Refranes y tradiciones en la obra de Ricardo Palma
Isabelle Tauzin Castellanos
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No hay refrán que no sea verdadero. |
| (Gonzalo Correas) | ||
La labor de paremiólogo de Palma no ha suscitado muchos interrogantes, aparece como una evidencia al leer las Tradiciones peruanas, pues éstas presentan una profusión de dichos1. Esa afición sin embargo tiene una historia y, como se verá más adelante, no siempre coincide la realidad lingüística con la impresión producida por la lectura inmediata.
Desde los albores del romanticismo, refranes e idiotismos fueron estimados y rescatados por los estudiosos del folklore como reflejo de la idiosincrasia del pueblo, traducción genuina de lo autóctono, prueba fehaciente del genio de la lengua. La obra de recopilador de Palma se inscribió en esa tendencia investigadora del siglo pasado que tuvo por iniciadora en España a la novelista Fernán Caballero, interesada por proverbios y chascarrillos andaluces; luego en 1872 salió en Madrid el Libro de los Refranes y entre 1874 y 1878, José María Sbarbi editó un Refranero general español organizado en no menos de diez volúmenes; por otra parte la Real Academia había emprendido la recuperación del refranero de Correas (1611) culminando esa tarea en 1907.
Pese a la abundancia de materiales y a diferencia de los numerosos testimonios históricos citados en las Tradiciones, también a diferencia de la práctica de Juan de Arona, quien remitiera a una amplia bibliografía lexicográfica, Palma se abstuvo de indicar alguna fuente de paremiología hispánica, quedando como única referencia el diccionario de la Academia. Este detalle puede dar en creer que los dichos insertados en las Tradiciones son peruanos de pura cepa.
La edición Aguilar ofrece un recuento de 521 dichos, refranes y sentencias para el conjunto de las 453 tradiciones. Si bien aquel número no se ha de comparar con los miles de proverbios recopilados en refraneros y sólo arroja un saldo de un refrán por tradición, el estudio pormenorizado del aporte palmista exigiría un espacio mayor al que nos atenemos. Por eso procederemos por partes, limitando aquí el corpus a la punta visible de aquel iceberg, o sea a las tradiciones cuyos títulos son refranes y sentencias2. Se postergará para etapas posteriores el examen de los refranes interpolados y el caso de las tradiciones tituladas con modismos, aunque Palma usó la palabra «refrán» en un sentido amplio y escasísimas veces recurrió al término «dicho»3, considerando que éstos y aquéllos constituían un solo conjunto.
Para deslindar nuestro campo de investigación recordaremos por último qué características formales permiten la identificación de un refrán y de una sentencia4:
- a diferencia de los modismos (p. e. «sabio como Chavarría»), el refrán y la sentencia gozan de autonomía verbal y presentan una estructura repetitiva con algunos rasgos fijos5;
- a diferencia de las sentencias, sólo el refrán tiene un carácter metafórico o analógico con significado figurado;
- tanto como las sentencias, el refrán incluye un mensaje moral.
Simetría, analogía y función normativa son los tres elementos que se han de recordar para identificar las paremias.
Determinados estos rasgos, vamos a proceder primero a un análisis cuantitativo de los títulos conformados por refranes y sentencias; luego, entre esos títulos de tradiciones peruanas, analizaremos qué vínculos existen con el refranero español y, en una tercera parte, terminaremos separando dónde está lo peruano y dónde radica la invención palmista, labor no siempre evidente dados el ingenio confabulador y el arte de fingir del tradicionista. Al fin y al cabo, el aporte de Palma será más significativo que el legado popular.
En el conjunto de
la obra palmista, el estudio de los títulos de las
tradiciones es revelador de una evolución del escritor. La
primera serie presenta una estructura uniforme con predominio
aplastante de sintagmas nominales («Palla-Huarcuna»
, «Mujer y tigre»
, «El nazareno»
...): la única
excepción es la tradición titulada «¡Pues
bonita soy yo, la Castellanos!», exclamativa cuyo significado
aclara la tradición y que justamente está definida
como un refrán.
En la segunda
serie (1874) se observa ya una liberación del cepo de la
nominación con tres títulos configurados por
oraciones independientes («¡A
Iglesia me llamo!»
, «¡A
la cárcel todo Cristo!»
, «Nadie se muere hasta que Dios
quiere»
...), lo que dinamiza el conjunto en que se
insertan. Ahora bien, un solo título corresponde a un
refrán («Nadie se muere hasta que
Dios quiere»6
).
Se trata de unos experimentos estilísticos que el escritor
va haciendo con suma cautela.
Con la tercera
serie publicada al año siguiente se acelera el proceso de
diversificación y resaltan los títulos con forma
aparente de refranes («Puesto en el
burro... aguantar azotes»
, «Carta canta»
, «Después de Dios,
Quiróz»
, «Cada uno manda
en su casa»
, «Tras la tragedia
el sainete»
). El equilibrio rítmico es evidente en
tales frases, así como parece serlo la existencia de un
segundo significado aludido por analogía. El carácter
elíptico alienta la lectura y sólo ésta
corroborará o denegará la dimensión refranesca
sugerida por la estructura del título.
Un ejemplo de
anfibología es la fórmula «Después de Dios, Quiróz»
que remite al mote de una familia de muy antigua nobleza, pero esa
explicación sólo interviene al final después
que se ha verificado la bondad sobrehumana del personaje llamado
Quiróz, lo que ha favorecido una interpretación de
tipo proverbial del título. Bajo la pluma de Palma, la forma
elíptica a imitación de los refranes, es un pretexto
a la invención literaria. Como poeta, amigo de rimas y
ritmos, el tradicionista se complace creando paralelismos y
sugiriendo vínculos luego desbaratados. Engañado por
el juego de la rima, el lector confunde refrán y aviso
publicitario («De esta capa nadie
escapa»
), refrán y estribillo («Cosas tiene el rey cristiano/ que parecen de
pagano»
), el quid pro quo sólo termina con el desenlace
de la tradición. Esos malabarismos verbales consolidan
dichas formulaciones pues por la simetría y la
homofonía quedan grabadas en la mente del lector.
Después de 1883, Palma fue renunciando a la forma refranesca; disminuyeron las tradiciones tituladas con proverbios y acabaron siendo excluidas de las dos últimas series (9.ª y 10.ª) cuando el escritor ya había llegado a dominar los recursos más inasibles de la lengua popular. Aunque sólo unas veinte tradiciones se titulen con refranes y sentencias, en sí son para nosotros perfectas muestras de la variedad de la obra palmista, libre de moldes, paradigmas y demás ataduras.
Curiosamente el cotejo de los refranes que sirven de títulos da un saldo numérico favorable a la península, una verdadera contradicción cuando se recuerda que la obra palmista se denomina Tradiciones peruanas.
Expresiones como
«No hay mal que por bien no
venga»
, «Cada uno manda en su
casa»
, «El que espera
desespera»
, «El hábito
no hace al monje»
, «Si te
dieren hogaza, no pidas torta»
, «Comida acabada, amistad terminada»
fueron recopiladas siglos atrás en España y son tan
conocidas que su significado ha dejado de ser misterioso. En tales
casos, como lo hiciera Erasmo, Palma proporciona un exemplum que ha de ilustrar el
proverbio elegido como título y convencer al lector. El
relato desempeña entonces un papel demostrativo exponiendo
de modo concreto la validez o inadaptación de la paremia
española en el Perú. La tradición con la
moraleja que incluye entronca con el género de la
parábola.
Los personajes de
esa clase de tradiciones son figuras del común, a menudo
anónimas, enfrentadas a situaciones de la vida cotidiana (un
zapatero obligado por el hambre a abandonar a su hijo, un sacerdote
que compite con otro, un marqués con un corregidor...). En
un solo caso el protagonista goza de una identidad precisa: se
trata de las tradiciones7
que ponen en escena al conquistador Francisco de Carbajal y la
diferencia es significativa pues el habla sentenciosa caracteriza
al personaje, ser imprevisible y enigmático. La meta de las
tradiciones con Carbajal no es la ilustración de los
refranes sino la representación de una figura
histórica. Amigo de los dichos pero parco de palabras,
Carbajal no puede ser víctima de la manía
cómica que aqueja a otros personajes y les hace ensartar
refranes («Los pasquines del bachiller
Pajalarga»
, «La gran querella
de los barberos»
, «La victoria
de las camaroneras»
...). Inhumano, está por encima
de esas debilidades sanchopancescas.
Dejada de lado esa excepción, la vaguedad de los refranes españoles seleccionados como títulos, cercanos a aforismos, está compensada por la anécdota situada con precisión en un marco peruano que no se limita a Lima sino que corresponde también a otras ciudades (Piura, Ica, Arequipa...). Unas cuantas palabras cuidadosamente puestas de relieve con bastardillas confirman la peruanidad de la anécdota8. Incluso puede darse un verdadero desfase entre la indeterminación del título y lo pormenorizado y localista de la tradición como por ejemplo en «Haz bien sin mirar a quién».
Esta
expresión de la moral cristiana fue recopilada en el
refranero de Correas bajo la forma «Haz
bien y no mires a quién; haz mal y
guárdate»
y su uso está muy difundido. El
marco de la tradición escrita por Ricardo Palma va a ser el
súmmum de lo peruano ya que el punto de partida es una
fiesta popular celebrada en Quequeña, en las afueras de
Arequipa; los personajes están presentados con sus apodos en
quechua que los identifican de modo inequívoco con tipos
populares: ahí están «el
Caroso»
, «el Chiro»
,
«la Catiri»
y «la Collota»
. Planteado ese decorado
localista, se desarrolla una acción convencional y hasta
folletinesca: ocurre un asesinato y el asesino es salvado por la
madre del muerto. El marco deja de importar, varias peripecias
corroboran la piedad de esa mujer y termina el relato con la
redención moral del criminal y la perpetuación de su
recuerdo. La forma imperativa de la sentencia («Haz bien»
) prepara el silenciamiento
de la instancia narrativa. La sentencia puesta como título
no reaparece en el texto que funciona como una leyenda cristiana en
la que el narrador suspende su juicio crítico y adhiere a
los sentimientos comunes de repulsa y admiración. A pesar de
que no se repite el dicho en la tradición, tanto el
título como los personajes elegidos y el género
subyacente de leyenda cristiana fortalecen la dimensión
popular de la tradición. Queda verificada la justeza del
proverbio más allá de las fronteras
españolas.
No siempre es ésta la meta buscada. Ocurre también que el escritor quiera mostrar la inadaptación de un refrán español a la realidad peruana:
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«Háme dado hoy el naipe por probar, con el testimonio de sucesos tradicionales, que en el Perú tenemos refranes que expresan todo lo contrario de lo que sobre ellos reza el Diccionario de la Real Academia de la Lengua»9. |
Entonces, como lo indica la cita, en lugar de disimularse, el narrador afirma su presencia e insiste en su aporte como filólogo hasta el final de la tradición10. La tradición que da un mentís está construida según las mismas pautas que en el caso anterior: se acumulan primero datos históricos y espaciales que enraízan la anécdota en el pasado del Perú. El relato de «El gozo en el pozo» pretende basarse en una crónica pero el autor de ésta queda sin nombrar, lo que autoriza todas las interpretaciones y abusos del cuentista.
En cuanto al significado mismo del refrán, la explicación proporcionada por la instancia narradora (un cronista anónimo sin duda invención de Palma) es muy elemental; estriba en el significado inmediato del dicho: «El gozo en el pozo» refiere la alegría de la población limeña al manar de nuevo el agua de un pozo después de tiempos de sequía.
El mismo esquema
simplista se reproduce para el segundo «refrán mentiroso»
en que un
buey manso hace todo lo contrario de lo que dice el refrán
(«No hay cuidado, que no
embiste»
) o sea embiste a un sinvergüenza. La
eficacia de ambas anécdotas radica en la imagen que remata
cada relato: el agua que surte de improviso y el hombre lanzado por
un par de astas doradas. A la manera de los cuentos populares no
interviene en absoluto la psicología; la explicación
de los refranes sólo corresponde a una concatenación
de sucesos con un punto común aquí: la referencia
religiosa, lo cual no ha de extrañar tratándose de
sucesos situados en los siglos XVI y XVII. El proverbio sirve de
simple pretexto a la invención literaria y a la
demostración del ingenio del tradicionista; se trata de
sorprender al lector y conseguir que acepte lo inaceptable: la
relación etimológica forjada por el escritor.
Ese proceso de manipulación con un pretexto filológico se repetirá en las últimas series, en especial en las tradiciones escuetamente tituladas «Refranero» y «Refranero limeño» que presentan un interés poético muy limitado por ser más bien esbozos que verdaderas tradiciones y contar historietas ya no situadas en América sino en España11 y hasta en Alemania12.
De hecho las
clasificaciones operadas por el escritor no dejan de sorprender.
Algunas paremias son presentadas de inmediato como peninsulares o
no llevan ninguna mención de su procedencia. Los refranes y
sentencias que el escritor reivindica como peruanos son escasos e
incluso muchas veces su uso también ha sido registrado en
España. Así ocurre por ejemplo con «Puesto en el burro... aguantar los
azotes»13
.
En la tradición que lleva ese título, desde la
primera línea se hace hincapié en lo peruano del
refrán:
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«El padre Calancha y otros cronistas dan como acaecido en Potosí por los años de 1550 un suceso idéntico al que voy a referir; pero entre los cuzqueños hay tradición popular de que la ciudad del Sol sirvió de teatro al acontecimiento»14. |
Más adelante el tradicionista reitera la afirmación del nacimiento en el virreinato asociando el dicho con otro evocado en el marco peruanísimo de la conquista del Cuzco. La filiación establecida entre ambos refranes a través de los dos supuestos inventores, padre e hijo, da más fuerza a la reivindicación nacional del proverbio y el mecanismo de asociación funciona como un argumento incontrovertible:
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«Personaje de tanto fuste tuvo por querida nada menos que a una ñusta o princesa de la familia del Inca Huáscar; y de estas relaciones nacióle, entre otros, un hijo, cristianado con el nombre de Gabriel, al cual mancebo estaba reservado ser, como su padre, el creador de otro refrán»15. |
Otra repetición de la misma idea cierra la tradición recalcando nuevamente la peruanidad del proverbio16. Así se opera un sutil proceso de apropiación. Lo mismo puede observarse en otras tradiciones como «Aceituna una»17 o «Carta canta»18:
De manera tajante se certifica el nacimiento del dicho en el Perú, prueba indiscutible de que el genio de la lengua también se manifiesta en el Perú.
Para confirmar el
origen peruano de un refrán suele desempeñar un papel
muy importante aunque discreto, la asociación
metonímica: después del título elíptico
el narrador desarrolla una reflexión
metalingüística19
o bien acumula una sucesión de referencias al habla
americana de manera que, por analogía, el lector está
dispuesto a admitir lo peruano del dicho. Así ocurre en
«Carta canta» donde las palabras «mitayo»
y «encomendero»
son
definidas20
cuando tales aclaraciones no le hacen falta al lector
limeño. La atribución de los refranes al cronista
José de Acosta apuntala la ilusión de la
realidad21.
Como
contradiciendo la afirmación de un tesoro
lexicográfico por descubrir y rescatar, no deja sin embargo
de asombrar la escasa variedad temática de los refranes
supuestamente peruanos seleccionados por Palma como títulos.
Sólo otros dos títulos cumplen con los requisitos de
equilibrio rítmico, significado analógico y trasfondo
moral propios de los proverbios22:
se trata de «¡Ijurra! ¡No hay
que apurar la burra!»
y «¡Arre, borrico. Quién nació
para pobre no ha de ser rico!»
. En realidad son simples
variantes de «Puesto en el burro...
aguantar los azotes»
, en las que la rima interna llama la
atención del lector. «¡Ijurra! ¡No hay que apurar la
mula!»
puede ser comparada con «No hay quien no corra su mula»
recopilado en refraneros españoles (Gonzalo Correas).
Quitando el «¡Arre
borrico!»
, «¡Quién
nació para pobre no ha de ser rico!»
no contiene
ningún misterio y se reduce a una frase sentenciosa. Los
refranes de las tradiciones peruanas son palmistas antes que
peruanos, ni la flora ni la fauna americana enriquecen ese caudal
paremiológico.
El escritor
denomina refranes lo que a él le conviene y escoge asimismo
los títulos. Tal arbitrariedad se puede observar con las
formulaciones «¡Pues, bonita soy yo
la Castellanos!»
y «¡Que
repiquen en Yauli!»
. Recordemos cómo insiste el
cuentista en la naturaleza refranesca de ambas oraciones:
«A un
viejo que alcanzó los buenos tiempos del virrey Amat, se me
pasaban las horas muertas oyéndole referir historias de la
Marujita y él me contó la del refrán que sirve
de título a este artículo».
«Y tanto
dio en repetir el estribillo que se convirtió en
refrán popular, y como tal ha llegado hasta la
generación presente»23.
«Voy a
contar, con el auxilio de documentos oficiales que a la vista
tengo, el origen del refrán contemporáneo
¡qué repiquen en Yauli!»
«Desde
ese día nació la tan popular frase ¡Que
repiquen en Yauli!»24.
Lo que de entrada
se presupone es que ambas tradiciones van a remontar a los
orígenes del refrán o sea al momento preciso en que
fuera pronunciada por primera vez la frase proverbial. Esta
recuperación etimológica contradice de por sí
la naturaleza refranesca del dicho ya que la indeterminación
del enunciador es una de las características de los refranes
y sentencias: forman parte de la tradición popular y se
desconoce la fecha de su aparición. Las tradiciones «¡Pues, bonita soy yo la
Castellanos!»
y «¡Que
repiquen en Yauli!»
remiten al contrario a unas
circunstancias precisas y señalan a un individuo como
creador del dicho: el general Miller, héroe de la
Independencia, sería el autor de «¡Que repiquen en Yauli!»
,
María Castellanos, personaje de identidad discutible,
habría puesto de moda «¡Pues
bonita soy yo la Castellanos!»
. Así hubiera
ocurrido también con «Pico con
pico, ala con ala»
pronunciado por San Martín.
En realidad a lo que nos enfrentamos aquí es a un abuso de autoridad de parte del escritor quien confunde frase histórica y refrán. En otras tradiciones no se producirá tal quid pro quo si bien toda la tradición se encaminará hacia la exposición de una frase presentada como histórica25 es decir pronunciada por un personaje histórico. Las expresiones «¡Pues, bonita soy yo la Castellanos!» y «¡Que repiquen en Yauli!» carecen además de un equilibrio rítmico que facilite la memorización. Su misma precisión con los nombres propios «Castellanos» y «Yauli» contrasta con la imprecisión léxica propia de los refranes. Podemos interrogarnos sobre el porqué de estas fallas: ¿Debilidad del escritor, muy capaz por otro lado de inventar fórmulas refranescas perfectamente simétricas?26 A esta imperfección no hallamos respuesta.
* * *
En el fondo, lo que importa no es la práctica lingüística ni el uso de tal o cual refrán sino la ingeniosidad en hilvanar una anécdota en torno de una frase. Las tradiciones con refranes como títulos son ejemplares de las modalidades de composición del género. De entrada el título encierra un enigma, el desarrollo va a acumular indicios de manera que al final quedará resuelta la adivinanza planteada. La elección de la forma proverbial implica un vínculo con la cultura y la sabiduría popular, vínculo que el escritor crea al diseñar personajes típicos del pueblo. Gracias a ellos la historieta tiene un final feliz o cómico; sólo en el caso poco frecuente de héroes nobles, puede darse un desenlace trágico27. De todas maneras cualquier identificación del lector con los protagonistas de esas tradiciones resulta imposible: la distancia social e histórica, y la ausencia de una profundización psicológica que los humanice evita una posible confusión.
Con la tradición Ricardo Palma procura alcanzar una síntesis de la literatura culta y de la creación popular, mezclando sistemáticamente rasgos de ambas. Lo que terminará recordando el lector, será el título y la imagen que lo explica todo al final. Las tradiciones peruanas sólo aparentan acumular refranes28 pero finalmente, ni lo son todos los que están ni están29 todos los que lo son30.
- Más vale maña que fuerza
- El hombre propone y Dios dispone
- Comida acabada, amistad terminada
- Nadie sabe para quien trabaja
- Del agua mansa me libre Dios que de la brava me libro yo
- Un clavo saca otro clavo
- Nunca faltó un roto para un descosido
- Más vale un tomo que dos te daré
- Muchas manos en la masa mal amasan
- Nunca falta quien dé un duro para un apuro
- Tras de [cornamenta] palos
- Haz bien sin mirar a quién
- Piensa mal y acertarás
- Donde menos se piensa salta la liebre
- El hábito no hace al monje
- Las cuentas claras y el chocolate espeso
- A [fullero, fullero] y medio
- Lo valiente no quita lo cortés
- En la boca del horno se quema [la torta mejor amasada]
- Camarón que se duerme se lo lleva la corriente
- La sangre no llega al río
- Donde hubo fuego siempre quedan las cenizas
- Quien [con fe] busca, siempre encuentra
- Dime con quién andas y te diré quién eres
- La letra con sangre entra
- A quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga
- Con su pan se las coma
- Mal de muchos, consuelo de [bobos]
- Quien tal hace, que tal pague
- Cada gallo canta en su corral
- Estar a tres dobles y un repique
- Víspera de mucha y día de nada