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A A.... C....

                                  Eres joven, eres bella,
muy bella, muy bella, Amparo,
como el cielo de tu patria,
como sus tendidos campos,
como esas ondas azules
que agita el Mediterráneo.
Y eres bella en este suelo
que el Hacedor soberano,
con mano pródiga, quiso
hacer de hermosura pasmo.
Donde en campos de esmeralda,
por frescas aguas regados,
que azul firmamento cubre
y el euro acaricia blando,
encuentran la vista absorta
y el corazón fatigado
de las hurís del Oriente
los ideales encantos.
¡Dios bendiga tu hermosura,
en tu pecho derramando
tesoros de amor, de dicha,
de juventud y entusiasmo!
 
   El viento de la fortuna,
que siempre sopló en mi daño,
por una vez favorable,
a estas riberas me trajo.
¡Ah! ¡si detener en ellas
pudiera el errante paso!
¡Si, orillas del manso Turia,
mis pesares olvidando,
tan rica naturaleza
me cubriera con su manto!
¡Y pasaran, como nubes
en un cielo de verano,
al par de mi triste infancia
los recuerdos tan amargos,
y mi juventud que huye
tras sí la nada dejando,
y mis sueños ambiciosos,
y mi estéril entusiasmo,
y cuantas vanas quimeras
dentro de mi pecho guardo!
 
   Cual pasa la golondrina,
remotos climas buscando,
dejo la fértil Edeta
por buscar el Océano.
¿Cuándo, otra vez, de esa luna,
que cruza el tranquilo espacio,
veré en esta misma orilla
el resplandor desmayado?
Guarda en tu precioso libro,
guarda estos versos, Amparo;
es algo de mi existencia
lo que en ellos va encerrado.
Un deseo, una esperanza,
sentimiento ignoto y vago...
¡pueda en realidad tornarse,
en un tiempo no lejano!
¡Y si una vez los recorres,
al ojear este álbum,
piensa que no es mi memoria
errante como mi paso!

Valencia.



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El genio

A Isidoro Hernández.

I

                                  ¿Ves, amigo, nacer en el oriente
vívido el astro-rey, padre del día,
y áureos rayos lanzando de su frente
cruzar triunfante la región vacía?
A su fulgor las aguas centellean,
abren su cáliz las pintadas flores,
y los tiernos y amantes ruiseñores
en los vergeles plácidos gorjean.
 
   El rumor armonioso de los vientos
que agitan las frondosas enramadas,
los misteriosos, lánguidos acentos
de las aves en ellas anidadas,
el fragoroso hervir de los torrentes,
la ronca voz del férvido océano,
y el blando arrullo, placentero y vano,
de los arroyos y las claras fuentes;
 
   El himno son que eleva la natura
cuando, detrás de la rosada aurora,
muestra su frente el sol, serena y pura,
y el anchuroso firmamento dora.
Él en tanto prosigue su carrera,
y los campos estériles fecunda,
y con su lumbre celestial inunda
el alto monte, el valle y la pradera.
 
   Tal vez en alas de huracán violento
rápido por los aires conducido,
de negras nubes escuadrón sin cuento
dejan su claro disco oscurecido;
y, al son del rayo y al fragor del trueno,
que el pecho llenan de pavor profundo,
parece oculta al tenebroso mundo
la noche eterna en su medroso seno.
 
   Mas pronto brilla el iris de bonanza
y huye por los espacios la tormenta,
y renacen la calma y la esperanza,
y purísimo azul el cielo ostenta.
Y de su trono en el cenit dorado,
con nueva vida y con impulso nuevo,
sus rayos lanza el rubicundo Febo
por la extensión del mundo dilatado.
 
   Tal el genio levanta con orgullo
su frente de laureles coronada,
y del aplauso público al arrullo
camina de la gloria a la morada.
Émula de los siglos, su memoria
vive en el corazón de las edades,
y el tiempo que sepulta las ciudades
no empaña el brillo de su inmensa gloria.
 
   Acaso ingrata su centuria mira
la llama que en su frente resplandece,
y el espíritu noble que le inspira
al desdén de los hombres enmudece;
y triste, solo, errante, peregrino,
el genio cruza por el ancho mundo,
lleno su pecho de dolor profundo,
sin hallar una flor en su camino.
 
   Mas con su muerte empieza nueva vida,
y en pos de aquella mil generaciones
a su memoria ilustre y bendecida
alzan bustos, erigen panteones.
Y de la tumba helada se levanta,
circundado de luz resplandeciente,
al escuchar el cántico ferviente
con que su gloria el universo canta.

II

                                  Tú, a quien el cielo próvido concede
tan alto don, prosigue, caro amigo,
la estrecha senda que a la gloria guía.
Sobre tu frente resplandece pura
la llama que animara el genio ardiente
de Bellini y Mozart; tu pensamiento
elévase a regiones ideales
de armonía y de luz, y tu alma joven
el entusiasmo y el amor al arte
vívidos electrizan y arrebatan.
 
   Cuando del clave las ebúrneas teclas
pulsas, de amor y de tristeza henchido,
cual suele la ligera golondrina
tendiendo el vuelo a climas apartados,
rozar apenas con las leves alas
la superficie azul del mar tranquilo,
o agitado de espíritu invisible
haces brotar del dócil instrumento
sollidos vigorosos, que ora imitan
el estruendo y fragor de los combates,
el viento que se estrella en las almenas
de antiguo torreón, la voz del trueno
o el ronco son de los hirvientes mares;
ora el rugido de furor que lanza
el engañado esposo, o los gemidos
del amante infeliz; entonce, entonces
artista te proclama el que te escucha
y admiración te rinde y alto aplauso.
 
   Sigue esa senda, pues: ella te guía
al templo de la gloria; los laureles
brotaran a tu paso, y las naciones
te ofrecerán artísticas coronas.
Yo, en tanto, oscuro vate, con mis votos
desde la playa seguiré tu nave,
ora mecida por ligeras brisas,
ora al impulso de huracán violento
cruzando un mar oscuro y tormentoso.
Y cuando, en los soberbios coliseos
de Albión y Lutecia, en los de Italia,
la cuna de las artes, y en aquella
patria feliz de Weber y Beethoven,
resuenen los aplausos a tu genio,
en alas de los vientos conducidos
hasta mí llegarán, en lo profundo
de mi sensible pecho resonando.
¡Y plegue al cielo guarde tu memoria
siempre un recuerdo del oscuro vate
que, en las riberas que constante azota
el mar de Atlante, en su insonora lira,
henchido de entusiasmo, te consagra,
como artista y amigo, fiel tributo!

Cádiz: 1855.



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Tristeza

                                  El sol que se levanta
sobre la mar sonora,
el ruiseñor que canta,
al despuntar la aurora,
en el follaje espléndido
del bosque secular;
el triste y acordado
murmullo de la fuente,
el cefirillo alado
que riza blandamente,
al agitarlo trémulo,
su líquido cristal;
 
   El encantado aroma
de las silvestres flores,
que la empinada loma
matizan de colores,
el cielo que despliégase
cual pabellón de tul;
el resplandor naciente
de la tranquila luna
que baña la alta frente
de la ciudad moruna,
y el río que corre férvido
a unirse al mar azul;
 
   No templan, no, mi pena
con bienhechora calma,
no tornan su serena
tranquilidad al alma,
que vanamente agítase,
viviendo sin tu amor;
y mira hora tras hora
pasar en su amargura,
sin vislumbrar la aurora
que el sol de la ventura
alumbre con suavísimo,
divino resplandor.
 
   Y vanamente dando
suspiros a los vientos,
en sí ocultos llevando
su pena y sus tormentos,
sin encontrar un límite
a su dolor mortal;
por único consuelo
en su fatal quebranto,
le da benigno el cielo
el manantial del llanto
y los recuerdos plácidos
de más dichosa edad.
 
   Que al alma que se afana,
sumida en la tristeza,
no deis la pompa vana
y espléndida belleza
con que natura búrlase
de su mortal dolor.
Dadle el impetuoso
vaivén del mar hirviente,
el trueno fragoroso
del montaraz torrente,
el cárdeno relámpago
y el rayo asolador.
 
   Dadle que roncas griten
las aves agoreras,
los árboles agiten
sus verdes cabelleras
que azota en vuelo rápido
el duro vendaval,
y crucen nubarrones
por la región vacía,
y en lúgubres crespones
su luz envuelva el día,
y el orbe mudo, atónito,
su fin contemple ya.
 
   Entonce, entonce escucha
simpáticos acentos
en la terrible lucha
de opuestos elementos,
en el rugido múltiple
de ronca tempestad.
Y, al contemplar osado
su saña y sus furores,
al escuchar pasmado
los vientos bramadores,
¿qué mucho logre el mísero
sus penas olvidar?

Sevilla: 1853.



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La última puerta

(Imitación del Alemán.)

                                  Llamé a la puerta de la riqueza
y la miseria me contestó;
llamé a la puerta de la belleza
y el desengaño mi pecho hirió.
   Llamé a la puerta de ardiente orgía,
y, en vez de goces, pena encontré;
llamé a tu puerta, religión mía,
y, al traspasarla, pensé... ¡y dudé!
   Mas yo conozco lugar tranquilo,
sordo a los ecos de la pasión,
en donde encuentro seguro asilo,
donde repose mi corazón.
   A muchos cubre tu sombra oscura,
mas no por eso temo llamar,
que entre tus muros, ¡oh sepultura!
¡para los tristes siempre hay lugar!


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A Cádiz

Serenata

                                  Sentada en la alta peña que el mar besa sonoro,
o azota rebramante, si ruge el aquilón,
mirad la hermosa Cádiz, que con diadema de oro
corona ardiente, espléndido, el moribundo sol.
Rasgan sus altas torres el manto azul del cielo,
las palmas le dan sombra con verde pabellón,
las brisas del Atlante, con perezoso vuelo,
en torno de ella agitan sus alas sin color.
 
               Busca el marino la roja estrella
            Que de su frente vivaz destella.
            España libre de ella surgió.
            Cuando su diestra blandió el acero,
            El astro fúlgido del gran guerrero
            En el espacio palideció.
 
                  Por eso de los reyes
                        De la poesía,
                  En tu alabanza, ¡oh patria!
                        Vibró la lira.
                        ¡Recuerdos vanos!
                  ¡Memoria de unos días
                        Que ya pasaron!
 
   Mas no pasa tu gloria: la historia en sus anales
Del tenebroso olvido tus hechos guardará:
Tu mar, tu claro cielo, tus hijas celestiales
Siempre también la lira del vate ensalzará.
Y en vano, en vano el tiempo veloz irá pasando,
Y acaso en tus ruinas su huella estampará,
Que con sereno impulso la eternidad salvando
De un siglo en otro siglo tu nombre volará.
 
               Dicen que un día la mar airada,
            Por misteriosa fuerza impulsada,
            Negra, espumosa, oirás rugir,
            Y sus eternas vallas rompiendo,
            Sobre tus muros con ronco estruendo
            Vendrá sus olas a confundir...
 
               ¿Qué importa?... cuando asome
                     Sobre las olas
               Su alta frente la peña
                     Donde hoy reposas,
                     El navegante
                     Dirá con noble orgullo
                     «¡Allí fue Cádiz!»
 
   ¡Oh perla de los mares! ¡amada patria mía!
¡Envuelta en mis suspiros el alma vuela a ti!
¡Cuando la noche crece, cuando despierta el día,
Tu imagen, tu memoria alienta y vive en mi!
¡Tu imagen donde mira mi acalorada mente
Los plácidos recuerdos do mi niñez gentil,
Las adoradas prendas de mi cariño ardiente,
Mis sueños de lejano, glorioso porvenir!
 
            A ti mis ojos vuelvo llorando,
         Con honda pena mi hogar buscando,
         ¡Como el marino busca tu luz!
         ¡Y, ausente y triste, tan solo anhelo
         Mirar tus torres, tu claro cielo,
         Tus bellas hijas, tu mar azul!
 
                  Y cuando eterno sueño
                         Duerma en la tumba,
                  Que lo arrullen las olas
                         Que a ti te arrullan.
                         ¡Pueda así el alma
                  Al seno de otra vida
                         Volar en calma!

Madrid.



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¡Piensa en mí!

                                  Cuando sus alas la noche
en el firmamento tiende,
y, en parda sombra velada,
la naturaleza duerme,
si alzas, acaso, los ojos
a la bóveda celeste
y libre tu pensamiento
en el espacio se pierde,
¡piensa en mí! que en ti pensando
entonce estoy, como siempre,
y creo ver en las estrellas
el resplandor de tu frente.
 
   Si de tu flor favorita
que tu ventana embellece
y que al viento de la tarde
abre su cáliz de nieve,
aspiras el grato aroma
en el perfumado ambiente,
¡piensa en mí! que en ella busco,
enamorado y ausente,
un recuerdo de otros días,
que me consuele.
 
   Cuando sola y pensativa,
en tu oculto gabinete,
nuestros queridos poetas
recorras con vista ardiente,
si una lágrima furtiva
de tus ojos se desprende,
¡piensa en mí! que busco en ellos
acentos que me recuerden
aquel tiempo venturoso
que huyó breve.
 
   Cuando lanzan las campanas
su adiós al día que muere,
y allá en el vago horizonte
ráfagas de fuego enciende,
si acaso de un templo buscas
la tranquilidad solemne,
¡piensa en mí! y ora conmigo
para que yo vuelva a verte;
que un ángel llevará al cielo
tus tiernas preces.
 
   Elvira, luz de mis ojos,
si el recuerdo del ausente
en el bullicio del día
acaso se desvanece,
cuando la noche callada
en sombras al mundo envuelve
y el alma vuela tranquila
y ligera como el éter,
¡piensa en mí! que en ti pensando
entonce estoy como siempre.
Tu pensamiento y el mío
unidos al cielo vuelen,
como dos ondas sonoras
de dos arpas se desprenden,
y en una sola armonía
en el espacio se pierden.


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Misterio

                                  ¡Granada! patria hermosa del genio y la armonía,
tesoro de recuerdos, raudal de inspiración,
¿porqué, porqué tu nombre conmueve el alma mía,
como el rumor lejano de plácida canción?
 
   ¿Acaso es que en mi mente despierta la memoria,
dormida entre las nieblas del tiempo que pasó,
de tu esplendor antiguo, de tu brillante historia,
de la epopeya inmensa que en ti se concluyó?
 
   ¿Es que, a través del velo azul del horizonte,
los ojos de mi alma en el espacio ven
tu Alhambra, reclinada sobre elevado monte,
al son con que la arrulla murmurador laurel?
 
   ¿Es que en las vagas ondas que en el ambiente agita
tu nombre, al pronunciarlo con conmovida voz,
oculto y misterioso espíritu palpita
y vierte entre sus átomos los sueños del amor?
 
   ¡Granada! ¿acaso el viento me trae el rumor sonoro
do tus risueñas fuentes, del Darro y del Genil?
¡Granada! ¿acaso, ausente de tus vergeles, lloro
algún grato recuerdo depositado en ti?
 
   ¡Ah, no! ¡jamás mis ojos miraron tu hermosura!
¡jamás tu aura de rosas ansioso respiré!
¡Ah! nunca de tu cielo cubrióme la luz pura,
ni en tus floridos cármenes se deslizó mi pie.
 
   ¡Yo sé, yo sé la causa del vago sentimiento
que en mí despierta el nombre de la gentil ciudad!...
¡Mas no! ¡nunca a las alas del indiscreto viento
su misteriosa esencia pudiera abandonar!
 
   ¡Derrámase el perfume que encierra vaso de oro,
y piérdese en los aires y nada queda en pos!
¡El corazón encierra recóndito tesoro
que solo el alma siente, que solo alcanza Dios!

Madrid: 1859.



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Canción

(Música de Y. Hernández.)

                           Si melancólico miro
el azul puro del cielo,
y algún rayo de consuelo
brilla en mi pálida faz;
es que en él miro anhelante,
con los ojos de mi alma,
de tu cándido semblante
el encanto virginal.
 
   Abre a mi canto la reja
que te separa de mí,
y en alas del viento deja
llegue mi lamento a ti.
 
   Si junto a tu lecho escuchas
una celeste armonía,
es tu nombre, vida mía,
que pronuncio en mi pasión.
Nombre más puro y suave
que el murmullo de la fuente
y que los cantos del ave
en el vergel seductor.
 
   Abre a mi canto la reja
que te separa de mí,
y en alas del viento deja
llegue mi lamento a ti.
 
   Amor es luz de la vida
que la matiza de flores,
es la vida sin amores
lo que el prado sin verdor.
¡Ay del triste que padece
los desdenes de una hermosa,
y sólo encuentra en la rosa
espinas y desamor!
 
   Abre a mi canto la reja
que te separa de mí,
y en alas del viento deja
llegue mi lamento a ti.


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Parábola del segador

                               Cuando, en las tristes horas invernales,
            sobre el sediento suelo
la blanda lluvia en plácidos raudales
            hubo vertido el cielo;
 
La ociosa calma un labrador dejando,
            activo y diligente
sembró su campo, en él depositando
            benéfica simiente.
 
Cubrió la noche el transparente cielo
            con manto tenebroso,
y el labrador, cumplido su desvelo,
            buscó blando reposo.
 
Y vino entonces enemiga mano,
            llena de envidia y saña,
y entre la tierra que guardaba el grano,
            sembró mortal cizaña.
 
Creció la mies; espléndido tributo
            al hombre prometía,
pero, a la vez que el codiciado fruto,
            la pérfida cizaña aparecía.
 
Y al padre de familia preguntaba
            su contristada gente:
«¿Señor, la que en tu campo germinaba,
            no fue buena simiente?»
 
«¿Quieres que de la yerba hagamos tala
            que causa nuestra pena?»
-«No, respondió, que, al arrancar la mala,
            quizá arranquéis la buena.
 
»Dejad crecer las dos; cuando ondeante,
            por premio a mis fatigas,
nos muestre el trigo por el sol radiante
            doradas sus espigas;
 
»Cuando en el tiempo alegre de la siega,
            del sol a los ardores,
crucen cantando por la extensa vega,
            diré a los segadores:
 
»Coged con tiento la cizaña fiera,
            y, atándola en manojos,
sirva de pasto a la voraz hoguera,
            ardiendo a nuestros ojos.
 
»Y, en tanto la consuma el fuego airado
            con brillo placentero,
el trigo recoged, y, con cuidado,
            guardadlo en mi granero.»
 
Siembra Jesús el bien, y brota ufana
            la tierra su semilla,
que son los buenos, cuya fe cristiana
            serena y pura brilla.
 
Y Satanás derrama en el sembrado
            veneno de cizaña,
y nace iniquidad, y vil pecado
            que la conciencia empaña.
 
Mas llegará del mundo en triste día
            el hora postrimera,
y del Señor en la región vacía
            se oirá la voz severa.
 
Y, circundados de siniestro velo
            de lúgubres fulgores,
bajarán a su voz del alto cielo
            ministros vengadores.
 
Y, como activo segador separa
            la cizaña del trigo,
apartarán de la virtud preclara
            el vicio, su enemigo.
 
Irán a la mansión de eterno llanto
            los torpes delincuentes,
y allí serán los duelos y el espanto,
            allí el crujir de dientes.
 
Y, como el sol que esparce en las alturas
            ardientes resplandores,
a la diestra de Dios las almas puras
            brillarán con purísimos fulgores.


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La niña pálida

                                  ¿Si, cual tus rasgados ojos,
es negra tu cabellera,
si la sonrisa del ángel
vaga en tu boca pequeña,
si el cuello tienes del cisne
y el tallo de la palmera,
qué pides, qué pides, niña
para parecer más bella?
 
   Lo sé; envidias a la rosa
el puro color que ostenta,
y que a tus blancas mejillas
negó la naturaleza.
Si en la luna veneciana
tu bello rostro contemplas,
piensas con enojo, niña,
que la palidez lo afea.
La palidez que en mi alma
grata sensación despierta
de vaga melancolía
y de inefable tristeza.
Esa palidez, hermosa,
que es del sentimiento emblema,
y que el pensamiento imprime
en la frente del poeta.
 
   Pálida vierte la aurora
lluvia de aljófar y perlas,
pálida la casta luna
del cenit se enseñorea.
Pálidos dan su fragancia
al aura de primavera
el jazmín de hojas menudas
y la cándida azucena.
Pálida en concha de nácar
brilla transparente perla,
y, en el azul firmamento,
las tembladoras estrellas.
 
   Ese color da a tu rostro
melancólica belleza,
templa a tus ojos el fuego
y de languidez los vela;
incitadora frescura
a tus rojos labios presta,
que un clavel que abre su cáliz
sobre la nieve semejan,
y da a tu cándida frente
la aureola de pureza
con que el pincel de Murillo
a los ángeles rodea.
 
   Muchas veces, al mirarte,
triste, pálida y ¡tan bella!
con negro, flotante velo,
que a merced del aura ondea,
por los rayos de la luna
en ondas de luz envuelta,
te creí genio nocturno,
vagando por la ribera.
Y cuando, inmóvil, las olas
vías morir en la arena,
blanca estatua de alabastro
que un rayo divino espera,
que el espíritu de vida
en su bella forma encienda.
 
   Por eso te amé, por eso
eres luz de mi existencia,
y al mirarte al lado mío,
triste, pálida y... ¡tan bella!
veo en ti... la musa del llanto
que me inspira mis endechas.


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¡Espera en Dios!

                                  -¡Niña! el sol en occidente
densos nublados ocultan,
mientras su disco fulgente
las olas del mar sepultan.
 
   En anchas y tibias gotas
desciende la lluvia lenta,
y gritan las gaviotas
presagiando la tormenta.
 
   El horizonte enlutado
está con manto de bruma,
el mar levanta irritado
altas montañas de espuma.
 
   Las aves buscan su nido,
¡y tú inmóvil permaneces!
Oye del trueno el rugido:
márchate: ¿no te estremeces?
 
   -¡Extranjero! en esta lucha
de discordes elementos,
una voz mi pecho escucha
que responde a sus lamentos.
 
   Aquí, al rumor de las olas
y los vientos bramadores,
vengo a lamentar a solas
la muerte de mis amores.
 
   En esta misma ribera,
desolada y afligida,
abracé por vez postrera
al encanto de mi vida.
 
   La calma de sus hogares
turbaba suerte importuna,
y quiso cruzar los mares
en pos de mejor fortuna.
 
   Naturaleza a su anhelo
favorable parecía;
el sol, desde el alto cielo,
con vivo fulgor lucía.
 
   Sereno y plácido el viento
rizaba la mar en calma;
mas triste presentimiento,
¡ay! se agitaba en mi alma.
 
   ¡Aquí le vi!... No exhalamos
ni un suspiro, ni un adiós;
callados nos abrazamos,
pero llorando los dos.
 
   ¡Y partió!... en la mar sonora,
donde el sol resplandecía,
la fragata voladora
orgullosa se mecía.
 
   Dio al viento la blanca vela,
izó alegres banderolas,
y su fosfórica estela
comenzó a bordar las olas.
 
   Yo mientras aquí lloraba
perdida mi dulce paz,
y el alma se me escapaba
tras de su huella fugaz.
 
   Pronto en la línea indecisa
del horizonte flotó
y a otro soplo de la brisa
tras ella despareció.
 
   Desde entonces, triste, sola,
con mi continuo dolor,
preguntando a cada ola
nuevas de mi dulce amor;
 
   Vine aquí cuando la tarde
desciende del alto monte,
y el último rayo arde
del sol en el horizonte.
 
   Y así pasó día tras día,
un año y otro pasó,
y mi amado no volvía;
¡ay! en mal hora volvió.
 
   Una tarde... Como ahora,
la tempestad rebramaba,
rugía en la mar sonora,
en los árboles silbaba.
 
   Súbito al siniestro ruido
del rayo, al silbar del viento,
se unió sonoro estampido,
lúgubre como un lamento.
 
   ¡Más que la tormenta ruda,
aquel eco me dio espanto!...
quedéme inmóvil y muda...
la noche cerraba en tanto.
 
   En la inmensidad desierta,
solo esa peña se vía,
de blanca espuma cubierta,
su frente alzando sombría.
 
   Pero lúgubre aquel eco,
«¡favor! ¡socorro!» clamando,
a intervalos, ronco, seco,
iba en los aires zumbando.
 
   ¡Ah! ¡qué noche! en vano, en vano,
en mi alcoba solitaria,
quise ahogar su ruido insano
con el son de mi plegaria.
 
   En vano, para consuelo
de mis mortales enojos,
pedí, sollozando, al cielo
el sueño para mis ojos.
 
   Un presentimiento vago
de la desventura mía,
flotaba tenaz, aciago,
en mi ardiente fantasía.
 
   Cuando la naciente aurora
azuleó en mis cristales,
busqué en su luz bienhechora
bálsamo para mis males.
 
   La brisa de la mañana
busqué con afán ardiente,
y me puse a la ventana
para refrescar mi frente.
 
   Confuso llegó a mi oído
rumor de gentes que hablaban,
y que de un buque perdido
la desgracia lamentaban.
 
   Aquella frase sencilla
respondió a mi pensamiento;
¡corrí, volé!... y a la orilla
del mar llegué como el viento.
 
   Y vi el sol entre la bruma,
pálido, triste, velado,
el mar cubierto de espuma
como un caballo cansado.
 
   Y, espanto dando a los ojos,
que con llanto los veían,
de un buque tristes despojos
las turbias olas traían.
 
   Aquí, do me ves sentada,
mi aciaga estrella llorando,
vi muchedumbre apiñada
un objeto contemplando.
 
   Temí acercarme, y no sé
por qué misterioso impulso,
aunque indecisa, avancé
hacia aquí mi pie convulso.
 
   En mí nadie reparó
en tanto que me acercaba;
llegué y mi vista buscó
lo que el grupo me ocultaba.
 
   ¡Lanzó un grito el pecho mío
y caí muerta de pena!...
¡Hallé su cadáver frío,
medio enterrado en la arena!...
 
   ¿Preguntas hora por qué
busco este sitio desierto?
¡Aquí vivo le dejé,
aquí volví a hallarle muerto!
 
   -Niña, tu acerba desdicha
no es mucho que triste llores;
pero Dios manda la dicha
lo mismo que los dolores.
 
   Ruégale, y ten confianza,
que Él dará al tuyo consuelo.
-¡Ya he perdido la esperanza!
-¡Niña, búscala en el cielo!


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En el jardín

                                  Mueve las flores perfumado viento,
la fuente eleva plácido rumor,
dora el espacio sol de primavera,
canta mi alma un cántico de amor.
 
   Díme, luz de mis ojos, por qué inclinas
tu frente, cual su cáliz el clavel;
díme por qué de tu entreabierta boca
soplo de fuego exhálase tal vez.
 
   Dí por qué esquivas mi mirada ardiente,
cual la violeta la del rojo sol;
díme por qué tus pálidas mejillas
a ráfagas se cubren de arrebol.
 
   Por qué el contorno de tus negros ojos
tinta azulada empieza a dibujar,
por qué se agita tu nevado seno
como las ondas del inquieto mar.
 
   Por qué tiembla tu mano entre las mías
cual las hojas del trémulo abedul;
qué pensamiento cruza por tu frente
y da a tus ojos desusada luz.
 
   Cuando la dulce primavera extiende
sobre la tierra su esplendor fugaz,
pueblan el aire genios invisibles
nacidos de su aliento virginal.
 
   Ellos dan savia a los desnudos troncos,
grato perfume al cáliz de la flor;
al reflejar en sus doradas alas,
con nuevo brillo resplandece el sol.
 
   Ellos palpitan en la clara fuente
agitando su límpido cristal,
ellos levantan en el bosque umbrío
vagos rumores de ventura y paz.
 
   ¡Ellos despiertan el oculto anhelo
que duerme en el humano corazón,
ellos encienden en tu pecho, Elvira,
sed insaciable de placer y amor!
 
   ¡Ah! ¡no lo niegues! Tu rubor lo dice:
¿a qué ocultar tu pensamiento así?
¡Mira en redor naturaleza entera
como canta su amante frenesí!
 
   Yo sé, yo sé que tu nevado seno
encierra un alma, asilo del amor,
alma de fuego que la mía comprende,
alma que siente como siento yo.
 
   Brillar la miro en tus hermosos ojos
y en tus azules venas circular,
y, al escuchar mi brazo tu cintura,
junto a mi pecho ardiente palpitar.
 
   ¿Por qué velas el vivo sentimiento
que intenso brillo a tu belleza da?
¿Sin su férvido aliento, vida mía,
qué fuera de la gracia y la beldad?
 
   ¿Ves esas flores, que a tu lado brotan,
que agita el viento y acaricia el sol?
¡Ay! son la copia del destino humano,
imagen triste de la vida son.
 
   Brotan lozanas al nacer la aurora,
gozan alegres juventud fugaz...
elévase en oriente un nuevo día,
y secas doblan sus corolas ya.
 
   Mas antes dieron a la vaga brisa
tesoro de perfume virginal,
y el germen de su esencia misteriosa
depositaron en la tierra ya.
   Es flor la juventud, Elvira mía,
y es su perfume celestial amor.
¡Deja, hermosa, que el viento de la vida
se esparza activo, ardiente, embriagador!
 
Horas de amor, de lánguida pereza,
de ardientes raptos, de febril placer,
¡ah! ¡quién pudiera vuestro alado curso,
rápido como el viento, detener!
 
   Como las ondas del veloz torrente,
pasáis ligeras para no tornar,
y el pensamiento adivinar en vano
quiere las horas que después vendrán.
 
   ¿Quién pudo nunca levantar el velo
que cubre el insondable porvenir?
Oscuro libro del destino humano,
¡ah! ¿quién sabrá lo que se encierra en ti?
 
   Luz de mis ojos, mientras sangre ardiente
circule en nuestro joven corazón,
mientras la vida brille en su mañana,
¡amar! ¡amar! ¡la vida es el amor!
 
   Mi vida está en tus ojos, en tus labios,
está en la intensa luz de tu mirar,
en esas vagas frases que pronuncias,
en los suspiros de tu pecho está.
 
   ¡Fresco oasis en árido desierto,
en caos de sombras brilladora luz,
iris de paz en la tormenta ruda,
ser de mismo ser, eso eres tú!
 
   ¡Habla! ¡tu voz resuene en mis oídos,
di que me amas como te amo yo,
y de este espacio de árboles y flores
haz, Elvira, un Edén para los dos!
 
   Mueve las flores perfumado viento,
la fuente eleva plácido rumor,
dora el espacio sol de primavera,
canta mi alma un cántico de amor.


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La Semana Santa

I

                                  Como al veloz impulso del aquilón rugiente
las nubes por el cielo precipitadas van,
mi espíritu remonta la túrbida corriente
de los pasados siglos, con religioso afán.
 
   Y de la fe la antorcha mis ojos ilumina,
y a su fulgor augusto lo ya pasado ven:
parece que en mi alma desparece luz divina
la estrella que a los magos condujo hasta Belén.
 
   Yo escucho voces lúgubres, y cánticos de gloria,
murmullos armoniosos y voz de tempestad;
yo siento ignoto impulso que lleva mi memoria
a tiempos que el Eterno llenó de majestad.
 
   Yo asisto, absorto y mudo, a los solemnes días
que vieron asombrados la humana redención;
resuenan en mi pecho las tristes profecías
que aun pueblan de gemidos los valles de Sión.


II

                                  ¡Salem! ¿por qué en tus calles inmensa muchedumbre,
al son de alegres cantos inquieta veo bullir,
y zumba, como enjambre de abejas, a la lumbre
del sol, que dora espléndido un cielo de zafir?
 
   ¿Por qué en los ojos miro, Salem, de tus ancianos
las lágrimas de gozo brillantes resbalar,
y unidos de tus vírgenes entre las puras manos
las palmas cimbradoras y el símbolo de paz?
 
   La hora sonó: ¡descubre la frente macilenta!
Sacude tus cadenas, ¡oh pueblo de Israel!
¡El Dios eterno y sumo que las edades cuenta,
contó las que en sus sueños vaticinó Daniel!
 
   Pasaron esos días de servidumbre y duelo;
¡cesad en vuestro llanto, mujeres de Judá!
¡Mirad cómo sonríe y tornasola el cielo
aurora de ventura en el oriente ya!
 
   Ya viene el que anunciaba la voz de los profetas:
llegó al cenit el astro que apareció en Belén:
¿de las ligeras auras las ráfagas inquietas
no traen hasta vosotros un himno de placer?
 
   ¡Salem! tu Rey se acerca: resuenen sus loores:
que escucho de su pueblo festiva aclamación:
alfombren su camino las olorosas flores,
den palmas a su frente sublime pabellón.
 
   Vendrá oprimiendo el lomo del alazán ligero,
a cuyos rudos pasos la tierra temblará;
empuñará su diestra resplandeciente acero,
guerrera muchedumbre sus huellas seguirá.
 
   Serán su manto regio y espléndida armadura
de púrpura de Tiro, del oro del Ofir,
y en su guerrero casco, del sol a la luz pura,
corona diamantina se mirará lucir.
 
   ¡Con qué vivos colores la ardiente fantasía
del pueblo se figura a su inmortal Señor,
y cómo escuchar piensa la bélica armonía,
que anuncia la llegada del Rey libertador!
 
   ¡Mas ay! que en vano, en vano por la llanura tiende
la vista, por si en ella consigue divisar
el brillo de las armas, y el polvo que suspende
de los veloces brutos el rudo galopar.
 
   Tranquila, abrasadora, desierta, inmensa, llana,
la sombra de las palmas dibuja en ella el sol;
ni activo caminante, ni lenta caravana,
del arenal rojizo recorren la extensión.
 
   Pero lejano y vago rumor de alegre coro
repiten conmovidos los ecos del Oreb;
semeja la indecisa canción que alza sonoro,
al soplo de los euros, murmurador laurel.
 
   ¡Mirad! ¿desde esa cumbre, do la silvestre higuera
levanta tortuosa la copa desigual,
no veis, no veis de gentes la turba placentera,
en son de alegre fiesta, hacia Salem bajar?
 
   Se acercan: ya sus pasos veloces precipitan:
ya el viento trae sus voces distintas hasta aquí:
«¡hosanna en las alturas!» oídles cómo gritan:
«¡hosanna, hosanna, hosanna al hijo de David!»
 
   ¡Él es! ¡el grande, el Santo, el redentor Mesías,
que ahuyentará del suelo las sombras del error!
¡Él es el que anunciaron las santas profecías,
el Salvador del Mundo, el Hijo del Señor!
 
   Sencillas vestes cubren su cuerpo soberano,
cabalga en bruto humilde su excelsa majestad,
no empuña el áureo cetro su poderosa mano,
ni ciñe su cabeza con la corona real.
 
   Pero rodea su frente la fúlgida aureola
de su divina esencia perenne emanación,
y el aire a su contacto se anima y tornasola,
y forma en torno suyo atmósfera de amor.
 
   El pueblo lo conoce: confuso torbellino
agólpase de gente, su túnica a besar,
y cubre con sus capas y flores el camino,
y gritos de alegría resuenan sin cesar.
 
   Los aires ensordecen con su festivo estruendo:
«¡hosanna en las alturas!» repiten con fervor;
y los dormidos ecos despiertan repitiendo:
«hosanna a Aquel que viene en nombre del Señor.»
 
   ¡Salem! ¡Salem! ¡ah! ¡nunca lanzó más fausto día
sobre tus blancas torres su resplandor fugaz!
El cielo es luz ardiente, los vientos armonía,
y júbilo las almas y los semblantes paz.
 
   Mas... ¿quién lo sabe? Acaso los ecos del hosanna
apagarán en breve su celestial rumor.
¡Quizás en el espacio resonarán mañana
tristísimos lamentos y gritos de furor!...


III

                                  El claro firmamento las nubes pardas velan,
envuelve el horizonte siniestra oscuridad,
atónitas y mudas, por el espacio vuelan
las aves, en las ráfagas de sorda tempestad.
 
   Los árboles se quejan del cierzo a los rigores
sus hojas agitando con fúnebre rumor;
envuelto por las nubes en húmedos vapores,
sin rayos, triste, inmóvil, su disco muestra el sol.
 
   Al pie de un monte ruge inmensa muchedumbre,
y gritos y blasfemias se escuchan resonar;
sus negros brazos tienden tres cruces en la cumbre,
y tres hombres en ellas a punto de espirar.
 
   Sus frentes baña el gélido sudor de la agonía,
agítanse sus miembros con rápido temblor,
la luz de sus miradas empaña sombra fría,
y ronco de sus pechos se escapa el estertor.
 
   Envuelve el triste grupo con pliegues funerales
de las tinieblas densas el lóbrego capuz:
abajo lanza el pueblo rugidos infernales;
sobre una de las cruces se lee: «Jesús.»-¡Jesús!...
 
   ¡Cubrid con vuestras alas, espíritus del cielo,
cubrid con vuestras alas vuestra llorosa faz;
alzad, arpas angélicas, clamor de amargo duelo,
que de la Cruz pendiente nuestro Señor está!
   Sangriento, lacerado, sobre el madero inerte,
aun brotan de sus labios palabras de perdón,
y de sus claros ojos, que enturbia ya la muerte,
miradas amorosas abarcan la creación.
 
   De espinas coronada se inclina su alta frente,
y roja sangre cubre su rostro divinal,
y de sus labios cárdenos, que seca sed ardiente,
se exhala en roncas ráfagas el hálito vital.
 
   Al pie del triste leño la Madre dolorosa,
bañada en llanto mira del hijo la pasión,
y en tanto que contempla la escena lastimosa
taladra ardiente espada su amante corazón.
 
   ¡Silencio!-Conmovida la infame turba espera,
y no insulta con gritos de Cristo el padecer;
los vientos enmudecen, y la creación entera
sus últimas palabras se apresta a recoger.
 
   Un ángel, descendiendo de las etéreas salas,
humilde y conmovido, se inclina hacia Jesús,
para llevarlas raudo, sobre sus níveas alas,
hasta el eterno solio, raudal de eterna luz.
 
   En manos de su Padre su espíritu entregando,
Jesús la frente inclina lanzando una gran voz:
recorre la tormenta los aires rebramando,
y zumba en el espacio: «¡Ya todo concluyó!»
 
   ¡Salem! ¡mira tu obra! En el rugir del viento
escucha del Dios fuerte la eterna maldición:
de la desnuda cumbre del Gólgota sangriento
vendrá sobre tus muros raudal de destrucción.
 
   ¿No ves en las tinieblas fulgor que centellea?
¿No escuchas de su carro los ejes rechinar?
¡Sobre las negras nubes y el rayo que flamea
el ángel de la muerte te viene a visitar!
 
   Temblando, a los lamentos de la creación entera,
el miedo en el semblante, tus hijos mira huir...
¡y pasarán los siglos, y nunca su carrera
hará cesar un punto risueño porvenir!
 
   ¡Dispersos y malditos, irán de gente en gente
llevando por el mundo su nombre por baldón,
la mancha de la sanare de Dios sobre su frente,
del cielo aborrecidos, del orbe execración!
 
   ¡Salem! en las ruinas sentada te contemplo,
llorando tu pasado, que nunca volverá;
porque, al rasgarse el velo de tu sagrado templo,
tu historia de ventura rasgóse también ya.
 
   ¡Flotando por tu cielo las sombras del delito,
estéril e infecundo tu suelo para el bien,
el nombre de decida sobre tu frente escrito,
ruinas y sepulcros será Jerusalén!


IV

                                  Señor, que abandonaste tu celestial morada
y tu divina sangre vertistes en la Cruz,
tu Santo nombre inspira mi mente arrebatada,
que tu doctrina alumbra con su fulgente luz.
 
   Si el mármol del sepulcro tu resto humano encierra,
aquí impaciente aguardo mirarte en tu Ascensión:
yo sé, yo sé que pronto de la mezquina tierra
levantarás el vuelo a la eternal región.
 
   Allá, en el firmamento, del que envidiosas nubes
no ocultan a mis ojos el esplendente azul,
te esperan las falanges de célicos querubes,
sus alas agitando de transparente tul.
 
   Las piedras del sepulcro ya saltan en pedazos:
Jesús asciende al cielo, vestido de esplendor.
¡Señor! ¡a ti levanto mis suplicantes brazos!
¡Señor, mi voz escucha! ¡Escúchala, Señor!
 
   ¡Ah! deja que mi espíritu, rompiendo sus cadenas,
ardiente, puro, al cielo elévese tras Ti;
o, ya que aquí me dejas en lágrimas y penas,
¡Señor! ¡desde tu gloria, acuérdate de mí!


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Junto a una niña dormida

                                  ¡Miradla!-Apenas seis veces
deshojó la primavera,
sobre esa frente tranquila,
las flores de su diadema.
Sus negros y dulces ojos,
espejo de la inocencia,
transparentes como el cielo,
la luz del cielo reflejan.
La aureola de los angeles
ciñe su pura cabeza,
que de sus rubios cabellos
los copiosos rizos velan.
Es niña, es niña; su alma
duerme en esa forma bella,
esperando que algún día,
en la mundanal tormenta,
el rayo de las pasiones,
al despertar, la conmueva.
Vagos son los pensamientos,
que cruzan su frente tersa,
cual las blancas nubecillas,
que cruzan la azul esfera,
y de su ligero paso
no dejan ni aun leve huella.
Para ella no hay pasado
ni el porvenir la desvela;
corren serenos sus días
en brazos de la inocencia;
que detrás del firmamento,
puro dosel de la tierra,
hay la mirada de un ángel
que sobre los niños vela.
 
   ¡Vedla dormir!-Es hermosa
la tarde; brisa ligera,
que las caricias de Mayo
impregnaron con su esencia,
del largo sueño de invierno
sacó a la naturaleza.
La niña ha jugado mucho;
alegre, vivaz, inquieta,
toda la tarde ha corrido
en pos de sus compañeras;
¡pero es tan chica! el cansancio
la ha rendido, y duerme y sueña.
Sobre el césped reclinada,
en su blanca ropa envuelta,
parece la dulce niña
una cándida azucena.
Entreabierta está su boca,
concha de menudas perlas,
coloradas sus mejillas
y lánguida su cabeza.
Un brazo le da almohada,
y, al soplo del aura inquieta,
palpita el velo de oro
de su rubia cabellera.
Tal vez sus alegres juegos
el sueño la representa,
porque una dulce sonrisa
vaga en su faz hechicera.
¡Puro sueño el de los niños,
fuente de dulces ideas,
que sus labios infantiles
a dar expresión no aciertan!
¡Oh! yo adivino en sus rostros
esas cosas con que sueñan;
¡oh! yo escucho con el alma
esas pláticas secretas
de los niños y los ángeles
que sobre su cuna velan!
 
   ¡Los niños! ¿quién los vio nunca
con helada indiferencia?
¿Cuál es el alma gastada
que, al verlos, no se renueva?
¡Flores que encantan la vista,
brisas que el alma refrescan,
ecos de un cielo perdido,
aves que el hogar alegran!
La aurora de nuestra vida,
que cubre creciente niebla,
en ese espejo sereno
dulcemente se refleja.
¡Allí está nuestro pasado
con su atmósfera serena,
con la eterna paz del alma,
que en luz baña la inocencia,
con los sueños que a los labios
traen sonrisas placenteras,
con sus bonancibles noches,
sus alboradas risueñas!
¡Río de blando murmullo
y de frondosas riberas,
que los pájaros encantan,
que vientos de aromas besan,
que en sus plácidos cristales
colores y luz refleja,
y que, al término funesto
de su dichosa carrera,
mar borrascoso y sombrío
rugiendo voraz encuentra!
 
   ¡Ay cuando sus puras aguas
con estas aguas se mezclan!
Ya la clara luz del cielo
que se retrataba en ellas,
en el cristal agitado
se enturbia, deshace y quiebra.
No ya con paso tranquilo
recorren plácida senda;
secreto impulso las mueve
con sacudidas violentas.
Ya no hay flores en su margen,
ni blandos euros las besan;
rocas estorban su paso,
ábregos las atormentan.
En lucha tenaz y sorda
o en convulsiones soberbias,
lanzan estridentes gritos,
o exhalan profundas quejas.
¿A dónde van?-¡Quién lo sabe!
¡A qué ése luchar sin tregua,
si deshace sus esfuerzos
un débil muro de arena!
 
   ¡Niña! ¿porqué al contemplarte
me domina la tristeza?
¿Porqué se nubla mi frente
y ennegrecen mis ideas?
Ya tocó el mar agitado
el río de mi existencia;
siento de la amarga linfa
el beso que al alma hiela.
El huracán que la azota
me arrebata, envuelto en ella;
nieblas cubren lo pasado,
triste lo presente vuela,
y allá... ¡lo desconocido
con su oscuridad me aterra!
Busco la luz que alumbraba
mis alboradas primeras,
y el soplo de las pasiones
enturbia mi inteligencia.
¡Envuelto en un torbellino
vuelo como arista seca;
allá quedáis, de mi infancia
dulces días, noches bellas!

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