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Nueva tragedia de Rip Van Winkle: «La gallina ciega» de Max Aub

Ignacio Soldevila Durante


Université Laval. Quebec 10. Canadá.

Max Aub, escritor español que, como tantos otros de su generación, salió de España aventado por el temporal de la guerra civil, en enero de 1939, vivió, tras un intermedio trágico en los campos de concentración franceses, treinta años de exilio mejicano. Durante estos treinta años, consagró su obra casi entera -directa o indirectamente, a su España, fiel e invariablemente presente en la memoria y el recuerdo, en la palabra, los actos, los escritos. Como un Rip Van Winkle que durante su largo sueño de años hubiera podido escoger la materia de sus ensoñaciones y sus pesadillas, Aub recibía desde el otro mundo mensajes y noticias, visitas y apariciones del suyo. Sueño de sueños, creyó que su España seguía existiendo, y que, a pesar del distanciamiento obligado, nada, esencialmente, lo había desligado de la realidad española. Es cierto que sólo excepcionalmente se dejó llevar por ese capricho obsesivo de sus compañeros de exilio consistente en imaginar, en letras literarias, y por personajes interpuestos, el retorno. De ello -de las excepciones, y de la discreta timidez con que están emprendidas las experiencias dan buena fe esas piezas en un acto reunidas bajo el título común de Teatro de la España de Franco, y de Las vueltas1.

La posibilidad de un verdadero regreso -temporal o definitivo- empezó a planteársele al autor en la década de los sesenta, y a diferencia también de otros compañeros de generación como Francisco Ayala, José Bergamín o Manuel Andújar, unía repugnancia entreverada de oscuros temores le llevó a aplazar el gesto durante casi diez años. Solicitó una primera vez el visado de entrada -del que como usuario de un pasaporte mejicano no tenía estricta necesidad- y el visado le fue denegado. En sus frecuentes visitas a Europa, se acercó repetidas veces a las fronteras que separaban su sueño del despertar a la realidad, vagando por esos terrenos en donde le acompañaban las sombras de Unamuno y de Antonio Machado, a ambos extremos de la línea pirenaica. Por fin, en 1969, y metido en la composición de un libro centrado en torno a la figura y la generación de Luis Buñuel, obtiene Aub excusa plausible para la visita, y visado oficial de corto plazo.

Acompañado de su mujer llegó a España por avión el 28 de agosto de 1969, de donde volvió a salir por el mismo camino el 4 de noviembre del mismo año. Como Rip Van Winkle, Aub se encontró treinta años después, en el mismo lugar en que había abandonado su realidad española para hundirse en el largo sueño del exilio. A diferencia del personaje legendario, Aub llegaba a su tierra prevenido y precavido de los cambios que iba a encontrar. Diríamos incluso que prejudiciado. Pero el choque con la realidad no fue por ello menos violento ni causó en él menos profunda y definida herida. La España resultante de la interacción de sus recuerdos con sus lecturas, encuentros y noticias era una auténtica ucronía que no tenía correspondencia alguna con la España real en la que estaban insertos, no solamente los miembros de las nuevas generaciones posteriores a la suya, sino los mismos compañeros de la suya que se habían quedado en España o habían regresado a ella antes de la década de los cincuenta, integrándose de nuevo en la realidad. Aub se sintió súbitamente desplazado en el espacio y en el tiempo: un fantasma anacrónico en un mundo que ya no era el suyo, que subrepticiamente, fraudulentamente, le habían cambiado rasgo a rasgo, ladrillo a ladrillo, minuto a minuto, sin que pudiera percatarse del cambiazo en sus años de observación telescópica. De la amargura, el dolor y la tristeza de ese viaje a un país desconocido nos queda testimonio válido y duradero en La gallina ciega, diario escrito en un tono y con unía sinceridad que lo hacen documento indispensable para el entendimiento de una de las más dolorosas realidades de nuestro tiempo: la tragedia del desarraigo2. Y no resulta sorprendente que La gallina ciega pueda inscribirse como epílogo de esa poliforme obra aubiana que él titulará El laberinto mágico. Estilísticamente, y tanto por las estructuras como por los contenidos, La gallina ciega podría ser una novela-diario de la misma manera que cualquiera de sus novelas del mismo ciclo podría pasar por documento auténtico de un tiempo, un mundo y unas circunstancias históricas concretas y verificables. La autenticidad de La gallina ciega viene a ser como la firma que autentificaba el inmenso documento notarial para mejor entender y medir nuestro tiempo que es, en la intención como en el logro, la obra entera de Max Aub a partir de 1938.

Es cierto que tras la publicación de La gallina ciega en 1971, otros libros de Aub han aparecido. Pero todos ellos son resultado de recopilaciones y labor de antologistas en mal de dar a conocer al público lector español cuantos fragmentos de su obra pudieran pasar las horcas caudinas de la ley de prensa hoy vigente en nuestro país. De hecho, tras La gallina ciega, y no obstante los escritos que a título póstumo vayan apareciendo, incluyendo su Luis Buñuel inacabado, la obra de Aub había terminado irremisiblemente su ciclo. De haber sobrevivido el largo número de años que sus valores humanos y literarios merecían en estricta justicia, era inevitable que un nuevo ciclo se abriera, so pena de caer en la repetición obsesiva del epílogo trágico, bajo todas las formas posibles e imaginables, pero no por ello menos baldías.






I

Precisamente en un estudio del teatro de Aub, hecho por José Monleón, y a propósito de sus piezas sobre el retorno, hay un análisis luminoso en torno a esos personajes aubianos y a sus correspondencias con personas reales, que viene punto por punto a confirmar las realidades que tuvo que afrontar Aub a su regreso, tanto como sus angustiosas premoniciones y temores previos. Tras afirmar que ha conocido en París exiliados dispuestos a no regresar nunca a España, y que justifican su negativa por dignidad política y por testimonio agresivo, explica:

No diré que haya mala fe en esta actitud, pero siempre he creído que constituyen la falsa explicación que la cabeza concede al sentimiento. Porque el verdadero problema está en la angustia de un regreso que introduciría, junto a los datos ajustados a las previsiones establecidas a distancia multitud de elementos nuevos, antes ignorados y capaces de desordenar los esquemas cultivados en los ásperos jardines del exilio.


Y remacha poco más adelante: El exilado tendría «su» tiempo. La «vuelta« le revelaría brutalmente el emplazamiento anacrónico de su existencia3.

El mismo Monleón, que por entonces aún no había podido leer La gallina ciega -aparecida diez meses más tarde- mencionaba de pasada el regreso de Aub en 1969, indicando que hasta entonces no lo había hecho objeto de obra, y buscaba una explicación: «Quizá porque fue una «vuelta» a medias, esforzadamente descargada de significaciones dramáticas, a costa de subrayar su provisionalidad y su carácter rigurosamente profesional». Explicación que corresponde a la actitud adoptada por Aub durante su viaje, pero que, según se desveló en la sinceridad de La gallina ciega, mal escondía el desencadenamiento de una profunda tragedia personal, reflejo y modelo de tantas otras. Es curioso ver cómo se entendieron mal las intenciones de Aub cuando repetidas veces y a distintas personas afirmó que no había vuelto, sino que había venido. Así, Alberto Míguez, en un breve artículo publicado en Madrid y reproducido en la edición de «El mirlo blanco» que Taurus dedicó a su teatro en un acto:

«No he vuelto, he venido», me dijo Max Aub el primer día que nos vimos. Es exacto. La mente y el corazón de este español han estado durante tantos años pensando y soñando en España, y por encima de tantos obstáculos -burocráticos, psicológicos, etc.-, está aquí.4


Aub reproduce y explica en su diario el sentido de su frase:

«Es decir, vengo a dar una vuelta, a ver, a darme cuenta, y me voy. No vuelvo; volver sería quedarme. Digo la pura verdad. Respiran: uno menos. No habrá competencia».


(p. 105)                


Pero el sentido de la frase va más allá de lo que el mismo Aub dice o intuye. Por ese milagro que él ha descrito por boca de uno de sus personajes de ficción, las palabras van más lejos de lo que se creía, y abren las puertas sobre realidades apenas presentidas pero no menos ancladas en las vivencias del hablante, del escritor. Nosotros queremos interpretarla en el sentido de que Aub no ha vuelto, porque volver sería ir al lugar en donde ya se había estado, donde ya se había vivido; y la España que vio en 1969 era un país desconocido al que no podía volver: nunca había estado antes en él. Nuestra interpretación no es azarosa. Los textos de La gallina ciega que la justifican son abundantes. Veamos algunos:

«Esto que veo es realidad o esto que me figuro ver lo es. Esto que me figuro ver -esta figura- es realidad. Esto que veo, España, es realidad. Lo que pienso que es, que debe ser España, no es realidad.»


(p. 25)                


«Las Ramblas, desconocidas, a pesar de no haber cambiado. Pero, sí. No sé en qué. Sí: han cambiado. Me las han cambiado. Yo no. Ahí: la raíz del mal: yo, anquilosado. ¿Cómo puedo ponerme a juzgar si estoy mirando -viendo- lo que fue y no puedo ver, más que como superpuesto, lo que es? [...] No he venido... sino a trabajar en lo que fue (uno) y ver, por mi gusto, lo que es (dos). No a relacionarlo. Y es lo que hago en todo momento, sin remedio».


(p. 38)                


Han cambiado las ciudades -«Esta que fue mi ciudad ya no lo es, fue otra» (p. 80)-; han cambiado los hombres -«En ningún momento tuve la sensación de formar parte de este nuevo país que ha usurpado su lugar al que estuvo aquí antes... Estos españoles de hoy se quedaron con lo que aquí había, pero son otros... en treinta años vinieron a otro uso y cambiaron su natural inclinación» (pp. 408-409); ha cambiado el gusto en la comida -«Ya no bastan las guindillas. Ahora hay patatas bravas y los mejillones arden. España ha cambiado hasta de estómago» (p. 249)-; ha cambiado, en fin, hasta el lenguaje: «Dejo constancia que en Madrid ya no se oyen piropos... Ya no hay casi tabernas -lo he repetido demasiadas veces- y en consecuencia... ya no se habla tan bien -es decir, mal- como antes. Los españoles se han vuelto atildados y mejor educados en lengua». (pp. 409-410)

Melancolía y amargura se alternan en Aub según se entrevista con los viejos amigos o con las jóvenes generaciones. Con los primeros es el «fugit irreparabile tempus»: «unos viejos (¿quiénes? ¿Cuántos años tienen? Ahí, colocados, como para un pim-pam-pum de feria de pueblo, esperando que entre alguien y los tumbe a pelotazos... Más que viejos, tallados ya en sombra entre el aluminio de los tubos y la luz del gas neón, toman café o manzanilla; vino no, infusión)», (p. 29) Cuando se enfrenta con los jóvenes, es el auténtico diálogo de los sordos: nacieron en el mundo que él descubre hoy, desconocen el -mundo en que él se hizo. Le duele su ignorancia de los valores estéticos y literarios para él fundamentales: los de sus compañeros de generación o de exilio, los propios. Hace esfuerzos por justificarlos: «Conste que su ignorancia no es mayor que la nuestra, si no referente a la generación de Ortega o de la del 98, sí a la de Galdós... Las ideas políticas de los jóvenes son tan distintas como las nuestras frente a los que nos precedieron». Pero pocas veces el contacto cordial se establece:

Despedida agria de este grupo de jóvenes. Siento la marcha (mucho), por multitud de razones, entre otras por no seguir discutiendo con ellos. No andan torcidos sino errados. Creo. No solía mentir. Menos ahora: nos separan demasiadas cosas, empezando por los años. La culpa, de todos. No somos bastante inteligentes para digerir los lustros; «traigo el seso en los calcañares» -dice no sé quién.


(p. 412)                


Da cuenta de una entrevista con un grupo de poetas, asentada sobre falsas premisas, y termina:

Todo fue mal, quedáronse para mejor ocasión. Nos fuimos y no hubo más que esta página retorcida, por huir de la verdad. ¿Qué querían de mí? ¿Que les dijera que los críticos de hoy nada saben, nada valen, y que sus libros o cuadernillos son excelentes por no decir geniales? Vine a ver, no a ser visto. A aprender, no a enseñar. A lo sumo a estar y no dar cuenta de mi mediocridad y, menos, de la suya.


(p. 143)                


El conflicto y la ignorancia mutua son insalvables, aparentemente. Con los de su tiempo, sólo le invade la melancolía porque, de hecho, es un reencuentro con el pasado, a pesar de las inevitables modificaciones. Pero con las generaciones nacidas en la posguerra, se desazona, desarzonado: las ve perfectamente a caballo de un espacio que hasta ayer aún podía creer suyo e inmutado, desde su lejanía mejicana; perfectamente integrados en un tiempo y un tempo que nunca han sido los suyos.

Lo que va de la hipótesis a la realidad, por muy aguda que sea la percepción y la sensibilidad del escritor, está al alcance de cualquiera que se dé la pena en recorrer, cotejándolas, la mayor parte de las afirmaciones de los personajes de Aub en su pieza de 1964 La vuelta con las del propio Aub en su Gallina ciega, cinco años después. No hace falta ir al cotejo con esas declaraciones a las que hace mención en el prólogo del diario, y que le hacen confesar:

¿Quiere decir que fui a España con la idea preconcebida del estado actual de la península? Es posible. Doy mi palabra que deseaba lo contrario. Sencillamente, no vivía a oscuras; lo que no quiere decir -ni mucho menos- que diera en el blanco de la razón.


(p. 8)                


No es tanta la diferencia entre los datos objetivos previstos, o previamente conocidos, y los datos realmente observados, como la que hay entre situarlos en el contexto distanciado, casi de observatorio astronómico, de Méjico, y verlos inscritos dentro de una realidad total que le era desconocida pero que se presentaba de pronto, brutalmente, ante él, envolviéndolo.

La relación se establece más cordialmente con los grupos de escritores nacidos anteriormente a la guerra, y con los que le une la preocupación y el recuerdo del pasado. No se trata de que todos los jóvenes que encuentra sean conformistas o estén identificados con el sistema. Es indudable que en éste último caso, la distancia que le separa de ellos se debe calcular en años luz, y deja en Aub un denso poso de amargura, tanto más cuanto se trata, a veces, de un miembro de su propia familia. Tras la larga conversación con su sobrino, que lo trata con implacable dureza («Lo que sucede es que aquí estás buscando lo que no hallarás nunca. Ni tú ni nadie. -¿Qué?- El tiempo pasado. Tu juventud. Ahora es la nuestra»), Aub no se atreve a explicar llanamente la desolación que de él se apodera. Simplemente da cuenta de su insomnio:

Por las rendijas de las contraventanas, las luces de la calle; las estuve mirando durante mucho tiempo, hasta que se confundieron con las del amanecer.

-¿No duermes?

-No.


(p. 58)                


También con los jóvenes de la oposición más o menos activista existe una distancia que no se logra salvar: así, cuando un hombre de treinta años le da cuenta de la evolución progresiva de las generaciones hacia la indiferencia política, a partir de la suya, todavía encuadrada en el Frente de Juventudes y politizada, siquiera fuese monolíticamente. (pp. 62, 66).

En cambio, al encontrarse con los hombres de la primera generación de la posguerra -o de la última de la guerra: la de los Goytisolo, Ferres, Ferlosio, etc.- el entendimiento, si bien teñido por la tristeza, es inmediato. Y ante ellos, ante la comprobación de la construcción personal y social a que se han visto sometidos, le acomete el sentimiento de ser injustificadamente petulante:

Esta es la verdad: ¿qué me he creído? ¿Que porque me fue mal fuera de las fronteras, a los treinta y pico de años puedo compararme en daños con éstos que nacieron veinte años más tarde? [...] Tienen hoy de 40 a 50 años. ¿Qué han hecho? Poca cosa. Se han equivocado. ¿Quién se lo dice? Los que tras ellos crecen y se atemperan a otro mundo [...]; ya para ellos la política no está en primer plano, la justicia yace al lado de su camino, un tanto pisoteada, y no les importa mucho... Sus hijos ignoran lo pasado, no les comprenden ni les importa... y ni siquiera pueden sentarse a darles lección de lo poco que saben. Sería inútil.


(pp. 112-113)                





II

Contempla la España nueva, ese país desconocido que, como la hija de una amante desaparecida, tiene rasgos comunes con ella que se la recuerdan continuamente: pero es otra, que ignora y que le ignora. De ahí que a la vez que cree ver en ella lo que esperaba encontrar -resultado de sus lecturas, su correspondencia, sus conversaciones con viajeros- y que le hace preguntarse si no es simplemente víctima de sus prejuicios, que se interponen entre él y la contemplación de la realidad, lo cierto es que Aub puede mirar, darse cuenta y darla de lo que ve. Ve el progreso material evidente, la satisfacción conformista de la gran mayoría, las transformaciones materiales, sociales, éticas, introducidas por el turismo, el regusto en la uniformidad casi programada que se refleja en la monotonía de la prensa, en el chismorreo y el chiste, el aburguesamiento de la clase obrera, el materialismo desbordante de la nueva sociedad de consumo, la idiotización opiática y el comercialismo subliminal de la televisión, la complacencia en el orden y la derechización del pueblo, la hipocresía maridada con la tecnocracia, la estabilidad del régimen, y los nuevos núcleos de la oposición en torno a grupos que antaño formaban parte de las derechas más significadas: la oposición católica (ver su larga conversación con un jesuíta, o su no menos larga conversación con un católico liberal), la oposición monárquica que, a fuerza de permanecer atrincherada en sus posiciones de 1936, se encuentra hoy en las barricadas de la oposición. Más difícil de entender le resulta la oposición de la Falange, la conversión a la democracia de sus antiguos enemigos de predilección: no deja de manifestar un cierto resquemor, una evidente reserva ante la actitud de estos nuevos conversos. Tendría que haber vivido día a día la posguerra, para aceptarlo sin reticencias. En esos días se discute el asunto Matesa, y la lucha, de facciones en torno al problema da lugar a diversas reflexiones y comentarios a lo largo del diario.

De los españoles, frente a su proverbial generosidad, a su carácter servicial, le sorprende su suficiencia, su machismo superiorista, paradójicamente entreverados de envidia, y salpimentados de chabacanería. Inevitablemente, no deja de compararlos con los del pasado, con los suyos, y descubre, para su gran sorpresa, la desaparición de las manifestaciones públicas de la tradicional tristeza española. Los españoles -las españolas- ya no visten luto, ya no se revisten de la negrura ceremonial, y un texto de Luis Cernuda transcrito por Aub le sirve de contraste evidente entre lo que fueran y lo que estos españoles de ahora son. Es, quiérase o no, una observación de España y de los españoles como ningún español del interior podría haber hecho: despegada -ya que no distante, distanciada- maliciosa y solapadamente irónica a veces -es verdad, las menos-, a pesar de protestar de lo contrario:

Me ha dolido tanto, que ni un solo día me he sentido suficientemente alejado de las piedras, el cielo o las personas para juzgarlos con buen humor. Nunca pude sentirme dueño de mí mismo como para darle paso a la ironía, como lo requería a gritos la realidad. Nadie juzgue por lo que asiento, demasiado de veras.


(pp. 412-413)                


Aub es sincero, sin embargo. Hay pues, que atribuir los breves pasajes teñidos de ironía al trabajo de retoque hecho ya a la distancia de Méjico.

A lo largo y a lo ancho de todo su diario, Aub encadena estas observaciones de los lugares, las gentes y las costumbres de la nueva España con reflexiones de tipo universal, en un deseo fácilmente logrado de integrar la realidad española observada a la del mundo occidental en el que está inscrita: un mundo que, como ella, se ha instalado en una cultura, lograda o buscada, del confort y del uso placentero del tiempo libre y las vacaciones pagadas; una civilización que para mejor gozar de su tiempo y de sus prerrogativas materiales, va declinando sus derechos de ciudadano y sus obligaciones en manos de una tecnocracia especializada, de una policía pulida y eficaz, discreta y omnipresente a la vez; por el suave plano inclinado del bienestar, una proclividad invencible hacia el consevadurismo, el «derechismo» y la dictadura paternalista y bienhechora coronada por un nacionalismo pretextual a todos los individualismos y todos los egoísmos colectivos: una actividad, en fin, de cucaña, enjabonada de Jauja y con una Babia ideal en lo alto del mástil.




III

Como ya apuntábamos al principio, Aub es, pese a todo, en su Gallina ciega, el mismo escritor de siempre: el hombre de los sentidos aguzados, de las ventanas visuales y gustativas abiertas a las realidades materiales y artísticas del mundo. De ahí sus innumerables referencias al mundo del arte, sus frecuentes alusiones a Picasso, a Miró -del que relata por extenso la historia del mural sobre vidrio que ornara a Barcelona en aquellos días, y de cuya importancia deja fe en la fotografía que da consistencia a la portada del libro-, al grupo de pintores valencianos que fueron sus amigos y compañeros de juventud -Lahuerta, Pedro de Valencia- a Dalí, a Sorolla, a Ramón Gaya, a Gaya Nuño, Ángeles Ortiz; queda constancia igualmente de sus visitas a los museos: a los dos de Valencia, que le disgustan o le enfurecen por razones obvias, al de Arte Moderno de Madrid, al Prado, objeto de su única, verdadera rabieta: «Puñalada tras puñalada. ¿Por qué desposeído tantos años de estos bienes? ¿Qué castigo merecimos? ¿Por qué nos privaron de estas luces y de estas razones? ¿Por qué nos disminuyeron? (p. 289) Las continuas referencias a Luis Buñuel son inevitables: por él vino, o creía venir, a España.

No menos inevitables eran las observaciones gastronómicas. Quien conoce, por poco que sea, la obra literaria de Aub sabe el importante sitio que el buen comer y el buen catar tienen en ella. Pese a las sorpresas y las desilusiones -el picante entronizado, la desaparición en los restaurantes de los buenos cocidos, de los callos bien guisados- el viaje de Aub resulta en ocasiones una sabrosa peregrinación a los santos lugares de la gastronomía popular catalana, valenciana, madrileña, sin que falten ni las recetas ni las descripciones de sabia lexicografía, como muy particularmente es el caso con los callos5. Hay incluso lo que bien podríamos llamar esbozos de una gastrofisiognómica. Véase como buen ejemplo el siguiente:

¿Colea todavía el hambre que aquí se pasó durante y después de la guerra? Es posible pero no probable. Lo cierto es que el español tuvo siempre por la mesa el corazón en el vientre, que honrarla es parte del decálogo burgués, más todavía, o tanto, como en Francia; que es más por no ser España -ni con mucho- país tan rico. Aquí no se nota el hambre sino que se satisface el empapuzo y el hacer penitencia pasó hace años a mejor vida. Hártanse. Y no es de hoy ni de ayer. Creo que sería difícil hallar mejor antología gastronómica en otra literatura que en la española. Gargantúa o Falstaff no son tipos españoles. Aquí la gente se regala a costa de la vida de los animales domésticos o no y aun de los vegetales, que nada les hicieron, con una saña que da gusto verles. Tanto que puede olvidarse por ello el mayor refinamiento de más allá de los Pirineos. Al pan pan y al vino vino viene seguramente de esos gustos robustos y recios, abarrotados de riquezas que se encierran en el chorizo y la sobrasada y el mar profundo de suavidades de los percebes o el bacalao al pil-pil. Aquí se hace gusto el color sin necesidad de recurrir a la paella o a la perdiz a la catalana. Gozan de los gustos de la hora; lo triste, para ellos -o lo malo para los que no pueden, por una razón u otra, llegar a tanto- es que no sean más, aunque muchas y siempre tarde. Así participa hoy el español de los gustos del cielo, gozándose -con anticipación y luego con el recuerdo- con la fruición de la sazón y el aderezo de lo más humilde: hecho migas.

Se ha perdido, tal vez, el punto en que han de comerse los guisados en favor del asado, de la brasa y de la electricidad, pero es mal norteamericano. Aquí, como en cualquier parte menos en algún restaurant francés, donde le hacen a uno perder la paciencia, el gusto directo de la carne asada o el marisco sobre el carbón consumiéndose (o la plancha, quemándose) ha vencido las filigranas de las mantecas, las salsas, las hierbas de olor y las horas en el horno. Todo es fogón. Pero al español se le hace la boca agua más veces al día que al inglés o al alemán; tampoco es el comer continuo del levantino auténtico -griego, turco o argelino- que mastica cacahuetes, ajonjolí, sandías o arrope por la calle, en el café o en su trabajo. El español lo digiere todo y, tal vez por ello, se defeca en cualquier lugar como la cosa más natural del mundo. Vense más lucidos que sanos. No es país de hippies, ni siquiera de borrachos. Los caldos sirven para desempapuzar, que aun hoy, en contra de las normas, por lo menos en las casas particulares, se tragan los platos fuertes «a fuerza de pan».


(pp. 236-237)                


Y váyase lo extenso por lo gustoso. La vista se recrea y revive en lo que más duramente ha resistido a los oleajes del tiempo y de los hombres: la piedra y el paisaje. Así, mientras que las ciudades en perpetuo hacerse y deshacerse -Madrid, Valencia, Barcelona-6 le llevan de sorpresa en desencanto, de ausencia en desaparición, las visitas a las ciudades inmóviles o inmovilizadas por orden del Patrimonio Artístico, constituyen para el escritor, junto con la contemplación del mar y del paisaje del interior (el de las costas, enteramente transformado, si no desfigurado, por la urbanización del turismo) las mejoras horas de su estancia en España, las del reencuentro con su tiempo y con su espacio perdido: Segovia, Toledo. He aquí unas líneas sobre el Pardo, como podíamos haberlas transcrito sobre el Guadarrama:

El Pardo: ¿Con qué comparar estas lomas? Con nada sino con él mismo. El verde, el gris, los grises, los verdes de estos encinares ¿con qué se pueden comparar? Con nada: con el Pardo, sí. ¿Qué hermosura contrapesa esta suavidad? ¿Hay grandeza que tanto valga? ¿Hay favor de la vista que a esto llegue? ¿Hay paz como la de estas colinas con la que se pueda cotejar? ¿Qué premio nos ha tocado que esto merezcamos? Tranquilidad inmensa; los árboles, a la distancia exacta unos de otros, dejan el aire azul y verde necesario para que el color merezca el nombre que no tiene. Apacibilidad, soledad que compensa cualquier prisa o tardanza con el momento exacto de lo manso, de la satisfacción sin límites. Nada apetece. La codicia de felicidad se dobla de amor con la tierra sola, casi sobre -sin sobrar- el cielo. Todo es regalo: del oído, el silencio; de la vista, los colores apacibles; del gusto, el aire tibio todavía serrano; del alma, la paz. Tenerte aquí: tú que no sé quién eres7.





IV

Ese reencuentro con los paisajes y las ciudades de su España sólo tiene satisfacción pareja con la que producen en Aub los reencuentros con los amigos viejos, con aquellos con quienes ha mantenido estrechos contactos, con los que ya ha podido encontrarse anteriormente fuera de España, o con los que por azar o por visitas imprevistas aparecen ante él como conciliantes convidados de piedra. Sirvan de ejemplo sus reencuentros con Dámaso Alonso, Américo Castro,

Antonio Espina, León Sánchez Cuesta, Francisco García Lorca, Vicente Aleixandre, Claudio de la Torre, Manuel Andújar. Teñidos de sentimientos contradictorios están los reencuentros con las más viejas memorias de su Valencia adoptiva: Fernando Dicenta, Juan Gil-Albert, Ángel Lacalle o con los amigos barceloneses en torno a la vieja tertulia del Oro del Rhin: Luys Santamarina, Xavier de Salas, Sebastián Gasch, Del Arco, Guillermo Díaz-Plaja -con el que se muestra excepcionalmente duro-... Otras veces la entrevista, por demasiado comprometida en expresiones y revelaciones, nos la relata Aub como viniendo de personajes anónimos. En esos fragmentos particularmente encontramos de nuevo al Aub novelista, creador de personajes vivos y parlantes, o retratista vivaz, de dibujo animado: son excelente ejemplo los retratos de Carmen Balcells y de Nuria Espert, que no desmerecen en nada de sus personajes de fábula más logrados: Teresa Guerrero, la mujer de Paulino Cuartero... Entre los masculinos, destaca el de Domingo Dominguín, sobre el que vuelve repetidas veces, y la maliciosa caricatura -aunque no encaje exactamente en este apartado- del mariquita. Por unos y por otros: por paisaje y por paisanaje reconocidos, se repite una y otra vez, el inevitable fenómeno de la reanimación de los recuerdos: episodios del pasado personal, de la Historia de España -de la suya- reviven una y otra vez al llamado de lo nuevamente visto o de lo desaparecido que se echa de menos, tanto más en las ciudades, tan cambiadas: ¿Dónde el Cuartel de la Montaña, en qué queda el Campo del Moro? ¿Quién puede ver los muertos en el Saler, como los ve él? La visita al cementerio civil de Valencia, donde reposan sus padres, donde la vista de la abandonada tumba de Blasco Ibáñez resucita un mundo literario y una Valencia ya perdidas, cuenta entre los mejores ejemplos de lo que avanzamos. No es necesario decir la empedernida amargura, la acostada desesperanza en que bañan esos largos pasajes de la obra. Un mundo que no significa nada para las nuevas generaciones, ésas precisamente que más importan a Aub, porque son el presente recién iniciado de España su inevitable futuro; por ello es la forma de incomunicación que más le puede doler, que más daño le hace. Los que se acercan a él, le hacen la pregunta que paradójicamente, más le duele: «¿Qué le parece España? ¿Qué te parece esto?» Porque indican que lo que les acerca no es el deseo de saber de él-, de conocerle, de establecer comunicación con él -es decir, con una generación de españoles y con un pasado que él se siente representar- sino la simple curiosidad, teñida de narcisismo satisfecho, de saber lo que un muerto resucitado puede asombrarse al encontrar que todo va bien en el mejor de los mundos, o que nada va bien en el peor de los mundos, según se sea conformista o revolucionario más o menos asalonado. Cuando es un viejo amigo quien le hace la pregunta, no puede contenerse y responde «con violencia, frenético: -¿Tú también?» «Eres el número mil o mil quinientos que me lo pregunta. Creo que si todos los españoles se juntaran y desfilaran delante de mí lo único de lo que se informarían sería de eso: -¿Qué te parece España?» (p. 247)

En dos ocasiones busca de contestarse a sí mismo a la pregunta. La primera resulta en una confesión de ignorancia:

Pues bien, no me ha parecido nada. ¡No me parece nada! No tengo la menor idea de cómo es. Se me ha hecho un lío del demonio. Porque claro está que no se trata de España, sino de los españoles. Y no tengo la menor idea de cómo son.


(p. 248)                


En la segunda ocasión, ya hacia el final del viaje, establece lo subjetivo de sus conclusiones, y la inevitable distancia que habrá entre sus propios puntos de vista y los de sus compatriotas de la España de hoy:

Ahora, sin que nos oiga nadie, me puedo preguntar lo que me ha parecido hoy España; qué representa para mí, qué me parece lo que es para algunos amigos y cientos de desconocidos que he visto durante diez semanas. No tomo partido, no quiero tomarlo. Vi. Digo. Acepto, naturalmente, que los españoles no estén de acuerdo con mi modo de haber calibrado la realidad. Acepto cualquier parecer de buena fe y me duele -no España, como a Don Miguel- sino el miedo en el que la mayoría vive inmersa sin darse cuenta o sabiéndolo. ¿Miedo a qué? ¿A la policía? Sólo en ínfima parte. Miedo a no saber lo que son. Pavor del anónimo y ese orgullo que les sale por todos los poros. Quedan las piedras, los paisajes, los cuadros, la poesía -y el comer, más que el beber, a más no poder-; y una minoría para contraste y unos viejos que recuerdan su juventud sin que pueda saberse si se engañan o no.


(p. 387)                


A la vista de los lugares y los paisajes sobrevivientes, es inevitable también la reanimación de los fantasmas del pasado: ante los ojos del recuerdo, por las páginas del diario, desfilan los desaparecidos, reiteradamente: Azaña, aquí y allá, pero sobre todo en la visita al Escorial; Marcelino Domingo, Femando de los Ríos, Ortega, Unamuno, Baroja, Azorín, Antonio Machado, Federico García Lorca, Díez Cañedo, Bergantín, Cernuda, Benavente y Blasco Ibáñez, Rafael Sánchez Mazas, y entre los extranjeros que convivieron con él en su España, Ehrenburg, Chamson, Hemingway, Koltzov, Andersen Nexo, Gustavo Regler, Aragon, Malraux entre todos ellos. A veces se presentan arracimados, unidos por una común evocación, así, con el grupo teatral que recuerda con una mezcla de melancolía y repugnancia: Neville, López Rubio, Ugarte, el grupo en torno a Cruz y Raya, los cedistas, y tantos otros más de grata o ingrata memoria. Con la misma fuerza reviven sus criaturas novelescas.8





V

Uno de los episodios más curiosos de su viaje a España, y hubo varios, es sin duda el de la recuperación de una parte de su perdida biblioteca, depositada en la de la Universidad de Valencia, y que, tras idas y venidas, visitas y papeleos, recomendaciones y colaboraciones vergonzantes, acaba por tener entre sus manos, fíbula viva de todo un pasado. Otro episodio, que vale al lector un sabroso entremés del mejor arte dramático de Aub, es el de las vicisitudes en torno a la propuesta y concertada lectura que se preparó y no pudo tener lugar ni -en el sitio ni de la manera apetecida: lectura de su obra dramática que por decisión muy dentro de la ley quedó entre dos aguas. El «Paso del Señor Director General de Seguridad», que ocupa siete páginas del diario, tiene por personajes a una Actriz, un Autor, un amigo, dos esposas y un señor director fácilmente identificables. En el epílogo interviene un personaje con nombre conocido: Antonio Buero Vallejo. Pero no tendrán mayor dificultad José Monleón y Nuria Espert en reconocer a viejas amistades de azogue que allí campan por sus respetos, y con falta de él por la autoridad competente. La posibilidad de un regreso a España, para instalarse, es otro de los motivos que, a pesar de los esfuerzos de la razón, el corazón del escritor se empeña en traer una y otra vez, y siempre en un tono de broma que mal encubre la inquietud, a la tela del diario. Valga el siguiente como ejemplo:

Además ¿qué falta hago aquí? Ya se lo hice decir a los que más les interesaba: que me den el Teatro Español y me dejen montar las obras que me dé la gana, como me pete y entonces hablaremos. O si eso les molesta, que me dejen publicar o republicar sin más todas mis novelas -que no son precisamente revolucionarias- y vengo. Pero soportar los yugos de cien mediocres, sin necesidad, por gusto de unos platos y unos caldos que no debo robar, ni hablar.

-Serías útil.

-¿A quién? Si diera clases, tal vez. ¿A quién? ¿Cómo? Además, aquí, ni profesor soy. ¿Y para que, el día de mañana, los que algo valieran se me fuesen a París, a Ginebra, a Roma? Si fuese mi hijo...

-¿Tienes un hijo?

-No.


(p. 205)                





VI

Otro de los temas recurrentes en el diario, inevitable, es el de la literatura y los escritores españoles. A lo largo de la obra hay material suficiente, propio del autor y resultado de entrevistas cuidadosamente anotadas y retenidas (incluyendo el recurso del magnetófono y, como ya dijimos, al encubrimiento de los interlocutores en el anonimato o en falsas pistas), para reconstruir un breve y jugoso panorama de la literatura española de la posguerra, sin que falten tampoco extensos y pertinentes párrafos que nos remontan por la generación del 27, la de Ortega, la del 98, hasta los realistas de fin de siglo y comienzos de éste. Es decir, a cuanto abarca en su contemporaneidad al mismo Aub. Tanto las generaciones como los escritores en su individualidad, y la vida misma de los géneros, la novela, el teatro, la poesía, y aun la crítica y la del mismo lenguaje, son objeto en repetidas ocasiones y distintos lugares de «extensos párrafos, conversaciones y polémicas. El conjunto, con un breve ajuste y unificación de temas por orden cronológico y genérico, daría fácilmente lugar a una publicación separada, antológica en todos los sentidos. De ellos destacan -o queremos destacarlo, por la importancia que le atribuimos- los párrafos dedicados a uno de los más espinosos problemas con que se enfrenta la literatura, o más concretamente, el escritor español de hoy: su relación y vinculación con la literatura en lengua española de América. Para Aub, como para el autor de estas líneas, estamos ante un falso dilema, si los hay. Por una parte, es indudable que el escritor español pueda y tenga que sentirse apabullado, y tentado de acomplejante inferioridad, si intenta establecer comparaciones o paralelos como los que constantemente hacen críticos, profesores y plumíferos de menor cuantía, entre la literatura -y más concretamente- la novela española actual, y la hispanoamericana su contemporánea. A pesar de lo evidente del falseamiento, el carro argumental sigue aplastando sentimientos y aminorando voluntades; pero lo cierto es que la comparación, de ser necesaria o útil, habría que hacerla entre España y Chile, España y Argentina, España y Colombia, y no entre el conjunto de dieciocho países de una parte, y de otra este único y partido por gala geográfica de los demás con un océano de por medio. En cuyo momento, establecidas las premisas sobre sus verdaderos basamentos, el escritor español sentirá desaparecer como por ensalmo sus sentimientos de inferioridad aparentemente insalvables. Ni numérica ni políticamente es justa la comparación de tal conjunto con tal unidad. En segundo lugar, dicha unidad no forma menos parte del conjunto (al que se la opone que cualquiera de las demás unidades formantes del mismo, y así podemos sumar España al conjunto anterior, restarle a Méjico, y hacer una comparación del mismo orden que, inexorablemente, establecerá la superioridad del grupo sobre la nueva unidad aislada.

Y en tercer y más importante lugar, Aub ve la realidad en su doble condición de español y de residente en Méjico. Para él es más fácil espantar el falso dilema, porque está personalmente inmerso en la realidad lingüística y literaria que es el mundo hispánico, llámesele como se quiera, y sálvense así todas las susceptibilidades que no son pocas, pero resumibles en sobrevivencias de reflejos colonizantes y colonizados tan desfasados como fantasmagóricos y tenaces. Desde esa posición privilegiada, viene Aub a ser un Pero Grullo de nuestra común realidad literaria, que podemos hacer retroceder a nuestro tronco clásico, en el que tanto monta Alarcón como Teresa, Juana como Juan, Ercilla como Cortés o el Inca Garcilaso, y así conviven en los manuales de literatura de uno y otro lado del océano. Que podemos remontar de nuevo, tras el centenario paréntesis de la Independencia, el advenimiento de Rubén Darío a España, de Unamuno, Ortega y Pérez de Ayala a América, de la constante colaboración, interferencia e influencia, tráfico de viajeros, idas y estancias de exiliados de una y otra parte, que hacen que la primera obra de Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Mariano Azuela, Borges, y hoy los Vargas Llosa, Caballero Calderón, etc. se escriban o publiquen aquí, o la última y más importante de Aub, de Andújar, de Ayala, de cien otros, se edite y lea en América antes que aquí. Por no mencionar las Colmenas, los Sin camino, las Señas de identidad o Don Julianes de los que estando aquí se publicaron allá, por olvidar los Tirano Banderas y las Catiras, las Glorias de Don Ramiro que cruzan temas y paisajes de uno y otro lado en un barajuste tal de identidad y de homogeneidad que sólo a los propios interesados ha podido todavía escapar como evidencia, pero que sorprende a los extranjeros -los de verdad: suecos, canadienses o chinos- para quienes España y la América de lengua española constituyen lingüística, literaria, culturalmente, un conjunto homogéneo cuya riqueza de variedades y particularidades no puede ocultar la esencial unidad, que poco o nada tiene que ver con unidades fronterizas y políticas. Así puede decir Aub:

Quieras que no, de la Patagonia a la baja California, de Baja California a Cadaqués, de Cadaqués a Tierra del Fuego, existe un fenomenal triángulo donde se habla y se escribe en español. Que los acentos sean diversos, que las palabras varíen un poco ¡qué duda cabe! pero no es mayor la diferencia entre un chileno y un ecuatoriano que entre un catalán y un andaluz, entre un yucateco y un sonorense que entre un argentino y un castellano viejo. Eso, por una parte. Por otra, si yo nací en París, Cortázar nació en Bruselas; Usigli, por casualidad, en México, de padre italiano y madre polaca, creo, y recién llegados allá; y Borges, por mucho que haga para que se olvide pasó por lo menos de los 14 a los 18 años en Ginebra y de los 18 a los 21 en Madrid.


(p. 124)                


...Resentís, sin razón, el éxito de los suramericanos -de los que no hemos hablado-. ¿Qué son, en el fondo, sino españoles? Eso del indigenismo es un cuento o una realidad no mayor que el gallego enfrentado al vasco o al murciano, el valenciano frente al montañés. Ninguna variante americana del español lo es tanto como el andaluz, el castellano o el aragonés.


(p. 396)                


...Es sencillo. Antes había una literatura española bien o mal conocida por los hispanoamericanos; la literatura hispanoamericana, desconocida de los españoles y mal leída entre los propios americanos; ahora, hay que añadir la literatura española-americana, la americana-española; la de los emigrados españoles generalmente desconocida por los americanos y los españoles y la de los trasterrados voluntarios iberoamericanos, regularmente conocida, además, por europeos y norteamericanos. No es de hoy ni siquiera de ayer, viene de más lejos, con sus excepciones, claro está, confirmando la regla: Rubén y García Lorca, Neruda y Pereda, García Márquez y Benavente, Amado Nervo y Miguel Hernández...


(p. 403)                


Textos estos y otros que, entre veras y bromas, atestiguan de un conocimiento de la realidad literaria en lengua española que constituye la mejor y más auténtica promesa de futuro entendimiento, y la más firme posibilidad de que el eje de la literatura mundial -entendamos, occidental- deje de gravitar entre París y New York para descender a climas más suaves y a movimientos más conformes con el nacimiento de las nuevas culturas. Soñar como querer.




VII

Queda, en fin, el hecho de que, globalmente, el encuentro del viejo más que durmiente, soñante, con la realidad de España, es motivo suficiente para remover los posos y aun los ejes existenciales del escritor y el hombre. Por eso no extrañan ni están fuera de lugar reflexiones e interrogaciones fundamentales en el contexto de este diario:

-¿El señor Rector?

-¿De parte de quién?

-De Max Aub.

No sé qué decir. No sé cómo presentarme. No sé quién soy ni quién fui.


(p. 52)                


A veces, son autorretratos de una extrema dureza, sin piedad alguna sobre sí mismo, como si, en el fondo, la evidente injusticia estuviera ahí puesta para hacer reaccionar negativamente a los otros:

-...pase lo que pase, no seré nunca anticomunista. Ni comunista tampoco.

-¿Entonces?

-Un cochino intelectual pequeño burgués...


(p. 256)                


-Soy un hombre viejo y enfermo que, por eso, pertenece a lo que el año pasado, en México, se denominaba, con gracia, la momiza. El alias y el caló tienen cada día la vida más corta. Sin embargo eso de la momiza (de momia, claro) estaba bien.


(p. 291)                


Reversión y redescubrimiento enajenado de sí mismo, al que no es ajena, bien al contrario, la realidad del viaje a España. En eso toma sentido la frase de Aub, sibilina, a propósito de los espejos:

¿Qué tienen los espejos españoles que no tengan los demás? Ignoro los secretos del azogue. Pero existen. Me veo más viejo; cosa que a nadie debe asombrar, pero no son sólo treinta años. Hace más: el tiempo multiplicado por la ausencia.


(p. 366)                


¿Cómo sorprenderse, pues, que resurja en más de una ocasión la vieja y querida imagen aubiana del laberinto?: «Está uno sentado entre tinieblas (túneles y túneles)... El espíritu está encerrado, sin luz, en el laberinto de las circunvoluciones de la materia gris y en la cárcel ósea de la calaca, como decimos... España se metió en un túnel hace treinta años y salió a otro paisaje. Desconocida, se desconoce. Pero no es cierto. ¿No es cierto? Nadie sabe quién es a menos que haya vivido todo su tiempo en el mismo sitio y dormido en las noches de su vejez en la cama de sus padres. Y ese tiempo ya fue» (pp. 122, 137, 188). No es extraño que la concepción de la vida que se hace el desarraigado sea la del camino que no va a ninguna parte: «La vida no tiene sentido. Sólo es camino. Camino solo.» (p. 78). La ambigüedad, o mejor dicho, la ambivalencia de la última frase es evidente y trágica. La ocasión de esta España inidentificable, inexplicable para él, lo es a la vez, irremediablemente, de un acto, de un auto de autodestrucción inexorable:

¿Hasta qué punto vive uno encerrado en sí que es necesario salir y verse en un espejo viejo para darse cuenta de que uno no se ve en las lunas diarias, de que se es otro, de que se fabrica uno su máscara, día a día, y que cuando cae el maquillaje de la costumbre y entrevé la realidad se sorprende tanto que no hay manera de creer lo que se ve? Vives en lo que fue. Vives en falso. Lo malo es que existes y no puedes vivir, viviendo, con esto. Y vives. Vives. -Sí, a destiempo. -Estoy de acuerdo, pero creí que era otro.


(pp 79-80)                


El título del diario, como todos los títulos bien hechos, subsume el contenido del mismo, toda la trágica perdición en que han venido la parar treinta años de vida y de ilusiones cuidadosamente entretenidas, (a la manera aubiana, el galicismo es consciente). Al garete, desarbolado, dando tumbos y palos de ciego, le cae encima el título:

No sé por qué se llama así este libro. Se me ocurrió que era bueno, lo puse. ¿A qué se refiere? Goya, sí, pero no al tapiz o su cartón. Ni al juego. Sí a una persona privada de luz, en oscuridad completa -sin perder la vista, pero metida dentro de las tinieblas gracias a una venda o pañolón-, anublados el juicio y la razón, incapaz de juzgar los colores, a quien su ignorancia parece discreción, entorpecidos los sentidos, a quien todo se le volvió noche, ciego de pasión de orgullo. Sí: España con los ojos vendados, los brazos extendidos, buscando inútilmente a sus compañeros o hijos, dando manotazos al aire, perdida.

También «gallina ciega», refiriéndose a haber empollado huevos ajenos:

-En eso no ha cambiado.

-No digo que lo haya hecho. ¿Quiénes somos? Tal vez otros. No la reconocemos. No la reconocí aunque haya dejado tantos rastros, raigones con los que tropecé, raíces por doquier que trepaban por mis arterias y venas. Tal vez los ciegos seamos sus hijos. Quizá la gallina ciega soy yo y España siempre fue así y no sólo hace treinta y tres años. Acaso únicamente haya cambiado el tiempo. Acaso los que empollaron huevos extraños fuimos los que nos fuimos. Tal vez. Quizá por eso acudió el título. Quizá no. Pero esto vi. Acaso, ciego (o sin coma). 9


De nuevo, el último y escueto juego con las palabras (¿qué juego?) dice en toda su profundidad la destrucción de Aub como ser. La muerte le iba a alcanzar antes de que pasara un año de la publicación del libro, apenas regresado a Méjico de un segundo y último viaje a España, del que pudo escribir exactamente lo mismo que escribió en el primero, cambiando algunos personajes, escenas o figurantes. Era otra vez la repetición del epílogo, pero ya consciente: el adiós definitivo dado a sabiendas: como su más cabal personaje de ficción, el archivero Don Leandro, sabía que llevaba la muerte dentro, y la esperó a la salida, como los buenos: recibiendo. Pudo sorprenderle dentro de España: hubiera sido una salida en falso. Su España estaba en la misma tierra que guarda los restos de Cernuda, de Paulino Massip, de León Felipe, de sus personajes de ficción: Lázaro Valdés, Librada. La España soñada e inexistente del exilio.





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