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Memorias


Lord Thomas Cochrane






ArribaAbajoCapítulo I

Se me propone tomar el mando de la marina chilena.- Llegada a Valparaíso.- Primera expedición al Perú.- Ataque contra los buques españoles en el Callao.- Partida para Huacho.- Presa de convoyes de dinero españoles.- Toma de Paita.- Regreso a Valparaíso para reorganizar la Escuadra.- Ofrezco ceder en favor de la República mi premio de presas.- Rehúsa este ofrecimiento el Supremo Director.- Congratulaciones públicas.


En el año de 1817, D. José Álvarez Condarco, agente acreditado del Gobierno de Chile, no reconocido aún por las potencias europeas, me propuso encargarme de organizar en aquel país una fuerza naval capaz de hacer frente a los españoles, quienes a pesar de la feliz sublevación de los chilenos por parte de tierra, eran aún señores de las aguas del Pacífico.

Hallándome a la sazón desposeído de mi empleo, por habérseme injustamente expulsado del servicio naval británico, a efecto de las maquinaciones del poderoso partido político que yo había agraviado, y viendo los grandes esfuerzos que hacía Chile para crearse una Marina, en ayuda de la cual se había comenzado a construir un vapor de guerra en los astilleros de Londres, acepté la propuesta, obligándome a cuidar de su construcción y equipo y conducirle a Valparaíso cuando estuviese concluido.

Mientras tanto, Álvarez recibió órdenes de su Gobierno para que, en caso de que hubiesen sido aceptadas sus proposiciones, no perdiese yo tiempo en partir, pues era crítica la posición de Chile, estando los españoles amenazando por mar a Valparaíso, y en posesión del continente desde Concepción a Chiloé, en donde estaban organizando las hordas salvajes de indios para llevar la desolación a las provincias nuevamente emancipadas.

También se habían recibido partes fidedignos de que la Corte de Madrid hacía grandes esfuerzos para recobrar sus posesiones perdidas, despachando un poderoso refuerzo a su Escuadra del Pacífico, contra la que no estaban en condición de poder luchar los buques de guerra chilenos, en el estado en que se encontraban.

Por lo tanto, Álvarez me rogó no aguardase al vapor, y que al punto me embarcase para Chile en el buque mercante Rosa, que estaba entonces en vísperas de partir.

Sabiendo que todo el Perú se hallaba en poder de los españoles y que también poseían a Valdivia, el puerto más fortificado en la parte del Sur, de cuyos parajes sería muy difícil desalojarlos luego que hubiesen llegado los refuerzos anunciados, me embarqué sin dilación, y el 28 de noviembre de 1818 salté a tierra en Valparaíso, acompañado de mi esposa y nuestros dos hijos.

Entusiasta fue la recepción que nos hicieron las autoridades y el público, viniendo desde Santiago, capital del Gobierno, el general O'Higgins, supremo director, a darnos la bienvenida.

Este excelente varón era hijo de un caballero irlandés de categoría en el servicio español, habiendo ocupado el importante cargo de virrey del Perú.

El hijo, sin embargo, se había unido a los patriotas y mientras mandaba como segundo, no tardó en causar una completa derrota a los españoles en el interior, en recompensa de cuyo servicio la gratitud nacional le había elevado al Supremo Directorio.

Celebráronse en Valparaíso diversidad de fiestas en honor de nuestra llegada, las que se repitieron en la distante capital adonde insistió en llevarnos el supremo director, hasta que por fin tuve que recordar a su excelencia que nuestro objeto era más bien batirnos que divertirnos.

Con todo eso, nuestra recepción me dio una tan alta idea de la hospitalidad chilena, que, angustiado como me había visto a causa de la infame persecución que me arrancara de la Marina británica, me decidí a adoptar a Chile por mi futura patria; esta decisión, empero, no fue más que una confirmación del proverbio El hombre propone y Dios dispone.

La Escuadra chilena acababa de regresar de una feliz campaña, habiendo su jefe, el intrépido almirante Blanco Encalada, capturado una magnífica fragata española de 50 cañones, la María Isabel, en la bahía de Talcahuano.

La Escuadra constaba de esta mencionada fragata, que se llamó O'Higgins, en honor del supremo director; el San Martín, de 56 cañones, antiguamente el Cumberland, buque de Indias, comprado para el servicio; el Lautaro, de 44 cañones, barco indiano, también comprado; el Galvarino, de 18, que había sido poco antes la corbeta de guerra inglesa Hecate; el Chacabuco, de 20, y el Araucano, de 16; fuerza que, aunque imperfecta en su organización y equipo, hacía mucho honor a la energía de un pueblo recientemente emancipado.

A poco de mi llegada se expidió una orden en virtud de la cual se me confería el título de vicealmirante de Chile, almirante y comandante en jefe de las fuerzas navales de la República.

El almirante Blanco me cedió con liberalidad patriótica su puesto, bien que su reciente acción heroica le diese derecho a conservarle, haciéndome además el obsequio de anunciar en persona a las tripulaciones de los buques, el cambio que acababa de efectuarse.

Mi llegada fue mirada por los capitanes de la Escuadra con grande emulación, tanto más cuanto que había llevado conmigo de Inglaterra oficiales en quienes podía poner ciega confianza.

Referiré lo que hicieron dos comandantes chilenos, los capitanes Guise y Spry, que acababan de llegar de Inglaterra con el Hecate, que habían comprado de la Marina británica para una especulación.

El Gobierno de Buenos Aires, habiéndose rehusado a comprárselo lo trajeron a Chile, cuyo Gobierno lo tomó, recibiendo en su servicio a sus anteriores dueños.

Estos oficiales, en unión con un norteamericano, el capitán Worcester, prepararon una cábala, teniendo por objeto el establecer un mando dividido entre mí y el almirante Blanco, o, como ellos le llamaban, «dos jefes de Escuadra y no Cochrane».

Viendo que aquél no se prestaba a esta maniobra, persuadieron a uno o dos de los ministros inferiores, cuya suspicacia no era difícil despertar, que era peligroso y en descrédito de un gobierno republicano el permitir que un noble y extranjero mandara su Marina, y aun lo era más el consentirle retuviera su título.

Su objeto era poner a la cabeza del mando al almirante Blanco y hacerme a mí su segundo; por medio de esta combinación, como aquél no estaba acostumbrado a manejar marinos ingleses, esperaban dominarlo a su placer.

El almirante Blanco, sin embargo, insistió en cambiar nuestras posiciones respectivas, ofreciéndose a servir como segundo, a cuyo arreglo asentí gustoso.

No merecería la pena el mencionar esta insignificante disputa si no fuese por lo que ha influido en sucesos ulteriores, así como también por ofrecerme la oportunidad de conferir un testimonio lisonjero al patriótico desinterés del almirante Blanco, que es aún hoy día una de las más ilustres glorias que adornan a la República que tan eminentemente contribuyó a establecer.

El 22 de diciembre se enarboló mi bandera a bordo del O'Higgins, usando enseguida de la mayos prontitud para aprestar la Escuadra y salir a la mar.

Anheloso de evitar tardanza me hice a la vela el 16 de enero con sólo los cuatro buques siguientes: O'Higgins, San Martín, Lautaro y Chacabuco, dejando al almirante Blanco para que siguiese con el Galvarino, Araucano y Pueyrredón.

Habiendo estallado un motín a bordo de la Chacabuco, fue preciso entrar a Coquimbo, en donde, después de desembarcar a los cabecillas de la sedición y haberles formado causa, se les castigó.

Al hacer rumbo a lo largo de la costa se nos informó que el Antonio estaba a punto de salir del Callao para Cádiz, con una suma considerable de dinero; así que, esperando interceptarlo, estuvimos cruzando hasta el 21 de febrero a una distancia suficiente para no ser vistos desde el puerto.

Mas como no apareciese, hiciéronse preparativos para llevar a efecto el plan que yo había formado de atacar a los buques españoles durante el Carnaval, cuando en el colmo de aquellos regocijos, debía razonablemente esperarse tuviesen menos vigilancia de lo ordinario.

Nos habíamos asegurado de antemano de que la fuerza naval que había en el puerto se componía de las fragatas Esmeralda y Venganza, una corbeta, tres bergantines de guerra, una goleta, veintiocho lanchas cañoneras y seis buques mercantes armados de grueso calibre, estando todos juntos amarrados al pie de las baterías, en donde había 350 cañones montados, según constaba por un documento oficial de su armamento.

El hacer un ataque directo con la pequeña fuerza que teníamos parecía, sin embargo, una cosa que por de pronto no debía ensayarse; pero formé en su lugar el designio de apoderarnos de las fragatas durante el Carnaval, que concluía el 23.

Sabiendo se esperaban de día en día en el Callao dos buques de guerra norteamericanos, determinamos entrasen el O'Higgins y el Lautaro con pabellón americano, dejando al San Martín fuera de vista, detrás de San Lorenzo, y si salía bien la estratagema, fingir se iba a enviar un bote a tierra con despachos, y al mismo tiempo arrojarse de repente sobre las fragatas y cortarlas.

Desgraciadamente, se levantó una de aquellas densas nieblas tan frecuentes en las costas del Perú, causando se separase el Lautaro, y no se incorporase al almirante hasta cuatro días después, cuando el Carnaval ya había pasado, lo que hizo malograr nuestro plan.

La niebla, que bajo el clima del Perú con frecuencia persevera por mucho tiempo, duró hasta el 29, día en que, oyendo un vivo cañoneo y creyendo que uno de los buques se estaba batiendo con el enemigo, me mantuve con mi buque en la bahía; los otros, creyendo lo mismo, se dirigieron hacia donde venía el fuego, y al disiparse por un instante la niebla nos descubrimos mutuamente y a una vela extraña cerca de nosotros, la cual, siendo hecha prisionera por la almirante, resultó ser una lancha cañonera española con un teniente y veinte hombres, quienes nos dijeron, al caer en nuestro poder, que aquel fuego eran salvas de artillería en honor del virrey que había ido aquella mañana a pasar revista de las baterías y embarcaciones, y se hallaba a bordo del bergantín de guerra Pezuela, que habíamos visto hacer fuerza de vela en dirección a las baterías.

El haberse otra vez cubierto de niebla me sugirió la posibilidad de un ataque directo, el cual si no salía del todo bien, daría a lo menos a los españoles tal idea de lo muy determinadas que eran nuestras intenciones, que les haría mirar con respeto a la Escuadra chilena, y tal vez les induciría a no enviar sus buques a proteger su comercio; en cuyo caso un bloqueo nos evitaría la necesidad de diseminar nuestras pequeñas fuerzas para irles en persecución, suponiendo que se determinasen a salir a la mar.

En consecuencia, continuando bajo el disfraz de la bandera americana, se dirigieron hacia las baterías el O'Higgins y el Lautaro, que por poco no encallaron a causa de la niebla.

Pero el virrey, que había sin duda presenciado la captura de la cañonera estaba preparado para recibirnos con la guarnición sobre las armas y las tripulaciones de los buques de guerra en sus cuadras.

A pesar de la gran desigualdad me decidí a atacar, porque el retirarnos sin disparar un solo tiro podía producir en el ánimo de los españoles un efecto contrario al que se esperaba, teniendo suficiente experiencia en cosas de guerra para saber que el efecto moral, aunque sea el resultado de un cierto grado de temeridad, no deja a veces de suplir el lugar de una fuerza superior.

Como el viento comenzase a calmar, no me aventuré a hacer que la almirante y el Lautaro se atracasen al costado de las fragatas españolas, como había pensado en un principio, sino que amarré una codera sobre nuestros cables al través de las embarcaciones, las cuales formaban una media luna de dos líneas, estando la última fila dispuesta de manera a cubrir los intersticios de los buques de la fila de enfrente.

Sobreviniendo una calma muerta, estuvimos durante dos horas expuestos a un fuego terrible de las baterías, además del que nos hacían las fragatas, los bergantines Pezuela y Maipú y siete u ocho lanchas cañoneras; sin embargo, nuestro fuego había apagado el del ángulo Norte de uno de los principales fuertes.

Habiéndose levantado de repente una brisa, levamos el áncora y estuvimos yendo y viniendo enfrente de las baterías, respondiendo a su fuego; mas como el capitán Guise, que mandaba el Lautaro, cayese gravemente herido, su buque se largó, no volviendo más a entrar en línea.

El San Martín y la Chacabuco, sea por falta de viento o por dudar del resultado, nunca llegaron a ponerse a tiro de bala, quedándose así la almirante sola para continuar la acción; pero como esto era inútil faltando la cooperación de los otros buques, me vi obligado de mala gana a abandonar el ataque, retirándome a la isla de San Lorenzo, distante de los fuertes, cosa de unas tres millas, no atreviéndose los españoles a perseguirnos, aunque sus fuerzas, independientemente de las lanchas cañoneras, eran casi el cuádruplo de las nuestras.

Las fuerzas navales que los españoles tenían presentes eran las siguientes:

FRAGATAS.- Esmeralda, 44 cañones; Venganza, 42; Sebastiana, 28.

BERGANTINES.- Maipú, 18 cañones; Pezuela, 22; Potrillo, 18, y otro, nombre no conocido, 18.

GOLETA.- Una, nombre desconocido, una pieza larga de a 24 y 20 culebrinas.

BUQUES MERCANTES ARMADOS.- Resolución, 36 cañones; Cleopatra, 28; La Focha, 20; Guariney, 18; Fernando, 26; San Antonio, 18.

Total: catorce buques; diez de los cuales estaban listos para la mar, y veintisiete lanchas cañoneras.

En esta acción por poco ha escapado la vida de mi hijo.

Como esta ocurrencia ha sido contada con alguna inexactitud por algunos escritores chilenos, referiré aquí lo que pasó.

Al comenzarse el fuego había colocado al niño en mi antecámara, cerrándola con llave; mas no gustándole la reclusión, se amañó de modo a salir por la ventana de los jardines de popa y vino a encontrarme, sin querer volverse abajo.

Como no podía ocuparme de él, le permití quedarse, y vestido de uniforme en miniatura de guardiamarina, que le habían hecho los marineros, se puso a dar pólvora a los artilleros.

Estando en esta ocupación, una bala rasa se llevó la cabeza de un marino que estaba junto a él, salpicándole la cara con los sesos de aquel infeliz.

Recobrando al punto su serenidad, no con pequeño alivio mío, pues estaba paralizado de agonía creyendo le habían muerto, corrió a encontrarme, exclamando: «No me han herido, papá; la bala no me ha tocado; Juanillo dice que no se ha hecho la bala para matar al niño de mamá».

Mandé que le bajaran; pero resistiéndose con todas sus fuerzas, hubo al fin que permitirle se quedase sobre cubierta durante la acción. Nuestra pérdida en esta refriega fue insignificante si consideramos que nos hallábamos bajo el fuego de más de doscientos cañones; pero nos habíamos colocado de manera a tener las fragatas enemigas entre nosotros y los fuertes; así es que los proyectiles que éstos nos lanzaban sólo tocaban en los aparejos, que quedaron considerablemente maltratados.

Como hacía niebla al comenzar la acción, imagináronse los españoles que todos los buques de guerra chilenos se encontraban en ella, y no les sorprendió poco, luego que el tiempo aclaró, el ver que su solo oponente era su propia fragata, la antigua María Isabel.

Fue tanto lo que este descubrimiento les desalentó, que tan pronto como pudieron después de la acción desaparejaron sus buques de guerra, formando con los masteleros y berlingas una doble cadena colocada al través del surgidero para impedir la entrada.

Los españoles ignoraban entonces que era yo quien mandaba la Escuadra chilena; pero luego que lo supieron me confirieron el título poco lisonjero de El Diablo, con el cual se me conocía después entre ellos.

El epíteto habría sido más apropiado si me hubieran ayudado mejor los otros buques.

Al día siguiente, habiendo reparado nuestros daños, volvieron a entrar la almirante y el Lautaro y comenzaron un fuego destructivo sobre las cañoneras españolas; los buques neutrales que había en el puerto se retiraron fuera de tiro de bala.

Como las lanchas cañoneras fuesen a colocarse más cerca de las baterías, adonde sólo podíamos hacerles poco daño, recibiendo nosotros mucho más del fuego de las fortalezas, nos contentamos con esta demostración.

El día 2 de marzo despaché al capitán Foster con la cañonera española capturada, las lanchas del O'Higgins y del Lautaro, para que se apoderase de la isla de San Lorenzo, en donde se presentó a la vista un vil dechado de crueldad española en treinta y siete soldados chilenos hechos prisioneros hacía ocho años.

Aquellos infelices habían estado todo ese tiempo obligados a trabajar con cadena, bajo la vigilancia de una guardia militar, que ahora se hallaba prisionera a su vez; el sitio en que durmieron durante este período era un sotechado lleno de inmundicias, en donde cada noche se les encadenaba de una pierna a una barra de hierro.

La alegría que aquellos desgraciados tuvieron al recobrar su libertad, contra toda esperanza, con dificultad puede concebirse.

Estos patriotas libertados y los españoles prisioneros me dijeron haber en Lima gran número de oficiales y marineros chilenos en una condición todavía más lastimosa, habiendo los grillos de sus piernas carcomido la carne de los tobillos hasta el hueso, y que a su comandante, por un exceso de crueldad, hacía más de un año le tenían condenado a muerte por rebelde.

En vista de esto envié un parlamentario al virrey, don Joaquín de la Pezuela, pidiéndole permitiese a los prisioneros volverse al seno de sus familias, en cambio de los españoles prisioneros que había a bordo de la Escuadra y en Chile, los que eran muy numerosos y estaban comparativamente bien tratados.

El virrey denegó la acusación de mal tratamiento, alegando tenía derecho de tratar a los prisioneros como a piratas si así lo creyese oportuno, rearguyendo que después de la batalla de Maipo, el general San Martín había tratado de espía al comisionado español, y repetidas veces amenazándole con la muerte.

El canje de prisioneros fue descortésmente rehusado, concluyendo el virrey su respuesta con manifestar sorpresa de que un noble inglés mandase las fuerzas marítimas de un Gobierno «que ningún país del globo había reconocido».

A esta última observación creí de mi deber responderle que:

«Un noble británico era un hombre libre, teniendo, por lo tanto, derecho de adoptar a cualquier país que se esforzara en restablecer las prerrogativas de la humanidad ultrajada, y que por esto había abrazado la causa de Chile con el mismo libre arbitrio que había ejercido cuando rehusé el ofrecimiento que me había hecho, poco hacía, el embajador español en Londres del empleo de almirante de España».

Este ofrecimiento me lo hizo el duque de San Carlos en nombre de Fernando VII.

Siendo nuestros medios verdaderamente inadecuados para dar un ataque decisivo contra los buques de guerra españoles, resolví ensayar el efecto de un brulote, con cuyo objeto establecí un laboratorio en la isla de San Lorenzo, bajo la dirección del mayor Miller, comandante de Marina.

Pero mientras se hallaba desempeñando este cometido, una explosión casual tuvo lugar quemando gravemente a aquel hábil y esforzado oficial y privándonos de sus servicios en esta ocasión.

El 22 de marzo, hallándose concluidos nuestros preparativos, nos dirigimos de nuevo hacia las baterías, pasando la almirante muy cerca del fuego combinado de los fuertes y embarcaciones, a fin de distraer la atención del enemigo y de que no apercibiera el brulote, el cual habíamos dejado ir a merced de las olas con dirección a las fragatas; pero cuando estaba a distancia de ellas como cosa de un tiro de fusil vino desgraciadamente una bala rasa y lo echó a pique, frustrándose así nuestro objeto.

El San Martín y el Lautaro se hallaban muy atrás, y no hubo más remedio que hacer cesar todo ataque, abandonando el brulote a su suerte.

Como otras tentativas, con la escasez que teníamos de recursos, no hubiesen producido más que inútiles demostraciones, y como los buques estuviesen faltos de agua y provisiones, nos vimos en la necesidad de retirarnos a Huacho, dejando a la Chacabuco para observar los movimientos del enemigo.

Los habitantes de Huacho, un pequeño puerto muy cercano a Lima, que estaban bien dispuestos a prestar su concurso en favor de la emancipación del Perú, nos franquearon toda clase de auxilio para abastecer de agua y víveres nuestros buques, por lo que el comandante de armas Cevallos mandó fusilar a dos personas influyentes que se habían señalado en ayudarnos, y castigó severamente a otras, embargando al propio tiempo nuestros cascos de agua y enviándome un insolente cartel, en vista de lo cual mandé desembarcar una partida de hombres, que pusieron en fuga a la guarnición; el oficial que la mandaba, empero, dejó de perseguirla por motivo de haber oído un cañoneo que él tomó por un encuentro con un enemigo recién llegado, pero que sólo eran salvas que se hacían por la llegada del almirante Blanco con el Galvarino y Pueyiredón.

Todo cuanto se halló perteneciente al Gobierno en la aduana española fue apresado.

Habiéndonos informado voluntariamente los habitantes de Huacho de que una gran cantidad de dinero perteneciente a la Compañía de Filipinas había sido conducida, para mayor seguridad, a bordo de una embarcación que había en el río Barranca, al punto fue registrada y el tesoro transportado a la almirante.

Dejando al almirante Blanco en Huacho con el San Martín y el Pueyrredón, el 4 de abril navegamos para Supe con el O'Higgins y el Galvarino, habiendo sabido de antemano que una suma de dinero para pagar a las tropas españolas estaba en camino de Lima para Huanchaco; al día siguiente se desembarcó un destacamento de marinos en Pativilca, los cuales se apoderaron del caudal, que ascendía a 70.000 pesos, juntamente con una porción de municiones.

El 8, teniendo aviso que la Compañía de Filipinas había embarcado otro tesoro a bordo del bergantín francés Gaelle, surto en Huanchaco, nos dimos a la vela para aquel paraje, y el 10 fueron a registrarlo los marinos del O'Higgins y se trajeron otra cantidad de 60.000 pesos.

El medio que yo tenía para apoderarme de éstos y otros convoyes de dinero perteneciente a los españoles era el pagar largamente la confidencia que me traían los habitantes relativa a su transmisión, facilitándome así los medios de aprehender aquél aun cuando fuese en lo interior del país.

Y como después el Gobierno chileno rehusara acordarme «fondos de servicio reservado», tuve que hacer esos desembolsos a mis expensas.

Era también mi objeto el granjearme la amistad del pueblo peruano, usando hacia él de medios conciliadores y poniendo el más escrupuloso cuidado en que se respetara su propiedad, no cogiéndose ninguna que no fuese española.

De este modo inspiraba confianza, y el descontento universal que causaba la dominación colonial española bien pronto se cambió en un ardiente deseo de emanciparse de ella.

A no haber sido por esta buena inteligencia con los habitantes, con dificultad me habría arriesgado a destacar gente a lo lejos para operar en el país, como después sucedió, informándose fielmente aquéllos de cada movimiento del enemigo.

El 13 llegamos a Paita, en donde habían establecido guarnición los españoles.

Aquí también se envió a tierra una partida, a cuya vista abandonaron el fuerte los enemigos, cogiéndoseles cantidad de cañones de bronce, aguardiente y pertrechos de guerra.

Algunos marineros, en contravención a las más estrictas órdenes, robaron varios ornamentos costosos de Iglesia; pero tan luego como me dieron parte las autoridades, mandé restituirlos, castigando a los delincuentes y dando al propio tiempo mil pesos a los sacerdotes para que repararan el daño causado en sus iglesias; este acto, aunque estaba lejos de atraernos al clero, que veía con zozobra el triunfo de los chilenos, aumentó nuestra popularidad entre los habitantes.

El ver abstenernos así del pillaje era casi incomprensible para un pueblo que tenía dura experiencia de la rapacidad española, en tanto que los indisciplinados chilenos, quienes formaban la mayor parte de la Escuadra, podían apenas concebir se les coartasen sus propensiones al robo.

El 5 de mayo, me adelanté solo con la almirante a reconocer el Callao, habiendo sabido que las fragatas españolas hicieron huir cerca del puerto a la Chacabuco y Pueyrredón, hallando que aquéllas estaban otra vez amarradas al abrigo de las baterías, nos volvimos a Supe; convencidos de que nuestra anterior visita al Callao había tenido la eficacia de disuadirías de salir a la mar a proteger sus costas, siendo ciertamente ésta la principal razón que me indujo a dar ataques, que vista nuestra pequeña fuerza no podían producir otro mejor resultado; pero esto sólo era una ventaja ganada, pues nos ponía en caso de comunicar libremente con los habitantes de la costa y de averiguar su sentir el que, a causa de nuestra moderación no menos que por ser dueños de la mar, estaba casi unánime en cooperar con Chile a su emancipación.

La proclama siguiente produjo el mejor efecto, tanto en Lima como en la costa:

«¡Compatriotas!

Los repetidos ecos de libertad que resonaron en la América del Sur fueron oídos con placer por doquiera en la esclarecida Europa, y muy especialmente en la Gran Bretaña, en donde, no pudiendo yo resistir al deseo de unirme a esa causa, determiné tomar parte en ella.

La República de Chile me ha confiado el mando de sus fuerzas navales.

A ella corresponde el cimentar la soberanía del Pacífico.

Con su cooperación serán rotas vuestras cadenas.

No lo dudéis: próximo está el día en que, derrocado el despotismo y la condición degradante en que yacéis sumidos, seréis elevados al rango de una nación libre, al cual naturalmente os llama vuestra posición geográfica y el curso de los acontecimientos.

Pero debéis coadyuvar a la realización de este objeto arrostrando todo peligro, en la firme inteligencia de que tendréis el más eficaz apoyo del Gobierno de Chile y de vuestro amigo:

COCHRANE».

Esta proclama fue acompañada con otra del Gobierno chileno manifestando la sinceridad de sus intenciones; de manera que todo esto combinado hizo que por todas partes se nos recibiera como a libertadores.

El 8 nos volvimos a Supe y, como se nos dijera haber en sus inmediaciones una fuerza española, se hizo desembarcar, a pesar de una fuerte resaca, a un destacamento de marinos, quienes saltaron a tierra después de anochecer, con objeto de sorprenderla.

Pero el enemigo estaba vigilante, y a la mañana siguiente nuestra pequeña fuerza cayó en una emboscada que le hubiere sido fatal si no fuera por la presteza con que el mayor Miller, que mandaba los marinos, formó su gente, la que, atacando a su vez, pronto hizo correr al enemigo a la punta de la bayoneta, cogiéndole su bandera y la mayor parte de sus armas.

El 13 llegó de Lima un destacamento de tropas españolas al mando del comandante Camba, quien a pesar de la superioridad de su número, no se atrevió a atacar a nuestra pequeña fuerza, la que se retiró a los buques con una porción de ganado cogido a los españoles; Camba escribió después al virrey una famosa descripción, en que le daba parte de haber «arrojado al enemigo a la mar», por lo que al punto recibió un ascenso.

Sin entrar en mayores detalles acerca de las visitas que hicimos a otros puntos de la costa, en donde también cogimos provisiones y otros pertrechos militares, etc., pues era mi costumbre obligar a los españoles a suplirnos con todo lo que necesitaba la Escuadra, no tomando nunca nada de los naturales sin ser pagado, resolví, puesto que nuestros medios eran claramente insuficientes a nuestro objeto principal, volvernos a Valparaíso, a fin de organizar una fuerza más efectiva; y el 16 de junio llegué a aquel puerto, en donde encontré al almirante Blanco con el San Martín y la Chacabuco, habiéndose visto obligado a levantar el bloqueo del Callao por falta de provisiones; paso que desagradó muchísimo al Gobierno, que era quien, con mayor razón, debía censurar su propia negligencia o falta de previsión al no proveerles de lo necesario.

Los objetos de la primera expedición se habían realizado plenamente, a saber: el hacer reconocimiento con la mira de operaciones futuras, cuando la Escuadra estuviese en buena condición; pero más especialmente para asegurarnos de las inclinaciones de los peruanos respecto a si deseaban emanciparse, lo que era de la mayor importancia para Chile, pues éste estaba obligado a mantener una perpetua vigilancia, a fin de conservar sus libertades recientemente adquiridas, mientras los españoles poseyesen tranquilamente el Perú.

Hacia el logro de aquellos objetos se añadía el haber obligado a las fuerzas navales españolas a mantenerse tranquilas al abrigo de sus fuertes, el derrotar sus fuerzas militares en dondequiera que se les encontraba y el capturar sumas no poco considerables de dinero.

Estaba, sin embargo, convencido de que el sistema pasivo o de defensa adoptado por los españoles en el Callao, haría fuese empresa de gran dificultad el acercarse a ellos sin otros medios más eficaces que los cañones de los buques, los cuales eran muy inferiores en número a los que el enemigo tenía en las fortalezas y embarcaciones combinadas, en tanto que su experiencia en el manejo de la artillería era mayor que el de nuestras tripulaciones.

Como viniese a revistar la Escuadra el supremo director, le dirigí el 21 de junio una carta manifestándole, temía que los recursos del Gobierno fuesen muy limitados y que cedería gustoso para subvenir a las exigencias de la República, mi parte de premio de las presas hechas durante nuestro reciente corso, con tal que se emplease en manufacturar cohetes a la Congreve.

Este ofrecimiento fue rehusado, felicitándoseme de parte del supremo director por las ventajas ya obtenidas en haber obligado a los españoles, «a encerrarse ignominiosamente en su puerto, a pesar de su superioridad numérica».

También me presentó el pueblo una profusión de exposiciones llenas de cumplimiento, y en el Instituto Nacional de la capital se pronunció en público un panegírico encomiando los servicios prestados; pero como esto no es más que una recapitulación de lo que llevo dicho, me abstendré de repetirlo aquí.

Baste decir que el pueblo no estaba poco contento con los hechos patentes, pues no hacía aún ocho meses que sus puertos estaban bloqueados y ahora podían acometer al enemigo en su mejor fortaleza, que hasta entonces españoles y chilenos habían creído inexpugnable; con sólo cuatro buques que teníamos se había obligado al virrey español a encerrarse en su capital, interceptando por mar y tierra sus convoyes, en tanto que sus buques de guerra no se atrevían a abandonar el abrigo de las baterías del Callao.

La manufactura de los cohetes iba ahora adelante bajo la dirección del señor Goldsack, distinguido ingeniero, a quien se había contratado en Inglaterra con este objeto.

Por una economía mal entendida se asignó a los prisioneros españoles el trabajo de hacer y cargar aquéllos, cuyo resultado más adelante se verá.

Dos meses se consumieron en éste y otros preparativos, durante cuyo tiempo se añadió a la Escuadra una corbeta construida en América, que el supremo director llamó la Independencia.




ArribaAbajoCapítulo II

Segunda expedición al Perú.- Contrariedad de no ser provisto de tropas.- Mal éxito de los cohetes.- Salida para Arica.- Toma de Pisco.- Captura de embarcaciones españolas en Puna.- Se determina acometer a Valdivia.- Llegada a las inmediaciones de este puerto y presa del bergantín de guerra español Portillo.- Se obtienen tropas en Concepción.- La almiranta a punto de naufragar.- Ataque contra los fuertes y toma de Valdivia.


El 12 de septiembre de 1819 volví a darme a la vela para la costa del Perú, llevando por mi segundo al almirante Blanco. La Escuadra se componía del O'Higgins, San Martín, Lautaro, Independencia y Pueyrredón, no estando aún preparados el Galvarino y el Araucano.

Llevábamos también dos embarcaciones para convertirlas en brulotes.

Deseaba con ansia el Gobierno se diese cuanto antes un golpe decisivo.

Exceptuando los cohetes, la Escuadra estaba en poco mejor condición que antes, no habiendo podido realizarse un empréstito, pues los comerciantes sólo habían suscrito 4.000 pesos.

Las tripulaciones se componían en su mayor parte de paisanos del país, a quienes era difícil convertir en buenos marineros, aunque se batían con bizarría cuando estaban bien mandados.

Los oficiales eran casi todos ingleses o norteamericanos, lo que ofrecía una cierta compensación; pero muy pocos de entre ellos poseían el tacto de enseñar a aquellos hombres algo que les asemejara a marineros de profesión; tarea que no era tan fácil, sin embargo, pues la mayor parte de los que servían a bordo tenían que hacer el servicio de marinos y marineros.

Supliqué al Gobierno me diese 1.000 hombres, asegurándole que con ese número sería posible tomar los fuertes del Callao y destruir todas las embarcaciones españolas que había en el puerto.

Se me aseguró que esta fuerza estaba pronta a embarcarse en Coquimbo, adonde llegué el 16, y en lugar de 1.000 soldados sólo encontré 90, y aun éstos estaban en un estado tan andrajoso que tuvieron los habitantes que hacer una suscripción de 400 pesos, los que se entregaron al mayor Miller para comprarles ropa.

Fue tanto lo que esto me contrarió, que estuve a punto de volver a Valparaíso y hacer mi dimisión; pero, considerando que los cohetes ya estaban a bordo de la Escuadra y que el Gobierno tal vez podría aún enviar una fuerza militar, me determiné a ir adelante, y el 29 volvió la Escuadra a fondear en la rada del Callao.

Los dos días siguientes se emplearon en construir balsas para los cohetes, y en preparar salvavidas para los hombres en caso que cayesen de aquéllas.

El 19 de octubre el Galvarino, Pueyrredón y Araucano practicaban un reconocimiento en la bahía, sufriendo un fuego mortífero que les hacían de tierra, por lo cual mandé que la Independencia se adelantara a su socorro; pero este buque echó anclas a algunas millas distante de ellos.

Aquel mismo día el teniente coronel Charles, oficial muy hábil y valiente, hizo un reconocimiento en un bote, y ensayó algunos cohetes, de los que nos dio noticias nada favorables.

En este encuentro una bala rasa dio en el mastelero del Araucano, causándole considerable estrago; menciono esta circunstancia, sólo para hacer ver de qué modo estaba equipada la Escuadra, no teniendo más medio de reparar el daño que el reforzar el palo con el cepo de un ancla tomada del Lautaro, en tanto que se tuvo que traer de la almirante un hacha prestada con aquel objeto.

El 2 volvió a entrar el Araucano en compañía de una flotilla de botes mandados por el capitán Guise, los que lanzaron algunos cohetes, sin que hubieran producido perceptible efecto.

Los españoles desaparejaron sus buques.

El bergantín recibió considerable daño del fuego de los fuertes y embarcaciones.

Después de anochecer combinamos un ataque de cohetes y bombas, llevando el Galvarino a remolque una balsa con un mortero, a las órdenes del mayor Miller, quien llegó a colocarlo, bajo un fuego tremendo, a media milla de las baterías enemigas.

Seguía el Pueyrredón con otra balsa cargada con las bombas y el almacén.

El Araucano se había encargado de otra en que iban los cohetes al mando del capitán Hind, en tanto que la Independencia entraba remolcando otra balsa de cohetes mandada por el teniente coronel Charles, quedándose el resto de la Escuadra sobre sus anclas.

Grandes eran las esperanzas que yo y mi gente habíamos concebido acerca del efecto que producirían estos destructores proyectiles; pero aquéllas estaban destinadas a ser frustradas, a consecuencia de los cohetes, que eran completamente inútiles.

Algunos de entre ellos, a causa de la mala soldadura que tenían, se reventaron por la fuerza de expansión antes de salir de la balsa, incendiando a otros, lo que causó volar a ésta, dejándola inutilizada, saliendo además quemados el capitán Hind y trece hombres más; otros tomaron una mala dirección por no ser las varillas de la madera que debían; en tanto que a la mayor parte no se podía por ningún estilo hacerles arder, a causa de lo que se descubrió cuando ya era demasiado tarde.

Se ha dicho en el capítulo precedente que los tubos se habían dado a cargar a los españoles prisioneros, por razones de economía, quienes, según se vio por el examen que se hizo, aprovecharon toda ocasión para mezclar puñados de arena, aserrín y aun hierro, a intervalos en los tubos, impidiendo así el progreso de la llama, mientras que en la mayor parte de los casos habían mezclado tanto la materia neutralizadora con los ingredientes combustibles que la carga no podía de ningún modo inflamarse; todo lo cual hizo que abortase el objeto de la expedición.

No era posible vituperar la lealtad de los prisioneros españoles que estaban en el arsenal de Chile; pero su ingeniosidad fue para mí un cruel quebranto, puesto que con cohetes inútiles no estábamos más adelantados que en la primera expedición; ni en verdad tanto como entonces, habiendo los españoles en el intervalo aumentado los impedimentos con que cegaran la entrada del surgidero para impedir que nuestros buques se les acercasen, mientras que a fuerza de práctica, su puntería era de una precisión tal, que no podían igualarla nuestras tripulaciones.

El único daño que se les hizo fue con el mortero del mayor Miller, cuyas bombas echaron a pique una lancha cañonera y mataron a algunos en los fuertes y en las embarcaciones.

Al amanecer mandé se retiraran todas las balsas, no habiendo ya necesidad de que permaneciesen expuestas al fuego de las baterías.

Como quiera que sea, nuestra pérdida fue insignificante, no habiendo tenido más que unos 20 hombres entre muertos y heridos, siendo del número de aquéllos un joven oficial de porvenir, el teniente Bealey a quien, me duele el decirlo, una bala rasa partió por medio.

El Gobierno chileno echó injustamente la culpa al señor Goldsack de que los cohetes hubiesen salido malos, mientras que la falta era toda de aquél, por no haberle suministrado los obreros y materiales convenientes.

Como el zinc estaba escaso y caro, se había visto también obligado a servirse de uno de inferior calidad para soldar los tubos; de modo que, por economizar algunos pesos, se frustró el buen éxito de un gran proyecto.

Esto causó la ruina del infeliz Goldsack, bien que no pudiese dudarse de su capacidad, habiendo sido por muchos años uno de los principales asistentes del caballero W. Congreve, en Woolwich.

Habiéndose completado el 5 uno de los brulotes, resolví ensayar su efecto contra la barra de maderos y los buques, para cuyo efecto se puso a las órdenes del teniente Morgell, quien lo condujo con mucho frío hacia las embarcaciones enemigas; pero como llegase a cesar el viento, vino a ser aquél el blanco de la puntería enemiga, que en realidad era excelente, quedando en poco tiempo acribillado por todas partes.

Principiando los españoles a tirar con bala roja, el teniente Morgell se vio obligado a abandonarle, prendiendo antes fuego al cebo, y dejándole ir enseguida a merced del viento, haciendo de este modo explosión, bien que a distancia y sin causar daño al enemigo.

Mientras esto sucedía corrió la voz de verse una vela extraña cerca de la bahía, y al instante salió el Araucano a darle caza, volviendo al día siguiente el capitán Crosby con la noticia de que era una fragata.

En vista de esto, se echó la Escuadra en su perseguimiento, haciéndose a toda vela; mas como no creí oportuno alejarme de la bahía del Callao, se abandonó la caza, volviéndonos a nuestro ancladero a la caída de la tarde.

Supimos después que era la Prueba, de 50 cañones, que acababa de llegar de Cádiz, desde donde había conducido un buque cuyo cargamento estaba evaluado en medio millón de pesos; este buque logró entrar al Callao durante la pequeña ausencia que hizo la Escuadra en perseguimiento de la fragata; de modo que perdimos las dos presas.

Era inútil permanecer por más tiempo en el Callao, puesto que mis instrucciones me ordenaban perentoriamente no acercarme con los buques a tiro de las baterías enemigas, ni acometer de modo alguno a su Escuadra, excepto con los cohetes y brulotes.

Además de esto se me había mandado volver a Valparaíso en un tiempo fijo, poniéndome estas restricciones el Ministro de Marina, porque él consideraba ostensiblemente una temeridad de mi parte el haber atacado a los fuertes y embarcaciones del Callao en mi primera expedición; pero, en realidad, era por efecto de su mezquina emulación, que no podía sobrellevar que yo, un extranjero, consumase algo que pudiese darme una indebida prominencia en la estimación del pueblo chileno.

Yo tenía, sin embargo, otras razones para dejar el Callao.

La fragata española Prueba, recientemente llegada, andaba a lo largo, y, según tenía yo motivos de creerlo, se guarecía en Guayaquil, de cuyo puerto me había resuelto desalojarla.

El Gobierno no había enviado los prometidos socorros para la Escuadra, la cual escaseaba de víveres; de modo que tuve por necesidad que recurrir a mi antiguo sistema de compeler a los españoles a suministrármelos; por otra parte, como no se me habían mandado tropas, era claro que nunca se había tenido la intención de hacerlo; la promesa del ministro de Marina de que me estaban aguardando en Coquimbo era sólo un ardid de su parte para hacerme salir a la mar sin una fuerza militar.

Recibimos parte a la sazón de que la Prueba había venido acompañada de España por dos navíos de línea, que se estaban esperando de día en día en Arica, a cuyo punto me dirigí en su busca; pero tuve el sentimiento de no encontrarlos.

Súpose más tarde que, aunque se habían hecho a la vela desde Cádiz en compañía de la Prueba, nunca llegaron a entrar en el Pacífico, porque uno de ellos, el Europa, había sido declarado inútil para la mar, al cruzar la línea; y el otro, el San Telmo, se había ido a pique al pasar el Cabo de Hornos.

El 5 de noviembre, 350 soldados que había regularmente instruido el celoso y experimentado coronel Charles fueron distribuidos entre el Lautaro, el Calvarino y los brulotes restantes, y se mandaron a Pisco, bajo las órdenes del capitán Guise, para tomar víveres de entre los españoles, comandando los soldados el teniente coronel Charles, y el mayor Miller, los marinos.

Como no era improbable que los buques españoles que se esperaban se dirigieran al Callao, mientras que era más que verosímil que la Prueba intentase meterse dentro, me encaminé en consecuencia, hacia aquel paraje, y el 8 di fondo en San Lorenzo, estando allí también anclada la fragata Macedonia, de los Estados Unidos.

La presencia de esta última dio bríos a los españoles, pues a poco de nuestra llegada hicieron gala de enviar 27 lanchas cañoneras a atacarnos, y sin atreverse, sin embargo, a hacer salir las fragatas.

Viendo que nos preparábamos a cortar sus cañoneras se retiraron apresuradamente, con no poca diversión de los norteamericanos, para cuya edificación habían dado aquel espectáculo.

No me había equivocado al esperar que la Prueba podría aún ensayar el refugiarse a la sombra de los fuertes del Callao.

En el momento que se dejó ver nos fuimos en su alcance; pero se nos escapó de nuevo durante la noche.

A mi regreso volví a encontrarla, y le cogí un bote que enviara a tierra con despachos para el virrey; por los informes que me dio su tripulación no me quedó duda de que iba a refugiarse a Guayaquil, adonde determiné seguirla.

Antes de referir aquí de qué modo lo hice, será preciso mencione el éxito que tuvo la expedición mandada a Pisco.

Era la intención de los oficiales que la comandaban, desembarcar de noche, y coger así a la guarnición por sorpresa; este plan, sin embargo, salió frustrado por haber caído el viento, no pudiendo verificarse el desembarque sino cuando ya era de día, y estando aquélla sostenida por la artillería de campaña y caballería, que estaban preparadas para recibirles.

De ningún modo se atemorizaban las tropas patriotas; saltaron en tierra sin disparar un solo tiro, mientras que el fuego de los cañones y el que la infantería española les hacía desde los terrados la torre de la iglesia abrían brechas en sus filas a cada paso que daban.

Por último, acometen a la bayoneta, lo que no esperaron los españoles, corriendo a refugiarse a la plaza de la villa, después de haber herido mortalmente al valiente teniente coronel Charles.

Los perseguía de cerca el mayor Miller cuando en la última descarga que hicieron en la plaza antes de huir en todas direcciones le dejaron también herido de tres balas, y en un estado que se desesperaba de su vida.

Los buques permanecieron cuatro días en el puerto, durante cuyo tiempo se abastecieron de todo lo que necesitaban; y se destruyeron, por orden del capitán Guise, 200.000 galones de aguardiente que estaban en la playa para ser embarcados, con motivo de no poder contener a los hombres, quienes por la facilidad con que obtenían licor se hacían ingobernables.

El 16 vinieron el Galvarino y el Lautaro a reunírseme a Santa, cuyo puerto habían previamente tomado los marinos que se dejaron a bordo de la almirante.

El 21 despaché el San Martín, Independencia y Araucano a Valparaíso, y al mismo tiempo un transporte cargado de enfermos, habiéndose declarado una epidemia mortal a bordo de la Escuadra.

Este mal, que acabó con muchos, lo habían introducido a bordo los 90 hombres embarcados en Coquimbo y que el Ministro de Marina había enviado como ejército. Luego me dirigí en busca de la Prueba, con la almirante, Lautaro, Galvarino y Pueyrredón. El 27 entramos en el río. Son famosos los vientos de esta zona, llamados con el nombre indígena de «paracas», al que se debe el de una bahía inmediata, la de Paracas, que cambió su nombre por el de Independencia a causa de haberse realizado en ella el desembarco de las fuerzas expedicionarias de San Martín, el 8 de septiembre de 1820.

Guayaquil, y dejando a la parte de afuera al Lautaro y a los bergantines, la almiranta hizo fuerza de vela durante la noche, aunque sin práctico, llegando a la mañana siguiente a la isla de Puna, al pie de la cual hallamos al ancla dos espaciosos buques, que al instante atacamos, y al cabo de veinte minutos de un vivo fuego se rindieron, encontrándose ser el Águila, de 20 cañones, y el Vigonia, de 16, ambos cargados de madera con dirección a Lima.

Apoderámonos también del lugar de Puna.

Cuando volví con las presas a reunirme a los otros buques los hallé preparados a hacerse a la vela imaginándose que el fuego que habían oído era un encuentro tenido con la Prueba, y que tal vez me tocara lo peor del combate.

La Prueba estaba en Guayaquil, según se había dicho, pero habiéndose aligerado de sus cañones y municiones, la llevaron río arriba, adonde, por la poca profundidad del agua era imposible navegar hasta ella, y como estaba bajo la protección de las baterías no creí practicable el cortarla con los botes.

Aquí ocurrió una circunstancia que no merecía mencionarse si no tuviese relación con sucesos futuros.

Los capitanes Guise y Spry, imaginándose volvería yo entonces a Valparaíso, y que el comparativo mal éxito de la expedición se me atribuiría a mí, y no a la mala calidad de los cohetes, y a las instrucciones que me habían dado de no hacer otra cosa más que el usarlos, procuraron mover un motín, esparciendo voces de que era mi intención el que los buques que habían quedado a la suerte de afuera no participasen del premio de las presas, razón por la que los había dejado atrás; que había yo también permitido a los oficiales saquear las presas a discreción antes de salir del río, diciendo, además, que mi objeto era reclamar una doble parte por haber obrado como almirante y capitán.

No quedando la menor duda de que ellos eran los que diligentemente habían esparcido estas voces, con el objeto de entrar en el puerto de Valparaíso con la Escuadra en un estado de descontento, determiné tomar seria noticia de su conducta.

Estando practicando estas diligencias ambos me empeñaron su palabra de honor de no haber esparcido ni aún oído semejantes voces.

Pero no era mi intención volver a Valparaíso, ni menos hacer conocer mis futuros planes a oficiales que me eran tan opuestos.

El 13 de diciembre el mayor Miller se hallaba bastante mejorado para poder ser transportado a bordo de la almiranta, ejecutado lo cual despaché el Lautaro a Valparaíso con las dos presas, habiendo antes añadido a su armamento los bonitos cañones de bronce cogidos en la Figonia.

El Galvarino y Pueyrredón quedaron a la observación de los movimientos de la fragata española.

Como el lector puede suponer, me había contrariado muchísimo no haber satisfecho mi intento en el Callao, por causas enteramente independientes de mi voluntad, pues los malos cohetes y la peor mala fe del ministro de Marina en no suministrarme las tropas que me había ofrecido, no eran faltas mías.

Mis instrucciones, según se ha dicho, habían sido cuidadosamente preparadas para impedirme hacer nada que fuese temerario, que era como mi primer viaje al Callao había sido calificado por algunos oficiales que servían a mis órdenes, quienes no sabían batirse bien.

Por otro lado, el pueblo chileno esperaba imposibles, y yo anduve por algún tiempo revolviendo en mi mente el modo de ejecutar algo que la satisficiese y aquietase mi amor propio herido.

Ahora no tenía más que un buque: de modo que no había otras inclinaciones que consultar; del concurso del mayor Miller estaba yo seguro, sobre todo cuando se trataba de atacar, aunque una bala en un brazo, otra en el pecho, que le había salido por la espalda y la mano izquierda estropeada para toda la vida, no eran incentivos para batirse que prometiesen mucho, por lo que toca a la fuerza física; la fuerza moral de mi huésped estaba, sin embargo, intacta y su capacidad para llevar adelante mis planes era aún mayor que antes, por estar más madura a fuerza de severa experiencia.

Mi designio era, con la almirante sola, dar un golpe de mano a los numerosos fuertes y la guarnición de Valdivia, fortaleza que hasta entonces se había considerado inexpugnable, impidiendo así el mal efecto que causaría en Chile el no haber salido bien con nuestro empeño delante del Callao.

La empresa era arriesgada; sin embargo, no iba a hacer nada que fuese inconsiderado, estando resuelto a no emprender cosa alguna hasta haberme convencido completamente de su practicabilidad.

La temeridad, bien que se me haya imputado muchas veces, no es un rasgo de mi carácter.

Hay temeridad que no calcula las consecuencias; pero cuando este cálculo está bien cimentado aquélla desaparece.

Y ahora que no estaba encadenado por gentes que no querían favorecer mis operaciones como debían, me resolví a tomar Valdivia, lo que esperaba si la empresa correspondía a mis designios.

El primer paso era evidentemente hacer un reconocimiento de la plaza, adonde llegó la almirante el 18 de enero de 1820, bajo pabellón español, haciendo señales para que se nos mandase un práctico, el cual, como los españoles tomasen al O'Higgins por la Prueba, tanto tiempo esperada, vino al momento, y con él una escolta de honor, compuesta de un oficial y cuatro hombres, que al instante que pusieron el pie a bordo fueron hechos prisioneros.

Al práctico se le mandó nos llevara a los canales que conducían a los fuertes, mientras que el oficial y sus hombres, viendo cuán poco probable era pudiesen escaparse, creyeron de su interés darme todas las informaciones que les pedí, las cuales robustecieron más y más mi conaza de poder atacar con buen éxito.

Entre otras cosas supe que se estaba esperando la llegada del bergantín de guerra Potrillo, con dinero a bordo para pagar a la guarnición.

El comandante de ésta, viéndonos tan ocupados en reconocer el canal, principió a sospechar que nuestro objeto podría tal vez no ser del todo pacífico, confirmándole en estas sospechas la detención de su oficial.

De repente, los diferentes fuertes rompieron un vivo fuego contra nosotros, al que no replicamos, y como nuestro reconocimiento estaba ya hecho nos pusimos fuera de su alcance.

Habiendo ocupado dos días en el reconocimiento, al tercero se descubrió a la vista el Potrillo, y como nuestra bandera española también les engañara, fue capturado sin disparar un tiro hallando a bordo 20.000 pesos y algunos despachos importantes.

Como nada podía emprenderse sin tropas, de las que les ministros chilenos tuvieron buen cuidado de no proveerme, me determiné a hacerme a la vela para Concepción, en donde el gobernador Freire tenía una fuerza considerable para contener a las hordas salvajes de los indios que, capitaneados por el monstruo Benavides y su hermano, con los españoles se empleaban en asesinar a los indefensos patriotas.

El 22 de enero fondeamos en la bahía de Talcahuano, en donde hallamos al bergantín de Buenos Aires, Intrépido, y la goleta chilena Moctezuma.

El gobernador Freire nos recibió con mucho a agasajo, y luego que le expuse mis planes puso a mi disposición 250 hombres mandados por un intrépido francés, el mayor Beauchef, a pesar de que Freire estaba en vísperas de atacar a Benavides, y debilitando así su división podía incurrir en el desagrado del Gobierno.

No se perdió tiempo en embarcar a la gente en los tres buques, habiéndose admitido en el servicio al Moctezuma y el bergantín de Buenos Aires prestádose a acompañarnos.

Era altamente recomendable por parte del general Freire el poner esas tropas a mis órdenes, tanto más cuanto que iban destinadas a hacer un servicio del que no podía redundarle ningún elogio, aun suponiendo que saliese bien, mientras que, si se malograba, le hubiera ciertamente acarreado gran censura.

Sabía además de eso, que el ministro se había abstenido de suministrarle tropas regulares; con todo no sólo contribuyó con ellas generosamente, sino que me dio palabra de no comunicar mis planes al Gobierno, ocultando al mismo tiempo a los oficiales nuestra expedición y recomendándoles no se cargasen de equipaje, pues sólo íbamos a Tucapel para acosar al enemigo en Arauco, haciendo creer de este modo que nuestro objeto era ayudar al general Freire contra Benavides, en tanto que era él quien nos ayudaba a tomar Valdivia.

Aunque habíamos obtenido tropas, no por eso estábamos al final de nuestras dificultades.

La almirante tenía a bordo dos oficiales navales, el uno en arresto por desobediente, mientras que el otro era incapaz de desempeñar el cargo de teniente; de manera que yo tenía que hacer de almirante, de capitán y de teniente, alternando, o, mejor dicho, velando continuamente de guardia, puesto que el solo oficial disponible era tan incompetente.

Salimos de Talcahuano el 25 de enero y entonces comuniqué mis intenciones a los ofíciales, quienes mostraron grande ardor por Ia causa, dudando solamente del éxito por razones de prudencia.

Al hacerles presente que cuando proyectos repentinos se ejecutaban con decisión casi siempre salían felices, a despecho de la desigualdad de fuerzas, gustosos abrazaron mis planes, y como el mayor Miller se hallaba ahora suficientemente restablecido, su valor como comandante era mayor que nunca.

El 29 por la noche nos hallábamos junto a la isla de Quiriquina en calma muerta.

Encontrándome sumamente fatigado por haberme ocupado en quehaceres subalternos, me tendí un instante a descansar, dejando el buque al cuidado del teniente, quien, prevaliéndose de mi ausencia, se retiró también a descansar, dejando en vela a un guardiamarina, que se quedó dormido.

Sabiendo lo peligroso de nuestra posición, había dado estrictas órdenes para que se me llamara en el instante en que se levantase una brisa; pero no se cumplieron estas órdenes; un viento repentino cogió al buque desprevenido, y el guardiamarina, en sus esfuerzos para hacerle virar, lo encalló sobre la punta escarpada de una roca, en donde se quedó golpeando, medio suspendido de la quilla, de modo que si la marejada hubiese acrecentado, se habría inevitablemente hecho añicos.

Nos hallábamos a 40 millas del continente y fuera de vista del bergantín y la goleta.

El primer impulso de los oficiales y marinos fue abandonar el buque; pero como teníamos 600 hombres a bordo y en los botes sólo podían acomodarse 150, eso no habría sido más que una lucha a muerte para salvar la vida.

Haciendo comprender a la gente que los que se escapasen sólo podrían llegar a la costa de Arauco, en donde no encontrarían más que torturas y muerte inevitable manos de los indios, pude con mucha dificultad hacerles adoptar la resolución de ensayar el salvamento del buque.

La primera sonda nos dio cinco pies de agua en la sentina, y las bombas estaban enteramente fuera de uso.

Nuestro carpintero, que sólo lo era de nombre, no acertaba a componerlas; pero como yo entendía algo de carpintería me quité la casaca, y a eso de medianoche las dejé en estado de funcionar, entre tanto el agua nos iba entrando, bien que toda la tripulación estaba atareada en achicarla con los cubos.

Grande fue nuestra satisfacción al ver que no se acrecentó la entrada de agua, por lo que, levando el anclote, comencé a virar el buque, y los oficiales vociferaban que querían antes saber el estado de la abertura.

A esto me opuse expresamente, por creerlo calculado a abatir la energía de los hombres, en tanto que, como íbamos ganando ventaja sobre la vía de agua, no quedaba duda que el buque flotaría hasta llegar a Valdivia, punto principal adonde debíamos dirigir nuestras miras, siendo mi objeto tomar la fortaleza, y enseguida se repararía el buque con comodidad.

Como no era la fuerza física lo que faltaba a bordo, al fin se le hizo flotar; pero habiéndose inundado el almacén de pólvora, todas las municiones se inutilizaron excepto las pocas que había sobre el puente y en las cartucheras de los soldados, aunque esto me daba poco cuidado, pues que de ello surgiría la necesidad de batirse con la bayoneta en nuestro premeditado ataque, frente a los españoles con esta arma, a que siempre mostrado un gran terror.

Antes de tocar tierra al sur de Punta Galera, trasladé con una mar crecida las tropas y marinos del O'Higgins al Intrépido y Moctezuma, al que trasferí mi pabellón, mandando que el O'Higgins se mantuviese a una cierta distancia fuera de vista de tierra, siendo mi intención desembarcar aquella misma noche y coger a los españoles por sorpresa, pero este plan se frustró por haber sobrevenido calma.

Las fortificaciones de Valdivia están situadas a los dos lados de un canal; su ancho es de tres cuartos de milla y dominan la entrada del surgidero y el río que conduce a la población, cruzando sus fuegos en todas direcciones de un modo tan efectivo que, con alguna cautela por parte de la guarnición, ningún buque podría entrar sin ser muy maltratad mientras que al áncora su exposición es igual.

Los principales fuertes de la ribera occidental están colocados en el orden siguiente: El Inglés, San Carlos, Amargos, Chorocamayo Alto y Castillo del Corral.

Los del lado oriental son Niebla, frente por frente del Amargo y Piojo; en tanto que la isla de Manzera es un fortificado castillo, montado con piezas de grueso calibre, dominando toda la extensión de la entrada del canal.

Éstos, con algunos otros, eran quince, y en manos de una guarnición experta hacían casi inexpugnable a la plaza, siendo poco menos que inaccesibles las riberas sobre las que están construidos, a causa de la resaca, a excepción de un pequeño desembarcadero en la Aguada de los Ingleses.

Hacia este desembarcadero dirigimos primeramente nuestra atención, anclando el bergantín y la goleta cerca de los cañones del Fuerte Inglés, en la tarde del 3 de febrero, con una mar de leva que hizo impracticable un desembarque inmediato.

Tuviéronse a las tropas bajo cubierta, y para que nada sospecharan los españoles aparentamos que acabábamos de llegar de Cádiz y que teníamos necesidad de un práctico, por lo que nos dijeron enviáramos un bote por uno.

A esto respondimos que al pasar el Cabo de la Mar se había llevado todos nuestros botes.

No quedando del todo satisfechos, comenzaron a reunir tropas en el desembarcadero y a tirar cañonazos de alarma, trayendo inmediatamente al fuerte Inglés las guarniciones de los fuertes del Sur, pero sin molestarnos.

Desgraciadamente para la estratagema de la pérdida de nuestros botes, que teníamos entonces cuidadosamente ocultos a sotavento de ha buques, uno se largó por la popa, descubriendo así nuestros designios, por lo que los cañones del fuerte Inglés, bajo los cuales nos hallábamos, hicieron inmediatamente fuego sobre nosotros, atravesando la primera bala los costados del Intrépido y matando a dos hombres; de modo que fue preciso desembarcar a pesar de la mar gruesa.

Teníamos solamente dos lanchas y un esquife, en el que entré yo para dirigir la operación; el mayor Miller iba delante, con cuarenta marinos, en la primera lancha, bajo el fuego de los que defendían el desembarcadero, y como el patrón cayese herido, tuvo aquel jefe que tomar el timón, cuando en esto una bala le atravesó el sombrero, rozándole la coronilla de la cabeza.

Mandando hacer fuego a unos pocos solamente de su partida, todos saltaron en el desembarcadero, haciendo correr al enemigo a la bayoneta.

En este momento llegó la segunda lancha del Intrépido, y de este modo 300 hombres tomaron en menos de una hora pie firme en tierra.

La tarea más dificultosa era la captura de los fuertes, que estaba aún por comenzar; el único camino que había para acercarse al primero, el fuerte Inglés, era un sendero o precipicio por donde los hombres podían sólo marchar de uno en uno, no siendo accesible el fuerte mismo más que por una escalera de mano que los enemigos habían recogido después de haber sido derrotados por el mayor Miller.

Tan pronto como anocheció, una partida de hombres escogidos, bajo la dirección de un prisionero español, se adelantó en silencio al ataque, esperando caer sobre un cuerpo enemigo fuera del fuerte; pero, como todos habían vuelto a entrar, nuestra gente no encontró oposición.

Habiendo esta partida tomado posición, avanzó el grueso de la fuerza dando vivas y disparando al aire, haciendo ver así a los españoles que su mayor confianza la ponían en la bayoneta.

El enemigo, entre tanto, continuó un fuego incesante de artillería y fusilería en la dirección de donde venía la gritería; pero sin que causase daño alguno, por no poder hacer puntería en la obscuridad.

Mientras los patriotas iban así adelantándose ruidosamente, un joven y valiente oficial, el abanderado Vidal, que anteriormente ya se había distinguido en Santa, logró penetrar hasta el fuerte por la parte de tierra, y ayudado de algunos hombres llegó a arrancar, sin ser notado, unas palizadas, con las que construyó un puente sobre el foso; por él entró con su pequeña fuerza, y sin ruido se formaron bajo las ramas de unos árboles, teniendo la guarnición toda su atención dirigida al ruido de los patriotas en una dirección opuesta.

Una descarga que hicieron los hombres de Vidal hizo creer a los españoles que habían sido cogidos de flanco y sin esperar a examinar el número de los que los franqueaban echaron de repente a correr, inspirando el mismo pánico a una columna de 300 hombres formados detrás del fuerte.

Los chilenos, que iban llenos de bríos, los pasaron a la bayoneta por docenas en los esfuerzos que hacían para llegar a los otros fuertes que estaban abiertos para recibirles; de modo que los patriotas entraban al mismo tiempo que ellos, persiguiéndolos de fuerte en fuerte hasta el Castillo del Corral, y también a otros 200 que habían abandonado algunos cañones que tenían ventajosamente apostados sobre una altura en el fuerte de Chorocamayo.

El Corral fue asaltado con la misma rapidez, huyendo en botes a Valdivia algunos de los enemigos, otros penetrando en los bosques, en tanto que más de ciento, sin contar varios oficiales, cayeron en nuestro poder, hallando al día siguiente igual número pasados a la bayoneta.

Nuestra pérdida fue de siete muertos y 19 heridos.

Los españoles, sin duda alguna, habían considerado inatacable su posición, lo que, considerado lo dificultoso de su acceso y casi natural impenetrabilidad debiera haberlo sido si se hubiesen defendido como era debido.

Conocieron su error cuando ya era demasiado tarde, verificándose así mi precedente observación a los oficiales militares que un ataque sobre el punto que menos se espera es casi siempre coronado por el éxito.

Mucho menos esperaban los españoles un ataque de noche, el más favorable de todos para el embiste, por requerir unidad de acción, y el menos ventajoso para la parte acometida, porque infunde dudas y pánico que casi siempre concluyen en irresolución y derrota.

La guarnición se componía de un batallón de línea, el Cantabria, de unas ochocientas plazas, al que se habían agregado más de mil milicianos.

El 4 entraron en el puerto el Intrépido y Moctezuma, que habían quedado en la Aguada Inglesa, haciéndoles fuego al pasar el fuerte Niebla de la ribera oriental.

Luego que echaron ancla en Corral se volvieron a embarcar 200 hombres para atacar los fuertes Niebla, Carbonero y Piojo.

Estando ahora a la vista el O'Higgins, cerca de la entrada del puerto, los españoles abandonaron los fuertes de la banda oriental, creyendo, sin duda, que como los de la otra ribera se habían tomado sin la ayuda de la fragata ahora que ésta había llegado no podría defenderlos con buen éxito, por lo cual se desembarcaron las tropas patriotas en el fuerte Niebla, hasta que la marea permitiese conducirlas a la villa de Valdivia.

Al cruzar el puerto, el Intrépido, que no había tomado la precaución de echar la sonda, se varó en un banco del canal, en donde, llenándose de agua con la resaca, se fue por último a pique.

Tampoco estaba el O'Higgins en condición mucho mejor, por el daño que había recibido en Quiriquina, habiendo sido necesario dar con él en un banco de légamo, cerca de tierra, como el único medio de evitar se fuese a pique en mayor fondo; de manera que el solo buque que quedaba era la pequeña corbeta Moctezuma.

El 6 se volvieron a embarcar las tropas río arriba en persecución de la escapada guarnición, cuando recibimos un parlamentario informándonos habían abandonado la villa, después de haber saqueado las casas particulares y los almacenes, y juntamente con el gobernador, el coronel Montoya, había huido con dirección a Chiloé.

A consecuencia de los desórdenes que habían cometido los españoles antes de ponerse en retirada, la villa estaba en la mayor consternación; muchos de sus habitantes la habían abandonado.

La proclama que di para que nadie fuese molestado en su persona y bienes, produjo, sin embargo, el efecto de inducirles a volverse, y un bando adicional para que ellos mismos nombrasen gobernador restableció al punto el orden y tranquilidad, siendo en general buenas las disposiciones del pueblo, en tanto que cualquiera inclinación que pudiese haber quedado en favor de la dominación española se había desvanecido en presencia de las tropelías cometidas por las tropas realistas antes de echar a correr.

Como las fortificaciones eran tan numerosas, había pensado en un principio derribarlas y embarcar la artillería, temiendo que los españoles que se habían escapado a Chiloé, en donde había otro regimiento, volviesen a recobrarlas después de mi partida, pues la fuerza que yo podía dejar para guarnecerlas era insignificante luego que la hubiese distribuido entre quince fuertes.

Pero bien pensado, no pude resolverme a destruir fortalezas cuya erección había costado más de un millón de pesos, y que el Gobierno encontraría dificultoso volver a reemplazar, por lo que determiné a dejarlas intactas con su artillería y municiones, teniendo la intención de hacer, antes de mi regreso a Valparaíso, más completa la derrota de los españoles que habían huido.

El botín que cayó en nuestras manos, excluyendo el valor de los fuertes y edificios públicos, era considerable, siendo Valdivia el depósito militar general de la parte sur del Continente.

Entre los pertrechos militares había más de 1.000 quintales de pólvora, 10.000 balas de cañón, de las cuales 2.500 eran de bronce; 170.000 cartuchos de fusil; una gran cantidad de armas menores; 128 cañones, 53 de los cuales eran de bronce y el resto de hierro; el buque Dolores, que después se vendió en Valparaíso en 20.000 pesos, con almacenes públicos que rindieron igual valor, y plata labrada que el general Sánchez había anteriormente robado de las iglesias de Concepción evaluada en 16.000 pesos.

Por la correspondencia hallada en las oficinas de Valdivia, resultaba claramente que Quintanilla, gobernador de Chiloé, tenía graves temores de que hubiese una sublevación en San Carlos de Ancud, por lo que, en vez de volverme a Valparaíso, me resolví a ver qué partido podría sacar allí.

La pérdida del Intrépido era una disminución de consecuencia en nuestros medios de transportar tropas, y la almirante ya no podía navegar más; como nos quedaba, sin embargo, la Dolores resolvimos atestarla, como al Moctezuma, con todas las tropas disponibles, dejando a las órdenes del mayor Beauchef, todas las que habían venido de Concepción.

Entre tanto despaché a Valparaíso una piragua con la noticia de nuestro triunfo; estas nuevas inesperadas, según supimos más tarde, causaron un entusiasmo popular como jamás se había visto en Chile.

Lo más divertido del asunto fue que por el tiempo en que llegaron mis partes a Valparaíso anunciando nuestra victoria, habían también llegado los tres buques de la Escuadra, y el capitán Guise y sus oficiales atribuyeron el mal éxito de los cohetes delante del Callao a mi falta de habilidad para usarlos, queriendo sacar por consecuencia que no tenía yo capacidad para mandar una Escuadra.

Ni una palabra de censura se profirió entonces contra el pobre Goldsack, quien había dirigido su fabricación, y que en verdad no merecía ninguna, bien que la culpa que luego se le echó fue causa de su ruina, como ya se ha dicho.

A esa alegación de falta de capacidad de mi arte, añadió Zenteno una elaborada acusación contra mí, tratándome de insubordinado, por no haberme vuelto según me lo prevenían mis instrucciones, felicitándose toda la camarilla de que se me depondría con ignominia.

El pueblo mismo no sabía qué juicio emitir, pues le ocultaban todo lo que podía ayudarle a formar una recta opinión, teniendo gran cuidado llegase sólo a su noticia cuanto se fabricaba en descrédito mío.

Al llegar las noticias de mi victoria, se echó inmediatamente tierra a todo esto; los ministros, para recobrar el crédito perdido, se unieron al entusiasmo popular, que inútilmente hubieran querido impedir, y abrumaron de reproches al infeliz Goldsack por el mal éxito de sus cohetes, aunque toda la culpa era del Gobierno, por haber empleado a los prisioneros españoles como obreros.




ArribaAbajoCapítulo III

Partida para Chiloé.- Preparativos del enemigo.- Toma del fuerte Corona.- Revés ante el fuerte de Agüy y subsiguiente retirada.- Vuelta a Valdivia.- Captura de Osorno.- Regreso a Valparaíso.- Recepción entusiasta.- Desazón del Ministerio.- Importancia de la conquista de Valdivia desde el punto de vista político.- Promoción de oficiales bajo arresto.- Indios empleados por los españoles.- Carrera de Benavides.- Espíritu sedicioso de los marineros a consecuencia de haberse apropiado el Gobierno sus capturas.- Hago renuncia de mi empleo.- No se acepta.- Se me brinda de nuevo una hacienda.- La rehúso otra vez.- Obtienen su paga los marineros.- Adquisición privada de una propiedad.- Me significa el Gobierno querer apropiársela.- Nombramiento de un capitán de bandera contra mi consentimiento.- Molestias que me causa el Ministro de Marina.- Vuelvo a hacer renuncia del mando.- Los oficiales de la Escuadra renuncian en masa.- Me suplica el Gobierno retenga el mando.- Mi consentimiento.- El general San Martín.- El Senado.- Zenteno.- Corrupción de los partidos en la administración.


Habiendo tomado disposiciones para la seguridad de la población y provincia de Valdivia, estableciendo un gobierno provisional y dejando al mayor Beauchef a la cabeza de sus propias tropas, para mantener el orden, me hice a la vela el 16 de febrero con la goleta Moctezuma y la capturada Dolores, con dirección a la isla de Chiloé, llevando en mi compañía 200 hombres al mando del mayor Miller, siendo mi objeto arrancar a Chiloé del dominio español, como lo había ejecutado con Valdivia.

Desgraciadamente, no podían sernos de utilidad alguna los servicios del O'Higgins, no habiendo medio de hacerlo útil para la mar sin recurrir a reparaciones pesadas, para las que no había tiempo, puesto que nuestro buen éxito dependía en acometer a Chiloé antes que el gobernador tuviese tiempo de prepararse a la defensa.

No estando armados en guerra ninguno de nuestros dos buques, había puesto toda mi confianza en el mayor Miller y nuestro puñado de gente para acometer contra 1.000 soldados regulares, además de una numerosa milicia; mas, como se me hubiese informado que la guarnición estaba en estado de motín, calculé que se podría tal vez, con prudente cautela, inducirla a unirse a la causa patriota.

Había, por desgracia, llegado a conocerse nuestro designio, y el gobernador español Quintanilla, oficial muy prudente, había logrado apaciguarlos.

Cuando llegamos el 17 a echar ancla en Huechucucuy nos encontramos con un cuerpo de infantería y caballería con una pieza de campaña, dispuesto a disputarnos el desembarque; pero habiéndose llamado la atención con un ataque simulado en otro punto lejano, dividió por esto sus fuerzas; viendo esto el mayor Miller, saltó al punto a tierra, poniéndole en derrota y cogiéndole su pieza de campaña.

Habiendo resuelto hacer un ataque de noche, se pusieron en movimiento las tropas en número de 160 hombres, bajo la dirección de un guía que voluntaria o traidoramente los extravió, haciéndoles andar toda la noche en la obscuridad.

Al amanecer pudieron llegar al fuerte Corona, que fue tomado con otra batería destacada, sin pérdida alguna de nuestra parte.

Después de un pequeño alto para descansar la gente, el mayor Miller, con gran valor, pero demasiada precipitación, se adelantó hacia el fuerte Agüy, en plena luz del día; este fuerte, que era la ciudadela del enemigo, tenía doce piezas montadas y otras que franqueaban el solo camino accesible que había para ganar la entrada, componiéndose su guarnición de tres compañías de línea y dos de milicia, con igual proporción de artilleros.

Estaba construido sobre un cerro que la mar bañaba de un lado, y lo franqueaba del otro un bosque impenetrable, teniendo por sola entrada un estrecho sendero, en tanto que el medio de retirada que tenía la guarnición era este mismo sendero; de manera que el ataque se convertía para ésta en una cuestión de vida o muerte, pues que en caso de retirada, no había medio de efectuarla como en Valdivia.

A pesar de la superioridad del enemigo y del espectáculo que presentaban dos fanáticos frailes que, con la lanza en una mano y el crucifijo en la otra, iban y venían sobre las murallas, exhortando a la guarnición a resistir hasta la muerte a aquel puñado de agresores, el valor indomable de Miller no le dejó permanecer hasta la noche en los fuertes que ya había tomado, pues entonces hubiera tenido comparativamente menos riesgo atacando en la obscuridad.

Escogiendo de entre su pequeña banda 60 hombres para el primer asalto, expuso su propia vida (de la que tanto dependía el buen éxito de la empresa), guiándoles en persona; hallábase concentrada la puntería de todos los cañones y fusiles del enemigo sobre cierto ángulo del camino por donde tenían necesariamente que pasar, y tan pronto como llegó el destacamento a aquel punto una lluvia de metralla y balas de fusil dio en tierra con todos, matando en el instante a 20 de los 60, mientras que los restantes quedaron casi todos mortalmente heridos.

Viendo caer a su intrépido comandante, los marinos que quedaban de reserva para seguirle se lanzaron en medio del fuego y le recogieron con un muslo pasado de un metrallazo y los huesos del pie derecho magullados por una bala rasa.

De otro ímpetu, la fuerza que había quedado retiró a todos los heridos, no sin añadir considerablemente su número.

Después de esto, el capitán Erézcano, que le sucedió en el mando, mandó tocar retirada; los españoles, animados por su buen éxito e incitados por los frailes, les iban persiguiendo a tiro de fusil, acometiéndoles por tres puntos diferentes, en cada uno de los cuales fueron rechazados, bien que a causa de los muertos y heridos que habían tenido los patriotas, sus perseguidores eran seis veces mayores en número.

A pesar de todo, la mitad de la disminuida banda mantuvo al enemigo a distancia, mientras que la otra mitad clavaba los cañones, rompía las cureñas y destruía las provisiones de guerra que se habían encontrado en los fuertes capturados aquella mañana, emprendiendo enseguida su marcha para la costa, seguidos, como antes, por los españoles.

Los marinos que con leal afecto recogieron al mayor Miller habían tenido cuidado de protegerle del fuego, bien que dos de los tres que le llevaban hubiesen caído heridos en el acto, y cuando al llegar a la costa les invitaba a que entrasen con él en el bote, uno de ellos, un esforzado mozo llamado Rojas, cuya distinguida valentía había yo altamente encomiado en mis despachos desde Valdivia, se excusó diciendo: «No, señor, mi comandante; yo fui el primero en saltar a tierra y hago ánimo de ser el último en entrar a bordo».

Así lo hizo, pues al ver a su comandante en salvo se dio prisa en ir a reunirse a la pequeña banda, que había quedado casi hecha pedazos, tomando parte en la retirada y siendo el último en embarcarse.

Tales eran los chilenos, de quienes la mezquina emulación del ministro de Marina, Zenteno, rehusó suministrarme 1.000 hombres para mis operaciones en el Callao, que pudieran haber sido conducidas con facilidad, puesto que Valdivia había sido tomada con menos de la tercera parte de este número.

Estando ahora nuestra fuerza muy disminuida, y convencido de que los fanáticos de Chiloé eran adictos a la causa de España, no me quedaba más recurso que volverme a Valdivia, donde encontré la noticia de que los españoles dispersos en las inmediaciones andaban cometiendo fechorías; despaché al mayor Beauchef con 100 hombres a Osorno para que se apoderase de esta villa, habiendo sido recibido con demostraciones de grande alegría, aun por los mismos indios, de quienes me escribió lo siguiente:

«He abrazado a más de cien caciques con sus comitivas.

Todos me han ofrecido sus servicios para batirse por la causa patriótica; pero como las circunstancias no exigen esto, les invité se volviesen a sus tierras, prometiéndome estarían prontos para cuando el país requiriese sus servicios».

Habiéndose expulsado de Osorno a los españoles, la bandera chilena fue enarbolada el 26 de febrero, en el castillo, por el mayor Beauchef, quien se volvió enseguida a Valdivia.

Como ya nada requería mi presencia en aquel punto, dejé el O'Higgins a las órdenes de mi secretario, el señor Bennet, para que cuidase de sus reparaciones, y me embarqué en el Moctezuma, con dirección a Valparaíso, llevando conmigo a cinco oficiales españoles que habían sido hecho prisioneros, entre los cuales se hallaba el coronel D. Fausto del Hoyo, comandante del batallón Cantabria.

Después de mi partida, engreídos los españoles por el suceso de Chiloé, combinaron con los expulsados de Valdivia dar un ataque para recobrar sus posesiones perdidas; pero sabiendo con tiempo sus intenciones el mayor Beauchef, les salió al encuentro.

Habiéndose reunido un número de voluntarios a las fuerzas patriotas, encontró aquel jefe, el 6 de marzo, a los enemigos junto al río Toro, y acometiéndoles de repente, como a cosa de una hora, los oficiales españoles montaron en sus caballos y echaron a correr en masa, abandonando los hombres a su suerte.

Cerca de 300 de éstos se rindieron inmediatamente, y, habiéndoles recogido todas sus armas y bagajes, el mayor Beauchef se volvió en triunfo a Valdivia.

El 27 de febrero llegué a Valparaíso en el Moctezuma, en medio de las más vivas demostraciones de entusiasmo por parte del pueblo y calurosas expresiones de gratitud del supremo director.

Pero la recepción que me hicieron sus ministros fue enteramente distinta.

Zenteno, a cuyas órdenes había yo faltado, dijo que la conquista de Valdivia «¡era el acto de un loco!; que merecía haber perdido la vida en el atentado, y que aun ahora debía perder mi cabeza por atreverme a acometer semejante plaza sin instrucciones y haber expuesto las tropas patriotas a semejante riesgo», poniendo luego en planta todo género de intrigas para deprimir los servicios prestados; de manera que me vi expuesto a las mayores provocaciones y molestias posibles, sin que se notase el más ligero indicio de reconocimiento nacional o recompensa hacia mí, mis oficiales y demás gente.

El enojo de Zenteno y las violentas cóleras de sus secuaces se habían acrecentado en vista de las congratulaciones que llovían de todas partes sobre el supremo director y sobre mí, declarando el pueblo, en oposición a las aserciones de Zenteno, que el haber obrado yo así, no era por un sentimiento de vanidad personal, sino por estar convencido de que ello redundaría utilidad a la nación, y que al consumar aquel hecho glorioso habían los chilenos desplegado un valor tal que demostraba tenían en sus oficiales la mayor confianza, y que, por lo tanto, poseían el coraje físico y moral necesario para emprender mayores empresas.

A pesar del envidioso descontento de Zenteno no pudo el Gobierno por menos de conceder, por deferencia a la voz popular, una medalla a las tropas, mencionándose en el decreto que «la toma de Valdivia era el dichoso resultado de un plan admirablemente concertado y ejecutado con la mayor intrepidez y decisión».

El decreto me concedía, además, una hacienda de 4.000 cuadras sobre las tierras confiscadas en Concepción, la cual rehusé por no haber decretado la Legislatura un voto de gracias; este lo obtuve como indemnización que se me debía por haberme excedido en mis instrucciones, lo que se hacía más indispensable después de las expresiones malévolas que había vertido contra mí Zenteno por haber faltado a sus órdenes.

En la situación en que Chile se hallaba entonces es imposible encarecer demasiado la importancia de esta adquisición: la captura de un soberbio puerto, protegido por quince fuertes, y los almacenes, con su inmensa cantidad de pertrechos de guerra, todo esto era secundario respecto de las ventajas políticas que había obtenido la República.

La anexión de esta provincia granjeó de un golpe a Chile completa independencia, alejando la presumida necesidad que habría de preparar una fuerte expedición militar para el logro de aquel objeto, esencialmente vital a su propia existencia como Estado independiente; porque mientras permaneciese Valdivia en poder de los españoles, estaba Chile, en sus momentos de poca cautela o desunión, en continuo peligro de perder las libertades, que hasta entonces sólo había adquirido parcialmente.

Los recursos de la provincia de Valdivia, juntamente con los de Concepción, habían sido los elementos con que mantuvieron los españoles su dominio sobre el territorio chileno.

Y no solamente se les había privado de esos recursos, ahora añadidos a los de Chile, sino que también se efectuó una grande economía con exonerar a la República de la necesidad de mantener una fuerza militar en las provincias del Sur para tener a raya a los españoles, lo mismo que a los indios, a quienes en los momentos que se conquistaba a Valdivia se les dejaba ir sueltos en todas direcciones contra los patriotas chilenos.

Echando a un lado, empero, el haber alejado aquellas contingencias y el haber completamente establecido la independencia, el dinero sólo que representaba esta conquista era, para un Gobierno de tan limitados recursos, de la mayor importancia, pues le eximía de la necesidad de consagrar a operaciones militares desembolsos que jueces competentes computaban en un millón de pesos, para llevar únicamente a cabo la ejecución de un objeto que yo, sin gasto adicional alguno, había realizado con un solo buque, el cual había tenido que dejar abandonado a causa del mal estado en que se hallaba.

Pero las ventajas de la conquista no concluyeron aquí.

Si no fuese por esta captura, los españoles, con la ayuda de los indios, hubieran encontrado fácil mantener su poder por largo tiempo en semejante país, a despecho de cualquier fuerza militar que Chile tuviese en estado de oponerles; de modo que no se habría podido prestar cooperación alguna al pueblo del Perú, pues la más vulgar prudencia les hubiera alejado de entrar en proyectos revolucionarios mientras los españoles estuviesen en posesión de cualquier punto del territorio chileno; por otra parte, la necesidad de defenderse asimismo durante una prolongada guerra civil hubiera impedido el que Chile prestase su ayuda a la emancipación del Perú, teniendo que formar una base permanente de operaciones para que los españoles no nos molestasen ni recobrasen las provincias de Chile.

Hubo también otra ventaja, la de haber logrado contratar en Inglaterra un empréstito de un millón de libras esterlinas, lo que se consiguió en vista únicamente de todo lo que ya se había ganado, habiendo salido frustradas antes cuantas tentativas se habían practicado para conseguirlo, porque los españoles estaban en posesión del puerto y fortalezas más importantes del país, y esos puntos podían servirles de base en lo sucesivo para organizar medios de recuperar las sublevadas provincias.

A pesar de estas ventajas no se me dio a mí ni a los oficiales y marineros un solo cuarto por vía de recompensa por este o cualesquiera de los anteriores servicios, y, sin embargo, el Gobierno se había apropiado el producto de la venta de la Dolores, de su cargamento, y aun menos se tomó en cuenta el valor de los cañones y de la cantidad enorme de municiones encontradas en los fuertes de Valdivia.

Los hombres que habían consumado esta acción heroica andaban materialmente cubiertos de andrajos y escasos de todo, sin que el ramo de la Marina hiciese el más ligero esfuerzo para disminuir sus padecimientos, pues hasta este extremo había llegado la mísera condición a que se veían reducidos.

En lugar de recompensa se estimulaba por mil modos a los oficiales a que desobedeciesen mis órdenes.

A dos de éstos los había sentenciado a ser castigados por crimen de asesinato deliberado.

El abanderado Vidal hizo prisioneros en el Fuerte Inglés a dos oficiales españoles; éstos, bajo la palabra que les había dado aquel valiente joven de salvarles la vida, rindieron sus espadas; pero llegando en el acto el capitán Erézcano, los pasó a cuchillo.

Fue aún peor este otro caso: el abanderado Latapiat, que había quedado al mando del castillo del Corral, mandó fusilar dos de sus prisioneros después de mi partida para Chiloé; igual suerte habría cabido a otros cuatro oficiales si mi secretario, el señor Bennet, no los hubiera recogido a bordo del O'Higgins.

Por eso mandé poner arrestado a Latapiat y que se tomasen las competentes declaraciones para que fuese sometido ante un Consejo de Guerra, llevándole prisionero a Valparaíso, en donde, en lugar de recibir su condigno castigo, le dieron, como a Erézcano, un ascenso y les colocaron en el ejército libertador del general San Martín.

He hablado de la ayuda que los indios prestaban a los españoles.

El 10 de marzo recibí una carta del general Freire, después supremo director, en la que me felicitaba por mi triunfo delante de Valdivia, concluyendo por decirme que esta captura había sido ya causa de que los indios de Angol, con su cacique Benavente, se hubiesen declarado en favor de Chile, y que no dudaba de que esto sería en breve seguido de tal declaración por parte de los indios de un lado a otro de la provincia, no sabiendo el general Freire que a mí se me debía el que ya hubiese producido ese efecto, por haber distribuido entre ellos una inmensa cantidad de bagatelas que tenían acumuladas los españoles en los almacenes de Valdivia con el objeto de recompensar sanguinarias incursiones en el territorio chileno.

Será interesante anotar aquí brevemente la manera que los españoles tenían de emplear a los indios.

Su agente o caudillo en este horrible modo de pelea era un miserable llamado Benavides, siniestro personaje durante la lucha por la intendencia de Chile que podía justamente pretender la distinción poco envidiada de ser el más infame monstruo que jamás deshonró a la humanidad.

Había sido un soldado raso en el ejército de Buenos Aires, en compañía de su hermano, y tenía carta blanca de los españoles para cometer las más espantosas atrocidades contra los patriotas chilenos, que no podían defenderse de la encubierta cobardía con que guerreaban los indios.

Por doquiera que llegaba a sorprender un lugar o hacienda, su costumbre invariable era fajar lo más apretado que podía a los principales habitantes con pieles no curtidas de buey, las que obtenían desollando sus ganados propios; enseguida exponían a aquellos infelices a un sol ardiente, y la contracción de las pieles, a medida que se iban secando, causaban una lenta y prolongada muerte en medio de la mayor agonía, lo que servía de diversión a aquel monstruo y a los salvajes que había llevado para gozar de aquella cruenta escena, mientras fumaban sus cigarros.

Cuando caía en sus manos alguna persona de influencia le cortaba la lengua y la mutilaba de otros horribles modos, sobreviviendo como testigos de sus atrocidades un obispo y varios otros caballeros.

Valdivia era el punto de apoyo de aquel malvado, de donde sacaba todos sus recursos, y cuando nos apoderamos de esta plaza cayó en nuestras manos un pequeño buque cargado de armas y municiones que aquél iba a distribuir entre los indios. Estaba destinado a Arauco, llevando a su bordo dos oficiales españoles y cuatro sargentos, con el objeto de instruir a aquéllos en la táctica europea para hacerlos aún más formidables.

Más tarde, el perverso Benavides fue conquistado por el general San Martín, quien le destinó a Concepción, a las órdenes del general Freire, diciéndole éste en su propia cara que no quería tener nada que hacer con semejante monstruo; entonces Benavides dejó a Concepción y comenzó una guerra asoladora contra los habitantes de la costa, excediendo, si es posible, sus anteriores atrocidades.

Como el país principiase a darle que hacer, volvió a ofrecer sus servicios a los españoles, y estando en marcha para el Perú en un barquichuelo, se vio obligado a tocar en tierra a las inmediaciones de Valparaíso para hacer aguada, siendo vendido por uno de los suyos.

Se le condujo a Santiago y se le ahorcó.

Los marineros se iban volviendo turbulentos con motivo de no recibir ni paga ni premio de presa, pues no se cumplía nunca con las promesas que tanto a ellos como a mí se nos hacían.

Como era a mí a quien se dirigían para la vindicación de sus derechos, y por cierto que el haberlos retraído de un motín a mano armada fue sólo debido a la seguridad en que les dejé de que se les pagaría, presenté una petición al supremo director, manifestándole sus servicios y la inmerecida severidad con que sus ministros los trataban; a pesar de eso, desde que regresaron habían ayudado al Gobierno en la construcción de muelles y otras comodidades necesarias para el embarque de las tropas y abastecimientos destinados al Perú, habiéndose entonces decidido enviar a ese país una expedición militar.

El hecho era que el Gobierno se había apropiado el producto de las capturas, y para eludir el pago declaró que la conquista de Valdivia no era más que una restauración, ¡como si la plaza hubiese estado antes bajo el poder de Chile!

No queriendo yo permitir se desembarcasen los efectos que había traído de allí, a menos que no fuese para compensar a los marineros, se me alegó en justificación de aquel procedimiento que aun cuando Valdivia no había pertenecido a la República, Chile no había hecho guerra en cada sección de América.

Que, por lo tanto, se dejaba a mi liberalidad y honradez el considerar si debía o no entregar al Gobierno todo lo que la Escuadra había adquirido.

Tales juicios los había emitido por escrito Monteagudo, que fue más tarde el instrumento del general San Martín en el Perú.

Preguntándole un día «si consideraba como justo y legal lo que había aseverado»; su respuesta fue: «No, ciertamente; pero se me había mandado escribirlo así».

Viendo que no podían sacar nada de mí, discutieron luego en el Consejo si debían o no formarme consejo de guerra por haber detenido y dado otra dirección a las fuerzas navales de Chile al ir a tomar a Valdivia, ¡sin órdenes del Gobierno!

A esta conclusión hubieran, sin duda alguna, venido a parar si no fuese por el estado vacilante en que estaba la República, y por temor al pueblo, que censuraba la conducta del Ministerio tan cordialmente como aprobaba la mía.

Como no podía obtener se hiciese de algún modo justicia a la Escuadra, el 14 de mayo supliqué a S. E. el supremo director aceptase la renuncia de mi destino, pues el permanecer en él por más tiempo no sería más que para hacerme servir de instrumento en promover la ruina que debía necesariamente acarrear la conducta de sus consejeros; diciéndole, al propio tiempo, que no había aceptado aquél para que se interpretaran siniestramente mis motivos, y se deprimieran mis servicios como lo habían sido, por razones que me era imposible adivinar, como no fuese, a la verdad, por aquella mezquina emulación que denominó la captura de Valdivia una restauración, aunque nunca hubiese pasado de su poder al de los españoles.

Esta determinación no había sido prevista, aunque yo no la había adoptado con ánimo de intimidar, pero sí por la molestia que me causaba la ruin ingratitud con que se recibían importantes servicios nacionales.

Con todo, los ministros se rindieron de este modo por algún tiempo a la razón, reconociendo la equidad de mis reclamaciones, y prometiéndome de la manera más formal que en lo sucesivo el Gobierno cumpliría fielmente con la Escuadra.

En recompensa de mis servicios me habían ofrecido, según llevo dicho, una hacienda, la que rehusé por las razones ya aducidas.

Ahora me la ofrecieron de nuevo, y de nuevo volví a rehusarla, puesto que no eran más que promesas las que, hasta entonces, había recibido para continuar el servicio, y la sola autoridad sobre los marineros era mi personal influencia para con ellos, por la inflexibilidad con que abogaba por sus derechos, autoridad a la que no era verosímil yo renunciara porque se me hacía una concesión.

En lugar de aceptar la hacienda, devolví el documento en que se me hacía donación de ella, pidiendo se pusiera en venta, aplicando su producto al pago de la Escuadra; pero mi demanda no fue escuchada.

Viendo que yo estaba determinado a que no se burlaran de mí, y avergonzados de que les ofreciera la hacienda para pagar a la gente, el general San Martín, que estaba nombrado para mandar la parte militar de la expedición que se iba a enviar al Perú, vino a Valparaíso el mes de junio, y el 13 de julio se pagó a la Escuadra una parte solamente de sus salarios; pero como yo insistiese en que se les pagara el todo, así se hizo el 16, sin que se les haya dado la más ligera parte de su dinero de presa.

La parte sola que me correspondía del valor de las capturas hechas, tanto en Valdivia como anteriormente, ascendía a 67.000 pesos, prometiéndome el supremo director me serían pagados lo más pronto posible; bajo esta promesa acepté la hacienda que, a pesar mío, continuaban ofreciéndome.

El acta de donación decía el objeto por que se me concedía, añadiendo como razón que «mi nombre no debía nunca desaparecer del país».

Después que dejé a Chile esta hacienda, que estaba situada en el territorio de Río Claro, la reasumió por fuerza el subsiguiente Gobierno; y el mayordomo que había yo dejado en ella, con el objeto de ver cómo se podría mejorar por medio del cultivo y la introducción de buenas simientes europeas, fue expulsado de su administración.

Al rehusar por primera vez el don que me ofrecieran, por las razones ya expuestas, compré una hacienda en Herradura, a unas ocho millas de Valparaíso, con el objeto de convencer al pueblo chileno de lo mucho que deseaba verme contado en el número de sus ciudadanos.

El efecto que esto produjo en el Ministerio fue casi cómico.

Discutiose gravemente entre ellos qué motivos podían inducirme a mí, extranjero, a hacer la adquisición de una propiedad en Chile.

La conclusión a que vinieron a parar, según supe por conducto fidedigno, ¡fue que como toda la población estaba en mi favor, querría intentar, cuando la oportunidad fuese favorable, ponerme a la cabeza de la República, en la confianza de que el pueblo me ayudaría!

Tales eran los hombres de gobierno que en aquella época tenía Chile.

Sucedió, pues, que al poco tiempo de haber comprado esta propiedad llamé la atención del Gobierno sobre lo mejor situado que estaría un arsenal marítimo en la bahía de Herradura, que en la mal protegida rada de Valparaíso, ofreciendo al propio tiempo hacerle una cesión gratuita de todo el terreno que se necesitara para el establecimiento de un arsenal naval y un depósito de Marina.

Este ofrecimiento lo interpretaron, sin duda, como un acto de mi parte para adquirir mayor popularidad, bien que esto no hubiera sido tal vez muy fácil, por lo cual se me intimó no hiciera ninguna mejora, porque el Gobierno pensaba apropiarse la hacienda y no se me reembolsaría ningún gasto, aunque sí se me pagaría el valor de la compra y de cualquier mejora que ya se hubiese hecho.

En vista de esto, pedí al punto una explicación al supremo director, quien me hizo una apología, atribuyendo todo el negocio a la oficiosidad del procurador fiscal, que había fundado su actuación en una antigua ley española; y aquí concluyó el asunto por lo pronto, es decir, mientras las exigencias del Estado requerían mis servicios.

Un nuevo manantial de disgustos se reveló ahora en toda clase de tentativas para deprimir mi autoridad sobre el cuerpo de Marina; pero como siempre estaba en guardia para mantener mi posición, esto no redundó más que en derrota de sus autores.

Luego cometieron la tropelía manifiesta de nombrar al capitán Spry, mi capitán de bandera a bordo del O'Higgins, que había sido reparado en Valdivia y acababa de llegar a Valparaíso.

A este efecto se me envió una orden, la que prontamente me negué a obedecer, añadiendo que nunca el capitán Spry pisaría mi alcázar en calidad de capitán de bandera, y que si no se me concedían mis privilegios de almirante podía el Gobierno considerar mi mando como concluido, pues mientras continuase a la cabeza de la Escuadra no permitiría que un ejecutor de mis órdenes me fuera impuesto.

Este punto me fue inmediatamente concedido, siendo nombrado capitán de bandera el capitán Crosby.

El nombramiento de Spry era, sin duda, con el objeto de contrarrestar mis esfuerzos en la próxima expedición al Perú, el honor de la cual, si alguno había, estaba reservado para el Ejército.

Por lo que yo conocía del capitán Spry, no tenía afección personal hacia él; pero coartado como me había tenido el ministro de Marina, Zenteno, tenía yo grandes dudas en cuanto a los motivos que dictaban sus nombramientos, estando convencido de que su principal móvil era impedirme de hacer todo como no fuese tener a los españoles en respeto, operación que de ningún modo estaba inclinado a ejecutar, según se había hecho patente por la reciente conquista de Valdivia, en contravención a sus instrucciones.

Uno o dos de mis capitanes, alentados por las molestias que el ministro de Marina y sus adictos me causaban se creyeron en libertad de poder menospreciar mi autoridad, lo que, como almirante, no creí deber tolerar.

El que más influencia tenía de entre ambos era el capitán Guise, quien habiendo incurrido en varios actos de insubordinación y descuido de sus obligaciones, estaba por mi orden en arresto mientras no se fallase una demanda pendiente que yo había dirigido al Gobierno para que se le formase un consejo de guerra y se investigase su conducta.

Este acto irritó sobremanera a Zenteno, que se había propuesto apoyarlo, rehusando consentir en la investigación; estableciendo así un precedente para que el capitán de cualquier buque pudiese considerarse independiente de su almirante.

Tal acto de insubordinación, que infringía la disciplina naval, no menos que insultaba a mi persona, me determinó a romper toda intervención con la administración chilena, y el 10 de julio transmití otra vez mi dimisión al Gobierno, pidiendo al mismo tiempo mi pasaporte para salir del país y notificando a los oficiales de la Escuadra que tan pronto como recibiese aquél cesaría mi mando.

Estos inmediatamente tuvieron junta entre ellos, y el mismo día recibí, no una representación de despedida, como hubiera podido esperarse, sino dos cartas, la una firmada por cinco capitanes y la otra por 23 oficiales en las que expresaban su resolución de abandonar también el servicio, devolviendo al mismo tiempo sus despachos.

A esta prueba de afecto repliqué rogándoles no sacrificasen por mí sus empleos, y les recomendé no publicasen su resolución hasta después de haber considerado bien el asunto, pues podía causar gran detrimento a los intereses del país.

La siguiente carta me fue dirigida en esta ocasión por los oficiales de la Escuadra:

«Milord:

La inquietud y general descontento que la dimisión de V. E. ha causado entre los oficiales y demás individuos de la Escuadra es una prueba poderosa de lo mucho que la desgraciada conducta del Gobierno lastima a aquéllos que tenemos el honor de servir bajo vuestras órdenes.

Los oficiales que firman la adjunta resolución, teniendo a menos servir por más tiempo a un Gobierno que con tanta facilidad pudo olvidar los importantes servicios prestados al Estado, suplican a V. E. se sirva permitirles hacer entrega de sus despachos, a fin de que se digne enviarlos al ministro de Marina.

Al vernos de este modo obligados a retirarnos del servicio, nuestras más ardientes súplicas serán siempre por la prosperidad y libertad del país.

(Siguen las firmas de 23 oficiales)».

Esta carta iba acompañada de la siguiente resolución:

«RESUELTO.-

1.º: Que el honor, la seguridad y el interés de la Marina chilena dependen enteramente del talento y experiencia del actual comandante en jefe;

2.º: Que como los sentimientos de respeto y confianza ilimitada que tenemos por él no pueden transferirse a otro, hemos resuelto hacer dimisión de nuestros empleos y transmitir al Gobierno nuestros despachos por conducto de nuestro almirante.

3.º: Que nuestros nombramientos irán acompañados de una carta que exprese nuestros sentimientos, firmada por todos aquéllos cuyos despachos se incluyen.

(Firmado por 23 oficiales)».

Mientras esperaba que el Gobierno aceptara mi dimisión, continuaba el equipo de la Escuadra con mayor ardor, a fin de que no pudieran quejarse de que la conclusión de mi mando había causado descuido en nuestros deberes.

Retuve, con todo, los despachos que me habían incluido los oficiales de la Escuadra, por temor de que semejante determinación excitase el descontento popular, surgiendo de allí un peligro para el cual no estaba preparado el Gobierno.

Los únicos capitanes que no firmaron la resolución fueron Guise y Spry, aquél por hallarse arrestado y éste por estar ofendido conmigo por no haberle admitido como mi capitán de bandera.

No hay duda que éste comunicó inmediatamente a Zenteno la resolución de los oficiales, pues que el 20 recibí la siguiente carta:

«Valparaíso, julio 20 de 1820.

Milord:

En un momento en que los servicios de las fuerzas navales del Estado son de la mayor importancia, y los personales servicios de V. E. indispensables, ha recibido la autoridad suprema, con el más profundo sentimiento, la dimisión de V. E., la cual, si fuese admitida, envolvería en inevitable ruina las operaciones de las armas de la libertad en el Nuevo Mundo; y últimamente entronizaría de nuevo en Chile, su patria adoptiva, aquella tiranía que V. E. detesta, y que su heroísmo hizo tantos esfuerzos para aniquilar.

S. E. el supremo director me manda comunique a vuecencia que si persistiese en resignar el mando de la Escuadra que tuvo el honor de enarbolar su pabellón, causa de terror y espanto para nuestros enemigos y de gloria para todo buen americano, o si el Gobierno, imprudentemente accediese a ello, sería ciertamente un día de luto universal en el Nuevo Mundo.

El Gobierno, por lo tanto, en nombre de la nación, devuelve a V. E. sus despachos, rogándole se sirva aceptarlos para el adelantamiento de la sagrada causa a que ha consagrado toda su existencia.

El Supremo Gobierno está convencido de la necesidad que obliga a V. E. adoptar la medida de poner en arresto al capitán Guise, del Lautaro, y de la justicia de los cargos presentados contra ese oficial; pero deseando evitar todo retardo en las operaciones importantes que los buques de guerra están a punto de emprender, S. E. el supremo director desea se posponga el proceso hasta una ocasión que no interrumpa el servicio de la Escuadra, tan importante en este momento.

Firmado:

JOSÉ IGNACIO ZENTENO».

Además de esta comunicación del ministro de Marina recibí cartas privadas del supremo director y del general San Martín, rogándome continuase en el mando de las fuerzas navales y asegurándome que no volvería a haber más motivo de queja.

Al recibir estas cartas retiré mi dimisión y devolví a los oficiales de la Escuadra sus despachos, poniendo al propio tiempo en libertad al capitán Guise, que restablecí en el mando de su buque.

No hubiera hecho esto si no fuera por un sentimiento de afecto hacia el supremo director, el general O'Higgins, cuya bella índole, demasiado condescendiente para luchar contra las maquinaciones de los que le rodeaban, me era una garantía de que no era ni autor ni cómplice del sistema de vejaciones adoptado contra mí por la comparsa de tunos que tenían a Zenteno por agente.

Semejante a otros muchos capitanes, O'Higgins no desarrolló en el Gabinete aquel tacto con que tan brillantemente había servido a su país en el campo de batalla, en donde, por más que el general San Martín, con su habilidad indisputable de volver en provecho suyo las proezas de los otros, se esforzase en llevar la palma, la alabanza era en realidad debida al general O'Higgins.

Su mismo buen natural, después que fue elevado al Supremo Directorio, lo indujo a consentir el establecimiento de una corte senatoria de consulta, acordándose privilegios enteramente incompatibles con su propia supremacía; y de este cuerpo dimanaron todas las vejaciones dirigidas contra mí, según hablaron escritores acerca de Chile, a instigación del general San Martín, pero como carezco de documentos para probarlo no asumiré sobre mí la responsabilidad de asegurar el hecho, a pesar de que la subsiguiente conducta del general hizo más que probable la opinión generalmente recibida.

No quedaba duda, sin embargo, de que el general San Martín hubiese sido cómplice en muchas de las incomodidades que nos ocasionaron a la Escuadra y a mí, puesto que al acusarle una vez de esto, me respondió que sólo «quería ver hasta cuándo el supremo director permitiría que el espíritu de partido se opusiese a la prosperidad de la expedición», añadiendo: «Pierda usted cuidado, milord; yo soy el general del ejército y usted es el almirante de la Escuadra».

Su alusión respecto a la complicidad del supremo director, yo sabía que era falsa, pues S. E. anhelaba hacer todo cuanto estuviese en su poder en favor de la Escuadra y de su país, si el Senado, al que había conferido tan extraordinarios poderes, no hubiese estorbado sus esfuerzos.

Habíase, sin embargo, sorprendido mucho el general San Martín al señalarle las cartas y despachos que me enviaran los oficiales, no pudiendo concebir estuviesen determinados a no servir bajo ningún otro mando que no fuese el mío; este paso por parte de ellos estaba lleno de los mayores peligros con respecto al equipo de la expedición contemplada.

El Senado de que acabo de hablar era una anomalía en el Gobierno del Estado.

Se componía de cinco miembros, cuyas funciones debían solamente ejercerse mientras durasen las primeras luchas del país para obtener su independencia; pero este cuerpo había ahora usurpado el derecho permanente de una plena inspección, en tanto que no había medio de apelar de su arbitraria conducta, excepto a ellos mismos.

La posición del supremo director, que era nominalmente la cabeza del Gobierno ejecutivo, no venía a ser, en realidad, más que el llevar la palabra del Senado, siendo éste el que, asumiendo todo poder, privaba a aquél de su legítima influencia; de modo que no se podía aprestar buques, emprender obras públicas, alistar tropas o imponer tributos si no era con el consentimiento de este cuerpo sin responsabilidad.

Para semejante pandilla no era buen contrincante el sencillo y recto juicio y cumplido buen sentir del supremo director, pues estando él mismo distante de toda villanía, confiaba, sin embargo, en la integridad de los otros, juzgándolos por la rectitud de sus propias intenciones.

Bien que dispuesto en todos sentidos a pensar como Burke, que «lo que es moralmente injusto, nunca puede ser políticamente justo», le hacían creer que una política torcida era un mal necesario a todo Gobierno; y como semejante política era contraria a su propia índole, se le inducía con mayor facilidad a transmitir su ejecución a otros que no tenían la equidad de sus principios.

El menos escrupuloso de todos ellos era Zenteno, quien antes de la revolución había sido procurador en Concepción, y era el favorito del general San Martín, llevando a la administración del Estado la astucia de su profesión, pero con mayor trapacería de la que comúnmente usaba.

Como era mi mayor adversario, embarazando mis planes por cuantos medios podía, no será propio hable de él del modo que entonces pensaba y aún pienso en el día.

Citaré, sin embargo, la opinión de la señora Graham, la primera historiadora de la República, para que se vea en qué estimación se le tenía generalmente:

«Zenteno -dice aquélla- ha leído más de lo que se acostumbra entre sus paisanos, y piensa que éste poco es mucho.

Al par de San Martín, significa con el nombre de filosofía el escepticismo en religión, la relajación de costumbres y la dureza de corazón, cuando no sea la crueldad; y mientras que no tendría dificultad en mostrar una laudable sensibilidad por la suerte de un gusano, creería digna de alabanza la muerte o tortura de un adversario político».

Yo era su adversario político por querer sostener la autoridad del supremo director, y de aquí, sin duda, la enemistad que me profesaba, llegando su influencia hasta el extremo mismo de impedir que el supremo director viniese a visitarme mientras estuve en Santiago, bajo pretexto de que no habría sido decoroso el dar tal paso de su parte.

Después de transcurrido tanto tiempo y ahora que Chile posee un Gobierno que se conduce por más sabios principios, no hay necesidad de callar estas observaciones, sin las cuales pudiera estar sujeta a siniestras interpretaciones mi manera de representar la conducta posterior que el Gobierno chileno observó conmigo.

Mientras Chile se hallaba en un estado de transición de un Gobierno corrompido e interesado a otro que obra en armonía con los verdaderos intereses del país, me abstuve de publicar estas y otras circunstancias, las cuales, perteneciendo ahora al dominio de la Historia, no hay para qué ocultarlas.

Escribiendo con este espíritu puedo mencionar la razón, demasiado conocida en aquel tiempo, por qué no se pagaba a la Escuadra ni siquiera sus salarios.

El Gobierno había proveído los fondos; pero aquéllos que estaban encargados de su distribución los guardaron todo el tiempo que quisieron, empleándolos en especulaciones mercantiles o en préstamos a usura, y aplicándolos sólo a objetos legítimos cuando el retenerlos por más tiempo les podía acarrear peligro.

Uno de los poderosos motivos por que esa gente me manifestaba odio eran mis incesantes reclamaciones para que se satisficiesen los derechos de la Escuadra con respecto a sus salarios.

Por lo que toca al dinero de presas, nunca el Gobierno nos había acordado un solo peso ni a mí ni a los oficiales y demás, mientras permanecí en Chile; pero me cabía la satisfacción de ver que esta constante vigilancia que yo ejercía sobre aquellos desórdenes pecunarios era el mejor medio de mejorar el sistema, aunque con ello se acrecentaba la aversión que me profesaban aquéllos cuya miope política yo combatía, y cuyas sórdidas especulaciones iba así limitando.

A despecho de su enemistad, había sido oficialmente obligado el ministro de Marina a escribirme la siguiente carta:

«MINISTERIO DE MARINA DE SANTIAGO DE CHILE:

Si los triunfos contra el enemigo deben graduarse según la más o menos resistencia que éste opone, y con respecto a la más o menos ventaja que reporta a la nación el vencimiento, el que V. S. ha adquirido sobre Valdivia, en uno y otro caso es inconmensurable.

V. S., chocando a un tiempo con la Naturaleza y con el Arte, despojó al enemigo de esa inexpugnable ciudadela que hasta aquí había obstinadamente defendido por su utilidad y ventajosa situación.

La memoria de este glorioso día ocupará las primeras páginas en los fastos de la nación chilena; y el nombre de V. S., transmitiéndose de generación en generación, permanecerá indeleble en nuestra gratitud y en la de nuestros descendientes.

S. E. el señor director supremo, altamente regocijado de tan inestimable conquista, me ordena diga a V. S. (como tengo la complacencia de verificarlo) que reciba en su nombre y en el de toda la nación, los más íntimos plácemes por tan ínclita victoria.

Los señores oficiales Beauchef, Miller, Erézcano, Casson, Cartes y Vidal; los sargentos Cabrera y Concha y el cabo Flores, el marinero Rojas y todos los demás oficiales y soldados dignos de tal empresa, y que, a imitación de V. S., supieron arrostrar tan inminente peligro, ocupan hoy la atención del Gobierno quien medita el premio y condigno distintivo con qué poder decorarlos, a fin de que, divulgándose sus nombres hasta por los últimos ángulos de la tierra, conozcan las naciones todas, que Chile sabe remunerar la virtud de los héroes que le defienden.

Enarbolose nuestro pabellón en medio de las más festivas demostraciones públicas, y a su pie se ataron las banderas de Valdivia y Cantabria, cuyo trémulo flameo indicaba los agonizantes combates de nuestros enemigos.

Con la mayor efusión tengo el honor de anunciarlo a V. S. de suprema orden en contestación a su honorable nota del 5 del presente, en la que incluye V. S. los partes de Beauchef y Miller.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Firmado:

JOSÉ IGNACIO ZENTENO,

Señor vicealmirante comandante en jefe de la Escuadra, honorable lord Cochrane».

Es difícil concebir que un hombre que había llegado a escribirme una carta como la que precede, aunque fuese oficialmente, pudiese volverse mi más encarnizado enemigo; empero las razones que a ello le movieron se desarrollarán por sí mismas a medida que prosigamos.

Como me hubiesen despojado después de la hacienda que me habían concedido en Río Claro, sin decirme el motivo, registraré aquí el oficio por el cual se me transmitía pues que de ello tendré que volver a hacer mención.

La astucia curial del procurador Zenteno hizo que no se me transfiriese por medio de otra escritura legal que el simple decreto que me la confería.

«Su Excelencia el señor director se ha servido mandar expedir el decreto que copio:

Deseando hacer cuanto antes efectiva la donación de 4.000 cuadras de terreno que por decreto de marzo próximo anterior, consecuente con el Senado consulto, se hizo por el Gobierno al comandante en jefe de la Escuadra, vicealmirante lord Cochrane, como una demostración del aprecio público que merecieron sus relevantes servicios en la restauración de la importante plaza de Valdivia, vengo en señalarle las referidas 4.000 cuadras en las tierras de Río Claro, partido de Rere, provincia de Concepción, comprensiva de la hacienda confiscada al prófugo español Pablo Hurtado.

Sirva el presente de suficiente título de propiedad a favor del interesado, y comuníquese al Ministerio de Hacienda para que, previas las formalidades convenientes, mande ponerle en posesión y goce de los referidos terrenos.

Tengo el honor de transcribirlo a V. S. de suprema orden para su inteligencia y fines consiguientes.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Rubricado por S. E.: José Ignacio Zenteno, Señor vicealmirante comandante en jefe de la Escuadra, muy honorable lord Cochrane.

«Es copia de la suprema nota de su contexto, de que certifico a pedimento del señor vicealmirante; doy ésta en Valparaíso, fecha ut supra.

Firmado:

JOSÉ MANUEL MENARES,
Escribano Público y de Gobierno».



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