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Senén Palacios






ArribaAbajoPrimera parte

A la sombra de la paz



ArribaAbajoCapítulo I

Don Salustio Guzmán



ArribaAbajo- I -

Como señor feudal en sus dominios vivía don Salustio Guzmán en su fundo «El Espino», consagrado a trabajar con empeño infatigable y tesonero las tierras que heredara de sus mayores. Hombre formal y de bien, gozaba de merecido prestigio en la comarca.

Quedaban las casas a poco más de tres cuadras de la plaza de la aldea de Santa Cruz y bajo la sombra augusta de unos grandes castaños que se divisaban desde lejos. Las separaban del camino real un gran patio o jardín plantado de naranjos y toronjos, con más malezas que flores por el suelo, y una verja de madera ruinosa y desteñida por las lluvias.

Los escasos transeúntes que traficaban a caballo por aquel largo camino orillado de álamos, de cercas de zarzamora y restos de tapiales de adobón, podridos a trechos por la humedad, solían empinarse en los estribos al enfrentar la casona y echarle de soslayo miradas curiosas, alcanzando a columbrar ya alguna ventana arcaica de bizarras labores en su enrejado de madera torneada, ya algún pilar del corredor, cuyas soleras imitaban burdamente capiteles y arcadas con pretensiones de estilo morisco, ya el tejado, de canales húmedas y musgosas, que sobresalía permitiendo ver el mojinete coronado por un diminuto campanario, del cual colgaba la campana con su cuerda que iba a perderse en el tejado.

Era una construcción antigua, de cuño colonial, lo que confirmaban sus gruesos muros, las puertas chatas con cerrojos carcelarios, el maderamen de sus vigas y tijerales, afianzados con clavos de corazón de espino y amarras de cuero sin curtir; y aquel laberinto interior de patios, estancias y corredores.

Pero lo que no dejaba lugar a duda sobre la verdadera edad de aquel solar colchagüino era la fecha 1782 de su construcción, escrita con tabas de carnero en el empedrado del zaguán.

Por los corredores de aquella casa, se paseaba don Salustio al atardecer de un día oscuro, de principios de invierno del año 1878. Y a juzgar por la nerviosidad de sus movimientos y lo alterado del semblante, debía hallarse bajo el peso de alguna gravísima preocupación, pues marchaba a grandes y violentos trancos, y tan pronto se detenía a mirar con fruncido ceño a uno y otro lado del camino, en el que no se divisaba un alma, como volvía a su agitado pasearse con ademanes de impaciencia, hablando airado entre dientes.

Bastaba mirarle para comprender que aquel membrudo caballero de espesas y bronceadas barbas, ostentadas con altivez sobre un robusto pecho varonil, había sido vaciado con los antiguos moldes de la raza, esa raza de chilenos semigodos, graves y esforzados, que miran de frente y llevan la cabeza erguida.

Un fuerte viento del NO que soplaba desde la mañana haciendo correr por el cielo tumultuosos nubarrones que amenazaban lluvia, sacudía e inclinaba los árboles despojándolos de las últimas hojas marchitas, que volaban como mariposas locas o en tropel rodaban por el suelo en carrera vertiginosa; y traía los postreros rumores de un día que se extingue en el silencio y soledad del campo: el grito lejano de un vaquero que apresuraba el ganado, el mugido clamoroso de una vaca llamando a su cría, o el bramido espantable del toro celoso, que allá detrás de la cerca del potrero escarba con rabia el suelo, echándose nubes de tierra sobre el lomo.

Se detuvo don Salustio y se quedó escuchando atentamente el ruido que hacía en el cascajo del camino el trote apresurado de un caballo que se aproximaba a las casas.

-¡Él es! -exclamó divisando a Toribio, su mayordomo. Y con un brusco movimiento de su brazo derecho se echó sobre el hombro todo un costado de su largo poncho de lana, y con la mano se afirmó sobre la frente, hundiéndoselo hasta las cejas, el sombrero de paño castor de anchas alas.

El jinete echó pie a tierra con presteza en la puerta misma de la verja, amarró la bestia y se dirigió por el medio del patio al corredor, donde impaciente lo esperaba el caballero.

-¿Qué hubo, la encontraste? -preguntó desde lejos con imperiosa y atropellada voz, de malísimo agüero.

-No la encontré, ná, patrón -contestó el hombre en voz baja, respetuosamente descubierto, sujetando a dos manos su sombrero, y no muy firme de piernas.

-¿En ninguna parte?... ¿Ni el cuero de la ternera?

-En ninguna parte, patrón, no encontré ná.

-¿Ni en el Tambo?

-Tampoco, patrón.

-Y donde las Hinojosa, ¿averiguaste?

-También estuve; no sabían ná.

Se quedó don Salustio un momento mirando pensativo al suelo, peinándose las barbas con la mano. Luego preguntó:

-¿Y Justo Pastor, qué es de él, lo topaste?

-Me dijeron donde las Reinoso que lo habían visto pasar de a caballo pa los laos de abajo, ayer tarde, ya tiñendo la oración.

-¿Iba solo?

-Los dos no más.

-¿Cómo los dos? -interrogó el señor Guzmán, clavando en el sirviente sus pequeños ojos zarcos y echándose al hombro el otro costado del poncho.

-Don Justito y el potro, pues, patrón... Andaba montado en el «Chiclán».

-¿Con qué en el potro, no? -expresó moviendo la cabeza de arriba a bajo el caballero. Y se puso enseguida a dar unos paseos cortos, presa de la más viva irritación. Toribio no le quitaba ojo de encima.

-Está bien, retírate -dijo con voz sorda. Y agregó con un gesto autoritario:- Que pasen los peones al pago.

En el camino real se hallaban reunidos los peones del fundo, que venían al pago por ser aquel día sábado, y esperaban en actitud humilde y silenciosa que les abrieran el portón que daba acceso por un costado al corral de las carretas.

La noche se venía encima envolviendo en el negro manto de sus sombras las casas y la comarca entera. Era intenso el frío, y en la gran tristeza de la moribunda tarde gemía el viento en los álamos del camino, desnudos de hojas, y que apuntaban al cielo la blanca osamenta de su ramaje escueto y desolado, estremeciéndose en un escalofrío de muerte. Algunos tiuques voltejeaban buscando en ellos refugio para la noche, y por el cielo encapotado pasaban las últimas tórtolas y torcazas, como impulsadas por el viento, camino de las montañas distantes.

Se oyó el claro tañido de las campanas de la iglesia parroquial que llamaba a la oración de la tarde. Se detuvo don Salustio en la extremidad ya del corredor, descubriéndose reverente a rezar el «Ave María». Otro tanto hicieron los peones humillando la cabeza y oprimiendo devotamente al pecho la chupalla.

En el silencio solemne se oía por instantes la voz del patrón, que rezaba en latín, a juzgar por algunas frases que soltaba con gravedad y unción: «Dominus tecum»... «Mulieribus»... «Frutus ventris»... «Amen».

Terminando el rezo, penetró al cuarto que servía de escritorio para el pago de los peones, una habitación con diversos aperos de labranza tirados por el suelo, puntas de arado, palas, capachos de cuero; y afirmados en los rincones, yugos de carretas con sus respectivas coyundas enrolladas.

Colocó sobre una rústica mesa, escasamente alumbrada por una vela de sebo, varios montoncitos de monedas de plata y cobre; abrió enseguida, quitándole la gruesa tranca de espino, la puerta que daba al corralón, y sentándose en ancho sillón de paja de totora, dio comienzo al pago de los peones, llamándolos, uno a uno, por sus nombres.

El mayordomo, respetuosamente descubierto y con un cuadernito de apuntes en la mano, se colocó de pie cerca del patrón.

-José Jesús Contreras -llamó don Salustio mirando por debajo del ala de su sombrero en dirección a la puerta, en la que se veían las caras de los trabajadores agrupados como un rebaño.

Entró un viejo de ojota y poncho verdinegro, con dos piernas arqueadas como dos horcones, encorvado de lomos y muy duro de goznes. Al sacarse la chupalla, con bolsa tabaquera y todo, dejó ver la cabeza venerable atada en roñoso pañuelo de hierbas, y un rostro macilento poblado de silvestres barbas entrecanas.

-¿Cuántos días? -interrogó el patrón.

-Cuatro -contestó el anciano mirando tímidamente al caballero con sus ojos lacrimosos. Por la abertura de la cotona se le veía sobre el huesudo pecho cerdoso un escapulario pasado de sudor.

-¿Por qué faltaste dos días?

-Me repuntó el reuma en este cuadril y no podía ni moverme; contimás que las choquezuelas las tuve cuasi desconchabadas y con babazas y se me añudaron los ñervos -explicó el viejo en tono lastimero.

-¿Cuatro días a real y cuartillo hacen cinco reales. Toma, le dijo el patrón arrojando sobre la mesa dos pesetas y un diez en monedas de plata y dos centavos en cobre.

Con alguna dificultad las tomó el anciano con sus dedos sarmentosos; y amarrándolas con mucha calma y mano temblorosa en la punta de un pañuelo pringoso, salió enseguida, encorvado y jadeante.

-Pedro Juan Aguilera.

Y esta vez entró un rucio carantón, ñato y patilludo, especie de germano con poncho cariz y grandes ojotas.

-¿Cuántos días?

-Seis; toa la semana -contestó el roto, elevando el espeso bigote azafranado. Y por el obscuro boquerón que dejó al hablar, le relucieron unos dientes grandes como fichas de dominó.

-Seis días a real y medio son nueve reales. Ahí están.

Las tomó el gañán con sus manazas, tan pecosas y cubiertas de pelo que más parecían de animal que de cristiano. Sobó las pesetas una a una entre sus dedos cachiporrudos y examinó con desconfianza la última, acercándosela a un ojo de hosco mirar de jabalí. Le metió dientes enseguida y por último la golpeó sobre la mesa.

El señor Guzmán le lanzó una mirada furibunda, en la que relampaguearon los celajes de su ira comprimida, y gritó:

-¡José Juan Catrileo!

Como se demorara en aparecer el sujeto llamado, varias voces gritaron afuera:

-¡Catrileo; oye, vosteniño, Maulino, a vos te llaman ho!...

-El mesmo, aquí está -dijo entrando con las ojotas en la mano y los calzones de mezclilla remangados a la mitad de la nervuda pierna, un rotito moreno y barbilampiño, flexible como un puma y más arrogante que Caupolicán.

-¿Cuántos?...

-Su merced lo ha de ver, pues, contestó con desparpajo el interpelado, mirando sin pestañear al caballero.

-¡Te pregunto cuántos días has trabajado!... ¿Tú no lo sabes, badulaque?

-Ei los tiene apuntado en el papel ño Toribio, pues.

-Seis días, ha trabajado toda la semana -explicó el mayordomo.

-Seis días a real hacen seis reales -dijo el señor Guzmán, de malísimo humor, y barrió con la palma de la mano tres pesetas sobre la mesa, las que tomó el Maulino con las uñas y salió erguido como un gallo, con el ponchito tirillento amarrado a la cintura.

-¿Hace tiempo que trabaja en el fundo este hombre?

-Más de dos años, patrón.

-¿Y cómo se porta?

-No falla nunca, es cumpliorazo y pa la corta de espino es pión superiorazo.

-Auméntale a real y cuartillo su jornal.

Y llamó a otro.

-Pedro José Peñaloza.

Esta vez entró un hombre avispado de cara y todo ojos, porque los tenía muy abiertos y enarcadas las cejas, expresando en ellos algo así como una interrogación admirativa.

-¿Cuántos días? -preguntó don Salustio sin mirarlo, un codo sobre la mesa y apoyada en la mano la pensativa frente.

Como no contestara el peón y sólo dejase oír un ruido gutural extraño: «bu»... «bu»... «hua»... «hua»..., alzó irritado la vista, llenándose de asombro al ver que el sujeto, sonriendo y sin decir palabra, le mostraba por señas seis dedos de sus manos enarbolados como otros tantos palos de palitroque, soplando ruidosamente por la boca y abriendo mucho los ojos.

-¡Si es el mudo, señor! -se apresuró a decir tímidamente el mayordomo.

-¡Ah, no lo había conocido! Seis días a real y medio hacen nueve reales. Ahí están -le dijo el señor Guzmán, poniéndole en las manos su jornal. Era el mejor peón de la casa.

Mientras sigue pagando los peones digamos cual era el motivo de su gran enojo. Se debía al robo de animales que le venían haciendo en el fundo, del cual le habían sustraído ya tres terneras de las mejores, en menos de dos meses. El ladrón no podía ser otro que Ciriaco Contreras, célebre bandido colchagüino y terror de la comarca. Acostumbraba pedir dinero a los hacendados, «para un caso de apuro», vengándose de quienes no lo complacían, con robos de animales y otras fechorías de mayor calibre, como prenderle fuego a las sementeras.

A don Salustio le pidió dinero por escrito, pero éste se lo negó indignado, desoyendo el prudente consejo que le dieran sus amigos, por estimarlo cobardía.

Después del robo de la segunda ternera se encontró clavado en el tronco de un espino un cartel así concebido: «El que me l'ace me la paga». «Cumplo lo prometío». Y por toda firma una cruz.

Inútil resultaba todo intento de apresarlo, pues le daban oportuno aviso sus amigos y se ocultaba en las montañas boscosas del Huique, refugio impenetrable y sólo propio de fieras.

A tan legítimo motivo de enojo se agregaba la conducta de su primogénito, Justo Pastor, mozo calavera, cuya vida de tunante traía amargada la de sus honrados padres, cubriéndolos de vergüenza.

So pretexto de rastrear el robo de la última ternera, salió de a caballo una mañana, diciendo que no se llamaría como se llamaba si no daba con el ladrón o traía por lo menos el cuero de la res. Y eran pasados ya tres días desde que saliera y ni noticias se tenían de él, salvo las suministradas por el mayordomo, esto es, que se le había visto rondando por el pueblo, montado en el «Chiclán». Precisamente otra desobediencia y desacato a la autoridad paterna, pues don Salustio tenía dadas órdenes terminantes de que nadie ensillara el potro, reservado para el uso exclusivo de su silla. Supo además, por conducto fidedigno, que en la tarde del jueves había estado topeando y bebiendo en compañía de gente indigna en un bodegón de Cantarrana.

Pero lo que no sabía el caballero, que de saberlo arde Troya, era que el ladrón de la última ternera no había sido otro que su propio hijo, quien, sigilosamente, la sustrajo una noche del potrero de la engorda, conduciéndola amarrada a donde pronto lo sabrá el lector.




ArribaAbajo- II -

Se habían encendido las luces en la casa: velas de sebo y lámparas de parafina en el interior de las piezas, cuyas puertas permanecían cerradas. Un gran farol de latón colgado de un clavo en la muralla, proyectaba los rayos de su reflector por entre los naranjos del patio, y sus rastros de luz llegaban hasta el camino público. Otros faroles esparcían sus luces mortecinas en los patios interiores, tan débiles y vacilantes, que acrecentaban más la obscuridad en que yacía el resto de la casa, llena toda ella de medrosas sombras y silencio.

De vez en cuando algún ruido llegaba desde la cocina, de la cual salía un rayo de luz viva que cortaba la obscuridad del patio. Y se oía distintamente el chirrido de la grasa que hervía en la sartén, el golpeteo de una piedra de moler o los reniegos de la cocinera que atizaba el fuego.

-¡Zafa, intruso, y mándate cambiar, moledera, antes que te ajuste un garrotazo en el lomo! -gritaron, y una mujer, armada de una raja de leña, apareció detrás de un perro que, con la cola entre las piernas, salió más que ligero.

A poco rato gritó otra vez la cocinera, asomándose a la puerta:

-¡Juana del Carmen, dónde dejaste la olla colorera?... ¡Qué demontre de muchacha!... ¡Y tanto que se dilata esta china!

-¡Ya voy! -respondió una muchacha, saliendo a escape y a pata pelada de un cuarto.

-¡Vuelve luego, pues!... ¡No te demores!... ¡Ven a acabarnos de contar el cuento! -suplicaron varios niños, hijos de don Salustio, que sentados en sillitas de paja en torno de un brasero, oían con gran interés un cuento de la sirviente.

Cuando regresó Juana del Carmen, le dijeron:

-Sigue, pues, el cuento... Cierra la puerta.

-¿Dónde íbamos? -preguntó sentándose cruzada de piernas sobre la estera del suelo.

-Cuando la vieja bruja se estaba poniendo los betunes para convertirse en animal.

-¡Ah, ya me acuerdo! Bueno, pues. La vieja pícara se untó toíto el cuerpo y se convirtió en chivo, con unos cuernos retorcíos y unas barbas largasas y unos ojos coloraos y torcíos, que daban mieo, porque se parecía a los del diablo.

Los niños abrieron tamaños ojos y miraron asustados en dirección a la puerta, que empujaba el viento como si alguien quisiera entrar.

-No me gusta el cuento -dijo Rosita, niña de cinco años.

-No le hagas caso, sigue no más, Juana... ¿Por qué no te gusta el cuento?

-Porque no me gusta que salga el diablo...

-¿Pero no vez que es cuento? Sigue, pues, Juana.

-Dey no más se fue al trote el chivo a la majá de los corderos haciéndose la lesa la vieja pícara pa que no la conocieran, y se puso a mirar a los corderitos pa robarse uno y pa comérselo. El carnero paire que los cuidaba, toíto desconfiao, se le fue acercando poquito a poco, con la cabeza gacha, cuando ¡ijito e mi alma!, de repente no más el chivo se paró en dos patas y con la cabeza torcía, y a la mala, le ajustó un cabezazo en la panza que hizo ¡pum! y tiró de espalditas al carnero con las patas parás pa'rriba. Y dey los corderitos asustáos arrancaron a la imperdible, balando y guaniando tupiíto, como granizo, y se treparon a las pieiras y a los riscos a mirar la pelea.

Los niños celebraban con grandes carcajadas y golpeábanse las rodillas con las manos, mirándose los unos a los otros.

-¡Muy cochino el cuento! -dijo Rosita, que no había participado de la alegría de sus hermanos. Y como éstos se rieran con más ganas, se levantó con presteza y se retiró a un rincón, en donde se quedó plantada chupándose un dedo y mirándolos con enojo.

-Si la Rosa no quiere oír el cuento, que no venga, pues. No le hagan caso.

-Venga, misiá Rosita -le dijo cariñosamente la sirviente.

-¡No quiero y tú eres una tonta y todos son unos tontos! -contestó furiosa la chica, y les sacó la lengua.

-Ya está, pues, sigue no más, Juana.

-Entonces el carnero se levantó del suelo hecho un quique de enojao y le ijo al chivo: - ¿Qué venís de pelea? is que le ijo.

-¿Qué hablan entonces los carneros? -preguntó Sara (nueve años).

En los cuentos hablan, pues -le contestó su hermana María (once años).

-Yo sé que hablan los animales, ahora que me acuerdo. Misiá Manuelita (la preceptora) nos contó en la clase de historia sagrada que una vez habló un macho.

-No fue macho, tonta, fue un burro -corrigió María.

-Macho fue, y tú serás más tonta que no sabes nada ni aprendes las lecciones tampoco en la escuela -replicó picada Sara.

-¡Cállate, zonza! -le dijo María, y con el revés de la mano le tapó la boca.

Sara le dio un tirón de pelo, y la ofendida le correspondió con otro más fuerte.

-¡Ya se pusieron a pelear! -intervino Marcos (doce años) tomando la mano a María y sacudiéndosela con fuerza que soltó el llanto, y cubriéndose la cara con un brazo, se retiró a otro rincón, vuelta a la pared.

-¡Juana del Carmen -gritó la cocinera...- ¿Dónde dejaste el tacho?

-Ya voy... ¡Buena con la vieja!

De la habitación contigua llegó una joven de unos diecisiete años de edad, rubia y de formas espléndidas. Traía de abrigo un chalcito de lana granate, cruzando al pecho y atado atrás, y por la espalda le caía, hasta más abajo de la cintura, la maciza trenza de sus cabellos de oro con un lacito azul celeste atado en la punta. Se llamaba Marta y era la hija mayor de la familia Guzmán.

-¿Qué están haciendo? -preguntó a sus hermanos.

-Nos estaba contando un cuento la Juana del Carmen.

-¿Y por qué está llorando la Mariquita?

-De peleadora que es, pues.

-Yo no soy peleadora; la Sara me pegó primero -contestó María, con los ojos brillantes aún de lágrimas.

-¿Y la Rosita dónde está que no la veo?

Se sonrieron los muchachos y por seña le indicaron una cama detrás de la cual se hallaba oculta la chica. Marcos dijo en voz baja:

-Está taimada porque no le gustaba el cuento.

-No es verdad -contestó la aludida asomando la cabeza por encima de la cama, como movida por un resorte; y fijó en Marta sus grandes ojos pardos con dolorosa expresión de víctima y un pestañeo de los párpados, precursor de llanto, más fingido que verdadero.

-Venga mi linda! -exclamó Marta corriendo hacia ella, tomándola amorosamente en sus brazos y prodigándola mil tiernas caricias y dulces palabras.

La chica miraba a sus hermanos con expresión de triunfo.

-Yo le voy a contar a Ud. un cuento bien bonito -le dijo Marta sentándosela sobre sus rodillas, al lado del brasero.

Todos se aprestaron a oír el cuento. La joven comenzó así:

-Estera y esteras para secar peras; estera y esteritas para secar peritas; y estera una mamá que tenía cuatro hijos. Uno se llamaba Marcos, otra María, otra Sara y la otra, la más chiquita y regalona, se llamaba Rosita.

Al oír sus propios nombres reían y palmoteaban los muchachos.

-¿Y no tenían más hermanos? -preguntó Marcos.

-Si tenían, pero no entran en este cuento.

-¿Y tenían papá?

-Sí tenían, pero el papá y la mamá se habían ido a Santiago y los dejó solitos al cuidado de una hermana grandulota que los quería mucho.

-¿Y hay viejas brujas en el cuento?...

-No, mi Rosita.

-¿Y corderos cochinos?...

-Tampoco. ¿Por qué me pregunta eso?

-Porque la Juana del Carmen dijo que los corderitos guaniaban como granizos... ¡Tan cochina!

Los niños soltaron la carcajada, y Marta, sin poder contener la suya, cubría de besos los cabellos de su hermanita, estrechándola con ese cariño efusivo, casi maternal, que la hermana mayor tiene por la más pequeña.

Con un rápido movimiento se echó a la espalda a su hermanita, bien sujeta de las piernas, en tanto la chica le rodeaba el cuello con sus brazos. Y se puso la traviesa muchacha a dar saltos y cabriolas por el cuarto, como un caballo alborotado, tumbándola por último sobre la cama y quedando ambas deliciosamente abrazadas, pataleando y riendo con una alegría bulliciosa en la que se oían sonoros besos y ruidosas carcajadas, como si les hicieran cosquillas.

-Ahora -dijo Marta, poniéndose de pie -vamos a correr al patio. No se calienten tanto en las brasas, niños, que les van a salir sabañones.

Salieron en tropel. El patio estaba obscuro, sin más luz que la del farol colgado en uno de los corredores.

-¡A que no me pillan! -les dijo Marta, y emprendió la carrera dando vueltas por los corredores, seguida de sus hermanos. De atrás iba un perrazo blanco, «Palomo», que sin ser convidado no les perdía pisadas, dando ladridos y saltos.

Por momentos, se perdían todos en la obscuridad, oyéndose el traqueteo de sus pies y sus risas entrecortadas por la fatiga; apareciendo en la proximidad del farol, y viéndose entonces a Marta, siempre delante, su abrigo de lana en una mano y la hermosa y maciza trenza de oro batiéndole la espalda.

-¡Pillada! -exclamó Marcos tomándola de la cintura.

Marta, respirando fatigosamente, se dejó caer en un escaño, rendida de cansancio.

-¡Yo la pillé primero! -dijo Rosita abrazándose a sus rodillas y la última en llegar.

Después de un momento de reposo les propuso Marta formar el batallón como los soldados.

-Pónganse en fila por orden de edad. Tú, Marcos, primero; después la María, después la Sara, y la Rosita al último. Yo soy el capitán que manda.

-¿Y «Palomo» qué es? -preguntó María señalando al perro que los miraba con su cara de buen amigo, batiendo la cola y esperando órdenes.

-«Palomo» es el cabo -contestó Marta, y los muchachos soltaron la risa.

-¡Tan lindo, mi hijito! -le dijo Sara a «Palomo» y le abrazó la cabeza y lo besó...- Pórtese bien, pues, no venga a calzonearnos ni hacer disparates, ¿no?

Marchaban cantando:


«Mambrú se fue a la guerra,
mirontón, mirontón, mirontere,
no sé cuando vendrá,
si será por la Pascua,
mirontón, mirontón, morontere,
o por la Trinidad».

-¡Una cosa me ha tocado en la cara! -exclamó asustado Marcos... Aquí está en el suelo; es un murciélago.

-¡Ay, que feo!

-Parece un ratón con alas.

El murciélago había extendido el manto negro de sus alas, semejantes a las dos mitades de un paraguas.

-Llevémoslo a la cocina para mostrárselo a la Leocadia.

-¡Ya está!

-Ña Leocadia, aquí le traemos este pajarito... ¡Mire qué lindo!

-¡Si es un murciélago! -exclamó la vieja abriendo la boca de oreja a oreja... ¡Y tan feo! Por eso dicen que a estos animales los hace el diablo... Pásalo pa meterle un pucho encendido en los hocicos pa que lo veamos pitar y echar humo.




ArribaAbajo- III -

Mientras en la cocina hacían fumar al murciélago, con gran admiración de los niños, en la antesala de la casa, aún sin luz encendida, ni más claridad que la muy tenue que esparcía un brasero lleno de brasas, se distinguía vagamente una especie de bulto o fantasma. Fijándose bien podía verse que era un anciano, sentado e inmóvil, calentándose allegado al fuego.

El solitario viejo miraba los carbones encendidos, tocándolos de cuando en cuando con un palo que le servía de bastón. Y cada vez que los removía le iluminaba la faz un resplandor rojizo, dándole la apariencia de un demonio que surgía de la obscuridad. Y entonces se veía también un gato negro, apelotonado dormitando al lado del brasero.

Vino a sacarle de sus profundas cavilaciones una señora de noble figura, de aire bondadoso y serio, que apareció en la puerta conduciendo una lámpara encendida. Entró haciendo sonar sus suecos y un manojo de llaves que de la cintura le colgaba. Traía rebozo de lana y recogida su cabellera en una red de tupidas mallas.

Misiá Rosario, que así se llamaba, y era la digna esposa de don Salustio, colocó la lámpara sobre una mesa de arrimo y fue enseguida a sentarse en actitud de abatimiento frente al anciano, su padre. Sacó unos palillos y un ovillo de lana y se puso a tejer en silencio una labor comenzada con la paciente resignación y mansedumbre de la madre chilena, que no pierde su tiempo ni en las mayores tribulaciones.

-¿Qué le parece?, Justo Pastor no llega todavía... Estoy muy intranquila -dijo la señora mirando a su padre.

Quien no contestó palabra, y se quedó con los ojuelos clavados en las brasas.

Siguió tejiendo misiá Rosario.

Como oyera ruido de pasos en el camino real, se levantó a mirar, entreabriendo la ventana. Eran los peones que se retiraban después de recibido su jornal; los veía cuando cruzaban el pequeño espacio iluminado por la luz que proyectaba el farol. Luego de pasar el último, cerró, volviendo a su asiento, atenta a su labor, pero más atenta a todo ruido que llegase de fuera.

El viejo no daba señales de enterarse de nada. Y así siguieron en silencio, ella tejiendo y desahogando sus penas en hondos y entrecortados suspiros; él absorto, al parecer, en antiguos pensamientos y golpeando los carbones con su palo. Afuera, en las tinieblas de la noche, gemía el viento o batía con estrépito las puertas.

-¿Padre? -moduló en voz baja misiá Rosario, alzando tímida la vista.

-¿Hum!... ¿He! -murmuró entre dientes el interpelado como si volviera del otro mundo, y erizó los cuatro pelos de sus cejas, blancas como sus bigotes.

-¿Qué le parece?... No lo han encontrado por ninguna parte...

-¿Qué dices? ¿Qué cosa? -preguntó el viejo ya del todo despabilado, mirando con fijeza a su hija.

-¡Justo Pastor que todavía no llega!

-¡Ah! Sí. No te aflijas; son cosas de la mocedad.

-¡Qué le habrá sucedido a este niño!... Pudiera acordarse de su pobre madre para no hacerla sufrir así, o pensar en su padre, que es tan severo. Salustio anda muy enojado.

-Te digo que no te aflijas. Ahí llegará tan bueno y sano como otras veces. Nada puede sucederle, no es un niño, ni se dejará manosear de nadie.

-¡No haber mandado siquiera un recado que explicara su tardanza y nos sacara de cuidados... Le tiene poco apego a la casa, a la familia, padre, y busca pretextos para salir y juntarse con otras personas, cuyo trato prefiere al de los suyos.

-No hay tal falta de cariño a la familia -replicó animándose el viejo. Lo que hay, ya te lo he dicho otras veces, es que al muchacho le falta aquí un aliciente de vida; y es claro, se aburre encerrado en esta casa, donde tu marido, como amo absoluto de ella, no le permite iniciativa alguna. ¿En qué lo asocia? En nada. ¿Qué participación le da en sus trabajos? Ninguna. Salvo ocuparlo en cosas propias de un peón, mandándolo a ver si regaron los potreros, a decirle al carretero que ponga en la carreta los bueyes aguaneses, u otras comisiones de ese jaez, humillantes para tu hijo. Y el muchacho, que ya ha cumplido sus veinte años, tiene, como es natural, ansia grande de emancipación, de una vida propia. Esa es la ley de la naturaleza. El trabajo ennoblece la vida, pero ha de ser con la independencia del hombre libre, no con la servidumbre del esclavo. No te engañes, Rosario.

-Pero si ha de usar su libertad para hacernos sufrir y andar en malas juntas...

-¡Pero se te ocurre que se va a pasar pegado a tus polleras, rezando el rosario o esperando que le pongan el ulpo en la boca! ¡Vamos hombre, que hay cosas que...

No terminó su pensamiento, ajustándole un palo a un carbón humeante, que al partirse dejó escapar varias chispas, de las que una, de regulares dimensiones, fue a caer ardiendo sobre el petate, acudiendo presurosa misiá Rosario con las tenazas a recogerlo.

El gato dio un salto; y con el lomo arqueado y erizada la cola se trepó sobre una mesa y se quedó mirando al viejo con sus ojos malos de felino.

Este extraño sujeto, suegro de don Salustio Guzmán, era el famoso don José Antonio López, veterano ilustre de la Independencia, y un viejo pólvora, alto y seco de cuerpo que en lo nervudo y recio de su complexión algo tenía de la estampa ajamonada y tendinosa de don Quijote, contribuyendo a ello su nariz corva y sus ojitos grises de aguilucho, vivos y penetrantes, asaz despreciativos, siendo además corajudo como el ilustre manchego, no obstante su edad proyecta, pues pasaba de los 80 años.

Siempre gustó de la lectura, más no de los libros disparatados de caballería andante que le trastrocaron el seso al otro, sino de las historias verídicas que relatan los grandes hechos de los pueblos y pintan las hazañas de sus esforzados capitanes.

Se diferenciaba, además, del «Caballero de la Triste Figura» en su vestimenta, pues usaba largo y vistoso poncho, tejido en el Huique, sobre un levitoque con botones de metal, gorro de piel de coipo, metido de medio lado hasta las cejas, a la cosaca, y un palo de madera de tebo, duro como fierro, que rara vez dejaba de la mano: prendas de gentilhombre colchagüino que jamás se hubiese puesto el hidalgo castellano, ni que lo molieran a palos.

Su oficio habían sido las armas, a las que en mejores tiempos consagró su vida, conquistando fama de valiente y más de un jirón de gloria. Para don José Antonio, fanático del heroísmo militar, y chileno hasta los huesos, no había en el mundo entero capitanes como O'Higgins, San Martín, Carrera, Freire, Manuel Rodríguez, Las Heras; ni figuras más altivas que Caupolicán y Lautaro, ni patria como su patria chilena, a la que amaba con el culto ardiente del viejo soldado que la ha defendido con su sangre en los campos de batalla.

Representaba una época en que los hombres eran mejores y hacían vida sencilla y austera, siendo su más grande ambición la gloria.

Cumplida su misión y envainado el sable, reposaba al presente en el seno del hogar, buscando en medio de sus nietos dulce consuelo a sus quebrantos.

Con pasos quedos y sombrío rostro apareció don Salustio en la puerta de la estancia. Se quedó un instante contemplando a su esposa y a su suegro, y luego entró del todo.

-No es posible -dijo -que permanezcamos cruzados de brazos ante los robos escandalosos que está cometiendo el bandido Ciriaco Contreras, cuya audacia ya va pasando de raya. ¡Robarme tres terneras en menos de dos meses, el facineroso!... Es una vergüenza, una afrenta para nosotros que lo estemos tolerando con una resignación musulmana. Hoy mismo escribo al Intendente de la provincia pidiéndole el auxilio de la fuerza pública. Bastan unos cuantos soldados, a los cuales nosotros agregaremos algunos hombres más, armados y en buenos caballos. Y si es necesario, yo mismo me pondré a la cabeza de la tropa y muerto o vivo hemos de traer a ese bandido.

-¡Cómo vas a ir tú, Salustio, eso no, pues. Otras personas pueden hacerlo! -expresó misiá Rosario dirigiendo a su esposo una mirada angustiosa y suplicante.

-¿Quién! -exclamó con exaltación el señor Guzmán. ¡Qué no ves, Rosario, que aquí no hay nadie capaz de hacerlo y que hasta el subdelegado le teme porque el bandido lo tiene amenazado! Y como el subdelegado son los demás, que de cobardes prefieren congraciarse con el salteador, prestándole dinero y dándole la mano como a un caballero, cuando no son oportunos avisos para que se fugue y esconda. ¿De quién valerme entonces?

Oyendo hablar de estas cosas el veterano comenzó a erizarse todo, y oprimía el tebo recordando quizás episodios de montoneras allá en tiempos de los Benavides y Pincheiras, y miraba a su yerno con ojillos fosforescentes.

Después de una pausa continuó don Salustio desahogando la tormenta que en su pecho ardía:

-A ese badulaque de Justo Pastor se le ha visto ayer rondando el pueblo, y anteayer estaba en Cantarrana topeando a la vara de una chingana, en compañía de gente indigna, probablemente bebiendo. ¡Qué tal! A este paso, perdida ya toda vergüenza, pronto terminará de salteador, como Ciriaco Contreras.

-¡No digas eso, Salustio! -exclamó misiá Rosario, oprimiéndose las manos.

Don José Antonio salió a la defensa de su nieto, diciendo que las faltas que tanto exageraba su yerno, haciendo vaticinios temerarios, debían atribuirse a la juventud, de por sí inexperta y turbulenta. En la conducta de su nieto había más de locura que de maldad.

-Usted siempre lo disculpa, don José Antonio -manifestó con enfado don Salustio.

-¡Yo no lo disculpo, entiéndeme bien! -replicó con viveza el veterano. Lo que he dicho siempre y lo repito ahora, es que el muchacho tiene la sangre recaliente, cosa propia de su mocedad y de su temperamento. No me den a mí gente con horchata en las venas, aguachirles buenos para nada. Prefiero un tuno a un baboso... ¿Qué es algo arrebatado y levantisco? Cierto. Pero es valiente, generoso y caballero. ¿No se arrojó un día al río para salvar a la mujer del Toño, que se estaba ahogando?... ¿Te olvidas lo que hizo cuando lo asaltaron en Ligüeimo, defendiéndose solo contra dos y trayendo uno amarrado al pegual?... José Miguel Carrera fue lo mismo; su padre lo tenía por un desalmado. ¿Comprendes?

-Lo que yo comprendo, señor, es que Justo Pastor es un tunante y que si fusilaron a Carrera no sería por sus méritos...

-¡No me interrumpas, déjame hablar!... ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah!... Sí. También yo he sido joven y he cometido locuras y más de una tunantada. Así es la vida cuando se está en la flor de los años, que de otra suerte lo mismo daría ser un buey manso que a punta de picana abre un surco en un campo de estoquillales. Pero el muchacho, ¿qué tiene aquí? Nada; y falto de campo en qué ejercitar su actividad se aburre y se extravía.

-Me parece -expresó en tono irónico el señor Guzmán, que aquí no le faltaría campo, como usted dice, si quisiera trabajar y ayudarme en el fundo.

-¿Pero se te ocurre que ha nacido para arrear vacas?... ¡Ustedes tienen la culpa de que el muchacho se esté perdiendo!...

-Pero, padre, ¿cómo puede usted decir eso?

-Lo digo y lo repito -afirmó el veterano accionando con el palo de tebo.

-Se olvida, padre, de todo lo que hemos hecho por su educación, que hasta una beca le conseguimos en el Seminario de Santiago, y si no continuó sus estudios hasta ordenarse, como eran mis deseos, no fue por culpa nuestra, por cierto.

-¡Hasta ordenarse! -repitió en tono burlesco don José Antonio... ¡A quién se le ocurre hacer estudiar para cura a un mozo como un toruno! Te he dicho que no sirve para arrear vacas; pues sábete que tampoco sirve para cartujo, porque un nieto mío ¡canastos!, uno que lleva mi sangre, sangre de militar, ¿oyes?, no puede ser un rústico patán ni un monigote de sacristía. ¿Comprendes? No. Me lo imaginaba.

-Vamos a ver, ¿qué le parece que hagamos con él? Nosotros estimamos mucho su consejo -expresó don Salustio, interviniendo a fin de calmar la excitación de su suegro, temeroso de que cayera en una de las crisis violentas a que estaba expuesto cuando se le exasperaba.

Iba a contestar don José Antonio, mas se detuvo y le dejaron suspenso las voces de los niños, que pasaron marchando frente a la puerta y cantando a gritos:


«Cantemos la gloria
del triunfo marcial
que el pueblo chileno
obtuvo en Yungay».

Por la mente del veterano debió cruzar el relámpago de un recuerdo lejano, de su pasado glorioso, porque se alteró su rostro con una serie de gestos y convulsiones, enrojeciendo como si a boca de jarro hubiese recibido un fogonazo. De pronto se puso de pie con agilidad extraordinaria, y blandiendo el palo exclamó con atropellada voz, echando chispas por los ojos:

-¡Debieron meterlo a la milicia; sí, a la caballería, donde se prueban los hombres de coraje y puño firme. Yo le hubiera enseñado el manejo de las armas y a tirar un mandoble de alto abajo, cargando a la carrera sable en mano, pistola en la otra, machete de repuesto en la cintura. Y hubiera aprendido de mí a revolver el caballo entre los enemigos, atacándolos sin cuartel, de frente, de lado, por la derecha, por la izquierda, hasta desbaratarlos, segarlos y confundirlos!

Después de accionar con el tebo, como si tuviese al frente un enemigo imaginario, se sentó fatigado.

A la sazón aparecieron los niños agrupados en la puerta, diciendo que estaba chispeando y caían goterones. Marta exclamó entrando:

-¡Uf, qué calor! -Y se daba aire con una mano, teniendo en la otra su abrigo de lana granate. Fijándose en don José Antonio, agregó:

-¿Por qué está tan agitado el abuelito?

Y fue a abrazarlo y se le sentó en las rodillas echándole un brazo al cuello mientras que con la otra mano trataba de arreglarse los desordenados cabellos rubios que le caían por la blanca frente.

-Creo que ya es hora de comer -manifestó la señora, saliendo en dirección del comedor, seguido de cerca por su esposo; y llamó a los niños.

Dulce bálsamo fueron para el abuelo las caricias de su nieta regalona. Manso y domesticado ya como un cordero, la abrazó tiernamente envolviéndola en su poncho y acariciándole la trenza y la mano, que le besó enseguida dulcemente.

Encantador era el grupo que formaban ambos, deliciosamente entrelazados, semejando al rosal florido de graciosa forma y que en un rincón del huerto trepaba sobre un viejo muro de la casa prestándole el encanto incomparable de su delicada gracia juvenil; o al jazmín oloroso del corredor amorosamente abrazado al pilar de roble secular.

-¿Vamos, abuelito? Nos espera la sopa calientita -dijo la niña poniéndose de pie. Y tomándose del brazo del anciano lo condujo blandamente al comedor.

Abundante y sana fue la comida. Después de una sopa de pierna de carnero, servida hirviendo a borbotones en una fuente de greda, comieron un gran puchero aderezado con lonjas de tocino y otros variados y apetitosos aditamentos. Se siguió el charquicán de legítimo vacuno, un asado de cordero a la picana, y el consabido plato de porotos bayos rancagüinos.

Durante ella, don Salustio, reconcentrado y mudo, no cambió más palabras que las de un reprimido mal humor. Doña Rosario hacía platos o comía en silencio. Marta cuidaba del abuelo, sin olvidarse, por cierto, de servirle un vinillo añejo del exclusivo resorte del veterano. Los niños se comunicaban entre sí por señas o cuchicheaban en voz baja mirando a su padre de reojo.

No fue alegre la comida, ni podía serlo en aquellas circunstancias. Tampoco lo eran casi nunca, debido al carácter del dueño de casa, autoritario y dominante.

Pertenecía don Salustio Guzmán a esas familias de antigua cepa y rancias costumbres coloniales, netamente chilenas, que vivían arraigadas en provincia formando una especie de nobleza agraria, y en cuyas manos estaba la riqueza casi única del país, vinculada al cultivo de sus feraces tierras.

Educado a la antigua, del tiempo en que los hijos trataban de Su Merced al propio padre y le besaban la mano en señal del vasallaje, jamás se permitía con los suyos intimidades familiares, estimando que la mucha confianza relaja la obediencia en menoscabo de la autoridad paterna y del respeto que se le debe.

No obstante, amaba a sus hijos con amor entrañable, viéndosele palpitar en el fondo de sus pequeños ojos zarcos cuando alguno caía enfermo, o, cuando inmóvil y en silencio, se detenía a contemplarlos en sus juegos infantiles.

En política era un montvarista acérrimo, partidario convencido del principio de autoridad y de los gobiernos de mano de fierro. Por lo demás, abominaba de las democracias, calificándolas de chusmas perturbadoras y anárquicas. Sentimiento y opiniones que como jefe de la familia y patrón de sus inquilinos ponía en práctica con rígida severidad, aunque no exenta de justicia.

El gran respeto, más bien dicho, el miedo que sus hijos le tenían los retraía de acercarse a él. En cambio buscaban, ávidos el cariño, el regazo de la madre, querendona y buena, o el trato del abuelo, dispuesto siempre a defenderlos, que les daba juguetes y golosinas y les contaba cuentos.

-Cuéntenos, abuelo, una guerra con los godos -le decían los muchachos trepándosele a caballo en las piernas y agarrándose firmes, sabiendo lo que iba a suceder.

Don José Antonio ponía una cara fiera, erizaba las cejas y comenzaba a matar godos sacudiéndose con violencia y tirando al suelo a sus nietos, los sarracenos que caían dando pataleos, gritos y carcajadas.

Lo idolatraban. ¡Cuán verdadero es aquel proverbio: «Quien no ha conocido abuelo, no sabe de bueno»!

Alzados los manteles, misiá Rosario golpeó las manos llamando a toda su gente a rezar el Santísimo Rosario.

Don Salustio salió a pasearse al corredor de la calle, fumando su cigarrillo de hoja y en espera de sus contertulios de malilla, que no tardarían en llegar.




ArribaAbajo- IV -

Efectivamente, luego aparecieron en el camino público tres personas con sendos faroles encendidos, largos ponchos de castilla y facha de penitentes. Eran don Baldomero Valencia, subdelegado del pueblo, el cura párroco don Cayetano Peralta y su sobrino Eduardo Ruiz.

Los recibió cortésmente el señor Guzmán y después de los saludos de estilo se encaminaron a la antesala, donde ya estaba preparada la mesa malillera.

Sin acabar de sentarse estos personajes, apareció en la puerta un sujeto que dijo:

-¡Buenas! -y se entró como Pedro por su casa, con un modo despabilado y confianzudo.

-¡Y santas! -le contestó el cura sin mirarlo.

Era don Nicolás Pérez, tendero y el cuarto comensal de la malilla; sujeto que en lo moreno y reseco parecía una quirinca de espino.

-Casi no vine -dijo-. Como estaban cayendo goterones creí que llovería.

-Por poca cosa se desanima Ud. don Ñico -le contestó el cura, cuya voluminosa estampa y cara mofletuda hacían contraste con la flacura de lagartija disecada de Pérez, el cual replicó:

-¡Hombre, con el tiempo que hace y norteando que da miedo!...

-No creo que llueva tan pronto -expresó don Salustio.

-Sin embargo, señor, suele llover cuando menos se piensa -agregó el subdelegado con una gravedad risible.

El sobrino del cura, que no jugaba, allegó su silla detrás del tío para ver el juego.

Cortésmente le dijo don Salustio:

-Tuve mucho gusto de saber por don Cayetano que el accidente ocurrido a su padre no fue grave. Cuando le escriba felicítele y también por el rendimiento y calidad de su cosecha.

-Gracias, señor, mi padre agradecerá mucho sus saludos y felicitaciones -contestó el joven vivamente emocionado.

El padre del joven Ruiz, a quien tan finos recados enviaba don Salustio, era don Facundo Ruiz, el huaso Ruiz, como le llamaban: un hacendado de Yaquil, hombre rústico por demás y tan montuno y serrano que al primer diucazo ya estaba de a caballo en traje de campañista recorriendo montes, quebradas y llanos, acompañado de una cuadrilla de perros de todos tamaños y pelajes, dando sus órdenes a gritos o a pencazos, por cuestiones de terrón más o terrón menos.

Era viudo de una hermana del cura don Cayetano y no tenía otro hijo que Eduardo, a quien hacía estudiar abogacía en Santiago, esperando que habría de darle lustre al apellido y defenderle los pleitos que por deslindes y agua le ponían sus vecinos.

El interés manifestado por el dueño de casa preguntando por él y enviándole felicitaciones, eran meras formas de urbanidad y cortesía, pues una antigua y enojosa cuestión de regadío les tenía agriados. Un pequeño fundo de don Salustio deslindaba con la hacienda de don Facundo, quien para regar unos terrenos altos hacía tacos que rebalsaban el agua inundando parte del fundo del señor Guzmán con grave prejuicio a sus intereses. Y de ahí el origen de una situación vidriosa y de un cambio de cartas y recados, sosteniendo sus derechos cada cual; en forma culta y moderada de parte de don Salustio, intransigente y dura del otro bando.

Mientras el subdelegado daba las cartas, distribuyéndolas por montoncitos que arrojaba frente a cada jugador, le preguntó al estudiante si pensaba permanecer algunos días en el pueblo.

-Solamente dos días y de paso para Santiago, salvo -agregó sonriendo -que mi tío y padrino se aburra antes conmigo...

-¡Hombre, qué disparate estás diciendo! -exclamó el cura, con el brazo en el aire y una carta en la mano. Y acto continuo tiró un arrastre de malilla.

A don Ñico se le descompuso la cara, miró al cura, y arrojando su carta dijo enfadado:

-¡Me pilló el as en pelota!...

Se rieron con gozo celebrando la jugada, menos don Ñico, a quien no le hizo maldita la gracia y disimulando mal su despecho se rascaba la cabeza con un dedo.

No era seguramente por el tío cura por quien se quedaba en el pueblo el sobrino, ni muchísimo menos por asistir de mirón al juego de malilla en casa del señor Guzmán. Otro gancho había en el pueblo muchísimo más atractivo que la cara campechana del buen cura y los arrastres de malilla que a don Ñico le hacían tan poca gracia.

Y el atractivo estaba precisamente en casa de don Salustio, cosa que luego pudo verse al aparecer Marta en la puerta, acompañada de su madre. A su vista palideció Eduardo, pareciéndole que se alumbraba la estancia, y se levantó a saludarlas.

Le hizo una acogida cariñosa la señora, terminando por invitarle a jugar una partida de brisca en compañía de Marta, que permanecía silenciosa y reservada.

No podían haberle hecho una proposición más de su agrado.

En la pieza contigua arregló Marta una mesita, y a ella se sentaron a jugar en dulce intimidad, al calor de un brasero y a la suave luz de una lámpara con pantalla, colocada sobre la mesa.

Madre e hija llevaban puestos mitones de abrigo, chalón de terno la señora y la muchacha su punta granate de lana, sobre la cual le caía por la espalda su hermosa trenza de cabellos rubios.

Mientras jugaban, la miraba el estudiante embelesado, cometiendo a cada instante mil renuncios y chambonadas.

Tenía Marta una frescura de rosa y unas pequitas en la cara por debajo de los párpados, que lejos de afearla, como ella creía, la agraciaban. Sintiendo fijos los ojos del joven curioseándole la cara, pensó eran las pecas las que le miraba; y avergonzada se cubría con las cartas.

¡Inocente!... Deliciosas se las encontraba el mozo, y en lo que precisamente pensaba era en que se las hubiese comido a besos, una por una, de buena gana.

-Son bastos los jugados, Eduardo, no renuncie -le dijo misiá Rosario.

-Tiene razón, señora, no me había fijado -respondió el joven rectificando la jugada.

Eduardo Ruiz fue criado por el cura, a quien se lo entregó su padre luego de quedar viudo, diciéndole que se hiciera cargo del huachito y le enseñara el silabario y la doctrina cristiana, preparándolo para enviarlo más tarde a estudiar a Santiago.

Por tal motivo el hijo de don Facundo residió en Santa Cruz hasta su adolescencia, fue compañero de Justo Pastor, de su misma edad, con quien se veía diariamente y jugaban ya en casa de los Guzmán, ya en la casa parroquial o en la plaza. Hacían mil diabluras en el pueblo, se entraban a los huertos a saquear los árboles frutales o se largaban por los potreros a torear vacas y a montar potrillos. Eran unos barrabases que no le tenían miedo a nada ni a nadie, a pesar de los muchos azotes que recibieran. A Eduardo le decían el «ñato» por no ser muy favorecido de narices, y también «el sacristán» porque ayudaba a misa y repicaba las campanas.

Con todo, don Cayetano adoraba a su sobrino, a quien llamaba «sobrindio», asegurando que por sus venas corría mucha sangre araucana y que su padre, don Facundo, no era más que un puro cacique, no del todo civilizado. Y con estas bromas se reía el alegre cura.

-Oye, sobrindio -le dijo a la hora de comida una noche que quiso tantearle el coraje- anda a la sacristía y me traes la botella de vino añejo que está detrás del altar, sobre la mesa donde hay una calavera, al lado de las vinajeras.

El muchacho que era vivo como la pólvora, se levantó inmediatamente de su asiento.

-¿Te animas, sobrindio?

-¡Claro que me animo!...

-Lleva la vela, mira que está muy obscuro y puedes tropezar.

Un momento después regresaba Eduardo con la botella de vino.

-Gracias, muchacho... ¿Y no le tuviste miedo a la calavera?

-¡Se movía, tío, cuando alumbré con la vela!...

-¿Cómo que se movía hombre? -exclamó don Cayetano asombrado.

-Salió una laucha de adentro de la calavera, tío...

Al cura le dio una risa estrepitosa, interminable, que casi lo sofocaba, tosiendo, expectorando, llorando, oprimiéndose a dos manos el vientre o apoyándose en los muebles.

Cuando Eduardo venía a jugar a casa de Justo Pastor, Martita, tres años menor que ellos, no se mezclaba a sus juegos. Juguetona con los suyos, era retraída con los extraños. Se diría orgullo, en realidad era pudor. Tenía una gran dulzura y un no sé qué de distinción en toda su persona. Eduardo era tímido con ella y sentía una emoción ruborosa en su presencia. Se le imaginaba ser la princesita encantada y rubia de los cuentos de hadas, destinada por «Su Sacarrial Majestad», su padre, a un príncipe extranjero, encantador, o al valeroso mancebo que diese muerte a la sierpe de las siete cabezas que asolaba el reino. Y él quisiera darle muerte a la sierpe, cortarle las siete cabezas y con ellas envueltas en un pañuelo presentarse al rey, y vaciándolas por el suelo y poniéndose de rodillas pedirle la mano de su hija. «Palabra de Rey no puede faltar».

Queriendo impresionarla adoptaba ademanes litúrgicos cuando ayudaba a misa, e iba solemne en las procesiones, adornado con una sobrepelliz muy larga, balanceando el viejo incensario de plata, haciendo sonar las cadenas y empeñado en echarle mucho humo a don Cayetano. De cuando en cuando miraba de reojo a la concurrencia.

Un día que el hijo del boticario dijo la rucia pecosa, refiriéndose a Martita, le increpó indignado su atrevimiento; y palabras van, palabras vienen, se agarraron a chopazos.

En otra ocasión se encontraban con Justo Pastor y otros muchachos en el potrerillo de las casas del señor Guzmán y se desafiaban entre ellos a montar un potrón chúcaro que un sirviente tenía sujeto del bozal. Ninguno se atrevía a hacerlo.

Marta, acompañada de su padre, apareció en la puerta de tranca.

-Yo lo monto -dijo Eduardo, sujétenmelo bien. Y poniendo el pie en el estribo, ligero como un pájaro, se lanzó sobre la cabalgadura, tomándole la brida y oprimiéndola entre sus piernas.

El bruto se estremece todo, se alza sobre sus patas traseras, agita la cabeza a grande altura, y luego la hunde casi en el suelo tirando coces en el aire, da mil violentos corcovos y parte enseguida como una flecha.

-¡Agárrate, ñato! -le gritan sus compañeros, riéndose de la figura que hace con los pantalones subidos más arriba de las rodillas, sin sombrero y saliéndosele la camisa por la cintura.

-¡Qué imprudencia! -decía don Salustio; en tanto Martita, muy pálida, estaba con el aliento suspendido.

En uno de los corcovos fue disparado lejos el jinete, cayendo malamente al suelo, donde quedó aturdido. Acudiendo a la carrera le alzaron los compañeros y después de lavarle la cara y de curarle una herida, lo condujeron tomado de los brazos a casa de su tío.

Con todo, la princesita no daba muestra alguna de interesarse por él, ya fuese una sonrisa, una mirada que le hiciera concebir un átomo de esperanza, permanecía indiferente a todas las hazañas que hacía por conquistarla, aún con riesgo de la vida. No le era simpático el hijo del huaso Ruiz, ¡ni le gustaban los sacristanes!...

Eduardo fue enviado por su padre al colegio del loco Araya célebre en esa época por su régimen espartano; y al mismo tiempo ingresó Justo Pastor al Seminario.

Desde entonces no vio a Marta por muchos años y fue borrándose su recuerdo, o se reía de aquellos amores de niño.

En las vacaciones últimas se detuvo varios días en casa del tío y la vio y fue grande la impresión que le produjo. -¡Qué muchacha más linda! Bien aseguraba el tío cura que estaba como un sol!

Idéntica impresión de sorpresa recibió Marta: El hijo del huaso Ruiz era todo un gallardo mozo, de nariz un tantico chica pero llevada con gracia picaresca sobre un mostacho negro y sedoso, de puntas levantadas, que unido a una perilla a lo mosquetero, le daba un aire gentil y resuelto de héroe de novela caballeresca.

-¿Y todavía me dice «sacristán»? -le había preguntado Eduardo sonriendo y mostrando sus dientes fuertes y albísimos, la primera vez que se vieron.

-¡Ah, no, qué ocurrencia!... -respondió ruborizada la muchacha. Y pensó: «Si acaso él me llamará rucia pecosa todavía».

Hicieron muchos recuerdos de la infancia, y recordándolos se rieron. Desde entonces el joven Ruiz no perdía ocasión de ver a Marta, cuya sola presencia le producía una emoción muy honda, que expresaba mirándola apasionado con sus grandes ojos negros.

Entretanto en la brisca seguía el mozo cometiendo cada vez mayores chambonadas.

-¡Otro renuncio! -le dijo misiá Rosario. Fíjese que son oros los jugados... ¿Qué tiene que está tan distraído?

-También se le olvidó apuntar el veinte de copas -indicó Marta sonriendo y dándole una rápida mirada con sus ojos azules luminosos.

-¡De veras, se me había pasado!... Gracias, Marta. ¡Si soy muy torpe!

Lo que tenía el sobrino del cura era que ya no distinguía las copas de los oros a causa de lo que estaba haciendo con su hermosa trenza la muchacha. Se la había pasado por encima del hombro y jugaba con ella, llevándosela a las mejillas y a los entreabiertos labios de rosa, mostrando en ellos sus dientecitos blancos.

¡Qué muchacha más linda! pensaba el estudiante, sin saber si de inocente o de pícara lo hacía, por innata y femenina coquetería. Pero lo que se puede asegurar como bien cierto es que la traviesa niña estaba matando a pausa al hijo de don Facundo.

Las once de la noche serían cuando se retiraron los jugadores, y se fueron por el camino hablando de las incidencias del juego. Don Ñico dijo haber perdido veinte reales; también había perdido don Salustio. Los gananciosos resultaban ser don Baldomero y el cura.

-¡Hombre, están cayendo goterones; va a llover esta noche! -expresó don Ñico mirando al cielo. Y a propósito, agregó: -¿Qué tendría don Salustio que estaba tan ensimismado?¿No lo notaron?

-Cosas de su hijo Justo Pastor -respondió el subdelegado.

Se separaron en la plaza, y tío y sobrino se entraron a la casa parroquial.






ArribaAbajoCapítulo II

Antaño



ArribaAbajo- I -

Amaneció lloviendo por pequeños chubascos. El cura, como de costumbre, se levantó temprano. Era domingo y decía la misa a las diez.

Eduardo, acordándose de sus tiempos se subió al campanario a repicar las campanas, cuyos sonidos, pensaba, oiría Marta, sin sospechar que era él quien la llamaba. Desde lo alto y por encima de las huertas del pueblo dirigió su vista hacia la casa de Marta. ¿Vendría lloviendo? Vino con la mamá y sus hermanitos en el coche de la familia.

La esperó en la puerta de la iglesia. Marta pasó haciendo una ligera venia. Terminada la misa fue a colocarse a la salida con la esperanza de hablarla.

Venía rodeada de sus hermanitos, conduciendo de la mano a la menor. Se detuvieron antes de partir y se acercó Eduardo a saludarlas. Misiá Rosario le preguntó si no les llovió cuando regresaron de su casa. Él dijo que no, que eran simples goterones, aunque estaba muy obscuro y hacía muchísimo viento.

Mientras hablaba sus ojos tropezaron dos o tres veces con los de Marta, que estaba al parecer más ocupada de los niños que del joven, porque no se separaba de ellos, acariciándoles o arreglándoles el vestido. Entregó a Rosita una moneda, diciéndole despacito:

-Tome, désela a ese viejito que pide limosna.

Corrió la chica a depositarla en el sombrero que tendía en una mano el pordiosero.

-Dios se lo pague, mi señorita, y le dé el cielo y la gloria.

Sonriendo volvió Rosita al lado de su hermana:

-Dice que muchas gracias y que Dios lo pagará.

Al tomar el coche misiá Rosario dijo a Eduardo:

-Vaya esta noche al juego de malilla; Ud. jugará brisca con nosotras para que no se aburra y darle desquite.

Dio las gracias Eduardo, prometiendo que de ningún modo faltaría. Y otra vez se encontraron sus ojos con los de Marta, que ella desvió casi inmediatamente; no tan ligero, sin embargo, que no alcanzara a notar la expresión de ternura casi suplicante del joven, sonriéndola con tristeza.

Partieron y el estudiante corrió al campanario, subiendo la escalera de cuatro saltos y desde arriba alcanzó a divisar el coche que con su preciosa carga iba ya llegando a la casa.

El viento al chocar con las campanas, cantaba un lamento interminable y triste. El sol, rompiendo las nubes en un retazo azul, se asomó por aquel portillo lanzando sus rayos, que corrían por el suelo en débiles y pálidos jirones de luz.

Y ahí estaba soñando en sus amores cuando vinieron a despertarle las voces de don Cayetano:

-¿Qué haces ahí, hombre?... Baja que es hora de almorzar.

La tarde la pasó como alma en pena sin encontrar reposo a su impaciencia. No le quedaba más remedio que aburrirse y desesperarse en aquella pobrísima aldea, cuyos escasos habitantes hacían en invierno, faltos de trabajo, vida sedentaria y perezosa, encerrados en sus casas, ya durmiendo la siesta o bostezando con cara embrutecida y soñolienta, ya pita que pita o tomando mate arrimados al brasero.

Sólo las riñas de gallos, las carreras de caballos o las remoliendas en celebración de algún santo, tenían el privilegio de sacarlos de su letargo y entusiasmarlos, traduciéndose su entusiasmo, en ocasiones, en quimeras sangrientas.

Después de entrar y salir varias veces de la casa parroquial, se echó a recorrer la aldea por todos sus callejones y contornos, deteniéndose emocionado ante aquellos sitios que evocaban sus recuerdos inolvidables de niño: la escuela, el cementerio, el puente sobre el estero, entre sauces y pataguas. Y fuera del pueblo ya, se puso a mirar por entre los álamos de la orilla del camino los potreros verdes, llenos de espinos y matorrales silvestres, en los que crecía el cardo negro, brillaba el agua en las charcas y pastaban mansos bueyes en los prados.

De regreso de su excursión, a eso de las cuatro de la tarde, divisó en la plaza un grupo de personas que bajo los corredores de la casa de don Baldomero jugaban con mucha animación a la rayuela.

Se llegó a ellos y se puso a mirar.

La partida estaba empeñada entre el subdelegado don Baldomero y don Florindo Fuentes por un lado, siendo sus contrarios don Ñico Pérez y don Teodoro Latorre, boticario. Público de mirones había numeroso. Jugaban a ocho puntos y cuatro reales por barba; zapatero pagaba doble.

-Levantamos dos puntos -dijo el subdelegado recogiendo los tejos, unas monedas de cobre de centavo y medio limadas por uno de los cantos.

-Dos y cinco que llevábamos son siete -expresó don Florindo. Y agregó alegremente: -Capilla, señor. ¡No hay capellán que no muera!...

-Por cinco que llevamos nosotros. ¡No las tengan tan segura! -indicó don Ñico, y tiró el primer tejo, prestándole mucha atención y cerrando un ojo como si hiciera la puntería.

-¡Buen punto, compañero; el otro lo mismo y la ganamos!

-Allá va; levánteme esta quemada, compañero -dijo y tiró el segundo tejo después de calentarlo con su aliento.

-¡Quemada! -gritó el boticario zapateando y agitando los brazos.

-No es quemada, señores; punto bordeado no más -expresó el subdelegado autoritariamente.

-¡Quemada es y apuesto ocho a cuatro, tontera! -vociferó don Ñico.

-¡Pero hombre, ni ciegos que estuvieran!... ¡No es quemada! -le replicó don Florindo.

Se agruparon y se agacharon todos a mirar, acercando las narices al suelo. Las opiniones también estaban divididas entre el público de mirones. Uno de ellos dijo:

-Soplen la raya y córranle tejo.

-A ver Ud., Eduardo, córrale el tejo... ¡Con cuidadito, pues, amigo!

El joven Ruiz hizo a conciencia lo que le pedían.

-¡Se movió; quemada es!...

-¡La movió con el dedo!... ¡Trampa, no vale, no aguanto! -decía don Florindo agitándose como un energúmeno.

-¡Tengo quemada y no me la despinta nadie! ¡Yo no me dejo robar la plata! -vociferaba don Ñico, furioso, metiéndole los dedos en los ojos a don Florindo.

Éste, sulfurado, le contestó:

-¡La quemada la tenís vos en la callana!... ¡Y a mí no me venís con amenazas, mulato!

Se rieron los circunstantes y se amostazó don Ñico, que era más que medianamente moreno. Pero no se quedó con la píldora adentro, porque tartamudeando de rabia contestó a su ofensor:

-¡Pe... pe... ro yo no soy un sinvergüenza, co... co... como vos bien lo... lo... lo sabís, trompeta!

Eduardo se retiró discretamente.

Llegó por fin la hora para él tan deseada de ir a casa de Marta; y a ella se encaminaron poco después de comida tío y sobrino, bien pertrechados de gruesos ponchos de abrigo y sendos faroles encendidos.




ArribaAbajo- II -

Entretanto en casa del señor Guzmán habían acontecido sucesos extraordinarios, como lo verá inmediatamente el lector.

Acababa de sentarse a la mesa la familia cuando un hombre penetró al huerto de la casa, saltando por encima de la tapia. Oculto detrás de unas matas de palqui se quedó un breve instante prestando oído.

Sólo el viento rumoreaba en las alturas como un clamor lejano, gemía en el alero del tejado y lloraba en el pequeño campanario. Por momentos descendía de golpe al interior de la casa y como una cosa viva circulaba por patios y corredores dando aletazos en los pasadizos, estrellándose en los rincones, y silbaba en las cerraduras de las puertas, empujándolas, remeciéndolas como si manos invisibles las tocaran.

Después de cerciorarse de que nadie lo había visto, se dirigió a paso de lobo en dirección a la casa, cuya puerta de comunicación con el huerto abrió maniobrando por debajo con un palo y sacando la tranca que la sujetaba por dentro. Asomó la cabeza, miró a todos lados y no sintiendo ruido alguno y andando en la punta de los pies se escurrió por un largo y estrecho pasadizo que conducía a la bodega, la que abrió con una llave ganzúa, evitando con mucho tiento que rechinaran los goznes mohosos de la puerta. Una vez dentro encendió un cabo de vela que sacó del bolsillo, y alumbrándose con ella se metió por entre las vasijas. Eran éstas unos enormes toneles erguidos como torres sobre base de adobes, y unas tinajas panzudas de aliento alcohólico, sentadas en el suelo en la actitud hierática de ídolos de Buda, graves, reposados y dignos. Una de ellas resoplaba con intermitencias por su boca tapada con barro, arrojando espuma, vomitando como un borracho el fermento de sus entrañas.

El recinto debía serle bien conocido al visitante, a juzgar por la seguridad con que iba por entre las pipas y la certeza con que llegó a la que buscaba: la del vino añejo. La alumbró con el cabo de vela y le dio unos golpecitos con los nudillos, sonriendo al comprobar que estaba casi llena.

Con un mate, hecho de la mitad de una calabaza y que encontró a mano, sacó una buena porción del generoso vino y apurándolo de un trago dijo: -«¡Rico está!; de éste me llevo una cuerada!», y se enjugó los labios con la lengua.

Se puso a buscar un odre. No encontró ninguno, por más que registró hasta en los rincones donde cantaban los grillos y se descolgaban del techo las arañas bajando y subiendo por sus hilos como maromeros de circo, alarmadas con el importuno visitante que en mala hora venía a interrumpirles el dulce sosiego en que yacían.

Sólo encontró un cántaro, que por estar roto no le servía para el caso. Se sentó contrariado sobre un adobe a meditar lo que haría.

Al resplandor de la vela que le iluminaba la cara, podía verse que era un mocetón de pelo rubio y ojos azules, con una cabezota sobre un cogote de toruno. Iba cubierto con un poncho de lana, y tenía gran parecido con don Salustio Guzmán, debiéndose a que era su propio hijo, Justo Pastor, como el lector quizás ya lo habrá sospechado.

De repente se acordó que en la despensa había un odre y aunque era peligroso ir a buscarlo, tomó por fin la resolución de hacerlo, diciéndose: «A Roma por todo»... «Hombre cobarde no goza mujer hermosa»; y se sacó los zapatos.

A media comida estaría la familia cuando los perros de la casa se pusieron a ladrar con fuerza, y a poco oyeron en el patio las pisadas muy quedas de alguien que en voz baja trataba de acallarlos nombrándolos: «Nerón»... «Diana»... «Calchona»... ¡Pist!... ¡Pist!... ¡Quieta!... ¡Quita!... ¡Topete!...

-¡Justo Pastor! -exclamó don Salustio arrojando su servilleta. Y con un movimiento brusco rechazó la silla, se puso de pie y salió precipitadamente a mirar a la puerta, seguido de su esposa.

-¿Quién es? -gritó tratando de ver en la obscuridad.

Silencio absoluto. El visitante se hizo el muerto.

-¿Quién anda ahí que no contesta? -interrogó de nuevo el caballero, avanzando hacia el patio.

El mozo trataba de escabullirse andando en puntillas y tirándoles manotones y patadas a los malditos perros, que le seguían dando saltos y gemidos.

-Soy yo, padre; no hay cuidado... ¡Quítate, perro de miéchica! (patada a «Nerón»).

-¿Por qué te ocultas?... ¡Ven acá, acércate!

Con pies de plomo y aire solapado se fue acercando poco a poco y receloso.

-¿De dónde vienes, que te presentas a estas horas, sin obedecer mis órdenes ni tomar en cuenta para nada las angustias de tu madre?

-Andaba campeando la ternera robada, pues, padre.

-¡Y te demoras cuatro días en regresar a casa, y llegas a pata pelada ocultándote como los ladrones!

-Es que después me fui a buscarlo a él, pues, padre; y como me dolían los pies me saqué también los zapatos, pues, padre.

-¿A quién fuiste a buscar?

-A don Ciriaco, pues, padre.

-¡Y lo llama don Ciriaco este badulaque, como si el bandido fuese un caballero! -exclamó fuera de sí don Salustio.

Y con mano rápida le tiró un zarpazo a la cara. Y agarrándolo enseguida del cuello lo sacudió con violencia, desgarrándole la manta y la camisa.

-¡Suélteme, padre!... ¡suélteme, le digo!...

-¡Déjalo, Salustio, no le pegues! -murmuró como en un sollozo la señora, interviniendo en defensa de su hijo.

-¿Qué no castigue a este sinvergüenza?... ¡Toma, badulaque! -dijo furioso el caballero y de una bofetada en la cabeza le disparó lejos el sombrero, haciéndole bambolearse.

-¡No me golpee, padre; no me golpee, le digo! -decía Justo Pastor barajando y retrocediendo.

-¿Qué haces, Salustio? -protestó el veterano poniéndosele de frente y blandiendo el palo.

-¡Castigarlo como merece!... ¡Y ahora de patas al cepo y a pan y agua!... Y retírese Ud. don José Antonio, que yo sé lo que hago.

El cepo de que hablaba era uno que tenía en la casa desde el tiempo en que fue subdelegado, sirviéndole para aprisionar de los pies a los ladrones.

Oyendo nombrar semejante instrumento de baldón y de tortura, misiá Rosario puso el grito en el cielo, diciéndole a su esposo que no afrentara a su hijo castigándolo ignominiosamente como a los criminales. A sus ruegos suplicantes se unían los gritos iracundos del veterano, las súplicas de Marta, que llorando se abrazó a su padre, y los alaridos de los niños, muertos de miedo, creyendo que el papá quería matar «al pobre Justito».

Blandeó el irritado caballero y soltó a su hijo. Y viéndole con el testuz abatido, ya sumiso y domado, atenuó el castigo, contentándose por lo pronto, mientras resolvía lo que haría después, con encerrarlo en el cuarto de las cecinas, a obscuras y bajo llave, hasta nueva orden.

Hecho lo cual, a lo que el delincuente no puso resistencia alguna, don Salustio se echó la llave de la prisión al bolsillo y volvieron todos a la mesa a continuar la interrumpida comida.

¡Qué comida aquélla en la que tan sólo se tragaban lágrimas y se oían tristes suspiros, sin que nadie se atreviera a pronunciar una palabra, ni a mirar a don Salustio, cuyo rostro extremadamente pálido acusaba la intensa agitación de su alma!

Cuando llegaron a jugar malilla los mismos comensales de la noche anterior, notaron desde el primer momento el humor sombrío del dueño de casa y sospecharon que algo extraordinario le sucedía por más que él, siendo hombre de dominio grande sobre sí mismo en sociedad, tratara de disimular.

Le preguntó Pérez, manifestando mucho interés, pero con poquísima oportunidad y discreción:

-¿No está bien, don Salustio?

-Perfectamente, don Nicolás.

-De veras, no le encuentro buen semblante... ¿Alguna contrariedad?... Lo sentiría, francamente.

-Cosas del trabajo... molestias que nunca faltan... sin importancia... Pero comencemos el juego si les parece, caballeros.

El joven Ruiz, sentado como la noche anterior al lado de su tío, afectaba interesarse en el juego, pero en verdad le preocupaba la seriedad de don Salustio, y tenía impaciencia por ver a Marta.

Don José Antonio antes de meterse a la cama fue a dar un vistazo por el cuarto del prisionero. A la puerta encontró que ya se le habían anticipado los niños, que huyeron creyendo que era su padre. También estaban ahí los perros gimiendo y olfateando por las junturas al ras del suelo. Se quedó un rato escuchando arrimado a la puerta; la tocó con el palo: profundo silencio adentro, quizás estaría ya durmiendo el reo.

Transcurrió un buen espacio de tiempo antes que se presentaran Marta y la señora. Y en cuanto llegaron y se pusieron a jugar brisca, notó el joven sus semblantes tristes y los ojos lacrimosos. Marta evitaba mirarle y misiá Rosario daba a cada instante hondos suspiros. Esto y la preocupación del señor Guzmán daban claros indicios de que aquel estado de ánimo era general en la familia. ¿Cosas de Justo Pastor? Tal vez.

En la estancia contigua los de la malilla jugaban sin rumor, sin movimiento. Se diría que no había nadie, a no ser porque de vez en cuando tosía el cura o se sonaba don Baldomero.

Los perros de la casa comenzaron a ladrar. Misiá Rosario y su hija cambiaron una rápida mirada de alarma, que no pasó inadvertida a Eduardo, viniendo a confirmarle en la sospecha de que algo grave pasaba.

Como siguieran ladrando los perros, se levantó misiá Rosario, diciendo que la esperasen un momento.

Marta, dando muestras de una gran inquietud, siguió a su madre con la vista y se quedó mirando a la puerta. Tan nerviosa estaba que al subírsele a la falda su gato regalón, dio un grito, diciéndole:

-¡Qué susto me has dado, tonto! y lo castigó con la mano.

Ya para Eduardo no quedó la menor duda de que algo extraordinario pasaba en la casa.

Como se demorara en regresar la señora y seguían ladrando los perros y Marta manifestase una emoción que al menor ruido volvía la cabeza, pensó Eduardo que tal vez pudiera ayudarla.

-¿Quiere, Marta, que vaya a acompañar a su mamá?

-No se moleste, gracias; no será nada...

-¿Está Ud. segura de que no será nada? -expresó el joven acentuando las palabras. Y agregó poniendo la mayor dulzura en su voz:

-¡Desearía tanto prestarle algún servicio que me hiciera grato ligándome a su recuerdo!

-¡Pero si no hay nada, qué ocurrencia! -repuso la muchacha enrojeciendo a la sola idea de que Eduardo llegase a saber que su hermano estaba preso. ¡Qué vergüenza!

Hubo un momento de silencio penoso. «No me dice la verdad», pensaba el estudiante.

Misiá Rosario entró como una sombra, andando en puntillas, desencajada y temblorosa. Y sin darse cuenta de la presencia del joven Ruiz, murmuró en voz baja y rápida:

-¡Se fugó Justo Pastor rompiendo los barrotes de la ventana que da al corral!... ¡Dios mío, si llega a saberlo Salustio!

Marta evitó la mirada de Eduardo. Y poniéndose de pie y llenos de lágrimas los ojos, le tomó las manos a su madre, frías como las de un muerto.

-¡Mamacita!, ¡tranquilícese, mamá!

-¡Chits!, ¡que no nos oiga tu padre! -expresó la señora poniéndose el índice sobre los labios e indicando con la mirada el cuarto vecino, cuya puerta de comunicación estaba abierta.

Eduardo se ofreció a servirla, diciendo que probablemente Justo Pastor estaría en el pueblo y que le sería fácil encontrarlo y traerlo antes que don Salustio se impusiera de nada. Pedía aquella intervención suya como súplica, un favor que le dispensarían depositando en él su confianza. Para ello fingiría una indisposición cualquiera y con ese pretexto se iría inmediatamente, seguro de encontrar a Justo Pastor y obligarlo a regresar.

Así fue acordado.

No permitió don Cayetano que partiera solo su sobrino, mucho menos estando enfermo. Y así se despidieron ambos, encendieron sus faroles y se largaron a la calle.

Eduardo comprendió que para ejecutar la misión que llevaba tenía que decírselo todo a su tío; y así lo hizo.

A las primeras palabras don Cayetano se paró en seco en la mitad del camino, agarrándose media cara con la mano.

-¡María Santísima! Ya me la estaba imaginando yo que alguna tunantada grande habría hecho este mal hijo. Bien lo daba a entender el pobre don Salustio, que hasta renuncios cometió en la malilla...

-Lo más grave -terminó diciendo el sobrino, es que Justo Pastor rompió los barrotes de una ventana de su prisión, cosa difícil de ocultar a su padre.

-¡Por Cristo Crucificado! -exclamó estupefacto don Cayetano soltando el farol y oprimiéndose las sienes con los puños.

-Tengo que encontrarlo a toda costa, tío.

-Anda, hijo, y búscalo por todas partes... ¡Virgen del Socorro, lo que puede suceder si su padre llega a percatarse de lo que ha hecho ese tunante!

-Quizás se encuentre remoliendo en alguna chingana, tío.

-¡Escucha!... -dijo don Cayetano y tendió la oreja a los rumores que traía el viento.

En el breve silencio en que quedaron se oía el canto de las ranas y sapitos en las aguas fangosas de las acequias del camino.

-¡Ya sé donde está esa buena pieza!... ¿No oyes?... Están cantando donde las Reinoso. Te vas derecho a la casa de esas mujeres y ahí lo vas a encontrar, de fijo.

-¿Dónde es eso? -preguntó el sobrino, que oía perfectamente un cantar lejano.

-Atraviesas el puente del estero, alumbra bien porque le faltan dos tablas; tomas a la derecha y te metes por el callejón del Almendro, como una cuadra al fondo; ahí está, como si lo estuviera viendo... Embózate bien con la bufanda porque hace mucho frío. Yo te espero sin acostarme. Vamos andando ligero.

Y remangándose las sotanas se puso a tranquear al lado del sobrino, resollando mucho.




ArribaAbajo- III -

No andaba muy turbado don Cayetano al suponer que el hijo de don Salustio debía encontrarse remoliendo en la chingana de las Reinoso. ¿Y cómo no había de estar ahí cuando la fiesta la daba el propio Justo Pastor en celebración del cumpleaños de Lorenza Reinoso, su amor, y la ternera que se comían no era otra que la mismísima substraída por él del fundo de su señor padre?

Y por no faltar a la fiesta, aquel pedazo de bárbaro, había roto los barrotes de su prisión, sin calcular ni temer las terribles consecuencias que tamaño desacato podría acarrearle, dado el genio y la severidad de su padre.

Y así, a eso de las nueve de la noche ya estaba bailando que se las pelaba en la chingana, cueca tras cueca, con una robusta moza, briosa como una potranca, de ensortijadas y lustrosas crenchas negras, con pechos como dos membrillos, a quien llamaban «La Champa».

Un grupo de amigos y gente del pueblo le formaban rueda celebrando su zapateo y contorsiones, animando la pareja con gritos, palmoteos y huifas.

A mano abierta y cantando a gritos la tocadora rasgueaba las cuerdas de la vihuela, mientras que un hombre, rodilla en tierra, la destrozaba a papirotazos y palmadas.

La dueña de casa, con el arpa entre las piernas, paseaba sus manos como arañas por las cuerdas, haciéndolas vibrar, y cantaba a dúo con su compañera, llevándole el segundo, el quejido, como decían los rotos:


«Gracias a Dios que salió
La rosa con el clavel,
La rosa esparrama flores
Y el clavel para escoger.
Esos dos que están bailando
Qué parejitos que son;
Si yo fuera cura párroco
Les pusiera bendición».

Un hombre salió al medio exclamando:

-¡Aro, dijo la Pancha Lecaro, donde me canso me paro!

Paró el canto y apareció el potrillo, bebiendo primero Lorenza, que apenas humedeció sus labios, por lo cual le dijo el del potrillo:

-¡Bah, más es lo que le echa que lo que le saca!...

-Así con babitas y todo me gusta más a mí -dijo galantemente Justo Pastor. Y tomando el vaso a dos manos bebió con ansia y ostentación, y ni escupió siquiera.

Al terminar, Justo Pastor le dio un apretado abrazo a su compañera. La concurrencia entusiasmada aplaudía y gritaba: -¡Déjate querer tontona!... ¡Cómasela, patroncito!... ¡Debajo esa champa hay bagre!...

Algunos rotos zapateaban en el suelo, haciendo chascar las chalalas.

Un roto borracho asomó la cabeza por la ventana del corredor, y abriendo una bocaza erizada de pelos, grande como una alcachofa, y las mechas saliéndosele por las roturas de la chupalla, exclamó a grito pelado:

-¡Huifa, rendija, me caso con tu hija y te rajo de arriba hasta abajo, sanoria, chicoria, lechuga, cebolla, chiquilla, que te hago tirilla el refajo!... ¡Perniles de chancho cocidos!

Varios huasos de a caballo, que agrupados frente a la fonda participaban de la fiesta mirando desde el camino, dan expansión a su entusiasmo clavando espuelas, y en ágiles vueltas y revueltas, cual fantasmas infernales, se arremolinan en un torbellino vertiginoso, gritan como demonios borneando las chicoteras, estrellándose unos con otros y sacando chispas de las piedras del suelo.

De pronto dos jinetes parten a escape, el uno al lado del otro, y chivateando se pierden en un instante en la obscuridad del camino. De allá vuelven como flechas, siempre juntos, montura con montura, encorvados sobre el cogote de las bestias, y rematan sus caballos, que casi se van de espalda rozando el suelo con las ancas, en la misma vara de la chingana.

Rápidos como el rayo se separan haciendo girar sus caballos dóciles a la rienda, sobre las patas traseras. Se detienen y se quedan frente a frente, inmóviles, en actitud de ataque y reto a muerte.

Dan un grito y se lanzan de salto el uno contra el otro, como dos centauros, dándose un terrible encontrón en el que se oye el bronco estruendo de los pesados estribos al chocar y el ruido metálico de las espuelas de rodajas enormes.

Y asociando el nombre de la patria a ese simulacro de combate, exclaman: -¡Viva Chile!... Y se tiran varios pencazos a la cabeza, de puro gusto...

Se enfilan enseguida a lo largo de la vara toda la agitada caballería. Los caballos tascan los frenos llenos de espuma, resoplan por las narices dilatadas, inyectados los ojos como fieras, sacuden la brida o escarban con una mano el suelo «pidiendo chicha», dicen sus dueños.

Les alcanzan los de adentro el potrillo desbordante, que los huasos agarran a dos manos y beben echados para atrás empinándose en los estribos, «hasta verte Cristo mío».

-¡Otro y otra! -gritan en el interior de la chingana.

Y salió al medio don Juan Acuña, un viejo retaco de barbas blancas como lana, con cara de ermitaño tirando a carnero padre, y unos calzones de diablo fuerte amarrados con ancho ceñidor de cuero por debajo de la panza. Llevaba calzada las espuelas y puesto de través y a la diabla un ponchito recortado, sumamente chico, a modo de escapulario.

La originalidad del viejo consistía en bailar la cueca con el potrillo de chicha contrapesado sobre la cabeza; una cabeza pelada y reluciente como una calabaza. Lo que no le impedía hacer mil guaraguas con sus piernas chuecas y dar las correspondientes vueltas borneando los dos pañuelos, uno en cada mano.

Al frente le salió la mujer del «Buchi», tiesa como un poste, con su buena mano de solimán fino y muy compuesta, luciendo una flor sobre cada oreja, de las que colgaban largas dormilonas de vidrio; zapatos de hombre y oliendo francamente a ensalada fiambre de patas con cebolla cruda.

-¡Que cante la cueca don Lautaro!...¡Pásenle la guitarra a don Lauta! -piden varias voces.

Sin hacerse de rogar y sonriendo socarronamente, tomó la guitarra en sus musculosos brazos un rucio grandulote y pernancudo; y después de templarla con pausa arrancó a cantar con voz de caballo, un vozarrón estruendoso de caballo que relincha, capaz de romper los tímpanos o de resucitar a los muertos:


Mandamé..., mandamé cortar los vuelos...
¡Ai! si es deli... si es delito el adorarte,
Que yo no..., que yo no soy el primero.
Que muere..., que muere por ser tu amante.
Por ser tu amante sí, cielo adorado.
Restituye la vida que me has quitado.
Abremé..., abremé las puertas cielo.
Y dejaté..., dejaté querer, tontona...

Don Juan Acuña con el vaso de chicha plantificado en la coronilla, se deslizaba muy pajitamente, los brazos abiertos, revolviendo el aire con los dos pañuelos, haciéndole la rueda a su pareja como un gallo, al compás de muchos pespuntes y garabatos con los pies.

La mujer del «Buchi», muy fruncida y desdeñosa, bailaba remangándose un costado de la pollera con la mano izquierda y con la otra agitaba, pasándoselo por delante de la cara, un pañuelito solferino; la cabeza ladeada, el codo levantado al aire, los ojos bajos, muy digna...

De vez en cuando le volvía despreciativamente el trasero a su compañero, pero sin perderlo de vista ni un instante, atenta a retroceder sacándole quites y lances a unas como embestidas y agachadas que le hacía el viejo, muy serio, pateando el suelo, con mucha sonaja de espuelas y un mirar intencionado por debajo del vellón enmarañado de sus cejas blancas.

Los gritos de los que los animaban llegaban hasta la plaza del pueblo, y el canto atronador de don Lautaro se oía en media comarca, perturbando el silencio de la noche obscura.

Algunos exclamaban: -¡Puchas con el viejo diablo!... -¡No le aflojís, Sinforosa!... -¡Hácele, hácele!... -¡Huífale, huífale!... -¡Guarda con el vaso de chicha, viejo!... -¡No te enredís en las espuelas, miéchica!... -¡Afírmate, patas de águila!

-¡Huifa, rendija, me caso con tu hija y te rajo de arriba hasta abajo!...

Afuera se oían los caballazos que se daban los huasos tirando a quebrarse las canillas o a matarse.

Entre tanto Justo Pastor y Lorenza se habían retirado al rincón más obscuro del cuarto, y ahí estaban en un banco muy arrimaditos y en misterioso secreteo.

Justo Pastor la tenía echado un brazo por la espalda y la hablaba al oído requebrándola de amores, pintándole a lo vivo la pasión que le consumía y rogándola que saliera un ratito al pajar para decirle, donde nadie los viera, una cosa muy secreta que tenía que contarle.

La muchacha decía «no», con la cabeza, sonriendo y defendiéndose de las demasías del galán, cuyas manos no se estaban quietas.

-¡No seas tan dura de corazón con este pobre cautivo! -le decía Justo Pastor en tono suplicante.

-¡No sea así, don Justo!... ¡Tan voluntarioso que lo han de ver!...

-Pero Lorenza, Lorencita, si ya no es vida la que paso!... ¡Vos no tenís corazón!

-¡Claro, pues, que tengo corazón! -contestó sonriendo la «Champa».

-¡A ver si es cierto, pichoncita! -murmuró el incrédulo galán estirando la mano. Y al comprobarlo puso los ojos turbios de amor.

-¡No sea tan manilargo!... ¡Déjese le digo!... ¡Asosiéguese le dicen! ¿Que no le amarraron las manos cuando chico?

-¡Ay, no me estís matando a pausa; anímate Lorencita y vamos un ratito para afuera!...

-¿Y si nos pilla mi taitita, que está en la cocina asando el costillar de la ternera?... ¡Lo mansito que es!... ¡Mire que anda toíto receloso y no me pierde pisá!

-¡Cómo nos va a pillar; las cosas tuyas!... Es que vos no me querís ni me has querido nunca! -le replicó su impaciente amante, pateando desesperado el suelo. Y se rascó la cabeza por debajo del sombrero, que dejó ladeado, y se arrancó un puñado de mechas.

-Será mejor, don Justo, que dejemos para otra vez esa cosa tan secreta que tiene que decirme... Contimás -agregó dirigiendo recelosa su vista a la ventana del corredor, que hay tanto mirón que nos aguaita.

Lo decía por el Maulino, que recatado en la obscuridad del corredor como un felino en asecho los miraba fijamente, las pupilas como brasas.

Los celos le tenían ahí tragando hieles. El quería también a Lorenza, y la quería con honrados fines, como ella muy bien lo sabía. Eran unos antiguos amores que la moza había consentido y alentado, prestándole gustosa oído a sus palabras y aceptando regocijada sus regalos. Unos regalos que a lo pobre le hacía, pero muy significativos: ya un ramillete oloroso, ya unos claveles de onza, ya los primeros cóguiles o guillaves, cuando no eran nidos con huevos de pajaritos o ponchadas de pencas tiernas.

Finezas que ella aceptaba regocijada, pasmándose de dulce sorpresa. Y como si aquello no fuese prueba suficiente de un amor correspondido, le obsequió para el día de su santo una bolsa tabaquera, obra prolija de sus manos y un rizo ensortijado de sus lustrosas crenchas negras. Con lo que el Maulino, enajenado de gozo, llegó a poner los ojos blancos y andaba riéndose sólo y hasta se gallardeaba teniendo por cierta su aventura, a pedir de boca.

Pero de algún tiempo a esta parte mucho había cambiado Lorenza, haciéndose ahora la olvidadiza y desdeñosa, como diciéndole: si te he visto no me acuerdo.

Y el despechado Maulino las estaba viendo muy negras.

-¡Malhaya con su suerte perra! Y todo porque el rucio cara de chancho, ¡tan lindo que era!, se había templado de ella, ofertándole este mundo y el otro. Pura engañifa que la tontorrona le estaría creyendo, como si un caballero fuese a casarse con ella. Y él, tan baboso, que fue a calentar el agua para que otro viniera a tomarse el mate!... ¡Buena cosa la suerte del pobre!... ¡Pero mecón que se la habían de pagar, y naide se venía a reír del hijo de su maire, porque lo hacía escupir cotonía y lo dejaba estampao en la paré del frente!...

Y envenenado de rabia, el roto se rascaba la cabeza a dos manos escupiendo ponzoñas en el suelo.

A todo tranco llegó Eduardo Ruiz frente a la chingana, y después de orientarse se acercó a la ventana donde estaba como clavado el Maulino. No tardó en divisar a Justo Pastor conversando con Lorenza; y en el acto entró a decirle lo que pasaba en su casa, la angustia de su madre y el temor de que su padre llegase a saber la escapatoria, y le rogó que se fuese inmediatamente.

No pareció alarmarse gran cosa el tunante, ni tener mucha prisa; porque le contestó que no fuera leso y que había tiempo de sobra para divertirse y volver a su encierro antes que su padre sospechase nada.

-¡Otro y otra!... gritaban pidiendo más cueca.

-¡Qué baile el Maulino, qué baile el Maulino!... ¿Dónde está José Catrileo?... ¡Que salga al medio!

Tenía fama el Maulino de hacerlo muy bien. Bailaba como un trompo cucarro, con muchos barquinazos, saltos y borneos de culero, y un escobilleo de chalalas que no se le veían los pies de ligero, levantando tierra y haciendo hoyos en suelo.

Oyéndose llamar, lleno de coraje y resuelto a todo, entró como desatentado abriéndose paso con los codos y se fue en derechura a sacar a Lorenza.

-No baila -le dijo en tono duro, Justo Pastor, mirando sorprendido al peón.

-¿Por qué no baila?... ¿Qué está tullida entonces?

-¡Porque yo no quiero, y retírate! -repuso con enojo poniéndose de pie el hijo de don Salustio.

-¡Y vos ¿qué decís? -interrogó el Maulino, con los ojos fruncidos de rabia y el labio superior remangado, mostrando hasta las raíces sus dientes puntiagudos de coipo.

-Será para otra vez, José: ahora estoy cansá -contestó con desabrimiento la moza.

-¡Lo que vos tenís es que estái alborotá con tu lacho, chusquiza! -exclamó el roto verde y convulso.

No bien había dicho aquella grosería cuando Justo Pastor, rojo de cólera, le largó una bofetada que no alcanzó a barajar el peón, recibiéndola en medio de la cara y cayendo de espalda.

Se levantó de un brinco el ofendido, y sacándose con rapidez poncho, chaqueta y camisa, arremetió casi en pelota y ciego de ira contra su contendor; que también se había despojado, arrojándolos al suelo, de la manta y el sombrero.

El tumulto fue grande, hubo sillas derribadas y vasos rotos, acudiendo atropelladamente todos a ver la pelea. Las mujeres gritaban despavoridas que los apartasen, pero los hombres decían entusiasmados: ¡déjenlos!... ¡déjenlos!... No hay que meterse!... ¡Cancha, cancha!...

Y hacían la rueda abriendo los brazos, sujetando a las mujeres, pechando y empinándose por ver, subiéndose algunos sobre las bancas y las mesas.

La caballería al saber que don Justo se había trenzado con el Maulino, se desmontó con apresuramiento; ellos querían ver también. Un jinete se introdujo con caballo y todo.

La riña estaba empeñada entre ambos combatientes con gran furor y encarnizamiento, dándose terribles bofetadas por la cara, por la cabeza, en el pecho, por donde caía, sin dejar cosa sana; menos atentos a barajar los golpes que a darlos, y diciéndose alternativamente: ¡Toma!... ¡Toma!... cuando el chopazo era ajustado en un ojo, en la boca, en las narices, sacando sangre o dejando roncha.

Sin embargo, las condiciones eran favorables al Maulino, por ser su contendor de más cuerpo y más fornido, desventaja que suplía el roto con su agilidad y destreza, capeando muchos chopazos con oportunas agachadas y saltos, pero sin aflojarle un pelo, hirviéndole en las venas la belicosa sangre araucana.

Después de un rato de pelea se dieron un momento de tregua y cesaron de atacarse, quedando jadeantes, tomando aliento, pálido el semblante y las revueltas mechas por la frente. Mas, ambos en actitud de ataque, alerta la mirada, un pie echado atrás y los nervudos brazos por delante, manoteándose, chocándose los nudillos o haciendo molinetes con los puños, los que se escupía el iracundo Maulino clavando en su enemigo los ojos como puñales.

Justo Pastor, con el labio hinchado y un ojo negro y deforme estaba horrible. Al Maulino le manaban de las narices unos hilitos de sangre, que, corriendo cuesta abajo, se le entraba en la boca, limpiándosela a cada instante con la punta de la lengua, sin escupirla, tragándosela y saboreándose con ella, como fiera cebada en sangre humana.

-¡Basta! -exclamó el sobrino del cura interviniendo y metiéndose por medio de ambos combatientes, temeroso de que en un segundo asalto el hijo de don Salustio quedase con mayores y más visibles estropicios, difíciles de encubrir a su padre.

-¡Quítate!... ¡Déjalos que se golpeen a gusto!... ¡A qué te metís, intruso, en lo que no te importa!... ¡Echen pa fuera al futre!...

Estas y otras exclamaciones eran dichas con exaltación por aquellos hombres belicosos, ávidos de un espectáculo favorito al pueblo chileno, porque en él se aquilatan las fuerzas y el coraje de los hombres.

Y uniendo la acción a las palabras, tomaron al joven Ruiz de los brazos procurando sacarlo a tirones.

Vano intento, pues el mozo se defiende contestando los gritos con los gritos, los manotones con los manotones; él no permite que lo manoseen ni se deja atropellar por nadie.

Y pronto resuena la primera cachetada y saltan los sombreros y retrocede la gente abriendo cancha y formando rueda a la segunda pareja de combatientes. El contendor de Eduardo resulta ser Javier Pérez, hijo de don Ñico, mozo alentado y de su misma edad y cuerpo.

Libres de estorbos, Justo Pastor y el Maulino se cruzaron de nuevo.

-¡Voy al giro! ¡Ocho a cuatro a mi gallo! -exclamó un hombre trepado en la ventana.

El hijo de don Salustio, que se vio aludido, quiso corresponder a esa confianza y le largó un chopazo al roto con tal fuerza que si llega a dárselo lo descalabra.

Lo capeó el Maulino con una agachada a tiempo, y como su agresor se fuera de punta por haber dado el golpe en el vacío, de atrás y con la zurda le ajustó el roto una feroz cachetada en la oreja, que casi le hizo perder el sentido. Y antes que se afirme y se reponga allá va la otra plantificada en la mandíbula.

Triunfo efímero fue aquél porque, como toro con banderillas de fuego, le embistió Justo Pastor tirándole una granizada de chopazos que rara vez dieron en el blanco por la ligereza con que los capeaba el Maulino. Entonces se le fue al cuerpo y consigue agarrarlo de las mechas, doblegarle la cabeza con una mano y con la otra y por debajo comienza a darle de chopazos en la cara con la fuerza de un combo que tritura piedras, reventándole las narices, saltándole los ojos, sin que fueran capaces a contener su furor bestial ni los bramidos que daba el roto, casi loco y ciego forcejeando por desprenderse, tirando patadas y echando por boca y narices cuajarones de sangre mezclada con dientes y porquerías; ni los alaridos de las mujeres, ni los gritos de los hombres, diciéndole: -¡Suéltalo, miéchica!... ¡Suéltalo, no le peguís más!... ¡Déjalo que se enderese!

Pocos se dieron cuenta de lo que sucedió enseguida, porque tuvo la rapidez del rayo y el misterio de una alevosía. Brilló un acero, se oyó un grito ronco seguido de una interjección. Justo Pastor quiso estrangular oprimiéndole el pescuezo al cobarde asesino. Mas, repentinamente le flaquearon las fuerzas, soltó su presa, se le nubló la vista, y pálido y con fatigas de muerte, cayó al suelo.

El Maulino le había dado una puñalada en un costado.

Mientras la víctima yacía en tierra en la actitud del «Gladiador Moribundo»; medio incorporado, la cabeza abatida y apoyándose trabajosamente con una mano en el suelo, su agresor salió puerta afuera y echó a correr saltando acequias, perforando cercos, volando por los potreros, y en un instante se perdió de vista y se hizo humo.

-¡Se fatalizó el Maulino!... ¡Le pegó a la mala a don Justo!...

-¡Lo peor es!... ¡Arrancar, diablos!...

Así decían los espectadores de aquel drama; y comenzó una desbandada general, los huasos a tomar sus caballos con apresuramiento y luego a escape, los de a pie huyendo como liebres y sacando el bulto.

El vendedor de perniles de chancho, que dormía su mona en un rincón, despertó a la bulla y dándose cuenta de lo que sucedía arrancó gritando:

-¡Huifa, rendija, me caso con tu hija y te rajo de arriba hasta abajo!...

Se quedaron tan sólo los viejos Reinoso, más muertos que vivos, temiendo los resultados, y Eduardo y Lorenza sosteniendo al herido.




ArribaAbajo- IV -

Bien corrida era ya la media noche cuando se oyeron unos grandes golpes que daban a la puerta de calle de la casa de don Salustio Guzmán, cuyos moradores despertaron con el consiguiente sobresalto, dada la hora y lo recio de los golpes.

Estaba lloviendo con fuerza y se oían el ruido de la lluvia que azotaba el tejado, palabras dichas en voz baja y el traqueteo de personas que andaban en el corredor de afuera. Los perros ladraban furiosos detrás de la puerta.

Después de un rato apareció en el interior la luz de un farol llevado por una persona que se dirigía a la puerta de calle.

-¿Quién es? -interrogó el del farol.

-Yo soy; ábranos la puerta.

-¿Quién es yo?

-El cura párroco. Abra pronto que traemos un herido.

-Ya voy ya.

-¡Espántenos los perros!

-¡Ah, perro!

Doña Rosario, que no había podido coger el sueño pensando en su hijo, fue la primera en oír los golpes. Y alarmadísima y sin despertar a su esposo comenzó a vestirse. Despertó también don Salustio, oyó los recios golpes, y saltando del lecho se vistió, a medias y salió seguido de misiá Rosario, ambos con un medroso presentimiento.

Por el zaguán y venían ya entrando los hombres que conducían a Justo Pastor en una camilla, seguidos del cura, su sobrino y otras personas que alumbraban con faroles, cuando acudieron, saliéndoles al encuentro, el señor Guzmán y su esposa.

-¿Qué es esto? -exclamó don Salustio lleno de asombro, viendo aquel tropel de gente que se entraba por su casa conduciendo en una camilla a un hombre. ¿Qué es esto?... ¿Qué ha sucedido?

-¡Dios mío!... ¡Dios mío! -decía con voz angustiada la señora, sintiéndose desfallecer.

Y ambos esposos pensaron en Justo Pastor y en alguna desgracia espantosa. Que otra cosa no podía ser aquello que estaban viendo, semejante a un cortejo fúnebre en el cual el cura don Cayetano y su sobrino venían con cara de dolientes, y tanto tumulto de personas, todas cabizbajas y silenciosas, como si condujesen a un muerto.

-¡Una desgracia, mi señor don Salustio; una desgracia casual sucedida al pobre Justo Pastor! -se aventuró a decir don Cayetano con apagada y lastimera voz.

-¿Muerto? -gritó don Salustio, y con mano trémula arrebató el farol a un hombre y lo acercó a la cara de su hijo.

-¡No! -se apresuró a contestarle el cura... Herido no más, y espero en Dios y Nuestra Señora del Socorro que lo hemos de salvar.

-¡Cómo describir aquella escena! La desesperación de la madre, sus exclamaciones de dolor, la emoción muda de don Salustio, que casi no daba crédito a lo que estaba viendo, el llanto de las mujeres de la servidumbre, que acudieron despavoridas al oír los lamentos de la señora; y Marta, que destrenzados los cabellos llegó corriendo, al ver a su pobre hermano herido rompió a llorar a sollozos estrechándole las manos, loca de dolor.

Y a todo esto lloviendo a cántaros y don Cayetano invocando la resignación cristiana y la confianza en la clemencia divina.

En un instante toda la casa estuvo en pie (con excepción del veterano y los niños, que nada supieron hasta el siguiente día) y unos corrían aprender fuego a la cocina, otros destrozaban sábanas para hacer hilas y vendas; se oían pasos precipitados y cuchicheos y se veían cruzar mujeres con ropa de cama entre las manos.

Don Salustio daba órdenes en voz imperiosa y rápida: «¡A escape!» -decía mandando a buscar al médico. Y un sirviente sin tener tiempo siquiera de tomar el sombrero, partía a la carrera bajo la lluvia torrencial.

-«¡Pronto otra luz!»... «¡Hagan callar ese perro!»... «¡Date prisa!»... «¡Enciende el farol!»... «¡Despacio, despacio!»... «¡Con cuidado!» -iba diciendo mientras trasladaban al herido a su cama, donde fue depositado con infinitas precauciones.

Tendido de espaldas Justo Pastor echó una mirada en contorno, y viendo la aflicción de misiá Rosario, le dijo con débil y cariñosa voz:

-¡No es nada, madre, no se aflija, no llore!

-¡Pero, hijo de mi alma, como quieres que no llore viéndote en el estado en que te hallas! -le contestó la infeliz madre mirándole con una expresión inenarrable de ternura.

Y cayó de rodillas a la cabecera del lecho, oprimiendo entre sus manos temblorosas la de su hijo, fría y sudorosa.

Marta, arrodillada también en el costado opuesto de la cama, lloraba en silencio apoyando su cara en la otra mano del enfermo, extendida a lo largo del lecho.

Don Cayetano y el señor Guzmán hablaban en voz baja, retirados en un rincón, y el primero refería al segundo las incidencias de la riña explicándole como habían pasado las cosas y de que manera lo supo él por su sobrino, que fue, con mucho acuerdo, a imponerlo de cuanto sucedía y pedirle su consejo en aquel tan duro trance; y cómo fue acordado entre ellos que no podían ni debían hacer otra cosa que traer el herido a casa de sus padres.

Don Salustio escuchaba en silencio peinándose las barbas con los dedos.

A los pies del catre se hallaba Eduardo mirando tristemente a Marta, cuyo dolor le partía el alma. A la vez, se empeñaba en taparse la boca con su bufanda de lana para ocultar una desolladura de la barba, obra de una de las bofetadas que le diera el hijo de don Ñico Pérez, a quien él, justo es decirlo, correspondió con largueza.

El señor Guzmán comenzó a impacientarse por la tardanza del médico, que todavía no llegaba, y el herido estaría quizás desangrándose...

En la puerta apareció un hombre barbudo, de anteojos en la nariz, un farol en la mano, capa de agua, botas de media caña y sombrero de fieltro. Parecía un Mago.

Se produjo en los circunstantes un movimiento general y una impresión de alivio. Don Salustio avanzó a recibirlo.

Era el médico don Abraham: un yanqui aparecido en Santa Cruz años atrás, probablemente algún marinero desertor, y que pasándola por médico ejercía en el pueblo y sus contornos, haciéndole a todo: cirugía, partos y cuanta rama se relacionaba con el arte de curar, sin que se le escaparan las muelas, ni excluir el mal impuesto ni las desconchabaduras. Hablaba entre dientes, poco y muy enredado. Tanteaba los pulsos con calma, reloj en mano, examinaba por transparencia, las aguas y jamás dejaba de hacer sacar la lengua, pasándole encima su dedo.

Tenía fama por sus aciertos entre la gente campesina; pero hay que creer que si acertaba y no se le morían los enfermos, se debía a que Dios es grande, infinita su misericordia y fabulosa la resistencia del roto para rendir la vida.

Examinó al enfermo sentándolo en la cama y arremangándole la ropa, muy manchada de sangre; quitó de la herida el pastel de barro podrido mezclado con tela de araña que le habían puesto las Reinoso para restañar la sangre. Y descubierta ya la herida, metió el dedo por ella, lo más adentro que pudo, revolviendo por todos lados con el fin de orientarse y saber hasta donde llegaba la cosa, esto es hasta adonde le había metido el cuchillo el Maulino.

A medida que brujuleaba y revolvía, meneaba la cabeza como diciendo: ¡malo!... ¡malo!... ¡malazo! El dedo se le había perdido de vista con uña y todo.

Justo Pastor, a quien sostenían su padre y Eduardo, mordía un pañuelo haciendo crujir los dientes. Misiá Rosario y Marta, muy afligidas y asustadas, alumbraban con velas, lloriqueando y oprimiéndose con la mano el pañuelo sobre la boca.

Lavó el médico con árnica la herida, que era penetrante del tórax, cosa que no dijo don Abraham porque hablaba poco y no era fuerte en anatomía. Le metió enseguida una gruesa mecha de hilas, bien untada en cerato simple, lo más adentro que pudo y ayudándose de una tienta; lo fajó después bien apretado, le dio a beber una poción con opio y alcanfor que traía preparada, y recomendando mucho reposo y silencio, se salió del dormitorio seguido de cerca por don Salustio y el cura, que deseaban saber su opinión sobre el estado del herido.

-¿Qué le parece, don Abraham, lo encuentra muy grave?

-¡Aho, mocho, sí, comonó!

-¿Cree Ud. que se morirá?

-¡Tampoco!

-¿Sanará entonces?

-¡Aho!, tampoco, mí no sabe.

-Vuelva mañana a primera hora, don Abraham.

-Por supuesta, tempranita.

No pudieron sacarle más; y se fue el médico dejándoles en la cruel incertidumbre de si sanaría o pasaría a mejor vida el primogénito de la familia.

-¡Creo que es un bruto! -dijo el señor Guzmán. Es una desgracia no tener acá un buen médico.

-El hombre es práctico, tiene experiencia y no hay que desesperar, mi señor don Salustio -le decía don Cayetano por consolarlo, mientras regresaban al dormitorio del herido, el cual, bajo la acción de la fuerte dosis de opio, comenzó a aletargarse y luego se durmió.

Aprovechando la ocasión de haber cesado la lluvia se despidieron tío y sobrino.

No se acostó en toda la noche don Salustio. Se la llevó paseándose en la antesala, meditando y fumando mucho. A cada rato se asomaba al cuarto del herido, a cuya cabecera velaban misiá Rosario y Marta, y cambiaba con ellas una mirada desolada y triste.




ArribaAbajo- V -

Después de haber llovido toda la noche cesó al amanecer por algunas horas. Enseguida continuó con mayor fuerza.

El cura don Cayetano se asomó a la puerta de la casa parroquial, casi obstruyéndola con el bulto negro de su corpulencia. Se quedó mirando hacia la plaza en una habitual actitud de unción, que no hacía al caso en ese momento, porque lo que estaba contemplando el santo varón era la lluvia que caía de una manera torrencial, anegando la desierta y enmalezada plaza con un estrepito rabioso que levantaba una especie de humo y hacía burbujitas en las charcas. De los tejados caía una hilera de chorros de agua que hacían hoyitos en el suelo. Por momentos rachas de viento norte inclinaban la dirección de la lluvia haciéndola penetrar debajo del corredor de la casa, mojando puertas y ventanas.

-¡Qué llover, hombre, si esto es el diluvio y creo que hasta llueve de abajo para arriba! -exclamó admirado don Cayetano tendiendo su vista hacia el otro costado de la plaza, cuyas casas se divisaban confusamente, como diluidas al través del tupido manto de la lluvia.

Luego remangándose la sotana y afirmándose en los zuecos de taloneras de bronce, se aventuró a salir del todo dejando ver enteramente su estampa, la que más tenía de huaso que de eclesiástico, pues de tal no se veía otra cosa que los bajos de sus sotanas, bastante usadas y zurcidas por veinte lados por cierto, y el bonete, encubriendo lo restante un poncho larguísimo de castilla negra.

-¡Caramba, si esto no tiene miras de escampar ni en un mes! -decía el bueno de don Cayetano mirando calle arriba, calle abajo, sin divisar alma nacida.

Y sacudiendo a dos manos el felpudo poncho salpicado de agua, se entró a la casa cerrando la puerta, que trancó por dentro.

En el patio interior, hecho una laguna, la lluvia hacía más ruido que afuera, azotando los naranjos, golpeando tarros de lata y tiestos de greda colocados alrededor para recibir el agua de las canales del tejado. Por un ángulo de éste venía un chorro, grueso como un caño, que caía lejos, en medio del patio, formando espuma en una posa, y fuera de un gran tiesto colocado ahí, sin duda, para recibirlo.

-¡Eduardo! -gritó don Cayetano. Ven a ver esta lindura, hombre. Levántate que son más de las diez.

Se oyó en el interior de uno de los cuartos del corredor la voz del joven que dijo despertando:

-¡Caramba que es tarde!... ¿Ha sabido de Justo Pastor, tío?

-Sí; temprano mandé preguntar por él. Ha pasado regular noche, sigue mejor... Levántate.

Cuando momentos después apareció el estudiante de sobretodo negro y bufanda de lana color cáscara alrededor del cuello, exclamó:

-¡Se abrieron las cataratas del cielo, tío; esto si que es llover!

-¡Esto es el diluvio!... Lo que yo me temo, hombre, es la crecida del Colchagua y que se pierda el vado. ¿Cómo te irías a Santiago? No es que te eche, sobrindio, que harto grata es para mí tu compañía; pero ya sabes como es tu padre y lo que ordenó... Tampoco conviene que pierdas tus clases en Santiago.

-Me iría por el Tambo a tomar el tren en Palmilla, pues, tío.

-Bien, ¿y si se nos corta el puente del Guirivilo y quedamos aislados?

No supo que contestar el estudiante. Pero seguramente aquella expectativa de quedar encerrado en el pueblo no le desagradaba tanto como a su tío, porque lejos de afligirse se le alegró la cara, por más que trató de disimular:

-Hombre, lo mejor sería, previniendo el caso, que si escampa te fueras hoy mismo. «Juan de Segura vivió muchos años». Y he visto yo aguaceros en este condenado pueblo que han durado cuarenta días y cuarenta noches, ni más ni menos que en el Diluvio.

-Como le parezca, pues tío -respondió el sobrino en voz baja y sin convencimiento alguno, mirando al cielo y deseando que ya estuviesen salidos de madre todos los ríos y cortados todos los puentes, pues a todas luces se estaba viendo que ganas de irse del pueblo no tenía ni pizca.

-Claro que lloviendo como está no puedes irte, y habiendo fuerza mayor, Facundo no dirá nada.

-¿Qué le parece, tío, que vaya a ver a Justo Pastor?... Prometí anoche ir hoy temprano.

-¿A quién?

-A... la... familia, pues, padrino.

-Cariñosito estás con el tío cura cuando lo llamas padrino -le dijo don Cayetano frunciendo socarronamente un ojo y tirándole una oreja.

Se amostazó el estudiante comprendiendo que el padrino se la había maliciado en puerta. Agregó don Cayetano:

-Tocante a eso claro está que debes ir y yo también; pero espera que escampe un algo, así llegaríamos como sopa... ¿Oyes cómo llueve?... ¡Hombre, si es granizo!

De súbito estalló un trueno y casi inmediatamente otro, semejante a descargas de artillería.

-¡Tempestad tenemos!... ¿No te lo decía?... ¡Jesús, hombre, mira como suena y salta el granizo!

-¡Qué cosa más linda! -gritó el estudiante saliendo al medio del patio a recibir la granizada en la cara, mirando al cielo, con los brazos extendidos y la boca abierta.

En esto se sintió un olorcito sumamente agradable a fritanga, que olfateó lleno de regocijo el cura. Y a poco aparecieron, viniendo de la cocina, una señora y una jovencita, diciendo a voces la segunda, que conducía en las manos una fuente colmada de sopaipillas, doradas y relucientes:

-¡Ya están las sopaipillas con almíbar; vengan a comer que están calientitas! -Y atravesó el patio con presteza, andando en la punta de los pies para no mojarse, y se entró al comedor.

Enseguida pasó una sirvienta con un brasero lleno de ascuas toda sofocada y la cara de medio lado evitando el sollamazo y capeando las chispas.

Invitantes y convidados arrimaron sus sillas a la mesa. El cura resobándose una contra otra las manos, confortablemente arrellanado en su amplio sillón de paja, cuya madera, pintada de azarcón, tenía unos dibujitos casi infantiles hechos con amarillo del rey. Los demás, no menos regocijados, en sillas más modestas, aunque de la misma marca nacional, como que todas eran fabricadas en Cantarrana por el maestro Ruiz, y si mis recuerdos no me engañan, importaban un real y medio la poltrona del cura y un real las otras.

-¡De rechupete, de rechupete! -decía don Cayetano comiendo golosamente y pasándose la punta de la lengua por los labios untados de almíbar.

-¡Y cómo de mano de monja! -agregó Eduardo con la boca llena, mirando a la jovencita y haciéndola sonrojarse.

Doña Dolores, que así se llamaba la señora, y su hija Mercedes, ahí presentes, eran unas parientas lejanas del cura, recogidas por él cuando quedó viuda la señora, pobre, con hija y sin amparo en el mundo.

Las quería don Cayetano con un cariño compasivo, viéndolas tan agradecidas, humildes y hacendosas. Cariño que ellas correspondían venerándolo como a un santo y haciendo todos los quehaceres de la casa, sin descuidar, por cierto, el arreglo de la iglesia, cuyos altares mantenían siempre con flores.

«No les ha de faltar que comer mientras el Señor me dé salud y vida» -se había dicho don Cayetano cuando las trajo a vivir con él. Y sacando fuerzas de flaquezas se entregó con mayores bríos a sus tareas de párroco.

Grande y pobre era el curato y muchos los quebrantos que el cargo le imponía, obligándole a penosos y frecuentes viajes por los más apartados lugares de la desamparada provincia colchagüina.

Al galope tendido de su caballo, de manta, sombrero de pita y las sotanas remangadas a la cintura mostrando los pantalones negros, remendados con más de un parche, partía don Cayetano, a veces con las primeras luces del alba o lloviendo, camino del Huique, Calleuque, Ligüeimo, acompañado del huaso que había venido a solicitar sus auxilios para un pecador que pedía confesión en artículo de muerte.

Rezando en voz alta y lastimera atravesaba la plaza el cura: «Santo, santo, santo, Señor Dios de los Ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de la majestad de vuestra gloria».

A lo que contestaba el huaso agitando la campanilla y con voz entrecortada por el áspero trote del caballo: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo».

Por esa época no tenía don Cayetano la gordura que más tarde los años le dieran; y era ágil y valeroso, y al mismo tiempo el más humilde siervo de Dios, ejemplar en sus costumbres y nada codicioso.

Doña Dolores, después de lamentar mucho la desgracia de Justo Pastor, que se hizo referir por Eduardo, preguntó al joven si encontraba cambiada a Marta, de lo que era cuando chica.

-¡Muy cambiada!...

-Está muy bonita ¿no?

Algo turbado con la pregunta, el estudiante miró de refilón al tío, y queriendo disimular movió la cabeza e hizo un gesto como diciendo «así, así no más».

Mercedes se puso como la grana y bajó la frente. Tenía diecisiete años, un rostro moreno menudito, casi infantil, de expresión triste y un mirar humilde y tímido. Su pelo era casi azul de puro negro. Don Cayetano la llamaba «la Tortolita».

Eduardo la quería con un cariño de hermano. Era de la misma edad de Marta, pero nunca los muchachos la asociaban a sus juegos de niños, como si fuera la «Cenicienta». Cuando Eduardo se fue a estudiar a Santiago se quedó muy triste la pobrecita, y esperaba su regreso en vacaciones con una ansiedad muy grande. Era la primera en divisarlo desde el campanario, al cual subía temblando de miedo que la sorprendieran; y en cuanto aparecía el colegial entrando a la plaza al galope de su caballo, bajaba corriendo, con una palpitación tan grande que la dejaba un momento sofocada y anhelante. Fugaces eran las estadas del colegial en Santa Cruz; y cuando partía a casa de su padre, Mercedes andaba ocultándose en los rincones para que no la vieran llorar.

-¿Qué tienes, chiquilla? -le preguntaba su madre.

-¿Por qué anda tan triste la Tortolita? -decía don Cayetano.

Respondía que no tenía nada o que le dolía la cabeza, y los miraba con sus ojos dulces y tristes.

Terminada la comilona de sopaipillas, se levantó don Cayetano, y viendo que había cesado de llover dijo al sobrino que era momento oportuno para ir a casa de los Guzmán, y que lo harían a caballo porque era mucho el barro del camino.




ArribaAbajo- VI -

Gracias a la acción del opio, Justo Pastor pasó la noche dormitando y sin quejarse.

Cuando don José Antonio, ya impuesto de todo, fue a verlo muy de mañana, Marta, que salía de puntillas de la alcoba, le hizo señas para que no hiciera ruido, poniéndose el índice en la boca, y dijo en voz baja:

-Ya lo vio el médico. Ahora está durmiendo... Y se marchó cerrando tras de sí la puerta.

El veterano, armado de su inseparable tebo, entró con mucho tiento y se quedó mirando fijamente al herido, a cuya cabecera velaba la madre.

Justo Pastor abrió los ojos.

-¿Cómo te sientes, hijo mío? -le preguntó con dulzura la señora posándole su amorosa mano en la frente.

-¡Como una tuna, madre!... ¡Fresco como una lechuga!

-¡Pobre hijo mío; lo dices por consolarme!

Don José Antonio le dijo que no se afligiera, que casos peores había visto él en las batallas, hombres cuasi charqueados a sable y que al poco tiempo ya estaban con las armas en la mano. En el Roble un cabo de su escuadrón, bandeado a bala de parte a parte y con más de catorce heridas en el cuerpo, cosido a bayonetazos, y al que todos dieron por muerto, había peleado después en Rancagua y en Chacabuco. Y a él, don José Antonio, ¿cómo lo habían dejado los pícaros maturrangos en Maipú? De no dar ni tres cuartillos por su pelleja. Y ya lo veían: ¡Cómo si tal cosa! Y capaz era de ir a traer amarrado al Maulino!... Justo Pastor tenía su temple, su sangre, era de buena cepa ¡canastos!, y no se iba a morir por un pinchazo.

Viendo al viejo tan gallo, dijo Justo Pastor sonriéndose y regocijado:

-¡Si es casi nada, abuelo, y si no fuera por esta moledera (la puñalada) que me tiene medio estacado en la cama, hasta me levantaba también... ¡No es hombre el Maulino para mí!... Si lo pillo otra vez, de la primera cachetada lo encumbro y después lo pateo!... Páseme un trago de agua, madre.

Viendo entrar a Marta agregó:

-¿Cómo te va, rucia? ¡No creas que me voy a morir! ¡ni a cañón rayado! No seái lesa, chiquilla, déjate de andar haciendo pucheros y lloriqueando.

-Estás mejor, ¿no? ¿No te duele la herida?... ¡Si yo no creo que te puedas morir!

-Pero no hables tanto, hijo mío -agregó su madre. El médico recomendó que estuvieras quetecito y que no hablases.

-¡Pish! ¡Qué sabe don Abraham!... Bueno con el gringo bruto. Y tan pesado de mano; casi me hizo ver burros negros cuando me metió el dedo en la herida... ¡Por poco no le ajusto una cachetada en la nuca!

Positivamente el más alentado de todos parecía ser Justo Pastor. Y con esto y lo que decía el veterano de la buena cepa y de los soldados charqueados y vueltos a la vida; y con mucha fe en la intercesión de la Virgen y otro poco en los aciertos de don Abraham, fue renaciendo la esperanza en la familia.

Sólo don Salustio no tenía sosiego e iba y venía por toda la casa presa de un pensamiento clavado como un puñal en el alma: «¡Su hijo mortalmente herido y el hechor impune!»...



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