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Sentéme por acaso |
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cerca de donde había |
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un tiempo venerables edificios, |
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a cuya sombra, y obstruyendo el paso |
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de la angostada vía, |
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vióse a la plebe de hedionda ropa |
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echada por los pórticos y quicios, |
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descuidando el honor de sus oficios, |
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para aguardar la sopa, |
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del fraile desperdicios. |
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¡Vergonzoso proscenio! |
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¡Los mendigos, actores; |
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los magnates del reino, espectadores!- |
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Hora la estatua del mayor Ingenio |
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álzase en ancho estadio |
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circundada por árboles y flores. |
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Cimbria del iris, movediza fuente, |
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a la copa eminente |
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del árbol lleva lúbrico rocío: |
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y, al descender en curva de colores, |
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la flor su beso siente, |
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y de la flor derrámase al riente |
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césped que yace en apacible sombra, |
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allí do más el Cáncer del estío |
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cebó un tiempo en arena sus rigores, |
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o en la dormida escarcha duró el frío. |
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Mullido césped, taraceada alfombra, |
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lujosas plantas, árboles mayores, |
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fuente vertida en fúlgidos colores, |
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escultural presencia de Cervantes: |
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si aquí fueron enantes, |
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sobre desnuda arena, |
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actores los mendigos |
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y magnates del reino los testigos, |
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la transformada escena |
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hoy reprende a vasallos y señores, |
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y, en la voz que no lejos les condena(3) |
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lecciones manda la severa Historia, |
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con poderoso ejemplo, |
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a Sacerdotes, Próceres y Reyes, |
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que esa Asamblea que les dicta leyes, |
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si hoy popular Palacio, ayer fue templo. |
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Hundiéronse en pedazos a millares |
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la Cruz, y el campanario, |
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y el ábside, y el místico Sagrario... |
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Cayeron profanados los Altares; |
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enmudeció el salterio; |
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lo que entonces fue púlpito es rostrario; |
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sótano vil la cripta del Misterio... |
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¡Mudóse el coro en ancha gradería, |
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y oleaje de turbas populares, |
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desde entonces, en ruda gritería, |
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se desata y aplausos al tribuno, |
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como en rezos y cánticos un día!... |
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¿En dónde estoy? -Un tiempo más remoto, |
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desde el inculto monte a la llanura |
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y del estrecho valle a las colinas, |
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el ágil gamo y la velluda fiera, |
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so el pabellón de próvidas encinas, |
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pacieron en la rústica pradera |
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que aquí ignorada de los hombres era. |
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Y tranquilos y en paz aquí vivieron |
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sin que del cazador les acosara |
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ni venablo ni jara, |
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ni alevoso arcabuz... Que nunca vieron |
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suelta de los lebreles la trailla |
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en demanda feroz o a la carrera, |
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ni el aullido tenaz de su garganta |
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y el noble son de venatoria trompa |
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dentro del bosque plácido advirtieron |
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al jabalí o a mansa cervatilla |
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el repentino trance en que murieron |
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traspasados del plomo o la cuchilla. |
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Cayó vencida la silvestre pompa |
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de la ambición al golpe codicioso; |
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y la que luego fue moruna villa |
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del madroño y del oso |
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y del santo Patrón de fe sencilla, |
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hoy es moderna Corte que levanta, |
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rotos los moldes de su antigua planta, |
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alcázares, teatros, ateneos, |
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bibliotecas, hipódromos, museos; |
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mientras en el rocoso |
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cerro del Escorial duerme el coloso, |
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tétrico Faraón del Occidente, |
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el Felipe que fuera, |
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con la cinérea cruz sobre la frente, |
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atizador de la inhumana hoguera. |
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Rumor de selva despertó mi oído |
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palpitación de fronda no distante, |
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como en la adversidad vuela el gemido |
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de la amada al amante. |
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Voz de melancolía, |
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acorde con mi queja, |
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misteriosa y vaga melodía |
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con que las negras ramas tembladoras |
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dicen adiós al espirante día. |
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Es la tarde, penumbra de las horas... |
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Y quien lanzó tan lúgubre gemido |
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es el Cedro eminente |
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de tristeza simbólica vestido. |
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-Peregrino de Oriente, |
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tendida al viento la medrosa rama |
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e inclinada la frente, |
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parece que solloza y que me llama. |
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Ya no son los que fueron, |
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pobladores del Líbano gigantes, |
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cuyas altivas copas |
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bendecían las aves emigrantes... |
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Los brazos que esos cedros extendieron, |
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brindando sombra a los tostados lomos |
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de desnudos Profetas, |
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cayeron al cumplirse los sagrados |
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trenos de Jeremías... |
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¡Cayeron con las glorias de otros días, |
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y el aire del desierto |
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ramas y troncos arrastró al Mar Muerto! |
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Noble Cedro doliente, |
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cautivo en suelo hispano; |
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gárrulo adorno de jardín urbano |
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que no olvidas tu Reino del Oriente: |
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falto de amor y del nativo ambiente, |
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con unas ramas tiendes alto vuelo |
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de aspiración divina, |
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misericordia demandando al cielo, |
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y otras abates al humilde suelo, |
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a do la muerte pálida te inclina... |
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-Pero no estarás solo, triste amigo, |
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en tal tribulación, mientras aliente |
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mi ancianidad, de tu dolor testigo...- |
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¡Todos los días que de vida cuente |
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vendré a la tarde a conversar contigo! |
Enero de 1880.
  - I -
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La canción |
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Cierta noche de verano, |
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en Sevilla la preciada, |
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misterioso caballero |
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cubierto de negra capa, |
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embozado hasta las cejas, |
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chambergo casi con falda, |
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luenga pluma en el chambergo |
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y altas botas anteadas, |
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llevaba en pos (no matones, |
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porque le cubran la espalda) |
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sino músicos de oficio, |
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tañedores de guitarra. |
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Paróse frente a una reja |
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de la calle de las Armas, |
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donde ya era casi inútil, |
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porque casi agonizaba, |
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la luz de una triste imagen |
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de la Virgen de las Ansias, |
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y, con fiero desenfado, |
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después de apagar la lámpara, |
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mandó preludiar un aire, |
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y así cantó con voz clara: |
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«Sevilla, por ser en todo |
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»madre de las esperanzas, |
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»desde el patio de la Cárcel |
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»permite ver la Giralda; |
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»y yo, constante cautivo, |
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»en la noche más cerrada, |
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»contemplo tus bellos ojos |
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»desde el fondo de su alma.» |
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Tosido de hembra se escucha... |
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Los tañedores se apartan... |
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Pasa la ronda del barrio... |
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El ministril se adelanta... |
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Vuelve, y le dice al alcalde: |
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-«Son dos que pelan la pava...» |
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-«¡Quien la pela no la come! |
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»¡Siga la ronda!» -Así exclama |
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su merced, mientras decía |
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el rondín, para su capa: |
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-«¡Pues, señor! ¡paciencia, piojo, |
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»si donde picas, se rascan! |
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»¡Dijera el señor Alcalde: |
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»quien la pela, la prepara! |
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»¡Que unos comen pava frita, |
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»y otros la comen asada!» |
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  - II -
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Ella y él |
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-«En cuanto Dios amanezca, |
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»y canten las golondrinas, |
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»y oigas la oración del alba, |
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»alzaré la celosía. |
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»Cosas tengo que decirte; |
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»no hay tiempo a que te las diga; |
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»llévate este beso, y tráemelo |
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»cuando vuelvas a la cita.» |
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Si el amor es puro incendio, |
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nadie ha visto sus cenizas; |
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pero todos han probado |
|
que el beso es de llama viva. |
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Y oyóse al galán que dijo: |
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-«¡Luz de luz del alma mía, |
|
»tus besos son voladores |
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»cohetes que arrojan chispas!» |
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En esto lanzó un suspiro, |
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a tiempo que se partía, |
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creyendo lo encomendaba |
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al calor de su querida, |
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sin ver que tras de la reja, |
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más grave que una estantigua, |
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se hallaba puesta la madre |
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mirando por las rendijas. |
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Tales cuadros disolventes |
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son propios de Andalucía; |
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y así se ha visto... mal digo, |
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así en las horas sombrías |
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hay quien, por coger la rosa, |
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se ha clavado en las espinas. |
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Dígalo, si no, el amante |
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de la monja carmelita, |
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que cargó con la abadesa |
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por llevarse la novicia. |
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  - III -
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|
El desengaño |
|
-«María la Luz, ¿qué tienes? |
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»¿Qué pena te sobrecoge? |
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»El beso que me prestaste |
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»te lo traigo en estas flores.» |
|
-«¡Ay! No me llames María |
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»de la Luz; llámame, ¡oh, Lope!, |
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»A medida de mis males, |
|
»María de los Dolores. |
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»No lleva el Guadalquivir |
|
»más agua por cuanto corre, |
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»que lágrimas de mis ojos |
|
»han corrido en esta noche. |
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»Mi madre con ser mi madre, |
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»Dios lo sabe, y la perdone, |
|
»ha partido en mil pedazos |
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»a un tiempo dos corazones. |
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»Al hallarnos en la reja, |
|
»tratándote con reproche, |
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»dijo, que para mi guarda |
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»un novio, si no más noble, |
|
»de mucha mayor fortuna |
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»con el título de Conde; |
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»que en Jerez tiene bodegas, |
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»tiene torada en San Roque, |
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»Cármenes tiene en Granada, |
|
»en Sevilla casa y coche, |
|
»y dineros que le sobran |
|
»para lucir en la corte... |
|
»¡Tú llenabas mi deseo!... |
|
»Mas mi madre lo dispone. |
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-«El llanto que hayas vertido, |
|
»María de mis dolores, |
|
»presto se enjugó en tus ojos |
|
»para que en los míos brote. |
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»Dicen ¡y yo lo creía! |
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»que el diamante no se rompe... |
|
»¡Dádivas quebrantan peñas, |
|
»y tu corazón responde! |
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»Pero si el honor consiente |
|
»que los celos no me ahoguen, |
|
»cuenta, que al Conde conozco... |
|
»¡Lo conozco y me conoce! |
|
»Ya sus deudos y los míos, |
|
»por apego a sus mayores, |
|
»contendieron en Granada |
|
»bajo distintos pendones. |
|
»¡Si hoy se me coloca en frente, |
|
»será que Dios lo dispone!» |
|
-«¡Mi madre!» exclamó María. |
|
-«¡Huye!» |
|
Y el galán quedóse, |
|
hasta que una mano seca |
|
cerró el postigo de golpe. |
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Mal reprimido el impulso |
|
de su agravio, él dijo entonces: |
|
-«Los insultos de mujeres |
|
»suelen pagarlos los hombres. |
|
»¡Ni los hierros de esta reja |
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»darán paso a otros favores, |
|
»ni lleva en balde la Calle |
|
»de las armas este nombre!» |
| |
  - IV -
|
| El encuentro
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|
-«¡Por Dios, que un bulto diviso! |
|
»¿Quién llega?» |
|
-«Un cristiano viejo» |
|
-«¡Malicia o soberbia asoman |
|
»bajo nombre tan modesto! |
|
»Mas, si tratásteis ofensa |
|
»so pretensión de discreto, |
|
»tropezáis con quien responde: |
|
»Por aquí no pasan perros.» |
|
-«La frase es de vuestro origen, |
|
»mal que seáis conde nuevo.» |
|
-«¡Id atrás!» |
|
-«¡Un Benencete |
|
»con tizona de Toledo! |
|
»¡Trajérais el corvo alfanje!... |
|
»¡Bien que por la historia entiendo |
|
»lo rindió en Torre de Elvira |
|
»uno de vuestros abuelos.» |
|
-«¡Insulto fue, por Dios vivo!» |
|
-«Si es insulto, recogedlo.» |
|
-«¿A Don Fernando de Berja?» |
|
-«Don Lope de, Castro.» |
|
-«¡Presto!... |
|
»¡Poned vos mano a la espada, |
|
»porque os mate defendiéndoos!» |
|
Y como un tiempo se odiaron |
|
cristianos y sarracenos, |
|
embistieron uno a otro |
|
con la rabia de los celos; |
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siendo tan breve el combate |
|
como las formas del duelo, |
|
tanto, que al golpe encendido |
|
de un hierro contra otro hierro, |
|
brilló en rápido relámpago |
|
rayo del primer encuentro; |
|
y oyóse: ¡Jesús, Dios mío! |
|
y fue de mujer el eco, |
|
y era María la Luz |
|
que abría en aquel momento |
|
las hojas de la ventana, |
|
y, del farol al reflejo, |
|
vio se chocaban dos bultos, |
|
vio desplomarse dos cuerpos... |
|
Caer vio en tierra dos hombres, |
|
como caen los cuerpos muertos. |
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  - V -
|
| Comienza el milagro
|
|
El mismo telón de fondo |
|
de la primera jornada: |
|
vista de la misma calle |
|
en horas más avanzadas: |
|
pero tan metida en sombra, |
|
que, a ser caso en Cantillana |
|
y andar el demonio suelto, |
|
de fijo no columbrara |
|
la faz de la triste imagen |
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de la Virgen de las Ansias. |
|
Por cierto que, inútilmente |
|
quisieron manos profanas |
|
y luego muchos devotos, |
|
a la primer campanada |
|
de la oración de la tarde, |
|
encender aquella lámpara; |
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siendo hablilla entre comadres |
|
y escándalo de beatas |
|
que al ir a prender la mecha |
|
la pajuela se apagaba. |
|
El sagrado del silencio |
|
quien lo rompe lo profana, |
|
salvo si lo santifica |
|
con temerosa palabra. |
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Es costumbre de ab initio |
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en la plebe sevillana |
|
ir soltando saetillas |
|
en esas horas calladas; |
|
saetillas que en otro tiempo |
|
la Inquisición aguzaba |
|
para herir piadosamente |
|
en las conciencias livianas. |
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Fortuna fue que en la noche |
|
del lance de encrucijada |
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acertasen a pasar, |
|
cantores de esas tonadas, |
|
dos gitanos, macho y hembra, |
|
y allá va lo que cantaban: |
| |
  VI
|
| Saetas
|
|
«Mira, mujer pecadora, |
|
»que si aquí te gustan chanzas, |
|
»cuando estés en los infiernos |
|
»las costuras te harán llagas.» |
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Al punto entendieron gentes, |
|
viniéndoles por la zaga; |
|
y éranse una viejecita |
|
entre bruja y cucaracha... |
|
(La vieja del candilejo; |
|
pues que, por serlo, llevaba |
|
el candil, que defendía |
|
de que el aire lo matara, |
|
unas veces con la mano, |
|
otras veces con la saya), |
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y, junto con dicha vieja, |
|
precedido de su fama, |
|
el comadrón de los partos, |
|
según dijo la gitana. |
|
En tanto los dos rivales |
|
como cayeron estaban... |
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¡Inertes sobre las losas, |
|
al lado las toledanas, |
|
Sumidos en las tinieblas, |
|
eran yacentes estatuas!- |
|
¡Con tenerlos a seis pasos, |
|
ninguno los sospechara! |
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Cantó la gitana entonces |
|
recalcando la tonada: |
|
«Ánima que estás en pena, |
|
»para alumbrar otra ánima, |
|
»ten al confesor contigo, |
|
»si eres ánima cristiana.» |
| |
  - VII -
|
| El viático
|
|
Cantaron otras saetas, |
|
y quiso Dios que sonara |
|
la fúnebre campanilla, |
|
y que por calle cercana |
|
asomase una linterna |
|
como si fuera en volandas. |
|
La campanilla y la luz, |
|
cual es de ene, las llevaban |
|
el sacristán y un acólito |
|
de la parroquia inmediata. |
|
Y detrás, a toda prisa, |
|
recogida la sotana, |
|
les seguía el señor cura |
|
con la ampolleta arropada. |
|
Como a una esquina llegasen, |
|
fueron los tres a doblarla, |
|
sin duda porque otra urgencia |
|
a otra parte les llamaba... |
|
Y entonces gritaron todos: |
|
-«Señor cura, no se vaya.» |
|
-«¡Señor cura! ¡señor cura! |
|
»Aquí ha sido la desgracia.» |
|
-«¡No puedo perder el tiempo!...» |
|
Responde el padre de almas; |
|
pues en la Calle del Susto |
|
diz que han herido a un fantasma |
|
que pide la Extrema-unción, |
|
y corro a ver si se salva... |
|
-«¡Estos son dos, padre cura!» |
|
-«¡Dos contra uno, ya cambia! |
|
»Les daré un pasa volante, |
|
»y el otro aguarde una miaja. |
|
»¿Dónde están?» |
|
-»¡Aquí, cerquita!» |
|
Fue el cura, y halló a sus plantas |
|
tendidos a los rivales |
|
como yacentes estatuas. |
|
Le seguía el comadrón, |
|
y, en cuanto les vio la cara, |
|
dijo: -«Más muertos están |
|
»que el Comendador de marras.» |
|
Escaparon los gitanos; |
|
la vieja se alzó las faldas, |
|
y el cura exclamó: -«¡A difuntos, |
|
»supuesto no les alcanza |
|
»ni el último Sacramento, |
|
»que mi bendición les valga!» |
|
Los cruzó de arriba abajo |
|
de una bendición muy larga, |
|
y, murmurando un response |
|
se fue donde le llamaban. |
| |
  - VIII -
|
| Estallido
|
|
La vieja del candilejo, |
|
viéndose ya sin comparsa, |
|
también escapó, diciendo: |
|
«¡Que me agarran! ¡que me agarran!» |
|
Tornó luego el señor cura |
|
con la antedicha comparsa |
|
y con el buen comadrón, |
|
que partear sabe... almas, |
|
y echa más muertos al hoyo, |
|
que saca vivos a plaza.- |
|
El de Berja y el de Castro, |
|
tintos en sangre, se daban |
|
las manos, vueltos los ojos |
|
al sacerdote, y sin habla... |
|
Tendíanle ambos los brazos, |
|
abrían los dos las palmas; |
|
el Cura creyólos vivos; |
|
el comadrón lo juraba. |
|
Por si o por no, dijo el cura: |
|
«Per istam unctionen sanctam...» |
|
Y al «amén» dieron un bote |
|
aquellos cuerpos sin alma, |
|
con el ímpetu que suben, |
|
con el ímpetu que saltan, |
|
rebatidas contra el suelo |
|
pelotas de goma elástica; |
|
y, parejos por el aire, |
|
estirados como ranas, |
|
cayeron como dos troncos, |
|
sonando como dos tablas, |
|
al mismo pie del altar |
|
de la Virgen de las Ansias. |
|
Los cuerpos estaban fríos; |
|
junto a ellos las dos espadas; |
|
y, porque más no siguiese |
|
la Virgen sin luminaria, |
|
el cura encendió la estopa, |
|
la estopa prendió la lámpara, |
|
y desde entonces se cuenta |
|
EL MILAGRO DE LA PAVA. |
| |
|
  - IX -
|
| Co nclusión
|
|
Si es conseja o sucedido, |
|
Dios lo sabe, y Dios me valga: |
|
Goya lo tuvo por cierto, |
|
y pintó la Serenata. |
|
Hoy en la oriental Sevilla |
|
nadie ya memoria guarda |
|
de dónde estuvo el retablo |
|
ni en dónde la reja baja. |