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Un mal día, cuando principiaba octubre, regresaron de improviso los hombres de la cruz verde. Les seguían algunos cuadrilleros de la Santa Hermandad.

A él, le sorprendieron cerca del lagar que se levantaba sobre una mota y desde la cual ojeaba la faena de los vendimiadores.

Desmontó uno de los agentes, con la mano bien afianzada en la empuñadura de su tizona, y sin miramiento ni escrúpulo, lo agarró por la pelambre y le volvió la cabeza mostrando a los otros el lado derecho.

-Sí, no hay duda. Es el que buscamos. -Dijo el más viejo de los familiares de la Inquisición.

Luego, lo llevaron, en medio de los caballos y del estupor de siervos y menestrales, hasta la aldehuela de Peronuño. Irrumpieron destempladamente en su casa y lo alzaron todo patas arriba. Por fin, en el arquibanco descubrieron unos manuscritos ratonados, polvorientos y de tintas desvaídas, de los que ya ni siquiera guardaba memoria.

Los hombres de la cruz verde los examinaron con la mayor aplicación, pliego a pliego, en tanto Sabrino permanecía aún atónito, sin saber a cuenta de qué venía tanta pesquisa.

-¿Son tuyos?

Hizo un gesto ambiguo. En realidad, no recordaba nada acerca de aquellos papeles.

Los funcionarios del alto tribunal eclesiástico mantuvieron entre sí una conversación breve e inaudible, de la que apenas trascendió más que un bisbiseo de reclinatorio. Seguidamente, ambos lo observaron detenidamente con cierta acritud.

-Dime -preguntó uno de ellos-, ¿profesas la verdadera fe de Jesucristo?

Se encogió de hombros. No sabía de tales materias, ni tampoco nadie se había ocupado nunca de enseñárselas, ¿a qué entonces el despropósito? Profesaba, sí, la ley de la supervivencia y no aprendida en códices ni escrituras, sino en el desamparo y la adversidad, en el ayuno forzoso de cada día y de cada noche pasada al raso, en el hostigamiento y en la opresión. ¿Dónde estaba, pues, la verdadera fe que ahora le requerían? ¿O es que tal vez con ella hubiera aplacado las urgentes apelaciones de sus tripas? No. Él no profesaba más fe, ni más doctrina, ni más ley que la suya propia. Y por eso, no se sentía culpable.

-Prendedlo -ordenó el adusto licenciado que antes lo interrogara.

Dos de los jayanes lo asieron por los brazos, pero Sabrino reaccionó aceleradamente derribando a uno de ellos de un violento topetón en la nariz, mientras el otro se retorcía con los ojos desorbitados, a consecuencia de una coz, en los testículos. De inmediato, se precipitaron otros cuatro servidores de la Justicia, en el interior del sórdido chamizo y redujeron al amotinado a punta de espada.

-Teneos ahí, señores -terció a tiempo uno de los familiares del Santo Oficio-. Y cuidad de que este hombre no padezca daño alguno, hasta que sea entregado a la autoridad que ha dispuesto su detención. Habréis de conducirlo sano y salvo a donde oportunamente se os confiara. Bajo vuestra custodia queda. En el nombre de Dios, guardaos, entre tanto las mezquindades y venganzas, pues que ante Él responderéis si algo malo le sucediera en el traslado al cautivo, porque sabed que median, en el caso, poderosas y muy graves razones que afectan a la seguridad del dogma y del reino.

Sin más, los caballeros de la cruz verde montaron grupas y se alejaron, al galope, del villorrio, dejando a alguaciles y presos sumidos en la incertidumbre y anonadados por lo confidencial y hermético de aquellas palabras. Repuestos del asombro, engrilletaron cuidadosamente a Sabrino y lo sacaron a la luz. Padre, padre, repitió una voz menuda a sus espaldas. Se detuvo, en el umbral, y escrutó la penumbra. Descubrió al rapaz, entre el desorden de los miserables enseres. Sabrino esbozó una sonrisa indescriptible, cabeceó como un buey y echó a andar, arrastrando las cadenas, flanqueado por los cuadrilleros.

Casi cinco agotadoras jornadas les llevó cubrir la distancia del señorío de Peronuño, hasta Peñaranda de Bracamonte, donde el alcalde de la Hermandad ya había recibido, lacradas y selladas, órdenes secretas, con respecto a lo que tenía que hacerse con aquel temible sujeto. Sabrino permaneció durante dos días más, en los lóbregos sótanos abovedados de la mazmorra del partido. Por último, lo introdujeron en una carreta completamente cerrada y prosiguió el incierto viaje.

Las accidentadas y pedregosas sendas, le crujían todos los huesos, pero podía ir tumbado y observar por las rendijas del maderamen la monótona y desabrigada paramera. Amodorrado por el constante vaivén, Sabrino rememoraba, a retazos y sin ajustarse a método cronológico alguno, los postreros años de su vida desgranados no con demasiadas emociones, a la sombra del castillo de don Fadrique de Esquivel, hombre virtuoso y más dado a los negocios de la Corte que a la solicitud de sus heredades.

Fue el propio don Fadrique acompañado de sus gentes de armas, quien lo rescató de una muerte segura, cuando se desangraba maniatado, en el robledal. Los físicos y cirujanos del noble señor lo atendieron, hasta que se recuperó de sus muchas heridas.

Más tarde, don Fadrique reposado en su sillón de cuero, junto al hogar donde crepitaba la aromática ramiza, escuchó, paciente y meditabundo, la historia urdida por Sabrino, para así reconfortarse con los favores de tan influyente personaje.

Y si tanto empeño pongo en la relación de mis vicisitudes, algo de cierto ha de haber en ellas, que tengo por probado que la realidad le saca, por poco, medio cuerpo de ventaja a lo que tomamos por fingido. Y de estas aparentes inventivas pueden llegarse, de tiempo atrás, cosas que escapando a la memoria mía, prevalecen en otra de muchos y la habitan hechos de los que hay acta fiel y bien cumplida. Pues nadie ensueña, digo, más que aquello que la tierra le presta. Y si miento que soy comerciante, he comerciado con la muerte y con la creencia ajenas. La mentira radica no en la acción, sino en la naturaleza de la mercancía. Y aún se me figura que de indagar mis orígenes que intuyo, no sé muy bien debido a cuáles subterráneos barruntos, turbadores y tenebrosos, mis orígenes, digo, como maldita y errabunda la estirpe de la que procedo, habría de hallar justificación al trueque de la tal mentada naturaleza y mudanza de las cosas, por cuanto ni asesiné, ni desvalijé, ni profané, ni forcé mujer, por deleite, que lo hice apremiado por las necesidades del cuerpo, como otros más picoteros trapichean con zalemas y obtienen buenos beneficios de su arte, o como unos terceros, en nombre de tal secretario o chanciller o señor de horca o cuchillo cobran tasas y tributos de portazgo, roda, sello y aduanas, o diezmos, como los príncipes de la Iglesia, que los requieren para costear la guerra contra el moro y toda la pompa y ornato de su dignidad. Y así ha de ser, digo. Cada uno, a lo suyo. Que yo no elegí el destino. Que me obligaron, como quizá yo obligué a otros. Que andamos todos en lo mismo y de todos precisamos. Que sin los unos no habría razón para los otros. Y en esto estoy.

Pues bien, oportunamente y en tanto convalecía, Sabrino contó sus desventuras a don Fadrique de Esquivel, señor de Peronuño, unas vísperas desapacibles, al amor de la lumbre.

Nací de padres laboriosos y honestos y con ellos crecí y me hice hombre mirándome en su ejemplo, trabajé en el telar y llegué a conocer el manejo del alhaquín, cuando no era más que un zagal. Pero, su señoría, sabe de los impulsos de la mocedad y de las sugestiones de este mundo agitado que nos ha correspondido. De modo que, con las bendiciones paternas, me contraté de criado con un comerciante flamenco y con él anduve corriendo países y ferias. Por fin, me emancipé de su tutela y establecí mi propio negocio. Fue, en verdad, duro poner en pie todo aquel tinglado. Durante años, la suerte me fue adversa. Soporté reveses y me vi en la ruina. De manera que tuve que ejercer oficio de fundidor y más tarde de chapinero, antes de incorporarme nuevamente al tráfico de pasamanería, brocados y fustanes. Con todo, di en casa de un prestamista que me sacó hasta los hígados. Andando el tiempo, contraje nupcias con la viuda de un hidalgo de medianía. Dama pudorosa donde las haya y entregada a la oración, tanto que pasaba las noches en un puro arrobamiento de carácter místico. Y sus aposentos eran cuartel de bienaventurados y claustro para las más enfervorizadas prácticas, con las que gozaba, mi buen señor, como Santa Catalina de Alejandría. Falleció la tan amada esposa víctima de un lamentable accidente y yo, entonces, busqué consuelo en la soledad y en la penitencia. Y he aquí que, cuando satisfechos con largueza los lutos, regreso a Castilla, para invertir mis ahorros guardados con tantos sudores y honradez, en una abacería o en una modesta fábrica de paños, me asaltan unos rufianes, me sangran y roban, me humillan y, sin ninguna consideración, me exponen a la vergüenza que vos sobradamente conocéis.

Una vez que hubo escuchado el relato de los hechos, don Fadrique de Esquivel asintió con pesadumbre. Pero en sus claras pupilas burbujeaba una casi imperceptible ironía. Eres una vulpeja, lo sé, vanidoso anciano que tanteas ya la sepultura. Yo aliviaré el peso de tu oro, para que no te hundas, hasta los infiernos, se dijo, incómodo Sabrino. Pues esta historia resulta tan derecha como verosímil y no la otra que he vivido soñado o que he soñado que vivía, por cuanto, si se medita, imposible parece que un hombre sea hoy perseguido como Satanás y mañana, beatificado por sus perseguidores; ahora, victimario encarnizado y luego, víctima propiciatoria. Repara, viejo fatuo, en que las gentes del estado llano, los plebeyos como yo, también conocen el cambio que se opera en los acontecimientos a la larga y el arrimo de las conveniencias. Así es que permite que un lerdo te aconseje que pongas duda, donde tu potestad reivindica certeza.

Don Fadrique se levantó de su sillón de cuero repujado y anduvo por el amplio zaguán, en silencio. De pronto, hizo un alto y exclamó:

-Muy interesante, cuanto me habéis confiado, mi pobre amigo. Y os aseguro que aquí, en estas mis propiedades habéis de encontrar, si gustáis, la garantía y el sosiego de lo que os privaron tales bribones.

Sabrino escrutó, con sus pupilas fosforescentes, el semblante del noble hacendado.

-Sois muy generoso, señor.

Don Fadrique de Esquivel salió de madrugada, hacia la Corte, donde tenía que despachar asuntos de extrema gravedad, dadas las circunstancias en que se debatía la Corona. Pero antes, dictó instrucciones y providencias a su secretario y administrador, para que diera empleo, de acuerdo con su rango, a aquel comerciante desvalijado, en las proximidades de su señorío.

Era don Zacarías Naci magro de carnes y escueto en el decir. Hombre de muchos saberes, versado en ciencias y con el grado de doctor por la Universidad salmantina, apenas si salía de su espacioso estudio, bien nutrido de curiosos instrumentos, legajos y pergaminos. Se decía de él que practicaba la alquimia y la nigromancia y otras artes nada respetuosas para con la doctrina católica. Pero no pasaban de murmuraciones y nada de reprochable había en su conducta siempre moderada, ni en su trato obsequioso, aunque pusilánime. Sabrino se lo ganó, en cuestión de días y de tal guisa fue como obtuvo el cargo de mayoral del vasto predio, de feraces labrantíos y espléndidos pastizales.

Mensualmente, o antes, si el asunto apremiaba, don Zacarías recibía en audiencia a Sabrino, quien le daba cuenta de todo y de todo lo ponía al corriente, aun cuando se tratara de aspectos anodinos o del ingenuo palabreo de villanos, colonos y caballerizos. El administrador que se mostraba muy interesado por aquellas cuestiones, tomaba nota puntual, con su menuda y nerviosa caligrafía. Por puro protocolo rutinario, se lamentaba del bajo precio de los cereales o insistía en la conveniencia de mejorar la cabaña lanar. Luego, tras un leve y cortés saludo, zanjaba la entrevista.

No pasaron muchas semanas, sin que Sabrino se amancebara con una moza de vituperable reputación, veinte años más joven que él y algo ida de sus cabales. Pero tampoco tenía dónde elegir. Marcela, a quien decían «La pintada» por un os rodales cárdenos en la nariz y en el pómulo izquierdo, sólo se revolcaba a placer, en el jergón, cuando apuraba unos cuartillos de tinto. Entonces, le pegaba por lo erótico y lamía a Sabrino de arriba a abajo, después de untarlo con miel virgen. Sabrino la dejaba hacer, hasta que la joven, rendida por el ejercicio, se acurrucaba entre sus piernas y se dormía, con los pechos esmaltados de azúcar.

Según parece, Marcela perseveró en su infidelidad, sin que Sabrino se encabritara por la disipada y tornadiza naturaleza de la moza, a la que en más de una ocasión sorprendió en las cuadras emborrachándose con los salaces muleros que se la disputaban a los naipes; o en la alberca, desnuda y enardecida, manoseando a los zagales, voluptuosamente.

Pero nada de todo aquello le enojaba, ni poco ni mucho. Le bastaba que mantuviera el camastro despulgado y caliente, y el puchero a su hora. Casi un año más tarde y sin que se hubieran advertido señales de una maternidad inminente, Marcela parió una criatura canija y desaliñada, que se sospechó fruto impuro de aquella barraganía. El presunto progenitor apenas hizo del niño más caso que el que hiciera a un cachorro de podenco. Podía o no ser suyo. Tanto si es como no, poco ha de importarme que si procede de mi propia estirpe, y no de cualquiera otra, allá él, que pronto habrá de saberlo y sentirlo, como yo lo supe y lo sentí, y aún lo sé y lo siento, en el descrédito y en esa agria soledad que, a buen seguro, ha de zarandearlo de una parte a la parte contraria de la vida.

Y así fue. Porque precisamente, cuando Sabrino harto ya de amonestaciones y destempladas urgencias, para que legalizara ante Dios y ante los hombres su consuetudinaria situación, se dispuso a consumar el sacramento del matrimonio, «La pintada» se desvaneció en el aire y jamás volvió a tenerse aviso de ella, por mucho que se investigara su paradero. Se desataron las conjeturas y cada quien rumió, por lo bajo, su hablilla. Para unos, se había fugado con cierto estudiante pícaro y de buen ver que anduvo por la aldea cantando romances a cambio de la gallofa; para otros, estaba claro que se fue, movida por sus desvaríos, tras la fugaz pirueta de unos volatineros ambulantes; para los más lúgubres, el cuerpo de Marcela yacía en poder de algún espíritu inmundo y deforme que se alimentaba de su sangre joven y bulliciosa. En cualquier supuesto, a Sabrino se le daba igual. La oportuna desaparición de la putaña lo liberó de compromisos y ceremonias indeseables. De modo que puso a la criatura que ya echaba sus primeros dientes, bajo el cuidado y la tutela de una tolerante vecina, y se entregó a sus asuntos, en absoluto compungido, ni siquiera molesto por los chismes y mojigangas que se libraban a su cuenta, a raíz del súbito desenlace amoroso.

Por aquel tiempo, regresó al castillo don Fadrique de Esquivel. Le acompañaban algunos nobles caballeros y una menguada escolta. El anciano traía el semblante mohíno y todo su porte vaticinaba un apocalíptico ocaso. Lo observó Sabrino y se conturbó con el taciturno cortejo, que más parecían sombras, cuantos en él iban, que gentes aguerridas y prestas para la lid.

En lo sucesivo, aún habría de verlo, por otras tres veces. Y cada una de ellas, se le figuró menos tangible que la anterior. Lo veía siempre de lejos, inalcanzable como un héroe luminoso o como una gárgola catedralicia, encaramado en la barbacana. Porque, desde el punto en que le dispensara atenciones médicas y arraigo en sus dominos, don Fadrique ya nunca se interesó más por él. Probablemente, embebido por tan abstrusos negocios públicos, lo desalojó de su memoria.

Hasta que un funesto día, llegó sin paliativos la noticia: el señor de Peronuño, don Fadrique de Esquivel, había sido decapitado, en Toledo. Los jóvenes monarcas liquidaban por entonces, los fueros de la nobleza rebelde, a base de degollinas y cañonazos. No daban cuartel, ni había alcázar inexpugnable para las nuevas y poderosas armas de fuego. Con ellas, pacificaron el reino. Con ellas, alejaron a sus súbditos de inquietudes y zozobras.

Consecuentemente, no he de tenerme por rufián, que yo sólo usé del insignificante cuchillo, para aplacar el encrespado clamor de la desigualdad, en la cual se me confinó, por causas que se me escapan. Y, pues si la Corona necesita gran efusión de sangre, para prevalecer y asentarse, por razones que aseguran de Estado, ¿qué no habría de hacer yo, pobre infeliz, sumido en el destierro y en la marginación, para instalar mi vida, esto es, el único bien del que padezco, a salvo de zozobras e inquietudes? De tal suerte, deduzco que, si soy súbdito, como con tanta magnanimidad se proclama para todos, no he venido sino a anticiparme a la política social de sus majestades, sancionándola fiel y lealmente con mis actos; y si acaso no lo fuera, lo que parece poco admisible, ¿quién o qué podría algo contra alguien que habita otro reino anónimo y sin fronteras? Eso sería, sobre prodigioso, atropello inadecuado por parte de los que reputan, con el mayor merecimiento, sin duda, justos, enaltecidos y católicos soberanos.

Meses después de la trágica muerte del señor don Fadrique, llegaron, de improviso y con las debidas cautelas, los crepusculares jinetes de la cruz verde a la cabeza de una bien disciplinada tropa, con el estandarte real desplegado. No hubo lucha. La guardia del castillo rindió armas y cedió el paso. Advirtieron los funcionarios del Santo Oficio que iban a por el llamado Zacarías Naci y exhibieron orden de arresto en su contra. No demudó el sabio y discreto administrador que los recibió de inmediato en su apacible estudio. Gentilmente, y a requerimiento de la autoridad de que venían investidos aquellos hombres, depositó pape les y mansedumbre, sobre la mesa.

Don Zacarías pasó la noche incomunicado, en sus aposentos, y bajo una estricta vigilancia. Se lo llevaron, a la mañana siguiente, sin cadenas, pero cercado de picas, como si se tratara de un peligroso delincuente. A lomos de una mula de gran alzada, la cenceña silueta de Zacarías Naci se hizo más vaporosa e insignificante que nunca.

A poco del solemne y enigmático apresamiento, tierras y bienes del señorío fueron confiscados y puestos bajo la custodia de un contador acreditado por el propio chanciller de la gracia. El tránsito de toda una época se precipitó, de forma que las gentes removidas de su indolencia habitual no sabían en qué pararse, con tantas y tan abrumadoras nuevas.

De siervos de un noble, asidos a la gleba, dieron en vasallos de la Corona, con libertad de desplazarse a donde mejor conviniera a sus intereses. Cierto que reconforta decidir por uno mismo la plaza donde sentar el imperioso y prolongado ayuno o el atrio más fastuoso, para el ejercicio de la pordiosería, o la mesa de la cual se disputa un resto podrido a la voracidad canina. Gran ventura es ésta, os digo. Que yo la he gozado sobradamente y vedme aquí, no sé cuántos años ya, alborotado e indeciso, aunque muy otra sea mi condición.

Pronto, empero, se reanudaron las ocupaciones acostumbradas, una vez vencido el natural desasosiego de unas vísperas que se anunciaron pródigas, para dar luego en vaciedad sermonaria, ya que sólo el amo había mudado y no el pan seco, ni el curso de las lluvias ni tampoco de aquellos cielos flamígeros ni siquiera el soplo enemigo de la Berbería, elementos, en fin, que regulaban las cosechas y auspiciaban las urgentes funciones intestinables; y ni la retórica de los alcaldes de corte ni las pragmáticas ni demás disposiciones hacen que espigue el trigo o que se perturbe el ciclo de los encelamientos, como vengo observando, ¿a qué, pues, tanta monserga? A Sabrino lo exasperaba el contador real, siempre avizorando la trilla y los frutos en sazón y los graneros y el recebo de mosto para las mermas, que ni un celemín de avena pudo distraer, por entonces.

Engreído y desdeñoso, de abdomen hidrópico y sotabarba lacia, el enviado, a grupas de una yegua zaina, galopaba la propiedad, hasta sus más remotos confines, con el empaque de un grotesco virrey, amparado en el ministerio de aquel pergamino con la estampa, en lacre, de los cuarteles leonés y castellano, y un persuasivo haz sagital. Presumes de panza y salta a la vista que la tienes y sobrada para embutirla, como apretado y lustroso pescuezo de porcino, que si no fuera por esos jayones que te aguardan, buen pringue habrías de adjudicarme a trueque de los caudales que ya presumía en mi talego, dándole tiempo al tiempo y echando mucho cuajo por delante, con la corrosiva decrepitud del anciano señor y el retraimiento y dejadez de don Zacarías. Años así, al acecho, fingiendo subordinación y lisonjas, para que ahora un execrable chinarro como tú, empecinado de poder y corrompido de exigencias, me arrebates el sustancioso y bien sudado botín. Ándate, pues, con tiento, que si lograra, según pretendo, ponerte la mano encima, se te vaciaba la bolsa y aun las de todos tus deudos, en ataúd, pompas y enterradores.

Mientras, el rapacejo que le endiñó la mozcorra Marcela se aupaba ya hasta casi su cintura. Iba, de ordinario, nómada de los nauseabundos albañales al melocotón enverado por el tornasol de los insectos; o rastreaba los ejidos y corría, a cuatro patas, sorbiendo ubres y remansando la leche, en sus belfos, hasta que fermentaba en cristales de glucosa. A veces, seguía a Sabrino, subrepticiamente, con el magisterio del raposo y la suspicacia del perrezno apaleado. Cuando Sabrino lo descubría que no era siempre, lo ahuyentaba a cantazo limpio y en más de una ocasión lo escuchó aullar de dolor. Que aguante lo suyo, pues si resultara, en efecto e indicios hay de ello, hijo mío, habido del ayuntamiento con «La pintada», ninguna indulgencia habrá de sacarme, ni con lágrimas ni tampoco con imprecaciones, por cuanto, si accedo y tal provecho obtuviera hoy de mí, podría fiarse mañana de cualquier otro y salir malparado del trato e indefensión que propicia el siempre pasajero acomodo. Paréceme conforme a ley de vagabundo y cuitado que reciba ahora, y por mí mismo, las zurras bautismales que suponen, para su mejor crianza y precepto, el único patrimonio que de fijo he de legarle. Lo demás que es mucho, lo da y de baldes, la vida y el ancho universo, ambos buen paraninfo, para revalidarse de hombre que cela su franqueo, ya sea por discernimiento, ya por reciura.

Y así estaban las cosas, más o menos, digo, cuando de golpe me tomaron preso y casi me arrastraron como a una res, encadenado al arzón de una caballería, hasta Peñaranda de Bracamonte. Si allí, en carreta sólida y bien cerrada, dándome, todo el camino serrano, costalazos contra el paramento, por Piedrahíta y Talavera, me condujeron a estas tenebrosas galerías, donde aún ignoro qué quieren de mí y por qué me someten a tanta sevicia y humillación, y se gozan viéndome tundido, en particular ése a quien llaman Gamazo, homosexual y bizcuerno, y al que juro que he de quebrarle los huesos, antes de que se cumpla lo que haya de cumplirse.

Con las sucesivas audiencias de moniciones, Sabrino concluyó por irritarse de forma que insultó a jueces, doctores y fiscal. Sus palabras soeces y bárbaras, palidecieron los semblantes de sus señorías, quienes, tras una breve y crispada pausa, estupefactos por el agravio del que les hizo objeto y más, si cabe, por las blasfemias vertidas en el curso del piadoso acto, resolvieron, mitad meditabundos, mitad ensoberbecidos, devolverlo a la celda, en medio de una tempestad de cruces confortativas, no sin antes advertir a sus carceleros que le administraran nuevas y más frecuentes torturas a fin de aplacar aquella irreverente y desbordada cólera, de la que había rendido toda una portentosa e inaudita relación oral de obscenidades y exabruptos, imposible de recoger textualmente en el infolio.

Mas la medida arbitrada, con tan rectos propósitos, por el inquisidor, resultó estéril y dilatoria, toda vez que, sometido a interrogatorio, quince días después, y aun trashojado y enfebrecido, perseveró en su porfiada conducta y en modo alguno se avino a la causa por la que se le juzgaba y, en cuyas instrucciones sumariales, aparecían implicadas hasta veintitrés personas. Pero, ¿qué tenía que hacer él frente a la grandilocuencia teologal y a los ininteligibles latines que sus ilustrísimas invocaban con tanta y tan bíblica unción? ¿Y cómo recitarles, por vía de apremio, el padrenuestro que nunca supo? Afirmó, sin empacho, que se llamaba Sabrino, a secas. El resto lo desconozco, que si, por asomo, rastreara la identidad de mis progenitores, juro que mal habrían de pasarlo. Agregó que, en un tiempo ya pasado, sus cofrades del crimen le decían «El saña». Que así conste en la sentencia, demandó un orondo eclesiástico, entre regüeldos de malvasía y con los ojos velados de dulces y sugestivos vapores.

Consumido de impertinencias y definitivamente harto de la sombría tramoya, Sabrino decidió arrebujarse en el más obstinado mutismo. En aquel punto, los miembros del tribunal se soliviantaron y era cosa de ver sus gestos y pasmos, a la cárdena luz de la puesta que se derramaba por los altos vitrales. Con todo, no cedió Sabrino en su ausente actitud, ni aun a instancias del benévolo y enteco fray Gabriel de la Anunciación, quien se le acercó provisto de un crucifijo al que le atribuía virtudes curativas y le conminó, por tres veces, a reconciliarse con la santa fe católica y evangélica.

Frustrados los empeños, pues ni amenazas ni exhortos, conmovían al renuente pecador, deliberaron inquisidores, representante episcopal y teólogos, acerca de la sentencia que debían dictar, oídas ya acusación y defensa. Mientras, Sabrino ocupaba su ocio en la contemplación de aquellas arrebatadas gesticulaciones que, a la oscilante llama de las candelas, se agigantaban por los altos muros de sillería, dando así en una tornadiza y teratológica fauna. Son talmente estafermos.

Se negó el acusado a entrar en la materia herética de la que se le hacía parte y cómplice y se mostró incontrito cuando se le denominó, con capital formalidad, judaizante. Y eso, ¿qué es? Sabrino defendió lo único que le habían dejado: el secreto de los misteriosos papeles que encontraran en el arquibanco de su casa y que se erguían en el centro de tan solemne causa. No delataré a don Zacarías Naci, porque él fue quien me los confió, según hago memoria, ponedlos a buen recaudo -me rogó-, que no siendo principales, contienen notas y escolios de mi mano, en orden a determinados asuntos de muy personal y entrañable querencia. Y allí, permanecieron, año tras año, expuestos a la insaciabilidad de los pececillos de plata, nidal y letrina de ratones, sin que el administrador, ensimismado en las más recientes y cuodlibéticas teorías, omnia contradictoria habent aequalem repugnantiam, los recabase; ni él, venial iletrado, les concediera nunca acomodo en su interés. Hasta que un mal día de octubre, cuando el hollejo de la uva aromaba el lagar, los hombres de la cruz verde dieron en rebuscarlos.

El veredicto no demoró: Sabrino Saña comparecería públicamente en auto de fe, en el cual se decretaría la pena impuesta, sin posibilidad de apelación, ya que, en ningún momento del proceso, el reo se había mostrado arrepentido de sus graves errores.

La solemne comitiva partió, muy temprano, de San Pedro Mártir, en cuyo altar mayor se celebraron las misas. Una multitud indiscriminada y fervorosa, se engavillaba en las inmediaciones del templo, hasta que desbordó de entusiasmo.

Precedía la marcha una compañía de carboneros, gallardos y de picas enarboladas, a quienes competía la provisión de leña, para los braseros. A continuación, el abanderado del Santo Oficio, noble sobrio y circunspecto y de mirada añil, a horcajadas de una caballería de hermosas crines y pulida gualdrapa, entre dominicos blanquinegros roedores de preces. Y detrás, abigarrados pelotones de guardias inquisitoriales; coros, casi seráficos de salmistas; familiares apretados en torno al pendón de la Cruz Verde, preventivo y rampante como una garra; tonsurados, alguaciles, funcionarios y otras gentes de rango. Y, por fin, veintitrés hombres y mujeres, todos ellos con cirios en las manos, menos Sabrino Saña que iba encadenado y con mordaza, para sofocarle la blasfemia. Llevaban la mayoría, casacas sin mangas, con el aspa roja de San Andrés. Sólo cuatro vestían sambenito jaldado y se tocaban con caperuzas: eran impenitentes conferidos a la llama. Cerraban la fastuosa procesión los magistrados del santo tribunal.

Una vez situados debidamente y por orden jerárquico en la tribuna, se procedió a la lectura de las sentencias. Dieciocho reconciliados abjuraron de levi y sólo uno, Zacarías Naci, judío converso, de vehementi, y se les absolvió de la excomunión en que habían incurrido ad cautelam. Los cuatro restantes fueron relajados, es decir, entregados a la Justicia secular para que cumpliera en ellos las penas impuestas. A tres, se les concedía la gracia del garrote, antes de convertirse en ceniza. Y sólo uno ardería en vida, por su contumaz perseverancia en la doctrina de Moisés, y también por haber pretendido estrangular, al filo de las ceremonias religiosas, al alguacil Gamazo a quien dejó agonizante, con la cerviz quebrada, en los mismos subterráneos de las mazmorras.

Los condenados fueron conducidos al patíbulo, azotados previamente con varas de fresno, ante un júbilo popular y saludable, y amarrados a los postes de ejecución. Qué absurda y tan sin sentido se me antoja la Justicia, pues observo que sirve a la conveniencia de los poderosos y no al bien común, como tento para mí que habría de ser. Y así se me acusa de judaizante cuando ignoro en absoluto lo que tal significa. Y no sabiendo, y por notorio está harto probado, leer ni escribir, se me endilga la autoría de los textos cabalísticos hallados en mi casa y que arguyen, fanáticos y exacerbados, atentatorios en el mayor grado, para el dogma. Conozco que, en llegando a este extremo, mantuve por voluntad propia un sospechoso y controvertido silencio. Y conste que no fue para preservar del riesgo a ese vilote de don Zacarías, sino para identificarme en el engaño mismo en que he vivido. Muero, entonces, en el despropósito y en la ignominia de la falibilidad de quienes sentencian irresponsablemente en nombre del cielo; y no por cuantos degollé y escarnecí, que si por ellos me alcanzara el castigo sería éste, comprensible y, desde luego, consecuente con mis andanzas. Y todo me lleva a un punto de reflexión, cuando ya los verdugos se apresuran a proporcionarnos la terrible pena que nos han impuesto.

Blandiendo el pesado crucifijo, el obstinado fray Gabriel de la Anunciación se acercó a Sabrino para confortarlo, en sus últimos momentos, dime, hijo mío, ¿en qué ley mueres? En la vuestra, respondió el condenado. ¿Mueres, pues, en la ley de Jesucristo? En la vuestra, digo. En la ley de la horca y del fuego. El reverendo religioso de la Orden del seráfico retrocedió unos pasos anonadado, por tanta ingratitud. Rex iniquus, musitó.

Las llamas se levantaron velozmente. Estoy ardiendo, me arden los cojones, ardo todo, todo yo. Y allí estaba, agazapado entre la turba delirante, como una desvalida bestezuela. ¿Y ahora, qué? ¿Qué va ser de ti? Se desvaneció asfixiado por la espesa y nauseabunda humareda.

Ardieron maderos, poste, ropas y ligaduras. Qué frío, que frío tan intenso me consume. Ya era una tea. El ejecutor de la sentencia abrió el escotillón y los despojos se precipitaron en el brasero.

Por la tarde, esparcieron sus cenizas sobre un campo de amapolas. Los corpúsculos zigzagueantes se iluminaron de púrpura, con el tibio sol de junio. Y un rapacejo los persiguió ávidamente, como si fueran frágiles mariposas y como frágiles mariposas se deshicieron en sus manos.




- 6 -

El niño mamón Sabrino Saña fluvialmente proclamado guahibo de orquídea y útero, castellano proscrito y apócrifo de la tribu de Judá, que inauguró así un mestizaje tan volátil como telúrico, habría de morir en la horca, con la luna en cuarto menguante, veintisiete años después. Cuando lo ajusticiaron, llevaba un arete de metal magnético, en el lóbulo de la oreja derecha. Justo la misma que le rebanaron a su abuelo, el heresiarca.

Pero el niño mamón Sabrino Saña aún conocería muchos y sorprendentes portentos. Y estaba destinado a ser, por este orden, virrey beodo de la constelación de Casiopea, prófugo de galeras, esclavo de tiro en la bahía gaditana, homicida de barberos y presbíteros, quiromántico y echador de cartas, hasta que lo prendieron y condenaron por un robo que no había cometido.

Para que todo se cumpliera, tuvo su padre que transformarse en caimán. El niño Sabrino Saña, una vez reintegrado el pezón materno a su arbóreo principio, presenció seriamente la soberbia transformación.

Un día de aliento tórrido que se disputaban en enjambre los insectos de ópalo, cuando la efigie solar se posó en la cúspide del aire, padre e hijo, puntuales y silenciosos alcanzaron el río. Allí estaba, sobre el yesquero de la orilla, el gran caimán de humo.

Sabrino Saña, conquistador de las provincias de la locura y de los fugitivos tesoros, entregó a niño Sabrino Saña sus armas de clorofila y anís. Luego, se desnudó. Descarnado de cuerpo, palúdico y marcial, se fue hacia el monstruo que sesteaba. Ceremoniosa y delicadamente, se introdujo en él, por sus abiertas, húmedas y carmíneas fauces, como un viático votivo. Aún con brazos y cabeza afuera, despertó de náusea el gigantesco reptil. Entonces, abatió las mandíbulas, mientras avanzaba, con pereza, al encuentro del río, en cuyas aguas se sumergió.

El niño Sabrino Saña embrazó la rodela, puso en alto la espada y aguardó el desenlace del prodigio. No mucho después, el gran caimán de humo asomó el hocico, cimbreó su poderosa cola y navegó majestuosamente, hasta sus pies. Lo miró y el niño Sabrino Saña descubrió en aquella mirada toda la melancolía y todo el abandono del mundo. Y supo de cierto que se había verificado la transfiguración. Porque aquella mirada era la mirada de su padre. Y ambos, caimán y niño, lloraron de alborozo. Así fue como Sabrino Saña conquistó, por fin, el lugar donde jamás antes nadie habitó.

A partir de aquel día, todos cuantos le sucedieron, el niño Sabrino Saña, puntual y silencioso, acudía a dialogar con el acongojado caimán. Que se sepa, el primero y muy posible también el único que habló la lengua del imperio.

De modo tan fascinante, el niño mamón Sabrino Saña habría de incorporar a su ya indocumentada y dúctil genealogía, el linaje de los saurios, para que cinco siglos más tarde, otro niño mamón Sabrino Saña Oteiza, hijo natural de un héroe inmolado en vísperas de las exequias del dictador, adquiriera fortuitamente la rara facultad de los seres anfibios.

La placenta de la luna se derramó al pie del manglar y dejó estupefacto al aventurero: de su pertinaz insomnio, le vino, sin duda, el hábito de la transparencia. A raíz de semejante fenómeno, Sabrino Saña experimentó una renovada insubordinación contra un pretérito ya implicatorio y encallado en su inconmensurable retiro. Con todo, aceitó los parvos recursos y volvió a las andanzas, convencido de que la reciente propiedad encabritaría a sus perseguidores.

Ya no por los encinares e hijuelas que habrían de conducirlo fatalmente al océano y de allí a la embriaguez del exterminio de caribes, sino por aquellos selvosos pantanos de la pesadilla, conoció Sabrino Saña su virtual privilegio. Y entonces, empuñó la azuela, una vez más, y hundió la hoja amolada con pulcritud, en la molondra de su amo, don Nicomedes Pedroso, deán capitular y calificador del Santo Oficio. Luego se ocultó, regocijado y vindicativo, en una burbuja de refulgencia lunada, y se mantuvo invisible al ojeo de los representantes de la ley que iban aprisa, en rastros especiosos e inconexos, un tanto apabullados por el repentino eclipse de la pieza venatoria.

Hizo el viaje, en volandas, subrepticio y nunca sosegado bajo el sofoco diurno, por tierras labrantías y dehesas carniceras, célere en la noche, sorteando villas almenadas y solariegas mansiones de hidalgos de bragueta, siempre a mano su estratagema del plenilunio, hasta que venteó unos husmos salobreños y se dio, tras rebasar unas inhóspitas lomas, con el mar. Tan exorbitante azul lo postró de golpe. Era talmente un hechizo que lo inundaba de gozosas estipulaciones.

Merodeó Sabrino Saña por las marismas, aún con el pasmo de aquella inesperada revelación, fluctuando entre los médanos de la embocadura, inmune a toda asechanza y purificado de miserias. Y un día, el flujo lo arrastró cauce arriba, para introducirlo en el bullicio de la quimera abonada a la sombra de la Torre del Oro.

Allí supo el tránsfuga de un continente opulento, de especias aromáticas y arboledas auríferas. Desbordaba la traumática multitud de historias inverosímiles, en la voz jactanciosa de pilotos y timoneles. Sabrino Saña se confundió entre mozos de espuela, logreros de Flandes, soldados de fortuna, cartógrafos genoveses, armadores y capitanes de oficio. Y se contrató para la empresa, con otras muchas de aquellas gentes ambiciosas e indeseables.

En el límite impreciso de una realidad distorsionada por las fiebres palustres y de la memoria abatida, Sabrino Saña averiguó morosamente la naturaleza diáfana de sus órganos. De producirse años antes, hubiera evitado el acoso marismeño, la cicatriz de una leve estocada en la mejilla y su recluta mercenaria y onírica en una pavorosa navegación, sin retorno, como ahora, oculto en una burbuja de refulgencia lunada, invisible e inodoro, se crecía inalcanzable a la zarpa del jaguar o a la embestida del pécari. Con todo, aceitó los parvos recursos estimulados por la malaria y amoló la azuela y la hundió, una vez más, y otra, y otra, en la molondra de su amo, don Nicomedes Pedroso, deán capitular y calificador del Santo Oficio, mientras su padre, desde el poste donde fue supliciado, reducido a pavesas, herético rebenque de la fe apostólica, le sonreía.

Lo encontró al alba la joven indígena que había tomado por mujer, madre ya del aún niño mamón Sabrino Saña. Sudoroso y sumido en un sueño hipnótico fue transportado, en una improvisada parihuela, hasta la choza familiar. Una anciana experta en pócima, preparó solemnemente la infusión de quina, en medio de un reservado murmullo recitativo.

El alcaloide obró sus efectos y detuvo, por algún tiempo, los desvaríos del frustrado conquistador, quien para esquivar las inclementes evocaciones, se dedicó a la captura y clasificación de lepidópteros. Y tanto afán puso en aquel programa que, en muy pocos días, consiguió reunir cincuenta y seis ejemplares diferentes. Con finas astillas, les atravesó el tórax y los clavó en un bastidor en el que atirantó un cuero de venado, formando con ellos la silueta rudimentaria y polícroma de un navío fletado para su redención. Durante horas, se extasió en el examen del delicado artificio, hasta que vertiginosamente incitado por la furiosa tormenta iridiscente de las mariposas moribundas, se le enhebraron las imágenes desleídas (tras un progresivo proceso de degradación), en el laberinto de los recuerdos, aunque quizá hubiera interpolaciones adventicias o espurias, tan absurdo todo en aquella órbita original, y regresó, no corpóreamente, por supuesto, pero regresó a un campo de amapolas que se meteorizaba, en barbechera, para recolectar, con ternura y codicia, unas deleznables partículas de las cenizas paternas.

Como impulsado por una vibración cósmica, corrió Sabrino Saña hasta el manglar de raíces aéreas y se introdujo en las fétidas aguas de la ciénaga, para extinguir así el implacable fuego que lo consumía.

Hijo de relajado y ramera, silenció su prohibitiva e impura ascendencia y acerrojó el ímpetu letal que le rebrotaba, día a día, siendo ya aprendiz de alarife y, más tarde, muñidor de bulero.

Empero la pubertad lozana lo zarandeó bien a sus anchas, empujándolo de uno a otro lugar, en un torbellino de itinerarios caprichosos. Y he aquí que inopinadamente, cuando transhumaba ámbitos extremeños, dio en entrar de criado, en la rancia casona de un deán, hagiógrafo y misericordioso. El mismo deán aprobó el trato y le adjudicó, a cambio de sus servicios, yacija y puchero.

La casona olía a cirio y sahúmo, y en cada uno de los vastos aposentos, se erigía un altar de ánima bajo la advocación de una virgen, de un patriarca, de un mártir o de un altísimo doctor. El deán, infatigable, los batía a todos, uno tras otros, con la adecuada liturgia, no más tocaran los maitines.

Era el deán, don Nicomedes Pedroso, hombre de muchos y variados saberes, especialmente en lo que hacía a los santos, de cuyas vidas y portentos escribía con elegante y documentado aticismo. Una tarde calurosa, paseando por la huerta en compañía de Sabrino Saña, se le posó en la prominente nariz un mosquito hembra de perceptible aguijón. El clérigo, sin inmutarse, elevó una plegaria a Santa Quiteria y el insaciable insecto trompeteó como enloquecido. Santa Quiteria, hijo, nos protege contra las picaduras de éstos y muchos otros diminutos animales que son también obra de Dios y que, en consecuencia, debemos respetar. Don Nicomedes, franciscano en su recatado amor por las criaturas irracionales, expuso al mozo, con lujosa elocuencia, sus teorías acerca de la curación no sólo del alma, sino del cuerpo mismo mediante lo que denominó fervorosamente terapéutica de intersección santificativa, pues repara en el hecho de que cuantos se entregan a la práctica de las ciencias médicas y anatómicas o galenismo, bien sea por la escuela metodista de Asclepíades, bien por la ecléctica de Arquigeno de Apamea, suelen precipitarse en graves errores y aun venir en doctrinas heréticas y en pactos demoníacos, lo que les hace reos de la hoguera inquisitorial. Sin embargo, ahí tienes a San Mauro, abogado de cuantos padecen cefaleas, o a Santa Polonia que nos libra de los punzantes dolores de muelas, o tantos y tantos otros de los que dejo constancia en mis actuales investigaciones sobre unas artes sanativas derivadas del generoso santoral y en virtud del origen divino del hombre.

Aún se extendió el pío deán, movido a la retórica por el oporto y las frescas y umbrías hojas de vid, en eruditas disquisiciones en torno a la incorruptibilidad de la carne, en ocasiones, tan sólo viable por el milagro. Rebatió, con énfasis, las vanas pretensiones de la farmacopea, del natrum griego y de los baños de asfalto líquido, según la bárbara costumbre de los embalsamadores faraónicos. De todo ello, ofrezco sobrados argumentos en mi tesis que se edifica a partir de un principio irrebatible de subordinación: Scientia ancilla Teologiae. Porque, salvo por intercesión de la gracia, la carne, hijo mío, es polvo y al polvo ha de revertir.

Sabrino Saña sintió el torrente de su sangre enardecido, por las caderas de Inés que se cimbreaban escandalosamente, mientras subía agua del aljibe. La verbosidad incontenible de su amo se hacía arrullo de zurita en el desván de la casona donde se encontraron por primera vez solos -antes se propiciaron ostensibles indicios clandestinos de mutuas solicitudes- y donde por primera vez ella le palpó el sexo ya roblizo, lo extrajo, anhelante, de entre sus raídos calzones y se lo acarició, con manos y boca, hasta alcanzar una eyaculación tan fértil y distante que la trasladó, enviciada y trémula, a una desfloración consumada materialmente, pero con raigambre de infidelidad. Se cumplía la espera dudosa hasta entonces, déjame ahora hacer, de años soportando el débito rutinario y sin reparación.

Abatió a Sabrino Saña sobre un suelo de residuos frutales, se desnudó liberando los senos ampulosos y firmes, y mostró el esplendor de todo su cuerpo que antes jamás nadie había contemplado. Inés se sentó sobre el mozo a horcajadas, y se restregó febrilmente contra él, en un reflujo de sinuosos vaivenes, hasta que emitió un bramido angostado de pronto por un placer subsidiario y perverso provocado por el súbito terror, a la par requerido y desdeñado, de su adulterio. Luego, rodaron ambos, impregnados de ácidos y almíbar, y ella sintió, codiciosa, las precursoras convulsiones viriles del acoplamiento. Un calor húmedo le evaporó la saliva agrietándole los labios y percibió cómo su cuerpo se tensaba sobre el vértice de la cópula. El orgasmo simultáneo, prolongado y exhaustivo, notificó, por fin, a Inés su condición de hembra activa y capaz, cuatro años más tarde de las nupcias.

Sabrino Saña asistió a su previsible y posterior derrumbe. Sollozó la mujer de arrepentimiento y, en tanto se vestía avergonzada, hizo varias veces la señal de la cruz, no tanto para expiar su reciente pecado, cuanto para conjurar futuras concupiscencias extraconyugales. Después, sin levantar su mirada ojizarca del piso rebullido por el ardoroso lance, descendió las escaleras quedamente.

Dos semanas habían transcurrido, cuando volvieron a encontrarse en la buharda. Inés no titubeó en sus prácticas, te necesito, te necesito como nunca, que quiso (y lo logró con largueza) prodigar con nuevas y aventuradas experiencias carnales, sin inhibiciones, desenfrenada y lúbrica, como si hubiera fulminado, en tan escaso tiempo, no sólo el aborrecido lecho marital -desenganchado ya de sus más profundos apetitos exigibles-, sino todo aquel orbe oleaginoso y consumado.

Fue poco después de que se iniciaran las procaces relaciones, en medio de una batahola de oficios, bendiciones y rogativas, cuando se obró la premonición y toda la casona, hasta el altillo trascordado, hedió a desapacible cenizal. Muy probablemente, sólo la sutil memoria olfativa de Sabrino Saña espigó el advenedizo hedor, entre los habituales efluvios asimilados ya por su persistencia, de la melaza y del pernil, del láudano y del agridulce níspero, de la tierra hortelana y recién mullida y de los residuos de olíbano que ardían en las navetas. Muy probablemente, sólo él lo espigó, porque, aún estando como estaba entregado al celo matinal de una Inés de carnes prietas y lubricadas con esencia de espliego, se alzó agitado por aquel hedor doloroso y entrañable, y la abandonó, sin detenerse en insolubles aclaraciones, mientras la mujer, zaherida y en trance de un paroxismo saturnal, se frotaba los pezones, no te vayas, no te vayas, no-te-va-yas.

Lo disuadió, destemplado y ufano, el doméstico del deán: don Nicomedes atendía a visita de rango y no iba a interrumpírsele con negocios domésticos, anda y despacha con el ama de gobierno y ve a tus cosas, holgazán.

No pasaron más de dos horas, sin que Sabrino Saña, emboscado en los soportales, advirtiera la progresiva asfixia de la cólera. Del casal, salían, graves e insolentes en su misma gravedad, dos caballeros de ropilla negra, en cuyos jubones espejaba una cruz verde.

Verificadas las oportunas averiguaciones con el mayor sigilo, Sabrino Saña descubrió lo que ya todos conocían de antiguo: don Nicomedes Pedroso, deán capitular, hagiógrafo reputado, inventor de una terapéutica de intersección santificativa, servía nocturnamente, como un ave rapaz y agorera, al tribunal del Santo Oficio.

Desde el punto en que se manifestara la pungente evidencia y que el propio deán ratificó fetalmente recogido en la penumbra de su cámara, ya en apresuramientos equinocciales y abrumado por la menuda caligrafía del atroz sumario, despabiló el tropismo torrencial de Sabrino Saña orientándolo de manera inequívoca hacia la vindicta, acaso empolvada por los últimos y deleitables signos, pero vigente, virulenta y provocativa en sus más recónditos sustratos.

No se precipitó, a pesar de todo, en ociosos embates espontáneos, encalmando así el estruendo primario de la sangre, que don Nicomedes era persona suspicaz, muy influyente y bien guardada.

Rumió, pues, el crimen a solaz, refrenando de continuo las apremiantes demandas de desagravio. Porque la larga y desabrida orfandad promulgada por la yesca de una justicia gusanera, se hizo más ominosa e insostenible, tras la indagación. Tanto le inquietó que le sobrevino un insomnio recalcitrante y se le esfumó el apetito, ante el desconsuelo de Inés que advertía obviamente menguada la fecunda potencia sexual de su amante, por aquellos enigmáticos deliquios.

Pero, en verdad, Sabrino Saña no desperdició las horas de forzada vigilia. Maquinaba en secreto detalles y cautelas, y en secreto acariciaba el filo voraz del acero, con la misma cegadora lascivia con que acariciaba las pulidas y redondas nalgas de la adúltera.

Y llegó, por fin, la anhelada noche. Era una noche de plenilunio, aunque por aquel tiempo y para su desventura, Sabrino Saña no había dado aún con la naturaleza diáfana de sus carnes.

Afectado por una pasajera e inofensiva licantropía tropical, el conquistador de los contornos de la nada, emprendía frecuentes desplazamientos al azar, según corriera el pelo del aire o transmigrara el felino depredador, entre bejucos y lianas sublunares y sobre el viscoso solado de las charcas. Perseguía infatigable añicos de la memoria de las cosas que fue o que bien pudo haber sido.

Hijo de madre desconocida y hereje asado en crudo, quizá usara de su sinrazón, en aquella búsqueda de un útero donde reconciliarse con su vagaroso origen.

Aullaba, cuando lo extrajeron los nativos del monumental termitero cónico, todo ulcerado por millares de hormigas, una pura llaga que envolvieron con bálsamos y cocciones de plantas acuáticas. Y estuvo postrado, silencioso y ausente, en el paradójico aislamiento tribal. Hasta que de nuevo le salió al paso la luna llena.

Y fue una de aquellas noche loberas y erráticas que le deparó inesperadamente su transparencia, dejándolo anonadado. Años antes, el conocimiento de tan mágica propiedad, lo hubiera hurtado, como ahora del jaguar y del pécari y de los grandes ofidios, de persecuciones y duelos. Pero con el prodigio, hilvanó el recuerdo, tal vez, real, de otra noche de plenilunio, en las tierras del corcho. La noche que de tres golpes de azuela destrozó, con frenesí, la desmesurada cabeza de su amo, don Nicomedes Pedroso, calificador del Santo Oficio, flagelo de alfaquíes y herejes y posible verdugo de su padre a quien incineraron en vida y con la frente muy alta.

Recuperado en parte un pasado hasta entonces obstruido, Sabrino Saña aguardó el crecimiento de su unigénito el niño mamón Sabrino Saña, engendrado en una hermosa joven aborigen, cuyo nombre nunca supo ni quiso pronunciar. Y aguardó, para mostrarle cómo él anunciaba la ruta del agua, transubstanciado en caimán. Porque sólo la ruta del agua podría devolverlo a la ceniza de sus ilustres progenitores.

Pero no llegó a imaginar el alucinado aventurero que, cinco siglos después, sería exhibido por unos feriantes criollos, ya en su mesetaria Castilla, como el monstruo amazónico más viejo del mundo. Claro que, mucho antes, Napoleón Bardeiras, taxidermista mulato, lo había hecho incorruptible a base de formol y pajuela.




- 7 -

Los evanescentes emisarios del padre le otorgaron, por pragmática imperial, el título de virrey de la Constelación de Casiopea, a perpetuidad, con todas las prerrogativas inherentes a tan alta magistratura.

Para celebrar el memorable acontecimiento, le dieron a beber (y también a cuantos indígenas de su prematuro séquito se sintieron solidarios) un odre de aguardiente de orujo que lo tumbó, a las pocas horas de la solemne proclamación. Durante su efímero y espiritoso gobierno, el escanciador tuvo que ser revelado, con el turno de guardia, maloliendo las vomitonas colectivas. Porque el joven virrey hizo, del episodio inaugural, norma de aquella pintoresca Corte, y exigía, amparado en el despotismo de su trasoñada impunidad, más frecuentes y copiosas libaciones.

De sopor en sopor, advertía la fábrica intangible de un palacio edificado con enormes hojas entintadas de almagre, espejos de azogue lacado, sarga zafírea, vientos entubados de caña y dulcísonos, frutos de estafilea jaspeada y limaduras del arco iris que los españoles hurtaban arcanamente a la luz solar, con fragmentos de diluvio cristalizado. Y todo aquel artificio, para mayor ostentación de la continua embriaguez, con la cual lo habían investido los evanescentes emisarios del padre.

Iba el joven mestizo, vacilante y gestual, atravesando muros, de una a otra aparente estancia, en eructos de un alcohol inconcebible que repetía el disperso cromatismo óptico, del rojo al violeta, sin ceder el orín de las armas heredadas, en el instante de incorporar a su estirpe la estirpe de los saurios.

Entre tanto, Nuño de Mendoza mandó instalar bombardas y culebrinas, apercibió a sus tropas y sugirió al virrey beodo de la Constelación de Casiopea una urgente reunión con los caciques comarcanos, para propiciar pactos y alianzas. En la orilla opuesta del gran río andaban las tribus indómitas y soliviantadas por la presencia de los barbudos intrusos de hierro y fuego, justo macerando la ponzoña de sus flechas, sobre los yacimientos diamantíferos.

En sus diarias conversaciones, el caimán de humo le había dicho que llegarían gentes de las suyas y que con ellas regresaría, por la ruta del agua, al país de sus antepasados. Por eso, cuando Sabrino Saña los vislumbró en la centella de los mosquetes, les salió al encuentro, alborozado, y atropelladamente les habló en el idioma de Castilla, dándoles cuenta de su maravillosa causa.

Nuño de Mendoza reflexionó acerca del afortunado hallazgo y urdió la intriga, con la sagacidad y presura de quien había devastado tantas islas y tierras de gentiles, en la provincia que llamaba de Paria y en otras muchas innominadas, en connivencia con la compañía alemana de los Belzares.

Los caciques accedieron recelosos a instancia de la autoridad ornamental de un nuevo Sabrino Saña de piel cobreña, pero de costumbres bárbaras, porque todos querían conocer aquella churuata de vivas reverberaciones que los extranjeros habían construido, en medio de las enmarañadas selvas.

Quiso entonces el fastuoso anfitrión entrelazar de aguardiente los dos mundos de su raíz genealógica y ofreció a los invitados, aturdidos en la galería de espejos que multiplicaban hasta el infinito sus escuetas imágenes, un espectáculo sobrenatural: de un ligero salto, su cuerpo se volvía verde como los tubérculos de la iguana, y de otro, adquiría la dorada intransigencia de los dioses.

La fiesta se prolongó, hasta la madrugada, y durmieron una inquietante borrachera de estrépitos. Cuando despertaron (las cabezas aún caídas por el orujo), los caciques, sus mujeres e hijos, estaban ya encadenados y los conquistadores procedían a herrarlos al fuego, mientras la artillería arrasaba aldeas y embarcaderos.

Apenas diez días después de su proclamación, Sabrino Saña fue conducido, con ciento catorce indígenas más y como ellos calificado de caribe, al golfo de Coquibacoa, donde sería vendido como esclavo, en pública almoneda, por doscientos reales, sin que sus apelaciones al virreinato boreal hicieran otra cosa que provocar burlas o enojos, según.

De allí a Cuba, Sabrino Saña navegó aherrojado y aherrojado conoció la inmensidad de la mar océano descrita por su padre. Pero era demasiado aquel humillante cautiverio, para que el legatario de un linaje de heterodoxos y vagabundos se resignara. No tardó, pues, en convocar la apetecible patraña de la evasión, alejándose del tormento y de la muerte que merodeaba los oscuros rincones de una geografía ya transida de difuntos.

Pero al prófugo Sabrino Saña lo cazaron a lazo y lo arrastraron, maldito indio, te vamos a capar, hasta una jaula de bambú, mientras profería alaridos de dolor acosado por inmundos bichos voladores que le sorbían las purulentas llagas.

Meses después, aplacado por un fraile que exportaba escapularios, astillas del lignum crucis, agua misericordiosa del Jordán, aceitunas del huerto de Gethsemaní y todo un variopinto muestrario de reliquias sagradas, pasó a ser propiedad de una orden de religiosos quienes, acatando las disposiciones legales, lo herraron de nuevo, pero con el sello real, liquidaron los derechos de almojarifazgo y lo incorporaron a una remesa de esclavos ya apalabrada, con un mercader gaditano. Con los beneficios de aquella transacción, levantarían una basílica, para mejor honra de Dios que les había permitido evangelizar aquellas inhóspitas tierras de paganos, sumidos en la ignorancia y la bestialidad.

Un día, partió el bergantín del puerto de Santiago, con Sabrino Saña, a bordo. El joven ex-virrey de la Constelación de Casiopea, guahibo de orquídea y útero, descendiente de castellano proscrito y apócrifo de la tribu de Judá, contempló abstraído las velas de la nave que crujía de proa a popa, zarandeada por la voluble y tenebrosa dimensión líquida.

De pronto, cientos y cientos de peces bruñidos rompieron la cabrilleante superficie y volaron junto a las amuras. A Sabrino Saña, sin saber muy bien por qué, le pareció una fugaz tormenta iridiscente de mariposas moribundas. Y aun herrado por dos veces y escarnecido otras muchas, sonrió. Se cumplían, por fin, las proféticas palabras del padre: sólo la ruta del agua nos devolverá a las cenizas de nuestros antepasados.

Apenas era perceptible el chapaleo de los dos hombres por el lamedal, ni su conversación absorbida por el remusgo marero y disuelta en las brumas que exhalaban por el sudoeste. El vendedor de crustáceos se detuvo agotado más por la infección exantemática que a consecuencia de la carga que transportaba. Aspiró un husmo de materia putrefacta y reanudó el paso, esto ya no tiene arreglo, Indiosabrino, ni siquiera llegaré a ver reconstruido el viejo refugio de los corsarios berberiscos, y vaya, por Dios, que me gustaría, aunque del empeño de tu amo por desmedida extravagancia. Guardo sus continuos lamentos, por emprender el pino acceso del malecón, por donde arraigaba el brezal y tundían ya los preliminares virazones de un otoño desapacible.

Media legua más y al regazo de un promontorio berroqueño roído en su pie por los canteros fenicios, yacían los amustiados restos de la escarpa. Indiosabrino descargó los esportones de zapapicos, azadillas y almocafres, mientras el vendedor de crustáceos se aliviaba de jadeos y expectoraciones, te digo que esto no tiene arreglo, que estoy acabado, murmuró.

Una luna decolorada por las bardas afloró la pátina secular de aquella torre semiderruida y ensiforme, sobre cuyos erosionados sillares recrudecía el liquen. El mestizo ventó la humedad nitrosa, penetrante y nitrosa, corrosiva, penetrante y nitrosa, la humedad, y se supo frágil e incapaz de soportar el pausado proceso de consunción que fatídica y acérrimamente se desarrollaba en la escombrera. Un calambre le sacudió todo el cuerpo. Había resistido hasta límites insospechados, víctima de una inocencia fiada y crecida en la palabra antigua del padre y que ahora, de pronto, se le amotinaba, frente a tanta y tan malsana desolación.

El desahuciado almadrabero se adentró, con una imperceptible despedida, por el peñascal que se le figuraba un banco de atunes sorprendidos por el fogonazo de la nostalgia. Luego, jalaría de su propia osamenta por aquel istmo de aluvión, entre albarizas y atolladeros, hasta el mísero poblado de sesenta y tres almas escorbúticas. Por fin, podría descansar en el pudridero de la choza, sobre los despojos de un congrio disputado a las voraces aves migratorias.

Cuando la trémula silueta del viejo derrapó por los saladares de levante, Indiosabrino se alebró sobre un suelo de lejas relamidas por el sílice escapular de la duna y trasladó sus ojos a lo largo de las constelaciones barnizadas de celajería, nada me advirtió el caimán de humo acerca de la sumisa condición en la que he dado, pues siempre tuve por bien cierto y seguro que habría de ir y venir por donde mejor cumpliera a mis deseos y no a los de un señor cura que cuestiona mi albedrío, eres joven e ignorante, y obra según su conciencia y voluntad, sin reparar en mis apetencias que repudia por salvajes y paganas, el demonio te asedia, dice, hombre recogido de golpe de pecho y cañazo en espalda ajena.

El presbítero don Judas Tadeo de Centenera lo adquirió a bajo precio -mediaron en el saldo apelaciones episcopales- hacía ya dos años, y lo unció al estevón vacante de bestia, para remozar el mantillo de su almuña. No descuidó, sin embargo sus deberes y lo instruía nocturnamente, al cabo de la faena, en la doctrina católica, todos somos hermanos en Cristo, amén. El catecúmeno, memorizados mandamientos, novísimos y virtudes teologales, recibió el bautismo, con escalofríos, un veintiséis de diciembre, día del protomártir. Con generosa condescendencia, don Judas respetó el nombre de su dudoso progenitor -don Judas no tenía más fe que en los negocios de Dios- y lo apedilló de segundas, desdeñado el profano trabalenguas materno, Esteban.

Horas después del rito purificador, a Sabrino Saña Esteban, fuertemente amarrado, le extrajeron sin contemplaciones el incisivo lateral derecho de la mandíbula superior, así, hijo mío lo haré escriturar, para que nunca haya sospecha alguna de mis derechos de propiedad sobre tu persona, que es de gente civilizada disponer sus cosas en orden y evitar litigios inconvenientes e impropios de quien usa tanto de la prudencia, cuanto de la justicia, ambas potencias cardinales que distinguen al sabio y virtuoso del zote, tal y como te he repetido en la catequesis, y que con esta práctica, hoy, fecha gloriosa de tu ingreso en la comunidad de Jesucristo, ejemplificamos.

Pero nada escuchaba el mestizo, aturdido por el dolor y por aquel flujo sardónico del risoteo del nalgudo barbero, artífice de la cruenta operación, mientras forcejeaba con las ligaduras y escupía una saliva espumosa y sanguina. Por último, contuvieron la hemorragia con sorbos de vinagre que Sabrino Saña Esteban embalsaba con sus belfos, unos instantes, y luego vertía, espesos de baba y de residuos indefinibles, en el adoquinado del cobertizo.

Cuando lo soltaron, Indiosabrino (fue el abominable sacamuelas quien lo trasnombró discriminatoria e injuriosamente) se frotó las muñecas entumecidas y marcadas por la presión de la soga, en tanto observaba, refrenando la impetuosa contumacia, cómo el barbero muy ufano de su maestría, entregaba a don Judas la pieza dental abstergida con alcohol. La escena quedaría indeleble en la memoria del esclavo y de ella arrancaría, no muchos meses más tarde, la conturbativa noticia de la invasión del Sacro Romano Imperio, iniciada en la bahía de Cádiz y perpetrada por feroces hordas de caribes adictos a la antropofagia.

Pero antes, don Judas Tadeo de Centenera heredó de una beata célebre que lo tenía por confesor y consejero espiritual, dos negros guineanos, que según los maledicentes, se alternaban en el lecho de la cuarentona y recatada dueña, salvo los domingos y fiestas de guardar que se beneficiaba, a la vez y como ganándole la mano a una involuntaria soltería, de la vigorosa y pudiente combustión fálica de ambos; un burdégano con más artes que el rapavelas de la parroquia, nacido de la cópula, bien propiciada por un mamporrero de oficio, entre un semental manialbo y una burra cimarrona y casquivana; una recua de tres muletos; un carro con la vara arqueada y estridente de carcomas, pero aún apto para el acarreo; un sagrario casi de encaje, de muy delicada y remota orfebrería; un medallón de marfil con la imagen del Pantocrátor; varios esmaltes bizantinos; una talla policromada de San Esteban, de tamaño natural, y que se atribuía a cierto inspirado escultor picardo; y, por fin, todas las tierras y lagunas salobres comprendidas entre el malecón donde se disgregaba secularmente la torre berberisca, y el mar.

Con tan variopinto y fascinante legado, el presbítero don Judas Tadeo de Centenera, magro y espaldudo, rehabilitó su hasta entonces interina y secreta ambición pastoral, otrora nutrida con la impaciente osadía del diácono y luego relegada por las tribulaciones y desengaños de una pertinaz frustración.

Tras dilatadas vigilias, en las que leía y releía el mirífico inventario, resolvió, después de darle muchas vueltas al canónico asunto, no renunciar a sus elevados propósitos y autoconsagrarse prelado superior de aquel confuso distrito, incluso puede que con ello subsane algún error jerárquico, pues que en mí se dan las circunstancias requeridas para el desempeño de tal dignidad, toda vez que, si bien no poseo el grado de doctor en Teología, suplo la ausencia con un desmedido e incuestionable celo apostólico, ese celo que llevó a un sencillo pescador al solio pontificio y que ahora ocupa, y el Todopoderoso me perdone, un intrigante florentino de la familia de los Médicis.

Confortado por tan sutiles razonamientos que se le antojaron de muy penosa, si no imposible, refutación, don Judas Tadeo inició así un cisma neutro y exclusivo. A raíz del insólito laudo, pronto se erigiría sobre los indigentes y abruptos parajes recibidos en testamento, la primera diócesis clandestina de la que apenas se tiene más que vagos y dispersos avisos.

No desanimó el presbítero a lo largo de aquel extenuante invierno, lluvioso y destemplado, que se invirtió íntegro en las obras de restauración de la vetusta fortaleza. Día a día, obnubilado por los estímulos episcopales, vigilaba atentamente el trabajo de los canteros y del peonaje enganchado a trueque de atenuar un hambre consuetudinaria, en el villorrio peninsular de los pecinales tifoideos, instando a unos y otros con penitencias y excomuniones, mientras hacía de sus esclavos y bestias descargadero de cóleras e impaciencia.

Mediaba marzo, cuando se cubrieron aguas y aspiraciones, y el ábrego arremetió baldíamente contra la ya de nuevo altiva y jactanciosa torre, desde cuyas almenadas alturas se atalayaba un difuso contorno de burbujeantes amancebamientos entre el océano y los residuos continentales.

Transido de ocultos gozos, el iluminado clérigo se ausentó a grupas del burdégano, seguido de los dos fieles y robustos guineanos y de toda la reata de cuadrúpedos. Regresaría, transcurrida una semana, resueltos sus deberes y obligaciones parroquiales mediante alegato de achaques artríticos, y portando enseres, cachivaches y moblaje, de su definitivamente clausurado alojamiento gaditano.

En verdad que fue aquélla una semana de bonanza y asueto, para los destajistas quienes, fuera de las impertinentes incursiones de don Judas Tadeo en sus intimidades (más preocupado por la adecuada administración de las reservas de energía animal destinadas a la obra, que por las presumibles y pecaminosas contracciones carnales), se entregaron al solaz, a la vinatería y a las añoradas prácticas fornicarias.

Sólo Indiosabrino, encargado de la guardería de la construcción, mitad sede prelaticia, mitad insinuado mausoleo fastuoso, se mantuvo apartado del alborozo tan vehemente como transitorio. Visitaba cada mañana la fosa donde yacía el viejo y desahuciado almadrabero, vendedor ambulante de crustáceos, amigo que cerco de acritud me pusiste con tu vida y afianzaste con tu muerte, si es que acaso entre una y otra se advierten diferencias. Porque pudrirte en la carroña acumulada de tu chamizo o en el seno de esa inhóspita tierra mineral que, al cabo, te unge y magnífica de sales, qué más se da. No sé de rezos ni me importa, como tú no supiste nunca ni tampoco nunca te importó, según jurabas por Cristo. Así, pues, vuelvo a lo mío, y depositaba al pie de la cruz derivativa de algún derogado naufragio, unas valvas musgosas o el caparazón calcáreo de un bogavante.

Indiosabrino, reasumidas ancestral e impetuosamente las manufacturas tribales, concluyó por aquel tiempo, el elástico arco de fresno y cuerda de tripa, y dos enormes saetas con punta de granito amolado a placer y timón firme de pluma ansarina, a las que había añadido, en un alarde artificiero, hilazas de estopa embreada. Luego, escondió las armas en el intransitable breñal de poniente, mientras la sensible membrana de su lengua registraba, una vez más, la humillante privación del incisivo que exponía su esclavitud. Pero todo estaba a punto ya para la matanza que se divulgaría en hecatombe, por el terror contagioso y traslaticio que se desencadenó, poco después de los acontecimientos.

Al regreso de don Judas Tadeo de Centenera sobrevino otra época de inusitada actividad, en la última fase del desorbitado y extravagante monumento. Se recibieron varias carretas cargadas a tope de maderos procedentes del desguace de decrépitos navíos. Y con ellas con las rebosantes y pesadas carretas de bueyes, llegaron también, pertrechados de formón y gramil, de escofina y guimbarda, de juntera y cepillo bocel, expertos calafates fragantes de colofonia y resinas, finos ebanistas y carpinteros de ribera, para que la restaurada reliquia de la torre abortara una singular y alucinante protuberancia: era la proa, del trinquete enjarciado al bauprés, de una carabela capitana, con el polícromo San Esteban de la piadosa manda ejerciendo de atrevido mascarón en lo alto del tajamar.

Aquella proa varada y asida con mampuestos a los sillares, de rumbo enfilado inmóvilmente a los misterios ultramarinos, amparaba entre sus roídas cuadernas la ambigua singladura de un oratorio donde el subrepticio obispo iba a desempeñar su gobierno espiritual sobre una grey diocesana de nómina breve y corrompida por la necrosis del nitro.

Entre sofocantes emanaciones de alquitranes, ácidos y brea vegetal, que lenificaron subsidiaria e inesperadamente más de una blenorragia y de un reumatismo, se remató, por último, la ingente obra, un siete de mayo, radiante y tibio.

Don Judas Tadeo, conmovido y agitado por una emoción casi erótica, dio gracias al cielo por el venturoso desenlace y ordenó a los negros que escanciaran, con mesura, entre los operarios y maestros, el oloroso jerez que guardaba en dos pipas, para conmemorar la efemérides.

Luego en medio de la creciente euforia, el aún encubierto prelado, con grave y medio gesto, anunció a sus fieles (rebaño de almas, proclamó) que tres días más tarde, se celebraría la solemne ceremonia de la consagración del altar y del óleo y del crisma, si bien por dispensa, algo imprevisto en el pontificial romano, previa al introito. Seguidamente, don Judas Tadeo se retiró a la meditación, mientras feligreses y asalariados se hacían cruces, remisos como andaban con tanto y tan delirante ajetreo.

La flecha le atravesó el estómago y lo dejó clavado en la recia puerta de su casa. El corpudo barbero adentró en la muerte la sorpresa de una extraña y estupefactiva ejecución sumaria y batió los brazos -apenas una fugaz tormenta iridiscente de mariposas moribundas-, antes de proferir un último y grotesco estertor de verraco.

Indiosabrino aún, completamente en cueros, lineado el rostro de lamagre y con el arco en bandolera, galopó sobre el burdégano, al alba dominical de su reivindicada emancipación, por el istmo gaditano. Viéndolo así, los otros cuatro jinetes apocalípticos supieron, no sin cierto sonrojo, que se acababa de romper el confidencial octavo sello del libro de las revelaciones.

Cuando llegó a la singular torre emproada a la terrae incognitae de don Judas Tadeo, don Judas Tadeo con vestiduras moradas, mitra, báculo y anillo, concluía ya, en trance de acceder al seno de Abraham, la primera y única carta pastoral de su fugitiva prelatura. De inmediato y flanqueado por los dos esclavos negros, ahora irrisorios subdiáconos envueltos en suntuosas dalmáticas, dio comienzo a los oficios, encadilado, mientras, el pueblo podrigorio de aquella nebulosa y fungible diócesis, donde sólo se incubaban la miseria, el dolor y la adversidad.

Indiosabrino descabalgó y se acercó sigilosamente hasta un roquedal próximo a la amura de babor de la fingida nao. Desde allí y por una holgada portilla, espió los movimientos rituales del ilegítimo obispo y de sus acólitos guineanos. Esperó el momento, con el arco a punto, pues que tú me hiciste guahibo por conveniencia y te burlaste, aun cristianándome, de mi recabada naturaleza y de mi procedente castellano, te hiere el hombre que quisiste que fuera y no aquél que debió ser. Le atufó, de pronto, el incienso y observó, entre la fumosidad litúrgica, a don Judas Tadeo estático, elevando en sus manos la eucaristía.

Golpeó entonces con el eslabón en el pedernal y las chispas prendieron la estopa embreada. Tensó el arco y la flecha incendiaria, como un relámpago, irrumpió en el corazón del presbítero.

Don Judas Tadeo de Centenera giró sobre sí mismo (era ya una antorcha), se precipitó sobre el altar y rodó, por fin, al suelo, arrastrando con él lienzos corporales, patena, cáliz, sagrario... Ardieron velozmente los añejos despojos náuticos, recién alquitranados, y las térmicas turbulencias que emitía el óptimo y copioso combustible, impulsaron la campana, ya en proceso de incandescencia, arrebatándole un postrero y fúnebre tañido.

La feligresía aspaventera y demudada escapó, a empellones, del infierno: parte corrió hacia el malecón; el resto, brincando a toda prisa por los saladares de levante, se asiló en el desolado recinto peninsular de albarizas infecciosas.

Sólo Indiosabrino aún asistió impasible y altivo (con la impasibilidad y altivez del linaje materno tantas veces exhibido en su descrédito) a la consoladora consunción de la soberbia obra.

Se desplomó el trinquete flameante sobre el sillar, desbaratándose en una pirotecnia desmañada, y crepitaron también las vigas de aire y el pórtico proyectado para los sosiegos estivales. Minutos después, la torre se deshizo entre las pavesas de aquella proa varada y de tan escueta y trágica navegación, donde yacían carbonizados los cadáveres del transitorio obispo y de sus dos infelices esclavos.

Indiosabrino soltó al burdégano que piafaba espantado, se acercó a las sofocantes brasas y arrojó el arco. Luego, pausadamente, anduvo hasta el breñal, tomó sus ocultas ropas, se vistió y se limpió, con un paño húmedo, la agresiva pintura del rostro. Todavía lanzó una última ojeada atrás: excepto el cenizal humeante, el viejo refugio de los piratas berberiscos había recobrado su desabrida morfología.

Sabrino Saña Esteban esbozó una sonrisa ancha, luminosa y prometedora. Era, por fin, libre. Libre del opresivo y farragoso verbo, del artificio, de la malsana escombrera. Y la adquirida libertad lo puso al borde de las marismas. Y fluctuó, indeciso y desorientado, por los médanos de la embocadura de un extenso caudal de aguas, hasta que un día, el flujo lo empujó tierra adentro, por vericuetos montaraces, haciendo, pero a la inversa, el mismo camino que su padre hiciera, vencidos ya muchos años.

Mientras, los pueblos ribereños de la bahía se alarmaban con los insistentes rumores de la invasión de los feroces caribes, precisamente cuando las armas del Sacro Romano Imperio derrotaban, en Túnez, a los aliados de los sultanes turcos.

Momentos antes de su muerte, estando al pie del patíbulo, Sabrino Saña Esteban, con la lividez del campo escarchado, os digo que vais a ajusticiar a un difunto, recordó.

En el primer escalón, recordó su nocturno encuentro con la caravana de gentes cobreñas, como él, que le ofrecieron asiento junto a la fogata y comida. Estaban en medio de la serranía y supo, por vez primera, de los gitanos, también proscritos y al margen de las leyes, en su vida de vértigos e improvisaciones. Y el más anciano le advirtió: acá nos tienen como venidos de Egipto; allá, nos llaman zíngaros y parias; y joanitas de una remota Cólquida, los instruidos doctores que investigan nuestros orígenes. Pero en todos los lugares nos desprecian y nos persiguen. Y ahora que lo sabes, síguenos, si quieres. Sabrino Saña los siguió. Era un pueblo errante, enigmático y desventurado.

Recordó, en el segundo escalón, cómo había violado a Sálama, la adolescente virgen de menta y berilo, sobre los helechos, con el frenesí del arroyo despeñado absorbiendo gritos y jadeos, hasta que le separó los muslos (una disimulada oferta de la joven) y la obtuvo empapada en sangre, en las sucesivas y placenteras eyaculaciones, ambos finalmente exánimes y acoplados, entre la hierba.

En el tercer escalón, recordó la amenaza de los cuchillos y el llanto desgarrado de una Sálama fecunda, y la prolongada ceremonia de los esponsales (colores vivos y música de sonajillas y de crótalos), y el talismán obsequio de la novia, aquel arete de metal magnético atravesando el lóbulo de su oreja derecha, te preservará de males y aojamientos, le susurró, ya en la carreta nupcial.

Recordó, en el cuarto escalón, los ambulantes meses de indolencias veraniegas, las danzas sensuales y primitivas, junto a las llamas, como las llamas, ardientes, precursoras de la entrega sexual, en la breve y agitada noche; los caseríos encalados donde tañían sus monótonos instrumentos y traficaban manufacturas de mimbre y cobre, y bestias de arreo, trujamanes cercados siempre de recelo y desdén.

En el quinto escalón, recordó su pertinaz torpeza en el aprendizaje del mágico arte de leer los naipes y las rayas de la mano, porque confundía, por ejemplo, el monte jupiterino del índice, acomodo del lujo y de la autoridad, con la protuberancia de Thenar, o el gran triángulo con la línea de la cabeza, emplazada entre Mercurio y Marte, (¿o era la de la corazón?), y adivinaba suerte y fortuna, donde sólo tenía cabida la penuria y el abatimiento, y en el palo de los oros propiciaba augurios de exóticas lontananzas a cuantos aún estaban sometidos a la servidumbre de la gleba.

Recordó, en el sexto escalón, su apresamiento por la Justicia, a raíz del insólito hallazgo del alijo de alhajas en su hatillo, procedentes de cierto robo perpetrado en la villa solariega de muy poderosos e influyentes nobles; y la muda, pero contundente acusación de toda la tribu de gitanos, incluyendo a su mujer, quien probablemente sabía -como otros muchos- de su inocencia. Le tiró, sin duda, más la sangre que el amor y que el hijo que ya rebullía en un ostensible embarazo. Y no opuso resistencia alguna, mientras lo aherrojaban, envenenado por la intriga de que había sido objeto, aun amurallando su pena de arrogancia.

En el séptimo y último escalón, recordó cómo finalmente, recluido en la mazmorra y a la espera de que se ejecutara la sentencia, aprendió a leer en la palma de la mano. De su propia mano. Y allí estaba escrito. Sabrino Saña Esteban avanzó unos pasos y el verdugo le puso el dogal al cuello.

Dos zagales que apacentaban cabras examinaron, con curiosidad, el cuerpo del ahorcado que oscilaba a impulsos de la leve brisa del amanecer, con la luna en cuarto menguante.





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