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ArribaAbajoActo segundo

 

La misma escena del bosque sagrado, con vista de los muros de Roma. Las tiendas de los SABINOS a la izquierda. La de TACIO en primer término, y cuyo vestíbulo, formado de un toldo de púrpura, asido de los árboles y sus puntas apabellonadas por los troncos, se extenderá hasta la mitad del teatro.

 

Escena I

 

TACIO y HERMILIA.

 
HERMILIA
¿Qué esperamos, señor? ¿Por qué motivo
 no te alejas del bosque? Mucho temo 
 los rigores de Rómulo. 
TACIO
No es fácil 
 ejecutar, Hermilia, tu consejo. 
 La suma vigilancia del tirano 5
 descubrió nuestra fuga; y al momento, 
 como hambriento león que los balidos
 del tierno recental sigue a lo lejos, 
 así salió de Roma en nuestro alcance. 
 Retardaban el paso a mis guerreros, 10
 ya la esposa, que asida de la diestra 
 tropezaba en las peñas; ya el hijuelo,
 que con su acerbo llanto humedecía 
 el acerado arnés; ya, en fin, el viejo, 
 a quien el torpe báculo guiaba;. 15
 y, así, en breve escuchamos el estruendo, 
 de las romanas armas, y las voces
 con que aplaudían ya su vencimiento. 
 Yo, en fin, para evitar nuestra rüina 
 formo mis escuadrones; y, resuelto, 20
 con la ronca trompeta lo provoco; 
 mas el astuto Rómulo, temiendo
 empeñar un combate entre las sombras, 
 detuvo hasta la aurora su ardimiento. 
 Nuestras segures cortan entretanto 25
 las gruesas hayas, los antiguos fresnos 
 que el rito de este bosque defendía;
 de suerte que, al dorar el padre Febo 
 las elevadas cumbres, el romano 
 halló un antemural de unidos leños, 30
 capaz de contener su fiero orgullo. 
 Sentó su campo entonces, guarneciendo
 las lomas inmediatas, desde donde 
 atalaya y observa tan atento 
 todas nuestras acciones, que no es dable 35
 la marcha proseguir sin que, primero, 
 decida una batalla si Sabinia
 debe adorar de Roma los decretos. 
HERMILIA
¡Oh, si nos concedieran las deidades 
 siquiera el triste asilo de un desierto, 40
 donde en humildes chozas de retama 
 tantos tronos tuvieses como pechos!
TACIO
No, Hermilia, no me envidies el reposo. 
 Numa y tú reinaréis, si acaso el Cielo 
 se nos muestra propicio. 
HERMILIA
Pero, padre, 
45
 ¿pudiera ser dichosa poseyendo 
 un corazón herido de otra flecha?
 ¡Ay, cuál fuera mi afán, y cuál su tedio; 
 pues prisiones, señor, que amor no labra 
 son insufribles y pesados hierros! 50
TACIO
No receles, Hermilia. Las violentas 
 pasiones nunca duran mucho tiempo.
 Numa suspirará; mas tus virtudes 
 tienen siempre seguro el vencimiento. 


Escena II

 

TACIO, HERMILIA, NUMA y OSTILIO.

 
NUMA POMPILIO
Rómulo se dirige, enarbolando 55
 la pacífica oliva, al campo nuestro. 
TACIO
¿Qué pretende el tirano? ¿Solicita
 con su falsa elocuencia someternos 
 al yugo que nos forja? ¿O se persuade 
 desarmar fácilmente nuestro esfuerzo 60
 con vanas amenazas? Lo conozco. 
 No podrá alucinarme. En este puesto
 lo aguardo. Parte, Numa, a conducirlo. 
 Y tú, Ostilio, coloca mis guerreros 
 en torno del vestíbulo. 


Escena III

 

TACIO, HERMILIA y OSTILIO, que coloca las guardias sabinas alrededor de la tienda.

 
HERMILIA
Aun me anima 
65
 la esperanza, señor, de algún convenio. 
 ¿Quién sabe si los dioses...? 
TACIO
 Sí; los dioses
 pueden hacer que moren en un lecho 
 el cordero y el lobo; pero mientras 
 no deje de reinar la edad de hierro, 70
 debe el hombre prudente en los peligros 
 esperar con cautela los portentos.


Escena IV

 

TACIO, HERMILIA, OSTILIO, NUMA, TULIA, y RÓMULO con un ramo de oliva.

 
RÓMULO
Jamás imaginé, prudente Tacio, 
 declararte mis quejas en un cerco 
 de amenazantes picas, y a la sombra 75
 de este sagrado ramo. Mas ya veo 
 que los hombres crüeles, los que llenan
 de terror y de sangre al Universo 
 con sus fatales triunfos, sacrifican 
 a la santa amistad unos afectos 80
 más ilustres, más dulces, más sencillos, 
 que los de esos espíritus modestos
 que en público predican las virtudes 
 e idolatran los vicios en secreto. 
TACIO

 (Haciéndole señal de sentarse en unos escaños que han acercado) 

 Así será, gran Rómulo. Mas dime, 85
 por que nuestras ideas confrontemos: 
 ¿qué es la santa amistad? ¿Es, por ventura,
 un simulado ardid, un torpe medio 
 de someter los cuellos que rehúsan 
 su tiránico yugo? ¿Es un pretexto. 90
 que busca la ambición para lanzarse 
 como infernal harpía sobre un cetro,
 cuyo claro esplendor provoca y mueve 
 su atroz voracidad? ¿Es, pues, un velo 
 que tiende cautelosa la injusticia 95
 sobre la falsedad y el vilipendio, 
 con que ábate y ultraja la inocencia,
 con que inculca y viola los derechos 
 de unos pueblos que nacen, que respiran 
 en dulce libertad? Yo te confieso 100
 que si ésta es la amistad, Tacio te debe 
 los más puros y fieles sentimientos;
 pero si, como juzgo, sus colores 
 son el desinterés, el fino afecto, 
 la mutua confianza, la franqueza 105
 y la simple verdad, duda no tengo 
 de que creo mi enemigo. Sí; no fío
 de tus dobles palabras; me estremezco 
 al verte en mi presencia; y esas picas, 
 esas fuertes espadas, esos yelmos, 110
 aun me parecen débiles recursos 
 para las fieras artes de tu pecho.
RÓMULO
No ceses de ultrajarme si así halagas 
 la implacable ojeriza que tan negros, 
 tan horribles colores ha prestado 115
 a tu duro pincel. ¿Hay más dicterios? 
 Tirano, injusto, avaro, un fiero monstruo,
 ante tu tribunal hoy comparezco. 
 ¿Pero quién me condena? Sólo Tacio; 
 Tacio, que dicta leyes en mi reino; 120
 Tacio, que ocupa parte de mi trono; 
 Tacio, en fin, por quien sudo, por quien vierto
 mi sangre en los combates. ¡Quién creyera 
 que tan rígido fueses! Mas ya veo 
 mi crimen capital. ¡Qué fatuo! Dije 125
 que, así que descansases en el seno 
 de los dioses, romanos y sabinos
 habían de obedecer a un solo dueño. 
 Esta es mi culpa, sí. Pero ¿en qué, Tacio, 
 perjudicarte pueden mis intentos? 130
 ¿Quieres aún gobernar, desde la urna, 
 el pueblo y el Senado? ¿Tendrás celos,
 ya convertido en polvo, de que empuñe 
 viviente mano tu adorado cetro? 
 No te juzgo tan débil. Es preciso 135
 que resuelvas nombrar un heredero 
 que imite tus virtudes. ¿Y quién puede
 ser más digno que Rómulo? ¿Mi esfuerzo 
 no sabrá conservar el claro lustre 
 de tus predecesores? ¿En mi celo 140
 no hallarán los sabinos un buen padre, 
 un vigilante rey? 
TACIO
Pero extranjero.
 ¡Ah Rómulo! ¿No sabes que los hombres 
 amamos ciegamente los objetos 
 que al salir de la cuna nos sorprenden? 145
 ¿Ignoras que jamás borran los tiempos 
 las primeras ideas que, en la cera
 de la tierna niñez, estampa el sello 
 de nuestra educación? Di: ¿qué sabino 
 no verá derribar con sentimiento 150
 el augusto dosel que a tanta costa 
 elevaron sus ínclitos abuelos?
 Yo lo miro correr hacia la tumba 
 donde descansan los helados restos 
 de sus héroes; yo escucho sus gemidos: 155
 «Padres, clama llorando, vuestro esfuerzo 
 fue inútil a la patria, a vuestros hijos
 y a vuestra misma gloria. Ved el suelo 
 que vuestra ilustre sangre ha fecundado 
 tributar hoy sus frutos al que ha puesto 160
 sobre nuestra cerviz la dura planta. 
 ¿No veis desnudos los sagrados templos,
 de los ricos despojos que colgaron 
 vuestras manos triunfantes? ¿Qué se han hecho 
 los metales, las piedras, que en columnas, 165
 en lápidas y estatuas defendieron 
 del choque de los siglos vuestros timbres?
 ¡Ay, que el precioso polvo de esos huesos 
 ha perdido su lustre, y sólo sirve 
 para causarnos trágicos recuerdos!» 170
 Tales serán, ¡oh Rómulo!, los gritos 
 del mísero sabino; justo duelo
 de su eterna desgracia. ¿Y con qué voces 
 podrás justificar en ningún tiempo 
 semejante violencia? ¿Dónde hallaste, 175
 si la fuerza exceptúas, un derecho 
 que tales tiranías autorice?
RÓMULO
En el libro de todos los guerreros. 
 Yo no examino leyes, sino sigo 
 las que abrazan los héroes, cuyos hechos 180
 se respetan y aplauden en el Orbe. 
 Desengáñate al fin. Cuantos Imperios
 en su luciente giro el sol registra 
 tuvieron breve cuna, o en el hueco 
 de un cortezudo tronco, o en la quiebra 185
 de una encorvada peña; pero luego 
 que en brazos de la gloria comenzaron
 a gustar el dulcísimo alimento 
 de las grandes victorias, de tal suerte 
 desenrollaron sus robustos miembros, 190
 que, colosos enormes, hoy oprimen 
 los montes y los mares con su peso.
 Estos ejemplos, Tacio, me convencen 
 más que todas tus voces; y supuesto 
 que Roma está en la infancia, que ahora debe 195
 desplegar su estatura, doble el cuello 
 la decrépita Italia, y no pretenda
 murmurar lo que admira el Universo. 
TACIO
Poco me importa, Rómulo, que Italia, 
 toda la tierra sirva de sustento 200
 a tu loca ambición, como Sabinia 
 su libertad conserve. Sí; yo creo
 que mis votos se cumplan, porque antes 
 que Roma entre sus bárbaros trofeos 
 numere a los sabinos, despechados 205
 prometemos lidiar; mas lidiaremos 
 teniendo a nuestra espalda las matronas
 que, armadas de puñales, al momento 
 que nos miren exánimes, de un golpe 
 clavarán nuestros hijos a sus pechos, 210
 para que no le quede a tu injusticia 
 sino la vanidad del vencimiento.
RÓMULO
¿Y tú eres el humano? ¿El que detesta 
 los estragos? ¡Crüel! Yo me estremezco 
 al contemplar la imagen que tú pintas 215
 con tal serenidad. ¿Quién tan horrendo 
 designio te ha inspirado? 
TACIO
¿Quién, preguntas?
 Tu tirana ambición. Sí; yo detesto 
 los males de la guerra. Con mi sangre 
 compraría la paz del Universo. 220
 Pero cuando se trata de oprimirnos, 
 de igualarnos al bruto, destruyendo
 los lazos que nos unen con la patria, 
 no piedades, no dulces sentimientos 
 mi corazón ocupan, sino horrores, 225
 iras, destrozos, todos los despechos 
 de una fiera que, herida y acosada,
 vibra en torno las garras en el viento. 
RÓMULO
Admiro en ti ese ardor, esa constancia 
 que no sabré imitar. No quiera el Cielo 230
 que dos pueblos amigos se destrocen 
 por un vano capricho, un devaneo
 de sus ciegos caudillos. ¡Ah buen Tacio! 
 Mitíguense las iras. Haya un medio, 
 y ahorremos tanta sangre. ¿Qué pretendes? 235
TACIO
La libertad perpetua de mi pueblo. 
RÓMULO
Yo no pensé jamás esclavizarlo.
 Los cielos son testigos. Mas supuesto 
 que llaman los sabinos servidumbre 
 obedecer a Rómulo, no intento 240
 violentar su albedrío. Vivan libres, 
 reservándose Roma el privilegio
 de elegirles monarca, si la muerte 
 se lo impide al que reine. 
Me convengo. 
RÓMULO
Sólo sí te suplico que permitas 245
 la unión de Numa y Tulia. Comencemos 
 a estrechar la amistad de ambas naciones
 con los más dulces vínculos, haciendo 
 venturosas dos almas que se abrasan, 
 holocaustos de amor, en blando fuego. 250
TACIO
Pero Numa. 
RÓMULO
¿Qué dudas? Entre tantos 
 próceres y magnánimos guerreros,
 hay muchos cuyas ínclitas virtudes 
 merecedoras son del alto premio 
 que a Numa preparabas. 
TACIO
 No lo ignoro... 
255
 Mas mi amor paternal... Tantos desvelos... 
 ¡Ah!, que perder a Numa es sacrificio
 que tan sólo la paz puede obtenerlo. 
 En fin, cedo a tu instancia. 
NUMA POMPILIO
Justos dioses; 
 vuestra clemencia adoro. 
 Crueles celos 
260
 mi ventura envenenan. 
HERMILIA
¡Ah, qué en breve 
 todas mis esperanzas fenecieron!
RÓMULO
Pues, Tacio, si los jueces de los reyes 
 son las altas deidades, en el templo 
 de Marte será justo que los pactos 265
 con el himno y la víctima sellemos. 
TACIO
Dondequiera que estoy sé que los dioses
 mis acciones observan, y procedo 
 con la santa verdad que les es grata. 
 Pero desvanezcamos tus recelos. 270
 Lleguemos al altar, y el sacro numen 
 que penetra los íntimos secretos
 del corazón humano, con su dardo 
 castigue al violador del juramento. 
RÓMULO
El justo nunca teme. Ve a las aras, 275
 que en ellas con la víctima te espero. 


Escena V

 

TACIO, NUMA, OSTILIO, HERMILIA y SABINOS.

 
TACIO
Ya te sigo, gran Rómulo. Sabinos;
 yo bien sé que jamás disfrutaremos 
 de una perfecta paz, mientras de Roma 
 no nos separen piélagos inmensos. 280
 Sé que miente el tirano. Sus crueldades, 
 su implacable ambición, su altivo genio,
 no es posible, sin dolo, que dividan 
 con un mortal la gloria y el Imperio. 
 Mas vuestra situación, el riesgo, el trance 285
 me obligan a ceder. Sabinos; esto 
 tan sólo es prolongar el triste plazo
 del choque y del horror. Conque velemos; 
 no apartemos los ojos de ese monstruo, 
 que intenta cauteloso adormecernos 290
 para más a placer despedazamos. 
 Todos siempre tengamos junto al lecho
 el escudo y la espada; nadie cuelgue 
 la coraza ni el casco, pues recelo 
 que la señal de armarse será el golpe, 295
 y el momento terrible no está lejos. 
OSTILIO
Nosotros viviremos vigilantes;
 y, en siendo necesario, venderemos 
 nuestras vidas muy caras. 
TACIO
Ven, Ostilio, 
 y verás el impío atrevimiento 300
 con que un mortal perjura ante los dioses. 
 Tú, Noma, permanece en este puesto,
 y custodia por último servicio 
 estas tristes familias, mientras vuelvo. 


Escena VI

 

NUMA y HERMILIA.

 
NUMA POMPILIO
Duro amor, ¿de qué sirven tus delicias, 305
 si gloria y patria por gustarlas pierdo? 
HERMILIA
Sólo tú debes, Numa, de estas paces,
 recibir parabienes. Nuestro pueblo 
 no mejora de suerte, pues conoce 
 la amistad del romano; y los convenios 310
 más sobresalto que alborozo infunden. 
 Yo he salido también de un devaneo,
 de una amable ilusión que me pintaba 
 menos terribles los presentes riesgos; 
 de suerte que los hados han cambiado 315
 de circunstancias, pero no de objeto. 
 Sólo tú eres dichoso, lo repito;
 tú, que al pie del altar oirás el eco 
 de un sí que tanto anhelas, que termina 
 todos tus ayes, todos tus tormentos. 320
NUMA POMPILIO
¿Y juzgas, bella Hermilia, que tranquilo 
 al suspirado tálamo me acerco,
 yo, que miro los males de mi patria? 
 No agravies, ¡ay de mi!, con tal concepto 
 mi noble corazón. Si a los altares 325
 lleva mi infausto amor algún consuelo, 
 solamente se cifra en la esperanza
 de poder conseguir por este medio 
 la salud de Sabinia. 
HERMILIA
Calla, Noma; 
 ¿piensas tú que nosotros estimemos 330
 una salud precaria? ¿Conque estriba 
 nuestra felicidad (¡de pena muero!)
 en las dulces ternezas que tu labio 
 tribute a una orgullosa? No; los buenos, 
 los honrados sabinos no acostumbran 335
 a comprar su justicia a tan vil precio. 
 ¿Tú patriotismo? Pérfido; no finjas.
 Si querías libramos de los hierros, 
 del baldón con que Rómulo nos trata, 
 ¿por qué rehusaste, ingrato, el regio cetro 340
 que te ofreció mi padre? ¿Por qué, aleve, 
 no mostraste el valor, el ardimiento
 que Tulia te inspiró, cuando seguías 
 al compás del clarín su hermoso ceño? 
 Yo entonces, ¡ay!, yo entonces, aunque débil, 345
 te hubiera acompañado entre los riesgos, 
 animado en las lides, defendido
 de los mortales tiros con mi pecho. 
 Mas ¿qué digo? Perdona si mis ansias 
 interrumpen los dulces pensamientos 350
 que a las próximas dichas anteceden. 
 Haces bien; tú la adoras; tú eres dueño
 de su albedrío. Goza, feliz Numa, 
 goza tan alto bien; y nuestro duelo 
 termine con la muerte. No te culpo. 355
 Tu destino es amar, gemir el nuestro.  

 (Vase.) 

NUMA POMPILIO
Aguarda, bella Hermilia. 


Escena VII

 

NUMA y TULIA.

 
TULIA
Tente, ingrato;
 escúchame un instante, y sigue luego 
 a tu dulce tirana. 
NUMA POMPILIO 
Dueño mío, 
 ¿de qué tus iras nacen? Yo no intento 360
TULIA
Deja satisfacciones... ¿De qué sirven 
 inútiles palabras? Hubo un tiempo
 en que mi ceguedad se alimentaba 
 de pueriles, de locos devaneos; 
 pero, ya, repetidos desengaños 365
 me han quitado la venda. Sí, perverso; 
 conozco que las teas que se encienden
 te llenan de pavor. ¡Ah!, yo no llevo 
 en dote la corona que codicia 
 tu loca vanidad. Un puro afecto, 370
 una constante fe; ve aquí las arras 
 que conduce al altar mi amante pecho;
 prendas, sí, muy preciosas para un alma 
 sensible y virtuosa; más trofeos 
 despreciables y odiosos para Numa, 375
 que esperaba de Hermilia todo un reino. 
NUMA POMPILIO
¿Qué profieres, crüel? ¿Yo posponerte
 al esplendor del trono? ¿Al vano incienso 
 que envuelve los palacios? ¿Al deleite 
 de ver el maquinal abatimiento 380
 de la infame lisonja? ¿Tú me juzgas 
 tan débil, tan demente? justo cielo,
 ¿qué puede compararse con la gloria 
 de amar y ser amado? ¿Qué embeleso 
 como el de un corazón que se embriaga 385
 de dulces esperanzas? Yo desprecio, 
 monarcas de la tierra, vuestra pompa
 sin los tiernos y fieles sentimientos 
 que me ha inspirado Tulia. Sí; una gruta, 
 un escarpado risco, los desiertos 390
 de la Libia, si Tulia me acompaña, 
 serán para mi amor tronos e imperios.
 No lo dudes, mi bien; tu blanca mano 
 es la felicidad que ansioso anhelo. 
 Testigos son los dioses... 
TULIA
Sí, los dioses 
395
 saben tus falsedades. Yo no invento 
 ilusiones. ¿Lo fueron tus tibiezas?
 ¿La pretensión de Tacio? ¿Los misterios 
 de la insensata Hermilia? ¿La ternura 
 con que aquí la llamabas? ¡De ira tiemblo! 400
 ¿Cómo para el ingrato no hay suplicios? 
 Pero basta de quejas. Sólo vengo
 a librarte, traidor, de la violencia 
 con que al ara te arrastran. Cobra aliento. 
 Dile a Rómulo, dile que no adorne 405
 el tálamo nupcial; que el blando fuego 
 que me abrasaba el alma se ha extinguido
 cual leve exhalación; que te aborrezco; 
 que jamás te amaré. 
NUMA POMPILIO
Detén el labio, 
 si no quieres, tirana, que el exceso 410
 de mi dolor me acabe. Amada Tulia; 
 confieso que el tiránico precepto
 de un funesto deber, tan suave lazo 
 me obligó a renunciar. Mas ¿cuáles fueron 
 mis congojas entonces? Estos troncos 415
 son testigos del bárbaro despecho 
 de mi ardiente pasión. Mis tristes ayes
 sin cesar resonaban en los huecos 
 de sus rotas cortezas, y las grutas 
 tu nombre articulaban a lo lejos. 420
 ¡Ay, qué horribles instantes! El delirio 
 me arrastraba a la muerte; y si los cielos
 hubieran decretado el duro choque 
 entre Roma y Sabinia, por los densos 
 escuadrones hubiera penetrado, 425
 despreciando los tiros; y cubierto 
 de mortales heridas, a tus ojos,
 víctima del amor, hubiera muerto. 

 (Con expresión que va creciendo por grados.) 

 Ve aquí toda mi culpa. Mas, ¡ay triste!, 
 que yo no te ofendí Tú, amado dueño, 430
 sabes cuán poderosas son las voces 
 del honor y la patria. Sí; yo advierto
 más tranquilo tu rostro. Tú disculpas 
 al desgraciado Numa Hados adversos; 
 al pie de los altares, cuando enciende 435
 sus lucientes antorchas Himeneo, 
 ¿huirá Tulia de mí?... No; yo conozco
 su tierno corazón. Mitiga el ceño; 
 cesen, mi bien, las iras o tu espada 
 termine mi dolor. Ve aquí mi pecho. 440

 (Se arrodilla, presentándole el pecho) 

TULIA
¿Dónde aprendiste, dónde, ese lenguaje 
 de seducir las almas? ¡Que sabiendo
 la magia de tus voces, mis oídos 
 se presten a su encanto lisonjero! 
 No, engañoso; yo huiré de tus ficciones, 445
 de esos halagos pérfidos que temo 
 más que la misma muerte. Adiós, ingrato...
 ¡Ah Numa!... Adiós... 
NUMA POMPILIO

 (Deteniéndola.) 

Crüel, oye un momento. 
 ¡Tú olvidarme resuelves! ¡Ay!, ¿no bastan 
 para desagraviarte los acerbos 450
 pesares que me afligen? ¿Qué peñasco, 
 qué rudo pedernal, qué duro acero
 formó tu corazón? Crüel; las fieras 
 son menos inflexibles. En el centro 
 de esas hondas cavernas, donde braman 455
 las carniceras tigres mi tormento 
 hallará la piedad que en ti no encuentra.
 Mas ¿para qué la busco, si aun detesto, 
 la clara luz del día? Presto, injusta, 
 saciarás tu ojeriza. Sí; yo espero 460
 que no tarde la muerte... Mas ¿qué digo? 
 Aquí mismo, a tus pies, ten el consuelo
 de mirarme expirar. 

 (Saca la espada, y al arrojarse sobra ella le detiene TULIA.) 

TULIA
Mi bien, ¿qué haces? 
 Detén el brazo... ¡Oh dioses! 
 ¡Qué oigo, cielos! 
 ¿Yo tu bien, Tulia mía? 
TULIA
 Sí; tú sabes 
465
 que Tulia es débil, y que el triunfo es cierto. 
NUMA POMPILIO
Deja, mi dulce amor... 

 (Al arrodíllarse se oye estruendo de guerra.) 

VOCES
 ¡Al arma; al arma!
NUMA POMPILIO
¿Mas qué voces son éstas? 
TULIA
Yo recelo 
 nuevos males. El campo se conmueve. 
 ¿Si acaso los romanos han dispuesto 470
 algún ataque? Mas sin orden, ¿cómo 
 se atreven? 
NUMA POMPILIO
Ve, mi bien, a contenerlos;
 que yo lo mismo haré con los sabinos. 
TULIA
Mi vista sola calmará este exceso. 


Escena VIII

 

NUMA y SABINOS, que toman arrebatadamente las armas.

 
SABINOS
¡A las armas! 
NUMA POMPILIO 
Sabinos, ¿dónde vais? 
475
 ¿Qué riesgo os sobresalta? Deteneos; 
 las iras refrenad. 


Escena IX

 

NUMA, los SABINOS, HERMILIA y matronas sabinas, que salen despavoridas.

 
HERMILIA
¡Acude, Numa!
 Las voces y el rumor son hacia el templo 
 Mi padre es quien peligra. Justos dioses, 
 su vida conservad o yo fallezco. 480
NUMA POMPILIO
Seguid, todos, mis pasos 


Escena X

 

HERMILIA, SABINOS y OSTILIO, que llega agitado.

 
OSTILIO
Noble Numa... 
NUMA POMPILIO
¿Qué ha sucedido, Ostilio? Di, ¿qué es esto?
 ¿Qué es de Tacio? 
OSTILIO
 Expirando lo conducen. 
NUMA POMPILIO
¡Qué escucho, hado crüel! 
HERMILIA
¡Cielos, yo muero! 
 

(NUMA y los demás SABINOS quedan en actitudes que expresan el dolor y el espanto. HERMILIA se desmaya en los brazos de las sabinas; y mientras OSTILIO sigue hablando, vuelve a recobrarse.)

 
OSTILIO
Hechas las libaciones, consumidas 485
 las sangrientas entrañas en el fuego, 
 y jurados los pactos ambos reyes
 en el sagrado umbral se despidieron. 
 Entramos en el verde laberinto 
 que forman los robustos y altos fresnos, 490
 y al llegar a esa peña cuya punta 
 domina todo el bosque, diez guerreros
 que tras su ruda mole se ocultaban, 
 en ruidoso tropel nos embistieron 
 Las repentinas voces, y los dardos que, 495
 silbando por cima de los yelmos 
 cayeron en la hierba, nos sorprenden;
 pero, desesperados y resueltos, 
 apretando en las manos las espadas 
 corremos como fieras a su encuentro. 500
 Resuena el martilleo de las armas 
 en torno de la selva, y por el viento
 vuelan en leves piezas los plumajes. 
 Los traidores persiguen con empeño 
 al débil Tacio, intrépidos nosotros, 505
 procuramos entonces defenderlo. 
 Aquí y allí corremos a cubrirlo
 con los fuertes escudos, nuestros pechos 
 respiran con afán; unos y otros 
 nos apiñamos; Tacio, siempre en medio 510
 del confuso tropel, titubeaba. 
 Pero, al fin, la fatiga, el desaliento,
 nuestra desgracia, ¡oh dioses!, no lo pudo 
 librar del mortal golpe. Cayó al suelo 
 el miserable anciano; los traidores 515
 huyeron hacia Roma, y en su seno, 
 horroroso taller de iniquidades,
 los viles regicidas se escondieron, 
 sin que el Cielo, testigo del delito, 
 vibrase el rayo, concitase el trueno. 520
 Pero Tacio... 


Escena XI

 

TACIO, herido, en los brazos de cuatro guerreros. HERMILIA y NUMA se arrojan a sus pies, y OSTILIO y los demás SABINOS forman el cuadro del dolor y la turbación.

 
NUMA POMPILIO 
Señor... 
HERMILIA
Padre... 
TACIO
 Hijos míos... 
HERMILIA
¿Cómo a tan fiero golpe no fallezco!
NUMA POMPILIO
¿Qué manos alevosas se han armado 
 contra esas nobles canas? ¿Quiénes fueron 
 los viles homicidas? ¡Ah, mi rabia 525
 los sabrá descubrir! 
TACIO
 ¡Míseros! Ellos 
 no son los verdaderos delincuentes.
 Quien les dictó las órdenes, quien, fiero, 
 puso en sus crueles diestras los puñales, 
 ése es, Numa, el traidor, ése es el reo. 530
 En fin Rómulo, amigos, ha triunfado 
 de este débil rival por unos medios
 que detesta el honor. Perdona, Numa, 
 sé que debes sentirlo; mas yo debo 
 hacer a la verdad esta justicia. 535
NUMA POMPILIO
¿Qué profieres, señor? ¿Cómo? ¿Yo puedo 
 ser parcial del delito? ¿Cuándo, dioses,
 tuvo Numa tan viles sentimientos? 
TACIO
No te juzgo malvado. Mas, ¡ay triste!, 
 que una pasión te ciega. En otro tiempo 540
 mi ultrajada vejez recibiría 
 este golpe fatal con el consuelo
 de ver un vengador en ese brazo. 
 Pero ya Numa es otro, y yo fallezco, 
 cercado de temores y congojas 545
 que aceleran mi muerte, conociendo 
 que arrastro hacia la tumba las reliquias
 de nuestra libertad. ¡Mísero pueblo, 
 sin apoyo, sin guía! ¡Destrozado, 
 si resiste...; infeliz, si humilla el cuello! 550
HERMILIA
¡Oh padre! No imagines que ese ingrato 
 pudiera ser jamás apoyo nuestro.
 ¿Dónde está su virtud? ¿Es heroísmo 
 abandonar su patria entre los riesgos 
 que la cercan? ¿Besar la injusta mano 555
 que avara forja nuestros duros hierros; 
 que ha vertido la sangre del más justo
 de los reyes? ¡Oh dioses! No son éstos 
 los héroes de Sabinia. Sí, inhumano; 
 vete a Roma, y si acaso el embeleso 560
 de tu adorada Tulia algún sentido 
 te deja libre, admira el noble esfuerzo
 con que en justa venganza de esta ofensa 
 coronados de gloria perecemos. 
OSTILIO
Tranquilízate, ¡oh rey! Todos sin Numa 565
 lidiaremos constantes; y si el ceño 
 no serenan los hados y conceden
 a Roma la victoria, prometernos 
 labramos de cadáveres romanos 
 un sangriento y horrible mausoleo. 570
 ¿Son estos, compañeros, vuestros votos? 
SABINOS
Sin Numa todos combatir sabremos.
NUMA POMPILIO
Hermilia, Tacio, amigos, ¿cuándo Numa 
 su patria abandonó? Sí; yo confieso 
 que la violenta llama que en mis venas 575
 las seductoras gracias encendieron 
 de esa bella romana, me consume,
 se enciende más y más; pero mi pecho 
 jamás ha vacilado entre la patria 
 y esta ardiente pasión. Si un devaneo, 580
 hijo de mi delirio, ha sustentado 
 mis vanas esperanzas, ya las pierdo.
 nunca, sabinos, nunca el verde mirto 
 me tejerán las manos de un protervo 
 que, con la frente erguida, ante los dioses 585
 comete los perjurios, que soberbio 
 atropella la fe, rompe los pactos,
 y no excusa rigor, no omite exceso 
 que halague su ambición. ¡Ah! Yo lo juro 
 por la sangre que mana de este seno, 590
 trono de la virtud; por esos dioses 
 que Rómulo ha ofendido. Sí; detesto
 este funesto amor, este delirio 
 tirano de mi gloria. Ya soy vuestro, 
 valerosos sabinos; con vosotros 595
 o vencer o morir sólo deseo. 
TACIO
Ven, mi querido Numa; ven y estrecha
 a este infeliz amigo. Ya contento 
 tu espíritu, rompiendo sus prisiones 
 volará hacia los dioses, pues os dejo, 600
 sabinos, un caudillo... Mas la muerte 
 su hielo esparce por mía yertos sus miembros...
 Acercaos, hijos míos... Que yo os mire 
 por la postrera vez. 
HERMILIA
 ¡Ah!, mi tormento 
 unirá mis cenizas a las tuyas 605
NUMA POMPILIO
¡Ah. buen Tacio! ¡Ah señor! 
TACIO
 Hijos; mi anhelo 
 fue conservar en paz vuestros hogares,
 pero escuchar mis votos no quisieron 
 las sagradas deidades... Hoy, sabinos, 
 que lidiéis con valor os aconsejo 610
 por vuestra libertad... La servidumbre 
 no es estado de hombres... ¡Crueles hierros!
 ¿a quién no hacéis temblar?... Sensible Hermilia, 
 enjuga el tierno llanto... De consuelo 
 te sirva tu virtud... Numa, no olvides 615
 a la hija de Tacio... ¡Santos cielos; 
 compadeced la suerte del sabino!...
 Hijos míos... ¡Oh dioses!... Protegedlos...  

 (Muere.) 

HERMILIA
¡Amado padre!... 
NUMA POMPILIO
¡Cielos; no resisto 
 tan duro golpe! 
OSTILIO
 ¡Oh Tacio! Vengaremos 
620
 tu desastrada muerte 
SABINOS
  ¡A la venganza! 
NUMA POMPILIO
Eso sí, amigos míos, nuestro acero
 este bosque fatal de sangre inunde. 
 Inflame vuestras iras el aspecto 
 de este helado cadáver. Ved sus labios, 625
 órganos de la ley, en un eterno 
 silencio sepultados. Ved su frente,
 la augusta frente que sostuvo el peso 
 de la regia corona. Mas, ¡ay triste!, 
 que ya pálido, exánime, ha depuesto 630
 el oro sobre el polvo. Avara mano 
 se lo arrancó, violando los derechos
 más justos y sagrados. Mano aleve, 
 instrumento de crímenes; yo espero 
 que los dioses castiguen tus crueldades. 635
 Ellos fulminarán desde los cielos 
 sus rayos destructores. En sus ejes
 conmoverán el Orbe; y, al violento 
 y espantoso vaivén, la altiva Roma 
 inclinará sus torres hasta el suelo. 640
 Desplomada caerá, como peñasco 
 desprendido del monte. Oíd mis ruegos,
 justos dioses. Vengadnos. Hoy enseñe 
 vuestro potente brazo a los perversos 
 que hay rayos, que hay justicia, que no siempre 645
 toleráis la maldad. Y este tremendo, 
 este triste y funesto desengaño
 consérvese indeleble en los fragmentos 
 de esa aleve ciudad, para que sirva 
 a la perfidia de perpetuo freno. 650
 Venganza, dioses, escuchad las voces 
 de nuestra angustia, del agravio nuestro