Sergio Ramírez, la literatura como participación
Nathalie Besse
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Yo.- ¿Qué significan los colores de su bandera? Sandino.- El rojo, libertad; el negro, luto, y la calavera, que no cejaremos hasta morir. |
| Augusto César Sandino (1933) | ||
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Sergio: lo principal, escribir. Te lo dice uno que ha perdido mucho tiempo con la imaginación en marcha, pero con acción escasa. Es aquel viejo principio que ya Rubén recomendaba: crear. |
| Dedicatoria de Mariano Fiallos Gil, Rector de la Universidad de León (1964) | ||
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Hablo aquí por los miles y miles de hombres y mujeres de mi patria [...]. La razón de mi vida es ser lengua de mi pueblo. |
| Sergio Ramírez, (1984)1 | ||
Sergio Ramírez... hijo espiritual de Rubén Darío y de Sandino. En la estela de éste, revolucionario, sandinista, y como aquél hombre de letras. Escritura y acción, o más precisamente escritura al servicio de la acción, por lo menos en parte. Si pudo hablar de oficios compartidos cuando era simultáneamente novelista y vicepresidente del gobierno de Daniel Ortega de 1984 hasta 1990, sigue combinando a su manera escritura y participación, sigue actuando gracias a la palabra, si se admite que la literatura puede convertirse en una forma de acto.
Pero los epígrafes escogidos no sólo se proponían sugerir una filiación con los dos mitos nacionales que a juicio de Sergio Ramírez representan el paradigma de la identidad nicaragüense y a quienes profesa una profunda admiración (2004b: 198)2. También obedecen a la voluntad de destacar otro legado, el de Mariano Fiallos Gil que tuvo sin duda una influencia decisiva sobre el joven Sergio, tanto afectiva como intelectualmente: «fue entrañable para mí. [...] en lugar de formarme solamente como abogado en la universidad, él me formó también como humanista»
(86). Aquel hombre que preconizaba la libertad crítica, que no aceptaba ninguna verdad absoluta y predicaba A la libertad por la Universidad, porque ésta puede forjar a hombres libres y útiles (1965: 7), quizá participó en la evolución de su mejor alumno hacia un lema que podría consistir en «A la justicia por la escritura»3.
A todas luces, Sergio se nutrió de esas diferentes herencias para llegar a ser el escritor y revolucionario que es, irremediablemente libre. De ahí el cuarto epígrafe que revela a un hombre que perpetúa la lucha, escribiendo. Para los suyos, para su país. Para ser útil. Lo que nos interesa en este homenaje a Sergio Ramírez es poner de relieve esa correlación entre literatura y responsabilidad, acercándonos a sus novelas desde esta perspectiva, mostrando en qué medida es lengua de su pueblo -sin que nunca se subordine la calidad de su narrativa, varias veces premiada, a la denuncia social. En su autobiografía a dos voces, juiciosamente titulada Una vida por la palabra, le confiesa a Silvia Cherem que le está entrevistando: «escribir es la razón de mi vida. [...] La escritura es una pasión, una necesidad, una felicidad»
(275), aunque sea para hablar de las desgracias de su país. La necesidad hace ley...
Ya en sus primeros cuentos, Sergio Ramírez hacía hincapié a veces en la pobreza de su país, y nos parece que se puede aplicar a la integralidad de su obra lo que su gran amigo Carlos Fuentes pensaba de Castigo Divino (1988): «El castigo es divino, pero el crimen es humano y en consecuencia no es eterno. Su nombre es la injusticia»
(1993: 111). Una injusticia que no sólo tiene que ver con desigualdades sociales sino también con conflictos de poderes y que empezó con la Historia colonial de Nicaragua. Sergio Ramírez considera que en la literatura latinoamericana, la Historia pública entra de manera ineludible en las historias privadas, lo que confirman sus novelas (2006: 66).
En Mil y una muertes (2004), un Sergio Ramírez autoficcionalizado sigue las huellas de un fotógrafo nicaragüense del siglo XIX, cuyo padre, Francisco Castellón, personaje referencial y hombre de poder liberal de León en Nicaragua, solicitó la ayuda extranjera para vencer a sus adversarios, lo que permite recordar la codicia que suscitó el país a lo largo de una Historia de intervencionismo y de desposeimiento. Pero se describe a una Nicaragua menospreciada, en parte por su pequeñez, e incluso ninguneada a juzgar por el número de ejemplos en los que la negación precede el verbo existir: «si Nicaragua no existía, él existía menos; como si otra vez él, lo mismo que su país, no existieran; Nicaragua no existe»
(66, 117-119). Hasta el título del segundo capítulo, «Un país que no existe», afirma brutalmente el no ser y hace patente una forma de vacío identitario.
Nada extraño, en tal contexto, si leemos en los ensayos de Sergio Ramírez que la Revolución «[les] despertó a la historia»
(1987: 108), esa Historia que les había sido robada y que ellos padecían por ser «los vencidos»; nada extraño tampoco si ese revolucionario explica que la Revolución «creó una ambición de identidad»
(1999: 15), esa identidad que les había sido arrancada con tanta violencia por todos los conquistadores, colonizadores, canalizadores -para hablar como Darío- que les invadieron, se apropiaron de sus vidas en cierto sentido y les impidieron ser ellos mismos, sencillamente ser.
Sergio Ramírez, fascinado por el poder y de una gran perspicacia sobre sus mecanismos y engranajes, lo pone en tela de juicio en casi todas sus novelas, siempre con humorismo, valiéndose de la parodia y de diversas formas de ridiculización contra cualquier poderoso que atenta a la dignidad y la integridad del país. Observamos que tal degradación pasa la mayoría de las veces por el cuerpo. Siendo éste receptáculo del ser y de la identidad, puesto que la existencia es corporal, comprendemos que el cuerpo grotesco, monstruoso o abyecto del dictador por ejemplo -en Margarita, está linda la mar (premio Alfaguara 1998) o Sombras nada más (2002)- encierra, más allá de la mofa, una acusación apenas velada: anatomía o fisiología aberrante, diabolización, asquerosidad con el recurso al tema escatológico, revelan lo absurdo del personaje, yerro de la naturaleza, encarnación del mismo Mal llevando a su tierra las tinieblas de la tiranía, sin olvidar su corrupción proverbial.
Pero este escritor de humor corrosivo también se las ingenia para desacralizar a los supuestos héroes o próceres de Nicaragua. Este punto nos parece tanto más importante cuanto que metaforiza tal vez la muerte de los mitos nacionales. En Margarita, está linda la mar, consideramos significativos el cuerpo maltratado de Rubén Darío cuyo cerebro le extrae el ambicioso doctor Debayle -yanquista y suegro del dictador-, así como la emasculación post mortem de Rigoberto López Pérez, el rebelde que le dispara al viejo Somoza y encarna un digno heredero de Sandino por su valentía, una cualidad precisamente simbolizada por unos testículos descomunales. Por lo demás, se animaliza y se sataniza a los dominadores, con un tirano bestia, anticristo o diablo, y unos norteamericanos gorilas según el mismo Rubén, o hijos del averno (217 o 263, luego 236).
Todos esos ejemplos tienden a revelar un cuerpo «expresivo», portador de valores morales, un cuerpo alegórico que delata una Historia colectiva de abuso de poder, y de salvajismo con la injerencia del gran vecino del norte y la dictadura. Una Historia de pérdida de la integridad. Mutilados los paradigmas de la identidad nicaragüense que representan por un lado la inteligencia o la creatividad (Rubén y su portentoso cerebro extirpado) y por el otro la bravura (Rigoberto epígono del muy viril Sandino, pero castrado), es un país amputado el que evoca la novela: «un país de eunucos»
(218). Una Nicaragua herida. ¿Cómo no comprender, ante aquella Historia del desdén y de la usurpación, el anhelo revolucionario?: «Sólo aspiramos a la dignidad, a la integridad»
(1985b: 74).
Eso nos incita a integrar en el prolongamiento de estas observaciones al protagonista de El cielo llora por mí (2008), un inspector otrora revolucionario, es decir un personaje que como Rubén y Rigoberto representa al país, defiende su identidad, luchando antaño contra el dictador, y hogaño contra los narcotraficantes y la corrupción generalizada en el país: Dolores Morales, nombre y apellido cargados de sentido que invitan, como el cuerpo, a descifrar el texto en filigrana. Le falta una pierna, y la prótesis le impide caminar o «avanzar» correctamente... ¿Como esa Nicaragua fragilizada, que no progresa, obstaculizada por profundas lacras?
Al respecto, es interesante subrayar que el país perdió la entereza -no sólo la integridad sino también la derechura con la aparición de la corrupción- desde la llegada de los españoles si se cree la anécdota histórica poco oficial de Mil y una muertes que relaciona esa Historia con la mutilación y la suciedad, puesto que se inició en el barco del Descubridor «con la pelea entre un extraño animal mutilado y un puerco de monte enloquecido de terror»
(61). Puerco recurrente en las novelas de Sergio Ramírez que lo enlaza con el origen de la Nicaragua «española» también en Margarita, está linda la mar donde Rubén Darío recuerda al primer gobernador de Nicaragua, el cruento Pedrarias Dávila que trajo chanchos: «Éste es un país bueno para engordar chanchos»
(68). ¿Quién no entiende aquí la ironía contra dirigentes que se habrán engordado como puercos, desde los primeros conquistadores, hasta Arnoldo Alemán al que alude implícitamente El cielo llora por mí, pasando por los insoslayables Somoza que llevaron la corrupción hasta extremos inconcebibles?
La visión de Nicaragua que se desprende de entre las líneas, no es nada alegre a pesar del humor omnipresente. Sergio Ramírez ofrece el retrato de un país lastimado, hediondo, que ha conocido el crepúsculo de sus ídolos, incluso de la mítica Revolución como veremos a continuación. ¿Ilusiones perdidas? Indudablemente. Pero la desilusión no impide la esperanza. Y menos aún la lucha tratándose de un hombre que no es de los que cejan.
Recalcamos en la novelística de Sergio Ramírez esa «estética de la corrupción» que acabamos de estudiar, que asocia la Historia de Nicaragua con la amputación y el puerco, el poder con lo excrementicio, y finalmente el país con la muerte. Porque si ya hemos podido apreciar, al reflexionar sobre el cuerpo en Margarita, está linda la mar, el significado del texto subyacente, quisiéramos detenernos ahora en la foto final de Mil y una muertes en la medida en que nos parece completar el análisis precedente y cristalizar las obsesiones del escritor, ofreciendo quizás una representación «cifrada» de Nicaragua.
Esa foto insostenible ilustra un sueño apocalíptico del fotógrafo nicaragüense Castellón: «Sobre el gris sucio del barro [...] el cadáver desnudo de un niño de unos tres años. A su derecha, un cerdo negro y flaco lo husmeaba, acercándose»
(351). Sergio Ramírez, que no proporciona sus fuentes en la novela y deja al lector con preguntas acerca de la autenticidad de tal foto, explica en su web oficial que fue tomada en las vecindades del volcán Casita, en el occidente de Nicaragua, después de que el huracán Mitch devastó al país en 1998. Y en efecto, en el mar de lodo que quedó después del alud que bajó del volcán, se encontró el cadáver de un niño desnudo acechado por un cerdo.
El hecho de que esa imagen terrible revele un instante real y quiera probablemente condenar la injusticia de aquellos países llamados del tercer mundo donde la miseria acarrea una decadencia del ser humano, no impide que diga más de lo que muestra, es decir que Sergio Ramírez la haya elegido porque le permite expresar sus «demonios» de autor. Ya hemos podido destacar en sus narraciones una serie de analogías, una red de metáforas coincidentes, y en este caso nos parece particularmente sugerente esa atmósfera de corrupción en la que yace el cuerpo muerto de un niño, en medio de un sueño.
En lo que se refiere al primer punto, nos preguntamos si el fango de la foto no se puede inscribir en el prolongamiento del tema excrementicio, confirmando, además del puerco «obsesivo», esa suciedad como una plaga nacional -¿de ahí un castigo «divino»? (ese cataclismo provocado por un huracán). En cuanto al segundo punto, a saber la muerte, insistimos en la peculiar relevancia que tiene esta temática en la obra de Sergio Ramírez: central y determinante en más de una ficción, estructura a veces el relato y orienta la diégesis.
Tercer elemento que nos llama la atención en la foto de Mil y una muertes: se trata de un niño y esa imagen de cataclismo aparece dentro de un sueño. Intuimos en esa «muerte de la inocencia», una posible alegoría de la Historia de Nicaragua, y estamos tentados de interpretar aquel sueño de muerte como la muerte de un sueño, el sueño revolucionario... Expliquémonos: por una parte, la Revolución aparece vinculada, bajo la pluma de Sergio Ramírez, con una forma de inocencia en el capítulo «La edad de la inocencia» de su autobiografía (1999: 57); por otra parte, el sueño profético de Castellón lo proyecta en una Nicaragua de los años 90 y sabemos que la derrota sandinista tuvo lugar en febrero de 1990.
Pero hay más: Sergio Ramírez no deja de acusar ese sandinismo mancillado por ciertos dirigentes, empezando por Ortega, que ha perdido su ética; ahora bien, leemos en Un sandinismo en el que creer: «la pérdida de los valores éticos no es sólo la señal más ominosa de envejecimiento prematuro, sino de muerte prematura. Porque una Revolución es moral, o no lo es del todo»
(2000: 31). ¿No sería posible relacionar esa muerte prematura debida a la corrupción (la pérdida de los valores éticos), con el niño muerto del sueño rodeado por la inmundicia? Este niño fenecido bien puede simbolizar la inocencia perdida de la Revolución, magullada, maculada, ahogada por su propia «impureza»; a menos que represente más ampliamente a toda Nicaragua a lo largo de una Historia -o como resultado de una Historia- de desprecio que le impidió crecer, una pobre Nicaragua presa de la maldición de la corrupción.
¿Foto-duelo, en cierta manera? Fácil es imaginar cuán doloroso debió de ser el desengaño que tuvo que vivir el ex compañero Baltazar (1999: 88) cuando el pueblo, aquel 25 de febrero de 1990, «rechazó» un sandinismo, y con él una Revolución, que representaba tanto, derribando el gran mito de la Historia de Nicaragua. Después de tantos sacrificios y tantas esperanzas, después de ver morir a cuántos hermanos de lucha y de creer que por fin iba a renacer -a existir- Nicaragua, todos estuvieron destrozados ante aquel «terremoto». Hay confesiones de pocas palabras que dicen mucho: «Y en la soledad del dormitorio a oscuras, abracé a mi mujer y yo también lloré, por primera vez en mi vida»
(1992: 148)4 -lo que nos permite mencionar a Tulita, el personaje inolvidable, la mujer de siempre... (2004b: 266).
Después de la debacle, Sergio Ramírez se desolidarizó de Daniel Ortega y creó en 1995 el Movimiento de Renovación Sandinista. Pero cuando se presentó a la presidencia en 1996, apenas obtuvo el 1% de los votos y se encontró con una deuda vertiginosa. Decidió dejar definitivamente la política para retornar exclusivamente a la literatura, pero una literatura que no esté desconectada de la realidad nacional, una literatura «útil» o «eficiente» que quisiera por lo menos concienciar a la gente sobre los problemas de su país, cambiar las miradas ¿y detentar por ende un poder «reformador»?
Porque si Sergio Ramírez ha perdido sus ilusiones y la tentación del amanecer tal como lo soñaron los sandinistas de los años 70, si recela también de cualquier credo o dogma, por definición sospechoso, sigue creyendo en cambio en el combate, lo que supone conservar la esperanza. Desencantado, pero invicto. Lo deja entrever su última novela El cielo llora por mí cuya acción sucede en los años 2000 y en la que policías ex sandinistas luchan contra el narcotráfico que lo gangrena todo en Nicaragua, hasta las altas esferas del poder. Luchan porque creen. Creen que tienen ese otro poder de invertir la situación, de remediarla. Porque si bien ha caído en desuso la Revolución, ellos permanecen revolucionarios en el alma. Es decir para siempre.
Tratándose de aquellos sandinistas y de ese tema de predilección que es el poder, recordemos que en Sombras nada más cuyo relato se desarrolla poco antes del triunfo de los guerrilleros, el novelista mostraba -desconfiando del maniqueísmo y con una lucidez nunca desmentida- cómo incluso los revolucionarios se dejaron «seducir» por el poder y no siempre lo asumieron con clemencia y probidad. Sergio Ramírez pudo afirmar en uno de sus discursos: «El poder termina modificando la vida de quien lo ejerce, y de los que están colocados bajo el poder. [...] Y aunque se trate del poder de una revolución, es el mismo poder de siempre [...]. El poder comienza a deteriorar los ideales desde el mismo día en que se asume; el poder es un ser viviente [...]»
(2000: 12). Y tentacular, del que es difícil librarse.
El cielo llora por mí ya no «culpa» al revolucionario sino que revela la añoranza de los antiguos compañeros por aquella época gloriosa en la que prevalecía la honra, noción ésta puesta de relieve en el epígrafe de la novela. En efecto, frente a una fuerte corrupción, Morales el bien nombrado y sus colegas luchan por las mismas razones que cuando la Revolución, o con los mismos principios, entre los cuales: la ética. Una palabra clave para Sergio Ramírez, y tan iterativa como la corrupción a la que pretende oponerse, porque puede constituir un contrapoder.
He aquí un «florilegio»: en su autobiografía, afirma que la Revolución «creó una nueva ética»
(1999: 15), y explica en otra parte que su «ruptura con la cúpula del FSLN tuvo antes que nada motivos éticos», precisamente porque la Revolución perdió aquel sedimento ético que la caracterizaba (2000: 19 y 28) -cuando los políticos imponen las supuestas razones de Estado, «la ética se va al carajo»
(2004b: 230). Pero la ética, ese imperativo categórico para hablar como Kant, es imprescindible tanto para el político como para el escritor. La escritura también debe obedecer a ese código de honor: gracias a ella, Sergio Ramírez quisiera «contribuir a crear los cimientos éticos» para modificar el contexto social, porque en su dictamen los novelistas tienen que «alimentar siempre un sedimento ético que dé sentido a [su] oficio, que lo haga trascender. Ese sedimento ético se parece muchas veces a la esperanza»
(2004b: 244 y 2006: 82).
La escritura, como la Revolución, puede -y debe- ser ética, porque se trata aquí de una escritura que prolonga y perpetúa la lucha. Revolución y escritura éticas porque es así como las considera y las quiere Sergio Ramírez que proyecta esa noción fundamental para él en los diferentes actos que le parecen tener importancia, y alguna trascendencia. La ética, la tiene dentro. La ética no está en los valores que defienden los hombres sino en ciertos hombres que pretenden actuar en este mundo. El cielo llora por mí, donde abundan diversos ejemplos de rebelión contra el poder injusto y la corrupción, es una invitación al combate y a esa esperanza que el autor no ha perdido. Y así vemos cómo la escritura puede representar otra forma de resistencia y de subversión. Una conjuración. ¿El otro poder?
La ética del escritor tiene que ver con su participación en este mundo: «con lo que opino y escribo, que es mi forma de participación, me gustaría poder contribuir a crear los cimientos éticos para que un día el panorama sea diferente»
(2004b: 244). Y esa participación consiste en hacernos partícipes, en incitarnos a participar. Sergio Ramírez se implica implicándonos. Y para eso, es preciso que nos «sensibilice», evidenciando los problemas, es decir que se convierta en un testigo activo, no sólo espectador sino también vocero. Y agitador de conciencias.
Este hombre público que siempre ha querido ser lengua de su pueblo, mediante la política o la escritura, se puede considerar según Mario Benedetti en el prólogo de Cuentos completos, como «el mejor intérprete de la realidad específicamente centroamericana»
(11), y recibió en 1988 en Viena el premio Bruno Kreisky de los derechos humanos. Hoy sigue esperando una mayor justicia social, una dignidad recobrada para los más humildes. «Cada uno de nosotros realiza lo que tiene que hacer en este mundo», dijo Sandino (1975: 287); y Sergio Ramírez -al que podríamos apodar, a manera de guiño, «el muchacho de Masatepe», que un día había de escribir sobre el de Niquinohomo y proseguir su gesta heroica- forma parte de esos escritores que sienten la responsabilidad de dar a conocer el mundo para poder actuar sobre él. Un portavoz de sus compatriotas que se toma muy a pecho su contribución.
Entró en la política porque creyó en su poder transformador (2000: 6), y si ya no tiene la misma fe en las utopías sociales, por lo menos sigue forjando «su» utopía gracias a la literatura: «Imaginar, que es una forma de acercarse a la utopía. Al fin y al cabo, yo no he hecho a lo largo de mi vida sino imaginar. Imaginar mundos en mis libros, e imaginar un mundo mejor en mi vida. Oficios compartidos»
(2000: 14). Su imaginación se inspira en parte en el mundo que lo rodea, en esa Nicaragua maltrecha ante la que él apela a la ética.
Si bien hemos enfatizado el compromiso de Sergio Ramírez a lo largo de este trabajo, insistimos en que eso no significa en absoluto que supedite la creación literaria y la calidad de su novelística a la denuncia. No cabe ninguna duda de que, para Sergio Ramírez, el primer deber del escritor estriba en el arte del buen escribir. Y sus novelas son ante todo ficciones que respetan la libertad del escritor y del lector.
Ya cuando formaba parte del gobierno, y a diferencia de ciertos turiferarios del poder o de «la buena causa», él respondía a los que piensan que una literatura que no es de denuncia no sirve para nada, que de todos modos no hay literatura sin conexiones reales con el mundo y que «el acto libre de la creación literaria se carga de la realidad tal como es y no de los presupuestos de una interpretación ideológica de la misma» que tendría que hacerse desde un terreno extraliterario (1985a: 127-128). La instrumentalización de la literatura no le parece moralmente reprochable, pero engendra obras que suelen decepcionar. La verdadera literatura comprometida es otra cosa, lleva sutilmente ecos y símbolos por los que corre la Historia, como en Hombres de maíz.
El único ideario que pueda propugnar Sergio Ramírez es el de la independencia de espíritu. Libre pensador y demócrata, reacciona ante todo lo que coarta la libertad. De ahí sus diversas «disidencias»: contra la dictadura somocista hizo la Revolución, contra las derivas de Daniel Ortega creó el MRS, contra cualquier doctrina escribe para matizar y siempre abogar por la duda y la tolerancia (véase su artículo «La lengua libre en la boca» en Otrolunes), persuadido de que certidumbre rima con servidumbre. Contra cualquier causa que defender mediante la literatura, él defiende la causa de la libertad de creación.
Incluso la de inventar la Historia. En Sombras nada más, a partir de un hecho real que él noveló contradiciendo a veces la realidad, no quiso que ésta saliese con la suya, quiso resguardar la imaginación. Y se regocija cuando sus lectores, «despistados», creen que sus novelas son la Historia y que sus personajes ficticios existieron. Uno puede ser un escritor involucrado con su tiempo, con su país, sin contaminar el espacio de libertad de la novela, sin ponerle cortapisa al genio creador. No sólo importa la fineza en el arte de mentir, como reza el título de un ensayo de Sergio Ramírez; parece valiosa también en el arte de implicarse.
Es menester añadir que, en cambio, tanto en su sitio oficial como en su blog, expone explícitamente problemas sociales y políticos, de Nicaragua o de otros países, injusticias, poderes abusivos, incluso amenazas y otras molestias contra él mismo en su tierra natal desde la vuelta al poder de Ortega. Para que conste... Pero también por el placer único de ese otro tipo de escritos que, como lo explica en Cuando todos hablamos -una selección de sus blogs-, permite una escritura compartida, adjetivo este último que califica, en su autobiografía, la utopía que representó en su tiempo la Revolución (1999: 14). A Sergio Ramírez, le interesa y le agrada compartir, pasiones u opiniones. Y crear un espacio constructivo en el que (re)unirse, colaborar a la reflexión sobre el mundo. Un espacio en el que debatir y disentir, amistosa y libremente. El «bloguista» se asocia con el novelista para invitarnos a una forma de participación porque todos somos responsables de nuestra época.
Al expresar sus demonios y esperanzas, Sergio Ramírez abre una ventana sobre los de su pueblo, de sus hermanos nicas, revela una intimidad colectiva, una idiosincrasia, preservando así la identidad de Nicaragua, afirmando su existencia. Una confesión de amor en suma, como en ese libro epónimo que Ernesto Cardenal califica en el proemio de «libro lleno de pueblo»
(1992: 9). Sin duda porque, a semejanza de Gioconda Belli, compañera de andanzas y hazañas, ese país, lo tiene bajo la piel.
¿Sigue esperando Sergio Ramírez de una nueva generación que haya aprendido de los errores, las debilidades y las falsificaciones del pasado? (1999: 17) ¿Sigue esperando, como leemos en un cuento de Tropeles y tropelías, que: «si un determinado número de personas soñaba al mismo tiempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad?»
(1997: 67). Después de buscar un lugar en la Historia, Nicaragua lo busca ahora en el mundo, y podemos pensar, inspirándonos en una frase famosísima de un amigo entrañable de Sergio, que éste escribe también para que el pueblo condenado a quinientos años de soledad tenga por fin una segunda oportunidad sobre la tierra.
- BELLI Gioconda, 2001, El país bajo mi piel. Memorias de amor y guerra. Plaza & Janés Editores, Barcelona.
- FUENTES Carlos, 1993, «Sergio Ramírez: el derecho a la ficción», en Geografía de la novela. Ediciones Alfaguara, Madrid.
- RAMÍREZ Sergio, 1965, Mis días con el rector. Ediciones Ventana, León, Nicaragua.
- ——, 1975, El pensamiento vivo de Sandino. EDUCA, San José, Costa Rica.
- ——, 1985a, Balcanes y Volcanes. Editorial Nueva Nicaragua, Managua.
- ——, 1985b, El alba de oro. Siglo XXI Editores, México.
- ——, 1985c, Seguimos de frente. Ediciones Centauro, Caracas.
- ——, 1987, Las armas del futuro. Editorial Nueva Nicaragua, Managua.
- ——, 1992, Confesión de Amor. Ediciones Talasa, Madrid.
- ——, 1997, Cuentos Completos, Prólogo de Mario Benedetti, Alfaguara, México.
- ——, 1998, Margarita, está linda la mar. Ediciones Alfaguara, Madrid.
- ——, 1999, Adiós Muchachos. Memoria de la revolución sandinista, El País/Aguilar, Madrid, México.
- ——, 2000, Oficios Compartidos / Un sandinismo en el que creer, CRLA-Archivos, «Conferencias en el centro», Poitiers.
- ——, 2002, Sombras nada más. Alfaguara, México.
- ——, 2004a, Mil y una muertes. Alfaguara, México.
- ——, 2004b, Una vida por la palabra, Entrevista de Silvia Cherem con Sergio Ramírez, Prólogo de Carlos Fuentes, Fondo de Cultura Económica, México.
- ——, 2006, Señor de los Tristes. Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.
- ——, 2008a, Cuando todos hablamos. Alfaguara, Madrid.
- ——, 2008b, El cielo llora por mí. Alfaguara, México.
- ——, 2008c, «La lengua libre en la boca», en Otrolunes, Dossier de Literatura dedicado a Edmundo Paz Soldán, Año 2, n.º 4 de septiembre: http://www.otrolunes.com/hemeroteca-ol/numero-04/html/unos-escriben/unos-escriben-n04-a22-p01-2008.html.
- RAMÍREZ Sergio, página oficial:
- http://www.sergioramirez.org.ni/
- RAMÍREZ Sergio, blog El Boomeran(g):
- http://www.elboomeran.com/blog/7/sergio-ramirez/