Y del Menado Alto.
Mi amigo Grilo: He sabido, y no por los periódicos, que vas a dar a luz tu gallarda colección
de poesías, y como yo conozco la mayor parte de ellas, y porque las conozco las admiro, no
quiero ser el último en darte la enhorabuena.
Creo que no has elegido la mejor ocasión para decir por medio de un libro, a los que no te
conocen, que eres un gran poeta; porque a pesar de todos los prodigios de la imprenta, el libro
esta en desuso.
Se escribe, se imprime y se lee mas rápidamente cualquier periódico; cosa bien natural si
adviertes que el carácter distintivo de nuestra época es estar de prisa.
Un libro, lo mismo para hacerlo que para leerlo, lo primero que nos pide es tiempo, y he ahí
precisamente lo que no podemos darle.
El día tiene veinticuatro horas; ocho las debemos a nuestros negocios; otras ocho se las llevan
como un soplo, nuestros placeres; ¿y no hemos de dormir siquiera otras ocho?
Sin embargo, no te apure, querido Antonio, tan triste consideración, porque todavía quedan
gentes entusiastas que, apartándose a un lado del camino por donde corre desbordado el tumulto
de nuestros días, leen tranquilamente los libros que merecen ser leídos, buscando en ello un
placer honesto, una enseñanza útil, y el motivo de una admiración justa.
Estas gentes leerán tu libro, y sentirán, leyéndolo, la agradable impresión de ese rico color y
de esa viva armonía que sabes dar a la forma de tus pensamientos. Leerán El Mar, La Monja, El
Águila, El siglo XIX, y aprenderán cómo de esta bella lengua, por tantos modos ultrajada y
envilecida, ha sacado tu ardiente y poderosa imaginación hermosos versos castellanos. [XI]
Sabrán que eres un gran poeta, y se admirarán de que haya aún quien dedique su
entendimiento; a buscar consonantes, cuando todo el mundo ha dedicado su alma entera a buscar
dinero.
Publicar un libro como el que tú vas a dar a luz en estos tiempos, no es ciertamente un gran
negocio; pero es una gran gloria.
Un tomo de poesías es un despilfarro de la imaginación. Ser poeta, como tú, es un lujo que
cuesta muy caro.
Si hubieras consagrado las fuerzas de tu ingenio a enriquecerte, serías ya banquero; pero las
has dedicado a hacer versos, y no eres más que un gran poeta.
De manera que has cambiado toda la fortuna de un capitalista por la triste suerte de un
verdadero poeta.
Ya ves tú si la cosa es cara.
Además, el banquero se hace a sí mismo, y al poeta sólo Dios lo hace; de forma que ni aún
te queda la satisfacción de deberte a ti mismo tu talento, como el banquero se debe a sí propio
sus millones.
¡Un poeta! He ahí una inteligencia robada a la industria, al comercio, a la política.
Tú podías ser, como puede serlo cualquiera, banquero, millonario o ministro. ¡Y te has
resignado no ser más que poeta, es decir, a, ser pobre!
Esto me parece tan admirable como tu libro.
Madrid 10 de Julio de 1869. [1]
| |
Tras el doble cancel del templo oscuro |
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donde de Dios las hijas se sepultan; |
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tras el labrado y misterioso muro |
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donde las siervas de la Cruz se ocultan. |
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Una mujer, cordera enamorada |
5 |
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|
de aquel santo redil que el templo esconde, |
|
|
|
pura como la brisa regalada |
|
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|
que al blando acento de la mar responde, [14] |
|
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|
En la profunda soledad gemía, |
|
|
|
y al ¡ay! doliente de su dulce boca |
10 |
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|
de sus ojos el sol llanto vertía |
|
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|
entre la nube de la blanca toca. |
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|
|
Arrodillada sobre el mármol yerto, |
|
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|
clava en la Virgen las miradas bellas, |
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|
que atravesaban el cancel desierto |
15 |
|
|
cual la dudosa luz de dos estrellas. |
|
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|
|
|
¿Por qué lloraba así? ¿Por qué gemía |
|
|
|
la azucena que el templo perfumaba, |
|
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|
y en medio del silencio en que yacía |
|
|
|
lágrimas y suspiros devoraba? |
20 |
|
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|
Era el instante fúnebre y medroso |
|
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|
en que espiraba el sol, y fugitivas |
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|
las luces del crepúsculo dudoso |
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|
trepaban por las lóbregas ojivas. |
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|
La temblorosa lámpara que arde |
25 |
|
|
de la cóncava bóveda pendía, |
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|
|
como el primer lucero de la tarde |
|
|
|
que al frente del altar se detenía. |
|
|
|
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|
Esclava del Señor, virgen que lloras, [15] |
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|
oveja santa del redil divino, |
30 |
|
|
del claustro entre las bóvedas sonoras |
|
|
|
tus ocultos pesares adivino. |
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|
|
Hondo quebranto tu semblante abruma, |
|
|
|
perlas derraman tus tranquilos ojos, |
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|
|
y de la iglesia al céfiro perfuma |
35 |
|
|
el blando aliento de tus labios rojos. |
|
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|
|
|
|
Comprendo de tu pecho los latidos; |
|
|
|
comprendo, virgen, tus sollozos puros; |
|
|
|
el mundo, indiferente a tus gemidos, |
|
|
|
vendrá mañana a traspasar tus muros. |
40 |
|
|
|
|
|
|
Mañana, el valladar que te guardaba |
|
|
|
no será la gigante fortaleza |
|
|
|
donde la pompa terrenal acaba |
|
|
|
y la jornada del martirio empieza. |
|
|
|
|
|
|
|
Sí, que aunque vives ignorada y sola |
45 |
|
|
en ese oculto y escogido puerto, |
|
|
|
como en el campo tímida amapola, |
|
|
|
como la palma en medio del desierto; |
|
|
|
|
|
|
|
Aunque de Dios en el jardín sagrado |
|
|
|
te aduermes, te embelesas y te inspiras; [16] |
50 |
|
|
aunque está por el cielo perfumado |
|
|
|
el apacible ambiente que respiras; |
|
|
|
|
|
|
|
Aunque en calma segura te contemplo |
|
|
|
del hondo claustro tras la verja densa |
|
|
|
rezar bajo la bóveda del templo |
55 |
|
|
donde el alma se abisma y se condensa; |
|
|
|
|
|
|
|
Aunque la guerra con feroz bramido |
|
|
|
no asalte de tu celda los umbrales, |
|
|
|
también llega esta vez hasta tu oído |
|
|
|
la voz de las tormentas mundanales. |
60 |
|
|
|
|
|
|
II |
|
|
|
|
|
|
|
Mas si implacable la borrasca fiera |
|
|
|
por tu santo vergel ronca se extiende, |
|
|
|
oye el rumor de la creación entera |
|
|
|
que tu bendita libertad defiende. |
|
|
|
|
|
|
|
Sí, que bosques y prados y llanuras, |
5 |
|
|
dilatadas laderas y colinas, |
|
|
|
escondido solar, selvas oscuras, |
|
|
|
abandonados campos y rüinas, |
|
|
|
|
|
|
|
Grutas, riberas, gigantescos montes [17] |
|
|
|
donde la niebla entretejió su velo, |
10 |
|
|
bordando los azules horizontes, |
|
|
|
gritan, su frente levantando al cielo: |
|
|
|
|
|
|
|
«Ocupad nuestros cárdenos escombros, |
|
|
|
y al arte bello nuestras rocas fieles, |
|
|
|
sostendrán colosales en sus hombros, |
15 |
|
|
alcázares, palacios y cuarteles; |
|
|
|
|
|
|
|
Mas no lleguéis hasta el hogar sellado, |
|
|
|
la casa del Señor, el dulce puerto, |
|
|
|
para el bullicio mundanal cerrado, |
|
|
|
para la calma y la virtud abierto. |
20 |
|
|
|
|
|
|
No destruyáis el huerto misterioso |
|
|
|
que el santo aroma del Edén exhala, |
|
|
|
no sorprendáis el sueño candoroso |
|
|
|
donde la imagen del Señor resbala. |
|
|
|
|
|
|
|
La piedra que pongáis en el camino |
25 |
|
|
a las dolientes mártires del suelo, |
|
|
|
tal vez, agigantándola el destino, |
|
|
|
muro se vuelva que os esconda el cielo.» [18] |
|
|
|
|
|
|
|
III |
|
|
|
|
|
|
|
¡Ah! si perdida vuestra mente aislada |
|
|
|
en la tiniebla fúnebre y sombría |
|
|
|
de la nave claustral iluminada |
|
|
|
con la postrera claridad del día; |
|
|
|
|
|
|
|
Si, como yo, de los tumultos lejos, |
5 |
|
|
ante una luz que vacilando arde, |
|
|
|
recogieseis los últimos reflejos |
|
|
|
de la tranquila moribunda tarde; |
|
|
|
|
|
|
|
Si el aura blanda en impalpable giro |
10 |
|
|
os llevase, al flotar murmuradora, |
|
|
|
el débil melancólico suspiro |
|
|
|
del triste ser que tras la verja llora; |
|
|
|
|
|
|
|
Si en mística oración embelesada, |
|
|
|
como imagen del cielo peregrina, |
15 |
|
|
a la sierva de Dios vieseis postrada |
|
|
|
bajo los brazos de la Cruz divina, |
|
|
|
|
|
|
|
No perdieran su encanto y su hermosura, |
|
|
|
su santa unción y saludable ejemplo, |
|
|
|
ni el templo que idealiza a la figura, |
20 |
|
|
ni la figura que embellece al templo. [19] |
|
|
|
|
|
|
|
IV |
|
|
|
|
|
|
|
Guardar la fe cual perla bendecida |
|
|
|
del alma pura en el vergel fecundo; |
|
|
|
sentir de lejos palpitar la vida, |
|
|
|
crecer los años y rodar el mundo; |
|
|
|
|
|
|
|
Alzar un muro gigantesco y fuerte |
5 |
|
|
que aparte del placer la penitencia: |
|
|
|
fingirse acaso el sueño de la muerte |
|
|
|
en medio del abril de la existencia; |
|
|
|
|
|
|
|
Ver de la luz la llama esplendorosa, |
|
|
|
y preferir, como tiniebla umbría, |
10 |
|
|
en la celda otra luz que hace medrosa |
|
|
|
un eterno crepúsculo del día; |
|
|
|
|
|
|
|
El bullicio trocar por el desierto; |
|
|
|
hacer del claustro en el rincón profundo |
|
|
|
de una lámpara sol, edén de un huerto, |
15 |
|
|
del rezo un himno y de la celda un mundo; |
|
|
|
|
|
|
|
Olvidar los halagos de la suerte; |
|
|
|
de los martirios abrazar la palma; |
|
|
|
esperar entre sombras a la muerte, |
|
|
|
sin nubes ni tormentas en el alma; [20] |
20 |
|
|
|
|
|
|
Las joyas despreciar por los sayales, |
|
|
|
y tras la verja tétrica y sombría |
|
|
|
esconder unos ojos virginales |
|
|
|
que el amor para el mundo envidiaría... |
|
|
|
|
|
|
|
Es otro amor en su gigante vuelo, |
25 |
|
|
es de virtudes manantial fecundo, |
|
|
|
es el amor purísimo del cielo, |
|
|
|
y apenas puede comprenderlo el mundo. |
|
|
|
|
|
|
|
V |
|
|
|
|
|
|
|
Si alguna chispa en vuestros pechos arde |
|
|
|
de ese amor en que el cielo se recrea, |
|
|
|
cuando escuchéis en la dormida tarde |
|
|
|
la campana del claustro que voltea; |
|
|
|
|
|
|
|
Cuando en medio de seres que os adoran |
5 |
|
|
disfrutéis del hogar los goces puros, |
|
|
|
recordad esas vírgenes que lloran |
|
|
|
tras los espesos y cerrados muros. |
|
|
|
|
|
|
|
Dejad a la hermosísima doncella |
|
|
|
que tras los nudos del cancel se inclina, |
10 |
|
|
vivir en paz cual pudorosa estrella |
|
|
|
que del claustro las noches ilumina. [21] |
|
|
|
|
|
|
|
Angelical, fascinadora y grave, |
|
|
|
hunde en la toca la abatida frente, |
|
|
|
y allá en el fondo de la inmensa nave |
15 |
|
|
de sus plegarias el rumor se siente. |
|
|
|
|
|
|
|
Ella es la rosa que perfuma el templo, |
|
|
|
ella es del mundo celestial viajera, |
|
|
|
ella es de amor y de virtud ejemplo, |
|
|
|
ella es de su jardín la primavera. |
20 |
|
|
|
|
|
|
La sierva del Señor se moriría |
|
|
|
sin su altar y sus sueños inocentes, |
|
|
|
y hasta el aura del huerto gemiría |
|
|
|
llorando por las vírgenes ausentes. |
|
|
|
|
|
|
|
De aquellas melancólicas mansiones |
25 |
|
|
no descorráis el misterioso velo; |
|
|
|
no turbéis las eternas oraciones |
|
|
|
que al mundo libran del furor del cielo. |
|
|
|
|
|
|
|
No sembréis el camino con abrojos |
|
|
|
a las que aisladas en la fe se inspiran, |
30 |
|
|
y no empañéis con lágrimas los ojos |
|
|
|
donde los mismos ángeles se miran. |
|
|
|
|
|
|
|
Si crecen ante Dios embelesadas [22] |
|
|
|
en ese amor que la virtud enciende, |
|
|
|
dejadlas en sus claustros, abrazadas |
35 |
|
|
a los pies de esa Cruz que las defiende. |
|
|
|
|
|
|
|
No troquéis esos templos en rüinas; |
|
|
|
no destruyáis sus sacrosantos nombres; |
|
|
|
no las esclavas de la Cruz divinas |
|
|
|
penséis que son esclavas de los hombres. |
40 |
|
|
|
|
|
|
No dejéis con el mundo de admirarlas |
|
|
|
como escogidas virginales perlas: |
|
|
|
¡si nos falta la fe para imitarlas, |
|
|
|
tengamos el valor de defenderlas! |
|
|
|
|
|
|
|
Que piedra que pongáis en el camino |
45 |
|
|
a las dolientes mártires del suelo, |
|
|
|
tal vez, agigantándola el destino, |
|
|
|
muro se vuelva que os esconda el cielo. [23] |
|
|
| |
Hoy canta la humanidad |
|
|
|
del mundo en la pompa vana |
|
|
|
ese terrible Mañana |
|
|
|
que flota en la inmensidad; |
|
|
|
de medrosa soledad |
5 |
|
|
miro la muerte a través, |
|
|
|
y de un sepulcro a los pies |
|
|
|
hoy descuelgo el arpa mía, |
|
|
|
como la rama sombría |
|
|
|
que se arranca del ciprés. |
10 |
|
|
|
|
|
|
Ronco y fúnebre laúd, |
|
|
|
que exhalas gritos de llanto; [34] |
|
|
|
¡cuán triste suena tu canto |
|
|
|
al borde del ataúd! |
|
|
|
De tus cuerdas la virtud |
15 |
|
|
trueca el canto en oración, |
|
|
|
y de tan lúgubre son |
|
|
|
se arrastra doliente el eco, |
|
|
|
cruzando de hueco en hueco |
|
|
|
los muros del panteón. |
20 |
|
|
|
|
|
|
La ermita, el monte, la cruz, |
|
|
|
la luna que apenas arde; |
|
|
|
el sol, que esconde en la tarde |
|
|
|
el desmayo de su luz; |
|
|
|
todo en su denso capuz |
25 |
|
|
la noche lo va encerrando; |
|
|
|
y mientras que van pasando |
|
|
|
tantas visiones oscuras, |
|
|
|
detrás de las sepulturas |
|
|
|
está la muerte acechando. |
30 |
|
|
|
|
|
|
Hoy en negros panteones |
|
|
|
va la humanidad cansada, |
|
|
|
llorando sobre la nada |
|
|
|
de muertas generaciones. |
|
|
|
Vuelan santas oraciones |
35 |
|
|
por los aires fugitivos; [35] |
|
|
|
y de sus penas cautivos, |
|
|
|
y de lágrimas cubiertos, |
|
|
|
bajo el cráneo de los muertos |
|
|
|
llegan a pensar los vivos. |
40 |
|
|
|
|
|
|
Allá en la mansión desierta, |
|
|
|
hijo de un alba sombría, |
|
|
|
de la muerte el triste día |
|
|
|
en las tumbas se despierta. |
|
|
|
La luz palidece incierta |
45 |
|
|
cual lámpara sepulcral; |
|
|
|
y entretanto el vendaval, |
|
|
|
allá en la ermita lejana, |
|
|
|
no arrastra de la campana |
|
|
|
el gemido funeral. |
50 |
|
|
|
|
|
|
No corre el pueblo sombrío |
|
|
|
que en su hogar doliente reza, |
|
|
|
como en valle de tristeza |
|
|
|
corre macilento río. |
|
|
|
No adorna el sepulcro frío |
55 |
|
|
con fantástico oropel; |
|
|
|
no busca en raudo tropel |
|
|
|
de la muerte el mundo inerte: |
|
|
|
hoy, la sombra de la muerte |
|
|
|
viene a visitarlo a él. [36] |
60 |
|
|
|
|
|
|
Canta, pueblo, en otro altar |
|
|
|
tu súplica funeraria; |
|
|
|
eleva a Dios tu plegaria |
|
|
|
desde el fondo de tu hogar. |
|
|
|
No intentes, no, traspasar |
65 |
|
|
de las tumbas el misterio; |
|
|
|
en lóbrego cautiverio |
|
|
|
sigue oculto suspirando, |
|
|
|
que hoy la muerte está guardando |
|
|
|
las puertas del cementerio. |
70 |
|
|
|
|
|
|
No es esa muerte atrevida |
|
|
|
que del mundo en la corriente |
|
|
|
nos arranca frente a frente |
|
|
|
el aroma de la vida. |
|
|
|
No es la muerte adormecida |
75 |
|
|
que perfuma la oración; |
|
|
|
muerte de resignación |
|
|
|
que sola en nuestro retiro |
|
|
|
nos roba el postrer suspiro |
|
|
|
con besos de religión. |
80 |
|
|
|
|
|
|
No es el mar que en ronco grito |
|
|
|
hirviendo en opacas brumas, |
|
|
|
guarda en montañas de espumas |
|
|
|
el volcán del infinito. [37] |
|
|
|
No es el fantasma maldito |
85 |
|
|
que en el sueño nos aterra; |
|
|
|
no es la sangre ni la guerra |
|
|
|
que palpitan sobre el mundo, |
|
|
|
ni el torpe reptil inmundo |
|
|
|
que arrastra polvo en la tierra. |
90 |
|
|
|
|
|
|
Es la muerte que abrasada |
|
|
|
con fétido aliento impuro |
|
|
|
mancha del Ganges oscuro |
|
|
|
la corriente emponzoñada; |
|
|
|
es lágrima envenenada |
95 |
|
|
de Satanás desprendida; |
|
|
|
es la ráfaga encendida |
|
|
|
que con sus alas traidoras |
|
|
|
va trastornando las horas |
|
|
|
en el reló de la vida. |
100 |
|
|
|
|
|
|
Mas ¡ay! como el mar sepulta |
|
|
|
en su abismo la tormenta; |
|
|
|
como el huracán que alienta |
|
|
|
en los espacios se oculta; |
|
|
|
como la montaña inculta |
105 |
|
|
quebranta su poderío, |
|
|
|
así tú, monstruo bravío, |
|
|
|
por los mundos tropezando, [38] |
|
|
|
al abismo vas rodando |
|
|
|
de tu sepulcro sombrío. |
110 |
|
|
|
|
|
|
Sí, que con vuelo fecundo, |
|
|
|
lejos de estéril desmayo, |
|
|
|
Franklín arrebata el rayo, |
|
|
|
Colón arrebata un mundo. |
|
|
|
Así de tu aliento inmundo |
115 |
|
|
se arrebatará la esencia; |
|
|
|
y libre de tu presencia |
|
|
|
uno y otro continente, |
|
|
|
irás a esconder tu frente |
|
|
|
en la tumba de la ciencia. |
120 |
|
|
|
|
|
|
El asilo abandonado, |
|
|
|
las quejas y los clamores, |
|
|
|
el árbol de los amores |
|
|
|
por el Monstruo arrebatado; |
|
|
|
el ciprés acongojado, |
125 |
|
|
centinela del hogar; |
|
|
|
la compasión, el altar |
|
|
|
que inspira dulce misterio... |
|
|
|
Ese es hoy el cementerio |
|
|
|
donde vamos a rezar. |
130 |
|
|
|
|
|
|
Ni cintas, ni flores bellas, [39] |
|
|
|
ni símbolos, ni memorias, |
|
|
|
ni lámparas mortüorias |
|
|
|
que son de la tumba estrellas. |
|
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Ni una flor deja sus huellas |
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sobre los sepulcros yertos; |
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suenan lúgubres conciertos |
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con murmullos aflictivos, |
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y apenas caben los vivos |
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en la mansión de los muertos. |
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Hoy sus ecos virginales |
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mi lira hasta Dios levanta, |
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mientras que la muerte canta |
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nuestros mismos funerales. |
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Las campanas sepulcrales |
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callan su triste oración; |
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no arrastran su ronco son |
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de los aires por las olas, |
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y quedan doblando a solas |
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mi desierto corazón. [41] |
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¡Águila! ¿dónde vas? detén tu vuelo; |
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tú que desprecias en tu audacia loca |
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el esqueleto inmóvil de la roca |
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para envolverte en el dosel del cielo, |
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tú, que sobre ese risco |
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do te asientas tranquila, |
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valiente clavas en el áureo disco |
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del abrasado sol tu ancha pupila; |
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tú, que te pierdes en las negras brumas |
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que arroja el mar de su hervoroso seno, |
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que bebes del arroyo las espumas, |
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que te corona el trueno, |
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que con ardientes bríos |
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vences a los soberbios huracanes, [48] |
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que son arroyos para ti los ríos |
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y terror no te inspiran los volcanes; |
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tú, que al pie del Señor tu canto exhalas, |
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y al son de la tormenta bramadora |
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quemas en el relámpago tus alas; |
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tú, que subes y subes |
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y rompes con tus alas poderosas |
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el denso velo de las pardas nubes; |
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oye mi voz: la lira descompuesta |
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que ya sus notas apagado había, |
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ha vuelto a resonar al admirarte; |
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mi ardiente fantasía |
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en entusiasmo hierve al contemplarte, |
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y raudales de mágica poesía |
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a torrentes me da para cantarte. |
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Tú sola el vuelo emprendes |
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con majestuoso brío |
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cuando en los aires rápida te extiendes; |
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tú publicas de Dios el poderío; |
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tú intrépida y gozosa te levantas |
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desde el monte a los célicos espacios; |
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tú miras con desdén bajo tus plantas |
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mundos, tumbas, vergeles y palacios; |
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tú en los bosques magníficos te internas |
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donde arroyuelos mil bullen inquietos; [49] |
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tú de las rudas cóncavas cavernas |
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sorprendes los recónditos secretos; |
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tú, en la frente del Cáucaso gigante |
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libre saludas a la blanca aurora; |
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tú sobre el trono de la brisa errante |
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a otros mundos te subes vencedora; |
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brisa sutil que con tu vuelo abrumas, |
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y que contigo luchará violenta |
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cuando rices intrépida tus plumas |
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al eco de la bárbara tormenta. |
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Reina del aire, junto al sol resbalas, |
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clavas tus ojos en el sol fecundo |
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y van cubriendo tus flotantes alas |
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el panorama espléndido del mundo. |
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Sí, para ti desde la inmensa altura |
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serán los montes arenosos granos, |
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un rincón de verdura |
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los pensiles alegres y lozanos, |
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una flotante perla de rocío |
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el piélago bravío, |
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y los pequeños míseros mortales |
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pobre hormiguero que sin rumbo rueda |
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en torno de una tumba que remeda |
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sus lúgubres y tristes funerales. [50] |
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Sola en la inmensidad; oyendo el eco |
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del huracán rugiente que se oculta |
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de las montañas en el fondo hueco, |
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yo te miro subir; las nubes bellas |
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parece que te envuelven en sus tules; |
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alfombras son de tus etéreas huellas |
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sus penachos azules: |
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¡cuán hermosa te agitas |
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en ese mar magnífico y extenso! |
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¡Cuán ligera y gentil te precipitas |
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por ese golfo inmenso! |
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Ya te ocultas, ya vuelves, ya despacio |
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bordas el horizonte; |
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tu mundo es el espacio, |
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tu corona es el sol, tu trono el monte. |
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Trémulas rugen en el mar las olas, |
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de sus blancas espumas |
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rompiendo las hirvientes aureolas; |
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los abismos profundos |
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suenan al palpitar bajo las aguas |
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como el ronco concierto de los mundos; |
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del espacio en los cárdenos colores |
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libres arrastran las umbrosas nubes |
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sus melenas flotantes de vapores; |
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crece la mar, y crece, y se agiganta, [51] |
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hincha convulsa el palpitante seno, |
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y el águila entre tanto se levanta |
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y como genio de los aires canta |
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al ronco son del huracán y el trueno. |
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Ni la verde palmera |
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que en el desierto hasta la nube arroja |
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su fértil cabellera; |
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ni el árbol regalado |
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que en los jardines del harem cobija |
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los ensueños del árabe cansado; |
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ni las rocas que al beso de los mares |
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son en los horizontes |
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imágenes altivas de los montes, |
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del infinito lóbregos altares, |
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pueden servir de pedestal bravío |
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al águila magnífica en su vuelo; |
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la corona del águila es el cielo, |
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su pedestal los mundos del vacío. |
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