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Godin, compañero de La Condamine, en 1747 emprendió un viaje de Quito a Lima y Cayenne, dejando a su joven esposa en Quito. Se pasó mucho tiempo sin que la señora Godin recibiese noticias de su esposo; y al fin llegaron a Quito rumores de existir, en parte no bien determinada del río Amazona, unos franceses, que la señora Godin creyó fuesen su esposo y compañeros; se puso ésta en marcha al Amazonas con sus dos hijos, tres criadas, su hermano y varios indios. Llegó al Pastaza, y en la población indicada sólo halló putrefactos cadáveres; la viruela había muerto a todos. La señora Godin siguió la marcha; su canoa fracasó y siguieron la marcha por las orillas del río; pero la falta de víveres y las enfermedades causaron la muerte de todos, sólo la señora Godin sobrevivió, y sola, a pie, y rodeada de toda clase de peligro y miserias, siguió su aventurado viaje. Al noveno día de su completo aislamiento, la encontraron a las orillas del río unos indios neófitos de las misiones del Amazonas, y la condujeron a su pueblo, de donde tras grandes demoras, navegó al Pará, en la embocadura del Gran Río, y de Pará pasó a Cayenne, adonde se reunió a su esposo, ¡¡después de 19 años de separación!! (N. del A.)
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En la vida de este señor Heros, hay un hecho notable, que se me viene a la memoria, y que creo debo consignar aquí. Cuando el General San Martín, después de la proclamación de la Independencia del Perú (Julio 28 de 1821), se marchó a Guayaquil a celebrar su memorable conferencia con Bolívar, quedó en Lima una Junta Suprema de Gobierno; pero, en realidad, el Dictador era Monteagudo. Este, un día hizo reunir á todos los vecinos pudientes de Lima, de origen español, y los encerró en el convento de la Merced: enseguida los hizo embarcar en un buque extranjero (cuya bandera no quiero indicar) con destino, según dijo, a Manila. El capitán del buque se alejó rápidamente de las costas del Perú, y al cuarto día, en la lancha más grande de su buque, embarcó a los 34 desterrados con dos barriles de agua y unos pocos sacos de galletas, y sin velas ni remos, los soltó a la merced de las corrientes. En cortos días se acabaron los víveres y entonces comenzaron a comerse los cadáveres y a matarse unos a otros; a los 28 días llegaron, arrastrados por las corrientes, a las playas de Huarmey; de los 34 sobrevivían 4, de estos uno murió de sed en la misma playa, otro murió al día siguiente; de los dos sobrevivientes, uno fue conducido a Trujillo, donde vivió poco tiempo -el único que salvó fue este señor Heros, quien me ha referido tan triste historia, con todos sus pormenores, en 1836, y en la ciudad de La Paz. Con la negociación de cascarilla, Heros hizo una gran fortuna: se fue a Europa, y casó en Burdeos, donde murió hacen años. Siento no recordar el nombre del buque, ni el del asesino capitán, para estamparlos aquí como objeto de execración pública. (N. del A.)
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Este Segalan era un francés, soldado de Napoleón en las grandes campañas de Austerlitz y Rusia. Contaba mil curiosas anécdotas de esas campañas, y pertenecía a una familia de larga vida: según decía, su madre murió de 101 años de edad, y su padre de 96. El 13 de Agosto de 1868, se bailaba en Iquique, en su casa, cuando las olas del mar lo arrebataron, y arrastraron a pleno mar; sostenido sobre una puerta y acompañado de su perro de Terranova, se salvó, habiendo luchado contra las olas durante más de dos horas; como a las 9 de la noche, estando ya desfallecidos el perro lo condujo a tierra. (N. del A.)
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A. Antonio Herrera Tordesillas, nació en la ciudad de Cuéllar en 1559; y en 1596 Felipe II, Rey de España, lo nombró Historiográfo de Indias y Castillas. En 1601 publicó su Historia General de los Hechos de los Castellanos en América desde 1492 a 1554 en las Islas de Tierra firme del mar océano. En la Década V, Libro 3.º, página 73, hablando de los urus, dice: «El Desaguadero de la laguna es muy ancho y hondo y muy penoso, y no es posible ni hacer puente ni pasarlo en arcos. Los indios usan un notable artificio para pasarlo, que echando mucha paja, que por ser material tan liviano no se hunde, pasan fácilmente. Tiene esta laguna de largo treinta y cinco leguas y quince de ancho; ería gran copia de un junco, que llaman Totora, que es comida por caballos y puercos; y los indios urus hacen de ella casas, comida y barcos, y cuando han menester. Estos urus son tan salvaje ne que preguntándoles quienes eran; respondían que no eran hombres sino urus, como si fuesen otra especie de animales. En la laguna se hallan pueblos enteros de estos, que moran en ella en balsas de Totora, atadas a un peñasco, y cuando querían se mudaba todo el pueblo a otra parte». La descripción tan antigua de Herrera, puede dedicarse hoy mismo a los urus; en nada han cambiado. (N. del A.)