Esta obra se
estrenó en el Teatro Nacional María Guerrero, la
noche del 10 de enero de 1952.
Cuadro
I
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«Plaza de la Concordia»
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La escena representa la Plaza de la Concordia de
París, en las vecindades del lugar en que, según la
Historia, tuvo lugar la ejecución de Luis XVI y María
Antonieta. Es completamente de noche. Hay dos farolas a ambos lados
de la escena, pero un espeso cendal de niebla difumina su
luz.
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La acción transcurre en París. Época
actual.
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Al comenzar la acción, PIERRE de Armigny, Vizconde de
Armigny, espera, fumando un cigarro puro, paseándose
levemente y sin prisas, la llegada de alguien. Viste de etiqueta.
Frac o smoking. Es un hombre de unos cincuenta
años.
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PIERRE.-
(Se acerca a la lateral
izquierda.) ¿Qué, Jaime? ¿Me
necesita?
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JAIME.- (Desde
dentro.) No, no se preocupe...
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(Entonces, PIERRE,
puesto que no se le requiere para más importante tarea,
reanuda sus paseos por breves segundos. JAIME Serrat, 38 años de edad,
secretario de Embajada, español, aparece entonces. Es un
hombre elegante y frío. Va de frac. Lleva anudada al cuello,
displicentemente, una bufanda de seda blanca y trae un guante,
blanco también, calzado, y otro en la mano. PIERRE se vuelve al
verle.)
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PIERRE.- ¿Qué hay, Jaime?
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JAIME.- Nada. Sixto dice que es algo de bobina,
pero que hará «una chapuza» para salir del paso
y tendremos coche dentro de cinco minutos.
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PIERRE.- No creo que valga la pena de
disgustarse por eso, Jaime.
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JAIME.- Me disgusto, porque la bobina resulta
que no es de fabricación española.
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PIERRE.- Pues he ahí un motivo de
patriótica satisfacción, amigo mío...
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JAIME.- Querido De Armigny, usted no nos conoce.
Cuando los españoles encontramos pretextos para atacar la
industria nacional, sentimos una especie de sádica
alegría, que nos indemniza de toda clase de molestias. Ahora
bien: ¿qué hacer cuando, como en este caso, resulta
que la bobina la han fabricado en Detroit?
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PIERRE.- Vea usted a su inimitable Sixto,
subsanando las deficiencias de la industria norteamericana.
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JAIME.- No sé si confiar en su optimismo.
Sixto hace demasiadas cosas, cada día más que el
anterior, y temo que, en conjunto, sus múltiples actividades
disten bastante de ser perfectas. Es mi mecánico, mi
secretario, mi valet, mi cocinero de urgencia y mi electricista.
Pero en ocasiones, le falla la técnica: unas veces, le salen
flojos los martinis; otras, sazona demasiado el rosbif del
almuerzo; otras, me elige erróneamente las corbatas... Del
mismo modo, en algunos casos, tiene que pedir auxilio al garaje
más próximo.
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PIERRE.- Si no viniera usted de un país
que produce todos los años las mejores cosechas de naranjas
y de servidores del mundo entero, y en el que, en consecuencia,
ninguno de los dos productos son difíciles de hallar, no se
permitiría el lujo de referirse a ese genial Sixto
irónicamente, como lo hace. Por lo que a mí se
refiere, debo advertirle que estoy al acecho y que, apenas advierta
el menor síntoma de desavenencia entre ustedes,
intentaré arrebatárselo.
(JAIME se
sonríe.)
¡Oh, qué insolente sonrisa! ¡Qué
seguridad la suya!... Con semejante aplomo, sólo he visto
sonreír a nuestro amigo Gastón Dupré, un
día en que me vio intentando coquetear con su esposa.
«Pero, ¿es que usted no sabe, querido Pierre -me
dijo-, que es de Bilbao?»... Parece que es Bilbao la ciudad
de la tierra en la que la estadística universal de
adulterios acusa índices más bajos. ¿Me
equivoco?... |
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JAIME.-
(Vagamente.)
Sí... Bilbao, Vitoria, Pamplona... Ávila, tampoco
está mal. He de decirle a usted una cosa, Pierre: En
España, la producción de naranjas, de mujeres
honestas y de servidores fieles, ha sido siempre
extraordinaria.
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PIERRE.-
(Con una insinuada reverencia de jovial
burla.) My compliments, sire (May compliments, ser).
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JAIME.- La de aceros y abonos nitrogenados,
ésa ya baja un poco... (Inicia un paseo con
PIERRE, al que coge de un
brazo.) ¡Ah! Soy demasiado exigente... Bien
mirado, ¿no es un acierto de Sixto el lugar en que se ha
producido la avería? Verdad que ha elegido la única
hora en la que no pasa ni un solo taxi por este ombligo de
París... Pero, gracias a esa circunstancia, despejamos un
poco la cabeza después de la cena de los belgas, antes de
dormirnos, lo cual siempre es bueno... ¡Diablo de Sixto!...
Tendré que acabar felicitándole...
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PIERRE.- ¿Ve usted, Jaime, ve usted?
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JAIME.- Eso, sí; no hay ni un alma viva
en trescientos metros a la redonda, Vizconde. ¿Se fija?
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PIERRE.- En pleno verano, el Bosque de Bolonia
manda todavía algunos coches rezagados. En otoño,
no.
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JAIME.- ¿Es otoño, hoy? Le juro
que no siento frío.
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PIERRE.- Tal vez no lo hace, pero ni la
perspectiva del Arco del Triunfo ni de las Tullerías nos las
deja ya saborear la niebla. Pisamos, eso sí, un suelo
cargado de Historia. En este mismo lugar se alzó la
guillotina durante la Revolución. Aquí fueron
ejecutados, entre otros muchos, Luis XVI y María
Antonieta.
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JAIME.- Hombre: una lápida debería
recordarlo, ¿no le parece?...
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PIERRE.- ¿Se duele usted de ese silencio?
¿Le inspira simpatía la figura de Luis XVI?...
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JAIME.- ¡Bah!... Era tan anodina... Pero
la de María Antonieta, sí, se lo confieso. Yo, si en
lugar de prestar mis servicios cerca del Presidente Auriol, los
hubiera prestado en Versalles, me habría enamorado de la
Reina, palabra. En suma, como el Cardenal de Rohan, como Axel de
Fersen, como tantos otros...
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PIERRE.- ¿Cree usted que Fersen fue su
amante?...
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JAIME.- Es graciosa la curiosidad que, al cabo
de los siglos, despiertan aún esas pequeñeces
sentimentales. Si usted supiera la tinta que se ha consumido en mi
país para descubrir si Goya fue o no correspondido por la
Duquesa de Alba... Historiadores, académicos, husmeando, a
través de viejos pergaminos, pueriles secretos de alcoba. Es
divertido... Con Fersen y María Antonieta pasa algo igual en
Francia. Y el sí o el no, ¿qué nos
importa?
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PIERRE.-
Yo siento simpatía por la figura de
María Antonieta. Me ha emocionado siempre el dibujo del
natural que le hizo David, cuando iba al patíbulo...
¿Lo recuerda usted?
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JAIME.- Claro... Con una cofia blanca, anudada
al cuello por una cinta oscura... Y aquel rostro afilado... Y
aquella mirada sonámbula... Es un dibujo patético...
¿O sea, que sobre esta misma piedra... (La
pisotea con cierta cólera.) se levantaba el
guignol terrible?... ¿Aquí... (Se toma
espacio.) la Guardia Nacional, y los representantes
de la Asamblea, y el pueblo allí y allá y en todas
partes?... La carreta de los condenados aquí depositaria su
carga; ¿no?
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PIERRE.- Lo supongo. Funesta línea de
transportes, ¡caramba!
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JAIME.- ¡Un momento!...
(JAIME
desaparece, súbitamente, por la
izquierda.)
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PIERRE.-
(Sorprendido. Iniciando, a medias, el
ademán de seguirle.) ¿Qué le
pasa a usted?
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JAIME.- (Desde dentro.)
Vuelvo ahora mismo...
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PIERRE.-
(Cordialmente, para
sí.) Estos españoles del demonio...
(Ahora saca un cigarrillo y se dispone a encenderlo.
Cuando ya lo hizo y echó al aire una bocanada de humo, se
dirige de nuevo a JAIME.)
¿Qué trae, hombre?...
(JAIME ha
surgido, en efecto, por la lateral de su mutis, con un
pequeño ramo de flores en la mano.)
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JAIME.- Unas flores... Las olvidó la
condesa Alberti cuando la dejamos en su casa. Yo me permito
apropiármelas para depositarlas sobre este suelo memorable.
¿Qué opina usted?
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PIERRE.- Me parece un gesto
delicadísimo...
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JAIME.- Así, pues... (Se
vuelve de espaldas al público y arroja las
flores.) María Antonieta Josefa Juana de
Austria Lorena, Reina de Francia...
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PIERRE.- Diga algo para Luis XVI, hombre...
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JAIME.-
Déjeme, déjeme... Cisne de Schoembrun
(«Sombrun»), rosa del Trianón, rutilante
lámpara de Versalles, tilde armoniosa de tu siglo,
descabezada a la mayor gloria de la Revolución: estas flores
en tu homenaje... (Rodilla en tierra, las deposita
sobre el suelo, al borde de la cortina del foro. Después, se
pone en pie.) ¿Vámonos, Vizconde?
¿No oye usted, entre la niebla, la radio del coche?
(Se oye, en efecto, a ser posible, el disco
«Sirenas», de la suite «Nocturnos», de
Debussy, editado por La Voz de su Amo referencia DB5068, y, en su defecto,
cualquiera otro de música
sinfónica.) Sin duda, Sixto, delicadamente,
nos quiere informar así de que ha conseguido arreglar la
avería.
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PIERRE.- Mejor música me parecerá
la del motor, cuando lo ponga en marcha.
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JAIME.- ¿Andando...?
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PIERRE.- Andando.
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(E inician el mutis por la izquierda, pero, cuando
están a punto de marcharse, se paran. Por las cortinas del
foro, envuelta en una vaharada de niebla, ha aparecido MARÍA ANTONIETA. Es una mujer
bellísima, de muy pocos más de veinte años. Su
traje es una estilización del que llevaba María
Antonieta cuado fue ejecutada. Saya blanca, ajustado
corpiño, que una toquilla refuerza, y una cofia de cinta
negra, como en el dibujo de David a que FIERRE y JAIME aludieran. Su aparición
en escena debe rodearse del mayor misterio posible. Si la niebla se
ha simulado con cortinas de gasa, el juego de luces, diestramente
manejado, ayudará a producir la ilusión apetecida, y
dará a su entrada el aire fantasmal que le conviene.
MARÍA ANTONIETA
avanza unos pasos, recoge una de las flores que JAIME desparramara y sonríe
levemente, con una sonrisa de reconocimiento y de
melancolía.)
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JAIME.-
(Con un levísimo deje de
turbación.) ¿Por qué se para
usted? ¿Qué le sucede?
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PIERRE.-
(Igualmente.) ¿Y
a usted?
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(Ni la mínima sombra de comicidad deberá
perturbar este diálogo.)
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JAIME.- No sé decirle, exactamente... Hay
alguien más entre nosotros, ¿no?
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PIERRE.- Sí, tal creo...
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JAIME.- Sería fácil, verlo...
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PIERRE.- Facilísimo...
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JAIME.- Y, sin embargo..., cuesta atreverse,
¿verdad?
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PIERRE.-
Pues, sí...
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JAIME.- Decidámonos.
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(Gira en redondo, resueltamente. MARÍA ANTONIETA continúa
inmóvil, en la misma actitud del principio.)
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PIERRE.-
(Atónito.)
¡Sapristi!
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JAIME.-
(Para sí.)
¿Qué es esto?... María Antonieta
rediviva...
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PIERRE.- ¿Estaremos ofuscados, Jaime?
¿Será un espejismo..., un efecto de luz?...
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JAIME.-
Pellizquémonos, por si soñamos...
(Va a hacerlo, medio en broma, medio en
serio.)
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PIERRE.- ¡Calle!...
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MARÍA
ANTONIETA.- Se le cayeron estas flores,
¿verdad?
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JAIME.- No, señora; acabamos de
depositarlas donde están.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Y por qué?
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JAIME.- En homenaje a María Antonieta
Josefa Juana Habsburgo de Austria-Lorena, Reina de Francia...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué gentiles!
¡Después de tantos años!... ¿Suelen ser
frecuentes esos homenajes?...
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JAIME.- El lugar es poco adecuado para eso.
Carruajes y viandantes lo impiden. Sólo, de madrugada...
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MARÍA
ANTONIETA.- Se lo agradezco. Han venido, a la vuelta
de mi largo viaje, a recibirme con unas rosas de bienvenida. Nunca
lo hubiera imaginado... ¿Cuál es su nombre?
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JAIME.-
Me permito presentarle al señor Pierre de
Armigny, Vizconde de Armigny...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿De Armigny?... ¡Ah, yo
conocí al que llevó su título por vez
primera!... Fue Charles de Armigny... Chambelán del Rey...
Un hombre de bien, a fe mía. Era valiente y tenía
ingenio. ¿Cabe nada mejor? El título no le dio
nobleza. Era su alma la que había nacido noble...
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PIERRE.- En efecto, señora. Charles de
Armigny fue un antepasado mío. Yo leí sus
Memorias...
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MARÍA
ANTONIETA.- Todos escribían Memorias en aquel
tiempo... De seguro que las del Vizconde serían
deliciosas... (A JAIME.) ¿Y
vos?...
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JAIME.-
Yo, señora, me llamo Jaime Serrat, y soy
diplomático español. Pero voy a permitirme haceros
una pregunta tan directa y descomedida, que os ruego no
midáis, por mi ineducación y falta de tacto, a mis
compañeros de carrera, mucho más discretos que yo.
¿Podríamos saber quién sois?
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MARÍA
ANTONIETA.- Vos me nombrasteis antes... María
Antonieta Josefa Juana Habsburgo de Austria-Lorena, Reina de
Francia.
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JAIME.- Así, pues, ha comenzado la
resurrección de la carne.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Acaso vos no creíais en
ella?...
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JAIME.-
Yo, señora, como español que soy, creo
en el Cielo, en el Infierno, en el Purgatorio, en el Limbo; creo en
todo, absolutamente en todo, y, naturalmente, en la
resurrección de la carne...
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MARÍA
ANTONIETA.- Entonces, siendo así...
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JAIME.-
Pero aunque mi formación teológica es
muy vaga, tengo entendido que la resurrección de la carne
está anunciada para después el fin del mundo. Y el
mundo, señora; aun cuando lo supongáis casi
deshabitado, puesto que lo veis a esta hora, lleva todavía
dos mil millones de seres a sus espaldas... Y parece tener vida
para algún tiempo más.
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MARÍA
ANTONIETA.- Será como lo decís, pero yo
he resucitado y sé que hoy comienzo de nuevo. Hasta hace un
instante, mi pasado era como un bosque sin árboles, una
mancha borrosa y sin contorno. Yo llevo mi pasado en mi memoria,
como una moneda de oro. En mi corazón va escrito mi nombre,
y en mis venas, mi destino.
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JAIME.-
¿Y sólo a vos, señora, os ha
sido otorgado ese raro privilegio? ¿Sólo vos, entre
todos los muertos, habéis sido designada para emprender este
alucinante viaje?
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MARÍA
ANTONIETA.- No me pidáis cuentas de los
demás. Nada sabría deciros.
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JAIME.- ¿Y es aquí, justamente,
donde resucitáis?...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿También eso os sorprende?
Así es natural que sea. Por la misma desgarradura abierta en
el espacio para abandonar la tierra, es el retorno a ella.
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JAIME.- La tumba no defiende su fuero...
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MARÍA
ANTONIETA.- El lugar de la tumba lo eligen los
hombres. Sólo el de la muerte lo señala Dios.
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JAIME.- Bien..., señora: son las dos de
la madrugada del 25 de septiembre de 1951, y París duerme
ajeno a la gran sorpresa que le aguarda cuando despierte. No
pretenderéis vagar solitaria de un lado a otro, porque os
expondríais, quizás, a percances desagradables.
Podríais encontrar a gentes que, ignorantes de vuestra alta
jerarquía y de lo singular de vuestro destino, os
incomodaran. Es indispensable que busquéis dónde
refugiaros.
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PIERRE.- Jaime Serrat, señora,
está en lo cierto.
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MARÍA
ANTONIETA.- Llevadme, pues, donde os plazca.
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JAIME.- Mi ilustre amigo, el Vizconde de
Armigny, se siente emocionado ante la idea de brindaros su casa. Si
no se atreve a hacerlo es, sin duda -yo leo en su pensamiento-, por
las dificultades formales que representa el acceso a su hogar y a
estas horas de una dama de vuestra belleza, y las que
significaría la tarea de hacerle comprender a su
discretísima, pero suspicaz esposa, que sois una
resucitada...
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MARÍA
ANTONIETA.- Ya os dije que dispongáis de
mí...
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JAIME.- Mi domicilio, señora, se
encuentra cerca de aquí. Es un piso modestísimo e
impropio de vuestro rango, pero en el que podréis pasar la
noche. Mañana, tiempo tendremos de buscaros el alojamiento
que os corresponde. ¿Lo autorizáis...?
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MARÍA
ANTONIETA.- Sois muy gentil.
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PIERRE.- Por otra parte, Majestad, pienso que
acaso sintáis algo de frío...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Traéis carroza?
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PIERRE.- De veintidós caballos
fiscales...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Para qué tantos?...
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PIERRE.- ¿Y, realmente, ni aun haciendo
un esfuerzo, podríais decirnos si ha resucitado más
gente conocida? ...
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MARÍA
ANTONIETA.- Lo ignoro, ya lo sabéis...
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JAIME.- ¡Ah, disculpad nuestra
curiosidad!... ¿Nos seguís?... (Inicia
el mutis por la izquierda.) A propósito,
señora, pienso en un episodio de vuestra existencia parecido
a éste. Cuando vinisteis de Viena, una delegación de
la Corte os aguardó en cierta isla del Rhin para recibiros
en nombre del rey de Francia. El azar ha querido que nosotros
constituyamos la que hoy os recibe, en nombre del siglo veinte, y
os da la bienvenida...
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MARÍA
ANTONIETA.- Os la estimo muchísimo...
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JAIME.- Señora... (Le hace,
igual que PIERRE, una
reverencia, que no habría parecido mal en el
Trianón.)
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Vamos...?
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JAIME.- Vamos... Observaréis muy pronto,
Majestad, cuánto han cambiado, desde que faltáis, la
ciudad, el mundo y la vida...
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(MARÍA
ANTONIETA le mira un instante, con curiosidad;
después, con la ligereza de un pájaro, se desliza,
sonriente, entre los dos, por la lateral izquierda. Se cierran
rápidamente las cortinas.)
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Cuadro
II
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«La primera noche sobre la
tierra»
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La escena representa el departamento que posee JAIME Serrat y del que acaba de
hablarnos. Hay un gran sofá, situado en el centro. Hay
también una mesita baja delante del sofá. En el foro,
un gran cuadro y una lámpara de pie, próxima al
sofá.
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Al abrirse las cortinas, SIXTO penetra rápidamente por
la lateral izquierda. Es un muchacho alegre, fácil y
despejado. Viene quitándose la chaqueta de su uniforme de
chófer. Dedicado a esa tarea, cruza de izquierda a derecha,
y, dos segundos más tarde, deshace su mutis, en sentido
inverso, abotonándose su chaqueta de valet, que
deberá ser manifiestamente distinta de la otra. Es entonces
cuando se oye, por la izquierda, la voz de JAIME. JAIME viste como en el primer
cuadro.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué, bonitas alabardas las
de esa panoplia! ¡Ay, ojalá no tengáis que
utilizarlas nunca en vuestra defensa!...
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JAIME.-
Esperemos que no, señora. Por cierto, pienso
que quizá convenga reforzar un poco la calefacción,
siempre débil a estas horas de la noche, con el alegre fuego
de la chimenea. ¿No os parece?
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MARÍA
ANTONIETA.- Sin que me pueda explicar muy claramente
por qué razones, es lo cierto que no tengo frío.
Haced, sin embargo, lo que gustéis...
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JAIME.-
Con vuestra venia... ¡Sixto! Ese es el nombre
de mi valet, señora...
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SIXTO.-
Dígame.
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JAIME.- Haga el favor de encender la
chimenea. (Señala a la concha del
apuntador.)
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|
SIXTO.- Voy inmediatamente.
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MARÍA
ANTONIETA.- Es el mismo que conducía esa
extraña y silenciosa máquina en que vinimos...
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|
JAIME.- Justo. Trátase de una persona
diligentísima que os atenderá en cuanto le
pidáis.
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MARÍA
ANTONIETA.- Muchas gracias.
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|
JAIME.-
La doncella, Marcela, fue a pasar la noche en casa de
sus hermanos, que viven en Neully, y no regresará hasta
mañana.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Esos son vuestros
servidores?...
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|
JAIME.- Sin duda, os parecerán muy pocos,
y creedme si os digo que lo siento. En vuestra primera vida,
según mis informes, no únicamente vos, como reina,
sino un sinnúmero de caballeros, disponían de
muchísimos más. Las cosas han cambiado, y, no por
envanecerme, sino para que sepáis a qué ateneros, os
diré que sólo Sixto y Marcela hacen de mí un
ser bastante singular y envidiado en París. En cuanto a los
norteamericanos se refiere, algunos vienen de Nueva York
exclusivamente para ver a este bicho raro que soy yo, con dos
criados a sus órdenes.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué curioso!
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(SIXTO asoma por
la derecha con una brazada de leña y unos papeles. Se dirige
a la concha y finge preparar el fuego.)
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JAIME.- (A SIXTO.) ¿A
qué hora regresará Marcela, Sixto?
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|
SIXTO.- Supongo que a las ocho, señor.
Por cierto, que he tenido que hacer una chapuza para arreglar la
cerradura de la otra puerta, que se había descompuesto.
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JAIME.-
(Cortante. Con el temor de que
SIXTO intente seguir
explayándose.) Bien.
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|
SIXTO.-
(Coge un encendedor que hay delante del
sofá, e intenta encender con él, infructuosamente la
chimenea.) Vaya, se estropeó...
(Se echa mano al bolsillo, y saca un pequeño
destornillador.)
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|
JAIME.- Aplace la reparación para otra
oportunidad, Sixto, y utilice ahora mis cerillas. (Le
da una caja.)
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|
SIXTO.- Es cosa de un segundo, señor. El
muelle, que se ha aflojado... Basta tensarlo un poco para
que...
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|
JAIME.- En algunas ocasiones, aplíquense
los valets la misma consigna de los diplomáticos: nada de
celo excesivo.
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|
(SIXTO le mira,
sin entender por completo sus palabras, pero sí su
expresión, y enciende con las cerillas que le da la
chimenea. En seguida, inicia el mutis por la
izquierda.)
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|
SIXTO.- ¿Desea algo más el
señor? (Le devuelve las
cerillas.)
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|
JAIME.- Nada. (MARÍA ANTONIETA mira la
lámpara con manifiesta curiosidad.)
¿Le llama la atención, señora?
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MARÍA
ANTONIETA.- Sí. El fuego es igual que siempre,
pero la luz...
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|
JAIME.- La luz es eléctrica.
¿Recordáis haber oído hablar de un tal
Volta...?
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MARÍA
ANTONIETA.- No... ¿Pertenecía a la
Corte...?
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|
JAIME.- No creo... Fue uno de los precursores de
este pequeño milagro. Fijaos, señora.
(Apaga la luz.)
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MARÍA
ANTONIETA.- (Sin
aldeanismo.) ¡Ah, qué sorprendente!
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|
JAIME.-
Y en un segundo... (Vuelve a
encenderla.)
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Es maravilloso!
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|
JAIME.- Nos hemos habituado de tal manera, que
ya no le concedemos ningún valor.
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(La luz vuelve a apagarse.)
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Ah, otra vez!
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JAIME.-
(Mustio.) Ahora os juro
que no ha sido por mi gusto. Algo ha pasado. ¡Sixto!
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|
SIXTO.- (Por la lateral de su
mutis.) Sospecho, señor, que se trata de una
avería local. Voy a ver si la arreglo. (Y
desaparece.)
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JAIME.- De vez en cuando, el progreso nos gasta
esas pequeñas bromas.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿No tenéis
bujías?
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|
JAIME.- No, señora: el hombre acostumbra
a quemar sus naves. Inventa los automóviles, y deshace las
carrozas; los trenes -algunos veréis-, y quema las
diligencias; las democracias, y destrona las dinastías; la
electricidad, y se olvida de las velas de
estearina... (La luz vuelve de nuevo.)
¡Ah, vedla! Ya nos acompaña como antes.
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|
SIXTO.- (Por la lateral de su
mutis.) Discúlpeme, señor, si he
tardado, pero es que he tenido que buscar un poco de alambre... Se
habían fundido los plomos.
|
|
JAIME.-
(Al que su admiración por
SIXTO se le trasluce un
poco.) Realmente, Sixto, no puede decirse que haya
malgastado mucho el tiempo.
(SIXTO se
va.)
En fin, señora, éste es vuestro pequeño
aposento. Indigno de vos, os lo repito, pero ofrecido con la mejor
voluntad del mundo. Desearía enseñároslo. |
|
MARÍA
ANTONIETA.- Como gustéis.
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|
JAIME.- He ahí la alcoba, señora.
Tal vez queráis arreglaros un poco, antes de iniciar vuestro
merecido descanso. Si sois tan amable de acompañarme...
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|
|
(Le brinda la salida. MARÍA ANTONIETA hace mutis por
la derecha. JAIME le
sigue. Es cuestión de un segundo. JAIME regresa enseguida. Entonces,
saca un cigarrillo y se dispone a fumarlo. No encuentra las
cerillas, con las que se había quedado SIXTO y, entonces, se aproxima a la
chimenea y lo enciende en ella. Apenas ha concluido de hacerlo y se
ha sentado en el sofá, cuando MARÍA ANTONIETA vuelve a
escena. Trae un aire altivo. Habla con sequedad. JAIME se pone en pie,
automáticamente, al verla, un poco sorprendido de su
actitud.)
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MARÍA
ANTONIETA.- Todo podía imaginármelo yo,
menos que me hicierais objeto de semejante escarnio...
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JAIME.- ¿Qué sucede,
señora?
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MARÍA
ANTONIETA.- Conducidme ahora mismo fuera de
aquí.
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JAIME.- Pero ¿qué pasa?
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Sois, pues, un enemigo?
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JAIME.-
¿Yo?... ¿Cómo podéis
pensar...?
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Qué significan, si no, esos
escandalosos grabados?...
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JAIME.- ¿Qué grabados?... Calmaos,
señora... (Irá a hacer mutis, pero, de
repente, se da cuenta de todo y desiste.) ¡Ah,
sí, ya caigo!... (Abrumado.)
¡Oh!... Sentaos, os lo suplico... ¡Sixto! Descuelgue
todos los grabados del pasillo con escenas de la
«funesta» Revolución Francesa y tírelos a
la basura.
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SIXTO.- Inmediatamente. (Mutis de
SIXTO por la
derecha.)
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MARÍA
ANTONIETA.- (Excitada
todavía.) Robespierre pronunciando un
discurso en la Asamblea... ¡Qué terrible!...
(Sordamente.) ¿En qué
casa he caído?
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JAIME.- En la de un hombre honrado,
señora.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Pero esos grabados... son una
profesión de fe...
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JAIME.- No, no lo crea... Son, tan sólo,
un detalle decorativo...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Le sirven de adorno?...
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JAIME.- Pues, sí... Por muy
extraño que os parezca, esos grabados se hallaban
aquí, con independencia de su significado, simplemente,
porque están bien hechos. Sin embargo, hoy mismo
devolví uno que representaba al Beato Fulimberto cuidando
leprosos, a pesar de sentirme mucho más afín a
él que a Robespierre, porque lo encontraba horrible.
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MARÍA
ANTONIETA.- No puedo entenderlo...
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JAIME.- Y mi tío carnal, Monseñor
Serrat, Obispo de Sigüenza, que no creo que sea sospechoso,
tiene en su casa veinte litografías de la destrucción
de Roma por los bárbaros, acontecimiento histórico
que siempre le molestó extraordinariamente, porque es que
son unas litografías sensacionales. En fin...
(SIXTO sale por la
derecha y cruza la escena con unos cuantos grabados bajo el
brazo.)
De todas formas, ya he dado orden de que los tiren. Y
perdonadme... |
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MARÍA
ANTONIETA.- Me ha hecho recordar la etapa más
dolorosa de mi vida.
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JAIME.-
Sí, ya lo comprendo. Pero, claro, cuando hoy
salí de mi casa, a las diez de la noche, ¿cómo
se me iba a ocurrir que volvería a ella en
compañía de Vuestra Majestad...?
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MARÍA
ANTONIETA.- Bien. Ya pasó. Habladme...
¿Qué ha sucedido en Francia?... Estoy ávida de
saberlo.
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JAIME.-
¿Cuándo...?
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MARÍA
ANTONIETA.- Desde el 16 de octubre de 1793...
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JAIME.- ¡Caramba! ¿Y por qué
esa fecha?... (Recuerda, de pronto, que es la de su
muerte.) ¡Ah!... Excusadme, señora...
Olvidaba que... ese día siniestro... ¡Perdón,
perdón!... Yo os suplico...
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MARÍA
ANTONIETA.- No os preocupéis... Contadme...
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JAIME.-
Señora: no es fácil improvisar un
resumen, en pocas palabras. Ciento cincuenta y ocho años han
transcurrido desde que faltáis.
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MARÍA
ANTONIETA.- Decidme, al menos: ¿cuál fue
la suerte del Delfín y de mi hija?...
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JAIME.- De vuestra hija..., no sé...
Así, de pronto, no recuerdo. He de informarme. Ahora, del
Delfín, un misterio. Se perdió su rastro.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué triste destino!...
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JAIME.-
Pero, allí, de donde venís, ¿no
se sabe todo?
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MARÍA
ANTONIETA.- Acaso, sí. Pero todo se olvida al
volver a la tierra... (Con una contenida
emoción.) Seguidme contando.
¿Oísteis hablar de un noble sueco, el Conde Hans Axel
de Fersen...?
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JAIME.- Al parecer, regresó a su patria,
y en ella acabó... (Le mira con especial
fijeza.) nostálgicamente, sus
días...
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MARÍA
ANTONIETA.- Bien...
(Transición.) Pasó el
93, el 94, el 95... La Historia siguió su curso.
¿Queréis contarme qué sucedió
después?
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JAIME.- (Un poco
cohibido.) Pues... Lo más notado me parece a
mí que fue Napoleón.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué nombre tan raro!...
¿Y quién fue ese Napoleón?
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JAIME.- Un capitán de Artillería
afortunado, que...
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MARÍA
ANTONIETA.- Ascendió a general.
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JAIME.- Sí. Y continuó
ascendiendo: llegó a Emperador.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Bah, bromeáis!...
(Transición.) Y, os suplico, no
estéis en pie. Sentaos...
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JAIME.- Tamaño honor,
señora...
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MARÍA
ANTONIETA.- Os lo mando.
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JAIME.- (Se sienta sin
replicar.) Pues, sí, señora, a
Emperador. ¡Ah, fue una carrera meteórica! General a
los veintiséis años... Imaginaos... Y, a partir de
entonces, la campaña de Italia, el Consulado, el 18 de
Brumario y...
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MARÍA
ANTONIETA.- (Como si se le ocurriera
una idea luminosísima. Baja un poco la voz,
incitándole a la confidencia.) ¿No
habría nada escrito sobre él?
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JAIME.- ¿Sobre Napoleón? Conviene
que os prevenga, señora. Este es un país peligroso
para eso. ¿Que abrís displicentemente un libro en la
consulta del dentista? Resultará titularse: «La verdad
sobre Napoleón». ¿Que necesitáis la
Guía dé Teléfonos?...
(Gesto de sorpresa de MARÍA ANTONIETA.)
Veréis en su lugar otro llamado:
«Napoleón en Rusia». ¿Que os hace falta
el Horario de Ferrocarriles para disponer vuestro viaje?
«Napoleón en Santa Elena» os saldrá al
paso, inmediatamente. |
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Queréis darme a entender
que su nombradía ofuscó la nuestra?...
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JAIME.- Señora...
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MARÍA
ANTONIETA.- Bien. Napoleón moriría al
fin, ¿no? ¿Y después?...
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JAIME.- Las aguas volvieron a sus cauces. El
augusto hermano de Luis XVI, el Conde de Provenza, subió al
trono como Luis XVII...
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MARÍA
ANTONIETA.- (No muy
complacida.) ¡Ah!... Y ahora
¿qué Luis reina?
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JAIME.- Malas noticias. Y lamento
dároslas... Los Luises se acabaron en mil ochocientos
cuarenta y ocho... y hasta hoy...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Quién es el Monarca?
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JAIME.-
Nadie. Hubo otro Emperador, sobrino de
Napoleón, casado, por cierto, con una compatriota mía
y amiga de mis abuelos, Eugenia de Montijo, al que no le fueron
bien las cosas, y que abdicó... Hoy Francia es una
República.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Desde entonces?...
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JAIME.- Sí; pero no la misma, claro. Esta
es la cuarta.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Qué dolor!...
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JAIME.-
¡Ah! Se me olvidaba hablaros de la guerra
franco-prusiana, de la europea, y del Káiser, y de Hitler:..
¡Oh, realmente, hay tela cortada para rato!...
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MARÍA
ANTONIETA.- Soy poco aficionada a leer. Habéis
de prometerme, sin embargo...
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JAIME.- Sí; yo buscaré una
Historia de cuanto ha acontecido. Quizá os baste, para
empezar, la del Bachillerato...
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MARÍA
ANTONIETA.- Os lo agradezco de verdad... Y ahora,
quizá sea mejor que me retire. ¿No lo
creéis?... Me encuentro fatigada... He dormido un largo
sueño de siglo y medio, y, sin embargo, la emoción de
mi vuelta al mundo de los vivos ha consumido ya las fuerzas
atesoradas en tan largo reposo...
(Transición.)
He de pediros un favor: ¿No queda nadie en pie que
lleve nuestra sangre? Pura o mezclada con otras de menos quilates,
¿no corre por las venas de ninguno de los seres de hoy?...
Aquella herencia infinita de nuestra estirpe, nuestros derechos
divinos, ¿se perdieron en la nada? ¿Ya no existen
sobre la tierra Habsburgos, Borbones, Austrias, Tudores, Oranges,
Sajonias...? Tantas galas y cortesías, tantas
fábricas de poderío y lujo, tantos dominios y
privilegios, que mil poetas cantaron, que mil oradores sagrados
defendieron, por los que millones de súbditos pelearon hasta
la muerte, ¿no tienen hoy un heredero? |
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JAIME.- Hay unas sombras vagando por el exilio
que responden a esos nobles títulos, pero que no mandan
sobre nadie. No disponen de la paz ni de la guerra. Cuando sus
hijos nacen, los cañones no lo anuncian a los cuatro
vientos. Cuando mueren, sólo el silencio dispara sus salvas
sobre sus tumbas.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¿Quién administra, pues, el
bien y el mal, la desgracia o la fortuna?
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JAIME.- Nominalmente, el pueblo. En su
representación, unos organismos extraños cuyos
nombres no comprenderíais: Parlamentos, Sindicatos,
Internacionales, Trusts...
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MARÍA
ANTONIETA.- De esas sombras de que habéis
hablado, ¿cuál es la que lleva las lises de nuestro
linaje?...
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JAIME.-
El Conde de París, señora.
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MARÍA
ANTONIETA.- Mañana, ¿podríais
anunciarle mi llegada?...
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JAIME.-
(Evasivo.) Temo que no
se halle entre nosotros y que tarde algunos días en
encontrarle. Pero lo intentaré...
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MARÍA
ANTONIETA.- Un nuevo favor he de pediros. Aunque el
corazón amenace rompérseme, siento el deseo
invencible de volver a lo que constituyó el eje de mi vida.
No me diréis que las piedras de Versalles perecieron
también...
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JAIME.- No, siguen en pie.
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MARÍA
ANTONIETA.- Más frágil que Versalles,
el Trianón sucumbió acaso...
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JAIME.- Tampoco.
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Dios sea loado!... María
Antonieta Reina de Francia los visitará de nuevo...
(Se ha puesto en pie.) Ahora,
caballero, podéis retiraros... Gracias.
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JAIME.- ¿Me permitís,
señora, violar por enésima vez todas las leyes de la
etiqueta, haciéndoos una pregunta?
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MARÍA
ANTONIETA.- Os escucho.
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JAIME.- La Historia ha contado que, en la
última noche de la Conserjería, vuestros cabellos
encanecieron. Pero yo no he visto jamás un trigo tan
armonioso y bien ligado como el de los vuestros. Según las
crónicas, el sufrimiento, las vejaciones, habían
robado el brillo a vuestros ojos... Pero yo no me he asomado nunca
a una luz más profunda que la suya... Deberíais
mostrar vencida vuestra arrogancia por la tragedia, pero es una
delicia el veros caminar, con tanta altivez y tanta gracia...
Decidme: ¿La carne no resucita tal como fue en la hora
anterior a su acabamiento, sino en su forma más florida,
como lució en su edad de oro?...
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MARÍA
ANTONIETA.- Sí. Sería cruel repoblar el
mundo de ancianos, de enfermos, de seres caducos, con los
semblantes de su agonía.
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JAIME.- Entonces; ¿vos fuisteis
así?...
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MARÍA
ANTONIETA.- A los dieciocho años, cuando
ensayaba el aria de Dido...
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JAIME.- ¡Qué bella sois,
señora!...
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MARÍA
ANTONIETA.- ¡Oh!... Los españoles...
Tenían fama en mi siglo de ser muy galantes. No
desmentís vuestra raza: sois cortesano... y osado...
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JAIME.- Excusadme, señora...
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MARÍA
ANTONIETA.- Desde el primer instante, me he sentido
inclinada a la benevolencia... Antes os pregunté por la
suerte del noble sueco Hans Axel de Fersen... Vos le
recordáis un poco. Era alto y fuerte como vos. Su
francés, igual que el vuestro, traía una
música exótica y lejana... El color de los ojos, sin
embargo, no era el mismo... Los suyos tenían una luz clara,
de sol de medianoche: los vuestros son obscuros. Pero fuera de eso,
ya le dije, señor, es grande el parecido... Bien,
descansad...
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(JAIME, le hace
una profunda reverencia. Ella le responde delicadamente, y se va,
por la derecha. Se queda un segundo como si aspirase la perfumada
estela de MARÍA
ANTONIETA. Perezosamente, se recobra.)
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JAIME.- ¡Sixto!
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SIXTO.- Mándeme el señor...
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JAIME.- ¿Tiene un papel a mano?
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SIXTO.-
Claro que sí, señor. (Se
saca de la cartera media docena de cuartillas.)
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JAIME.-
(Le mira con cierto
asombro.) Bien. (Se dispone a escribir
con su estilográfica, pero fracasa.) Vaya,
sin tinta...
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SIXTO.- Tenga el señor...
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(Le da la suya. Nueva mirada de JAIME, que escribe ahora
rápidamente.)
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JAIME.- ¿Sabe dónde está la
redacción de «El Mundo»?
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SIXTO.- Bulevar de los Italianos, 5.
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JAIME.- ¿Y la de
«Fígaro»?
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SIXTO.- En el 14 de los Campos
Elíseos.
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JAIME.- ¿Y la de
«Combate»?
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SIXTO.-
Calle de Montmartre, 123.
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JAIME.-
(Irritado, deja de
escribir.) ¿Y me quiere decir, cómo
demonios sabe todo eso?
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SIXTO.- La de «Combate», porque tuve
una pelona en la casa de al lado. La de «Mundo» y la de
«Fígaro», ni yo mismo lo sé.
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JAIME.- (Le mira con fijeza.)
Va a trasladarse ahora mismo a las tres, y a dejar,
en cada una de ellas, este anuncio, para que lo publiquen
mañana.
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SIXTO.- Conforme. ¿En qué
tamaño?
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JAIME.-
(Lo dibuja en un papel.)
Una cosa así. (Le devuelve la
estilográfica.)
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|
SIXTO.- Gracias, señor.
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JAIME.-
(Perplejo.) Lo que no
sé es lo que costará...
(SIXTO, frunce los
labios extrañamente. JAIME se dirige a él, con aire
de amenaza.)
¿Es que usted lo sabe?... |
|
SIXTO.- Si el señor domina su
cólera, le diré que en el
«Fígaro», eso cuesta con exactitud cinco mil
francos, y que supongo que en los otros periódicos,
valdrá algo semejante. (Pausa. Con
humildad.) Tampoco sé dónde me he
enterado de esto.
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JAIME.-
(Secamente.) Tome. (Saca
un fajo de billetes del bolsillo y le da unos cuantos. SIXTO se los guarda e inicia el mutis
por la izquierda.) ¡Espere!
(SIXTO se
detiene. JAIME saca una
agenda y busca en ella un número de teléfono.)
Telefonee a Étoile, 22-44-7...
(«Etual»).
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SIXTO.- ¡Ah! ¿El hotel Jorge
V?...
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JAIME.-
(Mordiendo las
palabras.) Sí... Al hotel Jorge V, y diga que
me reserven una habitación, que voy ahora mismo.
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SIXTO.- En seguida. (Reemprende de
nuevo el mutis, pero, sorprendido, solicita aclaración a la
orden recibida.) ¿Ahora mismo? ¿Es que
el señor no pasa la noche en casa?...
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JAIME.-
No, Sixto...
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SIXTO.-
(Recriminatorio.) Pero,
señor...
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JAIME.- ¿Qué? ¿Le
sorprende?
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SIXTO.- Francamente... No estoy acostumbrado a
ver estas cosas...
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JAIME.- Juraría que ni lo aprueba.
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SIXTO.-
(Gravemente. En tono de gran
preocupación.) Pues..., la verdad... No
sé qué decirle... ¿La señora sabe que
el señor es español...?
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JAIME.-
(También un poco
preocupado.) Sí; eso, sí.
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SIXTO.- Ya conoce el señor la fama que
tenemos los españoles... ¿No teme el señor que
su actitud nos quite cartel?
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JAIME.-
Escuche, Sixto: debo decirle una cosa. Esta dama...
(Se oye por la izquierda el ruido de dos alabardas
que se caen al suelo.) ¿Qué es
eso?
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SIXTO.-
(Hace mutis rápidamente. Desde
dentro.) Son las alabardas, señor, que se han
caído de la panoplia. Voy a hacer una chapuza para
sujetarlas bien.
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JAIME.-
¿Alabardas ha dicho?... Espere:
tráigamelas.
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(SIXTO penetra con
ellas. Son, en efecto, dos viejas alabardas, de negra asta y pulida
cuchilla.)
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SIXTO.- La punta de ésta se ha mellado un
poco, pero... (La frota con un pañuelo.)
¡Bah!, no es nada...
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JAIME.- Le decía, Sixto, que esa dama no
es como las otras. Su información es magnífica, pero,
sin embargo, desconoce de quién se trata. Esa dama, es la
Reina María Antonieta...
(SIXTO hace un
gesto de asombro.)
Escúcheme, venga aquí. (Le
conduce a la lateral derecha.) Traiga la alabarda...
Las piernas, en compás... El brazo, así,
oblicuamente... Cuando vuelva, montará la guardia. Que, al
menos, la primera noche de su retorno a la tierra, alguien vele el
sueño de la Reina. Ahora, lleve los anuncios donde le he
dicho. |
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SIXTO.- Bien, bien... (Se retira
sin grandes prisas, rumiando algo, con la alabarda al
hombro.)
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JAIME.- ¿Qué sucede?
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SIXTO.- No, no; nada... (Al borde
de su mutis, rezonga, admirativamente.) La Reina
María Antonieta... ¡Hay que ver qué planes le
salen al señor!...
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