Los cuentos de nuestras raíces
Manuel Peña Muñoz
Con frecuencia relacionamos la literatura para niños con la riquísima variedad de la cuentística europea. Son familiares para nosotros los relatos maravillosos de Charles Perrault como La Cenicienta, las narraciones de sabor campesino alemán recogidas por los hermanos Grimm o los cuentos exquisitos, un poco refinados, un poco melancólicos, del poeta de la infancia llamado Hans Christian Andersen. Pero nos olvidamos de que nuestra América posee una cantera inexplorada de relatos populares, amenos, entretenidísimos, misteriosos y profundamente bellos. Estos son los cuentos que deben leer y conocer también nuestros niños, porque son narraciones que nos conectan con nuestro pasado y en ellas se encuentran los elementos que nos identifican con nuestras propias raíces.
Esta idea es prácticamente nueva en literatura infantil contemporánea. En los últimos años, se ha visto un notable incremento de las tendencias en materia de libros para niños. Las corrientes se han diversificado y los autores buscan nuevos temas y estilos con qué atraer al niño hacia las buenas lecturas. Hoy se escriben cuentos ecológicos, de corte fantástico, de ciencia ficción, de temática social, adscritos al realismo psicológico, de problemática adolescente o mostradores de los problemas que afectan al mundo actual, como ciertos cuentos alemanes que presentan las consecuencias de una bomba atómica imaginaria en una pequeña ciudad en donde hay niños, o problemas de discriminación racial ambientados en Sudáfrica, teniendo a niños por protagonistas. Todo esto es algo nuevo en literatura infantil y no podemos desconocerlo, como tampoco podemos desconocer el auge que ha tenido el humor absurdo en los libros para niños, la reedición de clásicos olvidados en ediciones facsímiles y la importancia creciente que ha tenido la ilustración artística en el buen libro infantil.
En este variado repertorio de temas modernos, el folklore va a ocupar un sitial preponderante en los libros para niños. Hoy en Europa, se editan en hermosos: libros, las colecciones de canciones de cuna, adivinanzas, cuentos de nunca acabar, rondas, refranes, trabalenguas, rimas sencillas y todos aquellos versos simples y entrañables que constituyen el folklore infantil.
En esta veta de oro creía Gabriela Mistral que estaba la verdadera inspiración para la poesía de los niños. Todo lo demás le parecía forzado y artificial, alejado de la simplicidad del verso que ha corrido de labio en labio, en forma oral.
Del mismo modo, hay un interés en recoger aquellas narraciones que también han tenido una transmisión oral y que conforman el patrimonio cultural de un pueblo. En este sentido, al difundir estos cuentos estamos contribuyendo a que el niño tenga una mayor conciencia histórica y a que se eduque en una escuela de sensibilidad.
En España, Carmen Bravo-Villasante ha publicado en las Ediciones del Instituto de Cooperación Iberoamericana los Cuentos Populares de Iberoamérica con enorme éxito. En nuestro país, se han publicado asimismo recientemente antologías de leyendas antiguas de Hispanoamérica y creaciones literarias inspiradas en nuestros mitos americanos como el libro de Saúl Schkolnik titulado Antai, las historias del Príncipe de los Licanantai, en cuyo prólogo se dice que «uno de los derechos fundamentales del niño es conocer las raíces de su propia nacionalidad. Sólo así podrá llegar a identificarse con ella». También este autor reescribió la conseja chilena La Espina del Algarrobo para nuestros niños, anotando al final, como se estila, la versión original.
Nuestros mitos iberoamericanos... Antonio Landauro los ha reunido en un sencillo libro de proyección divulgativa. Allí están Las Grutas del Illimani, de Bolivia; Las Lágrimas de Aima-Leni de Brasil; Las Tres Piedras Negras, de Panamá... En fin rescatar estas leyendas chilenas, quechuas, guaraníes o caribeñas para los niños es valorizar nuestros orígenes de raíz popular a través de unos cuernos perfumados a cacao, a chancaca, a arrope y a maíz.
Siguiendo esta tendencia de corte folklórico, un antropólogo francos especializado en la infancia se internó en la selva del Orinoco para convivir por seis años con los indios yanomami. El contacto con la Venezuela indígena le proporcionó a Jacques Lizot material suficiente para escribir el hermoso libro El hombre de la pantorrilla preñada, que contiene antiguos mitos selváticos conmovedores por su belleza y profundidad. Estos cuentos fueron, además, pintados por los propios niños que no sabían escribir y que nunca antes habían pintado. Comparados con algunos dibujos escolares, pobres y estereotipados, estas bellas expresiones de un arte infantil verdaderamente «ingenuo» nos permiten apreciar el empobrecimiento al cual conduce muchas veces el adiestramiento escolar de nuestros niños. Muchas veces han aprendido a dibujar, pero no saben qué dibujar...
En nuestro país, las experiencias con niños -en el sentido de educarlos en el conocimiento de nuestro pasado indígena- son pobres. Mis bien se tiende al desconocimiento, cuando no al desprecio. Hay una tendencia generalizada a menospreciar de una manera cruelmente burlesca nuestros ancestros prehispánicos. El chileno medio intenta asimilarse más al estereotipo norteamericano que a conocer la historia araucana. Lo misma ocurre en la educación de los niños. A ellos se les lleva a ver sistemáticamente las películas de Walt Disney y se les adorna la habitación o la sala del parvulario con los personajes de Disneylandia. Un país como Bolivia es más auténtico en este sentido al publicar «Chaski», una revista para el niño boliviano en la que se difunden narraciones orales y cuentos ambientados en la rica geografía del altiplano, protagonizados por los animales vernáculos. Uno de estos cuentos presenta las peripecias de un congreso de animales de Oruro que tiene por objeto la preservación de la fauna nativa. En uno de los pasajes, se describe la llegada de los animales: «Por otros caminos se acercaron grupos de distinguidas llamas y esbeltas alpacas. También aparecieron el guanaco, la achulla, el huanco, la vizcacha y el quirquincho que llegó desde los arenales...»
Nuestro país es riquísimo también en fauna nativa y en riqueza folklórica. Por eso, en la actualidad y poniéndonos al día respecto de las corrientes actuales en materia de cuentos para niños, actualizándonos en relación a lo que se está escribiendo en el mundo y buceando en nuestro propio terreno, redescubriendo lo nuestro, los autores que escriben para los niños han sabido encontrar narraciones riquísimas. Saúl Schkolnik ha publicado Aventuras de Tío Juan, el Zorro Culpeo, ambientadas en el norte de Chile, junto al lago Pucará, teniendo como protagonistas al flamenco de plumaje rosado, al quirquincho, al guanaco o a la vicuña. En materia de folklore infantil han aparecido recientemente varios libros importantes: una Aproximación histórica folklórica de los Juegos en Chile de Oreste Plath; Música Folklórica Infantil Chilena de Juan Pérez Ortega; Para saber y cantar: el libro del folklore infantil chileno, y recientemente un importante Diccionario de Juegos Infantiles Latinoamericanos publicado en Buenos Aires por Félix Coluccio.
La riqueza folklórica de nuestro país está siendo otra vez puesta al alcance de los niños, como lo creía también Marta Brunet al escribir en sus Cuentos para Marisol aquel hermoso relato titulado Por qué la lloica tiene el pecho colorado.
También lo creyó así Blanca Santa Cruz Ossa al escribir sus Cuentos Chilenos y sus Cuentos Araucanos en el estilo conciso de los antiguos tiempos. El Viejo Latrapay, El Gran Caupolicán o La Culebra Treng Treng y la Culebra Kai Kai interesaron a Blanca Santa Cruz, cuyas narraciones de estilo sobrio, claro, sentencioso, resultan aptas para los niños, al igual que esos relatos de sabor campesino, tan bien escritos, que aparecen en el libro Mi Tío Ventura de Ernesto Montenegro.
En fin. Son muchos los escritores que se han interesado en redescubrir nuestros cuentos antiguos. Algunos lo han hecho con un propósito filológico. Han sido estudiosos del folklore como Yolando Pino, Ramón Laval o también Oreste Plath, cuyo libro Geografía del mito y la leyenda chilenos resulta un completo manual para conocer nuestras creencias, supersticiones y mitos, algunos de los cuales pueden ser apropiados para los niños.
De estos repertorios se valen los escritores para realizar adaptaciones adecuadas al espíritu de los niños, ya que a menudo los recopiladores han reunido las narraciones conservando un estilo de lengua que no se ajusta al gusto literario del niño. Es el caso del excelente libro Cuentos Mapuches de Chile de Yolando Pino, recientemente reeditado, que contiene setenta y ocho cuentos recogidos de la tradición literaria oral araucana. Dicho libro, como tantos otros en esta especialidad científica, está escrito por un extraordinario investigador del folklore araucano, no por un escritor de cuentos para niños, por lo que se hace necesario en estos casos seleccionar algunos mitos y reescribirlos para ellos.
Este es justamente el trabajo literario que ha realizado la escritora Alicia Morel, consciente de que el niño de hoy debe leer y conocer estos bellos cuentos mapuches que lo insertan en nuestro pasado histórico a la vez que le entregan elementos dramáticos protagonizados por personajes nuevos, vestidos con un atuendo auténtico y teniendo por fondo escenográfico nuestros lagos y volcanes.
Alicia Morel es bien conocida en el campo de la literatura infantil y del teatro para niños y de títeres. Sus cuentos compilados en diversas antologías y sus numerosos libros, entre las que se cuentan La Hormiguita Cantora y el Duende Melodía, Juan, Juanilla y la Abuela, Las Manchas de Vinca, El Increíble Mundo de Llanca, Cuentos de la Pícara Polita y recientemente El viaje de los duendes al otro lado del mundo, le han valido un amplio reconocimiento, especialmente entre los niños que valoran su prosa limpia, sencilla y a la vez poética.
Para escribir este libro que titula Cuentos Araucanos, la Gente de la Tierra, ella se ha documentado en las fuentes folklóricas, en aquellos libros de estudios de folklore que registran los antiguos mitos relatados oralmente por un determinado informante.
Tocada por la belleza de muchos de estos cuentos, ella ha creído conveniente revestirlos de un lenguaje literario apropiado para los niños. Y como se trata, además, de un trabajo riguroso, ha puesto al final del libro un apéndice en el que se indica la procedencia de cada narración, para que pueda compararse el mito auténtico, esquemático, desprovisto de lenguaje literario, pura síntesis y anécdota, con el resultado final que es el cuento mismo en el que abundan la descripción concisa, el diálogo certero y la narración que fluye fresca contando encantadoramente la historia.
Los cuentos están ambientados en la zona mapuche de Chile y están protagonizados por los niños araucanos y los animales que les rodean. En este sentido, las narraciones tienen un notable color local. Aquí están presentes el pequeño y tierno pudú, el cervatillo huidizo entre los coigües del sur, los pumas de pelaje amarillo, los zorros, las guiñas, las vizcachas. También nuestra flora nativa y la variada ornitología de Arauco: «Las bandurrias y los choroyes eran los más bulliciosos; las bandurrias, parecidas a las cigüeñas, volaban en grupos de a cinco, lanzando su extraño grito semejante al sonido de un oboe: y los choroyes desordenados y en bandadas que ponían verde el cielo, ensordecían con sus gritos desafinados y alarmantes»...
El primer cuento, La Gente de la Tierra, nos narra una leyenda sobre el origen de la raza mapuche, según la cual ésta hunde sus raíces en la historia de dos niños araucanos que fueron cuidados y amamantados en la montaña por un puma y una zorra «chilla», llamada así por su forma de aullar. La segunda historia nos narra la Leyenda de las Lamparitas, que es una hermosa relación acerca del origen del copihue. Luego viene un cuento basado en una leyenda huilliche titulado Las dos serpientes de la tierra del Sur, protagonizado por las famosas serpientes Treng Treng y Kai Kai. (La serpiente, símbolo del agua en muchos mitos latinoamericanos, está presente en casi todas las leyendas de nuestro continente.)
Enseguida tenemos la historia de El Pequeño Zorro Hambriento, que nos muestra una vez más la admiración que tenían los mapuches por este animal, protagonista de numerosos relatos folklóricos. Cuando el sol y la luna olvidaron la tierra es un cuento basado en una leyenda mapuche-ranculche de gran belleza y sugestión poética. En estos primeros relatos se ve mayoritariamente la creatividad de la autora al reelaborar las narraciones, en tanto que en las últimas, están los relatos más fidedignos al original. Ellos son El Espíritu del Lago, que es una creencia mapuche; Piñoncito, en el que se comprueban una vez más las migraciones de mitos, ya que es una adaptación araucana del cuento Pulgarcito, presente en casi tuda la cuentística popular de los países, y El Zorro y el Cangrejo, que es una adaptación de un relato oral recogido por S. de Saunieres.
Por la belleza del lenguaje, la calidad de los contenidos y la novedosa ambientación indígena de estos cuentos para niños, el libro Cuentos Araucanos la Gente de la Tierra, de Alicia Morel, mereció en 1984 figuraren la lista de Honor del IBBY. (International Board of Books for Young People) (Organización Internacional para el Libro Juvenil), distinción internacional que se otorga anualmente a los libros que han tenido, por su calidad literaria, un interés infantil.