Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  -293-  
ArribaAbajo

Capítulo XLIX

Don Melitón principia a hacer fortuna



    «Uno planta las higueras,
y otro ce come las brevas.»


(REFRÁN POPULAR.)                


Cada día se alegraba más don Marcelino de la resolución que había tomado de clavar las ventanas de su casa y mantener cerrada su puerta de calle, pues a esto atribuía principalmente la mansedumbre y docilidad que desde los últimos sucesos domésticos observaba en su mujer y su hija. En cuanto a éstas, aparentaban más tranquilidad de ánimo, (que estaban bien lejos de sentir) por su parte se engañaban también, tomando por bien dado el cambio de don Marcelino, desde que creyó poder vencer la resistencia de su hija.

Doña Estrella visitaba diariamente a sus amigas, quienes obtenían así noticias sobre la salud de Anselmo. Ya el joven se había levantado de la cama y estaba casi completamente restablecido; pero no podía vivir contento estándole prohibido el ver a su amada. Al principio tuvo el placer de verla dos o tres veces en la iglesia de la Compañía a la hora de misa; pero habiendo notado su presencia el celoso don Marcelino, que no se separaba de su hija, determinó llevarla   -294-   en lo sucesivo a otra iglesia. Entonces, el pobre Anselmo no tuvo más que contentarse con las noticias que le traía doña Estrella, de la cual se hizo tan amigo como un amante puede serlo del confidente de sus amores.

En cuanto a nuestro buen amigo, don Melitón Sandoval etc. seguía estrechando sus relaciones con don Marcelino y don Cándido, a quienes había hecho varias visitas. Posteriormente había sido presentado por el padre Hipocreitía a otros amigos, quienes lo miraban de diverso modo. Dorriga, Franco y otros, lo trataban con gran consideración, atendiendo a su calidad de español noble. Don Cándido no cesaba de proclamar su sabiduría, en razón a los profundos conocimientos que don Melitón poseía de la lengua latina. Aldeano y otros lo despreciaban, y Portales parecía mirarlo con notable predilección; pero todo era porque el señor Sandoval le proporcionaba un objeto de quien burlarse. Desde que lo conoció, lo tomó por su cuenta, como dicen; y no cesaba de preguntarle por sus dignidades, apellidos, antiguas riquezas y el valimiento de que gozaba en España.

Don Melitón no era un tonto de capirote para que no conociera las pullas de Portales; pero las más veces, éstas las dirigía de una manera tan fina, que habría sido peor darse por ofendido. Además, por un capricho de la suerte o de la desgracia, había acontecido que desde que don Melitón vio a Lucinda se enamoró perdidamente de ella, y esto había trasformado su carácter altanero en suave e insinuante. De taciturno y severo, se hizo vivaracho, fácil y flexible como un niño. Lucinda le había hecho amar esta nueva sociedad colonial que había principiado por despreciar. Aunque comprendía la nulidad de don Cándido, ¿cómo no apreciar al padrino de la linda niña? Por más que le disgustara la grosería de don Marcelino, se empeñó en hacerle la corte; y como estaba acostumbrado al lenguaje insinuante y cortés de la sociedad madrileña, no tardó en captarse toda la estimación y el cariño de su futuro suegro, en cuya casa comía tres o cuatro veces por semana. Los obsequios de doña Trinidad y la amabilidad de Lucinda tenían engañados a los dos viejos. Por último, cl deber de formales historiadores nos obliga a decir que no es posible afirmar si el amor a Lucinda, o la esperanza de cambiar su estado rentístico, era lo que más había influido para mejorar la manera de ser del candidato a yerno.

Ya don Marcelino había impuesto a su esposa de sus proyectos, diciéndole que debía mirar al noble don Melitón como el futuro   -295-   esposo de Lucinda. La pobre señora, conociendo que toda observación sería inútil, no hizo más que callar y ahogar sus suspiros. Sin embargo, se atrevió a hacer presente a su marido que sería una imprudencia querer que la niña olvidase de un día para otro su antiguo amor, y que lo más puesto en razón, sería esperar un poco de tiempo a fin de que se fuese poco a poco acostumbrando a la idea del nuevo esposo.

-Está bien -contestó el terco don Marcelino-: pero adviértele a esa muchacha, que yo no estoy para aguardar mucho, y que ya don Melitón me ha echado sus indirectas sobre el particular. Por último, es preciso que se convenza de que si persiste en su capricho la desheredo de redondo.

Lo que doña Trinidad quería era solo ganar tiempo. Había escrito a su primo, el General Freire, que entonces se hallaba en San Felipe, y esperaba que éste vendría a sacarla de tan embarazosa situación. Ni aun podía pedir consejo al padre Álvarez, porque hacía muchos días que éste no se hallaba en el convento. Nadie daba noticias de su paradero; y solo uno que otro fraile sabía que el padre provincial, después de una disputa acalorada con el padre Hipocreitía, había ordenado la traslación del reverendo Álvarez al convento de la Recoleta Francisca.

Algunos días después, el padre Hipocreitía decía a don Marcelino:

-El pobre don Melitón está loco de amor por Lucinda: no me habla sino de la linda y virtuosa niña, y tiene el proyecto de llevársela a España para hacerla condesa.

-¡Oh! -contestó don Marcelino, paseándose por su cuarto-: en ese caso, iría yo también y es claro que...

-Haría usted bien.

-Es claro que si mi hija puede ser condesa, yo podría llegar a ser... ¿Qué título me correspondería a mí, como padre de la muchacha?

-El de suegro del señor conde -contestó sonriendo el jesuita-. Pero en cuanto a títulos -prosiguió-, no es difícil obtenerlos, habiendo con qué. Lo que por ahora importa es realizar la unión.

-Ya he hablado sobre esto a la Trinidad.

-Y ¿qué ha contestado la señora?

-Parece que se resigna; pero la muchacha no ha dado el sí todavía.

-Al fin lo dará.

  -296-  

-¡Pues no lo ha de dar! He prometido desheredarla, si se me resiste.

-¡Oh! -dijo el buen padre-: ¡duro es eso de desheredar a una hija!

-Digo, si se encapricha. ¡Ya lo verá!

-No obstante, hay casos en que la prudencia aconseja tomar medidas serias cuando se trata de la felicidad de los hijos. ¡Son muy sagrados los deberes que impone el porvenir de la familia, mi don Marcelino!

-¿Qué quiere decir, su paternidad?

-Digo, que con el fin de obligar a la niña, podría hacer una donación a su futuro yerno. De esta manera haría usted ver a la señora y a su hija, cuan dispuesto estaba usted a dejar de heredero a don Melitón.

-¡Ah! ¡Mi padre, eso sería para que me criticaran las gentes.

-Por otra parte -agregó el jesuita, sin atender a la observación de don Marcelino: Usted sabe que don Melitón carece ahora de recursos; y mientras le vienen los que ha pedido a España, bueno es que cuente con algo... Lucinda no podrá quererlo, viéndolo pobre... Yo conozco a las mujeres. Otra cosa será cuando lo vea en su casa propia. A propósito ¿no tiene usted otra casita en la calle de Santo Domingo?

-Sí; y ahora no está arrendada... Su paternidad dice bien: puedo prestársela a don Melitón.

-Tiene usted razón -contestó el padre-: usted podría donársela.

-Digo, prestársela.

-Mejor sería una donación de por vida Es una especie de préstamo. Esto mismo puede usted hacer con la chacrita de Colina, que nada le produce... Don Melitón es loco por la agricultura, y después de su muerte recibiría usted la chacra convertida en paraíso.

Nada contestó don Marcelino. El padre prosiguió con voz melosa:

-Además, como el hombre ha de ser su yerno ¿qué tiene de particular que reciba esas donas de parte de usted? Vuelvo a repetirle, que estas donaciones no podrían ser sino durante la vida del caballero. A usted no le hace falta alguna ni la chacra ni la casa; y puede ser que Lucinda mire con mejores ojos al buen caballero, una vez que lo vea regularmente establecido.

Don Marcelino, por única contestación, dijo al jesuita:

-Lo veremos despacio, padre mío: ¡otra cosa es con guitarra!

  -297-  

-Usted sabe lo que hace -contestó éste.

No nos ha sido posible averiguar si solo fue este consejo u otros muchos que el padre pudo darle lo que influyó en el ánimo de don Marcelino para ceder a don Melitón las propiedades antedichas. Lo único que se sabe de positivo es que unos veinte días después de la conversación anterior, ya el señor de Sandoval vivía en su casita de la calle de Santo Domingo, y decía enfáticamente: «mi chacra de Colina»... En muy poco tiempo, la casa y la chacra cambiaron de aspecto. ¿De dónde se sacó el dinero necesario para los trabajos? Nadie lo sabía, con excepción del padre Hipocreitía y el avaro don Policarpo Tragantilla.



  -298-  
ArribaAbajo

Capítulo L

Los Proyectos de don Marcelino


«Había paz, había prosperidad, había libertad; pero todos aquellos hombres a quienes favorecía el privilegio destruido; todos aquellos hombres de la educación antigua; todos aquellos hombres que caen en la nulidad después que ha caído el orden que los engrandecía; todos los ignorantes, el elemento español, que no puede resistir en su orgullo a la innovación de creencias, de formas de gobierno, de costumbres liberales en la esfera pública y privada, mordían el freno en el silencio de su rabia.»


FRANCISCO BILBAO. (Sociabilidad Chilena.)                


Pocos días después, y a la hora en que nuestros padres solían hacer algunas visitan de confianza, es decir, antes de que quemase el sol de la mañana, el héroe don Cándido de la Rueda, golpeó la puerta del heroico don Marcelino de Rojas, a quien encontró en el quinto o sexto mate de su desayuno.

-Siéntese, compadre; a tiempo ha llegado -dijo don Marcelino contestando al saludo de don Cándido.

-Más vale llegar a tiempo quo no ser convidado -respondió éste,   -299-   sentándose y tomando el mate que acababa de cebar don Marcelino.

-Y ¿qué lo trae por acá tan temprano?

-Vengo encargado por mi mujer para hacerlo un convite. Usted sabe que mañana es el día de mi cumpleaños, y Estelita ha querido que ustedes nos acompañen a la mesa.

-Dios se le pague, compadre; pero...

-No ha pero que valga... Estelita ha de venir a convidar en persona a mi comadre... Comeremos un pavito, y nos acordaremos de nuestros antiguos tiempos.

-Acepto -contestó don Marcelino-; pero me permitirá usted llevar a don Melitón.

-Don Melitón va a su casa -contestó el otro con aire de cordialidad-. Yo miro al caballero como a uno de mis mejores amigos.

-Dios se lo pague, por lo que me toca, compadre.

-Yo creo que en cuanto los hombres del Gobierno le tomen el pulso a don Melitón, habrán de ocuparlo en el ministerio.

-¿Y cree usted que don Melitón aceptaría?

-¿Y por qué no?

-¿Un hombre que ha sido casi ministro en España?

-¡Pues aquí lo sería, sin casi, compadre! Eso vale más.

-Además -repuso don Marcelino-, sepa usted que tenemos intención de irnos de estos reinos.

-¿Para adónde?

-Para España.

-Y ¿a qué bueno, compadre?

-¡A vivir a lo titulado, a lo conde! -respondió don Marcelino, recontoneándose en su silla de vaqueta.

-¡Pero, compadre! -exclamó don Cándido, entre admirado y risueño- ¿no tiene usted bastante dinero para poder vivir aquí en Chile, a lo conde, a lo marqués, a lo rey si se le antoja?

-Si tengo; pero me falta el título, y como con este embolismo de república en que el diablo tiene metidas a todas estas Américas, ya no puede un cristiano enviar a comprar un titulillo con que ennoblecer a sus descendientes, preciso es salir a buscarlo allá en aquellas tierras en donde saben apreciar la nobleza y el honor, por que...

-¿Por qué lo venden? -interrumpió don Cándido sin saber lo que decía.

-Así es, compadre -respondió don Marcelino, chupando la bombilla-. En aquellas cristianas monarquías se vende y se compra bien   -300-   caro a veces la nobleza y el honor de las familias, porque se sabe apreciar en lo que vale la honra de una familia, el lustre de un apellido, y la hereditaria hidalguía de un encumbrado título; y no que aquí, que ya no es cristiandad lo que han hecho estos herejes, pues, no contentos con desposeer de sus títulos a todos aquellos a quienes les había costado su plata, han hecho pedazos los escudos de armas que adornaban nuestras nobles puertas de calle. ¡Gente sin religión! ¿Y así quiere usted que me quede en estos reinos? ¡No, compadre, no: me voy! Me voy a España!

-Muy bien -dijo don Cándido-; pero se me ocurre una cosa, y es que, yéndose usted a España, no por esto dejará de ser el mismo don Marcelino de Rojas, a menos que no cambie de nombre.

-No hay necesidad de eso -repuso don Marcelino-, sino que haré declarar en el mismo título que mi apellido de Rojas no es de los Rojas comunes sino de los Sandovales y Rojas, que es de donde desciende don Melitón; y según el padre Hipocreitía, son los nobles. ¿Entiende usted ahora

-Así debe ser, pues que el padre lo dice; y ahora caigo en que esto de los Rojas nobles y Rojas innobles, debe ser cosa cierta; no porque yo, cuando era niño, me divertía muelo con las disputas que solían tener cl vaquero de mi padre, llamado ño Coché Rojas, y la ama que me crió, la cual pretendía ser de los Rojas nobles, por lo cual nunca se quiso casar con ño Coché (que daba un palmo de lengua por ella) a pesar de que mi madre le ofrecía pagar todos los gastos. ¡Vea usted!

-Pues esa mujer estaba en un error -repuso seriamente don Marcelino-, porque el mismo don Melitón me ha asegurado que él es el único Rojas de los Sandovales que ha venido a estas Américas.

-Así sera, compadre; y por esto creo yo que ño Coché y mi mama no eran sino de los Rojas de usted...

-¿Está usted loco? -interrumpió don Marcelino- ¿Cree que yo tengo parientes entre los peones y vaqueros?

Pero ¿en qué quedamos al fin, -exclamó don Cándido-, como si le importara mucho la cuestión. Ni usted ni don Melitón quieren ser pariente de mi mama, que era una mujer muy española: ¿de cuáles Rojas era ella entonces?

-Sería de otros ¿qué me importa a mí? -dijo de mal humor el Sor de Rojas.

-Pues esto es cosa de nunca acabar, compadre; y a mí me parece mayor embolismo que el embolismo de la república de que usted hablaba   -301-   ahora poco rato ¿Quiere que le diga una cosa? Yo encuentro muy bien hecho esto de romper y arrancar los escudos de las huertas de calle, borrando títulos y pergaminos, que es como si los patriotas hubiesen dicho: «ya estos nombres son sobrenombres; ya todo esto es un embolismo que no lo entiende el diablo; borremos, borremos; comencemos de nuevo el juego; ¡azules va quien tira!»

Riose don Marcelino y dijo:

-Pues yo, para comenzar una vida de noble, me voy a España, compadre; me voy.

-Pues yo prefiero acabarla aquí -dijo don Cándido-, en esta tierra, en donde cada cual es, no solamente conde, sino rey de su casa, con tal que sea hombre de pelo en pecho y capaz de regir y varonilmente su hogar. Dígalo yo, que de puertas adentro, no me trocara con el mismo Fernando VII.

-¡Que Dios guarde! -interrumpió don Marcelino, tocándose respetuosamente el sombrero.

-Pero después de todo, no le había preguntado a usted si mi ahijadita acepta a don Melitón.

-Todavía no lo sé de positivo; pero tendrá que aceptar, porque ha de saber usted, compadre, que ya se van dando a la razón aquellas mujeres.

-¿De veras?

-Con solo cerrar la puerta y clavar las ventanas, van rindiendo las armas poco a poco.

-Y ojalá logre sus deseos para que llegue al fin a ser... ¿qué título es el que usted piensa obtener?

-Aun cuando no obtenga otro que el de padre de la señora condesa, me daré por satisfecho -respondió don Marcelino medio amostasado, pues al través de la bonhomía de don Cándido, creyó ver cierta malicia en la pregunta anterior.

-Eso es ya mucho -repuso don Cándido-; y cuando más no fuera, el solo emparentarse con un señor como don Melitón, es ya poner una pica en Flandes; aun cuando Estelita dice... pero yo diré siempre que...

-¿Qué dice doña Estrella? -preguntó don Marcelino, quien jamás esperaba nada bueno de parte de la señora Clavijo.

-¡Oh! -exclamó don Cándido, recibiendo el hilo de sus palabras medio escapadas-. Estelita sabe apreciar a don Melitón en lo que vale...

-¿Lo conoce?

  -302-  

-No, compadre; pero yo se lo he pintado a lo vivo; y como aquella mujer tiene tanto ingenio como belleza, ha comprendido al momento los méritos de nuestro caballero.

-Sin embargo, yo sé que ella se ha expresado de una manera poco decorosa a cerca del señor don Melitón.

-¡Oh, eso no puede ser!

-¡Pues es así! Me lo ha dicho una persona que lo ha oído.

-Le repito que eso es imposible, al menos delante de mí! -replicó don Cándido, irguiéndose en su silla-. ¿Cree usted que yo había de permitir a mi mujer el que me contradijera en mis barbas? ¡Eso si que no! Yo no soy hombre capaz de abdicar en mi esposa, por linda que sea, el mando del Hogar. No digo yo que ella no hable a mis espaldas. ¿Quién puede ponerle puertas al mar? ¿Dónde está la mujer que no dice ni hace nada contra su marido, cuando él no la ve? Yo que no soy tonto, aunque suelo echar de ver esas arrancadillas de Estelita, me hago el desentendido por conservar la paz del matrimonio. Pero en mi presencia, es otra cosa. No hay mujer más humilde y sumisa, fuera de sus vivezas de genio, que se las perdono por la gracia con que sabe acompañalas. ¡Ya se ve! Yo la he tenido siempre en un brete, con sus largoncitas de cuando en cuando, según aconseja la prudencia, porque ya usted sabe que a la mujer y a la cabra soga larga... compadre.

-Pero no tan largo que se pierda soga y cabra -interrumpió sonriendo don Marcelino.

-Así digo yo -repuso don Cándido, tomando nuevos alientos-; y por esto es que suelo recoger la soga, y doy mis tiranteadas con mano firme, apretando el nudo cuando conviene, pues, en saber manejar bien el tira i afloja, es en lo que estriba todo el negocio del matrimonio. De aquí es que, sin mi voluntad no se mueve una sola paja dentro de los límites de mi hogar; lo cual es bien que usted tenga entendido para que cesen sus escrúpulos respecto de don Melitón. Quiero decir, que usted debe llevarlo con confianza a mi casa, que allí llegará y mandaré como si estuviera en la suya.

-Muchas gracias, compadre.

-No hay de qué. En cuanto a Estelita, aun cuando no estime como debe al buen señor (lo que no pienso) ella sabrá manejarse como mujer sumisa y obediente. ¿Está usted?

-Ya entiendo, amigo mío -respondió don Marcelino, apretando la mano fue don Cándido le presentaba al despedirse.

-Conque; lo dicho, dichos -concluyó éste, tomando su bastón y su   -303-   sombrero-. Voy a anunciar al caballero. No se olvide de decirles a mi comadre y a mi ahijada que he venido expresamente a convidarlas y que he hablado con usted, que es el jefe del hogar doméstico.

-Muy bien, compadre, así lo haré.

-Por mandato de Estelita... quiero decir, por orden... no, sino por encargo... es decir, porque aquella mujer me rogó que viniera a hacer los convites, mientras ella quedaba arreglando las cosas... Adiós, compadre, que la hora se pasa y tengo que convidar a muchos amigos. ¡Hasta mañana!

-Queriendo Dios, compadre.



  -304-  
ArribaAbajo

Capítulo LI

El cumpleaños de don Cándido



    «Después de una larga ausencia,
nos volvimos a encontrar,
y de nuevo al contemplarnos,
solo supimos callar.
Dulce suspiro del alma
Vagar en sus labios vi,
y sin querer, al mirarla,
otro en los míos sentí.
¿Se hallaron esos suspiros?
¿Qué se dijeron? No sé:
mas suspiramos de nuevo,
y me miró y la miré.»


(EMILIO BELLO.)                


No bien amaneció el día siguiente, cuando toda la casa de don Cándido de la Rueda se puso en movimiento. Mataron los pavos y los corderos gordos traídos de la chacra; y prepararon los pejerreyes de Aculeo; las enormes lizas de la laguna Peldegua, y las perdices que su paternidad reverenda, el prior de la Recoleta Dominica, había enviado de regalo a la señora doña Estrella. La cocina estaba llena de otras provisiones menores, traídas de la recova; y las criadas, con su característico desgreño y abandono, entraban y salían, saltaban y tropezaban en los montones de papas, cebollas, aves, carnes, baldes de agua, y otros objetos de que el pavimento de la cocina estaba cubierto.

  -305-  

Presidía la señuá Tristana ¡gran maestra en el arte culinario! y con su desgreño mayor que el de todas las criadas juntas, daba vueltas en torno del gran fogón colocado en el suelo en medio de la cocina, y revisaba una por una las hirvientes ollas de barro negro; probando de todas ellas con el gran cucharón de palo, que no dejaba nunca de la mano, pues cuando no tenía que probar caldos, le servía de arma para espantar las gallinas que solían revolotear sobre el fogón (llenando de ceniza las ollas a medio tapar con las callanas de greda) para apalear los perros que también solían acercarse al olor de las carnes; o bien para aplicar cucharonazos correccionales sobre las espaldas de sus perezosas ayudantes.

Acercábase la hora del mediodía, con lo cual crecía el empeño de la infatigable señuá Tristana, que esgrimiendo su gran cucharón daba a gritos sus órdenes de generala:

-¡Marica! ¡Atízale el fuego al pavo, que se enfría! -¡Mira vos, boquiabierta! ¿No vis que se está quemando la color? -¡Espanta la gata! -¡Cuidado con los pasteles, Nicolasa! -¡Ah! ¡Perro Barcino! ¡Pa juera! -¡Dale vuelta ligerito al asado pa que se dore! -¿Han traído las lenguas? -Pica, muchacha, la cebolla para aliñarlas -¡Por la Virgen Santa! Ya va siendo hora porque la sombra está cerca de los pilares -¿Estará ya el horno en el punto? ¡Ah! ¡Sí, sí está: vamos poniendo las empanadas! -Dame la escoba, Peta, porque yo no permito que naide barra el horno... Apronten la pala y apuntalen con una teja la paila fritanguera porque ya se quée...

No menos animación que en la cocina había en la cuadra, la cual se iba llenando de convidados de uno y otro sexo. La casa de don Cándido era de las más visitadas de Santiago, pues doña Estrella atraía las gentes con su amabilidad. No necesitamos decir que allí se charlaba de todo: de política, de riñas de gallos, a las que tan aficionados eran nuestros padres; de zorreadas, matanzas y carreras de caballos, sin faltar quien platicara de amoríos nacientes y menguantes, de matrimonios rotos o al efectuarse, y de calabazas dadas o por dar. Las viejas hablaban del último sermón, de la escasez de confesores, y de los trabajos hechos para ganar el capítulo de tal o cual convento, entreverando su plática de largas quejas contra las criadas y su mal servicio; concluyendo al fin con decir, que aquellas gentes debían ser sin duda de otra casta diversa de la de las señoras; en lo cual muchos caballeros eran del mismo parecer, en razón a que lo mismo habían observado ellos con los inquilinos y peones de sus haciendas.

  -306-  

Entre los circunstantes se hallaban muchos de nuestros amigos y conocidos, como Dorriga, Portales, el clérigo Franco y Aldeano. Veíase también entre ellos a don José Jifreno, que gozaba de gran reputación entre los ya nombrados, y a dos ricos hacendados de la provincia de Colchagua, amigos del padre Hipocreitía, y a quienes, según éste, era preciso conquistar a fuerza de halagos y convites, pues, atendida su riqueza y la situación de sus estancias, podrían ser de gran utilidad para la revolución que proyectaban.

El padre Hipocreitía y don Melitón habían venido acompañando a la familia de don Marcelino, quien hizo pasar a Lucinda y a doña Trinidad por el duro sacrificio de presentarse ante aquella concurrencia, acompañados del viejo pretendiente, por el cual sentían ambas tan profunda aversión.

El testarudo padre, traduciendo el descontento de su hija, por natural timidez, y creyendo que aquellos caprichos de muchacha se convertirían en ardiente amor una vez puestas las bendiciones, se afirmaba más y más en su idea.

Después de los saludos de estilo, no estuvo contento sino cuando logró sentar a don Melitón junto a la niña, a quienes dijo enseguida:

-Platiquen aquí como buenos amigos, que yo me voy a dar una vuelta por ahí.

Y don Marcelino, altamente satisfecho, se acercó a un grupo de caballeros que hablaba sobre la próxima elección de presidente.

Lucinda estaba bellísima; y el dolor de su alma que se traslucía en su semblante, conmovió a cuantos la vieron. Y como todos los jóvenes tenían noticias de las pretensiones de don Melitón, empezaron bien pronto a cruzarse las miradas maliciosas y las sonrisas malignas, hasta llegar a los cuchicheos y a las interjecciones en secreto.

Mientras tanto, don Melitón se deshacía en cumplimientos con Lucinda, y casi no añadió al saludo de don Cándido, que en aquel momento entraba a la cuadra. El señor de la Rueda venía del comedor; y después de saludar a algunos caballeros y señoras que no había visto todavía, se acercó a su esposa y le dijo al oído:

-Estelita, ya la mesa está pronta.

Doña Estrella contestó con un gesto de aprobación; pero en vez de alzarse de su asiento, miró una y más veces hacia el patio exterior por entre las rejas de las ventanas, como si esperara a algunos convidados. Bien pronto los ojos de la señora expresaron cierta satisfacción   -307-   , a tiempo que por la puerta de calle entraba un grupo de tres personas. Alzose entonces de su asiento y se encaminó a la puerta de la sala a recibir a los recién venidos, manifestándoles las pruebas más inequívocas de cordialidad. Eran éstos, Andrés Muñoz, su esposa Cecilia y Anselmo Guzmán, a quienes doña Estrella había convidado, sin decir una palabra a su marido. Lucinda, al ver a Anselmo, estuvo a punto de desmayarse de emoción, y se olvidó del disgusto que los galanteos de don Melitón le habían causado. Pero, el que más se sorprendió fue don Marcelino, que, arrastrando a don Cándido hacia un rincón de la pieza, le dijo con los ojos centelleantes por la cólera:

-¡Esto es una traición, compadre!

-No le entiendo -respondió don Cándido, abriendo tamaños ojos.

-Usted sabe -repuso don Marcelino tartamudeando de rabia-, que mi hija no debe estar junto a ese mozo.

-Si lo sé, compadre; pero...

-Pero usted lo ha convidado para que se junten y platiquen, y...

-¡Compadre de mi alma! Le juro que estoy tan inocente como usted.

-Y ¿quién lo ha convidado, entonces?

-Le juro por mi honor que yo no he sido... Tal vez lo ha convidado Estelita.

-Pero ¿habrá sido con permiso de usted?

-No, compadre.

-¡Por Cristo! Y ¿qué clase de casa es ésta en que la mujer hace y deshace sin que el marido lo sepa?

-Eso si que no, compadre -interrumpió don Cándido, herido en lo más sensible de su amor propio-. ¡Yo mando en mi casa, y sin mi voluntad no se mueve una paja!

-Se conoce! -exclamó don Marcelino can sarcástica sonrisa.

Y al ver que Anselmo saludaba cordialmente a doña Trinidad y sacudía la linda mano de Lucinda su enojo no conoció límites.

-¡Esto ya pasa de raya! -exclamó, tomando maquinalmente su sombrero y su bastón como si pensara alejarse de allí.

-¡Compadre, compadre! -le decía don Cándido-, ¡oiga usted! Le repito que yo soy el jefe de mi familia y que Estelita no hace nada sin mi consentimiento. ¡Si yo hubiera sabido que ella pensaba convidar a este mozo se lo habría prohibido; pero a lo hecho, pecho, compadre!

Don Marcelino sin escuchar a su amigo reflexionó que yéndose   -308-   él, quedaban Lucinda y Anselmo con más libertad para hablar entre sí; y volviendo a colocar su sombrero y su bastón en donde estaban, dijo:

-¡Me quedo! ¡Si señor: me quedo!

En ese momento se acercaba doña Estrella a doña Trinidad llevando de la mano a su amiga Cecilia.

-Les presento a ustedes una antigua amiga -dijo a Lucinda y a su madre.

Mientras se hacían los cumplimientos amistosos; que aquella vez eran de corazón, Anselmo se había quedado mirando de hito en hito a Lucinda; mas fue despertado de su éxtasis por la presencia de don Marcelino, el cual no contestó al saludo que el joven le hizo.

-Vamos a la mesa -dijo la dueña de casa, tomando a Lucinda de la mano y colocándola junto a Anselmo.

Los caballeros se alzaron de sus asientos, diciendo:

-Santa palabra;

-Señor don Melitón -dijo doña Estrella, mostrando con el dedo a doña Trinidad-: sírvase conducir a esta señora al comedor.

-Con el mayor placer -respondió el viejo, presentando el brazo a su pretendida suegra.

Enseguida, doña Estrella empujó suavemente a Lucinda hacia Anselmo; pero don Marcelino que comprendió las intenciones de su comadre y el común deseo de los jóvenes, se colocó entre ellos diciendo:

-Las muchachas deben ir acompañadas por su padre.

-¡Don Marcelino! -le interrumpió doña Estrella, entre enojada y risueña- ¿cómo se atreve usted a despreciarme? ¿No echa de ver que deseo ser conducida por usted?

-¡Ah! -exclamó el viejo, sumamente contrariado-. ¿Yo, despreciarla a usted, comadre? No, nunca; pero...

-Deme usted el brazo, y deje a los niños con los niños.

-Pero es el caso que...

-¡Y los viejos con los viejos!

-Sí, comadre; pero...

-¡Cada oveja con su pareja, compadre! -interrumpió la señora, arrebatando más bien que tomando el brazo de don Marcelino, cuyos dientes rechinaron de rabia al ver que Lucinda se apoyaba lánguidamente en el brazo que Anselmo le presentaba.

Ya las demás gentes, conducidas por don Cándido, habían invadido el comedor.

  -309-  

Las parejas de que acabamos de hablar siguieron el mismo derrotero, acompañadas de algunos curiosos que se habían quedado a ver el resultado de aquella lucha entre el odio y el amor.

En llegando al comedor, Anselmo sentó a Lucinda en una silla, y retiró hacia atrás la que estaba al lado como para tomar posesión de ella; pero en ese momento llegó don Marcelino conduciendo a su don Melitón; y empujando descortésmente al joven, colocó al viejo al lado de su hija.

Doña Estrella, que, a hurtadillas había observado todos estos movimientos, llamó a su marido y le dijo con voz imperiosa aunque baja:

-Conduce a don Melitón hacia los asientos de preferencia.

-Dices bien, Estelita -respondió el obediente marido.

-Señor don Melitón -exclamó dirigiéndose a éste-: venga usted a honrar la cabecera de mi mesa.

Levantose el viejo de mala gana; y ya iba a sentarse en el asiento el mismo don Marcelino, cuando Portales, que estaba al cabo de todo, se acercó al viejo diciéndole:

-Señor don Marcelino, a usted le toca la otra cabecera como la persona más respetable de esta respetabilísima concurrencia.

Fuese el viejo refunfuñando hacia el lugar que don Diego le indicaba, y separó la vista de su hija por no ver a Anselmo, que en el momento ocupó el lugar que había quedado vacío. El pobre joven no había tenido fuerzas para separarse de su amada.

Todos estos pequeños incidentes que se sucedieron con mayor rapidez de la necesaria para contarlos, tenían entretenidísimas a las niñas, que a falta de palabras se hablaban codeándose mutuamente. A ninguna de ellas se le había escapado la verdadera significación de aquel pequeño drama, en el cual, todos los corazones habían principiado a interesarse.

En efecto, era imposible ver aquellos dos jóvenes cuyo mutuo amor se reflejaba en sus ojos, aun cuando no se mirasen, sin desear su unión, sin hacer votos por su felicidad. Estaba el uno junto al otro, gustando de los mismos manjares, respirando el mismo aire y sin embargo; ¡cuán profundo no era el abismo que los separaba! Pero en aquel momento no pensaban en otra cosa que en la dicha de verse juntos. No se hablaban, es verdad, y apenas cambiaban algunas furtivas miradas que los hacía suspirar profundamente; pero sin necesidad de mirarse, se veían el uno al otro en su imaginación; y ese cambio de suspiros era una especie de diálogo entablado   -310-   entre aquellas almas creadas para vivir unidas en un solo y único pensamiento.

La encantadora niña, que apenas se atrevía a alzar la vista, tenía su corazón elevado a Dios para darle gracias por tanta dicha.

Anselmo estaba cerca de su amada como si hablara con ella por la primera vez, y la misma mano que había sabido con noble ardimiento esgrimir la espada en más de un combate, temblaba al hacer uso del cubierto.

Poco a poco, el ruido de los platos y el vaciar de los vasos produjo una simpática animación que alegró los semblantes, excitando el apetito. Declarose la guerra sin cuartel a los pavos rellenos, pasteles y empanadas; y cada uno trataba de cumplir con su deber. Los dichos agudos, las palabras maliciosas y las miradas significativas, se sucedían sin descanso.

El único que no gozaba con aquel espectáculo era el pobre don Marcelino, que lanzando miradas de fuego sobre su hija y Anselmo, se prometía en su interior no dejarla salir de casa mientras no estuviese casada con don Melitón. Éste se hallaba sentado cerca de don Diego Portales, cuyas pullas tenía que sufrir de cuando en cuando.

-Dígame usted, señor de Sandoval -le dijo-: ¿a qué edad acostumbran casarse los hombres ilustres en España?

-No comprendo el objeto de la pregunta -respondió don Melitón, poniéndose de mil colores-. ¿Es acaso para introducir la misma costumbre en este país?

-Muy bien podría ser -respondió riendo Portales.

-En tal caso -agregó el otro-, deben principiar ustedes por traer hombres ilustres acá.

-¡Bien dicho! -murmuró Dorriga, poniéndose en la boca un trozo de pescado.

-¡Dejen las conversaciones de edades! -exclamó don Cándido de buen humor-. A mí no me gustan, porque soy del partido de las señoras de respeto.

-Apuesto a que ninguna de las señoras presentes se atreve a darle las gracias tu don Cándido -dijo Portales-: aunque a decir verdad, no hay nada que engañe más que esto de las edades. ¿No es cierto señor de Sandoval? ¿No ha visto usted muchos jóvenes que a la vista parecen viejos?

-Si he visto -respondió don Melitón, mirando fijamente a don   -311-   Diego; y también he visto a hombres grandes que parecen muchachos... así, a primera vista.

Bien pronto comenzaron los brindis y las felicitaciones. Ya los pavos estaban convertidos en esqueletos; los castillos de dulce comenzaban a desplomarse, y las tortas a desmoronarse y socavarse, como los terrenos que la corriente de un caudaloso río corta, deshace y se lleva.

Pasaban de mano en mano las banderillas de esmalte, las flores de pasta y los papeles primorosamente picados y calados, en donde las niñas leían versos como los siguientes:


«Toda llena de vergüenza,
le remite esta tortita
Sor María de las Nieves,
a don Cándido en su día.»

Entretenidos estaban en leer los versos, cuando apareció en la puerta del comedor don Catalino Gacetilla.

-¡Felices días! Mi señor don Cándido, y buen provecho señoras mías -dijo con voz sonora y faz risueña.

-¡Don Catalino! -exclamó don Cándido, alzándose de su asiento y corriendo a recibir al infatigable Gacetilla (que cuando menos se pensaba, caía como llovido en las reuniones)-. Usted no más faltaba amigo mío, para completar mi mesa... Pero, a propósito de mesa, ¿no estaba usted en la cárcel?

-¡Tiene usted razón en decir, a propósito de mesa -dijo don Catalino riéndose-. Estuve en la cárcel, en donde casi me he muerto de hambre!

-¡Qué inhumanidad! -exclamó don Cándido-. Venga usted a la mesa.

-Allá voy. Después le contaré cómo salí de la cárcel.

-Acérquese con franqueza -dijo el señor de la Rueda-: estamos en el capítulo de los pasteles.

-¡Sabroso capítulo! -dijo don Catalino, sentándose enfrente de un gran pastel hecho en una soberana fuente de barro, que nadie había tocado aún-. Siento mucho -prosiguió-, no haber llegado al introito; pero me entretuve con la bulla que ha producido la llegada del General Freire...

  -312-  

-¿Freire ha llegado? -preguntaron tres o cuatros personas a un mismo tiempo

-Vendo de su casa -respondió el novelero don Catalino, en donde lo he dejado acompañado de todas las personas que salieron a recibirlo. El frente de la casa está lleno de rotos de vereda a vereda.

Oyendo esto el padre Hipocreitía y Aldeano se miraron y se alzaron de sus asientos como movidos por un solo resorte. Como todos estaban pendientes de la verbosidad de Gacetilla pudieron escurrirse del comedor sin ser notados y dirigirse a la cuadra en donde tomaron sus sombreros y salieron a la calle.

Mientras Gacetilla se disponía (cuchillo en mano a atacar el gran pastel, una de las niñas dijo:

-¡Que don Catalino le diga algo al pastel antes de tocarlo!

-¡Sí! ¡Sí! -agregó doña Estrella-. Ya sabemos que don Catalino es poeta.

-¡Ah! -exclamó Gacetilla, mirando a doña Estrella-: y ¿quién deja de ser poeta, señora mía, cuando se encuentra en un cielo como éste, rodeado de angeles e iluminado por los rayos de tan graciosa Estrella?

-¡Don Catalino! ¡Don Catalino! -exclamó don Cándido lleno de satisfacción-. Déjese de requiebros, y dígale algo al pastel.

Don Catalino -dijo entonces enfáticamente


-«¡Oh! ¡Pastel tierno y sabroso
en ti pongo mis sentidos
me oigo hervir con mis oídos;
mi nariz te halla oloroso!
¡Mis ojos te ven hermoso;
y con entusiasmo ardiente,
te palpo y te hallo caliente:
así, no tomes a mengua
que te guste con mi lengua,
y te masque con mi diente!

  -313-  

Riéronse todos de la décima de Gacetilla, mientras éste cortaba un gran trozo que puso en su plato y empezó a engullir como un Eleogábalo.

Los convidados se fueron levantando poco a poco de sus asientos, y al fin quedaron solamente algunos mozos y niñas entretenidos con los cuentos y dichos del novelero.

Don Marcelino había sido uno de los primeros en levantarse; y llamando a su mujer y a su hija, les notificó bruscamente la orden de retirarse.

-¡Compadre -le dijo doña Estrella- ¿por qué se retira tan pronto?

-Porque así me conviene, comadre -respondió secamente el viejo.

-Entonces, le ruego que deje aquí conmigo a mi comadre Trinidad y a Lucinda. Yo las iré a dejar esta tarde.

-¡Eso sí que no! -respondió vivamente don Marcelino-. No lo consentiré aunque se caiga el cielo a pedazos.

Y acercándose al oído de doña Estrella, le dijo con grosero gesto:

-Basta de bromas, comadrita. Ensille a su marido cuantas veces quiera; pero yo no soy de les que aguantan pellejo en el lomo. ¡Vamos, vamos! -prosiguió, dirigiéndose a su esposa-. Adiós, comadre, y dígale a mi compadre que viva mil años, o más todavía, si puede, para que siga siendo el... jefe de su hogar, como él dice.



  -314-  
ArribaAbajo

Capítulo LII

La Ponchada


«Hablábase de logias secretas, de reuniones políticas... Dícese de conciliábulos, de orgías, de ponchadas, en las cuales se conquistaba siempre algún prosélito y se brindaba con calor por la ruina de los pipiolos y pelucones.»


(J. V. LASTARRIA. Juicio sobre Portales.)                


Cuando don Catalino se hubo desquitado con los papeles, pavos y tortas de su tardanza en llegar a la comida, se fue con los que lo acompañaban a la cuadra, en donde al son del clave, se bailaba un cuando en cuarto. Concluido el cuando, dijo:

-Yo he nacido para esto de dirigir bailes; y el cetro de bastonero me toca a mí por derecho de familia, porque los Gacetillas hemos sido y seremos siempre los reyes natos de todos los bailes, picholeos y jaranas en donde nos encontremos.

-Y por eso es que usted trata de encontrarse en el mayor número   -315-   de jaranas que puede -le dijo uno riendo.

No contestó don Catalino, sino que arrogándose de hecho, el cargo de bastonero, gritó:

-¡Contradanza! ¡Después del cuando, la contradanza! Esta es la regla según la opinión de los más célebres autores y publicistas.

Enseguida dispuso y ordenó las parejas prosiguiendo después con el Londú, la Zajuriana, la Resbaloza, etc., porque decía que era menester comenzar por dar un repaso general a todos los bailes, para saber a qué baile quedarse. Mas no porque desempeñaba el oficio de bastonero dejaba el parlanchín de meterse en la conversación de dos amigos que se habían retirado a hablar a solas; ya en el coloquio de dos jóvenes amantes que aprovechaban de la animación general para comunicarse; ya en la plática de tres o cuatro viejas que criticaban la deshonestidad de los bailes modernos, y la falta de temor de Dios que se notaba en las costumbres del día.

En una de sus idas y venidas, Gacetilla se encontró con Anselmo. -Amigo mío -le dijo tomándolo del brazo-. Te veo triste: ¿qué tienes? ¿Por qué no las bailado? Voy a ponerte al momento en baile con aquella de las tres castañas.

-No bailo ahora -le interrumpió Anselmo.

-Pero mira, hombre, ¡qué ojos verdes tan relampagueadores tiene la pícara!... ¡Ya! ¡Ya! Ya sé por qué estás así. La separación de don Marcelino te ha contrariado: te ha puesto taciturno. No se te dé nada, hijo, que ahí pillaremos a Lucinda, pues cuando menos se piensa salta la liebre; y mientras tanto, es preciso matar el tiempo, pues de otro modo el tiempo lo mata a uno. ¿Te pongo en baile con la de los ojos verdes?

-Te ruego que me dejes en paz, amigo mío.

-Vaya, pues, te dejaré porque tengo que atender a mis sagrados deberes de bastonero. Pero te advierto una cosa, y es que tengas cuidado con Motiloni porque lo he visto rondar cerca de las ventanas de don Marcelino... ¡Ah! ¡Ah! ¡Cállate boquita!

-¿Qué dices? -preguntó vivamente Anselmo.

Pero Gacetilla no contestó, pues se había separado con rapidez para ordenar otro baile.

-¡Qué lengua la mía! -murmuraba el chismoso novelero-. Si me quedo un ratito más con Anselmo, le descubro todo el secreto. Decididamente creo que guardar un secreto para mí es cosa más difícil que guardar dinero; y es cuanto puedo decir.

  -316-  

En esto sintió que alguien le tocaba el hombro. Volviose prontamente y vio a don Cándido.

-¡Amigo mío -le dijo éste-: como sé que usted es hombre inteligente en esto de preparar un ponche!...

-¡Inteligente! ¡Sapientísimo! -interrumpió Gacetilla-. Este es el capítulo que he aprendido más bien en toda la ciencia social.

Pues entonces, le diré que he convidado a unos diez o doce amigos para una ponchadita que tendremos esta tarde a puertas cerradas.

-Esto es lo que se llama remojar el santo. ¿En dónde están los materiales?

-Sígame usted -dijo don Cándido, echando a andar hacia las piezas interiores. He elegido para el caso un cuarto retirado, porque quieren hablar a sus anchas...

-¡Ya entiendo! ¡¡Es una gran idea!!

-Y se tratará de política -agregó don Cándido bajando la voz.

-¡Muy bien! Para hablar de política no hay como un ponche en leche.

-Además, vendrán dos caballeros que hoy han hecho mediodía en mi mesa...

-¿Aquellos dos guasos grandes que...?

-Son dos ricos hacendados que andamos conquistando. Este es el cuento. Aquí están los materiales.

Abrió don Cándido la puerta y entró con su compañero, quien lanzó un grito de agradable sorpresa al ver una gran mesa poblada de botellas, vasos y jarros, un pan de azúcar y dos inmensos lebrillos de leche.

-¡Oh! -exclamó-; ¡le prometo hacer un ponche digno de una reunión de padres provinciales! Váyase a la cuadra, y dígale al ñato Vargas y a Pepe Tronera que vengan al momento. Son muy buenos para ayudantes.

Salió don Cándido a cumplir con su cometido, y pocos minutos después volvió con los ya nombrados.

Gacetilla y sus dos compañeros, ayudados de las criadas de la casa, prepararon en media hora el reverendo ponche, como ellos decían. Enseguida, cubrieron la mesa con los restos que habían quedado de los fiambres, dulces y tortas; y concluyeron por arreglar en el cuarto vecino, dos o tres mesitas para que se entretuviesen los aficionados a la malilla y al monte.

-Pero hasta el presente no nos has dicho cómo pudiste salir de   -317-   la cárcel -dijo Tronera a don Catalino sin dejar de trabajar.

-¡Ah! -exclamó Gacetilla-. Se me había olvidado que estuve preso por revolucionario. ¡Yo no sé cómo diablos fueron a parar aquellas proclamas a mis bolsillos! Daría mi mejor tabaquera por descubrirlo. Alcancé a estar en un infernal calabozo veinticuatro horas mortales; y habría permanecido quién sabe cuánto tiempo, si un amigo no se hubiera ido a empeñar por mí.

-¿Qué amigo fue ese?

-Don Pablo Motiloni.

-¿El italiano?

-Sí, hombre. Es un buen amigo. En cuanto supo que me habían metido a la capacha, me fue a ver; se condolió mucho de mi desgracia, y me prometió hablar con el padre Hipocreitía, que es confesor del Presidente, para que se empeñase con éste, a fin de que corrigieran el error de haberme puesto preso. El buen padre habló con Pinto, y ya me ves aquí gozando de mi libertad, de ese don de Dios, tan precioso para los que están debajo como mirando en poco por los que están encima.

-Por lo visto, tú tienes amigos entre los pelucones y entre los pipiolos -dijo el ñato Vargas-, pues dicen que el jesuita es apeluconado, y el italiano un liberal hecho y derecho.

-Motiloni no es ni carne ni pescado -observó Tronera.

-Yo no he podido averiguar a qué partido pertenece este diablo -dijo Gacetilla-. Habla como si no se metiera en nada; pero se mete... -¡Cállate boquita!... Es mi amigo y me ha sacado de la cárcel, y de mi boca nadie sabrá nada, aunque lo tengo bien cateado y conozco ciertos secretos que podrían comprometerlo: pero ¡cállate Catalino! Que en boca cerrada no entran moscas, y yo no soy hombre capaz de echar a la calle un secreto, mayormente cuando un amigo me encarga que lo guarde y hay de por medio el honor de una familia respetable. No digo porque mi amigo Motiloni ande en malos pasos. Pero ¿quién diablos sería el que me encajó aquellas proclamas en el bolsillo? ¡Lo he de descubrir!

Las tres de la tarde serían cuando el cuarto del ponche empezó a poblarse de caballeros. Franco, Jifreno y otros amigos se instalaron en una de las mesas de malilla, haciendo sentar entre ellos a uno de las ricos colchagüinos que se trataba de conquistar. El otro hacendado se había retirado a conversar confidencialmente can don Víctor Dorriga.

  -318-  

-Dígame, señor -preguntaba éste- ¿es verdad lo que se cuenta de Prieto?

-Yo creo que el hombre quiere ser Presidente -respondió el otro.

-Y ¿qué sabe usted sobre su ejército? Cree que tendrá las fuerzas suficientes para lograr sus aspiraciones?

-¡Ah! Señor; tiene mucha gente, según lo hemos sabido por los compradores de bueyes que van al sur. ¡Sí! ¡Mucha gente! Yo pienso que si el hombre pasa el Maule no deja títere con cabeza en todo el partido de Colchagua.

-¿Y las gentes de este lado del Maule, están a favor o en contra de Prieto?

-De todo hay señor. Pero aunque estén en contra ¿quién podrá resistir a tanta soldadesca? Todos los hacendados le estamos temblando a las proratas.

-Pues yo he oído que Prieto no permite que sus soldados cometan tropelías.

-¡Pero las proratas, señor! ¡Las proratas! No le dejan a uno que ensillar.

-Y a usted ¿qué le parece? ¿Será bueno para presidente el General Prieto?

-Yo no sé qué decirle -respondió el guaso, porque como todavía no lo conocemos bien, nadie le ayunará las vigilias.

-Dicen que es un hombre cumplido, un liberal neto.

-A mí me gustan los liberales, porque hemos peleado contra los godos solo por la libertad.

-Bien dicho -dijo mordiéndose los labios el español Dorriga-. Por esa me acordaba ahora del liberalismo de Prieto. Durante todo el tiempo que estuvo en Santiago, no cesó de hablar públicamente como el más denodado liberal.

-Eso mismo se dice por mi tierra, en donde Prieto es tenido por algunas gentes como un hombre de pro.

Mientras don Víctor se entretenía con su interlocutor, Gacetilla iba y venía, llevando y trayendo vasos de ponche. Los demás jugaban y bebían entremezclando los tragos con interjecciones de despecho o de alegrías.

Una hora había pasado cuando Gacetilla vio entrar a la primera pieza a don Pablo Motiloni. Verlo y correr hacia él con un vaso de ponche en la mano, fue todo uno. Venía el italiano acompañado de un caballero que a primera vista revelaba llegar de provincia.

En aquellos tiempos, las escasas y tardías relaciones entre las   -319-   provincias y la capital hacían que un provinciano fuese conocido desde lejos. Hoy día, los ferrocarriles y demás medios de locomoción han extendido por todo el país los usos, costumbres y maneras sociales que allá en lo antiguo ostentaba solo la capital, único centro importante de la sociedad chilena.

-¡A tiempo llega, mi señor don Pablo! -dijo Gacetilla pasándole el vaso.

-Gracias, amigo: más tarde beberé -respondió el italiano siguiendo adelante y encaminándose hacia el rincón en donde divisó a don Víctor.

Saludo éste cordialmente a don Pablo, y le presentó al caballero con quien hablaba. El italiano por su parte presentó a su compañero bajo el nombre de don Agustín Quinteros, de la ciudad de los Andes.

-¡Ah! -exclamó Dorriga-; entonces el señor nos puede dar noticias ciertas sobre la suerte de los Coraceros. Pero antes de todo: ¿es verdad que ha llegado Freire?

-Es verdad -respondió Quinteros-. Yo mismo lo he acompañado desde Quillota basta aquí.

-Entonces ¿es cierto que no ha apoyado a los Coraceros?

-Así es, señor; y al contrario, los mandó amenazar cuando ellos se resistieron a rendirse en San Felipe.

-Cuéntenos cómo fue eso, porque aquí han llegado noticias contradictorias. Solo sabemos de positivo que, habiendo huido del cuartel de San Pablo, tomaron los Coraceros el camino de San Felipe; y perseguidos por el coronel Tupper, tuvieron un encuentro en Colina. Tupper ha llegado aquí con dos prisioneros y algunas armas tomadas al enemigo.

-Enseguida -prosiguió don Agustín-, llegó el escuadrón a los Andes, amenazándonos si no nos rendíamos a discreción: pero viendo que nosotros nos preparábamos para resistir torcieron riendas hacia San Felipe, a donde no alcanzaron a entrar porque les salió al encuentro un caballero enviado por la asamblea provincial, para preguntarles el motivo y el objeto de aquella invasión a mano armada. Los soldados iban sin su jefe.

-Sí: el capitán La Rosa había sido tomado prisionero y enviado a Santiago. Actualmente está en la cárcel.

-Pues, señor, parece que el escuadrón iba sin jefe -continuó Quinteros-, porque un sargento tuvo que contestar por él, diciendo al enviado de la asamblea que los Coraceros no tenían que dar cuenta   -320-   de su conducta sino al General Freire, en cuyo nombre se habían sublevado contra el Gobierno, y que solo depondrían las armas en manos de dicho jefe. Al saber esto, el General les envió a decir que si no se rendían al momento a la autoridad, él mismo saldría a batirlos en persona...

-¿Conque eso fue lo que dijo Freire?,

-Si, señor; y aun él mismo me ha dicho que no pudo contener su indignación cuando supo que se había tomado su nombre para esta sublevación. Según creo, el principal objeto de su venida a Santiago, es manifestar al Gobierno la ninguna participación que ha tenido en los últimos sucesos.

-Muy bien -dijo Dorriga sin alterarse.

Enseguida lo convidó cortésmente a pasar a la otra pieza, con el fin de presentarlo a sus amigos y que tomara parte en la tertulia. Mientras tanto, Motiloni se había acercado a Aldeano, diciéndole:

-Señor don Rodrigo, traigo un recado para usted de parte del reverendo Hipocreitía.

-¿Qué me envía a decir su paternidad? -preguntó Aldeano.

-Que un fuerte dolor de cabeza le impide salir de su cuarto, razón por la cual me ha encargado traer aquí a un caballero amigo suyo, que él pensaba presentar hoy a ustedes. ¿No ve a aquel señor que está hablando con don Víctor Dorriga?

-Sí lo veo. ¿Quién es?

-Un amigo íntimo de Freire; es el totum potens de los Andes, y ustedes deben halagarlo hasta la seducción: tales son las palabras del reverendo.

-Ya comprendo -respondió don Rodrigo, haciendo un gesto de inteligencia.

Merced a esta recomendación, el señor Quinteros así como los hacendados de Colchagua encontraron allí amigos generosos, de cuya cortesía y amabilidad quedaron encantados. Gacetilla por su parte, los imponía de la clase y condición de todos los asistentes; y repartiendo ponche en todas direcciones, logró hacer salir de sus casillas a aquella grave concurrencia. Por manera, que, entrada la noche, ya todos tenían más gana de dormir que de cenar.

-¿Qué te parece esta gente de Santiago? -preguntó a su compañero uno de los colchagüinos a tiempo de recogerse a su posada de la calle de las llamadas.

-Yo nunca la había encontrado tan cariñosa -respondió el otro.

  -321-  

-Es que tú eres tan retirado, hombre, y solo vienes a Santiago a vender tus cecinas para ir enseguida a meterte como un zorro en su cueva, allá en tu estancia de las Palmas. Es preciso tratar y amistarse con la gente de alcurnia y de nota, que es donde se halla la cortesía y la franqueza santiaguinas. ¿te fijaste en don Diego Portales? ¡Qué caballero tan franco y de buenas partidas parece ser!

-A mí me parece un poco burlón -observó el otro.

-Es hombre de buen humor. Si tú hubieras hablado mano a mano con don Víctor Dorriga te habría encantado. ¡Parece una dama ese caballero!



  -322-  
ArribaAbajo

Capítulo LIII

La situación se complica para don Marcelino


«DON MATEO
¿No puedes? ¿Dices que no?
¿Qué contestación es esa?
MARÍA
Pero, señor, mi promesa...
DON MATEO
Aquí quien manda soy yo.»

(A. TORRES. Una promesa de amor... ACTO I.)                


Cuando don Marcelino salía de casa de don Cándido para dirigirse a la suya seguido de su mujer y de su hija, iba sin saber lo que le pasaba. La tenacidad del orgullo nos suele poner una venda en los ojos para ocultarnos la realidad de las cosas y enfrascarnos más y más en nuestro pensamiento. Nos creemos superiores a ciertos sucesos, porque pensamos que nada puede a veces verificarse contra nuestra voluntad. La tenacidad ignorante cree poder mandar a la naturaleza misma y es inflexible en sus pretensiones. Nada perdona por alcanzar sus miras; y cuando se encuentra de repente con un hecho contrario, se admira de que las cosas no se verifiquen como él lo deseaba, porque para el testarudo nada hay más justo que su deseo;   -323-   y esta admiración produce en su entendimiento una especie de marasmo que lo embrutece más y más. Tal era el estado del padre de Lucinda cuando llegó a su casa.

Don Marcelino (permítasenos la expresión) que reventaba por amenazar, insultar y reprender a su esposa y a su hija. Ambas recibieron la lluvia de denuestos sin hablar una palabra, porque sabían que el tenaz viejo no escuchaba ninguna clase de observaciones.

Por fin, después de haber agotado su repertorio de dicterios, que repartió entre su mujer, su hija, su compadre Cándido y doña Estrella, jurando que se la habían de pagar, concluyó en estos términos:

-Creía, pues, que ustedes se habían dado a la razón, pero veo que estaba equivocado. ¡Ya se ve! ¡Darse a la razón las mujeres! ¡Ja, ja, ja! Cuando la rana críe pelos... ¡Pero se las tendrán conmigo! Ya saben que a mí no me hacen aflojar a dos tirones. Yo soy porfiado y veremos quién vence. Ya verás mocosa atrevida, si tu padre te puede obligar a casarte con el marido que te conviene...

-¡Padre mío! -le interrumpió la niña llorando y abrazando las rodillas de éste-: ¡le prometo a su merced no casarme con el hombre que amo; pero no me obligue a hacerlo con el que aborrezco!

-¡Habrase visto mayor desvergüenza! -exclamó el viejo-: ¡y con el hombre que amo! -prosiguió, parodiando el tono de Lucinda-: ¡con el que aborrezco! ¿Quién te mete a ti, mocosa desvergonzada, amar y aborrecer, como si fueses dueña de tu voluntad? ¡Si las cosas que uno ve en estos tiempos son para volver loco a un cristiano!... ¡Vean no más lo que hemos ganado con la tal república! Que los chiquillos se metan a mayores y les pisen las canas a sus padres. ¡No! ¡No! Me voy de aquí. ¡A España! ¡A España!

-Don Marcelino -le dijo la señora-; ¡refrésquese por Dios! Mire que pueden oír los gritos en la calle.

-¿Y qué me importa que los oigan? ¿También tú me contradices? ¿No estoy en mi casa? ¡Grito y gritaré hasta que se me antoje! ¡Venirme a decir que no grite!... ¡Bueno soy yo para tragarme las palabras después de lo que han hecho en mis barbas! ¿Esa es la educación que das a tu hija?... ¡Por Cristo padre! ¡Si yo no fuera prudente como soy, habría agarrado una silla para partirle la cabeza al mocito! ¡Y quieren que no grite!... ¡Sí! ¡Sí! ¡Quédese usted después de esto tragando saliva!...

Esta desagradable escena pasaba en el patio exterior de la casa. La puerta de calle estaba cerrada; pero la gruesa voz de don Marcelino se oía a media cuadra de distancia, y ya todo el barrio tenía   -324-   conocimiento, de lo que allí pasaba. Las palabras del irritable viejo las solían tomar y comentar los vecinos de mil y mil diversos modos, no siendo raro que algunos de los comentarios fuesen en perjuicio del honor de Lucinda y su madre.

Estas quisieron retirarse a sus piezas interiores; pero don Marcelino, que se paseaba a largos trancos debajo del corredor, les dijo:

-No se vayan todavía porque quiero decirles la última palabra. Sepan que dentro de un mes, a más tardar, Lucinda ha de ser esposa de don Melitón, según el orden de nuestra Santa Madre Iglesia.

Era aquella la primera vez que don Marcelino daba terminantemente la sentencia contra la felicidad de su hija; y como doña Trinidad conocía el carácter de su marido, a quien era imposible ablandar con ruegos ni desencaprichar con razones, sacó fuerzas de su amor materno para contestar:

-¡Pues yo le digo a usted, don Marcelino, que no será!

-¿Qué es lo que oigo?

-¡Que Lucinda no será esposa de ese hombre! -contestó enérgicamente la señora. ¡No y mil veces no!

Don Marcelino, embargado por la sorpresa, se quedó mirando de hito en hito a su mujer. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el cuerpo echado atrás, los puños crispados; la sonrisa de la rabia en los labios y meneando la cabeza de arriba abajo, estuvo algunos segundos sin hablar una palabra. Luego soltando una seca carcajada exclamó:

-¡A buen tiempo hemos llegado! ¿Conque has resuelto quitarme mis calzones, eh? No lo conseguirás, por más que hagas, pues yo no soy mi compadre Cándido, que es la mujer de su mujer... ¡Gracias a Dios! Yo sé a donde me aprieta el zapato, y no consentiré que en mi casa mande otro que yo: ¿me has entendido?

-No pretendo tener mando alguno -contestó por fin la señora-; pero tratándose de la felicidad de mi hija, le digo a usted que no consentiré en que se la haga eternamente infeliz.

-¿No consentiré?... ¿Y quién eres tú para consentir o no consentir?

-Reclamaré el apoyo de la ley; pediré el de mis amigos; trabajaré por todos los medios posibles para evitar...

-¡Calla esa boca, malvada! -gritó llenó de furia el viejo, levantando un grueso bastón sobre la cabeza de su esposa.

-¡Padre! ¡Padre mío! ¿Qué hace su merced? -exclamó Lucinda interponiéndose.

  -325-  

-Pues entonces, recibirás tú el castigo que tu madre merece, -gritó don Marcelino, alzando el bastón sobre la cabeza de Lucinda.

-¡Don Marcelino! -exclamó la angustiada madre-: ¡Dios nos está mirando!

En aquel momento, tres fuertes golpes resonaron en la puerta do calle, y al mismo tiempo una voz enérgica gritó desde afuera:

-¡Don Marcelino! Si no se abre este puerta al momento, la echo abajo!

Corrió el viejo temblando de furor hacia la puerta y la abrió, más bien con el objeto de castigar por su mano al insolente, que por obedecer a la intimación que se le hacía.

-¿Quién se atreve a venirme a mandar en mi casa? -dijo con voz de trueno.

-¡Yo! -le contestó entrando un caballero vestido de militar.

-¡El General Freire! -exclamó don Marcelino, dando un paso atrás.

-Sí, señor: Ramón Freire que viene a hacerle a usted una visita que encontrando la puerta cerrada, casi se ha visto en la necesidad de echarla abajo.

-¡Oh! señor don Ramón -le interrumpió el viejo-: no había para qué hacer eso; ¡entre usted!

-Entremos -dijo Freire, después de ordenar al soldado que lo acompañaba se quedara esperando en la puerta, y de rogar que se dispersara la gente que se había parado al oír la bulla en el interior de la casa.

-Esta visita se parece a la toma de un castillo por asalto -(prosiguió, riéndose el General, mientras atravesaba el patio acompañado del dueño de casa)-; y no puedo negar a usted, señor don Marcelino que esta manera de hacer visitas es un poco inusitada.

-Es verdad -contestó don Marcelino, a quien le hacía cosquillas en el ánimo la arrogancia con que Freire le había mandado abrir. -Pero ¿qué quiere usted, señor de Rojas? Las circunstancias lo obligan a uno a veces el ser un poco brusco; y debe usted perdonarle su rudeza a un viejo soldado como yo.

-¡Oh! ¡Señor General! No diga usted eso. Solo quisiera saber en qué puedo servirlo.

-Al contrario, soy yo quien vengo a. hacerle a usted un buen servicio -contestó Freire, sentándose sin ceremonia una vez llegados al cuarto de don Marcelino.

Doña Trinidad y su hija habían visto pasar a don Ramón, lo cual   -326-   las había alentado grandemente; y aguardaban en sus piezas el resultado de aquella visita inesperada.

-Antes de todo, amigo mío -dijo el General-. ¿Cómo está la Trinidad y mi sobrina Lucinda, a quienes no veo desde algún tiempo a la fecha?

-Buenas, muy buenas de salud, gracias a Dios.

-Antes de verlas a ellas he querido hablar con usted.

-Me tiene usted al su mandar, señor.

-Gracias, seré franco. Usted sabe que a mí no me gusta andarme por las ramas.

-Yo también lo seré: a mí me agrada la franqueza -repuso don Marcelino, cuyo genio bilioso se iba encrespando con esta introducción, pues ya maliciaba el objeto de aquella entrevista.

-Pues entonces, al grano -dijo el General-. Dígame ¿es verdad que usted piensa casar a Lucinda con un hombre a quien ella detesta?

-Yo no acostumbro a dar cuenta a nadie de lo que pienso hacer -contestó secamente don Marcelino.

-Pues yo acostumbro a pedir cuenta de lo que otro piensa hacer cuando...

-¿De cuando acá un padre este obligado a contestar tales preguntas?

-Cuando eso que se piensa hacer es en contra mía -prosiguió Freire.

-¿En contra suya? Y ¿qué derecho?

-¿Quiere usted decir que yo no tengo derecho para pedir cuenta a usted de sus proyectos a este respecto? -interrumpió Freire con la cólera pintada en los ojos.

Luego, moderándose prosiguió:

-Voy a probarle a usted mi derecho, señor don Marcelino. ¿Ha olvidado usted que su esposa es mi prima hermana?

-No, señor.

Luego su hija, es mi sobrina. Y ¿puede usted creer que un tío no tiene derecho para velar por la felicidad de su sobrina?

-Eso será cuando las niñas carezcan de padre.

-O cuando tengan un padre que...

Don Ramón no concluyó la frase; pero el gesto que hizo aumentó considerablemente el mal humor del viejo.

-El hecho es -prosiguió el General, reprimiéndose-: que usted quiere obligar a Lucinda a que dé un consentimiento que repugna   -327-   en su corazón, y para ello ha hecho usted uso de la presión y de otros medios indecorosos. Lo he sabido por varias cartas que de aquí se me ha escrito sobre el particular...

-Supongamos que eso sea así...

-No hay para qué suponer una cosa que acabo de ver por mí mismo. Al llegar a la puerta de su casa he oído las palabras de usted, como las han escuchado varias personas del barrio, que se admiraban ahí en la calle del escándalo dado por un hombre tan respetable como el señor don Marcelino de Rojas.

-Pues bien -contestó el viejo con grosería-: si usted lo sabía todo no había para qué venírmelo a preguntar.

-Entonces iré a hablar con mi prima, quien sabrá imponerme de todo -dijo el General-. Hasta luego, don Marcelino.

Don Ramón se dirigió a las piezas de doña Trinidad murmurando entre dientes:

-Este hombre es y será lo que siempre ha sido: un bárbaro.

Don Marcelino se quedó paseando en su cuarto y hablando consigo mismo:

-¡Pues me gusta la ocurrencia! Venir a ingerirse en negocios ajenos, como si yo tuviera necesidad de sus consejos... ¡Caramba! ¡No sé cómo he podido aguantar sus insultos...! ¡Por la Virgen! -decía don Marcelino, aumentándose por grados su enojo, (que era lo que le sucedía cuando estaba solo o delante de personas débiles)-; ¡por la Virgen santísima! ¡Si yo no tuviera tan buen genio como tengo, le habría contestado con una docena de silletazos, pero... Por más General que sea, ¿quién le ha dado derecho para meterse en mi casa y venir de buenas a primeras a echarme en cara mi proceder como si yo fuera un niño de teta?... ¡Oh! Mi buen genio me perjudica... ¡Pero luego se las cantaré claro; sí señor: bien claro! Yo le diré: -«mi señor don Ramón: le prohíbo a usted venir a mi casa. -¿Por qué? -¡Porque se me antoja! ¿Qué mejor razón?

Mientras el señor de Rojas expresaba su furor en un interminable soliloquio, la señora imponía a su ilustre primo de todo lo sucedido referente al proyecto de casar a Lucinda con don Melitón y a la tenaz oposición que Anselmo encontraba de parte de don Marcelino.

Por mucha que fuera la prudencia de doña Trinidad, no podía ocultar sus sufrimientos personales, cuyas causas se traslucían en sus palabras.

Don Ramón conocía el carácter brutal de don Marcelino; pero la   -328-   relación de su prima lo dejó abismado.

-Nada de lo que usted ha oído -dijo la señora llorando-, habría salido de mi boca si no estuviera de por medio la felicidad de esta pobre niña.

-Consuélese usted, prima mía -le dijo el General con su natural bondad-. Tengo conciencia de que Lucinda será la esposa de Anselmo. Por mi parte, apruebo su elección: es un muchacho de corazón y valiente; lo he visto pelear a mi lado. Yo creo que Lucinda es de mi opinión -agregó sonriendo.

Un vivo encarnado coloreó las mejillas de la linda niña, cuyo corazón palpitó de emoción al oír el elogio de su amante.

-Adiós: mañana volveré -dijo don Ramón despidiéndose-. Es necesario que yo vuelva al cuarto de don Marcelino. Lucinda ¿me querrás mucho si yo consigo que Anselmo siga visitándolas?

-¡Oh! -exclamó la niña, limpiando una lágrima que brillaba en sus ojos negros, como una gota de rocío en los delicados pétalos de una flor ¿como podría dejar de querer a usted con toda mi alma después de haber oído de su boca los elogios que ha hecho de él?

-Vaya, pues: no hay que llorar. Tengan confianza. Esta es una batalla, y para obtener la victoria es preciso ser valiente. Hasta luego.

Enseguida se dirigió al cuarto de don Marcelino cuyos zuecos de madera hacían resonar sobre el pavimento de ladrillos sus pasos desiguales.

Hallábase el viejo tan ensimismado en su pensamiento que no se apercibió de la presencia del General sino cuando éste le dijo al entrar:

-Y aún hay más, don Marcelino.

¿Qué es lo que hay? -preguntó éste como despertando de un agitado sueño.

-Que no solo quiere usted casar a Lucinda con un viejo repugnante...

-¡Oh! ¡Señor General! ¡No hable usted así de un hombre noble!

-Que es indigno de la mano de mi sobrina...

-¡Un hombre ilustre que se ha tuteado con el rey!

-Sino, que se opone usted a su unión con el hombre que ella ama.

-¡Oh! ¡Señor General; si usted ha venido a insultarme en mi propia casa! Yo...

-No venido a eso, señor don Marcelino. Lo que quiero es que   -329-   usted no se oponga a la felicidad de su hija.

-¡Ingrata! ¡Hija desnaturalizada! Apuesto a que ella y su madre se han desencadenado en contra mía.

-Se equivoca usted.

-¡Y esto después de haber trabajado por que ella sea la esposa de un hombre lleno de distinciones y honores que elevará a la familia!

-¡Calle la boca, hombre de Dios, y abra los ojos! ¿Por qué se opone usted a la unión de dos muchachos que se quieren?

-Y ¿quién le mete a esa mocosa -exclamó fuera de sí don Marcelino-, ponerse a querer sin mi permiso?

-No hable usted desatinos, señor de Rojas. Yo por mi parte apruebo ese amor.

-Y yo lo desapruebo porque tengo razones para ello -observó don Marcelino.

-No tiene usted razón alguna, porque Anselmo es un mozo cumplido.

-Señor don Ramón: no me hable usted de ese muchacho sinvergüenza y descarado, que, a pesar de mi oposición, se atreve a rondar mi casa.

-Anselmo Guzmán es un joven de las más bellas cualidades que haría honor a cualquiera de las señoritas de Santiago.

-Que se vaya a los infiernos con sus cualidades y todo. Yo no lo quiero para yerno, y basta. Conque, mi señor don Ramón -agregó don Marcelino-: le ruego que no se meta en mis asuntos porque yo soy hombre mayor de edad, y sé adonde me aprieta el zapato. Además, he dado mi palabra y yo no soy de los que reculan como cualquier pelagato.

-Ya lo sé; pero le advierto que yo también he dado mi palabra.

-¿De qué?

-De que Lucinda se casara con Anselmo -contestó el General con una expresión tal de convencimiento, que don Marcelino tembló de coraje sin hallar qué decir a su interlocutor, el cual despidiéndose se dirigió a la calle.

-¡Con doscientos mil de a caballo! -exclamó lleno de cólera don Marcelino cuando Freire había salido de la casa-. Yo debí haberle prohibido a este hombre que hablase del asunto en mi presencia... Yo debí haberle impedido que viese a mi mujer... Yo debí haberle dicho que no pisase jamás los umbrales de mi casa... Ha abusado de mi prudencia... ¡Caramba! ¡Mi buen genio me pierde!... Otra vez no será así. ¡Si, señor! ¡No será! ¡Lo prometo!



  -330-  
ArribaAbajo

Capítulo LIV

Algunas palabras antes de proseguir


«En los tristes sucesos de 1829 se vio Freire combatido y trabajado por las influencias más diversas y encontradas. Todos los partidos hacían los esfuerzos posibles para ganárselo y darle el alto puesto de jefe.»


F. ERRAZURIZ. (Chile bajo el imperio de la
Constitución de
1828. Cap. IV, II.)
               


Preciso es decir en honor de la verdad, que la venida de Freire a Santiago, no tenía por único y exclusivo objeto el ocuparse de los asuntos amorosos de Lucinda, pues la política reclamaba su presencia en la capital. Freire era un hombre que después de haber servido con gloria a la causa de nuestra independencia, se había retirado a la vida privada, lleno de honores y distinciones. El recuerdo de su valor se mantenía vivo en el ejército, y sus compañeros de armas lo aclamaban como el soldado más intrépido y valiente. Su afable carácter y su falta de ambición, hacían porque la envidia le perdonase sus demás cualidades. Había servido al país con un desinterés que constituía uno de sus mejores títulos de gloria; y ajeno a las cuestiones de actualidad, sucedíale lo que a todo hombre   -331-   de reconocido mérito quo no toma una parte demasiado activa en las ardientes cuestiones que agitan a un pueblo: amigos y enemigos hablaban bien de él. Todos los partidos querían tenerlo por jefe; unos porque veían en él una de las más esclarecidas glorias del país; otros porque lo esperaban todo de su amor a la libertad; y otros porque querían valerse de su prestigio para hacer triunfar sus opiniones.

Esta posición excepcional de Freire ponía, puede decirse así, en sus manos los destinos del país. He aquí por que desde mucho tiempo atrás estaba recibiendo todos los días cartas de los jefes de los diversos bandos políticos que lo lisonjeaban y halagaban con alabanzas y promesas, tratando de atraérselo por todos los medios imaginables.

El 17 de julio, es decir, un mes después de las ejecuciones del Basural, entregó Pinto el mando supremo a don Francisco Ramón Vicuña, que era el designado por la ley para subrogarle, y se retiró al campo, con el fin de atender al mal estado de su salud. Acompañolo en su viaje el padre Hipocreitía, cuyos buenos oficios empeñaron la gratitud de toda la familia del General.

Al mismo tiempo dejaron también sus carteras, don José M. Borgoño, Ministro de la Guerra y don Carlos Rodríguez, del Interior; pero no así el Ministro de Hacienda, Ruiz Tagle, quien se abstuvo de hacer su renuncia, y pretendió conservarse en el puesto, aun después de habérsele nombrado un sucesor.

Los primeros actos del gobierno provisorio de Vicuña habían hecho ver al partido retrógrado lo que podían esperar de la rectitud de este mandatario.

Don Francisco Ramón Vicuña era un honrado patriota, amaba la libertad, y tenía fe en las instituciones republicanas; y a pesar de las azarosas circunstancias en que gobernó el país, dio pruebas de su respeto a la ley y de su amor a la república. No obstante lo avanzado de su edad y de la mansedumbre de su carácter, tuvieron más de una vez que estrellarse las pretensiones de sus enemigos políticos en esa firmeza pasiva que supone la fe en los principios que se abriga.

Uno de los primeros actos de Vicuña fue dar sucesor al ministro Ruiz Tagle, a quien todos señalaban con el dedo como un principal punto de apoyo que los reaccionarios tenían en el Gobierno. Esto los desconcertó algún tanto; pero no por eso desmayaron en su proyecto, trabajando por crear inconvenientes a la administración.

Las sordas maquinaciones del partido conservador, el más revoltoso   -332-   que ha tenido Chile, porque lo ha sido contra el derecho y la libertad, había engendrado la división entre el Gobierno y una parte del ejército, y la desinteligencia entre los poderes administrativo y judicial, pues muchos miembros de las Cortes pertenecían al partido pelucón.

En cuanto el clero, puede decirse que, con excepción de un cortísimo número de sacerdotes ilustrados, los demás eran enemigos natos de la república bien entendida. Muchos eran realistas, y bien se echa de ver que a la sombra de este último elemento, el espíritu reaccionario debía invadirlo todo. Por manera que se sucedían las cabalas e intrigas en esa lucha entre el bien y el mal, entre la idea de progreso que pugna por establecerse, y la de atraso que obra enérgicamente por conservar su imperio. ¡No se arranca un árbol sin remover la tierra en que está plantado!

Acabábanse de verificar las primeras elecciones constitucionales, según lo dispuesto por el código dictado el año anterior; pero una gran parte del Congreso, que debía hacer el escrutinio de la elección, parecía haberse revelado contra el Gobierno:

Los pelucones, en su empeño por aislar completamente al Presidente, habían conseguido introducir el desacuerdo hasta dentro de la Representación Nacional por medio de los diputados que habían podido elegir. Las sesiones del Congreso se hacían cada vez más necesarias en un país que principiaba a dictar sus instituciones fundamentales; pero por lo mismo que eran necesarias, debían no tener lugar, según se decidió en un conciliábulo, al cual no había faltado el padre Hipocreitía y muchos de nuestros demás amigos reaccionarios. En tal estado de cosas la minoría asistente, procediendo conforme a la Constitución, compelió con multas a los inasistentes.

Los diputados pelucones no tardaron en protestar contra acuerdo, que calificaron de inconstitucional, y que fue uno de los pretextos de que se valieron entonces para exacerbar los ánimos. Y, convencido el Gobierno de que no le sería posible contrarrestar tan perniciosas influencias si permanecía en Santiago, decretó su traslación temporal al puerto de Valparaíso, traslación que se verificó a fines de a fines de agosto la oposición que los pelucones hicieron al ver que se les escapaba su presa.

Preciso es advertir, sin embargo, que esta oposición no nacía de ver hacer al Gobierno una retirada que tanto se asemejaba a una huida, sino de que el Congreso convocado para reunirse también en Valparaíso se iba a separar del centro de las influencias reaccionarias.   -333-   En cuanto a lo primero, hubo muchos que se dieron el parabién, diciendo:

-¡Gracias a Dios que se nos deja el campo libre!

-¡Si huyen es porque nos temen!

-¡Nuestra fuerza es, pues, positiva!

Mientras tanto decían otros:

-¿No veis cómo este Gobierno no cuenta con los sufragios del país?

-¡Mirad cómo deja a Santiago, centro del saber y de la aristocracia!

-¿Qué va a hacer a Valparaíso?

-¿Cual es su objeto?

-Es evidente que su fin es halagar esa ciudad compuesta de comerciantes, de mercachifles.

-¡Y de extranjeros y herejes!

-Bien se echan de ver las tendencias de los pipiolos. Su adhesión a las ideas de los herejes no pueden ser más patentes...

-Así como su desprecio por las familias honorables del reino; quiero decir, de la República.

-Yo no sé a dónde vamos a parar con una administración como ésta, sin paradero fijo.

-Y sin cabeza... ¡Claro es que a la anarquía!

-¡La Virgen del Pilar nos libre!...

-¡Sí! ¡Aténgase usted a la Virgen y no corra!

-Lo importante es que nosotros observemos lo que Dios dice: «ayúdate que yo te ayudaré.»

Tal era el estado de las cosas cuando Freire llegó a Santiago. Al momento se vio rodeado de los cabecillas de los diversos bandos. Pero aunque los pelucones trabajaron mucho por conseguir que el General prestase oídos a sus insidiosas indicaciones, nada consiguieron en un principio. Ajeno a las cabalas políticas, y enemigo por carácter de la intriga, Freire pudo en un principio resistir, apoyado en su patriotismo y en la fe de sus convicciones.

-Es preciso vencer la resistencia de Freire -decía el clérigo Franco.

-Con maña lo conseguiremos -contestó Aldeano.

-Váyansele por el lado de la hidalguía y caballerosidad -agregó Hipocreitía.

-Así conseguiremos que don Quijote ataque a los molinos de viento -contestó Portales.

  -334-  

-Tiene razón don Diego -dijo Dorriga al oído del reverendo Hipocreitía. Los pipiolos y los molinos de viento... ya su paternidad me entiende.




ArribaAbajo

Capítulo LV

Anselmo visita a Freire



    «¿Y es ésta aquella patria que algún día,
el brazo de mil héroes rescatara
de la antigua, ominosa tiranía?»


(SEÑORA MARÍN DE SOLAR.)                


Pagado el tributo que debía a la política, y desocupado de las visitas de sus amigos volvió don Ramón a ocuparse asiduamente de los asuntos de su sobrina Lucinda. Pero, por más que pensaba, no encontraba en su mente medio alguno de qué valerse para vencer la tenaz resistencia de don Marcelino, a quien conocía muy bien. Por último, persuadido de que los medios pacíficos eran los peores, resolvió tomar otro camino.

-Yo sé que es cobarde como una gallina -dijo el General-; y todo se podrá conseguir metiéndole miedo y tratándolo a la vaqueta. Gastar consideraciones con este hombre es perder tiempo, y a mí no me gustan los asuntos largos. ¡Los muchachos se quieren; son dignos el uno del otro, y se casarán con el favor de Dios!

  -335-  

Paseábase el General dentro de su cuarto, mientras tenía consigo mismo el soliloquio anterior, cuando oyó dar a la puerta tres discretos golpes.

-¡Adelante! -dijo.

La puerta se abrió y apareció Anselmo Guzmán, quien saludó a su antiguo jefe y protector con muestras del más cariñoso respeto.

-Anselmo, hijo mío -dijo don Ramón, haciendo sentar al joven-. En este momento me estaba acordando de ti.

-Gracias, señor -contestó Anselmo. Si no había venido antes a verlo ha sido porque lo creía a usted demasiado ocupado con otras visitas.

-Es verdad -dijo Freire-: no he tenido tiempo para nada... Pero tú estás pálido -prosiguió bondadosamente- ¿Has estado enfermo?

-Sí, señor: un rasguño en este brazo.

-¡Ah! Se me olvidaba que habías salido herido en la última revuelta. ¡Por la Virgen del Carmen! ¿Cuándo terminarán estas malditas rencillas de partido?

-Esa misma pregunta nos hacemos con dolor todos los que amamos nuestra patria -respondió Anselmo.

-Parece que aun no creyesen bastante la sangre derramada -prosiguió el General, paseándose por el cuarto...- Es un engaño creer que hemos vencido a los españoles; que los hemos echado del país... No: los españoles están todavía aquí con nosotros; somos nosotros... Tenemos el enemigo dentro de nuestro hogar...

¿Cuando y cómo terminará todo esto? ¡Y yo, necio de mí, que había colgado mi espada creyendo quo ya no había enemigos que vencer!

-Lo más triste es pensar que esos enemigos son chilenos -dijo Anselmo.

-Tienes razón -respondió Freire...- Después de la batalla de Maipú, yo no puedo mirar como enemigo a ningún chileno, por más contrario que me sea en política. ¿Por qué hemos de emplear en despedazarnos mutuamente el tiempo que debíamos ocupar en cultivar nuestros campos, en desarrollar nuestra industria y comercio, y en fin, en dar estabilidad a la república por medio del trabajo? ¡Maldita sea la mezquina ambición, que solo sabe producir atraso, sangre y lágrimas! Pero dejemos esto... Me han dicho que en la última refriega te portaste bien, y no lo he extrañado.

-Señor...

-Déjate de cortesías, hijo. ¿No te he visto pelear a mi lado? Lo que siento es que el valor y la fuerza de los hijos de Chile se hayan de   -336-   emplear en exterminarse mutuamente... ¡Desleales! Aquí he venido a saber que se han valido de mi nombre para sublevar a los Coraceros.

-Así es la verdad, señor...

-¡Miserables! Son capaces de especular con los vicios, con la ignorancia, y hasta con la gloria de los demás...

Sonriose Anselmo al oír estas palabras del General.

-Aun ayer mismo -prosiguió éste-, han tratado de engañarme como a un chiquillo... Pero doblemos esta hoja, y tratemos de tus asuntos, hijo mío...

-¿De qué asuntos, señor?

-Demasiado reservado eres, Anselmo; y eso no es bueno entre compañeros de armas -dijo Freire, acercando su silla a la del joven.

Anselmo tenía ya noticia de la visita que el General había hecho en casa de don Marcelino, y del interés que había manifestado a favor de su causa. Por otra parte, veía en su antiguo jefe a un decidido protector; así fue que, alentado por la franqueza de éste, le dijo:

-Señor General: usted me anima a decirle que amo a la señorita doña Lucinda de Rojas; y como no tengo otro asunto que me preocupe más, he creído que usted se refería a éste.

-Así es, amigo mío ya he principiado a trabajar por ti.

-Gracias, señor... No olvidaré jamas el interés que usted ha manifestado por mí en la entrevista que tuvo con el señor de Rojas...

-¿Conque ya sabías?

-Sí, señor.

-¿Luego estás en correspondencia con el interior de la plaza?

-Casi todos los días tengo noticias de Lucinda por conducto de la señora de don Cándido de la Rueda, de quien me he hecho muy amigo.

-¿Conque doña Estrella está a tu favor, eh?

-Sí, señor; y aun me ha ofrecido los buenos oficios de su marido.

-Don Cándido no sabe más que hablar necedades: sin embargo, puede servirnos de algo.

-Yo creo que será muy difícil vencer la resistensia de don Marcelino.

-Difícil, convengo; pero no imposible... El hombre es testarudo.

-Tiene la peor de las tenacidades, que es la de que no escucha.

  -337-  

-No por esto debes desanimarte: Lucinda vale la pena de trabajar por ella.

-¡Oh! ¡Señor! ¡Es un ángel! -exclamó Anselmo con pasión.

-¡Pues, entonces, valor y constancia!

-Creo tener uno y otra; pero no sé por qué a veces siento desfallecer mi ánimo al considerar la resistencia de don Marcelino... ¡Oh, señor! -prosiguió el joven con doloroso acento-: es muy duro el ver a su mayor enemigo en el mismo padre del más querido ser de nuestro corazón. ¿Por qué me desprecia? ¿Qué he hecho para merecer su odio? En balde busco en mi conciencia algo que pudiera servir de base o de pretexto a su repugnancia. Yo me he conducido siempre con honradez, y tengo la dicha de contar con el aprecio de mis compañeros. ¡Jamás podrá ese hombre encontrar en mí otro crimen que el de haberme atrevido amar a su hija, siendo como soy, pobre!

Pronunció Anselmo esta última palabra con un tono que manifestaba dolor, desprecio y orgullo ofendido a un mismo tiempo. El General no contestó; solo miró al joven bondadosa y compasivamente, diciéndose en su interior:

-¡Pobre mozo! Se casará, a pesar de diez Marcelinos juntos.

-Dispénseme usted señor, que me exprese así -prosiguió Anselmo. Su bondad y las distinciones con que me ha honrado siempre me dan derecho para abrirle mi corazón. Estoy ahora, que ni yo mismo me conozco. Yo nunca había conocido el odio, ahora suelo sorprender a mi corazón odiando; ¿y odiando a quién? ¡Al padre de mi Lucinda! ¡Oh! ¡No sabe ese hombre el mal que me ha hecho! ¡Si sufriera yo solo, nada sería; pero hacer sufrir a aquel ángel! ¡No tengo fuerzas para perdonárselo! Su injusticia ha maleado mi carácter; y digo su injusticia, porque mi calidad de pobre no le da derecho para oponerse a nuestra unión. Yo conozco a Lucinda, y sé que podríamos vivir muy felices con solo el fruto de mi trabajo, para lo cual, estaba dispuesto a abandonar mi carrera y ocuparme de cualquiera industria.

-¡Oh! -le interrumpió don Ramón-. ¡Abandonar tu carrera! No te lo permito, Anselmo... Ahora más que nunca necesita Chile de oficiales honrados en su ejército.

-Yo también lo creo así, señor, pero...

-No necesitas colgar tu espada para ocuparte de alguna industria, aunque sea indirectamente... Después hablaremos de esto... Por ahora es preciso tratar cómo tomar la fortaleza... Ya   -338-   tengo mi plan; y te aseguro que la tomaremos, aunque sea a sangre y fuego. ¿Cuales son tus determinaciones?

-En mi posición no me queda otro medio que esperar con paciencia a que Lucinda sea mayor de edad. Puede ser que intertanto, don Marcelino entre en razón.

-¿Entrar en razón ese viejo? Es pedirle peras al olmo. No en balde me opuse yo tanto a que se casara con la Trinidad. Me parece, amigo, que es peligroso el empleo de la paciencia, porque puede ser que durante este tiempo, Lucinda, obligada por su padre se case con otro.

-Ya sé el proyecto de don Marcelino; pero acerca de eso no tengo temor alguno, señor. Mi rival es un ser más que ridículo y aunque no lo fuera, confío en el juicio de Lucinda.

-Mi plan es otro, hombre. Yo soy porque empleemos la fuerza, desde luego.

-¿Cómo?

-Después sabrás. Antes de todo, ¿dónde vives?

-En casa del capitán Andrés Muñoz.

-Lo conozco. Es preciso que hoy mismo te vengas a vivir aquí a mi casa. No hay que replicar.

-Mil gracias, señor.

-Entonces, hasta luego. Prepárate, porque mañana hemos de hacer juntos una visita en casa de don Marcelino.

-¿Oh? ¡Señor General! Usted no sabe el odio que me profesa.

-Sí lo sé: me lo ha dicho él mismo, sabiendo lo que te aprecio; y es preciso que castigue su desatención llevándote allá... Con un hombre racional, obraríamos de otro modo; pero don Marcelino está fuera de la ley común.

[...]

En la tarde de ese mismo día, Anselmo estaba instalado en casa de don Ramón Freire.



Arriba
Anterior Indice Siguiente