Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  -203-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXIV

Don Catalino cae en la trampa



    «¡Aquí me las pagarás
todas juntas, basilisco,
pues yo te preguntaré
ahora, cuántas son cinco!
¡Que esta vez no te me has de ir,
sin darte tu merecido;
para que otra vez no seas
mal hablado y mal amigo!»


(CORRIDO ANTIGUO.)                


Motiloni se había dirigido a su cuarto; y entrando en él, echó llave por dentro y se sentó a leer unos papeles que sacó del bolsillo. Aquel hombre de fierro, a pesar de no haber parado en todo el día, parecía no estar fatigado. Después de haber leído varias cartas y hecho algunas apuntaciones, se quitó la peluca, dejando ver una venerable calva, y dando un suspiro que no es posible saber si era de satisfacción o de cansancio, dijo:

-¡No se ha perdido el día!

En esto sintió que golpeaban la puerta de su cuarto, y entonces se puso apresuradamente su peluca. Los golpes se repitieron con más fuerza, y Motiloni oyó la voz de Gacetilla que decía:

  -204-  

-¡Soy yo, amigo mío, que vengo a saber de su salud: abra usted!

En aquel instante pasó por la mente del italiano una idea que quiso sin duda poner en práctica; y levantándose de su asiento, abrió la puerta.

¿Cómo está usted, mi buen amigo? ¡Gracias a Dios que lo veo fuera de peligro! -exclamó don Catalino.

Motiloni, sin contestar una palabra volvió a cerrar la puerta y guardó la llave en su bolsillo.

-¿Qué significa esto? -preguntó asustado Gacetilla.

-Pronto va usted a saberlo -contestole don Pablo con voz hueca.

Y sacando del cajón de la mesa una pistola agregó:

-Voy a matarlo a usted.

-¡Socorro! -gritó don Catalino poniéndose de mil colores-. ¡Este hombre está loco! ¡Y la puerta con llave, y yo..!

-No grite usted en balde, porque nadie le oirá -le interrumpió don Pablo gravemente.

-Desde los sucesos de aquella noche me he convencido de que el asesino que me hirió venía mandado por usted. Por eso fue que usted me sujetó cuando yo quería venirme...

-¡Santo Dios! Y ¿puede creer usted eso?

-Tengo mil razones para creer que usted ha querido asesinarme por otra mano.

-¡Hombre! ¡Si no soy capaz de matar una mosca! -exclamó don Catalino.

-Digo que por ajena mano. Me lo han dicho.

-Y además -dijo Gacetilla-, usted es un amigo a quien aprecio ¡tanto!... ¡tanto!

-Se echa de ver en eso de haberme abandonado cuando el asesino me hirió.

-¡Vaya! Si no estuvo en mí, decía gimiendo don Catalino... Yo huí sin saber lo que hacía, porque como soy así... tan nervioso... Es cosa que a veces me sucede... Pero le juro a usted, que cuando llegué a casa y me rehíce, lo primero que pensé fue en el peligro en que usted quedó... ¡Calle la boca! ¡Un hombre como usted a quien quiero como a las niñas de mis ojos!... ¡Presumir que yo haya tratado de atentar a sus días!

-Pues estoy en lo dicho... Al principio formé el proyecto de matarlo a usted como un perro; pero para que vea que soy hombre de honor, aquí tiene usted dos pistolas... ¡Elija usted!

  -205-  

Diciendo esto, Motiloni sacó otra pistola del cajón, y presentó las dos por la culata a Gacetilla.

-Y ¿para qué he de elegir? -dijo éste.

-Para que nos batamos -contestó sepulcralmente Motiloni...

-¡Pero si yo soy hombre de paz!

-¡Y ha de ser a muerte!

-¡Pero, señor! Si yo lo quiero mucho a usted.

-Eso es una mentira. Elija pronto o si no...

-Válgame Dios. ¿No sabe usted que la religión prohíbe el duelo? ¡Yo estoy pronto a darle a usted todas las esplicaciones que quiera, amigo mío!

-Vaya pues: si usted no quiere batirse, voy a matarlo como había pensado... ¡No es culpa mía!...

Motiloni parecía estar furioso: Gacetilla temblando se arrojó a sus pies; y al sentir lo frío del cañón de la pistola sobre su frente, exclamó.

-¡Don Pablo por el amor de Dios! No mate a un hombre en pecado mortal! Y luego prosiguió maquinalmente: «En tus manos señor, encomiendo mi alma; mi espíritu, mi...»

Motiloni hizo entonces como que reflexionaba; y alzando la pistola, dijo a Gacetilla:

-Levántese, amigo don Catalino, y no eche en olvido lo que acaba de ver. Se ha librado usted de una y buena. Usted es muy hablador; pero tenga entendido que si pronuncia una sola palabra acerca de lo ocurrido anoche...

-¡Oh! Pierda usted cuidado -le interrumpió Gacetilla: antes hablará un muerto que yo.

-Ya que usted no es el asesino -agregó don Pablo gravemente-, lo será otro: y es preciso descubrirlo.

-Yo le ayudaré, señor don Pablo.

-El modo de ayudarme es quedarse en silencio... Yo trabajaré por descubrirlo.

-¡Dios quiera que lo consiga!

-Pero si usted habla y hecha a perder mis planes, le prometo matarlo, como tres y dos son cinco.

-Máteme diez veces si hablo -dijo Gacetilla.

-Con una vez me basta -le contestó el otro.

-Y a mi también -agregó don Catalino, volviendo a su natural buen humor-. Pero ¿cómo puede usted haber creído que yo...?

  -206-  

No hablemos más de esto -le interrumpió el italiano poniendo las pistolas sobre la mesa.

-Bueno, pues, no hablemos más... Pero lo que yo extraño es... Me quedaré callado... Sin embargo, no era regular que usted creyese que yo... Eso es: no hablemos más... Es lo mejor; porque esto es para volverse loco... ¡Querer yo matarlo a usted mi buen amigo, mi!...

-Ya le he rogado que no quiero oírlo hablar ni aun a solas sobre este asunto -le interrumpió Motiloni con voz áspera.

Calló Gacetilla, pero las palabras le reventaban en los labios. La tortura en que aquel hombre se hallaba por no poder hablar sobre lo que tanto le afectaba, era casi mayor que la del temor de la muerte. De repente exclamó como para distraerse a si mismo:

-¡Y había olvidado la noticia que traía en la punta de la lengua!

-¿Qué noticia?

-¡La revolución que se está fraguando, pues hombre!

-No me importan esas noticias, yo no soy de este país -dijo Motiloni haciendo un gesto de disgusto.

-Pero es el caso que la cosa está hecha, según se dice... ¡Han repartido plata que es un horror!

-¿Sí? Y a mí ¿qué me importa eso?

-¿De veras? Dicen que han comprado tres batallones con oficiales y todo. Yo no puedo creerlo; pero cuando uno ve las cosas...

-Y ¿qué cosas ha visto usted?

-¡No es nada lo del ojo! Esta mañana andaban en pandilla los soldados borrachos por esa calle de San Pablo, renegando del gobierno, porque dicen que no se les paga su sueldo... En la Cañadilla acaba de haber una pelotera de las de no te muevas... y ahora acabo de ver por mis propios ojos que el bodegón de «Juan Diablo» está llenito... Dicen que Juan Diablo anda metido en esto, y que lo han visto repartir plata y dar de beber a los revoltosos... Pero si lo pillan, yo no le arriendo las ganancias.

Mientras Gacetilla hablaba de este modo, el italiano sentado en una silla de vaqueta, con la cabeza echada sobre el respaldo y los ojos medios cerrados, parecía no oírle. Cualquiera al verle en aquella abandonada posición, habría creído naturalmente que no tenía ningún interés en saber nada de lo que don Catalino decía. Éste proseguía su charla como para distraerse a sí mismo de la fuerte impresión que acababa de recibir, cuando fue interrumpido por el italiano, quien dijo secamente:

  -207-  

-Ya le he dicho a usted que a mí nada me importa todo eso, puesto que soy extranjero.

-Yo creía que usted tenía interés en saber noticias -dijo don Catalino, dudando si proseguiría su pesada cháchara.

-En otras circunstancias podría ser muy bien que me entretuviesen esas mentiras -replicó Motiloni levantándose de su asiento-; pero ahora me duele algo mi herida y quisiera echarme a la cama algunas horas.

Dicho esto, abrió la puerta del cuarto. Don Catalino entendió la indirecta; y tomando su sombrero, se despidió del italiano y salió a la calle. Como no tenía con quien hablar, iba refunfuñando entre dientes:

-¡Caramba! ¡De buena me he escapado hoy! ¡Qué italiano tan arrebatado! ¡Casi me mata...! Y tal vez me habría muerto este hereje, sino fuera por el escapulario que llevo al cuello... ¡Sí señor!... ¡Ha sido un milagro patente! ¡Soy tan devoto de mi señora del Carmen!

Diciendo esto, apretó contra su pecho una medalla de la antedicha advocación de la Virgen, que llevaba colgada al cuello junto con el escapulario.

-Y lo peor es, proseguía, que si digo alguna palabra, este diablo puede vengarse de mí... ¡Vaya! Estoy verdaderamente en una posición bien difícil... ¡Tener que quedarme callado!... ¡Tener que tragarme mis propias palabras!



  -208-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXV

El Bodegón de Juan Diablo



«¡No eras tú, libertad, la que regías
pueblo tan cruel, en tan siniestras horas!
Tú, de su suelo criminal huías,
de sus luchas de muerte asoladoras;
y él contaba sus crímenes por días,
sus escenas de sangre aterradoras:
y el pueblo era el verdugo de sí mismo
y del error se hundía en el abismo.»


(C. W. MARTÍNEZ.)                


Gacetilla había dicho la verdad al aseverar a Motiloni que el populacho de los suburbios de Santiago estaba revuelto. Algún móvil oculto dirigía la acción de la máquina popular, pues la efervescencia que se notaba carecía del carácter de espontaneidad. Bandadas de muchachos capitaneados por hombres de ruin aspecto se entretenían en recorrer el Tajamar y la caja del Mapocho, gritando de vez en cuando: «¡Mueran los herejes!» «Viva la religión!» Separábanse y volvíanse a reunir los diversos grupos, ya para alentarse con sus gritos descompuestos, ya para enviarse mutuamente granizadas de piedras. A veces parecían enemigos que se buscaban para combatir; otras veces se asemejaban a partidarios que buscaban un   -209-   enemigo común. Nada faltaba en estos diversos grupos para hacerlos repugnantes: hombres harapientos, muchachos medio desnudos y mujeres sucias y desgreñadas. De vez en cuando se solían introducir por las calles de la ciudad, partidas de cinco o seis, formadas de los más atrevidos. Casi todos llevaban dinero, porque entraban al primer bodegón que encontraban y pedían aguardiente. ¿De dónde había salido ese dinero que aparecía como esparramado de repente en tales manos? Tal era la pregunta que muchos se hacían. Otros no se cuidaban de averiguar el origen de la plata, y se contentaban con beber el aguardiente con que los regalaban los más afortunados.

A medida que se iba acercando la noche, se iba también aumentando aquella especie de irrupción de bárbaros venidos de la Chimba. Las libaciones continuadas producían su efecto: oíase aquí, allá y más allá, juramentos, vivas a la religión, palabras obscenas y amenazadoras. Aquella feroz alegría, que tanto se parecía al sordo ruido que anuncia una tempestad, iba siendo más y más comunicativa. De los grupos de los bebedores ambulantes pasó a los moradores de las calles que aquellos recorrían; y en muchas partes, los vecinos prudentes creyeron que debían cerrar y atrancar bien sus puertas de calle, tan pronto como vino la noche.

Pero donde la agitación tomó un carácter serio, fue en la calle de San Pablo. El bodegón de Juan Diablo parecía ser el punto de cita de la multitud, según estaba lleno de gente alegre. El cuarto del despacho se encontraba tan repleto, que le habría sido imposible a cualquiera abrirse paso hasta el mostrador. Pero lo que más admiraba a todos era que Juan Diablo, tan poco complaciente de ordinario, lucía aquella noche una generosidad inusitada. Solo a uno que otro exigía de contado la paga del licor que consumía. La mayor parte bebía al fiado. ¿Cómo no habían de estar todos contentos? «¡Ño Diablo se ha vuelto santo!» gritaba la multitud, pronta siempre a canonizar al que da, y sobre todo al que da de beber.

El amanuense del bodegonero era un muchacho de catorce a quince años de edad, de mirada maligna, a quien llamaban el Bizco (por tener un ojo al través) de genio travieso e intenciones no menos torcidas que la mirada del ojo malo. Era, como suele decirse, el alma del despacho; y con sus palabras maliciosas y sus truhanerías, tenía entretenidos a todos. No estaba sosegado un momento: iba y venía, ya diciéndole una chuscada a una mujer; ya trayendo y llevando chismes entro dos que quería poner mal, a fin de tener   -210-   el gusto de verlos darse de puñadas; ya haciendo beber a uno aguardiente con ají; ya dejando a otro de espaldas por quitarle el banquillo en que iba a sentarse, etc. y las gentes reían y gozaban; por lo cual Juan Diablo decía rascándole la cabeza:

-Este bizquito es muy llamadero de gente.

En un cuarto contiguo al despacho se oía el ruido y la vocería dé una chingana. A este sancta, santorum, solamente los iniciados podían ser admitidos. En cuanto a la gente profana, contentábase con oír de vez en cuando las tonadas a rabel y guitarra entremezcladas de risotadas, gritos y aplausos estrepitosos.

Hundíase el bodegón de Juan Diablo al ruido de la aguardientosa vocería, cuando un tumulto, que se dejó sentir en la calle, llamó la atención de los concurrentes.

-¿Qué es eso? -preguntó el bodegonero..

-Son unas cuchilladas, ño Juan -contestó uno apurando su vaso.

-¿Cuchilladas? ¡Eso si que no lo permito!... ¡Aquí en mi bodegón se bebe con orden... Voy a ver qué es eso!

Diciendo esto, el bodegonero se dispuso a salir con el fin de averiguar la causa del ruido; pero no le fue posible conseguirlo, en atención a encontrarse la puerta verdaderamente obstruida.

-No salga, ño Juan -le observó otro de los menos borrachos-: mire que creo que es Miguel Turra que esta tarde andaba con el alma atravesada, y...

-Y ¿qué me importa a mí que sea Miguel o el demonio? -le interrumpió Juan, pugnando por salir.

En aquel momento se dejaron oír en la calle algunas voces de mujer:

-¡Jesús María!

-¡Ya lo mató!

-¡Se desgració el pobrecito!

-¡Si estaría en pecado mortal!

-¿Que vayan a buscar a la médica?

-¡No, niña: la confesión es lo primero!...

A la noticia de muerte, cada cual quiso saber lo que pasaba. Otros más temerosos se retiraron; por manera que en poco rato y puerta del bodegón quedó espedita. Juan entonces pudo encaminarse a la calle; pero al salir de la puerta se encontró con Miguel Turra que le dijo:

-No salga, ño Diablo... Deme un trago de aguardiente que vengo muerto de sed.

  -211-  

-Es preciso que vea quién es el que se atreve a desacreditar mi casa...

-¿No le digo que no es nada? Yo tenía ganas de entrar; pero no pudiendo llegar al mostrador por lo apretado que estaba el pelotón de la puerta, le armé camorra a uno de los de afuera; me cruzó; sacamos cuchillo y nos tiramos un filito, con lo cual yo sabía que el pelotón se había de deshacer. ¡No ha sido más!

-Pero...

-Pero no le pegué más que de plano, porque no era cosa formal...

-Vaya, Miguel, que siempre has de hacer de las tuyas -dijo el bodegonero-. Aquí tienes un trago... Pero acuérdate de que es preciso beber con orden, como cristianos de religión que somos.

En aquel momento, vio el bodegonero que el grupo de gente volvía a invadir su despacho. Envueltos en el grupo venían dos o tres hombres trayendo a cuestas el cuerpo de un individuo que parecía estar borracho o muerto.

-Aquí viene el del asunto -dijo Miguel con una sonrisa feroz.

-Pero ¿no decías que solo le habías pegado de plano? -le preguntó el bodegonero.

-Así fue... Eso no debe ser más que aturdidura...

-¡Sí! Bonita aturdidura -le interrumpió una mujer-. Va a la hora presente, el pobrecito debe haber dado cuenta a Dios.

-O al diablo -dijo Turra dando una feroz carcajada...- Mujer tonta: ¿no ve usted que solo es sangre de narices?

-Así es -dijo uno de los que venían cargando al enfermo-. Está tan vivo como yo... porque me acaba de morder un dedo.

Una carcajada acompañó a estas últimas palabras como si hubiesen sido graciosas.

-¡Pues, señor! Si muerde, claro es que está vivo -observó sentenciosamente otro.

-¿No les he dicho, que aquí no hay otra cosa que curar sino la borrachera? -interrumpió un tercero.

Así era la verdad: examinando al enfermo, se convencieron todos de que no tenía ninguna herida de peligro.

En cuanto a Miguel, confiado en el respeto que el vigor de su brazo imponía, no se acordaba más que de comer unas aceitunas que se le había servido, bebiendo un vaso de chicha por cada una.

Pocos momentos después, llegó la mujer del enfermo con la médica del barrio.

  -212-  

-¿Dónde está mi marido? -preguntó aquella sollozando.

-Aquí está, ña Juana -dijeron algunos.

-¡Pobrecito -dijo la mujer-, siempre le están pasando estas cosas!

-No le dé cuidado, ña Juanita -le dijo el bodegonero-. No es cosa de peligro.

-¡Gracias a mi Señora del Carmen!

-Esto no es más que calor elevado -dijo gravemente la médica examinando al enfermo.

En seguida recetó lo siguiente:

«Lleven entre cuatro al pobrecito al río: denle tres zabullidas en la corriente; acuéstenlo después en su cama; arrópenlo bien y cárguenle el cuerpo hasta que sude, y verán bueno: métanle en la boca una pluma de ala de pavo negro para que se desocupe el estómago, y santas pascuas.»

Seis u ocho hombres oficiosos partieron a cumplir las prescripciones de la Galena, mientras los demás proseguían bebiendo con el mayor orden, según las recomendaciones de Juan Diablo.

-Dígame, ño Juan -exclamó Turra de repente, oyendo los gritos que daban en el otro cuarto-: ¿quiénes son los que se están divirtiendo allá adentro?

-Son unos caballeros...

-Ahora no hay caballeros... Ya se acabaron los tiempos de las caballerías, porque, gracias a Dios, todos somos iguales -observó uno de los circunstantes.

-Y ¿no se podría entrar? Yo quiero divertirme con las cantoras -dijo Turra.

-Es imposible, hombre -respondió el bodegonero.

-¿Por qué?

-Porque tienen la puerta atrancada por dentro.

-Y ¿qué cuesta echar la puerta abajo?

-¡Hombre! ¡Eso no lo permito! -exclamó Juan Diablo alzando los puños.

-Con su permiso o no, yo he de entrar -dijo Miguel acercándose a la puerta, al través de la cual se oía entre la vocería el rasguido de la guitarra y el monótono acompañamiento del rabel.

-¡Cuidado conmigo, Miguel! -exclamó el bodegonero interponiéndose-. Te he dicho que no se puede entrar... ¡Ya me conoces!

-¡Pues no he de conocerte! Por lo mismo voy a entrar -dijo Turra empujando la puerta.

El bodegonero se dirigió hacia Miguel con una tranca en la mano.

  -213-  

La lucha iba a principiar; y como los dos atletas eran bien conocidos de todos, cada cual esperó el resultado con interés.

Miguel sacó su cuchillo y se puso en guardia.

-Aquí lo espero, ño Diablo -dijo.

Pero al tiempo de acometer a Turra, Juan Diablo fue distraído por varias voces que gritaron:

-¡Aquí está tío Ruco!

-¡Viva tío Ruco! ¡Buena la vamos a pasar con él! -dijeron varios.

-Denle entrada.

-Que pase a tomar un traguito.

Juan Diablo y Miguel Turra eran bravos; pero se respetaban mutuamente: así fue que ambos agradecieron a la casualidad que les daba un pretexto para no atacarse. Ambos parecieron prestar atención a lo que oían: el uno cerca de la puerta, pero sin pretender abrirla, y el otro a dos pasos de distancia con su tranca en la mano.

-Entre pues, tío Ruco, gritaban algunos desde adentro.

-Y ¿cómo entro si la puerta está más atacada que un cañón con bala y todo -dijo una voz cascada desde afuera.

-¡Tiene razón el tío! ¡Abran cancha!

-¡Abranse con mil diablos!

-¡Ya está!

-¡Ya se ve luz!

-Pues allá voy. ¡Venga un trago, y verán bueno! -dijo el tío Ruco entrando al bodegón.



  -214-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXVI

De como predicaban el evangelio algunos sacerdotes de aquel tiempo


«A todos universalmente ordenamos, bajo pena a nuestro arbitrio, a más de las que dispone el derecho, que hagan ante Nos o ante nuestros convisitadores, la denuncia de los que por hecho o palabra sean sospechosos de herejía, excomulgados o que de alguna manera perviertan las costumbres; exhortando y rogando en el Señor a todo aquel que tuviese que comunicarnos cualquier asunto, se desnude de toda pasión, y mire en lo que hace únicamente a la gloria de Dios.»


(PASTORAL DE 21 DE NOVIEMBRE DE 1853.)                


Era el llamado tío Ruco un viejito pequeño de cuerpo, macilento, y de mirada brillante. Venía vestido de soldado, y decía pertenecer al cuerpo de Inválidos. Captábase, con su viveza, la simpatía de todos. Tenía una memoria sorprendente; y como ensartaba en sus conversaciones trozos de sermones o de los discursos profanos que solía oír, todo el mundo buscaba su compañía, lo escuchaba con atención, y en todas partes encontraba que comer y que beber gratuitamente.   -215-   Era una especie de industria que el viejo cultivaba para vivir, o mejor dicho, para beber, que parecía ser el principal objeto de su existencia.

He aquí por qué los circunstantes celebraron a una su llegada, esperando pasar un rato entretenidos.

-¡Qué hable el tío Ruco! -vociferaron algunos.

-He oído un sermón bonito como un diablo -dijo éste-; pero nada puedo decir, porque tengo la boca seca.

-¡Vengan cuatro vasos, que yo soy el que pago! -dijo un hombre de estos de rompe y raja, acercándose con el viejo al mostrador.

-Tío Ruco no necesita pagar -dijo el bodegonero, poniendo sobre el mostrador una bandejita de lata con cuatro vasos llenos.

-Aquí está el aguardiente -dijo el Bizco.

-Y chicha también -dijo el viejo bebiendo.

-A mí me gusta -prosiguió-, beber por copas, para que no haga daño... Una copa de aguardiente para pasar el frío, y otra copa de chicha para la calor...

Enseguida prosiguió:

-¡Buena cosa de hombre santo y bueno y sabio! ¡Es el cura de la Recoleta! Venga ahora la chicha para refrescar... No se me ha escapado nadita del sermón... ¡Bien haya lo que Dios cría para apagar la sed!... El hombre le pegó fuerte y feo a los herejes y a los descomulgados... ¡Dios me libre! ¡Llene otra vez los vasos, ño Diablo, porque me voy calentando ya!

-Pero después de todo, nada nos dice tío Ruco del sermón -observó una mujer.

-¿Cómo quiere, mujer de Dios, que uno predique sin estar preparado? Déjeme echar unos cuatro vasitos más y oirá maravillas -exclamó el viejo.

-Aquí están los vasos -dijo el bodegonero.

-¡Pues a la buena de Dios, que es grande!

-Beba sin miedo, tío Ruco -decía entretanto el Bizco, que parecía empeñado en embriagar cuanto antes al viejo.

Éste no se hacía de rogar; y en pos de unos vasos, se bebía otros y otros; por manera que, en menos de diez minutos, ya estaba preparado, como él decía.

-¡Al sermón! -exclamaron los más impacientes.

-Sí; pero que suba al mostrador para que lo veamos todos -gritó una mujer.

  -216-  

-Tienen razón -dijo el Bizco...- Yo subiré con usted al púlpito, tío Ruco.

Subieron ambos sobre el mostrador, y el viejo se dispuso a pronunciar su discurso, como de costumbre.

-¡Hermanos míos! -dijo el orador-: ¡las experiencias tienen contaminados estos reinos con sus herejías heréticas, que son el dragón que amenaza tragarse estas Américas, que se están llenando de gringos como moscas!

-¡Es cierto! -dijeron muchas voces.

-¡No interrumpan, pues!

-Los gringos herejes, como las moscas, todo lo pican y se lo comen.. ¿Qué nos quedará a nosotros, los buenos cristianos? El hueso pelado, porque ellos vienen a llevarnos la carne... Quiero decir, que la religión está en peligro, porque vemos venir a estas culminantes playas tantos brutos no bautizados con el bautismo, que es la religión de nuestros padres, desde que... desde que... quiero decir, desde que... no me acuerdo bien... Dame la chicha, Bizquito.

-¡Que remoje la palabra! ¡Ya se le atascó la lengua! -gritaron algunos.

El Bizco pasó el vaso al orador, el cual después de beber, prosiguió.

-Y ¿cómo había de suceder de otro modo, cuando tenemos un gobierno que protege a los herejes, que persigue a los sacerdotes y a los buenos cristianos hijos de Dios?

-¡Fuera el Gobierno! ¡Viva la religión! -exclamaron muchos.

-¡Los tiempos se acercan! -prosiguió el orador, repitiendo tal como le venía a la memoria las palabras del sermón que acababa de oír-. ¡Los tiempos se acercan, hermanos míos! Y Satanás hará su plato, porque se merendará a los que hayan escuchado a los herejes... El Gobierno tiene la culpa de todo, porque protege a los extranjeros y descomulgados... El que hable con el gobierno esta excomulgado.

-¡Ave María!

-¡Callen la boca!

-¡Por esta razón, Dios nos va dejando de su mano y Satanás hará su plato, porque está solito... y así como cayó el fuego de Dios sobre las ciudades de Sodoma, así lloverán las pestes sobre estos reinos contaminados con la herética ponzoña de la herejía de los herejes y de los extranjeros intrusos, que vienen a estos reinos a regalarse con lo mejor parado que tenemos! ¿Qué les importa   -217-   a ellos que vivamos como se nos antoje? ¿Qué les va, ni qué les viene en nuestras cosas a ésos gringos entrometidos, que, sin más acá ni más allí, se nos dejan caer encima como langostas? ¡Y sin decir: aquí me entro, que llueve, se cuelan en este país de cristianos; y lo trajinan y revuelven todo para hacer su plato como lo hacen, llegando hasta hacerse gobierno, para contaminarnos con la herejía de los gringos!

-¡Muera el gobierno de herejes! -exclamó una voz-. ¡Mueran los gringos!

-¡Muera!!! -respondieron otras.

-¡Eso sí que no! -interrumpieron varios-. ¡El General Pinto es un cristiano a las derechas!

-¡Qué saben ustedes de cristiandades, badulaques! -exclamó Miguel Turra amenazando con el puño a los que habían hablado a favor de Pinto-. Prosiga el sermón, tío Ruco, ¡echemos un trago mientras llega el punto en que nos hemos de poner a llorar.

Y, acompañando sus palabras con la acción, el bandido tomó un vaso de aguardiente y lo bebió de un sorbo, mientras el orador proseguía con nuevo ardor:

-Por eso es que cuando los descomulgados llegan a esta patria de Chile, vienen muertos de hambre y más flacos y huesudos que caballo de vigilante; pero en cuanto prueban de nuestros pastos, quiero decir, en cuanto beben nuestro aguardiente y comen un par de caldudas picantes, se vuelven unos quirquinchos...

-Y si no -interrumpió un matasiete-, echándose el poncho al hombro; y si no, dígalo el Mister Pita de la esquina, que yo me acuerdo de que llegó aquí el año pasado más flaco que quiltro de rancho pobre, y hoy día se le ve que no cabe en el pellejo.

-Y no solo él -agregó una mujer desgreñada, sino que hasta a la misma Chepa, su mujer, se le ha pegado el extranjerismo, y habla a lo gringo, que me da rabia verla lo hinchada que anda por esas calles con su pañolón y su peineta alta, como si no supiéramos lo que es: que harto conocí a su madre, la Ña Nicolasa, locera de las Lomas.

-En fin -prosiguió el tío Ruco-, si vinieran a aprender nuestra santa religión, ya sería otro cantar. Nosotros les enseñaríamos a confesarse y a ayunar la cuaresma. Pero en lugar de esto vienen a casarse con nuestras mujeres para enseñarles herejía y criar chiquillos herejes para el diablo. De donde resulta que los buenos cristianos estamos obligados a denunciar ante el señor cura de la   -218-   parroquia a todos los que hablan y hacen estas herejías; no permitiendo que nuestras hijas se casen con estos primos hermanos de Satanás, porque esto es emparentarse con el mismo Lucifer. Bien claro lo dijo el señor cura en el sermón de hoy, que acabo de escuchar con estas orejas que se han de comer la tierra... ¡Y denme otro trago, porque tengo la garganta como una yesca!

En diciendo esto, tomó el vaso de aguardiente que el Bizco le pasó, y prosiguió en el último grado de exaltación alcohólica.

-¡Los tiempos se acercan! Sí, hermanos míos: ¡muera el gobierno! Porque el tiene ensoberbecidos a estos malditos de Dios. Ya no es caridad la que está haciendo este gobierno. Ya la patria se acabó y solo quedan los herejes que se llevarán patria y todo, dejándonos a los buenos cristianos con la boca abierta... ¿Y porqué? No está claro como el agua. El gobierno emplea a los herejes, en lugar de emplearnos a nosotros... Los cuerpos del ejército están mandados por extranjeros... ¿como no ha de cundir la irreligión? A ellos se les paga sus sueldos, y a los soldados no se les da ni para beber un trago. ¡Los tiempos se acercan!

-Así es -interrumpió una mujer-. Hace más de medio año que mi marido no recibe ni un cuartillo.

-Ni el mío tampoco -gritaron muchas otras.

-¡Muera el gobierno hereje y sin caridad con los pobres!

-¿Cómo querrán tener soldados si no pagan?

-¡Esa sí que es irreligión, compadre!

-No pagan -prosiguió el orador-, porque no quieren defender la religión, porque quieren entregarnos a los extranjeros, porque...

Una circunstancia imprevista cortó la palabra en la boca del tío Ruco. Es a saber, que, harto ya de licor, a cada vaso que se bebía, derramaba más de la mitad del aguardiente sobre sus vestidos. Viendo esto el maligno Bizco, acercó la vela que estaba sobre el mostrador a las piernas del soldado, cuyos pantalones, impregnados de alcohol, ardieron repentinamente, subiendo el fuego hasta la camisa, más impregnada aun que los pantalones.

-¡Qué se arde el predicador! -gritaron muchas voces.

Mientras tanto, Juan Diablo, y muchos otros se empeñaban en apagar al incendiado orador, lo cual consiguieron cubriéndolo prontamente con algunos ponchos.

El tío Ruco se encontraba en el momento de la crisis; por manera que cuando le quitaron las envolturas, estaba dormido.

  -219-  

Bajóselo del mostrador y se le acostó en un rincón del despacho. La jarana prosiguió como antes, entremezclado de gritos.

-¡Mueran los herejes pipiolos!

-¡Abajo el gobierno de los extranjeros!

-¡Viva la religión!

[...]

Esa misma noche, una escena bien distinta pasaba en casa del clérigo Cardoso, el cual se encontraba en el cuarto del padre Hipocreitía con las personas de la entrevista a que el lector ha asistido en aquel mismo lugar.

-Su paternidad me ha escrito -decía Cardoso-, manifestándome la imposibilidad de venir esta noche. Aprueba el plan concertado, y me encarga poner en poder de ustedes la suma que prometió entregar.

Diciendo esto Cardoso, puso sobre la mesa dos sacos con dinero.

-Este padre es una alhaja -dijo uno de los asistentes.

Los demás quedaron callados. Cardoso prosiguió:

-El padre me incluye una carta de Freire.

-¿Carta del general Freire?

-Es una carta supuesta que, según él, convendrá leer a la tropa en el momento crítico.

-¡Ah! ¡Ya nos había hablado de eso!

-Es preciso valerse del influjo que el general tiene sobre los soldados. En esta carta se hace decir a Freire que no solo aprueba sino que secundará la revolución. ¿Están ustedes? El padre los absuelve de antemano -dijo sonriéndose Cardoso-, porque ésta es una mentira necesaria para el logro de nuestros fines.

Después de esto, los conjurados empezaron a retirarse de dos en dos; y llegados a la Alameda se internaron en la ciudad por diversas calles. -ERA EL 5 DE JUNIO de 1829.- La noche estaba oscura y fría, y los negros nubarrones de la atmósfera presagiaban una tempestad.



  -220-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXVII

La Revuelta de cuartel


«Enseguida se le distribuyó dinero a los soldados, dándoles desde cuatro a diez pesos a cada uno, y se les alentó a la rebelión, prometiéndoles que serían auxiliados por poderosas fuerzas venidas de Aconcagua, al mando del General Freire; a cuyo fin se les leyó una carta fingida, en la que se tomaba el nombre de esté ilustre militar.»


F. ERRAZURIZ. (Chile bajo el imperio de la
Constitución de
1828. Capítulo II.)
               


Las seis y media de la mañana siguiente serían, cuando Anselmo despertó a los golpes que daban en la puerta de su cuarto, que caía a la calle.

-¡Quién vive! -gritó.

-Soy yo, mi capitán -contestaron de afuera-. Le traigo una carta de mi mayor Amunátegui.

  -221-  

El joven comprendió que era a Andrés a quien buscaban: vistiose apresuradamente y abrió la puerta.

-¿Qué hay? -preguntó al soldado que se le presentó.

-Revolución -contestó el veterano, cuadrándose-. Oiga usted el vocerío.

En efecto, se dejaba oír en diversos puntos, el ruido de voces confusas, tropel de gentes que iban y venían, y algunos tiros de vez en cuando.

No quiso el joven preguntar más al soldado, sino que, con la carta en la mano, se fue al dormitorio de Andrés, tomando las precauciones necesarias para no alarmar demasiado a Cecilia. Pero ya el capitán había despertado; y oyendo el tumulto, se había vestido apresuradamente. Al salir de su cuarto, se encontró con Anselmo.

-Revuelta tenemos -dijo éste-. El mayor te manda llamar. Aquí tienes una carta suya.

-Dámela -le interrumpió Andrés.

Y abriendo apresuradamente la carta, leyó:

«Mi querido capitán:

«Los Coraceros acuartelados en San Pablo se han revolucionado. Urriola está a su cabeza. Me dicen que su plan es asegurarse de la persona del ministro Rodríguez y del Presidente. No sé lo que hayan hecho hasta esta hora. Yo estaré luego en la plaza de Armas con el cuerpo de mi mando. Venga pronto a reunirse con su Aftmo.

AMUNÁTEGUI.»

-Siempre el loco de Urriola -exclamó Andrés...- ¿Cuándo dejará de ser tronera?

Luego, dirigiéndose al soldado, le dijo:

-Dígale al mayor que luego estaré en el cuartel.

El soldado partió.

La carta traía una posdata escrita con lápiz, que decía:

«En este momento me dicen que el General Freire apoya la revolución; pero yo tengo mis motivos para creer que esto no es verdad. De todos modos, el cuerpo de mi mando estará por el mantenimiento del orden.» VALE.

  -222-  

-Eso no puede ser -dijo Anselmo. ¿Cómo creer que el General Freire apoye un movimiento encabezado por Urriola?

-Lo mismo digo yo -contestó Andrés concluyendo de vestirse-. Y tú ¿qué piensas hacer?

-Acompañarte -dijo sencillamente el joven.

-Pero tú estás con licencia.

-¿Crees que toda tu elocuencia sería capaz de hacerme abandonar mi deber?

-No pretendo eso, amigo mío -dijo Andrés seriamente-. Sin embargo -agregó-, no puedo negar que mi egoísmo era lo que me hacía hablar. Me acordaba de que Cecilia quedaba sola; y... Pero no: vamos, amigo mío. La patria antes que todo.

Enseguida, después de haber despertado a los criados de la casa y tomado las medidas de seguridad, aconsejadas por la prudencia, se dirigieron al cuartel de artillería, llevando sus espadas debajo de sus capotes, y sendos pares de pistolas en la cintura.

Por las gentes que encontraron en las calles supieron que la revuelta era mayor que lo que se habían figurado; pues al batallón de Coraceros se le había unido el de Inválidos.

Por todas partes iban y venían partidas de soldados guiadas por paisanos, entre los cuales podía reconocerse a los agitadores del día anterior. Anselmo y Andrés hacían lo posible por evitar el encuentro de aquellas partidas que podía serles fatal; y aunque al principio lo consiguieron, sucedioles al fin lo que tanto temían. Habiendo llegado a la alameda, debían tomar hacia el cuartel de artillería; pero en frente de la bocacalle de la del Estado se encontraron con una gran partida de soldados que marchaban como a discreción y entremezclados con gente de la última clase. Capitaneaba la partida un paisano, que en el momento fue reconocido por Andrés.

-Anselmo -dijo éste a su amigo, mostrando al improvisado capitán-, ¿no es éste el hombre de antenoche?

-El mismo -contestó el joven.

En efecto, el capitán no era otro que Miguel Turra, quien, prevalido del ascendiente de que gozaba, no solo entre los paisanos sino entre los soldados mismos, había quitado el mando del piquete al sargento que lo llevaba, poniendo a éste bajo sus órdenes. Con su vista de lince, conoció también a Andrés y a Anselmo; y haciendo alto, quiso tomarlos presos, con el fin de no perder la oportunidad de vengarse de ellos.

  -223-  

-¡Estos son de los enemigos! -exclamó, dirigiéndose a los soldados-: es preciso que no se escapen. ¡A ellos!

Y diciendo esto, rodeó con su gente a los dos militares.

-¡Sí! -gritó toda la turba-: que se den a preso los herejes!

Turra, por gozar cuanto antes de la satisfacción de su venganza se dirigió hacia los jóvenes, con la catana desenvainada; pero éstos dieron al instante algunos pasos atrás, y desnudaron sus espadas.

El bandido, ciego de cólera, se echó sobre Andrés, quién, parando el machetazo con los rollos de su capote, envuelto en el brazo izquierdo, hirió al bandido en el pecho. Mientras tanto, Anselmo se defendía valerosamente de cuatro o seis bayonetas y de otros tantos garrotes que lo atacaban.

-Me has herido, pícaro; pero luego llevarás tu merecido -exclamó Turra, echando espuma por la boca.

Pero su mismo ardimiento lo perdió, pues, procurando dar golpes sin curarse de parar los que se le dirigía, recibió uno tan recio en la muñeca derecha, que le hizo soltar su arma.

-Bravo: -gritó la turba, al ver rodar por el suelo la catana del bandido.

Con esta acción, Andrés se había captado gran parte del sufragio de aquella gente. El sargento que no miraba bien a Turra, desde que lo había suplantado como por fuerza, trató de valerse de esta circunstancia, para quitarle el mando; recogió inmediatamente el arma del suelo, y mandó parar a sus soldados. Obedecieron éstos, como por instinto, la voz que estaban acostumbrados a respetar. Entonces, Andrés se dirigió a los soldados.

-¿Es posible -les dijo-, que los soldados de la patria se rebajen hasta ponerse a las órdenes de un paisano?

-No me ha sido posible evitarlo, señor -dijo respetuosamente el sargento-, que había ya conocido el carácter militar de los agredidos.

Esta muestra de deferencia de parte del sargento ayudó a reaccionar a los soldados.

-Oigan ustedes -prosiguió Andrés, señalando a Turra con el dedo-: ese hombre es un malvado, un asesino.

-¡Y ustedes son unos malditos pipiolos! -le interrumpió Turra.

-¡Mueran los pipiolos! ¡Abajo los herejes! -gritó la turba, que ya se iba aumentando considerablemente.

-¡Eso es! -agregó Miguel-. Matemos a estos dos pipiolos, y haremos una buena obra.

  -224-  

Los soldados habían rodeado al sargento, y parecían dispuestos a obedecer sus órdenes antes que atacar a los dos oficiales: pero el número de la turba era muy considerable para que se pudiera contrariar sin peligro; tanto más cuanto que el populacho parecía inclinado a creerle al bandido, que repetía sin cesar:

-¡Estos son de los enemigos: los conozco bien!

-Ese hombre os engaña -les gritó Andrés-. Nosotros somos de los vuestros. El sí que es vuestro enemigo, puesto que os aleja del punto en donde debéis estar... ¿A dónde os dirigíais?

-Nos llevaba Turra a dar un malón a casa de un rico -contestó uno.

-Porque habíamos errado el golpe en casa del ministro -agregó otro.

-El ministro se voló como pájaro -dijo un tercero.

-Esto es porque este hombre os quería separar de la plaza -les dijo Andrés-. ¿No queréis echar abajo al gobierno?

-¡Sí! ¡Sí! -gritaron muchos.

-¡Muera el gobierno!

-Pues bien; si queréis esto, vámonos a la plaza; allí ayudaremos a atacar al palacio que tal vez haya caído en manos de los revolucionarios... Yo os dirigiré... Ya veis que somos militares.

Diciendo esto, Andrés mostraba su casaca.

-Estamos a sus órdenes, mi capitán -dijo el sargento, ordenando al mismo tiempo a sus soldados se formasen. Obedecieron éstos, diciendo:

-Tiene razón nuestro jefe: vámonos a la plaza.

-¡A la plaza! ¡Al palacio! -gritaron todos.

Andrés dio entonces la voz de mando; y acompañado de Anselmo, se puso a la cabeza de la compañía, seguida por la multitud.

En cuanto a Turra, marchaba también entre la turba; pero ideando el modo cómo debía matar a Andrés o a Anselmo.

-Cuando nos encontremos en medio de la refriega veremos si se me escapan -dijo, apretando el mango de su puñal que el sargento le había entregado cuando vio que nada tenía que temer de él.

Dirigíase la columna por la calle del Estado, y se iba engrosando más y más, a medida que se acercaba a la plaza. Andrés y Anselmo sabían bien que éste era el centro del motín, y lo que querían era llegar allí, ya que no les era posible alcanzar al cuartel.

Los tiros que se dejaban oír, indicaban que la lucha se había   -225-   empeñado en alcanzar el palacio de las Cajas; y esto comunicaba nuevo ardor a los amotinados. Pero al llegar a la plazuela de San Agustín, fueron detenidos por un verdadero cuerpo de tropas que desembocaba en la calle del Estado. Era el batallón Núm. 7 al mando del coronel Rondizzoni. Andrés, sin desamparar el mando de su columna, envió a decir a este jefe lo que pasaba. Rondizzoni entonces dispuso que dos compañías barriesen con el populacho hacia la Alameda y se dirigió con el resto del batallón hacia la plaza.

En cuanto el populacho vio que se le atacaba seriamente, se retiró hacia la Alameda, desbandándose en diversas direcciones.

Andrés, arengó entonces a los soldados amotinados excitándolos a reunirse a los defensores de la ley; y tanto los unos como los otros marcharon después formando un solo cuerpo hacia la plaza.

Cuando llegaron allí, ya se había trabado la refriega entre las fuerzas de Rondizzoni por una parte, y los Coraceros e Inválidos por la otra. Lo que éstos pretendían era nada menos que tomarse en persona al vicepresidente Pinto; para lo cual habían dispuesto atacar el palacio, lo que pusieron en ejecución sin el menor éxito Tanto la guardia del palacio, al mando del capitán Jofré, como la de la cárcel, se pusieron sobre las armas: pero, muy inferiores en número al de sus enemigos, no tenían más esperanzas que en el auxilio, que de un momento a otro, debía llegarles. Después de haber cambiado algunos tiros con los Inválidos, vieron entrar a la plaza uno en pos de otro, dos destacamentos del batallón Núm. 7 que contestaron al fuego de los sublevados. Pronto tuvieron éstos que medirse con todo el grueso del batallón que los atacó con energía. Cuando Andrés y Anselmo entraron en la plaza; ya Rondizzoni había hecho replegarse a los contrarios hacia el ángulo Noroeste, y pocos momentos después, empezaron los sublevados a batirse en retirada, con el fin de ganar su cuartel, hacia donde se dirigieron sin ser grandemente perseguidos por las tropas del gobierno.



  -226-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXVIII

De como don Catalino, y sin saberlo, se encuentra comprometido en la revolución


«Es muy sensible (dice el pueblo celoso de la justicia y del verdadero mérito) ver al español Ovejero y otros que vinieron a hacer la guerra a Chile, cuando trataba por sacudir el yugo peninsular, figurando en primera línea, con buenas rentas; mientras que el teniente coronel don Santiago Blayer se halle en la miseria... Blayer tan patriota... morirá desesperado; los Ovejeros y Garridos, acabarán su vida en la opulencia.»


(J. N. ALVARES. Diablo político núm. 23.)                


Retirado el enemigo, volvió a restablecerse poco a poco el orden alterado en las calles por las turbas que aquí, allá y más allá, amenazaban la propiedad de los pacíficos moradores. Y como aquella inconsiderada revuelta estaba muy lejos de contar con las simpatías del pueblo, la alegría volvió a todos los semblantes una vez que los amotinados hubieron tocado retirada. Las puertas de las casas se abrieron, y las calles se cubrieron de gentes hambrientas de noticias.

  -227-  

Por otra parte, aquel día era la víspera de las elecciones de diputados al Congreso; y he aquí la principal causa de la animación que se notaba por las calles. En aquellos tiempos, los partidos políticos trabajaban con el ardor de las ilusiones aún intactas de los pueblos nuevos, tanto más vehementes en sus aspiraciones cuanto mayor es su inexperiencia de la vida social y política. A medida que los grupos de ociosos, vagabundos y malhechores evacuaban las calles y se metían en sus guaridas se aumentaba cl tráfico de la gente honrada y pacífica. Los agentes eleccionarios de los diversos bandos no habían podido trabajar en aquella mañana; y trataban de recuperar el tiempo perdido, corriendo sin descanso, a fin de preparar a sus sufragantes para el día siguiente. Los compradores y vendedores de votos se buscaban, cambiándose calificaciones por dinero contante o por promesas de dinero. Otros ofrecían su sufragio en cambio de servicios cerca del gobierno, o prometían votar en favor de tal o cual partido, por quedar bien con un patrón poderoso de quien esperaban futuros beneficios. Había, pues, de todo: compradores, vendedores, cambistas, convencedores, suplicantes, y hasta amenazadores de profesión; no faltando quienes trocasen sus calificaciones por un vaso de aguardiente; quienes vendiesen a diversos partidos la promesa de votar, recibiendo de cada uno de ellos algo a cuenta, y quienes jurasen votar por la religión, a fin de labrarse méritos para el cielo.

El Gobierno de Pinto, prescindiendo por completo de tales manejos, había dejado a los partidos en entera libertad para que trabajasen. Verdad es que los partidos abusaron de tal libertad, y aun los amigos del Presidente cometieron fraudes, que naturalmente debían comprometer al Gobierno mismo, bajo cuya sombra se cobijaban: mas para ser justos, es preciso decir que el Ejecutivo no manchó sus manos con ninguna operación fraudulenta, ni se valió de la autoridad para ejercer sobre los sufragantes la menor presión. El procedimiento de ganar elecciones a la fuerza, imponiendo representantes contra la voluntad de los pueblos, fue descubierto y practicado después por el partido reaccionario, que tachaba a los liberales de herejes, impíos e infractores de la ley; que se tituló él mismo defensor de las instituciones de la República, y que, siendo el verdadero autor y cama de las guerras civiles, bautizó a los pipiolos con el nombre de revoltosos.

Don Catalino Gacetilla era uno de los principales agentes electorales de los amigos del Gobierno; pues, como el parlanchín conocía   -228-   a todo el mundo y abordaba a los que no conocía, como si desde muchos años ha los conociera, no podía negarse que el noticiero de profesión era uno de los hombres más a propósito para aquel desvergonzado oficio. Don Pablo Motiloni, que trabajaba por la oposición, convencido de que no podía atraerse a Gacetilla, concibió el proyecto de neutralizarlo. La revolución de aquel día le suministró el pretexto, como va a verlo el lector.

Hallábase don Catalino convenciendo a seis u ocho ciudadanos de los muchos que pululaban por la plaza.

-Segura estas razones -les decía-: ustedes no deben pensar en dar su voto a los promotores de desórdenes, que en realidad son los verdaderos herejes: pues, por más que ellos digan, nunca conseguirán probar que nuestro gobierno es irreligioso. Ahí tienen ustedes al Presidente Pinto, que ayuna la cuaresma, y no se le escapa témpora ni vigilia del año y se confiesa cada mes. Precisamente tiene por padre de espíritu al mismo padre de la Recoleta Dominica, con quien yo me confieso. Pero vengan para acá; entremos al Café -prosiguió don Catalino, llevando a sus catequizados al comedor, y haciéndoles servir diversos licores, mientras murmuraba entre dientes: «he aquí la razón que los acabará de convencer.»

Mientras bebían alegremente, don Catalino creyó oír una conversación en la pieza vecina, separada solo del comedor por un delgado tabique de tocuyo empapelado; y como no perdía oportunidad de meterse en urdas ajenas, se puso a escuchar con los dos oídos, mientras que con la boca dirigía palabras halagüeñas a sus convidados.

-Ya ven ustedes -(decía una voz gruesa en la pieza vecina)- ya ven como bambolea este fatal gobierno. Las revoluciones lo tienen a mal traer, porque no cuenta con el voto de la Nación. Y no puede ser de otro modo, amigos míos, pues un país católico como el nuestro no puede estar contento con un gobierno herético que persigue a la religión, quitándole sus rentas a los conventos, y que ha puesto nuestro ejército a cargo de extranjeros. ¡Qué será de nosotros si cunde esta plaga de gringos excomulgados!

Sin duda no le convenía a Gacetilla que sus convidados oyeran esta conversación, porque empezó a charlar con una voz tan alta, que apagó por completo la vecina conversación.

-¡Sí, amigos míos! -les gritaba a los bebedores-: brindemos por la victoria de Pinto, que ha fomentado la instrucción pública, estableciendo escuelas en los campos, dictando medidas oportunas en   -229-   favor de nuestro Instituto Nacional, creando la Academia para los abogados practicantes, y haciendo porque los ciudadanos pobres puedan educar sus hijos en el Instituto, sin necesidad de pagar; que ha compuesto caminos; que ha perseguido a los malhechores; que ha organizado la administración; que nos ha dado paz y prosperidad con las sabias leyes, ordenanzas y reglamentos dictados bajo su poderosa influencia; que no se ha desdeñado de visitar personalmente nuestras cárceles y hospitales para mejorar su servicio: en una palabra (y para decirlo todo de una vez); que nos ha enseñado prácticamente las costumbres democráticas, gobernando liberalmente el país; y dotándolo de una sabia y bien pensada Constitución, que es como si dijéramos la coronación de tan bella obra.

Todos los circunstantes, entusiasmados, aplaudieron con estrépito, apurando enseguida sus vasos.

-¡Bravo, bravo, mi querido Gacetilla! -exclamó un caballero entrando en el comedor seguido de varios otros.

-¡Oh, mi elocuente Orjera! -respondió don Catalino-: tu aprobación me da bríos. Aquí tenéis -prosiguió, dirigiéndose a sus amigos, que se alzaron respetuosamente al oír el popular nombre de Orjera-; aquí tenéis a nuestro querido tribuno que os dirá lo mismo que yo.

-Yo repito -dijo Orjera-, todo cuanto Catalino ha dicho, y agrego: ¿Serán capaces de hacer otro tanto los señores pelucones, que en puridad de verdad, no son más que godos disfrazados de patriotas? Ellos aspiran a tomar las riendas del poder, no para proseguir la santa obra de los autores de nuestra independencia, emancipándonos de los vicios, costumbres y malas prácticas monárquicas; sino para oponerse a la marcha pacífica del país por la vía democrática y hacernos retroceder a los tiempos del coloniaje. Lo que os digo -prosiguió Orjera, con acento más y más ardoroso-, no tiene nada de antojadizo: os digo la verdad, deducida lógicamente de los mismos hechos que vosotros estáis palpando. Mirad hacia el pasado y veréis quiénes son los enemigos del gobierno liberal. Ahí tenéis a Franco, Dorriga, Arabaño, Gizana y mil otros antiguos servidores del poder español contra la República. ¿Esperáis, no digo que amén, sino que comprendan la libertad esos miserables liberticidas que ayer no más persiguieron a sangre y fuego a nuestros más esclarecidos patriotas? ¿Quién podrá creer que los Hipocreitías amén las instituciones republicanas, cuando todavía resuenan en nuestros oídos sus prédicas a favor del santo rey de España, y sus excomuniones   -230-   lanzadas contra los malditos insurgentes? Y ¿contra quiénes hablan estos señores godos, aliñados a la republicana? Hablan contra Pinto, Freire, Lastra; contra los chilenos, que han derramado su sangre en cien batallas, para que nosotros podamos decir con orgullo de ciudadanos libres: ¡tenemos una patria!

Los aplausos apagaron la poderosa voz del orador. El comedor se había llenado de gente, y todos tenían sus ojos fijos sobre el tribuno, a quien habían hecho subir sobre la mesa. De pie, en la puerta que comunicaba con el cuartito en donde Gacetilla había escuchado la antedicha conversación, se veía un hombre que, por debajo de las anchas alas de su sombrero, lanzaba sobre Orjera miradas chispeantes. Era Motiloni.

-Y ¿hemos de poner en manos de sus antiguos verdugos, prosiguió el tribuno, esta patria que tantos sacrificios ha costado a nuestros héroes? Estos nos la dieron con sus esfuerzos: a nosotros nos toca defenderla...

-¡Estos pipiolos son muy originales! -exclamó una voz detrás del tabique-. ¡Siempre declamando contra las visiones de su fantasía! ¿Quién pensará en arrebatarles su patria?

Mientras algunos circunstantes enfurecidos entraban en el cuarto vecino para castigar la osadía del interruptor, Gacetilla dijo:

-Ese hombre ha dicho una verdad más grande que el puente de Cal y canto, porque es muy positivo que los señores godos, pelucones y apeluconados, no piensan en quitarnos la patria. ¿Para qué quieren patria ellos, que han sabido pasar tan bien su vida de esclavos? No es, pues, la patria el objeto de sus aspiraciones: son los destinos públicos y las rentas.

Aplausos y carcajadas estrepitosas respondieron al discurso de Gacetilla, al mismo tiempo que volvían los que habían entrado al cuarto vecino, diciendo que el atrevido interruptor se les había escapado por otra puerta.

-Y para que veáis que lo que acaba de deciros el señor Gacetilla es la verdad -(prosiguió Orjera)-, voy a haceros una observación. Estos patriotas de nuevo cuño no tienen vergüenza de hablar a nombre de un país que ellos han ayudado a asesinar. Son los lobos hambrientos que quieren quitar del medio a los pastores para comerse después todo el rebaño. Han elegido por jefe, no a un patriota de esclarecidos hechos, sino a don Diego Portales, cuya hoja de servicios está en blanco. Esto prueba la ninguna estimación que les debe la patria, y el desdén con que miran a sus leales   -231-   servidores. Nada ha hecho Portales en beneficio de Chile; la lucha de nuestra independencia no ha podido despertar su patriotismo; y la primera vez que se le ve aparecer en nuestra vida pública es para soplar la guerra civil que aún no conocíamos los chilenos. ¡Ay de nuestras republicanas instituciones, si ellos vencen en esta fratricida lucha que su egoísmo y su rabia contra la libertad están preparando sordamente! ¡Ríos de sangre chilena regarán nuestros campos, y veremos caer por tierra nuestras más queridas instituciones! Tendremos una monarquía con el nombre de república. En vez de dirigirnos por la vía del progreso, el gobierno será siempre el principal inconveniente para toda mejora social, para toda innovación útil, para toda ley liberal, para todo pensamiento que pugne contra el espíritu monárquico. Y no puede ser de otro modo, porque este espíritu es el que domina a nuestros enemigos. El país abrirá al fin los ojos, y querrá reconquistar lo que ellos le habrán quitado; pero ellos, en posesión del poder, abusarán de la fuerza y gobernarán haciendo la guerra a la Nación; perseguirán a sangre y fuego a los buenos patriotas; harán leyes especiales para tener al país en jaque; leyes acomodaticias, que ellos interpretarán siempre a su favor; leyes contrarias a la libertad; leyes traidoras que les servirán de pretexto para ejercer sus venganzas contra los ciudadanos indefensos. ¡Ah! ¡Señores! Si ellos llegasen a dominar no habría acto que no cometiesen por mantenerse en el poder; elevarían el fraude, el dolo y la mentira; al rango de elementos de buen gobierno; y el espionaje y la delación serían premiados como virtudes cívicas. Ser opositor llegaría a ser el mayor de los crímenes; así como no habría cualidad más recomendable, que la de gobiernista. Porque la aspiración de esos malvados es la de posesionarse del país para gobernarlo por ellos y para ellos. Y sin embargo de no haber hecho nada en servicio de la patria, no dudéis que se decretarían la corona cívica, y pondrían sobre su jefe la corona de laurel; escribirían historias, dando a Portales el nombre de genio protector de Chile, ¡y quién sabe si elevarían estatuas con los dineros del Estado! Y mientras tanto, ¿qué sería de los héroes de nuestra independencia? ¿Qué de los honorables ciudadanos que han defendido valerosa y noblemente las ideas democráticas? ¡Unos serían extrañados del país; otros morirían en lejanos destierros; otros tendrían que vivir ocultos, sufriendo en silencio las desgracias de su patria; y otros en fin, serían vejados, ultrajados y asesinados en nombre del orden público. Las sentencias serían firmadas por los Francos, los   -232-   Arabaños, los Dorrigas, los Aldeanos, etc., haciendo caer sobre los sentenciados el anatema de enemigos de la patria y perturbadores del orden público, que estos malditos godos merecen!

-Por esto he dicho yo siempre -apuntó Gacetilla, entre los bravos y palmoteos que el discurso de Orjera produjo-, por esta razón digo: que en política, es preciso vencer a todo trance para llegar a ser un hombre de bien.

Orjera fue llevado en triunfo hasta la plaza por los entusiasmados oyentes; don Catalino lanzaba vivas desaforadamente, y agitaba su sombrero en el aire, cuando sintió que alguien lo sujetaba de la ropa. Volviose prontamente, y vio a don Pablo Motiloni, quien le dijo:

-Oiga usted don Catalino.

-Aquí me tiene usted -contestó éste prontamente.

El italiano se acercó a Gacetilla, y le dijo misteriosamente al oído:

-Acuérdese, amigo, del encargo que le tengo hecho, de no hablar sobre el asunto que ya usted sabe.

-Ya, ya comprendo, amigo mío. En boca cerrada no entran moscas.

-Porque si sale una palabra de su boca...

-No tiene usted nada que encargarme. Yo también sé guardar un secreto como cualquier otro.

-Está, bien -dijo Motiloni-. ¡Adiós!

Al tiempo de dar la mano a don Catalino, el italiano le puso (sin que el otro lo advirtiera) un paquetito de papeles dentro de la cartera del chaquetón. Cualquiera que hubiera visto esta operación habría admirado la ligereza de manos de don Pablo. Hecho esto, se retiró a largos pasos, dejando a Gacetilla parado en la vereda, como esperando algún transeúnte con quien hablar sobre los acontecimientos del día.

Don Pablo se dirigió por la calle de las Monjitas, como buscando alguna cosa; luego torció hacia su derecha por la de San Antonio, hasta que, en la calle de los Huérfanos, encontró una patrulla encargada de mantener el orden. Al momento se dirigió al jefe y le dijo:

-Voy a hacerle a usted un denuncio, señor mío.

-Hable usted -contestó el jefe.

-¿Conoce usted a don Catalino Gacetilla?

-Lo conozco de oídas.

  -233-  

-Es un hombre pequeño, rechoncho, de aladares negros recortados; que anda con un chaquetón plomo y una gorra de paño color chocolate.

-¡Ah! Lo acabo de ver en la plaza. Estaba en medio de un corro, hablando como un predicador.

-Es el mismo entonces -dijo Motiloni.

-Y ¿qué clase de hombre es ese?

-Es uno de los agitadores; uno de los enemigos de la administración.

-¿Sí? ¡Por eso hablaba tanto el hombre! Voy a atraparlo.

-Hará usted bien. Creo que anda repartiendo proclamas...

-¡Proclamas! Eso es cosa seria... Le doy a usted las gracias por el aviso.

-No hay de qué, señor. Pero como podría cómprometerme si él supiera que yo...

-No tenga usted cuidado alguno -le interrumpió el militar-. El no sabrá nada. Voy a darle caza.

Diciendo esto, se dirigió el jefe con su patrulla a la plaza, en donde encontró a Gacetilla hablando por boca y narices en el centro de un corrillo. Enseguida, dejando su patrulla junto a los baratillos, se encaminó con un soldado hacia el grupo, y preguntó:

-¿Es alguno de ustedes la persona de don Catalino Gacetilla?

-Aquí lo tiene usted -dijo éste-. ¿En qué puede serle útil su servidor?

-Por ahora solo en que me acompañe a la cárcel...

-¿Y para qué?

-Tengo orden de llevarlo preso.

-¿A mí? -exclamó temblando don Catalino...- Yo creo que está usted equivocado...

-No tengo costumbre de equivocarme -replicó el otro- ¿Piensa usted hacer resistencia?

-Ni remotamente, señor... Pero yo quisiera saber...

-No perdamos el tiempo; marche usted...

-Pero, ¿qué crimen he cometido para...?

-¿Qué crimen? Y ¿le parece poco andar exaltando los ánimos con discursos subversivos?

-Pero, señor... ¡Si soy el hombre más pacífico del mundo!

-¡Y luego repartir proclamas incendiarias!...

-¡Oh! ¡Esto es ya demasiado! Si eso es así, que me ahorquen -exclamó fuera de sí Gacetilla-. En lo de hallar, seré franco, señor:   -234-   quién sabe si he dicho algo que pueda ofender los oídos... Pero en eso de las proclamas, le juro a usted que yo estoy tan inocente como San Juan Bautista.

-Veamos -dijo el otro-, haciendo una seña al soldado. ¡Entregue usted todo lo que tenga en los bolsillos!

El soldado se acercó a don Catalino, quien temblando, empezó a sacar su pañuelo, su tabaquera, el mechero y demás utensilios de fumar. Entre los objetos que encontró en sus bolsillos había un pequeño paquete de papelillos impresos, que sin saber él mismo lo que era, entregó al jefe de la patrulla. Tomó éste el paquete, y sacando una de las hojas, la abrió y leyó en voz alta:

«¡A las armas, ciudadanos!...

El infame gobierno que rige la República...»

-¡Jesús María! -exclamó Gacetilla fuera de sí-: dígame usted señor: ¿cómo es que esos malditos papeles estaban en mis bolsillos?

-Eso lo sabrá usted mejor que yo -contestó el otro, mientras los demás se reían de la pregunta de don Catalino-. Por ahora no tengo necesidad de saber más... Vamos a la cárcel.

Viendo don Catalino que pretender probar su inocencia era tiempo perdido, se resignó a su suerte, y despidiéndose de las personas con quienes estaba hablando antes, se dirigió con la cabeza gacha a la cárcel.

-¿Cómo habrán venido a mi bolsillo esos papeles? -se decía entre dientes-. Parece cosa de encanto... Pero eso me pasa por novedoso... ¿Por qué, en vez de levantarme tan temprano para venir a ver lo que pasaba, no me quedaría en mi cama?... en vez de que ahora... ¡con una causa criminal encima!... y en los tiempos que corren!... ¡Oh, fatalidad! ¡Esto me acontece por entrometido!

Diciendo esto, Gacetilla entró a la cartel, y la pesada reja de fierro se cerró tras de él.



  -235-  
ArribaAbajo

Capítulo XXXIX

¿En qué se empleaba el dinero don Policarpo?


«Atacaban a su vez a los pelucones de haber sido los encubiertos promotores de aquella revuelta para la cual habían dado los fondos.»


F. ERRAZURIZ. (Chile bajo el imperio de la
Constitución de
1828. Capítulo II.)
               


Aunque rechazados los enemigos del orden y de la ley, no se daban aún por vencidos; y metidos en su cuartel de San Pablo, desafiaban desde allí el poder del gobierno. Sin embargo, este motín, parecía tan estéril como todos los que anteriormente habían agitado al gobierno de Pinto. Nacida de las malas pasiones y fomentada con el dinero de los enemigos de la República, sin encontrar eco en el corazón del pueblo, y habiendo fracasado desde su principio, esta revuelta debía tener un fin próximo. Pero a pesar de su falta de éxito los sublevados celebraban, bebiendo a discreción en su cuartel, convertido en ciudadela, la derrota que acababan de sufrir.

Mientras tanto, un consejo de guerra, compuesto de los jefes principales, reunido en el palacio presidencial, discutía sobe las medidas más acertadas para apagar la sublevación. Estaba visto   -236-   que ésta no pasaba de ser un motín de cuartel, en el cual, el pueblo no parecía querer tomar parte. Los habitantes de Santiago permanecían tranquilos sin corresponder al llamamiento de los pelucones. A pesar de esto, no faltaban agitadores, que en las conversaciones trataban de introducir entre las gentes el odio de que estaban animados contra el gobierno.

Si el centro de la ciudad permanecía tranquilo, no sucedía lo mismo con los suburbios. Pandillas de vagos entremezclados con soldados recorrían los barrios del puente, la plaza del Basural y el Tajamar hasta la cancha de gallos, introduciendo la alarma entre los vecinos de estos barrios, quienes, con sus puertas atrancadas, apenas se atrevían a asomarse a ver lo que pasaba en la calle. Entonces, falta de policía de seguridad como estaba la ciudad de Santiago, cada cual tenía que cuidar de sí mismo.

Bien se echará de ver, que siendo cl cuartel de San Pablo, el foco de la revuelta, no estaría la calle aquella en el mayor orden. De allí era de donde se veía salir la mayor parte de las pandillas, que, haciendo escala en cada bodegón que encontraban al paso, se ocupaban en gritar aquí, allá y más allá:

-«¡Mueran los herejes»!

-«¡Abajo el gobierno de extranjeros!»

El bodegón de Juan Diablo estaba lleno de gente. Allí entraban y salían individuos de diversas cataduras; unos a sacrificar al dios Baco, y otros que parecían dispuestos a entregarse a Marte, según era el aspecto belicoso que presentaban. Ambos dioses tenían allí sus dignos representantes; el de las vendimias, en tío Ruco; y el de la guerra, en Miguel Turra. Esto no es decir que las demás deidades del Olimpo dejarán de tener sus devotos en aquella reunión multiforme, en donde se veía de relieve todas las bajas pasiones, con una franqueza verdaderamente mitológica.

-¡Maldita suerte -exclamaba Turra dando un puñetazo sobre el mostrador-: no haber tenido tiempo de merendarme a uno de los pipiolitos!... Son ellos, los conozco bien...

-Tome un trago, amigo -le dijo tío Ruco-, para que se le pase la murria... Ahóguela en aguardiente, que es santo remedio.

-Pero otra vez andaré más despierto -refunfuñaba el bandido, quien se creía infeliz por no haber tenido el placer de derramar la sangre de un hombre.

Aunque Juan Diablo no estaba en el despacho, nadie echaba de menos su falta, pues su digno amanuense, el Bizco, servía a los parroquianos   -237-   del modo más cariñoso del mundo. ¿Dónde se hallaba entonces el bodegonero? Si el curioso lector quiere saberlo, tenga la bondad de seguirnos, y marche con cuidado por entre la multitud de grupos de vagos, borrachos, mal entretenidos, soldados, muchachos y mujeres que van y vienen, y se cruzan en diversos direcciones.

Dando vuelta la esquina de la Casa vieja, que el lector conoce, se encontraba un cuartito redondo, de mezquina apariencia, por cuya puerta entreabierta entraban y salían hombres de diversas condiciones. Dentro de aquel cuarto estaba el bodegonero ocupado en distribuir dinero y algunas armas al populacho. Como conocía a todo el mundo, Juan sabia muy bien entre quienes debía repartir la plata y los sables, pistolas, tercerolas y fusiles viejos que había recibido del cuartel.

Cada individuo recibía algo adelantado, con la promesa de que se le daría después el doble, si se obtenía la victoria. Al mismo tiempo les indicaba el buen Juan que se encaminasen a su bodegón, en donde encontrarían aguardiente, mejor que en ninguna otra parte encargándoles (eso sí) que bebiesen con orden, pues no quería que su establecimiento se desacreditase.

Cuando se concluyó de distribuir el armamento y el dinero, Juan cerró la puerta y la atrancó bien, dejado solo entreabierta una tronera que la puerta tenía, por donde entraba un rayo de luz al miserable cuarto. Entonces salió de un rincón un hombre que allí estaba oculto detrás de una puerta vieja afirmada en la pared. Era Motiloni: estaba pálido, y su mirada brillaba siniestramente en la oscuridad.

-Se ha portado usted bien, amigo mío -dijo al bodegonero-. Me gustan los hombres inteligentes y de corazón.

-Es que conozco las uvas de mi majuelo, le contestó Juan. Cada uno de estos cree que va a hacer su fortuna en cuanto venzamos. He dado el dinero solo a gente de pelo en pecho.

-Muy bien: ahora es preciso que sepamos lo que piensa el enemigo.

-Nada más fácil. Yo me voy al bodegón, y de allí enviaré al Bizco, que es un zorro para las noticias.

Diciendo esto, salió el bodegonero, y se fue en derechura a su despacho.

La calle estaba agitadísima: las noticias, falsas o verdaderas, corrían de boca en boca y se cruzaban en todas direcciones; infundiendo   -238-   el miedo en unos, la alarma en otros, y el entusiasmo en los más exaltados.

Los encontrados pareceres engendraban aquí, allá y más allá mil disputas que concluían generalmente en puñetazos o cuchilladas. Unos creían que los Coraceros debían hacer otra salida; otros pensaban que lo mejor era permanecer dentro del cuartel, esperando que el gobierno enviara a hacerles propuestas de convenio. La puerta del cuartel estaba exteriormente rodeada de gentes hambrientas de desorden, que no pudiendo penetrar dentro, se contentaban al menos con escuchar desde afuera el ruido de la bacanal de los soldados.

Habíase colocado arriba de la torre de la iglesia un piquete de fusileros, que, al mismo tiempo que sirviera de vigía para observar los movimientos del enemigo, pudiera valerse de aquella ventajosa posición en caso necesario. Entre los soldados del cuartel y las gentes de afuera, así como entre éstos y los que se hallaban en la atalaya de la torre, se cambiaban voces de inteligencia, como para animarse mutuamente.

Rodeaban el cuartel, y desembocaban a cada rato en la plazuela partidas de campesinos montados en briosos caballos. Muchos de ellos parecían dispuestos a tomar parte en el motín: otros no eran sino simples curiosos que venían a ver la revolución, como irían a presenciar una carrera de caballos. Estos recorrían las calles con esa impavidez característica del guaso chileno, a quien nada le intimida cuando se ve montado en un caballo brioso, atento y de buena rienda. Por otra parte, en aquellos tiempos, una sublevación o revuelta eran miradas por el pueblo como un espectáculo interesante.



  -239-  
ArribaAbajo

Capítulo XL

La cosa se encrespa



   «¡Ah! No es la muerte en la feroz contienda
la convicción de la verdad grandiosa;
un cadáver tampoco es digna ofrenda
en tus altares, ¡libertad gloriosa!
Para encontrar la verdadera senda,
la razón es la antorcha luminosa;
las armas, la palabra, la conciencia,
y el himno de victoria, la clemencia.»


G. MATTA.                


Más de una hora había trascurrido desde que Juan Diablo se separó de Motiloni, cuando aquel llegó de nuevo al cuarto en donde éste le esperaba.

-¿Qué hay de nuevo? -preguntó el italiano.

-La cosa se encrespa -contestó el bodegonero-, según lo que me ha dicho el Bizco, a quien mandé aguaitar lo que pasaba. El muchacho oyó decir a unos caballeros que los del gobierno estaban resueltos a atacar el cuartel.

-¿Y...?

-La plaza está llena de gente: han llevado artillería y todo...

-¡Bueno! -murmuró el italiano-: si vencemos, peor para Pinto y sus secuaces; y si él vence, haciendo uso de sus cañones, peor también   -240-   para él, porque estas victorias producen siempre descontentos.

Luego agregó en voz alta:

-Dígame ahora: ¿ha hablado usted con algunos campesinos de a caballo?

-¡Por supuesto! Hay hombres resueltos y capaces de todo. Les he repartido dinero, y prometídoles el doble para después. Ya le digo; yo conozco buena gente, y los tengo afiladitos como una navaja de barba. ¡Si usted supiera la clase de hombres que Miguel Turra tiene a sus órdenes! Son de los de cáscara amarga; y yo creo que esta vez han de hacer de rayas... Pero es preciso que vaya a cerrar mi bodegón, porque si es cierto lo que el Bizco me dijo, no tardarán en venir; y en estos casos, el que pestañea, pierde.

Dicho esto, iba a salir Juan, para ir a poner por obra su acertado pensamiento; pero Motiloni lo detuvo:

-Espere un momentos -le dijo-: voy a escribir unas cuantas letras a Urriola.

-Escriba la carta que yo se la enviaré a don Pedro -contestó Juan.

Motiloni escribió con lápiz en un pedazo de papel:

«Hoy 6 de junio de 1829.

«Mi don Pedro: -El gobierno tiene miedo: lo sé de buena tinta. ¡No hay que desmayar! Nosotros trabajaremos por fuera. -Hábleles a los soldados a nombre de la religión y de los ministros del Señor; y sobre todo, no escasee el aguardiente, porque el tiempo está frío..»

«UN AMIGO DE LA PATRIA.»

-Es preciso entregar la esquela en mano propia -dijo Motiloni, doblando el papel, y dándoselo a Juan.

-Descuide usted -contestó éste-. Tengo hombres que harán lo que yo les mande.

Y saliendo del cuarto se metió entre la multitud.

La calle estaba llena y la efervescencia había llegado a su colmo.

-¡Caramba! -decía uno de los de la partida de Turra, echándose el poncho al hombro-: ¿qué harán estos soldados metidos entre cuatro paredes?

-Es cierto, compadre; así no se hace una revolución. ¿Cómo querrán desde aquí echar abajo al gobierno?

  -241-  

-Yo creo que el gobierno tiene miedo -decía un tercero-. ¿Por qué no se presenta, pues?

-Calle la boca, compadre; ¡si las revoluciones de ahora no son como las de otros tiempos!

-Ya yo estoy aburrido de tanto esperar -agregaba otro-. Esto está muy tibio. Me voy para mi casa.

-Y yo también: ¡qué cristianos tan cobardes los de estos tiempos!

-¡Vaya! ¡Yo creía que nos íbamos a divertir! ¡Pero... apenas tres o cuatro tiros!

-¡Aguarden! ¡Aguarden! ¡Los de la torre hacen señas! -gritó uno.

-¡Ya vienen!

-¡Qué han de venir!

-¿No sienten el ruido de los tambores?

-Es cierto: ¡gracias a Dios que nos vamos a ver las caras!

-¿Por dónde vienen?

-Por la calle del Puente.

-¡Prepárense hijitos!

-Pocas palabras y al moño. ¿Entienden?

-¡No hay que recularle a los herejes!

Estas o parecidas eran las palabras que se cruzaban por entre la multitud, cuando vieron desfilar a lo lejos las tropas del gobierno. La calle empezó a despejarse; las puertas se cerraron apresuradamente, y una gran parte de curiosos tomó las de Villadiego. Sin embargo, las bocacalles permanecieron obstruidas de gente de a pie y de a caballo.

Las fuerzas del gobierno eran mandadas por el coronel don Francisco Elizalde; y se componían del batallón Núm. 7, a las órdenes de Rondizzoni; un escuadrón de caballería, mandado por el teniente coronel don Guillermo Tupper; y tres cañones de artillería a las órdenes del mayor Amunátegui. Uno de estos cañones estaba al mando de Andrés, quien no había tenido lugar de contar a su jefe lo que le había sucedido en la mañana cuando se dirigía al cuartel. En cuanto a Anselmo, iba sirviendo de ayudante a Elizalde.

¿Qué objeto tenía este lujo de fuerzas para atacar a un cuerpo de tropas inferiores en número, desmoralizadas por el desorden, sin una cabeza capaz de dirigirlas con éxito, medio vencidas y metidas en un cuartel, en donde la resistencia era una locura mayor que el mismo levantamiento?

El objeto era palpable: se quería probar con el número a los   -242-   amotinados la imposibilidad de resistir, a fin de obligarlos a rendirse sin combatir.

El General Pinto, animado de los sentimientos humanitarios que constituían el fondo de su carácter, quería evitar a todo trance la efusión de sangre. Presidiendo el anterior consejo de guerra, en el cual se había decidido el ataque al cuartel de los amotinados, el vicepresidente Pinto había manifestado sus deseos de conciliación contra el parecer de algunos miembros del consejo, que opinaban por el castigo de los culpables. Esta era la segunda vez que el cuerpo de Coraceros se sublevaba, era preciso tratarlos ejemplarmente, a fin de introducir en el ejército la disciplina, que el mal ejemplo de continuos motines militares menoscababa de día en día. A esto contestaba el vicepresidente que en los soldados sublevados debía verse más bien hombres mal aconsejados, que verdaderos enemigos de la patria; que tratándose de enemigos que eran nuestros compatriotas, debía el gobierno hacer por convertirlos en amigos, por medio de la clemencia, la generosidad, antes que vencerlos por la fuerza de las armas.

Habiendo prevalecido tales ideas en el consejo se dispuso no atacar al cuartel sino después de haber agotado los medios que la dignidad del gobierno aconsejaba emplear, para volver a los amotinados a la senda del deber.

Mientras tanto las tropas formadas en la plaza, esperaban a sus jefes para ponerse en marcha contra los rebeldes.

-Amigo mío -dijo el General Pinto, despidiéndose del coronel Elizalde, encargado de mandar el ataque-: muy triste es el deber que le ha tocado a usted cumplir por esta vez.

-Es verdad, señor -contestó Elizalde-. Cuesta trabajo decidirse a mandar hacer fuego contra los mismos soldados que han peleado en nuestras filas.

-Y tanto más -agregó Tupper, terciando en la conversación-, y tanto más, señor General, cuanto que, castigando a los amotinados quedará siempre impune el crimen.

Pinto miró a Tupper como preguntándole el significado de aquellas palabras.

-Sí, señor -prosiguió éste con noble franqueza-. No creo que los promotores de motín, es decir, los verdaderos culpables, estén entre las pobres gentes que vamos a atacar.

-Es un hecho -dijo Elizalde-: este motín, como otros muchos, no   -243-   es más que el efecto de las instigaciones peluconas. Aquí anda el dinero de los reaccionarios enemigos de la República.

En aquel momento salían los tres de la sala del consejo, seguidos de los demás jefes. Don Francisco Ruiz Tagle, ministro de hacienda, que esperaba al vicepresidente en el corredor, oyó las últimas palabras de Elizalde y miró a éste de un modo particular.

-Por esto he dicho -repitió Tupper (mirando alternativamente a Tagle y a Elizalde)-, por esto he dicho: que no es dentro del cuartel donde deben buscarse los enemigos del orden.

Esta vez la mirada del Ministro fue escudriñadora, como si hubiese querido adivinar el verdadero significado de aquellas expresiones. Enseguida, sin hablar una palabra, llamó hacia a un lado al vicepresidente y quedó hablando con él, mientras los jefes salían a tomar sus puestos.



Arriba
Anterior Indice Siguiente