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Siete cuentos indecentes

Pancho Oddone



Cubierta



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ArribaAbajoPrólogo

Pancho Oddone ha sido afortunado en la elección del título de esta nueva incursión en el género de la narrativa: «Siete cuentos indecentes». Es que ellos son, intrínsecamente, eso: indecentes. Y esto que digo es una constatación y no una denuncia escandalizada. Es que el libro contiene historias cuyos protagonistas se rigen por reglas opuestas a las que recitan gravemente -aunque no las cumplan- los buenos burgueses, esos sujetos aburridos y grisáceos que se atiborran con las revistas que se ocupan de los personajes de moda, mientras urden planes para seducir a la mucama (o al chofer según el caso) del vecino, y la mejor manera de engancharse con alguna de las mil y una formas de vivir a costa del Estado.

Ignoro si el título revela algunos sórdidos subsuelos de la atormentada psiquis del autor. No estoy seguro de ello. Toda afirmación al respecto sólo podría navegar en las aguas profundas de la conjetura, donde la adivinanza substituye a la comprobación y la intuición al raciocinio. Por eso debemos tomar con prevención al primer malvado que diga que la atenta lectura de los cuentos ofrece suculentas revelaciones a los devotos de la secta de Freud y de Jung; y que un congreso de miembros de esta fauna barullenta haría una fiesta con el análisis de algunos de los textos aquí presentados. Esta misma precaución tendrá que adoptarse ante aquel que trate de adivinar en el texto matices autobiográficos, dotados de un maquillaje superficial que apenas consigue apaciguar esas persistentes sospechas.

Pero dejemos de lado estas hipótesis alocadas y retornemos a lo más obvio: los siete cuentos reunidos en este libro. Lo indecente es el signo que preside a los protagonistas y a los desenlaces. Aquí tenemos al adúltero contumaz que, después de disfrutar las mieles del amor ilegal, recibe su merecido con la milenaria Ley del Talión; al pícaro que vive un romance veraniego con la hija de un amigo y que, como era de esperar,   —8→   después de embriagarse con la aventura, despierta a la dura realidad; la dulce adolescente que parece víctima de un complot para ser presentada como una asesina y que termina revelando oscuros aspectos de su verdadera personalidad; el marido que padece sus cuernos con la resignación enfermiza de un masoquista hasta que, acicateado por el alcohol, realiza un gesto tan heroico como inútil; la mujer que cree haber encontrado el amor de su vida -un mestizo bello y ardiente-, con quien realizará sus más alocadas fantasías hasta que, cuando éste resuelve dejarla reacciona con un coraje inesperado; el encuentro clandestino entre el patrón y la secretaria, en un coqueto departamento bonaerense, episodio que también concluye con un castigo sórdido y ejemplar, que pareciera dispuesto por el destino; las extrañas circunstancias por las que debe pasar un fugitivo de la represión política argentina, en su afán de poner tierra de por medio.

La mentira, la cobardía, la humillación, la inconsecuencia y la traición campean a lo largo del libro que, a la postre, se convierte en un catálogo de diversos aspectos de la condición humana. La lectura deja, por esa suficiente razón, un sabor excitante y perturbador. Los cuentos están excelentemente escritos, dentro de un estilo que ignora los tediosos recursos del realismo mágico, la épica latinoamericana o las exploraciones del subconsciente.

Sin descuidar la belleza del lenguaje, el autor nos propone un género que aplica a la crónica los métodos de la ficción. Quedará siempre la duda acerca de la verdadera naturaleza de los cuentos: cuadros de la vida real organizados con los recursos de la literatura o fabulaciones que aprovechan con éxito ciertos retazos de la cotidianeidad. El género ofrece enormes posibilidades a los escritores que se hallan de vuelta de las pompas y de las glorias del post-boom, y Pancho Oddone ha sabido internarse, con éxito, en este sugerente terreno, con la seguridad de un avezado explorador. La decencia, de seguro, no le hubiera sido de mucha ayuda para ello.

Helio Vera.





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ArribaAbajoUna pregunta infantil

Anita nos guió por Berlín. Era la encargada de relaciones públicas de la empresa con la cual intentaba negociar un contrato para mi compañía. Su comportamiento era pulcro, eficiente, preciso. Representaba la juventud alemana nacida después de la guerra, protagonista del crecimiento incesante de una gran nación.

Exhibía, con recato, unas piernas largas y perfectas, un pecho alto y firme que pretendía asomarse por el discreto escote de su vestido y el pelo enmarañado y salvaje, sobre un rostro limpio de monja, como las que pintaba Hans Memling.

Alicia, mi mujer, no se dejó engañar, aceptó con buena educación y desconfianza sus gentilezas, observó recelosa las ligeras liberalidades de humor que intercambiaba conmigo, y no tuvo ninguna duda que se estaba tramando una infamia, cuando le informé que su vuelo a Roma partía esa misma tarde. Agregué que no tenía más alternativa que postergar el mío hasta el fin de semana, a pedido del presidente de la empresa anfitriona.

Volvimos al Hotel Kempinski como tres esfinges silenciosas, dispuestos nosotros a continuar el juego hasta el fin, y Alicia proyectando algún recurso heroico que pudiera desbaratarlo. El silencio implicaba una inequívoca comunicación subliminal, destinada a patentizar transparencia afectuosa, a la vez que complicidad culpable. Así suele ser la vida.

Yo amaba a Alicia. Le había pedido que participara del viaje, sólo que no pude prever la presencia de Anita, ni los ominosos sucesos de los cuales fui finalmente víctima.

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Preparó su equipaje en silencio, me miró a veces con un relámpago de reproche en sus ojos negros, circunstancia que ignoré mientras fingía revisar papeles de la compañía. Letras y números aparecían como un remolino de confusas fantasías incomprensibles. Me sentí culpable, más exactamente, un hijo de puta, pero tuve el valor de continuar hasta el fin.

Anita condujo el auto hasta el aeropuerto comentando banalidades que a nadie le interesaban. Quedó a una discreta distancia, después de una insincera y efusiva despedida y yo acompañé a Alicia hasta la sala de abordaje. Mientras la conducía solícito del brazo, me confió dulcemente que jamás me perdonaría.

Esperamos que el avión partiera, atormentados por una tensión insoportable. Anita condujo el auto con imprudencia hasta el centro de la ciudad, trepamos impacientes en el ascensor del hotel hasta el piso noveno, abrimos la puerta del departamento con manos temblorosas, nos atropellamos al entrar mientras nos quitábamos la ropa y con un grito de walkiria, heroína de la leyenda de los nibelungos saltó sobre mí, me estrujó, golpeó y violó enloquecida de pasión, violencia despiadada y ensañamiento inmisericorde. Me sentí morir. Pensé en Alicia e imaginé que su venganza había comenzado.

La noche fue el marco misterioso del acoso constante y tormentoso de la muchacha, que parecía decidida a terminar con mis ingenuas trivialidades de macho indomable. Una cruel mentira. Hizo lo que quiso y lo hizo bien, anuló mis iniciativas, desarrolló su propio proyecto erótico y recorrió mi cuerpo con precisión artesana, absorbiendo sin descanso cualquier expresión de vida, que pudiera proclamar mi   —11→   mentida independencia de obrero del sexo. Fui dominado, expoliado, destruido y castigado. Si hubiera tenido algún coraje me habría refugiado en el baño, fuera de su alcance. No pude, no quise o no tuve la suficiente valentía como para aceptar mi cobardía. La noche se confundió con el frío azul del amanecer, que iniciaba la imperiosa rutina de un nuevo día. Mi fatiga era una historia incorporada definitivamente a la experiencia imperdonable de la derrota. Anita cumplía su misión con una helada pasión profesional y el resultado fue devastador.

Los negocios se complicaron y debí viajar a Hamburgo. La compañía insistió en que la encargada de relaciones públicas me acompañara como traductora y secretaria. En los proyectos de la compañía parecía estar incluido el exterminio de un salvaje de las pampas chatas, por obra de una descendiente de Odín.

Comprendí que Alemania hubiera decidido batirse contra una importante parte del mundo. En el espíritu indomable de Anita adiviné la eficiencia y la voluntad de un gran pueblo, finalmente derrotado por la proletaria mediocridad de la producción masiva y el primitivo salvajismo ruso.

Desde Hamburgo traté de comunicarme con Alicia en Roma. Era lunes, habían transcurrido cinco días desde su partida y en el Hotel Excelsior el recepcionista me dijo que no se hospedaba nadie con ese nombre. Me pidieron un segundo apellido y sus datos de soltera. Yo sabía que era contrario al orden y la costumbre que hubiera dado sus apellidos de soltera. El resultado fue previsiblemente negativo. Alicia no estaba donde debía estar. Había desaparecido. Curioso y sorprendente.

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Las reuniones de negocios ocupaban menos del diez por ciento del tiempo útil. El resto del día y durante la noche Anita se alzaba como una diosa terrible y demoníaca al pie de la cama, contemplaba con serenidad y objetivos alarmantes el campo de batalla, en el cual un sudamericano extraviado sucumbiría sin remedio.

Propuse aprovechar el tiempo libre para recorrer la ciudad y sus alrededores. Pedí al conserje del Hotel Atlantic un mapa de la región y organicé una rutina turístico-cultural, con el objeto de poner distancia entre la intimidad del hotel y mi persona, sometida invariablemente a vejámenes indescriptibles cuyos detalles omito por mero prejuicio conservador.

La falta de información sobre Alicia ensombreció aun más mi caótica situación personal. Llegué a pensar que una extraña confabulación había cambiado el rumbo de mi viaje, porque si bien participé de la maniobra destinada a pasar algunos días con Anita, jamás imaginé que sería precipitado a una maratón erótica, que terminó sustituyendo el sencillo objetivo comercial, que me había llevado a Europa.

No supe cómo cambiar el curso de los acontecimientos. Carezco de la personalidad suficiente como para imponerme al acoso de una mujer como Anita, seguramente como consecuencia de una formación indulgente con las inclinaciones primarias de la gente en general, y de las mías en particular. Esta conducta, derivada de mi incapacidad para rechazar las hipótesis del placer, generó vendavales incontrolables en mi vida privada, y me aproximó finalmente a un epílogo dramático.

La cosa llegó a su clímax en Travemunde, localidad de veraneo sobre el Mar del Norte. Anita me desvistió en una playa solitaria, azotada por vientos helados. No tuve ninguna posibilidad de pedir auxilio, terminé con pulmonía en un   —13→   hospital bellísimo y aséptico, y con enormes marcas moradas el pecho, el estómago y el cuello, que recordaban las fotografías del domador del Circo de Moscú, destrozado por sus leones. No parecían consecuencia del frenesí amoroso de una muchacha con rostro de ángel.

Insistí en mis llamados a Roma. Esta vez al consulado y a un amigo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia. Prometieron hacer una investigación para localizar a mi mujer. Alicia era mi verdadero gran amor. Quizá un poco fría y circunspecta, con una ternura medida, casi tímida, incapaz de desbordes ni violencias. Instalado dolorosamente en la cama del hospital viví una regresión culpable. La pulmonía y las grotescas condecoraciones, ganadas sin gloria ni esfuerzo, constituían la expresión tumefacta de una sanción justa, por el desvarío desleal con el cual había atropellado los finos sentimientos de mi mujer.

Durante los días en que permanecí internado, Anita montó guardia junto a la puerta de la habitación. En el pasillo. Aprecié su solidaridad cómplice, pero le rogué al médico que no la dejara entrar. Inmovilizado por los tubos de oxígeno estaba indefenso y desconfiaba de su prudencia. Llamaron del consulado en Roma. Habían localizado a mi mujer. Una información ambigua. No mencionaron ningún hotel a pesar de mi insistencia, estaba bien y no debía preocuparme. Pobre Alicia, no quería preocuparla a ella, mi pulmonía podía provocarle una crisis de consecuencias imprevisibles. Jamás volvería a actuar locamente.

Una semana más tarde fui dado de alta. Anita me condujo en silencio hasta Hamburgo. Llegamos al hotel y me acompañó hasta la habitación. No entró. Sentí un alivio injusto. Una especie de condena cobarde.

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Al día siguiente llegué a Roma. Tomé un taxi hasta el consulado. El cónsul fue amable y extrañamente circunspecto, dijo que Alicia estaba instalada en una casa de la calle Andrea Dona. Tomé un taxi y le di la dirección.

-Bello posto -comentó el chofer.

No sabía lo que diría a mi mujer. No había previsto ninguna historia extraordinaria, para justificar los moretones, todavía de un color azulado tendiendo a rosa pálido. Soy un canalla, pensé, tal vez debía decirle la verdad. Pero la verdad generalmente implica una locura de lamentables consecuencias. Alicia me amaba. Me propuse dedicar los próximos meses a la reconstrucción de nuestra relación. Sería una tarea de buenos modales, un poco de ternura y mucho amor.

El taxi se detuvo ante una puerta enorme de madera labrada.

-¿Esta es la dirección?

-Eco, signore.

Toqué un timbre que sobresalía de la boca de un león de bronce, con ojos que me parecieron cargados de humor. Abrió la puerta un empleado, vestido con un mandil a rayas grises y negras.

Pregunté por mi mujer. Me hizo repetir el nombre, mientras me observaba de arriba a abajo con mirada innoble, sutilmente burlona. Me habían dicho que los italianos no tenían respeto por nada. Apenas por el Papa. El mucamo me cerró la puerta en la cara con una sorprendente firmeza, después de decirme que esperara.

Pagué el taxi que arrancó rápidamente y desapareció. Me sentía intrigado y desconcertado. No conocíamos a nadie en Roma. El mucamo volvió y me indicó que entrara. El   —15→   jardín y la casa se correspondían con la belleza imponente de la puerta. Alicia estaba sentada en una amplia reposera tapizada a rayas amarillas y blancas que hacía juego con otras, dispersas por el jardín. Estuve por avanzar rápidamente para abrazarla pero una sensación inquietante me detuvo. Un señor de pelo entrecano ocupaba otra reposera cercana y me sonreía con simpatía.

-Alicia -dije- no entiendo nada.

-Es fácil de entender. Voy a aclararte todo rápidamente. Me abandonaste por esa puta y vine a Roma. Conocí a Carlo Cavallerosi. Vivo con él.

Sentí que me precipitaban por la Garganta del Diablo en las Cataratas del Yguazú. Quedé atontado. Imaginé que era una broma. Algo en sus ojos me indicó que no se trataba de una broma. Se miraban con ternura. Yo había quedado al margen de la historia. No podía ser. Me estaba castigando. Lo tenía merecido, pero los castigos tienen un límite. Aparentemente vivía en ese palacio y con ese tipo. La mosquita muerta. Fría y sin pasiones. ¿Tan rápido? ¿Por qué no? ¿Nunca había conocido a Alicia? Pero me amaba y yo también a ella. Era un disparate, una estupidez. Una locura.

Entonces fue cuando el pequeño perro lanudo se me acercó y me orinó en el zapato. Lo miré con rabia. Al perro y a Alicia.

-¿Por qué me hiciste esto? -dije.

Ambos miraron al perro. Nunca llegaron a saber a quién había hecho la pregunta.

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Buen amanecer

Buen amanecer



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