Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

Los caminos para el éxito

Aureliano Abenza y Rodríguez



portada




ArribaAbajoLemas

Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro.


(CERVANTES)                


Sabemos los que somos, pero no lo que podemos ser.


(SHAKESPEARE)                


El estudio propio de la humanidad es el hombre.


(GOETHE)                





ArribaAbajoPrólogo

Lo mejor que tenemos de la historia es el entusiasmo que en nosotros excita.


(GOETHE)                


LOS CAMINOS RARA EL ÉXITO llamamos a este libro y no decimos nada que no sea cierto, como podrá ver el lector si lo hojea. El hombre llega a realizar sus aspiraciones generalmente por cualquiera de los medios de que en estas líneas se trata.

Como el presente trabajo se ha escrito con cierto carácter de universalidad, hemos procurado darla un tinte anecdótico y ameno que le quite su sabor filosófico, siempre duro y serio. Para ello hemos recurrido a la historia tomando para cada capítulo la vida de un hombre célebre que nos sirva de modelo y sobre la cual prosiguen las consideraciones posteriores que respecto a cada asunto hemos creído de necesidad hacer.

Si la historia ha de ser maestra de la vida como la llamaba Cicerón, ha de ser estudiando en ella los hombres antes que los hechos. Al fin y al cabo éstos han sido producidos por aquellos y más importa conocer el autor que la obra, si queremos que su ejemplo nos sirva de estímulo para imitarle y hacer nosotros obras idénticas, o todavía mejores si fuese posible.

Un educacionista tan reputado como Compayré ha escrito: «Es incontestable que las acciones de otros hombres, de los que nos han precedido como de los que viven a nuestro alrededor, ejercen sobre nuestro carácter, por poco presentes que estén a nuestra imaginación, una profunda influencia. El pasado irradia sobre el presente. Las almas desaparecidas reviven en las almas de las generaciones nuevas. Los ejemplos de los antiguos perfeccionan los espíritus de los que vienen de nuevo a la vida, y, como se ha dicho, los muertos gobiernan a los vivos.

Más para que los ejemplos de otros hombres influyan eficazmente en la masa popular es preciso que los rasgos salientes de sus vidas se presenten con cierto atractivo que haga interesante el relato de sus acciones y que se tomen de éstas aquellas propiedades que mejor sirvan a caracterizarlos en una dirección determinada, para después deducir cómo y por qué llegaron a ser lo que fueron.

Conocido eso, viene en seguida la reflexión, propia a darnos cuenta, por comparación, de las cualidades y aptitudes que nosotros poseemos presentándonos la perspectiva factible de lo que podemos conseguir dadas nuestras dotes o de aquello a que podemos aspirar con arreglo a nuestras fuerzas y a nuestra vocación.

La Iglesia tiene su santoral cuya lectura edifica con el ejemplo de los buenos cristianos muertos a los cristianos vivos, y ya que en. lo profano no haya un catálogo ordenado de los hombres a quienes por sus bellas cualidades, de aplicación, constancia, habilidad, patriotismo y otras, debiéramos imitar en las diversas circunstancias de nuestra existencia, sí conviene que de algunos de ellos recojamos siquiera las notas más salientes para nuestra edificación y para el arreglo de nuestra conducta.

Leyendo los hechos de Alejandro se despertó en César el amor a lo grande, y por la lectura de una oda conoció La Fontaine que él también podía ser poeta, como Malebranche leyendo a Descartes supo que podía ser filósofo. ¿Por qué otras muchas personas indecisas en sus determinaciones no cabría que se resolviesen también a adoptar un camino no visto porque nunca pararon su atención en punto alguno? ¿Por qué quienes ya escogieron ruta, pero marchan por ella decaídos, sin bríos ni ilusiones, no cabe que adquieran energías a la vista de quienes alcanzaron el éxito por el trabajo y la constancia?

Pensándolo así y seleccionando los caminos más adecuados para el éxito, a la vez que los hombres más notables que siguiendo tales vías al éxito llegaron, hemos compuesto este libro del cual esperamos habrá de obtener valioso provecho de todo el que lo lea. Sólo sentimos que la modestia de nuestra pluma no sepa responder a la altura del propósito que la mueve.

El autor.






ArribaAbajo-I-

Preliminares


Las fuerzas para el éxito


Siempre favorece el cielo los buenos deseos.


(CERVANTES)                


Todas nuestras fuerzas morales existen en nosotros.


(TAIMÉ MARTIN)                


No basta tener bueno el espíritu: lo principal es aplicarlo bien.


(DESCARTES)                


Refieren, como cuento, los famosos literatos alemanes Herder und Liebeskind el siguiente, que también pudiera ser narración histórica y que para nuestro propósito nos sirve admirablemente.

Hijo mío, cuentan que decía a un joven Sultán su madre, en vez de hacer apartar de un modo cruel por tus jenízaros al pueblo que se agolpa a tu paso para verte y en lugar de echar a latigazos de la mezquita a los desdichados que elevan sus manos hacia ti, recíbelos benévolamente y escucha sus súplicas con paciencia. Acuérdate que ocupas el trono, no para desatender y martirizar a tu pueblo, sino para regirle con justicia y sabiduría así como para protegerle. No sabes cuándo ni cómo podrá llegar la ocasión en que el pueblo te devuelva el bien que le hagas. El más pequeño e inútil te puede servir quizá más que tú te imagines. Un palpable ejemplo eres tú mismo; ¡tú mismo no tendrías trono ni vida, sino hubiera sido por un ciego!

Uno de tus antecesores estaba paralítico en un castillo no lejos de la capital. Un grande del reino se sublevó contra el monarca y aproximábase con sus fuerzas al castillo. El miedo era general y se temía un golpe de mano. Todo el mundo huyó pensando escapar de la ira de los sublevados; los propios esclavos del Sultán le abandonaron también. El monarca se encontraba solo e incapaz de valerse, sin poder levantarse de su asiento. Las tropas de los rebeldes rodeaban el castillo y al monarca no le esperaba otro fin que la muerte o la mutilación. En ese apuro acercóse a él un ciego. Señor, le dijo el ciego, aquí vamos a perecer si recíprocamente no nos auxiliamos para salvarnos. Yo soy bastante fuerte para llevaros sobre mis espaldas. Dirigid vos mis pasos gracias a vuestra vista saludable y nos salvaremos por la galería subterránea que desde este castillo conduce a la capital.

El ciego cargó con el paralítico, éste le indicaba a cada paso el camino por el cual debía marchar y así llegaron felizmente a la corte antes de que los sublevados se hubieran apoderado de la fortaleza. La presencia del Sultán entre las tropas leales cambió el orden de los acontecimientos; de todos lados acudieron los leales a ponerse al lado de su Rey, los rebeldes fueron derrotados y el magnate infiel fue hecho prisionero. El ciego quedó siempre en compañía del Sultán y en ocasiones lo dirigió con sus consejos.

En esta narración podemos ver nosotros una imagen, del espíritu humano: el paralítico dirigiendo es la inteligencia que guía, el ciego que carga con el monarca y lo salva es la voluntad que ejecuta y, hasta las tropas leales entusiasmadas de ver al Rey entre ellas, son la sensibilidad que se caldea y todo lo anima. El paralítico, el ciego y los soldados leales, unidos esos tres elementos, llevaron a cabo una empresa que, separados, parecía irremisiblemente perdida. Una cosa semejante ocurre con las fuerzas del espíritu humano, y con el cuerpo cuando de llevar a cabo cualquier obra se trata.

Inteligencia sin voluntad, ésta sin aquella ambas sin el fuego de la pasión y sin un cuerpo fuerte y robusto que obedezca los impulsos de las fuerzas del alma y ejecute; todas nuestras energías, en fin, aisladas, sin aparecer armonizadas y unidas, no lograrían nunca la realización de un propósito. Por el contrario equilibradas y juntas llegan adonde se propongan.

Veamos ahora cómo se preparan esas fuerzas para el trabajo y cómo han de trabajar para que el éxito llegue.

Ante todo hay que saber que, como dice Kant, el cumplimiento del destino en el hombre es imposible para el individuo abandonado a sí mismo, lo cual supone la preparación de él por medio de la educación. La naturaleza ha puesto en nosotros gérmenes que a nosotros toca desarrollar en proporción a nuestras disposiciones naturales y al destino que hayamos de cumplir como seres sociales y como seres individuales.

La naturaleza ha dado a todos los seres aquellas facultades propias para la realización de su destino del cual ninguna criatura carece, mas a tales facultades en el hombre les agregó la propiedad de hacerlas perfectibles, resultando el hombre el único ser susceptible de educación.

Los animales, tan pronto como principian a sentir sus fuerzas, las emplean regularmente, es decir de una manera que no les sean dañosas a sí mismos. Es curioso en efecto, (dice Kant de quien tomamos estas ideas) ver como las jóvenes golondrinas, apenas salidas de su huevo, y todavía ciegas, saben arreglarse do modo a hacer caer sus excrementos fuera de su nido. Los animales no tienen, pues, necesidad de ser cuidados, envueltos, calentados y guiados o protegidos. La mayor parte piden, es verdad, el alimento, pero no cuidados, entendiendo por éstos las precauciones que toman los padres para impedir a sus hijos hacer de sus fuerzas un nocivo uso. Si, por ejemplo, un animal al venir al mundo, gritase como hacen los niños, sería pronto, infaliblemente, la presa de los lobos y otros animales salvajes que acudirían atraídos por sus gritos.

El animal es por su instinto lo que puede ser; una razón extraña ha tomado de avance por él todos los cuidados indispensables; mas el hombre tiene necesidad de su propia razón. No hay en él instinto, y es preciso que él se dé a sí mismo su plan de conducta; pero como inmediatamente no es capaz y al mundo aparece en estado salvaje, tiene necesidad del socorro de los otros. Aquí viene ya el auxilio de la educación y de los educadores preparando al individuo para el desarrollo de sus fuerzas y para el acertado uso de las mismas.

Lo primero a que debemos acostumbrarnos, o educarnos, fuera desde luego de atender al cuerpo y a todas nuestras energías físicas, es a someternos desde bien pronto a los preceptos de la razón. La demasiada libertad engendraría rudeza, la excesiva ternura y el dar a los niños todo hecho, les imposibilitaría más tarde para la lucha por la vida donde tantos obstáculos aparecen a cada momento en los negocios del mundo.

Los americanos educan a sus hijos para la independencia, haciéndoles desde bien temprano vivir por su cuenta, pero vigilando su conducta. Así son hombres de iniciativas en un grado tal y con una precocidad tan extraordinaria cual en Europa se desconoce. Todo proviene de que por allá las fuerzas personales del individuo se ponen a prueba ya en los primeros años de la vida, tanto si se trata del hijo del obrero, como del hijo del potentado.

El hombre con sus fuerzas corporales y anímicas no es, sin embargo, más que lo que la educación haga de él. Será un pusilánime o un valiente, un generoso o un egoísta, un inteligente o un necio. Cuando el hombre es viejo, ni tiene un adarme de juicio, es cuando piensa lo que es y lo que pudiera haber sido dado caso que no se le educase del modo más apropiado para sacar partido de sus fuerza. Por eso la humanidad, que cada día va sabiendo más, comprende que en la educación está el gran secreto de la perfección de la naturaleza humana y por consiguiente del progreso y del bienestar de las sociedades.

Inteligencia, sentimientos, pasiones, voluntad existen en todas las personas, pero hay inmensa diferencia entre cómo se sirven de esas energías y cómo las hacen valer los hombres según se les haya educado. Y como el problema educativo se va viendo ya bastante claro, hay que esperar que contribuya más eficazmente, cada día que pase a la felicidad de la especie humana.

Mas, dentro de la solución general y común del problema educativo con arreglo a la identidad de naturaleza en todos los hombres, se ofrecen soluciones parciales, tantas como personas, según las disposiciones particulares de cada individuo y según también el ideal que cada cual se haya propuesto, factores que la educación no puede desatender.

Además, aún dentro de la solución general del problema educativo hay que observar la marcha de los tiempos y preparar a la humanidad para un futuro siempre mejor al presente, cumpliendo en eso también la ley del progreso, por lo cual siendo las fuerzas del individuo, siempre las mismas, ha de imprimírseles dirección variada.

«Quien tiene amor a su pueblo, ha dicho el Dr. Rein, sabio pedagogo de la Universidad de Jena, no dirige su vista únicamente al pasado para seguir el destino de los que le precedieron; no se asoma tampoco sólo al presente para observar las aspiraciones de la sociedad actual, sino que mira ante todo al porvenir que se nos presenta delante con su impenetrable obscuridad1

En lo intelectual como en lo moral caben progresos y hay que mirar a que nuestras fuerzas contribuyan a aumentarlos, poco o mucho, pero aumentarlos con arreglo a lo que cada uno pueda, y al futuro que se prevee y se desea.

Es ley de la naturaleza humana el que estemos constantemente pensando, proyectando, anhelando, aspirando a desenvolvernos en una actividad insaciable. ¿A cuánto no podría llegar toda persona que en vez de gastar fuerzas para oponerse a tales anhelos, siguiese los espontáneos impulsos de su naturaleza y los favoreciese? ¡Cuántos no llegan porque hacen lo que pueden para no llegar!

*  *  *

Recapacitando sobre las diversas fuerzas que en el individuo colaboran a la realización de toda obra personal hallamos que alma y cuerpo se hallan en una acción. y reacción constante, siendo la salud del segundo base y elemento imprescindible para cualquier determinación del espíritu. Admitida y supuesta, por tanto, la colaboración del cuerpo en las condiciones más favorables de salud y robustez, veamos hasta dónde pueden llegar, para toda obra humana, las fuerzas de las facultades anímicas.




ArribaAbajo-II-

Papel de la voluntad


Un alma firme e imperturbable, crea un mundo para sí misma.


(GOETHE)                


«Quiero;» esta palabra es poderosa, si la dice uno seriamente y con firmeza; las estrellas se desprenden del cielo al decir: «yo quiero».


(HAHN)                


El carácter es fuerza, y la fuerza tiene siempre algo de naturaleza divina.


(FORTLAGE)                


Él fue quien elevó la nación hasta el nivel de los pueblos respetados haciendo de un país, poco menos que desconocido, una potencia poderosa y hasta culta, dentro de la civilización de aquella época. Todo fue obra de una voluntad, por cierto no preparada para la alta misión que se impuso.

Huérfano el chico a los diez años, compartiendo el trono con un hermano y habiendo quedado bajo la tutela de una hermana ambiciosa y enérgica, que adivinaba por las dotes del niño, la inteligencia y la voluntad de éste, procuró aislarle de la corte y dejarle vivir a su antojo para que fuese un ignorante inofensivo.

Por las calles se veía frecuentemente al Emperador-niño, cual un granujilla, entreteniéndose en organizar batallones infantiles y aprendiendo con los extranjeros los idiomas que éstos hablaban. El trato con gentes de diversos países le hizo aficionarse al parque a la vida aventurera, a las cuestiones del comercio, la industria, geografía, etc.

Cuando cumplió diecisiete años quiso reinar como verdadero soberano que era. Su hermana pretendió impedírselo, pero las simpatías que su vida callejera le habían granjeado entre el pueblo, hicieron que éste se pusiese a su lado, y con su auxilio se apoderó del cetro y de su hermana a la cual mandó encerrar en un convento.

Entonces, con una fuerza de voluntad increíble, comienza aquel joven su obra de transformación en el país que iba a gobernar. A la edad en que otros jóvenes, reyes y no reyes, más se ocupan en divertirse que en trabajar, este monarca a quien nos referimos, no piensa más que en ejecutar el plan grandioso que ya ha formado en su mente, trabajando por sí mismo, vigilando a los que le rodean, escogidos por él como auxiliares suyos, y llevando la actividad más desusada a todas las esferas de la prosperidad pública.

Pone sus ojos en el ejército antes que en nada y, para conocerlo bien en todos sus grados y enterarse de las necesidades de cada uno de ellos, se alista como simple tambor, pasa a soldado, hace guardias como uno de tantos números, acarrea tierra para construir trincheras y parapetos, y así se va formando todo un militar resistente de cuerpo y espíritu. Las funciones más penosas no le acobardan, las ocupaciones más bajas no le desdoran. Se ha empeñado en aprenderlo todo por sí mismo, y su empeño le da energías para continuar adelante paso a paso.

Conocida ya la milicia se propone aprender oficios; su divisa es ver y aprender y así lo repetía incesante. Para ello emprende viajes por toda Europa, como un simple particular. En Holanda se aloja casa de un herrero y le sirve de ayudante manejando con él los martillos. Va a Inglaterra y no pierde detalle de la fabricación industrial. Quiere dar a sus Estados una capital nueva y bella que compita con las demás de Europa y sin arredrarle lo insalubre de la región en la cual se llevan a cabo los trabajos, acude allí, arma una barraca para residir en ella mientras duran las obras, maneja el pico y el azadón y no cesa hasta cambiar por completo las condiciones enfermizas del terreno elegido y dejar la nueva ciudad levantada.

Visita Francia y no le entusiasman las pompas de aquella fastuosa corte en cambio quiere ver todo lo que se refiere a industria e ilustración. En la Sorbona exclama, visitando la tumba de Richelieu y abrazando su estatua: «¡Oh gran hombre, si vivieras todavía, te daría la mitad de mi reino para aprender de ti a gobernar la otra mitad!» Igual penetraba,en una carretería que en una tienda de joyas, no por mera curiosidad, sino por ver si aprendía algo nuevo. En los cuarteles trataba de camaradas a los soldados, bebía a la salud de los pobres inválidos, gustaba su comida y conversaba con ellos amigablemente.

Su indumentaria le preocupaba poco y nadie hubiera imaginado que aquel señor que paseaba por las calles de París con el traje desaliñado, sin abotonar muchas veces, y en la mano el sombrero, pues rara vez se lo ponía, fuese el emperador de Rusia Pedro el Grande, el verdadero fundador de la Rusia moderna que ha dejado a los reyes y emperadores un ejemplo magnífico de lo que puede una voluntad firme encaminada hacia el bien.

Algunos lunares empañan la historia de este hombre insigne, como la crueldad con que sofocó en Moscou una sublevación de los strelítz, antigua guardia de los czares, en favor de su hermana Sofía, pero téngase en cuenta que por educación y aún por atavismo había de conservar no poco de la barbarie de sus antepasados.

Como hombre de Estado se propuso sojuzgar al clero y a la nobleza y lo consiguió, al primero mediante el sínodo sagrado, instrumento de su voluntad, y a la segunda reglamentando las categorías entre los diferentes grados de las dignidades.

También en la guerra se manifestó la persistente voluntad de Pedro el Grande. Los suecos, que en aquel entonces pasaban por ser los mejores soldados de Europa, dispersaron el ejército naciente del czar de Rusia. Entonces éste dijo: «Los suecos nos enseñan a vencerles», y así fue; después de nueve años de guerra acabó con el ejército de Carlos XII en las planicies de Pultawa. A los prisioneros los trató generosamente, y comiendo un día con varios generales del ejército vencido, brindó de este modo: «¡Bebo a la salud de mis maestros en el arte de la guerra!»

Maestros suyos habían sido efectivamente por espacio de los nueve años que había durado la guerra. Y él, que había sido un discípulo aprovechado por su voluntad para aprenderlo todo, habíalo sido también para aprender a guerrear sobrepasando a los que le enseñaron. Dijo al comenzar la guerra que los suecos le enseñarían a vencerlos, y así fue.

En la vida entera de Pedro el Grande hay un ejemplo más de lo que la voluntad puede. Si la voluntad de sus sucesores hubiera sido la misma que la de aquel monarca ¡quién es capaz de pensar a lo que hubiera llegado Rusia!

La voluntad que movió a Pedro el Grande no fue una voluntad pasajera y mudable, sino una voluntad reflexiva y constante, que es la verdadera voluntad. La voluntad para que produzca frutos ha de tener por fundamento el natural, que es la voluntad incipiente convertida en fuerza de carácter con la educación y con el tiempo, y guiada siempre por la inteligencia.

De todas las facultades del espíritu, la voluntad es la más práctica, y su valor en la vida lo expresaba Kant diciendo: «De todo lo que es posible concebir en este mundo y aún en general fuera de él, solo hay una cosa que pueda tenerse por buena sin restricción; la buena voluntad. La inteligencia, la habilidad, el juicio y todos los talentos del espíritu, o el ánimo, la resolución, la perseverancia como cualidades del temperamento son, sin duda, buenas y deseables bajo muchos aspectos; pero estos dones de la naturaleza pueden ser extremadamente malos y perniciosos, cuando la voluntad que los emplea y que constituye esencialmente el carácter, no es buena en sí misma. La buena voluntad no saca su bondad de sus efectos, ni de sus resultados, ni de su aptitud para tal o cual fin propuesto, sino solo del querer, es decir de ella misma: y considerada en sí misma debe estimarse incomparablemente superior a cuanto pueda ejecutar por ella en provecho de algunas inclinaciones y aún de todas las inclinaciones juntas. Aún cuando una suerte contraria o la avaricia de una naturaleza madrastra, privara a esta buena voluntad de medios para ejecutar sus designios, aún cuando sus mayores esfuerzos no lograran nada y solo quedara la buena voluntad, todavía brillaría ésta por su propio brillo, como una piedra preciosa, pues que saca de sí misma todo su valor».

Pero no todos los hombres saben que poseen una fuerza tan preciosa cual es la voluntad, ni tampoco los que lo saben, aciertan a utilizarla. La voluntad, pues, requiere que se la conozca, primero, y después que se la eduque ya que como las demás facultades humanas es susceptible de educación.

La voluntad, como la inteligencia y el sentir, es una relación de objeto querido y de sujeto que quiere, que es el alma, relación en la cual hay como cualidad propia y característica la de que el sujeto se une con el objeto de la voluntad como fin de su determinación, y aquel es respecto a lo determinable causa, de donde resulta que querer es, según dice un psicólogo moderno, determinarse a obrar, propiedad en virtud de la cual nos movemos y determinamos a la ejecución de actos, como causa de ellos y en vista de un fin. Principium internum agendi cum cognitione finis.

Para obrar, pues, o para determinarnos a la ejecución hemos de conocer y amar lo que por el querer nos proponemos. Eso indica la relación que existe entre querer, conocer y sentir, que motiva sea ley general de la educación de la voluntad armonizarla con la de la inteligencia y con la de la sensibilidad, según anotamos en otro sitio.

La voluntad, no obstante, sobresale entre las otras dos facultades del alma hasta el punto de que no ha faltado quienes han pretendido, Schopenhauer, por ejemplo, reducir a la voluntad toda la realidad del espíritu.

Como la sensibilidad y la inteligencia es la voluntad educable, pudiendo ascender desde meramente sensible e irreflexiva hasta convertirla en racional, labor que es más difícil de lo que pudiera creerse. Tan malo es formarse una voluntad perezosa, como una movible, una voluntad pasiva y subyugada a otras como una indómita, rebelde a todo consejo, o una voluntad incierta, como una impulsiva.

En la formación y dirección de la voluntad hay que observar, más que en nada, la regla de reprimir y excitar, dejar vuelos y cortarlos. El individuo que desde joven ha obrado siempre ante indicaciones extrañas carecerá de voluntad o no la tendrá firme y propia, el que, por el contrario, se ha criado a rienda suelta será decidido y enérgico, más tampoco esa será una voluntad perfecta, sino que expondrá: al sujeto a mil peligros por causa de irreflexión.

La educación de la voluntad ha de ser positiva y negativa; pensando que el hombre no ha de ser ni fraile que haga dejación de su voluntad poniéndola en manos de otros, ni anarquista que camine por el mundo sin más freno que su libre determinación.

El placer y el dolor son los estímulos más naturales para la educación de la voluntad, más la simpatía, el amor, la emulación, el elogio y otros medios pueden servir para que las personas, ya desde los primeros años de su existencia, obren o dejen de obrar, que es en suma lo que constituye la cultura de la voluntad. El ejercicio de cualquier clase que sea, físico o moral, es como acto de voluntad, un medio excelente para desenvolverla, si requiere esfuerzo y se regula. Si el ejercicio es caprichoso y desordenado pervierte la voluntad en vez de educarla.

Para el éxito daña muchísimo la voluntad veleidosa que resulta generalmente en los individuos acostumbrados a hacer las cosas por puro capricho y con desorden por no haber tenido un educador que les sirva de guía.

La primera condición que la voluntad ha de reunir para el éxito es la de ser firme. Después ha de ser resuelta y decidida así marchará directa a su objeto sin que los inconvenientes la arredren.

Pero ser la voluntad decidida y firme sin acobardarse por los obstáculos, no excluye que sea reflexiva. Y una voluntad que reflexione sobre el pasado y piensa en el porvenir ha de ser forzosamente resuelta y ha de obrar con firmeza porque la convicción es su norte.

En política vemos a los hombres vacilar con frecuencia. Es porque sólo miran al presente y carecen de firmeza en sus convicciones debido a que no reflexionan sobre el pasado y les importa muy poco el porvenir. No tendrían partidarios sino fuesen otros tales los que les siguen. En cambio los espíritus reflexivos, constantes y firmes se imponen, sólo por el ascendiente que esas cualidades y su conducta igual, severa consigo mismos, ejercen sobre los ánimos a quienes sojuzgan y avasallan.

La firmeza irreflexiva de la voluntad hace los individuos tercos, que son desarmónicamente educados, porque en ellos no han marchado a la par la cultura de la voluntad y la de la inteligencia. La terquedad como defecto de educación es mala, mas no obstante, los tercos, suelen llegar, aunque sea dando tropezones y tumbos; los que nunca llegan son los débiles, ni los que piensan demasiado. Tanto es lo más como lo de menos, dice una frase castellana.

La debilidad y la volubilidad, su hija, nos impiden toda especie de éxitos. Los débiles no quieren luchar y los volubles huyen antes de que la lucha termine, abandonando el campo, que otro individuo más persistente toma y aprovecha.

Si es verdad aquello de la conocida epístola a Fabio de que


Más triunfos, más coronas dio al prudente
que supo retirarse la fortuna,
que al que esperó obstinada y locamente,

también lo es esto otro que dijo Teodoro Fontaine: «¡Del ánimo depende el éxito!»; pero los débiles de voluntad y los volubles, o carecen de ánimo o no saben aprovecharlo.

Balmes distingue entre voluntad firme, enérgica e impetuosa cuya diferencia explica de esta manera tan gráfica: el ímpetu, o destruye en un momento todos los obstáculos o se quebranta; la energía sostiene algo más la lucha, pero se quebranta también; la firmeza los remueve si puede; cuando no los salva, da un rodeo, y si ni uno ni otro le es posible, se para y espera.

Es decir, que el hombre de voluntad firme se propone llegar, y llega; si no puede por unos medios, por otros; todo menos retirarse sin triunfar. Nadie es, capaz de suponer cuánto puede conseguir un hombre de voluntad firme sostenida por un ideal, si el sentimiento le impulsa.

Se trata de un banquero y los capitales se le entregan en montones y a discreción; todo el mundo confía en él; es un tribuno y el pueblo le sigue sin vacilar, a cierra ojos; hace política, los partidarios se le aumentan considerablemente; es militar, inspira confianza ciega; predica una nueva religión y los prosélitos van viendo milagros por donde tal hombre ha puesto los pies.

Hay un algo de misterioso en los hombres de voluntad firme, que nadie es capaz de adivinar. De esos hombres han salido siempre en el mundo los grandes bienhechores de la humanidad y los grandes criminales, los multimillonarios modernos y los banqueros de los krachs y las quiebras donde quedan arruinadas millares de familias que les habían confiado sus ahorros; los hombres de Estado que regeneran los países y los que los arruinan y los pierden. La multitud se confía a esos hombres y va ciega tras ellos prestándoles su fuerza, su influencia y su dinero.

La firmeza de voluntad se precisa para todo en la vida, aún para las cosas más pequeñas. Tras la voluntad firme en lo pequeño se dispondrá de ella para lo grande. Sin embargo no conviene gastar las fuerzas de voluntad en cosas insustanciales y de poca cuenta. Con las energías del espíritu y con las del cuerpo pasa lo mismo que con el dinero; consumido en lo innecesario, careceremos de él cuando nos sea preciso. Sin darse razón de ello, los grandes hombres son condescendientes con sus hijos, y en su trato particular nadie diría que tienen voluntad propia, a todo ceden; pero en cambio en asuntos de verdadera importancia se revelan como son, de voluntad enérgica y firme; parece que a propósito fueron reservando sus fuerzas y preparándolas para momentos capitales y decisivos.

Tal proceder debe seguir consigo mismo todo sujeto: por pequeñas que sean las fuerzas de su voluntad le servirán de mucho si no las malgasta a destiempo. Obra de la educación será ejercitar la voluntad para desarrollarla e iluminar la inteligencia para que ésta nos diga cuándo y cómo es llegada la ocasión de que pongamos a prueba nuestra resistencia moral o las energías con que respecto a voluntad contamos, pensando que estas energías suelen ser mayores de lo que cada cual nos imaginamos, excepción hecha de aquellos casos en que la fatuidad ciega a las personas. La fatuidad es una venda que impide a los individuos atacados de ella, verse como son.

El nosce te ipsum del templo de Delfos tiene como enemigos capitales, especialmente en lo que al obrar se refiere, a la fatuidad, la vanidad' y el orgullo. Cuando estas pasiones no nos impiden vernos como somos, es cuando resulta cierta la frase de Meyerbeer, quien quiere puede, que no es ni más ni menos que la equivalente de nuestra frase proverbial, querer es poder.




ArribaAbajo-III-

Papel de la inteligencia


Una Inteligencia superficial y poco cultivada no sondea las profundidades de donde un Sócrates hacía brotar espíritu. y verdad.


(PESTALOZZI)                


La fuerza más grande del Universo es el espíritu. No es tanta la fuerza bruta, el esfuerzo material que forma la potencia del hombre en este mundo, como el arte, la habilidad, la energía moral e Intelectual.


(CHANNING)                


Lo primero y lo último que se debe exigir del genio es amor a la verdad.


(GOETHE)                


El discípulo era muy distinto al maestro en su estilo y en su lenguaje. Del último decían sus compatriotas, encantados por su dulzura y suavidad cuando hablaba, que las abejas, siendo niño y mientras dormía en la cuna, habían venido a depositar la miel en sus labios. El primero, por el contrario, empleaba en sus discursos o en sus escritos un estilo seco, vigorosamente didáctico, árido y hasta duro.

Como todos los pensadores se reconcentraba en sí mismo huía de la erudición e iba a lo meramente suyo, y a decir la verdad sin mirar si salía de su boca con atildamientos o sin ellos. Todos los filósofos suelen ser así, lo extraño es que su maestro no lo fuese.

El maestro a quien aludimos era Platón, el discípulo del cual vamos a ocuparnos era Aristóteles. Veinte años estuvo éste recibiendo lecciones de aquel. Había, pues, motivo para que se conociesen y el maestro decía del alumno comparándolo con otro. «Aristóteles necesita freno y Jenócrates espuela». Se refería a la aplicación. Aludiendo al carácter exclamaba: «Aristóteles nos cocea como los potrillos a las yeguas que los alimentan».

Mas ese individuo adusto y hasta agresivo, pero estudioso, estaba dotado de una de las primeras inteligencias que ha habido en el mundo. En sus ojos pequeños y penetrantes se adivinaba un monstruoso talento que él cultivaba incansable, sin preocuparse de si su cuerpo débil podría o no responder a las alturas de su inteligencia. Alma toda su persona, por el alma y para el alma vivía, pensando siempre, siempre discurriendo sobre nuevas investigaciones filosóficas. Dos docenas de siglos han transcurrido desde que el preceptor del espíritu humano, como le llamaron los árabes, pasó por el mundo y todavía la filosofía que da frutos más sazonados es la filosofía aristotélica.

Mucho fue lo que Aristóteles debió a su educación primaria, a las enseñanzas de Platón, al estado general de la civilización griega y a los recursos que en medios de cultura le proporcionó su discípulo Alejandro Magno, pero su inteligencia portentosa hizo más que todos esos otros elementos juntos. A un filósofo le basta su inteligencia para investigar y descubrir, aun sin medios y retirado en la soledad de su gabinete; si es observador, sólo con el libro inagotable de la Naturaleza tiene ocupación para los días enteros de su existencia.

Con lecciones y sin ellas, con bibliotecas y maestros, o sin los unos ni las otras, Aristóteles hubiera sido siempre Aristóteles. Su amor a la verdad era obsesión como lo es en otros, por ejemplo, el amor a lo bello o a lo bueno. Su vasto talento no se saciaba nunca, y lo que los demás no le hubieran dado ya averiguado, lo habría descubierto él.

No era, a pesar de que Platón lo tenía por adusto, un hombre Aristóteles sin afectos personales, ni pasiones; era que su amor por la verdad obscurecía todas las demás cualidades. Había en él sentimiento y voluntad firme, pero la inteligencia sobresalía y era la propiedad distintiva de su personalidad. Sería difícil encontrar en la historia otra inteligencia que la superase. La inteligencia sin cultivar es el sentido común por el que no pocas personas se distinguen; la inteligencia cultivada por el ejercicio, el estudio o la aplicación, es la que distinguió a Aristóteles.

No vamos a aspirar nosotros a que el mundo se llene de Aristóteles, como no pretendemos que sea infinito el número de los Alejandros, los Demóstenes, los Guillermo Tell, etc., etc. pero sí tiene derecho la sociedad a exigir, en lo que respecta a la inteligencia, que cada cuál eduque esta facultad de su alma para hacer uso de ella, no a modo de instinto, que a eso equivale en los seres humanos el sentido común, sino como capacidad racional que sabe el cómo y el por qué de sus aspiraciones.

Para lograr éxito en cualquier empresa es preciso conocer bien las cosas, el fundamento de ellas y sus consecuencias, y para alcanzar esto es necesario, a su vez, pensar con acierto, a lo cual solo se llega por una inteligencia cultivada. Hay quien ve mucho en todo, como decía Balmes, pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. A esos hombres les falta una buena vista espiritual, o una buena inteligencia que es la vista del alma o no la tienen educada. Otros, por el contrario, ven bien, pero poco. Los primeros suelen ser, según el mismo filósofo, grandes proyectistas y charlatanes, los segundos se parecen a quien no ha salido nunca de su país; fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.

En España encontramos de estas gentes abundancia. Son desequilibrados de inteligencia, los unos por forjarse castillos en el aire, y los otros pobres de espíritu, sin iniciativas, que a nada se resuelven. Si su inteligencia, hubiese sido educada ni caerían en ilusiones engañosas, ni en pesimismos infundados. In medio virtus, y a esto conduce la inteligencia racional, o educada. En cualquier oficio o profesión que se emprenda, la razón ha de ser la luz que guíe. Sin ella no son bastantes para el éxito ni los estímulos de la sensibilidad, ni la testarudez del carácter. Sin ella también se dejan perder por pesimismos, por la falta de fe aneja a la ignorancia, triunfos asequibles a nuestras fuerzas.

La inteligencia tiene a la prudencia por hija, y la prudencia es condición indispensable para el éxito. Los imprudentes si alguna vez han triunfado ha sido por azar, y no son azares ni casualidades a quienes deba el hombre encomendar su destino.

Con la prudencia se pesan y meditan las acciones, se disponen los planes, se combinan los pormenores y el conjunto y se preparan los medios para la realización. Querer realizar algo sin esos preparativos es osadía que se paga casi siempre, a carísimo precio.

La prudencia nos lleva a realizar nuestros propósitos en el momento más oportuno lo cual no es de lo que menos influye para el eficaz resultado. Lo que llevado a cabo en sazón puede constituir un triunfo sorprendente, puede, a destiempo, inutilizarnos para toda la vida.

Otra cosa a que atiende el hombre prudente es al orden con que realiza sus empresas. El orden es una base firme de la prosperidad. Por el desorden de una temporada hay quien pierde lo que avanzó en toda su vida de próspera actividad. No es que la inteligencia y el saber engendran forzosamente el orden, pero sí son, como antes hemos dicho, el fundamento de la prudencia y todo individuo prudente comienza por ser ordenado, y por realizar sus actos observando reglas metódicas que facilitan su actividad. Franklin ha dicho que el desorden almuerza con la abundancia, come con la pobreza, cena con la miseria, y se acuesta con la muerte.

No a todos los hombres les es dado disponer de una inteligencia esclarecida que les dirija en sus negocios, pero para eso hay negocios más altos y más bajos. La misma prudencia debe servirles para no ilusionarse con aquellas empresas superiores a sus fuerzas intelectuales, ya por ser éstas débiles, ya por no estar ejercitadas. Tanto importa conocernos a nosotros mismos, como conocer el negocio que vayamos a emprender, y para ambas cosas hace falta inteligencia capaz, si bien no es preciso que sea sobresaliente; basta con que sea prudente y racional. En ocasiones, aun el sentido común basta.

La vanidad, el orgullo, la soberbia y otras pasiones ciegan la inteligencia de muchos individuos y no les permiten ver con serenidad de ánimo las circunstancias de aquello que emprenden, así como si ellos comprenden o pueden comprender cuanto se necesita para salir airosos del empeño una vez metidos en él.

La mayor parte de los negocios no requieren inteligencias aristotélicas, pero sí vista intelectual suficiente que nos permita sortear los precipicios que por doquier nos ponen en peligro de no conseguir nuestros fines en la carrera por el mundo. Directora la inteligencia de todos nuestros actos, ha de estar lo suficientemente preparada para tal misión, y para ello es necesario que la inteligencia sea educada. Sólo las inteligencias educadas saben a dónde van, por qué van y cuáles son los medios que han de emplearse para recorrer con más seguridad el camino emprendido.

Si el ciego guía al ciego, decía Cervantes, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Y la voluntad es ciega, como también lo es casi, una inteligencia no cultivada.




ArribaAbajo-IV-

Papel de la sensibilidad


Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno.


(CERVANTES)                


Mi corazón forma el único motivo de mi vanidad, y es por sí solo la fuente de todo, de toda mi fuerza, de toda mi felicidad, de toda mi miseria. ¡Ah! lo que yo sé, cualquiera lo puede saber..., Mi corazón, yo sólo lo tengo.


(GOETHE)                


¿Quién puede apreciar a un hombre, que en fortuna o en desgracia, pensando tan sólo en sí, no da parte a otra persona en su placer o en sus males, ni encuentra en su corazón sentimiento alguno tierno.


(GOETHE)                


Nosotros mismos presenciamos alguna vez cómo disputaban los habitantes del pueblecillo con los de la ciudad vecina, atribuyéndose los unos y los otros ser los verdaderos paisanos del Santo. Los de la ciudad indicaban hasta la casa en que habitó y referían anécdotas de hechos que en ella ocurrieron. Un día, cuando, siendo todavía niño el luego canonizado, se encontraba sólo en su domicilio, se presentaron seis pobres de los muchos que en aquella casa eran socorridos constantemente, y, como el chicuelo no hallase a mano otra cosa que darles, entró al corral, tomó seis pollos que criaba una gallina y a cada pordiosero hizo entrega de uno de los animalitos. Cuando la madre del niño volvió a su casa y preguntó por las aves, el chico dijo: «Vinieron unos pobres y se los dí; como sólo vinieron seis, con los pollos tuve bastante; si hubieran sido siete les habría dado también la gallina».

Fundándose en que el traje viejo lo llevaba con más comodidad que otro nuevo que acababa de estrenar, regaló éste un día a otro niño.

Estos dos rasgos prueban cómo sentía aquella criatura que al andar de los años acrecentó su inagotable caridad y por ella se hizo tan famoso como por su talento.

No tenía veinte años de edad y ya se le consultaba como autoridad teológica. Su modestia, afabilidad y sinceridad le granjeaban las simpatías por doquier. Pero su amor a la humanidad era la prenda que más le distinguía. No había ocasión en que no manifestara dicho amor. Sabe una vez que varios reos han sido condenados a muerte por un delito de lesa majestad y que nada han podido para lograr el indulto los ruegos de nobles ni plebeyos; se presenta él al Rey y obtiene el perdón de los desgraciados. Cuando el Monarca habla luego del asunto dice: «Los ruegos del Prior de los agustinos de Valladolid son para mí como preceptos de Dios».

Ese mismo Rey lo nombra después Arzobispo de Granada y tiene que admitirle la renuncia. La modestia del Prior de Valladolid no admite el dejar su celda. Para que acepte el arzobispado de Valencia hay que amenazarle con la excomunión por desobediencia, y cuando marcha a posesionarse del cargo va a pie con su hábito raído y viejo, y un sombrero que cuenta veintiseis años de servicios.

Llega a Valencia, y los canónigos al ver a su arzobispo tan pobre, le regalan por suscripción cuatro mil ducados. No han concluido de hacerle la entrega cuando a presencia de los propios donantes, manda el dinero al hospital.

Pensaba que la pobreza y la dignidad episcopal eran compatibles, y que los obispos habían de distinguirse por su virtud y sus buenas obras, no por la preciosidad de sus muebles, ni por la magnificencia y suntuosidad con que vivan. Su mesa era igual a la que tenía en la celda del convento, ayunaba a pan y agua como sus hermanos los agustinos, la vajilla del comedor arzobispal volvió a ser de barro, unas cucharas que había de plata no se empleaban más que para los huéspedes; cruz arzobispal y ornamentos propios no los tuvo jamás este arzobispo; los que usaba, eran de la catedral. Las rentas del cargo las consideró siempre como patrimonio de los pobres y él se tenía como administrador de ellas, no más. Raro era el día en que socorriese a menos de cuatrocientos pobres, amen de los socorros secretos con que atendía a pobres vergonzantes.

Visitar enfermos, instruir, dirimir contiendas, predicar a diario, socorrer a los huérfanos y a los presos, tales eran sus ocupaciones. Las palabras de San Pablo a Timoteo de que «La virtud sirva, para todo» convenían admirablemente al arzobispo valenciano.

No pudo por falta de salud asistir al concilio de Trento; pero casi todos los prelados españoles tocaron en Valencia antes de marchar a Roma, con el fin de inspirarse en las ideas del «Apóstol de España».

Pensando siempre renunciar el puesto por creer que no cumplía bien las obligaciones del cargo le cogió su última enfermedad. Tres días antes de morir hizo llevar a su cama cinco mil ducados que era toda, toda su fortuna, y dio orden se distribuyesen a los pobres. La víspera de su muerte le dijeron que habían cobrado mil doscientos escudos y pidió por Dios que fuesen repartidos. Hecho que fue el reparto entre los pobres exclamó: «¡Dios mío, me encargasteis la administración de vuestros bienes, y ya los he repartido, según vuestra divina voluntad!»

Se acuerda luego de que aún posee la catua y hace donación de ella al alcaide de la cárcel pidiéndosela prestada para morir en ella.

¿Que quién fue ese hombre extraordinario por su sensibilidad y su amor a Dios y al prójimo?

Fue Santo Tomás de Villanueva, nacido en Fuenllana, criado en Villanueva de los Infantes y enterrado en Valencia rodeado de nueve mil pobres que sin consuelo lloraban la pérdida de su amante protector.

La sensibilidad fina de Santo Tomás educada y alimentada siendo niño por unos padres caritativos que repartían sus cosechas entre los menesterosos del pueblo elevó a nuestro héroe desde la humildad del labriego hasta la dignidad arzobispal; y ¿qué más?, desde los fugaces honores del mundo hasta los eternos y sublimes goces del cielo.

Así también son muchos los que por una sensibilidad delicada y bien dirigida, aunque no precisamente por las sendas exclusivas de la caridad cristiana se han hecho famosos, si no como santos, como hombres. El marino que en momentos de borrasca sacrifica su vida por salvar la de un semejante suyo perdido entre las olas y luchando con éstas, el médico y el sacerdote en tiempos de epidemia, la hermana de la caridad, y todos cuantos sin miras egoístas o personales se dedican al servicio generoso de la humanidad por la humanidad misma o por Dios, lo hacen inspirados en una sensibilidad viva y fecunda, siempre noble, honrosa, santa.

El- catálogo de esos hombres, a pesar de cuanto se habla de la maldad humana, es inmenso; la religión católica, especialmente, tiene su santoral repleto de acciones generosas que las ha inspirado el amor a Dios y al prójimo: por algo Dios en el Sinaí entregó a los hombres grabados en piedra los preceptos del amor como fundamento de su ley. Pero no los preceptos del amor egoísta, que se traduce en vanidad pompas, orgullo, ambición, honores, vergüenza y otras muchas aspiraciones, donde, si de ellas obtienen los extraños a veces beneficios, gula al que tales sentimientos tiene, más el propio provecho o la satisfacción interna de su alma que el ajeno beneficio. El amor que Dios ha querido que inspire al hombre en sus actos es el que produce sentimientos superiores, propios de la criatura racional como el de la adhesión a lo bueno, a lo verdadero y a lo justo, de donde se derivan esos incontables sentimientos denominados amistad, benevolencia, beneficencia, respeto, veneración, compasión, amor filial, etc., etc., que pueden resumirse en la palabra altruismo, o mejor dicho, en la voz clásica de caridad.

Si el éxito, en la vida lo consideramos bajo el aspecto exclusivista de lo material primero y de lo personal después, no cabe duda que los sentimientos egoístas influyen muchísimo para estimularnos a la satisfacción de ellos, siquiera no produzcamos una obra social: y si el éxito lo miramos como cosa superior a los destinos materiales del yo, tampoco cabe dudar, y la historia en la mano lo atestigua, que los sentimientos sociales y superiores son fuente de grandezas y triunfos; entonces aparecen ante el mundo los Santo Tomás de Villanueva, los San José de Calasanz, los San Vicente de Paul, los Pestalozzi los Tolstoy, o los héroes que también en alas de un sentimiento social llamado patriotismo, ha glorificado cada país como ejemplo de abnegación, desinterés y amor a sus compatriotas.

La influencia de nuestros estados afectivos, de nuestros sentimientos, de nuestra sensibilidad, en todos los actos que realizarnos no es para descrita. No hay momento de nuestra existencia en que, por apagada que parezca la llama del sentimiento, deje éste de ser el primer estimulante de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. La fama, la gloria, el amor a la verdad o al bien, el fanatismo, la, emulación, etc. etc, son chispas de la sensibilidad o aguijones del aliña que nos empujan a movernos, y a distinguirnos realizando algo noble o algo que por tal consideramos.

Aquella voz que oía Macbeth y que lo repetía: «¡Macbeth, Macbeth, serás Rey!» es la voz del sentimiento que oímos todos y, que nos dice a cada cual según nuestros gustos o sentires... ¡Serás rey del arte, serás rey de la ciencia, de la gloria mundana, de la felicidad en la tierra o de la felicidad en el cielo, de la bondad!.... Homero, Virgilio, Aníbal, Mahoma, Galileo, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Mozart, Murillo, no dejarían de oír la voz de su sensibilidad llamándoles para que fuesen lo que fueron.

La experiencia ha demostrado por ellos y por otros muchísimos hombres célebres, cuán grande es el valor que tiene la sensibilidad en los destinos futuros del individuo, mediante, la influencia que ejerce en la inteligencia y, en la voluntad. Payot comentando esta cita de Stuart Mill: «ni las emociones ni las pasiones humanas han descubierto el movimiento de la tierra dice: «No, ciertamente, pero tal descubrimiento ha utilizado sentimientos derivados y poderosos sin los cuales no hubiera ejercido influencia alguna en la marcha de la humanidad». Y antes cita la frase de Spencer, de que los sentimientos son los que gobiernan el mundo; y esta otra de Michelet: «La exaltación de una idea no es tanto la primera aparición de su fórmula como su definitiva incubación, cuando fecundada por la fuerza del corazón abre su corola, recogida en el abrigado seno del amor».

Lo que se dice de las ideas puede aplicarse así mismo a las voliciones, donde la influencia de la sensibilidad no es menos eficaz y patente. Queremos según sentimos; no hay duda, por más que a veces nosotros mismos lo desconozcamos. Hay momentos en que, así el equilibrio afectivo nos hace más aptos para el estudio y la comprensión, nos capacita también mejor para las decisiones razonables y firmes de la voluntad. De igual manera los desequilibrios pasionales nos anulan para toda ejecución o nos impulsan con energía hacia ella, según la índole de las pasiones que obran en nosotros. Aristóteles dijo que el placer en la flor de la actividad, más también se piensa, que el dolor es su condimento y que sin dolores no habría placeres. Siendo ambos tan correlativos, no es extraño que por el placer unas veces y por el dolor otras, obremos o nos anulemos para las acciones, que son efectos de la voluntad movida por la sensibilidad o aniquilada por ésta.

Como fuerza impulsora ejerce la sensibilidad gran influjo sobre la inteligencia y la voluntad por el entusiasmo que comunica a la una para la investigación de la verdad, y a la otra para divulgarla o sostenerla hasta con la muerte si es preciso, así como para vencer cuantas dificultades se opongan a nuestras resoluciones sean del orden, que sean.

Animado del amor a la verdad y del sentimiento de hacer bien, a sus semejantes inventa Carlos Tellier una máquina frigorífica base de una nueva industria en la que hay empleados millones de duros y millones de hombres y con la cual se habrá aliviado la miseria fisiológica de generaciones enteras. El inventor no obstante, muere en la mayor pobreza, sin que su patria, que tanto se precia de proteger a sus sabios, le socorra en su desoladora ancianidad. La conserje del edificio, donde el sabio, muere se encarga de suministrarte las últimas tazas de caldo.

Si Tellier no hubiera estado sostenido por los estimulantes de su viva sensibilidad y amor a la verdad y al bien ¿cómo era posible que su espíritu, amargado por el desagradecimiento de su patria primero, y de la sociedad entera después, no hubiera desfallecido mucho tiempo antes de pena más que de hambre?

Lo que comúnmente llamamos energías de la voluntad, fortaleza del carácter, son con frecuencia alientos, que la sensibilidad presta a la voluntad, a la inteligencia, al cuerpo mismo. La vida del sentimiento, elevándose desde los rincones más obscuros de lo inconsciente hasta la idealidad más alta, confundida en sus vuelos con las sublimidades de una imaginación rica, forma una escala misteriosa en que se funden aspiraciones egoístas con otras sociales, nobles y desinteresadas que mueven la inteligencia y sostienen la voluntad contra toda clase de adversidades. Galileo, levantándose del suelo donde ha pronunciado la fórmula de abjuración de sus errores, no puede por menos de exclamar, mientras sacude el polvo de sus rodillas, movido por un sentimiento irresistible de amor a la verdad: «¡E pur si muove...!». El sentimiento del amor a la patria y a su fe hizo que los Macabeos y su madre fuesen uno tras otro al suplicio sin que el martirio les anonadase.

Como esos ejemplos podríamos presentar no pocos por los cuales se viera que la sensibilidad, como facultad del alma produciendo sentimientos, ya de amor a sí mismo en el individuo, ya de amor a sus semejantes, ya a Dios, a la verdad, al bien o a la justicia, es una fuerza inmensa con la cual hay que contar para todo éxito. Ahora bien, esa fuerza es preciso dirigirla para utilizarla con provecho, y la dirección de la sensibilidad es más difícil que la de la inteligencia.

La sensibilidad ante todo es más que las otras facultades del espíritu, un don natural en el que por tener poca influencia las imposiciones extrañas, se necesita saber aprovechar las circunstancias y los momentos, al par que no desconocer cuánto pueden influir para sentir bien o mal los instintos, el temperamento y la herencia.

La dirección y cultura de los sentimientos tiene dos partes, una negativa para reprimir las tendencias bajas y aun las nobles si son pasionales, y otra positiva para que se ejerciten y practiquen la tendencias elevadas, sin llegar tampoco basta la pasión. Armonizar la educación positiva y negativa de la sensibilidad debe ser la aspiración en la cultura de dicha facultad del alma. Ni sentimentalismo excesivo, ni dureza; dentro de estos límites, vengan ejercicios de sentimiento para desarrollar nuestra sensibilidad.

En España las crueldades con que familiarizamos a la juventud, mediante las corridas de toros, la persecución de que hacemos objeto a los pájaros y el poco precio en que hacemos a los árboles, motivan, con mucha ignorancia, una falta de sentimientos, que de los animales y las cosas se traduce después a las personas y a las ideas, siendo la causa de que cada día haya menos compasión, menos beneficencia, menos caridad, menos patriotismo, menos sentimientos nobles, en una palabra, y más sentimientos superficiales, egoístas y bajos. El sentimiento del bien y el de la verdad, por ejemplo, no cabe que se desenvuelvan en una sociedad que no los practica; es imposible, como decía Goethe sacar del corazón de los hombres lo que no está dentro de él. Este es el defecto más grave de la sensibilidad española; no tener nada en el corazón, es decir, nada que tienda al bienestar de los demás, sino al placer propio.

Por eso entre los españoles no desempeña la sensibilidad el papel que como fuerza para el éxito tiene en otros pueblos. Silvela decía que éramos un país sin pulso, el pulso nace del corazón y en el corazón anidan los sentimientos. Jacinto Benavente, dirigiéndose a los niños pronunció estas palabras: «Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive a su alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas espirituales. Somos toscos y duros, y toda la vida española adolece de esta sequedad de nuestro espíritu».

«Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos crueles con los demás, alguien fue antes cruel con nosotros. Solo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura»

Y en otro lugar del mismo discurso, hablando también de la sensibilidad infantil, dice el insigne dramaturgo: «Si hoy los niños dan suelta a los pájaros y mañana van los padres a los toros ¿a qué lección se inclinará su espíritu?

Benavente, expresándose así, comprende que la crueldad es una perversión de los sentimientos a la que hay que oponer la simpatía no solo en favor de los animales, sino de las plantas y de todo cuanto nos rodea. La simpatía natural que tenemos a nuestros padres y hermanos debemos extenderla desde pequeños a todas las personas y cosas, especialmente a las personas, cosas y animales que por su estado de indefensión más protección necesitan de los espíritus sensibles y generosos.

Y si para ello no basta o no tenemos vocación de ser Santos Tomases de Villanueva, seamos, si es preciso, Quijotes, que será el caso más justificado de embrazar la adarga, llevados de nuestra sensibilidad para desfacer entuertos. ¡Buena falta nos hacen hombres que lleguen a la celebridad por sus sentimientos de amor a la justicia, a la verdad y a la humanidad perseguida sin motivo como llegó Don Quijote!

El eminente hombre que preside la república de los Estados Unidos, Sr. Woodrow Wilson ha dicho: «Nos es preciso dar corazón al pueblo, arrojando de la política, de los negocios y de la industria todo lo que está sin corazón»

Viene a ser lo mismo que en su inmortal obra Herman y Dorotea escribió Goethe: «Es imposible sacar del corazón de los hombres lo que no está dentro de él». Y si el alma del hombre carece de sentimientos hay que imprimírselos para que se busque el bien recíproco, no el bien personal y egoísta que es por donde los pueblos comienzan a perecer. Solo los hombres de corazón son capaces de dar cumplimiento a la máxima evangélica de amaos los unos a los otros. La palabra yo es aborrecible, según Pascal.




ArribaAbajo-V-

Al éxito por la vocación


La vocación da al ánimo la perseverancia y las proporciones del sacrificio.


(MARIOTTI)                


El Criador que distribuye a los hombres las facultades en diferentes grados, les comunica un instinto precioso que les muestra su destino.


(BALMES)                


Un hombre dedicado a una profesión para la cual no ha nacido, es una pieza dislocada: sirve de poco, y muchas veces no hace más que sufrir y embarazar.


(BALMES)                


A mediados del siglo XVIII asistía en Zurich al Colegio latino y después a la escuela superior un alumno sencillote y soñador de quien por su inocencia y buena fe se burlaban sus compañeros haciéndole creer cuanto querían y desempeñar los encargos más extravagantes, sin que él guardase resentimientos para ninguno de sus colegas traviesos y sarcásticos, antes por el contrario sintiendo con verdadera pena cuantos males sobrecogiesen a todo el mundo y muy especialmente las desgracias de los pobres y el que muchos chicos dotados de esclarecidas dotes para el estudio tuviesen que abandonar, a causa de su pobreza, los estudios antes de tiempo.

Aquel muchacho hizo los estudios de derecho y de teología, comenzó a ejercer ésta como pastor al lado de su abuelo, pero fracasado como orador sagrado pensó dedicarse a la jurisprudencia cuando cayeron en sus manos los dos célebres libros de Rousseau el «Emilio» y el «Contrato social». La impresión que los principios de libertad expuestos por el novador ginebrino causaron en el ánimo del joven pastor fracasado, fortificaron en su corazón, como él mismo dice, «el deseo de encontrar un campo de acción más vasto donde pudiera ser útil al pueblo».

¿Encontró pronto aquel campo de acción que buscaba? Nada de eso. Sucesivamente fue periodista, con varios de sus antiguos condiscípulos costándole las correspondientes persecuciones sus artículos, escritos con la fogosidad de sus veintiun años, al defender las libertades del pueblo oprimido por la codicia de malos administradores; agricultor roturando y agrandando con su personal trabajo un terreno inculto que labora dedicándolo a plantaciones impropias de aquel suelo con lo cual pierde el tiempo y el dinero tomado a préstamo, por cuyo motivo la existencia se le hace imposible como labrador, convirtiéndose en ganadero para explotar la industria de la leche.

Tampoco nuestro hombre hizo progresos en esta nueva ocupación que emprendía e instaló en un local contiguo a su granja un taller para la filatura del algodón, ocurriéndosele aquí la idea de dar empleo a los niños pobres que vagaban por aquellas cercanías. La fortuna seguía siéndole adversa, y a pesar de la actividad desplegada por el protagonista de esta historia, el negocio iba cada vez peor y los fondos se consumían. Entonces se le ocurrió hacer un llamamiento a los «amigos de la humanidad» para que le proporcionasen fondos, que él reintegraría, y con los cuales habla de fundar una institución donde los niños aprendieran a leer, escribir y calcular. Con más, los varones, se ejercitarían en trabajos agrícolas y las niñas se iniciarían en los quehaceres domésticos y en cultivos sencillos de la huerta.

Aquel hombre, Pestalozzi, concibió entonces, realizar estos dos factores de la educación moderna: la instrucción y el aprendizaje de un oficio manual. Se escuchó su llamamiento, reunió fondos, se dedicó a la obra lleno de entusiasmo, y fracasando como administrador en aquella y en cuantas Instituciones educativas organizó después, pero acertando como pedagogo en la obra de mejorar por la educación el estado social de la humanidad a cuya labor se dedicaba con una vocación decidida inspirada por su amor a las gentes desgraciadas; y trabajando incansable día y noche, observando amoroso cual madre solícita, a cada niño, fijándose en sus aptitudes para saber a qué dedicarlos, compartiendo con ellos su casa y riquezas, aquel hombre, decirnos, concibió y mejoró sus planes educativos de tal modo que llegó a ser el primer educador que figura en la Historia de la Pedagogía.

Pestalozzi, sin recursos, hecho objeto de la burla y del desprecio de los mismos por quienes se sacrificaba, conceptuado como un visionario o un loco se eleva por su vocación un monumento imperecedero ante el mundo, y de la locura de Pestalozzi en Stans, fundando sin medios económicos un orfelinato para los niños a quienes la guerra había privado de padres, salió la escuela primaria del siglo XIX y quizá la escuela más perfecta de todos los siglos.

Pero Pestalozzi no era un sabio, ni un monarca poderoso, ni un profeta que se anuncie como enviado de Dios. ¿Qué hubo en él para que su nombre haya penetrado allí donde se haya levantado una escuela y donde el sol de la civilización envíe siquiera un ligero destello de la luz de la cultura, y para que en todos esos lugares el nombre de Pestalozzi se pronuncie con respeto rayano en veneración?

Hubo en él ésto solo: una vocación puesta al servicio del deber, de la abnegación, de la caridad. Pestalozzi en su apostolado pedagógico decía: «¡Morir o lograr! Mi entusiasmo por realizar el sueño de mi vida me hubiera hecho ir, por en medio del aire o del fuego, no importa de qué modo, hasta el último pico de los Alpes», palabras que no pronunció nunca siendo pastor evangélico, ni jurisconsulto, ni periodista, ni labrador, ni ganadero; las pronunció únicamente cuando fue maestro de escuela y, por tanto, cuando estuvo dentro de la profesión a la cual su vocación acabó por fin a llevarle.

Hay veces en que las vocaciones son efecto de una corazonada, de una intuición, otras, como ocurrió en Pestalozzi, se conocen con el transcurso del tiempo y con las lecciones de los fracasos. Antes, pues, de emprender seriamente nada debemos examinarnos despacio, y sin adulaciones, a nosotros mismos para ver si la vocación, que es voz interna y conjunto de aptitudes naturales, nos llama hacia la profesión que hemos pensado elegir. El tiempo que se pierde en ensayos y tanteos, tengamos presente que no se recobra y que son horas, meses, o años con que hemos de llegar, si erramos, con retraso y tardanza al final de nuestro propósito, si acaso lo podemos lograr.

Porque, sépase, por otra parte, que lo que más perjudica para el éxito de las empresas es la vacilación aneja a toda inseguridad en los fines. Y no puede haber seguridad en quien trabaja dedicado a misión para la cual no ha nacido, ni para cuyo buen desempeño posee dotes apropiadas. Conocerse a sí mismo, decía Cervantes por boca de D. Quijote, es el más difícil conocimiento que puede imaginarse.

La «Investigación de la verdad» de Malebranche hubiera podido aparecer varios años antes de la fecha en que la publicó su autor si éste hubiese leído antes el «Tratado del hombre» por el cual cayó en la cuenta de que él también, como Descartes, tenía vocación para la filosofía y que no debía perder el tiempo estudiando idiomas e historia. ¿Qué hubieran valido los trabajos lingüísticos e históricas de Malebranche realizados sin vocación? Seguramente nada y en cambio la filosofía hubiera perdido las investigaciones del notable metafísico, que si tuvo mucho de visionario, también dejó a la posteridad bastantes ideas prácticas que los hombres han podido utilizar para guiarse y resolver el problema de la educación.

Todo oficio, cargo o empleo que sin vocación se ejerce está lleno de espinas y se aborrece.

Los progresos en él son imposibles y el individuo lo desempaña como un mercenario a quien le son indiferentes las ventajas que la perfección de la obra pueda proporcionar. En cambio, la vocación hace brotar la energía y el ingenio para vencer los obstáculos, condiciones que son el comienzo del éxito. Cada cual, dice Balmes, ha de dedicarse a la profesión para la que se sienta con más aptitud. Juzgo de mucha importancia esta regla y abrigo la profunda convicción de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes.

Mas la aptitud de que habla Balmes no es otra cosa que la voz interna que, más pronto o más tarde, llama a todas las personas para que con arreglo a las disposiciones especiales que posean, se dediquen al ejercicio de una esfera determinada de su actividad. Todos servimos para algo; la cuestión es atinar para qué servimos, o querer escuchar el llamamiento de la vocación (que no hay duda ha de llamarnos) y cumplir su mandato, que es cumplir el mandato de la propia naturaleza.

El encaminarse cada persona por los senderos a que su vocación la atraiga es altamente importante para la familia, para la patria y para la sociedad entera, pero lo es más particularmente para el individuo, el cual mediante la vocación se dedica con todo interés y lleno de ilusiones a la obra que emprende. Si Napoleón en vez de tomar la carrera de las armas hubiese tomado la del sacerdocio es probable que no hubiera pasado de modesto párroco rural.

Por desgracia, ni los padres tienen para nada en cuenta, las vocaciones de sus hijos, ni éstos tampoco van hacia donde sus vocaciones debieran atraerles y de ahí los deplorables fracasos, que las personas sufren durante su existencia. Apenas un niño ha abierto los ojos a la luz del día cuando padres fatuos o ignorantes, presuntuosos o vanos, ya están disponiendo la futura profesión que darán al hijo; éste, más tarde, encantado por la agradable perspectiva que las ilusiones inconscientes de sus padres le hacen ver, se deja llevar por la corriente y adopta las ocupaciones que se le imponen por una sugestión mansa, siendo lo más probable que carezca de dotes para desempeñar los menesteres. que tales ocupaciones llevan consigo.

«¡Acaso, escribió el poeta Gray en una elegía grabada sobre una sepultura en el cementerio de un pueblo, acaso descansa aquí un corazón animado en otro tiempo de ardiente llama! ¡Acaso hay aquí sepultadas manos dignas de sostener un cetro o de despertar las sublimes armonías de la lira! ¡Cuántas piedras preciosas del más puro brillo están perdidas en el abismo del océano! ¡Cuántas encantadoras flores abren su capullo, ostentan sus bellos matices y prodigan sus perfumes a las brisas del desierto!»

Igual podemos decir refiriéndonos a las personas que se dedican a profesión distinta de aquella para que son llamados. ¡Cuántos talentos se hallan perdidos en el océano del mundo por haberlos encauzado mal; en dirección que no era la que su vocación pedía!

Los padres y los profesores han de ser los primeros en dejar que los jóvenes expresen su espontaneidad y con ella manifiesten sus orientaciones, pues la naturaleza, sabia en todo, sabría guíarles en aquella dirección que más convenga a sus aptitudes. Aun a los enfermos suelen los médicos dejarles que tomen aquellos alimentos que más les apetece su deseo porque cuentan con que de ordinario la naturaleza apetece aquello que le es más conveniente. Y si tal ocurre con el cuerpo enfermo ¿por qué no ha de ocurrir lo propio con un espíritu normal y sano?

No cabe duda que todo adolescente, si se le deja proceder con libertad, ha de saber elegir las ocupaciones manuales o los ejercicios mentales más en armonía con sus dotes; él observará qué es lo que realiza con mayor perfección, con menos esfuerzo y con más gusto; él adoptará aquellas ocupaciones o estudios para los que tenga más destreza y donde los progresos sean más rápidos.

Léase un escrito ante varios niños y veremos que mientras unos permanecen tranquilos o indiferentes, otros se interesan ante la lectura o se exaltan escuchándola. Si la lectura versa por ejemplo, de asuntos religiosos no busquemos entre los primeros niños, un Lutero futuro, ni tampoco un futuro San Ignacio de Loyola, pero sí pensemos que entre los últimos pudiera darse con el tiempo cualquier divulgador fanático de ideas religiosas. Exponed un aparato de física sobre la mesa de un aula y ya veréis cómo la escrutadora mirada de algunos alumnos os descubre los futuros mecánicos, o ingenieros. La vocación es la que les atrae. ¿A qué, pues, contrariarla?

No hay más que un caso en que las vocaciones deban contrariarse y, más que contrariarse, deben combatirse; se trata de razones de orden moral, y es cuando la vocación llama hacia lo injusto, o lo innoble. Entonces no sólo hay que desobedecer a la vocación, sino ir contra ella, ya que el mejor medio para combatir un vicio es cultivar la virtud opuesta. Fuera de tal caso la vocación debe ser señora absoluta en la personalidad de cada individuo como la garantía más firme de éxito. Los monstruos de crueldad y fiereza que para su oprobio ha tenido la humanidad debieron serlo probablemente por vocaciones no combatidas; que también para el mal hay que contar con la vocación y con su fuerza,

El león no será nunca tan dócil como el perro pero también pierde su nativa fiereza, que viene a ser la vocación de su instinto.

Hemos dicho que hay vocaciones que se despiertan con el transcurso del tiempo y que son desconocidas de los individuos que las poseen para despertarlas o para conocerlas es preciso; primero poner al individuo en variadas circunstancias y ocasiones y segundo no fiarse de las apariencias. Una persona que solo ha visto hacer zapatos cree que solo sirve para zapatero y no tiene vocación para otra cosa, mas alguna persona que no conoce más carreras literarias que las del maestro, el cura y el médico del pueblo y se deja guiar de las impresiones de las gentes del país que, por las cualidades del primero, del segundo o del tercero elevan y consideran a uno más que a los otros dos, puede entusiasmarse con la profesión del ensalzado y no con las de los rebajados pensando que es vocación lo que no es más que una impresión motivada por causas circunstanciales, siendo así que la verdadera vocación es propiedad esencial y, por tanto, no local ni pasajera.

Y la verdadera vocación no puede ser cosa pasajera ni circunstancial porque es una tendencia instintiva que responde a disposiciones naturales en armonía con la potencialidad de cada individuo para una esfera determinada de su actividad.

Para que el éxito de las empresas llegue mediante la vocación, el individuo deberá recoger cuantas pruebas pueda para no ser engañado por una vocación falsa, cuales son muchas de las vocaciones infantiles, a quienes seduce lo aparatoso; acentuada y marcada que sea comprobarla por ensayos profesionales para ver si nuestras aptitudes responden al oficio o carrera elegidos.

Si los ensayos prácticos del ejercicio de nuestra actividad concuerdan con los estímulos de la vocación, entonces, manos a la obra, y a trabajar, que llegaremos al éxito; si no detengámonos y estudiemos más despacio las condiciones de nuestra individualidad. Ovidio cuenta que su familia se empeñó en que estudiase jurisprudencia y «quidquid tentabam dicere, versus erat».

Puestas en concordancia la vocación con las dotes y con la habilidad, será el trabajo obra de bendición y fuente de progreso. Nadie se aburre más que el hombre ocioso, pero nadie tampoco sufre más que el que trabaja sin interés por no tener vocación para el trabajo que realiza o porque no ve resultado provechoso con sus esfuerzos a causa de que sus dotes no responden a su vocación.

La alegría de vivir no la siente el haragán o el perezoso, siquiera sea todo lo sportsman que quiera; es sólo un placer que Dios reserva al que trabaja, pero al que trabaja con aptitud y con vocación. Alejandro Magno, César o el Gran Capitán no hubieran sido nunca soldados desertores.

El lenguaje vulgar ha asociado a la idea de trabajo la idea de sufrimiento, pero es porque el vulgo ha tenido siempre que trabajar a lo que sale, no a lo que ha querido cada cual elegir. Sólo así se comprende el fundamento de tal asociación de ideas; no en ningún otro caso, pues no hay satisfacción que iguale a la que produce el trabajar. El desocupado es el que padece corporal y mentalmente, siendo juguete de sus pasiones, de sus vicios, de sus preocupaciones, de sus pensamientos ruines.

Y si es en cuanto a prosperidad económica ¿cómo podrá alcanzarla el ocioso que en vez, de producir gasta, y que en vez de aumentar sus ingresos consume los que sus padres le legaron? No conocería el mundo a los Carnegie, ni a los Rockefeller si hubiesen sido ociosos. Más el primer elemento para destruir la ociosidad es descubrir la vocación y favorecerla.

Franklin ha dicho: «La ociosidad se parece al orín; consume más que el trabajo», y San Pablo habló así: «El que no trabaje que no coma»; pero pensemos que hay ociosos por haber desatinado con su vocación y que dejan de comer sin ser en realidad ociosos. A estos hay que darles de comer entre todos porque para ellos ya no puede cumplirse aquello que dijo Edmundo de Amicis de que «¡el que trabaja, vence!». El que trabaja sin vocación es hombre derrotado en la lucha por la existencia, o por lo menos no llega al éxito.

Cuando al gran Linneo lo pusieron a hacer zapatos, los ojos de su cuerpo veía el material y las herramientas del oficio que tenían por delante, pero los ojos del espíritu veían por doquier plantas, hojas y flores. El futuro botánico se revelaba ya cuando clavaba, por imposición de su familia, clavos en una bota. Su vocación le atraía no a tal oficio, sino a la ocupación que después se hizo famoso como naturalista.




ArribaAbajo-VI-

Al éxito por la ambición


Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. De conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey.


(CERVANTES)                


Soy demasiado viejo para ocuparme solo de jugar; demasiado joven para vivir sin deseos.


(GOETHE)                


Con trabajo descansa la cabeza, a la cual oprime una corona.


(SHAKESPEARE)                


El trono no es más que una tabla cubierta de terciopelo.


(NAPOLEÓN)                


Los chiquillos de la ciudad y los del arrabal Borginiano se acometen a pedrada limpia, formando dos verdaderos ejércitos, mandados por sus respectivos jefes. Las batallas no son de un día, sino que se suceden y se repiten; los armisticios y las paces perduran poco. El jefe de los muchachos señoritos es siempre el mismo; no cede nunca el puesto a nadie y en cuanto puede burlar la vigilancia de su madre, única persona que ejerce alguna influencia sobre aquel espíritu indómito, avasallador, escapa a reclutar sus pequeños soldados y a preparar un nuevo ataque contra los muchachos del barrio, también en todo instante dispuestos a la lucha.

En aquella alma infantil del de jefe la banda ciudadana, que acude a buscar a los pobretes para pelear con ellos, se adivina ya una ambición de mando que será la sorpresa de los siglos. Aquel chico tenía vocación de guerrero; sus compañeros también, sino no le hubieran seguido. Ninguno de ellos conoce el peligro ni teme a las piedras; pero Napoleón, que era el muchacho que se erigía en jefe, tenía además de vocación, ambición; ésta era su pasión dominante y en ninguna parte podía satisfacerla mejor que mandando un ejército de chicuelos de su edad. Ya vendrían tiempos en que siendo hombre, mandase a hombres.

Su personalidad comenzó a formarse ya desde bien niño por la acometividad, el cálculo, la confianza en sus propias fuerzas y la ambición. Las ideas no eran nada para él luego que fue hombre, y así dijo un día a sus compañeros de regimiento: «Si yo hubiera sido mariscal habría abrazado el partido de la corte, pero siendo alférez y no teniendo fortuna, debí echarme en brazos de la revolución». Conseguir sus fines, colmar su ambición insaciable de mando eran sus únicas miras y su sola moral. Cuando los negocios de España se le tuercen, habla como un verdadero bandido; no le remuerde la conciencia por haber obrado mal, sino por haber obrado torpemente. Verdad es que él tuvo siempre éste principio: «Cuándo se ha cometido una falta no debe confesarse, sino obstinarse en ella hasta conseguir el éxito, cueste lo que cueste, así se triunfa».

Un hombre que se expresaba así no iba a reparar en pelillos cuando se tratase de salir adelante en sus empeños de mando. Mas su ambición era tan congénita en él que todos los actos que ella le inspiraba le parecían sumamente naturales, y así hablando en cierta ocasión con Rooderer le dijo: «Yo no tengo ambición» o si la tengo, me es tan natural, me es innata de tal manera, está tan fundida con mi existencia, que es como la sangre que corre en mis venas, como el aire que respiro»

Cuando se encuentran hombres que así se expresan y que desconocen sus pasiones, son temibles, porque son ríos desbordados que han de arrasar cuanto se oponga a su corriente, sin dejar de su paso otros restos que la nueva vida con que broten las instituciones que sucedan a las que ellos destruyeron. La labor de hombres así es puramente negativa porque no dan tiempo a que nada se afirme en su codicia insaciable de dominar, siendo ellos mismos los primeros que no gozan de su dominio, si por goce se entiende el disfrute apacible de lo adquirido o conquistado.

El ambicioso lucha ardientemente por conseguir un objeto, por obtener la posesión o el goce de algo, pero apenas logrado, ansía otro y así se continúan sus deseos en serie interminable para no gozar, ni dejar gozar.

Si la ambición es de objetos nobles y elevados, no movida por el egoísmo, lo cual ocurre pocas veces, es en extremo laudable y fuente de bienestar en las familias y de prosperidad en los Estados. A la ambición de Pedro el Grande debió Rusia su grandeza a fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII, base de su actual preponderancia, a pesar de no haber proseguido los sucesores de aquel estadista notable y monarca inmarcesible los rumbos que él inició, y a la ambición, no de uno sino de todos los alemanes del siglo XIX que soñaban con el resurgir de su patria, se debe la grandeza actual de Alemania y sus indiscutibles progresos en las artes de la paz como en las artes de la guerra, en la industria, en el comercio, en las letras, en la ciencia, en la marina, en el ejército... hasta en la urbanidad y en los modales.

¡Ejemplos dignos de lo que puede la ambición unida al sentimiento del deber y a la indomable voluntad de hacer lo justo y lo bueno!

La pasión de San Vicente de Paul, se dice en un libro de pedagogía, por fundar hospitales para los niños abandonadas, era una pasión honrosa y santa. Sócrates, exponiéndose a persecuciones sin cuento por establecer el imperio de la moral; Gelon, estipulando con Cartago, vencida, la abolición de los sacrificios humanos; Marco Aurelio, elevando la filosofía al trono, eran ambiciosos nobles y recomendables, y desgraciadamente, de la especie más rara. Si de tales ambiciosos tuviese muchos el mundo ¡cuan otro sería! Pero, como decimos antes, la ambición va casi siempre inspirada por el egoísmo y esto es lo malo.

Si la ambición estuviese fundada en el altruismo, en la caridad, en el patriotismo o en otra virtud, en vez de estar movida, cual de ordinario ocurre, en la envidia, en la soberbia, en el orgullo, en el egoísmo o en otra pasión viciosa, entonces serían dichosos los pueblos. Desgraciadamente no ocurre así y el mundo está lleno de arrivistas que llegan a la cumbre para su propio provecho y que para ascender no reparan en medios: se humillan, lisonjean, adulan, amenazan, venden su conciencia, calumnian, roban, llegan hasta el asesinato, arruinan a la patria, hacen, en fin, todo lo malo que sea preciso con tal de saciar su ambición.

A tales hombres la sociedad debiera ponerles una valla y arrinconarlos para que no subieran ni el primer escalón de los puestos a que aspiran, pensando que si suben las primeras gradas será muy difícil detenerlos. A esos ambiciosos sin conciencia debiera la sociedad arrinconarlos, cual alimañas traidoras que esperan un descuido para apoderarse de la presa.

En cambio los ambiciosos nobles deben salir a la luz del día y, si no salen, debemos buscarlos y colmarlos de honores y dignidades para estimular más su ambición, que no es la ambición del egoísmo, sino a lo sumo la aspiración justificada y legítima de la futura celebridad. Ambiciosos nobles hay que ni aún a esto aspiran, ni en ello piensan. Conozca la sociedad de hombres honrados estas ambiciones y déjeles el paso libre y expedito para que asciendan pronto a los puestos de sus ambiciones, que la patria y la humanidad entera lo ganarán y lo agradecerán.

Entre los ambiciosos los hay de varios grados; ambiciosos que lo son sin siquiera saberlo y lo son por civismo, por patriotismo o por amor a la humanidad como Washington o Franklin, pero hay otros que lo son por soberbia, por orgullo o por vanidad. Estos tres grados de ambición son los peligrosos.

A Washington le ofrecen ser rey y rechaza indignado la oferta. Los que se la hacen no han comprendido que si él abandonó la agricultura cual otro Cincinato, no fue por ambición personal, de la que le ponían a salvo sus virtudes públicas y privadas, sino por la ambición noble de contribuir a la libertad de su patria. Por igual despreciaba a los que se habían aprovechado de las desgracias de la patria para hacer inmensas fortunas o para encaramarse a los altos puestos. Si Bonaparte, contemporáneo de Washington, hubiera sido ambicioso al estilo de éste ¡cuántas lágrimas habría ahorrado al mundo!

Pero Bonaparte, cada vez más ególatra, ensimismado en su soberbia y en su ambición ilimitada y personal, no veía en sus compatriotas más que carne de cañón puesta val servicio de sus caprichos, y en el mundo entero un juguete para pasar el rato.

La ambición de los vanidosos es más ridícula que la de los orgullosos y soberbios; la de éstos es, en cambio, más peligrosa. De los ambiciosos fatuos y vanos nos burlamos y hasta los aduladores obtienen provecho de su fatuidad; a los ambiciosos soberbios se les teme, y ellos son los que se sirven de nosotros.

Al ambicioso vano, si se incomoda, le aplacamos mentándole el objeto que más excita su vanidad; su carácter es de ordinario suave y blando, admite consejos y por eso puede llegar al éxito tratándose de cierta especie de negocios en los que la vanidad no suele jugar papel y por consiguiente, no le ciega; ejemplo, negocios industriales o mercantiles.

Los orgullosos son más independientes de carácter que los vanos, y más impulsivos. Si aciertan, suben pronto y mucho, si caen también van deprisa al precipicio. El éxito en los orgullosos y soberbios es más ruidoso, que en los vanos; en éstos, a pesar de la falta de méritos con que por lo común suben, es el éxito más durable, sin duda también porque el mundo los toma por ídolos aprovechables, a los cuales les hace pagar su vanidad y el culto que les tributa. Los honores y las cruces que ostenta el ídolo, le cuestan bien caras.

El orgulloso conquista los honores y la grandeza, el vanidoso los compra.

Orgullosos, soberbios y vanos, que por tales cualidades son ambiciosos y por la ambición suben, los hay en todas las profesiones; en la milicia, en el profesorado, en el sacerdocio, en la política, entre aristócratas, como entre demócratas, entre socialistas como entre conservadores. La fatuidad y la soberbia ciegan al débil como al fuerte, al ignorante como al sabio. Sabios e ignorantes hay que por igual se inflan como pavos reales cuando se les adula en su respectiva debilidad; que al fin debilidades del alma son el orgullo, la vanidad y la soberbia.

Ni orgullosos, ni vanos, ni soberbios tocados de ambición sacian nunca ésta. A más elevación y a más honores; nuevas aspiraciones, creyéndose capaces de merecerlo todo. El hombre que domina su soberbia y su orgullo será el que merezca elevarse por su ambición; mas al que vive esclavo de esas pasiones, temámosle: es un ciego expuesto a caer en cualquier precipicio, arrastrando consigo todo cuanto de él dependa. El ambicioso por vanidad, suele ser un incompetente al que debemos tener lástima, pero al que no se le debe auxiliar para que suba a puestos transcendentales. Otórguele quien pueda una cinta o un botón condecorativo para que los luzca en el ojal de la levita, pero nada más.

Los orgullosos, soberbios y vanos se forjan mil ilusiones sobre su valer y sus méritos, juzgándose capaces de todo, y como la sociedad de personas prudentes los deja hacer, suben y suben viniendo a parar la dirección de los negocios, sobre todo en política, en manos de los ambiciosos, orgullosos, soberbios y vanos, que suelen ser los más ineptos y ¡así andan en muchos países los negocios públicos: entre inmorales que adulan por su cuenta y razón, y fatuos adulados y engreídos que dejan obrar a los inmorales!

De Franklin se dice que tenía la ambición de ser útil. Hoy hay gran número de Franklines particulares que tienen también la ambición de ser útiles a la mesnada y a la familia. Aquel portentoso genio puso su ambición al servicio de su patria y de la humanidad, éstos otros genios, o ingeniosos, ponen así mismo la ambición suya al servicio de mezquindades que los deshonran y rebajan aún entre los mismos a quienes benefician.

Los fatuos, cuando después de elevados caen, pagan con el desprecio, y el olvido de qua se les hace objeto, lo bajo de sus ambiciones. A los ambiciosos nobles, la posteridad los recuerda en los monumentos que les erige.




ArribaAbajo-VII-

Al éxito por el trabajo


¡Quien trabaja vence¡


(EDMUNDO DE AMICIS)                


El trabajo del hombre es hermosura y la verdadera hermosura siempre es fecunda.


(JOSÉ ECHEGARAY)                


«El que no trabaje que no coma», ha dicho San Pablo. Muchos comen que no trabajan, pero ninguno que no trabaja es persona, es «cosa que anda descalza o en coche, cubierta de galas o de andrajos, pero cosa siempre».


(CONCEPCIÓN ARENAL)                


Rico o pobre, todo ciudadano ocioso es un bribón.


(ROUSSEAU)                


Siendo yo niño recuerdo que leí el siguiente caso de laboriosidad: En un pueblo de Inglaterra vivía un hombre llamado Santiago Sandí que había quedado paralítico de ambas piernas, cuando aún contaba pocos años de edad. Su familia era muy pobre, pero él supo hacer frente a su miseria a fuerza de trabajo y de aplicación.

Sentado en el lecho, que no podía abandonar, se dedicó a trabajos de mecánica. Aprendió a tornear y construir aparatos de física y relojes, llegando a ser sus obras tan perfectas como las de los más hábiles mecánicos. Por sus indicaciones se mejoraron las máquinas para hilar el cáñamo. En dibujo y grabado logró también sorprendente perfección.

En cincuenta arios no abandonó la cama sino dos veces; una para huir de una Inundación y otra de un incendio. Durante dichos cincuenta años no cesó de trabajar, siendo muchas las personas que acudían a conocerle y a pasar ratos a su lado admirando de cerca a un hombre que a fuerza de constancia y de laboriosidad, había sabido adquirir sólo con su trabajo, una fortuna considerable.

Pues si un hombre en condiciones tan desfavorables como Santiago Sandí, no sólo para elevarse por el trabajo y adquirir fortuna, sino ni aún siquiera para poder vivir con independencia sin pedir albergue a un asilo, alcanzó honra, fama y dinero, que son las tres cosas por las cuales principalmente se afana la humanidad ¿de qué no serán capaces los hombres sanos de cuerpo y equilibrados de espíritu, si la laboriosidad es su norte, si la aplicación les ocupa la mayor parte del día que el descanso les deje libres, si, por último, ven en el trabajo no una condenación, sino una redención divina y la mas noble de las aspiraciones humanas?

Dice Kant que es erróneo imaginarse que, si Adán y Eva hubieran permanecido en el paraíso, no hubiesen hecho otra cosa más que estar sentados, juntitos, uno al lado del otro, entonando canciones pastoriles y contemplando las bellezas de la naturaleza, pues la ociosidad hubiera causado su tormento, igual que después en los demás hombres.

Efectivamente, no nos explicamos cómo hay hombres que puedan vivir en la ociosidad sin sufrir la más estúpida de las torturas cual es el aburrimiento, ni comprendemos tampoco cómo haya sociedad ninguna que consienta gente ociosa en su seno, pues hasta por moralidad sería regla de buen gobierno apartarlos del resto de las gentes activas. El que no hace nada, decía Franklin, está expuesto a hacer algo malo, y madama de Maintenón también dejó escritas estas palabras: «El trabajo apacigua las pasiones, distrae el espíritu y no le da tiempo a pensar el mal».

Es decir, que el trabajo no sólo importa al que lo realiza, sino que interesa a la paz y sosiego de las demás personas.

Para el provecho propio, nada hay que de un modo tan seguro como el trabajo haga llegar al éxito. El trabajo es el medio por excelencia de educación física y, como tal, condición sine qua non de robustez y salud corporales, y con salud y energía corporales el hombre puede afrontar toda clase de obstáculos para cualquier empresa a que se dedique. La laboriosidad es el mejor patrimonio; y el que no la haya heredado procure adquirirla, si quiere ser algo en el mundo.

La lotería está haciendo en España un daño inmenso. Soñando con las riquezas de la lotería son infinitas las personas que ni nacieron con patrimonio, ni vinieron al mundo con el patrimonio de la laboriosidad, ni adquirirán ésta nunca. ¿Para qué? A los españoles, como gentes meridionales, nos pierde la imaginación; queremos llegar pronto, ser ricos en un instante... ¡y el éxito por el trabajo es tan largo y el de la lotería es tan rápido!

Igual ocurre con la herencia forzosa; el hijo que sabe que el capital adquirido por el padre ha de ser para él, ¿a qué fatigarse en trabajar? Por eso hay tanta diferencia entre norteamericanos y españoles; por eso allí se trabaja tanto y aquí tan poco; por eso allí hay iniciativas y acá rutinas, allí oro, aquí ochayos; allí llegan los hombres, aquí no se ponen en trances de llegar porque no emprenden marcha alguna.

Quizá tampoco hay allí, ni en los países que trabajan, por el mismo motivo de la laboriosidad, las diversiones crueles e indignas que, cual las corridas de toros, hay en este país de ociosos, sinónimos de bribones, según Rousseau.

La inacción debilita y destruye, y un individuo debilitado ¿de qué empresa digna de renombre será capaz? Y si una nación se forma por individuos debilitados ¿cómo no ha de ser destruida? La ociosidad, según otra frase de Franklin, se parece al orín: consume más que el trabajo.

Para que el trabajo conduzca al éxito ha de ser realizado con orden y constancia. Los esfuerzos violentos, pero veleidosos no son de los que llevan al triunfo; por el contrario, tras de hacer perder de ordinario la salud corporal y espiritual no conducen a nada. El trabajo ha de ser persistente y moderado. Los estudiantes que obtienen las mejores notas son los que no esperaron a estudiar de día y de noche durante el último mes del curso, sino los que estudiaron diariamente, siquiera un par de horas, desde que comenzaron las clases.

Dos horas diarias de estudio suman cuatrocientas ochenta horas en un curso de ocho meses; diez horas en un mes hacen trescientas. La diferencia es notable a favor del primer cálculo; las condiciones de trabajo perniciosísimas para quien se atiene al cálculo segundo. El que observa el primer horario cultiva su inteligencia y la desarrolla; el que observa el segundo horario, si tiene inteligencia potente y esclarecida, la destruye; el primero triunfa; el segundo, si llega, será uno de tantos, uno del montón. Igual pasa en la industria, en el comercio, en la política, en todo. Para llegar al éxito por el trabajo hay que saber trabajar.

El trabajo ha de ser moderado sin dispersión hacia varios objetos sino dirigiendo los esfuerzos en una misma dirección. Nicole llama espíritus de moscas a los que pasan de uno a otro asunto sin sacar fruto de ninguno de ellos. A Edisson, por ejemplo, no se le podría incluir entre esos espíritus de mosca, ni a Madame Curie, tampoco.

Para el que trabaja sabiendo trabajar no hay nada más dulce que la vida laboriosa, ni nada más amargo qué la holganza. No es la ociosidad, sino el trabajo, lo que engendra la dicha, ha dicho Tolstoy, Los señoritos que se aburren en el club emprendan obras, trabajen, y ya verán cómo acaban por desconocer el tedio que los consume y que no les hace pensar más que en andanzas licenciosas y ruinosas para el cuerpo, para el espíritu y para la hacienda. El mayor daño moral que encontramos en el ejército es que mantiene casi ociosos a los individuos, con lo cual su espíritu se carcome y en especial se atrofia la voluntad. No encontrando los militares placeres en el trabajo, que desconocen, los buscan de otros mil medios, más o menos pecaminosos y perjudiciales.

El trabajo nos eleva sobre los demás y nos hace ser felices en el retiro de nuestro gabinete con la pluma en la mano, tanto como en las galerías estruendosas de una fábrica. En uno y en otro sitio podemos adquirirnos un nombre y una fortuna. Dormitando lánguidos en una butaca del casino, o jugando la consabida partida tresillesca o algo peor, si tenemos nombre lo hacemos olvidar, y si fortuna la perdemos.

El trabajador se basta así mismo, y consigo mismo puede ser feliz; el ocioso ha de buscar a otros para distraerse; el primero es independiente y libre; el segundo, no, y como una de las bases de la felicidad es la libertad, es más feliz el que trabaja que el holgazán.

Los señoritos que no trabajan, buscan para distraerse los deportes. ¡Que lástima de esfuerzos los que hacen remando, o corriendo tras la pelota de foot-ball, que no los hiciesen en labor útil y educando su voluntad para empresas provechosas! Si Wheatstone y Marconi, por ejemplo, hubieran sido footballistas como tantos señoritos góticos, sporstmanes distinguidos, no podrían éstos comunicar al minuto sus triunfos en el campo del juego a todos los ámbitos del mundo ocioso, y a los colegas suyos que en ese mundo habitan. «Hay muchos inútiles en Atica, decía Eurípides, pero los peores de todos son los atletas.»

El trabajo debe ser propio, personal. Vivir del trabajo ajeno aunque sea del trabajo de los padres y de lo que ellos obraron y ganaron es indigno y opuesto a todo progreso. Esos jóvenes que se vanaglorian de lo que fueron sus antepasados son unos necios. Sus ascendientes pudieron ser unos santos y ellos ser unos granujas; sus ascendientes ser personas muy laboriosas y ellos ser muy vagos, y al hombre hay que considerarle por lo que él haga, el individuo es «hijo de sus propias obras».

En España estamos gobernados por sucesores de quienes fueron, no de quienes son y así anda ello. «Mira, Sancho, decía Cervantes por labios de D. Quijote, si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale». Mas de todas las virtudes yo creo que la primera es la laboriosidad, por lo menos entre todas las virtudes sociales, así como el vicio mayor es su opuesto. Por algo en todos los países existe el refrán de que la ociosidades la madre de todos los vicios.

Del mismo Cervantes son estas palabras: «La gente baldía y perezosa es en la república, lo mismo que los zánganos en las colmenas que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen». Si así es, la humanidad debe imitar, a las abejas trabajadoras, que matan a los zánganos como inútiles. No quiero yo que se mate a los hombres ociosos en el sentido recto de la palabra matar; pero sí aspiro a que la humanidad se eduque para que no haya zánganos en su colmena, que es el mundo, y para que si a pesar de esa educación nueva que yo pido, aun se escapa algún zángano por los agujeros de la criba, ni lo encumbremos ni le toleremos encumbrarse.

Y si el vago alega para estar ocioso, que no le viene de casta, como decía un tonto en mi pueblo, sepa y entienda que por cédula del Consejo de Castilla, de 18 de Marzo de 1783, dada siendo rey Carlos III y confirmada por Decreto de 25 de Febrero de 1831, «todos los oficios son honestos y honrados; el uso de ellos no envilece la familia ni la persona del que los ejerce, ni inhabilitan para obtener empleos. Sólo causan vileza la ociosidad, la vagancia y el delito».

Actividad moral, actividad intelectual, actividad física, ese es el lema del progreso para los individuos y para las naciones. En ningún capítulo de este libro sientan mejor que en el presente las palabras de Cristo al paralítico: surge et ambula. Al individuo que no se levanta, la sociedad de hoy es probable que lo aplaste; el que no ande se dejará arrebatar el triunfo por otro que se le anticipará, y aunque algunos holgazanes vivan bien, las naciones de holgazanes están llamadas a desaparecer hoy de sobre la faz de la tierra, como en otros tiempos desaparecieron los pueblos inmorales e inmundos arrasados por el fuego divino cual las ciudades de Pentápolis. Hoy la Providencia deja a log pueblos el cuidado de imponerse el castigo que merecen sus culpas y el pecado que hoy se castiga más severamente es el de la vagancia.

Persona ociosa es persona despreciada, nación sin laboriosidad es pueblo de esclavos. Sube el que trabaja; vence el país activo y laborioso.

Sir Hiram Maxim, el que ha dado su nombre a los cañones «Maxim», cuenta que un yankee anunció un día una receta para hacerse ricos. Por tal receta solo pedía veinticinco céntimos y ella consistía en este secreto: «Trabaja con la mayor asiduidad y no gastes nunca un céntimo inútilmente».

El célebre naviero Sir Alfred Jones, dice: «Muéstrate decidido en el trabajo y a la voluntad une la prudencia. Toma en serio la vida y no olvides que solo el incesante trabajo te conducirá al éxito».

Una de las cosas que más mérito tienen en la religión cristiana es el ennoblecimiento que ha hecho del trabajo. En los oficios más humildes y más repugnantes ha hecho ver un medio de acostumbrarse a vencerse a sí mismo y de ejercitarse en la paciencia y en la fidelidad. Las primeras órdenes religiosas no fueron sino congregaciones de trabajadores y de hombres que todo lo sufrían trabajando por Dios. En cambio en otras religiones, por lo menos el trabajo material, era opuesto a la nobleza de los espíritus celestiales.

El Dr. Fr. W. Foerster de la Universidad de Zürich en «Schule und Charakter» pone a un párrafo de su libro este epígrafe: Arbeitspädagogik (la Pedagogía del trabajo) donde, entre otros principios dignos de tenerse en cuenta, sienta éste: «enseñar el trabajo, es, pues, llegar a interesar la personalidad profunda del hombre hasta en las faenas menos atractivas», (Darum muss die rechile Arbeitserziehung es verstehen die geistige Persönlichkeít des Menschen auch für die reizloseste Arbefit zu interessieren).

Y a seguida añade insistiendo en el superior aspecto que para el alma ofrece el trabajo; «Es preciso mostrar al individuo todo el provecho espiritual que puede obtener de una actividad de ese género. Es preciso apartar su atención de la naturaleza de la obra para concentrarla sobre el hombre que trabaja y sobre los efectos que resultarán para él de la manera como realice su trabajo. Es preciso hacerle ver qué alta significación tienen para la cultura del alma los esfuerzos por los cuales se triunfa de sí mismo, y los cuidados aportados a los más pequeños detalles. Así se pondrá, el alma del trabajador en contacto con el trabajo y se sacará partido, para la obra a realizar, de los móviles más nobles del alma, yo quiero decir de la ambición de triunfar de sus instintos, del deseo de continuidad y de perfección. La pereza y la mentira que se castigan con rigor en la escuela tienen en gran parte su origen en los vicios de un método de educación que desconoce la influencia de la persona moral sobre el valor del trabajo realizado y que descuida sacar partido, para el perfeccionamiento interior del niño, de toda la actividad que él despliega en la escuela»2

El trabajo, pues, hay que considerarlo no sólo como efecto de mayor o menor utilidad positiva, sino como medio educativo, y en tal concepto hay que considerar que los pedagogos americanos queriendo librar a los niños de todo esfuerzo por una educación agradable, yerran, no sólo en lo que respecta al concepto material y físico del trabajo, sino en lo que afecta al orden moral. La falta de perseverancia es un rasgo distintivo de nuestro tiempo, y en la propia América acabarán, si se generalizan las doctrinas de sus pedagogos, por contaminarse de ese mal de la inconstancia como lo estamos los europeos.

El trabajo constante, el hábito del trabajo sostenido, apelando si es necesario al amor propio para vencer la debilidad y la inercia de cuerpo y de espíritu, es el medio más seguro para formar el carácter, base la más firme de todo éxito.

Mirando la cuestión exclusivamente bajo el aspecto económico, la sabiduría popular expresó la influencia del trabajo en la conocida copla:


A las Indias van los hombres,
A las Indias por ganar;
Las Indias aquí las tienen
Si quisieran trabajar.

Mirando la cuestión bajo el aspecto de la vida entera recapacitemos sobre el pensamiento que encierran estas palabras de Federico el Grande: «¡Amigo! Tienes razón si crees que trabajo mucho. Lo hago para vivir, pues nada tiene más semejanza con la muerte que la ociosidad».




ArribaAbajo-VIII-

El éxito por la constancia


Sed dueños de vosotros mismos, si queréis serlo de los otros.


(PAYOT)                


¡Morir o conseguid


(PESTALOZZI)                


Labor omnia vincit.


(PERIANDRO DE CORINTO)                


Obrar, obrar, esta es nuestra misión aquí abajo. El destino del sabio es perfeccionarse sin cesar por medio de una actividad libre y trabajar para perfeccionar a sus semejantes.


(FICHTE)                


Con un trozo de clarión en una mano y uno de carbón en la otra se deslizaban varios chicuelos por entre la multitud apiñada en la plaza pública de la ciudad. Cautelosamente escribían en las espaldas de muchos circunstantes absortos, con clarión si el traje era obscuro, y con carbón si el traje era claro (color que por cierto se usaba mucho) palabras por el estilo de éstas: necio, estúpido y otras más ofensivas.

Cumplida su poco culta tarea, aquellos niños se situaban en cualquier esquina y allí esperaban el paso de los individuos marcados con sus menospreciativas palabras para reír su hazaña y burlarse de los sorprendidos viandantes. Excusado parece advertir que no faltaban ocasiones en que los chicos pagaban con algún pescozón la burla con tanto placer dispuesta.

Un día uno de los más traviesos entre los varios niños que formaban la cuadrilla, y al cual sus compañeros llamaban el trastuelo y la pequeña serpiente, se escurrió tanto entre la multitud que llegó a un punto donde le fue imposible la salida, y además donde no se atrevió a ejercer su habilidad caligráfica por haber ido a situarse cerca de la autoridad que presidía la asamblea popular reunida en la plaza. Entonces no le quedó más recurso que escuchar el asunto que allí se ventilaba. El auditorio prestaba gran atención y el niño hizo lo propio. Era que un orador elocuente hablaba al pueblo.

Cuando el orador hubo terminado su discurso, la concurrencia le aplaudió estrepitosamente y en medio de ovaciones entusiastas se le acompañó a su domicilio. El niño, aunque inconscientemente quizá, también aplaudió y tomó parte en las ovaciones.

Desde aquel día, dice la historia, o por lo menos la leyenda, que nuestro pequeño protagonista dejó de asistir provisto de clarión y de carbón a las asambleas que el pueblo celebraba en la plaza. Iba sí, pero no a resellar a nadie en las espaldas, sino a escuchar lo que allí se decía. Se le veía siempre pensativo y formal como si alguna idea profunda le preocupase.

¡Poco pudieron reírse en su casa cuando acosado a preguntas sobre su cambio de costumbres y de carácter, expuso que quería ser orador para que le ovacionasen como a otros que él había oído! ¡Ser orador él, que poseía tan superficiales conocimientos, que era tartamudo, que se fatigaba en cuanto pronunciaba media docena de palabras y que hasta movía a risa porque cierto temblor nervioso le hacía encogerse de hombros involuntariamente en actitudes ridículas!

Más el chico no hizo caso de observaciones, comenzó a estudiar y fue creciendo afirmando cada vez más sus propósitos y perseverando en sus ideas, y un día en que la asamblea popular discutía cierta cuestión que a él le era conocida, cuando llegó el turno a los oradores de su edad pidió la palabra y subió a la tribuna. El asombro que produjo su presencia no es para contado. Una rechifla general le acogió y un alboroto indescriptible de carcajadas y silbidos siguió a sus primeras palabras, cuando se oyó que la tartamudez le impedía pronunciarlas con soltura.

Aquel joven que había soñado con aplausos y ovaciones tuvo que escapar aburrido y satirizado, sin que se le volviese a ver en mucho tiempo por las calles y plazas de la ciudad. Se pasaba el tiempo recitando versos con la boca llena de piedrezuelas y subiendo las pendientes de los cerros con lo cual consiguió dar soltura a su lengua corrigiendo su tartamudez, ensanchar su cavidad torácica venciendo la sofocación que le ahogaba al hablar un poco deprisa; se paseaba por las orillas del mar y pronunciaba discursos para que el ruido de las olas le acostumbrase a los rumores de la gente reunida en la plaza, y, por último, se encerró meses enteros en los sótanos de su casa, dedicado al estudio.

Para obligarse más al estudio se cortó parte de la cabellera y se afeitó. Así le sería imposible presentarse en público, puesto que era costumbre general llevar el pelo crecido. Transcurren varios años y el joven de referencia vuelve a presentarse otro día en la plaza. Oye que se discute sobre un asunto que le es conocido y cuando el heraldo anuncia que pueden pedir la palabra varones comprendidos en la edad de la juventud, nuestro hombre la pide y sube a la tribuna.

Cuando pone las manos sobre el mármol y es conocido por la multitud, rumores de extrañeza y burla turban el orden en la asamblea popular. ¡Es el trastuelo que quiere hacernos reír!, dicen algunos.

Pero el trastuelo comienza su discurso y la estupefacción y el asombro de la muchedumbre, sucede a las iniciadas sátiras y burlas. Aquel hombre es un portento de bien decir; nada de tartamudez, nada de fatiga al hablar; su voz semeja la. de un Dios encarnado en forma humana; sus ademanes son majestuosos y nobles; el gentío se electriza de entusiasmo y a cada párrafo, se sucede una aclamación entusiasta, inmensa, delirante. Cuando termina se le transporta en hombros a su casa y la población toda le proclama el primero de los oradores y el más grande de los ciudadanos.

Aquel hombre no hace falta que digamos quien era; el lector habrá comprendido que era Demóstenes; el orador más famoso que el mundo ha tenido y a quien hizo orador la constancia, nutrida por la fe en el éxito que la constancia produce en todas las cosas.

El hombre tiene siempre, como dice Balmes, un gran caudal de fuerzas sin emplear; y el secreto de hacer mucho, es acertar a explotarse a sí mismo. Lo que pasa es que la mayoría de las personas no ponen a contribución sus fuerzas sino cuando se ven obligadas a ello, no ordinariamente por una voluntad espontánea, decidida y firme, que marche a su objeto sin arredrarse por obstáculos ni fatigas, cual hizo Demóstenes. La firmeza de voluntad es el secreto que ha hecho por ejemplo un Escipión en el mundo de los guerreros, un Lincoln en el de los estadistas, o un Rockefeller en el de los adinerados.

Desde luego que la constancia, siendo virtud, ha de hallarse entre dos vicios: el de la debilidad y el de la terquedad, y que contribuyen a guiarla por sus verdaderos carriles la consideración detenida de cuanto degradan al rey de la creación la volubilidad y la inconstancia y cuanto le elevan la firmeza en los nobles ideales y el mantenerse adherido a ellos, a pesar de las dificultades que la pongan a prueba. Prevenirse contra los inconvenientes, resistir las dificultades y razonar nuestros propósitos nos darán alientos para decidirnos contra la debilidad y para no caer en la terquedad, vicios por igual dañosos a la virtud de la constancia.

Para proceder siempre con una constancia racional hay que ser hombres de convicciones, trazarse un plan, no proceder al acaso. La voluntad comienza por el propósito, sigue por la deliberación, continúa por la resolución y se completa por la ejecución, funciones todas importantísimas para el éxito de la obra. Audaces fortuna juval se ha dicho, aplicando la frase a resoluciones atrevidas, uniendo la resolución con el propósito y convirtiendo la deliberación en una intuición irreflexiva, más el éxito de una empresa, así llevada a la ejecución, es muy incierto y no cabe sea recomendado.

Para elevarse de un modo permanente sobre el nivel ordinario de los demás sirve la audacia, pero acompañada de la perseverancia reflexiva, con esfuerzos intensos, sostenidos y armonizados unos con otros.

Una idea de esas que elevan a un hombre sobre los demás y le eternizan se ocurre en un instante, pero no es de un instante su desenvolvimiento, sino tarea larga que requiere meditación y estudio. Aquí es donde a la constancia le está reservado su papel más importante. Tantas o más ideas grandes que a los trabajadores se les ocurren a los perezosos, mas aquellos no tienen constancia para meditar sobre ninguna, mientras que los segundos las estudian, deliberan sobre los medios de realizarlas se resuelven a ello y concluyen por ejecutarlas que es el verdadero mérito de la voluntad, mérito casi en exclusivo debido a la constancia.

Hay una frase que dice que de buenos propósitos está empedrado el infierno, con lo cual se expresa de modo bien gráfico que el propósito, sin la constancia en él, sin la constancia para deliberarlo y sin la constancia para resolver y realizar su ejecución de nada sirve. Rockefeller no hubiera pasado de sacristán u oficinista, sus primeros empleos, si sus propósitos de economía, al principio, y de empresas industriales y financieras después no los hubiera nutrido con la persistencia y la constancia. La vista de águila para concebir requiere perseverancia para meditar y para realizar. La suerte podrá favorecer por casualidad una vez, pero por casualidad toca el premio gordo de la lotería a un español, entre veinte millones de españoles. Igual ocurre con las obras realizadas sin constancia en la preparación; por casualidad salen bien una vez entre millones de veces.

La costumbre es la memoria de la voluntad, decía Herbart, y todos los éxitos en la vida los han obtenido los hombres que han procedido por la costumbre, o sea por la continuidad de sus esfuerzos en una misma dirección. Si alguno obtuvo éxitos sin tal circunstancia, fueron éxitos de casualidad, generalmente efímeros. Aún los éxitos de la constancia, requieren constancia para ser conservados. El que por la perseverancia en la economía reúne capital, sería muy probable que no lo conservara, si no perseverase siendo económico, aunque le hiciese producir crecidos intereses.

Hasta la ciencia adquirida se olvida y el espíritu se embota, si no hay perseverancia para el estudio.

La constancia vence todas las dificultades e innumerables serían los casos que podríamos presentar de hombres que han obtenido triunfos en las múltiples fases de la actividad, solo por haber procedido con perseverancia en aquello que emprendieron.

El hábito no es más que constancia, y de la repetición de un hecho transformado en hábito resulta una disminución de esfuerzo cada vez más perceptible, una intervención menor de la voluntad y mayor aptitud en el agente para la obra.

El hábito es una segunda naturaleza, lo mismo para ser ociosos que para ser trabajadores, para ir al café como para estarnos en casa, para gastar como para economizar. Por hábito y por constancia aprende el niño a leer y a escribir. Al principio ha de obligar su voluntad para el ejercicio; después lo hace automáticamente y sin esfuerzo. Pruebe el hombre en otras cosas y verá como la constancia aumenta nuestra virtualidad activa, pues es causa de disminución de esfuerzo y de dificultades al par que proporciona facilidad, prontitud y seguridad en las obras que se emprendan.

Y la facilidad, prontitud, seguridad y comodidad en las empresas que proyectamos son alicientes de primer orden que nos estimularán a llegar hasta el fin, confiados en el éxito.

La constancia como hábito es acrecimiento de fuerza y, por tanto, progreso y perfección de nuestra actividad. Como la causa de la mayor parte de nuestros fracasos en la vida se deber a debilidad y desmayos en la voluntad, procuremos que ésta, por la constancia hecha hábito, intervenga bajo esta forma, cómoda y suave, en la realización de los propósitos, ya que no sea posible que todos los hombres se hallen dotados de una voluntad firme, decidida y persistente.

Lo esencial es llegar al final del propósito, cumplir el surge et ambula, de una u otra manera y, si se puede cumplir cómoda y suavemente ¿a qué hacerlo molestos y forzados cual galeotes, siquiera el forzamiento provenga de nosotros mismos ante la consideración de que la obra nos conviene y aprovecha? Lo esencial, repetimos, es el éxito, no los medios, siempre que éstos sean morales. Si el soldado en la guerra puede pelear a cubierto ¿por qué exponer el pecho a las balas? Si puede luchar bien alimentado y bien vestido, por qué tenerle hambriento y andrajoso? Y al que pelea con gusto y por hábito en ciertas condiciones ¿por qué obligarle a pelear variándole sus hábitos y sus gustos?




ArribaAbajo-IX-

Al éxito por la hipocresía y adulación


El hombre no siempre es lo que parece.


(LESSING)                


Cuéstale mucho al hombre parecer malo, ni aun a sus propios ojos; no se atreve, se hace hipócrita.


(BALMES)                


Quien te alaba más de cuanto en ti hoviere, sábete de guardar, ca engañar te quiere.


(INFANTE D. JUAN MANUEL)                


Por los alrededores de Huntingdon pasea diariamente un hombre de talla mediana, robusto, de ojos azules, nariz prominente y torcida al lado izquierdo, algo encarnada como de bebedor, frente ancha, labios gruesos y mal formados y que en el conjunto de su fisonomía poco simpática, ni revela una inteligencia privilegiada ni sentimientos delicados.

Lleva constantemente la biblia bajo el brazo cuyas lecturas parece meditar, pues apenas si presta atención a nada de lo que pasa cerca de él. Era un puritano y, como tal, hacía gala de defender la religión, pero con su puritanismo y con su biblia, que no abandonó nunca, hubo temporadas en que estando en el ejército acudía a pasar las noches con la mujer de su mayor general. Como sospechase que en estos amoríos le había salido un competidor no vaciló en mandar decapitarlo. Cuando tomaba parte en alguna batalla, arengaba a sus hombres en nombre de Dios y citando a Moisés. Sus victorias, al Señor las atribula y del Señor hablaba siempre con ternura. Como su juventud la había pasado dudando entre ser fraile o soldado, sus discursos eran entre sermones y arengas, mal pronunciados por cierto.

Su impetuosidad y fiereza le colocan a la cabeza del ejército del pueblo contra el Rey, vence a éste y entonces dice: «¡Ahora que tengo al Rey en mis manos, tengo al Parlamento en el bolsillo». Sus convicciones son tan firmes que el que ahora decía eso, se había expresado poco tiempo antes así:... «En vista de esto, regresamos a Londres, resueltos a perder al Rey, ya que nada podíamos esperar de él».

Con un cinismo cruel y una sarcástica sonrisa hace descubrir el cadáver del Monarca, llevado por él al patíbulo, y exclama: «He ahí un cuerpo bien formado y que prometía vivir algún tiempo».

Se erige en dominador absoluto, se convierte, según Voltaire, de lobo en zorro, toma por hipocresía el nombre de Protector porque, según él, los ingleses conocían hasta dónde alcanzaban las prerrogativas de los reyes de Inglaterra, pero ignoraban hasta dónde podían llegar las de un protector, y cuando cuenta a su familia las horribles matanzas que ha hecho de católicos irlandeses se expresa en éstos términos: «Lo siento, pero Dios lo ha querido» ¡Siempre Dios y el Señor en la boca de aquel hipócrita, cínico y sin vergüenza!

La anécdota siguiente probará quién era el tal personaje y lo poco que te importaba la religión, a la que debía sus éxitos por hipocresía: Bebiendo un día con varios amigos, al ir a destapar una botella se cayó bajo la mesa el sacacorchos. Estaban buscándolo, cuando un ujier anunció que una comisión de las iglesias presbiterianas estaba esperando y deseaba ser recibida. «Diles, exclamó el Protector con tono de burla, que estoy consagrado al retiro, y que busco al Señor», frase de la cual se servían los fanáticos para manifestar que oraban. En cuanto despidió a los ministros presbiterianos dijo a los que con él había: «Esos tunantes creerán que estamos en oración, y estamos buscando un sacacorchos».

Excusado parece advertir que bajo el dominio de un hipócrita así, dominaron en Inglaterra iguales vicios que durante el régimen de la monarquía y la nobleza. ¡Cómo no!

Refiriéndose a tal individuo dice Voltaire: «Todos los jefes de sectas filosóficas usaron del charlatanismo, pero los mayores charlatanes fueron los que aspiraron a la dominación, y Cromwell (ya se habrá comprendido que éste era nuestro hombre) fue el más terrible de todos ellos. Apareció precisamente en la época más a propósito para realizar sus fines. En el reinado de Isabel le hubieran ahorcado, en el de Carlos II se hubiera, puesto en ridículo; pero vivió por su fortuna en la época en que Inglaterra estaba disgustada de los reyes, así como su hijo en la época en que estaba cansada del protector».

No admitimos como Voltaire que para el dominio de los hipócritas haya épocas. Para ellos son buenas todas, porque por algo dijo Salomón que stultorumt numerus est infinitus, y todas las épocas hay bobos que se dejan embaucar por los hipócritas, y éstos a expensas aquellos y en sus hombros suben. ¿Es que no hay hipócritas hoy en España que han subido? ¿Es que no los conocemos todos? ¿Es que no están repartidos por pueblos y por ciudades y hasta por aldeas? ¿Es que ha dejado de ser hoy la, hipocresía un camino para el éxito? Nosotros, que en todos nuestros escritos llevamos la moral por delante, no recomendamos ese camino, pero el camino existe.

No quisiéramos ofender la memoria de Félix Peretti que tanto hizo por el renacimiento de la industria, del comercio, de la agricultura, de las artes, de las ciencias y que devolvió la seguridad pública a las campiñas romanas ahorcando bandidos y jueces, que eran más bandidos aún, pero sí es cierto que Peretti llegó por la hipocresía a ser Sixto V, hemos de censurarle con todo su papado.

Sabido es que Sixto V, imperioso y dominador de suyo, afirmó estas cualidades siendo inquisidor en Venecia y estudiando, mientras permaneció en España, la corte del segundo Felipe el hombre más dominador y absolutista del mundo. Quiso dominar cada vez más y se cuenta que fingió apartarse de los negocios, y quien antes no había ocultado su carácter vehemente y hasta vanidoso, aparecía humilde y sin otra preocupación que la de lograr la salvación de sa alma. Anda encorvado y se apoya en un bastón para sostener su vejez prematura, su voz es débil y una tosecilla constante no le deja sosegar cuando se presenta en público.

Nada de eso era cierto, según se cuenta. Los cardenales acostumbraban elegir Papa al más viejo y achacoso, ya para mejor dominarle, ya con las miras de ser cada cual elegido en otro próximo cónclave. Peretti lo sabía y se fingió poco menos que moribundo; pero cuando vio que la votación le era favorable y que él iba al solio pontificio, cantó con voz enérgica el Te Deum, resultando que el nuevo Pontífice ni estaba enfermo, ni viejo, ni tosía, ni había perdido sus cualidades de dominador, de enérgico y de ambicioso. El guardador de puercos que había llegado por sus méritos al cardenalato, alcanzaba el papado por hipocresía. Al débil, pocos le ganaron a gobernar con firmeza.

El fingimiento de Peretti, Kant lo hubiera llamado prudencia, pues el filósofo de Koenigsberg, dice que la prudencia «consiste en el arte de aplicar, nuestra habilidad al hombre, esto es servirnos de los hombres para nuestros propios fines» y añade refiriéndose a los niños, «que para que un niño pueda encomendarse en la prudencia es preciso que se haga reservado e impenetrable, sabiendo penetrar a los demás» «Sobre todo en lo que se refiere al carácter debe ser encubierto. El arte de la apariencia exterior es la conveniencia. Y es un arte que es preciso poseer. Es difícil penetrar a los otros, pero se debe necesariamente comprender el arte de hacerse así mismo impenetrable. Para esto es preciso disimular, es decir esconder sus faltas. Disimular no es siempre fingir y puede ser a veces permitido, pero eso toca de cerca a la moralidad»

Así se expresa el filósofo más célebre de los tiempos modernos, estableciendo un límite muy tenue entre la prudencia y la hipocresía. Nosotros, repetimos, no aconsejaremos que por hipocresía se persigan los puestos, pero si se sabe alcanzarlos con la prudencia de que habla Kant y luego se desempeñan honrándolos como honró el solio papal Sixto V, permaneceríamos silenciosos, no saldrían las censuras de nuestros labios, ante un hipócrita prudente o prudente hipócrita encaramado a favor de tales propiedades, pero también con las miras de ser útil a la humanidad. La hipocresía con que algunos proceden para subir es producto del mismo entusiasmo con que siguen un ideal, y el secreto de todo éxito es el entusiasmo por la causa que hemos escogido, según piensan todos los que han llegado.

Siendo noble el ideal perdonemos a los hipócritas, ya que no podemos animar a nadie para que suba por la hipocresía, ni aplaudir al que ya subió.

En todos tiempos hubo hipócritas, que por lo general fueron también charlatanes y aduladores. La miel de la lisonja sirvió en poco tiempo para que muchos llegaran a donde no debieron llegar.

La lisonja, y la hipocresía, son hermanas; hijas de la necesidad y del interés. La charlatanería vino después, es hija de la lisonja y nació cuando al despotismo fue sustituyendo la democracia. Infinitos son los charlatanes, hipócritas y aduladores que lisonjeando a las muchedumbres llegan al éxito sobre los hombros del pueblo engañado y entontecido por falaces palabras de arrivistas sin conciencia.

Y decimos sin conciencia porque no es común encontrar hipócritas al estilo de Félix Peretti. Tampoco los hay de la maldad de Cromwell, pero es porque los tiempos hoy no lo tolerarían. En las repúblicas americanas suele aparecer algún Cromwell en miniatura, pero dura poco.

Lo que sí abundan son los hipócritas y charlatanes pro domo sua, que no son muy dañinos, pero que sería mejor no los hubiese. Cicerón decía hablando contra el patricio Clodius que se había apoderado de sus bienes: «nunca se está más elocuente que cuando se habla pro domo sua». Pues mirando, no por los bienes perdidos, sitio por los que se quieren adquirir, resultan elocuentísimos hoy los tribunos que adulando al pueblo y siendo hipócritas con él, le engañan.

No es que haya hipocresía solamente en clase de tribunos, los hay de todos grados y categorías. Nos hemos fijado en esos porque, uniendo la hipocresía a la charlatanería, son hoy los que nuestras costumbres cívicas han propagado más; pero haberlos, los hay en todas las esferas de la vida. Tiendas, almacenes, establecimientos de enseñanza, cuarteles, templos, oficinas, ministerios, palacios, amistades particulares, en todos esos lugares y momentos de nuestra existencia, hay hipocresía, charlatanería y adulación, siendo lo más frecuente que obtengan el triunfo quienes en mayor grado posean esas bajas propiedades.

Hasta en las escuelas hay niños hipócritas, y hasta con los santos hay quien se vale de la hipocresía.

El hipócrita arrolla y anula al hombre sincero. ¡Si Gil Blas de Santillana no hubiera procedido sinceramente con su amo y señor el Arzobispo al exponerle que decaía su estilo literario, otra hubiese sido su suerte! Arzobispos de Granada hay muchos; Gil Blases no hay tantos, más algún inocente de éstos se ve por ahí, de vez en cuando, dando tumbos y peleándose con el hambre, cuando hubiera podido ser gran señor, si hubiera sabido adular y ser hipócrita.

Hay quien opina que la hipocresía y la adulación no son vicios, porque no producen daño a la sociedad. Los que tal piensan son gentes de moral muy elástica y acomodaticia. Nosotros creemos, por el contrario, en estas palabras de Demóstenes: «Vuestros aduladores se ilustran con vuestro oprobio y se enriquecen con vuestras desgracias»; o en estas otras de Diógenes: «El más dañino de todos los animales salvajes es el murmurador, y de los animales domésticos, el adulador».

No habrá daño inmediato en llamar bonita a una mujer fea, valiente a un militar cobarde, elocuente a un orador ramplón, y así sucesivamente, ni en fingir muestras de aprecio a quien no hay motivo de manifestárselas, a quien quizá se odia; pero faltamos a la verdad que no es poco, y estimulamos a la vanidad y al orgullo a los adulados. Es decir, que procedemos siempre dentro de una conducta viciosa, y el vicio al fin es vicio.

No habría paz en el mundo, si las verdades se dijesen, afirman los que creen no es vicio hablar siempre lo que place y recrea. Yo creo que sí, pues en primer lugar no es preciso decir verdades ni mentiras en la mayor parte de las ocasiones, sino callar nuestra opinión cuando no nos la pidan, y en segundo lugar pensamos que el mundo estaría mejor si no nos rigiésemos por tantos convencionalismos como nos regimos. Ahora bien, lo que no habría, si la sinceridad reinase, serían tantas puertas francas ni tantas mesas puestas, como puertas se abren y mesas se ponen a la hipocresía y a la lisonja.

¿Pero quiénes son los que entran por esas puertas? Bien lo sabemos. Los que tienen atrofiados el sentimiento del honor y no reparan en medios para subir. Feijoo decía que la adulación es una puerta muy ancha para el favor, pero que ningún ánimo noble puede entrar por ella porque es muy baja. Pues bien, a la bajeza de la puerta, corresponde la bajeza de los que la emplean.

Y eso que éstos son hipócritas consigo mismos para quedar en buen lugar con su propia conciencia, que aunque adormecida en ciertos individuos nunca se pierde por completo. Por eso los hipócritas hallan razones, falaces por supuesto, para justificar su conducta y seguir medrando por hipocresía y adulación.

Ya que sea imposible prescindir de la hipocresía en la vida y de evitar que haya quien de ella se sirva para el logro de sus propósitos cabe encauzarla al bien común. No faltan ejemplos de quienes han buscado el éxito por vanidad o por otra causa, valiéndose para ello de toda clase de medios, buenos o malos, y después han puesto su valimiento al servicio de la humanidad.

Puesto que la educación de los espíritus no termina nunca, insista la sociedad en su obra con chicos y grandes y, quién sabe, si los que llegan como hipócritas obren después como nobles y sinceros. El poderoso industrial inglés Storrsry dice: «Comprendo cada día mejor que el verdadero éxito no consiste en la acumulación de riquezas, sino en el justo empleo de las aptitudes que posee el hombre y hasta de las ocasiones que se le presenten para contribuir a los fines más nobles que se refieren al bienestar de la humanidad».

Seguramente que cuando Storrsry comenzó sus, negocios como cuando los comenzaron Carnegie o Rockefeller, no pensaban mucho en el bienestar de la humanidad, otras serían sus miras, y, sin embargo, después ya vemos cómo se expresa el uno y bien sabemos cómo proceden los otros donando millones y millones para sostener establecimientos de beneficencia y cultura.

¿Por qué si éstos proceden así y subieron por ambición, por constancia, por laboriosidad o por otra causa, no esperar un proceder idéntico de los que suban por hipocresía? Ennoblezcamos los pensamientos de los hipócritas si el evitar que haya hipócritas es imposible. Así cuando lleguen al éxito cabrá esperar de ellos algo beneficioso para la sociedad,




ArribaAbajo-X-

Al éxito por patriotismo


Inútil soy; poned a contribución esta pobre vida, y veréis si la vida, pobre como es, no se quema en una pira por la defensa de su patria,


(CARDENAL MONESCILLO)                


Nada hay tan grande y tan sublime como la pasión o el amor a la patria.


(CASTELAR)                


Donde nos criamos, allí está nuestra patria.


(GOETHE)                


Allí donde existe el derecho, está nuestra patria.


(SCHILLER)                


La patria espera que cada cual cumpla con su deber.


(NELSON)                


Schiller recogió la leyenda y de ella hizo una de sus magníficas obras. Anotemos los rasgos principales para conocer al héroe.

Un hombre huye perseguido por otros e implora a un barquero que le pase al otro lado del lago. Ni el barquero ni algún otro que hay con él, se atreven, dada la horrible borrasca que se ha desencadenado. a entrar en el lago. El perseguido se desespera, cuando el héroe aparece.

Sabe también manejar los remos y se decide a intentar la salvación de aquel compatriota tan apurado.

«Yo os salvaré, dice, del poder del tirano. De los peligros de la tempestad es otro el que debe salvaros; sin embargo es preferible para ti caer entre las manos de Dios que entre las manos de los hombres»

Cuando los perseguidores llegan, es tarde; el fugitivo escapó.

Otro día ve el héroe a varios de sus compatriotas trabajando duramente bajo las órdenes de un funcionario público que los azota, si no son activos. La obra que hacen es una fortaleza-prisión para mejor oprimirlos y sojuzgarlos. El héroe murmura indignado: «Lo que unas manos edifican otras manos lo podrán derribar El corazón no se alivia de su peso por palabras, pero actualmente los solos actos son paciencia y silencio». Dicho esto desaparece.

El tirano tiene en una ocasión la cínica ocurrencia de colocar su tricornio sobre un palo para que las gentes del país saluden el sombrero como si fuese la propia persona que representa la autoridad del monarca. Nuestro héroe pasa por delante del sombrero sin hacer la reverencia obligada y por ese delito se le emprisiona como traidor al rey. Pide gracia, como ignorante de la orden, y el tirano se la otorga con una condición: la de probar la habilidad que le han dicho posee de tirador de ballesta, disparando sobre una manzana colocada en la cabeza de su hijo.

Horrible condición es, pero se decide, dispara y acierta. El niño de Guillermo Tell sale ileso de la terrible prueba a que ha sido sometido su padre, por un hombre al cual poco tiempo antes pudo haber asesinado en el campo a solas e impunemente.

El tirano Gessler observa que Tell escondía una segunda flecha y exige explicaciones. Tell obligado contesta: «Bien, señor, puesto que me va la vida, os diré la verdad toda entera. (Saca la flecha de debajo de su vestido y mira a Gessler con ojos amenazadores). Con esta segunda flecha, os hubiera disparado, si hubiese tocado a mi hijo, y estad cierto de que no os hubiera marrado el golpe»

«Perfectamente, Tell; exclama Gessler. Te he asegurado que te perdonaría la vida, he dado mi palabra de caballero y la cumpliré; pero sabidas tus malas intenciones, voy a ordenar se te conduzca a un lugar donde ni la luna ni el sol vayan a alumbrarte, para quedar yo seguro de tus flechas. Cogedle, criados, sujetadle».

Al poco rato una barca navega por el lago. Gessler ha querido por sí mismo conducir al prisionero, que, fuertemente ligado, va con un fardo, tirado sobre el suelo del bote. Al salir de las gargantas del Golardo una fuerte tempestad amenaza a los que con Gessler, llevando a Tell, tripulan la débil embarcación. Solo uno de ellos pudiera salvarles. Es Tell que como nadie manejaría los remos si se le desatase. Gessler se dirige a él con estas palabros: «Tell, si tienes confianza en ti y piensas poder ayudarnos, estoy dispuesto a dejarte libre de tus ligaduras».

Tell responde: «Sí, señor, con la ayuda de Dios, tengo confianza y pienso conseguir salir de este peligro».

El prisionero es desatado, se encarga de la dirección del bote, lo dirige hacia la orilla frente a unas rocas, salta rápido a éstas, vuelve a empujar la embarcación hacia atrás y huye, llevándose sus. armas, en busca de varios compañeros con quienes se había juramentado para defender la patria contra la tiranía de los dominadores.

Gessler ha logrado por fin salvarse de la tormenta, y a caballo con varios acompañantes, cruza los escarpados senderos de la montaña.

Se le oye decir: «Yo soy todavía un amo demasiado benigno para este pueblo, las lenguas están todavía libres, aún no está del todo domado como conviene, pero esto cambiará, yo lo prometo. Quiero quebrar este carácter tan estirado, haré recoger ese temerario espíritu de libertad.

Voy a promulgar una nueva ley en este país. Quiero... (una flecha acaba de herirle, se lleva la mano al corazón) ¡Dios mío, piedad! ¡Es el golpe de Tell!»

En lo alto de las rocas un hombre exclama: «Conoces al tirador, no busques otro. Las cabañas son libres, la inocencia no tiene ya nada que temer de ti, ya no harás más agravios a la nación».

Desde aquel instante el pueblo se ve sin el yugo del opresor; los mismos obreros que levantaban la fortaleza, queman los andamios y destruyen lo edificado, las demás fortalezas caen en poder de los sublevados que abren las puertas a los injustamente detenidos, y por todas partes no se oye más grito que éste, el cual hasta los niños repiten: «¡Libertad, libertad para la Patria!»

Aquel ridículo sombrero, chispa de la revolución, quieren destruirlo unos, como recuerdo del tirano, mas otros piden que se le conserve diciendo:

«¡Puesto que ha servido de instrumento a la tiranía que quede como un signo eterno de la libertad!»

Los gritos de «¡Viva Tell el arquero y libertador!» atruenan el espacio, y desde aquel día el pueblo suizo ha hecho de la memoria de Guillermo Tell un culto y de su nombre el símbolo del patriotismo.

+Y si nosotros también tomamos para estas líneas a Tell como modelo de patriotas, y por su patriotismo célebre, es porque en él su amor a la Patria y a la libertad era un sentimiento puro sin mezcla de ambición, soberbia, orgullo u otra de las pasiones que frecuentemente desnaturalizan en los hombres el elevado amor a la Patria.

Patriotas los ha habido en todos los pueblos y en todas las categorías sociales, tanto civiles como militares; patriotas fueron Viriato el pastor, el labrador Cincinato, el orador Pericles, el guerrero Escipión, el impresor Franklin, el estadista Bismarck y tantos otros cuyos nombres llenan las páginas de la historia.

Hoy no germina la semilla del patriotismo con la pujanza que germinó y fructificó en otras épocas. El patriotismo de hoy tiene mucho de chauvinismo y de hipocresía La constante comunicación que hoy existe entre los pueblos y las doctrinas humanitarias del socialismo han modificado el concepto de la palabra patriotismo, o por mejor decir lo han destruido, sin que todavía se haya atinado con el nuevo sentido que a las voces patriotismo y patriota haya en lo sucesivo que darles.

Es más, se han cambiado de tal modo los papeles que yo creo que están pasando, o se quieren hacer pasar por patriotas, los que más daño causan a la patria. Persistiendo en el concepto antiguo de la palabra patriotismo se arruina a los pueblos teniéndoles continuamente bajo la amenaza de guerras, cuando no metidos en ellas, inutilizando para la industria, la agricultura y el progreso todo de un país, lo más florido de su juventud y consumiendo en armamentos y en medios de destrucción lo que, por la cultura y el trabajo, habría de ser fuente de prosperidad.

«La ínfima minoría que vive en el lujo y en el ocio, al mismo tiempo que hace trabajar a los obreros, prepara las matanzas y las rapiñas de la guerra, forzando a la masa desheredada a que sea su cómplice». Esto escribía el gran apóstol ruso Tolstoy, pero nadie lo repita ni aspire a cambiar tal estado de cosas, porque sobre quienes semejantes ideas expongan caerá el estigma del antipatriotismo, sin comprender los censurantes que no en vano pasan los tiempos y que no siempre se ha de tener por patriotismo luchar, conquistar y destruir a los hombres en horribles carnicerías.

Tell fue patriota y su nombre debe ser sagrado para los suizos, al par que recordado con respeto por los hijos de todas las naciones, porque defendió el honor y la libertad de su país. Aquellos tiempos y aquellas circunstancias requerían un patriotismo como él lo tuvo, pero patriotas por otro estilo son los suizos de la época actual que de un país pobre han hecho una tierra encantadora y respetada mediante su actividad para el trabajo, su espíritu de tolerancia, su respeto a todas las ideas, su cultura y hasta sus modales y urbanidad.

Si la Suiza actual necesitase patriotas a lo Guillermo Tell no tendría uno sólo, sino que tendría tantos como habitantes, manejando el fusil tan certeramente como aquel hombre manejaba el arbalate y dirigía las flechas. Pero entretanto, los mismos suizos que procederían así piensan que amar la patria es darle consideración ante los extraños por el orden, la paz, el derecho, la justicia, y el trabajo con que viven, no envidiando a nadie, no aspirando a tierras que no son suyas y creyendo que la riqueza se crea dentro de la propia casa viviendo con economía, produciendo mucho, y sabiendo atraerse a su suelo a los millonarios de todo el mundo para que en su país consuman gustosos crecidas sumas de sus inmensos capitales.

La Suiza moderna no podría presentar, porque procura no tener ocasión para ello, patriotas al estilo antiguo, pero sus hijos son, todos sin excepción, patriotas al estilo moderno; los patriotas que en todas las naciones se debieran procurar, educándolos: los de la paz y del trabajo.

Nosotros ya lo hemos dicho en otro libro3, hoy las naciones no conservan su existencia por la fuerza bruta del número, sino por la fuerza intelectual de sus masas y por el ascendiente moral que ante los otros países les dan sus progresos y su cultura. Labor, pues, de patriotismo es contribuir a esa cultura y a ese progreso. Spiru Haret en Rumania, elevando por la cultura a este país a nación de primer orden, la hizo en lo moral gran potencia; fue un excelso patriota, a quien su país debe estar más reconocido que Francia a Napoleón con todas sus resonantes, pero efímeras conquistas.

Si el patriotismo es amor, más ¡la amado Spiru Haret a Rumania que Napoleón amó a Francia dejándole tendidos en los campos de batalla sus más robustos hijos.

No imaginamos que el ideal socialista de la paz universal sea un hecho, ni que llegue día en que los hombres prescindan de odios y se amen como hermanos, pues la humanidad lleva en su corazón gérmenes para el mal como para el bien y para odiarse tanto como amarse, pero si confiamos en que uno de los resultados del progreso moral de las gentes será asentar los fundamentos del patriotismo sobre bases muy diferentes a las tradicionales de hostigar al vecino, apoderarnos de su territorio, si podemos más que él, sojuzgarle, tiranizarle sí se resiste a entregarnos sus campos y sus minas, o hasta aniquilarle por completo si su presencia nos estorba, como si ese vecino que defiende su casa y hacienda, sus templos o la sepultura de sus padres, fuese una alimaña, indigno de ser tenido por hijo de Dios y sin derecho a un trozo de tierra en el mundo.

La plutocracia y el imperialismo son las dos plagas mayores que padece la sociedad moderna y los dos enemigos cardinales del verdadero patriotismo. El verdadero patriota mira por los naturales de su país tanto o más que por sí mismo, pero el plutócrata es un egoísta inhumano que con la bandera del patriotismo no repara en sacrificar hombres poniéndolos frente a frente para que a él le conquisten un nuevo campo a donde extender sus garras de ave de rapiña.

Hoy no son, en verdad, los reyes y los gobiernos quienes por un patriotismo, bien o mal entendido, promueven las guerras; es la plutocracia insaciable, en aras de una ambición innoble porque está movida por el egoísmo y el interés, quien lleva a los pueblos a la miseria y a la desolación para aumentar sus negocios con nuevas explotaciones levantadas sobre los huesos calcinados de los guerreros infelices.

Por eso hay tan pocos ejemplos hoy de patriotismo, tan pocos patriotas que merezcan el nombre; en la paz como en la guerra se carece de un ideal superior que mire a la patria; los plutócratas carecen de sentimientos patrióticos que les hagan en tal sentido elevarse sobre el común de los ciudadanos, y éstos no pueden tener ideal cuando ven que se les hace trabajar y luchar, no por la patria y para la gloria de ésta, sino para el provecho material de los que mueven el teclado sin exponerse siquiera a las responsabilidades del gobierno y sin que sobre ellos pueda tampoco caer la sanción moral de la historia.

Cuando los hombres saben que la posteridad ha de contemplarles como buenos hijos que han hecho algo por la madre patria, cuando los hombres tienen el temor de que la historia, por el cargo que ejercen, ha de contemplarles, como Napoleón decía a sus soldados ante las pirámides que los contemplaban cuarenta siglos, entonces, o no se es hombre, pues se ha perdido todo vislumbre de sentimientos, o si la con alteza de propósitos. Mas, cuando quien rige, tras la cortina, los destinos de una nación es un judío, por ejemplo, que ni aún asiento tiene en cámaras legislativas, pero que desde su despacho bancario domina en diputados, senadores, consejeros y ministros, entonces ¿qué patriotismo cabe esperar de ese ente misterioso, ni qué patriotismo cabe pedir a los cuerpos sin alma que él para sus fines ponga en movimiento?

«¡Buena cuenta daremos a Dios de nuestro gobierno!» decía Felipe III a uno de sus ministros. Si por antipatriotismo pide cuentas Dios, ¡buenas las darán esos hombres!; entonces sí que pasará más fácil un camello por el ojo de una aguja que los plutócratas verdaderos sin patria, entren en el reino de los cielos.

Demolins considera que se pueden reconocer cómodamente cuatro variedades de patriotismo: «el patriotismo fundado sobre el sentimiento religioso; el patriotismo fundado sobre la competencia comercial; el patriotismo del Estado, fundado sobre la ambición política y el patriotismo fundado sobre la independencia de la vida privada». Nosotros no admitimos más que uno: el patriotismo del amor a la patria, ni más patriotas que los que a la patria le procuran el mayor bien posible y más desinteresadamente. El sentimiento religioso y las otras causas sobre que Demolins fundamenta el patriotismo, podrán ser estimulantes para el patriotismo, pero no la causa eficiente de él como lo prueba el que tales motivos suelen anteponerlos las personas al beneficio de la patria, mientras que el patriotismo está siempre y por siempre sobre cualquier provecho individual, así como sobre cualquier otro sentimiento de orden de los personales y aún del orden de los altruistas y superiores.

El patriotismo fundado en el amor puro y desinteresado es un sentimiento que nos mueve, dentro de la esfera de nuestras aptitudes, a realizar la mayor suma posible de acciones que eleven ante los extraños la categoría de la nación a la cual pertenecemos. Entre el soldado mercenario que escrupulosamente cumple por disciplina sus deberes militares y el voluntario que se alista al ver la patria en peligro para defenderla, o sin alistarse se marcha a la montaña como guerrillero defensor de su país, hay la misma diferencia que entre la noche y el día. De los primeros no salen héroes; los segundos los han dado a millares a la historia; los primeros son seres innominados, los segundos llevan en las mochilas el bastón de general; los primeros son máquinas, los segundo son hombres.

Igual que con los guerreros sucede con los artistas y con los hombres de ciencia. El artista y el hombre de ciencia que son patriotas tienen una doble ambición para llegar al éxito: la del amor a la belleza o a la verdad y la de elevar el nombre de su patria. El premio Nobel se lo disputan los sabios generalmente, no para que se reconozca su valer como tales, pues la sabiduría es modesta, sino para que el mundo conozca la sabiduría del país en que han nacido.

Los que van a la guerra llevados por la ley, no sabemos si son o no patriotas, pero los que burlan las leyes y se quedan en sus pueblos ejercitándose en los deportes, una fase de la holganza, o asistiendo a corridas donde se lidian dieciocho toros, como la célebre majadería de Santander, esos sí sabemos que carecen de patriotismo, aunque a voz en grito censuren luego, desde los divanes de un café, a los socialistas antipatriotas que hablan mal de una guerra.

Todavía podría pasar que esos burladores de leyes más o menos justas dieren patentes de patriotismo, si ellos en vez de correr con sus automóviles de balneario en balneario buscando alivio al tedio de su ociosidad, se ocupasen en alguna labor pacífica, útil por donde la patria aumentase su renombre mediante los éxitos artísticos, científicos o literarios de esos hábiles y ociosos deportistas.

Aparisi y Guijarro decía en cierta ocasión que quisiera tener mucha gloria para añadir una flor a la corona de la patria, pero que no teniendo más que un alma sensible le daba el amor de ella. Ved ahí el patriotismo: dar a la patria lo que cada cual posea: flores, brazos que la defiendan, obras de arte para su embellecimiento, ciencia que la eleve, obreros que la hagan rica, y siempre dárselo todo con amor.

Y el verdadero patriota lucha y llega al éxito para poder ofrecer a su patria sus obras y con ellas su nombre.



IndiceSiguiente