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61

Gómez de la Parra, 1731, f. 67.

 

62

Escalona Matamoros, c. 1740, f. 106.

 

63

Gómez de la Parra, 1731, p. 67.

 

64

Escalona Matamoros, c. 1740, f. 107.

 

65

Escalona Matamoros, c. 1740, f. 107.

 

66

Al igual que los otros elementos que vinculaban a los monasterios con el exterior, estaban cuidadosamente controlados para la observancia de la clausura. Según las disposiciones canónicas, las torres no debían tener ninguna hendidura que permitiera ver desde ella alguna parte de la iglesia exterior. Su alto estaba en proporción con la iglesia, su acceso era restringido ya que se consideraban como forámenes exiguos los cables tractores de las campanas. Había sin embargo, una entradita compuesta de tal modo que se cerrara con dos pestillos, dos cerrojos y dos llaves. Borromeo, 1985, p. 91.

 

67

«Las campanas con cuya sonoridad se reúne el pueblo a la iglesia para escuchar y el clero para anunciar en la mañana la misericordia del Señor y su virtud por la noche. Como los guardias en los campamentos con las tubas, así también los ministros de las iglesias se levantan con el sonido de las campanas, dado que pernoctan contra el diablo insidioso». Borromeo, 1985, p. LXXVII.

 

68

ARPP, t. 27, 1755-1760, f. 222.

 

69

ARPP, t. 3, 1601-1697, s/f.

 

70

ARPP, t. 3, 1601-1697, s/f. Juan de Formicedo en 1553 era propietario de un molino de «pan moler» con sus huertas, situado en la ribera del río de San Francisco. Fungió como regidor y alcalde entre 1569 y 1589. Leicht, 1934, p. 227.

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