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Obras. Tomo Primero.

Manuel Tamayo y Baus





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Prólogo

Sr. D. Mariano
Catalina.

     Mi querido amigo: Se empeña usted en que mi tosca y mal cortada pluma encabece con algo, a modo de prólogo, la edición de las obras dramáticas de Tamayo, publicadas bajo la inteligente dirección de usted y a expensas del oculto aunque constante Mecenas que, con tanta modestia como esplendidez, alterna con sus ricos donativos para las necesidades públicas de la Nación y con sus eficaces socorros a la miseria vergonzante, sus generosos auxilios a la memoria de los que, descuidando todo interés material, atendieron sólo a labrar la gloria de la Patria con el acertado cultivo de las letras, como Aparisi, Selgas y otros; y aunque en ésta, como en tantas otras ocasiones, olvidando lo inoportuno del mandato, haga la obediencia su oficio, no puedo menos de empezar a obedecer protestando contra el poco acierto de la disposición, aunque no sea más que para rehuir el cuerpo a las responsabilidades del caso.

     A la hora en que estamos, dadas las alturas supremas de la fama y del arte en que se cierne el nombre del gran Tamayo con aplauso común de críticos y espectadores, sólo al cincel escultural de un crítico de la talla de Menéndez y Pelayo correspondía esculpir el epitafio de este grandioso monumento en que, entre los despojos de la muerte, se consagra la inmortalidad del genio de nuestro teatro moderno; y si, dejando a un lado, por inútiles, juicios críticos elevados sobre obras maestras analizadas y encomiadas hasta la saciedad por todo linaje de escritores, se buscaba, más que un estudio de estética dramática fundamental, una acabada y perfecta biografía, en que la exactitud de los datos y la minuciosidad de los detalles satisficiesen por completo la ávida curiosidad del lector sobre las obras y los hechos del gran poeta, �quién como el infatigable y concienzudo investigador de las vidas de Tirso, de Villena y de Iriarte, que tan gallarda muestra acaba de dar de sus especiales conocimientos en la materia con la reciente necrología del propio D. Manuel Tamayo, hubiera podido consignar uno tras otro todos los pasos que por la áspera senda que conduce a las cumbres del Parnaso español dio en alas de su genial inspiración el autor de El 5 de Agosto y de Un drama nuevo? Y si ni uno ni otro se requería, sino antes más bien uno de esos estudios psicológicos íntimos y profundos en que se abre a la pública contemplación lo más recóndito y secreto del alma de un gran autor, la morada interior, por decirlo así, de su espíritu, poniendo de manifiesto los más ocultos resortes de su inspiración y de su ingenio, los repliegues más hondos de su corazón y las fibras más impresionables de sus nervios, �no estaba usted ahí para eso? Usted que ha vivido día tras día con él los últimos años de su vida; usted, confidente de sus pensamientos más serios, consejero de sus resoluciones más graves, testigo, por decirlo así, familiar de todas sus alegrías y dolores. �Quién como usted podía darnos disecada, con toda la delicadeza moral que se requiere para estas operaciones en que hay que humedecer el escalpelo con lágrimas, la flor misteriosa que, germinando en el centro mismo de su ser, embriagaba de aromas todas las páginas de sus admirables creaciones? �Quién como usted podía descorrer ante el público, con mano temblorosa tal vez, pero al fin con mano autorizada, el velo que encubre ese espectáculo interesante y sublime que no pueden menos de ofrecer la lucha, el movimiento y la vida de ideas y sentimientos, deberes y pasiones, creencias y temperamento, nervios y sangre, evolucionando a través de un organismo delicado y vigoroso a la vez, para resolverse en acciones marcadas con el sello soberano de la voluntad que libremente las determina? Nadie seguramente, sobre todo después de muertos Cañete, Guerra, Alarcón y Selgas, y la mayor parte de sus amigos fraternales.

     Verdad es que yo le conocí, que le traté con, verdadera intimidad, que le merecí inestimables pruebas de cariñosísima amistad y de confianza inalterable; pero, �por qué lo he de negar?, a mis ojos siempre se apareció el gran dramático como los dioses a los mortales de la antigüedad, como velado en una nube. Será prestigio, si se quiere forjado al calor de la imaginación en los días hermosos de la infancia, pero cuyo influjo no cabe desconocer, pues se siente todo a lo largo de la vida, y la muerte no puede nada contra él. Ni aun siquiera logra engrandecerlo la Historia.

     Era yo niño, muy niño a la verdad, y ya el nombre glorioso de Tamayo resonaba en mi oído como la expresión de una gloria nacional pura, legítima, de buena ley, formulada por los labios que me personificaban la verdad y que me infundían su respeto. Miraba en mi hermano una especie de furor sagrado, de entusiasmo febril por las obras maestras de este escritor, y hasta en el nobilísimo rostro de mi anciano padre, tan austero y severo de suyo, veía reflejarse el relámpago fúlgido de la emoción cuando se mentaba o se recordaba delante de él la palabra o la escena de alguna de esas producciones en que el genio ha puesto al servicio del bien todas las fuerzas del arte. Asistía en mi juventud a las representaciones de La locura de amor como quien asiste a la ceremonia religiosa de la resurrección sobrenatural de una época histórica de nuestra Patria; y cuando llegué a saludar a su autor, cuando estreché entre las mías su mano, no podía ver en él a un mortal como el vulgo de los corrientes. Para mí todo desaparecía en él, el hombre, el amigo, el político, el funcionario, el académico, el escritor. Sólo acertaba a ver en él algo como la divinidad o el numen dramático en persona, algo como el genio creador de seres vivos y perdurables, forjador de lances y situaciones supremas, evocador de muertos resucitados sobre el suelo mágico de las tablas. �Creo que si Tamayo hubiera sido capaz de cometer un crimen ante mi vista, en vez de una espantosa realidad, hubiera creído tener ante mis ojos una creación teatral que me fascinaba y confundía!

     Por eso fue su nombre para mí como una especie de religión en la república de las letras; por eso hice depender de su exclusiva aprobación mi ingreso en la Academia Española, a pesar de lo unánime de los restantes sufragios; por eso una de las escasas satisfacciones que experimenté a mi paso por ese calvario que se llama la posesión del poder, fue dar público y solemne testimonio de admiración a su genio, de respeto a su autoridad y de amistad a su cariño, con la reparación nacional que le otorgaron por mi mano el Rey, el Gobierno y la pública opinión sin excepción de matiz, nombrándole Jefe superior del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, en desagravio debido, además de merecido y conveniente para la Administración y los libros, a la lógica cesantía que, sin duda para regenerar a las letras, había decretado contra Tamayo, como contra Guerra, Cañete y tantos otros, la Revolución de 1868.

     No lo recuerdo por vanidad, tan ajena, gracias a Dios, a mi carácter, como ridícula en este caso. Lo recuerdo como demostración del aprecio universal a Tamayo. Nunca trazó mi pluma, ni volverá, seguramente, a trazar líneas tan celebradas y aplaudidas, como los cuatro renglones de la carta confidencial con que le transmití el nombramiento. No sé cómo se hubo de traslucir, pero el hecho fue que se divulgó; pidieron permiso para publicarla los periódicos más desafectos a mi persona, y aquello fue una explosión de plácemes y felicitaciones. Cánovas me escribió diciéndome que mi carta le parecía �de perlas�, y hasta el Rey me mandó a llamar para darme la enhorabuena. Con ser yo en aquella situación el blanco de moda para el ataque combinado de todas las oposiciones, todas pusieron en las nubes aquella carta. �A qué se debía esta ovación? Sencillamente a que en ella me había hecho eco de la opinión nacional, que aclamaba en Tamayo, al genio de nuestra literatura dramática, para sacarle de su retraimiento y su olvido, y darle el merecido puesto de honor al frente de nuestra cultura.

     Más tarde estreché más fuertemente con él los lazos de una amistad respetuosa; admiré la pujanza de aquella inteligencia, rebelde a toda fuerza que no fuera la de la convicción razonada y sentida; me aterró la salvaje energía de aquella voluntad indomable para el empuje arrollador o para la laboriosidad formidable; sondeé con pavor los senos de aquel corazón, donde, bajo el cielo límpido y sereno de una conciencia inmaculada, sentíase el sordo hervor de las pasiones más violentas; asistí con placer a aquellas escenas de familia en que se aparecía en todo su natural esplendor el amigo, el esposo, el hermano y el caballero; presencié los terribles dolores y las espantosas agonías de su última enfermedad, y seguí siendo víctima de la misma fascinación: en todas y cada una de las diversas fases de su vida, en las más supremas y sublimes, como en las más ordinarias y sencillas, siempre vi, sobre todo y antes que todo en él, una naturaleza hondamente identificada con el genio de la creación dramática, al demonio de la representación, como diría un pagano, al ser privilegiado por Dios, que ve, palpa, entiende y siente la vida como un papel impuesto por Él, entre las peripecias del destino, en un drama vivo, trascendental, realísimo, en el que, compenetrándose lo real y lo ideal, todo tiene que desarrollarse con propiedad, con verdad y con rectitud, para que no lo manche, lo afee y lo deshonre todo la deformidad, que es la hija de la mentira.

     No sé si serán engendros de mi acalorada fantasía, o si serán verdades profundas descubiertas por la reflexión ante la observación atenta y sincera, pero tengo por cosa averiguada a mis ojos, que nada se confunde más o se compenetra tanto, por lo menos en su resultado final, como la acción en la sociedad por la palabra y por el hecho. Hay algo así como aquella correspondencia celeste que descubre la fe entre la vida activa y la contemplativa en las sagradas alturas de la vida espiritual y religiosa. El hombre que se encierra en el retiro de su gabinete para influir sobre la posteridad con la idea, no pesa menos, sino más, en la balanza en que se decide el porvenir de los pueblos, que el que se lanza con todas las energías de su alma a la vida política y exterior en la plaza pública; y cuando el primero emplea el poder oculto de su reflexión en reproducir la vida sobre la escena, creo yo que excede, hasta en el mismo modo de obrar, al que directamente la elabora tomando parte como actor en los hechos que constituyen la historia.

     Ambos caminos pudo seguir el carácter enérgico de Tamayo; quizás alguna vez puso su planta inexperimentada en el segundo, pero al punto la retiró de él. Todo le llamaba al primero, elegido desde su más tierna juventud; le llamaba, sobre todo, su vocación, determinada por su naturaleza, y prefirió ejercer su influjo en la marcha de la civilización desempeñando su papel de forjador de realidades imaginadas, a influir representando el de comparsa más o menos galoneado, pero comparsa al fin, en las tragedias y sainetes de la vida pública.

     La Historia, que recoge al cabo el resultado final de todo cuanto influye y refluye sobre la vida, podrá tan sólo aquilatar la influencia social que en los hechos alcanzan ideas puestas en acción en las tablas, como las que informan y se desenvuelven en el teatro de Tamayo; a nosotros sólo nos toca consignar que si creemos que Tamayo pudo influir en la vida pública de su Patria, fue porque para él la escena no era un tablado en que se encarama un histrión con el fútil objeto de entretener los ocios de un pueblo, sino un espacio concedido por Dios para que la vida se muestre en todo su poder, podada de todas las impurezas de la realidad por la mano poderosa del arte.

     Cuando el arte y la vida se llegan a sentir así, es muy difícil separar la vida y el arte en la personalidad que los practica. Tamayo hubiera desempeñado su papel de ministro, de general o de dictador, como desempeñaba el de académico y bibliotecario, como desempeñó al cabo el de autor dramático por excelencia: como el representante de un deber, de una misión, de un destino encargado a todas las facultades de su espíritu y a todas las energías de su sensibilidad por el autor del gran drama que se llama la Historia, y que representa incesante la humanidad sobre el gran tablado del universo.

     Considerados a esta luz Tamayo y el arte dramático, desde la concepción hasta la representación de la obra, saltan dos cosas a la vista: la sublimidad transcendental, por decirlo así, del arte escénico en la vida, y la alteza y la dignidad, por no llamarle religiosidad, con que lo practicaba Tamayo. Podrán otros discretear y hasta jugar del vocablo si tales tareas entretienen alegremente sus ocios; pero para usted y para mí, que tan profundamente le conocimos, estimamos y respetamos, no es rebajar ni en un ápice su valer suponerle esclavo, con toda dignidad, de aquel ritmo misterioso y divino que impone a toda la vida, como un derrotero fatal, la conciencia de que no vivimos aislados, ni pasamos como sombras errantes por la tierra, sino que formamos parte armónica de un todo común que dirige una soberana inteligencia que nos dio, en las grandes premisas de nuestra religión, nuestra raza, nuestra Patria, nuestra naturaleza y nuestra vocación y destino, la consecuencia que debemos de sacar en cada conflicto y cada duda, la unidad de carácter que debemos representar en todas las fases de nuestra historia.

     Y que esto era lo que le acontecía a Tamayo en realidad, �quién mejor que usted puede dar de ello testimonio? �Cuántas veces no le hemos oído contar episodios interesantísimos de su vida, de su infancia, de su juventud y de su edad madura, por último, acaecidos ora en provincias o en Madrid, en España o en el extranjero, entre los expedientes de su oficina, entre los bastidores del teatro, en el retiro de su hogar o en los salones de Palacio, que ponían hasta la saciedad de relieve lo que decimos! Aquella formalidad en el manejo de los expedientes burocráticos; aquella entereza y susceptibilidad ante personajes y ante jefes; aquella minuciosidad en la redacción y clasificación de papeletas para los tres Diccionarios de la Academia o para el índice de la Biblioteca Nacional; aquella laboriosidad formidable; aquella vertiginosa actividad; aquella seriedad invencible en todo lo que tocaba a su oficio, a su cargo o a su beneficio, �qué eran sino testimonios vivientes de todo lo que aseveramos? �Recuerda usted el vigor, el poder asombroso de la voluntad, desplegado en corregir y hasta rehacer sus obras más aplaudidas? �Podremos olvidar jamás, usted, Núñez de Arce y yo, la lectura que nos hizo de su Virginia después de haber pesado, medido, compulsado y pasado por todos los crisoles de la crítica más implacable, todas y cada una de las palabras de la Virginia primitiva, de aquella tan aplaudida producción, considerada por todos como la primera tragedia de nuestro teatro, y que había coronado su sien con todos los laureles del triunfo, condenada impíamente por él a destrucción y renovación absoluta? �Dejaremos de tener presente alguna vez aquella escena entre familiar y solemne, entre lúgubre y entre alegre (con la alegría sana de la conciencia), en que, presintiendo ya su fin, quiso borrar de nuestras almas, con la más sincera, profunda y explícita profesión de fe, hasta el más leve recuerdo de las jovialidades con que había querido poner a prueba, tal vez, el valor y la sinceridad de mis apologías exegéticas, en nuestros momentos de esparcimiento y de risa? Los que todo esto hemos presenciado, �cómo nos sería posible dudar de la alteza y la seriedad con que tomaba él en la vida la representación del papel que por intermedio de su entendimiento y su voluntad le había encomendado el destino?

     Yo le vi más de una vez con asombro romper su apacible serenidad en furiosa indignación y lluvia tempestuosa de ultrajes contra alguno que, desconociendo la sinceridad con que desempeñaba el papel de amigo en la vida, se atrevió a hablar mal de uno de los suyos en su presencia. Yo le oí con espanto relegar al último rincón del desprecio a las mayores y más altas autoridades humanas de ciencia, de sistema y de escuela, cuando se oponían a sus opiniones profesadas ante el público y la sociedad, conociéndolo y proclamándolo así, en vez de interpretar torcidamente sus textos. Yo le escuché con sorpresa formular las más originales teorías, las aseveraciones más extrañas, más adversas a sus sentimientos, intereses y vanidades, delante del público más hostil y en las circunstancias más inoportunas del mundo. �Cómo podía dudar, después de esto, de la sinceridad interior, en que consistía cabalmente la perfección exterior, de la representación de su papel en la vida!

     Así, pues, déjeme usted que se lo repita: yo no sirvo para escribir sobre Tamayo. Porque a mis ojos deslumbrados, sólo he acertado a ver en él a un hombre hecho expresamente por Dios para hacer dramas en la tierra. Repito que, no es que, a mi parecer, no soltase nunca el coturno: es que el coturno tenía en él vez de talón solamente. �Quiere usted que le diga, sin miramientos, hasta dónde alcanza toda la audacia de mis juicios? Pues bien, lo diré con una sola manifestación: �hasta en los horribles dolores de su última enfermedad, hasta en los estremecimientos de su postrimer agonía, creí ver al arte hecho naturaleza en el moribundo! �Aquel hombre no se moría como los demás, como se muere el vulgo de las gentes! �Se moría como se debe morir: en la forma espontánea, propia y perfecta de un hombre que padece y se muere con toda la pavorosa realidad del ideal alcanzado! No era esto efecto de su voluntad: lo era de su genio y de su naturaleza espontáneos. Era como el gladiador que cae muerto de repente en la arena, y al caer toma por hábito y por naturaleza, al morir, la postura propia del gladiador que se desploma gallardamente en el circo.

     Y aquí hallo yo la verdad profunda y altísima del arte profesado por naturaleza y sentido con sinceridad. Nada menos teatral (desnaturalizada la frase) que la muerte del gran poeta. No se murió para los demás, se murió para sí, para su familia y para Dios; pero se murió como lo hubiera matado Shakespeare: con los signos característicos de su personalidad, entre los síntomas terribles de su enfermedad y con toda la solemnidad de la muerte.

     �Quizá si no hubiera sido así, no hubiera padecido tanto en los últimos días de su vida! �Quizá hasta le aceleró su fin el esfuerzo mismo de su pasión! �Quizá la muerte acudió temprano a la cita, emplazada y como atraída por la voz suprema del arte que brotaba de todos los poros de una naturaleza informada por él, como alma viva de un cuerpo inerte que sueña la realidad y la realiza soñándola como el más brutal de los hechos! �Quién sabe!

     Pero reconozca usted la verdad: �cómo quiere usted que el que juzga así del providencial modo de ser de un hombre, coja la lente y la balanza y el bisturí para analizar, aquilatar y disecar sus méritos al menudeo? �Cómo quiere usted que, aunque pudiera, ejerciese yo de Moratín con el Shakespeare de nuestra escena, ni aun siquiera de Clemencín con el Cervantes de nuestro teatro moderno?

     Yo, a lo sumo, apenas si llego a distinguir en él los tres hombres que distinguía Menéndez y Pelayo en una conversación que tuve con él sobre los méritos de nuestro difunto compañero: el genio dramático superior que se revela en La locura de amor, por ejemplo; el ingenio conocedor de todos los maravillosos y secretos resortes del arte escénico y de sus efectos más sorprendentes en el teatro, que se admira en el Drama nuevo, verbigracia, y el ardiente y convencido campeón de la verdad religiosa, de la tesis moral, del sistema sociológico, por decirlo así: el hombre, en suma, de escuela, que flagela los errores y los crímenes de la sociedad en los Lances de honor, pongo por caso, por no citar sino los modelos más acabados de cada género en su arte, y a los cuales me atrevería a añadir, como representante de otro género y de otro hombre, su tragedia Virginia, en que se revela el cultivador del arte clásico y eterno, tal como lo admiraba y comprendía él, del lado acá de la Cruz, en la plenitud de los tiempos modernos, dada la naturaleza y las exigencias del teatro español y el modo de ser de la sociedad contemporánea.

     Pues, como podrá juzgar el lector, de esta nueva publicación de sus obras, al lado de estas tres primeras producciones citadas, como al pie de tres gloriosas banderas podrían colocarse, clasificadas y ordenadas como en correcta formación, todas sus obras fundamentales.

     Quedarían, es cierto, después por clasificar en todo rigor de sistema sus ensayos y tentativas, sus tanteos, sus arreglos y variaciones, sus obras, por decirlo así, sueltas, reservadas como datos preciosos al historiador que busque en sus páginas, siempre correctas y siempre modelos de buen decir, las huellas de su marcha ascendente, a través de modas literarias que impone y desecha el tiempo, en pos del carácter definitivo y final que constituye su personalidad indestructible en el arte.

     En ese estudio, que podrá formar más de un capítulo en un libro destinado a historiar la vida y obras de Tamayo, figurará debidamente el análisis de sus precoces triunfos de niño con Genoveva de Brabante y con Juana de Arco, arregladas las dos, si puede llamarse arreglo su genial modo de corregir, simplificar y perfeccionar las obras del teatro extranjero; el examen del drama lúgubre, romántico y original, titulado El 5 de Agosto, que ha llamado un crítico, hoy académico, �su primera y última equivocación�, como tributo pagado al tiempo en que se consagraba al teatro; la crítica y el juicio, en suma, de arreglos posteriores como El Juramento, el Tran-tran, Ángela, Más vale maña que fuerza, No hay mal que por bien no venga, Una apuesta, Una aventura de Richelieu, A escape, Historia de una carta, Un Banquero, La aldea de San Lorenzo, El sueño del malvado; de piezas cómicas y juguetes como Un marido duplicado, El Peluquero de su Alteza, Huyendo del perejil, Del dicho al hecho; de melodramas como Fernando el Pescador; de loas como La Esperanza de la Patria, y el Don del Cielo, y hasta de zarzuelas de magia como el popular Don Simplicio Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey.

     Pero a nosotros, que profesamos a la letra aquel aforismo de Tamayo: �el mérito de los escritores no se mide por la frecuencia, sino por la magnitud de los aciertos�, no nos sería posible detenernos a considerar estos preciosos datos arqueológicos de la marcha de la inspiración en Tamayo y de la prodigiosa flexibilidad de su ingenio, que, más aún que para evidenciar su fecundidad, sirven para poner de relieve su maravilloso conocimiento de la escena, lo acabado y perfecto de su concepción teatral, y su estilo noble, sencillo, elevado y correcto, y sólo podríamos detenernos a considerar brevemente aquellas obras que constituyen su escogido y peculiar repertorio, el que todo buen español amante de las letras se sabe de memoria, de corrido; el que ha traspasado las fronteras del arte y de la lengua patrias; el que se puede escribir con laureles sobre el mausoleo del poeta; el que le ha dado renombre y celebridad entre críticos y espectadores; el que encierra disuelta en sangre, que corre viva por sus páginas de oro, el alma toda de Tamayo.

     Este repertorio no necesita enumerarse: �quién no lo siente palpitar en el corazón y en los labios? �Quién no ha sentido todo el fuego de la indignación contra la tiranía pagana en Virginia; toda la rica y accidentada vida medioeval española en la Ricahembra; todos los desastrosos efectos de la ridícula y vil pasión de los celos en la Bola de nieve; todo el desprecio que inspira el cálculo como móvil de los grandes actos de la vida en Lo positivo; toda la bajeza y la cobardía y la estupidez que entraña el duelo en Lances de honor; toda la complicidad con el mal que lleva consigo la debilidad y tolerancia con los malhechores sociales de los que pasan y se tienen por buenos en Los hombres de bien? �Quién, finalmente, no se ha sentido hondamente conmovido al choque combinado de todos los sentimientos y pasiones humanas artísticamente entretejidas en la admirable invención de Un drama nuevo, en que la ficción se transfigura en realidad dentro de la ficción misma, formando una total confusión, de la que no sólo se sale, sino que se sale en triunfo, con claridad, gracias a la luz espléndida de los destellos fúlgidos del arte? Y �quién habrá dejado de llorar, por secos que tuviera los ojos, ante aquella resurrección a lo Ezequiel de la vida viva de nuestra Patria en la época más crítica y más genial y característica de sus fastos; en aquella portentosa creación en que la historia y la poesía de tal modo se compenetran, que la poesía aparece en la escena con todos los caracteres de la realidad, y la historia se ostenta sobre las tablas con todos los esplendores del ideal, tocando ambas la meta de su respectiva perfección en el retrato psicológico, sublime, de aquella mujer, en cuyo espíritu en tinieblas, como en las sombras de la noche, se perdió el sol radiante de nuestra resurrección nacional, como en ocaso melancólico, con la muerte de D.� Isabel la Católica, y alboreó la aurora de nuestras grandezas sociales con el nacimiento de Carlos V, como los primeros rayos del mismo sol que había de reaparecer nuevamente para inundar al universo de luz con el reflejo de nuestras letras y el centelleo de nuestras armas.

     No creo que usted espere de mí el esbozo de los argumentos de estas obras. Abomino de ese sistema, que no sé cómo siguen escritores de gran valer. Nada más insulso, más frío ni más ingrato para mí que esos extractos descarnados que fatigan la imaginación y dejan el corazón seco y yerto, o esas alusiones que nadie entiende a personajes que nadie conoce o nadie debe conocer aún, sobre situaciones que se ignoran. Puesto que la obra está ahí viva y palpitante en la escena, o dormida todo lo más en las páginas del folleto, refiérase todo a la obra viva solamente, y no a la mascarilla vaciada, sobre su cadáver frío, rígido, inerte y sin vigor, en una descolorida pellada de yeso.

     Si eso, a mi parecer, huelga en todas las partes en que se publican las obras, cuánto más aquí en que las obras son tan universalmente conocidas como lo son las obras grandes de Tamayo. Sobre ellas cabe enunciar el juicio estético o moral del escritor; retratarlas armando, como los palos de un maniquí, los huesos secos de su esqueleto, es como juzgar de la belleza plástica de una mujer despojándola de su carne, de su sangre y de su piel, en una palabra, de su vida, cuando la mujer vive aún e ilumina con los espléndidos reflejos de su singular hermosura los ojos y los corazones de todos.

     Pues repetir otra vez más los ya lugares comunes, hasta la saciedad repetidos, sobre el mérito de estas producciones dramáticas, sobre los lunares de que pueden adolecer, sobre los problemas que plantean y el modo con que se resuelven, sería reproducir aquí mal lo que tan bien se ha dicho mil veces, y condensar y plagiar en esta ocasión lo que escribieron todos los críticos, desde Cañete hasta Cueto, desde Blanco hasta Fernanflor y desde Boris de Tannenberg hasta Cotarelo; sería hacer interminable esta carta o estropear los brillantes juicios de estos autores, bien como aquel que, deseoso de apurar los vinos todos de un banquete, mezclara en una sola y vasta copa de cristal todos los licores a un tiempo. Ni por el color ni por el sabor dejaría de ser un brebaje aquel compuesto singular de tantas bebidas deliciosas.

     Básteme sólo para autorizar mis asertos copiar a modo de muestra algunas líneas, entresacadas al azar, de los autores más y menos sospechosos de parcialidad, por razones de amistad, de partido o de escuela, de entre los críticos que han emitido juicios sobre el autor o sobre alguna de sus obras, para que se vea la feliz identidad con que se le aplaude por todos.

     De La locura de amor, dice Fernanflor en los Autores dramáticos contemporáneos: �Un literato ilustre, al preguntarse si Locura de amor es de una escuela determinada, responde que no; que es fruto de todas las literaturas que tiene la concisión y sencillez del teatro griego, la incisiva expresión de afectos del teatro inglés, el idealismo de la pasión y la profundidad de pensamiento del teatro alemán, el arte de interesar, el artificio y destreza para combinar y desarrollar la fábula del teatro francés, y la ternura, galantería, estilo, brillantez y boato del teatro español. Tantos elogios en la pluma de un amigo fraternal pudieran aparecer sospechosos si la crítica más desapasionada no los reconociera también como justos.�

     De Un drama nuevo leemos en La Literatura española en el siglo XIX, por Blanco: �Pero el autor de tantas maravillas escénicas podía subir más alto..., más alto..., y desde las cimas adonde se remontó, trajo al teatro Un drama nuevo, '�Esa producción -dice Revilla- en que todo es admirable (incluso el lenguaje sentencioso); en la que palpita una inspiración gigante; en la que las pasiones humanas vibran al unísono con las que Shakespeare pintara en sus obras inmortales, y la fuerza dramática, el efecto escénico, el terror trágico y la atrevida originalidad de las situaciones, llegan a punto altísimo de perfección; producción que hace palpitar todas las fibras del corazón humano, y que lo mismo arranca lágrimas de ternura y de piedad que gritos de terror y espanto; producción, en suma, que hasta, no ya para glorificar a un hombre, sino para enorgullecer a un pueblo!' Cito este párrafo de Revilla, que podrá no ser muy correcto, pero sí desinteresado y elocuente, para decir con palabras de un testigo nada sospechoso lo que en boca mía pudiera serlo de parcialidad.�

     De Lances de honor escribe el austero y poco encomiástico crítico francés Mr. Boris de Tannenberg, en el estudio recientemente publicado sobre Tamayo, en que tan buena muestra da de conocer la literatura antigua y contemporánea española: �La pasión antirreligiosa y política impidió sólo al público en España aplaudir en 1863, como lo merecía, uno de los más hermosos dramas de este escritor... Por la lógica intransigente de las ideas, la audacia casi inaudita en el teatro de la tesis (fijaos bien, �combatir el duelo en España!), por el vigor de la elocuencia, la sobriedad de los recursos dramáticos, este drama sostiene la comparación con las obras maestras de Dumas hijo. Es para mí la pieza de tesis más fuerte que ha producido en todo este siglo España. Tal es este drama potente, admirable ya a primera vista por el arte severo de la composición. Nada hay en él fuera del asunto. Ni una intriga amorosa para distraer o falsear el interés. Ni un solo personaje inútil. Y por otro lado, el autor ha sabido sacar del asunto todo cuanto se encierra en él con un vigor de lógica que no encuentro en un grado semejante más que en las obras más sólidamente construidas por Dumas. La solución del conflicto por el duelo de los dos hijos, sabiamente preparada desde el principio, es una excelente invención.�

     De Virginia escribe en su estudio necrológico, Cotarelo, en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos: �... el ingenio de Tamayo supo levantar una estatua que tiene toda la corrección clásica en la forma, en su traje, en su andar, en sus actitudes; pero bajo la marmórea cubierta corre el fuego de una vida robusta y juvenil, como nunca la tuvieron las figuras trágicas de otros autores, y que se revela en los discursos, en las miradas, en las imprecaciones y en el interior impulso de los movimientos de sus personajes. Es como si una de esas damas romanas que figuran en los Museos dejase su pedestal y viniera a tomar parte en la vida de nuestros días.�

     Si esto encontramos sin buscar, tomando casi al azar lo que tropezamos, qué no hallaríamos rebuscando con esmero y con interés en los estudios críticos de Valmar, de Fernández-Guerra y de Cañete.

     Pero, �a qué continuar entresacando? En todos veríamos la misma admiración hacia �el primer dramaturgo español en los tiempos modernos�; hacia el que ha logrado que sus obras �formasen parte del repertorio europeo de este siglo�, �siendo traducidas a casi todos los idiomas cultos que se hablan en el mundo civilizado, y representadas en los principales teatros de Europa y de América�; al escritor cuyas obras �van todas encaminadas al bien, como inspiradas siempre por el amor a Dios, a la Patria, a la familia, a la moral, a la justicia, al honor, al arte bueno y bello, hasta el punto que ni un ligero sentimiento de perversión puede nacer en el corazón ni en la inteligencia de los espectadores de sus dramas�; obras que �encantan y admiran en el teatro, deleitan y admiran todavía en el libro, que se vuelven a ver y a leer con admiración inextinguible, y siempre, siempre, sus personajes, sus cuadros, su estilo encuentran despierta nuestra simpatía�.

     Porque es ya casi lugar común en los definitivos fallos de la crítica que Lo positivo es un dechado de perfección sin género alguno de defectos, en que Tamayo obscureció al autor de la obra dramática Le duc Job, reduciendo a cuatro los once personajes, a veinte y cuatro escenas las cincuenta, y a tres actos los cuatro del autor francés, para dar vida y luz a una obra eminentemente española; que La Ricahembra es una personificación viviente y robusta de la mujer fuerte de la Escritura, tal como podía aparecer en los revueltos días del reinado de D. Juan I; que la figura de aquella muchacha desgreñada que atraviesa la escena en el acto tercero de Lances de honor, relatando el lance según lo vio y recordando el otro lance en que murió asesinado su padre, parece una visión espantosa que dilata por el teatro el terror, erizando los cabellos y espantando los corazones: un personaje escapado de una obra de Shakespeare surgiendo como una aparición para aterrar a los espectadores con unas cuantas palabras que encierran por sí solas un drama el más terrible contra los desafíos; que Doña Juana la Loca es la obra genial del poeta, vidente por intuiciones de la inspiración de las realidades más impenetrables de la Historia; que algunos de los personajes de Un drama nuevo parecen creaciones del rey del teatro inglés, evocados por la sombra misma de su autor para rodearle como corte en la escena.

     En suma, amigo Catalina, que nada queda por decir, porque todo está dicho ya, y muy bien dicho, sobre Tamayo.

     Una sola cosa resta por hacer; pero ésta sólo me toca a mí respetarla: el paralelo meditado, sereno, concienzudo y autorizado de las dos Virginias que poseemos: la que todo el mundo conoce y todo el mundo aplaudió en el teatro y en el libro; la que inmortalizó, por decirlo así, por primera vez su nombre; la que Cueto estudió y comparó con todas las Virginias del arte, en todas las literaturas de Europa, para deducir, sin esfuerzo, la primacía de la Virginia de Tamayo, y la que analizó, meditó, pulió y casi volvió a forjar de nuevo durante los cuarenta últimos años de su vida; la que consideraba como su obra más perfecta, más digna de pasar a la posteridad como legado de su genio a la Historia; la que nos leyó a usted, a Núñez de Arce y a mí con los últimos acentos de su entonación vigorosa y resuelta, los últimos que sonaron en este mundo, haciendo estremecer los corazones y los ánimos de los oyentes que escuchaban con casi religioso respeto las últimas vibraciones de aquella voz consagradas al arte y a las letras, exhaladas por aquellos labios vigorosos que tan pronto iba a sellar con su mano fría la muerte.

     Esa Virginia, desconocida aún para todos, y que es como el testamento de Tamayo, de la que se gloriaba él, en medio de las sinceridades de su modestia, de que no había una cacofonía, ni un ripio, ni una palabra que no fuera de sangre azul en la genealogía castellana, ni un solo dato histórico o detalle arqueológico que no hubiera sido depurado en las fuentes más autorizadas de la erudición y de la crítica; esa Virginia en que no han sido respetados una docena de versos de la primera, es un problema lanzado a la cabeza de la crítica literaria de la edad contemporánea. Acójala la crítica sin pasión, sin prevenciones, ni prejuicios, y estúdiela antes de fallar. Yo, nada digo. Me callo sobrecogido de un como religioso temor. Sólo expreso mi convicción de que, cuando un hombre como Tamayo hace lo que hizo en Virginia, el caso no puede menos de ser transcendental para los destinos del arte. Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Racine, Corneille, Alfieri y Calderón, tengo para mí que asistirían curiosos y emocionados a su lectura si resucitaran entre nosotros. �Cuántos problemas no recibirán acaso definitiva solución confirmando o invalidando las consagradas como tales, con la representación de esta tragedia! La última palabra está y estará de todos modos por decir mientras no se juzgue serenamente de esta obra con que Tamayo quiso despedirse de la humanidad enviándosela desde su sepulcro.

     Fuera de esto, �qué podía yo hacer para cumplir con el encargo que usted ha echado sobre mis hombros?

     �Referir la vida de Tamayo? �Contar cómo nació en Madrid, y en la calle del Lobo, el día 15 de septiembre de 1829?; �cómo fueron sus padres los actores D. José Tamayo y la célebre D.� Joaquina Baus, tan renombrada por su talento, por su belleza y sus virtudes?; �cómo alcanzó en Granada su primer triunfo teatral, a los diez años de edad, en compañía de su madre, llamados ambos juntos por el entusiasmado público a la escena?; �cómo trabó aquella no interrumpida amistad tan fraternal y tan desinteresada con Cañete, con Guerra, con Selgas, con Alarcón y tantos otros literatos?; �cómo fue protegido en la Administración por Gil y Zárate y Nocedal, y respetado por todos, a excepción de los regeneradores de España en 1854 y en 1868, que le dejaron cesante hasta de su modesto empleo en la Biblioteca de San Isidro, los últimos?; �cómo fue elegido académico de número primero, y Secretario perpetuo después, en la Real Academia Española, siendo, como todos sabemos, como el alma de la Corporación por sus incesantes trabajos en todas sus comisiones?; �cómo entre S. M. el rey D. Alfonso XII, Cánovas, usted y yo logramos hacerle aceptar el cargo de Director de la Biblioteca Nacional y jefe superior del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios?; �cómo se mató en organizar la Biblioteca Nacional en su actual alojamiento, en escribir a millares papeletas para su índice general, y en hacer que salieran por fin a luz las composiciones premiadas?; todo esto y mucho más que allí hallará el curioso lector, lo ha averiguado y publicado ya Cotarelo en la extensa y minuciosa Necrología a que nos hemos referido varias veces, y no es cosa de plagiarle aquí su trabajo. Quédale sólo un vacío por llenar, y el propio Cotarelo lo reconoce. Vacío que sólo puede llenar la intimidad descubriendo las verdaderas causas de su retraimiento del teatro, y el porqué de dar al público sus producciones con los seudónimos de El Otro, de Fulano de Tal, de José García y de Don Joaquín Estévanez, renunciando a la inmensa ventaja para sus obras de ir amparadas con su nombre; y yo de esto tampoco puedo dar razón más que aquellas que he dado ya solemnemente cuando, en sesión regia de la Academia, aseveré con aplauso que los seudónimos no podían reconocer otro móvil que el de �inmortalizar, uno en pos de otro, varios nombres desconocidos�, y su apartamiento del teatro otra causa que �la de haber logrado el mayor imperio sobre las letras y desear refugiarse en las arduas y obscuras labores del Diccionario, como apropiado monasterio de Yuste para el Carlos V de nuestra escena�.

     Usted sí que, si quiere, lo puede acertadamente decir, y mejor que usted los que quedan de su amantísima familia, como su hermana y su mujer.

     �Su mujer! Si no hubiera algo de profanación en dar parte de aspectos íntimos al público, �qué espejo como la figura de esta incomparable señora para ver reflejada en el cristal luminoso de su alma el alma noble de Tamayo!

     Algo se atreve ya a levantar la punta del velo el ingenioso Fernanflor cuando escribe: �A los diez y nueve años Tamayo contrajo matrimonio con doña María Emilia Máiquez, sobrina del célebre actor, y en cuyo elogio hablan las obras mismas de su esposo; pues no sería posible que su filosofía respirase las virtudes que difunde si él no las hubiera encontrado en su compañera y en su casa.�

     Y más adelante: �Hay autores que no dan a representar sus obras sin haberlas leído a las mujeres de su familia... Quizá Tamayo sea de éstos. Y nada tendría de extraño si se considera que el teatro de Tamayo es un teatro hecho con admiración y cariño a la mujer. Reparad si no la mayoría de sus figuras escénicas: Ángela, Virginia, la ricahembra, doña Juana, Cecilia, Luisa, la Muchacha, creaciones entresacadas con rara percepción estética de la realidad, vestidas con esos trajes de luz que fabrica el genio, y que, al desaparecer de las tablas o al quedar plegadas en las páginas del libro, dejan recuerdos como de mujeres hermosas y castas que hemos amado.�

     Más avanza aún, entre curioso y hasta impertinente, Cotarelo: �Algo del desequilibrio estético (léase romanticismo) de Tamayo había por este tiempo transcendido a su propia vida. Con aquella su vehemencia ordinaria se enamoró de una joven que estaba o había estado en Granada, y tan en serio tomaba su pasión, que escribía por estos días a su íntimo Cañete, que si aquella mujer (los románticos de entonces nunca se expresaban de otro modo al hablar del bello sexo) no le correspondía se dejaría morir; y seguía insertando otra porción de quejas, ni más ni menos que si hablase por cuenta de un personaje de sus dramas. Tamayo no se murió; porque aquella mujer no quiso privar a España de tantas y tan excelentes obras como su marido iba a producir después que en 14 de septiembre de 1849 se casó con él en la iglesia parroquial de San Luis, según expresa la partida de matrimonio que abajo insertamos.�

     Y concluye, por fin, con acentos más tristes hablando de su última enfermedad: �Acometiole con rudeza, a fines del año pasado, con grandes dolores articulares, transformados luego en un insomnio pertinaz y dolorosísimo para él y los que le rodeaban. Con diversas alternativas fue luchando con la neurostenia, hasta que el lunes, 20 de junio último, rindió su espíritu, siempre asistido de la santa compañera de su vida, como había sido su más ardiente deseo, expresado en 1878 al dedicarle por segunda vez su gran drama La locura de amor, en estas hermosas palabras:

              'Más ha de veintitrés años que te dediqué esta obra, escasa de mérito como todas las mías, pero no escasa de ventura. Traducida está al portugués, al francés, al italiano y al alemán, y aún sigue representándose con aplauso en los teatros españoles.

     Encomié, al dedicártela, tus virtudes: de entonces acá no has vivido sino para seguir dando testimonio de bondad sin límites, de sobrenatural fortaleza, de santa abnegación. Te dije entonces que nunca te faltarían mi amor y mi respeto: no te engañé.

     Amalia, esposa mía, angelical enfermera de mis padres y de los hijos de mis hermanos, quiera Dios que puedas hacer por mí lo que te vi hacer por otros; quiera Dios que yo logre la dicha de morir en tus brazos.-MANUEL.'�

     La santa y divina complacencia con que Dios le otorgó lo que le suplicaba en este ruego, tan sincero como solemne, completan, a mi modo de ver, el cuadro que íbamos descubriendo, y nosotros, que hemos escuchado tantas veces al pobre enfermo llorar, más que sobre sus dolores y sobre su falta de descanso, sobre la vida de mártir que llevaba, con paciencia de santa, la Amalia de su vida; nosotros, que la hemos contemplado tantas veces a modo de ángel del hogar velando por la tranquilidad, el reposo y el bienestar de Tamayo; nosotros, que hemos oído relatar a la intimidad la intensidad de su pasión por tan extraordinaria hermosura, no podemos menos de considerarla como el modelo ideal en que tomaba la virtud de sus creaciones femeninas; como la ardiente hoguera en que encendía la llama de la pasión con que abrasaba sus apasionados amadores; como el rocío de los cielos que refrescaba su alma, calcinada por los tormentos del trabajo y los insomnios de la creación, por las angustias y las fatigas de la vida, los dolores de la enfermedad y las agonías de la muerte.

     Cuando leo La locura de amor; cuando penetro en aquel maravilloso cuadro en que se transparentan los cuerpos para que se vean las almas; cuando asisto al desarrollo natural, lógico y espontáneo de aquella acción en que el afecto, enardecido hasta la pasión, destruye el conocimiento para dejar solo, vivo y triunfante al amor, no puedo menos de pensar que, como escribe Tamayo en su primera dedicatoria a su esposa, �una mujer amante de su marido quise pintar en esta obra: los defectos y vicios de D.� Juana inventolos mi fantasía; copia, aunque imperfecta, son de las tuyas sus buenas cualidades�, y miro con los ojos del alma al poeta pasar de la contemplación apasionada a la serena, de la viva a la puramente ideal, de la ideal a la histórica, de la histórica a la artística al fin, y tomar la pluma y escribir, modelando con pinceladas de luz los rasgos de su creación admirable y asistir a la representación con la fiebre de la zozobra y caer rendido de emoción al cabo en los brazos del ideal que le recibe cariñosa, porque supo ser para él numen y musa, y modelo y esposa, y amiga y hermana, y madre y enfermera juntamente, y hasta santa y dolorida viuda por fin, que cubre de lágrimas y de flores su tumba y de oraciones su memoria.

     Con razón nos solía Tamayo decir que la mayor desgracia que podía ocurrirle era morir después que su mujer. �Cómo se hubiera encontrado solo en la tierra sin el genio de su inspiración, convertido ya en vida para él, en el ángel de su consuelo!

     Resumamos para concluir. Yo no me siento capaz de analizar el genio de Tamayo, sus obras maestras y colosales, el influjo que no pudieron menos de ejercer en el arte, la literatura y la historia. Sólo un Menéndez y Pelayo podría acometer con éxito empresa tan necesitada de excepcionales aptitudes y de conocimientos especiales. No tengo tiempo ni habilidad para arrancar al olvido fechas y detalles de su vida, que sólo lograría resucitar la investigación inteligente e infatigable de Cotarelo. No puedo tampoco, como usted, entregar al público el Tamayo de la intimidad sorprendido entre los abandonos de la vida común y las expansiones abiertas de la confianza.

     Aunque es cierto que le traté con intimidad, sostúvome siempre a respetuosa distancia del gran poeta la idea que siempre me dominó: la idea de que Tamayo era en todo, y sobre todo, el genio dramático por excelencia; una especie de iluminado del arte que sólo vivía para crear, a semejanza del Altísimo, seres vivos y reales con toda la realidad viviente del ideal sensibilizado y hecho carne en la escena; un forjador de acciones transcendentales que se desarrollan en el teatro con toda la verdad de la historia y todo el arte de la poesía; un apóstol de la verdad, un soldado del bien; un sacerdote de la belleza que predica, pelea y consagra con todas las energías de la vida, arrancadas de las entrañas mismas de la humanidad, puestas de relieve en las tablas, agrupadas en torno de aquella misteriosa unidad que preside el orden total de la creación organizando los pensamientos, las voluntades, las palabras, los hechos y los resultados, e iluminadas por el luminoso verbo de su mente que se rompe a través del rico prisma de su imaginación en los colores radiantes de su estilo deslumbrador, de su lenguaje puro, propio, castizo, enérgico, sonoro, transparente de claridad, magnífico de opulencia y sublime de sencillez, ora vibre el rayo celeste de la rima en que cantaron los dioses, ora se derrame en prosa escultural como belleza ática que modela con la elegancia nativa de su esbelta y mórbida figura los amplios pliegues de su ropaje.

     Así que sólo puedo dar fe de Tamayo como de creyente en la religión con la fe ciega del carbonero; como de hombre de bien con la honradez maciza, de una pieza, que no conoce vacilaciones ni contemplaciones ante la maldad; de su caballerosidad a toda prueba, digna de los tiempos heroicos que pasaron; de amante rendido de la mujer en que cifró la dicha de su vida y el ideal de su corazón y de su mente; de hermano y jefe cariñoso de una verdadera familia; de amigo fraternal con todas las consecuencias de la amistad que funde en una dos almas; de infatigable y concienzudo trabajador, hasta sobrepujar con su paciencia a su genio en todo lo que ponía la mano, desde el abstracto trabajo intelectual hasta el puramente material y mecánico; de su carácter sencillo, apacible, tierno, en el fondo, revestido, según el trance y la ocasión, de toda la arrogancia de la dignidad y hasta de todos los desbordamientos del demagogo; porque de Tamayo, como de tantos otros, tenemos que repetir lo que dice Balmes de la sociedad bárbaro-cristiana de la Edad Media; lo que dice algún crítico de Lances de honor y otras obras: todo estaba como dominado y como contenido en él por la mano firme, aunque suave, de la fe. Quitad a Tamayo la religión que le señalaba las esperanzas del cielo y le enamoraba con la hermosura de la virtud, y por el fuego mismo de la pasión, por el ritmo mismo de la vida, por las exigencias estéticas del arte que llevaba dentro de sí como alma de todo su ser, hubiera sido un anarquista literario, y cuando fuera necesario, social, pronto a lanzar la dinamita destructora contra toda autoridad, toda regla, toda imposición, en fin, enemiga de lo que él creyera santo, justo, debido y conveniente.

     Tal es, en resumen, la idea que tengo yo de aquel hombre, extraordinario ciertamente, y al que tantas veces he visto pasar, con sinceridad indubitable, desde el abrazo fraternal hasta la imprecación fulminante, con sus más probados amigos.

     De sus obras sólo puedo hablar como espectador, porque quiero hablar con sinceridad y no como erudito a la violeta, que confunde más que ilustra al lector con citas impertinentes y filiaciones literarias en que nadie cree menos que él, como inventor del artificio, y sobre ellas ya conoce usted mi parecer: es sencillamente el de todos cuando dejan hablar al corazón, sin prejuicios, ni rivalidades de escuela, de partido o de personalidad.

     �Quién, sin duda, habrá que hablando con sinceridad, sin creerse obligado por condescendencias con lo que se llama opinión, o por temores remotos de pasar plaza de cobarde, como es moda, algo anticuada quizá, motejar a los enemigos del duelo, no reconozca la perfección de Lances de honor, por ejemplo? Podrá acaso algún crítico transcendental, en holocausto a los serenos ideales del arte tal como él lo llega a entender, según los preceptos de su escuela, que lo tache, con todo el género a la vez, de salirse de los aledaños que señala a la acción dramática su propia naturaleza; pero, dejando aparte estas consideraciones de alta estética, y hablando sólo como espectador que juzga por lo que ve y por lo que siente y experimenta dentro de sí, �habrá alguien que niegue con sinceridad el efecto religioso y moral, hondo y, por lo tanto, artístico de la obra?

     Lo niego en redondo y en absoluto. Tomad la obra si queréis, les diría yo a los enemigos públicos de este drama, y dádselo a leer a vuestras madres, a vuestras esposas, a los hombres de bien, si lo son, que conozcáis en vuestras relaciones; a todo el que no se halle decidido de antemano, como la mayor parte de los personajes del drama, a saltar por encima de toda razón, para dársela de uno o de otro modo al duelo, tachando de exageración lo que se alegue contra él, y preguntadles después que hayan terminado su lectura si el autor no ha conseguido su objeto, poniendo de relieve con la representación de una acción lógica e interesante, todo el horror y el absurdo que se esconde, pero palpita en realidad, dentro de esa preocupación que tantas veces degenera en infamia, y que se llama con énfasis en el mundo como el drama mismo de Tamayo: Lances de honor.

     Y si contestan que sí con lágrimas en la voz y en los ojos; si dan testimonio con sus múltiples y ordinarios recuerdos de la verdad y la verosimilitud de los tipos, de los caracteres, de los personajes, de las situaciones y hasta de las palabras, �por qué razón se ha de negar la admiración a obra tan bien pensada como bien escrita?

     �Ah! La razón salta a la vista. El gran pecado de Tamayo en los Lances de honor es haber hecho un drama cristiano en toda la transcendente realidad de tan divina palabra. En él se pone a prueba la virtud, dándole por enemigos eso que se llama el honor y la consideración y estimación de lo que se conoce con el nombre de todo el mundo. En él se invocan como razones corrientes para la sociedad los elementales deberes del Catecismo, que es necesario no mentar para no ser objeto de mofa entre el vulgo de los espíritus fuertes. En él, finalmente, se afronta y se arrostra el ridículo que no pueden menos de derramar el alma de muchos espectadores de hoy, sobre las virtudes modestas de la vida, sobre los goces purísimos del hogar, sobre los golpes sobrenaturales de la gracia. Ése es el pecado de Tamayo..., para que le censuren en alta voz los hombres de bien y los Dámasos que acaso le estimen en secreto por el valor, la fe y el arte desplegados en ese maravilloso y apretado retablo de todas las miserias y grandezas morales que entraña o pueda entrañar dentro de sí el hecho ordinario o común de un simple duelo en que, aunque sólo corra la sangre de algunas botellas de Champagne en el almuerzo consabido, no pueden menos de salir mortalmente heridos en él la sociedad, la moral y la religión; entidades que puede menospreciar la estúpida risa volteriana, pero que al cabo y al fin constituyen la única soberanía verdadera del hombre, y soberanía con sanción tremenda, eficaz, inapelable y eterna.

     Los admiradores de Tamayo que lamentan el desenlace final de esta gran obra dramática, demuestran sólo que para ellos es arca cerrada en absoluto la belleza moral que encierra la doctrina del Crucificado, y habrían encontrado muchísimo más sublime que, en vez del perdón para sus verdugos que pide Cristo a su padre desde la cruz, fulminase el divino Mártir con su palabra el rayo del exterminio sobre fariseos y sayones.

     Verdad es que para alguno de ellos, según escribe con candorosa ingenuidad, hay, al parecer, oposición de naturaleza entre los hombres y los santos. Nosotros creíamos que los santos eran hombres como los demás, con la sola y única diferencia de ser más hombres en realidad, como más exactos imitadores del tipo del hombre por excelencia.

     Los que sólo censuran en Lances de honor la expresión teórica de la doctrina que debía encomendarse solamente a la práctica de la acción, extreman tanto este precepto que, para darles gusto, en realidad sólo debieran salir mudos a la escena.

     Pero si esto sucede, por excepción, con las obras clasificadas como de tesis que se titulan Lances de honor y Los hombres de bien, más por las tesis que por las obras, y más que nada por el alcance mismo de su acción, en que en realidad toman parte el mundo con sus pasiones deificadas y el cielo con los preceptos de su moral, la práctica de sus virtudes y hasta las iluminaciones de su gracia en la primera, y la sociedad corrompida y degenerada de las épocas descreídas en la segunda, no sucede lo mismo con las demás, universalmente aclamadas, variando sólo la apreciación sobre el puesto de honor que les corresponde.

     Para los unos, La locura de amor es la obra maestra de Tamayo. El Drama nuevo para casi todos los demás. Para Tamayo lo era, sin duda alguna, Virginia, tal como salió de su mano en los últimos días de su existencia.

     Para mí, La locura de amor es superior al Drama nuevo. De Virginia me he propuesto no hablar, y además no se ha representado todavía.

     El Drama nuevo es un prodigio. Aquel drama, que es causa, ocasión y medio de la acción dramática, desarrollada tan paralelamente con él que hasta se identifican al último, pasando en el desenlace de representación teatral a realidad terrible y espantosa; aquel drama, que hace dudar al espectador si forma parte del público de verdad o del público de la farsa, convertido en actor sin su permiso por obra y gracia del genio; aquel drama en que se nos obliga a conocer a personas que no olvidaremos jamás y que hablan un lenguaje tan natural como enérgico y elevado (que parece escrito con un buril sobre una plancha de acero); aquel drama, que parece obra acabada de Shakespeare, según es moda decir; con ser de tan maravilloso artificio, tan humano en sus caracteres, tan ceñido y lógico en su acción, tan valiente en su desenlace, no puede a nuestros ojos llegar a sobreponerse a La locura de amor, en que el genio dramático de Tamayo, desdeñando tesis y artificios, y resortes y efectos teatrales que no se basen en la iluminación de los entendimientos con la verdad, en la conmoción de los corazones con el sentimiento, en la suspensión y rapto de toda el alma con la seria exposición de la vida encarnada en las realidades de la historia y transfigurada en el luminoso Tabor de la poesía por la mano divina del arte, tocó la meta de la literatura dramática cerniéndose como águila sobre las nubes del ideal, pero bajando como ella, al raudo vuelo de sus alas, a las más hondas simas de la realidad, y penetrando con la potente lumbre de su retina las densas tinieblas del espíritu y los profundos abismos del corazón humano.

     La locura de amor, como su título lo indica, es el retrato de alma y de cuerpo enteros de una mujer que es toda amor, en la acepción humana de esta palabra, y esta pasión mal correspondida y burlada por el amado que la produce, excita, como no podía menos de excitar, la correspondiente terrible de los celos, y éstos perturban la debilitada razón al reiterado choque de tan encontrados sentimientos, hasta el extremo sublime de lógica pasional, de preferir la locura a los celos y hasta el delirio inconcebible, pero fundado hasta no más en los desórdenes del corazón y las postraciones de la mente, de mirar como imposible la muerte del ser amado, o sea el anonadamiento y la desaparición del objeto de todas las invencibles energías de la voluntad que, negándose a reconocerse frustrada y a replegarse estéril ante el vacío, en vez de creer muerto al único sujeto de su amor, lo cree dormido solamente.

     Enlacemos este retrato ideal, pero que chorrea lágrimas de sangre viva por sus ojos de carne, con los personajes tales como fueron y tales como son, y tales como debían ser necesariamente, que reflejan en sus acciones el estado del alma de aquella mujer, esposa, madre y soberana; desarrollemos a la sombra del drama íntimo, personal y sublime que se desenvuelve en el espíritu y en el organismo de tan simpática como desventurada criatura la acción interesante, lógica, verdadera y estrechamente combinada con él, del otro drama exterior que la contiene y que la encierra, que la explica y que la produce; coloquemos juntos y unidos los dos en el drama público que se presiente, y en que toma parte principalísima la Nación, como víctima interesante por su inocencia, y demos a tan maravillosa creación toda la consistencia y solidez de las realidades históricas con todo el encanto y la nobleza que la prestan el simpático color local y la pátina inimitable del tiempo, y tendremos una aproximada idea no más de estas tres acciones identificadas en el seno de aquella íntegra y armónica unidad que sólo luce en todo su esplendor en la hora fugitiva y solemne en que el numen divino de la inspiración roza con sus alas la frente pensadora del genio.

     En Tamayo es siempre de admirar el conocimiento del corazón humano y sus pasiones; de la teoría y práctica de la composición; de las necesidades hasta mecánicas de la representación teatral; de las exigencias del público y de la escena y del lenguaje propio y natural que debe resonar en las tablas; sus obras descuellan siempre por el fulgor que sobre ellas reflejan con claridad los grandes principios de la moral y las eternas verdades religiosas; su genio es eminentemente español en cuanto en él palpitan las cualidades características de la raza, tal como sobre el suelo sagrado de la Patria hubo de forjarlas la Historia; pero si todo esto se halla como esparcido y disuelto en diferentes proporciones en todas sus demás obras dramáticas, en ninguna, a nuestro juicio, como en La locura de amor brillan combinadas con tan armónica naturalidad, que el arte mismo desaparece para dejar sola en la escena la nuda figura de la verdad que hasta nos hace olvidar el teatro.

     Allí se reconoce todo espectador español en sus creencias, sentimientos, pasiones y hasta palabras; allí se levanta, se condensa y toma forma la Patria con sus debilidades y grandezas, con sus ideales y destinos, con toda su manera de ser, tradicional, castiza y perdurable. Allí surge y se desarrolla la acción como surge y se desarrolla la vida, con la espontánea y bellísima naturalidad con que corren y saltan las aguas por los bosques, logrando unir en indivisible consorcio las leyes inexorables de la naturaleza real con los juegos ideales del arte en el seno de la más opulenta hermosura. Allí se entreven, como en adivinación misteriosa, en la penumbra interior que rodea al ser íntimo del espíritu, los tesoros de energía, de fuerza y de poder que se ocultan latentes en el centro y fondo del alma, y que dan, excitados y puestos en acción por circunstancias solemnes de la vida, la honda peculiaridad que marca con el sello de la propia personalidad los grandes caracteres de la historia; y allí se aspira y se respira, por fin, esa atmósfera de transcendental seriedad, de serenidad eminente que presta a toda la acción, por accidentada que sea, la presencia invisible del ideal, la idea muda, pero dominante, de la finalidad, la influencia oculta, pero eficaz, del motor inmóvil de la vida que preside solemnemente a todos sus desarrollos para ordenarlos con majestad soberana (respetando el libre juego de la espontánea y rica variedad) en aquella unidad superior en que todo se reconcentra y se aúna.

     Del drama antiguo o de la tragedia clásica mejor, ha dicho un escritor contemporáneo que es el espectáculo de la humanidad cumpliendo fatalmente el destino; del drama alemán, que es el desenvolvimiento y la evolución progresiva de los caracteres humanos; del drama trágico francés, el análisis de la pasión y del medio ambiente de la vida; del drama inglés, la manifestación del carácter individual, confundido con la acción misma de la fábula. De La locura de amor me atrevería yo a decir que es la ostentación acabada de la vida intensa nacional, sorprendida en un momento crítico de su historia, con toda la opulencia de sus caracteres genuinos, tal como plugo a Dios que se formasen en este suelo selector, por razas unificadas en él bajo el influjo soberano de la doctrina celestial que alumbra con vivísimo resplandor las grandes realidades de la existencia.

     Por eso no hay problemas en esta obra, ni tesis, ni pesimismos, ni realismos, ni brutalidades. Hay sólo la soberana lección que se desprende por sí sola de la exposición completa de la vida, cuando se la presenta con toda la integridad de su realidad histórica y verdadera a la luz mágica del arte que, poniendo de relieve lo transcendental, deja como perdido en la sombra todo lo que, siendo accidental, sirve sólo para esparcir la confusión, velando con la profusión de los detalles vulgares el esplendor de la verdad, de la bondad y del orden, que con tan irresistible claridad brotan espontáneamente, por sí, de la manifestación artística de la belleza.

     Todo lo que constituye nuestra propia civilización, todo lo que la determina y actúa en la creencia y en la idea, en el sentimiento y la pasión, en la acción y hasta en la palabra, allí está vivo y palpitante.

     Allí está latente, pero viva, informándolo todo con su presencia, a pesar de las impurezas de la realidad, la concepción social española en toda su magnitud y transcendencia, con toda la magnífica amplitud de los moldes históricos que formó la sabia mano de la Providencia para modelar en ellos nuestra raza, que sólo ha podido decaer y sólo podrá desaparecer y perderse cuando busque fuera de ellos su orientación, corriendo afanosa, inconstante y rezagada a la vez tras de ideales ajenos, en vez de trabajar hondamente su perfección podando con mano vigorosa sus vicios. Allí está, en suma, tal como fue, tal como debe ser y tal como es necesario que sea aquel carácter, creyente, valeroso, indomable, activo, práctico, noble y generoso a la par, que en medio de tantas miserias como de todas partes surgían y en medio de tantos enemigos como por todas partes acechaban, supo sacar a salvo y en triunfo su personalidad, tan pujante como gloriosa, y llevar a cabo su misión civilizadora y sublime, y dejar amontonados tesoros de gloria, de poder y de territorio para que los hayamos podido derrochar, sin haber llegado a perecer, durante tres siglos de decadencia.

     �Y todo, todo está allí reconcentrado y perfecto, como la esencia en el pomo, entre los apasionados delirios de una loca, enajenada por el amor, que enlaza y ciñe con los extravíos de su pasión y las demencias de su juicio el alma gigante de la Patria en los momentos mismos en que, sacudiendo los últimos eslabones de las cadenas de su servidumbre, tendía sus alas vigorosas por el cielo de las armas y de las letras para hacer con su gloria lo que con el sol: un prisionero de sus dominios!

     �Poder verdaderamente asombroso del genio! �Encerrar toda el alma de una Nación, toda la vida de una civilización perdurable en los inconscientes gritos de una loca, en los actos irresponsables de una pobre mujer, que encarna en sus acentos y en sus hechos la esencia y la existencia del ser mismo de la sociedad que la produce, hasta el punto de hacer una sola de las dos, en su causa, y en sus efectos, y en su suerte!

     Doña Juana la Loca, en La locura de amor, no es sólo la esposa amante burlada, celosa y loca al fin; es Castilla, es España, es la civilización española primero, europea más tarde, cristiana en suma, que vive, padece y lucha con todos los elementos, extraños rivales y enemigos de su felicidad, sosteniéndose sólo por el corazón de su pueblo, y triunfa... y sucumbe al fin a manos de aquel eterno decreto que declara perecedero sobre la tierra todo poder y toda grandeza humana.

     Nada de todo esto dice el autor, es verdad, pero ése es el mérito de la obra. Lo que el autor calla, lo dicen a gritos todas las páginas del drama; se respira en el ambiente vital que forma la atmósfera del teatro durante la representación; lo marcan los personajes con sus acciones, y lo entiende y lo siente el alma del espectador que ve alzarse gloriosa y desventurada ante sus ojos la imagen del heroico pueblo español, que mira su felicidad y su desgracia pendiente entre la abnegación y la ambición de los nobles, entre la lealtad castellana y la codicia de los flamencos, entre las intrigas políticas de los palacios y las peripecias a que da lugar el amor atorbellinado por los celos.

     �Misterio asombroso y sublime de la humanidad, cuyos futuros derroteros parecen determinados de antemano por una lógica invisible que, sin descuidar ningún factor por imperceptible que sea, los extrema hasta su última conclusión sacando de su mezcla o de su combinación, mejor dicho, como resultante final, la suma total perfecta de todas las cantidades aportadas por la mano misma de la libertad bajo los ojos de la Providencia!

     �Misterio que nos debe hacer comprender la transcendencia ignorada de toda idea, toda palabra y toda acción por insignificante que parezca, y que nos debe estimular a reprimir y extirpar en el corazón y en los labios el más leve germen del mal, y a derramar a manos llenas en toda forma y ocasión, a nuestro paso por la vida, las hermosas flores del bien y de la verdad que brotan al soplo celeste del amor en el pensil de nuestras almas!

     Y ése es, a mis ojos, repito, el encanto sobrenatural que me hace como postrarme de hinojos ante La locura de amor. No son las enseñanzas ni las predicaciones del autor por boca o por mano de sus personajes lo que me edifica y me eleva y me obliga a meditar y sentir tan hondamente como cabe en las energías de mi alma; es la voz augusta y solemne de la vida misma en toda su vigorosa y pujante realidad la que me habla y me ilumina, y me persuade y me conmueve además con el espectáculo sublime del oculto y misterioso telar en que se teje la historia; es la luz, la luz clara, radiante, solar, que inunda el interior secreto de las almas y pone de manifiesto el indestructible, aunque invisible, lazo que une a las ideas con los hechos, la que penetra por mis pupilas y hiere mi retina con su fulgor metiéndome por los ojos el admirable organismo social en que a modo de perfectísimo artificio o de máquina industrial de espirituales fundamentos, sin que nada se pierda en la creación, concurre todo al resultado final, constante, en cada momento, devolviendo lo que cogió, como la tierra devuelve el germen sembrado, en fruto, y en él, y con él, el agua, el aire, el calor y la luz que absorbió para su desarrollo; como en D.� Juana la Loca, en fin, devuelve la naturaleza la creencia, la sangre, el amor, la herencia, el desprecio, la ambición, la codicia, la lealtad, todo cuanto depositó en aquel espíritu y en aquel corazón la sociedad que le formó y la sociedad que le rodeaba, y que se reflejó en las vicisitudes de aquella infeliz mujer como en un colosal espejo donde aparecieran luminosamente retratados la madre santa y cariñosa, el padre político y previsor, el marido brutal y torpe, la servidumbre adocenada y vulgar, la hija abnegada y amante, el hijo preocupado y audaz, el extranjero tiránico y sedicioso, la junta popular y revuelta, y, por último, el santo confesor que con la llave de oro del cielo abrió a la desterrada razón las puertas de aquel espíritu, tanto tiempo cerradas por la mano implacable de una enfermedad elaborada de concierto por todas las causas segundas que ejecutan con libre regularidad los justos, pero misteriosos designios de la primera.

     Porque mirada la Historia en sí, y a la luz de esta filosofía, se ve que en realidad no hay azar, ni acaso, ni casualidad, ni hechos fortuitos, ni nada que autorice a legitimar la sorpresa en los destinos de la Historia, a no ser como demostración de nuestra natural ignorancia. El hecho más impensado y fatal es el resultado previsto por la lógica en sus premisas de actos libres, cuyos resultados tienen que ser necesarios por la ley de las consecuencias; y la Historia, al cabo, no es más que la combinación de los resultados finales de las acciones libres de los hombres por ajenos que estuvieran al cometerlas del alcance definitivo de su acción. La Providencia divina vela por modo eminente sobre la acción y el resultado total, pero respetando la libertad de los factores humanos. Sólo se ordena esta libertad al plan divino en sus fines dentro del orden superior y por sobremanera eminente de la causa primera y final, del ser único por esencia.

     Tamayo pudo no discurrir así; pudo hasta reírse de estas filosofías, pero su genio dramático suplió, con los aciertos de su numen, todos los análisis metafísicos, y en la cámara obscura de su retina intelectual vio clara, distinta y bañada en luz la figura dramática de D.� Juana, no a modo de romántico soñador, ni a modo de naturalista grosero, sino a modo de poeta y de pensador que adivina o que ve todas las opulencias de la naturaleza a través del prisma mágico del arte.

     Y Tamayo trasladó al teatro lo que vio, y en el teatro se levantó D.� Juana, loca de amor por su marido, herida por el filo de la cuchilla cruel de los celos, trastornada por los embates de la desenfrenada pasión que dio al traste con su enfermo temperamento, y sublimada por la misericordia de Dios en el asilo de su amorosa locura. Carácter vivo, imperecedero, real, que se forma y que se ostenta al calor de la misma acción dramática que produce, y que es, al mismo tiempo, la clave del drama histórico y nacional que se representó en nuestra Patria, y en el que estuvo a punto de perecer todo su porvenir y su gloria, y en el que hubiera perecido ciertamente si en las entrañas de aquella misma mujer no hubiese tomado sangre el gran espíritu de Carlos V.

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     En una palabra, si en una palabra quiere usted que le diga todo mi pensamiento: que Tamayo estaba hecho para escribir La locura de amor, y que le basta haberla escrito para que su nombre se inscriba con letras de oro en el templo de la inmortalidad como el más grande de nuestros poetas dramáticos en este siglo.

     Y como con ella he dicho todo lo que yo podía decir como lego en la profesión de crítico literario, como amigo entrañable del autor y como espectador que forma parte del público que le aclama, pongo fin a este testimonio vulgar de uno de tantos como le admiraron en vida, le veneran en muerte y le aplaudirán mientras dure sobre las ruinas del arte español algo que se parezca a teatro.

     Madrid, noviembre de 1898.

ALEJANDRO PIDAL Y MON.

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