| |
Si asoma entre celajes la mañana |
|
y los fértiles campos engalana, |
|
la hermosa luz del refulgente sol, |
|
y por el ancho espacio |
|
pintadas nubecillas van despacio |
|
ostentando gallardas su arrebol. |
| |
|
Si trina entre las ramas el sinsonte |
|
derramando orgulloso por el monte |
|
un baño de armonías y de miel, |
|
y cruzan por las lomas |
|
en confusa bandada las palomas, |
|
o las pardas torcazas en tropel. |
| |
|
Si la tarde; risueña y placentera |
|
a dormirse en ocaso va ligera |
|
pasando sobre el mundo sin sentir, |
|
y si en las noches bellas |
|
se derraman brillantes las estrellas |
|
por un campo bruñido de zafir; |
| |
|
todo lo admiro yo. Mas, ¡ay, mi alma |
|
en nada encuentra ni placer ni calma, |
|
y en todo languidez y confusión, |
|
en todo desconsuelo. |
|
Y le mata, ¡ay, Dios!, este punzante anhelo, |
|
y este ardiente afanar del corazón. |
| |
|
De mi alma se levanta eternamente |
|
un eco, que agobiándome inclemente, |
|
incesante me grita: «¡Más allá!» |
|
y en mi delirio ciego, |
|
¡ay!, camino, camino y nunca llego |
|
a la dulce y dorada realidad. |
| |
|
A un mundo que en mi mente se retrata, |
|
de amor, de luces, de frescura grata, |
|
vedado a las intrigas y al dolor; |
|
allá donde solía |
|
llevarme un tiempo, cuando Dios quería, |
|
la inocencia en su seno de candor. |
| |
|
Eterna en su extensión es la verdura, |
|
y el agua corre juguetona y pura |
|
entre mirtos y acacias y arrayán, |
|
allí van los pintores, |
|
las musas, los poetas, los amores, |
|
y alados querubines también van. |
| |
|
Seis puertas de magnífico topacio |
|
van girando despacio, muy despacio, |
|
sobre goznes de perlas y rubí... |
|
¡Es un mundo más bello |
|
que todo, inmenso Dios, que todo aquello |
|
que yo en mis sueños de poeta vi. |
| |
|
Allí alzan mil hermosas sus cantares, |
|
con las frentes ceñidas de azahares, |
|
y el alma rebosando de bondad; |
|
y entre lirios y rosas |
|
se agitan sin cesar las mariposas |
|
en santa y respetada libertad. |
| |
|
En frescos y abundantes manantiales, |
|
pececillos de plata y de corales |
|
se agitan juguetones con afán; |
|
y en misterioso acento, |
|
aves de picos de oro, al manso viento |
|
sublime acorde en competencia dan. |
| |
|
En su seno de amor no tiene entrada |
|
La calumnia impudente y depravada, |
|
ni torpe envidia, ni venganza ruin; |
|
porque guarda sus puertas |
|
con las alas bellísimas abiertas, |
|
un blondo y vaporoso serafín. |
| |
|
¡Oh!, mundo de armonías, do mi alma |
|
pudiera hallar a su martirio calma |
|
sacudiendo la carga del dolor, |
|
yo quiero sublimarme, |
|
y de tus puras flores coronarme |
|
empapada en la savia de tu amor. |
| |
|
Yo quiero disfrutar de tus placeres... |
|
en este que habitamos, las mujeres, |
|
víctimas resignadas siempre son |
|
de la calumnia impía, |
|
que agitando su cólera sombría |
|
les llena de amargura el corazón. |
| |
|
De aquí la paz encantadora y santa |
|
se escapa a otra región, porque la espanta |
|
con su soplo terrible la maldad: |
|
ella envuelve en su seno |
|
cuanto existe de hermoso, casto y bueno; |
|
amores, esperanzas y amistad, |
| |
|
¡Ay!, por eso en mi afán oigo incesante |
|
un eco que gritándome: «¡Adelante!» |
|
me arrastra. ¿Adónde en mi tormento iré? |
|
¿En dónde está escondida |
|
esa inefable dicha apetecida |
|
que yo en mis sueños de placer ansié? |
| |
|
«¡Adelante, adelante!» en tono seco |
|
repite a mi alma atormentada, el eco, |
|
«La tierra no se ha hecho para ti.» |
|
«¡Adelante, adelante!...» |
|
Y yo sigo mi senda vacilante, |
|
devorando mis penas, ¡ay de mí! |
| |
|
¡Delirios son! ¿En dónde están, Dios mío, |
|
las puertas de topacio, y aquel río |
|
del soñado y poético confín? |
|
¿Las musas y las flores, |
|
la paz, los querubines, los amores, |
|
y el blondo y vaporoso serafín? |
| |
|
¿En dónde hallar la apetecida calma, |
|
y ese bendito bienestar del alma? |
|
Ese bello y tranquilo más allá; |
|
que en mi delirio ciego, |
|
errante voy buscando y nunca llego |
|
a la dulce y dorada realidad. |
| |
Casta esposa del Sol, reina del Éter, |
|
tu manto luminoso |
|
difundes misteriosa por el suelo, |
|
y en la extensión vastísima del cielo |
|
al beso de tus rayos brilladores |
|
se conmueven las flores, |
|
se anima el bosque umbrío, |
|
y tiembla enamorado el manso río. |
|
¡Oh! ¿quién no siente, quién, de amor divino |
|
el alma arrebatada |
|
ante el raudal de lumbre refulgente |
|
que lanzas compasiva |
|
en la estación estiva? |
|
¿Quién, en lágrimas dulces anegado |
|
no ensalza tu belleza, |
|
cuando al nacer de un apacible día, |
|
pálida y desmayada |
|
y de nubes velada, |
|
te arrastras por el cielo lentamente |
|
con paso triste, incierto, |
|
como virgen perdida en el desierto? |
|
¿Quién las tiernas primicias de su alma |
|
no te rinde afanoso |
|
antes de herir con plectro diamantino |
|
el laúd placentero, |
|
para arrancarle el cántico primero? |
|
¿Comprendes tú, consolador planeta, |
|
el entusiasmo santo |
|
que me inspira a ensalzarte en este canto? |
|
......................... |
|
Si el tierno enamorado |
|
mira a través de la importuna reja |
|
de tu esplendor bañado |
|
el rostro delicado |
|
de la casta beldad de sus ensueños, |
|
reitera con empeños |
|
las promesas ardientes. |
|
¡Oh poder de tus rayos transparentes! |
|
El infeliz cautivo |
|
si en ti la vista desolada fija, |
|
siente languidecer la pena dura |
|
que le llena de espanto en su clausura. |
|
El mísero doliente |
|
si alcanza a ver desde el revuelto lecho |
|
tu lumbre refulgente, |
|
se mira reanimado, |
|
y alzando al fin la atormentada frente, |
|
dirige consolado |
|
himnos llenos de amor al Increado. |
|
La madre cariñosa |
|
suspende placentera al dulce niño |
|
y exclama: «Vida mía, |
|
alza la frente bella, |
|
¿tú ves la hechura aquella, |
|
melancólica y dulce cual ninguna? |
|
Es la Luna, mi bien, ésa es la Luna.» |
|
¡Oh reina del vacío, quién pudiera |
|
diques ponerle a tu veloz carrera, |
|
y en el cielo de Cuba, suspendida |
|
dejarte triunfadora |
|
derramando tu lumbre bienhechora! |