—[130]→ —131→
Cuando amortajaban el corpulento cadáver de don Nicomedes Gallardo, descubrieron la huella del dedo índice de Nuestro Señor Dios Jesucristo, en su hombro derecho, se miraron de reojo y sintieron todo el bochorno de su honor ultrajado. Más tarde, se consumaría la sacrílega y anónima incineración, después de que el cuerpo semidesnudo del canónigo permaneciera expuesto al escarnio público, bajo las frondosas moreras de la plaza mayor.
Don Nicomedes finó a consecuencia de unas inclementes calenturas y a los diez años de su destierro, en Puebla del Socorro, donde el obispo lo confinó, cubriendo así la vacatura de una parroquia diocesana miserable casi inaccesible y asediada de continuo por bandoleros y gentes de muy sospechosa laya. Bien es cierto que en aquella década, calificada de glorificante, por algunos caladizos, aunque oscuros cronistas, Puebla prosperó como nunca, quintuplicó su demografía puramente vegetativa y hasta se pavoneó de un estandarte, de tapado origen fornicario, con cuatro franjas horizontales de igual anchura y otros tantos colores: negro, blanco, morado y magenta. Negro, por el luto perenne, en nuestros corazones, por cuantos ofrendaron su vida en defensa de los legítimos derechos de aquel grande y providencial monarca que fue Felipe V, de la ilustre Casa de Borbón, glosó don Nicomedes, cuando por vez primera y exacerbadamente hizo flamear el trapo cuadrilongo, ante los embobados feligreses; blanco, como la inmaculada luz que ilumina la fe de esta parroquia —132→ de cristianos viejos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Socorro; morado, por el sacramento de la penitencia que nos permite reconciliarnos con Dios, hijos del pecado, según se contiene de forma terminante, en el Canon I, de la sesión XIV, del Concilio tridentino; y magenta... magenta, y en llegando al acalorado tinte de aquella ropa de intimidades femeninas, don Nicomedes titubeó y titubearía siempre buscándole un simbolismo etéreo, ya histórico, ya litúrgico, ya mariano, a lo que era, como los otros paños del estrambótico estandarte, un bien merecido trofeo de alcoba. Y magenta, concluyó por la trama de sus saberes ópticos, porque complementa al verde, hijos de la ignorancia, y el verde significa el fruto del sudor con el que irrigáis los campos.
A don Nicomedes no lo desterraron por los galanteos con la unigénita, medio alunada, de los marqueses de Peñamora, sino por las murmuraciones que preludiaban el escándalo. Tanto la astucia como la prudencia episcopal se resolvieron por cierta permisividad, en asunto de idilios de menor cuantía, para no dejar en cuadro al capítulo de la Catedral.
-Mi bien probada tolerancia, en lo concerniente a determinadas y transitorias debilidades de la carne, se encastilla de intransigencia y severidad, cuando las dichas debilidades ponen en peligro las buenas costumbres del común de las gentes y conmueven sus sólidas creencias religiosas.
El canónigo aplicó el oído a la monserga, con ademán afectado, respetuoso y dócil. Tras una pausa de meditaciones, arguyó tímidamente:
-Entendiéndolo así, apelo a la generosa benevolencia de su ilustrísima, pues, al respecto y en mi descargo, con la mayor humildad, declaro no solo infundadas, sino difamatorias todas cuantas imputaciones se me formulan, con el torcido propósito de buscarme el descrédito y la perdición -alborotó el aire atufado de la cámara, con unos pases histriónicos-. ¡Vana empresa!... Como confesor de tan noble familia, que me honra con su confianza, frecuento aquel palacio, pero mis relaciones con la joven y desdichada heredera se reducen meramente a tiernos e —133→ inocentes juegos, cual corresponde a su edad y a su delicada salud, y a mi sagrado ministerio.
El prelado acarició su anillo pastoral, abstraído y vacilante. El rumor del embarazo de Marcela y de su presunta autoría, había alcanzado ya la Corte, donde los marqueses de Peñamora gestionaban valimientos, para sacar a flote una hacienda en precario. La grave situación podía degenerar en tumulto escandaloso. De manera que se decidió por cursar los trámites pertinentes y depositar el desazonante asunto en manos de la institución que, en definitiva, debía dilucidarlo. Guardó, no obstante, la mayor discreción y puso en pie toda su finura diplomática, con ánimo de no avivar los sutiles enfrentamientos con el cabildo, y, muy en concreto, con su solapado y codicioso deán, tan proclive a la gula como a la intriga. Por eso, sosegada y ajuiciadamente, replicó:
-Vuestras razones son, sin duda, decorosas y elevadas, en justa correspondencia con la dignidad que merecidamente ostentáis. Sin embargo, en atención a las mismas, guiado tan sólo por mi celo apostólico y paternal, y con objeto de preservaros de maledicencias e iniquidades, os aconsejo un pasajero retiro, en la seguridad de que habréis de servir la causa de Dios, con el ardor y la sapiencia que os adornan, allí donde he dispuesto enviaros con mis bendiciones.
Un mes más tarde, partió don Nicomedes Gallardo hacia Puebla del Socorro, con nutrida escolta de jinetes y dos mulas cargadas de cofres, cajones y bultos. Se juró solemnemente que, en medio de las Pías Fundaciones de su admirado cardenal Luis Antonio Belluga, él trataría de emular la gesta de tan insigne prócer.
Casi doscientos años después de aquellos acontecimientos, Gabriel Escudero, escéptico y moribundo de oficio, comentaría a su ahijada y a Leo Ros:
-Curioso, muy curioso el tal purpurado que, antes de crearlo así, motu proprio, Clemente XI, según hago memoria, asaltó Orihuela, al frente de los ejércitos borbónicos, y recibió de la ciudad conquistada, un extenso distrito de ciénagas. Sí, Belluga lo desecó y lo colonizó, una vez —134→ lo hubo puesto bajo su jurisdicción, incumpliendo sus promesas, porque tenía la espada.
Gabriel Escudero apuró su taza de té verde y le preguntó a Leo, por cortesía, si se interesaba por todos aquellos enredos, aunque ni siquiera aguardó su respuesta.
-Fue, efectivamente, una obra de titanes o de penados, fertilizar tierras salobreñas y pantanosas. Penados y hasta esclavos guineanos, si bien no está esclarecido este último dato, fueron quienes le escribieron renglones de gloria a Luis Antonio Belluga, por entonces muy ocupado en los negocios del virreinato y de la capitanía general de Valencia. Luego a sus colonos, les arrancaría nada menos que la cuarta parte de las cosechas -sonrió, en tanto repostaba alientos-. De los Peñamora ¿qué quieres que te diga Mercedes? Un solar ilustre que se extinguió y donde, ahora, se alza un edificio insoportable de cinco pisos.
Recordaba imprecisamente alguna lectura de pasada, en el archivo parroquial, quizá en el de Santiago o en el de las Santas Justa y Rufina, quizá también, ¡tanto tiempo ya, querida Mercedes, tanto!, en acta o en protocolo de notario, lectura acerca de las aceleradas y sigilosas nupcias de una Peñamora, apenas núbil y falta de juicio, con un insignificante escribano, pero te repito que la estirpe se desmoronó, sin demasiados aldabeos, muy probablemente a raíz de aquel matrimonio de la mano izquierda.
-Con respecto a ese fecundo canónigo... ¿Nicomedes Gallardo, dices?... no sé nada en absoluto y hasta dudo de su misma y excitante existencia.
Leo Ros dejó temblando la botella de jerez, mientras el anfitrión les mostraba una valiosa custodia de plata.
-Lleva la marca del orfebre Juan Antonio Domínguez y perteneció a los Peñamora.
De regreso a Almoradí, se detuvieron en Jacarilla, en la margen derecha del río, porque Leo sintió de pronto la necesidad de pasear bajo la luna menguante de febrero. Pero esa historia, murmuró, es como un allegro corrompido de Vivaldi.
-¿La de Marcela y don Nicomedes?
A Leo se le veló la película inexplicablemente, en dos ocasiones, cuando metió a la Sapa en el objetivo y disparó —135→ su canon, zas zas zas, el motorcito de arrastre entre los álamos, ya se lo advertí, don Leo, la Sapa no sale en los retratos, le amonestaría luego Tonico Cañizares.
-Todo esto me resulta disparatado.
Y, sin embargo, Mercedes desveló la irónica paradoja de Gabriel Escudero: aquella delicada pieza de orfebrería sacra la regaló, casi dos siglos antes, el canónigo don Nicomedes Gallardo a la familia de los Peñamora, para solazarse con los quince desvariados años de Marcela. Lo contó la Sapa, le garantizó Cuatro Santos Coronados, después de consultar un libro de grecas doradas, decorado con primorosas calcomanías de flores exóticas e iridiscentes, y escrito con letra de amanuense de epístolas de amor.
-Un chisme más, sin fundamento alguno -comentó Leo Ros.
-¿Y lo de tu lotería?
La Sapa lo contó, en el curso de su parlamento, iniciado el Viernes Santo de 1970, y en el que habría de invertir ciento nueve horas, cinco minutos y dieciocho segundos, con dos décimas, como si fuera una trova interminable, apostilló el vendedor de bagatelas. Contó que doña Eduvigis había examinado minuciosamente la custodia que le entregara el canónigo magistral del capítulo.
-Su artística platería iluminará vuestro oratorio, señora.
La anciana dama acarició, con sus dedos casi ornamentales de mayólica, la marca que identificaba el espléndido objeto como obra del toledano Juan Antonio Domínguez.
-Pero yo no debo...
Don Nicomedes colapsó la fragilidad de ciertos escrúpulos, con la retórica adiestrada y persuasiva del predicador prebendado, permitidme, señora, que os recuerde la dolorosa y sensible situación que atraviesa vuestro esclarecido linaje, y alabó su consumativa entereza dedicada a mantener y restaurar palacio, heredades y títulos pontificios, tras el deleznable baluarte de unos damascos y terciopelos, ya en abierto deterioro.
Pero aún insistió doña Eduvigis, en el relicario de la saleta abigarrada de cerámica rosa pompadour, de rocallas, —136→ de cristales venecianos, de bandejas de porcelana de Delft, pero yo no debo, aún insistió, al unísono del leve eructo agridulce de membrillo confitado.
El eclesiástico, confesor y consejero del espíritu, titular de la capilla de los Peñamora, verificó un pase ritual y oferente con sus manos.
-Aceptadla, señora, en nombre de vuestra nieta.
Una fugaz crispación alteró el semblante sereno y severo de doña Eduvigis. ¿En nombre de mi nieta?, y preguntó mismamente como si preguntara a la desapacible memoria de toda una época inicua y vejatoria. Así es, en el nombre de vuestra encantadora y desventurada nieta, afirmó el canónigo. Y ahora, mi respetable y muy devota amiga, si con ello no os causo turbación alguna, como presumo, concededme licencia, para que personalmente visite a la niña y le enseñe esta magnífica joya, concluyó don Nicomedes, en tanto ponía en pie su arrogante estatura de púlpito.
Por unos momentos, a doña Eduvigis le tembló la barbilla y miró al canónigo, con una mirada antigua de complicidades, sin que el presunto rubor emergiera al pergamino de sus pómulos octogenarios. Se levantó también y destapó un estuche lacado de artificio musical que emitió un fugitivo allegro de sonata.
¿Scarlatti? ¿Albinoni? Y mientras indagaba los acordes instrumentales, don Nicomedes depositó prudentemente unos dineros, en el fondo de la cajita. Mi naturaleza, como la vuestra, tiene servidumbres.
-Pero, mi respetable amiga, ¿debo entender que me otorgáis vuestro permiso? -inquirió, con un imperceptible titubeo.
La anciana accedió. Agitó levemente su cabeza casi calva, en cuya cúspide se erguía una desolada crencha de pelo amarillo y aceitoso.
-¿Y las reglas? ¿Recordáis las reglas?
-Por supuesto, doña Eduvigis, por supuesto -y en tono confidencial, agregó-: Vivaldi. «Las cuatro estaciones», de Vivaldi. Un tiempo precioso, señora, para el deleite de los sentidos.
Y como quiera que la marquesa tratara de incorporar —137→ su decrepitud a impulsos del sórdido chalaneo, por Dios, no os fatiguéis, se apresuró, solícito y paternal, el canónigo, con la lascivia transferida al hilo del tapiz de la fábrica de los Van der Goten. Por Dios, que conozco el feliz itinerario. Sólo entonces doña Eduvigis le confió la llave de tres vueltas, entornó los ojos y escuchó los pasos seguros de don Nicomedes, por el amplio salón de las tertulias, de los minutitos y de los pasapiés ausentes, atriles arrinconados y estruendos de carcoma en el auditorio de la fastuosa sillería, todo bajo la copia al óleo rococó de Johann Georg Plazer, con sus hijos en la Corte urgiendo valimientos, meses y meses ya. Tras la densa y agobiante pausa, irrumpió el concierto número cuatro en fa menor y congeló el oprobio, por algo más de cuarenta minutos, un tiempo precioso, señora, para el deleite de los sentidos, y todavía percibió, clave y violín desajustados, el chirrido de la puerta de la antecámara y el alborozado júbilo de la niña Marcela.
Cuántos pasos, pensó cansadamente, había contado con las cuentas del rosario, para soportar el asedio de los acreedores. Cuántos, desde que recluyeron a la niña Marcela, con sus muñecas y sus ovillos de colores, víctima de un mal aire que se le vino de golpe, sin que doctores ni exorcistas lograran sacárselo de encima, dejándola en el juego de sus pocos años, pero con una impropia e insaciable incontinencia de mujer poseída y desbocada, con el estímulo de Vivaldi.
Por el reloj de bronce, doña Eduvigis supo, entre gloriapatris y remotos jadeos, que ya el vértigo tocaba a su fin, que ya era el verano.
-El frío verano de Vivaldi -dijo Leo Ros y se abrazó al cuerpo desnudo de Mercedes.
La misma noche de febrero que el periodista rompió toda su concha de escrúpulos e inhibiciones y le hizo el amor frenéticamente a Mercedes (hasta entonces, ella había llevado la iniciativa), el pedáneo Bienvenido Rufete se levantó a eso de las doce y con mucho cuidado, para no despertar a Rita Senabre, y anduvo, con el legón, trajinando, en la cuadra, durante un par de horas. Por la tarde, viajó a la capital, en la motocicleta, asuntos del —138→ cargo, manifestó con desgana, y regresó, para la cena, con unos paquetes muy bien enfundados en plástico y lona, documentos municipales, explicó sin entusiasmo. Cuando terminó el subrepticio ajetreo, a la luz de una lámpara eléctrica, estaba tan fatigado que no advirtió la sombra de su hijo Rufino que interceptó fugazmente el haz luminoso, y se proyectó en el muro de mampostería, por unos instantes. Rufino volvía, como cada viernes, de un puticlub de la costa, después de la casi obligada visita al palacio del placer de madame Duchamp, y aún alcanzó a espiar las últimas maniobras de su padre.
Una noche parecida de luna mediada y dengosa, también del mes de febrero, pero casi doscientos años atrás, el alcalde mayor de Puebla del Socorro, Bienvenido Rufete, y un grupo de vecinos le prendieron fuego al cadáver de don Nicomedes Gallardo, en medio de un silencio alarmante. Los incendiarios habían comprobado, de uno en uno, su deshonra, a base de azotes y juramentos, una vez descubierta la huella del dedo índice de Nuestro Señor Dios Jesucristo, en el hombro derecho del canónigo magistral que finó a consecuencia de unas inclementes calenturas. Aquella terrible noche, las ciento cuarenta y ocho mujeres más jóvenes y atractivas de Puebla se pusieron a gritar, al mismo tiempo. Es el apocalipsis, exclamó un tal Maximino Meroño que tenía el don de la adivinanza y que siempre barruntaba un futuro de calamidades.
Pero antes de que el ángel surgido del séptimo sello, siempre de acuerdo con la revelación a San Juan, llenara el incensario de brasas y lo lanzara sobre Puebla del Socorro, con una puntería de campeonato olímpico, provocando un proceso de desastres, que sólo culminaría hacia la primavera de 1983, don Nicomedes Gallardo, durante la década que permaneció al frente de aquella parroquia, predicó arrebatadamente el uso del sacramento matrimonial, repobló el lugar, organizó ferias y espectáculos píos, construyó azudes y norias, acequias y azarbetas, se entregó al proyecto de otras más ambiciosas empresas hidráulicas, contribuyó, con sus estudios y consejos, a la extensión y mejora de los cultivos de regadío, y dejó preñadas a centenar y medio de hembras.
—139→-Es la carne, ¡la carne!, la que me aplasta contra el pecado, la carne, y sólo la carne, la que me impide batir las alas del espíritu y levantar el vuelo -se lamentaba don Nicomedes recordando con envidia al frailecico levitador de su infancia mientras se precipitaba desde lo alto del armario ropero con los brazos en cruz.
Y así fue cómo, a lo largo de aquellos diez fértiles años, la mayor parte de los recién nacidos en Puebla llegaron al mundo con una singular marca purpúrea en el hombro derecho. Casi de inmediato, las gentes interpretaron la prodigiosa señal como una bendición de los cielos y la asociaron a los buenos oficios de don Nicomedes, quien no cesaba de incitar a los desposados a que cumplieran generosamente con sus débitos conyugales.
-Os digo: arrancad las cerdas de vuestros corazones y el cansancio, de vuestros miembros, y ¡multiplicaos! Todo está en las Escrituras, hijos míos.
Con tanta cautela procedió el canónigo, en sus frecuentes incursiones pasionales, y con tantas argucias y maulas su holgada matrícula de amantes protegió la clandestinidad de los fogosos y bien colmados encuentros, que jamás antes de su muerte, esposo alguno receló de coqueterías y aún mucho menos de infidelidades adúlteras, toda vez que, muy por el contrario, la atinada elocuencia de don Nicomedes y su empeño en ponderar las virtudes y ventajas del vínculo del casamiento, hizo a sus respectivas cónyuges zalameras, insinuantes y sabias y hábiles, como nunca, en los tejemanejes del amor.
Sin embargo, a él, al clérigo liviano y devastador de úteros enfierecidos, de nada le sirvieron disciplinas y ayunos, que por la sinrazón de la lujuria se extraviaba a cualquier hora y en cualquier lecho o corral o paraje recoleto, un día y otro día y el siguiente día también, por mandato imperativo de sus atributos. Es sólo la carne, pues que al mundo y a sus pompas ya los derroté, en ocasión de un viaje a Bolonia. En Bolonia, trabó una corta, pero resuelta amistad, con el jesuita José Francisco de Isla, por entonces en el amargo destierro.
-En el destierro y ya en la disolución de la Compañía, —140→ que nuestro general el padre Ricci se ha roto inútilmente la crisma, contra las maquinaciones de Floridablanca.
Mucho le enseñó aquel anciano que andaba entre melancolías y ajes, como encorsetado con un tirabraguero, contra la penosa hernia que padecía.
-Así purgo el pecado de necedad y soberbia que cometí al dedicarme a la literatura de pasatiempo -le regaló un ejemplar del libro ascético Arte de encomendarse a Dios y le dijo, en la despedida-: Entregaros al retiro y a la oración, que los negocios profanos no han de contaminar vuestra reciedumbre religiosa.
De tales asuntos, hablaría, años después, con el estrafalario míster Henry Swinburne, quien iba, mitad de aristócrata, mitad de aventurero, de un lugar a otro, con su imponente nariz enrojecida de licores, venteándolo todo y de todo tomando notas, y que se metió de sopetón en Puebla, a grupas de un jumento, para encorajinar al personal, con su hermética jerga, a la cual tuvieron por lemosín y al que de ella se valía, por agente del enemigo austríaco que tantos estragos causara, en unas antiguas guerras dinásticas. La oportuna llegada de don Nicomedes, atraído por el disturbio callejero, libró de una buena tunda al incauto que, en ningún momento, llegó a perder su flemática sonrisa. El canónigo, después de averiguar la procedencia de aquel sujeto y su propósito de escribir un memorándum de viajes por aquellos territorios fluviales, anunció a la feligresía, con la mayor jactancia, que míster Henry Swinburne era un ilustre caballero, súbdito de la corona británica y huésped de Puebla del Socorro, a partir de aquel mismo instante. A lo largo de las dos siguientes semanas, don Nicomedes exhibió a su invitado, en las casas más principales, enalteciendo su interés por las obras de riego que él, el canónigo, personalmente había diseñado y dirigido. Con frecuencia, se les podía ver por los alrededores, en animado coloquio. Don Nicomedes le endilgaba unas parrafadas insoportables acerca de sus conocimientos mundanos y de su posterior recogimiento, gracias a la intercesión de un prudente jesuita que le había enseñado la verdad. Henry Swinburne, que apenas entendía nada de todo aquello (agasajos, fiestas, banquetes —141→ y discursos) lo soportó, sin embargo, con elegancia y compostura. Sólo, de vez en cuando, decía ¡very chearful!, lo que proporcionaba a Puebla un cierto aire cortesano y fastuoso, de tal manera que hasta el propio alcalde, Bienvenido Rufete, tan reticente y desconfiado, en un principio, se mostraba muy envanecido de las relaciones del concejo que presidía con un remoto país del extranjero.
Según la Sapa, prosiguió Cuatro Santos Coronados embebido en su libro de oro, con lánguidas calcomanías florales, el inglés o lo que fuera se escabulló, con pertrechos y pollino, de aquel orbe viscoso, una madrugada húmeda y de niebla, cuando ya en los hornos se asaban las calabazas conmemorativas del día de los difuntos, circunstancia que dio pábulo a lúgubres habladurías, pero que devolvió a Puebla del Socorro a sus inveterados ajetreos agrícolas, y a don Nicomedes Gallardo a la lectura edificante del Arte de encomendarse a Dios, a los ocultos y siempre desgraciados ejercicios de vuelo en plataforma mística y a las prácticas adulterinas, que la presencia de Henry Swinburne había dejado transitoriamente en suspenso. Y aún transcurrirían muchos meses, hasta que la incidental escala del orante embozado rompiera la rutina de la comunidad y dispensara al canónigo una de las más excepcionales demostraciones de funambulismo disciplinante, de todos los tiempos.
Casi un par de siglos después de los inciertos episodios relatados por la Sapa, Gabriel Escudero, con su peculiar descreimiento, cavilaría:
-Quizá ese tal Swinburne sea el autor de un volumen editado en Londres, hacia 1779 ó 1780, y en el que se elogia el buen pan de la comarca -se sirvió otra tacita de té-. Por lo que se refiere al orante embozado, sólo puedo decirte, mi querida Mercedes, que, por aquella época, se celebró un extraño enterramiento, en el altar de la Virgen de Guadalupe.
Pero la Sapa, en su crónica hablada del Viernes Santo de 1970, dejó bien sentado que Esteban Castelló Iborra se tiró la friolera de veintiséis años hincado de rodillas, —142→ sobre la tabla de una mesa invertida y cubierto, hasta los ojos, con una manta de bayeta.
Desnudos en el alba y ya vencidos por las sucesivas entregas, Leo musitó entre bostezos:
-Me parece, Mercedes, que juntos, vamos a ser muy infelices.
Mientras ambos se dormían, Práxedes Rabasco enfiló su moto hacia Guardamar. Era demasiado temprano, pero quería evitar cualquier encuentro inoportuno y aunque a Tonico Cañizares se lo había quitado de encima, con la amenaza de la segadera, unas semanas antes, recelaba de aquel condenado intruso que apenas si le permitía unos instantes de tregua. Le dijo a la Aguedica que iba a cerrar un trato y que estaría de vuelta sobre la hora de comer. Regresó como había prometido, cuando la Aguedica, más exangüe que nunca, tenía a punto un guisado de pelotas con conejo. La joven advirtió a su marido visiblemente tirante, pero no reparó en aquel envoltorio de periódicos que había escondido, en un tris, al amparo del tinajero. Marzo soplaba con avisos de lluvia.
Sí que diluvió aquel mes de marzo de casi doscientos años atrás, de tal modo que la galera en la que transportaban al penitente Esteban Castelló Iborra, siempre en silencio y de hinojos en la mesa colocada del revés, tuvo que salirse aprisa del camino real, porque el río muy próximo se crecía por momentos, e internarse por las recónditas fragosidades del distrito, hasta quedar atrapada en un barrizal, caballerías y hombres perdidos, en medio de la tormenta y de las tinieblas. Fue una suerte que los encontrara el alpargatero Práxedes Rabasco, quien les ayudó a escapar del atascamiento y los condujo a Puebla que distaba acaso un centenar de varas. Cuando don Nicomedes supo lo que ocurría, se hizo cargo de la situación y mandó que depositaran al orante embozado en el templo, para preservarlo así de las torrenciales aguas. Aunque el hedor que desprendía era ciertamente insoportable, el canónigo se pasó la noche observando a aquel hombre prodigioso: permanecía de rodillas, sobre la tabla de la mesa, y se tapaba con una manta roja, de manera que sólo se le vislumbraban los ojos hundidos y —143→ febriles, y unos dedos cerúleos de uñas desportilladas e inmundas.
A Esteban Castelló Iborra le pegó el ramalazo penitencial desde su infancia, y al más leve descuido de sus padres, se postraba en cualquier gorrinera, se envolvía todo el cuerpo desnudo en trapos y se daba a la jaculatoria y al golpe de pecho.
-Dios me llama, para mi salvación.
Resultó también inútil que, con los años, el armador don Pedro Maseres y Tutor, buen amigo de la familia y con el beneplácito del párroco, lo enrolase en la tripulación de un navío de su propiedad, por si los vientos del océano lo despejaban de aquellos arrebatos de anacoreta que no se correspondían con su condición de adolescente. Por fin, zarpó «La Sultana» del puerto de Cádiz, con flete para varios atracaderos americanos, y a pesar de las largas y muchas singladuras, no hubo problemas con Esteban, pero, en arribando a Méjico, se las piró y anduvo en paradero desconocido, hasta que, tras una semana de afanosas pesquisas, lo hallaron en una cueva, haciendo oración.
Pero fue bastante después, ya en el domicilio de don Pedro Maseres, en Madrid, cuando Esteban se retiró a su cuarto, puso la mesa patas arriba, se desnudó, se arrebozó con una manta de bayeta, cayó de hinojos sobre la tabla y decidió estarse así de por vida, dedicado a la penitencia. Ni don Pedro, ni los teólogos y canonistas que lo visitaron, sobrecogidos por el portento, consiguieron arrancarlo de su retraimiento ni con la exhortación, ni con la fuerza, por más pellizcos y pescozones que le propinaron.
-Dios me llama, para mi salvación.
Ante tan obstinada actitud, un fraile dominico se encerró con Esteban, durante cuatro días con sus noches. En la amanecida del quinto, el religioso salió como en un delirio, y, entre balbuceos y risitas, ordenó que le administraran el santísimo sacramento. Jamás nadie supo de que hablaron en aquella abrumadora entrevista.
Por su parte, don Pedro Maseres, muy impresionado por el curso que tomaban los acontecimientos y fiado en —144→ la irrefutable santidad de su protegido, se propuso fervorosa y diligentemente ejecutar el mandato del dominico, revistiéndolo, por añadidura y a mayor gloria del Todopoderoso, de toda la magnificencia que el asunto requería. Previno, al efecto, lo necesario y despachó unos billetes impresos de invitación y recordatorio: «Don Pedro Maseres y Tutor Cabrero suplica a VS se sirva asistir a las ocho de la mañana del día 28 de octubre, a la casa de dicho señor, calle de Leganitos, 23, principal, para acompañar a SDM que se le suministrará a Esteban Castelló, metido bajo una mesa, a cuyo favor quedará sumamente agradecido.» La acogida fue espectacular y al solemne acto acudieron eclesiásticos de jerarquía, nobles, eminentes jurisconsultos, corregidores y hasta un alto cargo del departamento de Indias, todos los cuales se partieron de allí, después de un refrigerio, entre bisbiseos y algún que otro comentario de admiración rendida al orante embozado.
El mozo de mulas continuó refiriéndole a don Nicomedes cómo su amo y benefactor don Pedro Maseres, ya jubilado de travesías y tráficos, había querido reintegrarse definitivamente a su Orihuela natal, llevándose consigo, aunque en expedición rezagada, a quien tenía por hijo y paladín de la fe en Cristo, y ahora, mi buen señor, andará mustio, por la tardanza, pensándose, quizá, toda suerte de desventuras y calamidades. El canónigo lo consoló y le advirtió que, cuando abandonaran Puebla del Socorro, para dirigirse a su destino, una vez disipada la tempestad, le entregaría un pliego, para don Pedro, certificando adversidades y causas de la tal demora.
Aquella noche de lluvia, don Nicomedes mandó a la cama a criados y arrieros, y se quedó a solas con el penitente. Si el capuchino levitador lo dejó encandilado, en su niñez, el orante embozado lo ponía en el disparadero de la ascética. Tomó una silla y se colocó frente a Esteban Castelló: quería examinar de cerca el fenómeno, escrutar sus reacciones y primordialmente entablar un diálogo esclarecedor que le permitiera descubrir los resortes de una voluntad tan férrea que lo anonadaba. Pero sus ruegos y amonestaciones dieron al traste. Agazapado en su escueto recinto de plegarias, Esteban abdicó de conversaciones y —145→ chismes, ya iba para cinco años, y sólo se comunicaba con el mundo exterior, mediante una campanita, según el código establecido por sus más estrictas necesidades y de acuerdo con el número de toques. No obstante, don Nicomedes perseveró en su propósito, hasta que el rumor de las aguas en la techumbre de la iglesia y las vacilantes flamas de la palmatoria lo sumieron en una irresistible duermevela. Despertó sobresaltado por una sucesión de ventosidades y el estampido pastoso de las nauseabundas heces. El orante embozado se le descomponía a chorros, allí mismo, en su parroquia, sin que don Nicomedes, aturdido como estaba aún por el sueño y los pestilentes efluvios, supiera qué hacer, para frenar aquel proceso consuntivo. Esteban Castelló agitó la campanita tres veces y lo miró con sarcasmo, antes de una segunda y más perentoria llamada. Muy apocado por la humillante situación, el canónigo, tras descifrar apresuradamente el autoritario mensaje, limpió la descomunal evacuación, sin rechistar y tapándose la nariz con la pinza de los dedos índice y pulgar.
Pero durante los días siguientes y hasta que aclaró el tiempo, don Nicomedes Gallardo paseó al orante embozado, desde los maitines a la víspera, en andas que portaban los notables del lugar, entre incienso, ditirambos y motetes, te vas a tragar toda tu mierda, decía don Nicomedes como si fuera una estrofa litúrgica, hasta que de tanto zarandeo y soflamas, el pobre Esteban se derrumbó, en medio del espanto de los servidores de don Pedro Maseres. Sólo entonces el canónigo lo retiró de la circulación y dispuso que se le administraran sinapismos y jarabes de muy dudosa fórmula. A las veinticuatro horas, lo facturó en la galera, hacia la ciudad episcopal, con cielo despejado y a campana tañida. Por ahí te pudras, guarro, murmuró don Nicomedes, mientras impartía bendiciones, con una sonrisa afectada, a la muchedumbre peripuesta y conmovida, por el prolongado jubileo, y que había acudido a despedir al campeón de la penitencia, con flores de crisantemo y semillas de anís.
Pero los santos no sólo son mortales, sino que además unos mueren decapitados; otros, por la lepra o el cataclismo; —146→ y algunos, de rodillas, como Esteban Castelló Iborra. Esteban Castelló Iborra murió envuelto en el sudario de su manta de bayeta, sin que nadie se percatara, hasta que hubo pasado un mes. Fue entonces, cuando don Pedro Maseres percibió un tufo a podrido más penetrante que nunca, en la estancia donde tenía expuesto a su protegido, a la veneración pública. En vista de que ni cirujanos ni carpinteros pudieron separar el cadáver de la mesa, se acordó construir una monumental caja de pino de Flandes, en la que se introdujo aquel armadijo de huesos, gusanos y leñame. El pueblo se engalanó de crespones y ropas funerarias y a las exequias asistieron el prelado de la diócesis, dignidades del cabildo, priores, canciller de la universidad, justicia mayor, regidores y síndicos. Esteban Castelló Iborra recibió sepultura, en el altar de la Virgen de Guadalupe, después de ímprobos trabajos de albañilería.
La Sapa dijo que cuando don Nicomedes Gallardo conoció la noticia del fallecimiento del orante embozado, experimentó un súbito embate de melancolía y se dedicó a la captura y clasificación de insectos voladores. La alarma cundió entre sus amantes y Puebla vivió un tiempo abrasado de suspiros. Pero a los dos meses, el canónigo se reincorporó a la refriega del galanteo y del jergón, con unos apetitos venéreos insaciables. Proclamó, una vez más, la virtud de los débitos conyugales y pronto sobrevino una nueva época de embarazos. Don Nicomedes abultó, a toda prisa y como si pretendiera saldar la cuenta de sus orgasmos, el censo de la bastardía local.
Por aquel entonces, debió de celebrarse una prolija e ilustrada conversación entre don Nicomedes y el también presbítero y canónigo lectoral don Marcelo Miravete acerca de las propiedades y uso de la fabulosa máquina fumigatoria para auxilio de los ahogados en las aguas del río Segura y que don Marcelo se hizo traer, desde Cádiz, con todos sus adminículos y piezas accesorias, así como varias latas de unas seis libras de tabaco habano. El encuentro tuvo lugar en el molino de Cox y mientras se resucitaba a un vecino de Puebla, a quien decían el tío Capacho, con friegas de espíritu de vino, sangrías y aplicaciones nasales, con una torcida de papel, de álcali volátil. Sucedió que —147→ el tío Capacho se precipitó en la corriente, a primeros de abril, cuando regresaba de jugar a la naranjica y a los trucos, en la tahurería del Arrabal. De inmediato, le pasaron aviso a don Marcelo Miravete que se trasladó al Portillo de Carpio, donde se había producido el accidente, y consiguió que unos nadadores, con el dinero por delante, rescataran el cuerpo del infortunado. A continuación, envió un mandadero a su hermano de capítulo e interino párroco de Puebla, don Nicomedes Gallardo, para que, en su calidad de persona de respeto y competencia, autorizara y fuese testigo de cuantas operaciones se le practicaran al asfíxico, con el piadoso empeño de volverlo a la vida, siquiera por unos instantes, para que el desgraciado pudiera recibir el consuelo de la absolución sacramental, pues que éste era, en definitiva, el objeto que alentaba las visiones innovadoras y eruditas de don Marcelo Miravete.
En la sobremesa apacible de un domingo, día 3 de abril, casi doscientos años más tarde de que se produjera la dramática experiencia de la máquina fumigatoria, Gabriel Escudero le dijo a Mercedes que sí, que tenía referencias de aquel artefacto y de una extravagante Junta de Piedad que don Marcelo Miravete de Maseres se sacó de la manga y a sus expensas, para darle salida a sus invenciones y desvaríos, y que finalmente mereció el beneplácito del gobernador militar y político de Orihuela.
En la salita de estucos dorados y estatuillas de porcelana de Meissen, había un cartonnier de laca sobre el que se levantaba un reloj de cruceta con sonería, que narcotizó de pronto a Gabriel Escudero, dejándolo con la memoria glacial de aquellos episodios: don Marcelo Miravete implorando, cada noche, a subitanea et improvisa morte, libera nos Domine, porque le horrorizaba el pensamiento obsesivo de ser víctima del insulto apoplético, de una apariencia de muerte que lo arrastrara, sin embargo, a la podredumbre del sepulcro, sin su artificio mecánico ni sus frascos de fluidos admirables. Bajo el influjo de tales presagios, apresuró los trámites de la Junta de Piedad, algo así como una empresa pionera del socorrismo, indicaría, en el momento oportuno, el ginecólogo de la sangre irreversiblemente degradada. Don Marcelo, pues, nombró médicos —148→ titulares, cirujano director de la máquina, nadadores bien adiestrados y hacheros.
-¿Hacheros? -preguntó Mercedes.
El canónigo lectoral y catedrático de sagrados ritos, ceremonias y cómputos eclesiásticos, había estudiado el tema con toda meticulosidad. Hacheros, mi querida Mercedes, hacheros. El propio don Marcelo lo dijo: como puede ocurrir que la desgracia de ahogarse suceda en noche oscura, como varias veces acaece, y por consiguiente precisarse entonces la luz, para que los nadadores mejor se manejen, destino desde luego por hacheros, con cinco libras de salario, a los convocadores.
-Los convocadores tenían por encargo avisar más que aprisa, a las autoridades y a los nadadores de la Junta, si veían caerse a alguno en el río, en las acequias o en los pozos.
Ya casi a punto de emprender el regreso a Almoradí, su padrino le regaló un ejemplar, en edición facsímil, de un libro de Josef Gazola. Fascinada por el relato de aquel curioso ingenio, para restituir a la vida a los sofocados por las aguas o por los vapores crasos de lagares y carboneras, a Mercedes se le hizo corto el camino. Leo Ros se encontraba en su alcoba, algo taciturno, pero lúcido. Después de las recientes escaramuzas con las ranas de Los Almarjos, de los excéntricos debates sobre el verdadero nombre del Segura y de la demolición de su automóvil, los comportamientos de Leo resultaban sorprendentes. Pero aquella tarde dominical y sosegada, no confundió las cosas ni se le alteraron los humores, muy por el contrario escuchó plácidamente la historia de don Marcelo y de su máquina de componer milagros y hasta comentó la posibilidad de redactar una amena antología de alucinaciones y desmesuras. Pasearon, luego, por una vereda y Leo le repitió sus primeros ejercicios periodísticos, precisamente en la capital de la provincia, veintimuchos años antes, cuando se inició su irresistible ascensión, disculpas, querido Bertolt, su larga ascensión, por las largas piernas de gacela de Elsa, de Elsita, sumergidas en un excitante baño lunar, hasta las mismísimas bragas de acalorado tinte magenta, y por el largo trago de gin de un increíble Trevor Howard, rumbo —149→ a la isla de Tabarca, también con Pedro Armendáriz, en un carguero de bandera griega, ¿o británica?, fletado por una productora británica, ¿o griega?, para una revista cinematográfica, a la que seguiría, resumiendo, la delegación, en París, de un hermoso disparate underground que le permitió vulnerar la intimidad de los jardines del Elíseo y la arrebatada grandeur de De Gaulle que memorizaba, como un colegial, sus discursos electorales, para, por último, instalarse en Nueva York, ¿te he hablado de sus amaneceres de cinabrio?, y desde allí, volar a todos los confines del mundo, ¿te das cuenta, Mercedes?, a todos. Y un 22 de diciembre me planto en esta comarca, muy ilusionado, ¿sabes Mercedes?, y comienzo a buscar cientos, miles de millones de pesetas que se ha dejado, en el número siete, la loca fortuna de la lotería, y, ¿para qué, Mercedes, para qué?, para enredarme en el silencio, en la mezquindad y en la discordia, y ¡¡brrrruuuummmmmm!! un uppercut al repugnante enanito maricón que me esquiva, una vez y otra, cuando ya creo que está K. O.
Llegaron a las inmediaciones de Puebla del Socorro, justamente donde se conocieron una mañana de viento, y vieron que venía el tío Capacho, por la vereda, y Leo Ros sufrió un repentino escalofrío y le dijo que se fueran, vámonos, Mercedes, vámonos. El tío Capacho pasó de largo, restablecida su reputación de maestro en el juego del dominó, en el antiguo feudo de Daya Nueva, tras las ruidosas derrotas que le infringiera don Erasmo Figueroa, en complicidad con sus gemelos, a todos los cuales se las tenía juradas, por sus difuntos, incluyendo a aquel antepasado cuya imagen aureolada le desbarató la Sapa, en su alocución del Viernes Santo, del 70, aunque él afirmaría que, con su progresiva sordera, tan sólo percibió como un rezo.
-De modo que le metieron una cánula por el culo y le inyectaron humo de tabaco habano, ¿no es así?
Mercedes le replicó con las mismas descripciones de Gabriel Escudero y le preguntó, con un mohín de fingida depravación, si acaso pensaba sodomizarla, como a Mariana la de los incestos y aberraciones. Leo se encogió de hombros y recordó sus experiencias con una thailandesa —150→ esfínter elástico, mientras estornudaba el fósforo americano vertido en las selvas de xanu, de paso hacia San Francisco, en un vuelo espectral de licor irisado del arroz.
Fue aquélla la última ocasión en que estuvieron juntos. La Sapa se lo había advertido: ese hombre se acerca de muy lejos y va más lejos todavía: visitador de moribundos, por los siglos de los siglos. Irradiaba de caricias Mercedes, en un crepúsculo de miel rosada, y de pronto Leo se demudó y le barajó el nombre.
-Déjame en paz, Phoebe, déjame en paz, te digo -sentía el dolor terebrante de una aguja hurgándole el cerebro.
Todo resultó ya ocioso: su maletín de médico abigarrado de papelitos con ensalmos y conjuros, los remedios de Flora Ferri, la de la cruz de Caravaca en el paladar, las recetas para el aojo del tío Churrispas, el pañuelo violeta de seda natural que le anudó en torno a la frente, y que le proporcionaba una truculenta pinta de pirata. El lunes, día 4 de un abril acre y desapacible, Leo Ros se lanzó al asalto definitivo de Puebla del Socorro.
-Cogeré al general Hollinsworth por sorpresa, Phoebe.
No sabía que Bienvenido Rufete y sus aliados le habían tendido una emboscada, tras la abominable traición de Cuatro Santos Coronados Barragán Illescas. No sabía, ni tampoco sus enemigos, que se iba a cumplir la desoladora profecía del tío Maximino Meroño, frustrado remendón de anales, cuando agonizaba. Leo Ros avanzó como si corriera al encuentro de una deseada autodestrucción: veintimuchos años después de que escribiera su crónica inaugural supo confidencialmente que sólo lo leían los analfabetos.
También otro 4 de abril, pero de casi dos siglos antes, en presencia de don Nicomedes Gallardo, de acuerdo con el mapa y con las instrucciones adjuntas para el gobierno de la máquina fumigatoria, reventaron al tío Capacho, tahúr de oficio y vecino de Puebla del Socorro. Previamente, se le administraron diversos métodos para sacarlo de la asfixia: aplicaciones de álcali volátil, friegas con espíritu de vino, insuflaciones de aire por la boca, sangrías y paletadas de estiércol hasta la cabeza. Por eso, cuando don Marcelo Miravete se percató de que ya muy poco quedaba —151→ por hacer, y con la debida licencia de don Nicomedes, tomó la embriagadora decisión de armar el mecanismo y de probarlo con aquella víctima propiciatoria. A partir de entonces, todo discurrió con celeridad y aturdimiento. El cirujano y sus ayudantes acostaron el cuerpo desnudo del tío Capacho del lado derecho, prendieron el tabaco habano colocado en la pipa del artificio, introdujeron la cánula del tubo de fumigar por el ano del asfíxico y accionaron los fuelles. Poco a poco, poco a poco, recomendó don Marcelo, con el rostro radiante de emociones, y ahora, continuó diciendo magistralmente el humo penetra por los intestinos, comprime los pulmones y obliga al aire que contienen a salir por la traquea.
De pronto, el cuerpo se arqueó, expelió un viento sordo y desplegó los párpados.
-¡Ya vuelve! ¡Ya vuelve! -exclamó, en un puro júbilo, el presbítero versado en tan sugestivas artes.
Aquel grito contagió a los subalternos que prosiguieron con renovado ímpetu las operaciones, hasta que el tío Capacho empezó a llenarse de burbujas: se le inflaron el pecho y el vientre, y abrió la boca como un pez. Dios mío, lo conseguí, murmuró don Marcelo, me parece que quiere evacuar sus pecados. Pero no eran precisamente pecados lo que evacuó, sino excrementos y lodos. Por último y ante la mirada atónita de los presentes, al tío Capacho se le dispararon los ojos de sus órbitas, mientras por todas partes arrojaba columnas de humo, como si fuera un dragón. Lentamente, el cuerpo del ahogado se encogió igual que un pellejo, entre convulsiones y chasquidos, hasta convertirse en un desperdicio. Espantados por el malogro de la experiencia, ambos canónigos entonaron unos responsorios fúnebres y lo signaron con óleo, por si acaso alentaba aún un rescoldo de vida.
En tanto don Nicomedes se hacía cargo del cadáver, para trasladarlo a la parroquia de Puebla, don Marcelino Miravete apóstol de la nueva y conturbadora época, se enzarzó en un intrincado maremágnum, con el cirujano y los ayudantes del cirujano, acerca del perfeccionamiento del tinglado neumático.
Tan pronto como rindió el luctuoso viaje, al ritmo pausado —152→ de la parihuela donde cargaron los restos de aquel perdulario, jugador de azar y putañero empedernido, don Nicomedes, aplanado por un acuciante sentimiento de culpabilidad, mandó al sacristán que repicara las campanas a difunto y contrató a una tropa de plañideras de oficio, para que se desgreñaran de tanta aflicción y se montaran un griterío por todo lo alto. Después del pésame y de unas cicateras explicaciones a los deudos, y con la feligresía bien colmada, don Nicomedes se encaramó gravemente al púlpito y, con tono elegíaco, clamó:
-¡Como un hombre!... El tío Capacho ha muerto como un hombre, reconfortado con la extremaunción. En verdad os digo que las generaciones venideras habrán de enaltecer y seguir su ejemplar conducta de héroe del progreso y mártir de la ciencia.
Una semana después del réquiem, el canónigo visitó a la viuda que disfrutaba de una espléndida y vehemente madurez, y la consoló, en el lecho, hasta la misa del alba.
Unos doscientos años más tarde, se esclarecerían las misteriosas circunstancias que rodearon aquella tragedia: Maximino Meroño, muy consternado, repetiría entonces que la historia era asunto de nigromantes, mientras el tío Capacho se refugiaría en su sordera, para mitigar el sonrojo de las recién destapadas miserias de su antepasado, a quien siempre recurría, para alardear de apodo antiguo, limpio y conspicuo.
Pero durante la llamada década de los copiosos débitos y embarazos matrimoniales, Puebla del Socorro conoció ciertamente un apogeo tan rutilante como ya nunca jamás volvería a conocer. Hubo zureos de hembra en celo, códigos de amor correspondiendo, natalicios a mansalva, embajadas de poderosas naciones de ultramar, audiencias y recepciones de venerables penitentes, rogativas y solemnidades litúrgicas con profusión de turiferarios y monaguillos, espectáculos profanos, con fuegos de artificio y suelta de vaquillas, encauzamientos de aguas y otros ingenios hidráulicos, para domar las soberbias crecidas del río, enfrentamientos de la milicia local con las bandas de indeseables merodeadores, batallas florales y cerca de siete mil sermones memorables. En aquellos tiempos de mudanzas —153→ y prosperidades, Puebla fue, bajo la sabia batuta del canónigo don Nicomedes Gallardo, como una incógnita sede prelaticia y un territorio abonado de prodigios, tan fértil que en ninguna otra parte del mundo se podía contabilizar tal cantidad de milagros y apariciones miríficas, por pie cuadrado, según los cómputos verificados por el propio don Nicomedes, quien justo al cumplirse el décimo aniversario de su destierro, finó a consecuencia de unas repentinas e inclementes calenturas.
De nada le sirvieron los recursos de la medicina ni de las públicas y fervorosas plegarias, en cosa de tres días la palmó, sin que lograra adquirir la virtud angélica del vuelo, como el frailecico levitador que lo dejara maravillado, en su niñez, a pesar de todas las tentativas y descalabraduras que cosechó en la denodada empresa. Cuando sus más allegados le amortajaban el corpulento cadáver, descubrieron, en su hombro derecho, la huella del dedo índice de Nuestro Señor Dios Jesucristo, se miraron de reojo y sintieron la tremenda vergüenza de su honor mancillado.
Poco más se sabe del tenebroso episodio. Se habló también de unos vientos de artimaña que abrieron todos los postigos y puertas de todas las casas y revolicaron todas las alcobas de Puebla y susurraron todas sus intimidades. Eran vientos que venían de muy lejos y que se iban aún más lejos, transportando calamidades e infortunios. Pero aquella noche, se hizo un silencio inusitado mientras ardían los despojos del canónigo, bajo las frondosas moreras de la plaza mayor.
Cuando llegaron las autoridades eclesiásticas y civiles, no quedaba ni el menor rastro. Los vecinos de Puebla del Socorro declararon que don Nicomedes Gallardo se había subido por los aires, en cuerpo y alma, como siempre anunció.
—[154]→ —155→
Desde muy niña, Rosa de la Luz fue objeto permanente de ajetreos, traslados y préstamos. Cuando se divisaba una tormenta con trazas de aparato eléctrico o venían las nubes del pedrisco, la cogían en volandas y se la llevaban a todo meter fuera de sus tierras. Detrás corrían vertiginosamente los nublos, se acumulaban sobre su cabeza y le soltaban las baterías de rayos y truenos, sin que jamás ni una sola chispa la hubiera rozado. Rosa de la Luz salía indemne de tan arriesgadas pruebas, si bien sus ropas exhalaban un fuerte olor a ozono y a chamusquina. Aquella propiedad salvó muchas cosechas y atrajo la atención de físicos y meteorólogos. Un sabio comarcal la investigó a fondo, por ver si en su organismo residía algún principio o sustancia capaz de repeler las descargas atmosféricas. Pero el reconocimiento resultó un chasco: el don de Rosa de la Luz tenía, sin duda, origen sobrenatural. Su fama llegó más allá de los límites del reino, tan lejos que cierto día de una Gran Guerra, se presentaron tres militares italianos con el propósito de comprarla: estaban convencidos de que la rara criatura los preservaría de los obuses enemigos. El padre les plantó cara y les dijo que les iba a dar un garrotazo, mientras un grupo de vecinos armados, uno de ellos con una vetusta escopeta de pistón, terminaba poniéndolos en fuga, por aquellos parajes acuáticos, de manera tan afrentosa que, treinta y tantos años después, un cronista anglófilo y apologista a ultranza de la Vega Baja, escribiría muy en secreto que lo de Guadalajara del —156→ 37, no fue más que una copia en miniatura de la épica hazaña que protagonizaron los hombres de Puebla del Socorro. A Rosa de la Luz se la podía dejar de baldes o bien mediante el pago de un alquiler de cuarenta reales, según el estado de las relaciones de vecindad, a otros pueblos y heredades del contorno, pero nunca feriarla y aún menos a gentes del extranjero, por cuanto se la tenía por patrimonio popular y póliza de seguro colectivo contra las eventualidades de la chubasquería.
A todo esto, Rosa de la Luz se lo pasó en grande durante su infancia y parte de su juventud, siempre de aquí para allá, con zalamerías y mimos, a grupas de una yegua o acomodada en un cabriolé, siempre con prisas y entre agasajos, siempre envuelta en las serpentinas deslumbrantes del relámpago y del granizo, pero a nadie se le ocurrió pensar que, con el tiempo y de tanto y tanto abatir tempestades, a Rosa de la Luz le medró un universo adolescente y exclusivo: sólo escuchaba el suave rumor de la llovizna precursora o el estampido descomunal del rayo; sólo veía los grises desvaídos del celaje o la viveza de las llamaradas súbitas que bajaban del nublado; sólo percibía el leve aroma de la huerta húmeda o el activo tufo del árbol achicharrado. No sabía ninguna otra sensación, en medio de aquel universo elemental e implacable, de aquel universo que la obnubilaría progresiva y fatalmente, hasta reducirle la cordura a cenizas, cuando una centella brillante y de color azul turquí como una cinta de pamela, le fulminó al novio, entre sus brazos y se quedó prendida del aire, igual que si danzara una mazurca de desvaríos. Por entonces, Rosa de la Luz había cumplido la mayoría de edad y el novio regresaba de pelear con los moros del Rif, sin un rasguño, gracias al «detente bala» sobre el Corazón de Jesús que ella le había bordado, al conocer el destino de su regimiento. En las postrimerías de un octubre inestable y aciago, ya con las amonestaciones matrimoniales publicadas y el tafetán de las bodas en el costurero familiar, se les echó encima un cerrado pandemónium de retumbos y comenzaron a caer piedras como huevos de paloma, sobre los alcachofales. A la pobre Rosa de la Luz que se encontraba en las segundas y gozosas pruebas del —157→ traje nupcial, la cargaron, con apresuramientos, a hombros y la abandonaron, en medio de un rastrojo, con las enaguas de percal tan sólo. Al enterarse el novio de la tremenda situación, y todavía con la licencia de las escaramuzas africanas en el bolsillo, lanzó un grito patriótico y arremetió contra la tormenta con los mismos bríos con que arremetía contra las cabilas de Ab el-Krim. Llegó en un santiamén junto a la desventurada y la cobijó, con ternura, en su veterano pecho de soldado, momentos antes de que el rayo lo convirtiera en un montoncito de carbón orgánico. Cuando, al fin, escampó, Rosa de la Luz anduvo recogiendo fulguritas. Más tarde, con aquellos rulos silíceos vitrificados por la chispa, se compondría una gargantilla de soledad.
Y así vivió otros cincuenta años de servicio al prójimo y de la muy escasa limosna que recibía, siempre abnegada, siempre entre trajines y desplazamientos, siempre arriba y abajo del curso del Segura, con los padres muertos desde 1973 (tan pundonorosos en la cosa de las lealtades que también se conchabaron para morirse el mismo día y a la misma hora), y los dos hermanos cada uno por su lado y casi desconociendo la existencia de Rosa de la Luz, a quien la vejez y la última y contumaz sequía le otorgaron la excedencia forzosa.
Cuatro Santos Coronados Barragán, valiéndose de los datos y testimonios que le habían facilitado Bienvenido Rufete y el tío Capacho acerca de las frecuentes e involuntarias correrías de Rosa de la Luz, llevó a efecto una serie de operaciones, en la diminuta calculadora de cristal líquido, made in Singapore, al término de las cuales aseguró, ante la estupefacción o la incredulidad de sus contertulios, que Rosa de la Luz, benefactora y, con todos mis respetos, bien semoviente de Puebla del Socorro, añadió, podía haber hecho nada menos que catorce viajes de ida y vuelta a Pekín, en lugar de tanto paseo por la comarca, ahuyentando meteoros. Cuatro Santos Coronados, de costumbres sobrias y moderadas en lo concerniente al alcohol, se bebió dos litros de cerveza, la tarde del 15 de junio del 77, después de asomarse a las urnas electorales, por vez primera. El domingo anterior, es decir, el 12, subastó —158→ el voto, cuando la taberna estaba atiborrada de gente que comentaba las alineaciones de las candidaturas, y le sacó treinta duros a una coalición de regantes, no recordaba ya, ni tampoco le importaba demasiado, si de la margen derecha o de la izquierda. Con aquellos treinta duros, puso en marcha todo un ingenio de apuestas políticas, sedujo en tropel a los habituales clientes de las timbas de monte y bacará, y se embolsó tantos o más dineros que con la fabricación y venta al detalle de una espejeante y embriagadora brillantina que provocaría dramáticas calvicies, cuando la fiebre loca del travoltismo. En octubre del 82, y tras las sensibles pérdidas sufridas en el negocio de los fornicios al ojeo, subastó de nuevo su voto y se lo adjudicó la misma coalición de regantes, pero reconstituida, por quinientas pesetas. La democracia es mano de santo, se dijo, e invirtió aquellos caudales en la construcción de una ruleta, en cuyas casillas radiales figuraban, en vez de números, los nombres de los presuntos senadores por la circunscripción provincial, sobre los reglamentarios negro y rojo, según. En medio de la barahúnda de la megafonía móvil, de las verbenas doctrinales, de los mercadillos de chirimbolos y literatura de dogmas, consignas y símbolos, de toda una dialéctica apabullante y clamorosa, el garito ambulante del chamarilero hacía la ruta de los meritorios a la cámara alta, llevando detrás dos camiones cargados hasta los topes de jugadores empedernidos. Oficialmente y a la vista de los escrutinios, los socialistas se ganaron el gobierno de la nación, pero Cuatro Santos Coronados Barragán cerró la campaña con una fortunita en su libreta de ahorros. Como primera medida y con objeto de cancelar la amenaza de aquella disciplina inglesa que de sólo pensarlo le producía escalofríos, se armó de valor y se presentó en el palacio del placer, con una pulsera de bisutería fina y una orquídea para madame Duchamp, en señal de desagravio y capitulación. Muy ufana, madame Duchamp descorchó una botella de vino espumoso, brindó con su antiguo adversario y aceptó la delicada ofrenda, para finalmente invitarlo a pasar la noche con una de sus chicas, verás como tira mejor que ese chisme tuyo de vidrios. Cuatro Santos Coronados no volvió —159→ nunca al palacio del placer. Muchos meses más tarde, se sorprendería con la noticia de su clausura y de la rauda desaparición de madame Duchamp, y comenzaría sus indagaciones, en torno a tan inesperado suceso.
Pero unos días antes del ejercicio del sufragio universal, se desencadenó un verdadero diluvio sobre la región, el río creció unos palmos y las nubes densas y violáceas descendieron por los glacis de la sierra de Orihuela. A Rosa de la Luz la metieron a empujones en un taxi y estuvo durante veinticuatro horas, nueve minutos y trece segundos, dando vueltas y más vueltas a toda la Vega Baja. Rosa de la Luz apretaba contra su corazón una cajita de mimbre con la ya descompuesta gargantilla de piedras del rayo que volatizó a su bizarro y único pretendiente. La soltaron cuando aclaró el tiempo. Cuatro Santos Coronados Barragán, quien cronometró con su proverbial precisión el período de zozobras y apuros, actualizó los cómputos y puso al corriente su libro de campeonatos y odiseas.
-Por ejemplo, con estos itinerarios, Rosa de la Luz ya hubiera cubierto de sobra su decimoquinto viaje a Pekín y aún tendría un saldo a su favor de ciento cuarenta y seis kilómetros.
-Es posible -admitió el pedáneo Bienvenido Rufete-. Pero apenas si le funcionan las pilas.
Sin embargo, Rosa de la Luz escucharía a la Sapa, como el suave rumor de la llovizna precursora, en la madrugada del 16 de diciembre próximo: durante siete noches seguidicas he soñado con los siete pecados capitales. Y la volvería a escuchar, pero como el estallido descomunal de la centella, una semana antes de la muerte de la Aguedica: que nadie vuelva ya a comer fruto de ti. Por entonces, sus hermanos acudieron a visitarla, muy solícitos y preocupados por sus achaques, y terminarían llevándosela de allí, para siempre y con el estuche de mimbre lleno de fulguritas, cuando los velatorios de la joven esposa difunta de Práxedes Rabasco. Por el polvoriento camino, se cruzaron con dos automóviles: el primero, con el pasaje a la intemperie y un cofre enorme, en la parte trasera; el segundo, oscuro y largo, como un furgón de —160→ cola. Un poco más adelante, vislumbraron al tío Capacho que andaba como sonámbulo.
-Han regresado. Los malditos han regresado -balbució el tío Capacho.
Bienvenido Rufete no perdió los estribos. Tenía que presidir la ceremonia del sepelio, con todo empaque; luego, formularía la correspondiente denuncia contra los intrusos, socios de la francmasonería o de alguna otra secta criminal; por último y con carácter irrevocable, renunciaría a su cargo y abandonaría Puebla del Socorro. En fin, cada cosa a su aire: había que proceder con orden y mucho tiento.
Cuando salían del cementerio, se produjo un sobresalto colectivo: a unos cien metros, inmóviles y espiando la comitiva, se encontraban don Erasmo Figueroa, sus hijos Isaías Dallas y Jeremías Kansas, y el gran danés Sitting Bull. Os la vais a cargar, por herejes y fisgones, masculló el pedáneo.
Un par de días después, se presentaron en el cuartelillo de la Guardia Civil, acompañados por don Felipe Ruiz de Peñamora quien en su condición de licenciado en Derecho les prestó los convenientes consejos legales. Los recibió un sargento obeso y de porte desgarbado, con un mata moscas que de vez en cuando agitaba enérgicamente sobre su cabeza, mientras canturreaba entre dientes. No hizo mucho caso de las relaciones preliminares acerca de «Villa Soberana» y de sus propietarios, los Pardines O’Donell, que se largaron a Suiza, tras la proclamación de la República, ni siquiera se interesó por el ídolo que los sospechosos habitantes de la solariega finca habían plantado en el jardín. El sargento estaba más que harto de las historias de Puebla. De pronto, dio un brinco increíble, atizó un mandoble sesgado y derribó al moscardón. Soltó un resoplido, se limpió el rostro de sudores con el pañuelo y los miró con una expresión risueña.
-Continúe usted, por favor, continúe.
Bienvenido Rufete le habló de las artes mágicas de los forasteros y de su facilidad para el disfraz y el travestismo, de los mapas de países paganos y de una hermosa mujer que se paseaba en cueros por el zaguán, y finalmente —161→ de la conversación que mantuvo don Erasmo con uno de sus hijos, en la taberna de Puebla.
-Debió de ser el 20 o el 27 de noviembre, un sábado seguro, mi sargento.
En aquella ocasión, el joven le dijo textualmente que había liquidado a un tal Marotti, de dos disparos. Recordaba, como si aún lo estuviera viendo, que don Erasmo ni se inmutó ni dejó la lectura del «ABC», sólo bostezó y le reprochó su mala puntería, luego, y sin darle la menor importancia, le preguntó por el cadáver.
-Está tendido y caliente, en medio del camino. Creo que eso fue lo que le contestó mi sargento, que todavía estaba caliente y en medio del camino.
Entonces don Erasmo chasqueó los dedos y se dirigió a su otro hijo que formaba pareja con él, en la partida de dominó, y le ordenó que se apresurara.
-Apresúrate y sepulta el cuerpo de Marotti, cuanto antes. Creo que eso fue lo que le ordenó, mi sargento, que sepultara el cuerpo de Marotti y que concluyeran de una vez con aquel repugnante asunto.
El sargento se levantó, le sacudió otro palmotazo al moscardón que aleteaba por el suelo, lo echó a la escupidera e interpeló al tío Capacho.
-Oí alguna frase suelta, mi sargento, porque no me distraía del juego, ¿sabe, usted? Pero le digo que ese hombre es el mismísimo demonio -el tío Capacho se santiguó tres veces consecutivas-. Puede ver a través de las cosas.
-¿Y tú, qué?
Florencio el Panizo se ruborizó y se le atropellaron las palabras. Tenía un concepto sublime y casi feudal de la autoridad. Por fin, se arrancó y, entre tartajeos, declaró que si bien no hacía memoria de la plática a la que se había referido el señor pedáneo, sí de otra que escuchó nítida e íntegramente, el sábado, 18 de diciembre, días antes de que se organizara aquel disparatado barullo de la lotería.
Aquella tarde, Florencio el Panizo acudió a la cita del dominó, pero de mero espectador, porque el tío Capacho lo había descabalgado del tándem, por si acaso así, con —162→ las mudanzas, la dichosa suerte se le ponía de cara y terminaban los denigrantes vapuleos que lo precipitaron en el descrédito y la burla. A la hora en punto de iniciarse la partida, se produjo el ritual y siempre pasmoso relevo de los hermanos Figueroa.
-¿Padre?
Don Erasmo continuó enfrascado en el periódico.
-Dime, Jeremías Kansas.
-Soy Isaías Dallas.
-Dime, Isaías Dallas.
-Acabo de juzgar a Chávez.
Don Erasmo pasó de página.
-¿Y cuál es la sentencia?
-La horca.
Don Erasmo bostezó imperceptiblemente.
-¿No tenías otra alternativa?
Isaías Dallas palideció.
-No, padre. No la tenía.
-Bien. ¿Y ahora?
-Hay que cumplirla.
-Por supuesto. Pero, ¿cuándo?
-Cuando tú digas, padre.
Don Erasmo entornó los ojos.
-¿Está todo listo, para la ejecución?
-Todo. Absolutamente, todo.
Don Erasmo chasqueó los dedos.
-¿Te has percatado del asunto, Jeremías Kansas?
-Sí, padre. Y te confieso que me resulta muy penoso.
Don Erasmo hizo un gesto de impotencia.
-A mí también, hijo, a mí también. Y es que ese Chávez empezaba a caerme simpático. -Y concluyó, con resignación-: Pero, a estas alturas, ya no podemos cambiar el curso de los acontecimientos. ¿Lo comprendes, verdad?
-Sí, padre, lo comprendo.
Don Erasmo acarició una de las fichas y colocó el pito doble.
-Pues, entonces, a lo tuyo, Jeremías Kansas. Cuanto antes lo ahorques mejor para todos.
Jeremías Kansas salió de la taberna y quince minutos —163→ después don Erasmo Figueroa abatía de nuevo al tío Capacho por una diferencia abrumadora de puntos.
-Le digo que es el mismísimo demonio mi sargento.
-¿Y usted escuchó algo?
-Alguna frase suelta ya sabe. Estaba muy pendiente del juego y además con esta sordera qué quiere mi sargento.
Que se marcharan tranquilos. Que nada de comentarios. Que lo iba a poner todo bajo control. Que los avisaría, para formalizar el papeleo. Que de momento ni palabra, con nadie. Los acompañó hasta la puerta y los despidió ceremoniosamente. Luego, llamó a dos números y les ordenó que vigilaran de lejos y con la mayor cautela «Villa Soberana». Necesito saber qué hace esa gente, minuto a minuto, ¿de acuerdo? Y procurad que vuestra presencia pase inadvertida. Les entregó unos potentes prismáticos de campaña.
-Así, podréis observar hasta el mínimo detalle.
Al día siguiente, encontró a sus hombres con los semblantes como alumbrados por un fuego original y deflagrador.
-¿Qué?... ¿Cómo va el servicio?
Ambos se mostraron entusiasmados y dispuestos a cumplirlo escrupulosamente. El sargento sintió un legítimo ramalazo de orgullo. Son jóvenes, pensó, pero con un alto concepto de la disciplina y de la responsabilidad. De buena mañana, el sargento quiso inspeccionar, en persona, el teatro de las operaciones. Dio un amplio rodeo a la finca y descubrió por fin a sus subordinados agazapados entre los naranjos y forcejeando por la posesión del instrumento óptico. Se les acercó con sigilo y cuando ya se hallaba apenas a unos pasos emitió un leve carraspeo. Los guardias se pusieron de pie como impulsados por un resorte, y saludaron marcialmente.
-Está bien, muchachos, está bien -les dijo, en tono benévolo y distendido.
El sargento tomó los prismáticos, se los echó a la cara y giró la ruedecita que regulaba la visión. De pronto, estiró el pescuezo y la frente se le llenó de gotas de sudor. Acababa de captar la imagen de una hermosa mujer desnuda —164→ y tendida sobre un lecho devastado sin duda, por la refriega del amor.
-¡Qué indecencia!... ¡Cuánta inmoralidad!... -exclamó, sin dejar sus investigaciones oculares.
La hermosa mujer sufrió un espasmo, arqueó el vientre, se manoseó los pechos y se quedó inerte, con los muslos entreabiertos. Debajo de aquel balcón de hierros artísticamente forjados, divisó a un hombre que empuñaba una carabina.
-Estos tipos son peligrosos -dijo.
Mientras, Isaías Dallas preguntó, refrenando angustias y cóleras:
-¿Adulterio?
Le llegó un desmayado síiiiiiii. Subió de tres en tres los escalones, penetró en la alcoba, con la impetuosidad de un huracán, y allí estaba Gisela, con las carnes estriadas y enrojecidas, por el sobo de seis manos invisibles. No lo resisto más, cariño, voy a morirme de gusto, si continúa.
-Pero, ¿otra vez?
-Otra vez, cariño, otra vez -suspiró largamente-. Lo mismo que el año pasado.
Isaías Dallas tiró la rémington y se desplomó en la cama. Percibió el cuerpo tibio de la esposa violada por los circuitos del aire y se estremeció de cólera. Ofrecía un aspecto deplorable de desolación y vergüenza.
-¿Y desde cuándo?
-Desde hace dos o tres días. Casi desde que llegamos -se contuvo indecisa y vacilante por un remoto pensamiento de infidelidad-. Ayer te lo iba a decir pero no quise darle demasiada importancia. Creí que pasaría. Y sin embargo...
-¿Qué?
-...hoy ha sido más bestial que nunca... Seis ¿comprendes?
Isaías Dallas se levantó profundamente impresionado.
-¿Seis?
-Seis, cariño, seis. Y en media hora.
Isaías Dallas se enfureció y empezó a descargar puñetazos sobre la cómoda. En aquel instante supo que Gisela era víctima de algún impúdico ensalmo y maldijo la casa —165→ y el lugar y a su propio padre que había extremado todo tipo de precauciones y que ni tan siquiera les permitía salir de los estrictos límites del parque.
-Tengo mis razones -le contestó abruptamente don Erasmo.
Cuando el 22 de diciembre último abandonaron «Villa Soberana» ante el temor de verse desenmascarados por los impertinentes periodistas, que acudieron en manada a Puebla, por aquello de la lotería, don Erasmo decidió tomarse unas vacaciones. Envió a Jeremías Kansas a Tánger, y a Isaías Dallas, con su ávida y despampanante mujer, a Cuenca, en tanto él se refugiaba en el discreto chalecito de la sierra, con sus dos desenfadadas y complacientes señoras, las gemelas María Magdalena y María Micaela, madres respectivamente de los gemelos Isaías y Jeremías o Jeremías e Isaías, que no había forma de establecer la auténtica relación de unos y otras. Una semana más tarde, contrató los servicios de una agencia de detectives privados y así recibía abundante información confidencial y periódica de cómo marchaban las cosas por Puebla del Socorro. Supo de las crispaciones del vecindario frente a la demoledora inclemencia de un tal Leo Ros, gacetillero obstinado en socavar los cimientos de la miserable pedanía en busca de una supuesta fortuna. Supo que el tal Leo Ros, en compañía de un baratillero llamado Cuatro Santos Coronados Barragán, individuo de muy mala uva y peor laya, tras saltar las verjas de «Villa Soberana», habían husmeado por el jardín, en aquel punto, don Erasmo se desbarató y voceó que no consentiría tamaño allanamiento de morada, ante el regocijo de las gemelas que encontraron divertida la ocurrencia. Supo que el tal Leo Ros andaba en amoríos con una llamada Mercedes Amorós, individua desaseada y con catadura de hippy o por el estilo, pero, al parecer, doctora de profesión, dato éste aún por confirmar. Supo que la llamada Mercedes Amorós era, en efecto, doctora de profesión, si bien se la reputaba de bruja y curandera. Supo que el tal Leo Ros proseguía, tres meses después, emperrado en desentrañar el absurdo misterio de una lotería desvanecida. Supo que el tal Leo Ros se agarraba frecuentemente unas melopeas de época y que les echaba —166→ billetes de a quinientas a las zorras del prostíbulo de madame Duchamp. Supo que el tal Leo Ros se fue a coger ranas, a un sitio que le decían Los Almarjos. Supo que el tal Leo Ros se lió en una poética de alucinaciones y que le cambió el nombre al río Segura por el de río Hudson, cambio que produjo graves alteraciones y no pocas reyertas. Supo que al tal Leo Ros lo visitaron los cronistas de la comarca, con el noble propósito de sacarlo de sus muchos errores, y que salieron de allí a patadas. Supo que el tal Leo Ros se disfrazó de pirata y que asaltó Puebla del Socorro. Supo que al tal Leo Ros le tendieron una añagaza los llamados don Felipe Ruiz de Peñamora, licenciado en Derecho y expulsado del ejercicio de la abogacía, por embaucador; Bienvenido Rufete, pedáneo del lugar y persona de vidriosos antecedentes; y el tío Capacho, viudo, sordo y perito en el juego del dominó, en aquel punto, don Erasmo experimentó un ataque de risa, ante el regocijo de las gemelas, que se divertían con cualquier cosa que hiciera o dijera su marido. Supo, por fin, que al tal Leo Ros se lo habían llevado en una ambulancia y que, desde entonces, Pueblo del Socorro recuperó su habitual placidez. Don Erasmo Figueroa se acarició su impoluto bigote a la fernandina, liquidó la abultada minuta de la agencia de investigación, llamó telefónicamente a Isaías Dallas y a Jeremías Kansas y los emplazó, para una semana después, en el chaletito de la sierra. Por último, se dejó ir una larga flatulencia de alivio. Cuatro meses con las gemelas era ya demasiado para su gastritis.
Cerca de «Villa Soberana», vislumbró al tío Capacho, entre la polvareda, y le dedicó un displicente saludo. El tío Capacho se santiguó, ojalá te partas el alma, tonto del pijo. Sobre las cinco de la tarde, pasó el cortejo fúnebre, camino del cementerio. No tenía idea de a quién iban a dar sepultura pero consideró un deber de buena vecindad rendirle un tributo de respeto y homenaje. Con sus hijos y Sitting Bull se acercó a unos cien metros y se quedó como de muestra, por unos presagios turbadores, en medio de aquellas solemnes campanadas a muerto. Luego acomodados en torno a la espaciosa mesa de nogal recomendó a todos mucha prudencia y prohibió a Jeremías —167→ Kansas y a Isaías Dallas que abandonaran el parque de la casa solariega.
-Tengo mis razones -le contestó abruptamente a Isaías Dallas, cuando le preguntó el porqué de tan drástica reclusión.
Hasta que el sargento no vio con sus propios ojos a la esbelta mujer entregada a las solitarias obscenidades y al sujeto del rifle atisbando los alrededores de la finca no se tomó demasiado en serio el asunto. Pero a partir de aquel instante, activó sus pesquisas y se dispuso a emprender una acción sagaz y contundente. Interrogó de uno en uno, a los denunciantes y tuvo conocimiento, por Bienvenido Rufete, de que aquel periodista pendenciero y conflictivo había encontrado dos proyectiles, en el jardín de «Villa Soberana», cerca de la enlucida pajarera.
-Me lo confió Cuatro Santos Coronados, ahora que re cuerdo.
Pero Cuatro Santos Coronados estaba en Murcia. Su madre dijo que no sabía cuándo iba a regresar. Lo mismo se tira un mes, por ahí. El pedáneo ratificó sus palabras. Efectivamente, Cuatro Santos Coronados no asistió a los funerales de Aguedica Larrosa. Poco antes, se partió de Puebla, en bicicleta.
-Yo me preparaba para presidir el entierro, con Práxedes y el padre de la difunta, pues entonces me topo con Cuatro Santos Coronados, ¿te marchas?, le pregunto algo sorprendido, porque no me pareció el momento más adecuado, me marcho, respondió y añadió que no tenía género, para comerciar.
Inesperadamente, el sargento se interesó por aquellos rumores que le habían llegado acerca de una lluvia de billetes en cantidad más que de sobra, como para encapotar el cadáver de la joven.
-¡Cuatro chavos, mi sargento! -exclamó Bienvenido Rufete-, cuatro chavos ahorradicos, para el mal malo, que de poco le sirvieron a la pobre desgraciada -hizo una pausa-. Pero el velatorio estaba lleno de mujeres y qué le voy a decir yo a usted.
-Me lo figuraba, claro -afirmó el sargento, a quien no —168→ se le pasó inadvertido el hecho de que hubiera varias casas cerradas.
-La gente empieza a emigrar. Aquí ya no hay trabajo. Entre la sequía y la mierda que lleva el río, ¿qué?
Pensó en el propio Práxedes Rabasco, enlutado y con una maleta de cartón piedra, camino de Almoradí, exhalando aún el melancólico olor de las flores mortuorias, me voy con mis padres, no soporto tanta soledad. O sea que la fiebre de inquietudes se había desmandado y Puebla se vaciaba definitivamente. Y él, con la carta de renuncia a medio redactar, el borrador en el bolsillo y la advertencia a Rita Senabre de que fuera preparando los bultos, para el viaje a Barcelona, donde el hijo mayor. El guardia civil pareció adivinarle el proyecto.
-Pero ustedes no se me van a ir, ¿eh? Que los necesito de testigos.
-¿Y con respecto a Cuatro Santos Coronados? -preguntó Bienvenido Rufete.
-No se preocupe. Si fuera preciso, se dictarían las órdenes oportunas de busca.
Eran las dos y soplaba un levante tibio, cuando salieron de la taberna. El tío Capacho se quedó en la fresca penumbra del establecimiento, absorto en una arquitectura de fichas de dominó. También tenía el equipaje listo y también recibió el anuncio del sargento de que no podía ni moverse de allí, en tanto en cuanto la superioridad no lo autorizara. ¡La Virgen!, qué de líos con todo aquello de la denuncia. Y, en cambio, don Felipe que los había embarcado en la peripecia, con el código en ristre, animándolos a cumplir con sus deberes y obligaciones de ciudadanos responsables, mientras revisaba el automóvil, yo y mi señora tenemos derecho a una temporadita de vacaciones.
Bienvenido Rufete quiso saber si el asunto iba para muy largo, se lo digo porque el hijo espera y hace ya mucho que no nos vemos, ¿lo entiendes? El sargento lo entendía, pero lo demás constituía top secret.
-Son cosas que tan sólo le incumben a la superioridad.
A duras penas, se envainó la soberbia que lo devoraba por dentro y mantuvo una reserva absoluta y lancinante, —169→ porque era la primera vez en su vida de servicio, ya enfilando el retiro, que se le ofrecía la ocasión de revelar ostensiblemente, ante sus mandos naturales, esas dotes de estratega que Dios le había dado y que él se había cuidado muy mucho de conservar y aumentar. Se despidió del pedáneo, llevándose la diestra al tricornio, con una sutil sonrisa de laureles: los dispositivos de la operación se encontraban a punto, de modo que sólo esperaba el requisito de los papeles judiciales, un insignificante trámite, sin más, y, obviamente la hora de pasar a la acción.
A las cuatro de la madrugada, el sargento y sus hombres se desplegaron alrededor de «Villa Soberana» y ocuparon las posiciones que impedían cualquier posibilidad de escapatoria. Después de comprobar el emplazamiento y distribución de las fuerzas y de repasarles el santo y seña, el sargento golpeó, con la culta de su arma reglamentaria, la recia puerta de doble hoja. Les abrió una anciana con el semblante despavorido y casi simultáneamente y en lo alto de la escalera, don Erasmo Figueroa, en pijama amarillo limón y con una bigotera de redecilla. Entonces, el sargento dijo, con voz estentórea e imperativa, que quedaban arrestados y les conminó a deponer toda actitud de resistencia, por cuanto sería reprimida, con severidad. De inmediato, dejó a una pareja de guardia en el zaguán y, acompañado por otros dos números, recorrió alcoba por alcoba sacando a los somnolientos sospechosos al amplio corredor. Pero la presencia de la hermosa y excitante mujer en cueros, provocó tal alboroto entre los miembros de la Benemérita, que el sargento le mandó que se cubriera tanta y tan indecente exuberancia. Don Erasmo quiso hablar, pero se lo prohibieron bruscamente.
-Ya hablará usted cuando se le pregunte.
Por último, se procedió a un exhaustivo registro, en la casa y en el jardín: hojearon libros y manuscritos; revolicaron armarios roperos, cómodas y gavetas; tantearon paramentos y pisos; vaciaron baúles y cajones; y rastrearon y removieron macizos y parterres. A las seis y veinte de aquella mañana, y a unos tres palmos bajo tierra, descubrieron el cadáver. El sargento examinó los despojos y ordenó que no se tocara nada, hasta que el juez practicara —170→ el oportuno levantamiento. Volvió junto a los detenidos y anunció triunfalmente:
-Señores, acabamos de encontrar el cuerpo del delito. Es inútil que continúen fingiendo.
En dos jeeps, trasladaron a los detenidos a la casa cuartel, mientras el gran danés Sitting Bull que no hizo otra cosa más que gastarle zalemas al sargento, se le confinaba en la perrera del veterinario municipal. Don Erasmo, Isaías Dallas, Jeremías Kansas, Gisela, el chófer antillano Bumba y las dos criadas permanecieron, hasta el mediodía, en una habitación de paredes hostiles, sin cambiar palabra y bajo la mirada fría y atenta de una pareja que los tenían permanentemente encañonados con sus subfusiles. A las doce y cuarto, condujeron a don Erasmo Figueroa a una oficina adyacente, donde se encontraba el sargento recién afeitado, fresco y exultante, y otro hombre también de uniforme frente a una máquina de escribir. El sargento le dijo que se sentara y le mostró una carabina rémington y un revólver del calibre treinta y ocho.
-¿Reconoce usted estas armas?
-Por supuesto. Me pertenecen.
-Muy bien, muy bien. Creo que nos vamos a entender -dijo el sargento, quien, sin más preámbulos, cogió una enorme caja de cartón y vertió su contenido sobre la mesa: corbatas anudadas, pañuelos anudados, cordoneras, cintas de todos los colores anudadas.
-¿Qué significa?
Don Erasmo contempló aquellos objetos visiblemente apesadumbrado.
-Los imperdonables olvidos de mi juventud -dijo, con los ojos húmedos.
Cuando celebraba su mayoría de edad, don Erasmo Figueroa tuvo una crisis de memoria tan garrafal que se olvidó del sueño y permaneció, por espacio de un mes, preguntándose insistentemente qué coño era lo que tenía que hacer cada noche, hasta que, depauperado y en los puros huesos, lo internaron en una clínica de enfermedades nerviosas y le administraron una arrolladora terapia a base de sugestiones, músicas e hipnóticos, a consecuencia de la cual don Erasmo se olvidó del estado de vigilia —171→ y se pasó los siguientes cincuenta y cinco días durmiendo y comiendo, en tanto dormía, con un apetito insaciable, de manera que cuando, al fin, lo despertaron, con estimulantes, duchas de agua helada y manteos, y con ánimo de que eliminara toda la celulitis que había acumulado, en su letargo, le prescribieron una dieta tan parva que, muy pronto, se olvidó también de la comida y ganó, sin proponérselo, un campeonato regional de ayuno voluntario. Su caso, calificado de extraordinario y único en los anales de la medicina, se sometió a consulta multitudinaria de eminentes doctores, expertos en las doctrinas de Mésmer y maestros en el arte del ilusionismo y de la prestidigitación. Después de examinar en repetidas ocasiones al paciente, de muchos debates y controversias, se llegó por referéndum a un diagnóstico y se elaboró el tratamiento correspondiente, merced al que don Erasmo aprendió a dormir, a despertarse y a comer, con cierta periodicidad. En aquellas condiciones, don Erasmo se enamoró de María Micaela y se casó con María Magdalena, o viceversa, pero ni aun así recuperaría del todo la memoria, hasta quince años más tarde. Y fue durante aquel prolongado lapso de tiempo, cuando don Erasmo adquirió el hábito de hacer nudos marineros, cada vez más historiados, en la corbata, en las cordoneras de los zapatos, en los calcetines, en el pañuelo o en cualquier tejido o pasamanería que solía echarse en los bolsillos previsoramente, para no olvidar las cosas importantes. Sin embargo, luego sobrevenía la desesperación; nunca lograba averiguar el motivo de tal o cual nudo, por más vueltas y vueltas que le diera, porque la memoria se le fugaba, con toda deliberación y alevosía, en los momentos quizá estelares de su juventud. Por último, y ante la impenetrabilidad del secreto, don Erasmo escondía el nudo, en una caja. Y así, muchos años después, cuando cumplió los treinta y siete, contabilizó y clasificó, lo mismo que un coleccionista de mariposas, hasta dos mil trescientas quince prendas anudadas, cuyos significados jamás había podido descifrar. Sin ningún género de duda, en ellas se encerraba: la fórmula infalible para el juego de las quinielas, una aventura galante, los planos de algún tesoro oculto, un argumento —172→ genial, una frase lapidaria, un hecho que también pudo haber sido histórico, la panacea para la gastritis o una alta recomendación para el ingreso en el cuerpo de telégrafos. En cualquier caso, todos aquellos trapos, ya desteñidos y apolillados, constituían el patrimonio de su juventud, un patrimonio estéril y misterioso, pero fascinante, casi como una urna funeraria, como una caja de enigmas desordenados. Mire, usted, que se lo repito, sargento, una caja de enigmas o incluso, y quién sabe, hasta la mítica caja de Pandora, sargento.
Pero el sargento aturdido por la apabullante locuacidad, golpeó la mesa con el matamoscas y le preguntó de sopetón:
-Y de Marotti, ¿qué?
La estratagema dialéctica surtió efecto, porque don Erasmo se tambaleó.
-¿Marotti?... ¿Marotti?... -balbuceó.
-Sí, sí, Marotti. ¿Quiere una ayudita?
Don Erasmo asintió, como un niño desvalido.
-Uno de los gemelos... Dos tiros... ¿Le basta?...
Don Erasmo se dio una palmada en la frente y sonrió.
-¡Ah!, ya caigo. Sí, las cosas de Jeremías Kansas que tiene una puntería fatal -reflexionó unos instantes-. Con uno sólo, hubiese sido suficiente, ¿no le parece?
-¿Con... con uno sólo? -ahora era el sargento quien andaba desarbolado.
-Pues, claro, hombre. Con un solo tiro. ¿Pero no ve usted que le disparó en la nuca y a veinte centímetros?
Al sargento casi le da un soponcio.
-Entonces... ¿lo admite?
-Pero, por supuesto, que lo admito, ¡faltaría más! Y aunque hubo un lamentable error, asumo toda la responsabilidad.
El sargento, lívido y sudoroso, se volvió al escribiente que continuaba impertérrito, en su puesto. Que no se le pase nada por alto, oiga.
-¿Y no pudo evitar aquel asesinato tan... tan infame? -el sargento se recuperaba, indignado.
-De ninguna de las maneras. Se hubieran ido todos mis planes al traste -don Erasmo se irguió, como muy —173→ ofendido-. Le aseguro que tengo ya mucha experiencia y no tolero que nadie se inmiscuya en mis asuntos profesionales, por más galones que luzca en la bocamanga.
El sargento se levantó y comenzó a sacudirle palmetazos al aire, con el matamoscas.
-¡Un respeto!, ¿me oye usted bien?, ¡un respeto, coño!
Don Erasmo se quitó la bigotera de redecilla que aún llevaba puesta, y el sargento le inyectó nuevos bríos al pasmoso interrogatorio.
-¿Y de Chávez, qué me cuenta?
-¿Chávez?... ¿Chávez?...
-Sí, sí, Chávez. Y vamos a darnos prisa, ¿eh?
-Es que así, de pronto, no recuerdo a quién se refiere.
-¿Quiere otra ayudita?
-Si es usted tan amable...
El sargento se rascó el cogote. Todo aquello le estaba resultando demasiado fácil, demasiado diáfano. No sé, pero hay algo que no encaja, dijo para sus adentros.
-Ahí va otra ayudita... El juicio... La horca... ¿Le basta?...
-¡Ah!, ya caigo. Sí Chávez, Feliciano Chávez, un buen hombre que se dejó arrastrar por la codicia y... En fin, le confieso que hasta me era simpático.
-Pero usted lo ejecutó, ¿cierto?
-Efectivamente. Tal y como lo había pensado, así lo hice.
-¿Y sus hijos?
-Mis hijos, ¿qué?
-Que qué papel tienen.
-¡Bah! El de meros comparsas. Se limitan a cumplir mis órdenes, del mismo modo que sus hombres, las suyas. Pero el cerebro aún sigo siendo yo, ¿comprende?
-¿Por qué mandó ahorcar a ese tal Chávez?, conteste sin ambigüedades.
-Sin ambigüedades, sargento, porque dura lex, sed lex.
-¿Cómo?
-Que la ley es la ley, y se acabó -don Erasmo se impacientaba.
—174→-¿Qué ley?
-Mire, sargento, su interés por mi obra, me halaga, pero está usted pasándose y me niego a responder a cualquier otra de sus impertinentes preguntas.
El sargento enarboló el matamoscas y amenazó a don Erasmo.
-¡Asesino!... ¡Asesino de mierda!... Siéntese y no me haga perder los estribos.
A don Erasmo se le demudó el color.
-¿Con qué derecho me insulta usted?... Exijo un abogado.
-¡Ajá! Ya me salió con esas, ¿eh, listillo?... Está bien, está bien, tendrá usted a su abogado, pero ahora mismo me va a decir quién es el muerto.
-¿El muerto?... Pero, ¿qué muerto?
-Que qué muerto so cínico... Pues entérese de una puñetera vez, coño, ¡el que tiene usted en el jardín!, ¿me ha oído, verdad?
Don Erasmo Figueroa se desplomó en la silla, como si fuera un viejo odre desfondado, y murmuró: ¿yo, un muerto en el jardín? Cuánta intriga y cuánta mezquindad. Luego, se incorporó, con una lentitud exasperante y en medio de un chasquido de huesos.
-¿Sabe usted exactamente con quién está hablando, sargento?
El sargento se recriminó sus irreflexivos y expeditos procedimientos y contempló turbado los nudos esparcidos por la mesa.
-Con... con don Erasmo Figueroa Perdines -replicó, después de ojear la documentación del detenido.
-Y también con Red Gordon, sargento.
El sargento se quedó estupefacto.
-¿Red Gordon?... ¿El autor de Plomo salvaje para un cuatrero?...
-Y de ochocientos sesenta y ocho títulos más.
El sargento no acertaba a disimular el sofoco cuando, para su fortuna, le avisaron de que el teniente lo llamaba.
-A sus órdenes, mi teniente.
-¿Qué?... ¿Cómo va ese caso?
—175→-Pues, verá, usted, mi teniente, yo creo que...
El teniente se puso a pasear por su despacho, hasta que se detuvo detrás del sargento.
-Sargento...
-Sí, mi teniente.
-...deje en paz a esa familia.
-Sí, mi teniente. A sus órdenes, mi teniente.
Y cuando se disponía a salir, le soltó:
-Ah, un momento. Tengo un recadito del forense, para usted. Me ha dicho que para lo del cadáver de «Villa Soberana» hable usted con los del museo arqueológico.
-Como usted mande, mi teniente -el sargento se había puesto verde oliva, hasta las orejas.
Sobre las once, llegó el forense a «Villa Soberana». Le seguían otros dos individuos, probablemente funcionarios de la justicia. La Guardia Civil le abrió paso, cerca de la pajarera restaurada, donde se encontraban los restos exhumados, a primeras horas del día. El forense limpió cuidadosamente los cristales de sus gafas, se acuclilló junto a la fosa y examinó el cadáver que yacía entre cenizas y tizones. No tardó mucho en incorporarse y todos le oyeron decir que se trataba del cuerpo semicalcinado de un varón de considerable envergadura y edad mediana, y que debió perecer en un incendio o tal vez, ironizó, en la hoguera inquisitorial. En cualquier caso, dijo, lleva muerto unos ciento cincuenta o doscientos años. El forense parecía molesto y defraudado, alguien ha metido la patita, porque el hallazgo corresponde más a la arqueología que a la medicina legal, comentó a sus acompañantes, cuando ya abandonaba la finca, para trasladarse al cuartelillo.
Detrás del forense, salieron el pedáneo, Juan el del Melodra, el tío Capacho y algunos otros vecinos de Puebla, cada uno de los cuales se fue por un camino diferente, pero todos con el recuerdo compartido de los pronósticos del tío Maximino Meroño: tocará la vez en que saltarán por los cielos estas ruinas y estas tierras, y se descubrirá debajo la podre y el enredo, porque Puebla es tan sólo un sumidero de desperdicios. No, no desvarió el tío Maximino Meroño, en una agonía que pareció infundirle más clarividencia que nunca.
—176→Juan el del Melondra tanteó, con ternura, las tapias del cementerio, buscando, como de costumbre, los impactos del plomo que desmenuzó a su padre. Una semana antes de la muerte de Aguedica Larrosa, y cuando preparaba los avíos, un aire de amatista revolicó el corral y le colocó la mano a la Sapa: antes de partir, susurró, mete tu hoz en la mala hierba y levántala. Juan el del Melondra movió su pesada cabeza y miró para Bienvenido Rufete que se alejaba.
Bienvenido Rutete sintió la mirada insolente y despectiva del Senén y escuchó, con espanto, la descarga de fusilería que le colapsó unos alientos destinados a la agitación y a la blasfemia. Entró a su casa, por la parte trasera, echó la aldaba a puertas y postigos y le confesó a Rita Senabre todo lo concerniente a Senén el del Melondra: cómo dispuso su asesinato y enterramiento clandestino y cómo abusó de su viuda, con embustes y amenazas. Pero Rita Senabre continuó repasando la ropa interior, sin que asomara a su rostro ningún síntoma de sorpresa o de consternación, porque se trataba de cosas que siempre había intuido. Entonces Bienvenido Rufete maldijo a Leo Ros y a cuantos fueran de su misma hechura y, en cinco minutos, tomó la decisión de prenderle fuego al Catecismo Patriótico, algo incomprensible, pero necesario, en un mundo que se le volvía del revés. Luego, comenzó a escribir pausadamente la duodécima versión de la carta de renuncia al cargo.
A las tres en punto de aquella tarde, don Felipe Ruiz de Peñamora metió el equipaje y a Fuensanta en el vehículo, encendió el motor y esperó, unos instantes, mientras exponía su fatua efigie, en el marco de la ventanilla. Cuando consideró que ya se había alcanzado la temperatura idónea, arrancó suavemente y rodó, sin prisas, por la única y desierta calle de Puebla del Socorro. En el asiento de atrás, Fuensanta iba tan enardecida como una muchacha a la que acabaran de raptar.
Cuando vio el automóvil, el tío Capacho escupió, en el polvo. Ya conocía la noticia de que don Erasmo y todo su clan eran absolutamente inocentes de cuantos delitos les imputaron, en unos momentos en los que maduraron —177→ el delirio y la revancha. Sonrió con amargura. Aquel tipo engreído y arrogante le había dado una nueva y definitiva lección, y quizá anduviera maquinando un urgente plan de represalias. Me merezco eso y más, aceptó el tío Capacho, quien con sus hábitos irresolutos y su penuria de temple, se equivocó otra vez, de medio a medio.
Tan pronto la Guardia Civil, entre excusas y atenciones, reintegró a don Erasmo Figueroa Pardines y a sus deudos y servidores, incluido el gran danés Sitting Bull, a la bonanza de «Villa Soberana», don Erasmo ordenó que recogieran y embalaran trastos y enseres, porque antes del anochecer emprenderían un largo viaje. No soporto esta casa y además ya saben que soy Red Gordon, dijo desmayadamente. Se encerró en su dormitorio y se puso a llorar. Por último, se despejó de la corbata, le hizo un nudo a la inversa y la depositó en la caja de los enigmas: quería perder la memoria de aquel lugar.
—[178]→ —179→
Toda la madrugada del viernes, 27 de mayo, se oyeron los pavorosos ruidos, por la parte del cementerio. De las pocas familias que aún quedaban en Puebla del Socorro, ni una sola pudo dormir, con aquel escándalo de residuos. «Era como si todos los muertos a la vez también quisieran abandonar la tierra», según declararía el mismo vecino que, a eso de las seis, alertó a la autoridad. Pero hasta las ocho y diez, no se personaron el cabo que componía partes de inspiración homérica y los agentes de la policía municipal Abdón el Mediochavo y Cristobalito Hernández, quienes, seguidos por algunos atemorizados habitantes de la pedanía, se dirigieron al lugar de los tumultos subterráneos.
Dos horas después, el cabo informó, por escrito, al alcalde de la destrucción del viejo cementerio de Puebla. «Ni un esqueleto, sano, ni un muro, en pie. De la impía y bárbara acometida, sólo se ha librado milagrosamente la sepultura de una tal Águeda Larrosa. El espectáculo de la tremenda profanación resulta impresionante, y el hedor, insufrible.» El cabo describía, con minuciosidad de agobio, las características del vehículo causante, sin duda, de tan gran estrago, y que permanecía en un aparcamiento de osamentas, con el chasis desjarretado y el motor expeliendo humos acres y untuosos. En el cumplido pliego de precisiones y escolios, se consignaban la matrícula y otras circunstancias previstas para unas averiguaciones superfluas, porque entonces ya se sabía, por el fluido chismorreo, —180→ que había sido Juan el del Melondra quien compró el tractor, al contado, y quien derrumbó las tapias del cementerio y desperdigó las mondas.
-Cuando lo vi, en aquella máquina, llevaba encima toda la fatalidad de una plaga -dijo un hornero de Algorfa.
-A la luz del alba, se le salía el infierno por los ojos -dijo un seminarista de Benejúzar.
-El miércoles en la tarde, lo sentí pasar y tenía el aura de un amanecido de la pesadilla -dijo un citricultor de Bigastro.
Por los abundantes y espontáneos testimonios verbales, el cabo dedujo que Juan el del Melondra, más funesto y sulfurado que nunca, debió de permanecer unos tres días con sus noches, a bordo del tractor, recorriendo la comarca y adiestrándose en el manejo de los mandos, antes de ejecutar la execrable empresa.
Y así fue talmente como sucedió. A Juan el del Melondra se le consumió algo más de un mes, en interpretar el enrevesado mensaje de la Sapa. Luego, arrasó el campo santo y se puso en paradero desconocido de por vida. De cualquier modo, la corporación acordó literalmente echar tierra al asunto. Durante las últimas semanas, Puebla se había convertido en un hervidero de incógnitas, discrepancias y sobresaltos.
La Sapa reapareció el 22 de abril, tras un prolongado período de silencios, para murmurar dieciocho acertijos, en las dieciocho casas habitadas de Puebla. Reapareció junto al fogón de la cocina de la Aguedica, con su letanía apenas inteligible, pero constante y solemne, y se deslizó, casi en vilo, hacia la penumbra de la cuadra, cuando la Aguedica se ramificaba con los dolores del mal malo y Práxedes Rabasco, recomido de remordimientos, espiaba la trampilla del sobrado. Con indulgencia, la Sapa susurró: la lluvia que se derrame sobre uno y lo cubra, ahogará al otro en la aflicción.
Bienvenido Rufete, pedáneo de Puebla del Socoro, estuvo hasta el amanecer rumiando desazonadamente arcanciles crudos y pan cenceño. Lo levantó de un repullo el bisbiseo de la Sapa que se había cobijado en los rescoldos —181→ del camaranchón. Vencida la sorpresa, el somnoliento pedáneo se disponía a reanudar su descanso de estrépitos, cuando le alcanzó, como un soplo de premoniciones, el aviso de la sombra: el cielo se eclipsará igual que un papel que se enrolla y se moverán los suelos y tú pondrás tu verdadero sello en la cabeza de quien te sigue y te ha de preceder. Bienvenido Rufete, muy intrigado por las sibilinas palabras, permaneció atento, hasta que la oyó ascender, a pequeños y mansos brincos, por los peldaños de acceso a la sala. Sólo entonces sobrevino el holocausto de alcachofas y pan ázimo, mientras apremiaba los gozosos tránsitos, ahora que ya Leo Ros no constituía ningún obstáculo.
Y se operó el prodigio de nuevo: la Sapa visitó, por las intangibles galerías de Puebla, las dieciocho casas aún habitadas. En la de Rosa de la Luz musitó: que nadie vuelva ya a comer fruto de ti. No mucho después, y sin detenerse en su laberíntico itinerario, dijo en el despacho del licenciado don Felipe Ruiz de Peñamora: aquel que oculta al monstruo de los diez cuernos, conocerá pronto a la prostituta que le crece en su desprecio. La voz liviana de la Sapa dejó helado a don Felipe, que andaba enfrascado en la lectura de prospectos turísticos. Eso me suena a anfibología bíblica, pensó con indiferencia. Pero repentinamente cogió un voluminoso tomo del diccionario enciclopédico y se dedicó a descifrar la incómoda adivinanza.
A los maitines, cuando Juan el del Melondra preparaba los avíos agrícolas, sin figurarse para nada su destino tremebundo de zahorí de calaveras, la Sapa le sugirió: mete tu hoz en la mala hierba y levántala. Juan el del Melondra se rascó la pelambre, se echó la legona al hombro y emprendió la andadura, hacia la tierra de las camarrojas. Más de un mes le llevaría dar con la interpretación del oscuro mensaje.
El crudo esplendor de la mañana primaveral sumergió a Puebla del Socorro en una atmósfera saturada de ansiedades y recelos. Las gentes iban y venían, en una apariencia de cotidiana normalidad. Pero nadie soltó palabra, ni nadie publicó los esmerados planes de evacuación familiar. Acaso en el ventorrillo o en el fortuito encuentro, —182→ unas insinuaciones de viajes y mudanzas, unos entrecortados pretextos de salud o de penuria insoportable, ya sabe, siempre entre la sequía y la inundación, que sí, que las cosas se les ponían de mal en peor. Mucho más tarde, se hablaría ocasionalmente de una efímera fiebre de acucias y desconciertos, provocada, según todos los indicios, por determinados productos residuales que envenenaban el ya menguado caudal del Segura, ante el pataleo de la tropa de ecologistas que se desmelenaba en sus campañas heroicas, río arriba, río abajo, acopiando firmas, denunciando la escandalosa situación de las depuradoras y apelando al articulado constitucional, en medio de los títeres y la charanga. Con el tiempo, y después de un verano tórrido de mosquitos y presunciones palúdicas, el apóstol de las aguas, Carlos Cases, se referiría en sus soflamas a Puebla como ejemplo del desastre de la contaminación, y pretendería oficiar una misa de corpore insepulto, por el cauce de un río podrido, ocasionando así el estupor de los sectores del conservadurismo comarcal y las iras de una clerigalla ensotanada y robliza que lo acusó de sacrílego y le apuntó con una bula de excomuniones. En aquellas circunstancias, regresaría Mercedes Amorós a la Vega Baja, tras una ausencia de casi medio año.
A las seis y treinta y cinco del 23 de octubre, Mercedes se despertó con el aturdimiento de una lluvia espesa que caía más allá de los límites de la incertidumbre, se asomó a la ventana y vio el estropicio de vidrios, cuando una furgoneta, arrastrada por la avenida pluvial, se estrelló contra el escaparate de un comercio de zapatos. Aquel mismo día decidió su regreso. En el transcurso de los meses, se le había acumulado una nostalgia perturbadora que remedió, al principio, poniendo en claro las notas de sus heterogéneas y desquiciadas investigaciones, luego, con el empleo interino en algunos centros hospitalarios, y por último, tomando baños de mar, en las playas de Moraira. Pero con un septiembre todavía achicharrado, apeló al recurso del juego de los caprichos y se pasó las horas imaginando lluvias. De tanto oírlas repiquetear en los tejados de sus íntimas figuraciones, no supo que diluviaba de verdad el 23 de octubre, hasta que vio toda una —183→ escuadra de zapatos que navegaban intrépidamente calle abajo. Entonces evocó el río y a las gentes del río, y tuvo la convicción de que iba a volver muy pronto. A eso de las ocho, arreció el aguacero y Mercedes salió de su dormitorio, para reconfortarse con la quietud dominical de la casa. Sólo la abuelita Gertrudis estaba también despierta y sentada en su lecho, con baldaquín, ajena a cualquier meteoro, mientras contemplaba, como si fuera la primera vez, los antiguos álbumes de cuero repujado de las fotografías.
Desde la patética muerte de Aguedica Larrosa no sabía de Puebla más que rumores pintorescos y alguna confusa confidencia telefónica: el filicidio perpetrado por un tal Bienvenido Rufete, una extraña calentura de vagabundeos y deserciones, el hallazgo de los restos de un individuo remoto, la detención de un famoso autor de leyendas y gestas del Oeste americano, el irreverente y venático asalto al cementerio. A consecuencia de aquella avalancha de influjos perentorios, Mercedes Amorós sintió que un delicado hálito de vestigios indelebles la trasladaba, por los circuitos de la memoria, al lienzo de un bolígrafo estancado, en las aguas corrompidas y nauseabundas de la desembocadura, como un presagio de trastornos y zozobras. Y detrás estaba Leo, inexpugnable a pesar de sus voluntariosas pretericiones. Sólo la lluvia torrencial despejó el espejismo, cuando ya se pronosticó el retorno que pulverizaría, una vez más y con qué descaro, la siempre frágil tregua paterna y la extraviaría de nuevo en unos vaivenes que nunca terminaban en ningún sitio. Se marchó de forma irrevocable, el viernes siguiente, mientras don Alberto despotricaba, doña Patricia sucumbía a los enredos domésticos y la abuelita contaba daguerrotipos.
Y una tarde se acercó a Puebla. Llevaba casi tres semanas por las enmarañadas rutas del territorio, en visiteos, saludos y agasajos, y de repente la envolvió el torbellino de la melancolía y la sumió en un trance de enfrentamientos. Curiosamente el inmediato pasado no era más que una sucesión de eventualidad y peripecias, sin demasiadas garantías de realidad, nadie tenía muy claras las cosas y ni tan siquiera conocían el emplazamiento de —184→ Puebla, un lugar de alborotos efímeros, calamidades y descabelladas historias de viejas, que la contaminación y la pertinaz sequía concluyeron por desbaratar. ¿Y Leo Ros?
-¿Leo Ros?... Ah, ¿el periodista?... Un tipo borracho, pendenciero y fracasado.
Pero ahora Mercedes sabía que no. Aplacó la furia de una respuesta de guerra e hizo un esfuerzo por concentrarse en sus recuerdos. Porque todas las infidencias se le habían disipado en el transcurso de un incandescente agosto, cuando vislumbró a Práxedes Rabasco, en la exhalación de un bólido de color azul de Prusia, con una corte de muchachas de pechos de reclamo enfilando las brisas, o cuando casualmente registró, en una revista del corazón, las imágenes en colorines de Phil y Fuenchu, marqueses de Peñamora, protagonizando la función de anfitriones, en un convite fastuoso de champañas y moluscos exóticos y afrodisíacos, con las músicas de una orquesta de doce profesores y una comitiva de pirotécnicos explosionando carcasas de artificio, en la noche incitante del sur. Pues poco antes de todos aquellos ecos mundanos, don Felipe se bautizó de anglosajón, con un trasplante de inverosímil cabello rojo alambrado, y Fuensanta se destapó, por fin, sofisticada y procaz, se estrenó una expresión de mascarilla cosmética, se vistió audazmente de encantos maduros, se deslizó por las aventuras del adulterio y permutó el jardinero inventado en la desesperación de la soledad, por una nómina de jóvenes y apasionados amantes a sueldo, que ella nunca puso límites a las cuestiones del fornicio. Fuenchu Peñamora exprime las más alabadas virilidades, comentaban por el litoral de las chiripas, mientras Phil exhibía episcopalmente un desmesurado sello de oro, con el escudo de su arcaico linaje, qué despilfarro de hombres, hija, qué despilfarro.
Por su parte, Mercedes hubiera querido confiarle a Leo sus singulares descubrimientos. Pero tuvo que desistir, tras una primera llamada, porque Lidia se blindó de distancias y altanería.
-Le agradezco su interés profesional, señorita. Pero no es necesario que se moleste.
—185→Leo continuaba en una clínica, desintoxicándose de alcoholes y veleidades. Y trató de rehabilitarlo en su recuerdo y lo resumió en la busca de un espacio de inocencia, por aquella geografía fluvial y aparcada en el hábito de la tradición, tan incauto y empecinado en sus pesquisas de la lotería fantasmagórica que se hundió en una ciénaga de conspiraciones y persistió porfiadamente, sin que a su albedrío lo fustigara el escarmiento, cuando le dijo que no pensaba abandonar el asunto.
-Es como un reto.
-¿Un reto?
Entonces él se volcó, muy vital y elocuente, en un pasado truculento de tragedias y tristezas, para reincorporarse a la bulliciosa noticia de la esperanza y escribir un reportaje de júbilos y afanes.
-Voy a presenciar el origen de un nuevo mundo.
Tenía una voz de pionero y le contó perifrásticamente el galimatías del maestro de postas y del hombre que siempre corría.
-¿Y bien?
Porque no acababa de descifrar aquel lío y Leo sólo sonrió, con cierta vaguedad. Estaba como desvalido y a Mercedes se le caldeó el corazón de ternura y reanudó sus acosos, segura ya de que lo amaba, casi desde que se conocieron en las afueras de Puebla, una mañana de viento. Pero Leo jugó limpio y le advirtió que tenía mujer e hijos, uno de veinte años.
-Yo he cumplido veintiocho, ¿sabes? -Mercedes pretendía desguazar escrúpulos e impedimentos-. Y no soy virgen.
Se hallaban en las dunas de Guardamar, entre los pinos, y ella se desnudó e hicieron el amor, Leo con una sospechosa inapetencia venérea que la molestó, aunque no quiso reprocharle nada y fingió un intenso placer. Luego se tumbaron sobre la arena, extenuados y en silencio, y Leo la besó en la frente y lo notó tenso y como resentido.
-¿Qué te ocurre?
Leo se levantó y echó a andar hacia el coche. Ya oscurecía.
-Vámonos -dijo.
—186→Al hilo de las pistas revueltas y fragmentarias de sus vacilantes peregrinaciones, llegó un día de baile a Callosa de Segura, para renovar el desconsuelo de sus primeras experiencias médicas, en el ambulatorio de los culos acribillados de incordios y de los dedos amputados, donde se le murió un niñito estrujado por la electricidad, sin que ni las mismas enfermeras y el mismo titular a quien ella sustituyó por entonces, tuvieran memoria del trance que la postró en una crisis de culpa original y se la llevó por el río, cada vez más arrebatada por los portentos del hechizo, de las plegarias herméticas y de las raíces con virtudes curativas, que era tanto como regresar a la condición de un estado de gracia.
-¿Y tú de qué huyes? -habría de preguntarle Leo Ros, instigado por su insaciable curiosidad periodística.
-No lo sé. En cualquier caso, no creo que importe. Pero, si te sirve de algo, no transijo ni con las imposiciones ni con los convencionalismos.
Leo la miró con una mirada escéptica. Aún se encontraban al principio y las relaciones resultaban esquivas y contradictorias. Luego sobrevino una época de entendimiento y Leo le reveló algunas de sus extravagantes averiguaciones, lo que no dejaba de ser un síntoma alentador de avenencia afectiva. Pero los imprevisibles cambios de actitud, más frecuentes con el paso de los días, la sacaban de quicio, hasta que Leo Ros adquirió la facultad de mudarle a su antojo el nombre al río, a las personas, a los pueblos, a los pájaros, a los árboles y a las bebidas. A ella, la llamaba indistintamente Jackie, Phoebe y Hannah, y sintió celos de aquellas mujeres que se ocultaban en un universo de delirios y a las que nunca lograría suplantar. Todo se precipitó a raíz de la incursión al distrito de las ranas, porque, desde entonces y hasta que lo cargaron en la ambulancia, sólo recobró una conciencia lúcida y fugaz, en dos o tres momentos en los que la vida se le había vuelto de espaldas y escrutó su propio destino de timonel de las tinieblas, antes de agazaparse en el vértigo de los delusorios mundos.
En sus tránsitos por los vericuetos de la vega que se prolongarían hasta las vísperas de la Navidad, Mercedes —187→ Amorós se apartó de las viejas amistades intencionadamente y vagabundeó por solares de señores de horca y cuchillo y se alojó en una vetusta posada, ya fuera de las rutas del comercio, con un vasto patio para los carruajes de antaño, convertido en ortigal y refugio de perros escuálidos. Pasó toda una semana de nubes, sin salir de aquel ámbito desabrido y sombrío, donde probablemente se desangró el último barón de La Dehesa, como un emperador romano, degollado por sus siervos. Una vez le dijo Leo que pensaba escribir una antología de alucinaciones y desmesuras o una crónica negra o quizá un guión cinematográfico del género désuet, como el filme expresionista de Vicent Price y su bisabuela apasionada del clavecín, y allí estaba el clima mórbido requerido, la bruma viscosa, con un aceptable tono abrasilado, sin duda, efecto especial de una Hannah de pesadilla, a la que odiaba más que a una rival despampanante y seductora, pero hecha a la medida de los seres de la especie perecedera. Pasó una semana de nubes, tratando de encajar las piezas y de recomponer una frágil filigrana calidoscópica y no consiguió más que desvariar, con aquel tinglado de espejos y remembranzas. Desde su reciente visita a Puebla, Mercedes Amorós adquirió costumbres táctiles.
-Puebla aún no ha sido fundada -le dijo Gabriel Escudero, en el fondo de su salita de estucos, con destellos como de acuario, por donde navegaban estatuillas de porcelana y conchas de carey.
Porque la tarde en la que se acercó a Puebla invadió un laberinto de abandonos y luego no atinaba a discernir el regreso y estuvo durante cinco horas de frío confundida, en la única calle, por los vientos de artimaña. Eran vientos como de alcanfor y membrillo, para preservar el herraje de los goznes, los candados y los cerrojos de la herrumbre y del olvido. Golpeó, de una en una, las puertas aseguradas con travesaños de madera y escuchó el retumbo inhóspito de los espacios deshabitados. Mercedes Amorós tanteó los muros y rozó, con repugnancia, la pata seca de un macho cabrío que conmemoraba la locura de Leo Ros.
—188→-Te esperaba, querida Jackie, aunque me parece que ya no hay respuesta.
Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de que ella huyera acosada por los sicarios de la terrible Lidia, hija de un bizarro militar retirado en la victoria y de una dama wagneriana. Mercedes reprobó su apocada conducta y su entrega a un desconocido, mientras buscaba una sombra, pero todas las casas y todos los rincones de todas las casas de Puebla eran ya una misma y única sombra, que se crecía crepuscularmente en la única calle.
-Puebla aún no ha sido fundada.
Al día siguiente, almorzó con Gabriel Escudero y su padrino le dijo:
-Tal y como te anticipé, no he encontrado constancia alguna de la existencia de Nicomedes Gallardo, ese prodigioso y viripotente canónigo.
-¿Entonces?
Gabriel Escudero se encogió de hombros.
-No lo sé. Pudo tratarse de un impostor o simplemente de un personaje legendario.
También puso en duda la realidad de Leo Ros.
-Pero si estuvo aquí, conmigo -exclamó Mercedes, con verdadero estupor.
El ginecólogo en comisión de moribundo recalcitrante apuró su segunda taza de té verde.
-Mi memoria, querida Mercedes, expulsa lo anodino e impertinente en el plazo de un mes.
Sin embargo, ella recordaba hasta los más insignificantes detalles de aquella hermosa noche de febrero, cuando Leo paseó bajo la luna, de regreso a Almoradí.
-Es como un allegro corrompido de Vivaldi.
Se refería a las turbulentas relaciones del ahora desperdigado don Nicomedes con la niña Marcela, víctima de un mal aire de amancebamientos y prostituida en su alcoba de muñecas de cera. Luego se acostaron y por primera vez Leo la abrazó, se liberó de sus habituales inhibiciones y la amó frenéticamente, entre caricias y besos interminables, como un tren de mercancías. Aquella hermosa noche de febrero, Mercedes se sintió ocupada por algo que si no era la felicidad, se le parecía mucho. Bien —189→ de mañana, Leo se levantó del lecho desbaratado y silbó una melodía dulce y reiterativa, en tanto se afeitaba y se daba masajes en el rostro, con un líquido como el berilo dorado y con la fragancia de las azucenas. Mercedes se desperezó, todavía en cueros, y observó a Leo igual que si fuera un héroe de la literatura. Durante seis días consecutivos, se produjeron refriegas de vehemencia sentimental. Pero al séptimo, Leo no acudió a la cita.
-No lo espere -le recomendó Cuatro Santos Coronados-. Don Leo está en el palacio del placer.
Mercedes se informó acerca de aquel ignorado establecimiento y le dijeron que era un prostíbulo regentado por una tal madame Duchamp. Mercedes sufrió un impulsivo ataque de pique y, por último, se desmoronó en el llanto, porque comprendió que no había remedio. Después de una breve tregua de reposo y recíprocas solicitudes, a Leo se le desbordó la ansiedad de las persecuciones y destinó sus repuestos y descomunales ímpetus a desvelar el paradero de las afortunadas papeletas de la lotería, estimulado por el alcohol y por el descaro de aquellas gentes a las que tenía prácticamente acorraladas en Puebla, sin que nadie lograra disuadirlo de sus propósitos. Mercedes insistió en vano. Incluso recurrió a tretas de hembra provocativa y salaz, pero Leo ya nunca la deseó como antes. Mercedes, muy consternada por aquella señal de desprecio, se armó de paciencia y esperó que de nuevo se apaciguara la azarosa y fantástica exploración del periodista. Pero Leo era una criatura de naturaleza versátil y a pesar de algunos otros esporádicos forcejeos, no pronunció jamás ni una sola palabra de amor. Desconcertada, Mercedes no renunció ni siquiera después del espantoso incidente de Los Almarjos que habría de arrastrar a Leo a las últimas y fatales consecuencias de una aventura sin objeto. Tan sólo cuando lo vio divagando por los borrosos confines de la demencia, se impuso la lógica y reclamó una ayuda que le hizo trizas el corazón. Luego, con el estridente ululato de la ambulancia, escondida en el naranjal, se reprochó su cobardía y su ignorancia, porque ni sus conocimientos médicos ni todo su recetario de magias le habían servido para salvar a aquel hombre contradictorio —190→ y casi incorpóreo, cuya memoria se obstinaba exacerbadamente en rehabilitar, guiada por el egoísmo de exculpar su conciencia y redimirse de tanta melancolía. Porque ya no le quedaba ninguna oportunidad para la esperanza.
-Mire, doctora, don Leo no se acostó con las chicas de madame Duchamp. Sólo les tiraba dinero y les decía que iba a poner a Puebla patas arriba.
A finales de noviembre, se encontró con Tonico Cañizares que ejercía de fotógrafo ambulante, aunque se quería especializar en retratos de novios, bautizos y onomásticas, y llevaba colgada sobre el pecho, con ufanía, una soberbia cámara asahi pentax, que Mercedes aún recordaba.
-Un tipo raro ese don Leo.
Mercedes Amorós tiritó súbitamente, en el ángelus otoñal. Muy raro, mucho, pensó. Entonces Tonico Cañizares la sorprendió con la pasmosa revelación de que el mal parado Leo Ros fue también un profeta. ¿Un profeta?, preguntó ella, entre el aturdimiento y la incredulidad. El retratista neófito le repitió, con la mayor solvencia, que sí, que como lo había oído, que fue un profeta, y conste, doctora, que se lo aseguro por mis muertos. Y le contó cómo, en una de las pocas ocasiones en las que Leo estuvo tomando copas en el ventorrillo de Puebla, se encaró con la parroquia y les dijo: esta tierra es tierra de antepasados y ya es hora de que todos vosotros la pongáis al día o muy pronto la abandonaréis.
Unas dos semanas más tarde, Mercedes comprendió que nunca conseguiría recomponer aquel infinito rompecabezas. Había regresado con el consuelo de la lluvia y de la bonanza del espíritu, pero no hacía sino embolicarse más y más, en aquella disparatada y absurda empresa. Particularmente cuando recurrió a su padrino y se le figuró, en medio de un orbe de cachivaches traslúcidos y frías reverberaciones, gentilmente nocivo. Mientras tomaban el té y dialogaban sobre asuntos errátiles, Mercedes tuvo la impresión de que se estaba sumergiendo en un abigarramiento de cosas disecadas y de que Gabriel Escudero era ya un repulsivo destrozo anatómico conservado en una solución acuosa de formaldehído. Bajó los escalones de —191→ a dos en dos, con el propósito del olvido fiado a los impulsos de su juventud. En la calle, abrió su maletín de médico y lo vació de hierbas y de papelitos con ensalmos y conjuros. Luego cogió el primer coche de línea para la capital. Y cuando el autobús arrancaba, se acercó un hombre que corría, golpeó con los nudillos en el cristal de su ventanilla, gesticuló y le gritó algo que no pudo entender.