Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice Siguiente


Abajo

Manuel Rodríguez


Ricardo Latcham






ArribaAbajoCapítulo I

El destino enlazó en Chile dos vidas de un modo impresionador y realzante, desde el nacimiento hasta la muerte. Ambas existencias acabaron coronadas por el martirio, después de haber sostenido con sacrificio y altivez la causa de la independencia nacional y tras una sucesión de episodios conmovedores y animadísimos.

Nobles y altas fueron estas vidas, cualquiera que haya sido el error de las propias actuaciones y el acaloramiento que dictó muchos pasos en hombres propensos a la violencia y a la pasión.

Manuel Javier Rodríguez y Erdoíza nació el 24 de febrero de 1785, y al siguiente día lo bautiza en la Parroquia del Sagrario el doctor don Joaquín Gaete, Canónigo Magistral de la Santa Iglesia Catedral1.

En ese mismo año, el 15 de octubre, nacía otra criatura que, con el tiempo, daría que hablar mucho y completaría, en vigorosos aspectos, el rumbo disonante de la existencia de Manuel Rodríguez. Este otro ser, que vino al mundo en un año de tanta significación para los caracteres futuros de la Independencia chilena, fue don José Miguel Carrera, cuyo destino fue sellado por la tragedia.

Rodríguez tuvo su origen en un hogar pobre y su niñez no conoce el regalo. Se cría en la calle y desde pequeño se distingue por sus ojos vivos, negrísimos y fulgurantes. En la calle era siempre el rey de los motines y la piedra estaba presta para lanzarse en sus manos nerviosas. Hablador y vivaz, Rodríguez conoció en su niñez a los Carrera, hermanos despóticos, aristocráticos y turbulentos. Sus vidas se unieron y sólo la muerte similar los separaría ya. Es curioso indicar el paralelismo terrible de tales existencias.

Rodríguez tuvo siempre la tendencia al motín, a la insurrección y los bandos y capotes del Colegio Carolino destacarían a este agudo jefe, cuya intrepidez y resolución le dictaban arbitrios ingeniosos y soluciones audaces. Rodríguez se multiplicaba entre los jugadores de volantín o en las pedreas fértiles en contusos y machucados.

Por la cañada arriba, por la cañada abajo, su mechón negro era signo de rebeldía. Llovían las piedras, caían los pequeños y rara vez la mala suerte castiga al muchachuelo corajinoso. Las plazas de los conventos, los potreros vecinos donde se hacían meriendas entre las higueras, las acequias anchurosas de los alrededores, los patios escolares del Colegio Carolino, plantel de la engolada nobleza colonial, eran escenarios por donde pasó la huella enérgica de este simpático criollo.

Rodríguez miraba a los chapetones con cierto encono. La pobreza de su hogar, hogar de un burócrata aplastado por los compromisos y abrumado de obligaciones, no era un sitio indicado para crear afecto a la dominación española.

Manuelito, con rapidez imaginativa y ojo avizor, ridiculizaba a muchos hijos de rico que eran productos de la burocracia colonial. En el Colegio había cuatro becas creadas por figurones de la Capitanía General. Se exigía para ingresar allí pureza de sangre, legitimidad de nacimiento y buena conducta entre los antepasados. Los que no gozaban del privilegio de beca tenían que pagar ochenta pesos anuales, o sea una verdadera fortuna para ese tiempo. La estrictez más grande imprimía un carácter de cuartel y de convento al Convictorio. Por el invierno la levantada era a las seis de la mañana y los patios se escarchaban al pasar a la tediosa misa que duraba de seis y media a siete. Enseguida se estudiaba con tenacidad hasta las diez y media.

Después venían las conferencias y el paso hasta la hora del almuerzo, que se realizaba a las once y media. Luego seguía un reposo hasta la una, y en la tarde continuaba el estudio hasta pasadas las cinco. Enseguida se rezaba el rosario, se verificaba la cena y nuevos pasos y exámenes amodorraban al estudiante hasta la hora de acostada. Era estrictamente prohibido fumar, salvo a los privilegiados, y salir a la calle sin permiso.

Rodríguez lograba, con su ingenio, pasar por estas costumbres. Su imaginación, dúctil en recursos, conseguía que los cigarros y los dulces se introdujeran de contrabando y que la disciplina fuese aliviada por jocundas inmersiones en la calle. Esta atrajo siempre al futuro tribuno y fue su musa inspiradora. En ella recogía, con pupila ávida, el gayo colorido del pueblo, buscaba allí la atracción de las riñas de gallos, corría detrás de las tropas que guiaban los arrieros y se alegraba mirando a los milicianos que hacían ejercicios en la Plaza, frente al Palacio de Gobierno o en el Cuartel de San Pablo, donde el destino lo iba a recluir en vísperas de su postrera salida.

El Colegio Carolino, grave y adusto plantel, se animaba con las mercolinas y sabatinas. Esos días el paso general constituían una fiesta y un torneo de atracción y emulaciones. El Rector, con su peluca empolvada y los profesores con gabanes obscuros y birretes, asistían a tan trascendental acto y ponían toda su atención en vigilar a los futuros curas y burócratas del apartado país austral.

Los que no cursaban teología, cuando faltaban recibían azotes; y los teólogos eran metidos en un cepo sucio que se erguía cerca de una húmeda y pestilente acequia. En los «capotes» mucho sufrían los pateros y acusetes, cuya bajeza siempre miró con saña el altivo carácter de Rodríguez.

El Colegio Carolino no era un sitio donde un espíritu tan ancho respirase con gusto. Era como la cárcel de un ave destinada a vastos vuelos.

Cuando llegaba un nuevo colegial debía confesarse y comulgar para que luego se le bendijese la opa y beca. La primera era una especie de sotana sin mangas y con mucho ruedo, al extremo de que se podía embozar en ella. Sobre ésta se colocaba la beca, o sea una tira roja como de cinco pulgadas de ancho, cuya mitad caía por el pecho y que, descansando sobre los hombros, colgaba por ambas extremidades, y por detrás casi hasta los talones. Al lado izquierdo, por delante, tenía bordada con hilo de plata la corona real.

En el Colegio Carolino, el precoz ingenio de Manuelito tuvo mucho paño que cortar en punto de críticas al sistema imperante. Los ricos chapetones, los privilegiados, eran tratados con una consideración especial. Rodríguez no gozó jamás de la atención extremada que tenían algunos jovenzuelos de las familias que disfrutaban de título comprado, de solar calificado y de prestancia producida por las onzas peluconas. Todas las noches el aula se llenaba de graves oraciones y en la del sábado este aparato de formulismo religioso se hacía más pesado aún. Las letanías se cantaban con solemnidad claustral y los niños coreaban rutinariamente tales obligaciones impuestas por un criterio monástico.

Los exámenes de conciencia eran otro de los ritos existentes. Por la noche, en la soledad de los cuartos o en la comunidad de un salón, los alumnos del Convictorio, ayunos de graves pecados, revisaban sus almas como severos monjes, hambrientos de perfección espiritual.

¡Cuánto mejor se hallaba Rodríguez en esas calles deleitosas, en el Puente de Cal y Canto, o junto a la diligencia que arribaba de Valparaíso, seguida por escuálido cortejo de quiltros, en los baratillos pintarrajeados del Portal de Sierra Bella o en los tenderetes y barberías, mentideros de la capital! La calle y el campo, la libertad abierta de los mercados y plazas, el chismorreo vital de las sirvientas y el olor picante de los rotos estimulaban su cerebro mientras rezaba mecánicamente sus oraciones.

El Colegio Carolino estaba donde se halla ahora el Congreso Nacional. Lo regentaba don Miguel de Palacios, y en él se enseñaba gramática latina, prima de filosofía, de cánones, de leyes, de instituta, de medicina y de artes.

Rodríguez estudió desde 1796, latín, lengua fundamental para la carrera del foro; filosofía, que comprendía lógica, metafísica, ética y física; sagrada teología, según diferentes y aún opuestas doctrinas; y Cánones y Leyes. Todo esto se perfeccionaba más tarde en la Universidad.

El ambiente del Colegio, no obstante su aristocratismo, estaba sacudido por desórdenes que tenía que reprimir duramente el doctor Palacios. No era éste un hombre extremista, pero los colorados, que así llamaban a los alumnos del Colegio de San Carlos o Colorado, tenían, movidos por uno de los Carrera y Rodríguez, frecuentes levantamientos que se manifestaban con cencerradas nocturnas y capotes a los «pateros».

Esta época era ya favorable al propagamiento sordo cuanto eficaz de ideas contrarias al predominio de los godos y a la autonomía mental con respecto a las letras hispánicas. Algunos prohombres de la capital leían y ocultaban obras de filósofos franceses. En contadas tertulias y en selectos centros intelectuales se discutían principios nuevos y se criticaba acremente a los insolentes chapetones.

Compañeros de Rodríguez los había de importancia política y social futura. Estaban, entre ellos, José Manuel Barros, Mariano Vigil, José Joaquín Zamudio, José Joaquín Vicuña, Ignacio Izquierdo, Antonio Flores, Juan Agustín Alcalde, Conde de Quinta Alegre, Gregorio Echáurren, Juan José Carrera, Borja Irarrázaval, Francisco Antonio Sota, Carlos Rodríguez, Francisco Antonio Pinto, José Amenábar, José Miguel Carrera y José Calvo Rodríguez.

Carrera impone su elegante figura entre otros jovenzuelos. Sus maneras destacaban una interesante altivez. Tenía ojo rápido y penetrante, el cerebro activo y el puño enérgico. El lujo y la ostentación de José Miguel Carrera contrastaba con la sobria vestimenta de Manuel Rodríguez. Ambos se equiparaban en la audacia y el valor, en el espíritu levantisco y en el genio inquieto.

Carrera acabó por fugarse del Colegio Carolino. La disciplina férrea de éste tuvo que chocar con su carácter independiente y altivo. Se negó a aceptar una vez el castigo merecido que se dio a una indisciplina suya. Por esta razón se le recluye, y no basta el prestigio de su situación social y económica para aminorar la severidad gastada. Por la noche, no sin ponerse de acuerdo con Rodríguez y otros íntimos, el futuro general se lanza por los tejados, mientras a su vera la Catedral daba la campanada de las diez y una bruma de hondo y espeso coloniaje amortajaba el ambiente santiaguino.

Carrera no volvió más al Colegio Carolino. Su fortuna podía permitirle ese y otros lujos. Rodríguez se quedó en las aulas, de donde salió en 1799, por cuyo mes de junio lo vemos inscribiéndose en la Universidad de San Felipe en la cátedra de Filosofía de don José Ramón Aróstegui. En 1802, por el mes de marzo, lo volvemos a encontrar matriculándose en la cátedra de Leyes.

Ya en este tiempo el joven Rodríguez comparte sus estudios con actividades más gallardas. Es intrépido y atractivo. Tiene, para su edad, una regular cultura y las letras le atraen singularmente. Conocía los romances españoles y algunas derivaciones criollas, bailaba maravillosamente la cueca y las contradanzas y «minuettos» en boga. Sabía manejar el «corvo», era muy discreto en algunos juegos y colocaba en sus galanterías ese fuego y pasión que le tenían reservados sus futuros éxitos oratorios.

En tanto, el problema de la pobreza constituía uno de los puntos negros de su vida. Rodríguez avanzaba en sus estudios y lo vemos examinarse, némine discrepante, esto es, por unanimidad. En compañía de su hermano Carlos rinde examen en Filosofía en presencia del vicerrector, doctor don Joaquín Fernández de Leiva, el 10 de enero de 1803.

Entre las pretensiones de los jóvenes avanzados de entonces estaba la de que se alivianaran los estudios del derecho romano por un conocimiento más profundo de la legislación castellana. Tal idea sólo pudo surgir mucho más tarde, cuando se desvanecieron los pesados prejuicios impuestos por el ambiente. Nada más desagradable, pues, que el estudio hecho por el joven Rodríguez, cuya imaginación ardiente y cuyo carácter propenso a los ensayos literarios hacen concebir grandes esperanzas de su éxito en ese campo a muchos de sus profesores.

La Universidad de San Felipe, que tuvo este nombre en honor del rey Felipe V de España, se alzaba donde se halla hoy el Teatro Municipal. En sus aulas se cursaban nueve cátedras: Filosofía, Teología, Cánones y Leyes, Maestro de las Sentencias, Decreto e Instituta, las más frecuentadas e indispensables para la abogacía; y también Matemáticas, Medicina y Artes. Dominaba allí un ambiente metafísico; el estudio del ser en sí; la potencia y el acto de los escolásticos, y el ser en sus relaciones con los demás. Se perdía el tiempo en discursos helados, en disquisiciones sutiles y capciosas, cuyo fondo dejó en Chile para siempre la predisposición al «tinterillaje», al espíritu abogadil.

Cuando había pruebas o alegatos simulados, Rodríguez llamaba la atención por la prontitud con que captaba los argumentos contrarios y los rebatía con habilidad zorruna. Su oratoria era rápida y fulminante; en ella despuntaba su futuro procedimiento. Algo teatral envolvía sus frases, de cuyo fondo el relámpago de la argucia saltaba con matices cambiantes y peregrinos.

Los jóvenes de la época asistían a ciertas tertulias, en cuyos rincones algunos privilegiados leían obras prohibidas que se introdujeron desde Europa con suma discreción. Estos petimetres se consideraban afrancesados, usaban rapé y tabaco, tenían más ingenio que el dominante y criticaban a los chapetones. Entre ellos había algunos, cuyos hijos no eran fieles a los moldes coloniales imperantes. Por la noche, Rodríguez asomaba su socarrón perfil por las peñas conservaduristas del Café de Sierra Bella, donde el rocambor eternizábase entre banales conversaciones y chismorreos ciudadanos. El comercio vasco daba para ganar algunos patacones y los jóvenes abogados discutían sobre juicios de tierras y aguas. Entre dimes y diretes llegó junto con el progreso de ideas más avanzadas, el día en que se examinó Rodríguez del Libro Primero de Institutas el 30 de diciembre de 1802, del Libro Segundo, del dominio y sus limitaciones, el 24 de mayo de 1803, ante el vicerrector Canónigo don José Manuel de Vargas, y el 10 de diciembre de 1804 rindió satisfactoriamente la prueba de la segunda parte.

La sociedad culta de ese tiempo tenía sus mentores y sus guías intelectuales. En torno de éstos se comentaban las nuevas que llegaban del Viejo Mundo. En la acompasada vida santiaguina tenía mucho relieve y levantaba considerablemente el ámbito de las discusiones la llegada de un barco de la metrópoli.

El maestro Ovalle era uno de los hombres privilegiados. Don Juan Antonio Ovalle había afinado su espíritu con lecturas vastas y el máximo de la educación limeña y santiaguina estaba derramada sobre su ávida naturaleza de estudioso. Ovalle conversaba con elegancia cautelosa y ganaba prosélitos para las nuevas ideas.

Muchas veces Rodríguez y otros jóvenes curiosos de ese tiempo se aproximaron a este irradiante foco de subversión intelectual. Ovalle recibía cierta satisfacción de catequizar a la juventud letrada. Con digna mesura comentaba las gacetillas y papelotes que habían arribado desde el lejano Madrid. Las cosas cambiaban de color a su contacto. Su imaginación disciplinada por vastas lecturas y su trato mundano, entregaban a sus palabras un encanto perdurable. No eran ajenos los jóvenes como Manuel Rodríguez a las conversaciones que al atardecer en un escritorio en la noche en un saloncito tenía Ovalle con sus prosélitos.

Don José Antonio de Rojas, otro temperamento emancipado, y el Canónigo don Vicente de Larraín y Rojas poseían peñas y asistían, en otras ocasiones, a la de Ovalle. En tal ambiente, las ideas de Rodríguez se ampliaban y su instinto rebelde latente se enriquecía con nuevos aportes. Maduraba su carácter y el círculo de sus lecturas se tornaba más vasto. Rodríguez no dejaba nunca de preocuparse del fenómeno anormal de los privilegios imperantes. Los españoles ricos, que formaban la plutocracia colonial, se llevaban los empleos mejores y de mil modos hacían prevalecer sus cualidades aparentes y reales. El joven criollo, curtido por la pobreza y el estudio, alentaba en la sombra un vasto deseo de represalia. Algún día quizá la vida daría ocasión a que los opresores recibiesen un condigno castigo! Las obscuras pupilas fulguraban, el puño duro tocaba la culata de un pistolón, el embozo de la capa ceñía apretadamente el rostro enérgico, y el futuro guerrillero dejaba los portalones de las tertulias para meterse, ya anochecido, por callejas lóbregas, mientras los perros y los gallos subrayaban la hora con sus avisos.

El sueño hondo de la Colonia estaba en vías de turbarse. Hombres nuevos, venidos de Europa, y acaecimientos imprevistos, sacudirían esta atmósfera de plomo.

Rodríguez sigue sus estudios con regularidad y en 1806 se examina de los Libros Tercero y Cuarto: de los testamentos y contratos; y de las obligaciones y acciones. Después le toca el turno al pesado Derecho Canónico, cuyas treinta y tres cuestiones constituían un fárrago tremendo. La materia se dividía en treinta y tres tesis o cuestiones, y el alumno escogía una a la suerte, de la cual no podía salir el examinador.

El 27 de diciembre de 1806, en presencia del doctor Tollo y de los doctores Pedro José Caucino, don Juan de Dios Arlegui, don Santiago Rodríguez Zorrilla y don Francisco Íñiguez, rindió esa prueba.

Era admirable como pasaba, némine discrepante, por los más plúmbeos temas. Su talento natural y su capacidad de estudio le facilitaban asombrosamente el camino. El rector de la Universidad de San Felipe, don Manuel José de Vargas, en un certificado que expidió sobre la aplicación de Rodríguez, dice:

«Porque el Colegio le encomendaba siempre sus conferencias, que desempeñaba con lucimiento, efecto preciso del talento aventajado que le adornaba y de su escrupulosa aplicación y celo».



Es de imaginar a Rodríguez en esta misión. Por sus labios apasionados pasaban los asuntos y perdían la opacidad de los textos muertos. En su boca todo se transformaba y se movía con picante facilidad. El nervio de su ingenio animaba las farragosas disquisiciones de los profesores para convertirlas en algo vital y orgánico. En estas ocasiones y en horas de recreo y descanso, su espíritu aprovechaba la oportunidad para extender el círculo de los descontentos.

Otras preocupaciones, menos graves y definitivas, animaban la vida de los alumnos. Por ahí quedaban algunas tapadas, cuyos rostros picarescos se animaban con el bermellón rabioso de los solimanes y con el blanquete descarado.

Las afamadas petorquinas, sucesoras de las lusitanas o las niñas venidas a menos y vergonzantes acogían a los mozalbetes que de tapadillo se deslizaban a ciertas callejuelas del pecado. Por la Chimba arriba medraban estos sitios y también por San Pablo abajo. Allí el baile zapateado, la chicha rubia, el oloroso apiado y el ponche con recia malicia, alegraban los cuerpos y encendían los rostros. El estudiante olvidaba sus graves preocupaciones y su problema central -la pobreza- en estos desbordes criollos con matices lascivos y vinolentos.

Santiago era un vasto emporio del conservantismo y la tradición.

Don Fernando Márquez de la Plata, cuyo apellido sonaba a polilla y a metal; don Estanislao Recabarren, deán de la Catedral; don José Santiago Rodríguez Zorrilla; y el escribano de gobierno, don Antonio Garfias, eran de los más ardientes chapetones. Con instinto político veían que este infiltramiento de nuevas ideas y de costumbres más liberales significarían el menoscabo de la autoridad real. No podían mirar con buenos ojos a Rodríguez en estos cenáculos, cuyo foco de buen tono lo daba el Café de la calle de Ahumada. Este se llamaba simplemente el Café para distinguirlo del modesto cafetín para zambos que había en otro sitio más deleznable. Se decía el café a secas como hoy dicen el Club para diferenciar de cualquier otro club al de la Unión, areópago de la vanidad santiaguina.

En el café se citaban los más importantes soportales de la sociedad colonial. Unos cuantos velones de sebo y hasta un candil vacilante animaban sus reuniones nocturnas. Mistelas y vinos generosos se tomaban en invierno y en verano alojas y bebedizos fríos. Un brasero de cobre, unas cuantas sillas y mesas y un montón de botellas era todo el modesto ajuar de este local. Había veces en que se asomaban los hombres nuevos y un silencio sospechoso los circundaba.

En enero de 1807, el estudiante tuvo el agrado de recibirse sin dificultades mayores de Bachiller en Cánones y Leyes. Prestó el juramento de rigor y un mes más tarde su actividad lo conduce a oponerse a la cátedra de Instituta en la Universidad. Establecían las constituciones que, una vez cerradas las oposiciones, se diera puntos a los opositores, y la ceremonia de absolverlos se llamaba picar puntos.

Esta costumbre era curiosa. Se reunían los interesados en la oficina del Rector, donde los acompañaban los doctores de la Facultad. Se ponía un libro con la materia del examen en una mesa, donde lo abría con un puntero cualquier sirviente. Esto se repetía tres veces y el opositor se preparaba sobre una de las tres materias, que elegía, por espacio de veinticuatro horas. Al día siguiente tornaban a reunirse los circunstantes y escuchaban la disertación del caso. Venía a continuación el juicio del jurado y se otorgaba el cargo al que hubiese contado con la mayoría de los votos.

En agosto de 1807 se trató de proveer la cátedra de Instituta. La lucha fue animada y se presentaron en pugna hombres de verdadera capacidad. Lucharon Rodríguez, don Bernardo de Vera y Pintado, don Pedro José Caucino y don José María del Pozo y Silva. Triunfó Vera, cuya fama e ilustración ya estaban creadas. Tuvo idéntica mala suerte Rodríguez al oponerse a la cátedra de Decreto, que le fue concedida a Pozo y Silva.

A principios de 1810 falleció el catedrático de prima de leyes, doctor don Francisco Aguilar de los Olivos, y con tal motivo se citó por el Rector don Vicente Martínez de Aldunate a concurso para proveerla.

Nuevamente la mala fortuna acompaña a Rodríguez, cuyos apuros pecuniarios parecen intensos por este tiempo. El doctor Martínez de Aldunate se presentó al concurso y por su influencia social y la calidad de su cargo tuvo que llevarse el triunfo.

Más tarde, en 1811, un nuevo fracaso da a Rodríguez motivo para desesperar ya en las pretensiones docentes. Al quedar vacante la cátedra de Sagrados Cánones, por fallecimiento del doctor don Vicente de Larraín, se lanza Rodríguez otra vez a la lucha. Se oponían también don Gaspar Marín, don Juan de Dios Arlegui y don Gregorio de Echagüe. Dados los relevantes méritos de Marín, a última hora se retiraron los demás oponentes.

Un contratiempo más debía agregarse a los muchos que recibe el futuro guerrillero. Por aquella época componía el Claustro Universitario un número indeterminado de doctores, cuyos grados eran concedidos mediante el pago de trescientos pesos, salvo en casos de extremada pobreza del oponente. En estas oportunidades se rebajaba a la mitad esa suma, que consideramos enorme para los recursos de Rodríguez. Se miraba muy mal al abogado que no se doctoraba y no exhibía su borla respectiva. Para conseguir la rebaja se reunía el Claustro y se votaba secretamente la solicitud del interesado.

A principios de 1809, Rodríguez reunió todos sus antecedentes y los presenta a la Universidad. Entre estos documentos hay un repertorio abundante de testimonios que califican de un modo excelente al futuro militar. Don Miguel de Palacios lo llama hombre de «juicio y reposo», a la vez que espera de sus circunstanciadas cualidades un porvenir distinto al que tuvo. Palacios cree que Rodríguez puede llegar a ser «un literato completo». El rector de la Real Universidad de San Felipe, don Manuel José de Vargas, recalca su «distinguido amor a las letras y aplicación». Don Pedro Tomás de la Torre y Vera, también rector del Colegio Carolino, agregaba aún: «no dudo que ellos (los méritos) le proporcionen tan ventajosos conocimientos que llegue a ser un literato cumplido».

¡Qué distinto fue el porvenir deparado a tan inquieto personaje!

La pobreza resultaba implacable y Rodríguez no pudo pagar los derechos y propinas correspondientes. Llega a ofrecer «a falta de pago de propina, desempeñar gratuitamente los interinatos en las cátedras de Cánones, Leyes, Decreto e Instituta», cada vez que quedaran vacantes y hasta satisfacer la suma adeudada. Había doctrina en el sentido de favorecer este género de solicitudes por estimar las autoridades universitarias útil el ingreso de un doctor nuevo que las sumas pagadas por éste.

La desafortunada vida de Rodríguez se estrella con un nuevo obstáculo en la antipática y siniestra figura del vice-patrono de la Universidad, el Gobernador García Carrasco. Algunos doctores que no habían mirado bien tales concesiones se interpusieron por delante de Rodríguez y el mismo día en que el Claustro debe reunirse para resolver el asunto, recibe orden de no hacerlo hasta nuevo aviso.

Don Juan Francisco Meneses, espíritu reaccionario e intolerante, y don Pedro Juan del Pozo y Silva, personaje petulante y jactancioso, fueron los informantes en contrario. Para ellos tal avance en las concesiones y en la tolerancia les parecía mal. Había que poner obstáculos en lo posible a un espíritu juvenil e innovador, cuyos rumbos visibles eran de oposición a los privilegios y de acercamiento a los desamparados.

Estas innovaciones eran tachadas de inmorales y de perturbadoras. Los togados que tenían el goce de los privilegios y que exhibían sus borlas con engolado talante, negaban el acceso al foro a un hombre en que despuntaba un posible competidor.

Rodríguez tuvo motivos para mirar con fastidio a García Carrasco, personificación crasa del espíritu retardatario del coloniaje. Este hombre torvo y comprometido en obscuros asuntos, cuyo espíritu tenebroso lo recluía en su palacio al lado de una mojigata tertulia, quizá fue el propulsador de un rumbo definitivo en la existencia del joven santiaguino.

Ya no se podía esperar justicia de la metrópoli.

La propia solución de este caso revelaba rutinarismo y estrechez mental de parte de las autoridades universitarias y del tremendo Vice-patrono. Rodríguez, en tan pintada ocasión, se exalta y escribe memoriales en que trata de ser elocuente y mover a justicia a los que tienen su porvenir jurídico entre sus manos. Dice por ahí en un memorial vehemente:

«No tenía, señor, ocho años cuando me separé de mis padres por entregarme todo a la carrera de las ciencias».



Y llega a desnudar las íntimas congojas y las miserias familiares para instigar a la generosidad:

«Mi padre -expresa en otro documento- mantuvo largo tiempo su numerosa familia con seiscientos pesos al año, hasta que Su Majestad se sirvió ascenderlo a la Contaduría de la Aduana, en cuyo empleo goza mil quinientos».



Y, por fin, añade en un rapto de suprema angustia:

«Yo deseo vestir el capelo, pero jamás consentiría que se verificase con detrimento de mis hermanos. Sigo la carrera de las oposiciones, en que de necesidad debo condecorarme con la borla, pero la renuncio a tan grande costa».



También ya manifiesta sus rebeldías, y por ahí se le desliza una punzadora alusión a los que tienen esa fantástica idea de la nobleza. El no conformista posterior estaba ya modelado. Las injusticias que se cometían con los criollos y el triste resultado a que llegaba su padre, don Carlos Rodríguez, viendo en peligro el porvenir pecuniario de su familia, después de treinta años de sacrificarse en el servicio de Su Majestad, no eran factores para solidificar la fidelidad a su causa.

García Carrasco era obstinado y alargó el juicio hasta 1809.

Manuel Rodríguez, por lo tanto, no se doctora jamás y nunca se dio el placer de ostentar la decorativa borla universitaria.

Su vida accidentada de estudiante termina junto con el comienzo del gran drama de la emancipación. Los códigos y los cánones iban a ser molidos en la gran trituradora de hombres e instituciones que comienza en 1810. La toga del jurisconsulto será reemplazada por la espada del guerrillero. La vorágine revolucionaria tenía asignado un papel menos tranquilo al estudiante santiaguino.




ArribaAbajoCapítulo II

Chile, en el año de su independencia, empieza a salir de un intenso y alargado sopor. Brisas nuevas soplan por sus valles y un aire de revuelta pasa la cordillera.

«En una cama de pellones -dice Vicuña Mackenna-, con un burdo rebozo de bayeta echado a la cabeza, que le tapaba la vista, el alma remojada en agua bendita y los labios húmedos en vaporoso chacolí, dormía Chile, joven gigante, manso y gordo, huaso, semi bárbaro y beato, su siesta de colono, tendido entre viñas y sandiales, el vientre repleto de trigo, para no sentir el hambre, la almohada repleta de novenas para no tener miedo al diablo en su obscura noche de reposo. No había por toda la tierra una sola voz ni señal de vida, y sí sólo hartura y pereza. En ninguna parte se sentía el presagio de aquella maternidad sublime de que la América venía sintiéndose inquieta con el germen de catorce naciones, y de que Chile, como una de sus extremidades, no percibía sino síntomas lejanos»2.



La capital, donde se concentra la vida cortesana y la gran burocracia española, sigue ostentando el sello que tuvo en los días que la visitaron los Ulloa, Frezier, Vancouver. Dominando la Plaza, como un adusto centinela de la dominación española, se elevaba el pesado palacio del Capitán General. García Carrasco vive allí, rodeado de una sombría tertulia y entregado a livianos amores con una mulata. Lo adulaban hombres tenebrosos y beatos, cuyos manejos se hicieron terribles para los moradores de la capital después del espantoso asesinato del capitán Bunker, comandante de la fragata «Scorpion».

Entre los contertulios del Capitán General estaban don Manuel Antonio Talavera, abogado español, y otro peninsular de arraigadas ideas absolutistas, el comerciante don Nicolás Chopitea.

En ocasiones, el magnate recibía amigos antiguos, cuyas famas tabernarias se comentaban en los cenáculos adversos. Entre éstos destacaban sus perfiles tenebrosos Seguí y Arrué, mezclas de rufianismo y de matonería muy del gusto de su amo. Con historietas, humoradas zafias y chismes locales ganaban la voluntad del omnipotente peninsular.

La capital, agazapada bajo las torres de sus conventos, no disimula el odio al Gobernador. En los baratillos de los quincalleros y zapateros, en las ramadas y fondas, en los cafés y corrillos se comentaban los abusos de García Carrasco. Otros insinuaban la complicidad de su privado, Martínez de Rozas, en el reparto de lo capturado en Topocalma, cuando el capitán Bunker fue asesinado cobardemente bajo la responsabilidad del Capitán General y suplantándose el nombre del Marqués de Larraín.

Poco a poco la fama del Capitán General se hacía más ingrata. En este ambiente Rodríguez contribuía a desenvolver su personalidad tribunicia en sitios de pelambre y tertulias opositoras.

Los familiares de Larraín, verdadera casa otomana con apellido, tradiciones sociales y dinero, los patriotas que recibían papelotes revolucionarios de la otra banda y los descontentos naturales hacían cada día más irrespirable la atmósfera circundante del Palacio de Gobierno.

Así llega el año de 1810, en que se decide el rumbo de la nación chilena. Ya García Carrasco había roto con la Real Audiencia, con la mejor sociedad y con el Cabildo. En el seno de éste se ocultaba el foco de la oposición. En tertulias nocturnas y en cafés se leían los papeles que desde 1808 comenzaban a enviar de la Argentina. El historiador realista fray Melchor Martínez dice más tarde:

«Todo el áspid y veneno viene en los papeles públicos de Buenos Aires».



Los patriotas ganaban terreno entre ejército, formado por gente del país y en las clases altas, cuyo desplazamiento por los chapetones era cada vez más odioso.

En tanto, el espíritu reaccionario se refugiaba en la Real Audiencia, que sostuvo hasta el último los fueros del absolutismo monárquico. Para sus adeptos todo era peligroso en los novadores, que así llama a los hombres de ideas revolucionarias el famoso padre Martínez.

Se vigilaban sus reuniones, se recelaba de los correos y se deslizaban espías a todos los focos de posible subversión.

La autoridad real, vacilante en las manos de García Carrasco, estaba principalmente socavada por el Cabildo. Así las cosas, un nuevo golpe vino a asestarse contra la solidez del poder español. Llegaron nuevas alarmantes de Buenos Aires. Los criollos habían cambiado el régimen y se tomaban atribuciones de dueños de casa. Nada con los peninsulares parecía ser la voz de orden de los republicanos en potencia de las orillas del Plata.

García Carrasco vio minado definitivamente su mando cuando los vecinos de Santiago exigieron su salida. La resistencia a los «novadores» parecía imposible por más que un núcleo de las tropas de la capital aún permanecía fiel a la bamboleante autoridad monárquica.

Por otra parte, el rumbo de la revolución era prudente y no parecía, en apariencia, sino un movimiento de fidelidad a Fernando VII y no el comienzo de la emancipación.

La escasa autoridad de Carrasco terminó el día en que torpemente hizo apresar a Rojas, a Ovalle y a don Bernardo Vera. Agregó a la falta de tacto la violencia haciendo que turbas armadas insultaran y vejaran a los presos por las calles de Valparaíso. Un soplo de indignación profunda y la firme voluntad de echar abajo a tal mandatario unieron a los principales vecinos de Santiago en una ofensiva prepotente contra el odiado Gobernador. Por esto tuvo que entregar el poder al Conde de la Conquista en julio de 1810. Antes dejó sin efecto la orden de confinamiento a Juan Fernández dada contra esos primates.

Rodríguez tiene una actuación escasa y moderada en todos estos sucesos. Su preocupación dominante parece ser ganar dinero en el ejercicio de la profesión y cortejar a las mozas de partido y a las otras. Es tradicional su afición al bello sexo. También sabemos que amaba mucho los toros y los trucos3. No era ajeno a reuniones nocturnas, donde se bebía el especioso ponche de ron y se jugaba a las cartas hasta avanzadas horas de la madrugada. Sus enemigos, posteriormente, le reprocharán tales esparcimientos y extenderán en su contra pesados rumores en que el encono y la envidia tienen mucha parte.

Don Bernardo María Barrère, informador de Chateaubriand, lo estima más tarde como un hombre de costumbres depravadas.

Así se explica su conocimiento cabal del bajo pueblo, su especial psicología que revelará, más adelante, recursos extraordinarios y una fuerza admirable de adaptamiento a las maneras plebeyas.

No se explica cómo un hombre ciudadano, que no vivió mucho en el campo, sino en tiempos de verano, en que descansaría en chacras o fundos cercanos a la capital, llegue a ser un experto «huaso».

En la vida santiaguina, frecuentando los bajos fondos y chinganas, mientras otros se desvelaban por la solidificación de la Independencia, es probable que se forjase la original fisonomía criolla de este ladino y avizor abogado.

El aspecto de Santiago era monótono; sobre todo por la desnudez de sus calles con pobres frontispicios. Dominaban la ciudad su Audiencia, el Palacio de Gobierno, la Cárcel y la Catedral, que daban cara a la Plaza de Armas. El resto de los edificios era pobre y colocaban una nota pintoresca las arquerías donde estaban los baratillos. Allí se vendía comestibles, telas, chucherías, ollitas de Talagante, charqui seco, dulces, aloja, zapatos y paños de Castilla.

Por las noches de luna estos portales se animaban con bizarras tertulias, especialmente frente al Café del Serio o a otros que alzaban sus desmedradas construcciones cerca de ese sitio. Los amplios aleros proyectaban su discreta sombra, propicia a secretos galantes y ahí las damas ostentaban sus agresivas siluetas, sometiéndolas a la admiración de los petimetres amigos y de los amantes. Todos los pequeños puestos se iluminaban y los baratillos encendían velones de sebo y farolillos. La noche hacía menos feos los defectos del ambiente y daba a las cosas un seductor prestigio. Las bayetas castellanas, las holandas, los cordobanes, los géneros multicolores y las sederías lyonesas se exhibían mientras un bullidor concurso desparramaba su inquietud bajo los portales.

Rodríguez recorrió bastante esos sitios sin sentir todavía el impulso guerrero de sus últimos años. Su figura simpática se desliza a menudo por esos portales, entre los tenduchos y baratillos, camino de su casa, que estaba situada en el número 27 de la calle Agustinas.

Otras veces huronea por otros barrios de esta ciudad, tan querida para él y cuyos rincones ocultaron tanta grata aventura y tanta travesurilla infantil. Recorre la Cañada, el barrio de San Pablo, llamado Guangalí y cuajado de chinganas, la Chimba, los Tajamares. Se trepa al Santa Lucía y contempla abajo la soñarrienta capital y sus pesados techos y las casonas blanqueadas con portalones ferrados.

Rastrea por callejas, donde se abren discretas portezuelas se asoman unos ojos obscuros y unos labios gruesos. Cruza más de una vez el Puente de Cal y Canto con sus barberías y mentideros, sus puestos de mote con huesillo, sus pescaderías y la estafeta donde arriban los birlochos y la grandota diligencia del puerto. Sus jardines, los de los conventos y tal vez el de alguna dama le sugieren alguna aventura y tienen resonancias morunas.

Más de una vez quizá se detuvo en acogedor convento, donde tuvo buenos amigos y probó vino de misa o un añejo del Huasco.

También se allega hasta la Moneda y ve el plúmbeo edificio donde se fabrican monedas toscas y, por fin, alcanza hasta la Universidad, en cuya librería mira displicente algún viejo infolio y hojea los tratados que no pudo comprar.

Pero prefiere los sitios de colorido y movimiento, ya sean del pueblo, ya de la clase principal, a cuyo seno pertenece. En alguna pampilla o campo propicio al paseo se reúnen los elegantes. Las damas van en carruaje, los militares y algunos caballeretes montan a caballo. Abundan las calesas, los peatones, los perros del criollaje, las carretas con gente y cocaví, los curiosos y los rotos que husmean en busca de un cuartillo.

Otras veces, por la noche, se sumergirá en el encanto de la música o en un sarao de distinción. Los minuettos y los bailes populares de España son muy socorridos. Una niña canta con buena intención, pero desafina. El bermellón intenso del solimán crudo con que se ha pintado le impedirá ruborizarse si el aplauso no es tan sincero como su propósito.

Una viajera inglesa anota más tarde que estas niñas de sociedad chilenas, abuelas de las flapper de hoy «son, por lo común, de mediana altura, bien conformadas, de andar airoso, con abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y negros».

Sin embargo, tan bellas creaturas, cuyo sonrosado color compara María Graham a los más selectos atributos de la Naturaleza «tienen generalmente una voz desapacible y áspera».

Rodríguez galantea, pero nunca avanza con estas bellísimas criollas, cuyas voces apajaradas tanto chocaran a la dama inglesa. Su instinto libertario, su afición a los más positivos connubios con una sólida campesina o con una cenceña china chimbera, lo apartan del mundo elegante para elegir la compañera de su vida. Más tarde se liará con una cuyana, que pasa a esta banda cabalgando en briosa mula.

Para Rodríguez la vida tiene encantos positivos y nunca deja este rumbo que lo hace llegar a la muerte en instantes en que iba a buscar un esparcimiento cerca de unas criollas alegres y «cantoras».

Su familiaridad progresiva con las clases populares data del tiempo en que dejando graves estudios y estiradas tertulias se desliza entre las ramadas y baila una cueca al son de arpa y vihuela. En otras oportunidades se amanece entre libaciones de ponche y jugando a las cartas donde su amigo don Juan Lorenzo de Urra o en un apartado sitio de la Cañadilla.

El misterio de esta existencia, mezcla ardiente de cultura y de instinto, se aclara mucho penetrando en sus vinculaciones con el «roterío».

Más tarde, al escribir a San Martín sobre sus planes revolucionarios e informarlo, se expresa con poco respeto de la nobleza y se refiere a la clase mediana con términos sumamente despectivos. En cambio, confía de los milicianos, tiene fe ciega en los rotos audaces y en su amigo Neira, con el cual bebe vino en el mismo «cacho pateador», y con quien comparte idéntica ración de charqui.

La Independencia, con sus sorpresas y sus trastornos, cambia la vida del abogado noble y lo lanza a una nueva existencia de sobresalto y de dramática intensidad. De leguleyo y de compadre más o menos remolón se transforma, por arte de magia, en un terrible guerrillero y en un creador de vastas empresas militares. Su instinto certero y su fuerte malicia no lo traicionan nunca. Quizá alguna vez, contemplando a Santiago desde el abrupto peñón de Santa Lucía, cuya vecindad era refugio de hampones y vagabundos, presintió que esa ciudad tan cara a su corazón, le tenía deparado un trágico destino.

Abajo suena una campana. Otra y otra responden a lo lejos. Entre este repiqueteo y las procesiones se prolonga el coloniaje cuando lo sacude el movimiento de 1811.




ArribaAbajoCapítulo III

1811 es un año señero en la revolución chilena. Poco a poco las cosas van tomando un rumbo decisivo. En Santiago y en el sur se forma un partido avanzado, que tiene por jefe a Martínez de Rozas, cuyas antiguas veleidades y la coima en el asunto de la Scorpion no habían olvidado sus enemigos. El 18 de diciembre de 1810 apareció fijado en la puerta de su casa un pasquín en que se veía dibujado un bastón atravesado por una espada sangrienta y encima una corona de rey con esta inscripción: «¡Chilenos! ¡Abrid los ojos! ¡Cuidado con Juan I!». No obstante, Rozas tuvo dos méritos grandes en favor de la causa de los criollos: había favorecido el mejoramiento de los correos con Buenos Aires, facilitando así la llegada de noticias de la otra banda y de Europa; y contribuyó a que se armasen milicias nacionales para el caso de que lo invadieran tropas extranjeras. Esta medida fortaleció el espíritu nacionalista y facilitó desde el Cabildo la creación de una organización militar entre los chilenos.

Rozas era un hombre cultivado y de ideas no comunes. Por mucho tiempo se le ha creído el autor del Catecismo Político Cristiano, que circuló entre los patriotas. Sin embargo, se comprobó posteriormente que su autor más probable fue el guatemalteco don Antonio José de Irisarri.

Rozas tenía ganado un gran prestigio entre un poderoso grupo de santiaguinos, por más que abundaban sus enemigos. Ciertos epigramas y otras virtudes intelectuales lo hacían temible; pero en el fondo eran incontables las aversiones que inspiraba su actuación pasada.

Rodríguez no congenió con Rozas, a quien trata en 1811, cuando es un patriota moderado aún y ocupa el cargo de procurador de ciudad en Santiago.

En este cargo tiene ocasión de tratar a muchos hombres notables y de arraigar sus ideas revolucionarias que se acentúan por un nuevo y trascendental suceso.

El 25 de julio de 1811 arriba a Valparaíso un barco inglés, el Standart, en cuyo pasaje llega don José Miguel Carrera, el antiguo condiscípulo de Rodríguez en el Colegio Carolino. Carrera había peleado en la guerra de la Independencia de España, donde alcanzó el grado de sargento mayor del nuevo regimiento de húsares de Galicia y la medalla de Talavera. En el viejo mundo trató a varios criollos enemigos del régimen español y fue ganado definitivamente para las ideas separatistas de la Madre Patria. Su carácter impetuoso y ardiente, su vanidad preponderante, su rango social y económico, su excepcional generosidad y la ambición desmesurada eran cualidades dominadoras en él. Sobre esto había una ductilidad notable de trato, una simpatía abierta y ancha, un conocimiento diplomático del corazón humano y un fino tacto cuando las circunstancias exigían un avance en la captación de las voluntades.

Carrera ardía en deseos de arribar a Santiago, de cuyos sucesos tenía lejanas y desiguales noticias. Tan pronto como reposa brevemente y sin repararse de las fatigas de una larga navegación, se lanza a mata caballo sobre la capital, a donde arriba el 26 de julio.

Allí lo esperaban ya sus íntimos y familiares, con quienes departió largamente. En la noche de su arribo lo sorprende la madrugada en una detallada conversación con don Juan José, su hermano mayor, quien lo entera allí de los pormenores revolucionarios. Carrera está poco en Santiago y regresa a Valparaíso para arreglar unos asuntos particulares; pero no pierde su tiempo y torna a la capital en agosto. Su ojo es alerta y su intuición muy certera. Se estima el hombre indispensable y su ambición se derrama ganando prosélitos y haciendo ver la superioridad de su espada, ya experta en ocho acciones de guerra, sobre los chafarotes oxidados de unos militares sedentarios y mansuetos. Por todas partes extiende con habilidad los recursos de su política y de su apetito de mando.

Grande fue el agrado de Manuel Rodríguez al encontrarse con Carrera. En él había un ejemplo laborioso de energía y de insumisión. Rodríguez admiró siempre en el jefe del partido carrerino su no conformismo, su soberbia y audacia, ese conjunto de cualidades y defectos en que veía retratada su propia y compleja persona. Ambos, a pesar de rupturas momentáneas, están destinados a entenderse. Significan, dentro del apacible y mansurrón medio santiaguino, una disonancia profunda. Son la nota desapacible perturbando la digestión de empanadas y de cazuelas, de porotos y de charquicán que nutrían a los engolados señorones de la capital.

Carrera tenía la seducción de una figura distinguida, de un rostro varonil y bello, de una experiencia vital que pocos poseían en este lejano país, donde un viaje a Europa era algo desusado y magnífico entonces.

Nada inferior el uno al otro en talento y argucia, lo era Rodríguez en cuanto a situación económica y a partido familiar. Carrera estaba rodeado de recursos y su padre ocupaba una respetable posición dentro del nuevo régimen al que adhirió con entusiasmo. Tenía también el apoyo de su hermano Luis, admirador ciego y exagerado de sus cualidades y el matonismo cuartelero de Juan José, en quien algunos han supuesto emulación y envidia respecto al jefe de los húsares.

Intenso fue, pues, el momento en que los antiguos compañeros se encontraban en esta nueva etapa de unas vidas destinadas a la tragedia. Juntos se habían criado en el mismo barrio: Carrera en la calle Huérfanos número 29 y Rodríguez en la de Agustinas número 27. Juntos habían peleado en las calles y partidos, y juntos estudian en el Convictorio Carolino. Por fin, la muerte violenta, por causa de idénticas actividades, había de arrebatarlos a su patria en un período de tiempo muy cercano.

Carrera, Rodríguez y otros amigos estudiaron desde luego la posibilidad de que las cosas cambiaran en Chile y que el gobierno quedara en las propias manos del audaz militar recién llegado.

Con Carrera recibía un estímulo nuevo y ardiente la revolución. Era un rayo por la prontitud con que se ponía a la obra. Sus proyectos se trocaban presto en dinámicas realizaciones. Los chapetones y los rezagados vieron en él un propulsor del radicalismo, por más que uno de sus fieles fue el clérigo Julián Uribe, curioso y entrometido tipo de hombre de iglesia. La elegancia, el porte y la distinción de Carrera, su uniforme flamante de húsar, su osadía y el donaire con que montaba a caballo eran el tema de todas las conversaciones en la capital.

El Congreso recientemente elegido, y en el que Manuel Rodríguez desempeña el cargo de diputado por Talca, era mal mirado por todo el mundo. En su seno se albergaban muchos moderados y un poderoso núcleo de los eternos conciliadores que forman la esencia del carácter chileno, que calificó Monsieur Barrère, al referirse a los hijos de este suelo, como autómatas de la América Meridional.

La revolución se estaba desacreditando por su lenidad en conjurar el posible peligro de una reacción española. Se daban títulos militares a los partidarios del antiguo régimen y se andaba con pies de plomo en la remisión de pólvora para la otra banda. Esta atmósfera de paz exasperaba a los exaltados, en cuyo seno halló Carrera el mayor apoyo.

Rodríguez miraba en un comienzo con calma los sucesos de la revolución y su astucia le parecía indicar que su papel debía reservarse para una oportunidad más cabal. Pero la llegada de su antiguo condiscípulo y el entusiasmo comunicador de su verbo hicieron el milagro de exaltarlo rápidamente. Asimismo sucedió con otros moderados que, por convicción o por conveniencia, no se resolvían a desenvolver una actuación decisiva en los sucesos que apasionaban a los criollos y chapetones de Chile.

Carrera estaba mal conceptuado en algunos círculos mojigatos. El obispo y su camarilla lo creían un volteriano y un libertino. Antes de irse a Europa su fama de galantuomo se había desarrollado con estridentes aspectos. En una ocasión forzó la puerta de una dama principal que tenía relaciones ocultas con el prócer. El marido arribó en la noche y Carrera tuvo que salir con violencia de este hogar deshonrado.

En otra ocasión dio muerte a un indio, y siempre lo rodeó ese halo de escándalo que, más tarde, hará temblar a los niños cuyanos cuando se le nombraba con el tremendo pseudónimo de Pichi Rey, que ostenta al capitanear a los indios pampas en depredaciones y correrías por el desierto.

Carrera y Rodríguez se avinieron por su similitud de caracteres. Las mujeres y la vida galante eran aficiones de ambos y la intranquilidad, base común de sus almas, los empuja a profusas aventuras en que se hermana la audacia y el simple goce de la acción.

Rodríguez fue menos ambicioso. Es uno de los caracteres más desinteresados que existen en Chile. Nunca buscó los honores y los grandes empleos públicos, sin que se le gane para la causa de O'Higgins con una apetitosa oferta de viaje. Es el descontento por naturaleza, el inquieto amante del peligro. De su alma de criollo genuino estaba, no obstante, excluido el más terrible de los defectos nuestros: la sumisión y el respeto incondicional a los que gobiernan.

Carrera representaba el éxito y la fortuna. Su existencia era discutida; pero al paso de su estampa vivaz y de su bien plantada silueta de húsar, las mujeres lo miraban con el rabillo del ojo y los hombres no disimulaban la admiración o la envidia.

«Manuel Rodríguez tenía -según Samuel Haig, que lo conoció- cinco pies y ocho pulgadas de alto, era extremadamente activo y de muy buena contextura; su presencia era expresiva y agradable»4.



Hombres tan similares en lo físico y en lo moral estaban destinados a entenderse en los sucesos de 1811.

Las revoluciones chilenas del siglo XIX tenían como objetivo primordial la toma de la artillería. Dominando a ésta en una población pequeña, lo demás era fácil. Se establecía así el control de Santiago y del Gobierno del Estado. Carrera se dio cuenta, antes que nadie, de la conveniencia de tomarse la artillería. Primero se puso al habla con los oficiales Ramón Picarte y Antonio Millán, que no lo secundaron como él hubiese querido, pero que no resultaron tampoco un obstáculo sólido a sus designios.

Carrera vivía a media cuadra del cuartel. Su casa de la calle Agustinas tenía una puerta falsa que daba a Morandé. Por ahí y por la principal se introdujeron a su casa unos treinta conjurados que estaban de acuerdo para apoderarse del cuartel. El plan se había dispuesto para el día 4 de septiembre, entre una y dos de la tarde.

Carrera salió ese día, a la hora convenida, a pasearse de gran parada, vestido de húsar con brillantes arreos, que le daban un aspecto llamativo. Se aproximó al cuartel por la calle de Teatinos, que desembocaba a la vasta plazuela de la Moneda. Por ahí cerca estaba un famoso reñidero de gallos que era muy acreditado en la capital.

A esa hora pasó Millán, camino del reñidero. Llevaba un hermoso gallo debajo de los brazos, y al pasar saludó a Carrera. Ambos se miraron con cierta inteligencia.

-¡Qué tal, Millán!

-¡Al reñidero voy, señor! Yo mismo he preparado el gallito. Tengo una pelea armada para más tarde.

Con una sonrisa comprensiva se separaron, mientras Carrera deseaba buena suerte al aficionado. Es probable que Millán quisiera rehuir la responsabilidad.

El asalto al cuartel fue relativamente fácil, no obstante el concurso de pueblo que se había reunido en el contorno, atraído por la gente y por el decorativo uniforme de don José Miguel.

El capitán Barainca estaba de oficial de turno y se había acomodado en una cochera inmediata al cuartel, que servía de oficina a los oficiales que montaban la guardia. Uno de los conjurados, sabiendo que era dueño de una chacra situada donde está hoy el Seminario, entró a solicitar un permiso para conducir unos caballos a talaje en su propiedad. El capitán confiadamente, se puso a escribir la orden, lo que aprovechó el asaltante para hacer señas a otro y éste, a su vez, a los que se hallaban apostados en la vecindad del cuartel.

El sargento González, de la guardia, intentó defenderse e hizo los puntos a uno de los Carrera. Don Juan José, rápido como el relámpago, le dio muerte de un balazo.

Los Carrera quedaron este día dueños de la situación.

Rodríguez había preparado el terreno a tal acontecimiento, propagando los méritos y cualidades de la nueva dinastía oligárquica que trataba de echar por tierra a la imperante casa otomana de los Larraín, o sea de los «ochocientos».

Diversos acaecimientos se suceden desde el día en que el inquieto húsar de Galicia empieza a actuar en la vida política chilena. El desasosiego y el trastorno van precediendo a sus pasos. Las gentes se interrogan con preocupación sorda y en todos los rostros se pinta la inseguridad. Estos mozos diablos, vividores y capaces de dar un golpe de mano, han probado que pueden poner banderillas al toro.

Con el instinto conservador de las sociedades semi-coloniales pronto se trata de arrinconar a los Carrera y hacer que se desplazaran sus ambiciones. El Congreso recibió modificaciones y una nueva inyección revolucionaria se aplica al organismo nacional por manos de estos improvisados médicos.

Pero pasa el tiempo y las cosas toman otra vez un carácter lento y oscilante. Se agradece en buena forma y con palabras muy pulcras y finas los servicios prestados por los Carrera al Estado; pero salvo el nombramiento de Brigadier otorgado a su padre, nada hace presumir se les tome muy en cuenta por la sociedad dominante.

Como ya estaba extendida la llama de los pronunciamientos y cuartelazos, los Carrera no vieron otro medio que resolver la cuestión de su predominio con las armas en la mano.

No obstante de que marchaban las reformas solicitadas y que el país era empujado hacia la franca independencia, Carrera no estaba tranquilo porque su oculto propósito era la posesión del Poder Ejecutivo.

Las reformas avanzaban y se sucedían las medidas de progreso. El Congreso creó la provincia de Coquimbo, mejoró la administración de justicia, mandó levantar un censo general de la población, eligió de su seno un comité redactor de un proyecto de constitución, aumentó los impuestos y disminuyó los gastos públicos.

Se provocaron otras medidas que levantaron recelos en los círculos eclesiásticos, de suyo susceptibles y quisquillosos con la mala fama de los Carrera. Se suspendió el envío a Lima del dinero destinado al Tribunal de la Inquisición y la abolición de los derechos parroquiales hizo que un núcleo del clero mirase tal audacia como obra del propio demonio.

Pero como si esto fuese poco, se hicieron todavía más innovaciones: se declaró libre a todo individuo nacido en Chile, se prohibió la internación de esclavos, se preparó la fundación del Instituto Nacional y se reorganizó los cuerpos de milicia.

Este cúmulo de sucesos revela que el Congreso trabajaba y que su acción revolucionaria era efectiva. No obstante, Carrera se prepara a disolverlo y utiliza a Rodríguez en la preparación de tal medida.

El 15 de noviembre, Manuel Rodríguez, don Juan Antonio Carrera, el capitán de Granaderos don Manuel Araos y el de milicias don José Guzmán se apersonaron al recinto legislativo para exponer el deseo popular de que se disolviese Congreso y Junta a la vez.

Como a Carrera le había fallado el concurso de parte de la opinión, con hábil política atrajo a los «godos» descontentos de la situación y los hizo adquirir esperanzas de un nuevo predominio.

Su ductilidad se puso a prueba ahora y tuvo mucho que ofrecer al vacilante partido español. Una vez que utiliza sus recursos y gestiones los deja en la estacada. El maquiavelismo de Carrera daba un nuevo golpe que serviría bien a sus designios. No importaba el engaño si éste lo conducía a escalar el poder.

En tal inquietud pasan los años 1811 y 1812. Todos conspiraban; los partidarios de don Juan Mackenna; los rozistas o rozinos que deseaban crear cierto federalismo en el sur sin reconocer mayor influencia a las autoridades santiaguinas; Rodríguez, que busca siempre un ideal libertario y se opone ocultamente a los designios oligárquicos de los Carrera, después de haberlos servido; y los realistas, que esperan sacar partido de toda la confusión imperante.

Manuel Rodríguez colabora con Carrera en casi todos los sucesos en que éste es principal protagonista hasta julio de 1812. Fue su secretario desde el 2 de diciembre de 1811, fecha en que Carrera disuelve el Congreso y llena con sus parciales la capital.

Por todas partes empieza a reinar el pánico y los enemigos del audaz militar se ven desbaratados por su audacia flamígera. Se le había buscado para prenderle y pasa las noches conspirando en La Chimba, refugiado en una casa amiga. Se le había quitado el cebo a su pistola para sorprenderlo desprevenido. Todo es inútil. Había un designio superior que lo empuja a culminar su existencia con acciones más trascendentales.

En todo este período Rodríguez vive cerca de Carrera y ambos tienen preocupaciones parecidas.

Con antelación a la ofensiva de Carrera contra el Congreso, se había retirado muy desengañado de éste el doctor Rozas.

Rozas era astuto, y por más que el estado de su salud no fuese muy satisfactorio, alentaba en su alma proyectos vastos y una franca oposición al centralismo santiaguino. Para él Carrera era un «señorito» propenso al caudillismo y un producto típico de Santiago. Este centralismo oligárquico no era del gusto del perspicaz cuyano. Para Rozas, cuya penetración política era certera, se desbarataban sus sueños de poder al contacto con una voluntad férrea y esta ambición vasta que tenía encima el apoyo decisivo de una espada templadísima en los combates peninsulares.

Desde el sur Rozas armó milicias y se dispuso a desenvolver su plan de gobierno descentralizado, que sería regido por una Junta con tres representantes: uno de Coquimbo, otro de Santiago y el tercero de Concepción.

Carrera, una vez que domina al Congreso y deja burlados a los chapetones, se traslada rápidamente hacia el sur. Atrás deja muchos resentimientos por haber declarado que los congresales tenían «vicios intolerables» en sus manejos.

Carrera, ganaba en técnica política y militar. Le fue fácil dominar a los Larraín por su fuerza y a los «godos» por la falacia. Ahora le tocará el turno al abogado Martínez de Rozas, cuya influencia en Penco era considerable y se hallaba prestigiada por su propensión a que gobernaran autónomamente «los partidos del sur».

Rozas no era hombre de armas tomar. Más ducho en las cábalas que capaz de dirigir una acción de combate, se perdió en dilaciones. Le faltó dinero, ese nervio poderoso de la guerra, y sus tropas impagas empezaban a desazonarse por el descontento y la murmuración. En tales trances dio Carrera un golpe mortal a la Junta del sur y exigió que Rozas fuese traído a Santiago, bajo su palabra de honor, pero custodiado por un oficial de ejército.

Carrera había llegado al pináculo del poder. Su gobierno personal era un hecho. En su torno estaban vencidos rápidamente sus enemigos; pero la crítica y la murmuración respecto a sus actos empezaba a derramarse en el propio círculo de sus parciales.

1813 surge con un viento próspero a la familia Carrera. En los comienzos del año moría desfigurado horriblemente por la hidropesía en el destierro, al otro lado de la cordillera, el doctor Juan Martínez de Rozas. El águila de la guerra había derrotado al zorro de los códigos. El último obstáculo que se opuso a la dominación de los Carrera se aventaba por obra de la muerte.

*  *  *

Manuel Rodríguez, con su instinto certero y su comprensión rápida de las cosas, se había colocado de parte de los triunfadores. Con los Carrera se ponían por alto sus comunes pensamientos y la revolución se tornaba realidad en mil proyectos y adelantos. Los moderados recibían un fuerte golpe, los realistas se batían aparentemente en retirada y los rozinos, que no gozaron de su simpatía abierta, se refugiaban en sus tertulias de la pluviosa Concepción y en dos o tres cenáculos de Santiago.

A fines de 1812 y en los comienzos de 1813 la oposición a los Carrera gana adeptos en muchos círculos y en Palacio se estima que los descontentos se unifican a pesar de pertenecer a opuestos bandos.

Los familiares de Carrera anotan un presunto acercamiento entre Rodríguez y los rozinos. Estos se reunían hasta altas horas de la noche. Muchos rumores circulaban por los criollos y aún se decía que don Manuel Rodríguez era de los más asiduos a estas tertulias.

La gran amistad entre Carrera y el futuro guerrillero se enfría considerablemente. Hay que anotar un distanciamiento entre ambos que dura todo el año 1813 y que sólo desaparece en julio de 1814.

Rodríguez deja de verse con Carrera, y junto con sus hermanos Carlos y Ambrosio, que es capitán de la Gran Guardia, se transforman en opositores y críticos de los rumbos gubernamentales.

Los descontentos con el nuevo régimen eran numerosos y tenían dos o tres centros de reunión. El más pintoresco resulta la quinta del Carmen Bajo o Zañartu, donde residía fray José Funes, religioso presbítero presentado por la comunidad de Santo Domingo, según reza el proceso levantado por los Carrera. En el Carmen Bajo había unos agradables baños donde se hacía una curiosa tertulia y se comentaban los sucesos locales con la tranquilidad propicia que envolvía esa especie de rústico areópago. Ahí se cambiaban ideas entre los enemigos del gobierno con el presbítero Funes, cuya antipatía al régimen pudo originar la fama de impíos de que gozaban los turbulentos hermanos.

Muy asiduo a la quinta fue Manuel Rodríguez, a quien un médico le había recetado baños frecuentes para curarse de una desagradable dolencia. Entre los contertulios también se contaban sus dos hermanos y don José Gregorio Argomedo, que atendía ahí de un modo curioso a su cliente doña Josefa Astaburuaga, quien tenía entablado un recurso de divorcio contra su marido.

En otras oportunidades, los adversarios de Carrera asistieron a prolongadas reuniones nocturnas en casa del escribano don Juan Crisóstomo de Alamos, hombre timorato y reposado. Ahí se hablaba de las nuevas de las Cortes de España y se realizaban cálculos sobre las opiniones del representante chileno don Joaquín Fernández de Leiva. Alamos se dirigía por las noches, cuando tenía conciliábulo, al Café de Barrios, en la calle Ahumada, donde se solazaba hasta las once jugando a la malilla.

El foco de las murmuraciones solía concentrarse en la oficina de Alamos, quien tuvo varias veces oportunidades de sondear a un suboficial de artillería llamado Toribio Torres. Este debía todo lo que era a don José Miguel Carrera y por esto es dudosa la adhesión que pudo dar a los descontentos de su dictadura.

Los complotados no llegaron nunca a tener una posibilidad definitiva de dar un golpe, pero pecaron de intención. La atmósfera se tornaba propicia para promover un nuevo alzamiento. No obstante muchos, ya fatigados de tal estado de permanente zozobra, se replegaban cuando se les hacía una insinuación. La paz de los espíritus, el cansancio natural ante tanto alboroto, y el miedo a la venganza de los corajudos hermanos Carrera, hacían que los proyectos de revolución no pasaran en el mes de enero de un simple chismorreo de una ciudad en que los dimes y diretes jugaban la parte principal. Algunos desconfiaron de Manuel Rodríguez, que formaba el alma de los nocturnos conciliábulos en que se tahureaba y bebía ponche hasta horas desusadas para la época. Otro obstáculo que nació fue la imposibilidad de que Rodríguez y su grupo dieran integral confianza a Argomedo, rozino acreditado, y a diversos personajes de la cuadrilla de Casa Larraín.

Cuando Ambrosio Rodríguez, con su amigo Tomás José de Urra, se dirigía a los toros, en un aparte, le tira la lengua sobre la posibilidad de un golpe. Urra le expresa que dudaba un poco porque los sujetos de la conspiración pasada «todavía estarían heridos». Urra tenía entonces poco más de veinte años y era un tenorio de barrio. Había embarazado a la niña de una bodegonera que vivía esquina encontrada con su casa, y cuando ésta le pide dinero para la creatura que va a nacer, le contesta que no se halla muy seguro de la paternidad.

Por ese tiempo las conspiraciones se sucedían unas a otras y no es raro que los aliados por una semana aparezcan odiándose en la próxima ocasión. De ahí que en el llamado complot de 1813 se anotan muchas incongruencias y ciertos tratos entre personajes de divergentes facciones.

Ambrosio Rodríguez dijo con cierto desprecio, en una charla sostenida con Urra, que los Larraín, Argomedo y otros descontentos «eran unos collones». Este juicio merecían tales sujetos al sonsacador capitán.

La frecuencia de tales habladurías y conciliábulos tenía preocupado a Carrera, quien recibió delaciones de Toribio Torres, de Esteban Lizardi y de Ramón Guzmán. Este último era un individuo ambiguo y que no gozaba de buena reputación en asuntos de dinero. Se le sindicaba de andar oculto por haber suplantado una libranza contra don Manuel Cruz. También se le acusaba de llamarse originariamente Illescas y de haber nacido en Chillán en vez de ser natural de España como decía él.

No obstante, Carrera reconoce en el juicio seguido con los conspiradores que se valió de Torres para sonsacar datos a los presos, quienes provocaban sus sospechas desde mucho tiempo antes.

Manuel Rodríguez fue rodeado y arrestado por soldados con bayoneta calada. Se le condujo a la cárcel, donde pronto lo acompañaron sus dos hermanos, Argomedo, el escribano Alamos, el regidor José Miguel Astorga, don José Tomás Urra, don José Lorenzo de Urra, don Manuel Orrián (O'Ryan), don Pedro Esteban de Espejo, don Manuel Solís, los dominicos padres José Funes e Ignacio Mujica y el mercedario fray Juan Hernández5.

Se siguió con este motivo un sumario activísimo que ocupó varios legajos, el que duró hasta marzo de 1813. En su curso abundaron las declaraciones y se llegó a la conclusión de que existía conspiración, la que habría consistido en la toma de los tres cuarteles y la muerte de los Carrera. Don José Miguel Carrera, en su Diario Militar, reconoce más tarde que los Rodríguez sólo querían separarlo del mando y enviarlo en comisión al extranjero.

En este proceso le tocó a Rodríguez defenderse personalmente con un brío y una lógica admirable. Los conjurados, en resumen, expresaban que no había cuerpo del delito y que no existían armas ni instrumentos para la proyectada empresa.

No faltaron también declaraciones divertidas y que entrañan mucho colorido local. Se denominaba «los sarracenos» a los Carrera; en otra parte un abogado recomienda a don Juan de Urra que no deje juntar a su hijo con Rodríguez por ser un corrompido.

Otros revelan su timidez y muchos su tibieza de carácter.

Cuando Alamos insinúa a Picarte la posibilidad de su ayuda contra el Gobierno, este militar le contesta:

«Yo estoy contento con el Gobierno; el que manda no puede dar gusto a todos; yo me estoy con el sol que más calienta».



También se hizo leer una carta escrita desde Cuyo por el abogado don Mariano Mercado y Michel a don Juan Lorenzo de Urra. En ella expresa las siguientes opiniones sobre Rodríguez:

«Yo espero muy cuidadoso de alguna novedad de desaire que pudiera tener José Tomás por ese Gobierno por la amistad de Rodríguez; Ud. conoce muy bien a ese hombre que tiene arte para ganar incautos y que su amistad no puede tener sino resultados cuidadosos, pues no importa que tenga talentos, por ser un hombre pícaro, loco y turbulento, por pródigo ambicioso: tal vez me he excedido de la moderación llevado de mi amor».



El proceso también estableció que había juntas nocturnas en la casa de Manuel Rodríguez. En su cuarto se reunían de doce a catorce personas y entre éstas don Juan Alamos y otro del mismo apellido, don José Gregorio Argomedo, don José Tomás Urra, don Manuel Solís y don Manuel Ayala.

José Avilés, mozo de unos dieciséis años, que servía en casa de Rodríguez, cuenta que el guerrillero le encargaba no dejar entrar a nadie y que si lo buscasen le avisara. Agrega que cuando llegaba alguien se le comunicaba a don Manuel y que éste daba entonces orden de que pasara.

La vida de Rodríguez en esta época tiene ya la técnica lograda del conspirador. Vive cuidadosamente, desconfiando de la gente. Recela de los rozistas y no tiene mucha seguridad en el propio Argomedo, que está ligado a gentes que Rodríguez no considera6.

Las reuniones famosas duraban hasta las cuatro de la mañana, y en ellas se jugaban naipes. A veces los contertulios se iban a los trucos, que constituían una poderosa atracción en ese tiempo.

Rodríguez es curiosamente juzgado por Tomás José Urra. Este tacha a los inquietos hermanos Rodríguez de «maliciosos y sonsacadores» y expresa que dudaba de su verdadera ruptura con los Carrera.

Es interesante en este proceso estudiar la entereza y seguridad de Manuel Rodríguez. En todo momento exhibe un dominio admirable y se defiende con maestría. Se le pregunta primero si recela o presume lo que hubiera podido dar causa a su prisión. Contesta que sí. Se le dice entonces que exprese los motivos en que se funda su recelo o presunción. Responde «que en la crisis del tiempo, de cuyos movimientos no es ajeno a ningún suceso». Pregúntase entonces, cuál sea esa crisis y cuáles los sucesos que indica.

Responde, la revolución de América, desde que se innovó su sistema político, los sucesos, los partidos, las enemistades consiguientes, los denuncios, las proscripciones y las mismas muertes, según como se sostenga para sorprender al magistrado y hacer padecer al inocente.

Se le pregunta después que exprese la conformidad en que esas resultas de la revolución de América le han dado motivo para recelar y presumir cuál sea la causa de su prisión, individualizando la que inmediatamente le haya dado mérito a concebir esa presunción.

Responde, que primeramente por una teoría bien fundada de lo que es revolución; segundo, su práctica por generalidad con lo sucedido constantemente en todos los países que la han tenido, como Francia, la Holanda, los Cantones, etc., y, particularmente, el mismo Chile «que muchas veces han sido presos los hombres y retenidos hasta falsificarse los denuncios, que siempre la atribución es de quererse levantar con el mando y que ésta presume la inmediata causa de su prisión».

Enseguida contesta negativamente a la interrogación sobre un complot fraguado en contra del Superior Gobierno de Chile y lo mismo dice sobre un convite al que se habría querido llevar a Carrera con el obispo, en una chacra de las cercanías de Santiago, con el objeto de asesinarlo.

Queda en claro, y Carrera lo reconoce más tarde, que Rodríguez al mezclarse en el intento de asalto a los cuarteles fue con objetivos contrarios al estéril derramamiento de sangre. En esta conspiración hubo dos propósitos análogos: uno, la invitación a Carrera a comer con el obispo en una quinta de las afueras; y el otro, el asalto a los regimientos con el fin de dominar el poder.

Mientras estuvo detenido, Rodríguez se ocupa leyendo El Evangelio en triunfo y La Nueva Clarisa, de Richardson.

Hizo unas anotaciones en el margen de una de sus páginas, lo que levantó sospechas cuando se la envió con un soldado a su hermano don Ambrosio. En el proceso se da como cargo que escribió al margen del tomo primero de La Nueva Clarisa una prevención en que dice que «negar es el único medio» y que aquello se limpiaba con una miga de pan, lo que no dejaba duda de su complicidad. El proceso agrega:

«Debe tenerse también presente la incongruencia y violencia de sus respuestas a los cargos que se le hacen en su confesión y a las implicancias y contradicciones del careo con don Ambrosio».



El 18 de marzo de 1813 se condenó a Manuel Rodríguez y a su hermano don Ambrosio y a don José Tomás de Urra a una confinación de un año en la isla de Juan Fernández.

Los demás conspiradores recibían penas tremendas. Don José Gregorio Argomedo era condenado a diez años de destierro en Juan Fernández, con calidad de no poder salir de ella sin previa licencia del Gobierno «aunque sea concluido dicho término». Picarte resulta condenado a ocho años de reclusión en la famosa isla y don Juan Crisóstomo Alamos con idéntica pena en el mismo y apartado presidio.

Astorga fue notificado de la pérdida de su empleo, y se le dio a elegir entre el extrañamiento del reino para otro que eligiera o el destierro de dos años en la isla de Juan Fernández.

Don Juan Lorenzo de Urra fue relegado por tres años a Petorca, don José María Fermandois a la casa de sus padres, en Curicó, por tres años, sin salir cinco leguas al contorno, y don Pedro Esteban Espejo y don Manuel Orrián a Valparaíso, por seis meses. Don Manuel Solís recibió notificación de estar, previa pérdida de su empleo, seis meses en Petorca, y, por último, don Carlos Rodríguez fue absuelto7.

Este proceso, que duró dos meses, fue muy bullado en su tiempo y dio pábulo a que se estimara una provocación hecha por los Carrera con el fin de aplastar a sus enemigos. Para ello habrían utilizado las delaciones de Torres, Lizardi y Guzmán.

Manuel Rodríguez estaba enfermo de una postema que le daba fuertes padecimientos. Con este motivo representó en un documento signado el 19 de marzo la imposibilidad de cumplir tan dura condena. Aunque no se dio lugar por Carrera a su petición, éste prometió al padre del conspirador que sería benévolo con su hijo.

Su condena no pasó de ser un golpe de autoridad carrerina.

En el año siguiente lo veremos nuevamente del bracero de Carrera.

Los hombres de ese tiempo tan pronto estaban juntos en el Gobierno como se veían lanzados a una oposición violenta entre sí.

*  *  *

El año 1814, junto con otras sorpresas, hace reconciliar a Manuel Rodríguez con Carrera. También destaca en lugar primordial a la figura de O'Higgins, que vivía con holgura en su rica hacienda del sur, después de haber actuado brevemente en el Congreso de 1811. La actitud de los hermanos Carrera no fue del gusto del futuro Director Supremo. Las intrigas e incidencias que se prodigaban en el medio santiaguino lo desengañaron. O'Higgins amaba la paz del hogar, sus pájaros y animales familiares y la vida del campo. En la frontera, rodeado de comodidades, desusadas en Chile, llevaba una existencia cómoda y desempeñaba el cargo de jefe de milicias. Los hacendados del contorno lo visitaban y se quedaban embobados en su casa, amplia y acogedora, con piezas bien aderezadas y en cuyo salón resuenan las notas de un pianoforte, pasmo de los «huasos» y de los forasteros.

Los contrarios a Carrera no descansaban en la capital. El enemigo español se había resuelto a hacer la guerra contra los patriotas y el general Pareja, desembarcado en Talcahuano con un selecto séquito de oficiales, preparaba una efectiva empresa armada contra los juristas y políticos de Santiago. La lucha entre los criollos y los chapetones dejaba sus fórmulas académicas para convertirse en una vasta y sangrienta contienda. Las fórmulas casuísticas del coloniaje cedían el paso a las ferradas lanzas de coligüe y los debates clásicos de los primeros cuerpos legislativos se reemplazaban por los broncos acentos de las culebrinas.

Mucho trabajo había costado ya a don José Miguel calmar los arrebatos del voluntarioso don Juan José. Este recelaba de su hermano y lo ponía mal en cenáculos y tertulias. La envidia roía su alma y por todas partes creaba obstáculos al enérgico jefe del Estado.

Carrera había pretextado escudarse en su salud para retirarse del Gobierno e hizo una renuncia formal de la Junta. Era una maniobra astuta destinada a aparentar un desdén por el poder que en el fondo no sentía.

Don Ignacio de la Carrera, hombre significado y respetadísimo, trataba de unir a los hermanos; pero las diferencias cundían. Mientras don Luis, mediocre comparsa de don José Miguel, se embelesaba oyendo al historiado húsar, don Juan José blasonada de autoridad en virtud de ser el mayor de los hermanos. El respetado prócer don Ignacio quiso unirlos y dio una comida a sus hijos con el objeto de avenirlos; pero en medio de la merienda estallaron nuevas discrepancias.

«Don Juan José -dice el cronista fray Melchor Martínez- reanudó en el curso de la comida, en presencia de sus padres y de su hermano, los cargos, y se acaloró tanto la disputa que, sin atención debida a los respectos a su padre, poco faltó para llegar a las manos, y desesperando éste conciliarlos, determinó retirarse de ellos y de la ciudad, lo que verificó aquella misma tarde, marchando triste y pesaroso a una hacienda de campo».



El 1.º de abril de 1813, a las seis de la tarde, salió Carrera en dirección al sur con el objeto de organizar el ejército patriota que debía combatir a Pareja. Las nuevas que llegaban infundían terror a todas partes y nadie como el enérgico militar se consideraba más indicado para detener esta amenaza a los independientes.

Iba acompañado del Cónsul de los Estados Unidos, Mr. Joel Roberts Poinsett, del fiel capitán Diego José Benavente, con doce soldados, un cabo y un sargento de húsares de la Gran Guardia Nacional.

Los pueblos por donde pasaban se hallaban convulsionados con los temores de la invasión. Los patriotas significados se habían escondido y otros se acercaban desatentados hacia Santiago. Poinsett admiraba este curioso país con sus típicas costumbres y sus tiernos paisajes. En la hacienda de Paine, donde reposaron, los alcanzó la nueva de la toma de Talcahuano por el invasor y el miedo que había producido en Concepción.

Santiago queda envuelto en un ambiente de plomo. La zozobra tiene pendientes de las noticias del sur a los patriotas y los realistas alientan la confianza de que Pareja dominará fácilmente a las improvisadas huestes mal armadas que Carrera opone al invasor.

Carrera se encontró en Talca con O'Higgins. Este, en un arranque de patriotismo, olvida los disgustos pasados y sólo piensa en el bien de la patria naciente. Fue interesante el encuentro de esos dos hombres, a quienes los acontecimientos futuros pondrían abiertamente en pugna. La villa de San Agustín sorprendió a Carrera con este episodio. O'Higgins venía huyendo del sur, donde era fácil que lo arrestaran por sus conocidas ideas libertarias.

Una sucesión de contrariedades abruma al ejército. La llegada del invierno, la carencia de armamentos, la dificultad de organizar a los huasos, las rivalidades e indisciplina encienden el desaliento con posterioridad al pasajero éxito de Yerbas Buenas.

Carrera tuvo dos grandes enemigos en su campaña: la llegada del invierno y la admirable organización y propaganda hecha entre los españoles por los franciscanos de Chillán.

Carrera, en un principio, puso mucho empeño en el sitio y llegó a amagar con sus culebrinas las pesadas trincheras de adobes y piedra de los españoles, que se habían encerrado en esa histórica villa. Los chilotes realistas se habían negado a cruzar el Maule y se hallaban más seguros en tan holgada población, mientras las tropas de Carrera se obstinaban en forzar las defensas. Por otra parte, el espíritu supersticioso de las tropas era inflamado con las prédicas de los franciscanos. Para éstos Carrera y los rebeldes despedían azufre y sus maniobras eran inspiradas por el propio Luzbel.

El resultado fue el levantamiento del sitio.

Llegada esa noticia a la capital, las facciones adversas a Carrera tomaban vuelo y se movían atizadas por el florentino guatemalteco Irisarri y por don Juan Mackenna, que desde el sur escribía a sus amigos exagerando los defectos de don José Miguel.

Después de un corto viaje al sur que hizo la Junta de Gobierno, compuesta de don José Miguel Infante, don Agustín Eyzaguirre y el presbítero don José Ignacio Cienfuegos, los realistas penetraron a Talca, donde no hacía mucho tiempo estuvo instalado el Gobierno.

Los desastres patriotas se sucedían. Un destacamento realista tomó presos a don José Miguel y a don Luis Carrera, que salían de Concepción rumbo a Santiago, y O'Higgins padeció una derrota cerca de Rere, que significó cuarenta hombres menos para sus tropas.

La Junta de Gobierno, después de un Cabildo abierto celebrado en Santiago, fue reemplazada por el coronel don Francisco de la Lastra, con el cargo de Director Supremo.

Por este motivo se produce nuevamente un acercamiento entre los carrerinos y Manuel Rodríguez. Es probable que el audaz don José Miguel hubiese enviado un emisario cerca del astuto abogado.

El ambiente gubernativo contra Carrera crecía y cuando se firma el tratado de Lircay entre los patriotas y españoles, a pesar de haberse estipulado la liberación de los prisioneros tomados por ambas partes, se hizo una excepción en favor de los dos hermanos, quienes debían ser enviados a Valparaíso para estar bajo la vigilancia del Director Supremo.

El destino atrevido de los discutidos soldados venció al deseo de sus adversarios. La displicencia de don Luis Urrejola, comandante español en Chillán, que debía enviar a Talcahuano a los Carrera, les dio oportunidad de fugarse al norte. A su paso por Talca Carrera conversó amistosamente con O'Higgins, quien no soñó nunca lo que iba a suceder días después.

Lastra había extendido orden de prisión contra Carrera. Numerosas patrullas correteaban por los campos vecinos a Santiago en busca del inquieto fugitivo. Entretanto llegaba a la capital, sudoroso y después de reventar varios caballos, don Diego José Benavente, uno de los más constantes admiradores del hidalgo aventurero. Otros parciales de Carrera se pusieron al habla con Rodríguez y éste se allanó a cooperar nuevamente con sus amigos de antaño.

Aparece, entonces, un malogrado y novelesco personaje, el presbítero don Julián Uribe, íntimo de don José Miguel, y que de su sacerdocio tenía una noción poco estricta. Su vocación decidida eran las armas y el tumulto. Admirador inconsiderado de los Carrera creía en ellos a los providenciales salvadores de la patria y en el segundo a una especie de novísimo Macabeo que derrotaría a los maturrangos.

Carrera se ocultó varios días en las inmediaciones de la capital, y sólo después de algún tiempo envió un billete a Lastra, que era pariente suyo, dando cuenta de su arribo.

La inquietud que extendía la proximidad de Carrera y los frecuentes y agrios cargos que se hacía contra los autores del tratado, dieron a Lastra conciencia de que algo se maquinaba. Por todas partes se comentaba el ocultamiento de Carrera. Nada tranquilizador para el Gobierno significaba este silencio aparente, que no correspondía al verdadero designio suyo. En el fondo don José Miguel no concebía el abandono de su anterior situación y no era hombre que dejara el terreno sin luchar previamente por conservar sus posiciones. Para afianzar otra vez tal dominio resultaba un valioso auxiliar su amigo Manuel Rodríguez. Los resentimientos fueron abandonados y un abrazo unió nuevamente a los condiscípulos del Convictorio Carolino. En los frecuentes escondites de Carrera, a quien buscaban los soldados de Lastra, lo ayudó mucho el fértil ingenio de su amigo de la infancia.

El descontento hacia Lastra y las insinuaciones adversas a O'Higgins fueron hábilmente explotadas por Manuel Rodríguez, que no sólo manejaba la lengua sino que ensayaba el tono panfletario en los periódicos de la época. En El Monitor Araucano zahiere al Director Lastra y a don Bernardo O'Higgins. La defensa de ambos personajes fue realizada con celo por don Bernardo Vera y Pintado, que en agosto y septiembre de 1814 redacta en esa publicación.

Lastra era un hombre timorato y poco aficionado a las medidas draconianas. Lo detenían consideraciones sociales, el parentesco que lo ligaba a Carrera y cierta moderación natural. Le acaece lo que más tarde, en 1925, pierde al general Altamirano, cuando tiene a Ibáñez conspirando cerca de la Moneda y no aplasta su ambición desapoderada. Lastra no hace caso a los consejeros y se limita a despachar al capitán Pablo Varas con algunos fusileros en busca del temible agitador.

Los conspiradores no reposan y amagan los cuarteles, ganando la voluntad de muchos oficiales, para lo cual prodigan las invitaciones a mozuelas y el derroche del famoso ron que todo lo arregla.

El padre de don José Miguel tenía momentáneamente en su poder, como albacea, las haciendas el Bajo y Espejo, que fueron del difunto don Pedro del Villar. Estas propiedades abundan en caballada y en servidumbre, que aprovechan holgadamente los complotados.

Cuando se acercan las patrullas, don José Miguel cambia de sitio y es guiado por distintos puntos con la ayuda de Manuel Rodríguez y de sus hermanos. Don Miguel Ureta, don Manuel Muñoz Urzúa y Benavente se movían con idéntica actividad y maniobran a espaldas del anciano padre de los Carrera, cuyo carácter moderado y aún timorato desaprueba con resolución las nuevas actividades de sus hijos.

Una noche fue capturado don Luis Carrera por una partida gubernativa que capitaneaba el teniente Blas Reyes. El menor de los hermanos se hallaba de tertulia en casa de doña Ana María Toro, dama aficionada a la política y cuya residencia constituía un centro de propaganda revolucionaria.

Los bandos y edictos citando a Carrera se repiten con vana diligencia y se le busca con mayor celo. Lastra se decide, por fin, a mover sus guardias con energía, pero todo es inútil. Los conjurados se escapan en las narices de los enviados a aprisionarlos. En tanto Muñoz y el famoso clérigo Uribe no descansan dando ambiente a sus designios.

Poco de religioso tiene este nervioso individuo, de quien más tarde se forjan leyendas y al que se traga el mar en los días en que el comodoro Brown trata de atacar a los españoles con empresas corsarias lanzadas desde Buenos Aires. En un memorial suscrito contra Carrera cuando la fuga de los patriotas en octubre se dice respecto al revuelto sacerdote:

«Se ha ordenado por empeños, en ejercicio de su primitivo oficio de carnicero».



La casa del padre de Carrera, en San Miguel, pasaba rodeada de guardias hasta por espacio de una semana. Don José Miguel, como un fantasma, cambia de domicilio, de cama y de vestimenta. Rodríguez se mueve por los cuarteles y por los cafés, embozado y activo como un condotiero.

El ojo clínico de Rodríguez conoce a fondo los defectos del criollo. Vino y mujeres parece ser su lema, como lo demuestra posteriormente al servir a San Martín. Una buena moza, una cazuela bien condimentada, una guitarra vibradora y unos tragos que encandilen. He aquí los secretos de su técnica. Invita a los oficiales y les sonsaca noticias; burla las ordenes de arresto; promueve inquietud y lleva el descontento y la agitación a los círculos que envuelven al jefe del Estado.

Uribe agita a sus huasos fieles en Melipilla y les da aguardiente, les distribuye armas y los arenga con nervioso entusiasmo.

El 4 de julio se sabe que todos los complotados pasaron la noche en casa de una amiga de don Manuel Muñoz. El 20, Manuel Rodríguez, Uribe y don José Miguel celebran una larga entrevista nocturna. La noche es fría y todos se embozan en capas y mantas. El 20 de julio Carrera aloja en la casa de Manuel Rodríguez, que vive con su hermano don Ambrosio. El 21, Carrera anota en el Diario Militar que lleva cuidadosamente:

«En la noche fui a casa de mi padre, porque siendo el cuarto que me había destinado Rodríguez muy húmedo y frío, me sentía enfermo».



Lastra dormía confiado y la insurrección vibra a pocos metros de su reposo oficial.

El 22 de julio todo estaba listo para dar el nuevo golpe. Sin aparato mayor ni ruido, don José Miguel ocupa el cuartel de artillería a las dos de la mañana del siguiente día. Los soldados se pasaron sin resistencia y miraron con simpatía al audaz conspirador. Rodríguez se ocupó de preparar el terreno y examinaba las culebrinas con mirada satisfecha de mozo resuelto. Los cañones se colocaron en varios sitios estratégicos y la capital amaneció dominada por Carrera.

Se despacharon rápidamente partidas fieles que apresaron a todos los enemigos más caracterizados y a los que pudieran ser adversos al nuevo estado de cosas. Entre los encarcelados estaban el guatemalteco Irisarri, el brigadier Mackenna, el coronel Urínar, y otros sospechosos. Lastra queda detenido en su casa y se le guardan las consideraciones debidas a su rango. Mientras don José Miguel ocupa el Palacio de Gobierno, el pueblo, congregado en gran cantidad, comentaba animadamente este retorno de los Carrera al poder.

Después de un Cabildo abierto, en que hubo discusiones sostenidas, se llegó al convencimiento de que era indispensable crear una Junta nueva, que estaría formada por José Miguel Carrera, Julián Uribe y el teniente coronel de milicias don Manuel Muñoz Urzúa. El 10 de agosto fue nombrado secretario de esta Junta Manuel Rodríguez, con cargo a la Gobernación y la Hacienda.

En el Cabildo, los moderados y timoratos se vieron aplastados por el verbo tronitonante de Carlos Rodríguez, quien, con aguciosos términos, trató de probar la necesidad de un cambio de rumbos en el poder. La mayoría de los asistentes se doblegaron y sólo sostuvieron ideas contrarias a la innovación con cierto brío don Manuel Antonio Recabarren y don Gaspar Marín.

Pronto Carrera ejerce venganza sobre sus contrarios. Se deporta a Mendoza un lote escogido de otomanos y de rivales suyos de diverso pelo.

En abigarrada cabalgata de mulas salen rumbo a Cuyo, pocas horas más tarde, el ex-intendente Irisarri, don Hipólito de Villegas, don Juan Agustín Jofré, don José Gregorio Argomedo, rozino principal, el padre Oro, provincial de Santo Domingo, el padre Jara, don Nicolás Matorras, don José Antonio Aris, don Agustín Llagos, el coronel don Fernando Urízar, el sargento mayor don Francisco Formas y el padre Arce.

Mientras los deportados cruzaban la cordillera, retorna de Mendoza don Juan José Carrera, que había permanecido confinado en esa ciudad por orden del derrocado Lastra. Una de las primeras providencias de su hermano fue mandar un chasque a revienta caballo con orden de suspender el confinamiento del mayor de los bullangueros patriotas.

En el corazón de la montaña gigantesca, entre una decoración nevada, se hallaron los deportados del presente con el que volvía de Cuyo. Hubo un momento de patética expectación entre las dos cabalgatas. El brigadier Mackenna rompió el silencio y traba un diálogo con don Juan José. Un soplo de emoción encendió su alma celta y en un toque rápido pinta a su adversario la situación desdichada de la patria.

«Ud. vuelve a Chile -le dijo- cuando nosotros salimos de él. Antes de cuatro meses todos los patriotas chilenos que escapen del campo de batalla vendrán a juntarse con nosotros. Veo muy próxima la ruina de la patria y el triunfo de los godos».



Estas frases quedan vibrando como un símbolo profético en los rudos oídos del militar. Las dos comitivas se separan y dentro de pocos minutos sólo las distancia una nube de polvo.

De un lado queda Cuyo, con sus campos feraces, sus viñas riquísimas, su acomodado vivir, que descansa bajo el puño de fierro de San Martín.

Del otro está Chile, agitado por las convulsiones internas, entregado a la anarquía de las banderías, desgarrado ya por una guerra civil y amenazado por los batallones peninsulares que avanzan sobre la metrópoli.

El augurio de Mackenna se cumple dentro de poco tiempo, y sólo el desastre y el espanto pueblan los campos vecinos a la capital. El sordo rumor de la reconquista, como una marea dominadora y ascendente, se abalanza sobre las pesadas torres de Santiago, mientras el hierro y el fuego esculpen una epopeya en los muros de Rancagua.




ArribaAbajoCapítulo IV

Mientras Carrera y O'Higgins, puestos de acuerdo, combatían en el sur a las tropas españolas que avanzan contra Santiago, el turbulento cura Uribe maneja la capital. Lo secunda Rodríguez y ambos disponen toda clase de recursos para prevenir un posible desastre. No sólo había enemigos para la patria en los campamentos de sus soldados; una mano oculta atizaba las discordias en la ciudad. Los realistas deslizaban arteramente los rumores, socavaban las voluntades, predisponían los ánimos al derrotismo. Los papeles injuriosos amanecían pegados en sitios visibles y muchos hombres timoratos vacilaban pegados en sitios visibles y muchos hombres timoratos vacilaban en prestar un concurso decidido a la causa de la libertad. Circula un escalofrío de terror cuando se rumorea que el ejército de Osorio es invencible por su gran número -cinco mil hombres- y por el empuje de su cuerpo predilecto: el Batallón de los Talavera, ataviado con vistosos uniformes. Los chilotes, parcos en la palabra y abnegados en las marchas, los artilleros cachazudos y los Húsares de La Concordia, con su chaqueta colorada, ojal negro, tres hileras de botones blancos, chaleco del mismo color y pantalón claro seguían en marcialidad y llevaban el terror a los desmoralizados círculos patriotas.

La reconciliación, más aparente que real, de o'higginistas y carrerinos creaba ocultas dificultades por todos lados. Emulaciones y rivalidades cuarteaban la moral del ejército chileno y en ese estado de ánimo hay que suponerlo frente a los muros de Rancagua.

Por las noticias de Carrera, Uribe sintió la sensación del inminente desastre y con rapidez se entregó a la tarea de hacer posible la fuga. Arregló en petacas y paquetes el tesoro público, consistente en trescientos mil pesos, dio instrucciones al gobernador de Valparaíso de que se apoderase de todas las embarcaciones disponibles y que clavara los cañones que no se pudieran retirar.

Producido el desastre de Rancagua, empezaron a llegar a Santiago los desmoralizados soldados patriotas y por sus barrios se esparce el terror. Los vecinos acomodaban las bestias de carga que hallaban a mano y embalaban con precipitación los objetos más indispensables.

En las calles apartadas el saqueo era acompañado de excesos y de violaciones que perpetraban los milicianos. Los ladrones se aprovechaban del pánico y arrancaban con lo que podían. Muchos caballeros principales trasládanse hacia la otra banda con lo encapillado. Marqueses y condes, mayorazgos y señorones encopetados sospechosos de ideas libertarias, se apresuraban a huir. Por todas partes cundía el desaliento y el pánico. Pocos sabían conservar la serenidad propicia para encauzar una emigración a Mendoza.

Uribe había despachado, con visión justa y adecuada a las circunstancias, una serie de patrullas a los boquetes cordilleranos. Por el camino, en las anchas haciendas de Renca y Colina, en los feudos criollos se extendían las nuevas siniestras como una banda de cuervos.

La llegada de Carrera dio ya la sensación nítida de que todo se había perdido. En los rápidos conciliábulos se deslizaban noticias y se tejían comentarios adversos a su actuación. Algunos insinuaron que su envidia a O'Higgins había provocado el desastre.

Milicianos polvorientos y sudorosos, mujeres desgreñadas y vestidas con sus ropones de viaje, sacerdotes envueltos en amplios hábitos, cargas de plata y de muebles eran las notas desconcertadoras que animaban los caminos conducentes a la cuesta de Chacabuco.

Rodríguez se envolvió en un amplio poncho maulino, amartilló sus pistolas, lió un cigarro y dio la última mirada al Santiago que sacudieron sus travesuras infantiles y las conspiraciones de la juventud. Aún no se destacaba en el escenario de la Independencia como un militar de primera fila. La vida ciudadana, las diversiones en los barrios, la picante fertilidad de sus aventuras creaban en su contra la fama de ser «una bala perdida». Al mirar por vez última, antes de perderse en el polvo del camino, esta ciudad tan querida, el futuro guerrillero sintió que la emoción ahogaba todo su ser. Juró reparar las anteriores calaveradas dedicándose por entero al servicio de la Independencia. Al otro lado, en ese Cuyo del que habían llegado alentadoras voces libertarias junto con eficaces socorros en soldados, estaba la tarea más decisiva.

Picó espuelas a su caballo y se perdió más allá del cerro Blanco.

Por todos los campos iban carretas, cabalgaduras, mulas y hasta la elegante silueta de una calesa se balanceaba rumbo a la cuesta de Chacabuco.

El foco de la retirada lo constituía el flamante gobierno de Carrera. Destacan sus siluetas animosas mujeres de la familia, pálidas como imágenes de cera pero vibrantes de resolución en las miradas. Algunos familiares y una escolta de soldados, cubiertos con amplios ponchos, completaban el cuadro de la declinante dinastía.

Muchos fugitivos sólo pudieron escapar a pie y no faltó la nota pintoresca de algún petimetre que tuvo que sacarse sus zapatos con hebilla para reemplazarlos por la rústica «ojota» o por una burdísima alpargata. Grandes damas iban con lo más elemental para cubrirse y muchos avaros tuvieron que desprenderse de sus onzas asoleadas y de sus recónditas tinajas rellenas de patacones.

Rodríguez se animaba a medida que deja atrás este desharrapado y vacilante cortejo. Su caballo volaba entre nubes de polvo y sus espuelas parecían subrayar su nervioso coraje. No tenía aún perdidas todas las esperanzas y confiaba, como otros carrerinos, en que se podría intentar cierta resistencia en los contrafuertes de la cordillera.

Sonajeo de sables, resoplar de caballos, chasquido de látigos, voces confusas, carretas colmadas, bueyes que se encharcan, tibios efluvios salidos de los potreros vecinos.

Más allá un cómico espectáculo que da una pincelada pintoresca entre toda esta confusión de los mil demonios: don Diego Larraín, dueño de la hacienda del Tambo de Colina, se ha encaramado con sus petates colmados en la rumbosa calesa heredada de los mayores. Avanza este decorativo carruaje entre la soldadesca y da tumbos peligrosos mientras el inmutable petimetre no pierde su compostura cortesana. Se cruza con Carrera y no es amistosa la mirada que se dan ambos; pertenecen a bandos opuestos y el marqués, en lo profundo de su pecho, oculta la idea de que el responsable de todo es este botarate «que se levantó con el mando».

Sigue animándose el camino hacia la cordillera. Canta un gallo y retumba su canto en el ambiente de cristal que quiebran los gritos de los milicianos, las voces de los arrieros y las maldiciones de los «rotos»: «¡Ah, buey de m...!», «¡Ah, buey! ¡Ah, buey...!»

Una carreta se ha embutido en una quiebra del camino. Hay que descargarla de líos y de petacas. Más allá se oyen lloriqueos de una creatura y pasan al galope unos oficiales que saludan.

«¡A Mendoza! ¡A Mendoza!» Es la voz de orden que se ha infiltrado en todas partes, uniendo en el común desastre a los dos bandos de la Patria Vieja.

Rodríguez cabalga raudamente como un centauro. Nunca ha sido un gran jinete, pero el instinto de conservación le imprime una energía desconocida antes. En un «tambo» se detiene y la indiferencia de los «rotos» que lo pueblan encierra el desconsuelo aborigen del campesino para quien todo cambio es idéntico: «El pobre estará lo mismo gobierno quien gobierne».

Eso parecen indicar sus miradas pétreas e indiferentes, que contemplan este desbande policromo.

Mientras Osorio se aproxima a Santiago y los maturrangos asoman las orejas regocijadamente por los caminos que desembocan a Los Andes se disuelven los racimos humanos de los emigrados. En Los Andes reina una actividad desusada. Se preparan alojamientos pasajeros y se acomodan las señoras como se puede. Los hombres calman a sus compañeras que ya se imaginan al enemigo asomando la cabeza por el camino de la cuesta.

El incendio de la calesa de don Diego Larraín es una de las notas postreras de la voluntad de mando de esta familia. El finchado hidalgo, después de apertrecharse de una excelente mula trotadora, quemó su carruaje para que no lo aprovechara San Bruno. Había que impedir que prestara algún servicio a los godos victoriosos.

Mientras el historiado coche es devorado por las llamas en la plaza del pueblo, las milicias de Carrera organizaban la retirada de las familias y se aprestaban para defenderse de Elorreaga, que empieza a amagar los contornos con sus patrullas.

Las Heras, con los auxiliares argentinos, no secundan a Carrera y desconocen su autoridad. El 6 de octubre se alejan por los flancos cordilleranos, cubiertos de nieve, las tropas cuyanas en perfecto estado de disciplina y ordenación.

Cuando Rodríguez llegó a la cordillera, ésta se hallaba cubierta de nieve como en lo más riguroso del invierno. La cristalina transparencia del aire andino le infundió un brío saludable. Se sentía un hielo penetrante, una frialdad rociada por la luz matinera y de vez en vez aletazos de nieve causaban una violenta reacción al organismo.

Por las faldas de la montaña subían las recuas fatigadas. En la lejanía surgieron voces, cansadas voces de fugitivos.

La sombra enorme de la cordillera acabó por parecerle un refugio.

*  *  *

La inquietud más negra sacude a los santiaguinos que no huyen. Muchos se esconden y no todos han podido conseguir a tiempo una cabalgadura. La reacción del miedo es propicia a la simulada simpatía con el español victorioso.

El 5 de octubre están en la capital las primeras patrullas de los vencedores. Mucha gente los aclama, los tibios se dan vuelta con esa prontitud criolla a pasarse al sol que más calienta. Los chapetones emboscados pisan fuerte, tosen rudo y miran con la frente muy erguida.

Osorio entra el 9 a la capital. Más de seis mil banderas españolas flamean en los chatos edificios coloniales. Bandejas con flores y letreritos con motes de adhesión se colocan en las residencias de las calles por donde pasa seguido de rumboso séquito.

Osorio sonríe con finura, reparte saludos y da la sensación de que no va a cargar la mano con fuerza. Las campanas de las iglesias, movidas por una energía desconocida, atruenan el aire primaveral. Los brocados y los damascos, las cenefas bordadas y los paños ricos de Ultramar se asoman a las ventanas. El clero, en gran número, se allega junto con las porciones notorias del chapetonismo, al astro que se asoma por encima de los escombros y de la sangre de Rancagua.

Pasan batallones y batallones con porte marcial y ritmo de acero, entre culebrinas y cureñas, entre pompa de hierro y sonoridad de júbilo. Pero no todo es sincero; hay algo solapado, oculto, que es como el rostro genuino de la máscara jubilosa. Hay algo doloroso, tristemente contenido por la necesidad egoísta de la conservación, en la triunfadora recepción de los peninsulares.

Los chilotes, chilotes de pata rajada, como los llama el pueblo, asoman sus cabezas renegridas y sus estampas desmedradas. Son batallones sufridos y valerosos, fieles al Rey, a la superstición y a la mugre secular.

Atrás avanzan las milicias españolas, con sus uniformes gayos y sus armas relucientes. Casacas azules y pantalones de rico paño, chalecos blancos, chaquetas cafés, los Talaveras, con energía desafiante de triunfadores, los chillanejos, que se distinguen por su vivo caña para contrastar con las bocamangas encarnadas de los chilotes y los calzones crudos de los valdivianos.

Nunca Santiago vio tanto despliegue de fuerza, tanto ruido, tanto cohete y tan sonoroso anuncio de la esclavitud. Era la vanguardia de días tenebrosos, que apretarían en la sumisión a la vasta tierra chilena.

La arrogancia de los vencedores, la acerada presentación de los jefes, el estruendo bélico de esta marejada, comenzaron a escarbar pronto en los corazones rebeldes. Prendido a este fulgor de guerra y a este despliegue vitalísimo de potencialidad destructora, aguarda el cortejo de las persecuciones y el implacable designio de la hostilización sistemática a los criollos.

Todavía no se desprendía de Santiago el recuerdo de las recientes resoluciones de Uribe y el nerviosismo intrépido de Rodríguez, cuando en muchas almas penetra la nostalgia de la libertad. Pero por una nueva etapa iba a pasar el movimiento independiente en Chile; se haría cazurro, astuto, diplomático. El coraje sería trocado por la conspiración, el fuego combatido por el espionaje; el estruendo de los campos de batalla por la guerra de zapa y el silencioso deslizar de los emisarios.

Osorio, aparecía moderado y mansueto; pero nadie creyó sincero este propósito. Los Talaveras demostraron presto su arrogancia y las pendencias entre «rotos» y peninsulares derraman copiosa sangre en las «chinganas» y encienden en las capas populares el resentimiento más activo.



Indice Siguiente