ESCENA PRIMERA
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(LA CASA DEL PECADO, EN UN ENREDO DE CALLEJONES, CERCA DEL MUELLE VIEJO PRIMA NOCHE. LUCES DE LA MARINA. CANTOS REMOTOS EN UN CAFETIN. Guiños de las estrellas. Pisadas de zuecos. Brilla la luna en las losas mojadas de la acera: Tapadillo de la Carmelitana: Sala baja con papel floreado: Dos puertas azules, entornadas sobre dos alcobas: En el fondo, las camas tendidas con majas colchas portuguesas: En el reflejo del quinqué, la daifa pelinegra, con un lazo detonante en el moño, cierra el sobre de una carta: Luce en la mejilla el rizo de un lunar. A la bruja que se recose el zancajo en el fondo mal alumbrado de una escalerilla, hizo seña [14] mostrando la carta. La coima muerde la hebra, y se prende la aguja en el pecho)
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LA BRUJA.-
¡Vamos a ese fin del mundo! ¡Si siquiera de tantas idas se sacase algún provecho!...
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LA DAIFA.-
La carta va puesta como para conmover una peña.
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LA BRUJA.-
¡Ay, qué viejo renegado! ¡Cuándo se lo llevará Satanás!...
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LA DAIFA.-
Es muy contraria mi suerte.
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LA BRUJA.-
¡Sí que lo es! ¡El padre acaudalado y la hija arrastrada!
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LA DAIFA.-
¡Y tener que desearle la muerte para mejorar de conducta!
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LA BRUJA.-
¡Si te vieras con capitales, era el ponerte de ama y dorarte de monedas, que el negocio lo [15] puede! ¡Y no ser ingrata con una vida que te dió refugio en tu desgracia!
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LA DAIFA.-
¡No habrá una peste negra que se lo lleve!
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LA BRUJA.-
Tú llámale por la muerte, que mucho puede el deseo, y más si lo acompañas encendiéndole una vela a Patillas.
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LA DAIFA.-
¡Renegado pensamiento! ¡Dejémosle vivir, que al fin es mi padre!
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LA BRUJA.-
Para ti ha sido un verdugo.
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LA DAIFA.-
¡Se le puso una venda de sangre considerando la deshonra de sus canas!
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LA BRUJA.-
Pudo cubrirla, si tanto no le representase aflojar la mosca, pero la avaricia se lo come. ¿Espero respuesta de la carta?
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LA DAIFA.-
Si te la da la tomas. Tienes que correr para no hallar la puerta cerrada.
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LA BRUJA.-
Volaré.
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(LA BRUJA encaperuzó el manto sobre las sienes y voló convertida en corneja. La daifa de la bata celeste y el lazo escarlata sale a la puerta haciendo la jarra, y permanece en el umbral mirando a la calle. Por la otra acera, un sorche repatriado, al que dicen Juanito Ventolera)
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LA DAIFA.-
¡Chis!... ¡Chis!...
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Es para mí ese reclamo, paloma?
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LA DAIFA.-
¿No te gusto?
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Un pasmo! ¿No me ve usted, niña, con las patas colgando?
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LA DAIFA.-
Pues atorníllate, pelmazo.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Quiere usted sacarme para fuera la llave de tuercas?
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LA DAIFA.-
Ese timo es habanero.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Conoce usted aquel país?
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LA DAIFA.-
No lo conozco, pero tiene usted todo el hablar de los repatriados. ¡La propia pinta! ¿No lo es usted?
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JUANITO VENTOLERA.-
No más hace que tres horas. A las seis tocamos puerto.
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LA DAIFA.-
¿En qué Regimiento estaba usted?
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JUANITO VENTOLERA.-
Segunda Compañía de Lucena.
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LA DAIFA.-
¡Segunda de Lucena! ¿Y usted, por un casual, habrá conocido a un punto practicante que llamaban Aureliano Iglesias.
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JUANITO VENTOLERA.-
Buen punto estaba ése.
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LA DAIFA.-
¿Le ha conocido usted, por un acaso? ¿No es una trola? ¿Le ha conocido?
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JUANITO VENTOLERA.-
Bastante. Simpatizamos.
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LA DAIFA.-
Era mi novio. Estábamos para casar.
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JUANITO VENTOLERA.-
Pues aquí tiene usted su consuelo.
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LA DAIFA.-
¿De verdad has conocido tú a Aureliano Iglesias?
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JUANITO VENTOLERA.-
Y tanta verdad.
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LA DAIFA.-
¿Sabes cómo murió?
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JUANITO VENTOLERA.-
Como un valiente.
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LA DAIFA.-
¡A los redaños que tenía, algunos mambises habrá tumbado!
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JUANITO VENTOLERA.-
Muchos no habrán sido... Siempre se tira de lejos.
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LA DAIFA.-
Pero alguno doblaría.
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JUANITO VENTOLERA.-
Pudiera...
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LA DAIFA.-
¿Tú no crees?...
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JUANITO VENTOLERA.-
Allí solamente se busca el gasto de municiones. Es una cochina vergüenza aquella guerra. El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes.
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LA DAIFA.-
Todos volvéis con la misma polka, pero ello es que os llevan y os traen como a borregos. Y si fueseis solos a pasar las penalidades, os estaría muy bien puesto. Pero las consecuencias alcanzan a los más inocentes, y un hijo que hoy estaría criándose a mi lado, lo tengo en la Maternidad. Esta vida en que me ves, se [20] la debo a esa maldita guerra que no sabéis acabar.
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JUANITO VENTOLERA.-
Porque no se quiere. La guerra es un negocio de los galones. El soldado sólo sabe morir.
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LA DAIFA.-
¡Como el mío! ¿Oye, tú, le envolverían en la bandera?
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JUANITO VENTOLERA.-
No era para tanto. ¡La bandera! Pues no dice nada la gachí. La bandera es la oreja. ¡Esos honores se quedan para los jefes!
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LA DAIFA.-
¿Y por eso tenéis todos tan mala voluntad a los galones?
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JUANITO VENTOLERA.-
De esas camamas, al soldado poco se le da. ¡No robaran ellos como roban en el rancho y en el haber!...
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LA DAIFA.-
Pues a tumbar galones. Pero todos lo dicen y ninguno lo hace.
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JUANITO VENTOLERA.-
Alguno hay que lo hizo.
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LA DAIFA.-
¿Tú, por ventura?
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JUANITO VENTOLERA.-
Otro de mi cara.
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LA DAIFA.-
Mírame en este ojo. Tú te has aguantado las bofetadas igual que todos. ¿De verdad has conocido a Aureliano Iglesias?
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JUANITO VENTOLERA.-
¡De verdad!
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LA DAIFA.-
¿Y le has visto caer propiamente?
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JUANITO VENTOLERA.-
Propiamente.
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LA DAIFA.-
¿En el campo?
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JUANITO VENTOLERA.-
A mi lado, en la misma trinchera.
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LA DAIFA.-
¿Con redaños?
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JUANITO VENTOLERA.-
Cuando no queda otro remedio, todo quisque saca los redaños.
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LA DAIFA.-
Se fué dejándome embarazada de cinco meses. Pasado un poco más tiempo no pude tenerlo oculto, y al descubrirse, mi padre me echó al camino. Por donde también a mí me alcanza la guerra. ¿Tú de qué parte del mundo eres?
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JUANITO VENTOLERA.-
De esta tierra.
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LA DAIFA.-
No lo pareces.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Pues de dónde me das?
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LA DAIFA.-
Cuatro leguas arriba de los Infiernos. O mucho me engaño, o tú eres otro Ravachol.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Pues qué me ves?
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LA DAIFA.-
La punta del rabo.
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JUANITO VENTOLERA.-
Siento no agradarte, paloma. Lo siento de veras.
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LA DAIFA.-
¿Quién te ha dicho que no me agradas? Tanto que me agradas, y si quieres convidar, puedes hacerlo.
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JUANITO VENTOLERA.-
Estoy sin plata.
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LA DAIFA.-
Algo tendrás.
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JUANITO VENTOLERA.-
El corazón para quererte, niña.
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LA DAIFA.-
¿Ni siquiera tienes un duro romanonista?
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JUANITO VENTOLERA.-
Ni eso.
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LA DAIFA.-
¿Ni una beata para convidar?
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JUANITO VENTOLERA.-
Pelado al cero, niña.
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LA DAIFA.-
¡Más que pelado! ¡Calvorota!
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JUANITO VENTOLERA.-
Es el premio que hallamos al final de la campaña. ¡Y aun nos piden ser héroes!
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LA DAIFA.-
¡Cabritos sois!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Y tan cabritos!
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(LA MADRE del prostíbulo aparece por la escalerilla, llenándola con el ruedo de sus faldas: Trae en la mano una palmatoria que le entrecruza la cara de reflejos. Detrás, en revuelo, bajan dos palomas. La dueña es obesa, grandota, con muchos peines y rizos: Un erisipel le repela las cejas)
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LA MADRE.-
¿Vas a pasarte la noche con ese pelma? Métete dentro.
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LA DAIFA.-
Ya has oído. ¡Que ahueques!
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Así me da usted boleta, morena? ¡Usted no quiere ver en mí al testamentario de Aureliano Iglesias!
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LA DAIFA.-
¡Camelista! ¡Si al menos tuvieses para pagar la cama!
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JUANITO VENTOLERA.-
Nada tengo.
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LA DAIFA.-
Pues la cama es una beata. Dirás que no la tienes, con las cruces que llevas en el pecho. ¡Alguna será pensionada!
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JUANITO VENTOLERA.-
Te hago donación de todo el tinglado.
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LA DAIFA.-
Gracias.
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JUANITO VENTOLERA.-
Son las que me cuelgan.
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LA MADRE.-
Ernestina, basta de pelma.
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LA DAIFA.-
Es un amigo de mi Aureliano.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Hacemos changa, negra?
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LA DAIFA.-
¿Y si te tomase la palabra?
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JUANITO VENTOLERA.-
Por tomada. Me das la dormida y te cuelgas este calvario.
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LA DAIFA.-
¡Pss!... No me convence.
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JUANITO VENTOLERA.-
Te adornas la espetera.
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LA DAIFA.-
¡Guasista!
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JUANITO VENTOLERA.-
Salte un paso que te lo cuelgo.
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LA DAIFA.-
El ama está alerta. ¿Qué medalla es ésta?
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JUANITO VENTOLERA.-
Sufrimientos por la Patria.
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LA DAIFA.-
¡Hay que ver!... ¿Y ésta?
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JUANITO VENTOLERA.-
Del Mérito.
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LA DAIFA.-
¡Has sido un héroe!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Un cabrón!
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LA DAIFA.-
¡Me estás cayendo la mar simpático! ¿Y esta cruz?
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JUANITO VENTOLERA.-
De Doña Virtudes. El lilailo que te haga tilín, te lo cuelgas. Como si te apetece todo el tinglado. ¡Mi palabra es de Alfonso!
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LA DAIFA.-
Espera que nos conozcamos más.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Y cuándo va a ser ese conocimiento?
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LA DAIFA.-
Pásate por aquí la tarde del lunes, que me toca libre. Antes no vengas. Y aun mejor apaño será que me dejes la tarde libre. Ven por la noche, sobre esta hora... Si acaso te acuerdas.
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JUANITO VENTOLERA.-
Me has puesto cadena.
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LA MADRE.-
¡Ernestina!
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LA DAIFA.-
El ama está echando café. Vete no más. Toma un recuerdo.
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(LA DAIFA se saca una horquilla del moño y se la ofrece con guiño chunguero. Entrase, y desde el fondo de la sala se vuelve. El soldado todavía está en la acera. Alto, flaco, macilento, los ojos de fiebre, la manta terciada, el gorro en la oreja, la trasquila en la sien. El tinglado de cruces y medallas daba sus brillos buhoneros)
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ESCENA SEGUNDA
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(FARMACIA DEL LICENCIADO SOCRATES GALINDO. La bruja del tapadillo, con la carta de la daifa, posa el vuelo en el relumbre de la pupila mágica, que proyecta sobre la acera el ojo del boticario. Por una punta del rebozo, las uñas negras, los dedos rayados del iris, oprimen la carta de la manflota. La mandadera mete la cabeza curuja por el vano de la puerta, pegada a un canto. Maja en el mortero un virote de mandilón y alpargatas)
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LA BRUJA.-
Traigo una carta de aquella afligida para el viejo. Llámale.
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EL GALOPÍN.-
Ha salido.
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LA BRUJA.-
¡Raro se me hace! De ser un aparente, mal harías negándomelo. Mira, hijo, para que te crea, pésame en un santimén dos onzas de cornezuelo.
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EL GALOPÍN.-
El cornezuelo no se despacha sin receta.
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LA BRUJA.-
¡Adónde vas tú con ese miramiento! ¡Que no despacharéis pocas drogas sin receta! Anda, negro, y te guardas las perronas.
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EL GALOPÍN.-
¡Y me busco un compromiso, si cuadra!
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LA BRUJA.-
¿Tampoco tomarás a tu cargo entregarle la carta al viejo?
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EL GALOPÍN.-
Tampoco.
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LA BRUJA.-
¡Hijo, eres propiamente una ortiga! La ley de los pobres es ayudarse.
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[31] |
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EL GALOPÍN.-
¿Quiere usted encargarse del almirez y majar un rato?
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LA BRUJA.-
¡Cuernos!
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EL GALOPÍN.-
¡Los suyos!
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LA BRUJA.-
¡Malhablado! ¿Adónde salió el patrón?
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EL GALOPÍN.-
A entrevistarse con el alcalde.
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LA BRUJA.-
¿Anda en justicias?
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EL GALOPÍN.-
Le han puesto una brasa en el traste.
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LA BRUJA.-
Explica esa picardía.
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EL GALOPÍN.-
Le echaron un alojado, y anda en los pasos para que le rediman la carga.
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[32] |
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LA BRUJA.-
¡Tío cicatero! ¿A qué hora cerráis?
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EL GALOPÍN.-
A las nueve.
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LA BRUJA.-
¿Vendrá antes?
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EL GALOPÍN.-
Pudiera ser.
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LA BRUJA.-
¿Por qué no te encargas tú de darle la carta? Me alargo a otro mandado, y vuelvo por la respuesta. Así la tiene meditada.
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(LA trotaconventos entra a dejar la carta sobre el mostrador, y escapa arrebujándose: En la puerta, con arrecido de bruja zorrera, cruza por delante del boticario, que se queda suspenso, enarbolado el bastón sobre la encorujada, sin llegar a bajarlo)
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EL BOTICARIO.-
¡Recoge esa carta! ¡No quiero recibirla! ¡Me mancharía las manos! ¡A la relajada que aquí te encamina, dile, de una vez para siempre, que [33] no logrará conmover mi corazón! ¡Llévate ese papel, y remonta el vuelo, si no quieres que te queme las pezuñas! ¡Llévate ese papel, y no aparezcas más!
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LA BRUJA.-
¡Esa carta suplica una respuesta!
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(EL BOTICARIO recoge la carta, que con rara sugestión acusa su cuadrilátero encima del mostrador, y la tira al arroyo)
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LA BRUJA.-
¡Iscariote!
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EL BOTICARIO.-
¡Emplumada!
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LA BRUJA.-
¡Perro avariento, es una hija necesitada la que te implora! ¡Tu hija! ¡Corazón perverso, no desoigas la voz de la sangre!
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EL BOTICARIO.-
Vienes mal guiada, serpiente. ¿De qué hija me hablas? Una tuve y se ha muerto. Los muertos no escriben cartas. ¡Retira ese papel de la calle, vieja maldita!
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[34] |
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LA BRUJA.-
¡Guau! ¡Guau! Ahí se queda para tu sonrojo. Que lo recoja y lo lea el primero que pase.
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(SE ALEJABA la voz. Se desvanecía la coruja por una esquina, con negro revuelo. Y por donde le *la* bruja se ha ocultado aparece el sorche repatriado. Entra en el claro de luna, la manta terciada, el gorro ladeado, una tagarnina atravesada en los dientes: Recoge la carta: Saluda cuadrándose en la puerta: En los ojos las candelillas de dos copas)
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Qué arreglo tenemos, patrón? ¡Como una puñalada ha sido presentarle la boleta! ¿Soy o no soy su alojado, patrón? ¿Qué ha sacado usted del alcalde?
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EL BOTICARIO.-
Dormirás en la cuadra. No tengo mejor acomodo. Mi obligación es procurarte piso y fuego. De ahí no paso. Comes de tu cuenta. Dame esa carta. Me pertenece.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Tiene usted la estafeta en el arroyo?
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[35] |
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EL BOTICARIO.-
La tengo en el forro de los calzones. Dame esa carta.
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JUANITO VENTOLERA.-
Téngala usted.
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(EL BOTICARIO, con rosma de gato maníaco, se esconde la carta en el bolsillo: Musita rehuso a leerla: Entrase en la rebotica. La cortineja suspensa de un clavo deja ver la figura soturna y huraña que tiene una abstracción gesticulante. Cantan dos grillos en el fondo de sus botas nuevas. Lentamente se desnuda del traje dominguero: Se reviste gorro, bata, pantuflas: Reaparece bajo la cortinilla con los ojos parados de través, y toda la cara sobre el mismo lado, torcida con una mueca. La coruja, con esquinado revuelo, ha vuelto a posarse en el iris mágico que abre sus círculos en la acera. El estafermo, gorro y pantuflas, con una espantada, se despega de la cortinilla. El desconcierto de la gambeta y el visaje que le sacude la cara, revierten la vida a una sensación de espejo convexo. La palabra se intuye por el gesto, el golpe de los pies por los ángulos de la zapateta. Es un instante donde [36] todas las cosas se proyectan colmadas de mudez. Se explican plenamente con una angustiosa evidencia visual. La coruja, pegándose al quicio, mete los ojos deslumbrados por la puerta. El boticario se dobla como un fantoche)
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LA BRUJA.-
¡Alma de Satanás!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Buena trupita!
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EL GALOPÍN.-
Es una alferecía que le da por veces.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Cayó fulminado!
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EL GALOPÍN.-
¡Impone mirarle!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Animo, patrón!
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LA BRUJA.-
¡Friegas de ortigas por bajo del rabo!
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(SE ANGULIZA como un murciélago, [37] clavado en los picos del manto: Desaparace *Desaparece* en la noche de estrellas. Un gato fugitivo, los ojos en lumbre y el lomo en hopo sale en cohete por el canto de la cortinilla, rampa al mostrador, cruza de un salto por encima del fantoche aplastado: Huye con una sardina bajo los bigotes. Viene detrás la vieja, que grita con la escoba enarbolada)
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LA BOTICARIA.-
¡Centellón, que se lleva la cena! ¡Ni el propio enemigo! ¡San Dios, qué retablo! ¡Otra alferecía!
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EL GALOPÍN.-
¡Cayó fulminado!
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JUANITO VENTOLERA.-
Le pasó un aire.
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LA BOTICARIA.-
Hoy se cumple el año. ¡Sócrates, por qué me dejas viuda en este valle de lágrimas!
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[39] |
ESCENA TERCERA
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(TRES PISTOLOS FAMELICOS, CON OJOS DE FIEBRE, MERODEAN POR LAS ERAS. Pedro Maside camina con dos palomos ocultos en el pecho. El Bizco Maluenda esconde los pepinos y tomates para un gazpacho. Franco Ricote, anda escotero. Llegan a las tapias del camposanto. Grillos nocturnos. Cruces y cipreses. Pisa las tumbas un bulto de hombre, que por tiempos se rasca la nalga, y saca una luz en la punta de los dedos para leer los epitafios. Vaga en un misterio de grillos y luceros)
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PEDRO MASIDE.-
¡Tenemos a la vista un desertor del Purgatorio! Será conveniente echarle el alto.
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[40] |
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EL BIZCO MALUENDA.-
Parece que el difunto busca el alojamiento y no da con la puerta.
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FRANCO RICOTE.-
¡Alto, amigo! ¡Toda la Compañía está roncando, amigo! ¡Se te ha pasado el toque de retreta, a lo que veo!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Sales de la cantina? ¡Buena hembra es la Iñasi!
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FRANCO RICOTE.-
A lo que parece te gustan las gachís. ¿Por qué no respondes? ¿Te ha comido alguna niña la lengua? No más te hagas el muerto, pues yo te conozco, y sin que hables, he descubierto quién eres. Te diré más: El hallarte aquí es por haber venido acompañando al entierro de tu patrón. Sirves en la Segunda Compañía de Lucena.
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EL BIZCO MALUENDA.-
Escota y vente a cenar. Hay dos palomas y un gazpacho.
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(EL BULTO remoto entre cruces y cipreses [41], se alumbra rascándose la nalga. La voz se hace desconocida en los ecos tumbales)
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JUANITO VENTOLERA.-
Parece que representáis El Juan Tenorio. Pero allí los muertos van a cenar de gorra.
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FRANCO RICOTE.-
Convidado quedas. No hemos de ser menos rumbosos que en el teatro.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Dónde es la cita?
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FRANCO RICOTE.-
¡Bien conocido! A la vuelta del Mercado Viejo. Donde dicen Casa de la Sotera.
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JUANITO VENTOLERA.-
No faltaré.
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FRANCO RICOTE.-
¿Aún te quedas?
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JUANITO VENTOLERA.-
El patrón me ha guiñado el ojo al despedirse, y estoy en que algo tiene que contarme. Le había caído simpático, y pudiera en su última voluntad acordarme alguna manda.
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[42] |
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FRANCO RICOTE.-
¡Pues habrá que celebrarlo!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿El difunto tiene aviso de que lo buscas?
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JUANITO VENTOLERA.-
Voy a pasárselo. Justamente aquí está enterrado. Patrón, vamos a vernos las caras. Vengo por la manda que usted me ha dejado.
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FRANCO RICOTE.-
¡Las burlas con los muertos por veces salen caras!
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PEDRO MASIDE.-
¡No apruebo lo que haces!
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EL BIZCO MALUENDA.-
Si un difunto se levanta, la valentía de nada vale. ¿Qué haces en riña con un difunto? ¿Volver a matarlo? Ya está muerto. Si ahora se levantase el boticario, por muchos viajes que le tirásemos puestos los cuatro en rueda, le veríamos siempre derecho.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Eso supuesto que se levantase!
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[43] |
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FRANCO RICOTE.-
Vamos, amigo, deja esa burla y vente a cenar.
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JUANITO VENTOLERA.-
Luego que recoja la manda.
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PEDRO MASIDE.-
¡Ya pasa de desvarío!
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EL BIZCO MALUENDA.-
Ese atolondramiento no lo tuvo ni el propio Juan Tenorio.
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PEDRO MASIDE.-
Ya estás viendo que el muerto no sale de la sepultura. ¡Déjalo en paz!
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JUANITO VENTOLERA.-
Le pesa la losa y hay que ayudarle. ¿Por qué no os llegáis para echar una mano? ¡Vamos a ello, amigos!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡De locura pasa!
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PEDRO MASIDE.-
¡Mucho has pimplado!
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[44] |
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FRANCO RICOTE.-
No se levanten a una todos los difuntos y nos puedan!
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JUANITO VENTOLERA.-
Para recoger la manda del patrón, me es preciso dejarle en cueros.
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PEDRO MASIDE.-
¡Mira lo que intentas!
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JUANITO VENTOLERA.-
A eso he venido. ¿Quiere alguno ayudarme?
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PEDRO MASIDE.-
¡Te digo ahora lo que antes te dije! ¡No hay burlas con los muertos!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Ni el caso es de burlas!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Ahí es nada!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Nada!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Gachó!
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[45] |
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FRANCO RICOTE.-
Cuando a tanto te pones, conjeturo que con prendas de mucho valor enterraron al difunto.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Un terno de primera! ¡Poco paquete que voy a ponerme! Flux completo, como dicen los habaneros.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Qué va! No será sólo eso.
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JUANITO VENTOLERA.-
Sólo eso. Esta noche tengo que sacar de ganchete a una furcia, y no quiero deslucir a su lado.
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FRANCO RICOTE.-
Camélala para que apoquine y te pague un terno de gala.
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JUANITO VENTOLERA.-
Todo se andará, con la ceguera que me muestra.
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PEDRO MASIDE.-
¡La ocurrencia de vestirte la ropa del difunto te la sopló el Diablo!
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[46] |
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Tan mala os parece?
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PEDRO MASIDE.-
Tiene dos caras esa moneda.
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EL BIZCO MALUENDA.-
La ocurrencia no es para despreciada. Ahora que se requiere un corazón muy intrépido.
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JUANITO VENTOLERA.-
Yo lo tengo.
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FRANCO RICOTE.-
Si te falta, se te viene encima todo el batallón de los muertos.
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JUANITO VENTOLERA.-
No me faltará.
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FRANCO RICOTE.-
Me alegraré.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Ninguno quiere darme su ayuda?
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EL BIZCO MALUENDA.-
Me parece que ninguno.
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[47] |
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PEDRO MASIDE.-
Yo, por mi parte, no. Para pelear con hombres, cuenta conmigo, pero no para despojar muertos.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Pues qué otra cosa se hacía en campaña?
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PEDRO MASIDE.-
No es lo mismo.
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FRANCO RICOTE.-
Claramente que no. En un camposanto la sepultura es tierra sagrada.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡No se me había ocurrido este escrúpulo!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Que salgas avante!
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FRANCO RICOTE.-
Tienes plato en la cena.
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[49] |
ESCENA CUARTA
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(CASA DE LA SOTERA: HUERTO CON EMPARRADOS. Luna y luceros, bajo los palios de la vid, conciertan penumbras moradas y verdosas. A la vera alba del pozo, fragante entre arriates de albahaca, está puesta una mesa con manteles. La camarada de los tres pistolos mata la espera con el vino chispón de aquel pago, y decora el triple gesto palurdo con perfiles flamencos)
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PEDRO MASIDE.-
Ese punto, no más parece. Filo de las doce tenemos. ¿Qué se hace?
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EL BIZCO MALUENDA.-
Pedir la cena.
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[50] |
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FRANCO RICOTE.-
Esperémosle un rato por si llega. Estaría divertido que el difunto se lo hubiese llevado de las orejas al Infierno.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Vaya un barbián!
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FRANCO RICOTE.-
¿Tú de qué le conoces, Maside?
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PEDRO MASIDE.-
Somos de pueblos vecinos.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Gallego es ese sujeto? No lo aparenta.
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PEDRO MASIDE.-
¿Y por qué no? Galicia da hombres tan buenos como la mejor tierra.
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EL BIZCO MALUENDA.-
Para cargar fardos.
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PEDRO MASIDE.-
No sabes ni la media. Y con ese hablar descubres que tan siquiera estás al tanto de lo que ponen los papeles. ¿Tú has visto retratado el [51] Ministerio? Este amigo que calla, lo ha visto y dirá si no vienen allí puestos cuatro gallegos.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Ladrones de la política!
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PEDRO MASIDE.-
¡Tampoco te contradigo! Pero muy agudos y de mucho provecho.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Para sus casas!
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PEDRO MASIDE.-
Para ministros del Rey.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Vas con eso a significar que sois los primeros?
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PEDRO MASIDE.-
¡Tampoco somos los últimos!
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FRANCO RICOTE.-
La tierra más pelada puede dar hombres de mérito, amigos.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Gachó! ¡Tú has dicho la mejor sentencia!
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[52] |
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FRANCO RICOTE.-
Pues me beberé el chato del pelmazo que nos tiene enredados en la espera.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Y que se retarda!
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PEDRO MASIDE.-
¡Si los difuntos se levantaron en batallón, ha de verse negro para salir del camposanto!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Ese toque de llamada se queda para el día del Juicio Final!
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PEDRO MASIDE.-
¡Como le hagan la rueda, no se verá libre hasta la del alba! Cuantos han pasado por ello, tienen dicho haber peleado toda la noche, y que los muertos caían y se levantaban.
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FRANCO RICOTE.-
Ello está claro. A los muertos no se les mata.
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EL BIZCO MALUENDA.-
No creo una palabra de tales peteneras.
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[53] |
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PEDRO MASIDE.-
¡La creencia no se enseña!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Que se pronuncien los difuntos me parece una pura camama! ¡Para tus luces, este mundo y el otro bailan en pareja!
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PEDRO MASIDE.-
Hay correspondencia.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Y batallones sublevados?
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PEDRO MASIDE.-
Estoy pelado al cero.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Y Capitanes Generales descontentos?
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PEDRO MASIDE.-
Vamos a dejarlo.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Panoli! ¡En el otro mundo no se reconocen los grados!
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PEDRO MASIDE.-
Poco se me da de tu pitorreo.
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[54] |
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(APARECE Juanillo Ventolera, transfigurado con las galas del difunto. Camisa planchada, terno negro, botas nuevas con canto de grillos. Ninguna cobertura en la cabeza: Bajo la luna, tiene un halo verdoso)
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Salud, amigos! Hay que dispensar el retardo.
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EL BIZCO MALUENDA.-
A tiempo llegas.
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PEDRO MASIDE.-
Ya estábamos con algún recelo.
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FRANCO RICOTE.-
Te habíamos sospechado de orejas en el Infierno.
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EL BIZCO MALUENDA.-
Y alguno, con el batallón de muertos a la rueda rueda de pan y canela.
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JUANITO VENTOLERA.-
Ese ha sido mi paisano Pedro Maside.
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PEDRO MASIDE.-
Justamente. Tú habrás librado sin contratiempo [55], pero ello no desmiente lo que otros cuentan.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿No me oléis a chamusco? He visitado las calderas del rancho que atiza Pedro Botero.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Y lo has probado?
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JUANITO VENTOLERA.-
Y me ha sabido a maná. En el cuartel lo quisiéramos.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Bébete un chato, y cuenta por derecho! ¿El vestido que traes es la propia mortaja del fiambre?
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JUANITO VENTOLERA.-
¡La propia!
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FRANCO RICOTE.-
¿Lo has dejado en cueros?
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JUANITO VENTOLERA.-
Le propuse la changa con mi rayadillo, y no se mostró contrario.
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[56] |
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EL BIZCO MALUENDA.-
Visto lo cual, habéis changado.
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JUANITO VENTOLERA.-
Veo que lo entiendes.
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EL BIZCO MALUENDA.-
El terno es fino.
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JUANITO VENTOLERA.-
De primera.
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EL BIZCO MALUENDA.-
Y te va a la medida. Sólo te falta un bombín para ser un pollo petenera. El patrón se lo habrá olvidado en la percha, y debes reclamárselo a la viuda.
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JUANITO VENTOLERA.-
Me das una idea...
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Tendrías redaños?
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JUANITO VENTOLERA.-
Aventúrate unas copas.
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PEDRO MASIDE.-
¡Sobrepasaba el escarnio!
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[57] |
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FRANCO RICOTE.-
¡Ni el tan mentado Juan Tenorio! ¡Y tú, gachó, no hables en verso!
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EL BIZCO MALUENDA.-
Te aventuro los cuatro cafeses.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Van! ¿Y vosotros no queréis jugaros la copa?
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FRANCO RICOTE.-
¿Tú te la juegas?
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Dicho está!
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EL BIZCO MALUENDA.-
¡Gachó! ¡Te hago la apuesta aun cuando me toque ser paduano! Vamos a ver hasta dónde llega tu rejo.
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JUANITO VENTOLERA.-
La visita a la viuda no pasa de ser un cumplimiento.
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EL BIZCO MALUENDA.-
¿Qué plazo le pones?
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[58] |
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JUANITO VENTOLERA.-
Esta noche, después de la cena. ¿Tú no apuestas nada, paisano Maside? ¿Temes perder?
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PEDRO MASIDE.-
Tengo conciencia, y no quiero animarte por el camino que llevas.
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¿Tan malo te parece, paisano?
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PEDRO MASIDE.-
De perdición completa.
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JUANITO VENTOLERA.-
Dando la cara no hay bueno ni malo.
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PEDRO MASIDE.-
Para vivir seguro, fuera de ley, se requieren muchos parneses. Das la cara, y te sepultan en presidio.
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FRANCO RICOTE.-
O te tullen para toda la vida con un solfeo.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Hay que ser soberbio y dar la cara contra [59] el mundo entero! A mí me cae simpático el Diablo.
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PEDRO MASIDE.-
Con dar la cara no acallas la conciencia.
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JUANITO VENTOLERA.-
Yo respondo de todas mis acciones, y con esto sólo, ninguno me iguala. El hombre que no se pone fuera de la ley, es un cabra.
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EL BIZCO MALUENDA.-
Con otros chatos lo discutiremos.
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[61] |
ESCENA QUINTA
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(LA BOTICA, CON DOS SOMBRAS EN LA ACERA, SOBRE LAS LUCES MAGICAS DEL OJO NIGROMANTE. Dentro, la viuda enlutada, con parches en las sienes, hace ganchillo tras el mostrador. Maja el galopín en el gran mortero. El Sacristán y el Rapista, aparejados, saludan en la puerta)
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|
EL RAPISTA.-
Está usted muy solitaria, Doña Terita. Las amigas debieran hacer más por acompañarla en estas tristes circunstancias.
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LA BOTICARIA.-
Y no me falta su consuelo. Ahora se fueron las de enfrente.
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[62] |
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EL SACRISTÁN.-
Visto como usted se había quedado tan sola, hemos entrado.
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|
LA BOTICARIA.-
Pasen ustedes. ¡Niño, deja esa matraca, que me quiebras la cabeza!
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EL RAPISTA.-
Doña Terita, usted siempre a la labor de ganchillo, sobreponiéndose a su acerba pena.
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LA BOTICARIA.-
Crea usted que me distrae. Niño, echa los cierres.
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EL SACRISTÁN.-
Da usted ejemplo a muchas vecinas.
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LA BOTICARIA.-
No faltará quien me moteje.
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EL SACRISTÁN.-
¡Qué reputación no muerde la envidia, mi señora Doña Terita!
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|
EL RAPISTA.-
¡Y en esta vecindad!
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[63] |
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EL SACRISTÁN.-
Por donde usted vaya verá los mismos ejemplos, Doña Terita. Toda la España es una demagogia. Esta disolución viene de la Prensa
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EL RAPISTA.-
Ahora le han puesto mordaza.
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EL SACRISTÁN.-
Cuando el mal no tiene cura.
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EL RAPISTA.-
¡Y tampoco es unánime en el escalpelo toda la Prensa! La hay mala y la hay buena. Vean ustedes publicaciones como Blanco y Negro. Doña Terita, si usted desea distraerse algún rato, disponga usted de la colección completa. Es la vanagloria que tiene un servidor y el ornato de su establecimiento.
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|
LA BOTICARIA.-
Creo que trae muy buenas cosas esa publicación.
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|
EL RAPISTA.-
¡De todo! Retratos de las celebridades más célebres. La Familia Real, Machaquito, La Imperio. ¡El célebre toro Coronel! ¡El fenómeno [64] más grande de las plazas españolas, que tomó quince varas y mató once caballos! En bodas y bautizos publica fotografías de lo mejor. Un emporio de recetas: ¡Allí, culinarias! ¡Allí, composturas para toda clase de vidrios y porcelanas! ¡Allí, licorería! ¡Allí, quitamanchas!...
|
|
(EL RAPISTA, menudo, petulante, apologético, cachea en la petaca, sopla las hojas de un librillo, y una que arranca se la pega en el labio. El Sacristán, con aire cazurro, por las sisas de la sotana se registraba los calzones: Saca, envuelto en un pañuelo de yerbas, el cuaderno de la Cofradía del Santo Sepulcro: Con la uña anota una página y se la muestra a la viuda, que suspira, puestos los lentes en la punta de la nariz)
EL SACRISTÁN.-
¡Doña Terita, si no le sirve de molestia, quiere usted pasar la vista por esta anotación y firmar en ella su conforme? Siempre en el supuesto de que no le sirva de molestia!
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|
LA BOTICARIA.-
¡Pero aquí, qué pones?
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[65] |
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EL SACRISTÁN.-
El pico del entierro.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Pero tú tienes conciencia?
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EL SACRISTÁN
Me parece.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Esta cuenta es un sacrilegio!
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|
EL SACRISTÁN.-
Doña Terita, es usted la mar de célebre.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Un robo escandaloso! ¡Siete duros de cera!
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|
EL SACRISTÁN.-
Y aun pierde siete reales la iglesia. La cera consumida sube ese pico. Siete reales que pierde la iglesia.
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|
LA BOTICARIA.-
¡El armonio cinco duros! ¡Pero cuándo se ha visto?
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EL SACRISTÁN.-
El armonio y dos cantores. ¡Es la tarifa!
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[66] |
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LA BOTICARIA.-
¡Con estos precios ahuyentáis la fe! ¡Las misas a once reales es un escándalo! ¡Pero adónde me van a subir las misas Gregorianas?...
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EL SACRISTÁN.-
¡Y la rebaja de pena que usted puede llevar con esos sufragios al finado! ¡Todo hay que ponerlo en balanza, Doña Terita!
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LA BOTICARIA.-
Las indulgencias no debían cobrarse.
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EL SACRISTÁN.-
¡Sin eso, a morir! Usted considere que no tiene otras aduanas la Santa Madre Iglesia!
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|
EL RAPISTA.-
Opino como Doña Terita. La Iglesia debía operar con mayor economía. No digamos de balde, pero casamientos, bautizos y sepelios están sobrecargados en un cincuenta por ciento.
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LA BOTICARIA.-
¡Y eso no se llama usura!
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[67] |
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EL SACRISTÁN.-
¡Que va usted degenerando en herética, Doña Terita!
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LA BOTICARIA.-
¡Pues vele con el cuento al Nuncio Apostólico!
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EL SACRISTÁN.-
Usted está nerviosa.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Cómo no estarlo!
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EL RAPISTA.-
Doña Terita, visto el mal resultado de este amigo, yo me najo sin presentar mi factura.
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|
LA BOTICARIA.-
Puede usted hacerlo.
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EL RAPISTA.-
¿No será demasiada jaqueca?
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LA BOTICARIA.-
¡Ya que estoy en ello!... Niño, apaga los globos de la puerta.
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(EL RAPISTA, con destreza de novillero, [68] salta por encima del mostrador: Finústico y petulante, le presenta el papel a la viuda, que lo repasa alzándose los lentes, sin cabalgarlos: Gesto desdeñoso y resignado de pulcra Artemisa Boticaria)
|
|
EL RAPISTA.-
Doña Terita, si le parece dejarlo para otra ocasión, no se hable más, y a sus órdenes.
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LA BOTICARIA.-
Liquidaremos ahora. ¿Qué ha puesto usted aquí? ¡Una peseta!
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EL RAPISTA.-
Pastilla jabón d’olor, para adecentamiento del finado.
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|
LA BOTICARIA.-
¿Y esta partida?
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EL RAPISTA.-
De hacerle la barba.
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LA BOTICARIA.-
Mi finado tenía con usted un arreglo.
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|
EL RAPISTA.-
¡Doña Terita, esa partida está rebajada en [69] un cincuenta por ciento! Yo le hago la barba a un viviente por tres perras, pero usted no se representa lo que impone un muerto enjabonado. ¡Y su esposo no ha sido de los menos! También tenga usted por sabido que las barbas de los muertos son muy resistentes y mellan toda la herramienta.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Dos pesetas es un escándalo!
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|
EL RAPISTA.-
Pues pone usted aquello que tenga voluntad. Y si no quiere poner nada, borra el cargo de la factura.
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|
LA BOTICARIA.-
Naturalmente. ¿Quiere usted cobrar ahora?
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|
EL RAPISTA.-
Si lo tiene por bueno.
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|
LA BOTICARIA.-
Tres cincuenta. ¡Qué robo más escandaloso!
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|
EL SACRISTÁN.-
Doña Terita, es usted la mar de célebre.
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[70] |
|
LA BOTICARIA.-
Niño, entorna la puerta.
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|
EL SACRISTÁN.-
Doña Terita, si acuerda que se digan las gregorianas, sírvase pasar un aviso a la Parroquia. Y no la molesto más, que usted desea retirarse a las sábanas.
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EL RAPISTA.-
Doña Terita, suscribo las palabras del amigo. En su situación de viuda nerviosa, la mejor medicina es el descanso.
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|
|
(LA VIUDA suspira, aprieta la boca, se abstrae en la contemplación de sus manos con mitones. El galopín, al canto de la puerta, desdobla media hoja. Se enhebran por la abertura Sacristán y Rapabarbas)
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[71] |
ESCENA SEXTA
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(EN EL CIELO RASO, UN GLOBO DE LUZ ALCOBA GRANDE Y PULCRA, CROMOS Y SANTICOS POR LAS PAREDES EL TALAMO DE HIERRO FUNDIDO Y BOLICHES DE CRISTAL TRANSLUCIDO, PERFILA BAJO LA LUZ, EL COSTADO DONDE RONCABA EL DIFUNTO. En la pila del agua bendita, un angelote toca el clarinete-alones azules, faldellín movido al viento, las rosadas pantorrillas en un cruce de bolero-Entra Doña Terita quitándose los postizos del moño: Se detiene en el círculo de luz, con una horquilla atravesada en la boca. Resuena la casa con fuertes aldabonazos. Doña Terita, soltándose las enaguas, retrocede a la puerta)
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[72] |
|
LA BOTICARIA.-
Asómate, niño, a la ventana. Mira quién sea. No abras sin bien cerciorarte.
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|
EL GALOPÍN.-
¡Qué más cercioro! Por el estruendo que mete es el punto alojado.
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|
LA BOTICARIA.-
Pues no le abras. Que duerma al sereno.
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|
EL GALOPÍN.-
Es muy capaz de apedrearnos las tejas.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Pues no se le abre! ¡Ese hombre me da miedo!
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|
EL GALOPÍN.-
¡Tendremos escándalo toda la noche!
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|
LA BOTICARIA.-
¡Ya se cansará de repicar!
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|
EL GALOPÍN.-
Viene de la taberna, y el vino es muy temoso.
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|
|
(CESAN los golpes. La casa queda en silencio [73]. Parpadea una mariposa en el globo de luz. La boticaria y el dependiente, en asustada mudez, alargan la oreja. Alguien ha rozado los hierros del balcón)
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|
EL GALOPÍN.-
¡Ahí le tenemos!
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LA BOTICARIA.-
¡Jesús, mil veces! ¡Artes de ladrón tiene el malvado!
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EL GALOPÍN.-
¡Nada se sacó con dejarle fuera!
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(SALTAN con fracaso de cristales, estremecidas, rebotantes, las puertas del balcón. Juanito Ventolera, entre los quicios, algarero y farsante, hace una reverencia)
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JUANITO VENTOLERA.-
Doña Terita, traigo para usted una visita de su finado.
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|
LA BOTICARIA.-
¡A la falta de respeto une usted el escarnio!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Palabra, Doña Terita! El difunto me ha designado [74] por su albacea, y usted puede comprobar que no digo mentira si se digna concederme una mirada de sus bellos ojos. ¿Teme usted enamorarse, Doña Terita? No lo deje usted por ese miramiento, que tendrá usted por mi parte una fina correspondencia.
|
|
LA BOTICARIA.-
¡Váyase usted, o alboroto la vecindad y la duerme usted en la cárcel.
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|
JUANITO VENTOLERA.-
Doña Terita, mejor le irá conservándose afónica.
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|
(JUANITO VENTOLERA entra en la alcoba, haciendo piernas, mofador y chispón, los brazos en jarra. Doña Terita se desploma perlática: En el círculo de luz queda abierto el ruedo de las faldas. El galopín, revolante el mandilón, se acoge a la puerta. Doña Terita se dramatiza con un grito)
|
|
LA BOTICARIA.-
¡Niño, no me dejes!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Doña Terita, usted me ofende con ese recelo [75]! ¡No vea usted en mí al punto alojado! Es una visita del llorado cadáver la que le traigo, téngalo usted presente. Si entro por el balcón, usted lo ha impuesto no queriendo franquearme la puerta.
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|
LA BOTICARIA.-
Se irá usted a dormir fuera. Yo le pago la posada.
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|
|
(DOÑA TERITA se tuerce sobre el regazo la faltriquera, y cuenta las perronas: Con ellas van saliendo el alfiletero, las llaves, un ovillo de lana)
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|
JUANITO VENTOLERA.-
Es poco el suelto, Doña Terita.
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|
LA BOTICARIA.-
¡Dos pesetas! ¡Muy suficiente!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Una pringue! Menda se hospeda en los mejores hoteles. Ya lo discutiremos, si usted se obceca. Sepa usted que el llorado cadáver se ha conducido con un servidor para no olvidarlo en la vida. Si usted me otorgase alguna de sus dulces miradas, tendría el comprobante.
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[76] |
|
LA BOTICARIA.-
¡Respete usted la memoria de mi esposo! ¡No más escarnios!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
Es usted una viuda por demás acalorada.
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LA BOTICARIA.-
¡Váyase usted!
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JUANITO VENTOLERA.-
Estoy aquí para recoger el bombín y el bastón del difunto. ¡Me los ha legado! ¿Reconoce usted el terno? ¡Me lo ha legado! ¡Un barbián el patrón! ¡Se antojó disfrazarse con mi rayadillo, para darle una broma a San Pedro! Repare usted el terno que yo visto. Hemos changado y vengo por el bombín y el bastón de borlas. Va usted a dármelos. Se los pido en nombre del llorado cadáver. Levante usted la cabeza. Descúbrase los ojos. Irrádieme usted una mirada.
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|
|
(HACE en torno de la boticaria un bordo de gallo pinturero con castañuelas y compases de baile. La boticaria aspa los brazos en el ruedo de las faldas, grita perlática)
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[77] |
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LA BOTICARIA.-
¡Cristo bendito! ¡Noche de espantos! ¡Esto es un mal sueño! ¡Sueño renegado! ¡Niño! ¡Niño! ¿Dónde estás? ¡Mójame las sienes! ¡Echame agua en la cara! ¡El espasmódico! ¡No te vayas!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Doña Terita, deje usted esos formularios de novela! ¡Propios delirios gástricos! El finado difunto me ha solicitado el rayadillo, para no llevarse prendas de estima al Infierno. Los gritos de usted están por demás. ¡Delirios gástricos! ¡Bastón y bombín para irme de naja, que me espera una gachí de mistó! Usted tampoco está mala. ¡Bastón y bombín! ¡Doña Terita, va usted a recrearse mirándome!
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|
LA BOTICARIA.-
¡Niño, dame el rosario! ¡Llévame a la cama! ¡Echale un aspergio de agua bendita! ¡Anda suelto el Maligno! ¡Me baila alrededor con negro revuelo! ¡Esposo mío, si estás enojado, desenójate! ¡Tendrás los mejores sufragios! ¡Aunque monten a la luna! ¡Niño, llévame a la cama!
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[78] |
|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Niño, vamos a ello y cachea un pañuelo para ponerle mordaza! ¡Vivo y sin atolondrarse! ¡Ya te llegará la tuya!
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(DOÑA TERITA se desmaya, asomando un zancajo. El virote mandillón *mandilón* hipa turulato. Juanillo Ventolera le sacude por la nariz)
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EL GALOPÍN.-
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Una soga!
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|
EL GALOPÍN.-
¿Y de dónde la saco?
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|
JUANITO VENTOLERA.-
De la pelleja.
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(LE ARRANCA el mandilón y lo hace tiras. El Galopín queda en almilla: Un mamarracho, con gran culera remendada, tirantes y alpargates: Se limpia los ojos)
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EL GALOPÍN.-
¡Para eso un vendaje Barré!
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[79] |
|
JUANITO VENTOLERA.-
Ese pío llega retrasado. Vamos con la patrona a tumbarla en el catre.
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(EL GALOPÍN se mueve, obediente a la voluntad del soldado. Sacan a la desmayada del ruedo haldudo, y la llevan en volandas. Por la cinturilla del jubón negro, la camisa ondula su faldeta. Se apaga la luz oportunamente)
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[81] |
ESCENA SEPTIMA
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(LA BORROSA SILUETA POR EL ENTREDIJO DE CALLEJONES, ENTREVISTA LA CASA DEL PECADO. Bastón y bombín, botas con grillos en las suelas: Esguinces de avinado. En la sala baja las manflotas-flores en el peinado, batas con lazos y volantes-cecean tras de las rejas a cuantos pasan. Juanito Ventolera, con un esguince en la puerta)
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Vengo a dejaros la plata! ¡Se me ha puesto convidaros a todas! Si no hay piano, se busca. ¡Aquí se responde con cartera! ¡Madre Priora, quiero llevarme una gachí! ¡Redimirla! ¿Dónde está esa garza enjaulada?
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[82] |
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LA DAIFA.-
¡Buena la traes! ¡Te desconocía sin las cruces del pecho! ¿O tú no eres el punto que me habló la noche pasada?
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|
JUANITO VENTOLERA.-
¡Juanillo Ventolera, repatriado de Cubita Libre!
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|
LA DAIFA.-
¿Por qué no traes puestas las cruces?
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JUANITO VENTOLERA.-
Se las traspasé a un fiambre. ¡Con ellas podrá darse pisto entre las Benditas del Purgatorio!
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LA DAIFA.-
¡No hagas escarnio! ¡Entre las Benditas hago cuenta que tengo a mi madre!
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Y tu papá, de dónde te escribe?
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LA DAIFA.-
A ése no lo quiere ni el Diablo.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Sujeto de mérito!
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[83] |
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LA DAIFA.-
¡Mira qué ilusión! Cuando te vi llegar, se me ha representado! ¡Bombín y bastón! ¡Majo que te vienes!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Una hembra tan barbi no pide menos!
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LA DAIFA.-
¡Algo más gordo era el finado!
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JUANITO VENTOLERA.-
Aciertas más de lo que sospechas, lo ha llevado antes un muerto. Se lo he pedido para venir a camelarte.
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LA DAIFA.-
Deja la guasa. ¡Vaya un terno! ¡Y los forros de primera!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Una ganga!
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LA DAIFA.-
¡Pues si voy a decirte verdad, mejor me caías con el rayadillo y las cruces en el pecho!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Las mujeres os deslumbráis con apariencias [84] panolis! ¡Todas al modo de mariposas! Las cruces, de paisano, no visten.
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LA DAIFA.-
¡Me gustabas más con las cruces!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡No visten! ¡Vamos, niña, a ponerme los ojos tiernos!... ¡A mudar de tocata, y a darme el opio con tus miradas!
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LA DAIFA.-
¡Y si me negase! ¿Me declaré por un acaso tu fiel esclava? ¡A mí no me chulea ni el rey de los ochos, para cuanti más Juanillo Ventolera.
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JUANITO VENTOLERA.-
Por achares no entro, paloma. Soy piloto de todos los mares y no me cogen de sobresalto cambios de veleta. Déjame paso, que me está haciendo titín *tilín* aquella morocha.
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LA DAIFA.-
Primero convida, y si te duele hacer la jarra, yo pago los cafeses.
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Con copa?
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[85] |
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LA DAIFA.-
Copa y cajetilla de habanos.
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JUANITO VENTOLERA.-
Dirás luego que te chuleo, cuando eres tú propia quien me busca las vueltas, como a Cristo la María Magdalena. ¡Yo pago los cafeses y cuanto se tercie! ¡Y si te hallo de mi gusto te redimo! ¡Se responde con cartera! ¡Madre Celeste, a cerrar las puertas! ¡Esta noche reina aquí Juanito Ventolera!
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(EL BULTO encapuchado del farol y el chuzo aparece por la esquina. La Madre Celeste arruga el ruedo de las faldas, metiéndose por medio entre la daifa y el soldado)
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LA MADRE.-
¡A no mover escándalo! ¡Niña, al adentro! ¡Basta de changüí, que palique en puerta sólo gana resfriados! Si este boquillero quiere juerga, que afloje los busiles.
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JUANITO VENTOLERA.-
Tengo en la bolsa un kilo de billetaje.
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LA MADRE.-
Conque *Con que* saques un veragua...
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[86] |
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Voy a cegarte!
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(SE DESABOTONA y palpa el pecho: Del bolsillo interior extrae una carta cerrada. Se mete por la sala de daifas con el sobre en la mano, buscando luz para leerlo: Queda en el círculo de la lámpara)
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JUANITO VENTOLERA.-
Correo de difuntos. Sin franqueo. Señor Don Sócrates Galindo.
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LA DAIFA.-
Deja las burlas. ¿De dónde conoces a ese sujeto?
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Mi expatrón!
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LA DAIFA.-
¿El boticario de Calle Nueva?
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JUANITO VENTOLERA.-
El mismo.
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LA DAIFA.-
¡Qué enredo malvado! ¿Te habló de mí? ¿Cómo averiguaste el lazo que conmigo tiene?
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[87] |
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JUANITO VENTOLERA.-
No entro por achares. De tu pasado, morena, no se me da nada.
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LA DAIFA.-
Pues tú me has tirado la pulla.
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JUANITO VENTOLERA.-
He leído el nombre que viene en el sobre.
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LA DAIFA.-
¿Y esa carta, cómo está en tus manos? ¿Quieres aclarármelo?
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JUANITO VENTOLERA.-
Venía en el terno.
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(LAS NIÑAS se acunan en las mecedoras: Fuman cigarrillos de soldado, deleitándose con pereza galocha, un hilo de humo en la raja pintada de la boca. La tía coruja, que se recose el zancajo bajo la escalerilla, susurra con guiño, quebrando la hebra)
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LA BRUJA.-
¿Cuántos cafeses?
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JUANITO VENTOLERA.-
Para toda la concurrencia.
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[88] |
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LA MADRE.-
¡Alumbra por delante el pago, moreno!
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JUANITO VENTOLERA.-
Madre Celeste, tengo para comprarte todo el ganado.
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(JUANITO VENTOLERA posa la carta en el velador, entre la baraja y el plato de habichuelas: Torna a palparse los bolsillos, y muestra un fajo de billetes. Se guarda los billetes, rasga el sobre de la carta y saca un pliego de escritura torcida)
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JUANITO VENTOLERA.-
«Querido padre: Por la presente considere el arrepentimiento de esta su hija, que se reputa como la más desgraciada de las mujeres.»
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LA DAIFA.-
¡Esa carta yo la escribí! ¡Mi carta! Juanillo Ventolera, rompe ese papel. ¡No leas más! ¡Si te pagan por venir a clavarme ese puñal, ya tienes cumplido! ¡Dame esa carta!
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JUANITO VENTOLERA.-
¿Tú la escribiste?
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[89] |
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LA DAIFA.-
Yo misma.
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Miau! ¡Vas a darte por hija del difunto!
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LA DAIFA.-
¡Difunto mi padre!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Qué enredo macanudo!
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LA DAIFA.-
¡Responde! ¿Difunto mi padre?
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JUANITO VENTOLERA.-
¿El boticario de Calle Nueva?
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LA DAIFA.-
¡Justamente!
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Mi expatrón! Hoy ha recibido tierra el autor de tus días. Ayer estiró el remo. ¡Niña, los dos heredamos!
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LA DAIFA.-
¡Qué relajo de guasa!
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[90] |
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JUANITO VENTOLERA.-
¡Este flux tan majo le ha servido de mortaja! Me propuso la changa para darle una broma a San Pedro. ¡Has heredado! ¡Eres huérfana! ¡Luz de donde el sol la toma, no te mires más para desmayarte!
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LA DAIFA.-
¡Ay, mi padre!
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LA MADRE.-
¡Sujetadle las manos para que no se arañe el físico! ¡Que huela vinagre! ¡Satanás de los Infiernos, estos son los cafeses a que convidabas!
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(LA TIA CORUJA acude con un botellín. Dos niñas sujetan las manos de la desmayada: Enseña las ligas, se le suelta el moño, suspira con espasmo histérico. Juanillo Ventolera, en tanto la asisten, hace lectura de la carta)
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JUANITO VENTOLERA.-
«Querido padre: Por la presente considere usted el arrepentimiento de esta hija que se reputa como la más desgraciada de las mujeres [91]. Una mujer abandonada, considere, padre mío, que es puesta en los brazos del pecado. Considere, padre mío, qué cosa tan triste buscar trabajo y hallar cerradas todas las puertas. Así que usted verá. Considere, padre mío, que, falta de recursos, muerta de hambre sin este trato de mi cuerpo aborrecido. Estuve en el hospital sacramentada, y todos allí me daban por muerta. ¡Vea, padre mío, cómo me veo castigada! Recibí el recado que me mandó por la asistenta, y debo decirle no ser verdad que yo arrastre su honra, pues con esa mira cambié mi nombre, y digo en todas partes que me llamo Ernestina. No tiene, pues, nada que recelar, que siempre fuí hija amantísima, y no iba ahora a dejar de serlo. En cuanto a lo otro que me manda decir, también lo haré. Conforme estoy en irme adonde no se sepa de mi vida. Pero tengo una deuda en la casa donde estoy, y el ama me retiene la ropa. Sin eso, ya me hubiese ido a Lisboa. Dicen que allí las españolas son muy estimadas. Las compañeras que conocen aquello lo ponen por cima de Barcelona. El viaje cuesta diez duros. Tocante a la deuda, con pagar la mitad ya me dejan sacar el [92] baúl. Padre mío, levánteme su maldición, mire por esta hija. No volveré a molestarle. La cantidad que le señalo es la menos con que puedo arreglarme, y a su buen corazón se encomienda ésta su hija que lo es, Ernestina. Así es como deben preguntar. Casa de la Carmelitana. Entremuros, 37.
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UNA NIÑA.-
¡Está bien puesta la carta!
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OTRA NIÑA.-
¡La sacó del Manual!
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LA MADRE.-
Juanillo, hojea el billetaje. Después de este folletín los cafeses son obligados.
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[95] |
ESPERPENTO DE LOS CVERNOS *CUERNOS* DE DON FRIOLERA
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PROLOGO
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(LAS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, EN LA RAYA PORTUGUESA. EL CORRAL DE UNA POSADA, CON ENTRAR Y SALIR DE GENTES, TRATOS, OFERTAS Y PICARDEO. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo, gozo contemplativo casi infantil y casi austero, todo acude a decir que aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado, expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de antiparras y barbas, es el clérigo hereje que ahorcó los hábitos en Oñate:-La malicia ha dejado en olvido su nombre, para decirle Don Estrafalario-. Corren España por [98] conocerla, y divagan alguna vez proyectando un libro de dibujos y comentos.)
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DON ESTRAFALARIO.-
¿Qué ha hecho usted esta mañana, Don Manolito? ¡Tiene usted la expresión del hombre que ha mantenido una conversación con los ángeles!
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DON MANOLITO.-
¡Qué gran descubrimiento, Don Estrafalario! ¡Un cuadro muy malo, con la emoción de Goya y del Greco!
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DON ESTRAFALARIO.-
¿Ese pintor no habrá pasado por la Escuela de Bellas Artes?
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DON MANOLITO.-
No ha pasado por ninguna escuela. ¡Hace manos de seis dedos, y toda clase de diabluras con azul, albayalde y amarillo!
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DON ESTRAFALARIO.-
¡Debe ser un genio!
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DON MANOLITO.-
¡Un bárbaro!... ¡Da espanto!
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[99] |
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DON ESTRAFALARIO.-
¿Y dónde está ese cuadro, Don Manolito?
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DON MANOLITO.-
Lo lleva un ciego.
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DON ESTRAFALARIO.-
Ya lo he visto.
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DON MANOLITO.-
¿Y qué?
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DON ESTRAFALARIO.-
Que si usted quiere, lo compraremos a medias.
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DON MANOLITO.-
El tuno que lo lleva, no lo vende.
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DON ESTRAFALARIO.-
¿Se lo ha puesto usted en precio?
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DON MANOLITO.-
¡Naturalmente! ¡Y se lo pagaba bien! ¡Llegué a ofrecerle hasta tres duros!
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DON ESTRAFALARIO.-
En cinco puede ser que nos lo deje.
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[100] |
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DON MANOLITO.-
Vale ese dinero. ¡Hay un pecador que se ahorca, y un diablo que ríe, como no los ha soñado Goya!... Es la obra maestra de una pintura absurda. Un Orbaneja de genio. El Diablo que saca la lengua y guiña el ojo, es un prodigio. Se siente la carcajada. Resuena.
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DON ESTRAFALARIO.-
También a mí me ha preocupado la carantoña del Diablo frente al Pecador. La verdad es que tenía otra idea de las risas infernales, había pensado siempre que fuesen de desprecio, de un supremo desprecio, y no: Ese pintor absurdo me ha revelado que los pobres humanos le hacemos mucha gracia al Cornudo Monarca. ¡Ese Orbaneja me ha llenado de dudas, Don Manolito!
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DON MANOLITO.-
Esta mañana apuró usted del frasco, Don Estrafalario. Está usted algo calamocano.
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DON ESTRAFALARIO.-
¡Alma de Dios, para usted lo estoy siempre! ¿No comprende usted que si al Diablo le hacemos gracia los pecadores, la consecuencia [101] es que se regocija con la Obra Divina?
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DON MANOLITO.-
En sus defectos, Don Estrafalario.
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DON ESTRAFALARIO.-
¡Que cae usted en el error de Manes! La Obra Divina está exenta de defectos. No crea usted en la realidad de ese Diablo que se interesa por el sainete humano, y se divierte como un tendero. Las lágrimas y la risa nacen de la contemplación de cosas parejas a nosotros mismos, y el diablo es de naturaleza angélica. ¿Está usted conforme, Don Manolito?
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DON MANOLITO.-
Póngamelo usted más claro, Don Estrafalario. ¡Explíquese!
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DON ESTRAFALARIO.-
Los sentimentales que en los toros se duelen de la agonía de los caballos, son incapaces para la emoción estética de la lidia: Su sensibilidad se revela pareja de la sensibilidad equina, y por caso de cerebración inconsciente, llegan a suponer para ellos una suerte igual a la de aquellos rocines destripados. Si [102] no supieran que guardan treinta varas de morcillas en el arca del cenar, crea usted que no se conmovían. ¿Por ventura los ha visto usted llorar cuando un barreno destripa una cantera?
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DON MANOLITO.-
¿Y usted supone que no se conmueven por estar más lejos sensiblemente de las rocas que de los caballos?
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DON ESTRAFALARIO.-
Así es. Y paralelamente ocurre lo mismo con las cosas que nos regocijan: Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.
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DON MANOLITO.-
Hay que amar, Don Estrafalario: La risa y las lágrimas son los caminos de Dios. Esa es mi estética, y la de usted.
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DON ESTRAFALARIO.-
La mía no. Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos.
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[103] |
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DON MANOLITO.-
¿Y por qué sospecha usted que sea así el recordar de los muertos?
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DON ESTRAFALARIO.-
Porque ya son inmortales. Todo nuestro arte nace de saber que un día pasaremos: Ese saber iguala a los hombres mucho más que la Revolución Francesa.
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DON MANOLITO.-
¡Usted, Don Estrafalario quiere ser como Dios!
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DON ESTRAFALARIO.-
Yo quisiera ver este mundo con la perspectiva de la otra ribera. Soy como aquel mi pariente que usted conoció, y que una vez, al preguntarle el cacique, qué deseaba ser, contestó: Yo, difunto.
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(EN EL CORRAL de la posada, y al cobijo del corredor, se ha juntado un corro de feriantes.-Bajo la capa parda de un viejo ladino revelan sus bultos los muñecos de un teatro rudimentario y popular. El Bululú teclea un aire de fandango en su desvencijada zanfoña, y el acólito, rapaz lleno de malicias, se [104] le esconde bajo la capa, para mover los muñecos. Comienza la representación.)
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EL BULULÚ.-
¡Mi Teniente Don Friolera, saque usted la cabeza de fuera!
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VOZ DE FANTOCHE.-
Estoy de guardia en el cuartel.
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EL BULULÚ.-
¡Pícara guardia! La bolichera, mi Teniente Don Friolera, le asciende a usted a coronel.
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VOZ DE FANTOCHE.-
¡Mentira!
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EL BULULÚ.-
No miente el Ciego Fidel.
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(EL FANTOCHE, con los brazos aspados y el ros en la oreja, hace su aparición sobre un hombro del compadre que guiña el ojo cantando al son de la zanfoña.)
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EL BULULÚ.-
¡A la jota jota, y más a la jota, que Santa Lilaila parió una marmota! ¡Y la marmota parió un escribano con pluma y tintero de cuerno, [105] en la mano! ¡Y el escribano parió un escribiente con pluma y tintero de cuerno, en la frente!
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EL FANTOCHE.-
¡Calla, renegado perro de Moisés! Tú buscas morir degollado por mi cuchillo portugués.
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EL BULULÚ.-
¡Sóoo! No camine tan agudo, mi Teniente Don Friolera, y mate usted a la bolichera, si no se aviene con ser cornudo.
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EL FANTOCHE.-
¡Repara, Fidel, que no soy su marido, y al no serlo no puedo ser juez!
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EL BULULÚ.-
Pues será usted un cabrón consentido.
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EL FANTOCHE.-
Antes que eso le pico la nuez. ¿Quién mi honra escarnece?
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EL BULULÚ.-
Pedro Mal-Casado.
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EL FANTOCHE.-
¿Qué pena merece?
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[106] |
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EL BULULÚ.-
Morir degollado.
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EL FANTOCHE.-
¿En qué oficio trata?
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EL BULULÚ.-
Burros aceiteros conduce en reata, ganando dineros. Mi Teniente Don Friolera, llame usted a la bolichera.
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EL FANTOCHE.-
¡Comparece, mujer deshonesta!
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UN GRITO CHILLÓN
¿Amor mío, por qué así me injurias?
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EL FANTOCHE.-
¡A este puñal pide respuesta!
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EL GRITO CHILLÓN
¡Amor mío, calma tus furias!
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(POR EL OTRO hombro del compadre, hace su aparición una moña, cara de luna y pelo de estopa: En el rodete una rosa de papel. Grita aspando los brazos. Manotea. Se azota con rabioso tableteo la cara de madera.)
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[107] |
EL BULULÚ.-
Si la camisa de la bolichera huele a aceite, mátela usted. |
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LA MOÑA.-
¡Ciego piojoso, no encismes a un hombre celoso!
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EL BULULÚ.-
Si pringa de aceite, dele usted mulé. Levántele usted el refajo, sáquele usted el faldón para fuera, y olisquee a qué huele el pispajo, mi Teniente Don Friolera. ¿Mi Teniente qué dice el faldón?
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EL FANTOCHE.-
¡Válgame Dios, que soy un cabrón!
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EL BULULÚ.-
Dele usted, mi Teniente, baqueta. Zúrrela usted, mi Teniente, el pandero. Abrala usted con la bayoneta, en la pelleja un agujero. ¡Mátela usted si huele a aceitero!
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LA MOÑA.-
Vertióseme anoche el candil al meterme en los cobertores: ¡De eso me huele el fogaril, no de andar en otros amores! ¡Ciego mentiroso, [108] mira tú de no ser más cabrón, y no encismes el corazón de un enamorado celoso!
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EL BULULÚ.-
¡Ande usted, mi Teniente, con ella! ¡Cósala usted con un puñal! Tiene usted, por su buena estrella, vecina la raya de Portugal.
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EL FANTOCHE.-
¡Me comeré en albondiguillas el tasajo de esta bribona, y haré de su sangre morcillas!
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EL FANTOCHE.-
Convide usted a la comilona.
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LA MOÑA.-
¡Derramas mi sangre inocente, cruel enamorado! ¡No dicta sentencia el hombre prudente, por murmuraciones de un malvado!
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EL FANTOCHE.-
¡Muere, ingrata! ¡Guiña el ojo y estira la pata!
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LA MOÑA.-
¡Muerta soy! ¡El Teniente me mata!
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(EL FANTOCHE reparte tajos y cuchilladas con la cimitarra de Otelo: La corva hoja [109] reluce terrible sobre la cabeza del compadre. La Moña cae soltando las horquillas y enseñando las calcetas. Remolino de gritos y brazos aspados.)
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EL BULULÚ.-
¡Mi Teniente, alerta, que con los fusiles están los civiles llamando a la puerta. Del Burgo, Cabrejas, Medina y Valduero, las cuatro parejas, con el aceitero!
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EL FANTOCHE.-
¡San Cristo, qué apuro!
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EL BULULÚ.-
Al pie de la muerta, suene usted, mi Teniente, un duro por ver si despierta. ¿Mi Teniente, cómo responde?
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EL FANTOCHE.-
¿Cómo responde? Con una higa, y el duro esconde bajo la liga.
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EL BULULÚ.-
¿Mi Teniente, es alta la media?
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EL FANTOCHE.-
¡Si es alta la media! Media conejera.
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[110] |
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EL BULULÚ.-
¡Olé la Trigedia de los Cuernos de Don Friolera!
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(TERMINA la representación. Aire de fandango en la zanfoña del Compadre. El acólito deja el socaire de la capa, y da vuelta al corro, haciendo saltar cuatro perronas en un platillo de peltre. En lo alto del mirador, las cabezas vascongadas sonríen ingenuamente.)
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DON MANOLITO.-
Parece teatro napolitano.
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DON ESTRAFALARIO.-
Pudiera acaso ser latino. Indudablemente la comprensión de este humor y esta moral, no es de tradición castellana. Es portuguesa y cántabra, y tal vez de la montaña de Cataluña. Las otras regiones, literariamente, no saben nada de estas burlas de cornudos, y este donoso buen sentido, tan contrario al honor teatral y africano de Castilla. Ese tabanque de muñecos sobre la espalda de un viejo prosero, para mí, es más sugestivo que todo el retórico teatro español. Y no digo esto por amor a las formas populares de la literatura... ¡Ahí están las abominables coplas de Joselito!
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[111] |
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DON MANOLITO.-
A usted le gustan las del Espartero.
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DON ESTRAFALARIO.-
Todas son abominables. Don Manolito, cada cual tiene el poeta que se merece.
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DON MANOLITO.-
Las otras notabilidades nacionales, no pasan de la gacetilla.
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DON ESTRAFALARIO.-
Esas coplas de toreros, asesinos y ladrones, son periodismo ramplón.
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DON MANOLITO.-
Usted, con ser tan sabio, las juzga por lectura, y de ahí no pasa. ¡Pero cuando se cantan con acompañamiento de guitarra, adquieren una gran emoción! No me negará usted que el romance de ciego, hiperbólico, truculento y sanguinario, es una forma popular.
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DON ESTRAFALARIO.-
Una forma popular judaica, como el honor calderoniano. La crueldad y el dogmatismo del drama español, solamente se encuentra en la [112] Biblia. La crueldad sespiriana es magnífica, porque es ciega, con la grandeza de las fuerzas naturales. Shakespeare, es violento, pero no dogmático. La crueldad española, tiene toda la bárbara liturgia de los Autos de Fe. Es fría y antipática. Nada más lejos de la furia ciega de los elementos, que Torquemada: Es una furia escolástica. Si nuestro teatro tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico: Si hubiese sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como la Ilíada. A falta de eso, tiene toda la antipatía de los códigos, desde la Constitución a la Gramática.
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DON MANOLITO.-
Porque usted es anarquista.
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DON ESTRAFALARIO.-
¡Tal vez!
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DON MANOLITO.-
¿Y de dónde nos vendrá la redención, Don Estrafalario?
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DON ESTRAFALARIO.-
Del Compadre Fidel. ¡Don Manolito, el retablo [113] de este tuno, vale más que su Orbaneja!
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DON MANOLITO.-
¿Por qué?
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DON ESTRAFALARIO.-
Está más lleno de posibilidades.
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DON MANOLITO.-
No admito esa respuesta. Usted no es filósofo, y no tiene derecho a responderme con pedanterías. Usted no es más que hereje, como Don Miguel de Unamuno.
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DON ESTRAFALARIO.-
¡A Dios gracias! Pero alguna vez hay que ser pedante. El Compadre Fidel es superior a Yago. Yago, cuando desata aquel conflicto de celos, quiere vengarse, mientras que ese otro tuno, espíritu mucho más cultivado, sólo trata de divertirse a costa de Don Friolera. Shakespeare rima con el latido de su corazón, el corazón de Otelo: Se desdobla en los celos del Moro: Creador y criatura son del mismo barro humano. En tanto ese Bululú, ni un solo momento deja de considerarse superior por naturaleza, a los muñecos de su tabanque. Tiene una dignidad demiùrgica.
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[114] |
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DON MANOLITO.-
Lo que usted echaba de menos en el Diablo de mi Orbaneja.
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DON ESTRAFALARIO.-
Cabalmente, alma de Dios.
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DON MANOLITO.-
¿Qué haría usted viendo ahorcarse a un pecador?
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DON ESTRAFALARIO.-
Preguntarle por qué no lo había hecho antes. El Diablo es un intelectual, un filósofo, en su significación etimológica de amor y saber. El Deseo de Conocimiento, se llama Diablo.
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DON MANOLITO.-
El Diablo de usted es demasiado universitario.
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DON ESTRAFALARIO.-
Fué estudiante en Maguncia, e inventó allí, el arte funesto de la Imprenta.
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[115] |
ESPERPENTO DE LOS CVERNOS *CUERNOS* DE DON FRIOLERA
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ESCENA PRIMERA
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(SAN FERNANDO DE CABO ESTRIVEL: UNA CIUDAD EMPINGOROTADA SOBRE CANTILES. En los cristales de los miradores, el sol enciende los mismos cabrilleos que en la turquesa del mar. A lo largo de los muelles, un mecerse de arboladuras, velámenes y chimeneas. En la punta, estremecida por bocanas de aire, la garita del Resguardo. Olor de caña quemada. Olor de tabaco. Olor de brea. Levante fresco. El himno inglés en las remotas cornetas de un barco de guerra. A la puerta de la garita con el fusil terciado, un carabinero, y en el marco azul del ventanillo, la gorra de cuartel, una oreja y la pipa del Teniente Don Pascual Astete -Don Friolera-. Una sombra, raposa, cautelosa, ronda la [116] garita: Por el ventanillo asesta una piedra y escapa agachada. La piedra trae atado un papel con un escrito. Don Friolera lo recoge turulato, y espanta los ojos leyendo el papel.)
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DON FRIOLERA.-
Tu mujer piedra de escándalo. ¡Esto es un rayo a mis pies! ¡Loreta con sentencia de muerte! ¡Friolera! Si fuese verdad tendría que degollarla! ¡Irremisiblemente condenada! En el Cuerpo de Carabineros no hay cabrones. ¡Friolera! ¿Y quién será el carajuelo que le ha trastornado los cascos a esa Putifar!... Afortunadamente no pasará de una vil calumnia: Este pueblo, es un pueblo de canallas. Pero hay que andarse con pupila. A Loreta me la solivianta ese pendejo de Pachequín. Ya me tenía la mosca en la oreja. Caer, no ha caído. ¡Friolera! Si supiese qué vainípedo escribió este papel, se lo comía. Para algunos canallas no hay mujer honrada... Solicitaré el traslado por si tiene algún fundamento esta infame calumnia... Cualquier ligereza, una imprudencia, las mujeres no reflexionan. ¡Pueblo de canallas! Yo no me divorcio por una denuncia anónima. ¡La desprecio! Loreta [117] seguirá siendo mi compañera, el ángel de mi hogar. Nos casamos enamorados, y eso nunca se olvida. Matrimonio de ilusión. Matrimonio de puro amor. ¡Friolera!
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(SE ENTERNECE contemplando un guardapelo colgante en la cadena del reloj, suspira y enjuga una lágrima. Pasa por su voz el trémolo de un sollozo, y se le arruga la voz, con las mismas arrugas que la caras.)
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DON FRIOLERA.-
¿Y si esta infamia fuese verdad? La mujer es frágil. ¿Quién le iba con el soplo al Teniente Capriles?... ¡Friolera! ¡Y era público que su esposa le coronaba! No era un cabrón consentido. No lo era... Se lo achacaban. Y cuando lo supo mató como un héroe a la mujer, al asistente y al gato. Amigos de toda la vida. Compañeros de campaña. Los dos con la Medalla de Joló. Estábamos llamados a una suerte pareja. El oficial pundonoroso, jamás perdona a la esposa adúltera. Es una barbaridad. Para muchos lo es. Yo no lo admito: A la mujer que sale mala, pena capital. El paisano, y el propio oficial retirado, en algunas ocasiones, muy contadas, pueden perdonar: [118] Se dan circunstancias: La mujer que violan contra su voluntad, la que atropellan acostada durmiendo, la mareada con alguna bebida: Solamente en estos casos admito yo la caída de Loreta. Y en estos casos tampoco podría perdonarla. Sirvo en activo. Pudiera hacerlo retirado del servicio. ¡Friolera!
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(VUELVE a deletrear con las cejas torcidas sobre el papel: Lo escudriña al trasluz, se lo pasa por la nariz, olfateando: Al cabo lo pliega y esconde en el fondo de la petaca.)
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DON FRIOLERA.-
¡Mi mujer piedra de escándalo! El torcedor ya lo tengo. Si es verdad quisiera no haberlo sabido. Me reconozco un calzonazos. ¿A dónde voy yo con mis cincuenta y tres años averiados? ¡Una vida rota! En qué poco está la felicidad, en que la mujer te salga cabra. ¡Qué mal ángel, destruir con una denuncia anónima la paz conyugal! ¡Canallas! De buena gana quisiera atrapar una enfermedad y morirme en tres días. ¡Soy un mandria! ¡A mis años andar a tiros!... ¿Y si cerrase los ojos para ese contrabando? ¿Y si resolviese no saber nada ? ¡Este mundo es una solfa! [119] ¿Qué culpa tiene el marido de que la mujer le salga rana? ¡Y no basta una honrosa separación! ¡Friolera! ¡Si bastase!... La galería no se conforma con eso. El principio del honor ordena matar. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum!... El mundo nunca se cansa de ver títeres y agradece el espectáculo de balde. ¡Formulismos!... ¡Bastante tiene con su pena el ciudadano que ve deshecha su casa! ¡Ya lo creo! La mujer por un camino, el marido por otro, los hijos sin calor, desamparados. Y al sujeto en estas circunstancias, le piden que degüelle, y se satisfaga con sangre como si no tuviese otra cosa que rencor en el alma. ¡Friolera! Y todos somos unos botarates. Yo mataré como el primero. ¡Friolera! Soy un militar español y no tengo derecho a filosofar como en Francia. ¡En el Cuerpo de Carabineros no hay maridos cabrones! ¡Friolera!
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(ACALORADO, se quita el gorro y mete la cabeza por el ventanillo, respirando en las ráfagas del mar. Los cuatro pelos de su calva bailan un baile fatuo. En el fondo del muelle, sobre un grupo de mujeres y rapaces bambolea el ataúd destinado a un capitán mercante, [120] fallecido a bordo de su barco. Pachequín el Barbero, que fué llamado para raparle las barbas, cojea detrás, pisándose la punta de la capa. Don Friolera, al verle, se recoge en la garita. Le tiembla el bigote como a los gatos cuando estornudan.)
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DON FRIOLERA.-
¡Era feliz sin saberlo, y ha venido ese pata coja a robarme la dicha!... Y acaso no... Esta sospecha debo desecharla. ¿Qué fundamento tiene? ¡Ninguno! ¡El canalla que escribió el anónimo es el verdadero canalla! Si esa calumnia fuese verdad, ateo como soy, falto de los consuelos religiosos, náufrago en la vida... En estas ocasiones, sin un amigo con quien manifestarse, y alguna creencia, el hombre lo pasa mal. ¡Amigo! ¡No hay amigos! ¡Tú eres un ejemplo, Juanito Pacheco!
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(CAMBIA el gorro por el ros y sale de la garita. El carabinero de la puerta se cuadra, y el teniente le mira enigmático.)
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DON FRIOLERA.-
¿Qué haría usted si le engañase su mujer, Cabo Alegría?
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EL CARABINERO.-
Mi teniente, matarla como manda Dios.
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DON FRIOLERA.-
¡Y después!...
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EL CARABINERO.-
¡Después, pedir el traslado!
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