Hijo del Duque del
Infantado, Íñigo Hurtado de Mendoza, segundo Conde de
Tendilla y Marqués de Mondéjar y de doña
Francisca Pacheco, como segunda mujer, hija de don Juan Pacheco,
primer Duque de Escalona y Marqués de Villena, descendiente
del Marqués de Santillana.
D. Diego Hurtado de Mendoza era Conde
de Tendilla y bisnieto del Marqués de Santillana; fue don
Diego hermano de Doña María de Padilla.
Aprende en Granada
latín y la lengua castellana y, más tarde, en
Salamanca, griego y árabe, siendo discípulo de Pedro
Mártir de Anglería.
Dedicado a la
carrera diplomática presta sus servicios como embajador en
Inglaterra en 1537, con la misión de negociar el matrimonio
de Enrique VIII con la duquesa de Milán sin éxito. En
1538 lo hace en Venecia.
A partir de 1542
figura como representante de Carlos V en el Concilio de Trento.
Embajador en Roma
y más tarde Gobernador de Siena.
En Italia, al lado
de humanistas como Agustín Nifo, sigue su interés por
otros idiomas.
En 1554 se instala
en Madrid como consejero de Estado, proveedor de la armada de
Laredo y Comendador de Badajoz. Es nombrado Caballero de la Orden
de Alcántara y obtiene el Marquesado de Mondéjar.
Durante el reinado
de Felipe II se complica su prestigio en la Corte, siendo
desterrado al Castillo de la Mota y más tarde a Granada con
el fin de solucionar los problemas moriscos que por entonces se
daban en su ciudad natal.
En 1574 consigue
regresar a la Corte y lega toda su biblioteca al Real Monasterio de
El Escorial. Al año siguiente, 1575, no supera sus dolencias
y muere.
A los 35
años de su muerte, 1610, se publicaron en Madrid las obras
poéticas del insigne Caballero D. Diego de Mendoza, Embajador del Emperador
Carlos V en Roma, por Fray Juan Díaz Hidalgo, dedicadas a
D. Diego López
de Mendoza, cuarto Marqués de Mondéjar.
- I -
La soledad
Amable soledad,
muda alegría,
que ni escarmiento ves, ni ofensas
lloras,
segunda habitación de las
auroras;
de la verdad primera
compañía.
Tarde buscada paz
del alma mía,
5
que la vana inquietud del mundo
ignoras,
donde no la ambición hurta
las horas,
y entero nace para el hombre el
día.
¡Dichosa
tú, que nunca das venganza,
ni del palacio ves, con propio
daño,
10
la ofendida verdad de la
mudanza,
la sabrosa
mentira del engaño,
la dulce enfermedad de la
esperanza,
la pesada salud del
desengaño!
- II -
Sangrienta
perdición, yugo tirano,
guerra cruel, origen y
osadía
de la injusta primera
tiranía
que puso cetro en poderosa
mano.
Bárbara
ley, tan murmurada en vano,
5
ayudar del morir a la
porfía
como si nos costara sólo el
día,
como si nos sobrara el ser
humano.
Mas aunque
más, ¡oh, guerra!, estés culpada,
es mayor la de fáciles
antojos
10
en bello campo de belleza
armada;
no quiero amor,
más quiero dar enojos
a la dura violencia de una
espada,
que a la blanda soberbia de unos
ojos.
- III -
-¿Qué hacéis, señora?
-Mírome al espejo.
-¿Por qué desnuda?
-Por mejor mirarme.
-¿Qué veis en vos?
-Que yerro en no lograrme.
-¿Pues por qué no os
lográis? -No hallo aparejo.
-¿Qué os falta? -Uno que fuere en
amor viejo.
5
-¿Pues qué
sabrá ese hacer? -Sabrá obligarme.
-¿Cómo os ha de
obligar? -Con empeñarme
sin esperar licencia ni
consejo.
-¿Y vos
resistiréis? -Muy poca cosa.
-¿Qué tanto? -Poco
más de lo que digo,
10
que él me sabrá
vencer si es avisado.
-¿Y si os
deja por veros rigurosa?
-Tenerle yo he después por
mi enemigo,
vil, zafio, necio, flojo y
apocado.
- IV -
Dícenme,
Don Jerónimo, que dices,
que me pones los cuernos con
Ginesa;
yo digo que me pones cama y
mesa;
y en la mesa, capones y
perdices.
Yo hallo que me
pones los tapices
5
cuando el calor por el octubre
cesa;
por ti mi bolsa, no mi testa,
pesa,
aunque con molde de oro me la
rices.
Este argumento es
fuerte y es agudo;
tú imaginas ponerme cuernos;
de obra
10
yo, porque lo imaginas, te
desnudo.
Más cuerno
es el que paga que el que cobra;
ergo, aquel que me paga, es el
cornudo,
lo que de mi mujer a mí me
sobra.
- V -
Tiempo vi yo en
que amor puso un deseo
honesto en un honesto
corazón;
tiempo vi yo, que agora no lo
veo,
que era gloria, y no pena, mi
pasión.
Tiempo vi yo que
por una ocasión
5
dura angustia y congoja, y si
venía,
señora, en tu presencia, la
razón
me faltaba, y la lengua
enmudecía.
Más que
quisiera he visto, pues Amor
quiere que llore el bien y sufra el
daño,
10
más por razón que no
por accidente.
Crece mi mal, y
crece en lo peor,
en arrepentimiento y
desengaño,
pena del bien pasado y mal
presente.
- VI -
A un devoto
Dentro de un
santo templo un hombre honrado
con grave devoción rezando
estaba;
sus ojos hechos fuentes
enviaba
mil suspiros del pecho
apasionado.
Después
que por gran rato hubo besado
5
las religiosas cuentas que
llevaba,
con ella el buen hombre se
tocaba
los ojos, boca, sienes y
costado.
Creció la
devoción, y pretendiendo
besar el suelo al fin, porque
creía
10
que mayor humildad en esto
encierra,
lugar pide a una
vieja; ella volviendo,
el «salvo honor» le
muestra, y le decía:
«Besar aquí,
señor, que todo es tierra».
- VII -
Hoy deja todo el
bien un desdichado
a quien quejas ni llantos no han
valido;
hoy parte quien tomara por
partido
también de su vivir ser
apartado.
Hoy es cuando mis
ojos han trocado
5
el veros por un llanto
dolorido;
hoy vuestro desear será
cumplido,
pues voy do he de morir
desesperado.
Hoy parto y llego
a la postrer jornada,
la cual deseo ya más que
ninguna,
10
por verme en algún hora
descansada.
Y porque con mi
muerte mi fortuna
os quite a vos de ser
infortunada,
y a mí quite el vivir, que
me importuna.
- VIII -
En la pared de
cierto templo viejo
está una imagen hecha sin
primor,
destajo del pincel de Blas
pintor,
a costa de la Iglesia y del
Concejo;
con un letrero
puesto allí, bermejo,
5
de letra grande escrita
alrededor:
«Esta obra Mandó Hacer
Aquí el Señor
Teniente Cura, Juan de Busto el
Viejo».
Mas Gil no
consintió que el rubicundo
letrero sin reproche se
prosiga
10
sin que el Concejo al menos se
nombrase;
ved cuales son
las cosas de este mundo,
que nunca falta un Gil que las
persiga,
como a esta no faltó quien
la enmendase.
-
IX -
En cierto
hospedaje do posaba
Amor, vino a posar también
la Muerte;
o fuese por descuido o mala
suerte,
al madrugar Amor, como lo
usaba,
tomo de Muerte el
arco y el aljaba
5
(y no es mucho, si es ciego, que no
acierte);
Muerte recuerda al fin, tampoco
advierte
que eran de Amor las armas que
llevaba.
Sucedió de
este error que, Amor pensando
enamorar mancebos libertados
10
y Muerte enterrar viejos
procurando,
vemos morir los
mozos malogrados,
y los molestos viejos que,
arrastrando,
se van tras el vivir
enamorados.
-
X -
Yo soy, cruel Amor...
Yo soy, cruel
Amor, el que has traído
con vanas esperanzas
engañado,
y quien había de haber
escarmentado
ya en los propios males que he
sufrido.
Yo soy quien tus
mentiras ha creído,
5
y aquel que por creerlas ha
llegado
a ser contigo el más
desventurado
de cuantos tus banderas han
seguido.
Pero si en todo
el tiempo que viviere
tornare a tu poder, que en
él me vea
10
muriendo por quien más
aborreciere.
Y porque mi jurar
más firme sea,
que si jamás, Amor, yo te
creyere,
quien causare mi mal no me lo
crea.
-
XI -
Días
cansados, duras horas tristes,
crudos momentos en mi mal
gastados,
el tiempo que pensé veros
mudados
en años de pensar os me
volvistes.
En mí
faltó la orden de los hados,
5
en vos también faltó,
pues tales fuistes,
que podréis en el tiempo que
vivistes
contar largas edades de
cuidados.
Largas son de
sufrir cuanto a su dueño,
y cortas cuando hubiese de
quejar;
10
mas en mí este remedio no ha
lugar;
que la
razón me huye como sueño,
y no hay punto, señora, tan
pequeño,
que no se os haga un año al
escuchar.
-
XII -
Como el triste
que a muerte es condenado
gran tiempo ha, y lo sabe y se
consuela,
que el uso de vivir siempre en
cuidado
hace que no se sienta ni se
duela,
si le hacen creer
que es perdonado
5
de morir cuando menos se
recela,
la congoja y dolor siente
doblado,
y más el sobresalto lo
desvela;
así yo,
que en miserias hice callo,
si alguna vanagloria me era
dada
10
presto me vi sin ella y
olvidado.
amor lo dio y
amor pudo quitallo;
la vida congojosa toda es
nada,
y ríese la muerte del
cuidado.
-
XIII -
Vuelve el cielo,
y el tiempo huye y calla,
y despierta callando tu
tardanza;
crece el deseo y mengua la
esperanza
tanto más cuanto más
lejos te halla.
Mi alma es hecha
campo de batalla,
5
combaten el recelo y
confianza,
asegura la fe toda mudanza
aunque sospechas andan por
mudalla.
Yo sufro y muero
y díjete, Señora:
«¿Cuándo
será aquel día que estaré
10
libre de esta contienda en tu
presencia?»
Respóndeme
tu saña matadora:
«Juzga lo que ha de ser por
lo que fue,
que menos son tus males en
ausencia».
-
XIV -
En la fuente
más clara y apartada
del monte al casto coro
consagrado,
vi entre las nueve hermanas
asentada
una hermosa ninfa al diestro
lado.
En cabello se
estaba, coronada
5
de verde hiedra y arrayán
mezclado,
en traje extraño y lengua
desusada,
dando y quitando leyes a su
grado.
Vi como sobre
todas parecía;
que no fue poco ver hombre
mortal
10
inmortal hermosura y voz
divina.
Y conocila ser
doña María,
la que al cielo dio al mundo por
señal
de la parte mejor que en sí
tenía.
-
XV -
Gasto en males la
vida, y amor crece,
en males crece amor y allí
se cría,
esfuerza el alma, y a hacer se
ofrece,
de la pena costumbre y
compañía.
No me espanto de
vida que padece
5
tan brava servidumbre y que
porfía;
mas espantome cómo no
enloquece
con el bien que ve en otros cada
día.
En dura ley, en
conocido engaño,
huelga el triste, Señora, de
vivir,
10
y tú, que le persigues la
paciencia.
¡Oh cruda
tema! ¡Oh áspera sentencia!
que por fuerza me fuerzas a
sufrir
los placeres ajenos y mi
daño.
-
XVI -
Como el hombre
que huelga de soñar,
y nace su holganza de locura,
me viene a mí con este
imaginar;
que no hay en mi dolencia mejor
cura.
Puso amor en mi
mano mi ventura,
5
mas puso lo peor, pues el
penar
me hace por razón
desvariar,
como el que viendo, vive en noche
oscura.
Veo venir el mal,
no sé huir;
escojo lo peor cuando es
llegado,
10
cualquier tiempo me estorba la
jornada.
¿Qué puedo yo esperar del
porvenir,
si el pasado es mejor, por ser
pasado?
Que en mi sangre es mejor lo que no
es nada.
-
XVII -
Señora, la
del arco y las saetas,
que anda siempre cazando en
despoblado,
dígame, por su vida,
¿no ha topado
quien le meta las manos a las
tetas?
Andando entre las
selvas más secretas
5
corriendo tras un corzo o
venado
¿qué no ha habido un
pastor desvergonzado
que le enseñe el son de las
gambetas?
Hará unos
milagrones y asquecillos
diciendo que a una diosa
consagrada
10
nadie se atreverá, siendo
tan casta.
Allá para
sus ninfas eso basta,
mas acá para el vulgo
¡por Dios, nada!
que quienquiera se pasa dos
gritillos.
-
XVIII -
Lenguas
extrañas y diversa gente
a esta fiera cruel amando
sigue;
ella huye de todos, y persigue
a cada cual por donde más lo
siente.
Da a gustar el
corazón caliente
5
a unos de otros, porque nos
obligue;
ninguno lo entendió que no
castigue,
aunque nadie lo
prueba que escarmiente.
Su gloria es encubrir pechos
abiertos
y publicar entrañas
escondidas.
10
¡Oh
compuesto de varios desconciertos,
que a nuestra propia carne nos
convidas,
y después que a tus pies nos
tienes muertos,
por los que llegan sanos nos
olvidas!
-
XIX -
Tráeme
amor de pensamiento vano
a cuidado y enojo verdadero,
y muéstrame el comienzo
hacedero
y todo inconveniente muy
liviano.
Y si con
él me veo mano a mano,
5
hallole ser de mí tan
extranjero,
que él, que parecía
más ligero,
me parece pesado y inhumano.
Yo me vi tan
metido en la celada,
que deseé pagarlo con la
vida;
10
mas el alma, que fuera de sí
estaba,
como para la
muerte hay salida,
volviese a comenzar otra
jornada;
mas esta para mí nunca se
acaba.
-
XX -
Amor me dijo en
mi primera edad:
«Si amares no te cures de
razón»
Siguió su voluntad mi
corazón;
mas él nunca siguió
mi voluntad.
tráeme
ciego de verdad en verdad;
5
ya yo sería contento en mi
pasión,
que con falsa esperanza de
ocasión
me sostenga siquiera en
vanidad.
Tanto
sería de vana esta esperanza,
que no podría caber en mi
sentido
10
ni en consejo de amor ni en
vanagloria,
que finja yo que
estoy en tu memoria,
señora, ni lo espero ni lo
pido;
que no es bien de afligidos
confianza.
-
XXI -
«¡Si
fuese muerto ya mi pensamiento,
y pasase mi vida sí
durmiendo
sueño de eterno olvido, no
sintiendo
pena o gloria, descanso ni
tormento!
Triste vida es
tener el sentimiento
5
tal, que huye sentir lo que
desea.
Su pensamiento a otros
lisonjea;
yo enemigo de mí siempre lo
siento.
Con
chismerías de enojo y de cuidado
me viene, que es peor de cuanto
peno;
10
si algún placer me trae, con
él me va,
como a madre con
hijo regalado,
que si llorando pide algún
veneno,
tan ciega está de amor, que
se le da.
-
XXII -
El hombre que
doliente está de muerte
y vecino a aquel trago
temeroso,
cualquiera beneficio le es
dañoso
y en la causa del mal se le
convierte.
Así mi
alma triste en sólo verte
5
halla daño, si busca haber
reposo,
viniendo del bien cierto el mal
dudoso,
del dulce verte, el duro
conocerte.
La vana
fantasía y confianza
en desesperación se torna
luego
10
que el seso reconoce la
ocasión.
Donde vence el
remedio la pasión
sobrado ver es luz que torna
ciego,
y confiado vivir sin
esperanza.
-
XXIII -
Tibio en amores
no sea yo jamás;
frío, o caliente en fuego
todo ardido;
cuando amor no saca el seso de
compás,
ni el mal es mal, ni el bien es
conocido.
Poco ama el que
no pierde el sentido
5
y el seso y la paciencia deja
atrás;
y no muere de amor, sino de
olvido,
el que de amores piensa saber
más.
Como nave que
corre en noche oscura
por brava playa con recio
temporal,
10
déjase al viento, y
métese a la mar;
así yo en
el peligro del penar,
añadiendo más males a
mi mal,
en desesperación busco
ventura.
-
XXIV -
Planta enemiga al
mundo, y aun al cielo,
que nos encubres tanta
hermosura,
véate yo perdida la
verdura
y esparcidas las hojas por el
suelo,
si la escondes
movida con buen celo,
5
porque no pueda verse tal
figura
sin muerte y conocida
sepultura,
aunque en mirarla no falta
consuelo.
Al ser de ella
vencido es la victoria,
y la muerte peor es el no
verla;
10
mas ya que porque no mueran los
vivos
acuerdas de
engañarnos y esconderla,
a los que somos muertos y
cautivos
¿Por qué quieres
quitarnos esta gloria?
-
XXV -
A la ribera de la
mar sentada,
sobre el sepulcro de Ayax
Telamón,
la Fortaleza estaba
despechada,
moviendo contra Grecia
indignación.
Los cabellos de
hierro y la acerada
5
veste rompía al llanto y
turbación;
la gente se alteró, y aunque
espantada,
quiso de ella entender su
alteración.
Respondió,
vuelto el rostro a los troyanos:
«Aun por haceros Grecia mayor
mengua,
10
contra Ayax por Ulises
sentenció,
desposeyendo
aquellas fuertes manos,
y entregando a la vil y flaca
lengua
las armas con que Aquiles os
venció».
-
XXVI -
El Escudo de
Aquiles, que bañado
en la sangre de Héctor, con
afrenta
de Grecia y Asia fue mal
entregado
a Ulises, por varón de mayor
cuenta.
Sobre el sepulcro
de Ayax fue hallado;
5
que Ulises, levantándose
tormenta,
entre las otras tropas lo
había echado
en la mar, por dejar la nave
exenta.
Alguno, visto el
nuevo acaecimiento,
dijo, quizá movido en su
conciencia:
10
«¡Oh juez sin
razón ni fundamento!
«Que el
conocido error de tu imprudencia
vean la ciega fortuna y ciego
viento,
y el loco mar entienda tu
sentencia».
-
XXVII -
Alcé los
ojos, de llorar cansados,
por tornar al descanso que
solía;
y como no lo vi donde
solía
abajelos con lágrimas
bañados.
Si algún
bien yo hallaba en mis cuidados,
5
cuando por más contento me
tenía,
pues que ya la perdí por
culpa mía,
razón es que los llore ahora
doblados.
Tendí
todas las velas en bonanza,
sin recelar humano
entendimiento;
10
alzose una borrasca de
mudanza,
como si tierra y
mar y fuego y viento
no me fueran en contra mi
esperanza,
y castigaran solo el
sufrimiento.
-
XXVIII -
Domado ya el
Oriente, Saladino,
desplegando las bárbaras
banderas
por la orilla del Nilo, le
convino
asentar su real en las
riberas.
Lenguas le
rodeaban lisonjeras,
5
compaña que a los reyes de
contino
sola sigue en las burlas y en las
veras,
loándoles el bueno y mal
camino.
Contaban el
Egipto sojuzgado,
Francia rota y el mar Rojo en
cadena
10
mostrábanle su
ejército y poder.
Respondioles:
«Aquí se puede ver
donde acabó su gloria, en
esta arena,
el gran Pompeo, muerto y no
enterrado».
-
XXIX -
¿Qué cuerpo yace en esta
sepultura?
¿Quién eres
tú, que encima estás sentada
mesando tus cabellos, la
figura,
sangrienta de tus uñas, y
rasgada?
Los huesos y
ceniza consagrada
5
de Aníbal, que a pagado a la
natura
la deuda postrimera, y yo la
armada
diosa que en las batallas da
ventura.
Quéjome de
los hados inhumanos,
que a tal varón hicieron
tanto mal,
10
y del miedo y vileza de
Cartago;
mas
quédome un consuelo en lo que hago;
que él mismo se mató,
porque a Aníbal
no pudieran vencer sino sus
manos.
-
XXX -
Tu gracia, tu
encanto, tu hermosura
muestra todo del Cielo,
retirada,
como cosa que está sobre
natura,
ni pudiera ser vista ni
pintada.
Pero yo, que en
el alma tu figura
5
tengo, en humana forma
abreviada,
tal hice retratarte de pintura
que el amor te dejó en ella
estampada.
No por
ambición vana o por memoria
tuya, o ya para manifestar mis
males;
10
mas por verte más veces que
te veo.
Y por solo gozar
de tanta gloria,
señora, con los ojos
corporales,
como con los del alma y del
deseo.
-
XXXI -
Hame
traído amor a tal partido
que no puedo ni quiero
conocerme;
cuantas armas tenía le he
rendido,
pues le di la razón para
vencerme.
Hombre
nací y por hombre era tenido;
5
pudieran seso y arte
socorrerme,
el tiempo, la experiencia y el
sentido;
mas todo lo dejé, y quise
perderme.
Gran mal,
Señora, es que el hombre entiende
cuánto aparta de sí,
y no se arrepiente,
10
y que sabe cuan poco bien
espera;
que vive y
morirá de esta manera,
fuera de humana forma o
accidente,
sino de querer bien; que no se
aprende.
-
XXXII -
Gracias te pide,
Amor; no las merece
quien te las pide; ni tanto bien
espera,
sea limosna o sea piedad
siquiera,
y sea a la ocasión que ahora
se ofrece.
Cualquiera
beneficio mengua o crece
5
con el lugar, el tiempo y la
manera;
pero la diferencia verdadera
es dar y socorrer a quien
padece.
Lo que una vez la
fuerza o la destreza
no pueden acabar, aquello
mismo
10
acaba una palabra descuidada.
Señora,
considera tu grandeza
y el tiempo: que ahora puedes con
nonada
levantarme del hondo del
abismo.
-
XXXIII -
Por tan
difícil parte me han llevado
los importunos años que he
vivido,
que aun bien el medio de ellos no
he cumplido,
y mil veces el fin he deseado.
Y toda la
esperanza por do he andado,
5
de un mal a otro mayor siempre he
venido;
en fin, a tal extremo soy
traído,
que no puedo temer más
triste estado.
Ansí que,
ya sin bien, sin confianza,
estoy de aqueste mal, que ahora
muero,
10
podría ya muy bien hacer
mudanza;
mas tanto por la
causa mi mal quiero,
que siento que me estraga la
esperanza,
y estoy harto mejor si
desespero.
-
XXXIV -
Aquestos vientos
ásperos y helados,
de espesas nubes y tinieblas
llenos,
de ardientes rayos y terribles
truenos
con súbitos
relámpagos rasgados,
aunque en mi
daño siempre conjurados,
5
ya fueron tiempos claros y
serenos,
de mi dudoso bien terceros
buenos,
y en esperar mi gloria
prosperados.
¡Cuán presto pasa un temple del
verano,
y cuán despacio destemplados
tiempos,
10
y cuánto cuesta un bien no
conocido!
¡Ay buena
suerte y venturosa! en vano
triste la larga en breves
pasatiempos
del tiempo bien llorado y mal
perdido.
-
XXXV -
Pedís,
Reina, un soneto; ya le hago;
ya el primer verso y el segundo es
hecho;
si el tercero me sale de
provecho
con otro verso en un cuarteto os
pago.
Si llego al
quinto; ¡España! ¡Santiago!
5
¡Fuera! que entro en el
sexto. ¡Sí, buen pecho!
Si del séptimo salgo, gran
derecho
tengo a salir lucido de este
trago.
Ya tenemos a un
cabo los cuartetos;
¿qué me decís,
señora? ¿no ando bravo?
10
Mas sabe Dios si temo los
tercetos.
Y si con bien
este soneto acabo,
nunca en toda mi vida más
sonetos,
¡ya deste, gloria a Dios, he
visto el cabo!
-
XXXVI -
A Luis Barahona de Soto
Un claro ingenio,
un vivo entendimiento,
un sentido profundo, un raro
aviso,
una varia lección y un decir
liso,
cual, señor Soto, en
vuestros versos siento;
Pocas veces el
claro firmamento
5
a los mortales concederlos
quiso,
y con razón aquel pastor de
Anfriso
os llama para algún notable
intento;
porque de vuestro
ingenio e invención
piensa hacer industria por do
pueda
10
subir la tosca rima a
perfección.
Tenga la Parca el
hilo, y en su rueda
Ríjase la fortuna por
razón;
que puesto donde estáis, muy
poco os queda.
-
XXXVII -
No hay cosa
más gastada, ni traída,
que la saya de Inés, y el
pobre manto;
un cerrojo de cárcel no lo
es tanto,
ni la playa del mar siempre
batida.
No les da hora de
huelga la perdida
5
en Pascua, ni Domingo, ni
Disanto,
y tanto los aqueja, que me
espanto
como no dan al traste con la
vida.
La rueda de
Ixión, que no sosiega,
y su pena infernal, que no
reposa
10
respeto de este manto esta
parada.
Pero la misma
Inés tiene otra cosa
que su persona y ella no lo
niega,
que está muy más
traída y más gastada.
Sonetos recopilados
por fray Juan Díaz Hidalgo, del hábito de San Juan,
capellán y músico de cámara de Su
Majestad