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Planteamientos epistemológicos en «El Quijote»: El tema del encantamiento de Dulcinea

María del Carmen Bobes Naves





Son varios los episodios en los que, a lo largo del texto de El Quijote, Cervantes afronta el problema del conocimiento a partir de anécdotas diversas, o bien a partir de un motivo que se repite a lo largo de varios capítulos dándoles unidad, y lo plantea en la forma habitual en que se desarrollan estos temas en una obra de ficción, es decir, no con un desarrollo teórico y sistemático, sino siguiendo paso a paso la forma pragmática en que se viven.

El conocimiento como capacidad y como actividad humana, sus presupuestos, los sujetos y los objetos del saber, la posibilidad y las fuentes del conocer, la certeza, la verificabilidad, la frontera entre conocimiento y fantasía, entre verdad y ficción, las condiciones a priori para la sensibilidad (espacio y tiempo), y para el entendimiento y para la argumentación, etc., son problemas que aparecen, y se repiten con una continuidad o con grados y matices diversos en sus planteamientos y nos hacen pensar que están aplicados y desarrollados intencionalmente y desde una determinada teoría gnoseológica, que es el realismo.

En algunos motivos de la historia se habla de modo directo de los problemas que la epistemología general y la literaria en particular presentan; se ha analizado y se ha discurrido sobre las posibilidades humanas de conocerse a uno mismo, a otros hombres, al mundo exterior; otras veces, al proyectar sobre un episodio, en su planteamiento, en su desarrollo o en su desenlace, las teorías epistemológicas, se puede comprobar que responden a un sistema filosófico cuya coherencia se mantiene de forma discrecional en el discurso.

Podemos sospechar que no son temas que emergen casualmente de las anécdotas, pues responden a un subtexto cuyas ideas parecen fijadas, sistemáticas y coherentes, y podemos pensar que son la del autor de la obra. Son teorías que no intentan imponerse, a no ser por su propio peso, al aplicarse a situaciones vitales.

En 1994 en un artículo titulado «El tiempo como unidad sintáctica del Quijote», incluido en el volumen colectivo Cervantes. Estudios en la víspera de su centenario, I. (Kassel, Reichenberger, 1994. pp. 125-143), analicé cómo se presentaban, de un modo directo, a partir de los sujetos del conocimiento -en este caso, Don Quijote y Sancho-, y sus vivencias del tiempo, las posibilidades del saber y la certeza. El tiempo, como concepto a priori de la sensibilidad, junto con el espacio, es necesario para encuadrar cualquier conocimiento positivo y darle verosimilitud: ¿es posible que el tiempo pueda validar o falsar la verdad, o al menos la verosimilitud de un conocimiento? Siguiendo las reacciones de los sujetos, que se extenderán prácticamente a todo el texto de la novela hasta su desenlace, hemos deducido que Cervantes así lo piensa.

Don Quijote en el subsuelo de la Cueva de Montesinos ve amanecer tres veces, según jura y perjura, y en ese tiempo tiene encuentros con varios personajes caballerescos y romancescos; queda excluido que diga mentiras o que fantasee sobre lo que afirma de modo controlado y consciente para engañar a nadie. Por su parte, Sancho, en la boca de la Cueva y en compañía del primo humanista, tiene constancia empírica de que el tiempo transcurrido en la bajada de su señor es solamente de hora y media, tal como puede saberse por la luz del día o por los artefactos creados por el hombre para medir el tiempo físico, los relojes. Resulta difícil admitir que don Quijote en ese corto espacio de tiempo haya vivido tanto como cuenta. Sancho no está dispuesto a creerlo: su amo fantasea o sueña.

El problema que deriva de estas dos percepciones de los hechos y de su encuadre en el tiempo es sencillamente su incompatibilidad: no pueden ser verdad las dos al mismo tiempo; es posible que las dos sean erróneas -aunque de modo seguro una lo es-, pero no pueden ser verdad a la vez. El tema de la verdad de este episodio, en la versión de don Quijote o de Sancho, va a atravesar todo el relato centrándose en el motivo del encantamiento de Dulcinea y otros encantamientos. El desarrollo es muy amplio: en principio se encuadra en el recurso general de los encantamientos al que acude don Quijote cuando sus fantasías chocan con la realidad y resulta malparado: sus derrotas no se deben nunca a su falta de valor o de esfuerzo, son obra de encantadores que persiguen a los caballeros andantes, y concretamente a él, y le hacen ver gigantes donde hay molinos, convierten en corderos los soldados de un poderoso ejército, y otras tropelías.

Sancho, en la primera parte de la obra, oye una y otra vez esas explicaciones y, al verse en apuros, intenta beneficiarse de ellas: por primera vez, en el caso del encantamiento de Dulcinea, no es don Quijote quien explica como obra de los encantadores algo que lo desconcierta, sino que es Sancho, y no precisamente porque necesite una justificación para dejar a salvo su honor, su valentía, o sus posibilidades de comprender una situación más o menos absurda e inesperada, sino en una huida hacia adelante, en un lío en que se encuentra atrapado; Sancho usa los encantamientos como engaño consciente para encubrir otro engaño anterior cuando dijo a don Quijote que había visto a Dulcinea, sin haberla visto, claro.

El tema del encantamiento de Dulcinea se inicia en el cap. X: el narrador, como ha hecho en otros puntos, utiliza un recurso de intensificación del motivo, porque quiere subrayarlo en el texto, darle relieve y que el lector se fije en él. Con este fin, hace una entrada para divagar sobre los límites entre la imaginación y la verdad, porque, según cree, es posible que los lectores no le crean lo que va a contar. Para evitar el compromiso, como hace otras veces cuando la historia que está traduciendo del árabe le parece inverosímil, pues parece que él también duda, contará «sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso». No cabe duda de que lo que cuenta no parece verosímil y es conveniente precisar ante el lector una postura de narrador totalmente objetivo.

Cervantes aborda problemas gnoseológicos, porque textualmente insiste en los presupuestos, en los puntos en los que pueden discutirse las relaciones de la palabra con la realidad, en la verosimilitud de los hechos narrados y, en todo caso, en la actitud de los lectores y su capacidad de asombro o de recepción. La identificación del lector con la historia pasa porque ésta sea verosímil y por convencerle de que es efectivamente así.

En este sentido actúa Sancho en sus preparativos del encantamiento de su señora: destacan las reflexiones que hace cuando deja a su amo emboscado en una floresta, cerca del Toboso, mientras él va en busca de Dulcinea. El amo nunca ha visto a su amada, ya que su amor es de oídas; el escudero, tampoco. Entonces ¿cuál es la verdad que va a buscar? Él analiza punto por punto la situación desde la que debe afrontar la misión que le encomienda su amo: ¿qué busca?: una dama que no conoce, aunque sospecha que sea la lugareña Aldonza Lorenzo; ¿dónde la buscará?: en unos palacios que don Quijote imagina como espacio adecuado a su dama, y que Sancho ha inventado que ha visto, pero que en el Toboso no hay; y ¿de parte de quién la busca?: de un loco «que las más de las veces toma unas cosas por otras [...] como cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las muías de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos enemigos, y otras muchas cosas».

Siguiendo sus argumentos y sus temores, tan lógicos, Sancho llega a la conclusión de que si inventa un posible encantamiento de Dulcinea no suscitará dudas en su amo, puesto que «no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea, juraré yo; [...] o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura» (206).

Sancho se arriesga a inventar y mantener una mentira, porque no se sale para nada del esquema que tantas veces ha seguido don Quijote; conoce la debilidad de su amo y sabe que el conocimiento que induce de la realidad está mediatizado, en su paranoia, por el mundo de la caballería, donde el encantamiento es posible y además frecuente. Vamos a asistir, por tanto, a un episodio de conocimiento y de reconocimiento en el que la percepción de la realidad, que en este caso es correcta en el Caballero, que ve efectivamente a unas labradoras y sus pollinos, se mediatiza con una versión falsa, creada interesadamente por el Escudero, que jura que está viendo a Dulcinea y sus damas en hacaneas: la realidad no responde a las palabras de Sancho y sólo falta que don Quijote las crea. El narrador advierte al lector del engaño, y lo explica por su paranoia.

Sancho presenta a su amo tres labradoras diciendo que son Dulcinea y dos de sus damas en sendas hacaneas; don Quijote percibe con sus sentidos la realidad: «yo no veo, Sancho, sino a tres labradoras sobre tres borricos». Sancho insiste en que son tres damas. Don Quijote insiste en lo que está viendo: «pues yo te digo Sancho que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen».

No son, pues, los sentidos los que distorsionan la información que recibe don Quijote. La percepción de la realidad es perfecta y en principio suscita una seguridad absoluta, pero ante la insistencia de Sancho, se empieza a resquebrajar, y en su segunda afirmación don Quijote deja un portillo abierto a la duda y la convierte en un parecer, y luego progresivamente irá aceptando la realidad del encantamiento, que tanto dolor le produce, ya que se siente causa de él.

La fiabilidad de los sentidos va a ponerse en entredicho con la mentira de Sancho, hasta el punto de que «Don Quijote miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y como no descubría sino a una moza aldeana [...] estaba suspenso y admirado...». ¿Cómo explicar que una misma realidad presente sea percibida en forma desigual por dos espectadores? La explicación no es sugerida por Sancho, sino por el mismo don Quijote: «el maligno encantador que me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre» (110).

Y no sólo el rostro, los trajes y la cabalgadura, y hasta los gestos y la conducta de Dulcinea son los de una tosca aldeana, que quiere marchar a toda prisa. «Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo». En las acciones de Dulcinea saltando sobre el borrico, y picándolo a la carrera y en el diálogo posterior entre don Quijote y Sancho, mientras el caballero ha admitido la mentira como verdadero conocimiento y se queja de su desventura ante lo que ha visto, Sancho sigue porfiando que él vio a las damas y a las hacaneas, ricas y hermosas, donde el amo vio fealdad y mal olor, y «harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las sandeces de su amo» (112).

La realidad, su expresión por medio de la palabra, que puede falsearla, el conocimiento y la certeza quedan analizados en el episodio del encantamiento de Dulcinea tramado por Sancho y quedan magistralmente señalados los límites del saber de cada cual: Sancho conoce todo el engaño; don Quijote queda convencido de que la mentira es la verdad, el objeto del conocimiento, la labradora-Dulcinea, no se ha enterado de qué se habla, ve sólo la anécdota. Y el lector se da por enterado de todos los matices de ese engaño-conocimiento. En ningún momento se duda de la realidad, que queda a salvo tanto en su ser como en su posibilidad de ser conocida. En este episodio la manipulación que puede distorsionar el conocimiento, se localiza en el testimonio de otro sujeto -es decir, en su palabra-, que puede estar mediatizado por el interés, por una idea, por cualquier otra causa o finalidad.

El encantamiento de Dulcinea se realiza antes del episodio de la Cueva de Montesinos, donde don Quijote, que está tan impresionado y tan dolorido por la metamorfosis de su dama, verá, para su desolación, a Dulcinea encantada, tal como Sancho se la había hecho ver, a la salida del Toboso. El Caballero sueña con la terrible apariencia de su dama.

El ingenioso invento ha permitido a Sancho salir de un lío, aprovechando la actitud mental de don Quijote. El tema gnoseológico que aquí se plantea es el de la relación entre la realidad, la palabra y el conocimiento: la mentira, de la que es perfectamente consciente, Sancho la construye con la palabra; la realidad, como no podía ser de otra manera en una visión realista del mundo, está claro que es fija y sin dudas, pero uno de los sujetos del conocimiento quiere interesadamente distorsionar la percepción del otro, y para conseguirlo aprovecha su locura. La realidad puede ser un engaño a los ojos por diversas razones que en el siglo XVII no se localizan en la misma realidad, ni en la relación de los sujetos con el objeto; si acaso, en situaciones fingidas, como sería el cruce del mundo real con el mundo ficcional de la caballería. Sancho había aprendido de su amo la lección de los encantadores, y la aplica para engañarlo.

Don Quijote cree el encantamiento de Dulcinea, porque encaja en su visión de la realidad a través de la lente de la caballería: ya el capítulo siguiente, lo presenta pensativo «considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora doña Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser primero» (113). Desde esta interpretación que procede de la comunicación falsa de su interlocutor, aunque no de la realidad, que él vio como era, el engaño se prolonga sorprendentemente, mediante rasgos de ingenio del narrador, por caminos inesperados que sobrepasan la capacidad de engaño de Sancho, a quien el tema se le escapará de las manos y se le volverá en contra, pues es el motivo para el engaño de la duquesa con su ironía de convertir al burlador en burlado: devuelve en forma de azotes la genialidad encantadora de Sancho, como castigo por haberse salido de su papel, y haber usurpado uno de los recursos del Caballero y su mundo de encantamientos.

Se ofrece así un tema para la discusión. Todo el conocimiento de don Quijote, aparte su percepción correcta de la realidad, está construido sobre la palabra de Sancho y supera la realidad que los sentidos le presentan: él ve labradoras donde Sancho ve labradoras pero asegura ver damas. Se trataría de saber qué entrada es más de fiar: los sentidos o el testimonio de otro, es decir, la experiencia propia o el conocimiento de otro: ¿es la palabra vehículo fiable? El texto muestra que no. El engaño a los ojos no está en la relación realidad-sujeto, sino en la distorsión del sistema de signos de expresión del conocimiento, ya que Sancho insiste en decir que ve lo que no está viendo.

El engaño construido por Sancho tiene un propósito determinado; la palabra no acoge el conocimiento verdadero, sino las intenciones, los intereses, la finalidad que quiere dársele. El conocimiento, después de la percepción de la realidad, adopta forma lingüística para poder ser expresado y transmitido; la lógica analítica insiste en este paso de la verificabilidad del argumento (verificativo funcional), es decir, la vuelta atrás para verificar que la sintaxis ha seguido correctamente los argumentos y finalmente ver la correspondencia de los enunciados con la realidad. Don Quijote verifica que la realidad no es lo que Sancho le dice con palabras, pero lo admite como una verdad, debido a una interferencia con el mundo caballeresco de los encantadores. Está convencido de que ésa es la verdad, y la incorpora a su conocimiento e incluso a su inconsciente, pues el sueño, o el ensueño, se la devuelve: en la Cueva de Montesinos ve a la encantada Dulcinea en la misma forma y con los mismos gestos que se la presentó Sancho. Y justo a partir de esa experiencia onírica o de sueño diurno que don Quijote tiene en la Cueva, y precisamente por la gran distorsión del tiempo entre la realidad de hora y media y la fantasía de tres amaneceres, empezará a insinuarse la duda en el Caballero.

La verdad para Sancho está clara: las labradoras son labradoras; la verdad para don Quijote empieza a ser dudosa, porque Dulcinea encantada pertenece a unas experiencias en la Cueva de Montesinos, que empiezan a suscitarle dudas cuando ve que todos se muestran escépticos de sus visiones. El tiempo, como presupuesto inevitable de la percepción, proyecta unos límites al conocimiento, a la verdad, a la certeza. Por eso se erige en la columna que señala la inflexión de la locura de don Quijote hacia la cordura, y del pragmatismo de Sancho hacia la ficción caballeresca o pastoril. Sí se impone la noción real del tiempo, don Quijote arribará a la realidad, que es el desenlace de sus aventuras; si esto es así, Sancho también deberá renunciar a sus aventuras y a sus ínsulas y a su vida de escudero, frente a sus posibilidades de pasarlo bien y de enriquecerse; en el mundo de la fantasía y del encantamiento de Dulcinea, Sancho puede fiarse de las promesas de su amo, de sus propias fantasías, y, sobre todo, de la duquesa, de modo que se ve atrapado en su propio engaño.

El desenlace de la historia empieza su camino en el episodio de la Cueva de Montesinos, donde se abren dos sendas gnoseológicas: de una parte la trayectoria de Sancho desde su mentira hasta convencerlo de su verdad, y de ello se encargará la duquesa, aprovechando la visión interesada de escudero; y de otra, a mostrar a don Quijote que la verdad que él ya admitía, el encantamiento de Dulcinea, era mentira.

Resulta sorprendente, por su modernidad, una tercera vía que señalamos. Don Quijote empieza a dudar de la verdad, a pesar de su verosimilitud en el mundo de la caballería, porque no le creen el relato de lo que vivió en la Cueva de Montesinos. Parece que el conocimiento puede encontrar certeza, o seguridad subjetiva al menos, en el concierto de los pareceres, y como éste no se da, buscará seguridades por medios extraordinarios: la consulta al mono de Maese Pedro, que lo deja contento cuando oye que algunas de sus visiones son verdad y otras no: ya se conforma con que sea verdad al menos la mitad; y otro modo de salir de la duda es llegar a un consenso con Sancho: si tú me crees lo mío, yo te creo lo tuyo.

Las referencias de que dispone el lector están muy claras en el texto de la novela cervantina: queda delimitado, perfectamente delimitado, lo que es verdad y lo que es engaño, lo que es experiencia y lo que es palabra manipulada. Para don Quijote la experiencia como base del conocimiento está interferida por la palabra de Sancho. En este primer momento las posiciones de uno y otro responden a un idealismo en el caso de don Quijote, que le lleva a renunciar a la experiencia como base del conocimiento y a admitir como verdaderos los tejemanejes de los encantadores; y un pragmatismo por parte de Sancho, que ve la realidad como es, pero la altera porque le conviene.

La postura de cada uno de los sujetos está motivada por razones ajenas al proceso del conocimiento: Sancho presenta sus afirmaciones movido por su interés; la duquesa confirma las patrañas de Sancho para burlarse, a su vez, del escudero. Pero la postura más enigmática es la de don Quijote que, si primero duda de su escudero, y luego incluye el encantamiento entre sus percepciones en la Cueva, ¿con qué fin lo hace? ¿Se burla de Sancho? ¿Se acoge a esa mentira, sabiendo que lo es? ¿A qué juega, si es que está jugando y no es sujeto de una sugestión que deriva hasta el mundo del sueño? Porque ante la duquesa admite que él no ha visto nunca a su dama y «Dios sabe si Dulcinea existe». En esta afirmación hay una especie de claudicación de las seguridades de don Quijote que, sin duda, produce un profundo desasosiego; el lector ve con pena que la certeza no está ni siquiera en las construcciones de la fantasía.

No me parece casualidad que el episodio de la Carreta de las Cortes de la Muerte esté colocada en el capítulo XI, es decir, inmediatamente después del encantamiento de Dulcinea, ni tampoco que se analice esa transformación transitoria de la realidad que procede de los disfraces. Don Quijote asegura que «por la fe de caballero andante que así como vi este carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño» (116). En otro momento anterior, don Quijote mantendría su impresión primera y seguiría buscando la aventura que él suponía estaba en la apariencia extraña de los actores de Las Cortes de la Muerte. El episodio le sirve a don Quijote para confirmarse en su conocimiento: la apariencia rústica de Dulcinea era realmente un engaño, de la misma manera que la apariencia fantástica de los actores de la carreta encubre otra realidad: lo real puede parecer fantástico, y lo fantástico puede parecer real, por la acción de los encantadores, o por la acción distorsionadora del hombre, con los disfraces, con la palabra.

Y, a propósito de la distorsión del conocimiento por medio de la palabra o de los intereses, tenemos que aludir a otro episodio del final de la primera parte de la novela, en el cap. XLIX. Allí don Quijote sostiene con Sancho un diálogo sobre su propio encantamiento, que así se lo habían hecho creer el Cura y el Barbero para llevarlo a casa. Don Quijote va recluido en una jaula, y Sancho no las tiene todas consigo: quiere convencer a su señor de que no está encantado, puesto que sigue haciendo las funciones de los seres vivos; por el contrario, don Quijote sí cree que está encantado, y dice estas sorprendentes palabras: «Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia, que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde» (628).

Don Quijote sabe que va encantado porque le conviene creer que va encantado, pues en otro caso podrían tacharlo de perezoso y cobarde, cosa que el caballero no puede admitir de ninguna manera. Parece una situación paralela a la de Sancho encantando a Dulcinea. Tanto el caballero como el escudero parecen acudir a los encantamientos cuando conviene a sus intereses.

Otros problemas gnoseológicos, en relación con los encantamientos, los ofrece el motivo narrativo del encuentro con el Caballero del Bosque: el encantamiento que sufren quienes dicen ser el escudero y el Caballero del Bosque y son en la realidad Tomé Cecial, el vecino y compadre de Sancho, y Sansón Carrasco, el bachiller que procura la curación de don Quijote. Esto confunde de nuevo a don Quijote entre la realidad y los encantamientos, dejándole el juicio en suspenso. Da la casualidad de que esa historia se inicia en el capítulo siguiente al de la Carreta de las Cortes de la Muerte: los disfraces se suman a los encantamientos y don Quijote y Sancho ya no tienen tregua: los encantamientos y los encantadores interfieren continuamente en sus vidas, en su conocimiento, en sus esperanzas.

El Caballero del Bosque afirma rotundamente que ha vencido a don Quijote, y aunque éste dice «veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo» (II, 140), piensa que quizá sea un engaño preparado por un encantador enemigo, de los que lo persiguen, pues «no ha más de dos días que transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y baja, y desta manera habrán transformado a don Quijote» (II, 140). Cualquier cosa puede pasar, cualquier apariencia puede transformar la realidad empírica: nada está seguro en ese mundo que cambia a merced de los encantadores: Dulcinea puede ser una aldeana; puede haber más de un Quijote, el verdadero y otras figuras con su apariencia; Sansón Carrasco y Tomé Cecial son la apariencia del Caballero de los Espejos y de su escudero...

Cuando don Quijote, contra todo pronóstico, vence al bachiller, se encuentra al levantarle la celada que el caballero de los Espejos tiene la apariencia de Sansón, pero piensa que no puede ser Sansón porque el bachiller no tiene nada en contra de él, ¿por qué iba a desafiarlo? La noche antes se habían encontrado los dos caballeros y los dos escuderos, y ni Sancho reconoce a su vecino, disfrazado como iba con unas enormes y temibles narices, ni don Quijote, con la oscuridad, reconoce a su amigo, al que toma por quien él le dice que es, el Caballero de los Espejos, o Caballero del Bosque. De nuevo el mismo tema que en el capítulo anterior, el del ser frente al parecer, del engaño a los ojos, tan barroco; nuevamente el disfraz y el encantamiento remiten a problemas sobre el saber, de relaciones entre la percepción y el conocimiento, de interpretación de los datos que ofrece la realidad y su avenencia con otros datos procedentes de la palabra, sobre la finalidad, sobre el reconocimiento.

Las intenciones de Cervantes con estos continuos engaños parecen claras y apuntan al problema del conocimiento aun cuando don Quijote le pide al Caballero de los Espejos que antes de pelear se levante la celada para verle el rostro, y él se niega. Don Quijote no sospecha nada del engaño y se dispone a luchar; Sansón está seguro de que vencerá y enviará a don Quijote a su aldea.

Cuando vencido el del Bosque, don Quijote le quita las lazadas del yelmo para ver si era muerto, «vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la perspectiva mesma del bachiller Sansón Carrasco» (II, 147), don Quijote no espera más para hacer su lectura del caso: es cosa de encantamiento. Tan convencido está don Quijote del encantamiento que después de ver y volver a ver a Sansón reclama con efectos retroactivos: «Habéis de confesar y creer que aquel caballero que vencisteis ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso, y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que se le parece, y que en su figura aquí me lo han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu de mi cólera...» (II, 149).

El episodio con encantamientos, presentes y pasados, no puede ser más explícito respecto a las dudas entre realidad y ficción, entre ser y aparentar, entre verdad y engaño, y su reiteración, extremos y variantes. Llega a tal punto, que Sancho pierde su tino: miraba y estaba viendo a su vecino, Tomé Cecial, ya sin narices, «mas la aprehensión que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con sus ojos estaba mirando» (II, 149). Puede más el encantamiento que la realidad, sólo hay que repetirlo, según parece: ni el empirismo de Sancho puede evitarlo.

Siguiendo la trayectoria de las dudas y siguiendo también el viaje y las aventuras, después de varios encuentros con gentes diversas y curiosas, llegan a la venta que don Quijote, que parece poner los pies en la realidad, reconoce como tal venta, sin elevarla a la categoría caballeresca de castillo, como solía, y allí van a tropezar con Maese Pedro y su mono adivino (cap. XXV de la segunda parte).

Después de que el mono identifica a don Quijote como andante caballero y tranquiliza a Sancho sobre las actividades de Teresa, su mujer, don Quijote no parece muy convencido de que un animal sea capaz de conocimiento (antes ha sido contado el episodio de los regidores que rebuznan, que sirve de marco a esta aventura del mono adivino). Don Quijote sabe que la sabiduría del demonio abarca pasado y presente, pero no el futuro; sabe que hay astrólogos que «alzan figuras», «echando a perder con sus mentiras e ignorancia la verdad maravillosa de la ciencia» (254). Con todo, las relaciones y límites de los conocimientos del hombre y de los animales, y acaso del demonio y de los adivinos, se revisa por grados en el discurso de la novela.

¿Existe un conocimiento animal? El episodio de los burros y los rebuznos de los regidores, y el episodio del mono adivino parecen ejemplificar la negativa a esa pregunta. El texto en ambos casos señala que el hombre es quien se hace cargo de la emisión de los mensajes con sentido y de su recepción interpretativa, no sólo la sensación: los regidores reproducen rebuznos, pero no los interpretan, ni los distinguen más allá de lo fonético; maese Pedro traduce, ya se sabe cómo, lo que dice que el mono le dice. El capítulo XII vuelve sobre el tema de los animales y se plantea críticamente si es posible la amistad entre el rucio y Rocinante, que el autor de la historia había comparado con la de famosos amigos, como Pílades y Orestes, pero al narrador le parece que no hace bien y que pudo pasarse al comparar la amistad de animales con la de los hombres, y no obstante recuerda que el hombre ha aprendido alguna cosa de las bestias, de las cigüeñas, de los perros, del caballo, etc.

¿Existen formas de expresión o de comunicación comparables a la que realiza el lenguaje humano mediante figuras, por ejemplo, la de los títeres, que no tienen más voz ni más gesto que el que quiera darles el hombre? Las formas de expresión con títeres o cosas semejantes tienen también el límite que les pone el hombre, tanto en su emisión como en su recepción, y precisamente don Quijote pasa ese umbral, cuando toma a los títeres por seres reales y arremete contra ellos, hasta que Maese Pedro le grita: «señor don Quijote, advierta que estos que derriba y destroza no son verdaderos moros, sino unas figuras de pasta» (263).

Aparte de estas puntualizaciones fuera de lo humano, merece la pena volver a las dudas de don Quijote sobre sus certezas. El Caballero efectivamente parece tener dudas sobre las experiencias que decía haber vivido en la Cueva de Montesinos. Su seguridad inicial parece debilitada, y cuando Sancho, más pragmático, le pide que pregunte al mono lo siguiente:

[...] si es verdad lo que a vuestra merced le pasó en la cueva de Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de vuestra merced, que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soñadas.

Todo podría ser -respondió don Quijote-, pero yo haré lo que me aconsejas, puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.


Maese Pedro transmite la pregunta: «Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de Montesinos, sí fueron falsas o verdaderas».

Don Quijote no había planteado la disyuntiva entre «falsas» y «verdaderas», sino entre «soñadas» y «verdaderas», porque la intención de mentir no la tuvo nunca.

El titiritero contesta sabiamente, después del paripé del mono al oído, a los dos planteamientos: «parte de las cosas que vuestra merced vio, o pasó, en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles, y que esto es lo que sabe, y no otra cosa en cuanto a esta pregunta».

Tanto don Quijote como Sancho quedan muy conformes con su parte de razón virtual:

-¿No lo decía yo -dijo Sancho- que no se me podía asentar que todo lo que vuestra merced, señor mío, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era verdad, ni aún la mitad?

-Los sucesos lo dirán, Sancho -respondió don Quijote, que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra.


Y en la línea con el tema del encantamiento de Dulcinea, en el que primero la realidad de las labradoras es sustituida por la fantasía de las tres damas, y en la línea de la Carreta de Las Cortes de la Muerte, en la que la fantasía de las vestimentas encubre la realidad de los cómicos, en el retablo de maese Pedro, don Quijote equivoca la percepción y toma a los títeres por figuras verdaderas y las ataca con furia hasta que le hacen ver de nuevo la realidad:

Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos [...] por eso se me alteró la cólera y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar ayuda y favor a los que huían y con este buen propósito hice lo que habéis visto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen.


(265)                


Como siempre, don Quijote explica cualquier alteración de la realidad trasponiéndola al mundo caballeresco.

El encadenamiento, y acaso conexión, de episodios que directa o indirectamente tratan temas epistemológicos, es larga y continuada, tiene muchos eslabones que matizan, amplían, aseguran o rechazan los distintos temas: se inicia en el viaje al Toboso y todo el embrollo de Sancho, que deja a don Quijote con cavilaciones que penetran hasta su inconsciente y afloran en el sueño o fantasía de la Cueva de Montesinos, con las dudas sobre la interpretación de la experiencia que cree haber vivido; se prolonga con el suceso de la Carreta de la Muerte, donde la percepción de la realidad puede quedar distorsionada por el disfraz; es de nuevo evidente en el encantamiento de Sansón Carrasco y Tomé Cecial, y finalmente vuelve a plantearse en todos los episodios de la historia del retablo de Maese Pedro, donde don Quijote toma por reales los títeres que representan el romance de don Gaiferos. La cadena nos indica que el tema de las relaciones entre realidad y conocimiento es un subtexto que se prolonga y se mantiene vivo en varios capítulos de la segunda parte de El Quijote.

En otro artículo, «Gnoseología y Humanismo en El Quijote y el pensamiento teórico-literario» (Madrid, CSIC, 2008, pp. 63-89) he planteado también desde una perspectiva epistemológica, centrados en el episodio de don Diego de Miranda y en referencia al espíritu humanista, algunos problemas sobre el ser y el parecer, sobre la duda y la indecisión del juicio ante una realidad que se ofrece poco segura. Don Diego y Don Quijote se tratan unos días, muestran sus ideas y cuando se despiden los protagonistas, el loco y el extravagante, ninguno de los dos ha podido acceder al conocimiento seguro del otro. El conocimiento de la realidad, el que se puede tener sobre uno mismo y el que podemos alcanzar sobre otros hombres, es revisado en estos episodios de la gran novela de Cervantes, en forma reiterada, con matices variados, con alteraciones que proceden de cada uno de los elementos que constituyen el saber.






Bibliografía

  • Bobes Naves, C: «El tiempo como unidad sintáctica del Quijote», Cervantes. Estudios en la víspera de su centenario, I. Kassel, Reichenberger, 1994, pp. 125-143.
  • ——. «Cervantes: práctica y teoría de la novela moderna», en El Quijote p el pensamiento moderno. Ed. de J. L. González Quirós y J. M.ª Paz Gago. Madrid, Ministerio de Cultura, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2 vols., vol. I, pp. 95-121.
  • ——. «Gnoseología y Humanismo en E/Quijote. El pensamiento teórico-literario», Madrid, CSIC, 2007, pp. 63-89.
  • Cervantes, M. de (1997), Don Quijote de la Mancha. Ed. Castalia, Madrid. 2 vols. (Las citas de páginas se hacen por el texto de esta edición).
  • Paz Gago, J. M.: Semiótica del Quijote. Teoría y práctica de la ficción narrativa, Ámsterdam, Rodopi, 1994.


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