Memoria sin tiempo
Maybell Lebrón

—[5]→
A Juan, mi
marido
por todo y por siempre
—[6]→ —7→
Cuando principiamos a recorrer los cuentos de Maybell, nos ocupa una impresión que seguirá, acentuada y fina, hasta cerrar la lectura: tal parece que todas las narraciones del volumen se ligan entre sí mediante un único pulsar isócrono -más de corazón que de reloj-, íntimo y nítido a la vez, como el de sangres de diversa herencia que sin embargo convergen en el torrente circulatorio de un solo cuerpo.
Y se me antoja que el mentado vínculo no se logra en la aparente afinidad estilística de los relatos, sino gracias a la concurrencia en los mismos de una precinta igual: el tono; el tono, difícil condición cardinal de cualquier escritura de designio estético (poema, cuento, novela, drama, poesía en prosa), de tanto alcance que en ocasiones sobra para salvar un texto retrasado por la descripción sin motivo, la información baladí o la anécdota convencional.
Corresponde mencionar, en este sentido, al intenso novelista francés Julien Green, quien habiendo recibido —8→ los originales de la novela de un amigo le contestó por carta: «Acabo de empezar a leer tu novela... El tono está. Es ya casi todo». En una reflexión posterior, Julien Green insiste y define: «...el tono es ese misterioso ritmo que no tiene nada que ver con cosa auditiva alguna, sino con el fondo mismo de la estructura del libro. Es la revelación, producida desde las primeras líneas, de que algo en esa máquina funciona, regula maravillosamente bien; quiere decir que la rigurosa medida que arquitectónicamente está presidiendo el todo ahí está, ahí aparece. Y yo mismo, en mi propia experiencia de novelista, he tenido a veces la evidencia de esto. Me ha ocurrido a veces que, empezada o concluida una novela, el tono no se manifiesta en ella como unidad; que la novela andaba, pero exenta de ese secreto y único ritmo interior capaz de dar a las obras una cosa como revelada y musical, un sonido que debe oírse como prueba de legitimidad, así como debe oírse como prueba de legitimidad de un cristal el legítimo sonido que surge, al ser percutido, en cualquier parte de él»1. La transcripción es larga pero fértil, porque nos —9→ convida a demostrar cuál es realmente el tono en las narraciones de Maybell Lebrón. Pese a las tramas y situaciones diferenciadas, sus trabajos respiran en efecto un continuo aire común, que gira en virtud del tratamiento, severo y a un tiempo ansioso, de los destinos particulares de cada protagonista.
Entonces, no importan inclusive la edificación y los registros disímiles erguidos por la autora en sus relatos; es palmario «que algo en esa máquina funciona», desde el desgarrón de la tragedia (El jardín, Torrente sin cauce, Querido Miguel, Soledad, La creciente, Cristina, Los monstruos), trajinando por el humor (Relación conyugal), las turbadoras recovas fantásticas (La cita, El autorretrato), el recuerdo oral, la imaginación comunitaria (Loor a un ajusticiado, Pesadilla, Momento, El ñe'enga ),el mito vívido (Herencia, Siesta), el compromiso con la sociedad civil, la dignidad artística en la denuncia (La niña del mercado, Orden Superior, cuento éste justicieramente laureado) hasta los sucedidos, de mayor a menor inflexión, que alteran o preservan esas «vidas mínimas», como las hubiese denominado el escritor chileno José Santos González Vera (Memoria sin tiempo, El color de la angustia, El vestido a motas, Cambio de domicilio, Bicicleta, El mendigo, Monólogo, Reglas de juego). A veces, para sostén de su recóndita cadencia, a Maybell le basta un temblor, un breve desasosiego, que los —10→ desenlaces respectivos alumbran y rescatan (Sin remordimiento, Desesperación).
No descarto de la referida integridad el cuento que encabeza la selección, Berta, diseño de una criminalidad irredenta que desmentiría la opinión tajante del penalista español Luis Jiménez de Asúa quien, en una conferencia dictada en Asunción hace años, declaró que el único delincuente nato de la literatura es Dorian Gray... Sea de ello lo que fuera, Maybell ha creado con Berta un caluroso personaje actuante, un carácter centralmente definido, cosecha que escasos cuentistas, incluso de los afamados, consiguen sembrar.
Es ocioso subrayar que la identidad de Memoria sin tiempo, obra primeriza de Maybell Lebrón, se resuelve como es debido, esto es en una dócil fusión de significados y de expresiones lingüísticas. Por fin, indicaré que la autora se encuentra singularmente dotada para la evocación de la memoria colectiva; del trasaltar de la historia, si así puedo decirlo, o sea de la crónica susurrada, o contada a medias, o nunca asentada. De la historia que los hacedores de fábulas, antes que los historiógrafos, se hallan habilitados para trasoñar y presentar, puesto que «même à Plutarque échappera toujours Alexandre», según la frase certera -no sé si de Marguerite Yourcenar o de Publius Aelius Hadrianus, Imperator. Paradigma de aquella inclinación es El ñe'enga, relato que llavea la colección.
—11→Las excelencias de la cuentística de Maybell no se agotan, desde luego, en las que apuntamos más arriba; cabe añadir la soltura semántica, la conveniencia sorpresiva de los calificativos y otros merecimientos, que el avisado lector sabrá aislar durante el deleite -rápido o moroso- del conjunto.
En conclusión, el libro inicial de Maybell Lebrón ha de arrimar una cifra ponderable a la hora del aprecio de las voces femeninas en nuestra actual prosa de ficción; de esa suerte, será menester instalar el nombre de la autora junto al de algunas escritoras de editez reciente y genuino tañido (Luisa Moreno de Gabaglio, Dirma Pardo de Carugati), y aun al de otras de itinerario y valimiento ya exteriores: Renée Ferrer y Raquel Saguier.
Hace rato que vengo cobijando una fe sin tregua en el firme talento crecedor de unos cuantos narradores paraguayos de cercana labor, principalmente mujeres. Maybell Lebrón es una de ellas. No erró mi confianza, y acá está Memoria sin tiempo para comprobarla.
Carlos Villagra Marsal
Ultima Altura, noviembre
1992.
—[12]→ —13→
Salió masticando la última tostada del desayuno. Los rulos de pelo castaño le bailoteaban sobre la frente y se metían en los grandes ojos color de miel. Se acercó a los gorriones hambrientos que reclamaban a gritos, desde la ventana, las migas mañaneras. Hoy mamá no bajará: está con dolor de cabeza.
Estiró la mano con el resto de la tostada en la palma; tenía los labios entreabiertos y las aletas de la nariz distendidas; quedó expectante, inmóvil. Los gorriones confianzudos se fueron arrimando hasta que el más osado se atrevió a picotear el pan: la mano se cerró con la velocidad del rayo. Una sangre pequeña comenzó a resbalar entre sus dedos, mientras clavaba lentamente las uñas en el tibio montoncito agonizante. Sus ojos lanzaban destellos dorados. Sólo aflojó la presión cuando la avecilla dejó de luchar.
-¿Qué estás haciendo, hijita?
—14→Tuvo un leve sobresalto: -Estaba jugando con los gorriones, mamá. Voy a lavarme las manos.
Tiró los despojos en el cantero de flores y se alejó dando saltitos, con el rostro arrebolado por la emoción.
* * *
Seis campanadas en la vecina torre de la Catedral. Los corredores y la plazoleta de la Universidad hierven de impaciencia. Siempre lo mismo: el primer día de clases tiene un sabor especial, una felicidad cargada de angustia, de una responsabilidad apenas sospechada que tensa las fibras jóvenes con una suerte de revelación inquietante. En el umbral de la carrera elegida, al asir el timón para marcar el rumbo de un destino, por primera vez se preguntan qué será de sus vidas. Voces excitadas con algún falsete, tiñendo de escarlata el rostro imberbe; jeans ajustados y, quizá, un botón desprendido en la blusa para reafirmar la condición de mujer. Consultas. Requiebros. Bromas.
Las muletas golpean las baldosas del patio ya casi desierto. Filosofía y Letras: un mundo nuevo para ese cuerpo impedido, ágil y poderoso antes de la poliomielitis. La recia cabeza corona los hombros musculosos por el esfuerzo diario de arrastrar a esas piernas raquíticas, como si fueran dos figuras diferentes, rasgadas por la cintura y pegadas equivocadamente —15→ en un grotesco error de apreciación. Demasiado ocupados en tomar un lugar, sólo dos o tres estudiantes levantaron la cabeza al oír el derrumbe de la muleta y su choque contra el suelo, cuando el recién llegado inició el trabajoso proceso de sentarse.
* * *
Dos meses de facultad. Berta se sentía incómoda en clase. Su mano cuidada retiró los mechones castaños que caían sobre los ojos color de miel. Mejor buscar algo más alegre. Es tonto seguir encerrada aquí, habiendo tantas cosas entretenidas para una chica de mi edad.
Se dejó caer en el banco: sólo entonces sintió que se había sentado sobre las muletas.
-Perdone, no se levante, las pongo a mi lado.
-Gracias -se acomodó en el asiento-. Me estoy cansando de esta monotonía. ¿A usted le resultan interesantes las clases?
-Desde luego. Son excelentes. Me fascina descubrir las intimidades del ser humano a través de las enseñanzas de los profesores, la belleza de todo lo creado: por eso me encanta mirarla a usted.
—16→La admiración del muchacho la envolvió: era una cosa tangible. Se estremeció como si la hubiese presionado con los dedos.
Excitante. Eso es lo que estoy buscando: algo diferente para romper el tedio. ¿Cómo será sentirse adorada por esta piltrafa humana? Tengo que descubrirlo. Es lúcido, incisivo. No será fácil dominarlo, pero estoy acostumbrada a conseguir lo que me propongo.
Sonó la campanilla de clase.
-¿Puedo quedarme a tu lado? Yo te ayudo con las muletas y vos me ayudás con las lecciones. En dos meses tenemos los exámenes semestrales y no he estudiado nada -el muchacho enrojeció de placer.
Pronto se hizo invitar a la casa de Diego: él mismo la llevó en su coche deportivo, acondicionado para ser conducido exclusivamente con las manos. La amplia mansión, rodeada de murallas, tenía una pileta cubierta en la que él hacía diariamente sus ejercicios. La casa era de una sola planta, sin escalones ni desniveles difíciles de salvar; decorada con elegancia, se destacaban aquí y allá objetos y cuadros de valor.
—17→Sentada en un sillón de esterilla estaba una mujer de aspecto frágil. Al verlos, inclinó la cabeza entrecerrando los ojos en una actitud curiosa y expectante: el pelo lacio -tal vez demasiado largo para su edad- le caía partiéndose en los hombros; las manos, surcadas de venas increíblemente azules, colocaron con parsimonia la revista sobre la mesa del jardín. El golpe de las muletas, amortiguado por el césped, sonó súbitamente áspero sobre las baldosas de la terraza.
-Mamá, esta es Berta, una compañera de Facultad.
-Encantada, señora.
Se midieron sin disimulo. Ninguna bajó la vista. Diego esbozó una sonrisa.
Es posible que Berta le disguste a mamá como le disgusta el que yo me encierre en el estudio. No sabe comprender lo que eso significa para mí. Allí soy feliz, ante esa hoja en blanco invitándome a una aventura insospechada. Voy llenando carillas, sin sentirlo, hundido en mí mismo, y descubro las palabras para decir lo hasta entonces ignorado. Me miro desde lejos, a veces sin reconocerme: es alguien escondido muy adentro quien dicta los versos que asombrado, releo después. —18→ Publicaré mis poemas para que el mundo los juzgue y tendré mi recompensa: son buenos, lo sé. Estas piernas endebles no me obligarán a arrodillarme: algún día otros se arrodillarán ante mí. Ahora debo tener cautela: el amor es, para mí, un riesgo demasiado grande. No soportaría ser humillado: prefiero la soledad. Berta es hermosa y busca mi compañía. ¿Será afecto o piedad? Tengo que descubrirlo. Calma, corazón, no te desboques. El único amor seguro es el de mi madre, pero ella es una mujer enferma y está cada día más débil. Desde la muerte de papá nada le interesa; yo soy su única preocupación; jamás ha pensado en compartirme. Quizá vea en Berta una rival. ¡Qué tontería! No pienso ser trofeo de nadie.
-¿Me acompañan con el té? Lo acaban de traer, aún está caliente.
Berta puso exagerado esmero en ayudar a sentarse al muchacho.
Trajeron tazas y tomaron té: la señora no probó los escones ni la mermelada. Las dos mujeres sostenían una conversación salpicada de trivialidades y de silencios interrogantes.
Más tarde, en el escritorio, Diego hizo para Berta —19→ un recuento de los temas tratados en clase. Al escucharlo, todo parecía fácil. Absorta, observaba su boca de labios agresivamente sensuales, preguntándose cómo irrumpir en esa intimidad tan celosamente protegida.
Provocarlo sería un error. Seguiré ofreciéndole mi amistad hasta verlo bajar la guardia. Me muero de ganas de abrazarlo y darle un beso. ¿Cómo reaccionará? Si tiene sólo las piernas impedidas, es que todo el resto marcha bien. Desde mañana voy a empezar a insinuarme. La madre morirá pronto, después lo manejaré a mi antojo. Jamás podrá escapar de mi lado si yo no lo permito: con sacarle las muletas lo tendré indefenso; una media cucaracha, ni siquiera como Gregorio Samsa. Me está empezando a obsesionar. Quiero enloquecerlo, quiero ver cómo un lisiado responde al amor; es curioso, ahora la excitada soy yo. Debo ir con cuidado, las madres poseen antenas especiales, pero esta vieja no tiene demasiadas defensas. Es necesario que me deje el campo libre; ya descubriré cómo.
Era la hora de la fisioterapia. Diego estaba en la piscina. Berta entró al saloncito íntimo, contiguo al dormitorio.
-Buenos días, Doña María. Le traigo unos bombones —20→ exquisitos que descubrí en el Super. ¿Cómo está hoy?
-Bien, hija, pero ya sabes que no puedo comer chocolates; es por la diabetes.
-¡Qué pena! Pensé que un bomboncito de vez en cuando no le haría daño... y sé que le encantan. Hay que disfrutar de la vida: los médicos siempre exageran. Dese el gusto y no se lo diga a nadie. Yo le prometo guardar el secreto. Hagamos un pacto: usted oculta nuestra travesura y yo le traeré más bombones y masitas. El hacerla feliz me hace feliz también a mí. ¡Es que la quiero tanto!
En los ojos de Doña María hubo un relampagueo triunfal, que Berta no conocía. Sonriente, la anciana contestó:
-Trato hecho. Les buscaré un buen escondrijo.
Con un bombón en la boca y otro en la mano, escondió la caja bajo llave en la gaveta del secreter y volvió a su sillón hamaca. Mientras comía los dulces con deleite, balanceándose suavemente en su asiento, Berta la entretenía contándole chismes de los personajes de su revista favorita.
—21→Apareció Diego, recién bañado. Antes de que se retiraran a estudiar, la señora les sirvió un refresco con edulcorante, besó a su hijo y, alegremente, despidió con una palmadita a la joven.
Estoy asombrado. Es evidente que Berta tiene una influencia positiva en mamá. Se la ve más contenta; inclusive ayer me dijo que ahora duerme sin pastillas a la noche. Berta nos está alegrando la casa. Me trata con naturalidad; la he descubierto mirándome como si quisiera penetrar en mi interior. No sé si me estoy ilusionando, pero siento que se interesa por mí. ¿Será lo que tanto he esperado? Alguien que me quiera, sin importarle mi defecto, que descubra ese yo profundo, lleno de ternura, capaz de hacer feliz a cualquier mujer. Poseo todo el ardor de mi juventud, aunque debo reprimirme: detesto que se rían de mí. Ellos me tratan como un fantoche. Con un chiste o una sonrisa saldan la deuda de amistad. No les voy a dar el gusto de verme triste, ni jamás me presentaré ante ellos como un miserable. Aunque llore por dentro; aunque grite de rabia y sienta que mis venas se hinchan y eyacule en la cama solitaria. Y ahora Berta me trata con cariño; hasta me parece ver en ella algo de pasión contenida. ¿Será verdad? Me estremezco cuando la siento a mi lado; hermosa, incitante, buena, ¡Dios! No puedo evitar su influjo. Tengo miedo.
* * *
—22→El llamado urgente lo sacó de la clase. Encontró a su madre inconsciente: una figura tenue entre sábanas de seda rosa; sus manos de papel, veteadas de azul, se destacaban, lacias, sobre el pecho exiguo. El médico estaba desconcertado por el súbito empeoramiento de la paciente. Siempre consideró controlada la enfermedad; a pesar de su debilidad, nada hacía prever el coma diabético profundo. Ella decía sentirse bien: evitó los análisis con el pretexto de que no los necesitaba, de que estaba cansada de tantos pinchazos. Diego hizo traer su reposera al dormitorio de la madre; los dedos morenos sujetaron las pequeñas alas de garza herida. Parada a sus espaldas, Berta acariciaba los cabellos del muchacho y, al inclinarse, le humedecía la nuca con su cálido aliento. Allí, ante su madre agonizante, supo que la amaba.
Espero que a esta vieja idiota no le dé por recuperarse. Gasté mis buenos pesos en chocolates y masas. Debe estar agradecida. Morirse por comer cosas ricas. No hay nada mejor. Apenas la enterremos, podré darme el gusto. Ya conseguí convencerlo de que estoy enamorada. Sé que tiene la sangre de un toro. Debe ser fantástico hacer el amor con una marioneta, sentir sus piernas bailoteando. ¿Se creerá que puedo considerarlo hombre? En cualquier forma, será una experiencia —23→ inolvidable; el problema es qué hacer con él después: creo que notará mi asco. Una vez, para calmarme y probar cómo es, supongo será suficiente; no voy a seguir con esto, habiendo tantos machos enteros. Un busto con patitas de metal no puede servir sino de pasatiempo. ¡Debe ser increíble! Ya lo veo en el suelo, agarrándose a mis piernas para que no me vaya: allí lo voy a escupir; con las uñas le marcaré la cara por haber siquiera sospechado que yo podría quererlo, yo...
Oyó que la silla se derrumbaba, los sollozos, y a Diego aferrándose a la cama para no caer. Todo había terminado. Chispas doradas se escaparon por entre los párpados de Berta; se llevó la mano al rostro para ocultar su alegría. Luego, abrazada a Diego, lloró con él y lo ayudó en los trámites del entierro.
Ya no tengo dudas. Berta me quiere y yo la adoro. Es un ángel, siempre a mi lado, ayudando en todo. Desde la muerte de mamá está más cariñosa que nunca. Ayer buscó mis labios y me besó con verdadera pasión. Me quiere, gracias a Dios, me quiere. Es hermosa, es buena y me acepta tal cual soy. Vivo muy solo en esta casa, sin la compañía de mamá. Le voy a proponer que nos casemos en seguida; mi apellido seguirá existiendo. Debo hacer arreglos en el dormitorio —24→ de mamá; ella nunca permitió que la cambiáramos de habitación; siempre durmió en su cama de dos plazas. ¡Pobre mamá! Voy a acomodar sus cosas y buscar el anillo de brillantes; se lo daré a Berta; será nuestro anillo de compromiso. Mamá le tenía mucho cariño, seguramente por el afecto que le demostraba. Esta pieza está impregnada de su perfume de jazmines; eso me hace extrañarla más que nunca. ¡Cuánto habrá sufrido con mi enfermedad! Sin embargo, nunca me lo demostró: se sobrepuso y me educó sin inhibiciones. Gracias, mamá. Al fin encuentro aquí, en su bata, la llave del secreter. Veremos lo que hay: su caja de joyas, papeles, bombones... ¿Cómo es posible? Dios mío, si todos sabíamos que no los debía comer. Tal vez los compraba para convidar a las visitas, pero ¿quién se los traía? La servidumbre es antigua; seguro que ellos no lo hicieron: tendré que averiguarlo. ¿Y esto? Parece un Diario. Ni sospechaba que tuviese uno. No puedo con las ganas de saber lo que escribió sobre Berta; en estas notas deben estar sus impresiones.
Buscó la fecha del primer encuentro: el relato era negativo; su desconfianza no cejaba en las páginas siguientes. Más adelante, empezaba a aceptarla; siguió leyendo y llegó al episodio de los bombones. En el cerebro de Diego estalló un fogonazo. Continuó la lectura: «Mi querida Berta tiene toda la razón del mundo. Como yo no salgo, estoy dominada y me sacan —25→ este placer tan inocente. Me ha propuesto un pacto; éste será nuestro secreto». Y más adelante: «He vuelto a mi vicio de antes: como dulces a cada rato. Por suerte Berta me los trae, deliciosos y en cantidad. Me repite hasta el cansancio que no la delate. Ella sabe que no pienso hacerlo: me privaría de esta satisfacción. Además, no puedo traicionar su cariño». El rostro de Diego era una nube de tormenta.
¿Por qué? Imposible dudar: yo mismo le comenté a Berta el riesgo de la enfermedad y la absoluta prohibición de comer pastas o dulces. Ella sabía. No es posible, no puedo creerlo. Mató a mi madre. Lo hizo solapadamente. Tengo que descubrir la razón de esta locura. Ahora, ¿qué hacer? Es necesario llegar hasta el fin del horror. Berta, mi amor, ¿por qué lo hiciste? Es espantoso; yo confiaba en ti.
La casa estaba en silencio; la servidumbre se había retirado a sus habitaciones, y en el living casi a obscuras destellaban las dos copas de champán. La risa entrecortada de Berta subía de tono, mientras miraba a Diego, reclinado en el amplio sofá. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra y se acercó, sinuosa, al muchacho. Había llegado el momento de enloquecerlo; sintió un cosquilleo sensual al pensar en —26→ esas piernas entecas y deformes que ella todavía no conocía; era su instante de triunfo: podría gozar de toda la miseria del lisiado. Se irguió de pronto y, desprendiéndose el vestido, lo dejó resbalar. Con manos nerviosas abrió la camisa de Diego, saboreando su propia lujuria: el cuerpo perfecto temblaba en la penumbra. Al ver que el muchacho aflojaba el cinto, se contuvo. En la pieza silenciosa, el jadeo de dos gargantas perforaba las sombras.
La tira de cuero se deslizó fuera de las presillas, y el resplandor de su remate de metal hizo un semicírculo en el aire antes de caer con fuerza sobre la figura desnuda. Con un grito de rabia, Berta se dobló en dos, pero la correa siguió castigando con furia; las carnes se abrían en surcos sanguinolentos. Enroscada en el suelo bajo el aluvión de latigazos, incapaz de levantarse, bramaba de dolor. Casi inaudibles, las palabras silbaron entre los dientes de Diego:
-Gata asquerosa. Asesina.
Los empleados se acercaron, alertados por el tumulto. Ante el cuerpo lacerado de la muchacha arrastrándose sobre el tapiz sembrado de cristales rotos y manchas de sangre, Diego, firme en sus muletas, con un fulgor líquido en las mejillas, sostenía en la diestra el cinturón de cuero.
—27→
El niño cruzó la vía riendo; los cabellos le chicoteaban la cara desordenados por la ráfaga; contempló, aturdido, el largo desfilar de la masa oscura, silbante, hasta que se perdió en la trocha. Entonces pudo verla: silenciosamente, se puso a recoger los pedazos de su madre. Tenía cuatro años: no volvió a pronunciar palabra.
-Jorgito, ¿quieres un pedazo de torta?
La mano se abría, obediente, mientras la mirada aleteaba entre los juguetes como un pájaro asustado, sin posarse en ninguno. Tal vez el pinocho de madera, con su larga nariz roja, era lo más parecido a un amigo en ese mundo oculto y neutro. Se dejaba vestir, comía a desgano, caminaba sin prisa, midiendo la pieza en un continuo andar, lejos de todo, ignorando al padre ansioso y siempre ilusionado en escuchar el sonido de —28→ su voz, buscando su reacción a la caricia, al juguete ruidoso, a los cuentos repetidos.
Era hermoso: un cofre cerrado de pálido terciopelo cuya llave seguía perdida entre las vías del tren.
Es difícil ser niñera de este chico Si pudiera hacer algo no sé Dios mío será siempre así Es tan lindo y se está poniendo grande Dos años es mucho tiempo parece uno de sus juguetes electrónicos camina duerme lo llevo a paseo no se rebela contra nada Los días negros son horribles Una vez estuvo toda la semana acurrucado en un rincón como flotando en el tiempo los deditos escarbaban los rayos de luz en búsqueda de algo imposible cansado a la noche se enroscaba sobre el suelo frío tanteando las baldosas hasta quedar dormido Mejor verlo dormido esos ojitos opacos duelen más que su silencio Él nos conoce yo lo sé pero no tiene interés en descubrirnos sólo sus fantasmas le hacen compañía Súbitamente sonríe Cuál será el motivo Por suerte se acaba el invierno desde mañana lo sacaré al jardín.
Amaneció radiante y tibio. José, el anciano jardinero, mimaba a sus plantas contándoles de la primavera: que las podaba para hacerlas más bellas; que llenarían el parque de fragancias, colibríes y abejas zumbonas. Empujó la carretilla llena de fertilizantes y estacas hasta instalarse frente a un —29→ macizo de crisantemos. A su lado, en una banqueta, sentaron al muchachito.
El viejo hurgaba con la horquilla entre las plantas; de pronto dejó la herramienta: en sus dedos temblones sostenía una lagartija lustrosa, inquieta. Se acercó; la puso delicadamente sobre el muslo del niño: un leve estremecimiento delató el contacto; recogió la mirada, perdida en la copa de los árboles, para posarla en el animalillo que, liberado, escapaba reptando sobre su pierna hasta perderse en el follaje. La mano áspera limpió de tierra la piel sonrosada y luego volvió al trabajo, en un silencio de dos.
Se hizo costumbre la visita al parque: él mismo se ubicaba en la sillita, dejando resbalar sus pupilas lacias en las cosas que lo rodeaban. El jardinero descubría, cada tarde, una ofrenda vegetal o animada para su mudo acompañante.
Cortó del tallo la fragante corola azulina, de recios estigmas y suaves filamentos purpurinos que remedaba la corona de espinos: se lo contaba con un decir lento, cascado. O llenaba de flores las manos indiferentes, que dejaban caer los pétalos deshechos; o le ofrecía cucuruchos de papel, repletos de jazmines, como embriagador convite de palomitas de maíz.
—30→Aquel día, fue una rana. Ella pegó sus patitas de payaso en el pecho desnudo: de los cráteres dormidos brotaron destellos subterráneos; con ademán posesivo, trató de alcanzarla pero ya la ranita nadaba en la piscina. La cara rugosa se contrajo; con palabras serenas, pausadas, le prometió buscarla. Se sacó la camisa, en un esfuerzo olvidado dejó a sus carnes fláccidas hundirse en el agua, y apresó la palpitante criatura en el cuenco de las manos.
El niño se había levantado del taburete, con sus ojos de ceniza convertidos en ascuas chispeantes. Extendió los brazos exigentes, un gorgoteo extraño le colmó la garganta, y el sonido estridente de una pequeña voz hendió la tarde: -Dame, José, dame mi ranita.
José le entregó el bichito milagroso, borroneado por el tibio tumulto de sus lágrimas.
—31→
Hastiado del violento ritmo rock, hizo girar con dedos nerviosos el selector de la radio, que sostenía apoyada sobre el vientre. Una voz monótona surgió de la nada, indicando la cotización del día para las monedas extranjeras. A tientas, volvió a impulsar el botón: el comentario político lo interesó un instante, para luego cambiar bruscamente, y sintonizar un programa de música clásica. Dejó entonces resbalar la pequeña radio portátil por el costado de su cuerpo, hasta apoyarla en el colchón.
Se sentía como un feto ciego y torpe, hundido en la negritud de esa habitación sin límites ni forma. Puso las palmas sobre el pecho, en un intento de sofocar el golpeteo: tal vez podría despertar a su acompañante. Oyó la rítmica respiración de su mujer, indiferente a ese galope desbocado que le subía por las arterias y estallaba en las sienes con un cruel espejismo de luces.
—32→-Ya tengo los pasajes. Salimos el martes; llegaremos a tiempo para el Congreso de Cirugía.
Se puso a clasificar las carpetas con los trabajos científicos. Comenzó a leer el encabezamiento, mecanografiado en gruesos caracteres: «LOS TRAUMATISMOS DE...». Las letras se cubrieron de una niebla incómoda; forzó los ojos: no pudo distinguir lo escrito. Ahogando un gemido, se puso de pie. Llamó con voz estrangulada:
-¡Luisa!
Dios Es que estoy ciego o son sólo estos trapos los que me impiden ver Ocho días de oscuridad espantosa lo peor es que debo estar inmóvil Me asfixio en este pozo negro Quiero sacarme las vendas aunque sea por un rato Quiero moverme quiero gritar quiero salir de esta tiniebla Cristo ayúdame Es necesario que vea la cara de los míos que distinga las formas que empuñe de nuevo el bisturí Cuántas cosas se pueden pensar en esta cama sombría Mi traje de marinero El primer día de colegio y la paliza por llegar a casa con los pantalones mojados No me animé a pedir permiso Era tan linda la maestra Las trompadas en el Parque Caballero por el favor de aquella rubita El ingreso a Medicina La guerra del Chaco Es extraño pedí mi traslado al frente —33→ para no quedar en Sanidad sin embargo jamás pensé en morir Sobreviví Hasta me condecoraron con la Cruz del Chaco Desde entonces puse todo mi empeño en luchar contra la muerte Tal vez nunca más pueda salvar una vida hurgando en las entrañas para extirpar el mal Sin luz mis manos ya no servirán para nada Y las caras Esas caras queridas se quedarán en un tiempo sin final No veré las arrugas en la cara de mi mujer ni las cabezas canosas de mis hijos o el espléndido cambio de mis nietos Sólo podré palpar los surcos implacables o recordar el color de la plata y quizá las manos afanosas aprendan a dibujar en mi mente el retrato de las cosas Por qué mierda me tuvo que pasar esto No me lo merezco En unos días sabré la verdad Si la operación tiene éxito es posible que recupere la vista Debo tener fe aun sabiendo que lo mío es delicado Cristo Papá Mamá ayúdenme desde arriba confío en ustedes Puse todos los papeles en el cajón del escritorio allí los encontrarán si las cosas van mal Al Diablo No quiero ni imaginar eso de vivir en la oscuridad como las ratas y a la pobre Luisa haciendo de enfermera Por lo menos tenemos un buen pasar y los hijos ya no nos necesitan Gracias a que administramos bien nuestro dinero no debemos pedir favores Exigía que se cumplieran mis deseos y frecuentemente ni me enteraba de que se me complacía Tal vez fui algo mezquino con mi mujer En los cuarenta años que —34→ llevamos de casados nunca se me ocurrió obsequiarle un chocolate sin motivo especial a pesar de seguir enamorado de ella Si salgo de ésta trataré de darle los gustos Me tranquiliza saberla a mi lado ese conocernos de piel a piel ese diálogo sin palabras Busco en mi cerebro luces y colores prodigios olvidados hasta ayer por mi mente raída Qué obtusos somos sólo queremos lo perdido Encerrado en mi escritorio leyendo con fulgores fingidos no miraba el sol me olvidaba de la vida Es inquietante He llegado a la conclusión de que no me quiero Siempre poniendo barreras a mis deseos y a los deseos de los otros No es tan difícil ser feliz Creo que si recupero la vista voy a mimarme un poco más Ahorraré tiempo para poder regalármelo unas horas un día una semana No se detendrá el Universo Cómo explicar a un ciego el regalo de un ocaso estallando en resplandores imposibles para el pincel del hombre Cuando miraba el cielo me extrañaba de que el sol y la luna y las estrellas como gente apurada corran hacia el poniente día y noche Hoy pasa y ya no vuelve aunque el año próximo ya no es este año El tiempo se alarga pero mis días se acortan y envejezco sin remedio Toda la naturaleza es holganza, sólo el hombre se afana. No me arrepiento de ser civilizado me arrepiento de hacer el esfuerzo tan penoso que pierdo el apetito por el desgaste en conseguir comida La vida es compleja Por qué agregar curvas al laberinto Trataré de simplificarla para aprender a reír.
—35→Luisa desenredó los cabellos del enfermo con una caricia:
-No te inquietes, todo saldrá bien.
Apagó el receptor que continuaba transmitiendo, pegado al cuerpo de su marido. Extrañamente, ese ruido interminable formaba parte del silencio.
La camilla entró alborotando la habitación. Manos expertas lo trasladaron al angosto lecho rodante, tan conocido por él. Hoy se habían trocado los papeles. Recreaba cada detalle de esa sala con olor a tristeza: se imaginó los múltiples ojos de la lámpara, mirando su cuerpo tendido en la mesa de operaciones, sin una sola sombra. Oyó las bromas de los colegas, tratando de aplacar su ansiedad. Sintió el pinchazo en la vena: el murmullo pastoso se alejaba, mientras hacía un esfuerzo inútil por no dormir.
Las bandas elásticas se tensaron entre los dedos del cirujano, al ser despegadas del grueso apósito que le cubría los ojos. Tenía la garganta reseca, y la barbilla temerosa le temblaba, incontrolable. Se aligeró el peso de las vendas; un suave resplandor perforó las sombras. La odiada nebulosa copió una vía láctea. Ciñó los párpados ante la ardiente herida del puñal de —36→ luz, de ese dolor alegre: ¡Veía! Volvió a abrir los ojos. Lentamente, los perfiles esquivos aprisionaban de nuevo las formas. Surgían, fantasmales, el aparato de control, el médico, su mujer. Se oyó un sollozo. Dentro de sí, algo había cambiado en esos días oscuros; su mundo ya no era el del color de la angustia; el resto del camino lo haría a plena luz. Gracias. No supo a quién se dirigía: a Dios, al cirujano, o a la Vida. Con voz ronca repitió:
-Gracias.
—37→
Jubilado, viudo, flaco, se pasaba el día entero cuidando el jardín: él mismo parecía hecho de tierra. Había derribado la muralla de ladrillos, extendiendo una valla de alambre tejido para que los transeúntes admiraran su trabajo. Nadie podía evitar hacer un alto ante ese estallido de pétalos y hojas de bellas formas y colores sobre el verde brillante del césped y, en el fondo, la casita blanca inundada de sol.
Excitado, agitaba los brazos con el pellejo colgando como andrajos.
-Si te veo una vez más rompiendo las flores, te mato. No entiendes; te lo he dicho mil veces.
El niño lo miraba desafiante, blandiendo un soberbio gladiolo recién arrancado:
—38→-Vení, viejo idiota, a ver si me alcanzás. Mañana voy a cortar otro para llevarle a mi maestra. Lepiyú tekaká.
Y ágil como un venado saltaba el cerco y se perdía, riendo a carcajadas. Impotente, temblando de rabia, las lágrimas buscando un surco en su rostro arrugado, el anciano apuntalaba las varas repletas de flores.
Sus manos ásperas cavaban, abonaban, regaban. Tengo derecho a defenderme, enano asqueroso; veremos quién gana la partida. No te dejaré seguir robando mis flores. Mis pequeñas están hermosas; todos me envidian, ¿saben?, es la primera vez que me envidian. Antes, ni siquiera la finada era linda. Todo era oscuro y pobre en mi vida hasta que llegaron ustedes; papá no las va a abandonar. Y cavaba sin tregua.
Era un feo hueco en el jardín; después de ubicar cuidadosamente las filosas estacas, en el fondo, trajo ramitas y césped para disimularlo. Con pena, cortó el largo tallo coronado por un nido de rojos pétalos aterciopelados, y lo clavó en el centro.
* * *
Fue rellenando el profundo pozo, regándolo cada día hasta que la tierra quedó a ras de suelo; luego —39→ plantó un magnífico macizo de azaleas en el redondel pelado.
Esa tarde se puso su mejor camisa y el pantalón de hilo. Sonreía, satisfecho, a los vecinos que ponderaban sus flores. Las tocaba suavemente, con sus dedos de arcilla, seguro de que ya nadie volvería a dañarlas.
—[40]→ —41→
Caminaba erguida, con la natural elasticidad de quien está acostumbrada a recorrer largos trechos a pie. La canasta llena de naranjas sobre la cabeza, en un alarde de equilibrio, era casi el remate natural de su espigada figura; sólo la tirantez de los músculos del cuello revelaba el esfuerzo. Llevaba los cabellos negros aprisionados en un lazo y cuando los liberaba eran una súbita cascada obscura, espesa y profunda, en la que Alejo solía hundir sus dedos, marcando surcos hasta la nuca, en una caricia posesiva que la hacía vibrar.
La tarde anterior, al ir a recoger fruta en el naranjal, de nuevo estuvieron juntos. Siempre que se encuentran, los traviesos ojos pardos de Alejo, llenos de chispas juguetonas, se opacan de pronto y la envuelven en un halo suave y exigente. Las manos buscan sus caderas y con lento recorrer, hurgando caminos, avivan en su cuerpo turbulencias insospechadas; el corazón golpetea pidiendo más —42→ espacio; la sangre excitada rebulle, imposible de controlar; la risa entrecortada no disimula el deseo. Sus brazos la estrechan con un ardor sin violencia y se aprieta contra ella haciéndola sentir la dureza de su sexo. Luego, entre besos, la toma sin prisa, casi con delicadeza, sobre el pasto tierno del bosquecillo.
La madre de Damiana, con el mismo andar altivo y suelto, iba unos pasos más adelante, la piel ajada por soles irreverentes y el cansancio sin fin de trabajos ignorados. Sin embargo, estaba contenta; en unos días, con lo ahorrado -monedas hurtadas al placer y al descanso- podría comprar el molinillo de maíz. No más esas ráfagas quemantes en la espalda al elevar el mazo para descargarlo sobre el cuenco del mortero en la diaria rutina de preparar los alimentos.
Se acercó al portón de hierro y ofreció su mercancía a la joven que cortaba flores de una Santa Rita llameante: -Marchante, comprame naranjas, son recién arrancadas.
Damiana escoltaba a su madre en silencio; no sabía cómo empezar, las naranjas se acababan, pronto tomarían el ómnibus de vuelta y ella no había hecho su pedido. Un leve gesto de fastidio frunció sus labios carnosos: necesitaba un vestido nuevo. Un vestido corto y fresco para bailar con Alejo en la fiesta del —43→ sábado, punteando una polca en las narices de las viejas chismosas y de María y de Clara, para que se convencieran de que era su novio.
Con las cestas bajo el brazo volvieron a la terminal. Allí, en la vidriera de una tienda, vio el vestido de sus sueños: el cuerpo ceñido con motas azules y la amplia falda, bien cortita, para lucir sus rodillas. Era perfecto. El cartelito decía: Gs 10.000. Lo miró de reojo sin atreverse a hablar.
-Apurate, Damiana, vamos a perder el ómnibus.
Subió a desgano las gradas de la estribera, se dejó caer sobre el asiento con el canasto vacío en el regazo, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Moscones azules bailoteaban dispersos hasta formar el vestido a motas; entonces, ella se sacaba el gastado traje verde, tomaba con deleite el de motas y se metía en él, deslizando el cierre a sus espaldas con un estremecimiento de placer.
Sintió un zamarreo y el «Ya llegamos».
Bajó callada, los ojos fijos, la expresión ausente, la mente bloqueada por un solo pensamiento. Esa noche no cenó; se refugió, hosca, en su cuartito y allí, tirada en el catre, se vio con el vestido nuevo, en brazos de —44→ Alejo. Mientras, la madre buscó bajo las ropas del armario sacando una cajita de cartón; contó su contenido y agregó un billete de quinientos a los que ya había. Casi con ternura, puso de nuevo en el mueble su tesoro con un gesto de íntimo orgullo, echándole llave con pausada voluptuosidad.
Damiana no se levantó por la mañana, pretextando un dolor de cabeza; dejó que su madre recogiera las naranjas. Más tarde hizo el largo recorrido pisándole la sombra, los dedos crispados sobre el borde del canasto, blancos por la presión.
Apenas llegaron a la terminal, descubrió que el vestido aún estaba en la vidriera; quedó extasiada contemplándolo, juntó coraje y arrimándose a su madre le dijo con voz temblona, mientras le frotaba el brazo: -Sabés, mamá, necesito un vestido para la fiesta del sábado, ¡mirá qué lindo es éste!
De golpe comprendió el malhumor de su hija: era eso, un vestido nuevo. Estaba loca. ¡A quién se le ocurre! Y menos uno tan caro.
-Subí al ómnibus -ordenó en un tono que no admitía réplica.
* * *
—45→Con un rictus de dolor sostuvo el mazo hasta descargarlo sobre los granos de maíz que llenaban el mortero y escapaban como abejas a cada golpe, regando de manchitas rubias el piso de tierra. Enderezó el cuerpo y alzó la cabeza: -Lo gasté todo; tendré que ahorrar de nuevo, se dijo, el rostro ahora tranquilo, vuelto hacia Damiana que se perdía en el camino, del brazo de Alejo, radiante en su vestido a motas.
—[46]→ —47→
-Don Carlos, lo siento, si no puede pagar el alquiler, me deja la pieza este fin de semana.
Él lo había tenido todo: lujos, prestigio, un hogar feliz.
Pensar que fue Raúl quien partió primero. Su alegre desenfado llenaba la casa de jóvenes, atraídos por la simpatía del muchacho y la cordialidad del ambiente. Recordó su atlética figura en la cancha de tenis, o en la piscina, con el agua dando lustre a su cuerpo, brillando como un dios antiguo. El accidente respetó su rostro pero no su vida.
Y empezó la obscuridad. Se cerraron las puertas. Sentados frente a frente, se miraban, los ojos húmedos, con la tristeza sin fuerzas de lo irreparable; empalidecían los cuerpos sin sol y las almas perdidas en su desconcierto.
—48→Tal vez fue falta de interés. Dejó de ir al bufete de abogado; no soportaba la impávida simetría de los días de trabajo cuando todo en él se quebraba de dolor. Sus ahorros se consumían lentamente; por la enfermedad de Amelia tuvo que vender la casa. Y un día se vio enfrentado a la doble angustia de la soledad y la pobreza.
Las palabras de la dueña de la pensión lo habían decidido; aprovechando la quietud de la siesta trasladó calladamente sus escasas pertenencias hasta el nuevo alojamiento.
Amaneció tendido en el catre. Al abrir los ojos un haz de luz descomponía en palpitantes astillas de color las figuras del vitral, deslumbrándolo. Se sintió contento y relajado con el cambio: nadie podría echarlo a la calle.
Prendió el calentador a gas para preparar el desayuno; mientras hervía el agua acomodó sobre un papel la taza y el pan, vertió algo de leche en un jarro de aluminio que colocó brevemente sobre la llama y, sentándose en el pulido escalón de granito, se puso a tomar, sin prisa, el café humeante.
Por primera vez, en mucho tiempo, se sentía en paz. Sus recuerdos no eran ya saeta mordiente, sino un —49→ tibio, reconfortante fluir. La ansiada presencia de Amelia y Raúl se volvía tangible; empezó a conversar bajito con ellos mientras descendía las escaleras trabajosamente para ordenar sus ropas y enseres en el amplio estante. Subió de nuevo; con cuidado arrastró el catre hasta el rincón, evitando ser visto desde fuera, a través de la ancha puerta de bronce y cristal.
Su mente torturada pudo, al fin, borrar sin ruido la ya ajada tristeza; con dedos inseguros acarició las letras grabadas en la lápida de mármol, al tiempo que murmuraba: «He venido a acompañarlos, me hacía falta un hogar».
—[50]→ —51→
Almorzó temprano y se puso en camino. Cantaba bajito, siguiendo el ritmo rock de la radio, tamborileando con los dedos en el volante del coche: tenía cita a las seis en Coronel Oviedo para firmar un contrato importante. Sonrió satisfecho.
Estaba nublado y algo fresco por la lluvia del día anterior; bajó las ventanillas y aspiró con placer el olor a campo húmedo, estremecido de brotos. Había manejado distraído largo rato y ahora notaba con extrañeza la ausencia de lugares habitados a lo largo de la ruta. La flecha gris del asfalto se perdía, aprisionada por la vegetación: no divisó una sola casa, ni gente, ni animales.
Apretó el acelerador. ¿Habría equivocado el rumbo? No podía ser. Recorría con frecuencia la zona, sin contratiempos; miró el velocímetro: marcaba ciento —52→ cincuenta. Empezó a fastidiarse: evidentemente transitaba por un camino desconocido. ¿Dónde estaba? No llegaré a tiempo, pensó, contrariado.
Escrutó el horizonte; su ansiedad se esfumó en un suspiro de alivio al divisar un grupo de casas en la lejanía. A la entrada del poblado trató de encontrar una estación de servicio, sin hallar ninguna; asombrado, disminuyó la marcha: todo lo edificado estaba en ruinas; casas, ranchos, murallas. Buscó a sus habitantes inútilmente; el villorrio era un páramo vacío: la única señal de vida eran algunos pájaros cruzando el cielo, sin detenerse.
La angustia comenzó a estrujarle la garganta; sentía la camisa húmeda, pegada a la piel; agobiado por el silencio, tuvo ganas de gritar: tal vez lo hubiese hecho de no haber visto al viejo.
El corredor de la tapera estaba todavía en pie; el piso de ladrillos, más alto que el nivel del terreno, sobresalía entre las malezas, cubierto de musgo. Sentado en el borde carcomido, el viejo lo miraba con los ojos entornados, perdidos entre una maraña de cejas y barba; las ropas ajadas y sucias le caían, enormes, sobre el cuerpo raquítico.
—53→-Buenas tardes. Parece que erré el camino. ¿Cómo se llama este pueblo? Tengo que llegar a Coronel Oviedo antes de las seis.
-No debe apurarse, joven: es más fácil conocer la hora de partida que la de llegada. Nunca sabemos lo que nos espera -la voz era pausada. Se mantenía inmóvil: sólo las manos nudosas acariciaban, incansables, una vara de guatambú.
Impaciente, lo interpeló:
-Por favor. ¿Cómo se llama este lugar? ¿Por dónde me voy para llegar a Coronel Oviedo?
-Nombre. Este pueblo no tiene nombre. Quizá, no sé cuándo, pudo haberlo tenido, pero yo no lo conozco; lo encontré así, y de eso hace mucho tiempo. Es curioso, todos preguntan lo mismo: quieren ir a alguna parte. ¿Para qué? Si es igual un sitio u otro.
-Tal vez sea así para usted; para mí es muy importante llegar a la ciudad.
-No lo crea. A veces los sentidos nos engañan: uno sueña soñar lo que no es sueño.
—54→-¡Por Dios! ¿No sabe usted el camino? Si es así, volveré atrás. No puedo perder tiempo.
La cara barbuda se contrajo en lo que acaso era una sonrisa.
-Imposible. Este camino es sin retorno.
Un escalofrío lo sacudió: debía escapar de esa pesadilla. Corrió, desesperado, hacia donde dejó el automóvil. Se topó con una vieja chatarra, tirada al costado de la ruta; curiosamente, lo único intacto era la matrícula: pudo reconocerla.
Con ojos desorbitados, vio al viejo aproximarse a paso lento; en el aire quieto, el holgado atuendo flotaba extrañamente; mudo de espanto, sintió que las piernas no le respondían; el horror lo mantenía clavado al sitio -un sitio como cualquier otro, recordó- y, ahora sí, gritó, gritó sin esperanza.
Mientras la voz se perdía rebotando en el camino desierto, la figura esquelética iba cubriéndolo, poco a poco, con su sombra.
—55→
Frené el coche al costado del camino: el viaje me había cansado y necesitaba estirar las piernas. Dos hileras de arbustos recortados formaban murallones a ambos lados de la ruta. Estaba obscureciendo.
Alguien chistó: una mano blanca me hizo señas desde el diminuto portón que quebraba la simetría del seto; en el vano se perfiló la figura de una mujer alta, delgada, con las solapas del amplio impermeable ocultando sus mejillas, y una voz suave que pedía y ordenaba al mismo tiempo:
-La lluvia me hizo perder el rumbo. ¿Me acompaña hasta la casa?
Accedí a su pedido, con gusto. Franqueé el portón y seguí a la esbelta silueta que, sin esperarme, caminaba hacia las luces, opacas por la distancia y la llovizna.
—56→Crujió la arena bajo mis pies; agucé el oído: no pude percibir el ruido de sus pasos; apenas distinguía la mancha fluctuante sobre el lejano resplandor rectangular de una ventana. Ya era noche cerrada; por un instante el relampagueo pareció calmar; el silencio oprimía como una mordaza. Delante de mí, ella caminaba lentamente; sin embargo, no pude alcanzarla.
La puerta del pequeño chalet cedió, obediente a la presión de mi mano: un latigazo helado me fustigó el rostro. Ella se despojó del impermeable; tenía el rostro triste y me miraba.
Con extrañeza, vi fuego crepitando en la chimenea. El humo tornaba palpable la atmósfera; una negrura espesa llenaba los rincones y devoraba las cosas, como en un naufragio. Cuadros, muchos cuadros llenaban las paredes y hasta se amontonaban contra los muebles: paisajes, flores, figuras humanas que se retorcían dentro de sus marcos. A través de la bruma, distinguí su retrato casi terminado, con la pintura todavía húmeda.
Estaba descalza; la camisa suelta flotaba envolviéndola, desafiando la gravedad. Se dejó caer a mi lado, ondulante y frágil. Por sobre el tapizado del sofá, busqué su cuerpo: apenas pude reprimir el grito al contacto de mis dedos con su piel helada.
—57→Ella se levantó lentamente, calentó las manos frente a las llamas, tomó mi rostro entre sus palmas y vi en sus ojos cuajarse una lágrima, que desbordó solitaria.
Sentí mi respiración como un estruendo. El sonido de la lluvia me llegó de nuevo; aspiré con placer el viento húmedo y puse en marcha el motor. Palpé mis ropas: estaban secas.
Obsesionado con el recuerdo de la extraña experiencia, volví días después a desandar el camino para localizar el lugar del misterioso encuentro. Todo fue inútil; no pude hallar el sitio ni la casa, aunque mi impermeable aún conservaba un inexplicable olor a humo.
Los árboles pelados dejaban que el sol calentara las baldosas de las veredas ese frío sábado de tarde. Había resuelto caminar y, sin darme cuenta, estaba en una calle desconocida, donde la gente transitaba a ritmo lento, apreciando lo exhibido en las vidrieras de las galerías de arte.
La puerta de madera trabajada permanecía entreabierta para permitir ubicar el caballete con el —58→ cuadro, a la vista de los transeúntes. Distraídamente, ya había sobrepasado el portal cuando algo me hizo volver la cabeza: la desconocida me miraba desde su retrato. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y, empujando la puerta, entré en el salón. A lo largo de las paredes, colgados de sus soportes, reconocí a los cuadros. Todo estaba quieto y desierto. Un rumor de pasos, a mis espaldas, llamó mi atención. Quedé estupefacto al distinguir una mujer alta, delgada, con las solapas del amplio gabán ocultando sus mejillas, que me miraba con infinita tristeza; extendió las manos hacia mí, con una sonrisa.
-¿Le interesa algún cuadro en especial? -ofreció la vendedora.
Me distraje un instante, cuando la busqué, había desaparecido.
-¿Dónde está? -pregunté, dándome cuenta de que la muchacha no comprendía, especifiqué-: La dama del retrato.
-Ella vive en Suecia. Envió sus obras para esta exposición pero nunca aparece en público. Es una mujer solitaria y enferma.
—59→Sentí una rara sensación de vacío y me oí decir: -Ella es mi amiga.
El vértigo del insomnio trastornó mi vida: imposible dormir con la mirada de esos ojos clavada siempre en mí; a veces, me descubría tanteando la obscuridad, buscándola en las sombras; sentía la urgencia de sus manos extendidas en un esfuerzo por encontrarse con las mías; la intuía en el sofá, ante mi taza de café, en todas partes. Irritado, no atinaba a recordar el color exacto de sus ojos, o cómo le caía el pelo sobre la frente. La adivinaba en la calle: siempre se rompía el encanto al llegar, exhausto, junto a otra mujer que, con un gesto de disgusto, o simplemente divertida, extrañaba mi curiosidad.
Decidí poseer su retrato. Tembloroso, llegué hasta la galería: estaba cerrada; en la puerta, un cartel anunciaba la nueva exposición para esa misma tarde. En secretaría me informaron de que el autorretrato se había vendido: sentí un rencor sordo contra aquel desconocido comprador. Lacayo de la angustia, incapaz de concentrarme, dejé de ir a la oficina: me pasaba horas tirado en el sofá, recreando su rostro.
El avión vibró con el esfuerzo del despegue. Distinguí deslizarse la pista bordeada de césped y —60→ luego la cinta del río anudando lo verde, allá abajo. Sabía que era un viaje sin retorno; una paz desconocida me inundó al reclinarme contra el respaldo del asiento y desdoblar el papel. Leí, por centésima vez:
NORMA LAUSECK
CALLE MAIGRIM Nº 912
ESTOCOLMO - SUECIA
—61→
Yo la descubrí en el estrecho espacio de la CAJA Nº 1 del Supermercado. Sus uñas rojas, bailando sobre el teclado de la calculadora me dejaron absorto. Un rasgar de papel quebró el encantamiento y, antes de verle la cara, me había enamorado. Así, de repente, con una ternura alegre; descifrándola como a un códice antiguo, no sabiendo aún su significado pero ya invalorable para mí. Esperé pacientemente la hora de la salida, hasta ver la silueta de curvas exactas y provocativas, el rostro de rasgos regulares, la ancha boca sonriendo invitante.
Fue hermoso: descubrí el pulso de su piel bajo mis dedos ávidos, los besos sin final. Me oía cantar a gritos frente al espejo del baño, en cada amanecer irrepetible: el cuerpo lacio, los ojos húmedos de tanto querer.
Coqueta, compartía intimidades con el espejo; los espiaba mordiéndome la envidia, celoso de la forma en —62→ que acariciaba su ropa, del placer que sentía al perfumarse. Hasta me pareció ver una sombra de fastidio cuando supo que estaba embarazada. Nunca la vi más linda; con el niño arrebujado en su vientre, hasta me daba miedo abrazarla.
Aparte del Hospital y el consultorio, tomé dos guardias nocturnas semanales: pagaban bien. Yo mismo firmaba las recetas de pastillas contra el sueño.
Llamamos David a ese tumulto de carne y llanto, pequeñito, autoritario, maravilloso: di gracias a Dios por tanta dicha. No sé si pueden comprenderme; hay muchas formas de querer: la mía es como un don; después de tanto tiempo, sigo temblando cuando se tiende a mi lado: todos mis sentidos, a su contacto, son cauces abiertos a la felicidad. Ella apenas retribuye las caricias: es su forma de ser.
Aquel día volví por la mañana y encontré el dormitorio extrañamente intacto. Me recibió con gesto cansado; tomó el café, distraída, y salió hacia el trabajo sin mirarme, tratando de ocultar el temblor de sus labios. Tumbado en la cama, la angustia en la garganta, sentí estallar mi cuerpo en un sollozo.
Lo sé, no, no estoy inventando, ya borré mis dudas: la he seguido; los he visto, tomados del brazo, entrar en —63→ esa casa. Ayer, ante mi ignorancia fingida, rompió nuestros días sin palabras con un escueto: «Me voy, ya dejé de quererte, hay otro hombre». No tuve voz: un dolor manso y gris me fue empapando las entrañas; quedé como campana sin badajo, incapaz de réquiems o aleluyas.
Yo no puedo resistirlo. No soportaría verla recoger sus cosas, vivir en esta casa sin ella. Deben creerme, llevo años de borrar mis deseos por cumplir los suyos; aun así era feliz. Se fue, de nada sirvió, la he perdido. Tengo miedo al abismo de su ausencia, a la cama sin su cuerpo, a los espejos vacíos. Ven, hijo, duerme aquí, a mi lado. Ella nunca supo cuidarte. No quiero que seas el niño solitario mendigando cariño a un hombre extraño. Duerme tranquilo junto a mí; no temas, ya nada podrá separarnos.
El hombre se alejó de la cama con cautela, para no despertar al muchachito. «Ya vuelvo», le dijo en un susurro. En la pieza contigua, abrió, sin prisa, el cajón del escritorio hasta ver el reflejo acerado del metal.
—[64]→ —65→
Querido Miguel:
Cuando aquella noche nos conocimos en la fiesta del lago supe que, tarde o temprano, te pertenecería.
Al bailar, evité el contacto de mi pecho con el tuyo: así ocultaba la violencia desatada en mi interior. Me creíste tímida; no sabías de mi esfuerzo en recomponer el rostro, cada vez que nos volvíamos a encontrar, para no dejar traslucir el impacto de tu presencia. Con un estremecimiento, esperaba hasta verte a mi lado, y tu cortés: «¿Qué tal?» desbocaba el ritmo de mi pulso. Me sentí feliz al descubrir la pasión contenida en tus ademanes lentos, en la frialdad de tus ojos verdes. Soñaba con tu cuerpo de reflejos dorados y despertaba bebiendo tu aliento en la pieza oscura y desierta. Te quería con locura. Aún hoy, pese a todo, te sigo queriendo.
—66→Un día mencionaste como al descuido: «Mañana vuelvo al Chaco, no puedo abandonar mis cosas». Miré hacia el lago para esconder las lágrimas; una chispa divertida iluminó tus ojos: «Volveré en quince días. ¿Serías capaz de acompañarme a la selva?». Y sentí en la boca ese beso quemante y posesivo que selló mi destino. ¿Lo recuerdas?
Volviste. A tu lado escalé, uno a uno, los peldaños de la dicha. Eras gentil, fuerte, bello. Y me adorabas.
Comprendí tus silencios cuando me enteré del accidente. El pequeño avión perdido, y con él tus padres. Tiempo después, hallaste sus cuerpos mutilados por las fieras. Allí, en un claro del monte, hay dos cruces que un machete mantiene siempre libre de malezas. «Eres el único amor que me queda», decías, y tu rostro se opacaba en el recuerdo.
¿Acaso olvidaste la capilla de San Bernardino, adornada con flores del campo? Fue mi pedacito de paraíso. Juré hacerte feliz. Apenas terminada la ceremonia cambié mi vestido de novia por botas y jeans para abordar la avioneta reluciente, estacionada en el rústico aeropuerto. Estabas excitado y radiante: en mi asiento, un ramo de rosas rojas; en los mandos, tú. Maravillada y dichosa, nos elevamos en aquel recinto —67→ aromado, flotando entre madejones de nubes transparentes, con el sol que estallaba contra los vidrios de la cabina y, allá abajo, un verdor interminable estriado de esteros y riachos. El camino a nuestro hogar fue una experiencia inolvidable.
La pista terminaba en el galpón de los peones; te pregunté, sorprendida: «¿Dónde está la casa?». Me tomaste de la mano y cruzamos un bosquecillo para llegar al primer círculo. Tú reíste ante mi extrañeza. ¿Para qué esa doble valla alrededor de la construcción, como dos fuertes anillos de diferente diámetro, y la casa en el centro del más pequeño? Me contestaste: «Es por los perros». No los vimos; estarían encerrados. La vivienda, herencia de tus padres, era hermosa aunque no muy amplia.
¡Qué felices fuimos! Al levantarme te encontraba en el comedor; habías dejado sobre la mesa el canasto con carne, frutas, o simplemente flores, recogidas en tu salida matinal; al mirarte, me sentía enredada en tus pestañas como en una red que me cortaba la respiración. Hacíamos largos paseos, a caballo o a pie, hasta el final de los senderos bloqueados de selva. Me enseñaste el canto de los pájaros; a distinguir los animales por el ruido de su furtivo andar en la espesura; los ojos agrandados, presencié en el corral el brotar de una —68→ vida, y mis entrañas respondieron al llamado con una contractura dolorosa y dulce.
Mi único temor fueron los perros; seis enormes dóberman y un solo amo: tú. Te veía entrar en la «franja de los perros», hablándoles pausadamente, con cariño; sin arrebatarte la carne, en sumisa espera, giraban a tu alrededor babeando de impaciencia. Los peones nunca franqueaban el montecito si no los llamabas a trabajar en el jardín; o a la hija de la machú, para el arreglo semanal de la casa. Ellos también se parecían a los perros: el miedo servil en los ojos y el recelo de acercarse demasiado.
Me lo habías advertido: «No salgas ni dejes pasar a nadie por el patio de los perros. Pueden ser despedazados».
Al caer la tarde veía sus manchas oscuras; la hilera aguda y blanca en sus bocas abiertas; las ascuas brillantes de su mirada de demonios, lanzados a una ronda inacabable. En tu ausencia, trancaba puertas y ventanas: sólo quedaba prendida la vela ante la Virgen.
Aprendí de tus labios que los indios eran los únicos capaces de atravesar la espesura. ¿Te acuerdas? Un día pregunté cuándo volvería el avión. De espaldas, —69→ con voz neutra, contestaste: «Está descompuesto; esperaremos a que se arregle». Y luego, girando en el asiento, frente a frente: «¿Acaso quieres volver? ¿No te basto?». Tus brazos se extendieron hasta alcanzar mis hombros para hundirme en tu pecho con olor a cuero y maleza. Me entregué, como siempre, vencida y dichosa.
Una vez te pedí: «Miguel, no lo evites más; quiero un hijo». Vibraron las comisuras de tus labios; por las rajas de los párpados contraídos saltaban destellos de pedernal: «Te quiero demasiado; compartamos este amor sin nada que nos separe; no hablemos más de esto». Inseguro, tomaste el sombrero al salir, sin volverte. No lo olvidaste, ¿verdad? Temblorosa, incrédula, puse las manos sobre el vientre, hasta que el dolor de las uñas clavadas en la carne me volvió a la realidad.
Desde aquel día los perros no regresaron a sus jaulas: los sentía jadear del otro lado de la valla de estacas, devorando, feroces, las ratas y lagartos que osaban invadir su feudo. Siempre que salíamos de la casa o alguien traspasaba los cercos, estabas allí.
A veces, me parecía oír un ruido lejano de motores y me acercaba a la ventana, buscando la silueta plateada con todos mis sentidos alerta y una ilusión que se iba —70→ desgajando al pasar los minutos. Más tarde me enteré que habías hecho construir otra pista en un puesto lejano. ¿Por qué, Miguel? Te dije mi extrañeza por haber escrito tantas cartas sin recibir respuesta. Insinuaste, despectivo: «No tendrán interés en contestarte». «Eso no es cierto», estallé.
Prendiste un cigarrillo, mientras revisabas concienzudamente las planillas. Al mirar tu hermoso perfil, descubrí un rictus cruel en la boca; todavía lo estaba observando cuando te levantaste; sentí tus manos buscar mi cintura, el calor de tu aliento quemarme el cuello; el trazo húmedo de tu lengua resbalando, hasta hundirse en mi boca. «Te quiero, te quiero mucho», dijiste. Sabía que era cierto.
Entraba por la ventana el pálido rosa del amanecer, acuchillado de sol; ya estabas listo para salir: me diste un beso, creyéndome dormida; luego, el ruido de las espuelas alejándose. No tenías ganas de levantarme; no tenía ganas de nada.
Más tarde, con la taza de café en la mano, abrí la puerta: las plantas descuidadas; los perros anhelantes hurgando en las junturas de la empalizada; el campo y el arroyo, tan cercanos; sin embargo bien podría yo morir de sed. ¿Sabes? No me asusta la palabra: desde —71→ que tú me hiciste estéril ya me siento casi muerta. Con un hijo a mi lado todo hubiera sido diferente; tú, que dices adorarme, me lo negaste. Hoy, cuando vuelvas y me encuentres destrozada, odiarás a lo único que también querías: tus perros.
Hasta siempre,
Julia
—[72]→ —73→
Casa nueva, barrio residencial, dos niños, dos coches, dos empleadas, dos perros, un marido y yo.
Me levanto temprano para hacer la caminata mañanera y, de paso, conocer el vecindario. Buen entorno. Casas importantes; la única chiquita es la de mi vecina: dos piezas de material en un lote mínimo y un jardín devolviendo en flores los cuidados de su dueña.
Sé que se llama María y que vive sola. En una charla por sobre la muralla me contó vagamente de dos hijos en el extranjero y una magra jubilación de enfermera. Menuda, pelo blanco cuidadosamente recogido sobre la nuca, dulces ojos obscuros, manos y pies torturados por el duro trabajo.
Todas las mañanas hago un alto para conversar con la anciana. A través de la alegre y transparente —74→ cortina que brota de la manguera, nos saludamos bajo la mirada torva de Chino. Pelo acaramelado, lustroso, y aires de gran señor; acurrucado sobre la tapia fiscaliza nuestra conversación mientras la mano huesuda de su dueña saca sonidos del arqueado lomo, como de un instrumento. En su soledad irreversible, el gato le da la cuota de amor necesaria para poder seguir viviendo. Ella, que cuidó tantos pacientes necesitados de amor, hoy vuelca su ternura en el único ser que le corresponde.
* * *
Si supiera esa señora joven y elástica que la saluda por las mañanas con qué dolor sus pobres manos, como arañas pisoteadas, hacen el trabajo diario; los dedos disparados en direcciones absurdas, tratando de sujetar las cosas. Si supiera ella, que lo tiene todo, las veces que la pobre vieja no ha comido por comprar leche o carne para Chino.
Toda una vida de trabajo apenas le alcanzó para esa casita de un dormitorio, su ropero antiguo, la mesa y dos sillas, la cama cubierta con una colcha de crochet, y al lado, el canasto acolchado con un trozo de frazada descolorida, recortado en forma oval. Su único lujo: el baño diminuto con inodoro y ducha. Sobre una mesa en el corredor trasero, la cocinita a gas.
—75→Con voz cansada llama a su gato mientras se inclina trabajosamente para volcar la leche en el tazón. Chino se relame, y levantando la cola ronronea contento. Los ojos de Ña María se dulcifican y su mano torpe vuelve a buscar el lomo de su mascota, acariciar las suaves orejas, frotar la piel canela, y decir palabras de cariño demoradas por falta de destinatario.
* * *
Todo pasó muy rápido. Los chicos gritaron, frené el coche y descubrí el animal. Luego del golpe, quedó tendido, un hilo de sangre manando del rosado hocico. La vi agachada sobre el gato, tomándolo con infinita ternura, los ojos arrasados de lágrimas, súbitamente fríos al fijarse en mí, agrandados de golpe, como los del felino. Me acerqué: -No fue intencional, el gato se metió bajo el coche.
Me miró con un silencio indiferente; luego, lo enterró en el jardín, y todos los días ponía flores junto al pequeño montón de tierra. No me volvió a hablar por sobre la muralla. Se la veía hosca y triste. Un poco más agachada, un poco más delgada, mucho más sola.
Quedé sorprendida cuando, días más tarde, me invitó con una limonada al volver de mi recorrida a pie. —76→ Reanudamos nuestras conversaciones -minucias de una vida- mientras sus manos callosas hurgaban en el borde del muro, con el viejo ademán repetido en el vacío; los ojos opacos por una pena de la que me sabía culpable. La limonada se hizo costumbre, insistía en esa ofrenda de amistad que no podía rechazar. Me hice el propósito de obsequiarle otro gatito.
Hoy, durante la caminata, sentí un inexplicable malestar y volví más cansada que otras veces. Mi vecina esperaba en su portoncito con un vaso en la mano. Acepté gustosa el refresco que me tendió la anciana con inocultable placer.
* * *
Ña María entró en la casa llena de flores y gente, se acercó al esposo, de ojos enrojecidos por el llanto y, pasándole la mano, con una sonrisa indefinible, le dijo:
-Mi más sentido pésame.
—77→
Se conocieron en el puesto de Don Ramón. Los ojos aguados buscaron el ademán amistoso, entre el alboroto de los canillitas. Se pisaba los pies sucios y el miedo le resbalaba por la cara. Al sentir sobre el hombro esquelético la mano comprensiva de Crispín, la angustia comenzó a desenroscársele del cuerpo.
-¿De dónde venís?
-Chacarita.
-¿Buscás para tu trabajo con Don Ramón?
-Eeh... Y sí.
Ya no tenían cocido ni galleta. Mamá Tota estaba enferma. Esa mañana, las arrugas de su rostro semejaban arroyitos; apenas podía hablar. Lo había —78→ abrazado muy fuerte y él, en vez de ponerse triste, sintió felicidad.
-Mamá Tota, voy a vender diarios. No llores más.
No sabe de dónde es. Dice que lo encontraron en la puerta del rancho. Esa Doña Tota ha de quererle mucho; es tan pobre, y lo mismo le recogió en su casa. Yo, por lo menos, tengo familia.
Crispín levantó la cabeza:
-Don Ramón, aquí viene un mi amigo: dale un trabajo.
Salieron juntos. Crispín lo observaba. En cuanto vendió algunos ejemplares, compró pan: comió minuciosamente, para alargar el placer.
Tentados por su aspecto desvalido, dos muchachones lo flanquearon:
-Dame un cien o te rompo tus diarios.
El pelo renegrido era como una mancha al carbón sobre la palidez del muchacho alto y desgarbado. Se acercó, tranquilo.
—79→-Váyanse. Guardá tu plata, Taní. Desgraciados, anímense conmigo, carajo.
Los transeúntes se quedaron a esperar el desenlace: luego de unos pocos golpes, los matoncitos huyeron. A Crispín le quedó un ojo enrojecido; Taní lloraba, con el puño contraído sobre los billetes arrugados: los dos estaban temblando. Las manos del muchachito se aferraron a la cintura de su salvador con una ternura convulsa, agradecida; la piel cansada del precoz veterano de la calle se templó con la tibieza del abrazo; al apretar la cabecita enrulada contra su cuerpo, un burbujeo gratificante trepó por sus venas.
Desde entonces, el pequeño lo siguió a todas partes, deslumbrado con su amistad.
A su lado, Taní aprendió el oficio. Primero compró un champión; más tarde pudo juntar para un deportivo. Se le cubrieron los huesos y le cambió la mirada. Al comienzo, sus ganancias fueron para remedios: orgulloso, contemplaba a Mamá Tota trajinar por la casa.
Los muchachos se hicieron inseparables. Casi todos los días, parados ante el escaparate de la ferretería, perdían algunos minutos admirando las —80→ máquinas multicolores, comentando sus cualidades y marcas. Hacía rato, Crispín ahorraba para comprarse una bicicleta. Su sueño era la de dieciocho cambios; ésa costaba más, pero ya tenía suficiente en la latita de su ropero. Lo había completado esa semana.
Despertó, anhelante; las manos prendidas al manubrio y una sonrisa despiadada, al pasar, raudo, ante sus atónitos compañeros. Lo decidió al levantarse: hoy la compro.
Salió silbando bajito, con una comezón de contento en todo el cuerpo. En el puesto, retiró los diarios y, caminando con Taní por las calles indiferentes del amanecer, llegaron a la esquina de todos los días. De a poco, el ruido se fue poniendo agresivo: jadeaba en los semáforos, al acecho de la señal de largada. Los canillitas serpeaban entre autos y motos, con los diarios como banderas. Rojo. Verde. ¡Ya! La masa metálica dio un salto hacia adelante: el alarido hendió el tráfago, frenando los motores.
¡Taní! Corrió entre los coches silenciosos con una plegaria en sus manos extendidas; se acercó al compañero: gemía, tirado en el asfalto, entre papeles y letras. Suavemente, levantó el cuerpo ensangrentado.
—81→Estuvo internado más de una semana en Primeros Auxilios. Tenía fractura de la pierna y desgarrados los tendones. Para garantizar su recuperación, le prohibieron caminar por seis meses: debía quedarse en cama, o en una silla de ruedas.
-Te pasó por cabezudo. Sos descuidado de más. No voy, luego, a seguir con vos si no me hacés caso: te van a atropellar otra vez. Lástima que no paró ese patotero de mierda; con el Mercedes que tenía, por lo menos le hubiéramos sacado plata. Los policías se hacen los zonzos: dicen que no saben quién es. Pobre Taní, ahora, ¿cómo vas a trabajar, decime un poco?
Empujó la silla de ruedas hasta el farol de la esquina. El foco de la calle, avasallado por la creciente claridad, era apenas un ojo blanquecino en la punta del brazo rígido. Acomodó la pila de periódicos al lado de su amigo y, dándole un cariñoso moquete en el hombro, se despidió:
-Te busco a las doce, Taní.
-Listo, socio -había alegría en su voz.
Al alejarse, Crispín se volvió para mirar al chico que, cuidadosamente, acomodaba su pierna en la silla. —82→ Los rayos de acero destellaban a la luz incipiente.
-Al final -pensó-, son casi como las ruedas de una bicicleta.
Y se alejó, trotando.