Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
 

41

Entre 1940 y 1942 -en una situación histórica, por tanto, inmediatamente anterior a la que en tan conciso esquema acabo de describir-, mi condición de aspirante a una cátedra de Historia de la Medicina me llevó a esbozar un análisis del pensamiento europeo, tal como yo entonces veía y entendía su estructura, y me pareció poder reducir esta a los siguientes rasgos:

  1. Voluntad de plenitud histórica (un designio más o menos deliberado de asumir en la propia obra toda la historia del tema sobre el cual se trabaja);
  2. Creencia en la existencia de posibilidades de la inteligencia real y verdaderamente nuevas (la historia no es el proceso de una «evolución» o «despliegue», sino el proceso más o menos sistemático o dialéctico de una serie de «creaciones originales»);
  3. Afirmación de la «realidad de las cosas» (éstas, las cosas, no son meramente un conjunto de relaciones mensurativas y operacionales, sino fragmentos de la realidad);
  4. Visión del hombre como una realidad personal (la realidad del hombre no es reducible a una complicación de entes y acciones de carácter físico-químico, y exige su referencia a un centro o principio de orden transcósmico);
  5. Descubrimiento del misterio (frente a la realidad del hombre y del mundo, la ciencia puramente racional ha reconocido sus propios límites). Visto en 1972, treinta años después de su formulación, ¿qué es este esquema? ¿Un anacronismo? ¿Una perduración ya extemporánea de la mentalidad de entreguerras? Para muchos, tal vez. Eppur...
 

42

Sobre las ideas de Ernst Bloch -hoy el más notorio de los «marxistas libres»- acerca de la «hermandad» (fraternité, Brüderlichkeit) que proclamó la Revolución Francesa, véase lo que luego se dice.

 

43

Tal vez una tabla sinóptica haga más claro y completo el sistema histórico de las actitudes intelectuales ante la amistad que acabo de esbozar:

  1. Realidad del amigo:
    1. Meramente natural (physis antigua, natura renacentista, organismo de la ciencia natural moderna).
    2. Temáticamente personal: la persona como «supuesto ut quod» del individuo humano (filósofos medievales), como centro de fines morales autónomos (Kant) o como centro de emergencia de actos libres (Scheler).
    3. Accidente del espíritu absoluto (idealismo de Hegel; la persona como «conciencia de sí» en camino hacia la «conciencia de sí general»).
    4. El individuo como ser orgánico, social y laboral (Marx).
  2. Origen real y término de atribución de la relación amistosa:
    1. El individuo que es el amigo:
      1. El individuo como naturaleza individuada.
      2. El individuo como persona.
      3. El individuo como «conciencia de sí» o como ente social.
    2. La realidad total de que el amigo es realidad individuada:
    1. La naturaleza universal.
    2. La totalidad natural de los seres vivientes (oikeiótês de Teofrasto).
    3. La totalidad natural de la sociedad humana (oikeiôsis estoica y versiones ulteriores de la misma).
    4. Realidad transnatural y transpersonal de una «comunidad de espíritus».
  3. Fines de la amistad:
    1. La utilidad:
      1. De cada uno de los amigos.
      2. De la sociedad a que los amigos pertenecen.
    2. La relación amistosa en sí misma:
      1. Como vía u ocasión para una fruición deleitable.
      2. Como término y objeto de una fruición honesta.
 

44

Como en páginas anteriores indiqué, Zubiri ha visto en el «dar de sí» una de las notas constitutivas del ente real en tanto que real. El «dar de sí» viene a ser, en consecuencia, una propiedad general y metafísica de cualquier realidad; lo cual vale tanto como afirmar que ese «dar de sí» puede realizarse de distintos modos, entre ellos el humano. La donación puede en este caso ser amorosa o no amorosa; y supuesta la primera de estas dos últimas posibilidades, amistosa en sentido estricto o no, porque -como bien pronto veremos- entre los hombres es posible un amor que no sea amistad stricto sensu. Un capítulo ulterior mostrará cuál es la estructura real del «dar de sí» amistoso.

 

45

Apenas será necesario advertir que uso la palabra «beneficencia» -la euérgeia aristotélica, la beneficentia tomista- en su más radical y auténtico sentido, «nacimiento del bien», y con la más acre reserva frente a lo que en la sociedad burguesa -«hospitales de beneficencia», «fiestas de beneficencia», «obras de beneficencia»- así ha solido llamarse. Reaparecerá el tema.

 

46

Pocos han sabido describir con tanta sencillez y tanta hondura como Maragall -valga este único ejemplo- lo que es- la donación de una vivencia estética de la realidad en torno: «Otra vez, también en el Pirineo, pero del lado de allá, nos salió en la oscuridad del camino una niña mendigando con voz de hada. Le pedí que me dijera algo en su lengua propia, y ella, toda admirada, señaló el cielo estrellado y dijo no más: Lis esteles. Y yo sentí que esto era hablar» («Elogio de la palabra», Obras completas, II, 46; Barcelona, 1960-1961).

 

47

Dentro de la vivencia de logro -sean el éxito o el fracaso el modo de este- va siempre la del «sentido» que lo personalmente apropiado tiene para la persona que se lo apropia; «sentido» que puede tener grados de elaboración muy diversos, desde el elemental que expresa la proposición «Esto me es grato» hasta el matizado y complejo de las interpretaciones muy «biografiadas» y -por decirlo así- muy «noveladas» de la apropiación. Todo hombre es «novelista de sí mismo», dijeron Unamuno y Ortega; y comienza a serlo interpretando con explicitud y articulación mayores o menores el «sentido» que para él tiene lo que para él es íntimamente «suyo», por tanto su «logro» personal respecto de lo que de esa manera pertenece a su vida y su ser.

 

48

Sobre la relación entre «logro» -éxito o fracaso- y «sentido», véase lo que brevemente quedó apuntado en una nota a pie de página del capítulo precedente.

 

49

Unos hermosos versos de Verlaine afirman también, del modo más explícito, esa natural raíz de «necesidad» que posee la confidencia:


Le bonheur de saigner sur le coeur d'un ami,
Le besoin de pleurer bien longtemps sur son sein,
Le désir de parler à lui, bas à demi,
Le rêve de rester ensemble sans dessein.



Faguet, por su parte, habla asimismo de la «necesidad de hablar de sí mismo», la cual sólo en el comercio de la amistad encontraría «derivación salutífera y, como Aristóteles diría, purgación, catarsis». Pero este autor, sin duda bajo la influencia de Pascal -recuérdese una célebre sentencia de este: «Le moi est haïdissable»-, o sólo por su condición de homme du monde, califica de «horrible» a esa «necesidad». ¡Con qué coincidente complacencia Nietzsche y Unamuno, cada uno a su manera, hubiesen llamado «filisteo» al bueno de Émile Faguet! Sobre los varios modos de hablar literariamente de sí mismo, véanse los finos análisis de J. Marichal en La voluntad de estilo (2.ª ed., Revista de Occidente, Madrid, 1971).

 

50

Al estudiar el nacimiento de la amistad desde la incomunicación -desde lo que tópicamente llamamos hoy «incomunicación»-, reaparecerá este tema de los grados y los modos de la confidencia.