Se trata de seducir a los oficiales chilenos.- El arzobispo de Lima.- Su expulsión.- Negociaciones para obtener la entrega de los fuertes.- Estorbos para que esto no se efectuase.- Pomposas proclamas de San Martín.- Se niega a embestir al enemigo.- Los españoles socorren al Callao.- Proclama engañosa.- Escandalosa falsedad.- Se llevan el tesoro los españoles.- Descontento de la Escuadra.
Viendo el Protector que yo no estaba dispuesto a reconocer su autoridad usurpada y mucho menos a apoyar medidas que hubiesen en el hecho despojando a Chile de la Marina que se había creado a costa de patrióticos sacrificios, expidió una proclama prometiendo de nuevo pagar los atrasos de los marineros y una pensión vitalicia a los oficiales, reconociéndoles como oficiales del Perú.
La sola deducción que de aquí se saca era el mover directamente a los oficiales a que desertasen del servicio chileno.
Los que siguen son párrafos de esta proclama, inserta en una Gaceta extraordinaria del 17 de agosto de 1821:
«El Ejército y la Escuadra de Chile reunidos, han consumado, por último, la libertad del Perú, según lo habían jurado, y lo han elevado al rango que la justicia y los intereses del mundo reclamaban.
Su constancia y heroísmo los transmitirán a la posteridad con gratitud.
Faltaría a mis deberes políticos si no manifestase el aprecio debido a sus eminentes acciones heroicas, promoviendo los intereses de ambos hemisferios.
1.º- El Estado del Perú reconoce como deuda nacional los atrasos del Ejército y de la Escuadra, así como las promesas que a ambos yo les hice.
2.º- Todos los bienes del Estado, como igualmente un 20 por ciento de sus rentas, quedan hipotecados hasta la extinción de estas deudas.
3.º- Todos los oficiales pertenecientes al Ejército y a la Escuadra que salieron con la expedición libertadora y permanecen hoy en ella quedan reconocidos oficiales del Perú.
4.º- Los comprendidos en los artículos anteriores y los empleados en dicha causa recibirán durante sus vidas una pensión de la mitad de toda su paga, concedida desde que salieron de Valparaíso, cuya pensión les será pagada en el caso mismo de que vivan en país extranjero.
5.º- Todos recibirán una medalla, etc.».
La Escuadra, sin embargo, no recibió un cuarto de sus atrasos ni de las otras recompensas prometidas, ni se había nunca pensado en pagarlas, siendo el objeto el atraer poco a poco a los oficiales de la Escuadra chilena al servicio del Protector, en virtud de las promesas que les hacía; y en esto supieron ayudarle bien sus secuaces Guise y Spry, a quienes, sin embargo de su deserción, y con menosprecio de la sentencia que un consejo de guerra decretara contra el último, retuvo cerca de su persona para efectuar este objeto.
Uno de los más intrépidos antagonistas del Protector era el arzobispo de Lima, excelente varón, muy querido del pueblo, quien no disimuló su indignación al ver la usurpación que había tenido lugar a despecho de todas las promesas de Chile, atestiguadas «delante de Dios y de los hombres», y las del mismo Protector de dejar a los «peruanos la libertad de elegir su Gobierno».
Como el recto prelado denunció en términos nada moderados el despotismo que acababa de entronizarse, a pesar de la libertad garantida, determinaron deshacerse de él.
El primer paso fue una orden fechada el 22 de agosto de 1821 mandando cerrar todas las casas religiosas.
A esto el arzobispo rehusó cortésmente, representando al propio tiempo que si algún eclesiástico quebrantaba el orden público, él tomaría las medidas necesarias para castigarlo.
El 27 le respondieron que «las órdenes del Protector eran irrevocables, y que al punto se decidiese en cuanto a la línea de conducta que pensaba adoptar».
El 19 de septiembre el prelado escribió al Protector una carta admirable, en la que le decía que:
«Las principales obligaciones de un obispo eran defender el depósito de la doctrina y creencias que le había sido confiado, y si fuese amenazado por algún gran potentado, representar con respeto y sumisión, a fin de que no pueda ser participante del crimen por una pusilánime condescendencia.
Dios ha constituido los obispos para ser los pastores y guardianes del rebaño, y nos manda que no seamos cobardes en presencia de los más grandes potentados de la tierra, y que, si es necesario, debemos verter nuestra sangre y perder nuestras vidas por tan justa causa, anatematizándonos si hacemos lo contrario, como a perros mudos que no ladran cuando la salud espiritual del rebaño está en peligro».
El resultado fue que el Protector instó al arzobispo para que renunciase, prometiéndole un buque que lo conduciría a Panamá.
Confiado en esta promesa envió su renuncia y se le mandó salir de Lima en el término de veinticuatro horas.
Como la promesa de conducirlo a Panamá no fue cumplida, tuvo el arzobispo que embarcarse en un buque mercante para Río de Janeiro, escribiéndome antes de marcharse la siguiente carta:
«Chancai, noviembre 2 de 1821.
Ha llegado el tiempo de volverme a España, habiendo el Protector acordádome los pasaportes necesarios.
La fina atención de que soy deudor a V. E., y las particulares prendas que le distinguen y adornan me obligan a manifestarle mi sincera consideración y estima.
En España, si Dios me concede llegar en salvo, le suplico se digne mandarme.
Al dejar este país estoy convencido de que su independencia está para siempre afianzada.
Esto lo haré presente al Gobierno español y a la Santa Sede, y haré cuanto esté de mi parte para preservar la tranquilidad y promover las miras de los habitantes de América, que me son caros.
Dígnese, milord, aceptar estos sentimientos como emanados de la sinceridad de mi corazón, y mande a éste su agradecido servidor y capellán,
BARTOLOMÉ MARÍA DE LAS HERAS».
Esta expulsión forzosa del arzobispo era un acto de demencia política, siendo equivalente a declarar que era demasiado buen sujeto para que pudiera apoyar los designios de aquéllos que habían usurpado un poder injusto sobre su grey.
Si las promesas de Chile se hubiesen ejecutado en su integridad, tanto el arzobispo como su clero hubiesen usado de toda su influencia para promover la causa de la libertad, no tanto por interés como por inclinación.
La expresión del arzobispo sobre que «la independencia del Perú estaba afianzada para siempre» era, sin embargo, errada.
La tiranía no se compone de materiales duraderos.
Al obispo de Guamanga, que residía en Lima, también se le mandó salir del Perú dentro del término de ocho días, sin decirle el motivo, desembarazándose de este modo de la oposición del clero, no sin un profundo sentimiento de parte de los limeños, que estaban, sin embargo, sin poder ayudar a aquél ni ayudarse a sí mismos.
Como la condición de la Escuadra se fuese empeorando de día en día, y un espíritu de sedición se manifestase a causa de las actuales necesidades, puse todos mis esfuerzos para obtener por medio de negociaciones los castillos del Callao, prometiendo al comandante español se le permitiría marcharse con las dos terceras partes de la propiedad contenida en la fortaleza, a condición de que se entregase la restante con los fuertes a la Escuadra chilena.
Mi objeto era proveer a las tripulaciones con lo más indispensable, de que había gran necesidad por la conducta evasiva del Protector, quien continuaba negándoles no solamente la paga, sino hasta las provisiones, sin embargo, de que la Escuadra le había servido de escala para subir a la elevada posición en que se encontraba.
En poder de la guarnición española había sumas considerables y una gran cantidad de plata labrada que los habitantes acaudalados de Lima habían depositado en los fuertes para mayor seguridad, por temor a sus libertadores.
Una tercera parte de estos valores nos hubiesen sacado de nuestras dificultades.
En realidad, los buques carecían de todo género de provisiones; sus tripulaciones no tenían ni raciones de carne, ni aguardiente, ni ropa, consistiendo sus únicos medios de subsistencia en el dinero que se obtenía de los españoles fugitivos, a quienes se permitía el rescate entregando una tercera parte solamente de la propiedad con que se escapaban.
Tan pronto como mi ofrecimiento al comandante español La Mar llegó a conocimiento del Protector, a fin de estorbar su efecto y salir adelante con su designio de matar de hambre a la Escuadra chilena para que se pasara a él, prometió a La Mar protección ilimitada y absoluta para las personas y bienes si compraban carta de ciudadanos.
El comandante desechó, en consecuencia, mi propuesta; de modo que la esperanza de obtener una cantidad suficiente para pagar a los marineros y reparar los buques quedó frustrada.
Más tarde, el general San Martín me acusó al Gobierno chileno de aspirar a la posesión de las fortalezas del Callao con la mira de burlarme del Gobierno del Perú.
Esto era ridículo, aunque, si tal hubiera sido mi objeto, estaría perfectamente de acuerdo con mi deber hacia Chile, a la felicidad de cuyo Estado el Protector del Perú había faltado.
Mi objeto era simplemente obtener medios para hacer subsistir a la Escuadra, si bien es cierto que si yo me hubiera posesionado de los fuertes entonces habría exigido del general San Martín el cumplimiento de sus promesas, y con no menos certeza hubiese insistido en que ejecutara sus solemnes obligaciones para con los peruanos de darle la libertad de elegir su propio gobierno.
También me acusó de querer apropiarme para mi propio uso la cantidad que había yo propuesto al comandante español me entregase, y esto a pesar de que los marineros se hallaban en estado de motín por encontrarse pereciendo de hambre.
En vez de contribuir a este buen fin, como antes de la interposición del protector, La Mar estaba tal vez dispuesto a hacerlo, se permitió después a los españoles retirarse con todo su tesoro sin ser molestados, y de este acto, el más vergonzoso que jamás empañó el nombre de un jefe militar, voy ahora a ocuparme.
Como el asunto ha sido bien descrito por otro escritor que se hallaba presente a todo lo ocurrido, prefiero copiar sus propias palabras, a fin de alejar cualquiera sospecha de parcialidad que pudiera suponérseme en la materia:
«El Ejército español, que a principios de septiembre estaba en Jauja, esparció la alarma en Lima por las noticias que se recibieron de sus movimientos.
Parecía que estaba determinado a atacar a la capital, y el 5 de septiembre se diga la siguiente proclama en el cuartel general del Protector:
Parece que la justicia del cielo, cansada de tolerar por tan largo tiempo a los opresores del Perú, los guía ahora a su destrucción.
Trescientos de aquellos soldados que han desolado tantas villas, quemado tantos templos y destruido tantos miles de víctimas, están en San Mateo, y doscientos más en San Damián.
Si avanzan sobre esta capital es con el designio de inmolaros a su venganza (San Martín tenía 12.000 hombres para hacerles frente) y obligaros a comprar cara vuestra decisión y entusiasmo por la independencia. ¡Vana esperanza!
Los valientes que han libertado a la ilustre Lima, aquéllos que la protegen en los momentos más difíciles, saben cómo preservarla de la furia del Ejército español.
Sí, habitantes de esta capital, mis tropas no os abandonarán; ellas y yo vamos a triunfar de ese ejército que, sediento de vuestra sangre y bienes, se avanza, o pereceremos con honor, Pues nunca presenciaremos vuestra desgracia.
En cambio de este rendimiento, y para que logre el buen éxito que se merece, todo lo que os exigimos es unión, tranquilidad y una eficaz cooperación.
Esto se necesita para afianzar la felicidad y esplendor del Perú.
En la mañana del 10, lord Cochrane recibió a bordo del O'Higgins una comunicación oficial, participándole que el enemigo se iba acercando a los muros de Lima, y rogando de nuevo a su señoría enviase al Ejército todas las armas portátiles que hubiese a bordo de la Escuadra, como también los marinos y todos los voluntarios, porque el Protector se hallaba determinado a inducir al enemigo a batirse y a vencer o quedar sepultado bajo las ruinas de lo que había sido Lima.
Este heroico parte iba, sin embargo, acompañado de una carta privada de Monteagudo, en la que le suplicaba tuviese preparados los botes de los buques de guerra y colocase una avanzada en la playa de Boca Negra.
Lord Cochrane se dirigió inmediatamente al campamento de San Martín, en donde, siendo reconocido por diversos oficiales, se oyó un murmullo de alegría, y aun Guise y Spry exclamaron: 'Vamos a tener alguna acción ahora que el almirante ha llegado'.
El general Las Heras, que hacía de general en jefe, al saludar al almirante le suplicó se esforzase en persuadir al Protector obligase al enemigo a batirse.
En esto, su señoría se dirigió adonde estaba San Martín, y cogiéndole la mano le instó encarecidamente atacase al enemigo sin perder un solo momento; sus instancias fueron, sin embargo, vanas, recibiendo por única respuesta: -Mis medidas están tomadas.
A pesar de esta apatía, su señoría representó a lo vivo la situación en que había visto, no hacía cinco minutos, a la infantería enemiga, pidiendo al Protector por favor subiese a una altura que había detrás de la casa y se convenciese por sí mismo cuán fácil sería obtener una victoria; pero a todo esto recibió la misma fría respuesta: -Mis medidas están tomadas.
Los clamores que daban los oficiales en el patio de la casa hicieron recapacitar a San Martín, quien, mandando pedir su caballo, montó en él.
En ese momento todo era bullicio, y el anticipado resplandor de la victoria brillaba en cada semblante.
Se mandó tocar llamada, a la que obedeció en un instante todo el Ejército, que se componía de unos 12.000 hombres, incluso las guerrillas, todos deseosos de comenzar a batirse.
El Protector hizo seña con la cabeza al almirante y al general Las Heras, quienes se acercaron inmediatamente, esperando iba a consultarles sobre el modo de ataque o preguntarles de qué modo debía conducirse.
En este momento un labriego a caballo se acercó a San Martín, quien, con una calma sin igual, prestaba atención a sus relatos respecto al sitio en donde había estado el enemigo el día anterior.
El almirante, exasperado con una pérdida tan inútil de tiempo, dijo al paisano: 'Quítese de ahí; el tiempo del general es muy precioso para que lo emplee en escuchar sus tonterías'.
A esta interrupción San Martín miró con mal ceño al almirante, y volviendo su caballo se encaminó hacia la casa, en donde se apeó, metiéndose en ella.
Lord Cochrane pidió entonces una audiencia privada a San Martín -siendo ésta la última vez que habló con él- y le aseguró que aún no era demasiado tarde para atacar al enemigo, rogándole encarecidamente por favor no perdiese la oportunidad, y ofreciéndose él mismo a ponerse a la cabeza de la caballería.
Pero a esto recibió la respuesta: 'Yo sólo soy responsable de la libertad del Perú'.
Enseguida se retiró el Protector a un, cuarto interior de la casa a echar su siesta acostumbrada, la que fue interrumpida por el general Las Heras, que iba a recibir órdenes y a recordarle que las tropas estaban aún sobre las armas, a lo que San Martín contestó que se las racionara.
De este modo el general Canterac, con 3.000 hombres, pasó por el Sur de Lima, a medio tiro de fusil del ejército protector del Perú, compuesto de 12.000 valientes, entró en la fortaleza del Callao con un convoy de ganado y provisiones, en donde refrescó y descansó sus tropas durante seis días, y en seguida se marchó el 15, llevándose consigo todo el inmenso tesoro que los limeños tenían allí depositado, emprendiendo descansadamente su retirada hacia la parte Norte de Lima.
Luego que Canterac introdujo sus tropas en las baterías del Callao se anunció el suceso con salvas de artillería y otras demostraciones que partieron el alma de los oficiales chilenos.
El Ejército patriota, en vista de esto, fue a ocupar pasivamente su antiguo campamento de la Legua, entre el Callao y Lima».
Sería un acto de injusticia no mencionar que el segundo jefe, el general Las Heras, disgustado del resultado, dejó el servicio del Protector y pidió su pasaporte para Chile, el que le fue acordado, imitando su ejemplo varios oficiales del Ejército, quienes profundamente heridos por lo que había ocurrido, prefirieron la oscuridad y aun la pobreza a seguir por más tiempo bajo tales circunstancias.
«Hallábase en la bahía el buque de guerra inglés Superb, y muchos de sus oficiales, esperando ver el golpe decisivo dado en el Perú, se encaminaron al cuartel general de San Martín y se quedaron asombrados en presencia de la serenidad de ánimo de un general que a la cabeza de 12.000 hombres abandonaba una posición ventajosa en donde podía a lo menos haber interceptado el convoy de ganado, y de este modo compelido al Callao, a rendirse inmediatamente, en vez de permitirles pasasen sin disparar un tiro». ( Veinte años en la América del Sur, por W. Stevenson, Londres, 1825.)
El precedente extracto, publicado en Londres por uno que estaba a mi lado mientras ocurría todo esto, es perfectamente exacto.
Los limeños estaban profundamente humillados con la ocurrencia, no consiguiendo mitigar su enfado ni con la publicación de la siguiente proclama en la Gaceta ministerial del 19, por medio de la cual el general San Martín les informaba haber batido al enemigo y perseguido a los fugitivos, cuando el dicho enemigo había socorrido y reforzado la fortaleza, y enseguida se marchó serenamente, sin ser molestado, con plata labrada y dinero por valor de muchos millones de pesos, pues toda la riqueza de Lima, según se ha dicho, la habían depositado los habitantes en los fuertes para mayor seguridad.
Veamos, pues, su proclama:
Hace ahora quince días que el ejército libertador ha dejado la capital resuelto a no permitir que ni la sombra misma del pendón español enlute a la ilustre ciudad de Lima.
El enemigo bajó arrogantemente de las montañas imbuido por los cálculos que en su ignorancia había premeditado.
Se imaginaba que era bastante el presentarse delante de nuestro campamento para vencernos; pero ha encontrado valor armado de prudencia.
La idea de la hora del combate les hizo temblar, Y APROVECHÁNDOSE DE LA OSCURIDAD buscaron un asilo en el Callao.
Mi ejército principió su marcha, y al cabo de ocho días el enemigo tuvo que huir precipitadamente, convencido de su impotencia para probar la fortuna de la guerra, o quedarse en las posiciones que ocupaba.
La deserción que experimentaron nos asegura de que antes que lleguen a las montañas sólo les quedará un puñado de hombres aterrados y confundidos con el recuerdo del poder colosal que tenían un año hace y que ahora ha desaparecido como la furia de las olas al amanecer un día de calma.
El ejército libertador persigue a los fugitivos.
En todo caso, la capital del Perú no será jamás profanada con las huellas de los enemigos de América: esta verdad es perentoria.
El imperio español concluyó para siempre. ¡Peruanos!, vuestro destino es irrevocable; consolidadlo con el constante ejercicio de aquellas virtudes que habéis mostrado en la hora del combate.
Sois independientes y nada podrá impediros de ser dichosos si así lo queréis.
Para estas monstruosas aseveraciones sólo encuentro un paralelo, y es la relación que Falstaff hace de sus victorias contra los ladrones de Gadshiil.
El protector asegura que «la sombra del pendón español no volvería más a enlutar a Lima».
A pesar de esto, pasó completamente alrededor de la ciudad a medio tiro de fusil:
«El enemigo creyó que sólo bastaba ver nuestro campamento para vencernos».
Y eran solamente 3.000 para 12.000:
«Temblaban al pensar en la hora del combate y se aprovecharon de la oscuridad».
Siendo el hecho que con manadas de ganado y abundancia de otras provisiones entraron triunfantes en el Callao a mediodía, es decir, entre las once de la mañana y las tres de la tarde.
«El ejército libertador persigue a los fugitivos».
Éste es el solo hecho verdadero contenido en la proclama.
El enemigo iba perseguido por 1.100 hombres que le siguieron a distancia por espacio de diez millas, cuando de repente Canterac les dio frente, hizo avanzar sobre ellos la caballería y los derrotó casi a todos.
Lo cierto fue que los españoles vinieron para socorrer al Callao, y efectuaron completamente su objeto.
Si la proclama que antecede no estuviese indeleblemente estampada en las columnas de la Gaceta ministerial, se hubiese tomado por una fabricación maliciosa; empero los pobres independientes limeños no se atrevían a decir palabra contra falsedades tan palpables.
Desarmados y engañados alevosamente, estaban enteramente a merced del Protector, quien, si puede decir que ha tenido un motivo para no acometer a la pequeña fuerza de Canterac, lo fundó sin duda en aquello de guardar sus tropas intactas para oprimir más tarde a los infelices limeños, como luego se verá.
La triunfante retirada que la fuerza española hizo con tan grande cantidad de valores fue un desastre que, después que los limeños se levantaron contra la tiranía de San Martín, y lo expulsaron por fuerza de la ciudad, vinculó el derramamiento de torrentes de sangre en el Perú, pues que de aquel modo pudieron los españoles reorganizar una fuerza que habría vuelto a poner al país bajo la sujeción de sus antiguos opresores si el Ejército de Colombia no hubiese venido a hacer frente al enemigo común.
Chile mismo temía por su libertad, y después que yo había dejado el Pacífico me suplicó volviese a evitar desastres contra los que él no podía luchar.
Si el Protector no hubiese impedido que el comandante español La Mar aceptase el ofrecimiento que le hice de permitirle se retirase con las dos terceras partes del enorme tesoro depositado en los fuertes, Chile habría recibido, por lo menos, diez millones de pesos, dejando a los españoles retirarse con veinte millones.
Seguramente esto hubiese sido mejor que no permitirles, como San Martín lo hizo, se retirasen con el todo sin ser molestados.
Vencido yo en esta tentativa para socorrer las necesidades de la Escuadra, pues el Gobierno del Protector se negaba pertinazmente a hacerlo, era imposible evitar que la gente no se amotinase; los oficiales mismos, ganados por Guise y Spry, quienes iban a medianoche visitando los buques con este objeto, principiaron a pasarse al Gobierno del Protector.
La siguiente carta, dirigida a Monteagudo, hará ver el estado de la situación por lo que toca a la Escuadra:
Hoy he escrito a usted un oficio por el que verá que consecuencias que tengo largo tiempo ya predichas han llegado de tal modo a verificarse, que se hace indispensable el alejar los buques mayores de la Escuadra.
Si por un total descuido de cuanto tengo dicho al Gobierno del Protector por conducto de usted suceden cosas perjudiciales al servicio, el Protector y usted me harán a lo menos la justicia de creer que he cumplido con mi deber; los bajos, interesados y serviles, para hacer medrar sus egoístas miras pueden, si gustan, vociferar, pero yo no les hago caso.
Le hubiese remitido las relaciones originales de las provisiones y estado de los buques, hechas por los capitanes; pero debo guardarlas para mi propia justificación, en caso que fuere necesario.
¿Qué significa todo esto, Monteagudo? ¿Son estas gentes tan bajas que están determinadas a obligar se amotine la Escuadra?
Y ¿hay otros tan ciegos que no prevean las consecuencias?
Pregunte usted a sir Thomas Hardy y a los capitanes ingleses, o a cualesquiera otros oficiales cuál será el resultado de tan monstruosas medidas.
Créame usted con el corazón oprimido.
Prolongado abandono de la Escuadra.- Se subleva la gente en masa.- Cartas de los marineros.- San Martín envía fuera el tesoro público.- Me apodero de él.- Se devuelve la propiedad particular.- Acusaciones de San Martín contra mí- Se pagan los salarios a la Escuadra.- Se procura corromper la fidelidad de los oficiales.- Me invitan a desertar de Chile.- Lo rehúso, por lo que me mandan dejar el servicio.- Carta de Monteagudo.- Mi respuesta.- Motivos por que me apoderé del tesoro.- No me quedaba otro arbitrio posible.
Antes de ahora tenía yo a bordo de la almiranta la parte de dinero cogida en Arica, que no se había aún gastado; pero como el Gobierno chileno no me enviaba ni fondos ni provisiones, en la confianza de que el Perú atendería a las necesidades de la Escuadra, me vi obligado a gastar para nuestra subsistencia la parte no condenada del premio de presas pertenecientes a los marineros, necesidad que, no menos que la falta de paga o recompensa, los irritaba sobremanera, porque, en efecto, se les obligaba a batirse por la República, no sólo sin paga, sino a sus propias expensas.
Además de aquel dinero, tenía en mi poder la porción no condenada de otras sumas cogidas en la costa, la que tuve también que gastar, enviando al propio tiempo las cuentas de todo al ministro de Marina en Valparaíso, las que fueron completamente aprobadas por el Gobierno chileno.
La condición de abandono de la Escuadra y el descontento consiguiente de las tripulaciones se conocerán mejor por algunos párrafos de las cartas de los oficiales y de los soldados mismos.
El 2 de septiembre, el capitán Délano, comandante del Lautaro, me escribía lo siguiente:
«Tanto los oficiales como la gente están disgustados, habiendo estado tanto tiempo de crucero y hallándose ahora sin ninguna clase de viandas o espíritus y sin paga; de modo que ya no pueden mantenerse a sí mismos por más tiempo, aunque lo han sobrellevado todo sin quejarse hasta perecer de hambre.
La tripulación del buque a rehusado absolutamente hacer el servicio, pro lo escaso de las raciones.
El último charqui que se les dio estaba podrido y lleno de gusanos.
Están enteramente desprovistos de ropa, y persisten en su resolución de no hacer el servicio hasta que no se les suministre carne y espíritus, alegando que ya han cumplido su tiempo, sin obtener más que promesas, a las que se ha faltado tantas veces, que ya no quieren consentir se difiera por más tiempo.
Durante la ausencia de V. E. me tomé la libertad de escribir al Gobierno y hacerle presente sus quejas; pero el ministro de Marina ni aún siquiera me contestó.
La mayor parte han dejado al presente el buque y todos se han marchado a tierra, por lo cual, en las actuales circunstancias, y con el descontento de los oficiales y el resto de la tripulación, no salgo responsable de cualquier accidente que pudiese ocurrir al buque hasta que se allanen estas dificultades, pues los cables están en pésimas condiciones y no se puede uno fiar de ellos, y no tenemos áncoras suficientes para amarrarlo:
Habiendo el capitán Délano enviado a tierra a su primer teniente para persuadir a la gente se volviese al buque, se le arrestó por orden del Gobierno y se le detuvo en prisión, siendo del objeto del Protector hacer que desertasen todos los hombres, llevando así delante las miras que tenía de apropiarse de la Escuadra.
El Galvarino estaba aún en peor condición, por lo que creí conveniente dirigir una carta a la tripulación de este buque, pidiéndole continuase haciendo el servicio hasta que yo pudiese encontrar medios de aliviarles; el resultado de esto se verá por la siguiente carta que me escribió el capitán Esmond, comandante del Galvarino:
«Galvarino, septiembre 8 de 1821.
En cumplimiento a las órdenes de V. E. he leído su carta de 6 del corriente a la tripulación del buque, referente a las comunicaciones de V. E. con S. E. el Protector, respecto al pago de atrasos, premios de presas, etc.
Siento tener que informar a V. E. que ellos persisten en sus reclamaciones y están determinados a no salir a la mar:
El 19 los marineros extranjeros de la misma almiranta se amotinaron en masa; en vista de lo cual el capitán de bandera, Crosby, me escribió la siguiente carta:
Me cabe el mayor sentimiento en tener que informar a V. E. que hallándome preparado esta mañana para salir temprano a la mar, los marineros extranjeros rehusaron levar el ancla, a consecuencia de no habérseles pagado sus atrasos y premios de presa; y con más grande sorpresa mía, muchos de los nativos se vinieron también a popa.
Procuré por medios persuasivos aconsejarles se fuesen sosegados y de buena gana a sus quehaceres; pero sin que esto haya producido efecto alguno.
Sabiendo bien que si recurría a medidas coercitivas para hacer ejecutar estas órdenes, las consecuencias podían ser graves, me abstuve de ello, conociendo también que V. E. desea se conduzca todo lo más pacíficamente posible.
Tengo el honor de remitir a V. E. los nombres de los extranjeros que rehúsan salir a la mar, y de incluir también diferentes cartas que oficialmente me dirigió el capitán Cobbett del Valdivia.
Para no multiplicar estas cartas de otros comandantes, añadiré dos escritas por todos los marineros ingleses y norteamericanos, sin corregirles los defectos gramaticales de que abundan:
Señor, Hes la suplica de todos nosotros en la Tripulación del Buque informarle que queríamos supiese S. E. que a nosotros me prometieron el General San Martín dar una generosidad de 50.000 pesos y el Total Importe de la Fragata española Esmeralda, hes el Solo pensamiento de todos nosotros que si San Martín tuviese algún Honor no faltara a sus promesas que debieran haber sido cumplidas Largo ace.
TRIPULACIÓN DEL BUQUE O'HIGGINS».
Es el ruego de todos nosotros a bordo del buque Valdivia del Estado de Chile el informarle que nosotros estamos descontentos con motivo de nuestra paga y premios de presas, y asimismo las promesas que nos hicieron cuando salimos de Valparaíso, es asimismo nuestra Determinación no izar la ancla del Valdivia hasta que tengamos todos nuestros salarios y premios de presas, asimismo algunos están dentro nosotros a Riba de doce meses a Riba de nuestro tiempo por el que nos Embarcamos y asimismo deseamos se no de nuestra Despedida y se deje a aquéllos que quieran Reengancharse Otra vez Pueden hacerlo como lo crean conveniente pues nosotros tenemos a este por un puerto patriota.
LA TRIPULACIÓN A LO LARGO DEL BUQUE VALDIVIA».
«Señor Caballero Capitán Crosby:
Nosotros queremos informarle a V. de lo que nos an lido abordo de los diferentes buque destado C. a las Ordenes de S. E. Tocante a la Cactura de la Esmeralda...
Señor así era que la importancia del Servicio obrado por Vuecelencia a los Estados por la Cactura de la Fragata Española Esmeralda, y el agarido modo con que esta entrepresa hiba estado conducida bajo su Comando en la memorable noche del quinto de noviembre, a argumentado los titlos que sus previos servicios dieran a la consideración del gobierno y a los que están interesados en su causa como a mi presente estima.
Todos aquéllos que tomaron del riesgo y gloria de esta entrepresa merece también la estima de sus Compañeros de Armas, y lo gozo del pacer de ser el Órgano de sus Sentimientos de admiración que tan importante acción a producido en los oficiales y ejército.
Permítame por lo tanto exponer tales sus sentimientos a Vuecelencia para que puedan comunicarse a los oficiales y marineros y tropas de la Escuadra.
Tocante al premio por la fragata es de sentir que la memoria de una tan heroica Entrepresa vaya mezclada con la dolorida idea de que se a vertido sangre en Consumación, y nosotros esperamos que Vuecelencia y los valientes oficiales y marineros serán capaces de dar nuevos días de gloria a la causa de independencia.
TRIPULACIÓN DEL BUQUE O'HIGGINS.
Ni siquiera un solo sentimiento han llenado».
Esta carta, aunque algún tanto incomprensible, era un memorial obsequioso de despedida que me dirigían antes de desertar de la almiranta, y si esto hubiese llegado a verificarse, no había la menor duda de que las tripulaciones de todos los buques de la Escuadra habrían seguido su ejemplo; de manera que el Protector habría conseguido sus fines a despecho de mis esfuerzos para conservar a los hombres fieles a la bandera bajo la cual se obligaron a servir.
Afortunadamente para Chile y para mí aconteció una ocurrencia que alejó el mal y que tuvo precisamente su origen en los mismos medios que el Protector había maquinado para adelantar sus miras personales.
La ocurrencia a que me refiero fue el haber embarcado el Protector grandes cantidades de dinero en su yate Sacramento, del que se había sacado el lastre para estibar la plata, y también en un buque mercante que había en el puerto, con exclusión de la fragata Lautaro, que estaba entonces allí fondeada.
Este dinero se había enviado a Ancón bajo el pretexto de ponerlo a salvo de cualquier ataque por parte de las fuerzas españolas, pero con ánimo quizá de apropiarlo para las miras ulteriores del Protector.
De este modo tuvo la Escuadra una demostración palpable de que sus atrasos podían ser pagados; pero oficiales y hombres rehusaron continuar por más tiempo en un servicio que no les había acarreado más que prolongados sufrimientos.
Mi modo de ver coincidía con el suyo y estaba determinado a que no se matase de hambre por más tiempo a la Escuadra ni se la defraudase de lo que le pertenecía.
Por lo tanto, me di a la vela para Ancón, y en persona me apoderé del tesoro delante de testigos; respetando todo cuanto se decía pertenecer a individuos particulares, y también todo lo que contenía el yate Sacramento, perteneciente al Protector, considerándolo como su propiedad privada, sin embargo de que no podía haber procedido sino de pillaje hecho a los limeños.
Independientemente de este yate cargado de plata, había también a bordo siete zurrones llenos de oro no acuñado, traído a su cuenta por su comisionado Paroissien; de manera que, después de las riquezas sustraídas de Lima que se suponían haber sido anteriormente depositadas para mayor seguridad en los fuertes del Callao, y que luego se llevó Canterac, puede imaginarse cual sería el estado de los infortunados limeños, en vista de las sumas adicionales de que subsiguientemente se les despojó.
Inmediatamente hice saber que todos los particulares que poseyesen los documentos respectivos recibirían su propiedad al reclamarla, y de este modo se entregaron sumas considerables al doctor Unanue, a D. Juan Agüero, D. Manuel Silva, D. Manuel Primo, D. Francisco Ramírez y a otros varios, a pesar de que tenían conexión con el Gobierno.
Además de esto, entregué 40.000 pesos al comisario del Ejército que los reclamó; por manera que, después de haber devuelto todo el dinero, por el que se produjeron testimoniales, quedaron 285.000 pesos, los que se aplicaron subsiguientemente al pago de un año de atrasos a cada individuo de la Escuadra; pero confiando en la justicia del Gobierno chileno, no tomé ninguna parte para mí, reservando lo poco sobrante que quedaba para las más urgentes necesidades y el equipo de la Escuadra.
De todo el dinero cogido se mandaron relaciones al ministro de Marina de Valparaíso, así como certificados del modo que se gastó, y a su debido tiempo, recibí la aprobación del Gobierno chileno por todo lo que se había hecho.
El general San Martín me suplicó, en los términos más encarecidos, restaurase el tesoro, prometiendo el fiel cumplimiento de sus anteriores obligaciones.
Cartas y más cartas se me dirigían, rogándome salvase el crédito del Gobierno, y pretendiendo que el dinero cogido era todo lo que aquél poseía para subvenir a los gastos diarios más indispensables.
A esto repliqué que si hubiese yo sabido que el tesoro dejado intacto en el Sacramento pertenecía al Gobierno, y no al Protector, lo habría también cogido y retenido hasta que se hubiese liquidado lo que se debía a la Escuadra.
Encontrando que todo argumento era inútil y que no se hacía ningún caso de sus amenazas, el Protector, para salvar el crédito del Gobierno, dirigió una proclama a la Escuadra, confirmando la distribución que se la estaba haciendo por orden mía, y escribiéndome al propio tiempo, que yo «podía emplear el dinero del modo que me pareciera».
Más tarde San Martín me acusó al Gobierno chileno de haber confiscado todo el tesoro, incluso el que se hallaba en su yate, que, por un bajo cálculo, debía valer varios millones de pesos, los que se dejaron todos intactos.
También afirmó me había yo quedado con todo cuanto pertenecía a los particulares, aunque se había entregado hasta el último real reclamado, como era bien notorio a cada uno de los interesados, y él sabía también que no me había quedado con un solo cuarto para mi provecho.
A pesar de eso aseveró que me había guardado el todo, y por esto la Escuadra estaba amotinada, y los marineros abandonaban sus buques para ir a ofrecer sus servicios al Gobierno del Perú, siendo lo cierto que a aquéllos que fueron a tierra a gastar su paga, como acostumbraban los marineros, se les impidió el volver a bordo, poniendo preso a un teniente de mi almiranta, porque procuraba reunirlos otra vez.
La primera noticia que tuve de este ultraje me la comunicó el mismo oficial en la siguiente carta fechada desde su prisión:
Mientras ponía en ejecución las órdenes de V. E. trayendo la gente al O'Higgins, el capitán Guise me envió su teniente a decirme que no me era permitido embarcar ni un hombre más.
Mi respuesta fue que hasta que recibiese órdenes de V. E. en contrario, no me era posible pensar en desistir.
Fui en seguida a manifestar mis órdenes al capitán Guise, quien me respondió que el gobernador había prohibido que yo lo hiciera; me dijo igualmente que varios oficiales habían hablado mal del Gobierno, aludiendo, por ejemplo, al capitán Cobbet y otros.
Enseguida me preguntó si yo pensaba que el robo que V. E. había hecho del dinero en Ancón era justo, y si creía que el Gobierno tenía o no ánimo de cumplir sus promesas y de pagarnos.
Mi respuesta fue que, a mi modo de ver, V. E. había obrado con razón, y que mi opinión era que el Gobierno nunca había tenido intención de pagarnos.
En vista de esto mandó ponerme arrestado».
Al presente me encuentro prisionero en Casasmatas, habiéndoseme dicho que el Gobierno escribiría a V. E. sobre este asunto.
No dudo, milord, que los hombres se volverán, y muchos me prometieron hacerlo mañana por la mañana.
En la esperanza de que V. E. investigará las circunstancias, soy, etc.:
Al recibo de ésta pedí inmediatamente su libertad, a lo que se accedió.
Antes de distribuir el dinero a la Escuadra tomé la precaución de pedir se mandase un comisario del Gobierno a bordo para que presenciase el pago de las tripulaciones.
Como no se accediese a esto, volví de nuevo a pedirlo, pero sin resultado; la razón de no asentir a mi ruego, como después se supo, fue el esperar pondría yo el dinero en sus manos en tierra, para que así se hubiesen apoderado de él, sin pagar ni a los oficiales ni a la gente.
Esto, empero, se había previsto, habiendo informado al Gobierno que:
«El dinero estaba a bordo pronto para ser distribuido, en tanto que la gente se hallaba también a bordo dispuesta a recibirlo; por lo tanto, no había necesidad de conducirlo a tierra».
Enseguida hicieron el reparto mis propios oficiales.
Incómodo el Protector sobremanera de que yo hubiese dado un paso semejante para restablecer el orden en la Escuadra, haciendo justicia a los oficiales y tripulación, creyó vengarse el 26 de septiembre, precisamente el día en que me había dicho por carta «hiciese del dinero lo que me agradase», enviando a bordo de los buques de la Escuadra a sus dos ayudantes de campo, el coronel Paroissien y el capitán Spry, para distribuir carteles, en los que se expresaba que:
«La Escuadra de Chile estaba bajo el mando del Protector del Perú, y no bajo el del almirante, quien era de inferior graduación en el servicio; y que, por lo tanto, era del deber de los capitanes y comandantes obedecer a las órdenes del Protector y no a las mías».
Uno de estos papeles me fue al punto entregado por el excelente y honradísimo oficial Simpson, capitán del Araucano (hoy almirante al servicio de Chile), a la tripulación de cuyo buque se había distribuido.
Estos emisarios ofrecían, a nombre del Protector, grados, promesas de honores, títulos y haciendas a todo oficial que aceptase servir bajo el Gobierno del Perú.
Los enviados del Protector fueron del Araucano al Valdivia, en donde se repartieron iguales papeles entre la tripulación, y tuvieron la osadía de insinuar al capitán Cobbett, sobrino del célebre Guillermo Cobbett, que un oficial por su propio interés debía dar la preferencia al servicio de un rico Estado como el Perú, en lugar de adherirse a Chile, que pronto decaería por su comparativa poca importancia; además, que siendo indisputable la autoridad del Protector sobre las fuerzas chilenas, era del deber de los oficiales el obedecer a las órdenes de aquél como general en jefe.
El capitán Cobbett, que era un fiel y excelente oficial, preguntó atrevidamente a Spry si por desobedecer al almirante se le pasase por un consejo de guerra, ¿podría la autoridad del Protector absolverle?
Esto terminó la controversia; pues, hallándose a la sazón bajo sentencia del consejo de guerra, la pregunta era demasiado amarga para que fuera agradable, sobre todo no estando seguro de que Cobbett le apresara como a desertor.
Desgraciadamente para los emisarios, mi capitán de bandera, Crosby, había ido a visitar al capitán Cobbett, y al saber el mensaje que aquéllos llevaban se adelantó hacia la almiranta a llevarme la nueva.
Observando aquéllos este movimiento, al instante le siguieron, juzgando que era más prudente hacerme una visita que correr el riesgo de que se les obligara a hacérmela.
A la una de la madrugada su bote atracó al costado de la almiranta, y Paroissien solicitó una entrevista, quedándose Spry en el bote, porque tenía sus razones para no querer llamar mi atención.
Paroissien se dirigió entonces a mi haciéndome las más ostentosas promesas, asegurándome que el Protector deseaba, sin embargo de todo lo que había ocurrido, conferirme los más altos honores y recompensas, entre otros, la condecoración de la recién creada orden del Sol, y añadiendo cuánto mejor sería para mí ser el primer almirante de un rico país como el Perú, que vicealmirante de una pobre provincia como Chile.
Me aseguró, como uno de los comisionados de los bienes confiscados, que era la intención del Protector hacerme el regalo de una riquísima hacienda, y que sentía que la actual funesta contienda fuese un obstáculo a las intenciones que aquél tenía de conferirme el mando de la Marina del Perú.
Apercibiéndome de la inquietud nerviosa que experimentaba al llevar sus negociaciones adelante, le recordé que la Marina peruana sólo existía en su imaginación, que no tenía la menor duda de que me deseaba prosperidades; pero que tal vez sería más agradable acompañarme a destapar una botella de vino, que el reiterarme sus pesares y lamentaciones.
Después de haber tomado una copa se fue a su bote y se largó, contento sin duda de haber escapado tan bien, pero no porque se me hubiese ocultado la perfidia cometida de recorrer en la obscuridad los buques de la Escuadra para perturbar el ánimo de los oficiales y tripulación.
Este y otros esfuerzos, sin embargo, no salieron sino demasiado bien, pues 23 oficiales abandonaron el servicio chileno, en unión con todos los marineros extranjeros que se habían ido a tierra a gastar su paga, y que luego detuvieron por fuerza o por la engañifa de promesas de un año de paga; de manera que la Escuadra quedó a medio tripular.
Hallándose otra vez la fortaleza, a causa de la vigilancia de la Escuadra, a punto de rendirse por hambre, a pesar de los socorros que tan felizmente introdujera el general Canterac, recibí una orden para que inmediatamente dejara el Callao y me dirigiera a Chile, aunque el Gobierno peruano creía que, en vista de haber abandonado a la Escuadra los oficiales y marineros extranjeros, era imposible cumplir con aquella orden.
He aquí la carta en que Monteagudo me comunicaba las órdenes del Protector:
La nota de V. E., fecha ayer, en que expone los motivos que ha tenido para declinar del cumplimiento de las órdenes positivas del Excelentísimo señor Protector del Perú, sobre la devolución momentánea del dinero que tomó V. E. en Ancón, a la fuerza, junto con otras propiedades del Estado y particulares, ha frustrado enteramente la esperanza que había concebido el Gobierno de una terminación feliz del más desagradable de todos los sucesos que han ocurrido en la campaña.
Para contestar detalladamente a V. E. sería preciso entrar en una difícil investigación de hechos que se han desfigurado y que no pueden rectificarse sino exhibiendo todas las comunicaciones oficiales que han pasado sobre el particular, y los documentos que prueban el interés con que se han atendido las necesidades de la Escuadra.
(Siguen reiteraciones de promesas, buena intención por parte del Protector, con las que el lector ya está familiarizado)
Esto ha sido ciertamente un golpe mortal para el Estado en sus actuales apuros, y de más trascendencia que cuantos podía recibir de una mano enemiga; pero nos queda el mismo fondo de que hasta aquí hemos vivido, que es la moderación y el sufrimiento de los valientes que todo lo sacrifican a la esperanza de la gloria.
Salga V. E. inmediatamente para los puertos de Chile con la Escuadra de su mando, devolviendo antes el dinero de particulares que ha tomado, que no hay aún la sombra de un pretexto para detenerlos.
Al comunicarle a V. E. esta resolución debo expresarle el sentimiento con que la ha adoptado el Gobierno, puesto ya en la alternativa de autorizar él mismo su última degradación, o de separarse de un jefe a quien le han unido vínculos de amistad y consideración, de que ha dado pruebas muy señaladas a V. E. desde el mes de agosto del año 20.
Por conclusión, V. E. permitirá hacer una observación, que su propia dignidad y la del Gobierno reclaman altamente; hablo del estilo habitual del secretario de V. E., que sin vocación para el destino que ocupa, manifiesta bien que no conoce el idioma, que no tiene nociones de delicadeza y que su alma no ha sido formada para concebir ideas correctas, ni expresarlas con decencia.
A S. E. el muy honorable lord Cochrane, vicealmirante de la Escuadra».
El tono quejumbroso de esta carta acerca de los valientes que sacrificaron «todo» es digno del escritor.
Mientras yo había dejado intactas cantidades mucho mayores que la confiscada, y que el Ejército, según lo confesaba el Gobierno del Protector, recibía dos tercios de su paga, a la Escuadra se la dejaba morir de hambre.
El 28 respondí al ministro como sigue:
Me hubiera inquietado si la carta que usted me dirigió encerrase las órdenes del Protector de salir de los puertos del Perú, sin dar para ello razón, y me habría afligido si estos motivos se fundasen en justicia o en hechos; pero hallando que esa orden está cimentada en la infundada imputación de haberme rehusado a hacer lo que no me era posible ejecutar, me consuelo de que el Protector se satisfará por último de que no soy digno de censura.
En todo caso, me cabe la satisfacción de tener mi conciencia limpia de falta, y de regocijarme con la consoladora convicción de que, por más que los sicofantes tuerzan los hechos, los hombres que ven las cosas bajo sus verdaderos colores me harán la justicia debida.
Se dirige usted a mí como si yo necesitase convencerme de sus buenas intenciones.
No, señor; los marineros son los que han menester de convencerse, pues son ellos los que no creen en promesas tantas veces quebrantadas.
Son hombres de pocas palabras y de buenos hechos, y dicen que 'su trabajo les hace acreedores a salario y comida, y que no trabajarán más si no se les paga y mantiene', por descortés que este lenguaje sea y nada a propósito para los oídos de hombres de alto copete.
Por otra parte, están exasperados de que no se les haya dado paga alguna, mientras que sus compañeros del Ejército han recibido dos tercios de sus salarios; estaban muriéndose de hambre, o viviendo solamente de charqui corrompido, ínterin que las tropas recibían buenas raciones de carne fresca; no se les pasaba aguardiente, en tanto que el Ejército tenía dinero para procurarse esa bebida favorita y todo cuanto deseaba.
Tales son, señor mío, las toscas razones sobre que funda un marinero inglés su modo de sentir.
Él espera un equivalente por su contrata, que fielmente cumple por su parte; pero cuando se le atropellan sus derechos, es tan borrascoso como el elemento sobre que vive.
Es, pues, inútil tratar de convencerme a mí; a ellos es a quienes debe usted convencer.
¿En qué comunicación he insistido yo, señor, sobre el pago de 200.000 pesos?
Es verdad que le envié la relación de lo que se debía; pero le decía en mi carta que eran los marineros amotinados quienes pedían aquel desembolso, y que yo estaba haciendo cuanto podía, aunque en vano, para contener su violencia y aquietar sus temores.
Me dice usted en su carta que era imposible pagar a las clamorosas tripulaciones.
¿Cómo, pues, que ahora están pagadas de aquel mismo dinero que tenía usted a su disposición, habiendo yo dejado intacta una cantidad diez veces mayor?
Al advertirle que uno no podía burlarse de ellos por más tiempo, me fundaba en la larga experiencia que tengo de su carácter e inclinaciones; y los hechos han probado, y tal vez prueban aún mucho más, la verdad de lo que le dije.
¿Por qué, señor, se sirve de la palabra inmediatamente en la orden que me manda salir de estos puertos?
¿No hubiera sido mucho más decoroso el ser menos perentorio, sabiendo, como usted lo sabe, que el haber retardado el pago dejó a los buques sin brazos, que el total desdén con que se recibieron todas mis demandas puso en desamparo a la Escuadra, y que personas en nombre del Gobierno peruano invitaban a la gente a desertar?
Siendo esto así, ¿por qué llevar las cosas hasta la última extremidad?
Le agradezco la aprobación que usted hace de mis servicios desde el 20 de agosto de 1820, y le aseguro que mi celo por los intereses del Protector de ningún modo se ha amenguado hasta el 5 de agosto, día en que llegué a saber la instalación de S. E., y cuando, en presencia de usted, expresó sentimientos que me hicieron estremecer de horror, y que ninguno de sus subsiguientes actos o protestaciones de buena intención pudieron nunca mitigar.
¿No ha dicho, y hasta no le ha oído usted decir, que jamás pagaría la deuda de Chile, ni lo que se debía a la Marina, a menos que aquél no vendiese la Escuadra al Perú?
¿Qué hubiese usted pensado de mí como un oficial que juró fidelidad al Estado de Chile si hubiese escuchado tal lenguaje, ese frío y calculador silencio, pesando mi decisión en la balanza de mis personales intereses?
No, señor; la promesa de San Martín de que 'mi suerte sería igual a la suya propia' no me desviará del sendero del honor.
Su obediente y humilde servidor:
Después del transcurso de cerca de cuarenta años de atenta consideración no puedo reprocharme de haber hecho mal en apoderarme del dinero del Gobierno protectorio.
El general San Martín y yo fuimos encargados, cada uno en su respectivo ramo, de libertar al Perú de España, y de dar a los peruanos las mismas instituciones libres de que Chile gozaba.
La primera parte de nuestro objeto se había efectuado completamente por la vigilancia y los hechos memorables de la Escuadra; la segunda parte se había frustrado por arrogarse el general San Martín el poder despótico, teniendo así en nada los deseos y la voz del pueblo.
Como «mi fortuna en común con la suya» dependía solamente del consentimiento que yo prestara al daño que él había hecho a Chile faltando a la fidelidad que le debía, y en apoyarle en el daño aún mayor que estaba causando al Perú, no creí deber sacrificar mi propia estimación y el carácter de mi profesión prestándome como instrumento a tan viles maquinaciones.
Hice cuanto estuvo de mi parte para advertir al general San Martín de las consecuencias de una ambición tan mal dirigida; pero mis advertencias fueron desatendidas, cuando no despreciadas.
Chile confiaba en que él costearía los gastos de la Escuadra cuando sus objetos, según los había definido el supremo director, se hubiesen realizado; pero en vez de cumplir con este deber consintió que la Escuadra pereciese de hambre, que sus tripulaciones anduviesen cubiertas de andrajos y que los buques estuviesen en continuo riesgo por falta del necesario equipo que en Chile no pudo dárseles cuando salieron de Valparaíso.
El pretexto de este abandono era la escasez de recursos, sin embargo de que en aquel mismo tiempo una enorme cantidad de dinero se enviaba de la capital a Ancón.
Viendo que no había intención por parte del Gobierno del Protector de hacer justicia a la Escuadra chilena, mientras que se hacían todo género de esfuerzos para excitar el descontento entre los oficiales y los hombres, con el objeto de atraerlos al Perú, me apoderé del tesoro público, satisfice a la gente, y conservé la Marina a la República de Chile, la cual me dio después las más expresivas gracias por todo lo que había hecho.
A pesar de la difamación con que el Gobierno protectoral quiso mancillarme, no había nada de malo en la conducta que observé, aunque no fuese más que por la razón de que si tenía que conservar la Escuadra de Chile, me era imposible haber obrado de otro modo.
Años de reflexión sólo me han producido la convicción de que, si me hallase colocado en semejantes circunstancias, adoptaría precisamente la misma línea de conducta.
Llegada a Guayaquil.- Proclama a los guayaquileños.- Monopolios perjudiciales.- Locura ministerial.- Partida de Guayaquil.- Arribo a México.- Doy fondo en Acapulco.- Falsos embajadores.- Trama contra mí.- Vuelta a Guayaquil.- Toma de posesión de la Venganza.- Convenio con la Junta.- El general La Mar.- Ordenes para que no se me suministrasen víveres.- Odiosa crueldad.- Lujo de corte.- Destrozo de una división del Ejército.- Descontento de los oficiales.- San Martín me reitera sus ofrecimientos.- Los rehúso.- Consejos al Gobierno chileno.
Las órdenes del Protector de marcharme a Chile no las cumplí:
Primero, porque habiendo él mismo faltado a la fidelidad que debía a aquel Estado, no tenía derecho de ingerirse en la Escuadra; y segundo, porque como las fragatas españolas andaban aún cruzando, mi misión no estaba cumplida hasta que las capturase o destruyese.
Antes de ir en busca de ellas era de absoluta necesidad reparar, equipar y abastecer los buques, nada de lo cual podía efectuarse en el Perú, habiendo el Protector no sólo rehusádome víveres, sino también expedido órdenes a la costa para que se me negase todo aquello de que pudiera haber menester, hasta leña y agua.
Por falta de bastimentos ninguno de los buques estaba en estado de poder salir a la mar; el Valdivia mismo, tan admirablemente abastecido cuando se cogió, estaba ahora en tan mala condición como el resto de la Escuadra, por haber tenido que distribuir sus elementos entre los otros buques; y para hacer más completa su inutilidad no quiso el Protector devolver las áncoras que se habían cortado de su proa al tiempo de capturarlo, aumentando así nuestras dificultades.
Muchos de los oficiales se habían pasado al servicio del Perú, y los marineros extranjeros habían sido detenidos en tierra, en tal número que no quedaron bastantes para hacer las faenas de los buques, por lo cual resolví enviar parte de la Escuadra a Chile, e irme con el resto a Guayaquil, a fin de repararlos y embonarlos para echarme a cruzar en la costa de México en busca de las fragatas españolas.
Llegamos a Guayaquil el 18 de octubre y fuimos muy bien recibidos por las autoridades, las cuales saludaron la bandera chilena, pagándoles nosotros con el mismo cumplido a la suya.
Las reparaciones y embono nos ocuparon seis semanas, durante cuyo período el Gobierno nuevamente constituido, nos prestó toda la asistencia que estaba en su poder, conservando con nosotros las más amistosas relaciones.
Los gastos, que fueron considerables, se pagaron de los premios de presas no invertidos que teníamos a bordo, los cuales pertenecían de derecho a los oficiales y marineros, como que nunca el Gobierno les había satisfecho sus anteriores reclamaciones, por cuenta de las cuales se habían retenido.
Para inspirar a los marineros la noble esperanza de que el Gobierno chileno les reembolsaría su generosidad eché mano de mi propio dinero, en vista de lo cual consintieron gustosos en que se emplease el que pertenecía a la Escuadra.
Antes de dejar el fondeadero se me había honrado con una felicitación pública, y creyendo esta oportunidad favorable para dar un golpe a aquellas preocupaciones españolas que, a pesar de la independencia, aún quedaban por la fuerza de hábito, devolví el cumplido con la siguiente proclama:
La recepción que la Escuadra chilena ha encontrado entre vosotros, no sólo demuestra la generosidad de vuestros sentimientos, sino que prueba que un pueblo capaz de mantener su independencia a despecho del poder arbitrario debe poseer en todo tiempo nobles y elevadas prendas.
Creedme, el Estado de Chile os estará siempre agradecido de vuestra asistencia y muy especialmente el supremo director, por cuyos esfuerzos ha sido formada la Escuadra, y a quien la América del Sur debe cualquier beneficio que haya podido recibir de los servicios de aquélla.
¡Ojalá que seáis tan libres como sois independientes, y tan independientes como dignos sois de ser libres!
Con la libertad de imprenta, que ahora protege vuestro excelente Gobierno, que tanta ilustración recoge de este origen, Guayaquil no puede nunca volver a caer en la esclavitud.
¡Notad la diferencia que ha producido en la opinión pública un año de independencia!
En aquéllos que entonces considerabais como enemigos habéis descubierto vuestros más verdaderos amigos, en tanto que los que antes creíais como amigos, resultaron ser vuestros enemigos.
Recordad vuestras antiguas nociones respecto a comercio y manufacturas y comparadlas con las que al presente tenéis.
Habituados a las ciegas costumbres del monopolio español, os imaginabais entonces que Guayaquil sería robado si su comercio no se limitaba a sus propios negociantes.
Leyes restrictivas prohibían a todo extranjero de ocuparse hasta de sus negocios e intereses; ahora adoptáis una recta línea política, y vuestro esclarecido Gobierno está pronto a apoyar la opinión pública en el adelanto de vuestras riquezas, fuerza y bienestar, así como a venir en su ayuda, diseminando por medio de la Prensa las opiniones políticas de doctos y grandes hombres, sin temor de la Inquisición, el haz o la estaca.
Me es muy satisfactorio el notar el cambio que se ha operado en vuestras ideas de economía política y el ver que podéis apreciar y desdeñar el clamor de una insignificante minoría que querría aún poner obstáculos a la prosperidad pública; aunque es dificultoso creer haya un ciudadano en Guayaquil que sea capaz de oponer su interés privado al bien general, como si su provecho personal fuese superior al de la comunidad, o como si el comercio, la agricultura y los artefactos hubiesen de paralizarse por su utilidad especial.
Haced que la Prensa manifieste las consecuencias del monopolio, y estampad vuestros nombres en la defensa de vuestro esclarecido sistema.
Haced ver que si vuestra provincia contiene 80.000 habitantes, y que si ochenta de entre ellos mercaderes privilegiados bajo el pie del antiguo sistema, 9.999 personas de 10.000 es preciso que sufran a causa de que su algodón, café, tabaco, madera y otros productos tienen que ir a las manos del monopolista, como el solo comprador de lo que ellos tienen que vender y el único vendedor de lo que necesariamente tienen que comprar; siendo la consecuencia que él comprara al más bajo precio posible, o venderá al más subido, de manera que no sólo los 9.999 son agraviados, sino que también las tierras irán a menos, a las factorías faltarán los brazos, y el pueblo se volverá desidioso y pobre por falta de estímulo, siendo una ley de la Naturaleza que nadie debe trabajar únicamente para la ganancia de otro.
Decid al monopolista que el verdadero método de adquirir amplias riquezas, poder político y aún ventajas particulares, es el vender los productos de su país lo más caro, y las mercancías extranjeras, lo más barato posible, y que esto sólo puede efectuarlo la concurrencia pública.
Que a los negociantes extranjeros que traen capital les sea permitido establecerse libremente, y lo mismo a aquéllos que tienen alguna profesión u oficio mecánico; y de este modo se formará una competencia de la que todos habrán de sacar ventaja.
Entonces la tierra y la propiedad inmobiliaria aumentarán de valor; los almacenes, en vez de ser receptáculos de inmundicia y crimen, estarán llenos de los más ricos productos extranjeros y domésticos, y todo será energía y actividad, porque la recompensa será en proporción al trabajo.
Vuestro río se llenará de bajeles, y el monopolista estará humillado y avergonzado.
Bendeciréis el día en que el Omnipotente permitió se rasgase el velo del obscurantismo, bajo el cual se cobijaba el despotismo de España y la horrible tiranía de la Inquisición, y que la falta de libertad de imprenta por tanto tiempo os ocultaron la verdad.
Que vuestros derechos de aduana sean moderados, a fin de promover el mayor consumo posible de mercancías extranjeras y domésticas; entonces cesará el contrabando, y las rentas del Tesoro se aumentarán.
Que cada uno haga lo que guste por lo que toca a su propiedad, miras e intereses; por la razón de que cada individuo velará sobre lo que es suyo con más celo que senadores, ministros o reyes.
Dad el ejemplo al Nuevo Mundo con vuestras miras liberales; de este modo, como Guayaquil es por su situación geográfica la República Central, se volverá en centro de la agricultura, el comercio y las riquezas del Pacífico.
La liberalidad de vuestros sentimientos y la rectitud de vuestros actos y opiniones son para vuestra independencia un baluarte más firme que ejércitos y escuadras.
El que podáis seguir por el sendero que os hará tan libres y dichosos como vuestro territorio es feraz, y de que podáis hacerlo productivo, es el sincero deseo de vuestro agradecido amigo y servidor.
Tal vez el lector considere superfluo amonestar de este modo a un pueblo emancipado; pero la afición que se tenía a monopolios perjudiciales, a pesar de la independencia, era uno de los caracteres más notables de las repúblicas de la América del Sur, y que nunca perdí la oportunidad de combatir.
La República chilena misma, que fue de las primera en combatir por la libertad, dio incremento a sus prácticas de monopolio en lugar de disminuirlas.
Uno o dos ejemplos no vendrán aquí fuera de propósito.
Un hábil ingeniero inglés, el señor Miers, inventó una maquinaria completa para fundir, rollar y fabricar cobre, comprando terreno para erigir su fábrica.
Tan pronto como se supo su intención le envolvieron en un largo y costoso pleito para que no se sirviese del terreno que había comprado, siendo el resultado una gran pérdida pecuniaria, completo impedimento en sus operaciones, y el trasladar definitivamente al Brasil aquella parte de su maquinaria que no se había enteramente echado a perder.
La cerveza inglesa se vendía a precio muy subido en Chile, a causa de lo elevado de los fletes y los derechos de aduana.
Un industrioso escocés, llamado Macfarlane, estableció una cervecería a mucho costo, y no costando la cebada más que un chelín por fanega, pronto produjo muy buena cerveza a precio barato.
El Gobierno inmediatamente impuso sobre su cerveza un derecho equivalente a todo el flete desde Inglaterra, derechos de aduana, etc., siendo el resultado de su empresa tener que parar la fábrica y perder el capital empleado.
¡Se había, sin saberlo, mezclado en los derechos establecidos sobre la cerveza!
Algunos americanos emprendedores formaron una pesquería de ballena en la costa de Chile, cerca de Coquimbo, en donde abundaba ballena de esperma, siendo tan próspera la pesca que la especulación prometía una fortuna a todos los que tenían parte en ella.
Se habían procurado un lugar espacioso, con abundancia de cascos para contener el aceite; el Gobierno mandó embargar todos los cascos para hacer la aguada de la Escuadra, lo que encontró más fácil que el procurárselos él mismo; verificado lo cual, en conformidad a lo mandado, los americanos formaron cuevas que cubrieron de arcilla, donde metían el aceite hasta procurarse nuevos cascos.
Al saber esto, el gobernador de Coquimbo prohibió este método, con motivo de que el aire podía llevar allí un olor desagradable, aunque los vientos generales nunca soplaban en aquella dirección.
Por lo tanto, se vieron los americanos obligados a abandonar la empresa, y con ella mucha esperma de ballena que tenían en la bahía preparada para hervir.
Sería fácil añadir multitud de ejemplos semejantes; pero por los ya citados se verá que mis advertencias a los guayaquileños no estaban fuera de propósito; y era mi costumbre invariable dar consejos de esta naturaleza, por doquiera que se necesitaba, en lugar de ocuparme de mezquinas intrigas, o de negociar mi personal engrandecimiento y ventajas, que, situado como ya estaba, podía haber adquirido sin límites sacrificando mis principios.
Esfuerzos de aquella naturaleza para ilustrar a las masas me hicieron culpable a los ojos de los hombres del poder, por chocar con sus protegidos monopolios, de los que procuraban sacar provecho particular.
La necesidad de ir pronto en persecución de las fragatas enemigas no podía permitirnos reparar a los buques más que a la ligera; y en verdad que no se hizo nada para remediar la abertura de agua en el casco de la almiranta, pues por el estado podrido de sus palos no nos atrevimos a descubrir la quilla; de modo que cuando estábamos mar afuera hacía seis pies de agua por día.
El 3 de diciembre dejamos el río Guayaquil, navegando a lo largo de la costa y examinando cada rada, con objeto de encontrar lo que buscábamos.
El 5 tocamos en Salango, en donde volvimos a hacer aguada, no habiendo a bordo de la almiranta más que veintitrés toneladas de agua en cascos.
El 11 llegamos a la isla de Cocos, en donde encontramos y nos apoderamos de un corsario inglés, mandado por un tal Blair.
Al día siguiente capturamos una falúa, que resultó haber desertado del Callao.
Por la gente que había a bordo supimos que después de mi partida, San Martín había rehusado cumplir las promesas, en virtud de las cuales se habían decidido muchos marineros a quedarse en el Perú, pues de ese modo había atraído con halagos a casi todos los marineros extranjeros que componían la única parte instruida de la Escuadra Chilena.
La falúa así tripulada fue enviada de guardacostas a Chorrillos, y los hombres, aprovechándose de la ausencia de su capitán, que estaba en tierra, se apoderaron de ella, dándole el nombre de Retaliaton (desquite) y se hicieron a la mar, sin duda, con la intención de hacerse piratas.
Como no habían cometido robos y no quería cargarme con ellos, se les permitió escapar.
El 14 descubrimos la costa de México, haciendo la almiranta cada día más agua, y el 19 dimos fondo en la rada de Fonseca, con cinco pies de agua en la sentina, estando las bombas de cadena tan usadas que eran inútiles, y sin tener cerrajeros a bordo para que las compusiesen, podía conservarse el buque sobre el agua sólo a costa de los mayores trabajos, y no sin haber tenido yo que utilizar mis conocimientos de cerrajería.
Después de estar tres días achicando continuamente el agua por las escotillas, obtuvimos dos bombas del Valdivia; pero resultando demasiado cortas, mandé hacer aberturas en los costados del buque, al nivel de los alojamientos del puente, teniéndolo de este modo desembarazado hasta que se compusiesen las antiguas bombas.
Casi todas nuestras municiones se echaron a perder, y a fin de conservar las provisiones secas nos vimos obligados a estibarlas en las hamacas de red.
Habiendo hecho venir cuarenta hombres de los otros buques para ayudarnos en las bombas, salimos el 28 de la bahía de Fonseca, y el 6 de enero de 1822 llegamos a Tehuantepec, alumbrándonos cada noche un volcán.
Este ofrecía uno de los más imponentes espectáculos que jamás he contemplado: grandes torrentes de lava fundida se precipitaban por los lados de la montaña, mientras que a intervalos, masas enormes de materia sólida inflamada eran lanzadas al espacio, las que en su caída iban rebotando por el declive hasta que encontraban un punto de descanso en su base.
El 29 echamos ancla en Acapulco, en donde encontramos al Araucano y Mercedes, habiendo este último sido enviado para saber el paradero de las fragatas españolas.
Nos recibió cortésmente el gobernador, aunque no sin recelo, temiendo tal vez que intentásemos apoderarnos de los buques mercantes españoles que había anclados en el puerto; por lo que encontramos el fuerte defendido con una numerosa guarnición, y otros preparativos que se habían hecho para recibirnos en caso de demostración hostil.
No nos había sorprendido poco esto, pues nada podía ser más pacífico que nuestras intenciones hacia la República nuevamente emancipada.
El misterio, sin embargo, se aclaró pronto.
Cuando estábamos en Guayaquil encontramos a dos oficiales, el general Wavell y el coronel O'Reilly, a quienes el Gobierno chileno había dado sus pasaportes para que saliesen del país, considerando que el valor de sus servicios no era equivalente al de su paga.
Como no se hiciera un secreto del objeto que llevaba la Escuadra chilena, con motivo de nuestra detención en la costa, habían llegado primero que nosotros a México, donde interpretaron nuestra misión como les pareció, informaron de palabra y por escrito al Gobierno mexicano de que lord Cochrane se había alzado con la Marina chilena, saqueando los buques pertenecientes al Perú, y que, de pirata, iba a asolar las costas de México.
De ahí los preparativos que se habían hecho.
Los dos sujetos mencionados habían hecho presente a las autoridades de Guayaquil que ellos eran embajadores de Chile, enviados a México para felicitar a aquel Gobierno por el triunfo de su independencia.
Sabiendo yo que esto era falso, les rogué me mostrasen sus credenciales, lo que, por supuesto, no pudieron hacer.
Les pedí entonces sus pasaportes, por cuyas fechas se hizo patente que los supuestos embajadores habían salido de Chile antes de que llegara allí la noticia del establecimiento de la independencia de México.
Habiendo llegado este descubrimiento a oídos de la señora del capitán general de Guatemala, que por casualidad se hallaba en Guayaquil, envió noticia de ello a su marido, quien la transmitió a las autoridades mexicanas, las que llegaron por este modo a informarse del verdadero carácter de sus huéspedes.
Éstos, en venganza, inventaron el cuento de nuestras piráticas intenciones, al que dio bastante importancia el gobernador de Acapulco, para aumentar las defensas de su fuerte, según se ha dicho.
La reserva, sin embargo, se disipó inmediatamente y las más cordiales relaciones se establecieron; el presidente de México, Iturbide, me escribió una carta muy atenta, sintiendo no le fuese posible hacerme una visita personal; pero me convidaba fuese a su palacio, en donde se me haría la más honorífica recepción.
Esto, por cierto, no pude aceptarlo.
El 2 de febrero llegó a Acapulco una embarcación con la noticia de que las fragatas españolas navegaban hacia el Sur, adonde, a pesar del mal estado de nuestros buques, me determiné a ir en su persecución.
Durante nuestra estadía, un oficial de Marina llamado Erézcano, que se había hecho notable en Valdivia por su crueldad con los prisioneros, quiso vengarse de haberle yo reprobado su conducta, haciendo ver a la gente que, a pesar de los gastos en que habíamos incurrido, aún quedaba dinero a bordo de la almiranta y que debía distribuirse entre ellos.
No saliendo bien en su empeño, había urdido una trama para apoderarse de la caja, aunque para ello fuese preciso asesinarme.
Todo esto me fue puntualmente referido por el comandante del Valdivia, capitán Cobbett.
Como no quería causar agitación castigando esta conspiración diabólica como merecía, me contenté con diferir su ejecución hasta levar el ancla; para lo cual mandé al capitán Cobbett enviase a Erézcano a tierra con un pliego para el gobernador, detallándole toda la trama; el resultado de esto fue que el traidor se quedó en tierra, haciéndose la Escuadra a la vela sin él.
Cuál fue después su paradero, nunca llegué a saberlo.
Después de haber despachado a California la Independencia y el Araucano, con el objeto de comprar provisiones, dándoles instrucciones para que nos siguiesen a Guayaquil, proseguimos nuestro rumbo costa abajo, y al llegar a las inmediaciones de Tehuantepec nos acometió una borrasca de viento, que, con motivo del mal estado de la fragata, amagaba destruirla.
Para colmo de nuestros males, el Valdivia, en cuyo buque esperábamos refugiarnos, recibió un golpe de mar que le hundió las maderas del lado de babor, de modo que sólo se le salvó de ir a pique metiendo una vela en la abertura hasta que se pudiese reparar el daño.
El 5 de marzo llegamos a la costa de Esmeraldas y fuimos a echar el ancla en la bahía de Atacama, en donde se nos informó que las fragatas españolas habían salido hacía poco para Guayaquil.
Al recibir esta noticia continuamos al punto nuestro viaje, y el 13 fondeamos inmediatos a los fuertes de Guayaquil, en donde encontramos a la Venganza.
La recepción que nos hicieron no fue tan cordial como la de nuestra precedente visita, por haber llegado dos agentes de San Martín, quienes habían ganado con promesas al Gobierno en favor de los intereses del Protector y excitado en los ánimos celos contra mí, los cuales a la verdad, eran tan inesperados como sin fundamento.
Hasta hicieron ciertas demostraciones para provocarme; pero, al notar yo esta actitud, coloqué la almiranta al costado de la Venganza, lo que les obligó a ser más corteses.
Hallándose la Prueba y la Venganza escasas de provisiones, se habían visto obligadas, por nuestra continua persecución a entrar en Guayaquil, esperando cada día las alcanzase.
Antes de nuestra arribada, el enviado peruano señor Salazar, había de tal modo persuadido a los oficiales que las mandaban, que indudablemente serían capturadas por la Escuadra chilena, que al fin las indujo a entregar los buques al Perú, bajo promesa de que el Gobierno protectorio pagaría a todos los oficiales y tripulaciones los atrasos que se les debían, y que a los que quisiesen quedarse en la América del Sur se les acordaría su naturalización, asignándoles tierras y pensiones; en tanto que aquéllos que deseasen volverse a España, el Gobierno peruano les pagaría el pasaje.
Muchos de los oficiales españoles y la mayor parte de los marineros se oponían a que se entregasen los buques, siendo la consecuencia de esto un motín; entonces el Gobierno de Guayaquil tuvo que sancionar, a instancias de Salazar, la invención de que la Escuadra chilena estaba fondeada en la bahía de la Manta, y que se habían recibido cartas mías anunciando que me disponía a ir a Guayaquil con la intención de apoderarme de los buques.
Esta falsedad produjo el efecto deseado, y tanto los oficiales como las tripulaciones aceptaron las condiciones ofrecidas; de modo que los agentes de San Martín habían defraudado así de sus presas a la Escuadra chilena.
Bajo tales impresiones se envió apresuradamente la Prueba al Callao, antes de mi llegada; pero la Venganza, hallándose imposibilitada para salir a la mar, permaneció en Guayaquil.
Habiéndome asegurado positivamente de la infame negociación que había tenido lugar, envié el 14 de marzo por la mañana a bordo de la Venganza al capitán Crosby para que tomase posesión de ella a nombre de Chile y el Perú, no queriendo comprometer a aquél en hostilidades con Guayaquil, y tomándola por nuestra sola cuenta, como indisputablemente teníamos derecho a hacerlo, habiéndola perseguido de puerto a puerto hasta que, falta de provisiones, se había visto obligada a refugiarse en aquél.
Había mandado al capitán Crosby enarbolase en la Venganza la bandera de Chile juntamente con la del Perú.
Esto causó grande ofensa al Gobierno guayaquileño, el cual preparó sus lanchas cañoneras, levantó parapetos y colocó cañones en la ribera, con la intención manifiesta de hacernos fuego, mostrándose muy activos en estas demostraciones de hostilidad los marineros españoles, quienes poco antes habían vendido sus buques por temor de tener que batirse.
Al ver esto, mandé se dejase fluctuar al Valdivia con la marea en dirección de las lanchas cañoneras, que a la sazón estaban llenas de oficiales y marineros españoles.
Creyendo que la fragata iba a atacarlos, aunque no había semejante intención, aquellos héroes vararon las lanchas en la costa, y apelaron a sus talones en el más asombroso desorden, no parando hasta haberse metido bajo la protección de la villa.
Viendo la Junta que no considerábamos sus demostraciones guerreras dignas de atención, se quejó de que me hubiese posesionado de la Venganza; pero sin efecto alguno, pues no iba yo a permitir se defraudase así no más de su presa a la Escuadra chilena.
Propuse, por lo tanto, las siguientes estipulaciones, que me parecían dignas de ser admitidas y ratificadas por la Junta de Gobierno, compuesta de Olmedo, Jimena y Roco:
«1.º: La fragata Venganza se considerará pertenecer al Gobierno de Guayaquil, y enarbolará su bandera, la cual será saludada con arreglo a ordenanza.
2.º: Guayaquil garantiza a la Escuadra chilena, bajo la responsabilidad de 40.000 pesos, el no entregar la fragata Venganza, ni cederla a ningún Gobierno hasta que los de Chile y Perú hayan decidido lo que creyeren más arreglado a justicia.
Además de eso, el Gobierno de Guayaquil se obliga a destruirla primero que consentir sirva a ningún otro Estado, hasta que se haya tomado aquella decisión.
3.º: Cualquier Gobierno que llegare en lo sucesivo a establecerse en Guayaquil estará obligado a cumplir los artículos que preceden.
4.º: Estos Artículos se entenderán a la letra y de buena fe, sin restricción ni reserva.
Después de la ratificación de este tratado, me dirigió una carta el Gobierno de Guayaquil, reconociendo los importantes servicios prestados a los Estados de la América del Sur y asegurándome que «Guayaquil sería siempre el primero en venerar mi nombre y el último en olvidar mis hazañas sin igual», etc., etc.
Empero, apenas había yo salido del puerto, cuando la Venganza fue entregada al agente del Perú, sin que los 40.000 pesos hayan sido nunca pagados.
En Guayaquil encontré al antiguo gobernador de la fortaleza del Callao, el general La Mar, y como el Gobierno peruano hubiese circulado el rumor de que durante el reciente bloqueo había yo ofrecido abastecer la fortaleza de provisiones, a fin de que no cayese en las manos del Protector, rogué al general me favoreciese con una certificación de si había o no prometido yo socorrer a su guarnición, a cuyo ruego tuvo la atención de contestarme lo siguiente:
«Guayaquil, 13 de marzo de 1822.
En consecuencia del oficio que recibí ayer de V. E., por conducto del Gobierno, es mi deber afirmar que ni he dicho, ni escrito, ni oído nunca que V. E. haya propuesto abastecer de víveres la plaza del Callao durante todo el tiempo que estuvo bajo mi mando.
Dios guarde a V. E. muchos años.
El 27 dejamos el río Guayaquil y el 29 nos encontramos por casualidad con el capitán Simpson, del Araucano, cuya tripulación se había amotinado y alzádose, con el buque.
El 12 de abril llegamos a Huanchaco, adonde nos habíamos dirigido con objeto de hacer aguada.
Sorprendiéndonos que el alcalde nos exhibiese una orden escrita del general San Martín prescribiéndole que si llegaba allí algún buque de guerra perteneciente a Chile no permitiese el desembarque y negase todo género de asistencia, hasta obtener leña y agua.
No hicimos ningún caso de esta orden y llevamos a bordo cuanto necesitábamos, permaneciendo además allí el tiempo preciso para reparar el Valdivia.
El 16 nos hicimos a la vela y el 25 fondeamos en el Callao, en donde encontramos a la Prueba con pabellón peruano y mandada por el capitán más antiguo de Chile ¡qué había abandonado a la Escuadra!
A nuestra llegada inmediatamente la condujeron bajo las baterías, almacenando los cañones y cerrando las troneras, en tanto que estaba tan apiñada de soldados que a la noche siguiente tres murieron de sofocación.
Habían adoptado estos medios para que no le cupiera la suerte de la Esmeralda.
A fin de calmar sus temores escribí al Gobierno diciéndole que yo no tenía intención de tomarla, pues de otro modo ya lo hubiera hecho en medio del día y a despecho de semejantes precauciones.
En esta época Lima se encontraba ya en una situación extraordinaria, habiendo nada menos que cinco distintas banderas peruanas desplegadas en la bahía y las baterías.
El Protector había expedido un decreto ordenando que todos los españoles que llegasen a dejar la plaza tendrían que ceder la mitad de su fortuna al Tesoro Público; de otro modo se les confiscaría el todo y sus dueños serían al punto desterrados.
Otro decreto imponía la pena de destierro y confiscación de bienes a todo español que se presentase con capa en la calle; la misma pena tenía todo aquél que se encontrase ¡en conversación privada!
Pena de la vida a todos los que se hallasen fuera de sus casas después de ponerse el sol, y confiscación y muerte amenazaban a los que poseyesen cualquier género de armas, ¡excepto cuchillos de mesa!
Una señora hacendada en Lima, aburrida del rigor de estos decretos, con mayor patriotismo que prudencia dio al Protector malos nombres, por lo que se le obligó a entregar su propiedad.
Enseguida la vistieron con el traje de la Inquisición, ¡un ropaje pintado con diablos imaginarios!, la llevaron a la plaza, y allí, colgándole del pecho un cartel acusador, le introdujeron y sujetaron por fuerza en la boca, un hueso de muerto, siendo su lengua condenada como el miembro delincuente; en este estado, con una soga al cuello, la pasearon por las calles acompañada del verdugo, y en seguida la desterraron al Callao, en donde a los dos días murió de congoja, efecto natural del horrible trato que la habían dado.
¡Tal era la libertad concedida al Perú!
En medio de esta degradación nacional, el Protector se había arrogado el título de Príncipe soberano.
Fundó una orden de nobleza, bajo la denominación de «El Instituto del Sol», teniendo por insignia un sol de oro sujeto con una cinta blanca, cuya condecoración recibieron los oficiales chilenos que habían abandonado a la Escuadra en premio de haber servido de instrumentos voluntarios.
Se había formado una guardia real, compuesta de los principales jóvenes de la ciudad, que servía de escolta al Protector, precaución que no era del todo inútil, sin embargo, de que los exasperados limeños estaban desarmados.
Era permitido a la nobleza Solar colocar su escudo de armas en el frontispicio de sus casas, con el sol blasonado en el centro, lo que era ciertamente una adición, si no una mejora, a todas las precedentes órdenes de nobleza.
En una palabra: Los limeños tenían una República en que hormigueaban los marqueses, condes, vizcondes y otros títulos de monarquía, a cuyo objeto todos creían que eran las tendencias del Protector, tanto más cuanto que era la sola porción libre de la Prensa la que le saludaba con el título de «emperador».
La fuerza de un Estado así constituido no estaba en armonía con el esplendor de su corte.
El 7 de abril, el general Canterac cayó sobre una división del ejército libertador, destrozándola o haciéndola toda prisionera, cogiendo 5.000 fusiles, las arcas militares, que contenían 100.000 pesos, y todas sus municiones y equipajes.
Se creía que tan grave desastre, ocurrido en medio de un pueblo justamente exasperado, causaría alguna perplejidad en el Gobierno; pero la Gaceta del 13 de abril hizo de ella casi un motivo de congratulación:
La división del Sur, sin haber sido vencida, acaba de ser sorprendida y dispersada.
En una larga campaña no puede ser todo prosperidad.
Conocéis mi carácter y sabéis que yo siempre os he dicho la verdad.
No es mi ánimo buscar consuelo en conflictos; con todo, me atrevo a aseguraros que el inicuo y tiránico imperio de los españoles en el Perú fenecerá en 1822.
Os haré una confesión ingenua.
Era mi intención ir a buscar reposo después de tantos años de agitación; pero creí que vuestra independencia no estaba aún afianzada.
Un peligro de poca importancia acaba de presentarse, y mientras haya la menor apariencia de él no os dejará, hasta que seáis libres, vuestro leal amigo.
Su proclama al Ejército es todavía más extraordinaria:
«Compañeros del ejército unido:
Vuestros hermanos de la división del Sur no han sido vencidos, pero si dispersados.
A vosotros os toca vengar este insulto.
Sois valientes y harto tiempo ha que conocéis el sendero de la gloria.
Afilad bien vuestras bayonetas y espadas.
La campaña del Perú concluirá en este año.
Vuestro amigo general os lo asegura.
Se dirigieron a los habitantes del interior proclamas aún más retumbantes, en las que se les aseguraba que contratiempos de este género «no pesaban nada en la balanza de los destinos del Perú.
«La Providencia nos protege, y con esta acción acelerará la ruina de los enemigos del Perú.
Enorgullecidos de su primera victoria, nos economizarán parte de nuestra marcha al ir en busca de ellos.
El ejército que los arrojó de la capital está pronto a castigarlos una tercera vez, y ¡a castigarlos para siempre!»
El Ejército, sin embargo, con razón temía otro contratiempo, y lo que quedaba de la fuerza chilena estaba descontenta, pues no le habían cumplido ninguna promesa.
Todo el oro y plata había desaparecido sustituyéndolo en su lugar el Gobierno con papel moneda.
Las contribuciones de los ya desangrados habitantes se aumentaban, y había que cobrarlas a punta de bayoneta.
En una palabra: El Perú presentaba a mi llegada el extraordinario espectáculo de una corte cuyos favoritos se entregaban a toda especie de costosas ostentaciones, y el de un pueblo empobrecido hasta el pauperismo para sustentar la rapacidad de aquéllos.
Aquéllos que habían censurado mi conducta por haberme apoderado del dinero en Ancón convenían ahora que había sido el único medio posible de preservar la Escuadra de Chile.
Los oficiales del ejército libertador me enviaban lastimosas relaciones del estado de cosas; y el regimiento de Numancia, que había desertado de los españoles poco después de la captura de la Esmeralda, despachó al capitán Doronso con un mensaje, pidiéndome los recibiese a bordo y los condujese a Colombia, a cuya provincia pertenecían.
Mi aparición en el puerto del Callao causó grave, aunque infundada alarma al Gobierno, al cual volví a pedir se pagasen las cantidades que se adeudaban a la Escuadra, aludiendo al mismo tiempo, en términos enérgicos, a los sucesos que habían tenido lugar en Guayaquil.
Sin responderme a esto por escrito, Monteagudo vino al O'Higgins, lamentándose hubiese yo recurrido a tan inmoderadas expresiones, puesto que el Protector, antes de saberlas, me había escrito una carta privada pidiéndome una entrevista; pero que al recibir la mía se indignó, hasta poner su salud en peligro.
Monteagudo me aseguró también que en aquella carta me había ofrecido una hacienda considerable y la condecoración del Sol engastada en diamantes, con tal que yo consintiera en mandar las Marinas reunidas de Chile y el Perú en una proyectada expedición para capturar las islas Filipinas, con lo que yo haría una inmensa fortuna.
Mi respuesta fue:
«Diga usted de mi parte al Protector, señor Monteagudo, que si después de la conducta que ha observado me hubiese enviado una carta privada sobre tal asunto, se la hubiese ciertamente devuelto sin respuesta, y puede usted también decirle que no es mi ánimo causarle perjuicio, que no le temo ni le odio, pero que desapruebo su conducta».
A pesar de esto, me suplicó Monteagudo volviese a considerar mi determinación, añadiendo que el marqués de Torre Tagle había preparado su casa para recibirme, pidiéndome, además, retirase la carta que yo había escrito el día anterior y aceptase los ofrecimientos que se me habían hecho.
Volví a decirle que:
«No aceptaría honores ni recompensas de un Gobierno constituido con menosprecio de solemnes promesas, ni pisaría un país gobernado, no solamente sin ley, sino en contra de ella.
Tampoco anularía mi carta, pues mis hábitos eran frugales y mis recursos suficientes, sin necesitar buscar fortuna en las islas Filipinas».
Viendo el ministro que nada podía conseguir de mí, y no agradándole el ceño que le ponían los que estaban a bordo, por más que llevase la resplandeciente condecoración del Sol de primer orden y estuviese cubierto de cintas y entorchados, se retiró acompañado de su escolta militar.
A consecuencia de haberme negado a acceder a los deseos del Protector, éste envió poco después, sin que yo lo supiese, al coronel Paroissien y García del Río a Chile, con una larga nomenclatura de acusaciones las más absurdas, por las que se me imputaba el haber cometido toda especie de crímenes, desde el hurto hasta la piratería, pidiendo al Gobierno chileno me castigase del modo más severo.
El 8 de mayo, la goleta Moctezuma, que el Gobierno chileno había prestado al general San Martín, entró al Callao con bandera peruana.
La insolencia de apropiarse así de un buque de mi Escuadra era demasiado grande para que pudiera mirarla con indiferencia, por lo que la obligué a echar el ancla, aunque no sin habernos visto antes en la necesidad de hacerle fuego.
Enseguida despedí todos los oficiales y tomé posesión de ella.
Las autoridades protectorias me detuvieron, por vía de represalias, un bote de la almiranta, aprisionando a su tripulación; pero, calculando como debían las consecuencias de tal paso, pronto la pusieron en libertad, permitiendo que el bote volviese al buque aquella misma noche.
El 10 de mayo dejamos el Callao, llegando a Valparaíso el 13 de junio, después de un año y nueve meses de ausencia, durante cuyo tiempo habíamos realizado completamente los objetos de la expedición.
Habiéndome convencido, en vista de la opresión en que se tenía al pueblo, de que el Gobierno protectorio no podría continuar más que hasta la primera oportunidad favorable que tuviesen los limeños para sublevarse en masa, y opinando que la caída de San Martín podría ocasionar graves consecuencias a Chile, dirigí la carta siguiente al supremo director:
(Reservada y confidencial)
«Rada del Callao, Mayo 2 de 1822.
Por mis despachos oficiales comprenderá usted los puntos de mayor importancia con respecto a las operaciones de la Escuadra, y el resultado de la persecución que hicimos a las fragatas Prueba y Venganza, habiendo embargado a ambas, la una en Guayaquil y la otra aquí, hasta que sepa su determinación, cualquiera que ésta sea, sobre si debo entregar la Escuadra de Chile, o traer a usted estos buques, una u otra de cuyas decisiones será igualmente obedecida.
San Martín acaba de echar a un lado la pompa exterior de Protector, y cual Cincinato, se ha acogido al retiro, mas no con el mismo objeto.
¡Esta modestia tiene por mira el cautivar la muchedumbre, que habrá de ir a pedirle cambie el arado en un cetro imperial!
Tengo excelentes informes al efecto, habiendo encontrado medios de obtenerlos detrás de las escenas de este actor político.
Se tienen grandes esperanzas, con motivo de la misión de Chile, que la Escuadra se retirará al menos, y que cuando el sol del Perú se levante sobre el océano, la estrella (emblema nacional de Chile), que ha brillado hasta aquí, ¡se eclipsará para siempre!
Han aparecido, sin embargo, algunas manchas en la superficie del sol.
Dos mil hombres han dejado de ver su luz en Pasco; y el regimiento de Numancia, deslumbrado en otro tiempo con su esplendor, anda tentando el medio de volverse a su tierra.
Como amigo adicto y sincero de V. E. confío tomará en sería consideración la oportunidad de establecer de una vez el Gobierno chileno sobre las bases que no puedan bambolear con la caída de la actual tiranía que rige al Perú, de la cual no sólo hay indicios, sino que su resultado es inevitable; a menos que los malévolos consejos de hombres presuntuosos y venales no sean capaces de erigir un edificio de la más bárbara arquitectura política, que les sirva de mampara para lanzar sus proyectiles contra el corazón de la libertad.
Gracias a Dios, mis manos están libres de la mancha de haber trabajado en semejante obra, y habiendo llevado a cabo todo cuanto me dio usted que hacer, puedo ahora descansar hasta que quiera usted emplear de nuevo mis esfuerzos en contribuir al honor y seguridad de mi patria adoptiva.
Desde la derrota de la división en Pasco las fuerzas del enemigo a las órdenes de Tristán son superiores a las que San Martín tiene en Lima, y se dice van avanzando sobre la capital.
Por lo que toca a los demás asuntos, habiéndolos completamente explayado en mis despachos no hay para qué cansar a usted con su repetición.
Confiado en que juzgará usted de mi conducta e intenciones por mis actos, y no por los despreciables escándalos de aquéllos que han desertado de su bandera y burládose de sus proclamaciones.