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ArribaAbajo- II -

Apenas terminado el discurso de S.E., los jóvenes Ruiz y Flores, abriéndose paso con gran dificultad, corren a casa de don Renato donde ya se ha izado la bandera, prendido la estrella de gas frente a la puerta de calle, y cuyas ventanas estaban ampliamente abiertas y encendidas todas las luces interiores como en un día de gala.

-¡Viva Chile!... ¡Viva Chile! -exclaman los jóvenes entrando al patio y agitando sus sombreros.

-¡Viva Chile!... ¡Gloria a los héroes! -les contestan saliendo a su encuentro don Renato, doña Matilde, misiá Gertrudis, Marta, Luisa y los muchachos.

El primer abrazo se lo dieron a don Renato, cuya emoción era intensa. Después se abrazaron todos, y también todos lloraban.

Ernesto al estrechar a Luisa entre sus brazos, le dijo bajito y al oído:

-¿Cree ahora que pudiera quedarme sin ir a la guerra?

-¡No, Ernesto! -contestó la muchacha con voz que la pena ahogaba- ¡Ya sé qué tendrá que irse!...

Y rompió a llorar con unos grandes sollozos entrecortados de hipos que le sacudían el cuerpo. Y entrándose al costurero se dejó caer sobre una silla sofocada por la emoción, ocultando la cara con sus manos.

Las demás personas entraron a la sala, con excepción de Ernesto que se quedó en el patio.

Nadie se extrañó del llanto de Luisa, porque aquella noche fue más de lágrimas que de risas, y no hubo quien no las derramase en abundancia.

Marta se llegó a su prima, y sentándose a su lado le tomó una mano y le dijo:

-No llores más; no aflijas al pobre Ernesto... Si lo vieras como está allá afuera mirándote a ti y gimiendo... ¡Pobre muchacho! ¡Cómo te quiere!...

Luisa secó sus lágrimas y Marta la condujo de la mano a la sala, a la cual entró también el joven Flores.

Don Renato refirió como había sabido la noticia.

-Serían apenas las diez y cuarto -dijo- cuando López, un portero de la Moneda a quien yo le había encargado venir a avisarme en el acto que se supiese algo, llegó jadeante a la ventana de mi habitación gritando: «¡Viva Chile, señor!», «¡Viva Chile!». Me vestí apresuradamente y me trasladé a la Moneda, cuyos salones vi iluminados y llenos. ¡Si tendrá razón don José Manuel! -pensé mientras subía la escala que conduce al despacho presidencial, a cuya antesala no alcancé a penetrar porque en la puerta me encontré con don Miguel Luis y don Gregorio Víctor Amunátegui, quienes me impusieron en el acto de lo que ocurría: un nuevo telegrama del general en jefe del ejército del Norte confirmaba el combate naval de Iquique y la varadura de la Independencia.

Don Miguel Luis me invitó a que fuéramos a la Catedral, a fin de que echaran a vuelo las campanas, y nos dirigimos casi a la carrera al Sagrario, cuya puerta golpeamos inútilmente, porque el sacristán dormía. Don Gregorio Víctor nos dijo: «Vayan Uds. al cuartel del Cuerpo de Bomberos mientras yo me encamino al convento de la Merced».

Así lo hicimos, más anduvimos desgraciados en el primer momento, porque el cuartelero no se atrevió a tocar la campana sin previa autorización del comandante.

Entre tanto don Gregorio Víctor había sido más afortunado, pues las campanas de la Merced, con alegres repiques, anunciaban a la ciudad el triunfo de nuestras armas y la inmolación del capitán Prat y de sus compañeros.

Cuando regresamos, grandes cantidades de gente invadían todas las calles y a la carrera se dirigían a la Casa de Gobierno en busca de ampliación de la noticia. Yo me vine a la mía, deseando estar con mi familia.

Después que cada cual refirió como había sabido la noticia y de contar sus impresiones, se despidieron los estudiantes, diciendo que iban a oír los discursos que seguían pronunciando en la Moneda.

Desde la casa se oían los gritos y los vivas que atronaban el aire. Don Renato dio permiso a Julián y a Enrique para que les acompañaran.

Llegaron en el momento en que decían: «¡A la Plaza!»... «¡A la Plaza!». Y uniéndose a ellos toman parte en el desfile; y enseguida van a la cabeza de la poblada que se dirigió al Santa Lucía.

A la subida del Cerro se juntaron con don Pantaleón y con Pancho Troncoso, roncos de tanto gritar, y con Arturo Cuevas, amigo de ellos y entusiasta muchacho estudiante de matemáticas, que ahí mismo juró que se incorporaría a la Escuadra aunque fuese de grumete5.

Aquella noche no durmió ningún santiaguino. En alegres caravanas recorrían las calles de la ciudad. Los barrios apartados del centro se habían despoblado, y sus habitantes, enloquecidos, iban con bandas de música a la cabeza cantando la Canción Nacional y el Himno de Yungay, vivando a Chile, a Prat y a Condell; sin conocer aún las verdaderas proporciones de la epopeya de Iquique, cuyos detalles sublimes fue transmitiendo poco a poco el cable los días siguientes, a medida que ellos eran conocidos de las autoridades chilenas de Antofagasta.

Aquella misma noche se iniciaron erogaciones para socorrer a las familias de los mártires de la Esmeralda y suscripciones para erigir un monumento a Prat y sus compañeros de sacrificio.

Aquella misma noche también, prestigiosos hombres públicos firmaban una invitación al pueblo a un gran mitin que se celebraría al día siguiente al pie de la estatua de O'Higgins. Firmaban la invitación Benjamín Vicuña Mackenna, Pedro Montt, Luis Aldunate, Adolfo Ibáñez, Melchor de Concha y Toro, Demetrio Lastarria y varios otros.

Amaneció un domingo de sol esplendoroso, y la ciudad engalanada de banderas que flotaban con un estremecimiento glorioso. Santiago vivió en las calles y en las plazas. La alegría estaba pintada en los rostros y cada cual expresaba sus sentimientos a cuantos encontraba.

Los vendedores de diarios eran asaltados por manos tendidas que se los arrebataban. Se subían sobre los bancos para leerlos en alta voz ante grupos de gentes del pueblo. Ahí figuraban los nombres de los jefes y oficiales de las queridas naves chilenas; nombres que los labios repetían pronunciándolos con la veneración con que se pronuncian en las oraciones los nombres de los mártires y santos del calendario cristiano.

A la hora del mitin (1:30 p.m.), la concurrencia era enorme alrededor del «Padre de la Patria», don Bernardo O'Higgins. Y bajo el maitén del óvalo han tomado colocación con tiempo Eduardo Ruiz, Ernesto Flores y demás pensionistas, con don Pantaleón y Pancho Troncoso.

Se sabe que han llegado nuevos telegramas sobre el combate de Iquique, que lo agrandan y lo subliman.

Preside don Rafael Larraín Moxó, y dice con voz grave y solemne:

-En nombre de Arturo Prat y de sus gloriosos compañeros, se abre la sesión.

Ocupa la tribuna Benjamín Vicuña Mackenna y pronuncia un discurso grandilocuente que arrebató a la concurrencia.

Se presenta enseguida don Carlos Rogers y lee el parte en que se anuncia la muerte de Prat:

«Prat ha muerto sobre la cubierta del Huáscar... ¡Prat ha abordado al Huáscar espada en mano, cayendo sobre el puente enemigo!... La Esmeralda con pabellón izado en el pico de mesana y haciendo fuego hasta el último momento, es echada a pique al tercer ataque espolón del Huáscar».

¡Oh!, ¡qué hurra inmenso atronó el aire!

Aquello era mil veces más glorioso que el sacrificio estéril de las llamas.

-Prat -dijo Justo Arteaga Alemparte- fue bastante sereno y bastante humano para no imponer a nadie que muriese en su compañía. Invitó a todos a morir con él y como él. No obligó a nadie a que muriese como él supo morir.

Jamás presenció el mundo una intrepidez más serena, ni serenidad más intrépida. El héroe supo desde el primer momento lo que debía a su país y a su nombre. Por eso izó su pabellón en el palo mesana de su nave, diciendo así a su adversario que podía aplastarlo, más no rendirlo. Por eso sus cañones han hecho fuego hasta el último momento.

Después hablaron Valdés Vicuña, Prendes, Tagle Arrate.

En un carro atestado de gente estaba don Manuel Vicuña, repatriado del Perú. Se le hizo hablar.

Luego se oye banda de música que llega con la I. Municipalidad, trayendo a la cabeza la gloriosa bandera de la jura de la Independencia, que se conserva desde 1818. Cargaba la bandera el alcalde don Guillermo Mackenna, y fue pasada a don Benjamín Vicuña, quien balanceándola en el aire en medio de un indescriptible entusiasmo dijo:

-Éste es, señores, el glorioso trofeo de la patria, con el cual se declaró la Independencia, paseándolo por las cuatro esquinas de la plaza de Santiago con estas palabras grandes y majestuosas como Los Andes: «Chile, libre e independiente por la voluntad de Dios y el valor de sus hijos».

Que esta bandera, señores, ondee algún día sobre las altivas torres de la Catedral de Lima, a cuya sombra debemos dictar la paz a nuestros injustos e ingratos provocadores.

Don Luis Montt leyó las conclusiones del mitin.

A las tres de la tarde se cantó en la Catedral un solemne Te Deum por el triunfo obtenido. Asistieron S.E., ministros y altos funcionarios. A las 6 p. m. salió de la Merced una procesión, escoltada por el cuerpo de bomberos armados. Iba una escogida capilla de cantores, y recorrió varias calles; de los balcones arrojaban flores. En la noche hubo un gran concierto en el Municipal a beneficio de la guerra.

Día a día se fueron recibiendo nuevos detalles del combate de Iquique, ya por el cable, ya por los mismos diarios enemigos que lo relataban llenos de asombro, ya por cartas privadas y los partes oficiales de los sobrevivientes, reconstituyendo así, para orgullo de los chilenos y admiración del mundo, aquel drama sin precedente en la historia.




ArribaAbajo- III -

La noticia del combate de Iquique tuvo una dolorosa repercusión en Santa Cruz. Allá, como en todo el país, pasaron en la mayor ansiedad las horas que transcurrieron entre los primeros telegramas que anunciaban un desastre y los que daban cuenta de una gran victoria. No había telégrafo a Santa Cruz, de modo que sólo por los diarios se sabía lo que pasaba.

Desde que fue declarada la guerra el veterano don José Antonio vivía en una excitación continua. Había organizado un pequeño batallón con los muchachos del pueblo, a cuya cabeza figuraba Marcos, el hijo de don Salustio. Les hacía marchar y contramarchar en evoluciones guerreras, armados de palos que hacían las veces de fusiles, con gran contento y algazara de los niños.

-¡Silencio en las filas!... ¡Firmes! -les gritaba don José Antonio blandiendo el tebo.

Los reclutas hacían alto.

-De a dos en fondo, alinearse por la... ¡deré!

-Un... dos... un... dos... un... dos...

-Descansen... ¡ar!

Se oía el traqueteo de los palos.

-Al hombro... redoblado... ¡mar!

Aquellos ejercicios de armas fueron despertando en el veterano sus antiguas impresiones y recuerdos. No dormía en las noches, pasándoselas con los ojos muy abiertos rememorando hechos de sus pasadas glorias. Tampoco comía, de suerte que se le fue debilitando el cerebro. Andaba con los ojos encandilados y se le veía a veces hablando solo.

Una noche don Salustio y su señora oyeron un gran estruendo de voces y de golpes en el cuarto del veterano. Acudieron alarmados y vieron con dolor y con asombro que el abuelo, en traje de dormir y sin otro abrigo que el poncho y el gorro, peleaba con un enemigo imaginario, tirando cortes y reveses con su tebo, a uno y otro lado, parando golpes, dando saltos, haciendo molinetes con el palo, el poncho al hombro, que se sacó en el fragor de la pelea y se lo arrolló al brazo, tirándolo por último con rabia al suelo y diciendo:

-¡Ríndete, sarraceno!... ¡Toma, godo cochino!... ¡Ras! (garrotazo en la cómoda).

Y volviéndose a los que le miraban:

-¡Ahí tienen a un maturrango con el mate partido; hecho añicos como una calabaza!... ¡Así pelea la gente!... ¡Viva la patria!

Después se cuadró ante el retrato de O'Higgins, colgado en la muralla, saludándolo militarmente y presentándole armas con el tebo. Luego recogió el poncho, arrastrándolo por los suelos y se afirmó el gorro de coipo en la cabeza hundiéndoselo hasta los ojos.

Le hicieron acostarse y le dieron a beber una tizana caliente. Al día siguiente llamaron a don Abraham, el médico, a quien rechazó indignado el viejo.

El domingo 25 de mayo era esperada con gran impaciencia en el pueblo la llegada del correo. Los diarios deberían traer noticias sobre el desastre de Iquique, sabido ahí el día anterior.

A eso de las cuatro de la tarde numerosos vecinos llenaban la oficina del correo. Entre ellos estaban don Salustio, el veterano, el cura don Cayetano, don Ñico Pérez, el subdelegado, el boticario, don Juan Acuña, y veinte vecinos de los más caracterizados y gente del pueblo que se desbordaba hasta la calle.

El primero que desplegó un diario y dio con la noticia fue don Salustio, quien la leyó en altas voces.

La impresión fue idéntica a la producida en Santiago: una mezcla de asombro, de lágrimas, de alegría, de adoración.

Don Cayetano arremangándose las sotanas a la cintura, echó a correr en dirección a la iglesia, y subiéndose a la torre a grandes zancadas comenzó a repicar las campanas como en un Sábado de Gloria.

Todo el pueblo se agolpa a la plaza y comienzan los vivas a Prat, a Condell, a Chile. En varias casas hacen disparos con escopetas: donde las Alcaides encienden voladores y cohetes.

Entre tanto un hecho doloroso ha tenido lugar. Apenas terminada la lectura del telegrama de la guerra, don José Antonio se descubrió la cabeza, cuyos cabellos blancos flotaron en el aire, elevó al cielo la mirada y luego comenzó a gesticular en forma violenta y extraña, convulso y rojo, hinchadas las venas del cuello. Se diría que quería llorar o reír, más no podía. Se cubrió la cara echándose el poncho a la cabeza, se oyó un hipo, agitó los brazos y se fue de espaldas. Estaba muerto.

Sus funerales revistieron gran solemnidad, esmerándose don Cayetano en ellos. Asistió media comarca y vinieron a la misa de Requiem los curas don Marcelino León, de Yanquil, don Nicolás Briones, de Palmilla y el de Licantén, don Miguel Cáceres.

Aún no estaban enjugadas las lágrimas por tan sensible pérdida, cuando la familia Guzmán tuvo otro motivo de pesar. Marcos, muchacho de trece años, había desaparecido de la casa y del pueblo y se le buscaba con afán sin que fuese posible encontrarle en ninguna parte. Al día siguiente vino a saberse que había tomado el tren en Nancagua. Le vio el conductor, don Pedro Valenzuela, quien dio los datos, diciendo que iba en compañía de otro muchacho de Santa Cruz, Martín Latorre, en carro de 3.ª y cada uno con un paquetito envuelto en diarios, amarrado con cáñamo.

A la vez el padre del muchacho Latorre recibió una carta de su hijo, en la cual le decía:

«Mi querido papá: No me busque; me voy a la guerra con un amigo a defender la Patria. Queremos morir como Arturo Prat. De rodillas le pido su bendición y dígale a mi mamá que rece por mí y que no se asuste. Yo les escribiré de allá. Perdóneme y los abraza con lágrimas en los ojos, su amante hijo:

Martín Latorre».

Era el resultado de la fuerza moral que el combate de Iquique imprimió al ejército y al país entero.

Don Salustio tomó el primer tren a Santiago.

Entre tanto veamos lo que hacían los muchachos.

Entusiasmados con el combate de Iquique y resueltos a irse a la guerra, salieron de Santa Cruz entre gallos y media noche a tomar el tren de Nancagua, no haciéndolo en Palmilla de miedo a que ahí les pillaran. Anduvieron de a pie toda la noche con sus paquetes en la mano, en los cuales llevaban una muda de ropa interior y algo de comer. Sin tropiezo alguno tomaron el tren en Nancagua y luego en San Fernando el que venía del Sur, llegando a Santiago a las cuatro de la tarde. Inmediatamente se dirigieron al cuartel de la Maestranza.

-¿Se puede hablar con el oficial de guardia? -preguntaron al centinela de la puerta, quien gritó:

-¡Cabo de guardia!... Oficial de servicio.

La rigidez del centinela, su grito y el aparato de armas, algo atemorizaron a los muchachos. Se les hizo pasar al cuarto de banderas, en el zaguán del cuartel, y los recibió el oficial de guardia, que se quedó mirándolos:

-¿Qué se ofrecía?...

-Venimos, señor, a ofrecernos voluntarios para irnos a la guerra, de soldados distinguidos -expresó Latorre que era un poco mayor que Marcos, ambos empinándose en la punta de los pies para verse más altos, muy serios y tiesos como el centinela de la puerta, y los paquetes bajo el brazo.

Habían oído decir que los hijos de familia que sentaban plaza de soldados iban en calidad de soldados «distinguidos».

El oficial de guardia, sonriéndose, no acababa de mirarles. Salió a la puerta y llamó a otros oficiales. Entraron tres, uno de ellos capitán.

-Estos caballeros -les dijo- quieren sentar plaza de soldados distinguidos... ¿Qué les parece a Uds.?... ¡Mírenlos bien!...

Soltaron la carcajada.

Los muchachos, que ya se veían clavando banderas en la trinchera enemiga, se pusieron rojos.

-¿Y Uds. serían capaces de cargar un rifle? -les preguntó el capitán mirándoles de alto abajo.

-Tome uno Ud. y me pasa otro a mí... ¡a ver, pues! -le contestó Latorre desafiándolo con la mirada.

Marcos gesticulaba, tragaba saliva con rabia y asentía con la cabeza a lo que decía su compañero.

-¡Éstos si que son gallos! -exclamó el capitán riéndose a toda boca echado para atrás.

-¡Bien chilenos! -exclamó otro.

Y uno les tiraba de charchadas a la cara, otro les pellizcaba la oreja; y entre grandes risas, burlas y cuchufletas los empujaron a la calle.

Se retiraron avergonzados, indignados.

Resolvieron irse de guerra en un tren que al día siguiente partía con tropas de Santiago, según leyeron en un diario. Lo tomarían en Renca.

Y se pensó y se hizo. Pasaron la noche en el galpón de los tranvías y al primer diucazo se largaron a Renca a esperar el tren que debía pasar como a las 9 a. m.

A Marcos le molestaba mucho un zapato, al que casi se le había salido la suela. Se lo amarró con un cáñamo.

-¡El tren, a la vista!

Viene con la máquina embanderada y tropas hasta en las pisaderas; soldados que gritan, que ríen, que saludan y hacen señas con las manos. Se detiene un instante, los muchachos intentan subir y se lo impiden diciéndoles que no es tren de pasajeros.

Ellos protestan y dicen que quieren ir a la guerra; se les empuja, se les rechaza, y el tren parte en medio de una gran algazara dejando a los muchachos a la orilla de la línea, mudos, descorazonados, con deseos de llorar.

-¡Memoria a su mamita!... -les grita un roto, con el kepí echado al ojo, desde la plataforma trasera.

-Marcos alzó el brazo amenazándolo con el puño.

Regresaron a Santiago y en la tarde se toparon en la Alameda con Eduardo Ruiz, quien, impuesto de lo que pasaba, los llevó a la pensión, y después de darles de comer cualquier cosa, hacer que se asearan y de prestarle unos zapatos a Marcos, los condujo a casa de don Renato.

Marcos iba tropezando a cada instante con las puntas de los zapatos, demasiado grandes.

Don Salustio, lleno de inquietud y sin una palabra de reproche, se lo llevó a Santa Cruz con su compañero; y también se llevó a Marta.






ArribaAbajoCapítulo VIII

En campaña



ArribaAbajo- I -

«Tararí, tararí, tararó...»

El corneta del batallón Atacama tocaba a rancho, y el muchacho, con las mejillas muy infladas por el esfuerzo, dio las últimas notas elevando la corneta y haciendo un movimiento circular con ella, a fin de que se le oyera en todo el campamento.

Y de todo el recinto comenzaron a surgir soldados que con apresuramiento se dirigían a los grandes fondos en los cuales se distribuía la comida. Algunos iban con sus platos de latón suspendidos en el aire y agitándolos como panderetas. Otro se puso a imitar el toque del corneta cantando:

-Tararó, tararó, tararí... Guata é traro, guata é traro; lo haga bien o lo haga mal, la comida la han de dar...

Este toque y el otro de calacuerda o a degüello eran los que más les entusiasmaban; interpretando este último así: «La navaja madre... y el cuchillo padre!»...

-¡Cabo Hinojosa! -gritó el subteniente Ernesto Flores, haga formar la compañía después del rancho para la distribución de tabaco.

-Está bien, mi subteniente -respondió el cabo llevándose la mano a la altura de su cabeza y cuadrándose militarmente.

Eran las cinco de la tarde y el campamento presentaba un aspecto animadísimo con los 600 soldados que iban y venían alegremente, vestidos de brin, medias botas de cuero frisudo color claro, encima del pantalón y sus gorras de brin. Reían y charlaban en bulliciosos grupos por aquí y por allá, comiendo unos de pie, sentados otros en el suelo.

Ocho meses han pasado desde el combate de Iquique. Ya Chile es dueño de los mares con la captura del «Huáscar» y también lo es de la provincia de Tarapacá conquistada con los combates de Pisagua y de Dolores. El enemigo, más que destrozado, aterrorizado, ha huido a refugiarse en Tacna, y el ejército victorioso acampa y reposa en el cantón de Santa Catalina, uno de los centros de las pampas salitreras.

El batallón Atacama, cuyo nombre ya anda en boca de todos, tiene su cuartel en la oficina San Antonio.

A la hora de comida, estando reunidos a la mesa todos los oficiales y a la cabecera de ella el Comandante del cuerpo, Teniente Coronel don Juan Martínez, dijo éste que era casi seguro que en pocos días más se embarcaría el ejército en Pisagua para una expedición al Norte. Así se lo había comunicado el Estado Mayor ordenándole que tuviera listo el batallón.

-¿Y a qué parte, señor, será la expedición? -preguntó el teniente Antonio María López, arrogante mozo, bravo y caballeresco como «D'Artagnan».

-Hombre, eso no lo sé. El General Escala no revela los planes del Gobierno -le contestó el jefe sonriendo con aquel modo bondadoso, casi paternal, que le hacía tan querido de sus oficiales y de la tropa.

Era un hombre moreno, de patilla cerrada, modesto y llano en su trato. De simple soldado raso el año 1843, aprendió a leer e hizo su carrera conquistando sus galones uno a uno, debido a su conducta intachable y a su valor sereno. Sus dos hijos, Melitón y Gualterio, eran oficiales del batallón.

Hicieron suposiciones sobre el lugar probable de la expedición y el puerto del desembarque. Unos decían Arica, otros Mollendo, y no faltó quien opinase por el Callao. El Comandante dijo que el Callao no podía ser. Había que batir antes el ejército aliado, cuyo núcleo estaba en Tacna.

-¿Y nuestro abogado, qué opina? -preguntó dirigiéndose al subteniente Eduardo Ruiz.

-A mí me parece, coronel, que el objetivo de la expedición no puede ser otro, como usted dice, que atacar al ejército enemigo donde se encuentre, y el desembarco tendrá que ser forzosamente en alguno de los puertos o caletas de las provincias de Tacna o Moquegua.

-Con tal que no hagan la barbaridad que hicieron en el desembarco de Pisagua -agregó el teniente Rafael Torreblanca, el «Bayardo» del batallón, el caballero sin tacha y sin miedo, un garrido oficial de color trigueño que llevaba consigo, oculta y amarrada a la cintura, una bandera chilena, resuelto a ser el primero que la clavase en la trinchera enemiga. Era poeta además y joven de mucha ilustración. Redactaba un periódico titulado Andrés Bello que circulaba manuscrito haciendo las delicias del campamento.

Recordaron el desembarco de Pisagua. Las lanchas apretadas de tropa eran conducidas lentamente a remo desde los buques de la playa. A otras las remolcaba una lanchita a vapor que las soltaba a regular distancia de tierra, esperando que con la aviada llegasen a la orilla. Pero resultaba que no alcanzaban a llegar quedándose detenidas a 50 y más metros de la playa. Entre tanto, el enemigo los fusilaba materialmente, disparándoles sobre mampuesto, ocultos detrás de las rocas o de las trincheras de sacos de arena que tenían en el faldeo del cerro.

-La lancha en que yo iba quedó trepada sobre unas grandes rocas como a veinte metros de tierra, y los soldados tuvieron que desnudarse enteramente y ganar a nado la orilla llevando suspendido en una mano el fusil -dijo el subteniente Gonzalo Matta, hermoso joven que a sus prendas personales unía el prestigio que le daba el ser hijo del célebre poeta don Guillermo Matta, organizador del batallón en la provincia de Atacama, de la cual era intendente a la sazón.

-En la que yo iba -recordó el cirujano del cuerpo, Eustorgio Díaz- mataron a dos soldados. Al que estaba a mi lado le dieron un balazo en toda la cabeza y me salpicó con los sesos. ¡Sonó como calabaza!...

Hizo un gesto de horror y de repugnancia y se pasó la mano por el pecho como si se limpiara una porquería. Y agregó, dirigiéndose a Senén Palacios, un jovencito, estudiante de medicina, practicante de cirugía del batallón y recién incorporado al cuerpo:

-¡Fue una cosa espantosa, compañero!

Ernesto Flores dijo que en su lancha no tuvieron ningún herido, habiendo desembarcado con toda suerte en Playa Blanca; pero que apenas comenzaron a trepar el cerro fue herido su capitán Agustín Fraga.

A Ernesto le decían el «Guagua» los soldados, por su cara imberbe de niño sobre un cuerpo alto y delgado. Pero lo respetaban desde que lo vieron en la toma de Pisagua y en el combate de Dolores. En este último, el Atacama, con su jefe a la cabeza, cargó a la bayoneta en defensa de la batería de Salvo, arriba del cerro, asaltada audazmente y en gran número por el enemigo, con grave peligro de ser tomados los cañones, que defendieron hasta con sus revólveres los oficiales mientras llegaba en su auxilio el Atacama.

Éste llega corriendo, y al toque de calacuerda arma las bayonetas y embiste de frente al enemigo con increíble furia. Terrible pánico se apodera de los peruanos, inmensamente superiores en número, y huyen los que habían escalado las alturas arrastrando a otros batallones que ya iban a media falda y de los que se apodera el mismo pánico. El Atacama, mientras tanto, corría cerro abajo arrasándolo todo con sus bayonetas, revueltos asaltantes y asaltados. Y era tan terrible su empuje que el batallón Ayacucho, colocado en línea al pie del cerro, fue deshecho por el choque, quedando ensartados en las bayonetas muchos hombres.

El «Guagua» cargó espada en mano en medio de su compañía, loco de entusiasmo, gritando y corriendo en persecución del enemigo.

El Atacama perdió tres oficiales, el capitán Vallejos y los subtenientes José Vicente Blanco y Arturo Wilson, y fueron heridos el ayudante Cruz Daniel Ramírez que perdió un brazo, y el subteniente Abinagoitis. La tropa tuvo 82 bajas entre muertos y heridos.

Eduardo Ruiz no se encontró en esos combates, perteneciendo a la sazón al Esmeralda, cuerpo que no tomó parte en ellos. Deseoso de estar junto a Ernesto, consiguió después del combate de Dolores ser trasladado al Atacama con su mismo grado de subteniente.

El Comandante con su oficialidad se levantaron de la mesa a oír la retreta que tocaba la banda. El ayudante del cirujano iba felicitando a éste por haber sido recomendado en el parte oficial del Comandante sobre el combate de Dolores.

-Bondades del coronel... -respondió modestamente Díaz.

-Pura justicia, doctor -le dijo don Juan Martínez, que alcanzó a oír.

-Muchas gracias, señor... Yo creo que el compañero no lo hará mal tampoco en la primera que le toque encontrarse.

Miró sonriendo a su ayudante y agregó:

-También fue recomendado oficialmente por el general Velázquez, el cirujano de la artillería Elías Lillo. Todos vimos al chico Lillo recorrer a caballo el cerro de Dolores, arriba y abajo, curando heridos, llevando órdenes y hasta repartiendo municiones según se supo. Estuvo muy expuesto.

Eduardo y Ernesto se subieron encima de los ripios de la oficina. Desde aquella altura dominaban la extensa y desolada pampa salitrera, blanquecina y como calcinada por los ardientes rayos del sol, sin un ser viviente, ni un rastro de vegetación en cuanto abarcaba la vista. Al calor sofocante del día, de luz que cegaba, y al fuerte viento que levantaba nubes de polvo, habían sucedido un gran silencio, una gran quietud y un viento fresco y puro. Del lado del oriente se veían unos altos cerros, cuyas cimas empezaban a teñir de rosa y amarillo los rayos del sol próximo a ocultarse: el sol incásico que envuelto en su manto de oro y púrpura se ponía en medio de un tumulto de nubes destrozadas y sangrientas.

De lejos venían toques de cornetas que rasgaban el aire con sus notas agudas y vibrantes, indicando los sitios donde acampaba el ejército: Jazpampa, Porvenir, Santa Catalina, Dolores, etc.

Y lentamente fue cayendo la noche. Bajo un cielo frío y descolorido se arrastraba la inenarrable melancolía de los crepúsculos de la Pampa del Tamarugal, cuya nota dominante inolvidable, es el silencio.

Eduardo que no se cansaba de mirar aquella desolación, dijo:

-Quien creyera que esta pampa en donde no crece ni una hierba, un campo que parece muerto, sea una riqueza.

-Así es, parece increíble -repuso Ernesto cuyo pensamiento no estaba precisamente ahí, ocupado en repasar de memoria la última carta de Luisa. En ella le decía la enamorada muchacha:

«Mi Ernesto querido:

Tu carta del 4 de febrero me quitó un gran peso del corazón porque había soñado que estabas enfermo, con fiebre, y te veía acostado en el puro suelo envuelto en unos ponchos y en tu capote, como dices que duermes, y sin que tuvieses quien te pasara ni un vaso de agua. ¡Cuídate, amado mío!...

Tú me dices que estás muy bien de salud y que recibiste mi última carta con el retrato de cuando yo tenía cinco años, y la cinta granate que llevaba al cuello el día que te fuiste a la guerra y que tú me pedías en la carta.

Me he reído con lo que dices del retrato. ¿Encuentras que en él ya tengo los ojos pícaros y que te parece que te estoy mirando como te miraba algunas veces en las clases?

No me digas que soy muy linda y graciosa, porque no es cierto, adulón. Tú me hallas así porque que quieres, y como dice el refrán: 'Quien fea ama, bonita le parece'.

Te contaré que anoche en la comida mi papá se puso a hablar de ti y te alabó mucho. A mí me saltaba el corazón y debí ponerme colorada porque sentía como un fuego en la cara. La tía Gertrudis me miró con el rabillo del ojo y se sonrió. ¡Tan buena la tía!...

¿Te acuerdas cuando nos pilló abrazándonos la noche antes que te fueras? Qué susto ¿no? Ha cumplido la promesa que nos hizo. ¡Se ha quedado calladita!... Te quiere mucho (¡no tanto como cierta personita!) Cuando hablamos de ti, ella dice: 'Pobre Ernesto, cómo estará sufriendo; yo le rezo todas las noches una salve para que no le suceda nada!'... Yo le salto al cuello y le doy mil besos. Ella me dice que no llore, pero yo no puedo. Soy muy tonta y me he puesto muy llorona...

Te abraza estrechamente tu:

LUISA.

Nota.- Dile a Eduardo que su carta se la mandé a Marta y que reciba un saludo cariñoso de mi parte».

El corneta del Atacama tocó llamada, y luego los sargentos comenzaron a pasar lista. Lanzaban los nombres de los soldados en voz alta y éstos iban contestando en todos los tonos imaginables «Presente». Terminada la lista los sargentos fueron a dar cuenta al oficial del servicio, quien hizo el parte respectivo y lo pasó al capitán ayudante. Enseguida se dio comienzo a la instrucción de la tropa con la corneta.

«Tararí, tararí, tarará»... Tocaba el corneta y todos los soldados tarareaban en coro el toque, diciendo a continuación su significado.

Concluido los ejercicios los soldados se retiraron a sus respectivas cuadras; se tocó silencio y se distribuyeron las imaginarias (centinelas encargadas de la vigilancia interior).

Eduardo y Ernesto se habían recogido a su cuarto. Tenían sus camas en el suelo, hechas con ponchos y el capote sobre una payaza, sin sábanas ni almohadas ni más luz que una vela ensartada en una botella, colocada sobre un cajón. La espada con sus tiros, el kepí y algunas prendas de vestir colgaban de clavos en la muralla. De lavatorio hacía otro cajón con una palangana encima.

El tema de su conversación, inagotable en ellos, eran las cosas de allá, esto es, de sus amores. Las cartas eran esperadas con impaciencia febril, leídas y releídas y guardadas religiosamente en el bolsillo interior del dormán, cerca del corazón. Muchas cartas venían con alguna reliquia dentro, cabellos de las muchachas, pedido por los jóvenes, una flor, una cinta llevada al cuello por ellas, el último retrato, otro «Detente» para evitar las balas, rociado con agua bendita, bordado por sus manos, regado con sus lágrimas.

Ellos a su vez les escribían largas cartas. La encargada en Santiago de hacerlas llegar a su destino era doña Mariana, con quien se entendieron los jóvenes antes de partir a la guerra. Las cartas de Eduardo a Marta las recibía también doña Mariana, quien se las entregaba a Luisa y ésta las metía dentro de las que ella le escribía a su prima.

En las cuadras los soldados hablaban a media voz, acostados en sus camas y diciendo chistes, contando cuentos o jugando al monte. Este juego del monte era muy original; lo jugaban sin naipe y a obscuras.

Uno hacía de montero. Esa noche tallaba Bruno Cepeda:

-Salió el caballo de copas y el rey de bastos -dijo echando a jugar dos cartas imaginarias.

Los soldados cruzaron las apuestas, al caballo o al rey, sin que les oyera el montero. El cual dijo después de un rato:

-Y me di vuelta; y salió el cuatro de copas... el siete de oros... el caballo de espada...: ¡Ganaron los del caballo!

En el silencio de la noche se oyó el grito de alerta de un centinela en la puerta del cuartel que daba a la línea férrea.

-¿Quién vive?...

-Chile, le contestaron.

-¿Qué regimiento?

-Cazadores de a caballo.

-¡Cabo de guardia!... Cazadores a caballo.

Un oficial y su asistente entraron al patio, dejando oír el ruido de sus sables al desmontarse. El asistente tomó de las bridas el caballo del oficial y éste se encaminó al cuarto de los jóvenes Ruiz y Flores; quienes al verle aparecer en la puerta se alzaron de las camas en que estaban echados y avanzaron a recibirle llenos de júbilo.

-¡Justo Pastor!... ¿Cómo te va, hombre?... ¿Por qué te habías perdido tantos días?... ¿Qué era de tu vida?

-¿Cómo te va ñato?..., ¿cómo te va, Ernesto?

-Bien, hombre ¿y tú?... Cada día estás más corpulento y macizo...

-Qué quieres pues, hombre. Yo soy como la lana que mientras más la aporrean más se esponja.

-¡Qué vidita se pasan Uds. los de la caballería!... ¿Y siempre están en Camiña?

-Nos cambiamos a Tiliviche; hay más pasto para la caballada.

-Pero siéntate, hombre, y perdona la falta de comodidades.

Le arreglaron el cajón que hacía de lavatorio, colocándole un capote doblado encima, y ellos volvieron a echarse sobre sus camas.

-¿Has recibido cartas de Santa Cruz? -le preguntó Eduardo.

-De mi madre; me escribe seguido. También me escribió Marta. Están buenos. Se la pasan haciendo hilas para los heridos y rezando el rosario.

Desprendió el sable del tahalí y se lo colocó entre las piernas afirmando las manos en la empuñadura.

Después de un rato de charla Eduardo le preguntó si quería beber algo o tomar una taza de café; era cosa de prepararlo en un momento, tenían anafe.

-Echaría un trago, nunca está demás. ¿Qué tienen?

-No tenemos más que cerveza -dijo Ernesto.

-Cerveza no; me da acidez y me hincha.

Se levantó y llamó desde la puerta:

-Asistente, traiga la botella de piscolabis y la bolsa con el charqui machucado.

-¿Siempre tienes al «Coscuete»?

-El mismo; es niño de muchos recursos y de más olfato que un perdiguero. A una cuadra de distancia olfatea algo para la garganta o para el estómago. Con él no paso necesidad.

Justo Pastor ya había tenido ocasión de emplear el sable histórico del abuelo en el combate de Germania. La caballería enemiga fue atacada ahí por el capitán Parra, que llevando la delantera partió al galope, seguido a muy corta distancia por la compañía de Barahona, a la cual pertenecía Justo Pastor, blandiendo los soldados, a carrera tendida, sus sables afilados a molejón. Los enemigos no soportaron la terrible embestida. Al primer encuentro huyeron en dos grupos. Los cazadores los persiguieron algunas millas y Justo Pastor derribó a dos.

Es de recordar que el héroe de esa acción fue el sargento Tapia que habiéndose acercado demasiado con un solo compañero a un grupo de diez o doce soldados enemigos, les embistió gritando a su acompañante: «Apóyame por la retaguardia para que no me rodeen». El valiente sargento fue herido y como le mataron el caballo peleó de a pie hasta que rindió la vida acosado por el enemigo.

Justo Pastor preguntó por los otros compañeros de la pensión. Y Ernesto le contestó que González era practicante de cirugía de Zapadores, Polanco, del Buin, y Tomás Rojas era subteniente del 4.º de línea.

Hablaron enseguida sobre la próxima expedición del ejército al norte. Justo Pastor dijo que también ellos habían recibido orden de tener lista la caballada.

Cerca de las once de la noche se retiró. Iba a alojarse en Jazpampa, donde lo esperaba su amigo el capitán Pérez. Andaba con permiso hasta el día siguiente. Afuera se arrastraba una espesa y húmeda camanchaca que impedía ver a diez pasos de distancia.




ArribaAbajo- II -

El puerto de Pisagua presentaba una animación y un movimiento extraordinarios con motivo del embarque del ejército que partía al norte. El 23 de febrero ya se encontraban a bordo las provisiones y materiales del parque y de la intendencia. Los caballos de los Granaderos y de los Cazadores estaban también repartidos en los distintos buques, y sólo se esperaba el embarque de las tropas.

Muy temprano comenzó éste continuando durante el día con la mayor celeridad. El batallón Atacama se embarcó al atardecer, porque a última hora se ocupó en cambiar su armamento de fusiles Gras por Comblain.

A las 7 a. m. del día siguiente 24, llegó del interior a Pisagua el último tren con bagaje y rezagados de todos los cuerpos, que habían quedado en gran número en el camino, rendidos por la sed y las fatigas de una larga marcha de trasnochada.

El subteniente Ernesto Flores venía en ese tren conduciendo el bagaje del Atacama. Inmediatamente que llegó, un ayudante del Estado Mayor vino a indicarle a que buque debía conducirlo; y una hora más tarde ya estaba a bordo del Copiapó en el cual iba el Atacama.

-¿Qué hay, chico, qué tal viaje? -le preguntó Eduardo sonriendo y poniéndole una mano sobre el hombro.

-Muy bueno, hombre; me he venido toda la noche acostado de espaldas en un carro plano, bien metido hasta el cuello entre los rollos y mirando las estrellas... Y Uds. ¿no han tenido novedad?

-Ninguna, salvo algunos rezagados, que ya van llegando... Lo peor es que aquí vamos como sardinas y no hay ni donde moverse.

-¿Qué otro cuerpo va con nosotros?

-El regimiento Santiago... Todos los buques van apretados de gente.

-Son diecinueve; los conté esta mañana desde el Alto del Hospicio... Espérame un rato, voy a darle cuenta al ayudante.

A las 11 a. m. estaban ya terminadas por completo las operaciones de embarque de la tropa junto con su bagaje. Media hora más tarde iza el Blanco la señal de «alistarse para zarpar» y dispara un cañonazo. El Huáscar, que se cree va a custodiar el puerto durante la ausencia del convoy, viene entrando a la bahía en ese momento.

Apenas dispara el buque almirante el cañonazo de aviso, principian todos a ponerse en movimiento, ora para tomar su colocación, ora para ir a remolcar a uno de los tres buques de vela.

Era hermoso e imponente el espectáculo que ofrecían las numerosas naves del convoy preñadas de tropas. El humo que se escapaba de las chimeneas obscurecía el horizonte, y la brisa esparcía los ecos de las músicas militares y los vivas de los tripulantes, cuyo entusiasmo brillaba en todos los rostros.

El Loa levanta ancla en medio de los acordes del Himno Nacional y se aguanta sobre su máquina. Al mismo tiempo avanza el Amazonas, en el que va el Ministro de Guerra don Rafael Sotomayor, el General en Jefe, El Estado Mayor General y las grandes personalidades de aquel memorable esfuerzo; el Matías Cousiño remolcando al Giuseppe Muzzi; el Angamos, el Limarí, remolca a la Elvira Álvarez; el Lamar, remolca al Humberto 1.º; el Itata, a la Abtao; el Toltén, el Copiapó; el Santa Lucía, la Magallanes, y el vaporcito Toro.

Al pasar un buque al costado del otro, los tripulantes de ambos prorrumpían en entusiastas vivas a Chile. Cuando el Copiapó pasó al lado del Itata, los jóvenes Ruiz y Flores vieron a Justo Pastor sobre cubierta. Lo llamaron a voces y se saludaron. Un roto, muy serio, iba haciendo señales de semáforo: abría los dos brazos; bajaba uno, levantaba otro, abría las piernas, levantaba un pie.Los soldados se reían a carcajadas.

A las 4 p. m. el Blanco disparaba el segundo cañonazo y todo el convoy se puso en marcha, con el buque almirante a la cabeza, siguiendo un poco atrás la cañonera francesa Chasseur, como testigo de los hechos que iban a realizarse. En cada buque se leyó una proclama que el General Escala dirigía al ejército, y que comenzaba así:

«¡Soldados!

Vamos a emprender la segunda jornada de la campaña en que nos hemos empeñado para mantener ileso el decoro de nuestra honra y el respeto de nuestro derecho. Las heroicas hazañas que habéis realizado en la primera etapa han dejado marcado vuestro paso con la luminosa huella de vuestras victorias».

Y terminaba diciendo:

«Estad seguros de que al frente de vosotros encontraréis a vuestro General en Jefe.

ERASMO ESCALA».

El convoy hizo rumbo al NO, alejándose de la costa para no ser visto del enemigo. Al comenzar la noche se destacó la lancha torpedo que dirigía el teniente Señoret para ir a Arica con el fin de ver modo de sorprender a alguno de los vaporcitos enemigos que hacían la ronda del puerto y aplicarle un torpedo.

La sala del comedor estaba llena de oficiales que bulliciosamente charlaban y discutían haciendo mil comentarios sobre la expedición.

Ernesto Flores se retiró a su camarote. Deseaba escribir a su madre, contestando una carta que de ella recibiera pocos días antes de embarcarse.

Sacó la carta y se puso a leerla nuevamente. Decía así:

«Hijo de mi corazón:

Espero que al recibo de ésta te encuentres bien de salud, y ruego a Dios y a la Virgen porque no te pase nada. Yo también estoy buena pero con unas ganas muy grandes de verte y abrazarte, hijo mío idolatrado.

Aquí todos me preguntan por ti y me felicitan porque ya has peleado en dos batallas, pero yo vivo con un susto muy grande.

¡Cuándo se acabará esta guerra, Dios mío!

Doña Petronila Torrealva me mostró una carta de su hijo Tuco que también está en la guerra, y en la que le dice te ha visto allá y que estás muy quemado por el sol, pero muy bueno. Tuve mucho gusto. De Chépica se ha ido mucha gente al norte.

Muchas gracias, hijo querido, por tu buen corazón y generosidad en haberme aumentado la pensión en diez pesos más. Yo no necesito tanto dinero y puede hacerte falta a ti. Lo estoy juntando para comprar el majuelito que está a los pies de nuestra huerta, y cuando vuelvas la encontrarás más grande.

Con la presente te envío una encomienda con cositas de la casa que yo se que a ti te gustan. Van higos secos, dos panes de alfañique, y unas pocas ciruelas que este año estuvieron muy buenas y yo sequé como cuatro almudes, y va también un queso de leche de cabra; es de la 'Huachita' que cada día está más linda y mansita y viene a la casa y se entra a tu cuarto como si te buscara para jugar contigo como lo hacía en las vacaciones. Cuando me mira me da pena la pobrecita.

Te abraza y te besa, mi Ernestito querido, mi hijito idolatrado, tu mamá que desea tanto verte:

CARMELA P. V. DE FLORES».

El muchacho se llevó la carta a los labios y la besó religiosamente.

-¡Mi pobre mamacita! -dijo oprimiéndose los ojos con la mano.

Y se puso a escribirle una larga carta en la que vaciaba todo el amor filial y la ternura que rebosaban en su alma.




ArribaAbajo- III -

El Gobierno había resuelto iniciar la nueva campaña por Ilo, y a ese puerto se dirigía el convoy, llegando ahí al día siguiente a las once de la mañana. En previsión de que estuviese guarnecido, dispuso el General en Jefe que tomara la delantera del desembarco una avanzada fuerte, la cual bajaría a tierra dividida en dos alas y por dos caletas situadas respectivamente al norte y al sur. Bajaron el regimiento Esmeralda y la Artillería de Marina, y encontrando la playa desierta avanzaron a ocupar la población de Pacocha, mientras un destacamento de avanzada subió a la cumbre y continuó por allí a la descubierta.

El enemigo no daba mientras tanto señales de vida. Todo lo que había podido divisarse desde a bordo era un jinete que al ver desembarcar las primeras tropas huyó tomando el camino que trasmonta la cuesta. Permaneció en observación en la altura hasta que desembarcó el grueso del ejército, y en seguida torció bridas y se perdió presuroso en dirección al interior.

Después se supo que aquel jinete era el telegrafista de Pacocha, que hasta última hora estuvo comunicando noticias a Tacna.

Los peruanos no aguardaban el desembarco por ese puerto sino por Arica o Sama. Conocedores del espantoso desierto de su frente por el norte, no creían que el enemigo intentara atravesarlo. Así es que las guarniciones de las caletas tenían orden de retirarse ante un amago de ataque e informar al Cuartel General de lo que sucedía.

A causa probablemente de lo inesperado del desembarco y del consiguiente pánico, las autoridades de Ilo no hicieron nada para privar al ejército chileno de elementos preciosos de vida y de movilidad. En efecto, habían dejado corriente la bomba surtidora de agua del río, parte del material rodante, que pudo ser arrastrado al interior, y dos locomotoras. El donkey a vapor del muelle se encontró en perfecto estado y se empleó en bajar a tierra el material de artillería.

Cuando todo esto se supo y se vio, decían los chilenos:

-¡Qué peruanos tan amables y cumplidos!

Activamente continuó el desembarco de tropas, pertrechos de guerra, equipajes, víveres y caballos, quedando todo el ejército en tierra al siguiente día y cómodamente instalado en Pacocha, pintoresca población a la orilla del mar.

Aunque muchas casas estaban abandonadas y otras cerradas a machote, luego fueron abiertos tres despachos en los cuales se surtían los soldados pagando religiosamente, y un Café con billares que hizo su agosto con la concurrencia de oficiales.

Después de recorrer el pueblo en todas direcciones, la romería de curiosos se dirigía en tropel hacia el río, distante unas quince cuadras, anhelosos de ver agua corriente y el follaje de los árboles: ¡Hacía tanto tiempo que no veían un retazo de verde!...

Eduardo y Ernesto acompañados de Justo Pastor fueron a ese sitio el domingo, después de la solemne misa de campaña que se celebró en la plaza de Armas, con asistencia de todos los cuerpos del ejército.

Fue una excursión deliciosa que les trajo recuerdos de Chile. Bajaron a la quebrada que sirve de lecho al río y vieron que la vegetación principiaba desde la misma playa, extendiéndose como un pintoresco tapiz hasta unas cuatro o cinco cuadras al interior. Allí principiaban las arboledas de higueras, papayos, guayabos, algodoneros, paltos, chirimoyos, perales y olivares, a través de cuyo espeso ramaje apenas filtraba a veces la luz del sol.

-¡Esto sí que es bonito! -exclamó Ernesto trepado en una higuera y asomando la cabeza por entre las hojas.

-Bonita es, pero más me gusta la quebrada del «Agua Buena» -dijo Eduardo.

Y agregó Justo Pastor, sacando del interior del dormán, una pequeña cantimplora aplanada del bolsillo, muy cómoda:

-Está como mandado hacer para el almuerzo con agregado de cueca...

¿Te acuerdas, ñato, de lo bien que pasamos en Matanzas?

-¡Vaya que me acuerdo!...

-Sírvete, ñato, un poco de piscolabis; viene muy bien para la calor.

-Gracias... El otro día me lo diste para el frío...

-¡Sirve para todo, hombre, hasta quita las penas!

Se metieron por debajo de los árboles y recorrieron una gran extensión de la quebrada. Por todos lados se encontraban grupos de oficiales y soldados recreándose ya sentados a la sombra de los frondosos olivos y guayabos, ya trepados a las ramas más altas de los papayos.

Al regreso encontraron que las tropas se bañaban por batallones enteros con gran algazara de gritos y carreras por la orilla de la playa, metiéndose al agua en largas cadenas, tomados de las manos, nadando como lobos, saltando como pescados. También ellos se bañaron, haciéndolo después todos los días que ahí permanecieron llevando una vida descansada y amena.

Poco les duraron esos días. El General en Jefe acordó que una división de 5.000 hombres de las tres armas saliese de Ilo al interior por el camino de Moquegua, mandada por el General Baquedano como primer jefe y por el coronel don Mauricio Muñoz como segundo. Iban los regimientos Santiago y 2.º de línea, los batallones Atacama y Bulnes; dos baterías de artillería de montaña y una de campaña; caballería, los cazadores y los granaderos. La expedición disponía además de la única máquina del ferrocarril en estado de servicio, la cual fue destinada para conducir agua en un carro cisterna.

Entre Ilo y Moquegua hay 87 kilómetros, de los cuales 68 son por un desierto completamente estéril, sin más paraderos que los de la línea férrea, uno en Estanque y el otro en Hospicio, dos miserables casuchas como perdidas en la soledad de aquella llanura abrasada por el sol. El objeto de la expedición era destruir las fuerzas del enemigo en Moquegua antes de lanzarse a buscarlo en Tacna. El General chileno necesitaba dejar expedita su espalda para tener franca la comunicación con la costa, que era la base de su aprovisionamiento.

La división no salió reunida de Ilo. Tomó la delantera la caballería con Baquedano el día 12 de marzo y la siguió un día después la infantería y artillería mandadas por Muñoz. El punto de reunión de ambas secciones era Conde, esto es al término del desierto y donde comienza el valle regado por el río.

Jamás durante la campaña se procedió con mayor imprevisión. Fue un cúmulo de desaciertos que pudo costar muy caro y que puso de manifiesto la resistencia del soldado y la torpeza de los dirigentes de la guerra. ¡Cuánta razón tenía Vicuña Mackenna al decir que las batallas las ganaba el General Pililo; esto es el soldado, que sólo pedía para vencer que se le llevase al campo de batalla, aunque fuese atravesando desiertos, con tal que se le diese agua y comida, que él con su rifle y su canana llena de tiros enrollada a la cintura, daría cuenta del enemigo!

Más justo y verdadero sería el juicio del popular escritor si hubiese dicho que las batallas las ganaba el general Pililo acompañado de sus valientes oficiales y jefes inmediatos, porque estos jamás rehusaron el peligro y compartieron en todo momento sus penurias.

La división de Muñoz que debió partir a las 12 a. m., no lo pudo hacer hasta las 5 p. m., porque a última hora vino a notarse que a los soldados no se les había dado la ración reglamentaria de víveres y agua. Muchos no tenían caramañola y hubo que tomarlas en el último momento quitándoselas a los cuerpos que quedaban en Ilo. Aunque el General Escala no dio orden de repartir los víveres, se hizo el reparto, quedando sin recibirlo el 2.º de línea, porque Muñoz dijo que la tropa no tenía morrales para llevarlo. El ministro Sotomayor reclamó de esto al General en Jefe, el cual le contestó que no se había hecho porque todo estaba dispuesto para que la división encontrara en Hospicio su rancho caliente preparado y agua en abundancia.

En estas condiciones partió la división de Muñoz. Anduvo toda la noche y a la mañana siguiente descansó en «Estanque», después de una jornada de cinco leguas, equivalentes a diez por las condiciones del terreno. Poco después de medio día se puso nuevamente en marcha. El calor era intolerable, el aire parecía soplado por la boca de una fragua. El polvo fino que los soldados levantaban con los pies, quemaba los ojos y los labios, secaba la garganta estimulando la sed. Casi nadie llevaba agua. Los soldados marchan lentamente, con un paso fatigado, bajo el aplastante calor del sol, un sol de fuego sobre una tierra calcinada:

Un soldado de la compañía del joven Ruiz, rendido de cansancio y con la cara cubierta de polvo, exclama desesperado:

-¡Alto la marcha, pues, hombre! pidiendo que el batallón se detenga siquiera un instante para tomar aliento.

-¿Estás muy cansado, hombre? -le pregunta Eduardo.

-Ya no puedo más, mi subteniente.

-Pásame el fusil, yo te lo llevaré... ¿Tienes agua?

-Ni una gota mi subteniente.

-Toma.

Le dio el resto que le quedaba en su caramañola.

Allá lejos, en la vanguardia, los cornetas tocaron «alto la marcha».

Los soldados se tiraron al suelo.

-Ésta es pura ceniza, hombre, rescoldo caliente! -dijo uno de ellos, tomando en su mano un puñado de tierra.

Se estaba poniendo el sol en un cielo incendiado que parecía la boca del Infierno.

Ernesto se acercó a Eduardo:

-¿Tienes agua?

-Acabo de dársela a un soldado; no me queda nada -dijo sacudiendo la caramañola.

-Hay un cabo de mi compañía que va muy mal... ¿Dónde pudiera conseguir un poco de agua?

Ambos jóvenes, demacrados y cubiertos de polvo, estaban inconocibles.

Los cornetas tocaron «atención y marcha».

Anduvieron toda la noche haciendo descansos periódicos. Iban muertos de cansancio, de sed, de sueño.

-Faltan varios soldados, mi subteniente -le dijo a Eduardo, acercándosele una sombra, en la que reconoció por la voz, al sargento Hidalgo.

-No tenga cuidado, mi sargento; se habrán quedado rendidos en el camino, sin poder más los pobres. Temprano llegaremos a Hospicio donde encontraremos agua en abundancia. Ya es por poco. La locomotora vendrá a recogerlos.

Con el alba la columna hizo alto. Se notó que faltaban muchos soldados. Mirando hacía atrás por el camino recorrido pudo verse que algunos venían lentamente acercándose y otros permanecían botados en el suelo, inmóviles, como muertos.

Estimulados por la sed, la división se puso en marcha a poco de salir el sol.

-«¡Adelante!»..., «¡Adelante!»..., «Ya vamos a llegar a Hospicio» -decían los oficiales animando a las tropas.

Siguieron marchando lentamente cargados de las armas y pertrechos de guerra, el rifle al hombro, el rollo a la espalda, el morral al costado y la canana con balas a la cintura. Muchos cuyos pies sangraban, se descalzaron para continuar la marcha.

Era el terreno por donde caminaban seco y arenoso, sofocante el calor del día y grande la fatiga: se caían los caballos y los hombres de sed y de cansancio.

En toda la expansión de la pampa desolada y polvorienta se distinguía una especie de reverberación que se agitaba como gases inflamados. A veces se dibujaba en el horizonte una forma vaga, cercana o distante. Se diría una laguna, una isla, rocas en el mar, un hombre a caballo, que luego desaparece. Ha sido un engaño: es un espejismo.

A lo largo del camino se ven osamentas de animales muertos de cansancio, faltos de agua; huesos calcinados por el sol, enteramente blancos: un fémur, una mandíbula, la cabeza entera, trozos de columna vertebral, una carcasa con restos de cuero disecado, roída por los gallinazos.

El calor se hacía feroz. Una sed ardiente los torturaba.

Mirando hacía atrás se veía aquella lamentable e interminable cola de soldados estropeados que el ejército iba sembrando a lo largo del camino durante aquella marcha.

-¡Ha caído muerto un oficial!... Es el teniente Pedro Navarro del Santiago.

El cirujano Díaz y su ayudante Palacios corren al sitio del accidente. Encuentran ahí a otros cirujanos. Todos piden «agua, agua».

Se consigue juntar poco más de dos cucharadas. Ya no es tiempo, está muerto.

Poco rato después mueren tres soldados. Hay centenares más de otros desfallecidos, formando un triste reguero en el camino.

El comandante Martínez se desmontó y lo mismo hicieron otros oficiales, cediendo sus caballos a los soldados más fatigados.

Pero ya se divisa el estanque de Hospicio; apresuran la marcha, ya llegan. ¡El ejército estaba salvado!...

Eran las 10 a. m. Los primeros en llegar se precipitan al estanque con sus cachuchos en la mano, la boca reseca, los ojos extraviados, enloquecidos. Se forma un tumulto alrededor del estanque; se oyen voces de protesta, gritos de indignación, aullidos de bestias sedientas: «¡Maldición!»..., «¡Condenación!»

¡En el estanque no hay ni una gota de agua!...

El general Baquedano que ha pasado por ahí el día anterior, se la ha dado a beber a la caballada, los 900 caballos de Cazadores y Granaderos.

No hay palabras que puedan expresar la desesperación, la angustia de aquellas tropas condenadas a morir de sed en el desierto por la imprevisión y torpeza de los encargados de velar por ellas.

Luego se supo por los soldados del piquete que ahí dejara Baquedano, que el General después de darle de beber a la caballada, había partido al valle dejando órdenes al ingeniero Stuven para que con la máquina y carro cisterna llenase nuevamente el estanque, trayendo el agua del río.

«No se puso en el caso que la locomotora podía tener algún tropiezo, ni que venía detrás, a pie, una división de infantería de 3.500 hombres, sedienta, cansada, con una fatigosa marcha de 68 kilómetros. Desgraciadamente sucedió esto. La máquina se desrieló y el estanque Hospicio quedó vacío. Baquedano no se cuidó tampoco de mandar buscar agua del río con la caballería, trayéndola en caramañolas al ver que había fallado la precaución que creaba a la tropa de Muñoz, siguió tranquilamente a Conde, donde se detuvo como era el plan convenido»6.

En silencio, los soldados dejaron sus fusiles armados en pabellones, tirándose en seguida por el suelo, boca abajo, cubriéndose la cabeza con el morral para evitar los quemantes rayos del sol. Parecían muertos. Los jefes andaban en conciliábulos, los oficiales se miraban los unos a los otros sin poder dar crédito a lo que sucedía. De vez en cuando tendían sus miradas ansiosas en dirección al valle lejano con la esperanza de ver aparecer la locomotora con agua.

Esperanza ilusoria. Pasaban y pasaban las horas y la locomotora no llegaba. No llegó en todo el día, ni en la noche. ¡No llegó nunca!...

Ernesto Flores, extremadamente cansado por aquella terrible marcha y devorado por una sed ardiente, se echó en el suelo a unos pasos de Eduardo, consiguiendo colocar la cabeza a la sombra de uno de los carros que en la línea había. Luego se quedó dormido. Soñó que estaba en Chépica al lado de su madre y que ésta le daba a beber del agua fresca de la destiladera de la casa, pasándosela en un jarrito de lata. Pero él no se saciaba nunca y la mamá se reía viéndole beber tanta agua.

Cuando despertó ya se había puesto el sol. Buscó a Eduardo con los ojos y le vio sentado en el suelo, oprimiéndose la cabeza entre las manos.

-¿Te sientes mal, Eduardo? -le preguntó en voz desfallecida. Y al pasarse la mano por la boca reseca notó que le sangraban los labios.

-Tengo un dolor terrible de cabeza -le respondió su amigo.

-Y de la locomotora con el agua, ¿qué se sabe?

-No hay ni señales que venga; los peruanos la habrán desrielado.

-¡Qué situación!...

-¡Horrible!... Aquí moriremos todos de sed.

El teniente Antonio María López les dijo que se había mandado traer agua del río en caramañolas, echando mano de las mulas y caballos de artillería, y que se esperaba estuviesen de regreso a media noche.

-Es efectivo, y fue también el cirujano Elías Lillo, de la artillería -agregó el subteniente Becerra. Se han ido por un camino que acorta bastante la distancia al valle... Puede ser que lleguen. En todo caso no será mucha la que traigan y habrá que repartírsela a los más desfallecidos.

-¡Desfallecidos estamos todos! -exclamó una voz casi agonizante que no se supo de quién era porque ya la noche se había extendido sobre la tierra y un gran silencio de muerte flotaba en el aire.

A eso de la una de la mañana llegaron los que habían ido a buscar agua y se distribuyeron las caramañolas a razón de cinco por compañía; y como éstas eran formadas de 120 hombres, más o menos, correspondía algo así como dos cucharadas a cada uno.

Los soldados acuden en tropel y rodean a los oficiales que la distribuyen, extendiendo las manos, los labios, pidiendo por favor que no se les deje morir: «¡A mí!»..., «¡a mí!»... -dicen angustiosamente.

Costó trabajo hacer la repartición. Se les daba a beber en la misma caramañola que contenía el agua, teníendola fuertemente sujeta con las manos un oficial y vigilando que el soldado no bebiese sino un traguito corto para quitársela inmediatamente. Pero algunos soldados se aferraban a la caramañola sin querer soltarla y había que sostener una verdadera lucha para arrancárselas de las manos crispadas como garras. Los oficiales eran los últimos en beber su ración, esto es cuando alcanzaba para ellos, porque sucedía que el agua se había concluido antes que les llegase su turno. Entre éstos estaba Eduardo. Ernesto alcanzó a beber una buchada que, según dijo, no le remojó ni la garganta.

Enseguida a tirarse por el suelo. Y así pasaron la noche hasta que alumbró la luz del día, el cual prometía ser extremadamente ardiente a juzgar por el calor que ya en la mañana hacía. De la locomotora con el agua no había ni noticias; quizás estaba tumbada en el fondo de algún precipicio.

El sol, casi a la mitad de su carrera, lanzaba sus rayos ardientes sobre la tierra incendiada.

A eso de las 11 a. m. la tropa comenzó a agitarse con ese rumor sordo y siniestro de las multitudes que precede a las grandes y graves resoluciones en los momentos de exasperación. No, ya no podían soportar más aquella sed que les devoraba; se les estaba engañando con esa historia de la máquina con agua, que nunca llegaba. Se quería hacerles morir a todos de sed, y antes que esto sucediera había que tomar alguna resolución.

Daba pena y miedo verlos, la cara desencajada, los ojos hundidos y turbios. Casi todos se habían introducido una bala en la boca con el fin de provocar la saliva y humedecer las fauces, cuya sequedad les ahogaba como una estrangulación. Algunos habían bebido sus propios orines; otros los mezclaron con harina tostada revolviéndolo todo en su cachucho.

De pronto estalla el instinto animal de conservación en aquellos hombres infelices llegados al último límite de resignación y de obediencia compatibles con el sacrificio de la vida cuando se la va a rendir sin gloria.

-«¡Vámonos, niños!»..., «¡Vámonos, hermanitos!»..., «¡Al río!»..., «Al río, antes que muramos todos!»...

Y cincuenta, cien, doscientos hombres se desbandan y marchan en dirección al valle. Luego les siguen muchos más, soldados de todos los cuerpos, una multitud que va dispersa y como loca. Todos llevan sus fusiles.

El coronel Muñoz monta a caballo y desenvaina el sable. Está extremadamente pálido, gesticula y se le estremecen sus luengas patillas canas.

Los comandantes de cuerpo hacen tocar a los cornetas «llamada y tropa». Los oficiales van presurosos aquí y allá tratando de hacer formar los batallones. El Atacama lo hace casi con toda su gente, el comandante Martínez a la cabeza y los oficiales en sus puestos. Hay un momento de gran ansiedad y expectación.

De súbito truena el estampido de un cañonazo; y luego otro; y se ve al coronel Muñoz entre las piezas de artillería ordenando hacer fuego sobre los dispersos.

Los artilleros han disparado por alto, no quieren asesinar a sus compañeros.

De las tropas se levanta un clamor de protesta, de indignación; se pierde toda disciplina y respeto a los superiores. Y se van por compañías enteras a hacer causa común con sus hermanos.

El coronel Muñoz, blandiendo el sable por encima de su cabeza, revuelve su caballo y grita a los artilleros que apunten sobre los sublevados: «¡Fuego!»

Disparan una andanada de tres cañonazos. Las balas pasan por altura. Medio batallón se desbanda. Los soldados le gritan a Muñoz: «¡Mátenos, mi coronel!»..., «¡Preferimos morir fusilados!» Otro dice algo que no se entiende, y a juzgar por su gesto, parece que insulta al Coronel. Se metió los dedos a la boca y se sacó la bala. Entonces pudo decir claramente: «¡Viejo barbas añeblinadas!»..., haciendo alusión a las patillas canosas del Coronel.

Dos jefes de cuerpo hacen observaciones al Comandante en Jefe sobre esos disparos contra hombres sedientos y enloquecidos. Muñoz les increpa su actitud, y va a comunicar por teléfono al Cuartel General lo que sucedía:

«Hospicio, marzo 15: Una parte de las fuerzas se ha desbandado. He hecho tirar tiros por la artillería para hacerla volver. A todos los cuerpos los tengo formados».

Otro telegrama:

«Hospicio, marzo 15: He dicho en varios telegramas que mi situación es insostenible. Luego se vieron los resultados de la falta de agua. La tropa se principió a desbandar. Hice tocar llamada y poner dos piezas de artillería por los flancos de las dos líneas en que estaba formada y tirar tres (fueron 5) granadas a los que se habían marchado. Continuó la insubordinación y me fue indispensable emprender la marcha. Temo en la marcha algo más grave. La máquina telegráfica la llevo para comunicarme con Uds. en la marcha».

Efectivamente, viéndose impotente para contener la tropa, Muñoz dio la orden de seguir adelante, y el ejército se puso en movimiento hacia el valle.

Cuando el general Escala supo lo sucedido, su primer impulso fue hablar de fusilamiento y en este sentido escribió a Muñoz:

«Pacocha, marzo 20: Apruebo la conducta enérgica de usted y desapruebo la de esos jefes que influían en usted para que no hiciese dar fuego a los bribones que olvidados de la disciplina, de los deberes que tienen para con la patria y de las circunstancias solemnes porque atravesamos se desbandaban en busca de agua. Le aseguro, mi estimado Coronel, que antes de estar impuesto de la suya y cuando ligeramente se me había informado del desorden, me sorprendió que usted no hubiese hecho fusilar a todos los cabecillas y a los demás los hubiese quintado».

¡El quinteo que deseaba el General Escala habría significado el fusilamiento de unos 800 hombres!...

Entre tanto, las tropas seguían lentamente hacia el valle, quedando tendidos en el camino los que ya no tenían fuerzas ni para dar un tranco. Al atardecer, vieron con un júbilo inmenso que la locomotora con su carro cisterna venía a su encuentro como el «Mesías» prometido.

-«¡La máquina!»..., «¡La máquina!»... -decían extendiendo los brazos y con la alegría que debieron tener los israelitas cuando después de atravesar los desiertos de Arabia divisaron el valle de Palestina.

Se detuvo a corta distancia y se colocaron a sus costados dos depósitos con agua, custodiados por tropas para que bebiesen los soldados desfilando de a dos en fondo, con recomendación expresa de que sólo bebiesen dos cachuchos y pusieran otros dos en la caramañola a fin de evitar accidentes por el exceso de bebida.

A las nueve de la noche llegó la división al valle, y los soldados, locos de alegría, se desparramaron y durmieron cobijados por el follaje de las parras, arrullados por el dulce murmullo del apacible río.

¡Qué despertar el suyo cuando con el alba oyeron el canto de los pajarillos que saltaban de rama en rama, y vieron que todo el valle era una extensa viña cuajada de racimos en plena muerte! ¡Y la fresca y deliciosa sombra bajo los frondosos árboles de las orillas del río, cuyas aguas cristalinas convidaban a bañarse! ¡Y las bodegas repletas de los afamados vinos moqueguanos, un vino grueso y generoso, dulce al paladar, que traía recuerdos del mosto asoleado de Cauquenes, ese borgoña nacional! Un litro era la ración diaria por soldado.

La división acampó en Conde y ahí permaneció hasta el día subsiguiente, dando tiempo a que descansara la tropa y a que llegasen los rezagados. En seguida, siguiendo por el centro del valle, acampó en San José. El enemigo iba retirándose a medida que las tropas chilenas se acercaban. De vez en cuando había tiroteos de avanzada.

El asistente del joven Ruiz, merodeando por ahí, se había granjeado un chanchito lechón y dos gallinas, que puso en manos del subteniente. Y con tal motivo preparaban un almuerzo suculento debajo de unas grandes vilcas. Eduardo había convidado a Ernesto, a Justo Pastor y a los oficiales de su compañía.

Todos ellos estaban echados en el suelo alrededor del fuego, sobre el cual el asistente daba vueltas al chanchito ensartado y abierto en cruz entre dos bayonetas. Las gotas de grasa, al caer sobre el fuego, esparcían un olor aromático y apetitoso. Las gallinas hervían en la olla de la cazuela, y no muy distante había un barrilito de vino.

-¡Ya se me está haciendo agua la boca! -dijo Justo Pastor, tragando saliva con movimientos exagerados de deglución.

-¿Qué hay, Pacheco, ya estará? -preguntó Eduardo al asistente.

-Un momentito, mi subteniente. Todavía le falta un algo.

-A ver, hombre -dijo Justo Pastor, impaciente, sacando un corvo de la bota y cortándole media oreja al cerdo. Y como estaba muy caliente soplaba y la sacudía antes de metérsela a la boca y hacerla crujir entre los dientes.

-¿Qué tal?

-¡Está buenaza, hombre! -dijo chupándose los dedos.

-Por fuera, pues, mi alférez, pero por dentro está crúo -observó Pacheco. Y se puso a soplar el fuego en cuatro pies sobre el suelo.

El teniente Torreblanca dijo que la cabeza del chancho era lo que más le gustaba. Ernesto prefería las costillas.

-¿Mandémosle un pedazo al Comandante? -indicó Eduardo.

-A mi Comandante le están asando un chanchito más grande que éste, que encontraron los niños encerrado en un cuarto -dijo el asistente.

-Y éste ¿dónde lo encontraste, Pacheco? -le preguntó el capitán Gregorio Ramírez.

-¿Éste?... Éste me lo dieron los cholos -contestó Pacheco riendo socarronamente por lo bajo.

Sonó un tiro de rifle y luego otro y otro; un tiroteo.

-¡Tiro, cabo de guardia! -gritó un centinela.

Los oficiales se incorporaron de salto y se quedaron prestando oído.

El corneta del Atacama tocó «llamada y tropa». Los cornetas de otros cuerpos hacían el mismo llamado.

El ayudante Arce llegó corriendo y les dijo: «El enemigo a la vista: a formar inmediatamente».

Se fueron corriendo. Justo Pastor iba amarrándose el cinturón del cual colgaba el sable. Pacheco vació en el suelo la olla, recogió las presas y las metió en un saco junto con el chancho. En seguida emprendió la carrera llevándose el bulto a cuesta.

La división avanzó como una legua persiguiendo al enemigo, el que iba siempre retrocediendo sin querer presentar combate.

Dos días después el ejército chileno tomó posesión de Moquegua, acampando en el Alto de la Villa. El enemigo se retiró a la cuesta de los Ángeles.




ArribaAbajo- IV -

A la noche subsiguiente de haber acampado, Ernesto Flores se acostó temprano preparándose a pasar una buena noche; tenía una magnífica cama con colchón y sábanas. Estaba leyendo diarios del sur que le había prestado el subteniente Matta, cuando a eso de las 10 p. m. entró a su cuarto Eduardo diciéndole que se levantara porque en dos horas más salía el Atacama a batir al enemigo en la cumbre de los Ángeles.

-¿Es cierto, hombre? -inquirió el joven Flores incorporándose.

-Como oyes. Acaba de traer la orden del general Baquedano el capitán Zelaya. El comandante Martínez ha salido con el mayor Larraín a practicar un reconocimiento del camino que conduce al pie del cerro.

Es la cuesta de los Ángeles una cuchilla altísima, sobre cuya cima hay una explanada extensa con bordes acantilados por tres de sus costados, casi perpendiculares y tan abruptos que no se puede llegar a ella sino por camino de caracol, donde apenas puede pasar una bestia. Semeja un atalaya de rocas al natural, una fortaleza inexpugnable porque un hombre puede rechazar a veinte, y sólo una audacia temeraria puede apoderarse de ella.

En aquella cumbre tenían sus posiciones los peruanos.

Al Atacama se le ordenó desalojarlos, fiando en su valor y arrojo que iban ya siendo legendarios.

Salió a las doce de la noche por un camino orillado de pircas, tomando toda clase de precauciones para no ser sentidos por los guardianes de la cima y asaltar sorpresivamente al enemigo, dependiendo de su actuación el éxito del plan general de ataque de Baquedano. Y así se marchaba en el mayor silencio, prohibiéndose hasta fumar, y sin más ruido que el traqueteo de los pies sobre un suelo pedregoso. La noche era tan obscura que apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos.

La segunda compañía, comandada por Torreblanca y bajo las órdenes inmediatas del comandante Martínez, marchaba de descubierta. Seguía el resto del batallón a cargo del segundo jefe don Juan Larraín. Eduardo Ruiz pertenecía a la segunda compañía y Ernesto Flores a la quinta. El primero llevaba esa emoción de quien va a recibir su bautismo de fuego; y todos, cual más cual menos, cierta inquietud por aquel asalto nocturno, cosa nueva para ellos, acostumbrados a pelear cara a cara y a la luz del sol. A eso de la 1 de la mañana se oyó el grito de alerta de un centinela:

-¿Quién vive?

-Chile.

-¿Qué regimiento?

-Comandante del Atacama.

-¡Cabo de guardia!...

El batallón hizo alto.

La descubierta del Atacama había llegado al campamento de los Cazadores, cuya caballada pastaba en un potrero a la orilla del camino.

El comandante Martínez habló breves momentos con el oficial de guardia de Cazadores Justo Pastor Guzmán, e hizo avanzar el batallón. Instantes después, éste dejaba el camino que traía, y torciendo a la izquierda se introdujo en unos potreros emboscados, húmedos de rocío.

Aún no acababa de entrar el batallón cuando fue sorprendido a pocos pasos de distancia y por la retaguardia, por un vivísimo fuego de fusilería. Sin poder apreciar la procedencia de aquellos tiros a causa de la obscuridad de la noche, se introdujo la confusión en una parte de las fuerzas, haciendo que soldados de las dos últimas compañías disparasen contestando los tiros de los ocultos enemigos, guiándose por los fogonazos que relampagueaban en la obscuridad. Hubo un momento en que los proyectiles se cruzaban en todas direcciones debido a que los soldados del Atacama, diseminados entre los árboles, disparaban adonde veían alumbrar un fogonazo, sin darse cuenta que a veces disparaban sobre sus propios compañeros. El Comandante comprendió lo que estaba sucediendo y ordena al corneta tocar «alto el fuego» el cual cesó inmediatamente, quedando el campo a obscuras y en silencio.

No se tenía ni la menor idea donde estaba el enemigo que les había hecho fuego y temían que de un momento a otro hiciera nuevas descargas.

Los soldados, que andan dispersos, se buscan unos a otros avanzando a paso de lobo, el rifle echado a la cara, listo a disparar, preguntando en voz queda en cuanto divisan un bulto:

-¿Atacama?

-Atacama.

Así se van reconociendo y juntándose poco a poco. Los oficiales, deslizándose cautelosamente, llaman a los sargentos y a los cabos por sus nombres, y luego se reúne todo el batallón en una quebrada donde hay grandes árboles y matorrales, con un recelo que se aumentaba por la obscuridad.

A poco rato pasó frente a ellos un grupo de personas; era el Comandante rodeado de algunos oficiales. El primero les habla en voz baja y lenta tratando de tranquilizarlos. Se conoce que está con el ánimo abatido, algo triste.

Después de buscarlo mucho, Eduardo encontró a Ernesto. Estaba echado en el suelo apoyando la cabeza contra el tronco de un árbol.

-Te andaba buscando, hombre -dijo Ruiz echándose a su lado-. ¿Qué te parece lo que nos pasa?

-Nadie se da cuenta. Parece que los peruanos conocían nuestros movimientos y nos han estado esperando ocultos por ahí.

Un soldado que estaba cerca de ellos dijo:

-¡Y no poder verlos a estos hijuna!... ¿Dónde estarán escondidos estos cholos?... ¡Éstos no pelean sino a la mala!

-En la batalla de Dolores -dijo otro, un cholo se me hincó para que no lo matara-. Lo tomé prisionero, de lástima. ¡Y dónde ha de ver, amigo, que apenas me descuidé me mandó un tiro que me pasó bordeando por la cabeza!

Se calló un momento.

-¿Y qué hiciste con el cholo?

-¿Qué hice?... lo maté como a un perro. De un culatazo lo traje al suelo y le ensarté la bayoneta. Duro el cholo pa morir, amigo; tuve que clavársela varias veces, hasta por la guata; y todavía me miraba con unos ojos de cernícalo, el cochino...

Después de aquel vivísimo tiroteo que habría puesto sobre aviso al enemigo, creyó el comandante Martínez que el asalto a las trincheras, basado en la sorpresa, estaba fracasado. Y así, ordenó al mayor Larraín que fuese a poner lo sucedido en conocimiento del general Baquedano. Regresó a las 3:30 a. m. con orden del General de no alterar en nada lo dispuesto anteriormente.

Con su modo seco de mando y esas palabras breves y repetidas que le caracterizaban, había dicho al emisario:

«¡Lo dispuesto! ¡lo dispuesto!... Atacama, Atacama, tomar trinchera, trinchera!»

También refirió Larraín que a su regreso había sabido por oficiales de Cazadores que el fuego procedía de fuerzas enemigas que se habían introducido al campamento de la caballería, haciendo suponer que éstas estarían al corriente del movimiento.

Cosa curiosa, los peruanos también se creyeron sorprendidos según se supo después. Chocano, el jefe de las fuerzas enemigas, pudo observar en el día que la caballada de los Cazadores pastaba en un potrero cerca de la cuesta, sin más resguardo que un piquete de soldados, y queriendo sorprenderla destacó en la noche una avanzada con orden de hacer fuego reiteradamente con el objeto de espantar los caballos. Bajaron de la cuesta cautelosamente y llegaron al punto indicado en los momentos en que el Atacama pasaba también furtivamente por ahí con las precauciones de silencio para no frustrar una operación que, como hemos dicho, descansaba en la sorpresa. En ese momento preciso el Atacama oyó las descargas cerradas y creyéndose sorprendido contesta en el acto con un nutrido fuego de fusilería, haciendo huir a los peruanos que, a su vez, se creen sorprendidos, sin sospechar jamás que esa noche fuerzas chilenas marchaban a atacarlos en sus trincheras.

A las 4 a. m. el Atacama se ponía nuevamente en marcha. La compañía de Torreblanca a la cual pertenecía Eduardo, iba de descubierta por el camino de las lomas, y a media cuadra de distancia iban las demás escalonadas por el flanco para protegerse mutuamente en el caso de que el enemigo les atacara. Se marchaba con grandes precauciones, tratando de ver en la obscuridad, prestando atención a los ruidos más imperceptibles, acechando, vigilando.

-¡Alto! -mandó en voz baja Torreblanca, divisando a poca distancia tres bultos sospechosos que parecían unos hombres.

Y agregó:

-Subteniente Ruiz, adelántese con dos soldados a reconocer esos bultos que se ven ahí.

Con bastante sobresalto al corazón, fue Eduardo y volvió diciendo que eran unos quiscos.

Tres veces hubo que repetir idéntico reconocimiento. Era extraordinaria la impresión de personas que producían esos quiscos, en grupos de dos, tres o más.

Asomó la luna en menguante, de un amarillo rojizo y siniestro y medio envuelta en brumas que se levantaban del valle. A la escasa y tenue claridad que desprendía pudo verse la silueta de los soldados en fila que proseguían lentamente su marcha, la mancha negra de los árboles y el enorme bulto de los cerros altísimos que como una muralla cerraba el valle. La cabeza del batallón llegó al pie del cerro y comenzó la penosa ascensión de la montaña.

Serían más o menos las cinco de la mañana y rayaba el alba en los confines del oriente.

Era tan agria y dificultosa la subida y los pasos a veces tan escarpados, que iban trepándolos como cabras, subiendo como por escaleras. Se agarraban a las hierbas y a las piedras, repechaban jadeantes o lo hacían tomados de las manos, a cada instante expuestos a rodar en el abismo. En algunos casos el de más atrás sujetaba al de adelante. Había ciertos retazos calvos, sin un agarradero al cual asirse, que subían en cuatro pies hincando las uñas en el suelo, clavando las bayonetas, y solían resbalarse cuesta abajo, y perder en un segundo el camino con tanto esfuerzo conquistado.

Casi todos tenían las ropas hechas jirones y les sangraban las manos. Ernesto Flores iba en extremo fatigado y se detenía por instantes a tomar aliento, a enjugarse el sudor, a beber un poco de agua de su caramañola. Tenía los pantalones partidos en las rodillas y las manos hechas pedazos.

Cien hombres desde aquel punto pudieran desbaratar un ejército con sólo arrojar piedras desde arriba.

Aún no había salido el sol, pero empezaba a iluminar con su dorada luz los picachos de unos cerros distantes. En las lejanías los contornos de las montañas se desprendían de los vapores que las rodeaban, mezclándose a los cambiantes colores de que los cielos revestían la montaña. El batallón se encontraba ya a la mitad de su ascensión y pudo contemplar el dilatado valle que tenía a los pies. Allá lejos se divisaba la ciudad de Moquegua medio oculta entre sus huertos. En el plan se veía perfectamente una batería de cañones que a la distancia parecían de juguete, defendidos por un batallón en guerrilla, cuyos soldados semejaban muñecos. Y allá por la izquierda, en el fondo del valle, caminaban como hileras de hormigas otros regimientos y los dos escuadrones de caballería, con el propósito evidente de cortarle la retirada al enemigo. De ese lado comenzó a oírse un tiroteo de fusilería.

De pronto disparó la artillería, cuyo estampido repercutió en la montaña con un eco prolongado y retumbante como el del trueno. Las balas pasaban por encima del Atacama e iban a caer en las trincheras peruanas. Se oían perfectamente los vivas al Perú y la música de su banda.

Haciendo un supremo esfuerzo el Atacama precipita su marcha, los soldados saltan como gatos monteses o se arrastran como serpientes. Ya es muy corta la distancia que les separa de los peruanos. Éstos no sospechan el peligro que les amenaza por su derecha, atentos sólo a mirar las tropas que intentan envolverlos por la izquierda. Felizmente una loma oculta a los atacameños, quienes consiguen llegar a una cumbre más elevada que la meseta donde está atrincherado el enemigo.

-¿Quién vive, carajo?... -grita un centinela peruano apostado sobre una roca, viendo aparecer a los primeros soldados de la compañía de Torreblanca.

Un tiro certero en la frente lo deja muerto en el acto. Y sólo entonces los peruanos vienen a darse cuenta que tienen encima a los chilenos.

Pero ya la primera y la segunda compañía del Atacama, y enseguida el batallón casi en su totalidad, dominan por altura las primeras trincheras y les hacen un nutrido fuego, contestado vivamente por los peruanos protegidos por sus defensas de piedra.

Deseando economizar los 100 tiros por plaza que llevaban, el comandante Martínez ordenó a los cornetas tocar: «¡A la carga!», operación que ejecutaran los soldados al grito varonil de «¡Viva Chile!», lanzándose sobre las primeras trincheras y consiguiendo desalojarlas una a una del enemigo que huía despavorido ante aquella avalancha erizada de bayonetas que relampagueaban al reflejar los rayos del sol.

Tomada la última trinchera, que enfrenta al camino de la cuesta de los Ángeles, fue enarbolado en lo más alto de ella el glorioso pabellón chileno por el cabo de la segunda compañía Belisario Martínez, a fin de que fuese visto por la artillería y esta suspendiera su fuego. Eran las 8 a. m. del día 22 de marzo.

Estando cumplida la misión que se le había encomendado, la tropa descansó en el mismo campamento enemigo.

¡Qué alegría en todos!: la alegría del soldado que después del combate se ve vivo y victorioso.

El comandante Martínez estrechó efusivamente la mano a Torreblanca, el héroe de la jornada, el primero en llegar a la cima con un puñado de soldados, abriendo inmediatamente el fuego. Dos de esos valientes cayeron muertos a su lado. En el asalto a las trincheras él iba adelante agitando una bandera.

No menos dignos de felicitación fueron el capitán Gregorio Ramírez, el teniente Antonio María López y los subtenientes Abraham Becerra, Gualterio Martínez y Eduardo Ruiz, también de los primeros en dominar la cima.

Ernesto Flores que venía en la 5.ª compañía, sólo pudo tomar parte en el asalto de las últimas trincheras, haciéndolo con aquel arrojó y entusiasmo de muchacho que caracterizaba al «Guagua».

Apenas se encontró con Eduardo se dieron un estrecho abrazo, riendo y refiriéndose mutuamente las incidencias del combate.

-Pero, hombre, yo no creí nunca que los peruanos nos dejaran subir hasta arriba! -decía Eduardo.

-Fue una suerte muy grande que no nos vieran... Y... ¿qué tal el susto? -preguntó Ernesto.

-Para qué te voy a mentir, hombre, tuve mi sustito, sobre todo al principio. Después se me pasó, o más bien dicho, ya no me di cuenta del peligro.

-Ya tienes algo interesante que escribirle a tu prenda, a tu padre y al cura don Cayetano... Pero estoy horriblemente cansado; echémonos por ahí.

Eduardo se quedó mirándole y soltó la risa:

-¿Qué diablos te ha pasado con los pantalones, hombre? ¡Los tienes hechos pedazos y se te está viendo el cuero pelado y con sangre en las rodillas!

-Efecto de las mil caídas y resbaladas que tuve en la subida... Lo que más me mortifica es este pie que lo tengo herido con el maldito contrafuerte de la bota... ¡Pero tú no estás menos tirillento que yo!

Se tendieron a descansar. Los demás oficiales y la tropa hacían otro tanto. Muchos dormían profundamente.

Una hora después llegó el general Baquedano con su Estado Mayor y felicitó al Atacama diciendo: «¡Parche, parche al Atacama, al Atacama!»

Quería indicar que el batallón era acreedor a una condecoración: el parche de trapo que en la Independencia se usaba para premiar actos heroicos, ya que la suma pobreza no permitía dar medallas costosas.

Un soldado que oyó y que tenía hecha jirones la ropa:

-¡Nos quieren dar parche -dijo- porque nos ven tan rotosos!...

Se dio orden de continuar la marcha hacia Tarata en persecución del enemigo. Antes de partir se enterraron los muertos y se recogieron los heridos, siendo atendidos oportuna y eficazmente por la ambulancia Valparaíso, al cargo del doctor Martínez Ramos.




ArribaAbajo- V -

A fines de abril todo el ejército expedicionario se internaba en el desierto en demanda de las fuerzas enemigas. La 1.ª y 3.ª División marchaban del campamento de Pacocha; la 2.ª, a la cual pertenecía el Atacama, lo hacía desde el valle de Moquegua, y la 4.ª lo hizo desde la caleta de Ite. La primera jornada fue al valle de Locumba, donde descansaron algunos días, continuando enseguida al valle de Sama, arrostrando toda clase de sacrificios al atravesar el árido y desolado desierto que los separa.

El transporte de los pesados cañones de campaña se hizo desde Ite con las más grandes dificultades, teniendo que transportarlos a la meseta de la costa que tiene de 200 a 300 metros de altura por un camino arenoso, en que se hundían las ruedas de las cureñas, imposible de dominar porque las mulas no resistían y caían rendidas de cansancio. Fue necesario pensar en otro medio y el capitán Orella, de la Covadonga, ofreció levantar esos cañones con cables tirados por hombres, labrando previamente en la empinada cuesta plataformas intermedias que sirvieran de descanso para los hombres y las piezas. Cuatro días costó ese trabajo colosal, vigilado personalmente por Orella y el ministro don Rafael Sotomayor, quienes permanecieron todo ese tiempo de pie bajo los quemantes rayos del sol. Orella sufrió una insolación que lo hizo caer al suelo sin conocimiento, siendo socorrido por el Ministro.

En los primeros días de mayo todo el ejército se encontraba reunido en el valle de Sama, a una jornada del «Campo de la Alianza», donde tenían sus fuerzas reunidas peruanos y bolivianos en las alturas que dominan la ciudad de Tacna.

El vivac del ejército chileno estaba formado de ranchos y rucas de cañas que servían de cuarteles a las tropas, extendiéndose sobre la barranca del río en una larga calle que iba desde las Yaras hasta el caserío de Buena Vista, cuya iglesia servía de hospital. Desde la torre podía observarse el conjunto animado y pintoresco de todo el campamento y una gran extensión del ancho valle, entre cuyos verdes y tupidos cañaverales se deslizaba como una serpiente el río.

Se estaba casi en vísperas de una gran batalla.

Al toque de diana, tocado alegre y ruidosamente por todas las bandas, despertaba el campamento, oyéndose conversaciones, risas y el ir y venir de los soldados, que se distraían jugando como niños, luchando unos con otros, mascando charqui y galleta, chupando cañas de azúcar, diciendo dicharachos intencionados. El día se dedicaba a ejercicios; en las tardes los soldados distraían sus ocios en representaciones de títeres, en los que don Cristóbal, Severico, Josecito bajo el mate, o Mama Laucha hacían alusiones picantes a los incidentes de la campaña y a la actitud de algún oficial o jefe. La superioridad militar se vio obligada a tomar medidas disciplinarias.

No menos alegres estaban los oficiales. Muchos habían obtenido ascensos en sus grados. Torreblanca era capitán, Matta, Ruiz y Flores, tenientes. De uno y otro cuerpo se visitaban mutuamente, esmerándose en agasajar a las visitas y en presentar la ruca lo más galanamente adornada. El afamado pisco de Locumba no faltaba en ninguna de ellas, ni tampoco el buen tabaco ni las ricas conservas, de que la Intendencia General proveía abundantemente al ejército.

Una tarde vinieron al Atacama, Rojas, González y Polanco a visitar a Ruiz y a Flores, sus antiguos compañeros de la pensión de doña Mariana, e hicieron muchos recuerdos de aquellos famosos días. Lamentaron que con ellos no estuviese el «Gallo de hoja», pues Troncoso pertenecía a Cazadores del Desierto, cuerpo que había permanecido hasta esa fecha cubriendo la guarnición de Antofagasta. Pero lo esperaban de un día otro porque sabían que ya estaba en Ite.

González dijo haber recibido varias cartas de doña Mariana, y Rojas les leyó la última que recibiera de don Pantaleón, una carta muy patriótica en la cual lo felicitaba por su ascenso y quedaba rogando a Dios que los cholos no le aportillaran el cuero y lo dejaran con la guata al sol, ¡y hacía votos porque regresara a Chile lo menos de Coronel!...

Eduardo refirió que había visto al «Maulino», el roto aquel de Santa Cruz que le había dado la puñalada a Justo Pastor; era soldado del 4.º de línea, y según supo por el oficial que lo tenía de asistente, se portaba bien y era un estuche.

Un hecho doloroso, que llenó de consternación al Atacama, ocurrió en esos días. Como carecían de legumbres, dio autorización el comandante para que fuesen a buscarlas, internándose en el valle cuatro soldados a las órdenes del sargento Wenceslao Cavada, joven copiapino muy querido en el batallón, y cuyo ascenso a subteniente ya había sido solicitado por el jefe. Órdenes les fueron dadas de no cometer atropello, respetar el sexo, pagar lo que adquiriesen y regresar el mismo día. Entre los acompañantes iba Bruno Cepeda, roto ladino y muy competente en toda suerte de merodeos.

No regresaron en el día, ni el siguiente ni el subsiguiente, despertando suma intranquilidad en el batallón. Al cuarto día volvió Bruno Cepeda, con una herida en un brazo, a pata pelada y contando una historia espeluznante.

Refería que como nada encontraron el primer día de excursión, acordaron no regresar al campamento, y se internaron valle adentro hasta la cercanía de un pueblo. Pernoctaron sobre un cerro y al amanecer se encontraron rodeados por miles de «cholos» armados de escopetas, trabucos y garrotes. Poco a poco fueron estrechándolos con grandes gritos y amenazas, hasta que los tomaron prisioneros, siéndoles imposible toda resistencia. Les quitaron los rifles, les sacaron los zapatos y les amarraron las manos por la espalda.

Así fueron conducidos al pueblo al que entraron en medio de una grita espantosa y de una multitud enardecida por el odio, que los insultaba y quería lincharlos inmediatamente. La gente acudía en tropel a ver a los chilenos, seres que la fantasía popular y el miedo revestían de caracteres extraordinarios, especie de fieras o demonios. En el trayecto los niños les arrojaban piedras, singularizándose las mujeres por una odiosidad agresiva, porque los insultaban y como furias se les acercaban y los escupían e intentaban arañarlos; «comernos crúos», decía Bruno Cepeda.

Introducidos a presencia de las autoridades y otros peruanos caracterizados de la localidad, se les interrogó primeramente sobre las fuerzas que contaba el ejército chileno en las tres armas, y les inculparon en seguida sus crímenes, diciéndoles, por último, que se les iba a procesar anticipándoles que todos serían sentenciados a muerte.

«Las fechorías que nos achacaban -decía Bruno- eran puras mentiras inventadas pa matarnos».

Entre tanto la gente numerosa que llenaba la plaza, agolpándose a las puertas de la sala en que tenía lugar la audiencia, gritaba enardecida: «¡Chilenos ladrones!»... «¡Rotos bandidos!»... «¡Échenlos para afuera para matarlos a palos, como a perros!»...

Enseguida fueron encarcelados, quedando Bruno en un cuarto, solo y con un centinela a la puerta. A media noche consiguió, dándole un puñado de plata, que el centinela le trajese una botella de cañazo (alcohol de caña de azúcar) «pa la pena y pa morir a gusto». Y ambos se pusieron a beber, quedando borracho y dormido el peruano y fugándose el chileno, no sin que de atrás le disparasen varios tiros, hiriéndolo en un brazo.

«¿Qué suerte habrán corrido los otros?»... -se preguntaban los oficiales del Atacama...

«¡Ya los habrán muertos a toos!»... -aseguraba Bruno.

El día 19 llegó la correspondencia del sur, y distribuidas las cartas, esas palomas mensajeras esperadas con afán, que traían palabras cariñosas, abrazos y besos de personas queridas, que evocaban recuerdos y visiones del hogar distante que muchos, ¡ay!, no verían más, cada cual se retiró a leer la suya.

Ernesto recibió dos y se encerró a leerlas en su ruca. Una era de su madre y de Luisa la otra. Ambas le felicitaban por su ascenso a teniente y ambas expresaban la ansiedad en que quedaban por el próximo combate. Una, con su corazón acongojado de madre, le decía que quisiera tenerlo estrechamente abrazado, sin soltarlo, hasta que pasara la batalla. La otra, con su corazón apasionado de amante, le contaba que tenía un susto muy grande: «Quisiera estar tranquila y no puedo», le decía. «Soy muy tonta, las lágrimas se me caen sobre el papel en que te escribo»... «Amado mío, mi Ernesto, ¡tú no sabes cuánto te amo!»

Después de leer y releer ambas cartas y de besarlas repetidamente, las guardó cuidadosamente en el pecho, juntándolas con las otras que llevaba en un paquetito atado con una cinta, abrochándose enseguida el capote.

Eduardo Ruiz recibió cartas de don Cayetano y de Marta. Ésta le decía así:

«Mi Eduardo querido:

Tu carta me ha llenado de orgullosa alegría y al mismo tiempo de desesperación. Alegría porque mi amado es un héroe, un valiente, y su ascenso así lo prueba; y desesperación porque se acerca el día de esa gran batalla que me llena el alma de ansiedad y tristeza.

A cada momento pienso en ti y cuando estoy sola caigo de rodillas pidiendo a Dios con todo mi corazón que te proteja, que te devuelva a mi lado, porque sin ti yo no podría vivir, yo me moriría.

Siguiendo tus consejos busco consuelo a mis tribulaciones en los quehaceres de la casa y cuidados de mis hermanitos; pero mi pensamiento está ausente, está contigo y te sigue por los desiertos áridos, por los campamentos, y te ve rodeado de peligros.

Tu tío, el señor cura, se puso loco de contento con tu ascenso y para celebrarlo dio una gran comida. Convidó a mi papá que no pudo ir porque estaba en cama. Me dictó una carta de excusa y en ella puso palabras tan bonitas que se me saltaban las lágrimas y casi no podía escribirlas.

Mi mamacita trabaja todo el día y busca en las caricias de sus hijos algún consuelo a sus penas. Todavía no puede conformarse con la pérdida de nuestro abuelito.

Te contaré que cuando recibimos la carta de Justo Pastor en que nos contaba que estuvo contigo y Ernesto Flores en aquella preciosa quebrada de Pacocha que a Uds. les trajo el recuerdo de la del «Agua Buena», me dieron unos deseos tan grandes de llevarle esta carta a la mamá de Ernesto, que le pedí permiso a la mía para hacerlo. Consintió gustosa y prontito fuimos con Marcos y las niñitas, en el coche, a Chépica. ¡Qué contenta se puso la señora! Rosita se subió sobre sus rodillas y la acariciaba pasándole sus manitos por las mejillas y haciéndole mil preguntas que hacían sonreír a la buena y simpática señora. Ella nos habló de su hijo a quien llamaba «Ernestito» y nosotros le prometimos visitarla con frecuencia.

Tengo que concluir ésta; ya es tarde y deseo alcance a salir por el correo de hoy.

Cuídate, mi Eduardo, y no te olvides de tu amiga que estrecha tus manos con pasión.

Tuya, tuya:

MARTA».

La del cura estaba concebida en los siguientes términos:

Mi querido sobrino:

Mi primera palabra es un ¡viva el teniente Ruiz!... ¡Hip... hip... hurra!

Hombre, acá hemos celebrado mucho tu ascenso. Tu padre está contentísimo y orgulloso por tu conducta en los Ángeles; y la carta que le escribiste sobre ese combate la lleva en el bolsillo y se la va mostrando a todo el mundo. Festejó tu promoción matando una vaquilla que repartió a la peonada con unas cuantas cueradas de chacolí.

En casa también lo hemos celebrado. Convidé a los vecinos más caracterizados del pueblo a comernos un pavo asado y otras golosinas preparados por Merceditas. El primer brindis, puesto a pie, lo eché yo, copa en mano, con palabras patrióticas alusivas al acto, que me aplaudieron mucho porque me salieron del corazón, y bebimos a tu salud y prosperidad. Me siguió en el uso de la palabra el subdelegado, que lo es ahora don Ramón Sanfurgo, y dijo que como representante de la autoridad y del Gobierno se asociaba a tan justo motivo de regocijo, y que tus despachos de teniente no eran sino una estricta justicia al mérito. Hablaron otros y a cual te ponderaba más. La «Tortolita» lloró mucho, de puro gusto, por supuesto.

Don Salustio, a quien invité de los primeros, no pudo venir por estar algo indispuesto y se excusó con una carta muy atenta y bien puesta y palabras elogiosas para ti. Creo que ya ha olvidado el resentimiento que tenía contigo.

En fin, sobrindio, que poco nos faltó para echar a vuelo las campanas.

Martita y su madre se lo pasan haciendo ropa para los soldados. La niña está como un sol de linda y cada vez que me ve me pregunta por ti.

Por lo que me cuentas y por lo que dicen los diarios, se aproxima una gran batalla y esto, como es natural, nos tiene con mucha preocupación y alarma, pero seguros de que venceremos, aunque ha de costarnos dolorosas pérdidas.

Dulce et decorum est pro patria mori.

Pido a Dios y a Nuestra Señora del Carmen que continúen protegiéndote hasta el triunfo definitivo de la santa causa que defendemos y para alegría de tu tío cura que te abraza cariñosamente.

CAYETANO PERALTA».

Ruiz leyó a Ernesto el párrafo de la carta de Marta en que le contaba la visita que había hecho a su madre. El muchacho experimentó una intensa emoción de gratitud, se le llenaron los ojos de lágrimas y se arrojó en los brazos de su amigo.

El día 20 al atardecer corrió por el campamento la noticia de la muerte repentina del ministro don Rafael Sotomayor, noticia que produjo honda y dolorosa impresión entre los altos jefes del Cuartel General, para quienes era el consejero sano y oportuno, y quienes, con ocasión de su trato diario, estaban en condiciones de apreciar las nobles cualidades de aquel gran ciudadano, cuyo carácter elevado infundía respeto a todos.

El resto del ejército, que no lo conocía bien, ignorando el papel que desempeñaba y considerándolo casi como a un intruso, un civil o cucalón, no le tributó el homenaje de dolor que merecía hombre tan eminente y abnegado, que bajo la modesta blusa de paisano cooperó como ninguno al éxito de la campaña. Su papel fue de sacrificio obscuro, pero en verdad nadie se ocupaba de la guerra como él. Su grande obra fue desconocida de los contemporáneos. La historia le dará sus verdaderas proporciones.





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