—83→
El 25 de diciembre era miércoles, y tuve que ir arrastrando una resaca formidable y un dolor de cabeza que pulsaba como un tambor mayor, a la casa de mi padrino, conforme a sus instrucciones. Me recibió en la calle, por fin vestido con pantalones formales, camisa y corbata. Vi que adentro había gente y alcancé a oler que de la cocina de Sixta escapaba un delicioso olor a sopa paraguaya. Agasajo a los parientes de Tobatí. Mi padrino solo quiso saber cómo había pasado la Nochebuena su amada. Le dije que pusimos un arbolito en su dormitorio, que ella había estrenado un camisón nuevo de encaje, y que le canté villancicos de Navidad y tomamos refresco de frutillas y limón.
-¿Preguntó por mí?
-Con inocultable pena en los ojos -estoy seguro que en ese momento sintió odio por sus parientes visitantes inoportunos.
-Me había dicho que tenía un regalito para vos, ahijado.
-Me regaló un auto.
Me aferró del cogote y me sacudió, furioso.
-Tu trabajo es distraerla, no aprovecharte de ella. Vas a devolver ese auto -ordenó.
-Me lo regaló en pleno uso de sus facultades mentales. A veces la pobre resulta muy lúcida y coherente.
-Vas a devolver ese auto. Es una orden.
-Está bien, padrino, pero aprovecharé uno de sus momentos lúcidos para decirle que su Toribio es el más grande mentiroso del siglo. Que nunca tuvo nada con ella. Que inventa historias sobre su memoria en blanco.
Pero era un hombre de carácter. No precisamente un perdedor. No iba a ceder al chantaje de un chiquillo sin tórax.
-Vas a devolver ese auto.
-Entonces no le cuento un descubrimiento que hice. Ella me lo contó con amargura. Algo que podía haber cambiado tu vida.
Los hombres de carácter también sienten ansiedad.
-¿Qué fue?
-Recíbelo como regalo de Navidad, padrino.
-¿Qué fue, carajo digo? -no podía contener su impaciencia.
-Los cuadernos de deberes ¿Recuerdas? Cuando iba a la Escuela. No se le cayeron. Ella los dejó caer porque notó que la seguías, que la seguías siempre, y le gustabas. Allí pudo empezar el romance real, y no el que estás inventando ahora, padrino -tenía conciencia de que —84→ no era toda la verdad, pero estaba cerca-. Ella cree que allí empezó todo... lo que le mientes hoy.
Primero palideció, después se puso rojo. Apretó los puños como para pegarme, pero al fin me abrazó. Mi regalo de Navidad se parecía a un acertijo chino. La gloria para el joven que fue y la derrota para el viejo que era. No era así del todo, y creí no hacer ningún daño si lo dejaba pensar que Natalia llegó a ver en él un amante para toda la vida y no un semental de ocasión.
-¿Puedo quedarme con el auto? -pregunté, él afirmó con la cabeza y entró a su casa, tal vez dispuesto a sustraerse de su parentela rural y encerrarse a escuchar boleros, con las fantasías cargadas al máximo voltaje.
Me había prometido ir a visitar a René, el ex-menonita y súper mecánico. Encontré en la parada un viejo taxi que olía a cuero, aceite quemado, desodorante y marihuana. Ajeno a todo espíritu de Navidad, René trabajaba con concentración total vigilando una máquina prodigiosa que estaba rectificando al mismo tiempo los seis cilindros de un motor. Tenía la vista clavada en el tablero de mandos de la máquina, y en sus cuadrantes con agujas, lucecitas verdes, ámbar y rojas. Sintió mi presencia y cuando yo iba a hablarme hizo callar con un ademán. Ningún sonido proveniente del mundo exterior debía interrumpir su devota concentración en la máquina. Esperé más de media hora, la máquina se detuvo por fin, escupió una cinta de papel que contenía seis columnas de cifras, René los revisó y puso cara de contento y le dio golpecitos afectuosos al tablero.
-Es computarizada -me dijo con orgullo-. ¿Qué te trae por aquí?
-Tengo auto -le contesté haciendo tintinear las llaves- pero no sé manejarlo. ¿Quieres acompañarme a retirarlo?
Examinó las llaves con extrañeza y me preguntó de qué marca era el auto. Le contesté que no tenía la menor idea. Siguió examinando las llaves como si contuvieran un misterio incomprensible a su mentalidad de mecánico.
-Me pones curioso -dijo-. Pero debemos esperar que venga mi hermana y te acompaño.
-¿Tu hermana?
-No lo sabías, vino enviada por la familia a convencerme de que vaya a hacer penitencia y volver al rebaño. No fui, se quedó ella. Se ha lanzado a probar los pecados del mundo.
En ese momento entró como una centella al gran galpón una moto monstruosa, de orgullosa marca japonesa. Encima de la moto una chica con pantalón vaqueros y botas cortas. Del casco de astronauta que cubría su cabeza escapaba un largo cabello rubio. —85→ Desmontó de la máquina, alta, más alta que René, con una esbeltez espigada de hombre, de arquero de fútbol diría yo, se despojó del casco y vi una rosada, veinteañera y nórdica cara menonita.
-De modo que probando todos los pecados -murmuré deleitado.
-Menos la fornicación -me clavó el dedo en el pecho-. En eso no transige.
Una amazona virgen. Vaya.
-De todos modos es muy machona -respondí a mi amigo, no muy convencido, pero ya menos deleitado. Quizás guardaba su pureza para algún galán del tipo vikingo... o para una morochita rosadita, tierna y dulce. Suele suceder con este tipo de rubias viriles, si me entienden.
René dejó a cargo de la vikinga el taller y salimos a buscar un taxi. Si iba a traer manejando «mi» auto, no podía llevar el suyo. Siguiendo las indicaciones del plano en el dorso de la tarjeta de Natalia, llegamos a una gran casa quinta rodeada de espesa arboleda. Naranjos bien cuidados, mandarinas, aguacates, aguaís, pomarrosas, un gran trozo de guayabal, pomelos y centenares de especies más, como un catálogo vivo de la riqueza -ya no tan intacta- de nuestras florestas. A la casa se le podía llamar caserón, pero si no estuviera tan venida a menos, tan maltrecha y mejor arreglada, quizás llegaría a ser mansión. En un corral con establo rumiaban tres vacas Holando de mayúsculas ubres, y en el gallinero hacían bulla como cien ponedoras.
Me detuve a la sombra de un mango tan enorme que bien podía ser plantado por uno de los hijos de Noé; después del diluvio. Y el pensamiento de que eso podía ser mío se me fue atornillando de a poco en la conciencia.
Al notarlo, mi júbilo de ese mismo día, de tener en cierto modo dominado a mi padrino y a Natalia, se esfumó un tanto. Me necesitaban, pero me estaban usando aún, especialmente Natalia, con el auto, y ahora con esta quinta donde podría vivir mi vejez sentado en una mecedora, viendo los programas televisivos de Marte y fumando una pipa de tabaco sin alquitrán, allá por el 2020. Si la vida de un hombre no fuera tan...
-¿Qué mandan los señores? -quien hablaba era un anciano erguido como un bastón, de mirada azul y barba color bronce que brillaba con el sol. Era manco. Y el muñón del brazo que faltaba sobresalía en los hombros.
-¿Don Francisco Barreto?
-Servidor.
Le entregué la tarjeta. Se palpó los bolsillos de la blusa de dril —86→ y no encontró los anteojos.
-¿De quién? -preguntó.
-De la señora Natalia.
-¿Qué dice la patrona?
-Que me entregue un auto que está guardado aquí.
Asintió, guardó la tarjeta y le seguimos hacia un galpón de tablas.
Tenía en mente un Toyota, o un Datsun... ¿por qué no un Mercedes? Eligió de un llavero una llave que calzó en el candado, abrió con cierto esfuerzo las grandes puertas que parecían cerradas por mucho, mucho tiempo para un auto para mi gusto. Y nos dejó allí, contemplando la forma esbozada de un coche bastante grande, bajo una apretada funda de lona. También la funda tenía la vejez del tiempo, y empecé a sentirme deprimido.
Con mano experta René retiró los cierres y corrió la funda. Había un extraño parecido al descubrimiento de un monumento conmemorativo. El coche quedó descubierto, de brillante color vino, líneas clásicas, larguísima y aguda trompa coronada por una mujer alada. Lucía una espléndida elegancia, pero era irremediablemente viejo. El éxtasis de René no pudo menos que asombrarme. Miraba el coche como una beata que contempla la aparición de la Virgen María. Y cuando pudo hablar dijo:
-¡Un Packard 1942! -se sentó de un salto sobre los ebúrneos guardabarros y empezó a mecerse. El coche oscilaba silenciosamente.
-¡Esta suspensión jamás ha sido superada! -descendió de nuevo, abrió las portezuelas, miró el tablero-. ¡Jesús mío, solo ocho mil kilómetros! ¡Y qué tapizado, señor mío! -acarició el volante, enorme, que parecía de marfil y se volvió a mí-. Erasmo... ¿sabes lo que te han regalado?
-Un coche viejo.
-¡Una fortuna!
-Me sigue pareciendo un coche viejo.
-Muy bien. Ahora mismo vamos a Toyotoshi, eliges un Toyota nuevo, te lo compro y me quedo con esto.
Empezó a parecerme más atractivo el Packard ese, pero dudaba.
-¿Sabes que los rusos lo copiaron pieza por pieza y construyeron el primer auto comunista, el Zim? -me informó con su gran sabiduría mecánica, y luego abrazó el afinado y largo capot, murmurando-: ¡Te amo, te amo! -abrió la tapa del motor-. ¡Ocho cilindros en línea, una seda!
-¿Te has fijado que el acumulador está hecho puré? -le dije.
—87→-¡Detalles!
-¿Y las cubiertas están podridas?
-¡Detallitos!, en un día lo ponemos a andar, Erasmo.
-¿Y te parece que puedo aprender a manejar ese monstruo?
-Nooo -aulló-. ¡Sería un crimen! Aplastar ese bello radiador cromado contra un árbol. Me da un síncope.
-Te acepto el Toyota -dije.
Me miró incrédulo.
-¿De veras?
-De veras -le aseguré con el aire de quien nunca sabrá diferenciar una cosa antigua de una cosa vieja, ni le apasiona la diferencia.
-Mirá que honestamente, te estoy explotando, Erasmo.
-Que te aproveche. Quiero manejar un auto, no una basílica sobre ruedas.
Cerramos el trato con un apretón de manos. Y jamás vi tanta felicidad en un ser humano joven, ni en una noche de bodas.
Fue así que fui propietario de un Toyota que aprendí a manejar pronto, porque tenía cambios automáticos, y René fue el feliz propietario de un coche asombroso. No rodaba, se deslizaba con un zumbido suave, parecía abrirse paso con gracia de bailarina en el tránsito, cortando el mundo con su trompa afilada y llevando a bordo la felicidad de René, que su hermana supo compartir tanto ante el hallazgo de aquella joya, que se inclinó y me dio un beso, que me supo más bien a picotazo.
Natalia, después de Año Nuevo, no tuvo inconveniente alguno en firmar la escritura de transferencia a nombre de René -la firmó sin leer- que le trajo una joven escribana.
—88→
A fines de enero dieron de alta a Lucía. Insistió en que la llevara a casa en mi Toyota, orgullosa de que su hermano tuviera un auto tan nuevo, aunque no de su origen, firme en su creencia de que yo era el amante de una anciana rica. Se creó un pequeño conflicto cuando Valentín se enfurruñó porque él pensaba que Lucía iría con él, en su vehículo. Al fin ganó Valentín y la llevó a casa, donde Lucía conservaría los yesos 30 días más, pero ya no necesitaba inspección médica permanente. La vieja abogada sin funciones lloró cuando mi hermana se despedía de ella, y en cuanto al campesino herido se había ido una semana atrás, tras jurar a Lucía que el que lo hirió estaría ocupando antes de un mes su misma cama. De paso, le contó que era soltero y que tenía cultivos de tomates en Paraguarí, además de un caballo parejero y un gallo de riñas. Lo que se dice un galán folclórico.
Ayudamos a Lucía a arrastrarse por los corredores a abordar el automóvil de Valentín, y me volví a saludar a la vieja abogada, cuando ellos partieron.
-Me despido, doctora -le dije.
-No quiero quedarme en la duda, joven. ¿Es verdad lo de su relación con la vieja?
-Sí, pero es una relación sin relaciones. ¿Sabe que me regaló un automóvil?
-Entonces hay relaciones. Cuando una mujer da un auto es porque recibe en grande -sentenció.
-No es así, pero espera mucho de mí.
-¿Como qué?
-¿Sabe mi nombre?
-Erasmo no se qué.
-Entonces no le digo mi secreto. Puede ser un testigo en contra -estaba simplemente jugando con una hipótesis demasiado absurda.
-Le juro que ya me olvidé que se llama Erasmo. Dígame el secreto. Me muero por los secretos.
-La vieja quiere que mate a un hombre.
-¿A cambio de un auto?
-A cambio de todo lo que tiene. Mucho.
-¿Cuánto de mucho?
-Casas, dinero en el Banco, en las Financieras, y una quinta que es un sueño.
-¿Por qué tiene que matarlo?
—89→-Porque él mato a su marido, en 1947.
-Entonces él debe ser un viejo ya.
-Eso pienso.
-Entonces mátelo.
-¡Y me lo dice una abogada! -me reí.
Apartó las cobijas, se puso de pie. Su camisón era transparente y se vislumbraba su anticipo de esqueleto. Se plantó delante mío.
-Oigame, mocito. Míreme. Un despojo. No hubiera sido así si mataba cuando debí matar. ¿Quiere acabar como yo? -parecía el eco de mi padre.
-No quiero acabar como Ud. -exclamé irritado.
-No estudia, me contó su hermana.
Asentí resentido.
-Trabaja arreglando monopatines.
-Y me alquilo como Cupido para un romance de viejos -agregué.
-Lo más parecido a un prostituto -me escupió en la cara-. ¿Adónde cree que llegará? Mate al viejo.
-¿Se da cuenta que está hablando de la vida de un hombre?
-De lo que queda de la vida de un hombre. Tres o cuatro años. A lo mejor está hastiado y le hace un favor.
-Bueno, abuela, hasta aquí llegó el cuento.
-¡Oh sí! Da mucho placer jugar a contar cuentos -sus ojos brillaban con diabólica malicia. Giró y se encaminó al baño, no cerró la puerta. Oí un chorro increíblemente poderoso de orina en el inodoro, y salí silenciosamente, esperando que para siempre. Aquella vieja era demasiado para mí. Capaz de convertir una fantasía en algo real. Capaz de hacer aritmética con la edad y con la muerte como componentes de una resta matemática, y capaz de decir muy suelta de cuerpo que cuando uno deja pasar el momento de matar, termina hecho un despojo.
El papel de Pulgarcito esclavizado por el Ogro, tentado por la Bruja Dorada y seducido por la Abuela Maligna y su argumentación de noche de lobos, ya era demasiado. Empezaba a ser una secuencia hacia un demencial desenlace que jamás aceptaría. Jamás, me decía mientras apretaba el acelerador del Toyota y oía el suave clic de la caja de velocidades al cambiar solita y obediente.
Durante cuatro martes y tres viernes del mes de enero, había estado con Natalia, y nunca volvió a referirse a su venganza, y durante cuatro miércoles me había pasado horas inventando fábulas para don Toribio, con óptimos resultados económicos. Ese mismo día en que me iba de la pieza de Primeros Auxilios al son de un chorro de orina, era viernes, pero temprano para mi visita a Natalia, de modo que —90→ enfilé a casa, donde encontré a Lucía acostada entre sábanas nuevas (oh Valentín) en la cama de papá, de quien supe después que se había resignado a dormir en el lecho de Lucía.
Allí lo encontré acostado, leyendo Las Aventuras de Isidoro. A mamá lo pasé por alto cuando la vi sentada en una silla, con la pierna varicosa descansando en el cajón vacío de cerveza y mirando tristemente su extremidad vendada como las de una momia. Lucía y Valentín se encontraban en otro mundo, y no era justo traerlos a este. Así que fui a la habitación de Lucía donde papá nutría su intelecto.
-Es muy generoso de tu parte, papá.
-Vale la pena el sacrificio de dormir aquí si voy camino a ser el suegro de un estanciero, y bobo, por añadidura.
Las perspectivas financieras le habían hecho recuperar súbitamente su paternidad sobre mi hermana. Leía a Isidoro, y cosa rara, tenía cierto parecido con su héroe.
-Papá, aun los muchachos bobos se casan con sus novias, no con sus suegros. No te hagas ilusiones.
-Dijo a tu madre que se ocuparía de la familia. Mañana traen una heladera nueva. Y fue a ver el terrenito, lo supe por tu madre también. Creo que piensa construir allí -recordó algo de pronto-. Por ahí debo tener unos planos. Le mostraré mis planos.
Quedó pensativo, tratando de recordar dónde había guardado los planos, más de un cuarto de siglo atrás.
-Papá. Una vieja me pronosticó que terminaría como vos. Coincidió contigo.
-Vieja sabia, pero si Lucía atrapa al Carayá se acabaron nuestros problemas.
-Papá, quiero saber cómo voy a ser. ¿Cómo sos?
-Pero te dijo que si Chita...
-¿Quieres dejar de insultar al pobre Valentín? ¿Cómo te ves?
Pensó un instante.
-Digamos que soy un tipo práctico y realista. Tengo 45 años y mi única enfermedad es una muela cariada. Los dientes caídos no se cuentan. Soy flaco y como como un gordo. Me gusta chupar bastante, sin preferencias, basta que tenga graduación alcohólica. Nunca me dolió la cabeza, ni sentí mareos ni tuve dolores de cintura. De mi vida sexual no te hablo por delicadeza paterna, pero si te cuento vas a sentir envidia. Soy sano como un buey... y ¿sabes por qué? Porque nunca me preocupé por nada. La preocupación es una diabla que viene con una bolsa cargada de urea, reumatismos, úlceras, tumores, colesteroles y qué se yo. Entonces me dije que voy a vivir cien años, sano, activo y alegre, y decidí no preocuparme jamás por nada. ¿Estamos?
—91→-¿Me estás diciendo la verdad o tomando el pelo?
-Mitad y mitad.
-¿Y estás contento con lo que sos?
-Sí. Pero no estaría contento si fueras como yo. Suerte que el Chimp... digo Valentín ya metió la pata en el resorte. Y de paso, no he tenido el honor de pasear en tu auto. Y no quiero saber cómo lo conseguiste. Porque lo que uno no sabe no le compromete, y puedo jurar por la Biblia que el origen de ese auto es absolutamente turbio. Pero me gustaría un paseo... sin importarme el origen del auto.
Volvió a su Isidoro y vi que era hora de mi cita con Natalia.
Ya no tenía necesidad de tocar el timbre. Entraba como en mi casa, y si llegaba temprano, esperaba en la sala a que Natalia se arreglara. Entonces era la ocasión para protagonizar algunos ejercicios eróticos con la mucama, que con seguridad no había mirado el Kamasutra, pero lo sabía todo por instinto. Pero esta vez Natalia ya me estaba esperando. En ocasiones anteriores el equipo de sonido ya estaba perpetrando boleros, ella se levantaba y sin saludarnos, empezábamos a mecernos bien abrazados. Cuando llegué no había boleros. Creí que era un olvido y me encaminé al aparato.
-Deja eso -me ordenó con voz áspera-. Siéntate -tomé asiento-. ¿Para cuándo? -preguntó.
-¿Para cuándo qué, Natalia? -tu decisión.
-¿Te refieres a matar?
-¿De qué más podríamos hablar? -preguntó con fastidio.
-Nunca lo haré.
Se levantó, erguida, soberbia, patrona.
-Entonces estás despedido.
-Soy empleado de mi padrino -me había levantado yo también.
-Tu padrino también te despedirá. Le voy a decir que me has faltado al respeto.
-Y yo le voy a decir que su doliente Natalia derrumbada en la cama todavía puede ganarle en el tennis. Y se te acabará la diversión.
-¿A quién crees que él creerá?
Tenía razón. Si el placer de Natalia era manipular a don Toribio para dar rienda suelta a su vocación felina, el placer de don Toribio era dejarse manipular.
-¡Afuera! -me señalaba la puerta.
Me marché, caminé hasta el San Roque y pedí una cerveza, no del todo satisfecho con la rápida escena, porque adivinaba en ella algo de artificioso y calculado. Como si realmente no me estuviera echando, sino mostrándome que podía hacerlo cuando quisiera. —92→ Consumí mi bebida, regresé al sitio donde había estacionado el Toyota y fui sin saber muy bien la razón a casa de Sandoval. Desde Navidad le debía una disculpa a su hermana. El negocio de vestidos de novia de alquiler todavía estaba abierto y mostraba una exposición de maniquíes luciendo ropajes nupciales femeninos. Encontré a Sandoval en la trastienda tratando de borrar de un vestido una mancha que parecía de chocolate, o de vino. Me saludó contento de verme y abandonó su tarea, aireando el vestido. Nunca había estado cerca de un vestido de novia que oliera a nafta. Moviéndose entre esas prendas Sandoval parecía más afeminado que nunca, y estábamos charlando cuando de las dependencias interiores apareció la hermana, con pantalones vaqueros y zapatilla blanca. No era hermosa, era fea linda, como Katherine Hepburn cuando era joven. Me vio y allí dijo:
-Le debo una disculpa.
-Yo también vine por la misma razón -le contesté.
-Mi hermano me aclaró que... -y se ruborizó.
-Y yo no quise decir lo que dije. Y me alegra que su hermano le haya aclarado el punto. Somos buenos amigos, al margen de su... -y me ruboricé yo a mi vez.
-Estamos en paz, entonces -dijo, y sonrió, y nunca había visto tan lindos dientes-. ¿Nos acompaña con un café? -ofreció.
-Vayan Uds. -dijo Sandoval-. ¿Saben que forman una linda pareja? Y rió con una risa de Madama.
La seguí a un patiecillo interior cuadrado, limitado en tres lados por las grumosas paredes de viejas casas vecinas. En el centro23 del patio se alzaba un rugoso naranjo, y a su sombra había un juego de mimbre, mesita y tres sillas. Me ofreció una silla, fue a buscar el café y de paso encendió un tubo fluorescente que iluminaba el pequeño patio. Volvió con el juego de café, y al servirme en mi taza dijo que ella lo tomaba muy fuerte y esperaba que no me quitara el sueño a lo que respondí que tenía un sueño tan pesado que podía dormir en la jaula de unos leones en celo. Logré hacerla reír y con la luz fluorescente sus dientes parecían resplandecer. Se sentó.
-Le agradezco su... tipo de amistad con mi hermano. Ud. le hace sentirse humano. Me lo dijo.
Le iba a contestar algo torpe cuando me interrumpió:
-Hablemos de otra cosa -pensó un momento- somos huérfanos. Nuestro padre murió el 18 de agosto de 1979, y nuestra madre en el primer aniversario, 18 de agosto de 1980.
-Suele suceder -dije por decir.
-No fuimos una familia feliz -dijo-. Cuando papá descubrió que a mi hermano le gustaban las muñecas, se amargó la vida... y se la amargó —93→ a mi hermano. Es duro para un chico que su propio padre le trate de marica. Mamá sufría. No hacía más que eso, sufrir. Y en silencio -vaciló-. ¿Vive su padre, joven?
-Me llamo Erasmo.
-Ya lo sabía. Lo llamaré Erasmo.
-Sí, mi padre vive, y mi madre también. Tampoco somos una familia feliz.
-¿Y Ud. es feliz, Erasmo?
-No -la respuesta surgió convincente y rotunda-. ¿No me pregunta por qué?
-No quiero parecer curiosa, Erasmo.
-Solo querría que fuese solidaria... este... ¿cuál es su nombre?
-Noelia.
-Lindo nombre, sea solidaria y pregúnteme por qué no soy feliz, Noelia.
-Está bien -rió-. ¿Por qué no es feliz?
-Digamos que me miro al espejo y hago un gesto de asco. Hay muchas palabras sueltas, insatisfecho, resentido, frustrado, todavía no he elegido el rótulo.
Su mirada castaña, obscura bajo las cejas sin depilar, se clavaron en mí.
-No creo que esos sean los rótulos adecuados. Escriba otro.
-¿Cuál?
-Miedo. ¿A qué le tiene miedo, Erasmo?
-Y cómo diablos... perdón, ¿cómo puede estar tan segura?
-Me crió un padre lleno de traumas y una madre llena de temores. Veo en Ud. miedo.
Le calculé una edad de 25 años. ¿Cómo a esa edad podía ser tan sabia? ¿O ciertas mujeres son sabias de nacimiento? ¿O la vida de ciertas niñas es un curso de sabiduría?
-Ya que sabe tanto, Noelia, ¿a qué le tengo miedo?
-No sé, Erasmo. Solo sé que el miedo es insano. Ud. no merece que...
-Calló.
-¿Y cuál es su receta, Doctora?
-No creo merecer que se burle.
-Perdón.
-Cuando llegó estaba tenso, como papá cuando venía del trabajo con los poros sudando iras.
-No me pregunte de dónde venía, Noelia.
-No quiero saberlo. Pero si yo me sintiera su amiga, le diría que no vaya más -rió-. ¡Y se lo dije no más! Entonces, ya somos amigos. -Me24 pasó la mano solemnemente y yo la estreché. Me sentí complacido, —94→ confortado. Noelia, fea-linda, madura, reflexiva estaba redimiendo mi galería de mujeres. De pronto me pareció deseable. Una cabeza firme sobre un cuerpo macizo y esbelto. La comparé con Lucía y mi hermana se redujo a una estatura de bacteria.
-Empiezo a ser feliz -dije espontáneamente.
-Lo dice con el tono de quien empieza una aventura, Erasmo. Por favor, no lo intente, se lo pido en serio.
Me sentí cortado y avergonzado. Hay lecciones que no necesitan de muchas palabras. ¿O tal vez...?
-No me mire así -continuó-. No soy una mujer frígida, ni la contrapartida femenina de mi hermano. Soy sencillamente una mujer -tomó aire-. Bien mujer. Pongamos eso en claro... si vamos a seguir siendo amigos.
-Ud. se defiende antes del ataque -dije tratando de ser gracioso.
-Y Ud. debe perder la costumbre de atacar a ciegas, señor mío -las palabras eran duras, pero sus ojos rientes. Por cierto que era mujer, bien mujer, pero con cuántas pulgadas de coraza, había que averiguarlo.
Un poco después nos habíamos despedido. Sandoval no aparecía por ninguna parte, y ella abrió la puerta del negocio y nos dimos la mano en la acera.
-Pierda el miedo, Erasmo.
-¿Puedo volver a verla?
-Sabe donde vivo.
-Creo que vendré con frecuencia. Me ayudará a perder el miedo.
-¿Otra vez? -me reprochó.
Nos dijimos adiós y al volante del Toyota supe que había descubierto qué significa andar con cautela. Noelia era una de esas mujeres que parecen esperamos al otro lado de un campo minado. Sin embargo, la comparación me gustó.
Lo que no me gustó fue el día siguiente miércoles el desconsiderado recibimiento de mi padrino. Natalia trabajaba rápido. Ni siquiera lo vi. Fue Sixta quien asomó a la puerta y me dijo que don Toribio me prohibía volver a poner los pies en la casa, que era un ingrato y desagradecido y que devolviera la guitarra en el plazo de 24 horas. Además que no anduviera contando chismes sobre el patrón, porque al margen de que nadie creería a un atorrante, el patrón me haría cortar en pedazos. Todo un discurso.
Así llegué a un punto crucial. Otra vez sin trabajo y dueño de un automóvil.
El mes de marzo quitaron los yesos a Lucía, que armó un escándalo cuando descubrió que su pierna enyesada y su brazo —95→ también enyesado parecían palitos. Valentín se apresuró a llevarla a un gimnasio de recuperación, y para el mes de mayo su anatomía recupero su equilibrado esplendor. Se maquillaba menos, vestía con más decoro, se hizo rogar mucho y por fin consintió en que Valentín la llevara a la estancia a conocer a sus padres. El día que partieron en el automóvil de Valentín, despedidos por un cínico «pórtense bien» de papá, mamá lloraba.
-No hay razón para llorar, mamá. Lucía está en camino de salvar su alma podrida.
-No lloro por Lucía, idiota, lloro por mi pierna.
Me senté a su lado y la consolé, reclinó su cabeza en mi pecho y lloró más. Desde que fue Reina del Presidente Hayes estaba orgullosa de sus piernas, y aunque se volvió obesa, se consolaba admirándolas y diciéndose que no habían perdido su esbeltez, y tenía razón. Tenía lindas piernas, hasta que las varices vinieron a mostrar venas saltonas y a quitarle su postrer ornamento femenino. No había forma de consolarla ni de recuperar aquellos momentos íntimos con ella que tanto me gustaban, y que me estaban haciendo falta, especialmente en la sequía económica en que caí.
En esos meses, también había visitado a menudo a Noelia al anochecer, tomábamos café y ella no paraba de hacerme presente que ella era una mujer bien mujer, si bien llegó un día en que me permitió besarle la mejilla al despedirme. En la visita siguiente también la besé al llegar, reservando otro para la despedida. Pero en lo demás, nada, y cosa rara, no me hacía infeliz, porque Noelia era muy mujer, y me gustaba que fuera así. No sería yo la segunda edición de un Valentín.
En julio vendí el Toyota y tuve un montón de dinero. Se lo confesé a Noelia, entre cuyas virtudes hay que anotar una mente financiera formidable.
-¿Cuánto sacaste por el automóvil?
-Diez y nueve millones.
-¿Y qué vas a hacer con ese dinero?
-Gastarlo. ¿No es la costumbre? -me miró como si le hubiera hecho un chiste, se convenció de que no era un chiste, sino mi manera de ser.
-Pero... ¿No tienes algún proyecto? Es un capital.
-No tengo la menor idea en qué trabajar -pensé que irremediablemente me iba pareciendo a papá.
Pensó un instante y dijo:
-Te propongo un negocio. Tengo el proyecto de ampliar el mío. También trajes smoking y de etiqueta para caballeros. Me prestas el capital, te pago un tres por ciento de interés mensual, y tienes una renta de 570.000 por mes.
—96→-¿Algo así como un sueldo?
-Intereses mensuales. Sí, es como un sueldo
-¿Lo puedo gastar sin que te escandalices?
Rió a carcajadas.
Y entonces cometí uno de los grandes errores de mi vida. Le presté el dinero a Noelia. Pobre Noelia. Pobre yo.
No llegué a cobrar el cuarto tres por ciento. Hasta el tercer mes, Noelia, en tiempo récord había derribado paredes y ampliado el salón. Puso a trabajar como galeotes25 a tres sastres y contrató un dependiente varón, con la expresa prohibición a su hermano que molestara al muchacho.
-No mezclaré los negocios con el placer -le había jurado su hermano.
Entonces sobrevino la tragedia. Sucedía que Sandoval usaba nafta súper como quitamanchas, y sucedía que la nafta es inflamable, y que frotar el nailon con una franela produce chispas, como explicó el Jefe de bomberos voluntarios, y las chispas encendieron un bidón de nafta, que explotó y el incendio redujo a cenizas todo, contando mis 19 millones.
A Sandoval tuvieron que internarle en un Sanatorio donde lo tenían dopado. A Noelia la vi al día siguiente del incendio, de pie en el vasto recinto carbonizado, mirando alrededor.
-Noelia, no sé qué decirte -murmuré, tratando de tomarle la mano. Ella se negó a dármela.
-Te devolveré hasta el último centavo, Erasmo.
-Yo no vine a...
-¿Quieres dejarme sola, por favor? -la ira y la amargura en la voz sumaban a un rechazo.
Apunté también eso. Era tan mujer que prefería sufrir sola. Y la dejé sola. Y quedé de nuevo insolvente.
Esa noche encontré a los amigos en la hamburguesería. Cerca del cordón de la acera, el Packard de René flameaba. Solo estaba con él Sergio. Decían que Rafael había salido en libertad gracias a un Juez que tomó en consideración que el padre de Rafael había donado un generoso cheque de compensación a la hija que no alimentaba a la madre en vida, y no hubo querella. Pero Rafael salía poco, decían, quizás26 porque todavía estaban enderezando los hierros del BMW paterno.
René no paraba de contar las maravillas del Packard, que le había instalado dirección hidráulica, freno de potencia y un carburador de competencia. Sergio lo escuchaba aburrido, rascándose interminablemente los genitales, y yo no tuve ánimo de comentar lo que ellos ya sabían, la desgracia del pobre Sandoval. Compartí con ellos —97→ una botella de cerveza, cuando Gisela, la hermana de René, entró bajo el tinglado con moto y todo. Invitó a Sergio a dar un paseo y Sergio se levantó como si tuviera resortes en el trasero. Se enorquetó en el asiento detrás de Gisela y al sentir sus duras nalgas contra su vientre puso los ojos en blanco para mi beneficio.
-Ahora tienes un modo mejor de rascarte el pito -le dije.
-¡Insuperable! -exclamó, y la moto rugió y se los llevó. René sonreía. yo también, con mucho cinismo y mucha envidia.
-¿De manera que nada del pecado de la fornicación, eh? -dije con sorna.
-Sigue totalmente en pie. No es la primera vez que Gisela saca de paseo a Sergio, y cuando vuelven, el pobre Sergio sale disparado a buscarse una programera. Mi hermana se ríe, y hasta permite que Sergio se agarre de sus tetas cuando finge miedo. Le divierte.
-¿Y en lo que concierne a vos? ¿También todos los pecados?
-No conozco la lista de los pecados, pero creo que todos.
-Menos uno.
-¿Cuál?
-Matar. No matarás.
Masticó con gran apetito su hamburguesa. Le chorreó salsa desde el bigotazo rubio y dijo que nadie puede ser perfecto. No pensaba matar a nadie. No creía poder hacerlo.
-Pero hay momentos en que...
-¡Por favor, pará! ¿A qué te dedicas, vendés ataúdes vos?
Terminó su cena, me ofreció un paseo en el Packard y dije que no. Es increíble cómo se llega a odiar los autos cuando se ha tenido uno y quedado a pie.
Me dejó solo. Pedí otra cerveza solo por quedarme sentado allí. No tuve conciencia de lo que pasó. De pronto, dos hombres estaban sentados en mi mesa. Uno era rubio y alto, parecía un yanqui, y otro era un moreno motudo, con cara de indio y ojitos perdidos en una maraña de cejas.
-Socios, hay otras mesas vacías.
-En esta nos sentimos a gusto -dijo el rubio.
Sospeché que querían pelea. No me gusta pelear, y menos con dos grandotes. Me levanté para llamar al mozo y pagar. De un tirón estuve de nuevo sentado. El rubio volcó mi botella de cerveza y la dejó vacía.
-Qué lástima. Se acabó la cerveza -dijo el rubio. El orangután sonrió-. Nicanor, el joven quiere más cerveza.
El motudo aferró mi vaso, se puso de pie y orinó en el. Me puso el vaso lleno delante. Lo arrojé al suelo de un manotón y esta vez tuve —98→ suficiente agilidad para escapar, pero no lejos, porque me atraparon en la vereda. Forcejeamos entre cuatro, porque el mozo trataba de meterse en la trifulca para cobrar mi consumición. El orangután le puso un billete en la mano y quedamos tres, es decir, uno contra dos. El rubio me apretó contra un auto y aferró mis testículos.
-¿Dónde está tu hermana?
-No tengo la menor... -aullé porque el rubio sabía dónde y cómo apretar.
-Sabemos que fue a algún sitio con un mierdoso caficho -me decía el rubio y apretaba más y yo aullaba y me maldecía por no haber nacido mujer.
-Le juro que no sé -logré decir-. Armó valijas y se fue.
-¿Y quién es el tipo?
-No sé -esta vez el dolor era tan grande que quería escapar por orificios cercanos y me resigné a terminar defecando en los pantalones.
-Mentira, lo solemos ver por aquí.
-Se llama Valentín.
-¿Valentín qué? -el único que hablaba era el rubio, y el que apretaba también.
-No sé, lo juro -realmente no sabía si no sabía o no recordaba el apellido de Valentín.
Por fin me soltó, más porque alguien gritaba algo de llamar a la Policía, que por razones humanitarias. El rubio me agarró de los cabellos y habló en mi oreja, como si fuera un micrófono.
-Decile a tu hermana que sepa lo que le conviene.
-Sí señor, se lo diré.
-Buen tipo -dijo y me acarició la mejilla. Subieron a un Mercedes y desaparecieron velozmente. No tomé la chapa porque no tenía chapa. Así andamos.
Y entonces apareció la Policía. Me tomó declaración un oficial muy atento y elegante. Les conté todo. Y tomó nota de todo, después me preguntó si iba a hacer denuncia. Les dije que no y automáticamente guardó la lapicera. Pero fue amable.
-¿Quiere que le llevemos a alguna parte?
-¿Hay un establecimiento que repara bolas aplastadas?
-Chistoso. A lo mejor le hicieron esto por chistoso -compartió una gran risa con los otros patrulleros y se fueron. Yo tomé un taxi y me hice llevar a casa. En el trayecto, tenía la esperanza de que Lucía hubiera dejado una dirección, una radio de aficionados o algo parecido donde comunicarse con ella. Tenía que decir a Lucía que la cosa iba en serio. Que se quedara allí haciendo sana vida rural, pero —99→ papá ni mamá tenían la menor idea de dónde quedaba la estancia de Valentín, ni por qué yo caminaba hacia mi catre, doblado en dos.
Apenas había salido el sol cuando estaba de nuevo en el taller de René, preguntando la ubicación de la estancia del padre de Valentín. Dijo que no la conocía, pero Valentín solía hablar por radio con su padre.
-¿Dónde?
Me miró con sorpresa.
-Aquí mismo, tengo un equipo -me dijo.
Casi lo beso de alivio.
-¿Puedes llamar...?
-¿Ahora...?
-Ahora mismo, por favor, quiero hablar con mi hermana. Es urgente.
René dejó el taller a cargo de un ayudante y subimos a una especie de altillo, allí estaba el equipo, mi amigo lo encendió y empezó a farfullar unas letras del alfabeto y diciendo llamando, llamando de QQQ a PPP o algo parecido, agregando Ciervo-Ana-Brújula-Matute y toda la cabalística de los radioaficionados.
De pronto, entre descargas se oyó la respuesta.
-¿Valentín? Adelante cambio.
-Soy el padre de Valentín. Adelante cambio.
-Está conmigo el cuñado de Valentín. Adelante cambio.
-Si quiere hablar con Valentín negativo. Salió temprano a pastorear. Adelante cambio.
-Quiere hablar con su hermana. Adelante cambio.
-Positivo, llamo a Lucía. Adelante cambio.
Hubo una breve pausa. René me cedió su asiento y el micrófono.
-¿Erasmo? -escuché la voz de mi hermana-. ¿Que ha pasado?
-Me aplastaron las bolas. Adelante cambio.
René había descendido a su taller. Escuché la risa de Lucía.
-No es un chiste. Adelante cambio.
-No comprendo.
-Fue un aviso -me decidí a prescindir del adelante cambio-. Un aviso para vos. Son tipos bravos. Casate en la Iglesia del pueblo y te quedás ahí.
-¿Por qué?
-En legítima defensa.
-Valentín me va a proteger.
-Sí, como Somoza. Tengo miedo por vos, hermana. No vengas, por favor.
—100→-Voy a pensar un poco -había cierto temor en su voz.
-Y otra cosa. Contale todo a Valentín.
-Ni loca. Los viejos me quieren.
-Sólo si sabe todo podrá protegerte, allí y acá.
-¡Ni me hables!
No sé si la comunicación la cortó ella o se cortó sola. Bajé y agradecí a René.
-No sé cómo apagar el armatoste ese -le dije y él subió a apagarlo. Llegaba Gisela conduciendo el Packard de René. Parecía una estrella de cine de los años treinta. Me saludó.
-Me contaron que anoche tuviste una pelea -me dijo descendiendo del coche.
-No fue una pelea. Fue un vapuleo.
-No tienes cara de tener enemigos.
Puse cara de gangster y hablé por un costado de la boca, como Humprey Bogarth.
-Mi pecado es que sé demasiado -le dije, y le mostré los dientes, como Humprey.
No creí que el chiste fuera tan eficaz. Estalló en una carcajada y me dijo que le gustaría llevarme a paseo en moto.
Era una ocasión de pasear agarrado a unas turgentes tetas, pero no estaba de humor para eso. Agradecí la gentileza.
Sacó de la guantera un paquete cuadrado, extrajeron lo de adentro, un cubo lleno de cables amarillos, verdes y rojos y empezaron a discutir sobre la secuencia coordinada de la distribución electrónica y la posibilidad de adaptar un voltaje promedio de 11 voltios y se olvidaron completamente de mí. Saludé a nadie y salí a la calle.
Quise tomar un taxi y conté el dinero, todo el dinero que me quedaba. No alcanzaba para un taxi. Entonces fui caminando a casa de Rafael, sobre la Autopista al Aeropuerto, donde la casa de Rafael se alzaba sobre una elevación del gran terreno, que al fondo tenía un apretado mangal, y por delante, lo que llaman un jardín inglés, es decir, pasto liso como alfombra y nada más. La casa era de estilo antiguo, con una gran galería al frente, alta, adonde se llegaba por una escalinata de mármol abierta en forma de abanico. Morada de potentado. Desde el asfalto, vi a Rafael correteando y jugando con lo que me pareció un gato enorme y resultó ser un puma chico, un cachorro de puma. Rafael me vio, me invitó a entrar, el pumita soltó un gañido y cuando le acaricié el lomo se echó al suelo patas arribas —101→ ofreciéndome la panza rosada para que le rascara.
-Los muchachos dicen que no sales, Rafael.
-No tengo auto. Papá se compró un Chevrolet viejo y no me permite ni mirarlo. Además, no quiero salir. Debo pensar en un montón de cosas.
-Autos y mujeres.
-No. Unos meses en la cárcel es toda una experiencia. Y me he traído cosas en la cabeza. He visto toda clase de hombres y he sido amigo de algunos. Mi mejor amigo fue uno que degolló a un niño de cuatro años y a su niñera. He convivido con asesinos, ladrones, evasores, gente feroz, vengativa. Los he visto ayudarse unos a otros, preocuparse por el amigo enfermo, darle cigarrillos a los veteranos insolventes, compartir la comida...
-Y la homosexualidad...
-Es inevitable.
-No sé lo que me quieres decir, Rafael.
-Que no es muy distinto allí dentro que fuera. La diferencia solo está en el muro.
-¿Y eso adónde te lleva?
-A que he cambiado, Erasmo. Antes no creía en nada. Ahora creo en lo peor.
-¿No se llama depresión a eso?
-No sé qué es depresión.
-Yo tampoco, pero supongo es un estado en que sientes sobre tus hombros el peso de un mundo podrido.
-Algo así. Recuerdo que me preguntaste si atropellé a la vieja deliberadamente. No sabía qué responderte entonces. Ahora sí puedo. Pude evitarlo y no lo hice. Debería seguir adentro, y estoy afuera. ¿Cuántos más están afuera? ¿No deberían estar adentro todos los que están afuera? Mi padre que gana dinero al costo de úlceras sangrantes. M madre que se escapa de todo, consumiendo tranquilizantes que le hacen andar como un fantasma por la casa. ¿Sabes por qué no salgo? Porque temo hacer algo que me devuelva a la cárcel. Un Cristo al revés. Yo quiero matar para ir a la cárcel cargando las porquerías de la gente, una especie de Delegado de la podrida gente. ¿Por qué me miras así?
-Porque siento que tienes solo dos alternativas. La primera, hablá con tu papá y que te lleve a un siquiatra. La segunda, comprate una mochila, una bolsa de dormir, una guitarra, unos zapatones de soldado y te lanzas por los caminos a tratar de vivir. Ah, sin llevar dinero, claro.
Por la escalinata descendía un caballero flaquísimo, cuello —102→ delgado de enfermo y grandes orejas también de enfermo. Vestía shorts, una remera y un zapato Adidas de caminar.
-Es la hora de ejercicio del viejo -dijo Rafael-. Cuatro vueltas a la propiedad.
El hombre se acercó. Los ojos hundidos, los huesos de la cara marcados sobre la piel tirante, azulada, las grandes orejas transparentes, los pasitos breves como de hombre encogido sobre un tajo mal cosido en la barriga. No parece un hombre operado en Houston-Texas, sino faenado en Tablada -pensé.
Me miraba fijo, con mirada dura. El pumita le olisqueaba la pierna desnuda dudando si era carne para morder o un palo seco.
-¿El joven? -preguntó el señor a su hijo.
-Un amigo, papá. Erasmo Arzamendia.
-¿Estudia? -me preguntó a mí.
-Sí señor -mentí sin vacilar.
-¿Qué?
-Ingeniería, señor. Quinto curso, aunque debo dos asignaturas del cuarto -le estaba poniendo lazos y moñitos a la mentira.
Hizo un gesto de aprobación, y miró a su hijo con la mirada de quien dice: «Si este alcornoque puede llegar a tanto... ¿qué estás esperando, inútil?».
Se fue a hacer su caminata, inclinado hacia adelante, y apretándose la gran costura de la panza, con la palma de la mano.
-Sos uno de los que debieran estar adentro -sentenció Rafael.
-Si le decía la verdad, que soy un bachiller vago, sin trabajo y sin ganas de ir a la Universidad, me vomita ácido clorhídrico en la cara.
-Vamos a tomar un café.
Nos siguió correteando el pumita. Una paloma se posó a diez metros. El animalito se encogió, echó atrás la oreja, sus músculos temblaban y tenía fija la mirada en la paloma. Una saliva de hambrienta se escapó de su boca. Ya no parecía un pumita regalón, parecía ya el asesino que estaba destinado a ser.
Tomábamos el café en la cocina, cuando entró una dama aún joven, de bata acolchada y babuchas con pompones. Arrastraba los pies y si hay ojos que miran nada, eran los de ella. Abrió la heladera, llenó un vaso de leche hasta los bordes, volvió por donde vino y al pasar me desordenó los cabellos y me dijo que portate bien hijo. Sí, mamá, le contesté porque era menos fatigoso que aclararle que su hijo era el otro. Cuando pasó la puerta de la cocina, ya había derramado la mitad de su vaso de leche.
-¿Siempre es así? -pregunté a Rafael.
-Siempre ESTA así -me contestó, y seguimos tomando café, por mi —103→ parte con prisa, porque tenía urgencia de salir de allí.
Por la tarde fui a las ruinas del negocio de Noelia, con esperanza de encontrarla allí. Un hombre que cargaba escombros y masas de tela carbonizada en un camión me informó que podía estar en el Sanatorio, con su hermano, y hacia allí me dirigí.
Noelia no estaba. Yo suponía que Sandoval estaba allí por quemaduras, pero comprobé que ese no era el caso. Le tenían en el Sanatorio por el shock nervioso.
-Y porque pienso suicidarme -dijo.
Le hice un gesto de descreimiento.
-Arruiné a mi hermana -prosiguió.
No le contesté.
-Voy a tomar un tubo entero de somníferos. Te juro.
-Linda manera de ayudar a tu hermana.
-Ella saldrá adelante sola. Es la Mujer Maravilla. Me hace tratar con un siquiatra. Lo echo, no quiero lavados de cerebro.
-Y también le traje a un cura -era la voz de Noelia que entraba trayendo un cesto con naranjas, manzanas y uvas, que depositó sobre una mesita de la habitación-. Quiso echar al cura, le trató de castrado y se ganó el bofetón de su vida.
-Vaya el cura. Si no le escuchaba, me daba un sopapo. Debe ser adicto a la Teología de la Liberación. Me daba sermones, me decía que tenía que buscar a Dios y yo le decía que lo estaba buscando por el camino más directo, muriendo y volando derecho a su santa diestra. Otro sopapo. La última vez sacó algo del bolsillo, era un tubo de somníferos, desparramó todas las pastillas sobre mi sábana, me alcanzó un vaso de agua y me dijo: «Bien hijo mío, ahora suicídate», y empezó a susurrar el rezo de difuntos.
Se puso a llorar.
-Soy un cobarde -masculló entre hipidos. Su hermana lo abrazó y le acarició el pelo revuelto.
Salimos juntos, anochecía. Ella se había mudado a un departamento que alquiló en los monobloques de IPVU. Decidimos caminar por El Paraguayo Independiente hasta la Plazoleta del Puerto. Ella me hablaba sin parar de sus proyectos. Una amiga judía le había prestado dinero, sin intereses, y se había comprado una máquina de coser eléctrica y unos cortes de tela. Cosía hasta muy tarde vestidos de novia. El negocio recomenzaba. Había acaparado todo el coraje de su apellido dejando nada para el hermano. Hasta se había apropiado de su virilidad -me dije y me consideré injusto-. Pasaba que era una persona íntegra, luchadora, y me intimidaba. Yo solo sabía lamentarme.
—104→Cuando pasamos por la Catedral se oía el rumor de los rezos. Decidió entrar y me quedé afuera, esperándola, no mucho, porque la vi arrodillarse en la última fila, unir las manos y reclinar la cabeza, en actitud de oración. Se persignó y vino a mi encuentro, y mi respeto ascendió un grado. Noelia tenía fe en la Fe, y tenía fe en sí misma. Cruzamos frente a la Policía y con un supremo arte de coraje le tomé una mano, y ella la retiró, pero para aferrarse a mi brazo y reclinar su cabeza en mi hombro, y así caminamos.
-Es placentero -dijo con un suspiro- reclinar la cabeza en un hombro masculino.
-Te doy en concesión mi hombro por tiempo indeterminado.
-Me gusta que digas eso. Sos un buen amigo.
Supe entonces lo que sintió hace mucho tiempo don Toribio cuando Natalia cometió el error de decirle gracias buen hombre. Sos un buen amigo, en la boca de una mujer equivale a decirte que sentimentalmente le importas un cuerno. Mi hombro no era un hombro masculino. Era poco más que una percha de buena madera. En la acera de la vieja Escuela Militar irguió la cabeza y preguntó:
-¿Te canso?
-Sí -le dije con cierto malhumor-. Me cuesta mucho hacer el papel de percha.
-Ya veo -contestó-. Te lastimé con lo de buen amigo.
-No me puse a saltar de alegría.
-No puede ser de otra manera.
-¿Me avisarás cuando puedas ser de otra manera?
-No hará falta. Te darás cuenta vos mismo.
-¿Cómo?
-Cuando sientas que ya has crecido.
Me detuve en la esquina del Palacio de López.
-¿Sabes Noelia que resultas altamente estimulante? Primero me descubres empapado de miedo, y ahora me tratas de enano.
-Enano no, inmaduro.
-Creo que será mejor que te vayas solita a casa.
-De acuerdo. Pero no te enojes tanto por lo de inmaduro. Acabas de demostrarlo. El nene caprichoso se enojó27 con su amiguita -me pinchó dolorosamente la mejilla y cruzó la calzada.
Mi orgullo sangraba, tenía razón Noelia. Había cedido a un impulso infantil. La seguí y la alcancé cuando cruzaba la Plazoleta del Puerto. Me puse a la par y le pedí perdón.
-Perdonado - dijo y rió con risa de tía tolerante.
-Me vas a enseñar a ser maduro -le dije.
-Eso se aprende solo. Pero empiezas bien si reconoces que sos —105→ inmaduro.
Empecé a bailar sobre el empedrado viejo de un callejón sin edad repitiendo soy inmaduro. Ella reía escandalizada. Y los dos marineros de guardia en un cuartel se reían divertidos. Me sentí tan payaso y tan dolido y tan humillado, que terminé imitando a Chita. Hay formas y formas de castigarse.
Con espíritu de compensación, ella asumió la iniciativa y me tomó de la mano y seguimos nuestro camino por esa parte de la Ciudad con callejones diagonales, de empedrados eternamente mojados por cañerías rotas y casas de paredes mohosas por cuyas ventanas salía el resplandor azulado de los televisores y se oía trozos de diálogos como «ya soy mayor para saber lo que quiero, madre» o «si te vas no vuelvas más». Por aceras en ascenso o en descenso, irregulares y flojas y por esquinas de despensas coreanas atiborradas, caminamos en silencio y tomados de la mano, eludiendo uno que otro perro de mirada hostil, hasta llegar a los monoblocks donde vivía ahora Noelia. Nos estábamos despidiendo cuando entraban también al edificio una chica y un muchacho de pelo rizado que se detuvieron a saludar a Noelia. Noelia me presentó a los dos, eran Ruth y Samuel y no tuvieron necesidad de decirme que eran judíos, ni que Ruth era la buena amiga que le prestó dinero a Noelia y Samuel el hermano, que dispensó a Noelia un trato demasiado cariñoso para mi gusto y para menos gusto aún, Noelia se le mostró cordial con el aire de la chica moderna que no discrimina entre un pito circuncidado y otro no. Los dos entraron al edificio diciendo a Noelia que te esperamos a tomar café, y cuando yo me marchaba Noelia me retuvo y me pidió que no me enojara con ella, que tenía la costumbre de ser franca, y que yo tenía por delante un gran trabajo entre perder el miedo y madurar. Muy estimulante para mi ego.
El día siguiente decidí salir a buscarme a ver si me encontraba y me preguntaba a qué demonios tienes miedo y de paso toparme con alguien que me enseñara a madurar. Fui hasta el centro, y ahora mismo, a tantos años de distancia estoy removiendo mis apuntes de los primeros días de agosto de 1988. Los encuentro y los trascribo con algunas correcciones nada más.
—106→
Salí a las calles. Quería ver qué hace la gente. Antequera y 25 de Mayo. Hay sol pero hace frío en la Plaza Uruguaya, una salamanca social donde buscadores, busconas y los que buscan nada más que sentarse al sol se mezclan. Viejas espantando moscas con plumeros de papel de su grasienta mercancía comestible. Prohibido pisar el césped, pero ya no hay césped que pisar. Le pusieron alambres pero los niños sucios pasan por debajo. Es el patio de los sin casa, es el sitio ideal para instalarse sobre la cloaca social esperando ver brillar un diamante arrastrado por la mugre. Están allí los derrotados y los que no luchan, sino pescan. Sobre la calle, mujeres infortunadas ofrecen fortunas y llevan sus hijos en brazos, no por necesidad sino para que se los vea sufrir el rigor del frío y del sol, y la codicia y la compasión se unen para comprar un billete de Lotería. Torean a los autos con tiras de billetes de loterías a modo de capa. Los niños lustran zapatos y sus ojos vivaces recorren el contorno buscando qué robar. Las prostitutas panzonas y desdentadas ya no esperan la noche para ocultar la fealdad de su oferta y el horror de sus cuerpos rechonchos y el grotesco de la cara sucia bajo melancólicas capas de crema facial. ¿Qué puede ofrecerme la Plaza Uruguaya? Los libros de Burián tal vez, pero los libros son instrumentos de redención y en la plaza nadie quiere redimirse, solo exprimir el jugo de su pecado y rescatar su mendrugo a la pobreza y sobrevivir a la muerte lenta. Burián tiene una clientela de coches, instalado como está en una isla de parias. Los autos se arriman a la esquina de Burián como yates que se arriman a un puerto pasajero, cargar algo de luz y marcharse llevando a bordo a Margarita Courtenay como pasajera de lujo o a Guy de Cars como un experto en cócteles dulzones. No. Allí no tenía nada que hacer. Burián no tiene nada que venderme, a no ser la esperanza de un libro cabalístico para interpretar los sueños y ganar la lotería. Entonces cruzo la calle. Chicas espléndidas entran y salen presurosas, alegres, esperanzadas. Andan detrás de la perfección protocolaria-profesional del Secretario Ejecutivo, empiezan a farfarullar inglés porque sin inglés una chica ambiciosa se queda a este lado de la mediocridad; y computación porque su alternativa de vida es casarse con un buen candidato o enchufarse para siempre a un computador, que tiene todas las soluciones matemáticas, pero ninguna solución sentimental que ofrecer. Pero algo es algo, -se dicen esas chicas- y entran y salen. Tampoco allí tengo nada que hacer, ningún grupo a que integrarme, y por añadidura, esas chicas se parecen demasiado a Noelia. Saben —107→ detrás de qué van, y no irán a ponerse a perseguirme a mí para alcanzar nada. Entro en el cafecito bohemio, pequeñito. Se puede escupir en una pared apoyado contra la de enfrente. Se exhiben cuadros, se toma café, se habla mal de los que no están y bien de sí mismos. Artistas, escritores, plásticos, poetas. Unos hablan mucho, otros escuchan poco. Allí tampoco me hallo, no sé hablar de la narrativa de Rivarola Matto ni del universo cuadrado de Careaga, ni de los poemas de José María Sanjurjo ni de la explosión poética otoñal de Casartelli el viejo. Solo podría comprender apenas lo que está diciendo Rauskin sobre el itinerario titánico de un tal Cabeza de Vaca y admirar la mirada de águila de Pepa Kostianowsky buscando adónde y en quién clavar sus garras. Allí tampoco tengo nada que hacer, qué decir ni escuchar, un enano en un cónclave de superhombres. 25 años inmaduros aplastados por siglos de sabiduría, y tengo que irme, no sin antes mensurar la mirada amodorrada de don José Luis, esperando que llegue una siesta de diciembre para ir a sentarse en una roca caliente y ver madurar la sandía, mientras canta la cigarra y una lagartija le inspira un poema. Camino por 25 de Mayo, Estrella, tomo Palmas. Facultad de Derecho. Promoverá abogados que trabajen de dactilógrafos. Mis tres exámenes de ingreso fallidos no fueron allí. Las leyes no son para mí, que me gusta más buscar atenuantes que agravantes porque dan menos trabajo. La Riojana, consumo un chipá so'ó respirando el aire denso que trae desde el aquelarre consumista de adentro olor a dinero. No hacen buena combinación de olor del dinero y el chipá so'ó. Independencia y Palmas, los taxistas juegan a las damas. Pienso que podría haber convertido mi Toyota en taxi y a mí en taxista, pero sería un fracaso. No quiero ir donde otros quieren. Quiero ir donde yo quiero, aunque hasta hoy no sé bien adónde quiero ir pero sé dónde no me quiero quedar: en esta medianía que Noelia me echa en cara. Cruzo la Plaza en diagonal. Don Juan E. O'Leary tiene una mirada de asombro, quizás porque no le dejaron el Panteón de Los Héroes como la mole que soñó, sino rodeada de catedrales de cristal. Menos mal que mira para otro lado, mediante la visión zahorí de un urbanista visionario. Cruzo la calle y estoy en la otra Plaza, allí donde el Cine Victoria se alza como la Catedral del Porno, con carteles eróticos que los niños encallecidos ni miran ya. La arboleda es umbría y la sombra fresca y alguien emuló a Henry Ford e inventó el lustre de zapatos en cadena. Sobre el pedestal está la estatua que preside un sub-mundo de sub-ocupados y de sub-marginales y sub-niños o superniños que son adultos a los 11 años. En el bronce El Derecho que eleva triunfal las alas se impone a la Fuerza que quiere hacerle perder el equilibrio. El Derecho muestra las alturas, la Fuerza —108→ su gran trasero de bronce, y me pongo a meditar en la ironía sibilina del escultor que puso en primer plano el culo de la Fuerza y en segundo plano las alas del Derecho. Lustrarme los zapatos allí, o comerme un brochette cachiai al brasero no me ilumina nada ni aclara mis perspectivas; ni ayuda a la madurez reclamada por Noelia ninguna interpretación lírica o cínica de la eterna lucha plasmada en el bronce. Entonces me salgo de la plaza y cruzo la calzada, hasta el coloso de cristal de Chile y Estrella donde se ha instalado un Banco. Un Banco tan Banco que muestra a sus galeotes de camisa blanca y corbata trabajando en un escaparate, sumidos en cálculos, verbalizando crepitantes en los teléfonos, pulsando botones y moviendo los dedos como prestidigitadores sobre el teclado de las computadoras que muestran en sus pantallas los nuevos métodos de ganar dinero haciéndolo perder a otros. Me fijo en un joven de mi edad, pero ya panzón, medio calvo, impoluto y aséptico en su uniforme de trabajo. Ha extraído de una máquina una larga tira de papel, la pasa entre los dedos, bizquea y va mirándola milímetro a milímetro. No alcanzo a ver lo que observa, lo que examina, pero a veces sonríe, a veces frunce la nariz, a otras se rasca la parte desértica del cráneo, de repente toma el teléfono y discute con alguien mirando fijo la tira, cuelga el teléfono, mancilla un trozo de tira con lápiz colorado, y sigue su larga exploración a lo largo del interminable papel. Me pregunto si haciendo eso se siente maduro, si cree que ha crecido, está realizado y puede ir a pedir la mano de Noelia, y si cómo yo puedo llegar a ser un especialista en examinar tiras vomitadas por una máquina sabia. Concluyo que podría hacerlo, siempre que la rutina no me mate antes o de que el papel no me envuelva el cogote y me asfixie. Me alejo de allí, de ese Banco tan Banco y desciendo por Chile, donde otro Banco ilumina su vitrina de maniquíes vivos cuantificadores de la existencia humana, pero tropiezo en la acera con un ciudadano ansioso que parece meter los ojos en mi bolsillo y me dice cambio cambio, y esgrime su maquinita de calcular que desnuda la miseria del austral, la anemia del cruzado, la inutilidad del peso uruguayo y el verdoso biliar del dólar enfermo pero aún dominante, como el patriarca en otoño del gran escritor.
Nunca mi casi atrofiada mente aritmética comprendió para qué se cambia una moneda por otra, si al fin todas van a parar a bolsillos ajenos, y tampoco esta vez resplandeció en mí una vocación de cambista realizado y maduro, capaz de presentarme a Noelia luciendo una corona de billetes como prenda de realización y madurez. Me satura el olor a cocina del Lido y me tienta la sopa de pescado con mercurio, otra prenda más a la codicia brasilera, pero prosigo mi —109→ rumbo al norte. El piso alto del Municipal retumba con los ensayos de la Sinfónica, donde Florentín Giménez estará tratando ser más que Luis Szarán o Luis Szarán estará tratando de ser más que Florentín Giménez. Un cartel anuncia una ópera a estrenarse y nadie me detiene cuando me asomo a ver los ensayos y no saco otra conclusión cultural que los obesos y las obesas tienen voces finas y los flacos voces graves, y que la ópera es un género que aburre a muerte a los músicos, porque entusiasmados no me parecen nada. Ahí tampoco Asunción me conforta, me tienta o me muestra un cartelito que dice «salida». Sueño con ser músico pero soy dueño de la experiencia de que la realidad convierte mis sueños al mínimo, y el gran solista de Oboe que quisiera ser me llevarán al fin del camino empuñando un par de platillos y a hacer plin plin plin, y quedarme con cara de idiota mientras los otros tocan hasta que me llegue -si llega- el turno de hacer otros plin plin plin. Que se queden con su ópera y su sinfónica, que no es para mí, y lo digo sentándome en la plaza en que se alza el Congreso, donde los padres de la Patria discuten quién es mejor papá. Me adormezco en el banco bajo la tibieza del amable sol de agosto y sueño que toco el timbre, me abre un valet, me despojo de los guantes blancos y de la galera y le digo al servidor que anuncie a la señorita Noelia que el Diputado Arzamendia ha llegado. Despierto y me río solo. Para ser diputado hay que ser político o amigo de un político de mayor envergadura, y de la política no sé nada, a no ser que se anda de aquí para allá con mucha prisa hasta tropezar con una pared de piedra o encontrar una puerta abierta, algo tramposa porque a veces lleva a un bello paisaje oxigenado florido y a veces a otra pared de piedra más dura que la anterior. Y eso es demasiado para mí, Noelia querida. Yo quiero que las paredes estén donde deben estar las paredes y las puertas donde deben estar las puertas, de modo que mi madurez y mi realización no vendrán por el camino de la política, a no ser que las elecciones se hagan con un bolillero de Bingo, lo que al fin sería el non plus ultra de la Democracia.
—110→
En este punto llego a la grave conclusión de que si salía a interrogar a Asunción quién soy y quién o qué puedo ser, estaba errando el camino porque me estaba burlando de todo y eso no era saludable porque el que se burla de todo no consigue nada, a no ser un cargo de Embajador en Moscú, que no existe y donde me sentiría muy lejos de Noelia. Semejante reflexión me asienta una primera experiencia válida. Si te pasas mirando todo con ojo crítico -me decía- terminarás con una úlcera y como un enfermo realizado y maduro a la fuerza, al menos si el sufrimiento es el modo de conocerse a sí mismo, cosa que puede funcionar con los santones pero no conmigo, de modo que cuando Noelia me visite en mi lecho de dolor me encontrará más bien podrido que maduro. Sonaron las campanas de la Catedral como sugiriéndome como camino de realización el sacerdocio. A otro perro con ese hueso, doña campana -le digo- el sacerdocio no me llevará a Noelia, sino mucho en un señor Camus, que pasó de moda pero puede volver, que mi amigo Roque Vallejos dice que dijo que «Si Dios existe no necesita curas», y no debe existir nadie menos realizado que un cura desocupado. Entretanto había pasado la hora del almuerzo y la siesta había despoblado la ciudad fantasmalizándola. Sentí ganas de orinar y me di el gusto de hacer pis sobre el tanque boliviano, acto nada heroico porque el tanque estaba tan muerto como mi abuela paterna. Pero el acto en sí era impresionante: «Noelia, acabo de orinar sobre un tanque de guerra», y le contaría que cuando los28 lobos de las estepas pelean por la jefatura de la manada, lobas incluidas, el que se da por vencido se tiende espaldas y el vencedor le orina encima. «Noelia, no he orinado sobre tu judío circuncidado, sino sobre un tanque de guerra». Semejante fantasía solo me sirvió para sentirme incurablemente pelotudo. Y así terminó por ese día mi búsqueda de mi identidad algo más maciza que un relleno espumoso de colchón, de que me sentía hecho.
En los primeros días de setiembre de 1988 Lucía no había vuelto de lo que yo empezaba a considerar una luna de miel anticipada, si se suponía que las defensas puritanas de Valentín se habían derrumbado. En las dos semanas anteriores había visto pasar dos veces frente a casa el Mercedes sin chapa, como un gran gato silencioso que explora la presencia de agujeros de ratones, y adentro iban Mutt y Jeff, como yo había bautizado a mis atormentadores. Yo no cesé en esos días de importunar a René que me comunicaba con Lucía para que yo repitiera mi temerosa advertencia, pero mi hermana —111→ daba cada vez menor importancia a la cuestión. Por asociación de ideas, y porque me sentía aburrido con las dos bicicletas y la aspiradora que debía arreglar, me tomé libre una mañana y fui a los Primeros Auxilios a visitar a la insolvente doctora Jorgelina Báez de Doldán. En cierto sentido, añoraba la conversación de la gente vieja y la recreación del pasado que ella hacía, un ejercicio que aquella pobre mujer asesinada por Rafael calificó como «búsqueda de raíces». Ya lo de mi padrino, que no era un pozo de información pero algo sabía, y lo de Natalia, que pintaba un cuadro algo dantesco de su juventud, eran cosas perdidas. Pero me quedaba la vieja. En ella podría estar contenida la verdad de mí mismo que mi juventud no podía aprehender, para encontrar el rumbo de mi crecimiento y mi madurez, como diría Noelia.
En su cama encontré a otra persona, y la jefa de enfermeras me informó que la Doctora había sido retirada por la hija y llevada a casa. Con buena voluntad, hurgó en un fichero y me dio la dirección, en el Barrio San Vicente, donde llegué con muchas dificultades, porque todo estaba haciéndose y donde debía haber una casa había un baldío y donde debía haber un baldío había una casa parroquial, y todo el contorno moteado por grandes lotos cubiertos de matorrales. Tomando como referencia la Iglesia, llegué a dar con la casa, donde primero me ladró un perro y después me ladró una mujer de cabello gris pajizo que me dijo sin mucha gentileza que si vendía algo, o si era evangelizador Mormón o Testigo de Jehová me fuera con la música a otra parte. Tenía todo el aspecto algo29 troglodita de la mujer que pega a su madre, y cuando le aclaré que venía a visitarla, preguntó para qué, le dije que para una consulta jurídica, preguntó otra vez si le iba a pagar la consulta y le dije que sí. Me dejó entrar después de pagarle por anticipado la consulta, con dos billetes de mil que ella contempló admirada, con la expresión de quien piensa que esa vieja de porquería todavía sirve para algo. Oh, el amor filial.
Separada de la casa, y en el fondo del patio había una construcción que parecía letrina, pero era la guarida de mi infortunada amiga, a quien encontré sentada en una mesita, y escribiendo en un cuaderno, con los ojos a un centímetro del papel. Al verme se levantó presurosa y se puso a arreglar aquello que podía ser su cama, un montón de trapos y retazos sobrepuestos.
-Deje eso, abuela -le dije-. No vine a acostarme con Ud., Doctora.
-¿Por qué no? ¿Qué tiene una vieja de 75 que no tenga yo? -una picardía invencible en sus ojos iluminaba aquella perrera.
Observé el cuaderno abierto sobre la mesa.
Letra pequeña y pulcra, hecha, dibujada una a una desde un centímetro —112→ de distancia focal.
-Son poemas -dijo con orgullo.
-Me gustaría leerlos, Doctora.
-Cuando termine el libro. Se titula Manual de Instrucciones para Vivir. El punto del conflicto poético que estoy creando es que vivir la vida es eludir la vida, como un futbolista que lleva la pelota y vienen los rivales a querer quitársela. Sé mucho de eso.
Lo decía en serio. Si había locura, era locura fronteriza a cierta forma de genialidad.
-Escribo poesía desde niña -prosiguió-. En 1947 llegué a ganar un premio por mi Poema al Miliciano Colorado. Ya era abogada entonces, entre marzo y agosto fue la época más feliz de mi vida. Mi marido había ido al frente y yo rezaba fervientemente que lo alcanzara por lo menos una bala perdida -rió-. Es curioso, mi única época de paz fue durante la guerra civil. Entretanto, colaboraba con las audiciones de don Enrique Volta Gaona y doña Lola de Miño en Radio Nacional -se irguió tonante-: «¡El que no está con nosotros, está contra nosotros!». Los de Radio Espectador de Montevideo se ponían histéricos para contestarnos.
-¿Volvería a hacer todo eso?
-A mi edad, ¿está loco?. Cada generación tiene sus pasiones, joven -se sentó en la cama y me ofreció la silla que ella usaba cuando escribía-. Además, ahora las cosas son distintas. En 1947 la gente madura quería el mando y enviaba a los jóvenes a la guerra. Hoy, la gente joven quiere que los mayores se aparten de su camino.
-A mí no me molestan los mayores, doctora.
-Siempre hay jóvenes que no viven su época.
-¿Y qué pasa con ellos?
-Forman la resaca de su generación.
Crecer y madurar. Si no, resaca. Podría ponerle la firma de Noelia.
-Ud. dice, doctora, que las generaciones tienen pasiones distintas. Hay una chica, Noelia, que piensa exactamente como Ud. Si no entendí mal, para ambas soy resaca.
-¿Está enamorado de ella?
-No sé.
-¿Le ama ella?
-No sé.
Se puso furiosa.
-¡Veinticinco años y no sabe lo que es el amor!
-Dígamelo Ud.
—113→-El amor es... un intercambio de imágenes gloriosas, muchacho. ¿Qué tipa loca quiere intercambiar imágenes con una resaca? ¡Sálgase de ahí! ¡Despierte! Sacúdase!
-¿Cómo, doctora? -mi voz era lastimosa.
-¡Mate si es necesario!
-¿Se está refiriendo a aquella proposición demencial...? La deseché totalmente.
-¿Por qué...?¿Le repugna matar o tiene miedo de matar?
-¿Qué diferencia hace, Doctora?
-Si le repugna matar es porque es moralista, si tiene miedo de matar es un cobarde. Los moralistas mueren solitarios. Los cobardes no merecen vivir. Denominador común: resaca. Vaya despidiéndose de su Noelia, joven.
-Ud. olvida la conciencia, Doctora.
-Yo rezaba para que mi marido muriera. Nunca me remordió la conciencia, porque su muerte era mi liberación. A Ud. la muerte de un hombre le liberará.
-¡No le conozco y nunca me hizo daño!
-Le está condenando a ser pobre. Le está anclando en la resaca.
-¿No cree en Dios?
-Creo pero no lo entiendo. Hay curas que bendicen metralletas y Él se queda muy pancho allá arriba. Suerte que voy a morir justo cuando el mundo empieza a ponerse patas arriba.
Hablaba como si la muerte fuera su escapatoria, y ella leyó en mí ese pensamiento.
-No me da miedo el futuro, aunque voy hacia allá arrastrando mis zapatillas de anciana. Hay gente que se quedará a construir un futuro, o a remendar el presente para que parezca futuro. Yo ya no estaré allí y entonces no me concierne. Mi pena es mirar el pasado, mi tiempo apelmazado como un calendario viejo que se pudre en la humedad de un sótano. En alguna esquina estará mi juventud, pero no la encuentro en mi memoria. Creo que pasé de largo.
Ya era suficiente y quise marcharme.
-¿Tiene cigarrillos? -pidió.
Le di todo el paquete. Yo no fumaba, pero siempre tenía un paquete, porque era uno que no fumaba que fumaba a veces.
-¿Puedo hacer algo por Ud.?
-Cuéntele al Dr. Codas que la bruja me quitó los lentes. Él me los hizo recetar y él me los pagó. Mi hija me castiga quitándomelos.
-¿Pero qué es lo que castiga?
-La muerte de su adorado padre -rió.
-¿Entonces, al fin, lo mató?
—114→-No -reía con carcajadas de loca-. Murió de un síncope cuando me pegaba. No deja de ser un consuelo.
Salí. El perro gruñía, pero era más amable que su dueña, que pelaba mandioca con un gran cuchillo y me miraba torva. El gran cuchillo me decidió a no tocar el tema de los lentes. Mi amiga tenía que seguir escribiendo con la nariz pegada al papel, o a lo mejor recordaba y llamaba al Dr. Codas.
Tratando de no perderme en el intrincado barrio tentaba salir a la Avenida Fernando de la Mora. Caminando por esas callejas reflexionaba y reconocía que la Doctora inválida era la persona que mejor estaba contribuyendo a mi madurez, porque me daba elementos nuevos que pesar y medir. Era perversa como una diabla, su propia muerte cercana no la asustaba, y la de otro ser humano era para ella solamente un medio para un fin egoísta y feroz que tenía el premio de salirse de la resaca y empezar a comprar respeto y autorrespeto. Pero también tenía una inocencia conmovedora, de niña que destripa una muñeca porque ha quedado fea y vieja. Perversa y lógica, inocente y bestial, y por encima de todo, el largo martirio de su vida, que empezó cuando su padre le pegaba, y luego su marido le pegaba, y ahora su hija le pega, pero ella moja su pluma en la sangre de su corona de espinas, y escribe poemas. Otra mujer de su edad debería estar aullando como una loba vieja en su jaula de madera. Ella seguía extrayendo vida de sus rescoldos y concibiendo la muerte, propia o provocada a otros como una secuencia natural de la existencia. Acaso fuera una forma de locura la suya, un alma impermeabilizada a fuerza de golpes que se recogía sobre sí misma en hondas catacumbas interiores para vivir su visceral pureza.
En alguna galería de su catacumba moral, debería estar la fuente del conocimiento del Bien y del Mal que yo necesitaba para madurar y llegar al punto en que llegaron los Toribios, las Natalias, los Rafaeles y los Sergios, los Renés y los Sandovales, los policías y ladrones, los drogadictos y sus proveedores, las prostitutas y sus clientes, los jugadores de ruletas y sus miserias, los bebedores de Vodka y sus demencias, y ella misma, Doctora Jorgelina Báez de Doldán, con su derrota y su poesía. Todos, maduros y crecidos en alguna proporción, que conocían del Bien y el Mal no para ejercer el uno y eludir el otro, sino para vivir la existencia ambivalente que hace normal a una persona. Y realizada.
Esa misma tarde llamé por teléfono a Natalia.
-Soy Erasmo.
-Tardaste más de lo que esperaba en llamarme.
Manipuladora, nunca soltaste los hilos.
—115→-Ahora llamo, quiero verte.
-Te espero el viernes.
-Pero hoy es martes...
-Cocínate en tu jugo mientras tanto.
Y cortó.
Yo también colgué el tubo del teléfono público. Y quedé con la cabeza metida en el gran bulbo naranja, como un domador con la cabeza dentro de las fauces de un león. Las fauces de un león olerían a muerte podrida. El bulbo también, o quizás solo era mi imaginación.
-¿Por qué llamaste? -me pregunté a mí mismo.
-Porque no me queda otra alternativa que llamar -me contesté.
-Te vas a meter en un lío.
-Estoy tratando de salirme de uno, largo como los años que me quedan.
-Estás apostando tu vida.
-No. La de otro.
-Te puede llevar consigo.
-Usaré salvavidas.
-Lo tomas en joda. Es mentira que aprendiste algo...
-¿Quiere tener la bondad de sacar su30 redondo trasero de la maldita cabina?
Era una voz femenina, me volví y allí estaba, queriendo usar el teléfono una adolescente de carita angelical con el uniforme de un colegio religioso. La liberé cortésmente de mi redondo trasero.
Regresé a casa cuando mamá y papá, en sus sendas camas empezaban a doparse con «Rosa Salvaje». Dije hola y me dijeron chistt a dúo. Seguí al fondo y allí estaba Lucía en su cubículo, ya no acostada en el suelo, sino sobre una cama con grueso colchón. Sufrí un susto de muerte. Salí a la calle. Allí, en la esquina estaba la bestia negra, el Mercedes sin chapa, pacientemente estacionado. La presa estaba cerca y se tomaba su tiempo, pregustando carne fresca. Regresé como una centella y tropecé con Lucía que sorprendida, en camisón, salía a ver qué me pasaba. La arrastré a su pieza a empujones.
-¡Tenías que haber vuelto, infeliz! ¿Dónde está Valentín?
-No querrás que se quede a dormir conmigo. Se fue a su casa. ¿Qué pasa? Estás pálido como un muerto.
-Vestite rápido.
-Pero mirale un poco al tipo...
-Vestite rápido, carajo.
Algo vio en mi cara y empezó a vestirse. Terminó pronto, con un vestido sencillo y un tapado liviano. Se puso en los pies unas —116→ zapatillas de tennis.
-¿Y ahora me explicás...?
La tomé de la mano. Apagué la luz del corredor. Le dije que asomara la nariz en el portón y mirara a la esquina izquierda. Lo hizo.
-En ese coche están los que me hicieron papilla los testículos para averiguar tu paradero. Todavía los tengo hinchados, boluda.
-Ese coche... -había reconocido el coche, y empezó a temblar y a castañearle los dientes como si hubiera aterrizado en el polo Norte con un camisón de seda. No se podía controlar-. No me dejes sola.
-No pienso hacerlo. ¿Tienes dinero?
Me entregó su cartera, bastante pesada. Esperé que el peso fuera de billetes, no de artículos de tocador.
La vida de barrio tiene sus ventajas. Un vecino puede saltar murallas y pasar por el patio de un segundo buen vecino, aterrizar después en el patio de un tercer buen vecino y salir a una calle transversal, sin que el ruido y los tropezones alcancen a desencadenar a los buenos vecinos de «Rosa Salvaje». Así empezaron muchos exilios. Corrimos como locos y un señor compasivo que manejaba una camioneta hedionda de achuras sobrantes de la venta diaria nos recogió y nos llevó a una parada de taxis.
Veinte minutos después estábamos en la casa taller de René. Ella quería ir a casa de Valentín, pero yo confiaba más en René, el mecánico forzudo, y su hermana vikinga. Nunca me perdonaré ese error.
Ninguno de los hermanos pidió explicaciones. Mi hermana necesitaba pasar la noche allí, y no querían saber más. Gisela le preparó una cama, y como una medida de prudencia, decidí yo también pasar la noche, y dormí en el Packard de René.
No amanecía cuando me encaminé a casa. El Mercedes no estaba, y la casa estaba demasiado silenciosa y quieta, porque a esa hora ya debía estar humeando la yerba quemada para el cocido y mi padre estaría escuchando a todo vapor el noticioso matinal de Radio Cáritas. Entré con cierta aprensión y me enfrenté al horror. Mi padre estaba en el piso, desvanecido o muerto, y tenía la cara y el pecho lleno de grandes ampollas. Fuego de cigarrillos. Mi madre gemía en la cama, tirada boca abajo y su brazo derecho no estaba en la posición de un brazo, sino en la de una muñeca con el brazo roto. La habían fracturado. Se habían vengado de nuestra escapatoria, o los habían torturado para confesar un paradero del que no tenían ni la más remota idea. Para colmo, llegó Valentín, que miró aquello y gritó:
-Dios de misericordia. ¿Qué pasó?
Papá se movió. Vivía.
—117→-¡Lucía! -aulló Valentín y fue a buscarla en su habitación. Volvió enseguida, me sacudió repitiendo Lucía, Lucía, Lucía como un enajenado.
-Ella está bien -le dije-. Pero vamos a ocuparnos de papá y mamá, Vecinos voluntariosos ya estaban llenando la casa. Uno corrió a llamar a la Policía, y otro al médico que vivía en el barrio, que miró y dijo que ahí nada se puede hacer y hay que llevarlos a los Primeros Auxilios. Alguien trajo una camioneta y acostaron en la carrocería a mis padres. Llegó la Policía, que quiso impedir la partida. El médico dijo que era urgente y que él explicaría lo que sabía de las lesiones. La camioneta partió. El médico informó de las quemaduras de papá y del brazo roto de mamá. El oficial examinó el dormitorio destrozado y el televisor roto. Tomó nota de manchas de sangre y me interrogó a mí. Me puse en estado de alerta. Valentín escuchaba y temblaba y su cara se volvía del interrogador y al interrogado, como un espectador de tennis, y me dispuse a no comprometer a mi hermana.
-¿Son su padre y su madre?
-Sí señor.
-¿A qué hora cree que sucedió?
-Después del programa de «Rosa Salvaje», porque yo salí cuando lo estaban viendo.
-¿Adónde fue?
-A dormir a casa de un amigo.
-¿Amigo o amiga?
-Amigo.
-¿Cómo se llama el amigo?
Ahí cometí el segundo error.
-René no se cuanto, es un mecánico ex-mennonita que tiene su taller allá por...
-Lo conozco, le arregla el coche al Comisario.
Valentín salió disparado. Ahora sabía dónde estaba Lucía. Vi que su automóvil arrancaba rugiendo y salía, y un minuto después, silencioso, el Mercedes negro, sin chapa, que lo seguía.
-¡Dios mío, protégelos!
-¿Qué está diciendo?
-¿Vio a mi amigo salir disparado?
Me di cuenta.
Va a buscar a mi hermana. Es su novia. Un Mercedes negro lo seguía. Van tras mi hermana. Son los que le hicieron esto a mis padres.
Me sentí algo aliviado de mi carga.
El Policía reaccionó. No necesitaba atar cabos.
-Venga conmigo -me aferró del brazo y me arrojó a la patrullera, un —118→ Brasilia algo maltrecho que no me inspiró mucha confianza. Íbamos a gran velocidad al taller de René. Llegamos, y allí estaba el Oldsmobile de Valentín pero ni rastros del Mercedes negro. Durante el trayecto el interrogatorio había continuado.
-¿Su hermana es Lucía Arzamendia?
-Sí.
-Está fichada.
-Me imagino, pero se ha enderezado y se va a casar.
-¿Con ese tarado que salió como alma que lleva el diablo?
-Sí.
-¿Por qué no le impidió?
-Trate Ud. de detener un tren con una mano.
-¿Por qué buscan a su hermana?
-Ya le dieron una paliza antes.
-Dijeron que un ómnibus la atropelló.
-Mi hermana quiere ser una novia sin currículum.
-Ya veo.
Cuando llegamos, Lucía, enterada por el mismo Valentín de la agresión en casa, le estaba contando a Valentín que su padre había apostado y perdido y no tenía dinero y le dieron plazo para pagar y no pudo pagar y le hicieron eso. Que ella sospechaba y me pidió que la pusiera a salvo. Una mala película que Valentín se la tragó de punta a punta. No sólo creía, sino quería creer. El Oficial escuchaba, sonreía, miraba a Valentín con el aire superior del macho que mira al cornudo, y a Lucía con aprobación, como diciéndole «dale muñeca que yo me callo y te ayudo a salir del pozo».
Absolutamente aterrorizada, Lucía consintió en marcharse a casa de Valentín, y mi tercer error fue que yo lo aprobé. El Oficial fue más inteligente que yo, preguntó la dirección de Valentín y dijo que por unos días pondría guardia frente a la casa. Finalmente el Policía se dirigió a Primeros Auxilios a continuar con la redacción de su informe y le pedí que me llevara. En el vehículo me interrogó sobre el Mercedes negro y poco le pude decir, salvo que era parecido a cientos de Mercedes negros y no tenía chapa, por lo menos detrás. Le conté lo de mis testículos torturados, y describí a Mut y Jeff. El Oficial me dijo que me fuera al día siguiente a hacer un identikit en la Comisaría. Cuando nos separamos en los Primeros Auxilios, el Oficial me dijo con seriedad:
-Mejor le dice a su hermana que se vaya del país. Está metida con gente peligrosa.
Le prometí hacerlo.
—119→-Gente peligrosa incluso para mí.
-Entiendo.
Mi madre estaba en la misma cama en que estuviera Lucía, y a mi padre le habían llevado al Instituto del Quemado. El brazo enyesado, mi madre dormía su profundo sueño anestésico. Allí nada podía hacer, salvo sentir un desasosiego sostenido que no supe a qué atribuir en principio, y después reconocí como consecuencia de que desde el principio habíamos incurrido en una cadena de torpezas. Mut y Jeff conocían su oficio. Mi hermana, estuviera donde estuviera, era vulnerable. Estaba en peligro, y su guardián, Valentín, no conocía la naturaleza de la amenaza. Empecé a creer firmemente que la salida estaba en contarle toda la historia a Valentín y podía apostar que Valentín aceptaría que su adorada era una programera promiscua, cortesana de alguna organización erótico-profesional para ejecutivos, o algo parecido y diría que borrón y cuenta nueva, y como tenía recursos, podía sacarla del país. Si sus padres pagaban sus vagancias asuncenas, igual podían pagar vagancias porteñas. Pero no le conté la verdad a Valentín, y ese fue mi cuarto error.
No tardaron en desencadenarse los acontecimientos. Lucía sobrevaloraba la protección de Valentín, y se dedicó alegremente a la casa donde vivían juntos, aunque no sabía si ayuntados. Valentín adquirió muebles nuevos, un televisor y una enorme refrigeradora congeladora, destinada a conservar los abundantes «bastimentos» que le remitían de la estancia paterna.
El momento fatal fue cuando Lucía quiso aprovisionar por su cuenta el gran refrigerador, y pidió a Valentín que la llevara al supermercado. Obediente, Valentín la sentó a su lado, y en medio de los dos, compartía el asiento una enorme Magnum 38 cargada. Entre Valentín y el revólver, Lucía parecía menos temerosa. Conociendo a sus cazadores, mi pobre hermana no entrevió siquiera que el torpe de Valentín y su arma eran apenas una ficción inútil, un tranquilizante tramposo.
Lo que recuerda Valentín es que estacionó el coche frente al supermercado, que Lucía descendió del coche, entró al negocio... y nunca volvió a salir, al menos como debe salir un ama de casa cargada de yantares para el hogar.
No se lo contamos a papá ni a mamá, y prescindo de la horrible, bestial desesperación de Valentín que lo llevó a encerrarse durante meses, sin afeitarse, sin comer, sin bañarse, escuchando la radio y mirando la televisión al mismo tiempo, atisbando alguna noticia, alguna pista del paradero de Lucía, mientras no cesaba de lustrar, aceitar, cargar y descargar su inútil revolver. Llegó a creer que —120→ Lucía lo había abandonado por otro, porque no tenía modo de conjurar tragedias cuyas causas él no conocía, y no llegó a enlazar la paliza a mis padres y la desaparición de Lucía. Entonces guardó el revólver. No le servía de nada si Lucía se había marchado con otro, salvo para matar al otro, cosa que no haría, porque cuando una mujer traiciona, los hombres somos inocentes instrumentos.
No pude concurrir a la cita con Natalia ese viernes por culpa de aquellos acontecimientos. No la llamé y fui el martes siguiente, después de una entrevista con el oficial Acuña, que investigaba también la desaparición de mi hermana. Como todas las veces, me decía lo mismo, que «estaban siguiendo una pista», y lo consternante para mí, y tal vez para él, era que no lo decía con optimismo, sino casi con vergüenza.
La información no había trascendido a los diarios, como tampoco se publicó nada de la paliza de mis padres, salvo algunas líneas sobre una «golpiza salvaje a un modesto matrimonio». O la información no tenía importancia, o alguien le estaba dando poca importancia. No iría yo a los diarios a hacer un escándalo. Gente peligrosa, y todo lo demás. Que le pregunten a mis testículos.
Natalia aceptó mis explicaciones sobre mi ausencia del viernes y hasta me dijo sus buenos deseos para mi hermana.
No parecía que habían pasado meses desde nuestra última entrevista. El mismo ceremonial del café primero y el botellón de anís después. Pero sin boleros que bailar.
El tema trascendente, un asesinato por encargo, flotaba en la sala espesando el aire. Pero Natalia parecía haberse olvidado de la cuestión.
-Perdóname por haber venido sin avisar, podría haberme encontrado con el padrino.
-Tu padrino ya no viene. Lo despedí, ya me estaba resultando cargante. La diversión terminó.
-Debe estar destrozado el pobre señor. ¿Y... el engaño? El de tu agonía de Margarita Gauthier, digo.
-Fui compasiva. Se fue creyendo que yo presentía mi muerte, que quería soledad para meditar, le di las gracias y le dije adiós. Se fue llorando.
-Si no entiendo mal, esa no es compasión, es maldad.
-¿De veras? -nunca sus hermosos ojos habrán expresado tanta inocente sorpresa.
-Se fue... amándote para sufrir. Se hubiera ido odiándote, para darse de patadas a sí mismo y consolarse.
-Pero, ¿cómo podía conseguir eso?
—121→-Parándote en la cama a bailar un can, can y diciéndole chau cretino, ya me tienes hasta la coronilla.
Soltó tan sonora y desprejuiciada carcajada que sentada como estaba se echó atrás y revolcó las piernas hasta que se vio una bombachita rosada que 50 años atrás habría ocultado-mostrado maravillas pero ahora solo tapaba un bulto plano, especial para desviar la vista.
-Sos gracioso. Me gusta tu compañía. Y sabes escuchar, Erasmo, eso es importante. Porque cuando una persona habla, vive, y cuando otra persona escucha, re-vives -distendió las piernas muy juntas, muy largas y cruzó las manos sobre el resplandeciente casco blanco de sus cabellos apretados. Estaba soñadora o posaba de soñadora vaya a saber uno con qué fines. La buena señora -ya que estamos- no SE vivía, SE usaba. Ella misma era su propia arma y no estaba demás un toque de alerta, algo que no aprendió mi padrino.
-Solías tener la manía de conocer tiempos pasados -susurró.
-Buscar raíces, dijo una vieja -le dije.
-Yo también recuerdo el pasado.
-Otra vieja señora me dijo que no tiene pasado, porque su tiempo se apelmazó.
Mi verborragia era algo exagerada, como cuando se habla para que el dentista tarde en introducir el torno. Yo parloteaba para impedirle que ella tocara ese nervio sensible que dejó afuera la tentación de matar. Que de paso, y tal vez por la convicción de que mi hermana estaba muerta, ya no me parecía tan fantástica, ni tan perversa. Pero aun así, la temía.
-¿Qué vieja?
-Cree que el Bien y el Mal también se apelmazaron... y que la pelmaza es la materia de los que llegaron.
-¿No crees que tiene razón?
-Entonces... ¿matar es realización?
Me detuve en seco, porque YO mismo había suscitado el tema temido. Mi amigo Villagra Marsal me había dicho una vez que un tal Poe definió el instinto de la perversidad como una compulsión invencible a asomarse a los abismos. Esperé que Natalia dijera algo como «matar para llegar sí». Pero Natalia no se dio por enterada. O se dio por enterada y soltaba más hilo, total, ya había mordido. Volvió a su tema de raccontar el pasado, sin haberse movido un milímetro de su actitud distendida y sus manos cruzadas sobre la cabeza.
-En los fondos de mi casa funcionaba un pozo artesiano movido por el viento. Las aspas giraban en una torre alta y en la veleta aprendí a leer «Manuel Ferreira». En los días de calor papá me sostenía bajo el —122→ gran chorro de agua.
-¿Por qué me cuentas eso?
-Porque me escuchas y re-vivo -rió-. Por el tiempo en que papá ya me había expulsado de su cama, tomaba el tranvía y llegaba a una librería. La Esfera. ¿No te interesa?
-Apasionadamente.
-Sin ironías, Erasmo. Allí compraba las novelas de Vargas Vila. ¿No has leído nada de Vargas Vila?
-No -«¿adónde quieres llegar, bruja?» me preguntaba.
-Eran terribles. Tener quince años y leer a Vargas Vila equivalía a sentarse sobre una antorcha31 -soltó su carcajada, esta vez más controlada-. Papá me daba dinero para tiendas por ese mismo tiempo. Gastón o Segura Latorre. Era un festival comprar allí con el dinero que me daba papá. A veces salíamos juntos y papá entraba a comprar en Rius y Jorba. Adentro me sentía chiquita, como en una catedral. Parecía una catedral. Papá me hablaba de que eso no era nada, que antes de nacer yo había una Gran Casa Francesa, donde hicieron confeccionar el traje de novia de ma... ¡Cretino...! ¿Tengo que estar divagando sola? -la sílaba32 que faltaba a «mamá» la había herido como un cuchillo y su abandono desapareció, y ella toda era tensión y odio. Traté de ventilar un poco.
-Si mal no recuerdo estaba practicando el oficio de escuchar.
-Cosas que no te importan, ¿eh?
-Cosas que te importan a vos. Son tus recuerdos. Son tus inocencias. No entiendo si traes pasado para no pensar en el presente, o tus divagaciones son tu método de amasarme para ponerme a punto para el horno.
-¿Horno?
-Matar a no sé quien.
-Se llama el Dr. Gilberto Ortiz. Tiene ochenta años. No quiero que cumpla ochenta y uno.
Allí estaba, por fin, mi víctima. El nombre no era del todo desconocido, pero se me escurría de la memoria.
No soporté la tentación de huir. Me encaminé a la puerta, y ella me acompañó. Se apoyó en la puerta.
-Recuerda. No debe cumplir ochenta y uno.
-No dije que sí.
-Que no tampoco -y cerró la puerta.
—123→
En este punto de transcribir-reescribir-revivir y fantasear sobre viejos apuntes me pregunto qué está resultando. ¿Una novela? Quizás. Una narración, diría Roque Vallejos como quince años atrás, y maldita mi capacidad de discernir la diferencia. O simplemente una crónica. Releo todo lo escrito y me parece una procesión de caracteres. Proust lo hizo en La Recherche y esto puede ser una grosera imitación, pero en todo caso, mal o bien, se imita solo lo bueno. Y en paz. A propósito, el lenguaje. ¿Ramplón? ¿Sencillo? ¿Demasiada ironía? Es que va saliendo así. ¿Tengo talento? Tengo a la vista un recorte de Rubén Sierra Mejía, que estudia a Sócrates y dice que «la decisión de no apartarse del nivel elemental (del lenguaje) suele exigir más talento y asegura mejores resultados que la tendencia natural a complicar». Lo malo es que yo no elementalizo por talento, sino por falta de él, y a ver si el filósofo colombiano me aclara esto. ¿Trama, argumento? Surgen de mí voces interiores y mis voces interiores se alimentaron de mis ojos. Escribo lo que veo y lo que vi, y si no veo... ¿qué diablos escribir? Hace como 15 años, allá por 1988, estaba en el Bar San Roque, comiendo guiso de ternera en mi mesa y escuchando las voces de esa heroica academia del Pen Club Paraguayo, tan pobre que su mesa de sesiones era una mesa de café y el alma máter, la paciencia del dueño. Casola, Casartelli, Rivarola Matto, de quien el mozo me susurraba que era el sujeto más feo, más vago y más inteligente entre todos. Don José Luis Appleyard con su barba entrecana, Halley Mora, callado como un Buda; Mateo Pignataro, charlatán como un tordo en primavera, el escribano Livieres, extrañamente parecido al Dr. Francia, José Antonio Bilbao, Rauskín y otros nombres y otros hombres que admiraba. Fue entonces que oí decir a uno de ellos que «las mejores novelas son las que desarrollan el carácter de los personajes». Lo anoté entre estos apuntes que reconstruyo hoy y me pregunto si no estoy en falta grave convirtiendo a personas reales, mis padres, mi padrino, mi difunta hermana muerta en pecado y sin confesión, Noelia, sus amigos judíos, Rafael, Sergio, René, Sandoval, Valentín, Gisela, Menonita-Walquiria-Virgen (entonces) en personajes acartonados a los que mi pluma inexperta despoja de la humanidad que tenía. Me interrogo si soy fiel a Natalia con su feminidad copiosa, y plena, y todavía hasta su final, vieja gata cazadora en los meandros de sus pasiones subterráneas. Quiero saber, descubrir en alguna línea si fui aquel Erasmo que se pasó la vida sin creer en sí mismo y queriendo hacerlo —124→ todo con el menor esfuerzo, aleccionado casi subliminalmente por la vieja Doctora Jorgelina Báez de Ayala, que nació golpeada y murió golpeada al fin, para encender la furia misional del Dr. Codas. El Sandoval real era sado-masoquista y homosexual, sublimó el suicidio como atractivo sexual, pero no murió tomando pastillas somníferas, sino de Sida y llorando su muerte por anticipado. Existió en aquellos años, FUE, pero lo que me atormenta es que no sé si ES, en esta novela-narración-crónica, porque si no ES, estoy traicionando su memoria, y duele. Pero no nos anticipemos a la narración misma, porque solo quise sino pedir socorro al lector, o por lo menos su tolerancia. Es fácil imaginar una novela, pero es difícil hacer novela de vidas. Hacer ficción del material de carne y hueso y alma y ambición, gloria, fracaso, frustración y crimen.
Pero sigamos con la recopilación y ordenamiento de apuntes.
Me hice de tiempo para visitar a mi madre en los Primeros Auxilios, y a mi padre en el Instituto del Quemado, donde llegué exactamente a tiempo, porque le estaban dando de alta, y lo traje a casa. Una ambulancia que se dirigía a la ciudad, nos transportó por generosidad del chofer, y llegamos a casa en un taxi. En todo el trayecto mi padre se mantuvo ceñudo y con expresión amarga. En su dormitorio se miró al espejo las cicatrices que se iban secando bajo una capa de pomada.
-Mirá lo que le debemos a esa bastarda de mierda. Cuando le ponga las manos encima...
-Lucía ha desaparecido, papá, hace ya más de ocho semanas.
-Entonces esos tipos la encontraron.
-No se lo digas aún a mamá.
-Está bien. Sabía que terminaría así. El romance con el comadreja millonario era demasiado hermoso para ser verdad.
Se acostó en su cama.
-Papá... ¿conoces al Dr. Gilberto Ortiz?
-Personalmente no. Sé lo que se dice de él. Que es un gran hombre. Creo que fue político un tiempo. Dejó eso. Se recluye en su casa y escribe libros. Deben ser libros importantes, porque de vez en cuando un Embajador le pone una condecoración. Sale en los diarios, y hay discursos, y se dicen cosas como que es «decoro de la ciencia jurídica paraguaya».
-¿Cómo sabes tanto?
-Su chofer fue camarada mío en la Escuela de Artes y Oficios. Y —125→ seguimos siendo amigos. A veces nos chupamos el Whisky del viejo.
-¿Puedo pedirte algo, papá?
-¿Qué?
-Que te olvides de esta conversación.
Me miró divertido.
-¿Vas a asaltar un Banco o qué?
-Puede ser.
-Cuidate que no te agarren.
-No me has preguntado cómo está mamá.
-Un brazo roto es un brazo roto. Está con un brazo roto. Parece ser ya el vicio de la familia. Romperse huesos.
-Voy a salir. ¿Necesitas algo?
-Mortadela y pan. Y vino.
Fui al almacén y se los traje. Cortó un pedazo de mortadela y lo tiró al techo, murmurando algo de que los michinos habrán pasado hambre.
Fue en la edición del 13 de octubre de los diarios que se daba la noticia. El cadáver podrido de una mujer al parecer joven había sido encontrado por unos chicos en los límites del campo de golf del Jardín Botánico. Las crónicas abundaban en términos como «macabro hallazgo», «ultrajante crimen», «sádico asesinato». Al cuerpo le faltaban la cabeza y las dos manos. El médico forense calculaba la edad entre los 20 y treinta años y el cronista agregaba que los restos no tenían ropa, salvo unas zapatillas de tenis, y que estaban depositados en la morgue y era imposible la identificación. Lucía. Uno de los diarios publicaba una imagen borrosa de algo parecido a un gran sapo tirado en el suelo, y en la foto aparecía un policía uniformado que adelantaba la mano y decía que no al fotógrafo.
Fui al Hospital de Clínicas donde nadie me impidió que viera los restos. Unos estudiantes indiferentes al insoportable olor parecían repartirse los trozos que había dejado el médico forense tras hacer una inútil autopsia. Me tapé la nariz con mi pañuelo y supe que aquel olor me acompañaría toda la vida, pegado para siempre a mis vías respiratorias, tan distinto, tan distinto a la Loción Colonia Charpentier con que se empapaba mi hermana después de bañarse, con tanta lealtad a su colonia que mamá decía que Lucía no huele a Charpentier, sino Charpentier huele a Lucía. Miré sobre los hombros de un estudiante, el vientre estaba abierto, pero aun estaba allí aquel vello público espeso y ensortijado a medias, formando un triángulo cuya punta terminaba en el ombligo. Era Lucía.
-Es Lucía -le dije poco después al oficial Acuña.
-Ya lo sabía.
—126→-¿Y qué?
-Ha dejado de ser Lucía. El caso sigue abierto, pero... extravié por ahí el expediente -sus ojos me pedían perdón.
-¿Y los diarios, Acuña?
-Les basta el cadáver. Van a fantasear un tiempo y...
Recorté la fotografía del diario. Y el artículo y fui a casa de Valentín. Se había dejado crecer la barba, o la barba creció sola y parecía Rasputín, hasta en los dos agujeros negros en que se habían convertido sus ojos. Vestía un short y nada más. Su poderoso torso peludo le quitaba lo poco de humano que tenía. Sentado en la cama me saludó con indiferencia, casi con hostilidad, porque después de todo, yo era el hermano de la traidora.
Le mostré los recortes y la foto. Los miró primero con indiferencia. Después empezó a palidecer. Palidecía en la misma medida en que la verdad se iba abriendo paso en su mente.
-Es Lucía -le dije.
Esperé una explosión de furia asesina y desesperación, pero se mantuvo pasivo, blanco como la tiza y apretando los recortes arrugados contra el pecho. Solo dijo dos palabras:
-¿Por qué?
Le conté -demasiado tarde- la historia que debí contarle antes, sin ahorrarle nada. Convertí la imagen idílica de su Lucía en la pájara de avería que era. No se inmutó.
-Conmigo hubiera cambiado todo. Nos hubiéramos ayudado para olvidar -meditó un momento, y como quien dice que el ómnibus se toma en la esquina agregó-. Vamos a matar a los que hicieron esto.
Entonces comprendí la razón que me había traído a casa de Valentín. Yo nunca sería capaz de matar. Necesitaba máquinas de matar, y ya tenía la primera. Por mi mente cruzó veloz la imagen de una vieja bruja dorada con las piernas al aire mostrando una bombachita rosada. Que reía mucho.
En los Primeros Auxilios mamá ya no estaba, porque mi padre había venido a llevársela. Rogué que mi padre fuera lo suficientemente maduro para no decirle a mamá la suerte de Lucía, sobre todo si había visto el diario y atado cabos. Cuando salí me topé con aquel médico joven que había atendido a Lucía de sus fracturas.
-¿Recuerda a su amiga? -me dijo.
-No era mi amiga, era mi hermana. ¿Qué sabe Ud.? -pregunté algo alarmado.
-Me refiero a la anciana de la otra cama.
-¿Qué pasa con ella?
—127→-Está de vuelta, en terapia intensiva -se marchaba, se volvió y me dijo- agoniza.
-¿Puedo verla?
Dudó un instante.
-Venga -me dijo- lo recordó a Ud.
Lo seguí por pasillos dolientes.
-¿Qué tiene, Doctor?
-Lesiones internas graves. La hija ha sido detenida. Pero ella jura y rejura que se golpeó con una caída. Quisiera tener una madre así.
-¿Y cómo es su madre?
-No la tengo, soy huérfano.
Llegamos a una antesala donde me vistieron un forro aséptico, de pies a cabeza. Y me permitieron pasar a ver a mi amiga. Apenas se notaba su respiración. La habían llenado el cuerpo de cables y tubos. Le toqué una mano flaca donde estaba insertada una aguja y abrió los ojos. Los ojos de ella rieron y gorgoteó algo así como «buen muchacho», hizo un esfuerzo y pudo decir que el Dr. Codas no creía que se había caído.
-Trataré de convencer al Dr. Codas -le dije.
-Buen muchacho. Ud. me entendió siempre -se detuvo agotada, y agregó-. Bajo mi almohada.
Entendí que allí tenía algo que necesitaba. Metí la mano y extraje su cuaderno de poesías: Manual para Vivir.
-Prométame que lo va a publicar.
-Prometido.
-Con mi nombre.
-Sí, Doctora.
-Y ahora váyase. Quiero morir sola.
Asentí. Quería llorar. Llorar ante una muerte, yo, que empezaba a tramar otra. Bien y Mal apelmazados. Volví a acariciar la mano clavada. Encontré sus ojos.
-Viva -murmuró- no importa el precio, hijo.
Salí a despojarme del forro.
De vuelta a casa, encontré a mamá sentada en la sombra del corredor en una mecedora cómoda que no conocía. Regalo de los vecinos, me informaron después. Su brazo enyesado descansaba sobre un almohadón sostenido por el ubicuo cajón vacío de cerveza. Arrastré una silla y me senté a su lado. Su cara era apacible, casi feliz. Di gracias. No conocía lo de Lucía, y entonces me enteré de que no solo no conocía de la tragedia, sino se había refugiado en una fantasía feliz.
-Está en París -me dijo- lo sé. Soy su madre y la intuición de las —128→ madres no falla -lo decía con el aire desafiante de quien espera que la contradigan. No hice tal cosa y le expresé que era justamente lo que yo pensaba, que estaba en París, y tenía éxito, porque las modelos rellenitas están de moda, y además tenía un tipo exótico que vuelve locos a los franceses.
Con aire secreto, mi mamá-niña me dijo que ella estaba convencida que Valentín la había ayudado a escapar de esos dos malvados, pero Valentín no se lo decía a nadie. Ya vería yo que un buen día Valentín también desaparecía. Era el pacto de amor entre los dos. Se encontrarían en París. Meditó un momento y agregó: «salvo que Lucía se enamore de algún gran cirujano plástico». Por alguna extraña razón, en su escala de valores masculinos, los cirujanos plásticos estaban por encima de los galanes de cine y de los árabes multimillonarios. Cerraba los ojos, me tenía de la mano y soñaba que Lucía reinaba en la Ciudad Luz. Finalmente recordó que una tal Noelia me había enviado un mensaje con un chico, y extrajo del corpiño un papelito. «Quisiera hablar contigo, Noelia».
Llegué al departamento de Noelia al anochecer, me recibió en la puerta con un beso algo más intenso que los anteriores, y me invitó a pasar. La exaltación del beso explotó como una pompa de jabón, porque allí estaba Samuel, su amigo judío, vistiendo zapatillas, shorts y una remera con un cocodrilito. Muy familiar, muy íntimo. Me saludó con cordialidad. Yo no. No podía ocultar mi sensación de que me estaban despojando de algo importante. Nos sentamos, un silencio breve flameó de pared a pared. Las manos de Noelia, cruzadas, estaban tensas, como si estuviera tratando de romper una nuez.
-Siempre he sido franca y directa contigo, Erasmo -dijo por fin Noelia.
Callé, a la espera de lo que venía después. Ella miró a Samuel, le sonrió y me dijo:
-Nos vamos a casar.
De alguna manera ya lo presentía.
-Sus padres nos van a ayudar y vamos a reconstituir el negocio.
Recordé a la Doctora: «Viva, no importa el precio».
-Les deseo felicidades -dije-. Y supongo que en la restitución del negocio se incluye la restitución de mi dinero -lo dije creyendo que solamente estaba tratando de devolver un golpe por otro. Pero había algo más. Ahora sabía que con 19 millones podía hacer cosas más prácticas que gastar, como asociarme a René, y de paso pagar mi rescate dejando podrirse a Natalia con sus proyectos de muerte.
-Ahí está el punto -oí decir a Noelia-. Financieramente eso es imposible. El padre de Samuel ha puesto un límite a su participación... —129→ y tendrás que esperar un poco más.
-¡Quiero mi dinero ahora! -me sorprendió que pudiera rugir de esa manera.
La mirada azul de Samuel era apacible cuando me aclaró:
-No existe ningún documento.
Noelia se levantó de un salto, indignada. Esa era la Noelia que yo admiraba... y amé tal vez.
-La deuda existe, ¡jamás lo negaré!
-Solo me refería a la prisa de nuestro buen amigo Erasmo -dijo Samuel-. Lo que quise decir es que no está en condiciones de exigir.
-¡Moralmente sí! -exclamó Noelia.
-Entonces, págale -dijo Samuel, mirándose las uñas-. ¿Con qué?
Noelia se sentó, vencida. Yo me sentí igual. Lo que había visto no era tierra firme. Solo un montón de algas. No me consolaba nada que el sentido de lealtad de Noelia estuviera sufriendo.
Ya nada había que hacer allí. Me levanté y fui hacia la puerta. Noelia me alcanzó.
-¿Te vas así?
-Soy mal perdedor, en ambos sentidos.
-Es que... te necesito.
Samuel se levantó, murmuró algo de que la conversación se vuelve privada y desapareció por un pasillo.
-¿Me necesitas? Tu judío no parece impotente.
-¿Tienes que ser grosero? Se trata de mi hermano. Necesita ayuda.
-Se la das y...
-No acepta nada de mí. Considera mi casamiento con Samuel como una traición personal. Se ha enamorado de vos, ya lo sabes... y cree realizar su sueño de amor a través de mí. Me transfirió su amor para hacerte feliz.
-Te has empachado leyendo a Freud. Imaginas cosas.
-No imagino nada. Es así, es mi hermano. Además está enfermo. Ayúdale.
Hacía trizas mis ilusiones. Desarticulaba mi mundo. Me desinflaba el salvavidas, me arrojaba a la cara un marido, y me tiraba encima el puto del hermano. ¿Qué creía que era yo? ¿San Francisco?
-Adiós -le dije, y me fui dando un portazo.
No lo sabía, pero se me había encendido en el alma una furia que no se apagaría pronto.