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ArribaAbajoSegunda parte


ArribaAbajo-I-

Un tren que pasa..., que deja á dos recién casados en una pequeña estación, en mitad de un campo hermoso y en el amanecer de un día primaveral, tiene algo de proyectil excelso de la dicha.

El tren se va, desaparece. Nos ha soltado. Nos deja con nuestra emoción de amor abandonados en el diáfano silencio de estos campos y esta aurora.

Proyectil. Desde Madrid nos ha lanzado en una noche á la vida bella en el reposo.

Nos aguarda el cochecillo. Doy el brazo á mi mujer... (ó mejor dicho, á mi «esposa», todavía) y subimos.

La estación está en misma dehesa; desde aquí á la casa no hay más que un kilómetro. Guía el zagal. Han cargado los baúles en dos mulas.

¡Oh, mi Inés!

Hállase un poco aturdida, preciosa. Desde la boda, al tren. Salimos anoche, á las nueve, y son las cuatro de la mañana. Este vulgar correo, sin compartimientos especiales, sin literas, ha favorecido mis proyectos. Un primera y entre gentes (¡nada de «alquilados»!). Así, por consideración... á los demás, he podido venir como un respetuoso novio junto á esta novia idealísima.

No ha dormido. Ni yo. -Ligeramente fatigada me sonríe... me habla del campo.

-¡Qué hermosa es tu finca!

-¡La «nuestra» mujer!

-¡Ah, sí!

-Todo lo tuyo y lo mío... ¡es «nuestro» ya!

-¡Sí!

-¡Toda tú eres mía, Inés! ¡Toda!

Se ruboriza. La he mirado desde los pies á la frente. Y póngome grave en seguida, porque he pensado en la crueldad social que hay en esta brusca realización del matrimonio con una novia candorosa. Es para ella el paso de toda la inocencia á toda la... sapiencia -en una hora. Yo, por suerte, he sabido respetarla..., y es mi novia, mi absolutamente inocente novia todavía. No le he dado más que un beso, en una mano.

Le hablo de nuestra feliz resolución de venir aquí. El consabido viaje de luna de miel al extranjero, á Italia, á Suiza, me parece una sandez. Trenes, fondas, gentes y pueblos nuevos, teatros y paseos, molestias y cansancios...

-¡Y á ver cosas extrañas, Inés, cuando el afán es justamente que nada nos distraiga, para... poder vernos mejor nosotros mismos!

Vuelven á tomar tonos de grana sus mejillas. Mi acento empieza á darle la... «inmensa sensación de soledad en nosotros mismos».

Para el coche. Hemos llegado. Nos reciben las criadas, los pastores, en la verja del jardín. Inés admira á todos. Contesta con grande timidez á los saludos, como una señorita que no supiese por qué se encuentra sola con su novio..., sin su madre, tan lejos de su madre. ¡Y en mitad de un campo nada menos!

Pero su emoción acrece cuando la ofrezco el brazo y la hago subir por la escalera. Nadie nos sigue. Esto de entrar sola en las profundidades solitarias de una casa... con «el novio», debe parecerla absolutamente irregular. Sin duda ella, por un concepto seco de deber, tiene que ir calmando sus terrores deliciosos de éste modo: «¡No, no es mi novio Aurelio... es mi marido!»...

Pláceme el matiz de «perversidad» que así pueda ir poniendo la inocencia en esta alma de inocencia.

Pláceme más el aumentarle semejante turbación.

-¡Qué lejos tus padres!... ¡qué lejos Madrid, mi Inés!... ¡Solos!

Suspira y siéntola temblar.

No sabe ella en qué grado colosal la esperan las sorpresas.

Hemos llegado á un tocador.

-¡El tuyo! -le digo.- ¿Quiéres quitarte el sombrero?

Vacila, porque es el primer tremendo acto de la infinita confianza, aun este tan sencillo, y la ayudo, sacándole por mí mismo un agujón. Lanza un gemido. El pudor de Inés está incluso en el extremo de esta rosa de acero y pedrería.

-¡Oh... «toda» mía! -exclamé, dejándola despojarse del sombrero por sí propia.

Y añado:

-¡Quítate, mujer..., quítate el abrigo!

Torna á bajar los ojos, en el fuego de su cara, y yo tiendo suavemente una mano y despréndola un botón... del cuello.

En el botón están también, y más vivos, sus rubores, que se le tienden por la faz en ardiente rojo de amapolas; hanse apresurado sus manos á la obra, temiendo á las irreverencias de la mía. La dejo... y la invito, cuando suelta en una silla el guardapolvo:

-¡Verás la casa!

Empezamos desde el mismo tocador. Alzo un cortinaje y pasamos.

-¡«Mi» alcoba! -le anuncio.

Hay un armario, butacas, dos mesitas, otro lavabo y la cama, grande como para dos. Todo imperio, pero «demoniesco»... porque á mí me gusta rectificar estilos según mi santa voluntad. Del techo pende mi caprichosísimo farol de forma medio labiada de dragón de orquídea y con los cristales gruesos y de un fuerte rojo granate. La alfombra, las cortinas, el dosel y las sedas de la colcha son de un rojo obscuro de sangre. El damasco que tapiza las paredes es rojo. Da una impresión extraña todo esto, y tiembla Inés, y me mira. Tiembla en su boca una frase; no la dice, y la adivino. Ella quería sin duda haberme hecho notar: -¡«Tú»... alcoba?... ¡Será... la «nuestra»!...

Cruzamos. La dejo creer que el «mi», que el poco amable é individual posesivo, haya salido de mis labios por una inercia de costumbre. El gabinete-comedor, adonde entramos, es también de aspecto raro, chocante, teatral..., ó al menos, estrambótico como el de un camarín de restorán ultragalante. Está en una rotonda, y es rojo-demonio desde el suelo hasta el farol... -otro farol rojo-ascua que cuelga sobre el rojo tapete de la mesa. Abundan los divanes rojos (tres) y las rojas colgaduras desprendidas hacia ellos, desde el techo, formando nidos ó rincones de tienda de campaña...

A la inocencia de mi mujer le espanta un poco tanto rojo, como el interior de no sabría qué matadero... Compadézcome de ella, y la vuelvo por el mismo camino al tocador, que es celeste. Alzo un estor y pasamos á una estancia blanca.

-¡Tu alcoba!

-¡Ah! -dice como en un grito que yo no puedo discernir si es... por nuestra separación de dormitorios, á la moda, ó por el descanso que le da lo blanco entre las sedas á la estancia. El lecho es también grande..., para dos.

Sigo llevándola del brazo. Otra puerta nos conduce al coro, en la Capilla. Hay un «melodiums». Hay reclinatorios. Se pone en uno de hinojos, y reza. Luego, tras cinco ó seis largos minutos de oración, contenta ya, como amparada por la Virgen, háceme explicarla que fueron mis padres quienes, al construir esta casa en la dehesa, hicieron esta capilla con honores de iglesia para todos los campesinos del contorno. Aparte esta última entrada que acabamos de cruzar, tiene su atrio y su puerta destinada á todo el mundo.

-¡Oh, muy bien! ¿Hay misa los domingos?

-La... había en tiempos de mi madre. Si quieres, volveremos á avisar al capellán de Zarzaleja.

-¡Sí, sí!

Salimos. Acabo de enseñarle la casa, que no tiene más de singular. Inés comprende que mis frecuentes viajes á la finca, en los tres ó cuatro meses que ha durado la preparación de nuestra boda, habrán tenido por objeto el arreglo de aquel departamento. En lo demás, nada... nada nuevo... Muebles cómodos, pero ya un poco averiados, de cuando mi familia pasaba aquí las primaveras.

He dado el aviso, y cuando volvemos al amplio comedor de abajo, está servido el desayuno.

Lo tomamos, y llevo á Inés á descansar. La noche, el tren, la carbonilla... nos han rendido un poco, ciertamente.

-¡Quedas en tu dominio, con toda libertad! -le digo- ¡Acuéstate y duerme! Y mira, si luego al despertar quieres refrescarte, allí tienes la ducha. Ese timbre hará que suba una doncella. Yo voy á descansar también... lejos de ti, abajo, al cuarto de mi madre... para que duermas más tranquila.

Cierro... y juraría que déjola pasmada.

Pero es mi Inés de sobra inteligente, para que deje de entender que un hombre enamorado no pueda renunciar á esta brutalidad tan general de lanzarse un marido sobre su mujer como sobre una presa, en el primer momento de ocasión.

Por mí, puedo afirmar, que no siento en ello la menor violencia..., á pesar, ó acaso por lo mismo, de saber que me aguarda un cielo inmenso y nuevo de venturas.

Bajo.

Entro en el cuarto de mi madre.

Me desnudo y me acuesto.

Al paso le he dicho á Paquita que suba á ponerse á disposición de la señora.




ArribaAbajo-II-

Espero en la mesa. Tiene flores y alegría -una alegría arcaicamente «honrada»- este viejo comedor. He dormido. Me he refrescado en el «tub» perfectamente. Llega mi Inés, y me levanto á recibirla. La conduzco por el brazo á su sillón, y addo descansar y presentárseme ahora con un travierto sus perfumes. Empiezan á servirnos.

Inés se alegra, sin duda, de que yo la haya dejaje coquetón, que no es el del viaje. Empieza «nuestra vida». Hágola notar que no hemos sido novios, realmente. Su madre no nos ha dejado hablar jamás por la ventana, ni siquiera formalizar una charla en un rincón. Nos falta confianza... para la «inmensa confianza» (¡se ruboriza!); nos habría faltado sin este viaje de fraternal intimidad..., sin esta cordialidad que desde el amanecer de hoy tenemos ambos en la casa...

-Novios... verdaderamente novios, Inés, ¡habremos de serlo esta tarde!

-¡Oh!

-Sí, novios. Saldremos á pasear por ahí, al río, á la montaña, adonde queramos..., ¡y tendremos que decirnos muchas cosas!

-¡Oh!

Sonríe.

-Todas las que no nos hemos dicho en tántos años... ¡y en una tarde!

A las tres hemos acabado de comer. Nos han estorbado un poco, para hablar con libertad, las criadas. Pero he ganado con mi Inés alguna confianza. Le bajan una pamela, de paja de Italia y de flores, y yo mismo se la pongo y le enlazo las bridas á la barba. No se asusta.

¡Bravo!

Salimos.

Por un rato, absórbela el paisaje. El sol es dulce. En las encinas se arrullan las tórtolas. A nuestro paso, vuelan, huyen. Inés mira de rato en rato hacia atrás. Diríase que siente de un modo raro el abandono..., que siente alejarse tanto de la gente de la casa.

Dígola de pronto:

-¿Me das un beso?

-¡Ah!

Me oprime el brazo, inclina la cabeza al ramo de amapolas (que hemos venido recogiendo), y no dice que sí. No hago, pues, nada por darle el beso..., por tomarle el beso.

-¿Me quieres?

-¡Oh, sí!

A esto le es más fácil contestar. Es lo de siempre -lo único que yo he podido preguntarle y oírla responderme tantas veces á la vista de su madre.

-¿Mucho? ¿Con toda tu alma?

-¡Sí!

-¿Y... con toda tu vida?

-¡Con la vida y con el alma!

-Es decir, con tu alma y con tu carne... ¡con toda tu carne, con todo tu cuerpo también, mi Inés!

-Sí -accede tenuemente, bien cobardemente.

La he azorado. Es la emoción que voy buscando en ella, y continúo:

-¡Pobres ojos míos, que quieren tanto á tu cuerpo también, y que no conocen más que tu cara y tus manos! Y dime, Inés, ¿qué te gusta más á tí... de toda tú?

No me entiende; ó dicho mejor, se paraliza en su pudor su sorpresa de entenderme, su sorpresa de oirle cosa tal, por vez primera, al «novio cortesísimo», y me complazco en insistir:

-¡Sí, de «toda tú»! ¡de mi tesoro! ¡de las gracias y hechizos de tu cuerpo, que amo tanto y desde hace tanto tiempo, sin haberlas visto aún! ¡Qué pena! Sabe más de ellas, mi Inés... ¡oh, sí, sí, qué rabia! hasta esa criada nueva, que conoces de una hora, y que acaba de servirte en la ducha... Mi curiosidad y mi impaciencia hubiesen querido preguntarla «cómo eres»...; hubiesen podido preguntarla, si eres, tú, mi estatua, la que yo no ví jamás, tal como mis sueños y mis ansias te han adivinado. ¡Oh, Inés! ¡Tu cuerpo de virgen ha sido en verdad desnudado tantas veces por mis ojos!... Te sé. En la cara tiene toda mujer, y tienes tú más que ninguna (porque eres la armonía) la clave de todos tus más íntimos encantos. ¿Quieres que te describa?... ¡Verás! ¡y tú dirás si me equivoco!

No contesta. Está entera estremecida. De roja se ha cambiado á pálida su faz. Sé que le estará sonando á enormidad todo esto que me escucha... pero es el principio de mi plan, bien meditado. Harto me doy cuenta de que la hablo demás (á pesar de mi dulce acento y mi sonrisa) al pensamiento y al espanto. Es lo que deseo. La estrecho el brazo contra el mío, le alzo con la otra mano y le beso la muñeca, y sigo forzando sus pudores y sorpresas con estas osadías que apenas enmascaran de suavemente galancescas los rendidos tonos de mi acento:

-Por tus muñecas, Inés, y por esta morbidez que siento de tu brazo, sé como tendrás de finos los tobillos, de esbeltamente suaves y poderosos la pierna, el hombro, el talle... ¡tú eres muy hermosa!... armónica y dulce, absoluta y castamente voluptuosa y femenina como una Venus de Médecis, no rubenesca y lanzada en alternadas delgadeces y opulencias por demás... como el tipo de mujer francesa más sabido... ¡Oh, no, verdad?..., ¡tu desnudo es plácido y sereno! ¿te voy adivinando?... Por tus mejillas, que son firmes y redondas, sé que tus senos se alzan altivos y mimosos en su valle de la gloria. Por tu falta de bozo en los labios, por el limpio arranque de tu pelo en las sienes y en la frente -(apresuro porque es el instante de herirla con la mayor «enormidad») -sé que el vello en tus axilas, nidos de amor, no será sino una leve sombra de oro, más obscuro que el cabello, que es oro de luz... y sé que no será más que algo como un musgo leve de gracia de la vida el vello en tu regazo. Por tus labios...

-¡Aurelio! -gime espantada, y soltándose, Inés.

Me huye. Ha dado un paso, al lado mío, y queda volviéndome la espalda y sumida en sus asombros. En su indignación..., en su indignación, quizás, de agraviada... «señorita», de «novia y esposa casta, dolida en su pudor»... La dejo un instante abandonada en esta sensación, que es exactamente la que he querido producirla, y al fin me acerco, le enlazo la cintura y hágola seguir nuestro paseo.

No puede menos de admirarla la irrespetuosidad de mis palabras, en contraste con el tacto delicado de mis manos, y se deja conducir..., por la arena, orilla adelante del río -al que acabamos de llegar por entre adelfas.

Vamos en silencio. Yo ratifico mis meditaciones de otros días: «Tengo suerte con haber podido hallar, en una mujer tan bella, un espíritu tan cándido, puesto que sólo así podré moldear mi ideal, á mi albedrío, sobre un humano fundamento de inocencia»... Y mi intento es «rápido» porque no quiero renunciar (¡en modo alguno!) al plan, al embeleso -cuya ocasión no volvería en la vida á presentarse-, de despertar en mitad de todos los intactos candores de la virgen misma á la plena mujer inteligente.

-Inés -deslizo, ya más tierno y como en besos á su oído- ¡dime! ¿por qué te... alarman y violentan mis palabras?... ¡qué tontería! ¡piénsalo! ¡tú eres «mi mujer»!... ¿Es que á una esposa, á mi mujer, yo no le debo ni puedo decir... lo que tiene el nimbo de verdad, puesto que está en mi pensamiento? ¿Es que yo no debo ser sincero contigo... hasta en estas pequeñas cosas deliciosas de que he podido hablarle tántas veces á amigos del café, y lo mismo á mis amantes?... (-Apoyo en pausa. Déjola tragar este nuevo «descaro» de «mis amantes», y continúo, anunciándola de noble modo mi ambición)-: Oye, mi Inés, al casarme contigo, me ha guiado el propósito de resumir en tí mi vida y mi universo; es decir, que quiero que seas, en mi esposa de ternura, mi grande amiga digna de todas las sinceridades de mi alma, ¡mi grande amante también!

Suspira Inés, y yo la obligo al pacto con un beso..., con un gran beso, de amante, entre los labios, hasta los dientes mismos... porque he sorprendido entreabierta su boca. Cuando me parece que ha bebido bien de este elixir de «beso malo», nuevo para ella, vuelvo á mi impiedad:

-¡Bah, mi... «novia»!... ¿Te asustan mis franquezas?... Pienso en las desnudeces seductoras de tu cuerpo, y te hablo de ellas... ¡ya ves tú!... ¿Es que tú no sabes bien que mañana, que dentro de un mes, de dos... cuando te vistas ante mí, en tu tocador, cuando vayas á acostarte, junto á mí... no pondrás un gran reparo en ocultarte de mis ojos?... Luego es el «pudor» el que te alarma... un pudor tan tonto, que ya no existiría mañana, ó dentro de un mes, de dos meses...

Torna Inés á suspirar.

Empieza á entrever en mi conducta, más que torpeza ó cinismo, un complejo plan que también empieza á preocuparla de otro modo.

Se da cuenta de que está hablando con el «tratadista subversivo», y me rinde su atención. Su sorpresa, pues, por el pronto, varía de rumbos; se concentra ahora en este inesperado, totalmente inesperado para ella, de que el escritor y el hombre aspiren tal vez á ser «la misma cosa» en sus libros y en su vida. Aunque no ha leído mi libro, le basta con saber el título.

Todo esto ennoblece un poco la situación, al menos. La «cerebraliza» por parte de Inés también, podría decirse. Por la mía, encuentro deliciosamente raro un tal coloquio... de «luna de miel...»

-«¡Ese está loco! -afirmarían mis amigos del Casino si pudieran escucharme.

-Inés -insisto, tratando de dulcificar, de «enamorar» la rigidez de las ideas con las mieles de mi acento-, el «pudor» me parece un error educativo de tal naturaleza, que no dudo en sostener que él sea el que os llena de absurdo y contradicción á las mujeres. Si me lo perdonas, aún aumentaré que creo que él sea el que os llena, con respecto de los hombres, de debilidad, de falsedad y de hipocresía. Fíjate: el pudor no es la honradez, puesto que todas las que honrosa ó deshonrosamente os entregáis la vez primera, os entregáis del mismo modo, «pudoroso»...; el pudor no es tampoco la inocencia, sino todo lo contrario..., puesto que es, precisamente, la conciencia de saber lo «no inocente»... La inocencia, en efecto, ha de estar hecha del candor de la ignorancia; y como digo yo en mi libro (que ya verás cuando lo leas, -pues lo leerás, sin duda alguna), «el colmo de la inocencia tendrá que ser, por consiguiente, la ignorancia completa y absoluta; por eso estas tórtolas que oyes arrullarse en las encinas, no tienen pudor, y van «desnudas» y se aman bajo el cielo, por que tienen el «candor de la inocencia»; y por eso no podría tenerlo la mujer plenamente pura de alma é inocente, como no lo tendrías tú cuando fuiste niña de seis años. Ahora, en cambio, «sabes», no «eres inocente»... y aquí, conmigo, tu «pudor» me lo pregona. Luego el «pudor», ¡mira qué verdad de atrocidad! es lo contrario del «candor». Luego el «pudor», que no es el «deber» ni la «virtud», ya que más le favorece y «poetiza» que le impide á la mujer falsa su caída, no es ni siquiera el «rubor», el adorable rubor de la esposa que se entrega dignamente. ¡Yo te quiero, Inés, no «pudorosa»... sino «ruborosa, candorosa».

Noto que le ha hecho efecto el argumento, á mi virgen, á mi Inés, á mi bella enamorada... á mi «cristiana» de alma ingenua que es, en alma, más de su confesor que de mi alma.

El padre Garcés ha debido venir á instalarse volando, en la suya, con todo su gesto adusto y sus sermones. Me afloja un poco el brazo, y me replica:

-¡Aurelio...! ¿estás tú bien seguro de todo eso que me dices?

Yo, sonrío.

En un segundo, juntas, cruzándose nuestras miradas, he visto en los claros ojos de mi Inés, como una luz tras la niebla de pasión que los envuelve, su dura fe de intransigencia... He visto al padre Garcés, «racionalista» y polemista, catequista..., ¡en la catequizada!

Inés y su madre son de esas mujeres que, en otros tiempos, hubiesen podido ir á darle su vida mártir, por su Dios, á las fieras de los circos.

Afortunadamente, lejos de su madre, lejos del padre Garcés -y aun favorecida por el espíritu el bravo jesuíta- la tengo junto á mí, por otra fe más grande: la del Amor.

Y yo sonrío, sonrío.

La tarde se me presenta bien, cual la quería: de discusión.

En esta primera escaramuza, yo he ganado lo bastante con preparar á mi mujer á discutir con... su «hereje» amado.

Vuelvo á besarla, en los ciegos ojos de su fe, en la dulce boca de mi fe; estrecho más su brazo contra el mío, y me dispongo, siempre paseando entre las flores, entre las rojas flores de este un poco helénico adelfal, á decirle á besos y á palabras nuevos «argumentos»...




ArribaAbajo-III-

Mi mujer es mía -en espíritu, en emoción, en... cuanto falta que lo sea... Vencida. Esta tarde vió ponerse el sol muerta de mi alma entre mis besos. Un alma... en que ya también la suya de cristiana alentaba sensual. Hablábamos del cielo y del sol, á besos. Luego, al tornar hacia la casa, seguimos hablando á besos de la luna y las estrellas. Y ella no sabía que así su alma de cristiana adoraba, en besos de mis labios, á Dios, al Universo.

Pero es llegada la hora de que el Universo y Dios se recojan, para las adoraciones todas de su vida y de mi vida, en nosotros mismos. Estamos en el rojo gabinete-comedor, y las seis cortas bujías de los candelabros se agotan; dos, han quemado ya sus arandelas. Calculé, pues, perfectamente. En un banquete nupcial, donde se habla y se sueña y se divaga y se sonríe más que se come, bien puede tardarse en llegar á los postres hora y media. Justamente la duración de estas bujías.

Todo previsto. El té final está en el samovar de níquel, para cuando quiera yo prender su lámpara. Trae Paquita el último pastel que ha hecho la excelente cocinera; trae el «biscuit-glacé», los dulces, el roquefort y los cakis y los dátiles y las piñas y naranjas (todo en una enorme bandeja)... y la mando traer también las botellas y las copas del champaña, de chartrés, del benedictino.

-Puedes acostarte -le digo á la muchacha- no necesitamos nada más.

Paca me comprende. Mira á «la señora», que está despelujada, ligeramente despeinada por mis besos, que está ligeramente alegre por los vinos de diez clases que le he dado á probar en el transcurso de la cena..., y sale sonriendo.

Inés la oye alejarse, y la oye perderse en la escalera. Yo, luego, me levanto, salgo, cierro en la escalera el portón (lo cual vale por aislar del piso bajo este piso alto, en absoluto), y al tornar le digo á Inés:

-¡Nuestra inmensa soledad... al fin!

Se lo he dicho con un gran beso en la garganta.

En seguida, porque se quema otra arandela, apago todas las bujías. Queda el farol, sobre nosotros... el farol que tiene dentro una candileja de aceite de oliva, mortecina, pero para durar toda la noche, y que por su gruesa cristalería biselada y ochavada, de color de sangre, nos derrama su fulgor de ascua, su fulgor de hierro enrojecido. Por la puerta de «mi» cuarto, abierta, percíbese también, del otro farol de orquídea, el rojo resplandor...

Al principio, la falta de la viva y blanca luz de las bujías, nos hace el mismo efecto que una real obscuridad en que no nos viésemos mi Inés y yo más que como sombras, más que como espectros indecisos... Pero mientras yo descorcho una botella «cordon roux», y mientras lleno dos copas, se acomodan nuestros ojos, y la luz de sangre, de fragua, de misterio..., nos deja vernos por demás entre el misterio.

-¡Bebe! -le ofrezco, vertiéndole á Inés, queriendo ó sin querer, la espuma del champaña.

-¡Oh! -grita riendo, inclinándose adelante y sacudiéndose los mojados tules de su pecho.

-¡Oh! -grito yo, que la socorro, mientras bebe.

Y á «mi socorro» deja de beber. He tenido antes buen cuidado de fijarme en los cierres y abrochados de su blusa, y he podido, pues, ahora, experto, desenlazarla enteramente el peto desprendiéndola un bandó... un broche del talle.

¡Ah, mi Inés!... va á soltar la copa, á un espasmo ó protesta de rubor (no del «pudor» -está en principio convenido), y acaba de medio derramársela en la falda.

-Soy... ¡la madrina! -le sonrío.

Ella se tapa con una mano íntimos encajes y oculta los rubores de su faz sobre mi frente.

-Soy... tu «madrina» -insisto- ¡Ya ves!... en esta fiesta nuestra de boda... aquí tan solos, no hay otras manos que las mías que te desnuden... A menos que quieras desnudarte por tí misma. ¿No es igual?

Calla, cede, y como una brisa, todo dulcemente, sin que ella levante ahora de mi hombro los rubores de su faz, me doy maña á sacarle las dos mangas y la blusa. Le desajunto la falda en la cintura... y queda así.

-¡Álzate! ¡Quítatela! -la invito, dejándola un beso en la espalda, en el escote.

Y como me he apartado de ella, sin «querer mirarla» aún, y ella siente el aire por los hombros, primero se cruza al pecho las manos, y... después, sofocadísima, resuelta, convenciéndose sin duda de que yo tengo razón, de que tendrá que despojarse... acepta como una «salvación hipnótica» la nueva panda copa que la ofrezco. Bebo, y bebe... con avidez, toda la copa, ansiosa de este cloroformo del... «pudor», que yo detesto -ansiosa de esta inconsciencia ante lo que es inevitable.

-¡Por tus labios! -he brindado yo.

La alzo de una mano, y cae la falda.

Cojo la falda y la llevo á una butaca. Me quito tranquila y confiadamente la chaqueta y el chaleco, mojados del vino también, y quedo con mi camisa de seda, de dormir, como un tirador de armas.

Me siento junto á Inés y brindo mi otra media copa:

-¡Por tus senos!

-¡Ah! -gime mi mujer en dolor de carcajada.

Se lanza á mí y me abraza... para ocultármelos. Ha podido ver que yo he podido ver que son divinos.

Sino que la desprendo con dulzura, advirtiéndola -de paso que la sirvo un trozo de «biscuit»:

-¡Come, Inés! ¡Come!... ¡Nos falta de la cena todo eso!... Tu «madrina», por lo pronto, no ha querido aún sino ampararte en el bautismo del champaña.

Aplícome á comer bizcocho, y ella me imita. A la vez que trata de alzarse sobre el seno los encajes del escote, trata de ocultarme en ellos la pálida y húmeda mancha del champaña... que ha calado. Teme que se los quite. Tras un terror, le queda siempre otro terror que la hace en cada uno conformarse.

Mi Inés, mi novia, mi mujer... está en bajo falda de rizadas sedas oro, y en corsé... ¡igual que una cocota!... Está, además, medio ebria de vinos y de amor.

¡Oh, delicia de mi ensueño realizado en una virgen!

Es decir, de mi ensueño que va poco á poco realizándose, que irá todo realizándose en esta noche de la gloria.

Le doy bizcocho y fresa helada, en mi áurea cucharilla. Para dárselo he apoyado mi mano y mi brazo en su brazo desnudo. Le doy champaña, y se lo quito en seguida, con mi boca, de su boca. ¡Son tremendos, para mí y para la virgen, estos besos de labios y de dientes y de fresas y champaña!... Ella se marea. ¿De qué?... No; del vino, no; he comido en su casa algunas veces, con su madre y con su padre, y me consta que de su mesa suculenta, donde abundan los licores, á los tres, con el honrado placer de la comida, les gusta levantarse un «poco ingleses»... -Yo he calculado y sigo calculando bien las dosis de alcohólico valor con que debo ir «matándola pudores». Está... «doble inglesa» que en su casa, y nada más.

-Mira, fíjate -le digo por sacarla del mareo de amor-, en el efecto que esta luz de lumbre hace por tu carne.

Mira á su brazo, donde beso. Ríe al cosquillear de mi bigote, y quiere en «resuelta desesperación» enlazarme por el cuello. Yo lo evito, riéndome á mi vez. Ella se resigna en mimado enojo que la obliga á tirar su cucharilla contra el plato, quedándose muy seria. Erguida contra el respaldo de su asiento, ya no le importa que sus pechos puedan verse.

Sigo comiendo. He tomado de su frutero una naranja.

-Tú, mi Inés -deslizo- eres una naranja también, un dulce de los cielos, infinito y exquisito, que yo no quiero comerme de un bocado. ¡En el amor, el «saborear» es todo un arte!

En otro impaciente y mimoso ademán, coge champaña, bebe champaña. ¡Pobre! ¿Qué sed de vida loca quiere apagar con esa copa!...

La abrazo, según ella está bebiendo... le robo otra vez champaña de la boca, la afirmo á mí... para que no pueda defenderse... y... ¡lanza un grito! ¡y otro grito!... porque acabo de ponerla en las fresas rosa de ambos senos el champaña de mis labios.

La ha levantado toda entera la emoción.

Pero como yo la tengo por el talle, cae abrumada á plomo en mis rodillas.

Quiere calmar en el fuego de mi frente el fuego de su frente.

Por no mancharme, por no caerla, tiene la copa en alto.

Es mi virgen-horizontal perversa y candorosa...

¡Oh, mi mujer! ¡Oh, nuestra boda!... La escena sería digna del Moulín Roux, si no fuese humana y hermosamente digna de los cielos de la Tierra.

Como veo el vello de su axila, musgo de oro obscuro bien discreto y bien suave, según lo imaginé..., pongo en su axila mis húmedos labios de champaña...

Y el que aun tiene ella en su copa, se derrama entre los dos...




ArribaAbajo-IV-

Mi mujer sigue en la espantosa lucha nueva de mi alma con su alma.

Sus sueños, sus descansos, su despertar cada mañana en su blanco dormitorio, diríase que le dan, que vuelven implacablemente á darle cada día el recuerdo demoniesco de estos otros cuartos rojos.

Las noches son para un pagano mundo delicioso del alma de su carne.

Las mañanas... sí, sí; ¡siempre! para un horrorizado despertar de la cristiana.

Lo noto. Al ir á encontrarla allá á las once en su celeste tocador, la asusto un poco, la impresiono como un diablo..., como un diablo á quien se ha entregado toda loca, diabla divina cada noche ella también, por unas horas.

Es cierto. Es indudable. Cada mañana, recogida en sí, á ella le pesa lo que ha hecho por la noche. Mi entrada en su tocador la sorprende como una seductora maldición. Me acepta, me besa..., pero resignada y casi triste y dolorosa.

Mi tarea, durante el día, aunque cada vez más fácil -por la gran persuasión que sus nervios mismos le prestan á mis besos- consiste en... reconquistarla para mí.

Al comer me habla siempre del padre Garcés y de su madre. No se atreve á llamar «pecado, gran pecado mortal» á lo que hacemos, pero lo piensa.

Y... paseamos por las tardes, cogemos flores ó nos embarcamos en el río, y logro volverle á darla, en ella, en mí, la sensación de «otro Universo». Así, cuando llegan las noches y cenamos en el rojo comedor... es toda mía... ¡de su demonio!

Son cinco días los que aquí llevamos.

En las grandes venturas enormes, como en los grandes infortunios, se pierde la noción del tiempo. Pero... ¡sí!... los cuento: hoy es domingo, y llegamos el miércoles: ¡cinco días!

Acaba de despertarme en la cama roja el ruido de mi mujer, que está lavándose la cara en el tocador azul. Nos separan... una puerta, una cortina. La puerta, cuando llevo á Inés á «sus estancias», la cierro por mí mismo.

Es que me place dejarla en su abandono, en su «vuelta á su alma de cristiana», prolongándose esta lucha de delicia en que habré de ser por siempre el triunfador. A Madrid no volveremos hasta que yo no sepa que mi mujer es mía por todos los rincones y las horas de su alma.

Me levanto.

Para vestirme voy recogiendo mis ropas del desorden de estas dos estancias «demoniescas».

De cada noche queda todo confundido. Unas veces nos desnudan las auras, y otras el vendaval.

He aquí mi americana, en el diván turco... sobre el corsé de mi mujer. Un zapato allí, también, de la hechicera, al lado del piano.

Cada cosa me recuerda un momento inolvidable. Anteanoche me hizo oir á Wagner, y á Juan Bach, en pantalón. Un pantalón que nada tuviese que envidiar al de la bella pecadora más cuidada de detalles... ¡Oh, sí, como se parece una mujer a otra mujer (si ambas son muy bellas y se las sabe buscar el parecido), y, sobre todo, una elegante señorita á una cocota!

Esto ya lo dijo Dumas, mejor dicho.

Y es porque la «toilette» de la «cocotteríe», no es sino el recuerdo de la que, perfecta, sólo puede tener la rica, la gran dama. En sedas, en encajes, en joyas, en perfumes.

¿No es, pues, una lástima, para los demás..., que teniendo en la gran dama, en su mujer, la seducción de la «cocotte»... la vayan solamente á buscar en la «cocotte»?

Para los demás..., no para mí.

Yo, de mi mujer, estoy haciendo... mi querida; lo cual no evitará que llegue á ser la noble madre de mis hijos, igual que la de Mario. Trasanteanoche también, ya medio desnuda, la cubrí con todos sus perfumes y sus joyas. En las joyas, besos, y se las puse con mis manos. Los perfumes se los puse con mi boca. La voy perfeccionando, en esto de matices de perfumes: para el cabello, Ilán, que huele á Oriente; para la frente y los ojos, pensamiento, que efluvia «psiquis»; para la boca, astris, que sabe á cielo; para la garganta y el pecho, stania, que sabe á miel; para...

Se me dirá que, aparte la vieja moral (porque, como se ve, yo tengo «una nueva» que le resume al marido «la esposa y... las amantes» dentro de su casa -al revés que á tantos hombres honorables de la vieja moral, mi suegro por ejemplo), es expuesto lo que hago. Yo responderé que... todo lo contrario. Mi mujer... mi honradísima mujer, así, irá adquiriendo un sentimiento de fidelidad (nuevo también)... que habrá de estar perennemente por encima de toda tentación, de toda oportunidad, de toda curiosidad... ¿A qué pensar en «amantes», si los tiene en mí completo?... Eso... ¡allá las castas y respetadas esposas pudorosas que, en las amantes del marido (sus amigas casi siempre), descubren... que no está el «amor» en el tálamo nupcial!... Éstas, entonces, ¡sí!... pueden sentir las perversas curiosidades peligrosas. Y con razón. Porque yo definiría la «virtud» de esta manera: «fidelidad hacia un amor». Y esculpiría, además, en el vicariato general esta sentencia: «Ten á tu mujer enamorada y ríete de seductores».

He aquí el otro zapato de Inés, junto al espejo.

¡Oh, anoche!

Este espejo me hace recordar cómo voy venciendo á la cristiana en mi batalla.

Sí, sí, le tengo jurada guerra, en mi mujer, á la «cristiana», sobre todo. O si he de expresarlo mejor, á la «beata», á la «fanática creyente». ¿Por qué?... ¡Bah, porque la otra doña «Inés de Ulloa», de aquel estúpido «Don Juan», era «cristiana»! ¡porque han sido y son «cristianas» casi todas las que... «caen de mal modo en escenas del sofá»! ¡porque es, en fin, terrible, y para un marido sobre todo, eso de que sepa su santísima mujer que Dios... puede «perdonarla» con un solo segundo de «pésame Señor»! -No. Por mi parte, quiero que sepa mi mujer que yo tendría que ser, y no el del cielo, el «Señor» que primero tendría que perdonarla!

En este espejo...

¡Oh, sí, este espejo quedará siempre en mis recuerdos, como «reliquia confidente» de mi triunfo!

¡Inés! ¡Soberbia estatua!... Hecho girones su «pudor»..., aun ella se aferraba á retener sobre la desnudez de su beldad estos girones. De sus hechizos, aún su voluntad cobarde no habíase atrevido á mostrarse al entero resplandor..., si no los velaba algún cendal. Y anoche, ya ebria de mis besos con champaña, fué mi antojo verla... verla en la ostentación brava de sí propia, sin una joya, sin una cinta siquiera por toda su carne inmortal... Era en la mesa, y resistíase. Estaba ya... «en cocota», en corsé y en pantalón, mi purísima cocota. Yo pretendía cambiar á mi cocota (¡oh, multiforme!) en divina diosa griega, olímpica, que en la gran bandeja de plata sirviese el té, trayéndolo desde el samovar, sin una joya, sin una cinta siquiera por su cuerpo... Rebeldes sus rubores. Tenaz mi empeño. Desde este gabinete la conduje al dormitorio, y me quedé esperando, porque, además, para darme sin gradaciones la impresión de maravilla, Inés debía acabar de despojarse por sí propia. Pero, de pronto, ya desnuda y más cobarde, sin verla yo, me propuso la transacción entre mi afán y sus pudores: -«¡Me vas á mirar, y nada más, por el espejo.» -gritó.- Y llegó á esta puerta, se envolvió en las sedas carmesí del cortinaje, las descorrió, se desenvolvió en seguida de las sedas sin soltarlas, y... -«¡Mira!»... visión de gloria. Mujer excelsa. Niña gentil. La gran luna de ese armario la copiaba... nieve de armonía de rosa en flor de humanidad. Fué un solo segundo. Me vió también por el espejo ir hacia ella, y corrió, y ya no la pude mirar más que entre las sábanas del lecho, fugitiva y amparada, esperándome cruel para no soltarme más del triunfo poderoso de sus brazos...

Estoy vestido. Cruzo el rojo dormitorio y abro el celeste tocador.

Aquí, en el tocador color de cielo, todo es alba... de otro día, y todo es orden.

No está ella.

Paso á la alcoba blanca.

No está ella.

Pero en el fondo veo entreabierta la puerta de la alta tribuna de la ermita, y ocúrreseme mirar.

Inés, humillada en un reclinatorio, parece sumida en oración. Se encuentra de rodillas y con los brazos encima del alto respaldar y la cara contra ellos.

Avanzo por la estera. Inés, de tan absorta, no me nota. Me inclino y le doy un beso en la oreja.

¡Oh! -gime, irguiéndose de pronto.

Me mira, y su actitud es de rechazo. Yo no sé..., ó sé de más, qué éxtasis inmenso de pesar he turbado por su alma. Nunca la he causado una impresión tan grande de extrañeza, con mi beso profano ante un altar.

Pero yo quiero fundir en una sola fe infinita ésta de Dios y de mi amor, y rodeo sus hombros con mi brazo.

-¡Reza ante la Virgen! -le digo.- ¡Yo... ante ti!

Y vuelvo á darle un beso santo entre los labios.

-¡Aurelio! -clama ella en una guturación aterrada y sofocada.

-De ti -insisto yo-, á la Virgen pura yo le ofrezco ahora, esposa mía, toda aquella adoración que rendí anoche por la bella gracia de tu cuerpo, que hizo Dios.

Cierra los ojos, pálida. Tiembla. Y yo termino:

-¡Querría que en mi oración y en tu oración, ante la Virgen, estuvieses tú desnuda, como anoche!

Eléctrica, de un sólo impulso, Inés se arranca de mí violentamente. Se ha puesto de pie, ha dado algunos pasos, y queda torva y volviéndome la espalda en la sombra de un rincón. La amplitud de mi grande profesión de fe, le ha sonado á horrendo sacrilegio.

Voy á acercarme, y me detiene con el brazo.

-¡No, por favor!

Está espantada. Sale de la tribuna.

La sigo. En su marcha vacilante, va hasta el lecho y cae en él inertemente. Se cubre la cara con las manos.

Quiero hablarla.

No me escucha, y llora.

-¡Vete! -me pide, al fin, como á un maldito, en su horror desfallecido de maldita.

Yo, aunque no me pesa, comprendo que he ido un poco de prisa esta mañana en la «reconquistación» de mi mujer. No me importa. No es largo el tiempo que hemos de estar aquí, solos, libre ella del influjo del Padre Garcés y de su madre, y hace falta que cuando vuelva á verlos en Madrid, el alma de mi Inés sea completa é irremisiblemente mía.

La dejo. Ella pensará. Cuando haya meditado que ni en sus desnudeces ni en no importa cuáles bellos juegos nobles de amor y de la vida puede haber ofensa, sino gracia, para el cielo..., la gran contradicción que yo he podido revelarla en ella misma, entre el «cielo» de su espíritu y la «tierra» de su carne, habrá cesado de existir.

Sólo entonces podrá empezar á entender que yo soy un... místico, un místico en armónica y total adoración perenne hacia la Vida, hacia mi vida y la de ella, y la del Universo, y la de Dios..., y que el alma no es sino la luz de resplandores de la carne -como es del sol la luz del sol.

Ella adora menos á su Dios... y hasta le agravia, puesto que le adora con el alma únicamente, y créele de torpeza tal que le pudo crear el cuerpo para el diablo.

Yo adoro á mi Dios... con todo, y en todo le bendigo.

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A las once, me manda llamar mi Inés.

Es severo su semblante.

Está en el tocador, sentada. Me hace sentarme, y me pregunta:

-Aurelio... ¿á qué hora pasa el tren para Madrid?

-¿Por qué quieres saberlo?

-¡Porque sí! Porque quiero que nos marchemos á Madrid. Hoy mismo. Te lo pido. Te lo ruego.

-¡Inés!

-Si me quieres, dame esa prueba. ¡La prueba que te exijo!

-Pero... ¿por qué?

-Porque sí, Aurelio. Mira, hoy es domingo. Te olvidaste..., nos hemos olvidado los dos de avisar al cura que decías... para que dijese misa en la ermita...

-¡Bah!... ¡Vendrá el domingo que viene, mujer!...

-No. Hoy, á Madrid. Espero que no me negarás este favor.

Habla rígida, implacable. Se ha levantado, dando por terminada sobre este punto la entrevista. Comprendo que me sería desfavorable en este instante toda discusión con mi mujer, y accedo.

El tiempo es mío. Quiere decir que... seguiremos en Madrid más lentamente la batalla.

La ofrezco partir esta tarde, le brindo el brazo, y bajamos al viejo comedor familiar... que no la asusta.




ArribaAbajo-V-

Como no hemos avisado, nadie nos espera.

Un ómnibus, desde la estación, y á casa. Paquita y la cocinera vienen con nosotros.

Inés ha dormido mucho en el viaje, ó al menos ha fingido dormir. Como olvidada de... todo, la he visto desorientadísima, cortés y siempre amable conmigo, sin embargo..., propensa en algunos besos al perdón.

¡Es mía! ¡Es mía!

La inocente, sintiendo tan rápida y violenta su derrota, no ha querido más que buscarse un poco el inútil amparo de las gentes..., huyendo de aquella soledad de embrujamiento del demonio en que yo la tenía en la dehesa.

Llegamos á... nuestra casa, á mi nueva casa «para ella», que ella no ha visto aun completamente, y que yo tuve buen cuidado de arreglar á mi deseo.

Otilia nos recibe. Esta vieja y fiel sirviente está advertida de que acabaron mis sandeces de soltero.

Le enseño la casa á mi mujer. Toda, ahora. Incluso el despacho mío, que durante la otra rapidísima visita hube de burlarle, y que se encuentra lleno de... retratos dedicados.

Se sorprende Inés. No mucho, porque en nuestras noches del Zarzal la dejé entrever más de una «historia»... -Los va mirando. Dirígeme... preguntas. Respondo á medias..., puesto que me reservo para más despacio y más abandonados coloquios el irle contando mi pasado -y no por vanidad (que fuese bien idiota), sino porque «también le pertenezca». Yo soy... mi presente, mi porvenir y mi pasado. Ella debe conocerme, para que vea en mi cambio, por su gracia, cuánto le debo agradecer, cuánto sufrí antes de tenerla como una redención.

Nos desayunamos, con algo improvisado, que pedimos á un café, y creo notar, en la faz de Inés, algo cambiados su enojo, su reserva: desde ayer mañana eran éstos de duda y confusión por aquel enorme sacrilegio de la Ermita; ahora... más humanos..., juraría que son debidos á... los celos por esas bellezas vestidas y desnudas que ha visto en los retratos.

La aturdo, en una palabra. Está aturdida..., y no me parece mal.

Terminado el desayuno, la invito á descansar. También aquí, y mejor dispuestas, tenemos contiguas alcobas diferentes.

Pero me dice que durmió en el tren, que yo me acueste; que ella va simplemente á refrescarse y á arreglarse un poco, y que irá entre tanto, con Paquita, á visitar á sus padres.

Paréceme natural; y aunque me ofrezco yo mismo á acompañarla, porque también me parece natural, obstínase afable mi mujer en que me acueste.

Me ve, en efecto, cansado de la noche. Sabe que no duermo en el tren.

Agradecido.

Quedamos en que volveremos juntos al hotel de sus padres por la tarde. En efecto, ahora, que son apenas las ocho, yo los violentaría un poco, porque probablemente estarán durmiendo.

Pasa Inés á sus estancias, y yo me acuesto.




Arriba-VI-

A las doce me despiertan, no sin dificultad. Es Paquita y trae una carta.

-¿Y la señora? -le pregunto.

-En casa de sus padres. Su madre me ha dado esta carta para usted.

-¡Cómo! ¡En casa de sus padres... y allí toda la mañana!

Es un reproche de «celoso», que no puedo reprimir, este mío. Me duele un poco, ciertamente, que en cuanto hemos llegado á Madrid, mi Inés tenga más agrado en estar al lado de sus padres que á mi lado.

-No, señor, ¡cá, toda la mañana! -me explica Paca.- ¡Apenas si allí llegamos á las once!... Tomamos un coche, al salir, y la señorita Inés mandó que nos llevasen á Chamberí, á la Iglesia de un Convento.

-Ah, vamos, á oir misa...

-Y á confesarse, después. Una confesión que duró más de tres horas.

-¡Ya!

Abro la carta. Supongo que será llamándome para comer con ella y con sus padres. Paca se marcha.

Pero...

¡Es mi suegra la que escribe!

«Sr. D. Aurelio Ortega y Sánchez de León.»

«Muy señor mío:...

¡Cielo santo, qué principio! -tengo que decir, como aquella del «Tenorio».

Límpiome los ojos, por si tengo aun el sueño en telarañas (pues no parece lógico que la carta de una suegra empiece así), y leo:

«Muy señor mío: mi pobre hija, que está llorando junto á mí, me da el encargo de esta carta.

»No volverá á reunirse con usted. Y si usted quiere tenerle siquiera esta única consideración á dos »señoras, nos dispensará un señaladísimo favor no intentando venir siquiera á vernos, ni á mí ni á ella. »Con toda la posible rapidez, veremos lo preciso para entablar la demanda de divorcio. Y como esta »solución, que apoyará sin duda mi marido, está desde luego firmemente apoyada por mí y »fundamentada antes por el sabio consejo de quien tiene definitiva autoridad en estas cosas, yo espero »que usted se hará cargo de la inutilidad de cualquier oposición.

«Mi pobre hija Inés le aborrece, le detesta. Ni ella ni yo pudimos sospechar que, en su »matrimonio, pudiese ir á la prostitución de un libertino.

ÁNGELES DE OCHOA.»

La carta ha caído de mis manos.

Por un rato no siento más que una montaña de nieve en el alma, que luego me corre por la sangre.

Pero de pronto me arrojo de la cama.

¡Iré por mi mujer! ¡Por mi Inés!

Empiezo á vestirme como loco, como aquel á quien acaban de robarle su tesoro... y... ¡vuelvo á caer en la butaca!

¡No! ¡no!... ¡Es «Ella», «ella» propia, la primera que buscó esta solución!

¡Ella... mía á medias..., del padre Garcés la otra mitad... y que ha vuelto á caer sin tiempo entre sus garras!

¡Mía! ¡Mía!

Lloro.

La miseria del dolor, me obliga á dudar por un instante si no será verdad que yo sea... un canalla, un libertino.

Pero esto que sucede, no tiene remedio. Mi «media naranja» no lo era aún, ni ya más lo será.

¡Lloro... lloro con la visión de aquella virgen de mujer que se me vuela!

La he tenido tan humana, tan hermosa, tan noble en mis besos de oraciones del Amor... y me la quitan!

¡Sí, sí, resueltamente soy un mentecato! ¡Un... «subversivo»! Lo correcto, lo de orden, habría sido que hubiese hecho lo que todos, lo que tantos: la santa mujer, en casa; y las amantes de ilusiones y placeres, por ahí!

El padre Garcés, entonces, me hubiese bendecido..., me hubiese al menos estimado..., lo mismo que a mi suegro.

¡Por el orden!

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FIN