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Ocurre, en realidad, que aquel Diccionario histórico no previó, como hubiera sido deseable, un tratamiento especial, plasmado en alguna marcación tipográfica, para las palabras fantasma. Así, alguna vez ofrece artículos normales para formas que reconoce explícitamente como erradas. Es el caso del artículo amón, un supuesto pájaro; solo al final, tras copiar un pasaje de Don Juan Manuel en que sale esa forma, se advierte: «Errata, por auión». (Se cita por la Biblioteca de Autores Españoles; como puede verse en DHLE, no hay propiamente errata en esa edición, sino error de copia en el manuscrito que sigue.) Sin señalización precautoria, lo mejor hubiera sido no hacer artículos como ese.

 

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En A User's Guide to the Oxford English Dictionary (vid. supra, nota 5), se dice del calderón («catachrestic symbol») que «when applied to a sense, it indicates a usage that, in the editor's view, is confused or erroneous» (p. 25), y se sugiere la afinidad de estos casos con los de las «spurious words»: «the spurious entry is similar in intent to the catachrestic mark employed within entries» (p. 63).

 

33

Recuérdese, por ejemplo, el caso de lívido y su acepción 'intensamente pálido', que la Academia hubo finalmente de aceptar en 1984 junto a la etimológica ('amoratado, que tira a morado').

 

34

Fetichismo de la letra, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1963. Recuerda Rosenblat (p. 73), siguiendo a Amado Alonso (véase una de sus notas al Curso de Saussure, Buenos Aires, Losada, 1945, p. 82), el curioso caso de la errata perpetuada Teudiselo, nombre comúnmente aceptado (o al menos lo era en las famosas listas que los escolares recitaban antaño) del rey godo Teudisclo.

 

35

Léxico del mestizaje en Hispanoamérica, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1987. Vid. pp. 79-80 y 118-123.

 

36

Lisboa, 1605, fº 53b.

 

37

Madrid, 1723, p. 42b. La portada advierte que «van enmendadas en esta impresión muchas erratas de la Primera»; esta no, como digo.

 

38

Lisboa, 1609, fº 255c.

 

39

Tampoco figura su enmienda en las recientes «Enmiendas y adiciones...» citadas supra, nota 15.

 

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Perturbadoramente pudo influir sobre Corominas el hecho, por él señalado, de que la palabra figure en el diccionario de Pagés con un texto de Juan Valera. Para desesperación de lexicógrafos, Pagés oculta la procedencia exacta de los textos que cita, y no me he sentido con fuerzas para buscar este en la inmensa obra de Valera. ¿Procederá de algún desarrollo enciclopédico del Diccionario enciclopédico hispanoamericano de la Editorial Montaner y Simón, socorrida e inconfesada fuente de muchas de las autoridades que cita Pagés, atribuidas por él, pese a que los artículos no van firmados, a alguno de los colaboradores de aquella obra? No sería imposible, pues Valera figura entre ellos... aunque como responsable de los artículos de Estética. Sea como fuere, veamos lo que dice el «texto»: «Por esto se les da el nombre de cuatratuo o cuarterón». Es claro que no estamos realmente ante un testimonio de uso, sino ante un enunciado metalingüístico, hecho con el diccionario a la vista, lo que lo invalida de inmediato.

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