Margo Glantz, maestra
Karla Peralta
Es un verdadero honor para mí formar parte de este merecido y afectuoso homenaje a la Doctora Margo Glantz.
Me voy a disculpar prematuramente por la brevedad de mi participación, pero temo que alargarlo pondría en riesgo la credulidad y esencia de esta confesión, amorosa y descaradamente no académica.
Aunque siempre la he llamado doctora, hoy y en estas líneas me tomaré la pequeña libertad de llamarla Margo para que sepa que además de admiración y respeto, tiene mi sincero cariño.
Estoy aquí hablando porque más que su lectora, ayudante, su no tan secreta admiradora, soy su alumna. Sus libros, su vida, su obra entera se han vuelto verdaderas e invaluables lecciones para mí.
Mis clases con Margo Glantz siempre han sido extramuros. Cuando llegué a esta facultad, ella ya era una leyenda y yo la estudiaba a la distancia, a través de sus libros y de las enseñanzas de mis maestras Blanca Estela Treviño y Dolores Bravo. Fueron después, la suerte y una afortunada recomendación, las que me llevaron hasta su puerta.
Pensé en hablarles de todo lo que he aprendido de ella, en su pasión y dedicación absolutas, y su brillante genio y su encantador sentido del humor y... y mejor pongo tres puntos porque mis cuartillas amenazan con volverse en un empalagoso listado.
Pero sí, hablar de la vasta obra y labor de Margo Glantz puede resultar por sí mismo apabullante.
Cuando la conocí, tuve un poco de temor a que me considerara atolondrada, ya que mi emoción e incredulidad ante el suceso me tenían intimidada y casi muda. No quise recargarme demasiado en su sillón, aunque después compensé ese exceso de timidez con el efusivo abrazo y beso que le di de despedida... me sentí atrevida sí, pero ganadora.
Y desde entonces, trabajar para Margo Glantz ha sido ante todo una oportunidad para aprender. Sobre la literatura y la escritura, música, pintura, gastronomía... (recurro a los tres puntos de nuevo), pero sobre todo aprender de su contagiosa pasión.
De su entusiasmo y su curiosidad, que se convierten en letras y en libros. Que hasta la fecha suman más de una centena, entre creación literaria, edición, colaboraciones, antologías, prólogos y la coordinación de colecciones.
Nuestra vida académica transcurre entre aulas, compañeros, buenos y malos profesores y de vez en cuando, uno tiene la fortuna de encontrarse sentado frente a un maestro, al que reconocemos de inmediato y del que nos volvemos discípulos.
En la boca del maestro las palabras se vuelven verdades, las clases se toman con los ojos bien abiertos, brillando de ansiedad y admiración; y no puede faltarse a ninguna sesión porque se corre el riesgo de perder un pedazo del codiciado saber; sus enseñanzas se graban con cincel en nuestra mente y nuestro corazón, su pasión nos inflama y enciende nuestra propia curiosidad. El maestro se nos vuelve guía y luz.
Si uno es un poco avispado, puede robar una chispa de Margo Glantz. Me autocorrijo: no es necesario robar la luz de Margo, porque es su costumbre regalarla al por mayor.
Ser alumno de Margo Glantz es ser un poco Margo Glantz porque todo lo que toca se empapa de ella, sus libros, sus charlas, sus amigos y colegas, su familia y muy especialmente sus alumnos, quienes tenemos la precisa misión de exprimirle y aprenderle lo imposible.
Margo Glantz es de mano dura y blando, blandísimo corazón; en el trabajo es exigente, disciplinada y meticulosa. De sus alumnos, espera lo mismo, de sus tesistas espera aún más. A Margo Glantz también se le deben tantos títulos, tantas maestrías y doctorados. Y es precisamente ese amor y esa gratitud los que nos reúnen en este homenaje.
La docencia de Margo Glantz se caracteriza por su pasión y entrega, su vastísima cultura, su vocación y sobre todo su amorosa generosidad con los que la rodean, con los que la siguen y la acompañan, con los que la aman y con las letras, que también le deben tanto.
No podría condensar aquí todo lo que la maestra me ha enseñado, pero hay un par de cosas que quisiera compartir con ustedes.
De Margo Glantz he aprendido que la escritura es un ejercicio íntimo, doloroso y placentero. Que se escribe no sólo con el intelecto, sino con todo el ser, con las entrañas, con la tinta que sale del alma.
Que «todos, seamos nobles o no, tenemos nuestras genealogías»
, y que amar puede ser un síndrome, un naufragio, una aparición o una ballena azul.
He aprendido también, que nunca se ha escrito lo suficiente, que nunca se tienen demasiados amigos ni demasiados zapatos, que siempre hay lugar en nuestro estante para un libro más.
Recuerdo el preciso momento en que empecé a quererla. Fue la primera vez que leí su libro Las genealogías. El libro me pareció encantador, de un singular humor y una terrible honestidad. Y provocó una gran empatía en mí, sus genealogías, me recordaban mis propias genealogías; su niñez, me remonta a mi niñez; la tristeza por perder a su madre, es también mi tristeza por perder a la mía.
Esta intensidad al vivir, al investigar, crear y enseñar; es la que nos hace a sus alumnos querer seguirla, leerla, escribirla... quererla.
La Universidad te agradece Margo; las letras en todas sus modalidades te agradecen; todos maestra, todos y yo te agradecemos.
Muchas felicidades.