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Eres joven, eres bella, |
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muy bella, muy bella, Amparo, |
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como el cielo de tu patria, |
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como sus tendidos campos, |
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como esas ondas azules |
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que agita el Mediterráneo. |
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Y eres bella en este suelo |
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que el Hacedor soberano, |
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con mano pródiga, quiso |
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hacer de hermosura pasmo. |
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Donde en campos de esmeralda, |
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por frescas aguas regados, |
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que azul firmamento cubre |
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y el euro acaricia blando, |
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encuentran la vista absorta |
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y el corazón fatigado |
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de las hurís del Oriente |
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los ideales encantos. |
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¡Dios bendiga tu hermosura, |
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en tu pecho derramando |
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tesoros de amor, de dicha, |
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de juventud y entusiasmo! |
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El viento de la fortuna, |
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que siempre sopló en mi daño, |
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por una vez favorable, |
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a estas riberas me trajo. |
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¡Ah! ¡si detener en ellas |
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pudiera el errante paso! |
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¡Si, orillas del manso Turia, |
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mis pesares olvidando, |
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tan rica naturaleza |
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me cubriera con su manto! |
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¡Y pasaran, como nubes |
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en un cielo de verano, |
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al par de mi triste infancia |
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los recuerdos tan amargos, |
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y mi juventud que huye |
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tras sí la nada dejando, |
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y mis sueños ambiciosos, |
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y mi estéril entusiasmo, |
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y cuantas vanas quimeras |
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dentro de mi pecho guardo! |
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Cual pasa la golondrina, |
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remotos climas buscando, |
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dejo la fértil Edeta |
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por buscar el Océano. |
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¿Cuándo, otra vez, de esa luna, |
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que cruza el tranquilo espacio, |
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veré en esta misma orilla |
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el resplandor desmayado? |
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Guarda en tu precioso libro, |
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guarda estos versos, Amparo; |
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es algo de mi existencia |
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lo que en ellos va encerrado. |
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Un deseo, una esperanza, |
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sentimiento ignoto y vago... |
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¡pueda en realidad tornarse, |
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en un tiempo no lejano! |
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¡Y si una vez los recorres, |
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al ojear este álbum, |
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piensa que no es mi memoria |
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errante como mi paso! |
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¿Ves, amigo, nacer en el oriente |
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vívido el astro-rey, padre del día, |
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y áureos rayos lanzando de su frente |
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cruzar triunfante la región vacía? |
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A su fulgor las aguas centellean, |
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abren su cáliz las pintadas flores, |
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y los tiernos y amantes ruiseñores |
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en los vergeles plácidos gorjean. |
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El rumor armonioso de los vientos |
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que agitan las frondosas enramadas, |
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los misteriosos, lánguidos acentos |
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de las aves en ellas anidadas, |
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el fragoroso hervir de los torrentes, |
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la ronca voz del férvido océano, |
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y el blando arrullo, placentero y vano, |
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de los arroyos y las claras fuentes; |
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El himno son que eleva la natura |
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cuando, detrás de la rosada aurora, |
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muestra su frente el sol, serena y pura, |
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y el anchuroso firmamento dora. |
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Él en tanto prosigue su carrera, |
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y los campos estériles fecunda, |
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y con su lumbre celestial inunda |
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el alto monte, el valle y la pradera. |
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Tal vez en alas de huracán violento |
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rápido por los aires conducido, |
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de negras nubes escuadrón sin cuento |
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dejan su claro disco oscurecido; |
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y, al son del rayo y al fragor del trueno, |
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que el pecho llenan de pavor profundo, |
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parece oculta al tenebroso mundo |
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la noche eterna en su medroso seno. |
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Mas pronto brilla el iris de bonanza |
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y huye por los espacios la tormenta, |
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y renacen la calma y la esperanza, |
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y purísimo azul el cielo ostenta. |
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Y de su trono en el cenit dorado, |
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con nueva vida y con impulso nuevo, |
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sus rayos lanza el rubicundo Febo |
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por la extensión del mundo dilatado. |
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Tal el genio levanta con orgullo |
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su frente de laureles coronada, |
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y del aplauso público al arrullo |
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camina de la gloria a la morada. |
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Émula de los siglos, su memoria |
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vive en el corazón de las edades, |
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y el tiempo que sepulta las ciudades |
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no empaña el brillo de su inmensa gloria. |
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Acaso ingrata su centuria mira |
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la llama que en su frente resplandece, |
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y el espíritu noble que le inspira |
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al desdén de los hombres enmudece; |
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y triste, solo, errante, peregrino, |
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el genio cruza por el ancho mundo, |
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lleno su pecho de dolor profundo, |
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sin hallar una flor en su camino. |
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Mas con su muerte empieza nueva vida, |
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y en pos de aquella mil generaciones |
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a su memoria ilustre y bendecida |
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alzan bustos, erigen panteones. |
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Y de la tumba helada se levanta, |
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circundado de luz resplandeciente, |
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al escuchar el cántico ferviente |
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con que su gloria el universo canta. |
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Tú, a quien el cielo próvido concede |
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tan alto don, prosigue, caro amigo, |
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la estrecha senda que a la gloria guía. |
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Sobre tu frente resplandece pura |
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la llama que animara el genio ardiente |
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de Bellini y Mozart; tu pensamiento |
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elévase a regiones ideales |
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de armonía y de luz, y tu alma joven |
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el entusiasmo y el amor al arte |
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vívidos electrizan y arrebatan. |
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Cuando del clave las ebúrneas teclas |
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pulsas, de amor y de tristeza henchido, |
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cual suele la ligera golondrina |
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tendiendo el vuelo a climas apartados, |
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rozar apenas con las leves alas |
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la superficie azul del mar tranquilo, |
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o agitado de espíritu invisible |
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haces brotar del dócil instrumento |
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sollidos vigorosos, que ora imitan |
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el estruendo y fragor de los combates, |
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el viento que se estrella en las almenas |
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de antiguo torreón, la voz del trueno |
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o el ronco son de los hirvientes mares; |
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ora el rugido de furor que lanza |
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el engañado esposo, o los gemidos |
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del amante infeliz; entonce, entonces |
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artista te proclama el que te escucha |
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y admiración te rinde y alto aplauso. |
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Sigue esa senda, pues: ella te guía |
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al templo de la gloria; los laureles |
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brotaran a tu paso, y las naciones |
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te ofrecerán artísticas coronas. |
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Yo, en tanto, oscuro vate, con mis votos |
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desde la playa seguiré tu nave, |
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ora mecida por ligeras brisas, |
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ora al impulso de huracán violento |
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cruzando un mar oscuro y tormentoso. |
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Y cuando, en los soberbios coliseos |
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de Albión y Lutecia, en los de Italia, |
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la cuna de las artes, y en aquella |
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patria feliz de Weber y Beethoven, |
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resuenen los aplausos a tu genio, |
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en alas de los vientos conducidos |
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hasta mí llegarán, en lo profundo |
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de mi sensible pecho resonando. |
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¡Y plegue al cielo guarde tu memoria |
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siempre un recuerdo del oscuro vate |
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que, en las riberas que constante azota |
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el mar de Atlante, en su insonora lira, |
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henchido de entusiasmo, te consagra, |
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como artista y amigo, fiel tributo! |
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Sentada en la alta peña que el mar besa sonoro, |
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o azota rebramante, si ruge el aquilón, |
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mirad la hermosa Cádiz, que con diadema de oro |
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corona ardiente, espléndido, el moribundo sol. |
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Rasgan sus altas torres el manto azul del cielo, |
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las palmas le dan sombra con verde pabellón, |
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las brisas del Atlante, con perezoso vuelo, |
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en torno de ella agitan sus alas sin color. |
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Busca el marino la roja estrella |
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Que de su frente vivaz destella. |
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España libre de ella surgió. |
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Cuando su diestra blandió el acero, |
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El astro fúlgido del gran guerrero |
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En el espacio palideció. |
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Por eso de los reyes |
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De la poesía, |
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En tu alabanza, ¡oh patria! |
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Vibró la lira. |
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¡Recuerdos vanos! |
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¡Memoria de unos días |
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Que ya pasaron! |
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Mas no pasa tu gloria: la historia en sus anales |
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Del tenebroso olvido tus hechos guardará: |
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Tu mar, tu claro cielo, tus hijas celestiales |
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Siempre también la lira del vate ensalzará. |
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Y en vano, en vano el tiempo veloz irá pasando, |
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Y acaso en tus ruinas su huella estampará, |
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Que con sereno impulso la eternidad salvando |
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De un siglo en otro siglo tu nombre volará. |
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Dicen que un día la mar airada, |
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Por misteriosa fuerza impulsada, |
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Negra, espumosa, oirás rugir, |
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Y sus eternas vallas rompiendo, |
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Sobre tus muros con ronco estruendo |
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Vendrá sus olas a confundir... |
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¿Qué importa?... cuando asome |
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Sobre las olas |
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Su alta frente la peña |
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Donde hoy reposas, |
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El navegante |
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Dirá con noble orgullo |
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«¡Allí fue Cádiz!» |
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¡Oh perla de los mares! ¡amada patria mía! |
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¡Envuelta en mis suspiros el alma vuela a ti! |
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¡Cuando la noche crece, cuando despierta el día, |
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Tu imagen, tu memoria alienta y vive en mi! |
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¡Tu imagen donde mira mi acalorada mente |
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Los plácidos recuerdos do mi niñez gentil, |
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Las adoradas prendas de mi cariño ardiente, |
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Mis sueños de lejano, glorioso porvenir! |
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A ti mis ojos vuelvo llorando, |
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Con honda pena mi hogar buscando, |
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¡Como el marino busca tu luz! |
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¡Y, ausente y triste, tan solo anhelo |
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Mirar tus torres, tu claro cielo, |
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Tus bellas hijas, tu mar azul! |
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Y cuando eterno sueño |
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Duerma en la tumba, |
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Que lo arrullen las olas |
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Que a ti te arrullan. |
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¡Pueda así el alma |
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Al seno de otra vida |
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Volar en calma! |
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Cuando sus alas la noche |
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en el firmamento tiende, |
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y, en parda sombra velada, |
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la naturaleza duerme, |
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si alzas, acaso, los ojos |
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a la bóveda celeste |
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y libre tu pensamiento |
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en el espacio se pierde, |
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¡piensa en mí! que en ti pensando |
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entonce estoy, como siempre, |
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y creo ver en las estrellas |
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el resplandor de tu frente. |
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Si de tu flor favorita |
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que tu ventana embellece |
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y que al viento de la tarde |
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abre su cáliz de nieve, |
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aspiras el grato aroma |
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en el perfumado ambiente, |
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¡piensa en mí! que en ella busco, |
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enamorado y ausente, |
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un recuerdo de otros días, |
|
que me consuele. |
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Cuando sola y pensativa, |
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en tu oculto gabinete, |
|
nuestros queridos poetas |
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recorras con vista ardiente, |
|
si una lágrima furtiva |
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de tus ojos se desprende, |
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¡piensa en mí! que busco en ellos |
|
acentos que me recuerden |
|
aquel tiempo venturoso |
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que huyó breve. |
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Cuando lanzan las campanas |
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su adiós al día que muere, |
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y allá en el vago horizonte |
|
ráfagas de fuego enciende, |
|
si acaso de un templo buscas |
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la tranquilidad solemne, |
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¡piensa en mí! y ora conmigo |
|
para que yo vuelva a verte; |
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que un ángel llevará al cielo |
|
tus tiernas preces. |
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Elvira, luz de mis ojos, |
|
si el recuerdo del ausente |
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en el bullicio del día |
|
acaso se desvanece, |
|
cuando la noche callada |
|
en sombras al mundo envuelve |
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y el alma vuela tranquila |
|
y ligera como el éter, |
|
¡piensa en mí! que en ti pensando |
|
entonce estoy como siempre. |
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Tu pensamiento y el mío |
|
unidos al cielo vuelen, |
|
como dos ondas sonoras |
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de dos arpas se desprenden, |
|
y en una sola armonía |
|
en el espacio se pierden. |
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¡Granada! patria hermosa del genio y la armonía, |
|
tesoro de recuerdos, raudal de inspiración, |
|
¿porqué, porqué tu nombre conmueve el alma mía, |
|
como el rumor lejano de plácida canción? |
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¿Acaso es que en mi mente despierta la memoria, |
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dormida entre las nieblas del tiempo que pasó, |
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de tu esplendor antiguo, de tu brillante historia, |
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de la epopeya inmensa que en ti se concluyó? |
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¿Es que, a través del velo azul del horizonte, |
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los ojos de mi alma en el espacio ven |
|
tu Alhambra, reclinada sobre elevado monte, |
|
al son con que la arrulla murmurador laurel? |
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¿Es que en las vagas ondas que en el ambiente agita |
|
tu nombre, al pronunciarlo con conmovida voz, |
|
oculto y misterioso espíritu palpita |
|
y vierte entre sus átomos los sueños del amor? |
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¡Granada! ¿acaso el viento me trae el rumor sonoro |
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do tus risueñas fuentes, del Darro y del Genil? |
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¡Granada! ¿acaso, ausente de tus vergeles, lloro |
|
algún grato recuerdo depositado en ti? |
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¡Ah, no! ¡jamás mis ojos miraron tu hermosura! |
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¡jamás tu aura de rosas ansioso respiré! |
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¡Ah! nunca de tu cielo cubrióme la luz pura, |
|
ni en tus floridos cármenes se deslizó mi pie. |
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¡Yo sé, yo sé la causa del vago sentimiento |
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que en mí despierta el nombre de la gentil ciudad!... |
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¡Mas no! ¡nunca a las alas del indiscreto viento |
|
su misteriosa esencia pudiera abandonar! |
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¡Derrámase el perfume que encierra vaso de oro, |
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y piérdese en los aires y nada queda en pos! |
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¡El corazón encierra recóndito tesoro |
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que solo el alma siente, que solo alcanza Dios! |
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Cuando, en las tristes horas invernales, |
|
sobre el sediento suelo |
|
la blanda lluvia en plácidos raudales |
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hubo vertido el cielo; |
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La ociosa calma un labrador dejando, |
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activo y diligente |
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sembró su campo, en él depositando |
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benéfica simiente. |
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Cubrió la noche el transparente cielo |
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con manto tenebroso, |
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y el labrador, cumplido su desvelo, |
|
buscó blando reposo. |
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Y vino entonces enemiga mano, |
|
llena de envidia y saña, |
|
y entre la tierra que guardaba el grano, |
|
sembró mortal cizaña. |
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Creció la mies; espléndido tributo |
|
al hombre prometía, |
|
pero, a la vez que el codiciado fruto, |
|
la pérfida cizaña aparecía. |
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Y al padre de familia preguntaba |
|
su contristada gente: |
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«¿Señor, la que en tu campo germinaba, |
|
no fue buena simiente?» |
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|
«¿Quieres que de la yerba hagamos tala |
|
que causa nuestra pena?» |
|
-«No, respondió, que, al arrancar la mala, |
|
quizá arranquéis la buena. |
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|
»Dejad crecer las dos; cuando ondeante, |
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por premio a mis fatigas, |
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nos muestre el trigo por el sol radiante |
|
doradas sus espigas; |
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»Cuando en el tiempo alegre de la siega, |
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del sol a los ardores, |
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crucen cantando por la extensa vega, |
|
diré a los segadores: |
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|
»Coged con tiento la cizaña fiera, |
|
y, atándola en manojos, |
|
sirva de pasto a la voraz hoguera, |
|
ardiendo a nuestros ojos. |
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»Y, en tanto la consuma el fuego airado |
|
con brillo placentero, |
|
el trigo recoged, y, con cuidado, |
|
guardadlo en mi granero.» |
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Siembra Jesús el bien, y brota ufana |
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la tierra su semilla, |
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que son los buenos, cuya fe cristiana |
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serena y pura brilla. |
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Y Satanás derrama en el sembrado |
|
veneno de cizaña, |
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y nace iniquidad, y vil pecado |
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que la conciencia empaña. |
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Mas llegará del mundo en triste día |
|
el hora postrimera, |
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y del Señor en la región vacía |
|
se oirá la voz severa. |
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Y, circundados de siniestro velo |
|
de lúgubres fulgores, |
|
bajarán a su voz del alto cielo |
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ministros vengadores. |
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Y, como activo segador separa |
|
la cizaña del trigo, |
|
apartarán de la virtud preclara |
|
el vicio, su enemigo. |
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Irán a la mansión de eterno llanto |
|
los torpes delincuentes, |
|
y allí serán los duelos y el espanto, |
|
allí el crujir de dientes. |
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Y, como el sol que esparce en las alturas |
|
ardientes resplandores, |
|
a la diestra de Dios las almas puras |
|
brillarán con purísimos fulgores. |
| |
¿Si, cual tus rasgados ojos, |
|
es negra tu cabellera, |
|
si la sonrisa del ángel |
|
vaga en tu boca pequeña, |
|
si el cuello tienes del cisne |
|
y el tallo de la palmera, |
|
qué pides, qué pides, niña |
|
para parecer más bella? |
|
|
|
Lo sé; envidias a la rosa |
|
el puro color que ostenta, |
|
y que a tus blancas mejillas |
|
negó la naturaleza. |
|
Si en la luna veneciana |
|
tu bello rostro contemplas, |
|
piensas con enojo, niña, |
|
que la palidez lo afea. |
|
La palidez que en mi alma |
|
grata sensación despierta |
|
de vaga melancolía |
|
y de inefable tristeza. |
|
Esa palidez, hermosa, |
|
que es del sentimiento emblema, |
|
y que el pensamiento imprime |
|
en la frente del poeta. |
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Pálida vierte la aurora |
|
lluvia de aljófar y perlas, |
|
pálida la casta luna |
|
del cenit se enseñorea. |
|
Pálidos dan su fragancia |
|
al aura de primavera |
|
el jazmín de hojas menudas |
|
y la cándida azucena. |
|
Pálida en concha de nácar |
|
brilla transparente perla, |
|
y, en el azul firmamento, |
|
las tembladoras estrellas. |
|
|
|
Ese color da a tu rostro |
|
melancólica belleza, |
|
templa a tus ojos el fuego |
|
y de languidez los vela; |
|
incitadora frescura |
|
a tus rojos labios presta, |
|
que un clavel que abre su cáliz |
|
sobre la nieve semejan, |
|
y da a tu cándida frente |
|
la aureola de pureza |
|
con que el pincel de Murillo |
|
a los ángeles rodea. |
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|
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Muchas veces, al mirarte, |
|
triste, pálida y ¡tan bella! |
|
con negro, flotante velo, |
|
que a merced del aura ondea, |
|
por los rayos de la luna |
|
en ondas de luz envuelta, |
|
te creí genio nocturno, |
|
vagando por la ribera. |
|
Y cuando, inmóvil, las olas |
|
vías morir en la arena, |
|
blanca estatua de alabastro |
|
que un rayo divino espera, |
|
que el espíritu de vida |
|
en su bella forma encienda. |
|
|
|
Por eso te amé, por eso |
|
eres luz de mi existencia, |
|
y al mirarte al lado mío, |
|
triste, pálida y... ¡tan bella! |
|
veo en ti... la musa del llanto |
|
que me inspira mis endechas. |
| |
-¡Niña! el sol en occidente |
|
densos nublados ocultan, |
|
mientras su disco fulgente |
|
las olas del mar sepultan. |
|
|
|
En anchas y tibias gotas |
|
desciende la lluvia lenta, |
|
y gritan las gaviotas |
|
presagiando la tormenta. |
|
|
|
El horizonte enlutado |
|
está con manto de bruma, |
|
el mar levanta irritado |
|
altas montañas de espuma. |
|
|
|
Las aves buscan su nido, |
|
¡y tú inmóvil permaneces! |
|
Oye del trueno el rugido: |
|
márchate: ¿no te estremeces? |
|
|
|
-¡Extranjero! en esta lucha |
|
de discordes elementos, |
|
una voz mi pecho escucha |
|
que responde a sus lamentos. |
|
|
|
Aquí, al rumor de las olas |
|
y los vientos bramadores, |
|
vengo a lamentar a solas |
|
la muerte de mis amores. |
|
|
|
En esta misma ribera, |
|
desolada y afligida, |
|
abracé por vez postrera |
|
al encanto de mi vida. |
|
|
|
La calma de sus hogares |
|
turbaba suerte importuna, |
|
y quiso cruzar los mares |
|
en pos de mejor fortuna. |
|
|
|
Naturaleza a su anhelo |
|
favorable parecía; |
|
el sol, desde el alto cielo, |
|
con vivo fulgor lucía. |
|
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|
Sereno y plácido el viento |
|
rizaba la mar en calma; |
|
mas triste presentimiento, |
|
¡ay! se agitaba en mi alma. |
|
|
|
¡Aquí le vi!... No exhalamos |
|
ni un suspiro, ni un adiós; |
|
callados nos abrazamos, |
|
pero llorando los dos. |
|
|
|
¡Y partió!... en la mar sonora, |
|
donde el sol resplandecía, |
|
la fragata voladora |
|
orgullosa se mecía. |
|
|
|
Dio al viento la blanca vela, |
|
izó alegres banderolas, |
|
y su fosfórica estela |
|
comenzó a bordar las olas. |
|
|
|
Yo mientras aquí lloraba |
|
perdida mi dulce paz, |
|
y el alma se me escapaba |
|
tras de su huella fugaz. |
|
|
|
Pronto en la línea indecisa |
|
del horizonte flotó |
|
y a otro soplo de la brisa |
|
tras ella despareció. |
|
|
|
Desde entonces, triste, sola, |
|
con mi continuo dolor, |
|
preguntando a cada ola |
|
nuevas de mi dulce amor; |
|
|
|
Vine aquí cuando la tarde |
|
desciende del alto monte, |
|
y el último rayo arde |
|
del sol en el horizonte. |
|
|
|
Y así pasó día tras día, |
|
un año y otro pasó, |
|
y mi amado no volvía; |
|
¡ay! en mal hora volvió. |
|
|
|
Una tarde... Como ahora, |
|
la tempestad rebramaba, |
|
rugía en la mar sonora, |
|
en los árboles silbaba. |
|
|
|
Súbito al siniestro ruido |
|
del rayo, al silbar del viento, |
|
se unió sonoro estampido, |
|
lúgubre como un lamento. |
|
|
|
¡Más que la tormenta ruda, |
|
aquel eco me dio espanto!... |
|
quedéme inmóvil y muda... |
|
la noche cerraba en tanto. |
|
|
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En la inmensidad desierta, |
|
solo esa peña se vía, |
|
de blanca espuma cubierta, |
|
su frente alzando sombría. |
|
|
|
Pero lúgubre aquel eco, |
|
«¡favor! ¡socorro!» clamando, |
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a intervalos, ronco, seco, |
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iba en los aires zumbando. |
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¡Ah! ¡qué noche! en vano, en vano, |
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en mi alcoba solitaria, |
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quise ahogar su ruido insano |
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con el son de mi plegaria. |
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En vano, para consuelo |
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de mis mortales enojos, |
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pedí, sollozando, al cielo |
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el sueño para mis ojos. |
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Un presentimiento vago |
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de la desventura mía, |
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flotaba tenaz, aciago, |
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en mi ardiente fantasía. |
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Cuando la naciente aurora |
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azuleó en mis cristales, |
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busqué en su luz bienhechora |
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bálsamo para mis males. |
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La brisa de la mañana |
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busqué con afán ardiente, |
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y me puse a la ventana |
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para refrescar mi frente. |
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Confuso llegó a mi oído |
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rumor de gentes que hablaban, |
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y que de un buque perdido |
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la desgracia lamentaban. |
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Aquella frase sencilla |
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respondió a mi pensamiento; |
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¡corrí, volé!... y a la orilla |
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del mar llegué como el viento. |
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Y vi el sol entre la bruma, |
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pálido, triste, velado, |
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el mar cubierto de espuma |
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como un caballo cansado. |
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Y, espanto dando a los ojos, |
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que con llanto los veían, |
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de un buque tristes despojos |
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las turbias olas traían. |
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Aquí, do me ves sentada, |
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mi aciaga estrella llorando, |
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vi muchedumbre apiñada |
|
un objeto contemplando. |
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Temí acercarme, y no sé |
|
por qué misterioso impulso, |
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aunque indecisa, avancé |
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hacia aquí mi pie convulso. |
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En mí nadie reparó |
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en tanto que me acercaba; |
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llegué y mi vista buscó |
|
lo que el grupo me ocultaba. |
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¡Lanzó un grito el pecho mío |
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y caí muerta de pena!... |
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¡Hallé su cadáver frío, |
|
medio enterrado en la arena!... |
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|
¿Preguntas hora por qué |
|
busco este sitio desierto? |
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¡Aquí vivo le dejé, |
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aquí volví a hallarle muerto! |
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-Niña, tu acerba desdicha |
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no es mucho que triste llores; |
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pero Dios manda la dicha |
|
lo mismo que los dolores. |
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Ruégale, y ten confianza, |
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que Él dará al tuyo consuelo. |
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-¡Ya he perdido la esperanza! |
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-¡Niña, búscala en el cielo! |
| |
Mueve las flores perfumado viento, |
|
la fuente eleva plácido rumor, |
|
dora el espacio sol de primavera, |
|
canta mi alma un cántico de amor. |
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Díme, luz de mis ojos, por qué inclinas |
|
tu frente, cual su cáliz el clavel; |
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díme por qué de tu entreabierta boca |
|
soplo de fuego exhálase tal vez. |
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Dí por qué esquivas mi mirada ardiente, |
|
cual la violeta la del rojo sol; |
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díme por qué tus pálidas mejillas |
|
a ráfagas se cubren de arrebol. |
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|
Por qué el contorno de tus negros ojos |
|
tinta azulada empieza a dibujar, |
|
por qué se agita tu nevado seno |
|
como las ondas del inquieto mar. |
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Por qué tiembla tu mano entre las mías |
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cual las hojas del trémulo abedul; |
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qué pensamiento cruza por tu frente |
|
y da a tus ojos desusada luz. |
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|
Cuando la dulce primavera extiende |
|
sobre la tierra su esplendor fugaz, |
|
pueblan el aire genios invisibles |
|
nacidos de su aliento virginal. |
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Ellos dan savia a los desnudos troncos, |
|
grato perfume al cáliz de la flor; |
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al reflejar en sus doradas alas, |
|
con nuevo brillo resplandece el sol. |
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|
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Ellos palpitan en la clara fuente |
|
agitando su límpido cristal, |
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ellos levantan en el bosque umbrío |
|
vagos rumores de ventura y paz. |
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|
|
¡Ellos despiertan el oculto anhelo |
|
que duerme en el humano corazón, |
|
ellos encienden en tu pecho, Elvira, |
|
sed insaciable de placer y amor! |
|
|
|
¡Ah! ¡no lo niegues! Tu rubor lo dice: |
|
¿a qué ocultar tu pensamiento así? |
|
¡Mira en redor naturaleza entera |
|
como canta su amante frenesí! |
|
|
|
Yo sé, yo sé que tu nevado seno |
|
encierra un alma, asilo del amor, |
|
alma de fuego que la mía comprende, |
|
alma que siente como siento yo. |
|
|
|
Brillar la miro en tus hermosos ojos |
|
y en tus azules venas circular, |
|
y, al escuchar mi brazo tu cintura, |
|
junto a mi pecho ardiente palpitar. |
|
|
|
¿Por qué velas el vivo sentimiento |
|
que intenso brillo a tu belleza da? |
|
¿Sin su férvido aliento, vida mía, |
|
qué fuera de la gracia y la beldad? |
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|
|
¿Ves esas flores, que a tu lado brotan, |
|
que agita el viento y acaricia el sol? |
|
¡Ay! son la copia del destino humano, |
|
imagen triste de la vida son. |
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|
|
Brotan lozanas al nacer la aurora, |
|
gozan alegres juventud fugaz... |
|
elévase en oriente un nuevo día, |
|
y secas doblan sus corolas ya. |
|
|
|
Mas antes dieron a la vaga brisa |
|
tesoro de perfume virginal, |
|
y el germen de su esencia misteriosa |
|
depositaron en la tierra ya. |
|
|
|
Es flor la juventud, Elvira mía, |
|
y es su perfume celestial amor. |
|
¡Deja, hermosa, que el viento de la vida |
|
se esparza activo, ardiente, embriagador! |
|
|
|
Horas de amor, de lánguida pereza, |
|
de ardientes raptos, de febril placer, |
|
¡ah! ¡quién pudiera vuestro alado curso, |
|
rápido como el viento, detener! |
|
|
|
Como las ondas del veloz torrente, |
|
pasáis ligeras para no tornar, |
|
y el pensamiento adivinar en vano |
|
quiere las horas que después vendrán. |
|
|
|
¿Quién pudo nunca levantar el velo |
|
que cubre el insondable porvenir? |
|
Oscuro libro del destino humano, |
|
¡ah! ¿quién sabrá lo que se encierra en ti? |
|
|
|
Luz de mis ojos, mientras sangre ardiente |
|
circule en nuestro joven corazón, |
|
mientras la vida brille en su mañana, |
|
¡amar! ¡amar! ¡la vida es el amor! |
|
|
|
Mi vida está en tus ojos, en tus labios, |
|
está en la intensa luz de tu mirar, |
|
en esas vagas frases que pronuncias, |
|
en los suspiros de tu pecho está. |
|
|
|
¡Fresco oasis en árido desierto, |
|
en caos de sombras brilladora luz, |
|
iris de paz en la tormenta ruda, |
|
ser de mismo ser, eso eres tú! |
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|
|
¡Habla! ¡tu voz resuene en mis oídos, |
|
di que me amas como te amo yo, |
|
y de este espacio de árboles y flores |
|
haz, Elvira, un Edén para los dos! |
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|
|
Mueve las flores perfumado viento, |
|
la fuente eleva plácido rumor, |
|
dora el espacio sol de primavera, |
|
canta mi alma un cántico de amor. |
| |
¡Salem! ¿por qué en tus calles inmensa muchedumbre, |
|
al son de alegres cantos inquieta veo bullir, |
|
y zumba, como enjambre de abejas, a la lumbre |
|
del sol, que dora espléndido un cielo de zafir? |
|
|
|
¿Por qué en los ojos miro, Salem, de tus ancianos |
|
las lágrimas de gozo brillantes resbalar, |
|
y unidos de tus vírgenes entre las puras manos |
|
las palmas cimbradoras y el símbolo de paz? |
|
|
|
La hora sonó: ¡descubre la frente macilenta! |
|
Sacude tus cadenas, ¡oh pueblo de Israel! |
|
¡El Dios eterno y sumo que las edades cuenta, |
|
contó las que en sus sueños vaticinó Daniel! |
|
|
|
Pasaron esos días de servidumbre y duelo; |
|
¡cesad en vuestro llanto, mujeres de Judá! |
|
¡Mirad cómo sonríe y tornasola el cielo |
|
aurora de ventura en el oriente ya! |
|
|
|
Ya viene el que anunciaba la voz de los profetas: |
|
llegó al cenit el astro que apareció en Belén: |
|
¿de las ligeras auras las ráfagas inquietas |
|
no traen hasta vosotros un himno de placer? |
|
|
|
¡Salem! tu Rey se acerca: resuenen sus loores: |
|
que escucho de su pueblo festiva aclamación: |
|
alfombren su camino las olorosas flores, |
|
den palmas a su frente sublime pabellón. |
|
|
|
Vendrá oprimiendo el lomo del alazán ligero, |
|
a cuyos rudos pasos la tierra temblará; |
|
empuñará su diestra resplandeciente acero, |
|
guerrera muchedumbre sus huellas seguirá. |
|
|
|
Serán su manto regio y espléndida armadura |
|
de púrpura de Tiro, del oro del Ofir, |
|
y en su guerrero casco, del sol a la luz pura, |
|
corona diamantina se mirará lucir. |
|
|
|
¡Con qué vivos colores la ardiente fantasía |
|
del pueblo se figura a su inmortal Señor, |
|
y cómo escuchar piensa la bélica armonía, |
|
que anuncia la llegada del Rey libertador! |
|
|
|
¡Mas ay! que en vano, en vano por la llanura tiende |
|
la vista, por si en ella consigue divisar |
|
el brillo de las armas, y el polvo que suspende |
|
de los veloces brutos el rudo galopar. |
|
|
|
Tranquila, abrasadora, desierta, inmensa, llana, |
|
la sombra de las palmas dibuja en ella el sol; |
|
ni activo caminante, ni lenta caravana, |
|
del arenal rojizo recorren la extensión. |
|
|
|
Pero lejano y vago rumor de alegre coro |
|
repiten conmovidos los ecos del Oreb; |
|
semeja la indecisa canción que alza sonoro, |
|
al soplo de los euros, murmurador laurel. |
|
|
|
¡Mirad! ¿desde esa cumbre, do la silvestre higuera |
|
levanta tortuosa la copa desigual, |
|
no veis, no veis de gentes la turba placentera, |
|
en son de alegre fiesta, hacia Salem bajar? |
|
|
|
Se acercan: ya sus pasos veloces precipitan: |
|
ya el viento trae sus voces distintas hasta aquí: |
|
«¡hosanna en las alturas!» oídles cómo gritan: |
|
«¡hosanna, hosanna, hosanna al hijo de David!» |
|
|
|
¡Él es! ¡el grande, el Santo, el redentor Mesías, |
|
que ahuyentará del suelo las sombras del error! |
|
¡Él es el que anunciaron las santas profecías, |
|
el Salvador del Mundo, el Hijo del Señor! |
|
|
|
Sencillas vestes cubren su cuerpo soberano, |
|
cabalga en bruto humilde su excelsa majestad, |
|
no empuña el áureo cetro su poderosa mano, |
|
ni ciñe su cabeza con la corona real. |
|
|
|
Pero rodea su frente la fúlgida aureola |
|
de su divina esencia perenne emanación, |
|
y el aire a su contacto se anima y tornasola, |
|
y forma en torno suyo atmósfera de amor. |
|
|
|
El pueblo lo conoce: confuso torbellino |
|
agólpase de gente, su túnica a besar, |
|
y cubre con sus capas y flores el camino, |
|
y gritos de alegría resuenan sin cesar. |
|
|
|
Los aires ensordecen con su festivo estruendo: |
|
«¡hosanna en las alturas!» repiten con fervor; |
|
y los dormidos ecos despiertan repitiendo: |
|
«hosanna a Aquel que viene en nombre del Señor.» |
|
|
|
¡Salem! ¡Salem! ¡ah! ¡nunca lanzó más fausto día |
|
sobre tus blancas torres su resplandor fugaz! |
|
El cielo es luz ardiente, los vientos armonía, |
|
y júbilo las almas y los semblantes paz. |
|
|
|
Mas... ¿quién lo sabe? Acaso los ecos del hosanna |
|
apagarán en breve su celestial rumor. |
|
¡Quizás en el espacio resonarán mañana |
|
tristísimos lamentos y gritos de furor!... |
| |
El claro firmamento las nubes pardas velan, |
|
envuelve el horizonte siniestra oscuridad, |
|
atónitas y mudas, por el espacio vuelan |
|
las aves, en las ráfagas de sorda tempestad. |
|
|
|
Los árboles se quejan del cierzo a los rigores |
|
sus hojas agitando con fúnebre rumor; |
|
envuelto por las nubes en húmedos vapores, |
|
sin rayos, triste, inmóvil, su disco muestra el sol. |
|
|
|
Al pie de un monte ruge inmensa muchedumbre, |
|
y gritos y blasfemias se escuchan resonar; |
|
sus negros brazos tienden tres cruces en la cumbre, |
|
y tres hombres en ellas a punto de espirar. |
|
|
|
Sus frentes baña el gélido sudor de la agonía, |
|
agítanse sus miembros con rápido temblor, |
|
la luz de sus miradas empaña sombra fría, |
|
y ronco de sus pechos se escapa el estertor. |
|
|
|
Envuelve el triste grupo con pliegues funerales |
|
de las tinieblas densas el lóbrego capuz: |
|
abajo lanza el pueblo rugidos infernales; |
|
sobre una de las cruces se lee: «Jesús.»-¡Jesús!... |
|
|
|
¡Cubrid con vuestras alas, espíritus del cielo, |
|
cubrid con vuestras alas vuestra llorosa faz; |
|
alzad, arpas angélicas, clamor de amargo duelo, |
|
que de la Cruz pendiente nuestro Señor está! |
|
|
|
Sangriento, lacerado, sobre el madero inerte, |
|
aun brotan de sus labios palabras de perdón, |
|
y de sus claros ojos, que enturbia ya la muerte, |
|
miradas amorosas abarcan la creación. |
|
|
|
De espinas coronada se inclina su alta frente, |
|
y roja sangre cubre su rostro divinal, |
|
y de sus labios cárdenos, que seca sed ardiente, |
|
se exhala en roncas ráfagas el hálito vital. |
|
|
|
Al pie del triste leño la Madre dolorosa, |
|
bañada en llanto mira del hijo la pasión, |
|
y en tanto que contempla la escena lastimosa |
|
taladra ardiente espada su amante corazón. |
|
|
|
¡Silencio!-Conmovida la infame turba espera, |
|
y no insulta con gritos de Cristo el padecer; |
|
los vientos enmudecen, y la creación entera |
|
sus últimas palabras se apresta a recoger. |
|
|
|
Un ángel, descendiendo de las etéreas salas, |
|
humilde y conmovido, se inclina hacia Jesús, |
|
para llevarlas raudo, sobre sus níveas alas, |
|
hasta el eterno solio, raudal de eterna luz. |
|
|
|
En manos de su Padre su espíritu entregando, |
|
Jesús la frente inclina lanzando una gran voz: |
|
recorre la tormenta los aires rebramando, |
|
y zumba en el espacio: «¡Ya todo concluyó!» |
|
|
|
¡Salem! ¡mira tu obra! En el rugir del viento |
|
escucha del Dios fuerte la eterna maldición: |
|
de la desnuda cumbre del Gólgota sangriento |
|
vendrá sobre tus muros raudal de destrucción. |
|
|
|
¿No ves en las tinieblas fulgor que centellea? |
|
¿No escuchas de su carro los ejes rechinar? |
|
¡Sobre las negras nubes y el rayo que flamea |
|
el ángel de la muerte te viene a visitar! |
|
|
|
Temblando, a los lamentos de la creación entera, |
|
el miedo en el semblante, tus hijos mira huir... |
|
¡y pasarán los siglos, y nunca su carrera |
|
hará cesar un punto risueño porvenir! |
|
|
|
¡Dispersos y malditos, irán de gente en gente |
|
llevando por el mundo su nombre por baldón, |
|
la mancha de la sanare de Dios sobre su frente, |
|
del cielo aborrecidos, del orbe execración! |
|
|
|
¡Salem! en las ruinas sentada te contemplo, |
|
llorando tu pasado, que nunca volverá; |
|
porque, al rasgarse el velo de tu sagrado templo, |
|
tu historia de ventura rasgóse también ya. |
|
|
|
¡Flotando por tu cielo las sombras del delito, |
|
estéril e infecundo tu suelo para el bien, |
|
el nombre de decida sobre tu frente escrito, |
|
ruinas y sepulcros será Jerusalén! |
| |
Señor, que abandonaste tu celestial morada |
|
y tu divina sangre vertistes en la Cruz, |
|
tu Santo nombre inspira mi mente arrebatada, |
|
que tu doctrina alumbra con su fulgente luz. |
|
|
|
Si el mármol del sepulcro tu resto humano encierra, |
|
aquí impaciente aguardo mirarte en tu Ascensión: |
|
yo sé, yo sé que pronto de la mezquina tierra |
|
levantarás el vuelo a la eternal región. |
|
|
|
Allá, en el firmamento, del que envidiosas nubes |
|
no ocultan a mis ojos el esplendente azul, |
|
te esperan las falanges de célicos querubes, |
|
sus alas agitando de transparente tul. |
|
|
|
Las piedras del sepulcro ya saltan en pedazos: |
|
Jesús asciende al cielo, vestido de esplendor. |
|
¡Señor! ¡a ti levanto mis suplicantes brazos! |
|
¡Señor, mi voz escucha! ¡Escúchala, Señor! |
|
|
|
¡Ah! deja que mi espíritu, rompiendo sus cadenas, |
|
ardiente, puro, al cielo elévese tras Ti; |
|
o, ya que aquí me dejas en lágrimas y penas, |
|
¡Señor! ¡desde tu gloria, acuérdate de mí! |
| |
¡Miradla!-Apenas seis veces |
|
deshojó la primavera, |
|
sobre esa frente tranquila, |
|
las flores de su diadema. |
|
Sus negros y dulces ojos, |
|
espejo de la inocencia, |
|
transparentes como el cielo, |
|
la luz del cielo reflejan. |
|
La aureola de los angeles |
|
ciñe su pura cabeza, |
|
que de sus rubios cabellos |
|
los copiosos rizos velan. |
|
Es niña, es niña; su alma |
|
duerme en esa forma bella, |
|
esperando que algún día, |
|
en la mundanal tormenta, |
|
el rayo de las pasiones, |
|
al despertar, la conmueva. |
|
Vagos son los pensamientos, |
|
que cruzan su frente tersa, |
|
cual las blancas nubecillas, |
|
que cruzan la azul esfera, |
|
y de su ligero paso |
|
no dejan ni aun leve huella. |
|
Para ella no hay pasado |
|
ni el porvenir la desvela; |
|
corren serenos sus días |
|
en brazos de la inocencia; |
|
que detrás del firmamento, |
|
puro dosel de la tierra, |
|
hay la mirada de un ángel |
|
que sobre los niños vela. |
|
|
|
¡Vedla dormir!-Es hermosa |
|
la tarde; brisa ligera, |
|
que las caricias de Mayo |
|
impregnaron con su esencia, |
|
del largo sueño de invierno |
|
sacó a la naturaleza. |
|
La niña ha jugado mucho; |
|
alegre, vivaz, inquieta, |
|
toda la tarde ha corrido |
|
en pos de sus compañeras; |
|
¡pero es tan chica! el cansancio |
|
la ha rendido, y duerme y sueña. |
|
Sobre el césped reclinada, |
|
en su blanca ropa envuelta, |
|
parece la dulce niña |
|
una cándida azucena. |
|
Entreabierta está su boca, |
|
concha de menudas perlas, |
|
coloradas sus mejillas |
|
y lánguida su cabeza. |
|
Un brazo le da almohada, |
|
y, al soplo del aura inquieta, |
|
palpita el velo de oro |
|
de su rubia cabellera. |
|
Tal vez sus alegres juegos |
|
el sueño la representa, |
|
porque una dulce sonrisa |
|
vaga en su faz hechicera. |
|
¡Puro sueño el de los niños, |
|
fuente de dulces ideas, |
|
que sus labios infantiles |
|
a dar expresión no aciertan! |
|
¡Oh! yo adivino en sus rostros |
|
esas cosas con que sueñan; |
|
¡oh! yo escucho con el alma |
|
esas pláticas secretas |
|
de los niños y los ángeles |
|
que sobre su cuna velan! |
|
|
|
¡Los niños! ¿quién los vio nunca |
|
con helada indiferencia? |
|
¿Cuál es el alma gastada |
|
que, al verlos, no se renueva? |
|
¡Flores que encantan la vista, |
|
brisas que el alma refrescan, |
|
ecos de un cielo perdido, |
|
aves que el hogar alegran! |
|
La aurora de nuestra vida, |
|
que cubre creciente niebla, |
|
en ese espejo sereno |
|
dulcemente se refleja. |
|
¡Allí está nuestro pasado |
|
con su atmósfera serena, |
|
con la eterna paz del alma, |
|
que en luz baña la inocencia, |
|
con los sueños que a los labios |
|
traen sonrisas placenteras, |
|
con sus bonancibles noches, |
|
sus alboradas risueñas! |
|
¡Río de blando murmullo |
|
y de frondosas riberas, |
|
que los pájaros encantan, |
|
que vientos de aromas besan, |
|
que en sus plácidos cristales |
|
colores y luz refleja, |
|
y que, al término funesto |
|
de su dichosa carrera, |
|
mar borrascoso y sombrío |
|
rugiendo voraz encuentra! |
|
|
|
¡Ay cuando sus puras aguas |
|
con estas aguas se mezclan! |
|
Ya la clara luz del cielo |
|
que se retrataba en ellas, |
|
en el cristal agitado |
|
se enturbia, deshace y quiebra. |
|
No ya con paso tranquilo |
|
recorren plácida senda; |
|
secreto impulso las mueve |
|
con sacudidas violentas. |
|
Ya no hay flores en su margen, |
|
ni blandos euros las besan; |
|
rocas estorban su paso, |
|
ábregos las atormentan. |
|
En lucha tenaz y sorda |
|
o en convulsiones soberbias, |
|
lanzan estridentes gritos, |
|
o exhalan profundas quejas. |
|
¿A dónde van?-¡Quién lo sabe! |
|
¡A qué ése luchar sin tregua, |
|
si deshace sus esfuerzos |
|
un débil muro de arena! |
|
|
|
¡Niña! ¿porqué al contemplarte |
|
me domina la tristeza? |
|
¿Porqué se nubla mi frente |
|
y ennegrecen mis ideas? |
|
Ya tocó el mar agitado |
|
el río de mi existencia; |
|
siento de la amarga linfa |
|
el beso que al alma hiela. |
|
El huracán que la azota |
|
me arrebata, envuelto en ella; |
|
nieblas cubren lo pasado, |
|
triste lo presente vuela, |
|
y allá... ¡lo desconocido |
|
con su oscuridad me aterra! |
|
Busco la luz que alumbraba |
|
mis alboradas primeras, |
|
y el soplo de las pasiones |
|
enturbia mi inteligencia. |
|
¡Envuelto en un torbellino |
|
vuelo como arista seca; |
|
allá quedáis, de mi infancia |
|
dulces días, noches bellas! |