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No es mucho lo que me queda por conocer de la historia de don Millán de Aduna. Palpo las hojas y calculo. Qué lejos, pienso, está este hombre de su aldea y de sus orígenes, qué lejos del mundo en el que creció y en el que tenía sus afectos asegurados. Qué lejos de sus padres y de su hermana, qué lejos de sus amigos. Se aferra, no obstante, a la vida y lo hace como si en cada uno de sus actos viviera una eternidad. Ha recorrido medio mundo a pie y a caballo, en barco y en canoa y está enamorado. Aunque no lo dice (quizá sugiere entre líneas cosas que yo no puedo interpretar), don Millán debe soñar cada noche e imaginar cada hora del día el paraíso. Un paraíso con nombre propio -Manuela- cuyo disfrute debe pagar antes en el purgatorio de la búsqueda que ha emprendido y a la que le obligan su condición de caballero y el cargo de oficial de su majestad. Su esperanza y su paraíso están en estas tierras agrestes y difíciles en las que la vida sigue valiendo tan poco (o tanto) como entonces. América, sueño e invención de los humildes. Si Colón no se la hubiera encontrado en su camino, habría que haberla inventado. América, sinónimo de fortuna y de futuro, sinónimo de sueño acariciado por siglos en las profundas noches de la pobreza europea. América. Aún sigue acicateando la —378→ fantasía de los hombres. Aún vivimos en América y la América de nuestra esperanza como promesa de libertad. Manuela es América, y don Millán de Aduna no quiere perderla.
El reverendo padre Salvador Salcedo de la Quintana era un hombre pequeño, magro, de pelo canoso y lacio y mirada ardiente y profunda en sus ojos nigérrimos. Vestía una sotana raída y lustrosa uniformemente manchada de tocino y llevaba de continuo las manos en sus bolsillos como si fueran guardianas de un tesoro escondido. Se le descolgaba la faja por delante, y ello le obligaba a sacarlas de vez en cuando para ajustársela. Su despacho era oscuro, amable y fresco. No era amplio, pero tenía unos muebles de madera tallada de muy buena factura que lo hacían acogedor. Unas ventanas con celosías permitían la entrada del aire y cerraban el paso a la luz del sol ardiente. Sobre la pared en la que el jesuita apoyaba su sillón, un retablo de madera representaba en colores vivísimos una crucifixión. Un crucificado de piel cetrina y enorme cabeza se descolgaba por un tronco de árbol apenas desbastado con los brazos en cruz. La cabellera de Cristo era larguísima y negra, y las manchas de sangre cubrían una gran parte de su cuerpo lacerado. Dos ladrones, también crucificados, flanqueaban la cruz, y bajo el lignum crucis del salvador del mundo tres mujeres y un hombre, el discípulo amado, se recogían en llanto con los ojos implorantes mirando al cielo. Debajo del retablo, un mueble de madera contenía en sus estantes algunos libros en cuarto que el párroco de San Carlos debía de consultar en sus ratos libres.
-¿Lee mucho vuesa paternidad? -le pregunté aquella mañana.
-Hacemos lo que podemos, señor caballero -me respondió.
—379→Eusebio y yo habíamos llegado a San Carlos el día de San Fernando, rey de Castilla. El cura estaba frente a mí con ambas manos piadosamente recogidas sobre la mesa en actitud de rezo. Sobre la mesa descansaban un recado de escribir y un montoncillo de papeles. Había también unos quevedos de armadura de plata con los que el párroco se ayudaba en sus lecturas.
-Vuesa merced dirá en qué puedo servirlo -me dijo al momento de sentarnos cara a cara.
No era una misión grande, según comprobamos Eusebio y yo mientras avanzábamos por sus campos. Los indios estaban trabajando y cantaban con un ritmo monótono y cadencioso unos extraños himnos religiosos en guaraní. Si no los hubiese visto, como los vi, inclinados sobre el suelo y sudando a corros con las azadas en las manos, habría asegurado que se trataba de una fiesta. Cuando entramos al fin en la plaza mayor de aquella reducción, el pueblo de los indios no me pareció mucho mayor que Samaniego, aunque sí de mayor extensión. Las casas eran muy pequeñas, pero estaban bastante separadas las unas de las otras. La iglesia, que se situaba en medio de la plaza, era de buenos sillares de piedra tallada y muy bonita. Nos salió al encuentro un indio ya entrado en años que dijo ser uno de los sacristanes. Sin dar mayores explicaciones (desde el primer momento se entendió con Eusebio en guaraní), tomó nuestros caballos de las riendas y nos condujo a la casa en la que vivían los padres. El sol estaba en su cenit y hacía calor. Al fin, pensé para mis adentros, estamos en el famoso paraíso de los padres jesuitas. Veremos qué hay de cierto en lo que dicen unos y otros. Yo imaginaba que, en cada una de aquellas comunidades, habría varios padres atendiendo a los indios, pero el sacristán nos informó en guaraní que sólo estaban los padres Quintana y Guinet. Quintana era el —380→ párroco; Guinet, el coadjutor. Este último se ocupaba de atender la doctrina de los niños y de controlar a caballo el trabajo diario de los mayores. Cuando lo conocí, llevaba en su mano derecha una fusta con la que se golpeaba unas botas de caña alta de montar. Eusebio me contó más tarde que los indios le temían. Era un hombre grande y joven, fornido como un luchador. No presentaba a mis ojos una imagen demasiado beatífica.
Tanto me habían hablado en Asunción de las misiones y tanto me las había ponderado Pedro Mena mientras permanecí en su estancia que nada de lo que veía llegaba a sorprenderme. Al poco de llegar, ya me sentía como en mi casa, como si siempre hubiese vivido en una de ellas y conocido sus secretos. Sus calles eran anchas y su plaza espaciosa. Había almacenes que rodeaban esta última y que estaban a uno y otro lado de la iglesia y la casa de los padres, con las que formaban tres de los cuatro lados de un rectángulo muy grande en el que se reunían los indios cada vez que los curas los convocaban. Habría en total unos mil quinientos o mil seiscientos indios, entre hombres, mujeres y niños, viviendo en San Carlos, y la mayoría de ellos se dedicaba al cultivo de la yerba paraguaya, que es aquí un negocio bastante bueno y muy productivo para todos.
No me dedicaré en esta parte de mi narración a contar lo que ya han contado los propios curas interesados sobre el modo en que están organizadas estas comunidades, que, al fin, han sido ellos los que han dado al mundo a conocer su sistema y lo han ponderado sobre todos los demás existentes en la Tierra, a los que califican de injustos e inicuos, y hoy, cuando en casi todos los países de Europa los gobiernos se han librado de su molesta presencia, el mundo entero tiene sobre este asunto las opiniones divididas. Sí diré, sin que ello suponga juicio alguno en uno u otro sentido, que a mi parecer el —381→ sistema funcionaba bien, que las cosechas eran buenas, que los indios trabajaban de la mañana a la noche, que no se hallaban entre ellos ociosos ni vagabundos y que tampoco vi un ápice de riqueza ni de lujo en quienes tanto se esforzaban por arrancar a la tierra sus tesoros. Aún más: diré que quienes volvían del campo al anochecer tras las andas de San Carlos Borromeo, patrón de la misión, lo hacían cantando y rezando muy contentos y con magníficas y armoniosas voces, pero que iban descalzos y que sus ropillas, rotas por muchas partes, habrían avergonzado al mendigo más pobre de Sevilla. Estos hechos, que pude notar desde el primer día, me hicieron pensar que todos los esfuerzos de los padres y de los indios servían para muy poco, pues, si el fruto del trabajo no ha de ser usado para mejorar la vida de quienes lo realizan, el mismo trabajo es más castigo y tortura que otra cosa. Yo no sé muy bien (y como me dan por loco, puedo decirlo) en qué utilizaban los padres las riquezas que obtenían del trabajo gratuito de estos indios, pues se veían ellos obligados a trabajar sin paga alguna las tierras llamadas de Tupá, que es Dios en guaraní, y todo lo producido en ellas pasaba al mantenimiento de la iglesia, que no era tanto lo que necesitaban un párroco viejo y un coadjutor joven, por mucho que el último comiera. Quizá, pienso ahora desde Asunción protegido por mi locura, los curas lograron hacer un milagro y una gran fortuna. El milagro habrá sido hacer que los indios trabajaran contentos y cantando bajo los soles del trópico y la fortuna... ¿dónde está? ¿Qué se ha hecho de ella? Con tantas comunidades como administraron, grande ha debido de ser la riqueza que lograron amasar. ¿O acaso no fue sino un fracaso semejante experimento?
Si algún atisbo de aquella riqueza legendaria podía verse en la misión de San Carlos era en la casa de los padres, la única que contaba con fábrica noble, muebles aceptables y muy buenas y abundantes —382→ provisiones para una mesa bien surtida de toda clase de carnes y frutas. Fuera del párroco y su coadjutor, los demás hacían vida de eremitas de la Tebaida y tenían con ella garantida la salvación eterna.
-Vengo -le dije al padre Quintana, mostrándole las cartas del virrey- a que vuesa paternidad me informe sobre un tal Nicolás que, según se dice, es rey de estas tierras y tiene a los indios en trance constante de rebelión.
-Ya veo -me respondió- que, cuanto más ligeras son las noticias por carecer del peso de la verdad, a mayor velocidad vuelan hasta los más remotos lugares. El mburuvichá, señor caballero, no existe, que es invención de sandios y de indios, que todo es uno, como ya lo sabrá vuesa merced, y lo más que puedo decirle es que, en la Concepción, hay un indio que lleva el nombre de Nicolás y que se significó mucho hace unos pocos años, cuando los salvajes se levantaron en la parte del Uruguay contra los términos de cierto tratado entre España y Portugal que les afectaba.
-Algo he oído de ese indio famoso.
-Él es un indio civilizado, indio de misión. Se unió a los salvajes en un momento de locura, me imagino. Por lo que sé, Nicolás Ñeenguirú es un hombre puesto en razón, buen músico y un excelente jardinero.
-Pero, como vuesa paternidad ha dicho -le retruqué-, se significó en los sucesos de hace algunos años. Según sé, estuvo en la batalla de Caybaté, de donde volvió a la misión de la que había salido.
-Se dicen muchas cosas de Nicolás.
-Y se callan más.
-Ya hablaremos, ya hablaremos -me dijo entonces, y levantamos la sesión.
—383→Almorzarnos juntos, con Eusebio y el padre José María Guinet, que acababa de llegar de su paseo por el campo y se golpeaba con la fusta las altas botas de montar. El padre Quintaba me presentó como un amigo cercano del Marqués de la Ensenada.
-Es una pena -dijo el recién llegado- que su excelencia haya caído en desgracia. Pocos son los que en España cuentan con su habilidad para asuntos de la política.
-Así es -le respondí-, que, a más de su habilidad, el señor marqués ha tenido a gala el ser honesto y dedicado a su patria.
-Mayor razón para lamentarlo -remató el padre Quintana.
-Pero cuente vuesa merced -retomó la palabra el padre Guinet- las novedades de su viaje, que, por lo que he sabido, han venido ambos cabalgando desde las Corrientes.
-Sólo yo, que Eusebio, aquí presente, me ha sido prestado como baqueano por un buen amigo que tiene su estancia por aquellos pagos. Sin él no podría haber hecho el viaje.
-¿Algún contratiempo? -preguntó el padre Quintana.
-Muchos, que en más de una ocasión hemos estado en trance de perecer.
Quienes servían la comida eran21 una india joven y un muchacho de apenas doce años. Traían en sus manos dos grandes fuentes surtidas de verduras cocidas y muy bien aderezadas y de carne de vaca en picadillo con salsa de pimientos. La comida estaba sabrosísima.
-No son platos propios de un cortesano, pero espero que los halle a su gusto -dijo Quintana con un cierto tono de sorna en sus palabras.
-Antes que cortesano soy soldado, reverendo padre -le respondí.
—384→El comedor era espacioso y bien decorado, con cuadros de buena factura y tallas hermosas. Los muebles de madera estaban primorosamente tallados y eran cómodos y las sillas tenían, para nuestro deleite, cojines de algodón que hacían los asientos más blandos y más amables. Sobre una credenza de madera adosada a una de sus paredes veíase el brillo de los rayos de luz reflejándose en los cristales tallados de una botella llena hasta la mitad de aguardiente de caña. Como el propio despacho del padre Quintana, el comedor permanecía en una discreta penumbra que invitaba al sueño. Las dos ventanas por las que la pieza se abría al exterior estaban protegidas por celosías.
-Podrán vuesas mercedes descansar si lo desean en cuanto hayamos terminado de comer -dijo el párroco, adivinando mis pensamientos-. En estas latitudes, la siesta, más que vicio, es virtud que nos mantiene activos y hace la vida tolerable.
Eusebio no despegaba los labios más que para pasar algún bocado o beber grandes sorbos de agua. La india joven volvió a entrar trayendo una bandeja llena de panecillos y de mandioca hervida. Tras las celosías de las ventanas adivinábase un sol tórrido descargando su ardor sobre la tierra. Pensé en los indios que habíamos visto al llegar trabajando en el campo. La joven india no tendría más de dieciséis años y era hermosa, alta y bien proporcionada. Tenían sus ojos el color del caramelo y brillaban en la penumbra de la pieza como dos luceros en la noche. El padre Guinet no podía evitar mirarla cada vez que penetraba en el comedor.
Al terminar la comida, el muchacho indio nos acompañó a nuestras habitaciones. Me dieron una pieza bastante amplia con una ventana grande, cama ancha, colchón mullido de lana de oveja, infrecuente —385→ en estas latitudes, sábanas muy blancas y limpias y una toalla colgando del mueble de un lavatorio de porcelana con su jofaina. La jofaina tenía agua limpia, y todo parecía dispuesto para que hiciera mis abluciones. Todo estaba muy limpio. Todo relucía: las paredes blancas, la cama, las sábanas inmaculadas. En una de las paredes de la pieza había un cuadro pequeño con la imagen de un San José con el Niño Jesús en brazos y, debajo de aquel cuadro, colgando de un clavo de cabeza muy gruesa, un rosario de cuentas nacaradas, una pequeña joya. Imaginé que habitaciones como ésta servían para los curas que llegaban de visita, y que la que a mí me habían dado, con su gran ventana, su cama amplia, su cuadro, su mesa y su rosario, estaría destinada al superior. La mesa estaba junto a la ventana y tenía un sillón frailuno de excelente apariencia. También tenía papeles y recado de escribir. Me arrojé en la cama sin desvestirme y, al poco tiempo, tuve la suerte de ser visitado por el sueño.
Cuando desperté, ya era casi de noche y no reconocí el lugar en el que me hallaba. ¡Tan profundamente me había dormido! A los pocos minutos, sonaron unos golpes en mi puerta y escuché la22 voz de Eusebio al otro lado.
-¡Don Millán!
-¡Un momento! -le dije y me levanté.
El sueño me dominaba, y hube de hacer un enorme esfuerzo para vencer mi natural pereza, ponerme de pie e ir hasta la puerta, descorrer su cerrojo y abrirla.
-Los padres quieren que nos reunamos con ellos para la cena -me dijo Eusebio.
-Tenemos, entonces, como dos horas para pasear un poco.
—386→-Hora y media, más o menos, según me han dicho. Que en este pueblo se retiran todos muy pronto a sus habitaciones.
-Paseemos un poco, entonces -le dije y, tomándolo del brazo, salimos juntos de la habitación.
Los indios habían ya regresado del campo y muchos de ellos estaban haciendo su ingreso en la iglesia. Había otros que se habían quedado en la plaza, reunidos en corrillos pequeños, comentando probablemente los sucesos del día. Era la hora del rosario. La hora del descanso. Cuando salíamos de la casa al exterior, repicaba una campana llamando a la oración. Algunos niños muy pequeños correteaban entre las piernas de sus mayores. Las mujeres, en corros apartados, cuchicheaban. Llevaban velos y mantillas en las manos y algunas teníanlos ya puestos en sus cabezas. El sol se inclinaba hacia el poniente, y el cielo se teñía de rojo. «La Virgen está planchando las ropas del Niño», solían decir las pueblanas de Samaniego cuando, siendo yo niño, observaban un crepúsculo encendido. Una jornada más llegaba a su fin en la Misión de San Carlos. La belleza inefable de aquella tarde hizo que me reencontrara con mi infancia.
Salimos por un pequeño camino que bordeaba unos campos de cultivo. Aquí, mandioca; más allá, unos cuadros de lechugas; al otro lado, plantas trepadoras de poroto manteca sobre palos bien dispuestos para su crecimiento y, a lo lejos, muy a lo lejos, los yerbales en los que los miserables indios dejaban a diario su vida y su salud, comidos por el calor y los mosquitos. Era el trabajo más duro, el menos rentable para ellos. También los campos de trigo. Todo era ordenado. Todo limpio. De haber sido libres, aquellos hombres podrían haber sido felices. El camino era muy recto, trazado a cordel sobre terreno llano y sin relieves, y estaba bordeado de bellísimos lapachos que, en pocos días más, florecerían, sorprendiéndonos —387→ con la belleza de sus colores. Eusebio y yo caminábamos despacio, contando nuestros pasos. Paseábamos. Sin hablar. Cada uno con sus pensamientos, a solas, sin mirarnos. No teníamos intención alguna de separarnos demasiado de la misión, y queríamos volver, no al rosario, sino a la hora de la cena para no dejar a nuestros anfitriones esperándonos. Era una bendición ver los campos, desentrañar el misterio de su geometría. A la izquierda del camino, un extenso prado reunía un rebaño de vacas bien alimentadas, algunas de las cuales habíanse ya arrojado al suelo esperando el sueño. Mugían con lamentos breves y profundos. Un toro enorme de cuernos desmesurados paseaba entre ellas, como un moro celoso que vigilara a las odaliscas de su harén. Comenzaban a escucharse los cantos de algunos insectos, y yo sentía que, bajo mis pies, latía el corazón de la tierra. A la derecha estaban las eras en las que los indios trillaban el trigo en tiempos de cosecha. Había hacinas de paja que, con las lluvias, se pudría al aire libre y era, más tarde, utilizada por los indios como abono en las sementeras. Se elevaba el vaho de las hacinas hacia los cielos, y la atmósfera estaba impregnada de sus olores. Todo el paseo lo hicimos en silencio, observando las cosas que se nos presentaban ante los ojos. No se qué pensaría Eusebio de todo aquello, él que era ante todo un ganadero, un vaquero para quien la tarea cotidiana del campo, agacharse sobre la tierra para arrancarle el sustento diario con el sudor de la frente, constituía una maldición bíblica, él, que por trotar libremente por los llanos abiertos, podía considerarse (y de hecho se consideraba) un hombre superior. Yo soñaba con mi pasado de niño en Samaniego, y veía como entre nubes a los campesinos de mi tierra amontonando la mies en las eras, trillando, preparando la parva, aventando la paja y el grano y llenando los sacos de trigo midiéndolos con la media fanega de madera. Veía las grandes meriendas en la era, las cazuelas rebosantes de pimientos y carne, las —388→ botas y los porrones de vino, las barrilas de agua fresca de las que bebían los trilladores, los pañuelos blancos en las cabezas de las mujeres y los manguitos con los que protegían sus manos y sus brazos de las quemaduras del sol. Veía también la fiesta y los danzantes. Veía las vendimias, tan encantadoras siempre, tan llenas de color, de música y de alegría. Confundía la realidad con lo imaginado, con los rostros amados, con mis recuerdos.
Pero aquellos indios civilizados de los que hablaban los jesuitas no eran los campesinos de mi tierra y, caída la noche, como caía en ese momento sobre nosotros, los campos que ellos cultivaban quedábanse vacíos y sin alma, mudos y en silencio. Eran obrajes, fríos ergasterios a los que los indios acudían a diario a trabajar desde las primeras horas de la mañana y, si bien agradecidos y feraces, no eran sus campos y no podían sentirlos suyos sino en una parte mínima, la imprescindible para la subsistencia. Ni aun las hoces con las que segaban el trigo les pertenecían, como no les pertenecían los trillos y las caballerías, el aire, el agua o el tiempo, tiempo que tenían que dedicar a menesteres dictados por otra voluntad. Todo (o casi todo) era ajeno para ellos. Aquel desencuentro entre hombre y tierra se notaba. Quien, como yo, había pasado su infancia en la aldea y conocido la dura vida del campesino notaba una ausencia, un frío extraño al pasear por campos tan bien trazados, tan feraces en apariencia, pero, a la vez, tan pobres, tan duros y tan ajenos para quienes los trabajaban. Y, como Eusebio, pero por otras razones, yo también paseaba cabizbajo y triste, pensando en aquellos infelices indios a los que la mayor parte de los frutos tan duramente ganados se les escurrían entre los dedos de las manos a la hora de la cosecha. La noche caía y la campanilla de la iglesia insistía llamando al rosario a los fieles. Una sensación de paz y de tiempo detenido extendíase sobre aquellos campos como un velo —389→ discreto que apenas nos rozaba las mejillas. Volvíamos a la misión. A nuestra derecha, un pequeño camposanto levantaba sus cruces de madera sobre la estatura de los yuyos y los matojos.
La cena fue amable y muy clerical: dos huevos escalfados y bananas de la tierra, pequeñas y dulces. Para beber, agua. La conversación rodó sobre tópicos de viajeros. Eusebio se lució en sus observaciones sobre el paisaje y el clima de la región. Conocía cada uno de los pasos que habíamos dado, el nombre de cada riachuelo, la calidad de sus aguas. El padre Guinet, que también se las daba de baqueano, le discutió sobre el nombre de cierto animalillo al que Eusebio llamaba comadreja y que el jesuita decía tener poco o nada que ver con la comadreja de España, cosa que, obviamente, no estaba en discusión. Había en las palabras y en el tono del jesuita algo de petulante y una cierta intención de humillar al peón de Pedro Mena, tal vez por el simple hecho de ser peón y no un hombre ilustrado. Eusebio se hacía, como él mismo señalaba con mucha gracia, el ñembotaby, extraña palabra que en guaraní viene a significar el desentendido, el que hace oídos sordos a palabras necias. El padre Quintana parecía abstraído en la breve colación que tomaba aquella noche, pero, de vez en cuando, levantaba la vista del plato y lanzaba sobre su coadjutor los rayos fulminantes de una mirada que parecía como si lo quisiera pasar de parte a parte. Estaba claro que no le gustaban las insinuaciones del cura más joven. Yo, sencillamente, observaba y me reía para mis adentros. El peón de Pedro Mena era un hombre discreto que vivía su vida con la naturalidad de los sabios verdaderos.
-No será comadreja en España, si vuesa paternidad así lo dice, pero en más de cien leguas a la redonda la única comadreja que conocemos es la que acabo de describirle.
—390→Con estas palabras de Eusebio terminó aquella noche la extraña discusión sobre la fauna del Paraguay. El padre Guinet no tuvo argumentos que oponer a tan contundente razonamiento, y el padre Quintana hizo un conato de levantarse. Su coadjutor entendió que la cena ya había terminado. También lo entendimos Eusebio y yo. Agradecí lo mejor que pude la generosidad de nuestros anfitriones y pedí permiso al padre Quintana para retirarnos.
-Mañana será otro día -me dijo el párroco con una sonrisa-, y tendremos ocasión de hablar largo y tendido sobre el asunto que le ha traído desde tan lejos.
Aquella noche dormí con sobresaltos. La temperatura era amable, y se estaba muy bien con la ventana de la pieza abierta, a través de la cual veíanse las estrellas. La noche era serena y húmeda. De vez en cuando, un vientecillo frío del sur movía apenas las hojas de los árboles y penetraba en la habitación, refrescándola. Arrebujábame entonces en la frazadilla que tenía para protegerme del relente y pensaba en Manuela. Veíala en la capillita de la estancia con su padre y sus peones, cantando y rezando. Imaginábala paseando conmigo por los caminos que zigzaguean entre los árboles del bosque y buscan la salida a los arroyos de aguas clarísimas que riegan sus tierras, y, mientras la veía y la imaginaba, íbame durmiendo con la felicidad en todo el cuerpo y con el alma limpia. Era como si perdiera peso, todo el peso de la materia, y como si mi cuerpo fuera capaz de volar, elevarse del suelo y, traspasando el tejado, huir hacia el infinito de las alturas. Subía y subía y sólo veía las estrellas sobre mi cabeza. A cada minuto que pasaba aumentaba la velocidad del vuelo y llegaba un momento en el que se hacía vertiginoso. Miraba entonces hacia abajo, y todo abajo era pequeño e insignificante: las casas de los indios de la misión, la propia misión de los —391→ jesuitas perdida entre las oscuridades de la selva nocturna y la propia selva y los ríos, convertidos ahora en hilos de agua insignificantes, en pequeñas briznas de paja brillando a la luz de las estrellas. La tierra entera perdía sentido bajo mis pies, y desandaba el camino que había hecho los días anteriores. Allí abajo estaba la estancia de Leandro Pampliega, en la que habíamos estado apunto de perecer, y en ella veía al Guapo haciendo el amor a la mujer del estanciero y tramando el fin de quien era esposo de ella y primo del asesino, para quedarse con la riqueza de la tierra y con la tierra misma, que los ambiciosos ven tras la muerte la herencia y nunca tienen paciencia suficiente para esperar. Y los vi a ambos levantándose de la cama, vestirse, tomar cada uno un machete en la mano y dirigirse sigilosamente a la pieza en la que el estanciero dormía. Todo estaba oscuro, pero yo veía. Veía a aquella mujer, de la que jamás he querido saber su nombre, acercarse a su macho y apretar entre los dedos sus testículos para darle valor y a éste enderezarse con el machete en alto y descargar uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez golpes terribles sobre el cuerpo inerme del durmiente, que comenzaba a desangrarse empapando de sangre las sábanas inmaculadas. Los peones dormían, y la luna observaba, desde el centro oscuro de la noche, el reiterado rito de la muerte. La mujer se desprendió de sus ropas y, a zarpazos, arrancó las de su amante y se entregó a su deseo. Aullaba. La mujer aullaba como una loba. Ambos cayeron sobre la cama del muerto y se bañaron desnudos en su sangre. Sobre un gran arcón de madera negra, a los pies de la cama, descansaban los machetes. Me desperté. Estaba sudando. Como un veneno que se me hubiese metido por los poros, el mal había capturado mi imaginación y me había hecho soñar las terribles cosas que había visto aquella noche. La visión del Guapo descargando su machete sobre el cuerpo inerme de Pampliega no me abandonaba, como no me abandonaba la de los —392→ machetes sobre el arcón de madera y el rictus de lujuria y crueldad que la mujer dibujaba en su boca mientras su amante asesinaba a su marido. Y entonces creí saber (no sé cómo ni por qué) que no había soñado sino visto, que había sido verdad lo que tan sólo imaginaba sueño y que los amantes asesinos habían sellado su pacto de crimen fornicando en la cama ensangrentada de su víctima, revolviéndose desnudos en su sangre. Y temblé. Temblé de horror y temblé de miedo. Hacía frío, me levanté y cerré la ventana. Sentía una larga punzada entre los costillares, como si el relente me hubiese penetrado bajo la forma de un cuchillo largo y afilado. Cerré los ojos con fuerza y traté de pensar en Manuela, pero aquella noche era la maldad la que rondaba mi habitación.
Al despertar en la mañana, sentí que ardía de fiebre. Traté de levantarme, pero me mareaba, y el suelo parecía huir delante de mis pies. A punto estuve de caer al suelo. Me eché en la cama y volví a quedarme dormido. Cuando me desperté de nuevo, Eusebio y el padre Quintana ya estaban a uno y otro lado de mi cabecera. Eusebio tenía un gesto de preocupación dibujado en su rostro. El padre Quintana leía las horas en su breviario y musitaba oraciones en latín. Yo sentía la boca pastosa y amarga y fuertes dolores en los flancos. Miraba sin ver cuanto me rodeaba: la pared, los muebles, la mesa de trabajo, la ventana cerrada. A través de las celosías de esta última adiviné que el sol estaba cerca de su cenit, y calculé que había permanecido en la cama muchas, muchas horas. Tenía frío. Me arrebujé como pude entre las frazadas. En la pieza, la penumbra arrojaba sobre los objetos su sombra de muerte.
-Tiene vuesa merced fiebre -dijo el padre Quintana, viendo que había despertado- y debe permanecer quieto por la cuenta que le trae. No es nada grave. En dos o tres días más estará como nuevo.
—393→Eusebio y el padre Quintana salieron de la pieza y me dejaron solo con mis pensamientos. Las celosías de la ventana filtraban el sol, y la escasa luz que penetraba generaba atmósferas de angustia. Frente a mis ojos se formaban y difuminaban en el aire figuras extrañas. El dolor invadía todo mi cuerpo, y sentía un vacío en la boca del estómago. A la media hora, más o menos, volvió Eusebio. Traía consigo a la india que nos había servido en el comedor y que cargaba la bandeja en la que venía mi comida.
-Dice el padre Quintana que vuesa merced coma, aunque no tenga hambre -me dijo el baqueano y sonrió.
Eusebio me tomó por debajo de los brazos y me ayudó a sentarme. Prácticamente me levantó en vilo. Estaba tan débil que me hubiese resultado una verdadera tortura hacerlo sin ayuda. Habíase traído consigo un almohadón grande que me colocó a la espalda, y, así acomodado, la joven india procedió a meterme una tras otra todas las cucharadas de sopa que cabían en el cuenco de madera en el que me la habían servido. Hacíalo con alegría y paciencia y con un brillo en los ojos cargado de bondad, como si le gustara lo que estaba haciendo. No sentía el sabor de aquel menjunje y veíame obligado a hacer enormes esfuerzos para pasar cada una de las cucharadas. No recuerdo en absoluto de qué era la sopa, aunque, a la distancia, desde mi celda de Asunción, quiero imaginarla de gallina, concentrada y fuerte, con una amarillenta y densa capa de grasa flotando en la superficie. Una sopa, como dirían en mi pueblo, para resucitar a un muerto. Si no a un muerto, a un medio muerto. En este caso, la sopa tenía que devolver a la vida normal a quien había perdido la mayor parte de sus fuerzas y capacidades en una sola noche. Apenas acabada la sopa, me quedé dormido. Mientras la tomaba, el sueño me vencía y se me iban, poco a poco, cerrando —394→ los ojos, en tanto que mi mente volvía a vagar en el espacio, deshaciendo los caminos que habíamos hecho, para buscar a Manuela. Las potencias todas de mi alma se orientaban a su búsqueda, porque sin ella sentíame huérfano y pobre, solo y abandonado a las fuerzas ciegas del destino. Pero tampoco en aquella ocasión pudo volar mi espíritu hasta la estancia del buen Pedro Mena, y mi cuerpo flotante se quedó contemplando con los ojos de la imaginación y del sueño la marcha de la horda infernal del mburuvichá, que se abría camino a golpes de machete en medio de la selva, talando árboles, pisoteando flores, sembrando la muerte y la destrucción por donde pasaba. Los animales se apartaban a su paso, y el yaguareté se escondía, temeroso, en las profundidades de la jungla. Los pájaros volaban de un sitio a otro sin acertar con un lugar seguro en el que posarse para librarse de la muerte. Los que permanecían quedos escondían sus cabezas bajo las alas. Los yacarés y las tortugas hundíanse en las aguas de los ríos y los pantanos, y hasta los insectos más insignificantes escapaban de aquella confusión. La naturaleza entera estaba perturbada, y por todas partes escuchábanse gritos y blasfemias, expresadas con voces roncas y dicción torpe. Nicolás seguía empinado en las andas en las que su trono se asentaba, cargadas por los fornidos indios y mestizos que lo aclamaban como su soberano y eran terribles y soeces los gestos y vítores de aquellos energúmenos que luchaban por devolver al mundo a la barbarie, a las oscuras edades del pasado. Y en medio de tantos gritos, en el centro exacto del caos, un grupo de europeos caminaba con sus grandes fusiles al hombro, observando astutamente las maniobras de los demás. Hablaban extrañas lenguas entre sí mezclándolas todas como en una nueva Babel y, en medio de su discurso, dejaban deslizar, en ocasiones, alguna expresión en guaraní y, aunque con menos frecuencia, en castellano. Era aquélla una visión horrenda, casi infernal. Nicolás, abanicado en su trono, —395→ seguía dormitando, ahogado en sus mantecas. La naturaleza entera se rebelaba ante su presencia, y el sol terminó ocultándose. Las tinieblas lo invadieron todo, y todo en mi sueño era oscuridad y frío.
Debí de pasar mucho tiempo durmiendo, porque cuando desperté amanecía. Estaba sudando y sentía mucho calor. Si no todas, algunas fuerzas perdidas en la jornada anterior me habían sido devueltas y me sentía mucho mejor. Arrojé lejos de mí la frazada con la que me cubría. Las hojas de la ventana de celosías que dejaba la pieza en penumbra habían sido separadas, y por el vano que quedaba abierto el sol y el aire de la mañana colábanse a raudales. Noté que la mañana era alegre y fresca, una soleada mañana de otoño en la que la suave brisa batía las ramas de los árboles en las que los pajarillos se posaban para emitir sus cantos y zureaban las palomas. Había aromas florales en el aire. Tenía ganas de levantarme, de cantar, de caminar o de escribir. Tenía ganas de muchas cosas, pero no sabía bien qué hacer. También sentía en el estómago la punzada del hambre y, por unos segundos, me entretuve imaginando suculencias de churrasco. Escuchaba voces a lo lejos y, aún más lejos, arrastradas por el viento hasta mi habitación, las notas de una canción extraña y misteriosa en guaraní. Quizás el misterio estaba encerrado en el idioma. Volví a sentarme en mi cama y, desde mi altura, traté de ver más allá de los límites de la ventana. Adivinaba los campos de cultivo y a los indios inclinados sobre el suelo arrancando a la tierra sus riquezas. Coloqué los pies sobre la alfombra. Me levanté. Podía sostenerme perfectamente y notaba que cada minuto que pasaba estaba más y más fuerte, más seguro de mí mismo, mucho mejor. Caminé hasta la ventana y me asomé al exterior. La ventana daba a la plaza del pueblo, y la plaza estaba totalmente vacía. No había un alma. Ni siquiera niños. Ni mujeres. Ni ancianos. Ni hombres. Nadie. Todas las puertas de las casas se veían —396→ cerradas desde mi atalaya, y a lo lejos, en los campos que circundaban la misión, tampoco se veía a nadie, ni una mísera nubecilla de polvo levantada por los cascos de una acémila perezosa. Todo cuanto veían mis ojos parecía vacío y muerto, como si yo solo estuviera en el mundo y todo cuanto en él existía me perteneciera. No notaba fatiga ni dolor, y no me quedaba ya ni el recuerdo de cuanto había padecido el día anterior. Quise volverme a mi cama, sin embargo, pero, en el centro de la habitación, me detuve, lo pensé mejor y me precipité a la puerta de la pieza para salir al pasillo. No estaba cerrada. Salí al pasillo y, por el pasillo, llegué a la escalera. Descendí al piso de abajo. Llegué al comedor, que, como el resto del pueblo, estaba vacío. Las mesas estaban limpias y no se veían por ninguna parte restos de comida. Ni una migaja de pan. Todo estaba muy limpio. Todo era frío y brillante. Pasé a la cocina. Nadie. Ni el indiecito, ni la india que con tanta alegría y tan dedicada generosidad me había alimentado. Ni el padre Quintana. Ni el coadjutor. Pensé en Eusebio. También él había desaparecido. Fui de cuarto en cuarto, de pieza en pieza, revisé cada uno de los rincones de la casa y, finalmente, por una puerta que llevaba a la sacristía, pasé a ésta y, de ésta, a la iglesia. Había una penumbra amable y una atmósfera de misterio. Por la linterna de la cúpula filtrábase una luz cenital que bañaba el crucero y destacaba la belleza de las pechinas que la sostenían en el aire. Daba la impresión de que la linterna flotaba entre las nubes. El gran retablo dorado del altar mayor quedaba en la penumbra. También los altares laterales. El círculo de luz formado en el crucero parecía una fuente, un manantial de pureza, el punto exacto en el que el cielo se encuentra con la tierra. Avancé hasta él despacio y, una vez en su centro, de pie, con los brazos en cruz, dejé que los rayos de sol me calentaran. Después, sin poder evitarlo, me arrodillé. El silencio era absoluto, y yo estaba solo, mucho más solo de lo que jamás había estado en ninguna otra parte. —397→ No sabía a quién rezar ni cómo hacerlo y me quedé quieto, sin moverme, expuesto a las miradas de quien se escondía tras aquella luz cegadora y cuyos ojos debían de estar lejos, muy lejos, contemplándome con curiosidad. Me sentía observado por alguien o algo que no podía definir, pero de cuya existencia estaba seguro en aquel momento. Estaba sobrecogido y lloré sin saber por qué lo hacía. Lo único que sabía es que estaba solo y que el mundo me rodeaba, vacío y yerto, por todas partes.
-Ha pasado vuesa merced dos días enteros sin despertar -escuché entonces la voz de Eusebio.
Ya no estaba en la iglesia, sino de nuevo en mi cama, y no estaba bañado en luz, ni calentado por el sol. Tampoco me sentía con fuerzas suficientes para levantarme, ni mucho menos para lanzarme escaleras abajo corriendo detrás de los fantasmas. Seguía atado al lecho del dolor y de la enfermedad y tenía la impresión de que la cabeza me iba a explotar. La habitación seguía en penumbra, y yo seguía teniendo frío, mucho frío.
-Lleva ya vuesa merced tres días en cama y dice el padre Quintana que aún han de ser necesarios otros cuatro para que se recupere -siguió hablando Eusebio.
En los últimos días he pensado mucho en Eusebio. Jamás lo entendí bien. Era un buen mozo, grande y corajudo, y, sobre todo, era un hombre cabal. También un hombre alegre y lleno de vida. Y, sin embargo, podía quedarse horas y horas, días enteros a solas consigo mismo, sin hablar, sin moverse, como si nada de cuanto le rodeaba tuviese importancia. Otros como él se entretenían tocando la guitarra, que es la compañera de los solitarios por obligación. Él, —398→ no. Él en el fondo era un hombre ensimismado y, en ocasiones, hasta melancólico. Entrecerraba los ojos y dejaba que su imaginación volase. Y volaba. Habíale escuchado contar tantas cosas a Pedro Mena que se conocía casi de memoria (o creía que conocía, que es lo mismo) los más recónditos lugares de la Tierra y, si no tenía otra cosa que hacer, íbase con la imaginación a una pequeña isla del Pacífico y, en una playa de cocoteros bordeada por una selva virgen que trepaba hacia las húmedas montañas en las que nacían los cristalinos arroyos de cuyas aguas bebía, construía con sus propias manos una pequeña choza de nipa y caña en la que vivía los más ardientes amores con la princesa de sus sueños. Y los disfrutaba. Eusebio Pindú jamás se hizo muchas preguntas sobre el mundo, pero vivía intensamente la realidad y lo imaginado como real, sin llegar jamás a confundir la primera con lo segundo.
-Debe vuesa merced tomar una cucharada de este brebaje -me dijo aquella mañana y me ayudó de nuevo a sentarme-. Lo ha preparado especialmente el padre Quintana.
Lo tomé. El brebaje era un menjunje verdoso y amargo preparado a base de yuyos cocidos a fuego lento y endulzado con un poco de melaza. Era espeso y estaba caliente. En condiciones normales podría haber servido de vomitivo, pero, por alguna razón que no logro desentrañar, mi estómago recibió casi con agradecimiento lo que mi paladar rechazaba, y el brebaje en cuestión comenzó a hacer su efecto a los pocos minutos de habérmelo tomado. No quiero que el lector piense que exagero y que imagine que con sólo el olor de aquel menjunje habíanseme acabado todas las angustias. Si bien se me ha tomado en ocasiones por loco (y loco he sido hasta no hace mucho y encerrado como tal aún permanezco), jamás nadie me tomó por tonto, como yo no tomo por tal al amable —399→ lector que hasta aquí ha seguido fielmente mi relación. No me curó al instante, ni siquiera en los cuatro días que el padre jesuita me había anunciado por boca de Eusebio, que fueron más de quince los que aún hube de permanecer en cama hasta reponerme por completo, pero sí acabó aquel brebaje con los dolores más fuertes y con las sensaciones más desagradables producidas por la enfermedad. Y esto comenzó a hacerlo casi de inmediato, que, de ahí en adelante, si bien no me podía levantar por hallarme muy débil y marearme, sí pude mantener con quienes me visitaban conversaciones prolongadas y de sustancia, interesarme en cuanto ocurría a mi alrededor, dormir sin pesadillas y acabar con la mortal angustia que me atenazaba y que hacía que me sintiera de continuo al borde de la muerte, cosa que, por otra parte, jamás había hasta ahora confesado a nadie. Eusebio me lo hizo tomar no sin reparos, que yo adiviné en su gesto cierta desconfianza hacia quienes eran nuestros anfitriones en la misión. Después de lo que nos había ocurrido con el Guapo en la estancia de Leandro Pampliega la desconfianza había hecho su nido en el corazón del peón de Pedro Mena.
-He tenido -le dije, cuando llevaba despierto más de dos horas- terribles sueños.
-Ya me los contará vuesa merced cuando haya descansado.
Le hice caso y volví a quedar en silencio. Aún era de mañana. Hacia el mediodía me visitó el padre Guinet. Llegó con sus botas de montar y su fusta en la mano y traía consigo, como una maldición inevitable, el agobiante peso de una jornada calurosa. Entró pisando fuerte, como si estuviera inspeccionando23 algún trabajo. Se acercó a mi cama y me tomó la mano en un gesto de amistad del que no le habría imaginado capaz. Sonrió al hacerlo.
—400→-En una semana más -dijo entonces-, vuesa merced estará bueno y podrá seguir su camino.
Aunque amable, aquélla parecía ser una invitación a que abandonáramos la misión. Eusebio lo miró de reojo y se sonrió apenas. Yo callé y me hice el desentendido. Miré hacia el techo. Grandes vigas de madera de lapacho lo cruzaban a lo largo de la habitación y se unían entre sí mediante pequeñas bóvedas de ladrillos encalados. Era la imagen misma de un mar invertido y blanco, una extensión lechosa llena de concavidades que corrían a lo largo de la pieza. No era un techo inclinado, sino horizontal, paralelo al suelo, y, en las partes en las que el ladrillo se unía a la madera se apreciaban huecos y roturas y pequeños nidos de barro fabricados por insectos. Nidos ocres, como hornos en miniatura, ínfimos tatacuás de la naturaleza. En esos días solía quedarme durante horas contemplando el techo, observando sus irregularidades y sus accidentes, descubriendo, en fin, un mundo minúsculo y extraño, habitado por curiosas criaturas que, como los pequeños dragones que salían a cazar en las noches, lo paseaban de arriba abajo, lo conquistaban y lo señoreaban. Cada día descubría nuevos dramas, mudas tragedias que se desarrollaban en aquel espacio de techos y de paredes, la vida y la muerte en permanente confrontación. Y pensaba que cuanto ocurría en aquel pequeño mundo no era diferente de cuanto ocurría en el nuestro, donde también nos esforzábamos por sobrevivir agarrándonos con todas nuestras fuerzas a la corteza de la madre tierra y acabando con la vida de quienes querían evitarlo. Aquellos pequeños dragones caseros quedábanse horas y horas inmóviles, quedos, sin hacer un solo movimiento, esperando al insecto, la pequeña polilla, la mariposa o el mosquito que, fatalmente, eran siempre atrapados por su larga y pegajosa lengua y devorados en un santiamén. Eran muy semejantes a las salamanquesas de mi tierra en —401→ tamaño y en disposición, pero muchísimo más audaces, menos temerosos del hombre y de sus artificios. A veces se llegaban casi hasta la cabecera de mi cama, y yo los miraba. Nunca se asustaban. A lo más, si hacía un movimiento brusco, rápidamente se ponían a salvo, más allá de mi alcance, burlándome siempre.
Según Walter Benjamin, el marxismo interrumpe la percepción de la historia como continuum al destacar los hechos que analiza. Destacar, en este caso, significa congelar en el tiempo. Al congelar el hecho, el tiempo se detiene y se interrumpe el flujo. Pero lo que se detiene es algo que ya no es, que ya no fluye, o que sólo fluye en la mente del historiador. La existencia del pasado sólo se da en la memoria. Y la memoria, nutrida del pasado, es siempre presente. Es memoria en el presente, desde el presente. De ahí que, una vez analizado el hecho, el historiador vuelva a colocarlo en su sitio y a tener la sensación de que jamás se interrumpió el flujo, de que los hechos narrados son un continuo e ininterrumpido fluir hacia el presente, porque sólo en el eterno presente en el que vive tiene sentido el pasado que piensa. Así ocurre también con lo que don Millán de Aduna nos narra en este extraño documento, en este memorial. Con mucha frecuencia habla de su presente y siempre habla desde su presente. En realidad, sólo se puede hablar desde el presente, puesto que el lenguaje y el pensamiento, en puridad, tan sólo reconocen este tiempo. El pasado y el futuro no son sino enmascaramientos del presente. ¿Quién de nosotros tiene, realmente, la seguridad de haber vivido en otro tiempo, hace apenas cinco minutos? ¿Quién tiene la seguridad de que seguirá viviendo dentro de otros cinco? Sólo podemos predicar con seguridad de aquí y de ahora. Hic y nunc. Quizá por ello también toda narración del pasado es ficción. La historia es una gran ficción. Don Millán, el loco encerrado en Asunción, pudo no haber vivido lo —402→ que dice haber vivido, pero escribe y cuenta como si recordara y, por ello, ha vivido todo lo que dice haber vivido al menos en su imaginación (o en su memoria nutrida de imaginación). Se piensa a sí mismo y se piensa en el tiempo, en un antes y un después. Todos nosotros nos pensamos a nosotros mismos y, al pensarnos, pensamos el mundo, porque no somos ni podemos ser sin el mundo o fuera del mundo. Cuanto nos cuenta don Millán desde su presente -que para nosotros es pasado- es historia: su historia y la historia de su mundo. Para quien se sienta identificado con ella puede llegar a ser también, su propia historia.
El día en que me sentí repuesto por completo le solicité al padre Quintana una entrevista. Fue un martes de finales de junio, lluvioso y turbio. Daba la impresión de que la torre de la iglesia podía tocar las nubes, de tan bajas que éstas se hallaban, tan cerca de nosotros. Eran negras y densas y producían en mi ánimo una sensación de profunda melancolía. No era ésta, empero, una sensación desagradable. Durante una gran parte de la mañana permanecí en mi cuarto y estuve leyendo. Poseían los padres una biblioteca pequeña pero nutrida de algunos títulos que resultaban interesantes en aquellas soledades. En el transcurso de los días anteriores, agotado por la enfermedad de la que me reponía más lentamente de lo imaginado, me había entregado, con el buen Eusebio y el padre Guinet, que me visitaba a diario después de sus recorridos por el campo, al placer de juego. Con un viejo mazo de barajas entreteníamos nuestros ocios y nos sentíamos en el mejor de los mundos. Yo notaba, sin embargo, que a Eusebio le pesaba mucho aquella inactividad forzada y que, cada vez con más frecuencia, caía en silencios más y más prolongados. A medida que pasaban los días me resultaba más difícil arrancarlo de su mutismo. Aquella mañana había salido con el padre Guinet para acompañarlo en la consabida —403→ ronda de observación y vigilancia del trabajo de los indios. Eusebio no tenía otra cosa que hacer, y yo estaba solo y aburrido. Abandoné el libro que estaba leyendo sobre mi cama, bajé las escaleras y me llegué hasta el despacho del padre Quintana.
Toqué la puerta con los nudillos de mi mano y esperé hasta escuchar la voz del párroco.
-¡Adelante quien sea! -me dijo éste.
-Buenos días, padre Quintana -le saludé mientras hacía mi ingreso en la pieza.
-¿Cómo amaneció hoy vuesa merced? -me preguntó con gentileza.
-Bien -le respondí-. Siento que ya me han desaparecido todos24 los dolores y las fatigas y que estoy listo para emprender mi camino lo antes posible. De eso venía a hablarle a vuesa paternidad, precisamente.
-Soy todo oídos -dijo, echando la cabeza hacia atrás y repantigándose en su sillón.
-Si me permite... -le hice un gesto con la mano derecha señalándole una silla.
-Siéntese, por favor -me invitó, protocolario.
-Es el caso -dije entonces, levantándome los faldones de mi casaca y sentándome en la silla que le había señalado al solicitar su venia para sentarme- que, estando como estoy ya bueno, he de emprender cuanto antes mi viaje de regreso y que me veré obligado a escribir al virrey el informe correspondiente a la visita que he hecho a la Misión de San Carlos. Es de la mayor importancia que cuanto señale en dicho informe se ajuste a la verdad, por lo que me gustaría solicitar de su paternidad, si en ello no halla inconveniente, una declaración sobre los hechos que aquí me han convocado; esto es, sobre la existencia o inexistencia del tal rey del Paraguay y —404→ emperador de los mamelucos, cuya historia anda ya en libelos y que ha creado, según he podido comprobar yo mismo, no pocos temores en los habitantes de la región.
-¿Tiene vuesa merced seguridad sobre su existencia? -me preguntó.
-No podría responderle a semejante pregunta -le contesté-, que hay cosas que he visto en este viaje que tanto me hacen pensar en su existencia como dudar de la misma.
-Confiesa, entonces, vuesa merced que está confuso...
-Lo estoy. Lo confieso.
-¿Y por qué, si puede saberse? -me preguntó con una sonrisa cargada de malicia.
-Porque me resulta difícil dar crédito a lo que mis ojos han visto.
-¿No debemos confiar, acaso, en los sentidos?
-No siempre. Por eso solicito, precisamente, el auxilio de vuesa paternidad.
-¿Y cómo podría yo resolver semejante dilema?
-Diciendo lo que vuesa paternidad piensa de lo sucedido en estos alejados territorios desde la firma del famoso tratado entre su católica majestad y el rey fidelísimo, contándome, en fin, la verdadera historia de ese curiosísimo monarca que nadie conoce a ciencia cierta.
-No soy yo el más indicado para ello, que, si vuesa merced así lo quiere y se toma la molestia de hacerlo, podrá viajar hasta la Misión de la Candelaria, a apenas quince leguas de aquí, que es el lugar en el que reside nuestro superior, que en todo podrá responderle con mayor acierto y propiedad que yo mismo.
-Pero también me interesa la opinión del párroco de San Carlos, que tiempo he de tener para llegarme a la Candelaria y hasta la Misión de San Juan Bautista y las demás que se hallan al otro lado del Uruguay.
—405→-No le recomendaría un viaje tan largo para sacar tan poco de provecho.
-¿Y por qué dice eso vuesa paternidad?
-Porque ninguno de nosotros ha de decirle a vuesa merced lo que vuesa merced desea oír, que no es otra cosa que asegurarle que el tal Nicolás, al que llaman el mburuvichá en estas partes del país, es hechura de los diabólicos padres de la Compañía, que ésta es invención de un dominico que vuesa merced bien sabe cómo se llama y que tan sólo conoce de estas tierras el sabor de la yerba mate, si es que alguna vez la ha probado.
-¿Se refiere vuesa paternidad al padre Mañalich?
-Me refiero a él, en efecto, y también a otros, entre los que no faltan los renegados de nuestra propia congregación. Son tiempos difíciles para todos nosotros, y parece ser que Nuestro Señor Jesucristo quiere poner a prueba el temple de nuestra fe.
-No es ésta la primera vez...
-Ni será la última, don Millán, pero es, tal vez, la más dura, que todo en Europa está confabulado contra nosotros. ¿No se nos acusa, acaso, de conspiradores y regicidas?
-No firmará, entonces, vuesa paternidad la declaración que le pido.
-Lo haré, sí, que a ello me obliga mi condición de súbdito de su católica majestad, mas no espere vuesa merced que arroje piedras contra mi propio tejado, que, aun cuando fueren ciertas las fábulas inventadas sobre el supuesto mburuvichá, ninguna de mis palabras habría de confirmar una verdad semejante. Sólo conozco a un Nicolás, como ya le dije, y éste no es otro que un buen músico y jardinero que vuesa merced puede hallar sin dificultad en la Concepción.
-Nicolás Ñeenguirú, del que ya hablamos.
-El mismo que viste y calza.
—406→Aquella mañana me fue absolutamente imposible avanzar en mi pesquisa. Lo fue también al día siguiente, pues ni uno ni otro, ni Quintana ni Guinet, parecían dispuestos a soltar prenda en lo tocante al asunto de Nicolás.
Vuelven los rigores del estío a la ciudad de los naranjos. Asunción es una ciudad floral. Cada mes tiene sus flores y sus aromas. Hasta hace poco han sido los lapachos. Ahora, los pétalos morados de los jacarandás alfombran aceras y perfuman callejas recoletas en los barrios populares. Antes de las navidades florecerán los chivatos. Como en Perú, a veces las plantas y los animales más bellos reciben los nombres más vulgares y degradantes, como si, de este modo, humillaran la soberbia de estos seres. El hombre es extraño. Con frecuencia atribuye sus defectos a la naturaleza. Tal vez, de este modo los justifica. El chivato paraguayo es el flamboyán de cualquier parte, la ponciana del Perú. Chivato es un nombre feo para un árbol hermoso, un inmerecido insulto. Los nombres de las plantas en Paraguay son, sin embargo, con frecuencia acertados. Llaman a la buganvilla santarrita, y este último nombre me parece bello, cargado de sugerencias. En algunas partes del norte del Perú y de Ecuador le llaman papelillo, por la fina textura de sus pétalos al secarse. En mi opinión, santarrita es un nombre mucho más hermoso. Pero el nombre de chivato es imperdonable, como lo es en Perú el de chupajeringas aplicado a la libélula. ¿Qué extraños mecanismos mentales nos hacen pervertir los nombres de esta manera? ¿Qué tiene que ver este árbol sombrilla, esta leguminosa esbelta, de flores encendidas y copa extensa y plana, con el chivo pequeño y con sus connotaciones morales de delator y bellaco? Es cierto que es un árbol que no da frutos comestibles, pero nos da dos cosas fundamentales: la belleza de sus flores en diciembre y la generosa sombra de su extendida copa. Los jacarandás —407→ alfombran nuestras calles con pétalos caídos y los jazmines comienzan a florecer. Hay momentos en los que la respiración se hace difícil con tan intensos aromas. Asunción es una ciudad decorada de flores y también una ciudad cargada de aromas, una ciudad jardín en un bosque de mangos, jacarandás, lapachos, santarritas y flamboyanes. Vista desde las alturas, la ciudad desaparece en medio del bosque, y sólo los modernos rascacielos del centro elevan con insolencia su estatura de cemento y hierro como una blasfemia lanzada al viento. Son cada vez más frecuentes las blasfemias en esta ciudad, sin embargo, y ha de llegar el día en el que, junto a los arroyos, hoy convertidos en vertederos de desperdicios malolientes, desaparezcan o se degraden los bosques, los jardines, las praderas y el humilde pasto que las alfombra. Y desaparecerán los helechos, las margaritas y hasta las orquídeas que se aferran a los troncos de los árboles más hermosos para entregarnos, entre la borrachera del verde, un exquisito toque de color, sutil y discreto. Y, cuando esto ocurra, Asunción será para siempre la moderna ciudad con la que todos soñamos, asfaltada y limpia, calcinada bajo los rayos de un sol inmisericorde y transitada por insectos amaestrados que, en sus cómodos automóviles, irán de su casa al trabajo y de su trabajo a casa, cada día, todos los días de todos los años de su vida.
Fue la noche anterior a nuestra partida. Teníamos el matalotaje preparado, los caballos listos y el ánimo dispuesto para la marcha. Eusebio y yo salimos despacio, bajamos las escaleras y, sin levantar el menor ruido, salimos al amplio patio de los talleres en los que trabajaban los carpinteros y los herreros de la misión. Los fustes de las columnas que lo rodeaban parecían soldados en la noche, vigilantes. La luna estaba en cuarto creciente, y todas las estrellas sobre nuestras cabezas. Era una noche hermosa y fresca. Se estaba —408→ bien al aire libre. Más allá de un estrecho ventanuco brillaban las herraduras colgadas en la pared, reflejando un rayo de luna. Se respiraba a gusto, y aspiré el aire puro llenándome los pulmones. Atravesamos el patio y, por una pequeña puerta de una sola hoja, salimos a la plaza. La atravesamos corriendo, casi agachados, como si escapáramos de un enemigo al acecho. No había un alma. No se veía un hombre, una mujer, nada. Todos los indios estaban dormidos. Ni una luz en las cabañas. La misión parecía un pueblo muerto y abandonado. Miramos a las ventanas de las habitaciones de los curas. Tampoco. Seguimos avanzando, pegados ahora a las paredes de las casas. No sé bien cuántas calles recorrimos, pero debieron de ser muchas. El pueblo era extenso y muy bien trazado. Eusebio guiaba, y yo me dejaba guiar. Al fin nos detuvimos frente a la puerta de una de las cabañas, ya casi a la salida del pueblo. Eusebio golpeó ligeramente la puerta con sus nudillos, y esperamos. Al cabo de unos pocos segundos, la puerta se abrió y asomó la cabeza de un hombre alto y, a primera vista, bastante mayor.
-Pasen -nos dijo en guaraní.
Entramos. La única pieza de la casa estaba a oscuras, y yo sólo veía bultos entre tinieblas. No era grande, y el techo era bastante bajo y a dos aguas. Una pequeña luna en cuarto creciente se asomaba por un ventanuco pegado al techo. Aquella era la única luz en la estancia. Notaba ruidos y movimientos, pero no podía saber si eran hechos por cristianos. Aunque no sabía a quién me dirigía, saludé.
-Buenas noches -dije.
-Buenas noches -me respondieron varias voces a la vez, todas de hombres.
—409→Me pareció que había, al menos, cinco, pero quizá fueran más. No lo sé. Los bultos que vi (o que adiviné mientras estuve en aquella pieza) correspondían a unas seis o siete personas, pero dos o tres de ellas bien podían ser mujeres. También podía haber otros bultos echados en el suelo, descansando. Los que pude contar correspondían a personas sentadas. Eusebio me invitó a sentarme en el suelo y él hizo lo mismo. El suelo era de tierra apisonada y fresca. Era aquella una posición incómoda, pero, en las circunstancias en las que nos hallábamos, quizá no correspondiera otra. Me senté. Él también lo hizo. Después de tantos años, aún recuerdo que sentía temor. Algo me decía que todo aquello podía salir mal o que podía tratarse de una emboscada. Palpé mis pistolas, aun sabiendo que, en aquella oscuridad, serían inútiles.
-¿Vuesa merced quiere conocer la verdadera historia de Nicolás primero? -dijo en perfecto castellano una voz que no parecía de indio.
-Así es -le respondí-, pero antes me gustaría saber con quién estoy hablando.
-Eso no importa -me dijo-. Bástele con saber que no soy de estas tierras y que he sido, durante algunos años, muy allegado a aquel a quien los indios llaman mburuvichá.
-Nicolás primero...
-Nicolás primero, en efecto. La encarnación de un sueño de libertad.
-O de locura -agregué.
-¿Y qué sueño de libertad está exento de locura? El mburuvichá no es un jesuita, ni un indio, como se ha dicho por ahí, ni un español renegado, ni un alemán, inglés, o negro. El mburuvichá no es un hombre, sino un ideal. El mburuvichá es un sueño.
-¿Y cómo ha podido vuesa merced estar tan cerca de un sueño?
—410→-Porque yo mismo lo he soñado -me respondió-. Yo lo creé. Yo vine a este país hace más de diez años escapando del mío y de la pobreza. Híceme en éste comerciante y, al cabo de poco tiempo, era ya un hombre rico y respetable en la ciudad de Buenos Aires. Tenía casa y mujer, fortuna y futuro asegurados. Confieso que mi fortuna procedía del contrabando y que no abandoné éste durante mucho tiempo. También confieso que, más provecho que yo, sacaban del oficio algunas autoridades respetables que venían de España con cargos y títulos bajo los que se hallaban a buen recaudo. No diré nombres, pero vuesa merced puede adivinar de quiénes estoy hablando con sólo pasear por Buenos Aires y ver a quiénes pertenecen sus palacetes. Estoy más que seguro de que vuesa merced está informado de la importancia que para todos ellos tuvo siempre Colonia Sacramento, ciudad que fue objeto de aquel tratado que tantas protestas y rebeliones provocara. Ha de saber vuesa merced que los hombres a los que me refiero, que son importantes, y otros de los que nada diré, por hallarme ahora bajo su protección, fueron los más afectados por el dichoso tratado y que, de inmediato, pusieron manos a la obra para estorbarlo. Hallaron, para su fortuna, un ánimo igualmente dispuesto en los padres de la Compañía, que, en estos parajes dejados de la mano de Dios, hacen la buena obra cristiana que vuesa merced conoce y ha visto y no pocos negocios con la yerba y otros productos que cultivan los indios. A ninguno de ellos favorecían los términos del tratado, y todos vieron como cosa de justicia el poner dificultades a su cumplimiento.
-¿También los padres de la Compañía? -le pregunté.
-También -me respondió.
-Pero no me está diciendo vuesa merced nada que yo no conozca desde hace tiempo. Sepa -añadí- que estoy al tanto desde España de cuanto aquí ha venido tramándose y que en la casa del señor Marqués de la Ensenada fui testigo...
—411→-Testigo de nada -me retrucó-. Sólo escuchó una conversación.
-Testigo de una conversación que entonces no entendí y que ahora comienza a tener sentido para mí.
-Testigo de nada, le repito. Aquella conversación no le da derecho a decir que fue testigo de algo importante. Vuesa merced escuchó las voces del miedo, no las de la furia.
-¿A qué se refiere?
-A que sólo escuchó a quienes temían perder en sus negocios, no a quienes estaban furiosos porque se sentían burlados y que estaban dispuestos a todo. La historia la escriben los últimos. El jesuita al que vuesa merced escuchó estaba lleno de miedo.
-No sé -le respondí con cierto acaloramiento- quiénes escriben la historia, ni me importa. Sólo sé que a veces los intereses son más eficaces para mover los ánimos que los más nobles ideales de libertad y de justicia.
-Es un punto de vista.
-Mi punto de vista.
-Pues el mío, señor caballero, es que la política española en Indias ha creado en los últimos años muchísimo malestar, que ya no hay quien esté contento con lo que tiene, y el rey y sus ministros no parecen querer aflojar en ello. ¿Cree, acaso, vuesa merced que quienes se arriesgan en el contrabando de mercaderías inglesas no estarían más contentos si pudieran ganar lo mismo y hasta menos sin verse obligados a ello? El contrabando, como otros tantos de los llamados delitos, no nace de una inclinación natural del hombre al crimen, sino de una necesidad de supervivencia. Y éste fue mi caso, como fue el caso de tantos como, en una u otra forma, viéronse obligados a arriesgar vida y honra para mantenerse.
-¿Quiere decir vuesa merced que fueron los comerciantes y contrabandistas quienes apoyaron a Nicolás cuando éste se levantó? -le pregunté.
—412→-Vuesa merced ha leído seguramente el libelo que corre por ahí. A buen entendedor pocas palabras bastan. Observe vuesa merced que la rebelión se inicia, según el libelo, en la isla de San Gabriel. Claro que nada de lo que en él se dice es cierto, pero cuanto en él se dice es una realidad que yo conozco muy bien. Me explico. No es cierto que haya existido el tal Nicolás que vuesa merced busca, pero sí son ciertas las razones de su existencia. Que es esto lo que nosotros esperamos que a vuesa merced le quede en claro.
-¿Y quiénes son los que eso esperan?
-Los que vuesa merced quiera imaginar, que no he de ser yo quien desmienta que en las guerras guaraníes han participado tantos blancos como indios y, a veces, casi tantos curas como seglares, que los ha habido de muchas naciones y de toda condición y todos unidos en la defensa de sus intereses, que, al fin y al cabo, es lo que les movió desde un inicio.
-Está haciendo vuesa merced una acusación muy seria.
-Tómela el señor caballero como de quien viene, que, si pregunta a estos indios que me acompañan qué les dijeron los curas que respondieran a los españoles que venían con los ejércitos, ellos podrán decírselo de pe a pa.
-¿No son acaso estos indios de la Misión de San Carlos?
-Son de las misiones del otro lado del río, de los siete pueblos. Muchos indios y no indios se han refugiado en las misiones de este lado y en algunas ciudades y otros se han desperdigado en grupos numerosos que ahora recorren la selva buscando comida como los salvajes. Hay quienes los confunden con grupos de mocobíes y de tapes.
-¿Y a quién pregunto?
-Pregunte vuesa merced a Pedro Taipeyú25, aquí presente -y me señaló un bulto que se acurrucaba a su lado-. Todos ellos son refugiados, gente que ha huido de las misiones.
—413→-Preguntaré -dije, y me dirigí al bulto que adivinaba entre las sombras-. ¿Qué les dijeron los padres que respondieran a los españoles?
-Nos dijeron que preguntáramos qué buscabais en nuestras tierras entrando contra nuestra voluntad, que todas estas tierras tienen dueños, que somos los indios, que vosotros le quitasteis cuanto tenía, oro y plata, muchas casas y mujeres, a nuestro padre el Inca, que vivía en la tierra sin mal, que vuestra codicia es muy grande y que los padres son buenos y sólo se ocupan de darnos los sacramentos y de explicarnos lo que Dios dice por todas partes. También nos dijeron que os dijéramos que sois enemigos de los padres y que, como tenéis mala intención, no os vamos a creer -Taipeyú hablaba un castellano bastante aceptable.
-¿Conociste a Nicolás? -le pregunté.
-Sólo a uno de la Concepción que fue mburuvichá en la guerra con ese nombre.
-¿Él es el rey?
-Para la guerra no más.
-¿Sois realmente dueños de las tierras?
-Sólo de las que los padres nos reservan en el abambaé.
-¿Y luchasteis por ellas?
-Sí, que, aunque son pocas, son nuestras, y los padres nos dijeron que vosotros habríais de quitárnoslas para dárselas a los portugueses y que lucháramos.
-Y este Nicolás Ñeenguirú fue vuestro mburuvichá. ¿Cómo lo elegisteis?
-Los padres nos lo dijeron.
-No han ganado mucho con ello -volvió a retomar su palabra mi interlocutor del comienzo-. Tampoco quienes los acompañamos, que hasta hubo extranjeros que se unieron al ejército de Nicolás.
-Vuesa merced entre ellos...
—414→-Yo no soy extranjero, don Millán. Yo soy tan español como vuesa merced, aunque haya nacido muy lejos de España.
-¿En Indias?
-No.
-Un español traidor a su rey.
-No es mi rey, que, siendo español, no soy súbdito de la corona española. No me importa lo que vuesa merced pueda decir de mí, ni lo que pueda pensar. Yo he luchado por lo que creo que es justo y he perdido. No se ensañe vuesa merced con mi desgracia.
Ésta fue, más o menos, la conversación que mantuvimos aquella noche, y no pude adivinar en la oscuridad los rasgos de aquel español renegado que bien podía haber sido el Nicolás del que hablaba aquella novelita que había leído en Asunción. Quedé, no obstante, convencido de que Nicolás, como rey, jamás había existido y de que todo aquello había sido una invención de alguien interesado en crear el caos en tan vasta como apartada región. ¿Pero quién? Mientras volvíamos hacia la casa de los padres protegiéndonos en la oscuridad de las calles pensaba en ello. ¿Quién pudo haber escrito, y con qué intención, aquella obrilla? ¿Era necesario, por otra parte, que viajara hasta la Candelaria para enterarme de lo que, gracias a los inestimables y buenos oficios de Eusebio, me acababa de enterar? De nuevo me volvía a la mente la imagen de aquel grotesco Nicolás que habíamos visto cerca de los esteros de Yverá, sentado en su trono, semidesnudo y gordo, lampiño y lechoso como una criatura de teta, una guagua. ¿Lo había visto o sólo había sido una alucinación? Pero, si había sido una alucinación provocada por el viaje y los perversos humores emanados de los pantanos, ¿cómo era posible que también Eusebio la hubiera sufrido? ¿Qué misterios escondían aquellas selvas en las que los caballos y las vacas cimarronas parecían vivir tan a sus anchas y donde abundaban las —415→ especies de los animales más dañinos y terroríficos y de las plantas más venenosas? Volvimos a entrar en la casa con el mismo sigilo con el que salimos hacia nuestra entrevista secreta. Cuando llegué a mi pieza, encendí un cigarro con el fuego del candelabro que tenía dispuesto sobre la mesa de trabajo, aspiré varias bocanadas de humo y me puse a redactar la parte del informe que correspondía a aquella jornada. Tenía ya datos suficientes para remitir al señor virrey y satisfacer su curiosidad. Calculaba, además, que, tras la participación del señor Marqués de Valdelirios en este asunto, el Conde de Superunda debía de estar al margen de cuanto sucedía en una parte tan alejada de su territorio de gobierno. No obstante, procuré hacerlo con extremo cuidado y meticulosidad, como correspondía a mi condición de oficial al servicio de su excelencia, poniendo, además, todo mi empeño en que mi estilo fuese claro y, al mismo tiempo, elegante. Terminé de redactar el documento como a las tres de la mañana y, a esa hora, me acosté. Al poco de haberme arrojado en la cama, me quedé dormido. Mi sueño fue profundo y pesado, y no recuerdo que viniera a interrumpirlo aquella noche ninguna pesadilla.
Apenas amanecía cuando alguien tocó la puerta para despertarme. Era Eusebio. Los ligeros golpes de sus rústicos dedos sobre la ancha hoja de madera retumbaron en mi cabeza como campanadas a media noche. Me desperté de golpe. Los párpados me pesaban. Me incorporé, abrí la puerta para que entrara el baqueano, cumplí con mis abluciones matinales, me vestí, y ambos salimos al pasillo. Bajamos al comedor. Los curas nos esperaban para el desayuno. Nos saludamos y nos sentamos. Al cabo, entró la india trayendo dos grandes tazones de leche, pastas endulzadas con almíbar y unos platos con mandioca cocida, de la que los curas disfrutaban como si de la mejor golosina se tratara.
—416→-Hoy es -dijo con cierta solemnidad el padre Quintana mientras se acercaba la taza de leche a la boca- la postrer jornada de su viaje a San Carlos y ya no tendremos el placer de gozar de su compañía -tomó un sorbo y continuó-. Les aseguro que la hemos disfrutado, y nos gustaría que se llevaran la mejor impresión de la nuestra, especialmente vuesa merced, señor caballero, que habrá de hablar de ella en la corte del virrey.
-Le aseguro a vuesa paternidad que nos la llevamos -le respondí en el mismo tono cortés con el que nos había hablado-. Si de sabios tienen fama los padres de la Compañía, no menos justa es, a mi entender, la que los apellida de hospitalarios y generosos.
-En estas soledades -tomó entonces la palabra el padre Guinet-, la hospitalidad es virtud cristiana y de mucho mérito, que aquel a quien se ofrece hospitalidad puede llegar a ser, como vuesa merced sabrá seguramente por los casos de los que haya podido escuchar alguna noticia particular y curiosa, ladrón de honras y de haciendas, cuando no asesino, que no ha mucho, en una estancia cercana que dista apenas unas pocas leguas por el oeste, unos viajeros que fueron tan bien atendidos como se puede imaginar sembraron la muerte entre sus habitantes. Dícese que fueron dos y muy bien plantados y que los dueños de aquella estancia salvaron el pellejo de milagro.
-Grandes riesgos son los que toman muchos hombres para hacer su fortuna -tomé yo de nuevo la palabra-, que en estas soledades lo que más abunda es el peligro.
-Ciertamente -respondió el padre Quintana-, y así entenderá vuesa merced que no se vean aquí las cosas como en España, ni aun como en la Ciudad de los Reyes del Perú, que es donde su excelencia el señor virrey despacha con toda comodidad asuntos que no son tan cómodos cuando deben ser solucionados in situ.
-Tiene el señor virrey por norma el hacerlo in situ, siempre y cuando el tiempo y sus muchas ocupaciones se lo permiten -le respondí.
—417→A partir de ahí la conversación se desvió hacia temas más banales y, tal vez, más interesantes. Hablamos de todo un poco, como suele decirse: de las novedades de la corte, de los ingenios del pasado, de los literatos del presente, del virrey y de las costumbres limeñas, de la ciudad de Asunción, de las órdenes religiosas, de las mujeres y de las costumbres libertinas de los franceses. Al fin terminamos hablando de los filósofos y de las, según los padres, perversas ideas que estaban difundiendo en Europa. Tan alejados y tan bien informados, recuerdo que pensé en ese momento. Eusebio nos miraba de hito en hito, porque ninguno de los temas que tratábamos en su presencia tenían poco ni mucho que ver con lo que para él era la vida, la vida verdadera: el río, el bosque, la pradera, los esteros, las fieras, los animales, los cultivos, las mujeres y cuanto ellas le habían dado hasta el momento, que, a su decir (y presumir), no era tan poco, aunque, como señalaba con mucha gracia, mucho más se merecía.
-Ha de saber vuesa merced -me dijo el mismo día en que salimos de viaje- que en estos pagos ningún gallo canta cuando canta el Eusebio, su servidor.
De ambas cosas estaba seguro: de que era un servidor fiel y entregado y de que, en aquellos pagos, como él decía, el gallo que cantaba más fuerte se llamaba Eusebio.
-Y es que ha de saber vuesa merced, por si le interesa -continuó entonces-, que las mujeres de estas tierras conocen bien quién pisa fuerte, dónde y cuándo y que no precisan de mucha ciencia ni de ergotismos de castrados para saberlo, pues les basta con una mirada para adivinar de qué pie cojea cada quisque.
—418→De estas cosas también sabía mucho Eusebio. Le bastaba con echar una mirada a una mujer para adivinar sus deseos, que en el mismo San Carlos corrió, mientras yo anduve enfermo -y aun estando sano-, alguna aventura que, de haberse hecho pública, nos habría podido costar un buen disgusto; pero de aquel galimatías cortesano que desarrollaron los curas en mi presencia no entendió absolutamente nada.
-Mucho me temo -pontificaba en la última parte de nuestra conversación el padre Guinet, mientras yo no veía las horas de que aquella velada llegara a su fin- que la doctrina de estos filósofos derive en tiranía, que, si se han de sacrificar al supremo bien del pueblo los valores todos, habrá de sacrificarse hasta el libre albedrío del que los hombres hemos sido dotados por Dios nuestro señor para diferenciarnos de las bestias. Y en este punto yo vuelvo a descubrir que la única garante de nuestra libertad es la Santa Madre Iglesia y que, fuera de ella o en frente y contra ella, como ahora se ha puesto de moda el colocarse entre los que se titulan filósofos en Francia y otros reinos europeos infestados de herejía, no puede haber sino tiranía y crueldad, desdicha y muerte. Temo que estas ideas inficionen las mentes de los hombres más generosos y honrados y que se propaguen de tal modo que lleguen hasta la corte de Madrid, que ahora se dice ilustrada y está cada día más y peor influida por quienes tales ideas sostienen en sus escritos. También temo que lo que aquí señalo sea la causa de cuanto a la fecha está padeciendo la Compañía y quienes con ella trabajamos por la salvación del mundo y la extensión de la verdad en los más apartados lugares de la tierra.
La última parte tenía visos de discurso político. El padre Guinet hacía extrañas inflexiones de voz para enfatizar algunas partes del mismo, y el padre Quintana movía entonces su cabeza con gesto de afirmación de arriba abajo. Yo no estaba en disposición de contradecir —419→ lo que los curas decían y me limitaba a afirmar en voz baja y con monosílabos cuanto escuchaba como si de todo aquello estuviera plenamente convencido, tan convencido como ellos mismos.
-Aquí han hecho mucho daño -continuaba diciendo el coadjutor- algunas lecturas y no pocos hombres de los que se dicen ilustrados, que, si bien no hay universidad en todo el territorio hasta Córdoba, los vecinos de Asunción se las ingenian para obtener, no se sabe bien cómo ni por qué medios, algunos libros que, mal leídos y a destiempo, hanse convertido en veneno para sus almas. Y, así, hallamos hombres que han sostenido en el pasado reciente doctrinas que contradicen en todo los deberes que el cristiano tiene para con su iglesia y todo buen español para con su rey. Busque vuesa merced los rescoldos que aquellas hogueras de subversión dejaron en Paraguay en el incendio de los comuneros y hallará que son muchos los que hoy siguen teniendo el ánimo dispuesto contra las legítimas autoridades españolas. De estas hogueras de que le hablo ninguna ardió en las misiones de la Compañía, aunque yo no puedo poner la mano en el fuego por las que las órdenes religiosas han administrado a su manera y con el apoyo de las autoridades de Asunción.
-Refiérese vuesa paternidad a las misiones de los franciscanos, según creo.
-Me refiero a ellas, en efecto.
-¿Y de qué las acusa, si puede saberse?
-De haber atentado en su tiempo contra principios de orden y de autoridad.
-Juzga vuesa paternidad a muchos por la acción de unos pocos, que tengo entendido que no fueron todos los frailes los levantiscos y que quienes se levantaron, más que contra la autoridad del rey, hiciéronlo contra la venalidad de algunos de sus representantes y no pocos de sus beneficiados.
—420→-Piense vuesa merced como quiera, pero convenga conmigo en que, si en el tiempo del que hablamos, que diera ocasión a tamaña rebeldía, fueron nuestros mayores quienes con más ahínco defendieron la causa de su majestad, no tenemos por qué ser hoy en día sus hijos los rebeldes, que jamás ha de encontrar la corona más entregados ni mejores súbditos que los hijos de Loyola, y esto podrán asegurárselo cuantos indios quiera vuesa merced entrevistar en nuestra presencia o fuera de ella.
-No tengo, por el momento, ninguna intención de hacerlo.
Y ahí terminó finalmente nuestra conversación aquella mañana: mordiéndose la cola como la mítica serpiente representada en el uroboros26 de los alquimistas y otros estudiosos de ciencias ocultas. Había comenzado, tras los saludos y gentilezas mutuas, centrándose en el asunto que me había traído hasta su misión y que yo consideraba el principal y, desviada durante algún tiempo por caminos empinados, tuertos y desconocidos, acababa de regresar al cauce del que jamás debía haber salido. Y es que las palabras son imprevisibles y fatales en ocasiones. No sólo significan lo que creemos que significan. Ellas tienen también el poder de convocar recuerdos, imágenes y nuevas palabras, que a su vez convocan nuevos recuerdos, imágenes y palabras. Y, así, las conversaciones se desvían una y otra vez de su camino, cambian de rumbo y vuelven, de manera natural y sin que los interlocutores pongan voluntad consciente en ello, al cauce primero del que se habían desviado. Así había ocurrido aquella mañana, y el coadjutor dijo en los últimos minutos de nuestra estancia en la misión mucho más de lo que había callado a lo largo de todos los días anteriores. Estaba claro que la doctrina que invocaba era un pretexto y que pretextos eran también las alusiones a los comuneros y a los sucesos de unos años antes en Asunción. Era evidente que, acusando —421→ a otros, pensaba que mi atención habría de desviarse y que, de esta manera, quedaría plenamente convencido de la inocencia de los santos padres de la Compañía, hijos del capitán don Íñigo López de Recalde, el mayor campeón de la cristiandad ortodoxa en el pervertido palenque de este mundo.
Salimos de la casa. Nuestros caballos ya estaban listos para la partida, y nuestras petacas de cuero colgaban de las acémilas que, a cambio de las dos caballerías de repuesto, habíannos trocado los padres. Habíamosles entregado las señas en las que podrían hallarnos durante los próximos días, pero, al salir, yo ya no tenía intención alguna de llegarme hasta la Candelaria para hablar con el padre superior de las misiones. Tenía formada una idea bastante completa de cuanto había sucedido, si no en detalle (lo que no me interesaba tanto), sí en lo referente al papel que los padres misioneros de la Compañía habían representado en aquella comedia de equivocaciones. Era una comedia de enredo, más que una de capa y espada, aunque también esta última llegara a desenvainarse en el momento menos conveniente y más inoportuno para todos. Los curas de la misión habían dispuesto que una escolta de cuatro indios bien armados nos acompañara hasta los límites del territorio de San Carlos. Los cuatro eran altos, fuertes, cetrinos y mal encarados, y, en todo ese trayecto, pese a que lo intenté muchísimas veces, ni una sola palabra pude sonsacarles. Tal era su mutismo. Tal era su cerrazón. Cada vez que les preguntaba algo, antes de verterlo al idioma guaraní, Eusebio se reía por los bajines, como burlándose de mi ingenuidad.
-Éstos no han de decir nada, aunque los mate vuesa merced -me decía-. Deje que vuelvan a San Carlos, que es el lugar en el que merecen vivir.
—422→Tal vez por ser mestizo, Eusebio tenía en muy poco lo que los curas empeñábanse en motejar de panacea y hasta de utopía, que esta palabra habíanla tomado en préstamo, no de Platón, en el que decían, en ocasiones, inspirarse, sino de Moro, cuya obra yo había conocido de joven en una versión castellana del inmortal Quevedo. Para Eusebio los indios de las misiones eran como borregos que andaban sólo por los caminos que los curas les trazaban y carecían de lo que él, como baqueano y hombre nómada que vivía a caballo, valoraba por encima de todas las cosas: la libertad. Pertenecía Eusebio a esa raza de hombres para quienes las normas y convenciones eran trampas mortales en las que no desean caer y que, por lo mismo, rehúyen. Tenía el instinto de las fieras del monte y le gustaba sentir el viento en la cara al cabalgar. Sabía perfectamente que, si los dueños y patrones de las jaulas proporcionan a quien está en ellas encerrado el sustento cotidiano para mantenerlo con vida, la vida no merece llamarse tal si nos falta aire para respirar y espacio para movernos por donde nos dé nuestra real gana. «Real gana», solía decir, «es gana de reyes, y, si a mí me da la real gana de hacer lo que se me antoja sin perjudicar a nadie, en ese momento yo soy un rey, y no hay rey en el mundo ni mburuvichá en el Paraguay que me lo pueda negar, cheraá». Por eso no veía con buenos ojos a aquellos hombres que no tenían -ni conocían- la real gana que él sí tenía y conocía y de la que hacía uso a cada rato. Y aún veía con ojos más terribles a quienes, bajo el pretexto de adoctrinarlos, habíanlos domesticado de tal manera que los hacían bailar a su ritmo y antojo y los hacían trabajar en su provecho.
-Esto no es vida, don Millán -me decía, mientras aún estábamos en la misión-, que mejor he vivido yo toda mi vida sin un corrusco de pan que llevarme a la boca, pero con la selva entera —423→ para mí solo, que estos pobres infelices que no levantan la cabeza del suelo sino cuando el sol ha terminado de ponerse en el horizonte y, entonces, con el permiso de los reverendos padres.
Recordábanme las palabras de Eusebio una fábula de Fedro que tradujera del latín siendo aún estudiante en el colegio de los jesuitas de Logroño. Tratábase de un infeliz lobo hambriento de las montañas y de un perro, guardián de una granja, lustroso y bien comido. Eusebio era el lobo que se negaba a cambiar su libertad por la seguridad del sustento cotidiano. Quienes nos acompañaron aquella mañana hasta los límites de la misión eran como perros guardianes, con sus escopetas al hombro, vigilantes y desconfiados. Jamás nos miraron de frente e iban dos delante y dos detrás de nosotros, como si nos temieran y vigilaran. Confieso que, en otro momento y circunstancias diferentes, habríamos tenido motivos suficientes para temer. El hecho de que fueran indios de la misión, sin embargo, parecía garantizar nuestra seguridad, y Eusebio y yo nos pusimos en sus manos sin temer que nos hicieran lo que Buenaventura el Guapo y sus familiares habían pretendido hacernos antes. Estos indios no hablaban nada y, cuando al fin llegamos todos al punto en el que tenían que abandonarnos, bastoles un gesto del que parecía tener alguna autoridad sobre ellos y que iba adelante de todos para detenerse en seco, darse por despedidos y desearnos suerte, que es lo menos que puede desearse a los viajeros en semejante trance y en semejantes parajes. Eusebio y yo continuamos solos, y, cuando ya calculamos que nuestros guardianes habíanse perdido de nuestra vista, giramos la dirección de nuestras monturas y cabalgamos hacia el oeste. Teníamos muy presente que nos resultaba inevitable volver a atravesar el territorio de la misión y queríamos hacerlo sin que los indios notaran nuestra presencia; así que cabalgamos aquel día hasta la hora de la siesta, nos detuvimos —424→ en un paraje que nos pareció a propósito, dispusimos lo mejor posible nuestra colación y nos echamos a dormir hasta la noche en las hamacas que habíamos tensado entre unos troncos de guayacán. Llegada la noche, volvimos a tomar el camino del oeste con la esperanza de atravesar en una sola jornada los campos de la misión.
Confieso que yo no estoy acostumbrado a cabalgar de noche y que aún estoy menos a hacerlo en territorios desconocidos, pero lo hacíamos despacio y con cuidado, y yo no me separaba ni media vara del caballo de mi compañero. De noche todas las cosas son diferentes: árboles y matorrales pueden convertirse en seres fantasmagóricos a los ojos de los timoratos, y los ruidos más sencillos, los más leves sonidos, aquellos que son prácticamente inaudibles de día o que se confunden con otros muchos, más fuertes y repetidos, cobran en las tinieblas de la noche una densidad y un sentido de realidad tan grandes que pueden llegar a confundirnos y a llenarnos el corazón de terror. Aún recuerdo un viaje que hiciera, siendo oficial al servicio del virrey Conde de Superunda, de Lima a Chancay, pequeña población de la costa peruana a la que se llega atravesando un arenal y una duna gigantesca que se desbarranca hacia el mar en un paraje llamado Pasamayo, cerca de Ancón, puerto de pescadores. Había aquella noche una luna legañosa y débil, una luna pálida apenas velada por la neblina, y cabalgaba con unos arrieros muy baqueanos que hacían esa misma ruta con regularidad. Yo conocía bien la ruta y habíala hecho varias veces a plena luz del sol, si bien el paso de aquella duna al borde mismo de un precipicio que da al mar nunca me pareció recomendable. Era en verdad un paso difícil, y, a veces, los caballos encontraban dificultades para hundir con firmeza sus pies en la arena y, con frecuencia, se resbalaban. Era entonces necesario que el jinete descabalgara y, llevando a su caballería de la brida, salvara prudentemente —425→ aquellos malos pasos. Pero no era esto lo que me atemorizaba aquella noche, pues ya me había acostumbrado y conocía su dificultad, sino las sombras que la duna proyectaba en cada recodo del camino y el silbido del viento. Tiene esta duna no menos de tres leguas, que se hacen aún más largas por lo penoso del pasaje. Aquella noche había, además, miles de luciérnagas que brillaban misteriosamente en la oscuridad y que parecían salidas de las profundidades del infierno (o de la nada). Así fue también la noche en la que Eusebio y yo atravesamos los campos de la misión para volver a nuestros pagos. En el cielo, la luna se ocultaba una y otra vez detrás de unas nubes densas y negras que cruzaban su débil resplandor como cuchillos y lo apagaban. Extraños silbidos y pisadas se escuchaban por doquier y las aves nocturnas revoloteaban sobre nuestras cabezas. Los caballos estaban nerviosos, pero seguíamos avanzando con paso lento y seguro. A esa hora, todos dormían en la misión, y los campos de cultivo estaban completamente vacíos con sus surcos ordenados en hileras perfectas. En los bosques de yerbales que atravesamos las hojas se movían al ritmo de un vientecillo intermitente que refrescaba nuestros cuerpos y nos hacía sentir el rigor de la intemperie. Casi a punto de amanecer, salimos de aquellos bosques y tomamos el camino primero que nos había traído a la misión desde la estancia de Leandro Pampliega. A nuestras espaldas perfilábase en la lejanía una línea de suave luz que anunciaba la aurora. En una o dos horas más estaríamos fuera de los dominios de la Compañía.
Pocas horas del día son tan amables en estas latitudes como las primeras horas de la mañana. En ellas todo es limpio, puro y fresco: la luz, el aire y la sensación de paz que nos invade ante el milagro que a diario se repite. Cada vez que el sol renace e inicia de nuevo su derrota hacia la muerte, volvemos a sentirnos vivos y con —426→ fuerzas, y así el día y la noche dividen nuestras vidas en un continuo morir y renacer que se asemeja a la muerte y resurrección del viejo astro en el cielo, nuestro verdadero padre.
La aurora iba tiñendo de rojo la mañana, y los pajarillos, al despertar, la llenaban de trinos y de belleza. Hacía frío, y me arrebujé en mi capa. Eusebio se terció el poncho. Llevaba puesto el sombrero a la pedrada y, perfilado contra las claridades del alba, tenía el aspecto del jinete salvaje de las estepas que yo imaginaba de niño cuando soñaba con viajes de aventuras y con conquistas en territorios lejanos. A medida que clareaba, empujados por el entusiasmo del renacimiento del día, espoleamos nuestros caballos y pasamos del trote lento de la noche al galope en los prados, que se abrían, inmensos, hacia el oeste. Estábamos ya casi fuera del territorio de los curas, cuando vimos a lo lejos un jinete que nos venía siguiendo. Frenamos nuestros caballos por averiguar de quién se trataba, Eusebio preparó la escopeta que llevaba consigo y yo acerqué mi mano derecha a uno de los pistolones. Esperamos. El jinete montaba un bayo de pequeña alzada de galope parejo y trote cojitranco, un caballo raro. Se acercó al paso hasta donde estábamos. Parecía desarmado, pero cuando estuvo a unas cinco varas de distancia pudimos advertir que, sobre la cruz de su silla de montar, hacía descansar ambas manos sobre un trabuco de regulares proporciones. Apreté con fuerza la culata de mi pistola. Era un hombre de mediana estatura pero muy delgado, de piel cetrina y ojos negros y de mirar intenso. Rayaría los cuarenta y en su boca mellada le faltaban dos dientes. Llevaba barba de varios días, calzones de bayeta, camisa de lo mismo y una a manera de casaca de oficial que le daba un cierto aire estrafalario. Cubría su cabeza con un sombrero de paja de ala ancha y se le descolgaban unas guedejas lacias, sucias y negras que se le desparramaban por los hombros y se los pringaban.
—427→-Buenos días le dé Dios -lo saludamos casi al mismo tiempo Eusebio y yo.
-Buenos días también para vuesas mercedes -nos respondió.
-¿A dónde, si puede saberse? -le preguntó Eusebio.
-A las Corrientes -nos dijo, frenando finalmente su caballo- y, de ahí, a la ciudad de Asunción, que es mi destino final, si nada me lo impide.
-Y si Dios así lo dispone -le dijo Eusebio.
-Así es -le respondió.
Había algo en la voz de aquel viajero que me resultaba conocido, algo que me indicaba que la había escuchado en otra ocasión. No sé bien todavía si era el tono o el acento, el modo de pronunciar algunas consonantes o el de arrastrar algunas sílabas. Lo que me preocupaba era su afán de seguir apoyado con ambas manos en el trabuco que llevaba. Estaba ligeramente echado hacia atrás, como si esperara la ocasión para apuntarnos con él. Mis ojos estaban fijos en sus manos y seguían con atención cada uno de sus movimientos. Era un gesto de amenaza tanto o más que de la providencia que toma el viajero que inadvertidamente se ve rodeado de bandoleros en un camino abandonado. Veía que, como yo, Eusebio también estaba pendiente de los movimientos del extraño y que, de haber intentado alguna acción violenta, es más que probable que el viajero hubiera muerto antes de conseguirlo. Tan alerta nos hallábamos ante alguien a quien, en un primer momento, consideramos peligroso.
-¿Podría, con vuesa venia, unirme a la excursión, si no es molestia? -nos preguntó.
-Puede -le respondí yo-, mas díganos antes su nombre y lo que pretende hacer durante el viaje.
—428→-Mi nombre es Eliseo Falcón y no pretendo otra cosa que llegar a las Corrientes para ver si, desde allí, puedo, por río, remontar hasta Asunción, donde espero poner comercio de telas y mantenerme lo mejor que pueda con mi ingenio e industria. Llevo conmigo algunos caudales que pretendo salvar de la ambición de los ladrones, y éste es el motivo que me ha empujado a alcanzarlos, que tres viajeros hacen más bulto que uno solo y tengo el pálpito de que vuesas mercedes son de fiar.
-Mucho confía vuesa merced en quien no conoce -le dijo Eusebio.
-Los conozco bien a ambos, que de estudiarlos me he cuidado mientras han estado como huéspedes en la misión.
-¿Vivía en ella? -le pregunté.
-Así es, señor caballero, que en ella encontré refugio hace de esto más de un año y de ella no he salido hasta ahora. Vivía con unos indios tapes que en otros tiempos fueron mis camaradas y que, como yo, hallaron en la misión la protección que necesitaban.
-¿Quién es vuesa merced, si puede saberse? -volví a preguntarle.
-Le hablaré con toda sinceridad, señor caballero. ¿Recuerda vuesa merced que no hace ni veinticuatro horas alguien a quien el caballero motejó de traidor le respondió que no podía serlo porque, siendo español, no era súbdito de su majestad católica?
-También recuerdo que me dijo que era un español nacido muy lejos de España.
-Así es, que nací y me crié en la rica ciudad de Esmirna y, como tal, soy súbdito de la Sublime Puerta y sólo le debo obediencia al sultán, que se halla muy lejos para recibirla. Mas soy español y, como tal, dispuesto me he hallado y me sigo hallando a cumplir como súbdito fidelísimo de su majestad católica, siempre y cuando no se alcen frente a mis sinceras intenciones las murallas insalvables de la injusticia.
-Entonces, ¿vuesa merced es...?
—429→-Lo que el señor caballero está imaginando, que, de ser conocido de los familiares de la Inquisición, ha de valer bien poco mi vida, aunque bien sabe Dios que soy cristiano y muy cumplidor de mis deberes como tal.
-Cristiano nuevo -le respondí.
-Y con voluntad de serlo, que el converso es más sincero que el que mama de la teta de su madre una doctrina que se le impone por la ley y la costumbre.
-No son éstos asuntos que a mí me interesen ni me incumban, señor...
-Falcón.
-... señor Falcón, y espero sinceramente que salve vuesa merced su pellejo en estas tierras, si es que es éste el único delito que carga sobre su conciencia.
-No es el único, se lo aseguro -me respondió.
-Explíquese.
-Habrá advertido, don Millán, si me permite llamarle por su nombre, que yo soy el que anoche habló con vuesa merced sobre los asuntos que lo llevaron hasta la misión. No he sido jamás demasiado lerdo y creo reconocer en su persona a un espíritu liberal que prefiere a los prejuicios el honesto juicio de la razón. He supuesto, aunque tal vez haya supuesto mal, que vuesa merced ha venido hasta aquí desde tan lejos con una misión y que tal misión le ha sido encomendada por alguna autoridad política preocupada por el modo en que los hechos se desarrollaron en su momento. Si no estoy equivocado, vuesa merced viene de Lima para informar al virrey. Dígame si me equivoco y detenga mi discurso donde lo crea conveniente.
-Lo haré. Se lo aseguro. Continúe.
-Continúo, entonces. Saber si existió o no existió Nicolás o si todavía existe, como algunos creen, carece, en mi opinión, de importancia para vuesa merced. Díjele anoche que el mburuvichá era —430→ la encarnación de un sueño de libertad, y vuesa merced añadió que también lo era de locura. Cierto. La libertad y la locura están unidas. ¿No podríamos bajar del caballo y descansar?
-Lo haremos -le dije- cuando esté seguro de que hemos dejado atrás para siempre las tierras de la misión. Cabalgue a mi lado -añadí y espoleé mi caballo.
Eusebio y Eliseo Falcón también lo hicieron. El caballo de este último iba entre los nuestros, y Eusebio seguía sin perder ojo a ninguno de sus movimientos. Tampoco yo me descuidaba.
-¿En qué íbamos? -me preguntó.
-En ese galimatías de la libertad y la locura -le respondí.
-Bueno, pasemos adelante. ¿Recuerda que yo le dije que había inventado a Nicolás?
-Lo recuerdo.
-Yo lo inventé. Se me ocurrió una noche en Buenos Aires, mucho antes de que se dieran los sucesos que vuesa merced conoce. Acababan de llegar las noticias de Madrid y la ciudad entera estaba convulsionada. Cada quien pensaba que aquel tratado lo perjudicaba. El señor gobernador Anzoategui tenía intereses comerciales y no le convenía en absoluto que la situación cambiara un ápice. Estaba haciendo muy buenos negocios. Se lo aseguro. Tampoco a los jesuitas les convenía y por razones muy similares. Perdían siete pueblos grandes en los que tenían sus mejores plantaciones de yerba. Los pobres comerciantes como yo estábamos en una situación todavía más apurada. Los géneros que nos llegaban de España tarde, mal y nunca no podían competir con los que entraban de contrabando por Colonia, y era en éstos y no en los primeros en los que fundábamos las pocas ganancias que por entonces obteníamos.
—431→-¿Y cómo se le ocurrió a vuesa merced lo del mburuvichá? -le pregunté.
-Me explico. Como le dije, fue una noche en la que estaba desvelado. El sueño me había abandonado y yo daba vueltas y vueltas en la cama sin poder conciliarlo. Confieso que siempre he sido un hombre muy fantasioso y que, desde niño, me entregaba con toda libertad a imaginar las más absurdas aventuras en las partes más lejanas del planeta. Muchas veces me imaginaba que, en vez de ser el hijo de un pobre judío español en Esmirna, era un príncipe de Persia o un rajá de la India, país al que algunos de mis tíos habían emigrado antes de que yo naciera y del que nos llegaban las más fantásticas noticias sobre los grandes mogoles. Para información de vuesa merced, le diré que tengo numerosos familiares en Bombay y que son muy ricos. Alguna vez he pensado en emigrar a aquel país, pero siempre me ha detenido alguna cosa. Cuando nos llegaban las noticias de mis tíos de la India y las comentaba con mi padre y mi madre, yo las adornaba añadiendo elefantes a los elefantes que escoltaban a los rajás del país, brocados y sedas a sus princesas, oros y perlas a todos, y haciendo que las cosas banales y sin importancia parecieran extraordinarias. Así que aquella noche dejé suelta mi imaginación, como siempre lo hacía, y comencé a pensar en la posibilidad de un rey para estas tierras. Al comienzo el rey era yo mismo, un pobre converso despreciado y siempre en peligro de caer en manos del Santo Oficio, un marrano que llegaba a la categoría de rey y se vengaba de las terribles humillaciones que habían sufrido sus antepasados. Ha de saber vuesa merced que una imaginación semejante es propia de nuestra raza, que quien vive humillado sueña con aquella riqueza y aquel poder que puedan vengarlo y que no soy el primero, ni seré el último, que intente una aventura semejante. Si vuesa merced no ha oído hablar jamás del Duque de Tiberiades, sepa que este famoso gran señor no fue —432→ otra cosa que un soñador como yo mismo y que se codeó en su tiempo con el mismísimo rey Felipe II de España y fue el consejero favorito del sultán. Este Miguel Nessi, que así se llamaba, se atrevió a lo que yo jamás osé: a ser protagonista de sus sueños convertidos en realidad. Yo, simplemente, los inventé.
-¿Y cómo los inventó vuesa merced?
-Tenía por aquel entonces un amigo en Amsterdam, que, como sabrá el caballero, es una ciudad holandesa considerada hasta la fecha la Jerusalén del norte, donde muchos de los españoles perseguidos terminaron refugiándose y dominando gran parte de su comercio. En aquel tiempo, mi amigo Josué, que se había criado conmigo en las calles de Esmirna, gozaba de una buena posición y era muy considerado e influyente. Así que le escribí contándole lo que aquí sucedía y encargándole que publicara en la gaceta de aquella ciudad la noticia de que en Paraguay había un rey. Como Paraguay era, más que nada, conocido por los jesuitas, se me ocurrió que, si atribuía a los jesuitas la creación de un nuevo reino, el interés por lo que sucediera en Paraguay iba a crecer en Europa, como así fue en efecto. Sepa el caballero que hasta los más famosos filósofos de Francia se interesaron por cuanto ocurría aquí. Otro tanto ocurrió en Madrid, donde los padres jesuitas hubieron de defenderse de las acusaciones de sus enemigos y tratar, finalmente, de aprovechar aquellos rumores a su favor.
-¿Y quién escribió la novela que después corrió por todas partes y que yo he leído en Asunción?
-Eso sí que no lo sé, aunque sospecho que debió de ser alguien como yo mismo. De hecho, yo la habría escrito de haber tenido tiempo y ciencia suficientes para hacerlo.
-¿Un converso?
-No necesariamente, que no abundan en Indias.
-¿Entonces?
—433→-Un desesperado o un espía. Fíjese vuesa merced que quien ha escrito esa novela tanto parece conocer como no conocer estas tierras en absoluto y que se mueve en ocasiones por terrenos muy resbaladizos. Pienso que los nombres están mal puestos a propósito y que el haber nombrado a españoles con apellidos italianos en apariencia no es error sino intención de confundir.
-Los personajes de la novela que le digo no tenían apellidos italianos.
-Leyó vuesa merced la versión que corre en Indias y que trajo al Paraguay un cierto fraile dominico secuaz del famoso Mañalich, el gran enemigo de los curas de la Compañía.
-¿Y cómo se llama el secuaz del padre Mañalich al que vuesa merced se refiere?
-No lo sé. Sólo sé de él lo que se cuenta en todas partes. Se dice que es de la tierra y muy culto, que lee a los franceses y que es un espíritu liberal. Más de esto no sé nada.
-Sabe bastante, según sospecho -le dije, recordando a fray Alejandro y los paseos junto al río en los felices días de Asunción.
-¿Y vuesa merced lo conoce, don Millán? -le había tocado el turno de preguntar.
-Puede ser -le respondí-, puede ser. Quisiera hacerle una pregunta más, si no le resulta impertinente -añadí después de una pausa-. ¿Por qué lleva siempre las manos junto al trabuco?
-Porque no me gusta que me sorprendan -me respondió-, y en estas selvas nunca se sabe por cuál de los lados ha de llegar el enemigo.
-¿No se referirá vuesa merced a nosotros? -intervino Eusebio, al que no le había gustado absolutamente nada lo que acababa de decir nuestro nuevo compañero de viaje.
-No por cierto, que en vuesas mercedes confío plenamente, como espero que vuesas mercedes lleguen a confiar en mí con el tiempo, aunque por el momento comprendo que sea objeto de suspicacia.
—434→Habíamonos ya alejado lo suficiente del territorio jesuita y el sol estaba muy cerca de su cenit. El calor apretaba, y yo estaba cansado y con unas ganas enormes de dormir. Nos detuvimos junto a un arroyo de aguas claras y cantarinas que bajaban de una pequeña colina arbolada. Era un paraje espléndido, lleno de color y de flores silvestres. Tendimos las hamacas entre los árboles, comimos algo de la cecina que traíamos27 con nosotros y nos dispusimos a dormir. Eusebio se quedó de guardia mientras Eliseo Falcón y yo descansábamos. Yo me desperté cuando el sol estaba a punto de ocultarse, me acerqué a Eusebio, que se había sentado sobre un tronco caído y le dije que me tocaba ahora a mí el turno de hacer la guardia y que se podía ir a dormir. Aunque a regañadientes, me obedeció. Antes de tenderse en la hamaca, me hizo un gesto con la mano indicándome a nuestro nuevo compañero, que seguía durmiendo. Con su gesto, Eusebio quería decirme que me cuidara, que él, personalmente, no confiaba en lo absoluto en un marrano de Esmirna, que por algo los prudentísimos reyes españoles habían arrojado del reino a los de su raza. Con otro gesto de la mano, yo le respondí que no tenía de qué preocuparse, que me conocía muy bien y que sabía que no me descuidaba en cosas que interesan a la salud y a la vida. Parece increíble todo lo que uno puede decir con un solo gesto de la mano. Si nos hiciéramos expertos en ellos, nos ahorraríamos muchísimas palabras.
Se hacía de noche, y consideré prudente encender una fogata que nos protegiera tanto de los animales feroces como de los no menos fieros y salvajes mosquitos, que nos coman vivos y cuya picadura traspasa en ocasiones la ropa más gruesa. También teníamos que protegernos del frío de la noche, y yo, que tenía de nuevo hambre, quería comer algo caliente, por lo que saqué una pequeña olla de bronce que llevaba conmigo desde que saliéramos de Lima y que —435→ milagrosamente conservaba hasta ese momento y con algo de harina de mandioca, sal y un poco de cecina me preparé una sopa bastante sustanciosa que despaché en un santiamén. Mis compañeros dormían. Sentado junto a la hoguera, aproveché el tiempo para redactar la parte del informe que correspondía a la última conversación mantenida con el converso y que añadí a lo ya escrito en la residencia de los padres en la misión. Después, traté de ocupar mis ocios con un cuchillo de monte y la rama de un árbol, a la que quise convertir en una imagen de Manuela. A partir de entonces, la noche fue para Manuela. Mis pensamientos volaban hacia ella una y otra vez, y la veía en la casa, en el campo, junto a los potreros, con las indias en la capillita, con los niños, con su padre, conmigo en nuestro rincón de enamorados, de todas las maneras en que la recordaba, con todos y cada uno de los trajes que le conocía, con las ajorcas y alhajas con las que adornaba su cuello y sus muñecas, con todos sus gestos, sus sonrisas, sus palabras. Y, mientras más la recordaba, más la echaba de menos y más y más me enternecía. ¿Qué estaba haciendo yo allí tan lejos de ella, en medio de la noche? ¿Por qué no estaba donde debía estar, a su lado, con sus manos entre las mías, mirándonos a los ojos? Eusebio roncaba, y, en medio de la noche, sus ronquidos retumbaban como truenos en los días de tormenta. El judío tenía un sueño inquieto y se removía en la hamaca de un lado a otro sin despertarse. ¿O estaba despierto? Me puse de pie y fui hasta él, tratando de no hacer ruido alguno. Dormía. Volví a mi sitio, me senté de nuevo en el tronco caído y me puse a observar las estrellas. Jamás lo había hecho antes con detenimiento, excepto cuando era niño y con mis amigos nos echábamos en el bálago de las eras en verano boca arriba contemplando el camino de Santiago, el que, según decían en el pueblo, bastaba con seguirlo para llegar a la tumba del apóstol en Compostela. Tal vez las estrellas que veía en ese momento eran otras estrellas. No —436→ lo sé. Nunca he sabido hallar grandes diferencias entre ellas y con frecuencia confundo sus nombres y el tono de su brillo. Rojo. Amarillo. Blanco. Amarillo rojizo. ¿Marte? ¡Qué sé yo! Sé que es rojizo, pero, cuando me dispongo a buscar esta estrella entre tantas como son las que pueblan el cielo, veo no una sino miles de estrellas tan rojizas como imagino que debe de ser Marte y vuelvo otra vez a confundirme. Es éste, empero, un espectáculo maravilloso, un espectáculo ante el que puedo quedarme, como me quedé aquella noche, quieto, dejando que de nuevo volara mi imaginación hacia la estancia de Pedro Mena, horas y horas sin cansarme. A veces pienso que mi ánimo está más hecho para la contemplación que para la acción y que la acción que me emociona es la que puedo imaginar, en la que se detiene mi pensamiento o la que puedo contemplar con mis ojos cuando los detengo en algo en lo que hallan interés. La misma inclinación que sentía (y sigo sintiendo, Dios mío, a pesar de todo) hacia Manuela era un producto de mis pensamientos. No es mi cuerpo el que se enamora, ni mis sentidos, sino mi imaginación, mi mente, mi pensamiento. Me enamoré de Manuela de tanto pensar en ella, y sigo enamorado, porque jamás podré alejarla de mi pensamiento. Me doy cuenta ahora, en mi encierro, de muchas cosas que antes no entendía. Ahora sé, por ejemplo, que llegué a ser hombre de acción porque envidiaba a los hombres de acción, a quienes eran capaces de vibrar al sentir en sus músculos el flujo de energía necesaria para superar una situación difícil. En el fondo, siempre pensé que eran ellos los hombres más felices de la tierra. La acción tiene su recompensa en sí misma, y los hombres de acción se conforman con poco. Jamás piensan en las consecuencias mismas de su acción, ni se angustian por pensamientos que los alejen de sus intereses inmediatos y concretos. Tienen conceptos muy simples de lo bueno y de lo malo y actúan en consecuencia. Jamás se detienen en pensar las cosas. Son hombres prácticos —437→ que buscan la simple utilidad de las cosas simples y procuran hallarla, aunque no entiendan que la utilidad de la utilidad no existe y que lo que se considera útil, en realidad, no importa nada en absoluto. La contemplación y el pensamiento exigen más que eso: buscan la transcendencia en todo, buscan la utilidad de la utilidad sin hallarla nunca, porque semejante cosa no existe, no es posible. Vanidad de vanidades. Por eso, el hombre contemplativo es casi siempre un hombre infeliz, a no ser que encuentre a Dios en su corazón, mas, aun cuando lo halle, dada su manía de observar con detenimiento todas las cosas y de pensarlas y sopesarlas una y otra vez, jamás está totalmente seguro de tenerlo consigo o de gozar de su complacencia. Y esa angustia, ese no saber jamás, el no estar seguro nunca de nada, lo va matando, dejándolo en los puros huesos, carcomido por la infelicidad. Y así, yo también aquella noche pensaba en una Manuela maravillosa, pero, a la vez, lejana y severa con mi amor, y me angustiaba. Me angustiaba mucho mientras seguía contemplando las estrellas y echando leña al fuego de una hoguera que, a ratos, daba la impresión de que se iba a apagar. Pero también disfrutaba con mis recuerdos, y pasaba de uno a otro saboreándolos, como si, de este modo, pudiera alejar la angustia y la inseguridad que se agazapaban en mi mente.
-Buenos días -díjome temprano Eliseo Falcón, que acababa de despertarse.
-Buenos días -le respondí.
En ese momento, Eusebio estiró ambos brazos y bostezó. La aurora volvía a teñir de rosado el cielo, y las nubes parecían alfombras de maravillosos colores tendidas sobre la superficie cóncava del universo. La mañana era fresca y agradable, y cantaban de nuevo los pajarillos. Volvía a repetirse el milagro de todos los días, el —438→ milagro de la vida inacabable. Pienso que, mientas exista un hombre sobre la tierra, uno solo, cada mañana será un milagro. Eusebio se levantó, y el judío se incorporó sobre la hamaca, puso sus pies en el suelo y, como había hecho unos minutos antes el propio Eusebio, estiró sus brazos y bostezó. Al cabo, ambos se acercaron a la hoguera y frotaron sus manos sobre el fuego.
-Tenían vuesas merced muchísimo sueño -les dije entonces.
-La verdad es que yo no he dormido tanto como vuesa merced imagina, que he visto cómo se venía el caballero hasta mi hamaca en más de una ocasión y le he observado con el cuchillo en la mano tratando de hacer una figura en bulto -me dijo Falcón.
-No tengo habilidad para esas cosas -le respondí-. Y ahora, con su permiso, me gustaría echar un sueñecillo mientras vuesas mercedes28 recuperan las fuerzas con el desayuno.
-Está en su casa, caballero -me respondió con tono de chanza el marrano-. Que tenga felices sueños.
Debí de dormir unas tres horas, no más, que era, más o menos, lo que necesitaba [...] y me desperté cuando ya los caballos y las acémilas estaban enjaezados y listos para emprender la marcha [...] aquella jornada. En dos o tres jornadas más alcanzaríamos la estancia de Leandro Pampliega, y yo temía que Eusebio quisiera tomar venganza en el Guapo y la mujer, como lo había prometido.
Paso a paso, esta narración parece que está llegando a su final, un final que, según me temo, es previsible. ¿Y por qué no habría de serlo? En realidad, la vida del hombre ofrece escasas variaciones. Nace a su pesar, vive casi siempre sin entender el sentido último de su vida y, por fin, llega a la muerte tan a su pesar como llegó a la vida, pero consciente de lamentarlo. Lo que nos ocurre a cada uno de nosotros mientras —439→ vivimos nos ocurre a todos: sufrimos, nos angustiamos, envidiamos y, alguna vez, disfrutamos inocentemente jugando con el fuego de la muerte en las manos. Somos uno y muchos al mismo tiempo. Todos iguales. Todos diferentes. Es todo lo que somos y lo que tenemos. Don Millán no es una excepción. Pese a sus viajes y sus aventuras, su vida, en el fondo, es gris y sin sentido, como la de todos los demás. Lo cotidiano es cotidiano, así en la selva como en la casita del suburbio burgués de una ciudad moderna: comer, dormir, amar y odiar, temer y disfrutar. Todos estamos hechos de los mismos materiales perecederos y todos somos juguetes de esas extrañas fuerzas que nos ponen en este mundo para representar el papel que nos adjudican. Aun los más valientes, los más libres y los más rebeldes no hacen sino representar el papel de valientes, de libres y de rebeldes. Pero hay algo que siempre nos angustia: ¿y si el ser valientes y no cobardes, libres y no esclavos, rebeldes y no borregos es ante todo una elección nuestra, una decisión que podemos arrancar de las manos del destino? Puede ser. Puede no ser. Al fin, nada sabemos, porque estamos sobre el escenario leyendo las líneas que nos han dictado los otros (o ese otro absoluto tan difícil de entender, tan escondido y misterioso). Vanidad de vanidades, como repite don Millán acordándose de la famosa frase del Eclesiastés. Quizá no seamos sino sombras, fugaces sombras que se proyectan sobre una pared y que se reconocen entre sí como cuerpos vivientes. Sombras chinescas. Imágenes falsas. Mentiras. ¿Quién puede saberlo? Vanidad de vanidades. Podemos imaginarnos a nosotros mismos como lo deseemos, mas los demás nos verán siempre como el personaje que otro creó en la comedia de la vida. Y ese otro ¿quién es? ¿Existe realmente o también ha sido creado por otro que tampoco existe? ¿Y si nada ni nadie, ni nosotros, ni el otro o los otros, existieran? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Un largo recorrido a través de la nada, como la aventura de este don Millán de Aduna en la selva misionera.
—440→A medida que nos aproximábamos a la estancia de Leandro Pampliega, algo en el ambiente, en la atmósfera, en el aire, iba cobrando textura de muerte, como algunos lienzos de pintores del pasado siglo, tan oscuros y cargados de tenebrosidades. Pero no eran ni el color del cielo ni la densidad del aire los que nos comunicaban esta sensación, sino algo muy diferente y, al mismo tiempo, indefinible. No era un olor, ni un color; no era algo material, algo que fuera posible tocar con las manos y sentir en nuestra piel. Era algo más profundo y más siniestro, algo más real. Avanzamos. Nuestras monturas estaban nerviosas, encabritadas, y teníamos que hacer grandes esfuerzos para controlarlas. También las acémilas, y aquél a quien Eusebio llamaba ya el judío errante de Esmirna a punto estuvo de caer de su caballo cuando éste, sin motivo aparente, levantó sus patas delanteras y las agitó en el aire. No se escuchaba, pese a la hora, el piar de las aves, el canto melodioso de los pajarillos que nos había acompañado a lo largo de todas las jornadas de nuestro viaje. Seguimos avanzando. El cielo estaba desierto de vida, quieto por completo, y, en el arcabuco próximo que se levantaba a la mano derecha de nuestro camino no se movía una sola hoja. Todo parecía haberse congelado, inmovilizado, como si un mago maravilloso, con el solo poder de su palabra, hubiese encantado el mundo para que nosotros pudiésemos contemplarlo sin movimiento y sin vida, como tal vez era en la realidad. En los prados de la estancia de Pampliega la hierba estaba crecida y verde, pero no se veían las vacas, ni aquellos caballos cimarrones que, en nuestro viaje de ida, habíannos acompañado de continuo. Llegamos al fin a un riachuelo en el que el agua se deslizaba con suavidad, sin ruido, como si no quisiera despertar aquel mundo dormido que estábamos atravesando. Un pitogüé cantó entonces en lo alto de la rama de un lapacho. Junto a aquel lapacho crecía un pindó altísimo cuyo penacho se perdía en las alturas, tocando las nubes. Una brisa suave —441→ tocó nuestros rostros y nos trajo el olor característico de la muerte. Entonces sospeché que en la casa de la estancia debía de estar la explicación de aquel misterio. Como si hubiésemos pensado lo mismo, Eusebio y yo pusimos nuestros caballos al galope y no dejamos de correr hasta llegar a la casa de Leandro Pampliega. Eliseo Falcón corría detrás de nosotros, arrastrando consigo las acémilas.
Descabalgamos. Junto a los potreros yacía exangüe el cuerpo sin vida de un peón. Empuñaba a medias un machete en su mano derecha, cuyos dedos yertos había aflojado la muerte. El machete se le había desprendido de la mano. Me acerqué a él con cuidado. Un tiro de pistola le había atravesado el pecho, y la sangre que le había manado de la herida había empapado la tierra sobre la que descansaba para siempre. Pese a los días transcurridos desde su muerte (el converso de Esmirna calculó cuando menos tres días cuando llegó), el cuerpo se hallaba intacto y ninguna alimaña lo había deformado. No se veían las huellas de los yrybúes, esos horribles pajarracos a los que los mestizos de la zona conocían con el no menos desagradable nombre de chimangos, y ningún picotazo de ave ni mordisco de fiera habían abierto aún las carnes de aquel cadáver que yacía sobre el polvo de los potreros. Tenía la cara hundida en el polvo. Volteé su cuerpo con el pie para observar la expresión de su rostro. Quizá me equivoque, pero yo creo que en el rostro de aquel hombre había tanto de sorpresa como de furia. Era un rostro furioso y sorprendido al mismo tiempo, como si la muerte lo hubiera alcanzado a él cuando él pensaba dársela a otro. Me volví de espaldas para no seguir mirándolo y vi que mis compañeros habían hecho lo mismo. Cuando me disponía a decirles algo (ahora no recuerdo bien lo que quería decirles), sonó un disparo. El «otro», el que había dado muerte al peón parecía dispuesto a dárnosla a nosotros. Desde el suelo saqué mis pistolas. Yo no veía a nadie y no —442→ sabía de dónde había partido el disparo. Híceles una seña a Eusebio y a Falcón, y los tres, casi arrastrándonos, nos dirigimos a la casa. Cuando alcanzábamos el porche sonó el segundo disparo y el grito del judío. Yo venía a una vara y media detrás de él y vi cómo se le aflojaba la mano derecha y se le caía el trabuco que empuñaba. Llegué hasta él, recogí su trabuco e hice que me pasara el brazo izquierdo por el hombro. Los tres ingresamos en el interior de la casa.
Eusebio se situó de inmediato en una de las ventanas y sacó por ella el cañón de su escopeta. Yo rasgué la manga izquierda de mi camisa, limpié como pude la herida de Falcón y le hice un torniquete. La herida era superficial, pero manaba bastante sangre. Otro disparo dio en el quicio superior de la ventana en la que se había situado Eusebio. Éste disparó hacia donde él calculaba que se encontraba el emboscado. No parecía que hubiese más de uno, pero tenía sobre nosotros la gran ventaja de saber dónde estábamos y tenernos a tiro. Teníamos que ser prudentes. Me acerqué a la otra ventana y traté de ver más allá de los matorrales que cercaban los potreros por el oeste y desde donde se podía hacer muy buena puntería sobre la casa. El converso se había levantado y se había acercado a mí con su trabuco.
-Quédese tranquilo, señor converso -le dije en tono de sorna-, que éste no es un asunto para lisiados.
-No han de matarme a mí en una emboscada -me respondió.
-Mejor haría vuesa merced en irse a la cocina y buscar el pozo para lavar y limpiar bien esa herida de la que le sigue manando sangre.
En este punto me obedeció y, con tan buena suerte para él, que, apenas habíase alejado unos pocos pasos, entró por la ventana una bala que fue a incrustarse en la dura pared y que, de haber estado —443→ Falcón, habría hallado una superficie más blanda para terminar su trayectoria. Esta vez fui yo quien disparó hacia el lugar del que me pareció que había partido el disparo.
-Voy a salir -me dijo Eusebio-. Tenga vuesa merced a raya al malandrín mientras lo hago. ¿Cuánta munición le queda?
-Poca -le respondí-, como para diez disparos más.
-Es suficiente -me respondió.
-Suerte, amigo mío.
-La tendré.
Abrió la puerta y, agachándose y corriendo en zigzag, se fue hacia los matorrales. Disparé sólo tres veces antes de que llegara, pues costaba mucho preparar la carga en las condiciones en las que me hallaba. Tenía que hacerlo bien y con sumo cuidado, poniendo la pólvora justa, ya que no podía permitirme el lujo de fallar. Después ya no disparé, por temor a herir o matar a Eusebio. Aquellas pistolas quizá no fueran las más convenientes por su corto alcance, pero no me cabe la menor duda de que mantuvieron entretenido al emboscado, que, a lo mejor, no vio cómo se acercaba Eusebio hasta donde él se hallaba. Cuando calculé que Eusebio estaba ya donde quería estar, me senté en el suelo de la pieza y esperé, siempre vigilando a través de aquella ventana, que era la misma por la que, hacía poco más de un mes, había ingresado yo para atrapar y dar muerte a quien pretendía asesinarnos. Entonces me di cuenta de que tenía la respiración agitada. Yo no tenía idea alguna del tiempo que podía haber transcurrido desde que, sospechando lo peor, iniciamos el galope con nuestros caballos, pero desde entonces no habíamos dado tregua a nuestros músculos. Calculé que mi estado de agitación se debía a ello (también podía deberse a un temor del que no tenía conciencia alguna). Respiré hondo, y con el aire que —444→ ingresó en ese momento en mis pulmones sentí que también ingresaban miasmas de muerte y aromas de cementerio. Las atribuí al cadáver del peón. Sin apenas apartar los ojos de la ventana en la que me hallaba apostado, eché una rápida ojeada a la pieza en la que me hallaba. Estaba vacía y muerta, como todo a mi alrededor. Me palpé el cuerpo, pensando por un momento que, como el converso, yo también podía estar herido, aunque no me diera cuenta de ello. Estaba bien. Volví a mirar por la ventana. Escuché dos disparos. No se movía nada ni nadie en los matorrales. Aquella zona parecía un pozo negro que tragaba todo, como la Laguna Negra de Urbión que, según los muchachos con los que jugaba en Torrecilla en Cameros siendo niño, todo lo reclama para sí y se comunica con el mar Cantábrico como si se comunicara con los infiernos. Me puse alerta de nuevo y saqué cuanto pude la cabeza de la ventana para tratar de ver mejor y más lejos. Entrecerré los ojos para ver a la distancia. Nada. Nadie. El silencio era ahora absoluto. Decidí, entonces, salir yo también y llegar hasta los matorrales. Me puse de pie, abrí la puerta y salí al corredor. Entonces lo vi. Vi a Eusebio que venía caminando despacio, tranquilo, con la escopeta al hombro, con el aire de quien regresa de una partida de caza. Faltábanle las codornices colgando del cinto. O los conejos. Esperé en el corredor a que llegara.
-Era Pampliega -me dijo cuando llegó-. Parece que se había vuelto loco.
-¿Lo mataste? -le pregunté.
-Lo maté -me dijo-. No pude evitarlo.
Ingresamos a la casa. El converso no había vuelto todavía de su excursión a la cocina. Nos fuimos a lo que parecía ser el comedor y arrimamos unas bancas a aquella mesa que pudo haber sido nuestra —445→ tumba un mes antes. Nos sentamos. Estábamos inquietos. Sobre la mesa había un montón de platos sucios y de mondaduras de naranja que se podrían. El olor era desagradable. Me levanté, me acerqué a una ventana que daba al patio y la abrí de par en par. La luz, al entrar, hirió nuestros ojos. Sobre el alféizar de la ventana había un paño rojo que llamó mi atención. Lo tomé. Era sangre. Eusebio me lo arrancó de las manos.
-¿Qué ha pasado aquí? -me preguntó.
-No lo sé -le respondí-. Estoy tan sorprendido como tú.
-¡Eliseo! -gritó, entonces, el baqueano.
Miramos a todas partes, alarmados. Eliseo estaba apoyado en el quicio de la puerta que separaba la pieza de la cocina en la que estábamos y tenía el rostro desencajado. Nos hizo una seña para que lo siguiéramos, y fuimos tras él. Atravesamos la cocina y el patio con el pozo en el que el converso se había lavado. Más allá, rodeada de naranjos achaparrados, había una casa pequeña a la que ingresamos los tres. La casa tenía una sola habitación muy grande con una cama en el centro y un ventanuco muy alto por el que se colaba muy poca luz. La pieza estaba oscura y predominaba en ella un fuerte olor a humedad, un olor pegajoso y denso, un olor de muerte. En la cama se adivinaba un bulto enorme cubierto con alguna clase de tejido grueso y basto. El converso se empinó como pudo hasta el ventanuco y lo abrió de par en par para que entrara la luz. El tejido que cubría el bulto de la cama era de indiana, de la que se fabrica en Cataluña, estampada por una sola cara. Eliseo Falcón se acercó a la cama y echó de un tirón hacia atrás la cubierta de tela. El espectáculo que se presentó ante nuestros ojos era indescriptible: Buenaventura el Guapo y la mujer de Pampliega yacían desnudos y juntos en medio de un charco de sangre reseca y negra. —446→ Ninguno de nosotros pudo evitar un gesto de horror. Los cuerpos de los amantes despedían un hedor nauseabundo que nos obligó a taparnos, como pudimos, las narices. Cuando finalmente recuperamos algo de la serenidad perdida, observamos que ambos cuerpos estaban amarrados a la cama con finas correas en las muñecas y los tobillos y que alguien habíalos obligado a fornicar hasta la muerte en medio de las torturas más espantosas. Tenían los dos las bocas rasgadas con un cuchillo o machete, y a la mujer le habían arrancado, al parecer, a dentelladas grandes pedazos de carne de sus senos, que resultaban casi irreconocibles como tales. Volvimos a cubrir los cuerpos con la tela de indiana y salimos de la habitación de nuevo al patio. Regresamos al comedor y nos sentamos. Sentí un sudor frío que me corría por la frente.
Nunca, en todos los días de mi vida, había visto un espectáculo semejante. ¿Quién había sido capaz de hacer algo como lo que acababan de ver mis ojos? ¿Qué lo había empujado a hacerlo? Ésta era la pregunta que flotaba en el aire, la pregunta que yo mismo me hacía, lleno de espanto.
-Tenemos que darles cristiana sepultura -dijo en este punto Eusebio.
-¿Quién los habrá matado? -preguntó Eliseo.
-Pampliega -le respondió-. El Guapo, que era su primo, le ponía los cuernos con su mujer. ¡Y encima se burlaban...! Hay cosas que un hombre no puede aguantar por mucho tiempo. Volvimos al mutismo del que nos había sacado la observación de Eusebio.
-Creo -dije- que Leandro Pampliega no actuó solo. Debió de ayudarle el peón que hemos hallado muerto en los potreros.
—447→-Jamás se habría atrevido a hacerlo él solo -nos confirmó Eusebio-. Pampliega era un cobarde.
-¿Y cómo lo hizo? -preguntó el converso.
-Me imagino -me atreví a exponer una hipótesis que se me acaba de ocurrir- que Leandro Pampliega sabía que el Guapo y su mujer dormían juntos. Si te acuerdas -le dije a Eusebio-, cuando estuvimos aquí, él mismo nos lo dio a entender cuando gritó que se veía obligado a vivir con asesinos. Había algo entre el Guapo y esa horrible mujer, que no parecía tener escrúpulo alguno.
-Así es -confirmó Eusebio-, pero ¿qué es exactamente lo que sospecha vuesa merced?
-Que Leandro Pampliega convenció a uno de sus peones para que lo ayudara a matar a quienes él consideraba no sólo asesinos, sino ladrones de su honra y de su hacienda. Creo que lo que le llevó al crimen fue el temor a perder esta última.
-Su honra la tenía ya perdida hacía mucho tiempo y estaba resignado.
-Así es -le respondí a Eusebio-. Al peón en cuestión debió ofrecerle mucho, lo que, más tarde, le obligó a matarlo, pues probablemente se arrepintió de haberle prometido tanto. Esta clase de criminales suelen ser extremadamente codiciosos.
-Quien mata por uno mata por ciento, como decimos en Esmirna -intervino Eliseo.
-Y quien mata por ciento también mata por uno -le retruqué-. Éste mató por ciento y por uno, pero no quiso matar de manera convencional, sino extremando su crueldad. Aunque probablemente jamás lo confesó a nadie, también la pérdida de su honra le dolía y quiso, si no recuperarla, lo que le resultaba imposible, hacerles pagar caro por ella a quienes se la habían tan vilmente arrebatado. Yo calculo que convenció al peón prometiéndole el oro y el moro, le hizo venir con su machete y, cuando los amantes estaban —448→ en la cama, ingresó en la casa con el peón, ahora convertido en su ayudante, les apuntó con la escopeta mientras se refocilaban, obligó al peón a atarlos en la cama y a hacerles la carnicería que hemos visto y dejó que se murieran desangrados. Debió de ser, en mi opinión, una muerte horrorosa.
-¿Y los demás peones? -preguntó el converso.
-Los demás peones escaparon -le respondió Eusebio-. Nadie puede soportar una visión semejante sin volverse loco. Para los peones de la estancia lo que ocurrió aquí debió de ser obra del mismísimo Mandinga.
-Sobre todo después de la muerte del peón, al que Pampliega asesinó en los potreros y, seguramente, a traición. Lo que no entiendo bien -añadió el de Esmirna- es por qué se quedó en la estancia, habiendo podido escapar.
-Porque seguramente -le respondí- no pudo soportar la enormidad de su crimen. Quizá se volvió loco.
-Así debe de ser -me contestó-, que por menos he visto a hombres bragados que se han vuelto más locos que una cabra.
Volvimos a quedarnos mudos. Eliseo se levantó de la mesa y se puso a pasear de arriba abajo por la habitación. Eusebio lo miraba, como si lo observara desde lejos. Se escuchó un trueno a la distancia.
-Será mejor que los enterremos cuanto antes, no vaya a ser que la lluvia nos impida hacerlo.
Nos levantamos, fuimos a los almacenes que estaban al lado de la casa, donde sospechamos que habría palas y azadones para la tarea que queríamos llevar a cabo. Debíamos abrir, si no cuatro, al menos una tumba grande en la que descansaran aquellos cuerpos. La puerta tenía echada una cerradura de hierro y era de doble hoja de —449→ madera gruesa y fuerte de lapacho. La cerradura saltó cuando Eusebio y yo empujamos la puerta con todas nuestras fuerzas. Había en aquel almacén toda clase de herramientas de labranza e instrumentos diversos de fragua y carpintería: cepillos, garlopas, tenazas, martillos, mazos de madera, cortafríos, clavos, pinzas de hierro, herraduras... De todo un poco. Las piezas colgaban de las paredes o habían sido abandonadas junto al yunque en el que se trabajaban las herraduras de los caballos. Un fuelle grande de mano descansaba junto a la fragua apagada. Al lado estaba el pilón del agua en el que el herrero templaba las herramientas que fabricaba. En un rincón del almacén la escoria se amontonaba. Tomamos tres palas y nos dirigimos al patio donde se hallaba la casita en la que habían sido asesinados los amantes. Elegimos un terreno blando a la sombra de un enorme lapacho a punto de florecer. Las palas se hundían con facilidad en el suelo vegetal. Eusebio trajo, uno a uno, cargándolos al hombro, los cadáveres de Pampliega y del peón, mientras Eliseo Falcón y yo tratábamos de abrir una enorme fosa en la que pudieran entrar los cuatro. La hicimos honda y ancha, para que descansaran con comodidad. Pensé que, al menos, eso se merecían. Allí los enterramos. Echamos tierra encima, hicimos una cruz con dos ramas atadas con una cuerda, rezamos un padrenuestro, nos persignamos y nos fuimos. Escapamos a caballo como si huyéramos de la muerte: al galope. A medida que nos alejábamos de la casa de los asesinos, nos íbamos sintiendo mejores y más libres, pero no hablábamos. Ni siquiera nos mirábamos. Volábamos en nuestros caballos hacia cualquier parte sin mirar atrás. Algo nos tenía ensimismados, reconcentrados en nuestros pensamientos. Comenzó a llover, pero ninguno de nosotros echó de menos, ni por un momento, la protección de un buen techo de tejas, de quincho o de paja. El que podía habernos ofrecido la casa de Leandro Pampliega estaba maldito, y aún faltaban algunos días para alcanzar el —450→ paraíso en el que nos esperaban Manuela y su padre, en el que a Eusebio tal vez lo esperaba un amor callado y sincero y en el que yo mismo había decidido afincarme para siempre, echar raíces y volverme viejo mientras esperaba la muerte en paz y en buena compañía. Porque ¿qué otra cosa puede esperar el hombre en la vida, si no es la muerte? Ése es el único fin. Si bien nadie sabe cómo ha de ser ésta, en la medida de lo posible estamos obligados a buscar la mejor forma de enfrentarla, a elegir el modo más digno de despedirnos del mundo, rodeados de los seres queridos y haciendo felices a quienes nos han amado. Si así cumplimos, tal vez la muerte no sea algo tan horroroso y terrible como imaginamos. ¿Qué hay después? ¿Puede haber algo peor que la continua angustia de no saber quiénes somos, ni a dónde vamos, ni por qué estamos donde estamos en el tiempo en el que estamos? ¿Quién nos dio a elegir cuándo, dónde y cómo nacer y vivir? Nadie. Somos aquello que los demás hacen de nosotros, lo que un otro extraño e ignorado quiere hacer de nosotros según un plan que jamás entenderemos y que nunca se nos ha comunicado. Si es así, lo que importa es vivir preparándonos para la muerte, buscar el mejor lugar, las personas mejores y más agradables, amar a quienes nos aman y alejarnos de quienes nos odian, sentir que somos dignos de vivir, pero que también somos capaces de morir con dignidad y no como éstos que dejamos atrás, pobres hombres, malos hombres, malos sin saber que lo eran, pobres sin saberlo, pobres y muy malos, inicuos y, sin embargo, hombres, y tan hombres como los demás, con tanto derecho a una vida de dignidad como los demás, una vida que ellos mismos se negaron o que les fue negada por quien dispone los papeles que debemos interpretar en el gran teatro del mundo. Cada uno de nosotros representa un papel adjudicado de antemano. Unos tenemos más suerte que otros. Nadie, absolutamente nadie, se gana el derecho a los buenos papeles. Y nadie, absolutamente nadie, elige —451→ libremente los malos. Así de sencillo. ¿Qué nos queda de todo aquello del libre albedrío de que siempre nos hablaron los curas? ¿Qué dios es éste que nos mantiene en la ignorancia y que nos obliga a ser buenos poniendo en nuestro camino las mayores murallas e inconvenientes para serlo? ¿Qué hacemos en esta vida, pobres hombres, pobres mujeres, pobres niños, sino mendigar continuamente el favor de este ser cruel y lejano, de esta divinidad extraña que nos ahoga en la angustia de vivir y seguir viviendo, de ser y de seguir siendo para terminar devolviéndonos a la nada de la que nos sacó? ¿Qué otra cosa hacemos, sino morir mientras seguimos viviendo? ¡Qué terrible es la vida del hombre, qué desgracia el nacer, qué eterna angustia el pensar y discernir! Si al menos ese dios cruel y terrorífico no nos hubiese puesto la razón, no nos hubiese dado esa capacidad para pensar. ¡Qué felices seríamos si pudiésemos ser totalmente ignorantes, absolutamente imbéciles, si viviésemos sin darnos cuenta, como en el limbo de los tontos, si no tuviésemos que cargar con nosotros el terrible peso de la sabiduría, que no es el saber, sino el saber que no se sabe nada!
Moderno o antiguo. No se sabe. Don Millán parece fundamentar el «sólo sé que no sé nada» de Sócrates en la angustia existencial del hombre contemporáneo, en la angustia que sentimos quienes nos enfrentamos ahora a la incertidumbre de un futuro enajenado a nuestras propias criaturas de metal y circuitos integrados. Es extraño. Sobre todo lo es porque lo hace en un siglo y en un lugar de los que la angustia existencial parece estar ausente de los textos conocidos. ¿Quién es, en realidad, este enigmático Millán de Aduna que camina sin remedio hacia la locura y que se va haciendo, desde el comienzo, las más terribles preguntas sobre la vida? A veces estoy tentado a pensar que el manuscrito que estoy leyendo no es otra cosa que una hábil falsificación de un escritor de nuestro —452→ siglo. Pero ¿quién podría haber tenido interés en algo semejante? ¿Por qué habría de hacerlo, además? ¿Para justificar qué o a quién? ¿A los jesuitas? Pese a decir que ha estudiado con los jesuitas de Logroño, Millán de Aduna tiene una clara y marcada suspicacia frente a ellos y, en ocasiones, hasta una profunda antipatía. No trata de justificar a los jesuitas. ¿Es, entonces, una hábil falsificación montada por un enemigo acérrimo de la Compañía de Jesús? Tampoco lo parece. No esgrime argumentos en contra de ésta, ni se preocupa demasiado por hallarlos. De hecho, no parece importarle demasiado si los jesuitas participaron o no en el levantamiento que dio origen a las guerras guaraníes. No es tampoco, por lo mismo, un antijesuita. El viaje no es sino un viaje del que él nos informa y en el que suceden cosas que tienen que ver con los sucesos de la época, y, pese a su misión, lo que realmente parece interesarle a don Millán de Aduna no tiene nada que ver con los curas de la Compañía. Sus preocupaciones son otras, al parecer. ¿O no? En Asunción, mientras el gobierno sigue preocupado por la contaminación del Pilcomayo que baja de los Andes y la pérdida de la cosecha de algodón a causa de las interminables lluvias de octubre, cualquier cosa puede parecernos diferente. El tiempo fluye en esta ciudad como un río lento y profundo, un río que se agiganta y crece con los raudales producidos por las tormentas, que se va llevando los recuerdos y que a veces deja en sus orillas algún objeto perdido, la señal de un tiempo que ha pasado de manera irremediable. Tal vez el manuscrito que tengo ahora en mis manos y que leo mientras Burt y Barchini se esfuerzan por conquistar los votos de los electores para su causa no sea sino eso: un recuerdo que el río del tiempo no ha logrado arrastrar hasta el océano del olvido. En unos días más los ciudadanos podrán elegir al nuevo intendente de la ciudad.
—453→Habíamos dejado la muerte atrás, y ahora cabalgábamos con la esperanza puesta en nuestros sueños. El mío tenía un nombre propio que resonaba a cada instante en mis oídos: Manuela. Durante tres días no dejó de llover, y nos resultaba cada vez más difícil y penoso el descanso, pues no había lugar en el que, al descabalgar, no halláramos el suelo anegado y el agua hasta las rodillas. Hasta los troncos de los árboles más corpulentos y elevados estaban mojados. Ni la más pequeña brizna de hierba estaba seca. El sueño y el cansancio nos vencían y, acabada la cecina de vaca que habíamos sacado de la misión, nos resultaba prácticamente imposible conseguir comida. Las noches eran frías, y tiritaban nuestras carnes, húmedas por las ropas empapadas. Había momentos en los que nos quedábamos dormidos sobre nuestros caballos, mientras éstos seguían haciendo al paso su incierta derrota o se detenían sin que nosotros lo advirtiésemos en medio de una llanura en la que, al despertar, nos hallábamos completamente perdidos. Al cuarto día de nuestra fuga de la estancia de Pampliega, salió el sol a mitad de la mañana. Volvieron una vez más los pajarillos a sus trinos y los animales silvestres a corretear ante nuestros ojos. Los mosquitos se multiplicaron. Junto a un arroyo de apenas media vara de ancho inclinado sobre una loma nos detuvimos. Había en sus orillas tres piedras planas y lisas, grandes como plazas de pueblo, que, calentadas al sol, habíanse secado y nos ofrecían generosamente su calor. Fueron para nosotros como la jaima beduina en medio del desierto lo es para quien se arriesga a viajar en esas soledades, como un oasis hospitalario sombreado de palmeras. Faltábanle los dulces dátiles con los que endulzar pudiésemos nuestra amargura. En ellas hicimos una pascanita. El converso se las ingenió para conseguir algunos pescados pequeños que pudimos asar con la lumbre que hicimos con ramas secas y hojarasca. Echados sobre aquellas rocas calientes, después de comer, nos rendimos finalmente al —454→ sueño sin tomar las necesarias precauciones. Cuando desperté en la noche profunda de la selva, dormían mis camaradas y de la fogata que habíamos encendido quedaban tan sólo unas pequeñas ascuas a punto de fenecer.
Calculé que había dormido, al menos, ocho horas, y me hallaba bien y con todas mis fuerzas restauradas, aunque aterido de frío y humedad. Emboceme en la capa de oficial y me froté las manos. Traté de avivar el fuego con más ramas y hojas secas, que había en los alrededores, lo que logré no sin trabajo. Faltaban pocos días para la fiesta de Santiago, patrón de España, y, pese a que el día había sido parcialmente soleado y cálido, la noche era muy húmeda y fría. Necesitábamos que la hoguera se levantara sobre nuestras cabezas y calentara el ambiente. A medida que las llamas se avivaban e iluminaban el paisaje, creando en la penumbra figuras fantasmales, iba volviendo el calor a mis huesos. Mis compañeros dormían ovillados, con las rodillas en los mentones y cubiertos con ponchos de listas coloradas. Ambos roncaban, y al converso deslizábasele una baba espesa desde la comisura de los labios que le resbalaba por el cuello y le iba empapando el pecho. De una de las alforjas saqué una botella de aguardiente de caña que descorché y me llevé a los labios. Bebí con largueza, dejándola casi a la mitad. Me sentía como cuando era niño y acompañaba a mi padre en sus viajes. Aquel frío invernal, que me hacía tiritar en las mañanas, íbase transformando, a medida que el día avanzaba y el sol salía, en una maravillosa sensación de libertad. Tenía la sensación de que mi cuerpo se volvía más ligero y mis sentidos más alerta. Corría entonces mi pensamiento a gran velocidad y mi imaginación se desbordaba, como se desbordó aquella noche a orillas del arroyo cabe el que habíamos descansado. Volvía a hallarme de nuevo con Manuela en la estancia de Pedro Mena, del que nos estábamos despidiendo, —455→ pues habíamos decidido viajar a Samaniego donde le presentaría a mis padres, ya ancianos, a mi hermana Leona, que vendría con su marido de Logroño, a Miguel, a Simón y al resto de mis amigos, incluidos aquellos que lo fueron en el colegio, como Javier Arrillaga o Ricardo Ceniceros. También estarían el coronel Eguidazu y su esposa. Mi fantasía no tenía límites. Tomábamos una pequeña embarcación en el puerto de las Corrientes y, navegando río abajo, llegábamos a Buenos Aires y, desde allí, atravesando el océano, a Cádiz, a Madrid, a Logroño y a Samaniego. Un viaje tan largo como el que me había traído hasta América. Un viaje difícil y esperanzado, como un regreso a la semilla. El viaje imaginado estaba tan lleno de amor como de nostalgia. Estaba lleno de sueños. Soñaba con Manuela y soñaba con las querencias de antaño, con las calles de Zaragoza y de Madrid, con mis paseos por Logroño, con mis paisajes cameranos, con viñedos y bosques, con los valles del Iregua y del Najerilla, con el Ebro y con La Rioja. Soñaba sin que nada ni nadie se interpusiera en mis sueños y dejaba que mi imaginación vagara libremente por el pasado que yo convertía en presente imaginado y en futuro de mis deseos desordenados. En mis sueños estaba Manuela, convertida en mi esposa, conversando con mi hermana Leona como si toda la vida hubiesen sido las mejores amigas del mundo, y me preparaba las deliciosas torrejas de huevos y leche que mi madre me preparaba cuando yo era niño o el cordero asado al horno y acompañado de ensalada de berros. Nos tomábamos del brazo y paseábamos por las sendas que salen al campo desde el centro del pueblo y veíamos cómo crecía el trigo con las lluvias de primavera y brotaban los pámpanos y las hojas de las vides. Comentábamos entonces cómo habría de ser la cosecha de aquel año, si las tormentas y el pedrisco no acababan para siempre con la esperanza de los labradores. Y, así, mientras Eusebio y —456→ Eliseo dormían, mi pensamiento huía a cientos de leguas de distancia llevando en sus alas a mi amada. El frío era aquella madrugada una suave caricia que mantenía mi alma en las nubes de la dicha.
Eusebio fue el primero en despertarse. Hízolo al rayar el alba, como era su costumbre. A los pocos minutos despertó Eliseo, siempre con el trabuco al alcance de su mano. A medida que la claridad de la aurora arrinconaba las sombras de la noche, apreciábase que la tregua que las lluvias nos habían dado el día anterior duraría poco. Las nubes habían ocultado, durante toda la noche, el resplandor de las estrellas, y el aspecto que el cielo iba tomando a medida que se aclaraba el día era amenazador. Preparé cocido de yerba con melaza, y desayunamos a sorbos calientes y prolongados. Eusebio añadió a su cocido un buen chorro de aguardiente. Caballos y mulas hallábanse inquietos, y, aunque lejanos, escuchábanse los retumbos de los truenos. Calculamos que la tormenta venía del oriente y que, a medida que avanzáramos hacia el oeste, escaparíamos de ella y la burlaríamos. El viento traía consigo sabores marinos y humedades salobres. Montamos y partimos. El viento azotaba nuestros rostros con ráfagas de furia y, luego, amainaba, hasta quedar de nuevo todo calmo como al principio. Las nubes, pesadas y densas, nigérrimas, corrían precipitadamente por los cielos. No tuvimos sol aquella mañana, y sólo al final de la misma, y cuando ya nos hallábamos a unas pocas varas de una pequeña casa de campo construida en medio de la floresta, se inició la lluvia. Fueron gotas escasas y pesadas al comienzo, grandes como piezas de a ocho de la ceca de Potosí. Más tarde, cuando ya habíamos alcanzado la casita en la que nos refugiamos, la lluvia se hizo intensa. Parecía que de nuevo los cielos se venían abajo, que una fuerza terrorífica e irracional empeñábase en anegar el mundo y ahogarnos a todos bajo aquel diluvio. Los dueños de la cabaña salieron a recibirnos. —457→ Formaban un matrimonio de mestizos jóvenes que vivía con tres hijos menores, dos niños y una niña, y un hermano de la mujer que era un verdadero gigante. La casa estaba formada por tres piezas independientes unidas en torno a un patio techado con quincho en el que había una mesa grande y unas bancas corridas para sentarse. Recibieron nuestras bestias el gigante y su cuñado, las soltaron en un potrero amplio que, junto a la casa, tenía una parte techada y nos invitaron a compartir un plato de sopa y chipas de mandioca. Se estaba bien en aquella mesa en torno a la que, sin hacer el menor caso de la tormenta, jugaban y cantaban los niños. En la misma pieza abierta estaba el tatacuá en el que se habían preparado las chipas, que soltaban un humillo cálido al trocearlas con las manos y llevárnoslas a la boca. La mujer tenía el pelo negro y suelto sobre los hombros y una boca grande, mellada y risueña de la que le faltaban dos dientes. Junto a la casa crecían en desorden naranjos, limoneros, aguacates y chirimoyos. Había también cultivos de maíz, mandioca y calabaza. Debajo de un chirimoyo grande, tres gorrinos pequeños se revolcaban en el barro. De vez en cuando, un relámpago iluminaba el cielo, y los cocoteros mostraban su altura y su belleza ante nuestros ojos.
-No es bueno -nos dijo, tras los saludos protocolares, el dueño de la casa- que un cristiano cabalgue por estas soledades en temporada de lluvias.
-Pero ésta no es temporada de lluvias -dijo Eusebio.
-Así es, que hasta septiembre no suele llover en estos pagos, pero el año se presenta difícil y el invierno es más húmedo que de costumbre.
-¿Y la cosecha? -pregunté yo.
-Pasada por agua -me respondió, enseñándome en una mueca que quería ser una sonrisa un conjunto irregular de dientes ennegrecidos.
—458→La mujer y el gigante se rieron a carcajadas. Los niños se alborotaron en sus juegos. Eusebio y el converso sonrieron. Alejados del mundo, aquellos hombres conservaban el buen humor. La lluvia se había convertido en una suave cortina de agua, y la tormenta se alejaba.
-El año pasado no llovió por aquí hasta octubre. Por angas o por mangas, siempre estamos mal -reflexionó Marciano, que así se llamaba el dueño de la casa.
Era un hombre pequeño y delgado, de ojos muy negros y vivaces, y notábase en él la fuerza de quien está siempre dispuesto a enfrentar la adversidad con entusiasmo de vencedor.
-Esperemos -añadió- que ahora no llueva por lo menos en dos meses.
Aquélla era, para mí, una conversación conocida. La había escuchado desde niño, cuando en la cocina de la casa reuníanse mis padres al atardecer para comentar los sucesos del día. El sol y las tormentas, las lluvias de primavera y el amenazador pedrisco del verano, las nieves del invierno, las heladas, la escarcha. Todo les preocupaba. Unas veces porque faltaban y, otras, porque sobraban. Por angas o por mangas, como acababa de decir Marciano con su peculiar sentido del humor, campechano y sencillo. Cada vez era más suave la lluvia, y, desde el patio cubierto en el que nos hallábamos, parecía que acariciaba a la tierra con ternuras de amante. El aire era azul y puro, y el olor a tierra mojada embargaba mis sentidos29. Se estaba bien allí.
—459→-Pasan pocos viajeros por estos andurriales. Si acaso, algunos indios sueltos que se van por esos mundos de Dios detrás de la caza -nos dijo la mujer.
-¿Y no han visto algunos grupos armados?
-Mi marido estuvo no hace mucho en las Corrientes, y le hablaron del que llaman el mburuvichá. ¿Vuesas mercedes lo han visto?
-Creemos haberlo visto -le respondí.
El que contó la historia fue Eusebio. Carraspeó un momento, se miró la punta de sus botas de cuero de vaca y comenzó a narrar de una manera fantástica el encuentro que habíamos tenido con las hordas del mburuvichá antes de llegar a la Misión de San Carlos. El gigante escuchaba con la boca abierta, fascinado por las fantásticas descripciones que Eusebio hacía del baile y las diversiones que nosotros vimos escondidos entre la maleza del bosque. Eusebio les contó que el mburuvichá era un hombre gordo y lampiño y que, de lejos, más parecía un niño de teta gigantesco que un hombre y que había en él algo de monstruoso y de siniestro, algo de imagen de pesadilla.
-Quizá -les dije yo entonces- sólo lo imaginamos, que llevábamos muchos días en la selva entre los pantanos, y ya se sabe que hay en estas partes muchas cosas que pueden hacer que perdamos la razón produciéndonos alucinaciones.
-Pero esa misma historia -replicó Marciano- la he escuchado en las Corrientes. No sé cuánto haya de verdad en ella, pero es raro que personas que de nada se conocen y que jamás se han visto coincidan en ver lo mismo y en los mismos lugares, si es que lo que ven no existe. Yo creo en esa historia y espero que no se acerquen por aquí.
-Por la cuenta que les trae -dijo el gigante.
—460→Volvieron todos a reír a carcajadas. Viniendo de quien venía, la fanfarronada no parecía tal, si no se tenía en cuenta la desmesura del reto. Los tres tenían, sin embargo, el temple de los que no se arredran ante nada.
-Que vengan -decía la mujer-. Verán lo que les espera.
Los niños se perseguían a nuestro alrededor con escopetas de palo. La lluvia amainaba. Del quinchado del techo se deslizaban los últimos goterones, que caían sobre los pocillos que se habían formado durante la lluvia.
-¿Cuántos más viven por estos alrededores? -pregunté.
-Pocos -me respondió Marciano-. A una legua y media hacia el oeste vive Jesús, un hombre que se vino de Panamá hace más de diez años con su familia y se afincó aquí. Él nos convenció hace unos cuatro años para que viniéramos nosotros.
-¿Y no es peligroso?
-Los indios no molestan -me dijo-. Ellos están en sus cosas y nosotros, en las nuestras. A veces ponen sus tolderías cerca, pero jamás hemos tenido razones de queja.
-¿Y los soldados?
-Vuesa merced es el primer oficial del ejército que vemos desde que dejáramos las Corrientes. Un día vimos unas cuatro carretas que pasaban a lo lejos. Mi cuñado y yo fuimos a su encuentro porque creíamos que serían del ejército.
-¿Y lo eran?
-No. Eran indios de las misiones de la otra banda del Uruguay que buscaban un lugar para asentarse con sus familias. Yo creo que lo que querían era llegar a las Corrientes.
—461→-Llegaron -dijo el gigante-. Unos meses más tarde, a uno de ellos me lo encontré en la plaza. Nos saludamos. Nunca más lo he vuelto a ver.
-De lo que yo me acuerdo -volvió a tomar la palabra Marciano- es de que en las carretas llevaban una carga regular de yerba.
-Es lo que más cultivan en las misiones. ¿Y vuesas mercedes no lo hacen?
-¿Para qué? -preguntó la mujer-. La yerba da mucho trabajo, y nosotros somos sólo seis brazos, aunque diligentes.
-Los niños ayudan como pueden -intervino el marido.
-Pero son todavía muy pequeños -dijo la mujer.
-Ya crecerán -dijo Eusebio.
-Crecerán, crecerán... Estábamos hablando de la yerba -volvió a decir la mujer, que parecía interesada en el tema-. Lo que les digo es que la yerba no se come. A mi marido le gusta. Al manganzón de mi hermano, también. A mí no. Les cebo el mate en las mañanitas cuando me lo piden, pero jamás chupo de la bombilla. Aquí lo que necesitaríamos es trigo, buen trigo para hacer pan. Eso es lo que necesitamos. Todo lo demás lo tenemos y de sobra.
-Hablas, mujer, como si fuésemos ricos -se quejó el gigante.
-Y lo somos -le respondió su hermana-. No lo seremos en plata, pero lo somos en salud. ¿Te parece poco? Gracias deberíamos estar dando a Dios a cada rato por disfrutar de salud, comer como comemos hasta hartarnos y vivir en este paraíso.
-Pero bien que echas de menos la vida que llevabas en Córdoba -se rió Marciano.
-Ni lo creas -le respondió su mujer-. Sólo cuando llega la Navidad. Me gustaban los villancicos y pedir la colación de casa en casa, cuando éramos niños.
-Y los mozos -bromeó el gigante.
-Para eso tengo a mi marido.
—462→Todos volvieron a reírse. La alegría de aquella familia era contagiante, y hasta Eliseo, que era por naturaleza circunspecto y un tanto reservado, no podía evitar soltar la carcajada de vez en cuando. Ya había dejado de llover por completo y estaba saliendo el sol.
-Lo que es hoy -dijo Marciano- no trabajamos. Han llegado vuesas mercedes, y lo justo es que los atendamos en sus necesidades. Mujer, hagamos una buena sopa criolla, de esas que levantan un muerto y que tienen de cerdo tanto como de choclo.
-No es mucho el cerdo que me queda, pero algo de vaca sí que tengo en la alacena.
-Aquí -dijo el gigante- los animales se dan como las plantas. Tenemos cerdos y vacas, y, cuando no los hay, nos echamos al monte y siempre cazamos algo, aunque más no sea que alguno de esos carpinchos que se crían en los esteros.
-¿Están cerca los esteros del Yverá? -preguntó Eliseo Falcón.
-A menos de tres leguas hacia el sur -le respondió Marciano.
El resto de la mañana la pasamos conversando sobre los mismos tópicos, mientras los niños seguían jugando y la mujer se esforzaba por sazonar la sopa criolla que le había pedido su marido. El ambiente se llenó de olores de cebolla frita en manteca de cerdo. En una olla aparte se cocinaba la mandioca.
-Mandioca y carne. Es todo lo que tenemos se quejaba Marciano-. Lo que nos vendría bien sería un poco de verdura para ensalada. ¡Con el calor que hace en verano...!
-¿No tienen berros? -pregunté.
-Y buenos -me respondió.
-Preparen, entonces, ensalada de berros.
—463→La conversación derivó hacia la caza y la pesca. Según el gigante, los mejores peces estaban en el Paraná. El dorado tenía, en su opinión, una carne insuperable, aunque reconocía que la carne del surubí era muy noble y combinaba a la perfección con todos los sabores con los que la pusieran. Llegó, al fin, la sopa. Su aspecto no podía ser mejor, y su aroma, exquisito. La mujer habíale añadido algunos yuyos de su huerta que la hacían sumamente apetitosa. Sobre el líquido flotaban las pequeñas bolitas hechas de harina de maíz y se hundían en sus grasas los pedazos de carne. Aquel puchero de barro, colocado en el centro de la mesa, perfumaba el ambiente. Todos, incluidos los niños, hundimos a un tiempo nuestras cucharas en él. Los tres zagales del Yverá se arrodillaban sobre las bancas para alcanzar el puchero.
Salvadas las distancias y salvados el ambiente, los olores, los sabores, el paisaje y el clima, cerrando, en fin, los ojos y dejando libre y suelta mi fantasía, podía sentirme de nuevo en mi casa. No había vuelto a tener una sensación semejante desde que viviera en la estancia de Pedro Mena. Una sensación tan familiar. Una sensación tan grata. Tan cálida. Tan amable. Debieron contribuir a ello las largas jornadas que habíamos pasado en el campo bajo la lluvia, comiendo cecina fría y tomando cocido de yerba en las mañanas. Debieron también hacerlo la nostalgia y el querer estar cuanto antes con Manuela y recobrar sus olores, recorrer de nuevo con mis ojos cada uno de los ángulos de su rostro, sentir la suavidad de sus manos entre las mías, deleitarme en la contemplación de sus pupilas brillantes y profundas. Todo ello debió de hacer que me sintiera de pronto como siempre me he sentido cuando la felicidad me embarga: satisfecho de vivir, de estar simplemente en algún sitio sin poder evitar que vengan a mi memoria aquellas circunstancias semejantes que me dieron otro momento de felicidad en el pasado.
—464→Cuando terminó el almuerzo, aún nos quedamos sentados, conversando. Haraganeando. ¡Y con qué gusto! El sol había salido de nuevo, y la tierra humedecida exhalaba, gentil, sus mejores aromas. Jugaban los niños a la sombra de los naranjos, y los caballos y las acémilas en el potrero trincaban la hierba que nacía bajo sus pezuñas inquietas. A lo lejos, los cultivos de mandioca se levantaban, esbeltos y juncales, apenas mecidos por un vientecillo frío que secaba el ambiente y nos obligaba a arrebujarnos en nuestra ropilla. Los pájaros revoloteaban y los más osados se llegaban casi hasta nuestros pies, donde las migajas de mandioca habían caído y donde ellos picoteaban con toda libertad. Se estaba bien en aquella especie de salón abierto al campo, mientras el sol continuaba su derrota hacia occidente y se alargaban las sombras de los árboles ante nuestros ojos. La conversación decaía a ratos, y a ratos la mujer de Marciano se levantaba, íbase hasta la cocina y nos traía una pava de agua caliente con la que nos cebaba el mate, mientras mi imaginación seguía volando de uno a otro lado, de una a otra querencia.
-Así debe de ser el cielo prometido por los curas -nos dijo Marciano-. La barriga llena, el sueño sobre los párpados y el campo en paz mientras crecen las cosechas.
-Así será -le respondió Eusebio-, pero yo lo preferiría lleno de vacas y con una ancha llanura verde para dejar que mi caballo galope a su gusto.
-Dios ha de hacer que cada uno de nosotros -dijo entonces el converso- disfrute el cielo que más le plazca, que, para mí, tan bueno es uno como otro de los que contentan a vuesas mercedes y aún sería mejor si a ello añadiéramos algunas sedas por las que se deslicen mis dedos y unos rubíes, encendidos carbunclos en los que pueda posar mi vista sin herirla.
—465→-¡Pues no piden nada vuesas mercedes! -añadió entonces la mujer-. Bastaríanme la paz y el cariño de mis hijos para ser feliz eternamente, que todo lo demás, como dice Cristo en el evangelio, se nos dará por añadidura.
Así estuvimos hasta que cayó la noche y cenamos. El viento del sur había barrido las escasas nubes que habían quedado navegando en la inmensidad de los cielos después de la lluvia. Las estrellas brillaban mientras nos llevábamos al estómago unos huevos fritos en manteca de cerdo, a los que, a falta de pan, volvimos a acompañar con mandioca cocida. Untaba grandes pedazos de mandioca en la yema de los huevos y me los llevaba a la boca. Mis compañeros hacían otro tanto. Un perro grande, que hasta entonces no había hecho su aparición por la casa y al que el gigante recibió con desusadas muestras de afecto, nos exigía, enseñándonos sus afilados colmillos, parte de nuestra comida como un tributo, y todos le iban dando, quien más quien menos, parte de lo que les correspondía de aquella cena. Llamábase el perro Nerón y era grande como un mastín, manso como un faldero y muy juguetón con los niños, con los que, terminada la cena, se fue para siempre, abandonándonos.
-Es mucho más fiero de lo que parece -dijo la mujer-, pero con los que conoce es muy bueno y cariñoso.
-¿Y por qué le pusieron Nerón? -pregunté yo.
-Se lo puse yo -respondió el gigante-. La verdad es que no lo sé, porque Nerón fue una mala persona y éste es un perro de lo mejor. A lo mejor, me equivoqué.
-Le queda bien el nombre -dijo Marciano-, que los perros no saben quién fue el tal Nerón, ni falta que les hace. A lo mejor, el tal Nerón no era tan malo como lo pintan.
-Era peor -retrucó la mujer.
—466→Hacia las siete y media, todos nos moríamos de sueño. Por alguna razón que no comprendo, en tierras calientes americanas el sueño acude más temprano y nos obliga a veces a perdernos la contemplación de las noches más bellas. La mujer nos había preparado junto a los potreros unas hamacas colgadas de los postes que hacían las veces de columnas y nos dio unas mantas gruesas para abrigarnos.
-Siento mucho que deban pasar vuesas mercedes la noche a la intemperie.
-Estamos acostumbrados -le respondió Eusebio.
Nos acostamos los tres. El frío calaba hasta los huesos, pero pronto acudió el sueño y nos quedamos dormidos. Los caballos y las mulas estaban cerca, y, sobre nuestras cabezas, las estrellas brillaban como debieron de hacerlo el primer día de la creación. Creo que Eusebio aún permaneció algún tiempo despierto, pero Eliseo cayó en los brazos de Morfeo casi al tiempo en que se arrojaba sobre la hamaca y se arropaba con la frazada. Yo también tardé un poco en dormirme, aunque no estoy seguro de si me mantuve despierto el tiempo que pienso o soñé simplemente que estaba despierto. Con frecuencia he pensado en la dificultad que tiene el hombre para discernir con claridad el sueño de la vigilia, puesto que lo que soñamos es real mientras lo soñamos y sólo al despertar a la mañana siguiente descubrimos su falacia. ¿No será que soñamos que vivimos y que aún no hemos despertado? ¿No será un sueño todo lo que cuento en este libro y un sueño, incluso, mi locura? Si así fuera, no sería un loco, sino un cuerdo que sueña que está loco. Y esta celda en la que a diario me muevo y duermo y vivo y sobre cuyo suelo se arrastran mis pies cansados, esta celda desde cuya ventana contemplo la inmensa y bella bahía de Asunción y las chatas cordobesas que la surcan de un lado a otro, las barquichuelas, los esquifes —467→ y los navíos; esta celda sería... Todo sería un sueño, y, al despertar, mi corazón volvería a saltar de gozo ante la posibilidad de regresar a la estancia de Pedro Mena, pues quizás aún estoy en el camino que a ella me conduce y Manuela me espera con los brazos abiertos para arrullarme, como se arrulla a un niño en su cuna, y calmar mis angustias, mis fríos y mis temores. ¡Oh, la maravilla del sueño, encanto de la mentira!
Me acuerdo bien de un hombre a quien, siendo aún niño, conocí en Logroño. Sentábase en un banco pequeño frente a la iglesia de la Redonda todos los días a la misma hora. Vestía con mucha corrección y llevaba una peluca limpia y bien empolvada. En invierno, terciábase la capa para protegerse del cierzo. Era lo que entonces se conocía con el nombre de loco manso, un ser indefenso e inofensivo que, desde hacía más de treinta años, esperaba cada día a su esposa, muerta frente a sus ojos al salir de la misa. Aquel había sido un caso muy sonado. No había nadie en la ciudad que no lo conociera. La esposa apenas tenía diecisiete años y él veinticinco cuando ocurrieron los hechos. La esposa había muerto de repente. Había caído al suelo frente a sus ojos en medio de un pequeño grupo que con ella salía de la iglesia. Este buen hombre jamás se enteró de lo que había sucedido, y todos los días, a la misma hora, se sentaba en el mismo banco en el que la había esperado aquella mañana y esperaba a que su mujer saliera de la misa. Así me ocurre a mí. Quizá yo estoy todavía en la chacra de Marciano y su mujer, esperando reanudar el viaje hacia la estancia de Pedro Mena. Aún no he salido de ella, probablemente, y, mientras mis compañeros duermen a pierna suelta en las hamacas que la mujer de Marciano ha puesto para nuestra comodidad en el potrero, yo espero que llegue el día, que el sol se abra y que podamos reiniciar el viaje que ha de conducirme hasta los brazos de Manuela. Sigo esperando mientras —468→ sueño soñando que estoy despierto. Pero ¿cómo sabré si el amanecer es amanecer, el día, día y yo soy yo ya despierto y dispuesto al viaje? ¿Cómo lo sabré, si no sé si duermo o estoy despierto ahora cuando escribo o cuando sueño que tomo la pluma para trazar algunos garabatos sobre el papel? ¿Cómo tener certeza de lo que, a ojos vistas, es incierto y sobre lo que nada podemos asegurar? ¿Vivimos ciertamente o soñamos que vivimos y nos engañamos a nosotros mismos? Aún más: ¿somos nosotros mismos los que soñamos o nos sueñan otros? ¿Cómo estar seguro de nada? Vanidad de vanidades. Dicen que fue Salomón quien acuñó estas palabras. Tampoco él, siendo sabio, estaba seguro de nada. ¿Por qué habría de estarlo yo, que no lo soy?
A la mañana siguiente nos despertamos, desayunamos con Marciano, su mujer y el gigante y, después de volver a cargar nuestros matalotajes en las acémilas y ensillar los caballos, nos despedimos. Al gigante, según nos dijo, le hubiese gustado que nos quedásemos unos días más para seguir charlando, cosa que a mí me extrañó sobremanera, porque parecía más bien parco en palabras, aunque con los oídos siempre abiertos. Se ofreció a acompañarnos varias leguas de camino por el gusto de seguir con nosotros o por haraganear un poco más, como dijo Eliseo cuando al fin se despidió de nosotros, que «a estos fortachones lo que les sobra de fuerza les falta en genio», según la expresión que, en ese momento, utilizó el converso. La mujer se había levantado temprano y nos había preparado un buen viático de carnes guisadas que habría de durarnos al menos un par de días, si las cosas iban como las pensábamos. Yo había calculado que nos faltaban al menos cuatro para llegar a la estancia, si lo hacíamos con la prisa que empujaban mis deseos. Pocos minutos antes de partir, Marciano me llevó aparte y me entregó un paquete —469→ en el que había una bolsa de cuero con buena pólvora, balas, yesca y pedernal, por si mis municiones se habían mojado en el camino.
-Esté bien atento vuesa merced a cuanto sucediere -me dijo-, que en andurriales como éste más son los que mueren por confiados que por otra cosa.
-Llevo conmigo excelentes compañeros de viaje -le dije-, pero, de todos modos, se lo agradezco.
-Nada hay que agradecer, que estoy seguro de que vuesa merced hubiera hecho otro tanto por mí de hallarme en el mismo trance.
Al fin nos despedimos del matrimonio y de los niños, y yo vi cómo a la mujer se le anegaban de pronto los ojos en lágrimas, que viviendo, como vivía, en lugar tan solitario y pese a la cristiana conformidad que en ello había puesto, estoy más que seguro de que, como había dicho Marciano el día anterior, eran muchas las cosas que echaba de menos de los lugares más poblados y con mejor policía. El gigante nos acompañó como dos leguas con la escopeta de caza y con el perro al que tantos juegos había hecho el día anterior. Habló poco durante el viaje, pero ponía atención a cuanto decíamos y se notaba a la legua que, a pesar de a ser un solitario, le gustaba la compañía de sus semejantes y que de nada disfrutaba tanto como de ésta. No habrían pasado ni dos horas de nuestra salida de la casa de Marciano, cuando tropezamos con los esteros del Yverá. Aquél era, más o menos, el paraje en el que nos habíamos tropezado con la misteriosa compañía del mburuvichá y su séquito de salvajes. El perrazo, que iba casi siempre delante de nuestros caballos, se detenía de cuando en cuando, olisqueaba algo, daba vueltas en torno a lo que acababa de olfatear y se ponía a ladrar con desesperación. A veces, aullaba como lobo o se arrastraba a cuatro —470→ patas restregándose en la hierba. Todos estábamos sorprendidos, y el gigante llamaba al perro por su nombre como si le interrogara. Nerón se acercaba a su amo y se ponía a correr de nuevo junto a su caballo. Como si nada ocurriera o como si se olvidara rápidamente de lo ocurrido, una y otra vez Nerón volvía a correr y juguetear, a perseguir perdices entre la hierba crecida y a hacernos juegos a todos para alegrarnos el viaje.
-Este perro se ha vuelto loco -dijo Eusebio en una ocasión.
-O huele algo que nosotros no podemos oler -le respondió el gigante.
-Los perros siempre huelen lo que nosotros no podemos -contestó el baqueano-, pero no deja de ser raro que abandone las pistas con tanta facilidad.
Nerón repitió tres veces más esta rareza. A la tercera nos dijimos que era necesario investigar, que sería bueno hacerlo, pero no lo hicimos. A la cuarta y última, los tres echamos pie a tierra y nos pusimos a mirar con detenimiento entre la hierba a ver si descubríamos las huellas de quienes tan extrañas pistas habían dejado en aquel terreno. Todo fue inútil. Ni Eusebio, tan experimentado en estos asuntos, logró descubrir nada. Menos aún yo. Eliseo fue quizá quien miró con mayor detenimiento, y, en un momento determinado, creí descubrir en el converso una palidez intensa que, según recuerdo, me sorprendió, pero a la que en ese momento no di la menor importancia. Volvimos a montar, esperando que Nerón repitiera su hazaña, pero, a partir de entonces, el perro normalizó su conducta, y nosotros, poco a poco, nos olvidamos de Nerón y de sus manías perrunas, que éstas suelen llamar pocas veces nuestra atención y, cuando lo hacen, por poco tiempo. No nos resulta sencillo a los hombres entender la lengua y el sentir —471→ de los animales, en tanto que ellos, sobre todo los perros, parecen entendernos mejor en ocasiones de lo que nosotros somos capaces de entendernos a nosotros mismos.
Al fin, el gigante y el perro se despidieron de nosotros, y continuamos solos el camino que habría de conducirnos a la estancia de mi amigo Pedro Mena, que ya veía en mi imaginación el corredor de la casa, sus cuartos y estancias sombreadas, el lugar en el que me encontraba con Manuela y tantos otros lugares, rincones y objetos que llenaban de continuo mi mente y que aún veo cuando cierro los ojos. La mañana, aunque soleada, era fresca, y realmente daba gusto cabalgar con un ligero vientecillo en la cara, la capa suelta y al viento y el pensamiento puesto en Manuela. Danse siempre, en estos casos, las mayores paradojas, que, cuando más prisa tenemos y más nos esforzamos en cumplir aquello que deseamos, más lento y tardo nos parece que se hace todo, y, así, aunque yo espoleaba mi caballo y obligaba a mis compañeros a seguirme en la galopada, por más que corríamos y agotábamos las caballerías, cada vez me parecía más lejana la meta que me proponía alcanzar. Manuela estaba en mi pensamiento, mas no en mis brazos, que era donde quería tenerla y donde soñaba con tenerla. Y, mientras iba cabalgando, imaginábala en nuestro rincón de siempre, con su nigérrimo cabello suelto sobre los hombros, descolgándole en cascada hasta los castos pechos, desnudos y velados a mis ojos. Y veía sus ojos y su boca. Los primeros eran dos pozos negros en los que penetraba a hurtadillas para conocer sus secretos, dos túneles profundos y oscuros abiertos en las nieves de la montaña. Y la segunda, una granada herida por un cuchillo de plata de la que manaba un licor embriagador que sorbían mis labios y cuyas gotas, como rubíes, caían en mi boca y la endulzaban. Mi fantasía iba poniendo en ella las gracias todas, mientras mi caballo galopaba al ritmo al que los otros caballos galopaban.
—472→Pero eran varios los días que aún faltaban para alcanzar las tierras de Mena y muchos y no menguados los peligros que podían amenazarnos. Hubimos de aminorar la marcha para dar descanso a las caballerías, pues nada lográbamos corriendo y perdiendo los caballos en ello y por mi culpa. El primer día lo pasamos sin novedad e hicimos en la noche nuestro vivaque al borde mismo de los esteros, con una gran fogata que iluminaba el entorno y confería a aquel paisaje agreste y primitivo un aire nuevo y más humano. Hizo la guardia el propio Eusebio, que aún no confiaba del todo en Eliseo Falcón. Volví a dormir y volví a soñar o a soñar que soñaba. Contaba a cada rato las horas que me quedaban para encontrarme con Manuela y, en mi imaginación, iba construyendo las frases con las que habríamos de saludarnos delante de su padre. Por fin soñé aquella noche algo que jamás antes había soñado, y era que me hallaba de nuevo en Samaniego y que jugaba con mis amigos un partido de pelota en las paredes de la iglesia. Jamás fui un gran pelotari, y recuerdo muy pocos partidos jugados en mi vida, casi siempre en mi infancia, pero en aquel sueño jugaba y sudaba y los golpes que le daba con la mano abierta a la pelota eran tan fuertes y formidables que, en ocasiones, la pelota se perdía entre las nubes sin que mi contrincante pudiera hacer nada por alcanzarla. Había sido éste un sueño repetido hasta la saciedad en mis tiempos de interno en el colegio de los jesuitas. Quizá se debiera a mi escasa habilidad en el frontón frente a compañeros que, como Javier Blanco, de Villar de Torre, parecían capaces de todas las hazañas. No lo sé. En aquel tiempo yo creía que despreciaba este juego. Decía a todos cuantos querían escucharme que era una pérdida de tiempo, y había quienes, por seguirme la corriente, me daban la razón en todo. Ahora pienso que, quizá, siempre quise destacarme en él y que jamás lo logré. Por eso soñaba con aquellas increíbles hazañas de hacer que un solo —473→ golpe de mano llevara la pelota tan lejos y tan alto que nadie pudiera recogerla. A aquella enorme fuerza añadía en mis sueños una enorme habilidad. Cuando el contrario me enviaba un golpe similar, podía yo dar saltos de varias varas y correr a una velocidad que ni las liebres podrían. Ni los galgos. Aquella noche soñé con todas estas cosas, y mis amigos del pueblo se entusiasmaban y me llevaban más tarde a la taberna para celebrar mi victoria. Todo el pueblo me reconocía como su héroe, y me hacían un homenaje en la plaza y todos aplaudían. Habían acudido a aquella convocatoria todos los hombres y todas las mujeres. Estaban los niños y las niñas, el párroco, el coadjutor y el sacristán. Eran cientos, miles de personas que llegaban de todas partes, de Samaniego y de La Guardia, de Ábalos y de San Vicente y hasta de Haro y de Logroño. Toda La Rioja estaba a mis pies y me reconocía como un héroe, y yo tenía que hablar (recuerdo) a aquella enorme multitud que se había reunido en la plaza, y no sabía qué decir. Y, como no sabía qué decir, hablé de Indias, de Manuela y de Paraguay, de los indios y de los jesuitas, y volví a hablarles de Manuela, del amor que me consumía, de la necesidad que tenía de tomar de nuevo el barco y de hacerme a la mar para volver a estas tierras que jamás había abandonado. Y, a medida que iba hablando, me daba cuenta de que la plaza de Samaniego ya no era la plaza de Samaniego, sino la gran plaza de Asunción, enorme, en la que cabía todo el mundo, y los rostros ya no eran los de mis amigos de antaño, ni el de mi hermana Leona y mi cuñado. Ya no estaba ninguno de ellos en mis sueños. Eran otros [...] iguales a aquellos que aquella noche de invierno en Lima sedujeron a la criada del marqués [...] como había ocurrido en Nápoles, según el testimonio que nos queda de Apiano. Nunca supe si volvería a verlo, pero, a la mañana siguiente, ya me había convencido de lo primero.
—474→Fueron cinco días más los que tardamos en llegar a la estancia. Pasámoslos sin contratiempos dignos de mención, si hago excepción de un curioso fenómeno de incierta naturaleza, aunque bien podríamos llamarlo meteorológico, atendiendo al sentido primero de la palabra. Fue al tercer día de haber abandonado la casa de Marciano. Habíamos hecho nuestro vivaque casi al borde mismo de la selva, en medio de unos grandes pastizales muy frecuentados por caballos salvajes y vacas cimarronas. Abundaban también en él los tigres y otros animales, y toda la noche nos turnamos en nuestras guardias por temor a que, a pesar de la hoguera, pudieran las fieras aproximarse a nuestro campamento. No ocurrió nada de esto, por fortuna, y, cuando el día llegó, aunque escasamente descansados, hallábamonos con ánimos suficientes para continuar el viaje. Hacía más de veinticuatro horas que se nos habían acabado las [provisiones] que la mujer de Marciano habíanos dado como viático de la excursión, y estábamos dispuestos aquel día a dedicarnos a la caza. Habíamosle tomado mucho gusto a la carne de carpincho, que además era un animal de caza fácil y abundante en alimento. Así que, desde temprano, dispusímonos a la caza, preparamos nuestras escopetas y nos internamos en los esteros. Al poco tiempo de iniciada la caza, nos topamos con una piara de estos animalitos, disparamos y cazamos tres ejemplares. Yo tuve que meterme en el agua hasta las rodillas para cobrar mi pieza. Cuando estaba a punto de salir victorioso con ella, abalanzose sobre mí un yacaré con tanta furia que, de haberme agarrado un brazo entre sus mandíbulas, hoy estaría manco de la mano derecha e imposibilitado para escribir. Un certero disparo de Eliseo, que tenía ya de nuevo lista su escopeta, acabó con la vida de aquel monstruo, y el buen Eusebio, que hallábase igualmente preparado, terminó por rematarlo. La cosa no hubiera pasado de un susto más bien corriente en estas latitudes, si, al saltar a tierra firme y segura con mi presa, a la —475→ que no había soltado en ningún momento, no hubiera alzado la cabeza al cielo y quedádome maravillado con lo que veía. Sobre nuestras cabezas dibujábase un arco iris espléndido sin que hubiésemos conocido lluvia alguna que lo motivara. Parecía un milagro y una buena señal, y los tres lo celebramos como tal. El arco iris estaba tan bien dibujado que parecía hecho por los pinceles del pintor más experto. Aquella señal nos dio ánimos para seguir adelante.
Hallo algunas incoherencias en el texto de don Millán a medida que se aproxima al desenlace. No se trata tan sólo de los vacíos, de los fragmentos perdidos o de las frases incomprensibles y cortadas que yo sustituyo con puntos suspensivos entre corchetes. Hay algo más, según me parece. No sé bien lo que es, pero hay algo que no es muy claro. Lo del testimonio de Apiano, por ejemplo, no sé, ni puedo saber, a qué se refiere. No parece que venga a cuento o que tenga algo que ver con lo que narra líneas arriba. Tengo la impresión de que, a medida que se acerca el desenlace de la historia, la mente del narrador se vuelve más confusa y más perturbada. Hay en todo narrador, aun cuando no esté loco, como don Millán, una natural y primera confusión que no se refleja, sin embargo, en el lenguaje ni, mucho menos, en la estructura de lo narrado. Estos dos últimos elementos son elementos de orden, no de caos, ni de confusión. La mente del narrador, cuando es cuerdo, puede estar confusa, pero, a medida que avanza en su narración, se va ordenando, porque es el lenguaje el que la ordena. Pero no parece estar ocurriendo esto en la narración de don Millán. Hay momentos en que parece que quiere adelantarse a los hechos, aunque, de pronto, frena, porque la lógica de la narración le obliga a ello. Los frenos son cada vez más débiles, sin embargo. En medio de su locura, el caballero a la vez ha debido de verse obligado a hacer esfuerzos inauditos para mantener el orden necesario para la comprensión —476→ de su texto. Este esfuerzo ha debido de agotarlo. De ahí que afloje ahora y se interrumpa una y otra vez para hablarnos de su Manuela, que, en última instancia, es de lo único que quiere hablar, porque quizás haya escrito tan extenso documento con el solo propósito de seguir viviendo antes de la muerte de su amada, como ese loco al que, según cuenta, conoció en Logroño cuando era niño. Yo conocí uno semejante en Lima, hace ya muchos años. Era un hombre pulcro y viejo que, desde muy joven, se sentaba en un banco del Parque Kennedy de Miraflores para esperar a su novia, muerta frente a sus ojos al ser atropellada por un automóvil cuando atravesaba la calle para encontrarse con él. Jamás se encontraron porque la muerte los separó para siempre, pero cada día la locura hace posible la esperanza de un encuentro imposible. Mi impresión es que todo este largo escrito de don Millán, si de verdad es suyo (ya he expresado en otro momento mis dudas al respecto), no es sino un intento de mantener viva la esperanza de un encuentro imposible. ¿En dónde? En la estancia de su amigo Pedro Mena, naturalmente, ese lugar en el que todos sus sueños pueden cumplirse y que podemos interpretar como un paraíso siempre perdido y siempre, también, a punto de recobrar.
A medida que avanzábamos, la luna. Habían sido días buenos para todos, pero los indios que vagabundeaban por aquellos territorios no se habían dejado ver, y las abejas libaban entre las flores como si fuera primavera. Los pindós se levantaban, esbeltos, con sus penachos hasta el cielo. Los pajarillos revoloteaban y cantaban entre las plantas verdes. No había nadie. No se sentía a nadie. Runrún eterno de la naturaleza. Gorjeos y, al fondo, el sonido fluyente de una cascada imposible. Nuestros caballos eran como sombras penetrando en silencio en una iglesia. Los campos vacíos. Allí donde en otro tiempo los hombres iban y venían, corrían en sus potros, —477→ los fustigaban, sólo el polvo. Y donde las vacas rumiaban la hierba, el silencio. Seguimos avanzando. Nadie nos recibía. Nadie cabalgaba por aquellas praderas, por aquellos llanos, y sólo algunos caballos pastaban entre la hierba verde con absoluta indiferencia. Eusebio miraba a uno y otro lado con asombro, como si no pudiese creer lo que estaban viendo sus ojos. Anochecía. Las casas de los peones parecían cerradas. Un perro ladraba a la distancia. La luna se deslizaba en silencio sobre un cielo plomizo, ligeramente azul, un cielo turbio y de ensueño. El mundo se oscurecía. Los grandes árboles que cercaban la estancia, silueteados en el aire. Las luciérnagas volaban delante de nuestros ojos. No hacía frío. No corría viento. No había humedad. No sentía frío. No podría haberlo sentido. Pero había algo que me penetraba en los huesos y los punzaba como una aguja fina y penetrante. Manuela. Pensaba en Manuela y apresuraba el galope de mi caballo. Escuchaba los golpes sordos de sus cascos contra el suelo. Eliseo Falcón venía detrás, y no lo veía. Llevaba (imagino ahora) su infaltable trabuco en la mano derecha, sin soltarlo. El trabuco de Eliseo. Hay muchas noches en las que sueño con él. Siempre en su mano derecha, a punto de dispararlo, preparado para matar. Llegamos a la casa, salté del caballo y eché a correr. Corrí y corrí. Y corrí. En el corredor yeré, donde las mujeres reían y cantaban, contaban historias de fantasmas y de hombres lobos, hilaban y tejían, silencio y vacío. Me detuve un momento. Me quité el sombrero sin saber bien por qué lo hacía y me santigüé. No sé cuánto tiempo pasé arrodillado sobre los fríos y polvorientos ladrillos rojos del corredor de la casa. Ya era de noche y hacía mucho frío cuando volví en mí. Eusebio tenía su mano derecha sobre uno de mis hombros, y el converso me miraba fijamente a los ojos desde [...] con el trabuco. Su boca era inmensa y negra, redonda y ancha en la parte de afuera, boca que se estrechaba a medida que el tubo se alargaba hacia la mano de quien lo —478→ empuñaba con la firmeza de los asesinos. Lo había visto en sus ojos. Me di cuenta cuando [...] quise lanzarme sobre él, pero Eusebio Pindú me contuvo. El baqueano prácticamente me levantó en vilo. Me puse de pie, y los tres penetramos en silencio al interior de la casa. Afuera, la noche estrellada.
Las cortinas de las ventanas del estradillo estaban corridas, y la luz de la luna penetraba en él iluminando los muebles. A medida que avanzábamos, la luna. Los grandes sillones frailunos contra las paredes y las sillitas de anea arrinconadas en las tinieblas. Las mesas y mesillas. El silencio más profundo. Nuestros pasos profanaban aquel misterio y resonaban monótonos en la oscuridad. Eusebio iba adelante, abriéndonos el camino hacia los dormitorios. Con algo de yesca, el converso encendió un cabo de vela que llevaba consigo. La luz abrió un boquete de claridad en las tinieblas. Encendió las velas de un candelabro que había sobre una mesa. Yo no osaba levantar los pies: los deslizaba suavemente sobre el suelo de ladrillo rojo que, a la luz de las velas encendidas, emulaba los colores del infierno. Íbamos uno detrás de otro por el pasillo, en una especie de procesión hacia algún templo misterioso. Yo cerraba el cortejo. Más allá de las ventanas, la luna (omnipresente). Marfil nocturno, carne yerta, inmóvil y sin sangre tras los visillos, más allá de los cristales, más allá del aire azulado y turbio, más allá... De nuevo el perro y sus aullidos, cada vez más prolongados y lastimeros. Cada paso era un siglo, miles de días, cientos de miles de horas, millones de minutos. Podría hacer el cálculo y [... ] presentar las evidencias a los físicos para que construyan sus teorías. Luz fría y calor de infierno. El rojo infernal de los ladrillos. El marfil de las paredes. La luna siempre. El pasillo giraba a la izquierda. La habitación de Pedro Mena se abría ante nosotros. Eusebio empujó la puerta. Ingresamos a ella. Uno detrás de otro. Primero, el baqueano. —479→ Luego, el converso. Yo fui el último. Sobre la cama, un cuerpo, y el olor de la muerte que impregnaba la atmósfera. Aún me persigue aquel olor. Eusebio se aproximó al lecho, y Eliseo iluminó la escena con el candelabro. Echado boca arriba con los brazos cruzados sobre el pecho, como si mi amigo hubiese recibido los santos óleos, Pedro llevaba puesto su mejor traje de fiesta y sonreía. En sus manos, un rosario de cuentas negras con un crucifijo de oro y diamantes. Sobre su cama, un Jesús crucificado en un Gólgota cargado de tenebrosidades. A sus pies, un sombrero de tres picos. Todo en orden. Nada tan ordenado y limpio. Nada tan muerto.
Me precipité de nuevo hacia el pasillo. Eusebio y el converso me siguieron. La luna. Allí de nuevo, tras los visillos de la ventana. Empujé la puerta del cuarto de Manuela e ingresé. Las ventanas del cuarto estaban abiertas de par en par, y por ellas se colaba la noche. El frío de la noche. Las humedades de la noche. La noche y las estrellas. La oscuridad de la noche. Sólo recuerdo un cuerpo a los pies de la cama, acurrucado. Era una mujer vieja, envejecida por los siglos de los siglos, echada allí, inmóvil y yerta. Volvió a aullar el perro a la distancia, y oí por vez primera un graznido lejano y, luego, otro y otro y otro, como si todos los señores de la noche se hubiesen reunido en un congreso de cuervos. La oscuridad era profunda, y estaba solo. Eusebio y el converso habían desaparecido, y yo notaba un aleteo frío junto a mi cara, abanicándome las mejillas. Caí al suelo aterrorizado, y, desde el suelo, vi cómo la viejísima señora que había hasta entonces permanecido acurrucada al pie del lecho se levantaba y sin más trámite salía de la habitación, arrastrando sus viejísimos pies sobre los rojos ladrillos del infierno. Quería y no quería mirar lo que estaba en el lecho, pero algo o alguien me impedía hacerlo. Sabía y no sabía y quería y no quería saber, como sé y no sé y quiero y no quiero todavía. —480→ ¡Allí! Allí se encontraba. Echada, yerta, quizá también con los brazos cruzados como su padre o, sencillamente, descansando a la hora de la siesta, aunque era de noche ya cerrada y la luna estaba con nosotros celebrando nuestras nupcias de muerte. A medida que avanzaba solo por aquel pasillo, la luna. Eusebio y Eliseo Falcón habíanse quedado conversando en la habitación de Pedro Mena, y éste les contaba lo que había sucedido el día anterior, cuando los hombres del mburuvichá llegaron a la estancia y obligaron a los peones a huir y a las mujeres a refugiarse en la selva, donde estarían ahora, preparándose quizá para volver a la casa, si es que no habían muerto, pues mi Manuela necesitaba de sus cuidados. Y yo avanzaba por el pasillo hacia la habitación en la que mi amada me recibiría con los brazos abiertos, echada en su lecho, desnuda y tibia, con sus carnes temblando. Manuela. Íbamos a celebrar nuestros esponsales aquella noche. Himeneo. Atrás quedarían para siempre los viajes, las aventuras, los miedos y los sueños de grandeza que alguna vez había alimentado mi fantasía infantil en días ya lejanos, casi olvidados. Mi grandeza estaba en Manuela, en sus senos de miel y en sus ojos profundos y negros, en sus brazos abiertos en cruz para aprisionarme en ellos. Era feliz mientras corría a su encuentro en nuestro escondite de siempre, y quedaban atrás los hombres del mburuvichá que habían hecho huir a los peones de la estancia y habían estado a punto de quemar la propiedad. Por fortuna, aquella enorme mujer negra que hacía las delicias del niño hecho hombre gigantesco y gordo, hombre niño imberbe, guagua, criatura de teta gigante, habíale dicho a éste que mejor se llevaran las vacas y los caballos o cuantas vacas y caballos pudieran llevarse consigo para continuar sus hazañas y crueles y perversas correrías de bandoleros salvajes a lo largo y ancho de todo el Paraguay, a lo largo y ancho de sus ríos y praderas, sus bosques y sus colinas, que nada ganaban —481→ con quemar la estancia del viejo español al que habían envenenado, vestido con sus mejores galas y puesto en la cama con los brazos cruzados y un rosario de cuentas negras en las manos. Y el mburuvichá ordenó que nadie destruyera nada de aquella propiedad, que se quedara tal como estaba, que estaba bien como estaba, y así estaba cuando yo llegué a ella aquella tarde cuando ya estaba a punto de anochecer y me acompañaban, como me habían acompañado desde que saliera de la misión de los jesuitas, Eusebio Pindú y un converso de Esmirna que se sentía tan español como yo mismo, pero que, con espíritu traidor, habíase rebelado contra su majestad don Carlos y sus leyes para seguir a Satanás, sus pompas y sus obras, como dicen que dice el catecismo del padre Astete del que ya nada o casi nada me acuerdo. Y entré a la casa y estaba en silencio el mundo, la Tierra toda, como al comienzo de los tiempos. Todo en silencio. Y, en su cuarto, Pedro Mena sentado en una sillita de anea como una vieja que rezara el rosario y no se levantó y siguió sentado, moviendo la cabeza de arriba abajo como si siguiera un rezo o una melopea. Mis dos compañeros se quedaron con él conversando sobre la noche de San Juan en Asunción y cómo la celebran los asuncenos con saltos sobre las hogueras y la pelota tatá y el paso del fuego con los pies desnudos, que hay que ser muy valiente para hacerlo. Mientras mis compañeros de viaje conversaban con mi gran amigo y le contaban los sucesos de la jornada y los de las jornadas pasadas en las misiones con los curas de la Compañía, yo volvía a salir al pasillo y me iba directamente a la habitación de Manuela, donde ella me esperaba, pero no la hallaba, pues la habitación estaba vacía, y entonces (yo lo sabía) volvía sobre mis pasos para salir de nuevo al pasillo y enfilar hacia el jardín y buscar nuestro escondite. Allí estaría, como estaba siempre, con los brazos abiertos y el pelo oliéndole a jazmines.
—482→Me precipité de nuevo hacia el pasillo. A medida que avanzaba, la luna. La luna detrás de los visillos de gasa. La luna pálida. La luna fría. La luna tras los postigos. La luna grande de aquella noche. La luna. Corrí y corrí. Y corrí. Salí de nuevo al jardín y al corredor, y no había nadie. Eliseo Falcón, el maldito converso de Esmirna, el marrano que se había enriquecido con el contrabando de Colonia Sacramento en Buenos Aires, estaba esperándome con su enorme trabuco en la mano, sosteniéndolo con fuerza, y me apuntaba. No veía a Eusebio. No estaba Eusebio. Estaría en el campo, galopando. No habría llegado todavía a casa. Se habría quedado en el camino por el que vinimos de los esteros del Yverá. Los esteros y los días de lluvia. El invierno y el frío de las noches. ¡Cuántos recuerdos! ¿Dónde vivía su mujer? ¿Dónde? ¿En qué lugar se escondería? ¿Habría huido con los hombres del mburuvichá? ¿Serían rebeldes? ¿Qué hacía el converso siempre con el trabuco, apuntándome ahora con él y apoyándolo en ambas manos? No le hice ningún caso y seguí corriendo, ahora hacia el jardín, mientras a mis espaldas escuchaba un ruido espantoso, como de trueno, pero más cercano. Pedro Mena me decía que me calmara, que no había ocurrido nada grave y que Manuela hacía ya más de dos meses que esperaba mi regreso todos los días para celebrar nuestros esponsales. Estaba feliz. Al fin, el himeneo. Al fin. El himeneo. Los esponsales. Las bodas. Manuela me esperaba sobre su cama, echada con las carnes desnudas palpitando de emoción, y yo iba hacia ella. Y, a medida que avanzaba, la luna. Y el trabuco de Eliseo Falcón que vomitaba fuego y sonaba como el trueno en la tormenta. Y caía al suelo. Entonces me daba cuenta de que conmigo había caído Eusebio y que ambos, si no muertos, estábamos a punto de morir, pero que no estábamos muertos, porque nuestros caballos galopaban hacia la estancia donde nos esperaban Pedro Mena y su hija Manuela, con la que yo me iba a casar esa misma noche y a celebrar —483→ las más bellas y ricas bodas que jamás se hayan celebrado en Paraguay. Saltábamos los dos a tierra desde los caballos, y Eusebio íbase de inmediato por las casas de los peones a buscar la suya y su amor, que, tras más de dos meses de ausencia, lo estaría esperando como a mí me esperaba Manuela, echada en la cama, con los brazos abiertos en cruz y las carnes desnudas y temblando. Yo imaginaba sus senos de miel y su sexo de fuego cuando llegué al corredor. No había nadie en él. Nadie me había salido a recibir. Nadie en el estrado. No había una sola vela prendida, pese a haber caído la noche y a estar la luna siguiéndome los pasos como un asesino al acecho. [...] por eso mismo. Pedro Mena se puso de pie y me abrazó. Tenía puesta su casaca más elegante y unos calzones de seda ajustados a sus pantorrillas. Sus zapatos se ajustaban con brillantes hebillas de fina plata de Potosí. Sentí un escalofrío al abrazarlo. El cuerpo de Pedro Mena parecía congelado, pero me quedé con él un buen rato, y le dije a Eliseo Falcón que fuera a buscar a Eusebio Pindú, que me gustaría que él le contara a su patrón las vicisitudes de aquel viaje en el que gastamos más de dos meses de nuestras vidas y que había culminado, por fin, con éxito. Esa misma noche redactaría el informe final al señor virrey. O quizás, al rayar el día, porque en la noche Manuela me esperaba. Le dije que se diera prisa, que yo, mientras tanto, conversaría con Pedro y esperaría a Manuela. Eliseo salió de la casa, y Pedro Mena y yo volvimos a quedarnos solos en aquel estradillo que ya me era tan familiar y en el que me paseaba y movía de arriba abajo como siempre me he paseado en mi propia casa. Pedro me contó entonces lo del mburuvichá gordo y grasiento. Y me habló de su séquito de harapientos y bárbaros. Me dijo que había venido con su ejército, que había entrado en la estancia y que los peones y sus mujeres habían huido por miedo hacia la selva. Me dijo también que había en aquel ejército una mulata grande y gorda que les había obligado a él y a —484→ Manuela a tomar una infusión venenosa y que, mientras estaban muriendo, fueron obligados a contemplar los horribles actos de lujuria que aquellos hombres y mujeres cometían en su presencia. «Mas ya se han ido», me dijo, «y ya no volverán jamás. Vete a buscar a Manuela, que te espera en su habitación». Lo volví a abrazar con fuerza. Seguía helado. Ni Eusebio ni Falcón volvían a la casa, y yo no podía ni quería esperar más. Tenía mucha prisa y quería celebrar cuanto antes mis esponsales. Mis esponsales. Nuestros esponsales. Me esperaba Manuela, y yo no podía hacerla esperar más tiempo. Mi amor me había estado esperando durante más de dos meses, y yo la había esperado toda la vida. No esperaría más. No. Corrí y corrí. Y corrí. A medida que avanzaba, la luna. Cuando salí al pasillo, vi cómo Eliseo Falcón descargaba su trabuco en el cuerpo de Eusebio y cómo caía éste de espaldas y, después de un rato, haciendo un gran esfuerzo, trataba de levantarse sin lograrlo. Falcón me apuntaba ahora a mí. Le di la espalda y emprendí una loca carrera hacia el jardín en el que Manuela y yo teníamos nuestro escondite, en el que nos veíamos todos los días cuando éramos enamorados y donde esperaba que ella estuviera, echada en el suelo, desnuda y con las carnes palpitantes. Pensaba en sus senos de miel y en el calor de su sexo, cuando percibí un fogonazo a mis espaldas y escuché el ruido de un trueno, profundo y seco. Caí al suelo junto al cuerpo de Eusebio, cuyos ojos, abiertos como platos, me estaban en ese momento mirando fijamente. [...] cabalgábamos en los esteros, y el converso cantaba romances antiguos aprendidos en la judería de Esmirna y nos ilustraba sobre las historias que se contaban en ellos. La estancia estaba ya muy cerca, y nos sentíamos felices. Eusebio nos contaba lo que haría con su mujer aquella noche, y Eliseo se reía a carcajadas, como si todo aquello tuviera alguna gracia. Yo le dije a Eusebio que se dejara de añadir detalles escabrosos y de mal gusto que yo consideraba —485→ profanadores de un sentimiento tan puro y limpio como el amor, pero él me decía que el mío sí era un amor puro y limpio, pero que no creyera que todos eran así, que, a lo más, lo que une a un hombre con una mujer es una atracción similar a la que une a los perros en época de celo. Yo me enfadé, pero cedí. No era cosa de enfadarme cuando ya estaba tan cerca de la dicha y me disponía [...] esponsales. Al llegar, no vimos que nadie saliera a recibirnos. Parecía que la hacienda se hubiera vaciado de todos sus habitantes, y nos miramos a los ojos el baqueano y yo. Él los tenía vidriosos, y yo supe, en ese momento, que estaba muerto, como lo estaba Pedro Mena cuando me abrazó. Lo noté en el frío, así que salí corriendo de su habitación al pasillo y me fui de prisa al cuarto de Manuela, donde mi amor me esperaba desnuda, tendida en la cama con los brazos abiertos y el corazón presto para recibirme en su regazo. Mientras caminaba hacia su cuarto, soñaba con la tibieza de sus carnes, con el aroma de jazmines de su cabello, largo y extendido sobre sus hombros desnudos. ¡Mi amor! Más de dos meses separados por cosas que a ninguno de los dos nos interesaban en absoluto, pues cuanto sucede en el mundo es nonada para quienes se aman como nosotros nos amamos. Los jesuitas y el mburuvichá Nicolás primero, rey del Paraguay: todo es uno y es nada. Nonada. Invento de la ambición de los hombres. Vanidad inútil. Estupidez. Sólo el amor importa. Sólo él. Sólo Manuela. Y porque Manuela importa, yo sigo corriendo hacia su habitación, hacia el cuarto en el que me espera tendida en la cama y con los brazos abiertos y dispuestos al abrazo de los amantes. A medida que avanzaba, la luna. A través de los visillos de gasa, más allá del aire azul y turbio de la noche. Más allá... ¿Dónde? En el corredor de la casa, Eliseo Falcón con su trabuco en la mano a punto de disparar. Siempre estuvo a punto de disparar, desde que lo conocimos (o reconocimos) aquella mañana en la que se unió a nuestra excursión saliendo de la misión de los —486→ curas jesuitas. Era un trabuco malo. Trabuco grande y de boca ancha y negra por la que escupía su fuego el converso de Esmirna, contrabandista y rebelde contra el rey y contra sus leyes. Tenía que detenerlo. Yo era oficial de su majestad y mi obligación era detenerlo. Le dije que bajara su arma y que se entregara, que iríamos juntos a Asunción y que allí veríamos el modo de trasladarlo a Chuquisaca y ventilar su juicio. No lo hizo. No bajó su arma. No y no. Eché entonces mano a mi pistola, pero antes de que pudiera asegurarla y apretar el gatillo, me disparó. Caí al suelo, con el brazo izquierdo malherido. Una bala me había penetrado en él cerca del hombro. Me dolía y de la herida manaba sangre en abundancia. Eusebio también estaba caído y con los ojos abiertos. Estábamos en el vivaque, y amanecía. La hoguera estaba casi apagada, y había una neblina que nos negaba la visión de los horizontes. Los caballos, atados al tronco de un árbol gigantesco, trincaban la hierba que había crecido a sus pies con las últimas lluvias, y las acémilas permanecían echadas, descansando. Teníamos que volver a cargar de nuevo todo sobre sus lomos: nuestras petacas, nuestros bultos. Falcón había hecho la última guardia, y Eusebio aún estaba dormido [...] con una jícara de chocolate. Había sido un sueño maravilloso. Un sueño lleno de color. Un sueño de colores, como un cuadro. No había rayado el alba todavía, cuando montamos en nuestros caballos. El día era fresco y seco. La neblina se había disipado. Era un día excelente para una alegre excursión. Esperábamos, además, que fuese el último. Habíamos dejado un gran bosque a nuestras espaldas, y ahora cabalgábamos por una pradera muy verde en la que veíamos, de trecho en trecho, vacas cimarronas pastando y uno que otro caballo chúcaro y asalvajado. Los caballos relinchaban como si estuvieran asustados. Al mediodía salió un poco de sol, e hicimos una buena fogata a la orilla de un riachuelo cantarín y limpio. Asamos dos perdices que Eusebio había cazado para nosotros, —487→ y nos felicitamos de que, al día siguiente, pudiéramos comer en mesa y con manteles. Hicimos bromas, una tras otra, y Eusebio nos contó sus amores con una mujer de la estancia que lo estaría esperando aquella misma noche para disfrutar de su compañía. La mujer, según nos dijo, estaba casada, pero él la consideraba su mujer, porque el marido, no sólo consentía estos amores, sino que la tenía prácticamente abandonada. Decíase que el tal cornudo era, además, bujarrón, y que sólo satisfacía su apetito con algunos señores de las Corrientes que eran de todos conocidos. Eliseo Falcón aprovechó la oportunidad que le daba la conversación para contarnos historias bastante risibles de bujarrones de Esmirna, que era donde él más los había conocido, pues, según nos dijo, el vicio nefando no era tan mal visto en oriente como en occidente. Después de comer, continuamos nuestra derrota. Cada paso de mi caballo era para mí como una legua descontada de la distancia que aún me separaba de mi Manuela. Contaba los pasos, pues no podía pensar en otra cosa que no fuera el encuentro que se aproximaba y que tan feliz iba a hacerme para siempre. A veces le ponía letra con música a aquellos pasos de mi caballo e iba canturreando lo compuesto a manera de una copla andaluza por los bajines. Sólo pensaba en Manuela, en mi Manuela, y me resultaba sumamente difícil seguir la conversación que mantenían mis compañeros de viaje. Para mí el sol no avanzaba nada en su derrota diaria, y los minutos transcurrían con la desesperante lentitud de las horas. Para mí aquellos minutos eran eternos. Cada accidente que observaba a la distancia -un pequeño montículo, un árbol solitario, un arcabuco, un hormiguero grande- me motivaba a realizar complicados cálculos cabalísticos que ocupaban mi imaginación durante minutos e, incluso, durante horas. Hasta calculaba los ángulos que formaban los troncos de los árboles con sus sombras y, de este modo, llegaba a las más absurdas y disparatadas conclusiones sobre el carácter fasto —488→ o nefasto de cada uno de los pasos, de los miles y miles de pasos que aún tendríamos que dar para alcanzar nuestro destino. Las sombras se alargaban a medida que el sol declinaba hacia el poniente, y yo seguía contando y calculando y pensando en Manuela, en sus ojos, en su cuello, en su cintura, en su boca de grana. Cuando quedaban apenas dos leguas para alcanzar la estancia de Pedro Mena y habiendo reconocido Eusebio y yo el lugar por el que atravesábamos, solté mi caballo al galope y comencé a devorar las distancias, como se dice. Mis compañeros me siguieron, pero yo apenas notaba su presencia. Mi mente estaba ya con Manuela, en el estrado de la casa, en su habitación, en nuestro escondite de enamorados. Y, así al galope, llegamos los tres casi al mismo tiempo a la explanada rodeada de árboles y de las casitas de los peones en la que se hallaba la casa de Pedro Mena, y yo eché de inmediato pie a tierra y, sin dejar de correr, salté una cerca, subí los peldaños que llevaban al corredor yeré de la casa, abrí la puerta principal y penetré en el estradillo. Era ya de noche y, a medida que avanzaba, la luna. No había nadie. Nadie. Todo estaba oscuro, y ni un mal candil alumbraba la habitación. Caminé a tientas, seguido de mis compañeros de viaje. Atravesé el estrado esquivando los muebles. Salí a un pasillo. Mis compañeros me precedían con velas encendidas. Cada paso que daba me parecía eterno. Cada segundo era un siglo. Al llegar a la pieza del dueño de la casa, Eusebio se adelantó y abrió la puerta. A medida que avanzábamos, la luna. La luna a través de los visillos de gasa, más allá del aire azul y turbio de la noche. La luna. Sobre el lecho, el cuerpo de Pedro Mena con sus galas y las brazos cruzados sobre el pecho. En sus manos, un rosario de cuentas negras. Me precipité al pasillo. Quería alcanzar cuanto antes el cuarto de Manuela. Empujé su puerta, que cedió con facilidad. Al pie del lecho vi (tal vez —489→ sólo imaginé) a una mujer viejísima acurrucada en el suelo. Tuve en ese momento la sensación de que un pájaro o algún otro animal aleteaba junto a mi mejilla. Fue un aleteo frío acompañado de una multiplicación de graznidos. Mi fiel Eusebio estaba junto a mí, pero no pudo evitar que cayera al suelo de la impresión. No podía mirar en el lecho. Sabía qué había en él, qué lo ocupaba. Podía imaginarlo, pero no quería. No quería ni quiero saber y siempre me he negado y me seguiré negando por los siglos de los siglos. Ésta es mi única oración, la que repito a cada instante, la que me ha acompañado en todos estos años de soledad y de locura, en esta celda en la que me muevo y desde la que veo el río por el que puedo a diario deslizarme hasta llegar a las Corrientes y, desde allí, a la bella estancia de Pedro Mena en la que permanezco horas de horas, al pie del lecho de mi amada, con los ojos abiertos contemplando los abiertos ojos de Eusebio que me recuerdan la muerte que le produjera el trabuco del malvado converso de Esmirna cuando, al salir yo del pasillo hacia el corredor para dirigirme al escondite en el que habría de encontrarme con Manuela, el marrano disparó a bocajarro y percibí el fogonazo a mis espaldas, seguido por el estentóreo sonido de un trueno en medio de la tormenta.
Entonces, volví a precipitarme hacia el pasillo. Me esperaba Pedro Mena. Me esperaba [...] a pesar de tantos sufrimientos como la vieja decía haber padecido. Anastasia me contó entonces que quien la había matado era un hombre grande y pelirrojo, con una cicatriz que le cruzaba la cara de parte a parte y que le dejaba la nariz en dos mitades, y que, cuando la iba a matar, rezó en una lengua desconocida para ella una oración larga y salmodiada.
—490→-¿Y cómo sabe vuesa merced que era un rezo? -le pregunté.
-Lo he venido a saber después de muerta -me respondió.
Había sido la vieja muy beata hasta su muerte, dada a rezos y letanías. Le gustaba acompañar a mi Manuela en sus devociones. La besé en la frente. Estaba fría, helada, como Pedro Mena al abrazarme. La dejé allí, acurrucada, ovillada al pie del lecho, porque quería que esa noche se hicieran nuestros esponsales y no teníamos tiempo que perder. Manuela me esperaba en el lugar de siempre, y no tenía más que salir al jardín y correr a nuestro escondite. Antes debía alcanzar el corredor. Me precipité de nuevo hacia el pasillo. A medida que avanzaba, la luna. En medio del cielo azul y turbio, su cara marfileña, su palidez de muerte. Eliseo me esperaba con su trabuco listo. No atendí lo que me decía. No veía. No oía. Sólo atendía a mi deseo de llegar cuanto antes al escondite de amor, al nido que habíamos construido Manuela y yo y con el que había soñado todas las horas durante los últimos sesenta y cinco días. Cuando escuché el estruendo y caí al suelo, aún seguí corriendo y corriendo. Corrí y corrí. Y corrí. Junto a mí estaba Eusebio con los ojos muy abiertos. Galopaba con el poncho terciado y el sombrero a la pedrada. Yo iba a su lado, a la misma velocidad, con la capa al viento, agarrándome el sombrero con la mano izquierda para que el aire no se lo llevara. Teníamos prisa por llegar cuanto antes a nuestra querencia. A nuestro hogar. A ambos nos esperaban. A él, el amor de la noche furtiva. A mí, el de cada hora sin importar el astro destinado a iluminarlo. Al único al que nadie esperaba era Falcón, el misterioso converso del trabuco de boca ancha y negra como la noche. Los caballos se precipitaban en el galope, y yo tenía la impresión de que ya habían reconocido sus pagos y de que el suyo era un galope de confianza y de alegría. Al fin y al cabo, como Eusebio y como yo, volvían a su casa después de mucho tiempo y quizá —491→ también tuvieran sus querencias, sus yeguas favoritas y sus amores secretos y nocturnos. El viento me golpeaba la cara con fuerza y me la refrescaba. Hacíase ya de noche y, a medida que avanzábamos, la luna. [...]
Falta aquí un fragmento muy grande que, en mi opinión, debe ocupar, al menos, tres folios y que, probablemente, sea tan incoherente y repetitivo como todo lo que le antecede. No llego a entender por qué, al momento de volver a la estancia, la prosa de don Millán se torna tan reiterativa y tormentosa. Tan atormentada. Tan descuidada, en fin. Es como el lenguaje de un niño que repite hasta el cansancio una sola melopea, una cantaleta inaguantable. Está clara la impresión que ha recibido. Lo están, igualmente, los motivos de su locura. Podría yo muy bien eliminar toda esta parte, tan farragosa, para ahorrarle al lector el trabajo de descifrarla y el aburrimiento de leerla, pero no puedo, porque me he propuesto transcribir el manuscrito tal y como lo encontré en la librería de lance en la que lo compré el pasado mes de abril cuando el generalote de marras decidió que la fiesta democrática había durado lo suficiente en este país y que ya era hora de que los niños se fuesen a la cama porque en la televisión comenzaba la programación para adultos. Agradezca, más bien, el lector el que las lagunas que presenta el texto le ahorren en algunas ocasiones, como la presente, el verse obligado a internarse en la confusa maraña de los pensamientos de don Millán.
Ayer fue el cumpleaños de mi hermano Ángel. Lo llamé, pero no estaba en casa porque un hijo suyo fue internado urgentemente y él lo acompañaba en el hospital. Volveré a llamarlo el domingo que viene. A él o a mi hermana Luci. ¡Qué lejos está España, a pesar del teléfono, el fax, el internet y todo lo demás! Nada sustituye —492→ la presencia, el roce, la visión. La electrónica es un mal sucedáneo de la realidad y la realidad virtual un cuento para disfrute de los idiotas. Aquí en Asunción, los candidatos a la intendencia se esfuerzan en los últimos tramos de la carrera. Esta noche ha muerto un pobre muchacho en una gresca entre los partidarios de uno y de otro. Parece ser que un policía ha disparado contra la multitud y que uno de estos militantes, que probablemente tenía novia y sueños, ha dejado de vivir.
A estas horas ya se sabe quien es el nuevo presidente de los Estados Unidos. El de siempre, naturalmente. Para los latinoamericanos, el de siempre. Los nombres importan poco. Cada vez importan menos. Todos los candidatos y todos los presidentes de ese país son uno solo: el poder del dinero, que puede ponerse cualquier máscara. Las diferencias entre demócratas y republicanos sólo son percibidas (si lo son) por los ciudadanos del gran país del norte. Para Paraguay, El Salvador, Santo Domingo, Puerto Rico, Costa Rica, Brasil, Haití, Chile, Perú, Bolivia, Uruguay, Ecuador, Argentina, Cuba, Nicaragua, México, Honduras, Guatemala, Panamá, Colombia o Venezuela, el presidente de los Estados Unidos es el de siempre. Siempre es alguien que está frente a nosotros, en la más franca oposición a nuestros deseos y aspiraciones. En ocasiones pienso que en la más franca y abierta oposición a los deseos y aspiraciones del resto del mundo. Así y todo, nadie deja de interesarse por lo que ocurre en el país más moderno y poderoso del mundo, en el más indiferente al resto de la humanidad. Hoy, cuando los fundamentalismos de todo signo aseguran a los pobres seres humanos la protección del padre, Estados Unidos es el gran padre castrador que, empero, nos protege de caer en las redes de la libertad y en el deseo de ser lo que queramos. No existe, pues, fundamentalismo más claro. Joaquín de Fiore imaginó hace ya más —493→ de siete siglos que, tras pasar la era del Padre, los hombres vivían en la del Hijo, pero que la verdadera era de la libertad sería la del Espíritu Santo. Joaquín de Fiore, que tantas esperanzas despertó en los milenaristas de su época, se equivocó. Hemos regresado a la era del padre de mano del poder de los Estados Unidos y de nuestra ingenua confianza en los productos de la tecnología y del dinero. Cada vez estamos más abandonados al poder de otro, cada vez más enajenados, cada vez más deshumanizados. Cada vez somos menos nosotros mismos. Las posibilidades de rebelión se agotan. Tal vez por eso, un texto como el de Millán de Aduna nos resulte incomprensible y, a medida que pase el tiempo, cada vez más absurdo. Hoy sólo se entienden bien la locura provocada por los ordenadores y los efectos especiales de las películas de Hollywood.
Hay una mujer que me acompaña en el viaje y que me pone en la cabeza pañitos de agua fría y me consuela. No recuerdo que hayamos pasado por las Corrientes, pero me dice que dentro de pocos días estaremos en Asunción. No me muevo. Me tienen atado a un poste, y, a veces, unos hombres groseros y sucios pasan cerca de mí y se ríen o me amenazan con sus látigos. Yo sé que quieren matarme, pero que la mujer no los deja. Ella debe de ser una persona de muchísima importancia, pues tiene vestidos elegantes y unos ojos azules que resplandecen al sol. Es muy guapa. No como mi Manuela, claro, pero yo le digo que es guapa y se sonríe. Veo entonces a Manuela reírse delante de mis ojos. Me toma la barbilla con su mano derecha y acerca mi boca a su boca, la empuja hacia adelante y yo poso con suavidad mis labios en los suyos. Me gusta hacerlo. Hace ya varios días que no está con nosotros Pedro Mena, que se ha ido de viaje a las Corrientes, y hasta Eusebio se ha ido no se sabe adonde. La casa está vacía, pero a nosotros no nos importa, porque vamos de una habitación a otra, corremos por los pasillos, —494→ nos alcanzamos y nos abrazamos a cada rato. Y, así abrazados, caemos sobre cualquier superficie, sin importar si es blanda como una cama o dura como el suelo duro de nuestro escondite de amor. Sólo corremos y nos reímos hasta que llegan estos hombres que me amenazan con sus látigos, y yo veo, desde el lugar en el que estoy sentado, atado a un poste, que viajamos en un barco que surca un río grande y ancho, un río profundo. La mujer que me pone los pañitos fríos en la frente me dice que es el Paraguay y que dentro de pocos días ya habremos llegado a Asunción y que, en Asunción, atendiendo a la importancia de mi cargo y persona (me hacen mucha gracia estas palabras), voy a vivir en una casa muy bonita y voy a ser atendido por muchos sirvientes que me darán cuanto les pida. Le digo entonces a la señora que lo que quiero es que Manuela esté conmigo y que podamos correr juntos por los pasillos de nuestra casa grande de la estancia, persiguiéndonos. La mujer me dice que sí, y, en efecto, corremos Manuela y yo por los pasillos, mientras Pedro Mena vigila nuestros pasos con un libro en la mano, sentado en una sillita de anea que hay en el corredor yeré del edificio. Eusebio llega con su caballo al galope, y nosotros detenemos nuestro juego para saludarlo. Extendemos las manos y las agitamos hacia lo alto. El baqueano responde a nuestro saludo, pero da de nuevo la vuelta con su caballo, lo hace caracolear delante de nosotros, y vuelve a partir al galope hacia la selva y se interna en un bosquecillo de palmeras en el que se pierde a nuestra vista.
Y ahora sí estoy en la casa grande de la Compañía. Dicen que a los curas los han sacado, que los han echado a patadas del Paraguay, pero yo no lo creo. La mujer del barco sigue aquí. No sé quién es, pero sigue siendo igual de guapa. A veces me dice que me voy a curar y que me van a soltar, para que pueda caminar a mis anchas por estas habitaciones tan grandes. No sé. A lo mejor. —495→ Pienso en Manuela, que tenía que estar conmigo. Creo que se ha ido al mercado, pero va a volver pronto. El mercado está aquí no más, en la plaza. Desde aquí, desde estos enormes ventanales, lo veo todo pero que muy bien: requetebién porque tú no me lo das. Veo a los guardias apostados en la puerta de la casa del señor gobernador y a las personas que se van a la misa de la catedral. Mujeres vestidas de negro y hombres oscurecidos por el gesto solemne que ponen en todos sus actos, como si todos sus actos fuesen muy importantes. Ellos son los que no me ven a mí. Manuela va acompañada de una negra sirvienta, liberta y divertida, que nos trajimos de Lima, a donde fuimos después de que nos casamos. Yo quería presentársela al coronel Eguidazu y a su mujer, pero ya se habían muerto los dos. ¡Pobres! Lloré mucho. Los echo mucho de menos. También han muerto mis padres, y mi hermana y mis amigos están muy lejos. De Bonifacio no he vuelto a saber nada. ¡Cómo han cambiado todas las cosas en tan poco tiempo! La misma Asunción ha cambiado. Hay ahora muchos comerciantes catalanes y algunos vascos. Hay de todo: mucha gente que viene a hacer dinero, a hacer fortuna, las Américas, como decían los viejos en mi pueblo. Manuela viene despacio, camina despacio. Y yo la espero. Voy a quedarme con los ojos cerrados hasta que llegue a su habitación y se desnude y se eche en la cama con sus carnes temblando de impaciencia. Voy a esperar. Cuando esté en su cama, voy a entrar despacio y ella me recibirá como todos los días con sus brazos abiertos y nos fundiremos y confundiremos. La voy a esperar, y, mientras la espero, voy a terminar de escribir lo que me puse a escribir hace tan poco tiempo y que me ha obligado a recordar toda mi vida, desde que nací en aquel pueblecito de La Rioja al que mis antepasados llegaron un día escapando de una venganza y del que yo salí para encontrarme con Manuela y vivir con ella eternamente. Amén.
—496→
En Asunción, a tres días del mes de agosto de 1787. Habiéndose reunido los señores profesores del Seminario de San Carlos, doctores Dionisio de Otazú y Juan Antonio de Zabala, con el señor rector de dicho seminario, doctor Gabino de Echeverría, se decidió hacer dos copias y archivar el original de un manuscrito hallado en esta casa por el señor doctor José Rodríguez de Francia, manuscrito que trata de la vida y miserias de un caballero, natural de Samaniego de Álava, de nombre don Millán de Aduna, del estado hidalgo, quien, habiendo sido oficial al servicio de su majestad, acabó sus días en las habitaciones de esta casa afectado por una rara enfermedad pronosticada por los físicos de la ciudad como locura. Una copia de dicho manuscrito será entregada al señor gobernador don Pedro Melo de Portugal, para que hiciere con ella lo que considerare conveniente, como ser llevada30 a España, exponerla a la consideración de los señores ministros de Estado o de su majestad el rey o, más sencillamente, entregársela a los familiares y deudos del dicho don Millán, quien, en esta vida, no nos dejó otros bienes que su memoria.
Hasta aquí el manuscrito. Esto es todo lo que hay. Aquí se acaba. La nota añadida carece de firma y viene cosida al manuscrito en un papel ligeramente distinto. Es algo más pequeño, aunque no mucho. Es probable que la escribiera el rector del Seminario de San Carlos. Puede ser. Quizá lo hiciera el propio Rodríguez de Francia, que, por aquel entonces, no podía ni sospechar que, pasados los años, habría de ser, al mismo tiempo, dictador perpetuo y padre del Paraguay que hoy conocemos. En estas últimas líneas del manuscrito los nombres de don Millán de Aduna, el loco del Seminario de San Carlos, y el doctor José Gaspar Rodríguez de —497→ Francia, dictador del Paraguay, aparecen extraña y misteriosamente unidos. El Seminario de San Carlos fue fundado en 1783 por el entonces gobernador don Pedro Melo de Portugal en la que fuera casa de los padres jesuitas en Asunción. El doctor Francia fue profesor de esa casa de estudios, la más importante de su época en esta ciudad.
Asunción, 6 de noviembre de 1996.