellas.

     CARMEN. -Y que sirven como de libro de memorias de la vida. (Se sientan.)



     LOLA. -No hay que burlarse, ¿eh? Vamos a ver lo que sale de aquí. Cabello mío, de cuando yo tenía dos años.

     JUAN. -Se te ha obscurecido mucho.

     GUILLERMO. -Antes era muy rubia Lola. Pero vaya unas ganas de llenarse de pelos...

     LOLA. -Con todo, dice bien Carmen; parece que retrocede una en la existencia al contacto de estas pequeñeces.

     GUILLERMO. -Sensiblería pura.

     JUAN. -No lo crea usted, yo guardo todavía los primeros palotes que hice.

     LOLA. -Esto debió ser obra de mi madre, y de las últimas acaso. ¡Qué lacito tan mono! Se ve el sello de la mujer en ciertas delicadezas.

     JUAN. -Sí.

     LOLA. -¡Cuántas veces ella y tú, entrelazadas las manos en estas hebras y sonriendo de felicidad, os habréis dado un beso sobre la cabeza de vuestra hija! ¡Quién sabe las nieblas que habrán disipado estos rayos de sol, cuando en las tormentas del hogar salían de la cuna e iban a iluminaros el alma entrándose por las ventanas de vuestros ojos! ¡Quién os hubiera presagiado entonces que estos hilos, tan, fuertes para sujetar vuestra ventura, a pesar de las convulsiones de la existencia, había de romperlos un débil soplo para sumirte a ti en la desgracia, a mí en la orfandad y a mi pobrecita madre... en la nada!

     CARMEN. -(Aparte.) (Me parte el corazón.)

     JUAN. -(Aparte.) (Es la conciencia de su padre.)

     GUILLERMO. -Nos estás entristeciendo. Podías haber tirado esas guedejas...

     LOLA. -Las guardaré mientras viva, hay lágrimas que refrescan los recuerdos. Ya sé, mandaremos montar tres sortijas. Una para mí, otra para Juan.

     GUILLERMO. -Y otra para Pedro. (Por sí.)

     LOLA. -No, otra para Carmen, que tan amiga fue de la que nos aguarda arriba.

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Ángel mío!)

     GUILLERMO. -¿Pues y yo?

     LOLA. -Tú no das valor a estas nimiedades.

     JUAN. -Se llenaría usted de pelos.

     GUILLERMO. -No faltaba más.

     CARMEN. -Deje usted, habrá para todos.

     GUILLERMO. -A ver, a ver qué más majaderías hay almacenadas. Una muñeca. (Sacando una diminuta de porcelana y ya vestida, que toma LOLA.)

     LOLA. -La única que he tenido; entré tan pronto en el colegio...

     GUILLERMO. -Sí, esa te la compré yo en la Habana yendo una tarde al Casino. Dos reales fuertes me costó.

     LOLA. -¿Vestida y todo?

     GUILLERMO. -No, te la vistió... tu madre.

     LOLA. -En alguna de aquellas tristes veladas que se pasaría sola, mientras que tú -sin ser malo, porque nunca lo has sido- desperdiciabas, como la mayor parte de los hombres, los puros goces de la familia por las efímeras vanidades del mundo.

     GUILLERMO. -¿Yo? No.

     LOLA. -Si este vestidito hablase, le oirías decirte: «Sí, señor, en tanto que usted se entretenía en hablar de política o en arreglar el mundo con discusiones filosóficas en el Casino, su pobrecita mujer, velando el sueño de su niña, le preparaba esta sorpresa para cuando despertase, si bien teniendo que secar a cada momento la aguja, humedecida por un llanto que secaba entre estos pliegues el oírle a usted llegar para recibirlo con una sonrisa y merecer un beso sin reproches.»

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Criatura de mis pecados!)

     JUAN. -(Aparte.) (Tómate esa.)

     CARMEN. -(Aparte.) (Parece su juez.)

     GUILLERMO. -¿Pero esa caja de Pandora no va a agotarse nunca?

     CARMEN. -Un dientecito...

     LOLA. -El primero que me salió.

     GUILLERMO. -¡Y qué mala estuviste entonces!

     LOLA. -¿Sí?

     JUAN. -La dentición es muy peligrosa.

     LOLA. -¡Lo que sufriríais los dos viéndome entre la vida y la muerte!

     GUILLERMO. -Mucho.

     CARMEN. -Pero también qué alegría al operarse la crisis...

     LOLA. -Es verdad.

     GUILLERMO. -El grito que yo di al volver del Casi... no, de mis negocios, y oírle decir a tu madre: «¡Se nos salvó la niña!»

     LOLA. -La familia tiene sus contrariedades, pero son infinitamente más los goces.

     GUILLERMO. -Mira, ese dientecito me lo darás a mí y haré que me monten con él otra sortija.

     LOLA. -¡Oh, no! Este no se lo regalo a nadie. ¡Pues poco cuidado tuve de esconderlo cuando se me cayó!

     GUILLERMO. -Pero mujer...

     LOLA. -Es de mi muerta.

     TODOS. -¡Ah!

     LOLA. -No se me ha olvidado nunca el trabajo que le costó enseñarme a decir: «Este dientecito tan mono es de mi mamá.» Y luego, cada vez que con mi lengua de trapo le repetía estas palabras, la pobrecita de mi alma me abría la boca con sus labios, y terminaba su frenética caricia exclamando...

     CARMEN. -(Sin poderse dominar.) Es mío, guárdamelo.

     GUILLERMO y JUAN. -¡Oh!

     LOLA. -Eso es... (Conteniéndose.) Verdad que usted se lo habrá oído repetir tan a menudo. (Justificando el arranque de su madre.)

     CARMEN. -Constantemente.

     LOLA. -Figúrese usted si se lo cederé yo ni a mi padre. ¡Oh, no! Me lo quedo para que me enterréis con él y llevárselo yo misma cuando me muera.

     CARMEN. -!Por Dios!

     JUAN. -¡Qué ocurrencia!

     GUILLERMO. -¡Ea, se acabó el expurgo! (Quitándole la caja.)

     LOLA. -¿Qué?

     GUILLERMO. -Que nos estás afligiendo. Has puesto a Carmen convertida en una Magdalena, y a Juan y a mí como dos botijos nuevos que se rezuman.

     LOLA. -¿No es verdad que usted llora de placer? Se está usted fantaseando su hogar con un querubín que lo embellezca. ¡Oh! Va usted a ser muy feliz al lado de don Ángel.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Ya pareció el peine.)

     JUAN. -(Aparte.) (¡Dios nos asista!)

     CARMEN. -He callado mientras lo he creído una broma; pero al ver que el asunto se formaliza, suplico a usted que no se siga forjando quimeras irrealizables, con las que me hace usted mucho daño, queriendo procurarme un bien.

     LOLA. -¿Qué yo le hago a usted daño?

     GUILLERMO. -SÍ, ese casamiento es imposible.

     JUAN. -Persigues un fantasma.

     LOLA. -No me explico tanta oposición de tu parte, ni tal tenacidad de la suya. Diríase que estáis de acuerdo para algún fin determinado. A menos que... ¡Ah! Sí. (Fingiéndose asaltada de una súbita idea.)

     TODOS. -¿Qué?

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Un nuevo rayo de inspiración que, como de costumbre, vendrá acompañado de algún trueno gordo.)

     LOLA. -Eso es... ¡Qué tonta! Ahora comprendo por qué rehusaba usted y por qué tú me ponías aquella carota. ¡Pobre papaíto! ¡Qué mal rato te he hecho pasar!

     GUILLERMO. -Es que aún dura. (Alarmado.)

     LOLA. -¡Qué contenta estoy! ¡Este sí que es un plan magnífico. (Batiendo palmas.) Pero, señor, no habérseme ocurrido que tú amabas a Carmen...

     GUILLERMO. -¿Yo? (Aturdido.)

     LOLA. -Y que Carmen te correspondía.

     CARMEN. -Lola.

     JUAN. -(Aparte.) (Así, así; a río revuelto ganancia de novios.)

     CARMEN. -Juro a usted que por mi parte...

     LOLA. -¿Aún no está usted satisfecha? Pues más buen mozo no lo hay.

     CARMEN. -No es eso.

     GUILLERMO. -Hija, estás impertinente.

     LOLA. -¿Impertinente y se te van los ojos tras ella, y no sales de casa por miedo a que venga don Ángel, y le das un sablazo al primero que pone en duda su virtud?

     JUAN. -Rebata usted esa lógica. ¡Qué ha de rebatirla usted!

     GUILLERMO. -A ti te va a doler algo dentro de poco. (Amenazando a JUAN.)

     LOLA. -Conque a la iglesia prontito, porque mi casamiento depende del de ustedes.

     JUAN. -Y entre viudos el acto no exige ceremonias.

     GUILLERMO. -¡Ea! Juicio. Eso es imposible.

     LOLA. -¿Imposible?

     CARMEN. -Sí. Yo guardaré siempre a mi marido el respeto que su memoria merece.

     LOLA. -(Solemne.) ¡Ah! ¿Conque no hay medio? Siento herir susceptibilidades; pero es preciso. Respóndame usted en conciencia: ¿Halla usted menos respetuoso el volver a presentarse en el mundo con la cabeza erguida y un testimonio de honradez en el nuevo nombre que va usted a llevar, que el seguir percibiendo en la sombra una limosna de mi padre, limosna que la humilla a usted y que da derecho a cualquiera a tomar por delito la desgracia y por mano que paga la mano que protege?

     TODOS. -¡Ah!

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Esto es insostenible; hay que atropellar por todo.) (Alto.) Pues bien, Lola, esa pensión que recibe Carmen no la humilla. Se la manda su marido por mi conducto.

     TODOS. -¿Qué?

     GUILLERMO. -Esta señora es casada.

     LOLA. -¡Casada! (Anonadada al ver distraído su plan.)

     CARMEN. -Sí.

     JUAN. -(Aparte.) (Bárbaro.)

     LOLA. -(Aparte.) (No tienen entrañas.) (A JUAN.) ¿Pero es eso cierto?

     JUAN. -Y tanto. Yo, creyendo que no insistirías, te he seguido la corriente.

     LOLA. -¡Casada! ¿Y con quién?

     GUILLERMO. -Juan lo sabe.

     JUAN. -(Aparte.) (Me echa el muerto.)

     LOLA. -Responde sin mentir.

     JUAN. -Con... un antiguo catedrático mío de anatomía, que ahora está en Cuba.

     LOLA. -Su nombre

     JUAN. -Juan Fernández.

     LOLA. -¿Y tienen hijos?

     JUAN. -Sí... una niña de tu edad.

     GUILLERMO. -Basta; no hay para qué entrar en más detalles.

     LOLA. -Eso digo yo; basta. (Toca el timbre estrepitosamente.)

     JUAN. -¿Eh?

     CARMEN. -¿Qué hace?

     GUILLERMO. -Dejadla que se desahogue.

     LOLA. -(Acentuando su papel de niña voluntariosa.) ¡Ah! ¿Con que así se me engaña; así se me hace concebir ilusiones por el solo placer de destruirlas? Pues corriente: Adelante, y siempre adelante.

     TODOS. -¿Qué? (Aparece el criado.)

     LOLA. -Llame usted a Juana, a Domingo, a Ramón, al cochero, a todo el mundo, y que se lleven esto en seguida; no lo quiero ver más.

     TODOS. -¡Lola!

     LOLA. -Nada, que no me caso; y cuando yo hago así (Meneando la cabeza.) es que no quiero. Con que no sé si puedo ser más clara. (Pisoteando los objetos y moviendo la cabeza como antes en un rapto de fingida cólera.) (Aparte.) (¡Dios mío! ¿Por qué me abandonas?) (Vase.) (Aparecen los criados y cargan precipitadamente con los objetos. Los demás personajes se miran atónitos. CARMEN, rompiendo a llorar, se deja caer en una silla. GUILLERMO va hacia ella como para dirigirla un reproche; pero convencido de la inutilidad del paso, se sienta con resignación y redobla los dedos en los brazos de la butaca, silbando a media voz un aire cualquiera. JUAN, que pasea sus miradas de uno a otro, el notar la actitud de don GUILLERMO, acaba por sentarse también haciéndole dúo al otro con sus silbidos. Húyase de la exageración, guardando simplemente la actitud de unas personas que no ven solución al caso en que se encuentran, y se ensimisman en sus reflexiones.)



FIN DEL ACTO SEGUNDO.



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Acto Tercero

La misma decoración.

Escena I

CARMEN, GUILLERMO y JUAN, en idéntica actitud que al terminar el acto segundo.

     GUILLERMO. -(Tras breve pausa.) Conque basta ya de música si les parece a ustedes.

     JUAN. -A mí no se aludirá, porque es bien palmario que yo no toco pito ni flauta en este asunto.

     GUILLERMO. -Vamos a lo que importa.

     CARMEN. -Lo que importa, sobre todo, es que yo salga de aquí.

     GUILLERMO. -Justo, después de hecho el mal; lo más lógico es que te quedes y nos ayudes a repararlo.

     CARMEN. -¿Y qué responsabilidad es la mía?

     GUILLERMO. -Mira, Carmen no nos hagamos ilusiones. Por gran precocidad que tenga una niña, por mucho afecto que profese a un extraño, la conducta de Lola no está justificada.

     JUAN. -Según eso, usted supone...

     GUILLERMO. -Que hay un Judas entre nosotros que nos vende. ¿Le has dicho tú algo?

     JUAN. -¿Está usted en su juicio? Cuando no le hubiera a usted empeñado mi palabra de honor, el cariño que profeso a esa criatura bastaría a impedirme el envenenar su existencia con una revelación semejante.

     GUILLERMO. -¿Entonces tú te has hecho traición?

     CARMEN. -¡Guillermo!

     GUILLERMO. -Eres mujer y madre.

     CARMEN. -Por eso mismo poseo doble fuerza para doninar mis impulsos. El decoro de mi condición y la conciencia de mi deber.

     GUILLERMO. -Pues no lo entiendo.

     JUAN. -Yo sí. Que no le deja a usted sosegar al grito del remordimiento, y para acallarlo se inventa usted absurdos.

     GUILLERMO. -Hombre, absurdos no lo son. Basta recordar la insistencia con que se empeñó en que Carmen viniera a esta casa.

     JUAN. -Impulsada por un arranque de simpatía que se hermanaba perfectamente con el egoísmo de su situación.

     CARMEN. -Es claro.

     GUILLERMO. -O a manera de prólogo, para tenerla junto a sí y aprovechar, como lo ha hecho, la ocasión oportuna de intentar nuestra reconciliación bajo el frívolo pretexto de un matrimonio.

     CARMEN. -Eso es llevar al extremo la suspicacia. Si tuviese el menor indicio se hubiera espontaneado; a su edad no se finge con tanto aplomo.

     GUILLERMO. -Lola sabe mucho.

     CARMEN. -¿Y con qué objeto había de callarse?

     JUAN. -Añada usted que si abrigase los propósitos que don Guillermo le atribuye, no hubiera empezado por querer casarla a usted con mi tío.

     CARMEN. -Evidentemente.

     GUILLERMO. -¿Según eso, su proceder?...

     CARMEN. -Es hijo del candor.

     JUAN. -Y no se le debe oponer por resistencia la susceptibilidad de que usted se reviste.

     GUILLERMO. -Sea pues, pero ¿qué hacemos aquí? Porque el problema tiene dos términos, Carmen y yo.

     JUAN. -(Aparte.) (De mí nadie hace caso.)

     GUILLERMO. -Empecemos por el principio. Hay que iniciar a don Ángel.

     CARMEN. -¿Cómo?

     GUILLERMO. -Para justificar el paso que hemos dado con Lola suponiéndote esposa de...

     JUAN. -De Juan Fernández; lo primero que se me ocurrió...

     CARMEN. -Pero...

     GUILLERMO. -Es preciso impedir que ella se lo cuente. Esto despertaría sus sospechas y corríamos el riesgo de que la niña supiese por él lo que tanto nos afanamos en ocultarle.

     CARMEN. -Es verdad.

     GUILLERMO. -Vale más ponerle al corriente de todo.

     JUAN. -Será un golpe terrible para mi tío.

     GUILLERMO. -Pues que lo tome con paciencia.

     JUAN. -Es claro. Además, con su inventiva tal vez encuentre algún recurso para que, sin casarse usted, yo no me quede soltero. Toque usted esa cuestión en su entrevista con él.

     GUILLERMO. -¿En nuestra entrevista? Pues qué... ¿te parece que voy a ser yo el que le diga a tu tío que no le haga más el oso a mi mujer? Lo más propio es que tú te encargues de ello.

     JUAN. -¿Yo?... Corriente; pero con facultades omnímodas para abogar por mí causa.

     CARMEN. -La tiene usted ganada si ella le quiero.

     JUAN. -No lo sé; es muy tenaz. En fin, déjenme ustedes hablar antes con Lola para explorar su ánimo.

     GUILLERMO. -Sí, sí; salgamos de esta situación. Una vez convencida de la imposibilidad de nuestro matrimonio, yo me revestiré de carácter para que no insista en nuevos proyectos. Carmen desaparece un día sin previo anuncio...

     CARMEN. -¡Ah!

     GUILLERMO. -Y no vuelve hasta el bautizo del primer nieto.

     JUAN. -¡Pobre hijo mío! Se me figura que nos lo jugamos a cara o cruz.

     CARMEN. -Lola. (Viéndola llegar.)



Escena II

DICHOS y LOLA.

     LOLA. -Cuando queráis tenéis el té servido.

     GUILLERMO. -¡Cómo! ¿Ya es la hora? (Consulta el reloj.) Sí; pues vamos allá. Ven, Juan, tomarás una taza.

     JUAN. -No, yo no estoy por las costumbres inglesas; prefiero ir a que mi tío me dé un cangilón de chocolate.

     GUILLERMO. -(Aparte a CARMEN y JUAN.) Por lo visto amaina la tormenta.

     JUAN. -(Aparte a GUILLERMO.) Un clarito.

     CARMEN. -¿Se encuentra usted más tranquila?

     LOLA. -Gracias, no tengo nada. (Rechazándola con cierta brusquedad.)

     CARMEN. -(Aparte con extrañeza.) ¿Qué es esto?

     GUILLERMO. -Es muy feo en una niña dejarse llevar de la cólera.

     JUAN. -Y hasta resulta perjudicial a la salud.

     LOLA. -Por eso me reprimo. Hay momentos en la vida en que se hacen necesarias las resoluciones enérgicas. Yo he adoptado ya la mía.

     GUILLERMO. -¿Cuál?

     LOLA. -Ser indiferente a todo. Andad, andad a tomar el té.

     CARMEN. -¿Y usted no nos acompaña?

     LOLA. -(Con la misma sequedad.) Hoy no.

     CARMEN. -(Aparte con dolor.) ¿Tal cambio conmigo?

     LOLA. -(Aparte.) (¡Pobre madre mía!)

     GUILLERMO. -Pero Lola...

     LOLA. -No me contrariéis, ayudadme a modificar mi genio.

     GUILLERMO. -Hágase tu voluntad.

     JUAN. -Yo me estaré con ella entre tanto.

     CARMEN. -(Aparte a GUILLERMO.) ¿Qué pasa aquí?

     GUILLERMO. -(Aparte a CARMEN.) No lo sé, pero me asusta menos cuando grita más. (Vanse CARMEN y GUILLERMO.)



Escena III

LOLA y JUAN.

     JUAN. -Y bien, Lola te he servido de cómplice en tus planes, me he adaptado ciegamente a tus caprichos: ¿Es tiempo ya de que me digas sin rodeos cuál es mi verdadera situación en este juego de los despropósitos?

     LOLA. -(Sollozando.) ¡Juan de mi alma! Deja que solace mi espíritu en el seno del más leal de los hombres.

     JUAN. -Pero, hija, ¿qué es ello?

     LOLA. -¿Qué? ¿No me he vendido? ¿Finjo tan bien, que ni tú has sospechado que lo sé todo?

     JUAN. -¡Cómo! ¿Carmen te ha dicho?...

     LOLA. -Ni una palabra, he descubierto por mí misma el secreto de mi orfandad.

     JUAN. -Infeliz.

     LOLA. -¿Comprendes ahora la desesperación de esta desventurada hija, que con una sola frase puede reconquistar todo el afecto de que la han privado, y tiene que vivir condenada a aplastarse el corazón con la cabeza, a amordazar su boca para que no se no le escape un grito, y a vestir el color rojo de la alegría para disimular la sangre que la destila el corazón?

     JUAN. -¿Pero por qué no hablas?

     LOLA. -¿Para cubrir de vergüenza a mis padres? ¿Para que me paguen en desdén acaso la parte que yo les reclamo en cariño? ¡Oh! Nunca.

     JUAN. -Eres un ángel.

     LOLA. -No, soy una desgraciada mujer que empieza a sucumbir en la lucha. Yo los he reunido bajo el mismo techo para ver si, fundidos sus caracteres al calor del hogar, lograba soldarlos sin violencia por la simple atracción del contacto con su hija, y nada he conseguido. He despertado dormidas pasiones y evocados recuerdos de mi niñez, pero si la gota de agua horada la peña, las lágrimas por lo visto no dejan en la conciencia el menor surco. Yo he arrojado, en fin, al uno en brazos del otro como cómplice misterioso de una unión revelada, y ellos, con una sacrílega mentira, han rechazado al ángel que, conocedor del mal, se arrastra por la tierra con las alas plegadas de espanto sin alientos ya para restituirse al perdido cielo de su ignorancia.

     JUAN. -Me hace daño el oírte, lo voy a contar todo, y...

     LOLA. -Juan, si me quieres, calla, mientras me quede un átomo de esperanza no me declaro vencida.

     JUAN. -¿Pero a qué recurso apelar?

     LOLA. -Al último. A abrirles el proceso de mi abandono.

     JUAN. -¿Es decir, a acusarlos?

     LOLA. -Sí; pero no en mi nombre, en el de esa supuesta hija cuya defensa voy a tomar.

     JUAN. -Lola.

     LOLA. -Y sin embargo, tiemblo, porque para decidirme necesito disipar unas dudas que no quisiera esclarecer; pero es preciso.

     JUAN. -¿Cómo?

     LOLA. -Una separación es la consecuencia de una falta. Cuál ha provocado la de mis padres: ¿La ve1eidad del marido o la flaqueza de la esposa? Responde, Juan, y ten lástima de mí. La hija no quiere saberlo; pero la abandonada no debe ignorarlo.

     JUAN. -¡Dechado de ternura y de abnegación! Dios en premio de tus virtudes te permite que no tengas culpable que señalar.

     LOLA. -¿Qué dices?

     JUAN. -Disparidad de caracteres, poca reflexión, menos años, mancha ninguna: he ahí las causas de su desavenencia.

     LOLA. -¡Cómo! ¿Es posible? ¿No median abismos que saltar? ¿No tiene que humillarse ninguno de los dos? Basta con que se acerquen para que el más alto le toque al otro en la frente con la boca. ¡Oh! Ayúdame, Juan mío, a estrechar la pequeña distancia que les queda por recorrer.

     JUAN. -¿Yo?

     LOLA. -Discurre, inventa por si mi postrer recurso se estrellara también contra su empedernida tenacidad.

     JUAN. -Lo procuraré por todos los medios.

     LOLA. -Y yo te lo pagaré con el amor de la esposa y con la gratitud de la hija.

     JUAN. -(Aparte como poseído de una idea.) ¡Ah!

     LOLA. -¿Qué?

     JUAN. -¡Nada! Ellos; serénate. (Aparte.) (Excelente idea.)

     LOLA. -(Aparte.) (Consumemos la obra. Todo Calvario tiene su cumbre: Arriba.)

Escena IV

DICHOS, CARMEN y GUILLERMO.

     LOLA. -¿Ya han concluído ustedes?

     GUILLERMO. -No hemos empezado.

     LOLA. -¿Por qué?

     GUILLERMO. -Carmen se sentó; pero en vez de servirse se puso a mirar tu asiento vacío. Yo en fuerza de la costumbre te ofrecí pastas creyendo tenerte a mi lado. Y en resumen, que después de un cuarto de hora de contar los clavos del cuero de tu silla, el mismo Perico, con una cara macilenta, nos dijo: «Si la señorita no puede salir, serviremos el té en el despacho del señor.» Carmen y yo nos levantamos como movidos por un resorte y aquí está Pedro y aquí estamos todos, porque en esta casa nadie sabe vivir en silencio, necesitamos verte romper algo. (PEDRO aparece con el servicio de té y pastas que coloca en mesillas volantes que trae otro criado; hecho lo cual desaparecen los dos.)

     LOLA. -(Aparte.) (Ya le hace falta la familia.)

     JUAN. -Lola es muy razonable y agradecerá esa prueba de afecto.

     LOLA. -Yo no soy ingrata, haberme llamado.

     GUILLERMO. -(A JUAN.) ¡Vamos! ¿Nos acompañas tú? Es Pakoi legítimo, y el plum pudding está hecho por Carmen.

     JUAN. -Gracias, me urge ir a ver a mi tío. (Aparte.) (Él será mi cómplice.)

     GUILLERMO. -¡Ah! Sí. Vuelve pronto y saldremos en carruaje los cuatro. ¿Lo apruebas? (A LOLA.)

     LOLA. -Como tú dispongas.

     GUILLERMO. -(Aparte.) (¡Qué sumisión!) (Alto a JUAN.) Pues ya lo sabes.

     JUAN. -Corriente. Hasta ahora mismo. (Vaso.)



Escena V

LOLA, CARMEN y GUILLERMO.

     GUILLERMO. -¡Qué buen muchacho es este Juan!

     CARMEN. -Tan desinteresado.

     GUILLERMO. -Tan cariñoso... ¡Una alhaja! (Aparte tras breve pausa esperando que hable LOLA.) Mutismo absoluto, no se decide todavía a romper el hielo.

     CARMEN. -(Ofreciendo azúcar a LOLA.) ¿Dos como siempre?

     LOLA. -(Rehusando con aspereza.) No se moleste usted, me lo pondré yo misma.

     CARMEN. -(Aparte.) (Me mata su desdén.)

     GUILLERMO. -Pues señor, conozco que me hago viejo; me va gustando el rodearme de afecciones. Y en cuanto pasen los primeros meses de la luna de miel, queráis o no me voy a vivir con vosotros. (Aparte.) (Hay que explorarla.)

     LOLA. -(Deteniendo a CARMEN que va a llenar una taza.) ¿Es para mi padre?

     CARMEN. -Sí.

     LOLA. -Permítame usted que haga uso de mi derecho. (Sirviéndola ella misma.)

     CARMEN. -(Aparte dejando correr sus lágrimas.) ¡Oh! Esto es demasiado.

     GUILLERMO. -¿Llora usted, Carmen?

     LOLA. -(Aparte.) (Perdóname, pedazo de mi alma.)

     CARMEN. -Sí, lloro porque no sé qué he hecho yo para merecer la aspereza con que me trata Lola.

     GUILLERMO. -Imposible; habrá usted visto mal. ¿No es cierto, hija mía?

     LOLA. -Me extraña la sorpresa de ustedes. Pues qué... ¿Acaso no está justificado mi proceder?

     CARMEN. -¿Qué?

     GUILLERMO. -No comprendo.

     LOLA. -Después de la revelación que acaba de hacérseme, lo más natural es que mi cariño se entibie.

     GUILLERMO. -¿Cómo?

     LOLA. -Y si algo me asombra es que tú hayas fomentado este afecto, primero con una protección que no se explica, y últimamente con una existencia en común que nunca debiste permitir.

     GUILLERMO. -¡Ah!

     CARMEN. -(Aparte.) (¡Dios mío, me cree mancillada...)

     LOLA. -Deploro tener que usar este lenguaje; pero lo exige la brutal franqueza de la situación que se me ha creado. Yo he sentido por esta señora alo más que la atracción de la simpatía. Le he profesado culto, veneración y hasta he modelado mis inclinaciones en su ejemplo, pero ignoraba que en su historia hubiese una de esas páginas que no pueden leerse en alta voz.

     CARMEN. -(Aparte.) (Es horroroso.)

     GUILLERMO. -Lola.

     LOLA. -Hablen los hechos. Carmen está separada de su marido, y tiene una hija que vive desde hace diez y siete, alios al lado de su padre. ¿Si no hubiese perdido todos sus derechos, se hubiera dejado arrancar nunca esta

madre ese pedazo de su corazón?

     CARMEN. -(Aparte a GUILLERMO.) Vindícame al menos para no ser maldecida por ella.

     GUILLERMO. -Juzgas muy de ligero. Entre Carmen y su esposo no ha mediado nunca más que falta de armonía, incompatibilidad de caracteres; pero nada que te autorice a fulminarle un anatema vergonzoso.

     LOLA. -¡Cómo! ¿Y por mezquinas disensiones de hogar se rompen los lazos más indisolubles de la tierra? ¿Y usted, señora, pudiendo llevar alta la frente, ha dejado que la despojen de lo que hasta las fieras defienden con su vida?

     CARMEN. -Merezco esas recriminaciones; y, sin embargo, tengo disculpa. Abandoné a mi hija, primero, por ponerla al abrigo de mi pobreza, y después confiada en que la austeridad de mis costumbres y el espectáculo de mi dolorosa resignación, me la devolviesen más tarde, llevada por la mano de un hombre a quien yo no había inferido otra ofensa que el haberle amado más que él a mí.

     LOLA. -Entonces... su marido de usted es un monstruo.

     CARMEN. -Respete usted su ausencia, que le impide defenderse.

     LOLA. -¿No es verdad, padre mío, que tú no hubieras hecho una cosa semejante?

     GUILLERMO. -Lola, estas son cuestiones muy delicadas...

     LOLA. -Pero no se abandona de ese modo a un ser que compendia la familia, que entraña en sí y recoge en su seno el amor que fluye de sus padres, como recoge la piscina el agua del manantial.

     GUILLERMO. -Con todo, hay casos en que es preciso...

     LOLA. -Cítame uno.

     GUILLERMO. -(Eludiendo la cuestión.) Mira, ponme más azúcar, porque estoy tomando acíbar.

     LOLA. -¿Si? pues fuera. (Tira la taza en el suelo.)

     CARMEN. -¿Eh?

     GUILLERMO. -Pero, Lola. ¿Qué haces? ¿Qué culpa tiene la taza de que el té esté amargo?

     LOLA. -La misma que, según tú, tiene esa pobre niña de las amarguras de su hogar.

     CARMEN y GUILLERMO. -¡Ah!

     LOLA. -Pero así va el mundo. Rompo yo una taza y es una impertinencia; destruís los hombres la felicidad de una criatura, y es un deber social. Perdóneme usted, Carmen; si ayer la quería como uno, hoy la adoro como ciento.

     CARMEN. -¡Oh! Gracias por el bálsamo que pone usted en mi herida.

     LOLA. -Los hijos deben ignorar las faltas de sus padres. Son enfermedades del alma que como en las del cuerpo, o se busca la curación o se espera la muerte; pero no se apela nunca al suicidio. Y suicidarse es destruir uno de los dos estribos de la familia sin reparar que el otro va a ser minado por la carcoma de la duda.

     GUILLERMO y CARMEN. -¿Cómo?

     LOLA. -Figúrense ustedes que yo fuera esa niña, y que en vez de llorar a mi madre muerta -que así la prefiero- supiese que una desavenencia de miras me había puesto en el caso de aprender mis oraciones por el precio de una pensión, de hacerme señalar por las gentes como el repulsivo fruto de una honradez cuestionable, de marchitar mis labios por la sed de besos, de sentir frío el corazón, la naturaleza enfermiza y el hogar mutilado. ¿Qué ideas no habían de bullir en mi mente al avanzar en la existencia? Acabaría tal vez aborreciendo a entrambos por haber antepuesto su egoísmo a la conservación de mi bendita ignorancia. ¿Querrías tú que yo te odiara así, que te negase mis caricias, que te llamase padre con los labios y verdugo con el alma?

     GUILLERMO. -No... no.

     LOLA. -Pues hazle entender a aquel hombre que si esa criatura se resigna, es sólo por la debilidad de su condición; por esa ley inhumana que permite a un extraño acudir en defensa de la honra de una mujer cuando, alguien la ofende, y no deja a una hija volver por el decoro de su madre cuando el marido la insulta, porque tenerlas separadas a las dos, equivale a estar diciendo constantemente a la huérfana: «Tu madre es indigna de ti.» Y entre los padres y los hijos no cabe más que el respeto o la tumba.

     CARMEN. -(Aparte a él.) (¡Guillermo!)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (Acabemos.) (Alto.) Pues bien, Lola, explaya tu ánimo. Diríase que la casualidad ha previsto tus deseos. Puedes considerar como un hecho esa reconciliación que tanto ambicionas.

     CARMEN. -¿Cómo?

     LOLA. -¿Es posible? (Alegrándose.)

     GUILLERMO. -Sí; el marido de Carmen se ha decidido a poner un término a esta situación. (JUAN que ha aparecido momentos antes, oye las últimas palabras y avanza lleno de júbilo.)

     CARMEN. -(Aparte.) (¿Qué oigo?)



Escena VI

DICHOS y JUAN.

     JUAN. -¿De veras? Si estuviese aquí lo abrazaba. Sea usted su apoderado. (Abrazando GUILLERMO.)

     LOLA. -(Abrazando a CARMEN.) Dios oye al que le suplica con fe.

     GUILLERMO. -Pues... sí; la ha mandado llamar y mañana... sale Carmen para Cuba.

     TODOS. -¡Ah!

     LOLA. -(Aparte.) (Me la quita.) (Llorando.)

     CARMEN. -(Aparte.) (La felicidad no se ha hecho para mí.)

     GUILLERMO. -(Aparte.) (El golpe es rudo, pero necesario.)

     JUAN. -(Aparte.) (Esto no tiene compostura. Será forzoso apelar al gran recurso.)

     GUILLERMO. -Pero, Lola, no te comprendo. Se realiza lo que tanto ambicionas, yen vez de abandonarte a la alegría se te saltan las lágrimas...

     JUAN. -Es natural; la duele separarse para siempre de Carmen a quien se había acostumbrado a mirar como cosa propia. (A CARMEN.) A usted también parece que le arranquen las entrañas.

     CARMEN. -Sí... Es verdad... Sufro horriblemente.

     GUILLERMO. -Eso pasará con el tiempo.

     LOLA. -No. El tiempo mitiga las penas, borra efímeras afecciones; pero no podrá conseguir que en el curso de mi existencia, deje de ir unido a mi llanto y a mis sonrisas el nombre de Carmen; porque si respiro le debo a ella mi aliento, si palpita mi corazón es porque las pulsaciones del suyo repercuten en el mío, porque su ser, en fin, es mi ser y tu sangre la sangre que corre por mis venas.

     GUILLERMO. -¿Eh? (Alarmado.)

     CARMEN. -¡Lola!

     JUAN. -(Aparte.) (Que baje la frente.)

     GUILLERMO. -¿Qué... quieres dar a entender con eso?

     LOLA. -(A CARMEN.) Reléveme usted del silencio que le he jurado.

     CARMEN. -Hable usted.

     LOLA. -Viajabas tú por Suiza... yo estaba en el convento. Aquella tarde habían castigado por falso testimonio contra mí, a la hija de una Amazona del circo a quien creo que tú pagabas la pensión. Al salir de su encierro hallábame de pechos a una ventana siguiéndote con la fantasía en tu viaje. De pronto una violenta sacudida me derribó sobre la vidriera.

     GUILLERMO. -¡Ah!

     LOLA. -Era la venganza de mi condiscípula. La desgracia quiso que recibiera el golpe en el brazo...

     JUAN. -Abriéndose una profunda herida en la arteria humeral.

     GUILLERMO. -¡Qué horror!

     LOLA. -Cuando llegó Juan, yo había perdido ya el conocimiento.

     JUAN. -Figúrese usted... hora y media desangrándose.

     GUILLERMO. -Ángel mío...

     JUAN. -Logré cohibir la hemorragia, pero el abatimiento y la debilidad eran extremos. Por fin se presentaron síntomas alarmantes, incoherencia de ideas, exaltación nerviosa, latidos frecuentes, respiración difícil, en suma, la vida que se apagaba.

     GUILLERMO. -Y yo divirtiéndome entre tanto.

     JUAN. -De modo que para salvarla no había ya otro recurso que verificar la transfusión de la sangre; pero nadie se prestaba a ello.

     GUILLERMO. -Egoístas.

     LOLA. -Por fortuna Carmen, que sin yo saberlo, venía todas las tardes en tu ausencia a tomar noticias mías en el locutorio, al enterarse de mi estado, subió como una loca gritando con el brazo desnudo: «Toda mi sangre para ella...»

     GUILLERMO. -¡Oh! (Ahogado por los sollozos.)

     LOLA. -Y ya lo ves... hoy me es dado besarte a riesgo de su vida y la infeliz no puede recibir en nuestro seno la recompensa de su abnegación. (Pausa.)

     CARMEN. -No prolonguemos esta agonía. Adiós.

     GUILLERMO. -¡Carmen!

     LOLA. -¡Oh! Aún no. Es muy cruel.

     JUAN. -(Aparte.) (Hay que sacar el Cristo.)

     LOLA. -(Aparte a él.) Juan, me vencen.

     JUAN. -(Alto.) Un momento, no atropellarse, ¿y dice usted que el marido de esta señora le llama su lado?

     GUILLERMO. -Sí.

     JUAN. -Pero esa noticia se habrá recibido por el último correo de Cuba.

     GUILLERMO. -Eso es.

     JUAN. -¡Ah! Pues las mías son más frescas.

     TODOS. -¡Cómo!

     JUAN. -Acaban de trasmitirme desde la Habana este despacho telegráfico. (Leyendo uno que saca del bolsillo.) «Juan Fernández, muerto anoche, repente.»

     TODOS. -¡Ah!

     JUAN. -(Leyendo) «Prevenga usted poco a poco, viuda (CARMEN se deja caer en una silla para ocultar la hilaridad que le arranca este inesperado subterfugio. GUILLERMO saca el pañuelo y se cubre con él el rostro con el mismo fin.)

     LOLA. -¡Carmen! ¡Padre mío! (Corriendo a ellos.)

     JUAN. -(Conteniéndola.) Déjalos que tributen ese homenaje de dolor al amigo y al esposo.

     CARMEN. -(Levantándose para echarse en los brazos de LOLA.) ¡Hija de mi alma!

     LOLA. -(Deteniéndola.) No, aún no, más tarde. Ahora nos hallamos bajo la impresión de la sorpresa y no podría saborear todas las caricias que le reservo a usted. Que la primera expansión sea para mi padre que es el que más lo necesita. Que los vea yo a ustedes en brazos uno del otro. Yo puedo esperar. (Echando a CARMEN en los brazos de su padre.)

     CARMEN. -¡Guillermo!

     GUILLERMO. -Perdón.

     LOLA. -(Aparte contemplándoles.) ¡Vuelvo a tener familia!

     JUAN. -(Aparte a LOLA.) ¡Venciste!

     LOLA. -(Aparte a JUAN.) Sí, pero que ignoren siempre la batalla que los he librado. Los padres no deben tener por qué avergonzarse nunca delante de sus hijos.



FIN DE LA COMEDIA.

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