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- VII -

-Ha muerto a las seis y media de la mañana -dijo don Honorio Iravedra, dejándose caer sobre una silla de su casa, para responder a las curiosas preguntas de su progenie.

-¡Ay, Dios mío! -exclamó Lola.

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-¡Ay, Dios mío! -repitieron a dúo Remigia y David.

-¿Cómo fue? -preguntó Remigia.

-Fue... fue... fue... ¡Qué preguntas! Fue... siendo -contestó Iravedra quitándose el sombrero de copa, que de puro planchado, parecía de metal-. Eso no lo sabe nadie más que Dios.

-¿Y la señorita Rosario?

-¡Pobre señorita!... Esa ha experimentado un ataque de nervios... verdaderamente cerval.

Como observará el lector más adelante, don Honoriz empleaba en su conversación multitud de frases hechas, giros sacramentales y vocablos de reglamento, teniendo casi siempre el acierto endiablado de aplicarlos mal.

-Una hora larga ha estado sin sentido -añadió-, y al volver al mundo, se echó a llorar como una Magdalena... Llamaba a su padre, a su tío... Porque ha llegado su tío don Teófilo, el hermano menor de don Adrián... ya sabéis quién digo... el canónigo de Cuenca.

-Sí, sí -contestó Lola.

-Además, hoy es esperado el señorito Anatolio... Lucio le ha puesto un parte a París, por encargo de don Adrián, mandándole venir en seguida ¡Vaya una vida que se lleva ese caballero!... Bravo mozo está don Anatolio... Es inútil para todo lo bueno... Ésta es la verdad y lo demás es conversación... Se preparan graves cosas en esa casa... El padre se halla dispuesto a imponerle al niño una obligación... y él se resistirá... sin duda alguna. Luego, la desgracia de la pobrecita Cristeta... Mañana es el entierro... ¡Irán más coches!

Por si hay entre el público alguien que desee conocer a la familia de Iravedra, voy a permitirme presentar a aquellos de sus individuos que aún no ha visto el lector.

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Lola Iravedra era la hija mayor, y su edad rayaba en los veintiocho años. El rostro moreno, el talle delgado, el seno robusto, las manos gruesas y bonitas, la nariz redonda y con cierta tendencia levantisca, que daba suma gracia al rostro, los ojos negros y aterciopelados, el pelo castaño obscuro. Tenía un lunar en la mejilla derecha y una constelación de ellos en el nacimiento del seno, sobre aquel dulce hoyito a que, si Lola fuese de alta clase, hubiese compuesto tanto madrigal la musa dorada de los salones. Estaba casada con un mísero empleado del ferrocarril, que había venido de no sé qué pueblo, con el anhelo de ser algo, y que no sabiendo otra cosa que escribir con letra gallarda y ortografía, contar bastante bien y tocar la guitarra, pensaba que Madrid había de brindarle, a cambio de tan raras habilidades, algún alto puesto político. Su desengaño fue cruel; su amargura, sin límites; su tristeza, profunda. Acometiole la nostalgia del pueblo, sintió ansia de tornar al olvidado lugarejo de Extremadura y oír el ruido de la fuente que había en el patio de la casa de su tío el maestro de escuela. Pero ¿cómo volver? Sus recursos dieron el último resplandor con la última peseta que se gastara en una jaula de grillo y en un grillo que metió en ella. Consolábase de la ausencia de aquel adorado villorrio, oyendo cantar al insectillo, que traía a su memoria detalles sin cuento de su primera edad. Cuando su último ochavo se consumió; cuando su escaso crédito naufragó en un mar turbulento de deudores; cuando su ropita de cristianar fue desde el hondo cofre forrado interiormente de papel, en que varias escenas taurómacas había estampadas, a la casa de préstamos; cuando apenas si le quedaba por todo vestuario un par de zurcidas camisillas, un pantalón rozado y lustroso

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del mucho uso y una levitica rabicorta, manguiancha y cuellirraída, entonces conoció a Lola. La vio en la calle. Dos rosas traía en el pelo; una porción de ellas en la cara. ¡Qué gracioso andar! ¡Qué osadía en la mirada! ¡Qué chusco paso! ¡Viva la gracia! ¡Aquella mujer iba pisando corazones! Su amor fue por la posta. Ella era activa, audaz y emprendedora como pocas; mandaba en jefe en todos los miembros de su familia, y cosa que ella dijera, había que hacerla sin discusión ni aplazamiento. El por qué gustó Lola a Evaristo Gargantiel es muy razonable. El por qué gustó Evaristo a Lola ya necesitaría examen mayor, pero como no es de gran importancia el saberlo, de ello podemos hacer caso omiso. Sin duda, le gustó a ella la humildad del genio de aquel mozo, su mansedumbre sin límites, su modestia sin ejemplo, el elegíaco tono de su conversación, el olvido absoluto de sí mismo de que daba pruebas a toda hora. Ello fue que se casaron, no teniendo un real el novio, y que don Honorio obtuvo de Ustáriz para el yerno un destino en el ferrocarril de Malasubida, de que era abogado consultor el insigne padre del desacreditado Anatolio. Todos vivían juntos en una casa pequeña, y daba que pensar el cómo podrían revolverse en tan reducidas habitaciones, don Honorio, sus hijas Lola y Remigia, su hijo David, y su yerno Evaristo. Ni de pie se concebía que consiguieran estar en aquella estrechez de las cuatro paredes de un cuarto tercero.

David, que era el hijo más pequeño de don Honorio, había cumplido por mayo los doce años, y se entretenía en los juegos de un niño de seis. Su cabezota, pelada al rape, sus ojos chicos, como los del autor de sus obscuros días, su remangada nariz, simbolizaban una menguada inteligencia y un pensamiento huero.

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En esto de la nariz observábase curioso detalle en los miembros de la familia Iravedra. Todos ellos presentaban en sus facciones aquel detalle, solo que deformado o embellecido de uno a otro. Así, don Honorio tenía la nariz muy gruesa y respingada: tanto que su retrato parecía la caricatura de un hombre romo y narigón; Lola tenía aquel rasgo de su cara ennoblecido en el poético embellecimiento de todas sus facciones; en Remigia la nariz volvía a encanallarse en un remangue descarado; y en David, el descaro de tal facción frisaba en la desvergüenza. Era una nariz deicida que apuntaba al cielo. No se sabe cómo tuvo tan indispensable órgano aquella excelente María Antonia, que compartió con Honorio los dulces halagos del amor y que murió después de dejarle con la numerosa prole que ya conocemos; pero hubiera sido un buen dato para el fisiólogo aquella nariz difunta, madre de las narices típicas de los Iravedras.

Lola quiso enterarse de todos los detalles de la noche de agonía, y don Honorio, quitándose y poniéndose el sombrero, montando y desmontando una pierna sobre otra, agitando el bastón entre las manos, como un molinillo de hacer chocolate, alargando mucho los gruesos labios, para soltar las palabras sonoras y elocuentes, narró de pe a pa cuanto había presenciado, desde la visita de González Robles, a la conferencia de Ustáriz y Lucio, desde la atroz escena del amanecer cuando la niña dio el postrimer suspiro, hasta el desmayo de Rosarito.

-¡De modo que Tréllez ha pasado allí la noche! -preguntó Lola.

-Sí... Casi toda la noche ha estado con don Adrián, habla que te habla.

-¿De qué ha hablado? -preguntó nuevamente ella.

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-¡De qué ha hablado!... ¡de qué ha hablado!... ¡de qué ha hablado! -repitió hasta tres veces don Honorio, según acostumbraba cuando no quería o no sabía responder-. ¡Facilillo es decírtelo!... De manera es que no los he oído... Dejadme ir a la cama... Voy a acostarme... Vengo más cansado que el Cid.

Fuese a la cama y las mujeres reanudaron su faena de limpieza. Crujieron las sillas de Vitoria bajo las correas del zorro, arañó el plumero los cuadros que representaban escena del Último abencerraje y de Robinsón, frotó el paño sucio las, viejas molduras de una cómoda desconchada, pisotearon el suelo las patas de las banquetas al ser removidas y luego se entornaron las ventanas para que la cegadora luz del sol no entrara, curiosa, a profanar el santuario de los Iravedras. Después se dispusieron a trabajar las dos hijas de don Honorio, y David, buscando su kepis, con larga visera de charol, su gramática latina, y su correa en que ésta iba presa, partiose para el Instituto. Anduvo delante del espejo la graciosa Lola, echó en sus redondos hombros un pañolillo de seda blanca con negros lunares, y se sentó delante de la máquina de coser. Puso el pie, mal calzado por un zapato innoble, en el balancín de la máquina, sonaron las ruedas, y dejose oír aquel velocísimo martilleo de la aguja atravesando la tela. La máquina de hacer pan había empezado a trabajar, y el primer ronquido de Iravedra gruñó en la alcoba.



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- VIII -

Llegó a la mañana siguiente en el tren expreso de las ocho y cincuenta, trastornado por la horrible noticia, cansado por el viaje, llenos los oídos de aquel hervor de máquina que había escuchado durante veintiséis horas consecutivas, herido el espíritu por una rueda de agudos remordimientos, que sin cesar giraba, penetrándole cada vez más adentro. Maquinalmente paseaba sus ojos por el paisaje, mientras hizo la dolorosa travesía; no veía nada durante largas horas, y diríase que, habiendo perdido la función visual, aquellos ojos eran los de una estatua. A ratos, como que recobraba el uso de su vista. Entonces fijábase en un arbusto, en un palo del telégrafo y prendiéndose a él como invisibles raíces, mirábale atentamente, hasta que el tren, con su andar fatigoso de fiera encadenada, se lo ocultaba en una revuelta o altibajo del camino. Temblaba el llegar, y era insoportable aquella incertidumbre vacilante de su alma. Puede decirse que en algunos momentos, su inteligencia, dislocada en tal descoyuntamiento de dolor, tenía seguridad de no llegar nunca a Madrid. El deseaba viajar, andar, correr, pasar estaciones, puentes, abismos, túneles, pueblos, comarcas, no acabar nunca una peregrinación que le apartara de los hombres, un destierro de la sociedad, una eterna encerrona en aquel calabozo semoviente.

Era un joven alto, delgado, linfático, pálido, rubio. Sus ojos azules, parecían a veces incoloros; su bigote dorado, encorvábase sobre el labio en fina punta, endurecida por el cosmético; sus delgadas   -81-   mejillas, de suave piel, estaban rasuradas cuidadosamente; el cuello, flaco, mostraba la prominencia de la nuez en exagerado ángulo saliente; su nariz era recta y hermana gemela de la de Rosario. Iba echado en una esquina de la berlina, con el brazo derecho pendiente del correón de la ventanilla y la cabeza descubierta. Allí cerca se velan el sombrero de paja, de ala estrecha, unos guantes de seda, un junquillo, unos lentes negros; todo lo cual, moviéndose con la trepidación del coche, parecía querer acercarse a su dueño.

Este contaba veintitrés años no más; pero representaba treinta. Las ojeras azuladas que envolvían sus pupilas en círculos de sombra, eran el más notable rasgo de su rostro. Sin aquellas ojeras, Anatolio hubiera tenido algo de belleza infantil, cierta delicadeza de contornos excesivamente acabada; con tal simulacro de vejez, Anatolio podía ser comparado a una dama gastada en el sabroso luchar de las aventuras amorosas.

Dentro de esta exterior corteza se encerraba un alma incompleta, falta de lastre, sin timón ni remos, pero no perversa. Bien dirigida, podía haber llegado a ser excelente. Mal dirigida, o mejor dicho, sin dirección ninguna, entregada a sus propios impulsos, no había podido hacerse completamente mala. ¿Queréis saber qué itinerario moral se hizo seguir a aquella alma? Vais a oírlo. No os hablaré de sus años primeros, de su disposición natural para el estudio, de sus primeros laureles académicos. En el colegio fue maravilla de profesores y envidia de condiscípulos. Leía una hoja de retórica, y su memoria conservaba fielmente cuanto había en ella, con puntos, comas, acentos y hasta erratas. Salió del colegio para ir a la Universidad, donde estudió leyes. Precedido de aquella fama, a un tiempo entró en las aulas y en los salones aristocráticos,   -82-   repartiendo su atención entre los bailes, de gran tono y la Instituta de Justiniano. Lo que no sé deciros es cómo insensiblemente, hoy un poquito, mañana otro poquito, cual lleva la hormiga la arena de su palacio a otro lugar en que no la estorbe, fue llevando Anatolio grano a grano sus aficiones, sus gustos, sus caprichos, sus esperanzas, su inclinación, desde el alcázar de Minerva al de Venus. Ello sucedió. El cielo sabe de qué manera. Algún exitillo amoroso, alguna derrota de otro hombre de mundana reputación, acabaron de desvanecerlo, y cuando terminó su carrera, pasando por aulas, libros, matrículas y exámenes, como pasa el rayo, de sol por un cristal, puede decirse que no sabía una palabra. Verdad es que muchos condiscípulos suyos adolecían de la misma enfermedad, y esto, sin ser tonto, le consolaba, porque mal de muchos, consuelo de hombres. Don Adrián se hallaba entonces atareadísimo. Días y noches enlazaban sus manos de minutos en los crepúsculos matutino y vespertino, sin que los ojos de don Adrián dejaran de correr por aquellas líneas de procesadas letras, que son el carril sobre que marchan arrastrados por tortugas los negocios españoles. Fue cuando más creció su renombre. Tuvo triunfos ruidosos en el Tribunal Supremo y en el Congreso; redactó un proyecto de ley e hizo casar una sentencia de que dependía la fortuna o la miseria de seis familias de condes. Absorbido por aquellos demontres de papeles, don Adrián no vivía en el mundo, y cuando tornaba al recinto de su casa, solo por breve espacio, no quería acibarar su dicha con riñas ni disputas. Venía a repartir sonrisas y besos. Daba abrazos a su mujer, besos a sus hijos, y después se marchaba otra vez al despacho, como quien se marcha a Ultramar. No era, con todo, su alejamiento de la familia tan completo,   -83-   que dejara de advertir algo de lo que con Anatolio pasaba; pero una voz de blanda benevolencia levantábase a mandar callar a los vagidos del orgullo de padre que anhelaba para su hijo aplausos, felicitaciones, nombradía y popularidad. Acordábase de su juventud negra y dolorosa, de sus noches de insomnio, en que, en mísero cuarto de una inhospitable casa de huéspedes, cada hora se llevaba un estremecimiento de dolor, un ahogado grito de desconfianza. Acordábase de aquel mal oliente quinqué que cegaba sus ojos, quemaba sus pestañas, hacía hervir su cerebro y asfixiaba sus pulmones. Acordábase del cruento vía crucis de su vida de no interrumpida labor, de no interrumpidos desengaños, y juzgaba crueldad, impropia de un pecho paternal, el obligar a su hijo a las mismas torturas.

-Yo lo hice porque no había otro remedio -pensaba-. Mi hijo... mi hijo... que goce.

Y su hijo gozaba; pero sus goces iban llevándole lejos de la playa en que su padre vivía, de aquella playa en que la vida es un martilleo en un yunque, un golpeo diario, un machaqueo sin fin, en que hace de mazo la voluntad, de bigornia la mesa del escritorio y de metal maleable la inteligencia. Íbase alejando de esta playa, y cuando a veces quería volver a ella, despertando en su ser nobles ambiciones, los lauros rendidos por el mundo a otros compañeros de Universidad, a amigos de la infancia, un «mañana» pronunciado en su oído por la sirena del presente, que a tantos ha devorado, hacíale seguir alejándose mar adentro, mar adentro, por las dulces corrientes de una vida inútil. Lo peor del caso, si esto no era completamente malo, era que al mismo tiempo que de la playa del trabajo se alejaba de la de la probidad, y que veía flotar a su alrededor horrendas cabezas   -84-   de tiburones usurarios, a los cuales fue entregándose sin sentido casi. La generosidad de un padre amante y rico, ¡cuán grande es! Pues se agotó hasta tres veces. ¡No me digáis ahora que no puede agotarse el mar! Don Adrián Ustáriz tuvo al fin que reñir a su hijo, y la hasta entonces no turbada paz de aquellos lares, oyó palabras coléricas, discusiones acaloradas, debates iracundos entre un padre y un hijo, que acababan perdonando a aquél y llorando éste. Pero la enmienda -¡la enmienda, que es la soldadura de un diamante roto!- duraba ocho días. El insigne abogado, que también arreglaba los desagravios ajenos, no era capaz de ordenar los propios. Ocurría aquí el cuento del vidriero de Cantimpalos, que poniendo a todos los vecinos vidrios de balde, tenía rotos los de su casa.

La muerte de su madre detuvo un punto a Anatolio en su frenética caída. Aquel horrible frío que entonces sintió en el alma, aumentando la sensibilidad de su conciencia, hízole odiarse a sí propio, aborrecer su vida pasada, proponerse nuevos planes. Pero ¡ay! que estos arrepentimientos, nacidos al día siguiente de un inolvidable dolor, con el inolvidable dolor se olvidan, y al ruido de la primera risa de Cristeta, que, como el chillido de la golondrina la primavera natural, marcó allí el recomienzo de la primavera de las almas, después del helado invierno de un luto sincero, nuevamente sintió Anatolio deseos de volver a donde su presencia se echaba de menos; y al fin cedió a las dulces llamadas de aquellas mil manos perfumadas y blancas que en sus sueños venían a seducirle.

Don Adrián habló una noche seriamente con su hijo.

-Me causas una profunda pena -exclamó- no haciendo caso de mis consejos. ¿Qué amistades   -85-   serias cultivas? ¿En qué ocupas tu existencia? ¿Qué lees?

El leía chabacanas novelas francesas de Boisgobey y Houssaye; él cultivaba la amistad de mucho dandy insustancial y de un par de toreros afamados; él ocupaba su tiempo en mil nonadas agradabilísimas, en montar a caballo, en ir al tiro de pichón y al tiro de los cuarenta, en una casa de juego donde solo se robaba a muchachos finos y distinguidos, y en la que, para ser despojados, por diversas quínolas y pegos dignos de Cortadillo, era preciso presentar escudo nobiliario, o cédula de contribución de más de cuarenta mil pesetas.

-Tú tienes talento -dijo el padre-. Puedes ser mucho, con mi apoyo y el prestigio del apellido. Trabaja lo bastante para justificar el éxito que desde ahora te aseguro; no quiero que dejes de divertirte, sino que mezcles lo útil y lo inútil, y seas feliz hoy y mañana.

¡Cuántas cosas no prometería Anatolio! Contestó que estaba arrepentido, que deseaba complacer a su padre, que haría imposibles por lograrlo.

-No imposibles -repitió don Adrián, sonriendo ante aquella explosión de buenas palabras-. Posibles; la mitad de lo posible es lo que te pido, Anatolio... Comience tu nueva vida desde hoy... Y para que veas que comienza por lo bueno, en vez de empezar trabajando, empezarás por la parte del placer... Ahora te marchas a París, allí pasas dos meses del invierno, y luego regresas a casa... ¿estamos?... regresas a casa... ¡a trabajar!

-¡Oh! ¡Buen padre, excelente padre, el mejor y más santo de todos los padres! ¡Venga acá esa mano que yo la bese! -balbució Anatolio, con alborozo sin límites-. Pero, ¿por qué no empiezo   -86-   trabajando? ¿por qué no me dejas un par de meses de faena, y cuando haya conquistado?...

-¿Conquistado?... ¡Echa ilusiones en la balanza que pesan poco, conquistador! Haz lo que te digo y no enmiendes la plana en contra tuya... Nada, nada, señorito querido, mañana a París, y... ¡cuidado conmigo!... que me ha dado usted su palabra de trabajar.

En el mismo tren que ahora le conducía triste y desconsolado, fue entonces con mucho dinero y con muchas esperanzas. Tenía perdonadas las culpas, redimido su pasado, abierto el camino del paraíso. No era posible encontrar más dichoso mortal, ni que con encendidos candiles, por toda la ancha haz de la tierra se le buscase. Aquello mismo del trabajo futuro le gustaba. No era una espina de la rosa que su padre le ofrecía; era una de sus hojas, acaso la más apreciada por él.

Él orden que he seguido al contar a ustedes los insignificantes sucesos de mi relación, me ahorran el trabajo de decir que Anatolio no cumplió su palabra; que su padre le escribió dos veces recordándole sus contraídas obligaciones; que él contestó hablando de compromisos pecuniarios, de deudas, de aplazamientos inevitables de su regreso. Don Adrián obró con aquella debilidad que para con su hijo solía y la casa de banca de Dickensoms entregó al joven Ustáriz, en el espacio de tres meses, unos tres mil duros. Últimamente, Anatolio, después de tres semanas en que no tuvo a bien dar cuenta de su vida a su padre y hermanas, escribió a Rosario rogándola, en nombre de su madre, que apelara a toda la influencia que ejercía sobre don Adrián, para que le enviase cuarenta y tres mil reales, que le urgía poseer para cierto asunto de tanta gravedad que a no resolverse pronto, podría causarle una desgracia   -87-   irremediable. Rosario imploró con lágrimas en los ojos aquel favor de don Adrián, y don Adrián no supo cómo resistir a las frases horribles de la carta de su hijo, tras las cuales vio, ¡horror! una adorada cabeza, herida por la bala del suicidio. Escribió a París, disponiendo que le fuera entregada a Anatolio aquella cantidad y ordenándole su inmediato regreso. Coincidió con tales acontecimientos la muerte de Cristeta. Para el bueno de don Adrián, fue como recibir un mazazo en la nuca, después de haber recibido otro en la frente. Por lo que a Anatolio hace, como quiera que los cuarenta y tres mil reales de su padre no normalizaban su situación pues ascendían a mayor suma sus deudas, cuando salió de París el mismo día en que el estado de Cristeta se agravara, llevaba dentro de su alma, sobre el dolor del hermano, otra comezón abrasadora y atroz que le llenaba de temores. Así venía Anatolio a Madrid.

Cuando la máquina partió de Pozuelo, Anatolio se resolvió a todo, con un a modo de heroísmo de mártir. Tomó el sombrero, los lentes, el bastón, los guantes, la manta de viaje y se dispuso para saltar al andén en cuanto el tren se detuviera. Conforme corrían los vagones acercándose a Madrid, una luz, de claridad meridiana, íbale entrando al mancebo en el espíritu, y lo que no había logrado en veinticinco horas de aislamiento, de soledad y meditación, logrolo en los cinco últimos minutos. Comprendió que sus desórdenes y necedades le habían colocado, respecto a su familia, en situación tan poco agradable, que su llegada en vez de servir de consuelo para la enfermedad, y muerte acaso de Cristeta, añadiría nuevos tormentos al pecho de su padre. Sintiose lleno de vergüenza, de dolor, abrumado bajo aquel fardo de remordimientos. Sabía que en su casa no sólo se   -88-   lloraba la fuga del ángel, sino, además, la vuelta del hijo pródigo. Hubo momentos, al detenerse la locomotora, en que hubiese dado diez años de vida por estar en París, porque aquel tren partiese a seguida lejos, muy lejos; mas no tuvo tiempo de pensarlo, porque una mano fría y seca cogió la suya y oprimiésela con fuerza, mientras el dueño de la mano decía:

-¡Anatolio!... ¡Anatolio!... ¡Gracias a Dios que vienes!... Creíamos que ni aun con este motivo...

Era el primer ataque que recibía. Quien se le dio era un clérigo, el cual, por el rostro, daba a entender que su edad frisaba en los cincuenta años. Llevaba manteo de merino, sombrero de lo mismo y alzacuello de seda de color rosa, con botones de plata. Su rostro era magro y musculoso. Frecuentemente los nervios maxilares se levantaban, produciendo un movimiento en la cetrina y mal afeitada piel, que daba severidad terrible a la persona.

-Tío -balbució el joven, estrechándole un brazo con ansiedad-, ¿y mi hermana?

-Murió -dijo el clérigo-. ¡Dios nos proteja!

Y levantó sus ojos a la techumbre de los cielos, radiante de sol.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Anatolio, como si estuviera solo-. ¡Soy un miserable!

-Vamos... Yo he venido a esperarte con el carruaje de tu padre... Esta tarde es el entierro.

Dejose conducir Anatolio, y su tío, que era nervudo y fuerte, abrió paso entre la compacta y chillona multitud que llenaba el andén. Subieron al carruaje y éste partió a galope.

Anatolio quiso preguntar a qué hora había muerto Cristeta, qué alternativas y fases siguió la enfermedad, cómo estaban su padre y hermana... pero no se atrevía a hacerlo. Pensaba él que iban   -89-   a contestarle: «¡Calla, malvado; si tú tienes la culpa de la mitad de su dolor. No profanes su alma con la mirada de tu curiosidad!»!

-Tu padre -afirmó el sacerdote- me comunicó anoche los disgustos que le has causado... Debes entrar en aquella casa arrepentido y con propósito de enmienda... ¿No te toca en el alma la muerte de esa pobrecita niña?... ¿No ves algo, como revelación divina en el hecho de que Dios se lleva a una criatura angelical, a un ser sin culpas, a una santa niña y te deja a ti en el mundo para que tengas tiempo de reparar tus torpezas?

-Sí, tío... veo eso... Créame usted... Vengo, no sólo arrepentido, sino avergonzado.

-¡Avergonzado!... ¡Siempre ha de asomar el mundo su rabo de demonio en medio de lo más sagrado y hermoso de la humanidad: el arrepentimiento! -interrumpió don Teófilo con cierta amarga ironía, y mirando a una esquina del coche, como si sus palabras fuesen dirigidas a algún invisible personaje que allí se escondiera-. ¡Avergonzado!... Es decir, con la cara teñida de color rojo... Entonces, Anatolio, no es a Dios a quien temes, sino a los hombres.

El joven no contestó. ¡Tiempo era aquél de discusiones! Él sentía tantas cosas, temía de tantos modos, que no podía decir, a ciencia cierta, a dónde llegaba su miedo: si se quedaba en la tierra, o si pasaba a la mansión celestial. También Anatolio miraba al rincón del carruaje, en que tenía puestos los ojos su tío. Veía allí un hoyo muy grande, del cual sacaban tierra unos demonios negros, gritando, a cada paletada que echaban fuera: «¡Para ti! ¡Para ti!»

-Es preciso -siguió diciendo don Teófilo-, es preciso que te regeneres. ¡Corta esas lazadas que te unen a tanto ser inútil, a la sociedad frívola,   -90-   con cuyo trato el corazón se pudre y la inteligencia se obscurece! Tu padre está cansado de trabajar... Su edad es muy avanzada... Está enfermo... Ha sufrido mil disgustos... Tendrá que encargar a un extraño de sus negocios... He aquí el castigo que te estaba reservado... Esa es la vergüenza que ahora subirá diariamente a tu rostro, ya que tan fácil tenéis el remordimiento encarnado.

Don Teófilo, cuando dirigía algún grave cargo pluralizaba los verbos; era una costumbre adquirida en el confesonario, así como la de no mirar a la persona con quien conversaba, sino a otro lugar más distante.

-Cuando anteanoche llegué -añadió el canónigo de Cuenca-, tu padre me indicó su pensamiento... que es como te digo... Ahora bien, ¿será posible que tú no hagas nada por impedir que tu persona sea declarada inútil, inservible y sin ningún valor?... ¿Tendréis bastante... sangre fría, bastante desprecio de vuestras propias personas, que no os resistáis a que un extraño vaya a ocupar en vuestras casas el puesto que os corresponde?...

-No entiendo a usted completa mente -dijo Anatolio saliendo de su estupor con mucho trabajo, al ver que le hablaban de un asunto concreto.

-Bien claramente me expreso... Tu padre no puede seguir ocupándose, como hasta aquí, de su bufete... Trabajará, sí, trabajará... no hará lo que tú... pero el peso de sus funciones le tiene ya fatigado, y ha de encoméndarsele a alguien... Anteanoche me lo anunció... y como yo le indicara que tú estabas llamado a sustituirle... que un derecho natural lo declara... y que el profeta dice: «Cuando tus ojos cieguen y no puedas contar el rebaño, da la cayada a tu hijo»... él me contestó con indignación: «¡A mi hijo!... ¡A ese desdichado loco!...   -91-   ¡Es un hombre inútil, un mentecato!... ¿Quieres que le fíe mi nombre, mi reputación, el porvenir de mi hija Rosario... la tranquilidad de mi vejez?... ¡Nunca! No pienses en eso».

Anatolio sintió correr por sus nervios un calofrío que le hizo estremecerse. Hubiera querido gritar a los demonios que cavaban su sepultura: «¡Terminad pronto, que hace tiempo que estoy sobrando en la tierra».

-Yo prometí que te enmendarías... Creo que prometí mal, porque tú careces de voluntad, eres un espíritu linfático, sin músculos, y aun cuando quisieras imponerte un esfuerzo, no podrías realizarlo... ¡Es horrible ser así!

El joven miraba hacia su imaginada sepultura con ansia. «Si no acabáis pronto, -parece que decían sus ojos a los negros sepultureros- me tiro en ella, aun cuando no entre todo mi cuerpo. Basta que me enterréis la cabeza, para que no oiga ni vea estas cosas de que mi tío me habla».

-Ello es que tu tío prometió por ti una enmienda eficaz... ¿No es eso? ¿Dejarás mal a tu tío?

Anatolio dijo que «no» con la cabeza. La garganta no puede hablar cuando la embargan los sollozos.

-¡Que pícaras costumbres las en que vives, Anatolio -prosiguió el cura, que viendo el hierro caliente quiso machacarle más y más-. ¡Abomina de ellas para siempre! ¿Qué hacéis durante todos vuestros años de existencia, los que así vivís?... Nada bueno para Dios o los hombres... Dejáis aquí un rastro de cieno en la tierra, y un rastro de almizcle en el aire... Sois unos desventurados, dignos de lástima... Pero tú ¿sabrás salir de esa sima en que caíste?

Lo que él quería, era esconderse en la sepultura de los demonios negros, y no volver jamás a   -92-   este mundo. Entretanto, no decía palabra, y la turbación de su espíritu aumentaba sin cesar. Anatolio, extraviado en sus sentimientos y aspiraciones, conservaba, sin embargo, un rinconcito de su alma con la misma sencillez que en su primera infancia. Cuando la gente reía a su alrededor, brillaba en su palabra toda la retórica de salón que también poseía. Cuando estaba rodeado de gentes serias, de rostros dolorosos, de ojos llorones, de pechos lacerados de desgracias que no podían fácilmente componerse, sentíase débil, niño falto de recursos; era otro hombre distinto; no era el Anatolio Ustáriz que con tan discretas pláticas amenizaba el tapete verde del Hourse-Club, arrojando sobre aquel mar de llamas granitos de sal, que estallaban en la risa de todos; era el Anatolio que iba al colegio y que recibía, temblón e hiposo, la filípica del maestro.

-Prepárate, pues, muchacho... Yo no he podido vencer la obstinación de tu padre... Por otra parte... tú no has estudiado una letra, y mal podrías encargarte del despacho del bufete, así, de repente... Con todo... ya veremos.

Después, como si el pensamiento de don Teófilo girando sobre sí mismo, presentase otra faz, exclamó:

-¡Qué desdichadita ha sido Cristeta! ¡Muerta ya y en el cielo aquella divina niña, aquel preciosísimo angelito!... Comprendo la desesperación de tu padre... Tu hermana Rosario se ha puesto mala... No es cosa de cuidado... pero tampoco puede menos de inspirar temor a mi hermano... Yo mismo, a pesar de mi dureza de roble, no puedo resistir tanto dolor... ¡Me troncha, me troncha!..

Había dejado de mirar al rincón del carruaje, y cerraba sus ojos, en cuyos gruesos párpados, doblados   -93-   en mil arrugas por una red de abultados vasos sanguíneos, brillaban dos lágrimas. Detúvose el coche.




- IX -

Acabaron las palabras de dolor, acabó el llanto, acabó el gemir de los pechos; quedó agotada la humana expresión de los afectos tristes y la atonía fue poniendo a todos su inexpresiva carátula de hielo. Don Adrián no quiso acostarse; Rosario no se apartó del lecho mortuorio, y allí asistió al tocado postrero de aquella preciosa estatua. No quiero deciros quién le llevó a cabo. Hay en casos tales, como entonces las hubo, manos cristianamente oficiosas que se encargaron del doloroso ministerio, y el perfume del agua de Colonia se elevó sobre las ropas blancas del cadáver, como propia emanación del evaporado aroma de su ser interno. Una trenza dorada cayó de la hermosa cabeza, cortada a cercén; era la presea que daba la vida a la muerte.

Aquellas mismas manos que amortajaron a Cristeta, teniendo aún en los pulpejos de sus dedos el frío del sueño eterno, prestaron auxilio a Rosario, que yacía como muerta en una butaca. Al sentirse tocada volvió en sí, dio un suspiro, y el lloro arrojó sus últimas gotas de lágrimas de los enrojecidos ojos que la escocían, calcinados por el hervir de su dolor.

-¡Ay, Dios mío!, dejadme. Déjenme ustedes sola. No me digan nada... Esas palabras no consuelan y fastidian.

A los enfermos y a los desgraciados les autoriza   -94-   el mundo a decir las cosas que sienten con la claridad y nitidez más completas. Las buenas almas que acompañaban a Rosarito se fueron retirando, una primero, las otras después, y al fin quedó sin compañía, pero no en la sala donde entre doble fila de humeantes cirios, aquel perfil amarillo de un cadáver se destacaba sobre las telas de seda con que le tenían cubierto, sino en su dormitorio.

Dejose caer en una mecedora de paja, y el imprudente mueble quiso columpiar su hermosa carga. Aquel balanceo la disgustó, e hizo detener a la mecedora. Su cabeza descansó en el respaldo; sus brazos colgaron fuera; sus pies se apoyaban en el suelo, y su alma empezó a sentir los efectos de un acabamiento extraño, de un fin sin fin, de un incipiente morir sin término, como si cayese por hondo y negro pozo, sin fondo alguno, y desvanecida con el horrendo desplome no acertara a precisar su situación, ni a dar cuenta de su estado. Aun cuando era de noche, largo rato hacía, no pensó nadie en llevar luces a aquella estancia. Todo era obscuridad en ella. El mueblaje, los espejos, las cortinas, el lecho desaparecían en la sombra. Estar en aquella habitación era como estar dentro de una gota de tinta.

En el vecino pasillo oíase el martilleo de un reloj de caja que pasaba sus cuentas de segundos, como una beata loca las cuentas del engarzado rezo; a veces un cuchicheo silbón, arrastre suave de pies, que luego de haber andado de puntillas un buen espacio, retumbaban con franco pisar en la madera de la escalinata, y abrir y cerrar de la puerta, precedido del cuchicheo consabido. Después fue haciéndose más rara la repetición de estos ruidos, y reinó el silencio en la casa toda. Sonaba de cuarto en cuarto de hora, con   -95-   periódica regularidad, un golpe de tos chirriante, metálica, seguido de un suspiro doloroso que estallaba en el aire como el silbar de un cohete: era la enferma tráquea de una vieja hermana de la Caridad que velaba a Cristeta, quien aquel ruido desapacible producía. Al dar las dos el reloj, una mano dura tocó el hombro de Rosario. Ella volvió a la vida con repentino sobresalto:

-¿Qué es eso? -balbució palpando la obscuridad- ¿Quién me llama?... ¿Eres tú, papá?

Palpando, palpando, había cogido la mano que la tocó y la estrechó entre las suyas. Era una mano grande, huesuda, vellosa, que tenía un anillo en un dedo. Todo esto lo notó Rosario en un segundo, apenas oprimió aquellos dedos.

-Rosario, Rosario -dijo bajito la voz de Lucio Tréllez-. Venga usted... su padre se ha sentido un poco indispuesto... No es nada... Pero quiere verla... Se ha asustado cuando se le ha dicho que lleva usted cinco horas en la soledad...

Rosario, ya levantada, había vuelto a echar en sus hombros el fino pañuelo de crespón. No dijo una palabra. Salió rápidamente. Vio la luz del pasillo, que la obligó a cerrar los ojos, y cruzando por él con velocidad, entró en la alcoba de Ustáriz. También allí reinaban las sombras, y Rosario tuvo que ir a tientas hasta el lecho. Era éste de caoba, con altas columnas salónicas, coronadas por cortinas de obscura tela muy pesada. Tanto lujo había en su ornamentación, que, más que lecho de un hombre del siglo XIX, parecía túmulo de un rey godo.

-Papá -murmuró ella pasando su mano por la almohada, en busca de la venerable cabeza-. ¿Cómo estás?... Soy una egoísta... ¡Cinco horas dicen que he estado sola!... ¡Sin venir a unir mis lágrimas a las de mi padre!

  -96-  

Entonces fue cuando las lágrimas, de ambos se unieron. El viejo sintió aquellos labios posados en sus mejillas, sellar una y otra vez la comunidad del dolor que los estremecía, y las húmedas llorosas pestañas rozando la piel ardorosa de su frente.

-¡Qué atroz noche -dijo el anciano con acento ronco-. ¿Se ha sabido algo de... Anatolio?

-No -repuso ella-, Tréllez le ha puesto un parte.

-Que venga Tréllez.

Tréllez se acercó por el otro lado del lecho.

-¿Cómo no se va usted? -dijo Ustáriz-. Dos noches sin acostarse, son demasiado. Yo no tengo derecho a imponerle a usted tales sacrificios.

-¿Usted me los impone? -respondió Lucio-. Yo soy quien deseo, participar de estas fatigas. ¡Si al menos sirviera de algo, podría usted agradecerme mis malos ratos!

-¡Oh, hijo mío... sirven... sirven mucho -exclamó Ustáriz con voz mitad lamento, mitad llanto-. A mí me consuela que, en medio del abandono de los propios... de mi hijo, especialmente... una persona como usted...

-Gracias, don Adrián, gracias... Pero ahora no piense usted en eso... ¿Cómo va ese dolor?

Ahora... me vuelve a punzar. Aquí debajo del pecho... Es el pícaro latido de siempre... Es un nervio que salta como un bordón separado del... ¡ay!... separado del mástil.

No pudo acabar la frase. Lo que él llamaba bordón saltó debajo del diafragma, y un retorcimiento doloroso encogió aquel cuerpo con violenta postura.

-No os asustéis -añadió reponiéndose de su quebranto al ver el rostro desencajado de Rosario-.   -97-   -Esto pasa pronto... Ya sabes que dura un momento y se va.

-Te daré tila -dijo ella- con unas gotas de láudano... Eso te ha aliviado otras veces.

La desgracia presente había hecho a Rosario sobreponerse a la desgracia consumada ya. Salió del cuarto y a los pocos minutos tornó, trayendo una taza de la pócima calmante. Agitaba dentro de ella una cuchara, que sonaba como una campanilla chocando con la fina loza de la pequeña vasija. Diríase que era la campanilla con que iba la ciencia llamando a la salud.

-Haga usted el favor de ayudarme -dijo a Lucio-. Enderece usted un poco el cuerpo de papá... Eso es... Vamos, papá, abre la boca... Has de acabarlo... Vamos, anda, sólo queda una cucharada.

Al enfermo se le trata siempre como a un niño. Con engaños y promesas falaces se le obliga a aquello que no le gusta... Quedose algún tanto reposado después de apurar el tazón de tila; un sudor caliente acudió a sus poros, refrescando la epidermis y sintió más ligera la cabeza y más fácil el uso de los pulmones.

-Cuando la Providencia nos envía las desgracias -dijo mientras buscaba la mano de su hija sobre el embozo de la cama para estrecharla- no se deja ninguna en el tintero... Los disgustos grandes y pequeños vienen enlazados como en rosario diabólico de cuentas gordas y menudas... La muerte de ese ángel... ¡Ay, Cristeta de mi alma... las demencias... si, las demencias de Anatolio... las necedades de Teófilo... ¿Usted no sabe, Tréllez lo que ocurre con mi señor hermano?... Pues oiga usted... Es un alma dura, un hombre sin sentimientos afectuosos... Se encierra en una concha de virtud espartana y no deja salir de sí

  -98-  

un rayo de cariño... ¡Mire usted si con mi posición y mi influencia hubiera podido hacerle prosperar en su carrera!... Pues ha rechazado siempre mi apoyo... Viene a Madrid y jamás se hospeda en esta casa. Ahora mismo está en Madrid y no ha consentido en aceptar mi hospitalidad. «Yo he venido a compartir tu dolor, no tu lujo», me ha contestado cuando yo le manifesté mi deseo de que viviera aquí... ¡Qué horror! Tréllez, ¿no es una cosa sin nombre, una verdadera infamia hablar de lujo a un padre, cuya hija ha muerto sin que toda la riqueza que tenía pudiera salvarla?... No, eso no es cristiano, no es bueno... Siempre he dicho yo que Teófilo era un Voltaire, pasado por el Santo Sepulcro.

-No te aflijas por esas genialidades, papá, ¿qué importa eso? No aumentes el dolor enorme con dolores pequeños... Eso es tener clavado un puñal en el corazón, y clavarse por propia voluntad mil agujas en las manos.

-Es cierto lo que Rosario ha dicho -exclamó con voz trémula Lucio.

-Pero, es que me duele, me duele no hallar cariño en sus brazos; me entristece más aún el verme entre esos parientes que son unos inútiles para todo lo bueno, y los demás orgullosos de su bondad personal.

-Repose usted -añadió Tréllez-. Deseche cavilaciones...

-Sí, papá... Yo me voy a la salita inmediata.

-Tú me llamarás si algo quieres.

-Pero ¿tampoco te acuestas hoy?

-Si no puedo dormir...

-¿Y quieres que yo duerma? ¡Egoísta del dolor!

-Tú te hallas mal de salud, débil, convaleciente de tus ataques de gota... Yo bien puedo sufrir estas tormentas... No se discuta más... Tú te quedas   -99-   ahí... Yo me voy a la sala y allí... allí procuraré dormir.

Salieron Rosario y Lucio. Él sostuvo la cortina de la alcoba para que ella pasase, y su mano sintió el roce suave del cabello de Rosario, que, todo despeinado, escapábase de la redecilla de seda por varias partes en flotantes rizos.

-¡Pobre papá! -dijo Rosario, sentándose en la butaca más próxima a la puerta de la alcoba. Temo no poder soportar esta crisis de desventuras.

-Tiene mucho espíritu su padre de usted -contestó Lucio, que permanecía de pie, apoyadas las manos en el respaldo de una mecedora-. Además de que sus consuelos de usted son tan persuasivos, tan dulces...

-Para mí los necesito -contestó Rosario, tapándose la cara con su pañuelo.

-Es que aunque usted necesite consuelos de los demás, con una sola mirada consuela a todos los que viven a su lado. Hay palabras dichas de cierto modo que curan las heridas del alma. Hay personas que cuando hablan ponen en su voz no sé qué música curativa de las penas, maravillosamente eficaz... usted es de esas personas... ¿Dónde ha aprendido usted tal arte divino?

Lucio iba diciendo estas frases despacio, en voz baja, pero con entonación de interno y comprimido entusiasmo.

-No hable usted así -contestó Rosario, sin descubrir su rostro-. ¡Oh, si pudiese yo aliviar de algún modo la desesperación de mi padre!... Pero esta desgracia no puede curarse con palabras...

-Curarse, no... Aliviarse, sí... La hiel es siempre amarga, pero su acerbidad puede endulzarse mezclándola con miel... usted tiene esa miel, y no lo sabe... Cura usted los dolores, y ni por pienso cree que es médico de almas...

  -100-  

-Pero, ¿qué digo yo, qué hago, para que tanto prodigio me atribuya usted?

-Pues no dice usted cosa alguna extraordinaria... Ese es el secreto.

Un rato hubo de silencio. Él callaba, mirando con tristes ojos aquella preciosa cabeza en que el duelo había puesto su mano febril descomponiendo todo el aliño del peinado. Después dijo, como si una repentina idea le hubiese iluminado en la buscada solución de algo dudoso:

-Es que oyéndola a usted se comprende que hay aquí ángeles, seres superiores, espíritus más altos y sublimes que la vulgaridad de los que andan por todas partes.

-Calle usted, por favor... Quisiera ser así, porque entonces podría serle útil a mi padre; no por vanidad ni por orgullo... Harto sé que usted habla con tanto elogio, por consolarme a mí... Eso sí que es verdad... usted conoce el mundo... Mil veces se lo he oído decir a mi padre... usted sabe que el elogio distrae a los tristes y regocija a los alegres... ¿No es verdad que sólo por esto dice usted tanta palabrilla halagüeña?

Lucio sonrió levemente, pero con una sonrisa hondamente triste, y dijo:

-Eso sucede a la mayoría de las personas. Pero a usted no... Sería un desconocimiento absoluto de su mérito el emplear tal sistema para consolarla... Le digo todo esto porque no puedo menos de decírselo... porque en esta enfermedad, en estos días de horrorosa prueba, ha desplegado usted un amor tan infinito para su padre, una abnegación... Yo me he entusiasmado viendo a usted... He creído en los mártires...

Rosario alzó su rostro. Miró a Lucio, que continuaba contemplándola, y le dijo:

-¡Está usted en pie!... Siéntese... Por favor.

  -101-  

-No, no, Rosario... Yo me voy... yo tengo que irme... Aquí estorbo a usted con mis sandias palabras... Dispénseme usted que le haya dicho lo que... lo que sentía...

-No se vaya usted... ni me pida esos perdones, que no hay por qué pedir... ¿Usted siente eso que dice?... ¡Cuánto se lo agradezco! ¿Por qué había usted de ocultarlo? Lo que se siente, se dice...

-¡No todo!

-Todo... A mí me gusta la gente franca... Sólo por eso encuentro excusables las rudas claridades de mi tío don Teófilo.

¡A Lucio se le ocurrieron entonces tantas cosas! Y, sin embargo, no dijo ninguna. Un atropellado escuadrón de sentimientos, juntamente y en confusión, bulleron en el alma, pero a todos puso silencio aquella boca muda. ¡Qué pobrecillos sentimientos cuando se los empareda en una cárcel sin ventanas! Lucio no se sentó, mas no se alejó de allí, como había dicho. Él mismo no sabía a punto fijo cuál era la situación de su alma, y no lograba explicarse la razón de la gran simpatía que entonces despertaban en él los dolores del prójimo. Lucio, que nunca experimentó esas blanduras de espíritu, por las cuales las almas delicadas se comunican en corrientes de fraternales impresiones, experimentaba entonces un extraño fenómeno: todas las lágrimas que en aquella casa se derramaban iban llenando su ser de tristeza, de pena, de desesperación, de ira. Hubiese querido remediar lo irremediable, volver a Cristeta la sonrisa celestial que llaman vida, suprimir el dolor, anastesizar los corazones, impedir que el sonar de las campanas, que en la vecina parroquia tocaban a gloria, llegase a casa de Ustáriz, como eco regocijado de una religión que con tañidos de alegría despide de este modo a los ángeles. Tal inexplicable   -102-   mudanza en su carácter, le tenía absorto y lleno de dudas. Largo rato transcurrió así. Luego oyó ruido de tela arrastrándose, y entonces, no antes, advirtió que Rosario se había levantado. Con un dedo sobre los labios, le dijo ella:

-¡Chist!... Papá se ha dormido...

Quiso preguntarla a dónde iba; pero ya estaba junto a la puerta. Abriola, y una ola de luz entró en la sala. Allí estaba el cadáver de la niña. Lucio intentó detener a Rosario, pero ella había vuelto a cerrar la puerta nuevamente, y se encontraba delante de la cama imperial, fúnebre alarde de un lujo de mal gusto, en que las negras telas que paramentaban el armazón de pino dorado formaban amplios dobleces en los cuatro ángulos de la caja. Destapada se hallaba ésta, y se veía asomar por la dorada línea del galón que bordeaba el forro un perfil agudo, la barba saliente, las manos unidas con una cruz y una rosa entre los dedos, la huella negruzca del ojo ya hundido, la rubicundez del pelo que sobre el amarillo de palma muerta del semblante aparecía más aurífero que nunca. Ni pudo acercarse Rosario a aquel teatral catafalco. El humo de la cera quemada, que ascendía por la caliente atmósfera, produciendo en ella una vibración vaporosa, visible; aroma penetrante de los dos ramos de azucenas, que habían puesto en el suelo; aquel conjunto deslumbrador de galones de oro, cintas de raso, telas enlutadas, llamas movibles, pábilos negros y maderas pintadas, en medio del cual se veía el despojo frío y casi repugnante de la materia con la última mueca de la vida, con el resplandor vidrioso de una pupila entreabierta, con las escoriadas líneas de los labios, comparables, a hojas de amapola secas; todo aquel cuadro la arrancó las fibras más íntimas de su alma, a que una mano se había agarrado y tiraba, tiraba sin   -103-   cesar. Retrocedió rápidamente, dio con el cuerpo en la puerta que se abrió, y fue poco menos que rodando hasta caer en el diván. Lucio acudió a ella.

-¡Dios mío!... ¿Qué locura ha hecho usted? -exclamó.

Cogiole las manos; estaban frías. Tocó su frente; un sudor helado la bañaba. Ella tenía los ojos cerrados, echada la cabeza sobre el terciopelo del diván, parado el pulso, demudado el semblante, deshecho el lazo de su pelo, que caíale por los hombros abajo en negra cascada.




- X -

Después de una semana de duelo, en que durante el día le rodeaban amigos vestidos de luto y por la noche pensamientos vestidos de luto también, Anatolio logró aislarse una tarde en el despacho de los pasantes, cuando se marcharon los cuatro o cinco rábulas Incipientes que iban a divertir allí un par de horas entretenidos en agradable conversación, mientras los pleitos, con sus folios cerrados, les esperaban riendo a más y mejor. Buena falta le hacía aquel aislamiento. Sus ideas necesitan el reposo y la paz precisas para que cristalizaran en esas hermosas formas geométricas de la lógica; andaban revueltas, confusas y desordenadas. Además, no solo sus ideas le tenían pensativo; no sólo su pasado le preocupaba; no sólo el presente doloroso le causaba profunda pena: el porvenir se presentaba a sus ojos como una fiera boca monstruosa, armada de cien dientes de dragón, dispuesta a devorarle. Aquella carta que   -104-   tenía dentro del bolsillo le abrasaba. Era un vil papel de color azulado, que olía a perfume; mareábale este perfume; las cinco o seis líneas que una mano negligente había trazado en aquella cuartilla le corrían por la inteligencia como inquieta procesión de hormigas de fuego; el heráldico timbre del sobre, grabado con lujosa profusión de colores, érale como insoportable signo de algo ominoso.

Habían dado las cinco. El sol entraba de soslayo, como una mirada bizca, a examinar los pájaros de oro que había pintados en el papel de la estancia. Adornaban ésta cuatro sillones de rejilla verde y negra caoba, dos órdenes de estantes, en que se veían apretadas filas de libros encuadernados con lujo; un retrato de don Adrián Ustáriz, vestido de toga, y cuyo rostro juvenil, peinado a la moda de tiempo de Espronceda, ostentaba cabellera abundante, cuidadosamente peinada; una mesa redonda, puesta en el centro de la habitación y cuyas patas torneadas amenazaban arrodillarse bajo la pesadumbre abrumadora de un mediano monte de papeles revueltos y alborotados, como si los diversos y múltiples intereses en cuya defensa se habían escrito, hubieran trabado una reñida batalla para dirimir sus añejos litigios; otras cuatro mesas de escritorio con tinteros de cristal tallado, salvaderas de laca negra, perros y ciervos de bronce que tenían, quier en la boca, quier en los cuernos, el astillero de las plumas, periódicos del día, cuidadosamente plegados unos, como diciendo: «A mí no hay quien me lea!, otros arrugados y llenos de dobleces, como diciendo: «¡Miren y de qué manera nos ha dejado la opinión»; ciertas vasijas de latón para contener las negras puntas de ya fumados cigarrillos, y dos trasparentes, uno en cada ventana, representando   -105-   el más lejano de Anatolio un paisaje suizo, con lago azul, casa amarilla, árboles negros, pastores verdes y borregos dorados, y el otro las diversas metamorfosis de Brachma, en una serie de muñecos ventrudos y cabezudos, que nacían de un gran árbol de oro, como fruto humano monstruoso.

Anatolio se hallaba sentado en uno de los sillones de rejilla, con las manos cruzadas, una pierna sobre otra y la cabeza caída encima del pecho.

Aquel sol poniente le molestaba; el piar de los numerosos pájaros que de toda la vecindad venían a buscar su lecho en el árbol de sophora que había en el jardín de la casa, aún le disgustaba más; el rumor áspero de la manga de riego que soltaba su caño sobre las plantas trepadoras de la pared, parecíale desapacible e incómodo. Quería estar solo, en silencio, en obscuridad. Que nadie le viera y no ver él nada. Aquellos muebles que le hacían visajes, enviándole sus miradas cuando el sol se reflejaba en ellos; el espejo redondo que desde la frontera pared le contemplaba; el reloj de pared, que era de esos que tienen termómetro, barómetro y calendario, marcando las estaciones como los minutos, parecíanle testigos de la humillación que en su propia casa sufría y se tapaba los ojos por no verlos. Era un estado el de su alma difícil por todo extremo de pintar. No se atrevía a formular cargo alguno contra nadie, y, sin embargo, estaba descontento de los demás. No osaba declararse exento de culpa, y no le agradaba reconocerse culpable. Ciertamente que su pasado le asustaba, pero a él le parecía poder justificar todo el cúmulo de sus faltas con la juvenil inexperiencia, con los fogosos arrebatos de la edad primera, con el anhelo de vivir rápidamente un mes en un día, un año en un mes, que a la adolescencia briosa incita con sus dos acicates de oro: el amor y la ambición.

  -106-  

Bien es verdad que este segundo acicate no, había grandemente hostigado a Anatolio; pero ahora, al sentirse rebajado en su altura propia descendido del nivel en que las relaciones familiares debían colocarle, acometíale un ansia de recuperar el terreno perdido extraordinaria y vivísima. Las palabras de don Teófilo vibraban en sus oídos como fúnebre profecía; su despreciativo tono sacudíale el alma con convulsiones terribles de desesperación; la certeza de que su padre no contaba ya con él, ni procuraba su enmienda, calculándola imposible, sumíale en amargo desconsuelo. Si, durante su viaje vino temblando como hoja seca ante la perspectiva de la cólera paterna, ahora deseaba la reprimenda temida. Quería que su padre le riñera, como quiere el soldado enfermo que se le ampute la pierna putrefacta. ¡Oh, qué glacial frío era el que le rodeaba! Una sonrisa de compasión de los labios de Rosario, que ésta le echaba como limosna, era el único rayo de sol que atravesaba las nubes del desprecio de que en su propia casa se veía rodeado. ¡No merecía él tanto! ¡Por Dios, que todos han sido jóvenes, débiles, impetuosos! ¿Qué otro delito había cometido?... ¿le creeréis si os lo aseguro?... Pues bien, Anatolio Ustáriz, puesto en este plano inclinado de la desesperación, empezó maldiciéndose a sí propio, y acabó maldiciendo a los que no quisieron o no acertaron a enderezar el árbol torcido de su licenciosa juventud. Hubieran acudido a tiempo y él no habría llegado a la honda sima en que se encontraba, sin alas para subir al campo libre, sin garras para trepar afuera.

De en medio de tal inextricable caos, de sentimientos, ideas y juicios, todos incompletos, muchos errados, algunos llenos de lógica y buena razón, surgía a veces una lágrima. ¡Pobre Cristeta!

  -107-  

En su honor era. Pocas lágrimas debían derramar ya aquellos ojos azules, a quienes la desconfianza del mundo en que se hallaban, volvía hoscos y fieros. Estaban secos, ardorosos y airado. Miraban a la copa negruzca del árbol, que subiendo desde la tierra del jardín, gateando por la pared, diseñaba en esta un sombrajo negro de humedad, parecido a monstruoso bicho antediluviano. Después los ojos azules se fijaron en la carpeta de hule que había sobre la mesa, y en la que un pliego de carta hallábase comenzado a escribir, con estas palabras: «Amigo Tréllez:»

-¡Amigo Tréllez! -dijo Anatolio para sí. ¡Buen modo de comenzar! ¡No hay duda que se reirá lindamente de mí este orgulloso pedantón de Tréllez! jamás le llamé «amigo» hasta hoy, en que voy a pedirle un favor... Pero, ¿cómo empiezo si no?

Quedose pensativo y dudoso, con la pluma que había cogido suspensa sobre el papel y la mano izquierda acariciando el rubio bigote. Después dejó la pluma entre los labios y metió la mano siniestra en el hondo bolsillo de su elegante americana negra, sacando, de allí el papelillo aquel que tan inquieto le traía. Más de cuatro veces le había leído, pero aun así quiso volver a deletrearle.

-¡Ah, pícaro! -exclamó en voz alta, como si con otra persona hablara-. ¡Bien es verdad que te debo dos mil duros! pero ¿justifica esto tu infame proceder?... No podía suponer yo que abusaras de mi estúpida inocencia de tal modo. He procedido como un necio, sin pizca de seso... Decididamente soy un tonto rematado... «Mi apreciable Ustáriz -dijo luego, leyendo con los ojos, pero no con la boca-: ya sabe usted cómo quedaron nuestras cuentas, con su brusca partida. También sabe usted que yo no nado en la abundancia. Con esto   -108-   queda dicho que me urge la devolución de las diez mil pesetas: usted, que es muchacho de juicio, sabrá cumplir sus compromisos, sin obligarme a usar de aquel documentito en que se declara aquello que usted recuerda, y que no hay para qué volver a repetir. No le extrañe la forma de esta carta. Después de nuestra última violenta entrevista, su partida de usted, tan inopinada como falta de explicación, me han hecho concebir el recelo de que usted quiere separar sus negocios de los míos, y de ningún modo se resigna a perder tan poderoso compañero su buen amigo, que b. s. m. -C. el Conde de San Orlando».

-¡Ah, vil! -exclamó Anatolio, tirando la carta sobre la mesa-. Sin firma conocería esta carta...

Es de aquel sapo blasonado tan procaz estilo... No podía escribir de este modo otro hombre que él no fuera... ¿Cómo llegué yo a perder el sentido hasta el punto de dejarme cazar por este presidiario de sangre azul?... Si hubiera acudido a mi padre para que remediase mi torpeza, mi necedad... Pero no hay que pensar en ello. Después de tanta culpa como aquí se me echa encima, esta nueva falta acabaría de quitarme todo crédito. Hoy se me desprecia. Mañana se me odiaría... Este camino se ha cerrado... Exploremos, exploremos por otra parte... Tréllez... Tréllez, ¿puede hacer algo? Yo no lo sé... Él sin duda que procurará servirme... El agradecimiento a mi padre le llevará a ayudarme. Pero ¿será de estos ambiciosos vulgares, que por alcanzar un grado más de confianza con mi padre, me venda?... ¡Dios sabe! Además, me cuesta trabajo entregarme a ese pedantón orgulloso... Desechado también este recurso... Romperé este papel...

Rompiolo, en efecto, y por la abierta vidriera fueron volando, como enjambres de mariposas de nieve, los restos menudos del pliego.

  -109-  

Exploremos por otro lado... ¿Qué amigos tengo?... Muchos; pero ¿cuántos amigos serios tengo?... Esos viejos venerables que vienen a casa no pueden ser partícipes de mi compromiso, ni les importará un bledo que yo me hunda en los mismísimos infiernos... ¡Y me sería tan cruelmente doloroso el apelar en vano a la compasión de alguien!

Largo espacio permaneció en estas vacilaciones. El amarillo resplandor del sol poniente habíase apagado, después de subir trepando desde el suelo en que dibujó los cuadriláteros de los cristales del balcón, hasta el techo; los pájaros de la sophora se habían dormido; los trasparentes no dejaban distinguir ya las figuras del paisaje ni las transformaciones de Brachma; el reloj acababa de sonar las ocho cuando Anatolio se decidió con resoluta voluntad a salir de su marasmo y sus dudas. Volvió a coger la pluma, y en otro pliego de papel escribió de nuevo: «Amigo Tréllez».




- XI -

No dejó de extrañarle a Lucio que aquella noche, al llegar a su casa, de la de Ustáriz, le diesen una carta que acababa de traer un criado de don Adrián. Era una carta de Anatolio, en que le citaba para las diez de la noche en uno de los cafés más céntricos de Madrid. Llenose de curiosidad con lo extraño de aquella cita, tanto más anómala por el modo como se la daba, y no acertaba a explicarse el por qué no le había dicho ni una sola palabra de ella Anatolio, cuando cinco minutos antes le vio en su casa. En resolución: no dándola gran importancia, y atribuyéndola a cualquier   -110-   pueril capricho del joven, dispúsose, sin embargo, a acudir a ella.

Mil preguntas le hizo su madre sobre la salud de Ustáriz y de su hija. Ésta seguía más aliviada, pero en un estado terrible de postración y abatimiento, sin fuerzas para moverse, sin espíritu ni ánimo para levantarse del lecho. Todas las noches de insomnio, durante las cuales el dolor azotó aquellos nervios, obligándoles a mantenerse vigilantes, contra toda idea de reposo, reclamaban ahora su parte de descanso, sus ratos de dormir, y envolvían a Rosario en una atmósfera pesada y caliginosa, poblada de visiones y negruras. Don Pero también preguntó muchas cosas a Lucio, sin olvidar en su interrogatorio al hijo de Ustáriz, de quien hablaba siempre con profundísimo desdén. Los buenos viejos se consultaban con la mirada al acabar sus respuestas Lucio, y mil cosas se decían sus ojos alegres y sonrientes.

Luciana no estaba en casa. Había salido con la portera, la cual suplicó a doña Olegaria que permitiera a la huérfana acompañarla al hospital del Niño de la Bola, donde tenía a su hija Loreto. Accedió la madre de Lucio, y a las cuatro de la tarde salieron de casa Gervasia y Luciana. Hubiérais visto a Luciana cuan pálida iba. Suave sombra trazaba un como semicírculo debajo de sus ojos, y aquellos hoyuelos que el dedo de la risa hundía en su semblante, estaban desvanecidos por la taciturnidad. A veces echaba de sus labios un hondo suspiro. A veces se ponían a mirar al cielo, y clavados los dulces ojos en el azul, permanecía largo rato sin dejar por eso de andar, tropezando en las desigualdades del camino, con sus pies delicados y finos, como de dama aristocrática.

Gervasia llevaba el traje propio de su humilde condición: vestido de percal, gabán de lo mismo,   -111-   negro todo, y pañuelo de tela de ramos azules y morados que tenía en las puntas el retrato de Prim. De su mano pendía otro muy abultado pañuelo.

-Estoy deseando llegar... Mire usted que llevo ocho días sin ver a mi Loreto... ¡Cuánto me alegro de que usted me acompañe! Es usted muy buena. Dios la dé salud y la haga muy feliz -dijo Gervasia, a tiempo que llegaban a la Puerta de Toledo.

-¡Sí, feliz! -respondió Luciana.

-¿No ha de serlo usted?... Cuando se case... ¡Oh qué bueno es casarse con el hombre a quien se quiere!

-¡Y qué malo debe ser no casarse con el hombre a quien se quiere!

-¡Sí que debe ser un martirio!... ¡Malhaya los celitos, que la traen a usted a mal traer!

-¿A mí? No... Ni tengo celos, ni había por qué tenerlos.

-Celos del señorito Lucio.

-Vamos, calle usted o me vuelvo a casa sola -dijo con resoluto acento Luciana.

-Callaré... para siempre... Pero hace usted mal en ser tan reservada. Los secretos dentro del alma se pudren como las espinas dentro del cuerpo. ¡Mal rayo me parta si no digo una verdad!

Descendieron por la Ronda y luego torcieron a la derecha, encaminándose hacia las Peñuelas. El piso polvoriento reflejaba la cegadora blancura de los rayos del sol, no templado en su iracundia ardiente, ni por una leve nube. Aquel mísero barrio, que se diría edificado con los escombros de una ciudad muerta, parecía dormido. Su única animación estaba en las tabernas, muy abundantes a la verdad, a cuyas puertas, sentados alrededor de circulares mesas de pino, veíanse hombres del pueblo, que jugaban a los naipes y bebían,   -112-   acompañando jugadas y libaciones de fuertes tacos y palabrotas de esas que levantan ampolla.

Podía allí estudiarse al degenerado vástago de los chisperos castizos de don Ramón de la Cruz, en el mozo aquel flaco y desgarbado, de rostro juanetudo y lleno de ángulos, que adorna un lunar de pelo y cuyas sienes cubren salientes mechones de un cabello muy ensebado y reluciente. Podía verse a la última expresión de la chula clásica, envuelta en una bata de percal blanco, con el pañuelo de seda rodeando los primores de la artificiosa arquitectura de su peinado. Podían verse ciertos espantajos, mitad sombra, mitad ser humano, que con los pantalones astrosos y sucios, descalzos, cuál con la camisa por toda cobertura de su cuerpo y esa desgarrada y denegrida, cuál con amplio chaquetón hecho para cuerpo más robusto andar de merendero en merendero, fijando sus turbios ojos de alcoholizado en los vasos de vino que se despachan y beben, y paseando sus despreciables personas por aquel pudridero humano, en que se corrompen hasta las flores, pues los niños que corren y alborotan delante de tales tiendas, muestran en sus labios y en sus juegos una procacidad tristísima para todo lo malo. Ángeles de a cinco años fuman allí sus cigarrillos, alargando la procaz cabecita para arrojar las espirales de humo y otros disputan y riñen con vocablos y ademanes, que causan rubor hasta a hombres avezados a las groserías de la más grosera vida. Ángeles y demonios han caído juntos en aquel vertedero de inmundicias, y se confunde el ruido de las alas del pájaro con el de las escamas metálicas de la culebra. Tigribus agni. Todo el movimiento comercial de este barrio consiste en el ruidoso traqueo de media docena de carros desvencijados, que arrastran mulas éticas, bisuntas y poco más vivas que   -113-   la mula de Cardenio, sobre cuyos lomos cruje el bárbaro látigo de un muñeco de carne, pues no debe llamarse hombre a aquel mal vestido y peor calzado carretero que prueba todos los días cómo el hombre puede sobrepujar en crueldad la más torpe bestia. Estos carros llevan huesos, tejas, animales muertos, yeso y paja podrida a unos cuantos depósitos de las afueras.

El gasómetro arde a la derecha, inficionando la atmósfera del barrio con el humazo negro de sus nunca apagadas calderas. Asomándose a los despeñaderos de unos barrancos que bordeaban el camino y a los cuales van a verter el escombro de las casas que se echan abajo en Madrid, vieron Luciana y Gervasia unas figuras negras que andaban, iban y venían sobre un suelo de tinta, en medio de una continua vaporación de gases negros, con el semblante chorreando un sudor de pecina, con las blusas y los calzones, que de lienzo azul fueron en otros días, teñidos de un betún oleaginoso. Imposible parece que de aquella inmundicia negra, salga la luz. Verdad es que de la noche sale el día.

Más de una hora invirtieron en llegar al hospital. Era un caserón destartalado, de antigua construcción, con paredes de revoco y pocas ventanas. Sobre la puerta había un Niño Jesús pintado de azul y rojo que sostenía en la mano una banderola con este letrero: «¡Dejad venir a mí los niños!» Entraron y después de saludar y obtener el permiso del portero, viéronse en una sala no muy extensa, con ventanucos ojivos en lo más alto de las paredes y estampas de santos adornando los lienzos. Cincuenta camas, en fila puestas, había a un lado y otro; bien pronto distinguió Gervasia a su hija. ¡Qué horror! Era aquella niña flaquita, desmedrada, llorona, cuya carilla de   -114-   vieja, contraída por las mil arrugas de su llanto continuo, no tenía un solo rasgo de los característicos de la infancia. Su cabeza estaba cubierta con una gorra blanca y su cuerpo temblaba de frío, a pesar del calor de la estación, entre los dobleces de una recia manta. Bajo aquella pesada y voluminosa envoltura adivinábase el cuerpo huesudo, delgadísimo, magro y enteco de Loreto, como bajo la pluma del ave tísica se adivina su pobre caparazón de huesos. Su rostro presentaba manchas rojas en la frente y mejillas; su respiración era difícil; su mirar era oblicuo y cansado. Era un dolor, pero un dolor horrible el que causaba la vista de aquella criatura. Luciana lloró al mirarla.

-¡Hija mía! Angelito, reina de las reinas -balbució Gervasia, apretando entre sus brazos aquel enfermo pedazo de sus entrañas-. ¡Dios te bendiga, princesa!

¡Pobre princesa, pobre reina de las reinas! Contestó como una sonrisa que, al salir de sus quejumbrosos labios, parecía un reflejo del sol sobre un lago negro. Su madre la besó, y luego dijo:

-¿No conoces a esta señorita que viene conmigo? Es la señorita Luciana, la que te compraba confites.

Loreto no contestó. Su palabra había huido, siendo sustituida por el llanto.

-No llores, pobrecita mía -exclamó Luciana profundamente enternecida-. Loreto, dame tu mano... Eso es... Bien... Déjame besártela, niña mía... Hemos venido a verte para decirte que tus hermanos están buenos... ¿No me preguntas por ellos?

Loreto, para decir que «sí», dejó caer la cabeza sobre el pecho, como si se la hubiese roto el muelle que la sostenía sobre los hombros.

-Todos me han dado un beso y un bizcocho   -115-   para Loreto... Los bizcochos vienen aquí -añadió Gervasia desatando el pañuelo-. Torna... Un bizcocho de parte de Gumersindo... Otro de parte de Ambrosio... Otro de Victoria y otro de Celina.

Conforme iban asomando los bizcochos, notose un movimiento de asombro en las otras camas. Varias infantiles cabezas se alzaron de las almohadas; muchos pares de pupilas se clavaron en las manos de Gervasia llenas de golosinas; más de una lengua descolorida salió a relamer los labios que ambicionaban saborear aquellas chucherías deliciosas.

-Verás qué pronto te pones buena -dijo Luciana-. Entonces jugaremos en mi casa tú y yo a las muñecas... Yo te compraré una muñequita de cartón, de esas que están puestas de pie sobre una tabla y andan solas como personitas muy pequeñas.

Loreto dejó de llorar y sus ojuelos pálidos como que quisieron sonreír, miraron a Luciana, y ésta dijo:

-Pronto te pondrás buena... Vendremos por ti en coche... Te llevaremos a casa, donde tus hermanos te esperarán, asomados a la ventana... «¡Ahí viene Loreto!», gritará la gente del barrio, y milagro será que no echen a vuelo las campanas.

La cara de Loreto seguía intentando sonreírse, y en sus pupilas había puesta interior regocijo, un reflejo luminoso.

Cruzaban por la sala, con mesurada andadura, las hermanas de la Caridad, luciendo sus azules hábitos y sus almidonadas tocas, comparables a las alas abiertas de un cisne. Acercábanse a los lechos de los enfermos, y les decían algo, o armadas de una cucharilla y de un frasco, los imponían por la fuerza el remedio que ellos de grado se negaban a tomar. Sonaban llantos y quejas que echaban de   -116-   sus pechos aquellos santos inocentes al ser sacrificados por el Herodes cruel de la ciencia. Aquella fila de cabezas rubias y morenas, pequeñas y maliciosas, angelicales y sonrosadas, amarillentas con la amarillez de la caña seca, daban compasión, daban lástima. Era una humanidad pequeña, incipiente, que se desvanecía antes de llegar a ser, arbustos que hubieran sido árboles sin el prematuro golpe del leñador; nidos en que la dichosa juventud hubiera puesto las calientes y suaves plumas del amor, si antes la muerte no hubiera puesto su mano helada. Había siempre un doloroso quejido vagando en el aire, y la puerta del salón, al cerrarse, los ventanucos ojives al abrirse, parecían gemir. El farol que en el centro de la estancia ardía de noche, diríase que al chisporrotear, arrojando de su negro pábilo quemados restos que estallaban cuando se desprendían del foco luminoso, lloraba lágrimas de fuego. Los lechos, al crujir cuando aquellos pajaritos aleteaban, gruñían también.

No estuvieron allí mucho tiempo Luciana y la madre de Loreto, porque a las seis se cerraba al público la puerta del hospital, y para el concepto reglamentario, «público» son allí hasta las madres de los enfermos. Al despedirse de la niña, Luciana volvió a llorar. ¡Oh, pobre alma la suya, y cuán dolorida estaba! Todo la hacía sufrir a par de muerte, y tened la seguridad completa de que si al salir del hospital, en vez de un cielo hermoso y refulgente, que parecía la mirada inmensa de Dios, hubiesen cubierto el horizonte negras nubes, la huérfana se habría sentido morir, influida por la atmósfera como una libélula. Para salir pasaron por la botica donde vieron mil dorados cachivaches, serpentines de cobre, frascos con pomposos letreros decorados como un ejército de vanidosos,   -117-   con su gran cruz cada uno pesando sobre el abdomen, instrumentos de hierro de esos que causan pavor y harían pensar en una tabla de carnicero, si no se supiera que son de la divina cirugía. Pasaron también por los cuartos de las hermanas de la Caridad, cuyas paredes adornaban ridículas estampas sagradas, una de las cuales era el Divino Maestro con el corazón encendido entre las manos, y otra la Virgen de los Dolores con siete espadas azules que se le clavaban en el seno. Salieron después.

-¡Oh, qué horror! -dijo Luciana al verse en la calle-. ¿Cómo permite Dios tantas desgracias? Quisiera tener en mi mano mil remedios de mil enfermedades y desventuras para abrirla y curar unas y otras. Donde se vuelven los ojos se ve una pena que necesita amparo. Parece que ha dejado de mirar Dios al mundo.

Gervasia lloraba también.




- XII -

Anatolio tenía apoyados los codos en el mármol de la mesa. Lucio Tréllez, sentado frente a él, agitaba el café de la taza, para que el azúcar se disolviera; a su alrededor, una atmósfera de ruidos, mareante, luminosa, llenaba el salón de alta techumbre, adornado con molduras doradas, frescos y escudos heráldicos.

-¿Sabe usted que el caso es grave? -dijo Tréllez rompiendo el silencio que hace rato guardaban.

-Es grave, es gravísimo, Tréllez; eso creo yo -contestó Anatolio mirando al fondo del vaso donde se había servido la cerveza.

  -118-  

-¿Cómo no me ha avisado usted antes? Estos negocios en que va el honor y en que media dinero, son llagas que se enconan cuando se olvidan... debió usted contar conmigo desde luego, ya que su padre no había de sacarle del apuro.

-¿Y usted cree que tendré algún?... quiero decir... ¿Usted piensa que?...

No sabía Ustáriz cómo dar forma a la idea. Deseaba plantear su pregunta resueltamente, y no osaba hacerlo.

-Yo creo -repuso Tréllez poniendo con la mano derecha un terrón de azúcar en la cucharilla llena de café que, con todo podremos arreglarlo... A usted debe constarle, desde luego, que yo procuraré el remedio. Debo mil agradecimientos a su padre de usted, a su familia toda, y cuantas ocasiones se me ofrezcan de demostrarlo, no las dejaré marchar, esté usted seguro de ello... Lo arreglaremos, pues, Anatolio; lo arreglaremos.

-Sí -contestó el joven Ustáriz, que mientras habló Lucio se había entretenido en soplar la espuma de la cerveza que se salía en blancos copos fuera del vaso-. Yo imagino que podrá arreglarse.

Él lo imaginaba todo. Decía que sí y que no en el mismo minuto. A aquella imaginación no había sino ponerla un carril para que por él se dejara deslizar. Lucio no pudo contener una sonrisa.

-Ahora bien; esto se lo advierto a usted -añadió el pasante-; de ningún modo puede resolverse en la presente semana como quiere usted. Hoy es viernes. Usted necesita dos mil quinientos duros... ¡Ahí es nada!... Eso no se encuentra en la primera esquina.

Anatolio hizo un gesto de contrariedad. Si le disgustaba la tardanza en resolverse su negocio, no le contrariaba menos que se juzgara por Tréllez   -119-   de manera tan franca la importancia mayor o menor de la cantidad. Sopló de nuevo la espuma de la cerveza, y dijo alzando el rostro:

-Pero es el caso que ya sabe usted... San Orlando ha vuelto a escribirme... Ya le he enseñado la carta suya...

-Es un documento vil, una infamia -afirmó Tréllez enérgicamente, mirando a Ustáriz con ojos airados.

-Pues bien -añadió Anatolio volviendo a mirar la espuma de la cerveza, por no ver los ojos de Lucio-, ¿qué hago?... No tendré más remedio que matarme.

Lo dijo de tal modo, que Lucio estuvo por contestar: «¡, no se matará usted! Pero aunque sus labios se contrajeron con la sonrisa propia de tales palabras de duda burlona, exclamaron:

-No hay que exagerar los peligros. Usted es de esos hombres a quienes un grano de arena parece un monte, y, una hoja de rosa un edén de flores. Ni una golondrina hace verano, ni una gota de lluvia hace invierno... La situación de usted es enojosa, es violenta, es desairada... lo reconozco... pero no hay por qué acordarse de la muerte... Ese Orlando, o como se llame, ese perdido, amigo de usted, le amenaza, si mañana mismo no se le avisa telegráficamente el envío de los fondos, con remitir a Arolas el endiablado papelito que usted firmó, a fin de que Arolas se lo presente a su padre de usted y haga lo que conviniere para el cobro de los dos mil duros... Veamos el asunto con claridad... ¿Puede usted pagar mañana esa suma?... No... ¿Conviene evitar que el conde de San Orlando haga lo que dice?... Sí... ¿Es factible esto?... No; pues a un canalla no se le enternece con promesas... No queda, pues, sino un medio. Hablar a Arolas para que él use en favor de usted de la   -120-   influencia que tiene, nadie sabe con qué motivo, sobre la cáfila de embaucadores y emigradillos mendicantes que capitanea ese tuno que se firma C. el conde de San Orlando, sin omitir jamás uno solo de sus títulos... ni cuando propone un robo.

-¡Dios mío! -exclamó Anatolio, viendo impasible cómo se desbordaba la espuma de la cerveza sobre el plato-. ¿Quiere usted, amigo Tréllez, que dé publicidad a este asunto?... ¡Qué vergüenza!

-Dígame usted si queda otro recurso.

-Pero si es mejor matarse...

-¡Qué matarse, ni qué niño muerto! Sea usted fuerte y mire sin miedo mi plan. En primer término... fíjese usted... en primer término, lo que yo digo, no es publicar su debilidad de usted, sino hacer partícipe de ella a un hombre digno, fiando en su caballeroso silencio.

-¡Sí, sí... Fíese usted en la caballerosidad!

-¡Hombre! -exclamó Tréllez de repente, con aceleradas palabras-. ¿Usted no cree ya ni en eso?... No hay duda que tratando a dos San Orlandos, se llegará a dudar de que haya una sola persona decente sobre la tierra.

Anatolio seguía soplando la cerveza. ¡Oh, qué tormento experimentaba su íntimo ser! Habíansele puesto esos sayones crueles que llaman circunstancias en un potro bárbaro, donde se le descoyuntaban tirando de un miembro con la soga del honor, de otro con la del miedo, de la cabeza con el brazo escurridizo del amor propio. Este lazo escurridizo iba ahogándole más y más. Mientras soplaba la cerveza, se arrepentía de haber confiado su secreto a Lucio, quien le hablaba con cierta dureza franca, aun cuando no con despego, y sin frisar ciertamente en el límite de lo descortés; pero Anatolio, que era impresionable como pocos, y las   -121-   más de las veces juzgaba torcidamente las cosas, por, mirarlas a través del prisma falso de la ilusión, creía que en el acento del pasante sonaban las duras vibraciones guturales del desprecio. ¿Quién le había inspirado la estúpida idea de acudir a aquel pedantón insoportable? No se dude de esto. Anatolio hubiera querido que Lucio hablase con más respeto de San Orlando, porque al insultarle como le insultaba, algo del insulto venía a tocarle a él en su calidad de amigo del ilustre estafador de París.

-Si usted se deja dominar por sus repulgos de empanada, valdrá más, en efecto, pegarse un tiro, que aguardar a que los hechos vengan a empujarle a usted. Si usted quiere, yo hablaré a don Juan Clímaco, y yo buscaré el dinero... con ciertas condiciones de seguridad...

-¡Las que usted desee!

-No; yo no deseo ninguna... Quien presta ya a usted ese dinero, no soy yo... es mi padre. Juzgo inútil advertir a usted que no hay que hablar de tanto por ciento, ni de réditos, ni de miserias de este jaez... Pero tampoco puedo yo prescindir de una garantía, para lo que constituye la mitad de cuanto mi padre posee... Ya sabe usted que no es rico.

¡Uf, que vil prosa! ¡Anatolio hablando de réditos, de garantías, de negocios mercantiles! Amarguísimo era el brebaje, pero apurándole con el último trago de cerveza, dijo:

-Mi firma... ¿bastará?

-Sin duda... A mí no me hace falta ni eso... pero, por lo mismo que yo no soy sino intermediario de este asunto, no puedo consentir en que mi padre corra ni por un instante el riesgo de su ruina... ¡Ha hecho tantos sacrificios por mí! ¡Ha sido tan bueno para conmigo!

  -122-  

También estas palabras molestaron a Ustáriz. Quería él, por más que no se diese cuenta exacta de ello, que no hubiese hijos buenos y considerados, y aquel ejemplo de Lucio le hería en el alma, como hiere los ojos atacados de oftalmia el reflejo del sol en una luna azogada.

-¿Quedamos en eso? -preguntó Lucio, viendo que Anatolio no contestaba.

¡Gran trabajo me cuesta! -dijo Anatolio suspirando con fatiga, como si le abrumara las espaldas un enorme peso físico-. Pero... lo que le encargo a usted es que no se divulgue por ahí... Sería horrible... Dios mío.. Ya ve usted... no todos juzgarán, de igual modo mi conducta... Alguno creerá que yo... yo (hacía esfuerzos para echar las palabras fuera, como los hace un pavo para tragarse la nuez que le atravesó el cebador en la garganta), que yo soy otro petardista como San Orlando, cuando no soy sino un tonto que ha explotado el Conde por medio de añagazas, que a un idiota no le hubieran alucinado.

-Confíe usted en mí... Yo sé demasiado, Anatolio, cual es la parte de culpa que a usted cabe en esto...

¡No!... ¿Culpa?... ¡No creo¡...

-La culpa correspondiente a la ligereza, a la impremeditación... No más... Usted necesitó dinero... lo buscó inútilmente, pues había secado con la sed de oro que abrasó a usted durante tanto tiempo, las fuentes donde se le había facilitado... Deudas contraídas en el juego, ahogaban a usted... Hallose de manos a boca con el conde de San Orlando, y él le prestó dos mil duros, a trueque de un documento en que, ya que no podía usted ofrecerle garantía seria de pago, echaba sobre su cuello una cadena de esclavitud, la cual aseguraba plenamente al miserable la cobranza... Lo que yo   -123-   me pregunto, sin que la lógica sepa darme contestación, es lo siguiente: «¿Cómo pudo Anatolio atreverse a firmar un papel en que declara haber recibido del Conde dos mil duros, a cuenta de la comisión que le corresponde por haber intervenido en el negocio de los billetes al portador de la Sociedad patriótica para la salvación del altar y el trono?» ¿No sabía usted que se trataba de un negocio ilícito... de una estafa?

-Sí... lo sabía... En París no se hablaba entonces de otra cosa, y en el café de Madrid la colonia española traía y llevaba sin cesar el nombre de San Orlando unido a ese asunto... Pero es que yo esperaba poder devolverle los dos mil duros dos días después... Por el pronto, me salvaban de un compromiso horrible... No me quedaban sino dos caminos: o dejarme tragar por el mar, o agarrarme a un hierro ardiendo... ¿Qué hubiera usted hecho?... Me cogí al hierro ardiendo, y ahora, claro es, me abrasa; pero no reparo en que entonces me salvó la vida... sí, la vida, no exagero.

-Usted en todo juego echa la vida sobre la baraja... Dejemos a un lado a esa señora.

-Es que trato de demostrar a usted que en mi supuesta ligereza, no hubo ligereza sino coacción de las circunstancias... que... yo...

-¿Quiere usted probarme que está bien hecho, que merece aplauso el firmar un documento tal?

-Yo pensé recogerle a los dos días, y una vez recogido y roto, sin causar perjuicio a nadie, sin manchar en lo más mínimo el decoro de mi nombre, habría salido del durísimo trance.

-Resumamos -dijo Tréllez, después de paladear el último sorbo de café-. Usted me encarga de ver a Arolas para que obligue a San Orlando a suspender el cumplimiento de sus viles amenazas.

  -124-  

-Sí... Pero, por Dios, que lo haga usted de modo... que no se sepa, que no lo diga a nadie...

-Usted me encarga, asimismo, de pedir a mi padre 2.500 duros que se necesitan para ultimar este desagradable suceso...

-Sí... yo quedaré reconocido eternamente; y en cuanto al pago...

-Usted lo hará... sin duda alguna... No hable de reconocimientos ni de gratitudes... Yo soy quien debe a su padre de usted tantas mercedes, que nunca podré agradecérselas bastante.

Anatolio tenía el semblante taciturno y sombrío cuando salieron los dos jóvenes del café. El reloj de la Puerta del Sol acababa de dar las once.

-¡Ah, qué redes tan infames me ha tendido San Orlando! -exclamó Ustáriz saliendo de su meditación-. ¿Qué intento llevaría con ello?... Crea usted, Lucio, que no he podido aún descifrarlo...

-A esto se le podía llamar un secuestro de su honra de usted -contestó Lucio, despidiéndose del triste calavera.




- XIII -

Yo bien quisiera que las cosas hubieran ocurrido una tras otra, para que ahora no tuviese yo que hacer, al contarlas, sino tirar del hilo del tiempo, como tiraba Rosario del hilo de su labor de crochet, al deshacer una estrella, en cuyas últimas vueltas se había equivocado. Pero cuando Rosario deshacía su estrella de hilo, era ocho días después de los sucesos que antes se han narrado. Descansad un cuarto de hora con el libro cerrado,   -125-   y suponiendo que en esos quince minutos han transcurrido ciento noventa y dos horas, reanudad la lectura, si es que no habéis aún desistido de darla término donde la relación acabare.

Se ha dicho que Rosario trabajaba en su obra de crochet: así es la verdad. Sentada en una banqueta, delante de un pequeño cestillo de mimbres, en el que se movía el ovillo cuando las manos de él tiraban, hallábase sola en su gabinete. Una ventana tenía éste y daba al patio interior de la casa, frente por frente de los cuatro balcones de la sala de los pasantes. Vestía Rosario ya el traje de luto. Pendientes negros colgaban de sus menudas orejitas, y un alfiler de azabache prendía, donde nace la curva hermosísima del seno, el pliegue de una pañoleta de merino. Por bajo de ella salían los brazos largos y gruesos en cuyos bellos contornos parecía tener parte el cincel de Fidias o Canova. Su rostro densamente pálido, era más precioso que con los colores de la alegría y de la salud; diríase una lámpara de alabastro, cuya interna luz un soplo del viento hubiese apagado. El supremo reposo de las facciones no se alteraba, y sólo los hechiceros labios salían de la fila a que la disciplina del dolor sometió aquella cara, adelantándose con un mohín semidivino. Cuando oyó que tiraban de la campanilla (ya habían dado las cuatro) y escuchó el pisar conocido de unos pies que cruzaban la galería, su rostro se alegró, pero la aguja de crochet siguió metiéndose en el enredijo del hilo. No tardó mucho, sin embargo, en alzar el rostro y mirar por la ventana, en la que una cortina de tela persa flotaba, hinchándose al soplo del viento, como se hincha la vela del buque, y dejando ver un pedazo de las fronteras ventanas. Miró, decimos, y vio en la habitación que por la ventana se descubría la parte superior   -126-   de una cabeza pelada al rape, inclinada sobre una mesa, en la que escribía, sin duda, la persona correspondiente.

-¡Ya está allí! -dijo Rosario-. Esto no es trabajar. Esto es matarse.

La cabeza del que escribía se había levantado, y se dejaba acariciar por una mano grande y fuerte. Después volvió a caer sobre el papel, y la mano desapareció a los ojos de Rosario.

-¡Es a las cinco! -dijo esta-. ¡Es a las cinco!

La cabeza del que en la sala de los pasantes trabajaba, se levantó entonces por completo y en la cara noble y simpática que se dejó totalmente descubrir, halló Rosario la de Lucio Tréllez, el cual, como sí la misma idea que a la señorita de Ustáriz se la hubiese ocurrido, buscó el reloj, que señalaba las cuatro y cuarto. ¿Cuánto tiempo hubiese permanecido Rosario mirando aquella fisonomía? Dios lo sabe. Yo no sé sino que, habiendo cesado entonces el soplo de aire que empujaba la cortina, cayó ésta pesadamente y quedó cubierto el observatorio del amor.

Cuando volvió a levantarse la cortina, también se había levantado la señorita de Ustáriz.

-Ya son las cinco -dijo consultando el pequeño reloj de oro que pendía de su cintura unido a un broche negro.

Pero cuando se decidió a salir de la estancia para hacer aquello que en hora fija le preocupaba, detúvose nuevamente, porque la cortina separada del marco de la ventana, permitía observar lo que en la sala de los pasantes acaecía, y vio que entraba en ella, con los brazos levantados y cara radiante de gozo el joven Anatolio, en el cual el regocijo, que era inmenso, a pesar de lo reciente de la muerte de Cristeta, ofrecía la ruidosa manifestación que en la infancia suele tener. Los brazos   -127-   alzados de Anatolio estrecharon una y otra vez a Lucio, el cual protestaba de aquellos apretones cariñosos, cogiendo las manos de Ustáriz.

La verdad es que Rosario se sintió tocada de curiosidad, ignorando todo lo que aquello significaba. Luego que se calmó el ansia de abrazos de Anatolio, Lucio, que miraba con evidente impaciencia el reloj, se levantó de su asiento de terciopelo y dijo algunas palabras, las cuales sin duda, hubieron de decidir a Anatolio a marcharse, porque así lo hizo y Rosario oyó los pasos rápidos de su hermano alejándose del despacho. Cinco minutos más transcurrieron. Rosario abrió la puerta para salir; salió. Iba despacio, con una mano puesta sobre el serio, como para contener el golpeteo de un loco corazón que quería saltarse del pecho, sujetándose con la otra mano los vuelos del vestido de merino, a fin de que no rozara con las paredes del pasillo. Lucio, sin embargo, la oyó y abrió la puerta.

-¡Qué puntual eres! -dijo- ¡Bendita seas!

-¿Volverá Anatolio? -respondió ella, revelando en su semblante cierta intranquilidad.

-No... puedes estar aquí sin temor... ¡Qué!... ¿Piensas ya en marcharte?

-Poco puedo permanecer... Papá, que ha salido a dar una vuelta por la Casa de Campo, regresará en seguida.

-¡Hace dos días que no hablamos! ¡Qué crueldad!

Rosario echó una mirada a la galería, con inquietud y luego, haciendo un gesto de dolor, exclamó:

-¡Ay, Lucio! ¿Sabes lo que me sucede?... Yo quiero decírtelo... no, no es que quiero decírtelo, es que aun contra mi voluntad, mi alma sincera te lo contaría... Estoy llena de remordimientos...

  -128-  

Anoche no dormí. ¿Es bueno lo que hacemos?... Yo creo que no...

Lucio se adelantó otro paso y cogiendo una mano de la señorita de Ustáriz, que entonces subía hasta la cabeza para retener los suaves rizos que salían de su peinado y que caían sobre los hombros, contestó:

-Háblame con franqueza... ¿Sientes remordimientos o es que no me quieres?

Ella cerró los ojos, que se empeñaban en contestar antes que la boca.

-¡Lucio, Lucio! -dijo con trémula voz-. No preguntes eso... Mi remordimiento es porque aún no ha dejado de respirarse aquí el aire que respiró aquella pobre niña, y ya he consentido en que una pasión loca, unos impulsos de amor terribles, unas ansias de dicha devastadora entren en mi alma, invadiéndola de repente, ¡cuando yo debía tenerla llena, toda llena, de recuerdos negros, de pensamientos de dolor, de ideas enlutadas!

Lucio apretó más entre las suyas la mano de Rosario.

-¡Alma sublime! -exclamó-. ¿Qué más prueba de que tú no has arrojado de ti esos recuerdos de dolor, que tales remordimientos?... Pero es que no me quieres con este furor que tiene algo de infernal y que a mí me abrasa. Yo no discurro... yo no medito sobre mi amor. Le veo alzarse ante mí como un fantasma hermoso, pero terrible, mostrándome dilatados horizontes de deliciosa perspectiva, y diciéndome: «no serán para ti». Yo sé que tú no serás mía. Cuando se echa encima de los cimientos del amor un edificio de ilusiones tan grande, los cimientos se desmoronan. ¡Pesa demasiado la dicha!

Ambos callaron. Espantosa algarabía armaban los pájaros en la sophora del jardín, y el sol daba   -129-   sus amarillos resplandores en las mesas y armarios del despacho, con reflejo parecido al de un horno.

-¿Qué ha pasado entre nosotros? -dijo ella, después de un largo silencio-. ¿Cómo se han entendido nuestros corazones, que en un día de conversación ha penetrado el uno en el otro profundamente?... No podía yo imaginar que ocurriera jamás esto... Parece cosa de magia... Fue como salir el sol de entre nubes, cuando salió el amor de aquellos dolores horribles causados por la muerte... Cuando recuerdo que no hemos hablado sino cinco veces, y que ya te llamo de tú, me siento avergonzada... Pues aun cuando quisiera llamarte con mayor etiqueta... créeme... no podría... Al ir desde el alma a la boca las palabras, una mano invisible trocaría el «usted» por el «tú». Es un trueco que no puedo evitar, aun cuando quisiera.

Lucio la contemplaba con fervor de devoto que admira una hermosa imagen, procurando grabar en su memoria los diversos rasgos de su rostro.

-¿Te acuerdas de nuestro último paseo con tu padre, a la Casa de Campo? -dijo-. ¡Deliciosa tarde!

-¿Cuando él se sentó junto a la fuente y nosotros nos separamos un poquito hacia la derecha, para ver el estanque? -contestó Rosario sonriendo.

-Entonces... ¿Has olvidado aquella tarde, aquel sol poniente, aquel rumor de árboles, aquel apacible reflejo de la luz en el agua?,

-Nada, nada he olvidado... Allí te llamé de «tú» por vez primera. Fue que ese trueco de palabras se llevó a cabo sin darme cuenta de ello. Quise decir: «¿Ve usted qué hermosa tarde?» y mis labios dijeron: «¿Ves qué hermosa tarde?»

-¡Felicidad imposible! ¡Cuánto te amo!

  -130-  

Volvió a reinar el silencio, y volvieron a alborotar con su cántico los pajarillos del frondoso árbol.

-Hace poco -dijo Rosario, mudando deliberadamente de conversación- ha estado aquí Anatolio... ¿Qué le ocurría? Reía como un loco y te abrazaba trasportado de gozo.

-¿Anatolio? -repuso Tréllez-. Nada... ¡Es tan impresionable!

-Uno de los motivos que me causan cierta comezón dolorosa, es ese chico. ¡Cuánta compasión, si no lástima despreciativa, debe producirte ese muchacho, que es tan otro que tú! Pareces el reverso de la medalla... Si yo pudiera influir en tu ánimo, trataría de arrancarte ambos sentimientos, o el que de uno u otro experimentes... ¿Quieres hacerme un placer?... Pues no tengas compasión a Anatolio; no le tengas desprecios... No te acuerdes de él, que será la única manera posible de que suceda como yo deseo.

-¡Qué ideas se te ocurren!... ¡Yo desprecio, yo compasión!... ¿Por qué? Ni uno ni otro sentimiento han nacido en mí para tu hermano. Sus debilidades son defectos de irreflexiva juventud...

-Yo no creo haber explicado bien mi idea... pero la tengo en la cabeza metida, y dentro de ella se mueve, bulle, agita sus alas y pretende salir... Es que yo no quiero ver a mi hermano perdido en el concepto de aquel a quien... en el concepto tuyo, Lucio. Quiero rehabilitarle a tus ojos...

-¡Eres un espíritu angelical! ¡Qué sublimes proyectos los tuyos!

-¡Adiós, adiós! que viene gente -dijo ella.

Sonaban, en efecto, pasos en la galería, y unos labios alegres silbaban allá un retazo de opereta bufa.

-Adiós, Rosario -contestó Tréllez besando   -131-   una vez la mano de su novia, como hubiera besado una reliquia.

Y como ella, al doblar el ángulo de la galería, se volviese para hacerle con la mano un cariñoso signo él dijo a media voz:

-Adiós, mi felicidad imposible!

Anatolio apareció entonces por el lado contrario al en que Rosario se había alejado.

¡Hombre! -dijo- Tengo que contar a usted un detalle que se me ha olvidado.

En otro capítulo se sabrá qué detalle era éste.




- XIV -

-Cuando salía de casa de Arolas, vi pasar junto a mi lado una berlina... Desde dentro de ella, una mano me hizo señas, y una cabeza se asomó rápidamente por la ventanilla para llamarme. «Anatolio, Anatolio». Detúvose el carruaje, y me acerqué... «¿Tú por aquí, Sofía»? -dije... Era una antigua amiga íntima, muchacha alegre y hermosa, nacida en Sevilla, con una dulcísima lengua trabada en la miel de la andaluza pronunciación... «¡Maravilloso! -pensé-. Esto se llama un día afortunado. Arreglar mi asunto de París, obtener el perdón de mi padre»... (otra cosa de que también hablaré a usted luego...) «este encuentro...»

Lucio se había sentado en su butaca y ojeaba unos papeles, sin prestar gran atención a la charla insustancial del joven.

-Usted no debe estar muy enterado de estos negocios... ¿verdad?... En cosas de muchachas, usted es un cero a la izquierda -añadió Anatolio-. Ustedes los hombres estudiosos, dejan perderse   -132-   un ladito del alma, de una manera que causa grima. Sujetan la cabeza al presidio del trabajo, y en tanto el corazón... ¡el corazón, amigo mío!... se enmohece. Yo no he pecado por ahí, ciertamente. Siempre di gran importancia al amor... Pues bien... que es a donde voy a parar... Yo conocí a esa hechicera Sofía... no se llama Sofía... Ese es su nombre de guerra no más... Cuando vendía pañuelos de pita en una esquina de la calle de la Sierpe, la llamaban Engracia... Pero se la llevó un inglés loco a Gibraltar, y de allí vino a otro año por la feria... ¡Eche usted lujo y elegancia! Ni la célebre madame Prhine podía competir con ella en chic... tiene mucho chic... eso es indudable. Decía que yo conocí a Sofía en sus albores, en sus tiempos primeros... Ahora está con Arolas...

-Parece imposible -dijo Lucio -que un hombre de la edad, del talento y de la altura de Arolas, pueda cometer tan ridículas tonterías. ¡Andar en amoríos chabacanos con una aventurera!

-¡Bah, bah, bah! -contestó, riendo, el joven del chic y de madame Prhine-. Bien he dicho yo que usted en estos asuntos es un cero a la izquierda... ¿Cuándo se hacen los ojos viejos? Los hombres de Estado, ¿presentan la dimisión de sus corazones al aceptar los altos puestos políticos?... Luego, amigo mío... créame usted... y mire usted que para esto tengo yo un gusto extra-fine... Sofía es una perlita... hoy mismo, a pesar de sus veintiséis años, de los cuales diez son de vida airada, está apetitosa como la primera... pero me he distraído de lo que iba a contara usted... He quedado en ir esta noche a su casa... ¡Pobre Arolas!... Le tengo lástima... Hombre, Tréllez, deje usted esos papelotes y oiga... ¿No es cierto que tiene muchos encantos jugarle una mala pasada de éstas a un grande hombre?... Cuando al morirse Arolas la   -133-   gente llore la pérdida del orador, del literato, del político, del académico, yo podré decir: «al académico, al político, al literato, al orador, le desbanqué yo»... ¡Ja, ja, ja!

En aquella casa sonaba mal la risa. Hasta los ecos de las paredes la rechazaban. El dolor dormía aún con sus alas de negra pluma extendidas en algún rincón de la lujosa estancia. Lucio, al escuchar la intempestiva alegría de Anatolio, su deshilvanado e incoherente charlar, sus mundanas palabras, sus burdas bromas, impropias de un hermano abrumado bajo el peso de la desgracia que había allí ocurrido; al recordar la facilidad con que olvidaba sus promesas de regenerarse de las asadas degradaciones por una nueva vida de labor y honradez; al ver cómo cambiaba de ideas, llevándose las de ayer el viento de hoy cual el soplo de unos labios quita el polvo que ha caído sobre un cristal, sintió que no podía cumplir el deseo de Rosario, y que una arraigada convicción hablaba dentro de su alma, acusando de muchas feas cosas al rubio y almibarado mozalbete.

-¡Bien lejos estaba yo de suponer, cuando daba las gracias a Arolas por haber intervenido en mi negocio con San Orlando -continuó Ustáriz-, que había de devolverle el favor con una broma!... Porque lo que le va a ocurrir con Sofía, no pasa de ser una broma permitida... Sí, Lucio... una broma permitida.

Cesó de hablar humorísticamente Anatolio, porque aunque pervertidos sus sentimientos, no lo estaban tanto que pudieran dejar de lastimarse con aquel impropio aparato de chistes y risotadas que el júbilo traía aparejados. Entonces, como Lucio no dijese una palabra ni levantase la cabeza del papel, añadió:

-Mi tío vino anoche a buscarme. Francamente,   -134-   me dio un susto, porque tiene un modo de contar las cosas tan lúgubre... «He hablado con tu padre... -me dijo-. Siempre tuvo el carácter impresionable fácilmente y nunca le he visto tan aferrado a una idea como ahora... Está disgustadísimo contigo... Yo, cumpliendo con una misión, que es, como ministro de Dios y miembro de esta familia, recordar a cada uno sus deberes, que parecéis haber olvidado, repetí mis consejos una y otra vez sin éxito... Por fin he conseguido que esta noche vayas conmigo a su cuarto, donde te dará su perdón si tú le prometes trabajar...» Como yo he de prometérselo, todo será orégano en el campo de Dios... Las dichas vienen como las golondrinas: en bandadas... Solo me falta saldar mi cuenta con usted.

-Eso no debe a usted preocuparle -contestó Lucio, porque a pesar de la creciente antipatía que le separaba de Anatolio, su exquisita y cortés delicadeza le hizo creer necesarias aquellas palabras.

-Mi tío dice bien... Yo conozco que tiene razón. ¿No sería una necedad que dejase yo de proseguir el camino de mi padre? Si al morir... o antes (porque ahora piensa dejar de ocuparse del bufete) no me encargo yo de él, se desparramarán los clientes y será un dolor el perder la base de otra fortuna como la que mi padre ha hecho... Así es que yo me he decidido... Le hablo a usted con franqueza... Las palabras de don Teófilo me han llegado al alma y me han dado a conocer la verdad... He reflexionado y he venido a formar mi plan... De un modo absoluto yo no podré arrancarme a mi antigua vida, a mi vida de placer, a mis relaciones sociales, a mis amigos del Hourse Club... Pero trabajaré algo y llevaré el nombre del trabajo... Usted me ayudará... ¿no es eso?.. La ayuda de usted me será útil.

  -135-  

Lucio miró a Anatolio de una manera extraña-. «¿Qué hablas tú de ayudarte, que hablas tú de trabajar? -parecía decir aquella mirada. ¿Qué hay de común entre tu vil persona y la mía, calavera adocenado? ¿En qué cosa grande pensaste tú? ¿Qué idea gloriosa se encendió dentro de tu ser como luz eléctrica esplendente? ¡Si tienes dormida la inteligencia, atrofiada la sensibilidad, la voluntad cadavérica! Apártate de mí, ser inútil, ser descreído, ser rastrero. Tú vives allá abajo... Yo vivo allá arriba. Tú no eres de mi barrio. ¡Fuera de aquí!... El miedo te hace servil, la dicha te hace orgulloso... ¡Nunca sabrás conservarte en la postura recta en que las almas grandes logran permanecer siempre. ¿Dices que mi ayuda te será útil? Yo no quiero ser útil a ningún tonto de tu especie. Déjame en paz... Fuera de aquí».

-Tal es, por otra parte, el pensamiento de mi tío -dijo después Anatolio.

Levantose del asiento en que se había arrojado al entrar y volvió a dejar solo a Lucio; pero este no leía los papeles en que antes se reconcentraba su inteligencia como el rayo del sol en el foco de la lente, sino que miraban con distraída movilidad los objetos de la mesa, los ciervos de bronce, los tinteros, las salvaderas, las arenillas que éstas habían desparramado, como creía Anatolio que se desparramarían los clientes de su padre, si él no se encargaba del bufete. El palabreo cansado de Anatolio le había hecho caer en honda meditación agitando las profundidades de su alma, no de otro modo que como agita las aguas del mar el puñado de arena que en ellas se arroja.



  -136-  
- XV -

No hay duda, sí. Fue el diablo, fue el diablo quien hizo que saliera de paseo aquella tarde Luciana, cuando pasaba los meses enteros, de ordinario, sin que tal exceso le fuera permitido. Lo cierto es que Luciana se sentía mal de salud, débil, cansada, aburrida. Había enmudecido aquella parlera boca, que todo lo contaba, y la casa, callada y triste, había tornado a ser el silencioso asilo de dos viejos. Don Pero Tréllez, cuya bondad natural, no torcida por las enfermedades como en doña Olegaria acontecía, experimentaba suave afecto y paternal inclinación hacia la huérfana desvalida, echó de ver la mudanza y dijo aquel día:

-Es preciso que pasees mucho, que te dé el aire. Yo te llevaré algún día de parranda, pero es mejor que busques otra compañía más alegre... Yo te aseguro que las hijas de don Honorio, que van a pasear con frecuencia, se holgarán llevándote...

En efecto, así era. Lola profesaba cierto interés por Luciana, amoldándose bien el carácter blando y maleable de éste, con su afán de llevar en todo la iniciativa y la voz cantante. Cuando don Pero propuso a Lola, de ventana a ventana, que si salían de paseo les acompañara Luciana, batió palmas con júbilo Lola.

-Iremos hoy mismo ella y yo -dijo.

Allá se quedó refunfuñando doña Olegaria, mientras don Pero trataba de convencerla de que la salud de Luciana hacía preciso que se la permitiera   -137-   algún esparcimiento, si no se quería que su fin fuese el mismo de su madre, que murió de ictericia en las minas de carbón de piedra de Astroluengo, de las que era su marido inspector oficial. Entretanto, Luciana y Lola emprendieron su caminata.

Eran las cinco y media. Una fuerte banda de sol doraba los tejados de la izquierda, y las paredes arrojaban de sí un calor de horno inaguantable. Ya fuera de las calles, en la bajada de la estación del Norte, el aire que en el libre espacio corría trajo las emanaciones campestres de la Florida y los efluvios húmedos de la arboleda del histórico soto del Corregidor. No carecía de hermosura aquel pedazo de paisaje en que se descubría la verdegueante planicie de la Casa de Campo, las ondulaciones del monte del Pardo, la azul y remota hondonada de la Sierra y los nevados picos de ésta, que se alzan a lo lejos, cerrando el castellano horizonte por aquel lado.

-Alégrese usted, Luciana -dijo Lola, que iba vestida con mucha gracia.

-¿No estoy alegre? -contestó Luciana, cuyo rostro expresaba una negativa de sus palabras.

-No, no lo está usted... y yo sé por qué... ¡Diablo de hombres! Ellos tienen la culpa de todo lo malo que ocurre. Ellos nos levantan de cascos para dejarnos después que nos han llenado el alma de ilusiones.

-¡Ay, Lola! Pero si a mí no me pasa nada de eso.

-Sí la pasa a usted. Yo lo sé de buena tinta... Eche usted al río el disimulo y dígame con franqueza la verdad. Yo le aconsejaré a usted... Quién sabe... si acaso lo que usted tiene por desgracia será una gran suerte.

Calló Luciana y deteniéndose un momento con   -138-   su compañera a ver el río que bajo sus pies, entre varios pilotes de podrida madera perezosamente se deslizaba, temiendo caer en alguno de los charcos de las orillas, pareció resolver sobre si sería conveniente echar al agua el disimulo; pero no hubo de decidirse a nada, pues no contestó a las palabras de Lola.

-¿Le da a usted vergüenza? -continuó ésta. Mal hace usted en no contarme todo... Yo la quiero a usted mucho... Porque yo soy así, lo mismo, para querer que para odiar... No sé hacer las cosas sino en grande escala... ¿Ha visto usted que una casa de comercio respetable pida géneros por libras?... No. Los pide por miles de quintales... Yo pido el cariño y el odio así... y para usted he pedido lo primero.

Sonrió Luciana ante aquel extraño modo de expresarle la amistad, y se sintió profundamente tocada por él.

En esto llegaron a la Casa de Campo, cuyas enarenadas sendas despedían grata frescura y en cuyos altísimos álamos chirriaba, gorgeaba, piaba y trinaba gran variedad de pájaros. Anduvieron a la ventura como quien se ha perdido y lo mismo le da encontrar el camino verdadero pronto que tarde.

-Es usted incorregible -dijo luego Lola-. Sea usted menos reservada...

-¿Para qué quiere usted que le cuente necedades y la maree con mis locuras?

-¡Necedades, locuras! ¿Por qué no se trata usted peor?... Razón tiene su tío de usted cuando la llama «doña Humildad, echándose arena en los ojos»... Necedades y locuras usted, que es lo más discreto que yo he conocido.

-¡Discreta yo! -contestó Luciana no pudiendo ocultar el júbilo que la producía el sincero elogio.

  -139-  

Pero he dicho «júbilo» y no es júbilo lo que sintió, sino ternura, que era como en ella se manifestaba el agradecimiento: un ansia de abrazar a quien así le hablaba, un deseo vago de que toda la humanidad, toda la creación, desde Dios hasta el último pájaro, percibieran su parte de gratitud.

Habían oído cruzar por el próximo camino de carruajes uno que iba despacio, arrastrado por dos negros caballos españoles, de nerviosa piel e inquieta pupila relumbrante. Iban de luto cochero y lacayo y dentro del landó (pues landó era) veíase una mano temblorosa y arrugada accionar denotando una animada conversación, a que con sus diversos gestos iba poniendo comentarios.

-¡Gran cosa es ir en carruaje! -dijo Lola-. Yo envidio el coche a todo el que lo tiene, porque es tan cómodo pasearse echada en esos almohadones de seda... Van de luto los cocheros... Este es el paseo de la gente triste. Aquí vienen los viudos el primer mes de su viudez, cuando les son insoportables las mujeres todas. El segundo mes ya van al paseo de Atocha, donde hay más gente. Pero al tercer mes... vuelve a vérseles en la Castellana o en el Retiro, donde van más mujeres bonitas... ¡Pobre del que se muere!

Plegó los párpados y movió la cabeza de un lado a otro con ademanes de altísimo y supremo desdén, como diciendo: «¡Jesús, qué despreciables son los hombres!»

Cuando llegaron a una altura desde la que se domina el estanque en toda su extensión, sentáronse. Rodeábalas un círculo de matas de tamarindo y aliaga, ambas en flor y que parecían con su amarillez monótono, algo como adorno fúnebre; al otro lado de aquellas matas, por la parte baja, se oyó ruido de pasos, unos ligeros y firmes, otros perezosos, tardíos, inciertos. Lola no pudo contener   -140-   su curiosidad de conocer a los paseantes. Fama pública es que la Casa de Campo se ve todas las tardes frecuentada por las damas más elegantes y egregias de nuestra buena sociedad, y Lola supuso que aquellos pasos eran de alguna marquesa por lo menos.

Levantose del asiento y miró... ¡Cielo santo! ... ¿No refieren las viejas que hay un demonio que se emplea en poner delante de los ojos del pobre ser humano cuadros que le asustan, espectáculos espantables y escenas terribles, para que llenándosele el alma de pavor, y una vez perdido el albedrío, sea luego más débil a la sugestión infernal? Lola creyó que lo que ante sus ojos se representaba pertenecía a tal género de diabólicas invenciones. Vio a Lucio Tréllez vestido de negro, con su faz pálida y sus grandes rasgados ojos, junto a una delicada figura de mujer, de cuya cabeza caía un amplio y luengo manto, que hasta los pies llegaba con los pliegues de su fina tela. Hablaba él bajo, y con las manos cruzadas y los grandes ojos abiertos, de modo que la luz del sol poniente en ellos se trasparentaba; parecía poseer su persona una inexplicable elocuencia, que en la actitud, en el gesto, en el mirar y en el movimiento febril de los labios, se ponía en evidencia. La mujer tenía los ojos bajos y el agua que venía en pequeñas oleadas hasta sus plantas, parecía reírse de su incertidumbre, de su temor, de su rubor. A la derecha y oculto a la pareja de enamorados por una valla de lentiscos y acacias, vio Lola a lo lejos el carruaje de luto que antes pasó a su lado y en cuyas portezuelas había grabadas con tinta azul estas iniciales: A. U.

A la izquierda y detrás del declive que formaba el terreno, sentado en un banco de hierro, vio Lola a un anciano vestido de luto que con el sombrero   -141-   quitado y un pañuelo entre la cara y las manos y éstas y aquéllas juntas, lloraba silenciosamente Y dejando correr su llanto sin suspiros ni lamentos, como quien deja correr la sangre de la ya abierta herida. Lola no dudó ni un momento. Supo desde luego la verdad de aquel cuadro y algunas indicaciones que había oído a su padre, y en que hasta entonces no se fijó, uniéronse y coincidieron para formar un todo lógico.

-¿Se ve algo bonito desde ahí? -preguntó Luciana, que sentada junto a Lola, alzó su cabeza para mirar la de ésta.

-Nada... nada bonito.. un pedazo del estanque y nada más...

-¡Como está usted tanto tiempo contemplándolo, cualquiera diría que es algo notable!

-¡Notable! Ya digo a usted que no...

Sentose para evitar que Luciana viese aquel pedazo del estanque, que según ella, nada tenía de particular.

Lola había adivinado el secreto de Luciana sin necesidad de gran esfuerzo y temía que hubiese de destrozarle el alma tal espectáculo.

-¡Ay, que tarde más hermosa! -dijo para llenar el silencio con alguna palabra vacía de sentido.

-Pues yo me siento peor que en casa... Parece que el aire que respiro pesa dentro de mi pecho como plomo...



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