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Orientales

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Los amores de Semíramis

                                                Los dioses han lamido las heridas de Ara: este príncipe ha resucitado y todos mis de seos están colmados.
MOISÉS DE KHOREN.
I
   ArribaAbajoAra tiene los miembros giganteos
De aquel Háig de hermosa cabellera,
Jefe de tribu errante en la ribera
            De Araxes cristalino
Que, codicioso de halagar las flores,
Como fría y sonora catarata
De una cóncava gruta se desata
            Con cauce serpentino.
 
   Ara desciende de la altiva raza
Que al ver lucir la matinal estrella
Quiso alzar torre y escalar con ella
            El claro firmamento;
Pero de sus recónditas prisiones
Libres los euros de Jehová volaron
Y como leve arista derribaron
            El frágil monumento.
 
   Larga es la cabellera del mancebo
Sobre la hermosa espalda desprendida
Y más larga la cuerda retorcida
            Del arco fuerte y duro;
Silban sus flechas con airado vuelo
Y taladran, si cumple su amenaza,
Con punta triangular una coraza
            Del temple más seguro.
 
¿Qué diré de su rostro? a sus deidades
Las madres de Arakad incienso dieron
Cuando para sus hijas les pidieron
            Ojos como los de Ara:
Niñas de seis abriles entonaron
Con argentino coro el sacro ruego
Junto al altar del misterioso fuego
            Que dio una luz más clara.
 
   Al río en Eriván entre las ovas
Tributarias le son cuarenta fuentes
Y cuarenta doncellas inocentes
            Lloran en desconsuelo
Prendadas del caudillo más hermoso;
Sus lágrimas imitan al rocío
Si sobre flor azul, trémulo y frío,
            Tomó el color del cielo.
 
   ¿Al tártaro corcel de qué le sirve
La indomable inquietud, que se parece
Al delirio de amor, si nace y crece
            Con duras privaciones?
¿Ser de raza escogida? ¿ser de fuego?
¿Igualar en su curso al leve viento?
¿Dejar atrás del mismo pensamiento
            Las vagas emociones?
 
   Aunque jamás sintiera el acicate,
Tras largo curso, de su espuma lleno,
Dirigido por Ara cede al freno
            Sin montaraz locura;
Mejor jinete no cruzó el desierto
Ni fue detrás del ciervo fugitivo
Por las quebradas de Ararat altivo
            Do eterna nieve dura.
 
   Su lanza por su peso ponderoso
Con un sulco tenaz se hunde en la arena,
Su punta es lengua de cerasta, llena
            De funeral veneno;
Ninguno de otra tribu de guerreros
Con arma igual en belicoso campo
Pudo mirar su fulminante lampo
            Con ademán sereno.
 
   ¿Dó al príncipe de Armenia encontraremos?
Heredó de su padre la osadía,
Subió al solio de hermosa pedrería
            Con cetro soberano
Cuando al sueño profundo de la muerte,
Que jamás hermosean las visiones
Del dulce amor, en ricos almohadones
            Cedió el feliz anciano.
 
   Llevó el padre a la tumba los recuerdos
De bélicos laureles y victorias;
Buscaremos al hijo entre las glorias
            De súbita pelea
Dó se tiñe entre miembros palpitantes
Que dividió una vez cortante acero
Lívido casco de corcel ligero
            Con sangre que aún humea.
 
II
   De Nínive en los mágicos pensiles
No suenan ya las arpas cual solían
Cuando en pos del crepúsculo venían
            Las horas del encanto;
Languidecen en largos arriates
Faltas de humor vivifico las flores
Y enferma está Semíramis de amores
            Con dolorido llanto.
 
   Penada y sin solaz ¿por qué suspira
Al sacar sus doncellas arcas de oro
Que contienen balsámico tesoro
            De aromas abundantes?
Todas temen hablarla, la más pura
Virgen de Asiria se estremece y llora
Cuando ciñe a su pálida señora
            De perlas y diamantes.
 
   A la esposa de Nino encantadora
Contestaron los regios mensajeros:
-«Ara sigue a los gamos más ligeros
            «Con nítidos arpones;
»Su corazón es duro como el pico
»Que afila el voraz cuervo en una peña;
»Vuestro trono, beldad, amor desdeña
            »Y lágrimas y dones.»
 
   El desprecio es ponzoña viperina,
Áspid que vuelve con calor del seno
De su frío sopor y da un veneno
            De muerte y cruda pena;
Prontos están los rechinantes carros,
Los corceles de guerra y duras lanzas;
Llegó el día fatal de las venganzas:
            Semíramis lo ordena.
 
   El descendiente de Thorgóm altivo
Que no cedió al amor ni al blando ruego
Oye el bélico grito y toma luego
            Su casco y su coraza:
Las dos huestes ocupan la llanura;
Si el león de la Libia ruge fiero
Es suelto el pardo, de mirar severo
            Y ruge y despedaza.
 
   ¿Son dos torrentes que acreció la nieve
Que chocan entre sí, hierven, se agitan
Y entre peñascos duros precipitan
            Raudal más turbulento?
Confúndense las armas y adalides;
Ara rompe, atropella, hiere, avanza
Y describe la punta de su lanza
            Un círculo sangriento.
 
   ¡Infeliz! ¡el espíritu del llanto
Alas prestó a la flecha envenenada
Que del robusto nervio desatada
            Surtió del arco asirio...!
En su pecho con ímpetu se esconde
Y hace salir con sangre de las venas
El último sollozo de las penas
            Tras rápido martirio.
 
   ¿Dónde descansará el jefe esforzado?
¿Coronarán el túmulo del muerto
Tres piedras amarillas del desierto
            Sin pompa duradera?
Semíramis le amó, sufrió desdenes,
Quiso estrechar con él los dulces lazos,
Triste le abrió los amorosos brazos
            Por tumba lastimera.
 
   Ella gime sin fin; sus magos llama,
Roba negados besos y suspira,
Recurre a los encantos y delira
            Con súbitos furores;
   Dice en su frenessí: «Ya las deidades
»Propicias a mis votos se han mostrado:
»Ara vive, su herida se ha cerrado,
   »Gocemos los amores.»


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La muerte de Alí

I

                              ArribaAbajo¡Quién fuera, sultana linda
Aquel árbol tan sombrío
Que cubre tu baño frío
       Con sus ramas...!
¡Di si quieres que lo sea,
Que aunque es imposible cosa
Me basta saber, hermosa,
               Cuánto me amas!
 
   Quien como glorioso Emir,
Perla rica de Estambúl,
Navegase el mar azul
       A tu lado,
Señor de una nave llena
De sedas y pedrería,
En tu seno al fin del día
       Reclinado!
 
   ¡Al son de su leve canto
Con un paso firme y cierto
Quien guiase en el desierto
       Tu camella!
¡Dejase la caravana
De sus amigos mejores
Por hablar sólo de amores
       Con tal bella!
 
   ¡Quién tuviera para ti
Minas de diamante duro,
Zafiros de color puro
       Celestial,
Pieles de manchado tigre,
Mil ciudades, mil honores
Y mil negros pescadores
       De coral!
 
   ¡De Delhí las maravillas,
De los reyes el tesoro,
Trípodes de nácar y oro
       Rutilantes
Con las frutas que se crían
De Damasco en los confines
Y purpúreos palanquines
       Y elefantes!
 
   ¡Quién marchara a los combates,
Gloria de la primavera,
Con un beso que le diera
       Tu beldad!
De las cortas azagayas
A los tiros agarenos
Murieron los nazarenos
       Sin piedad.
 
   Fugitivo por las sirtes,
Buscando de airados mares
Entre brumas de pesares
       Largo giro,
¡Quién tuviera en favor suyo
En medio del onda inquieta
Como súplica al Profeta
       Tu suspiro!
 
   ¡Quién en lóbrega mazmorra,
Reina de las azucenas,
Al son de duras cadenas
       Del dolor
Pudiera cantar tu nombre,
Sin tener más luz ni gloria
Que la plácida memoria
       De tu amor!
 
   ¡Quién fuera, sultana linda,
Aquel árbol tan sombrío
Que cubre tu baño frío
       Con sus ramas...!
¡Di si quieres que lo sea,
Que aunque es imposible cosa
Me basta saber, hermosa,
       Cuánto me amas!
 
II
   Envuelto en verde caftán
De este modo Alí se expresa,
Poniendo su blanca mano
Del serrallo en una reja:
 
   Enamorado está el moro
De una circasiana bella
Cuyos labios de coral
Si cautivan, embelesan.
 
   Dentro del harén se oían
En alegre zambra y fiesta
Arpas de ébano y marfil
Con voz de doradas cuerdas
 
   Y de címbalos sonoros
Al son blando, las bellezas
Danzaban con gran primor
Sobre alfombras de oro y seda.
 
   A las unas doró el sol,
Otras son de blanca cera,
Otras hijas de la noche
Y como sus sombras negras:
 
   Pero en sus vivaces ojos
Su delirio el amor muestra
Y de su pie en las mudanzas
Quiso retratar sus guerras.
 
   ¡Ah! la voz del tierno Alí
No fue feliz por modesta
Ni se perdió entre las rosas
Que secretos no revelan:
 
   Un espíritu traidor
Que por los jardines vuela
Con alas de ave nocturna,
Con graznidos que son quejas
 
   Al sultán de las armadas
Refirió sin perder letra
De la trova del amor
Los conceptos y ternezas.
 
   Cuando se retira Alí
De noche en la oscura niebla
Sombras ve que le amenazan
Y con puñales le cercan.
 
   -«Toma, le dice una voz,
»Toma este cordón de seda:
»Míralo, que es tu dogal;
»Por Alá maldito seas.»
 
III
   Sobre la puerta ojiva del Oriente
Del gran serrallo, en Estambúl hermosa,
La cabeza de Alí vio el sol naciente
Separada del tronco y horrorosa.
 
   Al eunuco de Chipre que adornaba
Los búcaros de nácar con las flores
Llorando tiernamente preguntaba
La sultana infeliz de los amores:
 
   -«¿Ha muerto el triste Alí?»
                                           -«Murió, señora;
»Su memoria olvidad, su suerte impía.»
-«¡Eunuco vil! ¿olvida la que adora...
»Si eso pudiera ser, eso sería.»



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La Sultana

I
                              ArribaAbajo¡Quién tendrá dichas mayores
Que privar en los amores
          Por bonita,
Dormir en lecho de grana
Y llamarse la sultana
          Favorita!
 
   ¡Respirar en el calor
Entre jazmines en flor
          Aura leda,
Mecerse medio dormida
Sobre hamaca entretejida
          De oro y seda!
 
   Tener juventud graciosa.
Seno puro, tez de rosa,
          Pie de armiño
Y ojos vivos de gacela
Cuando el dardo la desvela
          Del cariño!
 
   ¡Una mesa de ambrosía,
Unos baños de agua fría
          Con olores
Donde el ámbar se ha mezclado
Con el jugo destilado
          De mil flores!
 
   ¡En los delirios de amor
Tener un emperador
          Por galán,
Recibir tiernos abrazos
Y reclinarse en los brazos
          Del sultán!
 
   ¡De mil desamadas bellas
Ser vista, pasando entre ellas
          Como aurora,
Como hurí del embeleso
Regalada con un beso
          Del que adora!
 
   ¡Contemplar la nave turca
Cuando levemente surca
          La mar honda,
Para dos regios amantes
Cargada con los diamantes
          De Golconda!
 
   ¡En competencia vencer
A la más linda mujer
          De Occidente,
A la airosa granadina
Que tañe la bandolina
          Dulcemente!
 
   ¡No temer cuando enamoran
Las que su cántico entonan
          Bengalés
Ni a las que con mil primores
Danzan sin ajar las flores
          Con sus pies!
 
   ¡Sobresalir entre todas
Las de Corinto y de Rodas
          Con victoria!
¡A las blancas y morenas
Y judías y agarenas
          Quitar gloria!
 
   ¡Tener nombre de divina
En Estambúl y en Medina
          La sagrada!
¡Del harén bella señora
Y la perla de Basora
          Ser llamada!
 
   ¡Quién tendrá dichas mayores
Que privar en los amores
          Por bonita.
Dormir en lecho de grana
Y llamarse la sultana
          Favorita!
 
II
   La sultana esto decía
Recreada de aura leda
Y entre tanto se mecía
Sobre hamaca de oro y seda.
 
   En la red que amor labró
Parecía su cendal
Azucena que voló
De su tallo virginal.
 
   Y el olor de frescas flores
En la cuna del jardín
Regaló un sueño de amores
Al aéreo serafín.
 
   Otra hermosa allí se vía
Sin meterse en red dorada
Que cantando repetía
Esta trova enamorada:
 
III
   ¡Quien naciera en región pura
Dó la cándida hermosura
          No es comprada:
Donde el hombre por placer
Sólo tiene una mujer
          Adorada!
 
   Una mujer que le amó
Porque en su pecho sintió
          Frenesí
Y en delirio de amor fiel
Dijo al tímido doncel:
          «Te amo, sí.»
 
   ¡País de un cielo mejor
Donde el sincero amador
          Siempre fino
Al lado de su tesoro
Canta y bebe en taza de oro
          Dulce vino!
 
   Aquí goza la belleza
Un halago de tibieza
          Solo un día;
Flor de un sol y sin fortuna
Que tiene junto a la cuna
          Tumba fría.
 
   ¡Quién naciera en región pura,
Dó la cándida hermosura
          No es comprada:
Donde el hombre por placer
Tiene sólo una mujer
          Adorada!
 
IV
   Pasan los serenos días
Y en sus alas vagarosas
Llévanse las alegrías
Como deshojadas rosas.
 
   ¡Ah! ¿Qué tiene la Sultana
Que no baja a los jardines
A coger por la mañana
Tulipanes y jazmines?
 
   ¿Qué disgustos ha tenido
Esa perla de Basora...?
-La dio al mar de eterno olvido
Su señor; ya no la adora.


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El infiel

I
                              ArribaAbajoÉl huye, mas se lleva su tesoro:
Sobre la hermosa crin de su peceño
Ondea un blanco velo orlado de oro,
Fugaz como el placer de un breve sueño.
 
   Así sobre una losa funeraria
Desata alguna vez nevado broche
Azucena que nace solitaria,
Mecida con las auras de la noche.
 
   Que la tumba de mármol donde llora
Párpado de mujer tiene sus flores
Y también el infiel tiene una mora
Por consuelo feliz de sus dolores.
 
   Leila es bella si ríe y si suspira:
Es la flor de los Alpes que ama el frío,
Mariposa fugaz de Cachemira,
Gloria del sol, amada del rocío.
 
   Leila dijo al infiel: -«Tú mirar quieres
»El rostro de tu amada descubierto...
»¿Sabes dónde son libres las mujeres?
»¿Conoces el camino del desierto?
 
   »Mudo es el arenal; allí no suena
»El casco del corcel; dispón su freno;
»Acaricien mis manos su melena;
»Llévame donde quieras, nazareno.»
 
   Con tierna voz le respondió su amante:
-«Tus pupilas de amor, hurí del cielo,
»Retratarán mañana mi semblante;
»Libre es la soledad, allí no hay velo.
 
   »Dejemos por las hórridas arenas
»El fértil suelo y la ciudad del fuerte
»Que llamáis Setiniáh, la hermosa Atenas;
»Dura es la esclavitud como la muerte.»
 
   Cede la luz al declinar el día;
Las apiñadas nubes el sol dora:
Del crepúsculo débil la agonía
¿Qué tiene de divino que enamora?
 
   ¿Por qué más puros son arroyo y fuente?
¿Por qué más libre se enajena el alma?
¿Qué singular placer el pecho siente...?
Es que hay horas de amor y el afán calma.
 
   Él es... Huye con Leila cariñosa;
La mano del Infiel ciñe su seno:
Doble sufre la carga por preciosa
El fogoso corcel que tasca el freno.
 
   Bruñido como el ébano, no ignora
Que cumple unos misterios de ternura;
Quiere poner en salvo a su señora:
Ama también la gloria y se apresura.
 
   ¿Quién los podrá seguir? Más torpe y lento
Es el vuelo que el águila levanta;
No igualará su curso el pensamiento
Del inspirado vate cuando canta.
 
   ¿Quién los podrá seguir en su carrera?
Su juramento es fiel, su amor es fuerte;
El árido desierto los espera
Y la noche es más negra que la muerte.
 
II
   ¿Qué tiene Hassan? Sombríos los pesares
Nublan su faz, que sobre el pecho inclina;
Su voz es el sonido de los mares
Que azotan tu peñasco, Salamina.
 
   ¿Acaso en su otomana recostado,
Turbadas las delicias de su sueño,
Al ángel Azrael miró a su lado
Con negras alas y con torvo ceño?
 
   ¿Acaso en el harén de sus mujeres
Apuraba su dicha en ocio inerte
Y en la dulce embriaguez de sus placeres
Recibió de Estambúl firmán de muerte?
 
   ¿Acaso de su velo descuidada
Su generosa hermana, Lobna bella,
Abandonó su torre retirada,
Mostró su faz y enamoró con ella?
 
   ¿Qué tiene el triste Hassan? Cien hermosuras
Embellecen su harén; una es la que ama,
Que en vez de ser sensible a sus ternuras
Huyó con un infiel: Leila se llama.


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El harén

                              ArribaAbajoRodeada de jardines
Bella es la región de rosa
         Do reposa
Sobre pérsico tapiz
El Sultán rico de gomas
         Y de aromas,
Dones de Arabia feliz.
 
   Con el opio de Tebaida
Se adormece y sueña fuentes
         Transparentes
En las grutas de cristal,
Sueña cielos de rubíes
         Con huríes
De juventud inmortal.
 
   Y al volver de aquellos sueños
De armonías y de estrellas
         Ve a sus bellas
Que esperan por un favor
Y premio de la hermosura
         La dulzura
Del primer beso de amor.
 
   Criaturas inocentes,
Gayas flores que atavía
         Sol de un día
Que dan dolor y solaz:
Solaz por ser frescas flores
         Y dolores
Por su existencia fugaz.
 
   Ninfas con oro y con perlas,
Con la sonrisa en el labio
         Y el agravio
Clavado en el corazón,
Que en mujer que tiene celos
         Luto y duelos
Las perlas nítidas son.
 
   Si agitan sus blancos velos
Las huríes de Mahoma
         Blando aroma
Muda el jardín en Edén,
Cual si transitase ufana
         Caravana
Con almizcle de Kothén.
 
   ¡Bello es ver adusto moro
Dueño de un vergel cerrado
         Y acatado
Como el único señor,
Servido de mil doncellas
         Hadas bellas
Del oriente y del amor!
 
   ¡Y aquella trémula sombra
Del plátano en el estío
         Y el desvío
De una hermosa del harén
Que a las solitarias flores
         Los dolores
Va contando de un desdén!
 
   ¡Y el rayo de tibia luna
Que ilumina las caricias
         Y delicias
De una griega y su señor,
Mientras tras la celosía
         Los espía
Ninfa que envidió el favor!
 
   ¡Y aquel oro y esmeraldas
De ajorcas y de collares
         Y millares
De esclavos para el sultán
Que abanican blandamente
         La su frente
Con las plumas del faisán!
 
   ¡Y aquellas pipas muy largas
Con sus tubos muy dorados,
         Los brocados,
Joyas y aromas sin fin
Y mil aves enjauladas
         En labradas
Maderas de Comorín!
 
   Ver cual mueven leves plantas
Al son de las bandolinas
         Bailarinas
Diestras en vario primor
Que de sus faldas graciosas
         Vierten rosas
Sobre el dueño de su amor!
 
   Allí las griegas suspiran,
Allí las del India moran,
         Las que adoran
A Brama como gran ser;
Otras del Cairo escogidas
         Y nacidas
Para el canto y el placer.
 
   Las persianas cuyos ojos
Tienen el azul del cielo,
         Las del suelo
De Mingrelia y de Khatay;
Doncellas muy sonrosadas
         Y preciadas
De Azáb y de Yémen hay.
 
   Las más niñas, cuyos años
No turbaron los amores,
         Cogen flores
Y escuchan al ruiseñor,
Que otras viven de privanza
         O esperanza
Y ellas viven del candor.
 
   Bello es un harén de oriente
Con tan lindos serafines
         En jardines
Consagrados al placer;
Sólo es triste a la memoria
         Que en tal gloria
Sea esclava la mujer.


ArribaAbajo

La Odalisca

                              ArribaAbajo¿De qué sirve a mi belleza
         La riqueza
Pompa, honor y majestad
Si en poder de adusto moro
         Gimo y lloro
Por la dulce libertad?
 
   Luenga barba y torvo ceño
         Tiene el dueño
Que con oro me compró
Y al ver la fatal gumía
         Que ceñía
De sus besos temblé yo.
 
   ¡Oh, bien hayan los cristianos,
         Más humanos,
Que veneran una cruz
Y dan a sus nazarenas
         Por cadenas
Auras libres, clara luz!
 
   Ellas al festín de amores
         Llevan flores,
Sin velo se dejan ver
Y en cálices cristalinos
         Beben vinos
Que aconsejan el placer.
 
   Tienen zambras con orquestas
         Y a sus fiestas
Ricas en adornos van
Con el seno delicado
         Mal guardado
De los ojos del galán.
 
   Más valiera ser cristiana
         Que sultana
Con pena en el corazón,
Con un eunuco atezado
         Siempre al lado,
Como negra maldición,
 
   Dime, mar, que me aseguras
         Brisas puras,
Perlas y coral también
Si hay linfa en tu extensión larga
         Más amarga
Que mi lloro en el harén.
 
   Dime, selva, si una esposa
         Cariñosa
Tiene el dulce ruiseñor
¿Por qué para sus placeres
         Cien mujeres
Tiene y guarda mi señor?
 
   Decid, libres mariposas,
         Que entre rosas
Vagáis al amanecer
¿Por qué bajo llave dura
         Sin ventura
Gime esclava la mujer?
 
   Dime, flor, siempre besada
         Y halagada
Del céfiro encantador
¿Por qué he de pasar un día
         De agonía
Sin un beso del amor?
 
   Yo era niña y a mis solas
         En las olas
Mis delicias encontré;
De la espuma que avanzaba
         Retiraba
Con temor nevado pie.
 
   Del mar el sordo murmullo
         Fue mi arrullo
Y el aura me adormeció:
¡Triste la que duerme y sueña
         Sobre peña
Que la espuma salpicó!
 
   De la playa que cercaron
         Me robaron
Los piratas de la mar:
¡Ay de la que en dura peña
         Duerme y sueña
Si es cautiva al despertar!
 
   Crudos son con las mujeres
         Esos seres
Que adoran el interés
Y tendidos sobre un leño,
         Toman sueño
Con abismos a sus pies.
 
   Conducida en su galera,
         Prisionera
Fui cruzando el mar azul;
Mucho lloré, sordos fueron,
         Me vendieron
Al sultán en Estambúl.
 
   Él me llamó hurí de aroma
         Que Mahoma
Destinaba a su vergel;
De Alá gloria y alegría,
         Luz del día,
Paloma constante y fiel.
 
   Vi en un murallado suelo
         Como un cielo
De hermosuras de jazmín
Cubiertas de ricas sedas;
         Auras ledas
Disfrutaban del jardín.
 
   Unas padecían celos
         Y desvelos,
Lograban otras favor;
Quien por un desdén gemía,
         Quien vivía
Sin un goce del amor.
 
   Mil esclavas me sirvieron
         Y pusieron
Rico alfareme en mi sien;
Pero yo siempre lloraba
         Y exclamaba
Con voz triste en el harén:
 
   ¿De qué sirve a mi belleza
         La riqueza,
Pompa, honor y majestad
Si en poder de adusto moro
         Gimo y lloro
Mi perdida libertad?
ArribaAbajo

ArribaAbajo

Fakma y Acmét

I
                              ArribaAbajoLas bodas de los hijos del desierto
Libres son como bodas de las aves
Que, unidas por amor, dan el concierto
De sus gorjeos dulces y suaves.
 
   Libres sobre los nardos olorosos
Se casan los insectos zumbadores,
El cóndor en los Andes cavernosos
Y de Febo a la luz plantas y flores.
 
   Los himnos del festín han resonado:
Fakma se desposó y Acmét la adora:
Mirad su fresca sien que han coronado
Ricas perlas del golfo de Basora.
 
   Fakma es bella cual nube que camina
Pintada por auroras boreales
Y en el mar adormido se reclina
Para mirarse bien en sus cristales:
 
   De una tribu enemiga muy guerrera
Dio su fe al adalid que la servía
Y al huir de sus lares, la siguiera
Maldición paternal que así decía:
 
            «¡Que la sombra de tu cuerpo
         »Nunca cubra mis umbrales!
         »¡Que la luz que te ilumina
         »Veas de color de sangre!
 
            »¡Que si mía te dijeres,
         »Mil espectros se levanten
         »De las tumbas, que te digan:
         »Adúltera fue tu madre.»
 
            «¡Que si al tálamo te llegas,
         »Junto al tálamo desmayes
         »Y esperando el primer beso
         »Te sorprendan mis puñales!
 
            »¡Que las penas te atosiguen!
         »¡Que mi maldición arrastres,
         »Sierpe venenosa y dura
         »Que has crecido en mis rosales!»
 
II
   ¡Los himnos del festín han resonado...!
Oíd esas cadencias seductoras
Que recrean con eco prolongado
Y apagan la voz triste de las horas.
 
   ¡Armonía feliz...! ¡Tu origen fuera
Cuando el primer mortal entre jardines
Dio un beso a su dichosa compañera
Cantando los aliados serafines!
 
   Fakma se engalanó con blancas flores
Que llevan en su sien las desposadas
Y quemó junto al tálamo de amores
Los aromas en urnas cinceladas.
 
   Mas ¿quién turba tan plácidos conciertos...?
¿Es la voz del león que hambriento aterra...?
¿Es la voz del chacal entre los muertos?
Es la voz de una tribu, es voz de guerra.
 
   Acmét deja la mano de la hermosa
Que besaba en delirios de esperanza:
Se estremece su frente desdeñosa
Y olvidado el placer, toma la lanza.
 
            «¡Desposada! si tus flores
         »Mis ausencias marchitaren
         »Yo te ceñiré al volver
         »Los laureles del combate.»
 
            -«¡Acmét...! Adiós...: estas puertas
         »Que se cierran con mis ayes
         »Se abrirán a los placeres
         »Cuando vencedor tornares.
 
            »Si pereces, quiera el cielo
         »Que tu espíritu me llame
         »Y en las tumbas celebremos
         »Unas bodas eternales:
 
            »Allí te pondré mis flores
         »Abrazando tu cadáver,
         »Que si tú me las ceñiste
         »No es mucho que te las guarde.»
 
III
   Acmét a sus valientes acaudilla
Y enrojece la gasa en los turbantes
La sangre que derrama su cuchilla...
¡Ruda es la lid en ánimos constantes!
 
   Mas del padre de Fakma los guerreros
Son más que tus arenas, mar bravío,
Solo resiste Acmét a sus aceros,
Mordieron los demás el polvo frío.
 
   Sobre su corcel árabe encorvado
Da la muerte y la busca, mas no la halla,
Que el indómito bruto desbocado
Lo sacó del lugar de la batalla.
 
   Vuela al punto a su hermosa. ¿El hado crudo
Templará su dolor con dicha cierta...?
Llegó por fin y del puñal agudo
Con el pomo tenaz llamó a la puerta.
 
            -«¡Desposada de mi vida!
         »Flor de mis vergeles, abre,
         »Que si tardas en abrir
         »Te apresuras en matarme.»
 
            -«¿Cómo te he de abrir mis puertas
         »Si no te conozco...? ¿Sabes
         »Cuál ha sido en el desierto
         »La suerte de los combates?»
 
            -«Fatal, adorada mía,
         »Salió vencedor tu padre:
         »Solo yo tu esposo vivo,
         »De los míos ya no hay nadie.»
 
            -«Mientes, áspid venenoso,
         »Mientes, traidor y cobarde;
         »Mi esposo murió en la lid,
         »Que mi esposo morir sabe:
 
            «Del choque jamás huyó,
         »Que algo más su acero vale:
         »Dó los suyos perecieron
         »Mi querido esposo yace.
 
            »Voy a celebrar con él
         »Nuestras bodas sepulcrales...
         »Pero tú, extranjero vil,
         »Huye mi umbral, no me llames.»
 
IV
            La puerta cedió por fin
         A los golpes del amante
         Que vio a Fakma por el suelo
         Revolcándose en su sangre.


ArribaAbajo

La favorita del sultán

                              ArribaAbajoMarcha, despiadada y cruda,
Pues me quemas con tus besos
Al lucir casi desnuda
Tantas gracias y embelesos.
 
   Sol que en el cenit me abrasas
Sin una nube en tu cielo,
Yo te pondré dobles gasas
Y no te veré sin velo:
 
   Sobre un lecho encubertado
Te he de hacer cubrir de flores
Y verás vergel cerrado
Dó se oculten mis amores.
 
   ¡Judía, que por fortuna
De mi mar eres sirena,
Como tú no vi ninguna
Ni cristiana ni agarena!
 
   Tú te ríes y te alegras
Cuando en mí los bríos faltan
Mientras tus pupilas negras
Ebrias de placer te saltan.
 
   ¿Quién ha de romper tus lazos?
Enamoras, avasallas
Y un día de tus abrazos
Rinde más que cien batallas.
 
   ¡Deja tu delirio ciego...!
Mientras en tu seno hermoso
Me adormeces con el ruego,
Mientras cantas y reposo
 
   Febles sufren mil soldados
La ignomia en sus derrotas
Y en los mares agitados
Pierdo mis avaras flotas.
 
   Pierdo a Egipto y sus llanuras
Dó las auras regaladas
Mecen las espigas puras
En las cañas encorvadas,
 
   Dó las moles eternales
Donde el orgullo está escrito
Se alzan en los arenales
Con la esfinge de granito
 
   Cuyo párpado despierto
Jamás una vez cerraron
Ni los vientos del desierto
Ni los siglos que pasaron.
 
   Tú me encantas y consientes
Que amenacen mis dos mares
Las águilas de dos frentes
De los ambiciosos Czares.
 
   ¡Guay que el autócrata un día
No venga a tomar mi harén
Y por ser esclava mía
Conmigo mueras también!
 
   No desnudes, por mi amor,
Ese tu seno hechicero
Y deja que tu señor
Vaya a desnudar su acero.
 
   Que tiña en sangre su filo,
Que levante en sus furores
Pirámides junto al Nilo
De cabezas de traidores.
 
   Mas ¡ah...! ¡mis votos fallidos
Dejarás con ilusiones,
Rémora de los sentidos,
Imán de los corazones!
 
   Porque el más adusto moro
Que a las lides se partiera
Puesto a contemplar tu lloro
Riendas al corcel volviera.
 
   Yo caricias he probado
De unas hermosas de nieve
Cuyo beso regalado
Con gran emoción conmueve;
 
   Pero tu beso, sultana,
Dulce beso humedecido
De esos tus labios de grana
Me enloquece, me ha perdido.
 
   Desprecio, pues, mis riquezas
Y cual vanos oropeles
Mis títulos y grandezas,
Mis tropas y mis bajeles.
 
   Mis palacios no deseo
Con dilatados confines,
Ni mis casas de recreo
Con estanques y jardines;
 
   Ni del Arabia dichosa
Los más exquisitos dones,
Ni frescos baños de rosa,
Ni púrpuras, ni bridones;
 
   Ni el nombre que se me da
De señor de mar y tierra,
De sombra augusta de Alá,
Príncipe de paz y guerra.
 
   Desprecio las dignidades
De mis bélicas proezas
Y mis pueblos y ciudades
Con torres y fortalezas
 
   Y haré decir al diván
Que no tengo más estados
Que mi pipa, mi ataghán
Y tus ojos adorados.


ArribaAbajo

Zora la tártara

I
                              ArribaAbajoSi cantáis himnos de flores
¿Por qué no cantáis a Zora,
La querida del pirata
De las africanas costas?
 
   La tártara es tan garrida
Como las perlas de Akoja;
Como el sol en los diamantes
Brilla el amor en sus formas.
 
   De púrpura de Helesponto
Cinta delicada y corta,
Si el silencio la selló,
Viene a ser su linda boca
 
   Y abultados levemente
Tiene los labios de rosa,
Como de los mutuos besos
Conviene a las dulces glorias.
 
   De una perfección oval
Es su cara encantadora
Que tiene una languidez,
Tiene un imán, una cosa
 
   Que conmueve el corazón
Tocando sus fibras hondas
Y que el labio no la explica,
Pero el ánima la goza.
 
   Son tan largos los cabellos
Que si desatados flotan
Sobre el cuerpo de jazmín,
Lo embellecen y lo adornan;
 
   Porque la naturaleza
Se los diera como joya,
Como velo de placeres
Para el lecho de las bodas.
 
   ¡Sus ojos...! ¡ah...! se reflejan
En ellos las dichas todas
Y son para los creyentes
Paraíso de Mahoma.
 
   Del trono de Salomón
Con las perlas se corona,
De la reina de Sabá
Puede superar la pompa
 
   Y es su talle tan flexible
Como rama que se dobla
Del fresco rosal de Irém
En los valles del aroma.
 
   En los palacios de Orán
Tal es la risueña esposa
De Assém, el feroz pirata
De las africanas costas.
 
II
   Los vientos con gran furor
Baten las hinchadas lonas;
Son las cuerdas cuando silban
Fibras de metal sonoras:
 
   Hierve el mar, de hirviente lava
Son sus encontradas olas
Y en montañas que se estrellan
Asaltan la firme proa.
 
   -«¡Muy bien! exclamó el pirata;
»Ya no hay vista más hermosa
»Que una atmósfera de fuego
»Y una tempestad tras otra.
 
   »¡Vengan truenos! ¡vengan rayos!
»Que si el cielo se desploma,
»Si los mares nos sepultan
»Ni me pesa, ni me enoja.
 
   »Los relámpagos brillaron
»Sobre vuestras frentes torvas:
»Hombres de hierro...! entonad
»Vuestros cánticos ahora.
 
   »Cantad, que el león de Orán
»Vio una presa muy famosa:
»Sí...; mirad por dó señala
»Mi cuchilla vengadora.
 
   »¿Qué es lo que acabáis de ver,
»Hijos de Omar, entre sombras?»
-»Un navío que naufraga»:
Gritaron mil voces roncas.
 
   -«Escuchad, volvió a decir,
»Las señales no dudosas
»De que pierde la esperanza,
»Porque su agonía toca.
 
   »¡Sangre...! ¡muerte! ¡destrucción!
»Abordarlo es lo que importa;
»¡Mueran todos degollados!
»¡Viva Assém y viva Zora
 
   »Porque mi amada es muy bella
»Y entre muchas ella sola
»Puede ablandar con sus ojos
»Este corazón de roca.
 
   »Yo le di de los dos mundos
»Las riquezas, las estofas,
»Las esencias del Arabia,
»Los diamantes de Golconda.
 
   »Porque es fiel: que si una vez
»La pudiese hallar traidora
»Con su sangre lavaría
»Mi baldón y su deshonra.»
 
   Dijo y requirió el puñal
Del cinto con las pistolas
Arrojando infausta luz
Sus pupilas horrorosas.
 
   Su velero bergantín
Se arrojó con furia loca
Sobre el náufrago navío
Como flecha voladora.
 
   Se oyó un grito: -«Dios es Dios,
»Su profeta fue Mahoma,
»Mueran todos los cristianos,
»Vima Assén y viva Zora.»
 
III
   La tártara sobre un lecho
Que las púrpuras adornan
Del áloes y el jazmín
Los gratos olores goza.
 
   De la suerte del pirata
No se muestra cuidadosa:
La pasión del africano
Muy grosera se le antoja.
 
   Y aunque son de flor sus grillos
Y de flor son sus esposas
Maldice su esclavitud,
La maldice y después llora.
 
   Mas venga la tiranía
Del señor que la aprisiona
Reclinándose en los brazos
De un esclavo a quien adora.
 
   La bella quiere a Taléb,
Hecho esclavo entre las ondas
Del golfo fatal de Ormuz
Que han cruzado avaras flotas.
 
   ¡Ay...! ¡qué lenta va la noche!
¡Qué pesadas son sus horas...!
Taléb tarda y sin dormir
En vano le espera Zora.
 
   De repente en sus jardines
Resonaron voces sordas
Y bajo de las palmeras
Vio la luz de cien antorchas.
 
   Cayó en tierra desmayada,
Retornó al lucir la aurora,
Pero vio al feroz Assém
Que le dijo: -«Ingrata, toma,
 
   »Toma el último regalo
»Con el cual mi amor te dota,
»No puedes ver un tesoro
»Más digno de nuestras bodas.»
 
   Y arrojó sobre su falda
Una cabeza espantosa...:
La cabeza de Taléb
Con la cual manchó sus ropas.

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