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Poesías

José Lamarque de Novoa

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Dichosamente la centralización que, entronizada en la vecina Francia al espirar el pasado siglo y en los albores del presente por la tiranía revolucionaria y el despotismo napoleónico, ha sido después importada entre nosotros, no ha logrado aún, ni creo que logrará en mucho tiempo, concluir con la fisonomía particular y la existencia autonómica de las diferentes porciones que constituyen nuestra España. Si el régimen a que aludo puede ser conveniente y aun necesario en el terreno de la política, y hasta determinado punto, y sólo hasta determinado punto, en el administrativo, indudablemente es dañoso y de funestos resultados si se le considera bajo el punto de vista científico, literario y artístico; como que tiende a matar todo vuelo de la imaginación, todo arranque de la inteligencia, todo generoso estímulo que no tomen como punto de partida el centro consagrado de todo saber, que no se concibe pueda ser otro que la capital del estado, o no vayan a recibir en él la sanción, si así puede decirse oficial, y merced a la que ya es lícito a presentes y venideros aplaudir y admirar lo que sin tan imprescindible requisito apenas se juzgaría digno de ocupar ni por un breve instante la atención pública.

Sistema tan absurdo y esterilizador y que a la larga practicado no es posible que deje de dar amargos frutos en todo país, daríalos aún más lastimosos, si llegara a arraigarse, en el nuestro, donde por carácter y por antecedentes históricos, tanta y tan poderosa vitalidad conservan todavía las más cultas e importantes ciudades que de él forman parte, y que, célebres ya en las artes, ya en las letras, ya en las ciencias, ya en unas y otras, sería por demás sensible que sucumbiendo bajo el rodillo nivelador, y abdicando toda gloriosa aspiración, dieran al olvido sus preciadas tradiciones y se resignasen a ser frías y humildes espectadoras del movimiento intelectual en el centro geográfico de la nación. Concretándome a Sevilla, donde este libro se da a la estampa, y a la parte poética, a que él pertenece, sería por extremo doloroso que la ciudad que vio florecer a Al-Motadid y a Ibn-Said, a los líricos doblemente excelsos de la regia estirpe de los Abbadidas y a tantos otros cantores, honor de la España árabe; que escuchó después entusiasmada las sublimes inspiraciones de Herrera y de Rioja, y los claros acentos de Jáuregui, Arguijo, Alcázar, Cetina y otros no menos dignos de recuerdo; y finalmente, que vio no ha mucho renovada su gloria por los Listas y Reinosos, los Arjonas y Blancos, los Castros y Roldanes, dejara de abrigar dentro de sus muros en la época presente a poetas dignos de continuar su espléndida historia literaria. Mas como esto no podía ser, no ha sido, y no pocos nombres de verdaderos y eminentes vates son prueba irrecusable de que el genio vivificador que tanto elevó en el concepto de propios y extraños a la célebre metrópoli andaluza, no sólo no se ha extinguido, sino que, alzándose pujante y lleno de vida, alcanza cada día nuevos triunfos, y ciñe con nuevos laureles la tantas veces laureada frente de la reina del Guadalquivir.

Entre ellos figura con justicia el del poeta a cuyas composiciones tengo el grato deber, impuesto par la cariñosa amistad que a él me une, de escribir un prólogo, y no he de menester repetirlo yo, cuando ya la portada ha dicho al lector que en este libro se contienen las producciones de D. José Lamarque de Novoa.

Una rápida ojeada sobre ellas basta para dar a conocer su espíritu y tendencias. Uno y otras son tan rectos como genuinamente españoles. El santo amor a la Religión y a la Patria, tan aunados en nuestro suelo; la lealtad monárquica, timbre esclarecido de esta tierra de España, donde, según la exacta y conmovedora frase de un orador célebre en el seno de la Representación nacional, han pasado quince siglos gritando ¡Viva el Rey!; el más acendrado cariño a cuanto constituye el hogar doméstico, base firmísima de nuestra sociedad; los impulsos de la amistad más generosa, que, con raras excepciones, tan roderosos han sido siempre entre los vates con que se honra nuestra nación, y muy en particular Sevilla, he aquí los móviles a que más principalmente obedece y los objetos que con más predilección canta el poeta cuyas composiciones forman el presente libro.

En cuanto a la forma en que las inspiraciones de Lamarque han sido expresadas, basta también abrir su colección a la ventura, para comprender que el poeta es verdaderamente digno de este nombre. Frase tan correcta y castiza como pudiera desear el más ardiente y entusiasta partidario de la inmortal Escuela Sevillana, la más pura y noble en su dicción de cuantas ilustran nuestro Parnaso; versificación fluida y sonora siempre, grandilocuente y majestuosa cuando la gravedad y la elevación del asunto lo exigen, blanda y apacible cuando la llaneza de este o la dulzura de los sentimientos que la inspiran así lo requieren; maestría grande en el modo como los asuntos son tratados; facilidad en el manejo de los diferentes metros y en el cultivo de los distintos géneros, he aquí las dotes que avaloran las poesías de Lamarque.

Si el lector quiere tomarse la molestia de comprobar conmigo la exactitud de cuanto acabo de afirmar, y prefiere, lo cual le aconsejo que no haga, detenerse algunos momentos más en el prólogo, a anticiparse el placer de gustar por sí mismo las bellezas que he enumerado, fíjese conmigo, entre otras que pudiera elegir, en la poesía A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN MONSERRAT, justamente laureada en público certamen por la Academia Bibliográfico-Mariana. Pocas composiciones pueden ser más dignas dol honor que a esta cupo. Constituye un pequeño poema en el cual se reúnen y compendian, por decirlo así, todas las más distinguidas prendas literarias que a su autor enaltecen. La invocación es bellísima; en ella se revela ardorosa y entusiasta la fe del poeta, fe a la cual puede sin duda en esta ocasión aquel feliz apóstrofe de un preclaro representante de la moderna Escuela sevillana, D. Juan Justiniano, cuando en su comenzado poema Hernán Cortés, exclama dirigiéndose a la fe cristiana:

Y abrazada a la Cruz corres a ciegas

y a puertos siempre y a ciudades llegas.


Con el sentimiento religioso, que a tan buen puerto conduce a nuestro poeta, únese en la invocación otro sentimiento igualmente poderoso, como ya he hecho observar, en su corazón, el del amor patrio, y no son felices los versos que a expresarlo consagra. Los que afectando despreciar la forma, que en la poesía es a la par el pulimento y el precioso y artístico engarce que hacen lucir en todo su esplendor la belleza del pensamiento, joya riquísima del arte, pretenden que la bondad de aquella sólo se alcanza a expensas de este, y quieren presentar como premiosas y destituidas de expontaneidad las composiciones adornadas de cualidad tan importante, tienen ocasión de convencerse de su error leyendo esta y las demás producciones de Lamarque. Si de buena fe lo hacen y con la misma buena fe revelan la impresión que hayan recibido, habrán de confesar que la forma y el pensamiento se completan y avaloran mutuamente constituyendo dos partes de un todo indivisible, y que sólo quien no merezca el nombre de poeta puede encontrarse embarazado por la frase y la versificación al trasladar al papel sus concepciones. ¡Desdichado el poeta que se vea obligado a sacrificar el pensamiento a la forma, y tenga que andar rebuscando frases para expresarlo, o que inclinar humilde la frente ante la absurda tiranía del consonante! ¡Desdichado a su vez el crítico que al juzgar una obra poética se empeñe en rebajar y encontrar defectos a la forma, precisamente por ser buena, y la moteje de amanerada y relamida sin serlo más que en su imaginación, y no comprenda que el expresarse bien un buen poeta es tan sencillo y natural como el que lo haga en correcto y oportuno cualquiera persona bien educada, y en torpes, y mal zurcidos términos un rústica grosero! Si sobre ser bueno lo que se dice, se dice bien, tanto mejor; censurarlo equivaldría a motejar de poco enérgicas las Filípicas de Demóstenes por no haber usado el gran orador en ellas el expresivo lenguaje de un carretero.

Muy lejos me ha llevado esta digresión, no inútil en verdad, de la oda a que me iba refiriendo. Ocupándome de nuevo en su examen, diré, que si la invocación merece elogios, no los merece menos el resto de la poesía. La descripción que en ella se hace de la célebre montaña es un acabado trozo de este género; la historia de la imagen; la evocación de la homérica epopeya de los ocho siglos; la enumeración de los nuevos triunfos que a la excelsa Señora debe España; el triste abandono en que después ha yacido el glorioso santuario; el bello apóstrofe a la Virgen sin mancilla; el recuerdo que en la última parte de éste se consagra al santo huésped del Vaticano; la ferviente aspiración que al terminar expresa el poeta, todo es a cual más digno de encomio, y perteneciendo a muy distintos géneros ofrece anchuroso campo, que aquel sabe aprovechar, para que luzcan en todo su brillo las varias dotes que lo distinguen.

¿Adelantaría algo el lector con que yo hiciera detenido análisis de las composiciones todas de esto libro? ¿No las tiene a su alcance? ¿A qué impedirle que por sí mismo las juzgue, sin que yo desflore la virginidad de las impresiones que han de causarle? No haré pues, tal, y limítome por tanto a indicarle como más dignas de su atención, empresa difícil y muy ocasionada a error tratándose de un libro en que tantas la merecen, las tituladas: A NTRO. STO. PADRE PÍO IX, de tan briosa entonación, y donde bajo tan verdadero colorido aparece el santo, apacible e indefenso anciano, más fuerte en su aislamiento, que sus injustos, encarnizados y prepotentes enemigos; AL INSIGNE PINTOR MURILLO, brillante homenaje rendido al príncipe de los pintores andaluces; AL MAR, que forma noble contraste en uno de sus puntos con la bajo otros conceptos sublime oda de Quintana; ANHELO DEL ALMA, no menos bella y harto más consoladora que la preciosa poesía que con el título de La Última Puerta forma parte de esa joya de la literatura contemporánea que se llama Ráfagas poéticas de Arístides Pongilioni; EL LLANTO DE UNA MADRE, rica de sentimiento e impregnada en el heroico espíritu que animó a los valerosos marinos españoles al acometer bajo los muros del Callao una operación de guerra, de cuyo mérito sólo pueden juzgar los que científicamente conozcan la inmensa desventaja que toda escuadra tiene al pelear contra baterías terrestres, por débiles que sean, y harto más siendo tan formidables como en esta ocasión lo eran; EL OTOÑO, cuya lectura hace experimentar al alma todas las suaves emociones y toda la dulcísima tristeza que siempre produce la más poética estación del año; HERO Y LEANDRO, y LA MUERTE DE SAFO, en las cuales evoca Lamarque con elevado estro estas interesantes figuras de la antigüedad griega; A LAS RUINAS DE ITÁLICA, no indigna ciertamente de su asunto y no menos sentida y melancólica que la del esclarecido vate cuyo recuerdo tan oportunamente traen a la imaginación dos de sus estrofas; A ERCILLA, bajo cuyo seudónimo compréndese desde luego que se oculta el nombre de la inspirada poetisa Doña Antonia Díaz, feliz y merecida compañera de su digno cantor, que en las composiciones a ella dedicadas nos da a conocer con sin igual encanto y con el lenguaje de la más pura y delicada pasión, cómo lo que empezó amistad, transformose después en amor, y en amor que no ha de acabar sino con la vida.

Mención especialísima también merecen las Leyendas, que con el título de SUEÑOS DE PRIMAVERA, componen, con un precioso ROMANCE HISTÓRICO y un ADIÓS A LA LIRA, que felizmente quedará sin efecto, la segunda parte de este libro, pues si en las POESÍAS LÍRICAS, que forman la primera, muestra Lamarque la altura a que raya en el género en que más han sobresalido los buenos escritores de la Escuela de Sevilla, en este otro, cultivado con tan feliz éxito por el ilustre Duque de Rivas, honra de la nobleza y de las letras españolas, y por Zorrilla, grande y verdadero poeta, a pesar de su voluntario desaliño, muestra dotes nada comunes y reúne a ellas al propio tiempo que atinado gusto en la elección de los asuntos, gran conocimiento de las épocas en que sus personajes florecieron. Esta clase de composiciones, que, si nuevas en su nombre y en su forma entre nosotros, no lo son, como ha hecho observar un docto crítico al juzgar las del Duque de Rivas, en su índole y esencia, pues concuerdan cuanto es posible con las de nuestro admirable y popular romance, préstanse mucho a que campeen así las prendas de narrador que deben adornar al poeta que a ellas se dedique, como su conocimiento del corazón humano y de los resortes que en él hacen dormir tranquilas o estallar como embravecido volcán nuestras pasiones, y participando a un tiempo mismo de la índole de la poesía lírica, de la novela y aun del drama, ofrecen en cambio no escasa dificultad si ha de conseguirse que el lector halle, además de agrado, verdadero interés en lo que lee. Sin temor de ser desmentido, puede afirmarse que Lamarque ha logrado vencer en las suyas esa dificultad. El injusto sacrificio de los hermanos Carvajales y el pavoroso emplazamiento del Monarca que lo ordenó; los infortunios de la sin ventura Doña Blanca, melancólica e interesantísima figura de la por demás angustiosa época que precedió al reinado de los Reyes Católicos, el más glorioso que registra la historia patria, y que es en ella irrefutable ejemplo de que basta una dirección suprema, inteligente y firme, para transformar como por magia el estado de un país, y elevarlo desde el abismo de la postración y la anarquía a la más excelsa cumbre del poder y de la grandeza; los desdichados amores de la angelical Elvira de Ledesma, han hallado en Lamarque felicísimo intérprete, y acaso sea este el género de poesía en que más sobresalga.

A riesgo de entrar en un campo vedado, pues mi misión no es otra que escribir un prólogo a las poesías que hoy, y en este volumen, se ofrecen a la consideración pública, voy a dar a conocer dos cosas al lector, que creo ha de perdonarme fácilmente, y aun ha de felicitarse de mi intrusión. Es la primera, que no todas las composiciones de Lamarque se contienen en la presente colección; muy en breve otro tomo formado únicamente de preciosas Baladas, género nacido en otros climas y recientemente importado entre nosotros, ha de aparecer al público para conquistar nuevos plácemes a su autor. Es la segunda, una de dichas Baladas, que a fin de que los lectores tengan el gusto de saborear desde ahora, avivando su deseo de conocer así mismo las demás, copio a continuación:

Venganza de un noble

Balada

-I-

   Fuese el conde don Ramiro

al asedio de Granada,

dejando a su esposa amada

en su castillo feudal.

Y al partir: «Guarda, le dijo,
5

tu honra más que mi tesoro,

que en mucho estimo el decoro,

y en muy poco mi caudal.

   »Si aquella una vez se pierde

tarde o nunca se recobra,
10

mas el vil oro se cobra

por la suerte y el valor.

Y al volver aquí triunfante

de vengar justos agravios,

cual hora encuentro en tus labios
15

dulce sonrisa de amor.»

   Esto diciendo el buen conde

montó a caballo ligero,

y por agreste sendero,

seguido de sus parciales
20

y de sus deudos leales,

de sus tierras se alejó.

       Y la bella castellana

perderse en la selva, perderse le vio;

y al separarse de la ventana
25

un rayo de gozo, de dicha liviana

      su frente inundó.

-II-

   Tornó el conde don Ramiro

victorioso de la guerra,

mas al llegar a su tierra
30

con su mesnada leal,

tristes nuevas de su honra

tuvo, y de su esposa bella,

y juró vengarse de ella

por traidora y desleal.
35

   Que en su ausencia requiriola

de amor un noble extranjero,

a quien llaman don Gualtero,

el duque galanteador.

Y ella obsequiosa aceptando
40

sus lisonjeros favores,

en más tuvo estos amores,

que de su esposo el honor.

   Ardiendo en ira el buen conde

volvió riendas, y ligero,
45

por ignorado sendero,

seguido de sus parciales

y de sus deudos leales,

de sus estados salió.

      Y sin perder una hora
50

a Francia atrevido, a Francia llegó:

Del duque al castillo se acerca, que honora

blasón coronado, y en él vengadora

      su lanza clavó.

-III-

   Firme el conde don Ramiro,
55

confiado en su pujanza,

el día de su venganza

mira tranquilo llegar,

que audaz su rival odioso

retolo a lucha de muerte,
60

mas él en Dios y en su suerte

confía para lidiar.

   Ya en el palenque se miran:

mas el conde a don Gualtero

así le dice altanero
65

a punto de acometer:

«Para triunfar de las damas

sagaz fuisteis y arrojado,

probad que sabéis, osado,

a los varones vencer.»
70

   Y lanzándose con brío

contra su contrario aleve,

logró desarmarlo en breve;

y a vista de sus parciales

y de sus deudos leales,
75

por tierra lo derribó.

      Y su cabeza cortando,

de Francia con ella, de Francia partió,

asombro a las huestes del duque inspirando;

y el mismo camino pausado tomando
80

      a España tornó.

-IV-

   Llegó el conde don Ramiro

macilento a su morada,

y a su encuentro, apresurada

acudió la esposa infiel,
85

y sin ver que cauteloso

su dolo está comprendiendo,

dulce sonrisa fingiendo,

los brazos tendió hacia él.

      «Aparta, mujer perjura,
90

dice airado, y la rechaza;

y pues de engañarme traza

te diste, sin fe ni honor;

para que sin tregua goces

de tus viles devaneos,
95

toma, y sacie tus deseos

esta prenda de tu amor.»

      Y a sus pies, del duque arroja

la cabeza ensangrentada;

y ella trémula, turbada,
100

ante el conde y sus parciales

y ante sus deudos leales,

casi exánime cayó.

      Mas sin piedad el esposo

a ocultas prisiones llevarla mandó,
105

do pase su vida sin paz ni reposo:

Así don Ramiro, de su honra celoso,

      su afrenta vengó.


La inserción de tan bella poesía habrá indemnizado al lector, cuya benevolencia sea tanta que haya malgastado su tiempo deteniéndose en el prólogo, de pérdida tan sensible, y para no exponerme de nuevo a incurrir en su desagrado, doy término a estos renglones, no sin expresar antes el gozo que me causa el considerar que si la manía centralizadora ha privado a Sevilla de que en la célebre Universidad que aleccionó al insigne Arias Montano, se llegue al límite oficial del saber, simbolizado en la obtención del primero y más importante de los grados académicos, no ha podido privarla de que, como protesta viva y elocuente, salgan de sus prensas libros que, según lo hace el de Lamarque, vengan a demostrar cuán inextinguible es en ella la savia inspiradora que inmortalizó su nombre al elevar a la más alta gloria los de los padres y fundadores de la esclarecida Escuela Sevillana.

Fernando de Gabriel

A la memoria de mi buena y querida madre la señora doña María del Carmen de Novoa y Campos de Lamarque

Poesías líricas

A Dios en el augusto sacramento de la eucaristía

Ego sum panis vivus,

qui de caelo descendi.


(S. Joan. cap. 6. v. 51.)



   Mi humilde lira dadme, que en cántico sonoro

de Dios la omnipotencia mi labio ensalzará;

y el pensamiento en bello, feliz sueño de oro

cual vagarosa nube al cielo se alzará.

   ¡Oh, quien del rey profeta el arpa melodiosa
5

tuviera, y la fecunda, sublime inspiración!

mi trova fuera entonces más grata y armoniosa

que la que entona el ave, dulcísima canción.

   Ya lejos del revuelto, inmenso mar del mundo

embriágase mi alma de místico placer;
10

y ardiendo en viva llama de santo amor profundo,

de la materia el lazo intenta audaz romper.

   ¡Jehová, tú eres la vida!... El alto firmamento

y la anchurosa tierra se alzaron a tu voz;

y en el inmenso espacio más rápidos que el viento,
15

mil mundos se agitaron de tu mirada en pos.

   ¡Jehová, tú eres la vida!... El puro sol brillante

que alumbra de cien orbes la ignota inmensidad,

es sólo de tu gloria destello rutilante,

sujeto a tu sagrada y eterna voluntad.
20

   Yo admiro, Dios supremo, tu inmenso poderío

en el sulfúreo rayo, del trueno en el fragor;

en los hirvientes mares, en el sonante río,

en el tremendo empuje del noto bramador.

   Y en la callada noche, cuando las auras leves
25

los cedros seculares agitan al pasar,

parece que tu planta en los espacios mueves,

y el eco de tus pasos figúrome escuchar.

   Mas ¡ay! que en vano espero que a mí llegues radiante

como bajar te viera Moisés al Sinaí:
30

Conozco no soy digno de ver tu almo semblante...

Mi pensamiento solo volar puede hacia ti.

   ¡Oh Dios tres veces santo! Y ¿quién tu omnipotencia

y tu bondad sublime podrá desconocer?

Yo admiro los destellos de tu divina ciencia,
35

y humildemente adoro tu incomprensible Ser.

   Un tiempo fue que el hombre tus leyes olvidando

mil crímenes y horrores terribles cometió;

y audaz, y torpe y ciego, de tu poder dudando,

a impuros, falsos dioses sacrílego adoró.
40

   Mas pronto de tu ira los rayos tremebundos

lanzaste, y convertidos no más que en polvo vil,

se vieron los altares, los ídolos inmundos

que torpe objeto fueran de adoración servil.

   Y entonces tu Hijo amado bajó al mísero suelo
45

para salvar al hombre del yugo de Luzbel;

y diole nueva vida, y diole el pan del cielo

y de salud el cáliz; eterna unión con Él.

   ¡Oh Dios! Yo reconozco tu gran misericordia

en este sacramento que nos libró del mal:
50

Él es el lazo fuerte de la feliz concordia

que existe entre el humano y el Ser que es inmortal.

   Y aun cuando no soy digno que a mí llegues radiante

como bajar te viera Moisés al Sinaí,

a ti raudo se alza mi espíritu anhelante,
55

y al ver la sacra Hostia mi fe te adora allí.

   ¡Señor, por ti fue el mundo!... Mas ¡ay! llegará un día

en que en la nada horrenda a hundirse volverá.

Así la aterradora, sublime profecía

cual de Daniel los sueños cumplida se verá.
60

   ¡Señor, todo lo puedes!... En esa hora de espanto,

cuando en los aires ruja la ronca tempestad...

¡Oh! cúbrenos piadoso con tu divino manto,

y sálvese, Dios mío, la triste humanidad.


A la Sma. Virgen María en Montserrat

[Nota]1

Repleatur os meum laude, ut

cantem gloriam tuam: tota die

magnitudinem tuam.


(Psalmo LXX. v. 8.)



   No en las ardientes alas

de bélico entusiasmo el alma mía

hoy afanosa elevará su vuelo;

ni absorta al ver las deslumbrantes galas

de grandezas y pompas mundanales
5

las vanas glorias cantará del suelo:

No, que en más puro anhelo

mi enajenado corazón se inflama,

y ante tu altar, inmaculada Virgen,

ardiendo en viva llama
10

de sacrosanta fe, mi pensamiento

a la etérea región raudo se eleva,

y humilde y venturoso,

férvidos himnos a tus plantas lleva.

   Acéptalos, Señora; que mi labio
15

pueda cantar tu célica hermosura;

pintar el amoroso

semblante, de bondad y gracia lleno,

con que al mundo te muestras, ya humillando

del soberbio Luzbel la altiva frente;
20

ya apacible calmando

las crespas ondas de la mar hirviente

en desatada tempestad bravía;

o bien cuando a tu influjo en las batallas,

sedientas del laurel de la victoria,
25

conquistaban, con bélica osadía,

fúlgidos timbres de perpetua gloria

las nobles huestes de la patria mía.

   ¡Oh España, ilustre, España!...

¿Qué pueblo consiguiera
30

lauro más bello presentar al mundo

que el digno lauro que tu sien decora?

Esclava de María

orgullosa mostrabas por do quiera

los altos templos que en tu amor profundo
35

a la Madre del Verbo levantabas,

y con santa piedad, nunca extinguida,

insigne ejemplo a las naciones dabas.

¡Ah! ¿Cómo al recorrer las populosas

ciudades que se admiran en tu seno,
40

tu campiña feraz de mirto y rosas

y de frutos dulcísimos vestida,

fúlgidas galas que le presta el Cielo,

de la Fe no sentir el puro anhelo

y la esperanza de la eterna vida?
45

¡Santuarios do quier! ¡Do quier el signo

de nuestra santa Religión sublime!

Parece que su vista

perenne dicha al corazón imprime;

y al contemplar en silencioso templo,
50

de la Madre de Dios el busto santo,

feliz al Cielo se remonta el alma

bajo la sombra de su níveo manto.

   Mas, como perla entre coral luciente,

cual la cándida estrella de la aurora
55

del grato abril al despuntar el día,

aparece en su trono refulgente

una entre todas peregrina imagen

que célicos encantos atesora.

Contémplase grandiosa su morada
60

del elevado Montserrat umbrío

en la peña escarpada,

y a la sombra de fértil enramada

corre a sus plantas apacible río.

Allí donde las águilas caudales,
65

vencedoras del viento,

entre las fuertes rocas desiguales

tienen su firme asiento;

allí en medio de rústica belleza

se alza la mente a la sublime altura,
70

y, olvidando feliz la tierra impura,

sueña de Dios con la eternal grandeza.

   ¡Ah! ¿Quién al penetrar en el tranquilo

y solitario albergue,

en otro tiempo venerable asilo
75

de justos, sapientísimos varones,

no se siente un instante arrebatado

a más dichosa edad?... Nuestra memoria

de aquel templo sagrado

en los gratos recuerdos se enajena,
80

y de la Imagen la piadosa historia

evoca el alma de entusiasmo llena.

Recordadla, cristianos:

En brazos de un Apóstol conducida

de Barcino en las playas aparece;
85

la multitud, de gozo estremecida,

vítores mil y cánticos le ofrece;

y al contemplar en ella

el fiel traslado de la Virgen bella,

que es del que sufre celestial amparo,
90

«Llega, le dice, matutina estrella,

ven y serás el luminoso faro

que a las virtudes servirá de guía;

augusto santuario te alzaremos,

y humildes a tus plantas rendiremos
95

homenajes y ofrendas a María.»

   Y alzose el templo, y a los pies del ara

santos, reyes y pueblos se humillaron,

y siete siglos de ventura y gloria

tus hijos, noble Iberia, contemplaron.
100

   Empero ya el momento

de la expiación tremenda se acercaba

para el Monarca indigno, que olvidado

de religión y patria, descuidado

a lascivos placeres se entregaba.
105

Presto las puertas de la fiel Tarifa,

de un vil traidor, por la maldad guiado,

se abrieron a la intriga miserable;

raudas las tribus de Ismael osadas

la Bética invadieron,
110

y tras ruda batalla formidable

el cetro godo y su poder se hundieron.

   ¡Ay, que ya el Guadalete enrojecido

ya publicando la victoria cierta

del Árabe temido,
115

y del triste Cristiano los dolores!...

¡Ay, que ya los sangrientos invasores

de Barcino a las puertas se adelantan,

y al escuchar del pueblo los clamores

su fácil triunfo con orgullo cantan!
120

¿Será la santa Imagen peregrina

triste despojo de sus torpes manos?...

No, jamás: ya un ilustre

prelado se encamina

al escarpado, silencioso monte
125

que humilde besa el Llobregat sonoro:

Sobre sus hombros venerable carga

con paso incierto y tembloroso lleva,

y por un noble godo conducido

la deposita en solitaria cueva.
130

Y al alejarse acaso para siempre

de aquel monte y del Busto sacrosanto,

así exclama, con eco dolorido,

de sus ojos vertiendo acerbo llanto:

«Guarda, guarda en tu seno,
135

fuerte risco, tan célico tesoro;

no en tus cumbres jamás el Agareno

ose imprimir su destructora huella;

que en ti dejamos, con dolor profundo,

la imagen sacratísima de aquella
140

que en las penas del mundo

es fuente de esperanza y de consuelo:

Concha serás de perla misteriosa

que por nosotros te confía el Cielo.

Y tú, Madre amorosa,
145

por las lágrimas tristes que derraman,

por las fervientes súplicas que elevan

los fieles hijos que tu nombre aclaman

y hoy hondo cáliz de amargura prueban,

ahuyenta la ansiedad que les oprime,
150

tiende, Señora, tu benigna mano,

y a tu pueblo redime

del ominoso yugo mahometano.

Haz que llegue la hora

en que, fúlgido sol de esta montaña,
155

torne a lucir tu imagen bienhechora;

que de tus hijos el amparo sea,

y, protectora de la madre España,

el orbe todo tu grandeza vea.»

   Dijo; y cual si presente
160

tuviera lo futuro ante sus ojos,

el grato anuncio se miró cumplido.

Tras largos años de sangrienta lucha

del Musulmán los bélicos laureles

trocáronse en abrojos,
165

y ante el bravo Español gimió vencido.

Barcino se entregaba a la alegría

del bárbaro opresor al fin salvada,

que ya en sus muros tremolar veía

la sacrosanta enseña que debía
170

brillar más tarde en la oriental Granada.

   Empero bien más alto y permanente

quiso otorgarle en su bondad inmensa

el supremo Hacedor omnipotente.

Era una noche plácida y suave
175

del floreciente Mayo;

tímida luna, en lánguido desmayo,

en el mar de occidente se ocultaba,

y con acento grave

el viento en la floresta murmuraba.
180

En esplendor bañado

el Monserrat de súbito aparece,

óyese el canto de celeste coro,

y vaga nube de amaranto y oro

en elevada cima resplandece.
185

A contemplar tan singular prodigio

el pueblo presuroso se adelanta,

y, salvando del monte la aspereza,

oculta cueva mira entre maleza

a do penetra con segura planta.
190

Empero ¿qué grandiosa maravilla

viene de todos a embargar la mente?

De improviso descúbrense la frente,

doblan enajenados la rodilla...

La imagen de la Virgen sin mancilla,
195

del antro oscuro en escondida estancia,

con Jesús en los brazos

a sus ojos atónitos se muestra:

Suavísima fragancia

difunde en derredor, vivo destello
200

de luz fulgente y pura

circunda en torno su semblante bello...

¿Qué más alta hermosura

el fervoroso espíritu cristiano

en éxtasis divino soñaría?
205

Así, cercado de radiante lumbre,

Jesús a sus discípulos amados

en la elevada cumbre

del sagrado Thabor se mostraría.

   Ya eminentes varones, rodeados
210

de la entusiasta multitud que llena

con vítores el viento,

conduciendo la Imagen sacrosanta

a la ciudad cercana se encaminan:

Mas, ah, ¡nuevo portento!
215

¿qué poderosa mano

sus plantas a las rocas encadena?

¿Quién del cristiano pueblo de María

la generosa voluntad enfrena?

¡Oh! dejadla, dejadla; es que no quiere
220

abandonar su albergue misterioso:

Otro templo le alzad en ese monte

do en apacible calma

nueva vida parece.

Del alto Cielo recibir el alma,
225

y un aire respirar menos impuro...

Ella en su excelso trono

será la blanca nube que se mece

de la esperanza en el oriente puro,

la escala santa de Jacob que ofrece
230

fácil camino al inmortal seguro.

   ¡Ah! ¿Quién narrar pudiera los blasones

los altos timbres de su nueva historia?

Subid al Montserrat, y vuestros ojos

atónitos contemplen los despojos
235

de extranjeras naciones

que príncipes y reyes

a los pies ofrecieron de María...

Contad, contad sus triunfos... Ah, que en vano

la mente con afán lo intentaría.
240

Ved allí las banderas

que en Lepanto se alzaban arrogantes

del potente Selim en las galeras;

ved de Túnez los ínclitos laureles,

digna alfombra a su planta,
245

de España gloria, encanto de sus fieles.

Y si buscáis de paz dulces ofrendas,

la vista dirigid a la alta cimbria,

de lámparas ornada;

el camarín suntuoso, la estimada
250

corona de brillante pedrería,

de sacrosanta fe fúlgidas prendas,

un instante admirad, y absorta el alma

en la atmósfera pura y trasparente

de tiempo más dichoso
255

se agitará con entusiasmo ardiente;

o del órgano grave y sonoroso

al escuchar la grata melodía,

de los antiguos, fieles peregrinos

se fingirá los férvidos cantares,
260

que el manso Llobregat entre sus olas

raudo llevaba a los tendidos mares.

   Mas ¡ay! ¿por qué cercada

de ingrata soledad y honda tristeza

hoy se contempla tu mansión, Señora?
265

¿Es que la duda y la impiedad ahora

arrogantes se alzan? ¿Extinguida

la fe pudo quedar en nuestro pecho,

y nuestra mente al seductor halago

del mundano placer adormecida?
270

¡Deplorable verdad!... ¡Época infausta!...

¿Qué importa que en el vago

círculo del saber, de fama ansiosa,

oh desdichada humanidad, despliegues

el mapa de tus triunfos, y orgullosa
275

a contemplarlo con afán te entregues?

¿Qué importa, sí, que de tu seno broten

mil inventos y mil, si en sed de oro

te abrasas, cual la Roma degradada

del pérfido Nerón y de Vitelio,
280

y en el falaz tesoro

de tu mezquina ciencia

se mira despreciada

la sublime verdad del Evangelio?

Oro y aplausos prestas al impío
285

que niega de Jesús la omnipotencia,2

en tanto que la Iglesia en hondo duelo

persecuciones llora,

y el Padre de los fieles, sin consuelo,

tu ciego error y tu ambición deplora.
290

   ¡Oh inmaculada Virgen!

¿Será que ya en la tierra

no brille la justicia? ¿Tu mirada

del suelo apartas, con desdén profundo,

al ver de lodo inmundo
295

la miserable humanidad manchada?

¡Piedad, piedad, Señora!

Aún queda un noble pueblo

que extraños cultos de su seno aleja,

y sólo al Dios omnipotente adora.
300

Contémplalo a tus plantas, oh María,

y concédele pía

la salvación que para el mundo implora.

Que su llanto copioso, del Eterno

pueda alcanzar, por tu benigna mano,
305

el perdón a los míseros errores

en que se abisma el pensamiento humano,

y llevar dulce alivio al triste anciano,

al sucesor de Pedro en sus dolores.

   ¡Oh! dame, Madre mía,
310

que contemple la plácida alborada

de tan risueño y venturoso día...

Que por siempre humillada

se mire la impiedad, hoy arrogante,

y la prole de Adán, por ti salvada,
315

hosanna eterno a su Hacedor levante.

Sí; logre yo un momento

disfrutar de tan célica ventura,

y a tus plantas después, oh Virgen pura,

tranquilo exhale mi postrer aliento.
320


A la muerte de Jesús

Aut Deus naturae patitur;

aut machina mundi evertitur.


(Sanct. Dionis. Areopag.)



   ¿Por qué del almo cielo palidecen

los vivos resplandores?

¿Por qué las sombras crecen

y en triste noche umbría

vese trocado de improviso el día?
5

¿Por qué brama iracundo

inquieto el mar, y en inflamada nube

el trueno estalla con fragor profundo?

   ¡Ay! que del alto Gólgota en la cumbre

fatídico se alza
10

tosco madero, do en cruel suplicio

el Hijo del Eterno

cual víctima se entrega al sacrificio.

Y bárbaros sayones

martirizan al Justo,
15

e inicua multitud, que horror inspira,

por la injusticia y la maldad guiada

escarnece a su Dios, ardiendo en ira.

¡Ah! nada templa su furor creciente,

ni de Jesús la sangre derramada,
20

ni de su triste Madre el llanto ardiente:

Llanto amoroso que al correr fecundo

la tierra purifica, presagiando

consuelo y paz y salvación al mundo.

   Y tú, pueblo deicida,
25

¿no eres el mismo que la voz alzando

ante el Verbo divino,

hosanna al hijo de David decías,

y amante en su camino,

oliva y verdes palmas le ofrecías?
30

¡Y hora le niegas! ¡Ay! ¿Qué infausta mano

te impulsa al crimen, que iracundo y ciego

desconoces su origen soberano,

y sordo estás de la clemencia al ruego?

¿Es que se acerca la terrible hora
35

¡Oh mísera Sión! en que perdidos

los celestiales dones

que bondadoso te envió el Inmenso,

no sólo te contemplen las naciones

vil juguete de bárbaras legiones,
40

del Cielo por castigo,

sino que errantes por el ancho mundo

tus hijos vayan, sin tener ni un pueblo,

ni un pueblo solo que les preste abrigo?

   ¡Oh! si, se acerca: con tu propia mano
45

en tu seno has abierto la honda herida;

que no Isaías lo anunciara en vano,

ni fuera de Ezequiel la voz perdida.

Si, ya espira Jesús... El eco airado

resuena de Jehová, triste la lumbre
50

desfallece del sol; tiembla la tierra

del uno al otro polo,

y las cenizas que la tumba encierra

se reaniman, causando al hombre espanto:

Chocan las piedras, y del templo santo
55

se rasga el sacro velo...

Ruge Satán en su infernal morada,

que el alma fiel, de su poder salvada,

feliz ya puede remontarse al Cielo.


Dabo domum istam sicut Silo, et

urbem hanc dabo in malecditionem

cunctis gentibus terrae.


(Jerem., cap. XXVI, v. 6)



   Triste Sión, tu manto

rasga en señal de perdurable duelo;

alivio sea a tu dolor el llanto,

   que eterno es tu quebranto,

y a la vez lo publican tierra y cielo.
5

   Por la maldad guiados

tus hijos a su Dios desconocieron;

diéronle dura muerte despiadados,

   y en su furor, osados,

su nombre y su poder escarnecieron.
10

   ¡Ay! llora: el sacrificio

ya consumado está... La turba ciega

huye aterrada del fatal suplicio,

   que, de su culpa indicio,

tiembla el orbe y su luz el sol le niega.
15

   Y el trueno ruge airado,

desátase la mar embravecida,

el hirviente volcán brama irritado,

   y el mundo ve asombrado

en los sepulcros renacer la vida.
20

   ¡Tiembla, Sión!... Llegada

es para ti la hora... Infausta guerra

dejará tu campiña desolada;

   tu prole desdichada

amparo no hallará sobre la tierra.
25

   Del Gólgota en la cumbre

aún yace Dios, pendiente del madero:

Cércale en torno misteriosa lumbre;

   amor y mansedumbre

muestra la faz del celestial Cordero.
30

   Amor, amor profundo

que eterno bien y salvación ofrece:

La esperanza por él reina en el mundo,

   y Luzbel iracundo,

vencido en sus cavernas se estremece.
35

   Mas ¡ah! que designado

el Verbo fue, cual víctima expiatoria,

para lavar la mancha del pecado,

   y su sangre ha regado

la palma celestial de esta victoria.
40

   La existencia debía

costar de un Dios, y de su Madre tierna

el ardoroso llanto, que sería

   ofrenda dulce y pía

de paz y amor y de ventura eterna.
45

   Ella siguió anhelante

los pasos de Jesús: de pena herida

tinto en sangre miró su albo semblante,

   y muda, palpitante,

hora ¡ay triste! en la cruz lo ve sin vida.
50

   ¡Oh, Madre! Sin consuelo

vuelves los ojos hacia el Hijo amado:

Él era sólo tu constante anhelo...

   ¿Quién ya podrá en el suelo

dar alivio a tu pecho acongojado?
55

   El mundo nada encierra

que lenitivo a tu aflicción señale:

De la muerte el silencio tu alma aterra,

   sola estás en la tierra...

¡Ay! no hay dolor que a tu dolor iguale.
60

   ¿Cómo al ver tu tristura

no se conmueve el pecho del impío?

¡Oh! déjame un momento, Virgen pura,

   unir en tu amargura

a tu llanto de amor el llanto mío.
65

   Y tú, ciudad deicida,

si de Jesús la suma omnipotencia

adivinas de horror estremecida,

   llega a sus pies rendida,

que es fuente inagotable de clemencia.
70

   Mas ¡ah! que el orbe entero

de tu impiedad, ob pueblo, es ya testigo:

No hay perdón para ti... Grande y severo

   se alza el Dios justiciero...

¡Su eterna maldición irá contigo!
75


A Nuestra Señora de Castellanos en el solemne acto de su traslación a la iglesia de Chamberi

   Estrella celestial, cándida y pura,

bella, dulce María,

que del querub acoges en la altura

la grata melodía;

   dame que el alma por la Fe inspirada,
5

con desusado vuelo,

en tu amor sacratísimo abrasada,

se eleve al almo cielo.

   Dame que al son de mi inacorde lira

a ti mi voz levante,
10

y que al fuego cediendo que me inspira

tu nombre y gloria cante.

¿Quién al Hispano que gimió vencido

del Lete en la ribera,

quién sino tú contra el Muzlim temido
15

de nuevo enardeciera?

   «España y libertad» el gran Pelayo

gritó ante tus altares,

y el santo grito resonó en Moncayo

y se extendió en los mares.
20

   De patria y libertad al noble acento

mil fuertes campeones,

tremolaron, intrépidos, al viento

de guerra los pendones.

   ¿Quién contrastar pudiera su osadía
25

si por la Fe lidiaban,

y el nombre sacrosanto de María

en la lucha invocaban?

   Tú sufriste, Castilla, el yugo impío

del bárbaro Agareno;
30

mas te lanzaste al fin con fuerte brío

y corazón sereno.

   Y Europa entonces admiró tu arrojo,

en ti los ojos fijos;

¡ay, que se vio tu suelo en sangre rojo
35

con sangre de tus hijos!

   Pero venciste; y do se alzó arrogante

del error la morada,

de la Madre de Dios brilló triunfante

la imagen venerada.
40

   Un templo erige el pueblo do la bella

efigie de María

fúlgida luce, como blanca estrella

tras la tormenta impía.

   El ínclito Fernán su gracia implora
45

doblada la rodilla;

la inmensa muchedumbre, protectora

la aclama de Castilla.

   ¡Oh sacrosanto amor! ¡Oh eterno día

anuncio de ventura!
50

Antorcha fue tu sol, de España guía

contra la hueste impura.

   Que a la luz de la Fe se alzó esplendente

el ángel de la gloria,

y férvida corrió la hispana gente
55

de victoria en victoria.

   Y al soberano esfuerzo, al poderío

de las armas cristianas,

vencido contemplaron al impío

las costas africanas.
60

   Por ti, oh Virgen, España triunfadora

mirose en su camino:

Fue brillar de dos mundos cual señora

su espléndido destino.

   ¡Gloria, gloria a tu nombre! Eterna brille
65

tu protección divina:

A la horrenda impiedad por siempre humille

tu enseña peregrina.

   Y hoy que Mantua te aclama, venturosa,

con férvidos loores,
70

vierta, oh Madre, tu mano poderosa

en ella sus favores.

   Viértalos, sí; que vivirá en tus fieles

por siempre su memoria,

y acrecerás con ellos los laureles
75

que ciñe España para eterna gloria.


En la restauración del templo de Nuestra Señora de la Soledad, en la villa de Santa María

-I-

   En la florida Mallorca

existe una antigua villa,

risueña como sus campos,

su nombre es Santa María.

   En ella un templo se alza
5

donde la imagen bendita

de la Reina de los Cielos

cual astro fulgente brilla.

   Allí de los fieles todos

recibe oblación cumplida,
10

y por contemplarla vienen

desde apartadas orillas.

   El pueblo con fe profunda

invócala en sus desdichas,

y al punto la estrella luce
15

de su esperanza perdida.

   Ha siglos dulce consuelo

es de las almas sencillas,

que en ella miran la escala

que segura al Cielo guía.
20

   ¡Oh, feliz el que por ella

del mundo la pompa olvida!

¡Feliz el que siente y llora

la soledad de María.

-II-

   ¿Por qué en los semblantes hoy
25

profunda ansiedad se pinta?

Grata ventura cual antes

¿por qué no reina en la villa?

   ¿Tal vez bramadores vientos

asolaron sus campiñas,
30

y perdida su fortuna

los tristes labriegos miran?

   ¡Ah! no; que florido el campo

propicio siempre les brinda

los tesoros de su seno,
35

justo premio a sus fatigas.

   Todo a la vista sonríe,

tristeza tan sólo inspira

el sacro templo, trocado

en solitarias ruinas.
40

   En él implacable el tiempo

posó su planta atrevida,

y a completar su obra acaso

vinieron manos impías.

   Por eso con pena amarga
45

el pueblo la frente inclina:

Llorar no puede en su templo

la soledad de María.

-III-

   Mas ¡oh placer! cesa el duelo

y torna a brillar la dicha,
50

cual luce cándida aurora

tras lluviosa noche umbría.

   Ya el pueblo corre anhelante,

y en sus cantares publica,

el gozo que su alma siente
55

y el noble afán que lo guía.

   Su arruinado santuario

de nuevo alzado se mira,

al impulso generoso

de la reina de Castilla.3
60

   Y al ver en su solio antiguo

la santa imagen bendita,

por la piadosa Isabela

votos al Eterno envía.

   ¡Oh, venturosas mil veces,
65

almas nobles y sencillas,

que realizada miráis

vuestra esperanza querida!

   Llegad al templo, que al Cielo

conduce la Fe divina
70

a los que en la tierra lloran

la soledad de María.


A Ntro. Sto. Padre el Papa Pío IX, con motivo de su alocución pronunciada en el consistorio secreto de 30 de setiembre de 1861

Locuti sunt adversum me lingua dolosa et sermonibus odii circumdederunt me; et expugnaverunt me gratis.

   Pro eo ut me diligerent, detrahebant mihi: ego autem orabam.

   Et posuerunt adversum me mala pro bonis: et odium pro dilectione mea.


(Psalmo CVIII.)



   ¿Qué acento poderoso

hoy se levanta y los espacios hiende,

y en misterioso vuelo

desde el sonoro Tíber al undoso

Índico mar se extiende,
5

y luego sube a la región del cielo?

   ¿No la oís? Es su voz; la voz divina

del sucesor de Pedro, a quien sañuda

con torvo ceño la maldad combate:

Al resistir el impetuoso embate
10

de la impiedad, que furibunda brama,

desde el altivo y fuerte Vaticano

noble y severa la verdad proclama.

   En vano, en vano la falange impía

que la bandera alzó de injusta guerra
15

ahogarla intenta en su furor, y en vano

con ronca vocería

quiere imponer sus leyes a la tierra:

Ella vibra sonora como el trueno

en la inmensa extensión del Océano;
20

ella, venciendo la traición y el dolo,

cruza el mundo veloz de polo a polo

al impulso de un genio soberano.

   Mas ¡ay! que al escucharla

se alzan de nuevo, con furor creciente,
25

los que mintiendo libertad aspiran

la Italia a dominar con sus legiones,

y odio y venganza en su ambición respiran.

Ellos cual fiero, asolador torrente,

que troncos y peñascos arrebata,
30

van derrocando tronos y extendiendo

su imperio por las míseras naciones,

y la justicia y el poder vendiendo

al hórrido tronar de sus cañones.

   ¡Vedlos, cristianos! Con rencor profundo
35

al desigual combate ya se aprestan;

y en libelo infernal, con torpe mano,

viles calumnias sin piedad asestan,

ante la Europa inerte y asombrada,

contra el piadoso, venerable anciano
40

firme sostén de nuestra Fe sagrada.

   Hubo un tiempo en que unida y venturosa

levantábase Italia prepotente,

con noble ardor corriendo presurosa

su independencia a defender y el trono
45

del sagrado Pastor... Él la guiaba

por la senda del bien: y entusiasmado

y libre el pueblo de traidor encono,

desde los Alpes hasta el mar gritaba:

¡Que viva el sabio, el inmortal Pío Nono!
50

   ¡Cuán presto, oh Dios, el tenebroso velo

de lamentable error, la clara estrella

vino a ocultar que pura fulguraba

de la esperanza en el radiante cielo!

Alzose la maldad, y tras la huella
55

de su temible planta destructora

la discordia siguió; se alzó potente

la funesta impiedad, y triunfadora

su estandarte clavó en el Capitolio,

alentando insolente
60

del Pontífice augusto al alto solio.

   ¡Ay! desde entonces en tremenda lucha

se agita el Occidente,

y sólo el grito de ansiedad se escucha

de la madre infeliz, que en duelo insano,
65

al hijo de su amor mira espirante,

o en la lid derramando, delirante,

tal vez la sangre de su propio hermano.

¡Mísera madre! En su dolor profundo

del mundo en vano protección implora,
70

que a los tiranos ¡ay! escucha el mundo

no al que agobiado por las penas llora.

   ¿Y hemos de ver tranquilos, impasibles,

la virtud humillada, perseguida,

y por boca de fieros impostores
75

la santa Religión escarnecida,

la fe de nuestros ínclitos mayores,

dulce consuelo en nuestra triste vida?

No, no, jamás: alcemos con firmeza

nuestra voz en defensa de la hollada
80

Religión, oh católicos, y dando

al orbe digno ejemplo de entereza,

cercad, nobles guerreros, la morada

del Padre de los fieles, perseguido

por el inicuo, detestable bando...
85

Que el mundo todo en su redor os vea

formando un fuerte, inexpugnable muro,

y antes que vil apóstata o perjuro

allí cada cristiano un mártir sea.

   Y tú, santo Pontífice, que miras
90

combatir tu poder; que los errores

lamentas de tu pueblo y los dolores

porque del mundo al bien tan sólo aspiras;

sigue, sigue con firme confianza

defendiendo los fueros sacrosantos
95

de la Iglesia de Dios; no la esperanza

muera en tu pecho, no; que aún la Fe vive

pura en el noble corazón cristiano,

y nuevo aliento con tu voz recibe.

No tu constante esfuerzo será vano
100

por alcanzar la palma de victoria:

Triunfarás del Averno,

y el orbe entero al admirar tu gloria

gracias sin fin tributará al Eterno.


A S. M. la Reina D.ª Isabel Segunda, en su llegada a Sevilla

   Ven, oh lira, a mis manos, y un momento

al rumor de los ecos de alegría

con que la patria mía

demuestra su lealtad, con firme acento

daré lleno de férvido entusiasmo
5

un nombre augusto al vagaroso viento.

   No al opresor que pueblos avasalla

y en fratricida guerra asoladora

traspasa de la ley la justa valla,

ni al que llevado de ambición innoble
10

guiando va su hueste triunfadora

por extrañas naciones abatidas,

ensalzaré en mi canto:

Es del poeta la misión más noble.

El mercenario sólo
15

cantar puede las glorias

del déspota feroz que en cien victorias

lleva do quier desolación y llanto:

Él su deseo ardiente

de esclavizar el mundo
20

halagará tal vez, que el oro enfrena

su labio, y torpemente

se humilla al peso de su vil cadena.

Mas el que mira con horror profundo

el imperio del mal, y firme adora
25

la viva luz de la virtud divina,

feliz la altiva frente

ante ella solo con respeto inclina.

   ¿Y quién, oh Reina amada,

de la santa virtud en tu mirada
30

no adivina los mágicos destellos?

Al desvalido, al huérfano, al anciano

grato consuelo prestas compasiva;

tu acento les devuelve la esperanza,

y les brinda la dulce bienandanza
35

de que la suerte con furor los priva.

Entonces venturosos

vuelven a ti la vista enternecidos

y ven tus ojos, que piedad revelan:

Lágrimas hay en ellos,
40

lágrimas puras que su lumbre velan;

mas, ah, que así velados son más bellos.

   Barcino, Augusta, la ciudad que baña

el Turia cristalino

y el pueblo que aún recuerda en Covadonga
45

la de Pelayo memorable hazaña,

escucharon tu acento peregrino.

Do quiera que tu planta dirigiste,

magnánima Isabel, galanas flores

brotaron llenas de fragancia y vida:
50

A tu presencia huyeron los dolores,

que a ti fue siempre la esperanza unida.

Y al par que alivio diste a la indigencia

digno sostén el arte y la alta ciencia

en tu mano benéfica encontraron,
55

y Reina cual ninguna generosa

artistas y poetas te aclamaron.

   No de otra suerte tras la noche oscura

brilla en oriente la rosada aurora,

y con su lumbre pura
60

da vida al campo y los espacios dora.

Los bosques sacudiendo

su agreste cabellera la saludan,

bullen las auras con rumor sonoro,

y a recibirla, en temeroso vuelo,
65

de mil aves se apresta alado coro

himnos alzando a la región del cielo.

   Hora tus pasos bondadosa guías

a la perla del Betis, y anhelante,

sientes la viva, misteriosa llama
70

del noble y puro ardor en que se inflama

tu corazón benéfico, y amante.

Dar esplendor y vida a las naciones

es de un monarca la mejor victoria,

y así al verter con generosa mano
75

bienes sin cuento sobre el pueblo hispano,

timbres alcanzas de perpetua gloria.

Do quiera la entusiasta muchedumbre

a contemplarte, oh Reina, se adelanta,

y regando de flores tu camino
80

tus nobles triunfos, tus virtudes canta.

   Ya la ciudad insigne que en su templo

los restos guarda del tercer Fernando,

tu llegada triunfal ansiosa espera.

¡Oh júbilo! ¡Oh ventura! Ya tronando
85

anuncia el ronco bronce que ligera

se acerca la veloz locomotora,

al viento adelantando en su carrera.

En la elevada torre

aparece la enseña anunciadora
90

de tan feliz y suspirado instante:

Ya desalada corre

la inquieta multitud, de gozo llena,

y en el profundo afán que la enajena

contempla de su dicha el sol brillante
95

sin que lo empañe pasajera nube:

Llegas al fin, y al verte

más tu belleza su entusiasmo aviva,

«¡es ella!» exclama, y estruendoso VIVA

del viento en alas al empíreo sube.
100

   ¡Oh plácido momento!

¿Quién podría tu magia arrobadora

dignamente cantar?... Llega, Señora,

y que el Príncipe egregio que algún día

ha de regir a la nación hispana,
105

se goce de su pueblo en la alegría.

Híspalis, siempre fiel a tus mayores,

hoy a sus Reyes con amor profundo

saluda de placer arrebatada,

renovando, con férvidos loores,
110

sus votos de lealtad acrisolada.

¡Que en tan pura ovación absorto el mundo

el patrio amor de nuestras almas vea,

y su recuerdo, en gloria asaz fecundo,

presagio eterno de ventura sea!
115


A SS. AA. RR. los Sermos. Sres. Infantes Duques de Montpensier, con motivo de la restauración de la capilla de Ntra. Sra. de Valme

   Lució plácida aurora en que la saña

desdeñando del Árabe aguerrido,

un Rey santo, del pueblo bendecido,

rescató la ciudad que el Betis baña.

   Digno templo en honor de tal hazaña
5

a la Madre de Dios viose erigido

do Fernando su voto vio cumplido,

patente haciendo su piedad a España.

   Mas ¡ay! que el tiempo destruyó altanero

tan grato monumento de victoria,
10

honra y orgullo al par del pueblo ibero.

   ¡Oh Príncipes! ¡Cuán grande es vuestra gloria

al devolverle su esplendor primero!

¡Lauro, lauro inmortal ríndaos la historia!


A S. A. R. el Sermo. Sr. Infante de España Don Sebastián Gabriel de Borbón, en las ruinas de Itálica

   Llegad, Príncipe, a Itálica famosa,

patria augusta de césares y santos,

que un tiempo al mundo se mostró orgullosa

con noble majestad, rica de encantos.

   Llegad, y a vuestra vista de su historia
5

los portentosos fastos resplandezcan,

y ostentando el laurel de la victoria

las sombras de sus héroes aparezcan.

   Aquí fue un día de Febea el templo,

alzáronse magníficas moradas,
10

y en honor de varones de alto ejemplo

columnas cien miráronse elevadas.

   Y de Silio a la vez la voz vibrante

sonó en el valle y en la enhiesta loma,

al Águila cantando, que pujante
15

venció al Cartaginés, terror de Roma.

   Del gran circo en el ámbito anchuroso

su arrojo y fuerza el gladiador media,

al César saludando, valeroso,

cuando a la muerte impávido corría.
20

   Sí: deslumbrantes del saber romano

mostrábanse la gloria y la belleza,

y de Teodosio insigne y de Trajano

el ínclito poder y la grandeza.

   ¡Valor, ciencia, poder! ¡ah! ¿qué se hicieron
25

del gran pueblo los triunfos inmortales?

Enervados sus hijos se adurmieron

al estruendo de impuras bacanales.

   Roma dobló su cuello degradada...

Fue más dura, oh Itálica, tu suerte,
30

que ese recinto do brillaste alzada

sólo respira soledad y muerte.

   Mas esos restos de tu antigua gloria

que hora recuerda con afán mi labio,

antorchas son fulgentes de la historia,
35

páginas mudas donde estudia el sabio.

   Ellos inspiración dan al poeta,

son del arte un tesoro apetecido:

¡Prez al que noble su valor respeta

y libra su memoria del olvido!
40

   Vos, Señor, que a las ciencias consagrado

de altos príncipes sois claro modelo,

que por sublime inspiración guiado

premio dais al saber, con vivo anhelo;

   llegad, llegad a Itálica famosa,
45

y al contemplar su mísero abandono,

usad vuestra influencia generosa,

y suba nuestra súplica hasta el Trono.4

   Y a la egregia Isabel, que una mirada

dirigió protectora a estos lugares,
50

que en noble afán los contempló extasiada

al rumor de los vivas populares;

   con efusión decidla: «De Adriano

la noble patria aún yace en polvo inmundo:

Tended, Señora, vuestra regia mano
55

y sus ruinas luzcan ante el mundo.

   Ellas encierran de la historia hispana

áureos timbres, artística riqueza;

preciados restos que la huella insana

del tiempo, no agotó con su fiereza.
60

   Mas si entre polvo vil desparecieron

muéstrense a vuestro influjo soberano:

La que Rioja y Caro enaltecieron

se alzará cual Pompeya y Herculano.»

   Así, Señor, vuestro elevado nombre,
65

que ya la ciencia por ilustre aclama,

brillará con altísimo renombre

en el sagrado templo de la fama.


   Desde los altos muros formidables

que circundan a Cádiz la opulenta,

yo te saludo ¡oh mar! Las indomables,

inquietas ondas de tu seno hirviente,

en su lucha violenta
5

las rocas baten do se alzara un tiempo

la soberbia Tarteso prepotente,

que a los embates rudos

de tu inmenso poder y tus furores,

despareció como la densa niebla
10

a los rayos del sol deslumbradores.

¡Oh! deja, airado mar, que en este día

un recuerdo consagre a lo pasado...

Calma tu furia horrenda,

y, de silencio y soledad cercado,
15

haz que pueda, en feliz melancolía,

contemplarte de asombro enajenado

desde las playas de la patria mía.

   ¡Oh, cuan alta se muestra y portentosa,

Océano inmortal, en la altiveza
20

de tu oleaje férvido y rugiente,

la infinita grandeza

del supremo Hacedor omnipotente!

En esta hora llena de poesía

en que la luna triste y soñolienta,
25

en lánguido desmayo,

se reclina en tus ondas macilenta

lanzando al mundo su postrero rayo,

de Dios la idea nuestra mente inspira,

y por do quiera su poder se admira.
30

   ¡Poder inmenso! El descreído en vano

osa negarlo con audacia loca;

elocuente tu voz, ronco Océano,

elévase más alta que su acento;

que altivas al herir la firme roca
35

tus olas por el ábrego impelidas,

o cuando humildes a besar la arena

llegan, en apacible movimiento,

«¡Dios!» en la playa y en el mar resuena,

y «¡Dios!» repite en lontananza el viento.
40

   Yo sentí de placer y de entusiasmo

latir mi pecho, en la niñez dichosa,

al contemplar el caudaloso río

que besa el pie de la ciudad famosa

do vi la luz del sol por vez primera,
45

que en sus bullentes aguas

te imaginaba el pensamiento mío.

¡Cuántas veces, oh mar, allí en la orilla

se alzó raudo mi espíritu a la esfera,

cruzó los llanos de mi patrio suelo,
50

salvó montañas, y en tendido vuelo

por admirarte vino a esta ribera!

Mas, ah, que nunca en mi ilusión la mente

fingirse pudo de tu fiero empuje,

el hórrido fragor, ni esa latente
55

perpetua lucha que tu seno agita...

Al contemplarte ahora,

fiero, terrible, revolverte insano

cual hiena aprisionada,

ronco bramar con voz atronadora,
60

batir la playa, límite supremo

que te trazó la omnipotente mano,

trémula de pavor mi alma suspira,

mas recuerda a la par y absorta admira

los altos triunfos que al cruzar tus olas
65

las flotas de mi patria consiguieron,

que acreciendo las glorias españolas

sendas brillantes a la ciencia abrieron.

   ¡Colón! tu egregio nombre,

de escarnio objeto a la ignorancia un día,
70

hoy de la eterna admiración del hombre,

aún vese escrito en el humilde templo

do Marchena su amparo te ofrecía:

Aún de Palos se escucha en la ribera,

y llevado en las olas lo repite,
75

con entusiasta acento,

feliz del Inca la región entera;

que es bastante a llenar tu nombre solo

cuanto baña en pausado movimiento

el anchuroso mar, de polo a polo.
80

Por ti España, aumentando

su riqueza y poder, un nuevo mundo

a su regia corona entrelazaba,

y a otras naciones su saber llevando

la más grande entre todas se mostraba.
85

   Mas no a ti solo, Genovés ilustre,

reservaba la suerte amargas pruebas

en las burlas de necios cortesanos,

ni en ti solo vería

el mundo, al que olvidado por su patria
90

amparo buscaría

en los hidalgos pechos castellanos.

Aún nuevos triunfos generoso el Cielo

a Iberia destinaba,

y de los sabios nautas lusitanos
95

el más digno y valiente le enviaba.

Abandonado y pobre,

mas ardiendo de gloria en vivo anhelo,

el bravo Magallanes

ante el insigne Carlos aparece,
100

y, del mar despreciando los afanes,

la vuelta dar al mundo,

llegar del sur hasta el confín le ofrece.

Atónito el Monarca,

con ánimo profundo,
105

al genio mira que su apoyo implora,

y en generoso arranque, despojando

su pecho de la insignia vencedora

en Clavijo, con ella el del ilustre

navegante, magnánimo, decora.
110

   «Parte -le dice-, que tu arrojo sea

presagio de victoria:

En propagar la Fe tu esfuerzo emplea,

y al admirar tu gloria,

el mundo todo con asombro vea
115

sin ocaso radiar el sol fulgente

de mi España feliz en la alta frente.»

¡Oh empresa temeraria

pero a la par sublime y bienhechora!

Tú los miraste, oh plácida Lucero,
120

lanzarse osados a la mar sonora,

y con cien y cien vivas saludaste

al Lusitano insigne, que certero

mandaba las gallardas carabelas:

Tú su voz escuchaste,
125

de dudas tal vez llena y temerosa

al ver al viento desplegar las velas;

y al bronco retronar de los cañones,

que anunciaban la marcha presurosa,

a los nautas mandabas, generosa,
130

tus suspiros y ardientes bendiciones.

   ¡Oh corazones fuertes y leales

cuya nobleza os guía

a empresas inmortales!

¡Lauro al genio sublime que olvidando
135

de su hogar apacible la dulzura,

corre a extrañas regiones, anhelando

propagar con la Fe, ciencia y cultura!

   Mas por qué, sacro mar, por qué tus ondas,

que abrieron para el bien fácil camino
140

y donde puro se retrata el cielo,

han de turbar sañudos los mortales

con la guerra cruel, fecunda en males?

Hora mi mente, en remontado vuelo,

las páginas de sangre
145

recorre de tu historia,

y de Abukir y Trafalgar se muestran

las escenas de horror a mi memoria.

¡Trafalgar! ¡Trafalgar!... ¿Qué pecho hispano

a tu infausto recuerdo no se inflama
150

de santa indignación?... Allí el Britano

el laurel alcanzó de la victoria,

mas ¡ah! que quiso en vano

a España arrebatar el de la gloria.

¡Día de horror!... Las naves destrozadas
155

en el revuelto mar desparecieron,

y mil y mil guerreros esforzados

defendiéndote, oh patria, denodados,

en el rudo combate sucumbieron.

   ¡Campeones de Iberia! eternamente
160

vuestros gloriosos nombres, repetidos

por la sonora trompa de la Fama,

aclamados serán de gente en gente.

Ellos la viva llama

alentarán del entusiasmo ardiente
165

en los fuertes hispanos corazones,

y vivirá por siempre su recuerdo

para ejemplo y terror de las naciones.

   Y qué ¿tanto heroísmo,

tanta sangre española derramada
170

infecundos serán? ¿Nunca humillada

el poder sentirá de nuestro encono

la implacable Albión? ¡Ah! que algún día

no lejano tal vez, tú, patria mía,

te alzarás orgullosa...
175

El Ponto fatigado al grave peso

gemirá de tu armada poderosa,

y, libre entonces de temor y azares,

serás la altiva reina de los mares.

   Cuando se acerque tan feliz momento,
180

¡oh piélago espumoso!

calma, mitiga tus soberbias olas;

y al par del vago viento,

grato suene tu arrullo y armonioso

saludando las naves españolas.
185


Recuerdo de la adolescencia

La vuelta de las golondrinas

A mi apreciado amigo el eminente orientalista, Sr. D. León Carbonero y Sol

-I-

   Llega a mis hogares, llega,

mensajera de la dicha,

llega, llega presurosa

desde la africana orilla.

Ya los campos Primavera
5

con verde alfombra matiza,

y ya en mi vergel, do brotan

la rosa y la siempreviva,

de madreselva cubierto

se ve el torreón do anidas.
10

Ansiando estaba tu vuelta,

bella y plácida avecilla,

y ayer al oír tu canto,

llena el alma de alegría,

salté del lecho gozoso
15

por darte la bienvenida.

   Era yo niño y mi madre

al verte me dijo un día:

«Respeta siempre, hijo mío,

a las pobres golondrinas,
20

que a nuestro hogar ellas traen

la felicidad perdida.»

Esto dijo, y desde entonces

te idolatró el alma mía.

Hora tras hora pasaba,
25

horas por mi mal ya idas,

oyendo los dulces trinos

de tus cántigas festivas,

y viendo cómo alentabas

de tus hijuelos la vida.
30

   Mas, ¡ah! que vino el otoño

con sus nieblas y sus brisas,

y solo encontré tu nido,

que hacia el África partías,

en tanto que yo anhelante
35

por las sendas escondidas

de mi vergel te buscaba,

como a mi más tierna amiga.

¡Ay! yo pregunté a mi madre

por ver si de ti sabía,
40

y me respondió: «Hijo mío,

no busques las golondrinas,

que esta mañana se fueron

del mar a la opuesta orilla.5

   Lágrimas derramé entonces
45

creyéndote ya perdida,

que ardientes se deslizaron

por mis pálidas mejillas.

-II-

   Al verme llorar mi madre

por consolarme decía:
50

«Reza, hijo mío, a la Virgen,

que ella, de ti condolida,

hará que otro año vuelvan

tus amadas golondrinas.»

Y recé con fe profunda,
55

y la viajera avecilla,

al llegar la primavera

vino a posarse tranquila,

bajo el techo donde canta

y enamorada suspira.
60

   Un año y otro la veo

tornar de remotos climas,

cual nuncio de bienandanza

que Dios al humano envía.

Y contémplome dichoso
65

si en mis hogares anida,

que siempre me trajo ella

felicidad y alegría.

   Mas ¡ay! que yermos los campos

veo con dolor, y caídas
70

de los álamos las hojas,

al partir las golondrinas.

Siempre que las vi ausentarse

tuve que llorar desdichas;

ya la muerte de mi blanca
75

y amorosa tortolilla,

o ya del bóreas rugiente

las furiosas embestidas,

con que tronchó de mi huerto

las flores de más valía.
80

   Una vez cuando dichoso

con Laura, mi dulce amiga,

de un amor puro gozaba

en grata paz y delicias,

partió al otoño cual siempre
85

del África a las colinas

el ave que absorto, admiro,

y a poco la muerte impía

llevose a mi tierna Laura

dejándome al par sin vida.
90

   Entonces ¡ay! de mis ojos

las lágrimas que vertía,

silenciosas resbalaron

por mis pálidas mejillas.

-III-

   Si vienes hoy a traerme
95

mi felicidad perdida,

llega presurosa, llega,

mensajera de la dicha,

ven otra vez de mis lares

a tu mansión favorita.
100

Mas si al llegar el otoño

de tu presencia me privas,

no desparezca de nuevo

de mi mansión la alegría.

Sí; tiempo es ya que mi alma
105

tregua a sus dolores pida,

que mucho sufrió en tu ausencia

y aun no es feliz todavía.

Por eso ayer al sentirte

gozoso vi tu venida,
110

que nueva aurora mi mente

de amor y paz adivina.

   Canta, golondrina, canta,

cual en mi niñez lo hacías,

canta, de mi hogar tranquilo
115

por la sombra protegida:

Y si en el otoño huyes

del mar a la opuesta orilla,

no más con tu triste ausencia

renazcan las penas mías,
120

ni ardientes lágrimas corran

por mis pálidas mejillas.


Mi madre en una enfermedad

   Ya es de noche; sosegada

te veré al rayar el día;

duerme, duerme, madre mía,

que yo velo junto a ti.

Duerme, duerme; tus afanes
5

calmar pueda mi desvelo:

Al ver mi pesar el Cielo

tendrá compasión de mí.

   Mañana cuando la aurora

aparezca por Oriente,
10

cesará la fiebre ardiente

que agrava tu enfermedad.

Y verás cuán feliz soy

al recibir tus caricias,

que para mí no hay delicias
15

sin ti, ni felicidad.

   ¡Pobre madre! Se ha dormido;

cedió a mi tenaz empeño:

Hora mi nombre en su sueño

se le escucha murmurar.
20

Le dije que al verla libre

de esa cruel fiebre insana,

feliz me hallaría mañana,

y le mentí a mi pesar.

   ¡Feliz yo! ¡Sarcasmo horrible!
25

Por siempre huyó mi esperanza,

y sólo mi vista alcanza

un oscuro porvenir.

Huyó, sí, cual desparece

tras la densa niebla umbría,
30

la estrella que antes lucía

en un cielo de zafir.

   Y huyeron las ilusiones,

que son del alma el tesoro,

y mis ensueños de oro
35

desparecieron también.

¡Ah, feliz, feliz mil veces

aquel que aunque triste llora,

dentro del alma atesora

un recuerdo de su bien!
40

   Mas para mí, que cruzando

del mundo por el camino,

siempre funesto destino

mi dicha vino a turbar;

son ¡ay triste! los recuerdos
45

lo que el áspid a la rosa,

lo que al nauta procelosa

noche, en irritado mar.

   ¡Ella! ¡Oh martirio! ¡Ella siempre!

Do quiera su imagen miro,
50

y hasta en mi sueño respiro

de su aliento el suave olor.

Ilusión que de la aurora

desparece al tibio rayo,

y que en lánguido desmayo
55

deja al alma en su dolor.

   ¿Por qué, oh Dios, me has concedido

este corazón de fuego,

si eterno desasosiego

me diste con él al par?
60

¡Oh! siempre mi sueño dure,

sueño eterno sea mi vida,

si esa mi ilusión querida

sólo en sueños puedo hallar.

   Tú también, oh madre mía,
65

fuiste un tiempo desgraciada;

huérfana, desconsolada

lloraste en tu juventud.

Mas hora el amor de un hijo

y el cariño de un esposo,
70

te han hecho en dulce reposo

llegar a la senectud.

   Vive feliz, madre amada,

sin ti, sin tu amor profundo,

para mí ¿qué fuera el mundo?
75

Yerto páramo no más.

Que no hay amor semejante

al de una madre querida;

¡triste de aquel que perdida

llora a su madre quizás!
80

   Nunca, nunca tu existencia

acibaren mis dolores;

de la aurora a los albores

feliz, madre, me has de ver.

Y aunque a mi dolor conceda
85

toda el alma por despojos,

nunca verás de mis ojos

ni una lágrima caer.

   ¡Oh sí, tranquila, dichosa

te veré al rayar el día;
90

duerme en tanto, madre mía,

que yo velo junto a ti.

Duerme, duerme, tus afanes

calmar pueda mi desvelo;

por tu salud ruego al Cielo,
95

y él tendrá piedad de mí.


A los soldados heridos en la guerra de África

   ¡Prez al valor! El mundo entusiasmado

el noble arrojo, la victoria canta,

de esos ínclitos héroes que en lid santa

combatieron con ánimo esforzado.

   Salúdalos, ¡oh pueblo! El irritado
5

ponto cruzaron, y con firme planta,

del Ismaelita, cuya furia espanta,

el pabellón por ellos viose hollado.

   Llegad, hijos del Cid: de vuestra gloria

el sol muéstrase ya puro y fulgente,
10

timbres prestando a la española historia:

   Ejemplo sed a la futura gente,

y el preclaro laurel de la victoria

eterno brille en vuestra noble frente.


A mi querido amigo el distinguido literato Don Federico de Sawa

   Ven, estación de Otoño sosegada,

ven, que quiero aspirar tu brisa pura,

y en plácida dulzura

ver trocarse el dolor que me anonada.

¡Con cuánto afán en el ardiente estío,
5

inquieto y anhelante,

te recordaba del tranquilo río

en la risueña orilla!

Allí vagando el pensamiento mío

ya fijaba mi vista en la barquilla
10

do en grata paz el pescador bogaba,

o ya del sol al trasponer el monte

los últimos fulgores contemplaba.

¡Cuántas veces la noche silenciosa

sorprendiome esperando tu venida;
15

y cuántas, cuántas la arboleda umbrosa

triste vagar me viera,

la esperanza al huir desvanecida

que de admirarte el alma concibiera!

   Hora ya siento de placer henchido,
20

en esta bella, deliciosa tarde,

de mi Otoño querido

el aura mensajera,

a cuyo impulso, temeroso y leve,

van las hojas del álamo cayendo
25

lentas cual copos de brillante nieve.

Ya perdido su ardor el rey del día,

velado por la bruma, al mar de Atlante

en su marcha incesante

va descendiendo por el ancho espacio,
30

y en vistosos colores

de fúlgido topacio,

de azul y oro, de carmín y gualda,

tiñe las nubes que dejó a su espalda.

   ¡Cuán hermosa estación! ¡Ah! yo la adoro
35

como a Brama y a Siva el indio adora,

que ella presta a mi pecho, bienhechora,

de ardiente inspiración rico tesoro.

   Llega plácido Otoño. En esta hora

apacible y serena,
40

en que siento la brisa halagadora

que a anunciar tu llegada

a mí se acerca en ámbares bañada,

halagüeña impresión consoladora

conmueve el alma mía,
45

que al influjo se entrega descuidada

de agradable y fugaz melancolía.

   ¡Oh, cuán bellos se agolpan a mi mente

mis pasados ensueños

de ventura, de amores y de gloria,
50

que veloces huyeron con los años

de mi risueña edad, y desengaños

me dejaron tan sólo por memoria!

Lejos crecí del mundanal ruido,

pero el mundo placeres me brindaba,
55

placeres ¡ay! que yo desconocía,

y al mar del mundo me lancé atrevido.

Y canté su belleza, su armonía,

canté mi amor y la mujer que amaba,

y la gloria canté que ambicionaba,
60

y fui feliz un día...

Feliz, sí; que los céfiros suaves,

el tranquilo arroyuelo,

el melodioso canto de las aves,

todo gloria y amores respondía
65

a mi voz anhelante;

y hasta el límpido azul del claro cielo

aún más azul entonces y más puro

mostrábase a mis ojos;

la plateada luna,
70

que trémula brillaba en la laguna,

su pálido esplendor, lánguidamente

enviaba a mi frente,

y el trasparente río

con sus sonoras y apacibles ondas
75

arrullaba a su paso el sueño mío.

   Mas ¡cuán breves pasaron los momentos

de ventura y placer! Como las hojas

del ábrego impelidas,

huyeron de mi vista, y las mentidas
80

palabras de amor puro y bienandanza,

en humo se tornaron, y con ellas

mis ensueños de gloria y mi esperanza.

   ¡Oh, jamás a mi espíritu agitado

os presentéis, falaces ilusiones!...
85

Huid, huid, que quiero, sosegado,

de más puras y gratas emociones

gozar en mi retiro...

Y tú, apacible Otoño, cuyas auras

vagando van en incesante giro
90

de flor en flor, por la risueña margen

del Betis caudaloso,

acude a mis acentos presuroso,

y ven a dar a mi dolor consuelo.

¡Oh! si, llega, no tardes; que si airado
95

del crudo invierno el aquilón furioso

yerma dejase la campiña bella,

sin árboles, sin vida,

arrancándome al par mi dulce calma,

siempre de ti, de mi estación querida,
100

grato recuerdo quedará en mi alma.


En la solemne profesión religiosa de Sor Magdalena de los Dolores Chaves, en el Monasterio de Santa Inés de Sevilla, el día 13 de agosto de 1860

   Hay para el alma triste y abatida

instantes de consuelo,

en que se alza de ventura henchida.

a la región del cielo.

   Y allí en la fuente de virtud y amores
5

que del Inmenso emana,

reflejados quizá ve los albores

de su eterna mañana.

   Allí alejada de la tierra impura,

en éxtasis profundo,
10

comprende que no existe la ventura

sino lejos del mundo.

   Dilo tú, Magdalena, tú que un día

feliz te contemplabas,

y al rudo golpe de la suerte impía
15

perdiste el bien que amabas.

   ¿Quién pudiera en la noche aterradora

de tu fatal quebranto

alentar tu esperanza salvadora?

¿Quién enjugar tu llanto?
20

Como nave del viento combatida

en el mar proceloso,

cruzabas, vacilante, de la vida

el piélago azaroso.

   Y pronta a sucumbir al enemigo
25

dolor que te aquejaba,

sólo la Religión te daba abrigo:

La Fe te consolaba.

   Un pensamiento grande, pudoroso,

bello como la aurora,
30

vino a encender tu corazón piadoso

en llama vividora.

   Y ardiendo entonces en amor divino

exclamaste inspirada:

«Ser esposa del Verbo es mi destino;
35

vivir a Él consagrada.»

   Hoy al término llegas anhelado,

y en cántico sonoro,

de célico placer arrebatado

te aclama al almo coro.
40

   Feliz tú, Magdalena, que apartada

del mundo corrompido,

encontrarás en Dios siempre entregada

el dulce bien perdido.

   Nunca, nunca ambiciones los placeres
45

de este mundo engañoso;

sólo hallaras en él míseros seres

luchando sin reposo.

   Y del alma virtud, que firme adoras

henchida de esperanza,
50

alzarse vieras siempre triunfadoras

la envidia y la venganza.

   ¡Oh! ¿qué digo? jamás. Bajo ese techo

que la virtud abriga,

nunca recordará tu amante pecho
55

la ambición enemiga.

   Sí; dichosa serás. ¡Oh quién hubiera

así del mundo huido!

Yo también como tú dormir quisiera

el sueño del olvido.
60

   Mas si le es fuerza al hombre en sus pasiones

luchar con el Averno,

hoy, esposa de Dios, tus oraciones

lleguen por nuestro bien hasta el Eterno.


A mi apreciable amigo el insigne poeta, Señor Don Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, con motivo de la publicación de sus poesías

   Grato, Fernando, a mis oídos llega

el dulce son de tu armoniosa lira.

Que el alto numen de virtud te inspira,

y jamás la pasión, torpe te ciega.

   En santo ardor mi espíritu se anega
5

si ardor santo tu voz blanda suspira,

y patriotismo y fe y valor respira

si hispanas glorias a cantar se entrega.

   Al extranjero que abatir pretende

nuestra honra patria, muéstrasle el ejemplo
10

del gran Filipo, que en su amor se enciende.

   Fe, nobleza, virtud, siempre contemplo

en tu musa inspirada: así se asciende

de la gloria inmortal al sacro templo.


A Ercilia

   Alivio del mortal infortunado

que triste llora en perdurable duelo,

dulce amistad, que plácido consuelo

ofreces a mi espíritu agitado;

deja que te bendiga entusiasmado,
5

y de mi lira al son, con vivo anhelo,

feliz te aplauda, por tu amor suspire,

y el numen seas que mi mente inspire.

   Mas ¡ah! ¿cómo pudiera tu alabanza

dignamente entonar? En ti se encierra
10

la ventura más alta que en la tierra

el generoso corazón alcanza.

Tú nos brindas segura bienandanza;

tú si adversa la suerte nos aterra

eres el puerto donde el alma olvida
15

las fieras tempestades de la vida.

   ¡Oh, cuán grata es tu voz! Más armoniosa

llega a mi oído que del vago viento

el dulce murmurar, que el blando acento

de la tórtola amante y cariñosa:
20

Ella aleja benigna y poderosa

el amargo pesar y el desaliento,

y la esperanza, con fulgor divino,

álzase a su poder en mi camino.

   Yo creo escucharla en la floresta umbría
25

de la tarde en el último suspiro,

o cuando el aura en incesante giro

lánguida gime al despuntar el día:

Yo creo escucharla llena de armonía

en mi ignorado y plácido retiro;
30

cuando en la noche, con temor profundo,

velado en sombras aparece el mundo.

¡Bienhechora deidad! Plácido sueño

cierra mis ojos a tu voz suave,

cesa de mi inquietud el peso grave,
35

y lo futuro a ver torno risueño;

y aunque en mi corazón con duro ceño

el dolor su puñal de nuevo clave,

firme resistiré su enojo insano

si tú me tiendes, amistad, la mano.
40

   Y tú, mi Ercilia, en cuya noble frente

de saber, de virtud y de hermosura

rica diadema brilla, siempre pura,

cual de espléndido sol rayo fulgente;

tú en cuyo canto inspiración ardiente
45

anhelante, bebí y alma ventura,

deja que en tu amistad mi dicha vea,

y tan supremo bien eterno sea.


En el álbum de la Señorita Doña Manuela Fernández de Salamanca

   Aun antes que el tesoro

de tu gracia admirara y gentileza,

llegó a mi oído el aclamar sonoro

del mundo, que la alteza

de tu virtud cantaba y tu belleza.
5

   Hollar galanas flores

fue, Manuela, tu plácido destino:

Cercáronte en la cuna los amores;

tu rostro peregrino

bañó en sus tintas el pudor divino.
10

   En tus rasgados ojos

de alma ternura el esplendor destella,

con tu mirada ahuyentas los enojos;

no es tan pura y tan bella

la de la tarde fugitiva estrella.
15

   ¡Ah! no mintió el acento

que justo aplauso sin cesar te ofrece;

tal como la soñara el pensamiento

tu hermosura aparece,

que aún más y más por la modestia acrece.
20

   Así la sabia Atenas

a las sencillas Gracias se fingía,

ricas de juventud, de encanto llenas,

y en plácida armonía

lauro y honor a su beldad rendía.
25

   Mil veces venturosa

la que cual tú, de hechizos adornada,

mira correr la juventud hermosa

por la virtud preciada

y por la excelsa ilustración guiada.
30

   Goza, goza los dones

que te concede bondadoso el Cielo;

y nunca de tus bellas ilusiones

detenga el raudo vuelo

el desengaño con su faz de hielo.
35

   Sí; que grata y suave

pase tu vida, de inquietud ajena:

Jamás sus huellas la tristeza grabe

en tu frente serena,

envidia del jazmín y la azucena.
40

   Y cuando el tiempo alado,

al transcurrir las horas fugitivas,

tu ancianidad señale despiadado,

que en pláticas festivas

de tu niñez con los recuerdos vivas.
45


Hero y Leandro

   Era una tarde nebulosa y triste:

Del Helesponto en la arenosa playa,

así, sus ojos en el mar fijando,

Hero infeliz doliente murmuraba:

   «Undoso mar que guardas en tu seno
5

fiel el secreto de mi amor ardiente,

y hora contemplas, de piedad ajeno,

la horrible angustia que mi pecho siente.

   Tú que un tiempo benéfico acogías

de mi amante la férvida plegaria,
10

y en olas de zafir le conducías

a esta costa en la noche solitaria;

   oh mar, sagrado mar, dime si ingrato

por siempre mis amores dio al olvido,

y de otro amor en súbito arrebato
15

llorarle debo para mí perdido.

   Ya siete veces la triforme diosa

hundió en tus ondas su nevada frente;

y el nuevo día me encontró llorosa,

sumida en dudas y ansiedad creciente.
20

   ¡Implacable ansiedad!... Dulce bien mío,

¿así olvidar pudiste mis favores,

y hundirme ciego, con tenaz desvío,

de eterna soledad en los horrores?

   ¿Y perjuro tal vez?... Dudas impías,
25

no la estrella anubléis de mi esperanza:

Volved, auroras de felices días,

volved, noches de plácida bonanza.

   Y tú, Leandro, si por dicha aún vive

en ti el recuerdo de tu amada, ¡oh! llega;
30

ven y los lauros del amor recibe,

y a sus delicias con afán te entrega.

   Vuelva yo a verte, cual te vi gozoso

en esta playa por la vez primera,

fijar en mí tu vista cariñoso
35

al señalarme tu natal ribera.

   -¿Ves? -me dijiste- mis paternos lares

lejos están; el Ponto nos separa:

Mas ¿qué son a mi amor rudos azares?

por ti los venceré; Venus me ampara.-
40

   ¡Ah! ¡Cuántas veces al morir el día

aquí en la orilla te esperaba a solas!

¡Cuál gozaba al mirar como vencía

audaz tu brazo las batientes olas!

   Feliz ganabas la ribera, y luego
45

yo cariñosa tu valor premiaba:

¡Cómo al son dulce de tu blando ruego

mi corazón amante palpitaba!

   Mas ¿qué digo? ¡infeliz!... Fieros los hados

de mí alejan la dicha, el bien que adoro:
50

De los supremos dioses irritados

en vano, ay triste, compasión imploro.

   ¿Y esto es vivir? ¡Oh númenes!... La muerte

a inquietud tan horrible prefiriera:

Rásguese el velo de mi ignota suerte
55

aunque al perder mis esperanzas muera.

   Tal te pide, oh Citeres, la que un día

consagrada en tu altar siguió tus huellas:

¡Ay! niña entonces sin amor vivía

mas me halagaban ilusiones bellas.
60

   Por ti mis padres, de mi hogar querido

el mágico recuerdo, y la memoria

de mis dulces amigas di al olvido,

que en tu culto cifré mi única gloria.

   En premio de mi afecto, oh Citérea,
65

presta a mi ruego plácida acogida:

Una vez sola a mi adorado vea

aunque muera después: tuya es mi vida.»

Tal exclamó, vertiendo acerbo llanto;

y cual si respondiese a sus palabras
70

la diosa, y aceptara el sacrificio

que en su dolor la mísera anhelaba;

   en breve, por las olas arrojado,

cadáver yerto apareció en la playa:

Hero llega, lo mira, retrocede,
75

y hondo gemido de su pecho exhala.

   Delirante después entre sus brazos

lo estrecha con afán... ¡Desventurada!

¿Qué le resta en el mundo si los dioses

su único bien por siempre le arrebatan?
80

   En vano, en vano palpitante anhela,

cual Prometeo a su marmórea estatua,

a la muerte dar vida, con el fuego,

con el oculto fuego que la abrasa.

   Ya aquellos dulces, adormidos ojos
85

jamás responderán a sus miradas,

ni aquellos labios, murmurando amores,

se posarán sobre su frente blanca.

   ¿Qué le resta?... La muerte será sólo

término digno de su suerte infausta:
90

Inmenso el mar ante sus pies se tiende,

en ronco son parece reclamarla.

   Ya en sus ondas veloz se precipita:

Ya un gemido se escucha en lontananza...

La nueva aurora, de los dos amantes
95

los tristes restos alumbró en la playa.


A S. M. la Reina Doña Isabel Segunda, en su visita a la Itálica

   Si renombre inmortal brinda la historia

al rey que con aliento sobrehumano

en conquistas sin fin alcanza ufano

el preclaro laurel de la victoria;

   más noble y digno aplauso a la memoria
5

ofrece del egregio soberano

que abre a la ciencia, con propicia mano,

fácil camino al templo de la gloria.

   Por ti, oh Reina, cual astro peregrino,

la antorcha del saber brilla fecunda:
10

Tú engrandeces de Itálica el destino.

   Así bella aureola te circunda,

y hoy de Trajano al par y Elio divino

álzase el nombre de Isabel Segunda.


Betulia libre

Himno triunfal

Traducción de P. Metastasxo

CORO DEL PUEBLO
   ¡Loor a Dios!... Sus iras

lanzó contra el impío;

luchando por nosotros

fue el triunfo de él en pos.

Truncó de sus contrarios
5

el fuerte poderío;

es suya la victoria:

¡Hosanna eterno a Dios!

JUDIT
   Llegó el Asirio: en torno

los persas le seguían,
10

taló cruel los valles,

los ríos agotó.

Del sol los resplandores

velados parecían,

tembló Israel: cercano
15

por él su fin juzgó.

CORO
   Loor a Dios: etc.

JUDIT
   Con fuego, con cadenas

y muerte amenazaba,

Betulia a su voz ruda
20

llenose de pavor.

Mas imprevisto golpe

con el soberbio acaba,

y como niebla al viento

se extingue su furor.
25

CORO
   Loor a Dios: etc.

JUDIT
   Dispersos, sin amparo

los bárbaros huyeron:

Se estremeció el Asirio,

el Medo se aterró.
30

No fueron los gigantes

que al cielo se atrevieron,

débil mujer fue sólo

la que su frente holló.

CORO
   ¡Loor a Dios!... Sus iras
35

lanzó contra el impío;

luchando por nosotros

fue el triunfo de él en pos.

Truncó de sus contrarios

el fuerte poderío;
40

es suya la victoria:

¡Hosanna eterno a Dios!


Al insigne pintor Bartolomé Esteban Murillo

   Como la palma erguida

que ignorada tal vez lozana crece

entre humildes arbustos confundida,

y firme resistiendo

ya el devorante fuego del estío,
5

ya el ímpetu tremendo

del vendaval que rudo la estremece,

gallarda al fin se eleva y poderosa

y tan altiva que tocar parece

la dilatada bóveda del cielo,
10

así con noble anhelo

se alza el genio inmortal. El vil encono,

la infausta suerte o la rastrera envidia

combatirlo podrán con saña fiera,

y el vulgo alzar a la ignorancia un trono;
15

mas él, triunfante de la audaz perfidia,

del hórrido infortunio y del olvido,

salvando de los siglos la distancia,

al fin grande y severo,

de inmarcesibles lauros circuido,
20

preséntase arrogante al mundo entero.

   Y tal, oh gran Murillo, apareciste.

En vano la fortuna despiadada

sus dones te negó: tu mente ardía

sedienta de saber; arrebatada
25

tu noble alma al esplendor naciente

de tu genio creador se enardecía

y de la suerte impía

venciendo los azares,

por hallar del saber la pura fuente,
30

corriste en alas de tu afán vehemente

al pueblo que acaricia el Manzanares.

   La altiva Mantua te acogió en su seno,

Mantua feliz que extático admiraba

de otro hijo insigne de tu patria bella
35

las plácidas creaciones,

y rey de sus pintores lo llamaba.

¡Oh! Tú también en ella

recibiendo entusiastas ovaciones

al par reinar pudieras de tu amigo,
40

cual émulo inmortal del grande Apeles.

Tú también en la egregia,

brillante corte del monarca hispano

al solio de las artes te alzarías,

y alto premio a tu genio soberano
45

del ilustre Filipo alcanzarías.

   Mas ¡ah! que no tu alma

divina inspiración hallar pudiera

entre la pompa y el tumulto vano

de esperanzas y glorias mundanales:
50

La silenciosa y apacible calma

de la grata ribera

que el Betis con sus límpidos cristales

corona de verdor y lozanía,

la atmósfera rosada y transparente,
55

las leves auras, el florido suelo

de la perla oriental de Andalucía,

los vivos rayos de su sol fulgente

ansiabas contemplar en tu desvelo,

para elevar tu espíritu ferviente
60

a la etérea región del almo cielo.

   Y a tu patria tornaste: poderoso

el genio entonces te elevó en sus alas.

¡Oh! ¿Quién, Murillo, enumerar podría

de tus creaciones las supremas galas?
65

Aquel fresco y suave colorido,

la célica poesía

que en tus lienzos magníficos destella

¿quién superó jamás?... Por ti más bella

la natura aparece,
70

y con nuevo fulgor, con nuevo encanto

a los ojos del mundo resplandece.

   Tal de Timantes y de Zeuxis, gloria

de la ilustrada Grecia, se mostraba

el numen portentoso: ya el quebranto
75

profundo que inspiraba

de Ifigenia el horrendo sacrificio,

ora el ardor, augurio de victoria,

del atleta invencible, al ejercicio

de los rudos combates avezado,
80

o ya la dulce y cándida belleza

de nívea y pura frente,

de cabellos de oro,

vida de sus pinceles recibieron,

y de su patria fueron
85

y de las artes inmortal tesoro.

   Empero tú, Murillo, levantaste

a más alta región libre la mente;

que a la fecunda inspiración ardiente

y del artista al numen soberano,
90

venturoso adunaste

la pura fe del corazón cristiano.

¡Oh! sí; la fe en tu pecho

viva encendió la misteriosa llama

de ese entusiasmo férvido, divino,
95

que al hálito de Dios sólo se inflama.

Ella alumbró en la tierra tu camino;

por ella comprendió tu pensamiento

el místico delirio, el sentimiento

que a Félix dulcemente enardecía
100

ante la Virgen pura,

que radiante de gloria y de hermosura

a sus ojos risueña aparecía.

Por ella del humilde Paduano

adivinaste el éxtasis profundo,
105

cuando abiertos los cielos contemplaba,

y hasta sus brazos con amor llegaba,

tierno infante amoroso,

el sacrosanto Redentor del mundo.

Y por ella también entre querubes,
110

paz, amor y dulzura destellando

su rostro peregrino,

cercada en torno de flotantes nubes,

la blanca luna con sus pies hollando,

de estrellas coronada,
115

viste en tu puro y religioso anhelo

a la Madre del Verbo inmaculada.

¿Quién, como tú en el suelo

mostró jamás su celestial traslado?...

El alma ante su faz encantadora
120

siéntese blandamente conmovida,

y ve por ella la apacible aurora

dulce esperanza de la eterna vida.

   ¡Salve, Genio inmortal! Gratos loores

tu patria orgullecida
125

hoy tributa feliz a tu memoria,

de inmarcesibles lauros y de flores

tu nombre circundando... Hundió la muerte

generaciones cien en el olvido

y otras ciento hundirá, pero tu gloria
130

eterna habrá de ser. No de otra suerte

en medio de los vastos arenales,

resistiendo los rudos vendavales

las soberbias pirámides se elevan:

Y en tanto que los montes se estremecen
135

del hórrido Simoun al fuerte amago,

altivas aparecen;

sin que jamás en ellas

entre el perpetuo, universal estrago

puedan los siglos imprimir sus huellas.
140


Anhelo del alma

   Soñé con la ventura: por hallarla

tras los placeres con afán corrí,

y la ilusión primera de mi vida

murió al rumor de báquico festín.

   La riqueza es la dicha -pensé entonces-
5

y grandiosos palacios recorrí,

y allí al orgullo y a la ciega envidia

ocultando el dolor vi sonreír.

   ¿Quién del poeta eclipsará la gloria?

¡Por el genio brillar! ¡Dicha, sin fin!
10

Dijo; mas ¡ah! sus fúlgidos laureles

regados siempre con su llanto vi.

   ¿Dó la felicidad? clamé abatido,

mi esperanza al mirar rápida huir,

y oculta voz que resonó en mi alma:
15

«En el Cielo -me dijo-, sólo allí.»


En el álbum de la Señorita Doña Ana de Ibarra

   En buen hora, ninfa bella,

llegaste a mi hermosa patria,

al edén del Mediodía,

a la reina de Vandalia.

   En buen hora; que ya raudo
5

el helado invierno pasa,

y la grata primavera

tiende sus brillantes alas.

   Todo a gozar te convida:

El verde prado que esmaltan
10

mil flores, que dan al aire

su deliciosa fragancia;

   el puro azul de ese cielo

que ya las nubes no empañan,

y el sol brillante que alumbra
15

del campo las ricas galas.

   Todo a tu vista sonríe:

El cielo, el campo, las aguas

del claro Betis undoso

que a saludarte se para;
20

   y las flores y las aves

que, ocultas en la enramada,

porque tu frente acaricia

envidia tienen al aura.

   Mas si natura sonríe
25

y cariñosa te halaga,

¿por qué alejarte pretendes

de esta mansión encantada?

   ¿Es que a las flores, al cielo

que Sevilla muestra ufana,
30

a sus trinadoras aves,

a sus auroras rosadas,

   prefieres, Anita hermosa,

la nieve de tus montañas

y las nublosas riberas
35

que el Nerva y el Plencia bañan?

   ¿Vino quizás un recuerdo

de tu venturosa infancia

a despertar en tu mente

ilusiones y esperanzas?
40

   Si es así, parte dichosa,

parte a tu ribera amada,

y que la estrella te alumbre

de perpetua bienandanza.


   ¡Oh, cuán grato es vivir si la esperanza

nos halaga con plácidos ensueños,

y en la futura edad, pura y riente,

dicha sin fin ofrece a nuestros ojos!

Hora gozando de sin par ventura,
5

lleno de amor y paz indefinibles,

vuelvo a pulsar mi abandonada lira,

y el pensamiento vuela en el espacio

por hallar el objeto que mi alma

en su entusiasmo indescriptible adora.
10

   Yo la admiré radiante de hermosura

por vez primera en el vergel ameno

de su grata mansión, y enajenado,

de amor sentí mi corazón herido.

¡Feliz, feliz mil veces el que pudo
15

contemplar un momento de sus ojos

el lánguido mirar, y de su boca

la placentera, angelical sonrisa!

Es su talle gentil como la palma

mecida por las auras del otoño,
20

muestra su tez los sonrosados tintes

de la estiva mañana, y su cabello,

aún más negro que el manto de la noche,

su cuello vela en ondulantes rizos.

Brilla en su frente pudorosa y bella
25

del genio creador la ardiente llama,

y destellan sus ojos viva lumbre

como el almo lucero de la tarde.

   ¡Oh encantadora, incomparable, amiga!

Tú la faz sacrosanta me recuerdas
30

del arcángel divino que en mi infancia

cercano imaginaba al lecho mío,

velando siempre mi tranquilo sueño.

Tú eres la casta, pudorosa virgen

que en su idealismo concibió la mente,
35

y que mi alma con afán buscaba

en medio del revuelto mar del mundo.

   Cual de los euros al ardiente soplo

mustias se inclinan las lozanas flores

perdido su verdor, así en un tiempo
40

al torrente de fieros desengaños

vi agostarse la flor de mi esperanza.

¡Ay! yo creí desfallecer al peso

de mi acerbo dolor, y ya el terrible

ángel de las tinieblas y la muerte
45

tendía sobre mí sus negras alas:

Mas tu voz escuché; los dulces ecos

de tu harpa de oro a mí llegaron,

y llanto de ternura vertí entonces,

de amor arrebatada el alma mía.
50

Así también el triste peregrino

al caminar perdido por las selvas

en noche oscura de aterido invierno,

contémplase feliz si por oriente

vislumbra de la aurora el tibio rayo.
55

   Y tú, ninfa gentil, la aurora fuiste,

la clara aurora del risueño día

de bienandanza y paz. Raudas huyeron

a tu poder las nubes de tristeza

que cercaban mi mente; luminoso
60

el sol resplandeció de la esperanza,

nuevo encanto prestando a mi existencia.

   Y luego... luego en tu mirada ardiente

bebí la inspiración; pulsé la lira,

y en trova melodiosa tu hermosura,
65

tu preciada virtud y el amor mío,

canté lleno de férvido entusiasmo.

¡Oh venturoso día! En mi memoria

vivirá tu recuerdo, como vive

de mi pasión la inextinguible llama.
70

Y tú, mi bella Ercilia, que piadosa

diste a mi corazón almo consuelo,

mírame siempre con benignos ojos,

y que nunca las sombras de la duda

oscurezcan tu frente... Yo te amo,
75

y este amor da a mi pecho nueva vida.

Tu nombre resonando en mis cantares

en alas volara del vago viento,

y en el espacio el eco fugitivo

repitiéndolo irá por la ribera
80

del manso Betis hasta el mar de Atlante.


A un amigo poeta en sus bodas

Canto epitalámico

   Ved los esposos: en amante lazo

ya ante las gradas del altar se inclinan:

ya el sacerdote con acento grave

      fiel los bendice.

   Tímida ella de rubor se cubre,
5

leve suspiro de su pecho exhala;

lágrimas vierten de placer sus ojos,

      lagrimas tiernas.

   Tal aparece embalsamada y pura

rosa temprana en la estación florida,
10

cuando las auras, de vital rocío

      bañan sus hojas.

   Vedlos; se acercan. Tributad, amigos,

dignos loores a la esposa bella;

mil parabienes al feliz consorte
15

      dad halagüeños.

   Suenen los brindis, y del néctar puro

cien y cien copas apurad, oh vates,

triunfe esta noche de las NUEVE HERMANAS

      triunfe Lieo.
20

   ¡Oh caro amigo! Que la gloria brille

siempre a tus ojos, y el amor sonría:

Dignas coronas de laurel y mirto

      ciñan tus sienes.

   ¡Quien más dichoso! De tu ninfa bella
25

grato el acento halagará tu alma,

noble entusiasmo, inspiración sublime

      dando a tu mente.

   Canta, poeta; que al vibrar tu lira

lauros el mundo rendirá a tu nombre:
30

Ella tus triunfos partirá contigo,

      siempre risueña.

   Sed venturosos: vuestra vida pase

cual entre flores arroyuelo puro;

nunca la estrella que brillante os guía
35

      velen las nubes.


A Polonia en 1863

EL POETA
   ¿Qué poderoso acento

en la margen del Vístula resuena,

que en ímpetu violento

«guerra, guerra» clamando al vago viento

de patrio ardor los corazones llena?
5

   Triste un pueblo que gime

de la opresión bajo la férrea planta

escúchalo, y sublime

a quebrantar el yugo que le oprime

contra el déspota fiero se levanta.
10

   No al tirano homicida

bastó, Polonia, contemplar tus penas;

quiso el par que vencida,

verte cantar su triunfo envilecida

al infausto rumor de tus cadenas.
15

   Mas, ah, nunca obediente

pudieras consentir en tal mancilla;

tu altiva y noble frente

antes que a su mandato omnipotente

rendir quisiste a su feroz cuchilla.
20

   ¡Cuántos, cuántos horrores

por verte subyugada desplegaron

los fieros opresores!...

Contestaron con risa a tus clamores,

y tu sagrada religión hollaron.
25

   ¡Crueles!... ¿Quién pudiera

largo tiempo sufrir tal tiranía?

Oprobio eterno fuera

cual corderos morir, sin que se uniera

el grito de venganza al de agonía.
30

   «Baste, Dios justo, baste»;

dijiste alzando las opresas manos;

y el hierro fulminaste,

y a la tremenda lucha te lanzaste

gritando con valor: «¡Fuera tiranos!»
35

   Mas ¡ay! que cual torrente

que raudo baja de enriscada altura,

destruyendo potente

cuanto se opone a su veloz corriente

y sembrando el terror por la llanura;
40

   así se precipita,

Polonia, contra ti, su triunfo cierto

juzgando, el Moscovita,

y al exterminio con su voz excita

al bárbaro cosaco del desierto.
45

   ¡Y sola, abandonada

te encuentras, oh baldón!... La culta Europa

te tiende una mirada

de compasión tan sólo, y descuidada

deja que apures del dolor la copa.
50

   «En vano, ay triste, en vano

invocarás de Wola los laureles;

-dice el audaz tirano-:

esclava humilde besarás mi mano,

y hollarán tus campiñas mis corceles.
55

   Tus guerreros vencidos

a mis plantas verás, y tus pendones

do quiera escarnecidos:

En vano clamarás, que a tus gemidos

sordas serán por siempre las naciones.»
60

   ¿Será verdad, Dios santo?

¿Y podrá Europa contemplar inerte

de ese pueblo el quebranto,

sin que responda a su dolor y llanto

con ronco grito de venganza y muerte?
65

   No, jamás; que al acento

de independencia, oh pueblo, que proclamas

con heroico ardimiento,

responderán cien almas y otras ciento,

que de entusiasmo con tu arrojo inflamas.
70

   Presto tal vez la aurora

luzca en que fuerte la justicia vibre

su espada vengadora;

tal vez ya suena de expiación la hora...

Lucha, Polonia, en tanto y serás libre.
75

   Lucha; tu causa abona

la justicia de un Dios omnipotente:

Si el mundo te abandona,

la del martirio celestial corona

de tus guerreros ornará la frente.
80

   Y al par tu claro nombre

justa la fama grabará en su templo;

entusiasmado el hombre

admirará por siempre tu renombre,

y a las naciones servirás de ejemplo.
85

CORO
   Suenen los brindis: en su honor colmemos

cien y cien veces la espumante copa:

Suban al cielo nuestros fieles votos,

      ecos del alma.


El llanto de una madre

En el regreso de los valientes marinos españoles, vencedores en el Pacífico

-I-

   Raudas se alejan las naves

de las ibéricas playas,

al estruendo de los vivas

de multitud entusiasta.

Truena el cañón, y cien brazos,
5

al ronco son de las salvas,

su postrer saludo envían

a los marinos de España.

Allá de la ardiente América

en regiones apartadas,
10

van a vengar un ultraje,

van a luchar por su patria.

Por eso el pueblo aplaudiendo

empresa tan noble y santa,

bendiciones les envía,
15

y su alto valor aclama.

   Entretanto anciana humilde,

vertiendo abundantes lágrimas,

ve partir con grave pena

la alígera y fuerte armada:
20

Que en una de aquellas naos

ya un pedazo de su alma,

ya la vida de su vida,

un hijo de sus entrañas.

   «Madre, ¡adiós! -al partir dice-;
25

¡adiós! que el deber me llama:

Voy a luchar por la gloria,

por el honor de mi patria;

y quiera el cielo que vuelva

victorioso a estas comarcas,
30

que a ser vencido prefiero

sucumbir en tierra extraña.»

   Tal dijo: la triste madre

llanto copioso derrama,

y añuda su voz de queja
35

el dolor en su garganta.

Mas en su angustiado pecho

grato consuelo derrama

saber que a luchar su hijo

va por el honor de España.
40

-II-

   ¿Qué alegre rumor el viento

lleva en sus ligeras alas?

¿Qué anuncia el himno de gloria

que el pueblo ardoroso canta?

¿Vengó España las ofensas
45

que en regiones apartadas

los descendientes ingratos

de sus hijos le causaran?

La hispana, inocente sangre

por bandidos derramada,
50

venganza obtuvo en los puertos

de la costa americana.

En vano ferradas torres,

nuevas y potentes armas,

y aun la traición opusieron
55

a nuestra invencible escuadra.

La hora sonó del combate,

la hora sonó deseada,

y cual el rey de las selvas

lleno de valor avanza
60

contra su enemigo artero,

sin temor a su arrogancia,

así los bravos marinos

prez y gloria de su patria,

firmes la muerte desprecian,
65

y a los contrarios se lanzan.

   El sol, al nacer, flotante

vio la bandera peruana,

y al ocultarse mirola

abatida y humillada.
70

Las fuertes torres, los muros

del Callao defensa y guarda,

en miserables ruinas

nuestra victoria proclaman.

   Al saber tan grata nueva
75

su voz Hesperia levanta,

bendiciendo a sus marinos

y al caudillo que los manda.

   Sólo una anciana, entre el pueblo

que el entusiasmo embriaga,
80

al celebrar la victoria

lágrimas tiernas derrama:

Que allá en los extensos mares

de la América lejana

tiene un hijo que a la guerra
85

fue, de su entusiasmo en alas.

La peste, el hambre y el fuego

combatieron a la armada;

sangre costó la victoria,

y el hijo de sus entrañas
90

perecer en el combate

pudiera en hora menguada;

que él defendió como bueno

la prez y el honor de España.

-III-

   Del mar cortando las olas
95

bella nave engalanada,

cual ave marina, llega

a las ibéricas playas.

Es la que lleva por nombre

el de la corte de España,
100

una de las que en Abtao

honor fue de la jornada;

la invencible en el peligro,

la que Alvar González manda...

¡Alvar! que a pecho desnudo
105

el fuego desafiaba.

   Ved el pueblo: presuroso

por saludarle se afana;

sonoro el címbalo al viento

sus ecos alegres lanza,
110

y entre vítores y aplausos

la multitud entusiasta,

«lauro a los bravos marinos

-dice-, que en tierras lejanas

triunfante de los contrarios
115

alzaron la enseña hispana.»

   Una anciana, entre las turbas,

llanto de placer derrama,

que contra su seno estrecha

al hijo de sus entrañas.
120

Él le cuenta los azares

que en la costa americana

sufrió con valor heroico,

con indomable constancia:

Y orgulloso al referirle
125

que en la victoria alcanzada,

vertió su sangre, sin duelo,

por su Reina y por su patria,

«bendito, bendito seas,

-la madre llorando exclama-;
130

tú la esperanza y la gloria

eres de mi pobre casa,

que con valor has sabido

luchar en honor de España.»


Las ruinas de Itálica

A mi querido amigo el distinguido literato e inspirado poeta, Sr. D. Juan J. Bueno

¡Cuánto es sublime

la voz de los sepulcros y ruinas!


(Heredia.)



   Cuando Roma triunfante

cual señora del mundo aparecía,

y su poder omnímodo extendía

desde las playas del soberbio Atlante

hasta el Jónico mar, ciudad famosa
5

alzábase potente

del Betis en la margen deliciosa,

ostentando, orgullosa,

ceñida de laurel su altiva frente.

Templos, palacios, termas,
10

en su extenso recinto

grandiosos se elevaron;

y de sus hijos el saber, la gloria,

en himnos de victoria

entusiastas los pueblos aclamaron.
15

   ¡Oh Itálica! eras tú; tú que en ruinas

hoy trocada te ves, y triste lloras,

y al suelo a tu pesar la sien inclinas,

y al tiempo en vano compasión imploras.

   En vano, sí: con implacable saña
20

raudos en ti los siglos imprimieron

sus huellas destructoras,

y en polvo tus grandezas convirtieron.

Preciada joya de la madre España,

¿qué es de tu antiguo nombre y poderío?
25

¿Dó las torres están, dó el fuerte muro

en que tus hijos, con ardiente brío,

las agresoras huestes resistieron

del soberbio Varrón? ¿Dónde el ruidoso

pueblo que en tu recinto se albergaba,
30

y al héroe victorioso,

y al atleta invencible

con férvido entusiasmo saludaba?

¡Ay, que ya ante mis ojos

con funerario velo te presentas,
35

y abandonada y muda sólo ostentas

de tu poder los míseros despojos!

   Empero, ¿quién al verte,

en tu mismo sepulcro no te admira?

¿Quién tu inmortal renombre y tu grandeza
40

triste no evoca y con dolor suspira?

   Aún lo recuerdo bien: en apacible

noche, con paso incierto

en torno tuyo con afán vagaba,

y ora tu anfiteatro ya desierto,
45

ora tus rotos, abatidos muros

con pavor en silencio contemplaba.

En lánguido desmayo

la luna se inclinaba soñolienta,

sobre tu faz lanzando, macilenta,
50

desde Occidente moribundo rayo.

Trémulo ante la calma aterradora

en que sumida estás, por un momento

honda ansiedad mi corazón devora...

Mas de improviso en mi delirio creo
55

que aún el genio romano en ti palpita,

y al pueblo todo entusiasmado veo

que de una sombra en derredor se agita.

¡Trajano! es él: sobre su augusta frente,

deslumbrante corona altivo muestra...
60

Su faz revela su saber profundo,

y el cetro que glorioso rige al mundo

severo empuña con potente diestra.

«¡Salud, guerrero ilustre! Conducido

tu carro siempre fue por la victoria;
65

por ella te encumbraste al Capitolio,

que el pueblo rey, al admirar tu gloria,

puso a tus pies su ambicionado solio.

¡Salud!...»

Mas ¡ah! que en breve en su camino,

con mesurada planta,
70

otro guerrero insigne se levanta,

y otro, cercado de esplendor divino.

De él caminan en pos, ambos ciñendo

sobre sus sienes la imperial corona,

y al contemplarlos, con ruidoso estruendo,
75

cantos de amor la multitud entona.

«¡Salud, Elio inmortal! y tú benigno,

magnánimo Teodosio, que anhelante

en alas de la fe tendiste el vuelo,

¡gloria eterna a tu nombre!
80

Por tu virtud, por tu ferviente celo

la sacrosanta religión, triunfante

de la ciega impiedad, se alzó en el suelo.»

   Así exclamé: y aun escuchar creía,

en la región del viento,
85

el entusiasta, prolongado acento

del pueblo que a sus héroes aplaudía,

cuando a mi vista súbito aparece

turba fatal, que desbordada y fiera,

de Iberia por los campos se derrama
90

sembrando destrucción en su carrera.

A la siniestra, vacilante llama

de sus negras antorchas,

¡oh Itálica! te miro,

y mi angustiado pecho
95

exhala de terror hondo suspiro.

Nada resta de ti. ¡Ay! ¿Qué se han hecho

tus jardines, tus templos y palacios?...

El ángel de la muerte,

batiendo sobre ti sus negras alas,
100

goza tal vez al contemplar tu suerte:

Y al ver perdidas tu belleza y galas,

«Itálica no existe» dice el viento,

y pavoroso y triste

el eco, que en tus ámbitos se esconde,
105

«Itálica no existe»,

a su acento fatídico responde.

   ¡Ruinas...! ¡Soledad!... El tiempo vuela

y sigues en el polvo reclinada.

«¿Muerta ya para siempre, abandonada,
110

verás que el claro brillo de tu nombre

entre las sombras de la edad se pierde,

sin que al hollarte indiferente el hombre

tu pasado esplendor jamás recuerde?»

   Dije: y con paso tardo ante mis ojos
115

ser misterioso en breve se presenta

que respeto y amor al alma inspira.

Lauro su sien inmarcesible ostenta,

pulsa su mano resonante lira,

y dando en son doliente
120

su voz al aire vago,

de Itálica recuerda conmovido

¡cuánta fue la grandeza y es su estrago!

   ¿Quién eres genio ilustre, que perdido

vagas por estas yermas soledades?
125

¿Eres Silio tal vez, Silio que ahora

de su helado sepulcro se levanta,

y la ruina de su patria llora,

y el infortunio de su pueblo canta?

¡Ah! no: Silio la guerra
130

enalteció y sus bárbaros horrores...

Tú cantas el dolor, y tu voz grave

es plácida y suave,

como el aura que gime entre las flores.

¡Salve, Rioja insigne,
135

vate sublime de la patria mía!

A tu poder Itálica famosa

levántase del polvo del olvido,

de nuevo apareciendo victoriosa.

Su preclaro renombre, que perdido
140

de largos siglos tras la noche umbría

quedaba de la suerte al golpe rudo,

en tus cantares con amor le ofreces:

¡Salve, salve mil veces!

Inspirado cantor, yo te saludo.»
145

   Mas súbito volviendo

del letargo fatal que me embargaba,

alzarse miré el sol, que desde Oriente

en roja luz bañaba

con vivos rayos mi cansada frente.
150

«Adiós, adiós quedad, míseros restos

de la ciudad que un día

emporio fue de la soberbia Roma»;

dije de ti alejándome, abismado

en profunda y tenaz melancolía.
155

Y desde entonces tu tremenda historia,

fija siempre en mi espíritu agitado,

el fin me muestra de la humana gloria.


Agitación de amor

   Fugaz huyó el día; la luna en oriente

ya trémula brilla con tibio fulgor,

y al cenit se eleva, serena y riente:

El aura suspira, murmura la fuente

      quejidos de amor.
5

   ¡Cuán bella te muestras, oh noche de estío!

Sus brisas más puras concédete el mar;

y placidas llegan al bético río

cargadas de aromas y blando rocío

      mi mente a inspirar.
10

   ¡Oh selvas umbrosas! ¡Oh gratas riberas

que en llanto inundara de acerbo dolor!

Vosotras tan sólo, que sois compañeras

del alma afligida, las tristes quimeras

      sabréis de mi amor.
15

   Venid, auras puras, de amores tesoro;

mis tiernos cantares a Ercilia llevad:

Decid a la ingrata que siempre la adoro,

y en blando murmullo, festivo, sonoro,

      su sueño arrullad.
20

   Decidla que sólo por ella respiro,

que eterna su imagen grabada está en mí;

y luego, auras leves, si allá en su retiro

exhala del alma profundo suspiro,

      traedlo hasta aquí.
25

   Mas ¡ay! que felices vivís sin dolores,

y en vez de moveros mi amargo pesar,

seguís dulcemente vagando entre flores,

que de ellas tan sólo los castos amores

      os place escuchar.
30

Gozad, dulces auras, gozad, flores bellas,

en tanto que lloro su injusto desdén;

vivid contemplando las claras estrellas,

y nunca mi llanto, mis tristes querellas

      pesares os den.
35

   Gozad: mas si acaso, oh flores sencillas,

la veis de vosotras vagando en redor,

decidla cual peno por estas orillas,

y ved si se bañan sus blancas mejillas

      en llanto de amor.
40


A mi buen amigo el Excmo. Señor Marqués de Cabriñana, insigne poeta

   Codicia el vulgo, de brillar sediento,

el mundano poder y la riqueza,

dones que desparecen con presteza

cual niebla leve que arrebata el viento.

   De la santa virtud y del talento,
5

que al hombre ofrecen perenal grandeza,

el noble, el sabio a la suprema alteza

aspiran sólo, con sublime aliento.

   Así, tú, caro amigo, que comprendes

cuán vanas son las dichas mundanales,
10

en la llama del bien tu pecho enciendes:

   Y del genio en las alas celestiales

al templo augusto del saber asciendes,

alcanzando laureles inmortales.


En la primera misa de mi querido amigo el joven presbítero D. Luis Gonzaga Herrera, inspirado poeta

   Sonó la hora: rápido

llegó el feliz momento

que con ardiente júbilo

pudiste imaginar.

Llegó, y hasta el Altísimo,
5

en dulce arrobamiento,

podrás tu noble espíritu

ferviente levantar.

   ¡Oh! llega al tabernáculo:

Inclina en él tu frente,
10

y la plegaria mística

pronuncia con ardor:

De los espacios célicos

a ti vendrá el Potente,

que en pan de gracia cándido
15

se ofrece por su amor.

   Amor santo y benéfico

del Dios único y trino,

misterios mil recónditos

encierras para mí:
20

Mas de la Fe purísima

el eco peregrino

me dice: «En la hostia adórale»,

y al Verbo adoro allí.

   Feliz tú que en el piélago
25

del mundo descreído

de salvación el áncora

podrás, amigo, hallar:

Y del doliente huérfano,

del pobre y desvalido,
30

las ardorosas lágrimas

benévolo enjugar.

   Que es tu misión angélica,

y en ella Dios te guía:

sí: de virtud sin límites
35

ejemplos mil darás:

Y confundiendo al réprobo

con tu palabra pía,

la santa Fe católica

en triunfo extenderás.
40

   Ah, sí; ante pueblo innúmero

figuro contemplarte,

que humilde espera y férvido

los ecos de tu voz;

o ya en silencio, atónito,
45

te admira al escucharte,

ya de tu acento ávido

tras ti corre veloz.

   Así del alto empíreo

alcances el tesoro
50

de gracias, que el Ingénito

concede en su bondad;

cual lo alcanzaron, fúlgido,

Leandro e Isidoro,

al dar ejemplo altísimo
55

de amor y de piedad.

   Ven, llega al tabernáculo:

Inclina en él tu frente,

y la plegaria mística

pronuncia con ardor...
60

De los espacios célicos

a ti vendrá el Potente,

que en pan de gracia cándido

se ofrece por su amor.

   Y luego, cuando en éxtasis
65

sublime y venturoso,

lleno de amor purísimo,

al Todopoderoso

eleves tiernos cánticos

con noble majestad...
70

Oh, ruégale que plácido

del mundo los errores

perdone, y que amantísimo

mitigue sus dolores,

y en el Edén contémplele
75

feliz la humanidad.


A S. M. La Reina Doña Isabel II, en su llegada a Badajoz de paso para Portugal

Himno

CORO

   Augusta anhelante contempla a Isabela

del Gébora a orillas, cual fúlgido sol:

¡Miradla!... Es el ángel que al triste consuela,

la madre benigna del pueblo español.

-I-

   Por do quiera que mueve su planta
5

brota el suelo laureles y flores,

y en aplausos y en dignos loores

vibra el aire que aspira en redor.

Es Hesperia que amante y gozosa

a su Reina benévola aclama,
10

y a su paso coronas derrama

por mostrarle su férvido amor.

-II-

   En el bético suelo, en Barcino

y del vasco en la grata ribera,

bondadosa, feliz, placentera,
15

de sus pueblos el voto acogió.

Y del huérfano triste al quebranto

dio benigna amoroso consuelo;

del anciano doliente el anhelo,

generosa, do quier mitigó.
20

-III-

   Hora al suelo de Gama sus pasos,

precursora de bienes, dirige,

senda abriendo a los pueblos que rige

de riqueza y de dicha eternal.

La discordia vencida se aleja,
25

que altos reyes extienden sus manos,

y el Ibero y el Luso, ya hermanos,

hoy se estrechan en lazo cordial.

-IV-

   ¡Salve aurora que dulce esperanza

a los pechos benéfica augura!
30

Luengas horas de paz y ventura

de ti lleguen risueñas en pos.

No rivales: de amor sin segundo

digno ejemplo mostrad, oh naciones,

y colmadas de mágicos dones
35

os veréis por la mano de Dios.

-V-

   Zumba el bronce, en las torres herido,

el cañón con sus salvas atruena,

y del viento los ámbitos llena

la ovación entusiasta y leal:
40

«¡Viva, viva la Reina clemente!»

Clama Augusta en acento sonoro,

y de ninfas el plácido coro

¡viva! dice, con eco inmortal.

CORO

   Augusta anhelante contempla a Isabela
45

del Gébora a orillas, cual fúlgido sol:

¡Miradla!... Es el ángel que al triste consuela,

la madre benigna del pueblo español.


A mi querido amigo el célebre poeta D. Narciso Campillo

   Cual aguila real que en raudo vuelo

a la etérea región se alza atrevida,

por olvidar, en su extensión perdida,

la triste cárcel del mezquino suelo;

   así tu alma, con ferviente anhelo,
5

de noble aspiración, de ardor henchida,

nueva lumbre buscando, eterna vida,

alzose audaz hasta llegar al cielo.

   Un vivo lampo de la luz fulgente

emanación de Dios, que al sol empaña,
10

entonces vino a iluminar tu frente:

   Y con voz firme, a la maldad extraña,

cantaste lleno de entusiasmo ardiente,

y vate insigne te saluda España.


A los demoledores del arco de Sancho Ortiz.

Traducción de Mr. A. de Latour.

[Nota]6

BAJO ESTE ARCO, EL CID DE ANDALUCÍA RETÓ Y MATÓ, POR ORDEN DEL REY, A BUSTOS, AMIGO SUYO Y HERMANO DE SU PROMETIDA

   Cuando cayó el noble Bustos

al golpe de fuerte espada,

con desfallecida mano

a este arco señalaba.

«Que pase la noche, dijo,
5

que torne a lucir el alba,

mientras erguido aparezca

treguas no tendrán tus ansias,

Ortiz, recordando siempre

que sin compasión me matas.»
10

Cayó el arco que sombríos

recuerdos atesoraba:

Testigo anciano de Bustos,

tu muerte fue decretada.

Hora al contemplar tus restos
15

en la noche solitaria,

mientras las trágicas sombras

de entrambos evoca al alma,

«Ortiz está perdonado»,

misteriosa voz exclama.
20

   Ah, fue de su edad el crimen

no de él; que si el rey hablaba,

era obedecer forzoso;

y su abnegación fue tanta,

que fiero retó al amigo
25

amando tierno a la hermana,

y con tranquilo semblante

después, y con fría calma,

tornose a buscar la muerte,

de Bustos a la morada.
30

   Bravo Ortiz, duerme tranquilo:

Mas a ti, que en furia insana,

con mano que en adelante

no podrá detener nada,

del suelo de Andalucía
35

los monumentos arrancas

do la poesía y el arte

digna inspiración alcanzan,

nivelador despiadado,

¿quién perdonará tu audacia?
40


A mi querida amiga la inspirada poetisa y novelista célebre, Sra. Doña María del Pilar Sinués de Marco

   Tu voz, cual eco de ave canora,

dulce poetisa, siento vibrar;

como el de brisa murmuradora,

cual la armonía grave y sonora

que da a los vientos sereno el mar.
5

   Eco suave de alma ventura

que ensalza al genio y a la virtud,

que da consuelos en la amargura,

y senda muestra grata y segura

por do camine la juventud.
10

   Bien haya, amiga, tu dulce acento

que dicha y gloria lleva al hogar,

que alta pureza da al pensamiento,

y en pechos nobles, con firme aliento,

santas virtudes sabe inspirar.
15

   Feliz quien pudo, tierna cantora,

sentir cual sientes, llena de ardor,

la luz del genio, grande, creadora,

que al tiempo vence, que es bienhechora

fuente de vida, nuncio de amor.
20

   Mas, ¡ay! que en vano pintar anhelo

la ardiente llama que en ti admiré,

y ese amor santo que aspira al cielo,

y a Dios el alma, con raudo vuelo,

conduce en alas de viva Fe.
25

   Ah, cuando opreso por los rigores

de aguda pena, triste gemí,

blandos consuelos a mis dolores

en ese célico amor de amores

en que te inflamas, sólo sentí.
30

   Cual hora al lado de esposo amante

gozando sigas tan alto bien;

y de laureles y oro brillante

digna diadema, pueblo anhelante

ciña, oh cantora, ciña a tu sien.
35


Al eminente actor e insigne poeta D. Julián Romea, en la noche de su beneficio

   ¿Quién, Artista sublime, conmovido

no se sintiera al escuchar tu acento?...

Evocaste a Colón, y al pensamiento

de tu mente, Colón ha respondido.

   De Gloucester el pecho endurecido,
5

ajeno a todo humano sentimiento,

del desgraciado Tom el sufrimiento

¿quién como tú jamás ha comprendido?7

   ¡Gloria a tu nombre!... La radiante llama

del genio creador brilla en tu frente;
10

te admira el alma, a tu poder sujeta:

   Y al par del pueblo que feliz te aclama,

grito, cediendo a mi entusiasmo ardiente:

¡Lauro eterno al actor! ¡Lauro al poeta!


La muerte de Safo

A mi muy querido y respetable amigo el ilustre poeta Señor Don Gaspar Bono Serrano, Capellán de honor de S. M.

   Aura suave que del mar Egeo

leve acaricias las azules ondas,

tiende tus alas y a Sicilia lleva,

      lleva mi canto.

   Ve: que al ingrato, fugitivo amante
5

llegue el suspiro que exhaló mi pecho;

eco amoroso que vibró en mi lira

      lánguido y triste.

   ¡Ah! si él pudiera contemplar mi llanto

tal vez piadoso mi dolor calmara;
10

estro divino, inspiración sublime

      diera a mi mente.

   ¡Mísera! ¿Debo de Faon acaso

dulces caricias esperar de amores?

Sólo desdenes a mi pecho guarda...
15

      ¡Pérfido amigo!

   ¡Oh! que Neptuno su velera nave

hunda en las olas del soberbio Ponto:

Venguen los dioses mi terrible afrenta;

      muera el perjuro.
20

   ¡Ay! que mi labio sin querer le ofende:

Tú, mi adorado, mi Faon querido,

vive aunque olvides para siempre a Safo;

      yo te perdono.

   Hora en tus brazos mi rival dichosa
25

tal vez escuche tus palabras tiernas;

yo gimo en tanto y por mi bien anhelo

      sólo la muerte.

   Así en la triste playa silenciosa

del Léucade gemía
30

la poetisa infeliz, honor de Grecia.

Torrentes de armonía

de su lira brotaban, y llorosa

daba al viento sus lánguidos cantares,

pero su voz doliente se perdía
35

como la voz del náufrago en los mares.

   En vano, en vano la mirada ansiosa

inquieta fija en el cristal sereno

del pacífico mar; en vano espera

con triste corazón de angustia lleno
40

ver llegar la trirreme salvadora

que le devuelva a su Faon querido:

Horrible soledad aterradora

en torno de ella impera,

y por montes y valles repetido
45

el eco sólo a su clamor responde.

¡Oh tormento cruel! ¿Adónde, adónde

hallar pudiera a su dolor consuelo,

si su amante la deja en el olvido

y al par le niega su favor el cielo?
50

Con paso vacilante,

pálido el rostro, incierta la mirada,

dirígese anhelante

a la selva tranquila y apartada

do se alza el templo del divino Apolo.
55

Llega ante el ara y trémula se inclina:

-¿Cuál será al fin la suerte,

al venerable arúspice pregunta,

que el cielo airado a mi pasión destina?

¿Eterno es mi dolor? -Sólo la muerte
60

podrá tu amor y tu fatal quebranto

de tu pecho extinguir -con voz severa

el sacerdote dice, y muda, inerte,

anegada su faz en triste llanto,

la hora terrible de su fin espera.
65

   Mas súbito se alza altiva y fuerte;

suspiros ya no exhala, ya no llora,

que su pecho rencor tan sólo abriga;

y con mirada audaz, provocadora,

retar parece al Dios que la castiga.
70

   Tal vez en alas de su genio ardiente

eleva hasta el Olimpo el pensamiento,

y dichosa un momento

con los dioses supremos se compara.

Tal vez guiada por su amor vehemente,
75

de Pirra y Deucalión la grata historia

recuerda llena de esperanza y vida,

y en la ilusión quimérica perdida

de sus sueños de gloria,

ver de nuevo a su amante se figura
80

estrecharla ardoroso entre sus brazos

palpitante de amor y de ventura.

¡Oh, cómo entonces los estrechos lazos

que aprisionan el alma

romper intenta con afán su mente
85

y libre alzarse en venturosa calma!

Brilla un destello en su elevada frente

de inspiración sublime, y portentosa

ve la fama crecer de su renombre,

salvando de los siglos la ominosa
90

y destructora huella:

así también en triste y tormentosa

noche de invierno, fugitiva estrella

luce un momento fúlgida en el cielo,

para ocultarse, macilenta, en breve
95

de parda nube tras el denso velo.

   ¡Ay, su esperanza huyó! Cual niebla leve

del ábrego fugaz arrebatada

sus ensueños de amor se disiparon.

Tres veces ¡ay! los cándidos albores
100

de la aurora gentil, iluminaron

la floresta encantada,

del mar tiñendo las cerúleas ondas

de oro y grana en purísimos colores,

y ella en vano esperó... Desalentada
105

vedla ya caminar hacia el horrendo,

profundo abismo con incierta planta:

Mas ¿qué rumor extraño se levanta

y viene a herir su oído en son tremendo?

Es que el pueblo de Grecia, presuroso,
110

en inmenso tropel impetuoso,

acude a presenciar el sacrificio

de la sin par cantora,

a quien Sicilia consagrara estatuas,

a quien Atenas entusiasta adora.
115

   Cual las olas del Ponto, que iracunda

y horrible tempestad desencadena,

la turba, así, que la ribera inunda,

bulle y se agita de impaciencia llena.

Safo aparece al fin: en la alta cumbre
120

del Léucade se muestra, y silenciosa

la multitud la admira;

mas el dolor se pinta en los semblantes,

que al par que admiración piedad inspira.

   Lívida y temblorosa,
125

suelto el cabello en trenzas ondulantes,

hacia el piélago inmenso que la espera

sus pasos apresura,

mas detiénese un punto, y su mirada

fija del ancho mar en la llanura.
130

«Faon, Faon, -exclama, -tú en la fiera

sima del mal me hundiste, y desgraciada

me has hecho con tu amor, mas vendrá un día

en que llores, cruel, la suerte mía.

Del mundo aborrecido, y agobiado
135

de vergüenza y dolor, con triste acento

la muerte invocarás, mas ella impía

se burlará también de tu lamento.»

Dijo; y el salto dando, entre las ondas

despareció fugaz... Entonce al viento
140

de lástima y terror hondos gemidos

de la apiñada multitud se alzaron,

que tristes por el eco repetidos

hasta en Lesbos dolientes resonaron.

   Tú la lloraste, oh Grecia, y esos ayes,
145

ese llanto del alma

que tierna consagraste a su memoria,

son de su triunfo la brillante palma,

son digno lauro a su esplendente gloria.

Ellos de siglo en siglo resonando,
150

el talento profundo

de la insigne poetisa y los amores

publicarán al mundo,

y las almas sensibles conmovidas

lamentarán su suerte y sus dolores.
155

¡Ah! yo también la lloro: dulcemente

me siento al recordarla enternecido,

y el fuego no extinguido

renacer del amor siento en mi pecho.

¿Tanto la ardiente inspiración alcanza?
160

Sí; que en acerbas lágrimas deshecho

a su divina voz triste suspiro,

o dichoso respiro

el hálito inmortal de la esperanza.


Sueños de primavera

Leyendas

Introducción

   Pasó el helado invierno: su nívea cabellera

hundió en el hondo seno del turbulento mar:

Alegre ya sonríe la grata Primavera,

ceñida su alba frente de rosas y azahar.

   Ostentan las praderas su pompa y galanura,
5

el serpeante arroyo murmura en dulce son,

los árboles se visten de mágica verdura

y en ellos alza el ave su plácida canción.

   No gime ya en los bosques el aquilón bravío,

ni empañan negras nubes el horizonte azul;
10

tranquilo se desliza el sonoroso río

entre el flexible sauce y el lánguido abedul.

   ¡Oh dulce Primavera! Al contemplar tu cielo

por entre el verde manto de agreste pabellón,

tus olorosas flores, tu sol puro y sin velo,
15

en paz respira el alma, se ensancha el corazón.

   Llegad, llegad, oh bellas, las que en fatal desmayo

la perdida lloráis de algún infausto amor;

sentid las frescas auras del floreciente Mayo,

y ved del sol poniente el rayo temblador.
20

   Llegad, llegad al campo: feliz melancolía

y dulces esperanzas encontraréis en él:

Allí las ilusiones de amor y la alegría

renacen cual las galas del plácido vergel.

   ¡Cuán bella, rodeada de céfiros y flores,
25

gentil la Primavera cruzando el aire va!

El genio es de la vida que ahuyenta los dolores

al poderoso acento del fuerte Jehová.

   Yo siento convertirse el estro que me inspira

a su presencia grata en fuego abrasador;
30

y pulso delirante mi abandonada lira,

y ensueños mil de gloria me cercan y de amor.

   Su velo ante mis ojos descorre lo pasado

y mil recuerdos vienen mi mente a iluminar;

huir miro los siglos, y débil, fatigado,
35

por raudo torbellino me siento arrebatar.

   Y en la callada noche, al rayo macilento

de la argentada luna, cual mágica visión,

envuelto en parda niebla, por la región del viento

de espectros miro alzarse fantástico escuadrón.
40

   Mas no son negras sombras de inicuos opresores,

terror del mundo todo, las que mis ojos ven;

no son, no, de Tarquino los bárbaros horrores,

ni de Nerón los vicios y las maldades cien.

   Son fúlgidas visiones de apuestos paladines
45

y de gentiles damas que, en no remota edad,

en justas y torneos o en plácidos festines

mostraban su destreza, su amor o su lealtad.

   Y admiro con asombro, de seres olvidados

ejemplos de heroísmo, de astucia o de virtud,
50

y entonces doy al viento sus nombres ignorados,

y canto sus historias al son de mi laúd.

   Ven dulce Primavera, y ofrece al alma mía

ensueños mil de gloria, imágenes de amor...

Por ti del mundo olvido la injusta saña impía;
55

el lauro por ti anhelo que ciñe el trovador.


La peña de Martos

Leyenda primera

Al Sr. D. Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, caballero profeso del hábito de Alcántara, Gentil-hombre de Cámara de S. M. con ejercicio, etc., en prueba de afectuosa amistad y consideración

-I-

LA MUERTE DEL VALIDO

   Gran tumulto hay en Palencia

nobleza y plebe se agitan;

un triste acontecimiento

la mente de todos fija,

y hacia la morada regia
5

las turbas se precipitan.

Allí el cadáver de un hombre

en el umbral se divisa,

el rostro desfigurado,

bañado en su sangre misma,
10

que horror y lástima a un tiempo

al contemplarle infundía.

El pueblo le reconoce...

Noble, muy noble es la víctima;

de regia estirpe desciende,
15

la plebe su fausto admira,

y, valido del monarca,

los cortesanos le envidian.

Es don Juan de Benavides,

poderosa es su familia;
20

venganza tomará el rey,

Dios al matador asista.

   Presto la noticia cunde

de maldad tan inaudita,

y al Palacio, presurosos,
25

alarde haciendo a porfía

de lealtad, acuden condes,

caballeros de alta guisa,

hijos-dalgos y escuderos,

y el clero también envía
30

representantes que expresen

al monarca de Castilla,

el dolor que experimenta,

la indignación que le anima

contra el autor ignorado
35

de tan fiera alevosía.

   Ya en el salón de Consejos

reunidos todos se miran,

y con inquietud esperan

del monarca la venida.
40

Hay algunos que en voz baja

sobre el hecho mil noticias

increíbles, aventuran:

Quién del suceso, la intriga

de algún monarca extranjero
45

da por causa, quién la envidia

de un magnate cuyo nombre

mentar expuesto sería,

y no falta quien lo achaque

a la anhelante codicia
50

que en los deudos del finado

sus riquezas encendían;

que por gozallas más presto

fraguaron tal villanía.

Mas todos, todos presienten
55

que atroz será la justicia,

y con misterio murmuran:

«Noble, muy noble es la victima,

y el rey tomará venganza;

Dios al matador asista.»
60

-II-

LA SOSPECHA

   Abriose al fin una puerta

de la magnífica estancia,

y un paje anunció a la Corte

la presencia del monarca.

   Vistiendo acerada cota
65

y sobre ella de escarlata

rica túnica, de oro

y zafiros recamada,

y en sus hombros regio manto

de velludo, do resaltan
70

esmeraldas y rubíes

y blancas pieles de Arabia;

de fino temple al costado

ciñendo tajante espada,

y a sus sienes real diadema,
75

cuyo brillo al sol iguala,

el rey don Fernando el cuarto

de su Corte a las miradas

mostrose, con faz severa

y con gentil arrogancia.
80

Todos a su pasó inclinan

la frente; cada uno aguarda

para sí grato saludo,

o tal vez una palabra

del rey... pero en vano: él sigue
85

mudo y severo su marcha,

y preocupado subiendo

del alto solio las gradas,

siéntase, y con voz que indica

la mal comprimida rabia,
90

así con pausado tono

a sus cortesanos habla:

   «Prelados y nobles condes,

ricos-homes que la guarda

y defensa habéis del reino,
95

caballeros, cuya espada

blandisteis siempre en defensa

de justas y buenas causas,

y vosotros servidores

de mi persona y real casa,
100

publicad, si lo sabéis,

el nombre del que villana

y torpemente ha manchado

sus manos, de sangre avaras,

en la del fiel Benavides,
105

a las puertas de mi Alcázar.

Decidme quién fue el malvado

que inventó tan negra trama

contra el mejor caballero

con que Castilla se honraba.
110

Decidlo, decidlo presto...

Una sospecha me basta,

pues os juro por quien soy

que su cabeza en la plaza

rodará, y hasta sus nietos
115

ha de alcanzar mi venganza.»

   Siguió silencio profundo

a esta terrible amenaza;

ninguno en el rey airado

la vista fijar osaba,
120

y en vez de hombres parecían

los cortesanos estatuas.

«¿No hay ninguno que conozca

al autor de tal infamia,

-prosiguió con ronco acento
125

el irritado monarca-,

o es que el temor vuestras lenguas

con lazos indignos ata?

¿Impune quedará el crimen?

¿Libre el matador?... ¡Oh rabia!
130

Mas... ¡qué luz! ¡ah! ya adivino:

No hay duda, siempre sus casas

rivales fueron; vencidos

los vi por su fuerte lanza;

ellos son... los Carvajales:
135

Con esta tan noble hazaña

borrar quisieron la afrenta

que el vencimiento les causa.

¡Traidores! ah, yo les juro

que el manto de Calatrava
140

el verdugo de sus hombros

ha de arrancar: deshonrada

su estirpe verán, y luego...

Dios se apiade de sus almas.»

   Dijo: despidió a su Corte
145

con inseguras palabras,

e internose macilento

por las vecinas estancias.

   Cual hojas del viento heridas

los cortesanos temblaban;
150

mudos de terror oyeron

la sentencia fulminada,

y al abandonar sumisos

el regio y suntuoso Alcázar,

llenos de temor y dudas
155

con tenue voz murmuraban:

«¿Será verdad? Y los hijos

de familia tan preclara,

habrán sobre ella intentado

echar tan horrible mancha?
160

Tal vez injustas sospechas...

¡Oh, qué golpe les aguarda!

Si morirán... ¡dura suerte!

Su sentencia está dictada,

que el rey don Fernando el cuarto
165

es terrible en sus venganzas.»

-III-

TIRANO Y VÍCTIMAS

   De Palencia partió el rey

por sus huestes precedido,

y hacia Martos se dirige

silencioso y pensativo.
170

No va de su Fe y su patria

a combatir enemigos,

sino a saciar, insensato,

sus vengadores instintos.

En vano el bético suelo,
175

de ricas galas vestido,

risueño a su paso muéstrale

sus pomposos atractivos.

Canoras aves en vano,

con sus melodiosos trinos,
180

en dulce canto de amares

vienen a halagar su oído:

Que él, en alazán soberbio,

siguiendo audaz su camino,

sólo en su cruel venganza
185

tiene el pensamiento fijo.

Por ella hasta el amor puro

de su patria da al olvido,

y odioso será por ella

a los venideros siglos.
190

   Ya desde lejos divisa

el alto y fuerte castillo,

ayer morada de infieles,

hoy de cristianos asilo.

Allá en una de sus torres,
195

blanca como piel de armiño,

flotar vese una bandera

del céfiro al blando giro.

Roja cruz tiene en su centro,

santo y noble distintivo
200

que ostentan de Calatrava

los caballeros invictos,

terror de la gente mora,

nunca en la guerra vencidos,

honor y prez de su patria
205

por su lealtad y heroísmo.

Allí están los Carvajales,

que comendadores dignos

son de la Orden, y jefes

de aquel murado recinto.
210

Por eso veloz a Martos

camina el monarca altivo;

venganza pide a sus ojos

la sangre de su valido,

y del Potente juzgando
215

ser intérprete divino,

olvida, torpe, en su orgullo

que está ofendiendo a Dios mismo.

   Marciales trompas anuncian,

del real viajero el arribo,
220

vítores pueblan el aire,

y ponderoso rastrillo

sobre el foso descendiendo

da paso al Rey, que seguido

ya de hueste numerosa
225

que para escoltarle vino.

Formados los caballeros

a la entrada del castillo

míranse ya, y a rendir

el homenaje debido
230

al rey de Castilla llegan,

más que todos decididos,

los hermanos Carvajales;

mas, ah, que al doblar sumisos

la rodilla ante el monarca,
235

él les dice enfurecido:

«¡Alzad, miserables! Nunca

los traidores y asesinos

merecieron la alta honra

de ser servidores míos.»
240

Y dirigiéndose luego

a sus capitanes, dijo:

«Prendedlos; y que cargados

de esposas y férreos grillos,

sean a la lóbrega cárcel
245

de esta mansión conducidos.»

Amenazante murmullo

se alzó al oír el indigno

mandamiento del tirano,

mas pronto quedó extinguido;
250

y hasta las ilustres víctimas

de proceder tan inicuo,

trémulos también ahogaron

de su indignación el grito.

Así el austro fiero, en torno
255

de audaz, pirata navío,

ruge, conmueve las ondas,

y amenaza destruirlo.

Mas serénase, y a poco

torna el corsario atrevido
260

a saciar en cien bajeles

su ciego furor impío.

   Con altivez el monarca

gozoso mira su triunfo,

y aparentando sereno
265

rostro, y corazón tranquilo,

a oculto aposento llega,

por sus magnates seguido,

de sus nobles prisioneros

a meditar el castigo.
270

-IV-

EL EMPLAZAMIENTO

   Pardas nubes se amontonan

en el ancho firmamento,

y el sol oculta medroso

su cabellera de fuego.

Pálida centella a veces
275

rasgo de la nube el seno,

y ronco trueno distante

ruge en prolongados ecos.

En la llanura de Martos,

cabe el monte giganteo
280

que entre las nubes se pierde

y llegar parece al cielo,

presa de dolor y espanto

vaga numeroso pueblo,

presagiando en sus murmullos
285

un triste acontecimiento.

Triste, sí; que ya se acerca

el duro instante supremo,

en que los nobles hermanos,

víctimas del error ciego
290

de injusto rey, que no abriga

piedad ni amor en su pecho,

en afrentoso suplicio

darán su postrer aliento.

Ya tras el erguido muro,
295

los aires estremeciendo,

confusas voces se escuchan

y rumor de armas siniestro.

Y en la fuerte barbacana

del Castillo, el pendón regio
300

vese ondear en la mano

del jefe de los arqueros.

Allí se halla el rey, su rostro

lívido está, mas sereno:

Gozar quiere en su venganza,
305

que es su corazón de acero.

   Ya del murado recinto

las anchas puertas se abrieron,

y entre guardias aparecen

los desventurados reos.
310

No ya el noble distintivo

de la cruz orna sus pechos,

mas de Calatrava algunos

esforzados caballeros,

clementes los acompañan
315

su inocencia comprendiendo,

sin temor al duro encono

del rey poderoso y fiero:

Y dos freires de la Orden,

con dulce y piadoso acento,
320

para el momento terrible

van sus almas disponiendo,

no por mirar que les falte

valor y cristiano anhelo,

que ante el suplicio no tiembla
325

el inocente, ni ciego

las leyes santas olvida

el español caballero,

sino por que Dios ordena

dar a los tristes consuelo.
330

   Los dos hermanos caminan

con paso firme aunque lento,

y a la explanada se acercan

donde, de peñas cubierto,

en rauda pendiente el monte
335

desciende hasta el valle ameno,

que en ella debe cumplirse

en breve el fatal decreto.

Mas, ah, ¿por qué horrorizados

detiénense?... Torpe miedo
340

en sus pechos valerosos

pudo abrigarse un momento?

¡Oh! no es temor, que es asombro

y ansiedad y duda a un tiempo

lo que conmueve sus almas;
345

que no al hacha el noble cuello

doblarán... aun esto es poco:

Funesta caja de hierro,

negro instrumento de muerte,

allí se mira; sus cuerpos,
350

vivos aún, encerrados

en ella serán, y luego

lanzados por los verdugos

al precipicio tremendo.

Así implacable el rey quiere
355

prolongar sus sufrimientos,

y manchar con tal afrenta

la gloria de sus abuelos.

   Mas ya al lugar del suplicio

llegan, y el rumor inmenso
360

del pueblo crece, y confuso

conturba los raudos vientos.

   A la fortaleza vuelven

la vista un punto los reos,

y al rey ven, que los contempla
365

tranquilo el rostro y severo.

Entonces como inspirados

alzan las manos al cielo,

y así uno de ellos exclama

con firme y pausado acento:
370

-«Rey de Castilla, recuerda

que existe un Dios justiciero;

ante su presencia iguales

son el cayado y el cetro.

Nos haces morir ahogando
375

la oculta voz, que, en tu pecho,

tu error y nuestra inocencia

a gritos te está diciendo.

Nos haces morir, oh rey,

mas de tu fallo sangriento
380

al tribunal inmutable

apelamos del Eterno:

Y antes que el sol treinta veces

del mar se oculte en el seno,

ante el solio te emplazamos
385

del Juez único y supremo.»

   Así dijo: a sus palabras

siguió aterrador silencio;

tal vez el tirano mismo

temblaba en su firme asiento.
390

   Breve súplica elevaron

las víctimas al Inmenso,

y en brazos de sus verdugos

a morir se dispusieron.

El hierro oprimió sus carnes,
395

¡indigno, cruel tormento!

y a poco la horrible caja

de peña en peña cayendo,

el ronco bramar fingía

del hondo mar turbulento,
400

o el ruido que en la sierra

produce fragoso el trueno.

La multitud lanzó entonces

un quejido lastimero,

que repitieron, dolientes,
405

en la montaña los ecos.

   Paró al fin en la llanura

de muerte el rudo instrumento,

destrozado por los golpes,

caliente sangre vertiendo:
410

En él aún palpitantes

de los hermanos los restos,

contemplábanse, causando

horror y lástima a un tiempo.

Al verlos, con hondos ayes
415

la multitud hirió el viento,

y acerbo llanto del alma

triste derramó por ellos.

¡Ay! aquel llanto piadoso

al mundo estaba diciendo
420

su inocencia, y demandando

justa venganza a los cielos.

   Hundiose el astro del día,

la noche tendió su velo,

y a poco se alzó la luna
425

en el azul firmamento.

Al resplandor misterioso

de sus rayos macilentos,

y de pálidas antorchas

al rojo fulgor siniestro,
430

en tanto que el rey partía

de Alcaudete al rudo asedio,

viéronse de Calatrava

cien ínclitos caballeros,

conducir a sus hermanos
435

en funerario cortejo,

para darles sepultura

de santa Marta en el templo.

¡Oh! benditos los que en alas

de puro y cristiano celo,
440

llegan al pie del cadalso

a dar tan piadoso ejemplo.

-V-

LA VOZ DE LA CONCIENCIA

   En Kiurin la musulmana,

ciudad populosa y bella,

que por las cristianas huestes
445

de Jaén el nombre lleva;

la que prados de esmeralda

cabe sus muros ostenta,

la que preciados blasones

en su noble historia muestra,
450

entre el agitado pueblo

ansiedad profunda reina,

y el bronce herido en las torres

con tristes sones expresa

que por la salud del rey
455

plegarias el clero eleva.

Sí; que el mísero Monarca,

de terror el alma llena,

del cielo espera el alivio

que le negara la ciencia:
460

Misterioso mal le aflige,

largas noches pasa en vela,

y ensangrentados fantasmas

le persiguen y atormentan.

Tal vez sediento de vida
465

al campo su afán le lleva,

mas triste el campo a sus ojos

cual la ciudad se presenta.

Rojo ve el azul del cielo,

rojo el sol y las estrellas,
470

y hasta las aguas del río

un mar de sangre le muestran.

Entonces torna a su Alcázar

con faz triste y macilenta,

mas del pueblo oye a su paso
475

esta predicción horrenda:

-¿Visteis al rey? -¡Ah! su rostro

su fin próximo revela.

-¿Cumple hoy el plazo? -Mañana.

-¡Dios su perdón le conceda!
480

Y en vano sus servidores

oficiosos le rodean,

e ilusiones y esperanzas

en vano mostrarle intentan;

que él nada escucha: en su mente
485

reina tan sólo una idea...

¡Mañana!... el fatal mañana

de pavor su sangre hiela,

sonando siempre en su oído

con entonación siniestra.
490

Como Baltasar, que escrita

vio en el muro su sentencia,

figúrase en las paredes

de su morada opulenta,

ver el ¡mañana! terrible
495

que le acongoja y te aterra.

En caracteres de fuego

contémplalo por do quiera,

y es que en su pecho se alza

el grito de la conciencia.
500

¡Triste noche, triste noche!

Su calma el sueño le niega,

y su alma entre tormentos

se agita, de paz sedienta.

Y así ve de aquel mañana
505

rayar la aurora funesta:

Tal la suerte es del impío

que a Dios olvida en la tierra.

-VI-

EL JUICIO DE DIOS

   Es del templado setiembre

una silenciosa tarde,
510

de esas que lucen tan sólo

en pueblos meridionales.

Brilla el sol, mas sus ardores

mitigan blancos celajes,

y dar más vida parece,
515

tibio y perfumado el aire.

Jaén se entrega al reposo,

desiertas están sus calles:

También dormitando el rey

lánguido en su lecho yace.
520

Tras largas noches de insomnio

descansa de sus afanes,

mas su quietud es el brillo

de la luz al apagarse.

Vive y duerme, mas su pecho
525

de pavor con fuerza late,

que aun en sueños le persiguen

las fantásticas imágenes.

Presa de horribles visiones,

agitado, delirante,
530

ora los brazos levanta,

ora, débil, los abate;

es que hiriendo están su mente

recuerdos de horror y sangre.

   Mas súbito se dibuja
535

el terror en su semblante;

tiembla cual reo de muerte,

los cárdenos labios abre,

y cual si presentes viera

las sombras amenazantes
540

de acusadores severos,

o de jueces implacables,

-¡Ay, piedad, piedad! -murmura,

con acento suplicante.

Mas, ah, que a su oído llegan
545

estas palabras fatales:

-«El que jamás piedad tuvo

del Cielo piedad no aguarde.

Tiembla, oh rey, que ya de vida

te restan pocos instantes:
550

Ante el tribunal Eterno

a comparecer prepárate.»-

   Y en el regio lecho en breve

sin aliento, palpitante,

fijos y abiertos los ojos
555

que de espanto dan señales,

lívida la faz severa,

yerto y mudo contemplábase

al desdichado monarca,

y horror causaba mirarle.
560

   Dos horas después, inquietos,

traspasaban los umbrales

del alto Alcázar sombrío

caballeros y magnates.

Y en derredor del Palacio,
565

lleno de dudas y afanes,

en crecientes oleadas

inmenso pueblo agrupábase.

   En el balcón viose a poco

un heraldo presentarse,
570

y a la multitud silencio

imponer breves instantes.

-El rey ha muerto-, tres veces

dijo con voz resonante,

y sorda plegaria entonces
575

el pueblo lanzó a los aires.

El plazo estaba cumplido,

Dios castigaba al culpable;

clara la inocencia era

de los nobles Carvajales.
580

-VII-

LA CRUZ DEL LLORO

   Si pasas, lector, acaso

alguna vez por la villa

que de Martos lleva el nombre,

y de la que fiel publica

mil tradiciones la fama,
585

llenas de triste poesía,

cabe el pie del alto monte

verás una cruz sencilla,

que sobre gradas de piedra

en tosca columna erguida,
590

del afligido es consuelo

y de caminantes guía.

La llaman la Cruz del Lloro,

y diz que fue construida

para perpetuo recuerdo
595

de las lágrimas que un día

vertió el pueblo a la memoria

de las dos ilustres víctimas,

de un rey tirano inmoladas

a la venganza inaudita.
600

Do quier que tus pasos lleves,

do quier que vuelvas la vista,

de esta lamentable historia

hallarás páginas vivas.

De noche, cuando la luna
605

al occidente se inclina,

su tibia luz derramando

por la desierta campiña,

aún ver creerás, de la peña

sobre la escarpada cima,
610

de entrambos comendadores

las nobles sombras altivas

citando al cruel monarca

ante la eterna justicia;

o tal vez en el mugido
615

del viento, tu fantasía

fingirá los tristes ayes

de multitud compasiva,

que en pos de un féretro llora

una esperanza perdida.
620

   Mas si sentir impresiones

con su fiel relato ansías,

mejor que en largas historias

y que en crónicas antiguas,

lo alcanzarás de los labios
625

del pueblo, que siempre viva

guarda la fe de sus padres

en las tradiciones mismas.

Pregúntale al buen labriego

de las comarcas vecinas,
630

y él ante la Cruz del lloro,

con tosca voz, mas sentida,

del hecho mil accidentes,

llenos de melancolía,

te referirá, olvidados
635

por los sabios y cronistas.

Él te mostrará patente

de ambos hermanos la digna

actitud ante el monarca:

Él la rápida caída
640

de la caja, y cómo el pueblo

con ayes el viento hería:

Él la admiración por último

y el espanto de Castilla

al saber del rey la muerte,
645

del plazo al finar el día.

Y en tono franco aunque grave,

con ruda forma y sencilla,

este ejemplo presentando

de sana filosofía,
650

te dirá, que el que soberbio

la cristiana ley olvida,

al fin será castigado

de Dios por la justa ira.

   Al escucharlo, tu alma
655

sentirase conmovida;

a otra región, a otros tiempos

la mente alzarás altiva,

y al ver como el pueblo ama

nuestra religión divina,
660

comprenderás que aún la frente

mostrar puede España erguida,

luciendo en ella los lauros

de Lepanto y de Pavía;

que la nación que fiel guarda,
665

siempre grande, siempre digna,

su fe incólume, su enseña

y su honra sin mancilla,

aún triunfar en cien batallas

puede con noble osadía.
670


Desdichas de una reina

Leyenda segunda

A mi muy querido amigo el eminente poeta e ilustrado crítico Señor D. José Fernández Espino, catedrático de literatura de la Universidad Literaria de Sevilla, diputado a Cortes, etc.

   Si los graves afanes que hoy te cercan

y que a la patria con amor dedicas,

ora en el templo de Minerva augusto

dando a la juventud sabias doctrinas,

ora en el santuario de las leyes
5

la virtud defendiendo y la justicia,

te dejan un instante de reposo,

a mi amistad sincera lo dedica.

Cual ofrenda aunque humilde acepta, amigo,

la historia que te ofrezco: si no es digna
10

de tu saber, de tu encumbrado genio,

de mi afecto una prueba en ella mira.

Si en mí la triste Blanca de Navarra

no halló intérprete fiel a sus desdichas,

si insonoros y débiles acentos
15

sólo brotaron de mi humilde lira,

en tu buena amistad disculpa encuentren,

acogida concédeles propicia,

y hallen a los rigores del olvido

en tu preclaro nombre fuerte egida.
20


Primera parte. -El esposo

-I-

DOÑA BLANCA
   En la soberbia Toledo,

corte de la fiel España,

y en el alcázar grandioso

de nuestros reyes morada,

allá en el triste retiro
25

de su silenciosa estancia,

evitando los rencores

que infiel esposo le guarda,

de validos despreciables

y cortesanos odiada,
30

está la infeliz princesa

Doña Blanca de Navarra.

   Dos años ha que en silencio

devora su pena amarga,

dos años que los desdenes
35

sufre del débil monarca,

a quien unos llaman franco

porque con largueza paga

la adulación de la plebe

y de viles cortesanas,
40

y otros, con sangrienta mofa

torpes manchando su fama,

tal vez porque no lograron

mercedes que ambicionaran,

al ver en él ya perdida
45

de sucesión la esperanza,

Don Enrique el impotente

con ruda insolencia llaman.

   Arde en partidos la corte

al ver que el rey su privanza
50

al de Villena concede;

murmuran todos y guardan

rencores, que en lo futuro

a funestas represalias

darán lugar, y a contiendas
55

que el pueblo prevé y aguarda;

empero sufren y esperan

razones en que fundarlas,

y en tanto manda el valido

y todos su ley acatan.
60

Y así entre perpetuos odios

y meditando venganzas,

en poder de su privado

o en brazos de cortesanas,

pasa el monarca su vida
65

sin pensar en doña Blanca,

que sumida en su retiro

y del mundo abandonada,

a Dios plegarias dirige

vertiendo abundantes lágrimas.
70

   ¡Blanca! Mísera princesa

por el Cielo destinada

para apurar hasta el fondo

la copa de la desgracia.

¡Cuán hermosa! Al Ser supremo
75

plúgole acaso colmarla

cual por compensar sus males

de las más brillantes gracias.

Gallardo talle de ninfa,

erguido sin arrogancia,
80

pequeño pie, níveo cuello,

mano breve y delicada,

negra y fina cabellera,

suaves mejillas de nácar,

donde su blanda sonrisa
85

graciosos hoyuelos marca,

rostro oval, perfil tan puro

cual Fidias lo imaginara

y negros rasgados ojos

de tan púdica mirada,
90

que grave respeto infunden

a todo aquel que la ama.

    Tal es la gentil princesa:

y a la vez prendas más altas

que su encantada hermosura
95

en su noble pecho guarda:

Que benigna practicando

santas virtudes cristianas,

es honra y prez de su sexo,

modelo de egregias damas.
100

   Mas ¡ay! que sus perfecciones

a la mísera no bastan

para conjurar las iras

que en derredor la amenazan:

Que de su familia ausente,
105

por su esposo desdeñada,

sin parciales, sin amigos,

horrible suerte le aguarda.

   ¡Pobre reina! No comprenden

Los dolores de su alma,
110

y si los comprende alguno

por temor al rey se calla.

Nadie le presta consuelo,

y eternamente cercada

de servidores infieles
115

y traidores que la guardan,

tal vez la suerte envidiando

del ave que en su ventana

saluda con dulces trinos

el tibio fulgor del alba,
120

ve correr su triste vida

en aterradora calma.

   ¿No habrá entre la necia turba

aduladora y menguada

que al rey vende su conciencia
125

un alma tan sólo un alma

que fiel responda a la suya

y dé aliento a su esperanza?

Existe, sí: el buen Ramiro

noble doncel, que de Blanca
130

la aciaga suerte conoce,

por ella en su pecho guarda

tierna compasión profunda,

que en vivo amor se trocara

a no mediar entre ambos
135

la insuperable distancia

que entre el fiel vasallo existe

y la esposa del monarca.

   Nunca salió de los labios

del buen paje una palabra
140

que demostrara su afecto

ni compasión revelara;

mas si la triste princesa

en el balcón de su estancia

a respirar un punto
145

del fresco vergel el aura,

en la suya siempre fija

la silenciosa mirada

encuentra del fiel Ramiro,

que humildoso al saludarla,
150

parece decirle siempre:

«Tened en mí confianza.»

   Y así se alejan los días

y raudos los meses pasan;

y en tanto en la corte siguen
155

en perpetuas asechanzas,

unos alentando odios

con vil intención dañada,

otros, en letal angustia,

mil dudosas esperanzas.
160

-II-

LOS VIAJEROS
   Es una noche de mayo

que más que de primavera,

parece noche de estío

por lo apacible y serena.

Billa en el cenit la luna,
165

y a su blanca luz incierta

con dirección a Toledo,

del Tajo por la ribera,

dos hombres pausados marchan

que por su altiva presencia
170

revelan ser de la corte

y de probada nobleza.

   Viste uno de ellos ceñido

negro jubón, capa luenga,

negra también, y del rojo
175

birrete que su cabeza

cubre, la gallarda pluma

blandamente al aire ondea.

Ciñe la tajante espada

con noble arrogancia fiera,
180

y de su alazán el brío

contiene, con hábil rienda.

Es joven, y aunque ya algunas

arrugas su frente muestra,

aunque en su escuálido rostro
185

y en sus tristes ojos lleva

de una vejez prematura

mudas señales impresas,

arde en vigor, y aún escasos

siete lustros representa.
190

   Brillante armadura el otro

viste, que a la luz refleja

de la amarillenta luna;

y calada la visera

lleva del luciente yelmo,
195

que blanco penacho ostenta.

Túnica azul de brocado

y ancho cinto del que cuelga

acero de fino temple

su bello traje completan.
200

Negro corcel de batalla

rige, con marcial destreza,

y a distancia respetuosa

sigue al de la capa luenga.

   Largo rato ha que en silencio
205

prosiguen su marcha lenta;

mas el primero un instante

detiene el bridón y espera

se acerque el otro viajero,

y así en breve le interpela:
210

   -Don Juan ¿trasmitido habéis

mis órdenes con reserva?

-Cumplilas Señor: el jefe

de la guardia el nombre y seña

conoce ya, y prevenido
215

en el muro nos espera,

a fin de que el pueblo ignore

la entrada de vuestra alteza.

-Está bien. Seguid delante

y avisad, que ya muy cerca
220

de la ciudad nos hallamos.-

   Y esto al oír, picó espuelas

el bizarro caballero,

y a poco rato las puertas

de Toledo daban paso
225

al rey, que en su guarda lleva

al muy alto y poderoso

noble marqués de Villena.

-III-

POR RAZÓN DE ESTADO
   De Toledo en el recinto

profundo silencio impera,
230

y nada la calma altera

de su triste soledad.

La luna ya en occidente

desmayada se reclina,

y débilmente ilumina
235

las torres de la ciudad.

   Entre sombras el Alcázar

sus altivos muros vela:

Sólo allí del centinela

se escucha la ronca voz:
240

Voz que se aleja y repite

con entonación extraña,

cual de montaña en montaña

resuena el eco, veloz.

   Allá en una de sus torres
245

se ve una luz misteriosa

que ilumina, temblorosa,

el vidrio de un ajimez.

Allí doña Blanca vela

llorando su desventura,
250

y delirante murmura

una súplica tal vez.

    ¡Cuán hermosa, de rodillas

ante una imagen sagrada

de la Virgen, su mirada
255

fija en ella con amor!

Nunca en sus divinos ojos

brilló tan vivaz centella,

nunca se mostró más bella,

ni más triste en su dolor.
260

   Mas ah, que vino a sacarla

de su abstracción un acento

que a su oído el raudo viento

pudo un instante llevar:

Acento que lo recuerda
265

sus días de bienandanza,

y una furtiva esperanza

vino su pecho a halagar.

   -¿Será posible? -murmura,

-¿No es sueño? ¿no es desvarío?
270

Era su voz... ¡oh Dios mío,

Dios mío, si fuera él!-

Y cual si Dios respondiese

a su acento lastimero,

se abrió una puerta, y severo
275

al rey vio bajo el dintel.

   Absorta quedó un instante

la excelsa dama en presencia

del esposo, cuya ausencia

le hizo tanto suspirar:
280

Y en la frente del monarca

mil dudas tal vez se alzaron,

mas en breve ambos llegaron

este diálogo a entablar:

EL REY
   ¿Rezabais? ¡Cuánto me place!...
285

Y siento en verdad, Señora,

interrumpiros ahora

en tan santa ocupación.

Mas si os molesto decidlo,

y un momento retirarme
290

podré...

DOÑA BLANCA
¿Vos, vos molestarme?

¡Enrique... por compasión!

No paguéis con el sarcasmo

mis más puros sentimientos:

¡Oh! mi amor, mis sufrimientos
295

por Dios no insultéis así.

EL REY
   ¿Yo insultaros?... ¡Que delirio!

¿Mis vasallos no os acatan?

Cual reina en Toledo os tratan:

¿Que os falta, Señora, aquí?
300

DOÑA BLANCA
   ¿Y vos me lo preguntáis?

¡Vos, que ausente de mi lado

me habéis del todo olvidado,

en vuestro insensato ardor!

EL REY
¡Siempre lo mismo!

DOÑA BLANCA
Ah, perdona,
305

perdona mi desvarío...

O mátame, esposo mío,

o devuélveme tu amor.

EL REY
   ¡Eh! basta ya; me importunan

tan insensatos clamores:
310

A requeriros de amores

yo vine aquí, por mi fe.

Oíd, si grato recuerdo

anheláis que de vos lleve:

Llegad y sentaos; muy breve
315

en mi relato seré.

   Y esto diciendo el monarca

en tono asaz destemplado,

sentose con desenfado

en un gótico sitial.
320

Y de él enfrente sentose

la triste reina temblando,

y prosiguiole así hablando

el consorte desleal:

EL REY
   Ha tiempo, buen lo sabéis,
325

que un sucesor anhelamos,

e inútilmente esperamos

del Inmenso este favor.

Y como el Cielo se muestra

siempre sordo a vuestro ruego,
330

fuerza será desde luego

seguir camino mejor.

   Bien sabe Dios que si acojo

resolución tan impía,

al hacerlo no me guía
335

una pueril vanidad.

Aceptaré un nuevo enlace

aunque sufra mi decoro

y aun mi amor; porque os adoro,

os lo digo con verdad.
340

   Mas toda Castilla pide

a mi trono un heredero,

y la voz del pueblo entero

debe acatarla un buen rey.

DOÑA BLANCA
   Comprendo: nada os importa
345

un juramento sagrado...

EL REY
   Me obliga razón de estado

y esta es mi suprema ley.

   Mas si habitar en mi reino

queréis, del mundo apartada,
350

seréis cual reina acatada

en Toledo la imperial:

Vuestro será este palacio.

DOÑA BLANCA
   Oh, tanta bondad me humilla...

Huiré, Señor, de Castilla
355

y de mi odiosa rival.

   Libre así de mi presencia

feliz con ella seréis...

EL REY
   ¿Qué decís, que partiréis?

DOÑA BLANCA
   Sí, sí; partiré a Aragón.
360

Hora permitid, si os place,

pues a mí ya nada os liga,

que en paz a solas prosiga

mi interrumpida oración.

EL REY
   ¿Os molesta mi presencia?
365

Pues a Dios quedad, Señora.

DOÑA BLANCA
   Él os ayude en buen hora

y os libre siempre de mal.

   -Así despidió al monarca

con grave y pausado acento,
370

mas ¡ay! débil, sin aliento

cayó a poco en su sitial.

   Que al comprender la infelice

la realidad de su vida,

vio para siempre perdida
375

la esperanza de su amor.

Y cual volcán encendido

sintió abrasarse su frente,

y en sus ojos brotó ardiente

mudo llanto de dolor.
380

   Quedose el monarca en tanto

tras la puerta ya cerrada,

y escrutadora mirada

dirigió en torno de sí.

Solo estaba el aposento
385

y ningún rumor se oía:

Débil lámpara esparcía

vacilante luz allí.

   Dio algunos pasos y luego

parose sobrecogido;
390

un ¡ay! triste, comprimido

oyó acaso y vaciló.

Mas después, firme y sereno,

con desdeñosa arrogancia,

atravesó por la estancia
395

y apresurado partió.

   A poco tras los tapices,

con planta asaz cautelosa,

como sombra misteriosa

un paje se vio asomar.
400

Torva la vista fijando

en la oscura galería

por do el monarca partía,

así se le oyó exclamar:

   «¡Imbécil rey, la abandonas
405

y ansias que de ti se aleje!...

No importa; Dios la protege

y mi brazo vengador.»

Y audaz la diestra apoyando

en el pomo de su daga,
410

se perdió en la sombra vaga

de un revuelto corredor.8

-IV-

DESPEDIDA DEL HOGAR

      Al soplo del estío,

      festiva primavera,

      veloz te alejas ya:
415

      Inclínanse las flores

      sin vida en la pradera;

      sus galas y colores

del sol al vivo rayo perdiendo el campo va.

      Medrosas en las ramas
420

      ocúltanse las aves,

      huyendo de su ardor:

      No dan al vago viento

      sus cánticos suaves;

      tan sólo el ronco acento
425

se escucha entre las mieses, de insecto zumbador.

      Tú vienes, primavera,

      de céfiros y flores

      cercada por do quier;

      brindando bienandanza
430

      y plácidos amores;

      mas ¡ay! que su esperanza

contigo ve el que sufre quizá desparecer.

      Ah, sí; que al ver tus campos,

      al ver tu alegre cielo
435

      se siente reanimar:

      Mas triste, oh primavera,

      le deja y sin consuelo

      tu ráfaga postrera,

tu ráfaga postrera, perdiéndose en el mar.
440

      Oh grata estación bella,

      oh brisas vagarosas,

      el vuelo detened.

      El prado ornad de flores,

      y, puras y aromosas,
445

      a Blanca en sus dolores

consuelos y esperanzas benignas ofreced.

      Mas no, seguid; que nunca

      su amargo desconsuelo

      pudierais mitigar:
450

      Robole amor su calma,

      y ya en extraño suelo,

      cual sola y triste palma

humilde siempre debe sus penas devorar.

      Que en vano elevó al Cielo
455

      tristísimas plegarias...

      El Cielo no la oyó.

      Ya cruza y atrás deja

      las vegas solitarias;

      ya rápida se aleja
460

de su tranquilo albergue, de cuanto más amó.

      «Adiós, mansión querida,

      -la mísera murmura;

      me alejo al fin de ti.

      Halló mi amante pecho
465

      en ti sólo amargura;

      mas, ah, bajo tu techo

con gratas ilusiones mis penas adormí.

      De hoy más ni aun ese alivio

      la airada y dura suerte
470

      concede a mi dolor.

      Adiós; de ti me alejo:

      ¡Ay mísera! al perderte

      en ti por siempre dejo

mis dulces esperanzas de dichas y de amor.»
475

      Calló la triste reina:

      Su faz volvió un momento

por vez postrera ansiando su albergue contemplar.

      En tanto el firmamento

      de sombras se cubría,
480

      y el astro de la noche

      que lento aparecía

miró en sus bellos ojos dos lágrimas brillar.


Segunda parte. -El padre

-I-

OJEADA HISTÓRICA

   Don Juan llamado el Grande,

padre de doña Blanca,

soberano era entonces

de Aragón y Navarra.

   De indómito carácter
5

y de intención dañada,

a sus vasallos era

odioso este monarca.

   De insurrección cien veces

al aire desplegada
10

mirose la bandera

que el descontento alzaba;

   y el pueblo proclamando

al príncipe de Viana,

del tirano abolía
15

las leyes sanguinarias.

   Cien veces los navarros

miraron ¡ay! regadas

con sangre generosa

sus fértiles comarcas;
20

   y cien veces las frentes

al choque de las armas,

vencido su estandarte,

doblaron humilladas:

   Que la razón a veces
25

ante la fuerza calla,

y cual batel sin guía

perece en la borrasca.

   ¡Cuán triste es el destino

de la infelice Blanca!
30

Do quier que busca apoyo

sólo enemigos halla.

   Ella la suerte llora

del príncipe de Viana,

del perseguido hermano
35

a quien ferviente ama.

   ¡Llorarle!... Es un delito

para el cruel monarca,

que bárbaras cadenas

aun a sus hijos labra.
40

   ¡Llorarle!... Negro crimen:

Al llanto de la hermana

sucederá el anuncio

de pérfidas venganzas.

   ¡Cuán triste es tu destino,
45

oh reina desdichada!

Asilo vas buscando,

cual ave solitaria;

   amparo en tu abandono,

consuelo en tus desgracias;
50

mas ¡ay! que en vez de amigos

perseguidores hallas.

   No largo tiempo la maldad su gloria

tranquila cantar puede:

Las almas generosas al mirarla
55

en su carro de triunfo, el noble grito

alzan de independencia, y la victoria,

la sangrienta victoria que halagaba

del déspota inhumano el duro pecho,

en sacrificio inútil se convierte.
60

De su frente, marchito,

el guerrero laurel con que se ornaba

mira caer deshecho,

y trocado su ardor contempla, inerte,

en infecundo y mísero despecho.
65

   Tal don Juan que abatida

miró la rebelión, juzga arrogante

que en paz puede entregarse a su venganza.

Dura prisión destina en sus furores

al hijo infortunado, y delirante
70

a sus parciales lanza

los rayos de su ira:

Rey injusto sembrando va rencores;

padre cruel horror tan sólo inspira.

Mas súbito en su marcha con asombro
75

detiénese un momento:

El vagaroso viento

la voz de libertad lleva a su oído,

y un punto al escucharla se estremece.

No es el triste quejido
80

del fiel navarro, que al caer exhala

de los libres el grito y desfallece;

es el acento fuerte y poderoso

del fiero catalán, nunca vencido:

Ya el hierro vengador vibra en su mano,
85

y alzando el estandarte de la guerra

en su trono temblar hace al tirano.

¡Guerra! se escucha tras el alto muro

de la altiva y egregia Barcelona;

¡guerra! responde con furente saña
90

la invencible Gerona;

y en la enhiesta montaña

del Ampurdán vastísimo, los ecos

repiten con fragor la voz de ¡guerra!

al escucharla el ángel de la muerte
95

sonríe de placer, y conmovida

temblar parece a su poder la tierra.

   Ya el trotar se percibe

de mil y mil alígeros bridones;

ya hieren los oídos
100

los belígeros sones

de las marciales trompas, y aturdidos

del fiero aragonés los campeones

se aprestan con furor a la batalla.

Un instante en silencio
105

las contrarias falanges se contemplan...

La lucha a poco atronadora estalla.

Cruje el arnés al golpe formidable

de ponderosa lanza; el ¡ay! doliente

se escucha del guerrero
110

al perder con valor la dulce vida,

y a los rayos de un sol paro y ardiente

los bruñidos paveses reflejando

y cien yelmos y cien, el movimiento

imitan de la mar, si embravecida
115

se agita a impulso de huracán violento.

   A poco entre las huestes catalanas

el grito de ¡victoria!

se escucha resonar... Sí, ya se aleja

con su vencido ejercito el monarca
120

de aquellos campos do su antigua gloria

dejó en el polvo del combate fiero:

Huye, mas a su paso

la multitud airada le rodea...

«Libertad para el Príncipe» le grita,
125

«que entre su pueblo triunfador se vea.»

Y trémulo, abatido el rey artero

la libertad del príncipe concede

al pueblo vencedor; pero en su alma

bienhechora piedad jamás alienta,
130

y aléjase sus odios ocultando,

y en secreto jurando

tomar venganza de tan grande afrenta.

¡Oh! ¿quién su pensamiento y sus rencores

adivinar podrá?... Tal vez la idea
135

de una negra traición bulle en su mente...

¿Qué importa que doblando

de la triste Navarra los dolores

por él vendida al extranjero sea

si satisfecho ve su encono ardiente?
140

¡Vencer por la traición! ¡Digno recurso

del corazón malvado!

Por ella el cetro Godo en Guadalete

hundiose con Rodrigo, y lloró España

mísera esclava de la hueste mora;
145

y por ella don Sancho ante Zamora

víctima fue de vengativa saña.

¡La traición! vil recurso

del déspota que sueña con la gloria...

Vencer por ella puede, mas su nombre
150

rodeado de oprobio,

eternamente se alzará entra el odio

del pueblo, que maldice su memoria.

   Siete meses después de estos sucesos,

que fielmente, oh lector, dejo narrados,
155

triste y sin esperanza Barcelona

alzaba al cielo sus convulsas manos.

Sin esperanza, sí: que ya el egregio

Príncipe de Aragón, el gran don Carlos

de Viana, que al fuerte poderío
160

del noble catalán viose salvado,

víctima de dolencia misteriosa

a Dios daba su alma cual cristiano.

Acongojado el pueblo y conmovido,

trama inicua tal vez adivinando
165

en la muerte del Príncipe, a los ímpetus

se abandonaba de furor insano.

Y en tanto que en la iglesia el hueco bronce

daba al aire su acento funerario,

la multitud las calles recorría,
170

«¡un tósigo! ¡traición! ¡traición!» gritando.

¡Perdido afán! ¡Ah! ¿quién al noble pecho

podrá dar nuevo aliento? ¿Quién su brazo

alzar potente, cual en otros días,

de contrarios terror, del pueblo amparo?...
175

Segó su vida la implacable muerte

de la patria también al par segando

la esperanza y la gloria, que los pueblos

su gloria y su esperanza en él fundaron.

Derramad en su tumba, oh nobles almas,
180

sencillas flores y abundoso llanto;

de vuestra dicha ¡ay Dios! sólo un recuerdo

queda en ese sarcófago sagrado.

Sí: ya se miran renacer triunfantes

las muertas esperanzas del tirano:
185

Tal vez mañana de la pobre Blanca

el desastroso fin sea decretado;

que el rey don Juan, el padre vengativo,

de su esposa cruel siguiendo acaso

el consejo fatal, antes la muerte
190

diera a Blanca que el cetro soberano

de Navarra la fiel... ¿Qué son justicia

inocencia y virtud, para el malvado?

Regad, pueblos, con lágrimas y flores

del príncipe la tamba... Si el tirano
195

la libertad os quita, aun el recuerdo

de vuestra gloria guardará ese mármol.

-II-

EL RETO

   Era el día doce de Abril,

según las crónicas cuentan,

del año mil cuatrocientos
200

sesenta y dos: triste fecha

que siempre estará grabada

cual padrón de infamia eterna,

del fiel navarro en la mente,

de Olite en la historia excelsa.
205

   ¡Olite! villa famosa,

de Navarra hermosa perla,

corte de sus nobles reyes,

palenque de lucha horrendo,

codiciada y maldecida
210

al par por las huestes fieras

de los dos terribles bandos

que su posesión desean,

y que de Agramont y Lusa

parciales, sus nombres llevan.
215

¡Olite! noble matrona

que en verdes prados se asienta,

y cuya gótica torre

corona su frente regia.

   ¡Olite! villa famosa
220

do meditaron empresas

grandes héroes, grandes reyes

que su renombre acrecientan,

hoy próxima a la deshonra,

merced a su suerte adversa,
225

por voluntad de un monarca

que la vende y la desprecia.

   En la más altiva torre

del castillo, que, se eleva

imponente y majestuoso
230

de la villa centinela,

cuyos muros coronados

de torreones y almenas

tranquilamente retrata

en sus aguas la ribera,
235

pálida, cual flor de invierno,

mírase una dama bella,

que asomada a su ventana

con honda ansiedad observa

la marcha de un caballero
240

que hacia la villa se acerca,

jinete en yegua alazana,

aún más que el viento ligero,

y de cien nobles seguido,

que ricas galas ostentan.
245

Doña Blanca de Navarra

es la dama: prisionera

ha tiempo, su ingrata suerte

llora la triste princesa;

es el jinete el monarca
250

de Aragón, que en Salvatierra

al de Francia Luis Onceno

paz y amistad juró eternas,

con él firmando un tratado

del pueblo español en mengua.
255

   Mas si tan fatal convenio

conocer mejor anhelas,

y de sucesos extraños

las opiniones diversas,

fuerza será entres conmigo,
260

lector, en la mansión regia,

que sirve de triste cárcel

a doña Blanca; y en ella

sabrás por mí, fiel cronista

de esta historia verdadera,
265

lo que el buen Ramiro López,

de cuya lealtad a prueba

te di noticia exactísima

en la página primera;

el noble Nuño de Lara,
270

anciano que a la princesa

siempre de fiel consejero

sirvió en su fortuna adversa,

y el francés Juan de La Motte

de tales contratos piensan.
275

De pie los tres, del Castillo

en la armería soberbia,

así las nuevas recientes

con viva inquietud comentan:

RAMIRO
Buen La Motte, estáis tremendo
280

con vuestras nuevas de Francia.

LA MOTTE
Pues la verdad sin jactancia

es lo que os estoy diciendo.

Don Juan de Aragón ansioso

está de acabar la guerra,
285

y ayer firmó en Salvatierra

un tratado ventajoso.

El rey de Francia esta vez

su apoyo a don Juan concede,

y éste la Navarra cede
290

en justo pago.

DON NUÑO
¡Pardiez!

Que esa alianza es un tesoro.

LA MOTTE
   Pues si por Francia Aragón

vence a Castilla, es razón

que se la pague en buen oro.
295

Y ya que don Juan obtenga

tan soberbias condiciones,

si Francia le da legiones

que Aragón se las mantenga.

RAMIRO
   Os oigo, don Juan, y aún dudo
300

si es verdad tan baja afrenta:

Que el noble Aragón que ostenta

altivo en Grecia su escudo,

su bandera victoriosa

en las aguas del Tirreno,
305

mire impasible y sereno

abyección tan ominosa,

no cabe en la mente mía;

y también dudo que un rey

así mancille la ley,
310

que el pueblo a su nombre fía.

DON NUÑO
Mas ¿qué, Ramiro, os extraña

del que, en su venganza fijo,

cruel envenenó al hijo,

y con su hija se ensaña?
315

LA MOTTE
Feliz doña Blanca ahora

con el de Berry será.

RAMIRO

turbado.

¿Qué decís?

LA MOTTE
Que a Francia irá

tal vez mañana, y señora

podrá ser del gran ducado
320

de Berry, si complaciente

acepta el amor ardiente

que el duque le ha consagrado.

RAMIRO
¡Vive Dios! que es por demás

inicua y necia esa trama;
325

que ni ella al de Berry ama

ni podrá amarle jamás.

Reina doña Blanca hora

es de Navarra: la suerte

lo quiso así con la muerte
330

del tierno hermano a quien llora;

y si anhela un rey cruel

privarla de su derecho,

escudo en el noble pecho

hallará del pueblo fiel.
335

Navarra al grito de ¡guerra!

se alzará... ¿Vos lo dudáis?

LA MOTTE
Creo, Ramiro, que soñáis.

No hay poder en esta tierra

que contrarreste el valor
340

de los soldados de Francia.

RAMIRO
Me admira vuestra arrogancia

al par que vuestro candor.

Bien se conoce a través

de esa altivez que os engaña,
345

que aunque servís en España

no dejáis de ser francés.

LA MOTTE
Aquí Duguesclin, cual yo,

a España sirvió con honra.

RAMIRO

con desdén.

Os engañáis; su deshonra
350

fue lo que aquí consiguió.

Honra allá en Francia tendrá

quien fue traidor y menguado,

en España despreciado

por los buenos se verá.
355

LA MOTTE

con furia.

No comprendo la intención

de esa oscura reticencia,

y os pido con impaciencia

me deis una aclaración.

RAMIRO
Pues la queréis... escuchad:
360

Mas ved que os la doy con calma,

que no hay temor en el alma

del que dice la verdad.

Vos de la reina al servicio

como capitán estáis,
365

y es, si el puesto no dejáis,

defenderla vuestro oficio.

LA MOTTE
Consejos no he menester.

RAMIRO
Ya se que no os interesan;

mas si en vos tan poco pesan
370

las razones del deber,

no extrañéis, don Juan, que un día

aprecien vuestra honra en poco.

LA MOTTE

con arrogancia.

No necesito tampoco

defensor de la honra mía.
375

Para defender mi honor

bastome siempre mi espada.

RAMIRO

con desprecio.

Suele no estar bien templada

la espada del que es traidor.

LA MOTTE

furioso.

Mentís.

DON NUÑO
Eh, basta, señores:
380

Pensad que estáis en palacio;

idos por Dios más despacio

en vuestros ciegos rencores.

LA MOTTE
Pronto, pronto; no más tarde

la reparación...

RAMIRO
La habréis:
385

Seguidme, don Juan, y haréis

de vuestro valor alarde.

DON NUÑO
Basta, digo. Abrazo estrecho

concluya vuestra porfía.

LA MOTTE
Defiendo yo la honra mía.
390

RAMIRO
Yo defiendo mi derecho.

DON NUÑO
Si aquí ahora mismo los dos

no os dais sin rencor las manos

y os abrazáis como hermanos

os encierro, vive Dios.
395

   Y esto diciendo don Nuño

con alegre desenfado,

de La Motte y de Ramiro

tomaba las diestras manos:

Por unirlas se esforzaba,
400

y su afán viera logrado,

no obstante la resistencia

que le oponían entrambos,

si en aquel instante mismo

no viniese un ruido extraño
405

de armas, de confusas voces

y pisadas de caballos,

a suspender de los tres

el ciego impulso y el ánimo.

A poco el grito de ¡el Rey!
410

cundió por todo el palacio,

y del gran salón de armas

la ancha puerta daba paso,

al rey de Aragón, seguido

de sus nobles cortesanos.
415

   Azul túnica llevaba

sobre jubón encarnado,

y de sus hombros prendido

de velludo luengo manto.

Sencillo traje de corte,
420

sin alhajas ni bordados,

que extraño contraste hacía

con el lujo y el boato,

de innúmeros caballeros,

que fieles seguían sus pasos.
425

   Al ver el rey a La Motte

detuvo su marcha un tanto:

La Motte inclinó la frente

al monarca saludando,

y este hablole, mas en tono
430

tan misterioso, y tan bajo,

que nadie apercibir pudo

si una súplica o mandato

encerraron sus palabras;

mas, de La Motte en los labios
435

asomó leve sonrisa;

una mirada cruzaron...

Y a poco el francés, de Olite

partía en veloz caballo,

con dirección a Pamplona,
440

la ribera atravesando;

mientras el rey despidiendo

a sus nobles cortesanos,

altivo el dintel cruzaba

del aposento apartado
445

do sufría doña Blanca

su injusto rigor tirano.

   Bien pronto la corte toda

fue el salón abandonando;

en breve reinó el silencio,
450

y solos se contemplaron

el buen don Nuño y Ramiro,

que en leda voz y animados

de los mismos sentimientos

esta plática entablaron:
455

RAMIRO
¿Visteis cómo el rey don Juan

y La Motte se han comprendido?

DON NUÑO
Creo que todo se ha perdido:

Muerte a la reina darán.

RAMIRO
¡Ah! ¿Por qué, por qué obstinado
460

no quisisteis que al traidor

castigase?

DON NUÑO
En vuestro ardor

de joven, el resultado

no calculabais... Vencido

por vos juzgad al francés:
465

¿por eso hubierais después

el negro plan destruido?

¡Inútilmente la vida

jugar con ojos serenos!

RAMIRO
Cien veces por mucho menos
470

la imaginé ya perdida.

DON NUÑO
¡Imprudente!... En tal empresa

nunca volváis a arriesgarla:

Acaso necesitarla

pueda la infeliz princesa.
475

RAMIRO
¡Ella!... mi humilde existencia

en su defensa daría:

Ella es el astro que envía

luz viva a mi inteligencia,

es el ángel que mi alma
480

en casto silencio adora:

Sólo en su voz bienhechora

hallan mis dolores calma.

¿Cómo impasible sufrir

que acaso en breve, espirante...
485

No, no; se acerca el instante

de salvarla o de morir.

Pronto, los medios busquemos.

DON NUÑO
Mas si el rey la obliga impío

¿cómo salvarla, Dios mío?
490

RAMIRO
Entonces... La vengaremos.

En tanto juradme vos

desechad vanos temores:

Para vencer a traidores

bastamos nosotros dos.
495

Juradme también obrar

tan sólo por mi consejo,

que la prudencia de un viejo

no sirve para luchar.

DON NUÑO
Bien: vuestro plan seguiré;
500

os lo juro por mi nombre.

RAMIRO
Don Nuño, sois todo un hombre,

yo a la reina salvaré.

De los contrarios en pos,

voy confiado en mi estrella:
505

Velad en tanto por ella,

y que nos proteja Dios.

   Dijo: y la diestra de su fiel amigo

estrechó entre sus manos con ardor,

abandonó el salón, y de allí a poco
510

en brioso corcel fugaz partió.

   Anhelante don Nuño en la ventana

viole a distancia caminar veloz,

y al perderle de vista en la llanura

de la estancia pausado se alejó.
515

   Un instante después la voz del rey

escuchaba con honda conmoción,

y oyendo al par de Blanca los sollozos

«¡triste reina!» doliente murmuró.

   Y juzgando extinguido el pobre anciano
520

de su esperanza el postrimer fulgor,

en un sitial cayó casi sin vida,

plegaría humilde dirigiendo a Dios.

-III-

ADIÓS A LA PATRIA

   Pocos momentos después

de la escena que narrada
525

dejo, oh lector, en conciencia,

que conciencia es necesaria

cuando de escribir historias

en prosa o verso se trata,

jinetes en tres caballos
530

de raza pura normanda,

con Juan de La Motte, que iba

guiándolos en su marcha,

a las puertas del castillo,

tres caballeros llegaban,
535

que mostraban por su traje

ser de la vecina Francia,

y por sus dignas maneras

de nobleza acreditada.

   Desmontáronse, y dejando
540

en las manos entregadas

de un escudero las riendas

de sus monturas gallardas,

siempre por La Motte guiados,

de aquella fuerte morada
545

traspasaron los umbrales,

el atrio y las antecámaras,

y ascendiendo por oculta,

tortuosa escalinata,

del rey de Aragón llegaron
550

a la fastuosa estancia.

   Un ujier anunció al punto

del capitán la llegada,

y después de cambiar éste

con aquél breves palabras,
555

en el real aposento

dio a los franceses entrada.

   Larga plática entablaron

a solas con el monarca,

conferencia misteriosa,
560

en la cual ratificada

quedó la cesión inicua

del gran reino de Navarra.

Este el tratado de Olite

es, según crónicas varias,
565

tratado, cesión le nombran,

mas venta el pueblo le llama,

que es a veces juez el pueblo,

juez de inteligencia clara.

   Ya el sol tocaba a su ocaso
570

cuando de la regia cámara

los tres franceses saliendo,

de el rey don Juan escuchaban

estas frases, que aludían

a la triste doña Blanca.
575

-Asegurad a mi aliado,

vuestro amo el rey de Francia,

que parto de aquí esta noche,

y el conde de Fox mañana

tendrá en su poder la prenda
580

que ratifica esta alianza.

Decidlo así, y que yo nunca

he faltado a mi palabra.

   Tal dijo: los extranjeros

saludaron al monarca,
585

y en breve del real castillo

y de Olite se alejaban.

      Tendió la noche

      su negro velo,

      manto de nubes
590

      cubría el cielo;

lejos bramaba con eco sordo

fiera, imponente, la tempestad.

      No al suelo envían

      sus luces bellas,
595

      ni la alba luna

      ni las estrellas;

sólo interrumpe fugaz relámpago

de la campiña la oscuridad.

      Triste es la noche,
600

      triste y medrosa,

      en calma Olite

      muda reposa;

tal vez se escucha, al son del trueno,

el eco humilde de una oración.
605

      En el castillo

      tan sólo cunde

      rumor extraño,

      que miedo infunde,

y ora acrecienta, ora se pierde
610

a los rugidos del aquilón.

      Y a la luz roja,

      que agita el viento,

      de cien antorchas,

      con paso lento
615

mudos guerreros, por la ancha puerta

en largas filas se ven salir;

      llevando en medio

      regia litera,

      do a Blanca vese
620

      cual prisionera;

y en pos va el rey, torvo, sombrío,

midiendo acaso su porvenir.

      Raudos en breve,

      atravesando,
625

      prados y montes,

      vanse alejando,

y ni la lluvia su andar detiene

ni el ronco trueno les da pavor.

      Sólo la reina
630

      lágrimas vierte,

      que adivinando

      su triste suerte,

tan negra mira como la noche

la que le espera vida de horror.
635

      ¡Ay! sola al verse

      y abandonada,

      atrás dejando

      su patria amada,

por vez postrera vuelve los ojos,
640

que de ella el alma vásele en pos.

      Del pecho lanza

      triste quejido,

      que el viento ahoga

      con su rugido;
645

      ¡ay! que el recuerdo

      de sus amores,

      la acerba historia

      de sus dolores,

encierra acaso ese gemido,
650

que es a la patria su último adiós.

   Y en tanto que la mísera princesa

se abisma en angustiosos pensamientos,

su acelerada marcha precipitan

más y más sus crueles carceleros.
655

Y atrás dejando villas y lugares,

sin dar descanso al fatigado cuerpo,

al despuntar la aurora, ya la cumbre

tocan de los agrestes Pirineos.

Un punto en Roncesvalles se detienen,
660

y aún no seguros, el furor temiendo

del fiel navarro, la frontera salvan,

del raudo caminar ya sin aliento.

   El sol, en la mitad de su carrera,

brillaba dando vida al universo,
665

cuando pisó la regia comitiva

de la ambiciosa Francia el fértil suelo.

Y crónicas diversas aseguran

que en el que baña el Nive alegre pueblo

detuvieron su marcha, y que allí el rey
670

y el de Fox larga plática tuvieron.

Y aun cuando todo lo que hablaron ambos

fue siempre para el vulgo hondo misterio,

no faltó quien sagaz adivinase

de conferencia tal todo el secreto.
675

Pues diz que en tanto que don Juan y el conde

a solas se fiaban sus proyectos,

a la villa, a carrera en un caballo,

llegaba a la sazón gentil mancebo,

que apeándose diestro llegó en breve
680

a las puertas de un alto monasterio,

morada de la augusta prisionera,

de don Juan y sus nobles palaciegos.

Y diz que apenas el umbral traspuso

anciano respetable fue a su encuentro;
685

y por si dudas en tu mente abrigáis

de quiénes puedan ser, lector benévolo,

que es don Nuño el anciano, y es el joven

el buen Ramiro López, te revelo.

Ambos la diestra mano se estrecharon,
690

y en retirado, lúgubre aposento,

en silencio también se confiaban

en breve, así, sus dudas y recelos:

DON NUÑO
Hablad, Ramiro, que ansioso

estoy de saber si es cierto
695

que a eterna prisión condenan

a doña Blanca...

RAMIRO
Tal creo;

pues la ilusión no acaricio

de que verdad sea el proyecto

de casarla con el duque
700

de Berry... ¡Lindo pretexto

para adormecer a incautos,

para cegar a los necios!

DON NUÑO
¿Y podré saber, amigo,

lo que habéis pensado y hecho
705

desde ayer que os ausentasteis?

RAMIRO
Mucho pensé; mas el tiempo

perdí, al intentar osado

realizar mis pensamientos.

Que en vano llamé a las puertas
710

de los nobles y plebeyos:

Sin honor, ya envilecidos,

los nobles no respondieron;

del de Berry y de las bodas

me hablaba el incauto pueblo;
715

y ahogando mis esperanzas,

de cansancio y de ira ciego,

partí en dirección de Olite,

mas al llegar a Pozuelo

supe que el rey, con su corte
720

y gran acompañamiento,

prisionera a doña Blanca

llevaba... Seguí tras ellos,

triste ya y desalentado,

que no juzgué que tan presto
725

el rey su plan realizase,

el mío así destruyendo.

Mas no temáis que a la inercia

me abandone: si los riesgos

acrecen, con más constancia
730

nueva lucha emprenderemos.

DON NUÑO
Mas si os abandonan todos

¿cómo luchar?...

RAMIRO
Si los medios

son pocos, con fe y audacia

los que falten supliremos.
735

Ya os dije ayer, caro amigo,

que nosotros dos, cumpliendo

con nuestro deber, bastamos

para que la vida al menos

salvemos de doña Blanca,
740

ya que su abatido reino

a sus audaces contrarios

arrancarles no podemos.

DON NUÑO
¿Qué intentáis hacer?... Sepamos...

RAMIRO
Perdonad; es mi secreto.
745

Antes de arriesgarnos ambos

sabréis todos mis proyectos;

mas permitidme que a solas

los medite largo tiempo,

que empresa tan ardua exige
750

meditación y silencio.

Al llegar aquí he sabido

por Gontran, el escudero

del conde de Fox, que a Orthez

doña Blanca será luego
755

conducida...

DON NUÑO
¡Miserables!

¿Aún no se juzgan contentos

con arrebatarle impíos,

libertad, corona y cetro?

Gozar su pérfida hermana
760

quiere en su cruel tormento;

tenerla al lado segura,

befar su dolor acerbo;

y después de haber reído

de su pesar largo tiempo,
765

hundirle el puñal aleve

en su lacerado seno...

¡Oh, venganza!

RAMIRO
Sí, don Nuño;

venganza demanda al Cielo

tanta maldad: y si al golpe
770

muere de asesino pérfido,

aunque el móvil de tal crimen

sea monarca de dos reinos,

en él su muerte alevosa,

si me ayudáis, vengaremos.
775

DON NUÑO
Sí; contad conmigo siempre.

RAMIRO
Bien: ahora separémonos.

Adiós, pues: constancia os pido.

DON NUÑO
Yo prudencia os recomiendo.

   Y ambos amigos, con tranquilo paso,
780

separáronse al punto, y en silencio

del monasterio en las extensas naves

envueltos en las sombras se perdieron.

-IV-

ÚLTIMA ESPERANZA

   Tras breves momentos de angustia y temores

la mísera reina sin reino se ve;
785

cual sierva tratada, con fuertes rigores,

que ya el suelo patrio no huella su pie.

   En vano Ramiro buscó a sus parciales,

y fiel les revela de Blanca el dolor:

De serle dejaron los nobles leales;
790

los pueblos doblaron la frente al terror.

   Los dardos temiendo de oculta asechanza,

de viles contrarios cercada do quier,

tan sólo le resta dudosa esperanza,

y un punto la acoge con mudo placer.
795

   Cual náufrago triste que cercan las olas

y al fin ve la playa do juzga llegar,

así la infelice aún sueña a sus solas

si no ya su trono, su vida salvar.

   Y epístola tierna dirige a su esposo,
800

al rey de Castilla, que infiel la humilló;

mas, ah, que a su lado de dulce reposo

siquiera un momento feliz disfrutó.

   «Señor: si un recuerdo de grata memoria,

le dice; aún de Blanca guardáis... oh, leed
805

en estos renglones mi lúgubre historia,

y grato y benigno mi ruego acoged.

   Prisiones, desprecios, injusto castigo,

por ser de don Carlos hermana leal,

dictome mi padre, cual fiero enemigo,
810

doblando con ellos mi angustia mortal.

   ¡Oh Dios! ¿No le es dado llorar a una hermana

del mísero hermano la suerte cruel;

del príncipe noble la muerte temprana,

al ver su esperanza morir ¡ay! con él?
815

   Gran rey, de mis cuitas pesad los rigores;

en mí no la esposa, la reina mirad,

que objeto constante de inicuos rencores

de vos sólo fía justicia y lealtad.

   Mas no en ambiciones mundanas reparo;
820

os cedo mis reinos... Mi alma es de Dios:

Salvadme la vida; no tengo otro amparo

que aquel que del cielo me venga y de vos.

   Y al frente se os mire de fuertes legiones

los pueblos navarros valiente cruzar;
825

clavar de Castilla los rojos leones

de Olite en los muros; mi afrenta vengar.

   Mas, ah, no olvidéis que cárcel sombría

mi eterna enemiga, la infanta Leonor,

destíname acaso, y tal vez, impía,
830

decrete mi muerte, con fiero rencor.

   Llegad a Navarra: mi pueblo que aún arde

en noble entusiasmo por vos morirá:

Llegad, que mañana tal vez será tarde,

y esclavo, en el polvo la frente hundirá.
835

   Llegad, y que el iris de paz y bonanza

el pueblo navarro por vos vea lucir:

Oh Enrique, pues sois mi sola esperanza,

no a Blanca impasible así veáis morir.

   Señor: mucho siento causaros enojos;
840

perdón os demando... ¡Ay! puedan con vos

las lágrimas tristes que vierten mis ojos,

as tiernas plegarias que elevo hasta Dios.»

   Apenas hubo esta carta

firmado con mano trémula,
845

a sus buenos servidores

hizo venir ante ella.

Con ellos también llegaron

los miembros de la nobleza

que aún a doña Blanca fieles
850

la seguían por do quiera.

Entre estos mírase al conde

de Armañac, cuya presencia

en tan solemnes momentos

al lado de la princesa,
855

contra el tratado de Olite

es la más alta protesta.

También allí al condestable

de Navarra se contempla,

y a cien nobles caballeros
860

que arrojados de sus tierras,

prefieren ser pobres, antes

que traidores a su reina.

   Así que los vio reunidos,

con voz conmovida y tierna,
865

sus lágrimas enjugando,

les habló de esta manera:

   «Amigos: os llamo a todos

porque abandonar ya es fuerza

mi reino y mis pueblos fieles,
870

y ceder a la violencia.

Mi padre el rey de Aragón

así implacable lo ordena,

y obligante a separarme

de mi servidumbre regia.
875

Mañana, de mis contrarios

desdichada prisionera,

ultrajes y afrentas miles

sufriendo en extraña tierra,

ni incierta memoria acaso
880

tendréis ya de vuestra reina.»

   -Señora -de emoción lleno

el buen conde le contesta-,

disponed de nuestras vidas:

El pueblo fiel, la nobleza,
885

que aún leal a vuestra causa

persecuciones desprecia,

cumplido homenaje os rinde,

y vuestra orden espera:

Que aunque pocos nos hallamos
890

para emprender hoy la guerra,

si vuestra alteza lo manda,

contentos, en su defensa,

moriremos como buenos

al pie de nuestra bandera.
895

   -Gracias, amigos -les dice

conmovida la princesa-,

inútil ya vuestro arrojo

sería, y en mi conciencia

se alzara el remordimiento
900

al derramar sangre vuestra.

Mas seguid siéndome fieles,

tal vez mañana la empresa

no fuera tan temeraria...

¡Oh! bien conozco que incierta
905

es la esperanza que agita

mi corazón, y con ella

quizá el postrer desengaño

me guarda la Providencia

mas ¿qué queréis?... La esperanza
910

es la fugitiva estrella

que caminando al ocaso

aún umbra al alma enferma:

Tal vez un momento brilla

con luz más pura y más bella,
915

absortos la contemplamos,

nuestra ilusión acrecienta,

y a poco envuelta en vapores

se oculta tras la alta sierra.

¡Oh! perdonad si os aflijo
920

Con mis temores y quejas;

¡ay! de estar a vuestro lado

breves momentos me restan.

Llegad, llegad y mi mano

besaréis por vez postrera;
925

mas antes tomad mis joyas...

Restos son de la grandeza

de mis mayores: guardadlas

como débil recompensa

a vuestra lealtad constante;
930

y vuestros hijos por ellas

recuerden en sus veladas

las DESDICHAS DE UNA REINA.

   Dijo con trémulo acento:

Y sus vasallos se acercan,
935

y sus dádivas reciben

con lagrimas, que revelan

el sentimiento profundo

que sus almas atormenta,

al separarse por siempre
940

de la infelice princesa.

Luego inclinan la rodilla,

humildes su mano besan,

y su llanto comprimiendo

tristes ¡ay! tristes se alejan,
945

porque oculta voz les dice

que no volverán a verla.

   Al retirarse Ramiro

pensativo un punto queda,

y en la triste doña Blanca
950

fijando la vista inquieta

así le dice:

-Señora:

Si en esa prisión horrenda

a que don Juan os destina

recibís con gran reserva
955

algún día un pliego mío,

cuantos avisos contenga

firme seguid, yo os lo ruego,

que señal es de que aún velan

por vos vasallos leales,
960

y que salvaros desean.

-Ya sé que sois arrojado,

doña Blanca le contesta;

Dios os premie, mi buen paje,

tanta lealtad y nobleza;
965

mas por salvarme la vida

no ciego expongáis la vuestra.

   -¡Mi vida!... ¿Qué importa al mundo

que yo viva o que yo muera?

Huérfano soy: vos, señora,
970

todo cuanto amo en la tierra

representáis a mis ojos...

¿Vivir tranquilo pudiera

lejos del vos, y sabiendo

que inicuos os atormentan?
975

No, no; dejadme que intente,

libertaros... Si sufriera

en mi empresa un desengaño

sabré morir por mi reina.

-¡Oh corazón generoso!
980

¡Cómo digna recompensa

hallar a tanto heroísmo,

a abnegación tan suprema!

Conmovida doña Blanca,

del buen paje por la oferta,
985

murmuró, sin ver acaso

la dulce mirada, llena

de amor y tristeza a un tiempo,

con que Ramiro la observa.

   Después de una breve pausa
990

la reina siguió:

-Pues muestras

me dais tan grandes, Ramiro,

de lealtad y de firmeza,

confiar sólo a vos quiero

de misión alta y secreta
995

el desempeño... Esta carta,

cuya dirección demuestra

ser para el rey de Castilla,

conduciréis con presteza

a su destino, cuidando
1000

de que entregada le sea.

En ella ruego a mi esposo

que al punto me favorezca

con sus huestes, y me libre

del peligro que me cerca.
1005

Partid pues: venced los riesgos

que en el camino os detengan;

que en este pliego que os doy

va mi esperanza postrera.

   -Señora -el doncel exclama,
1010

saludando con nobleza-,

si mañana a esta hora misma

vuestro fiel Ramiro alienta,

lejos del suelo navarro

no habrá ya quien me detenga;
1015

y antes que el sol siete veces

se alce espléndido en la esfera,

habré lealmente cumplido

la orden de vuestra alteza.

   Y saludando de nuevo
1020

ganó el buen paje la puerta,

y montando en su caballo

partió, como aguda flecha.

Mas en tanto que dejaba

atrás montes y florestas,
1025

cual silfo alado que al viento

audaz vence en su carrera,

en su mente así decía

con amargura siniestra:

   «De un rey menguado no aguardes
1030

auxilio, mísera reina...

Ahogar puedes ya en tu pecho

esa esperanza postrera.»9


Tercera parte. -La hermana

-I-

DOS AÑOS DESPUÉS

   ¡Cuán mísera es la vida

para el que ansioso espera

consuelo a su aflicción;

y pasa el tiempo y nunca,

tras la tormenta fiera,
5

ve el astro que esperanza

da al muerto corazón!

   Su espíritu hasta el cielo

mil veces, confiado,

eleva con afán:
10

Ah, sí; que al verse el triste

del mundo abandonado,

al cielo alza los ojos,

que a Dios buscando van.

   Que sólo en el Eterno
15

consuelo encuentra el alma

sumida en el dolor;

y un punto en el Empíreo,

en apacible calma,

feliz del hombre olvida
20

el pérfido rencor.

   Así la noble reina

que vio correr los años

en lúgubre ansiedad,

a Dios alza su espíritu,
25

que sólo desengaños

ofrécele ya el mundo,

y olvido y deslealtad.

   ¡Oh, cuantas, cuántas veces

absorta en la ventana
30

de su real prisión,

la contempló la noche

y la gentil mañana,

fiando de su esposo

ventura y salvación!
35

   ¡Ay mísera! que en vano

espera, confiada

en su ilusión falaz:

Pasaron días y meses,

y ya desalentada,
40

le hiere de la duda

el aguijón tenaz.

   Tal vez, en sus plegarias,

aún su esperanza acrece

más viva por la Fe.
45

Grata ilusión, que dulce

su espíritu adormece,

y que cual vaga niebla

desvanecida ve.

   ¡Feliz el prisionero
50

que aunque cautivo llora,

de amante compañero

en alma bienhechora

consuelos y esperanzas

encuentra en su aflicción!
55

Mas ¡ay de aquel que triste,

y solo, y sin amigos,

en cárcel dura existe,

cercado de enemigos,

sin ver jamás la aurora
60

de ansiada salvación!

   ¡Oh reina sin ventura!

¿La soledad de muerte

que te rodea, augura

contraria, infausta suerte,
65

o anuncia con su calma

risueño porvenir?

¡Ay mísera! Con velo

oscuro y misterioso,

tu porvenir el Cielo
70

oculta, silencioso,

y ni el arma traidora

verás que te ha de herir.

   A orillas del claro Gave

orgullosa Orthez se eleva,
75

de fuertes muros cercada

y torres altas que ostentan

un foso al pie, y en su frente

vieja corona de almenas,

que de la célebre Orthesium
80

la anciana historia recuerdan.

   La población dominando

en una colina esbelta,

se alza majestuoso y triste,

de la ciudad centinela,
85

el castillo de Moncada,

que un ancho adarve rodea,

fábrica de oscuros tiempos

en que a la ley de la fuerza

juicio de Dios llamaban
90

los potentes de la tierra.

   Mírase en sus pardas torres

crecer la silvestre yedra,

verde ornamento que sombra

presta a sus góticas rejas:
95

Y numerosos soldados

guardan sus ferradas puertas,

su adarve y su barbacana,

que este castillo en la época

en que corre nuestra historia,
100

servía de mansión regia

a doña Leonor, la ilustre,

la poderosa princesa

de Bearne, Nemours y Gandía,

y de Navarra heredera;
105

señora de cien castillos,

de Fox muy alta condesa,

noble entre las nobles damas,

bella entre las damas bellas;

que estos pomposos dictados
110

y tal virtud y excelencias,

le atribuye, aduladora,

su cortesana nobleza.

   Achaque de palacianos

fue siempre adular sin tregua;
115

medrar así se consigue,

y el adular nada cuesta.

   Allí en justas y torneos,

allí en espléndidas fiestas,

do inspirados trovadores
120

su ingenio y su afán demuestran

en tributar a porfía

mil alabanzas discretas

a la ilustre habitadora

de aquella morada regia,
125

alegre pasa la vida

con su corte la princesa,

sin que el ayer ni el mañana

cuidados jamás le ofrezcan.

   Mas si teatro de encantos
130

y de glorias palaciegas

es esta mansión augusta,

eslo también de tristeza:

Que allí en silenciosa torre

a solas llora sus penas,
135

doña Blanca la infelice,

la desventurada reina,

de su vengativa hermana

miserable prisionera,

en profundo desamparo,
140

sin esperanza en la tierra.

   ¡Oh! ¡Cuán extraño contraste

las dos hermanas presentan!

¡Qué inclinaciones tan varias

y qué suerte tan diversa!
145

   Doña Leonor, iracunda,

cruel, altiva, soberbia,

que horribles planes medita,

de ambición, de orgullo ciega,

y cual Caín, despiadada,
150

tal vez en su mente inquieta

pensamientos fratricidas

trama, con atroz fiereza,

por ceñirse sin rivales

a su frente una diadema,
155

es admirada por todos,

parciales halla do quiera,

y risueña la esperanza

dichas sin fin le presenta.

   Doña Blanca, generosa,
160

compasiva, humilde y tierna,

que sólo en el bien se ocupa,

de ardiente caridad llena,

que jamás de la venganza

pudo acariciar la idea,
165

y si demanda justicia,

Dios sólo en su suerte adversa

es su juez, y a él su corona

su reino y vida encomienda,

abandonada de todos
170

suspira en cárcel desierta,

y, perdida la esperanza,

su próximo fin contempla.

   ¿Quién los secretos designios

de la sabia Providencia
175

comprende? ¿Quién el misterio

de lo futuro revela?

Mas ¡ay! del que desafía

de Dios la justicia eterna.

¡Ay del malvado!... Terrible
180

es la expiación que le espera.

   Si saber, lector amigo,

con toda verdad deseas

mil sucesos que te lleven

al fin de la historia cierta
185

de la princesa infelice

que llora su suerte adversa

del Castillo de Moncada

en hórrida cárcel fiera,

es forzoso que conmigo
190

llegues a oculta vivienda,

que en el arrabal situada

de Orthez, en la orilla izquierda

del claro Gave, entre arbustos

y árboles bellos se ostenta,
195

blanca y azul, cual la garza

que alegre en el río juega,

y humilde como las flores

que en grata festón la cercan.

   Allí el anciano don Nuño
200

habita, y con ansia espera

la llegada de Ramiro,

o al menos la alegre nueva

de que aún vive, que dos años

han pasado, y ni la vuelta
205

dio el buen paje, ni noticia

de él tuvo, en tan larga ausencia:

Y ya el viejo receloso

al desaliento se entrega,

que es largo tiempo dos años
210

para el que su fin ve cerca.

   Era una tarde de otoño,

y ya la naturaleza

sin verdor, la hojosa frente

inclinaba macilenta.
215

Triste el sol entre vapores

se oculta tras la alta sierra,

y la noche a paso lento

llega entre pardas tinieblas.

Del vespertino crepúsculo
220

a la claridad incierta,

sus tristes ojos alzando

don Nuño a la parte opuesta

del río, fijar parece

su vista en la fortaleza
225

de Moncada, que divisa

desde su humilde vivienda:

Y tal vez un pensamiento

de pavor y oculta pena

bulle en su mente, y le agobia
230

con implacable fiereza;

pues vese a poco una lágrima,

que de su pesar es muestra,

por su pálida mejilla

correr silenciosa y lenta.
235

   Mas súbito la mirada

dirige a la agreste peña

do estrecho puente abre paso

de la ciudad a la vega;

y un punto alumbrar parece
240

su decaída existencia

de una esperanza imprevista

la luz brillante y serena.

   Aún dudoso en la ventana

la rápida marcha observa
245

de un mancebo, que a la quinta

en negro trotón se acerca;

mas en breve desmintiendo

con juvenil entereza

la edad, que dejó en su rostro
250

marcada profunda huella,

traspasa con pie ligero

de su morada la puerta,

a punto que ya el jinete

de su montura se apea.
255

-¡Ramiro!... ¡Dios sea loado!

Don Nuño dice al que llega:

-Yo soy, don Nuño-, abrazándole

el viajero le contesta.

   Largo tiempo en dulce lazo
260

ambos amigos se estrechan,

y con lágrimas de gozo

el ingrato suelo riegan.

   Después llevando a Ramiro

el anciano a oculta pieza,
265

así ignorados azares

y proyectos se revelan:

NUÑO
   ¡Pardiez! que con vuestra ausencia

me teníais con cuidado:

Dos años os he aguardado,
270

que es mucho...

RAMIRO
Vuestra impaciencia

comprendo, que no es la mía

menor, mas juzgad, oh amigo,

que a un poderoso enemigo

jamás se venció en un día.
275

   Mucho en Castilla sufrí,

que es mi patria país ingrato;

y fuera largo el relato

de azares que allá corrí.

Baste, don Nuño, deciros
280

que aquel despiadado rey

ni jamás conoció ley,

ni le ablandan los suspiros.

A la cesión generosa

de su esposa desgraciada,
285

llamola ofrenda obligada;

y empresa torpe y ruinosa

juzgó el mandar sus legiones

a combatir contra Francia:

Que era mucha la distancia
290

dijo, y que las razones

en que fundarse podía

para atacar al francés

siendo injustas, mal después

ventajas alcanzaría.
295

NUÑO
   ¡Vive Dios! ¿A quien le ruega

pudo ofender con sus labios?

¿Cruel los justos agravios

de su noble esposa niega?

RAMIRO
   Sí, amigo: mas obligado
300

viose al fin a hacer la guerra,

que aún hay en aquella tierra

nobles de pecho esforzado.

Ellos alzaron su espada

para luchar por Castilla,
305

y de extranjera mancilla

quedara presto vengada,

si el rey, que en nada su honra

aprecia, nunca firmado

hubiese, torpe, un tratado
310

que la humilla y la deshonra.

NUÑO
¡Imbécil!

RAMIRO
Rey sin honor

decid más bien: no le tiene

quien a ser, dócil, se aviene

instrumento de un traidor.
315

NUÑO
   No de uno solo a mi ver,

pues don Beltrán de la Cueva

diz que su privanza lleva

también, y de su mujer

que audaz el amor le roba
320

dicen los murmuradores.

RAMIRO
Alusión a esos amores

escuché en más de una trova.

Y tal es el desprestigio

que a don Enrique rodea,
325

que al fin no es raro que sea

salvar su trono un prodigio.

Mas dejando aquí este asunto

hablemos de lo que importa,

que el tiempo se nos acorta,
330

y conviene obrar al punto.

Antes de llegar aquí

con Gontran hablé en secreto...

NUÑO
¿Fiáis de él?

RAMIRO
Es discreto.

NUÑO
   Y avaro, según oí.
335

RAMIRO
Un avaro es un tesoro

para el que en empresas anda:

Si él accede a mi demanda

yo le daré mucho oro.

NUÑO
¿Vos?

RAMIRO
Sí, amigo; no os asombre,
340

timbres heredó y riqueza,

y no pagar con largueza

fuera indigno de mi nombre.

NUÑO
Mas qué intentáis?

RAMIRO
Escuchad:

Mañana, cuando su velo
345

tienda la noche en el cielo,

vuestras armas preparad.

Y a la aurora dos corceles

conducid junto al castillo:

Yo al pie estaré del rastrillo
350

con mis servidores fieles.

Mas importa estéis oculto

hasta que os de una palmada,

que esta es la seña acordada

con Gontran... Si extraño bulto
355

se os acerca, que en acecho

llega sin dar la señal,

alzando presto el puñal

sepultadselo en el pecho.

Si bien queremos salir
360

audacia emplear debemos,

y a la reina salvaremos,

o allí sabremos morir.

¡Oh, qué suerte si logramos

arrebatarle su presa
365

a la traidora condesa!

NUÑO
¡Felices si lo alcanzamos!

Mas ¿calculado no habéis

que el castillo está guardado?

RAMIRO
Todo peligro alejado
370

será por Gontran.

NUÑO
¡Tenéis

valor para confiar

en el sagaz escudero!

RAMIRO
Sí: que de un contrario artero

hizo el oro un auxiliar.
375

No temáis: del enemigo

triunfaremos...

NUÑO
El temor

nunca amenguó mi valor,

y vos de ello sois testigo.

Mas si en una empresa va
380

solo el valor, caro cuesta

muchas veces.

RAMIRO
Pues en esta

todo meditado está.

NUÑO
   Basta: que aunque así no fuera,

tanto anhelé este momento,
385

que a la cita iría contento

aunque allí morir supiera.

Hora reparad, amigo,

vuestras fuerzas: si queréis

mesa y lecho aquí tendréis.
390

RAMIRO
Acepto.

NUÑO
Venid.

RAMIRO
Ya os sigo.

   Y después de estas razones,

del aposento la puerta

salvó don Nuño, y Ramiro

siguió al anciano a otra pieza;
395

donde sentados delante

de limpia aunque pobre mesa,

que apetitosas viandas

ofrecía, y una botella

de vino español añejo,
400

tal vez de su audaz empresa

departían, o de azares

que sufrieron o que esperan.

   Mas de lo que allí trataron

nada las crónicas cuentan,
405

ni tradiciones existen

que lo digan al poeta.

   Así, permite, oh lector,

si mi historia te interesa,

que no haciendo este más largo
410

otro capítulo emprenda.

-II-

LA ENVENENADORA

   En retirado aposento

de su soberbio Castillo,

cuyos muros de armaduras

y blasones revestidos,
415

de la moradora anuncian

nobleza y alto prestigio,

al par que de sus abuelos

la virtud y el heroísmo,

está la altiva condesa
420

doña Leonor, sin testigos,

meditando sus proyectos

en ademán reflexivo.

   Su morena tez rosada,

sus ojos negros y hundidos,
425

su corva nariz, su boca

grande, aunque de labios finos,

y su cabello, que, baja

en negros y ásperos rizos

cubriendo su estrecha frente
430

hasta su cuello extendido,

danle varonil aspecto,

mas siniestro y repulsivo.

   Es su sonrisa el anuncio

de algún proyecto temido,
435

y si algún objeto acaso

sus ojos contemplan fijos,

la mirada que desprenden

son dos rayos encendidos.

   Luengo traje de brocado
440

en oro y en perlas rico

viste, ciñendo su talle

de seda negro justillo,

y rojo manto forrado

de blancas pieles de armiño,
445

cubriendo el sitial donde ella

medita en afán prolijo,

se extiende en airosos pliegues

de sus hombros desprendido.

   Largo rato ha que en silencio
450

y sola está en su retiro,

un estuche contemplando

que, cerca de ella, extendido

sobre una mesa se mira

con cajas y botecillos.
455

Mas súbito dominada

de algún secreto designio,

de un timbre, con mano trémula,

alza el dorado martillo,

y tres golpes descargando
460

sobre él, vibrantes sonidos

produce, que el aire lleva

a los salones contiguos.

Y gira la puerta a poco

del aposento sombrío,
465

y una dama bella y joven

se acerca con paso tímido,

y a doña Leonor saluda

con grave ademán sumiso.

La condesa la contempla
470

un breve rato, y seguido

cerrar la puerta le manda

con un misterioso signo,

así con ella entablando

diálogo no interrumpido.
475

DOÑA LEONOR
Llega Irene: de mi hermana

saber quiero la respuesta.

LA DAMA
Señora, a vuestra propuesta

negose ya.

DOÑA LEONOR
¿Con que vana

fue con ella mi bondad?
480

¡Y mi plan veré deshecho

por su audacia!...

LA DAMA
Su derecho

prefiere a su libertad.

«Contestad a quien os manda

-me dijo asaz conmovida-,
485

que antes perderé la vida

que acceder a su demanda.

En buen hora la traición

por reina a mi hermana elija,

pero que de mí no exija
490

tan infame humillación.

Mi carcelera podrá

herirme, turbar mi calma

mas a su pesar mi alma

libre en la prisión será.»
495

Tal dijo y con paso grave

se alejó.

DOÑA LEONOR
¡Me desafía!

La firmeza y la osadía

de mi corazón no sabe.

Será mía su corona,
500

si su orgullo me desprecia

me respondió su persona.

Mas ¿qué digo?... ¿Y pude yo

un punto ocuparme de ella?

Escucha Irene: mi estrella
505

hoy grata me sonrió.

Samuel, que por mi salud

se interesa, una bebida

me ha traído, que la vida

conserva y la juventud.
510

Ciencia y riquezas por mí

gastó en elixir tan caro.

LA DAMA
Descubrimiento bien raro

que emplear debiera en sí.

Que es extraño que quien mira
515

la adusta vejez llegar,

a otros pretenda salvar

mientras é enfermo espira.

DOÑA LEONOR
¿Y tal conducta te extraña

en un anciano judío?
520

El oro es su Dios: impío

ve en él la vida, y se engaña.

Mas al par que me ha traído

el elixir bienhechor,

aguas me trajo de olor,
525

y de venenos surtido.

LA DAMA
¿Venenos?...

DOÑA LEONOR
Sí; no te admire:

El antídoto compré

con ellos, y no seré

yo quien su ponzoña aspire.

Mas sabia cosa es vivir
530

contra un enemigo artero

precavida.

LA DAMA

con falsa timidez.

Yo prefiero

en mi ignorancia morir:

Que ansias y temblor febriles

siento esos filtros al ver.
535

DOÑA LEONOR
Yo haré desaparecer

esos temores pueriles.

Puedes tranquila observar

tales medios de venganza;

si una mano no los lanza
540

ellos no pueden matar.

Lleno este estuche se ve

de esos tósigos mortales,

y en innobles animales

ya su eficacia probé.
545

Acércate más, y observa

este de rojo color:

Por largo tiempo su olor

el entendimiento enerva.

Este, que Samuel llamó
550

Cicuta, la sangre inflama:

En su abrasadora llama

el gran Sócrates murió.

El acqua Tofana es esta,

en Italia conocida,
555

por los príncipes servida

al audaz que les molesta.

Mucho el tal bote costó,

mas yo no lo encuentro caro,

y otro aún más precioso y raro
560

el buen Samuel me vendió.

Este líquido admirable

cuyo secreto he comprado,

prestar puede al desgraciado

un fin dulce y envidiable.
565

Helo aquí: quien a gustar

llegue tan grato beleño,

de su fantástico sueño

nunca anhela despertar.

Y al acercarse la muerto
570

siente gratas emociones,

y entre dulces ilusiones

feliz bendice su suerte.

Este pomo de cristal

con su cubierta de oro
575

guarda tan rico tesoro:

Míralo bien; sin igual

es su misterioso encanto;

digno de reyes parece,

y al noble proscrito ofrece
580

calma eterna en su quebranto.

LA DAMA

con afectada indiferencia.

Felices los reyes son,

y la muerte no desean.

DOÑA LEONOR
No es raro a veces se vean

perdidos por su ambición.
585

Ejemplo de esta verdad

es mi hermana, que conmigo

osa luchar, y el castigo

sufre de su terquedad.

Al rey su padre ofendió
590

por defender a su hermano,

y ella misma por su mano

sus cadenas se labró.

Vengar la ofensa traidora

hecha a un padre, que es el mío,
595

es mi deber, y aunque impío

me es fuerza cumplirlo ahora.

Bien sabe Dios que infeliz

me hace esta misión odiosa,

y fuera yo muy dichosa
600

o mi hermana muy feliz

si una de las dos muriera.

LA DAMA
¿Vos, reina de la hermosura,

de Francia gloria y ventura,

vos morir?...

DOÑA LEONOR
¿Extraño fuera?
605

¡Ay! yo te aseguro, Irene,

que si un alma bienhechora

de aquesta lucha opresora

a libertarme no viene,

sumergida en hondo duelo
610

verasme presto espirar.

LA DAMA
Debéis del cielo esperar

a vuestra ansiedad consuelo.

DOÑA LEONOR
Triste, en verdad, es vivir

esperando de contino,
615

cuando no hay otro camino

que el de matar o morir.

Oh, si un alma fuerte hubiera

que evitarme el sacrificio

quisiese, por tal servicio
620

oro y privanza le diera.

Pruebas en su acción vería

de amistad y de entereza,

y el poder y la riqueza

con ella compartiría.
625

LA DAMA
Feliz quien pueda, señora,

adivinar vuestro intento,

y amenguar el sufrimiento

que vuestro pecho devora.

¡Quién sabe! Tal vez hallar
630

logréis pronto el fiel amigo

que vuestro afán testigo,

venga el lazo a desatar

con que os liga suerte impía.

DOÑA LEONOR
Oh gracias: tú confianza
635

me inspiras, y de esperanza

inundas el alma mía.

Hora recoge este estuche,

y al guardarlo donde sabes

puedes conservar las llaves.
640

Ve pues: déjame que luche

a solas con mi ansiedad;

y, tranquila meditando,

mis planes vaya pesando.

LA DAMA
Señora, con Dios quedad.
645

   Cogió la dama el estuche

y al llevárselo consigo,

en doña Leonor los ojos

fijó con aire maligno.

Una mirada cruzaron
650

que mil secretos designios

revelaba, y mil proyectos

de venganza y de exterminio:

Y con siniestra sonrisa,

al verla alejarse, dijo
655

en voz baja la condesa:

«Creo que al fin me ha comprendido.»

Y doña Irene, mirando

el dorado botecillo,

así pensó al retirarse
660

del aposento sombrío:

«Saciar, oh noble condesa,

quieres tu afán vengativo;

fáltate el valor, y pides

un brazo que te dé auxilio...
665

Le hallarás; mas ten en cuenta

que tu secreto es ya mío:

Con él labro mi fortuna

y a mi voluntad te rindo.»

-III-

ANUNCIO CONSOLADOR

   Huyó la estación galana
670

de los plácidos amores;

del estío los ardores

desaparecieron ya:

y el dulce otoño velando

su faz en manto sombrío,
675

al soplo de invierno frío

triste alejándose va.

   Triste también doña Blanca

morir vio las gayas flores,

y tal vez de sus dolores
680

la imagen en ellas vio.

Y al contemplar que inclemente

el viento las deshojaba,

en su pecho desmayaba

la esperanza que abrigó.
685

   Y lágrimas derramando

les dijo así conmovida:

«Flores que perdéis la vida,

¿os volveré yo a encontrar?

Ayer os vi en mi ventana
690

ricas de gracia y colores,

hoy del cierzo a los rigores

la frente os miro inclinar.

   ¡Quién sabe! Tal vez mañana

tendré yo la misma suerte;
695

también herida de muerte

mi cabeza inclinaré.

¡Ay! vendrá la primavera,

y en nueva vida, olorosas,

tornaréis aquí dichosas,
700

mas yo nunca volveré.»

   Tal dijo: y luego la vista

en la ancha vega fijando,

largo tiempo meditando

en honda contemplación,
705

quedose cual muda estatua,

sin ver que el astro del día

lento ya su frente hundía

en la occidental región.

   Mas de su abstracción a poco
710

sacola extraño ruido,

que tres veces repetido

su pecho vino a turbar.

Y alejose de la reja

por averiguar la causa,
715

y con misteriosa pausa

entonces se oyó nombrar.

   -«¿Quién viene -dijo medrosa-

a turbar hora mi calma?»-

Y una voz le dice: -«Un alma
720

que vela en vuestra prisión.

Tomad, Señora, este aviso

que un buen amigo os envía:

No desmayéis, que ya el día

se acerca de salvación.»
725

   Acercose la princesa

a do la voz se escuchaba,

y un pliego vio que asomaba

de la puerta en el umbral.

Cogiolo, y al ver la firma
730

en él de su fiel Ramiro,

lanzando ardiente suspiro

exclamó: «¡Siempre leal!»

   Y del espirante día

a la claridad dudosa,
735

por la ansiedad temblorosa,

esto en el pliego leyó:

«Cuando sus primeros rayos

mañana muestre la aurora,

velad, mi reina y señora,
740

que a salvaros iré yo.

   Y conmigo otros leales,

en la desgracia probados,

vendrán también, denodados

a daros la libertad.
745

Parciales en el castillo

contamos a nuestro intento:

Llegó el ansiado momento,

Reina y señora, alentad.»

   Feliz Blanca se contempla
750

con lo que el pliego le augura,

que tan cercana ventura

nunca realizar creyó:

Mas sin poder el dominio

sufrir de emoción tan fuerte,
755

en un sitial cayó inerte,

y aletargada quedó.

-IV-

EL DOS DE DICIEMBRE DE 1464

   Rayaba ya la aurora

de tan nefasto y memorable día,

en que arrogante la maldad debía
760

luchar con la inocencia: era la hora

en que natura al Hacedor eleva

de gratitud un himno y de alabanza,

que un ángel puro hasta su trono lleva:

La grata hora en que el dormido mundo
765

despierta a la alegría,

y en que el mortal, henchido de esperanza,

nueva existencia a respirar se lanza

en torrentes de luz y de armonía.

   Aún en quietud profunda
770

de Orthez el pueblo todo se entregaba

al blando sueño, y sólo interrumpía

su sepulcral silencio, allá en la vega,

el canto prolongado

del labriego, que al campo conducía
775

desde la humilde choza su ganado.

   Mas al pie del rastrillo

del extenso y fortísimo castillo

de Moncada, se miran

llegar dos hombres, y el sonido a poco
780

de confusas palmadas

por tres veces repite el vago viento:

En breve resbalando la cadena

del levadizo puente,

al peso cruje que tenaz enfrena;
785

y sobre el foso la pasada mole

descansar en la piedra al fin se siente,

a un hombre dando paso

que en traje de escudero

en la puerta aparece del castillo:
790

-¿Estáis listo, Gontran? -de los de afuera

pregunta uno, al que en la sombra vaga

se adelanta del puente, al par llevando

la mano diestra al pomo de su daga.

-Mi palabra cumplí: la guardia toda,
795

al sopor de un narcótico rendida,

al sueño está entregada, y yo velando

hace un hora, Ramiro, que os espero:

De la prisión aquí tengo las llaves;

la ocasión es propicia, andad ligero.
800

   Dice Gontran, y súbito Ramiro

con su fiel compañero se adelanta,

en voz baja diciéndole:

-Don Nuño,

seguidme en pos, y estad apercibido,

por si este hombre a la traición vendido
805

aquí su voz o su puñal levanta.

   Y atravesando el levadizo puente

la ancha puerta después los tres salvaron,

y por estrecho caracol pendiente

de doña Blanca a la prisión llegaron.
810

   Con cautela Gontran abre la puerta

de aquella cárcel hórrida y sombría;

y en la triste mansión el paje y Nuño

del escudero en pos se precipitan.

   Triste silencio en derredor reinaba,
815

ni una voz, ni un suspiro allí se oía;

el eco en la alta bóveda repite

sólo el rumor de sus pisadas mismas.

   De ansiedad palpitantes se detienen,

en torno luego la mirada fijan,
820

y del alba naciente al rayo tibio,

que temeroso por la estrecha ojiva

en la prisión penetra, derramando

de azulado color luz indecisa,

a Blanca ven en el sitial, inmóvil,
825

y en blando sueño al parecer rendida.

   ¡Duerme! ¿Cómo la mísera al descanso

puede entregarse, por su mal tranquila,

en el supremo instante en que a salvarla

sus parciales intrépidos corrían?
830

Mas ¡ay, Blanca infeliz!...

Por un momento

volvamos, oh lector, atrás la vista,

y sabremos la causa de ese sueño

en que postrada yace y sumergida.

-V-

EL CRIMEN

   Después que la triste reina
835

por el pliego impresionada

en un sitial desmayada

y sin aliento quedó,

por el pasadizo estrecho

que a su prisión conducía,
840

apenas se extinguió el día

rumor de pasos se oyó.

   Y a poco giró la puerta

de aquella cárcel oscura,

y viose blanca figura
845

dibujarse en el dintel.

Era una dama; en su diestra

tallada copa traía,

su siniestra una bugía

y al brazo rojo alquicel.
850

   Adelantose, la estancia

con lentos pasos midiendo,

y el alquicel extendiendo

sobre un ancho velador,

   en él la luz y la copa
855

depositó en breve instante,

y de la reina delante

presentose con temor.

   -«¡Durmiendo, está! -pensó ella

al verla sin movimiento-,
860

Dios o el diablo este momento

me proporciona feliz.

Y aprovecharlo es prudencia...

Mas ¿será el sueño celada?

Si caigo en torpe desliz.
865

   Y a doña Blanca acercose

con cautela sigilosa,

y sorprendida y dudosa

al no oírla respirar,

-«¿será un desmayo o la muerte
870

a mí se habrá adelantado?

Dijo, y con pecho turbado

volviola luego a observar.

   -»Bien dije que estoy del Cielo

o de Satán protegida;
875

-murmuró ya convencida

de su desmayo cruel.-

Y es el momento oportuno

para quien su suerte aprecia,

y seré asaz torpe y necia
880

si no me aprovecho de él.»

   Y dorado botecillo

de extraño líquido lleno,

que oculto lleva en el sello,

con lenta mano sacó:
885

Lo abrió ansiosa, y en los labios

de la augusta desmayada,

trémula y apresurada

su contenido vertió.

   A poco, en febril acceso,
890

viose a Blanca temblorosa,

y la dama, recelosa,

temblaba acaso a la vez.

Mas presto pasó: sus ojos

quedaron fijos, y abiertos,
895

y el cuello y rostro cubiertos

de una mortal palidez.

   Por largo tiempo la dama

la estuvo audaz contemplando,

mas del velador tomando
900

la luz que trajo al llegar,

dirigiose hacia la puerta

con paso seguro y lento,

murmurando en bajo acento

la estancia al abandonar:
905

   -«¡Un crimen!... Bah, la privanza

será mi castigo eterno,

y si hay en verdad infierno,

condesa, iremos las dos.

Al fin cayó la paloma
910

de águila fuerte en la garra...

Ahora, reina de Navarra,

demanda justicia a Dios.»

   Tras de reto tan impío

partió la envenenadora,
915

muda calma aterradora

en breve reinando allí.

¡Pobre Blanca! infausta suerte

fue eternamente contigo,

y hoy mueres sin que un amigo
920

tierno vele junto a ti.

   Sí; mueres en el momento

en que dicha hallar soñabas,

e ilusiones halagabas

de próxima libertad.
925

Eras un ángel, y quiso

llevarte Dios a su lado...

¡Ay del corazón malvado

que osó herirte sin piedad!

-VI-

EL JURAMENTO

   Apenas en la estancia entró Ramiro
930

do halló a la reina al parecer dormida,

presentimiento horrible lo anonada,

y con pavor su corazón palpita.

   Hacia ella extiende tos convulsos brazos,

su extraña palidez trémulo mira,
935

y ante su helado, aterrador silencio,

inquieto a su pesar teme y vacila.

   «Venid, señora, presto -al fin exclama,

y con respeto al par la frente inclina-,

venid que ya la suspirada aurora
940

de la ventura en el oriente brilla.

   De vuestra cárcel las ferradas puertas

abiertas ante vos ora se miran;

tal vez en breve, oh reina, en vuestro solio

la vil traición contemplaréis vencida.
945

   ¡Venid presto, venid...!! -Mas, ah que vano

repite el paje, que a salir la excita,

«Venid, venid» inerte doña Blanca

su voz no escucha o su consejo esquiva.

   Con ansiedad creciente a ella se acerca,
950

luego los ojos en los suyos fija...

Inmóviles sus ojos no responden

a sus miradas cual en otros días.

   Toca su mano, ¡ay Dios!... también su mano

sin movimiento está, pálida y fría;
955

y de espanto y dolor sobrecogido,

«¡ay, muerta, muerta!» horrorizado grita.

   De Ramiro a la voz Gontran y Nuño

se acercan presurosos, y la vida

intentan devolver a la infelice
960

víctima triste de infernal perfidia.

   ¡Esfuerzo inútil!... El tremendo golpe,

fruto cruel de infame hipocresía,

seguro descargó con diestra mano,

triunfando la maldad de la justicia.
965

   «¡Muerta!... ¡muerta!» -los tres, dolientes, dicen,

y sus voces del eco repetidas,

«¡muerta! ¡muerta!» se escucha en lontananza

por los patios y extensas galerías.

   Mudos ayes, sollozos comprimidos
970

suceden a sus gritos de agonía,

mas la frente elevando el noble paje,

que al peso estuvo del dolor rendida;

   su diestra hacia el cadáver extendiendo,

y llamas de furor de sus pupilas
975

trémulo destellando, así murmura

con apagado acento y faz altiva:

   -«Ilustre reina, víctima infelice

de la traición más negra y más inicua,

ante tus nobles restos yo te juro
980

tus agravios vengar, tu muerte impía.

    Sí: vengada serás: el mismo Cielo

de insólito valor mi pecho anima:

Yo seré de la justa Providencia

el brazo vengador que el rayo vibra.
985

   ¡Ay de tus asesinos! Ni una hora

tras de su crimen gozarán tranquila,

y el fruto al recoger de sus maldades

con su esperanza perderán la vida.»

   Así dijo; y su frente descubriendo,
990

y sumiso doblando la rodilla,

con amoroso afán, por vez postrera

de su reina en la mano inerte y fría

un ósculo imprimió, triste regándola

al par con una lágrima furtiva.
995

   Ayes del corazón lanza don Nuño,

trémulo llega y a Ramiro imita,

y Gontran conmovido al contemplarlos

sin poderse vencer también suspira.

   Vívido el sol alzábase en oriente
1000

y ya la estancia con su luz teñía,

y aún el mísero anciano y el buen paje

silenciosos allí permanecían.

   Mas Gontran, temeroso, «huid» -les dice-;

«si descubiertos sois perdéis la vida,
1005

y a mí también entonces cruel castigo

airada la condesa me impondría.

Muy tarde es ya, partid...»

«Oh, sí, partamos»,

Ramiro exclama, y a don Nuño excita

presuroso a partir, del escudero
1010

al par saciando la genial codicia.

   -«Tomad» -le dice, y de sonante oro

una bolsa en sus manos deposita-,

«éste, Gontran, el precio es del servicio

que tan inútil fue; mas si la impía
1015

suerte se opuso a nuestros nobles planes,

aún resta que vengar la ilustre víctima.

Ya mi cómplice sois; la suerte vuestra

a mi suerte por siempre queda unida:

Premio doy al leal: a los traidores...
1020

Guardaos, Gontran, de la venganza mía.»

   Y conduciendo hacia la puerta a Nuño,

que lleva el alma de dolor transida,

y que espirante y sin aliento marcha

apoyado en el brazo de su guía,
1025

con él se aleja del fatal castillo

y en las calles se interna de la villa,

en tanto que sus últimas palabras

a sus solas Gontran pesa y medita.

   Pocas horas después el pueblo todo
1030

a la mansión condal raudo llegaba,

por admirar el fúnebre aparato

que en la regia capilla

de los condes de Fox se contemplaba.

   Sobre enlutado catafalco airoso,
1035

del arte maravilla,

rico en blasones, donde el oro brilla,

y de cien y cien luces rodeado,

de la que fue en el mundo

soberana del reino de Navarra
1040

el noble cuerpo vese levantado.

Con silencio profundo

la multitud escucha

de los ministros del altar las preces,

y lágrima furtiva
1045

derrama compasiva,

o doliente suspiro exhala a veces:

Que aun en tierra extranjera

hay nobles almas que la muerte aciaga

lamenten de la augusta prisionera.
1050

Sí; que do quier que la piedad derrame

los rayos de su luz esplendorosos,

pueblo cristiano existirá que aclame

los puros sentimientos generosos.

   Llorad, llorad, sensibles corazones,
1055

a la más desdichada de las reinas;

y cuando oculte sus augustos restos

la losa funeraria,

entre puras y santas emociones

de vuestros labios brote una plegaria.
1060

Sí, llorad; que es el llanto

manantial fecundo de consuelo;

y la oración el himno sacrosanto

que une la tierra con el almo Cielo.

-VII-

PROYECTOS DE VENGANZA

   El año mil cuatrocientos
1065

setenta y nueve corría;

y era el día veinte y ocho

de Enero, según publican

de Navarra los anales,

cuando las Cortes reunidas
1070

en Tudela, proclamaban

al eco de ardientes vivas

a la condesa de Fox

por soberana legítima

del reino, y con grave pompa,
1075

en la suntuosa basílica,

la real diadema a su frente

el obispo le ceñía,

no sin que antes jurase

ante el altar de rodillas,
1080

la mano en los evangelios,

con frase clara y concisa,

guardar los fueros antiguos

de merindades y villas.

   Entregábase Navarra
1085

a la más loca alegría,

que de don Juan el segundo

la muerte no fue sentida,

y aún de sus leyes crueles

muchos el peso sufrían,
1090

y de su venganza otros

presagiaban nuevas víctimas.

Y aunque la altiva condesa

no era del pueblo querida,

con vítores a su paso
1095

entusiasta la acogía,

que, ansioso de novedades,

siempre el pueblo felicita

al rey entrante, y al muerto

con facilidad olvida.
1100

   Mas de las fiestas gozando,

entre flores y armonías,

a la multitud dejemos,

que veloz se precipita

de Tudela por las calles
1105

tras la carroza magnífica

en que va la nueva reina,

llena de inefable dicha,

los aplausos escuchando

y las músicas festivas,
1110

a cuyo son mil cantares

alusivos se improvisan

y mil danzas placenteras,

vistosas aunque sencillas:

Y huyendo de aquella atmósfera
1115

de embriagadora alegría,

de la ciudad a un extremo

fijemos luego la vista,

y el umbral atravesando

de un pobre mesón, que a orillas
1120

del raudo Queiles se alza

solitario, en la campiña

fertilísima y riente

que se prolonga hasta Oblitas,

en un oculto aposento,
1125

do apenas la luz del día

por estrecha claraboya

penetra dudosa y tímida,

de un ancho hogar a la lumbre,

sentados en toscas sillas,
1130

dos hombres encontraremos

que en ocasiones distintas

figuraron en las páginas

de esta narración verídica.

Es uno de ellos Ramiro
1135

y el otro Gontran: en íntima

plática así departen,

ora en calma, ora con ira:

GONTRAN
   Recibí un mensaje vuestro

y fiel he estado a la cita.
1140

RAMIRO
   Vuestra exactitud me place;

y compensaciones dignas

os guardaré, si accedéis

a lo que de vos exija.

Que aunque pasó largo espacio
1145

sin vernos, y aunque noticias

en quince años no hubisteis

de mi persona, en Castilla,

do estuve tan largo tiempo,

siempre en memoria os tenía,
1150

que soy noble, y nunca olvido

beneficios que reciba.

GONTRAN
   Decir de vos yo pudiera

otro tanto, que crecida

recompensa a mis servicios
1155

disteis con mano propicia.

RAMIRO
   Pues de vos depende hoy

tener otra aún más cumplida,

y que poseedor os haga

de riquezas infinitas.
1160

GONTRAN
Declarad pues sin rebozo

lo que debo hacer...

RAMIRO
Sencilla

es la cosa, aunque arriesgada;

mas antes que franco os diga

mis proyectos, anunciaros
1165

debo sucesos que explican

mi conducta, y que a servirme

con eficacia os obligan.

GONTRAN
Os escucho.

RAMIRO
¿Recordáis

que vengar la muerte inicua
1170

de doña Blanca os propuse

en aquel infausto día

en que intentamos salvarla?

GONTRAN
   Aún vuestras palabras mismas

recuerdo...

RAMIRO
Feliz memoria
1175

tenéis, Gontran, a fe mía,

y vuestras promesas ella

de repetiros me evita.

Vengar juré a doña Blanca

de los malvados que en vida
1180

inicuos la maltrataron

con infame alevosía,

y la justa Providencia

la empresa me facilita:

Al padre cruel los rayos
1185

lanzole de su justicia,

y el rey que llamaban Grande,

que ciñó a su frente altiva

seis coronas, sin amigos

murió, cual morir podría
1190

el último de sus súbditos,

en la situación más mísera.

También al pérfido esposo

su santa mano castiga,

que infamia y celos devora
1195

entre asechanzas continuas,

y con el tormento muere

de ver su estirpe extinguida.

Resta tan sólo la hermana...

La cruel ahora tranquila
1200

goza de su negro crimen,

coronada y aplaudida...

Mas no será, que si el Cielo

aún no lanzó de su ira

sobre ella el tremendo rayo,
1205

es, Gontran, porque está escrita

en mi empresa su sentencia,

y a la venganza me anima,

que a nuestro valor y audacia

el justo castigo fía.
1210

GONTRAN
   ¡Un crimen!... Oh, no esperéis

que ya en tal proyecto os siga.

RAMIRO
   ¡Pardiez! con esos escrúpulos

parecéis monja novicia,

y contrastan lindamente
1215

con vuestra conducta antigua.

GONTRAN
   Siento en verdad ofenderos

con mi tenaz negativa,

mas...

RAMIRO
¡Vive Dios, que ya basta

de dolo y de hipocresía!
1220

¿Queréis que os tenga yo ahora

por un santo cenobita?

Pesad bien lo que os propongo

en vuestra conciencia íntima:

Si mi proyecto aceptáis,
1225

los bienes que adquirí un día

en la noble y justa guerra

que a Navarra hizo Castilla,

con un título de conde

que heredé de mi familia,
1230

vuestros son: mas si insensato

burléis la esperanza mía,

Gontran, requerid la espada,

porque o me quitáis la vida,

u os mato yo, y de venderme
1235

os evito la ignominia.

GONTRAN
   Tentadora es la propuesta,

y necio en verdad sería

si entre dar una estocada

y exponerse a recibirla,
1240

o ser conde y tener rentas

y posesiones magníficas,

eligiese lo primero

por una lealtad mentida.

RAMIRO
¿Con que aceptáis?

GONTRAN
Sí, que acepto.
1245

RAMIRO
   Así, Gontran, os quería.

GONTRAN
Mas ¿qué debo hacer?

RAMIRO
Oídlo:

¿No sois vos el que hoy habita

la estancia, al departamento

de doña Leonor contigua?
1250

GONTRAN
Yo soy.

RAMIRO
De vuestra privanza

con placer tuve noticia.

GONTRAN
A extraña suerte la debo;

que hace dos meses que iba

acompañando a la reina
1255

a caza de montería,

y de una fiera al mirarse

en el bosque acometida,

pidió auxilio; con mi arrojo

librela de ser su víctima,
1260

e hízome su maestresala,

de mi acción agradecida.

RAMIRO
Bien está: ved ahora como,

para el plan llevar a cima,

me ocultáis en vuestra estancia
1265

sin que nadie lo perciba.

Y puesto que vos estáis

encargado de asistirla,

sólo os exijo que antes

de servirle la comida,
1270

lleguéis a hablarme un momento,

y... no faltéis a la cita.

GONTRAN
Comprendo.

RAMIRO
Bien; pues si os place,

fijadme la hora precisa

y el lugar en que aguardaros
1275

deba yo.

GONTRAN
Pues que propicia

es la ocasión, porque ausentes

la reina y su comitiva

hora están de la morada

que en esta ciudad habitan,
1280

venid pues, que entre el estruendo

que a la multitud anima,

llegaremos al palacio

sin que nos sigan la pista;

y allí por oculta puerta
1285

cuya llave me confían,

sin peligro llegaréis,

Ramiro, a la estancia mía.

RAMIRO
Pues no hay que perder momento:

Audacia y cautela os sirvan.
1290

GONTRAN
Seguidme, y estad tranquilo,

que en ello juego la vida.

   Y ciñendo la espada al ancho cinto

del tosco hogar entrambos se apartaron,

y abandonando en breve aquel recinto
1295

raudos a la ciudad se encaminaron.

-VIII-

LA EXPIACIÓN

   El astro rey de los astros

trece veces alumbró

desque Gontran y Ramiro,

en el oscuro mesón,
1300

en misteriosos contratos

se convinieron los dos;

y Tudela en este tiempo,

de las fiestas al rumor,

como el campo en primavera
1305

alegre siempre se vio.

Cubrieron sus calles todas

flores y ramas de olor;

arcos se alzaron triunfales

de adornos con profusión;
1310

y ni balcón ni ventana,

ni elevado mirador,

viose libre de curiosos

mientra el bullicio duró.

   Mas los festejos tocaban
1315

por fin a su conclusión:

Era el día postrimero

y el pueblo con más ardor

por las plazas y las calles,

en revuelta confusión,
1320

cual desatado torrente

lanzábase sin temor,

siempre anhelante y curioso

del vano placer en pos.

   Ante la regia morada
1325

ancho palenque se alzó,

do la nobleza pudiera

gala hacer de su valor.

Balcones y galerías

poblaban en confusión,
1330

junto a la elegante dama

el dignatario de pro,

junto al barón o el hidalgo

algún juez perquiridor.

Y en extensa gradería,
1335

de asientos sin división,

los pecheros y soldados

y el escudero hablador,

con el rufián y la dueña

confundidos en montón,
1340

el sitio se disputaban

por conseguir el mejor.

   Y los jueces del torneo,

en blasonado balcón,

que ante el concurso se eleva
1345

y cercan en derredor

hombres de armas y heraldos,

acuartelado escusón

ostentando en sus dalmáticas

de abigarrado color,
1350

dan sus órdenes y esperan,

de pie, con viva atención,

que el áureo sitial ocupe

la reina doña Leonor.

   En tanto crece entre el pueblo
1355

la algazara y confusión,

y no falta algún osado

y arrogante justador,

entre la altiva nobleza

que a lidiar se preparó,
1360

que critique la tardanza

y el orden de la función;

y al ver que al pasar las horas

del pueblo crece el rumor,

más su impaciencia demuestra
1365

en sagaz murmuración.

   Más súbito en el palenque

un heraldo apareció,

y de trompas y atabales

al inarmónico son,
1370

silencio impuso al concurso,

y en voz alta pregonó:

   «Por mandato de su alteza

la reina, que guarde Dios

-y al pronunciar estos nombres
1375

la frente al suelo inclinó-,

los torneos y las justas,

de la belleza en honor,

que por final de estas fiestas

el real cartel anunció,
1380

quedan sin efecto; y quiere

su alteza, sin dilación,

que yo, su heraldo de armas

y su humilde servidor,

así publique esta orden
1385

e intime su ejecución,

al noble como al pechero,

al siervo como al señor,

que acatarla todos deben

de clase sin distinción.»
1390

   Dijo; y de nuevo el sonido

de las trompas se escuchó;

mas esta vez lo ahogó al punto

el murmullo atronador

del pueblo, que no esperaba
1395

tan extraña solución.

   Cada cual sucesos raros

inventaba a su sabor,

del misterio de la orden

dando la interpretación:
1400

Quién con Castilla juzgaba

que nueva guerra estalló;

otro de diez mil franceses

soñaba con la invasión;

y no faltó alguna vieja,
1405

que, con misteriosa voz,

a su vecino anunciase

del mundo la conclusión.

Mas poco a poco el concurso

el palenque abandonó:
1410

La noche con sus tinieblas

en silencio aterrador

trocó el alegre bullicio

que en Tudela antes reinó.

Tal de la vida a la muerte
1415

es la horrenda transición.

   Suspendiéronse las fiestas

del pueblo tan anheladas,

que aqueja dolencia grave

a la reina de Navarra,
1420

y en la ciudad no hay doctores

que consigan aliviarla.

Mil medios nunca empleados

en vano la ciencia ensaya;

pobre es la ciencia si ignora
1425

de la enfermedad la causa.

Y ya los médicos dudan

y desconfían salvarla

de la muerte, y le aconsejan

que piense en Dios y en su alma.
1430

Resuenan con eco triste

en la iglesia las campanas,

al clero y al pueblo todo

invitando a las plegarias.

Mas, ah, que en vano al Eterno
1435

cantos de piedad se alzan,

que en tanto avanza la noche

más doña Leonor se agrava,

y ya los auxilios pide

de nuestra Fe sacrosanta.
1440

El alto clero y los nobles

ocupan la extensa cámara,

contigua a la estancia regia

en que Leonor de Navarra,

ante la eterna Justicia
1445

postra su soberbia vana.

El estertor de la muerte

su respiración embarga;

tiembla al pensar en sus crímenes

cuando del mundo se aparta,
1450

y que a Dios debe dar cuenta

de su conducta pasada.

Al pie de su lecho en tanto

preces el obispo alza,

encomendando al Eterno
1455

de la regia enferma el ánima.

Reina silencio profundo,

y la ansiedad se retrata

de los nobles circunstantes

en las inciertas miradas;
1460

que en presencia de la muerte

todas las pasiones callan,

y sólo la idea surge

de nuestra mísera nada.

«Ayer Leonor, venturosa,
1465

en su triunfo se gozaba,

y a su frente, audaz, ceñía

la corona de su hermana:

Hoy herida por el rayo

de la divina venganza,
1470

muere cuando ansiosa el fruto

de sus maldades tocaba.»

Tal a la mente de todos

este pensamiento asalta,

que siempre el crimen oculto
1475

se adivina aunque se calla.

   Veloz el tiempo corría,

y ya en la iglesia inmediata

el toque de media noche

al aire dio la campana,
1480

cuando el prelado saliendo

a la puerta de la estancia,

la reina ha muerto, con grave

eco, que el pesar embarga,

dice a la corte, y el noble
1485

condestable de Navarra,

tres veces la voz repite

por las regias antecámaras.

Confuso rumor entonces

se eleva del viento en alas,
1490

y el grito de ¡viva el Rey!

entre el murmullo se apaga.

Que nadie del nuevo príncipe

felicidades aguarda;

y muchos presagian guerras,
1495

y todos males presagian.

   Así don Francisco Febo

a reinar entró en Navarra,

y este presagio cumplido

contempló Europa asombrada;
1500

que con él finó su reino,

y en él se extinguió su raza.

   El sol del siguiente día

en el ocaso rayaba,

cuando con grave silencio
1505

y con pompa desusada,

fúnebre cortejo viose

de cortesanos y damas,

que, precedido del clero,

en dos filas ordenadas,
1510

de Tudela la campiña

lentamente atravesaba,

de inmenso pueblo seguido,

en dirección de Tafalla.

   En enlutada litera,
1515

sin vida se contemplaba

a la que ayer aplaudida

del pueblo, y victoreada,

de altos y preclaros reyes

en el trono se sentaba.
1520

A su voz de triunfo uniéronse

las funerales plegarias...

Subió al solio por un crimen;

por otro al sepulcro baja:

Quince días reinó sólo;
1525

murió al tocar lo que ansiaba...

¡Cuán efímera es la dicha

que por el crimen se alcanza!

   Hay en Tafalla un convento

de franciscanos morada,
1530

si por sus recuerdos célebre

imponente por su fábrica.

La enlutada comitiva

a sus puertas se adelanta,

al fúnebre son del címbalo
1535

y de religiosas cántigas.

Llega al santuario trémula:

Contempla la tumba avara

pronta a recibir los restos

de la reina de Navarra...
1540

Ya dentro de ella los mira;

cae la losa funeraria,

y breve salmodia luego

se pierde del viento en alas.

   Todo acabó. Murió el día,
1545

y la iglesia solitaria

se contempla y pavorosa

a la luz de tenue lámpara.

Mas oculta en las tinieblas

dibújase sombra humana:
1550

Es un hombre: su faz lívida

cubra con su negra capa,

pero a través del embozo

de sus ojos rayos lanza.

Un punto fija la vista
1555

en la tumba abandonada,

y con sonrisa siniestra

así murmura en voz baja:

«¡Vencí!... que del fuerte a veces

triunfa el débil, con audacia.
1560

Y tú, Blanca, flor hermosa

por mano aleve cortada,

hoy ángel de luz divino

de Dios en la excelsa estancia,

la vista a la tierra vuelve,
1565

que estás, reina, bien vengada.»

   Y la iglesia abandonando

con silenciosas pisadas,

protegido por las sombras

alejose de Tafalla.
1570

-IX-

EL PEREGRINO

   La noche avanza: tras el alto cerro

ocúltase veloz el rey del día,

matizando a su paso los celajes

de púrpura y de oro en suaves tintas.

Ya de la tarde el cándido lucero
1575

como faro en el mar fúlgido brilla,

sus puros resplandores reflejando

las claras ondas del Jordán tranquilas.

Reina triste silencio: es esa hora

en que natura al parecer dormita;
1580

es esa hora de misterios llena

en que el mortal ante su Dios se inclina.

   Allá en la falda de escarpado monte,

a la luz del crepúsculo rojiza,

se ve a Jerusalem, la ciudad santa,
1585

la del Rey de los reyes escogida.

Allí la palma solitaria crece

junto a sus viejas torres derruidas,

y el euro pasa, y al pasar la besa,

y entonces ella con amor suspira.
1590

Allí en la tarde de aterido invierno,

entre la niebla vagarosa y fría,

destácase del Gólgota la cumbre,

cual un fantasma de ilusión fatídica.

Y allí está el templo que la sacra tumba
1595

guarda del Salvador: el alma pía,

al ver sus muros, que la edad respeta,

de amor sagrado y de placer palpita.

   ¡Jerusalem! ¡Jerusalem!... Tu nombre

repito al son de mi inacorde lira:
1600

¡Oh! si pudiera respirar el aura

tibia y suave que el Jordán te envía;

si esos tus viejos, carcomidos muros

lograra contemplar ante mi vista,

elevando mi espíritu hasta el Cielo
1605

humildoso ante ti me inclinaría.

   Por los valles un tiempo florecientes,

áridos hoy, que ostenta Palestina,

anciano peregrino se encamina

con lento paso a la oriental Sión.
1610

Su triste faz revela hondos pesares:

Blanca es su barba, y su cabello cano;

y al caminar, con temblorosa mano

busca seguro apoyo en su bordón.

   Por la edad agobiado y los dolores,
1615

su pálido semblante inclina al suelo,

mas alza a veces la mirada al cielo,

buscando alivio a su aflicción allí.

Y de la tarde al rayo moribundo

al ver los muros del Sepulcro Santo,
1620

postrado en tierra y anegado en llanto,

con viva fe cristiana exclama así:

   «¡Gracias, gracias, Señor! Al fin piadoso

concedéis lenitivo a mis pesares,

pues contemplar me es dado estos lugares
1625

que vuestra sangre divina regó.

¡Perdón, Dios de bondad! Grande mi crimen

fue, y más grande mi estúpida ignorancia:

Fui regicida, y dije en mi arrogancia

que vuestra santa mano me guió.
1630

   Amor y orgullo, con tenaz porfía,

de la senda del bien me separaron,

y en mi agitado espíritu engendraron

bárbara audacia y criminal rencor.

Mas vos, que en lo recóndito del alma
1635

adivinar podéis el pensamiento,

sabéis, Señor, cual fue mi sufrimiento,

cuan inocente y puro fue mi amor.

   ¡Ay! por Blanca sentí pasión tan ciega

que nadie amar cual yo podrá en el mundo,
1640

mas de mi triste pecho en lo profundo

tan insensato amor supe ocultar.

Ella mi reina fue, yo su vasallo;

ahogar debí por siempre este delirio,

sin que el afán pudiese ni el martirio
1645

de su infeliz Ramiro adivinar.

   Señor, por tan inmenso sacrificio,

por el dolor profundo de mi alma,

haced que sienta la apacible calma

que en mi carrera criminal perdí.
1650

Y tú, Blanca gentil, ángel divino,

si en la etérea mansión tienes tu asiento,

une a mi voz tu celestial acento,

y de Dios el perdón halle por ti.»

   Dijo: y el astro que preside al día
1655

su postrimero rayo dio a su frente,

y aureola de luz resplandeciente

pareció de sus sienes irradiar.

Alzó de nuevo al cielo la mirada...

Su faz brilló sin sombras de tristura,
1660

que acaso Dios desde la excelsa altura

quiso su acerba angustia mitigar.

   Y con paso más firme, aunque pausado,

animoso siguiendo su camino,

viose desparecer al peregrino
1665

tras las viejas murallas de Sión.

Allí de hinojos ante el ara santa

acatará de Dios la omnipotencia...

¡Señor, Señor, muy grande es tu clemencia!...

¡Feliz él si consigue tu perdón!
1670


Elvira de Ledesma

Leyenda tercera

A mi buen amigo el distinguido literato Señor Don Gonzalo Segovia y Ardizone, en prueba de consideración y aprecio

INTRODUCCIÓN

   En las márgenes del Turia,

no muy lejos de Valencia,

ha siglo y medio se alzaba

en una risueña vega

un almenado castillo,
5

en cuyas ferradas puertas

ostentábase el escudo

de una casa solariega.

Triste memoria de un tiempo

en que el feudalismo era
10

un poder más respetado

que de los reyes la alteza,

este edificio sombrío,

con sus torres, sus almenas,

y sus góticas ventanas
15

que guardaban fuertes rejas,

mil historias de combates,

de invasiones y de guerras,

de doncellas y de amores

y de fantasmas sangrientas,
20

tal vez recordar hacía

al viajero que en la amena

margen del Turia un momento

detenía su carrera,

por contemplar las murallas
25

de esta antigua fortaleza.

Grietas cubiertas de musgo

y de trepadora yedra

en sus muros indicaban

del tiempo la dura huella,
30

o más bien el abandono

del hidalgo que viviera

en esta mansión llamada

el castillo de Ledesma.

Ya cruzar no se veían
35

por detrás de sus almenas

ni soldados, ni escuderos,

ni pajecillos, ni dueñas:

Y a la voz no se escuchaba

del nocturno centinela;
40

sólo el monótono canto

de solitaria corneja,

que de la torre en la altura

daba al viento sus querellas,

de la noche interrumpía
45

el silencio por la vega.

Tal vez al incierto rayo

de la luna macilenta,

los sencillos habitantes

de las vecinas aldeas
50

gigante espectro juzgaban

ver del Turia en la ribera,

que vagaba silencioso

por los prados y las selvas,

despareciendo a la aurora
55

del castillo tras la puerta.

Hoy de este edificio triste,

fantasma de la edad media,

mudos vestigios, ruinas

informes tan sólo restan.
60

Mas los ancianos pastores

de la comarca, recuerdan

una aventura que oyeron

contar en su edad primera,

que diz pasó en el castillo
65

allá por la misma época

en que la nación Hispana,

por alcanzar la diadema

al gran Carlos de Borbón,

llevó a Nápoles la guerra;
70

aventura misteriosa

que de sombría tristeza

llenó mi alma al oírla

referir por vez primera.

Benigno, lector, acógela,
75

y ojalá mi suerte sea

tan feliz, que interesarte

pueda un momento con ella.

Y por si dudas acaso,

oh lector, de su certeza,
80

te anuncio que yo la tengo

por exacta y verdadera:

Si es mentira otro la dijo,

yo descargo mi conciencia:

A mí así me la contaron,
85

y cuento lo que me cuentan.

-I-

LA PROMESA

   Es una noche bella y misteriosa

de la apacible y grata primavera:

La brisa vagarosa

rizando va del Turia la corriente,
90

y al cruzar por el valle, blandamente

el cáliz besa de las gayas flores.

En las tranquilas ondas reverbera

la blanca luna, que en el cenit brilla,

convidando al placer y a los amores:
95

A sus inciertos rayos, de Ledesma

descúbrese el castillo,

do reina triste y sepulcral silencio.

Libre entrada a su puerta da el rastrillo

que en otro tiempo valladar seguro
100

fuera del vigilante centinela,

y tras del tosco, inexpugnable muro

todo parece repasar en calma:

Ni un rumor se percibe, ni un acento,

que sólo escucha con temor el alma
105

allá en sus torres murmurar el viento.

Mas una luz incierta, vacilante,

en una de sus góticas ventanas

trémula brilla: a su fulgor escaso

una mujer se mira que anhelante
110

alza sus ojos con afán al cielo,

contemplando la luna que al ocaso

entre densos vapores ya se inclina:

Dirígelos después en su desvelo

con empeño tenaz a la colina
115

do la senda se oculta

que al castillo conduce por la vega,

y al ver que el campo soledad respira,

en tristes pensamientos se sepulta,

y abandonada a su dolor suspira.
120

   Mas súbito aparece en lontananza,

por alazán brioso conducido,

gallardo joven, que gentil ostenta

firme apostura y militares galas:

Más que el viento ligero
125

saltando va las zanjas atrevido;

a la carrera por el valle avanza,

y si enfrena un momento al noble bruto

con nuevo ardor a galopar se lanza.

Y llega; salva el puente,
130

y detiénese al pie de la ventana;

y tal con voz sentida se dijeron

el doncel y la triste castellana.

EL JOVEN
Perdonadme, Elvira bella,

si a mi pesar he tardado;
135

es mi deber de soldado

tan cruel como mi estrella.

LA DAMA
Ahorrad disculpas, don Diego,

y confesad sin rubor

que en tanto apreciáis mi amor
140

como una carta en el juego.

Sola y triste, aquí alejada

del mundo, paso la vida,

como la flor escondida

y con desdén olvidada.
145

De mi padre al pie del lecho,

todas las horas contando,

mis días huyen, aumentando

las angustias de mi pecho;

en tanto que acaso vos,
150

corriendo tras los placeres,

en brazos de otras mujeres

me olvidáis.

EL JOVEN
Callad por Dios.

¿Quién por ventura os amara

cual yo os amo, Elvira mía?
155

Es vuestro amor mi alegría;

vuestro desdén me matara.

Mas ¡ay! que el placer que siento

junto a vos, mi dulce amiga,

pronto la suerte enemiga
160

lo trocará en sufrimiento

LA DAMA
¿Qué decís?

EL JOVEN
Ah, sí; mañana

debo partir a la guerra:

Italia será la tierra

do la hueste castellana,
165

de valor haciendo alarde,

probará a los extranjeros

que entre españoles guerreros

no existe un solo cobarde.

LA DAMA
Erais niño todavía
170

y ya en lid cruenta, horrorosa,

vuestra sangre generosa

prodigabais a fe mía.

¿Cuál es, cuál, la dura ley

que en lazo fatal os liga,
175

y a abandonarme os obliga?

EL JOVEN
La voluntad de mi rey.

Yo defenderle el primero

de sus contrarios juré,

y en Aragón peleé
180

como cumple a un caballero.

Allí a las voces sagradas

de «Patria y Felipe quinto»,

lanzábame al laberinto

de las huestes coaligadas.
185

Y del archiduque en vano

fue el empeño y fiera saña:

Rechazole altiva España

con desprecio soberano.

Mas contraria al fin la suerte
190

me fue en Zaragoza un día,

caí herido, Elvira mía,

y por vos temí la muerte.

Triste en el lecho postrado

lo que sufrí bien sabéis...
195

LA DAMA
Por piedad; no recordéis

nuestro terrible pasado.

Él aumenta mi pesar

hora que rudos azares

lejos de los patrios lares
200

queréis de nuevo arrostrar.

Tiemblo por vos.

EL JOVEN
Temor vano:

El cielo valor me inspira,

y vuestro amor, tierna Elvira,

me da aliento sobrehumano.
205

Pero muy larga mi ausencia

será tal vez, y recelo

que vuestro amoroso anhelo

quizá se entibie.

LA DAMA
Creencia

es esa indigna de vos...
210

De mi afecto os di ya muestra,

y os dije que a no ser vuestra,

esposa seré de Dios.

¿Dudáis de mí?

EL JOVEN
No, mi vida;

tranquilo, feliz me siento;
215

mas ¡ay! que el fatal momento

se acerca de mi partida.

Que vine aquí sin licencia

y del rey temo el rigor:

Adiós, pues; al nuevo albor
220

tengo que hallarme en Valencia.

LA DAMA
¿Tan pronto os vais?

EL JOVEN
Sí, el camino

debo emprender, se hace tarde:

Elvira, que el Cielo os guarde.

LA DAMA
¡Cuán iracundo el destino
225

se muestra para los dos!

¡Oh! volved pronto, don Diego.

EL JOVEN
Que no me olvidéis os ruego.

LA DAMA
Esposa vuestra o de Dios.

   Alejose el doncel; con faz doliente
230

le vio desparecer la castellana:

Reinó el silencio, y pura y esplendente

brilló la aurora en la gentil mañana.

-II-

DOÑA ELVIRA

   Pasó el verano: con su niebla umbría

el invierno se acerca presuroso,
235

ahuyentando del campo la alegría

al embate del ábrego furioso:

Perdida ya la pompa y lozanía

contémplase del álamo frondoso,

y tórnase el arroyo transparente
240

en cenagoso y rápido torrente.

   Ya no se escuchan en la fértil vega

del viñador los plácidos cantares;

ni el alegre murmullo de la siega,

ni la alondra trinar en los palmares:
245

Ya el rumor no se siente con que juega

el aura entre los olmos seculares;

sólo triste, cual fúnebre lamento,

óyese el silbo de huracán violento.

   A su empuje tremendo y poderoso
250

las copas de los pinos sacudidas,

en sublime concierto misterioso

parece que responden conmovidas:

Las nubes en tropel impetuoso

acrecen en el éter suspendidas,
255

cubriendo en breve con su denso velo

el puro azul del dilatado cielo.

   Y ora en airoso pabellón flotante

bellas se extienden por la excelsa cumbre,

ya cual las olas del soberbio Atlante
260

avanzan en confusa muchedumbre;

o ya cual fiero ejército pujante,

luchando van, y con sulfúrea lumbre

las hiende el rayo, y por su oculto seno

ronco retumba rebramando el trueno.
265

   Cuadro de inmensa majestad sublime

que vi siempre de asombro enajenado,

y que terror al corazón imprime

del hombre que a su Dios tiene olvidado:

Tal vez el mundo, que doliente gime
270

en fratricidas luchas empeñado,

a tan tremenda aparición sombría

cesa un momento en su discordia impía.

   Tú eres, oh Invierno, la estación que ofrece

al corazón más hondas impresiones,
275

y en ti mira anhelante el que padece

la imagen de sus muertas ilusiones.

Cuando el sol a tu influjo se oscurece

y rugen los temibles aquilones,

con nuevo afán, en desusado vuelo,
280

elévase mi espíritu hasta el Cielo.

   Sí, que en las graves horas de amargura

allí buscando amor y nueva vida,

olvidando feliz la tierra impura

sueña quizá con su mansión querida.
285

Tal vez de Dios la imagen se figura

por arcángeles bellos sostenida;

tal vez allí de inspiración ardiente

halla la pura y misteriosa fuente.

   Mas, ¡ay! ¿adónde se eleva
290

mi atrevido pensamiento,

que olvido en este momento

de doña Elvira el dolor?

¡Doña Elvira!... Triste y bella

flor del viento combatida,
295

que va perdiendo la vida

al recuerdo de su amor.

   Pasa el tiempo, y la infelice,

esperando día tras día,

comprende que la alegría
300

nunca podrá recobrar.

En vano la vista tiende

por la vega solitaria,

y entona triste plegaria...

¡Es su destino esperar!
305

    Esperar sin que una nueva

feliz y consoladora

de aquel a quien su alma adora

dé alivio a su corazón.

¡Triste Elvira! ama a don Diego
310

y él causa su desventura,

que su silencio le augura

o su muerte o su traición.

¡Oh vosotras las que amáis

y de vuestro bien perdido
315

o de un esposo querido

la ausencia lloráis quizá!

Vosotras pudierais sólo

de la hermosa castellana

comprender la angustia insana
320

que consumiéndola va.

   Sola y triste allá en la torre

de su hogar, la pobre niña,

contemplando la campiña

y del otero el confín;
325

o bien de su padre al lado,

paz brindándole y consuelo,

vive en amargo desvelo

sin ver de su pena el fin.

   Tierna avecilla que llora
330

al amante compañero

que despiadado y artero

le robara el cazador;

¿de qué le sirve la vida

si en vez de lozanas flores
335

halla abrojos punzadores

en su perpetuo dolor?

   En vano tiende la vista

por la vega solitaria

en vano triste plegaria
340

murmura al pie del altar;

que pasa un día tras otro,

y a su amoroso lamento,

tan sólo responde el viento

con su eterno rebramar.
345

-III-

EL VIAJERO

   Es una noche de enero

fría asaz y encapotada,

en que la luna no muestra

su bello disco de plata.

Tal vez por acaso brilla
350

con luz tímida y opaca

del cenit en la alta cumbre

una estrella solitaria.

Ruge el viento, y pardas nubes

cual fiero escuadrón avanzan,
355

desprendiendo en su carrera

menuda lluvia y escasa.

Brilla un relámpago a veces,

y retumba en la montaña

prolongado trueno, anuncio
360

de la tempestad cercana.

Por las fértiles llanuras

que el Türia apacible baña,

no cruza ningún viviente,

ni se oye una voz humana:
365

Sólo el silencio interrumpe

por la vega dilatada,

el ladrido de algún perro

guardián de las cabañas,

o el monótono sonido
370

de misteriosa campana,

que al rezo invita a los fieles

mientras la tormenta brama.

Mas si en el ancho camino

que se pierde en lontananza,
375

y que la senda divide

que conduce a la morada

de doña Elvira, se fija

la vista, cual sombra vaga

verase un hombre a caballo
380

que al castillo se adelanta,

y que a contemplarlo en breve

con grave ademán se para.

Después de un leve momento

de irresolución avanza;
385

llega a la puerta, y tres golpes

con el pomo de su espada

dando en ella, a poco rato

se escuchan breves palabras

del caballero en respuesta
390

a una voz ronca y cascada,

que el eco más bien de un búho

parece que voz humana.

Pasa tiempo y el jinete

tal vez de esperar se cansa,
395

cuando la misma voz ronca

«entrad» dice, y la ferrada

puerta, se abre y da paso

al caballero que aguarda.

   Y pues entró el caminante
400

y la tempestad amaga,

no es justo, lector amigo,

o lectora, si eres dama,

la que el desenlace esperas

de esta historia mal contada,
405

no es justo a mi ver que siga

sufriendo a campiña rasa

del invierno los rigores,

cosa en verdad no muy sana.

Salvaré si así te place,
410

ya que tengo carta blanca

para efectuarlo, del viejo

y alto castillo la entrada;

y aquello que vea y oiga

en sus lóbregas estancias,
415

irételo refiriendo

en brevísimas palabras.

   En un salón extenso y adornado

con ricos muebles y lujosas telas,

do se admiran los fúlgidos blasones
420

de la ilustre familia de Ledesma,

a la luz que despide el chispeante,

vivo fuego de tosca chimenea,

se ven dos hombres, arrogante el uno,

de noble continente y faz severa,
425

que viste el traje militar con brío

aunque más de ocho lustros representa.

De rostro enjuto el otro y agobiado

al peso de los años, manifiesta

en su triste mirada el mal terrible
430

y los rudos pesares que le aquejan.

Es este el noble anciano propietario

y señor del castillo y de la vega,

y aquel el caminante que ha un momento

despareció tras la pesada puerta.
435

Al amor de la lumbre ambos sentados,

mientras ruge a lo lejos la tormenta,

se les escucha departir con grave

y misteriosa voz de esta manera:

EL VIAJERO
Dispensadme si a esta hora
440

tan intempestiva vengo

a demandar un instante

vuestra atención, caballero.

De un amigo moribundo

cumplir el encargo debo,
445

misión para mí sagrada

aunque bien triste por cierto.

Voy de paso hacia la corte

con letras para el gobierno

de su Majestad, y quise
450

antes de marcharme veros.

EL HIDALGO
A gran honor tengo siempre

recibir bajo mi techo

a personas tan cumplidas

como vos, y sólo siento
455

no tener más digno albergue,

buen hidalgo, que ofreceros.

Decid pues, que ya os escucho.

EL VIAJERO
¿Recordáis vos a don Diego

de Mendoza?

EL HIDALGO
Fue su padre
460

mi mejor amigo y deudo

a quien amé como hermano...

¡Paz hayan sus nobles restos!

Cuando la muerte cercana

vio de sí, junto a su lecho
465

hízome jurar que siempre

velara por su heredero:

Su voluntad he cumplido;

téngamelo en cuenta el Cielo.

Y hoy que triste y agobiado
470

por la edad, cercano veo

el fin de mi vida amarga,

préstame grato consuelo

saber que Diego a mi hija

ama con sincero afecto,
475

y que tras de breve plazo

tierno esposo de ella luego,

será su sostén a falta

de este pobre anciano enfermo.

Ved, caballero, si al hijo
480

del que tuve en tanto aprecio

podré olvidar un instante:

Mas perdonad si indiscreto

con mi digresión estuve...

Continuad pues, os lo ruego.
485

EL VIAJERO
Inútil juzgo explicaros,

pues noticia tendréis de ello

por demás circunstanciada,

el alto valor y esfuerzo,

que demostró en la batalla
490

de Bitonto, nuestro ejército,

por ver coronado en Nápoles

al joven príncipe egregio

que ilustra los claros nombres

de Borbón y de Farnesio.
495

Allí lleno de entusiasmo,

mandando los bravos tercios

de Aragón, vi a nuestro amigo,

al valeroso don Diego.

Tres veces espada en mano,
500

con frenético denuedo,

a las trincheras se arroja

do el enemigo a cubierto

estaba de los disparos,

y otras tantas con empeño
505

tenaz rechazado, viose

obligado a dar el puesto

a las tropas imperiales

a pesar de su ardimiento.

El éxito de la lucha
510

era por demás incierto:

Mas protegido Mendoza

por la artillería, de nuevo

entre una lluvia de balas

se lanza a romper el centro
515

del ejército enemigo;

lógralo al fin, y al momento

la victoria antes dudosa

se decide por los nuestros.

EL HIDALGO
¡Bravo corazón el suyo!
520

Es Mendoza digno ejemplo

de campeones valientes.

Mas proseguid, caballero,

que al veros tan conmovido

me asalta el presentimiento
525

de alguna inmensa desgracia...

EL VIAJERO
Desgracia grande en efecto.

Íbamos los dos, de orden

del general, persiguiendo

los soldados fugitivos,
530

cuando de un pelotón de ellos

salió una bala traidora,

que vino a dar en el pecho

de mi infortunado amigo...

Vacilar le vi, y al suelo
535

caer, sin que yo pudiera

remediar tal contratiempo.

EL HIDALGO
Oh, decid, ¿y fue la herida

de gravedad?

EL VIAJERO
Creíle muerto;

mas vi después que alentaba:
540

hícele curar, y luego

escoltado fue por guardias

al cercano campamento.

Tres meses después pasaron

desde este día funesto,
545

sin tener noticia alguna

del infelice don Diego.

Destinado fui a Capua,

y mi inquietud y mi anhelo

aumentábanse a medida
550

que raudo volaba el tiempo.

El permiso logré al cabo

de conmutar en mi empleo

con un jefe amigo mío,

y pasé a Nápoles lleno
555

de ansiedad, y temeroso

de un grave acontecimiento.

A Montemar, el insigne

caudillo de nuestro ejercito,

me presenté, y por él supe
560

que Mendoza no había muerto.

Alegre corrí en seguida

a verle en su alojamiento:

Mas ¡ay! que en vez de mi amigo,

de aquel gallardo mancebo
565

lleno de valor y vida,

hallé postrado en el lecho

a un hombre ya moribundo,

extenuado y sin aliento,

a quien nunca conocido
570

hubiera en tan lastimero

estado, si de su boca

no escuchara el grave acento:

-«¡Vinisteis al fin! -me dijo-:

¡Oh! gracias a Dios que os veo.
575

Sentía morir sin que antes

tuviera el dulce consuelo

de abrazaros, caro amigo,

a vos a quien tanto debo.»

-¿Por qué morir? -contestele-;
580

desechad tal pensamiento:

Cobrad valor, que piadoso

la salud os dará el Cielo.

-«Cuatro meses ha que pugno

con la muerte, mas no puedo
585

prolongar más esta lucha,

terrible cual mi tormento»-

murmuró con voz tan tenue

que apenas pude entenderlo.

Y luego en tono más firme
590

añadió: -«Tomad, don Pedro,

dos pliegos que habrá cerrados

sobre mi mesa... uno de ellos

es mi último adiós a Elvira,

el otro es mi testamento.
595

Si muero y volvéis a España,

que los entreguéis os ruego

a don Cosme de Ledesma...»

No dijo más: un esfuerzo

hizo supremo, y rendido
600

hundió la frente en el lecho.

Entonces le alcé en mis brazos,

mas pronto advertí que en ellos

tan sólo ¡ay Dios! estrechaba

pálido cadáver yerto.
605

Cumplí su encargo y salime

de aquel lugar de tormento,

con lágrimas en los ojos,

y lleno de angustia el pecho.

Y fue tan fatal mi estrella,
610

que, ni el adiós postrimero

al pie de la tumba pude

dar a sus míseros restos;

que aquel mismo día la orden

de conducir prisioneros
615

recibí; partí a Sicilia,

y de allí con gran secreto

venir mandáronme a España

sin detenerme un momento.

Ayer arribé a Valencia,
620

y a cumplir, doliente, vengo

la voluntad de mi amigo:

Tomadlos; he aquí los pliegos.

-Y esto diciendo a don Cosme

dio las cartas el viajero.
625

EL HIDALGO
Asaz desconsoladoras

son en verdad, caballero,

las nuevas que me traéis,

y estas lágrimas que vierto

revelan a vuestros ojos
630

mi profundo sentimiento.

Mas no por causa tan triste

dejar de expresaros debo,

al par que el dolor del alma,

mi eterno agradecimiento:
635

Fiel vuestra misión cumplisteis

y gracias os doy por ello.

Que aceptéis hora os suplico

mi cena frugal, y el lecho

que tendréis ya preparado,
640

en cómodo apartamento,

por si restaurar os place

vuestras fuerzas con el sueño.

EL VIAJERO
En mucho, hidalgo, os estimo

el favor, aunque no puedo
645

aceptarlo, que en mi ruta

las horas contadas llevo.

Mas do quiera que la suerte

me conduzca, nunca el tiempo

borrará de mi memoria
650

tan cumplido ofrecimiento.

Don Pedro de Vargas soy,

y aunque poco valgo y puedo,

con mi amistad fiel os brindo.

EL HIDALGO
Y yo con placer la acepto.
655

EL VIAJERO
Adiós quedad, buen hidalgo.

EL HIDALGO
Guárdeos, amigo, el cielo.

   Salió el caminante,

y a poco se oyeron

las firmes pisadas
660

del fuerte bridón;

y allá en lontananza

perdiéndose fueron,

unidas al silbo

del fiero aquilón.
665

Y en tanto que triste

suspiro exhalando,

el viejo doblaba

la frente al pesar;

la luz en la estancia
670

se fue aminorando,

y todo en silencio

volviose a quedar.

-IV-

CONSUELO EN DIOS

   ¡Cuán triste a nuestros ojos

preséntase el camino
675

de la azarosa vida

si la ventura huyó!

¡Qué largas son las horas

cuando fatal destino

las gratas ilusiones
680

en nuestro pecho ahogó!

   Son pálidas entonces

las fúlgidas estrellas,

sin brillo la alba luna

y el rutilante sol.
685

Abrojos halla el alma

en vez de flores bellas;

no muestra ya la aurora

su espléndido arrebol.

   Feliz el que en la noche
690

de su letal desvelo,

el faro luminoso

de la esperanza ve:

Feliz el que olvidando

la tierra por el cielo,
695

ventura y paz encuentra

en brazos de la Fe.

   ¡Oh mágica y sublime

enseña bienhechora!

Por ti el alma cristiana
700

se eleva hasta el Creador;

pues eres, Cruz divina,

la playa salvadora

que el hombre halla en los mares

de su cruel dolor.
705

   Así la triste Elvira,

que vio de su esperanza

las bellas ilusiones

cual vaga sombra huir,

la fuente de consuelo
710

en ti tan sólo alcanza,

y siente de amor puro

su corazón latir.

   ¡Ah! sí; que ya a sus manos

llegó el funesto pliego;
715

ya vela parda nube

la estrella de su amor.

¡Ay mísera! ¿qué espera

del mundo audaz y ciego

que al débil e inocente
720

inmola en su furor?

   ¡El claustro!... Único asilo

do la virtud preciada

consigue amparo siempre

y eterno bienestar;
725

el claustro sólo anhela

trocar por su morada,

su traje por el velo,

su amor por el altar.

   Feliz el que en la noche
730

de su letal desvelo,

cual ella el limpio faro

de la esperanza ve:

Feliz el que olvidando

la tierra por el cielo,
735

ventura y paz encuentra

en brazos de la Fe.

   No muy lejos del castillo,

en una agreste colina

      que domina
740

desde la vega hasta el mar;

se ve un humilde convento

entre dos villas alzado,

de viejos olmos cercado

y de un extenso pinar.
745

   Allí, del mundo alejadas,

viven en paz, venturosas,

      las esposas

del divino Redentor.

Y nunca el fatal ruido
750

del siglo turba su calma;

que ellas tan sólo en el alma

guardan sacrosanto amor.

   Allí busca doña Elvira

con puro y ferviente anhelo
755

      el consuelo

que falta a su corazón:

Y vertiendo mudo llanto

en su celda solitaria,

alza a Dios triste plegaria
760

por olvidar su pasión.

   ¡Oh! pronto ceñirá el velo

y la corona de rosas

      aromosas,

a su frente virginal:
765

pronto el son de una campana

sus votos ¡ay! publicando,

irá triste resonando

como un canto funeral.

   Mañana tal vez por siempre
770

al Redentor consagrada,

      su mirada

no podrá al mundo volver:

Que lejos del padre anciano,

fiel ante el ara y contrita,
775

sólo la imagen bendita

podrá del Eterno ver.

-V-

INQUIETUD Y ESPERANZA

   Entretanto que la bella

y afligida castellana,

ferviente dirige al Cielo
780

sus amorosas plegarias,

permite, lector amigo,

que de la risueña Italia

a las hechiceras costas

te conduzca, do galana
785

del apacible Tirreno

Parténope se levanta,

tan hermosa como un día,

en su concha de oro y nácar,

la diosa de los amores
790

del mar de Grecia se alzara.

   Más de un año ha trascurrido

desde el día en que la carta

entregó y el testamento

don Diego a don Pedro Vargas;
795

día fatal en que, atacado

de un parasismo quedara

sin sentido entre los brazos

del fiel amigo, que a España

tornó en breve, de su muerte
800

llevando la nueva infausta.

   Al volver de aquel letargo

y al verse solo en la estancia,

¡cuánto sufrió!... Delirante

ya agitado recordaba
805

la llegada de don Pedro

y sus últimas palabras;

ya al parecer sumergido

quedábase en muda calma,

mas a su ansiedad volviendo
810

triste con afán buscaba

los pliegos, y mil sospechas

al no verlos le asaltaban.

A veces por un momento

la verdad distinta y clara
815

presentábase a su mente,

y ver creía su carta

en poder de doña Elvira,

que al dolor abandonada,

lloraba su amor perdido
820

y su perdida esperanza.

Presa de un vértigo entonces,

sobre un papel intentaba

trazar con su débil mano

breves, sentidas palabras,
825

y al comprender su impotencia

a su delirio tornaba.

¡Oh, cuánto sufrió en un año!

¡Qué largas son, ¡ay! qué largas

las horas para el amante
830

que está lejos de su amada!

¡Qué largas para don Diego,

que ni aun el consuelo alcanza

de expresar a la que adora

las angustias de su alma!
835

   Salvo por fin de la herida,

si bien de la fiebre insana

aún no repuesto del todo

en convalecencia larga,

a partir ya se dispone
840

para su querida España.

   Ya el bajel que le conduce,

libre de las fuertes anclas,

sereno y gentil se mece

de Nápoles en la rada:
845

Y dando las blancas velas

al blando soplo del aura,

lento las cerúleas ondas

surca de la mar salada.

Él, de pie sobre la popa,
850

fija su triste mirada

en el lejano horizonte,

ansiando ver de su patria

las bellas y alegres costas,

el cielo que nunca empañan
855

ni el humo de los volcanes,

ni el vapor de impuras aguas.

¡Ay! negros presentimientos

tal vez a su mente asaltan:

Quizá a Elvira se figura
860

por siempre a Dios consagrada

y para su amor perdida,

y triste suspiro exhala.

   ¡Oh nave! parte ligera,

rápida sigue tu marcha,
865

que el amante que conduces

vuela en pos de una esperanza.

      Azul esta el cielo,

      el mar está en calma,

      y lánguido pliega
870

      el viento sus alas.

Boga, boga, marinero,

deja la risueña Italia,

al dulce son no te duermas

de amorosa serenata.
875

      Hermosa es la noche,

      la luna argentada

      tranquila se eleva

      rielando en las aguas.

Boga, boga, marinero,
880

deja la risueña Italia,

al dulce son no te duermas

de amorosa serenata.

      Mil quejas de amores

      da el mar a las auras,
885

      que el eco, dolientes,

      repite en la playa.

Deja, deja, marinero,

esas costas encantadas,

que el doncel que va en tu nave
890

vuela en pos de una esperanza.

-VI-

LA SORPRESA

   Es del mes de febrero una mañana

encapotada, silenciosa y fría,

en que la aurora entre la niebla umbría

pliega su manto de topacio y grana.
895

   Pálido el sol desde el lejano oriente

lanza entre nubes macilento rayo,

y los bosques en lánguido desmayo

tristes le miran ocultar su frente.

   Fuentes y aves, árboles y flores,
900

todo parece reposar en calma;

mudo reposo que entristece al alma,

imagen de la vida sin amores.

   Allá del Turia por la amena orilla,

sobre noble alazán fuerte y brioso,
905

camina un caballero presuroso,

y la impaciencia en su mirada brilla.

   Don Diego es: en su amoroso pecho

lleva la horrible duda y los temores...

¿Será que al más cruel de los dolores
910

sienta su corazón pedazos hecho?

   Sin padres, sin fortuna, el puro anhelo

le alienta sólo de su amor profundo:

¿Qué esperanza le resta ya en el mundo

si halla a su Elvira consagrada al Cielo?
915

   Por eso en el afán que le devora

acelera impaciente su camino,

y el velo que oscurece su destino

quisiera descorrer en una hora.

   Absorto va: tan sólo el pensamiento
920

de hallar a Elvira cruza por su mente;

mas viene a herir su oído de repente

la lúgubre campana de un convento.

   Y este son, eco triste y misterioso

de una plegaria alzada en el retiro,
925

le arranca a su pesar hondo suspiro,

que el céfiro recoge silencioso.

   Y rendido tal vez al implacable

influjo de fatal presentimiento,

o llevado del puro sentimiento
930

de humillarse ante el Dios solo adorable;

   su marcha, inquieto, al monasterio guía,

do en perpetua quietud felices moran

vírgenes castas, que al Inmenso adoran,

lejos del mundo y su asechanza impía.
935

   Llega; y dejando el alazán atado

de un fuerte roble que a su paso encuentra,

en el humilde santuario entra,

siempre de dudas y ansiedad cercado.

   Solitaria está la iglesia;
940

apenas la luz del día

por estrecha celosía

llega en ella a penetrar;

y este rayo macilento,

que confuso se distingue,
945

en las antorchas se extingue

que iluminan el altar.

   Al verse don Diego solo

en tan oscuro recinto,

perdido en el laberinto
950

que su mente se forjó;

al predominio cediendo

de aquella profunda calma,

con terror vago en el alma

ante el ara se postró.
955

   Su misterioso tañido

la campana repetía,

y acompasado se oía

flébil cántico sonar;

y este monótono acento
960

que hasta don Diego llegaba,

ora cerca se escuchaba,

ora lejos, resonar.

   Las anchas naves, de gente

fuéronse a poco llenando;
965

y los cánticos cesando

viéronse al coro salir,

las vírgenes venturosas

de aquel tranquilo convento,

que vuelven con triste acento
970

sus preces a repetir.

   Luego por estrecha puerta

que oculta en el muro estaba

y que a un atrio inmenso daba,

cual mágica aparición,
975

varios monjes venerables

salir al templo se vieron,

que al coro se dirigieron

cantando en místico son.

   Alzose el triste mancebo
980

de santo temor henchido,

y a los monjes, abatido,

con planta incierta siguió:

Y del coro ante la reja

con lento paso llegaron;
985

y los cánticos cesaron,

y la campana calló.

   En breve reinó en la iglesia

un silencio pavoroso,

y al reflejo misterioso
990

de trémula claridad,

bella una joven novicia,

ceñida de blancas rosas,

se vio entre las religiosas,

aún más bella en su humildad.
995

   Y oyósela que juraba

al Eterno amor perenne,

y que el voto hacía solemne

de perpetua reclusión...

¡Ay! que al oír su voz pura
1000

y aquella promesa luego,

sintió helársele don Diego

la sangre en el corazón.

   Tal vez creyose un momento

presa de fatal delirio,
1005

y de tan cruel martirio

quizá librarse intentó:

Y frenético a la reja

lanzose en su afán ardiente,

y extático frente a frente
1010

de doña Elvira se halló.

   No era un sueño: ora por siempre

por siempre ¡ay Dios! la perdía:

¿Quién ya en el mundo podría

sus angustias mitigar?
1015

Triste, abatido, sus ojos

en doña Elvira fijaba,

y ella absorta lo miraba

entre dudas y pesar.

   En el semblante del joven
1020

tal ansiedad se leía

que ella con muda agonía

su dolor al comprender,

sintió su valor extinto,

desfallecida al suelo,
1025

envuelta en el blanco velo,

viósela en breve caer.

   Entonces en el concurso

sordos murmullos se alzaron,

y en don Diego se fijaron
1030

cien miradas a la par;

mas él sin hacer aprecio

del pueblo que murmuraba,

siniestro plan meditaba

insensato, realizar.
1035

   Fijó de nuevo los ojos

en doña Elvira un instante,

y pálido, delirante,

de la reja se apartó:

Y entre la apiñada gente
1040

paso abriéndose, altanero,

salvó la puerta, y ligero

montó a caballo y partió.

-VII-

LA MANO DE DIOS

   Ya con gigante paso, presurosa,

avanzaba la noche,
1045

y del brillante luminar del día

el rayo postrimero

en su estrellado manto recogía:

Ya entre la densa bruma de occidente,

que velaba su frente,
1050

el héspero gentil desparecía;

cuando don Diego triste y agobiado

de su dolor al peso, entre las sombras

de un alto bosque, con incierta planta,

vagaba silencioso,
1055

a un fatal pensamiento abandonado.

   Al cansancio rendido

ya su bridón había

entre las duras peñas sucumbido;

mas él siempre guiado
1060

por oculto designio caminaba,

y a pie y solo, del monte en la espesura

por las estrechas sendas se internaba.

   Era lóbrego el bosque; por la oscura

techumbre que formaba
1065

el espeso ramaje de los pinos

y de los viejos sauces macilentos,

apenas penetraba el tibio rayo

de la menguante luna,

y el silencio tan sólo interrumpían
1070

de tan triste lugar los raudos vientos,

que ora leves, en lánguido desmayo,

y sonoros la selva acariciaban,

ora rudos, violentos,

los árboles con furia sacudían
1075

y en las cóncavas peñas retumbaban.

   Mas ni el horror del bosque

detiene ni el rugido

del huracán al infeliz don Diego,

que enajenado y ciego,
1080

y abandonado a su terrible suerte,

entre sombras perdido

en su angustioso afán busca la muerte.

La muerte, sí; la horrible

y desastrosa muerte del suicida
1085

anhela en su delirio,

que ya la dulce vida

es sólo para él atroz martirio.

   ¡Mísero amante! Cual la garza herida

trepando va por las gigantes rocas,
1090

y con inquietos ojos el horrendo

precipicio midiendo

en que pueda dar fin a sus dolores.

A veces un momento en su camino

detiénese y suspira,
1095

y dulcemente murmurando «Elvira»,

un recuerdo consagra a sus amores,

que en acerbo pesar trocó el destino...

Mas ¡ay! que a los suspiros de amargura

de su angustiado corazón doliente,
1100

responde solo embravecido el viento,

como en tremendo son el mar hirviente

del triste nauta al dolorido acento.

   Y ya cerca se hallaba

de la sima espantosa
1105

que buscaba en su loco desvarío,

para el funesto sacrificio impío

de una existencia mísera, que odiosa

era ya para él; que sólo enojos

y llanto y amargura le ofrecía;
1110

cuando una luz incierta y misteriosa,

que en escondida cueva aparecía,

mostrose de repente a su mirada:

A contemplarla se paró un momento,

y, cual guiado por secreto instinto,
1115

por la senda escarpada

siguió que a la caverna conducía,

y penetró en su lóbrego recinto.10

   Y hallose en una ermita

oculta y silenciosa,
1120

iluminada apenas

por macilenta luz:

Del Redentor del mundo

la imagen milagrosa

allí se contemplaba
1125

pendiente de la cruz.

   Y tanta mansedumbre

la noble faz mostraba

del Celestial Cordero

y tal dolor al par,
1130

que al verla el triste amante

sintió que comenzaba

un rayo de luz pura

su mente a iluminar.

   Y mil gratos recuerdos
1135

de su tranquila infancia

confusos le asaltaron

en rápido tropel;

y vino a su memoria

la férvida constancia
1140

con que su tierna madre

rogaba a Dios por él.

   ¡Su madre!... Al recordarla

sintió calmar su anhelo,

y su delirio insano
1145

entonces comprendió:

Y suspiró por verla

en el radiante Cielo,

y ante el altar contrito

y humilde se postró.
1150

   «Perdón, perdón, Dios mío

-clamó con triste acento-,

conozco tu clemencia,

comprendo tu poder:

Soy polvo miserable
1155

que al soplo de tu aliento,

cual átomo en los mares,

podré desparecer.

   »Mas tú, que por el hombre

regaste en negro día
1160

la tierra con tu sangre,

en prueba de tu amor,

la calma de los justos

concede al alma mía,

y de mi triste suerte
1165

apiádate, Señor.

   »Perdona si un momento,

tus leyes olvidando,

en mi fatal delirio

de tu bondad dudé:
1170

De hoy más mis vestiduras

por un sayal trocando,

mi débil existencia

a ti consagraré.»

   Calló el doncel: cercada
1175

la efigie milagrosa

mostrose ante sus ojos

de célico esplendor:

Y oyó que en blando acento

voz dulce y misteriosa,
1180

«en mi bondad confía»,

le dijo con amor.

   Quedó por un instante

en éxtasis profundo

don Diego sumergido
1185

ante el Supremo Bien;

y tal vez se alejaba

su espíritu del mundo,

abiertas contemplando

las puertas del Edén.
1190

   Y ya cuando a su vista,

cual sombra vagarosa,

desparecido había

la célica visión,

mostrose en su semblante
1195

la calma venturosa

que plácida inundaba

su ardiente corazón.

   Feliz el que en la noche

de su letal desvelo
1200

el faro luminoso

de la esperanza ve:

Feliz el que olvidando

la tierra por el Ciclo,

ventura y paz encuentra
1205

en brazos de la Fe.

EPÍLOGO

   Han pasado tres años. Un sepulcro

del convento en la iglesia se levanta;

lámpara macilenta allí fulgura

que con su tenue resplandor lo baña.
1210

Grabado el noble escudo de Ledesma

se ve en la blanca losa funeraria,

que los despojos de la triste Elvira

aquella tumba silenciosa guarda.

Cuando en la noche la argentada luna
1215

por la anchurosa vega solitaria,

reverberando en el tranquilo río,

su tibia luz, benéfica derrama,

vese un monje llegar hasta el castillo

y detenerse al pie de la ventana
1220

do en otro tiempo venturosa Elvira

a su inocente amor se abandonaba.

Quizá un recuerdo allí viene a su mente,

y hondo suspiro de su pecho exhala,

mas luego vuelve la mirada al cielo
1225

y pausado a emprender torna su marcha.

Mírasele llegar al santuario,

ante el sepulcro detener su planta,

humilde arrodillarse, y en silencio

al Inmenso elevar tierna plegaria.
1230

Y aparece tranquilo aunque en su frente

sus huellas el dolor dejó marcadas...

¿Quién el arcano penetrar podría

de su profunda, misteriosa calma?

Dios, sólo Dios que en la aflicción nos muestra
1235

el puerto de segura bienandanza.

¡Dichoso aquel que en su bondad confía!

¡Alzad, humanos, al Eterno el alma!


La primera vuelta al mundo

Romance histórico

Al Sr. D. Luis Vidart, ilustrado filósofo y distinguido crítico, en prueba de sincera amistad

-I-

ANHELO DE GLORIA

   Por los evorenses campos,

a la tibia luz del alba,

con dirección a Castilla

un hombre en silencio avanza.

   Camina desalentado,
5

la frente al suelo inclinada,

grabados llevando en ella

los pesares de su alma.

   Ingratitud, desengaños

hicieron su vida amarga,
10

y vio eclipsarse entre nubes

la estrella de su esperanza.

   Soñando glorias y aplausos,

de ignotos mares las aguas

cruzó con heroico aliento,
15

renombre dando a su patria.

   De Hernando de Magallanes

las portentosas hazañas,

desde la India hasta Europa

veloz publicó la fama.
20

   Mas ¡ah! que al volver gozoso

a la corte lusitana,

en vez de aplausos y glorias

tan sólo desprecios halla.

   Turba vil de cortesanos,
25

de esos que adulando alcanzan

inmerecidos honores

y que a la virtud ultrajan,

   el afecto le robaron

del confiado monarca,
30

y de él desdeñado al verse,

volvió los ojos a España.

   ¡España! que altiva entonces,

al esplendor de sus armas,

terror de reyes y pueblos,
35

en dos mundos dominaba.

   ¡España! nación insigne

que al genio acoge entusiasta,

y, al par que guerrera triunfa,

la luz del saber propaga.
40

   Allí, al pie del regio trono,

el gran Cisneros se alza;

hijo del pueblo, elevado

por sus virtudes preclaras.

   Él sólo comprender puede
45

de Magallanes el ansia,

su noble anhelo de gloria,

sus proyectos y esperanzas.

   Por eso el audaz marino,

de alto pensamiento en alas,
50

apoyo busca en Castilla

para empresas arriesgadas.

   Ya llega a la margen bella

del undoso Guadiana,

que entre ambos pueblos se extiende
55

cual ancho cendal de plata;

   ya de la feliz Iberia

en las campiñas se halla,

y su frente descubriendo

con trémula voz exclama:
60

   «¡Salve nación poderosa,

noble tierra hospitalaria!

¡Oh! dame el sostén que en vano

busqué en mi nación ingrata.

   Al sabio Colón un día
65

tendiste tu mano franca,

y él, de tu bondad en pago,

un mundo rindió a tus plantas.

   Dame acogida: mi mente

cual la suya inquieta vaga,
70

y el cielo muestra a mis ojos

desconocidas comarcas.

   Por mí del Sur en los mares

tu enseña gloriosa izada,

aclamado en cien regiones
75

verás el nombre de España.»

   Así dijo: conmovido

la vista tornó a su patria,

y al darle el adiós postrero

lanzó un suspiro del alma.
80

   Dos lágrimas resbalaron

por sus mejillas tostadas,

que una historia de dolores

y de ansiedad revelaban.

   Y alzábase el sol radiante
85

sobre la enhiesta montaña,

cuando dejó el buen marino

la orilla del Guadiana.

-II-

LA PARTIDA

   Es una tarde de estío,

tarde apacible y serena,
90

en que el sol brilla sin nubes

y la brisa el rostro quema.

   En la ciudad populosa

que el altivo Julio César

cercó de muros y torres
95

y que manso el Betis riega,

   curioso el pueblo se agita,

y en oleadas inmensas,

del claro, apacible río

se extiende en ambas riberas.
100

    Allí a un tiempo se confunden

el soldado con la dueña,

el noble con el pechero,

el monje con la mozuela.

   Todos a un punto la vista
105

dirigen con impaciencia;

y unos con malicia ríen,

y otros con ardor vocean.

   En el muelle de Triana

vense cinco carabelas
110

prestas a surcar los mares

que bañan ignotas tierras.11

Las cinco dan orgullosas

al viento sus blancas velas,

y en sus mástiles izada
115

se ve la hispana bandera.

   Mas una de ellas tan sólo

escudo imperial ostenta,

signo supremo de mando

del jefe que la gobierna.
120

   Éste, severo y tranquilo,

a las miradas se muestra

del pueblo, que entusiasmado

y alegre le victorea.

   Mas no falta entre las turbas
125

quien hondos temores sienta;

y, presagiando desastres,

a los nautas compadezca.

    No falta quien sonriendo

suelte a críticas la lengua;
130

seres menguados que siempre

el genio a su paso encuentra.

   -Decidme, seor soldado

-una anciana con tristeza

pregunta-, ¿dó van las naves?
135

¿Anuncio serán de guerras?

   -Desechad vuestros temores-

el soldado le contesta-,

esas naves sólo anuncian

el alto poder de Iberia.
140

   Ellas en remotas playas

ostentarán nuestra enseña,

la luz de la Fe llevando

y el saber que España encierra.

   -Difícil, seor soldado,
145

y arriesgada es tal empresa;

plegue a Dios no hallen la muerte

los que buscan fama en ella.

   -Si mueren... grato es la vida

dar a la patria en ofrenda;
150

será un altar cada pecho

do viva su gloria eterna.

   Felices ellos, anciana,

que honrar a Castilla anhelan,

y altos timbres y blasones
155

rendir a sus plantas sueñan.

   -¿Quién es el audaz marino

que manda las carabelas?-

pregunta a un paje gallardo

una recatada dueña.
160

   -El ilustre Magallanes,

cuyo nombre es en América

y en Europa respetado

por su valor y su ciencia.

   -Nunca supe que en España
165

caudillo tal existiera,

ni encomiado su talento

escuché, ni sus proezas.

   -Buena dueña, no es extraño

lo ignoréis; lejanas tierras
170

descubrió, pero en su patria

no le honraron cual debieran.

   Al perínclito monarca

que altivo en Castilla reina

hoy sus servicios ofrece,
175

y él, justo, su arrojo premia.

   Ved: de Santiago en su pecho

colocó la roja enseña,

y allí del Sur en los mares

campo a su valor presenta.
180

   -Mucho el favor a extranjeros

en la corte recomienda;

y suelen ser tales dones

de los españoles mengua.

   -Callad, que injusta ofendéis
185

de la majestad la alteza:

Lo manda Carlos y... -Es justo:

Que humilde el pueblo obedezca.

   Es justo, sí: que si el sabio

con su fama el mundo llena,
190

patria del sabio es el mundo:

¡Que honrado por todos sea!

   Así murmurando unos,

y otros la voz en defensa

de la expedición alzando,
195

roncos el espacio atruenan.

   En tanto el gran Magallanes

áncoras levar ordena,

y a su voz vibrante y firme

se da la armada a la vela.
200

   Ya, cual cisnes, se deslizan

las gallardas carabelas,

del padre Betis undoso

por la corriente serena.

   Brillar se mira entre todas
205

La Victoria, que ligera

de Juan Sebastián del Cano

obedece a la hábil diestra.

   Cano, en Vizcaya nacido

y de noble descendencia,
210

su denuedo en la mirada

y en la alta frente revela.

   Fiel y entendido piloto,

sereno al timón espera

las órdenes de su jefe,
215

que al punto cumplidas quedan.

   Al verlos partir se agrupa

más la muchedumbre inmensa,

y agitando blancos lienzos

con gritos el aire puebla.
220

   «¡Viva la armada española!»

Clama de entusiasmo llena;

y este viva el manso Betis

al mar en sus ondas lleva.

   Mas ya los buques se ocultan
225

del río en las anchas vueltas,

y los vítores se apagan,

y a poco el silencio impera.

   La multitud pesarosa

a sus hogares regresa;
230

los vio partir, mas no sabe

la suerte que les espera.

   Tendió la noche su velo,

y la luna amarillenta

alumbró con tibio rayo
235

la abandonada ribera.

   Ni naves se ven ni pueblo,

soledad profunda reina,

mas en el alma de todos

grabado el recuerdo queda.
240

-III-

EN EL MAR

   Allá, van las naves bellas

por medio la mar undosa,

aguas y vientos cortando

con sus elevadas proras.

   Allá van... Sólo las guía
245

del Sur por la extensa zona

la inmensa audacia de un hombre

sediento de honor y gloria.

   Mas su espíritu sublime

con fe pura se acrisola;
250

él la doctrina de Cristo

llevará a playas remotas.

   Por esa Dios lo protege

en su ruta peligrosa...

La cruz brilla en su bandera
255

y la cruz su empresa abona.

   Largo tiempo ha trascurrido,

e inhospitalarias costas

sólo a sus ojos se muestran

de áridas islas ignotas.
260

   Paso hallar para el Oriente

por el Sur sólo ambiciona,

porque dé la vuelta al mundo

la noble enseña española.

   No con más ardor anhela
265

la tierna y amante esposa,

tras larga ausencia, el regreso

del esposo a quien adora,

   que el marino lusitano

ver coronada la obra
270

de su arriesgado viaje

con el lauro de victoria.

   ¡Ay! qué mar, hondos bajíos,

tierra inculta y escabrosa,

hielo eterno, que en su marcha
275

le detiene y le aprisiona,

   sólo mira; y en los buques

alzarse amenazadora

de rebelión la voz fiera,

pidiendo su muerte pronta.
280

   Mas si la esperanza al débil

en los riesgos abandona,

aún más en ellos el fuerte

muestra el valor que atesora.

   Alza su voz Magallanes,
285

y a sus parciales convoca,

y a poco la imbécil chusma

vencida a sus pies se postra.

   «¡Perdón, perdón!» gritan unos;

«¡muerte, muerte!» otros pregonan,
290

y la inmensa mayoría

la ordenanza fiel invoca.

   «Que se cumpla» clama entonces

el marino con voz ronca,

y a sus capitanes llama
295

y a discusión los provoca.

   En el consejo opiniones,

cual siempre, contradictorias

surgen, pero vence al cabo

la justicia vengadora.
300

   Fulmínase con presteza

la sentencia expiatoria,

que de terror conmovida

escucha la chusma toda.

   Y a poco de las entenas
305

a merced del viento flotan

las cabezas de los jefes

de la rebelión traidora.

   Tras largo, aterido invierno

su faz primavera asoma,
310

y rumbo hacia el austro polo

las naves de nuevo toman.

    Cuatro de ellas al impulso

de los vientos salvar logran

los escollos, mas la quinta
315

se detiene temerosa.

   Don Álvaro de Mezquita,

su capitán, a la aurora

de un día frío y nebuloso,

tras noche oscura y medrosa,
320

   solo se encuentra en los mares;

y, sumergida la flota

juzgando, cambia de rumbo,

y la vuelta a España toma.

   Presa de vagos temores
325

puerto al fin alcanzar logra,

do esparce nuevas que llenan

de angustia a Castilla toda.

   Cada cual a su capricho

las comenta y las destroza,
330

que está la lengua del vulgo

siempre a comentarios pronta.

   Unos creen a Magallanes

cautivo de fieras hordas,

otros náufrago le juzgan,
335

y su triste fin deploran.

   En tanto el noble marino

salvar el estrecho logra

que dará a la edad futura

testimonio de su gloria:
340

   E inmenso luego a su vista,

entre asombrada y dudosa,

preséntase un mar, tranquilo

cual bello lago de Escocia.

   Plegaba allí el fiero noto
345

sus alas impetuosas,

y osaba rizar apenas

las gallardas banderolas.

   ¡Ni un rumor! Lentas las naos

por sus aguas silenciosas
350

se deslizan: Magallanes

Mar Pacífico le nombra.

   Mas pasan meses, y nunca

los nautas la tierra abordan,

agua y cielo sólo miran
355

en muda calma horrorosa.

   Ya el hambre reina en los buques,

y la peste asoladora

extiende su yerta mano,

y a cien víctimas inmola.
360

   En tal situación, al Cielo

plegaria elevan piadosa;

sólo Dios salvarlos puede,

y humildes su gracia imploran.

   ¡Un día más! ¡Oh! ¿Sordo el Cielo
365

será a su oración devota?

¿Tendrán por premio la muerte

a su aspiración honrosa?

   No, no; que a la luz radiante

del sol, que las aguas dora,
370

un punto se ve, que en isla

de allí a poco se transforma.

   «¡Tierra! ¡tierra!» grita Cano

desde el navío Victoria,

y este inesperado grito
375

el gozo a los pechos torna.

   Todos la vista dirigen

a la isla salvadora

y dando al Eterno gracias,

la rodilla humildes doblan.
380

   La tarde avanza: ya llegan

a la suspirada costa,

y muéstranse a sus miradas

fértiles selvas umbrosas.

   Clava en tierra Magallanes
385

la hispana enseña gloriosa,

y un «¡Viva España!» resuena

repetido por las ondas.

   Espira el día: entre nubes

el sol al ocaso toca;
390

su último rayo refleja

en la bandera española.

   Dichoso el bravo Marino,

de alegría el alma loca,

así dice al bello astro
395

que los espacios colora:

   «¡Oh sol, que partes sereno

a alumbrar la culta Europa,

lleva la nueva contigo

de nuestra feliz victoria.
400

   Sepa España que su enseña

radiante, en Asia tremola:

Di a la Reina de dos mundos

que es del mar del Sur señora.»

   Quiere seguir, mas su acento
405

la viva emoción ahoga,

y de júbilo en sus ojos

dos lágrimas puras brotan.

   Al par sus fieles marinos

cual él de entusiasmo lloran,
410

y tierno suspiro envían

a su patria venturosa.

   Sobre ellos tranquila noche

tendió su apacible sombra,

y aún se escuchaban sus ecos,
415

repetidos por las olas.

-IV-

LA MUERTE DEL CAUDILLO

   ¿Por qué el pabellón los buques

bajan en señal de duelo

y en los mástiles ondean

negras flámulas al viento?
420

   ¿Por qué en los rostros se mira

de los fieles marineros

terrible ansiedad pintada

y profundo desconsuelo?

   ¿Ruge acaso airado el noto,
425

y en el mar, antes sereno,

la tempestad se desata

con ronco y temible estruendo?

   No; que no empaña una nube

el azul del firmamento,
430

y apenas el agua riza

con blando rumor el céfiro.

   ¿Por qué, pues, en los semblantes

ese dolor mudo, intenso,

y esa ansiedad se retratan?
435

¿Por qué, por qué, justo Cielo?

   ¡Ay! que el sabio Magallanes,

de marinos prez y ejemplo,

lejos de su patria duerme,

duerme perdurable sueño.
440

   Surcar mares ignorados

no era bastante a su anhelo,

dar quiso a la noble Iberia

nuevos, católicos reinos.

   Y en Yubagana, en Zebut
445

y en Mautan, con alto esfuerzo,

propagó la ley de Cristo

entre los rudos isleños.

   Empero muchos, audaces,

sus palabras desoyeron,
450

cerrando, torpes, los ojos

a la luz del Evangelio.

   Trabose horrible contienda,

y en duro choque sangriento

allí murió por España
455

y por la Fe combatiendo.

Olvidados, confundidos

quedaron sus nobles restos;

ni una cruz se alza en su tumba,

ni de amor mudo recuerdo.
460

   No su sombra sauce amigo,

extenderá sobre ellos,

ni en blando rumor sus hojas

suspiros darán al viento.

   Mas, ¿qué importa, si en las almas
465

de sus bravos compañeros

de su valor y su gloria

viven siempre los recuerdos?

   Sí, sí; buen Marino; en vano

te siguió destino adverso,
470

en vano te cubre el ángel

de las tumbas con su velo;

   tú brillarás de la fama

en el encumbrado templo,

cual brilla espléndido Arturo
475

en la inmensidad del cielo.

   Brillarás; pero, ¿qué digo?

¿Quién, ora, tendrá denuedo

para completar tu obra

y alcanzar seguro puerto?
480

   Ya tres de las fuertes naves

perdidas los nautas vieron,

que nada resistir puede

a los embates del tiempo.

   Una resta: poderosa
485

luce erguidos masteleros,

y ya sus velas extiende

al leve soplo del euro.

   ¿Perecerá, cual las otras,

del mar en el hondo seno,
490

la gloria de Magallanes

con ella despareciendo?

   No, no será: es la Victoria;

la manda piloto diestro,

que sabrá triunfar osado
495

de los rudos elementos.

   Vedle impasible: ya ordena

levar áncoras; los riesgos

nunca el valor aminoran

de su corazón sereno.
500

   ¡Oh Cano! cántabro insigne,

de nautas claro modelo,

sigue impávido; tu triunfo

asombrará al universo.

-V-

EL REGRESO

   Es del templado Setiembre
505

una apacible mañana,

de esas que lucen tan sólo

en la risueña Vandalia.

   Bella se muestra la aurora

en su trono de oro y nácar;
510

tímida a su luz fallece

blanca estrella solitaria.

   Sereno el mar las riberas

de Puerto-Lucero baña,

y en blando rumor le envía
515

olas de luciente plata:

   Olas que al vecino bosque

lánguidos suspiros lanzan,

que amorosas les devuelven

las puras, fugaces auras.
520

   En la florida Sanlúcar

ni un acento se levanta;

tranquila al sueño se entrega

por las ondas arrullada.

   Desierto el mar aparece:
525

Sólo inmóviles se alzan

varias naves, allá lejos,

del Betis en la ancha entrada.

   Mas súbito se presenta

negro punto en lontananza,
530

que va creciendo a medida

que hacia el puerto se adelanta.

   Ser alto buque se observa

del sol a la lumbre clara,

que lleva gallardo al viento
535

cien banderas desplegadas.

   Raudo la distancia acorta

que del puerto lo separa,

y mientras más se aproxima

con más rapidez avanza.
540

   Llega al fin: los marineros

aferran foques y gavia,

sueltan áncoras, y a poco

retumban sonoras salvas;

   en bronco son anunciando
545

cuatro cañones por banda

a la descuidada gente

la venturosa llegada.

   Conmuévese el pueblo todo,

y presuroso a la playa
550

a saber la causa corre

de novedad tan extraña.

   Todos la preguntan: nadie

razón da que satisfaga

la justa ansiedad del pueblo,
555

que inútilmente se afana.

   Mas ya una chalupa arroja

la tripulación al agua,

y un jefe con seis remeros

el muelle del puerto gana.
560

   Ya sube, ya le rodea

la multitud... Sus palabras

rayos son que de alegría

conmueven todas las almas.

   Es Juan Sebastián del Cano,
565

honor y prez de Vizcaya,

que logra al fin ver, dichoso,

el puro cielo de España.

   Consigo de cien naciones

trae de sumisión la carta,
570

digno presente que lleva

de Castilla al gran monarca.

   ¡Oh dicha! De gozo lleno,

el pueblo en calles y plazas,

cual mar hirviente se agita,
575

en confusas oleadas.

   Ya el bronce herido en las torres

su voz al espacio lanza,

y a recibir sale el clero

al feliz e ilustre nauta.
580

   Por do quier prorrumpe en vivas

la muchedumbre entusiasta,

y en ellos de Cano el nombre

sube del céfiro en alas.

   Así premia justo el pueblo
585

su heroísmo y su constancia.

¡Felices los que tal honra

por sus virtudes alcanzan!

   ¡Noble España! alza la frente,

vuelve en torno la mirada:
590

No existe nación que pueda

eclipsar tu ínclita fama.

   Tú la primera reinaste

de América en las comarcas,

mas esto a tu heroico brío
595

y a tu ambición no bastaba.

   Era poco: ser quisiste

de polo a polo aclamada,

y altiva la vuelta al mando

dio tu bandera preclara.
600

   ¡Oh! sí; la primera fuiste

que pudo empresa tan alta,

triunfante llevar a cabo

ante la Europa asombrada:

    La primera que orgullosa
605

miró llegar a sus playas

a los de América unidos

los ricos frutos del Asia.

   ¡Noble España! alza la frente;

muestra esas brillantes páginas,
610

do tu poderío inmenso,

do tus victorias resaltan.

   Y vosotros, oh marinos,

que de su grandeza en aras

ofrecisteis vuestras vidas,
615

llenos de ardiente esperanza;

   Magallanes, Cano insigne,

ved cuán altos se levantan

hoy vuestros nombres, orgullo

de españoles entusiastas.
620

   Sí: que al par que cien confines

del índico mar los aguardan,

de Iberia en los fastos brillar,

entre inmarcesibles palmas.12


Adiós a mi lira

      Si en plácido acento

      cien trovas al viento

dio, Ercilia adorada, mi labio en tu honor:

      Si pude un momento

      soñar con la gloria,
5

del vate aspirando a la alta victoria,

tú fuiste mi numen, mi estrella tu amor.

      A ti fatigado

      llegué, y abismado

en tristes ideas, ansiando morir:
10

      Y al son acordado

      de tu harpa de oro

lució mi esperanza, de dicha tesoro,

y en Dios confiando pedile vivir.

      Y dulce consuelo
15

      obtuve del Cielo,

la paz a mi alma, supremo favor;

      y en férvido anhelo

      pulsando la lira,

cediendo al encanto feliz que me inspira,
20

humildes cantares elevo al Señor.

      De antiguas historias

      las gratas memorias

después, cara Ercilia, ansioso evoqué.

      Por ti las victorias,
25

      por ti los amores

de cien damas bellas, los fieros rencores

de altivos monarcas, cantar anhelé.

      Y ansié en mi desvelo

      el lóbrego velo
30

de antiguas edades, fogoso rasgar:

      Y en rápido vuelo

      alzando la mente,

de Grecia la sabia, de Roma potente

en versos sonoros los triunfos narrar.
35

      Mas ¡ay! que humillado

      sentime y postrado

de tanta grandeza al vivo esplendor:

      En vano alentado

      soñé con la gloria,
40

con fúlgidos lauros de grata victoria...

Juzgueme pequeño, faltome valor.

      ¿Será que no alcanza

      falaz la esperanza

la dicha soñada jamás a cumplir?
45

      ¿De grata bonanza

      jamás en el suelo

fulgura la estrella, y sólo en el Cielo

sus rayos divinos veremos lucir?

      ¡Ah! sí: de la vida
50

      la dicha mentida

veloz desparece, cual niebla otoñal.

      La imagen querida

      de gloria, un momento

feliz nos halaga, mas pasa cual viento,
55

el alma llenando de angustia mortal.

      Tras mágica aurora

      la luz bienhechora

que alumbra a los genios ansié con ardor.

      Mas, ah, engañadora
60

      de mí se retira,

y hoy triste diciendo ¡adiós! a mi lira

en ti busco amparo, consuelo en tu amor.

      Ercilia, perdona

      si digna corona
65

de triunfos gloriosos jamás te ofrecí.

      Mi sien ya abatida

      de nieve se cubre,

      la mente sin vida

ni finge ilusiones, ni glorias descubre;
70

la edad de los sueños pasó para mí.

      Mas tú, Ercilia mía,

serás grato puerto do busque la calma;

      serás a mi alma

raudal misterioso de eterna poesía;
75

y si alzo de nuevo mi canto algún día

de amor siempre un eco tendrá para ti.

Sevilla, julio de .


FIN