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Poesías

Bernardo López García

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Excmo. Sr. D. José del Prado y Palacio

QUERIDÍSIMO AMIGO: Cuatro palabras, en nombre de mis parientes los Sres. de Pabilla y de García, y en el mío propio.

Van encaminabas a pedirte un señalado favor, que añadiré a la cuenta de los muchos que me otorgaron siempre tus bondades.

Aquellos señores y yo, hemos emprendido una nueva edición de las poesías de Bernardo López, y queremos dedicarla al hijo ilustre de Jaén, al hombre que ha puesto todo su celo, toda su inteligencia y todas sus actividades al servicio y provecho de Jaén y de su provincia, enalteciendo y honrando de esta manera su propio nombre, y haciendo de la amada patria chica, un verdadero culto.

No merecerá este pueblo la nota de ingrato ni olvidará nunca las atenciones y beneficios que le prodigas; y por lo que a nosotros concierne, jamás podremos olvidar que por tu iniciativa y con tu valiosa influencia, auxiliada de los poderosos elementos regionales que tú allegaste, fueron trasladados a la tierra natal los venerandos restos del poeta; y a ti se debió también la alta definición de que Don Alfonso XIII inaugurase el modesto monumento consagrado por Jaén al autor de la Oda a Siria, el Stabat mater y las décimas al Dos de mayo, canto inmortal que aprendió ávido el pueblo español y que será perpetuamente patriótico holocausto a las víctimas de aquel día memorable, y entusiasta grito de independencia.

¿Quién podría, pues, ostentar títulos y merecimientos como los tuyos, para que su nombre figurase al frente de la nueva edición de las obras de Bernardo?

Por eso sus deudos se complacen y se honran en ofrecértela, y seguros de que has de recibir con patriótico afecto esta dedicatoria, te adelanto, a nombre de todos, expresivo testimonio de gratitud, asociado al de invariable cariño que te profesa tu devoto amigo,

Eduardo Claver.

LA colección de las poesías líricas que forman este volumen, es un acontecimiento hace tiempo esperado, y realizado al fin para gloria de las letras nacionales.

Varias veces la prensa periódica, barómetro del movimiento intelectual en las sociedades modernas, anunció con aplauso la aparición del libro que hoy ve la luz de la publicidad, y varias fueron las plumas, todas más autorizadas que la mía, que aceptaron generosas el honroso encargo de escribir el proemio de la obra, de apreciar las bellezas literarias que encierra, de seguir los atrevidos vuelos de una fantasía vigorosa, joven y lozana, y de analizar el género de literatura en que mejor campean las brillantes dotes del poeta.

Circunstancias poco favorables para el Sr. López García, o propósitos nacidos al calor de una amistad sincera, bajo el hermoso cielo que cobija la cuna de ambos, lo han llevado a confiar a mi juicio inseguro un examen digno de más elevados criterios; un análisis que, como el de las canciones de Herrera, reclamaba la profunda observación de Rioja; como los versos líricos de Zorrilla, la crítica amena del autor de Villa Hermosa a la China; como las primeras armonías de Monroy, el prudente y erudito consejo del autor de Vida por honra.

Hecha esta declaración franca y explícita1, dicho se está que no ha de ser mi propósito fatigar la benevolencia que el lector se sirva dispensarme, con minuciosos comentarios, que aun hechos con acierto, siempre me recordarían los versos de Esquilache:

    Un docto comentador

es el peor enemigo

que tener pudo el autor.


Breves indicaciones sobre la vida breve aún del poeta; ligeras consideraciones sobre el género literario en que más se distingue; sobre los móviles de su inspiración osada, sobre el carácter y las exigencias literarias del siglo en que escribe, y sobre las analogías por último que puedan existir, entre sus obras y las de los poetas que recorrieron antes con gloria la brillante y difícil senda en que el Sr. López García con tan noble resolución avanza; tal es el asunto de este prefacio, tal el propósito a que habré de ceñirme, dejando a más ilustradas y correctas plumas la más ardua empresa de aquilatar todos los riquísimos detalles, todas las bellezas derramadas con fastuosa profusión en este libro. Tarea difícil, tarea a que sólo pueden dar cima inteligencias privilegiadas con auxilio de una docta crítica.

D. Bernardo López García nació en Jaén a 11 de noviembre2 de 1840, tres años después del nacimiento en Cartagena de don José Martínez Monroy, poeta señaladísimo cuyos versos repite la fama y cuya temprana muerte lamentan todos los amantes de las letras españolas.

Fueron sus padres D. Fernando López Martínez, natural de Vélez-Málaga, y D.ª María Presentación García, natural de Burgo de Osma, a los cuales me será permitido tributar aquí el homenaje3 de respeto y consideración que a su memoria tributan cuantos tuvieron ocasión de apreciar sus nobles prendas, cuantos los vieron con una modesta fortuna atender al porvenir de sus hijos y hacer de D. Bernardo un literario distinguido; de D. Luis, su hermano, cuya vida fue tan breve como vasta su erudición y grande su inteligencia, un filósofo modelo de virtudes cristianas, un jurisconsulto aventajado, y un notable maestro, honra y orgullo del profesorado español; de D. Fernando un médico de reconocida ilustración, y finalmente, de D. Ramón, el más joven de todos, muerto a la temprana edad de diez y seis años, con un premio extraordinario conseguido en público certamen, una bellísima esperanza para las letras y la legislación.

Además de estos cuatro hijos, tuvieron dos hijas: D.ª María, que casó en julio4 de 1863 con su primo D. Manuel de Miguel García, y murió en diciembre5 de 1865 y D.ª Valentina, a quien está dedicada la presente obra.

Hizo D. Bernardo sus primeros estudios en el Instituto provincial de Jaén, dirigido por el eminente escritor católico don Manuel Muñoz y Garnica: los continuó en Granada en el Colegio de Santiago, y después en la Universidad Central.

Hasta los quince años nada había revelado al poeta. En 1855, con motivo de la muerte de su madre acaecida el 23 de abril6, escribió sus primeros versos; flores que las lágrimas hicieron brotar al borde de un sepulcro; manifestación de los más íntimos sentimientos de ternura filial; ecos de las dulzuras del hogar, en el mismo hogar apagados.

Rara vez lo bien sentido deja de estar bien expresado, y si esto acontece, de lamentar es la pérdida de esta poesía en la que el sentimiento, sin el auxilio del arte, sería elocuente a la manera que lo es la naturaleza en sus más espontáneas manifestaciones.

La primer poesía del Sr. López que vio la luz pública y que por cierto no forma parte de este volumen, fue una canción Al Guadalquivir, río celebrado por Herrera y Rioja, por Arguijo, por Góngora, y por casi todos los poetas andaluces.

La segunda y la que reveló al poeta, fue la oda A Asia, publicada en La Discusión en 1859, cuando Monroy levantaba más alto su nombre. A esta siguió la serie de odas y canciones de que he de ocuparme en otro lugar, que han despertado los ecos líricos apagados en la tumba del poeta cartagenero como en el arpa de Zorrilla despertaron los de Espronceda, y han conquistado al Sr. López García la envidiable reputación literaria de que hoy goza.

El periodismo que como la milicia o el claustro en otros tiempos, llama hoy a sí al mayor número de nuestros jóvenes poetas; esa literatura febril y militante, que nace y muere entre el calor de las pasiones, también hizo tributario al talento del autor, y El Eco del País, ilustrado periódico dirigido por el bien reputado escritor D. Eduardo Gasset y Artime, recogió en sus columnas, durante un año, sus arrebatadas inspiraciones.

Las desgracias de su familia; la pérdida de sus padres, y del mayor número de sus hermanos, le trajeron de nuevo a Jaén, en donde contrajo matrimonio en febrero7 de 1864, con la joven y simpática Srta. D.ª María del Patrocinio, hija de D. Manuel Padilla y Muñoz, y D.ª Carmen Ortega.

No entraré en nuevos detalles biográficos del joven poeta; tampoco tiene muchos que añadir a los ya citados: y esta falta de vida material al lado de la prodigiosa de su espíritu, lejos de ser un vacío, es una recomendación.

Basta además con las indicaciones hechas, para conocer que el dolor despertó su genio en 1855, y ese mismo sentimiento, reanimado por desgracias posteriores, ha podido imprimir carácter en sus obras, como la pérdida de su madre lo imprimió en las de Chateaubriand, y en la de su hermano querido, ilustrado y virtuoso, en las del marqués de Valdegamas.

Acaso en esto estriba el tono de sus meditaciones, sobre todo el de la sentida Ante la tumba de Espronceda; acaso están en los sepulcros de sus padres y de sus hermanos muchas de las raíces de su fe.

El espíritu humano en su agitación constante, en su actividad eterna, en sus aspiraciones inmortales, va señalando con sus creaciones su paso por la tierra. Monumentos atrevidos de riquísimos detalles; moles sombrías de exterior severo; mármoles o lienzos que el buril o pincel animan, revelan en los perfiles de sus calados, en la gravedad de sus contornos, en sus rasgos y en sus tintas, las tendencias de los siglos y las nacionalidades que representan. Obras gigantes otras veces en que el genio del filósofo y del poeta abraza y sintetiza civilizaciones enteras, aparecen en la forma del libro para que en sus páginas, nuevas generaciones y razas nuevas tal vez, encuentren animadas las creencias, las costumbres, la vida de las sociedades, cuya existencia publican la pintura, la estatuaria y las ruinas monumentales, hasta en los toscos caracteres de sus grietas. Por eso el Parthenón y la Iliada revelan a la antigua Grecia: el Colosseo y la Eneida, la Farsalia y El Capitolio a la Roma pagana; la catedral y el Dante, a la Edad Media; la Mesiada y el Fausto las dos fases del idealismo, del sentimiento del espíritu que lucha en las sociedades modernas, y el Vaticano a cuya sombra se levantan magníficas las sublimes creaciones del genio católico, la religión divina que sale de las catacumbas para arrollar legiones, ídolos y escuelas con su milicia de mártires.

Es un hecho, pues, que lo mismo para las artes que para las letras, cada siglo, cada civilización tiene sus caracteres marcados, sus tendencias definidas, sus aspiraciones manifiestas; y siendo así, el poeta y el artista han de sujetarse8 a ellas, si sienten la noble ambición de ser los intérpretes vigorosos de la sociedad en que viven, si quieren que en sus obras encuentren la posteridad la síntesis grandilocuente de su época.

Las pirámides egipcias colocadas al lado de los pórticos de Libia y Pompeya, no habrían estado en su puesto en la Roma de Ovidio; el D. Juan de Byron sería un absurdo entre los héroes de Tasso o los personajes de Petrarca; el ángel rebelde de Milton no cabe en la tienda de Aquiles de Homero; los templos de Vesta y de Júpiter habrían rechazado las creaciones de Sanzio y de Murillo, y el Cipriano del Mágico prodigioso no puede confundirse con el Doctor Fausto, por más que se busque parecido entre la fábula del drama místico de Calderón, y la del poema escéptico9 de Goethe.

El mundo mitológico, aquellas jerarquías10 de dioses ascendientes de los héroes de la Iliada viven con el ciego de Smirna11 y acaban con él; apenas logra el cisne de Mantua reanimarlos, y el romanticismo de la Edad12 Media los sustituye al fin por sus devotos y enamorados caballeros; bellísimas creaciones populares llamadas también a ser sustituidas por otras creaciones más simbólicas, más abstractas, más en armonía con los personajes de Hugo, de Schiller, de Byron y de Klopstock.

Y es que a la belleza material y sensualista del arte pagano, sustituye la belleza espiritual y casta del cristianismo. Es que al espíritu caballeresco ridiculizado por Cervantes, sucede otro espíritu retrospectivo más culto, más severo, que bien pronto se cambia en un examen libre, analizador, exigente en el propósito de arrancar todos sus secretos al mundo material en que se agita. Es por último, que la forma se subordina a la idea, y la estética viene en cierto modo a reemplazar el viejo código de los preceptistas helénicos.

De aquí que al trovador de los siglos medios no le sea ya permitido recordar en sus canciones las luchas de las divinidades del paganismo, ni al poeta moderno buscar como los provenzales en la gaya ciencia, todos los encantos, todos los atractivos, toda la belleza de sus obras.

El arte moderno es más exigente: no se funda en las proporciones, en la perfección de las figuras; no se contenta con ajustarse a los preceptos que hombres de un talento teórico y especulativo formularon sobre las obras de Homero y de Sófocles, y que se conocieron más tarde con el nombre de Arte poética. No está hoy la belleza en tornear cláusulas, como dice el P. Sarmiento; está en la manifestación de lo infinito en lo finito, como afirma Schlegel, sin que por esto se entienda que el moderno ideal artístico ha de ser el que los discípulos de Spinoza buscan en su divinanzada naturaleza.

Dadas, pues, las condiciones y las exigencias presentes del arte, es natural, que tanto la dominación libre y expansiva13 de los trovadores, momentáneamente reanimada a principios del siglo actual, como el reinado de los retóricos a quienes la conquista de Grecia esparció por los pueblos occidentales, predicando el culto a la antigüedad, hayan tocado a su término.

Acaso estas teorías parezcan peligrosamente libres a la severidad clásica; pero si así fuese, séame permitido recordar el ejemplo elocuentísimo de nuestros poetas del siglo XVII, censurados por Moratín con tanta dureza como injusticia. Encerrando los preceptos con seis llaves, y haciéndose más sordo a las voces de Horacio que a los del llamado vulgo, escribió el inmortal Lope de Vega, según propia confesión, sus famosas aunque desarregladas comedias, y trazó el camino que recorrieron Calderón y Téllez, Alarcón y Moreto.

Buscando también su inspiración en las fuentes de nuestros romanceros populares, menos puras para el clasicismo que la Castalia y la Hipocrene, escribieron Quevedo, Góngora, y otros ingenios españoles, los bellísimos romances que aún recita el pueblo en sus veladas. Si las dos opuestas corrientes del mal gusto de la época, los llevaron en ocasiones a ser cultos o conceptistas, no es de tal hecho ciertamente de donde pueden sacarse argumentos en apoyo de la severidad clásica. No se deben medir con escala mezquina las obras de la imaginación, ha dicho Martínez de la Rosa después de escribir su Arte poética; no se las puede condenar liviamente14 porque no quepan en los moldes de Aristóteles o de Horacio, ni decir al genio del hombre como Dios a las olas del mar ¡NO TRASPASARÁS ESTE LÍMITE!...

Forzoso es convenir en que el viejo formulario del filósofo de Estagira no puede aplicarse con exigente severidad, ni a las nacionalidades formadas durante la revolución no interrumpida que se llama Edad Media15, ni a los estados modernos. Aquellos siglos, creadores de las jerarquías religiosa y civil que combatió la filosofía del siglo XVII; aquellas sociedades con sus feudos y sus municipios, sus cruzados y sus teólogos, sus motes y sus enseñas, sus comunidades y sus torneos, sus trovadores y sus juglares: aquellos pueblos en fin, jirones16 arrancados del manto de la reina del Tíber y gérmenes de nuevas nacionalidades esparcidos por Europa y América, no vivirán en el arte su vida propia encerrando su espíritu en la Carta a los Pisones.

Y lo que no es aplicable a aquellos siglos más cercanos a la edad de la fábula, menos lo puede ser a las centurias y a las sociedades que arrancan del punto en que las jerarquías creadas por la Edad Media17 principian a descomponerse y a modificarse; en que el espíritu de Bacon y Descartes se dibujan en los horizontes de la inteligencia humana; en que el poeta de Quedlimburgo se alza a cantar la fe en medio de los delirios de la duda; en que el siglo XVI con sus protestas, avanza a la vez que retrocede el poder del islamismo; porque estos pueblos y estas nacionalidades, invadidas e invasoras, con su centralización progresiva, sus milicias permanentes, sus tratados, sus descubrimientos, sus cortesanos, sus aventureros, sus tapadas, sus rufianes, sus dueñas, sus rondas, sus filósofos, se amoldan menos aun que los siglos medios, al lecho de Procusto de los preceptistas.

Puede estudiarse el arte en su historia, en las fases de su desenvolvimiento; puede esta enseñanza formar el gusto que dificulta presuntuosos extravíos18; pero no es posible modelar por los caracteres de un siglo todos los demás; no es conveniente coartar el libre vuelo de la fantasía con las rígidas ligaduras de envejecidos reglamentos.

Cuando la forma por sí constituía la obra del arte, las reglas encaminadas a armonizar sus proporciones serían de útil aplicación para el poeta y para el artista; pero cuando la expresión se subordina a la idea, el genio ha menester que se le conceda la libertad necesaria para disponer la forma del modo que más convenga a la manifestación del ideal de sus concepciones. Tal vez el culto exagerado a la antigüedad y la imitación forzada de los modelos presentados por doctos preceptistas, han hecho que nuestra epopeya no pase de la Araucana y del Bernardo.

Es por lo tanto evidente que la misión del poeta en el presente siglo no puede ser ni la de ataviar con anticuadas vestiduras, ideas, sentimientos y aspiraciones modernas, ni la de revestir con nuevas formas, tendencias, caracteres y acontecimientos pasados que ya han tenido en la historia del arte sus inmortales intérpretes. Los asuntos para sus obras, están sin duda en la sociedad en que vive, en su espíritu, en sus luchas, en sus controversias, en sus descubrimientos; por más que a las exigencias de su fantasía se puedan subordinar como a la inteligencia humana todos los siglos y todas las sociedades: sus personales reales o simbólicos no puedan ser los descendientes de las divinidades paganas, ni los interlocutores de una égloga, ni los justadores de un palenque; sino las creaciones fundadas en aquellos cuya actividad, cuyos sentimientos, cuyo espíritu, palpita en esas llanuras cruzadas por humeantes locomotoras, iluminadas por corrientes impalpables, y cubiertas por esa red de nervios metálicos que trasmite las sensaciones de los pueblos.

Para condensar, para sintetizar este espíritu de las sociedades modernas en la esfera del arte; para hacer, según la frase del Sr. López García, que

    en el taller de la idea

se funda la humanidad,


e necesitan condiciones que el cielo no concede a todos; mas no porque la empresa aparezca difícil, ha de escribir el arte al frente del siglo XIX, lo que el Dante en la puerta de su infierno:

Lasciate ogni sperenza.

Dado el punto de vista que a la crítica moderna le conviene adoptar para la apreciación de las obras del arte, dicho está el criterio que ha de presidir al examen de las poesías coleccionadas en este volumen.

No porque sea mi propósito analizarlas minuciosamente para aquilatar su mérito, sino porque no haya motivo de extrañeza en el aplauso que el Sr. López García merece, tanto por la elección de los asuntos, como por la forma en que los ha expresado. No busca el autor de este libro su inspiración en las fábulas de la antigüedad; no evoca el espíritu caballeresco dormido en las ruinas del feudalismo; no sueña con delicadas pastoras, ni zagales filarmónicos, preocupación que como dice Karr, ya no es permitido tener. Tampoco se convierte en hortelano de facciones, como denomina Quevedo a los poetas naturalistas que abusando de los símiles aderezan el rostro de las mujeres con los atractivos de la botánica; ni menos se ocupa en ataviar con las galas del ingenio, y la armonía del ritmo, argumentaciones conceptuosas como algunos modernos escolásticos, ni en lamentar en plañidero tono, en estancias monótonas como los neo-románticos, sentimientos vulgares o aspiraciones estrechas; por último, no desciende a ese realismo materialista que como las plantas parásitas pretende arrastrar hoy el entusiasmo artístico, y ahogar entre sus ramas estériles la verdadera inspiración.

A más altas generalizaciones, a ideales más abstractos, a sentimientos más íntimos, más elevados, más grandes, remonta su fantasía el joven poeta. La religión, la libertad, la patria; he aquí sus musas: la historia, el arte, la filosofía; he aquí sus auxiliares.

Por esto, la inacción asiática le inspira en su primera oda un magnífico canto de esperanza, presentimiento de un porvenir más expansivo y más brillante bajo la influencia cristiana, para esa cuna del mundo a quien llama Herrera.

Asia adúltera en vicios sumergida.

Los mártires cristianos sacrificados en el Líbano hieren su fe más tarde, y le hace prorrumpir en los graves, sentidos o indignados tonos de su oda a Europa y Siria.

Polonia oprimida le arranca un elocuente y arrebatado grito de independencia, una brillante protesta contra la tiranía, al mismo tiempo que la idea liberal le lleva a recorrer la historia en busca de sus manifestaciones más simpáticas, para ofrecerlas como precedentes de un porvenir; hermosa condensación de nobles y generosas aspiraciones.

El Mediterráneo, considerado como mar histórico, le inspira una bellísima y levantada oda; y la batalla de Wagren le da asunto para ensalzar de nuevo el heroísmo polaco, y renovar las hermosas flores con que su imaginación adorna las aras de la patria y de la libertad.

Otra meditación no menos levantada ni menos bella que la sentida ante el Mediterráneo, le inspira la obra gigante de Felipe II, El Escorial, sombrío y admirable monumento que parece destinado a guardar el espíritu de aquel monarca, objeto aún de apasionadas controversias.

Nuevamente la historia le da asunto en Apio Herdonio, para cantar en grandilocuentes versos el patriotismo, idea predilecta, sentimiento querido a que vuelve a rendir culto en las arrogantes canciones al Callao, al Dos de Mayo, y a la Guerra de África.

La viva fe, las religiosas creencias reveladas en las odas a Asia, a Europa y Siria, y a La Libertad, aparecen de nuevo en la paráfrasis bíblica El Canto del Profeta, en la notable canción filosófica La fe y la razón, en la bellísima oda El Día de difuntos, y sobre todo en el canto a La Religión.

Por último, el arte en sí como manifestación de la belleza, y el arte como expresión del espíritu del siglo actual, le arrancan entusiastas canciones, que, como cuasi todas las poesías mencionadas, han reproducido con aplauso numerosos periódicos de España y América.

No es mi propósito, repito, examinar una por una todas las poesías de esta colección, previniendo el juicio público con mis desautorizadas observaciones; no lo ha sido tampoco presentar las composiciones citadas como las mejores del libro; algunas hay omitidas en la anterior reseña, que acaso exceden a las mencionadas en elevación, profundidad, grandeza y expresión lírica así como se hallarán otras menos severas y levantadas, que sin embargo responden mejor a las exigencias y al carácter de esa poesía meridional arrogante, lujosa y expansiva, por lo cual no carecen ni de mérito literario, ni de significación artística.

Mi propósito en el ligero examen de las poesías de que va hecha mención, ha sido únicamente demostrar cuáles son los móviles principales del poeta, cuáles sus sentimientos favoritos, cuáles sus creencias dominantes, y esto hecho, réstame sólo añadir, que el Sr. López García, inspirándose en las inagotables fuentes en que se ha inspirado hasta aquí, es un poeta que sigue la gloriosísima senda trazada por Herrera en sus canciones a la Victoria de Lepanto, y a la derrota de Alcazarquivir; la senda que indica Quintana a los poetas españoles diciéndoles:

    Y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente,

digno también del universo sea.


La senda, por último, que Monroy habría recorrido si la muerte no lo hubiese atajado en su brillante carrera.

El camino es áspero y difícil, pero es glorioso; la inteligencia cantando a la inteligencia; la fe inspirándose en sí misma; las grandezas y enseñanzas de la historia animadas; los más elevados sentimientos enaltecidos; las modestas virtudes alzándose sobre las arrogantes miserias; el pensamiento humano en su magnífico desarrollo. He aquí el camino del verdadero poeta en el siglo XIX.

Y para ser este poeta, para sintetizar19 en sus obras las aspiraciones, los caracteres de su siglo, el Sr. López García tiene como dotes reconocidas, la osadía en las imágenes, la grandilocuencia en la expresión, la brillantez en las generalizaciones, la sonoridad en las cláusulas; y como alma de todo esto, una fe viva, un grande ideal filosófico, un levantado sentimiento científico que encubrir con tan rica vestidura.

Tal vez haya quien le juzgue de otro modo; tal vez alguien le pida tonos más templados, colores más pálidos en sus canciones para que en ellos encuentre el espíritu algún descanso a los arrebatados vuelos de su fantasía; y no será difícil, por último, que Aristarcos descontentadizos, juzguen defectos las que a mí me parecen bellezas; sean sin embargo los que fuesen los juicios sobre este libro, la divergencia de opiniones, si acaso existe, solo servirá para confirmar estos versos de un poeta antes citado:

    En las obras y en los modos,

querer contentar a todos

es contentar... a ninguno.


La senda está señalada por el ilustre poeta a quien llamó Pacheco insigne patriarca de nuestra literatura; siguiendo por ella se pueden, no sólo emular las glorias de Píndaro, sino aspirar a las de Homero; nuestra epopeya que ha tenido asuntos como el descubrimiento del continente americano y la guerra de la reconquista, y héroes como Colón y el Cid, está aún en nuestros romanceros, como la epopeya griega20 en las fábulas de los rapsodas, antes de la Iliada.

Falta un genio que la abarque, que la exprese en los levantados tonos que exige; si el profundo cantor del Arte y el Siglo se siente con valor necesario para acometer tamaña empresa; si asido a su fe cristiana se encuentra fuerte para engolfarse en el proceloso mar del moderno racionalismo sin naufragar en los escollos de la duda; si tiene la abnegación de consagrar los mejores años de su vida a tan gigante obra, hágalo, pues; con solo intentarlo, merecerá bien de la patria literatura. Antes de escribir su poema escribió sus odas y sus baladas el solitario de Weimar, y a pesar del indisputable mérito de sus líricas, sin el Fausto, no habría llegado a ser el poeta admirado y controvertido por la Europa moderna.

Juan A. de Viedma.

ODA

    Sagrada libertad; a tus altares

llega el cantor; su fatigada frente

tímida no ambiciona

el sagrado laurel resplandeciente

que del genio feliz la sien corona:
5

a ti van mis cantares

siguiendo su destino

como rueda el torrente hacia los mares:

pues fiel a ti, sin que el poder me asombre,

bendigo a Dios al bendecir tu nombre.
10

   Sagrada libertad, tuyo es mi canto;

feliz mi pensamiento, te adoraba

aun antes de nacer; que el alma mía

libre ya se llamaba

cuando del cielo al mundo descendía:
15

llegué a la tierra, al borde de mi cuna

tronó el cañón; la sangre de tus hijos

desde la guerra salpicó mi frente;

y al despotismo fiero

levantarse hacia ti, como la nube
20

se levanta hacia Dios, y arrebatado

lloré, porque aprendí trémulo al verte

en medio de la guerra,

que tu amor en la tierra

se paga con sepulcros a la muerte.
25

   Hombre después, los anhelantes ojos

volví al pasado, y te miré dormida

de la nada en el seno,

esperando el momento de la vida.

Te vi elevarte al SEA,
30

padre de la creación; te vi con brío

revolverte en la idea

que llenaba de mundos el vacío;

te vi con raudo vuelo

cruzar los montes, agitar los mares,
35

cabalgar en los soles,

que rodaban hirvientes por el cielo;

te vi sobre la ola

levantarte y flotar, besar la nube,

y en raudo torbellino
40

cruzar por el espacio,

do la creación al tiempo aparecía,

dejando con amor santo y fecundo,

un beso en cada mundo

que del aliento del Creador nacía.
45

   Después abrí la historia; vi a los siglos

cuan inmensos gigantes,

dejar sus tumbas, agitar sus mantos

y volver a la vida; ante mis ojos

libres aparecieron
50

las mil generaciones

que las olas del tiempo sumergieron;

vi razas y ciudades

aparecer, pasar; miré al pecado

sobre el trono del mundo, y a los hombres
55

sin conciencia de Dios, y escuché el grito

del ángel que lloraba,

al ver con duelo eterno

fija en la frente de la raza esclava

la sombra del infierno.
60

   Volví a mirar, y con dolor y espanto

vi a la nube crecer, rugir el viento

al soplo de la cólera divina;

miré alzarse la ola en son de guerra

sobre el borde del mar; la vi lanzarse
65

con la muerte en el seno

rugiendo de furor sobre la tierra:

vi la última figura

sobre el último monte maldiciendo;

y el agua se elevaba
70

en remolinos rápidos hirviendo,

y al fin llegó; con cántico profundo

se extendió en el vacío;

a los ojos del sol se borró el mundo,

y aún la muerte buscaba,
75

y aún el terrible mar, ronco y bravío

por cima de los montes se empujaba.

   Y vi después en el espacio errante

al silencio vagar; miré a las sombras

irse extendiendo en pabellón flotante;
80

vi la luna cual lámpara sombría,

dejar vagos reflejos

sobre los velos de la noche umbría,

y a su rayo de luz descolorido

miré al ángel llorando,
85

y al supremo Jehová triste mirando

el cadáver del mundo sumergido.

   Después la luz del día

trémula apareció; nave valiente

agitaba su vela
90

sobre el Ponto magnífico y rugiente;

el árbol de la vida

volaba allí llevando la esperanza

sobre el mástil tendida;

y allí te vi flotar sobre las olas,
95

como una aparición de dulce nombre

que llevaba en su vuelo

la bendición del cielo

al nuevo mundo que esperaba al hombre.

   Volvió a nacer la historia; vi a los pueblos
100

sin conciencia de sí; razas feroces

sobre la faz del mundo se empujaban;

el grito de la guerra

ocupaba el espacio; un mar de sangre

levantaba su faz sobre la tierra;
105

la barca funeral del despotismo,

agobiada de crímenes, flotaba

sobre el sangriento mar; el sacerdote

con la frente sombría,

en la sangre inocente
110

empapaba su manto; torpe y fría,

la plebe ante sus pies se prosternaba

sin comprender en su delirio ciego

aquella religión hija del fuego

que en sangre como el tigre se bañaba.
115

   Vi al esclavo infeliz dejar la cuna,

y con frente serena

tender al viento las impuras manos

buscando una cadena;

lo vi sin pensamiento
120

agitarse y temblar al pie del trono

del iracundo déspota al aliento,

y comprendí sin calma

ante aquel cuadro de dolor y guerra,

que el esclavo es la tumba de su alma,
125

y el negro despotismo

la maldición de Dios sobre la tierra.

   Y percibí tu acento

¡Hijos!... diciendo con amor doliente...

y vi al mundo agitado
130

seguir en su cadena indiferente

al duro pie del despotismo atado:

y la guerra seguía;

y las razas impuras atizaban

el fuego vil que sobre el ara ardía;
135

y pueblos y naciones

rodaban entre lágrimas y llanto:

las tumbas se apiñaban;

la muerte y el espanto

sobre el mundo sangriento cabalgaban;
140

y nadie a tus acentos respondía,

ni escuchaba la voz de tu cariño,

porque era el mundo niño,

y a su madre infeliz no conocía...

   Y vinieron más siglos; en las tumbas
145

en ceniza quedaron

las míseras naciones; de tu lumbre

los rayos reflejaron

en la frente del hombre; alzó los ojos,

y con ardiente anhelo
150

al fin te divisó radiante y pura,

brindando al mundo con tu amor un cielo.

   Y rodaron coronas

de libertad al sacrosanto grito;

y el déspota iracundo
155

por el Señor maldito

alzó sobre tu altar su brazo fiero,

sin comprender en su brutal violencia

que para herir tu nombre

es necesario arrebatar al hombre
160

en pedazos del alma la conciencia.

   Mas tu nombre brilló; Grecia gigante,

lo fijó en su bandera; al Ganges frío

y al Nilo turbulento

llegó tu luz sagrada; el sacerdote
165

dejó el hacha terrible

sobre el impuro altar, y oyó espantado

los ayes que brotaban

al herirse los mundos que chocaban.

   Y se alzaron los déspotas sombríos
170

otra vez contra ti; tu aliento puro

se refugió llorando

en el mundo del arte

que en las alas del genio se iba alzando,

y hasta allí el despotismo
175

llegó con el puñal; pero fue en vano;

que el brazo de Dios mismo

se lo arrancó sangriento de la mano.

   Aquel tu mundo fue; tu lumbre pura

dio brillo a las creaciones
180

del artista inmortal; bañó los muros

del alto Partenón; tiñó en su lumbre

la frente del poeta

que cantaba los cielos y los mares,

osando arrebatar con mano inquieta
185

el fuego criminal de los altares.

   A tu divino aliento

la roca endurecida

calló sobre los pórticos de Atenas,

guardando un pensamiento;
190

el genio alzó sus alas:

Píndaro hirió el laúd; agitó Apeles

su mágico pincel; Fidias divino

envolvió sus creaciones

en montes de laureles,
195

y Homero arrebatado

por el hirviente carro de la gloria

a tu carro magnífico enlazado,

cantó libre y profundo

con el arpa de Dios trovas al mundo.
200

   Después Grecia cayó; blanca paloma,

tu genio peregrino

llevó el arma del arte

a los muros magníficos de Roma;

tu nombre se fijó en el estandarte
205

del pueblo Rey; al rayo de tu frente

dilató sus banderas,

imponiendo su ley a las esferas.

   Y vinieron más reyes;

y la guerra extendió su brazo impío
210

por montes y por mares;

creció en el trono el despotismo frío

arrancando las hojas de tus leyes;

vi grupos de tiranos

estremecer21 la tierra
215

al ronco son de guerra;

vi al pueblo rey crecer sobre las tumbas

de los pueblos vencidos; lo vi grande

soñar tras sus victorias,

más esclavos, más tronos y más glorias;
220

y en vano te busqué: despedazada

por las ruedas veloces

del carro de los déspotas, apenas

respondiste a mis voces

con el doliente son de tus cadenas.
225

¡Cuántos, sagrada libertad, murieron

víctimas de tu amor; cuántos sepulcros

a tus plantas se abrieron!...

Por ti el héroe espartano

asombra al persa al levantar su tumba
230

por muro entre la patria y el tirano.

Por ti con arrogancia

en ceniza y en humo se convierten

los hijos de Numancia.

Por ti eleva Sagunto sus hogueras
235

hasta el trono del sol, dando en su gloria

orgullo a las esferas,

mártires al Señor, luz a la historia.

Por ti trémulo Bruto

levanta sobre el trono del guerrero
240

la muerte en el puñal; por ti valiente

el indómito ibero,

en el cántabro mar sepulta impío

de Roma la gigante el poderío.

Por ti el mártir cristiano
245

del circo en la ancha arena

bendice a Dios, entre el rumor salvaje

del tigre y de la hiena.

Por ti ruedan los Gracos

al pie del Capitolio; por ti nacen
250

para eterno blasón de las naciones,

Pompeyos y Espartacos,

Pelayos, Viriatos y Catones:

y por ti con amor cuan grande fuerte

Jesús desciende, se transforma en hombre,
255

y con sangre divina escribe un nombre

en el libro terrible de la muerte.

   ¿Y ha de ser siempre así? ¿Será el martirio

la corona del libre? ¿Acaso el mundo

es el hacha terrible de la idea?
260

¿No es bastante la cruz, para que el río

que entre espumas de sangre va profundo

al insondable mar, ceda en su brío?

¿Será acaso la negra tiranía

el fruto de la tierra? ¿Será en vano
265

ese rojo Océano

que devora un sepulcro cada día?

   No: lo dice Jesús; de polo a polo,

la humanidad entera

debe ser sobre el mundo un hombre solo.
270

¿Lo escuchasteis, tiranos?...

Lo manda Dios; el cetro de la tierra

por momentos se escapa a vuestras manos.

En vano las cadenas

apretáis con furor; el pensamiento
275

rebosa en el espacio; él está escrito

en el seno profundo de los mares;

en el sol, en el viento,

en la cruz, en la tumba, en los altares.

Él ocupa la gloria
280

bajo el manto del mártir; reverbera

en el libro gigante de la historia:

él flota en la bandera

del libre porvenir; llena el vacío,

y se dilata con pujante vuelo,
285

desde el hombre hasta Dios, del mundo al cielo.

   Es la nube gigante

que recibió en sus alas

el llanto funeral de las naciones,

y que al romper su seno
290

levantará las olas poderosas

de cien y de otras cien revoluciones;

es la luz, es el aura, es el ambiente,

es el eco de Dios, que doquier zumba,

levantando clemente,
295

nuevo Lázaro, el mundo de su tumba.

   Pasad, pasad; en vano

lucháis sobre el sepulcro; de la arena

en breve rodará el último grano,

y llegará ese día,
300

que el bueno espera, y que os arranca asombros,

en que todos los libres a porfía

al levantarse a Dios, del mundo en hombros,

dirán llorando: «A ti te lo debemos;

bendito siempre tu poder profundo;
305

libre, sin guerra ni ambición el mundo,

por pedestal, Señor, te lo ofrecemos.»


¡Stabat mater!

I

       ¡Pobre Madre! está llorando

   al pie del santo madero;

   el pueblo murmura fiero,

   por la montaña girando,

      y la luz muere en la sombra;
5

   y el nublado se agiganta,

   y la creación llora y canta

   con voz que aturde y asombra.

      ¡Pobre Madre!... ante los sones

   de sus dolientes afanes,
10

   alzan truenos y volcanes

   sus más terribles canciones.

      Y el ángel llora... y se arredra,

   rugen los mares inquietos,

   y se alzan los esqueletos
15

   sobre sus tumbas de piedra.

      Porque es tan hondo el pesar

   de la Madre del amor,

   que llora el mismo dolor

   al contemplarla llorar!
20

II

      Ella vio al hijo nacer

   su esperanza realizando;

   ella le durmió cantando

   las endechas del placer,

      ella, con ansia divina
25

   dejó sus plácidos lares;

   cruzó de Judá los mares,

   las cumbres de Palestina;

      y siempre del Hijo en pos

   le siguió amante y serena,
30

   ¡como sigue el alma buena

   la sombra santa de Dios!...

      Hoy... pobre Madre... lo mira

   sobre el Gólgota sangriento,

   suspiros lanzando al viento
35

   que en torno del árbol gira.

      Lo mira triste, llorando

   por el pueblo su asesino;

   oye su acento divino

   ¡perdón!... ¡perdón!... murmurando.
40

      Ve sus sienes desgarradas

   por las espinas crueles;

   ve marcados los cordeles

   en sus manos venerandas:

      y si oye de su ansia en pos,
45

   del pueblo el acento fijo,

   ve... ¡que le matan al Hijo

   por el crimen de ser Dios!...

III

      Pura... mística azucena

   del desierto de la vida;
50

   lámpara siempre encendida

   para templar nuestra pena:

      ¡celeste y eterno lirio

   por los ángeles cuidado;

   puro clavel perfumado
55

   con la esencia del martirio!...

      Yo vengo, Madre, a besar

   las estrellas de tu manto:

   vengo a regar con mi llanto

   los mármoles del altar:
60

      yo padezco a tu dolor;

   lloro al mirar tu agonía;

   yo tengo por ti, María,

   rico manantial de amor.

      Del relámpago a la luz
65

   que la tormenta anunciaba,

   yo vi a Dios que vacilaba

   bajo el peso de la cruz.

      Lo vi triste ante el desdén

   del pueblo vil y asesino;
70

   lo vi con llanto divino

   llorar por Jerusalén.

      Vi su cabeza sangrienta

   tocar en la dura roca;

   vi un insulto en cada boca,
75

   y en cada grupo una afrenta.

      Y al verte a su lado ir

   dije con llanto de amor:

   ¡pobre Madre del dolor,

   cuánto deberá sufrir...!
80

IV

      Pueblo... con llanto profundo

   ve a contemplar su agonía;

   hoy es la fecha, es el día

   de la redención del mundo.

      Do quiera se oye el concierto
85

   de la más honda tristeza;

   hasta la naturaleza

   parece que toca a muerto.

      El templo, todo es dolor;

   negra el ara, poca luz;
90

   sobre el sacro altar, la Cruz

   sosteniendo al Redentor.

      Al pie de la Cruz, María...

   cerca, el sacerdote implora;

   allá en las tinieblas, llora
95

   el órgano una armonía.

      De las campanas el son

   no se mezcla en el lamento,

   por no turbar en el viento

   los ecos de la oración;
100

      y la luz que ante el altar,

   mal a la sombra resiste,

   está tan triste... tan triste,

   que no se atreve a alumbrar...!

      Todo es llanto, y es dolor;
105

   mujeres, niños, ancianos,

   venid, venid de las manos

   a llorar al Redentor...!

      Venid ante el que se inmola

   por calmar vuestra alegría;
110

   venid a ver a María

   que está sollozando, y sola...!

      Llegad de vuestros hogares

   con ofrenda a sus dolores;

    dejad los campos sin flores
115

   para adornar sus altares,

      y no deis al corazón

   hoy consuelo a su quebranto,

   porque será vuestro llanto

   la segunda Redención...!
120


El día de difuntos

CANTO

I

   Silencio... las campanas...

¡Ay del hombre mortal! ¡ay del doliente!

de la noche en el seno

sin pena dormirá sueño tirano,

y su entusiasmo ardiente,
5

como lienzo fecundo

que borra el tiempo con impura mano,

se borrará del mundo...

¡Ah! en el solemne día

en que los muertos abren sus ciudades
10

vacila la razón: ¡sombras humanas!

¡ilusión del placer! ¡santo delirio

de un amor inmortal...! ¡glorias del arte!

volad lejos de aquí... todo termina

al borde del sepulcro; loco empeño
15

formará de la vida la quimera,

por dejar una flor, una siquiera,

sobre la leve realidad de un sueño.

Mentira es el placer; mentira el fuerte

alto destino de la gloria humana;
20

mentira la ilusión; ¡verdad la muerte!...

¡Torpe dolor!... ¡estéril amargura!

¿por qué prensar al corazón que llora

del hombre la continua desventura?

Sorda la tierra al ruego,
25

mata la forma; despedaza fiera

la belleza del mundo sin sosiego:

agentes de su cólera indomable

son las materias que en tropel inmundo

la cruzan por do quier; su boca impura,
30

las tumbas nobles, míseras o extrañas,

que amenazando al ánima oprimida,

esperan los escombros de la vida

para nutrir con ellos sus entrañas:

el labio delicado;
35

la azul pupila inquieta;

el pecho de la hermosa, altar sagrado

donde ofició el amor; la del poeta

libre cabeza que con noble anhelo

sintió latir la inspiración gloriosa,
40

y se alzó poderosa,

Colón del arte a descubrir el cielo,

todo termina aquí. La madre tierra,

¡ay! es la sola madre

sin entrañas de amor; en vano un día
45

la cubrirá la primavera ufana

de flores y armonía;

en vano sus verdores

dará a los prados, a las huertas frutos,

purísimos colores
50

al pálido rosal; en vano, en vano,

dará gentil rumor a la corriente

y aroma y luz al céfiro liviano:

al pie de esa belleza,

vive la destrucción. Sordo usurero,
55

la tierra mata si a vivir empieza;

asienta en los despojos

su esfuerzo colosal; traga, devora,

y cuando altiva en su poder se engríe,

hipócrita y traidora,
60

¡con jugo de sus víctimas sonríe!...

   Y la muerte también... ¿Quién ha parado

su carrera triunfal? Sobre ruinas

la ve el presente y la miró el pasado,

el inútil dolor no la contiene;
65

atleta destructor, fiel mensajero

con porte a las orillas del profundo,

continuamente se retira o viene,

secos sus ojos al dolor del mundo...

    En lucha con la vida
70

trabaja sin cesar; el universo

es su circo gigante; espectadores

de sus rudas hazañas,

los que esperan morir: ¡madres! ¡hermanos!

no busquéis la piedad en sus entrañas,
75

ni tendáis a sus huesos vuestras manos;

esqueleto fatal, forma sin vida,

no escucha vuestra mísera tarea;

y si llora la madre al hijo bueno,

arrancando el cadáver de su seno,
80

el charco de sus lágrimas vadea...!

II

   Mas, ¿por qué ese dolor? En otros días,

cuando el viento oreaba

la sangre de Jesús; cuando el Calvario

recordando divinas agonías
85

bajo la sombra de la Cruz temblaba,

yo vi al circo romano,

arcada colosal, timbre del arte,

vacilar en su altiva pesadumbre

al peso impuro del furor pagano:
90

miré a la muchedumbre

ebria de sangre; percibí en la altura

bajo el arco del César, al soberbio

Pontífice y señor, símbolo vivo

de aquel pueblo sin fe; lo vi arrogante
95

sobre varas de lictores altivo

despreciar a las turbas, y opulento

tender el cetro que aun el orbe doma,

sobre el circo sangriento

de la materia altar, templo de Roma,
100

patíbulo brutal del pensamiento.

Vi a la señal terrible

la arena retemblar; miré la puerta

moverse, vacilar, girar incierta,

y percibí espantado
105

la bárbara armonía

que en el espacio ardiente se enlazaba,

del tigre que a las turbas saludaba,

y del pueblo que al tigre respondía.

   Y... allí, sola, en el seno
110

de la plebe romana;

alta la frente, el corazón sereno;

la túnica cristiana

sobre el hombro robusto, y en los brazos

la imagen de Jesús, noble y tranquila,
115

miré a la Fe: su santa cabellera

flotaba el aire vagorosa y pura

cual si el ala del ángel la moviera;

asidos a su blanca vestidura

los mártires cristianos,
120

¡Salem! gritaban en pujante coro,

esperando el dulcísimo tesoro

con la oliva de amor entre las manos:

y las turbas hirvientes

cantaban y rugían;
125

y Nerón, ostentando la corona

de PONTÍFICE y DIOS, la alta cabeza

levantaba en el circo; y vacilaba

la columnata ruda

del vasto coliseo
130

al continuo aplaudir; y en tanto humilde,

excitando del pueblo el ansia fiera,

la Virgen del Señor se arrodillaba,

se enclavaba en la cruz con alma entera,

y su pecho divino,
135

que la fiera mordía,

palpitaba de amor, moviendo el lino

que sus formas castísimas cubría...

   ¡Cuadro consolador! ¡lienzo sublime!

Detén, fantasma impío
140

de la duda fatal tu voz potente:

ya el espíritu gime

con tranquilo dolor, y el alma inquieta,

rompiendo la terrena vestidura,

se alza a Jesús con incansable vuelo;
145

desgarra la materia, al dolor doma,

y arrollando a Palmira y a Sodoma,

torna a Jerusalén, remonta el cielo.

   La fe vuelve a lucir; su luz me ayuda.

¡Vírgenes del Señor...! ¡santos atletas,
150

columnas de la Cruz...! ¡dulces cantores...

indómitos profetas

cuyos plectros de oro

templó en sus manos Dios...! ¡legisladores

que disteis vuestras leyes
155

al pueblo ungido que cruzó el desierto

nutriendo con ilotas y con Reyes

la estirpe de David...! ¡Arpas sonoras

de Daniel e Isaías...!

¡Mártires sobrehumanos
160

que hicisteis, agitando las enseñas

de destinos fecundos,

rodar los muros, palpitar las peñas,

temblar las aras y oscilar los mundos...!

¡sustentar ya mi fe!... ¡Que yo la mire
165

romper en las conciencias

de la duda los bárbaros altares,

y asentar en fortísimos pilares

la santa catedral de las creencias!

¡que mi espíritu ciego
170

en claridad gloriosa se ilumine!

¡Que vacile la sombra al claro fuego,

timbre de la verdad! ¡Que monte y río

deponga su grandeza

del amor al inmenso poderío!
175

¡Que la luz inmortal deje su rayo

sobre la niebla inerte!

¡Que la divina idea

domine al universo! ¡Que la muerte,

Tabor glorioso de los hombres sea!
180

III

   ¿Qué es la materia ya? Con fe y sin pena

la destrucción admiro;

pasto seré de su brutal faena,

¡y por morir suspiro...!

Ni espigas ni colores
185

nutrirá con mi fe; de mi amor santo,

no brotarán ni líquenes ni flores.

Altivo en mi poder, ya la contemplo

romper la forma con augusta calma;

¡el sepulcro, es el templo
190

de donde nace el alma...!

¿Y la muerte, qué es ya? ¡Madre amorosa,

arca de libertad; fiel peregrino

de la Canaán dichosa,

donde la vid purísima, cargada
195

de racimos de amor, mece su tallo

de Dios enamorada;

mensajero del bien; pórtico augusto

de la eterna región; titán sombrío

de atlético poder, que audaz vadea
200

el piélago insondable

que hay entre Dios y el hombre; dulce aurora

de paz y de alegría;

límite del dolor que nos devora;

mañana del saber; puerta del día!
205

   Pequeño el mundo, dilatado el cielo,

infinito el amor que tras la tumba

sube al Eterno con potente vuelo,

la muerte no es verdad; en otras horas

sus fúnebres regiones
210

decoraba el dolor; la negra duda

cruzaba sin piedad los panteones,

y con falaz violencia

las lágrimas del mundo

rebosando sin dique en la conciencia,
215

ocultaban a Dios. Mas desde el día

en que la cruz triunfal, sobre los hombros

de la colina agreste alzó sus brazos

por montes y por mares,

trasformando en pirámides22 de escombros
220

los ídolos de Roma y sus altares,

el dolor tiene fin; la tumba es foco

de claridad divina: Dios al yugo

de la muerte cedió; sufrió su imperio,

la aceptó por verdugo;
225

mas al alzarse del Eterno y Fuerte

sobre el cadáver santo,

para consuelo del amor y el llanto,

¡enclavada en la Cruz murió la muerte...!

IV

   Dejad que las campanas
230

repitan su canción: ¡niños, ancianos,

huérfanos sin hogar, madres dolientes,

que del dolor en las terribles sañas

con lágrimas sin fin lloráis al hijo

que tuvo por altar vuestras entrañas...
235

¡empezad la oración!... ¡ese sonoro

rumor triste de bronce; esa armonía,

forma sentida del mundano lloro;

ese gemido que el espacio llena

y a Dios el eco que los mundos lanza,
240

no es acento de duda o de rencores,

que si llora en su voz nuestros dolores,

acompaña también nuestra esperanza...!


      Arte, palabra divina

   que gloria al talento augura;

   plácida luz que fulgura

   sobre una santa colina;

   pura fuente cristalina;
5

   águila de eterno vuelo;

   ángel que canta en el suelo

   melancólicos amores,

   brindando al talento flores

   de los jardines del cielo.
10

      Por él, titán soberano

   Miguel Ángel se agiganta,

   y hasta los cielos levanta

   la cruz del templo cristiano;

   por él, arranca Ticiano
15

   al cielo su luz hirviente,

   y por él, Osián potente,

   dando formas a la idea

   como Dios, al gritar SEA

   lanza un mundo de su frente.
20

      Por él, el gran Cicerón,

   águila de la elocuencia,

   sube al templo de la ciencia

   escalón por escalón:

   por él, con mística unción
25

   canta David sus creaciones;

   y por ceñir sus blasones

   le dan a su gloria fieles,

   Cano y Van Dijk23, sus pinceles;

   Lope y Dante sus canciones.
30

      Por él, el genio sediento

   que eternos templos se labra,

   da seres a la palabra

   y a las rocas pensamiento;

   ante su potente aliento,
35

   la tierra cede sin tino;

   pues el mar, el torbellino,

   la luz, el monte, la aurora,

   son una creación sonora

   que hizo un Artista Divino.
40

      Por él, la mente se agita;

   por él, vive la esperanza;

   por él, la dicha se alcanza;

   por él, la conciencia grita;

   su luz es siempre bendita,
45

   y su poder tan profundo,

   que un rey, Felipe segundo,

   porque el Orbe no le viera,

   arrojó el arte de Herrera

   entre su tumba y el mundo.
50

      A los ecos de su nombre

   que aromas de gloria lleva,

   el hombre hasta Dios se eleva,

   y Dios desciende hasta el hombre;

   a nadie su altura asombre
55

   teniendo fuerza y aliento,

   pues a ese alcázar que el viento

   arrulla sobre alto muro,

   se llega con pie seguro

   por la escala del talento.
60

      Genio que a la altiva cumbre

   te vas alzando valiente,

   ansiando ceñir tu frente

   con un rayo de su lumbre;

   sigue... y si en la muchedumbre
65

   protesta algún ser artero

   contra el arte que venero,

   dile con desdén profundo,

   que es la primera obra, el mundo,

   Dios, el artista primero.
70


Napoleón y los héroes del 2 de mayo

SONETO

   Ellos murieron con la frente erguida;

también la tumba devoró al coloso

que humilló con su brazo poderoso

la cabeza de Europa enardecida.

   Ellos cedieron con afán su vida
5

por el patrio blasón, noble y hermoso;

él, por regir con cetro belicoso

segundo Dios la humanidad vencida.

   Una corona altiva y esplendente,

del tercer Bonaparte el culto abona
10

regia brillando en su blasón potente;

   de ellos la tumba la virtud pregona;

¡héroes... dormid en paz...! para el que siente,

vuestra tumba es mejor que su corona...!


El poema de la vida

I

      En brazos de la inocencia

   cruzando voy candoroso

   ese crepúsculo hermoso

   preludio de la existencia.

      Del valle la flor galana
5

   me da sus limpios colores;

   el bosque sus ruiseñores,

   y sus tintas la mañana:

      y el astro consolador

   que al mundo su luz envía,
10

   me manda al nacer el día

   la sonrisa del Señor.

      Mi madre en dulce ansiedad

   sencilla, pura y amante,

   tras la bóveda gigante
15

   me muestra la eternidad:

      y escuchando su lección

   lleno de dulce embeleso,

   entre el murmullo de un beso

   recibo su religión.
20

II

      Ya llegó la juventud,

   y el alma a sus resplandores

   se duerme en otros amores

   con dulcísima inquietud.

      Mi adorada frenesí
25

   en la esperanza se agita;

   mundana gloria me grita

   ¡qué es el mundo para mí!

      Y en mi ardiente corazón

   que se consume anhelando,
30

   gigante se va elevando

   la hoguera de la ambición.

      Cuanto miro, todo es mío;

   la mar, la arboleda, el monte,

   la nube y el horizonte
35

   que se duerme en el vacío;

      porque en su albor matinal

   el alma ardiente ambiciona,

   tener al sol por corona,

   y al mundo por pedestal.
40

III

      El sueño de mi ilusión

   la realidad lo ha deshecho;

   apenas hallo en el pecho

   cenizas del corazón.

      La mujer que tanto amé,
45

   mató mi esperanza hermosa:

   al pie de una misma losa

   están mi madre, y mi fe;

   tuve un hijo... y me olvidó;

   la gloria mató mi encanto;
50

   me arrojé en brazos del llanto

   ¡y hasta el llanto me dejó!...

      Y corro sin ver jamás

   el consuelo en lontananza;

   porque sé que la esperanza
55

   ¡es una mentira más!

      Toda ventura se aleja

   por el árido desierto;

   ¡la humanidad es un muerto,

   que en su sepulcro se queja!
60

IV

      En la triste senectud

   penetro con paso fijo,

   en la mano el crucifijo

   y a los pies el ataúd.

      La fe me vuelve a alumbrar
65

   en mi lóbrega carrera;

   ¡DIOS! murmura la pradera;

   ¡DIOS! el cielo; ¡DIOS! el mar.

      Y de la esperanza en pos

   corro al sepulcro llorando,
70

   porque en él me está esperando

   la sombra santa de Dios.

       Del ánima dolorida

   ya se acabó el desconsuelo;

    sobre la tumba, está el cielo
75

   que es más grande que la vida.


ODA

   ¿De quién es? ¿De quién es esa corona

que en la orilla del Vístula sangriento

rota se ve? ¿De quién esos gemidos

que lleva el ronco viento

por la inmensa región? ¿De quién la lira,
5

que entre secos manojos de laureles

ni canta, ni suspira?

   Un pueblo fue lo que se ve en escombros;

del fondo sepulcral de esas ruinas

eterna maldición sobre la tierra,
10

gritos de amor y libertad brotaron;

y salieron cantores;

y el aura de la paz, besó las flores

que las hoces del déspota segaron.

    Un pueblo fue; Polonia se llamaba...;
15

en venturosos días,

con la fuerza del simoun arrojaba

sus tercios a vencer; ellos hollaron

de Tiro las ruinas

que palacios y templos coronaron;
20

el turbio Niemen apartó sus olas

para verlos marchar; en los jardines

de la Persia abrasada,

desplegaron sus blancas banderolas

al grito de la lid arrebatada;
25

los vieron las riberas

del Éufrates y el Nilo turbulentos,

fieros herir; las frentes altaneras

del Cáucaso y el Atlas se doblaron

al peso de sus huestes, y temblaron
30

los árabes vencidos

bajo el ancho crespón de sus banderas.

Del Apenino azul por las vertientes

la sangre de sus hijos

al mar de Italia se lanzó en torrentes;
35

y sus águilas libres se extendieron

por los anchos espacios

y cruzaron los montes y los mares,

e indómitas se irguieron

de la torpe Estambul en los palacios,
40

y de Roma la vieja en los altares.

   Un pueblo fue... y envilecido ahora,

mira expirantes24 a sus tercios bravos;

el águila señora

pendón de libres en gloriosos días,
45

arrastrada se ve por los esclavos;

altivo el extranjero

duerme en su hogar; las hojas de sus leyes

de escarnio sirven a menguados reyes;

sollozando sin paz, yerta de ira,
50

imagen del dolor al mundo mira;

y al verlo contemplando

con torpe duelo su dolor profundo,

sacude sus sepulcros, protestando

contra la inútil compasión del mundo...
55

   ¡Mísera humanidad!... desde su cuna

el crimen tiraniza su existencia;

del justo Abel la ensangrentada fosa

es el primer calvario

que levanta la saña a la inocencia:
60

de allí brota el pesar; de allí el encono,

y pasan luego razas y ciudades,

y un trono se hunde, y se levanta un trono,

y en lucha horrible y fuerte

se arrastran pueblos, razas y tiranos,
65

y ruedan por las puertas de la muerte

con el puñal sangriento entre las manos.

Y Dios se enoja; con furor profundo

a su placer levanta

el mar soberbio hasta su regia planta,
70

y el hombre muere, y se desquicia el mundo.

Y vienen otras razas y otros hombres;

y apenas en la tierra,

levantan a la voz de sus enconos

altares a la guerra,
75

templos al vicio, al despotismo tronos:

y pasan los señores

agitando a los pueblos espantados;

y van los pueblos viles,

lo mismo que reptiles
80

al carro de los CÉSARES atados.

   El mundo tiembla; Dios desde su trono

siente a sus pies el crimen, y en su anhelo

porque su voz al pecador asombre

baja a la tierra; en su brutal encono
85

sigue la humanidad, y ardiendo en ira

en verdugo de Dios se trueca el hombre,

y hace al Calvario sanguinaria pira.

   Desde entonces radiante centellea

sobre la cruz la libertad del mundo;
90

la sombra de Luzbel, siente en su seno

desgarrador puñal; entre el rugido

del pueblo que en el Circo clamorea

al latir el león, se oye el gemido

del cristiano expirante
95

que bendice a Jesús; y ante este ejemplo

de la fe vencedora de la muerte,

el Circo se convierte

de la doctrina de Jesús en templo.

   A través de borrascas y Nerones
100

la barca hiende el mar; rompe la ola

pujante del error que la conmueve,

y vuela ansiosa al codiciado puerto

en alas de la fe; sus velas mueve

celeste brisa; el huracán furioso
105

del rudo fanatismo

la quiere detener... pero es en vano...

que el brazo de Dios mismo

la impulsa por el férvido Oceano.

   La indómita corriente de las horas
110

su pujanza aumentó sobre la tierra...

Polonia desgraciada

despojo de la saña y de la guerra...

¿Quieres ser libre? Calma tu delirio;

desciñe de tu frente
115

la bárbara corona del martirio,

y coge25 con bravura

el caballo, la lanza y la armadura.

   ¿Oyes ese rumor? La nave llega;

la libertad sobre su mástil flota
120

y la empuja la fe; raudo navega

sobre mares de tumbas; ya se agita;

ya salva el Apenino,

y por medio de rocas y torrentes

cual indómito alud se precipita:
125

de sus velas blanquísimas el lino

sangriento va: su infatigable vuelo

aterra al crimen, y a la voz de guerra

fija una escala en la espantada tierra

por donde van los mártires al cielo:
130

los déspotas la ven, y en sus enconos

sus brazos tienden... pero esfuerzo vano:

que si a domarla se levantan tronos,

los arrastra bramando al Oceano.

   ¿Escuchas ese acento,
135

imagen bienhechora

de Kociusko infeliz? ¡Santas cenizas

de los héroes de ayer!... la patria entera

levanta ya la espada vengadora

ante el bélico altar de su bandera;
140

romped las urnas, sombras solitarias;

de ese recinto estrecho

al cielo levantad vuestras plegarias,

o sacudiendo los eternos lazos

que ligan a la tierra el tronco inerte,
145

venid desde los brazos de la muerte

a luchar por la patria en nuestros brazos.

   ¡Venid!... ¡Venid!... la lucha gigantesca

en breve va a empezar26; ¡guerra! murmurarán

los derechos altísimos hollados;
150

¡guerra! los pueblos viles

al pie de los cadalsos amarrados;

¡guerra! con voz doliente

suspira el porvenir, clama el presente,

y rompiendo sus sábanas de tierra,
155

se abren las tumbas murmurando ¡guerra!

   Y la guerra será... ¡ronca la lira

sobre las alas del delirio suena!...

El mundo ensangrentado

navega por el seno del vacío
160

como un sepulcro; sobre su ancha frente

la humanidad luchando arrebatada,

escribe con la espada

su epitafio sangriento y elocuente:

y el bueno llora; y la razón se aterra...
165

¿Cuándo, Señor, aunque a mi voz te asombres,

arrancarás del libro de los hombres

el sangriento vocablo de la guerra?

¿No basta el sacrificio

de cien razas y cien? ¿Aún no es bastante
170

para que el nublo del error sucumba,

ese doliente osario

que hace del globo dilatada tumba,

y a cada pueblo levantó un Calvario?

   Aún no es bastante, no; mirad al mundo;
175

la altiva humanidad de polo a polo

por volar a la lucha se levanta

como un fantasma solo:

el grito de la lid do quier resuena...

¡alzad, generaciones,
180

y entre el polvo veréis de las27 naciones

del drama criminal la última escena!

   Los pueblos se apresuran al combate

por la postrera vez; «Vamos», murmuran...

«la lid nos llama con sus ecos roncos;
185

a la lucha volemos; y mañana,

gigante se alzará de nuestros troncos

el árbol santo de la dicha humana.

Y daremos cumplida

nuestra hermosa misión»; ¡Corred, Naciones,
190

las que movéis con impotente saña

de la cadena vil los eslabones!

¡Apréstate a la lucha, pueblo bravo,

que en la orilla del Vístula sangriento

te arrastras de dolor; ¡despierta, Atenas,
195

tú que miras rodar entre cadenas

magníficos pedazos de tu solio...!

¡Alza la frente, Hungría...

y tú, Roma, que apuras la agonía

amarrada a los pies del Capitolio...!
200

   A la lucha corred... la hora bendita

se va acercando; a su rumor profundo,

la santa libertad arma a los bravos;

¡corred, pueblos esclavos,

con vuestra sangre a redimir el Mundo!
205

Corred... para que un día

vuestros hijos llorando ante la fosa

a que os arrastra la corriente impía,

triste murmuren con dolor eterno...

«Luchar a nuestros padres fue preciso;
210

sus padres les legaron un infierno,

y nos dan por herencia un Paraíso.»


Al asesino de Abrahán Lincoln

SONETO

   De asombro y de dolor el alma llena,

severa juzga al que en el mal camina;

al bárbaro Nerón en la colina,

juez sin piedad la humanidad condena;

   Lucrecia que el pudor desencadena;
5

Calígula, Tiberio, Mesalina,

cuantos hollaron la verdad divina,

afrenta son de la mundana escena.

   Pero al llegar a Boot, los corazones

se estremecen y tiemblan; agitados
10

tiran la sonda, miden las pasiones,

   y solo aprenden de dolor prensados,

que han de estar los Tiberios y Nerones

de tan vil criminal avergonzados.


POESÍA

    No hay dolor, desde la luz,

   pura, espléndida, divina,

   que brota de la doctrina

   que se levanta en la Cruz,

      para el corazón que sabe
5

   lanzarse del mundo al cielo,

   no hay lágrimas sin consuelo;

   no hay pena que no se acabe.

      En otros siglos, ayer,

   cuando en altares obscuros
10

   se alzaban cantos impuros

   a la guerra o al poder,

      en esas horas sombrías

   en que el mundo con fe loca

   dedicó al sol o a la roca
15

   sus oraciones impías,

      el dolor era una herencia

   que el hombre dejaba en pos;

   era la mano de Dios

   agitando la conciencia.
20

      Él, brotando del pecado,

   lanza al mundo su corriente;

   Asia sintió su potente

   rumbo audaz y arrebatado.

      Siempre indómito y cruel,
25

   en la envidia se agiganta;

   por él la creación se espanta

   con el sepulcro de Abel.

      Por él del orgullo al vuelo

   los hombres en su locura,
30

   alzan la Babel impura

   pensando escalar el cielo;

      por él los siervos cansados

   viendo sus vidas desiertas,

   sacuden sus almas muertas
35

   en sus cuerpos humillados;

      y por él en cuanto alcanza

   de la cruz al paraíso,

   se mira un mundo indeciso

   sin luz, y sin esperanza.
40

      ¡Dolor...! en aquella edad,

   la única verdad del mundo;

   su cauce extenso y profundo

   llenaba a la humanidad.

      Él, cuando la Grecia ardiente
45

   en pos de tanta victoria

   vio cubierto con su gloria

   todo el viejo continente,

      Rugiendo el clamor triunfal

   de tanta pompa mundana,
50

   mató en la mujer pagana

   el instinto maternal.

      De Roma bajo el poder,

   también vibró su inquietud;

   hizo al suicidio, virtud;
55

   y la venganza, placer.

      Se eternizó en el peñón;

   trocó al bronce en su trofeo;

   fue su estatua, Prometeo;

   fue Bruto su maldición;
60

      y cuando Roma moría

   sobre su hundido poder,

   el dolor, se hizo placer

   para morir en la orgía...!

      Mas el torrente brutal
65

   detuvo su esfuerzo impuro:

   la cruz fue dique seguro

   de su poder colosal;

      porque Jesús en su amor

   mostrándonos el Edén,
70

   al hacer eterno el bien

   puso límite al dolor.

      Desde entonces, ya no hay duelo

   si la fe vive en el alma;

   tras la pena está la calma
75

   como tras la tumba el cielo;

      y el hombre de su fe en pos,

   cuando llora se arrodilla;

    pues sabe que si se humilla,

   está más cerca de Dios...
80

      Hija del amor; divina

   luz del código cristiano,

   tras del amor soberano

   otro sol nos ilumina;

      sol, que brilló sin fulgores
85

   en otro mundo sombrío;

   sol, que se eleva bravío

   de la cruz a los fulgores;

      astro que a la humanidad

   abrasa en su ardiente llama;
90

   virtud que la tierra aclama

   al nombre de Caridad...!

      ¡Caridad...! sol de alegría;

   del amor plácida esposa,

   virtud cuya forma hermosa
95

   es la forma de María...

      ¡Deja...! que tu luz me ayude;

   permite a mi culto ardiente,

   que te bendiga mi frente,

   que mi plectro te salude.
100

      De una edad, hasta otra edad,

   todo tu poder lo abarca;

   te vio el diluvio en el arca

   salvando a la humanidad.

      Tú eres luz sobre la luz,
105

   y eres nombre entre los nombres;

   por ti salvando a los hombres,

   murió el Señor en la cruz.

      Por ti comprendió el Creador

   mundo y cielos al formar,
110

   que era preciso crear

   para dilatar su amor;

      tú eres la santa palmera

   cuya sombra no marchita;

   eres la estrella bendita
115

   por la humanidad entera;

      eres el ángel que mece

   el blando sueño del bueno;

   dulce madre en cuyo seno

   cabe todo el que padece.
120

      La copa del bien profundo;

   el cielo de nuestro encanto;

   la mano que guarda el llanto

   del que llora por el mundo.

      «Venid,» murmuras; «tened,
125

   sedientos, el triste lloro;

   yo soy la copa de oro

   que ha de calmar vuestra sed:

      hambrientos, os daré pan;

   desnudos, os daré abrigo;
130

   para calmar al mendigo

    mis plegarias se alzarán;

      yo soy la rosa que brilla

   sobre el sepulcro sin nombre;

   soy la lágrima que el hombre
135

   ve rodar por su mejilla28,

      ante la triste orfandad29

   o ante los grandes placeres;

   porque también hay poderes,

   dignos de la caridad...!
140

      Soy el ángel que Dios nombra

   para que sus pasos ciertos,

   dirija a los niños yertos

   que me llaman en la sombra.

      La copa del bien profundo;
145

   el cielo de todo encanto;

   la mano que guarda el llanto

   del que llora por el mundo...!»

      Tal es la virtud bendita

   que mi pobre genio enciende:
150

   ¡feliz el que la comprende;

   dichoso, quien la ejercita...!

      Por ella unidos estamos

   mostrando nuestra nobleza;

   a la luz de su grandeza,
155

   más grandes nos contemplamos;

      que cuando el genio va en pos

   de ese sol vivo y fecundo,

   se eleva tanto del mundo,

    que cuasi se acerca a Dios...!
160


ODA

   Dormido está el coloso; su diadema

rota en pedazos sobre el lecho impuro

se mira junto a él, y el sucio aliento

de la noche fatal que le adormece,

eleva de su trono las cenizas
5

por las llanuras donde ruge el viento.

   Dormido está, y el arpa no le canta

como en mejores días,

ni el aura del placer besa su frente

con el eco fatal de sus orgías:
10

ni el atroz anatema del calvario

agita su cabeza,

ni llora delirante

al revolverse trémulo en el lecho

formado con cenizas de grandeza.
15

   Duerme la reina del antiguo mundo;

la que miró en su seno

la orgullosa Babel; la que altanera,

fue verdugo de un Dios, y en sus blasones

grabó los cetros de la tierra entera;
20

la que arrojó de su potente suelo

el árbol pecador; la inmensa copa

donde hierve la lágrima primera

del hombre, que indeciso

entró del mal en la horrorosa vía
25

trocando en un infierno el paraíso;

la que miró en sus tierras maldecidas

el ronco mar, cuando de Dios la mano

convirtió al universo en oceano30.

   La tierra venturosa,
30

cuna segunda del mortal doliente,

que admiró de la Armenia en las colinas

el gran bajel31 que dominó las olas

adornado con púrpuras divinas;

y vio rodar en su feraz recinto
35

la semilla potente y soberana,

tronco del árbol de la raza humana.

   Aquella tierra impía

madre de Baltasar, que alzó mil tronos

al fantasma del vicio maldiciente;
40

que vio a Sodoma sumergida en fuego;

rota la regia frente

de la altiva Salem; la tierra impura

que rasgaba sus lúgubres montañas,

para adornar con dioses sus entrañas,
45

y que llorando un tiempo su pasado,

miró romperse tan fatal grandeza

entre las negras manos del pecado.

   Todo expiró bajo su impuro aliento;

de Nínibe altanera,
50

sólo quedan fantásticas ruinas;

Pentápolis murió, y aun en el viento

brilla el rayo de fúnebre memoria

que en océano de horror hundió su gloria.

Muerto Aspháltite está, y en sus riberas
55

ni una flor delicada

se mece al soplo de la errante brisa

que acaricia las áridas laderas

del Gólgota cruel; de esa montaña

sin fruto ni verdores
60

que a eterno llanto sin cesar provoca,

arrojando en lugar de puras flores

enardecidas lágrimas de roca.

   Babilonia cayó; su hirviente río

arrebató su cetro poderoso,
65

y en el Pérsico mar hundiolo luego

con su gloria, su trono y poderío;

aún deslumbra la hoguera

que devoró sus templos y jardines,

y aún en la noche oscura,
70

de Éufrates ronco en la inferaz ribera

se agita Baltasar, triste llorando

sobre aquella ruinosa sepultura,

terror ayer de bárbaras naciones

que hoy canta su poder con maldiciones;
75

   el arpa de David perdió su acento;

ya no crecen las flores

de los mustios collados

al suave empuje del glorioso viento,

ni éste lleva en sus alas
80

un canto bienhechor al Israelita;

ya no surcan guerreros

las ondas cristalinas

del plácido Jordán, ni la ancha tierra

tiembla al fragor de la sangrienta guerra.
85

    Vinieron tras de aquella otras naciones

que cavaron la fosa a las pasadas;

Palmira... Babilonia...

no volverán ya más... entre peñones

expiró su poder; roto gigante
90

que tiene en vez de la triunfal diadema,

polvo de tumbas que los vientos quema.

   Todo murió; fantasmas de grandeza

pueblan tan sólo el vasto continente,

que en montañas de hielo
95

triste reclina su abatida frente;

que con manos de roca

ase un girón del orgulloso manto

de la Europa feliz; que al lado siente

los vírgenes latidos
100

de la América pura

que himnos de gloria al porvenir murmura,

y que sujeta32 con sus pies gigantes

las olas que en indómita porfía

empuja hasta sus plantas la Oceanía33.
105

   Desiertos por doquier fieros corceles,

descansan en la yerba que corona

los postrados fragmentos

de los ricos palacios

que orgullosos cruzaron los espacios
110

en lucha con los vientos;

el esclavo ignorante

se adormece en el polvo del tirano;

remueve las ruinas,

y en los negros sepulcros de los reyes,
115

arroja el puro grano

para calmar el hambre de sus bueyes;

en el ara olvidada

fabrica el ave con gentil arrullo

su plácida morada,
120

y con frente altanera

sobre el altar de un Dios duerme una fiera.

   ¡Ah! Si aquellos que un día

cobijaron la tierra con sus mantos,

abandonasen su morada fría
125

por tender de cariño una mirada

a su patria infeliz; si los que vieron

atónito a sus pies rodar el mundo,

mirasen sus naciones

postradas, sin aliento;
130

rasgados sus pendones

y el polvo de sus tronos por el viento;

y aquella augusta ropa,

dosel de los dormidos continentes,

alfombra siendo de la culta Europa;
135

si viesen sus ciudades

hundidas, despreciadas;

y su potente seno,

cuna de reyes, producir esclavos;

arrastradas sus glorias por el cieno;
140

callado el eco de sus hijos bravos:

si los que ayer vivieron,

de su lecho de paz la frente alzaran

por ver el mundo que tan mal rigieron,

sus hijos maldijeran34,
145

y otra vez al sepulcro se volvieran.

    Pero no será eterno ese letargo

de la raza de Sem; ya refulgente

el sol del porvenir su faz orea:

las tumbas veneradas
150

brillan al rayo de la luz hirviente

que roja centellea.

¡La luz del porvenir! Miradla pura

extender sus reflejos

sobre las cumbres de la vasta tierra...
155

Del Imperio celeste la cultura

palidece a su brillo soberano,

y la abrasada guerra

agita su pendón sobre las olas

del postrado y atónito Oceano.
160

   Asia despertará, porque ya el día

se acerca en que los mundos

se enlazarán por siempre; el negro errante

que riega las arenas

del cárdeno desierto,
165

contra su pecho estrechará anhelante

al que en lechos de púrpura reclina

su frente fatigada,

de oro, sangre y dolores coronada.

   El que nació en las vírgenes florestas
170

del mundo de Colón, al ver la aurora

del suspirado día,

contra su pecho estrechará al que llora

envuelto entre los hielos

del polvo boreal; la culta Europa,
175

impulsada por Dios, dará al espacio

sus bélicos pendones,

y unirá con su brazo las naciones.

   Y Asia renacerá; pero otra vida

de gloria y de ventura
180

en el callado porvenir la espera;

la antorcha del cristiano

las sombras romperá con que otro mundo

tiñó la faz del criminal tirano;

de la Cruz a las plantas
185

todos los hombres hundirán sus frentes;

¡Hermano!... sonará de polo a polo,

¡Hermano! ¡Hermano! cantarán los mares

al besarlos unidos continentes;

y a ese grito sublime
190

Asia alzará sus sienes veneradas...

atrás, raza infeliz; corred, panteras,

a esconder en las hondas madrigueras

vuestras garras de roca ensangrentadas...!

Mirad cual espantados
195

baten el rojo suelo

de los tristes desiertos abrasado,

los salvajes corceles

golfos de espuma levantando al cielo;

oíd el acento humano
200

cruzando los abismos

del insondable mar, desde las playas

que baña el Indo con sus raudas olas,

hasta la gran ribera

bordada de banderas españolas;
205

corta el vapor las pálidas espumas

del Indo asolador; el gran desierto

siente rodar cortando sus arenas,

la audaz locomotora

que fabricó el esclavo
210

por mandato de Dios con sus cadenas.

   Sobre las altas cumbres de Himalaya,

el lábaro triunfal al viento ondea;

del Líbano frondoso

la corona de cedros rueda al suelo,
215

y de sus troncos duros

que besaron las brisas pasajeras,

fabrica el cristianismo

las astas de sus mágicas banderas.

   Todo, todo será porque la aurora
220

del porvenir radiante

profetiza ese mundo y esa hora.

   Asia despertará; de entre ruinas

se alzará el poderío

sacudiendo los fúnebres escombros,
225

sábana inmensa de su espectro frío,

y poniendo en su frente una diadema

más pura, más brillante

que en los pasados siglos,

con esfuerzo gigante
230

caminará sobre su yerta historia,

al templo de la luz y de la gloria.

   Los pueblos se unirán; el pensamiento

dejará tras de sí las sueltas alas

del indómito viento:
235

sobre los trozos de las piedras rotas,

pedestales de un Dios falso y horrible,

se alzarán templos santos

al verdadero Dios; en vez del grito

del salvaje35 cruel que errante mora,
240

subirá al infinito

la voz de un pueblo que de gozo llora;

Jerusalén se tornará a la vida;

del Gólgota en la frente funeraria

la humanidad llorando arrepentida
245

levantará a los cielos su plegaria,

y la sangre de Dios, que allí rodando

gota a gota cayó sobre la frente

del mísero mortal, se irá borrando

del llanto eterno con la eterna fuente.
250

   De la Arabia infeliz, brotarán flores;

torrentes cruzarán por las arenas

de la Persia abrasada

por el sol más ardiente coronada;

de la Siberia en el recinto solo
255

el mágico estandarte de la ciencia

espantará los témpanos del polo,

y Asia verá en su suelo

el verdadero pedestal del cielo.

   Y ya se acerca el día,
260

sus tímidos fulgores,

arrancan a los tiempos precursores

cantares de esperanza y alegría;

porque esa luz que riela

sobre el azul de los tendidos cielos,
265

es la que hará mañana

con su hálito36 fecundo,

de todas nuestras tierras, solo un mundo;

un hombre solo de la raza humana.


El dos de mayo

      Oigo, patria, tu aflicción,

   y escucho el triste concierto

   que forman, tocando a muerto,

   la campana y el cañón;

   sobre tu invicto pendón
5

   miro flotantes crespones,

   y oigo alzarse a otras regiones,

   en estrofas funerarias,

   de la iglesia las plegarias

   y del arte las canciones.
10

      Lloras, porque te insultaron

   los que su amor te ofrecieron...

   ¡a ti, a quien siempre temieron,

   porque tu gloria admiraron:

   a ti, por quien se inclinaron
15

   los mundos de zona a zona;

   a ti, soberbia matrona,

   que libre de extraño yugo,

   no has tenido más verdugo

   que el peso de tu corona!..
20

      Do quiera la mente mía

   sus alas rápidas lleva,

   allí un sepulcro se eleva,

   cantando tu valentía;

   desde la cumbre bravía
25

   que el sol indio tornasola,

   hasta el África, que inmola

   sus hijos en torpe guerra,

   ¡no hay un puñado de tierra

   sin una tumba española!...
30

      Tembló el orbe a tus legiones,

   y de la espantada esfera

   sujetaron la carrera

   las garras de tus leones;

   nadie humilló tus pendones
35

   ni te arrancó la victoria;

   pues de tu gigante gloria

   no cabe el rayo fecundo,

   ni en los ámbitos del mundo,

   ni en el libro de la historia.
40

      Siempre en lucha desigual

   canta tu invicta arrogancia,

   Sagunto, Cádiz, Numancia,

   Zaragoza y San Marcial;

   en tu suelo virginal
45

   no arraigan extraños fueros...;

   porque indómitos y fieros

   saben hacer tus vasallos,

   frenos para sus caballos

   con los cetros extranjeros...
50

      Y aún hubo en la tierra un hombre

   que osó profanar tu manto...

   ¡Espacio falta a mi canto

   para maldecir su nombre!...

   Sin que el recuerdo me asombre
55

   con ansia abriré la historia;

   presta luz a mi memoria,

   y el mundo y la patria a coro,

   oirán el himno sonoro

   de tus recuerdos de gloria.
60

      Aquél genio de ambición

   que en su delirio profundo

   cantando guerra, hizo al mundo

   sepulcro de su nación,

   hirió al ibero león
65

   ansiando a España regir;

   y no llegó a percibir,

   ebrio de orgullo y poder,

   que no puede esclavo ser,

   pueblo que sabe morir.
70

      ¡Guerra! clamó ante el altar

   el sacerdote con ira;

   ¡guerra! repitió la lira

   con indómito cantar:

   ¡guerra! gritó al despertar
75

   el pueblo que al mundo aterra;

   y cuando en hispana tierra

   pasos extraños se oyeron,

   hasta las tumbas se abrieron,

   gritando: ¡Venganza y guerra!
80

      La virgen con patrio ardor

   ansiosa salta del lecho;

   el niño bebe en el pecho

   odio a muerte al invasor;

   la madre mata su amor,
85

   y cuando calmado está,

   grita al hijo que se va:

   «¡Pues que la patria lo quiere,

   lánzate al combate, y muere:

   tu madre te vengará...!»
90

      ¡Y suenan patrias canciones

   cantando santos deberes;

   y van roncas las mujeres

   empujando los cañones;

   al pie de libres pendones
95

   el grito de patria zumba,

   y el rudo cañón retumba,

   y el vil invasor se aterra,

   y al suelo le falta tierra

   para cubrir tanta tumba!...
100

      ¡Mártires de la lealtad

   que del honor al arrullo

   fuisteis de la patria orgullo

   y honra de la humanidad!...

   en la tumba descansad,
105

   que el valiente pueblo ibero

   jura con rostro altanero,

   que hasta que España sucumba,

   no pisará vuestra tumba

   la planta del extranjero.
110


El amor divino

SONETO

   La esclavitud en el amor adora,

y la miseria en los altares clama;

la pena llega a Dios, cuando le llama;

el hombre llega a Dios, cuando le implora.

   Ya la estatua del mundo vencedora
5

no es el guerrero que postró a la fama;

es el martirio que a Nerón infama;

es el pecado que en el templo llora.

   Los que lloráis... ¡amad...! grande y fecundo

rompe el amor los lazos con que oprimen
10

el vicio infame y el dolor profundo;

   ante su altar esperan los que gimen;

una explosión de amor, dio vida al mundo,

otra después, lo redimió del crimen.


El pan eucarístico

SONETO

   Tú nos diste la luz, nos diste el viento,

la cumbre secular, y el oceano;

con tu gigante y poderosa mano,

hiciste al mundo del mortal asiento.

   Tú nos diste el amor y el sentimiento
5

y el genio de las artes soberano;

tú bajaste a la tierra, como hermano

de la criatura que te alzó el tormento.

   Tú diste al hombre del saber la palma;

la fe que alumbra; la razón que advierte;
10

la religión que los pesares calma;

   ¡y grande, santo, generoso y fuerte,

te diste Tú, como manjar del alma,

al mundo infame que te dio la muerte...!


A. G.

   Deja que llore el corazón, dichoso

con poder aún llorar; la vida entera

es un gemido largo y doloroso,

   y al extenderse en la mundana esfera

el que del genio la corona ardiente
5

con ansia loca levantar espera,

   si oye el gemido lúgubre y doliente

que brota de la raza pecadora,

al sentirla llorar sus penas siente.

   Por eso en mis canciones, no sonora
10

se alza la voz que adula en torpe canto

al que entre el mármol del alcázar mora;

   a más altura mi cantar levanto;

hermano de la raza dolorida,

mi plectro es el dolor; mi voz el llanto.
15

   Mas al buscar en mi alma conmovida

una cuerda dulcísima y templada

que responda a las penas de la vida,

   recuerdo tu amistad, y una balada

de encantada ilusión el plectro toca,
20

purificando el ánima cansada.

   Tuya es la inspiración; el arpa loca

por ti despedirá blandos sonidos,

y brotará el raudal sobre la roca;

   porque en ti ven mis ojos abatidos
25

la infancia y la virtud; las horas suaves

que pasaron sin penas ni gemidos.

   Nuestras almas, unidas cual las naves

que del seguro puerto al mar lejano

juntas se lanzan por las olas graves,
30

    del puerto a la infancia soberano

partieron para siempre, y hoy se agitan

en medio del indómito oceano.

   Las horas a las horas precipitan

en el abismo horrendo de la nada;
35

rugen los mares y los vientos gritan,

   y ante el altar de la amistad sagrada,

nuestras almas escuchan suspirando

latir doquier la humanidad cansada.

   Por el mundo infeliz vamos cruzando,
40

de las de ayer venturas ideales

las purísimas flores deshojando.

   El dulce hogar; las dichas virginales

que alumbró con su rayo la ventura,

se debilitan ya; las celestiales
45

   horas de amor, que libres de amargura

reflejaban del alma la alegría,

huyeron para siempre; el agua pura,

   llanto del corazón que fuera un día

símbolo de inocencia, ya no brota
50

de nuestros ojos tristes; la agonía

   ha sucedido a la ilusión remota,

y del placer perdido sólo queda

el bien llorando y la esperanza rota.

   Enlutado el destino, ver nos veda
55

el mañana risueño o esplendente

que guarda nuestra mísera vereda;

   la paz huyó del pensamiento ardiente,

y el sol de la ambición con rayo impuro

ilumina las sombras de la mente.
60

   ¿Qué ha pasado en nosotros? Al seguro

plácido hogar, que cándida alegría

brindaba al pecho delicado y puro,

   ha sucedido la borrasca impía,

donde ruedan al par la fe y el oro
65

entre el grito salvaje de la orgía.

   Al lloro verdadero, el falso lloro;

la duda a la creencia; el desvarío,

al de sencilla paz dulce tesoro;

   al irritado mar, el blando río;
70

la envidia, a la amistosa confianza,

y el te adoro... asqueroso, al ¡hijo mío!

   Apenas se divisa en lontananza

el arrebol de la pasada historia

que ilumina cansada la esperanza,
75

   y al recordar nuestra perdida gloria,

si el pasado se acerca a nuestra frente,

es un nuevo tormento su memoria.

   Del falso mundo en la voraz corriente,

impulsada al azar tiende su vela
80

la barca ruda del delirio ardiente;

   pedazos de ventura son la estela

que deja tras de sí, y al puerto oscuro,

a impulso del dolor, remando vuela.

   Y se extingue la paz; el viento puro
85

que nos meció tranquilos en la cuna,

huye en las alas de huracán impuro;

   la plegaria que en notas una a una

brotó de nuestros labios, se convierte

en un eterno grito a la fortuna:
90

   el mundo en divertirnos se divierte;

y sin aliento, con fe la rendida,

llegamos a las puertas de la muerte.

   ¿Qué nos queda después de la partida?

Al pecador, ¡el bárbaro tormento
95

de recordar las penas de la vida...!

   Volvamos a nacer; deja un momento

que el espíritu triste y fatigado,

a la infancia feliz vuelva su asiento.

   Mira el valle florido; mira el prado
100

donde el lirio regala sus aromas

al purísimo ambiente aletargado;

   mira cruzar por las tendidas lomas

con dulce vuelo y cántico amoroso,

bandadas de blanquísimas palomas;
105

   el pastor agitado y afanoso,

la hoguera anima que su luz derrama

por medio del rebaño silencioso;

   tiende en la roca su modesta cama;

reza después, y el vigilante alano,
110

se estira a su placer junto a la llama;

   ¡Dios te guarde! murmura el aldeano

al pasar junto a ti; tras su tarea,

el fiel arrendador toca tu mano;

   el aura de la tarde juguetea
115

con la vid y el olivo, y se oye lejos

el toque de oración sobre la aldea.

   Del moribundo sol a los reflejos

en ella estás; tus padres venturosos

te llenan de caricias y consejos,
120

   y a la luz de los robles que frondosos

te daban sombra en el pasado día,

te duermes en sus brazos amorosos...

   ¡Qué piélago insondable de agonía

nos separa del cuadro bosquejado
125

por el pobre pincel del alma mía...!

   ¿Qué encuentras ante ti? Marchito el prado;

el sol sin luz; la fuente sin rumores;

el cielo melancólico, enlutado...!

   Si sueñas de la gloria los fulgores,
130

presientes el desprecio en tu carrera

y a tu noble ambición matas las flores;

   la sonrisa del ángel que te espera

la miras sin placer; áspera y ruda

juzgas la voz de la amistad sincera;
135

   la dulce paz a tu mirar se escuda,

y ves en un lugar cubrir al mundo

la sarcástica sombra de la duda.

   Un ¡ay! terrible, de dolor profundo

se escapa de mi voz; mi alma se aterra
140

ante el charco doliente e infecundo...!

   Lágrimas, sangre, destrucción y guerra;

mengua, ambición, mentira y desvarío,

son las flores que crecen en la tierra.

   De las pasiones el hirviente río
145

arrastra sin cesar al triste humano

de la negra maldad al mar bravío.

   Y allí desciende hasta el abismo insano,

si de la fe la tabla bendecida

no se viene a poner junto a su mano.
150

   El amor, la esperanza apetecida

sueños tan sólo son que el alma crea!...

padecer y llorar... ¡esta es la vida...!

   Crucemos el océano que bravea

férvido a nuestros pies, fijos los ojos
155

en la luz de la fe que centellea.

    No miremos los míseros despojos

que arrastra el vicio hasta el abismo impuro,

ni al infame placer que causa enojos.

   Fija la vista en el celaje puro
160

que cubre el puerto del amor bendito,

volemos a él con ánimo seguro.

   Si del dolor nos despedaza el grito;

si donde quiera al corazón alcanza

el eco pavoroso del delito,
165

   sostengamos la fe, por confianza

de otro mundo mejor, que da la muerte

en pago de la vida, la esperanza.

   Padecer y llorar no es para el fuerte

espíritu cristiano que refleja
170

la luz que Dios para el cristiano vierte;

   si el torrente del mundo nos aleja

de lo que el alma adora, el desgraciado

al cielo subirá queja por queja.

   El hombre con la huella del pecado
175

no puede hallar la paz apetecida

en el mundano mar siempre agitado;

   pero al fin de su mísera corrida,

el bueno enjuga en el azul del cielo

las lágrimas ardientes de la vida.
180

   Oye mi voz, amigo; oye el consuelo

que la amistad cual bálsamo amoroso

lleva a tus penas con amante anhelo.

   Ten esperanza, y vivirás dichoso;

ama la fe; del corazón arroja
185

el áspid de la duda venenoso:

   vuelve al árbol del bien hoja tras hoja

las que arrancó el dolor preciosas flores;

huye del mal que el corazón enoja,

   y teniendo por gloria tus dolores,
190

sigue el camino que hasta Dios avanza,

¡y adorarás la vida, en la esperanza

de gozar más allá mundos mejores...!


En el Escorial

Meditación

I

      Quiero un templo levantar

   que siempre mi gloria cante;

   mole soberbia y gigante

   que haga sentir y temblar.

      Templo de aspecto profundo;
5

   ascético, grave, santo;

   que pese a la tierra tanto,

   como mi poder al mundo;

      que alce en su frente sombría

   como ésta, que al orbe arredra,
10

   una corona de piedra

   tan grande como la mía;

      y que de mi vuelo en pos

   mi sepulcro cobijando,

   quede tras de mí, cantando
15

   mi grandeza, y la de Dios.

      Tal dijo un rey altanero

   al ver con fiero abandono,

   cómo flotaba su trono

   por cima del mundo entero.
20

      Quiero un templo...; ante esta ley

   de aquel monarca potente,

   el mundo bajó la frente

   para obedecer al rey:

      presa de su despotismo
25

   se agitó la muchedumbre;

   el hierro saltó a la cumbre

   desde el fondo del abismo:

      por los valles y los montes

   llegaban con ansia loca,
30

    la plata, el mármol, la roca,

    de lejanos horizontes:

      toda la tierra en tropel

   mandaba frutos a coro;

   los Andes sus granos de oro;
35

   sus mármoles Macael;

      y por la mar cristalina

   llegaban a nuestros puertos,

   cedros de Armenia, cubiertos

   con la túnica latina.
40

      Del genio ardiente en la mano

   se agitó el cincel divino;

   el artista peregrino

   trazó su gigante plano,

      y entonces un pueblo entero
45

   cantó a Dios con voz potente;

   saltó la roca rugiente

   del pavimento severo;

      los mármoles seculares

   lanzaron místicas luces;
50

   del hierro, brotaron cruces;

   de los peñones, altares:

      en honda creciente brava

   cedió un monte palmo a palmo;

   cada peñón era un salmo
55

   que a Dios el mundo cantaba;

      y era porque el genio en pos

   de su eterna y santa ley,

   queriendo cantar a un rey

   alzaba su canto a Dios...!
60

II

      ¡Esa es la mole... ese es

   el templo que el mundo canta;

   hoy que ante mí se levanta,

   tiemblan cobardes mis pies!

      Esa es la bóveda oscura
65

   que hacia los sepulcros guía;

   aquella tumba sombría,

   es del rey la sepultura.

      ¡Pobre monarca...! ahí, está...;

   es su nombre, y es su losa:
70

   de su grandeza enojosa

   sucio polvo queda ya.

      El templo que al sol se lanza

   rey de montes y nublados,

   sus cimientos apretados
75

   en las tumbas afianza;

      así con planta segura,

   nublando todo contento,

   se elevó el remordimiento

   sobre su conciencia impura;
80

      y así de lo eterno en pos

   humillando orgullo y nombre,

   sobre la nada del hombre

   se eleva el todo de Dios!...

      ¡Sepulcros!... oscuridad...
85

   luz que sollozando expira...

   ¡aquí dentro se respira

   la nada, y la eternidad!

      En esta mísera zona

   donde todo espanto vierte,
90

   duerme el sueño de la muerte

   polvo que ciñó corona.

      ¡Ahí están!.. sus nombres son...

   todos siguiendo el destino,

   cruzaron por el camino
95

   que hay del trono al panteón.

      En las urnas funerales

   duermen con sueño profundo;

    ¡semejantes ante el mundo,

   hoy son en la muerte iguales!
100

      El silencio a orar convida;

   todo espanta; todo arredra;

   sobre las urnas de piedra

   está la noche dormida.

      En el fondo, ante la luz
105

   que alumbra mal a los muertos,

   Dios con los brazos abiertos

   nos llama desde la Cruz;

      y entre la niebla incolora

   que flota en cortina densa,
110

   una voz murmura... ¡piensa!...

   y otra voz repite... ¡llora!...

      ¡Ah!... mi cabeza se agita

   y en el vértigo se inflama;

   ¡Felipe!... el mundo te llama;
115

    un siglo en mi voz te grita.

      Ante los juicios humanos

   alza tu cabeza inerte;

   ¡despierta!... que ni en la muerte

    deben dormir los tiranos!...
120

      Tú quisiste en tu ansiedad,

   ebrio de eterno renombre,

   reasumir en solo un hombre,

   a toda la humanidad:

      tú de grandeza sediento
125

   clavaste el brazo iracundo,

   ansiando parar del mundo

   el eterno movimiento.

      Todo en vano... el mar bramó

   con hondo bramido fuerte;
130

   llegó a tu lecho la muerte;

   la mar sobre ti saltó.

      El pensamiento con ira

   estalló en volcán de gloria:

   si quieres saber su historia,
135

   despierta, monarca, y mira!...

      La mar, la montaña, el viento,

   la nube audaz, la caverna,

   todo se agita en la eterna

   túnica del pensamiento.
140

       Lleno de noble ambición

   el hombre estudia valiente,

   la serenata potente

   de los mundos en montón.

      Ardiendo en santo heroísmo
145

   sobre los mares se inclina;

   todo su luz ilumina;

   ya no hay sombra... no hay abismo.

      Impulsa raudos vagones37

   por entre rocas severas;
150

   hunde las viejas barreras,

   valladar de las naciones;

      con esfuerzo soberano

   rápido, libre, sereno,

   lanza por medio del trueno
155

   todo el pensamiento humano;

      y el rayo audaz, que a través

   del nublado oscuro arde,

   como un esclavo cobarde

   muere y se apaga a sus pies.
160

      Los opuestos continentes

   unidos por siempre quedan;

   ciudades de lino ruedan;

   sobre todas las corrientes.

      En el abismo, en el mar,
165

   en los témpanos polares,

   en todo el globo hay altares,

   todo el mundo es un altar.

      Y el hombre lleno de amor

   en su carrera inspirada,
170

   no se complace en su nada,

   sino que canta al Señor.

      Mar el espíritu humano

   tinieblas ayer ceñía;

   el sol del alma dormía
175

   lejos de aquel oceano.

      Ni una costa, ni un rumor

   sobre aquella mar que asombra;

   ancho piélago de sombra

   desde el hombre hasta el Creador.
180

      Hoy, la razón insondable,

   Colón de mares profundos,

   descubre orillas y mundos

   sobre ese mar impalpable.

      Contempla desde su zona
185

   dos costas que el mar oprime;

   ve en una al hombre que gime,

   en otra, a Dios que perdona.

      Y sobre el mar cristalino,

   ceñido de augusta gala,
190

   islas que forman escala

   de lo humano a lo divino.

      ¡Ah! si en la tumba te irguieras,

   rey, y la tierra miraras,

   de tu orgullo te asombraras
195

   y al sepulcro te volvieras;

      que viéndote sólo, aquí,

   de nuestro siglo delante,

   lo habías de ver tan gigante,

   que te avergonzara a ti.
200

      Basta... el ánima oprimida

   vacila un punto y se aterra;

   estoy cantando a la tierra

   los cánticos de la vida,

      en estos hondos desiertos
205

   no dan eco las canciones;

   sólo salmos y oraciones

   deben escuchar los muertos.

      Él, con su férrea corona

   agobió a un pueblo dormido;
210

   hoy el pueblo conmovido

   pide a Dios, y lo perdona.

      Este templo dejó en pos

   de su mundana contienda;

   ¡Rey!... ¡Que el templo te defienda
215

   ante los juicios de Dios!...


SONETO

   «Yo soy amor, y del amor camino;

soy blanca nave del sagrado puerto;

por mí postrado en el peñón desierto

canta el asceta su triunfal destino.

   Soy consuelo del triste peregrino
5

que cruza el mundo de pesares yerto;

soy árbol santo del eterno huerto;

rosa bendita del rosal divino.

   Sin mí la pena se desgarra y llora;

sin mí el dolor sus amarguras vierte;
10

sin mí el sepulcro con furor devora:

   aspirando mi luz, el alma es fuerte;

la pena se hace amor; la noche aurora;

la tumba claridad; faro la muerte.»


¡Lágrimas!!...

I

   ¡Espectro del dolor! dame tu lira;

quiero cantar; el alma fatigada

por derramar sus lágrimas suspira...!

Quiero cantar... ¿y a qué? De los placeres

el vaso está ante mí; fúnebre y triste
5

ya no hierve en su seno envenenado

el infernal licor; de rojo viste

su dilatada boca,

que horrible y seca a delirar provoca.

Ayer yo lo veía;
10

el néctar en sus bordes serpeaba,

y delirante el corazón saltaba

cuando del néctar infernal bebía:

fantasmas de placer con dulce encanto

brotaban de sus férvidas espumas,
15

cubriendo con su manto

mi cabeza infeliz: hoy... triste y seco

se muestra al pecho mío,

y de su fondo hueco

en lugar del placer, se alza el hastío.
20

II

   ¡El amor cantaré! ¡Vana quimera!...

¡Qué bien suena esa voz! Es el gemido

del arpa que se extiende

por el fondo del bosque adormecido;

la plácida aureola
25

que de mi ayer el cielo tornasola;

más ¡ay! que al eco sin igual doliente,

de sus inciertos sones,

resbalan sollozando por la frente

las sombras de mis muertas ilusiones!
30

   Ayer, siguiendo por mi vida inquieta,

mujeres vio cruzar cual devaneo

mi frente de poeta.

La una, en sus sienes virginal corona

de jazmines y lirios ostentaba;
35

sus flotantes cabellos

el viento acariciaba,

placer y vida respirando en ellos:

con infantil amor la otra reía,

vertiendo por sus ojos
40

la luz primaveral de Andalucía:

amor aquella con sus labios rojos

brindaba al corazón... ¡todo mentira...!

Yo quise amar, y ardiente, arrebatado,

por do quiera agitándome indeciso,
45

crucé del mundo por el seno helado,

buscando del amor el paraíso.

A sus puertas llegué y entré sereno...

una nube de sangre y de dolores

ofuscó mi razón... miré su seno,
50

y al ver espinas en lugar de flores,

el cáliz de mi amor brotó veneno.

III

   ¡Gloria!... ¡nombre sin par! También el lloro

de mi pecho arrancó; recuerdo impío

salta a su nombre en mi cabeza ardiente,
55

desde el sepulcro del dolor sombrío.

Era mi ayer; sus arrulladas horas

en el regazo maternal durmiendo,

pasaban sin sentir; alegre el mundo

me brindaba sus flores;
60

la dulce voz de su cantar sonoro;

su fortuna, su gloria y sus amores:

en medio de tal bien, ¡adiós! un día

con dulcísima voz, triste me dijo

llorando sin cesar, la madre mía...
65

¡Me voy lejos de ti!; seguirla quise,

mas la losa cayó; creció mi duelo,

y los ojos del alma la miraron

tras del plácido azul buscando el cielo.

   Entonces deliré; gemí cantando;
70

necesité para llorar la lira

y loco la busqué; toqué sus cuerdas...

mas al tocarlas del dolor herido,

las que tristes sonaron

bajo mis manos trémulas saltaron,
75

y el arpa rota moduló un gemido!...

Y maldije... y canté; mas ronco y seco

mi canto de dolor do quier retumba

llorando sin cesar, ¡porque es el eco

de una lira templada en una tumba!...
80

Y canté la ilusión: y la amargura,

la noche del pesar, el desvarío,

la esperanza, la fe, la desventura...

y el mundo en tanto, a mi alredor impío,

al escuchar mis voces angustiadas,
85

tranquilo convertía

mis himnos de dolor en carcajadas!...

IV

   Hoy... ¡Adónde voy ya!; cansado y solo

como el triste y errante peregrino,

encuentro por do quiera
90

tapizado de espinas el camino.

¡Adónde, adónde llevaré las flores

que arrojen mis cantares,

si son falsa ventura los amores

y abrasan de la gloria los altares!...
95

¿Mis penas cantaré? ¡Mas no...!; serena

una voz en mi pecho estremecido

con acento dulcísimo resuena;

un reflejo de luz mi frente toca;

es la luz de la fe, que la esperanza
100

eleva al cielo desde el alma loca.

   ¡Tú eres, Señor...!; conozco tu mirada

en ese rayo espléndido y sereno

que ilumina mi frente fatigada;

Tú, que al mortal que llora,
105

consuelas con la célica esperanza

de otra vida más bella y seductora

a cuyo seno la razón no alcanza.

¡Tan bueno y te olvidé!... perdón, Dios mío...

consuela mis pesares...;
110

como al férvido mar camina el río,

mis cánticos irán a tus altares.

Si te ofendí con delirante anhelo,

ya te bendigo con afán profundo;

¿quién dedica sus cánticos al mundo,
115

estando tras el tendido cielo?...


El arte musical

POESÍA

      Arte santo y poderoso,

   tu grandeza al mundo llena;

   alto y soberbio en la escena

   y al pie del altar glorioso,

      cantas allí la pasión
5

   dando enseñanza y ejemplo;

   aquí, columna del templo,

   sustentas la religión.

      El amor, la desventura,

   la sublime gloria humana;
10

   la fe potente cristiana

   que nuevos mundos augura;

      el dolor... estatua fría

   que en el corazón reposa;

   la ventura misteriosa,
15

   la negra melancolía.

      Todo a tu aliento sonoro

   toma forma y resplandece;

   todo se agiganta y crece

   si reclama tu tesoro.
20

      Fuerte ayer, alto, potente,

   te vio la historia del mundo;

   alto, soblime y profundo

   te ve también el presente.

      David, Moisés, Isaías,
25

   espíritus colosales,

   en tus ritmos inmortales

   grabaron sus profecías.

      La altiva Salem inquieta,

   te oyó con profundo espanto;
30

   tú diste notas de llanto

   a los salmos del profeta.

      Sublimaste la canción

   que la tribu a Dios alzaba,

   cuando la mar se tornaba
35

   sepulcro de Faraón.

      Y al pueblo que en honda lid

   fue del ayer vida y luz,

    tú le hiciste ver la cruz

   en el arpa de David.
40

      Grecia te elevó con brío,

   y Roma te alzó en victoria;

   por un laurel de tu gloria

   dio Nerón su poderío;

      y en las arcadas gigantes,
45

   y en los tálamos de oro,

    y en los cantos sin decoro

   de Tirsos y de Bacantes,

      tu cetro grabó la ley

   y alzó tu poder asiento;
50

   y te adornó el sentimiento

   con su corona de rey.

      La religión de Judea

   habló contigo a las gentes;

   tus acentos elocuentes
55

   fueron buril de la idea;

      la parábola divina;

   los consejos celestiales;

   las máximas inmortales

   del Mártir de Palestina;
60

       el versículo cristiano

   que al mundo pagano doma,

   resonando al pie de Roma

   sin temor a Diocleciano;

      el martirio... la ancha arena
65

   que en su sangre se empapaba;

   la fe santa que brotaba

   deprimiendo su cadena,

      todo en ti creció con brío

   como en su propio elemento;
70

   la música de tu acento

   dio a los hechos poderío.

      Hoy, agitando señor

   por los mundos tu estandarte

   en cien columnas del arte
75

   te levantas vencedor.

      Aquí... Beethoven consuela;

   allí da Harold su armonía;

   lejos... el Ave María

   cantan Gounod y Stradela.
80

      Allá Mozart portentoso,

   del arte cristiano ejemplo,

   no da a las naves del templo

   con su grandeza reposo.

      Cimarosa, Mercadante,
85

   Pasiello, Gluck, Palestrina;

   Haydn, columna divina

   del clasicismo brillante;

      Donizetti38, flor velada

   que la pena descolora;
90

   Bellini, cándida aurora

   de una vida enamorada;

      Meyerbeer, que al meditar

   aterra con su sentir;

   Offenbach, que hace reír,
95

   y Thalberg, que hace pensar,

      todos tu grandeza abonan

   y entre sus brazos te llevan;

   todos al crecer te elevan,

   y al expirar te coronan.
100

      ¿Mas por qué humillarse en pos

   de tu grandeza que asombra,

   si tú eres sólo una sombra

   del arte santo de Dios?

       ¿Por qué ante la escena impía
105

   ese entusiasmo profundo,

   cuando es un cántico el mundo,

   la creación una armonía...?

      ¿Por qué del genio altanero

   nos ha de asombrar el nombre,
110

   si a Dios lo comprende el hombre

   como al artista primero...?

       Artista... sí; de sus huellas

   brota el genio peregrino;

   su pentagrama divino
115

   tiene por notas... estrellas.

      Fuente de todos los dones,

   genio del genio fecundo,

   ve nacer de cada mundo

   millares de inspiraciones.
120

      Él, a Thalberg el cantor

   del más hondo sentimiento,

   presta en los gritos del viento

   cadencias para el dolor;

      él, agitando en los mares
125

   la dulce brisa amorosa,

   da a Bellini y Cimarosa

   la noción de sus cantares;

      alzando el nublado fiero

   sobre el mar ronco de ira,
130

   al gran Meyerbeer inspira

    su noble canto severo;

      y firmando su canción

   con un signo de su nombre,

   hace del alma del hombre
135

   la lira de la creación...

      Por eso al Artista Santo

   mi pobre plectro se inclina;

    fuente del genio divina,

   su nombre bendigo y canto;
140

      ¡pues siempre es noble que en pos

   del entusiasmo ferviente,

   el hombre que al arte siente

   salude en el arte a Dios!


SONETO

    Arcos, templos, columnas seculares

   ceniza son no más; en polvo vano,

   Sidó39 reflejo del poder humano,

   ve rodar sus sepulcros y sus lares,

      de Roma la pagana, los altares
5

   se hacinan sobre el mundo grano a grano;

   Venus sin tronco, sin cabeza Jano

   coronan sin pudor los muladares.

      Los gimnasios, el circo, el ateneo

   cayendo van; su túnica divina
10

   cede el genio a la muerte por trofeo;

      y el tiempo canta cuando así camina,

   al Gran Poder, que puede a su deseo

   hacer de la creación una ruina.


La tempestad

A Javier de Palacio

   ¡Se acerca...! Yo la miro llegar con raudo vuelo;

sus fúnebres crespones cruzando el éter van;

las águilas que pueblan los ámbitos del cielo

se mecen en las nubes que arrastra el huracán.

   Se acerca... a sus rugidos vacilan las montañas,
5

los mares se levantan con lúgubre clamor,

el viento azota rudo palacios y cabañas,

los hombres espantados se vuelven al Señor.

   Resbalan por el aire las aves agoreras,

la voz de la campana se extiende en la ciudad;
10

intrépido el torrente carcome sus barreras;

por cima de la tierra saltó la tempestad.

   ¡Acércate...! No tiemblo; tu aliento no me inquieta;

tu lúgubre alarido lo escucho sin temor;

elévame en tus alas y entonará el poeta
15

sus cánticos sublimes del trueno al estertor.

   Y te alzará al espacio en lucha fatigosa,

y al peso de sus plantas el Mundo temblará,

y en hombros de la nube con frente valerosa

al Trono del Altísimo sus cantos llevará.
20

   Y dejará la tierra, las nubes, el espacio:

y volará más alto del célico dosel;

y oirá latir los mundos al pie de su palacio

teniendo al sol por trono, y al orbe por laurel.

   Recuerdo en mi delirio que tú tienes historia,
25

en medio del pasado tu nombre veo brillar

y al descorrer sus velos temblando mi memoria

un mundo de recuerdos la viene acariciar.

   Tú fuiste la que un día rugiendo en los espacios

llegaste a Babilonia que al Asia dominó,
30

y al Éufrates hirviendo lanzaste sus palacios

y el trono de sus déspotas afrenta del Señor.

   La que abrasó a Sodoma; la que inflamó al Vesubio

haciéndole de fuego torrentes vomitar;

el hacha de Herculano; la madre del Diluvio;
35

la antorcha de Pompeya; la fe de Baltasar.

   La que aterró a los hombres, aquel tremendo día

que vio alzarse en el Gólgota la antorcha de la luz,

llevando entre sus alas con ronca algarabía,

verdugos espantados a hundirse ante la Cruz.
40

   ¡Acércate! no tiemblo... me encanta tu grandeza;

tus luces son mi gloria, tus truenos mi placer:

tus nubes la corona que sueña mi cabeza;

tus rayos son mi cetro, tu rabia mi poder.

   Aquí, lejos del hombre, te miro frente a frente;
45

tú ruges, y yo canto tu bárbaro rumor;

repite sin descanso tu cántico valiente,

y no oiré de la tierra los gritos de dolor.

   Que el mundo también tiene borrascas espantosas,

también rugiente truena la altiva humanidad,
50

sembrando el rojo suelo de tumbas dolorosas

que cantan por do quiera su indómita crueldad.

   También allí hay borrascas... Sus nubes son cañones

que rayos mil vomitan tronando en ronco son:

sus gotas son de sangre; su espacio las naciones,
55

su norte la esperanza, su viento la ambición.

   Y así como tú rugen, y así como tú crecen;

y cuando el arco santo calmó su frenesí,

con mal oculta cólera cual tú desaparecen,

un rastro de sepulcros dejando tras de sí.
60

   Mas ya pasó la nube; las flores sus corolas

sacuden dulcemente del céfiro al amor:

el río vuelve a su cauce; la mar calma sus olas,

y en ellas se adormece tranquilo el pescador.

   ¡El viento se ha dormido...! El mar está sereno:
65

la brisa va cantando del cielo la bondad:

allá... lejos... muy lejos, se escucha sordo un trueno...

¡Es su último suspiro... pasó la tempestad!

   ¡Callad! que no despierte; las frentes siempre impuras,

hundid en los altares, de la plegaria en pos:
70

pedid misericordia... romped las vestiduras...

para espantar al crimen...! ¡La tempestad, es DIOS...!


A un plagiario

SONETO

      Ratero del Parnaso; bardo huero;

   Petrarca en comisión; sabio anarquista;

   del divino jardín contrabandista;

   Judas del arte; sacristán de Homero;

      acólito del genio verdadero;
5

   de ajeno40 capital, capitalista;

   conquistador sin medios de conquista;

   Moreto de cartón; Tasso de cuero;

      detén tu audacia ya; de tu delito

   se ocupan, rebuscándote un fracaso,
10

   cuantos aman del arte lo infinito;

      y por cerrarte para siempre el paso,

   se ha mandado a las musas por escrito

   que haya Guardia civil en el Parnaso.


El Mediterráneo

ODA

Al Sr. D. Fernando López García

      Mar de la historia; absorto en la ribera

   que enfrena tu poder; oyendo el grito

   indómito y rugiente

   del huracán que rápido levanta

   en desorden los rizos de tu frente,
5

   yo te voy a cantar; el alma mía

   oye con ansia loca

   tu eterna y portentosa melodía;

   y ve en tu faz inquieta

   la inspiración y el arpa del poeta.
10

      Yo te voy a cantar; calma un instante

   tu faz soberbia; ten ese rugido

   que brota de tu seno delirante,

   y cruzando los golfos de la historia

   ensalzaré tu nombre
15

   y humillaré tus bárbaros cantares;

   porque el alma del hombre,

   es más grande que el mundo y que los mares...!

      Tú eres el mar que el corazón admira;

   no el mar rugiente que de polo a polo
20

   revolviéndose en sábanas de espuma

   se alza terrible y solo;

   ni el mar alborotado

   que del África al pie, nunca sereno,

   se asienta en el abismo
25

   y se corona con el ronco trueno;

   ni aquel otro magnífico Oceano

   que gira en espumante remolino,

   hasta besar del Asia envilecida

   las graves cordilleras
30

   asentadas en Dioses; ni el mar bravo

   que por el genio de Colón esclavo,

   mostró arrancando asombros

   al antiguo y soberbio continente,

   un camino de luz sobre su frente,
35

   y un mundo virginal sobre sus hombros.

      Pero tú eres el mar de lo pasado;

   libro gigante de hojas cristalinas,

   que refleja en sus páginas brillantes

   tronos, palacios, tumbas y ruinas.
40

      Tú eres el mar altivo y poderoso

   que en roncos tumbos sin cesar tronando,

   levantaba las naves

   de Cartago y Bagdad41; el mar soberbio

   que llevaba la púrpura de Tiro
45

   a las rocas de Calpe; el que escuchaba

   los cánticos impuros

   del fiero Baltasar, y oyó el gemido

   del Asia que se hundía,

   dejando sobre el mundo estremecido
50

   la eterna maldición de su agonía.

      El que sintió sobre su faz la sombra

   del alto Partenón42, y miró alzadas

   en sus playas amenas,

   las estatuas magníficas de Atenas
55

   al cielo por el arte arrebatadas;

   y a luz del volcán con ronco acento

   de fuego entre un diluvio,

   empujó al Oceano

   los mármoles y templos de Herculano
60

   revueltos con la lava del Vesubio.

      Tú, el poderoso mar que arrancó al Nilo

   el cetro y la corona

   que ostentó Faraón; el mar severo

   que en toda la extensión de su ancha zona
65

   acompañaba con rumor tranquilo

   los cánticos de Homero,

   y escuchó entre el rumor de la batalla

   el grito de la Grecia

   que llorando su gloria
70

   se arrojaba a la tumba dolorida,

   dejando sobre el libro de la vida,

   la página gigante de su historia.

      El que vio levantada en sus riberas

   a la ciudad de Rómulo
75

   coronada de estatuas y jardines;

   y miró sus banderas,

   espanto de las águilas, cubriendo

   con sus anchos crespones

    al pueblo rey, que bajo infame yugo,
80

   estrechaba con brazos de verdugo

   la virgen libertad de las naciones.

      Y vio a aquel pueblo un día

   temer y vacilar bajo la planta

   de un siglo vengador; y lo vio luego
85

   rodar arrebatado por sus leyes,

   dejando con sus hábitos de guerra,

   a los pueblos dolor; sangre a los Reyes,

   y sábanas de muertos a la tierra.

      El que sin calma en hondo remolino,
90

   acariciando el túmulo de Roma,

   vio alzarse en sus ruinas

   al cristiano valiente

   escribiendo su código fecundo

   con sangre de Jesús, y miró un día
95

   retratada en sus líquidos cristales,

   la Basílica inmensa

   que se lanzó al espacio

   de Miguel Ángel al potente anhelo,

   ofreciendo con cántico profundo,
100

   un pedestal a Dios; a la fe un mundo,

   y un escalón al arte para el cielo.

      Tú eres el mar que el corazón admira;

   mudo43 testigo de la furia humana,

   has sentido rodar a los imperios
105

   tumba buscando en tus revueltas olas;

   has visto a las legiones

   de cien Reyes y cien, cubrir tu frente

   de víctimas y horror; a los reflejos

   del rayo esplendoroso44,
110

   luz de la tempestad, has visto alzado

   el puñal homicida

   sobre el trono sangriento; entre el rugido

   del trueno pavoroso,

   corona de los Alpes, has oído
115

   la voz de los tiranos

   que en espantosa guerra

   se arrancaban ansiosos de las manos,

   cubiertos de baldón, cetros de tierra.

      Y siempre igual, tranquilo o espumoso,
120

   indiferentes lanzas tus raudales

   de los Sirios hirvientes arenales

   al Atlántico mar, y de la zona

   que cubre con sus mármoles Venecia,

   a la tumba de Grecia
125

   que con trozos de mundos se corona;

   y te revuelves con terrible canto

   sujetando del Ebro la corriente,

   y azotas el cadáver del Oriente

   en el revuelto golfo de Lepanto.
130

      ¡Cómo te admiro, mar!...; si el alma mía

   frenética tuviera

   de todo el universo la armonía;

   la voz del huracán, y la del trueno;

   y el canto del alud45 que se desata
135

   de la soberbia cumbre; y el rugido

    de la alta catarata

   que rueda por la sierra,

   y se sepulta en remolino ciego

   buscando en las entrañas de la tierra
140

   el germen del volcán; si yo pudiera

   reunir en uno solo

   los gritos de las mil generaciones

   que poblaron la frente de la esfera,

   al compás de tu ronca algarabía
145

   mi poderoso acento

   el pasado a la muerte arrancaría.

      Porque el alma delira y se conmueve

   cuando al mirar tus golfos cristalinos,

   oyendo enamoradas barcarolas,
150

   descorre del pasado los misterios

   y piensa ver sobre tus crespas olas

   agitando sus tumbas cien imperios.

       Y al escuchar el canto pavoroso

   del lúgubre cañón que al bueno aterra,
155

   llamando con voz fuerte

   al ángel de la muerte

   con la trompa del ángel de la guerra,

   inmenso rayo el porvenir alumbra;

   y apartando cadenas y cañones,
160

   la mente conmovida

   mira alzarse otro mundo y otra vida,

   sobre el polvo de cien generaciones...!

      ¡Quién sabe...! acaso un día

   feliz y libre la familia humana
165

   vendrá tranquila a remover tu frente;

   tus roncas olas abrirán camino

   a las velas de todas las naciones;

   por la estrecha garganta

   del Atlántico mar, vendrán las naves
170

   que en sus aguas levanta

   el raudo Misuri46, con las coronas

   de frutos y de flores

   que crecen de la América en las zonas,

   del espléndido sol a los fulgores;
175

   y vendrán cual ofrenda de otros mares

   las naves del Japón; y las que rompen

   de los polos los hielos seculares;

   las del Obi, del Ganges y del Lena,

   con las que empujan hacia el mar sonoro,
180

   el Rhin soberbio y el sangriento Sena,

   y el Tajo puro que se arrastra en oro.

      Y rodarán tus trasparentes olas

   sin víctimas ni horror; y el blanco lino

   enjugará la sangre derramada
185

   en Génova, Lepanto, y Navarino;

   y el humo de la audaz locomotora

   se unirá con el humo

   del buque altivo, y se alzará al espacio

   plácida nube en delicado vuelo,
190

   llevando como fruto de la guerra,

   el beso de la mar y de la tierra

   a los azules pórticos del cielo.

      El día se acerca ya; la ciencia osada

   carcome tus riberas
195

   para enlazarte al piélago iracundo

   que va del Indo a la región del hielo,

   y se empuja con ronca algarabía

   desde el África ardiente a la Oceanía.

      En breve otro Oceano
200

   a ti se enlazará; montes de espuma

   rodarán por la arena

   desuniendo los viejos continentes,

   y la Europa, calmando sus pesares,

    estrechará con canto soberano,
205

   del Asia vieja la fecunda mano

   en la ronca garganta de dos mares.

   Y empezará otra vida;

   y el Mundo entero acercará la hora

   en que hermanas y unidas las naciones,
210

   esclavo todo de la humana ciencia,

   sin armas, sin legiones,

   con solo una misión y una creencia,

   la Humanidad en su potente vuelo

   sepultará al error hecho pedazos,
215

   y al fin hará con sus potentes brazos,

   escala el mundo, de su patria el cielo.


La Redención

SONETO

      Se alzó la cruz; su rayo soberano

   rompió el altar del paganismo impuro;

   el alto Partenón antes seguro,

   templó su orgullo ante el dolor pagano.

      Desde el leño divino el sol cristiano
5

   postró la niebla destrozando el muro,

   y cayeron de horror en antro oscuro

   Júpiter y Plutón, Saturno y Jano.

      Veinte siglos pasaron; el madero

   que Palestina alzó, tiende triunfales
10

   sus santas ramas sobre el mundo artero,

      y anuncia el estandarte a los mortales,

   que ha de dormir el universo entero,

   al rumor de sus hojas celestiales.


La expiación

BALADA

      Llorando está el pescador

   a los pies de la que adora;

   «Ven»47, la dice, «a ser señora

   de mi barco, y de mi amor;

      yo endulzaré tu pesar;
5

   bendeciré tu abandono;

   mi barquilla será un trono,

    y tú la reina del mar;

      y besará nuestro Edén

   la luz que en el mar riela;
10

   y el viento dirá a la vela

   nuestra dicha, y nuestro bien.

      Sígueme...» Y la niña impía

   al pescador acompaña.

   Y no escucha en su cabaña
15

   de su padre la agonía;

      y van en la barca huyendo

   del céfiro al soplo blando;

   y siguen ellos gozando

   ¡y sigue el padre muriendo...!
20

      De repente, el huracán

   riza el piélago bravío;

   ruge el trueno en el vacío

   con incomparable afán;

      allá... en la roca gigante
25

   se eleva triste un anciano;

   tiene tendida la mano

   sobre el golfo palpitante,

      y de la borrasca al son,

   que el eco de Dios remeda,
30

   ronca y formidable rueda

   la paterna maldición;

      y los dos amantes gimen

   a aquella voz que estremece,

   y hasta la barca parece
35

   que se espanta de su crimen:

      y al fin con grito fatal

   del mar al empuje fuerte,

   ruedan sábanas de muerte

   sobre el lecho criminal.
40

      ¡Hijos, arrojad en pos

   cuanto a la virtud no cuadre,

   pues cuando maldice un padre

   está maldiciendo Dios!


Suspiros de una madre

      Duerme; en su sueño inocente

   parece que a mí me nombra:

   no se agita ni una sombra

   por el cielo de su frente.

      El ángel de la inocencia
5

   la cobija con sus alas;

   la dan las rosas sus galas

   y los claveles su esencia,

      y un rayo de luz, mendiga

   de su aliento los olores;
10

   ¡madre de los pecadores,

   que el Señor me la bendiga!...

      Yo llevaré a tus altares

   lirios, nardos y azucenas;

   yo le contaré tus penas
15

   cuando entienda de pesares,

      «Mira»48, le diré, «hacia aquí»,

   mi dedo en el cuadro fijo;

   «Esa es la Madre, ese el Hijo,

   murió por salvarte a ti».
20

      Mas ¡ay! que en el tiempo vario

   no la miren mis amores,

   con la cruz de los dolores

caminando hacia el Calvario.

      ¡Si siempre estuviese así!...
25

   Si yo la viera en mi anhelo

   abrir los ojos de cielo

   sólo por mirarme a mí!...

      Si hicieses, Virgen María,

   calmando mi angustia loca,
30

   que no dijese mi boca

   nada más que... ¡Madre mía!...

      Y que mis brazos por lecho

   tiernamente le guardaran

   y que nunca la arrancaran
35

   del sagrario de mi pecho...

      Mas ¡ay! el tiempo vendrá.

   Mi voz la dará sonrojos;

   lágrimas veré en sus ojos,

   ¡y por mí no llorará!
40

      Y sufriré su desvío

   aunque triste no me asombre,

   y oiré en sus sueños un nombre...

   ¡y el nombre no será el mío!

      Y tras de dichas extrañas
45

   aunque a su amor no le cuadre,

   harán que olvide a su madre

   los hijos de sus entrañas.

      Y cuando triste sucumba,

   y extienda mi brazo anciano
50

   ¡quizá no encuentre su mano

   para bajar a la tumba!

      Vedla; su sueño profundo

   lo arrulla el plácido ambiente;

   un cabello de su frente
55

   vale más que todo el mundo.

       Que no la despierte el canto

   de mis pensamientos fijos;

   ¡ay! el amor de los hijos

   lo pagamos con el llanto.
60


El heroísmo polaco

CANTO

   ¡Astro del porvenir, sol de la historia...!

¡Cantores del Morbén y del Parnaso,

que ilumináis el mundo de la gloria!

¡Tumbas de las Termópilas; oscuras,

abrasadas ruinas
5

de Sagunto y Numancia; humilde Roma,

que mísera te inclinas

presentándote al hombre

como eco solo de tu augusto nombre...!

¡Olas de Trafalgar! rugientes olas,
10

que sois por nuestro orgullo

capiteles de tumbas españolas...

prestadme inspiración... el arpa inquieta

ansiosa de cantar, rompe en sonidos

que se escapan del alma del poeta;
15

arda en potente inspiración tu llama...

con hálito de gloria

la libertad me inflama.

Necesito cantar, como el torrente

precipitarme al Rhin ronco rodando
20

del soberbio Montblanc por la pendiente;

como el nublado oscuro

lanzar el rayo de su seno impuro;

como el volcán que ruge49 delirante

en piélagos de fuego,
25

indómito brotar, tras sí dejando

al ronco mar bramando,

al mundo conmovido, y al sol ciego.

   ¡Escuchad! ¡Escuchad! Sobre las olas

del Vístula rugiente
30

un grito ronco de venganza suena;

es de un pueblo gigante; en hora impía

la Mesalina vil, la reina impura

que en medio de la orgía

agotaba el licor de la locura;
35

la que con pecho insano

llevaba eternamente

el deleite en la frente

y el dogal de los pueblos en la mano;

la que humillando crímenes de Roma
40

heredó de Cartago el despotismo,

y el fuego impuro que abrasó a Sodoma;

la que empujó sus bárbaras legiones

desde el Cáucaso al Rhin y en son de guerra

hizo temblar a la espantada tierra
45

con la vil convulsión de sus pasiones,

sobre ese pueblo manantial de bravos

sangrienta se arrojó; montes de muertos

humillaron las cumbres altaneras;

vencieron los esclavos,
50

y el ángel bueno con dolor profundo

miró tras la victoria,

que era estrecha la gloria

para guardar los mártires del mundo.

   Desde entonces Polonia desolada
55

lloró bajo ruinas

como Roma muriendo abandonada;

cien veces altanera

en hondas convulsiones

levantó su bandera;
60

cien veces y otras cien se la arrancaron,

y al pisar sus jirones

Dios, y justicia, y libertad pisaron.

   Hoy la vuelve a elevar; ese rugido

que por el Norte truena
65

es su voz de venganza, el grito santo

de independencia por do quiera resuena;

la guerrera legión rauda se lanza

indómita a luchar; rocas y montes,

torrentes y colinas,
70

peñascos inseguros,

columna de los libres horizontes,

sepulcros, templos, muros;

todo con voz bendita

independencia canta;
75

todo vive y se agita,

se anima y se agiganta;

pues cuando una nación se alza potente

por arrancar su dignidad perdida

de los brazos del déspota inclemente,
80

la patria, que es colina, y es aldea,

historia, religión, recuerdo, idea,

para impulsar al bueno

a defender su Dios y sus hogares,

da voz con ansia loca,
85

al torrente, a la roca,

a la cruz, a la tumba, a los altares.

   ¿Y os atrevéis, tiranos?

Detened el dogal que al pueblo abruma;

¡no más sangre... piedad... roja la pluma
90

solloza de dolor entre mis manos...!

Cuando los pueblos por el mal se oprimen,

los ángeles se espantan,

el mundo retrocede por el crimen

y los cadalsos maldiciones cantan:
95

arrojad esa máscara sangrienta,

y no por contemplaros vencedores

penséis que Dios vuestra maldad consienta;

de Dios en los arcanos

no es dable penetrar; grande y profundo
100

por castigo da el triunfo a la mentira...

¿Lo dudáis? Ved la cruz; allí se mira

vencido Dios, y vencedor el mundo.

   Pero todo es en vano... Las legiones

se aprestan a luchar; del moscovita
105

los bárbaros pendones

al cielo cubren, y de entre ellos lanza

sus lívidos reflejos

el encendido sol de la venganza.

Los tigres carniceros
110

rugiendo se aproximan; las fronteras

del pueblo libre saltan;

al pie de sus banderas

brotan cadalsos; fieras se levantan

las lívidas cuchillas; a su impuro
115

reflejo de baldón, por la victoria

cantando guerra se despeña el muro

al grito audaz de independencia y gloria...

El bárbaro inhumano

rugiendo de furor al muro llega
120

con el hachón50 en la sangrienta mano;

arde el hogar, indómitas se extienden

las llamas en hirviente remolino;

los arcos y las cúpulas se encienden,

y el fanatismo ciego
125

se agita en el delirio y el ultraje,

envolviendo a su51 Dios, que es el pillaje

con su túnica bárbara de fuego.

   Vedlos... Vedlos pasar; turba sangrienta

que rueda sin conciencia en el abismo,
130

la venganza en sus cánticos alienta

y en sus frentes rebosa el despotismo.

El horror, la lujuria desgreñada

ruedan tras sus pendones

de la sazón afrenta; arrebatada
135

la muerte va también; con sus cañones

el César la llamó, y en vuelo insano

corre cantando guerra,

para escribir con tumbas a la tierra

la acusación terrible del tirano.
140

   ¿Mas qué hacen entre tanto las severas

indómitas legiones, que valientes

levantaron al cielo independientes

pidiendo libertades sus banderas?

Corred, hijos del Vístula y del Niemen
145

al combate feroz; alzad las frentes

al cielo libre; abandonad los lares

para buscar la tumba; el mundo entero

mañana esculpirá con brazo fiero

vuestros nombres de gloria en sus altares.
150

¿Os faltan armas? Escuchad... a coro

al libre sol que férvido aparece,

la creación las ofrece

con himno melancólico y sonoro.

«Yo seré tu cañón»52, con eco rudo
155

murmura en la montaña

el peñasco desnudo;

«yo tu lanza seré»53, grita el potente

roble soberbio; «con mis rudas olas»,

repite el ronco río,
160

«yo lavaré tu ultraje,

arrastrando con bárbaro coraje

los troncos viles hacia el mar bravío...»54

Corred... corred, valientes,

haced armas los árboles, las rocas,
165

y fosos los torrentes;

en las soberbias cumbres

cambiad en armaduras los peñones,

y con cadenas fabricad cañones.

Cuando la patria en las conciencias late,
170

la creación es esclava del que bueno

por la sagrada libertad combate;

y el huracán y trueno

en himno ronco formidable y rudo,

murmuran a los bravos:
175

«A la batalla, esclavos,

que el mismo Dios os servirá de escudo.»

   Mas no duermen los libres altaneros;

para el feroz combate

se animan con valor; arrebatada
180

Polonia altiva al contemplar su historia,

va a luchar otra vez por patria y gloria

con fe desesperada.

Las huestes ya se estrechan; las llanuras

sangrientas de Wagren sienten sus pasos
185

retumbando en modernas sepulturas;

cual móviles riberas

de un mar de fuego que tormenta amaga,

se acercan las banderas

de las contrarias huestes; ya retumba
190

el sonoro cañón... ¡Dame, Dios mío,

el rayo puro que abrasó el salterio

del divino profeta; da a mi frente

las voces agitadas

con que al sol de tu gloria
195

te bendicen las aguas despeñadas;

dame el grito divino

de toda la creación; que el arpa mía

resuene entre mis manos

con mística armonía,
200

para que oigan absortas las naciones

tu magnífica voz en mis canciones!...

Los enemigos con furor se chocan;

truena el cañón, relámpagos de fuego

la tempestad provocan;
205

con vuelo arrebatado

la muerte audaz en remolino ciego

en la metralla rueda; el conmovido

suelo que en otros días

de Bonaparte al bélico alarido
210

sepulcro fue, sobre sus capas duras

vuelve a sentir la azada de la muerte,

que arroja con anhelo

la semilla del mártir a la tierra,

para que el alma que aventó la guerra
215

como espiga de luz flote en el cielo.

Sigue el combate; en montes se acumulan

los troncos destrozados; de los libres

la pequeña legión, vacila al peso

de la hueste gigante; los cañones
220

a los buenos rodean;

los libres batallones

ya mueren, no pelean;

en la mano la espada desfallece

cansada de matar; un solo instante,
225

y las libres banderas

donde flota de patria el grito santo,

rodaron con espanto

entre el ronco clamor de las panteras.

   Mas no lo quiere Dios; de pronto un grito
230

llena los vientos; tiemblan los verdugos

a su profundo son; Polonia siente

nueva vida a sus ecos; cual matrona

magnífica y potente,

alza su voz y a la batalla zumba,
235

y agita su corona

y con brazo feroz cierra su tumba.

   Doscientos héroes son que a las legiones

débiles y oprimidas

quieren salvar; «atrás, atrás», repiten
240

con magnífica voz; «por patria y gloria

vamos a la pelea;

la muerte es la victoria;

bendito el nombre de la patria sea.»

Dicen... juran... y van; con pecho fuerte
245

indómitos se agitan, y se lanzan

con la patria en el alma hacia la muerte;

ya al bronce llegan; el hirviente acero

se hunde en pecho enemigo

con espantoso afán; aún más avanzan;
250

el ronco cañón cede;

panteras y leones

rugiendo a las cureñas se afianzan;

¡la muerte retrocede!

queda en el aire la encendida tea
255

suspensa en el puñal; vacila un punto,

mas desciende después; el bronce grita

con estertóreo son; ¡venganza! suena,

y el rudo brazo de la muerte agita

con doscientos cadáveres la arena.
260

   ¡Muertos!... ¡muertos!... ¡Dios mío!...

cuando alumbraba apenas

la aurora de la vida

con rayos misteriosos sus cadenas...

cuando la ciencia porvenir de oro
265

les mostraba en su cielo refulgente...

y al contemplar su historia

pensaban levantar un sol de gloria

de su patria magnífica en la frente;

cuando do quier veían
270

madres que los besaban;

vírgenes que su amor les prometían;

cuando en sueño juvenil pensaban

que hasta los astros de oro

con sus rayos de luz los saludaban...
275

Mas ¿por qué ese dolor?; calma, poeta,

la canción de amargura,

que salta en olas desde el alma inquieta.

¡Callad!... ¡callad! esposas sin ventura

que al huérfano apretáis en vuestro seno
280

con bárbaro dolor; mata tus penas,

pobre virgen que vas a tus hogares

porque esperaste en vano en los altares

con la frente cubierta de azucenas.

¡Calla! madre sombría,
285

tú que con labio fijo

repites la agonía

de esa dulce María

que llora como tú, muerto a su Hijo!...

¡Callad!... ¡Callad! la muerte es la victoria,
290

cuando al sepulcro lóbrego se rueda

cubierto con el manto de la gloria;

así cayeron ellos; si os oyeran,

en el sepulcro mudo

de rabia y de dolor se estremecieran55;
295

indignos de su gloria os juzgarían;

y en pos de sus enojos,

de la muerte a la vida volverían

a arrancaros el llanto de los ojos.

Cuando la patria al grito de su historia
300

al hijo bueno a la batalla excita,

el sepulcro es la gloria;

sobre el cadáver la victoria grita,

y la patria potente,

cual sol que asoma tras borrasca hirviente,
305

en la tumba del mártir resucita.

No con llanto se rompen las cadenas

que labran los tiranos;

la fe que hunde peñascos y montañas

y arranca de los mares los arcanos;
310

la fe que para el bueno en la pelea

es el brazo de Dios; la fe que es muro

donde flota seguro,

el estandarte santo de la idea;

la fe potente a cuyo solo nombre
315

se achica el mundo y se engrandece el hombre;

esa espada será de la victoria

para el pueblo valiente, que en vil yugo

quiera arrancar su gloria

de los brazos sangrientos de un verdugo.
320

Madres, padres, hermanos...

luchad con fe; que en sus potentes brazos

Polonia se levante,

y al poder de los déspotas espante.

Que «¡a la batalla!» grite
325

con fe robusta la nación entera,

y en pos de una bandera

con solo un corazón se precipite:

y... si acaso arrollada

vuelve a ser otra vez; si la matrona
330

vuelve a ver su corona

en la frente del déspota elevada...

imitad la conducta de los bravos,

y en el hondo sepulcro entrad serenos;

que a los ojos de Dios y de los buenos,
335

las tumbas valen más que los esclavos.


La última hora

      Suena el lúgubre tambor

   como un recuerdo que llora;

   la aguda campana implora

   la clemencia del Señor;

   el pueblo murmurador
5

   ruge cual ronca pantera,

   y envuelto en saya severa

   el criminal con pie falso,

   sube al terrible cadalso

   una tras otra escalera.
10

      Llega, se para... y suspira;

   dirige la vista al frente,

   y ve al dogal inclemente

   que lo llama... y que lo mira;

   ve al sacerdote que gira
15

   pidiendo que en bien sucumba;

   oye cómo el pueblo zumba,

   y allá en la mansión sagrada,

   mira moverse la azada

   que está cavando su tumba.
20

      De pronto su pensamiento

   vibra recuerdo olvidado,

   y de Dios y del tablado

   se aparta con desaliento:

   terrible, por un momento,
25

   el dolor mata su fe;

   pues lejos... muy lejos, ve

   la montaña azul... la aldea...

   y su casa que blanquea,

   de la santa iglesia al pie.
30

      Y ve al tristísimo hogar

   que espanto y dolor respira;

   ve a su esposa que suspira,

   y oye a su madre llorar;

   escucha balbucear
35

   al hijo su nombre odiado,

   y oye al vulgo desalmado

   repetir con voz sonora...

   «¡Ese huérfano que llora

   es hijo de ajusticiado...!»
40

      Calmando al fin su ansiedad

   vuelve a la vida, y advierte

   que el palo le dice... «muerte...»

   y la cruz... «eternidad»:

   lleno de santa humildad
45

   se arrodilla con fervor,

   y en un éxtasis de amor,

   levantando el crucifijo,

   pone entre el dogal y el hijo

   los brazos del Redentor...!
50

      ¡Ya todo lo ve desierto...!

   Muere su esperanza ciega...

   el verdugo al palo llega...

   la campana toca a muerto...

   pasando con paso cierto
55

   va un instante... y otro instante

   él los cuenta, y anhelante,

   a cada instante que pasa,

   ve la vida más escasa...

   y la muerte más delante...
60

      Por fin agitado aspira

   el último soplo leve;

   cruje el tablado; la plebe

   no quiere mirar... y mira...

   el sangriento dogal gira;
65

   «¡perdón!»56, murmura, «¡perdón!...»

   y en la postrer convulsión

   la muerte con brazo rey,

   entrega el cuerpo a la ley,

   y el alma a la religión.
70


A Marco Bruto

SONETO

   Detén el vil puñal; detén tirano

la acción estoica de tu brazo fiero;

de la santa virtud el atrio austero

no se atraviesa con puñal en mano.

   «¡Patria!»57 repites con afán insano
5

al levantar la muerte en el acero;

¿por qué la invocas en el golpe artero?

La patria es noble, el puñal villano.

   ¡Roma es ya libre! Corre al Aventino

que con lauros te espera en sus cabañas:
10

mas esconde el puñal dentro del lino;

   ¿no lo ocultas aún?... ¿aún lo acompañas?

¡por mentida virtud, fuiste asesino...

lo tendrás que esconder en tus entrañas!


I

      El sol resplandeciente,

   los nacarados mares ilumina

   por la postrera vez desde Occidente;

   en alta mar, doliente

   se escucha el son de la canción marina.
5

      La noche va llegando;

   el espacio de sombras se reviste;

   el mundo suspirando,

   parece que se duerme preguntando...

   ¿Manantial de la luz, por qué te fuiste?
10

      Su canto vespertino

   repite el mar como en pasados días;

   cumpliendo su destino,

   levanta sin cesar en su camino

   espumas y armonías.
15

      El aura silenciosa

   sobre el dormido mar tímida vuela:

   la luna candorosa

   va dejando en su marcha misteriosa

    un suspiro de luz en cada vela.
20

      Todo es murmullo, amor, arrobamiento,

   y el mar dice a la brisa

   y le dice a la mar el firmamento:

   «Nuestro amado Señor está contento,

   la calma es su sonrisa.»
25

II

      Negras nubes en bandas tenebrosas

   por el cielo cual águilas extienden

   sus alas pavorosas:

   las aguas borrascosas

   a la luz del relámpago se encienden.
30

      Volando en raudo vuelo

   las aves con sus cánticos espantan;

   todo es terror y anhelo;

    las olas se levantan

   a recibir las órdenes del cielo.
35

      Ruge el trueno sombrío;

   del relámpago audaz surca la llama

   las ondas del vacío;

   el huracán proclama

   del cielo y de la tierra el desafío.
40

      El rayo centellea

   despedazando de la nube el seno;

   el huracán los árboles cimbrea.

   Y se oye entre el rumor de la pelea

   el choque horrible de la mar y el trueno.
45

      Todo es terror, y sombras, y locura,

   y en tanto que la tierra se desquicia,

   la borrasca murmura:

   «Del Supremo Hacedor yo soy hechura...

   Mi rabia... es su justicia.»
50


      Lirio del valle,

   luz de la aldea;

   lago tranquilo

   de olas serenas:

   huye del lecho,
5

   sal a la reja,

   y recoge58 el suspiro que brota

   de mis endechas.

      La blanca luna

   con luz serena
10

   toca los bordes

   de tu cancela;

   duermen los prados,

   duermen las selvas,

   duermen las aves
15

   en la arboleda;

   todo calla, y reposa tranquilo

   junto a la aldea.

      Dicen que ha noches

   cantó a tus rejas
20

   forma amorosa

   cántigas tiernas;

   que habló de amores

   a tu alma buena;

   que tú le adoras
25

   y que él te deja,

   dicen que sufres;

   que las violetas

   con tus caricias

   ya no se alegran;
30

   que ya no cantas,

   que ya no juegas;

   ¡que lloras mucho

   si de él te acuerdas...!

      ¡No llores, niña...!
35

   La vida entera

   es un gemido,

   es una queja.

   Si tan temprano

   de tu inocencia
40

   torpes afanes

   arrancan penas,

   para el tiempo en que el alma padece,

   niña... ¿qué dejas?

      Mira que el llanto
45

   que hoy te consuela

   huye, y no vuelve

   cuando se aleja;

   que sus raudales

   al fin se secan,
50

   dejando en torno

   lava que quema,

   y que el pecho se rompe a los ayes

   de la tormenta.

      Lirio del valle,
55

   flor de la aldea;

   lago sereno,

   blanca azucena...

   Yo sé que tienes

   donde tú rezas,
60

   de la Virgen bendita una imagen

   cándida y bella:

   rézale mucho,

   niña hechicera,

   de la montaña
65

   corta violetas,

   besa sus manos,

   cuida sus trenzas,

   y ella, que es madre

   del alma buena,
70

   besará con su aliento las flores

   de tu inocencia.


A un mal poeta romántico

SONETO

    Escritor funeral; genio sin cena;

cantor de tumbas y demás horrores:

perpetuo cazador de ruiseñores;

espectro sin dinero y con melena.

   Funerario conserje59 de la pena;
5

perseguidor de parcas y dolores;

Safo varón, que al recordar amores

quieres morir por abreviar la escena...

   Deja la muerte ya... mas por si aspira

tu genio a abandonar la humana zona,
10

no busques árbol, ni cordel ni pira;

   oye mi voz que la verdad abona;

ponte al cuello las60 cuerdas de tu lira,

y cuélgate después... de tu persona.


Europa y Siria

ODA

   ¡Qué triste voz! ¿qué ronco clamoreo

viene a aumentar el doloroso grito

de la Europa infeliz? ¿adónde suena

ese gemido de dolor profundo,

doliente e infinito,
5

que estremece61 la atmósfera serena,

y con olas de horror oprime el mundo?

   Brotó en las rocas donde posa el vuelo

el águila gigante

que altiva corta el cielo,
10

cuando al Jordán dirige su camino

a azotar con sus plumas

del arroyo divino las espumas;

allí, donde levanta con fiereza

el Líbano frondoso
15

sepultada en jardines la cabeza;

en ese suelo hermoso,

del árabe vergel; del griego oriente;

historia viva que el pasado enseña

al que en el mundo sin cesar camina,
20

mostrándole un espejo en cada ruina,

y un reguero de luz en cada peña.

   De allí el grito partió; pujante el eco

del mar de Grecia atravesó las olas;

Italia en medio de sus sueños de oro
25

la voz de libertad deja pendiente

en sus labios de sangre; enjuga el lloro

que cien años de guerra le arrancaran,

y sintiendo valiente

latir con fuego el corazón cristiano,
30

tiende a Siria la faz llena de enojos,

y no miran sus ojos

las bóvedas rodar del Vaticano.

   A un mismo tiempo el funeral rugido

espantoso resuena
35

del poderoso Cáucaso en la frente;

en las aguas soberbias del Danubio;

estremece los bordes del Vesubio,

en las brillantes márgenes del Sena:

en la orilla del Támesis sombrío
40

se estrella arrebatado,

y arrancando do quier olas de lloro,

va desde el Rhin bravío,

del Betis claro hasta el raudal sonoro.

   Europa entera se conmueve y mira;
45

asombradas escuchan las naciones

el canto criminal; «mirad» se dicen,

«la raza impura, la sangrienta hiena

que tantos siglos ostentó salvaje,

de nuestros pueblos para eterno ultraje
50

entre las razas libres su cadena,

vuelve a salir de su feroz guarida,

y hambrienta destrozando

cuanto reflejan sus sangrientos ojos,

va montes de despojos
55

en su carrera bárbara dejando.»

Y los pueblos de Europa conmovidos

ante la sangre que en la Siria humea

a la fuerza prensando sus enconos,

vuelven sus ojos de dolor heridos,
60

quizá buscando reyes

amantes de Jesús, sobre los tronos.

   ¡Que espectáculo, oh Dios! El Sacro Templo

es ceniza no más; hechas jirones,

las áureas vestiduras
65

por el suelo se ven; la sangre humea

sobre el cándido altar; los consagrados

vasos benditos que al Señor levanta

entre nubes de incienso el Sacerdote,

en manos del errante beduino
70

burla y escarnio son; el ara santa

que ayer a Dios tuviera,

bajo el peso se espanta

del salvaje brutal o de la fiera;

las hijas del cristiano,
75

de la selva hacia el monte van huyendo;

llorando va el anciano

hacia el Señor tendiendo

sus brazos con pavor, y en tanto impía

la turba destructora
80

persigue y mata a la indefensa gente,

llevando asoladora

de lujuria y furor tinta la frente.

   ¡Cuán grande es el Señor! Su poderío,

es insondable arcano
85

que en vano el alma descifrar procura;

Él abre al Israelita

ancho camino en la corriente brava

del mar arrebatado, y en su seno

sepulta a Faraón; su gloria abruma,
90

envolviendo su pueblo y su corona

en turbulentos piélagos de espuma;

Él hace rebosar al Oceano

sobre las altas cumbres,

postrer baluarte del poder humano;
95

de miedo llena el corazón valiente

del fiero Baltasar, y ve su trono

flotando en la corriente

del Éufrates cruel; hunde a Sodoma

en rojos mares de ceniza y fuego,
100

y con su aliento que a los orbes doma,

hace en su poderío

templo y altar de la creación entera

la inmensidad gigante del vacío.

Él agita la mar; da vida al viento;
105

ilumina las pálidas estrellas

que viven de su aliento,

y porque al cielo y a la tierra asombre

lo incomprensible de su amor profundo,

Él hace al hombre para darle un mundo
110

y baja al mundo por salvar al hombre.

   ¡Y Dios ve al hombre osado

su grandeza insultar...! ¿A dónde tienes

el rayo rojo a tu mandato ciego

que a Babilonia hundió? ¿Dónde las llamas
115

que en una hora trocaron

de Pentápolis vil en mar de fuego?

¿Dó la gigante ola

que rompiendo soberbia su palacio,

cubrió cantando guerra
120

con sus entrañas de cristal la tierra,

y los anchos cimientos del espacio?

¿De la sacra justicia

¡oh Dios! aún no es la hora? ¿o es que esperas

que la Europa tremole sus banderas
125

hoy que llorando ha visto

tinto en sangre cristiana

el mármol sepulcral de Jesucristo...?

   Años hace, que ardiendo las naciones

al soplo de un gigante
130

que quiso con esfuerzo delirante

al mundo cobijar con sus pendones,

en purísima sangre se teñían;

era un déspota audaz; su sueño de oro

como su genio y su ambición profundo
135

era de Europa transformar las leyes,

y fundir las coronas de sus reyes

en una sola que abarcara el mundo.

Y el coloso se hundió, y otros vinieron...

y por un paso más en sus fronteras
140

en sangre sumergieron

su corona, su trono y sus banderas;

y eran todos cristianos...

el nombre de Jesús, desde la cuna

la antorcha fue que les abrió camino
145

del mundo por mitad, y cuando un día

cruzando tierras o rugientes62 olas

al rudo canto de la guerra impía

desplegaban sus regias banderolas,

al viento que sus pliegues agitaba
150

la santa cruz sobre el pendón besaba.

   Y esos reyes que en alas de la guerra

lanzaban sus tesoros y vasallos

por arrancar a otras naciones tierra

que arrojar a los pies de sus caballos,
155

no escuchaban el grito

que tantos siglos agitando viene

los rojos arenales

de la abrasada Siria; no miraron

los altos minaretes
160

de la ciudad de Dios, siendo por mengua

trono del Almuadén; no vieron ellos

al árabe cruel dormir tranquilo

en la tumba de Abraham, ni a sus camellos

pastando en las laderas
165

del Gólgota infeliz; ¡ay! ni pensaron

que las sacras ruinas

donde de Cristo se asentó la cuna

quizás hundidas, viejas,

sirvieron de guarida a los leones
170

o de sucio redil a las ovejas.

¡No vieron a las vírgenes cristianas,

tenidas por rameras

del déspota feroz en los harenes;

ni en el desierto al pie de las palmeras
175

miraron al errante beduino

en brazos del festín, alzando acaso

la cabeza del triste peregrino

en su sangrienta saturnal por vaso!

¿Y aún hemos de sufrir? ¿Cómo las naves
180

en las alas del viento,

no llevan al cristiano

a otro lado del mar? ¿Por qué no truena

el lúgubre cañón, que con su acento

de horror y miedo los espacios llena?
185

¿Cómo el clarín sonoro,

y el herrado corcel, que alza valiente

del rey cristiano el paramento de oro,

no van cruzando la abrasada tierra

al grito rudo de venganza y guerra?
190

Las vírgenes llorosas,

piden venganza en el desierto llano;

en las movibles losas

que cobijan los restos del cristiano,

«¡guerra!»63 grabado está; «¡guerra!» murmura
195

el último gemido

del anciano, flotando en la espesura;

y al ver del buque la gallarda popa

mecerse altiva sobre el mar gigante,

la víctima expirante
200

sus brazos tiende a la cercana Europa.

   ¡A ellos, guerreros!; ya los arenales

que treinta siglos el murmullo oyeron,

de las naciones que en el polvo hundieron

sus frentes criminales,
205

esperándoos están; de la venganza

al fin sonó la hora;

ya por el mar avanza

el buque galo64, en la tajante prora

de guerra y destrucción llevando el lema;
210

ya los aceros en el aire brillan,

y ya el cañón que retumbando quema,

del plácido Jordán despierta el eco,

diciendo al son de su tronar profundo...

¡en el nombre de Dios, despierta el mundo...!
215

   ¡A ellos, cristianos! El feroz beduino

temblando guarda en la caverna impura

la copa y el puñal del asesino;

sacudan nuestros míseros hermanos

ante la luz que en occidente asoma
220

de ese pueblo cobarde el torpe yugo,

y rodará el verdugo

a los pies de la cándida paloma;

y su valor veremos

trasformarse en baldón y eterna mengua,
225

cuando en sus grutas lóbregas entremos

a turbar el festín de los blasfemos

y a azotarles el rostro con la lengua.

Al fiero galopar de sus corceles

que fecundan los sirios vendavales65,
230

se cubrirán sus yermos66 arenales

de espesísimas selvas de laureles;

y su sangre a torrentes derramada,

impura huyendo de la luz del día,

de la montaña llenará las bocas,
235

y bajará rodando por las rocas

al hondo seno de la mar bravía.

   ¡Atrás, esclavos! Del error la niebla

se arrastra ante la luz; ese ruido,

ese lento y continuo clamoreo
240

que los espacios ardorosos puebla;

ese rumor que sin cesar levanta

del lecho del error vuestros asombros,

lo hace la humanidad, alzando en hombros,

un nuevo mundo que al antiguo espanta;
245

que el árbol de la cruz; ese árbol santo

que con aras de fe mece la tierra;

esa luz soberana,

que de cadalso vil pasó en un día

a ser fanal de la razón cristiana,
250

con amorosos lazos

va a confundir las razas y los nombres,

habiendo de los hombres

una sola familia entre sus brazos.

   Y la tierra que altiva nos provoca,
255

ha de ser el gigante coliseo

do lucharán atletas las naciones;

Ricardos... Lusiñanes...

de las tumbas alzad... sobre los muros

de la oriental Damasco, los pendones
260

de la fe y de la luz al aire ondean;

Jerusalén se puebla de guerreros:

las torres de Bendek se bambolean

al golpe triunfador de los aceros;

las aguas del Jordán abren camino
265

al siervo de Jesús; sobre el Calvario

se postra sin temor el peregrino,

y colgada en los místicos laureles

sus cánticos suspira

de un nuevo Tasso la templada lira.
270

   ¡Qué hermoso porvenir! Sobre las cumbres

del gigantesco Líbano, bañada

por la lumbre del sol, la cruz divina

se eleva majestuosa

dominando el jardín de Palestina.
275

Ante su rayo ardiente

que el Éufrates refleja

en las olas de luz de su corriente,

el imperio celeste se levanta;

el canto del cristiano
280

se estrelló en las riberas

del Ganges colosal, y ante los ecos

que retumbaron en los hondos huecos

de sus anchas y graves cordilleras,

los pueblos estrechándose las manos
285

gritaron con amor... ¡todos hermanos...!

Y cruzan las arenas del desierto

libres locomotoras y vagones

el comercio y la ciencia fomentando;

y del Obi y del Lena por las olas,
290

se miran resbalando

de China y del Japón los pabellones

entre naves francesas y españolas.

Y mudos los cañones

no levantan su voz, ni los festines
295

de impuras saturnales

adulan con sus ecos,

de esa raza maldita de Caínes67

que unidos todos, y a su patria fieles,

a los pies del altar brotan Abeles.
300

   Y Siria santa encenderá la hoguera

que ha de extender al soplo del cristiano

su luz de gloria por el Asia entera.

   Pero vana ilusión; los altos reyes

con calmar a los pueblos se contentan;
305

de Damasco y Alepo en los mercados

las tajantes cuchillas,

sobre el tablado fúnebre se asientan;

¿y basta ya?... si las ofensas fueran

a los reyes, no a Dios; si ellos heridos
310

en lo que llaman honra se sintieran,

para calmar su enojo soberano

no bastara de sangre un Oceano.

¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué estalla

rugiendo el corazón?... Los pueblos quieren
315

su sangre derramar en la batalla;

librar a Siria de ultrajante yugo,

y mirar en la mano del guerrero

la espada del cristiano caballero...

pero jamás el hacha del verdugo.
320

   Silencio... basta ya... la frente loca

que la lumbre bebió de los altares,

un punto deliró... calma, poeta,

la inspiración sagrada

que salta en olas desde el alma inquieta;
325

no más en dulce tono

sigas cantando el nombre del cristiano;

¿buscas laureles? A los pies del trono

canta, y los hallarás; besa la mano

que ostenta el cetro real... o aunque te asombre
330

de mi triste sentencia lo profundo,

haz tu lira pedazos, en un mundo,

en que, por más que Dios, se tiene al hombre.


Ante la tumba de Espronceda

El día primero de noviembre

   Esa es su tumba... su cadáver frío

descansa en paz; un grito delirante

lanzó diciendo: «¡el universo es mío!»

y hoy... polvo sólo es... La noche oscura

del incierto no ser guarda sus restos
5

cobijando su humilde sepultura.

Ni una luz, ni una flor, ni una corona

en su tumba se ven; pasan y pasan

las turbas silenciosas

sobre otras urnas derramando rosas,
10

y no ve el alma inquieta

acercarse una forma dolorida

a rezar a la tumba del poeta.

   Mas yo llego hasta ti, sombra querida;

cuando la infancia me dejó, inocente
15

tus cantos escuché; del sol divino

un rayo se posó sobre tu frente

que hirió mi corazón y el alma mía;

el mundo comprendió que tú soñabas,

cuando en alas del genio te elevabas
20

por la desierta inmensidad sombría:

¡Oh! ¡cuánto te admiré!... Raudo, sin tino,

cruzando arrebatado

por tu inmenso y magnífico camino,

vi otros mundos flotar; de otros placeres
25

la copa embriagadora

a mis labios llevé y el dulce aliento

aspiré de las vírgenes mujeres

que arrojaba en tropel tu pensamiento.

Y yo... monarca allí, fiero escuchaba
30

con bárbara alegría

la voz del trueno que ante mí rugía;

¡y volaba! ¡y volaba!...

y flotando en confuso remolino

el horizonte inmenso se ensanchaba...
35

Jamás en mi camino

un obstáculo hallé, y el pensamiento,

cruzaba arrebatado,

teniendo en su carrera,

el sol por carro, por corcel el viento,
40

¡por pedestal la humanidad entera...!

   Y luego desperté; pequeño, humilde

me vi en la tierra; a mi alredor giraban

otros seres cual yo; de sus amores

busqué el florido edén, y la mentira
45

me salió a recibir; entre las flores

que brinda la amistad hundí la frente,

y espinas dolorosas la ciñeron;

de pena amargo lloro

por mis ojos saltó, y al fin... demente
50

maldije al ver a la mezquina gente

rindiendo culto a la ambición y al oro.

Y recordé tu acento dolorido...

no hay amor, ni amistad, todo es mentira;

el mundo es un sepulcro que navega
55

con velas de dolor; la gloria nada;

un sueño los placeres; la fe ciega;

pálida luz entre la noche oscura

la negra desventura...

esto solo es verdad; con un gemido
60

de la cuna arrancamos,

ya entrar por las puertas del olvido

cansados de llorar, nos lo dejamos;

miseria es todo y ambición y duelo:

¡ah! ¿por qué en mi agonía
65

tan sin encantos se me muestra el día,

tan pobre el mundo y tan oscuro el cielo?

   Otra vez escuché tu voz doliente;

el arpa funeraria

alzaba entre el delirio una plegaria
70

perfumada en el ámbar de tu frente:

llorabas tú; la tumba removida

estaba aún a tus pies: allí guardada

quedaba para siempre,

con tu amor criminal, tu fe sagrada.
75

¡Teresa...! Con amante desvarío

gritaba tu dolor, y allá lejano

el dulce nombre de tu dicha hermano,

cantaba el mar y murmuraba el río.

En golfos de dolor el laúd bañaste,
80

y un poema de lágrimas sin cuento

el mundo recogió; triste poema

que agita al pensamiento,

oprime el corazón y el alma quema.

   Escuchando tus quejas, un recuerdo
85

vino a herir mi razón; también la tumba

guardaba de mi amor restos queridos...

¡mi madre!... y yo infeliz al oír tus ecos

por la desgracia heridos,

llorando repetía...
90

«si con tan dulce acento yo cantara

el nombre de mi madre cantaría.»68

   Mas ya la noche plácida y serena

por las montañas viene; en los sepulcros

la paz vuelve a reinar; flota el silencio
95

tras de la turba de recuerdos llena

que corre en polvoroso remolino

a sus dulces hogares; ya la luna

envuelta de la noche en el misterio

empieza su camino
100

con su lumbre bañando el cementerio.

   Calló su voz la humanidad doliente;

perdió su aliento el aura enamorada,

y la campana que aturdió mi frente

también se duerme de llorar cansada:
105

su cáliz abren las risueñas flores

al beso de las sombras, y entre tanto

la mano del pasado triste y fría,

cava la fosa al aspirante día.

¡Todos se van!... Las lágrimas se secan
110

fuera de los sepulcros; la ventura

se alza tras el dolor, y ¡ay! indecisa

va borrando una plácida sonrisa

el llanto que arrancó la sepultura.

Se fueron ya... silencio, paz y calma...
115

el mundo duerme cual cansado atleta;

¡brisas de muerte... refrescad el alma

que no cabe en la frente del poeta!

   Allí la humanidad... aquí... el olvido;

allí el placer que al corazón pervierte;
120

aquí el descanso para el pecho herido;

allí la vida... a mi alrededor la muerte.

Aquí el mañana pavoroso y frío

puerta de un más allá que el hombre espera;

aquí la inmensidad; aquí el vacío;
125

la ciudad de las tumbas, que severa

confunde el polvo del que en carros de oro

la púrpura arrastró, con el impuro

de la ramera vil, que en honda guerra

con la santa virtud, bajó a la tumba
130

a ocultar su rubor bajo la tierra.

   Allá lejos los ecos de la orgía;

gritos de maldición, besos traidores,

acentos de alegría;

sarcasmos, esperanzas y dolores;
135

aquí... ¡sólo el ruido

sordo, lento y tenaz, con que inhumanos

en turba miserable y asquerosa

se arrastran los gusanos

buscando en su ansia inquieta
140

el seno de la hermosa

o la apagada frente del poeta!

   ¡Cantor del mundo...! adiós; duerme tranquilo;

indiferente, por tu losa humilde

pasó la humanidad; tú la cantaste,
145

¡y ella te olvida! Compasión tan sólo

inspira el alma su desdén profundo;

te olvida a ti que desde polo a polo

dominastes el mundo

diciendo con fiereza:
150

«Cuanto abarca mi frente poderosa

es mezquino escabel de mi grandeza.»

¡Pobre generación! Indiferente

ha de cruzar mañana

otra generación sobre tu frente.
155

   ¡Quién sabe! Acaso el mundo

escucha aquella voz altiva y clara,

con que arrogante un día

te arrojaste sus vicios a la cara,

y teme ante tu losa
160

ver alzarse tu sombra gigantea,

mostrando por enojos

a sus necios y míseros agravios,

el desprecio valiente de tus ojos,

y la amarga sonrisa de tus labios.
165

   ¡Adiós, poeta! Si mi triste canto

tu paz vino a turbar, mi voz perdona;

es que quise dejarte una corona

bañada con las olas de mi llanto:

por tu amor la tejí, y ahora sin calma
170

la pongo en tu sepulcro... ya me alejo;

¡adiós! ¡adiós! en mi corona dejo

todas las flores que encontré en el alma.

¡Las lágrimas se agolpan a mis ojos

al contemplar tu triste sepultura...!
175

¡Solo... nadie ante mí!... ¿pero, qué importa

ese desdén profundo

con que mezquino te desprecia el hombre,

si tengo yo para guardar tu nombre,

un altar tan gigante como el mundo?
180


La catedral de Jaén

      Sobre un monte a cuyo pie

   duerme una ciudad sombría,

   juntos se vieron un día

   la Duda, el Arte y la Fe.

      La Duda lívida, impura,
5

   tal cual los ámbitos puebla,

   llevaba un manto de niebla

   por única vestidura.

      El Arte, un rayo de luz

   sobre su cetro esplendente69;
10

   la Fe, su antorcha en la frente

   y entre las manos la Cruz.

      «¿Quién sois?» la Duda gritó

   ronca mostrando sus celos;

   «Somos luces de los cielos»,
15

   el Arte le contestó:

      «¿Y tú?» «La estrella que lanza

   rayos de dolor profundo.»

   «¿Quién es tu enemigo?» «El mundo.»

   «¿Qué te falta?» «La esperanza.»
20

      «¿Y a dónde vosotros dos

   vais en tan dulce corrida?»

   «Hacia esa vega florida

   a elevar un templo a Dios.

      Desde ese plácido edén
25

   que forman bosques oscuros,

   por enmedio de esos muros

   en que se asienta Jaén,

      ha tiempo que alzan sus manos

   codiciando nuestras flores,
30

   caballeros y pastores;

   sacerdotes y aldeanos:

      sobre esa fronda bravía

   que es la galanura ejemplo,

   quieren elevar un templo,
35

   para la Virgen María:

      En él cantarán las penas

   de esa Madre de las flores;

   en él con manos de amores

   pondrán lirios y azucenas:
40

      en él cuando la oración

   resuene en himno sonoro,

   PADRE, gritarán a coro,

   mándanos tu bendición.

      Y en él sus almas sencillas
45

   verán cantando su nombre,

   que nunca es más grande el hombre,

   que cuando está de rodillas.»

      «¿Qué harán en el Templo?» «Amar.»

   «¿Y después de amar?» «Creer.»
50

   «¿Cuál será su premio?» «Ver.»

   «¿Y su tributo?» «Rezar.»

      «¡Basta...!» gritó con dolor

   la Duda triste y doliente;

   «todo sueña, todo miente;
55

   no hay ventura, no hay amor.»

      Yo entre la niebla escondida

   del gran pensamiento humano,

   busco siempre, y busco en vano

   las esencias de la vida.
60

      ¡Siempre de un sueño detrás

   agitándome do quier,

   ha siglos que busco el SER

   y no lo encuentro jamás...!

      En ese inmenso oceano
65

   que del espíritu brota,

   dicen que su luz remota

   profundiza todo arcano;

      y de mi delirio en pos,

   aunque en vértigo me agito,
70

   no hallo ese mundo infinito

   que tiene por nombre... ¡Dios...!

      Colón que acaso delira,

   se alza el criterio infecundo;

   quiere llegar a ese mundo,
75

   y ese mundo se retira.

      Por eso mi voz le asombra;

   porque es mi tiniebla tanta,

   ¡que hasta la noche se espanta

   cuando penetro en su sombra!
80

      «A Dios buscas... ¡ay de ti!...»

   dijo llorando la Fe;

   «Dios se siente, y no se ve;

   ven, lo sentirás en mí.

      No ve a Dios, quien loco intenta
85

   sorprenderlo en sus arcanos;

   quien en delirios tiranos

   la fe y la razón afrenta:

      no el que con ansia mezquina

   blasfema en horrendo grito,
90

   y quiere de lo infinito

   romper la santa cortina...

      Ve a Dios, el hombre que en calma

   lleva un amor misterioso;

   el que mira con reposo
95

   la Jerusalén del alma.

      El que se levanta fuerte

   sobre la materia impura;

   el que con planta segura

   pisa el trono de la muerte;
100

      el que siente la verdad;

   el que a la virtud da flores;

   el que lleva en sus dolores

   la luz de la eternidad.

      Cuando ruge el oceano
105

   y el trueno su sien corona,

   rasgando la blanca lona

   del pobre batel lejano,

      si hay un pecho noble y fuerte

   que pone en Dios confianza,
110

   Dios está en esa esperanza

   que se resiste a la muerte.

      Está en el dolor que implora

   junto al cadáver querido;

   está en el santo gemido
115

   del que reza cuando llora.

      Vive en la dulce inquietud

   del que aspira a otra existencia;

   tiene templo en la conciencia,

   tiene altar en la virtud;
120

      por eso no alces en pos

   de la soberbia tus alas;

   que en la sombra, no hay escalas

   para llegar hasta Dios.»

      Calló la Fe; arrebatada
125

   alzó el Arte su cabeza;

   «Contempla bien mi grandeza»

   dijo a la Duda espantada.

      «Buscando al Supremo Ser,

   la humanidad me llamó;
130

   el Santo Amor me engendró,

   coronándome el saber.

      La belleza fue mi ley;

   el mundo acató mi imperio;

   en uno y otro hemisferio
135

   grabé mi cetro de rey.

      Forjé70 estatuas colosales;

   sacudí montes y breñas;

   a Dios cantaron las peñas

   con acentos inmortales.
140

      De amor el lazo fecundo

   hizo al orbe mi proscenio,

   y al santo soplo del genio

   llené de belleza el mundo:

      aquí el altar; en la roca
145

   la tumba de luz ceñida;

   bajo la montaña erguida

   cuya cumbre al cielo toca,

      el claustro triste y severo

   por donde Brahama mezquino,
150

   abre al amor un camino

   colosal y duradero.

      Lejos el dolmen sagrado;

   allá el pórtico valiente;

   la pirámide potente
155

   que mira el tiempo asombrado,

      sobre la margen que agita

   del Nilo el embate rudo;

   más lejos, cual templo mudo,

   la roca del Troglodita.
160

      Donde quiera una creación

   canta mi ley soberana;

   la eterna corriente humana

   lleva en hombros mi blasón,

      porque Dios al darme asiento
165

   en la vida y en la historia,

   me dio un rayo de su gloria

   y un suspiro de su aliento.»

      Calló el Arte; triste y muda,

   vacilante y conmovida,
170

   confesándose vencida

   se hundió llorando la Duda;

      y cuando solos quedaron

   la Fe y el Arte divino,

   para cumplir su destino
175

   sobre el monte se abrazaron.

      Entonces del genio al grito

   como fantasma evocado,

   sobre el terreno trazado

   se alza el pilar de granito.
180

      La cumbre dobla su alteza;

   sacude el hacha el obrero;

   el genio fuerte y severo

   llama a la naturaleza.

      En gran concierto sonoro
185

   los artistas inmortales,

   celebran los esponsales

   de la roca con el oro.

      Crece el muro colosal;

   la nave se alza y alienta;
190

   fuerte la columna asienta

   su mole en el pedestal,

      y al beso de los cinceles

   que ornan el santo recinto,

   brotan flores de Corinto
195

   de los altos capiteles.

      Sobre base soberana

   el arco vibra y cimbrea:

   piedra a piedra va la idea

   recibiendo forma humana,
200

      y el artista alzando vuelo,

   fija la fe en su estandarte,

   con flores que coge el arte,

   teje coronas al cielo.

      Detalles grandes y leves
205

   forman concierto sonoro;

   ya brotan formando coro

   flores, frisos y relieves;

      ya en las columnas más puras

   los nobles arcos se aferran;
210

   ya las bóvedas se cierran

   sobre las naves seguras;

      con metro divino cantan

   cien estatuas a porfía;

   titanes de la armonía
215

   los órganos se levantan,

      y el genio del arte en pos

   da a la cúpula su brillo,

   dejándola como anillo

   de aquella esposa de Dios.
220

      Los años pasando van,

   y el templo su mole ostenta;

   lo que por Dios se sustenta

   los años no lo hundirán.

      Corren y corren edades
225

   junto a la Iglesia grandiosa;

   por su cúpula ostentosa

   resbalan las tempestades,

      y eterna y firme levanta

   su continente sereno;
230

   ni la hace temblar el trueno,

   ni la muerte la quebranta.

      Y es porque la alta piedad

   los frutos del bien aprueba;

   y lo que por Dios se eleva,
235

   tiene luz de eternidad.


SONETO

   Coloso entre los genios soberanos,

te alza la gloria en pedestal seguro;

Beatriz suspira, sobre el mármol duro

que guarda el genio entre sus santas manos.

   Tu voz se escucha; jóvenes y ancianos
5

llegan contigo hasta el lasciate oscuro;

de tu noble creación el rayo puro,

refleja sin cesar en los humanos.

   Moriste sin morir... urna mortuoria

abrió en el mármol a tu cuerpo inerte
10

el cincel inspirado en tu memoria;

   mas tu nombre inmortal se eleva fuerte;

que para abrir sepulcros a la gloria,

no encuentra mármol ni cincel la muerte.


Amor, teoría y práctica

I

      Bello es amar, cuando la vida entera

   se contempla en la luz de una mirada:

   cuando el aura ligera

   extiende en blancos giros,

   los plácidos de amor dulces suspiros.
5

   Bello es amar; el corazón ardiente

   sólo vive de amor; para amar fueron

   las flores y la luz; el mar hirviente

   que ruge enardecido,

   se calma con los besos de la luna
10

   que vaga en el espacio,

   cual buque entre carámbanos perdido,

   amor es cuanto nace; cuanto crece:

   el torrente y el mar, la flor y el río;

   el tímido murmullo
15

   que nace en la colina,

    y levanta sus notas al vacío

   como un remedo de la voz divina:

   amor es el lucero, y es la aurora,

   es en fin la creación; Dios, en su nombre,
20

   llenó de mundos la región vacía,

   y dio por templo su creación al hombre;

   y le dio un paraíso;

   y en él le hizo feliz hasta aquel día

   en que la suerte quiso,
25

   que Eva encontrase al enemigo insano

   tendido al pie del funeral manzano.

II

      Cuántas veces mis quejas

   llegaron a tus débiles orejas;

   (murmura el amador entristecido);
30

   cuántas veces dejando,

   tan sólo por tu amor, el lecho blando,

   llegué hasta tus cristales

   y entre las notas de tu amor sincero,

   escuchaba el rumor de las canales
35

   ¡cayendo en mi sombrero!

   ¡Cuántas veces, bien mío,

   miré tu calle trasformada en río,

   y tú miraste con dolor de un rato

   al bien que amabas convertido en pato!
40

      ¡Horas dichosas! Delicioso arrullo

   de la dorada juventud; encantos

   que nunca olvidaré... ¿Dime, te acuerdas

   de aquellas dulces horas;

   tan fugaces, tan puras, tan sonoras?
45

   Yo feliz te decía...

   «Tú eres mi amor: en ti bebe la luna

   el plácido reflejo que te envía;

   al beso de tu aliento,

   sus alas posa enamorado el viento»;
50

   y en tanto que esto yo te murmuraba,

   el viento que lo oía,

   con furia me empujaba

   por la desierta callejuela umbría.

III

      Casados ya... ¡Casados...!
55

   ¡Cómo el tiempo se pasa...! Treinta veces

   el purísimo sol de primavera

   ha inundado la tierra en lagos de oro;

   las flores han brotado

   brindando al corazón grato tesoro,
60

   y nosotros felices

   con otro amor, sin celos ni pasiones,

   del pasado arrancamos las raíces,

   como arranca el pesar las ilusiones.

      Ya no hay aquel amor tímido y tonto
65

   que en éxtasis continuo nos tenía;

   en dulce bienandanza,

   como el sobrino sigue tras la tía

   ha seguido al amor, la confianza.

   Te amo con frenesí; mas no lo digo
70

   como en aquellas horas

   en que canté a tu amor por el postigo:

   tras de aquellas jornadas

    ¡han venido unas horas tan pesadas...!

   En vez de aquel afán tan de mal tono
75

   con que yo entusiasmado

   te hablaba de mi amor como de un trono,

   hablamos de los frutos accesibles

   y de otros comestibles,

   amor estomacal y flatulento
80

   que sepulta en el vientre el sentimiento.

      Algunas veces... pero no te enfades;

   si vengo tarde a recordarte amores,

   de tremendo furor en un residuo,

   detienes con tu brazo
85

   la empezada inflexión de mi individuo;

   y tu voz celestial, aquel acento

   dulce como el arrullo

    que en las hojas del árbol deja el viento

   me aplica tantos términos nocivos,
90

   que en medio de tal mengua,

   maldigo al diccionario de la lengua

   tan rico en adjetivos.

      ¿Quién ayer lo creyera? En noche oscura

   se trocó la mañana esplendorosa;
95

   ¡amor! ¡amor...! en vano ya lo imploro...

   ¡su imagen misteriosa

   no responde a mi lloro...!

   La noche del estúpido egoísmo

   me cerca por doquier... «¡esposa mía!»71
100

   murmura el labio con esfuerzo rudo,

   y a tan triste agonía

   responde un estornudo;

   ¡el rapé es mi rival...! ¡quién lo diría...!

IV

      ¡Todo en el mundo pasa...!
105

   Pasó Tiro y Bagdad, pasó Cartago;

   Alejandro pasó con sus legiones,

   y... pasó nuestro amor; el tiempo impío

   aunque de esto te duelas,

   se llevó en sus alones
110

   mis dientes y tus muelas,

   con los restos de antiguas ilusiones.

   Hoy sin ningún escudo,

   miras sobre mi frente

   piramidal el gorro puntiagudo...
115

   Yo te miro también, estrella mía,

   sin luz y sin amor... sin dentadura...

   alzo la vista a tu cabeza fría,

   y ¡oh triste desconsuelo...!

   ¡mísera juventud! ¡mundano brillo...!
120

   ya no tienes más pelo

   que el que guarda un papel en mi bolsillo...

V

      De la vejez el fúnebre cortejo

   se me acerca terrible; ya soy viejo:

   también fiera, inclemente,
125

   las arrugas marcó sobre tu frente.

   ¡La campana sonora

   que anunció nuestro plácido concierto,

   espera ya la hora

   para tocar a muerto...!
130

      Todo pasó; pasó nuestra ventura

   nuestro cándido amor; fiero el destino,

   en vez de la de ayer, casta hermosura,

   nos deja en pergamino;

   trasposición se llama esta figura.
135

   Miro a mi corazón, y... nada... nada...

   monótono ruido

   me anuncia su existencia; alegre el mundo

   eleva hasta mi frente su latido;

   otras generaciones
140

   a la tumba nos llevan a empujones.

   ¡Ilusiones, amor! Apenas veo

   sus sombras misteriosas

   a lo lejos flotar, dejando rosas

   sobre el cáliz hirviente del deseo.
145

   Y también pasarán esos amores;

   y esa generación que ahora gozando

   viene alegre cantando

   coronada de flores,

   mañana vieja, triste, abandonada,
150

   recordará con hondo desconsuelo

   las dulces horas de la edad pasada.

      El amor en el mundo es la teoría

   del purísimo amor que guarda el cielo;

   desengáñese usted, Doña María;
155

   la mísera criatura

   con la ley del eterno en cruda guerra

   quiere hallar ese amor en esta hondura;

   cuando es una verdad desoladora

   que en este mundo, aunque mi voz le asombre,
160

   vive más un corsé que una señora,

   y un tacón de una bota, más que un hombre.


El canto del profeta

ODA

A mi apreciable amigo Don Francisco López Vizcaíno.

I

      ¡Jerusalén...! Jerusalén la hermosa...

   el címbalo sonoro

   te asegura tormenta pavorosa;

   no desoigas su lloro,

   ni el dulce canto de sus cuerdas de oro.
5

      El bárbaro sombrío

   que allá en las selvas donde nace el día

   indómito corcel monta bravío,

   con salvaje alegría

   en alas de huracán odio te envía.
10

      Sobre ti sus legiones

   soberbio empujará con brazo fiero;

   romperá tus blasones,

   y tu cuerpo altanero

   tronco será bajo su hirviente acero,
15

      porque te hiciste impura

   como ramera de encendida frente

   que el vaso infame apura;

   cual torpe maldiciente

   que ante el altar de Dios, a Dios no siente.
20

      La sierpe del pecado

   con ansia loca se enroscó en tu seno

   en deleite espantoso aletargado,

   y al retumbar el trueno,

   dejó tu corazón todo veneno.
25

      ¿Dónde fueron tus flores,

   santo huerto de amor? ¿Dónde tu calma,

   sagrado mar de olores?

   ¿Dónde la dulce palma

   que el candor de la fe puso en tu alma?
30

      Tu vestidura hermosa

   bordada de carmín de blanco y oro,

   cubre tu frente de placer ansiosa,

   y en tu seno que adoro

   ya no deja el amor su dulce lloro.
35

      ¡Jerusalén... Jerusalén, despierta...!

   Con sarcasmos impuros

   enemigo feroz llama a tu puerta;

   fantásticos y oscuros

   sus pendones se ven desde tus muros.
40

      Soberbio y arrogante

   empujó sus indómitos corceles

   con ímpetu pujante,

   y jura en cantos crueles,

   arrastrar en el polvo tus laureles.
45

      Y caerán tus palacios

   en honda confusión, quejas y acentos

   dejando en los espacios;

   ¡y en los dormidos vientos

   no cabrá la canción de tus lamentos...!
50

      Los cedros perfumados

   que en rápidas galeras

   llegaron de los puertos agitados,

   bajo las hordas fieras

   alimento serán de las hogueras.
55

      Siervos serán tus reyes,

   ligero polvo tu soberbio manto;

   ceniza vil tus leyes;

   tus esperanzas llanto;

   tu ventura dolor, tu dicha espanto.
60

      Y cantarán cual lúbricas rameras

   las hijas de Sión, dando rendidas

   besos impuros a las turbas fieras;

   las frentes encendidas

   contando el precio porque son vendidas.
65

      En raudo torbellino

   las llamas se alzarán al firmamento

   por los muros abriéndose camino,

   y de Dios al asiento,

   sus quejas lanzarán el mar y el viento.
70

II

      Celeste desposada;

   estrella de Judá; blanca azucena

   por Dios acariciada;

   mueve la faz serena;

   Jesús desciende y con su amor te llena.
75

      Las arpas que a Dios cantan

   con dulce canto por el templo giran;

   los profetas del polvo se levantan;

   los ángeles te miran;

   las vírgenes de amor, de amor suspiran.
80

      Porque nace en tu seno

   el de eterna bondad místico río,

   calla su voz al trueno;

   las nieblas del vacío

   le coronan con gotas de rocío.
85

      Le cantan los pastores

   cruzando las cañadas;

   espárcense las flores;

   las aguas despeñadas

   lo bendicen saltando en las cascadas.
90

      Tomillos y romeros

   en los montes levantan sus aromas;

    se aclaran los veneros;

   inclínanse las lomas,

   y repiten arrullos las palomas.
95

      Porque en tu seno alienta

   la luz de la alegría;

   el arco vencedor de la tormenta;

   el Hijo de María,

   la dulce aurora del hermoso día.
100

III

      ¡Salem! ¡Salem! Te escondes

   cual adúltera vil que rompió el freno;

   te llamo y no respondes;

   el crimen en tu seno

   ronco te grita con su voz de trueno.
105

      Revuélvense los mares;

   arde con rayo impuro

   el fuego criminal en los altares,

   y ante Dios inseguro

   cantando guerra se despeña el muro.
110

      ¿Por qué la turba grita?

   ¿Por qué con rumbo incierto

   escrespado el Cedrón se precipita?

   ¿Por qué está en desconcierto

   la espantada creación tocando a muerto?
115

      Secáronse las flores;

   tigre iracundo ensangrentó el ganado;

   huyeron los pastores,

   y en el espacio airado

   viento de muerte murmuró mi lado.
120

      Y se mira un madero

   del relámpago lívido a la lumbre;

   y ruge ronco el huracán severo;

   y en pedregosa cumbre

   se revuelve feroz la muchedumbre.
125

      Y gritos y canciones

   resuenan en salvaje algarabía;

   rugidos, maldiciones,

   y es una raza impía,

   que cava a un Dios la sepultura fría.
130

      ¡Sodoma criminal! ¡Nínive impura

   de la tumba inhumana,

   la frente levantad con amargura;

   Jerusalén insana

   en brazos de Satán es vuestra hermana...!
135

IV

      Llora, pobre Salem72; doliente llora

   por el pueblo asesino

   en noche sin aurora

   correrá su camino,

   y ebrio de crimen rodará sin tino.
140

      Cual nube gigantea

   indómito enemigo hacia la altura

   volará en la pelea,

   y en olas de bravura

   inundará bramando la llanura.
145

      Y arrastrará la púrpura rendida;

   y el dulce plectro de oro;

   y la mujer vendida,

   con incitante lloro

   desnudo el pecho le dirá... «¡te adoro...!»
150

      Sin altares ni reyes

   el hijo de Judá rasgado el manto

   destrozará sus leyes,

   y en eterno quebranto

   para su gran dolor no tendrá llanto.
155

      «¡Anda!»73 con ancha boca

   le dirá el hondo mar; «¡anda!»74 la oscura

   peña que al cielo toca;

   «detente...»75 la amargura;

   ¡«duérmete en el dolor...»76 la desventura...!
160

      Rugirán tempestades

   sobre el que fue dichoso;

   le cerrarán las puertas las ciudades,

   y maldito y odioso

   ni aun en la tumba encontrará reposo.
165

      Llora, Jerusalén; tu pueblo amante

   con boca dolorida

    el cáliz colosal apura errante,

   y en su triste corrida

   ¡tan sólo en el dolor encuentra vida...!
170


      Gloria a Cervantes, loor

   al genio que en alto vuelo,

   mojó en raudales del cielo

   la pluma del escritor;

   gloria al genio seductor,
5

   que asombra, encanta o divierte;

   lauros al atleta fuerte

   que con sus hercúleos brazos,

   arrojó un mundo en pedazos

   a las plantas de la muerte.
10

      Él con su genio profundo

   y la fe por estandarte,

   cual nuevo Colón del arte

   buscó para el arte un mundo;

   con entusiasmo fecundo
15

   trabajó artista y guerrero;

   y al fin consiguió altanero

    con gloria que aturde al hombre,

   fijar su potente nombre

   junto a Dante, y junto a Homero.
20

      Él vio otra aurora lucir

   por enmedio del nublado

   e hirió de muerte el pasado

   presintiendo el porvenir;

   dejó en la tierra al morir,
25

   su nombre que el mundo aclama;

   de su inspiración la llama

   que brilla radiante y pura,

   y una copa de amargura

   tan grande como su fama.
30

      Titán de la inspiración

   con la distancia creciendo,

   va un aplauso recibiendo

   de cada generación;

   y es tan grande la ovación
35

   que da el mundo a su memoria,

   que si cantando victoria

   se alzase en la tumba fría,

   en la tumba se hundiría

   bajo el peso de su gloria.
40

      Al escuchar los rumores

   que produce su talento,

   toma vuelo el pensamiento

   para otros mundos mejores;

   porque son tan seductores
45

   y es tan pura su belleza,

   que cuando a escribir empieza

   sobre el mundo su proscenio,

   todas las cumbres del genio

   se humillan a su grandeza.
50


Apio Herdonio

ODA

    En vano, en vano pasan

los siglos murmurando

sobre el sepulcro humilde de los buenos;

las horas van llegando

a las doradas puertas de la vida;
5

se acercan, aparecen,

suspensas en el tiempo un punto quedan,

y al fin pasan, y ruedan,

y en el eterno mar desaparecen.

   Polvo son las coronas,
10

polvo la roja espada

que en sangre inunda las revueltas zonas;

ceniza las legiones

del déspota feroz, que al cielo insulta

al clavar en sepulcros sus pendones;
15

polvo los dioses son; humo tan sólo

la estatua griega que arrancó a la gloria

su rayo celestial; soplo la vida,

viento la tradición, niebla la historia.

   Aire es la nube que el espacio llena;
20

nada la inmensidad; los astros de77 oro,

imperceptibles átomos de arena

que arrastra Dios en cadencioso coro;

pobre reflejo de la luz celeste

es el hirviente sol; remedio impuro
25

de la cólera santa,

el ronco mar que arrebatado gira,

y que siglos y siglos fluctuando,

en su cárcel de roca está cantando

de su pobre grandeza la mentira.
30

Cuanto la mente admira,

ceniza es nada más que el polvo hiere;

pues la creación radiante y soberana

bajo la muerte dormirá mañana,

y no puede ser grande lo que muere.
35

   Pero el rayo divino

que desciende de Dios; el rayo puro,

que abrasa de los genios el camino;

aquel que en otros días

ardió en la lira del cantor hebreo,
40

y abrasó con sus llamas

las arpas de David y Jeremías;

esa luz portentosa

en cuya ara sagrada,

dejan con fe gloriosa
45

la imprenta Gutenberg, César la espada,

Cicerón y Bossuet de la elocuencia

la túnica sagrada,

Franklin el rayo arrebatado al trueno,

Virginio su puñal «¡honra!»78 gritando
50

al desgarrar el palpitante seno

de la esclava infeliz, su genio Apeles,

Calderón y Petrarca sus cantares,

Murillo sus pinceles,

Colón el mundo que arrancó a los mares;
55

esa luz que del bueno en la memoria

se llama eternidad, se llama gloria,

por siempre vivirá, que aunque mañana

se desgarre la tierra

bajo el soplo de Dios, y en negro caos
60

se vuelque el mar, y despeñado el río

de la indomable destrucción arrastre

en trozos la creación por el vacío,

aún su rayo fecundo

se extenderá por la mansión callada,
65

recordando a la noche de la nada

que en su seno apagado rodó el mundo.

   Mas no el renombre del feroz guerrero

que de negra ambición siguiendo el río

en sangre tiñe el criminal acero,
70

es el que el alma arrebatada anhela...

¡César!... ¡Napoleón!... Ante sus nombres

la humanidad suspira, el mar sombrío,

removiendo en sepulcros su oleaje,

horror cantando hacia los astros sube;
75

la muerte afila su puñal impío,

y la agitada nube

desciende con terror sobre la frente

del soberbio Montblanc79, temiendo acaso

que en el peñón altísimo y sereno
80

se eleven soberanas,

las águilas francesas o romanas

cerrando el paso al huracán y al trueno.

   Mas esos nombres que la mente admira,

falsas grandezas son; la espada rota
85

dejaron sobre el mundo, y en sus tumbas

la maldición del universo flota;

en vano el arte gime

dulcísimos cantares,

levantando en la estatua o en el lienzo
90

a sus nombres magníficos altares;

en vano al mundo con su genio asombran

y en vano el mar de su grandeza agitan,

que si los ciegos sus victorias cantan,

las madres de sus tumbas se levantan
95

y volviéndose a Dios, «¡venganza!...»80 gritan.

   Pero esa gloria pura

hija del bien, que nunca alzó su vuelo

sobre tronos, ni tumbas, ni ruinas;

esa esencia del cielo
100

que, sin que al mundo asombre,

por cima de los siglos

levanta altivo y vencedor al hombre,

del bueno en la memoria,

esa es la eternidad, esa es la gloria.
105

   A la luz de ese rayo venturoso

el libre te contempla, a ti, del mundo

soberano blasón, Herdonio altivo;

jamás el arte su cincel sagrado

ocupó en tu memoria, ni el poeta
110

levantó hasta tu solio refulgente

el rico fruto de su altiva frente.

Mas yo, que el arpa santa

con delirio pulsé; yo que sereno

canté a la mar que ruge y se agiganta,
115

al huracán, al trueno,

a cuanto libre y bueno

sobre la tierra impura se levanta,

a ti alzaré mis pálidos cantares,

que desprecian del déspota inhumano
120

los cínicos altares,

pues tu virtud que tu recuerdo abona

el noble esfuerzo del cantor corona.

   Bajo una noche de baldón impuro

la humanidad dormía
125

de Roma en la soberbia sepultura;

esclavo el pensamiento,

apenas se agitaba; del tirano

el bélico pendón cruzaba el viento;

del Lacio las legiones
130

asolaban al mundo; Grecia muda

sus estatuas le daba y sus canciones;

Babilonia su cetro; Tiro esclava

su manto hecho jirones;

de Cartago las rápidas galeras
135

agitaban las hondas del Tirreno

perdón pidiendo al pueblo soberano;

desde el Ganges rugiente

hasta el monte que mira en sus laderas

levantadas las bélicas banderas
140

del cántabro valiente,

el pueblo rey en dominante yugo

el guerrero pendón soberbio alzaba,

y el mundo se arrastraba

a las plantas de Roma su verdugo.
145

   De repente altanero

Herdonio ardiendo en fuego sacrosanto,

desnuda el libre acero;

y repitiendo el canto

que de Esparta y Atenas
150

arrancara las bárbaras cadenas,

«¡libertad, libertad...!»81 trémulo grita;

del Capitolio los soberbios muros

arrebatado escala; Roma entera

cual torrente a luchar se precipita;
155

la indómita bandera

domina el muro con pujante vuelo,

y en los aires tremola

pidiendo gloria y protección al cielo;

escala tras escala,
160

el tirano arrastrando sus legiones,

a dormir del Capitolio prueba

los altos torreones;

Herdonio rueda sobre el alto muro,

y la sagrada libertad se eleva
165

envuelta en manto oscuro,

para llevar a Dios de asombro lleno

el sangriento puñal que el vil esclavo,

parricida feroz hundió en su seno.

   ¿Qué hace la plebe impía,
170

que al bueno no socorre? ¡Esclavos viles!

Ese valiente que en vosotros fía,

es vuestro vengador; oyó el gemido

que se escapaba sin cesar al cielo

de vuestro pecho herido;
175

vio el pensamiento humano

a los pies del tirano;

rompió del porvenir la nube oscura,

y vio alzarse la sombra del imperio

prensando a la razón; vio a las naciones
180

arrastrando su rota vestidura

a los pies de Tiberios y Nerones;

escuchó el eco horrible

con que en la lucha fuerte

el paria vil en su deshonra bravo,
185

al César saludaba ante la muerte

para morir esclavo;

oyó el terrible grito de agonía

que en el Circo feroz la madre alzaba,

cuando el hijo rodaba
190

del pueblo entre la ronca gritería;

en asqueroso lecho

vio a la humilde doncella

profanada la frente, impuro el pecho,

al déspota esperando,
195

y a Dios y al universo avergonzando.

   Vio al hombre envilecido

profanar su misión santa y sublime

al carro de los Césares uncido;

vio a la espantada tierra
200

convertida82 en despojo de la guerra;

a la fuerza en razón; la ley en nada;

la batalla en altar; en Dios la espada.

   Sobre el peñón maldito

que ve Jerusalén triste y doliente
205

cual sombra de un delito,

adivinó la Cruz; vio al pueblo rudo

girar al pie del celestial cordero

cual tigre carnicero;

oyó el terrible grito
210

de la creación que ante el cadáver mudo

en himno ronco de furor rodaba,

y a la lucha corrió con noble anhelo

juzgando necesario,

alzarse en Roma precursor fecundo,
215

para anunciar al mundo

la libertad cercana del Calvario.

   ¿Mas qué hacéis entretanto los que viles

bajo el peso de negra tiranía,

en polvo os arrastráis como reptiles?
220

¡Volad... volad...! esclavos,

como vuela el simoun; a sus pendones

del entusiasmo santo unid la tea...

¡que no muere una idea

cuando tiene por muros corazones...!
225

Corred a la batalla

arrasándolo todo en el camino

como volcán que estalla;

no deis paz al acero,

hasta aplastar a los que al bueno oprimen,
230

y evitaréis con vuestro esfuerzo santo

¡lágrimas al Señor, al mundo un crimen,

y a la creación espanto...!

   Pero todo es en vano; Herdonio rueda,

y al despotismo infame
235

tras negra lucha sanguinaria y breve,

su vil pendón sobre los muros clava;

nadie a morir se atreve...

¡Señor... será la plebe

digna de ser esclava...!
240

   Herdonio... duerme en paz; indiferente

a tu recuerdo santo, el mundo gira

del tiempo en el torrente;

jamás de tu sepulcro en el camino

dejó la religión sus oraciones,
245

ni el arte sus canciones

ni el fruto hermoso del cincel divino.

Sobre cada grandeza

que con tierra en la tierra se agiganta

y que en la tumba a descender empieza,
250

de admiración un grito se levanta;

y en impuro concierto

el arte y la oración que compra el oro,

viles adulan en indigno coro

hasta la tumba donde yace el muerto.
255

   Mas a ti nadie llega; tu memoria

no tiene sobre el mundo otro terreno

que el corazón del bueno;

acaso el polvo santo

donde latió tu espíritu sublime
260

lo esparcieron las bárbaras legiones

para mengua del mundo; acaso impío

algún tirano al destrozar tu tumba

dejó insepulto tu cadáver frío,

y acaso el huracán... aquél gran día
265

en que Dios en el Gólgota moría,

tus cenizas llevó con raudo vuelo

del redentor a la apenada frente,

para que al fin de su destierro humano

te diese allá en el cielo,
270

la tumba refulgente

que aquí en la tierra te negó el tirano.

   Descansa en paz; ni llanto ni oraciones

arranca tu memoria;

te olvidan las naciones;
275

te olvida el arte; te olvidó la historia;

en su incesante giro

la humanidad no deja ante tu losa

ni un canto ni un suspiro;

mas venganza tendrás; porque mañana
280

cuando exhale la lira del poeta

himnos de libertad; cuando el fecundo

sol de esperanza que matiza el mundo

se lance de la nube a borbotones,

entonces tus hermanos
285

al recordar tu poderoso aliento,

alzarán a tu gloria un monumento

con las tumbas de todos los tiranos.


A mi esposa la señora Doña María del Patrocinio Padilla

SONETO

   Es altar la familia; piedra santa,

el dulce amor que en la mujer reposa;

sobre esta piedra colosal y hermosa

sus cúpulas de luz la fe levanta.

   En el árbol familia, libre encanta
5

ruiseñor la mujer siempre amorosa;

y dulce o varonil, madre y esposa,

su amor bendice, o sus dolores canta.

   Niño era yo, y entre angustioso grito

la muerte hundió mi hogar; su labio fiero,
10

lo dejó sin calor, triste y marchito;

   hoy eres tú mi corazón entero...

¡columna de mi amor! que Dios bendito,

te dé más vida que a mi hogar primero.


SONETO

   Solar de pundonor; de valor río;

columna y valladar de las naciones;

el mundo al tremolar de tus pendones

se espanta de tu noble poderío.

   Con Cartago y con Roma, el hado impío
5

te hizo luchar, por armas tus83 peñones;

del árabe las bárbaras legiones,

flotaron cual aristas a tu brío.

   Venciste sin cesar; y ¡ay! apenada

riegas con llanto de dolor profundo
10

tu corona gloriosa y venerada;

   ¡Patria! levanta tu esplendor84 fecundo;

no te destroces con tu propia espada;

véncete a ti, como venciste al mundo...


La Fe y la Razón

I

      Cuando la cruz coronó

   a la cúpula valiente

   que Miguel Ángel potente

   sobre el templo levantó,

      Dios que escuchaba el cincel
5

   más cercano cada día;

   Dios que las piedras veía

   subir, subir hasta Él,

      al ver la mole arrogante

   suspensa en mitad del cielo;
10

   contemplando el raudo vuelo

   de aquella creación gigante;

      al ver como hasta su pie

   soberbio el templo se alzó,

   «¡Quién llega hasta mí...!» gritó,
15

   y el templo dijo: «¡La Fe...!»

      Entonces Dios, siempre bueno,

   bendijo belleza tanta;

   por no herir la mole santa

   pasó arrebatado el trueno;
20

      la hirviente borrasca impía

   al estrellarse en sus muros

   llenó los cielos oscuros

   de religiosa armonía,

      y el sol dejando el tesoro
25

   de su magnífica frente

   sobre aquel templo esplendente85

   tan brillante, tan sonoro,

      dio viveza a sus calados;

   movimiento a sus pilares;
30

   besó en los blancos altares

   los mármoles delicados;

      y dando con efusión

   su luz clara y purpurina,

   fue la lámpara divina
35

   de la gran decoración.

      Desde entonces, por liviano

   murió el arte viejo y rudo;

   sobre el peñón quedó mudo

   de asombro el cincel pagano;
40

      la artística Roma en coro

   saludó el arte infinito,

   con el gran arco de Tito,

   con el Circo y con el Foro;

      y las estatuas de Atenas
45

   honra de la Grecia esclava;

   aquellas diosas de lava

   que arrancan fuego a las venas,

      en sus pedestales rudos

   mudas de vergüenza vieron,
50

   como las yedras cubrieron

   sus pechos antes desnudos;

      ¡y era porque ante el fulgor

   de la cristiana pureza,

   hasta la naturaleza
55

   velaba por el pudor...!

II

      Todo cambió con la luz

   que en aquel templo86 elevaron;

   él marca cómo brotaron

   nuevas artes de la cruz.
60

      La piedra que antes liviana

   hizo eternas las pasiones

   arrancando sensaciones

   a la impudicia pagana,

       bajo el cristiano cincel
65

   que en la gloria se ilumina,

   tomó la forma divina

   de la virgen de Israel:

      retrato del Redentor

   la faz amorosa y grave,
70

   trazó el contorno suave

   de la madre del dolor;

      copió el sollozo, el suspiro,

   la fe, la vida, la gloria;

   llenó de encantos la escoria
75

   de nuestro pobre retiro;

      y era porque Dios, hermano

   de los que le amaban fieles

   mandaba al mundo cinceles,

   para el artista cristiano.
80

      Y no tan sólo el peñón

   su ser el arte cambiaba;

   también el lienzo entonaba

   su más solemne canción.

      Mientras Cellini a la historia
85

   daba su nombre y su brillo,

   ya fermentaba Murillo

   con el fuego de su gloria:

      el gigante apareció;

   lo eterno brillaba en él;
90

   donde llegó su pincel

   sólo su pincel llegó;

      empapado en la grandeza

   del espíritu cristiano,

   con su aliento sobrehumano
95

   domó a la naturaleza;

      y de su potencia en pos

   volando en vuelo fecundo,

   después de abarcar al mundo,

   pintó a la gloria, y a Dios.
100

      Gigante que al orbe asombra

   bajó a la tumba dejando

   al arte nuevo pensando,

   y al arte viejo en la sombra;

      porque en su audaz corazón
105

   que en sus creaciones se ve,

   vivieron mundos de fe,

   con mundos de inspiración.

III

      ¡Revolución esplendente!...

   Cuán inmenso es su poder...
110

   la luz se principia a ver

   en cada creación naciente.

      Cantando un himno profundo

   se alzan moles colosales;

   con manto de catedrales
115

   principia a cubrir el mundo.

      Y no es ya en el Partenón

   donde el arte se ilumina;

   la basílica mezquina

   de la griega ostentación,
120

      es pequeña ante la idea

   que en el templo soberano,

   cual sol del arte cristiano

   bajo la cruz centellea.

      El genio volando en pos
125

   del más inspirado anhelo,

   coge en la cúpula el cielo

   para ofrecérsela a Dios.

      Alza la nave altanera

   por cima del monte grave;
130

   la cruz corona a la nave

   como la luna a la esfera,

      y al par que en la estatua brilla,

   y el lienzo se anima y llora,

   y el arpa consoladora
135

   trémula al genio se humilla;

      el cincel, y la canción,

   el lienzo, el mármol, el oro,

   y el órgano que en el coro

   canta nuestra redención,
140

      al alzar su canto allí,

   donde a Dios el alma ve,

   dicen: «Señor, soy la fe

   que se levanta hasta ti.»

IV

      Hoy... dormido está el laúd;
145

   dormido el pincel divino;

   la estatua gira sin tino

   del arte en el ataúd.

       Ya lo duros pedernales

   no toman formas humanas;
150

   mudas las artes cristianas

   no levantan catedrales.

      Sólo la música pura,

   sólo el arte de Stradela,

   como un ruiseñor que vela
155

   de la fronda en la espesura,

      cantando gloria o pasión

   desde un árbol de otro mundo,

   contempla el astro fecundo

   de la gran revolución.
160

V

      Es otro siglo... ¡Escuchad!...

   El hierro arrumba y golpea;

   en el taller de la idea

   se funde la humanidad.

      El genio que se lanzó
165

   ayer tras de la belleza,

   roba a la naturaleza

   lo que cien siglos guardó.

      A su luz el pensamiento

   domina montes y mares;
170

   los peñascos seculares

   se desprenden de su asiento,

      y en vez de alzarse a la altura

   en cúpulas o palacios;

   en vez de hendir los espacios
175

   al sol de la arquitectura,

      bajan formando torrentes

   de la tierra a las entrañas;

   unen abiertas montañas,

   forman arcos, forman puentes;
180

       y cuando el hombre sereno

   los arranca al monte mismo,

   o descienden al abismo

   o se levantan al trueno.

      El cincel que nos asombra
185

   por las obras que animaba,

   hoy en las rocas se clava

   «¡Paso!»87 gritando a la sombra:

      abre inmensas galerías

   en las montañas más graves;
190

   por sus magníficas naves

   gigantescas y sombrías.

      Raudas, hirvientes, sonoras

   corren cubiertas de galas,

    locomotoras con alas
195

   más rápidas que las horas.

      Allí penetra y se extiende

   el hilo en que va el acento;

   cuando pasa el pensamiento

   la negra sombra se enciende;
200

      porque al verse sorprendida

   la virgen naturaleza,

   canta a la humana grandeza

   confesándose vencida.

VI

      ¡Siglos de fe y de razón!...
205

   ¿Cuál es más grande, Dios mío?

   ¡Ayer, arte y desvarío...

   hoy... ciencia y revolución!...

      Ayer el peñón sereno

   la gloria de Dios cantaba;
210

   ¡hoy la tormenta es esclava,

   esclavo el rayo y el trueno!

      Ayer el lienzo brilló

   con el fuego de Dios mismo;

   hoy se ilumina el abismo
215

   que Dios con la mar cubrió.

      Ayer en la sombra muda

   brillaba la fe bendita;

   hoy... entre la luz se agita

   cual negra sombra la duda.
220

      Ayer con la fe por guía

   sin otra luz ni otro muro,

   en lecho de sombra oscuro

   la humanidad se dormía;

      hoy con fiera voluntad
225

   fijo y seguro timón,

   la barca de la razón

   conduce a la humanidad;

      y por la mar adelanta...

   y no detiene su vuelo;
230

   y desde el mundo hasta el cielo,

   todo vacila a su planta;

      ya está lejos... ¿Dónde irá?

   ¿Será presa de su ardor?

   ¡Busca un puerto!... tiene amor...
235

   La nave se salvará.

VII

      ¡Miradla!... No hay que temer;

   siglo que en tan honda liza

   tan grandes obras realiza,

   sabe adorar y creer.
240

      Mundo que de su ansia en pos

   vuela en tan rápido vuelo,

   no está solo; desde el cielo

   le tiende su mano Dios.

      Si los templos seculares
245

   cantan de ayer las creencias,

   hoy nuestras propias conciencias

   son templos y son altares.

      Libre el pensamiento humano

   a Dios ofrece su culto;
250

   ese templo tan oculto

   es el templo más cristiano.

      Alzando en su utilidad

   el siglo cuanto proclama,

   no se ama a sí, sino que ama
255

   a Dios, en la humanidad.

      Por eso la reflexión

   nos dice al vernos sentir,

   que la fe no ha de morir

   ahogada por la razón;
260

      sino que en vuelo fecundo

   las dos uniendo sus lazos,

   van a confundir sus brazos

   para redimir al mundo.


      Con el alma dolorida

   voy siguiendo88 mi camino,

   y hoy me arrebata el destino

   de la patria que es mi vida;

   como tierna despedida
5

   voy a dar forma y calor

   a mi duelo asolador,

   porque en la vital faena,

   el alma estalla de pena

   si no abre cauce al dolor.
10

       Mañana en otros lugares

   mirando gentes extrañas,

   veré soberbias montañas,

   que esconderán mis hogares;

    quizá los férvidos mares
15

   que oculten la patria mía;

   mas siempre mi fantasía

   recordará con anhelo,

   estas flores y este cielo

   de mi dulce Andalucía.
20

      Que aquí son más los rumores

   de los lagos cristalinos

   y son más dulces los trinos

   de los pájaros cantores;

   aquí rebosan las flores
25

   en los prados virginales;

   y confunden sus canales

   aguas de fuentes y lomas,

   y van juntas las palomas

   con las águilas reales.
30

      Aquí por celeste don

   de que no da el mundo ejemplo,

   cada frente tiene un templo

   de arrogante inspiración;

   aquí viva exposición
35

   presenta el suelo fecundo;

   que Dios con amor profundo

   dándonos galas y genio,

   hizo a mi patria el proscenio

   de la belleza del mundo...
40

      Aquí hay soberbias vestales

   que hunden el alma en cadenas,

   por ser estatuas de Atenas

   fuera de sus pedestales;

   hay vírgenes ideales
45

   que con su hermosura fiel

   dejando atrás el pincel

   son por su dulzura y brillo,

   realidades de Murillo,

   modelos de Rafael.
50

      Aquí también la nación

   tiene página brillante;

   aquí está Bailén, gigante

   dogal de Napoleón;

   España por su cañón
55

   gritó a los vencidos bravos:

   «Corred por montes y cabos

   a domar pueblos inmundos;

   que en el taller de mis mundos

   no se fabrican esclavos.»
60

      Arte, belleza, poesía,

   valor, virtudes, historia;

   ¡he aquí los timbres de gloria

   que tiene la patria mía!

   Al dejarla, pena impía
65

   quita aliento a mi razón;

   mas se templa la aflicción

   cuando el alma considera,

   que con fe la patria entera

   se guarda en el corazón.
70


Amor mundano

SONETO

   Yo la juraba amor; por fiel trofeo

mi vida la ofrecí con mis destinos;

sus ojos grandes, cándidos, divinos,

contemplaban mi loco devaneo.

   Como tiemblan las almas al deseo
5

temblaban los remansos cristalinos;

el ruiseñor cantaba entre los pinos

los cantos de Julieta y de Romeo.

   Recordando un amor que es maravilla,

«Tú serás mi Isabel», grité con pena
10

doblando en su presencia la rodilla;

   y ella me dijo con su voz serena:

«Ya me duele el estómago, Marsilla;

convídame a cenar, que no estoy buena.»


Al ejército español, en el acto de hacer pública la declaración de guerra de España a Marruecos

IMPROVISACIÓN

   ¡Ellos son! ¡ellos son! Ved sus pendones

sobre las olas de la mar rugiente,

que besa las arenas

del África infeliz; ellos, los hijos

de la invicta nación en cuya frente
5

brillaron cien coronas,

cuando al compás del victorioso canto,

sintió latir los Mundos

entre las orlas de su regio manto.

   Vedlos allí; bajo sus pasos fieros,
10

la tierra se estremece; absorto el mundo

pregunta quiénes son; gimen los mares

llevando con orgullo sus bajeles,

y al despedirse de los patrios lares,

se espantan los infieles.
15

Los héroes de sus tumbas se levantan

para verlos marchar; ¡Guzmán! ¡Padilla!

¡venid! ¡venid! y admiraréis erguidos

los bélicos leones de Castilla.

Venid; ya la pelea
20

se agita por do quier; la media luna

huirá otra vez ante el hispano aliento,

como nube de arena

que del desierto al mar empuja el viento...

   ¡Ellos son! ¡ellos son! Los altos hijos
25

de Sagunto y Numancia; los que un día

vieron postrarse ante su inmensa gloria

todos los tronos de la baja tierra;

los que al compás de su guerrero canto

dieron su ley a la nación romana,
30

y hundieron la soberbia mahometana

en las revueltas olas de Lepanto.

   Los que siglo tras siglo en honda lucha

bajo la Cruz sagrada

respiraron las auras de la guerra
35

sin rendirse jamás; los valerosos

que al ronco grito de su patria amada

con santo amor lucharon,

y estrecho el mundo a su valor hallaron.

   Los que al audaz coloso
40

que halló pobre escabel de su grandeza

las cumbres del Moncayo poderoso,

en brazos de su intrépida bravura

le arrancaron el cetro y la victoria,

y con frente serena,
45

polvo hicieron su gloria

sobre el vasto peñón de Santa Elena.

   ¡Ellos son! ¡ellos son...! Los que hoy sin calma

cruzan la mar bravía

buscando el lauro y la brillante palma
50

para honra y gloria de la patria mía.

   Ya van a la victoria; ya severa,

la santa Cruz en sus pendones flota;

ya la noble bandera

dobla la mar remota
55

buscando con afán otra ribera.

¡Madres, padres, hermanos...!

Por ellos no lloréis; las bendiciones

del morador del alto firmamento

sustentan sus pendones,
60

y el abrasado viento

que en la costa africana

bate la arena ardiente,

llevando entre sus alas la victoria

les hará respirar auras de gloria.
65

   Ellos heroicos son: en sus cabezas

se reflejan brillantes

los lauros de magníficas grandezas,

héroes sus padres fueron;

héroes tienen que ser sus sucesores;
70

no temas por tus hijos, pueblo fuerte,

porque es tal su bravura

¡que al herirlos cruel tiembla la muerte...!

   Y tú, madre; no llores... que mañana

a tu regazo volverá ese hijo
75

¡ay! a que borres con amantes besos

de su frente la sangre musulmana,

y te hundirá bajo los mil laureles

que arrebató a los bárbaros infieles;

y si alguno arrastrado en la pelea
80

bajo el alfanje89 infiel pierde la vida,

cantos eternos le dará la historia;

gloria los mundos y los cielos gloria.

   Y tú Señor, que agitas con tu aliento

las ardientes arenas del Sahara;
85

que haces rugir al mar, volar al viento,

y estremeces con hondo poderío

cuantos mundos ocupan el vacío.

Tú, que al orbe das leyes;

padre del universo, Rey de reyes;
90

astro de salvación que desde el cielo

bajaste a la colina

para nutrir el suelo

con tu sangre divina...

¡protégelos, Señor!... ellos te quieren...
95

por ti van a luchar; en sus conciencias,

vive tu imagen sacrosanta y pura,

y tu nombre y el nombre de su patria

repiten con ternura.

   ¡Protégelos, Señor! Que llegue un día
100

en que espantados tigres y leones,

el rojo sol del África bravía

ilumine de Cristo los pendones;

la hora bendita en que la tierra impura

salude a Dios bajo su nombre solo,
105

desde el desierto que produce llamas,

hasta el helado polo.

   ¡Protégelos, Señor! Ya el mar murmura;

del africano el espantoso grito

se escucha por doquier; roja fulgura
110

su gumía destructora,

y respira con bárbaro contento

auras de sangre en el hispano viento.

   ¡Protégelos, Señor! Y allá en la tarde

del suspirado día,
115

atentos todos a la costa ardiente

del África abrasada;

cuando la nave audaz, se alce valiente

sobre el mar español con la victoria

con santo amor y como tú deseas
120

diremos todos al cantar tu gloria...

¡Poderoso Señor, bendito seas!


   Nací poderoso; mis ojos giraron

buscando en el mundo sangriento laurel;

miré a las alturas... los soles temblaron

venganza en mi frente creyendo leer.

   Ceñí la corona y al grito de guerra
5

crucé las montañas rugiendo feroz;

el tigre iracundo que muerde la tierra,

lamiendo mis plantas cobarde tembló.

   Crujieron90 los robles del bosque en la hondura;

los pinos rodaron con sordo rumor;
10

ardieron los pueblos, alzando a la altura

brillantes hogueras, afrenta del sol.

   Naciones y tronos, ciudades y leyes

de alfombra sirvieron al bárbaro audaz;

si alzaba mi brazo, temblaban los Reyes
15

sentencias de muerte temiendo escuchar.

   Besó la victoria mi carro de guerra;

la muerte espantada mi genio aplaudió,

y al verme tan fiero, nombrome la tierra

verdugo del hombre y azote de Dios.
20

   Miraba una tarde con ojo iracundo

al cielo esplendente soñando matar;

sudarios de muerte tapaban al mundo;

flotaba en el éter sangriento cendal.

   De un pueblo lejano los gritos oía
25

y brindis y acentos de alegre festín;

y hermosas doncellas mi mente veía

tejiendo91 coronas en danza feliz.

   «¡A mí los guerreros...!»92 clamé en mi delirio;

«Un pueblo provoca mi bárbaro afán;
30

que llore con sangre terrible martirio...

¡mi brazo de hierro su frente hundirá...!»93

   Y raudo corriendo con ansia de fiera,

blandiendo en las manos el hacha feroz,

llegué a sus murallas, pisé su bandera...
35

mi ardiente caballo sus muros saltó.

   ¡Qué gozo! Sus arcos alfombran mi planta,

sus templos profanos hundidos se ven;

la sombra del crimen al verme se espanta;

el mundo cadáver se arrastra a mis pies...!
40

   Hermosas mujeres en rápidos giros

me miran queriendo mi rabia calmar;

sus labios de rosa brotando suspiros,

enjugan la sangre que arroja mi faz.

   Y en copas brillantes me ofrecen licores
45

los altos monarcas del reino infeliz;

y mármoles, arcos, columnas y flores

con lenguas de fuego me cantan a mí.

   Y yo poderoso sintiendo en mi pecho

la hoguera rugiente de impura pasión,
50

arrastro a la virgen al tálamo, hecho

con restos de tumbas del pueblo señor.

   Y bebo la sangre del torpe vencido,

y en montes de muertos enclavo mis pies;

y miro la toga del cónsul caído
55

cubriendo los lomos del regio corcel.

   En hora maldita soñé la ventura

de amar con el fuego de todo el amor,

y ansiando delicias, del mundo en la anchura

celeste doncella mi vista encontró.
60

   La trajo a mi lecho mentido cariño;

la alcé hasta mi trono; la di mi poder;

el tigre iracundo con ansia de niño,

cual manso cordero besaba sus pies.

   Porque era la diosa, como una mañana
65

del mágico cielo que cubre la mar;

más grata que el eco de trompa lejana

que canta victoria con ronco compás.

   Y el héroe gozaba... cantaba la hermosa

la gloria del bravo y el genio del dios;
70

y el arpa vibrando con voz cadenciosa

llevaba a los cielos su dulce canción.

   En noche callada sin calma dormía

soñando combates y glorias sin fin;

mi brazo de hierro la espada blandía
75

y un mundo de esclavos volaba tras mí.

   Buscaba coronas... buscaba placeres

y tronos, y rayos para una mujer,

y carros de fuego con otras mujeres

besando la tierra que alzase su pie.
80

   De pronto resuena terrible alarido;

levanto los brazos con ansia feroz...

despierto... mi lecho de sangre teñido,

me eleva expirante... mi tumba se abrió...

   La muerte se acerca terrible y sombría;
85

dilato la vista con bárbaro afán;

¡la esclava que amante mi cuerpo ceñía,

clavado en el pecho me muestra un puñal!

   «¡Venganza!»94 murmuro con voz angustiada

asido a la muerte... queriendo vivir...
90

y en torno repite feroz carcajada

la sombra del crimen que viene por mí.

   Y escucho a lo lejos la voz de la danza

y risas y cantos de dulce compás;

y caigo en la tumba gritando «¡venganza!»95
95

¡bebiendo mi sangre...! ¡mordiendo el puñal...!


SONETO

   ¡Bendecid al Señor! Alzad las manos,

siervos de ayer, sin sangre ni cadenas;

ya ruedan las fortísimas almenas,

murallas de soberbios y tiranos.

   Ya no hay persas96, ni godos97, ni germanos98,
5

ni verdugos cual Roma, o cual Atenas;

que en las cimas del Gólgota serenas

murió Jesús por enlazar hermanos.

   ¡Hermosa libertad! ¡presta tus dones...!

Desde el Indo hasta el Rhin, del Volga al Tibre
10

repite tus magníficas canciones...

   Que tu poder en las conciencias vibre,

para que digan pronto las naciones:

bendigamos a Dios... ¡el mundo es libre...!


La inspiración

ODA

   ¡Ah! ¡que la mente inquieta

siente latir la inspiración, y siente

revelación espléndida el poeta...!

   ¡Paso a la inspiración... paso al torrente

que despeñado salta
5

de roca en roca; a los abismos rueda,

y del fondo otra vez surge potente...!

   ¿Adónde va? ¿qué borde la domina?

Mar sin orilla, viento sin barrera,

desde el mundo hasta Dios vuela sin calma;
10

su indómita bandera

que nutre el genio para luz del alma,

sobre el mundo magnífica tremola;

vedla flotar en valles y colinas,

en bosques rudos, en quebradas fieras,
15

en tumbas, en ruinas,

en escombros de pueblos sepultados,

en templos seculares,

en columnas, en pórticos y altares.

   Dios la formó; desde su noble asiento
20

«Ve», la dijo: «a adornar la gloria mía»;

y ella voló en el viento,

llegó a la fantasía,

y produjo del arte la armonía

al levantar a Dios el pensamiento.
25

   ¡Inspiración! ¡Inspiración! ¡Qué hermosa

por el espacio vas...! Tu noble manto

al sacudirse el hálito del genio

borda al mundo de espléndidas creaciones;

el orbe es el proscenio
30

donde aplauden tus obras las naciones.

   A tu empuje severo,

se alza el hombre triunfal; por tu grandeza

brota el túmulo austero

revelación de eternidad y vida;
35

muda naturaleza

depone sus magníficos altares

de rocas hacinadas

a los pies de tus cúpulas bravías,

que libres e inspiradas
40

repiten soberanas armonías.

Las peñas saltan de la cumbre al valle

si tu genio las cúspides orea;

como el agua de Oreb brota en la roca,

si tu genio la toca,
45

de la roca también surge la idea.

   ¡Paso a la inspiración! Los altos pinos

con el viento modulan sus canciones;

la mar hirviente en sus espumas canta;

el pájaro en sus trinos;
50

el agua en la garganta

de cimas colosales

por donde bulle lúgubre el torrente;

el volcán en sus antros funerales;

el suelto alud en la fatal pendiente.
55

   Templado al son del universo entero

tu plectro colosal aturde y ciega,

y de Dios en el nombre,

supera al mundo; a lo infinito llega;

refleja al cielo, y transfigura al hombre.
60

Del vaso de la mar saca armonías;

acordes de la roca

que azota el huracán; nuevos rumores

del torrente que choca

con espectros de torres y de muros,
65

y de los ecos duros

del trueno que retumba en el nublado

arrebata la ira,

y con grito inmortal pavor inspira.

   Sentado en la pendiente de la historia
70

yo la miro cruzar de mundo a mundo

en el alma inmortal siempre encendida.

La vi surgir al prepotente sea...

del artista sin fin, y vi la nada

adornarse en el arte; vi del genio
75

la túnica inflamada

bordar la esfera de esplendor y gloria,

y en Tabor de belleza

ceñir de luz al ser; el universo

dio tipo a la creación, y el alma pura
80

desde su pobre pedestal mezquino,

se levantó a la altura

en ansia eterna del laurel divino.

   Aquí cantó a la libertad; más lejos

arcadas en ruinas,
85

son últimos reflejos

de un poder que pasó; lóbregas grutas

desde el lecho del Indo, forman vía

hasta la negra entraña

donde el ara sangrienta no se orea,
90

con espanto y horror de la montaña,

y del volcán que junto al ara humea;

columnas y pilares

hablan allá de un Dios, cuya armonía

es la deformidad; mudos altares
95

en que la yerba crece

atestiguan la fe de un pueblo entero;

y en alfabeto humano

canta el arte fecundo,

la aspiración de un mundo
100

de la inerte materia soberano.

   ¿Quién como tú? Donde tu genio excitas

brota la luz; la eternidad te inflama;

si a los bronces agitas,

se eternizan los bronces en tu llama.
105

¿Qué de las peñas fuera

que en columna o en arco a Dios bendicen?

¿qué de aquellos festones,

de rosas, de caulículos, de rizos,

de fuertes dentellones
110

ornamento del templo?... En la montaña

como muerta belleza

peñascos sólo sin valor serían;

mas la llamó tu voz; a ti cedieron,

y al resplandor sublime de tu gloria
115

en tu llama de gloria se encendieron.

   Yo vi a la edad primera

nombrar a Dios, y lo nombró en tu lira;

y al decir «¡yo te adoro!»

se levantó en el viento
120

el amor, desde el címbalo99 sonoro,

o en columna de jaspe el sentimiento.

La libertad sobre el tirano erguida

soberbio monumento

te ofreció en Salamina y en Platea;
125

la virtud, la amistad, la fe, la vida,

cuanto elevado orea

el céfiro inmortal, vive en tus brazos;

porque en tu seno fuerte,

el despotismo vil se hace pedazos
130

y vacila la muerte.

   Eterna en Dios, la destrucción constante

se detiene a tu brillo esplendoroso;

yo vi bajo la yedra

del arco derruido
135

himnos de gloria repetir la piedra;

sentí al friso gritar bajo el arado

del tosco labrador; vi en el desierto

aislado capitel decir tu nombre

al peregrino incierto;
140

palacios y ciudades

miré en la sombra muda;

brazos de estatuas, zócalos y flores,

escombro de magníficas edades;

y allí en aquel proscenio
145

de negra destrucción y de dolores,

un cántico se oía;

y era la voz del genio

que cantaba en su tumba todavía...

   Vedlos... sus hijos son; ¡paso a la gloria...!
150

Empujados por cien generaciones

los sustenta en sus cúspides la historia.

Homero, Rafael, Petrarca, Dante,

Virgilio, Calderón, Tasso, Quintana,

y Murillo, y Rembrandt100, del sol brillante
155

reciben los soberbios resplandores;

y otros genios también con faz radiante

oyen de gloria el poderoso grito,

y a lo inmortal se aferran

y escalan por el arte lo infinito.
160

   Los tiempos agitados

tampoco muerden las sagradas tumbas

donde viven los muertos inspirados;

corren los siglos; tras de pasos ciertos,

los horas a las horas se encaminan;
165

pirámides de muertos

van llegando al osario,

que se nutre de escombros de naciones;

y entre tal destrucción, en tal pelea,

dominando a los mundos y a la historia,
170

los genios siempre grandes,

fijan su noble planta

del mundano poder sobre los Andes,

su alto poder entonan,

y en su propia grandeza se coronan.
175

   ¡Paso al genio...! Mirad... son sus creaciones,

latentes en el alma que suspira;

¡Margarita... Beatriz...! sombras amadas...

¡Laura doliente... pálida Julieta...!

Arpas enamoradas
180

que cantáis los amores del poeta...

¡Sed fe de amor...! Fecundizar el fuego

que fue puro en los Alpes, y en las glosas

del dulce ruiseñor, y en la ribera

que borda el Rhin de pámpanos y rosas...
185

   ¡Imágenes benditas

de fe y de caridad...! Lienzo sublime

donde la forma audaz se transfigura

y por lo eterno gime...

Vírgenes sin contorno
190

que del genio potente de Murillo

en santa procesión vagáis en torno...

nobles lienzos de fe que el genio orea

haciéndoles latir en los amores

de la infinita idea...
195

cuadros de vida y luz, sombra y rumores...

no apaguéis los colores

en que el orbe pasmado se recrea.

   Y vosotras, naciones esplendentes,

Italia... Grecia... España...
200

levantad vuestra voz; dulce Apenino,

soberbio Pirineo;

Patmos de oro y laurel, golfo divino

que bulles en canales,

espejo de fragmentos inmortales;
205

cántabro mar; magníficos escombros

de siglos por los siglos hacinados

que esparce el tiempo al sacudir sus hombros...;

unid los cantos de la historia entera

del genio en alabanza,
210

y a través de los montes y los mares,

el rudo Dante, Calderón y Homero,

unirán sus cantares

dando esplendor al universo entero.

   ¡Poder del genio! ¡inspiración gloriosa!
215

La túnica ostentosa

que del pasado fuera pompa y gala,

en vano la razón si desvaría

pretenderá romper; suelta a los vientos

en pórticos y foros los festones
220

de tu manto de gloria; canta, llora...

alza los monumentos

que adoran las naciones,

y elévate de triunfos soberana;

la razón es tu ser, no tu verdugo;
225

fundamento del alma, en ti se ayuda,

se acerca a ti, te reconoce hermana,

y al mundo deja, y en tu fe se escuda.

Aquel vil desvarío

que afrentó a la razón, y arrasó altares,
230

ojivas101 nobles, criptas y sepulcros;

el que adoró la forma corrompida,

y derribando a Dios con mano artera

levantó sobre el ara

con espanto del templo a la ramera,
235

enemigo sin fuerza y sin aliento

a tu fúlgido rayo,

rueda como Luzbel; te ve, se asombra,

se despeña del nublo, abre la cumbre,

y mordiendo la sombra,
240

se aterra de tu santa pesadumbre.

   Pasad... pasad... en vano,

fantasmas de la duda,

pretenderéis oscurecer mi mente;

fuerte es la inspiración... Dios le da brío;
245

abrid paso al torrente

que corre desde Adán raudo y profundo,

y ha de llegar intrépido y bravío

a la tarde del mundo.

   Dios lo quiere, y será; cuando vacile
250

el orbe ante el Poder; cuando en pedazos

los astros colosales

desciendan por el viento,

y rotas las barreras

del turbio mar, rebase las montañas,
255

y el volcán sacudido

de su postrer latido

desgarrando del globo las entrañas;

la inspiración en la última criatura

levantará su acento
260

fuerte en la destrucción; verá en ruinas

cien montañas pasar; oirá el lamento

del vaso de la mar despedazado

por la borrasca loca,

que arrancará las aguas espumantes
265

de su cárcel de roca;

se inspirará en horror, y rica y fuerte

acompañando la potente ira,

dominará la muerte

levantándose a Dios desde su lira.
270


I

    Sentado estás contemplando

los productos de tus ansias;

la noche de tu conciencia

tiene en tinieblas tu alma.

Desde un libro al otro libro
5

corren torpes tus miradas,

y el oro pesas y pesas

con la ambición por balanza.

Planta mísera y estéril,

sólo en escombros arraigas;
10

tu patria son las ruinas,

tus flores crecen en lágrimas.

El hambre, solar que explotas,

pálido a tu puerta llama,

y cuando «¡piedad!»102 te grita,
15

al darle pan, se lo arrancas.

   ¡Caridad! ¡Rosa del cielo...!

Hija de la Cruz cristiana

madre de las buenas obras,

esposa de la esperanza...
20

míralo... ¿por qué no llegas?

¿por qué su pecho no ablandas?

¿por qué tus jugos de gloria

no prestan fuego a sus ramas?

¿por qué a su pálida frente
25

no das rumor con tus alas,

ni das a su amor perfumes,

ni pones dique a sus ansias?

Y la caridad responde...

   «Voy con el pobre a su casa;
30

floto en los hondos suspiros;

palpito en las esperanzas;

me cubro con los harapos

del mendigo y de la anciana;

doy duelo y timbre al gemido,
35

doy colorido a las lágrimas,

y siempre lo miro yerto,

no encuentro fibra en su alma;

la ambición tapa mi boca,

la codicia me rechaza;
40

no hay virtud en su conciencia,

ni hay calor en sus entrañas...»

II

   Ven conmigo, ven conmigo,

torpe mercader infame;

ven a contemplar tu obra;
45

ven quizás a avergonzarte.

En ese revuelto lecho

mira un busto miserable:

era una pobre mendiga,

era pobre y era madre.
50

Sus hijos, flores que mueren

de la miseria en la cárcel,

lloran sin saber si lloran,

rezan sin saber qué hacen.

Insepulto por miseria
55

ese pobre cuerpo yace,

y un hijo... la única alhaja

coge para sepultarle.

    A tu casa va, usurero;

¡míralo...! ¡piensa en tu madre...!
60

Va por enterrar la suya...

es huérfano... tiene hambre...

a ti se acerca, y no puede;

anda y vuelve vacilante...

quiere expresarse y solloza...
65

su mano tiembla... ¿qué haces?

Es un santo crucifijo

lo que a tu casa se trae.

¿Lo miras? ¿rezas acaso?

¿Contemplas ese cadáver
70

santo, hermoso, dolorido,

puro, dulce y venerable?

¿Estás mirando en su rostro

de las espinas fatales

las huellas quizás? ¿Recoges
75

en noble ilusión las frases

de aquella boca bendita

que en soplo de bien constante

hizo palpitar la tierra,

pidió amor, templó maldades,
80

besó al hombre su verdugo

y hoy se cierra perdonándole?

¿Meditas quizá la infamia

de aquella turba culpable?

¿Ves el Calvario? ¿Retornas
85

por medio de las edades

a Jerusalén? ¿Percibes

el paso doliente y grave

de la víctima que en hombros

sustenta la cruz? ¿La madre
90

ves quizá tierna, amorosa,

dolorida, vacilante,

muertos de llorar sus ojos,

que besa llorando el ángel?

¿Te detienes? ¿qué meditas?
95

¿qué es lo que tu mano trae?

Es un peso... lo levantas...

pesas el santo cadáver...

lo ves otra vez... lo tocas...

lo devuelves... ¡es culpable...!
100

No es oro, y tú lo rechazas,

porque ni pesa ni vale.

   ¡Cristo también algún día

pesará tu tronco infame!

¡pues tronco sólo es el alma
105

que se alimenta de sangre...!

También tu negra conciencia

torpe, estúpida y cobarde

caerá en la balanza; el cielo,

tribunal inapelable,
110

te juzgará; tu sentencia,

quien te conoce, la sabe.

III

   ¿Eres padre? Ven conmigo,

quiero consolar tus penas;

mira un cuadro de familia
115

dulce, como la primera

santa ilusión encantada

que brota de la inocencia.

   En el umbral de una choza

limpia, plácida, y modesta,
120

y al pie de fuertes nogales

que al cubrirla la sombrean,

palpita un lienzo divino

de Murillo o de Rivera.

Es una madre muy joven;
125

su frente cándida y tersa,

no puede con los cabellos

que el céfiro desordena;

tiene los ojos hermosos

como el alma que reflejan,
130

fuerte y robusta la espalda,

ancho el seno, pura y recta

la línea de sus facciones,

dignas de Chepre103 o de Atenas.

Estatua de amor bendito
135

a un ángel puro contempla,

ángel que al sentir sus labios,

«madre... madre...» balbucea.

Al pie de un nogal frondoso

cuyo solo tronco cierra
140

todo el horizonte, un joven

con dulces ojos observa

aquellos amores santos

que en forma humana se besan.

   Pasos suenan en el bosque;
145

¡se repiten...! Ya se acercan,

y una figura, un mendigo

al cándido grupo llega.

La madre con ansia noble

coge una humilde moneda,
150

y en la mano suplicante

con dulce rubor la deja;

«No puedo más», triste dice,

y se excusa por la ofrenda,

y el pobre «Dios te bendiga»,
155

repite cuando se aleja.

   «Hijo», murmura la madre

al niño que vive en ella,

y que aún no entiende palabras

ni entiende las obras buenas;
160

«hijo, cuando el desvalido

llame mañana a tu puerta,

dale pan si tiene hambre,

si tiene sed, su sed templa;

si padece, si suspira,
165

si solloza, si se queja,

llora con él; si te llama,

responde a su voz; si ciega,

dale tu mano piadosa;

ponlo otra vez en la senda.
170

Jesús, el cordero dulce

que ves en la cruz aquella,

murió por ti; grande y bueno

sembró su amor en la tierra,

y ante el cetro de la muerte
175

rindió su santa cabeza.

No abandones al que llora;

la caridad, mensajera

es de Dios; el que la sigue

al pie del eterno llega.»
180

   ¿Qué dices de tal doctrina?

¿tienes hijos? Cuando sean

hombres como tú, mañana

cuando en la social faena

se presenten, ¿qué recuerdos
185

te deberán por herencia?

¿Han visto cuadros tan puros?

¿Han visto la santa escena

que la caridad practica104

donde hay amor? ¿Las eternas
190

poderosas vibraciones

que parten del alma buena

y que al estallar en obras

nos animan y consuelan,

las han comprendido?... ¡Calla...!
195

Con tu codicia rastrera,

sangre pobre y corrompida

les has filtrado en las venas.

Tus hijos no oyen los ecos

del consuelo a las dolencias;
200

con otro licor se sacian,

otro pan los alimenta.

Ellos ven tasar el llanto;

poner rédito a las penas;

saben que el hambre es dinero;
205

sólo en el oro ven fuerza.

Tasando necesidades

te ven las horas enteras,

y ven brotar su abundancia

de las desgracias ajenas.
210

El corazón no lo sienten

cuando a tu pecho se acercan;

que un usurero, a ser padre,

de ser padre se avergüenza.

No saben la fe de Cristo,
215

ni el valor de Cristo aprecian;

¡que un crucifijo en tus manos

sólo vale lo que pesa...!

Atracado estás de oro

como de carne la hiena;
220

serpiente social, tú vives

enroscado en la miseria,

y haces de andrajos diamantes,

y haces del hambre moneda;

del desconsuelo esperanza,
225

gloria vil de la materia.

Tu fábrica, sus cimientos

en tu corazón asienta,

y no hay piedad en sus obras,

que es tu corazón de piedra.
230

Cuando lloras, nadie te oye;

si sufres, nadie se acerca;

si llamas, triste silencio;

si mueres... pocos te rezan.

La impiedad, que fue tu guía,
235

cuando sufres no te deja;

¡la caridad! no la implores;

¡el amor! a ti no llega;

no hay piedad para el infame

muladar de tu grandeza.
240

   Llora, miserable, llora,

pide a Dios con ansia eterna;

sofoca con tus plegarias

de tus víctimas las quejas;

la vara, que cristalino
245

raudal arrancó a la peña,

puede aún arrancar virtudes

de tu corazón de fiera.

Llora... comprende lo grande

de practicar obras buenas;
250

ten fe en el amor divino;

no tiembles si al bien te acercas...

y a Dios pide... que es su gracia

más grande que tu miseria.


España e Italia

   ¡España! Su nombre solo

domina el mundo asombrado;

su estandarte, colocado

sobre el Atlas y en el Polo,

   proclama con alto brío
5

al orbe ante quien tremola,

de la alta tierra española

la grandeza y poderío.

   ¡Italia! También nobleza

refleja en sus hijos fieles;
10

los más hermosos laureles

toman brillo en su cabeza.

   Del cristiano el estandarte,

es su vida y su tesoro;

con rico manto de oro
15

la cubre el genio del arte,

   y en lucha que nadie doma

contra el germano o la Galia,

es grande al llamarse Italia,

como brillante al ser Roma.
20

   Flores que la tierra aspira

dan envidia a las naciones;

porque valen sus blasones

más que el mundo que los mira:

   por eso en eternas lides
25

no dan paz a sus querellas;

por eso cubren sus huellas

con Farnesios y con Cides,

   y por eso entre el espanto

de la tierra y de la historia,
30

firman páginas de gloria

como Numancia y Lepanto.

   Los golfos encantadores,

los montes de azul eterno,

los valles donde el invierno
35

no puede matar las flores;

   los cielos, de Dios alfombra,

que las cubren y las miran;

las estrellas que suspiran

si no las ven en la sombra;
40

   las ciudades de altos muros,

los sepulcros altaneros,

los templos siempre severos,

los pechos siempre seguros;

   las entusiastas porfías,
45

las glorias de sus varones,

sus estatuas, sus canciones105,

sus lienzos, sus armonías,

   todo las une en la historia

y sus grandezas proclama;
50

todo las lleva a la fama

sobre caminos de gloria...

   ¡España! ¡Italia!... Las dos

proceden de un mismo ser;

Roma, les dio su poder;
55

¡su genio gigante, Dios!...

   Ingrata la humanidad,

a las dos rasgó las venas;

sangre tiñó sus cadenas

al grito de libertad.
60

   Y elevando su estandarte

las dos en bárbaras lides,

dieron a la Guerra Cides,

como colosos al arte.

   Hermanas ante la historia,
65

su luz al orbe fascina;

¡el sol que las ilumina

se llama el sol de la gloria!...

   Si Miguel Ángel en pos

de su gran genio profundo
70

resucita en Roma un mundo

por asemejarse a Dios,

   aquí, con frente altanera,

¡Cervantes, alma inspirada,

con sólo una carcajada
75

derriba una edad entera!

   Aquí se adora el laurel;

allí, de la gloria el brillo;

¡en España, está Murillo!...

¡en Italia, Rafael...!
80

   Allí la absorta razón

canta al cantor del infierno;

aquí, ciñe lauro eterno

la frente de Calderón.

   Aquí el entusiasmo mora;
85

allí la grandeza inflama,

aquí, se vive y se ama;

allí, se canta y se adora.

   Por eso el mundo suspira

si en ellas su duelo templa;
90

por eso quien las contempla,

al amarlas, las admira...

   Hoy agitadas, ardientes,

por cien pasiones minadas,

tristes, ciegas, apenadas,
95

llenas de sangre y dolientes,

   en hondas luchas caminan;

sobre sepulcros golpean;

pendón fratricida ondean;

montes de muertos hacinan;
100

   apóstoles criminales

hieren a las dos naciones;

sus insensatos pendones,

que llevan los vendavales,

   levantan el rudo lema
105

de una libertad impía;

su luz, oscurece al día;

su aliento de guerra, quema.

Hiriendo a la humanidad

quieren, en mengua del hombre,
110

hundir de Jesús el nombre

para alzar la libertad;

   sin mirar faltos de luz

y ebrios de error infecundo,

que la libertad del mundo
115

tiene por madre la Cruz.

   ¡Ah! ¡que las nobles naciones

cumplan su misión de gloria;

que no arranquen de la historia

sus más hermosos blasones!
120

Que con la Francia su hermana,

unidas contra la muerte,

formen el pueblo más fuerte

de toda la raza humana.

   Que no las hagan pedazos
125

torpes querellas mezquinas;

que las águilas latinas

se eleven desde sus brazos,

   y dilatando las alas

sobre el mundo y bajo el cielo,
130

den vida y amor al suelo

con su luz y con sus galas.

   ¡Francia noble!... ¡España altiva!

Italia mártir, doliente...

pueblos que del continente
135

sois la eterna siempreviva;

   cumplid vuestra alta misión,

dando al Hacedor tributo;

la libertad es un fruto

que vive en la religión.
140


ODA

I

   Los que lloráis sin calma;

los que con hondo anhelo

vais en la pena desgarrando el alma;

los que al sentir el duelo

ebrios de duda os olvidáis del cielo.
5

   Esposas sin amores;

esclavos en cadenas;

vírgenes sin frescura y sin colores;

huérfanos, que entre hienas

no tenéis otro hogar que vuestras penas...
10

    Madres dolientes; pobres ateridos

que en los atrios lloráis; pálidos seres,

informe unión de sombras y gemidos;

tristísimas mujeres

que apuráis el dolor tras los placeres.
15

   Sedientos de ventura;

espíritus sin paz, almas sombrías

en donde vive errante la amargura;

imágenes impías

que vais muertas sin flores ni armonías;
20

   ¿por qué acrecéis el duelo?

¿por qué os destroza el mundanal quebranto

con sus garras de hielo?

¿por qué con dulce llanto

no buscáis el raudal del amor santo?
25

   Hay un mar venturoso,

en cuyo seno dulce y cristalino

halla el dolor reposo;

¡los que vagáis sin tino...

dirigiros con fe por su camino...!
30

   Sus brisas son aliento

del Supremo Señor; a sus rumores,

dan las alas del ángel movimiento;

su ribera de amores

tiene Justos y Vírgenes por flores.
35

En él, deja su estela

la santa nave que al Señor camina;

en él, dulce riela

la estrella que ilumina

sobre alta cumbre la ciudad divina.
40

   ¡Ah! Si lloráis sin calma,

buscad otra ribera

de duelo y de pesar, de horror al alma;

el que vivir espera,

no levanta la muerte por bandera...
45

II

   Estrella misteriosa;

dulce laurel sagrado;

espuma vagarosa;

mar siempre sosegado;

jardín de amor por el amor cuidado.
50

   Imagen venerable;

corazón de la vida que en fe alienta;

columna inquebrantable

que en el hombre se asienta,

y llegando hasta Dios a Dios sustenta.
55

   ¡Consuelo, luz, ventura...

madre, refugio, hermana...

vida santa y dulzura...!

¡Purísima mañana,

gozo inefable, caridad cristiana...!
60

   ¡Gloria de las esferas...!

¡Del mundo cielo, de los cielos día...!

¡Madre! si no existieras,

triste el mundo estaría,

y el hombre en su orfandad... ¡te inventaría...!
65

III

   Yo he visto a las ciudades

rodar en polvo vano;

tras rudas tempestades,

vi al corazón humano

asombrar con su furia al Oceano.
70

   Contemplé a la miseria

rodando sin amor y sin consuelo;

vi a la brutal materia

amenazando al cielo,

y en ansia loca levantar su vuelo.
75

   En saturnal odiosa

he visto cien Bacantes

mal prendida la veste licenciosa,

y en senos palpitantes,

el crimen y el dolor luchar gigantes.
80

   He visto en peso frío

a un lado la virtud adormecida,

al otro el oro impío;

y en pos de la partida,

señor el oro, y la virtud rendida.
85

   Por el furor desnudo

he mirado el puñal; lo he visto insano

romper cien veces el cadáver mudo,

y he mirado al tirano

levantarse ante Dios contra su hermano...
90

   Y vi en cadalso fiero

a la justicia sin pudor violada;

y al verdugo altanero;

y a la virtud sagrada,

sobre el poste del crimen reclinada.
95

   Y quise en mi tormento

maldecir y dudar con ansia impía;

mas percibí tu acento,

y al verte, Madre mía,

¡tu aliento fue mi fe, tu amor mi guía...!
100

IV

   Te vi pura y brillante

llevar al Hombre Dios; sentí tu grito,

de gracia al cielo por su don amante:

vi tu amor infinito

velar la cuna del amor bendito.
105

   Te vi junto al madero

cuando el orbe rugiendo en ansia loca

lloraba por la muerte del Cordero;

vi al beso de tu boca,

temblar al trueno y palpitar la roca.
110

   Te vi tender valiente

tus brazos al Señor pálido y yerto;

te vi triste y doliente

besar con labio cierto,

una vez y otra vez, a Cristo muerto.
115

   Te vi junto a la fosa

sublime sollozando;

te vi santa y hermosa

las manos levantando,

bendiciendo al Señor... ¡y perdonando...!
120

   Entonces, Madre pura,

lloré tu duelo en tan sagrada escena

olvidando la vida y su amargura;

¡quien siente su cadena,

ni se atreve a llorar junto a tu pena...!
125


Por las victorias del Pacífico

   Como muerta te juzgaron;

e hijos tuyos te ofendieron;

el sol de tu gloria vieron

y en su orgullo no cegaron:

«Duerme», los viles gritaron;
5

«nuestra madre, la que un día

salvando la mar bravía

dominó nuestra ribera,

rota la vieja bandera

se acerca a la tumba fría.»
10

   «Pasó su imperio al azar;

secos están sus laureles;

sus indómitos bajeles

se hundieron en Trafalgar;

cansada de pelear
15

mira sin sangre sus venas;

sus horas grandes y buenas

cambiáronse en amarguras,

y canta sus desventuras

al compás de sus cadenas
20

   Así, con vil deslealtad,

dijeron106 torpes y vanas,

dos repúblicas livianas,

mengua de la libertad;

de su madre la piedad
25

juzgaron degradación;

con miedo en el corazón

sobre su madre se alzaron,

y en su afán la amenazaron

con el puñal de Nerón...
30

   Mas ¡ah! que el furor delante

no vieron en su deseo,

que nunca llega el pigmeo

al corazón del gigante;

tocó el puñal vacilante
35

de nuestros lauros la rama;

los héroes que el mundo aclama

sobre los mares se irguieron;

¡lo que por su patria hicieron,

ya es asombro de la fama...!
40

   ¿Dónde están esas acciones

que son de la España mengua?

¿dónde hay brazo, dónde hay lengua,

que insulte nuestros blasones?

¿quién abate los pendones
45

de este pueblo sin segundo?

¿quién toca al laurel fecundo

que arrancando de su historia,

cubre con ramas de gloria

todas las glorias del mundo?
50

   ¡Degradación...! Tal idea

merece que se la aclame,

digna por torpe e infame

del pueblo vil que la crea.

No es cobarde quien pelea
55

dominando su ruina;

no es cobarde quien hacina

cuando muerta se la llama,

tumbas que cubre la fama

con su túnica divina.
60

   ¿Qué raza supo luchar

como en Lepanto y vencer?

¿qué pueblo supo caer,

como España en Trafalgar?

¿quién hizo a Roma temblar
65

asombrando a las edades?

¿quién tras rudas tempestades

vio en todas sus convulsiones,

murallas de corazones

guardando sus libertades?
70

   ¿Qué pueblo, cual él, fecundo

domó los mares desiertos?

¿qué pueblo llenó de muertos

el Atlántico profundo?

¿quién postró de todo un mundo
75

cien siglos de vida y cien?

¿qué raza, erguida la sien

y en pos de esperanzas grandes,

levantó sobre los Andes

la cruz de Jerusalén?
80

   El Líbano, el Helicón.

el Cáucaso, el Atla fiero,

el Rhin, el Nido severo,

el Ganges, el Marañón...

¡no hay corriente ni peñón,
85

piélago, cumbre o ribera,

donde la hispana bandera

deje de decir con gloria,

que está escrita nuestra historia

con sepulcros en la esfera...!
90

   Y en vano poder mezquino

nos herirá con su saña;

porque es necesaria España

de los mundos al destino;

su genio sigue un camino
95

grande, elevado y fecundo;

templo en la historia profundo

si vacilase algún día,

al hundirse, aplastaría

con sus escombros al mundo...
100

   Guerras, sombras, tempestades,

ha poco nos agitaron;

nuestros padres expiraron

sin luz y sin libertades;

estúpidas liviandades
105

mancharon la regia cumbre;

del sol la vívida lumbre

no vio nuestras dos riberas,

y hundió el mar nuestras galeras

¡harto de su pesadumbre!...
110

   ¡Cayó España...! Nuevo Atlante,

cedió al destino tirano;

el peso del Oceano

dobló su espalda pujante;

mas de súbito, un gigante
115

toca a sus glorias divinas;

¡España vio en sus colinas

arder extranjero rayo,

y al fuego del Dos de Mayo

resucita entre ruinas!...
120

   De allí su grandeza truena

y nueva vida ambiciona;

San Marcial, Bailén, Gerona,

llevan sus cantos al Sena;

de fe y de pujanza llena,
125

asombra a la nueva edad;

la aclama la humanidad

muralla del continente,

y al alzarse independiente,

se alza con la libertad...
130

   Hoy se agiganta su gloria,

y aún más su acento retumba;

ya los laureles de Otumba

reverdecen en su historia;

fatigada la victoria
135

se alza del mar a través;

los pueblos en su interés

de asombro y de amor se agitan,

y en sus túmulos palpitan

Pizarro y Hernán Cortés.
140

   «¡Gloria!»107 en Lepanto resuena,

«¡Gloria!»108 Trafalgar murmura;

la mar, ancha sepultura,

mueve sus tumbas de arena;

de muertos larga cadena
145

cruza los dos oceanos,

y en golfos americanos

cantan cánticos divinos,

almas de nuestros marinos

saludando a sus hermanos...
150

   ¡Allí tras hondos afanes,

glorias y glorias se enlazan;

allí sobre el mar, se abrazan

los Núñez y los Bazanes;

cien soberbios capitanes
155

ornan la nueva victoria

y el mar quede nuestra historia

siente el poder ostentoso,

ruge y se agita orgulloso

de sostener tanta gloria!
160

   Mas ¡ah! que el arpa sonora

bajo la pena se inclina...

¡nuevas víctimas hacina

la pasión desoladora!...

Ya la España vencedora
165

cambia en dolor su altivez;

de luto cubren su tez

sombras y duelos prolijos;

¡que están luchando sus hijos

con sus hijos otra vez!...
170

   ¡Nueva lid! ¡nuevo rencor!

¡nuevos sepulcros de hermanos!

España, rojas las manos,

desfallece de dolor...

llanto desconsolador
175

sienten las manos brotar;

¡que mueren sin vacilar

sus hijos en cruda guerra,

fratricidas en la tierra,

y gigantes en el mal!...
180

   ¡Bárbaro, crudo destino

que así nuestras glorias mata...!

¿por qué la soberbia ingrata

nos corta siempre el camino?

¿por qué ese esfuerzo mezquino
185

para hacer de un pueblo dos?

¿a qué delirar en pos

de miserables empeños?

¿a qué mostrarnos pequeños,

si nos hizo grandes Dios?
190

   ¡Patria... tu aflicción deploro,

y en tu regazo suspiro;

cuando tu grandeza miro,

más tus desventuras lloro;

nuevas víctimas en coro
195

se mezclan en tu memoria,

y como siempre, tu historia

revuelve en su desventura,

el llanto de la amargura

con el llanto de la gloria!
200


Filosofía de un vicio

   ¿Qué es beber? ¿cómo decir

al que tal quiere saber?

No se puede definir,

que hasta vivir, es beber

la esperanza de morir.
5

    Las abejas en las flores

beben sus mieles preciadas,

y los dulces amadores

beben luz en las miradas,

beben gloria en los amores.
10

   Dios, inmenso mar profundo

de amor, de gloria y bondad,

es bebedor tan fecundo,

que tiene por vaso el mundo...

por licor, la humanidad.
15

   Por eso cuando el pecado

se alza sobre el mundo ciego,

rompe Dios el vaso airado,

y arroja el licor viciado

sobre montañas de fuego.
20

   En estos hondos aduares

donde hasta el dolor se agota,

bebemos entre pesares

la ventura gota a gota,

los desengaños a mares.
25

   De la pena el brazo fuerte

con furor nos encadena,

y tanto licor nos vierte,

que al descender a la muerte

vamos borrachos de pena.
30

   Por eso juntos brindemos

sin pensar en lo que fuimos

ni llorar lo que seremos;

y ya que unidos nos vemos,

bebamos... pues que vivimos.
35


La marcha del califa

A Muley-Abbas

   Aláh es grande; Mahoma su profeta;

él altivo preside

del humano el incógnito destino;

él el poder y la grandeza mide;

él eleva al creyente en la otra vida
5

hasta el mágico Edén en donde mora,

el coro virgen que al amor convida;

él numera las hojas que estremece109

el huracán bravío;

por su mirada el astro resplandece;
10

por él hacia la mar camina el río.

   Por él suena la voz; huele el olfato,

y por él, gran Muley,

naciste cuasi rey

en lugar de nacer gallina o pato.
15

   Por él, Califa, con tu brazo impío

elevaste la altiva media luna

citando al español a desafío;

por él tras lucha fiera

rodaste al fin sobre tus huestes rotas
20

postrando en tierra tu soberbio alarde;

por él viniste a corregir las notas

y por él hoy te vas; Aláh te guarde.

   Vas a partir; la cortesana villa

por largo tiempo vestirá de luto
25

al recordar tus gracias... africano;

vas a partir, y de pensarlo lloro;

ya no veré tu despejada frente,

ni tus miradas al amor despiertas,

ni tu boca inocente,
30

almacén de marfil con cuatro puertas;

ni admiraré tu porte

ni de tu hermosa barba los matices,

ni veré esas narices

que envidian las narices de la corte;
35

ni veré ese alquicel blanco y flotante

que recordar me hacía

el alquicel de tu compadre o suegro

el soberbio Boabdil, que en horas fieras

al África se fue con tantas veras;
40

que de tanto correr se volvió negro.

   Aláh es grande; Mahoma su profeta;

guardadas en su mano

están las esperanzas y alegrías;

él a pesar de nuestro duelo eterno
45

al África te llama,

quizá previendo como buen hermano,

que está encima el invierno

y te encuentras en ropas de verano.

   Por eso España llora,
50

porque España, Califa, te quería

sin ninguna doblez, sin condiciones,

tan sólo por amor a tu hermosura,

y no hay que hablar de cuentas ni de ceros

en este centro de las dos Castillas,
55

que España da contenta sus dineros

por mirarte en cuclillas;

equívoca postura

que según las diversas religiones

puede tener distintas traducciones.
60

   Nuestras razas, amigas siempre fueron;

salvo allá en lontananza

algunos disgustillos que tuvieron

por exceso quizá de confianza

en Túnez, el Salado, Covadonga,
65

en Clavijo, las Navas,

Caltañazor, Orán, Sevilla,

en los mares de Génova y Lepanto,

en Aragón, en Murcia y en Castilla;

por lo demás, la historia es buen testigo,
70

el pueblo castellano

siempre apreció a tu pueblo como amigo,

y aun me atrevo a decir que como hermano.

   Hoy ese mismo pueblo, fiel te adora;

te aclama, desatina
75

si al cabo de una hora y otra hora

sorprende tu perfil, tras la cortina

de tu rica y soberbia estancia mora;

y es tal a ti su amor, que haces dichoso

al que te ve tan blanco y tan hermoso.
80

   Aláh es grande... Aláh tan sólo sabe

lo que conviene hacer; él nada trunca;

mas a pesar de Aláh, yo te lo imploro...

no te vayas, carísimo tesoro,

o si acaso te vas, no vuelvas nunca.
85

No es tan mala la vida

que pasas por aquí: si otra deseas,

recuerda sólo un rato

el que vives muy bien, y muy barato,

que comes, no trabajas, y paseas.
90

   Si es que recuerdas con dolor profundo

las ricas producciones

de tu suelo natal, detén la vista

sobre las de esta deliciosa tierra;

aquí hay cedros magníficos y cañas;
95

piñones, y bellotas,

y dátiles, y cocos, y castañas;

hay finos y arrozales,

y aunque sé, porque estudio geografía,

que es tu tierra muy rica en animales,
100

te diré que aquí hay tigres, y camellos,

y de seda magníficos gusanos,

y caballos de raza, que por bellos

has de juzgar paisanos.

Hay águilas pujantes,
105

y cuervos que acechando los festines

se alimentan de restos repugnantes;

y hay entre otros excesos,

en este suelo que por rico aterra,

muchísimos camuesos,
110

y quizá más naranjos que en tu tierra.

   Moro... ve con Aláh; todo arreglado

lo dejas tras de ti; ya, ni aun raíces

nos quedan del pasado;

éramos pobres, y nos dejas ricos;
115

te hemos visto además... somos felices.

   En breve el mar sereno

feliz te llevará sobre sus olas

a los brazos del fiero Sidi-Hemete,

mojadas aun tus fénebres mejillas110
120

con todo el llanto de las dos Castillas.

   Y llorarán las hembras españolas...

y llorarán los hombres...

y al recordar tus glorias

de pena rebosando,
125

llorarán los establos y las norias,

y hasta el Banco Español de San Fernando.

   ¡Adiós! ¡adiós! te vas... destino insano...

ya en la locomotora

te espera el maquinista...
130

lágrimas y dolor... todo es en vano;

memorias a tu hermano;

que te conserves bien, y hasta otra vista.


Sobre el volcán

   ¡Es el cráter! Abajo entre las sombras

se oye al fuego tronar

la nube que corona la montaña

también tronando está.

   Cañón de roca que a los cielos mira
5

en breve va a estallar;

mensajeras las cúspides de humo

llegan al huracán.

¡Sobre tu borde estoy! Yo te contemplo;

levántate a luchar;
10

tu lava seca al pensamiento mío,

jamás calcinará.

   Las corrientes de fuego que del mundo

por las entrañas van,

al pasar a tus pies miran el cielo
15

y hasta él quieren llegar.

   En tu boca, flamígeras serpean;

se lanzan más allá...

y al fin se tornan en ceniza fría...

¡así es la humanidad...!
20

   En torno de tu cráter, la montaña

yerta y pálida está...

tú asesinas las vides y los árboles;

el fuego es tu puñal.

   Mas ya principias; tus entrañas secas
25

rugen por estallar,

como rugen hambrientos los chacales

sobre el festín brutal.

   Hasta el nublado la columna sube,

flota y se ensancha audaz;
30

sudario de venganza cubre al mundo;

¡temblad! ¡seres! ¡temblad...!

   En el oscuro y poderoso tronco

de la negra espiral,

vibra raudo relámpago que esparce
35

siniestra claridad.

   Rojo está el monte, roja la caverna,

rojo y trémulo el mar;

sangre brotan las aguas y las rocas,

¡sangre! ¡sangre! no más.
40

   Ya los pobres labriegos de los valles

se aterran de tu afán...

la campana solloza en la Abadía

¡piedad! Señor... ¡piedad!

   Vertiginoso el piélago iracundo
45

siente tu fuerza audaz;

sacudiendo tu fuego sus entrañas,

lo quiere hacer bosar.

   Las llamas crecen; trepan por la nube;

hacia los astros van;
50

los astros espantados, a Dios dicen...

el mundo ardiendo está...

   El mar que se alza en irritada espuma

llegar quiere al volcán;

el humo al sol; la roca a las estrellas;
55

el fuego... ¡más allá...!

¡Espanto por do quier...! Sonó a los mundos

el término de paz;

el incendio amenaza al universo;

¡quién lo dominará!
60

   Las llamas en los antros de la tierra

mueren sin claridad

soberanas un punto, a la venganza

se lanzan con afán.

   Esclavas de los montes, como Atlante
65

sustentó al ancho mar,

sustentaron cien siglos de los mundos

el peso colosal.

   Hoy se sublevan; en torrentes suben;

victoria cantan ya;
70

ceniza van a hacer del universo,

¡ceniza nada más...!

   Bosques... mares... augustas cordilleras...

mísera humanidad...

pedid a Dios, pedid; fuego es el cielo,
75

fuego el monte y el mar.

   Mas ¡ah! silencio... La montaña pierde

su palidez fatal...

¡Suena el grito de Dios!... escuchad... dice...

«De aquí no pasarás...»
80

   Cede el coloso; en densos pabellones

flota el humo al azar...

se apaga el fuego... ¡el sol desde la cumbre

brilla con majestad...!111

   ¡Orgulloso poder...! Estás vencido...
85

no te levantes más;

Dios en tu cráter colocó su mano,

¡Dios aplastó al titán...!

   Tranquila está la plácida colina;

tranquilo duerme el mar...
90

¡oscuro como el crimen y sombrío

se alza mudo el volcán...!

   ¡Poder del mundo! ¡ciencia soberana!

¡soberbia humanidad...!

¡Lava rebelde que hacia Dios te elevas
95

queriendo a Dios llegar...!

   Oye la voz que sobre el cráter grita...

oye el grito triunfal...

lo que dice al volcán dice a tu orgullo:

«¡De aquí no pasarás...!»
100


   Miradla... cede o avanza,

por do quiera sollozando;

su túnica no la alcanza;

que va tras ella flotando,

también como su esperanza.
5

   De sus trenzas el tesoro

rueda en cascada brillante,

y tras las hebras de oro,

se ve su triste semblante

calcinado por el lloro.
10

   Fue lúbrica cortesana,

y ahora es pobre penitente;

de su frente soberana

rodó la corona ardiente

a un soplo de fe cristiana.
15

   «¿Dónde está Jesús?» llorosa

dice en valles y colinas;

«¿dónde está su faz hermosa?

¿dónde las dulces doctrinas

de su doctrina piadosa?»
20

   Y lo ve... llega... y murmura...

«Yo soy la mujer impura,»

y hunde en polvo su belleza,

y ante la eterna grandeza

se confunde en amargura.
25

   Jesús la mira, y bendito

dice con eco sublime:

«Tienes el rostro marchito...

yo perdono tu delito;

quien me quiere, se redime.»
30

   ¡Bondad del eterno Ser!

¡obra digna del Señor!...

¡ah! que yo te vuelva a ver...

¡lienzo santo del poder...

cuadro hermoso del amor!
35

   Reclinada la que implora;

Jesús, noble ante el delito,

y en forma consoladora,

el perdón, ángel bendito

besando a la pecadora.
40

   ¡Cristo! ¡rosa de piedad...!

¡mártir del amor fecundo!

da vida a la humanidad;

la flor de la caridad

se va secando en el mundo.
45

   Pon tus espléndidas manos

sobre pueblos y coronas;

siembra piedad entre hermanos,

y así como tú perdonas,

¡que perdonen los tiranos...!
50


La Religión

CANTO

A mi querido amigo el distinguido poeta D. Juan Antonio Viedma

I

    «Yo soy la fe; mi trono es la belleza;

mi cetro el puro amor; la verdad santa

mi eterna aspiración y mi grandeza;

mi nombre vive escrito

por el genio inmortal, en cien blasones
5

de roca y de granito,

corona y esplendor de las naciones.

Mi aliento es Dios; el hombre mi tesoro

cuando su mano tiende hacia la mía;

cuando enjuga su lloro
10

en mi seno de amor, y se extasía112

volando al cielo entre mis alas de oro.

Sin mí, el dolor abruma

cual la tormenta al mar, en esas horas

negras y destructoras
15

en que ruedan los truenos por la espuma;

sin mí es la ciencia del talento yugo;

oscura la verdad; la vida incierta;

sin mí la humanidad respira muerta

en la vil negación que es su verdugo.
20

   Yo soy la religión; soy la esperanza

con que cuenta al pasar del mundo al cielo

la mísera criatura,

vil aferrada al suelo

por un grano de arena; soy la vida
25

del alma poderosa

que al verse grande y a la tierra uncida,

con esfuerzo triunfal tiende sus alas

desde el peñón ajeno113,

y entra de Dios en el eterno seno
30

entre pompas y músicas y galas.

Cuanto produjo al arte, no es fecundo

si no busca mi luz; en vano el foro,

y el circo del romano,

asombro falso arrancarán al mundo
35

mostrando sus detalles por tesoro;

donde no está mi aliento, no hay belleza;

lo bello es Dios; mi genio su camino;

la vil naturaleza,

mi esclava puede ser, no mi destino.»
40

II

«El amor inmortal, el genio fuerte,

el Dios de las edades;

el que ligó la vida con la muerte;

el infinito, el santo,

el solo grande en la región serena
45

del alma noble y buena,

sintió su amor inmenso, rebosando

en su propia grandeza; miró oscura

la nada ante su pie, la luz hermosa,

reflejo de sí mismo,
50

iluminó la sombra; ardió la idea,

y ante el potente sea

palpitó la creación en el abismo.

   Y fue la luz; el dedo del gigante

la bóveda trazó; mundos de oro
55

en la cúpula audaz se condensaron,

y otros mundos caían

y alumbraban la nada mortuoria,

como espigas de gloria

que del manto de Dios se desprendían;
60

cual corazón del cuerpo vacilante,

el sol lució; su vuelo en el espacio

hizo vibrar la luz; fuerte y fecundo

vio alzado su palacio

en la cima del mundo,
65

y alumbró la creación; el aire, el fuego,

las aguas agitadas,

cruzaron por las sombras espantadas

en remolino ciego;

las tierras y las olas se besaron
70

bajo la fuerte voluntad; los mares

roncos alzando entre la densa bruma

magníficos cantares,

rizaron con su espuma

los bordes de la arena; jugo y vida
75

pidió el tronco al peñón; y sus destinos

enlazando a la par, grande y sereno

hundió el monte en el trueno

su corona de abetos y de pinos

    Bajo el santo poder bañó la vida
80

de vida a la materia;

se armonizó la forma; corrió fuerte

por la robusta arteria

la sangre a su placer, y en la armonía

el instinto nació, por tierra y viento,
85

por montes y por mares

cruzaron al azar libres legiones

de monstruos y de fieras;

y al Hacedor cantaron,

y en el árbol creación se aposentaron.
90

   Nació el hombre; criatura preferida,

vi a la materia del divino aliento

una chispa en su seno, y encendida

con el fuego de Dios, al ver su gloria,

al contemplarse en Él, al ver las fuentes,
95

los astros, las espumas,

las cumbres, los volcanes, los torrentes;

al admirar el pensamiento humano

aquel esfuerzo del amor fecundo,

bendijo Adán a la suprema esencia;
100

y haciendo altar el mundo,

brotó la religión en su conciencia.»

III

   «Esa mi cuna fue; nací en el hombre

y en él quise vivir; yo en la mañana

del mundo y de la historia,
105

dejé en el tronco de la raza humana

el jugo de la gloria.

Santifiqué la ofrenda

del justo y bueno; con potente mano

de Dios tomé el amor eterno y puro
110

para sembrarlo en el terreno humano...

y el hombre no me oyó; consigo en guerra

sólo en el crimen y en el mal fecundo,

¡con la sangre de Abel manchó la tierra

para rubor del mundo...!
115

Por montes y por mares

vio absorta la creación, de sangre humana

teñidos los altares,

y en fatal armonía

miró el infierno en su insaciable furia,
120

al crimen abrazado a la lujuria,

y teniendo el placer junto a la orgía.

   Y Dios se irguió; su sacrosanto enojo

empujó al oceano

por cima de peñones y montañas,
125

y el ponto soberano

devoró la creación en sus entrañas.

Una nave en su frente

flotó en enseña del amor divino;

el mar fue su columna; allí el humilde
130

que al Supremo Hacedor pagó tributo

sobre la mar flotaba,

y abriendo de otros mundos el camino,

apoyado en mi amor a Dios cantaba.

   Y otras gentes vinieron;
135

el pecado de nuevo se alzó en guerra

y Pentápolis vil, bárbara ansiando

arrancar mis blasones de la tierra,

torpe y libidinosa114

saturó de placer la copa hirviente
140

y la apuró gustosa;

al horror de sus ciegas liviandades,

vi montañas de fuego

rodar sobre los muros

de las cinco ciudades,
145

y otra justicia contemplé... ¡Sodoma!

¡Gomorra criminal! Cuantas pecaron,

en sombra se tornaron;

las aras del festín siempre manchadas

cayeron en ruinas; los brutales
150

ídolos del placer, hechos pavesas,

ornaron los terribles funerales;

cuantos a Dios soberbios ofendieron

en llamas se extinguieron,

y sus cenizas que del suelo huían
155

sin espacio flotaban;

los vientos de su seno las lanzaban

y las nubes después las devolvían.

   Y vi entre las naciones

por consuelo del mundo y de los seres,
160

cruzar santas legiones

de ungidos y profetas

cantando al sólo bien; de Abraham glorioso

el pacto contemplé; sentí en mis manos

la escala de Jacob; besé la piedra
165

donde inclinó su frente el patriarca,

y de Dios en el nombre

con mano conmovida,

al cielo levanté la piedra ungida

cual nuevo pacto entre el creador y el hombre.
170

   Asentando mi esencia poderosa

vi a Moisés en la cumbre

del alto Sinaí; lo vi sereno

del rojo mar en la ribera undosa

conduciendo a Israel; miré las tiendas
175

del ciego Faraón, amenazando

al pueblo que guiaba

el profeta triunfal con fe bendita;

vi al oráculo orar, y al santo ruego

tembloroso camino
180

abrir al Israelita

sobre las olas el poder divino.

Vi al Egipcio feroz de rabia mudo

lanzarse al ponto rudo,

y contemplé severa
185

cómo el viento enlazaba

el cántico del mar que se cerraba

con el cántico a Dios en la ribera.

   ¡Cuán alta soy, Señor! Cuanta grandeza

tu grandeza me da... Yo en la corriente
190

de los siglos que cruzan por la historia,

me alzo grande y fulgente

del mundo para gloria;

yo levanté en mis hombros los altares

que Salomón te alzó; para su ayuda
195

sacudí las montañas seculares.

Sentada en las colinas,

cauce del santo río,

con Dévora canté tu poderío

al compás de las aguas cristalinas;
200

mi fe robusta rebosó en el alma

del gigantesco atleta,

y su brazo empujé, cuando en ejemplo

de su poder profundo,

sacudió la columna y hundió el templo,
205

entre el pavor del mundo.

   ¡Yo alimenté de Sara la fe pura,

la castidad de Rut, de Ester y Lía,

el dulcísimo amor y la hermosura;

mis ecos de armonía
210

bañaron el salterio

del Santo rey David, cuando cantaba,

y arrancando a los siglos el misterio

los siglos de la cruz profetizaba...!

Yo di fuerza a Judit, contra el gigante
215

de Palestina estrago

y la sangre enjugué de su semblante;

las santas profecías

de Daniel e Isaías,

por mí sobre Salem se estremecieron
220

y por montes y valles y collados,

gritando muerte fueron

a los pueblos de crimen embriagados.

   Y otros pueblos también, de un Dios mentido

haciéndome la vía
225

cubrieron con mi nombre sus trofeos;

por mí el Egipcio inerte

los montes amasó, y alzó profano

tumbas de piedra con potente mano,

para en su seno coronar la muerte;
230

por mí Buda socava115 las montañas

con ciego fanatismo,

y rompe sin descanso sus entrañas

cual si buscase a Dios en el abismo;

por mí tras la letal mitología,
235

Venus y Marte en el jardín de Atenas

cubrieron los altares,

santificando de la forma el yugo;

por mí fue el Partenón; y Apolo y Ceres

del genio sensual grato tesoro,
240

cantaron los placeres

en las lúbricas termas, y en el foro;

por mí Numa trazó la jerarquía

del sacerdocio en Roma; por mí altivo

el arte del pagano
245

sacudiendo las cumbres ponderosas

los mármoles empuja a las ciudades,

cubriendo los dominios del romano

con bosques de deidades.

   Por mí hasta el borde del triunfal madero
250

llegó brumosa la corriente humana

de luces y de sombras rebosando,

y yo llegué con ella, contemplando

su santo amor o su maldad liviana.»

IV

   «¡Al fin se alzó la Cruz...! Santo Dios mío,
255

¿qué llama me alumbró cuando en la cumbre

te vi sangriento, doloroso y frío?

   Mirando los dos mundos,

vi el pasado desierto;

sombras fugaces en letal sudario
260

flotaban como sábanas de muerto

sobre el alto Calvario.

Tus brazos extendidos,

tu cabeza de amor, tu seno roto,

tu divina humildad, tu voz sagrada,
265

los ecos de tus leyes que aún latían,

me hicieron contemplar avergonzada

a los siglos pasados que se hundían.

Y en el nombre de Dios alcé mi acento...

   ¿Qué hacéis junto a la Cruz? ¡Atrás, deidades;
270

atrás, pompas impías

de torpes liviandades...!

¡Impúdicas Dianas!

Dioses beodos, reyes sin corona,

diosas viles del barro cortesanas...
275

cobardes coliseos,

gimnasios sin pudor,

ciegas mujeres,

sacerdotes del templo mercaderes...

aras manchadas, bosques seculares
280

donde el peñón del celta o del germano

recuerda de otro culto los altares...

¡atrás!... ¡atrás!... la luz nos ilumina,

sobre el Calvario mana...

¡la grandeza divina
285

viene a vivir en la miseria humana!...

Hundid, mundos pasados,

ante el ara triunfal vuestras cabezas,

y haced con los fragmentos

de dioses y de leyes
290

humildes monumentos;

levantad por ofrenda sus escombros,

y con amor profundo,

arrodillaros ante el sol de un mundo

que lo sostiene Dios sobre sus hombros.»
295

V

   «Desde el Calvario, me elevé pujante

cual águila divina

que busca el foco de la luz radiante.

Tomé la Cruz, y a la conciencia humana

con ella me lancé; cántico austero
300

alcé al Señor, y en lengua soberana

canté su gloria al universo entero.

   Sobre la dura roca

donde el martirio fue, rompí la lira

que acompañó mis cánticos pasados;
305

y uniendo la creación con Jesucristo,

mostré a la Cruz y a Adán, fuertes pilares

que sostienen al arco prepotente

por donde fue pasando

ancho raudal la humanidad creciente,
310

llevando entre sus olas

barcas de amor que la virtud cantaban,

y la Cruz en los tiempos percibían,

y a Cristo y a la Cruz profetizaban.

   ¡Llegó la redención! clamé con llanto
315

al ver cómo la muerte seca y muda

lenta llegaba hasta el cadáver santo.

Y el Apóstol me oyó; y otros me oyeron;

y cual raudal humilde

que partiendo de fuente cristalina
320

resbala en la colina,

y llega al valle, y crece, y serpentea,

y recibe tributo

de nieves, de torrentes y de lagos;

y corre, y corre, y bosa en sus orillas,
325

y recibe ya masas como mares,

y al fin soberbio avanza

y en mar de espuma sobre el mar se lanza,

   así la fe de Dios, santo arroyuelo,

del Calvario brotó; bajó a los valles;
330

la Siria y la Judea

nutrieron su caudal; sangre bendita

tiñó los cauces del torrente puro;

llegó raudo a Nerón; se alzó potente

de Vitelio a Constancio; lanzó al foro
335

su rápida corriente

arrastrando flamines, y vestales,

dioses de barro y oro,

y coronas de encina y pedestales.

   Del Éufrates de Dios, las oleadas
340

subieron más aún; fuertes cubrieron

los pórticos y arcadas

del circo criminal, y al fin profundo,

cumpliendo su destino,

al ensanchar su cauce Constantino
345

cual mar de amor desembocó en el mundo.

   Roma se hundió; mas ¡ah! que el santo río

dejó por piedras tumbas dolorosas;

otro calvario en sus arenas gime,

y aun en noche serena,
350

en la cripta sublime

el dulce canto del martirio suena.

   ¡Cuánta lucha, Señor! Tu voz llamaba,

y el hombre no la oía,

mi brazo en su conciencia golpeaba.
355

   Roma en amplio sudario

de columnas y pórticos, cubría

la lepra de su infamia; el ancho seno

de la augusta matrona

que sustentó del mundo la corona,
360

manaba sangre y cieno.

   Los bárbaros placeres,

las termas excitantes al deseo,

los jueces mercaderes,

los siervos miserables
365

tendidos en el ancho coliseo,

amarradas las manos

y sin odio, ni amor a sus tiranos.

   La Fulvia cortesana

que cual mármol de Atenas,
370

el pecho libre, la nariz ardiente,

suelto en anchas cadenas

el lúbrico cabello, vil e impura

entre quirites, jueces y señores,

tasaba su hermosura.
375

Senadores venales

vendiendo su poder; la piedra santa

de la antigua familia, desprendida

del sagrado recinto al peso rudo

de tanta bacanal; pálida y yerta
380

la estatua del pudor; el pueblo mudo,

su tribuna magnífica desierta.

   La gula coronada

como el único dios, junto a su solio

el suicidio sombrío
385

erigido en virtud, mirando inerte

sobre su altar impío,

espléndidas ofrendas a la muerte.

   La justicia de Bruto

sin fuerza ni esperanza; el Capitolio
390

cobarde ante otro Breno;

la toga de los Césares, flotando

desde Claudio hasta Galba, o sobre el seno

de impúdica Cenobia, que en injuria

al esplendor de su poder profundo,
395

abrasaba con llamas de lujuria

la corona del mundo.

   Cual Babilonia, Nínive y Sodoma,

sin freno y sin decoro

agonizaba miserable Roma,
400

en tumba colosal de jaspe y oro.»

VI

   «Tendí al mundo los ojos, los placeres

como en Roma satánicos rugían;

mas del raudal sereno

ya los ecos se oían,
405

al cruzar de la fe por las praderas;

con el apóstol santo

traspasó las murallas

de la ciudad del orbe; entre las rocas

del jardín de Lucina
410

y del monte Dorado en la caverna,

filtró el agua divina

de salvación eterna;

y horadando el cimiento

del edificio colosal romano
415

empezó a destrozar, creciendo a mares,

los bárbaros pilares

de aquel sepulcro miserable y vano.»

VII

   «Rompí la breña, y de Jesús el nombre

entré en el raudal bajo las rocas
420

en que Roma cimenta

sus columnas, vestíbulos y arcadas.

Vi el mundo de piedad; junto al sepulcro

del Santo Pescador, besé las frentes

pálidas y serenas
425

que sin odio soberbio ni delirio

la eternidad miraban,

y en el reloj fatídico esperaban

la campanada lenta del martirio.»

   «Sentí la salmodía
430

que del plectro cristiano

por las naves de Toba se extendía,

vi espléndida la fe flotando libre

de turba en turba, pálidos e inquietos

vi llegar temblorosos esqueletos
435

al atrio de la cripta; pobres seres

que el despotismo insano

amarró a los dolores y las penas,

y que en Cristo dejaban sus cadenas

al santo rezo del amor cristiano.»
440

   «Vi al sacerdote levantar ungido

por la gracia de Dios el pan eterno

sobre el ara de piedra; palmo a palmo

vi cejar al infierno,

como cejaba el pedestal de Roma
445

del sacerdote al salmo;

abriendo entre el ¡hosanna!

de las santas milicias inmortales,

venas de gloria a la piedad humana

por medio de las criptas funerales.»
450

   «El subterráneo se extendió; valiente

se hundió la fe en la noche; de las sañas

del paganismo vil oyó el rugido,

y arrollando la sombra en las entrañas

de la roca potente pie de Roma,
455

fue dilatando claustros giganteos;

amasó las arenas para altares;

abrió las grutas, y con paso fijo

rompiendo sombras y materias viles,

espantó con su llama a los reptiles
460

y elevó en la caverna el crucifijo.»

   «El Tíber rojo retembló en su lecho

al sentir de la fe las explosiones

debajo de sus aguas cenagosas;

el Capitolio, el Circo, Roma entera
465

fue cúpula por lúgubre ironía

de la ciudad austera;

y en tanto que Vitelio

cantaba en sus terribles bacanales,

las grutas celestiales
470

rebosaban en fe del Evangelio.»

   «¡Oh! ¡mundo del amor! ¡mística palma

del corazón amante...! ¡flor bendita...!

¡ojiva pura de la luz del alma...!

¡yo te saludo...! ¡Alzad! tumbas sublimes,
475

vuestra llama triunfal; cantad amores...

sepulcros hacinados

de vírgenes, plebeyos, y señores...

seguid, aguas sagradas

repitiendo en el claustro solitario
480

la fe del sacrosanto; dad tranquilas

vuestras luces solemnes,

lámparas que alumbráis las inscripciones,

del mártir vencedor; alzad con brío,

nieblas de los sepulcros,
485

vuestra voz funeral; que el pecho sienta

palpitar la verdad en esas tumbas

en que el héroe cristiano

con Jesús por cincel, talló valiente,

venciendo el hado adverso,
490

el código del mundo soberano

y la Iglesia triunfal del Universo.»

   «Allí la edad presente

ve su vida brotar; allí... en la muda

pálida sombra en que la luz vacila,
495

empieza el culto; allí del sacerdote

la tribuna se eleva; allí se apila

la primer muchedumbre

que se nutrió en la Cruz; allí ensalzada

la piedra del hogar, se transfigura
500

por Dios y el sacramento consagrada;

allí la caridad cava en la peña

santo granero para mies bendita

que hoz de furia segó; seca allí agota

su ancha fauce el placer, junto a la fuente
505

que sepera116 al catecúmeno; allí flota

la esencia de Jesús, y dulce puebla

con su luz inmortal la santa niebla.»

   «Yo vi llegar al místico recinto

catarata de muertos
510

en arco vencedor ancho y constante;

vi los nichos desiertos

llenarse y rebosar; vi palpitante

el labio del cristiano

rozar la faz marchita
515

del niño, del anciano,

de la virgen bendita,

de los que en furia destrozó el tirano.»

   «Vi entre palmas y flores

llegar la dulce Inés; blanca... serena...
520

rota la faz de amores

por la implacable hiena,

y aun valerosa y fuerte

sonriendo a Jesús desde la muerte.»

   «Vi a Ursula, a Fabiola
525

y a mil mártires más; aguas sagradas

de la constante ola

que tinta en sangre los sepulcros riega,

y alimenta el rocío

de la flor de la fe; y en Dios se mira;
530

y crece más; y hasta sus plantas llega,

y en lo infinito de su amor suspira.»

    «¡Ejemplo sin igual! Ya está formada

la iglesia de los mundos; bajo el manto

de cien Césares fue; creció entre sangre;
535

brilló en la destrucción y en la gangrena

del pueblo rey; se levantó potente

al eco augusto de piadosa Elena

que la alzó de las grutas; su divino

signo augusto de amor, fue a la victoria
540

en el lábaro audaz de Constantino,

cual nuevo signo de bondad y gloria

que marcaba a otros tiempos el camino.»

   «Ya es el orbe cristiano; en los aduares

del oriente vencido
545

se replegan los dioses; el britano,

el cántabro valiente, el galo austero,

el bélico germano,

cual corriente de aludes

que precipita Dios, del norte ruedan
550

para aplastar los muros

de la nueva babel; la Europa oscura

que los bosques del Rhin o en los bretones

se revuelve y fulgura

impregnada de Cristo en las lecciones,
555

roca tras roca sobre el pueblo salta;

lo aplasta, lo aniquila;

nunca una turba falta

sobre Roma intranquila;

ancho volcán de pueblos y de gentes
560

no cesa de rugir; ya se alza escueto

el pueblo vencedor; ya en las pendientes

de sus dulces colinas

reposa en esqueleto;

ya rueda entre los arcos y las flores
565

el rey de los señores;

un mundo destruido

queda en la tierra; espumas de ruinas

se besan sobre el mundo sumergido,

y en tanto soberano
570

sobre aquel oceano

que desventuras canta,

asoma el sol de Dios, y se levanta

el mástil santo del bajel cristiano.»

VIII

   «Nació otra edad; apareció triunfante
575

sobre la fuerte roca

la Iglesia militante.

La esperanza, la fe, la dulce calma

de la piedad excelsa; la sublime

plácida caridad, jugo del alma,
580

y cien virtudes más, pueblos y leyes

fundieron en crisol de amor bendito,

y destrozando enconos,

unieron a los siervos con los reyes

y a las pobres cabañas con los tronos.»
585

   «Yo vi en la edad naciente

de la Iglesia cristiana

aparecer espléndidos varones,

luz y gloria del culto; vi a la ciencia

gravitar en sus frentes pensadoras;
590

sentí de la elocuencia

saturada en la cruz, altos acentos

que mares y montañas dominaban;

vi a los mundos sedientos

presentir la verdad, tras la cortina
595

rica en gotas de oro

que oculta el foco de la luz divina.»

   «Vi poderoso y fuerte

al ánimo cristiano

desgarrando las sombras de la muerte
600

con la Cruz en la mano;

vi a la razón con indomable anhelo

sobre Atlas colosal mover sus alas,

y entre música y galas

por vez primera remontar el vuelo;
605

vi inflamada la idea

sobre el peñón que descendió hasta el atrio

desde la cumbre en que la nube ondea;

vi horizontes sin límite, extendidos

ante el plectro de oro
610

y ante el buril y ante el pincel cristiano;

campos que levantó la fantasía

llenos de vagos seres,

de cándida poesía,

de místicos placeres,
615

de cascadas, de luz y de armonía.»

   «El amor, la ventura,

la esperanza del bien, la dulce calma;

la fuente que murmura

donde entre rosas desfallece el alma;
620

la aspiración a Dios, el alto triunfo

del espíritu fuerte

que arrollando las sombras del averno

se eleva en su victoria,

y contempla en las cimas de la gloria
625

las arboledas del amor eterno;

el potente heroísmo

que abandona la tierra

por acercarse a Dios; el ascetismo

que errante y solitario
630

en breñales, cavernas o desiertos

se levanta un calvario

para orar por los vivos y los muertos;

la esperanza, el placer, la fe, el gemido,

todo halló en la cristiana fantasía
635

rayo de luz, ambiente y colorido,

espléndido poder, fuerza del día.»

   «La paleta de Apeles

esconde entre los mármoles de Atenas

sus marchitos laureles
640

que otro genio abrasó; Fidias suspira

ante la imagen de Jesús que brota

del cristiano taller; Venus liviana

tiembla en mármol desnuda,

al contemplar el busto dolososo
645

que canta la agonía

con que lloró junto a la Cruz María;

y en tanto que el buril anima y crea

y en cítara elocuente

resplandece la idea,
650

otro arte soberano

dejando en mí sus planos inmortales,

abre cauce triunfal de catedrales,

para que corra el pensamiento humano.»

   «La libertad nació: Cristo bendito
655

la colocó bajo mi noble egida;

ya las aguas del mundo

partiendo de raudales diferentes,

límpidas y corrientes

se dirigen a un fin; ya los tiranos
660

si existen... es sin Dios; ya en la armonía

de amor y caridad rueda la esfera,

y en explosión constante,

altas empresas dignas de renombre

se elevan a mi voz; las muchedumbres
665

levantando la cruz en las espadas,

se lanzan esforzadas

a aplastar las antiguas servidumbres.»

   «Yo vi la ardiente tropa

de la revuelta Europa
670

lanzarse sobre el viejo continente

en cruzada inmortal; miré las turbas

del Asia envilecida

levantarse al empuje

de todo un mundo; en bélicos afanes
675

cuyo eco sordo en los anales ruge,

vi dos mundos titanes,

sobre la tumba de Jesús luchando;

y vi sobre montones

de cadáveres yertos
680

hundirse religiones,

brotar nuevas edades,

abrirse costas, piélagos y puertos,

estrecharse las manos las ciudades;

y en pos de la cruzada
685

vi a la Europa vencida

alzarse en su poder regenerada,

y al Asia destructora

desplomarse en la tumba vencedora...»

   «Espléndidas tribunas,
690

escuelas eminentes,

piélagos de abadías,

bosques de estatuas, lienzos inmortales,

sabias filosofías,

todo surgió a mi voz; mas ¡ah! que triste
695

del tiempo en la carrera,

vi levantarse el fanatismo oscuro

en altar de la fe; vi de las llamas

el esplendor violento,

queriendo sofocar la luz hermosa
700

del libre pensamiento;

vi a la fe sollozar, y vi al abismo

rugir de gozo en sus cavernas fieras,

al ver como arrojaba el fanatismo

astillas de la Cruz en las hogueras.»
705

IX

   «La sombra, en pabellones

se fue extendiendo lenta; «¡De rodillas!»

gritó con voz de trueno

la incansable pasión; «Yo con mi soplo

apagaré el destello de Dios mismo;
710

¡hundid generaciones,

la frente dolorida en el abismo...

lóbregos panteones

las conciencias serán; mi sombra densa

fiero dogal de la razón que piensa!»
715

   «Y la razón espléndida, en mi solio

se levantó clamando...

«Yo soy hija de Dios; Él me da brío;

alzaré el Capitolio

de mi noble poder; desde su cumbre
720

bendeciré al Señor, analizando

del Universo entero las verdades;

y tras la lumbre que al infierno aterra,

seré sombra de Dios; luz de la tierra.»

   «Y se elevó y brilló; montes y mares,
725

astros de fuego y oro

cedieron al saber; la luz brillaba

en raudales de gloria

sobre las cumbres del saber humano;

a su rayo inmortal, cauce potente
730

abrió en Maguncia al noble pensamiento

Gutenberg soberano;

y la brújula fue; y el yerto polo

vio fija en sus montañas temblorosas

la mirada del hombre; y hubo un día,
735

en que al rodar el sol tras de los Andes,

empujó hasta Colón de todo un mundo

la sombra colosal; sombra que ardía

en la mente que Dios iluminaba;

mundo que gravitaba
740

sobre la gran razón que lo sentía.»

   «Cien mil generaciones se asomaron

sobre el borde del mar, y nada vieron;

y el nauta apareció; y en la ribera

donde flota con gloria
745

la gótica bandera,

aparejó el bajel; rompió la espuma

con la tangente117 prora; en lontananza

muda España lo vio, cual leve bruma;

cual soplo de esperanza
750

que en el antro fatal se sumergía,

y adelante pasó: domó los vientos;

dominó los rencores

del trueno y de la mar, y en santa hora

miró la Europa sobre el mar profundo
755

su ciencia hecha pedazos,

y el bautismo de un mundo

que se eleva de Colón en brazos.»

«Sin tregua ni reposo

el mundo antiguo al eco de Castilla,
760

se lanza al ancho foso

que su orilla separa

de la lejana orilla.»

   «El bélico español llega a las cumbres

del fiero Potcapel; sobre la mesa
765

donde el alto Sorata

cual Hércules118 alzado entre titanes

con los astros sus pisos eslabona,

brota la cruz; el rudo Chimborazo

que tiene por corona
770

nieves de la creación, dobla su frente

al escuchar los salmos celestiales

que parten de la fuente

madre del Evangelio; en lucha santa

altos bosques de mástiles ondean
775

sobre el trémulo mar; bajo la sombra

de la vela latina

cruza el claustro los mares

por dar a otra región agua divina,

ciencia, culto y altares;
780

pan de verdad eleva el sacerdote

sobre el barco glorioso

audaz en la borrasca, por do quiera

brilla la fe con esplendor hermoso;

que al eco de mi voz la vieja Europa
785

en sin igual cruzada

se dirige a la incógnita ribera,

con David en la espada

y con la cruz de Cristo en la bandera.»

X

   «Y vi sobre las altas
790

cúspides de la edad, que en noble brío

la ciencia levantó, surgir terrible

duda infernal; los bosques seculares

del galo y del bretón, cuyas encinas

se alzaron en altares;
795

altas cruces; imágenes divinas

de apóstoles y mártires; la selva

de gótica estructura, cuya pompa

vio crecer la borrasca

que de las cimas del poder cristiano
800

llegó hasta Roma, bélica tribuna

miró en su seno alzarse

para retar a Dios; la Holanda, cuna

de vírgenes y ardientes confesores,

sintió de secta impía
805

ciega escuela brotar; el Evangelio

cayó en garras de indómitas hienas,

y sus salmos de oro,

sus trompas poderosas,

sus cántigas ardientes,
810

sus vides, sus perfumes y sus rosas

alzaron a Jehová potente grito,

al ver como el orgullo en sus corrientes

llegaba al fruto del rosal bendito.»

   «Sobre el cedro inmortal de Palestina
815

leñadores brutales

descargaban el hacha de la duda;

y tras golpes fatales,

sus ramas desgajaban

y en zonas sin calor las arrojaban.»
820

   «El cisma que otras horas

con Arrio y Focio se elevó pujante,

y tras luchas traidoras

abrió profundas simas

de la Europa en el seno,
825

agitando del vicio el ronco trueno;

el que a Estambul119 y a Atenas

llegó con nuevo culto, y enlazado

del tártaro fatal a las cadenas,

quiso ahogar la plegaria
830

del hijo del apóstol; y hundió el busto

del santo Redentor, que en plan divino

trazó la estatuaria

para enseñar a la oración camino.»

«¡La soberbia...! ¡Satán...! El ángel malo,
835

que rebelado en la eternal morada

de un abismo a otro abismo

fue rodando en la nada,

mordiendo sombras, hasta dar un día

en la planicie colosal de un mundo
840

que obedeciendo a la creación surgía;

aquel que en su fiereza

sobre el globo luchando, alzó los ojos

de Dios a la grandeza

y hundió su garra ruda
845

del hombre en el espíritu indeciso

sazonando la duda

en la flora inmortal del paraíso;

el orgullo... el incógnito veneno

que en la sangre serpea
850

de la doliente humanidad, sin calma

buscando nueva forma y nueva idea

se hundió hambriento en el alma

de la arrogante edad indagadora;

y queriéndola alzar en vuelo insano,
855

con fuego eterno le abrasó la mano.»

   «Infamando mi nombre

se alzaron ondeantes

cadalsos, tajos, bárbaras picotas

que desgarraban con letal encono
860

los miembros palpitantes;

la Alemania, la Galia,

la Bretaña, la Iberia,

la dolorida Italia,

vieron formarse ejércitos impíos
865

que pasando los Alpes o el Pirene

o remontando el Rhin, ciegos corrían,

y pueblos y naciones destrozaban,

¡y columnas de Cristo se decían!»

   «¡Guerra de religión!» gritó la Europa
870

al ver pasar por valles y collados

la turbulenta tropa;

mi nombre con la guerra

formó consorcio en la razón humana;

mas nunca en Dios; que si humilló la tierra
875

mi corona de amor, allá en el cielo

la infinita ciudad con grito fuerte

declaró el lema falso;

«¡No es mi cetro la muerte,

ni brota mi esplendor sobre el cadalso...!»
880

   «La guerra asoladora

siguió agitando al orbe; el signo eterno,

aurora de verdad, flotó en las manos

de ardientes enemigos

que se llamaban en la Cruz hermanos.
885

Y fue subiendo la espumante ola

de fanatismo y de razón soberbia;

y el insensato orgullo,

en diluvio de error salvó las cumbres

de la verdad y la fe; implacable
890

turbia la mar subía,

«Yo llegaré a los cielos» exclamaba120,

y en escalón de sombras se empujaba.

   «Costumbres, ritos, códigos y altares,

arrastró en su furor; la fe, su veste
895

vio tendida en los mares

de la pasión impía;

recuerdos de otra gloria,

amor y religión, piedad, historia,

todo giró en errante torbellino;
900

y al fin sobre la oscura

cúspide yerta del furor del hombre

cayó la cruz, se levantó liviana

la prostituta en el altar; llorosa

la caridad cristiana
905

se detuvo en la aguja vagorosa

pidiendo fuerza a Dios, y a mis gemidos

contestaron los cielos,

al ver al hombre en infernales duelos

querer llegar a Dios por los sentidos.»
910

   «¡Señor!», grité, «la tierra no es mi solio»;

y Dios me dijo... «Humillarás la ciencia;

torpe la humanidad, en su delirio

levanta otra babel; ve a su conciencia;

sé su amor, su esperanza, o su martirio;
915

y escondida en el ser que piensa y llora,

te elevarás del mundo vencedora.»

   «Y en la conciencia entré y en ella giro;

en vano las humanas convulsiones

golpearán mis blasones;
920

yo floto en el suspiro

de dulce madre que en la tumba llama;

yo soy la fuerte idea,

cimiento que proclama

a la eterna Salem; yo si golpea
925

la pena en la familia,

soy la copa amorosa

donde beben espumas de esperanza

el aterido huérfano y la esposa;

yo soy la confianza
930

que tiene el hombre en Dios; cobarde en vano

la masa de revueltas sociedades

pretenderá aplastar con el ruido

de viejas tempestades,

los ecos de mi voz; que si en la tierra
935

sumergida en los vicios y en la guerra

no ve mi mano amiga,

por más que en el tumulto no me aclame,

no hay tumba que al abrirse no me llame

ni pena que al llorar no me bendiga.»
940

XI

   «Nací en Adán, y la corriente humana

sustenta mi bajel121, que en letras de oro

dice el nombre de Dios; razas, naciones,

todo me lleva en sí; yo soy del cielo

irrecusable prueba
945

que al espíritu calma; el Ser divino

me arrojó de la vida a las espumas,

y sobre ellas aliento;

venzo todo destino,

humillo al mar, a la borrasca, al viento,
950

y cumpliendo precepto soberano,

cuando termine el mundo su corrida,

cerraré con mi122 mano

los párpados ardientes de la vida.»


El último canto de Safo

   ¡Ven, lira, ven a mí, que tus cantares

del corazón acallen los dolores;

venga tu aliento a reanimar las flores

marchitas ¡ay! de ayer:

vuelve mi voz armonizando el viento
5

con delicadas ondas deleitosas;

ven y endulza mis horas angustiosas

tú, lira, mi placer!

   Ayer sonabas, y a tus dulces notas

coronas en mis sienes renacían;
10

sus hojas orgullosas se mecían

al son de aplausos mil;

unidas a tus ecos mis canciones

la paz del corazón arrebataban,

en tanto que mi frente acariciaban
15

cual céfiro de abril.123

   ¡Hoy... fiera realidad! El sol oscuro

flota en un cielo lúgubre y sombrío;

ya no se escucha por el bosque umbrío

del pájaro el cantar;
20

triste el vergel, opaco el horizonte,

al mundo sin su luz mis ojos miran;

locos en torno a mí todos deliran...

¡horrible delirar!

   Ya no escucho a la fama lisonjera124
25

himnos cantar a mi agitada frente;

no; ya no miro en el jardín riente

las plantas florecer;

ardieron las coronas altaneras

que el Orbe puso en mi cabeza altiva,
30

al rayo de esta llama eterna y viva,

que siento en mi crecer.

   Pavesas son mis glorias que pasaron;

pavesas son mis flores que murieron;

cenizas, sí, que débiles huyeron
35

al soplo de Aquilón.

¡Ay! ¿Por qué suspirar mi ayer perdido?

¡Por qué soñar sus glorias y sus flores,

si agostaron mi vida los dolores...

si es polvo el corazón!
40

   Mas hoy quiero cantar a la memoria

del que causó mi dicha y mi agonía;

suspensa ya sobre la tumba fría,

amante pienso en él;

ya flotando en la bruma de otro mundo
45

tiendo la vista al que dejar anhelo,

porque quiero mirar restos de un cielo

sobre su amarga hiel...

   Yo quise hallar una verdad divina

que en su ilusión el alma columbraba;
50

dulce ensueño de amor; flor purpurina

que de la mente en el vagar flotaba;

del mundo al ver la realidad mezquina,

más mi delirio y más la ambicionaba,

y volando en las alas de mi anhelo,
55

miré la tierra convertida en cielo.

   ¡Cuántas veces del monte por la falda,

cuando entonaba triste mis amores,

la vi mecerse en nubes de esmeralda

adornada de célicos vapores!
60

Era un ángel de amor; bella guirnalda

de blancas perlas y nacáreas flores,

coronaba sus nítidos cabellos,

que el sol más blondos, que su luz más bellos.

   ¡Cuántas del mar perdida en la ribera
65

la vi jugar entre la espuma hirviente,

arrojando a los vientos altanera

rudos cantares de su lira ardiente!

Era su trono el mar; su cabellera

las nubes que cruzaban por su frente;
70

y el ronco son de la tormenta impía,

de su cantar sublime la armonía.

   Yo entonces adoraba aquel delirio;

aquella luz amante de mi vida

era mi amor, mi dicha y mi martirio,
75

el resplandor de mi ilusión querida.

Yo lo adoraba, cual el débil lirio

que ve en las sombras su calor perdida

el dulce beso de la aurora pura,

que le devuelve aromas y frescura.
80

   Pero ¡vana ilusión! el alma mía

cruzó la vida con incierto vuelo,

sin que jamás templase mi agonía

el ángel puro que mintió mi anhelo,

yo te llamé en mis trovas noche y día
85

con dulces quejas, con ferviente celo;

mas vi con llanto sin igual, profundo,

que llamaba a los cielos desde el mundo.

   ¡Quién a un cadáver disecado y frío,

que en el mundo sepulcro duerme aislado,
90

osa poner con torpe desvarío

flores risueñas sobre el rostro helado!

Quizá no entiende miserable, impío,

que al hombre de la vida arrebatado,

no lo adornan magníficos doseles,
95

ni rosas, ni coronas, ni laureles.

   Mas ¡ay! nosotros vamos vacilantes,

laureles recogiendo y auras flores,

para arrojarnos luego delirantes

del mundo entre las hondas de colores;
100

necios lo embellecemos, y anhelantes

le pedimos después gloria y amores;

pues es tan loco empeño no miramos

que el mundo es un cadáver que adornamos.

   Mares que en vuestras olas argentadas
105

copiáis el cielo de la patria mía,

llorad, llorad las horas adoradas

que el tiempo arrebató con mano impía.

Ilusorias mentiras nacaradas

que halagasteis mi ardiente fantasía,
110

mostrad al ser que hacia tu tumba avanza

un átomo tan sólo de esperanza.

   Mas sigue el mar tranquilo; ni un gemido

contesta a mi dolor; allá la estela

miro brillar del barco adormecido
115

bajo los pliegues de su blanca vela;

el céfiro se agita sin ruido,

la clara luna sobre el mar riela...

¡Como los hombres son los elementos,

no comprenden del alma los tormentos!
120

   Y yo que ansié la vida... ¡que riente

crucé el desierto con tranquilas alas!

que en mi infantil edad hollé inocente

del bello prado las sencillas galas...

¿Mas dónde vas, espíritu inclemente?
125

¿Por qué en recuerdos tu dolor exhalas?

No arrojes por piedad flores divinas

en esta senda de dolor y espinas.

   Yo amé a un hombre; su aliento embalsamado

era la inspiración que yo bebía;
130

al fuego de su acento enamorado

versos brotaban de la lira mía;

unida con su espíritu adorado

delirante creció mi fantasía;

y con su amor y mi arrogante gloria
135

juzgué pequeño el mundo a mi memoria.

   Cantos de triunfo el aura murmurante

hasta mis plantas con afán llevaba

la corona del genio audaz, radiante;

sobre mi frente trémula se alzaba;
140

la pura fama del talento amante,

con halago sin fin me acariciaba,

y en el orbe brillaba limpia y sola

la luz de mi magnífica aureola.

   Amante, tierna y del amor querida,
145

poetisa ardiente, y de la gloria amada,

el alma se agitaba conmovida;

la mente se eleva entusiasmada.

¡Oh! ¡cuán alegre resbaló mi vida

por el falaz orgullo acariciada,
150

al ver entre mis dulces desvaríos

la gloria y el amor esclavos míos!

   Mas hoy... ¡amargo afán! con triste canto

llamo a mi amor, y de mi voz se esconde;

sólo a mis quejas cual terrible encanto
155

eco apagado por do quier responde;

el genio se extinguió en un mar de llanto;

¿dó se encuentra mi lira? ¿decid, dónde?

Mis lágrimas ahogaron sus sonidos,

y hoy sólo arroja de dolor gemidos.
160

   Roto el ídolo fue, que altivo un día

cautivó con sus cantos las Naciones;

el que miró con arrogancia fría

a sus plantas del genio los pendones;

ya no vive en sus versos la armonía;
165

muriendo con su amor sus ilusiones,

es sólo un ser que fue... vaga quimera...

leve rescoldo de gigante hoguera.

   ¡Cómo te adoro yo, sombra ilusoria!...

¡cómo aún te mira arrebatada el alma!
170

Por ti arranqué laureles a la gloria,

por ti del mártir llevaré la palma.

Muero por ti; ¿qué importa que la historia

manche mi nombre?... Moriré con calma,

si un rayo puro de tu luz divina
175

al entrar en la tumba me ilumina.

   ¿Qué me importa morir, si tú, mañana,

cuando me mires bajo el tilo umbroso,

dosel que los sepulcros engalana

sumida de la muerte en el reposo,
180

lágrimas verterás sobre la cana

frente del mármol que me cubre ansioso,

y entre sollozos con amargo acento

mi eterno nombre lanzarás al viento?

   Y me verás perderme en la enramada
185

brindándote mi amor; y oirás mi lira

amante, deliciosa, enamorada,

al son del aura que el pensil respira;

y cuando dulce asome la alborada

que a los cantores del vergel inspira,
190

yo vendré con su luz, a ver si brilla

una perla de amor en tu mejilla.

   Adiós, adiós, Faón, luz de mi vida...

alma del alma que cantó inspirada;

bello fantasma que a vivir convida
195

a mi esperanza esperar cansada.

Te amé, cuando del Orbe era aplaudida;

por ti lloré marchita y olvidada;

y si hay amor tras ese mar profundo,

te adoraré también desde ese mundo.
200

   Adiós, heroica Patria, que me miras

rasgando triste de mi tumba el velo;

no pienses comprenderme, que deliras;

no eres bastante a descifrar mi anhelo.

Di tan sólo, si alguna vez suspiras
205

al ver mis versos que bendijo el cielo:

Safo no fue suicida... el mundo miente...

¡matola el Genio al abrasar su frente!


I

   Bendito el que los mares agita con su aliento;

el que hace con sus iras el huracán gemir;

el que en la negra nube sepulta ronco acento;

el que hace al rojo rayo veloz el aire hendir.

II

   Bendito el que a los astros girar hace en los cielos;
5

el que a la blanca luna da lánguido color;

el que a los mundos rige, tras mil opacos velos,

que ocultan a la tierra su mágico esplendor.

III

   El que al sonoro río, veloz lleva a su tumba,

dando a sus ondas paso por entre flores mil;
10

el que de la alta cumbre torrente audaz derrumba,

que arrulla en dulce curso las galas del pensil.

IV

   El que en los aires puso las aves altaneras;

girar hizo a los peces en el inmenso mar;

el que pobló el desierto de bramadoras fieras,
15

y al hombre dio dominio sus iras a calmar.

V

   El que a las altas cumbres llegó hasta el firmamento,

cubriéndolas con manto de límpido color,

y quita de sus frentes de armiño el ornamento,

con el cabello rojo del astro abrasador.
20

VI

   Salud suspira el aura, salud murmura el río;

salud125 dicen las cumbres su frente al descubrir;

salud trinan las aves, salud el sol de estío,

y todo te saluda, Señor, tan sólo a ti.

VII

   Y yo también mi canto veloz exhalo al viento;
25

y vuelo hasta tu trono en pos de mi ilusión;

y yo salud, te digo, creador del firmamento;

salud Dios de la tierra, Señor de la creación.


De cómo se puede estudiar geografía histórica por el piso y otros accidentes de Jaén

ODA

    Brillantísima turba de poetas,

los que buscáis de la creación las galas

para escribir cuartetas

más buenas o más malas;

los que llamáis culebra al arroyuelo;
5

a la nube cañón, al cañón nube;

al cielo mar; a la mujer querube;

al querube mujer; a la mar cielo;

y nos decís que el sol ama a la luna,

y que la luna al sol sigue la pista,
10

cuando no se conocen ni aun de vista.

Los que al sentir cantar los ruiseñores

pensáis cándidamente

que cantan sus amores,

sin acoger la tremebunda idea
15

de que pueden hallarse de pelea;

los que decís con armoniosas galas

que todas las mujeres tienen alas

y que son por lo puras

ángeles forasteros
20

que viven cuartos cuartos o terceros

en lugar de vivir en las alturas;

los que con tono serio

nos contáis que la aurora llora o ríe,

conforme está de humor; que el aura leve
25

tiene amor con las flores; que la rosa

se aflige cuando llueve,

y que la azul laguna

que estaba en relaciones

con el arroyo manso y cristalino,
30

da quejas a los cielos

cuando el infiel galán, por darle celos,

se detiene en la presa del molino.

Los que cantáis... venid... Hay aquí un mundo

de ardiente inspiración; la ciudad mía
35

es por hados fatales

un cuaderno especial de geografía,

con notas del autor y editoriales;

en sus calles hay golfos y colinas,

peñascos y torrentes,
40

cascadas y ruinas,

con otros accidentes

que forman por su hechura

un globo de admirable contextura.126

Aquí, por privilegio
45

de que ejemplo no existe, en pleno día,

lucientes y a millones,

las estrellas se ven a tropezones;

aquí, porque Dios quiso,

las flores brotan en los riscos suaves
50

que pueblan a la par gozando el piso

cabras de buenos pies, y águilas graves;

aquí las calles lóbregas y frías,

para bien de las gentes,

son en lugar de calles, droguerías...
55

aquí... mas no prosigo, de mis huellas

marchad en pos, y contemplad serenos

el vasto panorama

que en pos de mis históricas querellas

os voy a demostrar sin más ni menos.
60

Una calle... miradla... allá a lo lejos

profundos precipicios; son las grutas

del gigantesco Cáucaso; a su planta

un lago... es el mar muerto; muy vecina

a las rocas aquellas
65

una roca se empina

haciendo tropezar a las estrellas...

Es el pico de Teide; en la pendiente

se dibujan detrás confusamente

hondos desfiladeros;
70

las Termópilas son; hay del que pisa

sus peñones ingratos;

¡que aunque vuelva a su casa con camisa,

de seguro no vuelve con zapatos...!

Allá lejos, al pie de oscura loma
75

se ve un charco asqueroso, triste y feo;

allí estuvo Sodoma;

aquel picacho que al oriente asoma

debe ser el Montblanc o el Pirineo;

y aquellas aguas que por dos pendientes
80

bajan en las crecientes

hasta la cueva oscura

que con rejón de hierro se asegura,

son los brazos del Nilo

que de la lluvia en la estación impía
85

al mar se echa intranquilo,

besando la ciudad de Alejandría.

¿Conocéis el lugar así en conjunto?

La calle de Cerón; pues a otro asunto.

   Otra calle... ¿Qué veis? Sombras y luto;
90

apenas en su seno se levanta

de la vida el rumor como tributo;

inmundo el suelo; las paredes brotan

líquidos horrorosos; aquí estuvo

Pentápolis feroz; Dios en su ira
95

con hirviente betún abrasó el seno

de las cinco ciudades; hoy se mira

el piso ingrato al ingrediente ajeno127;

mas en cambio se ven, y muy recientes,

tan viles ingredientes,
100

que piden con sus lúgubres escorias

bandos, multas, columnas mingitorias,

órdenes de prisión y dependientes.

   Allá a los lejos vese una figura

en sucia y académica postura;
105

sin duda es un judío

que sin fogar ni grey

abusa de su estúpido albedrío

profanando la sombra de la ley.

¿Conocéis el lugar? Aunque os asombre
110

su nombre callaré porque es impuro,

y a más de callajón128, Sucio de nombre.

   Otra calle, en su centro las arenas

raudas se arremolinan; negras nubes

en alas de Simoun
115

se levantan insanas,

pretendiendo comerse las manzanas.

Reverbera la luz; las aves chillan;

sólo las aguas por su ausencia brillan.

Es el Sahara... huid... los vendavales
120

levantarán la arena,

y hasta las catedrales

al polvo impuro servirán de cena.

En vano pide el árabe afligido

desde el culto Yemen
125

agua a los cielos... nada...

las aguas no se ven... años pasados

por la arena abrasada

pasaban los nublados

por un jumento fúnebre arrastrados129;
130

mas, ¡oh! ¡negro tormento...!

ya no más pasarán; el tiempo errante

mató a fuerza de siglos al jumento,

y la nube tonel quedó cesante.

¿Conocéis el lugar? Lo arrecifado,
135

¡la Carrera, la Plaza y el Mercado...!

   Allá lejos, por medio de azoteas,

de torres y de cúpulas bravías

negras nubes de humo

se elevan por las bóvedas vacías.
140

Allí vive Nerón; es panadero;

él su furor desploma

sobre todos los que hay en su camino,

y anhelando abrasar la nueva Roma,

empieza por la casa del vecino.
145

No hay compasión... mirad... el humo crece;

la nube se agiganta;

ya una casa perece,

y el nuevo Nerón canta,

¡y junto al pan la humanidad se cuece...!
150

Mas lejos... torreones...

casas apuntaladas...

lúgubres murallones...

ruinas abandonadas,

precipicios, escombros y peñones...
155

Allí están los fragmentos de Herculano

que el Vesubio aplastó130, de Babilonia

del vicio criminal fruto liviano;

los escombros de Quito

ciudad que sin conquista
160

derribó un terremoto socialista;

los arruinados muros

de la gran Jericó, que por inquieta

domando mundos y parando soles,

arrasó Josué131 con la trompeta,
165

a fuerza de becuadros y bemoles;

las torres son del Cairo; los pilares

de Eacsos y Baltech; los edificios,

que apenas se sostienen,

y cuando sopla el aire van y vienen,
170

son residuos de casas galileas132

que viven tristemente,

apoyando sus negras chimeneas

en la pared de enfrente;

y los otros solares arruinados,
175

que al Oriente se hacinan

dominando murallas y tejados,

son los restos de Rodas,

patria de aquel coloso

de instintos tan feroces
180

y de tan duros brazos,

que derribó su pueblo a puñetazos

¡una siesta fatal, soñando a voces...!

   ¡Oh! ¡Recuerdo de historia y geografía

filosóficamente detallados
185

en el conjunto de la patria mía...!

¡Oh! Patria, que en tu histórico recinto

tienes un laberinto

de cosas tan sin par y diferentes

que espantan a las gentes...
190

descansa en paz; y si mañana acaso

algún arrebatado Municipio,

(por exceso de atraso)

osa arreglar tus plazas y tus calles,

o levantar del suelo un solo ripio,
195

dile con voz de bajo muy profundo,

estas palabras que alzará la133 historia...

«No profanéis mi gloria...

yo soy la estatua del antiguo mundo.»


A D. Juan Antonio Viedma

SONETO

   Sigue, cantor; de tu inspirada mente

brote en raudales el cantar sonoro;

pulsa la lira, que en sus cuerdas de oro

refleja audaz tu inspiración potente.

   Sigue, cantor; porque tu canto ardiente
5

llevando al alma celestial tesoro,

arranca al corazón risas y lloro;

llena de gloria la entusiasta frente.

   Sigue; que al Bardo que con dulce vuelo

cruza este charco mísero y profundo
10

brindando al alma celestial consuelo,

   Dios lo levanta de este mar inmundo

y le hace llegue con la frente al cielo,

desde su indigno pedestal el Mundo.


A la poesía

ODA

Dedicada a mi amigo D. Francisco Moreno

   Mirad la luna iluminar callada

las olas de la mar; ved cuán riente

eleva por la brisa acariciada

los rizos de su frente.

¿No escucháis sus gemidos?
5

¿No la veis salpicar la blanca vela

del barco pescador? ¿No veis hendidos

por los remos sus rizos, que irritados

se dejan ver cual luminosa estela?

Mirad allá en el lánguido horizonte
10

cual reposan unidos dulcemente

los cielos y la mar; ved las estrellas.

Sobre la blanca espuma de unas olas

en su desorden bullicioso, bellas.

Pura es la noche, tierna la armonía
15

del mar aterrador en otras horas;

allá por donde el sol de la mañana

extiende sus doseles,

se escuchan vagas músicas sonoras;

es el mar que despierta al choque rudo
20

de rápidos bajeles134

que el viento arrebató; lentas mis horas

cruzaron desgarrando el velo inmenso

del sin fin Oceano, que iracundo

manchó sus palos con su fiero llanto.
25

Mas mirad, una nube se dilata

por el espacio azul; va rudamente

cual arista que rápido arrebata

el viento bramador; la bella luna

pierde su luz de plata, transparente.
30

Ya nacen otras nubes, ya se chocan

en el inmenso espacio y se deshacen,

y silba135 el huracán, y se provocan

las nubes y las olas que renacen.136

Relámpago fugaz surcó el espacio,
35

que el seno desgarró del firmamento.

¡Oh! Su luz de flamígero topacio

es la horrible señal; ya zumba el viento

con más grande furor; ya el ronco trueno

domina de las olas el rugido;
40

ya el cielo antes sereno

lanza un mar de su seno embravecido.

Mece su espuma intrépido Oceano;

entre el cielo y su cuna, ronco grita,

amenaza con eco sobrehumano,
45

y en su lecho otra vez se precipita.

Estréllanse las olas con las olas

humedeciendo el vasto firmamento;

corre la nube rápida, impelida

por el fiero huracán, que en sus furores
50

la rompe en otra nube, que otro viento

arrancó con violenta sacudida.

Y al crujir137 de su golpe fiero, horrible,

el agitado mar más se estremece;

retumba el trueno con furor terrible,
55

y más la tempestad airada crece.

Allá se escuchan gritos moribundos

si la tormenta por rugir respira:

son los ayes profundos

del marinero, cuyo aliento expira138
60

en medio de las olas de dos mundos;

mas cada vez que el sol de la tormenta

las olas y los cielos enrojece,

vese una sombra que su trono asienta

entre los pliegues de una negra nube
65

que en sus vaivenes rápidos la mece.

Miradla arder al lívido relámpago

que desgarró la nube voladora:

¡Qué bello es su semblante, cuando el cielo

con sus rápidos rayos lo colora!
70

Ya a la pálida luz que anuncia el día

vese vagar sobre las rudas olas,

cabalgar cual ardiente fantasía

entre las pardas nubes, o riente

envolver en la espuma nacarada
75

su delicada frente.

¿Es el genio quizá tempestuoso

que encadenó las nubes altaneras?

¿Es quien hizo que el trueno pavoroso

mil rayos arrojara de su seno?
80

¿Quién en alas del viento impetuoso

hizo volar al céfiro sereno?

Ya la aurora sus tintas de escarlata

muestra al mundo en Oriente;

suspira el huracán; la negra nube
85

deshecha se dilata

por los tendidos cielos de Occidente.

El fantasma que rápido mecía

su trono en las montañas oscilantes,

huye veloz adonde nace el día.
90

Vedlo aspirar los remolinos de oro

que lanza el rojo sol en sus cabellos,

y ceñirse con cántico sonoro

sus mágicos destellos.

¡Oh! Qué dulce en la calma se extasía139
95

del mar que torna de color ardiente

el astro de la vida y la alegría...

¿Mas quién es esa sombra, que ora altiva

cabalga desgreñada en la tormenta,

ora con calma sin igual lasciva,
100

en la dulzura su belleza asienta?

Mares, nubes y sol, todo murmura

un nombre con angélica alegría;

todo el orbe en un himno de dulzura

saluda a la poesía.
105

Es la poesía, sí, la imagen bella

de lo grande, lo puro, lo glorioso,

esa radiante estrella

que brilla en este suelo cenagoso.

Allí donde hay grandeza, do hay dulzura,
110

inspiración, puro placer, encanto,

ilusiones de amor, allí fulgura

su trono celestial, que entre laureles

se mece dulce con su imagen pura

do el espacio se impregna de armonías
115

por ejércitos miles arrojadas,

ahuyentando las nubes negras, frías,

bajo el cielo agolpadas,

y ondean en los vientos extendidos

fantásticos pendones,
120

por las olas del fuego ennegrecidos;

do se escucha el correr de los corceles

y del clarín los ecos vibradores,

y el humo del cañón alza doseles,

y de sangre revístense las flores;
125

donde el triste vencido

sobre el helado cuerpo de un hermano

siente volar su pensamiento herido,

y trovo eleva al azulado cielo

un canto de agonía,
130

allí entre fuego y entre sangre y llanto

suspira la poesía.

Donde el fiero torrente impetuoso

mece sus rizos de irritada espuma

entre el cielo y el prado delicioso
135

llenando el viento de templada bruma,

en sus olas con célica alegría

alza su regio trono la poesía.

En la cresta de armiño coronada

donde ruedan las nubes altaneras,
140

dominando peñascos, valles, ríos

y fértiles praderas

que dan aromas al nacer el día,

entre los pliegues de sus claros mantos

se asienta la poesía.
145

Juega en las olas puras armonías

del cándido arroyuelo,

que reflejan brillantes, candorosas,

el puro azul del cielo;

y recoge el suspiro que las flores
150

lanzan de amor al despuntar la aurora,

y se aduerme a los cantos trinadores

del puro ruiseñor, que el sol no adora

jugando en el Edén de sus amores.

Y vive, en fin, en montes, valles, ríos,
155

en bosques, en fantásticos lugares,

en el desierto, do los hielos fríos

jamás cubrieron la sedienta arena;

en los volubres140 mares,

que ora lanzan suspiros dulcemente,
160

ora en alas del viento impetuoso

avanzan a mojar del sol la frente,

ella con raudo vuelo,

rasga esas nubes pálidas que ondean

bajo el éter azul, descorre el velo
165

que el pensamiento por romper se afana,

llega al trono de Dios, su fe le alienta

y a su sagrada planta el vuelo asienta.

Sigamos, pues, tras las radiantes huellas

que tierna nos mostró; dulces cantemos
170

al eco blando de armoniosas liras,

hasta marcar su nombre en las estrellas;

sus triunfos ensalcemos,

que es el ángel de gloria y de poesía

el solo bien que existe en este suelo
175

de miseria y sin fin triste agonía.

Sigámosla; cuán dulce es su camino;

la poesía es el placer; el desvarío,

las dulces ilusiones, la amargura,

el amor, el frenético desvío...
180

Cantemos, pues, la célica sonrisa

que enjugó con su aliento nuestras frentes

cual el suspiro de temprana brisa;

al torrente irritado impetuoso

que derrama sus rizos por el viento,
185

al ronco mar que ruge embravecido,

al huracán violento

que vuela por el mundo estremecido;

al céfiro que vaga entre las flores,

al arroyuelo límpido y sereno,
190

que cruza el prado murmurando amores;

a la cumbre de armiño coronada

do descansan los velos de la aurora;

a la nube irritada

que al reflejo del rayo se colora;
195

a esos astros incógnitos, lejanos

que brillan en los vientos de azul llenos,

a esos abismos hórridos arcanos

a esos sitios angélicos serenos.

Y si la negra parca en sus rigores
200

nos arrebata al mundo, acento fuerte

pidamos al Señor de los señores

para morir cantando a nuestra muerte.


A mi amigo D. Antonio Almendros Aguilar en sus días

SONETO

   Mueran de Italia en el jardín riente

del déspota opresor los escuadrones,

y alce la libertad rojos pendones

del Apenino en la nevada frente;

   desgarre el mar su velo transparente;
5

muera el mundo en su lecho de ilusiones;

nada me importa a mí, que en dulces sones

anhelo saludarte blandamente.

   Que en este charco mísero y profundo

que cruza el alma orlada de dolores,
10

la amistad es del bien árbol fecundo.

   Deja, pues, que siguiendo sus fulgores

desprecie las borrascas de este mundo,

y a ti dedique mis marchitas flores.


      Madre, tu manto divino

   nos cubre y nos presta aliento;

   sobre este mar turbulento

    donde la pasión domina,

      tu grandeza encantadora
5

   alta y pura se levanta;

   por ti la virtud encanta;

    por ti la esperanza implora.

      Sobre tus aras benditas,

   donde entre inciensos y flores
10

   van a buscar tus amores

   hasta las almas marchitas,

      ofrenda santa elevamos

   de amor, de fe y de ventura,

   por santa, bendita y pura
15

   sobre tu altar meditamos.

      Tiende tus ojos y mira

   cuanto sobre el mundo alienta;

   arco sé de la tormenta,

   sé dogal de la mentira.
20

       Secas del mundo las flores

   se ven en míseros huecos;

   ya sobre el mundo están secos

   los prados de los amores;

      y en miserable orfandad
25

   lloran en torno infecundo,

   esos huérfanos del mundo

   que imploran la caridad.

      Tiende tus ojos: un día

   cuando entre negro sudario
30

   llorabas sobre el Calvario

   con santa melancolía,

      el mundo sintió tu luz,

   y sollozando de pena,

   rompió a tus pies su cadena
35

   postrándose ante la cruz.

      «¡Madre!»141 gritó con amor

   el huérfano, siempre solo;

   «¡Madre!»142 desde polo a polo

   gritó con ansia el dolor;
40

   «¡Madre!»143 sollozó aterido

   el hambriento desde el foro;

   «¡Madre! ¡Madre!»144 gritó en coro

   todo el mundo redimido.

      ¡Madre! a tu plácido altar
45

   llego ansioso de dejar

   la ofrenda con que te imploran

   los ateridos que lloran,

   fatigados de esperar.

      Cándida como el pudor,
50

   tú eres iris del dolor

   y aliento de la esperanza;

   por ti la conciencia alcanza

   la intensidad del amor.

      Santa, mística, bendita,
55

   cuanto padece te implora;

   por ti el corazón palpita

   y en la esperanza se agita

    de una vida encantadora.

      Generosa como el bien,
60

   grande los mundos te ven

   sobre el peñón solitario,

   aún recordando el Calvario

   suspira Jerusalén;

      que allí entre aquellos inciertos
65

   resplandores de la luz,

   ven los corazones muertos

   tus santos brazos abiertos

   como heraldos de la cruz.

      Por eso entre tu agonía
70

   brilla consuelo fecundo;

   por eso desde aquel día

   ya no hay huérfano en el mundo

   que no diga «¡Madre mía!»145

      Y con tanto frenesí
75

   te se adora, Madre, aquí,

   que hay quien del vértigo en pos

   quizá se olvida de Dios,

   pero se acuerda de ti.

      Tú, en belleza soberana,
80

   no eres la Venus liviana

   que alza la mar cristalina;

   eres la forma divina

   de la estética cristiana.

      Por eso tus ojos son
85

   grandes como la ilusión

   que espera santa ventura;

   por eso es cándida y pura

   tu frente de bendición.

      Por eso tu cabellera
90

   que besa el ángel con brío,

   al extenderse en la esfera,

   se humedece en el rocío

   del que padece y espera.

      Y por eso en vano afán
95

   luchan buril y cincel:

   que nunca a ti llegarán,

   ni el lienzo de Rafael,

   ni el mármol de Boachardam.

      ¿Quién te olvida? Allá en la tierra
100

   donde ruge ronca guerra

   que al Rhin caudaloso empaña;

   en esa horrible campaña

   que nos rinde y nos aterra;

      en esos bosques que hoy son
105

   pasto de la destrucción,

   y que al fuego que los doma

   aplauso rinden a Roma

    bajo el cetro de Nerón;

      allí donde sin entrañas
110

   se esgrimen puñales cientos,

   y sobre piras extrañas

   se alzan montones de muertos

   más altos que las montañas;

      en ese escenario, allí,
115

   en esa inmensa derrota,

   dicen que con frenesí

   sobre cada muerto flota

   un recuerdo para ti.

      Dicen que las catedrales
120

   que refleja la onda fría,

   en asientos inmortales

   rezan el Ave María

   por sus torres colosales,

      y dicen que el panteón
125

   que formó el vértigo ardiente,

   tiene por coronación

   un grito santo y ferviente

   pidiendo tu bendición.


SONETO

   Bríndate el mar sus copos argentados;

sus suspiros de amor murmuradores;

el bosque ameno sus risueñas flores,

y el prado sus perfumes delicados.

   Los ecos de las selvas perfumados
5

te brindan sus acentos seductores,

y coronas de plácidos amores

te ofrecen los jardines y los prados.

   Y yo también coronas te ofreciera

si en el mundo unas flores encontrara
10

dignas de orlar tu frente placentera;

   mas fuera aqueso dicha bien avara,

pues si dignas de ti flores quisiera,

en el cielo quizás no las hallara.


Historia positiva

      Voy un drama inofensivo

   a exponer al justo asombro;

   argumento: -positivo:

   edad: -el tiempo en que escribo;

   personajes: -no los nombro.
5

      Allá en la hermosa región,

   virgen espléndida y pura,

   que es en toda su extensión

   pedestal de la figura

   del gran Cristóbal Colón,
10

      por dimes y por diretes

   se enredaron a moquetes

   como una turba de bravos,

   los libres y los esclavos,

   los sabios y los zoquetes:
15

      Se movió tal retintín

   con asunto tan fatal,

   que al pueblo de San Quintín

   mandó la unión liberal

   a apaciguar el motín.
20

      Sonó el bombo, y allá fuimos;

   en Cuba desembarcamos;

   hacia Méjico partimos;

   su fértil suelo miramos;

   llegamos... y nos vinimos.
25

      Y he aquí, por más que a la unión

   sus cinco bombos la abrumen,

   el drama, su ejecución,

   y el más exacto resumen

   de la heroica expedición.
30

      ¡Pobre Patria! Tu destino

   no lo acierto a ver con tino;

   yo te miro y me confundo,

   ayer por cima del mundo;

   hoy al par de San Marino.
35

      Ayer tus bravos pendones

   nos daban horas eternas;

   hoy de las expediciones

   suelen volver tus leones

   con el rabo entre las piernas.
40

      Desde Lepanto hasta Pinto,

   desde Cuba a San Quintín

   jura el mismo Recesvinto

   que el sable de Carlos quinto

   se convirtió en espadín.
45

      Pues si siempre el mismo es,

   hoy ese indómito acero,

   fragmento de viejo146 arnés,

   está en poder de un guerrero

   que lo maneja al revés.
50

      Adonde quiera que vamos

   extraña misión cumplimos;

   en Asia nos abrasamos;

   de América nos vinimos,

   y en África nos quedamos.
55

      Después de meses y lunas,

   y tras de luchas crueles,

   las asiáticas lagunas

   nos dieron buenos laureles...

   para adobar aceitunas;
60

      y al eco de tanto honor

   y marchando viento en popa

   a los golpes del tambor,

   bravos nos llamó la Europa,

   tontos el emperador.
65

      Y no sólo su arrogancia

   allí ajó nuestra altivez,

   sino que a poca distancia

   vuelve en América Francia

   a insultarnos otra vez.
70

      Tú insultada y ofendida...

   tú, la nación más hermosa

   que vio en su seno la vida,

   del sol la plácida esposa,

   del mar la perla escondida.
75

      Tú, que ante tu enseña brava

   viste con frente altanera,

   cómo el mundo se abrasaba

   con la gloria que dejaba

   la sombra de tu bandera.
80

      Tú, que ansiosa de vencer

   al férvido mar profundo,

   llena de gloria y poder

   pediste mundos al mundo

   para poderte extender,
85

      hoy herida en tu honra cara

   ves que una nación avara

   te insulta con torpe mengua,

    ¡y no le arrancas la lengua

   para azotarle la cara!
90

      Y ves las turbas seguir

   cantando tu triste suerte;

   y oyes a Dios maldecir;

   que Dios maldice la muerte

   cuando es inútil morir.
95

      ¡Ah!... Mi ardiente inspiración

   ya me arrastra por do quiera;

   porque siento en mi aflicción,

   que está la nación entera

   llorando en mi corazón.
100


SONETO

   Genio feliz; conquistador gigante;

émulo de Alejandro, sin segundo,

que hundiste la cerviz del ancho mundo

bajo el asombro de tu ardor pujante;

   que ceñiste de imperio relumbrante
5

la faz de Europa y de estupor profundo,

y el trono de San Luis y Faramundo

convertistes en águila triunfante.

   ¿Dónde está ¡cielos! tu mirar de hiena?

¿Dónde el fulgor de tu tajante espada?
10

¡Sólo cubre una tumba en Santa Elena

   tu corona imperial despedazada...!

Mira tus glorias, vanidad terrena:

¡Orgullo, polvo, desengaño, nada...!


El Arte y el Siglo

LOA

escrita para solemnizar el natalicio de D. Pedro Calderón de la Barca

A mi querido amigo D. José Moreno Castelló

PERSONAJES



EL SIGLO XIX.
EL SIGLO XVII.
EL ARTE.
EL SENTIMIENTO.
LA RAZÓN.
LA SOBERBIA.
LA DUDA.

Escena.-El centro del Teatro, un bosque; en el fondo sobre una colina, el templo del ARTE; a la derecha sobre rocas, el templo de LA RAZÓN; en el pórtico de éste una lámpara; un poco por cima del templo de LA RAZÓN, el de LA DUDA; a la izquierda árboles, etc.

Escena I

LA DUDA
Ya se acerca mi hora; el sol cansado
al borde eterno de su linde llega,
y las sombras con paso misterioso
bajan callando a las dormidas selvas;
en breve de la noche el manto oscuro
5
besará con amor mi frente negra,
y cantaré a la noche y a la tumba
con la insondable voz de las tinieblas.
Ésta es mi hora; allá cantos de vida
como un concierto por el aire suenan;
10
oigo gritos de amor, oigo suspiros,
hondos acentos, bárbaras blasfemias:
son amantes que cantan sus amores,
torpes artistas que sus glorias sueñan,
madres que quieren arrancar con llanto
15
al hijo muerto de la tumba fiera.
En breve altiva lanzaré mis alas
por ese mundo que en la sombra piensa;
yo soy la duda, le dirá a la madre
que un cielo hermoso para el hijo anhela;
20
soy la duda, al ferviente sacerdote
que cansado de orar el mármol besa;
y en la frente que altiva se levanta
sobre mundos espléndidos y esferas,
dejaré mis crespones funerarios
25
y haré brotar de la razón tinieblas.

(Señalando a la izquierda.)

Mas allí... de la indómita cascada
que ruge y se revuelve, sombra fiera
miro salir; su planta conmovida
retumba con furor; en las cavernas
30
los monstruos se destrozan, y los pinos,
los aludes, los troncos y las peñas,
la saludan al paso; me estremece
esa horrible deidad.

Escena II

LA DUDA, LA SOBERBIA.

SOBERBIA

(Saliendo.)

¡Salud, oh reina!
Mi acento te saluda.
DUDA
Di quién eres
35
tú que tranquila hasta mi planta llegas.
SOBERBIA
¿No me conoces?
DUDA
De tu aliento impuro
un eco siento; mas la sombra densa
que siempre me ofuscó, no me permite
del mundo ni de mí tener conciencia;
40
habla, y tu acento alumbrará mi mente.
SOBERBIA
¿Me quieres conocer? Escucha y tiembla.
Mi cuna fue el edén; cuando en el éter
no rodaban hirvientes las esferas;
cuando el sol en el cielo no lucía
45
ni el mar bramaba al azotar la tierra;
cuando el coro seráfico cantaba
en arpas de oro la eternal grandeza,
y a las plantas de Dios, la nada umbrosa
cadáver se arrastraba en las tinieblas,
50
un ángel, más hermoso que el recuerdo
de la virgen de amor que el alma sueña,
osó arrancar de las sagradas manos
el cetro rey que a la creación gobierna.
Aquel ángel cayó; y en su caída
55
cuando rodaba por147 la sombra densa
orlando con la espuma de su rabia
de su frente encendida la diadema,
yo nací con espanto, al choque rudo
del bárbaro furor y la blasfemia.
60
¿Me conoces ahora?
DUDA
A tus rugidos,
reconozco el furor de la soberbia.
SOBERBIA
Ese es mi nombre; desde aquel momento
me dio furor lo grande; en mi fiereza
yo abracé los espacios y las sombras;
65
al nacer a la vida a las esferas,
cuando al grito de Dios Adán maldito
lloró espantado de su propia pena,
a empujes de Satán me lancé al mundo
mordiendo ansiosa tan amada presa;
70
por mi aliento feroz, el fratricida
con la sangre de Abel manchó la tierra;
por mí las razas hasta Dios se irguieron;
por mí fue tumba la creación entera;
por mí elevó la impúdica Sodoma
75
su eterna maldición entre pavesas;
por mí el Creador desde el celeste coro
de su misma creación tuvo vergüenza.
DUDA
¿Y qué quieres de mí?
SOBERBIA
Yo, desde el fondo
de la montaña cóncava en que rueda
80
el terremoto rudo, de tus ecos
sentí piedad y me lancé a la tierra
a consolar tus negras agonías;
pues madre de la Duda es la Soberbia.
DUDA
¡Oh! Sí... es verdad, cuando la mente humana
85
abusó de su mísera grandeza,
empujada por ti vine a la vida
entre los velos del infierno envuelta;
obra terrible con afán impío
levanté sobre el mundo; la fe ciega
90
luchó con mi poder, y brazo a brazo
en sangre hundimos la espantada tierra.
Al choque rudo de mi oscura boca
con la pobre y humilde inteligencia,
nació el escepticismo maldiciendo
95
del crimen vil entre la nube densa;
hubo un siglo después, en que a mi rabia
vaciló la verdad: el alma fiera
empujada por mí, quiso arrancarse
de veinte siglos la canción inmensa;
100
el cadalso cantó mi poderío
con su roja cuchilla; en las Iglesias
rodaron las imágenes sagradas
a mi loco furor; tu luz horrenda
tiñó mi faz y montes de sepulcros
105
fueron horror de la espantada esfera.
Después me hundí...
SOBERBIA
Pues bien; desde mi trono
yo percibí tus gritos y tus quejas,
y rabiosa en mi furia arrebatada
vengo a luchar; escucha... el siglo piensa
110
orgulloso arrancar cuantos secretos
hay desde el mundo a Dios; yo su soberbia
empaparé en mi lumbre...
DUDA
Sí, te entiendo,
ahogarás su razón en mis tinieblas
y le harás vacilar.
SOBERBIA
Los enemigos
115
que siempre a nuestro paso se presentan
son el arte, la fe y el sentimiento;
sofócalos...
DUDA
¡Oh! Sí; con rabia eterna
lucharé paso a paso.
SOBERBIA
Yo su orgullo
morderé sin cesar, mas en la selva
120
las flores se estremecen; oigo un cántico
que repiten las flores y las peñas
contando sus secretos; bella imagen
de frente pensativa aquí se acerca.
DUDA
Es la razón; prepárate a la lucha.
125
SOBERBIA
Lucharé con furor mientras que pueda.

(LA DUDA sube a su templo, mientras que LA RAZÓN aparece por el fondo.)

Escena III

LA SOBERBIA, LA RAZÓN.

RAZÓN
Como a mi aliento divino
canta el valle y el sol canta;
bendito Dios que levanta
su grandeza en mi camino.
130
Yo he visto brillar las flores
en el valle y en la loma,
y he comprendido su aroma
y el porqué de sus colores.
Vencí a la naturaleza,
135
y vi con potente calma
toda la esencia del alma
y el mundo de la belleza;
y abarcando mi misión
me duermo con risa grata
140
ante esa gran serenata
de los mundos en montón.
SOBERBIA

(Adelantándose.)

¿Adónde, señora, vas?
RAZÓN
¿Qué quieres?
SOBERBIA
Genio brillante,
quiero al verte tan gigante
145
que te eleves mucho más.
RAZÓN
¡Alas me sobran...!
SOBERBIA
Tu lumbre
brilla indómita y segura;
avanza, llega a la altura
de esa magnífica cumbre;
150
de tu raudo vuelo en pos
has roto del mundo el velo;
alza tu rápido vuelo
para comprender a Dios.
En su altar te adornarán
155
los lauros de la victoria;
tu dosel será la gloria,
los mundos tuyos serán;
y selvas, montes y mares
a ti cantarán, y en coro
160
serán los astros de oro
antorcha de tus altares.
RAZÓN
Este magnífico acento
me estremece y me embriaga.
SOBERBIA
¡Esa atmósfera que vaga,
165
esos mares, ese viento,
cantan la gloria de un ser
infinito, omnipotente,
que será tu rayo ardiente
sin llegarlo a comprender!148...
170
Muerte, vida, humanidad,
palabras son que en un coro,
forman cántico sonoro
que llega a la eternidad
y piden ya su expresión
175
en el libro de la vida.

(LA RAZÓN que durante esta exposición habrá estado agitada.)

RAZÓN
De tanta frase escondida
yo hallaré la traducción.
SOBERBIA
¡Oh placer! (Su orgullo grita;)
ven, corramos.
RAZÓN
Más brillante
180
mi antorcha arderá delante
de esa lumbrera infinita.
Yo volaré por doquier
con vuelo rápido y fuerte;
veré a Dios, veré a la muerte,
185
veré las almas nacer;
corramos, vamos de aquí
que el mundo mi antorcha apaga...
SOBERBIA
En mi aliento se embriaga...
¡Miserable, te vencí...!
190

(LA SOBERBIA da la mano a LA RAZÓN y la lleva hasta el templo de LA DUDA; un momento queda la escena sola; LA RAZÓN sale del templo y adelanta pausadamente por la escena.)

Escena IV

RAZÓN
¡Cuánta niebla...! ¡cuánto horror...!
Esta antorcha alumbra y ciega;
yo tiemblo y siento el rumor,
de la duda que navega
por un mar asolador.
195
Quise alzarme a la verdad...
y ahora tiemblo; ¡pobre llama...!
¡Tu brillante claridad,
en la miseria se inflama
de una pobre realidad...!
200
Hasta el cielo me elevé
y aun más mi orgullo soñó;
a Dios encontrar pensé,
y cuando su luz brilló
en tinieblas me encontré.
205
Y ahora la borrasca impura
ruge en mí con hondo anhelo;
¡oh que noche tan oscura...!
¡Parece que ha sido el cielo
de mi luz la sepultura!
210

Escena V

EL SENTIMIENTO, LA RAZÓN.

SENTIMIENTO
¡Lloras...! Desde el templo mío
percibí tu triste canto.
RAZÓN
¡Cuánta noche...! ¡qué vacío...!
SENTIMIENTO
Yo vengo a calmar tu llanto
que en mi dulce amor confío.
215
RAZÓN
No te acerques; de tu aliento
no cabe en mí la dulzura.
SENTIMIENTO
Detén tu trémulo acento,
que es calma de tu amargura
la vida del sentimiento.
220
RAZÓN
Huye de mí; la ambición
quiso alzarme en vuelo rudo
sobre la eterna región,
y es tan honda mi aflicción
que de mi existencia dudo.
225
SENTIMIENTO
Si la soberbia más fiera
en tu conciencia no grita,
alza tu frente altanera;
que eres la luz más bendita
de la humanidad entera.
230
Por ser tan grande tu anhelo
en vano tu pena exhalas;
no abatas tu raudo vuelo,
que Dios te concede alas
para que llegues al cielo.
235
A Dios lo puedes tú ver
si es la fe quien te conduce,
sin tu grandeza perder;
que estrella que por Dios luce,
a Dios no puede ofender.
240
Yo por distintos caminos
lo busco; mi amor lo adora
en la noche y en la aurora,
y en los conciertos divinos
de la mar murmuradora.
245
Porque el cielo en su bondad
con santo amor nos destina,
a ti alumbrar la verdad;
a mí a extender su divina
conciencia en la humanidad.
250
RAZÓN
Ya la soberbia me agita
a luchar en mi arrebato.
SENTIMIENTO
¡No escuches su voz maldita...!
RAZÓN
Ya es tarde... su aliento grato
potente a volar me incita.
255
Hay en mi orgullo tal vuelo,
tal fuerza de poderío,
que alguna vez en su anhelo
siente que le sobra brío
para el mundo y para el cielo.
260
Cuando allá en la noche oscura
vacila la humana mente
ante mi luz insegura,
buscando con fe potente
otro mundo, otra hermosura...
265
entonces el dique salta
que a las plantas de Dios llega;
fuerza indómita me asalta...
SENTIMIENTO
Y la mente queda ciega
sobre una región tan alta.
270
A esa espléndida región
no se llega razonando
que es muy pobre la razón:
hunde tu frente, y rezando
te alzará la religión.
275
Por eso el siglo brillante
será el que razone y sienta.
RAZÓN
Con la razón es bastante.
SENTIMIENTO
Pues mira un siglo gigante

(Señalando al SIGLO XIX.)

que con su poder no cuenta.
280

Escena VI

EL SIGLO XIX, EL SENTIMIENTO, LA RAZÓN.

SIGLO XIX
Genios del monte y del mar;
murmullos del bosque umbrío;
blandas nubes de rocío
que vais flotando al azar;
rocas que sentís mi aliento
285
latir en vuestras entrañas;
inaccesibles montañas,
base de mi pensamiento;
volcanes, roncos rumores,
montes de ruda belleza...
290
¡dedicad a mi grandeza
vuestros cánticos mejores...!
SENTIMIENTO
No tan altivo te aclames.
RAZÓN
Sigue cantando tu aliento.
SIGLO XIX
¡La razón y el sentimiento...!
295
SENTIMIENTO
Es justo que nos proclames...
RAZÓN
Yo te escuché y mis amores
te aclaman por poderoso
como el más alto y hermoso
sobre los siglos mejores.
300
SENTIMIENTO
¡Ah! ¡bien lo pudiera ser...!
SIGLO XIX
¿Pues qué a mi grandeza falta?
SENTIMIENTO
Que esa duda que te asalta
la llegues, Siglo, a vencer.
SIGLO XIX
¿Y cómo?
SENTIMIENTO
Escucha.
RAZÓN

(Al SIGLO).

Jamás,
305
que es su aliento soplo frío;
ven a mí y al canto mío
tu grandeza abarcarás;
no escuches su torpe aliento
que sostiene una quimera.
310
SIGLO XIX
¡Ah! ¡si yo hermanar pudiera
lo razón y el sentimiento...!
SENTIMIENTO
En esa lucha en que estás
la razón te alza a la duda.
RAZÓN
Ven y la verdad desnuda
315
en mi seno encontrarás.
SIGLO XIX
Busco a Dios y quiero ver
cómo se forma la vida.
RAZÓN
Sigue, sigue tu corrida
cabalgando en mi poder;
320
verás de mi vuelo en pos
los secretos más profundos;
verás formarse los mundos
bajo el aliento de Dios;
verás la muerte y la vida;
325
comprenderás la existencia;
verás a Dios en esencia
sobre su gloria encendida,
y escuchando la razón
yo segura te prometo,
330
que no guardará un secreto
a tu rayo la creación.
SIGLO XIX
Dame, dame ya la mano
para subir a la altura...
SENTIMIENTO
Detente, la niebla impura
335
te ofusca con aire vano.
¿Adónde vas, loco? Ten
ese anhelo delirante;
tu orgullo te ve gigante;
mis ojos pobre te ven.
340
No es bastante la razón
para subir a tu ayuda
loca, conduce a la duda
matando a la religión.
Bien que su rayo profundo
345
los astros del cielo cuente
y nuestros mundos aumente
con un mundo y otro mundo;
pero llegar hasta ver
al mismo Dios en esencia;
350
arrancar a la conciencia
la realidad de su ser;
volar de talento en pos
hasta la gloria, y aún más,
eso no será jamás
355
porque no lo quiere Dios.
Si el hombre en su afán se alzara
hasta la esencia divina
y arrancase la cortina
que del mundo le separa,
360
entonces ya vencedor
el espíritu sería,
y más alto se vería
que su vencido Creador.
Ante esta ley depresiva
365
del orgullo y la locura,
era más grande la hechura
que la esencia primitiva;
y esto no es ya religión
ni de ciencia es elemento;
370
ni al rayo del sentimiento
ni a la luz de la razón.
Si quieres a Dios llegar,
velo, en la creación palpita;
Él en el aire se agita,
375
se revuelve sobre el mar;
está en dulce rumor
que vaga por ese monte,
Él es luz, y es horizonte,
y es perfume, y es vapor;
380
cuando llora el alma humana
porque un alma llega a puerto,
Él flota en el canto a muerto
que repite la campana;
vive en la lágrima pura
385
de los cándidos amores,
en el cáliz de las flores
y en la luz de la hermosura;
por eso no busques más
a Dios en su pura esencia;
390
si acaso a buscarlo vas,
en el mundo y la conciencia149
siéntelo y lo encontrarás.
RAZÓN
Me hacen pensar sus razones...
SIGLO XIX
Ya en mi grandeza no fío.
395
RAZÓN
No tiembles.
SIGLO XIX
En ti confío.
SENTIMIENTO
Medita en mis reflexiones;
y tú, razón soberana,
no desprecies mi hondo anhelo.
RAZÓN
Con sus palabras, un velo
400
se descorre en mí; liviana
la desgreñada locura
me empujó, y mi luz navega
por una atmósfera ciega
como noche muy oscura.
405
SIGLO XIX

(A LA RAZÓN.)

Ven, yo quiero meditar:
siento un dulcísimo coro,
blando, tranquilo y sonoro,
en mi seno resonar.
SENTIMIENTO
Es el arte que lo inflama.
410
RAZÓN

(Después de luchar interiormente.)

No, yo mi cetro no cedo;
ven a mi templo; yo puedo
alumbrarte con mi llama.

(Suben al templo de LA RAZÓN, en tanto dice él...)

SENTIMIENTO
Va al templo de la Razón;
415
el arte rendirlo puede;
lo llamaré, y si no cede
¡llamaré a la religión...!

Escena VII

EL SENTIMIENTO, EL ARTE.

SENTIMIENTO
Hermano...
ARTE
Escuché tu acento
y vengo a escuchar tus quejas;
420
¿qué me quieres?
SENTIMIENTO
Que me ayudes;
que ante el siglo que se aleja
de nosotros, tú desplegues
tus creaciones gigantescas.
ARTE
Es verdad; el siglo errante
425
entre luces y tinieblas,
no se decide; mis obras
tímidamente se elevan
en su seno, y es preciso
que el último esfuerzo sea.
430
SENTIMIENTO
Sí, detenlo...
ARTE
Con tu ayuda,
porque tu amor es mi esencia;
por última vez potente
voy a apoyarme en mis fuerzas;
a su mente pensadora
435
presentaré mal envueltas
sobre el tiempo, mis creaciones
más grandes; le haré que lea
en mis estatuas y templos,
en mis lienzos y poemas.
440
Calderón, Dante, Petrarca;
Cervantes, Lope de Vega,
cuantos genios en mis brazos
se agigantaron, con fuerza
levantaré; y él que es grande,
445
quizá incline su cabeza
ante mi altar; más ya sale
del templo; en aquellas selvas
escondámonos a oírle.
SENTIMIENTO
¡Señor, que tu causa venza...!
450

Escena VIII

EL SIGLO XIX

(Descendiendo al templo de LA RAZÓN.)

¡Cuán grande soy! A mi acento
se separan las tinieblas
y todo lo abarco; el día
brilla en mí con mayor fuerza
que en esos siglos esclavos
455
que vivieron en la espesa
sombra del error; un punto
no hay sobre toda la tierra,
donde mi aliento no cante
mi poder y mi grandeza.
460
Con cuánto placer vería
a esas mil edades muertas
llegar a mí; con qué encanto
contemplara sus tinieblas
confundidas ante el fuego
465
de mi gloria; mis ideas
van a volver a otros tiempos
para asombrarlos; ya llegan
a mi mente; oscuro el siglo
diez y siete se presenta
470
ante mi vista; ¡qué triste
es su mirada; qué negras
sus ropas; qué vacilantes
las llamas de sus hogueras
llenas de gritos; qué nubes
475
su lívida frente besan!

Escena IX

EL SIGLO XVII, EL SIGLO XIX.

SIGLO XVII

(Apareciendo por el fondo.)

¿Quién me llama?
EL SIGLO XIX
Siglo oscuro,
ven a contemplar mi gloria.
SIGLO XVII
Esta brisa me estremece
y estos rumores me asordan.
480
Sentí en mi sepulcro inmenso
una voz terrible y honda
que me llamaba, y al mundo
vuelvo a aparecer; me asombran

(Con creciente asombro.)

esos extraños rumores
485
que por los vientos se chocan;
éste es el mundo; sí, el mundo;
mas no el que regí; esas olas
venden los hondos secretos
que guardaban afanosas;
490
los castillos ya no se alzan
sobre las montañas cóncavas;
ciudades, casas y villas
cual bandada de palomas,
sobre las crestas azules
495
tranquilamente reposan;
en esta selva hay rumores,
que no los mueven las hojas,
y miro pasar rugientes
por el seno de las rocas,
500
como volcanes que ardiendo
generaciones trasportan.

(Durante este monólogo gran excitación y asombro.)

¿Dónde estoy?
SIGLO XIX
Anciano, llega.
SIGLO XVII
Tu luz ardiente me enoja.
SIGLO XIX
Llega y baña en mis raudales
505
tu manto teñido en sombras.
SIGLO XVII
¿Quién eres, ángel o genio,
que así de la tumba evocas
a los siglos que pasaron
por el mundo y por la historia?
510
SIGLO XIX
Yo soy el siglo que vive
sobre los siglos ahora.
SIGLO XVII
¿Y qué me quieres?
SIGLO XIX
Que admires
mi grandeza; que esta gloria,
orgullo de las naciones
515
que entre mis brazos reposan,
haga inclinarse esa frente.
SIGLO XVII
En vano, siglo, me invocas.
Si a la luz del falso brillo
con que tu orgullo se honra,
520
glorioso te ves, ansiando
que te contemple la historia,
yo que presentí tu aliento
al oscilar de las sombras;
yo que en el templo brillante
525
de las musas españolas
sentí resonar canciones
cual preludio de tu gloria;
yo que enemigo fui siempre
de esa lumbre portentosa,
530
jamás hundiré mi cetro;
jamás cantaré tu gloria.

(Con voz reconcentrada.)

Yo era el siglo de la noche
y eran mis luces las sombras;
al rayo de cien hogueras
535
cuyas cenizas aún flotan
por los vientos y los mares
maldiciendo mi memoria,
miré tan esclavo al mundo
que me espanté de mi obra.
540
Yo acumulé las tinieblas
en la mente pensadora;
escondí a Dios en el seno
de otras tinieblas más hondas.
De la fe antorcha divina
545
que a Dios presiente y no nombra,
hice un muro; y al que altivo
pensó derribar mi obra,
le di por trono el cadalso,
la hoguera lívida y ronca,
550
o esas tumbas cuyos ecos
en maldiciones rebosan.
El fanatismo y la rabia
me adoraron; en mis sombras
alzó el despotismo rudo
555
su cabellera espantosa,
y hasta en el altar de Cristo
fijó su ardiente corona.
Negro, triste y silencioso
llegué a mi tumba; la hora
560
de mi muerte se marcaba
en el tiempo; negras hordas
de espíritus infernales
me cercaban; horrorosas
borrascas, en mi conciencia
565
gritaban rudas y hondas;
entonces alcé la frente
para contemplar mi obra,
y vi al pensamiento muerto;
a la guerra vencedora;
570
a las hogueras rugientes;
al despotismo entre sombras,
y al hombre dejando el alma
como una carga enojosa.
SIGLO XIX
Calla... detén tu voz...
SIGLO XVII
¿Mi voz te espanta?
575
SIGLO XIX
A mi pesar... a mi pesar se agita
mi espíritu de horror; tu sombra es tanta,
que mi luz infinita
parece que más tímida se extiende
por ese mundo que mi amor comprende.
580
Porque aún la sombra de tu noche oscura
un leve punto en mi horizonte empaña;
mas ya el reflejo de mi lumbre pura
hasta la esencia de los mundos baña;
así tras noche de borrasca impura
585
se refugia la nube a la montaña,
mientras que el sol con su reflejo orea
el hondo valle y la tranquila aldea.
Ahora tu asombro ten, y oye mi historia
para mengua de ti; yo vi la vida
590
cuando a la luz de verdadera gloria
se despertó la humanidad dormida;
cuando al hacer de su baldón memoria
miró con pena su profunda herida,
y hundió en el fondo del sepulcro oscuro
595
de veinte siglos el sudario impuro.
A mi voz los recuerdos se chocaron
en la humana conciencia; hasta la cumbre
más alta del saber libres se alzaron
las alas de la altiva muchedumbre;
600
montes y mares con terror dejaron
sus secretos en mí, y ante la lumbre
con que el Creador mi frente iluminaba
resucitó en el cuerpo el alma esclava.
«¿Quién eres...?» me gritó con poderío
605
el irritado mar rudo y potente,
al ver brillar el pensamiento mío
de su abismo más hondo en la corriente,
«en mis antros de horror sepulcro impío
a tu audacia daré»; yo alcé la frente,
610
y al rudo empuje de mi aliento bravo
con ronca voz se confesó mi esclavo.
«Los vientos y los mon tes y los mares
hoy se inclinan a mí... '¡paso...!'150 murmuro,
y ruedan las montañas seculares
615
con hondo espanto y cántico inseguro;
en el seno del mar elevo altares
a mi poder audaz, y es tan seguro
mi indomable valor, que en mi victoria
me falta mundo en que extender mi gloria.
620
Yo conté las esferas que sonoras
a Dios invocan murmurando apenas,
y mandé fabricar locomotoras
del esclavo infeliz con las cadenas;
el tiempo prolongué, vencí las horas,
625
numeré las innúmeras arenas,
y hasta el espacio me elevé sereno
por ver formarse junto a Dios el trueno.
Y crucé por los cielos cabalgando
gigante en la razón; y yo subía
630
montes y mares tras de mí dejando
al rudo impulso de la ciencia mía;
y volaba... ¡y volaba...! y siempre andando
a mi carrera término no había,
y hubo un instante en que pensé altanero
635
si era yo el Dios del universo entero.
Mas entonces temblé; la negra duda
ofuscó mi razón; hondo gemido
saltó feroz de mi conciencia muda
al verme en noche funeral hundido;
640
sobre el altar de Dios mi mano ruda
se posó con afán; y al encendido
rayo terrible que abrasó mi mente,
tembló de horror mi corazón valiente.
SIGLO XVII
Tú también...
SIGLO XIX
También mi orgullo
645
llegó hasta ofender al cielo...
SIGLO XVII
Los dos somos criminales
sobre la tierra; yo, ciego
por sofocar entre sombras
la razón; tú, por soberbio
650
querer arrancar al alma
y a Dios mismo sus secretos.
¡Tú abusas de la razón;
yo abusé del sentimiento;
en mi seno guardé esclavos
655
Miserables151; en tu seno
tienes almas asquerosas
que dudan de Dios...!
SIGLO XIX
Su acento
me arrebata; huye a la tumba,
fantasma terrible y negro.
660
SIGLO XVII
Adiós, coloso del mundo...
SIGLO XIX
¡Será mi remordimiento...!

Escena X

EL ARTE; EL SIGLO XIX; EL SIGLO XVII.

ARTE

(Apareciendo por el lado izquierdo.)

¡Deteneos...!
SIGLO XIX
¡El Arte...!
SIGLO XVII
¡El Arte...!
SIGLO XIX
¿Qué me quieres?
SIGLO XVII
¿Qué deseas?
ARTE
Escuchadme.
SIGLO XIX
No en mi seno
665
rápido hundirte pretendas
para ceñir la corona
que otros siglos te pusieran;
hoy tus creaciones adornan,
mas no iluminan ni enseñan.
670
ARTE
No vengo, siglo, a pedirte
esa corona; en las selvas
flotaba en el sentimiento;
escuché vuestras querellas,
y vengo amante a deciros
675
que no son vuestras ideas
tan enemigas; que acaso
unas en esencia sean.
Unos son los sentimientos
que os acarician; la ciencia
680
divina, en la misma forma
en vuestras almas se encuentra.
El sentimiento del arte
que tú, a tu pesar desprecias
y que tú adoraste, vive
685
igual en vuestras conciencias;
por eso quizá mi esfuerzo
uniros por siempre pueda.
Escuchadme.
SIGLO XVII
Ya te escucho
con dulce placer.
SIGLO XIX
Empieza.
690
ARTE
Tú de la razón te espantas;

(Al SIGLO XIX.)

tú de la sombra que ciega;
yo soy luz, y yo soy sombra,
yo soy cielo, yo soy tierra
y he unido siglos distintos
695
y diferentes riberas.
Yo cuando al mundo vinieron
las generaciones viejas
que fueron tronco robusto
de las razas que hoy lo pueblan,
700
fui el plácido idioma
de sus más santas ideas.
Yo fijé sus pensamientos
sobre las rocas severas;
hundí los montes más altos,
705
crucé las lóbregas selvas,
y a Dios le escribí canciones
con árboles y con piedras.
Después, cuando ya las razas
se apiñaron en la tierra;
710
cuando los Fidias y Apeles
se alzaron hasta mi esencia,
desde el Rhin hasta el Eurotas,
desde el Ganges hasta el Sena,
el volcán de mis creaciones
715
repartió su lava inmensa;
y fue un libro cada estatua,
y cada lienzo un poema.
Por mí los cantos de Homero
se levantan en la tierra;
720
por mí los templos se hunden
en las lóbregas cavernas;
por mí los peñascos gritan;
por mí el Partenón se eleva;
por mí las altas Pirámides
725
que en el Egipto soberbias
se alzan humillando siglos
que pasmados las contemplan,
cantan himnos a la muerte
por sus tumbas entreabiertas;
730
por mí las razas lejanas
que sólo por mí se encuentran
en mis cantos o en mis lienzos
se comprenden y se besan;
por mí Píndaro se inflama;
735
por mí Dante escribe y tiembla;
y por mi aliento divino
potente levanta Herrera
sobre el alto monasterio
esa corona de piedra,
740
que es muy grande para el mundo
aunque es para Dios pequeña.
SIGLO XVII
Arte, mi voz te saluda;
yo me humillo a tu grandeza.
SIGLO XIX
Tu hermosura soberana
745
me levanta y me consuela.
ARTE
¡Ah! ¡pues porque no me quieres
tanto como yo quisiera...!
SIGLO XIX
¿Por qué? Porque ya los pueblos
sienten poco y mucho piensan;
750
porque la razón ahoga
al sentimiento; porque ella
dice con voz poderosa
que el arte es una quimera;
porque...
ARTE
Calla... no prosigas,
755
y un instante considera
cuanto es necesario al mundo
ese aliento que desprecias.
Hay una escala divina
de misteriosas esencias,
760
que desde el mundo del alma
hasta los ángeles llega.
Cuando al sentimiento tocan
los cálculos de la tierra,
los ángeles que en el cielo
765
la escala santa sujetan152,
se estremecen, y a Dios miran,
baten sus alas, y rezan,
porque amor y sentimiento
son dos palabras diversas
770
que arrancadas de un gran libro
tan sólo un concepto expresan;
y sentimiento y amor,
son arte; y al ser belleza,
son religión y son Dios,
775
y son verdad, y son ciencia.
Si la razón orgullosa
del sentimiento se aleja,
entonces el amor muere
y el arte su consecuencia;
780
y al morir amor y arte
se alza la duda soberbia;
y la religión padece,
y al par la divina idea;
porque Dios, a un tiempo mismo
785
es razón, gloria y belleza.
SIGLO XIX
¡Oh! Sus hermosos acentos
en mi corazón resuenan;
mas siempre esta sombra... ¡Siempre...!

(Aparece LA DUDA.)

DUDA
Vacila...
SIGLO XVII
Su faz, la niebla
790
cubre de duelo infinito.
ARTE

(Al SIGLO XIX.)

Siglo, ¡elévate...! ¡despierta...!
(¡No se decide...! Dios mío...
no brota de su conciencia
la claridad) ¡Sentimiento...!
795
dulce hermano... corre, vuela,
pon en mí tus manos santas,
sostén mis cansadas fuerzas...

Escena XI

EL SENTIMIENTO, LA DUDA, EL ARTE, EL SIGLO XIX, EL SIGLO XVII, LA RAZÓN y LA SOBERBIA después. EL SENTIMIENTO se acerca al ARTE.

SIGLO XIX
¿Por qué tiemblo? ¿no soy grande?
¿por qué mis ansias flaquean?
800
Yo vencí al mar y a los montes...
DUDA
Sé valiente, y la alta empresa
completarás de tu gloria.
Tuyo es el mundo; tu fuerza
puede hacer del universo
805
trono del hombre; no cedas;
Dios si existe, con tu mano
lo puedes tocar; la densa
niebla que la fe acumula
sobre tu grandeza espléndida,
810
no es poderosa guirnalda
de tu arrogante cabeza:
¡Vive en mí!
SIGLO XIX
No sigas... ¡calla...!
Dame luz, razón serena...
baja de tu templo... ¡ayúdame,
815
porque esta lucha me aterra...!

(Sale precipitadamente LA RAZÓN; tras ella, LA SOBERBIA; ésta al ver a la primera dirigirse al SIGLO, pretende detenerla.)

SOBERBIA

(A LA RAZÓN.)

¡Ofúscalo...!
RAZÓN
Aparta...
SENTIMIENTO

(A LA SOBERBIA.)

(Fiera
que muerdes la mente humana,
huye... vuelve a tu caverna...)
¡Razón! el cielo nos hizo
820
para honrar la inteligencia,
no para hundirla; ¡sé noble...!
sé digna de tu alta empresa;
no abandones tu camino.
RAZÓN

(Al SIGLO XIX.)

¿Qué quieres?
SIGLO XIX
Que me des fuerzas.
825
Yo quise llegar al cielo,
y empapada está en tinieblas
mi frente; del fanatismo
quise hundir la audaz miseria,
y he herido a la fe; en mi alma
830
la religión forzagea153
con Cristo en la mano; el arte
constantemente desplega
sus templos y sus canciones
ante mí; míralos... (abstraído.) lenta
835
procesión va trascurriendo
por los claustros; ¿ves? no cesa...
da vuelta al mundo; sus guías
son sepulturas inmensas
que talló el amor doliente
840
para dar forma a la pena;
las siguen templos augustos,
atrios, columnas esbeltas,
arrogantes abadías
en cuyas torres de niebla
845
las oraciones detienen
un punto el vuelo, y se elevan
después al Señor; estatuas
donde el dolor reverbera
de la madre santa, siguen
850
tras de naves giganteas;
y en pos santos crucifijos,
y apóstoles, que en la piedra
grabó el cincel; otras formas
marchan tras de las primeras.
855
¡Ves! ¡más pasan...! Lienzos puros
donde el cielo se refleja
aparecen ya; ¿qué dicen?
¿qué es lo que sienten? ¿qué esperan?
Son vírgenes sin contorno;
860
mártires; milicia excelsa
de elegidos, que a los mundos
bajaron desde la eterna
mansión, al potente soplo
de la artística grandeza.
865
¿Mas qué dulce imagen sigue
tras la procesión? ¿qué cierra
esa prolongada fila
de monumentos? ¡Ah! Llega...
es la fe... mírala en hombros
870
de libros, lienzos y piedras,
animada por el brillo
de la religión; espléndida
ve cual veste levanta
llena de noble opulencia;
875
lleva una luz en la mano...
hogueras de gloria ondean
tras de su marcha; las músicas
repiten dulces cadencias,
y templos, arcos, estatuas;
880
libros, lienzos, y poemas,
dicen «quien a Dios ver quiere,
a Dios en la fe contempla.»
ARTE
¡Qué placer! En mí se apoya;
mis creaciones le embelesan.
885
SENTIMIENTO
¡Venceremos...!
RAZÓN

(Con entusiasmo154.)

¡Ya soy libre!
Siglo, tu visión me eleva.
¡Genio! ¡Sentimiento! ¡Arte!
¡Santa religión! ¡Grandeza
del amor! ¡Fe omnipotente,
890
que haces vivir a las piedras,
llegad a mí!
SIGLO XIX
¡Gracias... gracias!

(A todos.)

Yo os uniré...
SOBERBIA

(Al SIGLO XIX.)

Ya te ciegan
las falsas luces; cobarde
tiembla tu mano; flaqueas
895
cuando remontas la cima
de tu poder...
SIGLO XIX
Vil soberbia,
huye, tu fatal veneno
no cabe en mí; corre, negra
duda; en el sepulcro
900
hundir con vuestra miseria
vuestra ambición; ¡Sentimiento!
¡Razón potente! ¡Fe excelsa!
¡Religión! Yo aquí os invoco...

(LA RAZÓN, EL SENTIMIENTO y EL ARTE se abrazan al SIGLO XIX. LA SOBERBIA y LA DUDA desaparecen.)

Escena XII

LA RAZÓN, EL SENTIMIENTO, EL SIGLO XIX, EL ARTE, EL SIGLO XVII.

RAZÓN
¡Ah! ¡se calma mi dolor!
905
SENTIMIENTO

(A LA RAZÓN.)

Proclamo tu luz bendita.
SIGLO XIX
Ya en mi conciencia se agita
con dulce soplo el amor.
SENTIMIENTO

(Al SIGLO XIX.)

Cuando a Dios busques, en ti
le dará forma la fe.
910
ARTE
Yo con mis templos, haré
que lo percibas en mí.
RAZÓN
Mis obras siempre valientes
serán tu esplendor y gloria;
alto te verá la historia
915
sobre cumbres eminentes;
unido a mi augusto nombre
llevaré a tu mente sana
toda la verdad cristiana
que pueda apreciar el hombre;
920
y al par que haré en mis afanes
brillar del saber las teas,
y haré cruzar tus ideas
por piélagos y volcanes,
humilde ante Dios seré;
925
sabré su gloria acatar;
contigo iré hasta su altar;
contigo lo invocaré.
SIGLO XIX
¡Qué poder!
ARTE
¡Sí! Tu proscenio
se eleva.
SIGLO XIX
Dame tu mano,
930
quiero en su altar soberano
rendir ofrendas al genio.
El noble plectro, el pincel,
honrados por mí serán...
SIGLO XVII

(Durante esta escena y la anterior habrá estado en constante ansiedad; al oír los últimos versos dice arrebatadamente al SIGLO XIX.)

Comprendo tu noble afán;
935
teje155 opulento laurel,
y orna la frente serena
del gran genio sin segundo;
de aquel orgullo del mundo
blasón de la hispana escena.
940
Del que llegó a percibir
con la alta razón por guía,
desde mi cumbre sombría
la luz de tu porvenir;
de aquel que del arte dueño
945
fue de la ciencia coloso;
honra, siglo, al portentoso
autor de La vida es sueño.
SIGLO XIX
Jamás mis ojos llegaron
a ver en ti la belleza.
950
RAZÓN
No desdeñes la grandeza
de los siglos que pasaron;
calma ese postrer afán
de la soberbia vencida;
la humanidad vive unida
955
desde la cuna de Adán.
Los siglos no se contienen
y en los siglos se confunden;
los que en la tumba se hunden
preparan a los que vienen.
960
A razas que por Dios fueron,
no tu soberbia demande;
respeta, siglo, lo grande
que otros mundos produjeron.
Tu poder, tu libertad,
965
tu ciencia noble y valiente,
se ha formado en la corriente
de toda la humanidad.
Mira... el Egipto sombrío
la luz de Grecia prepara,
970
y Roma entera se ampara
de Grecia en el poderío.
La Cruz que sobre el peñón
marca al mundo otro destino
y le abre cauce divino
975
al grito de ¡redención...!
al contemplar el tesoro
del arte que Roma encierra,
si sus crímenes aterra,
respeta el circo y el foro.
980
Roma se hunde ante el germano,
y rueda ante el godo rudo;
ancho alud, el norte crudo
llega hasta el pueblo romano;
y si lo vence y lo doma,
985
al admirar sus portentos
restaura los monumentos
y los códigos de Roma.
Nuevas naciones y edades
al pie de la Cruz se apilan;
990
luces y sombras oscilan
en ardientes tempestades;
el amor divino canta
sobre su pueblo fecundo;
al fin sobre todo el mundo
995
su templo la Cruz levanta;
y sigue el curso violento;
se agita la muchedumbre;
de la edad media en la cumbre
asoma el renacimiento,
1000
y la ciencia, y la razón,
que forman noble himeneo,
y el vapor, y Galileo,
y Gutenberg, y Colón,
van preparando al correr
1005
en ola rauda y constante,
esa corona brillante
que ornamenta tu poder.
No hay edad sin otra edad:
todo en la unión vive y crece;
1010
la humanidad se engrandece
por la misma humanidad.
SIGLO XIX
Sí... verdad.

(Al SIGLO XVII.)

Siglo, a mí llega;
perdóname... ante mi vista,
tu rico manto de artista
1015
con regia pompa desplega.
SIGLO XVII
Desde la historia asombrado
recibo en ti mi bautismo;
despreciando al fanatismo,
me siento regenerado.
1020

(Al ARTE.)

Levanta por alto ejemplo
de mis hijos la memoria;
Arte... que surja la gloria...
llévanos hasta tu templo;
que un poder mi genio abone
1025
con su esplendor soberano;
que del gran siglo la mano,
a mi gran genio corone.

(EL ARTE extiende la mano, y aparece su templo en el centro de la gloria; en medio de las estatuas de Moreto, Racine, Lope, Tirso, Moliere y Alarcón, las de Calderón y Shakespeare156; en los demás términos, estatuas de poetas, artistas, etc.)

TODOS
¡Gloria a Calderón!
SIGLO XIX
Laureles
dadme; tejedme coronas;
1030
¡flores de todas las zonas,
brotad de vuestros vergeles...!
Que hoy en noble admiración
por la inspiración divina,
todo mi poder se inclina
1035
dando culto a Calderón.

(Al SIGLO XVII.)

Él nos une.
RAZÓN

(Al SENTIMIENTO y al ARTE.)

Él nos hermana.
ARTE
Juntos honremos al genio.

(EL ARTE, EL SENTIMIENTO y LA RAZÓN, tejen una corona de laurel y la ponen en manos del SIGLO XIX.)

SIGLO XIX
¡Subid! ¡subid al proscenio
de la alta grandeza humana.
1040
Corramos, y con amor
prestemos culto a su nombre;
que honrando al genio del hombre
se honra también al Señor.

(EL SIGLO XIX se acerca al busto de Calderón y coloca en su pedestal la corona. Todos se inclinan. Momento de pausa. EL ARTE después de haber contemplado al gran poeta, dice dirigiéndose al SIGLO XIX.)

ARTE
Él, con noble inspiración
1045
fue del universo pasmo;
voz le falta al entusiasmo
para decir... ¡Calderón!;
la sátira y la pasión
las unió en dulce cadena;
1050
y con su mente serena
difundiendo fe y verdad,
fue luz de la humanidad
al ser titán de la escena.
Sus autos, creación bendita,
1055
fuente son de donde mana
toda la vida cristiana
con su pureza infinita;
en sus comedias, palpita
con fe la verdad severa;
1060
Dios en su luz reverbera
y hace que en sus mil creaciones,
brillen los santos blasones
de la virtud verdadera.
Sol del proscenio valiente,
1065
da vida a todas las zonas;
monte de eternas coronas,
fatiga su noble frente.
¡Siglo!

(Al SIGLO XIX.)

Su numen potente
presintió tu aparición;
1070
saluda a la inspiración
que en creaciones inmortales,
celebró los esponsales
del genio y de la razón.

FIN DE LA LOA.