Poesías
Bernardo López García

QUERIDÍSIMO AMIGO: Cuatro palabras, en nombre de mis parientes los Sres. de Pabilla y de García, y en el mío propio.
Van encaminabas a pedirte un señalado favor, que añadiré a la cuenta de los muchos que me otorgaron siempre tus bondades.
Aquellos señores y yo, hemos emprendido una nueva edición de las poesías de Bernardo López, y queremos dedicarla al hijo ilustre de Jaén, al hombre que ha puesto todo su celo, toda su inteligencia y todas sus actividades al servicio y provecho de Jaén y de su provincia, enalteciendo y honrando de esta manera su propio nombre, y haciendo de la amada patria chica, un verdadero culto.
No merecerá este pueblo la nota de ingrato ni olvidará nunca las atenciones y beneficios que le prodigas; y por lo que a nosotros concierne, jamás podremos olvidar que por tu iniciativa y con tu valiosa influencia, auxiliada de los poderosos elementos regionales que tú allegaste, fueron trasladados a la tierra natal los venerandos restos del poeta; y a ti se debió también la alta definición de que Don Alfonso XIII inaugurase el modesto monumento consagrado por Jaén al autor de la Oda a Siria, el Stabat mater y las décimas al Dos de mayo, canto inmortal que aprendió ávido el pueblo español y que será perpetuamente patriótico holocausto a las víctimas de aquel día memorable, y entusiasta grito de independencia.
¿Quién podría, pues, ostentar títulos y merecimientos como los tuyos, para que su nombre figurase al frente de la nueva edición de las obras de Bernardo?
Por eso sus deudos se complacen y se honran en ofrecértela, y seguros de que has de recibir con patriótico afecto esta dedicatoria, te adelanto, a nombre de todos, expresivo testimonio de gratitud, asociado al de invariable cariño que te profesa tu devoto amigo,
Eduardo Claver.
LA colección de las poesías líricas que forman este volumen, es un acontecimiento hace tiempo esperado, y realizado al fin para gloria de las letras nacionales.
Varias veces la prensa periódica, barómetro del movimiento intelectual en las sociedades modernas, anunció con aplauso la aparición del libro que hoy ve la luz de la publicidad, y varias fueron las plumas, todas más autorizadas que la mía, que aceptaron generosas el honroso encargo de escribir el proemio de la obra, de apreciar las bellezas literarias que encierra, de seguir los atrevidos vuelos de una fantasía vigorosa, joven y lozana, y de analizar el género de literatura en que mejor campean las brillantes dotes del poeta.
Circunstancias poco favorables para el Sr. López García, o propósitos nacidos al calor de una amistad sincera, bajo el hermoso cielo que cobija la cuna de ambos, lo han llevado a confiar a mi juicio inseguro un examen digno de más elevados criterios; un análisis que, como el de las canciones de Herrera, reclamaba la profunda observación de Rioja; como los versos líricos de Zorrilla, la crítica amena del autor de Villa Hermosa a la China; como las primeras armonías de Monroy, el prudente y erudito consejo del autor de Vida por honra.
Hecha esta declaración franca y explícita1, dicho se está que no ha de ser mi propósito fatigar la benevolencia que el lector se sirva dispensarme, con minuciosos comentarios, que aun hechos con acierto, siempre me recordarían los versos de Esquilache:
Breves indicaciones sobre la vida breve aún del poeta; ligeras consideraciones sobre el género literario en que más se distingue; sobre los móviles de su inspiración osada, sobre el carácter y las exigencias literarias del siglo en que escribe, y sobre las analogías por último que puedan existir, entre sus obras y las de los poetas que recorrieron antes con gloria la brillante y difícil senda en que el Sr. López García con tan noble resolución avanza; tal es el asunto de este prefacio, tal el propósito a que habré de ceñirme, dejando a más ilustradas y correctas plumas la más ardua empresa de aquilatar todos los riquísimos detalles, todas las bellezas derramadas con fastuosa profusión en este libro. Tarea difícil, tarea a que sólo pueden dar cima inteligencias privilegiadas con auxilio de una docta crítica.
D. Bernardo López García nació en Jaén a 11 de noviembre2 de 1840, tres años después del nacimiento en Cartagena de don José Martínez Monroy, poeta señaladísimo cuyos versos repite la fama y cuya temprana muerte lamentan todos los amantes de las letras españolas.
Fueron sus padres D. Fernando López Martínez, natural de Vélez-Málaga, y D.ª María Presentación García, natural de Burgo de Osma, a los cuales me será permitido tributar aquí el homenaje3 de respeto y consideración que a su memoria tributan cuantos tuvieron ocasión de apreciar sus nobles prendas, cuantos los vieron con una modesta fortuna atender al porvenir de sus hijos y hacer de D. Bernardo un literario distinguido; de D. Luis, su hermano, cuya vida fue tan breve como vasta su erudición y grande su inteligencia, un filósofo modelo de virtudes cristianas, un jurisconsulto aventajado, y un notable maestro, honra y orgullo del profesorado español; de D. Fernando un médico de reconocida ilustración, y finalmente, de D. Ramón, el más joven de todos, muerto a la temprana edad de diez y seis años, con un premio extraordinario conseguido en público certamen, una bellísima esperanza para las letras y la legislación.
Además de estos cuatro hijos, tuvieron dos hijas: D.ª María, que casó en julio4 de 1863 con su primo D. Manuel de Miguel García, y murió en diciembre5 de 1865 y D.ª Valentina, a quien está dedicada la presente obra.
Hizo D. Bernardo sus primeros estudios en el Instituto provincial de Jaén, dirigido por el eminente escritor católico don Manuel Muñoz y Garnica: los continuó en Granada en el Colegio de Santiago, y después en la Universidad Central.
Hasta los quince años nada había revelado al poeta. En 1855, con motivo de la muerte de su madre acaecida el 23 de abril6, escribió sus primeros versos; flores que las lágrimas hicieron brotar al borde de un sepulcro; manifestación de los más íntimos sentimientos de ternura filial; ecos de las dulzuras del hogar, en el mismo hogar apagados.
Rara vez lo bien sentido deja de estar bien expresado, y si esto acontece, de lamentar es la pérdida de esta poesía en la que el sentimiento, sin el auxilio del arte, sería elocuente a la manera que lo es la naturaleza en sus más espontáneas manifestaciones.
La primer poesía del Sr. López que vio la luz pública y que por cierto no forma parte de este volumen, fue una canción Al Guadalquivir, río celebrado por Herrera y Rioja, por Arguijo, por Góngora, y por casi todos los poetas andaluces.
La segunda y la que reveló al poeta, fue la oda A Asia, publicada en La Discusión en 1859, cuando Monroy levantaba más alto su nombre. A esta siguió la serie de odas y canciones de que he de ocuparme en otro lugar, que han despertado los ecos líricos apagados en la tumba del poeta cartagenero como en el arpa de Zorrilla despertaron los de Espronceda, y han conquistado al Sr. López García la envidiable reputación literaria de que hoy goza.
El periodismo que como la milicia o el claustro en otros tiempos, llama hoy a sí al mayor número de nuestros jóvenes poetas; esa literatura febril y militante, que nace y muere entre el calor de las pasiones, también hizo tributario al talento del autor, y El Eco del País, ilustrado periódico dirigido por el bien reputado escritor D. Eduardo Gasset y Artime, recogió en sus columnas, durante un año, sus arrebatadas inspiraciones.
Las desgracias de su familia; la pérdida de sus padres, y del mayor número de sus hermanos, le trajeron de nuevo a Jaén, en donde contrajo matrimonio en febrero7 de 1864, con la joven y simpática Srta. D.ª María del Patrocinio, hija de D. Manuel Padilla y Muñoz, y D.ª Carmen Ortega.
No entraré en nuevos detalles biográficos del joven poeta; tampoco tiene muchos que añadir a los ya citados: y esta falta de vida material al lado de la prodigiosa de su espíritu, lejos de ser un vacío, es una recomendación.
Basta además con las indicaciones hechas, para conocer que el dolor despertó su genio en 1855, y ese mismo sentimiento, reanimado por desgracias posteriores, ha podido imprimir carácter en sus obras, como la pérdida de su madre lo imprimió en las de Chateaubriand, y en la de su hermano querido, ilustrado y virtuoso, en las del marqués de Valdegamas.
Acaso en esto estriba el tono de sus meditaciones, sobre todo el de la sentida Ante la tumba de Espronceda; acaso están en los sepulcros de sus padres y de sus hermanos muchas de las raíces de su fe.
El espíritu humano en su agitación constante, en su actividad eterna, en sus aspiraciones inmortales, va señalando con sus creaciones su paso por la tierra. Monumentos atrevidos de riquísimos detalles; moles sombrías de exterior severo; mármoles o lienzos que el buril o pincel animan, revelan en los perfiles de sus calados, en la gravedad de sus contornos, en sus rasgos y en sus tintas, las tendencias de los siglos y las nacionalidades que representan. Obras gigantes otras veces en que el genio del filósofo y del poeta abraza y sintetiza civilizaciones enteras, aparecen en la forma del libro para que en sus páginas, nuevas generaciones y razas nuevas tal vez, encuentren animadas las creencias, las costumbres, la vida de las sociedades, cuya existencia publican la pintura, la estatuaria y las ruinas monumentales, hasta en los toscos caracteres de sus grietas. Por eso el Parthenón y la Iliada revelan a la antigua Grecia: el Colosseo y la Eneida, la Farsalia y El Capitolio a la Roma pagana; la catedral y el Dante, a la Edad Media; la Mesiada y el Fausto las dos fases del idealismo, del sentimiento del espíritu que lucha en las sociedades modernas, y el Vaticano a cuya sombra se levantan magníficas las sublimes creaciones del genio católico, la religión divina que sale de las catacumbas para arrollar legiones, ídolos y escuelas con su milicia de mártires.
Es un hecho, pues, que lo mismo para las artes que para las letras, cada siglo, cada civilización tiene sus caracteres marcados, sus tendencias definidas, sus aspiraciones manifiestas; y siendo así, el poeta y el artista han de sujetarse8 a ellas, si sienten la noble ambición de ser los intérpretes vigorosos de la sociedad en que viven, si quieren que en sus obras encuentren la posteridad la síntesis grandilocuente de su época.
Las pirámides egipcias colocadas al lado de los pórticos de Libia y Pompeya, no habrían estado en su puesto en la Roma de Ovidio; el D. Juan de Byron sería un absurdo entre los héroes de Tasso o los personajes de Petrarca; el ángel rebelde de Milton no cabe en la tienda de Aquiles de Homero; los templos de Vesta y de Júpiter habrían rechazado las creaciones de Sanzio y de Murillo, y el Cipriano del Mágico prodigioso no puede confundirse con el Doctor Fausto, por más que se busque parecido entre la fábula del drama místico de Calderón, y la del poema escéptico9 de Goethe.
El mundo mitológico, aquellas jerarquías10 de dioses ascendientes de los héroes de la Iliada viven con el ciego de Smirna11 y acaban con él; apenas logra el cisne de Mantua reanimarlos, y el romanticismo de la Edad12 Media los sustituye al fin por sus devotos y enamorados caballeros; bellísimas creaciones populares llamadas también a ser sustituidas por otras creaciones más simbólicas, más abstractas, más en armonía con los personajes de Hugo, de Schiller, de Byron y de Klopstock.
Y es que a la belleza material y sensualista del arte pagano, sustituye la belleza espiritual y casta del cristianismo. Es que al espíritu caballeresco ridiculizado por Cervantes, sucede otro espíritu retrospectivo más culto, más severo, que bien pronto se cambia en un examen libre, analizador, exigente en el propósito de arrancar todos sus secretos al mundo material en que se agita. Es por último, que la forma se subordina a la idea, y la estética viene en cierto modo a reemplazar el viejo código de los preceptistas helénicos.
De aquí que al trovador de los siglos medios no le sea ya permitido recordar en sus canciones las luchas de las divinidades del paganismo, ni al poeta moderno buscar como los provenzales en la gaya ciencia, todos los encantos, todos los atractivos, toda la belleza de sus obras.
El arte moderno es más exigente: no se funda en las proporciones, en la perfección de las figuras; no se contenta con ajustarse a los preceptos que hombres de un talento teórico y especulativo formularon sobre las obras de Homero y de Sófocles, y que se conocieron más tarde con el nombre de Arte poética. No está hoy la belleza en tornear cláusulas, como dice el P. Sarmiento; está en la manifestación de lo infinito en lo finito, como afirma Schlegel, sin que por esto se entienda que el moderno ideal artístico ha de ser el que los discípulos de Spinoza buscan en su divinanzada naturaleza.
Dadas, pues, las condiciones y las exigencias presentes del arte, es natural, que tanto la dominación libre y expansiva13 de los trovadores, momentáneamente reanimada a principios del siglo actual, como el reinado de los retóricos a quienes la conquista de Grecia esparció por los pueblos occidentales, predicando el culto a la antigüedad, hayan tocado a su término.
Acaso estas teorías parezcan peligrosamente libres a la severidad clásica; pero si así fuese, séame permitido recordar el ejemplo elocuentísimo de nuestros poetas del siglo XVII, censurados por Moratín con tanta dureza como injusticia. Encerrando los preceptos con seis llaves, y haciéndose más sordo a las voces de Horacio que a los del llamado vulgo, escribió el inmortal Lope de Vega, según propia confesión, sus famosas aunque desarregladas comedias, y trazó el camino que recorrieron Calderón y Téllez, Alarcón y Moreto.
Buscando también su inspiración en las fuentes de nuestros romanceros populares, menos puras para el clasicismo que la Castalia y la Hipocrene, escribieron Quevedo, Góngora, y otros ingenios españoles, los bellísimos romances que aún recita el pueblo en sus veladas. Si las dos opuestas corrientes del mal gusto de la época, los llevaron en ocasiones a ser cultos o conceptistas, no es de tal hecho ciertamente de donde pueden sacarse argumentos en apoyo de la severidad clásica. No se deben medir con escala mezquina las obras de la imaginación, ha dicho Martínez de la Rosa después de escribir su Arte poética; no se las puede condenar liviamente14 porque no quepan en los moldes de Aristóteles o de Horacio, ni decir al genio del hombre como Dios a las olas del mar ¡NO TRASPASARÁS ESTE LÍMITE!...
Forzoso es convenir en que el viejo formulario del filósofo de Estagira no puede aplicarse con exigente severidad, ni a las nacionalidades formadas durante la revolución no interrumpida que se llama Edad Media15, ni a los estados modernos. Aquellos siglos, creadores de las jerarquías religiosa y civil que combatió la filosofía del siglo XVII; aquellas sociedades con sus feudos y sus municipios, sus cruzados y sus teólogos, sus motes y sus enseñas, sus comunidades y sus torneos, sus trovadores y sus juglares: aquellos pueblos en fin, jirones16 arrancados del manto de la reina del Tíber y gérmenes de nuevas nacionalidades esparcidos por Europa y América, no vivirán en el arte su vida propia encerrando su espíritu en la Carta a los Pisones.
Y lo que no es aplicable a aquellos siglos más cercanos a la edad de la fábula, menos lo puede ser a las centurias y a las sociedades que arrancan del punto en que las jerarquías creadas por la Edad Media17 principian a descomponerse y a modificarse; en que el espíritu de Bacon y Descartes se dibujan en los horizontes de la inteligencia humana; en que el poeta de Quedlimburgo se alza a cantar la fe en medio de los delirios de la duda; en que el siglo XVI con sus protestas, avanza a la vez que retrocede el poder del islamismo; porque estos pueblos y estas nacionalidades, invadidas e invasoras, con su centralización progresiva, sus milicias permanentes, sus tratados, sus descubrimientos, sus cortesanos, sus aventureros, sus tapadas, sus rufianes, sus dueñas, sus rondas, sus filósofos, se amoldan menos aun que los siglos medios, al lecho de Procusto de los preceptistas.
Puede estudiarse el arte en su historia, en las fases de su desenvolvimiento; puede esta enseñanza formar el gusto que dificulta presuntuosos extravíos18; pero no es posible modelar por los caracteres de un siglo todos los demás; no es conveniente coartar el libre vuelo de la fantasía con las rígidas ligaduras de envejecidos reglamentos.
Cuando la forma por sí constituía la obra del arte, las reglas encaminadas a armonizar sus proporciones serían de útil aplicación para el poeta y para el artista; pero cuando la expresión se subordina a la idea, el genio ha menester que se le conceda la libertad necesaria para disponer la forma del modo que más convenga a la manifestación del ideal de sus concepciones. Tal vez el culto exagerado a la antigüedad y la imitación forzada de los modelos presentados por doctos preceptistas, han hecho que nuestra epopeya no pase de la Araucana y del Bernardo.
Es por lo tanto evidente que la misión del poeta en el presente siglo no puede ser ni la de ataviar con anticuadas vestiduras, ideas, sentimientos y aspiraciones modernas, ni la de revestir con nuevas formas, tendencias, caracteres y acontecimientos pasados que ya han tenido en la historia del arte sus inmortales intérpretes. Los asuntos para sus obras, están sin duda en la sociedad en que vive, en su espíritu, en sus luchas, en sus controversias, en sus descubrimientos; por más que a las exigencias de su fantasía se puedan subordinar como a la inteligencia humana todos los siglos y todas las sociedades: sus personales reales o simbólicos no puedan ser los descendientes de las divinidades paganas, ni los interlocutores de una égloga, ni los justadores de un palenque; sino las creaciones fundadas en aquellos cuya actividad, cuyos sentimientos, cuyo espíritu, palpita en esas llanuras cruzadas por humeantes locomotoras, iluminadas por corrientes impalpables, y cubiertas por esa red de nervios metálicos que trasmite las sensaciones de los pueblos.
Para condensar, para sintetizar este espíritu de las sociedades modernas en la esfera del arte; para hacer, según la frase del Sr. López García, que
e necesitan condiciones que el cielo no concede a todos; mas no porque la empresa aparezca difícil, ha de escribir el arte al frente del siglo XIX, lo que el Dante en la puerta de su infierno:
Lasciate ogni sperenza.
Dado el punto de vista que a la crítica moderna le conviene adoptar para la apreciación de las obras del arte, dicho está el criterio que ha de presidir al examen de las poesías coleccionadas en este volumen.
No porque sea mi propósito analizarlas minuciosamente para aquilatar su mérito, sino porque no haya motivo de extrañeza en el aplauso que el Sr. López García merece, tanto por la elección de los asuntos, como por la forma en que los ha expresado. No busca el autor de este libro su inspiración en las fábulas de la antigüedad; no evoca el espíritu caballeresco dormido en las ruinas del feudalismo; no sueña con delicadas pastoras, ni zagales filarmónicos, preocupación que como dice Karr, ya no es permitido tener. Tampoco se convierte en hortelano de facciones, como denomina Quevedo a los poetas naturalistas que abusando de los símiles aderezan el rostro de las mujeres con los atractivos de la botánica; ni menos se ocupa en ataviar con las galas del ingenio, y la armonía del ritmo, argumentaciones conceptuosas como algunos modernos escolásticos, ni en lamentar en plañidero tono, en estancias monótonas como los neo-románticos, sentimientos vulgares o aspiraciones estrechas; por último, no desciende a ese realismo materialista que como las plantas parásitas pretende arrastrar hoy el entusiasmo artístico, y ahogar entre sus ramas estériles la verdadera inspiración.
A más altas generalizaciones, a ideales más abstractos, a sentimientos más íntimos, más elevados, más grandes, remonta su fantasía el joven poeta. La religión, la libertad, la patria; he aquí sus musas: la historia, el arte, la filosofía; he aquí sus auxiliares.
Por esto, la inacción asiática le inspira en su primera oda un magnífico canto de esperanza, presentimiento de un porvenir más expansivo y más brillante bajo la influencia cristiana, para esa cuna del mundo a quien llama Herrera.
Asia adúltera en vicios sumergida.
Los mártires cristianos sacrificados en el Líbano hieren su fe más tarde, y le hace prorrumpir en los graves, sentidos o indignados tonos de su oda a Europa y Siria.
Polonia oprimida le arranca un elocuente y arrebatado grito de independencia, una brillante protesta contra la tiranía, al mismo tiempo que la idea liberal le lleva a recorrer la historia en busca de sus manifestaciones más simpáticas, para ofrecerlas como precedentes de un porvenir; hermosa condensación de nobles y generosas aspiraciones.
El Mediterráneo, considerado como mar histórico, le inspira una bellísima y levantada oda; y la batalla de Wagren le da asunto para ensalzar de nuevo el heroísmo polaco, y renovar las hermosas flores con que su imaginación adorna las aras de la patria y de la libertad.
Otra meditación no menos levantada ni menos bella que la sentida ante el Mediterráneo, le inspira la obra gigante de Felipe II, El Escorial, sombrío y admirable monumento que parece destinado a guardar el espíritu de aquel monarca, objeto aún de apasionadas controversias.
Nuevamente la historia le da asunto en Apio Herdonio, para cantar en grandilocuentes versos el patriotismo, idea predilecta, sentimiento querido a que vuelve a rendir culto en las arrogantes canciones al Callao, al Dos de Mayo, y a la Guerra de África.
La viva fe, las religiosas creencias reveladas en las odas a Asia, a Europa y Siria, y a La Libertad, aparecen de nuevo en la paráfrasis bíblica El Canto del Profeta, en la notable canción filosófica La fe y la razón, en la bellísima oda El Día de difuntos, y sobre todo en el canto a La Religión.
Por último, el arte en sí como manifestación de la belleza, y el arte como expresión del espíritu del siglo actual, le arrancan entusiastas canciones, que, como cuasi todas las poesías mencionadas, han reproducido con aplauso numerosos periódicos de España y América.
No es mi propósito, repito, examinar una por una todas las poesías de esta colección, previniendo el juicio público con mis desautorizadas observaciones; no lo ha sido tampoco presentar las composiciones citadas como las mejores del libro; algunas hay omitidas en la anterior reseña, que acaso exceden a las mencionadas en elevación, profundidad, grandeza y expresión lírica así como se hallarán otras menos severas y levantadas, que sin embargo responden mejor a las exigencias y al carácter de esa poesía meridional arrogante, lujosa y expansiva, por lo cual no carecen ni de mérito literario, ni de significación artística.
Mi propósito en el ligero examen de las poesías de que va hecha mención, ha sido únicamente demostrar cuáles son los móviles principales del poeta, cuáles sus sentimientos favoritos, cuáles sus creencias dominantes, y esto hecho, réstame sólo añadir, que el Sr. López García, inspirándose en las inagotables fuentes en que se ha inspirado hasta aquí, es un poeta que sigue la gloriosísima senda trazada por Herrera en sus canciones a la Victoria de Lepanto, y a la derrota de Alcazarquivir; la senda que indica Quintana a los poetas españoles diciéndoles:
La senda, por último, que Monroy habría recorrido si la muerte no lo hubiese atajado en su brillante carrera.
El camino es áspero y difícil, pero es glorioso; la inteligencia cantando a la inteligencia; la fe inspirándose en sí misma; las grandezas y enseñanzas de la historia animadas; los más elevados sentimientos enaltecidos; las modestas virtudes alzándose sobre las arrogantes miserias; el pensamiento humano en su magnífico desarrollo. He aquí el camino del verdadero poeta en el siglo XIX.
Y para ser este poeta, para sintetizar19 en sus obras las aspiraciones, los caracteres de su siglo, el Sr. López García tiene como dotes reconocidas, la osadía en las imágenes, la grandilocuencia en la expresión, la brillantez en las generalizaciones, la sonoridad en las cláusulas; y como alma de todo esto, una fe viva, un grande ideal filosófico, un levantado sentimiento científico que encubrir con tan rica vestidura.
Tal vez haya quien le juzgue de otro modo; tal vez alguien le pida tonos más templados, colores más pálidos en sus canciones para que en ellos encuentre el espíritu algún descanso a los arrebatados vuelos de su fantasía; y no será difícil, por último, que Aristarcos descontentadizos, juzguen defectos las que a mí me parecen bellezas; sean sin embargo los que fuesen los juicios sobre este libro, la divergencia de opiniones, si acaso existe, solo servirá para confirmar estos versos de un poeta antes citado:
La senda está señalada por el ilustre poeta a quien llamó Pacheco insigne patriarca de nuestra literatura; siguiendo por ella se pueden, no sólo emular las glorias de Píndaro, sino aspirar a las de Homero; nuestra epopeya que ha tenido asuntos como el descubrimiento del continente americano y la guerra de la reconquista, y héroes como Colón y el Cid, está aún en nuestros romanceros, como la epopeya griega20 en las fábulas de los rapsodas, antes de la Iliada.
Falta un genio que la abarque, que la exprese en los levantados tonos que exige; si el profundo cantor del Arte y el Siglo se siente con valor necesario para acometer tamaña empresa; si asido a su fe cristiana se encuentra fuerte para engolfarse en el proceloso mar del moderno racionalismo sin naufragar en los escollos de la duda; si tiene la abnegación de consagrar los mejores años de su vida a tan gigante obra, hágalo, pues; con solo intentarlo, merecerá bien de la patria literatura. Antes de escribir su poema escribió sus odas y sus baladas el solitario de Weimar, y a pesar del indisputable mérito de sus líricas, sin el Fausto, no habría llegado a ser el poeta admirado y controvertido por la Europa moderna.
Juan A. de Viedma.
ODA
I
II
III
IV
CANTO
I
II
III
IV
SONETO
I
II
III
IV
ODA
SONETO
POESÍA
ODA
SONETO
SONETO
A. G.
Meditación
I
II
SONETO
I
II
III
IV
POESÍA
SONETO
A Javier de Palacio
SONETO
ODA
Al Sr. D. Fernando López García
SONETO
BALADA
CANTO
SONETO
I
II
SONETO
ODA
El día primero de noviembre
SONETO
I
II
III
IV
V
ODA
A mi apreciable amigo Don Francisco López Vizcaíno.
I
II
III
IV
ODA
SONETO
SONETO
I
II
III
IV
V
VI
VII
SONETO
Al ejército español, en el acto de hacer pública la declaración de guerra de España a Marruecos
IMPROVISACIÓN
SONETO
ODA
I
II
III
ODA
I
II
III
IV
Por las victorias del Pacífico
A Muley-Abbas
CANTO
A mi querido amigo el distinguido poeta D. Juan Antonio Viedma
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
I
II
III
IV
V
VI
VII
De cómo se puede estudiar geografía histórica por el piso y otros accidentes de Jaén
ODA
SONETO
ODA
Dedicada a mi amigo D. Francisco Moreno
SONETO
SONETO
SONETO
El Arte y el Siglo
LOA
escrita para solemnizar el natalicio de D. Pedro Calderón de la Barca
A mi querido amigo D. José Moreno Castelló
| PERSONAJES | |
| EL SIGLO XIX. | |
| EL SIGLO XVII. | |
| EL ARTE. | |
| EL SENTIMIENTO. | |
| LA RAZÓN. | |
| LA SOBERBIA. | |
| LA DUDA. |
Escena.-El centro del Teatro, un bosque; en el fondo sobre una colina, el templo del ARTE; a la derecha sobre rocas, el templo de LA RAZÓN; en el pórtico de éste una lámpara; un poco por cima del templo de LA RAZÓN, el de LA DUDA; a la izquierda árboles, etc.
Escena I
(Señalando a la izquierda.)
Escena II
LA DUDA, LA SOBERBIA.
(Saliendo.)
(LA DUDA sube a su templo, mientras que LA RAZÓN aparece por el fondo.)
Escena III
LA SOBERBIA, LA RAZÓN.
(Adelantándose.)
(LA RAZÓN que durante esta exposición habrá estado agitada.)
(LA SOBERBIA da la mano a LA RAZÓN y la lleva hasta el templo de LA DUDA; un momento queda la escena sola; LA RAZÓN sale del templo y adelanta pausadamente por la escena.)
Escena IV
Escena V
EL SENTIMIENTO, LA RAZÓN.
(Señalando al SIGLO XIX.)
Escena VI
EL SIGLO XIX, EL SENTIMIENTO, LA RAZÓN.
(Al SIGLO).
(A LA RAZÓN.)
(Después de luchar interiormente.)
(Suben al templo de LA RAZÓN, en tanto dice él...)
Escena VII
EL SENTIMIENTO, EL ARTE.
Escena VIII
(Descendiendo al templo de LA RAZÓN.)
Escena IX
EL SIGLO XVII, EL SIGLO XIX.
(Apareciendo por el fondo.)
(Con creciente asombro.)
(Durante este monólogo gran excitación y asombro.)
(Con voz reconcentrada.)
Escena X
EL ARTE; EL SIGLO XIX; EL SIGLO XVII.
(Apareciendo por el lado izquierdo.)
(Al SIGLO XIX.)
(Aparece LA DUDA.)
(Al SIGLO XIX.)
Escena XI
EL SENTIMIENTO, LA DUDA, EL ARTE, EL SIGLO XIX, EL SIGLO XVII, LA RAZÓN y LA SOBERBIA después. EL SENTIMIENTO se acerca al ARTE.
(Sale precipitadamente LA RAZÓN; tras ella, LA SOBERBIA; ésta al ver a la primera dirigirse al SIGLO, pretende detenerla.)
(A LA RAZÓN.)
(A LA SOBERBIA.)
(Al SIGLO XIX.)
(Con entusiasmo154.)
(A todos.)
(Al SIGLO XIX.)
(LA RAZÓN, EL SENTIMIENTO y EL ARTE se abrazan al SIGLO XIX. LA SOBERBIA y LA DUDA desaparecen.)
Escena XII
LA RAZÓN, EL SENTIMIENTO, EL SIGLO XIX, EL ARTE, EL SIGLO XVII.
(A LA RAZÓN.)
(Al SIGLO XIX.)
(Durante esta escena y la anterior habrá estado en constante ansiedad; al oír los últimos versos dice arrebatadamente al SIGLO XIX.)
(Al SIGLO XVII.)
(Al ARTE.)
(EL ARTE extiende la mano, y aparece su templo en el centro de la gloria; en medio de las estatuas de Moreto, Racine, Lope, Tirso, Moliere y Alarcón, las de Calderón y Shakespeare156; en los demás términos, estatuas de poetas, artistas, etc.)
(Al SIGLO XVII.)
(Al SENTIMIENTO y al ARTE.)
(EL ARTE, EL SENTIMIENTO y LA RAZÓN, tejen una corona de laurel y la ponen en manos del SIGLO XIX.)
(EL SIGLO XIX se acerca al busto de Calderón y coloca en su pedestal la corona. Todos se inclinan. Momento de pausa. EL ARTE después de haber contemplado al gran poeta, dice dirigiéndose al SIGLO XIX.)
(Al SIGLO XIX.)
FIN DE LA LOA.