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Malek-Adhel

Tragedia en cinco actos

Ángel de Saavedra, duque de Rivas.




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Habiendo venido casualmente a mis manos las apreciables obras de madama Cottin, leí con sumo placer en ellas la preciosa novela titulada Matilde, y concebí inmediatamente el proyecto de escribir esta tragedia, aunque no dejaron de arredrarme la maestría con que aquella famosa escritora desempeñó su argumento y las bellezas de toda especie con que lo engalanó su delicadeza y sensible pluma. Consulté mi pensamiento con algunos inteligentes, y, aunque todos procuraron disuadirme, haciéndome patentes las dificultades con que iba a luchar, yo, ya decidido, tracé en grande esta composición, venciendo en cuanto pude los obstáculos que me ofrecía el reducir a cinco actos, a un solo lugar y a doce o catorce horas de tiempo, una acción de una novela de cinco o seis años de duración, complicada con mil incidentes importantísimos, que llena tres tomos abultados. Procuré, sin embargo, escoger los sucesos más interesantes, reunirlos y apresurar notablemente la catástrofe; y, después de trazar, borrar, meditar y escribir, formé al fin con gran desconfianza un prolijo plan de esta tragedia, que manifesté a mis amigos y mereció su agrado. Dediquéme entonces con calor a versificarla, y lo logré en pocos días, pues la mayor parte de sus razonamientos son casi traducción literal de la elegante y sentimental autora de la Matilde, y, siguiendo siempre sus huellas, llegué al cabo de mi tarea.

Por tanto, esta tragedia es más de madama Cottin que mía; suyo es el argumento, suyas las situaciones, suyos los caracteres y suya la mayor parte del diálogo; y míos, solamente el plan dramático, los versos y alguna que otra escena, tal vez las más endebles. Finalmente, si hay bellezas en Malek-Adhel, son de aquella insigne francesa, y todos los defectos, míos.

Espero, sin embargo, que si algún día sale a la escena, la mirarán con indulgencia los que conocen la dificultad de este género de trabajo y los obstáculos que hay que vencer para dar forma trágica a la acción de una novela.

A. DE S.

MALEK-ADHEL



PERSONAS
 

 
MALEK-ADHEL,   hermano de Saladino.
MATILDE,   princesa de Inglaterra.
GUILLELMO,    arzobispo de Tiro.
LUSIÑÁN,    rey de Jerusalén.
HUGO,    príncipe de Tiberíades.
RICARDO,   rey de Inglaterra.
PRÍNCIPES CRUZADOS.
DAMAS de Matilde.
ESCUDEROS de Lusiñán.
GUARDIAS.
PAJES.
 

La escena es en Ptolomayda. Los cuatro primeros actos, en un salón del palacio de los reyes cruzados, y el quinto, en la capilla extramuros donde estaba el sepulcro de Montmorency.

   

La acción empieza al amanecer y concluye a medianoche.

 




ArribaAbajoActo primero


Escena I

 

MATILDE, sola

 
MATILDE.
Ya de Carmelo en la fragosa cumbre
brilla la luz del sol, y sus reflejos
al ronco mar, imagen espantosa
de mi confuso y agitado seno,
próximo anuncia el tremendo día
que mi Destino va a fijar... ¡Oh cielos!...
¡Matilde desdichada!... ¡Cuál palpita
tu enamorado y afligido pecho!...
Paz deliciosa, cuyas dulces alas
mi edad primera plácidas cubrieron,
¿dónde estás?... ¿Dónde estás, mansión dichosa
de inocencia y virtud? ¡Fatal momento
en que osé abandonar vuestro recinto
sacrosanto y feliz!... Ya el mudo sueño
huye con las tinieblas de la noche;
la decisión se acerca... ¡Dios eterno!
Hoy, ¡para siempre!..., en los desiertos mares
este sol mismo esconderá su fuego
y ya mi suerte, ¡oh confusión!, ¡oh, día!
Malek-Adhel, Malek-Adhel... Guillelmo...
volad en mi favor. ¡Piadoso y santo
arzobispo de Tiro! Sí, tu celo
convertirá a mi amante, y Dios benigno
con la fe santa alumbrará su pecho.
Mas cuánto tarda, ¡cuánto! Hoy el concilio
va a resolver... y acaso... Me estremezco.
No, prelado ejemplar; sin tu presencia
no osará decidir... Sin ti, ¿qué espero?
¿No podrá suspenderse? ¡Ay!, si el buen Hugo
favorecer quisiera mis intentos;
no me abandonará: la amistad pura
le ha unido con Adhel, y es caballero.
¿Y sin rubor podré manifestarle
el criminal amor en que me incendio?
¡Criminal! ¡Ah! ¿Por qué, Dios de venganza,
amo a un infiel, a un impío sarraceno?
Pero tú, que formaste sus virtudes,
sabrás, benigno, perdonar mi yerro.
Tu piedad sólo...


Escena II

 

MATILDE y HUGO

 
HUGO.
La condesa Herminia
me dijo, alta princesa, ha corto tiempo
que a este lugar mis pasos dirigiera
a encontrarme con vos. Y ansioso vengo
a vuestras plantas. ¡oh Matilde!,
de escuchar y cumplir vuestros preceptos.
MATILDE.
¡Hugo ilustre!
HUGO.
Señora...
MATILDE.
En vos tan sólo
puede encontrar mi agitación consuelo.
Que no extrañéis el infeliz estado
en que mi corazón se encuentra os ruego.
Sabéis de Saladino las propuestas
que de Jerusalén cede el imperio
al gran Malek-Adhel, su hermano heroico,
con tal que a mí se enlace en himeneo.
¿Sabéis que los obispos y legados
ha ocho luces discuten en secreto
sobre abrazar o rechazar al punto
esta proposición, y ya el Consejo
va a congregarse por la vez postrera,
y hoy debe decidir?... Mas ¿podrá hacerlo
sin escuchar el parecer prudente
del prelado de Tiro, cuyo celo,
profunda ciencia y santidad sublime
tan necesarios son para el acierto?
HUGO.
Tal mi dictamen es; tal es, Matilde;
y sin la autoridad del gran Guillelmo,
cualquiera decisión... Mas ¡oh princesa!,
Ricardo y Lusiñán están resueltos...
El concilio tal vez...
MATILDE.
¡Oh Dios!
HUGO.
Señora, ¿Y si la decisión se hubiese puesto
en vuestra mano?...
MATILDE.
¡Ay Hugo!
HUGO.
Alta princesa,
perdonad, perdonad. Estuve un tiempo
al lado de Malek. Cuando los muros
de la santa Sión rotos cayeron ante
el poder del furibundo persa,
y el trono del insigne Godofredo
Saladino ocupó, yo, cautivado
y entre cadenas bárbaras envuelto,
a sus plantas me vi. Su hermano heroico,
el gran Malek-Adhel, cuyo denuedo
humilló los católicos pendones,
movido a compasión, rompió mis hierros.
Y vida y libertad, hijos y esposa,
sus generosas manos me volvieron.
Conozco las virtudes eminentes
que le adornan, Matilde. Si su acero
es rayo destructor, terror y asombro
de las huestes cruzadas; si su esfuerzo
con mengua nos lanzó de Palestina,
su corazón tiernísimo y sincero,
su esplendente heroísmo, su grandeza,
su generosidad, sus altos hechos,
encanto son de amigos y enemigos...
¡Oh Dios piadoso!... ¡Los errores ciegos
de Mahomet infernal virtudes tantas
hundirán para siempre!
MATILDE.
¡Justo Cielo!
HUGO.
Amo a Malek-Adhel. ¿Y quién, señora,
no lo ha de amar, si llega a conocerlo?
MATILDE.
Príncipe, ¿qué decís?... ¡Verdad terrible!...
HUGO.
Notorios son los infortunios vuestros.
Harto, señora, sé que sus virtudes
a vos patente como a nadie fueron.
MATILDE.
¡Cuánto ignoráis aún!... ¡Suerte tremenda!...
Escuchad Mas ¡ay mísera!... Yo tiemblo...
HUGO.
¿Qué, señora? No alcanzo, confiadme...
MATILDE.
Príncipe, ¡qué tristísimo secreto
os voy a revelar!... Compadecedme...
Un sagrado solemne juramento
me obliga a ser su esposa. Si el concilio
reprueba las propuestas...
HUGO.
¡Ah!... ¿Y es cierto,
princesa? ¿Habéis jurado ser su esposa?
¿Esposa de un infiel?
MATILDE.
Príncipe, os ruego
que me compadezcáis.
HUGO.
¿Cómo?...
MATILDE.
Cautiva
en el ondoso mar del sarraceno
de ese Malek-Adhel, su noble brío
vi con pavor y su marcial denuedo.
Después, un año en su poder, lo heroico
de su alma y los hermosos sentimientos
conocí por mi mal, y absorta entonces
vi que aquel corazón de duro hierro
en los sangrientos y hórridos combates
abrigaba dulcísimos afectos.
¡Dios!... ¡Cuánto le debí!... ¡Qué nobles muestras
de sumisión!... En el alcázar regio
que allá venera el Támesis umbrío
no encontrara jamás tanto respeto.
Él... ¿Para qué me canso, Hugo prudente,
sus acciones sublimes refiriendo,
si vos le conocéis?...
HUGO.
Sí; le conozco,
y sé el voraz inapagable incendio
en que ardió al admirar las perfecciones
con que os dotó tan liberal el Cielo.
MATILDE.
Completó un giro en derredor del mundo
del refulgente sol el curso eterno,
y en su poder me vio, más combatida
de su ardoroso llanto, de sus ruegos
de su constante amor y sus virtudes
que esta playa lo está del mar horrendo.
HUGO.
¿Por qué no fue la fuga vuestro escudo?
MATILDE.
Mil veces lo intenté. Mas, ¡ay!, el Cielo
contrarió mi afanar. Cuando en Damieta,
sola me vi, dispuse en el momento
mi peligro evitar. Huyo anhelosa
con cien cristianos bravos caballeros,
y en busca voy de un santo cenobita,
que habitaba en las costas del Bermejo,
para fortalecer con sus virtudes
mi vacilante y combatido pecho.
Le encuentro al fin; mi suerte miserable
le hago patente, y su sublime ejemplo,
y su honda austeridad, y su prudencia,
y su ferviente orar, y sus consejos,
vigorizan mi espíritu abatido
y la tranquilidad torna a mi seno.
A volver a estos muros me aprestaba,
cuando una tropa vil de árabes fieros
sorprende a los cristianos de mi escolta,
al santo penitente fin horrendo
dan al pie del altar, ante mis ojos:
es vana la defensa, es vano el ruego.
Cuantos intentan defenderme rinden
al filo agudo el generoso cuello.
Y ya la muerte atroz me amenazaba,
cuando al crujir del pavoroso acero
miro a Malek-Adhel con sus valientes,
que me busca y me encuentra en tanto riesgo.
Llega, combate, vence, ahuyenta, humilla,
desbarata a los viles bandoleros
y me salva la vida.
HUGO.
¡Oh generoso
y valiente Malek!
MATILDE.
Estadme atento,
escuchad algo más. Mirando ufano
su sangre y sus heridas con desprecio,
sólo cuida de mí, que, desmayada
me ve en el lodo del sangriento suelo.
Servido de los suyos, me acomoda
en su caballo, de sudor cubierto,
y me aleja veloz de aquellos sitios,
do me llevara mi destino adverso.
Al asomar la plateada luna
en la abrasada arena del desierto,
me hallo de inmensa soledad cercada
y de pavor y hondísimo silencio
con Adhel y los pocos que le siguen...
Pero aun riesgo mayor guardaba el Cielo
a esta infeliz...
HUGO.
¡Oh Dios!
MATILDE.
Cuando los rayos
de la primera luz aparecieron
y ansiosos esperábamos el día,
se aumentaron, ¡oh príncipe!, los riesgos.
La sed y la fatiga y los ardores
de la abrasada arena en nuestros pechos
robaron el valor y la constancia,
y más al advertir presagios ciertos
de que a agitar los vastos arenales
de aquel espacio el requemado viento
del ardoroso Sur se preparaba,
y a dar a nuestras vidas fin funesto.
Entonces, con terribles alaridos,
los bárbaros soldados sarracenos
que siguen a Malek claman furiosos,
en ronco grito y en tumulto fiero,
que el amor de su jefe a una cristiana
con tales plagas castigaba el Cielo.
Y, fanáticos, rompen la obediencia,
y en mí vengar su situación quisieron.
El gran Malek-Adhel, que, absorto,
mira la infame sedición y horrible intento,
empuñando la corva cimitarra
su número desprecia, y sobre ellos
se lanza denodado, como suele
el rayo ardiente al resonar del trueno,
y mata, y atropella, y todos ceden,
y me salva otra vez. Viles, huyeron
dejando a su señor, y a mí en sus brazos,
yerta, y pálida, y muda, y sin aliento.
¡Dios! Tú lo presenciaste.... tú, ¡oh Dios santo!,
vistes allí su amor y su respeto.
Él me salvó mi vida tantas veces,
salvó mi honor y mi inocencia a un tiempo.
¿Quién su moderación, y su heroísmo,
y su amor, y su llanto, y sus esfuerzos
pudiera ver sin interés?....¡Ay Hugo!,
entonces el terrible juramento
mi labio y mi alma toda pronunciaron,
que no es mi corazón rígido acero.
HUGO.
Cuánto combate, ¡oh Dios!... ¿quién resistiera?
Bien vuestro amor y gratitud comprendo.
Pero ¿después?
MATILDE.
Llegamos a Damieta,
venciendo al fin tan horroroso riesgo.
Y entonces, ¡oh virtud!, con mi palabra
el gran Malek, premiado y satisfecho,
a sí mismo se vence, y, generoso,
me da la libertad y cien guerreros
cristianos para escolta. Y al gallardo
noble Montmorency, francés excelso,
le encarga mi custodia. ¡Amable joven
que murió en mi defensa! El filo horrendo
de la sañuda Parca ante mis ojos
cortó cual tierna flor su ilustre cuello.
Ved, pues, mi situación... Estos tratados,
esta paz que el Soldán nos ha propuesto,
todo es obra de Adhel... Si los obispos
se opusieran... ¡Oh Dios!... Sólo Guillelmo...
HUGO.
¿Y de Tiro juzgáis que el gran prelado
podrá acceder a que una el himeneo
a una princesa, honor del cristianismo,
con un príncipe infiel?...
MATILDE.
¡Infiel!... El Cielo,
el Cielo, que conoce sus virtudes,
alumbrará su generoso pecho.
De Guillelmo las santas persuasiones...
HUGO.
Si así fuese...
MATILDE.
Suspéndase el Consejo.
Por piedad, por piedad...
HUGO.
Pero, Matilde,
un tenebroso impenetrable velo
nos esconde el lugar donde se encuentra
el prelado de Tiro; ni sabemos
a dó se encaminara, ni si torna,
y tal vez la tardanza...
MATILDE.
Nada debo
ocultaros, ¡oh príncipe! Movido
de mi justo temor y de mis ruegos,
el gran Malek-Adhel marchó en su busca,
dejando los festines y torneos
do a favor de la tregua que gozamos
ostentaba su amor y su denuedo.
Y por Kaled de recibir acabo
de que hoy llegan los dos aviso cierto.
Y es forzoso...
HUGO.
¡Matilde!
MATILDE.
Hugo, acordaos
que Adhel os libertó del cautiverio.
HUGO.
Lusiñán y Ricardo se aproximan.
MATILDE.
Vos mi esperanza sois y mi consuelo.


Escena III

 

MATILDE, HUGO, RICARDO, LUSIÑÁN y PRÍNCIPES CRUZADOS

 
RICARDO.
Matilde, ya el concilio venerando
por la postrera vez reunido vemos,
y sin duda, su voto será guerra,
no vergonzosa paz. Así lo espero
de los sabios prelados que lo forman
y de su rectitud y santo celo.
Y con esta esperanza, hermana mía,
quiero manifestarte mis deseos.
El grande Lusiñán de Palestina
y de Jerusalén rey verdadero
tu mano anhela y elevarte al trono
do mi brazo otra vez ha de ponerlo.
Soy tu hermano y tu rey; le he prometido
que tú suya serás, que el himeneo...
MATILDE.
Señor..., Ricardo... ¿Qué? ¿Cuándo reunidos
los jefes de la Iglesia discutiendo
están sobre la paz que Saladino,
por sus embajadores, ha propuesto;
cuando vos, ¡oh mi hermano!, y las cabezas
del católico ejército europeo
a su ciencia y virtud han confiado
tan ardua decisión; sin datos ciertos
de cuál será su voto, de mi mano
disponéis?
LUSIÑÁN.
¡Oh Matilde!
RICARDO.
¿Y el Consejo
podrá votar jamás? ¡Oh infamia! ¡Oh mengua!
¿Qué presa vil de un torpe sarraceno
que de la alta princesa de Britania?
¿La hermana de Ricardo?... Me avergüenzo
de que tal duda, baldonosa, horrible,
quepa un instante en tu cristiano pecho.
MATILDE.
¡Señor!...
RICARDO.
Matilde, tu inocencia sólo
te puede disculpar... Hoy el decreto
de los obispos fijará...
MATILDE.
¿Y acaso osarán
decidir sin que Guillelmo,
cuya alta clase y santidad sublime,
ciencia y reputación?...
RICARDO.
Ya te comprendo
el gran prelado de la excelsa Tiro,
de Ptolomayda y de sus muros lejos,
se ignora dónde está. Más dilaciones
no admite el decidir.
MATILDE.
Yo, por el Cielo,
te juro que antes que concluya el día
dentro de estas murallas le veremos.
RICARDO.
¿Hoy debe de llegar? ¿Cómo?...
MATILDE.
Ricardo,
hoy mismo; yo lo sé.
LUSIÑÁN.
¡Destino adverso!
MATILDE.
Y qué, ¿no será justo, hermano mío,
para resolución de tanto peso,
esperar su llegada? ¡Oh vos, valientes
príncipes!, decidid.
LUSIÑÁN.
Ricardo egregio:
¿y vos consentiréis que se suspenda
de los santos obispos el consejo
ni un instante? ¡Señor!...
MATILDE.
¡Hugo!
HUGO.
Si llega,
cual la princesa afirma, el gran Guillelmo
debe al punto cesar y suspenderse,
hasta escuchar su veto. El santo celo
que arde en su corazón, y su prudencia
y su ínclita virtud...
PRÍNCIPES CRUZADOS.
Quede suspenso
el concilio.
HUGO.
Sí; debe suspenderse.
La equidad y razón lo están pidiendo.
RICARDO.
Quede, pues.
LUSIÑÁN.
¡Ah Matilde!
MATILDE.
Acompañadme,
Hugo; y vosotros, príncipes excelsos,
avisad sin tardanza a los prelados
que-esperen la llegada de Guillelmo.


Escena IV

 

RICARDO y LUSIÑÁN

 
LUSIÑÁN.
Señor, ¿así ceder?... Hoy que se cumple
la vergonzosa tregua en que yacemos,
¿la decisión va a suspenderse? ¡Oh mengua!
¿Cuando ceñimos el tajante acero
a la negociación darle acogida
y dilaciones tímidas?... Ya veo
que los ínclitos reyes de Occidente
sus formidables huestes condujeron
orillas del Jordán. no a ser amparo
de la santa Sión, del verdadero
rey de Jerusalén, sino a dejarlos
presa infeliz del torpe sarraceno;
no a exterminar los impíos musulmanes,
sino, ¡oh baldón!, a contratar con ellos.
RICARDO.
¿Así ultrajáis mi amistad sagrada?
Soy jefe del ejército europeo,
no soy su soberano; y esta tregua
y estas negociaciones no tuvieron
mi aprobación jamás, pues mientras pueda
la espada fulminar, paces no quiero.
Pero al común sentir me fue forzoso
acceder... ¿Lo ignoráis?
LUSIÑÁN.
Amigo tierno:
perdonad, perdonad... A un desdichado,
que se lamente permitidle al menos.
Con esta dilación...
RICARDO.
¿Y, por ventura,
pudierais albergar algún recelo
del prelado de Tiro?
LUSIÑÁN.
No, conozco
su santidad, su rectitud. Mas, ¡cielos!,
le debe tanto a Adhel, al venturoso
Adhel...
RICARDO.
¿Qué, Lusiñán?...
LUSIÑÁN.
¡Ah! Nada temo
más que el perder a la sin par Matilde.
Y que tal vez vos mismo.... me estremezco,
os declaréis de Lusiñán contrario,
obediente a un tiránico decreto.
RICARDO.
¿Quién? ¿Yo?... Jamás. Juré ser vuestro amigo
y nunca quebranté mis juramentos.



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