Sobre la composición del «Cántico espiritual»
Ricardo Senabre
Universidad de Salamanca
La indudable calidad artística del Cántico de San Juan de la Cruz no es lo único excepcional de esta obra. Excepcional es también el largo debate acerca de las diferencias entre el llamado «Cántico A» y la versión más extensa -el «Cántico B»-, cuya autoría ha llegado incluso a ponerse en duda. Y excepcional es igualmente el hecho de que un poema tan unánimemente apreciado suscite aún perplejidades y dudas que afectan tanto al sentido de pasajes concretos -las «cuevas de leones», la «caballería», la presencia de «Aminadab»- como a la resolución de ciertas relaciones sintácticas ambiguas o a la determinación de modelos estéticos que pudieron dejar su huella en el poema. Y no puedo entretenerme en recordar la relación -no siempre armónica- entre el Cántico y su declaración en prosa, que ha provocado también no poca desazón en muchos estudiosos.
Frente a tan
numerosas incertidumbres, conocemos, sin embargo, muy bien -y
éste es otro hecho excepcional- las condiciones en que se
gestó y se compuso gran parte del primer
Cántico. Acerca de esta circunstancia existen
abundantes testimonios que nos permiten pisar terreno
firme1.
Con toda seguridad, las primeras estrofas adquieren cuerpo en la
lóbrega celda del convento de Nuestra Señora del
Carmen, de Toledo, formada por «un hueco
en una pared, poco más o menos que una sepultura, pero mucho
más alto, sin luz»
, según la
declaración jurada de fray Inocencio de San Andrés
(BNM,
ms. 8568, fol. 543). Durante varios meses no pudo disponer
fray Juan ni siquiera de papel para escribir. Eulogio Pacho ha
podido conjeturar plausiblemente:
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Los problemas que embargaban su espíritu iban grabándose lentamente a través de imágenes y formas poéticas en su memoria. Sentía irrefrenables deseos de trasladar al papel los versos en que iba reseñando gráficamente sus íntimas vivencias. No tenía posibilidad de hacerlo, y durante varios meses hubo de contentarse con entretenerse y guardar en la memoria sus versos «para escribirlos» tan pronto como se le presentase ocasión.2 |
Permítaseme
un recuerdo marginal. En Yo el Supremo (1974), la gran
novela de Augusto Roa Bastos, el Dictador Perpetuo trata de atajar
la producción y difusión de pasquines que atribuye a
sus oponentes políticos. Su secretario le recuerda que todos
ellos «están encerrados en la
más total oscuridad desde hace años»
y que
«no tienen con qué
escribir»
. Y el Dictador replica: «¿Olvidas la memoria, tú, memorioso
patán? Puede que no dispongan de un cabo de lápiz, de
un trozo de carbonilla. Pueden no tener luz ni aire. Tienen
memoria»
.
Es, mutatis mutandis, el caso de San Juan de la Cruz: sin papel, sin tinta, sin apenas luz, fue cincelando versos de memoria, en espera de poder transcribirlos. Y la ocasión se le presentó algunos meses más tarde, gracias a la benevolencia del nuevo custodio, fray Juan de Santa María, que proporcionó a nuestro poeta los útiles indispensables. Si el autor convirtió entonces en letra escrita lo que había ido componiendo mentalmente, y si llevó consigo -o no- un cuadernillo con los textos en el momento de fugarse, son cuestiones que aquí deberán quedar al margen, aunque han atraído la curiosidad, tal vez excesiva, de algunos estudiosos3. Lo esencial es que, cualesquiera que hayan podido ser las modificaciones introducidas en el momento de fijar por escrito las primeras estrofas del Cántico, su composición originaria fue exclusivamente mental, mnemónica, y este hecho confiere a la obra un estatuto peculiar. La redacción escrita no exige una memoria del texto, que va haciéndose presente a medida que surge en el papel y se tiene siempre ante la vista. Independientemente de que la obra vaya a ser destinada a la recitación oral o a la lectura silenciosa, el poeta la ve en todo momento como un espacio escrito de límites precisos que, en revisiones sucesivas, admite perfectamente cambios, correcciones y mejoras que pueden acabar diferenciando considerablemente la forma final del cañamazo originario. Poseemos versiones distintas, correspondientes a diversos estados de redacción, de muchos poemas de Herrera o de Quevedo -por citar sólo dos casos bien conocidos- que ilustran suficientemente acerca de las variaciones que el texto escrito llega a engendrar cuando su autor se propone darle forma definitiva, porque, en general, la primera versión aparece tan sólo como una especie de borrador sobre el que luego hay que operar. En cambio, la composición mnemónica, privada del soporte escrito inmediato, nace con otras características. El poeta debe buscar desde el primer momento fórmulas definitivas -tanto estructurales como léxicas- y, sobre todo, recordables. Los elementos rítmicos y fónicos adquieren un relieve especial, de igual modo que el uso de expresiones con una determinada articulación sintáctica y de acuñaciones fijadas en la memoria que ahora se integran en la creación personal y, por así decirlo, refuerzan sus caracteres mnemotécnicos. El resultado de todo ello es que si, pasado algún tiempo, el texto se traslada al papel, los cambios son, por lo general, mínimos.
Antes de seguir
adelante conviene puntualizar que lo que se indica aquí nada
tiene que ver con el procedimiento de la «composición
oral» que Milman Parry estudió en Homero y que su
discípulo Albert B. Lord extendió a otros
ámbitos4;
ni tampoco con las recurrencias y juegos fónicos de las
canciones infantiles5.
En unos y otros casos, la repetición de fórmulas
obedece a la necesidad de que el auditorio las reconozca como tales
o las hilvane con más rapidez en la memoria, merced a
diversos procedimientos asociativos. En la composición
mnemónica, por el contrario, el posible destinatario no
cuenta en absoluto. Lo que se impone es la conveniencia de utilizar
acuñaciones, fórmulas y mecanismos de enlace no
ajenos a otros ya inscritos en la «memoria
poética» del autor -que no tiene por qué
coincidir con la de ciertos posibles oyentes-, de tal modo que los
versos puedan ser recordados con facilidad. Ahora bien: la memoria
poética suele ser siempre fragmentaria. Conserva esquemas
generales de organización y, sobre todo, versos y
expresiones sueltas, acuñaciones aisladas, figuras
rítmicas, sintagmas y metáforas singulares, no
conjuntos extensos. Todos los lectores de poesía -y un poeta
lo es, antes de nada- recordamos versos de la
«Epístola moral a Fabio», del Polifemo,
de Bécquer, de Machado... Pero tal vez no retenemos una
composición completa, sino, todo lo más, el esquema
general de su desarrollo, transformado vagamente en
«argumento». El Cántico de San Juan, al
menos en su versión primitiva, es una composición
mnemónica. El poeta no ha tenido ocasión de releer o
revisar detenidamente modelos para establecer sobre ellos su propia
creación. Ni siquiera el Cantar de los Cantares,
del que hay muchos versículos literalmente trasladados -por
tanto, recordados- se erige en dechado compositivo. Lo prueba el
hecho de que el orden de su aparición no se asemeja en
absoluto al del texto bíblico, utilizado únicamente
-aunque con evidente profusión- como depósito de
fragmentos seleccionables, no como armazón de la obra
proyectada. En el esquema del arranque prevalece el sentimiento de
la propia situación de total desamparo -presente ya en
«¿Adonde te escondiste, / Amado, y
me dejaste con gemido?»
- y pesan otros modelos más
afines de la propia circunstancia personal. Es posible que haya un
recuerdo de los Salmos (44, 25: «¿Por qué escondes tu rostro, /
olvidado de nuestra miseria, de nuestra
opresión?»
), pero el movimiento «¿Adonde te escondiste...? Pastores...
Decid si por vosotros ha pasado»
se basa en un esquema
como el de esta conocidísima cancioncilla:
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Esta
canción, que hoy puede resultarnos distante, fue enormemente
popular. La incluyó el rondeño Alonso de Alcaudete en
el romance «Yo me levantara, madre, /
mañanica de San Juan»
, que se ha conservado nada
menos que en siete pliegos sueltos góticos6,
además de incorporarse a las sucesivos ediciones del
Cancionero de romances de Amberes y a la Silva de
varios romances de Zaragoza, 15507.
No se trataba, pues, de un texto recóndito para un fray Juan
formado en la lectura y el estudio alrededor de 1565.
Más probatorio es aún, en el caso de las composiciones mnemónicas, la presencia de fórmulas fijas, consolidadas por la tradición y reiteradas en posiciones métricas equivalentes. La crítica que más se ha esforzado por bucear en los precedentes literarios de la poesía sanjuanista ha logrado plausibles avances en el descubrimiento progresivo de ese trasfondo en el que confluyen la lírica popular, la literatura de tinte amoroso y bucólico y hasta algunos refinados juegos puestos en circulación por la poesía cortesana del siglo XV. Todo esto, y lo que todavía pueda averiguarse, confirma que nos hallamos ante un poeta de múltiples lecturas. Pero lo decisivo para entender los mecanismos de composición mnemónica del Cántico no reside tanto en el rastreo de precedentes genéricos como en el hallazgo de estereotipos sintácticos y léxicos que, unidos a otros procedimientos, proporcionan a los versos las necesarias apoyaturas mnemotécnicas. Tomemos, por ejemplo, la apelación a los pastores de la estrofa segunda:
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La fórmula
«aquel que yo más
quiero»
está ya en una composición de Juan
del Encina que pasó al Cancionero de romances:
«Fuime para do morava / aquella que
más quería»
. Y en otro lugar del mismo
Cancionero de Amberes: «Pues que
no pude gozar / aquella que más quería»
.
También en el Cancionero musical de Palacio
(núm. 20): «Hálleme en los brazos / del que
más quería»
. O en el llamado Cancionero
de galanes (ed. M. Frenk, pág. 75): «A mi puerta la garrida / nasce una fonte frida /
donde lavo la mi camisa / y la de aquel que yo más
quería»
. Naturalmente, la fórmula admite
pequeñas variantes que no alteran su estructura, como en
estos versos del Cancionero de Pedro del Pozo (1547):
«Tentaciones le vinieron / por le quitar
su porfía / en los cuales vino Cava, / la que más que
a sí quería»
(ed.
Rodríguez-Moñino, BRAE,
XXX, pág. 270). Incluso en prosa: «Tenía un primo que se llamava Alanio, a
quien ella más que a sí quería»
(Montemayor, Diana, ed. E. Moreno Báez, pág.
52). En contextos caballerescos predomina la fórmula
«la cosa que más»
, como
estos versos de un romance. «Diéselas a Montesinos, / la cosa que
más quería»
(Duran, Romancero,
núm. 384). Y, con el
cambio de «querer» por «amar», pasa a los
libros de caballerías: «La cosa
del mundo que yo más amo»
(Ortúñez
de Calahorra, Espejo de príncipes, ed. D. Eisenberg, I, viii). El
Amadís ofrece diversas variantes (ed. Cacho
Blecua): «Le abraçó como
aquel que más que a sí amava»
(I, i);
«mataste aquel que yo tanto
amava»
(I, ix); «el hombre del
mundo que yo más amava»
(I, xxii),
etcétera. Nos encontramos, pues, ante una fórmula mil
veces repetida, que, además, en los textos poéticos
ocupa un verso entero, lo mismo que en el Cántico
sanjuanista.
Algo parecido
podría decirse del par «peno y
muero»
que cierra la estrofa. Se trata de dos nociones
que parecen estar indisolublemente unidas en la tradición
expresiva de la lírica cancioneril, e incluso de la
poesía popular. Encontramos la fórmula, por ejemplo,
en Jorge Manrique (Cancionero, ed. V. Beltrán, pág. 9): «Ve, discreto mensajero, / delante aquella figura
/ valerosa / por quien peno, por quien muero»
. Y, sin
salir del siglo XV, en un poeta anónimo, probablemente el
bachiller Ximénez: «Que por quien
yo peno y muero, / si la amo, si la quiero»
(Cancionero castellano del siglo XV, ed. Foulché-Delbosc, núm. 558). O en Juan del Encina
(Égloga de Plácida y Vitoriano, vv. 1659-1661): «Que
venga mi triste suerte / a dar con otra más fuerte / donde
más pene y más muera»
.
Añádase este otro caso, del Cancionero llamado
Flor de enamorados, de Juan de Linares, aparecido en 1573
(Duran, Romancero, núm. 299): «Y por bien que pene y muera, / no alcanzo
ningún favor»
. Inequívocamente popular es
el estribillo que figura en el Cancionero de Elvas (J. M.
Alín, El cancionero español de tipo
tradicional, núm.
297): «Quien con veros pena y muere, /
¿qué hará cuando no os viere?»
.
Aunque la secuencia «penar y morir» es la lógica
y la que los textos ofrecen habitualmente, hay algún caso en
que aparece invertida, sin duda a causa de la constricción
impuesta por la rima: «Lloráis mi
grave penar, / lloráis porque muero y peno; / ved si se
puede igualar / el dolor sentir sin par / con llorar el mal
ajeno»
. Como puede advertirse, la necesidad de mantener
el sintagma «mal ajeno» como cierre del enunciado -y
sometido, por tanto, a la rima- ha obligado al poeta a invertir /
el orden esperable (el texto, en Cancionero castellano del
siglo XV, núm. 917).
Pero el fenómeno puede considerarse excepcional, y no
empeña el abrumador predominio de la fórmula
«penar y morir». Así, en el Cancionero
musical de Palacio (núm. 89): «Tanta es su hermosura, / no bastara tu cordura,
/ que luego no te vencieras / y penaras y murieras»
. O en
el Cancionero de Pedro del Pozo (núm. XX): «Sacáresme de males, tormentos y pena /
que paso por vos penando y muriendo»
. No falta,
además, alguna curiosa variación. Téngase en
cuenta que la fórmula pertenece al ámbito de la
lírica amorosa, que permite acentuar la
contraposición entre un tú y un yo.
De este modo, «peno y muero» puede disociar sus
elementos y adscribir cada uno de ellos a los respectivos
enamorados, como en esta muestra de los Villancicos y
canciones (1551) recopilados por Juan Vázquez: «Aquel caballero, madre, / que de mí se
enamoró, / pena él y muero yo»
(J. M.
Alín, núm. 272). O
bien se aprovecha la ruptura para establecer y recalcar una
graduación: «Penará el
caballero, madre, / penará, mas no morirá»
(J. M. Alín, núm.
606).
«Peno y muero» es, por consiguiente, una expresión formularia, frecuentísima en la poesía amorosa de los siglos XV y XVI, que aparece siempre cerrando el verso en que se encuentra. En el texto de San Juan, la novedad radica en que la fórmula se incluye en un endecasílabo que el poeta debe completar con más elementos que los requeridos por los modelos octosilábicos. Y transforma el esquema binario en ternario mediante la adición de «adolezco». La expresión se distancia todavía más del parco «nuntiate dilecto quia amore langueo» de la Vulgata (Cant., 5,8). Pero nótese que la selección de este nuevo verbo -la innovación dentro de la fórmula tradicional- incorpora un componente de idéntico perfil vocálico que los otros dos, con el que el esquema rítmico del verso multiplica las asonantes en e-o (adolezco, peno, muero) que, como factores iterativos, constituyen otros tantos rasgos mnemotécnicos del conjunto. Y a ello se añaden nuevas homofonías, como las aliteraciones creadas entre decilde y adolezco, que confluyen hacia un mismo resultado. Más adelante me referiré a fenómenos de esta naturaleza.
La crítica
ha señalado para ciertos pasajes del Cántico
distintos precedentes, aunque sin advertir la naturaleza de
fórmulas de algunos de ellos, observación que hubiera
ayudado decisivamente a plantear el carácter de
composición mnemónica del texto. Así, en el
hemistiquio «me dejaste con
gemido»
del segundo verso vio Arturo Marasso8
huellas del verso postrero de la Eneida («cum gemitu
fugit»
) y de una traducción de las
Confesiones agustinianas99.
Y Domingo Ynduráin agrega10
unos versos incluidos en el Grimalte y Gradissa de Juan de
Flores: «Se recuerda con gemido / del
tiempo que ya es pasado»
. Parva cosecha, no obstante,
porque el sintagma es también formulario, y con usos
más cercanos a San Juan. Hallamos «con gran gemido»
en el bachiller
Ximénez (Canc.
castellano del s. XV, cit. núm.
557). Y en una composición del Cancionero de Pedro
del Pozo (ed. cit.,
pág. 265): «Pelícano, que te hieres / por dar a tus
hijos vida / con gemido»
; en Garcilaso (eleg. I, vv. 38-39): «Por la ribera / de Trápana con llanto y
con gemido»
. También bien en Francisco de Figueroa
(ed. M. López Suárez, Madrid, 1989, pág. 144):
«Que quiero con gemido / llorar mis
largos males»
. «Por otra parte,
“con gemido” es sintagma frecuente en la literatura
espiritual. «Ora el Espíritu Santo en nosotros [...]
con gemidos no decibles»
, escribe Francisco de Osuna,
citando libremente a San Pablo (Tercer abecedario
espiritual, XI, v). Antes, fray Ambrosio Montesino: «Y la gente ciudadana, / que tal vido, / se
tomó luego cristiana / con gemido»
(BAE,
XXXV, pág. 443
b). Incluso Juan del Encina había traducido con la
fórmula el «gementes»
de
la Salve: «A ti, Virgen, sospiramos; /
sospiramos con gemido»
(id., pág. 243 a). No sería
difícil acumular más ejemplos para mostrar que, de
nuevo, una acuñación formularia sustenta la
organización del verso. He ahí un aspecto del
Cántico espiritual que convendría explorar a
fondo, a fin de relacionarlo con la índole mental de la
composición. Es indispensable percatarse de las diferencias,
sólo aparentemente irrelevantes, entre esta forma de
elaboración y la más habitual y familiar, basada en
el completo control visual del texto escrito. En la
composición mnemónica, el poeta piensa en verso, o un
grupo de versos -dos o tres, como máximo-, y los repite una
y otra vez para incorporarlos a la memoria. Los enunciados
sintácticos son breves, por lo general simples o. como
mucho, de pares coordinados, porque se trata de recordar, no
propiamente versos sueltos, sino unidades de sentido, y la
complejidad sintáctica dificultaría su
fijación mnemónica. Es lo que sucede en el
Cántico espiritual, a diferencia de otras obras.
Recuérdese -por citar un solo caso- la amplitud
sintáctica que alcanzan muchos enunciados de la
égloga I de Garcilaso (así, vv. 7 ss., 29
ss., 282 ss., etc.), con enumeraciones, anáforas
retóricas y frases subordinadas que cubren frecuentemente
doce o catorce versos. Por otra parte, en una composición
como el Cántico, y debido a su especial
gestación, cada unidad métrica multiplica
también los elementos que permitan recordarla como tal
unidad. Por esa razón, el procedimiento compositivo tiende a
rechazar cualquier artificio que pueda poner en peligro la
percepción de esa unidad y su fijación
mnemónica. En cambio, se acentúa todo aquello que
ayude a reforzar el verso. En el caso del Cántico
no es improbable, por ejemplo, que San Juan fuese acomodando versos
y estrofas a una melodía preexistente, como es habitual en
la lírica de corte popular. De hecho, los abundantes
testigos que recuerdan la difusión inicial de la obra hablan
reiteradamente de «canciones» para referirse a
ella11.
Y existe el relato de fray Jerónimo de la Cruz, que
acompaña al Santo en un viaje desde Baeza a Beas,
entretenidos ambos «en hablar de Dios y
cantar el siervo del Señor himnos y salmos y algunas
canciones espirituales que él había
compuesto»
12.
¿Las del Cántico? Es imposible saberlo, pero
conviene no desechar sin más la conjetura, porque el fraseo
musical es, a fin de cuentas, un factor más de
fijación del verso. Y lo mismo ocurre con el
encabalgamiento, y a pesar también de la ayuda que supone el
mantenimiento de la rima consonante, el desajuste brusco entre
unidad métrica y unidad sintáctica puede entorpecer
el recuerdo del esquema rítmico que, verso tras verso, va
constituyéndose en la memoria. No es extraño que los
versos tiendan abrumadoramente a la esticomitia y que no hallemos
ningún encabalgamiento abrupto en el
Cántico, si se exceptúan dos casos: uno que
figura en la controvertida estrofa 11, interpolada posteriormente
(«mira que la dolencia / de
amor,...»
), y otro en la estrofa 37 («y luego a las subidas / de la
piedra...»
), que pertenece también a la parte
redactada fuera de la prisión. Sin entrar en más
pormenores, compárese este resultado con lo que ofrece, por
ejemplo, el romance que comienza «Con
esta buena esperanza»
, donde en muy pocos versos se
acumulan tres encabalgamientos:
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Recurso
mnemotécnico es también la utilización de
rimas desinenciales -no muy estimadas por algunos preceptistas-,
que enlazan palabras de la misma categoría y contraen el
léxico a un ámbito homogéneo y fácil de
memorizar: escondiste/huiste (1), fuerdes/vierdes
(2), derramando/mirando (5), sanarme/enviarme
(6). En las estrofas 7, 8 y 9 todas las rimas son desinenciales.
Pero ninguno de estos artificios opera por sí solo, sino en
combinación con otros tipos de recurrencias, esencialmente
basadas en aliteraciones u homofonías diversas y en
construcciones anafóricas: «ni
cogeré... ni temeré»
(3), «oh bosques... oh prado»
(4), «y todos... y todos»
(7), «¿por qué...?... ¿por
qué...?»
(9), etc. En la estrofa 1, por ejemplo, se dan
las homofonías adónde/escondiste,
la aliteración de m en el segundo verso -así
como la paronomasia amado/gemido en sus extremos-
y la inclusión de la secuencia herido en la
subsiguiente eras ido. ha crítica ha
señalado algunas aliteraciones llamativas, como las que se
producen en la estrofa tercera: flores, fieras,
fuertes, fronteras. No ha subrayado, en cambio,
el entramado paralelístico de la estrofa, que constituye
otro factor mnemotécnico de considerable eficacia. Ni ha
reparado tampoco en que, con notable frecuencia, la rima,
además de provocar asonancias internas, extiende la
equivalencia fónica más allá del segmento que
comienza con la última sílaba tónica.
Recuérdese la estrofa 4:
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Adviértase
que la rima en -uras no sólo afecta a esta parte de
los respectivos enunciados, sino que se alarga mediante la
asonancia de dos sílabas más:
espesuras / de
verduras. Lo mismo sucede con la rima en -ado:
Amado / esmaltado / pasado.
Además, en dos de estos tres versos la homofonía se
prolonga a cuatro sílabas: del
Amado/esmaltado. Y uno
de ellos presenta, por otra parte, una asonancia interna dentro de
dos segmentos isosilábicos: por la mano /
del Amado. Que, al margen de estos rasgos, el
verso incorpore una fórmula ciceroniana (De senectute, XVIII, 59:
«Multae etiam istarum
arborum mea manu sunt satae»
) aprovechada,
entre otros, por fray Luis de León («por mi mano plantado...»
), no hace
más que corroborar que el uso de una acuñación
formularia no excluye la adición de distintos refuerzos
fónicos igualmente encaminados a preservar la
fijación del verso en la memoria. Y lo mismo sucede con el
celebérrimo verso de la estrofa 7: «un no sé qué que quedan
balbuciendo»
. La suma de hallazgos fónicos para
transmitir la impresión del balbuceo es notabilísima,
pero en realidad se basa en una acuñación formularia
-aunque el poeta la desborde y la enriquezca extraordinariamente,
como una innovación más del modelo tradicional- para
la que se han señalado precedentes en Ovidio, en
Boscán y en Juan Fernández de Heredia. No obstante,
debió de tener una extensión mucho mayor, y en
estratos menos cultos. Lo prueba el hecho de que Hernán
Núñez y el maestro Correas registran: «Pregonaron no sé qué, / que fuesen
a no sé dónde / so pena de no sé
cuánto»
. Y el manuscrito 1587 de la Biblioteca
Real, que es del último tercio del siglo XVI, recoge (fol.
140) el siguiente cantarcillo: «Es amor
un no sé qué / que viene de no sé dónde
/ y entra por no sé dónde / y mata con no sé
qué»
. La misma copla, con pequeñas
variantes, se halla en otros manuscritos de la misma Biblioteca
(274, 1577), y puede confrontarse con otro de la Biblioteca
Nacional (2478), donde se lee: «¡Ay, Anarda, que siento / en mí un
no sé qué, / porque estoy no sé cómo /
desde que te hablé!»
. Existen, además,
múltiples ejemplos en la tradición oral
hispánica y portuguesa13.
Y el mismo San Juan aprovechó para una glosa a lo divino una
cancioncilla oída, al parecer, en Granada: «Por toda la hermosura / nunca yo me
perderé, / sino por un no sé qué / que se
alcanza por ventura»
. El «no sé
qué» estaba ya dado. La originalidad del poeta
consiste en integrarlo en un enunciado más complejo, donde
la selección de «quedan» multiplica un efecto
fónico al que la presencia de «balbuciendo»
otorga dentro del conjunto un sentido coherente: algo que dista
mucho del mero jugueteo ingenioso de los textos que el Santo
podía almacenar en su memoria poética.
Al estudiar el amplio sustrato literario del Cántico espiritual es preciso establecer lo más exhaustivamente posible el repertorio de motivos tradicionales y modelos diversos que aparecen entretejidos en la composición de la obra. Se ha avanzado mucho en este terreno. Sin embargo, tal indagación, con ser una necesidad ineludible en el acercamiento al texto, no es suficiente. Hay que continuar elucidando ese fondo tradicional, pero sin descuidar la búsqueda de fórmulas fijas, de estereotipos expresivos o rítmicos, de aquellos fenómenos que ayuden a entender el peculiar modo de producción del Cántico: una composición en su mayor parte mnemónica, elaborada con el auxilio de modelos literarios y expresivos almacenados fragmentariamente en la memoria y no revisados para la ocasión. También el estudio de las diferencias entre el Cántico A y el Cántico B podría apurarse más si se analizaran los mecanismos de enlace entre las estrofas, vinculados en buena medida a las necesidades de la composición mnemónica. Aunque es indudable que cuatrocientos años no han transcurrido en vano, la crítica sanjuanista tiene aún por delante un vastísimo elenco de problemas que deberá acometer, aun con la sospecha de que bastantes de ellos sean ya de imposible solución.