La cola que formaban los coches frente al palacio del marqués de Butrón cogía casi toda la calle de Hortaleza, atravesaba la red de San Luis e iba a perderse en la de la Montera. Los carruajes avanzaban lentamente, parábanse un momento, abríanse y cerrábanse con estrépito las portezuelas, y corrían luego a estacionarse en la Plaza de Santa Bárbara. Los transeúntes deteníanse extrañados y quedábanse muchos contemplando aquella larga procesión de damas, rara en Madrid, a la clara luz de las tres de la tarde. El Gobierno parecía alarmado: varios agentes de orden público paseábanse por la acera de enfrente, a lo largo del palacio, y algunos polizontes se mezclaban entre los curiosos o trababan conversación con cocheros y lacayos, que charlaban entre sí desde los pescantes, designándose, según la clásica costumbre, por los ilustres nombres de sus amos.
Las damas saltaban ligeramente de los coches, atravesaban el gran portal, subían la escalera alfombrada y perdíanse, con aire de conspiradoras, en aquel ancho salón del teatro, famoso en otro tiempo por haber representado en él don Ventura de la Vega El hombre de mundo y dirigido Bretón de los Herreros en persona los ensayos de El pelo de la dehesa. Reinaba en él una media luz prudentísima, un prematuro crepúsculo que velaba con paternal indulgencia entre sus sombras misteriosas los grandes deterioros del decorado, incapaces de resistir con honra la descarada luz de las tres de la tarde.
Desde fuera, parecía aquello el zumbido de una colmena colosal, en que doscientas mujeres murmurasen al mismo tiempo entre el crujido de las sedas, el ric-rac de los abanicos, las tosecillas afectadas que dan tiempo a preparar una respuesta, las melifluas risitas que acompañan siempre a la afectuosidad femenina, y los perfumes peculiares a doscientos gustos diversos y doscientos tocadores distintos. A veces, reinaba de repente uno de esos súbitos silencios que el pueblo andaluz atribuye al involuntario respeto que infunde el invisible aleteo de un ángel que pasa; era más bien algún diablillo que llegaba, alguna dama famosa por cualquier concepto que traspasaba el dintel, obligando a la crítica a replegarse sobre sí misma, para estudiar el blanco sobre que había de disparar su metralla.
Ningún hombre aparecía a la vista; en el fondo, tras la sencilla cortina de rojo terciopelo, con las armas de Butrón bordadas en el centro, que cerraba la emboscadura del teatro, adivinábase, sin embargo, algo masculino, algún espíritu no santo que tosía y estornudaba como el resto de los mortales, porque dos toses y un estornudo, habían llegado al oído avizor de la señora de Barajas, que estaba allí cerca; tocó con el codo a su hermana, diciéndole muy bajo: «Aquí hay duendes»; y la otra, sin volver la cabeza, contestó muy seria:
-Robinsón y su negro Domingo, que se habrán constipado en la isla desierta.
Así era, en efecto: el gran Robinsón y el señor Pulido hallábanse tras el telón, observando por los dos imperceptibles agujeritos que servían en otro tiempo para registrar la sala a los ilustres actores que habían pisado aquella escena aristocrática. El respetable diplomático parecía inquieto, y el señor Pulido iba y venía sigilosamente de uno a otro agujero, apretando los labios y moviendo la cabeza, con muestras también de alguna zozobra.
La concurrencia era numerosa, escogida y a propósito para secundar los planes del diplomático; mas notábase, sin embargo, un síntoma alarmante, una peligrosa falta de disciplina en la mesnada aristocrática, las alfonsinas de raza, pertenecientes, en su mayor parte, a familias de la Grandeza. Habíanse sentado todas ellas hacia el lado izquierdo, formando un grupo, y, cuchicheando y cambiando entre sí risitas y señas burlonas, miraban entrar y amontonarse en el lado opuesto a las cursis radicalas, con el aire de desdeñosa protección de la gran señora que permite a su doncella sentarse a su presencia, a cuatro metros de distancia. Tan sólo la duquesa de Bara, fiel a la consigna del caudillo, habíase apresurado a sentarse entre las dos ministras cesantes: la de Martínez, mujer sencillísima y modesta, que se hallaba allí como gallina en corral ajeno, y la de García Gómez, cursi pretenciosa, que pretendía deslumbrar a pájara tan larga como la duquesa con sus alardes de elegancia y de buen tono.
En vano iba de un lado a otro la marquesa de Butrón, intentando, con su fino tacto y sus delicadas maneras, ahogar en germen aquellos puntillos mujeriles, aquellas vanidades alborotadas que amenazaban dar al traste con la suspirada fusión a duras penas obtenida en el baile de Currita; tan sólo pudo conseguir su ímprobo trabajo colocar a la duquesa de Astorga, mujer bondadosísima, al lado de la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, cuya colosal figura se destacaba sobre un asiento muy alto, aislada entre tirios y troyanos, silenciosa y pensativa, cual Safo meditando su su¡cidio en lo alto de la peña de Léucades.
Las carlistas, por su parte, pocas en número, pero en valor muy aguerridas, formaban otro grupito sospechoso, teniendo al frente a una viejecilla chiquitilla, flaca y nerviosa, de ojos vivísimos. Era la baronesa de Bivot, ilustre catalana, que se removía sin cesar en el asiento, esgrimiendo el abanico con el bélico ardor del veterano ansioso de combate que huele la pólvora a lo lejos. Carmen Tagle la bautizó al punto.
-Allí está Zumalacárregui -dijo a su vecina-. Mírala, el cuerpo le pide pendencia.
El respetable Butrón se daba a todos los demonios temiendo una catástrofe, y aplicaba el oído en vez del ojo al agujero, a ver si podía pescar alguna palabrilla suelta que indicase el rumbo que tomaba la tormenta. No se oía nada; un zumbido colosal de colmena en momentos de mudanza, que le sacaba de quicio, poniéndole nervioso.
-¡Pero que siendo tantas no haya una sola que calle! -exclamó hecho un basilisco; y el señor Pulido, sin perder su pausa, con filosófica profundidad, replicó muy bajito:
-Las prefiero hablando, Pepe... Callar sería contra naturaleza.
Y en aquel momento, como si quisieran probar aquellas amables criaturas que llevar siempre la contra es el rasgo peculiar del sexo, callaron todas de repente, siguiéndose un silencio profundo, un calderón prolongadísimo de cerca de un minuto, seguido, a su vez, de un allegro alborotado», un crescendo inverosímil, rápido y vivace... Algo gordo sucedía, y el respetable Butrón y el filosófico Pulido acudieron al punto muy azorados a sus respectivos observatorios... Entraba la condesa de Albornoz, con aquel paso de que habla Virgilio, que revela una reina o una diosa, inclinando la cabeza con el aire de vanidad satisfecha de aquel emperador romano que encogía la suya al pasar bajo los arcos de triunfo, por miedo de tropezar en ellos con la frente; seguíala la marquesa de Valdivieso, una de las cómodas amigas de fácil contener que traía ella siempre a retortero para que la acompañasen como damas de honor, sirviendo, según su frase, de marco a su elegancia.
Cogióla Leopoldina Pastor por las faldas, al pasar por su lado, y quiso obligarla a sentarse entre ella y Carmen Tagle... Era necesario escarmentar a aquellas indecentes radicalas que estaban allí con la boca abierta, dándose pisto, soñando quizá con la presidencia...
-¡Míralas, qué retablo!...
Deseando estaba que Genoveva tomase la palabra para tener ocasión de decir a aquellas cursis cuatro palabritas bien dichas, ¡pero iba a estar aquello muy frío!... A ella le hubiese gustado discutir a caballo, con los hunos de Atila. Dióle Currita cariñosamente en el hombro con el abanico, murmurando: C'est drôle; saludó con una monísima cabezadita al amplio círculo de sus ilustres amigas y dejóse llevar suavemente por la Butrón al lado opuesto, sentándose, al fin, junto a la duquesa de Bara y las dos ministras. Apretóle cariñosamente la mano a la de Martínez, diciéndole: «¡Querida mía!», y manifestó a la García Gómez su desolación profunda por no haberse encontrado el día antes en casa cuando estuvo esta a visitarla.
-Coraje me dio al ver su tarjeta... Hubiera deseado que charlásemos un rato... Quiero que seamos amigas...
La García Gómez creyó reventar de dicha ante honra tan repentina, y miraba a todas partes, tan oronda y satisfecha entre aquellas dos grandes de España como la rata de la fábula en el queso de Holanda. María Valdivieso, con prudencia inusitada en ella, mordíase los labios para no soltar la risa. El venerable Butrón seguía desde su agujero toda aquella pantomima, y murmuraba nervioso y exaltado:
-¡Bien por Currita!... ¡Es lista esa mona Jenny, caramba!... ¡Con que María Villasis haga lo mismo, triunfamos!
El señor Pulido, profeta siempre de desdichas, se permitió dudarlo; su olfato finísimo había adivinado un escollo en que el respetable Butrón no paraba mientes.
-Aquella trae ya cara de presidenta, Pepe -dijo.
-¿Quién?...
-La Currita, Pepe... ¡Te lo dije!...
Así era, en efecto: tan penetrada estaba esta de su superioridad que ni por un momento dudó de ser elegida, y pareciéndole que tras del baile había de venir la presidencia, de manera tan lógica y fatal como tras de la noche viene el día, había ya comunicado varias órdenes al tío Frasquito, gran maestre de los micos de su guardia, y confiado a María Valdivieso aquella misma tarde, en el camino, varios de los mil regocijos caritativos que a beneficio de los heridos del Norte proyectaba, y sobre todo, una kermesse famosísima que había de producir millones y millones.
Púsose Butrón al oír a Pulido muy enfadado, levantando los brazos como si quisiese coger las bambalinas.
-¿Que trae cara de presidenta?... ¡Pues se quedará con la cara, Pulido!... ¡No faltaba más! Una mujer sin crédito, sin pizca de vergüenza... Me espantaba toda la gente de sacristía... ¿Qué diría el arzobispo cuando fuera a pedirle la bendición para la obra?... María Villasis es la única..., la única, Pulido.
Nueva manifestación de duda de la ninfa Egeria, acompañada siempre del vocativo de su Numa Pompilio, fórmula de la íntima y familiar amistad que le unía con el personaje.
-Lo dudo, Pepe...
-¿También a esa la encuentras peros?...
-La encuentro calabazas, Pepe...
Butrón, muy incomodado, dio media vuelta diciendo que más bien serían camuesas, y el señor Pulido, sin perder su paz, repitió muy bajito:
-Digo calabazas, porque no vendrá, Pepe...
-¿Que no vendrá?...
-Es muy propensa a constipados... Acuérdate de la última junta, Pepe.
-Que viene, hombre, que viene... Si se lo prometió ayer a Veva, que la mandé yo expresamente.
Y así era, en efecto: la marquesa de Butrón había estado la víspera en casa de la Villasis a pedirle por todos los santos del cielo que no dejara de asistir a la junta; la pobre señora parecía azorada, y pedíaselo con tal ahínco, como si le fuera en ello la vida. La Villasis, sin embargo, no se mostraba muy propicia, y echándose a reír, le dijo:
-¿Pero qué falta hago yo, mujer?... La misma que los perros en misa...
-No digas eso, María, porque ni tú misma lo crees -replicó la otra muy apurada.
-Pues mira, Genoveva, te seré franca... Si fuera cosa tuya..., tuya exclusivamente, iría con el alma y con la vida... Pero tratándose de lo que se trata..., vamos... que no me gusta ese barrer para adentro de tu marido, que la pone a una siempre en el riesgo de tropezarse con basura... Y, francamente, no quiero ponerme en el caso de encontrarme mano a mano con una... Curra Albornoz u otra de su ralea.
-Tienes razón... ¿Pero qué se le va a hacer, si Madrid es un lodazal?
-No, no es un lodazal; porque tú y yo y otras muchas somos Madrid y, gracias a Dios, no somos lodazales... Di más bien que en Madrid hay un lodazal, que puede perfectamente evitarse andando con la ropa un poquito recogida... Pero, sin duda, es el maldito lodazal de agua de colonia, y como huele bien, a pocos veo que les repugne zambullirse dentro.
-Pero mi casa no está en ese lodazal, María.
-Lo sé; lo sé mejor que nadie, porque como nadie te conozco y te quiero... Por eso yo no me niego a ir a tu casa, sino a la junta que tu marido hace celebrar en tu casa. ¿Me entiendes?
Y como si temiese que la otra encontrase la distinción harto metafísica, apresuróse a torcer un poco el camino, añadiendo prontamente:
-No creas, por eso, que me niego también a contribuir a los fines de la asociación como una de tantas... Sé muy bien que lo de socorrer a los heridos es una pantalla; que se trata de preparar al ejército... No importa: yo también contribuiré a ello, pero sin disfrazarlo de obra caritativa... Lo hago, porque he visto nacer al príncipe y le miro y le quiero como cosa mía; y lo hago, sobre todo, porque se me ha prometido solemnemente que el primer cuidado de la Restauración será restablecer la unidad católica; que sin este requisito, nada, nada haría.
La Villasis se detuvo un momento, y sin el menor alarde de esplendidez, con la sencilla naturalidad de quien ofrece una cosa insignificante, añadió en seguida:
-Por eso, en cuanto quieras disponer de ellos, tengo a tu disposición diez mil duros... Si más pudiera, más daría.
La oferta de aquel cuantioso donativo no deslumbró a la de Butrón; habíase turbado mucho mientras hablaba su amiga, y moviendo la cabeza vivamente dijo:
-Lo creo, porque naciste para ser rica y sabes serlo... ¡Pero tu nombre, tu nombre vale más que los diez mil duros!...
Y la otra, dándole palmaditas cariñosas y remedando su mismo tono lastimero, añadió en son de burla:
-Pues mi nombre, mi nombre es justamente lo que no doy... Díselo así a tu marido.
La de Butrón dejó caer ambas manos abatida y dijo con voz acongojada, imperceptible casi:
-¡Dios mío!... ¿Y cómo le digo yo eso?...
Y de repente, dejando escapar un súbito sollozo, tapóse el rostro con el pañuelo, y un llanto desconsolador brotó de sus ojos, revelando un profundo abismo de amargura, un dolor hasta entonces callado y oculto. Quedóse un momento suspensa la Villasis, atónita y afligida por el temor de haber causado aquella honda pena.
-¡Pero, Genoveva, por Dios!... ¿Te he ofendido?...
La otra meneaba vivamente la cabeza, intentando decir entre sollozos:
-No..., no..., no... Es que Pepe...
-Pues bien, ¡no le digas nada!... ¿Quieres tú que vaya?... Pues iré, iré de mil amores... ¿Cómo había yo de imaginarme que iba a causarte esa pena?
Y tan afligida como su amiga, estrechaba entre las dos suyas una de sus manos, mientras la de Butrón, sin quitarse el pañuelo del rostro, cual si la vergüenza, al par que las lágrimas, la ahogaran, tartamudeaba:
-Pepe..., el pobre..., es tan violento...
Esta última palabra fue para la marquesa de Villasis un rayo de luz que le descifró el enigma: cruzó las manos con un gesto de ira, de sorpresa, de lástima profundísima, de compasión sin medida... ¡Luego era verdad, luego era cierto el chisme que varias veces había llegado hasta ella de que el noble Butrón, el leal caballero, el correcto diplomático, maltrataba con frecuencia a aquella esposa modelo, aquella ilustre señora, aquella débil anciana que sollozaba allí, ocultando la vergüenza de su marido en el fondo de su pecho, envuelta en su propia desdicha!...
Un violento impulso de noble ira se levantó pujante en su corazón, y hubiera querido arrancar del todo a la infeliz su secreto, no sólo para remediar su dolor, sino también para vengarlo. Mas la noble anciana, fiel a su decoro de esposa, guardó ese difícil silencio con que las almas heroicas saben coronar una de las penas más vivas que existen en la tierra: el sacrificio despreciado, el sacrificio inútil, y la marquesa de Villasis no se atrevió a interrogarla; el primer cuidado de la delicadeza, al consolar un dolor, es respetarlo, y nada hiere tanto una pena como la curiosidad, sacrilegio, por decirlo así, de la impertinencia.
Un llanto callado, el más sublime de todos los llantos, el llanto de la caridad, que cuando no remedia ni alivia consuela, llorando con el que llora, brotó entonces de sus ojos, y tan sólo al asegurarle una y mil veces que iría con sumo gusto al día siguiente a su casa, atrevióse a añadir con uno de esos brotes del corazón en que aparece la amistad tan santa y tan bella:
-¿Quieres otra cosa, Genoveva?... ¿Te puedo servir en algo más? ¡Dímelo!...
Otro quejido que revelaba el complemento de los grandes dolores, la falta del último consuelo, la soledad del alma, se escapó entonces de los labios de la anciana.
-¡Sí, sí, de mucho!... ¿Pues no lo ves? ¡Para poder llorar delante de alguien, para tener quien llore conmigo!...
Y al despedirse, serena ya del todo y consolada en lo posible, dijo a la Villasis con intención marcadísima:
-Te advierto que yo sólo te he pedido que vengas mañana a casa... De lo demás que pudiera sobrevenir nadie me hará responsable, y puedes negarte sin miedo.
Y añadió con tristísima sonrisa:
-Si yo estuviera en tu caso, haría lo mismo.
La marquesa de Villasis tardaba; eran ya las tres y media y el respetable Butrón sentía angustias de muerte, temiendo verse por segunda vez chasqueado por la dama. Con el ojo pegado al agujerillo del telón disimulaba su mal humor y sus temores, por no exponerse a las machaconas observaciones del señor Pulido, mientras observando este por el otro agujero, se afirmaba más y más en los suyos, ofreciendo ambos al que entraba por el fondo del teatro un espectáculo original y extraño en demasía. Hallábanse los agujeros bastante bajos por estar disimulados, en el lado opuesto, entre el bordado del escudo, y hacíase preciso, para observar por ellos, ponerse en cuclillas, posición harto molesta, muy semejante, por no citar otras, a la que usan los salvajes de Ohio para deliberar en el Consejo. Ovidio no refiere si el enamorado Píramo se ponía en actitud tan cómica cuando buscaba en la muralla una hendidura por donde contemplar a Tisbe; si así era, fortuna tuvo el galán en no ser visto por la dama.
De repente, sonaron hacia el fondo del teatro pasos importunos, que hacían crujir las tablas del escenario; furioso Butrón volvióse agitando las manos extendidas e interpelando en colérico sotto voce al imprudente, como al bueno de Kent el rey Lear:
-¡Despacio, demonio, despacio!...
Era el tío Frasquito, que llegaba atropellando la consigna de no permitir la entrada en aquel recinto, apresurado y ansioso por ver lo que pasaba en el congreso femenino, luciendo una corbata vistosísima, prenda hermafrodita en que profundos observadores suelen encontrar, reflejado con frecuencia, el carácter moral del individuo. La del tío Frasquito era la corbata de gran maestre de los micos de Currita, de seda azul japonesa, sujeta coquetamente con el alfiler de una sola perla. Habíale encargado la Albornoz venir a buscarla a casa de Butrón, para darle sin pérdida de tiempo sus primeras disposiciones de presidenta.
Hizo el recién venido al diplomático mudas señas de que no se molestase, y renegando Robinsón por lo bajo, volvió a su observatorio, encargando disimuladamente al señor Pulido que saliese a repetir a los criados la rigurosa consigna. Mas temeroso este de que le usurpara su puesto el intruso, hízose el desentendido, dejando abierta la puerta a la mayor calamidad que por ella pudiera entrarse.
Mientras el tío Frasquito buscaba en vano otro agujero y decidíase, no encontrándolo, a abrirlo él mismo disimuladamente con un cortaplumas, una gran sombra apareció en el fondo de la escena, deslizándose muy despacio, con el cuerpo agobiado, los pies arrastrados, la mano extendida... Era Diógenes, el cínico Diógenes, que al ver a los tres personajes pegados al telón, vueltos de espalda y puestos en cuclillas, detúvose un momento, dejando escapar una risa silenciosa, risa de chacal, risa de hiena, que de verla el tío Frasquito hubiera sentido erizarse los pelos e su peluca. Cruzóse de brazos, movió de arriba abajo la gran cabezota y desapareció sigilosamente por entre los bastidores, metiéndose luego por debajo del escenario como un nihilista que se zambulle en el centro de la tierra para fraguar siniestros proyectos...
-¡La Villasis! ¡La Villasis! -susurró en aquel momento Butrón con aire de triunfo; y pegó al punto el ojo al agujero, para no perder ningún incidente de la escena que iba a seguirse.
La marquesa entraba, en efecto, causando su presencia un movimiento general de sorpresa, seguido de un murmullo prolongado que disipó las angustias de Butrón, hizo sonreír triunfalmente a la de Bara y morderse los labios a Currita, adivinando desde luego una rival, la más temible, porque era la más detestada. En la conciencia de todas las señoras presentes brotó al mismo tiempo la idea de que aquella era la llamada a ser la presidenta, porque a todas se imponía la marquesa por diversos conceptos: las sensatas y honradas admiraban en ella el tipo de la gran señora de virtud y de prestigio, digna y afable, que, firme en sus convicciones en medio de una sociedad frívola y corrompida, imponía sobre todos, callando siempre, la poderosa crítica del buen ejemplo. Las otras, más ligeras o menos honradas, veían, sin embargo, en ella la mujer de talento, la dama de gran nombre, de riquezas inmensas, de carácter firme e independiente, que sin prescindir jamás de las justas conveniencias que exige un rango elevado, sabía sacudir toda imposición que repugnase a su conciencia o a su decoro, constituyendo así lo que admiran tanto las medianías rutinarias, que sólo saben copiar lo que halaga la vanidad o seduce al instinto: un tipo original, genuinamente noble, digno y honrado.
Algunas, ignorando, como ignoraban todas, excepto la Butrón y la de Bara, el modo cómo había de nombrarse la junta, dejaron escapar la idea entre sus misteriosos cuchicheos, y la señora de Martínez, con ingenua sinceridad, algún tanto lugareña, soltó esta frase, que hubiera provocado en otra ocasión las crudas sátiras de la de Bara:
-¡Esa sí que es una marquesa de veras!...
María Valdivieso, con su falta de tacto acostumbrado, inclinóse hacia Currita como para quitarle una pelusilla que desperfeccionaba el complicado lazo de las bridas de su sombrero y le dijo muy bajo:
-¿Eh?... ¿Qué tal?... Con esta prójima no contábamos... ¿Te inquieta?...
Irguióse la otra como una Juno a quien dijeran que la ninfilla más patimondada del Olimpo iba a sentarse en su carro tirado por pavos reales, y contestó desdeñosamente:
-¿A mí?... Jamás me ha merecido ni un bostezo, que es el último de los gestos despreciativos...
También la marquesa de Villasis hacía sus observaciones. Tendió la vista por la sala y pudo contemplar, desde luego, el Madrid heterogéneo de siempre, en que la virtud y el vicio se mezclan en amigable consorcio, representando la historia eterna de la manzana podrida que comunica a las sanas su podredumbre y sus gusanos, sin tomar de ellas ni el sabor exquisito, ni la fragancia saludable; la indecorosa y dañina mescolanza de grandes nombres y grandes vergüenzas, honras sin tacha y reputaciones escandalosas, revestidas todas con el mismo brillante barniz de formas elegantísimas, barajadas y confundidas por el mismo apetito ciego de placeres, por los mismos impulsos necios de vanidad, por el mismo afán irresistible de sacudir el ocio, de distraer el tedio, espantosa y continua tentación de los grandes y de los ricos, que les arrastra a todas sus extravagancias y les lleva a todos sus extravíos.
-¡Señor! -pensaba la dama-. ¡Qué grande obra sería la de deshacer esta mescolanza que repugna, que envenena, que liberta el vicio de toda sanción social que le marque la frente como con una señal de infamia, y lo contenga, ya que no con el temor de Dios, con la vergüenza al menos y con el respeto humano; que familiariza con el escándalo hasta a las conciencias más rectas, y destruye la poderosa barrera de horror y de extrañeza que debe separar al bueno del escandaloso, y comenzando por hacer a este tolerable, acaba por hacerle pasar por imitable!... ¡Qué grande obra haría quien con el mismo espíritu de caridad cristiana con que se fundan asilos para huérfanos y casas de refugio para doncellas en peligro, fundase un salón para mujeres honradas y hombres decentes, en que sin riesgo alguno de mal ejemplo pudiese encontrar la juventud las justas, legítimas y aun necesarias distracciones propias de sus años; hallar sin desvergonzada levadura ese trato señoril y digno a la vez que alegre y placentero, que afina y suaviza las inclinaciones del hombre, fortalece y alecciona las de la mujer, y fomenta el trato mutuo y el mutuo conocimiento de que brotan castas simpatías, germen de puros y tranquilos amores, que sirven de base solidísima a matrimonios felices y meditados, de que nacen luego familias cristianas y ejemplares!... Y la caridad, la caridad derivada del cielo, única santa y legítima, que todo lo ve con sus ojos de lince, que todo lo abarca con su actividad insaciable, que todo lo precave con su perspicacia amorosa, y no deja dolor sin alivio, ni pena sin consuelo, ni llaga sin remedio, ¿no se ha fijado nunca en esta úlcera ensangrentada?... ¿Acaso es más digna de lástima la pobre labriega, la infeliz criada de servicio que el abandono precipita en un lodazal de escaleras abajo y salva la caridad en una casa de refugio, que la encopetada señorita, la rica heredera que un abandono distinto, sólo en la forma, precipita del mismo modo en otro lodazal de salones adentro?... ¡Y pensar que no es tan difícil el remedio como a primera vista parece; que bastaría quizá que una mujer de prestigio y de energía, cerrando los oídos a indecorosos respetos humanos y a culpables condescendencias sociales, fundase, por el amor de Dios, un salón de refugio, lanzando a los cuatro vientos de la alta sociedad madrileña, por toda esquela de convite, esta estupenda noticia: «La marquesa tal, o la duquesa cual, se queda todas las noches en casa, para las señoras honradas y los caballeros decentes»!...
Y cuando algo muy hondo, pero muy claro y distinto, le decía a la Villasis en el fondo de su conciencia que ella podía y aun debía ser aquella tal marquesa o aquella cual duquesa, vino a distraerla de sus extrañas reflexiones la voz de Genoveva Butrón, que dando ya por reunido el congreso femenil, comenzaba a exponer el objeto de aquella junta.
La marquesa ateníase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por Butrón, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras gordísimas marcadas por el diplomático; hablaba muy despacio, con sencillez exenta de toda pedantería y el aplomo y la seguridad que dan a las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrón, en cuclillas, delante de su agujero, seguía con el alma en un hilo el discurso de su mujer, extendiendo las manos y llevando el compás como un director de orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende de sí con extraños pases el misterioso fluido. Quedó bastante satisfecho.
La miseria en que yacían los infelices soldados heridos en la campaña del Norte era grande y dolorosa, y debía precisamente despertar en el corazón de todas las señoras españolas los sentimientos más compasivos... Por eso habíase atrevido ella, la Butrón, a citar a todas las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasión hacia aquellos infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una asociación de señoras que, propagada por todas las provincias, pudiera allegar cuantiosos recursos para este objeto.
A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la solemne expectación de ejércitos enemigos que esperan para venir a las manos el sonido de la primera descarga.
La baronesa de Bivot, el bizarro Zumalacárregui, rompió el fuego la primera con la certera puntería de la lógica más exacta.
-El pensamiento no puede ser más caritativo ni más santo, y supongo que merecerá la aprobación de todas estas señoras, como merece la mía -dijo, echándose lentamente fresco con el abanico-. Pero debo hacer notar que en la campaña del Norte hay dos ejércitos españoles...
Y la pícara vieja acentuaba lo de españoles con una ambigua risita que hacía saltar a Butrón detrás de su agujero...
-... Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se alleguen se dividirán en dos partes iguales: una para los heridos del Gobierno y otra para los carlistas...
Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrón, que bufaba fuera de sí en su escondite.
-¡El demonio de la vieja!... ¡Pues no faltaba más!... ¡En eso estaba yo pensando! ¡En que con los fondos de mi asociación comprasen fusiles los carlistas!... ¡Y la estúpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio: contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aquí un ochavo... ¡La denuncio primero!
Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta tenía aquella lógica observación, tan oportuna e inesperada. La Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudió al punto en su auxilio.
-La baronesa tiene mucha razón -dijo-; pero sin duda no se ha fijado en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitirá, sin duda, que se repartan en el ejército toda clase de recursos; pero imposible es que tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la asociación tendrá que limitarse a socorrer a los heridos del ejército, dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los carlistas...
Y dirigiéndose a la baronesa, añadió con significativa sonrisa:
-Supongo, baronesa, que usted conocerá bien el camino; pero si alguna no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar socorros a esos infelices, que no están menos necesitados, ni son menos dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo entregaré a Genoveva; la otra mitad la enviaré por este conducto de que hablo a los carlistas...
¡Bonito se puso Butrón! A las primeras palabras de la marquesa, respiró con fuerza, murmurando: «No está mal el remedio». Mas cuando vio, por el giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que exponía, que no era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podían imitar otras muchas, saltó fuera de sí muy incomodado, gruñendo entre sus bigotes puestos en punta:
-¡Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo quita, nos lo roba...
El señor Pulido, con su flemática suavidad, díjole entonces:
-Descuida, Pepe..., pocas darán si hay que dar en secreto...
El valiente Zumalacárregui, parado en firme con la réplica no menos lógica de la Villasis, replegó su guerrilla y parapetóse en el monte Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.
La marquesa de Butrón aprovechó tan favorable coyuntura para reanudar su discurso por la parte más espinosa... Era necesario nombrar una junta directiva, y a este propósito iba a leer una candidatura formada con el consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobación de todas las señoras presentes.
El golpe era atrevido y la imposición resultaba manifiesta; preciso era suponer que nadie osaría oponerse a un plan propuesto en su propia casa por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubiérase podido oír el inquieto pestañear de Butrón y de Pulido, pegados a sus agujeros; los resoplidos que costaba al tío Frasquito mantenerse tieso en su incómoda postura, y los amagos de risa de Diógenes, que, metido en la concha del apuntador, frente al telón y de espaldas a la concurrencia, ocultábase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algún plan endiablado que le hacía reírse a sus solas.
La marquesa sacó un gran pliego y comenzó a leer esforzando la voz un poco:
-Presidenta: excelentísima señora marquesa, viuda de Villasis.
Murmullo general de aprobación... Brusco movimiento de Currita y repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse en sus claras pupilas... Tras el telón, Butrón sonríe satisfecho y Pulido suspira desahogado; el tío Frasquito, sorprendido y acongojado al ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al telón, poniendo en riesgo el que guardan sus compañeros: mudos ademanes y miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Diógenes hace una mueca que quiere decir: «¡Estáis frescos!», y prosigue riéndose solo... La marquesa de Butrón continúa leyendo:
-Vicepresidenta: excelentísima señora condesa de Albornoz.
Silencio profundo... Doscientos ojos escrutadores se fijan en la elegida, e Isabel Mazacán le envía desde lejos un irónico saludito de enhorabuena... Currita se muerde los labios y aparecen istrías sanguinolentas en torno de sus pupilas; un pedacito de encaje del pañuelo resbala por la seda de su falda y cae sobre la alfombra... Tras el telón, Butrón se azora de nuevo; Pulido murmura: «¡Lo dije!», y el tío Frasquito desiste de velarse el rostro con las manos por miedo de perder de nuevo el equilibrio... Diógenes ha desaparecido de la concha... La marquesa de Butrón prosigue:
-Vocales: excelentísima señora duquesa de Astorga, excelentísima señora condesa de Villarcayo...
Movimiento de horror en las huestes de Zumalacárregui...
Gesto de protesta del caudillo... La agraciada sonríe con una cara de babieca que revela la razón por que figura en la lista... La marquesa de Butrón continúa:
-Excelentísima señora condesa de Minahonda. Excelentísima señora doña Servanda Molinillos de Martínez.
Modestísimo rubor en el rostro de la agraciada, que extiende las manos y mueve la cabeza diciendo que no... La duquesa de Bara la anima cariñosamente... La García Gómez detiene su indignación, hasta ver si está ella incluida en la lista... Tras el telón, Butrón mira a Pulido, y Pulido mira a Butrón, y ambos se ríen... El tío Frasquito, envuelto en su dignidad, permanece en cuclillas... Diógenes aparece sobre el tablado y busca algo junto a la pared, dentro de los bastidores del lado izquierdo... La marquesa de Butrón prosigue...
-Excelentísima señora condesa de Nacharnudo. Excelentísima señora duquesa de Bara...
Recóndito asombro de esta al verse incluida en el grupo en que por exigencias de Butrón habían de figurar tan sólo mujeres honradas... La marquesa hace una pausa, examina un momento al auditorio y prosigue leyendo:
-Secretaria: excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla...
Fogosísimo brinco de Leopoldita Pastor, que esperaba la plaza, y enérgico «¡Indecente!» que revolotea anónimo en el aire sin saber dónde posarse... Carmen Tagle se desternilla de risa... La agraciada guarda majestuoso silencio, compónese las gafas de oro y proyecta reparar en la retórica de Marco Tulio la parte preceptiva de los documentos oficiales... La duquesa de Astorga la felicita sin pizca alguna de malicia... Tras el telón, Butrón espera, Pulido teme, el tío Frasquito medita... Diógenes ha encontrado junto a la pared un cordelito que parece bajar del techo y lo examina detenidamente... La marquesa de Butrón concluye:
-Tesorera: excelentísima señora doña Ramona Gómez de López Moreno...
Amago de apoplejía en la interesada... La duquesa consuegra la saluda desde lejos... Grandes cuchicheos que crecen, crecen cual ráfaga de viento huracanado que comienza por silbar y acaba por rugir.. De repente, crujido misterioso... Silencio profundo... Sorpresa general.
Diógenes ha tirado del cordelito, el telón sube rapidísimo y aparecen los tres Píramos en cuclillas, Butrón, Pulido y el tío Frasquito, ante los ojos asombrados de aquel centenar de Tisbes... Cuadro final.
La asociación de señoras hizo fiasco y sólo dos meses más tarde pudo Butrón, a costa de trabajo, organizar otra nueva, en forma muy distinta, que no dejó de hacer, sobre todo en provincias, un agosto abundantísimo. La marquesa de Villasis habíase negado rotundamente a aceptar la presidencia; Currita rechazó la humillante oferta de un cargo secundario, con muestras de gran resentimiento; las carlistas, muy indignadas, tiraron por un lado, y las radicales, muy ofendidas, se fueron por el otro, dejando vacante el canto épico a la caridad que perpetraba en silencio la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, y vacío el gran bolsón Pompadour de terciopelo rojo que la señora de López Moreno pensaba encargar a la modista para recoger las colectas. El señor Pulido desplegó las tres falanges de su dedo índice para decir, agitándolo de arriba abajo: «¡Lo dije, lo dije!», y el sesudo diplomático, con la energía de la constancia que no consiste en hacer siempre lo mismo, sino en dirigirse siempre al mismo fin, tomó por otro camino para llegar a su objeto, consolándose con que Napoleón cometió también faltas en la guerra de Rusia, Ciro en la de los Scitas, César en África y Alejandro en la India.
Hubo al otro día en la casa de la Albornoz congreso de ofendidos, y la altiva dama adoptó por suya la respuesta de Marat a Camilo Desmoulins y Freron, cuando le proponían estos refundir el periódico de ellos, La Tribuna de los Patriotas, en el suyo, El Amigo del Pueblo: «El águila va siempre sola; los pavos forman manadas». Ella era el águila y las demás señoras los pavos; Butrón era el pavero.
La suerte de aquellos infelices heridos del Norte condolía, sin embargo, a la sensible condesa, y resolvió hacer ella sola y por su cuenta propia cuanto estuviese en su mano para aliviarla, entendiéndose directamente con el general en jefe del ejército y con el bizarro general Pastor, hermano de Leopoldina. Convocó a sus micos, reunió a sus íntimos y trazóse un plan encantador de fiestas, bailes y regocijos a beneficio todos de los heridos, entre los que había de llevarse la palma una famosa kermesse ideada por Currita, a imitación de la organizada en París por El Fígaro, en el teatro de la ópera, a beneficio de los inundados en Szegedin. Las actrices más famosas y las damas más conspicuas, niveladas por el mismo sentimiento compasivo, habían hecho en ella prodigios de caridad, sacrificando, en aras de los pobres, los quilates más o menos subidos de sus respectivas vergüenzas. En dos horas escasas había recaudado madame Judic más de cinco mil francos vendiendo marrons glaces. ¿Qué no recaudaría Currita vendiendo por media hora, aunque sólo fueran altramuces o garbanzos tostados?
Faltaba, sin embargo, al proyecto el visto bueno de Jacobo, requisito sin el cual no osaba la dama dar un paso en nada que hubiese de aventurar dinero, y justamente Jacobo no pareció por allí en toda la noche, ni vino tampoco a almorzar al día siguiente, según su costumbre ordinaria. Alarmada Currita, envió un recado a casa del amigo ausente, para informarse de la causa de su extraño eclipse; la respuesta del lacayo fue terminante:
-El señor marqués de Sabadell había salido de Madrid la noche antes.
Currita se quedó helada... ¿Marcharse Jacobo sin decirle una palabra, sin enviarle un recado, sin ponerle siquiera cuatro letras?... ¡Qué puñalada para su corazón y, sobre todo, qué bofetón para su amor propio! Porque ¿qué dirían las gentes cuando llegaran a traslucir el desprecio y el desvío que aquello representaba?...
Pasaba esta escena en el comedor, donde los dos esposos almorzaban en compañía de María Valdivieso, Celestino Reguera y Gorito Sardona, cuya flamante corbata azul indicaba ser aquel día el mico de guardia. Miraron todos a Currita con grande extrañeza y aire de pregunta al saber la marcha de Jacobo, y Villamelón, suspendiendo por un momento la actividad febril con que manejaba el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII, dijo con voz lastimosa:
-¡Jacobo anda mal y me da pena!...
Y como si el dolor que inspiraban los males de su amigo sirviera para facilitar sus funciones digestivas, embaulóse de un golpe una côtelette entera, que se le deshizo en la boca de puro blanda, cual si fuese un merengue.
-Pues, hijo -replicó María Valdivieso-, no sé que padezca del pecho... Está gordo y robusto; Paco Vélez me lo decía ayer: va echando papada de comerciante de ultramarinos.
-Si no es eso, María, ¿sabes? -dijo Villamelón con la boca llena-. Digo que anda mal, porque anda en malos pasos. ¿Me entiendes?
Callaron todos, metiendo las narices en el plato, y los rabillos de cada ojo fueron a fijarse en Currita, que desganada, sin duda, mondaba con suma pulcritud y esmero un hermoso albaricoque. Villamelón, que luchaba siempre en la mesa entre sus ganas de hablar y sus ganas de comer, prosiguió con alguna impaciencia.
-La francesita esa..., esa... ¿Cómo se llama? ¡Señor, por días pierdo la memoria!... Tú, Gorito, ¿sabes?... ¿Cómo se llama, hombre?... La de las camelias.
Gorito abría mucho los ojos y estiraba la boca sin acordarse de nada, nada... Su memoria se había quedado de repente limpia, rasa, cual una hoja de papel blanco. María Valdivieso hizo a Currita un rápido guiño, como dándole a entender que ella podría informarle de grandes cosas, y Villamelón concluyó cada vez más impaciente:
-Pues nada, no me acuerdo... Pero, en fin, esa..., esa es la que lo está desplumando.
Hízose el silencio aún más embarazoso y el geniecillo maléfico de la hilaridad comenzó a revolotear en torno de los comensales, como si a todos ocurriese que las plumas arrancadas a Jacobo salían del pellejo de Villamelón. Currita, mondando siempre su albaricoque, aprovechó un momento en que los criados se alejaban para decir a media voz con su acento más suave:
-Pero, Fernandito, vida mía, si tienes el don de la importunidad; si pareces un reloj descompuesto... ¿A quién se le ocurre hablar de esas cosas delante de los criados?... Sabe Dios lo que pensarán del pobre Jacobo...
Villamelón, con mucha dignidad, replicó al punto:
-Mira, Curra, en la mesa no discuto... ¿Sabes?... Pero tienes parcialidad por Jacobo y vas a llevarte un chasco muy grande, muy grande... ¿Me entiendes, Curra?... Ese viajito repentino me da mala espina: apuesto a que no va solo.
Currita puso en el plato el albaricoque ya mondado, lavóse las puntitas de los dedos en el enjuagador de rico cristal de Venecia que tenía delante, y mirando las gotitas de agua que se desprendían de sus rosadas uñitas, dijo ingenuamente:
-¡Pues claro está!... Llevará algún ayuda de cámara...
Sulfuróse Villamelón y miró a su mujer y luego a Gorito y después a Reguera con cierta especie de colérica complacencia retratada en el semblante, arrebatado y apoplético por los vapores que le subían del repleto estómago... ¡Le exasperaba a veces aquella sencillez de Curra, que jamás podía comprender la malicia de ciertas cosas!...
Terminóse al fin el almuerzo y Currita salió del comedor del brazo de su prima, llevando en la mano un platito de porcelana con migas de pan, para dar de comer a los pececillos de colores que en una magnífica pecera de cristal y bronce dorado adornaban una de las galerías... La enamoraban a ella aquellos animalejos de colores tan brillantes, y la pesca era, entre los placeres del sport, el que más emociones le causaba.
| Regalaréte entonces | |||
| Mil varios pececillos | |||
| Que al verte, simplecillos, | |||
| De ti se harán prender. |
María Valdivieso oía estupefacta aquellas expansiones idílicas, cuando esperaba ella que Currita se apresuraría a interrogarla con el mismo furor y los mismos transportes con que Otelo interrogaba a Yago. El chasco le pareció pesado, y exclamó muy despechada:
-¡Vaya unas emociones que tiene la pesca!... No encuentro definición más exacta que la que daba uno de la caña de pescar: «Un palo largo que termina por un lado en un pez y por otro en un tonto».
-Cuestión de gusto -replicó tranquilamente Currita.
Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablándoles con el cariño y el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...
-¡Hola, tragoncillos! ¿Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos hay... ¡Mira, mira, María, cómo abren el hociquito!... ¡Qué delicia! ¡Qué monada!
-Pero esta mujer tiene sangre de chufa -pensaba la Valdivieso muy enfadada-. ¿Sí?... Pues, aguarda, allá va... ¡Anda, fastídiate!...
Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villamelón, horrores..., horrores de Jacobo... Paco Vélez se lo había dicho todo la noche antes: ella, ¡claro está!, por prudencia había callado tanto tiempo; pero ya era hora de hablar, y a fuer de buena amiga debía desengañarla...
-¡Pícaro! ¡Tragón!-dijo en aquel momento Currita-. ¡No le muerdas!... ¿Habráse visto?... ¿Para quién son esos sopirritones?... Para ti... ¿Para mí, esos sopirritines?...
E incorporándose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:
-Hija, dispensa. ¿Dónde decías que vive esa francesa?
-¡No, si no lo decía! -gritó la otra pasando del despecho a la furia-, pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de Rebollo, número 68, en un hotel. ¿Te enteras? En un hotel muy bonito, y se llama... ¿Cómo se llama?... Pues, señor, no me acuerdo; ello era un nombre así como de píldora.
-Chismes, mujer, chismes de gente ociosa -replicó Currita sobando tranquilamente sus migas.
Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las píldoras conocidas y hacía esfuerzos inauditos para grabar en la memoria la calle de Rebollo y el número 68.
-¿Chismes? -exclamó fuera de sí la Valdivieso-. ¿Y también es chisme lo del viaje... con el ayuda de cámara, por supuesto?...
-¡Pues claro está que lo es! -exclamó Currita de repente, echando con mucha cólera todas las migas en la pecera-. ¡Chisme, chisme, y de malísima intención, María!... ¿Si lo sabré yo, caramba?... Sino que de todas las cosas no se ha de dar un cuarto al pregonero... Tú eres mi amiga y te lo digo en secreto: Jacobo ha ido a negocios del partido y estará de vuelta muy pronto... ¡Ya ves cómo se escribe la historia!...
-¡Ya! -exclamó María Valdivieso tragándose la bola. Y Currita respiró al fin algo más desahogada, porque aquella mentira, que se apresuraría la prima a propagar por todo Madrid, por habérsela dicho en secreto, dejaría a los ojos de las gentes la herida de su amor propio disimulada.
A las tres pidió la señora condesa la berlina y dio al lacayo, como la cosa más natural del mundo, las señas de Jacobo. Vivía este en la calle de Alcalá, en un precioso cuarto de soltero, y constaba su servidumbre de un ayuda de cámara, un jockey, una ama de llaves y un cocinero; en las cuadras, situadas al final de la calle del Barquillo, tenía cuatro caballos ingleses, tres de tiro y uno de silla, una berlina, un char-à-bancs y una victoria. La munificencia de los esposos Villamelón sufragaba todos estos gastos, que había de pagar el fiel amigo cuando al verificarse la Restauración pudiera sacar el jugo a la cartera, precio de sus misteriosos papelitos...
Currita subió ligeramente al entresuelo, vivienda de Jacobo, y por tres veces tocó el timbre, sin que nadie contestara; abrióse al fin la puerta y apareció el jockey sin librea, cuello ni corbata, brillantes los ojos, arrebatadas las mejillas y oliendo a vino a dos metros de distancia. Aturdido, al verse frente a frente de la dama, dio un paso atrás, diciendo atropelladamente:
-El señor marqués está fuera...
Ya lo sé... Busco a Damián.
No fue necesario llamarlo: por el extremo del pasillo asomaba este la cabeza, y veíanse detrás el ama de llaves y el cocinero, todos rubicundos y sofocados, como si viniera a sorprenderles la visita al final de un opíparo banquete. Damián se adelantó muy sereno, cruzando con el turbado jockey un guiño picaresco, un gesto de pillo redomado, que vio muy bien la condesa, sintiendo, a pesar de su vergüenza, que se le sublevaba allá por dentro lo poco de gran dama que quedaba en ella.
-Pase vuestra excelencia, señora condesa -dijo.
Y abrió muy presuroso de par en par las dos puertas del salón, levantando la cortina de terciopelo para dar paso a la dama; atravesó esta rápidamente la pieza, abrió por sí misma la puerta de un gabinete y no se detuvo hasta llegar al despacho de Jacobo, como si todo aquello le fuese muy conocido. Sentóse en un sillón y dijo:
-¿Pero qué es esto, Damián?... ¿Cómo ha sido esa marcha tan repentina?... Sólo pude ver al señor marqués un momento, y eso delante de la gente...
-Pues no sé -replicó Damián encogiéndose de hombros-. El señor marqués se levantó ayer a la una y salió sin almorzar de casa... Volvió a eso de las seis y mandó preparar las maletas.
-¿Llevó mucho equipaje?... Me dijo que pensaba detenerse varios días.
-Sí, señora; llevó un mundo y dos maletas. Yo mismo las hice.
-¿Y fue por fin solo?... Me dijo que quizá tendría que acompañar a unas señoras francesas...
Quedóse Damián muy parado y tornó a encogerse de hombros.
-Demetrio le acompañó a la estación... Yo me quedé en casa.
-Llame usted a Demetrio... Me interesa saberlo.
Llegó Demetrio medio borracho y tomó a mirar a Damián, disimulando una sonrisa... Él no había visto nada entre tanto bullicio, pero en el coche en que se acomodó el señor marqués había ya otros equipajes...
-¡No iba en sleeping?
-No, era un reservado.
Currita se mordió los labios.
-¿Y les ha dejado aquí sus señas?
-No, señora.
-Lo decía para que pudieran enviarle el correo... Amí me las ha dejado.
-Si la señora condesa quiere enviárselo, yo le llevaré las cartas que lleguen.
-Sí, eso es lo más derecho y lo más pronto -dijo vivamente Currita.
Y en aquel momento entróle deseo vehementísimo de ver toda la casa: era muy bonita y estaba todo muy bien puesto: el salón, los dos gabinetes, el despacho, la alcoba, el cuarto de baño, el tocador... Un cuadro le llamó la atención en esta última pieza: representaba un ramo de camelias, saliendo del centro el busto de una mujer rubia muellemente reclinada en aquel lecho de flores, con mucho arte dispuesto... ¡Oh!, no había duda, era la francesa anónima, la del nombre de píldora que tan cruelmente se le estaba atragantando a ella. Detúvose a mirar el cuadro con aire de inteligente.
-¡Bonita idea!... La fattura es correcta... ¿Quién es?...
De nuevo se encogió Damián de hombros.
-Es una francesa, huérfana de un general, que pinta esas cosas... El señor marqués le compró hace tiempo ese cuadro...
-¡Ah, sí!... Ya sé quién es: vive en la calle de Rebollo, número 68. ¿Cómo se llama?...
-Se llama..., se llama... Pues no me acuerdo. Una cosa rara, así como un nombre de jarabe...
Currita moderó un movimiento de impaciencia, porque la cosa iba ya picando en historia. La una decía que era nombre de píldora y el otro que de jarabe, y sólo se sacaba en claro que era cosa de botica.
Al pasar por el comedor salió a saludarla el ama de llaves, muy atenta y obsequiosa, ensanchando cuanto pudo su robusta persona para taparle la vista de la mesa en que se hallaban los restos de la francachela que, en ausencia de su amo, celebraban aquellos granujas. Acudió el cocinero por el otro lado, pillo de siete suelas con aire de bonachón y campechano, y la invitó también a ver su cocina. Currita se puso muy encarnada... y no se atrevió a rehusar.
Apretando los puños de rabia y de despecho, entró la dama en su berlina y dio orden al cochero de ir a casa del general Belluga... Aquella taimada risita del jockey, aquel barullo inverosímil que le impedía ver si su amo acompañaba a unas damas, dábanle malísima espina y preciso era que ella apurase la verdad por sí misma.
El coche del general estaba en la puerta, reclinado el lacayo contra el quicio, tieso el cochero en el pescante con la fusta enarbolada. La condesa encontró en la escalera, prestas a salir de paseo, a la generala y a sus hijas, dos ángeles acabados de salir del colegio de York, en Inglaterra, que comenzaban a perder en la atmósfera viciada de los salones su perfume natural de candor y pureza, como pierden su sana fragancia el romero y el tomillo encerrados en una caja de almizcle. Llamábalas la condesa sus ahijaditas, porque en su famoso baile de ancha base habían sido presentadas bajo los auspicios de la dama por primera vez en el mundo.
Las señoras quisieron volver atrás, y Currita, sin oponerse mucho al cumplido, consintió bien pronto en ello... ¡Oh!, traía ella las de Caín; como que venía nada menos que a embargarle por la tarde a una de sus ahijaditas; estaban atareadísimas ella y otras señoras, pidiendo por todas partes hilas para los pobrecitos heridos y objetos de todo género para la rifa, la kermesse, que prometía estar divertidísima. Habíanla dejado a ella sola aquella tarde, y por eso venía a buscar una companera agradable, un ángel de la guarda que la ayudase a tender la caña.
¿Qué corazón compasivo resiste a un anzuelo semejante?...
Y besó en la mejilla a la mayor de las dos hermanas, Margarita, que fijaba en ella sus ojazos de color de cielo, sonriendo con la inocencia con que sonríe un niño a los varios juegos de luz que forma el reflejo sobre las brillantes escamas de una serpiente. La generala aceptó en seguida, creyéndose honradísima, y aquella señora ejemplar, aquella madre cariñosa y cristiana que había educado a sus hijas en el santo temor de Dios y en el cercado de la pureza, fió sin reparo alguno el más bello de sus ángeles a aquella pícara redomada, aquella bribona indecentísima...
Salieron todas juntas delante la Albornoz, apoyada en el brazo de Margarita; en mitad de la escalera volvióse aquella muy animada:
-Como despacharemos tarde, me llevaré a comer a mi ahijada. ¿Me da usted su permiso?
-¡Pues no faltaba más, condesa!
-¡Gracias, querida, gracias!...
En el tarjetero de la berlina traía Currita un papelito en que se veían apuntados gran número de nombres y de señas; hicieron dos visitas, a una magistrada del Tribunal Supremo y a una brigadiera de artillería, dignísimas señoras, a quienes, después de sacar los cuartos la olímpica condesa, puso en ridículo con desvergonzado gracejo, haciendo desternillar de risa a la inocente Margarita. Entonces dio al lacayo unas señas que estaban apuntadas con lápiz, las últimas, de su letra misma.
-Calle de Rebollo, número 68... Hotel...
-¿Quién vive allí? -preguntó Margarita.
-Pues no sé... Es una francesa que pinta... Con tal que le saquemos algún cuadrito...
-¿Sabe usted que esto es muy divertido?...
-¡Ya lo creo, divertidísimo!... Ver las caras tan cómicas de esa pobre gente cuando se les pone al pecho el puñal de la caridad. ¡La bolsa... o el ridículo!... Y entregan las pobrecillas la bolsa y se quedan también con el ridículo.
-¿Me traerá usted otra tarde, condesa?...
-Sí, hija mía, con mil amores... Pero no me llames de usted, háblame de tú, dime Curra... ¡Vamos, que no soy tan vieja!...
Llegaron a la calle de Rebollo, número 68, y paró el coche ante el hotel, especie de bombonera, más pretenciosa que artística, más bonita que lujosa. Currita bajó la primera, nerviosa, un poco pálida, pero no de vergüenza ni de miedo, sino de ira, de anhelo, de despecho... Por fin, iba a entrar agarrada al manto de la caridad, haciendo hincapié en las llagas de los heridos del Norte, en la guarida de la fiera, y a cerciorarse por sí misma de si eran de la droga aquella, fuese píldora o jarabe, los equipajes que había visto Demetrio en el coche reservado. Por eso, y sólo por eso, había emprendido la bribona aquella ronda caritativa, escogiendo por compañera aquella inocente niña, incapaz de sondear la capa de cieno que estaba pisando. Un groom monísimo, el que había visto Currita en el Teatro Real la noche del estreno de Dinorah, se hallaba a la puerta: preguntóle ella si las señoras estaban en casa y el chico contestó afirmativamente, haciendo entrar a las damas en un saloncito de la planta baja. Currita pensaba:
-De fijo que está de viaje y me encuentro cara a cara con la vieja...
Un perrillo microscópico y feísimo salió de entre unas mantas al lado de la chimenea y comenzó a ladrar, retirándose después gruñendo y tiritando. Diole a Margarita miedo el feo animalejo.
-¡Parece un diablillo malo! -decía.
Estaba el salón medio a oscuras, los muebles sucios y revueltos, y veíanse prendas de vestir sobre algunas sillas. En una mesa maqueada, de trabajo muy lindo, había, entre varios juguetes de porcelana y un álbum de retratos, una gran chocolatera de cobre, vieja y requemada, con su molinillo de palo muy tieso, chorreando espeso líquido. La condesa mostró a Margarita con la punta de la sombrilla el extraño bibelot, diciendo muy bajo:
-Caprichos de artista...
Margarita rompió a reír, conteniéndose a duras penas, y la condesa, no obstante su preocupación, viose forzada también a soltar la risa, añadiendo a media voz:
-Con tal que no nos mande a la kermesse este utensilio...
Sonó una puerta en el interior, luego otra más cerca, y el groom levantó la cortina: Currita respiró desahogada... Entraba la dama duende, la incógnita de las camelias, con el aplomo y el descoco de una diva de café cantante que se presenta ante el público, fijando en él una mirada de provocación más bien que de temor o de extrañeza. La condesa no se aturdió tampoco; con la exquisita distinción de la gran señora de raza, que tan en alto grado poseía, y el aplomo de la mujer de mundo que encuentra reparos para todos los apuros, y salida para todos los laberintos, y palabras para todas las situaciones, expuso a la dama anónima el objeto de su visita. Ella se conmovió mucho... Amaba a la España muy fuerte, y estaban los carlistas unos brigantes muy atrevidos, como Diego Corrientes y Gosé María.
Currita, al oírle chapurrear tan desastrosamente el castellano, hablóle en francés y ella agradeció la atención con una amable sonrisa. Comenzó entonces a hablar con gran soltura y elegancia, lamentando los estragos de la guerra, ensalzando la misión de la mujer, ponderando la virtud de la caridad con el fuego y el entusiasmo de Vicente de Paúl en persona.
Currita le dijo sonriendo:
-Veo que no me he engañado al apelar a sus sentimientos de usted, y espero que nos enviará algún socorro para nuestros pobres heridos.
-¡Oh!, sí, sí...
-Cualquier cosa, lo que usted pueda... Algún bibelot para la kermesse.
-¡Oh!, sí, sí... Enviaré algún objeto de arte...
Margarita se mordió los labios para no soltar la risa: pensaba si sería la chocolatera el objeto de arte prometido. Currita díjole entonces con graciosa sonrisa:
-Y si ese objeto de arte es obra de su genio de usted, será mucho más agradecido.
-¡Oh!... ¿Mi genio? -exclamó la otra muy sorprendida.
-Sí, su genio he dicho... Ya sabe usted que esas cosas no pueden ocultarse... Su paisana, madame Staël, lo dijo: donde hay genio, brilla.
-¡Oh!...
-El marqués de Sabadell -prosiguió Currita, dejando caer lentamente las palabras- me enseñó aquel ramito de camelias que... le envió usted hace tiempo... ¡Es un quadretto delicioso! Si manda usted a la kermesse una pochade parecida, no habrá regalo que la iguale...
La dama anónima sonreía, sonreía siempre, con los ojos bajos, como abrumada por el peso de aquellas lisonjas que hacían vibrar las aletas de su fina nariz con estremecimientos de rabia. Currita quiso darle el golpe de gracia, y con aire de bondadosa protección dijole entonces:
-¿Y tiene usted muchas discípulas?...
Enderezóse la otra bruscamente, como si la idea de que trabajase para vivir la ofendiera demasiado.
-Me había dicho el marqués que daba usted lecciones de pintura.
-¡Oh!, no, no. No soy profesora: discípula, pobre discípula.
Y con su suave acento y sus modestos meneos disimulaba y contenía el impulso feroz que hace a la gata rabiosa tirarse a los ojos del contrario; diose al fin Currita por satisfecha y marchóse, dejando a su parecer a la dama duende confundida y humillada. Al arrancar la berlina, soltó al fin Margarita la risa, exclamando entre inocentes carcajadas:
-¿Pero qué haría en el salón aquella chocolatera?...
-¿Pues no te lo he dicho? -replicó la Albornoz haciendo coro a las risas de la niña-. De seguro que la manda a la kermesse como un bibelot nunca visto; verás cómo no me equivoco.
Tres días después pudo Margarita convencerse de que su ilustre amiga y madrina se equivocaba por completo... Pedro López había dicho, y millares de lectores lo vieron en La Flor de Lis, que el ángel de la caridad había sentado sus reales en el palacio de la celestial condesa de Albornoz... Fuese o no esto cierto, éralo, sin embargo, que de los cuatro ángulos de la Villa y Corte afluían al palacio preciosos regalos para la kermesse, patrocinada por la dama, que iban quedando expuestos al público con grande primor colocados en los varios salones; por las noches, en uno de ellos espléndidamente iluminado y en torno de una larga mesa cubierta por rico tapiz de tintas oscuras, agrupábase un risueño enjambre de jóvenes doncellas y apuestos donceles -así los llamaba Pedro López- que, barajados y confundidos, formando parejas, y más pegaditos entre sí ellas y ellos de lo que la temperatura ordinaria pedía de suyo, dedicábanse a la caritativa tarea de hacer hilas para los infelices heridos del Norte. Currita, deseando despertar la emulación en provecho de los pobrecitos heridos, distribuíalos de esta suerte, y era verdaderamente un encanto, que arrasaba en lágrimas los ojos, ver aquellas tiernas parejas de inocentes doncellitas de quince a veinte años, y castos mancebitos de veinte, treinta y hasta cuarenta, sacando hilas del mismo trapito, sosteniendo por lo bajo pláticas caritativas que les animaban a la santa obra, todo, por supuesto, bajo la inspección de la angelical condesa de Albornoz, que iba de un lado a otro distribuyendo las parejas, repartiendo los trapitos, recogiendo en bandejas de plata, ayudada de sus micos, la obra ya hecha; animando a los perezosos con una sonrisa, enfervorizando a los tibios con una palabra, prendiendo por todas partes el fuego de caridad que la abrasaba a ella misma. Ni el báculo de san Francisco, ni el manto de santa Teresa, ni el ceñidor de san Ignacio de Loyola hicieron nunca curas tan milagrosas como las que habían de operar aquellas hilas, con tan pura intención trabajadas, en las heridas, llagas y tolondrones de los pobrecitos heridos del Norte. Aquello merecía ser visto, y Diógenes, que lo vio una vez, manifestó en el Veloz-Club, ya muy entrada la noche, lo que le habían parecido las parejas de operarios y lo que le había recordado su directora y maestra...
Los personajes más conspicuos de la corte pasaban por allí pagando su tributo; y hasta don Casimiro Pantojas había hecho una noche sus hilitas, sin más que un ligero percance, hijo de su cortedad de vista: equivocó el trapo con el rico pañuelo de batista de la dama vecina, olvidado encima de la mesa, y púsose muy afanado a sacar hilas de este, haciendo dos pelotones finísimos. Alzó el grito la dama, porque tenía para ella el pañuelo grandes recuerdos, y desolado don Casimiro al reconocer su error, devolvióselo con un fleco en torno de cuatro dedos de ancho.
Dos figuras de primera magnitud habíanse, sin embargo, hecho notar por su ausencia, y eran estas el marqués de Butrón y el tío Frasquito: creíase que un pertinaz constipado tenía encerrado a este entre las cuatro paredes de su casa, y no se ignoraba tampoco que las relaciones del gran Robinsón con la ilustre dama habíanse enfriado algún tanto con motivo de la vicepresidencia ofrecida y desairada. Sorpresa causó, pues, aquella noche ver entrar al peludo diplomático en el caritativo taller de las hilas y acercarse a la condesa con la más risueña de sus caras y el más expresivo de sus gestos; ella dejó escapar al verle una ligera exclamación de infantil alegría, y acrecentó el pasmo de todos gritándole con sus mimitos más suaves:
-¡Butrón... un trapito!... Nada, nada, aquí no se quieren ociosos... Venga usted a sacar hilas conmigo... Allí, junto a mí, en mi mismo trapo...
Y dejando abandonada a su propio impulso la filantrópica tarea de enardecer el fervor de sus operarios, retiróse a un rincón con el diplomático, llevando en la mano un fino trapito cuadrado y una bandeja de plata para colocar las hilas. Nada sabía aún Currita de Jacobo, y al ver entrar al sabio Mentor, figurósele que este le traería noticias del prófugo joven Telémaco. Butrón estaba, sin embargo, en la misma ignorancia, y el mismo pensamiento y los mismos interesados deseos traíanle en busca de la invulnerable Calipso. La repentina marcha de Jacobo habíale alarmado, temiendo que ocultase tras de ella algún enredo que perjudicase a sus trabajos políticos, y fingiéndose enterado de lo que deseaba saber, proponíase arrancar con maña a la dama el hilo del ovillo.
Currita y Butrón se miraron un momento en el apartado rinconcito, como invitándose a hablar mutuamente, y ella, viendo que el respetable diplomático no daba luz ninguna, púsose muy afanada a sacar sus hilas, y comenzó a confiarle sus pesares domésticos... Fernandito andaba muy mal y le inspiraba su salud serios cuidados; su falta de memoria llegaba ya al punto de habérsele olvidado días atrás que había comido, y armar una pelotera terrible, queriendo por segunda vez sentarse a la mesa... Sánchez Ocaña y Letamendi le habían reconocido, y ambos opinaban que era aquello un principio de reblandecimiento cerebral que le llevaría lentamente a la sepultura...
Ella estaba acongojada: si fuese siquiera una enfermedad repentina, que se lo llevara Dios en pocos días... vamos, sensible era siempre quedar una mujer sola, con dos hijos que educar, sin tener a su lado hombre alguno... ¡Pero verle padecer tanto tiempo, consumirse poco a poco, sin esperanza ninguna!...
-Y cada día más tonto, Butrón; crea usted que no exagero... Yo creí que sería imposible serlo más; pues nada, todos los días progresa...
El respetable Butrón dio un suspiro, y poniendo en el anzuelo el cebo de un consuelito, tendió delicadamente la caña.
-Siempre te quedará Jacobo, excelente amigo, que sabrá aconsejarte... ¿No te ha escrito?...
Ella, arreglando con mucho primor su manojito de hilas, contestó sencillamente:
-Sí, ayer tuve carta... Por supuesto, que a usted también le habrá escrito...
-No, no he recibido carta ninguna, pero no me extraña... Al despedirse me dijo que hasta no tener noticias seguras no me escribiría. ¿De dónde te escribe ya?...
Las hilas se enredaron y preciso fue inclinarse hacia la luz para buscar el hilito, haciendo una pausa mientras tanto.
-¿Querrá usted creer que no pone fecha ninguna?... Me dice, sin embargo, que escribe en el restaurant de la estación, esperando el tren ascendente... Como el pobre es tan extremoso, quiso a toda prisa sacarme de cuidados...
-Sí, muy extremoso -replicó Butrón-, pero también muy atolondrado. ¿A que no te pone señas ningunas?...
-No, ningunas...
-Pues ya tú ves, a mí tampoco me las ha dejado, y me precisa enviarle ciertas instrucciones que después de su marcha he recibido... Por eso venía a preguntarte esta noche si sabías tú dónde paraba.
-Pues no lo sé, Butrón, y me tiene esto muy perpleja... Porque Damián me ha traído varias cartas que le han llegado por el correo y no sé dónde enviárselas...
-¡Si falta en esa cabeza algún tornillo!... Preciso será esperar a que escriba de nuevo, y te encargo mucho que en cuanto recibas sus señas me las envíes de seguida.
-Descuide usted, Butrón, pero le encargo también que no tarde en mandármelas si las recibe usted primero.
-¡Oh! -replicó Butrón con mucha galantería-. Imposible es que Jacobo cometa semejante pifia...
-¡Ay, no, no Butrón! -dijo Currita con melancólico acento- No crea usted que me hago yo ilusiones algunas; sé muy bien que no hay rival tan temible para una mujer como la sota de bastos o la esperanza de una cartera...
Y aquí se detuvieron los dos, convencidos por completo de haberse engañado recíprocamente, creyendo ella, hecha una furia, que Jacobo, de acuerdo con Butrón, había marchado a negocios del partido sin decirle una palabra; juzgando él, hecho un basilisco, que Currita y Jacobo se emancipaban de su tutela, constituyéndose en cantón independiente y obrando por cuenta propia en los negocios políticos... Un suceso repentino impidióles seguir explorando con la misma habilidad los respectivos campos: entró un criado trayendo un gran estuche de terciopelo granate muy oscuro, magnífico regalo para la kermesse, que acababan de traer a aquella hora intempestiva con la idea deliberada, sin duda, de que pudiera ser admirado al mismo tiempo por toda la brillante concurrencia. Gorito Sardona, mico de guardia aquella noche, tomó el estuche de manos del lacayo y púsolo sobre la mesa, llamando a gritos a Currita. Acudió esta seguida del diplomático, y un ligero grito que pareció arrancarle la admiración, y le arrancaban en realidad el temor y la sorpresa, se escapó de sus labios a la vista del estuche... Habíale recordado al punto otro enteramente semejante, con la sola diferencia de que sobre el oscuro terciopelo de la tapa de aquel otro se destacaba, bajo una corona de marqués, una caprichosa S de oro mate, y en este sólo se veía en aquel lugar un poco chafado el terciopelo... Tres segundos permaneció, sin embargo, inmóvil, contemplando el estuche, sin osar abrirlo; agrupábanse todos a su alrededor, oprimiéndola y estrujándola contra la mesa, ansiosos de contemplar la maravilla, y no hubo más remedio que apretar el resorte y levantar la tapa...
Una exclamación general de asombro se escapó de todos los labios, ahogando el sordo rugido de rabia y despecho que hinchó la garganta de Currita... Sobre el blanco terciopelo que forraba el interior destacábase, en toda su magnificencia, la obra maestra de Enrique de Arfe, el marco antiguo de plata cincelada que había regalado ella a Jacobo en aquel mismo estuche, con su propio retrato de reina japonesa... Este había desaparecido, y veíase en su lugar otra extraña fotografía: representaba una camelia de tamaño natural, y echada sobre ella como sobre el alféizar de una ventana, aparecía el busto de una mujer, de la dama duende que todos conocían, apoyada la mejilla izquierda sobre ambas manos cruzadas, mirando al frente con provocativa insolencia, sacando la lengua con gesto de pilluelo redomado a todo el que mirase el retrato por cualquier lado que fuese; por debajo, leíase escrito con muy buena letra inglesa:
A LA EXCMA. SRA. CONDESA DE
ALBORNOZ,
Mademoiselle de
Sirop.
Nadie dijo una palabra, nadie hizo un comentario... En el embarazoso silencio que deja al descubierto las grandes vergüenzas, oyóse tan sólo la suave vocecita de la Albornoz, que decía algún tanto temblorosa:
-¿Mademoiselle de Sirop?... ¡Qué delicia!... ¿Si será prima del jarabe Henry Mure que han recetado a Fernandito?...
El despertar de Jacobo fue alegre: había ganado la noche antes, jugando en el Casino hasta las cuatro de la mañana, más de cinco mil duros. Hay, sin embargo, algo en el hombre que despierta antes que la razón y los sentidos, y levanta la voz y grita y no calla ni aun en esos momentos de duerme-vela en que flotan las ideas como cabos sueltos, sin que la voluntad, dormida todavía, haya tenido tiempo de atarlas y enderezarlas o torcerlas a su albedrío. Este algo se llama remordimiento, y él, con su punzante aguijón, puso ante los ojos de Jacobo, antes que los cinco mil duros ganados, las aterradas fisonomías de la mujer y de los hijos del que los había perdido, padre de familia, jugador de oficio, marcado con ese sello de desdicha común a los del gremio, que por ser desdicha buscada no despierta en ellos mismos compasión, sino enojo. En las ganancias del juego, ha dicho uno, hay siempre algo parecido al robo, porque con razón puede decirse que se toma lo ajeno contra la voluntad de su dueño; y si bien es cierto que se gana este dinero ajeno exponiendo el propio, también lo es que los ladrones en cuadrilla exponen sus vidas en las encrucijadas de los caminos, y la vida, aunque sea de un facineroso, vale más que el dinero.
Volvióse Jacobo del otro lado, ahogando estas reflexiones con su voluntad ya despierta, y tiró de la campanilla, murmurando entre dientes:
| Amar a nuestro prójimo | |||
| Nos manda la doctrina, | |||
| Y al prójimo en la guerra | |||
| Le dan contra una esquina. |
Entró Damián, trayendo, como todos los días, el correo y los periódicos, que puso al alcance de la mano de Jacobo sobre la mesa de noche. Abrió luego las persianas, descorrió las cortinas y entróse en el cuarto de vestir para preparar el agua caliente y la ropa del señorito. Habían dado ya las doce y media.
Era Jacobo muy perezoso y costábale gran trabajo arrancarse del lecho; dio en él varias vueltas, estirándose y revolviéndose con esa dejadez del que no tiene cuidados, ni le esperan obligaciones, ni encuentra para saludar al nuevo día otra fórmula, otra oración, otro brote de sentimiento que un prolongado bostezo. Decidióse al fin a sacar una mano, y tomó de sobre la mesilla de noche las varias cartas; eran estas cuatro o cinco, y llamóle la atención, desde luego, una grande y cuadrada que traía el sello del Congreso, porque parecióle notar el tacto que venía en el interior, además del papel, un pequeño objeto redondo. Diole vueltas por todos lados examinando el sobre, con esa necia perplejidad que al recibir una carta de letra desconocida nos impulsa a conjeturar y adivinar lo que con sólo romper el sello podemos saber de cierto. Hízolo así al cabo, rasgando el sobre por completo, y a la duda sucedió entonces en él la sorpresa y el azoramiento; encontróse con un pliego en blanco, de papel muy recio, doblado por la mitad en dos partes: en la superior destacábase, cuidadosamente pegado con goma, un gran sello de lacre verde, del diámetro de medio duro... Al pronto no distinguió bien Jacobo lo que era aquello; llegaba la luz muy debilitada, filtrándose por los visillos del balcón y la gran cortina de tul bordado, en una sola pieza, que arrancando de los lambrequines de damasco amarillo llegaba hasta el suelo barriendo la alfombra. Con grande ansiedad incorporóse bruscamente, inclinando el cuerpo fuera del lecho para buscar la luz, y pudo distinguir entonces en todos sus detalles la empresa del sello: era la escuadra y el compás cruzados en forma de rombo y la rama de acacia, emblema de los masones.
Una sospecha terrible, una idea aterradora con visos ya de evidencia cruzó al punto por su mente cual un pájaro siniestro. Arrojóse de un salto fuera del lecho y corrió al balcón para examinar con mejor luz todavía la extraña carta y el misterioso sello. No había duda: si no era el mismo, era igual a uno de los que había arrancado él en París, en el Grand Hôtel, de los cartapacios que en la logia de Milán le habían entregado... ¿Qué significaba, pues, aquello?... ¿Era una broma? ¿Un aviso? ¿Una amenaza?
Con los ojos muy abiertos quedóse mirando a la calle, como si buscase allí la solución a sus dudas, la respuesta a sus temores... Frente por frente de la suya estaba la gran casa del marqués de Riera, cerrada hacía tantos años, con ese aspecto de secreto, ese aire de misterio que parecen tomar los edificios abandonados por largo tiempo, haciendo fantasear a la imaginación detrás de sus muros recuerdos de crímenes y sombras de aparecidos. El día estaba triste; uno de esos días de lluvia menuda y continua en que sólo se ven en el suelo cieno y lodazales y en el cielo nubes pardas, inmóviles, pegajosas, que parecen lamer las torres y las cúpulas, cual la viscosa baba de un monstruo inmenso. Los transeúntes cruzaban por la acera muy de prisa, armados de paraguas e impermeables, chapalateando sobre el fango, que salpicaba las sayas remangadas de las mujeres, los pantalones recogidos o las altas botas de los hombres. Un capitán de lanceros, muy gordo y rubicundo, bajaba de la Puerta del Sol, pisando muy fuerte, con las espuelas y las polainas manchadas de cieno, calada la corta capota azul con vueltas blancas. Antejósele a Jacobo que aquel militar era de la clase de tropa que iría al ministerio de la Guerra y siguióle con la vista muy atentamente... Mas el militar dobló la esquina de la casa de Riera, dando un resbalón, y desapareció por la calle del Turco... ¡La calle del Turco!... ¡Ah! ¡La calle del Turco!... Allí se había cometido cuatro años atrás un asesinato, otro asesinato, en la persona de un hombre famoso, de un amigo que le había hecho a él grandes favores, favores de lobo a lobo, pero al fin y al cabo siempre favores... También entonces habíase vislumbrado en aquello la mano de los masones, y él, ¡oh!, él sabía bien a qué atenerse... Por eso tuvo que huir a toda prisa impulsado por el destino, pícaro destino, que le arrebataba a Constantinopla a resbalar en otro charco de sangre y a emprender otra fuga a Italia, a Francia, a España más tarde.
Jacobo sintió mucho frío, un frío muy grande y muy natural, porque estaba medio desnudo, y que parecíale a él le penetraba las carnes y le llegaba hasta los huesos y le pasaba el alma de parte a parte, con una sensación glacial y desagradable que se le figuraba semejante a la hoja de un puñal al hundirse en su pecho. Volvióse a la cama buscando el calor de las mantas, y acurrucóse entre ellas, escondiendo el rostro en las almohadas para pensar, para reflexionar, para meditar, para no mirar al hueco del balcón, donde le parecía ver al general Prim y a la cadina Saharí, y al eunuco estrangulado, dándose las manos, haciéndole cortesías, como hacen los actores cuando salen a la escena a recibir la ovación al final de un drama. ¡Y él, que se había despertado tan alegre, imaginando el medio de ocultar a sus acreedores los cinco mil duros ganados!
Damián asomó discretamente la cabeza, preguntando si el señor marqués no iba a levantarse, porque el agua caliente se enfriaba.
-Allá voy..., allá voy -respondió Jacobo.
Y mientras se calzaba las pantuflas y se envolvía en una bata de abrigo muy bien enguatada, iba discurriendo que el modo seguro de averiguar de cierto lo que sobre el particular hubiera, era preguntar al tío Frasquito lo que había hecho de aquellos tres sellos que en el Grand Hôtel le había regalado. Quedóse con esto más tranquilo, casi sereno del todo: indudablemente era que se reducía aquello a una necia broma... Cierto que habíale sucedido a él en aquel negocio espinosísimo lo que acontece a todos los caracteres fogosos; que una vez dado el primer empuje, caen luego en la mayor apatía, abandonando los planes con tanta rapidez fraguados y con tanto calor emprendidos. Mas tampoco era verosímil que al cabo de año y medio de silencio absoluto, de completo olvido, salieran los masones reclamando los papeles e iniciando su petición con la ridícula bromita -muy en carácter, por cierto- de enviarle un sellito... Y además, ¡qué demonio!, a él le habían entregado unos papeles para el rey Amadeo, y el rey Amadeo se había ido. ¿Iba a correr de ceca en meca en busca del rey cesante?... ¿Y con qué derecho le pedía cuentas la masonería española, perteneciendo él a la italiana? Porque la carta era de Madrid mismo, puesto que el sello del Congreso la franqueaba... Nada, nada, fuera temores, que el derecho era suyo. ¡Qué demonio! A quien Dios se la dio, san Pedro se la bendiga; y el que está más cerca de la cabra, ese la mama...
Púsose Damián a afeitarle como todos los días, y al sentir sobre la garganta el frío del acero, no pudo contener un estremecimiento de espanto... Un ligero golpecito, un leve movimiento, y correría la sangre, y vendría la muerte, y se acabaría la vida allí mismo, sin auxilio, sin remedio, pasando de la agonía a la sombra pavorosa de eso que llaman eterno, corriendo por Madrid la noticia del crimen de la calle de Alcalá, como había corrido cuatro años antes la del crimen impune y misterioso de la calle del Turco... Y aquel ligero golpecito, aquel leve movimiento, podía determinarlo en la mano de Damián, otro ligerito golpecito del oro de los masones. Porque ¿que sabía él lo que era Damián?... Un pícaro probablemente, un bribón como todos, puesto que, a juzgar por lo que de sí mismo sentía él, sólo pueden admitirse dos clases de hombres: los ahorcados y los que merecen serlo.
Rióse al cabo de sus locas imaginaciones, y vestido ya del todo, pidió un sombrero, unos guantes, un paraguas...
-¿El señor marqués almorzará en casa?...
-No.
-El cochero espera la orden...
-Que se vaya, que vuelva a las cuatro.
Y se dirigió a la puerta, para retroceder al momento... ¡Qué tontería! Quizá en alguna de aquellas otras cartas que había olvidado en su azoramiento vendría algún dato, alguna explicación de la estúpida broma del sellito. Abriólas una a una, y una a una las fue arrojando con furia sobre la gran piel de oso blanco, colocada al lado del lecho... Nada, nada: una invitación para un baile, una carta de Ángel Castropardo preguntando si le acompañaría a cenar aquella noche con las bufas de Arderíus después del teatro, una diatriba de un acreedor exasperado que le amenazaba con el embargo...
Seguía cayendo aquella lluvia menuda, lenta, constante, que cala hasta los huesos y los enfría, como cala hasta el corazón y lo hiela un pensamiento triste y monótono que no se puede desechar. En las Cuatro Calles, frente a las ruinas seculares de la calle de Sevilla, coronadas ya, como las de Itálica, por el amarillo jaramago, tomó Jacobo un simón para evitar la afluencia, eterna en aquel sitio, de gentes que van y vienen, formando en las aceras cordones interminables de hombres, de mujeres, de niños, cobijados todos aquel día bajo sus paraguas, que remedaban, yendo y viniendo y cruzándose, una larga procesión, una contradanza fantástica de hongos fenomenales. Diez minutos después apeábase a la puerta del tío Frasquito.
Peinado, teñido y reluciente de puro limpio, sentábase este a la mesa para almorzar en su lindo comedor perfectamente caldeado por magnífica chimenea de mármol negro atestada de leña. Con el ansia cariñosa con que recibe todo el que tiene gana de charlar a cualquiera que puede servir de auditorio, recibió el viejo a Jacobo, mandando al punto poner otro cubierto en la mesa... Necesitaba él desahogarse, porque el berrenchín, el bochorno que había pasado el día anterior aún no le había salido del cuerpo. Las cosas de Diógenes iban llegando a un extremo, que si hubiera en Madrid autoridades, si hubiera en España un Gobierno, se castigaría lo menos, lo menos con cadena perpetua... ¡Oh! ¡Lo del día anterior merecía por primera providencia que le cortasen la mano derecha! ¡Burlarse de ese modo de todas las señoras de Madrid, congregadas para un asunto piadoso! Poner en evidencia, en ridículo, en berlina, a tres... a dos personas respetables; porque el tal Pulidete era un parvenu, un cursi, un cualquier cosa, que se lo tenía todo muy bien merecido... Mentira parecíale que Pepe Butrón, un hombre de tanto talento, se hubiese tirado una plancha semejante, y sin duda fue el Pulidete quien le dio el mal consejo. ¡Proponer a María Villasis para presidenta!... ¡Si eso no se le ocurre ni al que asó la manteca!... Y claro está, sucedió lo que tenía que suceder: que la muy mojigata dio con todo al traste, pero con un atrevimiento, con una insolencia, aludiendo claramente a la pobre Curra, diciendo con una risita de mil demonios que su modestia le impedía ser ella presidenta donde había una vicepresidenta tan digna... Y la pobre Curra calló, calló por prudencia; pero bien se le conoció que quedaba sentidísima...
Hizo aquí una pausa, tragóse un buen bocado, preparó otro muy grande y dijo mientras tanto:
-Perro ¿no comes, hombre?... ¡Si no has tomado más que las ostrras!...
-No tengo ganas...
-Ni yo tampoco... Porr supuesto, que lo mejorr que ha podido sucederr es lo que ha sucedido; porrque si mi sobrina Villasis llega a serr presidenta, quedaban rreducidas las obrras de la Asociación a novenas y triduos de rrogativas, y a limosnitas rrecogidas porr las socias a la puerrta de las iglesias... Y ni aun esto siquierra, porque yo mismo la he oído decirr, yo, yo mismo -y el tío Frasquito, con ademán imponente, se tiraba de una oreja-, que es un escándalo, una profanación poneer rreclamos de niñas bonitas a la puerrta de las iglesias. ¡Vaya usted a verr qué modo de entenderr las cosas!... Perro, en fin, los pobrecitos herridos no se quedarrán sin socorrro, y lo que la perrfecta viuda les quita porr un lado, se lo proporrcionarrá porr otro la pícarra Samarritana. Porque Curra, con ese corrazonazo que tiene, ¡claro está!, ¡lo ha tomado con un calorr, con un empeño!... ¡y lo que es la kerrmesse, ha de darr mucho dinerro!... Anoche, como no estuviste allí, no podrías enterrarte, pero se trata ahorra de buscarr el sitio; unos dicen que en la platerría de Martínez, otros que en el Rreal. ¿Qué te parrece?...
Jacobo, aburrido de aquella charla insustancial y mujeriega, estuvo por decir que le parecía mejor la punta de un cuerno, y el tío Frasquito, viendo que no contestaba, se apresuró a añadir:
-Yo creo que en el Rreal... En la Óperra se hizo la de Parrís, cuando los inundados de Szegedin, y estuvo brillantísima... Perro, francamente, le temo a Diógenes, que se colocarrá allí, de seguro... le temo, le temo; te digo que le temo. Porrque, ¿qué se hace uno, si ni aun queda el rrecurrso de desafiarrlo?...
-¿Que no? -replicó Jacobo riendo, a pesar suyo-. Desafíalo tú, y córtale las orejas.
-¡Oh! ¡Lo que es por mí no quedarría! -exclamó lleno de ardor bélico el tío Frasquito-. ¡Pero si es imposible! ¿Sabes lo que pasó con Paco la Granda... otro animal como él?... Pues le hizo Diógenes una barrabasada, y Paco le mandó sus padrinos. Diógenes dijo que sí, que se batirría, perro como le tocaba la elección de armas, exigió que el duelo fuerra a cañonazos, ¡figúrrate tú!... Paco le envió a decirr entonces que donde quierra que le encontrase le darría de bofetadas; Diógenes contestó que se le acerrcarra si podía... Y se le acerrcó, en efecto. ¿Perro parra qué, Jacobo, parra qué?... Parra que el animal de Diógenes, como es tan grandote, le diese un estacazo que le rrompió dos costillas... ¡Dos costillas!... No creas que exagerro: ¡dos costillas!
Y el tío Frasquito, rebosando indignación, palpábase con el reverso de la mano el sitio en que, naturales o postizas, debía de tener las suyas.
Jacobo nada decía, y comenzando el viejo a notar su preocupación, indicóle bonitamente que el almuerzo terminaba y le estaba ya estorbando.
-Pues creo que pondremos al fin la kerrmesse en el Rreal -dijo-. Ahorra mismo voy a casa de Curra, parra que decidamos... ¿Cómo no has almorrzado tú allí hoy?...
Jacobo arrojó la servilleta hecha un lío encima de la mesa y dijo gravemente mirando al tío Frasquito:
-Porque necesitaba hablarte.
-¡Ya! -exclamó el viejo.
Y abrió palmo y medio de boca y púsose muy azorado, porque desde aquella noche fatal en que descubrió Jacobo en el Grand Hôtel el secreto de su peluca y de sus dientes mirábale y temíale con ese temeroso recelo que inspira siempre la persona que puede perder nuestra reputación o nuestra fortuna con sólo dar suelta un poquito a la lengua. No le deseaba la muerte, pero hubiérale visto con gusto descender a la tumba, con tal que se llevase a ella el secreto. Jacobo preguntó:
-¿Te acuerdas de aquella noche en que se te quemó el gorro de dormir en el Grand Hôtel?...
Alborotóse el tío Frasquito pensando ¡ciertos son los toros!, e inmutado y nervioso y lleno de sobresalto, comenzó a mirar a los criados, diciendo por lo bajo:
-¡Calla, hombre, calla!... En el boudoir tomarremos el café y allí nadie vendrrá a incomodarrnos.
Porque el tío Frasquito tenía también su boudoir, un verdadero boudoir de dama elegante, atestado de todas esas chucherías que llaman los franceses bibelots y han venido a sustituir en los palacios modernos a las antiguas obras de arte. No faltaban allí, sin embargo, estas, y era la más notable el retrato de un caballero, tipo de arrogancia y varonil hermosura, pintado por Van Dyck en Inglaterra, al mismo tiempo que aquel otro famoso de Carlos I, imagen admirable en que se refleja, junto al orgullo del monarca, una especie de adivinación de su trágica desventura. Era aquel personaje el quinto duque de Aldama, embajador en Londres de Felipe IV, y era el tío Frasquito hijo tercero del vigésimo duque del mismo nombre. Al pie del retrato había colgadas una daga y una espada de gavilanes, de exquisita labor y gran precio, que habían pertenecido al personaje. Frente por frente, en muy buena luz colocado, había un pulido bastidor de caoba, en que el tío Frasquito, nieto en el siglo XIX del prócer del siglo XVII, bordaba en tapicería unas preciosas babuchas.
Sirvieron el café; Jacobo habíase dejado caer negligentemente en una butaca, con la pierna derecha echada por encima del brazo de esta, y puéstose a fumar el exquisito cigarro puro que le ofreció el tío Frasquito. Este sacó con mucho misterio una preciosa tabaquera de oro guarnecida de brillantes, con el retrato de la reina María Luisa en la tapa, y tomó un polvo de rapé haciendo mohínes picarescos.
-Es mi vicio -decía-, nadie lo sabe; un secreto... Péché caché, est tout à fait pardonné.
Y estornudó por tres veces, haciendo figuras y monadas con que creía apartar de la mente de Jacobo la maldita idea del gorro quemado: mas este, no bien salieron los criados, después de servir el legítimo ron de Jamaica, tomó a preguntar:
-¿Te acuerdas de aquella noche?...
El tío Frasquito contestó un ¡sí! tímido y vergonzoso, cual si le recordase la pregunta algún crimen nefando.
Jacobo volvió a preguntar:
-¿Y te acuerdas de unos sellos de lacre, dos verdes y uno rojo, que te regalé aquella noche?
-Sí -replicó el tío Frasquito más animado.
-¿Qué has hecho de ellos?...
-En mi álbum los tengo... ¿Quierres verrlos?
-Enséñamelos.
El tío Frasquito, libre ya de temores, volvióse vivamente y arrastró hacia Jacobo un precioso caballete, sobre el cual descansaba un gran infolio, una especie de libro de coro, cuyas lujosas tapas eran una obra de arte, un mosaico acabadísimo, hecho sobre piel de zapa, con peregrinos dibujos y colores muy vivos, formando el todo un conjunto digno de competir con las más lujosas encuadernaciones antiguas que se admiran en la biblioteca del Vaticano; cerraba el libro un gran broche de acero calado, representando las armas de los Aldamas, rematadas por la corona ducal del jefe de la casa.
-No hay otra colección igual, es la primera de Europa -decía el tío Frasquito abriendo el libro sobre el caballete con el ardor de un amateur que luce sus aficiones.
Y se puso a repasar el índice, porque estaba el libro dividido en varias partes: sellos reales, nacionales, particulares y misceláneas. El tío Frasquito buscaba en la miscelánea, y dio al fin con ellos, en la página 117. Sellos masónicos. Marqués de Sabadell. Porque tenía la atención el coleccionista de apuntar siempre, junto al donativo, el nombre del donante.
Apareció al fin la página 117... y el tío Frasquito miró a Jacobo estupefacto, y Jacobo al tío Frasquito horriblemente pálido. Las numerosas casillas de la hoja aparecían cubiertas de sellos, excepto dos de ellas que estaban en blanco; en ambas decía arriba: Masónico, y abajo: Marqués de Sabadell. Los sellos habían desaparecido, y notábanse sobre la fina vitela las asperezas de la goma con que habían estado sujetos. Jacobo, con voz ahogada y gesto de medrosa ansia, dijo entonces:
-El otro... el rojo... ¿Dónde está?...
Asustado el tío Frasquito al notar la emoción de Jacobo, no acertaba a decir palabra, temiéndose algo gordo, y comenzó a buscar precipitadamente entre los sellos reales, murmurando aturdido:
-De Víctorr Manuel erra, me acuerrdo muy bien... Estarrá entre los soberranos de Italia; con un duque de Parrma y un Ferrnando de Nápoles lo puse... Porrque la Italia una, no me pasa; vamos, que no me pasa...
Y apareció al fin, después de mucho revolver, la página 98, llena de sellos reales, y entre uno del último duque de Parma reinante y otro de Fernando de Nápoles, hallaron otra casilla en blanco. Arriba decía: Rey de Cerdeña; debajo: Marqués de Sabadell.
Dio entonces Jacobo una puñada en el brazo de la butaca, diciendo con voz sorda:
-¡Me has perdido!...
-¡Ay, Jesús, Jacobito!... ¡Porr Dios, dímelo!... ¿Qué pasa? -exclamó el tío Frasquito muerto de susto.
-¡Me has perdido!... ¡Me has perdido! -repetía Jacobo.
Y bajo la impresión del temor y el aturdimiento, confió con su impremeditación ordinaria al necio viejo, si no la parte más culpable, la más peligrosa, al menos, de la aventura de los masones. El tío Frasquito, muerto de miedo, creyendo ver brotar puñales masónicos a través de la mullida alfombra, comenzó a dar vueltas desatinado, tropezando por todas partes como corneja puesta de repente a la luz del sol.
-¡Ay, ay, ay, Santa Marría, qué berrenjenal! Porr supuesto, Jacobito, que tú te acordarrás muy bien de que yo no querría tornarr los sellos. ¿Te acuerrdas?... Tú me los diste y yo no los querría tornarr.. Porr complacerrte, porr darrte gusto los tomé y me arrepiento; que yo no los necesitaba, ni quierro nada de esos señores. ¿Te enterras?... Y conmigo no cuentes, porrque yo lo digo todo clarrito, clarrito, y me lavo las manos.
Detúvose de pronto y diose una gran palmada en la frente, como quien ata de improviso un cabo importante. i Tú, tú, tú!... Aumentóse su terror, y fuele preciso sentarse.
-¡Ahorra lo entiendo todo! Ahorra me lo explico y lo veo clarro... ¡Santa Marría, lo que me está pasando!...
-¿Qué? -dijo Jacobo con ansia.
La emoción de este parecía haber pasado al tío Frasquito, y conociendo el pobre viejo su debilidad, decidióse a buscar apoyo en el más fuerte... Cogió por un brazo a Jacobo y llevólo sigilosamente a su alcoba, nido risueño, tapizado con seda de Persia celeste, cubierto el pavimento con pieles blancas, con una cama de palo de rosa muy baja, muy aérea, vago conjunto de encajes, holandas y sedas celestes, semejante a una crespa ola del mar coronada de espumas blancas. Había allí un mueble precioso, también de palo de rosa, con cerradura de plata, donde el tío Frasquito guardaba los papeles importantes; abrió un cajoncito y sacó un paquete de cartas.
¡Lo que le estaba pasando hacía más de tres meses!... Si aquello era para volver loco al más pintado; primero le incomodó, diole después rabia, y al presente, ahora, en aquel momento le espantaba; ¡vamos, que le espantaba, que le ponía los pelos de punta!...
-Un día, me acuerrdo muy bien, el 9 de diciembre, rrecibí porr el correo una carrta de San Peterrsburrgo...
Y el tío Frasquito sacaba la primera del paquete, cuyo sello tenía, en efecto, la efigie del zar Alejandro II.
-De San Peterrsburrgo... La abrí extrañado y me encontré con esto...
Y abría, a la vez que hablaba, la carta, poniendo ante los ojos atónitos de Jacobo un pliego en blanco, en cuyo centro se leía escrita esta sola palabra:
¡MENTECATO
Un gran flujo de risa brotó por encima de todos los terrores de Jacobo, y soltó el trapo a reír con todas sus fuerzas. Mas el tío Frasquito, muy desolado, prosiguió diciendo:
-¿Te rríes?... ¡Aguarrda, aguarrda!... Yo decía cavilando toda la noche: ¿Mentecato en San Peterrsburrgo? Y me devanaba los sesos y se me espantaba el sueño sin acerrtarr... Al otro día otra carrtita... ¿Perro de dónde crees?... ¡De Chinchón, Jacobo, de Chinchón!... La abro, y el mismo lema: ¡Mentecato! Al día siguiente, carrta de Fuente Obejuna, provincia de Córrdoba, y lo mismo... En fin, hijo, desde entonces todos los días, sin faltarr ninguno, una carrtita de letra diverrsa, de parrte distinta, las más rremotas en todas las partes del globo, de Francia, de Inglaterra, de Alcorrcón, de Alemania, de Chinchilla, de Calcuta. ¡Ya tú ves! De Calcuta, de Constantinopla, de Terrrones, Jacobito, de Terrrones, pueblecillo de tres casas, en la provincia de Salamanca; y siempre con el mismo lema: ¡Mentecato!... Un día, el 20 de enero, san Sebastián márrtir, ¡me acuerdo muy bien!, estaba más tranquilo; llegó el correo y no trajo carrta ninguna... Porr la tarrde abro ahí -y abrió la mesilla de noche- y allí... dentro me encuentro una carrta; la abro... ¡Mentecato!... Dime tú si eso no es para volverrse loco; si no encierra un misterio terrible, que tu carrtita del sello me va ahorra explicando...
Jacobo iba también comprendiendo, y desde luego pensó que nadie que no fuera Diógenes era capaz, ni en Madrid ni en todo el mundo, de dar una broma tan constante a aquel pobre majadero, para lo cual se necesitaba paciencia a toda prueba, relaciones muy extensas y medios de comunicación difíciles y complicados. Con verdadero asombro, preguntóle entonces:
-¿Pero de veras no te ha faltado ningún día?
-¡Ninguno!... A veces, cuando la carrta venía de muy lejos, sobre todo, estaba dos o tres días sin rrecibirrla; perro luego llegaban juntas... ¡Si te digo que ni un día me ha faltado! Mírralas, cuéntalas -añadió con acento de desolación profunda, desparramándolas todas sobre la mesa -y verrás cómo salen a carrta porr día... Desde el 9 de diciembre hasta el 15 de marrzo, que somos hoy, van noventa y siete días, porrque febrerro trrae veintiocho. Pues nada, ahí tienes noventa y nueve ¡Mentecatos!... Aquí está el de hoy.
Y sacó del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cádiz, en la cual se leía también la palabra sibilítica, el misterioso conjunto: ¡Mentecato!
La situación de Jacobo no era para reír mucho, y apagóse bien pronto el arranque de hilaridad que le había producido aquella burla pacientísima que no podía ser de otro que de Diógenes.
Arrepintióse al mismo tiempo, al ver los medrosos aspavientos del tío Frasquito, de haberle confiado en parte su secreto, y resolvió asegurar su silencio haciéndole creer que le alcanzaba a él también la inminencia del peligro. Detenidamente examinó las cartas, conteniendo, a pesar de los pesares, nuevos accesos de risa, y dijo al cabo con aire de convicción profunda:
-¡Evidentemente que esto viene de los masones!... A mí me sentencian por lo que hice y a ti te avisan que eres un mentecato por haberme encubierto...
-¡Perro si eso no es verrdad! -gritó el tío Frasquito muy apurado-. Si yo no te he encubierrto, si tomé los sellos porrque tú me los diste...
-Lo cual quiere decir -prosiguió Jacobo sin hacerle caso-, que si a mí me apiolan al volver de una esquina, a ti te dan una paliza en cuanto te cojan a mano.
Pegósele al tío Frasquito la lengua al paladar y exclamó medio llorando:
-¡Darré parte al goberrnadorr de Madrid!... ¡Le hablarré a Paco Serrrano!...
-Lo cual sería meterte tú mismo en la boca del lobo, porque lobos de la misma camada son uno y otro... Mira, tío Frasquito, aquí no hay más que una salida... En primer lugar, echarse un nudo a la lengua, y que ni tu sombra trasluzca lo que pasa...
-Lo que es eso, corre de mi cuenta.
-¡Bueno!... En segundo lugar, tener dispuesta la bolsa; porque, amigo mío, con mosca a la mano se va lejos, y entre masones y no masones por dinero baila el perro.
El tío Frasquito hizo un gesto de resignación del paciente a quien sentencian a sacarse una muela, y Jacobo continuó:
-En tercer lugar, irse con pies de plomo, siguiendo la pista... Así es, que vamos a cuentas... ¿Quién sospechas tú que haya podido robar esos sellos?...
El tío Frasquito comenzó a hacer sobrehumanos esfuerzos para coordinar sus recuerdos... Seguro, segurísimo estaba de que quince días antes estaban allí los tres sellos; habíale enseñado despacio todo el álbum a otro amateur, el barón de Buenos Aires, y no notó hueco alguno... A los pocos días vino un individuo desconocido, recomendado por su camisero, que quería venderle con mucho empeño tres ejemplares curiosos: entonces hojeó otra vez el álbum... Después no le había tocado.
-¿Quién era ese individuo?
-Pues no sé... Un pobre diablo con carta de hambre, cualquierr cosa...
-¡Ahí está el hilo del ovillo! -exclamó con grande interés Jacobo-. ¿Le dejaste solo? ¿Tocó el álbum?...
-No..., no... ¡Ay, sí, sí, sí, Jacobito!... Ahorra me acuerrdo que sí, que vino Vicentito Astorrga y le rrecibí en el salón porrque no vierra semejante estaferrmo, y estuvo solo más de diez minutos... lo menos, lo menos.
-¡Aquí tenemos ya la púa del trompo!... Vamos ahora mismo a casa del camisero.
A la puerta esperaba enganchada la berlina de tío Frasquito, y en ella subieron ambos, dirigiéndose a casa del camisero, honrado comerciante de la calle de Carretas... Tampoco conocía este al incógnito; sabía tan sólo que era un comisionista italiano, amigo de otro francés que tenía negocios con la casa, en el ramo de perfumería... Al oír la nacionalidad del desconocido, llegó a su colmo la inquietud de Jacobo, porque parecióle ya evidente que se entendían en aquel asunto las logias de Italia y de España. Indicó, pues, al tío Frasquito que no era necesario averiguar más, y regresaron preocupados y silenciosos a casa de este. Despertóse por el camino la fogosa actividad de Jacobo a la vista del peligro, y en aquel breve trayecto trazó un plan atrevido, único a su juicio que podía remediar los yerros pasados y detener las consecuencias de su imprudente apatía. Aquella misma noche, sin despedirse de nadie, sin dar a persona alguna razón de su marcha, ni dejar sospechar siquiera el fin de su viaje, saldría para Italia, avistaríase en Caprera con Garibaldi, que le había iniciado en otro tiempo en las logias de Milán, y ante él trataría de justificar el secuestro de aquellos documentos, inventando un embuste, una historia, un enredo cualquiera, que viniese a sacarle de una vez de aquella situación falsa y angustiosa. Dinero tenía de sobra con los cinco mil duros ganados la noche antes, y la mina del tío Frasquito podía también muy fácilmente explotarse. Manifestó, pues, al atribulado viejo, al llegar a casa de este, parte de su plan, y concluyó diciendo que, puesto que el riesgo era de ambos, justo era también que ambos pagasen los gastos, y que era necesario le aprontase en aquel momento dos mil duros en billetes de banco; el viaje duraría dos semanas, y a su vuelta ajustarían cuentas, partiendo como hermanos los gastos que la empresa ocasionara.
Alborotóse el tío Frasquito, juzgando que le salían los tres sellos harto caros, y vencido al fin por las razones, vaticinios y amenazas de Jacobo, aprontó el dinero que le estafaban y despidió al compadre haciendo pucheros. Acrecentáronse sus temores al verse solo, sintióse malo y se metió en la cama, dando orden rigurosa de no recibir a nadie. A la mañana siguiente trajéronle el correo; venía una carta de Segura, pueblecillo célebre por sus quesos, escondido en el rincón más áspero de las montañas de Guipúzcoa; en ella decía: ¡Mentecato!
Subióle dos grados la fiebre, y mandó llamar al cura de la parroquia: se quería confesar.