Pelayo
Salida del señor Nicanor Puchol en «Pelayo»: tragedia de don Manuel José Quintana
Mariano José de Larra
[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra., n.º 65, 18 de junio de 1833, Madrid.]
El señor Puchol era la última de las novedades que nos quedaba que ver en este año cómico: embargado para estos teatros, ha hecho su salida en el papel más brillante y favorecido que pudiera desear. Sin embargo, ha salido desairado por el público, y si bien algunos aplausos procedentes de los bancos de patio quisieron dirigir la opinión general, muchos chicheos y espantosos silbidos los sofocaron, sobre todo al concluirse la tragedia. Esta ha sido la primera vez que Pelayo ha oído semejantes demostraciones de desaprobación en las tablas españolas: ni el patriotismo acendrado, ni los generosos sentimientos, ni el interés histórico, ni los grandes recuerdos nacionales, ni sus hermosos versos y situaciones, en fin, han sido parte para salvar de la borrasca al actor protagonista. Pelayo, que supo sobrevivir a la ruina de España; Pelayo, a quien no pudo rendir la invasión árabe; Pelayo ha venido a sucumbir bajo los esfuerzos del señor Puchol. Mucho sentimos haber de decir la verdad cuando es desagradable; pero ni hay otra esperanza de remedio para nuestros infelices teatros que la censura pública, ni nosotros en nuestra posición podemos menos de ejercerla. En llegando a este punto, nuestro amor al arte nos hará arrostrar siempre las enemistades particulares, las hablillas necias, los feos propósitos, y aun las calumnias despreciables de aquellos que no quieren reconocer en los periódicos un derecho generalmente reconocido, y en la pública censura el camino de la perfección. Hay poca nobleza en la acción del señor Puchol, es dura y precipitada, y en su voz inflexible no se nota modulación ni gradación alguna. Hay poco sentimiento en su manera de decir, y dice a la buena ventura y de memoria: mas sin estudio ni intención. Haría muy bien en prescindir al andar de ciertos brinquitos o empinamientos, que, al paso que no contribuyen a pintar el carácter de Pelayo, ni pasión alguna, excitan la risa del auditorio; y en las tragedias no se debe hacer reír. Aun sin verle en la comedia, nos parece, desde luego, que el señor Puchol será mejor cómico que trágico. Estas duras verdades no son sólo aplicables al señor Puchol; es muy difícil ver aquí una comedia bien representada; pero en hablándose de tragedia, no es ya difícil, es absolutamente imposible. Muy pocos son los actores que estén a la altura de la tragedia, y que la comprendan; y aun esto no es decir que ésos estén exentos de defectos.
Los demás, empero, pierden el tiempo en este género: se necesitan para él otros principios que los que generalmente se tienen entre nuestros actores; mientras no se empiece por aquí, sus esfuerzos serán vanos y ridículos los resultados. Su celo es laudable: los más quieren acertar y hacen lo que pueden; pero no basta hacer lo que se puede, es preciso hacer lo que se debe.
Después de estas reflexiones, fácilmente comprenderá el lector que el resto de la representación ha correspondido a lo que llevamos dicho. Si se exceptúa a la señora Concepción Rodríguez, que ha sacado el partido posible de su corto y poco brillante papel, logrando aplausos y bravos lisonjeros, y tal cual esfuerzo feliz del señor Mata, se puede asegurar que esta representación ha sido, no solamente la peor que en muchos años se ha visto, sino también (sea dicho con licencia de los señores actores) la peor que en muchos años se ha de ver. La señora Rodríguez ha sido también la única que en medio de la escasez de datos que hay acerca de nuestros trajes antiguos ha sabido acercarse a la verdad histórica. Y si el traje que ha sacado no es agradable ni agradecido, tanto más hay que alabarla; pocas actrices quieren sacrificar su buen parecer a la exactitud y verdad escénica: esto supone amor al arte y gran deseo de agradar, más que como mujer, como actriz.
¿Qué significan los caballeros gijoneses, vestidos todos de un mismo modo y uniformados y alineados como si fueran un regimiento de provinciales de Gijón? ¿Qué es ver en el siglo VIII, y antes de la invención del blasón y de la heráldica, un escudo de armas acuartelado, en vez de un liso pavés? ¿Por dónde se hicieron Pelayo y los suyos con espadas del siglo XV y XVI? ¿Qué armero profético y escudriñador de los usos de la posteridad se las fabricó, en vez de las espadas godas, que, con ligeras modificaciones, son lo mismo que las de los romanos? ¿A qué propósito la valona en Alfonso, las levitas a la francesa, los sombrerillos con pluma del tiempo de Calderón, la armadura de todas piezas en Leandro, posterior cuatro siglos a Pelayo, y en vez de la malla; y el traje en Munuza de turco del día en lugar del de árabe del siglo VIII?
Démonos la enhorabuena por haber concluido de ver actores nuevos: registrando ahora nuestra memoria, deducimos de los vistos que todas las novedades que se nos han presentado este año en los teatros las daría el público de buena gana por un actor bueno.
Revista Española, n.º 18, junio de 1833.







