Capítulo III.
Espacio, tiempo, materia, movimiento, fuerza.
46. El escepticismo, producto ordinario de la crítica filosófica, debe, sobre todo, su origen, a la falsa interpretación de las palabras. La lectura de un libro de metafísica produce siempre un sentimiento de ilusión universal, tanto más fuerte, cuanto más decisivo ha parecido el raciocinio. Tal sentimiento no hubiera probablemente nacido jamás, si se hubieran interpretado bien los términos del lenguaje metafísico. Desgraciadamente esos términos han adquirido, por asociación de ideas, significados totalmente distintos de los que les dan las discusiones filosóficas; esos significados vulgares se presentan al espíritu, inevitablemente, y de ahí resulta un idealismo que parece un sueño, y que concuerda bastante mal con nuestras convicciones instintivas. A la palabra fenómeno, y a su equivalente apariencia, debe atribuirse, principalmente, la causa originaria de esa ilusión. En el lenguaje ordinario se usa mucho de esas palabras para designar percepciones visuales; la costumbre nos inclina, casi siempre, a no pensar una apariencia sino como una cosa que se ve; y aunque la voz fenómeno tenga un sentido más general, no podemos prescindir de las asociaciones, con su sinónima en el lenguaje usual, la voz apariencia. Así, cuando la filosofía dice que nuestro conocimiento del mundo exterior no puede ser sino fenomenal, cuando concluye que las cosas que conocemos son apariencias, pensamos inevitablemente en cosas análogas a las que producen nuestras percepciones visuales, comparadas con las del tacto. Por otra parte, vemos en las buenas pinturas simulado perfectamente el aspecto y relieve de los objetos; más evidentemente aun nos prueban los espejos hasta qué punto nos engaña la vista, no corregida por el tacto; y esos frecuentes ejemplos de interpretaciones falsas de las impresiones visuales, debilitan mucho nuestra fe en la visión, y nos hacen dar a la voz de apariencia el sentido o significado de incertidumbre.
Por consiguiente, al dar la Filosofía a esa voz un sentido más extenso, pensamos también que todos nuestros sentidos nos engañan del mismo modo que la vista, y creemos vivir en un mundo de fantasmas. Si las palabras fenómeno y apariencia no hubiesen contraído esas falaces conexiones, apenas existiría esa confusión mental. Lo mismo sucedería si las hubiéramos sustituido por la palabra efecto, aplicable igualmente a todas las impresiones producidas en el Yo, por el intermedio de los sentidos, y que lleva consigo, como correlativa en el pensamiento, la palabra causa, ambas incapaces de conducirnos a las quimeras del idealismo.
Ese peligro desaparecería, pues, por una simple corrección verbal. La confusión que resulta de la falsa interpretación que acabamos de señalar, crece aún por la idea de una falsa antítesis.
Damos más fuerza a la idea de la no realidad de esa existencia fenomenal, única que podemos conocer, desde el momento en que la ponemos en oposición con una existencia noumenal, que sería, según pensamos, mucho más real para nosotros, si pudiésemos conocerla. Pero esas son ilusiones que nos forjamos con palabras. ¿Qué quiere decir la palabra real? Esta es la cuestión capital que hay en el fondo de toda metafísica, y por desdeñar el resolverla, no se puede hacer desaparecer la causa primordial de las más antiguas divisiones entre los metafísicos. En la interpretación de la palabra real, las discusiones filosóficas sólo guardan un elemento del concepto vulgar de las cosas, y desechan todos los demás, creando, con esa inconsecuencia, confusión en las ideas. El hombre vulgar, cuando examina un objeto, cree, no que lo que examina es una cosa que está en él, sino que es una cosa exterior a él; se figura que su conciencia se extiende al lugar mismo que ocupa el objeto, para él la apariencia y la realidad son una sola y misma cosa. Sin embargo, el metafísico está convencido de que la conciencia no puede conocer la realidad sino tan sólo la apariencia; deja, pues, ésta en la conciencia y la realidad fuera, pero continúa concibiendo esa realidad que deja fuera de la conciencia, del mismo modo que el ignorante concibe la apariencia. Afirma que la realidad está fuera de la conciencia, mas no cesa de hablar de la realidad, de esa realidad, como si fuese un conocimiento que pudiera adquirir fuera de la conciencia. Parece haber olvidado que el concepto de la realidad no puede ser sino un modo de conciencia, y la cuestión está en saber qué relación hay entre ese modo y los otros.
Entendemos por realidad: persistencia en la conciencia; una persistencia, o bien incondicional como la intuición del Espacio, o bien condicional como la intuición de un cuerpo que tenemos en la mano. El verdadero carácter de lo real, según lo concebimos, es la persistencia; por él lo distinguimos de lo no real. Así, distinguimos una persona colocada ante nosotros de la idea de esa persona, porque podemos separar la idea de la conciencia, pero no podemos separar la persona, mientras la estamos viendo. Cuando dudamos de una impresión que recibimos al anochecer, resolvemos la duda, si la impresión persiste después de una observación más exacta, y afirmamos la realidad del objeto que la produce, si la persistencia es completa.
Lo que prueba que la persistencia es lo que llamamos realidad, es que después que la crítica ha probado que la realidad, tal como de ella tenemos conciencia, no es la realidad objetiva, la noción indefinida que nos formamos de lo real objetivo es la de una cosa que persiste absolutamente bajo todos los cambios de modo, de forma o de apariencia. Este hecho, de no poder formarnos una noción indefinida de lo absolutamente real, a no ser como absolutamente persistente, prueba bien claro, que la persistencia en la conciencia es el último criterio de la realidad para nosotros. No siendo, pues, la realidad sino la persistencia en la conciencia, no cambia ese criterio, ya se refiera esa persistencia a lo Incognoscible mismo, ya a un efecto de los muchos producidos invariablemente sobre nosotros por lo Incognoscible. Si, en las condiciones constantes de nuestra constitución, algún poder, cuya naturaleza supera a nuestra mente, produce siempre algun modo de conciencia, si ese modo de conciencia es tan persistente como lo sería ese poder si estuviese en la conciencia, la realidad para ésta de la existencia de ese poder, sería tan completa en un caso como en
otro. Si un ser incondicionado estuviera presente en el pensamiento, no podría estar sino persistente; y si en lugar de Él hay un ser condicionado por las formas del pensamiento, pero tan persistente como él, debe ser tan real para nosotros.
De lo anterior se pueden sacar las siguientes conclusiones: En primer lugar, tenemos conciencia, aunque indefinida, de una realidad absoluta, superior a toda relación, cuya idea indefinida es producida en nosotros por la persistencia absoluta de algo que sobrevive a todos los cambios de relaciones. En segundo lugar, tenemos conciencia definida de una realidad relativa que persiste en nosotros continuamente bajo diversas formas, y en cada forma, tanto tiempo como persisten las condiciones de su presentación; persistente así, de continuo, en nosotros, esa realidad relativa, es tan real para nosotros, como lo sería la realidad absoluta si pudiera ser conocida.
En tercer lugar, no siendo posible el pensamiento sino bajo la forma de relación, la realidad relativa no puede ser concebida como tal, sino en conexión con una realidad absoluta; y siendo la conexión de esas dos realidades persistente en la conciencia, es tan real como los términos conexionados. Por tanto, podemos volver con entera confianza a esos conceptos realistas que la Filosofía parece, a primera vista, disipar. Aunque la realidad presentada bajo las formas de nuestra conciencia, sólo sea un efecto condicionado de la realidad absoluta, ese efecto condicionado, unido a su causa incondicionada por una relación indisoluble y persistente con ella, tanto tiempo como las condiciones persisten, es, no obstante, real, para la conciencia que produce esas condiciones. Siendo las impresiones persistentes resultados o efectos de una causa persistente, son en la práctica, para nosotros, lo mismo que la causa productora, y se los puede tratar como equivalentes. Lo mismo sucede a nuestras percepciones visuales, que no son sino símbolos que juzgamos equivale tes a nuestras percepciones táctiles, con las cuales se identifican en términos que nos imaginamos ver la solidez y la dureza, que no hacemos más que inferir, y que concebimos como objetos, cosas que no son sino signos de objetos; de modo que acabamos por tratar esas realidades relativas como si fueran absolutas y no los efectos de realidades absolutas. No hay inconveniente en continuar tratándolas así, y es hasta legítimo, siempre que sepamos que las conclusiones a que nos conducen son realidades relativas y no realidades absolutas.
47.(1) Pensamos en relaciones; la relación es verdaderamente la forma de todo pensamiento, y si éste reviste alguna vez otras formas, deben derivarse de aquélla. Hemos visto (Parte 1, cap. III) que los diversos últimos modos de existencia no pueden ser conocidos ni concebidos en sí mismos; es decir, fuera de su relación con nuestra conciencia. Hemos visto, analizando el producto del pensamiento, que éste se compone siempre de relaciones, y que no puede comprender nada que supere a las relaciones más generales. Y analizando la operación de pensar, hemos hallado que el conocimiento de lo absoluto era imposible, porque ni presenta relación alguna, ni los elementos de la relación, es decir, diferencias y semejanzas. Más adelante hemos visto que no sólo la inteligencia, sino nuestra vida entera, se compone de relaciones internas en correspondencia con relaciones externas. Por último, hemos visto que aun cuando la relatividad de nuestro pensamiento nos vede conocer o concebir lo absoluto, debemos, no obstante, y en virtud de esa misma relatividad, tener una conciencia vaga de un ser absoluto que ningún efecto mental puede suprimir. La relación es la forma universal del pensamiento; tal es la verdad que todos los géneros de demostración concurren a probar.
Los transcendentalistas admiten como formas del pensamiento otros fenómenos psíquicos. Al lado de la relación, que miran como una forma universal del pensamiento, querrían poner otras dos tan universales para ellos. Tal hipótesis debería ser desechada aun cuando fuese sostenible, puesto que se puede explicar esas formas nuevas que admiten, por derivación de la forma original. Si sólo pensamos en relaciones, y si éstas tienen ciertas formas universales, es evidente que esas formas universales de relaciones llegarán a ser formas universales de nuestra conciencia, y si se puede explicarlas así, es superfluo y, por tanto, antifilosófico asignarlos un origen independiente. Las relaciones son de dos órdenes: de sucesión y de coexistencia; las unas son primitivas, las otras derivadas; la relación de sucesión se verifica en todo cambio de estados de conciencia; la de coexistencia, que no puede hallarse originariamente en la conciencia, cuyos estados son seriales o sucesivos, no aparece sino cuando se nota que los términos de ciertas relaciones de sucesión se presentan a la conciencia tan fácilmente en un orden como en otro, mientras que para otras relaciones los términos no se presentan sino en un orden determinado, en un solo y mismo orden. Las relaciones cuyos términos no se pueden invertir son llamadas sucesiones propiamente dichas, y aquellas cuyos términos se presentan indistinta mente en un orden o en otro, son llamadas coexistencias. Numerosas experiencias que a cada momento nos ofrecen los dos órdenes de relaciones, definen perfectamente su distinción, y nos producen un concepto abstracto de cada uno de esos órdenes. El concepto abstracto de todas las sucesiones es el Tiempo, y el de todas las coexistencias el Espacio. De que en el pensamiento el tiempo es inseparable de la sucesión y, el espacio de la coexistencia, no debemos deducir que el Tiempo y el Espacio son condiciones primitivas de la conciencia, en la cual conocemos el Tiempo y el Espacio, sino que tales conceptos, como todos los abstractos, son producidos por los concretos; la única diferencia es que en esos dos casos la sistematización de la conciencia abraza la evolución entera de la inteligencia.
El análisis confirma la síntesis. Cuando tenemos conciencia del Espacio es que la tenemos de posiciones coexistentes. No se puede concebir una porción limitada del Espacio sino representándose sus límites como coexistentes en ciertas posiciones relativas, y cada uno de esos límites imaginables, línea o plano, no puede ser concebido de otro modo que compuesto de posiciones coexistentes muy próximas. Y como una posición no es una entidad, como los grupos de posiciones que constituyen una porción cualquiera del espacio y marcan sus límites no son existencias sensibles, resulta que las posiciones coexistentes que componen nuestra intuición del espacio no son coexistencias en el verdadero sentido de la palabra (que implica la realidad de lo coexistente), sino formas vacías de coexistencias que permanecen abandonadas cuando las realidades están ausentes; es decir, son abstracciones de coexistencias. Las experiencias que durante la evolución de la inteligencia han servido para formar ese concepto abstracto de todas las coexistencias, son experiencias de posiciones individuales dadas a conocer por el tacto; cada una implica la resistencia de un objeto tocado y la tensión muscular que la mide. Por medio de numerosas adaptaciones musculares desemejantes, que suponen diferentes tensiones musculares, se descubre la existencia de distintas posiciones resistentes, y cuando podemos sentir esas distintas posiciones tan fácilmente en un orden como en otro, las consideramos como coexistentes. Mas también sucede que, como en otras circunstancias las mismas adaptaciones musculares no producen el contacto con posiciones resistentes, resultan los mismos estados de conciencia menos las resistencias; es decir, las formas vacías de las coexistencias, de donde los objetos coexistentes, ya revelados por la experiencia, están ausentes. De la elaboración de esas formas, demasiado complicada para ser expuesta aquí detalladamente, resulta el concepto abstracto de todas las relaciones de coexistencia, al cual llamamos Espacio. Queda por indicar una cosa que no se debe olvidar, y es que las experiencias de que se origina la idea de espacio son experiencias de fuerza. Cierta correlación de las fuerzas musculares que ejercemos es el indicio de cada una de las posiciones que descubrimos, y la resistencia que nos hace conocer que hay alguna cosa en esa posición, es un equivalente de la presión que ejercemos conscientemente. Por tanto, las experiencias de fuerza, en sus variadas relaciones, son los materiales de donde saca la abstracción la idea de Espacio.
Una vez demostrado que lo que llamamos Espacio es, por su formación y por su definición, puramente relativo, ¿qué diremos de su causa? ¿Hay un espacio absoluto del cual sea ese espacio relativo una especie de representación? El Espacio en sí mismo ¿es una forma o una condición de la existencia absoluta que produce en nuestro espíritu una forma o una condición de la existencia relativa? Tales cuestiones no pueden tener respuesta. Nuestro concepto del Espacio es producido por un modo de ser de lo incognoscible, y su completa invariabilidad implica simplemente una uniformidad completa en los efectos que produce en nosotros ese modo de ser de lo incognoscible. Mas no por eso tenemos derecho a llamarle un modo necesario de lo incognoscible. Todo lo que podemos afirmar es: que el Espacio es una realidad relativa, que nuestra intuición de esa realidad relativa invariable implica una realidad absoluta, igualmente invariable para nosotros, y que podemos tomar sin vacilación esa realidad relativa por base sólida de todos los razonamientos que conduzcan lógicamente a otras verdades también relativas, únicas que existen para nosotros o que podemos llegar a conocer.
Idénticas razones nos conducen a una conclusión igual respecto al tiempo relativo y absoluto; lo cual es demasiado evidente para que sea preciso entrar en detalles.
48. El concepto de Materia no es otro que el de posiciones coexistentes que oponen resistencia; es la idea más sencilla que nos podemos formar de ella, y se distingue, como vemos, de la del Espacio, en que en éste las posiciones coexistentes no ofrecen resistencia. Concebimos el Cuerpo (material o físico) como limitado por superficies que resisten, y compuesto enteramente de partes resistentes. Suprímanse mentalmente las resistencias coexistentes, y la intuición de Cuerpo desaparece, dejando en su lugar la intuición de Espacio. Puesto que el grupo de posiciones resistentes simultáneas, que constituyen una parte de la Materia, puede darnos invariablemente impresiones de resistencia, combinadas con diversas adaptaciones musculares, según toquemos el lado próximo o el lejano, el derecho o el izquierdo, etc.: resulta que, como distintas adaptaciones musculares indican comúnmente distintas coexistencias, estamos obligados a concebir cada porción de materia como conteniendo más de una porción resistente, es decir, como ocupando espacio. De ahí la necesidad de representarnos los últimos elementos de la materia, como extensos y resistentes a la vez; tal es la forma universal de nuestra experiencia sensible de la materia, y el concepto de ésta no puede elevarse por cima de esa forma, aunque la imaginemos dividida en partes tan pequeñas como queramos. De esos dos elementos inseparables, el uno -la resistencia- es primario; el otro -la extensión- es secundario; porque distinguiéndose en la conciencia la extensión ocupada o Cuerpo, de la extensión inocupada o Espacio, por la resistencia, ésta debe indudablemente ser anterior, en la génesis de las ideas. Tal conclusión no es, en verdad, sino un corolario de otra que hemos establecido en el capítulo precedente.
Si, como sostenemos, nuestra intuición del Espacio es el producto de experiencias acumuladas, en parte por nosotros, pero la mayoría hereditarias; si, como lo hemos indicado, las experiencias de donde sacamos por abstracción nuestro concepto del Espacio, no son otra cosa que impresiones de resistencia producidas sobre el organismo, resulta necesariamente, que siendo las experiencias de resistencia las que originan el concepto de Espacio, el atributo de la Materia, llamado resistencia, debe ser mirado como primordial, y el atributo llamado Espacio, como secundario o derivado. Según eso, nuestra experiencia de fuerza es el elemento de que se compone la idea de Materia. La propiedad que tiene la Materia de resistir a nuestra acción muscular se presenta inmediatamente a la conciencia en función de fuerza; y pues la propiedad de ocupar un espacio, se infiere, por abstracción, de esas experiencias dadas primitivamente en función de fuerza, resulta que todo el contenido de la idea de materia se compone de fuerzas unidas por ciertas correlaciones.
Si tal es nuestro conocimiento de la realidad relativa, ¿qué diremos de la absoluta? Una sola cosa, que es un modo de lo incognoscible, unido a la materia por la relación de causa a efecto. Se demuestra análogamente la relatividad de nuestro conocimiento de la materia por el análisis que hemos hecho ya, y por las contradicciones que surgen en cuanto se considera ese conocimiento como absoluto (16). Mas, como hemos visto, aunque sólo conozcamos la materia bajo la forma de relación, es tan real, en el verdadero sentido de esa palabra, como si la conociéramos en absoluto; y a más, la realidad relativa que conocemos bajo el nombre de materia se presenta necesariamente al espíritu, en una relación persistente o real con la realidad absoluta. Podemos, pues, confiarnos sin vacilará esas condiciones de pensamiento, que la naturaleza ha organizado en nosotros. No tenemos necesidad, en nuestros estudios físicos, químicos, etc., de no considerar la materia como compuesta de átomos extensos y resistentes, porque ese concepto, resultado necesario de nuestra experiencia de la materia, no es menos legítimo que el de masas complejas extensas y resistentes. La hipótesis atómica, o igualmente la de un éter universal compuesto también de moléculas, no es sino un desarrollo necesario de las formas universales que las acciones de lo Incognoscible han creado en nosotros. Las conclusiones sacadas lógicamente, con ayuda de esas hipótesis, no pueden dejar de estar en armonía con todas las demás contenidas implícitamente en las mismas formas, y de poseer una verdad relativa tan completa.
49. El concepto de Movimiento, que se presenta o se representa en la conciencia desarrollada, implica los conceptos de Espacio, Tiempo y Materia; porque, indudablemente, los elementos de esa idea son: algo que se mueve, una serie de posiciones ocupadas sucesivamente por ese algo, y un grupo de posiciones coexistentes unidas en el pensamiento con las ocupadas sucesivamente. Y puesto que, como hemos visto, cada uno de esos elementos es el resultado de experiencias de fuerza, dadas en ciertas correlaciones, síguese que la idea de movimiento sale de una síntesis más avanzada de esas experiencias. Hay también otro elemento en esa idea que es fundamental, realmente (la necesidad que tiene el cuerpo en movimiento de cambiar de posiciones); tal elemento resulta directamente de nuestros primeros elementos de fuerza. Los movimientos de las distintas partes del organismo, en relación mutua, son los primeros que se presentan a la conciencia. Producidos por la acción muscular, necesitan reacciones mentales bajo la forma de tensión muscular. En consecuencia, toda flexión, toda extensión de un miembro, nos es conocida desde luego como una serie de tensiones musculares que varían de intensidad a medida que la tensión del miembro cambia. Esta intuición rudimentaria de Movimiento, compuesta de una serie de impresiones de Fuerza, se une inseparablemente a la intuición de Espacio y a la de Tiempo, siempre que éstas se desprenden, por abstracción de nuevas impresiones de Fuerza. O por decir mejor, de ese primitivo concepto de Movimiento resulta el concepto acabado por un desarrollo simultáneo con los de Espacio y Tiempo. Los tres nacen de las impresiones cada vez más numerosas y diversas de tensión muscular y de resistencia objetiva. El Movimiento, tal como lo conocemos, puede, pues, referirse como las otras ideas científicas primarias a experiencias de fuerza.
Que esta realidad relativa (el Movimiento) responde a una realidad absoluta, apenas hay necesidad de decirlo. Lo que hemos dicho sobre la causa desconocida que produce en nosotros los efectos llamados Materia, Espacio y Tiempo, se aplica, cambiando nombres, al Movimiento.
50. Llegamos, por último, a la Fuerza, el principio de los principios. Aunque los conceptos de Tiempo, Espacio, Materia y Movimiento sean todos, en apariencia, datos necesarios del entendimiento, un análisis psicológico (del que sólo trazamos aquí un ligero bosquejo) nos demuestra que son originados por experiencias de fuerza, ya directamente, ya por abstracción. La Materia y el Movimiento, tales como los conocemos, son manifestaciones de fuerza, diversamente condicionadas. El Espacio y el Tiempo, tales como los conocemos, se revelan a la vez que esas manifestaciones diversas de fuerza, y como condiciones de su verificación. La Materia y el Movimiento son seres concretos formados con el contenido de diversas relaciones mentales; mientras que el Espacio y el Tiempo son las formas abstractas de esas mismas relaciones. Con todo, yendo más al fondo, se descubren las primitivas experiencias de fuerza, que al presentarse a la conciencia en diversas combinaciones, suministran a la vez los materiales de donde salen, por generalización, las formas de relaciones, y con los cuales son construidos los objetos mismos relacionados. Una sola impresión de fuerza puede evidentemente ser percibida por un ser sensible desprovisto de inteligencia; que puede referir al sitio presunto de la sensación, una fuerza productora del efecto nervioso sentido. Aunque ninguna impresión aislada de fuerza, así percibida, pueda por sí misma producir la conciencia (que implica relaciones entre diferentes estados), con todo, varias de esas impresiones, diferentes en grado y en especie, suministrarían, repitiéndose, materiales para el establecimiento de relaciones, es decir, del pensamiento. Si esas relaciones difiriesen por su forma, a la vez que por su fondo o contenido, las impresiones de las formas se organizarían simultáneamente con las de su contenido. Así, pues, todos los modos de conciencia pueden originarse de las experiencias de fuerza; pero éstas no reconocen otro origen. No hay más que recordar que la conciencia consiste en cambios, para ver que su dato fundamental debe ser lo que se manifiesta por cambios, y que la fuerza, por la que producimos esos cambios, y que sirve de símbolo a la causa de los cambios en general, es la última revelación del análisis.
Es una trivialidad decir que la naturaleza de ese elemento, indescomponible de nuestro conocimiento es insondable. Si usando un ejemplo con notaciones algebraicas, representamos la materia, el movimiento y la fuerza por los símbolos x, y, z, respectivamente, podemos expresar los valores de x y de y en función de z, pero el valor de z nunca puede ser hallado; z es la incógnita que debe serlo siempre, por la sencilla razón de que nada hay en función de qué poderla expresar. Nuestra inteligencia puede simplificar más y más las ecuaciones de todos los fenómenos, hasta que los símbolos que los formulan se reduzcan a ciertas funciones de ese último símbolo; pero, hecho esto, hemos llegado al límite que separa y separará siempre la ciencia de la ignorancia.
Hemos demostrado ya que ese modo indescomponible de conciencia, en el que todos los otros pueden resolverse, no puede ser él mismo el poder que se nos manifiesta en los fenómenos (18). Hemos visto que, en el momento que intentamos admitir la identidad de naturaleza entre la causa absoluta de los cambios o fenómenos, y la causa que conocemos por nuestros propios esfuerzos musculares, resultan antinomias insolubles. La fuerza, tal cual la conocemos, sólo podemos considerarla como cierto efecto condicionado de una causa incondicionada, como la realidad relativa que nos indica una realidad absoluta productora directa de aquélla. Lo cual nos hace ver más claramente que antes, cuán inevitable es ese realismo transformado al que la crítica escéptica nos conduce por fin. Prescindiendo de todas las complicaciones, y considerando la Fuerza pura, nos vemos obligados irresistiblemente, por la relatividad de nuestro pensamiento, a concebir vagamente que hay una fuerza desconocida correlativa a la que conocemos. El noumeno y el fenómeno se presentan en su relación primordial como dos lados del mismo cambio, y forzosamente hemos de mirarlos como igualmente reales ambos.
51. Al terminar esta exposición de datos derivados, necesarios a la Filosofía en su obra de unificación científica, es oportuno dirigir una ojeada sobre las relaciones que los unen con los datos primordiales, expuestos en el anterior capítulo.
Una causa desconocida de efectos conocidos, llamados fenómenos, analogías y diferencias entre esos efectos conocidos, y una separación de efectos entre sujeto y objeto, tales son los postulados sobre los que no podemos pensar. En cada uno de los dos grupos distintos de manifestaciones, hay también analogías y diferencias, implicando divisiones secundarias que son, a su vez, nuevos postulados indispensables. Las manifestaciones vivas que constituyen el No-Yo, no sólo tienen cohesión entre sí, sino una cohesión bajo ciertas formas invariables; y entre las manifestaciones débiles que constituyen el Yo, y que son producto de las vivas, hay también modos correspondientes de cohesión. Esos modos de cohesión, con los cuales se presentan invariablemente las manifestaciones, y por tanto se representan también con ellos, los llamamos, cuando los consideramos aparte, Espacio y Tiempo; y cuando los consideramos unidos a las manifestaciones mismas, Materia y Movimiento. Lo que esos modos son, en su esencia, es tan desconocido, como lo es el Ser que manifiestan. Pero la misma razón que nos permite afirmar la coexistencia de sujeto y objeto, nos autoriza a afirmar que las manifestaciones vivas, llamadas objetivas, existen con ciertas condiciones constantes, simbolizadas por las análogas a que están sometidas las manifestaciones llamadas subjetivas.