Ángel de Saavedra, duque de
Rivas.
Habiendo venido casualmente a mis manos las apreciables
obras de madama Cottin, leí con sumo placer en ellas
la preciosa novela titulada Matilde, y concebí inmediatamente
el proyecto de escribir esta tragedia, aunque no dejaron
de arredrarme la maestría con que aquella famosa escritora
desempeñó su argumento y las bellezas de toda
especie con que lo engalanó su delicadeza y sensible
pluma. Consulté mi pensamiento con algunos inteligentes,
y, aunque todos procuraron disuadirme, haciéndome
patentes las dificultades con que iba a luchar, yo, ya decidido,
tracé en grande esta composición, venciendo
en cuanto pude los obstáculos que me ofrecía
el reducir a cinco actos, a un solo lugar y a doce o catorce
horas de tiempo, una acción de una novela de cinco
o seis años de duración, complicada con mil
incidentes importantísimos, que llena tres tomos abultados.
Procuré, sin embargo, escoger los sucesos más
interesantes, reunirlos y apresurar notablemente la catástrofe;
y, después de trazar, borrar, meditar y escribir,
formé al fin con gran desconfianza un prolijo plan
de esta tragedia, que manifesté a mis amigos y mereció
su agrado. Dediquéme entonces con calor a versificarla,
y lo logré en pocos días, pues la mayor parte
de sus razonamientos son casi traducción literal de
la elegante y sentimental autora de la Matilde, y, siguiendo
siempre sus huellas, llegué al cabo de mi tarea.
Por tanto, esta tragedia es más de madama Cottin que
mía; suyo es el argumento, suyas las situaciones,
suyos los caracteres y suya la mayor parte del diálogo;
y míos, solamente el plan dramático, los versos
y alguna que otra escena, tal vez las más endebles.
Finalmente, si hay bellezas en Malek-Adhel, son de aquella
insigne francesa, y todos los defectos, míos.
Espero,
sin embargo, que si algún día sale a la escena,
la mirarán con indulgencia los que conocen la dificultad
de este género de trabajo y los obstáculos
que hay que vencer para dar forma trágica a la acción
de una novela.
A. DE S.
Escena II
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MATILDE y HUGO
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| HUGO. | La
condesa Herminia | | | me dijo, alta princesa, ha corto tiempo | | | que a este lugar mis pasos dirigiera | | | a encontrarme con
vos. Y ansioso vengo | | | a vuestras plantas. ¡oh Matilde!, | | |
de escuchar y cumplir vuestros preceptos. | |
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| MATILDE. | En
vos tan sólo | | | puede encontrar mi agitación
consuelo. | | | Que no extrañéis el infeliz estado | | | en que mi corazón se encuentra os ruego. | | | Sabéis
de Saladino las propuestas | | | que de Jerusalén cede
el imperio | | | al gran Malek-Adhel, su hermano heroico, | | | con
tal que a mí se enlace en himeneo. | | | ¿Sabéis
que los obispos y legados | | | ha ocho luces discuten en secreto | | | sobre abrazar o rechazar al punto | | | esta proposición,
y ya el Consejo | | | va a congregarse por la vez postrera, | | | y
hoy debe decidir?... Mas ¿podrá hacerlo | | | sin escuchar
el parecer prudente | | | del prelado de Tiro, cuyo celo, | | | profunda
ciencia y santidad sublime | | | tan necesarios son para el acierto? | |
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| HUGO. | | Tal mi dictamen es; tal es, Matilde; | | | y sin la autoridad
del gran Guillelmo, | | | cualquiera decisión... Mas ¡oh
princesa!, | | | Ricardo y Lusiñán están
resueltos... | | | El concilio tal vez... |
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| HUGO. | | Señora, ¿Y si la decisión se hubiese
puesto | | | en vuestra mano?... |
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| HUGO. | Alta
princesa, | | | perdonad, perdonad. Estuve un tiempo | | | al lado
de Malek. Cuando los muros | | | de la santa Sión rotos
cayeron ante | | | el poder del furibundo persa, | | | y el trono del
insigne Godofredo | | | Saladino ocupó, yo, cautivado | | |
y entre cadenas bárbaras envuelto, | | | a sus plantas
me vi. Su hermano heroico, | | | el gran Malek-Adhel, cuyo denuedo | | | humilló los católicos pendones, | | | movido a
compasión, rompió mis hierros. | | | Y vida y libertad,
hijos y esposa, | | | sus generosas manos me volvieron. | | | Conozco
las virtudes eminentes | | | que le adornan, Matilde. Si su acero | | | es rayo destructor, terror y asombro | | | de las huestes cruzadas;
si su esfuerzo | | | con mengua nos lanzó de Palestina, | | | su corazón tiernísimo y sincero, | | | su esplendente
heroísmo, su grandeza, | | | su generosidad, sus altos
hechos, | | | encanto son de amigos y enemigos... | | | ¡Oh Dios piadoso!...
¡Los errores ciegos | | | de Mahomet infernal virtudes tantas | | | hundirán para siempre! |
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| HUGO. | | Amo a Malek-Adhel. ¿Y quién, señora, | | | no lo ha de amar, si llega a conocerlo? | |
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| MATILDE. | | Príncipe,
¿qué decís?... ¡Verdad terrible!... | |
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| HUGO. | | Notorios
son los infortunios vuestros. | | | Harto, señora, sé
que sus virtudes | | | a vos patente como a nadie fueron. | |
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| MATILDE. | |
¡Cuánto ignoráis aún!... ¡Suerte tremenda!... | | | Escuchad Mas ¡ay mísera!... Yo tiemblo... | |
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| HUGO. | | ¿Qué,
señora? No alcanzo, confiadme... | |
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| MATILDE. | | Príncipe,
¡qué tristísimo secreto | | | os voy a revelar!...
Compadecedme... | | | Un sagrado solemne juramento | | | me obliga
a ser su esposa. Si el concilio | | | reprueba las propuestas... |
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| HUGO. | ¡Ah!...
¿Y es cierto, | | | princesa? ¿Habéis jurado ser su esposa? | | | ¿Esposa de un infiel? |
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| MATILDE. | Príncipe,
os ruego | | | que me compadezcáis. |
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| MATILDE. | Cautiva | | | en el ondoso mar del sarraceno | | | de ese Malek-Adhel, su noble
brío | | | vi con pavor y su marcial denuedo. | | | Después,
un año en su poder, lo heroico | | | de su alma y los hermosos
sentimientos | | | conocí por mi mal, y absorta entonces | | | vi que aquel corazón de duro hierro | | | en los sangrientos
y hórridos combates | | | abrigaba dulcísimos afectos. | | | ¡Dios!... ¡Cuánto le debí!... ¡Qué
nobles muestras | | | de sumisión!... En el alcázar
regio | | | que allá venera el Támesis umbrío | | | no encontrara jamás tanto respeto. | | | Él...
¿Para qué me canso, Hugo prudente, | | | sus acciones sublimes
refiriendo, | | | si vos le conocéis?... |
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|
| HUGO. | Sí;
le conozco, | | | y sé el voraz inapagable incendio | | | en
que ardió al admirar las perfecciones | | | con que os
dotó tan liberal el Cielo. | |
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|
| MATILDE. | | Completó
un giro en derredor del mundo | | | del refulgente sol el curso
eterno, | | | y en su poder me vio, más combatida | | | de su
ardoroso llanto, de sus ruegos | | | de su constante amor y sus
virtudes | | | que esta playa lo está del mar horrendo. | |
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|
| HUGO. | | ¿Por qué no fue la fuga vuestro escudo? | |
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| MATILDE. | |
Mil veces lo intenté. Mas, ¡ay!, el Cielo | | | contrarió
mi afanar. Cuando en Damieta, | | | sola me vi, dispuse en el
momento | | | mi peligro evitar. Huyo anhelosa | | | con cien cristianos
bravos caballeros, | | | y en busca voy de un santo cenobita, | | | que habitaba en las costas del Bermejo, | | | para fortalecer
con sus virtudes | | | mi vacilante y combatido pecho. | | | Le encuentro
al fin; mi suerte miserable | | | le hago patente, y su sublime
ejemplo, | | | y su honda austeridad, y su prudencia, | | | y su ferviente
orar, y sus consejos, | | | vigorizan mi espíritu abatido | | | y la tranquilidad torna a mi seno. | | | A volver a estos muros
me aprestaba, | | | cuando una tropa vil de árabes fieros | | | sorprende a los cristianos de mi escolta, | | | al santo penitente
fin horrendo | | | dan al pie del altar, ante mis ojos: | | | es vana
la defensa, es vano el ruego. | | | Cuantos intentan defenderme
rinden | | | al filo agudo el generoso cuello. | | | Y ya la muerte
atroz me amenazaba, | | | cuando al crujir del pavoroso acero | | | miro a Malek-Adhel con sus valientes, | | | que me busca y me
encuentra en tanto riesgo. | | | Llega, combate, vence, ahuyenta,
humilla, | | | desbarata a los viles bandoleros | | | y me salva la
vida. |
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|
| HUGO. | ¡Oh
generoso | | | y valiente Malek! |
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|
| MATILDE. | Estadme
atento, | | | escuchad algo más. Mirando ufano | | | su sangre
y sus heridas con desprecio, | | | sólo cuida de mí,
que, desmayada | | | me ve en el lodo del sangriento suelo. | | | Servido
de los suyos, me acomoda | | | en su caballo, de sudor cubierto, | | | y me aleja veloz de aquellos sitios, | | | do me llevara mi destino
adverso. | | | Al asomar la plateada luna | | | en la abrasada arena
del desierto, | | | me hallo de inmensa soledad cercada | | | y de
pavor y hondísimo silencio | | | con Adhel y los pocos
que le siguen... | | | Pero aun riesgo mayor guardaba el Cielo | | | a esta infeliz... |
|
|
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| MATILDE. | Cuando
los rayos | | | de la primera luz aparecieron | | | y ansiosos esperábamos
el día, | | | se aumentaron, ¡oh príncipe!, los
riesgos. | | | La sed y la fatiga y los ardores | | | de la abrasada
arena en nuestros pechos | | | robaron el valor y la constancia, | | | y más al advertir presagios ciertos | | | de que a agitar
los vastos arenales | | | de aquel espacio el requemado viento | | | del ardoroso Sur se preparaba, | | | y a dar a nuestras vidas
fin funesto. | | | Entonces, con terribles alaridos, | | | los bárbaros
soldados sarracenos | | | que siguen a Malek claman furiosos, | | | en ronco grito y en tumulto fiero, | | | que el amor de su jefe
a una cristiana | | | con tales plagas castigaba el Cielo. | | | Y,
fanáticos, rompen la obediencia, | | | y en mí vengar
su situación quisieron. | | | El gran Malek-Adhel, que,
absorto, | | | mira la infame sedición y horrible intento, | | | empuñando la corva cimitarra | | | su número desprecia,
y sobre ellos | | | se lanza denodado, como suele | | | el rayo ardiente
al resonar del trueno, | | | y mata, y atropella, y todos ceden, | | | y me salva otra vez. Viles, huyeron | | | dejando a su señor,
y a mí en sus brazos, | | | yerta, y pálida, y muda,
y sin aliento. | | | ¡Dios! Tú lo presenciaste.... tú,
¡oh Dios santo!, | | | vistes allí su amor y su respeto. | | | Él me salvó mi vida tantas veces, | | | salvó
mi honor y mi inocencia a un tiempo. | | | ¿Quién su moderación,
y su heroísmo, | | | y su amor, y su llanto, y sus esfuerzos | | | pudiera ver sin interés?....¡Ay Hugo!, | | | entonces
el terrible juramento | | | mi labio y mi alma toda pronunciaron, | | | que no es mi corazón rígido acero. | |
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| HUGO. | | Cuánto
combate, ¡oh Dios!... ¿quién resistiera? | | | Bien vuestro
amor y gratitud comprendo. | | | Pero ¿después? |
|
|
| MATILDE. |
Llegamos
a Damieta, | | | venciendo al fin tan horroroso riesgo. | | | Y entonces,
¡oh virtud!, con mi palabra | | | el gran Malek, premiado y satisfecho, | | | a sí mismo se vence, y, generoso, | | | me da la libertad
y cien guerreros | | | cristianos para escolta. Y al gallardo | | | noble Montmorency, francés excelso, | | | le encarga mi
custodia. ¡Amable joven | | | que murió en mi defensa!
El filo horrendo | | | de la sañuda Parca ante mis ojos | | | cortó cual tierna flor su ilustre cuello. | | | Ved, pues,
mi situación... Estos tratados, | | | esta paz que el Soldán
nos ha propuesto, | | | todo es obra de Adhel... Si los obispos | | | se opusieran... ¡Oh Dios!... Sólo Guillelmo... | |
|
|
| HUGO. | |
¿Y de Tiro juzgáis que el gran prelado | | | podrá
acceder a que una el himeneo | | | a una princesa, honor del cristianismo, | | | con un príncipe infiel?... |
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|
| MATILDE. | ¡Infiel!...
El Cielo, | | | el Cielo, que conoce sus virtudes, | | | alumbrará
su generoso pecho. | | | De Guillelmo las santas persuasiones... | |
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| MATILDE. | Suspéndase
el Consejo. | | | Por piedad, por piedad... |
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| HUGO. | Pero,
Matilde, | | | un tenebroso impenetrable velo | | | nos esconde el
lugar donde se encuentra | | | el prelado de Tiro; ni sabemos | | | a dó se encaminara, ni si torna, | | | y tal vez la tardanza... |
|
|
| MATILDE. | Nada
debo | | | ocultaros, ¡oh príncipe! Movido | | | de mi justo
temor y de mis ruegos, | | | el gran Malek-Adhel marchó
en su busca, | | | dejando los festines y torneos | | | do a favor
de la tregua que gozamos | | | ostentaba su amor y su denuedo. | | | Y por Kaled de recibir acabo | | | de que hoy llegan los dos
aviso cierto. | | | Y es forzoso... |
|
|
|
| MATILDE. | Hugo,
acordaos | | | que Adhel os libertó del cautiverio. | |
|
|
| HUGO. | |
Lusiñán y Ricardo se aproximan. | |
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|
| MATILDE. | | Vos
mi esperanza sois y mi consuelo. | |
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Escena III
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MATILDE,
HUGO, RICARDO, LUSIÑÁN y PRÍNCIPES CRUZADOS
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| RICARDO. | | Matilde, ya el concilio venerando | | | por la postrera
vez reunido vemos, | | | y sin duda, su voto será guerra, | | | no vergonzosa paz. Así lo espero | | | de los sabios prelados
que lo forman | | | y de su rectitud y santo celo. | | | Y con esta
esperanza, hermana mía, | | | quiero manifestarte mis deseos. | | | El grande Lusiñán de Palestina | | | y de Jerusalén
rey verdadero | | | tu mano anhela y elevarte al trono | | | do mi
brazo otra vez ha de ponerlo. | | | Soy tu hermano y tu rey; le
he prometido | | | que tú suya serás, que el himeneo... | |
|
|
| MATILDE. | | Señor..., Ricardo... ¿Qué? ¿Cuándo
reunidos | | | los jefes de la Iglesia discutiendo | | | están
sobre la paz que Saladino, | | | por sus embajadores, ha propuesto; | | | cuando vos, ¡oh mi hermano!, y las cabezas | | | del católico
ejército europeo | | | a su ciencia y virtud han confiado | | | tan ardua decisión; sin datos ciertos | | | de cuál
será su voto, de mi mano | | | disponéis? |
|
|
|
| RICARDO. | ¿Y
el Consejo | | | podrá votar jamás? ¡Oh infamia!
¡Oh mengua! | | | ¿Qué presa vil de un torpe sarraceno | | | que de la alta princesa de Britania? | | | ¿La hermana de Ricardo?...
Me avergüenzo | | | de que tal duda, baldonosa, horrible, | | | quepa un instante en tu cristiano pecho. | |
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|
| RICARDO. | Matilde,
tu inocencia sólo | | | te puede disculpar... Hoy el decreto | | | de los obispos fijará... |
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| MATILDE. | ¿Y
acaso osarán | | | decidir sin que Guillelmo, | | | cuya alta
clase y santidad sublime, | | | ciencia y reputación?... |
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| RICARDO. | Ya
te comprendo | | | el gran prelado de la excelsa Tiro, | | | de Ptolomayda
y de sus muros lejos, | | | se ignora dónde está.
Más dilaciones | | | no admite el decidir. |
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| MATILDE. | Yo,
por el Cielo, | | | te juro que antes que concluya el día | | | dentro de estas murallas le veremos. | |
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| RICARDO. | | ¿Hoy debe
de llegar? ¿Cómo?... |
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| MATILDE. | Ricardo, | | | hoy mismo; yo lo sé. |
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| MATILDE. | | Y qué, ¿no será justo, hermano
mío, | | | para resolución de tanto peso, | | | esperar
su llegada? ¡Oh vos, valientes | | | príncipes!, decidid. |
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| LUSIÑÁN. | Ricardo
egregio: | | | ¿y vos consentiréis que se suspenda | | | de
los santos obispos el consejo | | | ni un instante? ¡Señor!... |
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| HUGO. | Si
llega, | | | cual la princesa afirma, el gran Guillelmo | | | debe
al punto cesar y suspenderse, | | | hasta escuchar su veto. El
santo celo | | | que arde en su corazón, y su prudencia | | | y su ínclita virtud... |
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|
| PRÍNCIPES CRUZADOS. |
Quede
suspenso | | | el concilio. |
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| HUGO. | Sí;
debe suspenderse. | | | La equidad y razón lo están
pidiendo. | |
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| MATILDE. | Acompañadme, | | | Hugo; y vosotros, príncipes excelsos, | | | avisad sin
tardanza a los prelados | | | que-esperen la llegada de Guillelmo. | |
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