Los espejos de Antonio Machado
Leopoldo de Luis
Se preguntaba Umberto Eco si el espejo es un signo, y reflexionaba en torno a cómo si enviamos a una persona el espejo que nos refleja, la imagen se pierde. Tal vez esto, tan obvio, sea válido semióticamente, pero para el poeta no, porque los espejos no olvidan. Es la diferencia con el retrato, que nos sorprende saliendo de cada vivencia, mientras que el espejo nos descubre entrando. Don Antonio Machado lo sabía muy bien, por eso en el poema LXXI, al evocar «tocados de otros días»
, no habla de espejos, sino de «daguerrotipos turbios»
, donde quedan estancados «romanticismos muertos, [...] cosas de ayer»
. Con su ráfaga de perfume irónico, es un ramo de flores secas lo que el poema nos ofrece. En cambio, cuando es la vuelta de «El viajero» lo que poetiza, aparece el espejo. Nada más empezar el primer libro (bien que en su segunda aparición), porque la vida está ahí, la vida se mueve en torno, y la propia tarde que temporaliza el suceso toma parte activamente y va a dejar su lánguida hermosura, va a pintarse en el fondo del espejo.
Es curiosa semejanza -una más- del primer Machado con el primer Juan Ramón Jiménez la de esta visión vespertina. En el poema XXII de la tercera parte de La soledad sonora también hay una estancia con un hueco abierto a la luz del atardecer, y también el crepúsculo («la luz amarillenta»
, en el verso juanramoniano) se va a mirar por los espejos que se suponen colocados en el interior. Que ambos poemas son coevos lo evidencian las fechas: «El viajero» apareció en una revista el año 1917 y, en seguida, quedó instalado en Soledades, Galerías. Otros poemas. La edición de La soledad sonora es de 1911, pero se escribió en 1908, según indica el propio autor.
Con «El viajero» se abre una galería de espejos machadianos. Espejos que, en el primer libro, van a cumplir su mágica función acompañándose -cómo no, en esta zona del poeta- del atardecer.
Fue una tarde lenta cuando, en un parque viejo, el poeta descubrió el secreto de la fuente:
Yo sé que tus bellos espejos cantorescopiaron antiguos delirios de amores.
Está bien claro que los espejos no olvidan, y le han revelado al poeta lo que reflejaron tiempo atrás. Y en una tarde clara, según el poema XVII («Horizonte»):
La gloria del ocaso era un purpúreo espejo.
También en otra tarde plácida, y contemplando un interior, como en el poema inicial, el poema XXXVIII describe:
en la oscura salala luna del limpioespejo brillaba.
Mas no solo brillaba el espejo al copiar -una vez más- en su luna el atardecer, sino que el poeta, al mirarse él mismo, comprobó:
me miré en la claraluna del espejoque lejos soñaba.
Tiempo (curso declinante del día) y sueño: dos claves muy machadianas que se unen en el espejo, capaz no solo de reflejar vislumbres vespertinas, sino de empañarse de ensoñación.
Si el espejo sueña (acabamos de verlo), el sueño espeja. Acción recíproca que vamos a comprobar en el poema LXI:
Leyendo un claro díamis bien amados versoshe visto en el profundoespejo de mis sueñosque una verdad divinatemblando está de miedo.
¿Qué ha visto el poeta en el espejo de sus sueños para sentir ese temor? Lo intuimos al leer unos versos más adelante:
El alma del poetase orienta hacia el misterio.
Es, pues, el misterio lo que el espejo -el de sus sueños- le devolvió. Mas como el misterio no tiene cuerpo ni forma, se trata de una vislumbre de irrealidad. Espejo aquí no es -si es que lo fuera en algún caso- mero recurso estético ni sensorial percepción luminosa. Espejo es algo más profundo, algo más grave: es la zozobra del ser humano ante lo desconocido. Y el alma que no es capaz de poseer un sueño-espejo, un sueño que espeje lo misterioso -y con ello la emoción del recuerdo, que es, con el tiempo y el sueño, la tercera clave esencial de la lírica machadiana- y el aura de las ilusiones, esa alma se enfrenta con un espejo-enemigo que va a proyectar su imagen de una manera grotesca. Si entiendo bien, el poeta nos dice que pueden darse por malogrados, por perdidos -grotescos- quienes carecen de un sueño-espejo.
Hay un poema: el XXXVII, en el cual no es la tarde, sino la noche el escenario para situar el símbolo del espejo. A decir verdad, esa noche es todo el mundo interior del poeta que, dubitativo, moviéndose entre la pena y su razón de ser, entre un dolor viejo y un ansia de comprensión, se descubre
... vagando en un borrosolaberinto de espejos.
Se entabla un diálogo con la noche amiga, una noche que también puede ser la meditación en duerme-vela, o puede ser símbolo de la inquietud. En todo caso, amigo de la noche se declara, por estirpe romántica o por identificación de noche = conciencia. Noche y poeta intercambian no sus secretos, sino la indescifrabilidad de estos; como quien dice una imposible autoinspección, hasta que el poeta escucha decir a la noche -o se autoescucha- que está más o menos perdido en un laberinto de espejos. Si recordamos los laberintos de espejos que se ofrecen en barracas de feria, percibimos cómo la imagen empleada para cerrar el poema es trasunto de una zozobra espiritual por cuya causa el poeta se ve trágicamente desdoblado en las contradictorias facetas de una compleja personalidad.
Con Campos de Castilla el espejo machadiano se hace -no podía ser de otro modo- más objetivo. Su actividad, por exterior, lo convierte en verbo: en el poema CXVIII, «Guadalquivir, como un alfanje roto / y disperso, reluce y espejea»
. Y en el CXXV, «el agua clara de la fuente espeja»
limones amarillos. A veces, ni siquiera se usa el verbo espejar, ni el espejear, sino, simplemente, se ve «agua pura y silenciosa / que copia cosas eternas»
: el cielo y las estrellas, al final de «La tierra de Alvargonzález».
Pero con los «Proverbios y Cantares» (poema CXXXVI) el espejo se torna sentencioso. Una reflexión sobre la muerte sugiere que el hombre avanza «sin camino y sin espejo»
: deducimos que sin orientación y sin nada que refleje su paso. Y es que, enlazando esa reflexión (que lleva el número 45) con la 49, tal vez el paso del tiempo («al paso que me torno viejo»
, dice) deteriora el espejo en que creíamos proyectar nuestra personalidad:
Al espejo del fondo de mi casauna mano fatalva royendo el azogue, y todo pasapor él como la luz por el cristal.
Ha reducido en buena medida su valor simbólico el espejo del primer libro al segundo. Cobra nueva trascendencia cuando, en Nuevas canciones, se alía con lo gnómico:
Mas busca en tu espejo al otro,al otro que va contigo.
Es la teoría del complementario, del otro que nos acompaña siempre y que, con Abel Martín, se inviste de filosofía:
Mis ojos en el espejoson ojos ciegos que miranlos ojos con que te veo.
Es, también, la teoría poética que aleja la lírica de todo egocentrismo y rechaza la megalomanía:
Ese tu Narcisoya no se ve en el espejoporque es el espejo mismo.
Otra recurrencia aparecerá en «Parergon» (poema CLXII): espejo y recuerdo procurando detener el paso del tiempo. El amante, tras la muerte de la amada, queda:
solo con su memoria y el espejodonde ella se miraba,
y pensó que guardaría «todo un ayer en el espejo»
, aunque la verdad fue que «al primer aniversario»
, había olvidado ya el color de los ojos.
Espejo son asimismo la soledad y el ansia de amor. Soledad, en el último de los sonetos de «Los sueños dialogados»:
no es ya mi grave enigma este semblanteque en el íntimo espejo se recrea.
En íntimo espejo va a devolver esa parte del yo que en todo caso está sola, esa total ausencia de compañía en que transcurre gran parte de la existencia humana. Son los ojos fríos y duros -también puros- de la soledad los que el poeta quisiera ver.
Amor-espejo aparece en otro poema, otros sonetos: el que comienza con la frase de Dante: «Nel mezzo del cammin...»
. Incrustado en la prosa «De un cancionero apócrifo» y vinculado a las teorías de Abel Martín, Machado nos explica que «el Eros martiniano [ya ha rechazado el platonismo y la homosexualidad] sólo se inquieta por la contemplación del cuerpo femenino y a causa precisamente de aquella diferencia irreductible que en él se advierte. No es tampoco para Abel Martín la belleza el gran incentivo del amor, sino la sed metafórica de lo esencialmente otro»
. Se sitúa en este punto el soneto, cuyos son estos seis versos finales:
Si un grano de pensar arder pudiera,no en el amante, en el amor, seríala más honda verdad la que se viera;y el espejo de amor se quebraría,roto su encanto, y roto la panterade la lujuria el corazón tendría.
Inmediatamente, un párrafo en prosa aclara: «El espejo de amor se quebraría... Quiere decir Abel Martín que el amante renunciaría a cuanto es espejo en el amor, porque comenzaría a amar en la amada lo que, por esencia, no podría nunca reflejar su propia imagen»
.
Estamos ante uno de los empleos más trascendentes de la metáfora del espejo en la poesía machadiana, puesto que es consustancial con su teoría del amor. Pensar, razonar el amor es tanto como no reflejarse en él, y asimismo supone reducir el impulso sexual que lo motiva (aunque, con cierta paradoja, Abel Martín admitía un «harén mental»
). La pantera de la lujuria es imagen también de Dante: parece como si Machado la viese cruzar felinamente reflejada en el espejo del amor. Abel Martín -el autor lo confiesa- no era un erótico a la manera platónica. También el poema CLXV (soneto V) calificó de turbio espejo al que pudiera reflejar la desierta cama, del aposento frío para un amor pacato, un amor sin aventura, porque en amor locura es lo sensato.
No. Los espejos no olvidan. En los espejos quedamos apresados con nuestras más verdaderas actitudes. Quizá, parodiando a Ortega, podríamos decir que el hombre es él y sus espejos. Don Antonio lo fue, a lo largo de sus poemas espejantes, ya en símbolos, ya en confesiones.