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Reloj de sol [Fragmentos]

Marta Brunet





«A ella le gustaba lo maravilloso, lo que no tenía explicación posible sino en poder de seres, de fuerzas ocultas. Y como no encontrara lo maravilloso en su vida de muchachita burguesa, se hurtaba a ella para vivir las aventuras de cuanto libro podía leer. Tendida de bruces en el suelo, sobre una alfombra, cuando el frío la retenía en el interior, en el pasto de los prados cuando el calor la echaba al parque de la casona, contraída por la atención, con la sensibilidad alerta, hiperestesiada, Francina leía, encarnándose en cada personaje, con el músculo de acero, el ceño duro y el alma de valor cuando un héroe la entusiasmaba de batallas; llena de amarguras por la tristeza de un enamorado en desgracia; sintiendo el corazón lleno de odio y el gesto salobre de un ruin envidioso; toda ternura con el suspirar de una cautiva maravillosamente bella; rebosando clarinadas por boca de un guerrero vencedor; audaz de piraterías en el abordaje de un corsario: todas las vidas que encierran todos los libros que un niño puede leer, las vivía Francina alucinada...».


(«Francina»).                


«Llegó prestigiada por treinta años de servicios en casa de unas viejecitas solteronas que acababan de morir con pocos días de diferencia. Sabía cocina y repostería. Exigía una pieza dormitorio para su uso particular y que le aceptaran un gato negro, gordiflón y taciturno. Ella se llamaba Tránsito: él Paquito. Porque siempre iban juntos, pareja estrafalaria: doña Tato vieja, magra, la cara llena de arrugas hondas convergentes a la boca, el trasero saliente, los brazos muy largos y hábito del Carmen Paquito desmadejado, bostezante, silencioso en sus escarpines blancos. Lo trastornaron todo en casa. La vieja empezó por expulsar de la cocina a los otros gatos y a las otras sirvientas. La cocina era suya. Sólo a mí -con aires de condescendencia-, me dejaba entrar. Encerrada con llave, se entendía con las sirvientas por el torno y si alguna quería deslizarse adentro o insinuaba el propósito, la insultaba, mezclando a los dicterios tiradas de latines. Y como vomitando ese mejunje al par que aspeaba los largos brazos tenía algo de bruja, la creyeron en pacto con el demonio y, horrorizadas, la dejaron vivir a su placer. Los gatos tardaron más en darse por vencidos. Llegaban oteando por el torno o la ventana, buscando piltrafas, ansiosos de rescoldo. Y hallaban un brazo y una escoba mucho más largos que lo previsto y que siempre, invariablemente, les caía en medio del lomo. Hasta que uno quedó descaderado no parecieron tomar en serio el peligro que era la vieja. Desde entonces se refugiaron en el repostero, junto al anafe y las otras sirvientas, en acercamiento de víctimas del mismo poder».


(«Doña Tato»)                


«Era un viejo cincuentón, alto, cenceño, bien plantado, puro músculo bajo la piel morena que apenas marcaban las arrugas. Tenía blancos los pelos y las barbas, largos unos y otras, lo que le daba aire bíblico, asemejándolo a esas tallas primitivas que son pastores en los nacimientos del Niño Dios. Los ojos parecían negros, pero destellos azules y estrías grises los tornaban, como las uvas, sin color preciso. Y tenían tal luz de bondad, que al sonreír la bocaza desdentada eran ingenuamente infantiles. Se llamaba Florisondo González y ocupaba en una gran Hacienda sureña el puesto de capataz de los taladores. A pesar de sus años, ninguno lo aventajaba en resistencia».


(«Don Florisondo»)                


«Tenía la cara rugosa, pequeñita y el cuerpo endeble, de garfio tembloroso. Un pañuelo negro atado a la cabeza le ocultaba el pelo, formando visera a los ojos grandes, cuencos de agua clara inexpresiva. Por la hendidura de la boca asomaba un diente, un diente único, largo, torcido, amarillo de soledad. La nariz bajaba en busca del mentón. Arrebozada en un chal obscuro, iba delante de ella, tanteando, un bastoncillo de quila. Había oído decir que era vecina nuestra, dueña de un terrenito de Cohineo. Se llamaba Santos Poblete, pero todos cariñosamente, le decían doña Santitos. Llegó en un carretón de familia tirado por bueyes, uno de esos carretones que fueran el orgullo de nuestros abuelos. Era una especie de casita con una puerta trasera y dos ventanas laterales, con cortinillas de percala a pintas, todo ello verde rabioso y empingorotado sobre ruedas enormes y chirriantes. La acompañaba, picana al hombro, un muchacho. Su hijo, tal vez».


(«Doña Santitos»)                






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