Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

HOTEL AMÉRICA
IRVING PLACE & 15TH ST.

Nueva York, agosto 4 de 1898.

Sr. Bayoán Lautaro de Hostos.

¡Ay!, ¡mi amigo!: cuando yo vi aquella escopeta al lado de la firma de usted, por poco me muero, pero no de miedo, sino de risa.

Pocas veces me ha hecho reír tanto una picardihuela tuya, picarillo; pero no tengas cuidado, que yo no he hecho en el aire mi promesa, y como parece que mamá y maestros Eugenio Carlos y Luisa Amelia participan de mis esperanzas con respecto a ustedes, no será extraño que don Bayoán encuentre algo que le convenga en el baúl de los regalos. Precisamente ayer me decía Molina que había visto escopetitas de esas que son preciosas; pero me preguntó: «¿Y ese caballero es juicioso? Porque el arma es fuerte, y si el niño es imprudente...». A lo cual contesté que usted, caballero, es el mozo más juicioso que hay diez leguas a la redonda de usted mismo. Y usted, ¿qué dirá? ¿Se embaulará la escopeta, o no se embaulará? En fin, como eso está subordinado a los informes, notas y exámenes, y yo espero que todo será bueno, allá veremos.

Ahora, un beso a

Papá.



Nueva York, 4 de agosto de 1898.

Sr. don Adolfo de Hostos.
El Valle, Venezuela.

Caballero y señor mío: Tengo el honor de participar a usted que todo aquello de la rosa y de la frescura y bonitura de la rosa, ha caído como chorro de fuego sobre mi celosía; porque, mire usted, caballero; eso de la rosa, y dale con la rosa, y aquello de acostarse usted en el regazo de la rosa, y lo otro de reírse usted como un bendito cada vez que la rosa le celebra a usted esas gracias, al mismo tiempo que lo llama pesado; todas esas cosas, caballero, todas ellas son de las que más pueden complacer a un padre y a una madre que en nada piensan más que en recibir pruebas del amor de sus hijos, en recompensa del amor que ellos les tienen.

Con esas pruebas de cariño que en tu cartita das a tu mamá querida, con las que a mí me das, y con las buenas notas que de ti dan Mamá y Maestros, imagina si me tendrás contento.

Casi estoy por creer que se van ustedes a ganar el premio, y que el padre más feliz que va a haber cuando nos reunamos de nuevo, será tu amantísimo

Papá.



Nueva York, agosto 8 de 1898.

Mi querida Inda:

Ayer me hicieron la operación: se han maravillado de que haya podido resistir tanto; era un colapso y descenso del recto, que yo recordaba haber sufrido en mi infancia. ¿Lo habré sufrido desde entonces? Lo indudable es que era intolerable y que sólo yo sé lo que me ha costado.

Ya dicen que se me conoce en la cara la mejoría, y dicen que ahora voy a estar muy fuerte. Nadie diría que estoy solo y pobre (porque estoy teniendo una buena asistencia). Ayer tuve tres médicos. Acabo, porque escribo bocarriba y no logro escribir claro.

Da a los niños los mil besos que te envía tu

Hostos.

P. D.- Ahora te escribo de pie, aunque en la facha y actitud aquellas en que estaba don Quijote, cuando, por amor de Altisidora se vio expuesto a las ásperas caricias de los gatos. Juntos lo leímos, ¿te acuerdas del pasaje? Y de los tiempos, ¿te acuerdas? Volviendo hacia ellos, vamos, porque tal vez ahora fijemos la rueda del trabajo. El Directorio de la Liga resolvió anoche que yo salga para Puerto Rico, en cuanto lo permita mi salud, y que lleve, a ser posible, los medios necesarios para empezar la reforma de la educación en Puerto Rico. En tal caso, allí nos reuniremos. En el caso de que no pueda hacer nada a ese respecto, me iré al lado de ustedes para tratar de trabajar ahí o en Curazao.

Otros mil besos.

Hostos.



Nueva York, agosto 11 de 1898.

Hijito querido Eugenio Carlos: En la mañana del domingo pasado me hice la operación; y como ustedes verán que al día siguiente pude escribir a mamá, comprenderán que salí bien de ella. Aún me molesta un poco la cicatriz, pero parece que cesará pronto la molestia.

Es posible que en un vapor que zarpa de aquí para Ponce el día catorce próximo, salga yo para Puerto Rico; pero es más probable que espere el vapor que sale para Venezuela el 24, pues entonces podría ir por unos días a ésa para en seguida ir a Puerto Rico, adonde, como dije a tu madre, voy comisionado por el Directorio de la Liga de Patriotas puertorriqueños.

De cualquier modo que sea, ya no se prolongará mucho nuestra separación, que me es insoportable.

A los niños, que sigan esforzándose por merecer los premios. A todos, mil caricias; a ti bendiciones de

Papá.



Nueva York, agosto 22 de 1898.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
El Valle.

Hija mía querida: Déjame que empiece por premiar con un beso bien sonado la buena acción que realizas al hacer el esfuerzo de componer la ropa, no sólo por devoción a los deberes domésticos que la mujer, para ser efectivamente una mujer, ha de cumplir con cariño y devoción, sino porque sabes que así complaces a tu padre. Dios te me bendiga, hija mía: a esas pruebas de afecto es a las que más se rinde el que llamas tu censor idolatrado.

Y, ¿de quién, por otra parte, hija mía, no es censor el que hace la vida censurándose a sí mismo? ¡Si me vieras...! Ahora, cuando después de años tantos y de tantos aunque insensatos sacrificios, me veo incapaz de detener el carro de la fuerza que va arrastrando brutalmente el ideal que he acariciado en sueños y en vigilia, no se me ocurre acusar a nadie, ni censurar a nadie por la complicidad horrenda que todo tiene en el triste destino de mi patria, condenada de una dominación a caer en otra, sino que me acuso, y con razón, ásperamente, por haber invertido años enteros, caudales enteros de sentimiento y voluntad, acaso de entendimiento, luchando por pueblos que no podían darme la independencia de mi patria, que ahora no podrán ayudarme a disputársela a los que quieren sustituir con el bochornoso privilegio de las victorias militares, el derecho que habían estado enseñando a la especie humana.

Pobre censor, pobre censor, querida hijita, que hoy celebra y bendice tu cariñosa resignación a los deberes domésticos, está perdiendo ya, su antigua manía a censurar, él, que a nadie censuraba, a los suyos queridos y a sí mismo. Y te digo que estoy perdiendo mi antigua costumbre de censurar lo que amo, porque, entre la casi pérdida de mis esperanzas en el Puerto Rico independiente que afanaba y la operación quirúrgica de que ya estoy convaleciente, me han hecho ganar en Realismo y en buena disposición de ánimo.

Cuenten mamacita, tú, Eugenio Carlos y todos con ese realismo para la vida y esa buena disposición de ánimo para el hogar, y llámenme a uno y otra, si por acaso se olvida de lo que ha ganado, y se acuerda, de lo que ha perdido, tu para siempre amantísimo,

Papá.



Nueva York, agosto 22 de 1898.

Señor Filipo L. D. de Hostos.
El Valle.

¡Hombre! Don Filipo: ¿será verdad lo que me dicen?, ¿será verdad que usted se está olvidando de papá? Dicen que usted no se aleja ya para nada de mamá, y que vive pegado a ella como antes vivía pegado a mí. Pero, ¡hombre!, don Filipo, ¿es eso posible?, ¿conque todavía no van dos meses desde que salí de ahí, y ya está usted faltándome a la pegaduría?

Hace usted muy bien, caballerito; tan bien, que yo lo voy a premiar, en cuanto llegue ahí, por su pegaduría a mamacita.

Mientras llega el día de que te bese de veras, te manda muchos besos en esta cartita.

Tu papá.



Nueva York, agosto 22 de 1898.

Señorita María A. de Hostos.
El Valle.

¡Aloo! ¿Hablo con la señorita María Angelina Laura Hostos de Ayala?

¿Sí? ¿Y cómo está la señorita? ¿Y la familia? ¿Y don Serapio? ¿Y el señor don Braulio sigue comiéndole las pastillas? Pero, ¡qué tragón es don Braulio...! ¡Si parece hermano del Pae Zampabollos...! Y ahora que hablo de él, me acuerdo de doña Estebanía. ¿Hace mucho tiempo que no ha ido usted a verla? ¿Y la última vez que estuvo usted en [...] vio usted a doña Candela? ¡Jesús! ¿Hizo ella el gesto tan feo que acostumbra hacer? ¡Qué doña Candela tan...! Me dicen, Misia Mariíta, que estuvo usted de visita en casa de los González Bravo. ¿Es verdad?, ¿y se portó usted bien, por supuesto? ¡Vaya!..., mi señorita, que me dan ganas que vengan ustedes a visitarme aquí. Pero ya iré yo: mientras tanto, le manda un beso por teléfono,

Su papá.



Nueva York, agosto 23 de 1898.

Sr. don Adolfo J. de Hostos.
El Valle.

Querido Adolfito: Tienes mucha razón, cuando me dices en todas tus cartitas que un padre hace mucha falta en su hogar; y por eso he decidido ya mi vuelta a él, en donde espero encontrarte completamente restablecido de la fiebrecita de que, felizmente, ya estaban tú y Bayoán convaleciendo.

Muy bien ha hecho nuestra rosa en prohibir a todo el mundo en casa que vaya a bañarse al río; y si no fuera porque ahora ya no me pongo yo bravo por nada, me enfadaría con ustedes dos por haberse buscado con aquellos dos baños diarios esa fiebrecita.

Pero, en fin, gracias a Dios, ya están buenos, y es necesario que recobren el tiempo perdido, y que se preparen para el examen, cuando llegue tu amantísimo,

Papá.



Nueva York, agosto 23 de 1898.

Señor Bayoán L. de Hostos.
El Valle.

Mi querido Bayoán: Tus dos últimas cartitas me han llenado de alegría, porque con una de ellas, por el mero hecho de escribirme de tu puño y letra, se me quitó el miedo que me causó la noticia de tu fiebrecita; y con la otra carta me demuestras de nuevo tu cariño, demostración que es para un padre la mejor que puede hacérsele.

Mamacita me cuenta enternecida que tú andabas buscando suscripciones para hacer un recibimiento a papacito. Muchas gracias te da él; pero desea que te contentes con recibirlo con los brazos abiertos y con tu buen corazoncito lleno de alegría.

Pronto, si Dios quiere, tendremos la felicidad de reunimos; y entonces veremos cómo mi hijito Bayoán sigue estudiando y complaciendo a su amantísimo,

Papá.



Nueva York, agosto 24 de 1898.

Señora Inda A. de Hostos.
El Valle, Venezuela.

Queridísima Inda: Antes de contestar a tus cartas de 27 de julio y de once del mes, que recibí juntas, déjame decirte que por poco, en vez de la carta ésta, voy yo; pero he debido aplazar mi viaje hasta el vapor del 8 de septiembre, día en que tendré la alegría de partir no sólo con el santo objeto de verte y ver a nuestros hijos, sino con el de llevarme a la familia para Mayagüez. Es, Inda mía, me parece, lo mejor que podemos hacer: en primer lugar, he tenido que aceptar una nueva comisión de los puertorriqueños de aquí para los de la Isla, y tendré que residir allí por algún tiempo. En segundo lugar, si podemos vivir allí, ¿por qué hemos de buscar otro lugar para vivir?

Además, allí pondré tener trabajo seguro; y por último, lo que me dices del justo horror que tienes a que sigamos viviendo ahí, sin trabajo para mi Eugenio Carlos, me decide a optar por esto. Se puede, pues, decir que mi resolución es inspiración tuya. Si la apruebas, aprovecha un vapor que de La Guayra sale para Ponce el cuatro o seis de cada mes, a fin de que te entiendas con Rosita, a quien hoy también escribo, bien sea sobre el modo de disponer la casa para que nos reciba a todos, bien para que hagas lo que se te ocurra. Como yo he de ir el 27 de septiembre, día en que deberemos embarcarnos para Ponce, decidiremos si conviene ir a Mayagüez, o no.

La idea de salir mañana me tenía loco de contento, y la de tener que esperar hasta el 8 de septiembre me pondrá loco de impaciencia; pero, al fin, ya está resuelto el regreso que todos deseamos, y que si me enternece por lo que me dices de los niños, me conmueve por lo que me haces sentir con tus conmovedoras expresiones.

Que todo siga en orden; que todos sigan el horario; que todos se apronten para pagarme, con redoblado afecto el sacrificio de esta separación tan inquietante.

Que Dios me los bendiga.

Un beso de tu

Eugenio María.

P. D.- Filipo no hace, al acercarse a ti, más que mostrar lo mucho que me quiere, pues sabe que el regazo que busca es el en que encontrará siempre a su padre.

OTRA.- Ya he comprado los pasajes para todos, desde La Guayra a Ponce. Te incluyo el recibo que me ha dado la casa consignataria de los vapores por los siete pasajes para ustedes. Bueno es que Eugenio Carlos lo presente a la casa de ahí, pues conviene estar preparados para el 25, día en que el vapor saldrá de La Guayra para Ponce o para San Juan, si los españoles han evacuado la Isla.



Ponce, 27 de septiembre de 1898.

Señorita Rosa de Hostos.
Mayagüez.

Queridísima Rosita: Hemos llegado hoy a las siete a. m. y saldremos mañana a las cuatro p. m. Es de temer que no podamos llegar a tus brazos hasta el viernes; aunque acaban de decirme que aun pernoctando en Yauco, podemos llegar a Mayagüez a las cuatro o poco más de la tarde.

Es muy posible que mis ocupaciones me detengan aquí, aunque trataré de evitarlo: si no lo evito, te entrego a la familia.

Muy contento de volver a ver la patria y de complacer los deseos de papá, los tuyos, los de todos, los míos, y no tardaré en probarte que interpretaste muy mal la carta a que contestaste en una que leí a mi regreso de Nueva York a Caracas.

Hasta la vista.

Tus hermanos y sobrinos,

Eugenio María e Inda.

Eugenio Carlos, Luisa Amelia,
Bayoán L., Adolfo J. Filipo
.

P. D.- Dile a tío Pancho que me haga el favor de atender a mi equipaje, que llegará en la mañana del jueves.



17 de octubre de 1898.

Srta. Rosa de Hostos.
Mayagüez.

Mi querida Rosita: Ayer, 16 de octubre de este vertiginoso año 98, recibí tu carta a Luisa Amelia. Ella te contesta, y de seguro te dirá cuanto podría excusar estos renglones, si no se tratara de ti; pero como de ti se trata, contesto yo a dos indicaciones de tu carta: será a tres, y hasta a cuatro.

Indicas cierta pesadumbre de fraternidad lastimada, por no haber recibido carta nuestra, estando ya en el mismo patrio suelo. Pero, ¡creatura!, si desde que pasé por Ponce, al ir para Venezuela, te escribí; ¡si Luisa Amelia te escribió desde el segundo día de nuestra estancia en Ponce...!

Indicas que nos esperas con los brazos abiertos. Eso es lo que buscamos y deseamos, querida hermana; y de eso no hubiéramos desistido, si los 405 años de dominación española hubieran bastado para mejor camino que el de Ponce a Mayagüez.

A poco que mis compatriotas me ayuden, espero que, por lo menos, se habrá demostrado la posibilidad de hacer una gran fuerza de esta infinita debilidad que dejan los españoles en el cuerpo y en el alma de esta sociedad.

Di eso en mi nombre a cuantos vayan o sigan yendo a pedir noticias de mi ida al nativo rincón: diles que si ha habido vez en que un hombre haya llegado con buenas intenciones y propósitos de bien a la tierra de sus deberes, esa vez será la de mi llegada a Mayagüez, como lo ha sido la de mi llegada a la Madre Isla.

En la extraña situación en que está la Isla, deseo que nuestra reunión se verifique en el lugar de nuestra probable residencia, en Juana Díaz.

Ya volveré a escribirte, para fijar definitivamente el día de mi llegada a Mayagüez. No iré con la familia; en primer lugar, voy a tener que hacer de Juana Díaz mi cuartel general, entre otros motivos, porque aquí se fundará la primera institución de enseñanza que entra en mi programa; y en segundo lugar, porque pienso que te vengas conmigo a mi regreso.

Voy a trabajar con alegría y devoción patriótica por el presente y el porvenir de esta querida infortunada.

A tía Carmen, tío Pancho y familia, Enriqueta Oller de Capestany y los suyos, don Andrés Menéndez y familia, afectos mil.

Un abrazo como el que desea darte de todo corazón,

Tu amantísimo hermano,

Eugenio María38.



HOTEL MOUNT VERNON.
TETUÁN 11, SAN JUAN, P. R.

28 de octubre de 1898.

Mi querida Inda: A las doce horas de viaje, que fue encantador para la vista y desencantador para el tacto (porque al fin concluyó por molerme todo el cuerpo), a las diez y cuarto pasado meridiano llegué a esta Capital de las desuniones. Por lo demás, ha mejorado bastante como ciudad, y especialmente las afueras de Cangrejos (Santurce), hacen de ella una ciudad muy agradable.

Hasta ahora no he sido muy visitado; pero en este mismo instante acaban de salir tres de los representantes de la cultura y la política borinqueña.

Aquí, en el mismo hotel en que estoy hospedado, me he encontrado con el doctor Manuel Zeno Gandía; y esta mañana, en la Catedral, adonde fui para recordar mis primeros viajes, hallé a la mujer de Maximiliano Grullón39 y a dos de sus hijitas. Me dieron muchos recuerdos para ti, por quien preguntaron con interés agradecido y me dijeron que se iban para la Habana, a reunirse con Maximiliano, que se ha establecido allí.

Aunque las impresiones que voy teniendo del estado del país y de sus hombres son poco agradables, tal vez haya sido útil mi venida. Si así es, daré por no mal empleado el tiempo de mi ausencia, que me parece eternidad desde el momento en que dejo a ustedes.

Es muy posible que el lunes salga de aquí para ahí. A mi llegada nos iremos para Juana Díaz, pues ya es larga la mansión en el Senil. Aunque don Marcelino Torres me ha dicho y repetido que tiene efectiva complacencia en tenerme en su casa con mi familia; y aunque doña Merceditas, para disuadirte de un regreso pronto, te dijo que ella no había vuelto al Senil sino por ustedes, el hecho es que ya es larga la estancia para hospitalidad, por más corta que sea para complacer nuestra satisfacción de ver reaclimatarse a nuestros hijos en un edén como ése. Al Adán y a la Eva de él, y a los angelitos que lo prueban, mil afectos. Mil a Isabelita. A ti, un beso de tu

Hostos.



THE MOUNT VERNON HOTEL.
SAN JUAN, P. R.

28 de octubre de 1898.

Queridísimos hijos Eugenio Carlos y Luisa Amelia: Mamá les dirá cómo y a qué hora llegué aquí. Ahora va papá a decirles lo que gozó con el pasmoso espectáculo de la tierra borincana, y lo que sufrió con la idea de que su madre, ustedes y sus hermanos no estuvieran con él.

Borinquen es positivamente una de las más bellas tierras que ojos vieron. Desde que se sale de Juana Díaz empieza el encanto de los ojos, que, incesantemente, sin un solo momento de descanso, se va aumentando, hasta que llega el instante en que, al dar una simple vuelta en el camino, aparece la pasmosa vega del Plata, que (para interesar más a mamá en la lectura de mi relato) les diré que se parece singularmente a la vega del Yumurí. El que me acompañaba, perito en materia de bellezas naturales, me decía que el panorama del Yumurí, que él ha visto, no es tan bello como el de la vega del Plata; pero yo me reservo el placer de gozar y juzgar por mí mismo el Yumurí: mientras tanto, el de la vega del Plata me parece de lo más bello que puede ofrecer la tierra. No tan bellos quizá; pero extraordinariamente risueños, aparecen después los paisajes de Cayey, cuyas vegas y sabanas emitían luz sonriente. Al bajar de Cayey para los valles de Caguas, la tierra quebradísima de nuestra amable patria va como reuniendo en un solo golpe de vista los aspectos parciales de la cadena de colinas y de oteros, de llanos, vegas y sabanas que constituyen el tipo general de las bellezas de la Isla, y cuando ofrece al contemplador la soberana masa del Luquillo, da a contemplar el verdadero panorama.

Se presentó tan incitante, que yo me apeé del coche y eché a trepar por una cuesta en que hasta Bayoán y Adolfo hubieran tenido la dificultad que tuvo en seguirme el que me acompañaba, que era el doctor Cestero, y subí a mirar, a contemplar, a saludar, a bendecir la vista grandiosa que ofrece Borinquen la infortunada y la encantadora, cuando resume en una sola vista la de todas sus lomas, quebradas, valles, vallejuelos, sabanas y llanadas: y allá en el fondo de los valles, el hilo de plata de su río, y en la cima de las lomas, el Yunque soberano.

Mañana escribiré a los niños. A ellos y a ustedes, besos mil de

Papá.

P. D.- Afectos vivos a todos, a todos, incluso mis discípulos.



Juana Díaz, noviembre 14 de 1898.

Querida Rosita: Recibimos tu última carta: en ella, y con aparente razón, te lamentas de la lentitud con que van nuestras cosas; pero si vieras las dificultades con que lucho para llevar a cabo el sano propósito que me trajo a nuestra patria, no añadirías el dolor que me causan tus lamentos al que me imponen de continuo las circunstancias.

Aunque no estoy seguro de lo que será, te diré que me propongo ir a Mayagüez en los últimos días de este mes: ya, para entonces, habrán empezado a realizarse los propósitos que he debido tratar de realizar en Ponce. Como, para que se realicen con alguna probabilidad de bien para el país, se necesita que yo mismo intervenga en la realización, tendré que permanecer aquí hasta que marchen por sí mismas las tres instituciones que he fundado: por eso iré solo y por breves días a Mayagüez.

Debo prevenirte que puede suceder algo que te agrade más. Según te habrán dicho, he sido aclamado como representante en Washington: si la comisión se hace efectiva, y me decido aceptarla, iré a llevarte y dejar contigo a la familia.

Mientras una de esas dos probabilidades llega a hecho, que Enriqueta suspenda el fuete, y que tú no te impacientes. A mi amistosa enemiga, a Hostitos, a Cominges Capestany, a don Andrés, a tía Carmen, a Pancho, a Jacinta, a todos, mil afectos.

Mil te van de

Tu amantísimo hermano,

Eugenio María.

P. D.- En caso de poder ir a verte, lo haré en los primeros días de diciembre.



Juana Díaz, 12 de diciembre de 1898.

Querida Rosita: Aunque te escribí no ha mucho, vuelvo a hacerlo para probarte que ni mi alejamiento de nuestro Mayagüez ni el silencio que a veces guardo, son obra de mi deseo.

Al contrario: mis deseos, que de antiguo conoces, son los naturales; pero quien llega a viejo en un empeño, no lo abandona nunca, aunque haya de cambiar de ruta. Trabajar hoy por organizar a nuestra patria, lo mismo es, en el fondo, que haber estado bregando por la independencia. Y lo mismo que por ella hice los más insensatos sacrificios, hago hoy por mi anhelo de organización y dignidad para Puerto Rico los más incomprendidos esfuerzos.

Hoy estoy a punto de hacer nuevos esfuerzos. Dime tú cuál de ellos te parece que une mejor los intereses de la patria y los de nuestra familia:

Ir en comisión a Washington;

Aceptar las proposiciones fervorosas que se me hacen para ir a Ponce;

Volver a Mayagüez, que es lo que con más satisfacción haría. Pero, ¿encontraré ahí los adictos y decididos que tengo aquí y en Ponce?

Que hablen pronto, y me voy; pero que hablen, como en Ponce, con hechos.

Todos deseamos verte, y todos te abrazamos.

Tu hermano,

Eugenio María.



WESTMINSTEB HOTEL.
NUEVA YORK.

28 de diciembre de 1898.

Inda querida: Abreviaré mi viaje. Mi deseo es no pasar más de un mes aquí. Lo que no se consigue en un mes, no se conseguirá en tres. Además, ya que mi egoísmo consiste en pensar en mí a lo último, hay que considerar mi salud, que puede lastimarse con el frío que hace, y que no es más que el principio de estos terribles inviernos del norte.

A pesar de que el tiempo ha sido y es bueno, y aunque personalmente resisto bien hasta ahora la temperatura, no deja de preocuparme un poco el acceso de aquellos flatos que me mortificaban en Chile y que ya he experimentado, aunque ligeros.

Todo coopera en favor de mi deseo de volver pronto al nido amado. Lo echo tan de menos, que no duermo bien, y en las frecuentes interrupciones de mi sueño, los tengo a todos presentes.

¿Por qué habré yo tenido la debilidad de aceptar esta comisión?

Hasta ahora, todo se ha ido en entrevistas con los periodistas, que, no sólo no interpretan bien las ideas que se les transmiten, sino que a veces suplantan con las suyas las ideas del reportado. Parece que el Presidente no está muy dispuesto a cambiar de régimen a Puerto Rico, aunque aseguran que piensa en la supresión del triste Gobierno insular de ahí. Las Cámaras, que se reabrirán el dos de enero, se ocuparán preferentemente de la, paz con España. Es improbable que se ocupen de Puerto Rico.

En Cuba continúan las asonadas. Ayer hubo una entre cubanos y españoles, que concluyó por un ataque contra los americanos.

¿Estás ya completamente buena del ataque de nervios que todavía sufrías en el momento de mi despedida? Yo te aseguro que nunca más volverías a dejarte dominar de tus rebeldes nervios, si supieras la tristeza y preocupación que me causaste, que me impresionaron por completo hasta que me embarqué y que me lastimaron, cuando los recordaba, durante todo el viaje. Espero que a mi vuelta, que será lo antes posible, trabajaremos juntos por dominar ese mal que tantos dolores inútiles e innecesarios nos ha causado.

Un beso de tu

Hostos.



Nueva York, 28 de diciembre de 1898.

Señor don Eugenio Carlos de Hostos.
Juana Díaz.

Eugenio Carlos querido:

Sin tiempo para más, no quiero que vaya carta mía sin que te lleve una palabra de aliento en la obra de representarme que tan bien has desempeñado otras veces, y que ahora, por lo mismo que en el Colegio se hace más difícil, te agradeceré más.

A Bayoán y Adolfo que supongo se portan bien y que han vuelto a ser tan buenos niños como fueron durante mi otra ausencia, y que van a merecer los regalos que les he de llevar.

Con bendiciones a ellos, a Filipín, Mariíta y a ti mismo,

Papá.



Nueva York, 28 de diciembre de 1898.

Luisa Amelia hijitica mía: En cuanto, durante el último día de navegación, tuve que apelar a tus regalos, y me puse la camiseta hecha de tus manos, las gracias y bendiciones que desde el fondo del alma te mandaba, han ido acompañadas de reflexiones muy paternales sobre la importancia de las faenas domésticas para la mujer. Malas ideas y pésima dirección suelen achacar a las faenas de la mujer en el hogar un defecto que no tienen. Se cree y dice que esa clase de trabajo manual es opuesto al señorío de la mujer. Es al contrario: coadyuva al señorío, porque así es principalmente como la esposa, la hija, la hermana, se enseñorean de la voluntad del esposo, del padre y del hermano. La vida es una serie de servicios, que en el hogar se aprecian y agradecen más que en parte alguna. Sigue teniéndolo presente, hija mía, para que así completes tu educación, cuyo objeto final es hacer grata la vida diaria. Además, el trabajo ocupa, y no hay vida mejor que la ocupada.

Por eso insisto en que tomes a tu cargo la enseñanza de la pobre Mariíta, que va a ser una creatura desgraciada si a tiempo no se da el entretenimiento del estudio a su inagotable actividad corporal e intelectual. Think of it.

Espero también que me hayas oído en el ruego que te hice de que dieras clase de francés, lectura razonada, geografía y hasta gimnasia, a niñas como Merceditas, que no sólo te pagarían con su afecto, sino con su alegría y la adhesión de sus familias a la nuestra.

Hasta otro vapor, porque va a salir éste.

Mil bendiciones de tu

Papá.



Nueva York, 29 de diciembre de 1898.

Querida Inda: Anoche, al acostarme, puse tu manta sobre mis otras coberturas. Naturalmente, me acordé más vivamente de ti; y viéndote en mi imaginación como solía verte en Santiago de Chile, cuando arropada en tu manta, pasabas horas enteras dando vueltas entre tus dedos a uno de los flecos del abrigo, reflexioné y juzgué que el mal de entimismamiento que tanto te hace y me hace sufrir no se puede curar con paternales amonestaciones para que no sigas dejándote dominar de ese entimismamiento; sino, al contrario, con enérgicas alarmas del cariño mío y de nuestros hijos, a fin de hacerte comprender la necesidad de que salgas de ti misma y seas siempre tan abnegada como has sido con tu esposo y con tus hijos.

Como la causa física de ése tu estado de ánimo es la excitabilidad nerviosa que tanto te ha hecho sufrir, hay que adoptar un régimen de vida física más higiénico que el que llevas, con el objeto de que pese menos la materia grasa y tengas más diligencia y deseo de actividad. A ese fin, los baños fríos, cada mañana, disminución de alimentos crasos; ejercicios regulares de músculos y órganos. Mas como la causa física no es la única, pues la moral te afecta mucho más, principalmente cuando te preocupas por tus males y con el eterno cuidado por la situación de la familia, es necesario que te distraigas con alguna ocupación; por eso, y sólo por eso, te he rogado tantas veces que ejecutes tu propósito de algunos días y que establezcas una academita de pocas alumnas, aunque sólo sea para acostumbrarte a mimar menos y educar más a Mariíta, encantadora imagen tuya en lo moral e intelectual, que, como hizo tu madre contigo, estás tu malogrando inconscientemente.

No tardaré en ir al lado de mi familia, y espero que esta vez llevemos a cabo nuestros buenos propósitos.

Hasta el beso material, va el moral,

Eugenio María.



WESTMINSTER HOTEL.
NUEVA YORK

30 de diciembre de 1898.

Eugenio Carlos, hijo querido: Después de escribir a tu mamá y hermanos, salí a hacer ejercicio, porque «andando se quita el frío». Al pasar por Gramersy Park, me detuve y entretuve contemplando a cuatro muchachos y un perrito, que jugaban gritando al football. El mayor, como Bayoán, y el menor, como Filipo, disputándose fraternalmente la pelota, se revolcaban sobre el césped, dando unas risotadas y luciendo unos colores que cualquier padre hubiera deseado para sus hijos.

Prosiguiendo en mi toma de sol por esas calles, me encontré en Madison Square, en donde una fuente de sube y baja, muy curiosa y muy contemplada por las gentes, reunía hoy buen concurso de solitarios como yo y de niños y niñeras y de ayas que, como yo, contemplaban el subir y bajar del hermosísimo surtidor. De pronto me fijé en un arco iris en miniatura que, con deleite mío, subía y bajaba, aparecía y desaparecía, surgía de pronto y de pronto se eclipsaba. ¡Qué lección objetiva de lo que es un arco iris...! Y otra vez volví a pensar en mis hijos, y a suspirar por dentro. Con eso te digo que tengo muchísimos deseos de verlos, y que, como de costumbre, los traigo en la memoria y en el corazón, hasta el punto de que estoy decidido a no volver a hacer viaje ninguno sin mi familia, porque el pensar en ella me impide no poco el pensar en el objeto de mi viaje: no, por cierto, que falte de ningún modo al deber que me ha traído, sino que vivo desasosegado; y viviendo así, se piensa así y se trabaja así. Por eso y porque la Comisión no puede ser larga, aunque lo desee uno de los comisionados; y porque, no durando la Comisión, yo no tengo el derecho de gastar un centavo más allá del día en que termine, y debo y quiero devolver lo que sobre; por eso, digo, pienso en marcharme prontísimo, al regreso del Caracas.

La Comisión, como yo temía, ha llegado antes de tiempo, porque el Congreso no puede ocuparse sino de la ratificación del tratado de paz con España y de la lucha política entre partidarios (los republicanos, que están en el poder), y adversarios (los demócratas, que están en la oposición) de lo que aquí llaman «expansión», que es un bonito nombre para la fea senda que ha tomado la Unión Americana. Tengo mucho que escribir para otros: no más tiempo para ti.

Dios te bendiga, como lo hace tu

Papá.



Nueva York, 2 de enero de 1899.

Señor don Adolfo: El dulce clima de nuestros trópicos tiene días y noches tan brillantes, tan suaves y tan agradables, que no se puede compararlas con ningunas otras. Pero estos climas de duro invierno tienen también sus encantos. Si tú vieras como está Nueva York, desde la mañana de ayer, tendrías motivos mil de admiración; y si te desentendieras del espectáculo que ofrece el manto de nieve, que lo cubre todo, para atender al espectáculo que ofrecen los niños en calles y parques, no dejarías de celebrar con ellos los encantos del invierno.

Desde ayer por la mañana, toda Nueva York es una nevera. Calles, plazas, techos, campanarios, árboles, céspedes, todo es blanco, todo brilla, todo reluce. Y desde ayer por la mañana, niños como Filipo, y adolescentes como tú saltan de contento, patinan como locos, se ríen como felices, y juegan y retozan y hacen bolas de nieve y se las tiran unos a otros y se ríen a carcajadas, como si la nieve les hubiera aumentado la fuerza y la alegría de la vida y de la edad.

¿Querrías venir? Would yon come to such a country?

No poco daría por traerlos a ella, tu

Papá.



Nueva York, 2 de enero de 1899.

En cuanto a la señorita Maríita, estoy seguro de que, acordándose de que papá está sufriendo frío, se está portando de modo que, cuando yo vuelva, me olvide de los malos ratos que estoy pasando.

Como en invierno es imposible salir a ver tiendas, porque el frío no consiente que nadie se pare en calles ni en aceras, todavía no sé si hay o no hay cosas bonitas que llevar de premio a los niños que se portan bien: pero si no puedo llevarlas, buen premio será el ver a papá, ¿pues no?40

Hasta la vista,

Tu papá.



Nueva York, 2 de enero de 1899.

Ahora, a ti querido primogénito: Poco a poco, la obra que me ha traído se va definiendo. Ya no se ven desde aquí como se veían desde allí la situación y las necesidades de la patria. Todavía no hay nada positivo con respecto al estado de cosas que ha de establecerse en Puerto Rico. Ni el Congreso se ocupará de nuestra Isla en esta legislatura, que probablemente se ocupará tan sólo del tratado de paz con España, ni el Presidente considera oportuno para su partido ni para él, que aspira a la reelección, el resolverse a presentar al Congreso una resolución cualquiera, que puede comprometer su posición de candidato y de hombre de partido. De aquí que todo lo relativo a la situación de Puerto Rico esté en suspenso, y que aun no se sepa si será anexado, o si, como quieren los adversarios de la dominación de los Estados Unidos en las Antillas y Filipinas, será considerada la tierra de tu padre como un territorio que fomentar ahora para libertar después.

Nosotros no tardaremos en saber si podremos irnos pronto, como yo deseo, después del ya próximo viaje a Washington.

Con anhelos de volver a ustedes,

Te bendice tu

Papá.



Nueva York, 9 de enero de 1899.

Sra. Inda de Hostos.
Juana Díaz.

Querida Inda: Imagina cómo estará mi ánimo, sabiendo, como te hago saber, que hoy ha llegado el Caracas; que muchos han tenido carta; que varios me han hablado ya de lo que dicen los periódicos de Ponce; y que todavía no he recibido yo cartas de ustedes, ni noticias, ni periódicos.

Como harto sabes y saben nuestros hijos, hasta la misma Mariíta, que yo soy un niño por el corazón y que la mayor parte de él está lleno de ustedes, no dudo que comprenderán la inquietud de que me tiene poseído ese silencio; pero de seguro no pueden formar idea exacta de la inquietud, desasosiego y desánimo y postración de fuerza moral en que estoy. Sólo te digo que, si hubiera algún medio digno de abandonar este puesto de tormento, me embarcaría en el vapor que sale el sábado próximo.

Desgraciadamente, no hay remedio: todavía no está empezada en Washington la tarea, por otra parte ineficaz, que aquí nos tiene. De ella diré algo a Eugenio Carlos. Déjame ahora, que, después de darte dos besos bien del alma, hable con Luisa Amelia y los niñitos.

Dios te me bendiga.

Tu

Hostos.



Westminster Hotel, Irving Place and 16th Street,
Nueva York, enero 9 de 1899.

Hijita Luisa Amelia:

Vino, hace días, un transporte americano, y me trajo una carta del general Henry, en la cual, de letra de Eugenio Carlos, venía mi actual dirección. Ese breve manuscrito del primogénito es la única noticia que de ustedes he tenido desde el día triste en que salí de mi rincón hasta la hora tristísima en que, llegado un vapor que tampoco me ha traído cartas ni noticias, suspiro más fuerte que nunca por mi familia y por mi nido.

Esta vez sí que es la última en que me separo de ustedes, hija mía. Ya mi vida ha sido harto triste y pesarosa, para que yo acepte nuevos pesares de esta especie. Junto a mi familia, vengan tristezas y alegrías; lejos de ella, ni alegrías ni dolores.

Ya no me acuerdo ni del invierno: tan embargado estoy por el recuerdo de ustedes y por el deseo de irme. No te preocupe, pues, el temor de que me haga daño. Por lo demás, llevo siempre los broqueles que contra el frío me hiciste tú, que es como si anduviera acalorado por el calor del hogar. Ayer anduve un poco por Central Park, blanco el suelo, helado el lago, rompiendo el hielo y resbalando por él; y cuando ahora me pregunto cómo pude resistir el frío se acuerda de Luisa Amelia, y la bendice,

Su papá.



Westminster Hotel,
Nueva York, 9 de enero de 1899.

Eugenio Carlos querido: Ante todo: de los puertorriqueños que por aquí andan, dos salen para allá, y probablemente buscarán el modo de presentarse en casa.

Me tienen desolada el alma. Ya lo sabrás, hijo mío: ¡a estas horas, ni una carta!

Supongo que tu encargo, te habrá costado ya algunas molestias. No te impacientes: yo no tardaré en ir a relevarte.

El que ya está cansándose, soy yo. Se hace menos de lo que se pudiera, aunque no hay mucho que esperar. El movimiento contra la anexión sigue creciendo; pero es de temer que el ingente interés del Partido Republicano lo compela a seguir por el camino que lleva.

Por él se está yendo a una revolución en Filipinas, que desacreditará a la Unión Americana, pero que la sumergirá en el océano de sangre que llaman gloria, grandeza y poder las tristes naciones de la Tierra.

Pero no hay todavía que desesperar: por una parte, aun hay pueblo americano; por otra, aun está por ver quién será, si republicano o demócrata, el triunfador de las futuras elecciones presidenciales.

Besos de

Papá.



Nueva York, enero 13 de 1899.

Querida Inda:

Por lo mismo que estoy privado de tus cartas y de las con que me confortan los niños, en mi ausencia, no quiero perder la ocasión de escribirles por el Caracas, que sale mañana. Seré breve, porque estoy en los preparativos para mi ida a Washington.

La falta de cartas y noticias de ustedes me tiene tan apesadumbrado, que temo influya ese estado de ánimo en mi descontento como Comisionado y en mi poca o ninguna confianza en el resultado de la Comisión. Eso no quiere decir que desatienda mis deberes, pues todo el día, a veces hasta parte de la noche, cuando escribo para El Correo de Puerto Rico, lo empleo en ese deber. De nueve a diez de la mañana leo The New York Times, periódico semioficial, para conocer el movimiento de opinión en nuestros asuntos: de tres a cinco de la tarde, recibo a los otros dos Comisionados, y trabajo con ellos. Entre esas horas, redacto informes o compongo instancias o mensajes (addresses) para hablar con el Presidente y hacerle oír del modo más efectivo lo que yo y el sentido común tenemos por más natural; por la noche, cuando no me quedo a informarme en The Evening Post, de las noticias del día, escribo para informar a El Correo, o salgo para hacer un poco de ejercicio o voy a alguna diversión gratuita. Anoche estuve en una exposición de retratos, que me hizo acordarme mucho de ti, pero mucho, Linda mía.

Ya está apalabrado el rodillo para tus neuralgias, que siempre me duelen en el alma.

Ella contigo, Inda mía.

Hostos.



Nueva York, 13 de enero de 1899.

¡Ay, Ay, Ay!, mi señorita hija Luisa Amelia: Si no fuera por lo que ha sido, no me perdonaría esta nueva ausencia, aún más dolorosa que la otra, porque ni siquiera me acompaña el sol. No porque falte, pues en el rudísimo invierno que he venido a afrontar y afronto, no deja de brillar de cuando en cuando y de resplandece sobre el manto de nieve rutilante que cubre calles y edificios, sino porque, en parte por mi trabajo, en parte por prudencia, no puedo o no me atrevo a salir. Ayer, sin embargo, pasé fuera del hotel casi todo el día.

Por la mañana, fui a excusarme con una muchedumbre de discípulos dominicanos que me habían invitado a una comida, cuando ya estaba comprometido para otra. A las 2 p. m. tuve que ir a la calle 77, a cumplir, a pesar mío, mi compromiso. A las cuatro y media, fui a casa de Molina, en donde todavía no había estado. De allí volví a las diez de la noche. ¡Qué frío!, ¡qué de nieve!, ¡qué resbalar cuando bajé del carro!

Si volviera a presentárseme, cuando de ésta salga, la ocasión de salir de mi nido, y enfrente del mayor incentivo que hay para mí en el mundo (y bien sabes tú que es el deseo de ser bueno), me ponen la privación de cartas y noticias, de que estoy sufriendo, hasta el deseo del bien renuncio. Hoy hace, querida hijita mía, que sé yo cuántos días que, además de estar privado de la vista, las caricias, las impaciencias y el tumulto de la vida de familia, estoy privado también de sus cartas y noticias.

En cambio, estoy disfrutando de todos los encantos que ocasiona, en canto se relaciona con pueblos como los nuestros, el ejercicio de cualquiera función pública, por penosa que, como ésta, sea ella: cuanto hace de mal el personalismo, tanto se le pone a uno por delante.

Pero, perdona, hija mía, que te hable de esto.

Ponme tu carita para que la bese,

Papá.



Westminster Hotel,
Nueva York, 13 de enero de 1899.

Querido Eugenio Carlos: No pierdas de vista los itinerarios de los vapores de la Red D. Line, que unas veces vienen directamente de Ponce, y otras de la Capital, para que no suceda lo que con el Caracas, que, por haber salido de la Capital, no me ha traído cartas. Ya supondrás cómo me tiene esta privación del único placer e interés que tengo. De buena gana, y para que peses la fuerza de la necesidad en que estoy de cartas y noticias de ustedes, de buena gana te presentaría el reverso de la medalla: esto es, las cóleras, impaciencias y fastidios que me está costando esta Comisión; pero prefiero comprometerme contigo, si a mi vuelta me pides el cumplimiento del compromiso, contar paso tras paso a la familia el camino de disgustos que esto ha sido para mí.

Por ahora, ocupémonos de ti. ¿Qué tal te va en el encargo que te dejé? Si el espíritu mínimo de esa gente no ha echado por tierra la organización que ahí empecé (pues es posible que se haya seguido haciendo guerra oficial al Instituto de Juana Díaz), tu trabajo debe ser continuo. No lo siento, porque el trabajo, especialmente cuando va acompañado de luchas intelectuales y morales, es un fortificante para la juventud; mas no por eso deja de lastimarme la idea de que lucha y trabajo que pesaban sobre mí, pesen por mi ausencia sobre ti.

La esperanza de ver pronto que has sido digno del encargo que te dejó, alienta a tu amantísimo

Papá.



The Arlington, Washington, D. C.,
19 de enero de 1899.

Mi querido hijo Eugenio Carlos: Aunque no tengo tiempo que perder, te escribo dos palabras para aprovechar un vapor que debe salir hoy o mañana. Que la urgencia me excuse con tu mamá y tu hermana.

Desde que llegamos a Washington, a partir de la misma hora en que llegamos, estamos trabajando por nuestra Comisión. Ya se ha consultado a un jurisconsulto, se ha hablado con un senador y se ha visto al Secretario de Estado. Este ha convenido en preparar con el Presidente la entrevista que se le pidió. Aunque de un momento a otro podemos ser llamados, también es posible que no lo seamos, porque el movimiento político está aquí tomando proporciones colosales en contra de la posesión de Filipinas, y esto está haciendo retardar la ratificación del tratado de paz, estado político, éste, que preocupa a la Administración y que puede influir en que seamos o no recibidos pronto.

Si se retarda el recibimiento, yo tendré que irme en seguida, porque los gastos son enormes, los fondos insuficientes, y los recursos se agotan.

Aunque se ratifique el tratado de paz, es seguro que triunfará el voto de los que no quieren más que el gobierno temporal en Filipinas. Es claro que en eso es en lo que se debe pensar para Puerto Rico, y eso he pedido yo; pero nuestros paisanos a nada se atreven.

Ahí va un reportaje. Va también un recorte de The Sun, con una importante noticia para Puerto Rico. Avisa a la gente para que hagan entender a la nueva Comisión del Presidente que se quiere gobierno temporal.

Abrazos para todos y para ti, de

Papá.



Juana Díaz, febrero 22 de 1899.

Querida hermana Rosita: Recibí ayer tu carta y tus consejos. Sanos son y buenos en lo referente al deber, y querría seguirlos, pues por lo que hace a la gloria, cada día me es más indiferente.

Mis deberes para con la patria (tal está ella) empiezan a ser incompatibles con mis deberes de hombre de familia. Si al patriota siguen dejándolo solo y al hombre de familia no lo ayudan, fuera de este pueblo, a aprovechar en bien de los suyos y los otros sus aptitudes para ser útil.

En Ponce quieren que yo me vaya para allá; pero no hacen nada para facilitarme la ida: en Mayagüez me llaman; pero los que más me prometen, sólo me dicen que puedo contar con todo.

Veamos si tú puedes contribuir en algo a lo que creo mejor para la familia y la patria. A ambas conviene que yo me vaya a trabajar ahí, ya que no en San Juan o en Ponce. Habla con don Andrés, que ya me escribió, en tiempo pasado, de la posibilidad de lo que en mi nombre vas a pedirle, y es lo que en pliego aparte te digo.

Mil cariños de todos y de tu hermano,

Eugenio María.

Rosita:

Di a don Andrés Menéndez y a Eugenio Bonilla que hablen con los miembros del Ayuntamiento, a fin de ver si se consigue ahí, como aquí se ha conseguido, que se subvencione un instituto que se encargará de una reforma pronta y efectiva de la enseñanza primaria y secundaria.

Si la respuesta es favorable, yo mismo iré a arreglar con el Ayuntamiento las condiciones de la subvención.

Contesta en cuanto esos señores te digan lo que han, o no, conseguido, pues yo deseo ir en la semana que viene.

Tal vez, si voy, lleve a la familia; y tal vez, aunque no vaya, la mandaré, porque está descontenta, y con razón, de lo que cuesta aquí el vivir mal, que es como aquí se vive.

Esperando pronta contestación, abrazos.

Eugenio María.



Santo Domingo, enero 15 de 1900.

Querida hermana Rosita: Las dos palabras necesarias para desearte bienestar y alegría, y para decirte que estamos bien.

Don Andrés Menéndez, que ha sido testigo de nuestra vida en estos días, te dirá cuanto la brevedad del tiempo me impida decirte.

Te incluyo los dos únicos recortes de periódicos que, por mi habitual indiferencia por lo que a mí se refiere, puedo por casualidad enviarte. De los demás periódicos de aquí, que me han saludado a mi llegada, no conservo ejemplar ninguno.

A juzgar por las continuas muestras de alegría que ha producido mi llegada, la perspectiva de mi vida aquí es de trabajo útil para el país. A ser así, pasaré contento el resto de mi vida, que reclama actividad fructuosa para los demás, si ha de ser satisfactoria.

Por más, sin embargo, que se quiera hacer para utilizar mi buen propósito, todo ha de ir un poco despacio, porque el país ha quedado casi exánime.

Memorias a mi comadre, a Cominges, a mi ahijado, a toda su familia, a todos nuestros amigos, a Jacinta, a Petra; memorias de todos y un abrazo de tu hermano,

Eugenio María.



Santo Domingo, febrero 14 de 1900.

Querida hermana Rosita:

Tu cartita me habría impresionado tristemente, si una de don Andrés a Sisita no hubiera venido a tranquilizarme: como él dice que tú estás buena y contenta, la displicencia de tu carta se traduce por dejos de la ausencia.

El alejamiento de mi país, por singular que me haya parecido su modo de apreciar mis servicios, me es mucho más doloroso de lo que podría creerse de quien ha pasado casi toda su vida en destierro voluntario. Lo atribuyo a la influencia que operan sobre mí las bellezas naturales y las fealdades sociales: admirar a las unas y disminuir las otras me ha parecido siempre el mejor empleo de la vida. Y como, entre las fealdades actuales de Borinquen está una intervención de extraños en la vida de la Isla, no es extraño que me duela haber tenido que convencerme de que, por ahora, ninguna falta hace a Puerto Rico quien quiere lo que para mi país he querido y quiero.

Aparte ese motivo de tristeza, los demás son de alegría; pues el país dominicano está en buena vía, quiere lo que yo quiero, me ha acogido con afecto, me trata y me oye con afecto.

Además, Inda, Luisa Amelia y los niños están sanos contentos y agasajados. Bayoán se fue con el Vicepresidente (de la República) para el Cibao a satisfacer su anhelo de vida activa; y según me escriben, promete ser un hombre de acción. Por su parte, Eugenio Carlos sigue prometiendo ser un hombre de reflexión, y tal vez estudia más de lo que yo le aconsejo. Adolfo, ganoso de dedicarse con fruto a la marina, estudia también bastante; hasta Filipo y Mariíta estudian en sus respectivos colegios.

Todos, empezando por Inda y Luisa Amelia, te envían mil afectos. Yo te abrazo,

Eugenio María.

P. D.- A mis compadres, a tía Carmen, a don Andrés, a nuestros amigos y amigas comunes, a Jacinta, a Petra, mil memorias.



Santo Domingo, 15 de mayo de 1900.

Querida hermana Rosita: Apenas hace tres días que recibí tu última cartita: fue que la entregaste a mano, y sólo días después de llegado y salido el vapor, me la trajeron.

Parece que también una de las mías se ha retardado o extraviado, porque en ella iba carta larguita de Luisa Amelia para ti y nada dices de ella.

Ocupados toditos en mi casa, Inda en su orden doméstico, que no es poco difícil en países sin servicio doméstico; Luisa Amelia, ayudándola; ambas en su noble empeño de Escuelas Dominicales; Eugenio Carlos, ayudándome; Bayoán, ya lo ves, anticipándose a sus años; Adolfo, deseando imitarlo; Filipo y Mariíta en su aprender; apenas tenemos tiempo para otras diversiones que los saraos de Mariíta.

Por mi parte, bien de salud física, mal de salud moral, porque me preocupa y apesadumbra de continuo el estado de nuestros países, principalmente, hoy, ése y éste.

Todos te abrazan. Como todos, tu amantísimo hermano.

Eugenio María.



La Vega, 21 de junio de 1900.

Querido primogénito, auxiliar y consultor: En la carta de ayer, que va con ésta, me lastimaba de que no me hubieras escrito al remitirme las cartas de tío Pancho Bonilla y de don Pedro Ezequiel Bojas, de Caracas. Yo no tenía razón. Parece que por cualquiera caso, el pliego de la carta se había separado de las otras, al guardarlas yo; en el momento de recibirlas íbamos a comer, y ya sabes que yo obedezco prudentemente al refrán que nos manda no leer cartas, ni sobrescritos siquiera, él dice que después de comer, yo digo que ni después de antes.

Y guardé las cartas. Ayer, al buscarlas, sólo encontré las mencionadas, y de ahí mi lamentación. Ahora poco, Filipo, que se proponía escribir a mamá y ustedes, apareció leyendo «una carta de Eugenio Carlos», y yo, creyendo que sería la primera, me encontré con que es una del quince, sin duda compañera de las a que en ella te refieres.

Como mamá, Luisa Amelia, tú y Mariíta, si ésta piensa en ello, habréis visto ya por las cartas anteriores, todos estamos bien: Filipo, lindísimo con su colorido rosado de otro tiempo y con su alegría de toda hora, mejor que nadie; Adolfo, a pesar de su rebelde disposición, está muy bien de salud, y mejor de rebeldía; Bayoán, muy fuerte, aunque aparece propenso a oftalmías, bueno, sano y siempre jovial. Por nada de este mundo querría ninguno de ellos que yo atendiera a mamá, y se los mandara; conque yo empleo eso como amenaza para contenerlos... Irse para la Capital a no tener aire libre ni apetito ni espacio ni campo ni árboles ni pájaros ni caballos ni paseos diarios ni gente que de todos modos los contemple... ¡Vaya!, vaya, ¡qué ocurrencia!, como dice mamá.

Voy a escribir al señor Federico Henríquez y Carvajal. Al señor Américo Lugo y a cuantos soliciten noticias de nosotros, mil afectos. Al señor Agustín Fernández, que apresure los programas, y que tenga prontas dos copias de las tabletas sinópticas de física y dos ejemplares de los mapitas cosmográficos.

Cariños para todos,

Papá.

P. D.- Los niños escribirán mañana. Por ahí andan los comienzos de cartas que han tirado en cuanto han aparecido ensillados los caballos. Hay excursión al campo.



La Vega, julio 12 de 1900.41

Querida Inda: ¡Mil enhorabuenas...! Filipo está ya completamente bueno y sano, rosado y bonito. Pero, ¡qué rejalajao y qué paternado y qué parecido a taita es el muchacho! Si ayer, cuando entre otras pruebas, me impusieron la de una revista de escuelas de niñas, y una recepción de ramilletes; y, para darme aires de tranquilo hice acercarse al macedón, y lo presenté a las muchachitas para que le dieran a él las flores, parecía un niño desarticulado, que, sin músculo, ni nervio, ni fuerza, dejaba caer por aquí una flor para que se cayeran otras cuando recogía la primera.

Hoy estuvo convidado en casa de la buenísima familia de Robiou; y Adolfo, que campaba por ahí en uno de los caballos con que les hacen insuperable su estancia aquí, vino diciendo que había visto a Filipo tan contrariado y tan rebelde a los cariños, que más que a éstos, parecía condenado a prisión. Adolfo es tan hechura de Su Merced, la hechizadora, que va criando fama de ser tierno como una niña delicada y dulce. Bayoán, que ha crecido bastante y anda esbelto y es simpático en extremo, hace creer a las gentes que es un caballerete muy formal; pero si lo vieras cuando gobierna a su parvada (Adolfo y Filipo), te enternecería, como me enternece, con su inagotable charla, sus excitantes carcajadas, su alegría saludable y su sana influencia sobre la picaresca viveza y la macedónica falange de risotadas con que lo escolta en todo momento Filipo.

No de ahora, naturalmente, pues echarte de menos con los tres de a tu lado es mi ocupación desde el primer momento de la ausencia, pero especialmente en Sánchez y aquí estamos echándote muy de menos y suspirando por ti y los tres que se quedaron a tu lado. Sánchez nos ha dado tanto aire puro y tan dulces espectáculos en su bahía, que hubiera sido no quererte el no echarte de menos y el no desear para ti, Mellita, Eugenio Carlos y Mariíta, los placeres de ojos y de sensibilidad que allí teníamos. Ahora, en medio de la excelente población que nos mima y de la dulce campiña que nos rodea, no acordarnos de ti y tus compañeros de ausencia, sería falta de voluntad: ¡cómo no querer para ti y mis hijos ausentes lo que a los hijos presentes y a mí nos tiene tan contentos! A veces, ganas me dan de ceder a las continuas solicitaciones para que me quede y los traiga a ustedes.

Los niños, que están en la galería cantando, bailando y celebrando la cabalgata que les espera, se arrodillan conmigo delante de mamá, para pedirle la bendición.

Eugenio María.



La Vega, R. D., 12 de julio de 1900.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Santo Domingo.

¡Ah!, ¡mi querida Señorita...! Si el «insurgente»42 hubiera presenciado la ovación aguada de La Vega, de juro que se sale de su alvéolo. ¡Qué ovación y qué agua, señorita...! Llovía como conviene a quien no sabe ni entiende de ovaciones. De tal modo llovía, que para llevarnos del coche del ferrocarril a la Sala de Espera en la Estación los discípulos comisionados para ello, hubieron de hacerme saltar y brincar, por entre rieles, charcas y aguas corrientes. ¡Imagínese usted, señorita, lo cariacontecido que me pondría yo, yo, inocente de mí que en lo que menos pensaba era en la posibilidad de un recibimiento a aquella hora y bajo aquella agua, al hallarme de pronto, y sin sospecha, en presencia de aquella valerosa multitud que desafiaba el agua por ver a un pobre hombre que ni siquiera tiene ya la vanidad que irgue, hincha e infla a los que saben tener complacencia en esas cosas...! ¡Y si hubiera bastado con ver...! Pero fue necesario ser presentado, y supóngase usted la facha de know nothing, y mi beatífica sonrisa de limbano que quiere, y no sabe agradecer.

Al fin, como Dios y mi sencillez proveyeron, salí del trance aquel; pero fue, como sucedía con la calle, para pasar la cual se iba de un charco en otro, cayendo en otro trance... Porque figúrese el «insurgente» qué trance para mí el verme de repente frente a un arco de los que llaman «de triunfo» cuando ya ni de mi indiferencia sé triunfar. Ninguna de las inconsecuencias de la vanidad ni de las consecuencias de la curiosidad se me ocurrió: ni mirar, ni ver, ni deletrear letreros, ni decirme a mí mismo muy por dentro y en silencio: «¡Esta sí que es justicia caballero! Nútrase y hártese». Nada de eso: lo único que se me ocurrió fue echarme fuera del arco a pasar por el sendero ordinario, cosa que me impidió hacer mi buena suerte porque figúrese la señorita el escándalo que habría causado aquel desaire que del modo más involuntario habría hecho la modestia de un lógico a la deferencia de un pueblo. Felizmente, como ya dije, de tal yerro me salvó mi suerte, y pasé sin más mirar que el inevitable, y llevándome la mano al ala del sombrero saludando qué sé yo qué, qué sé yo cómo, ni que sé yo por qué. Y yo delante y la comitiva detrás, llegamos hasta el balcón de la casa que me tenían preparada, y con la cual (entre paréntesis) te convido para cuando quieras cambiar ese aire infecto por este aire puro y esa casa encajonada por esta a pleno espacio. Y cuando llegamos a la casa, otro trance, y de los que no se puede uno desatender: mira que eran tres chiquillas que personificaban las tres Antillas, si éstas bellas, ellas lindas con sus trajecitos y su frigios simbólicos, y su airecito a la vez confuso y orgulloso y su dominante posición que las hacía, encaramaditas como estaban no supe yo en dónde, visibles y presentes a cuantos allí entraban. Y como entré, tuve que verlas, y no tuve más remedio que mirarlas, y, para darme aires de tranquilo, me las acerqué y las acaricié una por una, y saludé las tres banderas, y para descansar de mi enorme esfuerzo...

¡Vamos!, ¿a que no atinas con lo que hizo el ínclito papá del «insurgente», a fin de descansar del soberano esfuerzo que le costó su salutación al grupo vivo de las tres Antillas?

Pues, señor, como si entrara Pedro por su casa, tu señor padre fue y se metió de rondón en su dormitorio. Era precisamente el aposento que le estaban preparando para dormitorio, y aun estaban allí las señoras y señoritas que realizaban esa piadosa obra. El cual estar allí de aquellas buenas damas lo puso en tal conflicto como el en que se encuentra o encontrará o habrá necesariamente de encontrarse el pájaro desconcertado que, en busca de su nido, lo halle ocupado. Lo mejor, en aquel trance, me pareció pedir socorro, y lo pedí en voz ahogada, diciendo a mis acompañantes inmediatos: «¿Quién me presenta a estas damas?». Y hubo presentación, y me salí del aposento tan sin motivo ni objetivo como al entrar, y entonces caí de bruces. Pero ese caer es cosa de otra carta y por ahora, en tus brazos querida hijita, se reclina tu

Papá.



La Vega, 14 de julio de 1900.

Querida hijita Luisa Amelia: En mi carta anterior te dejé cayéndome de bruces. Fue que entré en la que hace de antesala de la casa, y que en ella me di de manos a boca con muchísimas personas que resultaron ser comisiones del Ayuntamiento, escuelas, sociedades literarias y artesanas, que, unas tras otras, aunque con grande y delicada prudencia, me pusieron en el potro de las alocuciones oídas y contestadas. Dile al «insurgente», para que se alargue, como cuando tú te ríes, que en una de esas pruebas me faltaron el corazón y la palabra; la palabra por el corazón, y el corazón por las emociones que sentía. Pero, cualquiera la causa, el efecto fue que no pude hablar: material, literalmente, señorita; no pude hablar. Y ya usted sabe si eso es de reír para los dientes largos. Gracias a que yo domino la risa de los hombres (y también la risa de las mujeres), desde que sé por experiencia cuántas grandes y sólidas virtudes sirven de incentivo a la risa de las gentes: que si no, en vez de explicar sencillamente, como lo hice, la falta inexplicable de palabras, me habría puesto a callar como juguete del ridículo.

En él (¡cómo no!) tendré yo que caer siempre que medie mi juicio entre los actos de los hombres y los míos: tan a distancia del móvil común de las acciones humanas suelen estar las acciones inocentes. Pero esta vez no caí, bien fuera por la sinceridad de mis expresiones, bien por la disposición de las gentes a la mayor benevolencia para con tu papacito.

Benevolencia en cuanto a los deseos; que en cuanto al traqueteo, juzgue usted: no bien acabó la última comisión, se me invitó a pasar a una de las galerías, en donde me esperaba una escuela de niñas, toda entera, con directora, profesoras y alumnas; y allí fue el entregárseme tarjeta de salutación y flores de oblación, que me hicieron llamar en mi auxilio a don Filipo, el cual, entendiendo tan poco como su padre de estos actos, se dio a dejar caer y a tratar de levantar los ramilletes que caían.

Cuando padre e hijo se despacharon de aquella escena, al primero lo llamaron a la sala, en donde una comisión de señoritas los saludó en términos aterradores para su modestia, y me presentó un magnífico ramillete monumental, que entonces ni me decidí a mirar, y que después he visto que tenía cerca de una vara de alto por dos pies de espesor, y que, además de variadísimas flores olorosas, presentaba en un lazo un tarjetón dedicatorio.

Aun no había yo acabado de escuchar la última locución, cuando: «Maestro, me dijo el director de la escuela, los alumnos desean...». Y entonces me tocó habérmelas con los muchachones, que me presentaban una fotografía de todos ellos, y a quienes me dio gana de presentar este problema: ¿Con cuántos pedazos de un maestro asendereado se hace un héroe? Porque en verdad te digo que me sentía hecho pedazos.

Después de esta última manifestación oficial, empezaron las particulares, que al fin, a eso de las dos de la tarde, terminaron.

Entonces, a solas con mi adictísimo discípulo, y oyéndolo lamentar que el agua hubiera impedido la manifestación en grande escala, me fue posible apreciar los esfuerzos hechos aquí por todo el mundo, particulares y autoridades, obreros y clase superior, mujeres y hombres, jóvenes y niños.

El deseo de tener medios de educarse es tan vivo y común en esta buena ciudad, que no sólo explica esas manifestaciones, sino el empeño casi tiránico con que, a cambio de bondades y delicadezas para conmigo, exigen que me quede entre ellos.

Tal vez sería lo mejor que podría hacer, porque, además de asegurar así el reposo de mi vida, aseguraría quizá el presente y el porvenir de mi familia; el presente, porque ésta es una sociedad unida, cariñosa y benévola; el porvenir, porque aquí no abandonarían a los míos, si yo faltara.

Lo que más me ha llamado la atención en todas las demostraciones de bienvenida es el recuerdo continuo que se tiene de mi familia; los ruegos de que la traiga, y las insinuaciones que a cada momento oigo de lo mejor que, para la salud física y para la moral sería esto. Les digo lo difícil que sería, y me dicen lo fácil que lo creen. Quizá, si tú vieras a las que habrían de ser tus amigas de sociedad. ¡Qué buenas gentes...! Suponte que una sociedad de señoritas se ha encargado de proveerme de flores, y que ya han mandado otro ramilletazo que da gusto. Mucho te daría el país, que es muy bonito.

Te bendice,

Papá.



La Vega, 15 de julio de 1900.

Sr. E. C. de Hostos.
Santo Domingo.

Querido hijo: Ayer tuvimos los niños y yo la alegría de recibir cartas de tu mamá y Luisa Amelia, ¿por qué no quisiste tú proporcionarnos también esa alegría? A mí me ha llamado mucho la atención ese silencio tuyo, porque, como no sea por no habérsete advertido a tiempo que se me escribía, no me explico que no te hayas apresurado a escribirme. Que no vuelva a suceder eso, hijo mío, si deseas no darme motivos de pena. A estas horas supongo que habrán terminado tus exámenes de Derecho y cesado, por tanto, el compromiso que con el señor Esteban S. Mesa contrajiste cuando le invitaste a acompañarte a hacer la carrera de Leyes como estudiante libre. Ya es tiempo, ahora, de que descanses: te hace falta, porque te ibas quedando más enjuto de lo que conviene a tu edad. Aprovéchate del descanso intelectual para, sin dejar de estudiar a horas dadas y sin continuidad, hacer ejercicio, tomar baños, respirar aire libre, cultivar tus relaciones de amistad, acompañar a tu mamá y hermanitas a baños, visitas y distracciones que tuvieren.

Cuida, sobre todo, de la salud de todos ustedes, que ahí me parece siempre expuesta.

Aquí tenemos salud. Filipo está, no sólo repuesto, sino rosado y vigoroso. Anoche, un caballero ciego, que estuvo a vernos, al recibir un apretón de manos del chicuelo, dijo: «Parece que sus niños todos son muy fuertes ¿eh?». Y tanto: ahora, día nublado, anda él echando por el suelo el señor arco triunfal que ha estado ahí hasta el día en que convenía probar tácticamente cuán pocos resistentes son las obras de la vanagloria, que la mano de un niño echa por tierra.

Por empeñarse Rafael Daniel Henríquez en llevar esta carta, ni yo la prolongo ni los niños escriben. A todos saludan los niños. Yo te bendigo.

Papá.



La Vega, julio 16 de 1900.

Querido Eugenio Carlos: Anoche tuve la alegría de recibir tu carta del once.

Lo que de ella más me importa es tu propósito de tomar baños de mar. Ayer mismo, en la carta que te entregará Rafael D. Henríquez, te recomendaba que aprovecharas el descanso parcial en tus estudios, a que te forzarán las vacaciones, para bañarte, pasear, llenar de aire tus pulmones y reaccionar contra los debilitamientos que te ha producido el trabajo intelectual inmoderado.

Te incluyo una carta de tu tía Rosita que venía con la mía. Contéstale y dile que yo no podré hacerlo hasta que regrese de mi inspección general.

Me parece, por lo que voy viendo, que costará más de una excursión y muchísimos esfuerzos de muchísimas personas en todas las provincias, para organizar la instrucción pública del país. Parece increíble que se hagan tan pocos esfuerzos por el Estado y la sociedad para tener lo que constituye el verdadero medio de propulsión social. Mira, en prueba, y para tu reflexión, qué datos: en Macorís no hay más que una escuela de varones; en La Vega, notoria por su afán de instruirse, no hay de varones más que dos y una superior: de hembras, siete; el presupuesto escolar del Municipio es de cuatro mil pesos; el del Estado, ochenta pesos de subsidio o subvención. Hay quizá unos seiscientos niños educables y sólo cuatrocientos quince se educan. La escuela mejor organizada no tiene más que un profesor y tres ayudantes, que han de atender a ciento veinticinco alumnos. Tan reducido el pago, que el director cobra sólo treinta pesos; pero hay escuelas que dan cuatro pesos por todo sueldo.

Y eso, dominicanito querido, en La Vega, que es, te lo repito, la población más ganosa de instrucción.

Ver esas cosas dolorosas; andar por malos caminos; soportar la explotación del vapor americano y los pasajes enormes de los ferrocarriles; eso va a ser en lo sucesivo el encargo del inspector general de Instrucción Pública. Y digo «en lo sucesivo», porque si los inconvenientes materiales son hoy los mismos, los morales están compensados con las bondades de que se me hace objeto.

Oficios, cartas de cualquier procedencia y cuanto llegue para mí, incluso correspondencia de tu tía Rosita, guárdalo hasta mi vuelta; que no: más vale que, si crees que el bulto que formen juntos oficios y cartas reunidas bajo un sobre no es grande, los mandes. Esas cartas de Puerto Rico pueden tal vez imponerme algún esfuerzo en favor de mi pobre patria, y el oficio pueda requerir contestación inmediata. Pero te repito que lo encierres todo bajo un sobre nada más. Aprovecha también el vapor americano para eso: ya debe estar ahí, y la correspondencia por vía de Sánchez llega más pronta y seguramente. Sin embargo, si alguna persona segura viene por tierra, aprovéchala, y en lo sucesivo, si crees urgente el envío de correspondencia, hazlo; si no, consérvala hasta mi regreso.

La linda mariposa que te incluyo la manda Adolfo para su mamá.

Aprovecha la Escuela Normal para tus ejercicios gimnásticos.

Entérate con Rafael D. Henríquez de esas igualas que hacen los abogados para defender las casas importantes de comercio, porque si te conviene para cuando seas abogado, podrías establecerte con éxito por estos lados.

La salud física y la moral parece que tienen por aquí más garantía.

Los niños te abrazan, y te bendice,

Papá.



La Vega, julio 17 de 1900.

Luisa Amelia y Mariíta queridas:

Voy a decirles lo que tiene el campito en donde está situada la casa que aquí me tenían preparada:

Tiene un aire puro, un vientecillo delicioso, como el que ahora mismo está meciendo las palmas de enfrente; y un fresco tan continuo, que no hemos sentido calor que haya pasado de media hora. Tiene tanta luz, y a veces tan encantadora que, como ayer por la tarde, al ponerse el sol, encendía una neblina que había hacia el oriente, y efectivamente doraba las láminas de todas las hojas y las pencas de todas las palmas; tiene tanta yerba que parece una alfombra; tantas hojas ornamentales, de formas tantas y de colores tan variados, que costaría más describirlas que admirarlas; tantas flores, rosas, nardos, clavellinas, cacias, acacias, que cuando la vista se distrae de ellas, el olfato se deleita en su perfume; tantos árboles, industriales, florales y frutales, guayabas, ciruelas, jobos, naranjas, limones, cajuiles, cocos, que Bayoán, Adolfo y Filipo están de enhorabuena. Tiene tantos animalillos y animales de tan variados tamaños y especies que uno se cansaría de tantas diferentes mariposas, de luciérnagas y cocuyos tan luminosos, de lagartijas tan brillantes, de iguanas tan tornasoladas, de tantas ciguas, barrancolíes, ruiseñores, pájaros carpinteros y chinchilines como cruzan la atmósfera y se posan en los guayabos que entoldan uno de los frentes de la casa. Y gallos, gallinas, pollos y polluelos; patos, pavos, gallinas de guinea; caballos, mulas, burros... Hay un burrito de pocos días, Filipo ha observado atentamente, que él dice que tiene más orejas que cara, y que yo creo que tiene más apariencia de animal de palo pintado que de burro vivo; figúrate si será feo, Mariíta. Y tú, Luisa Amelia, figúrate si será bonito cuanto nos rodea que los niños no quieren salir como no sea a campear a caballo.

Hasta otro día de correo. Dios las bendiga como lo hace

Papá.



La Vega, julio 21 de 1900.

Señorita Luisa Amelia de Hostos:

A la verdad, mi querida hijita, mucho estoy sintiendo no haberte traído, porque las molestias del viaje que temí para ti te habrían sido compensadas con las bondades y afectos de que te habrían hecho objeto las personas que te hubieran conocido, especialmente las de tu sexo, que de seguro te habrían gustado por su sencillez. Pero especialmente siento tu ausencia, cuando, como hoy, principalmente, nos ponemos en presencia de espectáculos como el de la salida del sol y el panorama del Santo Cerro. Con decirte, respecto a la salida del sol de hoy, que fue Filipo quien más la admiró y más a gritos me llamó la atención hacia ella, dicho te está que fue encantador aquel cernimiento de la luz por la niebla de la mañana. En cuanto al panorama del Santo Cerro, ven a verlo, hija mía, y comprenderás a la vez la admiración de Colón y la opinión de Adolfo y Filipo, que ellos mismos te comunicarán, ya hoy, si te escriben, ya cuando te vean. Lo que es yo, a todos echo de menos, principalmente a Inda y a ti, que tal vez no aman las bellezas naturales más que Eugenio Carlos, pero que expresan con más fuerza esa admiración.

Con la vida que hacemos y con el buen éxito de mi inspección oficial, no tenemos motivos de disgustos. Al contrario. Supón alboradas apacibles, auroras brillantes, cabalgatas diarias hasta la hora de almorzar, lectura y aritmética para los niños hasta las cuatro de la tarde, trabajo asiduo para mí durante esas horas, conferencias privadas o públicas, por la tarde o por la noche, benevolencia de todos para todos.

Naturalmente, no hay que descontar el egoísmo, que entra en todas las acciones humanas, y que aquí, en lo referente a las bondades que se me dispensan, entra por mucho; pero muy noblemente, porque lo que se quiere de mí es que me quede a dirigirles su enseñanza pública y a darles un ejemplar de ciudadano asiduo a los afanes y deberes de la ciudadanía.

Hoy me he levantado pensando que yo no he tenido nunca el arte de aprovechar las oportunidades y que tal vez voy a desaprovechar, si desatiendo a esta buena gente, la última ocasión que se me ha presentado en mi vida de ligar el interés bien entendido de los otros al bien entendido de mi familia. Hablan de esto y lo otro, para el caso de que me quede, y todo dependería de que yo me dejara de contemplaciones e hiciera un buen contrato que asegurara algo a los míos y que me obligara a mí a quedarme para ser completamente útil a esta provincia.

Dámeles mil besos a mamá y Mariíta, y tú recibe

la bendición de

Papá.



Moca, julio 27 de 1900.

Queridísimo hijo Eugenio Carlos: De La Vega, invitado por los mocanos, vine antier a Moca, en donde se me recibió como les dirán los niños, y de donde no saldré sin haber hecho o intentado algo que muestre mi agradecimiento a esta bondadosa población, y el vivo deseo de bien que tengo para ella.

Antier, día de llegada, y ayer, día de fiesta para el pueblo, no tuve tiempo ni ocasión para empezar mi tarea, que hasta ahora se ha reducido a informarme privadamente del estado aquí de la instrucción pública, que desgraciadamente es penoso. Hoy, dentro de poco, empezará el trabajo; y porque comenzará temprano, y ya son las siete y aun no me he vestido para recibir a los que han de acompañarme, dejo aquí la pluma para qué la tomen los niños.

Con mil caricias para mamá, Luisa Amelia y Mariíta, y con bendiciones para ellas y para ti,

Papá.

P. D.- Sigue enviando las cartas a La Vega y al cuidado del señor Rosendo Grullón. Pasado mañana regresaremos allí.

He recibido las dos últimas cartas, que me remite hoy el señor Grullón.



Moca, julio 30 de 1900.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Santo Domingo.

¡Cáscaras, mi hijita...! Lo de Moca sí que ha tomado proporciones colosales. ¡Imagínate un hombre como de sesenta y un años, vestido a la ligera, montado a la pesada, absorto en la observación de su camino y abismado en el miedo de que el negro nubarrón que amenazaba lluvia, le pusiera en peligro, descargándola, la salud de sus hijitos! No pensaba entonces más que en paraguas.

Bueno, pues. Iba el tal muy ensimismado en sus temores paternales, muy metido en el camino que lo acercaba a Moca y muy desatendido del camino de la gloria, cuando: ¡flap...! ¿A que no sabes cómo se me apareció la gloria en las vecindades de Moca, al comenzar a bajar una cuestecita, allá abajo, en lo hondo, que no era muy hondo, de la cuesta que empezaba a bajar la cabalgata? Pues, hija, se me presentó en formas de paraguas y con el ruido, ¡flap!, que hacen los paraguas. Y, no porque oyéramos el ruido, sino porque la sensación del ruido acompañó a la de la forma. Primero vi, allá abajo, un paraguas; otro, a poco; luego, otro; en seguida muchos, y al mismo tiempo, un movimiento de caballos, y en el mismo punto la visión de una cabalgata, y con ella la impresión de un miedo, y de pronto la realidad de un peligro que lo cercó por todas partes... Digo, que lo cercó, porque tratamos del pobre sesentón que cabalgaba absorto y ensimismado, camino de Moca, y como a dos kilómetros de la ciudad. El cual sesentón que, por andar siempre desentendido de las realidades de este mundo y entendido en las idealidades de su mundo íntimo, tiene la más extraña intuición de las cosas de por fuera, conoció enseguida que aquella cabalgata que lo rodeaba era un peligro en forma de comisión de recibimiento. Y entonces de sus esfuerzos por enderezarse en los estribos; de sus conatos por estrechar a un mismo tiempo todas las manos que se le tendían; de sus ejercicios gimnásticos de ambidiestro, para con la diestra apretar manos y con la siniestra retener al par las riendas y el sombrero; de sus agilidades de labio y corazón para contestar a todas las sonrisas de cariñosa bienvenida; de sus perplejidades de memoria para averiguar si había quedado sin apretón de manos o sonrisa alguno de los caballeros. ¡Y caballeros en qué caballos...! Al lado de ellos, frescos, gallardos, lustrosos, fogosos, rápidos, el mío parecía... Pero, ¿qué ha de importarte lo que parecía el caballo? Impórtete lo que parecía en aquel «momento histórico» de su asendereada vida el señor tu padre, aguijoneando a dos talones (porque el caballero no se digna llevar nunca más de uno) el cansado bridón que manejaba a la sanchesca, nada menos que para ponerse al pairo de un hombrazo mayor que Eugenio Carlos, caballero en un potro majestuoso por alzada y por andar, y a fin de mantenerse en el centro que le designaban las jinetadas de otro bien sentado en un alazán de pecho y cascos. En vano, por supuesto: que a pesar de sus esfuerzos por correr y de los de la Comisión por no correr, allí se quedó casi a solas el glorioso. Casi se alegró de la soledad, por buena asesora que ella es, para ponerse a pedirle, como él hizo, que lo asesorara respecto a los individuos de aquella Comisión. Porque, como él, a fuer de modesto y enemigo de formalidades oficiales, no había ni consentido en detenerse para oír de la Comisión el encargo y los apellidos que llevaba, sólo sabía de las fisonomías familiares, el diputado Elías Brache hijo, el ex-comisionado Guzmán, que había sido de los enviados a La Vega para invitarme con la hospitalidad de Moca... Pero, y el de la barba cerrada toda negra, ¿quién sería?, ¿y el de las patillas blanquinegras, quién será? Y, sobre todo, por encima de todos, ¿quién es este émulo de Eugenio Carlos, tan blanco por el traje, tan rosado por el rostro, tan afable por la sonrisa, tan empeñado en demostrarme acatamiento por su continuo mantenerse al pairo mío?

Cuando te diga mi biografía que, en los años propicios de mi gloria aguada, jamás supe a punto fijo quiénes fueron los dispensadores de fama, de honores y renombre, créela, hija mía: yo nunca he sabido a tiempo quiénes han sido los a quienes he debido el saber qué cara tiene la gloria en nuestro mundo en que juntas suelen llegarnos las zalemas de la fama y las anatemas de la difamación. Yo no niego que en eso hay una grandísima grandeza de conciencia que los sepultureros al hacer la biografía, presentarán como una encantadora inconciencia del mérito, cuando probablemente no habrá sido más que una recóndita conciencia de lo poco hecho en comparación de lo mucho deseado; pero también es una grandísima torpeza el no saber apreciar los grados de la estimación pública por los de las personas de que ella se vale para manifestarse.

Dando en las cuales reflexiones, de súbito di con el grado de estimación que Moca me demostraba, porque de pronto se me vino a la memoria el recuerdo de que yo había visto en casa del Ministro de Obras Públicas al apuesto joven que iba haciéndome los honores de la ciudad que gobierna. Ni más ni menos: era el Gobernador de Moca. Por supuesto, que aquel tardío llegar del recuerdo de aquel rostro y de la exacta apreciación del honor que se me hacía, me puso... Ya usted sabe que no me pondría ni hueco, ni tieso ni orgulloso; no, señorita: me pone como el diablo me pone cuando en la necesidad de devolver honores, que ni sé lo que digo ni lo que quiero ni lo que hago, y allí fue de mi mover a mi caballo para dejar al Gobernador en el lugar de honor que él de continuo buscaba para mí, y el de hacer cabecear a mi caballo, como para pedir perdón de las aneadas que daba al removerse...

¡Ay! ¡Señorita del alma...! Y así íbamos, cuando no pude contener un refunfuño. «Y eso, ¿qué es?» -me pregunté de pésimo talante, al ver banderolas de viento y de papel, banderas, y un alto del terreno en que me pareció ver mucha gente.

¡Caballera! Cuando me convencí de que era gente, y mucha, y de que entre ella sobresalían las mujeres, por ti misma te juro que temblé.

Dios te bendiga.

Papá.



La Vega, 1.º de agosto de 1900.

Mi querido hijo Eugenio Carlos: Pues como íbamos diciendo, a la entrada de Moca me esperaba un gentío, compuesto de damas y caballeros, con música a la cabeza, que, al presentarme yo, rompió en una marcha que me pareció tan fúnebre como la inquietud que yo sentía al verme llevar como alma muerta por aquellas estrecheces de la curiosidad glorificante.

Haciendo de contrariedad obtemperancia, me quité mi sombrero triunfador (y eso, que tiene dedo y tres tercios de sudor por la parte del ala más visible), y saludé con un aire y un donaire que mi señora doña Inda Linda Belinda habría tomado por una declaración de amorosidad colectiva a las mocanas, que debieron tomarme por el joven más enamoradizo que ojos vieran, al enderezarles, sombrero en mano, sonrisa en boca, y dardo en ojo, el fulgurante saludo de ojos y cabeza que no tuve tiempo de perfeccionar con una declaración en alta voz, porque en aquel momento, yo que iba a pasar, y el Gobernador que dulcemente me hizo detener para que oyera una alocución del Presidente del Ayuntamiento; quien, en términos que ya quisiera yo para mí en tales actos, me ofreció la bienvenida de la ciudad. A lo cual yo, siempre a caballo (estilo triunfador romano), le contesté con palabras que parecían balbuceos. Y cuando, hechas las presentaciones, todavía pensaba yo en seguir a caballo por la vía crucis, ¡con qué insinuante dulzura (el diputado Brache creo que fue) me preguntó si no sería mejor que me desmontara!: «¡Pues es claro!», dijo con mi voz el sentido común, que estaba asombrado de que aun estuviera caballero en su rocín el pobre don Quijote de Borinquen, a quien a la par bendicen gentes y hozan chanchos (cerdos). No bien descabalgado, ved cómo hacia él viene, gallarda en su apostura, victoriosa en su humildad, verdadera mujer en su dulzura, una maestra que le ofrece una corona [...] ¡Hombre...!

Y por cierto que se quedó mustia y ajada en el gancho del aposento de los niños en que ellos la colgaron.

«Se quedó», digo, porque, como has visto en el encabezamiento de la carta, ya estamos a distancia del segundo teatro de mis asendereamientos.

Quisieron que yo me fuera por delante, corona en mano; pero yo ni por lógica ni por ninguna humana o divina consideración quise ir delante de las damas ni manejando corona de flores que tantas veces se me convierten en espinas.

Como caminando por sobre de ellas recorrimos unas calles que me parecieron más largas que un suplicio, hasta que al fin llegamos a la casa que se me tenía preparada, y en donde he pasado días de trabajo bastante para conseguir que la buena gente de Moca se resuelva a tener más de lo que tiene en materia de instrucción pública.

Los niños, si quieren, dirán algo del recibimiento que se me hizo en el Club de Moca, que efectivamente fue de una solemnidad conmovedora; de los paseos al campo, que fueron muy entretenidos; de las buenas gentes de ciudad y campo que nos distinguían con sus agasajos, y de cuantas cosas más crean convenientes.

Lo que yo creo conveniente es que nos resolvamos a aceptar el cambio de aires, de salud y de vida moral con que nos brindan los veganos, que por nada quieren ni oír hablar de la posibilidad de que no nos vengamos a vivir entre ellos.

Dios te bendiga.

Papá.



La Vega, agosto 5 de 1900.

Querido hijo Eugenio Carlos:

Ayer, buen día: sus cartas del 28 de julio.

Precisamente fue el día en que me presentaron en el Club Mocano a la gallarda sociedad de Moca.

Fue una verdadera solemnidad, si ese es el nombre de las cosas que efectivamente son solemnes. Ya lo había sido el recibimiento de la sociedad vegana en su Club; pero el de los mócanos fue mucho más impresivo y emotivo. Con decirte que me impresioné y emocioné aún más que en La Vega, dicho es todo.

A las ocho de aquella noche se presentó en mi alojamiento una comisión de siete señores para llevarme al Club. Al llegar arriba, la Directiva del Club me esperaba, y empezó a hacerme los honores del local. Se me condujo al salón, en donde llenaban completamente el espacio más de un centenar de las señoras y señoritas de la ciudad. El Gobernador, que había salido a mi encuentro, me condujo en persona al asiento que se me tenía preparado, que era un sillón entre otros tres, situados precisamente en el centro del testero de la sala y que la dominaba toda entera. Cuando la orquesta, que a mi entrada había prorrumpido en un himno, hubo dado tiempo a las tomas de lugar, empezó una ceremonia que positivamente me asustó. Los caballeros de la comisión se pasearon por la sala, y fueron tomando cada uno una pareja, que yo, no sin extrañeza, creí que era la señal de sarao. Pero, ¡cuál fue mi anonadamiento, cuando vi venir hacia mí aquellas parejas, y oír la presentación que de aquellas damas se me hacía, y oír las bondadosas expresiones con que muchas de ellas acompañaban aquel acto de bondad, y sentir la cordialidad y sinceridad de aquellos apretones de manos delicadas! Aquello duró un siglo; pero tardó no más de lo que tarde un sueño. Y cuando de él me recobré, estaba jadeante y sudoroso como suelen los sueños pesados, que por eso se llaman pesadillas, ponernos los pulmones y la frente. Pero las pesadillas de la realidad son más tenaces que las del sueño, porque, apenas repuesto de la primera, una porción de personas, a cuyo frente la más ponderosa del bogar, se me puso por delante. Era muy natural que yo temblara: era la locución amenazante. Puesto en pie, escuché aquella dedicatoria bien pensada y bien dicha, que me condenaba a discurso. Tuve, hijo mío, que pronunciarlo, y allá fue, tímido, tembloroso, emocionado hasta el punto de que, al terminarlo y volver la cara para atrás, descubrí a Filipo, que se había emparedado no sé cómo entre la pared y mi sillón, y que a una caricia mía contestó con aire huraño: «No quiero que vuelva a hablar más». «¿Por qué?», le preguntó el Gobernador. «Porque se enternece demasiado».

Y gracias a que yo había convidado de mi cuenta al violinista de la comarca, el pequeñuelo del Orbe43 que me sacó de apuros distrayendo con unas diestrísimas variaciones del Carnaval de Venecia a sus admirados convecinos.

Pero no bien se apagó el eco de los últimos aplausos, se formó por delante de mí uno como remolino de jóvenes, de entre los cuales salió uno muy simpático y muy cariñoso que leyó un discurso que fue como una cruz para mis hombros, mientras en él sonó mi nombre, y que concluyó por hacerse un peso para mi corazón, cuando se invocó el nombre de mi patria. Y, ¿qué había yo de decir, que no fuera un sollozo mal disimulado?

Cuando el generoso joven, al venir hacia mí, confirmó mi creencia de que él era de ascendencia puertorriqueña, no pude menos, enemigo y todo de escenas como soy, de darle un abrazo.



Hoy 6.

Entre el principio y la continuación de esta carta hemos tenido ayer un paseo a los pinares de la Cordillera, y hoy al terreno que he elegido para Escuela Agrícola de La Vega. Del paseo importa decirte que fue en los terrenos de un hombre realmente extraordinario que, ciego desde los 18 años ha tenido vista intelectual bastante para ilustrarse por sí mismo; vista comercial suficiente para enriquecerse en la farmacia y en el comercio de maderas, llevando su presbicia hasta el punto de ver por dentro que el porvenir de los buscadores de fortuna está en este país en la agricultura44. Y, ¿a que no adivinas de cuántas tareas de terreno se ha hecho dueño y señor este ciego con más vista que la mayor parte de los dotados de ojos? Pues nada menos, comprando pedacitos por acá y por allá, tiene hoy cuarenta mil tareas de tierras sorprendentes por su fuerza vegetativa, por su riqueza en pinos, y, para mí, por su belleza. Y yo, que las deseo tanto para acabar en la pereza contemplativa de esta vida de diligencia soñabunda que he vivido, no tengo ni una sola tarea...

Pues vea, caballero: hasta eso me ofrecen por y para que me venga aquí. Ya hoy las cosas han tomado un carácter crítico: pues ya se me ha dicho: «... porque es necesario que usted nos diga en qué condiciones quiere quedarse».

Yo me escapé por la tangente, diciendo: «Lo contrario hay que hacer: no yo presentar condiciones, sino ustedes; las llevaré a casa, y si en casa las aceptan...». A la verdad, me da como bochorno el estar burlándoles su hospitalidad a esta buenísima gente que, mientras me halaga para que me quede no recibe de mí sino subterfugios. Aunque tampoco eso es exacto, porque si yo consigo para La Vega lo que daría por un hecho si de mí dependiera completamente, ella tendría antes que otra, sus normales, su graduada, su agrícola. Precisamente de tomar en ella las últimas disposiciones, veníamos esta mañana al decírseme lo que he comentado. Ya todo está dispuesto para la primera escuela de agricultura que tendrá la República. Y la tendrá en un lugar, que ni ideado; en terreno que ni escogido; en condiciones, que ni expresamente solicitadas.

Los niños, que van conmigo a todas partes, siguen contentísimos de esto. ¡Si ustedes los oyeran por la noche, cuando no tenemos de visita a nadie, y se ponen ellos a deliberar entre sí sobre las ventajas de esto sobre eso! Por supuesto, que es puro egoísmo, porque en cuanto a Filipo, por ejemplo, desde que lo han hecho bachiller en equitación y le han puesto una espuela, que es el signo de la nueva caballería, no conoce él nada mejor, ni tan bueno como La Vega.

Ellos, expresiones para todos; yo, bendiciones.

Papá.

P. D.- Acabo de leer El Mensajero del día 18. A Federico Henríquez que si llego a pasar por [...] no queda de mí más que la memoria de la asfixia.



Santiago, R. D., agosto 9 de 1900.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Capital.

¿Lo ve usted, señorita? Y eso, que hasta polainas me puse; y con ellas y un sombrero blanco nuevecito, parecía, en opinión de Adolfo (que como el mimoso de mamá, me sonó como voz y opinión de ella) parecía un buen mozo. Me pareció oír, al montar, que parecía también un jefe cubano, y basta la corneta me tocó con su voz estentórea don Filipo. Y yo, muy en mis estribos y saludando graciosamente desde lejos a mi señora Dulcinea que a esas horas estará ayudando santamente en sus faenas al Cenizo, tomé la dirección de Santiago, escoltado a un lado por el huésped benigno don Rosendo Grullón, al otro lado, por el benigno discípulo indirecto el diputado Casimiro Cordero. Y así, maltrecho y ferido de dolientes remembranzas por la ausente Dulcinea, y por el Quijotico que la acompaña y por las Sandricas que sois tú y Mariíta y por los quijohuelos que dejaba cabe el Camú rumoroso, así llegué a la ínclita Capital de este Cibao. Ni señas, señorita, ni señas de arcos, ni de coronas, ni de ramilletes, ni de recibimiento, ni de nada de cuanto es debido a mi gentil persona.

Y no dejó, «por vida de Dios y de Mahoma su profeta» de causarme heridilla de vanidad en un comienzo. Mas tan pronto como me resigné al cuarto de hotel a donde me trae mi buena suerte, por ser dueño del hotel un español que de antiguo me quiere y me respeta, me sentí satisfecho de mi independencia, y me puse a trabajar. He trabajado como verás: primero, conferencia con el Gobernador y el Inspector Provincial de instrucción pública, en mi propio hotel; después, manejo y domesticación de un hombre rebelde; luego, por la noche, una reunión con el Ayuntamiento; después una presentación al Club en donde vi al Capitán Báez, marido de Amantina González Nouel, con quien convine en ir al día siguiente, que fue ayer (porque esta carta fue interrumpida y no ha podido ser continuada hasta esta prima noche del once, precisamente el día en que cumplo sesenta y un años, siete meses y no sé cuántas horas y minutos). Ayer, desde las seis de la mañana, en que salí a pasear con el diputado Cabral y Báez hasta las once y media de la noche en que salí del Centro de Recreo, no cesé de estar ocupado durante todo el día, con una reunión de la Junta de Instrucción Pública; con una conferencia pedagógica con el profesorado; con la constitución de una Sociedad de Maestros y Maestras para la colaboración de ese cuerpo en la reforma de la Enseñanza; con el recibimiento que la sociedad de Santiago me hizo en su Centro de Recreo, y con la gran conferencia que allí di. Califico de grande la conferencia, porque el entusiasmo que con ella desperté ha sido tan vivo, que hasta poco ha no he cesado de recibir manifestaciones privadas y públicas para que me establezca en Santiago. Hoy, desde las seis de la mañana hasta las nueve recorrí con Cabral y Báez una parte muy atractiva de la ciudad, y desde las nueve hasta las seis de la tarde estuve de convite en un campo muy bello. Al regresar, visita sobre visita, entre ellas la de Francisco Raúl Aybar Delgado, que viene encantado del clima y las bellezas de San José de las Matas.

Mañana, doce, a las doce meridiano, salgo para Puerto Plata de donde regresaré el miércoles para, si me dejan los entusiastas de aquí, volver a La Vega. De allí, poco ha, dos telegramas, anunciándome que los niños han ido a y vuelto de, Jarabacoa. ¡Así estarán ellos de contentos...!

Y con un beso para tu mamá, otro para ti y otro para Mariíta, la bendición de

Papá.

P. S.- Acabo de recibir tu grata cartita última. De ella contesto lo referente al teatro. Vayan a él, como yo he estado deseándolo; ya con haberse privado de ese honesto pasatiempo por consideración a nuestra ausencia han hecho de más. Vayan.



Santiago de los Caballeros, agosto 11 de 1900.

Querido Eugenio Carlos: Ya estoy con el pie en el estribo del tren que ha de llevarme a Puerto Plata; va conmigo Francisco Raúl Aybar, aunque a estas horas, todavía no se ha presentado.

Allí estaré hasta el miércoles, si bondades y deberes no me obligan a mayor estancia, día en que regresaré para hacerme cargo de proposiciones precisas y concretas que esta mañana se quiso presentarme, y que yo no quise oír hasta mi regreso.

Parece que mis conferencias con el Ayuntamiento, con el Gobernador y la Junta de Estudios, con el Cuerpo de Profesores y con la sociedad culta de la ciudad ha despertado curiosidad, entusiasmo y confianza en mí; hasta el punto de que ya, en el acto mismo de la conferencia dada en el Centro de Recreo, se manifestó públicamente el interés de Santiago por lo que dicen «poseerlo». Ayer, y hoy más aún, pues ya son proposiciones formales, se han hecho tan repetidas las manifestaciones del deseo de que fije aquí mi residencia, que he creído conveniente decíroslo a ti y a Luisa Amelia para que vayan discurriendo bajo la juiciosa y elevada presidencia de mamá, de la nueva situación en que estamos entrando.

Ya tienen dos ciudades saludables en vías de progreso, fáciles para la vida, ganosas de tenernos en su seno, dispuestas diz que a todo por conseguirlo, que parecen que quieren disputarse nuestra residencia en una de ellas. Vayan pensando si al presente y al porvenir de la familia conviene vivir mal en una Capital insalubre, o vivir desahogadamente, tal vez ahorrando, tal vez pudiendo desde luego disponer de recursos bastantes para formar un hogar independiente y fuerte contra asechanzas de la suerte. Tan pronto como aquí y en La Vega me presenten las condiciones con que están dispuestos los de estos pueblos a hacernos aceptar su hospitalidad, las trasmitiré. Por ahora, y en razón de la clara apariencia de interés con que proceden estos pueblos al tratar de poseer lo que creen bueno, te diré que ese interés es indudable, pero que no puede ser más laudable. Te diré también, sin embargo, que a ese deseo, promovido por un interés legítimo, acompaña un afecto tan sano y tan decoroso y honroso para tu padre, que es bueno que la familia piense reflexivamente que es uno de los honores que el padre trasmitirá a la familia.

Sigue escribiendo siempre a La Vega. De allí, en cuanto concluya mis trabajos, saldremos para ahí, tal vez con el Presidente de la República, si llega a tiempo y puedo hablar con él, ya aquí, ya en La Vega.

Vayan al teatro; vayan a sus baños; vayan a cuanto convenga a su salud y su alegría.

Dejé a los niños en La Vega por así convenir. Les permití que fueran a Jarabacoa y ya tengo telegramas que me dicen que fueron y regresaron.

Besos y bendiciones para, todos.

Papá.



Puerto Plata, agosto 13 de 1900.

Querido hijo mío Eugenio Carlos: A las doce y cuarto salí del hotel para la estación del ferrocarril de Santiago, a las doce y media se me presentó en ella tu Panchuelo45; a las doce y cuarenta no habíamos salido todavía, y sólo a poco menos de la una salió el tren. Cosas mil que ver y que admirar, hasta que en la cuesta de Bajabonico empezó la locomotora a hacer como los caballos mañosos, que ni para atrás ni para adelante: venció al fin la cuesta, y, mal que bien, llegó a cualquier paso, menos al de locomotora, hasta el punto, lugar y crisis de la cremallera. Este neologismo (de cremaillere) perfectamente adoptado (pues la lengua retórica, poética y académica de los españoles no tiene los vocablos de la industria contemporánea), es un peligro, en la realidad de un viaje por el ferrocarril de Santiago a Puerto Plata y viceversa. Cuando no es un peligro de muerte, es un peligro de tiempo, que el que se pierde en preparar al engranaje del tren con la fija cadena dentada de la cremallera, y el pujar de la locomotora por arrastrar al tren, y el cejar del tren por no engranar, y el jala y el desjala de los enganches de coche con coche, y el aflojar y el apretar, son operaciones que, según fama, detienen el ínclito tren en su camino, una, dos, tres y más horas; de modo que el señor no llega antes, casi nunca de las ocho de la noche, cuando su hora reglamentaria es, podría y debería ser, debería poder ser, la de las cinco de la tarde. Resultado práctico de esta inseguridad en la marcha de estos trenes, es que son esperados para cuando no llegan. Así, a mi llegada en él a las seis y cuarto de la tarde, casi nadie lo esperaba, y no había nadie esperándome. Si digo nadie es porque el Gobernador Despradel, y los Jiménez y Grullón que fueron a esperarme a la estación me dijeron que mi recibimiento se había malogrado porque lo esperaban a las ocho de la noche. He aquí, mi señor don Eugenio Carlos, por qué causa, razón y motivo no fue su señor padre, maestro, amigo y ejemplo de mal genio (y usted hará muy torpemente en imitar), recibido en brazos de la ganosa muchedumbre, ganosa de su vista, de su ejemplo, de su luz... «¡Qué luz!, señor cura», decía yo en Santiago a uno de almas: «luz de tabonuco, en todo caso: los hombres no son más que instrumentos». El hecho, caballero, es que yo tuve que contentarme en caer en brazos de amigos tan fieles como Fidelio Despradel, y en casa tan fiel y tan buena como la que él y el doctor Zafra me tenían, en la de éste, preparada.

¡Qué casa!, como la que he deseado tanto para mi señora doña Inda; la última casa del pueblo; a la vera del mar; en medio de un jardín que comienza; entre árboles que se forman; en posesión de pollos y gallinas tan propicias, que en esta misma mañana han pasado de la nidada al plato los huevos recién puestos de unas doñas que estaban atronando al pueblo vecino y a la vecina mar con la noticia.

Y aquí convendría tener luz, porque hay diz que tres o cuatro zánganos, que a estas horas del siglo que pasó o que ha llegado, pues aun no sabemos en qué siglo estamos, andan contando a tontos más crédulos que ellos las perversidades y horrores de la Normal. Pero precisamente porque aquí convendría más actividad, aun no he podido desplegarla, por ser ayer un día de fiesta. Hasta luego, una por la mañana y otra por la noche, no tendremos reunión de Ayuntamiento y Junta. Por ser feriados los próximos dos días, 15 y 16, tendré que irme mañana, 14, pues no habrá trenes hasta el 17, y ya me devora la impaciencia por tener de nuevo a mi lado a mis inquietadores de paciencia y aquietadores de ánimo, los señores Adolfo y Filipo. Junto a ellos me consolaré de la separación de Bayoán y de la ausencia de ustedes, que me espolea muy dura, cuando también, como ahora, estoy tan lejos de ellos.

Di a mamá que en Santiago vi con verdadera complacencia a Altagracia, Ana Antonia y Amantina, mucho por ellas mismas, mucho más por las vivas expresiones de cariño que, sobre todas, Amantina, tuvieron para «doña Inda».

¡Y vea usted, caballero, si son ingratas las mujeres! Cuando uno consigue bautizar con un nombre tan dulce como «Inda», y confirmar con un tratamiento tan pastoso y pegajoso y cariñoso y cordial como ese, «doña Inda», todavía no ha conseguido que bautismo y confirmación le den derecho a cura. Como que quien había de «ordenarme» es la misma que quiere ordenarme contra todo orden tradicional, legal, social, humano, que hace que la gata se someta al gato, la gacela al gacelo, la Inda al Indo.

Caballero: esto último lo he escrito en el rapto de inspiración jurídica, sociológica, científica, organológica y prehistórica, que todavía me dura del despliegue de ella que acabo de hacer ante las autoridades locales que me visitaban en el momento de hablar yo de doña Inda.

A la cual, como a doñita Luisa Amelia y doñina Mariíta, beso muy los pies (cosa permitida en la temporada de baño de mar), así como a usted la mano if you have it clean.

Papá.



Puerto Plata, a trece de agosto de 1900.

Señora doña Inda Linda Belinda Ayala de Hostos.
Santo Domingo.

Mi señora doña Inda:

Como es conveniente que Su Severidad se digne ir viendo severamente las coyunturas que se van presentando, me he creído autorizado a tomarme la libertad de empezar a tratar de ponerme en comunicación concomitante. ¡Ah! ¡Mi Señora! La concomitancia es una imposición que no debemos negarnos a aceptar.

Puerto Plata, que es, hasta ahora, de los lugares del Cibao que hasta hoy he recorrido, el único en que no se me han hecho proposiciones para que en él fije mi residencia, es una amable residencia. La casa en que puedo gozar de ciertas ventajas de esta población está como si hubiera sido hecha para ti: a un paso de la población; a dos del mar, que tiene por delante. Es del doctor Zafra, antiguo discípulo y profesor de la Normal primitiva: tiene cuatro aposentos, una sala y una buharda bien ventilada que domina horizonte más extenso que el de abajo. Domina una extensión considerable de terreno, y podría servir para mansión de una familia que supiera aprovechar sus pertenencias.

A pesar de su mar y su belleza no es Puerto Plata la ciudad del Cibao que más me gusta ni el lugar que yo elegiría para residencia de ustedes. La Vega, Moca o Santiago me parecieron mejor, por la higiene, por la prosperidad y por el porvenir de nuestros hijos.

Con muy poco que ustedes se esforzaran, tú y Luisa Amelia podrían, en cualquiera de estas ciudades, ejercer una benéfica influencia en lo social, en lo intelectual y en lo moral, con lo que bastaría para que se modificara cierto retraimiento que se nota en ellas. Por todo lo demás son muy superiores a la Capital, pues tienen un aire más puro, vida más barata, costumbres más sencillas. En las proposiciones para que me quede, ni La Vega, ni Santiago, desean que yo deje la Inspección General de Instrucción Pública, que sería dejar el sueldo de que vivo, sino que, conservando cargo y sueldo, viva entre ellos lo mejor que pueda. A este fin me ofrecen casa y tierras. M grandísima aquélla, ni muchas éstas; pero tales como son, además de un ahorro, pueden dar lo que les pida nuestra industria.

Probablemente saldré de aquí para Santiago, de donde a La Vega, de donde a los brazos de Adolfo y Filipo, mañana. Está a los pies de usted quien siempre ha estado a ellos.

Hostos.

P. S.- Hazme diligencias para una maestra normalista en Moca y La Vega.



Puerto Plata, agosto 13 de 1900.

Señorita Luisa A. de Hostos.
Santo Domingo.

Esto es insoportable, señorita: cuando no se me aguan los honores se me enferrocarrilan... cuando tan fácilmente se hubiera podido formar una poblada de hasta cien o más miles de almas animadas de afecto, de admiración y gratitud, amuchedumbradas por la misma necesidad, bloquearan el tren, y abalanzándose sobre mí, me hubieran gritado: «¡Luz! Señor Hostos, ¡luz!». «Luz, Maestro, ¡luz!». «¡Apóstol! (aquí habría fruncido el ceño doña Inda), apóstol, ¡luz!»; cuando tan fácilmente, unidos ella y yo (advierto, por si acaso, que esa ella es la muchedumbre), hubiéramos podido, ella con su hambre de luz, yo con la que me piden, haber alumbrado eléctrica o magnética o psíquicamente las calles de la ciudad que se envolvía en las sombras de la tarde; cuando tan fácilmente las almas ansiosas de mi presencia; los corazones prendados de mi belleza (moral); las voluntades adscritas a la mía por la afinidad de ideales y de ensueño, juntas conmigo habrían podido entonar el himno de triunfos a mis propósitos, que son los propósitos del alma dominicana, y hasta decirse podría que del alma humana, porque la humanidad está pendiente de Quisqueya, como siempre las madres lo están de las hijas desgraciadas; cuando todo eso hubiera podido impedirlo mi antigua hada, el agua, hete que lo impide, lo prohíbe, lo veda, lo imposibilita, el ferrocarril. Que Eugenio Carlos te diga cómo. Yo te diré que, a pesar de eso, he tenido muchísimo gusto en volver a ver ésta la primera ciudad dominicana que conocí, y en la que tantos esfuerzos gente buena hizo conmigo por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Está bonitísima. Porque ni nativos ni residentes han atinado todavía con la clase de calles y de casas que convienen a una ciudad tropical, las calles son ya verdaderas calles y están bordeadas por almacenes y casas de manipostería, y por casitas terreras muy bien hechas y muy de agradable aspecto casi todas. Hay una iglesia, de bastante mala construcción pero que tiene una gradería de aspecto muy ornamental en el precioso parque a cuyo atractivo concurren tres edificios públicos, muy agradables, Gobernación, Ayuntamiento, Teatro y tres edificios privados muy importantes en la actividad social de la ciudad: el Club para los serios y los viejos; Luz del Porvenir, para los que efectivamente podrían serlo, la juventud; Recreo, para las señoritas. Porque has de saber que aquí las señoritas han asumido la representación de la cultura de su ciudad, y que proceden como quienes saben la responsabilidad que pesa sobre ellas.

Voy a mis inspecciones.

Que Dios te bendiga, como te bendice,

Papá.



Puerto Plata, R. D., agosto 14 de 1900.

Sr. Adolfo de Hostos.
La Vega.


«Adolfito, Adolfito del alma:
De la vida hoy te lanzas al mar...».



Para escribirte dejo de tararear la cantinela de tu arrullo. La tarareaba a la vista del mar, que tengo por delante y que mañana, tarde y noche, contemplo embelesado; y, a veces, entristecido. Ya sabes que yo los llevo siempre a todos ustedes en mi corazón, y que casi continuamente, unas veces a uno, otras a otro, los recuerdo. Ahora te tocan mis recuerdos, porque el mar está lindísimo, y pienso en lo contento que estarías, si estuvieras a mi lado contemplándolo.

Pensaba volverme hoy a Santiago, pues anoche terminé aquí mis tareas; pero me han comprometido a aceptar la recepción que esta noche me dedica El Club de Damas que hay en esta ciudad.

Anoche me dieron una serenata que te hubiera gustado por la adhesión a mí que la había determinado; pero que ni a Filipo, ni a Bayoán, ni a ti les habría agradado, porque el comisionado para hacer la dedicatoria del obsequio me habló de la patria, cuya bandera me presentó, y yo me emocioné mucho para hablar.

En los tres días y una noche que llevo aquí (pues llegué al anochecer del sábado) he hecho cuanto tenía que hacer, y aun he tenido tiempo para recorrer toda la ciudad y visitar lugares muy pintorescos de los alrededores. Ayer, por ejemplo, después de la sesión de la Junta de Instrucción Pública que se convocó para presentarme a ella, fui a ver unos terrenos muy bien situados a la falda del Isabel de Torres, la lindísima colina que domina a Puerto Plata, los cuales yo deseo que se dediquen a solares para Escuelas Públicas. Hoy estuve por la mañana en la finca de Villalón y volví a la quinta de mi antiguo amigo el general Imbert.

Tengo muchas ganas de volver al lado de ustedes, y así lo haré en la próxima semana de lunes a miércoles. Si mañana hay tren, saldré para Santiago; si no, el sábado.

Bendiciones de

Papá.



Puerto Plata, agosto 14 de 1900.

Srta. Rosa de Hostos.
Mayagüez.

Querida Rosita: Por Francisco Raúl Aybar, que me acompaña desde Santiago, en donde lo encontré en mi viaje de inspección escolar por el Cibao, he sabido que Hostitos Capestany piensa aprovechar el vapor francés que pasa mañana por aquí para darte su salutación de cumpleaños, porque sin duda no pasará de aquí al 31 otro vapor.

Aprovechando yo la noticia, te digo en dos palabras que te deseo cuanto tú desees en tu cumpleaños, y que yo aquí, y la familia en Santo Domingo, echaremos de menos tu compañía, que tan grata nos era en los días de fiesta, y que especialmente lo fue en el día de tu santo.

Yo salí de casa, en cumplimiento de mis deberes oficiales como Inspector General de Enseñanza Pública, desde el día seis del pasado. Me traje conmigo al Cibao (nombre genérico de toda esta región) a Adolfo y Filipo; pero temiendo para ellos el sol que hay que afrontar desde La Vega a Santiago, y de Santiago a Puerto Plata, los dejé en La Vega. Les ha probado mucho el viaje a esta comarca, que indudablemente es más saludable que la del sur de la República.

Con repetidos votos por tu bien y contento, te abraza tu hermano,

Eugenio María.



Puerto Plata, agosto 15 de 1900.

Esta ya es otra cosa, señorita Luisa Amelia:

Ahora empiezan ya a tratarme como antiguo conocido: anoche hubo recepción en honor mío; y antenoche me trajeron una serenata. Por cierto que, al ofrecérmela, se me habló principalmente de Puerto Rico, y al contestar yo, me interné tan adentro en las honduras de mi patriotismo dolorido, que si está aquí Filipo, me prohíbe que hable: tanta fue la emoción sentida y trasmitida. Anoche no tuve por qué emocionarme dolorosamente, pues no se trató de los tristes recuerdos de la patria doliente, sino de las alegres esperanzas que deben fundarse en el efectivo progreso social de que estuve siendo juez.

Figúrate que el lugar en que se me recibía era el Club de Damas, una institución por el estilo de aquel Club de Familia, de Chillán, de que tú no puedes acordarte, pero que podrías apreciar, sabiendo que el de aquí, como aquél, es una institución que tiende a favorecer el espíritu de reunión, asociación, concordia y cooperación en la mujer. Institución que tiene tan digno propósito, no podía menos de interesarme por tu mamá, por ti y por mí. Interesábame por ustedes, porque viéndola yo con los ojos de las dos almas femeninas que más hondo en el alma de la mujer me han consentido penetrar, debía buscar principalmente en esa asociación de damas el resultado de moral practicada y vivida que ella fuera capaz de dar a la sociedad; interesábame por mí, porque esa asociación de fuerzas femeninas había de darme la noción del medio por emplear para llegar a hacer de la mujer dominicana un auxiliar activo y efectivo de mejoramiento social.

Si esa asociación de damas se me presentaba, según yo lo esperaba y me anunciaban, como obra de un pensamiento moralizador, dignificador y reformador de costumbres femeninas, indudablemente resultaría de mi examen que se debería proponer a la sociedad femenil de toda la República que tomara como ejemplo a la de Puerto Plata, e imitándola, estableciera en todas las ciudades un club de damas, como medio bienhechor de reforma en las costumbres sociales, en los hábitos urbanos de la mujer y en la moral pública y privada.

Pues bien, hija amante de tu patria y de tus padres: te doy la buena nueva: el Club de Damas de Puerto Plata realiza el alto fin, y proporciona el medio, que tu mamá, tú y yo hemos tenido siempre como necesarios para hacer de la mujer un colaborador activo de cultura. En ese club he pasado yo una de las noches útiles de mi vida en tu Quisqueya, y en él voy esta noche a pasar uno de los ratos de expansión que está dándome esta buena familia cibaeña, que en La Vega, en Moca, en Santiago, en Puerto Plata, que son hasta ahora los centros urbanos en donde la he observado, se me está apareciendo como una de las más halagüeñas esperanzas de la familia dominicana.

Cada vez siento más que ustedes se me hayan quedado por detrás: si estuvieran conmigo, es muy probable que no cambiaríamos estos aires de salud por esos de enfermedad.

Mañana es mi último día en la ciudad, y lo consagraré a los puertorriqueños, a quienes voy a unir en una asociación de servicios mutuos. Pasado mañana saldré para Santiago, en donde, a pesar de los esfuerzos que se me anunciaba que harían por detenerme allí muchos días, trataré de sólo estar algunas horas, aunque sólo sea por acudir al llamamiento urgente de Filipo en la a un tiempo disparatada, graciosa y conmovedora cartita que de él recibí ayer y que te incluyo para que mamá, Mariíta, Eugenio Carlos y tú se rían y se conmuevan.

Dios te bendiga, hija querida de

Eugenio María.



Santiago de los Caballeros, 20 de agosto de 1900.

Mi querido hijo Eugenio Carlos: Llegué aquí a la una p. m. del 18, en que salí de Puerto Plata.

Allí me despidieron con otra recepción en el Club de Damas, que extremaron sus manifestaciones de consideración y afecto para conmigo, reuniendo un conjunto selectísimo de damas y caballeros y distrayendo a todos con lecturas, recitaciones, discursos, representación de un diálogo patriótico y cuadro plástico muy bello y música muy bien ejecutada.

Por mi parte, yo me despedí de Puerto Plata, dejándole una Escuela de Comercio, que está llamada a preparar y ennoblecer con el estudio la profesión de comerciante y a favorecer mi propósito de fundar una clase directiva de la sociedad en la juventud culta.

El Gobernador vino conmigo hasta Bajabonico, en donde se quedó a celebrar la erección de aquel poblado en puesto cantonal.

A mi llegada aquí me fui enseguida a ver al Presidente de la República, que me recibió con alegría, que me oyó con gusto las indicaciones que le hice, y que me obligó a comer con él, a su derecha. Si no hubiera tenido que acabar de preparar desde aquí la apertura de la escuela de Puerto Plata, de recoger los datos de éstas y de ir a Tamboril, habría aceptado la unánime invitación que el Presidente, Ministro Henríquez46 y séquito presidencial me hizo para la excursión a Las Matas, que yo tengo muchos deseos de conocer, porque me dicen que es el mejor clima de estas comarcas.

Ayer pasé el día en Tamboril, lugarejo encantador por sus bellezas naturales, y por su gente, en donde quedó resuelto fundar escuelas de primero y segundo grado.

De Tamboril salí a las cuatro y media de la tarde para Rincón Largo... Y la que no sabe usted, señor don Eugenio Carlos, ¿a quién iba yo a ver en Rincón Largo?

Pues, señor, ayer, al prepararme para cabalgar camino de Tamboril, se me presenta en casa, a las seis de la mañana, tan risueño como sería capaz de serlo un gato astuto, se me presentó, te digo, aquel por su cautela el más dominicano de los dominicanos, don Eugenio González, Gonzalitos, de nombre familiar entre las gentes de Santiago. Mucho de agradable sorpresa por mi parte, y de excusas por la suya, y en cuanto supo de uno de los excursionistas que nos proponíamos ir a su campo, se despidió como quien va a hacer preparativos.

[...]

A las seis y media de esta mañana, me separé del cauteloso amigo tuyo, que me dijo se proponía escribirte, cuando viniera a Santiago. Aquí estoy terminando esta carta, después de haber acabado los trabajos de que al principio hablé.

Pero no quiero acabarla, sin manifestarte la alegría que recibí con tu última carta, porque en ella me das una prueba de que es tu propósito el disciplinar tu voluntad y ordenar los actos de tu vida. Así aparece del hecho de haber aplazado el escribirme hasta haber hecho la tarea intelectual que te habías propuesto. Así es, hijo mío, como se dominan los hombres, las mujeres y la vida: encerrándose en un círculo invariable de resoluciones premeditadas, que no abandonemos ni aún para los afectos más sagrados. ¡Continúa así, y ya verás qué fuerza!

Que la conserves por el resto de tu vida, desea para ti

Tu padre cariñoso,

Eugenio María.

P. D.- Mañana celebraré aquí conferencias con Presidente y Vice, y pasado temprano, para La Vega, de donde iré a la Capital a reunir a mi familia, que ha estado casi dos meses separada. Probablemente iremos en el crucero Presidente.



La Vega, 24 de agosto de 1900.

Señorita Luisa Amelia de Hostos.
Capital.

Querida hija mía: Ya estaba inquieto con el silencio de ustedes, o con la falta de cartas, que puede haber sido ocasionada por extravío de correspondencia, cuando llegaron las últimas de Eugenio Carlos y tuya que hemos recibido. Bayoán, a quien permití volver; y Adolfo, a quien me alegraría tener siempre lejos de su hermano, recibieron las dirigidas a ellos.

Llegábamos de Jarabacoa en aquel instante. Fui por cumplir compromiso anterior con uno de los Robiou, y por llevar a Filipo, en indemnización de la mala partida de sus hermanos que, en mi ausencia, se habían ido sin llevarlo.

A reserva de repetirles lo que tantas veces les decía de Jarabacoa en Chile, me concreto a expresarte la satisfacción que me ha hecho experimentar ese vallejo encantador diciéndote que, aunque fui contrariado y de mal humor, panoramas, aire, temperatura, me han dejado recuerdos halagüeños. Han sido diez y seis horas que no han tenido más contrariedad que la de haber sido huésped. Y aun esa contrariedad se ha atenuado por la bondad de la familia hospedadora, de quien tengo para tu madre y para ti un pequeño recuerdo delicado.

De Santiago, que, por parcialidad para con tu padre, se le aparece como efectiva ciudad «de los Caballeros», salí antier. Y muy impresionado que salí, porque se despidió de mí como no dirán émulos. A poco más de las ocho de la noche, empezaron a entrar en la sala de Federico Velázquez y Hernández47, con quien, por ausencia de su familia, vivía yo muy a mi contento, una porción de jóvenes, entreverados (dominicanismo muy expresivo) de hombres ya maduros, que el pobre Velázquez y yo creíamos que no iba a cesar nunca, porque no se acababan de contar las sillas propias y las extrañas que para el momentoso caso había él estado haciendo traer del vecindario. Cuando se hubieron sentado los muchísimos, muchos de a dos en silla, uno de los más simpáticos me dijo en nombre de todos que iban a recabar de mí el compromiso de que fijaría mi residencia en Santiago. Todo ello, exonerado «con el aparato que el argumento requería». Yo dije a medias mi gratitud y mi deseo. Por mí, residiría en el Cibao. En dónde, La Vega o Santiago, no sabía. Y como tampoco sabía ni sé el deseo de ustedes, me concreté en términos medios. «Como Santiago es un pueblo al cual hay que contentar», mi evasiva dejó descontento a todo el mundo, y la despedida, aunque benévola y cordial, no fue tan expansiva como la llegada de la procesión.

Luego, en el Club, hombres distintos quisieron otra vez comprometerme, y hasta del Vicepresidente de la República se valieron. Pero yo me mantuve firme en mi reserva.

Si ustedes me preguntaran que en dónde, caso de venir, preferiría yo estar, les diría que, para ustedes, por quienes me ocupa esto, pues de otro modo no me ocuparía, preferiría las ventajas urbanas de Santiago, que es una ciudad con ambiente señorial, y las ventajas sociales y domésticas de La Vega, población de una familia, según de hermanas viven todas, y de mil conveniencias para el ahorro, la buena alimentación, las distracciones campestres y la vida higiénica. Además, por ti, principalmente, La Vega me parecería preferible por más fresca, más sana, más sencilla y quizá más en disposición de secundar tus esfuerzos dominicales. Ahora voy a contestar tu carta.

Cuando Adolfo se llamaba «único habitante de esta casa», no se daba ninguna importancia; pero tampoco daba exacta cuenta: Filipo había quedado a cargo de la familia Robiou, y él al cuidado de los señores Grullón y Castro; como más cerca de esta quinta, parece que pasaba parte del día en ella.

Bayoán está aún con nosotros. Para indemnizarlo de la privación de ustedes, y en vista de que «en la tienda» dice que no hay por ahora quehaceres, le he consentido estarse aquí hasta mañana, y, si me ablando, hasta después de un baile que él dice habrá el domingo, y en el cual desea bailar. Deja tu braveza: Bayoán no podía ir; por una parte, no lo tengo lejos de mí por mi gusto, sino por su deseo y enseñanza; por otra parte, el viaje, por tierra, es peligroso; por mar, caro y penoso: su enseñanza exige que aprenda a cumplir con los deberes de su profesión; su viaje habría de llevarle todos sus ahorros. Además, ausencias interrumpidas por mimo son peligrosas. Mucho siento que mi licencia para que fueran al teatro llegara tarde: tanto lo siento, que más de una vez me lamenté conmigo mismo, desde la primera en que me hablaste de la actriz cubana, de que se abstuvieran de tan lícita distracción por nuestra ausencia.

Mariíta habrá dicho lo que habrá oído; pero nosotros no saldremos para la Capital hasta, quizá, el tres de septiembre, en que nos embarcaremos con el Presidente de la República en Sánchez, pues a eso me comprometió cuando nos vimos en Santiago. Vendrá de domingo a lunes: tal vez vayamos juntos a Macorís.

A tío Pancho Bonilla le escribí a Mayagüez, y tú leíste su contestación. Por él y por ti, volveré a escribirle.

Muchos besos a Mariíta, a quien, como a ti, bendice,

Papá.

P. D.- Apadrinaré con satisfacción a Flor de María Henríquez y Arístides Fiallo Cabral en su boda.



La Vega, agosto 24 de 1900.

Querido Eugenio Carlos: Hoy hemos recibido Bayoán, Adolfo y yo las respectivas cartas del 18, compañeras de las de Luisa Amelia, fecha 20. En la para mí te ocupas del cambio de residencia tan solicitado por veganos y santiagueses, que, lejos de decidirme a nada, me disuado de todo, pues bien sé de los hombres lo injustos que son en sus egoísmos. Por de pronto, las proposiciones se reducen hasta ahora a ofrecerlo todo: «Haremos todo lo que usted quiera», me dicen de La Vega y en Santiago. Me parece demasiado futuro para tan escaso pasado como el que yo debo a los hombres. No obstante mi pesimismo o mi experiencia, deber es mío asegurarte que no pueden ser más benévolas ni sinceras las demostraciones de veganos y santiaguinos; y que, si de mí dependiera, me quedaría con unos y con otros, viviendo en cualquier parte del Cibao. Ahora, por creerme obligado a llevar las proposiciones prometidas voy a pedirlas aquí y en Santiago. De esto no hablé con el Presidente: el Vicepresidente sí me habló, en nombre de la sociedad de Santiago.

De lo que dicen ahí y aquí los de la Capital no hay que hacer caso, pues que habiendo yo hecho tantos esfuerzos por serles útil, tan poco me utilizaron.

No entiendo lo que dices de esa Escuela Militar, ni me gusta que te erijas en crítico de ella: mejor papel sería el de auxiliar, que bien podrías desempeñar. Auxilios de todos en todo y para todo es lo que necesita una nacioncita que posee tantos críticos y tan pocos patriotas. Tú, si no me engaño, vales demasiado para el papel de crítico. Haz el de patriota, para que la patria te bendiga como

Papá.



La Vega, agosto 29 de 1900.

Mi querida Luisa Amelia: Te tenía preparada en mi mollera una carta de las mías, que son de las que a ti te gustan, arregladita, compuestita y aderezadita, y llena no ya de satirilla, en que no tengo iguales, sino de elegía, en que me igualan pocos elegiacos de los presentes y pasados siglos. Y en ella te me iba a aparecer en toda la lúgubre grandeza del contraste y con todo el sugestivo claroscuro que conviene en la historia a los grandes taumaturgos (hacedores de grandes cosas), como Braham, como Buda, como Confucio, como Moisés; el nimbo de la gloria en la cabeza ya un poco calva; el limbo de la nonada de las glorias humanas en los pies dolientes. Veríaste allí aparecer en primer término, aclamándome, victoriándome, endiosándome, arrebatándome las muchedumbres de los pueblos entusiastas; y en segundo término, seguir cabizbajos, sombríos, amenazantes, los sacerdocios indignados de la parte de la gloria que los hombres sustraen a los dioses salmodeando como en servicios funerarios Sic transit gloria mundi: «Así para la gloria de este mundo».

Todo lo cual, y más, pensaba yo decirte para que vieras cómo me ha puesto un nacido, dolencia de estos climas y de estas andanzas a caballo por monte y valle, sierra y llano. Descabalgado por el tal nacido, que el doctor Henríquez dice que es forúnculo y que el doctor Castro no ha logrado todavía reducir, el infortunio se burla de la gloria, y hasta me reduce a la impotencia de moverme. Ello no obstante, pienso hacerlo en el tren de pasado mañana con dirección a Sánchez, en donde me embarcaré con los niños y con el Presidente y comitiva. De modo que, de aquí a cuatro días, te daré en persona la bendición que hoy te da por escrito,

Papá.

P. D.- Di a Eugenio Carlos que ayer estuvo aquí Pelegrín Castillo Agramonte, que me habló de él. Castillo, Pichardo y otros diputados del Cibao, le dirán en lo que se puede apreciar el trabajo que he hecho. El que me tiene más contento es la escuela agrícola.



La Vega, septiembre 3 de 1900.

Querido hijo Eugenio Carlos: Empiezo a escribirte a poco de haber hecho el papel de Pepota; no porque les haya contado a Filipo y Adolfo el cuento en que descuello con toda la majestad que el Tina enseña a sus émulos circunvecinos, sino porque he echado por mi boca una partida de sapos y culebras no menor que las que, con gracia tan envidiada de tu madre, finjo yo que me salen, cuando cuento el «Cuento de Pepota». Y sabiendo que estoy enfermo de forúnculo, que es como estar enfermo de todos los nervios juntos, ya sabrá tu madre que la rabieta que acabo de pasar provenía de la curación del forúnculo. Si duele el maldito tanto y tanto, que, cuando ella me curaba del primero que me regaló el Cibao, motivos le di para tenerme por el más pobre haz de nervios que se ve puesto a prueba en este mundo.

Ahora, desde que se fue el bendito doctor Castro, son mis propios chiquitines los enfermeros. Adolfo limpia, y Filipo exprime. Naturalmente, a éste le tocó ha poco la mayor parte de mi colección de culebras y de sapos pepotescos; pero, aunque el marino48, cauto en malos tiempos, derivó y hasta orzó para escurrir el bulto (no que yo los tocara, por supuesto, sino que siempre hay sospechas de actos cuando hay exceso de palabras) también a él lo alcanzó el chubasco. Fue como una vez en los buenos tiempos (si alguna vez lo fueron ellos para mí) en que, navegando descuidados la goleta, sus tripulantes, Inda y yo, de pronto pasó como una furia una ráfaga que estuvo a punto de hacernos zozobrar. Y entonces, con voz de trueno, que suele ser la voz del miedo, gritó el Capitán de la goleta: «¡A virar...! ¡Allá va con Dios...!». Y el buquecillo dio una vuelta por redondo. Así hizo Adolfo. Y así también hice yo, moralmente: traté de virar por redondo, de bravo a bueno, porque no hay cosa que me avergüence más a cada paso que mis cóleras, indicación patente de irritabilidad neurocerebral, que dice mucho del mal con que los hombres han pagado mi afanosa hambre de bien para ellos; pero que dice más aún cuán débil freno es el con que manejo mi lastimada voluntad. Y sea ésa una de las lecciones que le aprovechen, caballero: Cuando yo le digo de continuo que domine su voluntad, que se haga dueño de ella y la gobierne, lo que quiero es que los otros no abusen de su bondad, y que usted mismo no abuse de su debilidad. Naturaleza da las fuerzas psíquicas, como da las físicas, y como produce las cósmicas; para producir efectos correlacionados; es decir, relacionados entre sí con las causas capaces de producirlos, de modo que sea uno, invariable y siempre el mismo, el orden sencillo de las cosas. Cuando a propósitos constantes corresponden constantes voluntades, ninguna razón hay para que, si la voluntad va bien dirigida se malogre el propósito, y el efecto de un bien deseado sea un mal adquirido: a menos que dobleguemos nuestra voluntad a efectos, ideas, preocupaciones, temores, y, a veces, a altísimas nociones de deber que se salen fuera de las realidades efectivas de la vida social, a menos que eso suceda, no baya nada que se oponga a que, en el alma como en los mundos, los efectos correspondan a sus causas.

Este tono grave, y hasta solemne, que estoy dando a mi carta, debido es en parte a la gravedad y solemnidad que hoy es el segundo día que ha tomado la amable y alegre atmósfera de nuestros climas. Desde ayer no se ve el sol, y desde las siete de la noche pasada y hasta las once del día presente, no ha cesado de llover ni un solo instante. Ayer, cuando vi así oscuro el cielo; así falto de luz y de electricidad el medio ambiente; gachas las pencas de las palmas; flácidas las ramas de los otros árboles; intermitentes las ráfagas y las menudísimas lloviznas; todo quieto en el aire, y todo inquietante en la quietud ambiente, me pronostiqué huracán.

Poco después confirmaron el pronóstico unos veinte o más jóvenes de la Sociedad «Amigos del Estudio», que aquí vinieron a saludarme, y que me dieron la grata noticia de que el Presidente y comitiva habían suspendido su viaje, en vista de telegrama de ahí que les anunciaba el paso de un ciclón. Yo había estado temiendo por ellos.

A la noche me tocó temer por nosotros, porque, a la verdad, razón tenían los niños para sentirse tan temerosos como estaban. Mas cuando ya a las siete de la noche cerrada que hacía desde las seis, se declaró franco el torrencial aguacero que yo creí que debía haber servido para desahogar a la atmósfera, pero que parece no la ha desahogado mucho, porque aun hay indicios de huracán, entonces me serené.

Cuando se tiene familia ausente, por sobre cuya cabeza haya podido bramar el ciclón, y familia presente en cuyo tierno corazón sembrar temores, ya no se puede ser Heredia:


«¡Huracán, huracán...! Venir te siento
Y en tu soplo abrasado,
Respiro entusiasmado
Del Señor de los Aires el aliento».



Lo que uno respira, en siendo padre de familia es una circunspección que se parece al miedo. A él estoy en parte entregado, cuando pienso en el efecto que habrá tenido ahí el paso del huracán, y todavía no me siento tranquilo al ver aún indicios de esa terrífica fuerza.

Afectos de todos para todos, y bendiciones de

Papá.



La Vega, septiembre 11 de 1900.

Querido Eugenio Carlos: A juzgar por el movimiento que desde casa se nota en la estación de ferrocarril, parece que la gente venida ayer de Sánchez y de la Capital, allí se vuelve, y quiero aprovechar el Presidente, en que vinieron. Por eso, corto y oscuro.

Bayoán está bastante bien: mucho mejor, decía anoche el doctor, que, por lo mismo de venir de noche, indica que no le apura el caso. Con decir que tiene apetito, y que ya a las seis que son de la mañana, se ha tomado su primer vaso de leche recién ordeñada y hervida, y que está como unas pascuas porque le permitirán hoy arroz con leche, y que cuando le hablan de eso, lanza una risotada corta, dicho está todo; pero, por más que yo insisto, el médico no quiere ni consentir en la idea de un viaje muy pronto. Me anuncian visita.



Tarde del mismo día.

Sin duda por los circunstantes, no me habló de lo que probablemente lo traería, el Vicepresidente; pero después me hizo saber por medio del señor Grullón lo que pasa en la Capital, y su deseo de que yo vaya pronto a ella. Ya de esto me había dicho algo, al insinuarme que el Vicepresidente debía salir el sábado, pero que él daría orden para que se me esperara hasta el domingo si yo quería aprovecharlo.

Si Bayoán sigue como va y no le dan más calenturas y no hay riesgo que le repitan, algunas ventajas tendría para mí aprovechar la ocasión y volverme pronto a casa. Y a propósito: así para los niños, que regresan de aire libre y sano, como para ustedes, que están en el aire infecto de esa casa, como también para tener las oficinas de la Inspección General en los bajos de la casa, mira si está desocupada la del señor Álvarez, de Santiago, que yo quería tomar, y no tomé por diferencia de diez pesos, que yo me comprometí a pagar desde este mes. No creo que el Gobierno me niegue una pequeña asignación para oficina, y ahora menos, sabiendo lo que quieren en Santiago y aquí que yo fije mi residencia en el Cibao. Valiéndote de Henríquez, consigue que cuando yo llegue, sea el lunes, sea cuando Bayoán pueda viajar sin riesgo de continuar enfermo, nos mudemos.

Los niños te abrazan, y te bendicen.

Papá.



Monte Cristi, R. D., marzo 18 de 1901.

Señora, señoritas y señores de Hostos.
Santo Domingo.

Queridos todos:

Ni tiempo tendré para chancearme, que es como la vejez me ha enseñado a desvelar y presentar el alma, porque son ya las siete, y a las ocho tengo que estar en mi visita de hoy; fáltame una escuela, la Superior de Niñas, y seis escuelitas de parvulillos a quienes visitar, alentar y estimular. Ya, antier, hice esa obra con las dos escuelas, Superior y Municipal, de varones, y mañana emprenderé la visita por los campos.

Llegamos al atardecer del viernes: hoy es lunes, y he hecho cuanto que hacer, o más; porque ayer pasé el día entero, por la mañana, en asamblea con los notables y poderes de la ciudad, persuadiéndolos a formar y haciéndoles firmar una asociación para llevar a cabo las empresas vitales de este pobre distrito moribundo; y, por la tarde, discurriendo en voz alta ante una asamblea de jóvenes de ambos sexos, componentes de dos asociaciones, una de beneficencia, y otra de recreo. No me ha faltado tiempo para tres conferencias de pedagogía y para pago de visitas a familias varias, entre las cuales una a la amiga familia cubana que vive en la casa en que residía el general Máximo Gómez cuando con Martí redactó (1895) el manifiesto de Monte Cristi, y otra visita, que hice en nombre de Luisa Amelia, a Cristina Morales, la famosa recitadora dominicana, de quien ella vivía satisfecha en el ostracismo de Chile.

De todo lo cual hablaremos. Dios me los bendiga.

Eugenio María.



La Vega, 2 de abril de 1901.

Querido hijo Eugenio Carlos: Llegamos ayer. Estamos bien. Tendré que esperar aquí la solución del problema semipolítico y semipersonal que tiene inquieta a la República. Probablemente se resolverá de un modo racional. ¡Así sea!, porque es muy necesario.

Di a don Federico Henríquez y Carvajal, en cuanto llegue, y antes a don Emilio Prud'Homme y demás diputados amigos, que me despachen pronto el último Proyecto de ley que les dejé al salir, pues de él depende la medio organización con que puedo anticipar los beneficios de la Enseñanza.

Busca al señor Weber y dile que, si vuelve pronto, me encontrará aquí.

Adolfo y Bayoán buenos.

Afectos de todos para todos.

Eugenio María.



Puerto Plata, 28 de mayo de 1901.

Señora, señoritas y señores de Hostos.
Santo Domingo.

Queridos todos: Llegué ayer y salgo mañana. Vine de Monte Cristi, y voy para Santiago de los Caballeros.

Debí, o quería, ir por tierra a concluir mi visita de inspección general de las escuelas; pero como importa apresurar la ida a Santiago, me decidí a venir por mar.

Adolfo, grueso y contento, no está cerca de mí en este instante; por eso no escribe; pero lo hará pasado mañana, día en que ambos escribiremos desde Santiago.

Esta carta, que me apresuro a concluir por falta de tiempo, la llevará Enrique Zafra que va a llevar a su hermana Aurora, hermanos los dos del doctor Zafra, que es uno de los dominicanos que siempre me han tratado con cariño. Ahora mismo me tiene hospedado en su quinta.

Por eso deseo que vayan a visitar a Aurora, quien va a vivir con su hermana, la señora de Rene Rodríguez, que vive frente a las señoritas de ese apellido.

Mil cariños, y escriban. A estas horas no sé de ustedes ni por telégrafo ni por correo.

Adiós.

Papá.



Santo Domingo, octubre 17 de 1901.

Querida hermana Rosita: Tu última carta y últimos deseos de bien para nosotros no han sido contestados; por los dos pasados vapores, porque estoy realmente muy ocupado.

Haces mal en dar a las cosas más valor de las que ellas tienen: todo ese ruido que has oído de mentiras, calumnias y asechanzas contra mí no son otra cosa que estallidos de viejas envidias de individuos irresponsables, y expresiones del estado de enfermedad en que ha dejado a esta pobre sociedad el horroroso oprobio de los gobiernos anteriores, principalmente el último.

En vez de fijarse ustedes en los insultos y vociferaciones de estos desventurados, deberían abonar con orgullo a mi favor todos esos esfuerzos de los malvados por aniquilarme; pues claro es que si aquí, ahí, en todas partes me persiguen, porque pienso y quiero el bien que ni piensan ni quieren los explotadores de la ignorancia, ellos son los de compadecer, no yo.

No hay razón, por lo tanto, para airarse: contra torpezas, injusticias, injurias y asechanzas no hay más que oponer piedad por los pobres pueblos que tanto necesitan de quien se mortifique un poco por ellos.

Es lo que está haciendo tranquilamente,

Tu hermano,

Eugenio María.



Santo Domingo, mayo 13 de 1902.

Srta. Rosa de Hostos.
Mayagüez.

Querida hermana Rosita:

[...]

P. D.- ¡Si tú supieras que yo me prendé del cementerio de Mayagüez, y que hay en él una palma-pararrayo, a cuyo pie querría reunir los huesos de Papá y los nuestros...! Aunque mi deseo sería que, de no reducirme a cenizas, me dieran por tumba el hondo mar, me pareció tan bien aquella palma del cementerio de Mayagüez, que hasta le hablé al Administrador para que me reservara el pedazo de tierra alrededor del árbol recto, busca-aire y busca-luz que mira al Mar de las Antillas, el mar mismo que desde casa de Mabina abismaba en contemplaciones mi infancia soñadora.

Mira, pues, ya que vas a comprar suelo en nuestro cementerio, que te diga el Administrador cuál me gustó a mí bajo la palma dominante del lugar, y cómpralo. ¡Sí, dichoso Papá que va a descansar bajo la palma!

Eugenio María.



Santo Domingo, junio 13 de 1902.

Señorita Rosa de Hostos.
Mayagüez.

Mucho me alegró el júbilo que tuve la suerte de causarte con el envío a tiempo de la suma que me fue dado reunir para atender al sagrado deber que con ella se ha cumplido.

Parece que has tomado como expresión de recóndita pesadumbre mía la dulce expresión de afecto filial y patrio que me hace de cuando en cuando volver la vista hacia la palma tranquila, enhiesta y solitaria que desde el apacible cementerio de Mayagüez domina el mar de mi infancia. Pues no, hermana querida: eran y son palabras iguales a los sentimientos de honda e indecible satisfacción con que, a pesan de hombres y tiempo, vivía yo, aunque desterrado de alma en ella, en la dulce, benévola, risueña y bienhechora tierra de mi cuna y de mi infancia. Ya que ni usurpadores ni hermanos me han dejado vivir en ella, si no me posee el mar que me posea el cementerio ése.

Con fraternal cariño,

Tu hermano,

Eugenio María.



Santo Domingo, agosto 6 de 1902.

Querida hermana Rosita: Para que no se me pase el vapor sin yo saberlo, me anticipo a contestar tu carta última que recibí a fines de julio, a fin de que sepas que yo no espero ni quiero el dinero que sobre después de hecha la traslación de los restos de Papá al panteón que le estamos haciendo. Eso es tuyo: tómalo, pues, y empléalo en lo que te convenga.

Ya veré cómo puedo conseguir la suma que se necesita para; mi proyecto grande. Bueno es que empieces por decirme cuánto costará el terreno, teniendo en cuenta que quiero todo el del rededor de la palma.

Por este vapor francés, que llegó el cinco, no he recibido carta tuya.

Las noticias de aquí son tristes: todo es estrechez, pobreza e indigencia. Las que me comunican de ahí no son noticias mejores: si la situación económica es un poco mejor, la política es un poco peor, y seguirá empeorando hasta que nueva educación produzca nuevas ideas.

Ahí, aquí, en Cuba, en toda América española, el porvenir será de la nueva organización de la enseñanza, si es que llega día en que vean que todo depende de la razón bien educada.

Así espero yo tanto de Lilo Capestany de sus compañeros. Dile a Enriqueta, con saludos, que escriba a Lilo de mi parte, diciéndole que necesito carta suya en que me dé noticias exactas, en inglés, de su escuela, de sus estudios, de las ventajas de que gozan los que están estudiando por cuenta del Gobierno. Que me dé el informe: cuanto antes, pues estoy viendo cómo mandar a Bayoán y Adolfo, que ya son Maestros recibidos aquí, a seguir estudios y vocación en Estados Unidos.

Todos te saludamos cordialmente.

Un abrazo de

Eugenio María.

P. D.- Las noticias de casa que puedo darte son buenas: todos estamos bien, incluso yo, que aun no me he restablecido por completo de la gripe, que parece sirvió para revelar un grave daño en el hígado, pues me han salido ya las manchas o decoloraciones que dicen características de la hipertrofia del hígado. Con tal de que la enfermedad sea de las que no molesten mucho, bien va.



Santo Domingo, 14 de octubre de 1902.

Querida hermana Rosita: Llegada y leída tu carta.

Te quejas sin razón. Luisa Amelia, Eugenio Carlos y hasta yo, que falto ahora en mi correspondencia con todo el mundo, te escribimos con regularidad: ellos dos, siempre; yo, siempre que me acuerdo del paso del vapor.

Por lo demás, no siempre tengo ganas de escribir; y menos, cuando, al contestar a carta recibida, tengo que referirme a noticia o idea que desagrada a mi corresponsal. Eso sucedía en el correo pasado, en que, de contestarte, hubiera tenido que volver a hablarte de una ingrata imaginación tuya. Porque imaginaste que al hablar de la compra de terreno para la sepultura de Papá y nosotros indicaba que yo me ocupara de la muerte, te mostraste apenada. Y para no tener que hablarte de eso, me pareció bien que pasara el vapor sin yo saberlo.

Desimpresiónate: yo no me ocupo de mi muerte, sino como nos ocupamos de un viaje, cuando no estamos acostumbrados a viajar. Perdida la patria que yo deseaba; perdida la esperanza en la casta de donde procedemos los habla-español del Nuevo Mundo, y completamente convencido de que mi gente insular y continental y yo no entendemos del mismo modo la vida y la civilización, es natural que me sienta displicente. Y nada más: si me dejan pensar en un rincón de los bonitos que hay en nuestro Archipiélago, especialmente ahí, me iré o me quedaré tranquilo, pensando, y mejor que pensando, contemplando. Pero como nada de esto es subsistente ni siquiera tengo ya entusiasmo; no tengo más que deber.

¡Ya estos benditos han empezado otra revolución...!

Si me das alguno que cumplir ahí, y cumpliéndolo puedo sostener a mi familia, claro es que viviré más contento ahí, en el seno de la naturaleza en que nací.

Dile a la buena y cariñosamente recordaba Enriqueta, que, gracias a ella, Lilo me escribió y que las legítimas esperanzas que ella puede fundar en ese niño excelente, y las que ya realiza mi ahijado querido, son motivos de alegría para mí.

Abrazos para ti,

Eugenio María.



Santo Domingo, R. D., 16 de abril de 1903.

Srta. doña Rosa de Hostos.
Mayagüez, P. R.

Querida Rosita:

Los niños te dirán de nuestras peripecias49: acerca de ellas, sólo te diré yo que las considero como una de las pruebas más útiles de mi vida, pues me ha dado a conocer la fuerza moral de la familia que he formado en el constante espectáculo de mis luchas y de mi resistencia psíquica.

La situación de este pobre queridísimo país es de las que aconsejan la emigración, y hasta yo mismo he pensado en ella; pero cuando me pongo a pensar en lo mucho que lo quiero y que lo quieren mis dominicanitos, así como en la posibilidad de que aun me sea dado prestarle algún gran servicio, desisto de toda idea de emigrar. Por lo demás, ¿a dónde? Ahí, a juzgar por tus cartas y por las detalladas descripciones que el doctor Manuel Guzmán Rodríguez me da de la situación de Puerto Rico, sería inútil ir. A Cuba, en donde tal vez convendría establecerse, aunque sólo fuera por reanimar con los aires de su patria a la pobre Inda, no se puede ir sin antes saber qué se va a hacer allí. Por otra parte, ni ahí, ni allí, ni aquí mismo, tenemos nosotros cómo estar: de lo que ahorramos, estamos viviendo ahora; de lo que me deben el Gobierno y el Ayuntamiento por nuestros trabajos y servicios a la instrucción pública, nada se nos paga, y es mucho de temerse que se tarde en pagarnos.

A todo esto se resiste con la mezcla de estoicismo y de fatalismo que concluye por ser la expresión característica de estos estados sociales; pero se resiste con repugnancia y con fastidio.

¡Ea!, que Dios te bendiga, como lo hace tu viejo hermano,

Eugenio María.